Kitabı oku: «Crecimos en la guerra»

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Lozano, Pilar, 1951-

Crecimos en la guerra / Pilar Lozano ; prologuista Beatriz Linares. -- Editora Mireya Fonseca Leal. -- Bogotá : Panamericana Editorial, 2014.

184 p. : il. ; 23 cm.

ISBN Impreso 978-958-30-4390-1

ISBN Digital 978-958-30-6274-2

1. Crónicas periodísticas - Colombia 2. Conflicto armado -Crónicas periodísticas 3. Violencia - Crónicas periodísticas 4. Niños víctimas de la violencia I. Linares, Beatriz, pról. II. Fonseca Leal, Raquel Mireya, ed. III. Tít.

070.44 cd 21 ed.

A1436143

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Primera edición, mayo de 2014

© 2014 Pilar Lozano

© 2014 Panamericana Editorial Ltda.

Calle 12 No. 34-30, Tel.: (57 1) 3649000

Fax: (57 1) 2373805

www.panamericanaeditorial.com

Bogotá D. C., Colombia

Editor

Panamericana Editorial Ltda.

Edición

Raquel Mireya Fonseca Leal

Fotografías de portada

© Shutterstock / specnaz / Kobby Dagan / melkerw

Diagramación

Martha Cadena / Alejandra Sánchez

ISBN Impreso 978-958-30-4390-1

ISBN Digital 978-958-30-6274-2

Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin permiso del Editor.

Impreso por Panamericana Formas e Impresos S. A.

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Quien solo actúa como impresor.

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Agradecimientos: a Magdalena Arango y Marta Lozano por su apoyo y a Santiago Suárez, mi compañero, quien sufrió conmigo estas historias.

CONTENIDO

Prólogo

1. Así fue como dejé de ser niño

2. Un hombre grande, de once años

3. ¡No somos basura!

4. Mi cuerpo es una colcha de remiendos

5. Una infancia llena de miedos

6. Una niña con oreja de duende llegó al cielo

7. Nosotros fuimos criados en la guerrilla

Notas al pie

PRÓLOGO

He aceptado gustosa escribir unas ideas para presentar este libro, el que reitera una vez más la tragedia humanitaria que simboliza para las niñas, los niños y los pueblos sucumbir y perderlo todo por el conflicto armado. La lectura de este magistral texto de la escritora Pilar Lozano nos invita a emprender un duro recorrido por la historia de vida de miles y miles de voces infantiles e inocentes que han estado y están vinculados, como en los peores tiempos de la esclavitud, con los grupos armados ilegales de Colombia. Estos relatos no solo representan a sus protagonistas, como Manuel y su hermano, a José, Julia, Yair, María, Julio, Sandra, Gloria, Miguel o a Émerson, a Yésica, Sofía, Belkis, Yajaira, Mayra, Hugo o a Mónica entre otros. También hablan en nombre de niños, niñas, adolescentes, hoy jóvenes a quienes la guerra en su más perversa expresión tejió sus almas a retazos y a remiendos, tal como los cuerpos de las chicas recreadas en este libro que perdieron sus piernas, también por causa y consecuencia de un conflicto armado que no les pertenece, pero que cobra sus mayores víctimas en los más vulnerables.

Este viaje que propone la autora nos compromete a vivir cada historia en todo su contexto. Esta responsabilidad implica también que de la marcha de regreso volvamos distintos, livianos, sin armaduras ni maletas y dispuestos a tomar conciencia de la imperiosa necesidad de movilizar nuestra razón y nuestra emoción, de manera que podamos incidir en la transformación de la vida de esas otras y esos otros, niños y niñas que viven en nuestras familias, en nuestros vecindarios, en nuestros barrios y en cada rincón del país, en particular de quienes habitan sin habitación, aquellas zonas apartadas en las que los riesgos y las amenazas son aún más contundentes.

Estas historias no están escritas en amarillo, no pretenden intimidar ni perturbar a la sociedad, llaman desde mi apreciación a una reflexión obligada: qué puedo hacer yo por las niñas y los niños de mi país; cómo debo actuar desde mi propia cotidianidad y desde la responsabilidad moral que tengo como ciudadana o ciudadano para contribuir a que cese la violencia contra la niñez. Iniciemos al menos dando una vuelta inversa a la pirámide para reconocer que niñas, niños y adolescentes son las personas más sustantivas de la sociedad que demandan de cada uno y de cada una la más alta consideración y respeto por sus derechos. Tomemos conciencia de que las personas menores de 18 años que han pasado por el conflicto armado como víctimas-protagonistas son el presente y no el futuro del país; ellas y ellos no tendrán futuro mientras no les aseguremos que hoy, durante su presente, la sociedad y el Estado les cercioremos todos y cada uno de los derechos que la guerra les robó o a los que nunca tuvieron acceso antes de su vinculación con los grupos armados. Es imperativo re-construirles todas sus capacidades para que puedan borrar las tortuosas heridas marcadas en sus corazones y en sus mentes que les dejó su pasado; esta es la responsabilidad ética que les debemos para asegurarles el futuro que en la actualidad no tienen.

Los ya hoy nietos reclutados por la guerra son, además de víctimas de la violencia armada, mártires silenciosos de la llamada violencia social; no escapan a ningún tipo de agresión ni de exclusión social, tal como observarán en cada historia respetuosamente recogida por la autora. Antes de ser parte del conflicto armado muchos fueron maltratados en sus hogares, otras fueron agredidas sexualmente por padres o padrastros o algún miembro conocido o cercano a la familia; quienes creyeron y siguen creyendo que sus cuerpos les pertenecen por el hecho de ser adultos; otros fueron hijos e hijas de padres y madres ausentes, criados por otros miembros de la familia. La mayoría, analfabetas funcionales para quienes luego actualizar sus niveles de formación educativa les es casi un reto inalcanzable, y precisamente por ello sus procesos de reintegración social y oportunidades laborales se limitan a tener que desarrollar actividades o trabajos de muy baja remuneración, porque cuando salieron del grupo armado ya fue tarde para culminar un proceso educativo que les permitía llegar hasta educación superior, y por ello contar con mejores oportunidades.

Los cortos años de vida de nuestros niños y niñas vinculados con el accionar delictivo y armado de los grupos al margen de la ley han estado tatuados por el dolor, el abandono, el miedo, el inicio de relaciones sexuales tempranas, el maltrato y el abuso. Sus caras de niños y niñas marcan las agudas líneas de experiencias que nunca han debido vivir. Más de cinco mil niños y niñas en Colombia, que desde 1999 han logrado de cualquier forma abandonar los grupos armados, confirman en cada renglón de sus vidas que los conflictos armados y las actividades ilícitas propias solo les han legado la más profunda amputación de sus procesos de crecimiento como niños y como niñas les han arrancado la amorosa exploración de su adolescencia y les marcan una amarga y resignada juventud sin igualdad de oportunidades frente a otras y otros como ellos.

Pero este impacto de los conflictos armados sobre la vida de las niñas y los niños no es una preocupación exclusiva de Colombia ni del siglo XXI. Desde 1864 año de fundación del Comité Internacional de la Cruz Roja, y luego la aprobación en agosto de 1949 de los cuatro Convenios de Ginebra, la comunidad de naciones ha hecho visible la preocupación por la problemática de las víctimas de las guerras, en particular de la población civil y de la niñez menor de 15 años utilizada por combatientes, de ahí que los países hayan acordado que el objetivo primordial de los Convenios suscritos era el de poner límites a la crueldad de las guerras. En ese orden de ideas, los cuatro convenios concuerdan en un artículo común, el tercero, según el cual se garantiza una mínima protección a las víctimas de las confrontaciones armadas. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la Cruz Roja consideró pertinente ajustar el Convenio a las dinámicas macabras que marcó la mencionada guerra.

Dicho artículo tercero común que regula los conflictos no internacionales (como es el caso de Colombia) conmina a quienes participan del conflicto, a observar al menos que las personas que no participen de las hostilidades deban ser tratadas con humanidad sin ninguna distinción basada en su raza, color, religión, creencias, sexo, nacimiento o fortuna. En dicha línea se prohíben los atentados contra la vida y la integridad corporal, especialmente el homicidio en todas sus formas, las mutilaciones, los tratos crueles y la tortura, así como la toma de rehenes, los atentados contra la dignidad personal, las condenas y ejecuciones sin previo juicio ante el tribunal competente. Este artículo ordena que los heridos, enfermos y náufragos deberán ser recogidos y asistidos.

Estas obligaciones consagradas en textos legalmente vinculantes desde 1949 rigen como si hubiesen sido escritos para coyunturas bélicas que han debido desaparecer hace muchas décadas, las que en cambio están más que vigentes aun 65 años después de su aprobación. Esta mirada sugiere escepticismo y desesperanza frente a las luchas legales que pretenden regular la conducta humana: por un lado, el universo jurídico de las normas en el que las naciones llegan solamente hasta su adopción formal pero quedan allí, escritas. Estas normas que en los imaginarios colectivos no generan transformaciones (siempre se quiere modificar o hacer nuevas leyes), no son malas per se; el punto y el reto anterior (1949) y actual (2014) para los pueblos es entender que la norma no es un fin en sí misma sino un medio para transformar los comportamientos y regular la convivencia entre las personas. Pero las normas no pueden solas y de manera aislada producir esos cambios. Ellas deben estar acompañadas por acciones de política social y económica, acciones de cultura, pedagogía y alfabetización en derechos humanos y programas de desarrollo humano entre otras. Ese es el reto del siglo XXI.

En efecto, así lo ha intentado la comunidad de naciones. Además de los Convenios del 49, el Comité Internacional de la Cruz Roja promovió en 1977 la aprobación de los dos Protocolos Adicionales a los cuatro Convenios en los que se regula, en tiempos de conflictos armados, la protección debida de la población civil y se prohíbe alistar a personas menores de 15 años para que participen en las hostilidades. Posterior al 77 se aprobaron, en el ámbito de las Naciones Unidas y de la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, el Convenio Adicional a la Convención de los Derechos del Niño relativo a la prohibición de reclutar menores de 18 años para que participen en conflictos armados (1999), y el Convenio 182 sobre erradicación de las peores formas de trabajo infantil que abarca el reclutamiento y utilización de menores de 18 años en conflictos armados y la utilización de personas menores de 18 años en actividades ilícitas, particularmente el narcotráfico y sus acciones concomitantes (2002). Estos acuerdos normativos son pasos importantes, pero reitero, por sí solos no logran avances. Las normas son una de las tareas, no la única.

También es importante anotar que tal sería la honda preocupación por la situación de la niñez reclutada y utilizada por grupos armados ilegales en el mundo, que en 1996 se crea en el ámbito de la Secretaría General de Naciones Unidas la Oficina del Representante Especial del Secretario General para la cuestión de niños soldados, oficina que desde entonces viene promoviendo Resoluciones del Consejo de Seguridad y de la Asamblea General, para que se conmine a los países que sufren conflictos armados a no permitir el reclutamiento y utilización de niños y niñas por los citados grupos, y en particular una Resolución exclusiva (1325) sobre el trato y el respeto que debe asegurarse a las niñas y a las mujeres víctimas de los conflictos armados. Esta Oficina Especial ha producido de manera sistemática y anual desde 1997, informes del Secretario General para el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre la situación de niños soldados en los diferentes países del mundo, incluida Colombia, los que han permitido hacer pedagogía mundial en cuanto a poner en evidencia esta aguda problemática, en el ámbito de la Resolución 1612 del 26 de julio de 2005 que crea un mecanismo de monitoreo y seguimiento para los países del mundo en los que persiste el reclutamiento y utilización de personas menores de 18 años para que participen en conflictos armados.

Estos ejercicios de política pública internacional han sido suscritos por la mayoría de los países del mundo y con fundamento en ellos, Colombia ha sido particularmente juiciosa, no solo en su suscripción y adopción, sino en la aprobación de leyes de contenido contundente para consagrar sanciones severas para quienes recluten y utilicen menores de edad y para organizar todo el aparato estatal en torno del trato jurídico y de protección social que debe asegurarse a las personas menores de 18 años que en cualquier condición abandonen los grupos armados ilegales. También Colombia es parte del Estatuto de la Corte Penal Internacional para el cual el reclutamiento forzado de menores de 15 años es tipificado como crimen de guerra, y por ende es un delito de carácter imprescriptible.

Otras normas nacionales como las de Orden Público, el Código Penal y la Ley de Infancia y Adolescencia, además de las que ratifican los tratados internacionales ya relacionados y que contienen previsiones claras y precisas, componen el cuerpo normativo regulatorio de una de las condiciones más aberrantes a las que puede ser sometido un ser humano que no ha llegado a su mayoría de edad: el reclutamiento y utilización para participar directa o indirectamente en el conflicto armado y del accionar criminal que funciona paralelo al conflicto.

Colombia ha hecho, y puede mostrar, importantes esfuerzos (además de los normativos) en materia de política para complementar el cuerpo normativo. En 2007 crea la Comisión Intersectorial para la prevención del reclutamiento y utilización de personas menores de 18 años por grupos armados ilegales mediante decreto presidencial a cuya cabeza está el Vicepresidente de la República. Esta Comisión tramitó en 2010 el Documento CONPES 3673 que sienta de manera oficial la política nacional de prevención de reclutamiento y utilización de niños y niñas por grupos organizados al margen de la ley, de la que se desprenden más de 18 Planes de Acción (con apropiación de recursos) de las entidades del Estado, que tienen alguna responsabilidad en la prevención del reclutamiento y en la protección de las y los adolescentes que han abandonado los grupos armados ilegales, como es el Programa de Atención Especializada del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar desde 1999 y hasta 2013 ha atendido, como ya se anotó, el proceso de desvinculación de más de 5.000 hombres y mujeres menores de 18 años y el diseño del programa conjunto de reparación integral para menores de edad gestado por la Unidad Nacional para la Atención y Reparación Integral de las Víctimas del conflicto armado.

Sumado a lo anterior, en 2005 se dio inicio al proceso de desmovilización de los llamados grupos paramilitares regulado por la Ley 975, procesos de desmovilización que en algunos casos entregaron para la protección del Estado un número importante de menores de edad y en otros casos, menores de edad que fueron regresados a sus entornos familiares. En virtud de la aplicación de la citada Ley de Justicia y Paz, se dictó la primera sentencia contra un reclutador de menores de edad en Colombia, alias el Alemán, quien confesó el reclutamiento de 309 menores de edad y por dicha causa y otros delitos de gravedad fue condenado a ocho años de pena privativa de libertad. En esta Sentencia (diciembre 16 de 2011) se ordena al Gobierno nacional diseñar un programa de reparación integral al grupo de jóvenes que fueron víctimas del delito de reclutamiento cometido por Rendón Herrera en coordinación con la Unidad Nacional para la Reparación Integral de las Víctimas del conflicto armado en el marco de la Ley 1448 de 2011, conocida como Ley de Víctimas.

Al tiempo que todo esto pasaba en Colombia, el mundo celebraba en septiembre de 2013 la ratificación por parte del Tribunal Especial para Sierra Leona de la primera sentencia a 50 años de prisión (dictada en abril de 2012) por crímenes de guerra, incluido el reclutamiento forzado de menores de edad, contra Charles Taylor expresidente de Liberia (África) por delitos cometidos durante la guerra de Sierra Leona entre 1991 y 2002.

En este rápido panorama expuesto, relacionado con la cantidad de acciones jurídicas y de política que han sido adoptadas por los diferentes sistemas de protección internacional de derechos humanos, incluida la normativa penal y por los países en particular como el caso de Colombia, puede observarse que no han sido pocos los esfuerzos emprendidos para prevenir el reclutamiento de niños y niñas y para poner en marcha programas de restablecimiento de derechos y de protección, así como de reparación integral, sumado a todo un bloque de leyes en las mismas materias.

Pero, con tantas tareas realizadas como las normativas, las de adecuación institucional, las de prevención y de protección integral entre otras, sumado a las sentencias dictadas y a las que vienen en camino contra reclutadores de menores de edad, todavía es largo el camino que falta recorrer. En un análisis pormenorizado de las acciones que se han definido en favor de otros grupos poblacionales en condición de vulnerabilidad, resulta claro que son los niños y niñas víctimas de reclutamiento ilícito por quienes con mayor ahínco han luchado las instituciones del Estado, de la Cooperación Internacional y de la Sociedad Civil. Sin embargo persiste de manera reiterada su reclutamiento y utilización por los grupos armados ilegales y ahora por las bandas criminales (no obstante tener esta modalidad de utilización de menores de 18 años la tipificación de un delito común con sanción severa).

Es precisamente en el relato de las historias narradas en este libro en donde se comprueba que la lucha para prevenir los riesgos y las amenazas contra los derechos de los niños y las niñas demanda trascender la formalidad de la norma para asegurar un goce efectivo de derechos y sobre todo para que adultas y adultos tomemos con seriedad la obligación que tenemos para protegerlos del acecho de sus vulneradores. Por eso la invitación es a hacer cosas distintas a las que hemos venido haciendo hasta el momento. Ya contamos con marcos legales e institucionales con capacidad de actuación inmediata; ahora falta caminar hacia afuera, hacia donde viven y transcurren sus días de soledad e inseguridad. El reto es tejer redes, volvernos cada una y cada uno un nodo de protección, el reto es reportar a las autoridades competentes la sola sospecha de que un niño o niña está siendo amenazado en sus derechos, maltratado o abusado, el reto es reportar la no asistencia escolar y la falta de entornos de protección.

Pero no es tiempo de desfallecer, al contrario, es tiempo de promover aún más de lo que se ha hecho hasta ahora; es tiempo de entrelazar esfuerzos que de alguna forma se han emprendido de manera aislada. Intentemos ahora articular todo lo que se ha hecho para multiplicar las fuerzas. La gran tarea es hacer que normas, instituciones, políticas y programas se encuentren en puntos concordantes con las realidades que viven día a día niñas, niños y adolescentes. Y mientras eso es posible, porque debe ser posible en el presente inmediato, aceptemos la invitación que Pilar Lozano nos hace a recorrer las historias de vida de estos protagonistas con nombre, y de los miles de niñas y niños anónimos por quienes habla de manera impecable la autora.

Beatriz Linares*

1. ASÍ FUE COMO DEJÉ DE SER NIÑO

¿Sabe? Yo estaba mejor allá que aquí; fue lo primero que le escuché decir a Manuel1 la tarde que lo conocí. Su pantalón camuflado, su manera de sentarse desgarbada, su pelo al rape fueron las señales que me llevaron a identificarlo de inmediato como exparamilitar, en medio de una reunión de desmovilizados. Y no ocultó las razones de su malestar: allá tenía una familia, sueldo asegurado... Además, había llegado obligado a la desmovilización. Tenía diecinueve años. Desde ese día me empezó a contar, a retazos, su vida: la rabia por el abandono de su madre, las desgarradoras separaciones de su hermano; la violencia y la crueldad que conoció cuando apenas era un niño…

ENTRE MI ABUELA Y MI TÍA ME RECIBIERON EL DÍA QUE NACÍ. Fue en la casa de mis abuelos, una casa de madera, teja de cinc, piso de tierra y fogón de leña, acurrucada en medio de un montón de montañas. Una finca muy pequeña. Había yuca y plátano para consumo propio, un palo de naranjo que quedaba al lado de la casa y uno que otro árbol de guama. Lo demás era potrero para el ganado y un pedazo pequeño para el cafetal de mi abuelo.

Estuve con mi papá, o mejor, él estuvo con nosotros, hasta que cumplí tres años. Es que mis papás vivían enredados en peleas de palabras. Mi papá consiguió una mujer y se fue. Quedó mi mamá. Como al mes, ella también cogió camino. Estaba en embarazo. Pero consiguió un señor y él la recibió así…

Mi hermano y yo sentimos ese vacío: ¿con quién íbamos a hablar?; ¿a quién le íbamos a contar las cosas? Pero quedó mi abuelo; pasó a ser papá y mamá. Mi abuela era una persona muy regañona y un poco alejada de nosotros. Siempre lo fue. En cambio él estaba pendiente de todo.

Desde bregar a sacarnos al pueblo o traernos, cuando iba solo, así fuera un bom bom bum… Nos regalaba un poco de café para venderlo y poder comprarnos al menos una camisa. Nos llevaba a limpiar cultivos ajenos y nos enseñaba cómo desyerbar, cómo abonar. A mí me enseñó a querer a los animales, uno de ellos, Azabache, su caballo. Como a los seis años me dejó montarlo para ir, a mercar al pueblo…

Mi abuelo nos defendía de las palizas de mi abuela. Ella, muchas veces, intentó pegarnos por no ayudar a traer la leña seca para el fogón, o por irnos a jugar fútbol a la escuela. Llegábamos embarrados. Y, así, sucios, seguíamos jugando en la casa; eso no le gustaba.

Mi mamá solo volvió al año, nos visitó como dos días y se volvió a ir. Nos llevó unos carritos.

En el corregimiento no había Policía, no había nada; solo ellos, las Autodefensas. En la escuela se veía la ayuda que daban: se encargaban del mercado y de todo lo de la cocina. Teníamos desayuno y a veces hasta el almuerzo. Lo complementario, la colada, no faltaba.

A una profesora no le gustaba que ellos llegaran armados. Y nos hacía mala cara cuando le pedíamos permiso para arrimarnos a hablarles. Pero nunca se dio un conflicto ahí, en la escuela. Por la finca se veían mínimo dos veces por semana. Se quedaban cambuchando cerca al cafetal de mi abuelo.

Andaban armados, como el Ejército; uno no notaba la diferencia, no sabía si eran buenos, si eran malos, qué hacían, qué no hacían…Yo solo me preguntaba: ¿por qué están ahí agrupados durmiendo en unas hamacas? Y creía: tal vez van de viaje.

Las cosas raras ya las vine a entender después: tenían sus calabozos en el caserío; encerraban ahí a los que habían robado, a los que se habían peleado con otros. Pero mi abuelo no nos dejaba acercar mucho.

Un día, por casualidad, mi abuelo se enteró de una coincidencia: el comandante de las Autodefensas de la zona cumplía años el mismo día que mi hermano ¡Imagínese! Entonces él le presentó a mi hermano y le pidió colaboración. Le regaló un poco de plata. ¡Como 100.000 pesos! Una alegría muy grande para mi hermano: ¡poderse comprar ropa…!

Y ese cumpleaños fue con gallina. Para matar una en la finca era porque llegaba visita de lejos, por ejemplo mi papá, o uno de mis tíos. Pero era tanta la felicidad que ese día mi abuela dio permiso para matar una… Ni antes ni después vi una celebración como esa.

Así fue mi vida hasta los ocho años. Tenía un solo sueño: crecer rápido para poder ayudar. Siempre me ha gustado la arquitectura. Diseñar o construir puentes para que el campesino pueda vender lo que produce. Porque cuando llovía solo quedaba el camino de herradura para sacar el café y el cacao, en caballos y mulas.

¡Qué iba a imaginar que mi vida iba a cambiar!

Mis abuelos no estaban bien económicamente. Ni mi papá, ni mi mamá colaboraban. Un tío quería hacerse cargo de nosotros pero no podía con los dos. Tocaba uno solo y el otro quedarse con los abuelos para equilibrar la balanza. Pero a mi hermano y a mí no nos prepararon para la separación.

Un día llegó mi papá y a la mañana siguiente me dijo:

—Bueno, ¡alístese porque usted se va!

—¿Para dónde?

—Nos… nos vamos para la ciudad.

Y en menos de dos horas tuve que alistar lo poco que tenía. En una bolsa metí ropa, zapatos y cotizas…, los cuadernos llenos a medias porque era mitad de año y mis piquis. Sí, las bolas de cristal para jugar. Tenía siempre entre cinco y diez. Me las eché al bolsillo; era lo único con lo que uno se podía divertir. Mi favorita era la petrolera: al ponerla al sol se volvía oscura. Es la que vale más que todas. En ese momento no pensé que pocos años después me tendría que separar de ellas.

Fuimos todos al pueblo. Me subí con mi papá al jeep y me hice en la parte de atrás. Y vi cómo mi hermano corría y corría detrás cuando el jeep echó a andar. Escuchaba entrecortados sus gritos:

—¡No se vaya! ¡Quédese! ¡Lo necesito!

Fue muy triste para mí; esa imagen se repitió en mi mente todo el camino. ¡Tener que dejarlo! Él me necesitaba y a la vez yo lo necesitaba… Es una de las escenas más dolorosas de mi vida de niño. Él tenía cinco años; yo ocho.

Como hermano mayor yo lo protegía. Sentía esa responsabilidad. Desde que se fueron mis papás cada sufrimiento de él era mío, cada alegría de él era mía… Recuerdo un día que fuimos solos a ayudar a limpiar potreros ajenos y nos pusimos a jugar con las hojas de una mata de ñame. Uno alza el machete, lo pone como en sentido horizontal y le pega con la hoja al machete. Entonces la parte que se corta sale volando, como disparada a gran velocidad. No sé cómo mi hermano le mandó la mano al machete y se cortó un dedo.

Uno de los trabajadores buscó unas hojas, las masticó y se las puso en la herida; eso ayudó a trancar la sangre. Pero yo todo el rato pensé: se va a morir, se va a desangrar. Sentí pánico.

Y llegué a la ciudad. Me instalé en la casa de mi tío en una barriada encaramada en una loma donde vivía gente muy pobre. Lo más malo fue la burla en la escuela; la burla que recibe el campesino por el hablado. Los de ciudad hablan diferente. Uno puede pronunciar: lápiz, como los de la ciudad, pero en algo cambia el acento. Me sentía raro, como un niño entre adultos, aunque éramos de la misma edad. Me hicieron a un lado.

Otro inconveniente: el nivel educativo que tiene una escuela rural. Yo llegué a terminar tercero y ahí hice hasta cuarto; año y medio. Pero siempre me sentí el más burro, como que sabía menos de matemáticas, de ciencias… de todo. Y me hacían mucha falta mi hermano y el abuelo.

En esa escuela —muy pequeña, muy abandonada—, había mucho estudiante con su vicio; algunos muy conflictivos. No faltaba quien tuviera su pandilla; a la salida los esperaban los del parche. El más grande era el que dominaba.

Y uno de ellos fue el que me habló, un día, de grupos que estaban haciendo limpieza.

—Son buenos —me dijo—. Nos vamos a quitar de encima esos muchachos que llegan a robar a la salida del colegio, los que venden droga.

Poco después me convidó.

—Parce, acompáñeme… Vamos que tenemos que hacer una entrega…

—¿Y eso?

—No… una maleta que se le quedó a un compañero… ¡Vamos!

Cuando llegamos al sitio él se la entregó a un muchacho, este sacó plata del bolsillo y se la pasó… Mi amigo la medio contó, la dividió en dos montones y me pasó uno:

—Tome, por mitad.

Y de una advirtió que todos los días deberíamos llevar de un barrio a otro una maleta, una especie de morral. Nos daban cincuenta, setenta, cien mil pesos y lo de los pasajes. Yo ni las destapaba, pero sí sentía el peso. Tocaba por fuera: un arma… dos armas. Eran para los paras, supe luego. Al principio no sentía miedo. Pero cuando empezaron los consejos amenazantes (“ojo con decir algo; nadie tiene que saber”; “ojo con dejarlas coger”), sentí terror: ¿qué tal se pierda una maleta de esas…?, ¿qué nos pueden hacer?

La plata me cayó superbién. Imagine: yo siempre me paraba a la entrada de la cooperativa y miraba con los ojos bien abiertos cómo comían los compañeros. Yo no podía comprar ni un chicle de 50 pesos… Entonces con 30, 40 mil en el bolsillo tuve para mis onces…

Muy pronto mi tío quedó desempleado. Se puso a vender maní en los buses. Mi prima, que se había convertido en mi mejor amiga, empezó a trabajar en la plaza vendiendo yuca, plátano. Yo iba a ayudarle. Empecé a sentir que era una carga para ellos.

***

Entonces me enteré de que mi hermano estaba en un pueblo lejano con mi papá. Y como lo que más quería era estar a su lado, pedí irme para allá. Mi papá estaba administrando un club. Soñé que me podía ayudar.

Pero me encontré un panorama diferente. Pensé recibir cariño; recibí golpes: el correazo, la patada, cachetadas tanto a mi hermano como a mí. Cachetada por todo: vea que no se ha barrido; vea que traiga esto. Y como él se dejaba dominar mucho de la mujer que tenía y ella le ponía muchas quejas…

Mi hermano y yo servíamos de meseros. No nos pagaba. Solo, de vez en cuando, un par de zapatos, una camiseta.

Muy recién llegado conocí un primo; tenía como diecisiete años. Aparecía en el club, en moto, con su revólver, su radio de comunicaciones. Yo nunca había tenido tan cerca un aparato de esos. Pensaba: chévere comunicarse así con otra persona. Con el arma se sentía orgulloso. Le hacía aseo cerca de nosotros. En lugar de esconderse nos enseñaba: “Vean, esto es una bala, vean estos son los cuidados que hay que tenerle...”.

Lo más llamativo era la cantidad de plata que él cargaba. Y a escondidas nos decía: tome, le regalo esto, y nos daba dinero.

Entonces fue cuando me vine a dar cuenta de la verdad. Ese club de mi papá era el centro de reuniones de los urbanos, los paracos de pueblo. Todos eran jóvenes. Llegaban, como mi primo, en moto, con un arma y un radio. Empecé a parar oreja para escuchar las conversaciones. Ellos compraban una botella de whisky, la pagaban y si quedaban dos, cinco mil pesos me decían: cójalos.

—¡Huy, gracias! —respondía.

Ahí tenía para un par de medias. Nunca, en esos días, vi que alguno de ellos se dirigiera mal a mi papá, a mi hermano, a mí; no. Me sentía grato con ellos. Los veía como personas buenas. Cuando había combates llegaban también comandantes. Hacían una mesa redonda: ponían los radios encima y sacaban unos cuadernos grandes. “Comando, tenemos una baja…”, escuchaba que reportaba alguno de ellos.

Los demás hacían cara de desagrado. Comencé a entender sus lógicas: comprendí que la Autodefensa, esos muchachos que yo veía cambuchando al lado del cafetal de mi abuelo, eran paramilitares que trataban de combatir a la guerrilla.

Mi abuelo nunca nos habló de eso. Nunca nos explicó tampoco que la guerrilla era un grupo armado ilegal que trata de tomarse el poder con las armas. Pero ahí, escuchando lo que decían en el radio:

“Comando, recuperamos un fusil”; “Comando, hay un muchacho desaparecido”; “Comando, tenemos un muchacho”; “Comando, matamos un perro” (significaba que habían matado un guerrillero), y viendo esa cara de “¡huy, qué bueno!”, esa alegría de ellos, empecé a ver cómo era la guerra.

Un día nos fuimos a vivir a la casa del comandante del pueblo mientras arreglaban el club; se estaba cayendo. La fachada era normal, las habitaciones normales, pero tenía un garaje y un patio que servían de calabozos. Ahí también vivía una señora encargada de cocinar a los detenidos. Ella, a cada rato, les llevaba agua o comida.

Mi primo llegó una vez con un muchacho amarrado. Lo metieron al calabozo. Nosotros escuchábamos que lloraba y lloraba. Mi papá no nos dejaba acercar mucho, pero desde arriba, del segundo piso donde vivíamos, se veía claramente lo que pasaba. Como el bochorno era muy grande, para evitar que los detenidos se desmayaran, los sacaban un rato al patio y a muchos los bañaban ahí, les echaban agua a totumadas.

Teníamos mucha curiosidad de saber quién era el muchacho que sufría. Un día repreguntamos al primo:

—¿Ese muchacho por qué se queja tanto?

Y él nos contó que era un miliciano.

—¿Un miliciano? ¿Qué es eso?

Y supimos: es un guerrillero que trabaja en un pueblo, de civil, haciendo inteligencia. Explicó más: es una persona mala que secuestra, que mata al soldado, que mata al policía… Con lo que nos dijo ese día sentimos que la guerrilla era algo malo, algo que atentaba contra nosotros mismos. Y la Autodefensa era un grupo que trataba de ayudar al Ejército y al pueblo. Eso fue lo que empezamos a ver…

Aprovechando un viaje de mi papá, mi primo nos explicó con tranquilidad, y más a fondo, cómo combatían ellos, cómo vivían. ¡Por enfrentar a la guerrilla se ganaban 600.000 pesos! Pero nos aconsejó no ingresar.

—Debe estar uno preparado para dar la vida en un segundo —nos dijo.

Después de esa charla me empecé a preguntar: ¿será bueno irme para allá?.

A la final entré, más que todo por mi papá. Cada día era más difícil tener lo que necesitaba. Me daba miedo pedirle para mis cosas. Y llegó a ser claro: Él quería que yo buscara otros horizontes.

Él mismo habló con uno de los comandantes y pidió, a escondidas mías, mi ingreso.

—Listo —le contestó el man—, yo lo recibo.

Debía entrar de inmediato, a una escuela de entrenamiento. La edad mínima era trece años; yo los acababa de cumplir. A esa edad, pensaban ellos, uno era útil: podía cargar un fusil, ayudar a llevar la munición, los víveres...

Yo estaba en cuarto en la escuela. Tocó dejar el lápiz y coger el fusil.

Triste la despedida con mi hermano. Otra vez así, como había sido la anterior. ¡Otra vez quedar cada quien por su lado! Pero el campamento estaba a hora y media de camino; un poco cerca. Mi primo podía llevarlo a visitarme.

Le entregué las bolas de cristal. Me dolió dejarlas. Le encargué también la ropa, todo… Me fui solo con lo que tenía puesto.

En mi cabeza daban vueltas dos emociones encontradas: mucha motivación de ganar plata, de poder comprar lo que quería, y un miedo verraco a morir. Me martillaba lo que mi primo decía: “Allá se puede perder la vida en un segundo”. Sí, iba el miedo acompañando.

Llegué y lo primero fue botar mi ropa. Me entregaron un bolso con mis cosas: botas, sudadera, camisetas, interiores, medias ¡todo nuevo! Y me anunciaron: “Tranquilo que esas botas se las cambian en menos de un mes...”.

Y luego la peluqueada. Me dejaron el pelo bajitico a punta de tijera.

Entramos cuarenta ese día. Todos de lugares diferentes. Había paisas, costeños... La mitad mayores, la otra mitad, de trece, catorce, quince años.

Nos mandaron formar. Nos dieron un machete y nos ordenaron cortar un palo del largor de un fusil, un palo cualquiera, rollizo. Y como todo en esa escuela, fue una tarea en tiempo récord:

—Rápidamente, con esos machetes, van a conseguir unos palos así y asá… ¡Castigo para los cinco últimos…!

Tocaba quitarle la cáscara y hacerlo firmar por cada uno de los seis instructores. Debíamos mantener con ese palo a toda hora, cuidarlo como si fuera un fusil, armarle con un lazo o una cabuya, una cicha, para cargarlo al hombro. Nos repetían: “¡Fusil en el pecho!”; no: “¡Palo al pecho!”.

Si uno lo perdía, tocaba empezar de nuevo el curso, así llevara un mes de entrenamiento.

Nos levantábamos todos los días a las cuatro de la mañana formábamos y luego simulábamos que llegaba el enemigo y debíamos cubrir la escuela. Apuntábamos con el palo-fusil hacia el monte. Seis de la mañana: tinto con galletas y a trotar una hora por un camino, por carretera, por donde fuera.

Regresábamos y seguía el entrenamiento en gimnasia básica americana. Ya después era el baño. Hasta eso tocaba a la carrera: en dos minutos echarse agua en plena quebrada y corra a vestirse ¡Y a la fila rápido! Una vez quedé entre los últimos cinco. El castigo: doscientos yumbos, lo que se conoce como el botecanela: dar una vuelta, algo así como el giro que da una llanta.

Por fin llegaba la hora del desayuno. Después seguía el entrenamiento en táctica militar. Cargábamos equipos especiales, llenos de tierra, para simular el peso de los de verdad. Subíamos un cerro no tan alto, ni tan empinado, pero treparlo, corriendo con un palo y un equipo lleno de tierra, agota.

Muchas veces nos tocaba pasar por una quebrada. No se podía parar a sacarse el agua de las botas. Entonces: salte en un pie y briegue a sacar el agua… ¡Se desmayaban bastantes! Casi siempre le ocurría a un compañero que era más o menos igual de gordo a mí.

Aprendimos a avanzar en zigzag, a pasar un cercado, a conocer los símbolos que se hacen con las manos para avisar: “¡el enemigo!”, “¡cuidado!”, “¡avanzar!”, “¡pare!”.

Volvíamos a la escuela a orden cerrado: aprender cómo dirigirse a un comandante, a un compañero. Llegaba el medio día y muchas veces no podía almorzar del puro cansancio. En vez de recibir el arroz con el espagueti o el arroz con sardinas, aprovechaba más bien para acostarme en cualquier barranquito y descansar.

Jamás me acostumbré tampoco a almorzar a la carrera. Decían: “dos minutos”, y dos minutos tenía para comer lo que pudiera y formar con el plato, la cuchara y el pocillo ya lavado.

Esto último solo después de quince días porque al comienzo solo nos dieron arroz y lenteja servidos en hojas de plátano o cualquier otra hoja. De cuchara usábamos la corteza de un árbol, la cáscara de cualquier palo. El pocillo era una bolsa de arroz. Ahí recibíamos el Chocolisto o el tinto por la mañana y la avena instantánea, que era la sobremesa. Brincamos de alegría cuando nos llegó el plato, la cuchara y el pocillo.

Después de almorzar o de descansar era tiempo de las charlas con el político. Memorizábamos los estatutos, las normas que se deben cumplir, las condenas que tiene cada mal acto: pelear con un compañero, matarlo, intentar algo contra algún comandante, las malas palabras… Todo está especificado en cartillas. Hasta los castigos: tenderse, ir corriendo, darle la vuelta a un palo, quedarse de pie horas, recibir planazos con un palo en el codo y el más cruel: permanecer amarrado de brazos a un árbol...

El fuerte de esta clase era entender el motivo de la Autodefensa. Usaban mucho videos de tomas guerrilleras para convencernos de la urgencia de combatirlos y tomar ejemplos de la misma acción de ellos:

—Ellos matan soldados, matan policías, matan campesinos. ¿Cuál es la gracia de coger un camión de leche, matar al conductor, regar la leche en una carretera y meterle candela al camión? Miren, muchachos: si nosotros cogemos un carro de leche, la leche es pa’l pueblo. Al conductor le ordenamos: váyase, llévese su camión…

Todo era: “La guerrilla no tiene capacidad cerebral para hacer una guerra… ¡Son unos brutos!”.

Y las preguntas finales:

—¿Qué somos?

—Un brazo armado del Estado —respondíamos en coro.

—¿Entonces se van a ir con los brutos o van a estar donde piensan, donde vamos a salir adelante, donde somos los mejores?

Siempre lo mismo: somos los buenos, ellos son los malos. Mire que nosotros hacemos esto por el bien… ¡Ellos no! Nosotros hacemos la inteligencia para matar una persona. Ellos simplemente la matan porque sí.

Y nos hacían ver películas de los nazis. Nos contaban su historia, su ideal, hacia dónde iban, por qué el odio al judío, por qué el racismo. En las Autodefensas no se manejaba el racismo sino el anticomunismo. Nada de izquierda, nada de revolución.

Recuerdo una imagen de esas películas nazis: se ve una señora que tiene en brazos a su hijo. Un soldado apunta y le pega el tiro. Ella muere, pero el niño cae vivo. Y entonces el soldado saca la 22 y le dispara al niño. La vimos muchas veces.

“Contra el enemigo no hay que tener piedad”, era la lección que debíamos sacar.

Es decir: si llegábamos a un pueblo no debíamos tener piedad con una persona vestida de civil. Ella igual colaboraba con la guerrilla: ya fuera cocinando, ya vendiéndoles remesa… Así fuera solo el saludo que brindara a un guerrillero, esa persona era un enemigo…

Ahora no pienso así. Creo lo que dicen mis suegros. Ellos tenían en su pueblo una tienda.

—Véndame dos huevos —pedían los armados de todos los grupos que llegaban ahí.

Si se negaban, sabían que se ganaban un enemigo. Al que llegara, del bando que fuera, le vendían lo que pidieran. Así sobrevive el campesino en la guerra. Si no le hace el favor a este, lo mata; si no le hace el favor al otro, también lo mata… Muchas veces llegábamos nosotros con un brazalete de las Farc a una casa o a una tienda y nos hacían un favor. Llegábamos como Autodefensa, igualmente nos hacían el favor. Pero eso es lo que no ve el grupo…

Después de la charla política íbamos a clase de arme y desarme de fusiles. “¿Qué clase de arma es esta?, ¿cuándo la fabricaron?, ¿qué munición utiliza?, ¿cómo se debe desbaratar?”. Para este entrenamiento nos daban un arma de verdad.

Y casi a diario hacíamos un ejercicio bajo el fuego. A decir de los duros, servía para aprender a tenerle miedo a la bala enemiga. Con rumos de piedra, armaban trincheras. En un punto, no tan lejano, ponían la M-60. Debíamos correr y cuando gritaban: “¡Tenderse!”, se tenía uno que tirar donde fuera porque activaban la M-60.

Cuando se escuchaba la orden ya venía la bala encima. Y briegue uno a llegar a su arrume de piedra, arrastrándose. Solo ahí dejaban de disparar. A otro grito: “¡Avanzar!”, otra vez a correr rápido antes de que activaran el arma de nuevo.

Increíble: nunca vi un herido por eso. Eso sí desmayados por el cansancio, la fatiga, muchos.

Después del mes empieza la práctica en el polígono. No era como se cree: disparar a un redondel con un punto blanco en el centro; no. Era: ¡péguele a tal mata de plátano! O: péguele a tal palo, o briegue a astillar tal cosa. Desde el comienzo me gustó el traqueteo y el olor a pólvora.

A las cinco de la tarde era la cena. Un poco después se cantaba el Himno Nacional, el himno de la Autodefensa y la oración de la Autodefensa. Sí, una oración de la Autodefensa. Me la sé completa:

Oh, sacrificio y causa

aguerrido patrullero

obediencia a los comandos

que la paz ha de llegar.

Adelante combatientes

con moral

preparémonos en secreto,

disciplina y dignidad

que en la lucha por la patria

si la vida hay que entregar.

Con las armas retornamos

los derechos vulnerados

enfrentando al enemigo

por la ausencia del Estado.

Empuñando fusil y equipo

al campesino defenderé

de la agresión subversiva

al país yo libraré.

Oh, Autodefensas gloriosas

que en el pecho llevaré

el Estado de Derecho,

Libertad, familia y fe.

Llega el día de dejar la sudadera y ponerse el camuflado. Nos repartieron chaleco, proveedores y fusil. El propio fusil. En ese momento me sentí un guerrero, poderoso.

Pronto los combates, probar monte. Es duro. Uno ve: uuuh… ese chino, con el que aguanté hambre, corrimos, hicimos de todo en la escuela, a ése lo mataron. Y uno automáticamente piensa: ¡ah! no me voy a dejar matar; disparo y hago lo que sea…

Vi morir compañeros en combate… ¡Niños!, muchachos muy jóvenes. Los mandaban al frente sin graduarse en la escuela, o sea, sin estar bien preparados. El comandante decía: “Sáquenme quince de los más entrenados”, y al rato: “Sáqueme otros veinte”. Mucho niño llegaba aunque fuera para ayudar a pasar munición.

Trato de no acordarme tanto de eso. Muchas cosas me afectan demasiado todavía.

***

Casi todos los del curso de patrulleros eran como yo, menores de dieciséis años… Recuerdo un muchacho que estaba herniado y lo iban a sacar. Él alegó que no tenía familia. Si lo echaban, decía, estaría por ahí, vagando en el municipio. Suplicó, se humilló para que lo dejaran. Ofreció hacer cualquier cosa: recoger leña, lo que fuera. Se quedó.

Les llevaba la comida a los que estaban de guardia…

Las mujeres eran ocho. A una de ellas, la Golis, que entró de catorce años, le encantaba el polígono. En el correo tengo una foto de ella. Bajita, morena, dura con el fusil… ¡Sí! nos daba lecciones. Se arrodillaba, le apuntaba al coco y lo bajaba. Increíble: nosotros aprendiendo a disparar y ella toda una experta. La Golis y su fusil; así la recuerdo. No lo dejaba ni cuando estaba castigada: una M-16, tipo comando, especial para mujeres. Pero quería siempre una AK-47, la de los hombres.

Un comandante la enamoró. Y ella, para no estar en tanto trote, ni en lo más pesado de la escuela, se fue a vivir con él. Voluntariamente. En la organización, si yo consigo una mujer y ella va a ser mi pareja, debo informar a un comandante. Si algún día la ven con otro hombre, tiene su castigo. Igual, cuando uno deja a la pareja, informa, y listo.

Vi pelear mucho a la Golis con su compañero. Él la castigaba: la mandaba a trotar, a hacer gimnasia, a hacer pecho delante de todo mundo. Supe que la mataron en un enfrentamiento con las Farc. Pasó como a los dos años de yo estar en las Autodefensas.

De los compañeros que entramos mataron más o menos como a quince, los demás nos desmovilizamos.

Estar en las Autodefensas es estar en otro mundo; saber que la vida uno la pierde en un segundo. Hasta por una cizaña: el que le tenga rabia a otro se inventa cualquier cosa y lo hace fusilar… pasa.

Muchos quisieron salirse al poco tiempo de ingresar. No se atrevían a decirlo por miedo a que los mataran. Lloraban, les hacía falta algún familiar, extrañaban su vida anterior… De noche yo también lloraba, al escondido. Un niño siempre tiene derecho a decir: ¡mamá! o ¡papá, mire lo que me está pasando!. Allá no teníamos ese recurso.

Cuando corría la voz de que alguien estaba aburrido, de inmediato el político lo mandaba llamar. En media hora de conversación le cambiaba la mente. Lo convencía como fuera.

—¿Por qué está triste? —preguntaba él.

No daba pie para respuestas. Continuaba:

—Vea pelado, esto toca con motivación… usted pronto va a recibir su plata… Aquí se va a ganar los permisos para ver a su familia…

Y quedaban firmes otra vez. Pero por mucho, el interés duraba tres días y otra vez querían devolverse. Algunos cogían esa costumbre: cada rato hablando con el político, pidiendo que intercediera para poderse ir. Y el político cualquier excusa sacaba: que el comandante no estaba en el área, que estaba viajando, que estaba con el Estado Mayor…

La regla, en sí, es no dejar salir a nadie. El miedo era que dieran información al enemigo, o que fueran infiltrados de la guerrilla y salieran a contar todo lo que habían visto.

Uno de los que más soñaba con irse era Pedro. Le tenía terror a la oscuridad, la pasó mal.

Una vez le cayeron mal unas lentejas, se enfermó en la noche y por no ir a las letrinas, se hizo al lado del cambuche. Al otro día nos advirtieron: si no aparecía el culpable nos castigaban a todos. Entonces alguien lo delató.

—Fue él —dijo y lo señaló.

Lo llamaron al frente…

—¿Usted por qué hizo eso? Usted sabe que está prohibido...

—Comando —dijo con tembladera—, lo que pasa es que a mí me da miedo la oscuridad.

La carcajada fue de todos. Lo mandaron a dar rollos encima de esa suciedad… Dar los rollos para lado y lado; untarse de eso mismo… Él no pasaba de catorce años…

¡Cómo sufría! Lo entendía porque a mí también me asustaba la oscuridad. No era justo. Es mucha la rudeza de los comandantes. Si alguien se desmayaba en entrenamientos nos prohibían ayudarlo.

Otra cosa que nos golpeaba era pasar hambre.

Una vez nos dejaron días aguantando. Solo teníamos crema dental, salsa de tomate o mayonesa para untar en una hoja —de las que nos decían que podíamos comer. Por fin, como a los tres días, nos mandaron al caserío pues había llegado el camión con el mercado. Cada uno se echó una arroba de arroz y una de pasta y galletas. Por el camino despedazamos todas esas cajas. Cada uno guardó su pucho de reserva. En un potrero encontramos una llanta, de esas que cortan por la mitad para echarle la sal al ganado. La lavamos en la quebrada, la llenamos de agua y en esa llanta preparamos avena instantánea.

Hacernos pasar hambre era, a veces, falta de coordinación. Pero otras veces era táctica para probar qué tanto aguantábamos. Qué éramos capaces de hacer por el desespero. Lo creo así por muchas razones: días que estando cerca a platanales no podíamos ir a cortar un gajo; acostarnos en medio de unos potreros donde se veía buen ganado y con la barriga vacía no poder ir a matar una res. Teníamos que aguantarnos en medio de tanta tentación. Ocurrió mucho. Días que nos daban tinto, nada más. O solamente arroz.

Eran pocos los momentos en que podíamos estar cerca, como en grupo, como descansando: cuando nos mandaban a lavar, a baño, o a la hora del almuerzo. Ratos muy cortos para hablar, para contarnos secretos, dolores. Lo primordial era la falta de la mamá. Ese es el vacío más grande. Todos la extrañábamos.

En segundo lugar, los abuelos y luego las cosas materiales. La cama, fuera como fuera, en la casa dormíamos en un colchón, una colchoneta. Y allá era humillante: sobre un pedazo de plástico o a veces en la hamaca… Porque no todas las veces lo dejaban a uno dormir en hamaca…

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Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
182 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9789583062742
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