Kitabı oku: «Malte vive en mi jardín»
© Círculo de Tiza
Para Sara Iradi Elizalde.
prólogo
Los agujeros del amor
Pilar y yo coincidimos en el curso «Razón y corazón» que impartía Alejandro Gándara. Nos enseñaba la diferencia entre dolor y daño y al final de la clase preguntó si alguien tenia algún testimonio. Pilar, apoyada ligeramente en un bastón, se levantó y dijo: «Yo he perdido a mi hija y he sentido que el dolor me traspasaba. Casi muero de pena, pero aquel dolor me construyó, aprendí mucho con esa pérdida. Pilar no se hizo daño, aguantó bien el dolor. Escucharla fue muy impactante para mí, sentí su testimonio sereno y desgarrador como un regalo y quise conocerla, quise que me enseñara, y tengo la suerte de ser su amiga desde entonces.
Este libro es otro regalo. Pilar sabe que la vida te puede arrancar pedazos, o todo, si te dejas. Y ella no se deja. Porque sabe superar el miedo y siente que la vida le paga bien esa ausencia de miedo.
Las mayores pérdidas de Pilar son las invisibles; las visibles, que hoy parecen las más importantes: la movilidad, la salud, la belleza, el éxito, el dinero, la juventud... no son las más dolorosas. Ella perdió a su hija y la lleva tatuada junto con los otros tres, perdió —por una traición— la empresa pionera que fundó hace veinte años, perdió a su hermano, que le enseñó a volar con el rock; perdió a veces la fuerza para salir de sus infiernos. Pero como la Molly de Joyce, siguió siempre diciendo ¡sí, sí, sí!
Ha viajado en unas condiciones que la mayoría consideraría imposibles y que para ella solo eran pequeñas dificultades. Por eso ha ido a Jerusalén, ha flotado en el mar Muerto, ha recitado poemas en Estambul y ha sentido la mirada del Auriga de Delfos. Casi se muere en la isla de Egina, cerca de Atenas, pero después de algunos avatares logró llegar al último ferry diciendo que lo de morirse no es tan malo. Ha nadado en el Egeo, en las aguas que bañaron a Cleopatra, y allí se enamoró de nuevo y subió al templo de Apolo, salvó los incontables escalones apoyada en unos brazos más fuertes que los suyos, pero también impulsada por su propio anhelo de tocar el cielo. Hemos recorrido juntas las calles infinitas de San Petersburgo y hemos sentido lo bello y lo siniestro en Berlín. Y no se pierde la oportunidad de visitar la Bienal de arte de Venecia o de callejear Salónica y Meteora.
Pilar dice sí siempre, cueste lo que cueste. Ese sí también está en su patio, un patio que es la prolongación de su esencia. Ahí habita Malte, mucho más que su perro, su cómplice y amigo, que murió cuando terminaba este diario. En ese patio están también cobijadas sus pérdidas invisibles y todos los regalos que atesora: su familia, sus amigos y el hombre de su vida. En el patio de Malte descansan los pedazos de vida que nos faltan. Y los agujeros del amor.
María Sendagorta McDonnell
Madrid, abril de 2021

I. Acababa de leer Los cuadernos de Malte, de Rilke…
Acababa de leer Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke, cuando adoptamos un perro, un chucho, que es lo más parecido a un humano. Teniendo en cuenta que este animal cuadrúpedo puede ser más inteligente y bondadoso que muchos de los bípedos que votan y deciden el destino de un país.
Me gustó el personaje de la novela, mucho, por lo que tiene de crápula y sofisticado. Y por eso llamé Malte a mi nuevo perro. Mi chucho es inteligente, sensible, cariñoso, guapo de cara, pero no de cuerpo; rencoroso, envidioso y marrullero. Ir a pasear con él es divertido. Tiene alma de líder, aunque es un enano que solo sabe ladrar. Posee tantas cualidades como defectos. Como cualquier humano. Pero a él le perdono los defectos. A algunos humanos también.
Hoy se me ha hecho muy largo el día. Sentada en el jardín, he visto una peli, he corregido un par de diseños, he bebido dos vasos de vino al mediodía, y son las siete y media y ya me estoy bebiendo otro. Y he fumado cuatro cigarrillos. Ayer leí de un tirón Pregúntale al polvo, de John Fante. Es lo que hago habitualmente: leer. He hecho cálculos y leer en el Kindle me cuesta un euro la hora. Suelo leer unas seis horas diarias.
Como leo tanto, estoy un poco confusa. No solo mezclo los libros, sino que a veces no sé si he sido yo la que ha vivido las historias. De alguna manera sí las vivo. Yo, sentada en el sofá del jardín, viendo cómo mi marido trabaja arreglando el viejo cuarto de baño. Aquí sentada, tranquilamente. Cuántos envidiarían mi situación. Yo no me quejo, pero a veces el día se hace muy largo.
Hay ratos que juego al solitario de una forma compulsiva. En esos momentos pienso en las cosas que debería hacer: ordenar la mesa, llamar a fulanito, corregir un diseño, mandar un mail, decirle a la persona que trabaja en casa que barra las pelusas de las esquinas… Pero solo pensarlo me cansa y lo voy dejando pasar. Escribir esto es un gran esfuerzo, pero estoy aburrida y creo que aburrirse es como un pecado, por eso hago el esfuerzo. No soporto el aburrimiento ni a las personas aburridas ni las situaciones aburridas. Si algo me aburre, le busco el lado gracioso. Por eso mismo escojo amigos interesantes y divertidos.
Cuando juego al solitario compulsivamente, como casi no tengo que pensar al hacerlo, por mi cabeza pasan montones de imágenes. De mi vida actual, de la pasada, del futuro, a veces. Son películas en las que generalmente yo soy la protagonista y en las que aparecen los personajes y hechos de mi vida. Y muchas veces pienso en contarlos. Pero es tan cansado que sigo jugando al solitario.
Visto así, mi vida parece insulsa, pero en verdad no lo es. Y yo siempre tengo a Malte.
—¿Puedo tener un rato el iPad? Sí, cariño.
Pero luego no escribo nada. Vuelvo a jugar al solitario.
Pienso en lo que he hecho estos días. Hemos visitado a la madre de mi marido, que vive a trescientos kilómetros. Vamos a comer con ella, dormimos allí y volvemos al mediodía para comer en casa. Desde siempre me han gustado las personas mayores. Pero ahora yo también soy mayor y me gustan más los jóvenes. Hicimos una comida con dos de mis hijos, un hijo de mi marido y dos sobrinas. Nos reímos, jugamos a hacer pruebas neurológicas y todos las hacían perfectamente. Se reían porque les parecía una tontería. Yo no las hice, no quería asustarles.
Mi exmarido vino a recoger a nuestro hijo, el más pequeño de los tres que tengo. Los dos mayores son de otro exmarido. Venía de un homenaje que le hacían a su hermano, que se acababa de suicidar. Uno de los pioneros de la eutanasia. Me dijo que tengo que tomar una nueva medicina. No lo haré. Tengo la misma enfermedad que su hermano.
Fue uno de los motivos por los que me divorcié. No quería competir. Está claro que él ganó la apuesta. Pero no me gusta el premio.
II. Estoy tan bien en este jardín
Estoy tan bien en este jardín, ¡qué suerte! No moverme no parece un problema. Mi marido va de un lado para otro mientras trabaja en las obras del cuarto de baño. Lo miro y sonrío. Me gusta muchísimo. Es fuerte y guapo. Da gusto verlo. Es mi tercer marido y lo amo. Nuestros días son muy tranquilos y las noches, muy apasionadas. Seguro que nadie se lo imagina, simplemente porque estoy en una silla de ruedas. Nadie tiene ni idea de lo que son nuestras noches. Lo conocí hace nueve años y perdimos la cabeza de amor. Todavía no la hemos encontrado.
Yo no sabía que esto existía. Tenía una intuición, por todos los libros que he leído, y es verdad: el amor pleno existe. Quiero explicárselo a mis hijos. Me gustaría que llegaran adonde yo estoy. Me ha costado mucho.
Mi hijo mayor me ha llamado. Tiene veinticinco años y comparte piso. Es un hippie del siglo xxi. Es dibujante y tatuador, no se compra ropa nueva, todo de segunda mano, y es feliz con muy poco, poquísimo. Creo que yo le he empujado a esa vida y ahora tengo miedo. Sus amigos tienen trabajos convencionales, ganan un buen sueldo, parece que su vida es más segura.
Pero él no se quiere meter en la rueda. Es valiente. ¿Quién dice qué es lo mejor? No lo sabemos. Yo no lo sé. La incertidumbre existe para todos, pero la felicidad solo para unos pocos. Sentirte a gusto con lo que haces. Eso es.
Tiene una novia. Intento explicarle lo que es el amor, ahora que lo sé. Estuve casada con su padre diez años. Y no me gusta pensar en ese matrimonio. Porque no había amor. Hubo otras cosas, sobre todo el deseo de irme de casa y hacer el tonto sin control. Su padre era divertido y salíamos mucho de marcha. Lo pasábamos muy bien. Nos casamos con veintitrés años. Diez años después nos divorciamos. Con dos hijos de tres y cuatro años. No me lo pensé.
Desde que tuve mi primer hijo, todo era una locura. Él quería mantener la vida de antes. Yo quería cuidar a mis hijos. Trabajábamos juntos, en nuestra empresa. Él era tiránico. Con todos, también conmigo. Después de la separación, tuve que hacer dos años de terapia. Maltrato psicológico. Yo no sabía quién era yo.
III. Todos alrededor de la madre
Mi madre ama el tenis. Nadal gana gracias a la concentración que tiene ella en los partidos que ve por televisión. En su casa tiene una pista. Ella se ha empeñado en que sus nietos jueguen. Reúne a todos un día a la semana y dan clase con un profesor. Mi hija y mi hijo pequeño se acaban de ir a jugar. Vivimos todos a cinco minutos andando. Como en un pueblo. Todos alrededor de la madre, la abuela. La familia cerca. Los nietos adoran a su abuela. Qué suerte tenemos.
Es una maravilla cómo me cuida mi marido. Con tanto cariño. Me ayuda a sentarme, me coloca los pies para que no me duela, el almohadón siempre en su sitio. Me ducha, me viste, me cambia cuando me mojo. Siempre con dulzura, con paciencia y amor. Yo no soy tan cariñosa.
Yo le digo que siempre me está haciendo la pascua. Él se ríe. Bien.
Me encanta la casquería. Y las ostras. Las ostras me empezaron a gustar a los cuarenta y dos años. Con mi segundo marido, un gourmet de estos moluscos. La casquería me empezó a gustar a los cincuenta, con mi tercer marido. Ahora soy una fanática. Busco riñones, mollejas, hígado, sesos... creo que es la edad. Cada vez buscamos cosas más complejas, más íntimas, con más misterio. Sabores que te hagan buscar en el cerebro sensaciones desconocidas. Una pechuga de pollo a la plancha es demasiado conocida. Es una experiencia antigua, incluso infantil.
Mi hija se va a ver un rato a su novio. Me gusta ese novio. Es un chico estupendo porque hace feliz a mi hija. No hay mayor argumento que ese: hacer feliz a la persona que has elegido. Llevan juntos ya tres años. Este año ha muerto su madre, a los sesenta. Un cáncer fulminante. Ni siquiera la conocí. Ya nunca podré conocerla. Qué pena. Pienso en ella y en todo lo que ella no podrá conocer.
IV. Todos copiamos algo
Estoy leyendo un libro que me ha dejado mi amiga E. Autorretrato con radiador, de Christian Bobin. Creo que lo estoy copiando. No me importa copiar, todos copiamos algo. Al protagonista se le muere la mujer. Yo soy la protagonista aquí y se muere mucha gente querida a mi alrededor. También siento melancolía y a veces incapacidad de superarlo. La muerte es fría, silenciosa y presente.
Tengo a mi perro Malte a mi lado. Siempre he tenido un perro desde que me divorcié de mi primer marido. Siempre he creído que mis perros eran reencarnaciones. Pero este creo que es casi persona. Habla, besa, se enfada, tiene celos. Yo hago muy poco por él. Él mucho por mí. Sabe que soy diferente y me protege. Cuando quiere estar seguro, se mete debajo de mi silla. Pienso en su sensibilidad y percepción. En su capacidad de entender lo que decimos. Y nosotros no le entendemos. No sé quién tiene la ventaja.
Me duelen los glúteos de estar sentada. Me duelen los hombros, el cuello; no sujeto el torso, me cuesta comer, a veces pensar. Tengo las manos agarrotadas, me cuesta mucho escribir, incluso en el iPad. A las personas siempre les duelen cosas y lo dicen. Yo no lo digo. Ellos lo dicen porque es algo puntual. Un esguince, anginas, diarrea… Pasará. A mí no se me pasará. Pero ellos tienen que seguir con su vida: atascos, trabajar, limpiar la casa, comprar cosas que no necesitan…
Yo estoy en mi jardín.
Mi hermano ha muerto, mi prima C. es viuda, mi amiga M. es viuda, mi amiga B. es viuda, mis amigos J. y J. han muerto, mis amigos I. y A. han muerto… No sigo. Todos ellos estaban bien cuando yo ya estaba enferma. Casi me da vergüenza, ellos siempre preocupándose por mí. Sin embargo, yo sigo viva.
He llegado demasiado tarde muy lejos. Y creo que no sirve para nada.
V. Estoy pecando muchísimo
Estoy en la cocina de casa. Sigo bebiendo vino. Es lo que hay. Veo a mi marido haciendo muchas cosas: bocadillos, fregar, guardar las cosas del friegaplatos. Yo estoy aquí, sigo bebiendo vino.
Huele a pan tostado.
Estoy pecando muchísimo.
Y si te pregunto: ¿habrías elegido un breve rato en la Tierra y al cabo de unos años ser arrancado de todo para nunca jamás volver? ¿O habrías rechazado la oferta? Esta pregunta la hace Jostein Gaarder en uno de sus libros. Para mí, la respuesta es muy clara, no tengo dudas. La vida es difícil, dura e incomprensible. Pero, aun así, compensa, incluso a mí, que llevo tantos años sentada. Es cierto que lo más duro es tener que irse, dejar a los que amas, saber que te espera la eternidad, quién sabe, quizás sola. Pero creo que esa cosa llamada alma ha dejado algo y ha disfrutado de otras almas. Quizás exista una fuerza, como dice el maestro Eckart, que nos une a todos en la eternidad. Encontraré muchas personas amadas.
VI. Algo tengo que hacer para entender a los demás
Mi hija está en la cocina con su novio y mi hijo pequeño. Le pregunto a mi marido qué están haciendo. «Ella, la cena; y los otros dos, el tonto», me contesta. Me río, pero no tiene gracia. Se perpetúan los esquemas, y eso que ella es muy reivindicativa.
Yo nunca me hubiese atrevido a decirle a mi hermano mayor «¡Recoge la mesa!». Estábamos educadas por madres sumisas. Parecía normal, aunque mirábamos a nuestros hermanos con ojos revirados. Ellos sentados en el sofá viendo la tele, nosotras recogiendo. Era así. No había opción. O sí.
Ahora soy yo quien no dejo a mis hijos mirar a su hermana recoger la mesa. Pero es cierto que ella nunca lo va a consentir. Y yo sí lo hice. Algo cambia.
Me voy a fumar un canuto. Lo hago todas las noches, es terapéutico para mi enfermedad.
Algo que tengo que hacer para entender a los demás.
VII. Yo no recordaba nada
He llamado a mi madre para echarle en cara que ayer la llamé tres veces y que no me había devuelto la llamada. Ella me ha dicho que sí que me había llamado. Yo no recordaba nada. Tuvo que refrescarme la conversación, lo que yo le había dicho. Estaba claro que habíamos hablado. Tuve que reconocerlo, pues le conté cosas que habían pasado ese día y ella las enumeró para demostrarme que sí habíamos tenido esa conversación. Inmediatamente le reconocí que era verdad, que no entendía cómo lo había olvidado. Pero lo cierto es que no recuerdo lo que le dije y menos lo que ella me contó a mí.
No sé dónde estaban mi consciente ni mi subconsciente. El caso es que yo le conté mis cosas, la escuché y luego se borró todo de mi cabeza. Demasiado vino. Muchos canutos. No sé si tengo que preocuparme.
VIII. Enfermedad, ¿qué enfermedad?
Hoy hace treinta y un años que me casé con mi primer marido. Decidimos esta fecha porque es víspera de festivo y así siempre podríamos celebrarlo a lo grande. Al día siguiente no había que madrugar. Pensamos que nos casábamos para toda la vida y que íbamos a celebrar el aniversario toda la vida. Pero eso resultó mucho y a los diez años nos divorciamos. Nadie se había divorciado en mi familia nunca. Y yo no entendía lo que me pasaba. Pero mis padres sí lo entendían. Habían visto mejor que yo. Cuando cae la venda, ves el infierno. Y cuando das el paso, ves el cielo. Azul.
Cada vez salgo menos. No está bien porque yo soy una persona que se alimenta de las personas. Pero me da pereza. Eso que yo siempre he dicho que la pereza no existe, que nos la inventamos. Y creo que tengo razón. Siempre hay un motivo oculto para la pereza. Hoy creía que no iba a escribir nada. Estaba perezosa. Pero no era eso, era miedo. Miedo a no saber qué decir.
Estoy contenta, he conseguido escribir una página. Tengo menos miedo.
¿Enfermedad? ¿Qué enfermedad? Esta que me tiene aquí sentada. Me aburre. Me cuesta más llevar el aburrimiento que la enfermedad.
Mi cuñada es escritora y lleva muchos años intentando que yo escriba. Tengo otra amiga escritora que también insiste en que lo haga. Pero yo no soy escritora y nunca lo he querido ser. Soy lectora, eso es lo que soy. Pero lo intenté y empecé a escribir sobre mi enfermedad. Parecía ser un tema sobre el que tengo mucho que decir. Pero yo no me sentía cómoda escribiendo sobre algo en lo que intento pensar lo menos posible. Mi cuñada me dijo entonces que yo me tenía que sentir a gusto escribiendo, que tenía que ser una especie de liberación.
Entonces decidí empezar este diario y aquí me siento cómoda. Es verdad que cito la enfermedad, pero creo que lo hago de la misma forma en que vivo con ella. Algo que existe, pero que no es el centro de mi vida. Y, realmente, para mí estas palabras que escribo son un consuelo. Escribo al final del día, casi en la oscuridad, después de haber cumplido con mi trabajo de lectora. Y es cierto: me siento mejor.
Tengo una vida plácida. ¿Quién puede decir eso? Mis amigas, que cenaron ayer en casa, dejaron claro que mi vida es envidiable. Habría que definir el adjetivo envidiable. Pero después de que se fueran, creo que es verdad. Poseo algo envidiable: armonía en el día a día. Aunque no me puedo mover. Eso puede ser una lata. Pero ellas estarán hoy en su trabajo. Yo sigo en mi jardín. Plácida, sí.
IX. Intento recordar el pasado
Hoy me ha despertado el teléfono a las siete y media de la mañana. Era mi hija. Creía que se le iba a romper el coche. Creía. Ella estaba en la carretera de La Coruña y yo en la cama. ¿Qué puedo hacer yo? Luego me han llamado de la Fundación. El logo que les he hecho es frío. ¿Qué es un logo frío? Después me llamaron de la imprenta. El arte final del folleto estaba mal. No podían imprimir. ¿Por qué hago siempre mal los artes finales? Pero, después de todo, el coche no se rompió, los artes finales los rehíce y el logo… No hay prisa.
Me puede el día. Intento recordar el pasado, pero el presente se me cae encima. Me aplasta. Hoy he leído Mi prima Rachel de Daphne du Maurier. Un relato con épica. Gente con honor. Al final, Rachel muere en un accidente. Es una buena solución para los problemas. Que desaparezcan. Yo también soy un problema. ¿Debería desaparecer? Respuesta: no tengo ganas. Todos tenemos un mal día.
Pienso en la chica que viene a casa a limpiar. Tiene veintiocho años y lleva cuatro conmigo. Vino sola de su país sudamericano. Tan joven. Ahora tiene un hijo de dos años y medio. Hoy el niño tenía cuarenta de fiebre. La hemos mandado a casa con él. Siento que hace mucho. Se esfuerza. Es muy injusto que viva con tantas estrecheces. Creemos que hemos avanzado mucho como sociedad, pero su vida podría ser un cuento de Dickens. Me siento mal. Tampoco tengo muchas posibilidades de ayudarla más, a todos nos toca un dolor. Ella anda, se mueve, lleva a su niño en brazos. Yo no me puedo mover. ¿Quién tiene más dolor? Ella. Yo sigo en mi jardín.
Mi marido ha terminado la obra del cuarto de baño. Ha quedado bien. Costó elegir los colores. Lo tuvo que pintar tres veces. Los colores reflejan la complejidad humana. Nadie los ve igual. Pero hemos conseguido ponernos de acuerdo. Al fin. Eso se llama diálogo. Creo que vamos por el buen camino.
Oigo a mis vecinos al otro lado del jardín. Están arreglando algo. Pero no se hablan con cariño. Se hablan con crispación. Llevan dieciocho años juntos. Me da pena oír ese tono. Órdenes y obediencia. Sin risas. La risa es muy importante. Si no sabemos reírnos de cualquier situación, estamos perdidos. La vida necesita sentido del humor.
Humor. Algo que a mi amiga C. le costó mucho tiempo entender. Siempre estaba enfadada. Enfadada con el mundo parecía. La vida soñada —qué será la vida soñada— no se había cumplido y responsabilizaba a su entorno por ello. Pero una enfermedad inesperada le hizo ver su realidad. Era guapa, inteligente, tenía dinero, trabajo, amigos, se sabía querida… Y cambió. Ya no está enfadada permanentemente, ha aprendido a valorar lo que tiene y a no llorar por lo que no tiene. Ha cambiado. Como dice G., mi maestro, tenemos que estar abiertos a la metamorfosis. Y, en este caso, el cambio ha supuesto que yo la quiera más.
X. Las dos lo amábamos
Voy a llamar a mi cuñada M. Ella es un fenómeno. Estuvo casada con mi adorado hermano. Él murió. Muy muy triste. Desde entonces, tenemos una relación muy estrecha. Las dos lo amábamos.
Y en cuanto me quedo sola, vuelvo a jugar al solitario. Creo que voy a empezar con el ganchillo.
Hoy he hecho muchas cosas. Bien. Ahora estamos en la cocina. Reconozco que he bebido demasiado. Seguiré mañana, pero hoy he hecho orden de libros y de mesa, paté casero y, sobre todo, orden mental. No sigo. Mañana será otro día. Espero.
XI. No he vuelto a escribir una línea
Pues muy mal. Lo he hecho casi todo mal. No he vuelto a escribir una línea desde el lunes. Y hoy es sábado.
Ha sido una semana regular. Solo he salido un día, el jueves, a comer. Los demás días he estado en casa leyendo, viendo pelis y series y jugando al solitario. Y por las noches, ¡a follar! Creo que mis noches son más importantes que mis días. El día lo paso. Las noches las vivo.
He pensado bastante estos días jugando al solitario. Me he sentido solitaria. Algo que no sé cuánto me gusta. Hay veces, cuando estoy leyendo, que no quiero interrupciones. Aunque lleve siete horas leyendo, estoy en un mundo que no deja sitio, que no deja lugar a nadie más.
Pero entonces me siento culpable. Soy una madre que no escucha a sus hijos, una esposa que no atiende a su marido. Culpable, culpable. Mierda de doctrina.
La semana empezó mal y siguió regular. He decidido dejar de colaborar en todo lo que implique un cierto riesgo, económico o de gestión. Esto es un paso más. Hay que saber aceptar las pérdidas. Cuando me di un golpe con el coche contra un bordillo porque no pude frenar a tiempo, supe que debía dejar de conducir. No pasó nada. Pero fue un aviso. Muy claro. Admití lo que había. No es fácil reconocer nuevas limitaciones.
A veces pienso en mi pasado. Y no me puedo creer que yo sea esta persona. Nunca me imaginé con cincuenta y cuatro años. Soy, si no vieja, muy mayor. No sé si importan los años, yo creo que sí, pero más importa lo vivido. Yo he vivido cuatro vidas. Y eso es mucho trabajo.
Estamos en casa mi marido y yo. Él duerme la siesta en el sofá, con el perro. Yo lo miro. Me gusta. Es algo muy simple y placentero; disfruto. Algo tan simple como ver a tu amado haciendo la siesta. Lujo. Se ha tapado con una manta de piel. Con el perro encima, parece un pervertido. Me gusta.
Estoy muy cansada. Siempre cansada. Escribo solo con dos dedos y tardo mucho. Hago mucho esfuerzo. ¿A quién le interesa mi esfuerzo? A nadie. Porque todos hacemos esfuerzos. El mío no es más importante que el de los demás. Probablemente, este esfuerzo colectivo es el que nos lleva a la desesperación.
Tener esclerosis múltiple no es una tontería. Pero ¿hay algo en la vida que sea una tontería?
Tener esclerosis múltiple proporciona un rango. Yo ya tengo un motivo, científicamente probado, para quejarme. ¿Y los demás? No tienen etiquetas, de qué se van a quejar. Bueno, quizás es cierto, una enfermedad etiquetada da garantías. No me gusta. Nada. Quien se pone la etiqueta de enfermo pierde toda posibilidad. Hay que saber mantener el yo, que no se confunda ese yo con más enfermedad. Siempre separados, que la enfermedad no interfiera en el yo.
Tengo bastante rabia, no sé bien por qué. Quizás me gustaría hacer cosas que no hago. Pero es cierto que me gustan mucho las cosas que hago. Debe ser la típica insatisfacción existencialista.
XII. El arte es una especie de revelación
Es lunes. He hecho fisio esta tarde. Por la mañana he pasado el rato leyendo. Un libro muy interesante sobre el arte, de un tal Martel. Habla de lo que es arte, pero sobre todo de lo que no es arte. Me ha quedado claro que esto que escribo no es arte. Me ha quedado claro que el arte es una especie de revelación. Aquellos que consiguen que el significado de la obra transcienda su capacidad intelectual. Son los que crean clásicos, no obras maestras. Los clásicos son imperfectos. Pero trascienden. Las obras de arte alcanzan la perfección. Pero no emocionan, impactan en el intelecto.
XIII. No tenemos fe en nada
Ya he acabado el libro de Martel. Es bastante descorazonador. Dice —y estoy de acuerdo— que no tenemos fe. En nada. Que tenemos que encontrarla, pero en nosotros mismos.
Estoy con mi marido y mi hijo pequeño. Mi marido le está tomando la lección de Historia. Estamos en el siglo xviii, la Guerra de Sucesión. Ahí es donde empiezan muchas cosas. Cataluña se alinea en el bando perdedor. Y Felipe V le quita los fueros. Eso es la Guerra de Sucesión. No de secesión, como dicen ahora. Una sola letra puede cambiar la historia. Para los que no saben historia.
En este país ha habido grandes reyes. Carlos III lo fue. Intentó hacer un Estado moderno. Pero España no estaba preparada.
¿Cuándo hay alguien preparado? Tampoco una nación. O menos una nación que es el reflejo de las personas que la habitan.
Hoy mi perro Malte se ha hecho pis en el sofá del jardín. No lo puedo entender. Creía que era más listo. No le he dirigido la palabra en todo el día. Él sabe que estoy enfadada. Hemos tenido que lavar todo. Espero que no lo vuelva a repetir. Si es así, será más listo que los humanos, que siempre repetimos nuestros errores.
XIV. Yo todavía no soy sabia
El domingo tuve comida con el grupo de sabios. Es mi grupo de estudio. Llevamos doce años juntos. Yo todavía no soy sabia. Pero espero serlo. Nos vemos todos los miércoles de octubre a junio. Además, hacemos un viaje juntos todos los años. A sitios increíbles, pero sobre todo hacemos los viajes buscando algo. El origen de la perspectiva, el cristianismo primitivo, el terror… Y el 24 de junio celebramos la Noche de San Juan. Y ya no nos volvemos a ver hasta octubre. Cuando nos vemos, nos preguntamos: ¿cómo es que ha pasado tanto tiempo sin vernos?
XV. Isabella es el nombre más bonito del mundo
Mi hija ha bajado al salón. Tiene mucha hambre. Creo que conozco a pocas personas que tengan tanta hambre. Ella es delgadita y pequeña, pero tiene mucha hambre.
Con ninguno de mis dos hijos varones he tenido, creo, una relación complicada durante su crecimiento. Pero con Isabella…
Isabella, mi hija preciosa. Cuando nació le puse el nombre más bonito del mundo para mí. Romántico, sensual, dulce, regio, clásico, moderno y bastante exótico en español, sin ser extravagante. Pero, en realidad, era el nombre que me hubiera gustado tener a mí, porque desde que empezó a hablar —y fue muy pronto—, ella quería llamarse Pilar. Como su madre y como su adorada abuela. Ella era una auténtica muñequita y yo la vestía como lo que pensaba que era: mi juguete de carne y hueso. Otra desavenencia. Ella luchaba por su yo y yo jugaba para conseguir mi muñeca perfecta. Y fue una lucha sin cuartel. Ella se iba a su cuarto gritando: «¡Esta vida es una cárcel!». «¡Ay, si yo fuera hombre!». Discutimos hasta llegar a las manos. Hubo un día que Antonio nos tuvo que separar: yo la empujé dentro de la bañera; ella me daba patadas, yo le daba manotazos; las dos a grito pelado. Ella tendría doce años y yo cuarenta y dos. Antonio no era su padre. Ahora lo pienso y me avergüenzo. Cuánto me costó crecer. Cuánto me costó disociar esa muñeca de mis proyecciones personales. Cuánto le hice sufrir. Pasamos una adolescencia durísima, creo que la mía peor que la suya. Pero al final yo crecí. Y ella se convirtió en la mujer maravillosa que es. Sigue siendo mi niña, pero ya no es mi muñequita preciosa. No tiene porqué serlo. Pero lo que es de verdad es una mujer inteligente, independiente, divertida y llena de amor a su madre, su familia y, sobre todo, a la vida.
XVI. Cualquier fecha es una excusa para celebrar
Mi hermana va a hacer una fiesta de Halloween. Cualquier fecha es una excusa para celebrar.
Pero ella estaba nerviosa y enfadada. Yo le he dicho que celebrar una fiesta es alegría. Me ha dado la razón. Me encantaría hacer una fiesta. ¿Yo también me enfadaría?
XVII. Mis dedos no funcionan
Son las nueve de la noche. No puedo escribir. Mis dedos no funcionan.
XVIII. El sexo es sublime
Acabo de hablar con mi prima C. un buen rato. Es una persona excepcional. Su marido tuvo un mieloma múltiple. Cinco años sufriendo. Al final, murió en marzo. Eran una pareja envidiable, se amaban de verdad. Tuvieron cuatro hijos. Por amor.
Una vez P., su marido, en una de esas tardes largas que hacen crecer las intimidades, me dijo que, para él, el sexo con su mujer era una experiencia religiosa. Yo no le entendí, y mi marido de entonces, menos. Para A. follar era eso, nada más lejos que un vulgar orgasmo animal. Pero yo siempre recordé ese comentario. Luego me fui dando cuenta de que realmente podía haber algo más allá. Y por fin lo he entendido. La experiencia sexual con la persona realmente amada es inefable. Por eso, las parejas que lo conocen no se pueden dejar. Porque no hay nada más sublime. Ahora pienso en mi prima y su terrible pérdida. En esta vida hay cosas irreparables. Ella lo tiene claro, fue maravilloso hasta el final. Y realmente ha tenido suerte. ¿Cuántas personas viven algo así?
Estoy cansada. Mucho. Llevo varios días así. Espero mejorar, pero solo el movimiento de escribir me cansa. Mi segundo exmarido estuvo en casa el jueves. Siempre me pregunta por mi enfermedad. No lo aguanto. Quiere que tome nuevas medicinas, que vaya al médico, creo que piensa que debería sentirme enferma. Pero yo no soy una enferma. Su hermano tenía lo mismo que yo y pidió la eutanasia hace unos meses. Bueno, pues para él. Yo no. Y si me voy a estropear el hígado, no será por una medicina inútil. Será porque disfruto tomando un buen vino.
A mi hija se le está cayendo el coche a trozos. Hoy ha tenido que dejarlo en el taller. El caso es que me echa la culpa a mí. Ese coche fue mío y cuando se sacó el carnet se lo di. A mí nadie me había regalado un coche, ni nuevo ni viejo. El coche tiene casi doce años y falla. Hoy, cuando ella iba a trabajar, se le ha parado. Ha tenido que regresar con la grúa. Tenía un cabreo considerable. Me ha echado en cara que yo hubiese cambiado mi coche, que era mucho más nuevo, en vez del suyo. Me he sentido muy mal. Ella ha debido estar pensando estos meses que soy una egoísta. Que el coche nuevo tenía que haber sido para ella. Yo no tengo dinero. Lo siento, hija. Está enfadada conmigo. Y a mí me da mucha pena.
Hace tanto que no escribo, que no he contado que ya hemos empezado el curso. Tenía ganas. Esas horas que pasamos hablando de todo lo que no está en la Tierra son fundamentales. Hace dieciocho años que voy un día a la semana a la Escuela Contemporánea de Humanidades; así, con mayúsculas. Y gracias a ello soy mucho más feliz. Lo cotidiano y pequeño queda, un rato, apartado. Y hablamos de alma, razón, subconsciente, arte, tribus, familia, consciente, Jung, Berger, Hillman, Petrarca, Whitman, Proust… (y muchísimos más). Qué dicen y cómo lo entendemos. Cuando volvemos a casa, mi marido y yo seguimos con el debate. Es delicioso fumar un canuto en el balcón sintiéndote semiculto.
El domingo estuvieron en casa dos personas del grupo. L. se va a vivir a Chicago y le habíamos hecho un regalo en grupo que al final le entregué yo. Me encantó porque en cuanto lo tocó dijo «cashmere», marcando la ese líquida. Una mujer que sabe. También vino C., que le regaló un libro de san Juan De la Cruz. Dijo que mejor este que santa Teresa. No estoy de acuerdo. Volvemos al tema, ¿quién escribió Vivo sin vivir en mí? No sabemos, pero, en cualquier caso, la santa es mucho más punk.
Y luego vino la matraca de Cataluña. Es que a estas alturas parece imposible algo así. Vamos para atrás.
Pues es cierto que vi la manifestación antiindependista de Barcelona. Y me emocioné.
Cuando sonó el himno de España, vi a todos los muertos que habían luchado por este país. Rojos, blancos, azules, violetas… El gran esfuerzo que hicieron, ellos y sus familias. Desde hace unos quinientos años. Y ahora lo quieren borrar. ¿Dónde está la memoria histórica? Mucho dolor.
Sigo fumando y bebiendo. Como ayer cambiaron la hora, he empezado a beber antes. Mi reloj biológico no para. Pero no solo el mío, el de todos. La luz marca el tiempo y nos empeñamos en engañarnos. Este invento humano de la hora habría que pararlo. Es un signo más de nuestra lucha contra natura.
Mañana tengo la fiesta de mi hermana. Hemos encontrado unas máscaras que compré en Venecia. Creo que va a ser una buena fiesta. A ver si me comporto.

XIX. ¡Cómo puedo vivir tan bien!
Es mediodía. Nunca he escrito a esta hora. Y se está muy bien, aquí en el jardín con un sol que parece de verano. Hoy tengo que portarme bien, pero no voy por buen camino. Me he levantado a la una, después de leer todos los periódicos posibles, ver el Facebook y jugar al solitario.
¡Qué placer, Dios! ¡Cómo puedo vivir tan bien! Pero en cuanto he llegado al jardín, me ha dado el gusanillo de portarme mal. El gusanillo es un fuerte deseo de hacer lo que no debo. Me da cuando tengo una larga perspectiva de tiempo para mí. Tiempo en el que puedo hacer lo que me dé la gana. Literal. Una suerte enorme tengo. Mi marido es mi conciencia. Me dice que tenga cuidado, que no me pase. Pero yo ni caso. El gusanillo siempre es más fuerte. Entre Eros y Tánatos, por supuesto, Eros. Siempre ha sido así. Soy una hedonista recalcitrante. O me coges así, o me dejas.
Soy politoxicómana. De toda la vida. Lo que pasa es que hasta ahora he tenido suerte. Tengo un subconsciente que de alguna manera me avisa. Hasta que se harte de mí. Toda mi vida, desde los catorce años, he tomado drogas y alcohol. Ya cuando era niña metía los dedos en los vasos de licor de los mayores y me los chupaba. Delicioso. Mi abuelo me llamaba churretera.
Creo que se quedó muy corto.
El primer canuto lo fumé con catorce años, con un chaval que era de lo más guapo de mi pueblo. Me dio una de risa, como son los primeros canutos. El caso es que estábamos en la plaza del museo de San Telmo de San Sebastián y había una buena manifa. Unos corrían para un lado. Otros, para otro. Y nosotros, muertos de la risa. Me resultaba cómico. Hasta que llegué a casa dos horas más tarde de lo que debía. Mi madre no se reía nada. Cambié el relato y le dije que el retraso se debía a la mani, y que había pasado mucho miedo. Se conmovió. Es increíble cómo se puede cambiar la historia cambiando algunas palabras. Esas verdades a medias.
Ya he tomado dos vinos. ¿Voy a seguir bebiendo? Seguramente sí y llegaré a la fiesta hecha una piltrafa. Todo el mundo se dará cuenta, pero pensarán «pobrecita, ¡cómo le afecta su enfermedad!». O eso creo yo.
Me he fulminado la serie Stranger Things. Es divertida, aunque es una mezcla de todas las pelis de ciencia ficción que ya había visto. La verdad, la novedad no es qué historia se cuenta, sino cómo se cuenta. Si no, nadie haría nada. Porque todos contamos las mismas historias.
XX. Escucho a Mozart de fondo
Ha sido un día intenso. Sobre la una me ha llamado mi hermano para decirme que el hijo de veinte años de una amiga en común se había tirado a las vías del tren. Suicidio. Creo que es la peor noticia que pueden darle a una madre. ¿Cómo vives después de eso?
Yo conozco poco a J., pero me siento su amiga. Mi hermano P. era íntimo de su marido S. Mi hermano murió hace tres años y medio. J. y S. estuvieron conmigo en el tanatorio, en el funeral, en la incineración. A los tres años, murió S. A los seis meses, su hijo se suicidó. Y J. queda. Pero su familia no existe. Tiene una hija de trece años. Tiene que vivir por y para ella. Yo no sé si podría. Pero ella sí. Es una mujer increíble, guapa, alegre, inteligente, artista. Y pobre. A veces, la supervivencia produce más angustia que el dolor propio. Saber que puedes pagar la luz, la comida, tanto la tuya como la de tu hija, relaja. Eso es mucho en esos momentos.
Escucho a Mozart de fondo. Es un placer. Me reconforta. Voy a fumar un canuto. Es mi hora. La hora de perderme y acostarme con mi marido, mi amor. Y sentir cómo se deshace el mundo entre nosotros. Y nosotros somos el mundo. Esto ya lo dije antes.
Tengo un fin, pero no sé cuál. He tenido que interrumpir este monólogo. Mozart me lleva. Casi no sé lo que pienso, voy mal. ¡Vaya tonterías!
XXI. Importan más las formas
Ayer el día no terminó bien. Yo bebí demasiado y el canuto me dejó KO. Eso está mal, mis hijos se dan cuenta. Me ven colocada. Y al día siguiente me siento culpable. Me paso el día con remordimientos. Como si hubiera hecho algo malo. Quizás lo he hecho. Mis hijos me ven en un estado incorrecto. Pero ¿no es más incorrecto que yo esté en una silla de ruedas? Eso no les importa. Importan más las formas. Es cierto que son jóvenes y entienden hasta donde pueden.
Hoy hemos comido con mi amiga N. Es la directora de la Fundación de Esclerosis Múltiple.
La conozco desde hace diecinueve años y la quiero mucho. Llevo trabajando con ella unos diecisiete. He sido patrona de la fundación. Dimití en mayo pasado. Me costó mucho y todavía lo siento. Pero no me puedo sentar en la misma mesa con personas que tienen puntos de vista tan alejados del mío. Aunque me duela.
Estamos organizando una fiesta para mi hijo pequeño. Es un problema. Yo quiero que sea un éxito, pero él siempre pide más. Hay que poner límites, dicen. Aunque yo me los salte todo el rato. Y aunque yo se lo daría todo.
Hoy he empezado a leer un nuevo libro. Fantastes, de George MacDonald. Es un cuento de hadas. El cuento de hadas. Tengo que hacer una exposición sobre este libro en la próxima clase. Pero no me hace falta leerlo. Sé bien de lo que habla. Yo también tengo doble visión. Aunque no quiero decirlo. Me tomarían por loca. Creo que existen las hadas, los ogros, los animales que hablan y un mundo bello y horrendo. Me resulta fácil cruzar esa línea. Incluso hay veces que no sé en qué lado estoy.
No sé qué le pasa a mi perro Malte. Lleva días rehuyéndome. Está en plena adolescencia. Como mi hijo pequeño. Me mira pidiéndome algo. Y yo no sé qué quiere.
Uno de mis problemas más evidentes, aparte de no andar, es mi incontinencia. Nada me funciona por esa zona. Y es una lata. Bastante grande. Hace unos diez años que llevo un pañal. La gente se queda flipada cuando lo cuento. Yo también. Me acuerdo de cría, cuando me puse una compresa por primera vez. De aquellas gordas de algodón. Pues eso es una tontería comparado con lo de ahora. Llevo un pañal que me llega a la cintura. En invierno y en verano. Aunque haga cincuenta grados.
¡Buf! Y además tengo que llevar medias de compresión, en invierno y en verano. Yo siempre voy de negro. Entera. Aunque vaya a la playa, voy de negro, con mis medias negras. Me gusta mi imagen. La mantengo siempre. A pesar de las críticas.
XXII. Mi chimenea encendida
Llevo veintisiete días sin escribir. Creía que no lo iba a conseguir. Cuando lo dejo un tiempo, me cuesta muchísimo volver a empezar. Otra vez me parece que no tengo nada que decir.
Este mes ha sido intenso en actividades sociales. Fiestas, visita de mis primas italianas, visita de mi amiga catalana, varios viajes… Mucho comer, mucho beber. No he parado. A todas partes con mi silla. Pero lo he conseguido.
Y ahora estoy delante de mi chimenea encendida.
Hoy he tenido un sueño precioso. He visto a P., el marido de mi prima, que murió en marzo. Venía de la mano con ella, llevaba un jersey azul y estaba muy guapo, sonriente, se le veía feliz. Me decía que venía a despedirse de mí. Me daba un beso con muchísimo amor y paz. Mi prima estaba sonriente, contenta. Yo me he quedado muy bien. Al despertar, ha sido como si de verdad lo hubiese visto. Me siento mejor.
Mi prima vino a Madrid un fin de semana. Fue estupendo. Pudimos hablar de todo, pasamos mucho tiempo juntas. Ella es una persona magnífica. A pesar de haber estado cinco años luchando contra el cáncer de su marido, nunca perdió el ánimo ni la alegría. Tiene cuatro hijos, el pequeño, de doce años. Han vivido toda la muerte de su padre de una forma excepcional.
Podría decir que hasta con alegría. Como explica Elisabeth Kübler-Ross en sus libros. Hizo el paso con paz. Él y su familia. Cuando llegué a Génova, él ya se había ido. Pero su cuerpo seguía en su casa, en su cama. Estaba muy delgado, pero muy guapo. Mi prima fue muy generosa y todos pudimos estar con él el rato que quisimos. En la casa había mucha gente, comida y bebida, como en una fiesta. Nadie lloraba. Solo yo lloraba. Me sentí ridícula. Pensaba encontrar desolación y encontré paz.
Todos estábamos en el salón comiendo y bebiendo y él en su cama, muerto. Me costó entender que todos habían sufrido demasiado, que se habían podido despedir muy bien, que no quedaban deudas que saldar. Transmitían serenidad.
Hoy tengo curso y hemos leído el libro de Elisabeth Kübler-Ross, justamente sobre la muerte. Y he pensado mucho en ellos. Quizás por eso he soñado con él. Y he pensado que me gustaría tener una muerte como la suya. Gracias, P.; gracias, C.
Mañana tengo fisio con J. Ya me duele la tripa de pensarlo. J. es un fisio excelente, y yo conozco muchos fisios, pero ninguno tan bueno. Pero veo las estrellas en sus sesiones. Llevamos juntos quince años. Cuando él llegó, tenía veintiuno, era un chaval recién licenciado. Enseguida nos llevamos muy bien y empezamos a hablar de cosas personales. Le pregunté si tenía novia y me dijo que no. Bueno, era normal, era muy joven. Cuando pasó el tiempo, me di cuenta de que no era por joven, sino que era homosexual. Los prejuicios comienzan cuando se dan por asumidas ciertas cosas, como las novias o los novios. Por entonces, se empezó con la fiesta del Orgullo. Yo le contaba que había estado, que Chueca estaba divertidísima. Él entendió que yo le iba a entender. Pero nunca me dijo nada. Más adelante se emparejó con un italiano estupendo.
Hoy siguen juntos y hemos quedado más de una vez a comer o tomar algo. Pero su familia no le llama ni por Navidad.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.