Kitabı oku: «!Basta!»
Título original: Prou!
© Pilar Rahola, 2015.
© de la traducción: Ana Mata Buil, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO915
ISBN: 9788490566718
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Dedicatoria
Un cofre lleno de gemas por Marcos Aguinis
La rana y el alacrán por Eduardo Martín de Pozuelo
¡BASTA!
Intenciones
UNA PREVIA
Civilización contra barbarie
Breve retrato del monstruo
CINCO ERRORES
Primer error. Buenismo, populismo y fascismo
Segundo error. Antiamericanismo y antisemitismo
Tercer error. El abandono de dos causas...
Cuarto error. De la esclavitud del bienestar al...
Quinto error. El miedo
Conclusión
DEDICADO A TODAS LAS MUJERES Y TODOS LOS HOMBRES
MUSULMANES QUE LUCHAN POR LA LIBERTAD.
ELLOS SON LOS NELSON MANDELA DEL SIGLO XXI.
Y DEDICADO TAMBIÉN, «IN MEMORIAM»,
A ORIANA FALLACI, CON ADMIRACIÓN,
RESPETO Y CARIÑO.
UN COFRE LLENO DE GEMAS
por
MARCOS AGUINIS
Estremecido, acabo de leer esta obra. Contiene una cantidad asombrosa de documentada información. Además, reflexiones potentes. Equivale a un reflector que ilumina hasta hacer doler. Nos pasea con ritmo de novela por el vasto paisaje del islamismo, el islam y los temores que genera su acelerado crecimiento.
Pilar Rahola insiste de forma reiterada en las diferencias que separan el islam del islamismo. Es central para superar prejuicios y equívocos. El islam corresponde a una religión y una cultura, con las infinitas complejidades que caracterizan a toda religión y toda cultura. El islamismo, en cambio, es una ideología fanática. Esta ideología aprovecha el islam para alcanzar sus objetivos y también para generar la alienación de sus seguidores. Muchos musulmanes ponen en peligro su vida para combatir el islamismo y no reciben el apoyo que merecen. Incluso se los ignora. Pero tienen el inmenso valor de legitimar la lucha que se debería librar contra esta nueva forma de totalitarismo.
Curiosamente, los sectores que se consideran progresistas, democráticos y humanistas, temen manifestarse. Están paralizados. Hasta les cuesta pensar, analizar, informarse. Practican un «buenismo» imperdonable con una poderosa corriente que pretende exterminarlos. Reproducen al patético Chamberlain, que apostaba a serenar la voracidad de Hitler haciéndole concesiones o negándose a criticar con énfasis sus crímenes raciales y políticos. El trágico resultado no necesita evaluación. Así de trágicos —tal vez más trágicos aún— serán los avances del islamismo. Esta monstruosidad ya no se limita a los pocos países donde nació, sino que se extiende al resto del planeta. Su objetivo no tiene otro límite que apoderarse del mundo entero e imponer las normas que existían en La Meca y Medina en el siglo VII. En otras palabras, responde a una mortífera ilusión de hacer retroceder la humanidad y someterla a la sharia.
Tiene muchos rasgos en común con los otros totalitarismos que ensangrentaron el siglo XX. Son indisimulables los nudos que lo conectan al nazismo y el estalinismo, siendo que estos últimos detestaban la religión. Abundan las pruebas de sus viejas relaciones y de los numerosos sucesores de extrema derecha y extrema izquierda que respaldan de forma clara o encubierta las nefastas políticas del islamismo. Muchos aparecen con nombre y apellido en esta obra.
A todas estas manifestaciones cargadas de odio, delirio y afán de destrucción las caracteriza una férrea intransigencia. No retroceden ante la lógica, ni ante el sufrimiento, ni ante el respeto que merecen los monumentos de la historia. Arrasan de raíz, sin piedad, todo lo que obstruye su cancerígena marcha.
El Corán tiene muchos versículos misóginos, acepta la poligamia, tolera la pedofilia, estimula la guerra contra los llamados infieles, se contradice, responde a situaciones propias de un clima desértico y tribal. Pareciera inaceptable en un clima civilizado. Pero esto no hace incompatible el Corán con el actual nivel de convivencia y libertad que predomina en los ambientes modernos. También la Biblia contiene mandatos que se han dejado atrás, como productos de un contexto distinto. Hubo reformas manifiestas o disimuladas, inteligentes interpretaciones y ajustes muy saludables, hasta convertir la religión de la Biblia en una presencia saludable. El Corán puede ser objeto de una equivalente actualización. Pero el islamismo lo objeta. Insiste en que cada una de las palabras que contiene su libro sagrado ha sido dictada por Alá y ninguna puede ser corregida, marginada o superada. Deben someterse a su literalidad. Y aunque es evidente que el Corán nació para gente del siglo VII en una situación especial y circunscripta, entre tiendas y camellos, y que fue influenciado por judíos y cristianos, el islamismo se aferra a una irracional idealización que empuja hacia la catástrofe.
La pretendida revolución del islamismo no aspira a llevar el mundo hacia delante. Su adelante es un tenebroso atrás. El islamismo es profundamente reaccionario, nada resulta más obvio. Sin embargo, muchísima gente que se cree progresista, tiende a negarlo. Esta conducta ha conducido a una atroz indiferencia, tolerancia o complicidad de organizaciones internacionales, gobiernos e instituciones.
Pilar Rahola nos hace viajar por las intimidades de los llamados «wahabismo» y «sufismo», sus mareantes desarrollos y apotegmas cargados de veneno. Consigue brindar una ilustración transparente sobre ese infierno disfrazado de cielo. Se introduce con inusual valentía en sus macabras cavernas, que son muchas. Hace una minuciosa y estremecedora radiografía de este movimiento feroz, hambriento, cruel y deshumanizado. El islamismo es una ideología impregnada de amor a la muerte. No lo detiene ninguna barrera.
Por momentos el lector puede sentirse sacudido por el aluvión de datos, crónicas y testimonios que contiene este libro. Se entiende. Porque contribuye de modo eficaz a prender el despertador. Obliga a enderezar la espalda, abrir bien los ojos y disponerse a enfrentar un monstruo. Más de un musulmán que padece las brutalidades que el islamismo asesta al islam, llorará emocionado.
LA RANA Y EL ALACRÁN
por
EDUARDO MARTÍN DE POZUELO
«El islamismo es la forma más eficaz y letal de imperialismo del siglo XXI», afirma Pilar Rahola en esta obra, y lo suscribe este periodista, que se suma a su ¡Basta! de tanta simpleza bienintencionada de los que sostienen un discurso que recuerda una fábula atribuida a Esopo. Un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar el río prometiendo no hacerle ningún daño. La rana le deja subir a su espalda y a mitad de camino el escorpión le pica. «No puedo evitarlo, es mi naturaleza», dijo el arácnido cuando ella le preguntó por su acción, y la buenista rana pereció envenenada mientras el escorpión se ahogó y subió a su cielo.
Cuando se habla del Daesh, de la guerra de Siria e Irak, del avance del yihadismo que alcanza Libia, que amenaza a Túnez, que controla Afganistán, que no sabemos qué papel desempeña en Pakistán, que avanza hacia Indonesia, que domina el Sahel, que asola Nigeria o Malí, que penetra en Marruecos, que hace la guerra en Argelia, que asoma en Turquía, que arruina Yemen, que se sobrepone en Palestina, que pervive en Europa, Australia o Canadá, poniendo en peligro el buen tino de nuestras democracias sin duda mejorables, ¿cuántas veces leemos o escuchamos razonamientos que convencerían a la rana del cuento? Me refiero a ese argumentario que acaba difuminando la esencia del inmenso problema en el que estamos sumidos hasta acabar señalando al enemigo en la dirección equivocada, sin percibir la gravedad y el alcance de la violación sistemática de derechos humanos que se practica en nombre de una potentísima idea belicista y equivocada del islam.
¡Qué fastidio de debate! Cómo comprendo a Pilar Rahola cuando anuncia que esta obra nace de la fatiga. Un agotamiento que, mientras se leen las páginas que siguen, genera envidia. Bendito agotamiento el que, en lugar de postrarte en el sofá, te impulsa a poner en orden las causas de una hartura que a mí me parece que tiene sus dosis de hastío e irritación.
Hacia la segunda semana de septiembre de 2015, cuando me disponía a escribir el prólogo de este libro en el que Pilar abre la olla de la ofuscación de los intelectuales de izquierdas, cargados de unos prejuicios que les hace incapaces de comprender la trayectoria devastadora del islamofascismo —yo uso más la expresión nazislamismo—, Francia y Australia anunciaron que se disponían a bombardear a los ejércitos de Daesh.
¡Por fin!, pensamos algunos al conocer la noticia. «Antes hay que negociar, pues ha habido muchos errores de países muy poderosos», escuché entonces en un debate a puerta cerrada al que asistía, en el que un alto responsable del Govern català acababa de exponer, con profusión de datos, el temor a sufrir un ataque yihadista. El ponente había añadido que Cataluña y España estaban en grado cuatro de alerta terrorista, en una escala unificada de cinco en la que el cinco implicaría un despliegue militar para la defensa de infraestructuras críticas y lugares sensibles. Un escenario de peligro, del que, dicho sea de paso, algunos informamos con frecuencia y que Pilar desmenuzó en su descarnada obra La República islámica de España.
Aquel «antes hay que negociar» insertado en el yihadismo me inquietó. Por la mañana había estado leyendo este libro y cuando se expuso la tesis de una negociación con no se sabe quién del Daesh —en la que además se mezcló la insólita afirmación de que en los acontecimientos que nos ocupan la religión es un elemento secundario— me vinieron a la mente muchos pasajes de esta obra que me han impresionado por su lucidez y por la forma en la que están expuestos. Me refiero a ideas y convicciones —que quiero pensar que muchos demócratas antifascistas llevamos dentro— que son producto de una evolución ideológica, basada en la observación de la realidad cotidiana con la menor carga de prejuicios que nos ha sido posible. Pensamientos de esos que se llevan encima, que a veces flotan un tanto difusos, que se intuyen e irritan y que de pronto alguien es capaz de poner en orden dando como resultado una suerte de sacudida brutal que a nadie puede dejar indiferente. Y es el caso de este libro, que, en su conjunto, me parece una bofetada para mucho iluso autoizquierdista al que, si le rascas un poco, se revela como un confuso antisemita con tintes racistas camuflado con la trampa del término «sionismo» y como un antinorteamericano que considera a Estados Unidos la fuente de todos los males, aunque luego admire a Bob Dylan o a Woody Allen o se asombre con una película de los hermanos Coen o tal vez de Spielberg. Es decir, que a estas líneas siguen otras en las que se aportan con valentía argumentos que evidencian la contradicción de una vieja izquierda que no ha estado a la altura de las circunstancias, claramente desbordada por la historia. Es obvio. Muchos discreparán muy abiertamente de Pilar y de este prologuista accidental. Unos lo harán con un argumentario bien formado —me temo que de riesgo— y otros la criticarán a fondo para no admitir la contradicción ideológica en la que están sumidos. Pero es bueno que las cosas se digan como se ven y se sienten, pues con toda seguridad a los honestos consigo mismos este ¡BASTA! no les dejará indiferentes y les sumirá en la reflexión.
Dejo intencionadamente para el lector el descubrimiento de los «cinco errores» o capítulos esenciales con los que la autora ordena las razones de su desencanto con una izquierda que se presenta incapaz de interpretar el fenómeno islamonazi y que participa de una confusión que aprovecha la derecha para, a través de un populismo xenófobo, dejar al ciudadano europeo a los pies del fascismo. Creo que es así. Pero mejor que cada uno saque sus conclusiones.
Hay un par de ideas, de entre las incontables inspiradas o provocadas por ¡BASTA!, que forman un extraño cóctel que se me hace muy difícil explicar, pero de las que quiero dejar constancia. La primera se refiere al antiamericanismo del que habla Pilar. Hay una parte de ese antiamericanismo que comprendo cuando se refiere al papel de la Administración de Estados Unidos en el golpe de Estado en el Chile de Allende o en la guerra contra los rusos en Afganistán —por cierto con Rambo/Stallone apoyando a los talibanes— y otros muchos desmanes, tales como la segunda invasión de Irak, a base de mentiras, con Guantánamo de telón de fondo. En contraposición a esa justa crítica, propongo para los que solo ven el lado malo de Estados Unidos una mirada sincera hacia otra cara de ese país acudiendo a los cementerios de Normandía, en los que uno queda emocionalmente sobrecogido ante los miles y miles de tumbas de jóvenes norteamericanos muertos para liberarnos del nazismo. Un homenaje íntimo que considero obligado y que además conduce hacia análisis de gran calado personal que con frecuencia obvian los que sostienen el modelo de discurso que creo que ha conducido a Pilar a escribir el libro que tienen en sus manos.
La segunda reflexión —emocional— apunta al recuerdo de la deuda que tenemos con los españoles que liberaron París en agosto de 1944 o con los antifascistas asesinados en Auschwitz, Mauthausen o Gusen, a los que también debemos homenaje permanente. Por cierto, en el campo nazi de Gusen (Austria) todavía funciona una trituradora de piedras a la que arrojaban vivos a los presos agotados, entre los que se cuentan miles de judíos, de españoles, de catalanes, de rusos, de luchadores por la Libertad, que perecieron en un horror que conocemos gracias a las fotos que salvó el célebre superviviente comunista catalán, Francesc Boix. Si un día van a Gusen verán la trituradora de seres humanos y de piedras de cantera. Se llega a ella pasando a través de la bucólica urbanización ajardinada junto al Danubio en la que han convertido el hoy irreconocible campo de exterminio. Es fácil verla. Tiene el tamaño de una casa de tres o cuatro pisos. Mientras caminan, quizá se sorprendan al descubrir que los barracones, que un día albergaron el peor de los horrores, hoy se han transformado en bucólicas casas unifamiliares cuyos jardines se adornan con enanitos policromados. Es difícil pisar aquel lugar y que la ansiedad no aflore al tiempo que se agolpan preguntas y dudas acerca del sendero por el que transcurre un patrón de pensamiento que esta obra pone en evidencia. ¿Indiferencia intencionada de la izquierda europea? ¿Olvido en pos de la supervivencia? No lo sé, pero como la duda surge y la conciencia escuece, planteo que nunca se olvide que el nazismo contaba con su división de musulmanes.
Sé que se supone que el autor de un prólogo es un amigo que escribe para mayor gloria de una obra. Piensen lo que quieran, pero este no es el caso. Escribo lo que siento tras leer un texto que la autora me pasó por mail. Y sí que hay sintonía entre ambos en infinidad de asuntos, como seguro que hay discrepancia en otros. Es evidente que a los dos nos subleva el antisemitismo, el racismo, la xenofobia, la violación de los derechos humanos, la especial persecución a la mujer y a los homosexuales, la tortura a humanos y animales, la sinrazón, el fascismo, el nazismo, la intolerancia y la estupidez de algunos progresistas que han perdido de vista dónde se refugian los valores democráticos que dicen defender. He llegado a conclusiones muy próximas a las de Pilar y también a alguna un poco más crítica de las que ella expresa respecto al papel de la religión en la intolerancia y la barbarie fundamentalista. No me duele decirlo.
Este libro golpea y se puede salir de él noqueado. Por ejemplo, por no haber sabido valorar a tiempo la vida y la obra de Oriana Fallaci, una periodista a la que adelantarse a su tiempo le llevó al ostracismo y que advirtió, hace ya muchas décadas, que la voluntad del islamismo era conquistar Europa, a la que denominó Eurabia. Qué rabia de olvido.
Y ¿cómo ha respondido la estupenda nueva izquierda occidental ante el yihadismo? Hay una respuesta a la pregunta que no está en el viento. La encontrarán aquí y es esta: «Un reto totalitario mundializado, con fuertes recursos económicos, estructura mediática y gran capacidad de seducción y que ya suma miles de muertos no ha merecido ni una sola manifestación de la izquierda occidental, lo que obliga a pensar que si no hay yanquis malos o pérfidos israelitas, las víctimas ya no interesan».
Triste verdad. Tal vez las ranas que ayudan a cruzar ríos no quieran conocer la naturaleza del alacrán.
¡BASTA!
INTENCIONES
Este libro nace de la fatiga. De la fatiga, de la impotencia y de la contrariedad, y quizá también de la rabia. Y nace de todos esos sentimientos negativos porque, a pesar de los años de avisos, de alertas, de signos muy evidentes de las maldades que iban a ocurrir, las reacciones no llegaron. Durante años se ha dejado que la serpiente incubara sus huevos letales, y ahora tenemos a los cachorros dentro de casa. Los tenemos en habitaciones solitarias, donde navegan por las redes del mal, buscando una épica que les dé un sentido vital; los tenemos en las cocinas de sus madres, donde siguen instrucciones precisas y buscan materiales con los que poder construir un artefacto mortífero; los tenemos en los rincones de los templos donde reinan los dioses que no aman a los seres humanos; los tenemos entre nosotros, pero ya no son de los nuestros, privados definitivamente de la razón y de la civilización, habitantes aguerridos del territorio oscuro del fanatismo.
Cuando publiqué La República islámica de España (RBA, 2011), mi primer libro sobre el fenómeno del islamismo radical (que muchos autores denominamos islamofascismo), hice esta reflexión:
Reaccionar pronto es tan necesario como urgente. Y esta es la intención del libro: dar prisa para que el debate no desaparezca a la sombra de la ignorancia, no se diluya en la retórica de la corrección ni se oculte tras la máscara del miedo. O hablamos, analizamos, debatimos y conocemos, o no tenemos ni idea de lo que se nos viene encima...
Por desgracia, fue profético. Continuamos pasando por alto la capacidad mortífera del fenómeno, nos diluimos en la comodidad de la corrección política y dejamos que el miedo impusiera su regla más preciada: la pasividad. Cinco años después de la publicación de ese libro, las cosas han empeorado: el reto totalitario ha adquirido proporciones gigantescas; han muerto miles de personas de la manera más atroz; la amenaza yihadista se ha instalado en el corazón de nuestra casa; y Occidente... se ha echado una larga siesta, cómodamente tumbado en la paja. Y mientras dormíamos el sueño de los inútiles, el enemigo de la humanidad ha conquistado tierras y mentes, y nos ha declarado abiertamente la guerra.
Por eso, me ha parecido necesario escribir este segundo libro, que se añade a los de otros compañeros que claman al mismo cielo, quizá con la misma falta de suerte. Es un libro pensado para señalar los errores, para sacarnos los colores y añadir un granito de arena con la intención de poner fin, de manera definitiva, a tanta estupidez, tanta tontería, tanta inoperancia, tanta incapacidad. Setenta años después de la Segunda Guerra Mundial, todavía late intacto el espíritu de apaciguamiento de lord Chamberlain, quien firmó un infame Pacto de Múnich, gracias al cual Hitler se anexionó los Sudetes. Que aquel político nefasto estuviera nominado al Premio Nobel de la Paz dice cosas muy reveladoras: la primera, que no hacer frente a los retos totalitarios ha sido una tendencia recurrente y cómoda para muchos políticos y dirigentes a lo largo de la historia; y la segunda, que no siempre las grandes instituciones europeas están a la altura, más bien al contrario...
Basta. Hay que decir basta. Basta de ser timoratos, de ser miedosos, de no ser claros. Basta de emular la actitud de Chamberlain, cuando es evidente que el referente es Churchill. Con el totalitarismo no existe el debate, ni el pacto, ni el apaciguamiento. Al totalitarismo no se le convence, se le vence. Y para vencerlo es imprescindible tener claro qué es, dónde estamos, en qué nos equivocamos y de qué forma debemos defendernos. Es decir, hay que hablar claro, poner fin a la confusión y reaccionar con firmeza. Y debemos lograr todo eso mientras preservamos la democracia.
UNA PREVIA
CIVILIZACIÓN CONTRA BARBARIE
El problema de los cristianos es que no son tan buenos como Jesucristo. Pero gracias a Dios, la mayoría de los musulmanes son mejores que Mahoma.
WAFA SULTAN, psiquiatra y
escritora siria amenazada de muerte
Ser mejor que Jesucristo, que Mahoma, ser mejor que todos los profetas de todas las religiones de todos los tiempos. Esta es la idea racionalista que la psiquiatra siria Wafa Sultan lanza con valentía desde la fuerza de su identidad musulmana. Ha elegido reflexionar sobre el islam de modo crítico, y eso le ha costado persecución, amenazas y finalmente el exilio. Como muchas otras mujeres y otros hombres musulmanes que se han plantado ante la locura totalitaria, su biografía es la crónica de un alto riesgo que la acompaña vaya donde vaya, porque está claro que si la encuentran, la matarán. Es el precio por ser una mujer musulmana libre, y eso, en este momento de arrebato violento, se puede pagar con la vida.
Si hablo de ella al principio de este libro es porque Wafa representa, junto con otras personas admirables, el paradigma de lo que sería el primer error que cometemos en el análisis del fenómeno islamista que nos ataca: la idea de que lo que estamos viviendo y sufriendo es un choque entre civilizaciones o religiones, o directamente, un choque entre el islam y Occidente. Cuántas veces se oye el comentario de que es una cuestión de evolución, que el islam va unos siglos por detrás de nosotros, que a medida que se civilicen cambiará, etcétera. ¡Bobadas! Bobadas que hay que desestimar.
Así pues, con el fin de comprender de una vez por todas a qué nos enfrentamos, debemos dejar atrás los tópicos y prejuicios recurrentes que adornan la ignorancia generalizada en la materia. Y lo primero que hay que hacer es, precisamente, interrogarnos acerca de con quién nos enfrentamos. Lo plantearé en forma de preguntas y respuestas:
1. ¿El islam es el enemigo? En absoluto. El mismo islam, que es una amalgama de pueblos y de identidades diversas que incluye más de 1.400 millones de personas, sufre más que nadie el reto totalitario del islamismo, un concepto que no es religioso, sino político e ideológico. Aunque los textos del islam no son dialécticos y dificultan la posibilidad de ser interpretados —dado que se considera que fueron «revelados» y, por lo tanto, son inamovibles—, toda religión puede mostrar su cara luminosa y nada la hace incompatible con la modernidad. La larga tradición de estudiosos coránicos nos ha dotado de centenares de pensadores que interpretan el Corán desde el respeto a los derechos, tal como han hecho, a lo largo de los siglos, las otras religiones monoteístas. Nada impide que la religión musulmana pueda vivirse con la mentalidad del siglo XXI, pese a que los guardianes bélicos de la fe que nos ataquen quieran devolverla al siglo VIII. La prueba de ello son los millones de musulmanes que así lo consideran.
De lo contrario, ¿qué haríamos con todos los musulmanes que se juegan la vida precisamente por adaptar el islam a la modernidad? ¿Los condenaríamos al ostracismo? ¿Dejaríamos que los fanáticos y los degolladores y los asesinos de masas monopolizasen la idea del islam? Y por si todavía no queda claro, quizá valga la pena recordar algún dato histórico: durante muchos siglos, el islam fue una tierra más amable que la propia Europa. El paradigma es el pueblo judío, que mientras era perseguido con brutalidad en Occidente, vivía en paz y prosperidad en las tierras del islam.
Es decir: lo que está ocurriendo no es el proceso «natural» de una religión arcaica que evoluciona lentamente. Lo que ocurre es lo contrario: una regresión a causa de la aparición de una ideología totalitaria que intenta secuestrar la religión, con el fin de dotarse de un cuerpo argumental más punzante y más indestructible. Es cierto que sus ideólogos bebieron de las fuentes del rigor religioso, y también es cierto que el Corán es, de todos los textos sagrados, el que permite una mirada más guerrera y más intolerante. Pero al mismo tiempo, es cierto que la finalidad de ese rigor no es religiosa, sino bélica e imperial. Es decir, la inspira la épica de la guerra, y no la trascendencia de un Dios.
En resumen, el problema no eran los alemanes, era el nazismo. Y obviamente, los nazis eran alemanes, pero también lo eran sus víctimas; asimismo, el problema no eran los luchadores comunistas, era el estalinismo, y muy a menudo las víctimas eran comunistas; ergo, el problema no es el islam, es el islamismo. Y a pesar de que todos los yihadistas son musulmanes (con el fenómeno incorporado y creciente de los conversos), la mayoría de sus víctimas también son musulmanas.
Así pues, ante la pregunta de si el islam es el enemigo, la respuesta es rotunda: NO.
2. ¿Se trata de un choque de civilizaciones? Una vez más, no, no y no. Es un choque entre la civilización y la barbarie. Es decir, es un choque entre quienes quieren vivir con leyes avanzadas que permiten regular derechos y deberes ciudadanos, y quienes quieren imponer el miedo, la represión y la violencia. Y en esta división, las fronteras son muy difusas. ¿Quiénes son los civilizados: Occidente? ¿Los occidentales? Esta idea parte de una mirada etnocéntrica y simplista, que no se corresponde con una realidad que es mucho más compleja. La civilización no es un territorio, ni un continente, ni un país, sino un conjunto de valores que se fundamentan en principios básicos: tolerancia, convivencia, respeto, democracia, ley... Y estos principios florecen por todas partes, tanto como, por desgracia, florecen también sus contrarios.
Pongamos ejemplos muy contundentes. La civilización es la joven musulmana Malala Yousafzai, que ha sufrido intentos de asesinato por el mero hecho de querer ir a la escuela. En 2014 obtuvo el Premio Nobel de la Paz por su lucha en favor del derecho a la educación, y por su coraje y valentía a la hora de enfrentarse a los riesgos que corría. Ella es la civilización, y la barbarie son sus verdugos, los mismos que envenenan las fuentes de las escuelas de niñas, para que mueran si van a estudiar.
La civilización es el director de cine iraní Jafar Panahí, considerado el más sólido en su país, que ha recibido elogios y premios internacionales. Entre otros, el León de Oro del Festival Internacional de Cine de Venecia, o el Oso de Plata en el Festival de Berlín. Panahí es Premio Sájarov 2012, junto con la abogada iraní en defensa de los derechos humanos Nasrin Sotoudeh. Perseguido en su país, que considera que «actúa contra la seguridad nacional y hace propaganda contra el Estado», fue condenado en 2010 a seis años de cárcel y a veinte de inhabilitación por hacer cine, viajar al extranjero o conceder entrevistas. En diversos festivales de cine se pone una silla vacía en el lugar donde debería estar sentado él. Por cierto, los Premios Goya del cine español nunca han mencionado su persecución: no debe de ser el estándar de víctima que gusta a los progresistas españoles. Y si su compañera Nasrin y él, junto con la abogada en defensa de los derechos humanos y Premio Nobel de la Paz en 2003 Shirin Ebadi y el resto de iraníes que luchan por sus derechos, son la civilización, el régimen fascista que impone una tiranía islamista feudal y los persigue sin piedad es la barbarie.
La civilización es la niña yemení Noyud Ali, cuya historia, narrada por la abogada francoiraní Delphine Minoui, la llevó a ser considerada por Hillary Clinton como la «mujer más valiente del mundo». La contracubierta del libro resume su impresionante lucha:
Me llamo Noyud y soy una niña yemení. Tengo 10 años, o eso creo. En mi país los niños campesinos carecen de documentos, ya que no se les registra al nacer. Mi padre me casó a la fuerza con un hombre que me llevaba treinta años. Me ha pegado y ha abusado sexualmente de mí. Sin embargo, una mañana, cuando salí a comprar el pan, me subí a un autobús y me refugié en un tribunal hasta que un juez me quiso escuchar.
Consiguió el divorcio porque las leyes yemenís dicen que las niñas no pueden ser «usadas sexualmente» si todavía no tienen la regla... Noyud es la civilización. Y lo es el juez que la amparó, y la abogada de derechos humanos que la defendió. Ellos son la civilización, pero las leyes de su país, que permiten el matrimonio con niñas de nueve años, los textos sagrados que utilizan para justificar esa práctica, los padres que las casan cuando son niñas y los políticos que lo permiten son la barbarie.
Y pondré otro ejemplo: la civilización era el escritor bengalí Avijit Roy, muy famoso en su país por su defensa del pensamiento libre, y que fue asesinado a hachazos en febrero de 2015 por estudiantes de las escuelas coránicas de Bangladesh. Dos años antes habían matado a otro héroe de la civilización, Ahmed Rajib Haider, y un mes más tarde de la muerte de Avijit, el bloguero Washiqur Rahman, de veintisiete años, recibió diez puñaladas mortales en Tejgaon, en la ciudad de Dacca. Todos eran conocidos como los «blogueros ateos», porque habían defendido con valentía el derecho al laicismo y luchaban frontalmente contra el fanatismo islámico. La escritora bengalí Taslima Nasrin, amenazada de muerte y exiliada desde hace años por sus críticas directas al islamismo —su libro Vergüenza generó una gran conmoción—, dijo textualmente que los islamistas «estaban cazando a los freethinkers». Todos ellos, Taslima, Avijit, Ahmed, Washiqur y tantos otros que intentan iluminar la oscuridad del islamismo, son la civilización. Y de nuevo, sus asesinos son la barbarie.
Por último, para poner punto y aparte en la larguísima lista de historias luminosas protagonizadas por musulmanes de todo el mundo, también son muestra de civilización las aguerridas mujeres kurdas que han muerto defendiendo su tierra ante el avance del Estado Islámico o Daesh. Como muestra, la joven kurda Shireen Taher, que cayó defendiendo su ciudad, Kobani, ante el feroz sitio de los yihadistas. Su historia, contada por su hermano Mustafá, es la crónica poética de la brutal prosa de la guerra contra esa locura totalitaria. Este es el artículo que le dedicó y que reproduzco (en traducción libre del inglés) como homenaje a estas heroínas de nuestro siglo.
SHIREEN TAHER
(Escrito por su hermano Mustafá Taher, abogado y profesor de lengua kurda.)
Pocos meses después de que empezase la revolución en Siria, el régimen sirio permitió estudiar el idioma kurdo en las escuelas de las ciudades kurdas. Este permiso incluía mi ciudad, Kobani. Mi hermana Shireen, que entonces tenía diecinueve años, tenía que ir a estudiar literatura inglesa en la Universidad de Damasco en agosto de 2012, pero resultó imposible viajar de Kobani a la capital a causa del aumento de la violencia en toda Siria. Por eso, Shireen decidió estudiar kurdo en Kobani, a la espera de poder ir a la universidad.
De mis once hermanos, Shireen era con quien yo tenía una relación más cercana. Éramos amigos más que hermanos. Era sensible, empática, y le encantaba el deporte. Éramos unos fans del Futbol Club Barcelona. Cuando se celebró la final de la Copa del Mundo en Johannesburgo en 2010, Shireen viajó a Damasco, donde yo trabajaba de abogado, para poder ver los partidos que se televisaban en las pantallas que habían colocado en los parques.
Shireen se inspiró en su profesora de kurdo, Vian, que tenía veintinueve años, una luchadora del Partido de los Trabajadores de Kurdistán, el PKK. Fue un día terrible para la gente de Kobani cuando Vian fue asesinada en la lucha contra Jabhat al-Nusra, el grupo yihadista sirio afiliado a Al-Qaeda, en la ciudad siria de Tel Abyad, el 26 de julio de 2012. En el funeral celebrado en Kobani en homenaje al martirio de Vian, mi padre le entregó a Shireen su vieja pistola y le dijo que siguiera los pasos de su profesora y fuese una luchadora, a pesar de la oposición de nuestra madre. Prometió unirse a la YPG, las Unidades de Protección Popular, con el fin de vengar a su profesora y defender Kobani. Si no se hubiera presentado voluntaria ella, lo habría hecho yo.
El Estado Islámico no tardó en lanzar ataques contra Kobani. Empezaron con un coche bomba contra la Media Luna Roja, el 11 de noviembre de 2012. Mi padre, de sesenta y siete años, y un amigo suyo, que estaban cerca, murieron en el ataque, junto con doce mártires más. Durante el funeral de mi padre, Shireen dijo: «Siempre creí que un día mi padre se presentaría como el padre de unos mártires, pero nunca imaginé que yo me convertiría en hija de un mártir».
La muerte de nuestro padre fue un gran shock para Shireen y la impulsó a ser una gran luchadora. Sobre todo después de ir a la funeraria a buscar su cuerpo. Fue muy duro identificarlo a causa de los daños masivos que le había provocado la explosión. Shireen ya había sufrido mucho por culpa del martirio de muchos de sus amigos, y no soportó la pérdida de su padre y de su maestra. La vida dejó de tener sentido para ella y se dedicó en cuerpo y alma a entrenarse con armas en los campos militares. Durante los dos años de entrenamiento, iba a visitarnos. Me costaba creer cómo había cambiado su personalidad durante su estancia en el campo militar, en un suburbio de Kobani. Antes solía llevar una bandera del Barça alrededor del cuello y siempre iba muy maquillada. No la recuerdo sin anillos ni pulseras. Pero ahora su bolsa, que antes siempre estaba llena de maquillaje, iba cargada de armas y balas.
El día que decidí trasladar a nuestra madre y hermanas a Turquía, como muchos de nuestros vecinos de Kobani, con el fin de que escapasen de los infernales ataques del Daesh contra nuestra ciudad, nuestra madre insistió en que llamase a Shireen. Mi hermana le dijo: «Si te vas de Kobani, no volverás a ser mi madre». Pero tres días después, Shireen le pidió a nuestra madre que se marchase lo antes posible porque el Estado Islámico estaba muy cerca de la ciudad.
Shireen estaba acampada al oeste de Kobani cuando los militantes del Daesh castigaron la ciudad con la artillería pesada y los tanques. La resistencia kurda pudo distraer el avance del EI con las armas ligeras, pero no pudo frenarlo para siempre. Shireen estaba escondida en una trinchera próxima a la oficina de la emisora de radio. La llamé desde Turquía cinco horas antes de su martirio para saber cómo estaba. Me contestó: «No te preocupes, todavía estoy viva». A las ocho de la tarde, mi otra hermana (que se había quedado en Kobani trabajando de enfermera en el hospital) la llamó para decirle que temía por su vida. Shireen le pidió que no volviese a ponerse en contacto con ella, porque la batalla había empeorado y no podría volver a hablar por el móvil.
Después nos enteramos de que el ataque del EI contra Kobani había sido durísimo. A las diez de la noche, recibimos una llamada desde el móvil de mi hermana. Era la voz de un hombre. Preguntó si estaba hablando con la familia de Shireen. Una de mis hermanas se lo confirmó y entonces él dijo que el Estado Islámico había matado a Shireen y que teníamos que ir a buscar su cabeza.
Antes de que mi hermana pudiera avisar a nuestra madre del martirio de Shireen, un militante del IE contactó con ella en Turquía y dijo que Shireen quería hablar con ella. Cuando nuestra madre respondió, el hombre le dijo que fuera a buscar la cabeza de su hija. Nuestra madre perdió el conocimiento y tuvo que ser hospitalizada.
Cuando hablamos con los amigos de Shireen en el frente de guerra, nos contaron que ella y cinco combatientes más habían sufrido una emboscada de un tanque del EI el 30 de septiembre y que todos habían muerto. Regresé a Kobani con intención de recoger el cuerpo de Shireen para el funeral, pero sus amigos me dijeron que su cuerpo estaba en manos del Estado Islámico y nadie podía ir al distrito en el que la habían matado. Volví a Turquía con mi otra hermana, porque tuvo un ataque de ansiedad y no pudo seguir en Kobani.
A pesar de que el martirio de Shireen fue un golpe muy duro para mi familia, nos sentimos muy orgullosos de su sacrificio y del sacrificio de todos los que han muerto defendiendo nuestra ciudad de Kobani.
Kobani fue recuperada por las tropas kurdas en febrero de 2015, pero el Estado Islámico la acecha de forma permanente. En la última batalla, ocurrida a finales de junio de 2015, los yihadistas capturaron y fusilaron a 233 civiles kurdos, aunque no consiguieron el control de la ciudad. El éxodo de Kobani, donde vivían 200.000 personas antes de los bombardeos, y de las 350 poblaciones kurdas de los alrededores en manos del ISIS, ha supuesto una gravísima ola de desplazados en la frontera con Turquía, que llega, según datos de las autoridades del país, a las 400.000 personas. Además, se han destruido por completo más de dos mil edificios y varios miles más han quedado seriamente dañados. No se sabe el número de personas que han muerto en estos ataques, pero sí se sabe que ha habido muchas Shireen que han dado la vida por defender su ciudad.
Ellos son la civilización. Y los salvajes que no han permitido que Shireen fuese a la universidad a estudiar filología inglesa, y que con diecinueve años la obligaron a cambiar el maquillaje y la bandera del Barça por las balas y las bombas, estos mismos salvajes que, después de matarla, se tomaron la molestia de llamar a su madre para decirle que ya podía ir a recoger la cabeza de su hija, todos ellos son la barbarie.
Termino con el recuerdo de otra chispa de civilización, violentamente apagada por el islamismo. Los 145 niños del Army Public School de la ciudad paquistaní de Peshawar asesinados en una matanza en el patio del colegio, el 16 de diciembre de 2014. Muchos de ellos fueron decapitados. También hubo 114 heridos. La matanza fue obra de una organización activa próxima a Al-Qaeda, Tehrik e Taliban Pakistan, nacida en 2007 y que, según fuentes solventes, cuenta con más de 30.000 miembros dispuestos a la yihad. Los datos de 2014 señalan que, de los más de 1.700 atentados sufridos solo en Pakistán, alrededor del 60 por ciento son obra del Tehrik.
También eran miembros del Tehrik los que intentaron asesinar a Malala.
En nuestro entorno también son bastante conocidos, pues se considera que los responsables de un presunto complot para atacar el metro de Barcelona (además de haber perpetrado diversos ataques en ciudades europeas), que fue abortado en agosto de 2008 gracias a la coordinación de la policía, el CNI y los servicios de inteligencia extranjeros, también pertenecían al Therik.
En algún momento tenía que dar por concluido este capítulo que, sin embargo, por sí mismo podría ocupar un libro voluminoso. Termino con las niñas nigerianas secuestradas, las jóvenes saudíes que se rebelan, los tunecinos que intentan preservar la democracia, las jóvenes egipcias que defienden sus derechos ante el sitio de los Hermanos Musulmanes... Toda la piel del islam está repleta de hombres y mujeres extraordinarios que luchan con valentía contra el islamismo. Un islamismo que, no lo olvidemos, también les ha declarado la guerra. Es más, no debemos olvidar que, sobre todo, a quienes ha matado de forma masiva esta ideología es a los propios musulmanes.
Por eso, era necesario dejar constancia por escrito de algo que, por desgracia, no hay forma de eliminar del debate ciudadano, porque enraíza en el prejuicio y la ignorancia: no estamos luchando contra una religión, ni contra una identidad, ni contra una civilización. En pocas palabras, y como ha ocurrido siempre que la humanidad se ha enfrentado al totalitarismo, estamos luchando contra la barbarie. Ya lo dijo Albert Camus: la verdadera historia de la humanidad es la lucha por la libertad. Y en esta lucha nos acompañan muchas heroínas y muchos héroes musulmanes.
BREVE RETRATO DEL MONSTRUO
El Corán es nuestra espada y el martirio nuestro deseo. El islam es fe y culto, religión y Estado, Libro y espada. En tanto que religión universal, el islam es una religión que engloba todo el mundo y toda la historia de la humanidad.
HASSAN AL-BANNA, fundador
de los Hermanos Musulmanes de Egipto
Si los combatientes de este nuevo totalitarismo no son el islam, pero todos son del islam y todos emplean el nombre del islam para matar, ¿qué son?, ¿de dónde salen?, ¿cómo los definimos? Y, sobre todo, ¿cómo se ha forjado una ideología totalitaria que concilia, al mismo tiempo, las fuentes de la religión con el nihilismo más conspicuo? Dios y la muerte, o dicho de otro modo, un Dios de muerte.
A pesar de que el objetivo de este libro no es realizar un recorrido por las diferentes corrientes del islamismo, sino centrarse en los errores que cometemos quienes estamos amenazados por su locura, me parece necesario ofrecer un breve relato del monstruo, que tomo prestado de mi libro La República islámica de España, donde se exponen, con detalle, todas las corrientes, ideólogos y grupos de la densa red yihadista. No obstante, huelga decir que tomo de allí algunos fragmentos y los actualizo, dado que este fenómeno es dialéctico y tiene una gran capacidad para mudar la piel.
Todas las organizaciones radicales sunitas (los chiitas tienen relato propio) que actúan por doquier, tanto si ejercen la violencia como si no lo hacen, podrían englobarse en una definición general que incluye los dos términos más conocidos del radicalismo islamista: salafismo y wahabismo. Lo eran desde los terroristas fanáticos de Al-Qaeda o los actuales degolladores del Daesh, hasta la mayoría de imanes radicales que predican en las mezquitas de Occidente. Desde Chechenia hasta Nigeria, desde Somalia hasta las selvas de Filipinas, desde Palestina hasta los jóvenes fanatizados que preparan atentados en la soledad de su habitáculo europeo, desde los saudíes hasta los estados rigoristas de Malasia, desde Qatar hasta cualquier rincón donde haya un colectivo musulmán que crea en el regreso a los primeros tiempos del islam. Es decir, la mayor parte del caleidoscopio radical islamista bebe de las fuentes del wahabismo y el salafismo. Y sin embargo, ¿qué significan estos conceptos y quién los ha inspirado?
WAHABISMO
La definición clásica habla de «tendencia», «secta» o «escuela» islámica que sigue los dictados del jeque Muhammad ibn Abd-al-Wahhab, riguroso profesor sunita del islam, nacido en 1703 (otros hablan de 1691) en Al-Uyayna, en el altiplano del Nayd, donde ahora se sitúa el estado de Arabia Saudí. Escribió múltiples libros contra los idólatras y los politeístas, y murió en 1792.
Muhammad ibn Abd-al-Wahhab era miembro de la tribu más grande del mundo árabe, los Banu Tamim, hermanos gemelos de los Quraish, la tribu a la que pertenecía el profeta Mahoma, pero que se opuso a él en los albores del islam, obligando a los primeros musulmanes a emigrar de La Meca a Medina. El nombre árabe de Quraish significa «tiburón pequeño», y los miembros de esta tribu, posteriormente islamizados, fueron la élite dominante en Al-Ándalus. Respecto a los Tamim, se consideran herederos del linaje de las figuras bíblicas de Ismael y Abraham. Algunas ramas de esta tribu pasaron del sunismo al chiismo a lo largo del siglo XIX.
Este profesor de religión, miembro de una tribu legendaria y poderosa, fue el protegido de Muhammad Ibn Saud, el hombre que se casó con la hija de Wahhad e inició la conquista completa de Arabia en el siglo XVIII, que culminaría ciento cuarenta años después. Así pues, fue Saud, el consuegro de Al-Wahhab, quien instauró la actual dinastía de los Saud en Arabia Saudí. Es decir, la religión y la espada se encontraron, y se alimentaron mutuamente. Al-Wahhab necesitaba un guerrero para imponer su rigorismo religioso, y Saud necesitaba un predicador que utilizase el nombre de un Dios temible para animar a la conquista. El binomio se produjo y se convirtió en letal.
La justificación para las invasiones, destrucciones de pueblos y guerras sin ataques previos perpetradas durante esos años por los wahabitas se hallaba en las enseñanzas de Al-Wahhab, que consideraba necesario declarar la guerra a los infieles y los politeístas. Es particularmente famoso el ataque, saqueo y destrucción de la ciudad santa chiita de Kerbala, en 1802, justo el día en que sus calles estaban llenas de devotos que celebraban el martirio del nieto de Mahoma, el imán Hussein, el auténtico heredero del Profeta, según el chiismo. Esta fiesta, denominada Ashura, es bastante conocida en Occidente por la plasticidad sangrienta de las imágenes que la caracteriza, ya que los chiitas salen a la calle y se realizan cortes en la cabeza y los hombros con cuchillos. En algunas ciudades, como Barcelona, está prohibida la exhibición de cualquier tipo de tortura durante la celebración, cada día más numerosa.
El sangriento sitio de Kerbala también provocó la destrucción de tumbas y patrimonio, los robos masivos, la masacre de la población, perseguida incluso dentro de las casas, y el aniquilamiento total de la ciudad. Desde la existencia de Al-Wahhab, la cantidad de patrimonio religioso destruido por ser considerado herético es innumerable y, por desgracia, su estela continúa vigente en la actualidad. Basta con recordar la destrucción de los Budas de Bamiyán que en 2001 ordenaron los talibanes de Afganistán, y que fueron bombardeados durante meses hasta la destrucción total. Bamiyán, un centro budista que había llegado a tener mil monjes y diez monasterios, había sobrevivido a mil quinientos años de guerras, y ni siquiera Mahmud de Gazni, el líder musulmán que conquistó Afganistán en el siglo XI, los había destruido, cosa que nos da idea del nivel de intransigencia que alcanza el fundamentalismo islámico actual.
Pero no hace falta transportarse a 2001. Con el avance del Daesh por tierras de Siria e Irak, la destrucción ha sido masiva. Desde piezas de gran valor del Museo de Mosul hasta el barrio viejo de Alepo, con siete mil años de antigüedad, o la ciudad de Hatra, construida entre los siglos II y III a. C., cuna del Imperio parto, o la destrucción completa del patrimonio arqueológico de Dur Sharrukin, capital de Asiria durante el siglo VIII a. C. Con tanques, bombas, bulldozers y todo tipo de artilugios, los yihadistas están destruyendo todo lo que no consideran característico del islam, y así emulan al propio profeta Mahoma, que al regresar a La Meca después de ocho años de guerra, se dirigió a la Kaaba y destruyó todos los símbolos que consideró paganos.
Y como punto álgido del horror, hoy, 20 de mayo de 2015, momento en el que escribo esta parte del libro, ha caído la ciudad de Palmira en manos del Daesh. La amenaza de la destrucción se aproxima a la mítica ciudad del rey Salomón, construida en el siglo X a. C.
«Amenaza», decía el mayo pasado. Ahora, en el momento de la corrección final de este libro, a principios de septiembre, la amenaza se ha convertido en una cruel realidad: el Daesh ha empezado a destruir parte del valioso patrimonio arquitectónico, y ya ha derribado con dinamita buena parte del templo del dios Bel. Erigido en el año 32 d. C. en honor de Bel, dios de la lluvia, el trueno y la fertilidad, se conservaba en perfecto estado dos mil años después, y sus columnas corintias eran de una belleza extraordinaria. Por lo que se sabe, ha desaparecido la mayor parte del conjunto. Además de la destrucción del patrimonio, los yihadistas también han decapitado a Jaled al-Assad, arqueólogo sirio de ochenta y dos años, que durante los últimos cuarenta años había cuidado del yacimiento. Se le consideraba el gran experto en Palmira. Le cortaron la cabeza «por su papel de guardián de los ídolos y por haber participado en conferencias de infieles» en representación de Siria. Jaled se negó a informar a sus secuestradores de la localización de piezas importantes del yacimiento.
Al-Wahhab, pues, siguió los pasos destructivos del mismo Mahoma. Y gracias a su enorme influencia religiosa y política, capaz de unificar el Corán y los Hadices (la fuente más importante de la práctica islámica después del Corán, y de la cual emanan leyes y códigos de conducta), y de imponerlos como única ley política, Abd al-Wahhab se ha convertido, con los siglos, en uno de los hombres más influyentes del islam contemporáneo. Fue el gran reformador del islam, a pesar de que, desde la perspectiva moderna, la suya no fue una revolución hacia delante, sino una involución hacia los orígenes «más puros» y retrógrados del primer islam, el islam de los salaf, es decir, de los compañeros del Profeta.
Basándose en las enseñanzas de Ibn Taymiyya, un ulema que vivió en el siglo XIII, que también reivindicaba el regreso a los orígenes y que solidificó su odio posterior contra los cristianos, chiitas y sufíes (exaltando a las masas a la guerra santa), Al-Wahhab procuró erradicar las prácticas del pueblo, como la adoración de reliquias y de santones, los festivales religiosos, la conmemoración del nacimiento del Profeta, las peregrinaciones a las tumbas y la veneración de árboles y piedras, así como la práctica de sacrificios rituales. Es decir, acabó con todo lo que tenía que ver con el misticismo sufí y con la religión popular, que él consideraba sacrílegos. Quienes no aceptaban esas nuevas normas o no se sometían a ellas, tanto si eran musulmanes sufíes o chiitas —a los que no consideraba musulmanes—, como si eran cristianos o judíos, eran condenados a muerte.
También fue él quien ordenó que las mujeres adúlteras fuesen apedreadas hasta morir, una práctica que no era usual en aquel territorio ni en aquella época. Los historiadores aseguran que los hombres de Al-Wahhab mataron de esa forma tan salvaje a cientos de mujeres. Al mismo tiempo, prometía el paraíso a todos los musulmanes que luchasen por el regreso de este islam «puro» y muriesen en la batalla, y cada soldado llevaba una carta del mismo Abd al-Wahhab para el vigilante de la puerta del cielo, con el fin de que fuese admitido en él. Algunos siglos más tarde, los chiitas de la revolución de los ayatolás hicieron lo mismo con los niños que enviaron a la batalla en la guerra contra Irak, quienes también iban provistos de recomendaciones para entrar en el cielo.
Su libro central, leído por todas las corrientes del salafismo, es el Kitab at-Tawhid o Libro de la Unidad, y por ese motivo, sus seguidores no se denominan wahabitas sino muwahhidun, que significa «unitaristas» o «unificadores de la práctica islámica». La idea es central: si hay un solo Dios (Tawhid) y Dios no comparte su poder con nadie (y menos aún con árboles o reliquias), cualquier práctica que se aparte de esta concepción unitaria de la divinidad se considera herética. Por eso son «unitaristas» y, obviamente, consideran el wahabismo como la única forma verdadera del islam. De hecho, esta «interpretación literal» de lo que serían los comportamientos individuales según el Corán —que, además, deben ser controlados colectivamente, de ahí la imposición de las policías religiosas—, les ha merecido el nombre de «calvinistas musulmanes».
E igual que Calvino, lo que predicaba Abd al-Wahhab tenía un objetivo primordial: proclamar la simplicidad de la primera religión fundamentada en el Corán y la Sunna, y la idea de que había que vivir la vida del mismo modo que la había vivido el Profeta. Una simplicidad que se imponía con la guerra, los castigos y el terror. Siglos después, la actual Arabia Saudí también fundamenta su poder en la espada. Cuando cayó el Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial, las fuerzas británicas ocuparon una parte de la península Arábiga y tejieron una fuerte alianza con la familia de los Saud; no en vano, los campos petrolíferos que latían bajo la arena del desierto eran un incentivo poderoso... Así, dieron carta blanca a los Saud para que conquistasen toda la península y extendieran el poder wahabita, hasta aquel momento restringido a un territorio mucho más delimitado. Las campañas de sangre, fuego y terror de los Saud en su proceso de dominio de toda Arabia se cuantifican por millares: más de 40.000 ejecuciones públicas, 350.000 amputaciones, destrucción sistemática de poblados y de patrimonio religioso (incluso aquellos que habían sobrevivido a las primeras guerras wahabitas) y más de 400.000 muertos. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la alianza política y económica de los Saud con Estados Unidos sustituyó a la británica, el poder del movimiento wahabita ya estaba consolidado. Y las brutales normas del wahabismo, que habían quedado aisladas en el territorio estricto de los Saud, empezaron su expansión mundial...
Aunque, si bien el profeta Al-Wahhab fue el inspirador de la idea de la guerra brutal sin ningún tipo de justificación previa, habría que esperar al siglo XX para convertir esta idea en una fuente de inspiración moderna. La organización se llamaría Hermanos Musulmanes, y uno de sus líderes, Sayid Qutb, sería el auténtico ideólogo de la mayor parte de corrientes terroristas que actúan en el mundo. De hecho, Al-Qaeda antes y el Estado Islámico ahora son eso, la diabólica confluencia entre el bélico y rigorista wahabismo y el antioccidentalismo feroz y también violento de Sayid Qutb. Y lo son los líderes del Emirato del Cáucaso, responsables de sangrientos atentados como el de la escuela de Beslan. O también los que pusieron la bomba en una discoteca de Bali, o en los hoteles de Bombay, o en los trenes de Madrid, o en los autobuses de Jerusalén, o en el restaurante de Casablanca, o en el metro de Londres, o en los ataques a las Torres Gemelas, o contra turistas de Túnez. O los responsables de los asesinatos de Charlie Hebdo, o... Es exactamente eso: la confluencia, increíblemente mortífera, entre wahabismo y salafismo. Y esta confluencia también se da entre las corrientes no violentas, pero totalitarias, que predican en muchas mezquitas de Occidente. Los imanes radicales de Occidente y Abu Bakr al-Baghdadi, autoproclamado califa del Estado Islámico, han leído los mismos libros...
SALAFISMO
Este es otro gran concepto, que a menudo se emplea sin entenderlo en los medios de comunicación. ¿Qué quiere decir? ¿De dónde surge? ¿Por qué a menudo hablamos de «salafismo wahabita»? ¿Son lo mismo?
La respuesta: la palabra salaf quiere decir «primer musulmán o predecesor», e históricamente designa a todos los musulmanes que fallecieron en los primeros cuatrocientos años después de la muerte de Mahoma, y en especial algunos de sus grandes nombres, como Abu Hanifa (cuyo sistema doctrinal se convirtió en una de las escuelas de la jurisprudencia de la sharia), Ash-Shafií (considerado el inventor de la jurisprudencia islámica y creador del chafiísmo, una de las cuatro escuelas jurídicas sunitas) y uno de los más importantes, Ahmad Ibn Hanbal, considerado uno de los grandes sabios del islam. Él es el responsable de la escuela Hanbalí, la más rigorista de las cuatro corrientes de la sharia.
Pero la conversión del término salafí en eslogan político, y más tarde, en un auténtico movimiento llegó muchos siglos más tarde, a finales del XIX, de la mano de Muhammad Abduh y de su mítico profesor Jamal al-Din al-Afghani, fundadores del movimiento reformista Al-Salafiyya. Sus tres ideas-fuerza eran tan simples de enunciar como, lógicamente, complicadas de realizar, y todavía más difíciles de combatir: liberar el islam de todo poder que fuese infiel, reformarlo con el fin de acercarlo al rigorismo más puro y unificarlo, fundamentándolo en la recuperación del esplendor de los primeros musulmanes, aunque adaptado a la época moderna. El persa (o afgano, no se sabe con seguridad) Jamal al-Din dotó a esta idea-fuerza de la concepción política que necesitaba, reclamando una «respuesta musulmana» a la creciente presión occidental. En cierto sentido, es el inventor de la lucha moderna islámica contra el imperialismo occidental, el primer panislamista moderno. Su obsesión fue la «unidad de todos los musulmanes», y forjó un concepto que se repitió posteriormente en todos los fenómenos radicales islámicos: la necesidad de aprovechar la ciencia y la tecnología occidentales para fortalecer y posibilitar el regreso al islam de los primeros musulmanes. La famosa frase que inspira el sentido del salafismo era suya: «Viví en Occidente y vi el islam, pero no vi nunca a un solo musulmán. Viví en Oriente y vi musulmanes, pero no vi nunca el islam». La plaza Asad Abadi de Teherán está dedicada a su memoria.
Sin embargo, fue el jurista egipcio Muhammad Abduh quien se convirtió en el referente moderno del salafismo, a pesar de que fue un reformista del islam (tanto que algunos lo consideraron un infiel) y de que estaba convencido de la necesidad de llevarse bien con otras religiones, sobre todo la cristiana, la segunda gran religión de su país natal. También trabajó con mucho ahínco para que sunitas y chiitas se entendiesen mutuamente, se esforzó por separar las reformas políticas de las religiosas y expresó su rechazo a la poligamia. No defendió nunca el regreso a los primeros tiempos del islam, luchó por la igualdad de los derechos entre seres humanos y también contra la esclavitud, una práctica que todavía existe en algunos territorios del norte de África. Uno de los hitos más importantes de Muhammad Abduh fue entender que la ciencia y la tecnología de Occidente eran buenas para el islam, y que había que introducir algunas nuevas disciplinas educativas en la famosa Universidad de Al-Azhar de Egipto. Incluso intentó hacer compatible la historia del Génesis con la teoría de la evolución, y defendió que el islam no podía negar el avance de las ciencias ni podía contradecirse con la razón.
Todas estas ideas le reportaron una gran fama y también ataques considerables de sus opositores, unos ataques que todavía se mantienen encendidos en muchos círculos de debate. A pesar de eso, Abduh siempre consideró que el islam era la religión superior y universal, y que si la ciencia era buena, lo era porque daba la razón al Corán. Así pues, fueron sus seguidores quienes radicalizaron su discurso, lo vaciaron de amor a la modernidad y lo convirtieron en el cuerpo teórico que movilizaría a millones de personas por todo el mundo islámico. La idea de que nadie, aparte del Profeta y de los salafíes, podía comprender la sabiduría del Corán, de forma que solo existía un camino —regresar a la concepción rigorista y ortodoxa del islam de los primeros musulmanes—, sería posterior a Muhammad Abduh. De hecho, podría considerarse que el sentimiento de Abduh nacía del pasado pero miraba hacia el futuro. En cambio, sus seguidores, los salafistas actuales, basan sus sentimientos en el pasado, construyen el presente desde el pasado y sueñan con un futuro del pasado. Como decía el gran filósofo socialista marroquí Mohamed Abed Yabri, en una preclara crítica al salafismo en su libro El legado filosófico-árabe, no hay duda de que la lectura que el salafismo hace del pasado es ahistórica, con un pasado que se reivindica constantemente, como si fuese un bucle; un presente que vive siempre en el anhelo del pasado y un futuro que quiere conjugarse en pretérito. Huelga decir que Mohamed Abed Yabri fue un gran estudioso de la obra de Averroes...
Además de Muhammad Abduh y de otros teóricos que vinieron después, como el sirio Rashid Rida o el argelino Bin Badis, el salafismo se siente directamente vinculado a las enseñanzas de Ibn Taymiyya, el mismo estudioso de la época de los mamelucos que había servido de inspiración a Al-Wahhab más de un siglo antes y que tanto defendió con fervor la guerra santa contra cristianos, chiitas y mongoles, como exigió el regreso al islam de los primeros musulmanes. Además, fue un crítico furibundo de Averroes, precisamente por la importancia que este gran filósofo daba al concepto de la razón.
Y la razón por encima de la sumisión a Dios es la fuente principal de herejía para los salafistas. Cuando, en el siglo XXI, el jeque Muhammad Nasiruddin al-Albani (uno de los líderes más influyentes del salafismo contemporáneo) asegure que la única forma de resolver los problemas del islam es purificando la religión de cualquier innovación posterior que pueda cuestionar los dogmas, se referirá justamente a la necesidad de expulsar la razón del islam. Nada se cuestiona, nada se critica, nada se innova, porque islam significa, según los salafistas, sumisión inviolable a Dios, y Dios ya ha establecido dogmas que hay que seguir para hacer efectiva esa sumisión. El resto es veneno de los apóstatas que contamina a los musulmanes erráticos.
El salafismo se basa en tres principios sencillos e inflexibles: primero, el Tawhid, es decir, la existencia de un dios único y verdadero. Segundo, la negación de toda innovación, tanto en la interpretación del Corán como de la Sunna, de modo que cualquier práctica religiosa que no siga los preceptos de los primeros musulmanes puede ser considerada herética. En consecuencia, el tercer principio establece que ninguna persona y ninguna palabra pueden prevalecer por encima de los textos sagrados. Es decir, las leyes del hombre no son válidas ante la jurisprudencia que emana de la ley islámica, surgida directamente del mandato divino.
Estos principios, que se pueden elaborar con mayor o menor complejidad, corren tan paralelos a los del wahabismo que casi se confunden con él. Quizá la diferencia más notable entre wahabismo y salafismo sea que el primero es la doctrina oficial de Arabia Saudí, y la que proyectan por todo el mundo, mientras que el segundo es socialmente activo donde hay comunidades musulmanas, con un componente político-social muy marcado. Será de esta corriente de donde nazcan los Hermanos Musulmanes de Egipto. Para terminar el relato del salafismo, debemos recordar que son especialmente activos entre las comunidades musulmanas que viven en Occidente, donde se esfuerzan por alejarlas de cualquier «contaminación occidental», por secuestrar a las mujeres hasta el puro esclavismo y por disponer de leyes paralelas a los códigos penales y civiles vigentes en las sociedades en las que viven. Su objetivo es imponer la sharia y destruir la democracia.
Es decir, el wahabismo y el salafismo discurren por vías tan cercanas que casi siempre comparten el tren, el maquinista y el fanático trayecto que los debe conducir desde la estación de la modernidad hasta la estación del siglo VIII, que es su destino final. El problema es que, en el proceso, intentan contaminar, retar y sacudir las sociedades avanzadas y librepensadoras en las que viven, aquellas que decidieron, después del enciclopedismo, que los dioses no dictaban las leyes humanas. Sin un Voltaire que los detenga, los movimientos islamistas giran, una y otra vez, en la misma noria del tiempo. Eso no quiere decir que no exista un fuerte pensamiento renovador, crítico y avanzado en muchos estudiosos del islam. Al contrario, esa vertiente existe, y esos estudiosos son muy lúcidos. Pero el problema es que la oleada revolucionaria y el impulso social de los grandes grupos organizados, capaces de movilizar a millones de personas, no leen a esos pensadores que quieren cambiar la historia, sino justo a los que niegan la historia.
¿Quiénes son los pensadores actuales del salafismo, además de Al-Wahhab y el resto de referentes antiguos? En el libro La República islámica de España dedico un extenso capítulo a esta cuestión, donde doy detalles más precisos, así que no considero necesario alargarme más de la cuenta. De todos modos, daré algunas referencias para completar la información.
Los grandes ideólogos que en la actualidad alimentan el relato yihadista se concentran en seis grandes nombres, todos ellos leídos con fruición y veneración, tanto por quienes hacen del salafismo una exigencia político-social y religiosa, sin caer en la violencia (a pesar de que se opongan frontalmente a la democracia), como por quienes ametrallan a dibujantes, queman a personas vivas y degüellan a individuos ante una cámara. Esos grandes ideólogos son: los citados Ibn Taymiyya y Muhammad Ibn Abd al-Wahhab, como referentes clásicos, y cuatro nombres propios modernos: Hassan al-Banna, Sayid Qutb, Yusuf al-Qaradawi y Mustafá Setmarian, más conocido como Abu Musab al-Suri.
De estos cuatro, Al-Qaradawi y Setmarian están vivos, y ambos despliegan una gran actividad intelectual a favor del yihadismo. Los otros dos, Al-Banna y Qutb, murieron asesinados por los regímenes egipcios, pero dejaron una obra de gran dimensión y una huella definitiva en sus seguidores. Todos son egipcios menos Setmarian, que es un sirio de Alepo de nacionalidad española, porque se casó (en un matrimonio de conveniencia) con Pilar Toledo en julio de 1987, a pesar de que su gran amor fue Helena Moreno, con quien tuvo cinco hijos y terminó escondido en las cuevas de Tora Bora. Fue el hombre que fundó Al-Qaeda en España y es considerado el autor material del primer atentado yihadista en Europa, en 1985: la bomba puesta en el bar El Descanso de Madrid, situado en el kilómetro 14,2 de la carretera de Barcelona, que causó dieciocho muertos. Es el inspirador del yihadismo que Gilles Kepel denomina «la tercera generación», responsable de los atentados de los mal llamados «lobos solitarios».
En cuanto a la ideología, todos beben de las mismas fuentes rigoristas y odian con la misma intensidad las libertades individuales, que consideran un opio para el islam. Si tuviésemos que hacer algún tipo de clasificación, podríamos considerar que Al-Banna es el patriarca ideológico, Qutb es quien dota al salafismo de un concepto moderno de la yihad, Al-Qaradawi es el líder mediático y Setmarian es el ideólogo de las redes sociales y la nueva yihad.
Desde 1928, año en que el joven Hassan al-Banna fundó en Ismailía (donde lo habían enviado para hacer de profesor) la organización Al-Ijwan al-Muslimun, conocidos en todo el mundo como los Hermanos Musulmanes de Egipto, hasta junio de 2010, cuando Setmarian publicó un famoso artículo en inglés en el primer número de la revista Inspire de Al-Qaeda titulado «Las experiencias yihadistas: escuelas de la yihad», el salafismo no ha parado de crecer en su deseo bélico de imponer la Umma por todo el mundo, y en ese proceso imperial no ha dejado de matar. De Al-Banna a Setmarian va el hilo rojo de una ideología que seduce a millones de personas y que, como bien sabemos, nos ha declarado abiertamente la guerra.
Esta es una brevísima pincelada de estos cuatro ideólogos:
HASSAN AL-BANNA
Nació en 1906 en Mahmoudiyah, al noroeste de El Cairo, en el seno de una familia de clase media, cuyo padre era considerado un sabio coránico. De joven se adhirió a la escuela de Al-Tariqa Hasfiyya, cuyo maestro advertía a los jóvenes del peligro que representaban los misioneros católicos y protestantes que predicaban en Egipto al amparo del dominio británico. Fue un combatiente contra el colonialismo y participó en la revolución de 1919 contra los británicos. Con la caída del califato turco, su convicción de que era necesaria una revolución islámica para devolver el orgullo al islam arraigó definitivamente. En 1928, con seis trabajadores de la Suez Canal Company, creó una organización que se extendió con fuerza por todo el mundo. Así nacieron los Hermanos Musulmanes. Y así lo explicaba el mismo Hassan:
Uno de ellos dijo: «¿Cómo nos llamaremos? ¿Seremos oficialmente un club, una asociación, una cofradía, un sindicato?».
«Nada de eso —dije yo—. ¡Guardémonos de las formalidades y de las cosas oficiales! Nuestro grupo será en primer y fundamental lugar una idea, con todos los significados y acciones que ello implica. Somos hermanos al servicio del islam, somos Hermanos Musulmanes».
Al principio eran unos centenares, pero cuando murió Hassan superaban los dos millones. La crisis económica, la humillante colonización británica, el descalabro emocional por la pérdida del califato turco, la imposición de religiones ajenas a la musulmana y el analfabetismo abonaron el terreno para que los Hermanos Musulmanes se convirtieran en la organización salafista más poderosa del mundo, madre de todas las organizaciones que actúan por doquier, tanto desde el proselitismo ideológico como desde la acción violenta.
También ayudó a su popularidad la idea de Al-Banna de implicarse en el activismo en barrios pobres, donde creó asistencias paralelas, tanto en sanidad como en alimentación y educación. Años más tarde, ese activismo social llevaría a un hijo de los Hermanos Musulmanes, el grupo terrorista Hamás, a ganar las elecciones en Palestina, ante una Autoridad Nacional Palestina autoritaria y, sobre todo, corrupta. También es el mismo activismo social que practican los miembros de Justicia y Espiritualidad, que dominan la oposición social marroquí.
Al-Banna fue asesinado —como la mayoría de líderes posteriores del movimiento— el 12 de febrero de 1949, después de que los Hermanos participasen activamente en la guerra contra Israel y perpetrasen diversos atentados contra el gobierno egipcio. Entre otros, fueron responsables del asesinato del primer ministro Mahmoud Fahmi an-Nukrashi. Antes habían colaborado estrechamente con los nazis, para ayudar a atrapar judíos en Bosnia y en otras zonas de Europa.
No obstante, el asesinato de Hassan al-Banna solo sirvió para incrementar su aureola, y el movimiento que fundó se multiplicó hasta llegar a millones de adeptos. Dos principios hacían que fuese tan seductor: la liberación del yugo colonial y la reconstrucción de la Umma. Todo ello acompañado de un rechazo frontal a las influencias occidentales y de la potenciación de las mezquitas y las madrazas, como guía básica, tanto espiritual como política, social y legal. Este principio es, hoy en día, fundamental para potenciar el salafismo.
SAYID QUTB
«El personaje más famoso del mundo musulmán durante la segunda mitad del siglo XX». Con esta frase lapidaria, tomada de su biógrafo, presentó el diario The Guardian a Sayid Qutb. Desde luego, se trata del más carismático y, al mismo tiempo, el más letal de los grandes ideólogos del yihadismo, y es la inspiración directa de todos los que quieren seguir la estela de la yihad. Por ejemplo, fue el autor de cabecera de los talibanes afganos, sobre todo cuando Qutb fue traducido a la lengua darí, y también fue decisivo en la formación radical de un joven y rico saudí llamado Osama bin Laden, que iba a las conferencias que daba en la King Abdulaziz University el hermano de Qutb, Muhammad Qutb, quien estaba exiliado en el reino de los Saud. El mentor de Bin Laden y posterior líder de Al-Qaeda, Ayman Zawahiri, fue un seguidor tan ferviente que incluso escribió un libro de homenaje titulado Knights under the Prophet’s Banner.
Nacido en Musha, en el sur de Egipto, fue educado en el rigorismo religioso, estudió para maestro, fue poeta, crítico literario (responsable de dar a conocer la obra del novelista Naguib Mahfuz), funcionario del Ministerio de Educación y prolífico autor de obras de ensayo, entre las que destaca su obra magna: Fi Zilal al-Quran («A la sombra del Corán»), que consta de treinta volúmenes de reflexión sobre el Corán. También fue muy importante lo que se considera su manifiesto ideológico: Ma’alim fi-l-Tariq, traducido en inglés como Milestones. La mayor parte de sus principales obras las escribió en la cárcel, donde pasó largas estancias. Consiguió tal influencia en los círculos políticos y sociales de la época que muchos de sus libros fueron lectura curricular obligatoria. Sin embargo, después de un viaje a Estados Unidos, horrorizado por lo que él denominaba «el materialismo y la depravación» de los norteamericanos (especialmente impactado por la libertad de las mujeres), exacerbó su radicalismo islamista y no tardó en convertirse en el líder más influyente de los Hermanos Musulmanes. Acusado de haber participado en una conspiración contra el presidente Gamal Abdel Nasser, fue condenado a muerte y ejecutado en 1966.
De todos modos, más allá de una calidad literaria indiscutible y de una prolífica obra escrita, el paso de Qutb a la categoría de mito yihadista se produjo por una aportación ideológica que resultó, con el tiempo, tan fundamental como terrorífica: la idea de que Alá permite asesinar a inocentes si son infieles, porque por el mero hecho de existir sin creer en el Dios verdadero ya son culpables. En sus propias palabras:
La agresión básica de los no creyentes es la que perpetran contra dios cuando se someten ellos mismos, o someten a otros, a deidades distintas a Él. Es este tipo de agresión lo que deben combatir todos los musulmanes a través de la yihad.
Esta idea básica, desarrollada en largas reflexiones bien hilvanadas con interpretaciones religiosas, es la clave que articula el yihadismo actual, porque neutraliza cualquier sentimiento de piedad que alguien pudiera sentir al poner una bomba en un autobús, un tren o una plaza pública. A pesar de que la idea de utilizar la yihad para implementar una sociedad islámica pura ya viene de Ibn Taymiyya —el inspirador de Al-Wahhab— en la época de las invasiones mongolas, la idea de que la persona anónima, por el mero hecho de existir sin ser musulmana, ya sea objetivo de la yihad queda ideológica y religiosamente justificada por Sayid Qutb. A partir de Qutb, todas las organizaciones yihadistas considerarán el terrorismo indiscriminado como un instrumento natural de sus planes islamistas.
YUSUF AL-QARADAWI
Si no fuera por la enorme influencia de Al-Qaradawi, presidente de The International Union of Muslim Scholars, director del programa Ash-Shariah wal-Hayat («La sharia y la vida»), emitido por Al-Jazeera con una audiencia estimada de sesenta millones de personas, responsable de centenares de fetuas que proclama desde el Consejo Europeo de fetuas que preside, autor de 120 libros, ideólogo de bandera de los Hermanos Musulmanes y considerado por el Foreign Policy como el tercero de los veinte intelectuales más influyentes del mundo..., si no fuese por todo eso, Al-Qaradawi continuaría siendo por desgracia, sobre todo para nosotros, una persona de interés. Es el alma mater y el inspirador de la Qatar Foundation, hasta el punto de que en 2009 se instituyó el Premio Sheikh Yusuf Al-Qaradawi Scholarships, que da becas de posgrado sobre el islam. Esta fundación fue el paraguas aparentemente «social» —«fundación de caridad» nos aseguran los directivos del club— con el que se firmó la «venta» del Futbol Club Barcelona a la dictadura de Qatar, el país que más dinero y más ayuda está dando al yihadismo internacional. El mismo Al-Qaradawi, sobre quien pesa una alerta de arresto de la Interpol solicitada por las autoridades egipcias, vive refugiado en Qatar, igual que todos los dirigentes de Hamás (que se han hecho inmensamente ricos) y un número indeterminado de dirigentes yihadistas. Las relaciones de la tiranía qatarí con el Estado Islámico han sido denunciadas en numerosas ocasiones.
Es evidente que este libro no se centra en la miseria de vender el alma de un club como el Barça a una repugnante dictadura islamista, y también es evidente que Al-Qaradawi es importante más allá de la fundación que ha inspirado. Sin embargo, es igual de evidente que la operación que vincula al Barça con los qataríes es uno de los gravísimos errores que se relatarán más adelante. Vender el alma al diablo solo beneficia al diablo.
Al-Qaradawi nació en 1926 en Safat Turab, un pueblo del delta del Nilo, en el seno de una familia muy pobre y muy religiosa. Cuando tenía nueve años ya había memorizado entero el Corán. En 1953 se graduó en la Universidad Al-Azhar de El Cairo y a partir de entonces su prestigio y su influencia no pararon de crecer. Fue encarcelado bajo el régimen del rey Faruq y tres veces bajo el régimen de Nasser, hasta que se refugió en Qatar, donde ha vivido la mayor parte de su vida. Ha acumulado decenas de cargos y premios; entre otros, fue el consejero para la sharia del Bank Al-Taqwa y miembro del Al-Taqwa Group, con base en las Bahamas, Suiza y Liechtenstein. Después del 11-S, Al-Taqwa fue acusado por Estados Unidos de ser una fuente de financiación de las operaciones de Bin Laden y estuvo en la lista de «special definition GLOBAL terrorist» hasta 2010. Cuando se produjo el levantamiento de los Hermanos Musulmanes de Egipto contra el régimen de Hosni Mubarak —revuelta erróneamente denominada «primavera árabe», porque en realidad se convirtió en un invierno muy frío—, Al-Qaradawi fue el referente ideológico, pues no en vano fue seguidor de Hassan al-Banna desde muy joven. Cuando regresó a Egipto el 18 de febrero de 2012, su discurso en la plaza Tahrir fue seguido por más de dos millones de personas. En febrero de 2011 había hecho una fetua «pidiendo» el asesinato de Muammar el Gadafi: «¡Hacedlo!», instaba a todos los que tuviesen un arma y posibilidad de usarla.
Solo a modo de ejemplo, expongo algunas de sus opiniones recientes, la mayor parte de ellas expresadas desde la televisión Al-Jazeera, emitida desde Qatar.
A través de la historia, Alá ha ido imponiendo castigos a los judíos por su corrupción... El último castigo fue Adolf Hitler, que les intentó poner en su lugar... Fue un castigo divino. La próxima vez el castigo vendrá de la mano de los creyentes... (Al-Jazeera, 2009).
Oh Alá, agarra a los judíos, los traidores agresores, este pueblo arrogante, astuto y libertino, que extiende la tiranía y la corrupción en el mundo... Oh Alá, no dejes ni uno solo. Cuéntalos y mátalos a todos, no dejes ninguno...
Para los homosexuales, el mismo castigo que para los fornicadores, la muerte... Castigos que parecen crueles pero que sirven para mantener la pureza de la sociedad musulmana y dejarla limpia de elementos perversos...
Pegar a las mujeres está permitido cuando han fallado otros métodos de persuasión... En tales circunstancias, un marido puede pegar a la mujer con las manos, sin exceso, evitando la cara y las áreas sensibles...
Los suicidas son mártires. Su cuerpo es su fuerza. Alá los bendice.
La gente de Indonesia tendrá que preguntarse por qué ha sufrido un tsunami. Es por culpa del turismo moderno, que se ha convertido en turismo sexual. ¿Acaso no merecía que Alá los castigase?
Para que una mujer violada quede absuelta de ser la culpable de su violación, debe demostrar que tiene una conducta ejemplar. El islam obliga a las mujeres a ser modestas y a no abrir las puertas al demonio.
La lista de fetuas, declaraciones, recomendaciones, prohibiciones y órdenes que Yusuf al-Qaradawi ha realizado a lo largo de su dilatada vida, desde todas las instituciones que preside e inspira, ocuparía unos cuantos libros. Ha hablado de casi todo y, en general, siempre ha proyectado una ideología rigorista y extrema que ha gozado de gran prestigio, dada la imagen de gran sabio del Corán que le otorgan todos sus seguidores. Desde luego, no es un teórico del yihadismo, como Sayid Qutb o el hombre al que ahora me referiré: Mustafá Setmarian. Es más bien un ideólogo de la regresión islamista, en línea directa con Hassan al-Banna. Y en algunos momentos incluso ha condenado algunos atentados, como el del 11-M, pero en general considera la yihad como un mal necesario, hasta el punto de que, en un discurso desde Gaza en defensa de Hamás, llegó a decir que era obligación de todo musulmán asesinar a las mujeres israelíes, aunque estuvieran embarazadas, porque los hijos que tendrían serían enemigos del islam. En octubre de 2004 fue considerado el líder de los «imanes del mal» y denunciado por 2.500 intelectuales musulmanes de 23 países ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Lo acusaron de incitar a la violencia y pidieron que fuese juzgado por animar a cometer crímenes contra la humanidad. La noticia en Arab News lo expuso en estos términos:
Hay individuos en el mundo musulmán que emiten sentencias de muerte contra quienes no opinan como ellos... Estos individuos dan mal nombre al islam y alimentan el odio entre civilizaciones... Los firmantes describen a quienes usan la religión para incitar a la violencia como los «jeques de la muerte»... Por encima de todos ellos, mencionamos a Yusuf Al-Qaradawi, un predicador egipcio residente en Qatar... Los firmantes le acusan de dar cobertura religiosa al terrorismo... Los firmantes hacen una petición a la ONU para que los estados miembros detengan la emisión de tales ideas enloquecidas de los teólogos del terror...
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