Kitabı oku: «Cicatrices del ayer»

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28001 Madrid

© 2020 Pippa Roscoe

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Cicatrices del ayer, n.º 2830 - enero 2021

Título original: Demanding His Billion-Dollar Heir

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-199-3

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

ESTÚPIDA, ESTÚPIDA, estúpida».

¿Qué diablos había hecho? Maria había salido corriendo del suntuoso salón de baile del hotel La Sereine tras su discusión con Theo, temblando por la devastación que había visto en sus ojos y en los de su prometida cuando reveló accidentalmente el plan de Theo de dejar a Sofia en el altar. Theo Tersi, el hombre al que pensaba que amaba desde hacía seis años.

Pero no era así. Se dio cuenta de ello cuando vio el horror y la tristeza reflejados en los rostros de la pareja de prometidos. Nada de lo que había sentido alguna vez por Theo había suscitado tanto dolor.

Maria Rohan de Luen aspiró con fuerza el aire mientras sentía cómo le caían libremente las lágrimas por las mejillas. Lágrimas por ellos y por sí misma. Porque sabía que había destrozado algo entre ellos que Maria había buscado para ella durante mucho, mucho tiempo. Sabía que lo que pensaba que sentía por Theo no era más que un deseo desesperado de ser amada.

Se maldijo a sí misma por su debilidad. Una parte de ella deseaba desesperadamente volver, explicárselo a Sofia y disculparse con Theo… pero lo cierto era que temía causar más daño que otra cosa. Así que se dejó caer sobre la suave hierba que rodeaba el lago bajo el cielo nocturno. Agarró con fuerza el cuello de la botella de champán a la que se había agarrado mientras lanzaba las palabras que amenazaban con romper el lazo entre dos personas que claramente se amaban. Nunca había sido muy de beber, pero a sus veintidós años, Maria pensó que si había algún momento bueno para emborracharse hasta perder la consciencia, sin duda era aquel.

Theo, el mejor amigo de su hermano mayor, había estado presente en su vida desde que ella cumplió dieciséis años. Sebastian y Theo se habían unido al instante tras un acuerdo empresarial beneficioso para ambos, y no había ni un solo recuerdo familiar en los últimos seis años en el que no estuvieran los dos. Maria contuvo una carcajada al pensar en la palabra «familia». No había visto a su padre ni a su madrastra en casi dieciocho meses. Y estaba bien así.

Se preguntó qué pensaría su padre de lo que había pasado. Seguramente le dedicaría aquella mirada con la que en realidad no la estaba viendo a ella, sino a otra mujer, una a la que había amado tanto que no fue capaz de recuperarse de su pérdida. Y luego daría un respingo cuando Maria empezara a hablar, porque entonces se vería que no era su madre por mucho que se parecieran.

Maria no tenía recuerdos de ella, ni ningún objeto heredado. Valeria, su madrastra, se había encargado de que fuera así. Solo conservaba un collar. El que siempre llevaba puesto como homenaje a la mujer que había muerto dándole la vida.

Alzó la vista hacia el cielo nocturno y se presionó los párpados con las palmas de las manos. Oh, Dios, ¿qué había hecho?

–¿Está ocupado este asiento?

Desde el momento en que Matthieu vio aquella figura al lado de Lac Peridot, un extraño instinto de autoprotección le hizo saber que debía marcharse de allí. Salir corriendo. Desde la vacía baranda que rodeaba el salón de baile del hotel andorrano, donde estaba celebrándose una gala benéfica, había visto a aquella mujer de pelo oscuro vestida de encaje blanco bajo la luz de la luna.

Matthieu Montcour sabía que no era prudente acercarse a una mujer que estaba tan claramente perdida en sus pensamientos, pero no pudo evitarlo. Había algo bellamente trágico en ella. La joven se sentó de manera descuidada y miró hacia el lago con una botella entre la tela del vestido. No se trataba de una seductora experimentada, su habitual compañía. Había en ella una inocencia, un brillo, que lo atraía. Aunque no era en absoluto un caballero andante. No. Era la bestia sobre la que las madres alertaban a sus hijas.

Por primera vez desde hacía años, no podía negarse el deseo de ver más de cerca a la mujer que le había atrapado la vista y la imaginación. Se apartó de la baranda y dejó atrás los sonidos y el ambiente del baile para caminar despacio por la suave hierba, deteniéndose a un metro de donde estaba la joven.

–¿Está ocupado este asiento?

Ella se lo quedó mirando desde la hierba. La confusión se reflejó un instante en el rostro de la joven.

–Me temo que solo queda espacio de pie.

Su respuesta le sorprendió, y también el acento cantarín y dulce.

–Toma asiento –lo invitó finalmente.

Algo confundido, Matthieu obedeció y ocupó un lugar a su lado en la cómoda hierba. Exhaló un suspiro de alivio. Se alegraba de no estar en la fiesta. Odiaba aquella parte de su trabajo como director general de Industrias mineras Montcour. «El chismeo», como lo denominaba Malcolm. Matthieu prefería llamarlo «pérdida de tiempo», pero no pensaba discutir con su director, amigo más íntimo y tutor legal en el pasado. El responsable de comercio andorrano había decidido que aquella gala benéfica sería un buen punto neutral para sondear una posible operación minera con el principado.

Miró de reojo a la mujer que tenía al lado. Era muy joven.

–¿Quieres un poco?

Matthieu sacudió la cabeza cuando le ofreció la botella. No tenía costumbre de beber, se negaba a permitir que nada le embotara los sentidos hasta semejante extremo. Permanecieron en silencio unos instantes, como si ninguno de los dos se sintiera obligado a hablar. Era un alivio.

–¿Tú crees que hay cosas que son imperdonables? –preguntó al aire de la noche sin mirarlo.

Matthieu escogió cuidadosamente las palabras antes de hablar.

–Creo que en toda historia siempre hay dos partes.

Ella se quedó pensativa unos instantes.

–Esta noche he roto un compromiso.

–Bueno, en ese caso o él no valía la pena o ella no ha sido lo bastante constante en sus sentimientos.

–¿Así de simple?

–Normalmente es sencillo cuando sacas a tus sentimientos de la ecuación –algo que a él se le daba bien–. ¿Lo amas? –preguntó con curiosidad.

–Creía que sí.

También conocía aquella sensación.

–Entonces, o te mintió a ti o la mintió a ella.

–No, no es eso. Quiero decir, yo nunca… él nunca…

Matthieu frunció el ceño ante su confusión. Entonces ella se giró para mirarlo y sintió por primera vez el impacto de toda la fuerza de su belleza.

–¿Qué se siente cuando te besan?

Él dejó escapar un aire que no sabía que estaba reteniendo.

–¿Creías que lo amabas pero nunca lo has besado? –preguntó sin poder disimular la incredulidad.

«¿Qué se siente cuando te besan?».

Maria estaba avergonzada. No tendría que haber hecho semejante pregunta, y menos a un hombre como aquel. Aunque no sabía quién era ni conocía su nombre, estaba claro que él sí sabía lo que era besar, acariciar…

Un sonrojo le cubrió las mejillas, y confió en que no lo hubiera percibido bajo el cielo estrellado. Se sentía ingenua y pequeña a su lado, porque tenía una presencia corporal imponente. Tenía unos brazos y unos músculos fuertes, pómulos altos cubiertos por una barba corta y unos labios sensuales. Los ojos de un color avellana tan brillante que podría haberse perdido en sus profundidades.

Pensó que no iba a contestarle, y dio un respingo cuando lo hizo.

–Hay muchos tipos de besos. Besos manipuladores, para conseguir lo que uno quiere. Besos crueles para castigar. Y besos suaves que una madre le da a su hijo –murmuró–. Y luego están los besos apasionados, que suelen ser un poco egoístas. Pero, ¿el primer beso? ¿Sinceramente? Casi con toda seguridad, incómodo y confuso.

Maria se sintió algo triste al escuchar aquello.

–Entonces a lo mejor debería quitármelo de encima sin más.

El hombre se rio suavemente.

–A lo mejor.

–¿Serías tan amable de besarme ahora?

Entonces aquel hombre de quien no conocía siquiera el nombre la miró. Y Maria lo sintió. El estremecimiento mientras aquella mirada penetrante le llegaba hasta las profundidades del alma, como si la comprendiera. Aquello era lo que quería, se dio cuenta. Durante todos aquellos años. Alguien que la entendiera. Y que después decidiera quedarse.

Maria deslizó la mirada por su rostro sin saber qué buscaba. Sintió cómo se le erizaba el vello de la piel, pero resistió el deseo de estremecerse bajo su mirada, porque tenía miedo. No de él, sino de lo que le estaba sucediendo.

Él frunció el ceño un instante, como si estuviera librando una batalla interior. Luego extendió el brazo y le alzó la barbilla con un dedo, mirándola como si la estuviera inspeccionando.

–¿Estás segura?

Maria asintió, incapaz de hablar.

Él se movió despacio, como dándole la oportunidad de darse la vuelta, de cambiar de opinión. Maria observó con los ojos muy abiertos y expresión fascinada cómo inclinaba la cabeza hacia ella y… en lugar de presionar los labios contra los suyos, apretó la mejilla contra la suya como acariciándola hasta que finalmente giró la cabeza hacia la suya y le rozó los labios. Una vez. Y luego dos.

A Maria se le expandió el corazón ante la sensación suave y al mismo tiempo firme de sus labios. Algo en su interior salió a la superficie de la piel reclamando llegar a él, sentir más que aquel contacto. El fuego atravesó las venas de Maria, el corazón le latía con tanta fuerza que temía no volver a recuperar nunca el equilibrio. Entonces se abrió a la lengua del hombre y la encontró con la suya. La primera e impactante sensación de notarlo dentro de ella la llenó de una sensación deliciosa. Se perdió por completo en el beso, en el baile de sus cuerpos, en la sensación embriagadora que la consumía.

No pudo contener un gemido de placer que le surgió de los labios, y lo lamentó a instante porque el dejó de besarla y apoyó la frente en la suya, respirando agitadamente, como si estuviera tan impactado como ella.

–¿Es… es siempre así? –se atrevió a preguntar Maria.

–No –respondió él sombríamente–. Nunca.

Le tomó una mano en la suya con delicadeza, acariciándosela hasta que tropezó con la cicatriz que le cubría la palma hasta la muñeca. Maria apartó la mano y se rio con cierta sonrojo.

–Mi madrastra las odia –confesó, consciente de que sin duda había notado las pequeñas cicatrices y punzadas que tenía en los dedos, aparte de la más grande–. Dice que las damas de alta alcurnia deberían tener unas manos inmaculadas y finas.

–¿Y tú qué piensas? –preguntó él.

Maria dio la vuelta a sus manos y las observó con imparcialidad por primera vez en mucho tiempo. Viéndolas como algo más que una parte del cuerpo, como las herramientas que utilizaba para crear sus piezas de joyería, para fundir y moldear metales preciosos, para crear cosas bonitas.

–Yo creo que hablan de trabajo duro, sacrificio y lecciones duramente aprendidas, y estoy orgullosa de cada una de ellas.

A Matthieu le resultó extraño escucharla hablar de aquel modo de un tema que para él había marcado tanto su vida, y que lo hiciera con orgullo y desafío en lugar de con asco o una fascinación enferma. Él se había encontrado con ambas reacciones. Y luego había otro tipo de mujeres, las que simplemente veían lo que él podía darles en lugar de las cicatrices que cubrían casi la mitad de su torso.

–Tú no lo entenderías –aseguró la joven.

Y Matthieu se rio con ganas y ella lo miró con asombro. Entonces él asintió, se aflojó la corbata y se desabrochó el botón superior, luego ladeó la cabeza y se tiró ligeramente del cuello de la camisa. Sabía que así vería una parte de las cicatrices que le besaban el cuello brillar bajo la luz de la luna.

–Lo siento.

Mientras se volvía a abrochar la camisa, reflexionó sobre las veces que había escuchado aquella frase. Desde los médicos y enfermeras que lo trataron al principio hasta el propio Malcolm. Y peor, de las mujeres que finalmente decidían que no podían soportar tocarlo. Todos tenían aquel tono de compasión mezclada con repulsión. Pero la voz de aquella mujer no era así y por primera vez preguntó:

–¿Qué es lo que sientes?

–Que creas que tienes que esconderlas.

Matthieu sintió una descarga que le atravesó el cuerpo. Nadie le había dicho nunca algo así.

–Las mías son de fundir –continuó ella–. Es…

–Ya sé lo que es fundir –Matthieu sintió que el tono le hubiera salido más áspero de lo debido–. Interés profesional. Me dedico a la minería.

Ella asintió, como si aquello lo explicara todo, incluida su multimillonaria empresa, de la que claramente no sabía nada.

–Pero no te gusta –afirmó.

–No me gusta el fuego.

–Yo no puedo trabajar sin él –respondió ella sin indagar sobre la causa de sus heridas. Agitó las pulseras de plata que le colgaban de la muñeca. Joyas. Seguramente se dedicaba a la joyería.

Matthieu no se había dado cuenta de lo fuerte que era la luz del salón de baile hasta que se apagó. La gala benéfica debía haber terminado y el personal del hotel había terminado de limpiar. Miró de reojo el reloj y vio que eran casi las dos de la madrugada.

–¿Qué vas a hacer ahora? –preguntó a la joven.

Ella se encogió de hombros.

–No lo sé. No puedo volver a la suite porque mi hermano estará allí y no estoy preparada para…

–No puedes quedarte toda la noche aquí –aseguró Matthieu–. El hotel está completo por la gala. Puedes quedarte en mi suite.

Y por primera vez en la noche, fue como si sus palabra hubieran roto el hechizo. Allí estaba la vacilación, la incertidumbre sobre sus intenciones. Pero no tenía nada de qué preocuparse.

–Estarás sola en ella –aseguró levantándose y poniendo freno a sus deseos–. Vamos –dijo tendiéndole la mano.

Capítulo 2

MARIA lo siguió a través de los oscuros pasillos del hotel, agarrada a la botella de champán con la que se había hecho al principio de la noche, agradecida de que él mantuviera la cordura, cuando estaba claro que la de Maria había salido volando. Porque al principio, cuando le dijo que podía quedarse en su suite, tuvo un momento de inseguridad. Pero luego, cuando añadió que estaría sola en ella, se sintió… decepcionada.

Y eso era absurdo. Hasta ella misma podía reconocerlo. Después de todo, acababa de decirle que estaba enamorada de otro hombre. Pero Theo nunca, nunca había despertado en ella los sentimiento que aquel hombre le suscitó con su presencia, su contacto… sus labios.

Sabía que debería sentirse avergonzada, pero no era capaz. Los anchos hombros del desconocido ocupaban casi por completo la anchura del pasillo tenuemente iluminado mientras Maria le seguía. Era grande en comparación con ella. No se consideraba pequeña con su metro sesenta y cinco de altura, pero él debía sacarle al menos treinta centímetros.

El hombre se detuvo al final de la última puerta del pasillo, sacó una llave tarjeta y la abrió, haciendo un gesto para dejarla pasar. Maria tardó unos instantes en captar el increíble lujo de la habitación.

Sí, su familia tuvo mucho dinero en el pasado, pero su pequeño apartamento compartido en el sur de Londres era la prueba de la situación actual. ¿Y aquello? Mullidas alfombras y enormes ventanales que se abrían a la impresionante vista del panorama nocturno de Lac Peridot. Atisbó por el rabillo del ojo los muebles obscenamente caros y una puerta que seguramente llevaría al dormitorio y al baño incorporado.

Maria se giró, esperando encontrarlo justo detrás de ella. Deseando que así fuera. Pero lo encontró en el umbral, como si se mostrara reacio a entrar.

–Ni siquiera sé cómo te llamas –murmuró Maria–. Para poder darte las gracias.

–Matthieu.

Ella repitió su nombre, la palabra se le deslizó por la lengua, y vio un deseo repentino y profundo en sus ojos. Lo sintió. Y la alimentó con una confianza en sí misma que no sabía que tenía.

–Gracias, Matthieu.

Él sacudió la cabeza quitándole importancia y se dio la vuelta.

Pero Maria no estaba preparada para dejarle ir.

–Yo te he contado un secreto –dijo deteniendo su marcha mientras buscaba desesperadamente algo que decir–. Antes de que te vayas, ¿te importaría compartir tú uno conmigo?

Matthieu frunció entonces el ceño, como si recordara su anterior confesión, como si estuviera pensando si acceder o no.

–¿Como mi color favorito? –preguntó acercándose despacio a ella.

–No, eso ya lo sé. Es el azul –aseguró Maria sonriendo al ver su expresión asombrada–. Llevas un traje azul oscuro. La correa de tu reloj es de cuero azul.

Matthieu había llegado hasta ella, y ahora que estaban tan cerca tuvo que echar el cuello hacia atrás para mirarlo. Era realmente impresionante, con aquellos ojos penetrantes del color de la miel clavados en los suyos.

–Hoy es mi cumpleaños –dijo casi en un susurro, como si de verdad estuviera compartiendo un secreto.

–¿De veras? –preguntó Maria con una gran sonrisa.

–Normalmente no… celebro las cosas –murmuró casi como disculpándose.

Maria quiso decirle que lo entendía, que ella también odiaba celebrar su cumpleaños. Pero le pareció demasiado personal, demasiado intrusivo. Estiró el brazo con la botella de champán que todavía tenía agarrada y se la ofreció. Matthieu la agarró con sus grandes manos y se la llevó a los labios sin apartar ni un instante los ojos de ella. Tras dar un buen sorbo, se la devolvió, y ella puso los labios donde habían estado los suyos. Aquella certeza le despertó de nuevo la sangre, provocándole un sonrojo en las mejillas y entre los senos.

Matthieu podía ver lo que su cuerpo estaba pidiendo, y temió que ni siquiera ella fuera consciente. Y que Dios ayudara a todos los hombres cuando fuera consciente de su poder. La belleza de aquella mujer podía hacer caer ejércitos enteros.

–Tú sabes cómo me llamo –afirmó él.

Maria sonrió y asintió, entendiendo lo que quería decir.

–Maria. Maria Rohan de Luen –afirmó con acento fuerte.

Matthieu murmuró aquellas palabras casi inconscientemente, y ella lo miró a los labios de un modo que la bestia interior que había en él rugió de orgullo. No debería estar allí. Asintió brevemente con la cabeza a modo de despedida. Porque si no se iba de allí enseguida, tal vez no se iría nunca. Y ella era demasiado pura, demasiado inocente. Nunca la habían besado hasta aquella noche.

Matthieu esbozó una sonrisa casi de disculpa y se dio la vuelta para marcharse. Había llegado a la puerta y tenía la mano en el picaporte, pero las palabras de Maria lo detuvieron.

–¿Puedo preguntarte una cosa más antes de que te vayas?

Él giró la cabeza sin saber qué esperar. Pero desde luego no era lo que dijo ella a continuación.

–¿Me enseñas tus cicatrices?

Matthieu escuchó en su interior un rugido furioso, como si una herida grande se hubiera reabierto. Se le debió notar en la cara, porque Maria dio un paso atrás. Él se arrepintió al instante. No quería que se asustara. Pero se asustaría igualmente si veía las cicatrices. Como todas.

Recordó la primera vez que se desnudó ante una mujer. A los diecisiete años, era lo bastante ingenuo como para pensar que Clara sentía algo por él. Pero, ¿por qué no enseñárselas a Maria? No volvería a verla jamás cuando saliera de aquella habitación.

–No son bonitas –le advirtió.

–Eso me da igual –respondió ella desafiante sin apartar los ojos de los suyos ni un instante.

Allí estaba aquella fuerza otra vez. El acero que había reconocido dentro de su suave perfección.

Matthieu apretó los dientes, se dio la vuelta y regresó a su lado, sacándose la camisa de la cinturilla del pantalón mientras se acercaba. Se desabrochó los botones uno a uno, y Maria siguió manteniéndole la mirada. Cuando llegó al último botón, la miró una última vez antes de quitarse la blanca camisa y dejarla a un lado. Maria no apartó la mirada al principio, y eso tenía que reconocérselo. Pero Matthieu terminó por cerrar los ojos, no estaba dispuesto a ver aquellas hermosas facciones arrugadas por el asco.

Sintió cómo Maria acortaba la distancia entre ellos, el calor de su cuerpo apretado contra el suyo. En las partes sin dañar, porque los nervios de la piel herida que cubrían casi la mitad de su torso habían perdido sensibilidad. Se preparó para el momento de abrir los ojos, esperando encontrar repulsión y horror en ellos, o incluso la mórbida fascinación que descubría en ocasiones.

Pero lo que vio al abrirlos fue maravilla y algo parecido a la admiración.

Maria estaba completamente embelesada. «No me gusta el fuego», había dicho Matthieu. Sí, tenía el torso desfigurado gravemente por las cicatrices que le recorrían desde el antebrazo hasta el cuello, cubriéndole casi la mitad del pecho. Los dibujos que formaba la cicatriz en el pecho eran dolorosamente hermosos para ella, y no podía ni imaginar el dolor que debió experimentar para que se curaran, ni el tiempo que debió necesitar.

–¿Qué ves? –preguntó Matthieu. Exigió casi.

Y ella dijo las palabras que le vinieron a la cabeza.

–Magnificencia.

«Masculinidad pura». Aunque esto último no llegó a decirlo en voz alta. Dejaría claro el deseo que sentía. Extendió la mano, pero él la atrapó al vuelo y la envolvió con sus grandes dedos con suavidad y al mismo tiempo firmeza.

Maria le lanzó una mirada fija, consciente de que estaba reteniendo el aire en los pulmones. Consciente de que tenía la piel en llamas por el deseo de volver a sentir la conexión que habían experimentado antes cuando se besaron.

Apretó la mano de Matthieu, entrelazada en la suya, y acortaron la distancia entre sus cuerpos. Él se contenía, pero Maria se dio cuenta de que estaba haciendo un esfuerzo por contenerse. El instinto pudo más que ella y le depositó un suave beso en el pecho, en el músculo pectoral cubierto por una zona de cicatriz que le recordó a un gran roble blanco, nudoso y majestuoso al mismo tiempo.

Trazó el camino que sus labios habían cubierto por el pecho con la mano libre, deleitándose al sentir cómo Matthieu contenía la respiración. Por muy inocente que fuera, podía reconocer el deseo en sus ojos porque lo sentía en su interior.

Depositó otro beso en el centro de su pecho y se sintió extrañamente expuesta. Quería saberse rodeada por sus brazos, esconderse allí de aquella pasión que le resultaba abrumadora. Un escalofrío de deseo le recorrió todo el cuerpo, y fue entonces cuando Matthieu le soltó por fin la mano. Maria lo miró a los ojos, que estaban clavados en los suyos.

–No sigas.

–¿Por qué?

–No sabes lo que estás haciendo. Lo que estás pidiendo –afirmó él casi con rabia.

–Tal vez sea un poco ingenua, pero…

–¿Un poco ingenua? Eres completamente inocente, Maria.

–¿Y eso significa que no sé lo que quiero?

–Significa que no entiendes las implicaciones de lo que quieres.

–Eso le sucede a todo el mundo, ¿no?

–Esto es algo que debes hacer con alguien capaz de quedarse a tu lado.

«Nadie se queda nunca a mi lado», aseguró su mente, rebatiendo todos y cada uno de sus argumentos. Sabía en el fondo que aquello era lo que anhelaba con todo su ser. Nunca había estado tan segura de nada en su vida, y temía que si Matthieu se alejaba ahora, perdería algo con lo que solo había soñado en sus noches más oscuras.

–No pido nada más que esta noche.

Matthieu se había equivocado. Era una seductora. Una seductora que le estaba ofreciendo algo que le resultaba casi imposible rechazar. Era tan hermosa, tan pura… una luz para su oscuridad, y terminaría arrastrándola con él si le daba lo que quería.

Nunca se había permitido a sí mismo aceptar algo tan puro. Las compañeras de cama que escogía conocían el juego. El placer de dar y recibir, nada más. Porque Matthieu había aprendido hacía mucho tiempo que cualquier otra cosa era un sueño ridículo. Pero se negaba a ser él quien le enseñara a Maria aquella lección.

Y, sin embargo, no podía evitar pensar que si se alejaba ahora, si la dejaba allí sola, algo profundo dentro de él se rompería.

Se deshizo de aquel pensamiento tan rápidamente como lo había formado en un movimiento mental que llevaba muchos años practicando. Lo que estaba considerando era una locura. Pero entonces Maria le depositó otro beso en el pecho y todo su ser se sumergió en una oleada de deseo. Sintió cómo un gruñido intentaba abrirse paso a través de su garganta, pero lo contuvo.

–¿Por favor? –susurró Maria entre aquellos besos infernales que estaba repartiendo por su cuerpo, en los lugares de su piel que otras mujeres evitaban.

–¿No te das cuentas, Maria? No deberías tener que rogar por esto.

–No estoy rogando, te lo estoy pidiendo. Esta es mi elección. Lo que quiero. Quédate conmigo, solo por esta noche. Por favor.

Y finalmente Matthieu perdió la batalla. La batalla contra comportarse de manera decente, alejándose sin tocar a Maria. Porque no podía soportarlo más. Quería tocarla, sentir su piel, tan pálida contra la suya que casi parecía brillar. Sentía tanto deseo de hacerla vivir el placer que casi le dolía físicamente. Sintió cómo el último vestigio de contención se convertía en polvo bajo sus labios.

Esta vez fue incapaz de sofocar el gruñido que surgió de la parte de atrás de su garganta mientras envolvía a Maria entre sus brazos, estrechándola contra sí y disfrutando del festín de sus labios tal y como había deseado desde el primer momento.

No fue un primer beso suave y cuidadoso, aquello fue puro deseo, desesperación incluso. Matthieu se sumergió en las profundidades de su boca con su lengua, provocando en ella pequeños maullidos de placer. Sus manos, ahora libres, se deslizaron por su pelo. Pero no estaban lo suficientemente cerca, pensó.

La levantó del suelo, de modo que María le rodeó la cintura con las piernas y sus labios se encontraron con los de él. Matthieu le ladeó suavemente la cabeza y encontró el delicado arco de su cuello. Presionó los labios con la boca abierta contra su piel, trazándola con la lengua. Maria echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesta la pálida columna de su cuello y la v de sus perfectos senos, acentuada por el colgante de plata que se sumergía entre ellos.

Matthieu estaba maravillado por su ligereza. Podría haberla sostenido entre sus brazos durante toda una eternidad. Pero su cuerpo se revolvía inquieto, queriendo más, exigiéndolo. Tal vez Maria no conociera todavía las palabras, pero su cuerpo conocía los movimientos, y el instinto los acercaba cada vez más en su deseo.

Matthieu la llevó al dormitorio sin romper ni una sola vez el contacto entre sus labios y la piel de Maria. Cuando la colocó al borde de la cama, soltó una palabrota. Tenía las pupilas tan grandes que sus ojos parecían completamente negros. Estaba ebria de deseo.

–¿Estás segura?

–Nunca he estado tan segura de algo –afirmó ella con una media sonrisa.

–Quiero que entiendas que puedes detener esto en cualquier momento. Cuando quieras.

Ella asintió con gesto casi infantil, y Matthieu aspiró con fuerza el aire mirándola bajo la luz de la luna que entraba a través de los grandes ventanales. El vestido de encaje blanco le colgaba por los hombros, exponiendo las clavículas de un modo tan tentador que le resultó imposible resistirse.

Matthieu se inclinó hacia delante para abrirle las piernas y poder depositar sus besos allí. Sus labios se encontraron con aquel hueso duro recubierto de piel suave y comenzó a succionarlo suavemente.

Entonces se echó hacia atrás solo lo justo para colocar la frente contra la suya.

–Quiero que sepas que puedes decir «no» en cualquier momento. Quiero que seas capaz de decirlo.

–No quiero que te detengas, Matthieu. Quiero que me beses. Quiero que me toques, quiero que…

Matthieu no podía seguir soportando su deseo, bastante tenía con luchar con el suyo. Así que ahogó sus palabras con un beso. Los labios de Maria se entreabrieron para él, ofreciéndole acceso y convirtiéndose al mismo tiempo en su condena.

Matthieu tiró suavemente del fino encaje del vestido, exponiendo los suaves y pálidos planos de su pecho, el cuello plateado… Maria apoyó la espalda en el cabecero de la cama y él se abrió camino a besos hacia sus senos. Las puntas sonrosadas de los pezones se alzaban sobre la piel blanca y brillante. Tomó uno en la boca, recorriendo con la lengua el rígido pico, arrancándole un gemido de placer y atrayéndola de manera instintiva hacia sí.

Con una mano agarraba la tela de encaje del vestido, apretándosela contra la pierna. Maria estaba gloriosa en su placer, y Matthieu le agarró un muslo, levantándoselo y sintiendo la longitud de su pantorrilla, la suavidad. Más. Quería más. Soltó el delicado encaje que le había enredado alrededor de la cintura y la besó en la parta más plana del estómago mientras le bajaba con una mano las blancas braguitas para dejar al descubierto los oscuros rizos que tenía entre las piernas.

Con la otra mano le agarró el trasero, tirando suavemente de su cuerpo hacia él mientras le sacaba las braguitas por los tobillos. Ignoró el leve temblor de sus manos, la excitación casi dolorosa presionando contra la costura de sus pantalones mientras se extendía sobre ella y se inclinaba para deleitarse en el sabor de su núcleo secreto. El sabor de su dulce calor húmedo era demasiado para Matthieu, pero podría contenerse. Quería darle todo el placer posible.

Maria temblaba. Nunca antes había sentido nada parecido. Un placer tan agudo y extremo que la hacía estremecerse. Una fina capa de sudor se le extendía por el cuello y la espalda. Agitó las caderas ante la exquisita tortura que la lengua de Matthieu estaba provocando en su cuerpo, y se mordió la mano para evitar soltar un grito de puro placer.

Con la otra agarró las sábanas de la cama, anclándose a algo, a lo que fuera, antes de que su cuerpo se dejara llevar por una oleada de placer tan poderosa que temía no ser capaz de regresar jamás.

Las oleadas agitaron su cuerpo como si intentaran desesperadamente llevarla hacia la orilla, pero no era el momento, todavía no. Matthieu deslizó un dedo en lo más profundo de su interior y su cuerpo trató instintivamente de sujetarlo.

Sus súplicas se convirtieron en demandas ininteligibles, respiraba de manera desesperada y sofocada al mismo tiempo. Su cuerpo estaba al borde de algo que no podía definir del todo, como unas olas que iban y venían cada vez más rápido hasta que…

El orgasmo que Matthieu había arrancado de su cuerpo se apoderó completamente de ella, el golpeteo de las olas era lo único que podía escuchar en aquel momento mientras su cuerpo temblaba y se estremecía. Solo se tranquilizó cuando sintió los brazos de Matthieu envolviéndola, manteniéndola a salvo y anclada a él mientras su alma se elevaba hacia el cielo nocturno.

Su mente regresó entonces al hombre que la estrechaba entre sus brazos, sosteniéndola como si tratara de mantener fuera de la noche, la oscuridad … la mañana tal vez. Maria le rodeó la estrecha cintura con los brazos y sintió los poderosos músculos que le sostenían las caderas y los pantalones. Los dos estaban todavía vestidos, pensó maravillada y al mismo tiempo mortificada. Quería sentirlo entero sobre la piel, sin barreras.

Le buscó la cremallera del pantalón con las manos, y Matthieu se movió como si hubiera adivinado su intención.

Matthieu se echó hacia atrás, casi lamentando la pérdida de contacto. Por primera vez había encontrado paz en dar placer, en ofrecer algo de sí mismo a otra persona. Se bajó muy despacio él mismo la cremallera del pantalón, aflojando la presión que sentía en la entrepierna. Su erección quedó libre mientras deslizaba los pantalones y la ropa interior por las caderas.

Él observó y esperó mientras Maria lo miraba, mordiéndose el labio inferior con gesto inconsciente, Matthieu gimió al sentir el efecto que tenía sobre él y casi se le detuvo el corazón cuando Maria se agarró el borde del vestido de encaje blanco y lo fue subiendo por los muslos, las caderas, el pecho y la cabeza, lanzándolo por los aires a alguna esquina de la habitación. El cuerpo de Maria era glorioso, sentada con las piernas dobladas a la altura de la rodilla y apretando las sábanas con una expresión de deseo apenas contenido.

Matthieu sacó de la cartera el envoltorio de aluminio y lo rasgó con los dientes sin apartar los ojos de ella. Vio cómo observaba con fascinación mientras se colocaba el preservativo sobre su virilidad, alternando la mirada entre el rostro de Matthieu y su erección. Por si quedaba alguna duda de su deseo, Maria abrió las piernas y dejó espacio para que Matthieu se colocara entre ellas.

Él apoyó el peso en los codos y se acercó a su cuerpo. Maria se estremeció suavemente y no pudo evitar presionarle los labios en el centro del pecho. Le sostuvo el rostro con las manos y asintió brevemente con la cabeza.

Aquel gesto era lo único que Matthieu necesitaba. Presionó ligeramente su cuerpo contra el suyo, obligándose a ir despacio a pesar del rugido interior que le urgía a darse prisa. El calor húmedo de Maria le provocó una sensación tan increíble que casi se mareó de placer. Pero entonces sintió que ella se ponía tensa y detuvo al instante todo movimiento.

Vio el ceño ligeramente frunció en el rostro de Maria y cómo contuvo el aliento. Si le pedía que se detuviera, lo haría. Le costaría un mundo, pero lo haría. Pero no lo hizo. Lo miró a los ojos como si entendiera la batalla que estaba librando en su interior, y sonrió ligeramente.

–Por favor… por favor, no te detengas –le pidió pasándole la mano por la nuca y atrayéndolo hacia sí, más profundamente en su cuerpo.

Matthieu empezó a moverse despacio, deslizándose suavemente en su interior, sintiendo cómo ella lo acogía completamente, y una parte de él se preguntó si aquello no sería lo que había echado de menos toda su vida. A ella.

La respiración de Maria se hizo más agitada, sus gemidos, cargados de placer y necesidad, llenaban el aire entre ellos. Ella alzó las caderas hacia las suyas, sosteniéndole en su interior, cada vez más profundamente… el ritmo que estaba marcando disparó la sangre de Matthieu y su excitación hasta tal punto que no supo de quién de los dos era el latido que sentía dentro del pecho.

Matthieu la estrechó todavía más contra su cuerpo, inhalando su dulce aroma en el cuello, los suaves rizos de su largo cabello le hacían cosquillas en la piel del pecho. El deseo y la excitación se convirtieron en su oxígeno y lo inhaló como un hombre que se estuviera ahogando.

Cuando la sintió apretarse a su alrededor y escuchó cómo contenía todavía más la respiración, supo que ambos estaban al borde, y con un último embate de sus caderas se derritieron los dos.

Durante las horas nocturnas, entre el sueño y la vigilia, se buscaron el uno al otro llenándose de placer, buscando más, Y cuando los rayos del sol de la madrugada entraron en la habitación, Maria extendió el brazo y sintió solo el frescor de las sábanas frías y sedosas bajo la palma. Matthieu había hecho lo que prometió. Le había dado una noche, y luego… se marchó.

Capítulo 3

MARIA SE movió en el asiento para aliviar la sensación de tener clavados alfileres y agujas en la base de la columna vertebral. Mantenía un ritmo incesante con la rodilla, en parte porque después de las tres horas y media que llevaba allí sentada, sentía la necesidad imperiosa de ir al cuarto de baño.

El vestíbulo del edificio de oficinas en Suiza resultaba impecable, todo hormigón y acero, pero ligeramente frío en la amenazante penumbra de la noche. Las letras plateadas de Minería Montcour se elevaban por encima del mostrador de recepción más allá del cual no le habían permitido pasar.

Habían pasado tres meses desde la última vez que vio a Matthieu. Dos desde que empezó a sentir aquellas náuseas que la pillaron completamente por sorpresa. Un mes desde que una pequeña línea azul cambió su vida para siempre, y solo unos pocos días desde que la primera ecografía confirmó que su vida, sus vidas, habían cambiado para siempre.

Maria creyó que tendría que pasar horas rastreando páginas de internet para encontrar a Matthieu, y había pensado incluso contactar con la princesa Sofia, la patrocinadora de la gala en la que conoció a Matthieu, para pedirle una lista de los invitados aquella noche. Tras reunirse de nuevo con Theo, Sofia le había perdonado la indiscreta discusión con Theo. Todo se había barrido debajo de la alfombra de la felicidad y el amor que rebosaba la pareja el día de su boda.

En el pasado, semejante pensamiento le habría hecho sentir la aguda agonía del amor no correspondido, pero eso fue antes de Matthieu y antes de… se llevó la mano al vientre con gesto inconsciente y miró hacia la gigantesca y moderna lámpara de araña que colgaba del altísimo techo. El edificio entero hablaba de dinero. Pero, cuando una persona era tan rica como Matthieu Montcour, podía permitírselo.

Aquella mañana lejana había salido de la suite de Matthieu en Andorra para encontrarse con su hermano Sebastian furioso y preocupado por su desaparición de la noche anterior. Pero entonces Maria le dijo que quería volver a casa, y él la llevó de regreso a su apartamento compartido del sur de Londres.

Durante un mes se perdió en días muy ocupados, haciendo sus joyas y trabajando a tiempo parcial en un café. Pero durante las noches se sumergía en sueños de Matthieu y del placer que había arrancado de ella. La realidad del día a día se fue abriendo paso en su vida, y Matthieu llegó a convertirse en una especie de mito, como una fantasía que hubiera imaginado. No les dijo ni una palabra de él a Anita ni a Evin, sus compañeros de piso.

Miró de reojo a la recepcionista, que golpeaba el teclado con fuerza, como si así fuera a lograr que Maria desapareciera. Pero no iba a irse a ninguna parte.

Un mes después, tras la tercera semana sin lograr contener las náuseas, Anita le dio una prueba de embarazo con una sonrisa, una palmadita en el brazo y una taza de té. Todo muy inglés. Y luego se marchó. Maria apenas tenía recuerdos de los siguientes dos días. Estaba entumecida por el shock y abatida por muchas preguntas sin respuesta. Pero un único pensamiento se había mantenido constante.

«Voy a tener el bebé».

Se prometió a sí misma que cuando cumpliera el tercer mes y se hiciera la primera ecografía, se lo contaría a Matthieu.

El sonido de unos tacones avanzando a toda prisa por el vestíbulo de mármol la sacó de sus pensamientos y trajo a Maria al presente. Una mujer elegantísima con un abrigo de lana se giró para mirar a un trío de hombres de traje que pasaban por ahí.

–¡Ese hombre es absolutamente imposible! No me extraña que le llamen la bestia.

A Maria no le cupo ninguna duda de a quién se refería. No después de la búsqueda que había hecho de Matthieu en internet. Tenía dos palabras: su nombre y la minería, su «interés profesional». No albergaba muchas esperanzas, pero estaba equivocada. Un segundo después de haberle dado a la tecla, la pantalla se llenó con la imagen de su rostro, con su expresión adusta y una mirada dorada tan intensa que sintió cómo se sonrojaba, como si Matthieu hubiera descubierto que le estaba buscando.

Maria se había enterado de que era uno de los cuatro hombres más ricos de Europa. Y aquello la había impresionado. Pero había tenido que pagar un precio muy alto por su riqueza. Maria contuvo el aliento al leer la descripción del incendio que no solo había engullido la hacienda en la que Matthieu vivió de niño, sino también a toda su familia. El mismo incendio que había provocado las cicatrices que ella sintió bajo la palma de la mano, duras y nudosas, pero al mismo tiempo desafiantes y magníficas. Como resultado, el seguro de vida convirtió a aquel niño de once años en inmensamente rico independientemente del negocio familiar. A Maria se le rompió el corazón al ver las imágenes de aquel niño pequeño acompañado por su tutor legal detrás de cinco ataúdes: sus padres, dos tíos y una tía. No podía ni imaginar lo devastador que debió ser aquello.

Mientras la mujer se dirigía a la salida acompañada de su drama y de los hombres de traje, Maria volvió al presente. La recepcionista se aclaró la garganta y se puso de pie. Al parecer había llegado al límite de su paciencia.

–Señorita, me temo que voy a tener que pedirle que…

–¿Maria?

Ella giró la cabeza hacia la fila de ascensores situados a la derecha del mostrador de recepción y se encontró con un Matthieu Montcour tan asombrado como ella misma estaba tras volverlo a ver después de doce semanas.

Matthieu la vio levantarse del sofá en el que estaba sentada como movida por un resorte.

–¿Dónde hay un cuarto de baño? –preguntó casi sin aliento con tono desesperado–. Lo siento, no quería que esto fuera así, pero… necesito de verdad un baño. No te vayas a ninguna parte, por favor. Tenemos que hablar. Pero necesito…

–Sí, un baño. Lo he entendido. Doblando la esquina a la izquierda –dijo señalando con el brazo.

Ella salió literalmente corriendo, y Matthieu no pudo evitar sonreír. Sacudió la cabeza y trató de liberarse del efecto de su repentina e inesperada aparición. No es que no hubiera pensado en ella en aquellos tres meses. Había pensado buscarla, sus dedos intentaron varias veces teclear su nombre en el buscador de internet. Lo cierto era que no había pasado un día, ni una noche, en los que no recordara sus suaves suspiros, o la sensación de su piel. El desgarro que había sentido la mañana después, cuando se escabulló de la habitación dejándola allí dormida en la cama. Odiándose a sí mismo y consciente al mismo tiempo de que era lo que tenía que hacer.

Pero, ¿qué hacía Maria allí ahora? ¿Qué quería?

Entonces un frío helado ahogó sus pensamientos. Sabía quién era él.

Y como muchas mujeres antes que ella, Maria había ido a rentabilizar su notoriedad. Iba a jugar la carta de las vulnerabilidades que él había expuesto accidentalmente aquella noche, la única noche que le había ofrecido.

Apretó las mandíbulas con rabia. Pensaba que ella era distinta. Le había dado la impresión de que había algo casi místico en su pureza. Una pureza que él le había arrebatado aquella noche. Tendría que haberlo pensado mejor. ¿Acaso no había aprendido a los diecisiete años lo que querían las mujeres de él?

El sonido de sus tacones en el suelo de mármol lo sacó de sus pensamientos y se giró hacia ella. Maria lo miraba nerviosa, retorciéndose las manos. Estaba increíblemente bella. Matthieu se había medio convencido a sí mismo de que había imaginado el tremendo impacto que causó en él aquella noche. El modo en que se le había acelerado el corazón solo por estar cerca de ella.

–Hola –dijo Maria–. ¿Podemos hablar?

Matthieu asintió y durante un instante casi sintió lástima por ella. Porque estaba claro que Maria sabía quién era, pero no tenía ni idea de a quién se enfrentaba.

–Por aquí –afirmó con sequedad guiándola hacia los ascensores.

Matthieu metió una llave de tarjeta y las puertas se abrieron, revelando un ascensor cubierto de espejos que llevaba únicamente a la última planta, donde estaban sus oficinas.

Ella le siguió en silencio, y cuando estuvieron en el confinado espacio, Matthieu inhaló su aroma y experimentó una oleada de deseo. La observó en los espejos. Maria miraba hacia delante con gesto decidido y no quería hacer contacto visual, lo que ofreció la oportunidad de fijarse en su aspecto. La noche que se conocieron llevaba un vestido de encaje blanco. Ahora tenía puestos unos vaqueros ajustados y una chaqueta de cuero negro que cubría una camiseta amplia de color rosa. El pelo suelto le caía sobre los hombros en suaves rizos oscuros con toques rojizos.

El ascensor se detuvo y se abrieron las puertas. Salieron y se encontraron en un recibidor con tres puertas de cristal. Dos de ellas eran salas de reuniones, y la tercera, su despacho. Matthieu pasó por delante de ella y entró.

–¿Quieres beber algo? –preguntó acercándose al mueble bar y agarrando la botella de whisky que llevaba tres años allí sin abrir.

–Agua con gas, por favor.

Matthieu se la sirvió y le pasó el vaso. Entonces fue cuando ella le espetó sin más:

–Estoy embarazada.

Matthieu detuvo la acción de beber a la mitad, y agarró con tanta fuerza el vaso que se le pusieron los nudillos blancos. Su mirada pasó de interrogante a furiosa al instante, y Maria se regañó internamente por no haber tenido el valor de decirlo con más delicadeza, de advertirle.

–Felicidades. ¿Quién es el afortunado padre?

Maria frunció el ceño, asombrada y confundida a partes iguales por la pregunta.

–¿Qué quieres decir? –le preguntó.

–Bueno, teniendo en cuenta que utilizamos protección todas y cada una de las veces… no puedes aparecer aquí tres meses después de nuestro… encuentro y afirmar que soy el padre de este hijo milagroso.

Maria estaba sin habla. Había imaginado aquella conversación muchas veces, pero, ¿esto? No era lo que esperaba. ¿Encuentro? ¿Había llamado encuentro a la noche que habían compartido? Ahora estaba enfadada. De todos los sentimientos que había experimentado hasta el momento desde que supo que estaba esperando un hijo, el enfado no había sido uno de ellos. Hasta ahora.

–Eres un malnacido.

–Creo que la prensa prefiere llamarme bestia. Pero supongo que este también vale.

–No tendría que haber venido –dijo como para sus adentros más que para él.

Pero Matthieu respondió de todas formas.

–No, seguramente no –afirmó suspirando como si ella fuera un inconveniente, más que la madre de su hijo–. Muchas otras han intentado lo mismo, y créeme, Maria, eran mucho más expertas en el engaño que tú. Y finalmente se demostró que eran unas serpientes mentirosas. Tengo que decir que estoy bastante decepcionado. Pensé que tú eras distinta.

Maria sacudió la cabeza, asombrada por la hostilidad de su tono de voz. En cuestión de segundos, todo lo que creía que habían compartido, la belleza de aquella noche a la que ella se agarraba, cambió delante de sus ojos y se convirtió en polvo.

No conocía a aquel hombre. Ella no era nada para él. Y nunca, nunca obligaría a su hijo a tener una relación con alguien así.

–No tan decepcionada como estoy yo. Espero que tu conciencia sea amable contigo cuando te des cuenta de lo equivocado que estás –afirmó reuniendo la fuerza de la que fue capaz.

Dejó el vaso sin tocar en la mesita auxiliar, abrió el bolso, sacó la copia de la ecografía y la dejó al lado del vaso. Luego se dio la vuelta y se dirigió a la puerta

–Espera.

–¿Para qué? –preguntó Maria sin darse la vuelta–. ¿Para que me arrojes más insultos? No, gracias.

–Por favor.

Ella se giró entonces y lo vio al lado de la mesita, mirando la ecografía.

–No me mientas respecto a esto, Maria. No me pongas a prueba.

–Estoy embarazada –repitió ella–. El niño es tuyo.

–¿Cómo es posible?

Maria recordó la duda y la confusión que había sentido cuando vio la línea azul de la prueba.

–Los preservativos tienen un margen de fallo. Yo no estaba tomando ninguna otra medida anticonceptiva –se encogió de hombros.

–Estás embarazada. El niño es mío.

María asintió, y Matthieu sintió como si todo el mundo se hubiera salido de su eje. Dirigió la mirada hacia la ecografía en blanco y negro.

–Lo… lo siento –dijo sumido en un mar de confusión y caos.

El rechazo instantáneo que había sentido había sido cruel y devastador. Vio cómo Maria palidecía al escuchar sus palabras. Pero no fue eso lo que le convenció de que decía la verdad. Fue la forma en que se dio la vuelta para marcharse, dispuesta a renunciar a él, a su dinero, y al anillo. Un anillo que Matthieu había jurado no colocar jamás en el dedo de ninguna mujer.

Le hizo un gesto a Maria para que se sentara, y él hizo lo mismo.

–¿Qué es lo que quieres? –preguntó sosteniéndole la mirada y buscando en sus ojos sus intenciones.

–Nada –contestó ella, claramente confundida por la pregunta–. Solo quería que lo supieras. Tienes… tienes derecho.

Matthieu contuvo una risa cínica. Dudaba mucho de la veracidad de aquellas palabras. Tal vez no buscara su dinero o un anillo, pero algo había detrás seguro. Siempre lo había.

–¿Y has esperado tres meses? –preguntó con tono acusador

Maria asintió.

–Los tres primeros meses son… delicados –afirmó sacudiendo la cabeza–. Mira, respeto lo que dijiste de que lo nuestro sería cosa de una noche. Solo he venido para informarte, y para darte la oportunidad de elegir si quieres formar parte de la vida de este bebé o no. Ni más, ni menos.

Matthieu agarró su vaso para ganar tiempo. Y él nunca necesitaba ganar tiempo porque siempre sabía qué decir, cómo reaccionar. Hasta ahora. Hasta que Maria apareció en su vida.

–Nos casaremos.

La expresión de su rostro habría resultado cómica en otras circunstancias. El horror y el impacto arrasaron con la neutralidad que había mostrado unos instantes atrás.

–No.

–Me parece que no lo entiendes…

–No. El que no lo entiendes eres tú –lo atajó ella–. Esa no es la razón por la que he venido. No tengo intención de casarme contigo. No quiero eso, ni tampoco tu dinero. Mi único interés es conocer el nivel de implicación que quieres tener en la vida de mi hijo…

–De nuestro hijo –la corrigió Matthieu–. Y eso es lo que intento decirte, Maria. Mi interés será profundo, y mi nivel de implicación, total.

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