Kitabı oku: «Reclamada por el jeque»

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2019 Pippa Roscoe
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Reclamada por el jeque, n.º 169 - octubre 2020
Título original: Reclaimed by the Powerful Sheikh
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-927-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Prólogo
MASON MCAULTY no sabía si estaba respirando. Era muy probable que sí, que la necesidad obligara a su cuerpo a que lo hiciera automáticamente, pero, durante una carrera, no tenía tiempo para recordarse a sí misma que tenía que respirar.
También era verdad que, durante una carrera, no permitía que ningún pensamiento indeseado la desconcentrara. Normalmente, su cabeza era como una corriente fría y cristalina que discurría imparable. Esa vez no era así. Debería estar pensando en el caballo que tenía debajo, no en ese hombre del pasado, o del presente, en ese hombre del que quería huir, en Danyl.
Antes de que tomara el mismo ritmo que los cascos del caballo, dominó el estremecimiento que le vibró en el pecho por lo que podía haber pasado. Dejó de pensar en eso y se centró en la línea invisible que estaba a mitad de la pista, detrás de la curva que se acercaba a toda velocidad.
Le gustaba la tensión de los muslos que la sujetaban encima de Veranchetti, solo oía un rugido interminable y la rodillas absorbían los movimientos ondulantes del caballo, estaban perfectamente sincronizados.
Eso era lo que hacía que le corriera adrenalina por las venas. No era fácil, no era algo natural como volar. Se necesitaba firmeza, músculo, dominio, comprensión e intuición para encauzar tanta potencia, para acompañarla y hacer cosas increíbles.
Podría haber estado horas montada en un caballo, años incluso, pero solo habían sido unos segundos, quizá un minuto. Sin embargo, los últimos dieciocho meses se condensaban en ese momento. Todo lo demás daba igual, y, aun así, todo importaba. Tenía que ganar esa carrera por su padre, por ella misma, por todo lo que había pasado y por todo lo que pasaría.
Implacable, dejó a un lado todos los pensamientos, dejó de pensar en el caballo que tenía delante, en los que tenía a los lados y en los muchos que tenía detrás. Miró al frente, como Veranchetti con las anteojeras, mientras entraban en la última curva. Sintió una emoción por dentro casi física, casi tangible, era cuando Veranchetti tomaba la iniciativa, como si él también se olvidase de todo hasta el último segundo.
Era cuando ella esbozaba una ligera sonrisa, cuando Veranchetti entraba en la carrera como si todo lo anterior hubiese sido una preparación para ese momento. Notaba el preciso instante cuando él sacaba a relucir ese empuje inconcebible, cuando se ponía en cabeza y sorprendía a todo el mundo menos a ella, cuando solo había un suspiro entre el éxito y el fracaso, entre el pasado y el presente, entre el presente y el futuro
Solo un instante… un suspiro.
Capítulo 1
Diciembre, en el presente
DANYL NEJEM Al Arain tenía que respirar, tenía que concentrarse en lo que estaba diciendo otro de los integrantes de El Círculo de los Ganadores, pero no podía. Tenía la cabeza en un millón de cosas distintas y todas apuntaban hacia la gala que iba a celebrarse en el palacio real dentro de una semana, la gala que iba a ser la puntilla para su cordura.
–Antonio, yo…
–Tienes que irte. Lo entiendo. Tienes que gobernar un país. No te preocupes, John y Veranchetti ya están de camino.
–De camino ¿adónde? –preguntó Danyl con recelo.
–A Ter’harn.
–¿Qué?
–A petición de tu madre. Como estaba previsto que fueran para la reunión de Año Nuevo, ha pedido que llegaran un poco antes para que pudieran participar en las celebraciones.
–Esa gala está yéndose de las manos.
–No tanto como los planes de mi futura suegra para la boda. Quiere soltar cincuenta palomas mientras salimos de la iglesia. ¡Nunca había sido tan atractiva Las Vegas!
–¿Las Vegas…? –preguntó Danyl intentando seguir el hilo de lo que estaba diciendo su amigo.
–¿No estás escuchándome? –replicó Antonio con impaciencia.
–Sí, Las Vegas. Si quieres celebrar ahí la boda, cuenta conmigo –contestó Danyl con una energía que no sentía.
–Te lo agradezco. Mira, te llamo porque… tengo que saber quién será tu acompañante en la boda. ¿Quién es tu próxima candidata para ser la futura y perfecta reina? Tengo que reconocer que según lo que me contó Dimitri sobre Birgetta…
–Te lo diré cuando lo sepa –le interrumpió Danyl.
–Es que, debido a la atención de la prensa por la victoria de McAulty, vamos a organizar un servicio de seguridad más estricto.
–Lo entiendo. Te comunicaré lo de la acompañante y os veré a, Emma y a ti, dentro de una semana en la gala.
Danyl cortó la llamada sin oír la réplica de su amigo, pero sabía que Antonio lo perdonaría.
Tenía que gobernar un país…
Se guardó el teléfono en el bolsillo en vez de tirarlo contra la pared, que era lo que quería hacer. ¿Podía saberse qué estaba pensando su madre para llevar a la gala a John, el entrenador de El Círculo de los Ganadores, y a Veranchetti, su caballo purasangre? No solo eso, también había hablado con Antonio y Dimitri a sus espaldas. Evidentemente, estaba tramando algo y tenía que pararlo inmediatamente. Cuanto más cosas fuese añadiendo al festejo, más posibilidades había de que algo saliera mal, de que no fuese perfecto… y la gala tenía que ser perfecta.
Apartó la silla de la mesa de madera maciza llena de papeles y de notas manuscritas tan distinta a la del despacho con tecnología de última generación y diseño de cristal y acero que tenía en Aram, la capital de Ter’harn. Echaba de menos la eficacia y la tranquilidad de su entorno profesional y maldecía suavemente a su madre por el melodrama que le había obligado a volver, a regañadientes, al palacio real.
Salió al pasillo y dos empleados se alejaron apresuradamente mientras su guardaespaldas lo seguía de cerca. Estaba seguro de que sus padres estarían en el comedor a esa hora. Recorrió los pasillos con firmeza y sin fijarse en los adornos centenarios de las paredes o en el suelo con baldosas blancas, azules y verdes, aunque seguía notando el peso del palacio sobre los hombros.
Ter’harn era un país rico por el petróleo, muy bien situado, con un clima tanto desértico como casi Mediterráneo en la costa montañosa que daba al mar Arábigo. Tenía una mezcla de culturas embriagadora que iban desde vestigios de la cultura otomana, el África moderno y los países árabes. De los tres palacios que había en Ter’harn, ese era el más espléndido con mucha diferencia. Había sobrevivido a cinco siglos, tres invasiones y un intento de golpe de Estado. Cada pasillo, rincón o jardín mostraba con orgullo la huella de todo los que habían pasado antes por allí. Si bien otros países habían cambiado de monarcas, gobernantes o aliados, Ter’harn era de los pocos reinos que seguían como siempre y su familia era una de las últimas que no había sido destronada. Todo caía sobre sus hombros y tenía que encontrar una reina que le diera un heredero para que se mantuviera el linaje, una idea que le espantaba.
Al ir a esa velocidad, los empleados no tuvieron tiempo de anunciar su llegada al comedor, un error, porque su padre y su madre estaban abrazados junto a la ventana y con las manos agarradas.
Danyl se dio media vuelta, se aclaró la garganta, oyó cierta agitación, contó hasta diez, y otros cinco para estar seguro, y se dio la vuelta. Se los encontró mirándolo sin un pelo fuera de lugar y sin el más mínimo indicio de bochorno.
–¿De verdad tenías que traerte a Veranchetti desde la otra punta del mundo para una fiesta? ¿No te parece un poco ostentoso mostrar un caballo de El Círculo de los Ganadores a todos tus invitados?
–Estamos muy bien, cariño, gracias por preguntarlo. Me alegro de verte –se burló su madre, quien siempre le reprochaba que solo pensara en la eficiencia inflexible–. Somos la familia real, Danyl, y a la gente le parecerá ostentoso todo lo que hagamos… y podemos divertirnos un poco poniéndolo en evidencia, ¿no? A ti te encantaba ponerlo en evidencia.
Su madre no pudo disimular el tono de reproche que solía acompañar a esa declaración, un recordatorio tácito de que antes se divertía, antes.
–Además –añadió su madre–, solo he hablado con los chicos.
–No son unos chicos, madre.
–Los conozco desde que fuisteis juntos a la universidad. Erais unos chicos entonces y siempre seréis unos chicos para mí.
–Lo hiciste a mis espaldas.
–Danyl, no te pongas melodramático –su desesperación quedó suavizada por un suspiro casi de decepción–. Sabes que Veranchetti tenía que venir a Ter’harn. Yo solo les pregunté si era posible adelantar la fecha de la llegada, para la carrera de Año Nuevo, y que coincidiera con la gala, que, en cierta medida, es para celebrar tus logros.
–Yo no lo llamaría mi logro, madre –replicó Danyl.
–Ya. La encantadora Mason McAulty todavía tiene que contestar a nuestra invitación.
–¿Has invitado a Mason?
Si su madre captó el tono gélido de la pregunta, no lo pareció.
–Sí. Ganar las tres carreras de la Hanley Cup es una hazaña fantástica para una mujer.
Las palabras de Elizabeth Arain se convirtieron en un zumbido en los oídos de Danyl. El nombre de Mason McAulty bastaba para cortocircuitarle la cabeza perfectamente ordenada. La imagen de la melena castaña y ondulada que le caía sobre un hombro bronceado por el sol, el sonido de una risa de hacía diez años, el ligero olor a cuero y heno en una piel sedosa y femenina… Su cabeza rebuscó la furia y la rabia del pasado para sofocar ese momento de debilidad que le había provocado su nombre.
Mason McAulty.
No quería verla ni en Ter’harn ni en el palacio. Ni siquiera había querido que fuese la amazona en la Hanley Cup de El Círculo de los Ganadores, pero Antonio Arcuri y Dimitri Kyriakou se habían emocionado mucho con la idea. Dos contra uno. Aunque también era muy probable que si él la hubiese rechazado ellos habrían aceptado su decisión sin rechistar. Sin embargo, cuando ella se presentó en el exclusivo club privado de Londres, él se quedó descompuesto, tanto que hizo algunos comentarios hirientes que ella pasó por alto. Había intentado disuadirla, pero ella, muy tozuda, había insistido y eso, sobre todo, había sido lo que había impresionado a El Círculo de los Ganadores. Eso y el increíble atrevimiento de su propuesta. ¿Quién podría haberse imaginado que cumpliría su promesa?
–Quiero que venga –siguió su madre–. Ya sabes cuánto me gustan las carreras de caballos. ¿Cómo crees que te entró el gusanillo?
–Mi inversión en caballos no es un gusanillo.
–Danyl Nejem Al Arain, ni se te ocurra emplear ese tono conmigo. Lo que ha conseguido Mason McAulty es poco menos que milagroso. Ganar las tres carreras de la Hanley Cup con caballos de la misma cuadra, tu cuadra, era algo que no se había logrado desde hacía treinta años. Tú lo sabes y yo lo sé, y quiero celebrar ese éxito sin precedentes de esa amazona increíble. Siempre he pensado que si no hubiese sido actriz…
–Te habría gustado ser amazona. Ya lo sé, pero eras demasiado alta, madre.
–Eso no me impidió que llegara a montar muy bien a caballo –replicó ella en un tono algo melancólico–. Danyl, quiero conocer a esa joven y quiero que hagas lo que sea necesario para conseguirlo. Vete a Australia en persona si hace falta. Puedes considerarlo como un regalo de Navidad por adelantado.
–¿Qué sacas tú de todo esto, madre? –le preguntó él con los ojos entrecerrados por el recelo.
–Cariño, será la mejor fiesta que hayamos dado desde hace años. Con unas relaciones tan buenas con los países vecinos, gracias a tu arduo trabajo, tu padre y yo estamos pensando en apartarnos más todavía para dejarte que subas al trono.
Danyl dirigió la mirada hacia su padre, quien observaba en silencio la conversación, como si intuyera el fondo del asunto que se le escapaba a su hijo.
–Sin embargo, la tradición dice que tendréis que esperar a que esté casado.
La furia había dejado paso a la frustración cuando se acordó de las citas que le habían concertado los últimos meses con princesas distinguidas y dispuestas o con consejeras delegadas muy resolutivas. Cualquier cosa para impedir que lo que había dicho su madre lo alterara; iban a subirlo al trono, por fin iba a heredar el peso de la responsabilidad de una cultura centenaria y de cerca de tres millones de personas.
–Bueno, tú fracasas estrepitosamente en encontrar una novia –se burló su madre en un tono afable–, pero nosotros no podemos esperar toda la vida, ¿no? Ya no somos jóvenes y ya va siendo hora de que tenga a mi marido para mí sola, para variar. En cualquier caso, quiero que Mason esté en la fiesta y que tú hagas lo que sea necesario para conseguirlo.
* * *
Hacía mucho calor aunque era temprano y Mason sabía que estaban quedándose sin tiempo. Tenía que moverse si quería llegar al cercado de su finca en Australia. Apretó un poco más la cincha de la silla y Fool’s Fate coceó un poco el suelo. Le dio una palmada en el flanco para tranquilizarlo y se dio la vuelta. Su padre estaba detrás de las alforjas, en el patio de los establos.
Parecía como si hubiese envejecido diez años, no los dieciocho meses que ella había estado fuera. Tenía las sienes completamente blancas y los ojos hundidos con unas ojeras azuladas. Dominó el arrebato de impotencia y tristeza porque sabía que Fool’s Fate lo notaría. Su padre recogió una de las alforjas y se la entregó. Ella la agarró, se volvió hacia el caballo y la sujetó a la silla, tomándose el tiempo que necesitaba.
Más allá de los establos, los campos verdes como la esmeralda se extendían hasta las lejanas montañas, unas montañas que siempre le habían transmitido tranquilidad y que, en ese momento, parecían presagiar algo sombrío. Tomó aire y notó el calor espeso en los pulmones.
Joe McAulty estaba pensando algo, aunque no iba a abrir la boca para decirlo hasta que estuviese dispuesto. No se le podía meter prisa. Por eso, se limitó a seguir cargando las alforjas hasta que dijera lo que tenía que decir.
–No creía que fuera a suceder tan pronto.
–Papá, no puede hacerse nada.
Siempre había replicado lo mismo desde que él le habló por primera vez del cobro de la deuda.
–Después de todo lo que hiciste, de lo que ganaste por la Hanley Cup…
–Papá, Mick murió.
Mason lo dijo por encima del hombro y sofocó el dolor que sentía por el vecino que le había parecido un bobo desde que ella era pequeña. Sin embargo, su padre decía las cosas sin rodeos y no conocía el lenguaje de los sentimientos.
–¿Quién iba a pensar que su hijo reclamaría la deuda tan pronto? Efectivamente, si no lo hubiese hecho, el dinero que ganaste podría habernos servido solo para un par de años, pero también podría haber surgido algo.
Ella se dio la vuelta por fin. Su padre estaba dando patadas al suelo y miraba los rayos del sol de la mañana que se filtraban por la nube de polvo.
–Papá, todavía no hemos perdido la finca –Mason sabía que él se sentía culpable, pero ella no podía culparlo ni mucho menos–. El trabajo que hacemos aquí con los chicos es tan importante para mí como lo es para ti… y es muy caro. Mantener los caballos, los tutores, los fisios, los empleados… Que el hijo de Mick reclame el préstamo solo es algo con lo que tenemos que lidiar –algo que se sumaba a todo lo demás, se dijo ella para sus adentros–. Joe –ella lo llamó por el nombre de pila, como todos los empleados–, no voy darme por vencida sin pelear, y menos con ese ranchero arribista del tres al cuarto.
Él esbozó una sonrisa triste. Los dos eran muy desafiantes. Ella se giró otra vez hacia el caballo y fingió que estaba comprobando las alforjas.
–A lo mejor puedo montar con otra cuadra. Me saldrán muchas oportunidades después de la Hanley Cup.
–Yo no te pediría que hicieras algo así –replicó su padre bajando la voz.
–No fue tan grave, papá.
Mason fue incapaz de mirarlo. Se habría dado cuenta. La había criado él solo desde que tenía dos años y se daba cuenta de todos sus secretos o de todas sus mentiras. Volver a correr… Efectivamente, no había sido tan grave como había creído y montar a Veranchetti había hecho que se sintiera viva y plena como no se había sentido desde hacía años, pero sí le había costado, había desenterrado muchos sentimientos que tenía que dilucidar. Por eso había decidido ir a arreglar el cercado ella misma.
Le había costado correr, pero ¿Danyl? No, no le había costado discernir lo que sentía hacia él. Tenía que mantenerse alejada de él como fuera.
Se recogió con una cinta los mechones de pelo largo y oscuro para que la brisa le refrescara el cuello. Observó el sol que se ponía entre las enormes montañas que bordeaban el valle del rio Hunter y tomó la primera bocanada de aire que había tomado con tranquilidad desde hacía casi dieciocho meses. La cabalgada hasta allí había sido increíble. Se conocía como la palma de la mano cada promontorio y cada hondonada de esa finca para criar caballos donde había tenido la suerte de criarse también ella.
Cada vez que salía, cada vez que veía ese valle verde flanqueado por montañas que parecían torres de vigilancia que lo defendían, se preguntaba cómo era posible que su madre se hubiese marchado. Su padre había intentado explicarle a lo largo de los años que su madre había sentido la necesidad de encontrar algo más… y si era sincera consigo misma, ella también sintió algo parecido hacía diez años, cuando fue a Estados Unidos a formarse como amazona. Sin embargo, el hogar y los anhelos no eran algo inalcanzable, estaban al alcance de la mano y era algo que había aprendido por las malas. No le importaría marcharse, pero no volvería a hacerlo.
Se llevó la taza humeante a los labios y aspiró el olor a café mezclado con el de tierra mojada y el del bosque que había cerca. Si captaba el olor a sudor, heno, estiércol, dolor y algo viril, se negó a reconocerlo, era solo la memoria que le jugaba una mala pasada. La oscuridad de la noche iba adueñándose del manto color esmeralda del valle y de la finca que había intentado salvar con uñas y dientes. El dinero de las tres carreras que había ganado para El Círculo de los Ganadores debería haber bastado. Acalló la vocecita que le llegaba desde el corazón y le preguntaba por qué no había bastado. Jamás había tenido lástima de sí misma, si la hubiese tenido, lo habría pasado muy mal desde hacía mucho tiempo. Había hablado con el hijo de Mick como si no supiera que era un ser rastrero que quería convertir la finca colindante a la suya en un terreno de lujo, que quería vender al mejor postor la tierra que había sido de su familia desde hacía siete generaciones, que quería dinero. ¿Por qué todo acababa reduciéndose a dinero?
Lo que habían hecho su padre y ella no tenía precio, habían ayudado a relacionarse con los caballos a chicos con problemas de aprendizaje que solo necesitaban algo positivo en sus vidas, les habían enseñado a montar a caballo, a querer a otro ser vivo y a que los quisieran a cambio. Cuando su madre se marchó, su padre tuvo que quedarse para criarla y renunció a su carrera de entrenador, pero había visto la manera de seguir con lo que más amaba. Había contagiado su amor a los caballos a cientos de niños, adolescentes y adultos jóvenes. Quizá no hubiese sido una solución definitiva y era posible que no hubiese servido para ayudar a todos los chicos que habían pasado por allí, pero sí había ayudado bastante. El placer infinito de ver transformarse a un chico que era incapaz de mirar a alguien a los ojos, de que por fin se abriera, de que se convirtiera en alguien más radiante, de que sonriera y se riera por primera vez desde hacía muchísimo tiempo… Eso lo compensaba todo.
Sin embargo, tenían que ampliarse para poder seguir. Necesitaban más sitio para los tutores, los empleados y los niños. No tenían pérdidas, pero si no ampliaban el alcance de su actividad, tampoco sobrevivirían. ¿Y el préstamo…? Dedicaría a eso lo que había ganado en las carreras y volverían a la casilla de salida. Se esfumaría todo lo que había hecho durante los últimos dieciocho meses.
El café le cayó de golpe en el estómago mientras se planteaba correr en otra carrera. La tres últimas habían supuesto un considerable esfuerzo físico y mental. Aunque le costara reconocerlo, diez años se notaban, y había tenido que entrenarse a fondo. Lo primero que hizo su padre cuando volvió fue cebarla. No había perdido peso, había perdido grasa y la había convertido en el músculo que necesitaba para dominar a los dos increíbles caballos que había montado en la Hanley Cup. Habían sido dieciocho meses con semanas laborales de seis días, con entrenamientos por la mañana y la tarde y con una comida al día.
Había dejado las carreras por lo que pasó hacía diez años, pero su cuerpo no se había olvidado y no había dejado de montar a caballo ni un día desde entonces. Su padre había dicho que había nacido para eso y el orgullo de entonces… el orgullo de antes… había bastado para que quisiera cumplir su sueño de infancia, para que quisiera ser el mejor jockey de Australia, no la mejor amazona, la mejor jockey.
En algunos momentos, cuando montaba a Veranchetti y a Devil’s Advocate, esa necesidad la había dominado por dentro, había sabido que podía conseguirlo, que todavía podía cumplir el sueño de infancia.
Sin embargo, montar para otra cuadra, con otros caballos… No. Sabía que eso era impensable, como volver con El Círculo de los Ganadores.
Había habido muchos periodistas que habían querido contar su historia y el dinero que le habían ofrecido por una entrevista o una sesión de fotos habría sido digno de tenerse en cuenta si no hubiese procedido de las misma personas que le habían arruinado la carrera la primera vez. El café le dejó un regusto amargo y supo que no podría hacerlo ni como un último recurso. Ya había aprendido lo bastante de sí misma como para respetar a la persona que había llegado a ser y a honrarla siendo recta y honrada. Quizá hubiese tardado esos diez últimos años, pero ya no iba a venderse al mejor postor.
El sol ya se había ocultado detrás de las montañas y las estrellas empezaban a brillar en el cielo. Fool’s Fate se puso en tensión, coceó ligeramente el suelo y tiró de la cuerda que la tenía atada a un árbol detrás de ella.
Mason frunció el ceño cuando oyó el chasquido de unas ramas. No podía ser su padre, quien sabía que quería estar sola. Tampoco podía ser algún empleado porque habían salido todos a un pub del pueblo. El linde con las tierras de Mick estaba demasiado lejos como para que fuera alguien de allí. Solo quedaban los cazadores furtivos. Tiró el café sobre las ascuas, oyó el chisporroteo y tomó la escopeta.
Danyl dejó escapar un improperio cuando vio que se apagaba el tenue resplandor que había visto. Había sido como una señal luminosa y ya solo podía oler a café quemado y a cenizas mojadas. Quizá debería haber hecho caso a Joe McAulty. Había dejado el caballo atado hacía un rato porque no había querido asustarla, aunque el ruido de las ramas al resquebrajarse retumbaba como un cañonazo en el silencio de la noche. No hizo caso de la punzada en las entrañas que le decía que quizá no debería haber dejado a sus guardaespaldas en la casa y siguió adelante. No podría haber mantenido esa conversación con público. A sus guardaespaldas no les había hecho ninguna gracia, pero habían obedecido.
Salió de la zona arbolada y se quedó parado ante la belleza de lo que estaba viendo. La escena nocturna le dejó sin respiración, fue casi comparable a la admiración que le producía el desierto de Ter’harn. Por eso había tardado un momento en darse cuenta de que el campamento estaba vacío. Una nube tapó la luna y la pequeña tienda de campaña y la fogata todavía humeante quedaron en sombras.
Volvió a dejar otro improperio de cansancio y desesperación. ¿Dónde se había metido? Sin disimular las pisadas, entró en el claro. Después del vuelo, la reunión especialmente dolorosa con el primer ministro de Ter’harn y de la conversación, más tensa todavía, con Joe McAulty, estaba harto.
Volvió a echar una ojeada para intentar encontrar alguna pista de dónde podía estar. Había seguido las indicaciones de Joe y había encontrado dónde había acampado, pero…
Oyó que cargaban una escopeta repetidora y dejó de pensar en ese instante. La lógica no consiguió evitar la descarga de adrenalina en las venas. Lógicamente, sabía que tenía que ser Mason y, lógicamente, sabía que no le dispararía, pero…
–No deberías haber venido –le dijo una voz que le llegó desde detrás.
Capítulo 2
Diciembre, hacía diez años
NO DEBERÍA haber venido –comentó Mason bajándose el vestido, demasiado corto, que Francesca le había convencido para que se pusiera.
–¡Es Nochevieja, Mase! Ya es hora de que te sueltes la melena y no te pases todo el día entrenando, haciendo ejercicio y haciendo dieta sin beber alcohol ni divertirte –replicó su amiga con ese acento estadounidense al que estaba empezando a acostumbrarse.
–Estoy ridícula.
–¿Te has vuelto loca? ¡Estás increíble!
–¿Puede saberse cómo se anda con estas herramientas de tortura?
–Cuidado con lo que dices, son unos Louboutin –contestó Francesa con una indignación fingida.
–Entonces, quizá debería haberse limitado a hacer botas –farfulló Mason en voz baja.
–¿Cómo dices?
–Da igual.
–Mira, pequeña, ya sé que te bajaste del barco hace cuatro meses…
–Era un avión.
–Y que Estados Unidos no es Australia y que Nueva York no es ese sitio pueblerino de Nueva Gales del Sur de donde vienes, pero ya va siendo hora de que te adaptes a tu entorno.
Mason se puso tensa y sacó pecho por ese comentario sobre su tierra, pero se relajó cuando vio el brillo burlón en los ojos de Francesca.
Sin embargo, volvió a mirar alrededor y le pareció que ese no era su mundo, que podría echarse a perder si se quedaba demasiado tiempo.
Cuando el autobús que las llevó desde la pista de entrenamientos las dejó delante del Langsford, uno de los hoteles más famosos de Nueva York, miró el imponente edificio y pensó que no la dejarían entrar.
Entre los zapatos de tacón que le había obligado a ponerse Francesca y el suelo de mármol blanco y negro del vestíbulo, estuvo a punto de romperse el tobillo mientras se dirigía hacia la escalera de caracol más grande que había visto en su vida. Hasta Francesca dejó escapar un leve silbido cuando vio el salón que habían reservado para ese acto organizado por los propietarios de caballos más ricos de Estados Unidos.
Unos ventanales del suelo al techo daban sobre el Washington Square Park y los alrededores y se podía ver a algunos valientes que se arriesgaban a morirse de frío en las calles cubiertas de nieve.
Un camarero impecablemente uniformado pasó una bandeja con copas de champán y Francesca tomó dos. Le dio una tan precipitadamente que casi la volcó y, ante el pasmo de Mason, tomó una tercera antes de que el camarero pudiera moverse. Francesca se bebió la primera de un sorbo, la dejó en una mesa auxiliar, y dio un sorbo de la segunda con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces, clavó los ojos en algo que Mason tenía detrás y se alejó apresuradamente, susurrando una excusa. Mason se dio la vuelta y vio que Harry, su entrenador, se acercaba a ella.
–¿Qué tal?
–Estoy… adaptándome –contestó ella al amigo de su padre.
–Estás haciéndolo mejor de lo que lo habría hecho Joe.
–Es verdad –Mason sonrió con cierta tristeza y dio un sorbo de champán, que sería caro, pero no le gustó–. Papá no se habría adaptado bien a todo esto.
Harry sonrió. Era un hombre grande con una sonrisa amplia y una risa sincera que entrenaba a sus jockeys hasta el límite de sus fuerzas.
–Es una oportunidad para que conozcas a algunas de las cuadras que podrían contratarte en el futuro.
–Creía que estabas contento con O’Conner –replicó ella con un gesto de perplejidad.
–Lo estoy y estoy ansioso por que llegue la primera carrera de la temporada, pero eso no quiere decir que tú y yo vayamos a montar o entrenar para él el resto de nuestras vidas. Nunca se sabe, el año que viene podrías estar montando para alguna de las personas que están en esta habitación.
Mason miró alrededor con unos ojos distintos. Esa vez vio a personas que no solo coqueteaban o charlaban de cosas intrascendentes, eran personas que invertían en sus futuros. Entonces, se fijó en una figura que estaba un poco al margen y apoyaba un codo en la barra. Era, como mínimo, una cabeza más alto que quienes lo rodeaban.
Transmitía un poder palpable.
Eso fue lo primero que pensó cuando lo vio. Aunque su cuerpo mostraba cierta indolencia y parecía casi aburrido, estaba conteniendo algo. La tensión le vibraba por el cuerpo y le extrañaba que no la notaran los que estaban con él. Ella sí la percibía desde el extremo opuesto de la habitación.
El pelo, tupido, moreno y ondulado, le caía alrededor de un rostro tan hermoso que podría haber sido una escultura cincelada en mármol. La piel estaba bronceada, tenía el color del whisky añejo y era igual de tentadora. Se quedó un instante mirando sus pómulos prominentes y su leve barba incipiente hizo que sus manos quisieran acariciarla, que quisiera oír el sonido que haría al rasparle la palma de la mano.
Se maldijo a sí misma por pensar esas sandeces, pero no pudo dejar de mirarlo. Parecía como si estuviera escuchando a un grupo de hombres, pero había algo que le decía que no estaba prestando atención. Eran sus ojos. No miraban al hombre que hablaba sino a algo que estaba detrás de él. Entonces, giró lentamente la cabeza, no miró alrededor sin ningún objetivo, le miró directa y fijamente a ella, le clavó la mirada en los ojos y no se los soltó.
Notó inmediatamente que le ardían las mejillas. Bajó la mirada por la descarga eléctrica que sintió en la espalda y que le llegó hasta en pecho. Volvió a mirar, por el rabillo del ojo, al hombre que le había provocado esa reacción tan intensa y volvió a sentirla cuando sus miradas se encontraron.
¿Había contenido la respiración?
Fue a mirar a Harry para cortar esa conexión, pero Harry había desaparecido y se había quedado sola. Esa vez, el rubor fue de bochorno. Tenía que parecerle exactamente lo que era: una paleta, una pueblerina, como había dicho antes Francesca.
Entonces, oyó una carcajada claramente femenina que le llegó desde algún sitio cercano a ese hombre que la había estremecido como si la hubiese atravesado un rayo. Volvió a mirar y vio que Francesca se había unido al grupo y que él ya no la miraba a ella, que miraba a su hermosa y risueña amiga.
–Hola.
Una voz conocida llamó la atención de Mason. Scott estaba dirigiéndose hacia ella con unos pasos algo inestables. ¿Cómo era posible que hubiese bebido tanto en tan poco tiempo?
–Me espantan estas cosas –añadió él.
Mason resopló y agradeció la aparición del aprendiz de jockey, y que la distrajera de lo que acababa de pasar, fuera lo que fuese. No era tan ingenua como para no saber qué era, pero era la primera vez que sentía algo parecido a lo que había leído en esas novelas románticas que había dejado su madre, lo único que había dejado.
–Tampoco es lo mío.
Mason dio vueltas a la copa de champán medio vacía, hizo un gesto de desagrado al pensar en el alcohol que ya estaría caliente y la dejó al lado de la de Francesca.
–¿Quieres que nos vayamos?
–El autobús no vendrá hasta dentro de tres horas y media como mínimo, Scott.
–Aire puro. Hay una terraza que rodea el edificio por detrás.
Dominó las ganas de volver a mirarlo porque no quería volver a sentir esa descarga, tomó el brazo que le había ofrecido Scott y dejó que la sacara de la habitación.
La risa de la chica americana estaba crispándole los pocos nervios que le quedaban a Danyl. Toda la velada había sido un desastre y estaba empezando a pensar que quizá debería haber vuelto a Ter’harn, con sus padres. Hasta que se fijó en una morena menuda que estaba en un rincón. Había notado que lo miraba desde el extremo opuesto de la habitación. Fue como si hubiese sentido una llamarada en la mejilla. Llevaba tres años y medio en Nueva York para licenciarse en Administración de Empresas y Relaciones Internacionales y no había sentido nada parecido en todo ese tiempo. Sin embargo, sabía lo que quería decir y, normalmente, iba acompañado de un cartel gigante que le decía que no se metiera.
Sin embargo, y a pesar de la advertencia, no había podido romper el contacto. Era menuda, casi diminuta si se comparaba con los casi dos metros de él, pero cada centímetro de ella transmitía energía. Su piel, ligeramente bronceada a pesar del invierno en Nueva York, le había calentado por dentro y sus dedos habían anhelado introducirse entre los mechones rizados del pelo largo y del color del azúcar quemado.
Se había distraído un momento y ella había desaparecido, pero era muy posible que hubiese sido para bien. Miró el reloj. Quizá debiera volver a la embajada. Seguramente, la fiesta de fin de año sería mucho más animada que esa, que era más aburrida que una morgue. Al principio, la idea de una reunión con todas las mejores cuadras de Estados Unidos le había parecido fantástica, una oportunidad para sondear lo que había sido una idea que Antonio había mencionado por encima, pero que, una vez adoptada por Dimitri y él, estaba convirtiéndose en algo muy tentador, crear una cuadra de caballo de carreras de fama mundial. Barajaron varios nombres distintos, pero siempre volvían al mismo, El Círculo de los Ganadores.
Deberían haber estado allí acompañándolo. Los dos estudiantes que había conocido hacía unos cuatro años, cuando todos empezaban sus estudios, se habían convertido enseguida en los hermanos que no había tenido. Obligados a llevar el estilo de vida estadounidense de la universidad, se habían unido por su decisión de triunfar tanto en los estudios como en los placeres. Esa amistad que había nacido por unos intereses parecidos se había convertido en algo más… vital. El palacio era un sitio solitario para un chico, un hijo único de la familia real, y nunca había tenido unas amistades tan íntimas.
Esa noche debería haber sido increíble, iba a ser la última Nochevieja que pasaría en Nueva York antes de que volviera a Ter’harn y a sus obligaciones, había querido que fuera la última oportunidad de ser… libre. Sin embargo, Antonio había tenido que ir con sus padres y su hermana y Dimitri había tenido que quedarse en Grecia para sacar a su medio hermano de un escándalo.
Allí estaba, solo en el Langsford, donde, al parecer, no podía escapar de su estirpe real y la conversación se había centrado en él y no en los caballos y las carreras. Por un momento, le había parecido que podía haber encontrado algo distinto en una belleza de ojos y pelo oscuro, pero había desaparecido y una descarada americana estaba tirándole los tejos delante de todo el mundo.
Ella volvió a reírse y ya no pudo más.
Se olvidó de toda la cortesía diplomática que le habían inculcado y salió de ese círculo humano dejando a uno de los hombres con la palabra en la boca. Le perdonarían porque, al fin y al cabo, era de la realeza.
Se dirigió hacia la puerta, pero vio a los organizadores del festejo y supo que lo retendrían si lo veían. Se desvió hacia una puerta de cristal que llevaba a la terraza, donde, si tenía suerte, habría una puerta en el otro extremo. Salió a la terraza que rodeaba el edificio y recibió el impacto del aire gélido, pero ni eso podía compararse con lo que había sentido cuando sus ojos se encontraron con los de esa chica. Era una pena marcharse sin saber cómo podría haber acabado eso, pero era más seguro, mucho más seguro.
El viento le llevó el sonido de unas voces airadas. Frunció el ceño y vio dos figuras entre las sombras, justo antes de la curva. Eran un hombre y… esa mujer. Antes de que pudiera reaccionar, vio que la mujer se soltaba del hombre, pero que él la arrinconaba contra la pared de ladrillo que tenía detrás.
–Déjame, Scott.
–No me vengas con esas, Mase… –la voz del hombre le llegó amortiguada porque tenía la cabeza contra el cuello de ella.
–Estás haciendo el ridículo, basta ya.
La mujer lo dijo con más firmeza que enojo e intentó apartarlo.
–Venga, Mason, llevas casi tres meses haciéndome… ojitos.
–No he hecho nada de eso, Scott. Voy a volver adentro.
–Ni hablar.
El hombre fue a agarrarle del brazo otra vez en el tiempo que tardó Danyl en llegar hasta ellos.
–¡Suéltame!
–La señora le ha dicho que basta ya –intervino Danyl en voz alta.
Le costaba dominarse, no soportaba a los hombres así, a los hombres que no aceptaban una negativa.
–Lárguese, esto no es asunto suyo.
Danyl miró a la morena y no vio nada que le indicara que estaba fingiendo. Sus enormes ojos marrones tenían un brillo de impotencia y de cierto miedo y tenía el cuerpo como encogido, como si quisiera reducir al máximo el contacto físico con ese hombre.
El hombre se dio la vuelta y se enfrentó a Danyl con arrogancia.
–Si alguien va a marcharse, es…
Danyl lo vio llegar desde un kilómetro. El hombre lanzó todo el cuerpo con un gancho más bravucón que otra cosa. No tuvo que esforzarse para detener el ataque y golpearle la nariz con el otro puño.
Se oyó un chasquido bastante desagradable acompañado por la exclamación de asombro de la mujer y del aullido del hombre que estaba doblado por la cintura con las manos en la nariz. Entonces, se incorporó, les miró con furia a la mujer y a él y se alejó apresuradamente dejando un reguero de improperios antes de entrar en el edificio.
Él volvió a mirar a la mujer, que todavía no sabía cómo se llamaba. Se había separado de la pared y temblaba ligeramente. Lo miró con unos ojos tan oscuros como la noche, pero había desaparecido todo rastro de miedo y había dejado paso a la rabia.
–¿Está…?
–¿Puedes saberse por qué ha hecho eso? –le preguntó ella con acento australiano.
–¿Qué?
–Lo tenía controlado.
Ella pasó a su lado y él intentó concentrarse en esa reacción que no se había esperado, y no en la descarga que había notado por su contacto.
–Seguro –replicó él dándose la vuelta para mirarla–. Ese hombre estaba…
–Bebido, era inofensivo. Podría haberlo resuelto yo sola.
–Seguro –repitió él–. No creo que llegue al metro sesenta.
–El tamaño no importa –replicó ella con indignación.
Él entrecerró los ojos y tuvo que hacer un esfuerzo para no rebatirle, aunque, al parecer, ella había captado lo que había querido decir con la misma claridad que si lo hubiese dicho.
–¿De verdad…? –preguntó ella en un tono tan burlón que Danyl ya no pudo soportarlo.
Quizá debería no haberse metido en esa disputa, y encontrarse con los organizadores del festejo habría sido mejor que eso.
Ella resopló con delicadeza y desapareció por la puerta que llevaba al festejo.
Mason agitó las manos. Le temblaban un poco, pero era el único vestigio que le quedaba de lo que había pasado en la terraza. ¿Qué le había pasado a Scott? La había sorprendido completamente, nunca había mostrado ningún interés por ella, aparte del de amigo. Hasta ese momento. Además, independientemente de lo que pensara ese desconocido, lo tenía controlado. Si podía dominar a un caballo temperamental, podría pararle los pies a Scott. Le enfurecía, más que asustarle, haberse visto en esa situación. Mejor dicho, que Scott la hubiese llevado a esa situación. No había visto u oído nada que indicara que Scott era… así. Ella podría haberlo dominado sola, pero era posible que otra, no. Tendría que hablar con Harry por la mañana.
Lo que no había podido dominar había sido la reacción al hombre que había sido el causante de que hubiese salido a la terraza y que le había roto la nariz a Scott. Había intentado evitar su mirada y ese calor abrasador que sentía cada vez que sus ojos se encontraban. Sintió un escalofrío al recordarlo e intentó convencerse de que era por el frío, pero sabía que era demasiado dura para eso. La sensación por estar cerca de él era increíble, algo que solo había sentido cuando galopaba por las suaves laderas del criadero de caballos de su padre en Nueva Gales del Sur.
Se quedó en el vestíbulo que daba al salón o a los ascensores que la sacarían del Langsford. Le llegó el ruido de la fiesta y supo que no quería volver allí. Recuperó el abrigo largo y grueso del guardarropa, se quitó los zapatos de tacón, se puso unas botas negras mucho más cómodas y cálidas y se montó en el ascensor antes de que la viera alguien.
Mientras bajaba las treinta plantas, calculó cuánto faltaba para que volviera el autobús que iba a recogerlas. Entre dos y tres horas. Se miró en las paredes de espejo con tono dorado, pero vio dos ojos color avellana en un rostro que parecía una escultura de la perfección varonil que la miraban como si supieran algo de ella que no sabía ella misma.
–Lo tenía controlado –susurró ella con rabia a esa imagen que temía que no volvería a olvidar.
Se abrieron las puertas del ascensor y cruzó el vestíbulo con el suelo de mármol blanco y negro mientras hablaba muy en serio consigo misma. Lo tenía controlado con toda certeza, se repitió cuando llegó a la pesada puerta giratoria. La empujó con tanta fuerza que acabó despedida a la acera y directamente a la espalda de…
Se quedó sin respiración cuando su pecho se topó con una espalda musculosa, aunque un poco dura. Alargó una mano para sujetarse, pero comprobó que sus dedos se habían cerrado alrededor de un antebrazo también apabullantemente musculoso.
–Yo…
No pudo terminar la disculpa cuando el desconocido de la terraza se dio la vuelta y la desequilibró. Se habría caído si él no llega a tirar del brazo al que ella seguía aferrada… hasta que se encontró pegada al pecho de su teórico rescatador.
–Tenemos que dejar de…
–No acabe ese tópico –le advirtió ella.
–¿Siempre está tan enfadada? –le preguntó él en un tono entre burlón y de curiosidad sincera.
–No, es que… –ella sacudió la cabeza como si quisiera reordenar las ideas que se le desordenaban solo de verlo–. Suelo ser más coherente –concluyó ella con una sonrisa abatida.
Retrocedió para apartarse de su calidez, de su olor… Si había creído que ese hombre transmitía poder desde el extremo opuesto de la habitación, estar tan cerca, estar agarrada por él era abrumador. Miró hacia arriba y vio unos reflejos dorados en sus ojos increíblemente negros, unos reflejos maliciosos. Sus labios, que esbozaban una sonrisa casi irresistible, eran carnosos y tenían una sensualidad impertinente… y ella reaccionó de una forma completamente inesperada e inapropiada.
Apartó la mirada de ese magnetismo arrebatador y la dirigió hacia la calle. Le sorprendió que estuviese tan vacía. Todo el mundo debía de estar en una fiesta o en Times Square.
Eso era absurdo y tenía que olvidarlo. Mejor dicho, tenía que olvidarse de sí misma.
–Gracias –ella lo dijo al vacío, sin mirarle a él–. Por…
Mason hizo un gesto con la mano en dirección a la terraza y vio, por el rabillo del ojo, que él se encogía de hombros y que esbozaba una sonrisa irónica.
–Lo tenía controlado. ¿Se marcha?
Ella no podía distinguir el acento. Evidentemente, era de algún país árabe, pero no era de ninguno que hubiese pasado por el criadero de caballos de su padre.
–No.
Ella frunció el ceño, miró calle arriba y abajo y también se encogió de hombros.
–El autobús que nos llevará de vuelta a nuestro alojamiento no llegará hasta la una –añadió ella.
–¿Nuestro alojamiento…? –preguntó él en tono pensativo–. El plural es por…
–Por mí y los demás aprendices de jockey.
–Uno de ellos es…
–Scott, efectivamente. Él es otro de los aprendices de jockey.
–Y no quiere volver a la fiesta.
Él lo dijo como una afirmación y una advertencia a la vez. Mason arrugó los labios y negó con la cabeza sin dejar de mirar a la calle que tenía delante y de sentir la mirada de él clavada en ella.
–Yo tengo hambre –comentó él como si eso la incluyera a ella en cierto sentido–. ¿Te apetece ir a comer algo sin más intenciones que esa?
Ella esperó que él no pudiera oír el rugido de su estómago. Se le hacía la boca agua solo de oír la palabra «comer».
–¿No estabas esperando a Francesca?
Ella lo preguntó antes de que pudiera contener esa pregunta que, evidentemente, indicaba cierto interés en él.
–¿Quién?
–La chica con la que estabas hablando.
–¿La descarada americana?
–Sí, la descarada americana –contestó Mason riéndose por la descripción tan acertada.
–No, ella se centró en un duque cuando se dio cuenta de que no me interesaba.
Él se movió con sutileza, sin que ella se diera cuenta, y se puso donde tenía que verlo. La miró con un poco de detenimiento, pero sin llegar a ser desagradable. Ella sintió un cosquilleo en la piel que le llegó a las entrañas.
–Me gustaría comer algo, pero es casi medianoche de Nochevieja y no encontraremos nada abierto.
–Me lo abrirán a mí –replicó él con seguridad en sí mismo.
–Vaya, ¿qué tienes de especial?
–Soy un príncipe –contestó él con toda la arrogancia que conllevaba el título.
* * *
La risa de ella todavía le retumbaba en los oídos cuando se pusieron en marcha por las calles nevadas y con el guardaespaldas a una discreta e invisible distancia. Nadie se había reído de él en su vida, hasta que conoció a Antonio y Dimitri, claro. Sin embargo, esa risa había sido un sonido tan puro, tan espontáneo, que solo podía compararse a la alegría que se le extendía por el pecho. Esa joven indómita tenía algo especial, era como un regalo que él quería desenvolver muy despacio.
Parecía increíblemente pequeña a pesar de ir envuelta en un grueso abrigo de lana. Algo que era imprescindible para la profesión que había elegido. Aunque no podía imaginarse qué hacía para dominar a un poderoso purasangre. Sin embargo, esperaba tener la ocasión de averiguarlo. Le bulló la sangre solo de pensarlo y se maldijo a sí mismo. Debería haber escarmentado, pero, aun así, sintió unas ganas casi incontenibles de apartarle de la cara un mechón de pelo castaño dorado que se le había escapado del cuello del abrigo, donde lo había metido.
Dejó que lo llevara por las calles aunque estaba seguro de que no tenía ningún destino pensado. Sobre todo, cuando se paró en un cruce, miró a todos lados, y, de repente, giró hacia la izquierda.
–¿De qué parte de Australia eres?
–Enhorabuena. En Estados Unidos suelen confundir mi acento y creen que soy inglesa. Soy del valle del rio Hunter, en Nueva Gales del Sur.
Ella contestó con una añoranza en la voz que forzó la pregunta siguiente.
–¿Lo echas de menos?
Ella lo miró con una sonrisa triste y radiante a la vez.
–Sí –ella encogió los pequeños hombros dentro del enorme abrigo invernal–. Esto es… raro y… desconocido. Aunque, por otro lado, parece curiosamente conocido. Supongo que es por la televisión…
Ella arrugó la nariz mientras elegía las palabras y a él le gustó. Era… graciosa, aunque no recordaba que antes le gustaran las… graciosas.
–Nueva Gales del Sur es preciosa, es abierta, no como…
Ella hizo un gesto con las manos para señalar los edificios que los rodeaban.
–Cuesta un poco adaptarse.
–¿Es muy distinto a tu país? –preguntó ella ladeando la cabeza como si quisiera adivinar de dónde era.
–Sí, es muy distinto a Ter’harn –contestó él poniendo énfasis en el nombre de su país.
–¿Y dónde está Ter’harn?
–Ter’harn está en África, pero tiene la ventaja de estar en la costa; tiene desierto, montañas y litoral.
–¿Qué más se puede pedir? –preguntó ella con una sonrisa que lo alteró por dentro.
Él podría pedir no tener que volver, no tener que subir al trono. Sin embargo, no lo dijo, nunca decía esas cosas.
–Entonces, ¿por qué estás en Nueva York? –le preguntó él para no tener que decir sus preocupaciones más íntimas.
Le daba miedo, sinceramente, que ella pudiera sacárselas de la caja de caudales donde las tenía guardadas.
–Para estudiar, para entrenar y para aprender. Voy a ser una amazona –contestó ella con orgullo, sin el más mínimo bochorno–. Mi padre ha entrenado a algunos de los mejores jinetes del mundo.
–¿Te ha entrenado a ti?
–¡No! –ella volvió a reírse con espontaneidad–. Quería que me alejara todo lo posible de la hípica profesional. Sin embargo, tenía el gusanillo… y sigo teniéndolo. Él renunció a muchas cosas por mí y puedo ver lo orgulloso que está cuando gano, aunque no quisiera que fuese amazona. Es un legado y quiero estar a la altura.
Él, por un instante, llegó a preguntarse si alguien del palacio podría haberle puesto al tanto de todo eso, pero solo veía sinceridad en sus ojos. Entonces, de repente, se sintió un poco envidioso. Daría casi cualquier cosa por sentir lo mismo que ella en lo relativo a ser rey; desearlo y desear hacerlo bien. Se preguntó si le pasaría alguna vez.
Doblaron una esquina y se encontraron en Washington Square Park, que estaba abierto a esas horas de la noche y donde solo seguían los incondicionales. Estaba a punto de preguntarle por su madre cuando ella se dio la vuelta para mirarlo de frente.
–Entonces, ¿cómo tengo que llamarte? ¿Majestad? ¿Señor? ¿Alteza? –le preguntó ella antes de empezar a cruzar la calle y dejándolo con ese tono burlón y simpático.
–Danyl está bien –contestó él riéndose mientras la alcanzaba–. ¿Y a ti?
–Mason.
Ella lo dijo por encima de hombro mientras cruzaba una cancela de hierro para entrar en el parque. Había ido tan deprisa que él estuvo a punto de chocar con ella cuando se paró para mirar a una pareja que estaba jugando al ajedrez.
–¡Ajedrez! Siempre he querido jugar y nunca he tenido tiempo de aprender con todo lo que hay que hacer en el criadero de caballos.
–Qué suerte –replicó Danyl–. Mi padre me obligaba a jugar casi todas las noches. Se pasaba horas explicándome la importancia de todas las piezas, sobre todo del caballo, y cómo podían hacerme un mejor gobernante.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados. ¿Había captado cierta amargura que él había querido que no se notara en sus palabras?
Mason volvió a mirar a los jugadores, dos ancianos que sujetaban unas tazas humeantes, y Danyl sintió cierta nostalgia.
–Mi padre me regaló un tablero y unas piezas cuando vine aquí.
–Qué bonito –comentó ella con delicadeza.
–Se quedó el caballo negro.
–Me parece precioso –añadió ella.
–A mi me parece absurdo –replicó él acercándose más a ella.
Sintió el calor que emanaba Mason y captó el ligero olor a lima y laurel que había captado antes.
* * *
Mason miró al príncipe que tenía delante y le maravilló que se sintieran tan cómodos. Los recuerdos y la risa que le provocaba. Normalmente, era mucho más reservada, más cerrada, como le había reprochado Francesa alguna vez. Sin embargo, al pasear con él, al hablar con él… se sentía como si fuera una persona distinta, como si fuera ella misma, pero mejor. Era una sensación muy rara.
Se oyeron voces que llegaban de las calles y de los edificios cercanos. Había empezado la cuenta atrás de Nochevieja. Empezó a subir el volumen de los gritos y rompieron ese silencio que ella habría conservado para siempre. Estaban tan cerca que ella notaba la calidez de su cuerpo.
Diez, nueve, ocho…
Era mucho más alto que ella y tenía que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. En vez de sentirse diminuta, como solía sentirse, se sentía protegida, rodeada por él.
–¿Estaría mal que te besara a medianoche? –preguntó él.
Su voz fue más grave y más ronca que antes y ella notó, no vio, que él tenía las manos apretadas contra los muslos, como si quisiera evitar tocarla hasta que ella le diera permiso.
Mason se encogió de hombros a medida que la ligera tensión que había vibrado entre ellos cuando se marcharon del Langsford empezaba a subir de voltaje. Tenía el corazón acelerado. ¿Iba a dejar que un príncipe la besara?
Siete, seis, cinco…
–No creo que tenga mucha elección…
Ella miró un instante alrededor antes de volver a mirar esos ojos que no se habían separado de ella.
–Siempre hay elección, Mason.
Cuatro, tres, dos…
Estaba dándole una escapatoria. Lo sabía él y lo sabía ella. Sin embargo, miró esos ojos del color del whisky ahumado y creyó que se ahogaría, que no podría volver a respirar si no aprovechaba la ocasión… la ocasión de dejarse llevar por ese deseo embriagador que vibraba entre ellos.
Le agarró la corbata y le bajó la cabeza hacia la de ella.
Uno.
Sus labios chocaron contra los de ella y sintió miles de chispazos por la piel… pero no fue suficiente. Cuando él le pasó la lengua por el labio inferior, una llamarada le recorrió la espalda y se estremeció de los pies a la cabeza. Separó los labios y recibió su lengua con la de ella. Lo agarró de las solapas del abrigo y se aferró a ellas como si no pudiera mantenerse de pie. El deseo la corroía por dentro y la adrenalina le abrasaba las venas cuando profundizó un beso que no olvidaría jamás.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.