Kitabı oku: «Abigael Bohórquez. Disidencia sexo-genérica y VIH/sida en Poesida»


UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
RECTORA
Tania Hogla Rodríguez Mora
COORDINADORA DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
Marissa Reyes Godínez
RESPONSABLE DE PUBLICACIONES
José Ángel Leyva

COLECCIÓN: AL MARGEN

Abigael Bohórquez. Disidencia sexo-genérica y VIH/sida en Poesida
Primera edición 2021
D.R. © Porfirio Miguel Hernández Cabrera.
D.R. © Blanca Julia Corrales Bojórquez, por Abigael Bohórquez
D.R. © Eduardo Flores Soto, ilustraciones
D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Dr. García Diego, 168,
Colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,
C.P. 06720, Ciudad de México
ISBN (impreso) 978-607-8692-01-9
ISBN (ePub) 978-607-8692-36-1
Imagen de portada: Cuando el alba aletee otra vez, Eduardo Flores Soto, 2018.
Esta obra se sometió al sistema de evaluación por pares doble ciego y su publicación fue aprobada por el Consejo Editorial de la UACM.
publicaciones.uacm.edu.mx
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, archivada o transmitida, en cualquier sistema —electrónico, mecánico, de fotorreproducción, de almacenamiento en memoria o cualquier otro—, sin hacerse acreedor a las sanciones establecidas en las leyes, salvo con el permiso expreso del titular del copyright. Las características tipográficas, de composición, diseño, formato, corrección son propiedad del editor.
A mi padre, Juan Hernández Mejía†;
a mi madre, María del Refugio Cabrera Valencia;
y a mi hermano Jaime Hernández Cabrera,
por la amorosa vida compartida.
A Gerardo Bustamante Bermúdez,
por su amistad.
A Juan Gabriel,
a Luis González de Alba
y a Antonio Salazar,
(en orden de desaparición en 2016),
por sus aportaciones a la
cultura de la diversidad
y la disidencia sexuales.
«José Luis, Sebastián, Emilio, Manuel,
Pedro, Arturo.
El sida arrebató la vida de nuestros amigos,
el amor mantendrá su recuerdo
en nuestra memoria».
Manta en la X Caminata Nocturna Silenciosa
en Conmemoración de los Muertos por Sida.
Ciudad de México, 1997
Porque es el lector quien elabora
su propio universo
luego de la lectura de cada uno de los versos,
y así arma el puente que comunica
sus episodios
con realidades mucho más amplias,
con sus imágenes sencillas
que lo convocan a recrear su cotidianidad.
ISMAEL LARES
Agradecimientos
En el proceso de gestación, escritura y publicación de este libro participaron diversas personas y áreas institucionales de la UACM, y personas sin vinculación directa con la misma, a todas las cuales doy las gracias por sus valiosas contribuciones; evidentemente, la responsabilidad del resultado es sólo mía.
A mi amigo Gerardo Bustamante Bermúdez, por invitarme a formar parte de su apasionado proyecto de difusión de la obra de Abigael Bohórquez y así enmarcar mis esfuerzos investigativos en esa tarea, por su generosa colaboración al compartir información necesaria sobre diversos aspectos de la vida y obra del poeta caborquense, por su lectura del manuscrito, por sus amables gestiones para la obtención de los derechos de autor del poemario y por su asesoría en materia editorial.
A la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), por brindar las condiciones para trabajar en este proyecto durante mi año sabático.
A los profesores Ernesto Bravo Núñez y Miguel Ángel Godínez, coordinadores en su momento del Colegio de Ciencias y Humanidades, por su respaldo institucional para la publicación de este libro.
A la Comisión Editorial del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UACM, por su loable labor de impulsar la publicación de los productos académicos de las y los profesores adscritos.
Al Consejo Editorial y al área de Publicaciones de la UACM, por su apoyo, en especial a José Ángel Leyva y al equipo de edición y diseño.
A mi familia más cercana, por secundarme, siempre cariñosamente, en mis proyectos académicos y personales, especialmente a mi amado padre (†), quien me acompañó desde el inicio de este proyecto y hasta el final del mismo y de su vida; a mi querida madre, por su paciente e intuitiva interlocución; y a mis apreciados hermanos Jaime y Juan, por su entrañable solidaridad y por proporcionarme los nombres de los autores de «La cumbia del sida», respectivamente.
A Eduardo Flores Soto, por su cordial complicidad y apoyo artísticos en la elaboración de las obras plásticas que se integran en este libro, y por su sensible y perspicaz diálogo.
A Héctor Domínguez-Ruvalcaba, por su invaluable aportación en la escritura del prólogo, y por sus valiosos comentarios para el mejoramiento del manuscrito, en especial, la sugerencia de revisar el poema «Tergiversito» a partir de una copla del poeta Jorge Manrique.
A Guillermo Núñez Noriega, por su cordial interlocución para compartir conmigo interesantes testimonios sobre su amigo Abigael, por la solidaria lectura del manuscrito y por contribuir con conceptos y enfoques para una adecuada interpretación antropológica de algunos de los poemas de su querido paisano.
A Rosalva Cabrera Castañón, por su atenta lectura y observaciones al manuscrito.
A Leticia Romero Chumacero, por sus amables comentarios al original y por la información proporcionada sobre la escritora Concha de Villarreal.
A las personas dictaminadoras anónimas de esta obra, por sus estimulantes sugerencias para corregirla.
A Luis Manuel Arellano, por su apreciable información sobre escritores mexicanos relacionados con el tema del VIH/sida.
A Moisés Agosto, por el gentil envío de sus poemarios.
A Miguel Bejarano, por darme a conocer el disco colectivo en el que canta y hace arreglos a algunos de los poemas de su coterráneo (De cierto te lo digo. La poesía de Abigael Bohórquez vuelta canción).
A Joaquín Hurtado, por su valioso testimonio sobre algunos antecedentes del abordaje del homoerotismo y la seropositividad en la poesía mexicana.
A Joey Pons, por su atenta contribución con datos sobre su trayectoria.
A Margarita Nabor Govea, por su dedicado y cariñoso trabajo en la captura de los poemas.
A Nancy Yanira Valdés, por su colaboración en la búsqueda de algunos poemarios.
A Belén Jiménez Sánchez, por su entusiasta ayuda en la compilación de lo que llamo el «disco pirata» de Las canciones de Poesida.
A mis amigos y amigas abigaeleanos (y en proceso de serlo), por compartir conmigo el deleite y la pasión por la obra del poeta y dramaturgo de Sonora.
Presentación
En 2001 me encontré Poesida en una pequeña librería del sur de la Ciudad de México; mi ejemplar era la segunda edición publicada en 2000 por La Voz de Sonora. Era la época en que realizaba mi tesis de maestría en antropología social —bajo la dirección de mi amigo, el antropólogo sonorense Guillermo Núñez Noriega— y en ella cité el poemario de Abigael Bohórquez como un ejemplo más de la creciente producción cultural literaria en México sobre la temática de diversidad sexual.
Muchos años después, Gerardo Bustamante Bermúdez, mi amigo y colega en la UACM-Cuautepec, me invitó a participar en el Congreso-Homenaje al poeta y dramaturgo Abigael Bohórquez (1936-1995), que organizó en la Casa Talavera de la UACM el 13 y 14 de noviembre de 2014. Fue entonces cuando decidí emprender la tarea de hacer una lectura de Poesida desde mi campo de estudios, la antropología de la diversidad sexual, y escribir una ponencia para analizar las representaciones sociales sobre el VIH/sida y el homoerotismo en el poemario.
Como le ocurre a muchas personas, Poesida fue mi puerta de entrada al mundo de la poesía abigaeleana, y a partir de mi participación en el congreso-homenaje conocí más de su obra poética (Navegación en Yoremito), de su obra dramatúrgica (Dramaturgia reunida de Abigael Bohórquez, UACM, 2014, el libro de piezas compiladas gracias a los nobles oficios de Gerardo Bustamante y presentado en el congreso-homenaje) y del abordaje ensayístico que sobre su trabajo poético hizo Ismael Lares (Abigael Bohórquez. La creación como catarsis), ponente en el mismo evento. Tuve también la oportunidad de aprender de la experiencia de muchos y muchas abigaeleanos que convivieron con el gran «Poeta del siglo en Sonora» —como bien lo describen Alejandra Olay, Mónica Luna y Carlos Sánchez en su nota introductoria a la segunda edición del poemario—, y que se dieron cita en Casa Talavera para homenajear al maestro. Escuchar las inspiradoras ponencias sobre la vida y obra del vate caborquense de Mónica Luna, Carlos Sánchez, Mario Bojórquez, Juana Reyes y los demás exalumnos de Bohórquez en Milpa Alta, y de muchos otros abigaeleanos/as de la anterior y de la presente generación, me hizo desear formar parte del círculo de iniciados lectores del «Poeta del Norte», según la descripción del bardo Efraín Huerta.
Y así entré en el círculo.
En 2015 me propuse presentar una versión corregida y aumentada de mi ponencia sobre Poesida en el XXXIV International Congress of the Latin American Studies Association (LASA) realizado del 27 al 30 de mayo de 2016 en la Ciudad de Nueva York. Fue entonces cuando mi acercamiento a Abigael, y a la obra crítica que sobre su trabajo se ha producido, se hizo rotundo. La ponencia creció y creció alimentada de las relecturas del poemario, de las lecturas de otros poemarios de Bohórquez, de las valiosas apreciaciones de los diversos analistas de la obra del vate sonorense y de las múltiples ideas que me generaron para cumplir con mi objetivo de analizar Poesida desde una perspectiva antropológica y como un producto poético-etnográfico.
La obra de Abigael Bohórquez ha sido reeditada y editada gracias a los admirables esfuerzos de Mónica Luna (perseverante promotora abigaeleana sonorense, quien publicó una tercera edición de Poesida en 2009, en coedición con diversas instituciones de cultura del noroeste del país) y de Gerardo Bustamante, quien editó el compendio de obras de teatro ya citado, pero también las reediciones de los poemarios Digo lo que amo (UACM, 2015; y edición de colección, 2018) y Acta de confirmación/Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles (UACM, 2015), y la edición de Abigael Bohórquez. Poesía reunida e inédita (Instituto Sonorense de Cultura, 2016) en la que, obviamente, se incluye una cuarta edición de Poesida.
Sin embargo, ante la necesidad de seguir dando a conocer a las y los lectores del país la importantísima obra del poeta caborquense, y ante las nunca suficientes nuevas ediciones de sus libros, Gerardo Bustamante me invitó a realizar una edición de Poesida que fuera más accesible a las nuevas generaciones y que tuviera una mirada nueva, más antropologica que literaria. Para ello acordamos incluir como estudio introductorio una nueva versión de la ponencia que había retrabajado tan profusamente para el congreso de LASA. Ello implicó mayor investigación, y no menos esfuerzo, para explicar los contextos personal, histórico y sociocultural en los que Bohórquez gesta el poemario, pero al mismo tiempo su vinculación con su obra poética de tema homoerótico. No obstante, la amplitud de la investigación me llevó a realizar un estudio crítico más que un estudio introductorio. La escritura del estudio fue posible como parte de la actividad académica desarrollada en 2016, durante mi año sabático en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
En el proceso, tratando de ser fiel a los designios de Bohórquez y siguiendo sus indicaciones sobre las características editoriales que deseaba para la publicación del libro, invité a Eduardo Flores Soto —otro amigo, colega de la UACM y artista plástico— para que realizara las ilustraciones que acompañarían los poemas, las cuales, en realidad, resultaron sus versiones plásticas, obras de arte en sí mismas que, sin duda, los dotan de un doble valor estético.
Mientras esta edición esperaba ver la luz, a mediados de 2019 surgió la oportunidad de que el poemario fuera editado por quinta ocasión, con un tiraje de diez mil ejemplares, gracias a un convenio de coedición entre la UACM y la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México promovido por José Ángel Leyva. El volumen se tituló Poesida y otros poemas homoeróticos e incluyó las versiones plásticas de Eduardo Flores Soto; la selección de once poemas de otros poemarios de Bohórquez y la cuarta de forros fue de Gerardo Bustamante; y la introducción de mi autoría. El libro fue distribuido gratuitamente en el marco del festival de poesía «Di/Verso. Fiesta de la Diversidad y la Palabra», realizado del 28 al 30 de junio de 2019, y en la 41 Marcha del Orgullo LGBTTTI del 29 de junio.
El resultado de estos arduos empeños colectivos es la presente edición de Abigael Bohórquez: disidencia sexo-genérica y VHI/sida en Poesida. En 2020 se conmemoran los veinticinco años de la muerte del poeta, qué mejor ocasión para dar a conocer a las jóvenes generaciones lectoras esta nueva edición antropológica de una de las obras más importantes de Abigael Bohórquez —«poeta anónimo del siglo XX, que será valorado el próximo siglo XXI», según su autodescripción—, a la vez digna representante de la poesía nacional y vívido testimonio de la historia cultural del VIH/sida en México.
PORFIRIO MIGUEL HERNÁNDEZ CABRERA
Prólogo
Por muchas razones era muy necesaria esta edición de Poesida de Abigael Bohórquez. En primer lugar, es un acto de justicia literalmente poética a una de las obras más contundentes que se hayan dado en la literatura mexicana de finales del siglo XX, escrita, sin embargo, por uno de los autores más ignorados del periodo. Al realizar un estudio crítico tan amplio como revelador, Porfirio Miguel Hernández Cabrera abre una perspectiva antropológica de una obra que destaca por tener versos ingeniosos y urdidos con apasionamiento en una época en que la poesía entraba en franco declive, atascada en la trampa de los talleres literarios, los premios, las poses, la burocracia cultural y los favoritismos mafiosos.
En efecto, Hernández Cabrera destaca la tensión entre el poeta y su mundo. Exiliado en la región periférica de la urbe (Milpa Alta, Chalco), vetado en los espacios hegemónicos de la literatura, Abigael Bohórquez no aparece en las antologías de poesía de la época, lo que no significa que sus poemas no lo merecieran. Esta exclusión es, en todo caso, una evidencia de la mezquindad con que se desenvuelve la burocracia cultural en México. No es exagerado decir que esta omisión es una de las más lamentables censuras de la poesía en la época contemporánea. No se trata de una censura orquestada desde los círculos de poder del Estado, como se hiciera durante la guerra sucia contra obras como La sombra del caudillo de Julio Bracho; no es ésta una censura a la usanza del binomio izquierda-derecha en que se reeditaron por muchos años los conflictos políticos. Es la censura homofóbica y centralista que aún desdeña la voz diversa al heterosexismo y no tolera que, fuera del centro político y cultural del país, se practiquen disonancias tan potentes como la poesía del sonorense Bohórquez.
Tengo una imagen recurrente de Bohórquez recitando en algunas de las reuniones literarias organizadas por el también fallecido y memorable Darío Galaviz Quezada en Hermosillo. Su bien estudiado histrionismo, su dicción precisa, nos hizo entender que la poesía es una puesta en escena de la voz, pero nunca solamente una voz que se deleita en su narcisismo retórico, sino una que enardece al oyente, pone en efecto giros irónicos que salen a contender y, sobre todo, a hablar desde la urgencia. Genio del neologismo, Bohórquez no cesaba de proferir con sentenciosa voz sus justos enojos. Con esta «poderosa y macha poesía», como la describió Efraín Huerta, su yo lírico no se recata y ni se contiene. Vive del arrojo y se sustenta en una retahíla de razones para no quedar callado.
Poesida, la obra de Bohórquez más comentada, tiene el honor de ser el primer y único libro en México, por muchos años, en tratar poéticamente el tema de la epidemia del sida. Hernández Cabrera elige una mirada etnográfica para leer Poesida como el testimonio de los estragos físicos, emocionales y morales que llevan a la urgente necesidad de reconocer las prácticas homoeróticas y las subjetividades disidentes como partes constitutivas de la vida social y no meramente zonas de condena y abyección. La apuesta metodológica de leer la poesía como un texto etnográfico es también una renuncia a seguir las formas habituales de lectura practicadas en la crítica literaria al uso. El mismo hecho de salirse (o quedarse fuera) de esa maquinaria ideológica que dicta las inclusiones en el canon literario ha hecho de Bohórquez, precisamente, un poeta en toda la extensión de la palabra: él rompe expectativas en cuanto a la composición poética, la selección de temas, imágenes, referencias y, sobre todo, en cuanto al lugar que ocupa el bardo en el concierto social. No obstante, paradójicamente, todas estas virtudes que hacen de un poeta un sujeto que abre brechas en la cartografía simbólica, se han revertido contra él hasta proscribirlo del panteón de las letras mexicanas. No serán los criterios que designan valores literarios, entonces, los que Hernández Cabrera tome en cuenta para ofrecer su comprensión de Poesida.
Destaca el antropólogo la emergencia de la epidemia como un fenómeno que detona un doloroso sarcasmo, una carcajada doliente, que corresponde a un posicionarse políticamente como hombre homosexual. Enmarcar el poemario en un momento catastrófico de la epidemia y recorrer los conflictos íntimos de los afectados acerca la poesía al testimonio. Los versos nos proponen la reinvención del cuerpo y los deseos en la circunstancia en que los horrores se multiplican al vernos desnudos, a la intemperie de los prejuicios y los escrúpulos dominantes. Ante la ansiedad homofóbica que revuelve las entrañas de una sociedad sometida a creencias obsoletas y dominada por un machismo atávico y primitivo, la poesía toma formas desgarradoras, amargamente irónicas, festivamente patéticas, donde reír es una mueca de agonía, y cantar una diatriba lanzada contra quien resulte responsable, sea Dios, el Diablo, el capitalismo o la cultura nacional.
No es precisamente la lectura propuesta por Hernández Cabrera un mero regodearse en las lamentaciones. Se trata de reconocer la voz doliente y carnavalesca como una caja de resonancia en la que se intersectan los asuntos biológicos con las significaciones sociales, religiosas, científicas y políticas, que finalmente se entretejen para articular nuestras concepciones del cuerpo.
Para la mirada etnográfica, la poesía no puede ser un fenómeno inmanente del sentido que se solace en la frase perfecta y la imagen suculenta prescrita en la crítica, que persigue sobre todo un deleite esteticista. La poesía no sublima, al modo freudiano de la sublimación, tampoco es sublime en el sentido del terror que desborda las posibilidades de expresión en el concepto kantiano… no hay razón ni tiempo para el escapismo ni para el silencio. En todo caso, la poesía de Bohórquez, a los ojos de Hernández Cabrera, revela el mundo concreto del padecimiento físico que va de la mano del padecimiento social. La epidemia concreta que ha dejado concretísimas víctimas a su paso es el momento histórico en que se propaga la infección, la nada etérea carne en que se muere. Pero es también el momento en que se posiciona el cuerpo del disidente sexual como un sujeto de derecho, como un ciudadano. Ahí donde el cuerpo enfermo es puesto en duda, nos toca inventar categorías, explorar razones y concebir caminos para no quedar fuera de la humanidad.
Este encuentro entre la etnografía de Hernández Cabrera y la poesía de Bohórquez termina por convencernos de que el acto poético más auténtico es aquel que termina siendo un acto político, no el de las oratorias predecibles y los chanchullos con que se mantienen los autoritarismos, sino el de los cambios de rumbo obligados por el efecto de la tragedia sufrida. Se trata de una poesía que emprende una política emergente, es un llamado de alerta y una voz de alarma. Su mayor hallazgo es ver en el peligro de muerte el motivo suficiente para cambiar los términos con que entendemos el mundo.
HÉCTOR DOMÍNGUEZ-RUVALCABA
«Vengo a estarme de luto por aquellos que recibieron prematuramente su funeral de escándalo»:
el activismo poético queer y contra el VIH/sida de Abigael Bohórquez en Poesida
El impacto epidemiológico y cultural del sida en México
En 1981 aparecen los primeros casos del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) en Estados Unidos, enfermedad causada por el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), «nombre dado al agente causal del sida a partir de mayo de 1986».1 Al año siguiente figuraba ya en el quinto sitio entre las posibles causas de muerte en los países desarrollados, superado por la diabetes, los accidentes laborales, el suicidio y el cáncer.2
De acuerdo con Recoder, desde el principio el VIH/sida fue definido como «un problema médico, una enfermedad aguda de carácter terminal. Se ubicó su etiología dentro del paradigma biomédico dominante de la teoría del germen y se caracterizó su irrupción como una nueva epidemia de dimensiones planetarias, ‘la primera epidemia de la globalización (Barnett y Whiteside, 2000: 4)’».3
Al inicio de la pandemia se orquestó una campaña amarillista en torno al sida que afectó a homosexuales junto con drogadictos, hemofílicos, bisexuales y otros grupos marginados, al ser etiquetados como miembros «licenciosos» de un «grupo de riesgo»4 para contraer y transmitir esta enfermedad. Esto se derivó de la poca o nula educación sexual, de la exacerbación de una moral social conservadora y, principalmente, de la poca información científica y veraz sobre el sida en general; de hecho, en el ámbito científico «la construcción biomédica del VIH-sida», basada en la «construcción moral del problema», generó y «continúa produciendo y reproduciendo valores estigmatizantes y estigmatizados».5
En 1983 se diagnostican los tres primeros casos de VIH/sida en México6 y el panorama social empezó a ensombrecerse: «para agosto de 1985 existían 68 casos registrados en los hospitales de la República mexicana; para marzo de 1987 había 344 casos acumulados notificados ante las autoridades sanitarias; para fines de 1988 esta cifra se había elevado a 1 837 pacientes en forma acumulada»; para el 31 de mayo de 1996 el número había aumentado a 27 455 casos registrados, aunque se estimaba que podrían ser 40 000 los casos reales de sida.7
La campaña contra los «grupos de riesgo» redundó en una reactivación de los mitos y tabúes alrededor de la homosexualidad, lo cual «se tradujo en prácticas de hostigamiento, represión y persecución contra homosexuales, travestis y trabajadores del sexo (hombres y mujeres), con la consecuente condena pública y rechazo social».8 La paranoia social ante el sida condujo a estigmatizar a los homosexuales como culpables de ser «portadores» y transmisores del VIH, por parte de la Iglesia católica, los grupos conservadores y los medios masivos de comunicación, al grado de que el nuncio papal en México, Girolamo Prigione, declara en 1985 al sida como «castigo divino»,9 una de las metáforas conservadoras de la época («plaga gay», «invasión», «contaminación», «ataque») que otorgan significados sociales negativos y moralizan enfermedades como el sida o el cáncer, los cuales generan estigmas en los enfermos creando «identidades deterioradas» según la expresión de Erving Goffman.10
De acuerdo con Pineda, la aparición del sida en México «golpea» a la sociedad en general, y en particular al entonces denominado Movimiento de Liberación Homosexual Mexicano (MLH) de la Ciudad de México, porque irrumpe en la vida cotidiana y «replantea abrupta y violentamente las prácticas sexuales y los valores tradicionales».11 Sobre esto comenta: «Es así que el sida conlleva un valor axiológico negativo en sí mismo y trae consigo un efecto social que obliga a revisar los avances y conquistas de la liberación sexual a cambio de una precaución sanitaria que excluye el deseo y la práctica sexual».12
En Estados Unidos, la aparición del VIH trajo consigo la respuesta inmediata de las emergentes organizaciones no gubernamentales (ONG) que centraron sus acciones en contra de la entonces nueva enfermedad.
En ese momento, en México los grupos activistas del MLH (Colectivo Sol, A. C., Guerrilla Gay, y Cálamo, Espacios y Alternativas Comunitarias, A. C.) realizaron una contribución destacada porque fueron los primeros miembros de la sociedad nacional en enfrentar la problemática del sida.
Fundado en 1981 por Juan Jacobo Hernández —exmiembro del Frente de Liberación Homosexual, Sex-Pol y el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR)—, el Colectivo Sol comienza a trabajar en 1983 contra el VIH/sida desde una perspectiva comunitaria ante la carencia de una respuesta gubernamental.13 Además, de 1992 a 1995 editó la revista gay Del otro lado, en la que también se hacía labor de prevención del sida.14
Guerrilla Gay fue creado en 1983 por el antropólogo y sexólogo Xabier Lizarraga —miembro fundador en 1978 del Grupo Lambda de Liberación Homosexual— y otros activistas,15 y participaba en el programa Media noche en Babilonia, que conducía el actor Tito Vasconcelos en la estatal Radio Educación. Tal programa estaba dirigido a la población homosexual y se transmitió durante siete años hasta su desaparición en 1997. En él se abordaban los derechos de los gays, la aceptación de la identidad gay y la prevención del sida. Guerrilla Gay también participaba en «Los martes de El Taller» (una disco-bar gay, propiedad del escritor y exdirigente del movimiento estudiantil de 1968, Luis González de Alba), un espacio de reflexión y discusión de temáticas gays, y de «difusión de noticias en torno al sida y de concientización sobre el sexo seguro y el uso adecuado y erótico del condón».16
En cuanto a Cálamo, de acuerdo con Arturo Vázquez Barrón (militante del MLH desde 1979 y exmiembro de Lambda), se funda en junio de 1985 y se desintegra en 1992. Toma su nombre «de un poemario de Walt Whitman dedicado al amor homosexual».17 En un tríptico de 1990, Cálamo se autodefinía como:
una propuesta de organización de la sociedad civil que surge de la comunidad homosexual mexicana. Su propósito fundamental es promover la creación de una red de espacios y servicios de carácter alternativo para la gente gay. El proyecto general incluye seis programas principales: asesoría jurídica, asistencia médica, orientación y apoyo psicológicos, lucha contra el sida, actividades recreativas y actividades educativas.18
Cálamo es el primer grupo gay —según Vázquez—, que se constituye en asociación civil, con lo que se quita el «estigma de la clandestinidad» y emprende el trabajo de lucha contra el sida con el objetivo de «deshomosexualizarlo».19
Así pues, la aparición del VIH/sida implicó la reorientación del MLH en sus prácticas y formas de organización para encarar la epidemia y su manejo oficial mediante campañas de educación sobre el uso del condón y las formas de transmisión y prevención, pero también para luchar de manera redoblada contra los prejuicios acerca de la homosexualidad, por la reivindicación de los derechos humanos de los gays y demás personas afectadas, y contra la postura de los sectores conservadores que veían el sida como consecuencia de «prácticas sexuales anormales». Para Pineda, tales acciones fueron muy oportunas, ya que comenzaron cuatro años antes de que el Sector Salud, en 1987, declarara el sida como «una enfermedad sujeta a vigilancia epidemiológica».20
De acuerdo con Vázquez, la irrupción oficial del sida en el MLH (llamado con sensacionalismo «cáncer rosa» por los medios de la época) se da en el contexto de la Marcha del Orgullo Homosexual de 1984, conocida como la «marcha fúnebre» porque en ella se conmemoró a los muertos por sida y se protestó por los asesinatos por homofobia.21 Así, para este activista pionero, a mediados de los años ochenta, el MLH entró en un proceso de «sidificación», en el que la lucha por la liberación homosexual quedó de lado por la importancia de la prevención del sida y la petición al gobierno de la elaboración de cruzadas de información y prevención específicas para la población homosexual. Además, la enfermedad también empezó a hacer estragos entre los activistas homosexuales «desbastando la militancia».22
Por su parte, la respuesta del Estado ante el sida, según Pineda, fue llevar a cabo diversas acciones para su tratamiento, prevención y control, aunque también incluyó «campañas de discriminación y de violación de los derechos humanos de los homosexuales»23 a través del cierre de bares, mayor vigilancia en lugares de reunión gay, y persecución y encarcelamiento de homosexuales y travestis en diferentes ciudades de la república bajo la presión de «sectores tradicionales y oscurantistas».24 Sin embargo, agrega que, en 1985, debido al sismo que sacudió la Ciudad de México, disminuyeron las campañas amarillistas y homófobas en torno al sida, para ser retomadas después, pero con menor intensidad. Pineda apunta, además, que el Consejo Nacional para la Prevención y Control del Sida (Conasida)25 suspendió sus acciones preventivas, lo que dio pie a que la nota roja y grupos minoritarios, como Provida26 y otros de tendencia ultraconservadora, instrumentaran cruzadas de desinformación sobre el síndrome, generando miedo y rechazo hacia los enfermos de sida, y estigmatización a los homosexuales y a los otros «grupos de alto riesgo» como supuestos transmisores del VIH. Del mismo modo, Monsiváis destaca la constante presencia intolerante de aliados de la Iglesia católica, como el Partido Acción Nacional (PAN) y otros grupos conservadores, quienes rechazan el uso del condón y las campañas preventivas contra el sida.27
En este contexto, según Monsiváis, un avance importante en 1987 fue el reconocimiento social de la impropiedad de hablar de «grupos de riesgo», por lo que en su lugar se propone la expresión «conductas de riesgo».28 Sin embargo, al respecto Pineda señalaba en 1992 que: «Si bien en la actualidad ya no se les identifica como grupos de alto riesgo, sino como individuos que llevan a cabo prácticas de riesgo, se trata más de un cambio de nombre que de una concepción y comprensión integral del problema».29
Aparte de la contribución mayoritaria de los grupos de activistas gays en la lucha contra el sida mencionada, la participación de la sociedad civil organizada en diferentes tipos de agrupaciones fue muy importante desde el inicio de la epidemia. En el año en que escribe Pineda se tenían registrados 92 grupos que trabajaban contra el sida, 74 de ellos eran ONG y 18 instituciones de educación superior de todo el país. El principal problema que enfrentaban era el de financiamiento, ya que la participación del Estado en este sentido era mínima. Al respecto, el autor comenta: «Entre los servicios que ofrecen los grupos destacan los de prevención e información, distribución de condones; canalización de enfermos para la prueba del anti-VIH, apoyo médico, sicológico [sic] y espiritual: asesoría legal, bolsa de trabajo, etcétera. En este sentido, 88 grupos prestan servicios informativos-preventivos; 87, servicios asistenciales y 36, servicios terapéuticos.30
Ante la inexistencia de una cura o vacuna para el sida, afirma Pineda, la educación de la población fue la principal alternativa para la prevención, lo cual implicó la modificación de actitudes y conductas respecto a la sexualidad. De este modo, las acciones de los grupos de lucha contra el sida para informar y orientar a la población en salud tuvieron las siguientes características: a) proporcionar información general sobre el sida y resaltar los aspectos clínicos de la enfermedad; b) prevenir acerca de las llamadas «prácticas de alto riesgo», y poner énfasis en el uso del condón como medida preventiva y alternativa a la abstinencia sexual; c) informar sobre las formas de transmisión del VIH y las maneras de prevención; d) luchar por la desmitificación del sida; y e) dirigir tales medidas particularmente a la población urbana.
Estas campañas de prevención eran limitadas, según Pineda, porque sólo se circunscribían a informar a la población «dejando de lado una serie de aspectos que están referidos a procesos de apropiación y significación no sólo de información, sino del conjunto de prácticas culturales propias de grupos particulares y heterogéneos de la sociedad mexicana».31 En contraste, las actividades realizadas por los grupos gays, pese a las condiciones adversas en que se llevaban a cabo, tuvieron un mayor impacto, porque las campañas se diseñaban, organizaban e implementaban en torno a una orientación sexual que era compartida por los activistas, quienes instrumentaban la acción educativa en salud con base en una concepción de la sexualidad como una forma de relación y de expresión que era diferenciada según «la capacidad económica, cultural, intelectual, de poder y de adscripción al grupo social destinatario».32
Así, las ONG gays y de trabajo en sida que «surgen masivamente», en un principio se organizan en torno a Mexicanos contra el Sida, una confederación que agrupaba a numerosos organismos del país, lo que la lleva a tener una importante presencia política, obtener financiamientos y establecer relaciones internacionales.33 De acuerdo con Vázquez Barrón, esta confederación se propone dar una lucha frontal contra el sida y la indiferencia del gobierno ante la epidemia.
Según Pineda, el cambio hacia una actitud de prevención en las prácticas sexuales de los homosexuales no sólo se debe a la educación y la toma de conciencia ante la enfermedad, sino también al «impacto que sobre ellos tiene el saber de amigos o conocidos que mueren o tienen sida».34 Añade que este cambio se reflejó en las estadísticas notificadas por Conasida en 1990, en las que es notable el incremento porcentual de casos de sida por transmisión sexual entre poblaciones de «bisexuales masculinos» y «heterosexuales femeninos» en comparación con los «homosexuales masculinos» y los «heterosexuales masculinos».35
En suma, de acuerdo con Pineda, la participación activa del MLH y de diversos grupos y asociaciones de la sociedad civil —cada uno con sus propias características y especificidades—, abrió espacios para luchar contra el sida como enemigo común, y agrega: «Cabe señalar que esta lucha lleva implícito un cambio de visión en relación con la enfermedad, la sexualidad en general y la homosexualidad en particular».36
El VIH/sida y la reconceptualización de la (homo)sexualidad
Los estudios epidemiológicos y el activismo global del movimiento gay y de la sociedad civil organizada aportaron importantes elementos que ayudaron a reconocer la diversidad sexual, genérica y erótica de las poblaciones afectadas por el VIH/sida. En Estados Unidos, contribuyeron al desarrollo de la investigación empírica y de aproximaciones teóricas desde los estudios lésbico-gays37 y los estudios queer.38 Para Jagose, «la rúbrica de lo queer» resultó una perspectiva útil para la participación política en contra del sida y de la homofobia. Concretamente, identifica una «serie de efectos» sobre la epidemia en los ámbitos político, educativo y teórico, que la perspectiva queer retomó y reconceptualizó bajo sus presupuestos, los cuales incidieron de manera más contundente en: a) el cuestionamiento a las formas en que los discursos biomédicos sobre el sida problematizan el estatus del sujeto o individuo; b) «el cambio —efectuado por la educación sobre el sexo seguro— en el énfasis en las prácticas sexuales por encima de las identidades sexuales»; c) la resistencia a «la persistente mala interpretación del sida como una enfermedad gay y de la homosexualidad como un tipo de fatalidad»; d) «las alianzas políticas del activismo antisida que replantea la identidad en términos de afinidad más que de esencia […] y, por lo tanto, incluye no sólo a lesbianas y gays, sino también a bisexuales, transexuales, trabajadores/as sexuales, PWA (People with AIDS [gente con sida]), trabajadores de la salud, y padres y amigos de gays»; e) la resistencia a las representaciones dominantes sobre el VIH/sida, y la posibilidad de representarlo de otro modo; y, f) el replanteamiento de los enfoques tradicionales sobre la incidencia del poder en las acciones de la epidemiología, la investigación científica, la salud pública y las políticas de inmigración.39
Respecto a los desarrollos para la comprensión de las vinculaciones entre sida y sexualidad en el ámbito académico mexicano, las ciencias médicas, la psicología, las artes, los estudios culturales y la antropología, por separado o de manera interdisciplinaria, comenzaron a realizar mayores aportaciones mediante la reconceptualización de otras posibilidades de representación social de este binomio. En este sentido, en el campo de la antropología es pionero el libro sobre comportamiento sexual y sida que reúne las ponencias presentadas en el I Encuentro Nacional sobre Sida, Sexualidad y Sociedad, organizado por el Taller de Discusión Sexológica y por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y compiladas por Xabier Lizarraga, pionero del MLH. El volumen parte de una perspectiva integral de la enfermedad y del individuo más allá de sus componentes biológicos. Sobre esto, el compilador afirma:
tenemos que concebir al sida no sólo como un padecimiento que afecta al aparato inmunitario del ser humano a partir de la presencia de un retrovirus, sino como un fenómeno patológico que, al desbordar los límites de la clínica, se significa como accidente sufrido por la sexualidad humana a finales del siglo XX, y que, por ende, pesa como acontecimiento que atraviesa y cimbra la vida cotidiana, la sociedad en su conjunto y el sustrato psicoafectivo de nuestro devenir como individuos. El sida no debe abordarse únicamente desde la virología y la terapéutica farmacológica, no sólo atañe a la epidemiología como disciplina biomédica; en su calidad de fenómeno que genera cuadros de opinión y actitudes estigmatizantes, por su calidad de enfermedad transmisible sexualmente, también se significa como agente patógeno de la convivencia social y de la experiencia sexo-erótica.40
Así, estos cuestionamientos de la antropología del comportamiento sexual sobre la necesidad de la reinterpretación del VIH/sida como enfermedad, son similares a las críticas de la antropología de la salud y de la sociología médica contemporáneas, las cuales cuestionan la estrechez del concepto de enfermedad propuesto por la biomedicina y abogan por la inclusión de otros componentes más allá de los físicos, químicos y biológicos, por lo que proponen como alternativa abordar la articulación entre sus dimensiones material y simbólica, y biológica y cultural. Desde esas perspectivas, Recoder reconoce que, además de un hecho biológico, la enfermedad «es un proceso experimentado, cuyo significado es elaborado a través de eventos culturales y sociales»,41 y agrega: «La enfermedad ocurre no en el cuerpo sino en la vida. La localización de un desorden dice poco sobre por qué y cuándo ocurre o qué hace. La enfermedad ocurre no sólo en el cuerpo sino en el tiempo, en un lugar, en una historia y en un contexto de experiencia vital y en un mundo social».42
En este sentido, es preciso reconocer los aportes de la antropología en la incorporación de la percepción y la subjetividad de los individuos en la experiencia de la enfermedad en general, incluyendo, por supuesto, el VIH/sida. En particular, el enfoque teórico de las representaciones sociales contribuyó al reconocimiento de la subjetividad en la medida en que aborda «los modos mediante los cuales los individuos y grupos sociales nombran y definen conjuntamente los diferentes aspectos de un proceso de enfermedad, interpretan sus contextos y toman decisiones».43 Sobre este enfoque, Alves afirma: «Para sus teóricos, las representaciones forman “sistemas de interpretación” que rigen nuestras relaciones con el mundo y con los otros, orientan y organizan las conductas y las comunicaciones sociales. Las representaciones son, por lo tanto, «sistemas cognitivos» resultantes de la interiorización de modelos de conducta y pensamiento, socialmente inculcados o transmitidos por procesos sociales».44
Debido a su capacidad de interpretación teórica, el concepto representaciones sociales es muy útil en los estudios antropológicos porque permite analizar los significados de cualquier fenómeno cultural en una sociedad determinada. Sin embargo, su uso es también muy recurrente en la investigación de los objetos de interés de los estudios culturales y en el análisis de los textos de diversos géneros en los estudios literarios.
Otras contribuciones de la antropología nacional al esclarecimiento de la distinción entre prácticas e identidades sexuales vinculadas al VIH/sida son las investigaciones de Liguori acerca de las prácticas bisexuales de los trabajadores de la construcción,45 y las compiladas por Bronfman y Minello sobre las prácticas de riesgo para la infección por VIH en mexicanos migrantes temporales a Estados Unidos,46 las cuales, a decir de Guillermo Núñez Noriega —antropólogo sonorense, teórico y activista por la diversidad sexual, genérica y afectiva—, «ya abrían espacio para pensar en lo que después se llamó “hombres que tienen sexo con hombres” (HSH)» y agrega: «En cualquier caso, el VIH/sida le dio un impulso a la investigación social de la sexualidad en México y, con ello, se recuperó lo que ya había propuesto la antropología norteamericana en los años setenta y ochenta».47
Así pues, en los inicios de la epidemia, la investigación mexicana no precisó del rótulo de lo queer para incorporar las reconceptualizaciones que aportó a la sexualidad, las prácticas, las identidades sexuales, y a la misma enfermedad, la intrusión del sida en la sociedad. Más bien, a principios de la década de 2000, en la capital del país —con base en la teoría queer, el feminismo, los estudios de género, los estudios lésbico-gays y la perspectiva inglesa de la sociología de la sexualidad—, se intentó instaurar en el Programa Universitario de Estudios de Género, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el área de investigación académica en estudios sobre diversidad sexual con el propósito de «entender los significados sociales asignados a las identidades y prácticas sexuales en contextos socioculturales específicos, y el carácter diverso de las mismas [y] para el estudio interdisciplinario de los diferentes asuntos relacionados con la diversidad sexual»,48 incluyendo el VIH/sida. Con base en esos fundamentos teóricos, se concibe la diversidad sexual como una categoría que engloba las identidades y prácticas sexuales tanto politizadas como no politizadas que se manifiestan en la sociedad mexicana:
Así, la categoría diversidad sexual abarca las sexualidades plurales, polimorfas y placenteras como la homosexualidad, el lesbianismo, la bisexualidad y el transgénero (travestis y transexuales), ya sea como identidades esencializadas o como prácticas sexuales sin carácter identitario [...] los estudios sobre diversidad sexual reconoce[n] tanto la esencialización de ciertas identidades, como la inestabilidad y el carácter no fijo de otras identidades y prácticas sexuales. Esto es indispensable para analizar la situación real de vida de las personas que asumen una identidad sexual estable de por vida, [bajo la consideración] de un compromiso afectivo o político, así como la de las personas que hacen de su existencia sexual un campo diverso de experiencias sexuales y afectivas contradictorias e indefinidas.49
El carácter plural de la diversidad sexual no sólo se aplica a la dimensión sexual de la identidad que se adopte, sino también a otras dimensiones de pertenencia social que definen la identidad total de las personas como «el sexo, el género, la clase social, la edad, la religión, la etnia, entre otros, que matizan las manifestaciones culturales específicas de las identidades y las prácticas sexuales».50
El abordaje del sida desde los estudios queer en nuestro país sólo se emprendió en la misma época, cuando se empezaron a discutir sus posibilidades teóricas y políticas de manera similar al caso estadounidense. Esta aproximación la realizó el propio Núñez desde la antropología de la experiencia homoerótica, la cual se fundamenta en la teoría queer, el posestructuralismo francés, la antropología británica, las teorías feministas, y en un sólido y riguroso trabajo etnográfico para estudiar las relaciones homoeróticas y amorosas entre hombres. De acuerdo con Núñez, el término «homoerótico», se refiere a «las prácticas, relaciones o deseos sexuales y/o amorosos entre personas del mismo sexo […] No señalan una identidad (“los homoeróticos”), sino un campo a investigar en la complejidad y diversidad de identidades […] Por experiencia homoerótica me refiero a la experiencia erótica entre personas del mismo sexo biológico».51
Tal perspectiva se desarrolló en diversos trabajos. El primero fue el análisis en que, desde la teoría queer, se deconstruyen los estudios antropológicos que sobre homosexualidad, bisexualidad y travestismo llevaron a cabo en México en los años setenta, ochenta y noventa diversos investigadores/as estadounidenses y europeos (Carrier, Murray, Prieur, Taylor, Almaguer, Alonso, y Koreck e Ingham). A partir de las críticas a esas concepciones antropológicas extranjeras, cuestiona que el enfoque del estudio de las relaciones de intimidad entre hombres esté centrado en su dimensión sexual (y, más específicamente, homosexual), entendida como sexo anal, lo cual empaña la comprensión del fenómeno y contribuye al reforzamiento de las ideologías sexista y homofóbica dominantes sobre la masculinidad. Esta posición es lo que ha nombrado el «modelo dominante de comprensión de la experiencia homoerótica entre varones en México», una conceptualización dicotómica del sistema homoerótico tradicional mexicano que se refiere:
a un discurso dominante, antropológico y de sentido común, sobre las experiencias homoeróticas entre varones, construido a partir de los binomios «penetrador-penetrado», «activo-pasivo», «hombre-joto», «dominante-dominado» que, aunque «hace sentido» para entender ciertas relaciones homoeróticas, es inadecuado para entender muchas otras y, más aún, representa un obstáculo teórico-metodológico para reconocer el vasto paisaje de placeres, significados, exploraciones eróticas, atrevimientos y transgresiones identitarios que acontecen en los eventos eróticos entre varones.52
Tal estudio dio pie a una aproximación queer sobre prácticas e identidades sexuales en hombres del norte de México, enfocada desde la perspectiva del VIH/sida, en la que se analizan las posibilidades epidemiológicas e ideológicas de la categoría «hombres que tienen sexo con hombres».53 Finalmente, el valor interpretativo de la teoría queer es puesto al servicio de una investigación sobre el VIH/sida en los pueblos indígenas chiapanecos,54 en la que estudia «la etnicidad, las prácticas homoeróticas, la clase social y la migración como ejes de análisis que contribuyen en la vulnerabilidad a la infección de VIH/sida».55
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