Kitabı oku: «¿Cómo debemos rendirle culto?»

Publicado por:
Publicaciones Faro de Gracia
P.O. Box 1043
Graham, NC 27253
www.farodegracia.org
ISBN 978-1-629461-33-5
Originally published in English under the title: How then Shall We Worship? © 2013 by R.C. Sproul 4050 Lee Vance View, Colorado Springs, Colorado 80918 U.S.A. This edition published by arrangement with Cook. All rights reserved.
©2019 Publicaciones Faro de Gracia.
Traducción al español realizada por Pamela Espinosa; edición de texto Paula Bautista diseño de la portada y las páginas por Francisco Hernández. Todos los Derechos Reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio—electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro—excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.
©Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera ©1960, Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.
Impreso en Colombia, 2019

Contenido
Prefacio
La forma de la adoración
Guía de estudio del capítulo 1
Sacrificios en fe
Guía de estudio del capítulo 2
Sacrificios vivos
Guía de estudio del capítulo 3
La casa de oración
Guía de estudio del capítulo 4
El simbolismo en la adoración
Guía de estudio del capítulo 5
El bautismo, parte 1
Guía de estudio del capítulo 6
El bautismo, parte 2
Guía de estudio del capítulo 7
Para ti y tus hijos
Guía de estudio del capítulo 8
La cena del señor
Guía de estudio del capítulo 9
La persona completa
Guía de estudio del capítulo 10
El rol de la belleza
Guía de estudio del capítulo 11
Los sonidos de la adoración
Guía de estudio del capítulo 12
El toque de la eternidad
Guía de estudio del capítulo 13
Conclusión
PREFACIO
Observamos el vuelo de las aves con una sensación de asombro. Las vemos alzarse por encima de los árboles con sus alas arqueadas mientras se elevan hacia las nubes. Toda persona tiene un deseo innato de imitar a las aves. ¡Ojalá pudiéramos volar sin ayuda, sin la intervención de máquinas! Pero volar no está en nuestra naturaleza. Dios otorgó a las aves habilidades y características inherentes que hacen posible su vuelo. Él las creó con huesos ligeros, plumas y alas que las impulsan para volar. Sin embargo, las aves no vuelan desde el momento en que salen del huevo. Deben madurar por un periodo corto en el nido y aprender de sus padres los rudimentos del vuelo hasta que el instinto de los padres las empuje al acto de volar desafiando la gravedad.
De igual manera, el Creador dota a los peces con todas las características necesarias para que estén cómodos en un lago o en el mar. Los peces tienen branquias, aletas y escamas que los hacen completamente compatibles con su ambiente. Los peces no necesitan aprender a nadar, ellos nadan desde el momento en que nacen. Tal como las aves vuelan por naturaleza, así también los peces nadan por naturaleza.
Pero luego vemos la cúspide de la Creación, el mayor acto creativo de Dios–la especie humana, la única hecha a imagen de Dios y a la que le fue dado el dominio sobre las aves, los peces y toda la tierra. La naturaleza de este ser creado, el ser humano, es adorar a Dios. Pero algo ha sido añadido a la mezcla, algo que induce a los seres humanos a actuar en contra de su naturaleza, a dejar de hacer lo que es natural. Hemos caído de nuestra posición original en la Creación, ese lugar en el cual, antes de la caída, Adán y Eva se deleitaban dando honor, gloria y reverencia a su Creador. Desde la caída, esta tendencia natural a la adoración ha sido oscurecida y dañada.
En el primer capítulo de Romanos, el apóstol Pablo dejó claro que el pecado universal, el pecado más fundamental entre los seres humanos, es la idolatría. Es la propensión a cambiar la gloria de Dios por una mentira, y adorar y servir a la criatura antes que al siempre bendito Creador. Mediante la acusación de Romanos 1, aprendemos que todos los seres humanos reprimen la autorrevelación manifiesta de Dios y se niegan a honrarlo como Dios, además de que no le dan gracias (v. 21). Estos dos actos de traición en contra de la gloria divina, negarse a honrarle como Dios y negarse a mostrarle la gratitud que merece por todas las bendiciones que recibimos de Su mano, son tan poderosas que cuando una persona se convierte, estas inclinaciones no son eliminadas de forma instantánea o automática. Ciertamente, el Espíritu de Dios aviva en el alma de los redimidos un nuevo deseo de adorar. Pero ese deseo no puede abandonarse al curso natural de la experiencia. Debe ser cultivado. Debe ser aprendido de acuerdo con las directivas de la Escritura. La adoración a la cual somos llamados en nuestro estado renovado es demasiado importante como para dejarla a las preferencias o caprichos personales, o a estrategias de mercadeo. Agradar a Dios es lo central de la adoración. Por tanto, nuestra adoración debe estar informada por la Palabra de Dios en todo momento, debemos buscar las instrucciones propias de Dios para la adoración que le agrada a Él.
En nuestra época, hemos experimentado un eclipse radical de Dios. La sombra que ha cubierto el rostro de Dios no puede destruir Su existencia más de lo que una nube puede destruir el sol o la luna. Pero el eclipse esconde el carácter real de Dios a los ojos de Su pueblo. Ha resultado en una profunda pérdida del sentido de lo santo, y con ello, cualquier sentido de la solemnidad y seriedad de la adoración piadosa.
Somos un pueblo que ha perdido de vista el límite y entonces dejamos de hacer una transición en las mañanas de domingo de lo secular a lo sagrado, de lo común a lo no común, de lo profano a lo santo. Continuamos ofreciendo fuego extraño al Señor, como lo hicieron los hijos de Aarón, Nadab y Abiú (Levítico 10:1-2). Hemos hecho que nuestros servicios de adoración sean más seculares que sagrados, más comunes que no comunes, más profanos que santos.
Este libro es una breve introducción a los principios básicos de adoración presentados en la Escritura para nuestra instrucción y edificación, y para nuestra obediencia. Trata tanto de los principios ordenados por la Escritura, como de los modelos mostrados en ella. Nuestra adoración moderna necesita la filosofía del segundo vistazo, un intento continuo de asegurarnos de que todo lo que hacemos en las reuniones de adoración sea para la gloria de Dios, Su honor y de acuerdo con Su voluntad. Mi deseo es que este libro ayude a disipar el eclipse de Dios en nuestros días, y que nos ayude una vez más a rendir a Dios la adoración que hemos sido diseñados para dar.
1
LA FORMA DE LA ADORACIÓN
Era una de esas maravillosas tardes de sábado en otoño cuando los pensamientos de la gente se enfocan en el fútbol americano, el golf o en rastrillar hojas. Pero yo estaba haciendo algo completamente diferente: leía nuevamente el Discurso del método. Meditaciones metafísicas de René Descartes.
Aprecio a los filósofos como Descartes que persiguen la verdad regresando a los primeros principios en busca de los fundamentos sobre los cuales todo lo demás se establece y de dónde todo lo demás fluye. En mi propia actividad en teología y filosofía, frecuentemente utilizo esta aproximación porque es muy fácil perder de vista el bosque cuando estás atrapado entre los árboles. Cuando estoy confundido, me gusta regresar y decir: “Bien, ¿qué es lo que sabemos con certeza? ¿Cuál es el fundamento sobre el cual está construido todo?”.
Eso es exactamente lo que quiero hacer en este estudio sobre la adoración. Vivimos en una época en la que hay una crisis evidente de adoración en la iglesia. Es casi como si estuviéramos en medio de una rebelión entre personas que consideran que la iglesia es insignificante. Están aburridos. Ven la experiencia del domingo en la mañana como un ejercicio sin relevancia. Como reacción en contra de eso, parece que casi cualquier iglesia que visitamos está experimentando con nuevas formas y nuevos patrones de adoración. Esta experimentación ha provocado muchas disputas sobre la naturaleza de la adoración.
Las líneas de batalla en el tema de la adoración tienden a dividir entre lo que se conoce como adoración litúrgica y adoración no litúrgica. En realidad, estas etiquetas representan un falso dilema. En primer lugar, cualquier servicio de adoración al que haya asistido alguna vez podría llamarse litúrgico. Litúrgico significa simplemente que hay una liturgia, un orden o un patrón, y que ciertas cosas se hacen en el servicio. Se puede decir lo mismo con respecto a la adoración formal e informal. Informal significa básicamente “sin forma”. Sin embargo, no podemos tener adoración corporativa sin forma. Hay una forma en cada servicio de adoración, así que no hay tal cosa como una adoración informal en el sentido literal. El asunto no es si vamos a tener una liturgia o forma. La pregunta es: ¿cuál será la estructura, el estilo y el contenido de la liturgia?
Una vez que hemos decidido una forma, debemos preguntarnos si es una forma legítima o no. Para encontrar la respuesta a esa pregunta, necesitamos regresar a los primeros principios, a los fundamentos, y buscar lo que Dios quiere que hagamos en la adoración. El punto central no es lo que nos estimule o emocione a nosotros. Aunque eso no es un asunto insignificante o irrelevante, nuestra preocupación primordial tiene que ser lo que agrada a Dios. La pregunta que debemos hacer es esta: Si Dios mismo diseñara la adoración, ¿cómo sería?
Lo que nos queda no es especular sobre la respuesta a esa pregunta porque hay porciones extensas del Antiguo Testamento específicamente dedicadas a un estilo y práctica de la adoración que Dios mismo ordenó y estableció entre Su pueblo.
Por supuesto que no podemos ir al Antiguo Testamento para descubrir qué aparece allí respecto al formato de la adoración y simplemente llevarlo y superponerlo en la comunidad del Nuevo Testamento. La razón de esto es obvia: mucho del ritual del Antiguo Testamento se enfocaba en el sistema sacrificial, lo cual se cumplió una vez y para siempre en la expiación de Cristo.
Un ejemplo es el rito de la circuncisión en el Antiguo Testamento. Cuando Moisés fue negligente en circuncidar a su hijo, Dios buscó a Moisés y lo amenazó de muerte porque no había seguido la orden de Dios de dar el rito sagrado de la circuncisión a sus hijos (Éxodo 4:24-26). Claramente, Dios consideraba la circuncisión como algo extremadamente importante en ese entonces. Pero si yo dijera que debemos circuncidar a nuestros hijos como un ritual y señal religiosa, yo estaría bajo la condenación de Dios. Eso es claro en el libro de Gálatas, donde Pablo habló sobre cómo tratar con aquellos que querían insistir en la continuidad total entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento (Gálatas 2). Si seguimos la iniciativa de ellos e insistimos en la continuidad total entre los testamentos, nos arriesgamos a caer en una herejía judaizante y negar el cumplimiento del pacto realizado por Jesús. Por tanto, evidentemente hay algo de discontinuidad entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento.
Sin embargo, no debemos caer en la trampa de pensar que no hay ninguna continuidad entre los testamentos. La iglesia primitiva pasó por una gran crisis respecto a la continuidad bíblica. Esta crisis se centró en un hombre llamado Marción, que era un “heresiarca”, el archihereje de todos los tiempos en cuanto a la continuidad bíblica. Marción enseñó que el Dios del Nuevo Testamento que se revela en Jesús no es el mismo Dios que aparece en el Antiguo Testamento. Marción veía al Dios del Antiguo Testamento como un ser tirano, malvado, vengador e iracundo. Pero el Padre amoroso revelado por Jesús en el Nuevo Testamento es el verdadero Dios, afirmaba Marción.
Sin duda, alguien pudo haberle señalado a Marción que Jesús frecuentemente citaba el Antiguo Testamento y se dirigía al Dios del Antiguo Testamento como Su Padre. Tales pasajes eran en efecto problemáticos para Marción, así que tomó sus tijeras y pegamento, y alteró la Escritura a fin de que transmitiera la doctrina que él quería transmitir. Produjo una versión expurgada, o abreviada, del Nuevo Testamento. Fue el primer erudito en ofrecer un canon formal del Nuevo Testamento a la iglesia. Pero era radicalmente reducido en comparación con lo que hoy conocemos como el Nuevo Testamento.
La iglesia respondió a esa herejía diciendo: “No, esta no es la Escritura. Esta es una versión truncada de la Escritura”. La iglesia hizo eso porque observó el grave peligro de ver al Dios del Nuevo Testamento como si fuera ajeno al Dios del Antiguo Testamento. Impulsada por la crisis que la herejía de Marción desató, la iglesia comenzó a formalizar el canon de la Escritura. En el proceso, la iglesia afirmó la enseñanza Escritural de que Dios es inmutable y que Su carácter no cambia de generación en generación, de año en año, o de día en día. En otras palabras, la iglesia afirmó que hay continuidad del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento por lo menos en un aspecto: Dios mismo. Así que, si bien tenemos algo de discontinuidad, hay una continuidad permanente también.
No conozco a nadie hoy en día que enseñe un marcionismo puro, pero su herejía sigue viva en la iglesia evangélica con nuestro descuido sin precedentes del Antiguo Testamento. La gente, particularmente en Estados Unidos, está condicionada a pensar en el cristianismo solo en términos del Nuevo Testamento. Estoy seguro de que esta es la razón por la cual tenemos una crisis de moralidad en la iglesia y la presencia dominante de una teología y un sistema de comportamiento antinomianos. En pocas palabras, lamentablemente hemos descuidado el Antiguo Testamento, como si no hubiera nada más que discontinuidad entre ambos testamentos.
Un ejemplo de esto se puede ver en nuestra postura frente a la ley de Dios. Hace algunos años, recibí una carta de un académico que estaba molesto por algunos asuntos teológicos. Se quejaba porque uno de mis colegas había acusado a otros teólogos de ser antinomianos, es decir, opuestos a la ley de Dios. Este hombre sentía una afinidad por esos otros teólogos y me escribió porque sabía que yo estaba de acuerdo con esa acusación de antinomianismo. En su carta, el hombre preguntó: “¿Cómo es que él puede acusar de antinomianismo a estos hombres? No somos antinomianos. Creemos que los cristianos son responsables de obedecer todos los mandamientos de Cristo”. Pero luego añadió: “Sin duda, también creemos que ninguna de las leyes del Antiguo Testamento impone una obligación moral a los creyentes”.
Le respondí de esta manera: “De ahora en adelante, no discutiré ni usaré el término antinomiano con estas otras personas. En lugar de usarlos como ejemplo, lo usaré a usted, porque cuando dice que la ley de Dios en el Antiguo Testamente no tiene ninguna obligación moral para el cristiano, está haciendo la expresión clásica de lo que se ha definido históricamente como antinomianismo”. Este hombre había concluido simplemente que ninguna de las leyes de Dios en el Antiguo Testamento tiene continuidad en el Nuevo Testamento.
Esta es una de las principales formas en las que vemos que se descuida el Antiguo Testamento; también lo vemos en la adoración. Nos comportamos como si nada de lo que Dios dijo sobre el tema de la adoración en el Antiguo Testamento aplicara hoy. Si hemos de regresar a los fundamentos, si hemos de agradar a Dios en nuestra adoración, ¿no tiene sentido que nos preguntemos si hubo alguna vez un momento en que el propio Dios inmutable reveló el tipo de adoración que le agradaba? Creo que la respuesta es sí, y creo que sí hubo tal momento.
Cuando afirmamos la inerrancia de la Escritura, a menudo se nos acusa de tener una idea de la inspiración que enseña una teoría de la inspiración dictada. Evidentemente la ortodoxia histórica no enseña tal idea. La iglesia nunca ha enseñado que Dios dictó cada palabra de, por ejemplo, el libro de Romanos, con Pablo actuando como un secretario y simplemente registrando las palabras que Dios dictaba desde el cielo. Los teólogos conservadores de hecho se esfuerzan arduamente por enseñar que el modo de inspiración no está expresado en términos de dictado.
Sin embargo, si alguna vez hubo un tiempo en el que Dios dictara la revelación, fue en esos pasajes del Pentateuco donde le dijo a Su pueblo palabra por palabra, línea por línea, precepto por precepto, cómo quería que la adoración del Antiguo Testamento se condujera. Les dijo a los israelitas cómo debía construirse el tabernáculo; dio instrucciones detalladas para el efod y las vestimentas de los sacerdotes; fijó leyes específicas para regular el comportamiento de los sacerdotes y de la gente dentro y alrededor del santuario. Indicó los servicios, las ofrendas y las festividades. En otras palabras, Dios se tomó la molestia de ser muy específico sobre la forma de la adoración en Israel.
Sí, hay discontinuidad. No tenemos un templo ahora. El velo del Lugar Santísimo se ha roto. No hacemos ofrendas en el altar del sacrificio hoy en día. Pero también hay continuidad. Creo que podemos discernir principios en los patrones de adoración que Dios reveló desde el cielo a Su pueblo en el Antiguo Testamento, y que esos principios pueden y deben dirigir los patrones de nuestra adoración.
No obstante, debemos ser cuidadosos a medida que profundizamos en estos pasajes del Antiguo Testamento en los siguientes capítulos, para no permitir que la búsqueda de formas apropiadas de adoración se vuelva un fin en sí misma. Con frecuencia eso es lo que ha pasado en la historia del pueblo de Dios, desde el antiguo Israel hasta los tiempos de Jesús y luego en la Reforma, con resultados tristes en cada ocasión.
La gente usa varios adjetivos para diferenciar los estilos de adoración. Algunos hablan de alta liturgia o baja liturgia, o hablan de adoración formal en grados relativos, dependiendo de si los ministros o sacerdotes usan vestimentas, si se usan oraciones impresas o espontáneas, si la música es clásica o contemporánea, y otros criterios. Estos adjetivos son empleados porque han surgido diferentes estilos de adoración como reacción en contra de lo que se puede llamar alta liturgia o un patrón clásico y tradicional de adoración. ¿Por qué ha ocurrido esta reacción?
En el tiempo de la Reforma, algunas personas en iglesias protestantes reaccionaron en contra del estilo de adoración católico romano tradicional. Parte de esa reacción fue teológica, pero no toda. Cierta parte se basaba en un deseo celoso de no hacer nada de la manera en que Roma lo hacía. Por ejemplo, durante el tiempo en el que Martín Lutero se escondió en el Castillo de Wartburg y tradujo la Biblia de los idiomas originales al alemán, uno de sus discípulos en Wittenberg, Andreas Carlstadt, comenzó a vandalizar las iglesias quebrando los vitrales, destruyendo los muebles y haciendo todo tipo de daños en nombre de la reforma. Cuando Lutero se enteró de esto, se enojó y disciplinó a Carlstadt por su reacción desmedida en contra de las cosas sagradas del pasado.
Carlstadt dirigió su ira erróneamente en contra de la “forma” de la adoración católica romana. El problema no estaba en la forma sino en el formalismo en el cual Roma había caído. La palabra formalismo significa que la forma viene a ser el fin en sí. Otra palabra que significa algo parecido es externalismo, la condición que sucede cuando todo lo que existe son elementos externos, mientras que los internos, el corazón y alma, están ausentes. La verdadera meta de los reformadores era curar el formalismo y externalismo de la Iglesia Católica Romana. De la misma manera, los profetas del Antiguo Testamento eran vehementes en sus denuncias del formalismo muerto y vacío en que la adoración judía se había degenerado.
Como estudiante del seminario, tuve que leer dos libros sobre la adoración, uno en favor de la baja liturgia y otro en favor de la alta. El libro que apoyaba la baja liturgia era presentado como una expresión de adoración “profética” en la iglesia, mientras que el libro que defendía una alta liturgia se presentaba a sí mismo como seguidor de la tradición sacerdotal de adoración. Después de leer estos libros, los estudiantes teníamos que defender uno u otro estilo de adoración. Me sorprendí al descubrir que fui la única persona en la clase que apoyaba la alta liturgia y la tradición sacerdotal. Mi profesor también se sorprendió porque sabía que yo era un cristiano evangélico comprometido, y los evangélicos tradicionalmente huyen de las liturgias complejas.
¿Por qué elegí una posición de alta liturgia? El autor del libro sobre la tradición sacerdotal me convenció al mostrar que cuando regresamos a la crítica profética de las formas muertas de adoración que Dios rechazó en Israel, los profetas fueron reformadores mas no revolucionarios. ¿Cuál es la diferencia? Los profetas en ninguna parte rechazaron las liturgias de adoración que Dios había ordenado a Su pueblo. En lugar de eso, los profetas denunciaron la decadencia de la práctica del pueblo al seguir estas liturgias. El problema no tenía que ver con las liturgias; el problema era los adoradores que venían con corazones fríos y seguían las liturgias simplemente de manera mecánica, con corazones indiferentes e impasibles.
Jesús también fue un reformador en este sentido. El ejemplo por excelencia de externalismo en la Biblia son los fariseos, que seguían todos los ritos externos, todas las liturgias que Dios había mandado, pero sus corazones no estaban en ello. Patinaban sobre la superficie de las palabras vacías hacia Dios. Jesús dijo esto de ellos: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran” (Mateo 15:7-9a).
No hay duda de que Dios quiere que Su adoración tenga forma, así que la pregunta no es si debemos tener una liturgia o no. La cuestión es si el contenido de la liturgia es bíblico y, en última instancia, si estamos usando la liturgia para adorar en espíritu y en verdad. Sin importar cuál sea la liturgia, si es directa y simple o alta y compleja, se puede formalizar y externalizar de modo que se corrompa hasta el punto de que Dios la desprecie. A medida que buscamos las formas de adoración que agradan a Dios, debemos estar vigilantes para no caer en el formalismo o externalismo.
GUÍA DE ESTUDIO DEL CAPÍTULO 1
INTRODUCCIÓN
Estamos enfrentando una crisis de adoración en la iglesia. Por décadas hemos buscado hacer que la adoración se sienta más agradable y relevante, pero mucha gente todavía la encuentra aburrida. Una manera útil de buscar la verdad sobre un tema es cavar y examinar el fundamento sobre el cual todo lo demás está construido. Al intentar encontrar los principios ordenados por Dios para la adoración, el fundamento es la forma de adoración expuesta en la Biblia. Si bien que no hay un cien por ciento de continuidad entre la adoración del Antiguo y del Nuevo Testamento, hay algunas cosas extremadamente valiosas que podemos aprender al observar los fundamentos.
OBJETIVOS DE APRENDIZAJE
1 Ser capaz de explicar por qué la forma es necesaria en la adoración y cómo difiere del formalismo.
2 Ser capaz de comentar algunas continuidades entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, así como algunas discontinuidades.
CITAS
Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran.
–Mateo 15:7-9a
Pero hágase todo decentemente y con orden.
–1 Corintios 14:40
BOSQUEJO
1 IntroducciónHay una crisis de adoración en la iglesia hoy.Mucha gente piensa que la iglesia es aburrida e irrelevante.Las líneas de batalla en cuanto a la adoración que dividen entre lo formal y lo informal representan un falso dilema porque la adoración colectiva siempre tiene alguna forma–es decir, un orden o patrón.Por lo tanto, la pregunta real es: “¿Cuál será la estructura, el estilo y el contenido de la liturgia (patrón)?”.Para saber si la forma que hemos elegido es legítima, necesitamos buscar lo que Dios nos ha mostrado que quiere que hagamos en la adoración. Lo que agrada a Dios es más importante que lo que nos emocione a nosotros.
2 Continuidad y discontinuidad entre el Antiguo y Nuevo TestamentoPorciones extensas del Antiguo Testamento describen una práctica de adoración que Dios mismo ordenó.Gran parte del ritual del Antiguo Testamento se enfocaba en el sistema sacrificial, que fue cumplido una vez y para siempre en la expiación de Cristo.Si insistimos en una continuidad total entre los Testamentos, podemos caer en la herejía judaizante y negar el cumplimiento del pacto que Jesús logró.Sin embargo, también debemos evitar el error opuesto de pensar que no hay continuidad en lo absoluto entre los Testamentos.Marción fue un hereje que enseñó que el Dios del Nuevo Testamento no es el mismo que el Dios del Antiguo Testamento. Creó una versión resumida del Nuevo Testamento que dejó por fuera todas las conexiones con el Antiguo Testamento.Pocas personas hoy enseñan las ideas de Marción en su totalidad, pero sus herejías viven en las iglesias evangélicas cuando ignoran el Antiguo Testamento.
3 Antinomianismo y la crisis de la moralidadDejar de lado el Antiguo Testamento ha llevado a una crisis moral por la teología antinominiana dominante.Antinomiano significa opuesto a la ley de Dios, incluyendo la ley de Dios en el Antiguo Testamento.Algunos cristianos piensan que somos responsables de obedecer lo mandamientos de Cristo pero que la ley de Dios del Antiguo Testamento no tiene relevancia para nosotros. Esto es antinomianismo clásico.
4 La crisis de la adoraciónDejar de lado el Antiguo Testamento también ha debilitado nuestra adoración porque frecuentemente nos comportamos como si nada de lo que Dios dijo sobre la adoración en el Antiguo Testamento aplicara hoy.Dios no le dictó a Pablo los libros como Romanos palabra por palabra, pero sí dictó a Moisés Sus instrucciones para la forma de adoración de Israel.Aunque hay discontinuidades importantes entre la adoración del Antiguo Testamento y la nuestra, hay principios en los patrones del Antiguo Testamento que deberían orientar nuestros propios patrones.
5 Forma, no formalismoToda la adoración colectiva tiene una forma o patrón, pero debemos tener cuidado de no permitir que la búsqueda de una forma apropiada se convierta en un fin en sí misma.En el tiempo de la Reforma, el problema con la adoración católica romana no era la forma de adoración sino el formalismo, en el que la forma se convierte en un fin en sí misma.Un término relacionado es el externalismo, en el que los elementos externos de la adoración existen, pero el corazón y alma están ausentes.Los profetas del Antiguo Testamento eran reformadores pero no revolucionarios. Ellos no denunciaban las liturgias de Israel sino a los adoradores fríos que participaban de forma mecánica.Jesús también denunció el externalismo, no las liturgias que Dios había prescrito.Nuestra meta debe ser la liturgia que es bíblica en contenido y que nos ayuda a adorar en espíritu y en verdad.
ESTUDIO BÍBLICO
1 ¿Qué nos indican los siguientes textos sobre las continuidades entre el Antiguo Testamento y las enseñanzas de Jesús? ¿Qué indican sobre las discontinuidades?Mateo 5:12-20Mateo 5:21-24Mateo 22:34-40
2 Hechos 21:17-26 describe a Pablo participando en los ritos en el templo judío. ¿Qué nos dice esto sobre su actitud hacia los ritos del Antiguo Testamento? ¿Cómo nos ayuda 1 Corintios 9:19-23 a entender la actitud de Pablo?
3 ¿Qué podemos aprender de 1 Corintios 14:26-40 sobre el orden o forma de los primeros servicios de adoración del Nuevo Testamento? ¿Cómo respondería Pablo a la idea de que la adoración no debe tener una forma o patrón?
4 ¿Qué ejemplos de externalismo da Jesús en Mateo 23? ¿Cuál es Su actitud hacia el externalismo? No obstante, ¿por qué dijo: “Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo”? (Mateo 23:3).
GUÍA DE DISCUSIÓN
1 ¿Cuál es la diferencia entre la forma y el formalismo en la adoración? ¿Cómo respondes a la idea de que aun la adoración “informal” tiene una forma? ¿Puedes dar algunos ejemplos?
2 ¿Cuáles son algunas de las continuidades entre el Antiguo y el Nuevo Testamento? ¿Cuáles son algunas de las discontinuidades?
3 ¿Qué es lo que atrae hoy en día a la gente hacia una estructura de adoración tan pequeña como sea posible? ¿Qué lleva a otra gente a una adoración altamente estructurada?
APLICACIÓN
1 Participa en un servicio de adoración y toma nota del estilo, estructura y contenido del servicio. Después de eso, reflexiona en las maneras en las que crees que estos elementos de servicio ayudaron u obstaculizaron a una adoración genuina del Dios verdadero.
2 Agradece a Dios que Él es el mismo ayer, hoy y siempre–consistente desde los tiempos del Antiguo Testamento hasta hoy. ¿Cómo te ayuda saber que Su carácter es consistente?
2
SACRIFICIOS EN FE
La palabra más común para “adoración” en el Nuevo Testamento griego nos resulta familiar por nuestro propio término para hablar de la adoración falsa. La palabra idolatría, que significa “adoración de ídolos”, es simplemente una combinación de la palabra ídolo y de la palabra en griego latria. Pero en el Nuevo Testamento, la palabra latria es traducida más frecuentemente como “adoración” en su sentido adecuado y positivo.
El concepto de adoración expresado en la palabra latria se encuentra desde el comienzo del Antiguo Testamento y a lo largo de la historia de los judíos. De acuerdo con los eruditos, el término originalmente se refería a un servicio particular que las personas prestaban con miras a ganar algún tipo de recompensa o compensación en el plano terrenal. Sin embargo, fue usado en la traducción griega del Antiguo Testamento casi exclusivamente con referencia a un servicio de culto. Cuando uso el término culto, no me refiero a las sectas o al ocultismo, sino al cultus, que era el centro de la adoración, el comportamiento enfocado en y alrededor del tabernáculo o del templo en el Antiguo Testamento. El servicio de culto abarcaba el comportamiento litúrgico y ritual de los judíos en el Antiguo Testamento. Por ende, el término latria se refería a las prácticas de adoración en la vida religiosa de Israel.
Había tres componentes básicos de este concepto de latria en la nación judía: la ofrenda de alabanza a Dios, la ofrenda de oración a Dios y la ofrenda de sacrificio a Dios. En otras palabras, la adoración en Israel era entendida básicamente en términos de alabanza, oración y sacrificios. De los tres, el componente central de la adoración era el tercero, la ofrenda de sacrificios. De hecho, podemos reducir la adoración del Antiguo Testamento a un solo enfoque central–ir al tabernáculo o al templo a ofrecer sacrificios. Incluso la alabanza y la oración eran formas espirituales de sacrificio. Fue por eso que en el complejo diseño del tabernáculo y el templo, Dios ordenó que debía haber un altar de incienso donde las oraciones de los santos fueran ofrecidas simbólicamente a Dios como sacrificios.
Hago énfasis en esto porque nosotros vivimos en la era del Nuevo Testamento y entendemos que el sacrificio que Cristo ofreció como nuestro Sumo Sacerdote en la expiación, la ofrenda de sí mismo como el sacrificio supremo a Dios, cumplió todo el simbolismo y el ritual de la adoración del Antiguo Testamento. El Suyo fue el sacrificio por excelencia, hecho a nuestro favor. Por esta razón, no vamos a la iglesia a poner toros, ovejas, machos cabríos o cualquier otra cosa en un altar como holocausto al Señor. Pero debido a que no ofrecemos sacrificios del tipo y la forma que se acostumbraba en el Antiguo Testamento, me temo que hemos perdido de vista esta dimensión central y esencial de lo que la adoración es históricamente.
Al examinar la adoración, quiero volver a las raíces. Veamos cómo Dios ordenó la adoración en primer lugar, cuáles eran sus elementos constitutivos y cómo la adoración de Israel en el Antiguo Testamento, aunque se cumple en el acto final de sacrificio de Cristo en la cruz, sirve sin embargo para orientar nuestra adoración en la actualidad. Nuestra comprensión de la adoración se reduce si la vemos completamente desligada de sus orígenes en el Antiguo Testamento.
No hay duda de la importancia del sacrificio en el antiguo cultus israelita. Grandes secciones de los cinco libros de Moisés describen con gran detalle los diferentes sacrificios que Dios ordenó a Su pueblo. Pero la importancia del sacrificio para la adoración ya era clara mucho antes de que Dios diera Su ley.
A mediados del siglo XX, un teólogo católico romano francés llamado Yves Congar publicó un ensayo titulado Ecclesia ab Abel; es decir, La Iglesia desde Abel. En esa obra, Congar indicó que la iglesia no comenzó en el Nuevo Testamento, sino que en realidad comenzó tan pronto como la Creación fue establecida y la adoración se llevó a cabo entre las criaturas originales que Dios creó. Yo hubiera titulado el ensayo Ecclesia ab Adam, o La Iglesia desde Adán, porque creo que el concepto de la iglesia puede identificarse incluso antes, con el padre y la madre de Abel, quienes disfrutaron una comunión en la presencia inmediata de Dios que ciertamente incluía adoración. Pero Congar empezó su estudio de la iglesia no con Adán y Eva sino con Abel por razón del registro que tenemos en los primeros capítulos de Génesis de las primeras formas de liturgia o adoración.
Volvamos al principio, o al menos al principio de la iglesia reconstituida después de la caída. No iré al jardín del Edén, donde la adoración era desinhibida, sin errores que pudieran de alguna manera perturbar la comunión pura e inmediata que Adán y Eva disfrutaban en la presencia de Dios. En cambio, iré a Génesis 4, donde leemos:
Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante (v. 1-5).
Esta narración del primer acto de cultus de Israel es tan breve e imprecisa que ha provocado mucha especulación. No se nos dice mucho acerca de ellos dos, solo que eran hermanos. Algunos creen que el texto da a entender que eran gemelos, pero eso es objeto de debate. Lo que sabemos es que Caín fue el primero en nacer, y eso es muy importante desde una perspectiva judía. En el mundo antiguo, en el periodo patrístico y a lo largo de todo el Antiguo Testamento, el primer hijo era quien heredaba el derecho de primogenitura y recibía la posición de honor y distinción en el hogar. Esta tradición no empezó con Jacob y Esaú; ya estaba en operación en la familia de Adán y Eva. Su primogénito fue Caín y su segundo hijo fue Abel. Así que, en términos de estatus familiar, la gloria era para Caín, no para Abel.
Este texto también nos muestra que había una división de trabajo entre Caín y Abel. Tenían vocaciones diferentes, funciones diferentes para realizar. Uno labraba la tierra y el otro era pastor. El rol mayor en términos de dignidad, respeto y estatus en la familia fue dado al primogénito, Caín, a quien se le dio la responsabilidad de sembrar las semillas para la cosecha. El rol de Abel era de menor importancia. De hecho, el trabajo de pastorear siempre ha tenido un estatus muy bajo en Israel, incluso en los días de Jesús. A los pastores ni siquiera se les permitía ser testigos en la corte porque eran considerados indignos de confianza, la escoria de la sociedad. En otras palabras, el pastor era visto casi como poco más que un esclavo; era un siervo humilde. Por eso fue tan significativo que el primer anuncio del nacimiento de Jesús fuera dado a los pastores en los campos de Belén. Esos pastores tenían el estatus más bajo en la cultura de la época. Era muy similar en los días de la primera familia, y eso es importante en relación con lo que ocurrió en Génesis 4.
Cuando llegó el momento de la adoración, los hombres trajeron diferentes tipos de ofrendas para sus sacrificios a Dios. Uno llevó frutas y vegetales. El otro llevó un animal de lo más gordo de su rebaño. Aunque Caín era el primogénito y tenía el trabajo más honorable, Dios “miró con agrado”, o aceptó, la ofrenda de Abel y no la de Caín. ¿Por qué pasó eso? La respuesta usual es que la ofrenda de Abel, un animal, era sustancialmente superior, en términos de su contenido. Muchas personas son guiadas a esta conclusión porque, en el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, el sacrificio que Dios pedía normalmente era un cordero. Sin embargo, había excepciones. Por ejemplo, cuando María y José presentaron a Jesús por primera vez en el templo, María dio como ofrenda dos palomas (Lucas 2:22-24). Eso era permitido por la ley judía, pero solo en un caso de extrema pobreza. En la mayoría de los casos, se sacrificaba un cordero. Sin embargo, aunque el Antiguo Testamento especificaba que el sacrificio debía ser de la mejor calidad –un cordero sin mancha– Dios nunca dijo que el sacrificio de las primicias del rebaño era intrínsecamente superior al sacrificio de las primicias de la cosecha.
Menciono este punto porque, a través de la historia, en la literatura, sermones y exposiciones, los teólogos han saltado a la conclusión de que Dios estimó el sacrificio de Abel y no el de Caín porque Abel trajo un animal, una criatura viviente, y Caín trajo el producto de la tierra. Sin embargo, esa diferencia no tuvo absolutamente nada que ver con la respuesta de Dios a sus sacrificios. Martín Lutero comentó, acertadamente en mi opinión, que Abel podría haber sacrificado la cáscara de una nuez y habría sido más agradable a Dios que el sacrificio que trajo Caín. La razón era que la diferencia no estaba en qué ofreció Abel a Dios sino cómo lo ofreció.
El criterio general para el sacrificio aceptable ante Dios en el Antiguo Testamento era la postura y la actitud de la persona haciendo el sacrificio. Jesús afirmó esta verdad cuando observó a los adoradores haciendo sus ofrendas en el templo (Marcos 12:41-44). Él dio Su bendición a la viuda que ofreció dos blancas, la denominación más pequeña de la moneda. Jesús señaló que su dádiva era más costoso para ella que las ofrendas de los hombres adinerados, que dejaban el equivalente a 10 000 dólares en el plato de la ofrenda. Él dijo eso porque era capaz de leer su corazón cuando ella dio su sacrificio. Los hombres ricos daban porque querían el aplauso de las personas o algo de honor a la vista de Dios, pero Jesús sabía que la viuda pobre tenía un motivo diferente.
El apóstol Pablo nos dijo que el Señor “ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Escuchamos ese versículo tan a menudo que podemos estar hastiados de él y no detenernos a pensar en su significado. Pablo no estaba diciendo que Dios ama a cualquiera que dé. Después de todo, Caín dio, pero Dios no estaba complacido con él en absoluto. No, Pablo estaba declarando que Dios ama a un tipo de dador en particular, un dador alegre. El término alegre describe la disposición del corazón, la actitud del alma al dar la ofrenda.
Imagina que es domingo en la mañana, y los ujieres vienen a recibir nuestra ofrenda, y supongamos que estamos pensando: “Aquí vienen otra vez con sus manos estiradas, pidiendo el diezmo y la ofrenda, y la gente está viendo si voy a poner algo en el plato. Lo voy a dar porque es mi deber diezmar”. Daría igual si guardamos el dinero del diezmo en nuestro bolsillo porque de acuerdo con las Escrituras ese tipo de sacrificios son detestables para Dios. Pero Él se deleita en aquellos que llevan sus ofrendas con gozo como un acto de adoración.
¿Cómo sabemos que Caín y Abel vinieron a hacer sus ofrendas con diferentes disposiciones de corazón? ¿Estoy leyendo entre líneas, especulando sobre el texto del Antiguo Testamento e imponiendo principios básicos del resto del Antiguo Testamento sobre este pasaje que es tan mudo en su extensión? No, sabemos esto porque la Palabra de Dios afirma claramente que Abel hizo su sacrificio con una actitud diferente.
En Hebreos 11, encontramos una lista de santos destacados que conmemora las actividades heroicas y gloriosas del pueblo de Dios a través de la historia de la iglesia. Hubo algunos que, por causa de la justicia y la fe, fueron cortados en dos, dados como alimento a las bestias, asesinados, apedreados, desechados, odiados y ridiculizados. Pero Dios estaba complacido porque ellos se mantenían fieles. La lista sigue y sigue: “Por la fe Abraham… Por la fe Isaac… Por la fe Jacob… Por la fe Moisés…”. Y justo ahí, entre estos grandes héroes de la fe, está Abel: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín” (v. 4). La fe de Abel hizo toda la diferencia.
¿Qué significa que Abel ofreciera un sacrificio en fe? Ahora voy a especular, ya que los silencios en la historia bíblica no han sido llenados.
La promesa de nuestra redención fue anunciada primeramente a Adán y Eva después de que pecaran y violaran su relación moral con Dios. Dios les dio el protoevangelium, el anunciamiento original del evangelio: la Simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza, y en el proceso Él sería herido en el calcañar (Génesis 3:15). Si ese versículo fuera la única referencia a la redención en la Biblia, nadie podría penetrar su significado porque es muy enigmático. Sin embargo, dado que tenemos el beneficio de la revelación del plan de redención de Dios a través de los tiempos y de la Escritura, sabemos exactamente a qué se refería Dios en Génesis 3:15. En esa promesa, el evangelio fue dado a Adán y Eva, el evangelio del perdón, la restauración y la comunión con Dios. Era el evangelio que proclama la destrucción del maligno, quien perturba y estropea la belleza y la santidad de la Creación de Dios. Dios prometió que el maligno sería destruido por medio del sacrificio de la Simiente de la mujer, quien sería herido en el proceso de Su conquista. Esta promesa del sacrificio de la Simiente de la mujer fue fundamental para la adoración de Abel. La ironía es que este primer evangelio fue dado en el contexto de la maldición a la serpiente después de la caída.
La adoración a Dios siempre ha involucrado la palabra de promesa hablada y, desde el principio mismo, Dios frecuentemente agregaba a la palabra algún tipo de señal sensorial tangible. Él le dijo a Noé: “Nunca más destruiré el mundo con un diluvio. Mira el cielo Noé. He puesto Mi arco en el cielo” (ver Génesis 9:13-16). Él le dijo a Abraham: “He aquí, te haré el padre de una gran nación, y tu descendencia será como las estrellas en el cielo y como la arena a la orilla del mar. Y esto será una señal para ti y para todas las generaciones, la señal de la circuncisión” (ver Génesis 17:1-14; 22:17). En estas y otras ocasiones, la palabra de promesa era respaldada por una señal tangible.
En términos generales, la palabra de promesa a través de cada página del Antiguo Testamento es la promesa del Redentor que vendría, quien salvaría a Su pueblo de sus pecados al ofrecer un sacrificio perfecto. Desde el principio, la redención estaba atada al sacrificio. Por eso el dramático reforzamiento de la palabra de promesa a través del Antiguo Testamento es un ritual elaborado que se enfoca en el sacrificio. Esto no empezó con Moisés. Lo vemos aquí en Génesis 4, cuando Abel vino con un sacrificio de fe.
¿Por qué lo hizo? Cuando llegó el tiempo de adorar a Dios, ¿por qué Abel buscó adorar por medio de un sacrificio? Obviamente este tipo de adoración fue instituido y ordenado por Dios mismo.
Esta es mi especulación: no puedo imaginar que nuestros primeros padres no les explicaran a sus hijos la esperanza que los sostenía. Esa esperanza era la promesa más importante que Adán y Eva habían recibido, la promesa de que la Simiente de la mujer destruiría la cabeza de la serpiente a expensas de la herida de Su calcañar. ¿Cuántas horas supones tú que Adán y Eva se sentaron con sus hijos a predicarles el evangelio y enseñarles los elementos de una adoración apropiada?
Sin embargo, no era suficiente para Caín y Abel que simplemente escucharan a Adán y Eva hablar de la promesa. El problema era si confiarían en la promesa. ¿En qué confiarían ellos en última instancia para reconciliarse con el Padre? ¿En qué confiarían para recibir la bendición de Dios?
No hay necesidad de especular sobre la confianza de Caín cuando trajo su ofrenda. A través de la historia de Israel, hay una herejía que se ha perpetuado de una familia a otra, e incluso Jesús tuvo que combatirla al tratar con los rabinos de Su época. Era el linaje. Esta era la idea que llevaba a muchos a decirse a sí mismos: “Soy el primogénito, así que mi futuro reposa en mi estatus superior como el hijo mayor. Iré a la iglesia y pasaré por los rituales como lo hacen todos los demás. Traeré mi ofrenda, la dejaré caer en el plato de recolección. Pero mi confianza está en mi estatus, en mi linaje”.
Casi que podemos oír a Dios diciéndole a Caín: “Caín, Caín, si confías en ti mismo de cualquier forma, en la posición de tu familia, en tus propias fuerzas, en tus habilidades como agricultor o cualquier trabajo que puedas hacer, incluso en tu propia fe–nada de eso me agrada. Tu adoración es una abominación para Mí. Pero tu hermano no tiene nada de este mundo en que confiar. Él es un siervo; es un pastor. Es un pecador que sabe que no puede salvarse a sí mismo, y cuando entra a Mi casa, viene confiando en Mi misericordia, confiando en Mi palabra, confiando solamente en Mi promesa. Amo su sacrificio porque lo amo a él. Lo amo porque él es justo. Pero tú no lo eres. Tu padre te enseñó que la única manera en la que puedes ser justo a mi vista es por fe”.
David sabía lo que Caín no: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:16-17). Y Jesús explicó la esencia de la adoración a la mujer de Sicar: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23). Noten que “en espíritu” aparece primero. Hay algo de ambigüedad en este texto, pero la idea central es que Dios se fija en la actitud espiritual de la persona que viene ante Él a adorar. Así que la adoración verdadera –la latria verdadera, el sacrificio verdadero, el servicio verdadero– empieza en el alma.
Una vez conocí a un hombre que era joven en la fe y lleno de ese entusiasmo tan característico de aquellos que recién han nacido de nuevo. Él estaba enamorado de la Palabra de Dios, estudiando las Escrituras atentamente todos los días. No puedo recordar haber visto alguna vez a un joven cristiano que pusiera su corazón tan diligentemente en la búsqueda del conocimiento de Dios. Un día vino y me dijo: “Romanos 8 y 9–esto es lo más emocionante que he leído hasta ahora. Ya sabes, ‘a Jacob amé, mas a Esaú aborrecí’–la elección y todo eso. Todo tiene mucho sentido. Sé que esa es la única manera en que yo podría entrar”. Estaba delirando en su entusiasmo por una de las doctrinas más controversiales de la fe cristiana. Mientras escuchaba su gozosa efusividad sobre Romanos 8 y 9, yo estaba pensando: “Si amas esto, tienes que haber nacido de nuevo”. Pero al mismo tiempo pensé que la mayoría de las personas que leen esa porción de la Escritura reaccionan con indignación, enojo, hostilidad y resistencia.
Esa fue la reacción de Caín a la Palabra de Dios. Génesis 4 dice que cuando a Dios no le agradó su ofrenda, él se airó y su semblante decayó. Sabemos lo que es la indignación justa. La asociamos con la ira de Dios. Cuando Dios está enojado, es un enojo santo, un enojo justo. Nunca nadie puede acusar a Dios de ser injusto o estar enojado arbitrariamente. Las personas se enojan unas con otras, en ocasiones justificadamente y en otras ocasiones injustificadamente. A veces se imputan motivos equivocados unos a otros. No conocen todos los hechos que necesitan; si supieran más, no se enojarían. Todos hemos tenido experiencias como estas. Pero si Dios está enojado con nosotros, no hay circunstancias atenuantes. No podemos decir a Dios: “Dios, si tan solo conocieras todos los hechos, no te enojarías conmigo”. Caín fue presuntuoso al enojarse con Dios cuando no le agradó su ofrenda. Tal vez nada prueba más vívidamente el estado del corazón de Caín que su reacción al juicio de Dios.
Si somos hijos de Cristo y estamos ante el tribunal de Dios en el día final y Dios nos dice: “Estás cubierto por la sangre de Mi Hijo, y eso es bueno porque tú hiciste esto, esto, esto, esto y esto”, nosotros no diremos: “Pero Señor, hice esto y aquello en Tu nombre. Realmente no estás siendo justo”. Sin embargo, habrá muchos que responderán de esa manera. Jesús les dirá a esas personas: “Por favor, vete, no sé quién eres” (ver Mateo 25). Una persona que confía en Dios confía no solamente en Sus promesas sino también en Su juicio. Incluso en una oración de arrepentimiento, esa persona reconoce que sería absolutamente justificado que Dios lo destruyera por su pecado. Nunca puedes venir a la iglesia de Dios o a la Mesa del Señor pensando que Dios te debe algo. Si lo haces, mejor abstente de orar, de participar de la Cena, porque estás blasfemando y difamando al Dador de toda buena dádiva y todo don perfecto, que solo te ha tratado con misericordia.
A diferencia de Caín, Abel era humilde en su adoración, que es la única postura que puede tener un ser humano caído en el contexto de la adoración. La adoración arrogante es un oxímoron, una contradicción de términos. No obstante, la vemos a través de la Escritura. El evangelio fue dado a Adán y Eva. A medida que la historia de la redención se iba desarrollando, el pueblo de Israel continuaba recitando la promesa y demostrándola con su liturgia, sus señales, sacramentos y adoración de culto. Pero el juicio de los profetas que vino sobre la casa de Israel fue este: “Tu adoración se ha convertido en idolatría. No estás poniendo tu fe en Dios; la estas poniendo en Baal, en el templo, en los rituales que haces, en tu herencia, en tu biología. Estás confiando en todo menos en Dios”.
¿Alguna vez te has preguntado por qué hay un fenómeno universal de religión? Puedes ir a cualquier parte del mundo y encontrar evidencia de prácticas de sacrificio. ¿Por qué? Yo sugiero que es porque el programa y la prescripción originales para la adoración del Dios vivo eran sacrificios. Adán se lo dijo a Caín, Abel y Set. Set se lo dijo a Enoc, y él se lo dijo a sus hijos, y ellos a sus hijos y así sucesivamente. Fue enseñado a Abraham. Fue enseñado a Isaac. Fue enseñado a Jacob. Fue enseñado a José. Fue enseñado a Moisés. También fue enseñado a Ismael y a Esaú, y así la idea del requisito de sacrificio en fe se extendió a toda la raza humana.
Pero hoy la necesidad de que los sacrificios se hagan en fe se ha olvidado–escuchamos que no importa qué es lo que crees siempre y cuando seas sincero. De hecho, el requisito básico del sacrificio es desconocido–no importa cuáles sean tus prácticas religiosas. No importa lo que adores. Solo importa que adores. Se dice que los judíos adoran a Dios a su manera, los musulmanes adoran a Dios a su manera y los budistas adoran a su manera. La suposición tácita es que Dios está dispuesto a recibir, honrar y respetar cualquier tipo de adoración que la gente traiga.
A Dios no le agradó toda la adoración en Génesis 4. No le agradó la adoración de Caín. Y Caín respondió con enojo cuando vio que su adoración era inaceptable para Dios. Una persona fiel, una persona justa, habría dicho: “Oh, Dios mío. Me arrepiento de corazón por haber pecado contra Ti. Enséñame Tus estatutos, Señor. Muéstrame el camino más excelente. Cambia mi corazón, para que la ofrenda que te traiga el próximo Sabbat te honre. Estoy feliz, Santo Padre, de que por lo menos la ofrenda de mi hermano te haya agradado. Padre, dame una actitud que me permita aprender de mi hermano, porque mi hermano vive por fe y trata de obedecerte”. Pero esa no fue la respuesta de Caín.
En realidad, esa nunca es la respuesta del impío ante el piadoso. ¿A cuál de los profetas no mataron? ¿Cuál de los reformadores en la historia de la iglesia no fue despreciado por la iglesia organizada? Como Caín, que se levantó y mató a su hermano Abel, las iglesias perversas han derramado la sangre de cristianos verdaderos. De hecho, fue la iglesia la que se levantó para matar a Jesús porque a Él no le agradaban sus sacrificios.
Nunca he sido torturado o puesto en juicio por mi fe. La persecución que he tenido que soportar en este mundo es minúscula comparada con lo que los héroes de la fe tuvieron que pasar. Pero cualquiera que haya sido la persecución que he experimentado en mi vida, la carga más pesada vino de la iglesia falsa, esa parte de la iglesia que no cree en el evangelio y no tiene un corazón dispuesto para la adoración. La iglesia siempre ha estado compuesta de trigo y cizaña, y la primera iglesia no fue la excepción. Las cizañas (Caín) eran muy religiosas, pero odiaban a Dios, y también odiaban el trigo. Así que avanzaron para destruir el trigo (Abel). Necesitamos saber esto porque siempre ha sido así.
Recuerda la palabra que Jesús usó repetidamente para los líderes religiosos de Su época: hipócrita. Él dijo: “Ustedes hacen sus sacrificios; pagan sus diezmos; leen su Biblia. Pero ay de ustedes escribas y fariseos, hipócritas. Están actuando. No hay fe en sus corazones. No me están ofreciendo adoración en fe” (Mateo 23). Eran muy religiosos, pero sus corazones estaban alejados de Dios.
Lo más importante que debemos entender sobre la adoración es que la única adoración aceptable para Dios es la adoración que proviene de un corazón que confía en Dios, y solo en Dios.
GUÍA DE ESTUDIO DEL CAPÍTULO 2
INTRODUCCIÓN
La ofrenda de sacrificio en el templo o tabernáculo era el elemento principal de la adoración del Antiguo Testamento. Cristo se ofreció a Sí mismo como el sacrificio por excelencia para el pecado, por tanto nosotros no ofrecemos animales en el altar en nuestra adoración. Sin embargo, el sacrificio continúa siendo un aspecto central de lo que constituye la adoración históricamente, desde los tiempos de Caín y Abel. La actitud de aquel que ofrece un sacrificio es crucial. Esa actitud implica humildad y confianza en Dios solamente.
OBJETIVOS DE APRENDIZAJE
1 Ser capaz de explicar el papel del sacrificio en la adoración del Antiguo Testamento, y especialmente en la adoración de Caín y Abel.
2 Ser capaz de explicar por qué la fe es esencial en la verdadera adoración y cómo este principio está ilustrado en la historia de Caín y Abel.
CITAS
Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría;
No quieres holocausto.
Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
–Salmos 51:16-17
Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.
–2 Corintios 9:7
BOSQUEJO
1 LatriaLatria es la palabra griega que por lo general se traduce como “adoración” en el Nuevo Testamento.En la traducción griega del Antiguo Testamento latria se usa para las prácticas de adoración de Israel.Los tres componentes básicos de la latria en Israel fueron la ofrenda de alabanza, la ofrenda de oración y la ofrenda de sacrificio a Dios. La adoración era alabanza, oración y sacrificio.El elemento central de la adoración del Antiguo Testamento era ir al templo o tabernáculo a ofrecer sacrificios. Incluso la alabanza y la oración eran formas de sacrificio.
2 Cristo y el sacrificioCristo se ofreció a Sí mismo ante Dios como el sacrificio supremo a nuestro favor.Por tanto, en la era del Nuevo Testamento, no vamos a la iglesia y ponemos animales en el altar como ofrendas a Dios.Sin embargo, ofrecer sacrificios continúa siendo un aspecto central de lo que constituye la adoración históricamente.
3 El sacrificio en el tiempo de Caín y AbelSecciones extensas de los libros de Moisés detallan los sacrificios que Dios ordenó. Sin embargo, la adoración comenzó mucho antes.Adán y Eva adoraron en la presencia inmediata de Dios antes de que pecaran.Caín y Abel, la primera generación criada fuera del Edén, ofrecieron sacrificios.A Caín, el mayor, le fue dado el estatus más alto de la agricultura.A Abel, el menor, se le dio el estatus más bajo del pastoreo.Aunque Caín tenía el trabajo más honorable, Dios “miró con agrado” la ofrenda de Abel y no la de Caín.Dios en ninguna parte afirmó que el sacrificio del ganado era intrínsecamente superior al sacrificio de la cosecha.Dios aceptó la ofrenda de Abel no por su contenido sino por la actitud del que ofrendaba.
4 Fe y sacrificioJesús afirmó este criterio (actitud vs. contenido) cuando Él elogió a la viuda que ofreció una cantidad mínima y no a los que dieron grandes sumas (Marcos 12:41-44).Pablo mencionó que el Señor “ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7), y alegre es una actitud del alma.Hebreos 11 nos dice: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín” (v. 4). La fe de Abel hizo toda la diferencia.La fe de Abel estaba en la promesa de Dios en Génesis 3:15 de que el sacrificio de la Simiente de la mujer destruiría al maligno.La adoración de Dios siempre ha involucrado la palabra hablada de la promesa.La palabra de promesa siempre fue acompañada por una señal tangible.La palabra de la promesa en el Antiguo Testamento es la promesa del Redentor que vendría y ofrecería el sacrificio perfecto para salvar al pueblo de Dios de sus pecados. La redención estaba atada al sacrificio.Escuchar la promesa no era suficiente para Caín y Abel. El problema era si ellos confiarían o no en la promesa.Caín confió en su posición como primogénito. Dios no se complace en la confianza en sí mismo.Abel no tenía nada en este mundo en lo que confiar. Solo era un pastor. Confió en la promesa de Dios únicamente.La latria verdadera comienza en el alma.
5 El enojo de CaínEl juicio de Dios es siempre justo.El enojo de Caín ante el rechazo de Dios de su ofrenda fue presuntuoso.Aquellos que confían en las promesas de Dios también confían en Su juicio.La adoración arrogante es una contradicción. Dios nunca nos debe nada.Es arrogante asumir que Dios está dispuesto a recibir cualquier tipo de adoración que la gente traiga–cristiana, judía, budista, hindú, etc.Estando en la posición de Caín, una persona fiel le habría pedido a Dios perdón por su actitud pecaminosa y un corazón cambiado.Aquellos que están enojados ante el juicio de Dios tienden a odiar a los fieles también.
6 Conclusión
Lo más importante para entender sobre la adoración es que la única adoración aceptable para Dios es la adoración que procede del corazón que está confiando en Dios, y solamente en Dios.
ESTUDIO BÍBLICO
1 En Génesis 22, ¿por qué le pide Dios a Abraham que ofrezca a su hijo como sacrificio? ¿Cuál es el rol que tiene la fe en el sacrificio de Abraham? ¿Qué observaciones adicionales ofrece Hebreos 11:17-19?
2 En Levítico 1:1-9, ¿qué detalles especifica Dios sobre los holocaustos? ¿Qué detalles se agregan en los versículos 10-13? ¿En los versículos 14-17? Este es solo uno de los muchos tipos de sacrificio que se especifican en Levítico. ¿Qué propósito(s) tenían todos estos detalles? ¿Qué nos dicen sobre la adoración del Antiguo Testamento? ¿Sobre Dios?
3 La expiación es mencionada en Levítico 1:4 como la razón para ese tipo de sacrificio, el holocausto. La expiación también es discutida en Levítico 16, que describe los ritos para el Día de la Expiación (Yom Kippur). ¿Qué es expiación? ¿Cuál es su relación con el sacrificio en estos textos del Antiguo Testamento? Haz una lista de detalles significativos sobre el sacrificio de expiación en Levítico 16.
4 De acuerdo con Hebreos 9:11–10:18, ¿cómo ha cumplido Cristo la promesa de esos sacrificios del Antiguo Testamento? ¿En qué formas el autor compara el sacrificio de Cristo con aquellos prescritos en Levítico?
GUÍA DE DISCUSIÓN
1 ¿Cómo ilustra la historia de Caín y Abel la centralidad del sacrificio en la adoración del Antiguo Testamento? ¿Cómo ilustra la centralidad de la fe en ese sacrificio?
2 ¿Por qué la confianza solamente en Dios es esencial para la verdadera adoración?
3 ¿Por qué es arrogante asumir que Dios debería aceptar cualquier tipo de adoración que elijamos dar?
APLICACIÓN
1 El sacrificio ofrecido en fe era central en la adoración del Antiguo Testamento. Jesús se ofreció a Sí mismo como el sacrificio definitivo por el pecado. Da gracias a Dios y alábale por ese sacrificio. ¿Qué respuesta de confianza puedes ofrecer?
2 Si has estado enojado, resentido o ingrato hacia Dios, confiesa esa actitud y pídele que cree en ti un corazón limpio y renueve en ti un espíritu recto.
3
SACRIFICIOS VIVOS
Una vez escribí un libro sobre la dignidad humana. En ese libro, mencioné un ejercicio que un consultor me mostró una vez. Él dijo: “Este va a ser un ejercicio divertido, R. C. Quiero que escribas los cinco cumplidos más significativos que la gente te ha dicho en tu vida”.
Él tenía razón–fue un ejercicio divertido. No tuve que pensar en las críticas o insultos con los que he tenido que lidiar en mi vida; en cambio, podía concentrarme en las cosas agradables que las personas me han dicho.
Mientras pensaba en esos cumplidos y escribía los cinco que me parecían más significativos, me sorprendí al ver que cada una de las cosas que puse en la lista –comentarios que habían venido de la boca de personas– eran de antes de que yo tuviera veintiún años, y aun así yo podía recordarlas después de tanto tiempo. Luego el consultor empezó a mostrarme que estos comentarios habían tenido una influencia tremendamente importante en mi vida. También me indicó que las personas que me hicieron esos cumplidos eran individuos cuyo juicio yo valoraba y cuyas palabras apreciaba porque eran figuras de autoridad en mi vida: entrenadores, familiares, profesores, etc. De hecho, dos de los cinco cumplidos que escribí eran de mi profesora de inglés de octavo grado, y de repente me empecé a dar cuenta de la influencia tan grande que esa mujer había tenido en mi vida.
Mientras discutíamos estas cosas, el consultor me señaló que seguramente hubo momentos en que las personas habían dicho cosas aun más agradables sobre mí. Me preguntó: “¿Nadie más te ha dicho un cumplido mayor a los que apuntaste en esta lista?”.
“Pues, sí”, le dije, y le mencioné un par que se me vinieron a la mente. “¿Por qué no los escribiste en la lista?”, me preguntó. “Eso es fácil”, respondí con una sonrisa, “no los escribí porque no los creí”.
A mi juicio esos cumplidos en particular no eran sinceros. Eran lisonjas, y yo entendía intuitivamente la diferencia entre la adulación y un cumplido genuino. De alguna manera, tendemos a saber cuando las personas nos dicen palabras vacías de alabanza o adulación, palabras que no son sinceras. Todos hemos recibido halagos que no son sinceros, y hay algo insultante en ello. El hecho mismo de que sean palabras vacías nos atormenta de cierta forma. Nos gustaría poder creer todas las cosas lindas que las personas dicen de nosotros–incluso cuando sabemos que realmente no piensan que lo que están diciendo sea cierto.
Los sentimientos de Dios no son lastimados por la alabanza insincera, pero Él tampoco es honrado por ello. Dios nunca es honrado por medio de la adulación. Es por eso que la verdadera adoración debe ser sincera.
En el capítulo anterior, vimos que el sacrificio era el elemento central de la adoración en el Antiguo Testamento. Vimos que este énfasis en el sacrificio se remonta a Caín y Abel, y que Dios estaba complacido con el sacrificio de Abel, pero rechazó el de Caín. La diferencia fue que Abel adoraba con un corazón que confiaba en Dios solamente.
Los sacrificios hechos en el Antiguo Testamento debían ser sacrificios de alabanza, y la alabanza es un intento de expresar honor. El elemento central de la adoración en la Biblia incluía honrar, bendecir, estimar y reverenciar a Dios. Un sacrificio era ofrecido como una señal externa de un corazón que estaba lleno de admiración, reverencia y respeto hacia Dios. Cuando un sacrificio no era dado en fe, no era más que un rito externo, un patrón formal de comportamiento que no era una expresión de la fe verdadera que tenía a Dios en la más alta estima y reverencia posibles. Carecía de lo que los libros de sabiduría llaman el temor del Señor, ese sentido de admiración por el cual el corazón es inclinado a adorar y honrar al Creador. La esencia misma de la adoración, como la Biblia deja en claro, es el hecho de expresar, desde lo más profundo de nuestro espíritu, el mayor honor posible que podamos ofrecer ante Dios.
Abel sinceramente quería honrar a Dios en su adoración, pero Caín no estaba interesado en honrar a Dios. Claramente, el honor que se expresa hacia Dios en la adoración puede no ser sincero.
Cuando Jesús se encontró con la mujer samaritana en el pozo en Sicar, ella inició un debate teológico, utilizándolo para desviar la atención de su culpabilidad personal, la cual Jesús había expuesto. Ella le hizo una pregunta a Jesús sobre la adoración, diciendo: “Los padres de nuestro pueblo –es decir, los samaritanos– dijeron que debíamos adorar a Dios aquí en el Monte Gerizim. Ese es nuestro lugar tradicional, pero ustedes judíos adoran a Dios en Jerusalén. Entonces, ¿dónde debemos adorar?”. En efecto, Jesús respondió: “Se acerca el momento y es ahora cuando ustedes no adorarán al Padre ni en el Monte Gerizim ni en Jerusalén, pero el Padre está buscando a aquellos que le adoren en espíritu y en verdad” (ver Juan 4:20-24).
Esta declaración de Jesús fue profunda. ¿A qué se refería? No estaba diciendo que Dios solía estar ubicado en un solo santuario central –el tabernáculo o el templo, el Monte Gerizim o Jerusalén– pero ahora Su pueblo podía adorarlo en cualquier lugar. Ese no era el punto. Más bien, Jesús estaba abordando la comprensión superficial que tenía la mujer samaritana de lo que la adoración era y siempre ha sido. No se trataba de la ubicación o la sustancia del sacrificio, como por ejemplo si era un sacrificio de un animal o un sacrificio de cereal. En cambio, Jesús estaba hablando de la naturaleza de la adoración que es ofrecida a Dios. La adoración genuina es espiritual y verdadera. Eso era lo que Dios quería entonces, y eso es lo que busca hoy en día.
Cristo manifestó y demostró ese tipo de adoración en Su propia vida. Cuando Jesús caminó por Samaria, cada minuto que estuvo allí, Él ofreció al Padre el sacrificio de alabanza. En otras palabras, el espíritu de Cristo adoró al Padre en verdad. Cuando Él vino a Jerusalén, el Hijo de Dios adoró al Padre en espíritu y en verdad; cuando Él estaba en Capernaum, Él ofreció el sacrificio de alabanza perfectamente. No importaba en dónde estuviera, Él siempre era auténtico en el honor que le otorgaba a Su Padre.
Para llegar a una definición neotestamentaria de la verdadera adoración espiritual, el tipo de adoración que agrada a Dios, tenemos que centrar nuestra atención en la carta de Pablo a la iglesia en Roma. Los comentaristas de Romanos usualmente dividen el libro entre los primeros once capítulos y los últimos cinco. En los primeros once capítulos, Pablo presentó su más grande exposición del drama de la redención, de la persona y obra de Cristo, de la elección por gracia de Dios, y de la manera en que Él justifica a los pecadores por Su misericordia y gracia. Empezando el capítulo 12, hay un cambio claro y decisivo en el lenguaje y estilo del apóstol. Pablo pasó de una exposición del contenido del evangelio a lo que podemos llamar su aplicación práctica.
Romanos 12 comienza con una súplica apostólica. La primera frase del capítulo contiene estas palabras: “os ruego”. Estas son palabras de pasión. Pablo no estaba diciendo solamente “les recomiendo”, o “me gustaría instruirlos”, o “por favor, pongan atención a esto”. Él estaba involucrado en un acto apasionado. Estaba diciéndoles a sus lectores: “les suplico…”.
Pablo comenzó esa frase con la expresión crucial así que. En la Escritura, el término así que siempre introduce una conclusión que fluye y resulta de un argumento anterior. Antes de que veamos la conclusión de Pablo, vamos a considerar el argumento en el cual está basada.
Podríamos observar el “así que” en Romanos 12:1 a la luz de lo que él ha dicho en el capítulo 11, y eso ciertamente es una posibilidad legítima en términos de sintaxis. Pero este “así que” también podría estar refiriéndose a todo lo que le precede. Dada la clara línea de división entre el énfasis del contenido en los primeros once capítulos y los últimos cinco, me inclino a pensar que este “así que” está introduciendo una conclusión basada en todo lo que ha aparecido hasta este punto en la epístola. Escucho al apóstol diciendo: “A la luz de la revelación de Dios de esa justicia que nos es dada por fe, a la luz de la elección por gracia de Dios, a la luz de todo el evangelio, ahora vengo a ustedes romanos rogándoles algo que debería fluir del evangelio por una lógica irresistible”.
¿Qué era eso que el apóstol estaba rogando? Pablo escribió: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (v. 1). Otras traducciones lo ponen un poco diferente. Incluyen el ruego y la frase así que, pero en lugar de decir “Os ruego que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo”, lo dicen de esta manera: “les ruego que presenten sus cuerpos como un sacrificio vivo, un sacrificio que sea santo, que sea sagrado, un sacrificio que sea aceptable a Dios”. En lugar de traducir la última frase como: “que es vuestro culto racional”, la traducen con estas palabras: “que es su adoración espiritual”. Esto captura la esencia de la adoración como es entendida a la luz del evangelio.
Nosotros ya no vamos al santuario y esparcimos sangre de toros y machos cabríos sobre un altar. Sin embargo, todavía damos dádivas a Dios. Seguimos llevando nuestro diezmo y nuestras ofrendas a Él como parte de nuestra expresión externa de compromiso con Él. Pero recordamos las palabras de David en su salmo penitencial: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:16-17). David entendió lo que Abel entendió pero que nunca se le ocurrió a Caín: el sacrificio que Dios acepta es aquel que es agradable a Él, aquel que no se vuelve profano por una motivación egoísta o una farsa deshonesta, sino un sacrificio que viene del corazón.
Es como si Pablo hubiera dicho a los romanos: “Piensen en el evangelio. ¿Cuál es su respuesta a lo que Cristo ha hecho por ustedes–Cristo, quien no escatimó nada, quien dio Su vida por Su pueblo, quien hizo el sacrificio definitivo por Sus ovejas? ¿Cómo respondemos a eso? ¿Cuál es la respuesta razonable?”. Pablo dijo: “Este es vuestro culto racional o vuestra adoración espiritual”.
Así que debemos responder al evangelio con un sacrificio–no un sacrificio de dinero, de tiempo, o de bienes materiales, sino un sacrificio de nuestras vidas. Pablo dijo que debemos presentar a Dios nuestros cuerpos –es decir, nosotros mismos– como sacrificios vivos. El sacrificio de Abel fue aceptable a Dios cuando ofreció un animal; pero era un sacrificio muerto. Pablo estaba diciendo que, a la luz del evangelio, Dios quiere un sacrificio vivo. Él no está pidiendo que seamos mártires o que demos nuestra sangre. Él quiere algo más; quiere nuestras vidas. La respuesta de la fe es darse a sí mismo, cuerpo y alma, a Cristo.
En las primeras semanas de mi vida cristiana después de mi conversión en 1957, escuché un himno en particular por primera vez. Se llamaba “A donde Él me guíe, le seguiré”, y dice: “Puedo escuchar a mi Salvador llamándome”. La canción sugiere que nuestra respuesta al llamado de Cristo debe ser la respuesta de los discípulos, quienes dejaron todo para seguirle. Eso tenía sentido para mí. Yo entendí, incluso en las primeras dos semanas de mi experiencia cristiana, que Dios es serio y determinado en Sus acciones. Él quiere nuestros corazones, nuestras almas, nuestras vidas. Él quiere que la búsqueda de Su reino sea la ocupación principal y central de nuestras vidas. Él no quiere que juguemos con la religión, que incursionemos en la iglesia, o que simplemente firmemos un cheque. Él nos quiere a nosotros–cuerpo y alma.
Yo no he dado ese sacrificio. Nunca he dado todo mi ser a Dios ni le he dado mi culto racional. He fallado en mi deber espiritual. Y sin embargo, eso es la adoración–presentarnos a nosotros mismos en el altar de la alabanza, para que lo que pensemos, hagamos y cómo vivamos sea motivado por un deseo de honrar a Dios. Yo desearía poder decirle a Dios en el día del juicio: “Oh, Dios, todo lo que hice fue hecho por el deseo de honrarte”. Pero será mejor que no le diga eso estando de pie enfrente de Él, porque si lo hago sé lo que Él respondería. Me diría que cada sacrificio que he ofrecido ha sido empañado, manchado y comprometido por el pecado que he traído con él. Si Él mirara el sacrificio que yo ofrecí, incluso si lo ofrecí en el nombre de Cristo, Él lo rechazaría tan radicalmente como rechazó la ofrenda de Caín. Mi única esperanza es la gloriosa verdad de que la ofrenda que le doy a mi Creador hoy es llevada a Su presencia por el Mediador perfecto, quien toma nuestros sacrificios de alabanza y los presenta al Padre.
Pablo dijo: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1). El sacrificio de nuestras vidas a Dios es la única respuesta razonable ante Aquel que ha pagado un costo tan alto por nuestra redención. Solo de esta manera podemos honrar sinceramente al único Dios verdadero.
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