Kitabı oku: «En esta vida o en la eternidad»
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ISBN: 978-84-1386-854-7
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Dedicado a mis antepasados, sus historias despertaron en mí la inspiración para esta novela. Tomar prestados algunos de sus nombres y apellidos para dotar de vida a los personajes es parte de mi agradecimiento, para que nunca caigan en el olvido.
Gracias a todas las personas que confiaron en mí y creyeron que mi sueño se haría realidad: publicar mi novela, la primera de esta saga.
Capítulo 1. La sorpresa
El Campillo, jueves 5 de marzo de 1868.
María mira en el espejo del tocador de su habitación y ve a una niña que se peina tranquilamente. Sus cabellos castaño-rojizos y algo rizados caen sobre sus hombros; ella coge un lazo y los recoge en una coleta baja que acomoda sobre su hombro izquierdo.
—¿Tu madre te ha dicho que viene a comer la marquesa?
—Sí, ya lo sé, pero, como siempre, no reparará en mí. Comeré sin interrumpir en la conversación de los adultos y solo responderé si se me pregunta y de forma muy educada; suele interesarse por mis progresos en las clases de piano o pintura. Madre se ha preocupado mucho por elegirme el vestido y ha insistido mucho en que baje pronto al salón para recibir a los invitados, así que supongo que doña Matilde vendrá acompañada, pero no sé por quién, sus sobrinos le visitan, pero no mucho.
—Estás muy guapa.
—El vestido es algo incómodo. Los vestidos que uso a diario son más sencillos y menos ceñidos, pero madre se ha empecinado en ponerme este. Es nuevo y siento que me ahoga, pero no he podido opinar. En realidad, es muy bonito, aunque me hace mayor.
El vestido de María era color coral, con mangas casi al codo y un gran volante de puntilla valenciana en el escote. La falda, que no le dejaba ver los tobillos, tenía tres volantes rematados con puntilla también. Ya casi no hacía frio, la primavera había llegado antes de tiempo y, aunque estaban a principios de marzo, el sol calentaba con una fuerza poco habitual.
El carruaje de la marquesa estaba llegando. María bajó las escaleras canturreando, salió al porche y se colocó al lado de su madre. Su padre y su hermano Andrés se acercaron al coche de caballos, abrieron la puerta y ayudaron a bajar a Matilde. Era una mujer de 48 años, pero aparentaba muchos menos. Su mirada era inquietante, nadie se atrevía a mirarle a los ojos, y siempre iba envuelta en lujo. Su vestido era de seda francesa, color azul oscuro con encaje en el escote que dejaba al descubierto sus hombros rectos y perfectos; su silueta pequeña acababa en una falda amplia rematada con encaje en todo el bajo. Además, lucía joyas de oro y zafiros a juego con el vestido. Todo el conjunto era de una belleza arrebatadora, pero las personas que la observaban sentían temor; sus hermosos ojos tenían una mirada dura y penetrante que pocas veces se transformaba en dulce y cariñosa. Solo dos personas conseguían ese milagro.
Detrás de la marquesa, un hombre descendió del carruaje. María no le conocía, pero su padre y sus hermanos le saludaron efusivamente. Ambos invitados se acercaron a ella y su madre. Matilde le dio dos besos y le pellizcó la mejilla, dejándola dolorida y roja.
Rosa sentía envidia de las sedas, los encajes y las joyas de la marquesa, sabe Dios que ella también los había vestido cuando su suegra vigilaba a Andrés, pero desde que había muerto, su marido se había dejado llevar por malos consejos y para seguir adelante habían vendido las joyas más caras y los vestidos se habían gastado y ya no se podían utilizar. Llevaba para la ocasión un vestido de manga tres cuartos de seda nacional burdeos, con un discreto escote rematado por un camafeo que había sido de su madre, una de las pocas joyas que aún le quedaban. No era muy guapa, pero en su juventud había sabido conquistar a Andrés, si bien no había sido del agrado de su suegra. No obstante, esta nunca había intervenido en su contra, pues la difunta pensaba que cada persona debe casarse con quien quiera y Rosa era el amor de su hijo.
El caballero que acompañaba a la marquesa no era demasiado mayor. Se acercó a Rosa, le besó la mano y le entregó un ramo de rosas blancas. Luego se acercó a María y, mientras le besaba la mano con los labios algo húmedos, que le provocaban limpiársela, susurró:
—Es hermosa.
Mientras entraban en la casa, María quedó detrás de toda la comitiva y logró finalmente limpiar su mano en la falda del vestido sin que nadie le viera.
Se dirigieron a la terraza, donde les esperaba un aperitivo. La mesa lucía un jarrón con rosas rojas, alrededor del cual estaban los platos con queso de cabra, aceitunas, almendras tostadas, cecina, jamón, tortilla, pan y rosquillas y las copas con manzanilla.
Rosa y la marquesa hablaban en voz baja y solo pudo oír al llegar que su madre decía:
—No, no sabe nada.
María se acercó y sonrió, no le interesaba el tema de conversación.
Carmen fue discretamente hacia Rosa y le dijo:
—Cuando usted lo ordene, se puede servir la comida.
—Ya mismo, Carmen. No quiero que nada salga mal.
—Tranquila señora, está todo como usted pidió.
Rosa se dirigió a todos y elevando un poco el tono dijo:
—Podemos pasar al comedor.
La mesa estaba perfectamente preparada: la vajilla de porcelana inglesa con la cristalería de Saint-Gobain de origen francés, que contrastaban con los platos servidos. La familia no tenía un bienestar económico, en los últimos tiempos la poca pericia de Andrés para dirigir el cortijo y malas inversiones les habían arrastrado a contraer grandes deudas, sobre todo con la marquesa. El primer plato era remojón, como se preparaba en esa zona —la comarca de El Campillo, al oeste de la provincia de Almería, a unos pocos kilómetros de Los Vélez—; el segundo plato, salmonetes con ajo blanco, y de postre, tarta de queso de Lubrín.
María comía sin hablar, solo contestaba las preguntas que le hacía doña Matilde.
—¿María, cuantos años tienes? —preguntó Matilde interesada.
—Tengo trece años… Bueno, casi catorce —contestó María.
—Cuéntame, ¿recibes clases?
—Sí: clases de piano, pintura, letras, latín, francés, buenos modales y teología, por supuesto.
—Tía, deja que hablemos los hombres de temas importantes. Don Andrés, ¿cómo le ha afectado la situación económica actual?
Lo preguntaba con sorna porque sabía que las decisiones financieras que había tomado Andrés le habían perjudicado a nivel económico y quería humillarle.
Andrés bebió un poco de vino; igual que el resto de la comida, no era de gran calidad, pero lograba mantener la dignidad familiar y, con cierto nerviosismo, comenzó a explicar la situación en la que se encontraban.
—La caída de las acciones de las ferroviarias donde había invertido casi todo el capital me ha dejado sin respaldo financiero. Además, los bancos ya no dan créditos y, para colmo de males, las malas cosechas están provocando un gran problema que nos está costando afrontar.
—Don Andrés, no exagere. Verá que si se aproxima a buen árbol, le dará buena sombra.
Rosa, que no entendía nada de economía —salvo que ya no podía traer telas de París para sus vestidos—, interrumpió.
—Doña Matilde, ¿la comida es de su gusto?
—Sí, querida, es agradable probar platos populares de vez en cuando para recordar que no solo existe la comida francesa.
Rosa tragó saliva con dificultad y sonrió de mala gana. La había humillado, la había puesto a la altura del poblacho y eso no le gustaba, pero no podía decir nada, le tocaba aguantar, estaban a su merced.
Andrés, hermano mayor de María, se decidió a hablar para intentar distender el ambiente, ya que Matilde y Diego sonreían como iguanas y sus padres apenas podían tragar el agua que bebían a sorbos cortos.
—Don Diego, no hace mucho que está por aquí, ¿verdad?
—Cierto, hace poco tiempo.
—¿Prefiere Almería a Granada?
—Prefiero a mi tía al resto de la familia. Desde que enviudé, mi vida cambió radicalmente. Necesitaba un cambio de aires.
Cuando terminó la comida y pasaron a tomar café y coñac los hombres, y las mujeres algún licor de los que siempre había en las casas de buena familia, comprado a las monjas del convento más cercano, se acomodaron en el salón. Una mesa de centro de caoba como los sillones —estos tapizados de terciopelo azul— presidian la estancia. Jarrones de porcelana colocados en mesas auxiliares con flores naturales del jardín de Rosa decoraban el lugar.
María creía que ya había finalizado su suplicio, porque a ella estas reuniones formales no le gustaban, pero fue cuando el suplicio realmente comenzó y se prolongó durante toda su vida.
Matilde muy entusiasmada le pidió:
—María, interpreta alguna pieza en el piano, estamos deseando oírte.
María interpretó el Nocturno, op. 9, n. 2 de Frederic Chopin. La hipnotizaba, la llevaba a otro mundo, le daba la sensación de que flotaba en el aire, y así era. Por suerte, nadie se preocupaba de mirarle los pies, porque de haber sido así, hubiesen notado que levitaba a varios centímetros del suelo.
Cuando terminó de ejecutar el nocturno, María comenzó a oír algo que nunca había imaginado. El sobrino de la marquesa se puso de pie y con gesto serio le dijo a su padre:
—Don Andrés, me haría el hombre más feliz del mundo si me entrega a su hija en matrimonio.
El padre de María, que era un buen hombre, pero con pocas habilidades sociales, palideció de repente y balbuceó:
—Bueno, es una niña, aún no tiene catorce años.
La marquesa se apresuró a decir:
—Esperaremos a celebrar la boda cuando los cumpla, pero me gustaría que estuvieran comprometidos.
Rosa miró a su marido con gesto serio y luego a la marquesa, suplicante. Entonces, esta agregó.
—Como en la familia no hay deudas, ya no tendríais ninguna deuda conmigo.
La cara de Rosa se iluminó y Andrés, que sabía que si la marquesa le reclamaba el dinero que le debían se quedarían sin bienes, aceptó sin poder hacer más.
María comenzó a ver una luz brillante frente a sus ojos. Otras veces ya le había sucedido, cuando corría por el campo, cuando se quedaba noches enteras sin dormir leyendo, pero esta vez, además, sentía las voces muy lejanas y, de repente, cuando volvió a la realidad, estaba rodeada por sus padres, sus hermanos, Matilde y Diego.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó su padre, sabiendo que no, no estaba bien; acababan de sentenciar a muerte lo que quedaba de su infancia y su juventud.
La marquesa, en tono divertido, dijo:
—Diego, tienes muchas enamoradas, pero que se desmaye por ti, creo que es la primera.
Diego soltó una risita socarrona y dijo:
—Eso que no me conoce.
—Lo siento mucho, pero no me siento bien.
Dijo María, y se retiró a su habitación acompañada por Carmen, que conocía bien el origen de sus desmayos.
Carmen estaba al servicio de la familia de Andrés desde pequeña, fue la nana de Andrés y luego de sus hijos, estaba siempre junto a su señora, como ella llamaba a la abuela de María, y había estado junto a ella en muchos episodios parecidos a este.
—Mi señora, durante los partos y en ciertos momentos de gozo extremo, levitaba. Cuando estaba muy nerviosa, rompía porcelanas y cristales y daba una especie de rampa a las demás personas; cuando estaba dolorida o asustada, veía la luz y se desmayaba. A veces, parecía que se ausentaba por momentos, pero luego volvía a la realidad como si nada hubiera sucedido, o casi nada, como derramar caldos, dejar caer a los niños o rodar por las escaleras. Por eso siempre estuve a su servicio, para que no le ocurriera una desgracia, aunque no fue suficiente...
Carmen se quedó pensativa unos segundos y siguió hablando con voz suave mientras cogía las manos de María entre las suyas.
—La señora sabía dominar muy bien esos momentos, y mi pequeña María tiene que hacer lo mismo a partir de ahora.
María no podía pensar con claridad. Temblando, se encogió en la cama y se quedó dormida. Volvió a abrir los ojos cuando su madre entró en la habitación.
—María, es la hora de cenar, ¿ya estás mejor? ¡¿Pero qué pasa contigo?! ¿Estás llorando? ¡Mira cómo tienes los ojos! Cualquier muchacha estaría dando saltos de alegría de saber que uno de los sobrinos de la marquesa quiere desposarla, y tú, llorando. Como te faltan aún tres meses para cumplir los catorce, tenemos tiempo de organizar con tranquilidad una fiesta de compromiso y la boda. Solo de pensarte vestida de novia, siento escalofríos. Estarás preciosa.
María escuchaba todo lo que su madre decía sin poder creer aún que hablaba de ella.
Vélez Rubio, jueves 5 de marzo de 2015.
De repente, sintió que le tocaban el hombro. Era él. Le besó el cuello y la visión desapareció.
—¿Estás lista?
—Sí, ya podemos bajar.
—¿Te pasa algo?
—No, nada, estoy un poco cansada. Será por el viaje. Vamos.
—Son los años...
Se puso en pie, le cogió la mano y, mientras salía de la habitación, por el rabillo del ojo seguía mirando el espejo. Le había trasladado a otro tiempo y había sido testigo de una parte de la historia de esa joven que, casualmente, se llamaba como ella: María.
Bajaron al restaurante del hotel. Alejandro había reservado una mesa con vistas al jardín. María sintió un escalofrío.
—¿Tienes frío? —le preguntó Alejandro.
—Un poco —respondió María.
—¿Quieres que te traiga el fular?
—¿Harías eso por mí?
—Por supuesto, sabes que haría mucho más.
Le cogió la mano y la besó mientras sonreía. Por fin la tenía. Le había costado mucho que dejara su hogar, pero lo había conseguido, ella estaba perdidamente enamorada de él. Este era su primer viaje juntos y solos, con la excusa de un congreso. Ambos eran pediatras y se habían conocido hacía un año, cuando María comenzó a trabajar en la Clínica Materno Infantil de Luján.
Después de este viaje ya no tendría dudas, lo abandonaría todo y se iría con él. Alejandro pensaba esto mientras subía las escaleras a la habitación.
Mientras tanto, María intentaba distraerse. Al coger la carta del restaurante para elegir la cena, lo vio: se llamaba La marquesa. Era un hotel con encanto, en el pasado había sido un palacete. Aprovechó que estaba sola para ir a la recepción y allí estaban: dos óleos presidiéndola. En el de la derecha, un matrimonio, ella muy joven y él un anciano; en el de la izquierda, la misma mujer, pero algo mayor. Se acercó al mostrador y preguntó al recepcionista.
—¿Quiénes son?
—Los marqueses. Ella fue una de las últimas dueñas de este sitio perteneciente a la familia, luego permaneció cerrado mucho tiempo, hasta que fue vendido y se instaló el hotel.
María estaba segura: era Matilde, esa belleza enigmática, con esos ojos tristes, aunque sonreía.
—¿Sabes si algún huésped ha comentado algo sobre el espejo de la suite?
—¿Se ha roto? Enviaré mañana a una persona de mantenimiento para que lo repare.
—No, no se ha roto. No es eso, es que...
Se dio cuenta de que nadie le creería, que la tomarían por loca. Agregó:
—Es muy bonito, me gustaría saber dónde lo compraron.
—Es una antigüedad, estaba en el palacete.
—Gracias.
Volvió a la mesa y se sentó. Enseguida regresó Alejandro. La envolvió con el fular mientras le daba un beso en la oreja y suavemente le lamía el interior del lóbulo; María se estremeció de placer. Cada vez que él la abrazaba o besaba, sentía una punzada en el vientre, entre placer y temor. Le asustaba no poder dominarse, estar entregada a él sin reservas, ser presa de los instintos más bajos y no poder dominarlos.
Alejandro se sentó y llamó al camarero.
—¿Qué van a querer los señores para cenar?
—Pulpo marinado, rabo de ternera guisado con huevo y foie-gras y coulant de chocolate y frutos rojos —se apresuró a contestar Alejandro.
—Ensalada caprese, gambón al vapor con espuma de mariscos y macedonia de frutas —dijo María.
—Nuestro sommelier puede aconsejarles el vino, si lo desean.
—Sí, que nos aconseje, queremos lo mejor de la carta —Cuando el camarero se fue, continuó hablando a María—. No puedo creer que estemos aquí. Creo que puedo ser feliz otra vez, no me dejes.
—Sabes que te amo, pero estoy nerviosa, intranquila. No soy así, no engaño a mi marido y a mis hijas, nunca había hecho esto.
—Lo haces porque me quieres, necesitas tenerme a tu lado.
—¿Tú no te sientes culpable? ¿Y tu familia?
—No sospecha nada, Verónica no tiene la menor idea.
—Eso es porque tu actitud no cambia con ella, yo no puedo, no estoy igual con Óscar. Te pareceré una tonta, pero no puedo.
—No hablemos más de eso, estamos aquí para disfrutar, para amarnos. Olvídate.
—Si pudiera...
—Yo te haré olvidar de todo.
Cuando terminaron de cenar, subieron a la habitación. Mientras cerraba la puerta con una mano, con la otra la cogía del cuello y la besaba con pasión. Podríamos decir que su actitud era apasionada y agresiva, pero ella se dejaba llevar, no oponía resistencia. Era igual que siempre: una mezcla de placer y miedo que la paralizaba, solo podía entregarse a él sin reservas. Le quitó el vestido, rompiéndolo, no le dio tiempo a que ella le ayudara y, cuando la recostó en la cama, se quitó los pantalones. Ella le desabrochó los botones de la camisa y se la quitó; él le arrancó el sujetador y las bragas y, sin darle tiempo a reaccionar, la puso de espaldas y la penetró. Ella ahogó un grito y comenzó a llorar, la estaba sodomizando sin saber si ella lo deseaba, con una brusquedad aún mayor que otras veces que también le había hecho daño mientras la penetraba, aunque hasta ahora nunca había sido así. Ella justificaba su agresividad por su juventud, era un hombre mucho más joven que ella y eso le atraía aún más, le hacía sentirse más joven, seguía sin saber qué encontraba en ella para querer estar a su lado.
Él seguía penetrándola sin darse cuenta de que estaba sangrado y que ya casi no podía respirar. Cuando llegó al orgasmo y eyaculó, se retiró y se tumbó a su lado. Entonces comenzó a besarle la espalda, se recostó encima de ella y comenzó a hablarle al oído.
—¿Te lo has pasado bien? Dime algo, ¿no te lo esperabas? ¿Has gozado como nunca?
—Me has hecho mucho daño. Si me lo hubieses pedido, sabes que no me hubiese negado, pero no así. Tengo mucho dolor, me has humillado.
—¿Qué dices? Solo he querido hacerte gozar.
Se puso a su lado, le dio la vuelta y vio que lloraba. Comenzó a besarle la frente, los párpados, con la lengua le enjugó las lágrimas de las mejillas y, finalmente, le mordió los labios y luego introdujo su lengua en la boca, besándola hasta que sintió que se estremecía de placer.
—Te quiero. Nunca pensé que podía perder el control de esta forma. Soy tuya. Me tienes hipnotizada, te deseo constantemente, quiero tenerte dentro de mí a todas horas. Yo pensaba que ya no podía sentir así, creía que era mayor y he descubierto que puedo amar de forma más apasionada ahora que cuando tenía veinte años.
—Sientes así gracias a mí. ¿A que tu marido no te hace vibrar, temblar y gozar como yo lo hago?
—Pero no vuelvas a hacerme daño. Haré lo que quieras, pero no así. Me has hecho sufrir mucho.
Se abrazó a él y se dio cuenta que se estaba quedando dormido. Estuvo un rato esperando que despertara, pero cuando se dio cuenta que no iba a pasar, salió de la cama y fue al baño. Había sangrado bastante, casi no podía caminar, así que llenó la bañera y al entrar en el agua caliente sintió un fuerte dolor en la zona genital. Estuvo en el agua hasta que se fue el dolor y ya no sangraba. Se sentía mal, nunca se había imaginado forzada a hacer algo que no sabía si quería hacer y él ni siquiera se había preocupado por lo que le pasaba; sin embargo, quería volver a la cama para abrazarlo. Salió de la bañera, se enfundó en el albornoz y no lo pudo resistir, se sentó en el tocador y miró fijamente al espejo. Pero sintió miedo y se fue a la cama, se quitó el albornoz y se durmió desnuda junto a Alejandro.
María se despertó porque entraba sol por la ventana. Alejandro no estaba en la habitación. Esperó un rato y, como no volvía, decidió pedir el desayuno en la habitación y se sentó frente al espejo, quería saber si las imágenes volvían a aparecer.
El Campillo, noche del jueves 5 de marzo de 1868.
La noche era clara, el cielo estaba cuajado de estrellas, pero sobre el pabellón de caza del palacete de la marquesa, el cielo era negro. Una niebla envolvía el sitio, aullidos de lobos se escuchaba a lo lejos y los cascos de un caballo rompían el silencio estremecedor de la noche. Al acercarse, vio que ya habían llegado varios antes que él. Desmontó, ató el caballo y entró. Cuando vio a su padre, se acercó para saludarle.
Todos los hombres allí reunidos iban ataviados con capas negras con capucha y largas hasta los pies. Además, llevaban máscaras que les cubrían las caras, era imposible adivinar quienes eran.
—¿Traes buenas noticias?
—Casi. Es como a mí me atraen, ya sabe usted padre.
—Sí, lo sé, por eso tengo contigo, que eres uno de mis hijos predilectos, la deferencia de dejártelos antes de extraer toda su energía. Ten cuidado, me los tienes que entregar vivos, que no vuelva a ocurrir.
—Sí, padre, lo siento. No volverá a ocurrir.
—¿Ella sospecha algo?
—Nada. Sabe que no soy trigo limpio, pero, no sé por qué, lo soporta.
Se acercó otro hombre al grupo.
—Señor, ya han llegado todos, podemos dar comienzo.
Uno de los jóvenes traía arrastrando a una pequeña que lloraba angustiada.
—Tú, muy bien, ¿desde dónde vienes?
—Desde Valencia. Ha sido complicado llegar con la niña sin ser descubierto, pero lo he conseguido.
—Es preciosa.
Dijo el hombre que acompañaba al mayor desde el principio, al único que él llamaba hijo. Este se acercó al altar de mármol que había en medio de la sala y le acarició la cara.
—Lo siento, esta no es tuya, no puedo dejártela.
—Lo sé, padre. En este pueblo hay muchos niños, estoy satisfecho.
Todos los hombres formaron un círculo alrededor del altar donde estaba la niña y comenzaron a cantar en un lenguaje ininteligible para casi todos los mortales: la lengua oscura, aquella que utilizan los demonios, la lengua del caos.
Cuando llevaban un buen rato cantando y se encontraban sumidos en trance, el hombre mayor, que dirigía a los demás, se acercó y puso sus manos sobre el corazón de la pequeña. Una luz se proyectaba desde ella hasta él, toda la energía vital de la niña la abandonaba e inundaba una a una todas y cada una de las células del cuerpo del ser que la estaba matando. No se detuvo hasta que el pequeño corazón dejó de latir y los ojitos horrorizados se quedaron abiertos, mirándole mientras la devoraba con sus manos.
Ese ser espeluznante elevó sus ojos, suspiró y entornó sus parpados, y por fin separó las manos del cuerpo de la pequeña.
—Llévatela de aquí. Deberías dejarla en un sitio donde le encuentren, cerca de donde le has secuestrado. Es entrañable ver llorar a sus padres.
—Sí, mi señor, como usted ordene. En cuanto acabe la ceremonia.
Continuaron cantando e invocando a Satanás, su señor supremo. Luego, el que dirigía la ceremonia cogió una copa con una bebida que se fueron pasando uno a uno, hasta el último. Cuando la ronda hubo terminado, comenzaron a despedirse y se marcharon.
Entre los pinos que rodeaban el pabellón, alguien espiaba la escena. Alguien escrudiñaba sigilosamente cada paso de esos peligrosos hombres, pero no lograba adivinar quiénes eran, aunque en el fondo lo intuía, una vez más.
Capítulo 2. María y Jorge
María nació en primavera, los primeros días de junio. Su madre casi no sintió dolor en el parto. Después de haber parido a dos varones grandes y robustos, habiendo pasado un día entero de dolor con cada uno antes de lograr echarlos al mundo, con hemorragias y fiebres luego, pensando que no sobreviviría ninguna de las dos veces, el nacimiento de María fue como tocar el cielo. La niña era pequeña y delgada, y antes de terminar de acomodarse en la cama, ya estaba fuera y la miraba con ojos de sorpresa. La abuela de María la cogió en brazos y dijo:
—Es hermosa y especial, tan especial como yo.
María de la Vega, la madre de Andrés Jordán, nació en una familia acomodada. Desde muy pequeña mostró aptitudes diferentes a las demás personas que algunos las consideraban virtudes, otros enfermedad y muchos obras del diablo. Su tía materna la comprendía y ayudaba, pero sus padres pidieron socorro a muchos médicos sin resultado y al fin se conformaron con asistir impávidos a que su hija levitara, moviera objetos y tuviera ataques. En contra de los que todos auguraban desde que era muy pequeña, tuvo una larga vida, y además bastante buena: contrajo matrimonio con un buen hombre, que la adoraba y tuvieron hijos e hijas a los que se dedicaron con devoción. Esta idílica vida solo se vio truncada por el incidente de aquella vez, pero bueno, eso ya os lo contaré en otro momento. Pero María supo sobreponerse a todo y continuar viviendo por sus hijos y sus nietos luego.
Desde muy joven, tuvo a su servicio a Carmen, que aún era una niña. Estuvieron juntas hasta que María, una noche de verano, se sintió muy cansada, se acostó en su cama y dejó de respirar. No había estado enferma. Esa mañana había salido a dar un paseo por el pueblo, al que Carmen no había podido acompañarla, y nadie sabía dónde había estado, pero cuando volvió, su cara alegre se había desdibujado. Abrazó a sus nietos y a su amada nieta, María, a la que llamaba su sucesora, y se fue a su habitación. Carmen, que estaba velando su sueño, de repente lo notó, su espíritu había abandonado su cuerpo.
Las lágrimas inundaron las mejillas de Carmen. Otra vez se quedaba sola, otra vez volver a comenzar. Habían estado juntas una vida y ella también estaba cansada, pero no podía abandonar, hacía tiempo se lo había prometido: cuidaría de la pequeña María. Tenían un mal presentimiento y temían que algo malo le sucediera algún día. Antes de dormirse, María se lo había hecho prometer otra vez. Su última frase había sido:
—Cuida de mi pequeña, no la dejes nunca. Tengo mucho miedo, igual que aquella tarde con mi pequeño. Es algo muy malo, pero no lo veo. No pude saber qué pasaba y temo por mi María.
—Nunca la abandonaré, estaré a su lado siempre, lo prometo.
Se cogieron las manos y María se quedó dormida. Así estuvo hasta que su espíritu decidió abandonar este mundo.
Rosa, que nunca había entendido a su suegra —una mujer alegre, divertida y liberal para esos tiempos—, sintió un escalofrío cuando esta le dijo que la niña era como ella. Rosa era una de esas personas que creían que las aptitudes de su suegra eran obra del diablo, solo pensar que su hija heredara algún poder maligno le horrorizaba. La miró fijamente y le contestó.
—Es mi hija y no permitiré que me la robe.
—Nunca haría algo semejante, pero no la pierdas, no la des a cambio de nada.
Rosa cogió a la niña, se recostó en la cama y la puso en su pecho. La pequeña, como si de una experta se tratara se prendió del pezón y comenzó a succionar. Sus hermanos habían necesitado una ama de cría porque ninguno había logrado sacar leche de los pequeños pechos de su madre. Rosa lloraba de felicidad al ver cómo la niña tragaba sin parar leche de sus pechos, los mismos que las criadas entre risas murmuraban que estaban secos porque no servía para ser madre.
Para su pesar, Rosa tuvo que ceder y ponerle a la niña el nombre de su suegra, su marido fue intransigente. Era un hombre tranquilo y realmente bueno, con su mujer, sus hijos y con todos —quizás ese era su gran defecto, quería a todo el mundo—, pero con respecto al nombre de la niña, no hubo discusión: sería María.
La pequeña María creció como una flor silvestre, hermosa y sensible. Cuando cumplió cinco años su padre, que la adoraba, le regaló una muñeca de porcelana con el cabello color miel, ojos azules y un vestido rosa de gasa y tul. La niña estaba tan feliz que comenzó a levitar, moviéndose de un lado a otro del salón. Sus hermanos se reían porque el espectáculo les resultaba tremendamente divertido, su abuela sonreía con satisfacción porque estaba orgullosa de su sucesora y Rosa lloraba desconsoladamente porque repetía sin parar que eso no podía ser obra de Dios. Sin embargo, claro que lo era; igual que algunas santas habían conseguido el prodigio luego de muchas horas de meditación al llegar al éxtasis, María lo conseguía naturalmente, sin el menor esfuerzo.
Cuando consiguieron cogerla, María dijo:
—¿Por qué tanto alboroto? Solo estoy mirando a mi muñeca nueva.
A los 6 años, María comenzó sus estudios. Acudían profesores a su casa a impartir clases a sus hermanos y fue ella la que pidió que le enseñaran a ella también. Quería aprender a leer y escribir, quería leer libros, y su abuela, sin dudarlo, habló con su hijo para que así fuera. Un año más tarde, comenzó las clases de piano. Para ello acudía a casa de doña Mabel, que era la profesora de piano del pueblo. Allí, además de aprender a ejecutar el piano, jugaba con las hijas del doctor Sánchez, que también asistían a clases junto con Jorge, el hermano mayor de estas, que era un alumno aventajado. A medida que pasaron los años, María se transformó en una niña preciosa, inteligente y alegre.
Doña Mabel enfermó y ya no pudo seguir con las clases de piano, así que las delegó en su mejor alumno, Jorge, convirtiéndose en profesor de María, para ella, su preferido. Ya no acudía ella a clases, era él quien iba a casa de María dos veces por semana.
Hacía varios meses que María le esperaba ilusionada cada día que tenía clases. Sentía por él un amor platónico que esperaba transformar en real cuando fuese mayor.
Pero los tiempos cambiaron. Andrés Jordán, el padre de María, no estaba bien dotado para llevar adelante la finca familiar. Sus padres habían intentado que aprendiera desde muy joven, pero había sido imposible y poco a poco la familia se había visto abocada al desastre económico del cual María los rescataría.
Dos semanas después de la comida fatídica para María, una mañana entró Carmen a la habitación muy nerviosa y le dijo:
—María, ha venido una criada de la marquesa y le ha dicho a tu madre que esta tarde vendrá don Diego a conversar contigo.
María sabía que no podía hacer nada, tendría que recibirlo y atenderle sin protestar. No quiso elegir el vestido que llevaría, su madre no encontraba uno adecuado para la ocasión.
—Tenemos que mandar a hacer vestidos nuevos, estos son de niña. Escogeremos este, que te sienta muy bien.
María se puso el vestido sin decir nada. Era color lavanda, de seda. Tenía un pequeño escote rematado con lazos sobre los hombros y manga corta. La falda caía ligera, apenas le cubría los tobillos, con tres volantes pequeños que le daban volumen. Le recogieron el pelo en una coleta alta con un lazo lavanda como el vestido. Su madre la perfumó y la niña comenzó a estornudar y toser por culpa del perfume.
—¡Madre, basta! Déjeme, que ya me han vendido, no hace falta que me prepare para ponerme en el escaparate.
—¡No me hables así, que todavía vives bajo mi techo y puedo darte un azote!
—Eso estaría bien, así le dice a ese tal Diego cuando llegue: «La niña tiene la cara desmejorada porque le he pegado por desobedecer». ¿Se imagina, madre? ¡Qué cara se le quedaría!
María comió en su cuarto y al poco rato vino Carmen a buscarla.
—Vamos, María, ya llegó tu pretendiente.
María hizo una mueca de disgusto, salió de la habitación y antes de bajar las escaleras se quedó mirándole. Era un hombre alto, corpulento, con el cabello castaño y ojos grandes, azules, de un azul oscuro como de mar profundo o de cielo nocturno, penetrantes, con pestañas tupidas y cejas perfectas. Su nariz era recta, pequeña, los labios carnosos, bigote pequeño, realmente bello. Bajó lentamente las escaleras. Cuando llegó al pie de esta, levantó la mirada y le miró de nuevo. Estaba allí con la misma cara de borde de la vez anterior. Había tenido la esperanza de que al verlo nuevamente cambiara su actitud hacia él, que quizás su primera impresión fuese equivocada, pero no, le seguía pareciendo igual de pedante y soberbio.
—Buenas tardes, querida —le dijo mientras le entregaba un ramo de flores.
—Gracias —musitó María.
Rosa se apresuró a quitarle las flores de las manos y dijo.
—Son preciosas.
Era verdad, las rosas rojas mezcladas con azahares eran realmente hermosas, pero no lograban cambiar el tono de la reunión.
—Don Diego, ¿quiere tomar una limonada? —preguntó Rosa, temerosa de cómo actuaría María. Sabía lo que su hija sentía y sabía que no lo disimularía.
—No, gracias. Creo que María está deseando que salgamos al jardín a dar un paseo.
Diego intentaba desagradar, le gustaba hacer sentir incómodas a las demás personas, y si podía hacerlas sufrir, aún mejor.
Carmen se apresuró a caminar tras ellos y él le dijo con voz firme.
—No hace falta que nos acompañe.
Carmen miró a su señora y Rosa dijo en voz baja:
—Tranquila, no hace falta.
Diego cogió a María del brazo y prácticamente la arrastró con él hasta el jardín. Una vez allí, le dijo:
—Vamos a un lugar más privado, no me gusta que me espíen mientras conozco a mi futura esposa.
—No es conveniente que nos alejemos, mis padres podrían verlo mal.
—Tus padres no dirán nada, están deseando nuestra boda.
Cogió a María por la muñeca y caminaron. Cruzaron la pérgola que estaba en medio del jardín y siguieron andando. Dieron un rodeo al estanque de los patos y se desviaron por un camino que llevaba al granero y los corrales. Detrás de las caballerizas había unos naranjos y allí se detuvieron.
—Aquí nadie nos va a molestar —dijo Diego.
Le cogió el cuello con ambas manos y con los pulgares comenzó a acariciarle la cara. El corazón de María comenzó a saltarle en el pecho, sentía realmente pánico de estar a solas con ese hombre. Continúo acariciándole el cuello, le bajó bruscamente la manga del hombro derecho y comenzó a besarlo, María cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y a correr por sus mejillas. Cuando Diego sintió que las lágrimas mojaban sus dedos, la cogió por la coleta con fuerza y tiró hacia atrás mientras le susurraba en el oído:
—No voy a tolerar esto, no consentiré que me desprecies.
La empujó contra el tronco del naranjo y comenzó a subirle la falda, alcanzando sus muslos, cubiertos por pololos que le bajó con fuerza y maestría. Luego de acariciarlos con rabia, comenzó a tocar sus pequeños pechos, que aún no estaban acabados. Cuando comenzó a mordisquearle el pezón, María vio la luz brillante que le salvaba de todo lo malo según ella y perdió el conocimiento. Diego aprovecho el desmayo para acostarla en el suelo y continuó tocándola. Todavía tenía cuerpo de niña y eso le excitó tanto que no tuvo tiempo de bajarse los pantalones y eyaculó, mojándolos con semen. Entonces se apresuró a incorporarse y marcharse de allí a toda prisa. De camino a su calesa, se encontró con una de las criadas y le dijo:
—Saluda a tus señores de mi parte. María se ha quedado dando un paseo entre los naranjos.
Cuando María recuperó la conciencia estaba tumbada en la hierba, con la falda sucia, su pololo por los tobillos y su hombro al descubierto. Realmente no sabía lo que había pasado porque todavía no sabía lo que podía suceder entre un hombre y una mujer, pero sabía que no se había comportado con ella como correspondía y estaba segura de que nunca lo haría. Se arregló su ropa, se puso en pie y caminó lentamente hasta la casa, subió a su habitación sin que nadie le viera y se cambió de vestido. Cuando estaba terminando de peinarse para bajar a cenar, entró su madre en la habitación y le preguntó.
—¿Qué habéis hablado? ¿Te ha dicho dónde vais a vivir?
—No, madre, no me ha dicho nada.
—¡¿Cómo puede ser?! ¿De qué habéis hablado?
—No hemos hablado nada importante, solo hemos paseado y conversado del tiempo. Supongo que cree que ciertos temas los tratará directamente con padre, ya que está claro que nadie toma en cuenta mi opinión.
María no le contó a su madre lo que había sucedido, le provocaba una profunda vergüenza y tampoco quería hacerle daño, ella adoraba a sus padres, estaba dispuesta a soportar lo que fuera menester para no hacerles sufrir. Trataría de encontrar una solución por su cuenta, estaba segura de que Jorge, su profesor de música, le ayudaría a librarse de tan funesto destino.
Rosa no podía creer que don Diego no le hubiese comentado a la niña dónde vivirían, toda novia debía saber cuál sería su casa. Aún no se habían casado y ya se estaba arrepintiendo del trato. Respiró hondo dos veces y se quitó esa idea de la cabeza. No podían echarse atrás, no podían perder sus bienes, estaban en manos de la marquesa. Sus hijos necesitaban ese dinero para sus estudios y conseguir un buen matrimonio, y María también saldría beneficiada, no había en los alrededores mejor partido que este. En la cena, ella, que era el cerebro de todo, comenzó a dar instrucciones a su marido.
—Andrés, tienes que concertar una visita a don Diego. Tienes que hablar con él sobre dónde vivirá nuestra hija. Hoy le ha visitado y no han hablado al respecto.
Su marido asintió con la cabeza y siguió comiendo. No estaba orgulloso de lo que estaban haciendo y continuó pensativo toda la cena. Estaba seguro de que su madre, si estuviera viva, no les permitiría hacer algo así. Sabían perfectamente que don Diego no era de fiar, era un secreto a voces que estaba allí huyendo de algo, no sabía exactamente de qué, pero sí sabía que se había trasladado a Almería un tiempo después de enviudar, no era muy complicado sacar conclusiones. Y ellos le entregarían a su niña pequeña por dinero, una tremenda locura. No podía creer haber accedido a ello y estaba seguro de que con el tiempo Rosa, la más entusiasmada con la idea, también se arrepentiría. Era una mujer demasiado preocupada por el bienestar económico de los suyos, pero no era mala persona. Sabía a ciencia cierta que se había casado con él más por su dinero que por amor, pero también sabía que le apreciaba y le respetaba con devoción y que se dejaba querer por él sin reservas. Aún después de tantos años juntos, él la amaba y aceptaba ese amor, solo en los últimos tiempos ella estaba más alejada, pero porque estaba preocupada y algo enfadada por los problemas económicos, y él sabía que si todo mejoraba, ella volvería a él. Ese era el motivo fundamental por el cual aceptaba tan vergonzosa transacción.
Dos veces a la semana, los martes y los jueves, Jorge llegaba a casa de los Jordán Torrente.
Jorge Sánchez Teruel era el profesor de piano de María. Llegaba habitualmente sobre las diez de la mañana en su pequeño carricoche tirado por un caballo. Era realmente apuesto: piel blanca, cara delicada, ojos grandes, pelo castaño oscuro, no demasiado alto, delgado, pero, sobre todo, extremadamente educado y bondadoso. Cuando interpretaba en el piano valses y mazurcas, parecía que las teclas del piano bailaban, los dedos se movían con tanta agilidad que casi no se veían, era un virtuoso. Pertenecía a una familia sin apremios económicos que instruían tanto a su hijo como a sus hijas porque creían que era muy importante para ser alguien en el mundo. Dicho pensamiento era casi insólito en aquellos tiempos.
Jorge, a pesar de no necesitarlo, daba clases de piano a varios niños de los alrededores porque quería viajar a Viena para perfeccionarse, quería ser un gran concertista. Su padre prefería que fuese médico, como él y su abuelo, era una tradición familiar, pero hasta ahora había respetado su decisión, aunque tenía la esperanza de convencerle de que dejara a un lado la música por ayudar a los demás.
Hacía dos semanas que no acudía a casa de María a impartirle sus clases de piano, había viajado a Madrid para participar en un concierto en el Teatro Real en el que la reina había sido una de las entregadas espectadoras. Aquella mañana, María estaba esperándole junto a la puerta, espiando por el cristal de la ventana. Cuando le vio llegar, salió corriendo a su encuentro y le pidió por favor que no entrara, que tenía que contarle algo muy importante.
—¿Qué sucede María, por qué estás tan alterada?
—Tengo que casarme. Mi futuro esposo es el sobrino de la marquesa, don Diego. En unos veinte días es nuestro compromiso. Tienes que ayudarme a escapar, es la única manera de salvarme —Jorge tenía un afecto especial por María, era una de sus mejores alumnas y además era tan inteligente y graciosa... Pero realmente ignoraba cómo podía ayudarle. Se quedó mirándola desconcertado; la noticia le había turbado la conciencia, no podía imaginar a su pequeña casada. Como no contestaba, María se adelantó—. Es muy fácil: tienes que raptarme, me escapo contigo y luego nos casamos. Carmen me ha contado que jóvenes del pueblo lo hacen.
Jorge de repente despertó. Tenía un gran cariño por María, pero nunca la había visto como una mujer, esa posibilidad le parecía imposible.
—María, cariño, tú sabes cuánto te quiero, pero no voy a hacer eso, eres una niña.
Por las mejillas de María comenzó a correr un torrente de lágrimas. No podía hablar, cada vez que intentaba decir algo se ahogaba, los sollozos no le dejaban. Por fin pudo balbucear.
—No me quieres. Si me quisieras, me ayudarías.
—No lo entiendes, no puedo, eres mi pequeña. Quiero que sepas que siempre estaré cerca de ti, que cuando me necesites siempre acudiré a tu lado.
María no podía creer que su última esperanza se esfumaba. Además, ella sí estaba locamente enamorada de su profesor de piano, era su príncipe azul y acababa de bajarse del caballo y convertirse en un mero mortal.
—Tienes que conseguir que puedas continuar con nuestras clases de piano, así yo podré estar al pendiente de cómo te encuentras.
Entraron en la casa y comenzaron con la clase. Rosa entró de repente y se dirigió a él.
—Don Jorge, queríamos invitarles a usted y a su familia al compromiso de María, que será en tres semanas.
Jorge le miró con gesto serio y le contestó.
—Me halaga con su invitación, pero estoy realmente sorprendido, ¡María es tan pequeña para un compromiso!
—Agradezco su interés, pero el tema no está en discusión —Se giró sobre sus pasos y se fue tan silenciosa como había llegado.
La clase terminó sin que casi hablaran ni se miraran. Antes de irse, Jorge le dijo:
—Hasta el jueves —Mientras le acariciaba la cabeza con mucha ternura. Quería que ella estuviera segura de que, pasara lo que pasara, no la abandonaría.
Se fue a su casa y durante todo el camino no pudo quitarse la idea de la cabeza. Aunque tenía 20 años, era sensato y sabía que no estaba bien. Además, el nombre de Diego no le era desconocido, estaba seguro de que había oído hablar de él y no precisamente bien, tenía que investigar. Llegó a su casa y fue directamente al despacho de su padre, pero cuando iba a entrar, vio que unas personas estaban en la sala de espera.
—Buenos días, ¿esperáis a mi padre?
—Está atendiendo a nuestra hija Clara. Anoche no volvió a casa y al alba la hemos encontrado en el campo. Alguien le ha atacado, está muy mal. Pensábamos que se moría, que no llegábamos.
Se abrió la puerta y don Antonio se acercó con gesto serio.
—Tranquilos, se recuperará de las heridas. Tardará mucho tiempo, pero lo conseguirá. Lo más difícil será que cicatricen las heridas del alma. ¿Tenéis idea de quién pudo ser el malnacido que le ha hecho esto?
—No. Ella tampoco lo sabe, no deja de repetir que es un monstruo.
—Podéis pasar a verla.
—Jorge, hijo, llévalos a su casa en el coche, la pobrecita no está en condiciones de ir en burro.
Jorge comenzó a caminar tras su padre y le preguntó:
—Padre, ¿qué sabe de don Diego, el sobrino de la marquesa.
Su padre le miró con el entrecejo fruncido y le preguntó:
—¿Por qué te interesa? Ya sabes lo de la boda —se contestó a sí mismo—. No te metas, no es buen hombre y no quiero que tengas problemas.
Jorge se puso muy nervioso.
—¡¿Qué quieres decir? ¿Por qué no es buen hombre? ¿Y por qué voy a tener problemas? Doña Rosa nos ha invitado al compromiso de María y don Diego. ¡Padre, es una niña!
Lo dijo casi gritando.
—Eso ya lo sé yo, le traje al mundo, pero no sé por qué te preocupas tanto...
Jorge tampoco lo entendía. Sentía la necesidad imperiosa de ayudarla, pero él era un caballero, no se escaparía con una niña de 13 años. Quizás en lo más profundo de su corazón estaba esperando a que María creciera y se transformara en una hermosa joven y de repente se la arrebataban.
—Don Diego Laso tiene 35 años. Antes vivía en Granada, es viudo, se casó hace bastante tiempo con una jovencita, más o menos de la edad de María, y años después ella enfermó y murió, pero los médicos no se explicaban qué le pasaba, se fue apagando de a poco. Dicen que él no le hacía caso, que no se preocupaba por ella. No sé, son cosas que dicen, no hagas caso. Además, no es tu problema.
El corazón le latía desbocado dentro del pecho. ¿Por qué se sentía así? ¿Sería la culpa por negarse a socorrerla? Tenía que ayudar a María de alguna manera. La única forma era ganarse la confianza de don Diego acercándose a él, y pondría en marcha su plan ya mismo.
—Madre, no voy a comer con vosotros, luego de dejar a los Guirado en su casa tengo un recado que hacer.
Cogió su sombrero, ayudó a Clara y a su madre a subir al carricoche, luego subió él y se alejó por la calle hacia el camino que lleva a las afueras del pueblo, seguido por el padre de Clara en su borrico. El final del invierno estaba siendo inusualmente caluroso y a estas horas —pasado el mediodía— aún más.
Cuando llegaron a la casa de los Guirado, una fila de hermanillos le esperaban en la puerta, todos con cara de asustados, pensaban que su hermana había muerto. Cuando vieron que Jorge la cogía en brazos y la bajaba del coche, los pequeños comenzaron a reír y las niñas mayores lloraban porque eran conscientes de lo mal que estaba su hermana. Aunque era muy joven —tenía dieciséis años—, para sus hermanos era una madre más.
Jorge siguió las indicaciones de la madre de Clara y la dejó tendida en la cama. Verla tan desvalida le dio mucha pena. Era de corta estatura, muy delgada y morena por el sol. Ayudaba a sus padres en las tareas del campo; era una familia pobre, pero muy honrada y religiosa.
Luego de despedirse de los Guirado, Jorge llegó a la finca de la marquesa unos minutos antes de la una. Aún no estarían comiendo. Sin saber qué le iba a decir, estaba tocando al llamador de la puerta. A la criada desde dentro se le oía decir:
—Un momento, enseguida le abro.
Le había visto por la ventana y le había reconocido. Paca era una mujer regordeta, fiel a su señora, pero amable y de buen corazón. No se le ocurría qué podía querer el hijo del doctor por allí.
—Buenos días, Paca, ¿está la señora marquesa en casa?
—Sí, la señora está a punto de bajar a comer.
Desde lo alto de la escalera, se oyó la voz de Matilde.
—¿Qué hace el muchacho más bien parecido del pueblo visitando a una vieja como yo? Te quedas a comer —afirmó, no era una pregunta.
La vida le había enseñado mucho e intuía que la visita tenía algún interés que ya descubriría.
—Gracias —balbuceó Jorge. Luego continuó—. Me gustaría hacerle una pregunta. Doña Rosa ha invitado a mi familia al compromiso de don Diego y María, ¿sabe usted que doy clases de piano a la pequeña y me gustaría hacerles un regalo personal? Me gustaría tocar el vals para abrir el baile del compromiso, si le parece bien.
Matilde no entendía qué fin perseguía con ello, pero tampoco le parecía inconveniente.
—Por supuesto, podrás agasajar a los futuros contrayentes. Pero, por favor, modifica tu vocabulario, María ya no es una niña.
Jorge se quedó sin palabras y luego asintió con la cabeza y dijo:
—Lo siento.
—Tía Matilde, ¿cómo no me avisas de que tenemos invitados?
Dijo Diego al entrar en el salón para acompañar a su tía al comedor.
—Jorge ha venido a pedir mi autorización para agasajaros a ti y a María interpretando el vals que bailareis en vuestro compromiso, ¿no es un gesto conmovedor?
Diego miró despectivamente a Jorge y soltó una risita burlona.
—Sí, será divertido. Supongo que María estará encantada, está tan ilusionada...
Jorge acababa de saber de la paja que estaba hecho. María no le engañaría, estaba seguro de que Diego conocía perfectamente lo que ella sentía. Lo que no entendía era qué oscura razón le hacía casarse con una niña que no le deseaba en absoluto, en la comarca habría jóvenes a montones deseando desposarse y más acordes a su edad.
El trío sentado en torno a la mesa comenzó a comer casi sin emitir sonido. Jorge estaba decidido a ganarse la confianza de Diego, así que forzó una sonrisa y preguntó.
—¿No hace mucho que está por aquí verdad? —mirando a Diego a los ojos para que no pudiera obviar la respuesta.
—No, no hace mucho. Unos meses y ya me he enamorado de estas tierras. Mi tía necesita a alguien de su familia cerca y yo desde que enviudé quería cambiar de aires. Decidirme fue difícil, pero la insistencia de mi adorada tía me convenció.
Matilde lo miraba con una sonrisa que nunca le había visto, estaba claro que ella estaba feliz de tenerle cerca. Realmente le resultaba llamativo, porque Diego no era un hombre que despertara ternura, pero era su tía, era posible que ella conociera a un Diego que los demás desconocían. Pensaba en si debía darle un voto de confianza y ver cómo evolucionaban los hechos, quizás él también se encontraba presionado por su tía.
La sobremesa fue bastante distendida. Hablaron de música, pintura, libros… Jorge consiguió arrancarle la promesa a Diego de que seguiría impartiendo clases de piano a María. No volvió en ningún momento al tema del compromiso hasta el final de la reunión. Jorge, cuando se disponía a marcharse, insistió sobre el interpretar el vals y prometió una pieza innovadora de un joven compositor que había conocido en su último viaje a París.
A pesar del velo de normalidad que había echado sobre los acontecimientos, no lograba estar tranquilo, sabía que algo no estaba bien. Los siguientes días los pasó ensayando el vals y dando clases a sus alumnos. La última vez que había estado con María le encontró callada, triste y resignada, trataba de no mirarle a los ojos. No sabía si estaba enfadada y por eso le rehuía la mirada o avergonzada por la situación que la llevaba a la boda y por lo que le había pedido. Pobrecita, había visto en él a su salvador, a su caballero andante y él le había traicionado. Luego de la clase, camino a su casa en el coche de caballos, trató de recordar cuándo había conocido a María. La recordaba de sus clases de piano con la señora Mabel, pero ya muchos años antes él conocía a la pequeña María de cuando era un bebé y su madre acudía a la consulta de su padre o cuando este visitaba la casa de los Jordán porque estaba enfermo alguien de la familia y él le acompañaba. Siempre había sido una niña preciosa. Trataba de distraerse contemplando el paisaje: los jaraboles crecían entre las espigas de trigo, los almendros en flor teñían de un rosa pálido los campos a ambos lados del camino, las tomateras se henchían a tomates aún verdes y los pájaros volaban a sus nidos a incubar los huevos donde crecían sus polluelos, pero el primaveral paisaje no lograba distraerle de sus pensamientos. Su María se casaría con otro hombre quizás porque él se estaba comportando como un niño. Así siguió hasta que llegó a su casa.
Vélez Rubio, 6 de marzo de 2015.
De repente, María sintió que abrían la puerta y la visión en el espejo se desvaneció.
—Señora, disculpe, creía que la habitación estaba vacía.
—Tranquila, no pasa nada.
—¿Le gusta el tocador?
—Es muy bonito. Me han dicho en la recepción que es una antigüedad, que ya estaba aquí cuando compraron el palacete.
—Sí, ya estaba aquí.
—¿Usted trabaja aquí desde que abrió el hotel?
—No, yo comencé a trabajar hace unos pocos años.
—Su nombre es...
—Carmen, me llamo Carmen. Yo estoy aquí para lo que usted necesite, solo quería dejar unas toallas.
Dejó las toallas encima de la cama y se marchó. En la voz de la mujer, María notó algo extraño, como si ya le hubiese oído alguna vez, pero era casi imposible, nunca había estado en este hotel.
Aún no era la hora de la comida, así que decidió seguir mirando a través del espejo.
Capítulo 3. El Compromiso
El Campillo, abril de 1868.
Rosa dedicó las veinticuatro horas de cada uno de los días previos al compromiso a su organización, quería que todo estuviera perfecto. Pero su preocupación era en vano, estando Matilde a cargo, nada podía salir mal. Excepto que había una persona que no era feliz con dicho compromiso: María.
La señora Sara, dueña del mejor taller de costura de la comarca, puso a su disposición a todas sus costureras para que los vestidos de Rosa y María estuviesen listos para tan importante día y que además fuesen insuperables en belleza, debían demostrar la alta alcurnia de su familia y en nada dejar vislumbrar los aprietos económicos por los que pasaban.
Faltaban muy pocos días para el compromiso y tenían cita para la última prueba de los vestidos, debían lucir perfectas. María caminaba lentamente y su madre no dejaba de insistir.
—¡Vamos, María! No tenemos todo el día, camina más rápido. Hace ya rato que deberíamos haber llegado, la señora Sara está esperando.
María siguió avanzando lentamente por la calle que le llevaba al taller de costura. Su madre y su nana iban delante y ella detrás, quizás esperando que ocurriera un milagro que la salvara de su destino.
Cuando llegaron al taller de costura, la puerta estaba abierta. La señora Sara y las costureras las recibieron con grandes aspavientos, preguntándoles cómo iban los preparativos del compromiso. Rosa daba multitud de detalles sobre la comida, la orquesta, los invitados, pertenecientes a la alta sociedad de Almería, Sevilla y Granada… Cuando la marquesa organizaba una fiesta, nadie quería perdérsela, y tampoco era conveniente dejar de ir por si se podía ofender a la anfitriona. Por fin repararon en que María no decía nada y fue en ese momento cuando se dieron cuenta de que el acontecimiento no despertaba el mismo entusiasmo en todos. Ana, una de las costureras, le preguntó directamente mientras le colocaba el corpiño.
—¿Estás contenta?
María respondió en voz muy baja para que nadie le oyera.
—¿A alguien le importa? —Mientras los ojos se le ponían vidriosos y le comenzaban a caer las lágrimas.
Ana, una muchacha unos años más mayor que María, no entendía porque no era feliz con el compromiso y con la boda, pero le dio mucha pena verla así. Entonces la cogió de un brazo, la llevó a un rincón del taller y la animó a no seguir adelante con los preparativos, pero María agachó la cabeza, se secó las lágrimas con la mano y fue junto a su madre, ella sabía que debía obedecer. Además, su mundo mágico se había desmoronado el día que Jorge se había negado a ayudarla, ya no creía en cuentos de princesas y caballeros andantes, ahora solo creía en la realidad, y la de ella era hacer lo que sus padres querían.
Todas la miraban maravilladas, el vestido le quedaba como pintado: color blanco, tenía rosas pequeñas color rosa muy pálido rematando el escote y la cintura; la falda amplia tenía todo el bajo sembrado de rosas y un lazo del mismo color se anudaba por detrás. En el pelo llevaría las mismas flores. Su madre casi pierde el sentido de la emoción, tuvieron que sentarla y traerle sales y hierbas aromáticas para que volviera en sí.
Hasta la nana, que no estaba de acuerdo con el compromiso y la boda, se emocionó al verla. Su niña ya era un poco menos niña.
Tanto alboroto se armó en el taller que Jorge, que pasaba por allí, se asomó a la puerta para ver qué ocurría, y cuando vio a María el corazón le dio un vuelco tan grande que casi no podía hablar.
Su amigo Pedro, que hablaba animadamente de su última conquista, siguió andando unos metros y de repente se dio cuenta que hablaba solo.
—Jorge, hombre, ¿qué haces ahí de pie? ¿Ahora te interesa la costura? Yo creía que con la música ya teníamos bastante, ¿o es una costurera quizás la que te interesa?
Se asomó por encima del hombro de su amigo y al ver la escena se dio cuenta de que la cosa era más grave de lo que se imaginaba. María estaba allí, bella como una flor en primavera, y su amigo, por ser noble y respetuoso, ya que la consideraba aún una niña, la perdía en manos de un hombre sin escrúpulos.
—Buenas tardes —balbuceó Jorge a las mujeres que estaban en el taller mientras se quitaba el sombrero y agregó—: María, estás hermosa. Tu prometido será el hombre más orgulloso de la tierra.
Los ojos de María se llenaron de lágrimas. Intentó dibujar una sonrisa, pero no pudo. Tragó saliva y respiró muy profundo para ahogar el sollozo.
—Vamos, es mejor irnos, no le hagas más daño. Si la sigues mirando, la próxima en desmayarse será ella.
Le dijo Pedro a Jorge al oído.
Ambos jóvenes saludaron con sus sombreros, Pedro guiñó un ojo a alguna de las costureras y se alejaron por la calle en silencio. Cuando habían hecho unos cien metros, Pedro se atrevió a preguntar.
—Jorge, amigo, te conozco desde que tengo recuerdos y nunca te había visto tan triste. Haz algo y hazlo ya. Cuanto más tiempo pase, más difícil será, ya sabes. El sábado será el compromiso y pondrán la fecha de la boda, y si dejas que se case, ya estará todo perdido.
—No sigas, no voy a raptarla. Sus padres y los míos nunca me lo perdonarían, porque María es una niña, ella no sería responsable de semejante locura.
—Bueno, olvidemos el tema. Te invito a un chato de vino en la venta de Pepe. Tienen un Mistela que endulza los sentidos amigo.
—Vamos, necesito distraerme un rato, yo invito la segunda ronda.
Los días pasaron muy rápidos. María no podía creerlo. A veces se ponía frente a los relojes de la casa para asegurarse de lo que duraban las horas, porque ella estaba convencida de que eran más cortas de lo habitual.
¿Por qué cuando esperaba su clase de piano los días se le hacían eternos y ahora parecía que pasaban dos días en el lugar de uno?
El sol entraba por la ventana indiscreto, se posaba en María y le daba un brillo que le hacía irradiar belleza. Comenzó a despertarse lentamente, estiró los brazos y cuando abrió los ojos y miró el techo, descubrió con horror que era sábado, que era el día de su compromiso.
La puerta se abrió y vio entrar a su nana con la bandeja del desayuno. Traía zumo de naranja, leche caliente con chocolate, un trozo de pan y mermelada. María cogió el tazón con leche y bebió un poco, pero no pudo continuar, no podía seguir tragando. Apartó la bandeja y salió de la cama, caminó hasta la ventana y cerró los ojos. Intentó grabar en su memoria todo aquel paisaje, pronto ya no viviría allí y eso le entristecía mucho. Pensó en su abuela, si ella estuviera viva esto no sucedería, ella jamás lo permitiría, pero no estaba...
—María, ven, tienes que bañarte. Tienes la bañera preparada en mi habitación —dijo su madre al entrar.
María se giró y comenzó a caminar. Su madre la cogió de la mano y la llevó a su habitación. Allí se quitó el camisón y se sumergió en el agua caliente. Le reconfortaba, le hacía sentirse mejor. Su nana comenzó a enjabonarle, y a lavarle el pelo, luego cogió una jarra de agua limpia y la derramó sobre su cabeza, quitó toda la espuma y, cuando terminaron, se puso de pie y le envolvió en una toalla suave y blanca. Todo parecía perfecto, si no fuese porque el final era muy desdichado.
María volvió a su habitación y allí se sentó frente al espejo. Carmen comenzó a peinarle con un cepillo, se puso un vestido cómodo y se quedó sentada junto a la ventana, leyendo un libro.
Comió en su habitación y volvió junto a la ventana.
Su deseo de escapar era tan inmenso que mirar por su ventana le hacía imaginar que podía salir de allí y volar muy lejos. Muchas veces había imaginado salir por la ventana en un unicornio con grandes alas al encuentro de su amado, que la cogería por la cintura, la acomodaría en la grupa de su corcel y cabalgarían por los campos mientras él le daba besos en el pelo, su amado...
¿Dónde estaría ahora? ¿Pensaría en ella alguna vez? ¿Sabría lo desdichada que era porque él no la amaba?
De repente, escuchó voces. Eran su madre y su nana, que abrían la puerta para comenzar a vestirla y peinarla para la gran fiesta, su compromiso. María se dejó vestir y peinar sin oponer resistencia alguna. Cuando se miró en el espejo, su imagen le recordó a la de aquella muñeca que le había regalado su padre y que aún conservaba.
El carruaje de los Jordán Teruel llegó a la casa de la marquesa al caer la tarde. María iba con sus hermanos y sus padres. Entraron en la casa y la majestuosidad de aquel sitio les deslumbró. Por supuesto, no era la primera vez que asistían a una fiesta allí, pero esta vez todo era más espectacular, todo destilaba lujo y buen gusto.
Doña Matilde se acercó a María, la cogió de la mano y comenzó a hablarle en tono muy cariñoso:
—Querida, quiero que comiences a sentir esta como tu casa desde hoy mismo. En muy poco tiempo será la boda y quiero que sepas que para mí serás la hija que nunca tuve.
María sonrió y musitó:
—Gracias.
Esas palabras le hacían sentir un poco mejor. Sabía que su destino era inevitable y era mejor adaptarse a él, no tenía ya ningún motivo por el cual luchar.
Diego bajó las escaleras rápidamente, besó la mano de su futura suegra y dio a María un beso en la frente.
—Estás hermosa, serás la muchacha más bella de la fiesta —dijo Diego.
—Gracias —respondió tímidamente María.
El padre de Diego se acercó al grupo.
—Padre le presento a mi prometida, María.
—Encantado de conocerte, María.
—Yo también estoy encantada, señor.
A María le temblaba la voz, ambos hombres le daban miedo.
—Hijo tu madre pide que la disculpéis, no se sentía con ánimo de viajar.
—Que suerte, es una aguafiestas, no la necesito, tengo a mi tía.
Matilde escuchaba la conversación y sonreía victoriosa.
Los invitados comenzaron a llegar y todo el parque se pobló de carruajes de muchos tamaños diferentes. Los cocheros y las criadas se acomodaron en el patio que llevaba a la cocina. Todos comentaban lo fastuoso del banquete.
El jardín del frente de la casa comenzó a colapsarse de invitados. Fue entonces cuando Eusebio, el mayordomo, pasó a anunciar a los invitados. Los anfitriones, la marquesa, el padre de Diego, Rosa y Andrés, los saludaron uno a uno y los condujeron hasta el salón. Una vez todos allí, la orquesta comenzó a tocar.
El salón de baile del palacete tenía el suelo de mármol blanco, una gran lámpara en el centro del salón y cuatro columnas en las esquinas; sillones y sillas de madera con acabados en oro y tapizados en terciopelo rosa palo estaban ubicados alrededor del salón para que los invitados mayores, madres y tías, sobre todo, pudieran descansar mientras vigilaban a los más jóvenes al tiempo que estos bailaban. Las jóvenes casaderas acudían a estas fiestas con la esperanza de encontrar a sus futuros maridos, pero siempre contando con el visto bueno de sus familias.
Alrededor de las columnas también había sillones tapizados en rosa palo.
Toda la cristalería se había puesto a disposición de los invitados. Las copas regadas de champán no dejaban de chocar en brindis privados en los corrillos que formaban los más amigos.
Las criadas salían con bandejas repletas de manjares y bebidas exquisitas. Así, la velada transcurría sin sobresaltos. Los protagonistas no dejaban de recibir la enhorabuena y deseos de felicidad, a lo que respondían agradeciendo y sonriendo, pero de repente aquella farsa se truncó. Diego se acercó a María, hizo tintinear la copa que tenía en la mano con una cucharilla, logrando que todos los invitados le prestaran atención, y muy sonriente comenzó a decir.
—Amada María, te entrego esta sortija como prueba de mi amor. Por medio de ella, queda sellado nuestro compromiso, que se cristalizará en boda el próximo 20 de mayo —Le puso un diamante en el dedo, le cogió ambas manos y las besó. En voz muy baja, le agregó—: Ahora tenemos que abrir el baile. Tengo una sorpresa para ti.
Cogida de la mano, la llevó al centro del salón. Todos los invitados estaban formando un círculo alrededor viendo la escena, que parecía de cuento de hadas. Entonces la música comenzó a sonar, pero no era la orquesta la que la interpretaba, era un piano. De sus teclas se desprendían los acordes más maravillosos que se pudieran oír, y eso solamente lo lograba una persona. Comenzó a buscarlo con la mirada mientras Diego la hacía girar por el salón. De repente, le encontró, su mirada se cruzó con la de Jorge y la frágil mentira que había intentado construir se desvaneció por completo. Comenzó a sentir un dolor en el pecho que la ahogaba, estaba mareada y a tiempo logró advertirle a su prometido:
—No me siento bien. Por favor, dejemos de bailar —Entonces Diego hizo un gesto, invitando a los demás a bailar, pero continuó bailando.
Las rodillas de María se doblaban, su piel cada vez palidecía más, y fue cuando logró soltarse y caminar rápidamente hasta la terraza a la que se accedía desde el salón. Cuando el aire fresco le acarició la cara, comenzó a sentirse mejor. Como su nana le había dicho, podía controlar sus desvanecimientos, y a partir de ahora tendría que ser fuerte y conseguirlo.
Cuando los invitados comenzaron a bailar, la orquesta tomó el testigo y continúo interpretando valses para deleite de todos. Jorge, disimuladamente, se alejó del salón y comenzó a buscar a María. Desde su piano había observado toda la escena y se sentía responsable de lo ocurrido.
Por fin, cuando salió a la terraza, la vio. Era una aparición, su figura apoyada en la columna de mármol rosado emulaba un ángel, tan hermosa, tan inocente, pero triste, muy triste. El día que para cualquier joven era el más feliz de su vida, para su pequeña María era el más triste.
—María, ¿estás mejor? ¿Quieres beber algo? Qué guapa estás.
Jorge dejó de hablar, porque no le contestaba, ni siquiera le miraba. Fue cuando la cogió por la barbilla y le levanto la cabeza. Mirando sus ojos verdes llenos de lágrimas, le dijo:
—Quiero que sepas que te quiero, que voy a cuidar de ti siempre. Cuando me necesites, estaré. Puedes confiar en mí.
—No es verdad, no quieres ayudarme...
—Siempre seré tu amigo.
—No necesito un amigo, necesito que me rescates...
Antes de que Jorge le contestara, oyó que Diego le decía:
—Una excelente interpretación. Quiero pedirte que toques el órgano en nuestra boda.
Jorge sonrió y asintió con la cabeza. Sabía que si quería permanecer cerca de María, no podía negarse al pedido de Diego. Contestó rápidamente.
—Allí estaré. Os interpretaré las mejores músicas que conozco para vuestra ceremonia.
—Perfecto —contestó Diego, mientras cogía la mano de María y la arrastraba a la oscuridad del Jardín.
—¿Dónde vamos? —preguntó María asustada.
—Solo quiero estar a solas con mi prometida.
Se detuvo de repente y comenzó a recorrer la cara de María con sus labios húmedos, luego el cuello, hasta llegar a sus pechos. Le bajó los tirantes del vestido y comenzó a succionar sus pezones cada vez con más fuerza, hasta que llegó a morderle. María quería apartarlo, pero no podía, lloraba en silencio.
—No exageres, que no te estoy haciendo nada que no te haga cada noche cuando seas mi esposa.
—Pero aún no somos esposos y es pecado. Dios no lo permite.
—¡Ah, Dios! Ese es el problema, ya entiendo. Te mueres por estar conmigo, pero no puedes por culpa de Dios.
Soltó una carcajada y continúo un rato más besándole los labios con fuerza y tocándola por debajo de la falda, mientras le decía:
—Tranquila, ya he hablado con él y nos perdonará.
Continuaba riéndose, hasta que de repente escuchó pasos, le tapó la boca con fuerza.
—Volvamos a la fiesta, nos echaran de menos.
Jorge trataba de encontrarlos en la oscuridad del jardín, pero no lo logró, estaba claro que Diego conocía el lugar mucho mejor que él y sabía dónde esconderse.
Cuando María volvió a la fiesta, estaba con el pelo desordenado, los labios rojos y doloridos, al igual que sus pechos, pero lo que más le dolía era el alma.
Rosa se acercó y le dijo con tono enfadado.
—¿Dónde estabas?
—Con mi prometido.
Rosa respiró hondo, sabía que las cosas estaban tomando un camino que no le gustaba, pero no podía hacer nada, estaban en manos de la marquesa y esta había insistido en que la boda era la condición para negociar. Luego le cogió la pequeña mano a María y se la besó, la miró dulcemente y le dijo:
—Te quiero, no lo dudes ni por un segundo. Sé que no me entiendes, pero estoy haciendo lo mejor para ti.
En realidad, la obsesión de Rosa por un bienestar económico y por ver a sus dos hijos bien casados no le dejaba ver que sacrificaba a María a cambio.
María la miró y contestó:
—Ya lo sé, madre. Sé que usted y padre me quieren, pero no es lo mejor. Siento mucho miedo, no quiero dejaros, quiero vivir en nuestra casa, por favor...
Antes de terminar de hablar, se acercó Matilde, que estaba exultante. Nadie nunca la había visto tan feliz.
—María, estoy encantada de que seas la futura esposa de mi sobrino. Diego para mí es como un hijo. Seremos muy felices los tres en esta casa, yo cuidaré de ti como de una hija.
María respiró hondo y se jugó a una única carta. Dijo con voz temblorosa.
—Había pensado que podríamos vivir en casa de mis padres.
—Eso no está en discusión querida. Quiero a Diego conmigo. Esperé mucho este momento y no voy a renunciar a él. Viviréis aquí conmigo.
María no entendía porque doña Matilde estaba tan empeñada en tener a Diego a su lado. Rosa reaccionó con rapidez, intentando cambiar el clima de tensión que se había creado entre doña Matilde y María.
—María, es verdad. Tu padre y yo tenemos a tus hermanos; en cambio, doña Matilde solo tiene a Diego y además te tendrá a ti.
María otra vez sentía como su madre la abandonaba. Pensaba que era una pena que su adorada abuela ya no estuviera con ella. Nuevamente, respiró hondo y se atrevió a decir:
—Carmen vendrá conmigo, en eso no pienso transigir, la quiero a mi lado. Y además, quiero continuar con mis clases de piano.
Las últimas palabras las dijo casi llorando, se dio la vuelta y se perdió entre los invitados.
Estaba sentada en el jardín cuando su hermano mayor se acercó a ella y le dijo:
—María, pequeña, estos días casi no nos hemos visto. ¿Eres feliz?
—No.
—¿Y por qué lo haces? Di que no quieres. Miguel y yo estamos dispuestos a hacer lo que sea para que no hagas algo que no quieres. Te queremos, eres nuestra hermanita, y aunque a veces parezca que no te hacemos caso, nos preocupas.
María se abrazó a su hermano y comenzó a llorar. Cuando pudo comenzó a decirle.
—Lo tengo que hacer por padre y madre. Nuestro cortijo es lo único que nos queda, si se pierde, ¿ellos qué harán? Vosotros sois jóvenes, podríais salir al mundo a luchar, pero ellos qué pueden hacer.
Andrés sacó un pañuelo y le seco las lágrimas.
—Si vas a seguir adelante, interpreta tu papel con dignidad, que no te vean llorar.
La cogió de la mano, la llevo al salón y juntos comenzaron a bailar. María, en brazos de su hermano mayor, comenzó a relajarse nuevamente. Luego bailó con su padre, con su hermano Miguel y, finalmente, se acercó Jorge.
—¿Me concedes este baile?
Miguel ofreció a la dama y sonrió. Jorge le caía bien, habían compartido muchas horas de juegos cuando eran pequeños.
Jorge cogió a María por la cintura y comenzó a bailar. Sin dejar de sonreír, le preguntó:
—¿Qué pasó, ¿adónde fuisteis cuando os separasteis de mí?
—No creo que deba contarte lo que hablo con mi prometido.
—Sigues enfadada, pero continuaremos con tus clases, ¿verdad?
—Sí, pero me has defraudado. Creía que yo te importaba y no es así.
—Me importas, pero sigo pensando que eres muy pequeña para casarte. Finalmente, ha fijado la fecha de la boda antes de que cumplas los catorce años. Yo no raptaré a una niña de trece años y tendré relaciones íntimas con ella, sea cual sea el motivo. Yo haré todo lo posible por protegerte, estaré cerca y actuaré según sea necesario.
María no respondió, siguió bailando. No le entendía. Ella estaba enamorada de él desde toda su vida, estaba esperando ser mayor para correr a sus brazos y ya no era posible.
Diego se acercó a la pareja y dijo.
—Ya la he compartido suficiente, desde ahora es solo mía.
Jorge sonrió y dejó de bailar. En el fondo sentía que María tenía razón, era posible que no estuviera haciendo lo suficiente por ayudarla.
Él siempre la había visto como una niña, y no estaba seguro de sus sentimientos. La quería muchísimo, pero solo eso, se repetía una y otra vez. El amor todavía no había llegado a su vida.
Vélez Rubio, marzo de 2015.
Alejandro volvió de jugar al tenis y subió a ducharse. En el pasillo se cruzó con la camarera, que le siguió con la mirada hasta que él entró en la habitación.
—¿Qué haces todo el día frente al espejo?
—Nada, acabo de despertarme y estaba peinándome.
María mintió. Mientras hablaba, se puso de pie y abrazó a Alejandro. Le gustaba sentirlo cerca, oler su piel, su sudor la excitaba.
—Me daré una ducha y luego bajamos a comer. Si quieres ducharte conmigo…
La oferta era tentadora, le encantaba ducharse con él, sentir el agua mientras se besaban y acariciaban, llegaba al éxtasis.
—Claro que quiero, vamos.
Respondió María mientras él la subía a horcajadas y la llevaba a la ducha. Una vez allí, se desnudaron y, sin palabras, comenzaron a besarse y amarse. Una vez más, ella ya casi no sentía placer, el coito le provocaba dolor, pero era incapaz de negarse. Se dejó penetrar una y otra vez con esa violencia que él ejercía sobre ella y mientras le sonreía, feliz de tenerle entre sus piernas, a él le provocaba un extraño placer verla sufrir en silencio. Sabía que le hacía daño, pero seguía, y eso le excitaba.
—Eres mi puta, ¿lo sabes?
—Qué malo eres —María le respondió en tono de broma, aunque el dolor que sentía la hacía llorar.
—Sí, con mi mujer no puedo hacer estas cosas, ella no deja que le haga esto.
—Yo no puedo negarme, tengo miedo de perderte. Además verte gozar me hace feliz.
—Sí, en la cama eres una puta.
—No lo digas así, puedes decir que soy apasionada.
—Podrías ser apasionada y no dejar que te haga daño. Lo haces a cambio de mi amor. Las putas lo hacen por dinero y tú por amor, no deja de ser una transacción. Tener a un hombre joven como yo en tu cama no te puede salir gratis.
—Ya está bien, para.
—Verte enojada me pone. A ver esa cara.
—No sigas, no me hagas esto. Por favor, no sigas hablando. Ámame, solo eso.
—¡Anda! Ya me has cortado el rollo —Se apoyó con fuerza sobre su espalda y, mientras la penetraba profundamente, eyaculó. Se separó de ella, terminó de ducharse, le mordió el hombro y continuó.
—Vamos, tengo hambre, ¿o te vas a quedar a remojo todo el día?
—Ya voy.
María se puso bajo la ducha y lloró. No podía comprender por qué se dejaba hacer esto. Además de dejarse maltratar sin reparos, cuando no le tenía cerca le extrañaba terriblemente y la sola idea de perderle la volvía loca.
Se vistieron y bajaron al restaurante a comer. Se sentaron en una mesa junto a la ventana como en la cena. Durante la comida, María estaba inquieta. Deseaba volver frente al espejo del tocador, quería saber cómo continuaba la historia, aunque tenía miedo de que ya no se le revelara. Alejandro le notaba algo extraño y le preguntó:
—Estás enfadada.
—No.
—¿Por qué no me hablas?
—Estaba pensando en mis cosas, no me hagas caso. Las fulanas también tenemos vida propia.
María quería pensar que las palabras de Alejandro en la ducha eran una broma, trataba de engañarse, prefería pensar eso, aunque en el fondo de su alma sabía que había mucho de cierto. Él no le respetaba y eso le preocupaba y le daba miedo.
—Estoy algo cansado, ¿quieres que subamos a la habitación y descansemos un rato? Una siesta me vendría muy bien.
—Sí, yo también quiero dormir, aunque sea poco tiempo.
En realidad, María quería sentarse frente al espejo. Esperaría a que Alejandro se durmiera y continuaría observando la historia de la pequeña María en su papel de espectadora privilegiada.
En cuanto Alejandro se durmió, se sentó frente al tocador y la visión a través del espejo comenzó nuevamente.
Capítulo 4. La boda
El Campillo, 20 de mayo de 1868.
El día tan temido por María llegó, era la mañana de su boda. Al contrario del compromiso, esta sería una ceremonia íntima con una pequeña celebración posterior, una comida en casa de los padres de la novia.
En la ermita de la finca de doña Matilde se ofició la misa de esponsales. Cuando todos los invitados estuvieron acomodados —algunos de pie, porque el sitio era pequeño—, se abrió la puerta y comenzaron los acordes del órgano. La música inundó el recinto y la marcha nupcial acompañó los pasos de la triste novia y los de su padre hasta el altar. Avanzaban lentamente, María no quería terminar nunca ese pasillo. Su cara demostraba la tristeza que sentía, pero no alcanzaba a empañar su belleza: su peinado, un semirrecogido adornado por flores naturales, azahares, que también llevaba en el ramo; el vestido era de seda con mangas al codo, con un pequeño escote, la falda amplia drapeada; completando el traje, una mantilla de encaje que alcanzaba el borde de la falda. Todas las invitadas que aún no habían pasado por el altar soñaban con un vestido aunque fuera la mitad de bonito.
Cuando llegaron al altar su padre le soltó el brazo con miedo porque creía que la pequeña no podría sostenerse en pie Diego sonrió satisfecho, su macabro plan se estaba gestando a la perfección. Otra vez tendría entre sus manos a una niña para hacer con ella su voluntad y esperaba que esta vez sí su esposa le diese hijos. Le gustaban mucho los niños, podríamos decir que demasiado.
María no dejó de llorar todo el tiempo que duró la ceremonia.
Cuando los acordes del órgano comenzaron a surgir con la más bella interpretación del Ave María que hubiesen podido oír, parecía que la pequeña novia iba a perder el sentido. Las lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas, suspiraba sin parar. Los invitados creían que era la emoción del momento aunque no todos; el padre de Jorge sabía que la pequeña no quería esa boda, de hecho, toda su vida había creído que cuando tuviese la edad suficiente sería su propio hijo quien la desposaría, pero el camino se había torcido, el destino era que no pudieran ser felices juntos, y realmente lo lamentaba.
El oficiante preguntó si había alguien que se opusiera a la boda. María se ilusionó por última vez. Por algunos segundos, creyó que Jorge iba a levantarse y decir que sí, que él se oponía, porque la amaba y no dejaría que nadie se la arrebatara, pero no sucedió. Un silencio cómplice recorrió el lugar. El sacerdote preguntó a Diego si quería a María por esposa, a lo que él respondió rápidamente.
—Sí, quiero.
Cuando le llegó el turno a María, no podía hablar, un nudo le apretaba la garganta y no le salía la voz. Luego de varios segundos de incertidumbre, logró articular:
—Sí, quiero.
Casi nadie lo escuchó, pero a Diego le valía.
Al finalizar la ceremonia, los novios salieron a la puerta de la ermita y los invitados les saludaron, dándoles la enhorabuena y deseándoles mucha felicidad y muchos hijos.
Jorge aprovechó el tumulto y se acercó a María y una vez más le insistió.
—Cuando me necesites, recurre a mí. Yo siempre estaré para ayudarte.
—Ya te he pedido ayuda y no me la has dado, me has dejado sola.
—Te expliqué que no podía hacer lo que me pedías. Hubiese sido un patán como Diego, me estaría aprovechando de tu desesperación y eso no estaba bien.
—Estoy enamorada de ti, te amo...
En ese momento, Diego se acercó a ellos.
—Muchas gracias por la interpretación, ha sido maravillosa. María se ha emocionado mucho.
Al oír las palabras de Diego, Jorge comprendió que había cometido un grave error, un error que determinó su futuro y el de muchas personas que le rodeaban, incluida María.
Pedro se acercó a los novios y les saludó. Mientras estrechaba la mano de Diego, dijo:
—Mi más sincera enhorabuena. Espero que tengáis una vida muy feliz juntos. Que sepáis que tenéis en mí a un amigo —y mientras decía esta frase, miró fijamente a María. La pequeña le producía una gran pena, y si bien nunca había tenido mucho trato con ella, conocía a sus hermanos. Quería que supiera que podría recurrir a él cuando lo necesitara.
—Muchas gracias, es un honor. Su familia es muy respetada en el pueblo —contestó Diego.
María se limitó a suspirar y hacer una sonrisa en agradecimiento. Luego Pedro se alejó con Jorge. Mientras caminaban hacia sus coches de caballos le espetó:
—Te lo advertí y no me has hecho caso, has dejado que se case con ese tipejo, que me da muy mala espina. Amigo, te has equivocado, tengo que decírtelo. Esta vez, el atolondrado de tu amigo Pedro, o sea yo, tenía razón.
—Es posible, pero ya es tarde. No sé, no he podido. Seguramente soy un cobarde, eso cree María, pero no pude hacer lo que me pedía. Mi educación, mis principios… No podía, pero le he fallado y me siento muy mal, mucho peor de lo que esperaba. Siento un dolor aquí en el pecho, como si me ahogara, y pienso que es la culpa.
—Sí, la culpa... ¡Eso es amor!
—No digas tonterías.
La comida transcurrió sin sobresaltos, los platos estaban exquisitos, los invitados brindaron por los novios y, luego de los postres, Diego se levantó, alzó su copa y dijo.
—Brindo por mi encantadora esposa. Agradezco a todos haber atendido la invitación a nuestra boda, pero lamento informaros de que nos retiramos. Vosotros podéis continuar con la celebración, pero estamos deseosos de estar a solas, ¿no es verdad, amada mía?
Finalizó mirando a María a los ojos. La pobre no pudo contestar, estaba tan asustada que no sabía que decir.
Matilde no entendía cómo Diego podía hacer semejante grosería, abandonar la celebración sin cortar la tarta nupcial, sin bailar el vals, pero le dejaba hacer, no se atrevía a contradecirle.
Jorge, por primera vez, sintió que se le clavaba un puñal en el corazón. Nunca hasta ahora había sentido algo así, no lo podía creer, pero la realidad se le echaba encima: estaba enamorado de una niña y, para colmo de males, había dejado que la entregaran como una mercancía. ¡Dios! ¿Cómo podía haberse equivocado tanto?
María comenzó a temblar, casi no podía darle la mano a Diego de la agitación que tenía. Nunca había creído que su corazón podía latir tan fuerte y rápido. El momento había llegado, era inevitable, tenía que entregarse a su esposo y sentía miedo. Como pudo, despidió a sus padres y se montó en el coche de caballos de los novios.
Apenas comenzaron a alejarse de la casa, Diego se echó encima de ella y comenzó a besarla con fuerza, haciéndole daño. Comenzó a recorrer su cuerpo con sus manos, rompió su vestido. María lloraba. Entonces, sin mediar palabra le atravesó su cara con una bofetada. Del labio de María comenzó a brotar sangre, los ojos se le abrieron mucho y de repente se puso muy rígida y se arqueó hacia atrás.
Diego exclamó:
—¡Otra vez!
Mientras la miraba pensaba: «¿Se va a desmayar todo el tiempo? Tendrá que aprender quién manda aquí a partir de ahora».
Cuando llegaron a la casona, el cuerpo de María ya estaba más fláccido, pero no recobraba el sentido. Diego la bajó del coche en brazos, los sirvientes le abrieron la puerta y Paca le acompañó hasta su habitación. Abrió la cama para que la acostara y enseguida le preguntó:
—Don Diego, ¿quiere que le quite el vestido?
—Tranquila, quitando vestidos me apaño solito —Y sonrió con esa sonrisa que helaba la sangre.
Paca sabía que pasaba algo que ella no lograba descubrir, pero no sabía qué. Diego cerró la puerta con llave para que nadie le molestara y entonces se quitó la camisa, que dejaba a la vista un torso perfectamente musculado. Se acercó a la cama y comenzó a darle más bofetadas a María, esta vez más suaves, intentando despertarla. María suspiró profundamente y despertó. Entonces, Diego la cogió de la muñeca y le dijo:
—Levanta y desnúdate, ¡ya!
María se puso en pie como pudo y comenzó a quitarse el vestido y se quedó en ropa interior.
—¡He dicho que te desnudes! —gritó Diego.
Como María no se movía, la empujó contra la pared y, mientras le apretaba el cuello, la fue desnudando con la mano que le quedaba libre. Cuando la tuvo desnuda, la obligó a arrodillarse y le introdujo el pene dentro de la boca y le dijo:
—¡Con cuidado! ¡Como se te ocurra hacerme daño estás muerta!
En realidad, María no tenía ni idea de lo que tenía que hacer, a sus casi 14 años y en 1868, los temas relacionados con el sexo eran un gran misterio.
Comenzó a tener náuseas y finalmente vomitó, lo cual provocó aún más la ira de su flamante esposo. La rabia aumentó aún más cuando comprobó que su erección había desaparecido. Comenzó a golpearla sin piedad. María creía que iba a morir, sentía tanto dolor por todo su pequeño cuerpo que casi había perdido el conocimiento. Diego podía ver la cara de dolor de María, los ojos de la niña estaban muy abiertos. Ya no lloraba, no le quedaban lágrimas. De repente, dejó de sentir dolor, logró concentrarse y pensar que debía luchar por su vida y que tenía que soportar como le fuera posible, tenía que encontrar una solución.
Cuando se cansó de golpearla y comprobó que no podría fecundarla por lo menos esa tarde, la dejó tirada en el suelo seminconsciente y se acostó en su cama a dormir.
Despertó alrededor de las ocho de la tarde. Ya había descansado lo suficiente, podía salir de caza sin ningún problema. Después de todo, debía celebrar su boda.
Se lavó la sangre, se puso ropa limpia y salió por la puerta principal con la impunidad que tienen los que están acostumbrados a dar miedo a todo aquel que lo rodea.
Matilde regreso de casa de los padres de María luego de despedir al último invitado y de disculpar a su sobrino, sobre todo con los padres de María, que estaban preocupados por el proceder de Diego.
—Paca, ¿siguen en la habitación?
—Sí, señora. Quería comentarle algo sobre la nueva señora.
—Paca, estoy muy cansada, me voy a mi dormitorio. Sube la cena y déjame tranquila, no tengo ganas de escuchar tu opinión sobre María.
—No es eso, es que...
Matilde la miró con desprecio y comenzó a subir la escalera, y Paca se dio cuenta de que, como siempre, con su señora lo mejor era callar.
Alrededor de las tres de la madrugada, Diego regresó. Nadie lo vio entrar, se fue directo a su habitación y se acostó a dormir. Vio que María continuaba en el suelo y verle dormir acurrucada contra la pared le hizo gracia. Cuando el sol comenzó a colarse por las cortinas, se despertó, no necesitaba dormir muchas horas. Se levantó y se fue de la casa, no quería estar allí cuando encontrasen a María.
Mas tarde, Matilde bajó la escalera y salió al jardín. El día era soleado y la temperatura suave invitaba a desayunar al aire libre.
—Paca, ¿los recién casados no han pedido el desayuno? Que no pidieran la cena no me extraña, pero supongo que ya tendrán hambre.
Matilde soltó una risita cómplice, realmente estaba feliz, pero esa felicidad le duraría poco tiempo.
Paca pasó por delante de la puerta de la habitación de la pareja y vio que estaba entreabierta. Pensó que seguramente Diego ya se había levantado, así que golpeó la puerta. Como nadie le respondía, llamó.
—Don Diego, ¿les traigo el desayuno?
Como nadie le respondió, intento lo mismo, pero con María.
—Señora María, ¿quiere desayunar?
Oyó que alguien decía algo, pero no entendía qué. María tenía la cara tan hinchada que apenas podía hablar. Decidió entrar y la cama estaba vacía. Entonces la vio, estaba al lado de la cama, en el suelo.
—¡Dios! ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado aquí? Pequeña, ¿qué te ha sucedido?
María apenas podía abrir los ojos, veía borroso, casi no se podía mover.
Matilde oyó el alboroto porque las criadas habían entrado a la habitación y comenzaron a hacer alharacas. Cuando entró allí, sintió que su frágil mundo se desmoronaba. Recuerdos que creía enterrados volvieron a su mente. Comenzó a llorar y no paraba de repetir: «¡Otra vez! No puede ser, ha vuelto, está en él». Se tiró al suelo desconsolada y de repente suspiró, se secó las lágrimas y comenzó a dar órdenes:
—¡Cambiad las sabanas! ¡Que estén limpias! ¡Limpiadle la sangre, desinfectad las heridas! Que alguien busque a don Antonio, yo hablaré con él. Los padres de María no pueden enterarse de esto, si alguien de aquí dice algo, yo misma me encargaré de arruinarle su miserable vida, y también a toda su familia.
Por supuesto, solo un loco se atrevería a no obedecer a la marquesa, nadie quería perder su trabajo y tener que huir lejos con toda su familia.
—Paca, tú ve a casa del médico. Que ten lleven en el coche y que venga contigo. Cuando este aquí, hablaré con él.
Paca cogió su chal, se subió al coche y salieron rápidamente en busca de ayuda. Cuando llegaron a casa del doctor Sánchez, estaba ocupado con una paciente, Clara Guirado. Sus padres estaban en la salita que tenía preparada para que los pacientes y sus familiares esperasen. Paca se acercó a ellos y les preguntó:
—¿Alguno de los niños está enfermo?
—Es Clara. Tiene vómitos, no se encuentra bien —respondió su madre.
—Lo siento, espero que se mejore —continuó Paca.
Jorge, que regresaba de dar una clase de piano, al ver a Paca se sorprendió.
—¿Pasa algo en la casona?
—Doña Matilde quiere que su padre la visite.
Jorge sabía que entre su padre y la marquesa había algo más que una simple amistad y que su madre se ponía muy nerviosa cada vez que ella le llamaba para que la examinara. Según su padre, no había pasado nunca de un amor platónico de juventud, pero esos eran los peores enemigos según su madre, porque eran todo lo perfectos que nos los quisiéramos imaginar.
Don Antonio salió de la consulta y se dirigió con gesto serio a los padres de Clara.
—Por favor, acompañadme, tenemos que hablar.
Cuando entraron en la consulta, Clara lloraba desesperada, no quería mirar a sus padres a la cara.
—No daré rodeos, Clara está encinta. Es consecuencia del ataque que sufrió, por supuesto.
—No tenemos ninguna duda, nuestra hija es decente y nunca ha estado con hombre alguno, eso fue obra de un monstruo.
—Podéis llevarla a casa, yo me ocuparé de atender el parto y ya me diréis que vais a querer hacer con el niño. Puedo ocuparme personalmente de llevarlo al hospicio.
Que una muchacha soltera tuviera un hijo era condenarla al desprecio y a la soledad, Clara no se merecía ese destino. La familia Guirado abandonó la casa, ninguno se atrevía a levantar la cabeza. Mirando sus pies, se dirigieron al camino. Clara se subió al burro y se alejaron.
Antes de atender a Paca, don Antonio se acercó a su hijo, que estaba al lado de la puerta, y le pidió que pasara.
—Jorge, soy consciente de que tu pasión es la música, pero tienes que comenzar tus estudios de medicina. No te pido que sea ahora mismo, pero tienes que hacerte a la idea.
—Padre, sabe muy bien que no quiero ser médico. Yo quiero tocar el piano.
—Quiero que me sucedas, como yo hice con mi padre y él con el suyo. Te gustará ayudar a la gente. ¿Recuerdas que Clara fue atacada por un desconocido? Pues está encinta. Es un verdadero desastre. Necesitan alguien que les ayude y ahí estaré yo para lo que les haga falta. Jorge se disponía a salir cuando su padre le detuvo.
—Hijo, he sido realmente blando contigo y he dejado que disfrutaras de la música todo este tiempo, pero creo que ya es hora de que comiences a comportarte como un hombre. Sabes que quiero que sigas mis pasos y los de tu abuelo. Tienes que estudiar, debes ser médico. Deberías viajar a Granada y apuntarte en la universidad.
Jorge se quedó asombrado por las palabras de su padre. Siempre le había apoyado en su gusto por la música y no entendía ese repentino cambio de actitud.
Antonio salió de la consulta y con un gesto le pidió a Paca que se acercara. La mujer le habló en voz baja.
—La señora quiere que venga conmigo, es una emergencia.
La idea de ir a casa de la marquesa le había gustado. Solía llamarlo por cosas banales: dolores de cabeza, nervios, aburrimiento... Paca no habló en todo el camino, cosa que le extrañó un poco, porque era muy parlanchina, pero estaba seria y callada. Cuando llegaron a la casa, Matilde estaba esperando al lado de la puerta.
—Buenos días, Matilde, ¡qué honor que me recibas en la puerta!
—Tengo que explicarte algo. Tienes que saber que Diego está muy enamorado de María, pero ella ha tenido que hacer algo, algo que le enfadara mucho.
—¿Diego dónde está?
—No lo sé, ha salido.
—¿Y María?
—En su habitación, acompáñame.
Cuando entró en la habitación y vio a María, se acercó rápidamente a la cama y comenzó a examinarla, tenía golpes por todo el cuerpo, heridas en los labios, los ojos hinchados, sus pechos estaban amoratados y mordidos. Como no había traído material para curas, envió a uno de los sirvientes con una nota para que su esposa enviara todo lo necesario y un caballo para poder regresar luego. Quería ir a hablar con los padres de María y si volvía en el coche de Matilde, no podría. Se sentó en la cama y le dijo a María.
—Tranquila, que te curaré. Tienes que hablar con tus padres.
—No, mis padres no.
—Tienes que volver a casa.
—No puedo volver, pero conseguiré sobrevivir, esta noche ha sido muy larga y la pequeña María ha muerto, nunca seré la misma, sabré defenderme.
Cuando el criado llegó con el material, curó las heridas de su cuerpo, pero al igual que pasó con Clara, no podía curarle el alma.
Al salir de la habitación, cogió a Matilde del brazo y le dijo.
—¡Eso no es enfado, le ha pegado, la ha destrozado! Tienes que llevarla con sus padres. Ahora mismo hablaré con ellos.
—Tú no vas a hablar con nadie. Tú no vas a contar nada de lo que acabas de ver.
—Matilde, es mi obligación proteger a María.
—Tu obligación es proteger a tu familia, proteger a tus hijos, no a los hijos de los demás.
—Matilde, ¿qué estás diciendo? ¿Es una amenaza? Creía que éramos amigos.
—Mi obligación es proteger a Diego, y nunca hemos sido amigos. Me quieres y no te casaste conmigo cuando enviudé porque yo no quise y te conformaste con el premio de consolación, Teresa, una mojigata.
Era una verdad a medias, él se había enamorado de ella en su juventud y trató de convencerla de que le aceptara, sin conseguirlo, pero cansado de que le rechazara se casó con Teresa, una mujer maravillosa y de la que estaba profundamente enamorado, solo que siempre habían mantenido un coqueteo que les divertía.
—Estás equivocada, amo a Teresa. Es verdad que te quise, pero hace mucho que ya no, siento desilusionarte.
—Bueno ya está claro, gracias, doctor Sánchez, por su atención. Dígame cuánto le debo.
—No me debe nada, doña Matilde.
—Supongo que tendrá que volver a ver a María, ya me dirá cuánto es todo.
Salió de la casa dando un portazo, sin despedirse. El doctor Sánchez iba camino a su casa, absorto en sus pensamientos. Sabía qué era lo correcto, pero conocía a Matilde, no mentía, ella estaba convencida de defender a su sobrino a costa de lo que fuese necesario. No lo entendía, no sabía por qué actuaba así. Siempre había sido un poco despiadada y tenía que reconocer que ese aspecto a veces le divertía y otras le daba miedo, pero siempre se trataba de temas menos importantes. Según él, si alguien se lo hubiese preguntado a sus trabajadores, estos, seguramente, estarían convencidos de que la señora no tenía ningún tipo de piedad con ellos. Sabía que su obligación era informar a los padres de la pequeña de lo que había sucedido, pero a la vez tenía miedo. Él debía proteger a sus hijos, los Jordán no debieron vender a su hija a ese desalmado. De repente, sin pensarlo, cambió el rumbo y comenzó a cabalgar hacia El Refugio, el cortijo de los padres de María.
Matilde se quedó inmóvil frente a la puerta mientras las lágrimas le bañaban la cara.
Cuando Diego llegó, le dijo sonriente.
—Tía, ¿qué haces ahí de pie?
—¿Qué le has hecho a María?
—Nada, solo le he explicado quién manda aquí
—¡Diego! Casi la has matado. No vuelvas a hacerle eso. Ha tenido que venir el médico.
—Tía, te quiero mucho, pero no vuelvas a meterte en mis asuntos nunca más. No tenías que llamar al médico, ya se habría recuperado sola.
Le cogió la barbilla y le dio un beso en la mejilla.
—¿Cuánto hace que se fue don Antonio?
—Más o menos cinco minutos, ¿por qué?
—Qué pena. Me gustaría explicarle que fue un arrebato, que yo no hago esto salvo que me crispen los nervios y eso fue lo que hizo María. Pero ya podré hacerlo en otra oportunidad, seguro lo entenderá. ¿Ya está la comida?
—No, aún no, es pronto.
—Estoy hambriento.
Se fue caminando hacia la cocina, canturreando, sin el menor remordimiento de lo que había hecho. Matilde, que estaba de pie junto a las escaleras, cayó de rodillas y comenzó a llorar. Era un monstruo. Elena, su cuñada, se lo había advertido, pero ella nunca lo había creído, hasta ahora.
Paca se acercó a Matilde y la ayudó a levantarse del suelo, la acompañó hasta su habitación y le dijo:
—No tiene que ponerse así, doña Matilde. El muchacho está algo equivocado, no es por ofender, pero su hermano y su cuñada debieron educarlo mejor, eso se aprende desde la cuna.
Matilde le miró y le contestó.
—Sí, es verdad, eso viene desde la cuna, pero no es culpa de su educación, lo lleva dentro... Paca... es muy, muy importante que nadie más se entere de esto. Yo ayudaré a María a recuperarse, asegúrate de que coma algo. Caldo, dadle caldo, con mucho alimento, matad una gallina. Tiene que recuperarse.
Jorge escuchó que el caballo de su padre había vuelto, pero su padre no entraba en casa
—¿Padre, que ha pasado?
Comenzó a preguntar mientras abría la puerta. Al salir, vio a su padre tumbado sobre el lomo del caballo, con la cabeza golpeada y sangrando. La casa del médico era una de las primeras del pueblo, nadie vio pasar el caballo antes de llegar a su casa.
—Padre, ¿quién le ha hecho esto? —preguntó Jorge mientras trataba de bajarlo del caballo. Enseguida acudió en su ayuda Juan, que hacía muchos años que trabajaba para la familia. Cuando lograron entrarle en la casa, le subieron a su habitación y acostaron en su cama.
—¡Dios!, ¿qué ha sucedido? ¿Qué le ha pasado a tu padre?
Gritó Teresa al ver a su marido herido. Enseguida llegaron Candelaria y Maite. Las jóvenes lloraban y le preguntaban a su padre qué había sucedido, pero seguía inconsciente. Jorge se dirigió a Juan y le dijo:
—Coge el carricoche, ve lo más rápido que puedas a El Taberno y trae al médico de allí. Necesitamos que venga urgente.
—Si estudiaras medicina como quiere tu padre, sabrías qué hacer en este momento —dijo Teresa con un reproche en la mirada.
Jorge miró a su madre con los ojos llenos de lágrimas y le dijo.
—Madre, lo siento, pero ahora tenemos que ayudar a padre, no podemos discutir. ¿A dónde fue padre esta mañana?
—Fue a casa de doña Matilde. Supongo que habría algún trabajador herido, porque mando a buscar material de curas y el caballo. Es posible que algunos bandoleros le hayan atacado, sinvergüenzas.
—Por favor, traiga agua caliente y paños de la consulta de padre para intentar limpiar la sangre.
Su madre salió de la habitación rápidamente, acompañada por sus hijas y Concha, la criada, para buscar algo que sirviera para curarlo. Mientras tanto Jorge continuaba intentando que su padre le dijera qué había sucedido. De repente, don Antonio entreabrió los ojos y dijo.
—Ha sido él, ese monstruo. Tienes que salvarla, no la dejes sola, ayúdala.
—Por supuesto, haré lo que digas, padre. Además, estudiaré para ser médico como tú. ¡Padre! ¡Padre! ¡No!
Las mujeres de la casa subieron las escaleras corriendo al oír a Jorge y al llegar a la habitación vieron que abrazaba a su padre y lloraba como un niño.
—Hay que llamar al párroco. Ha sido un gran hombre, se merece la extremaunción —dijo Teresa mientras se secaba las lágrimas que no paraban de caer.
—Madre, está muerto.
—No importa, que venga igual. No puedo creer que ella haya hablado con él por última vez, después que yo. Sé que no debería odiarla, pero la odio. Es su culpa, si no le hubiese llamado, estaría vivo.
—Madre, no es culpa de doña Matilde, le han atacado.
El médico de El Taberno llegó cuando su colega ya estaba muerto, solo pudo agregar que seguramente le habían golpeado con una piedra.
En poco tiempo, la casa de los Sánchez estaba llena de gente: vecinos, sacerdote, guardia civil que no sabía qué hacer porque nadie le daba señas precisas del atacante… Antonio había muerto y Clara era incapaz de describir con claridad quién le había atacado.
Mientras tanto en el palacete, luego de comer, Diego se dirigió a su dormitorio, miró a María, la cogió de la muñeca y, mirándola a los ojos, le dijo.
—Mucho cuidado con hablar con alguien de tu familia sobre esto, o con tu príncipe azul. Te juro que si lo haces los mataré.
—No diré nada a nadie y seré la esposa que tú quieres. No lloraré nunca, haré lo que tú digas. Siento mucho haberte enfadado.
—Mañana parto a Cádiz, al Puerto de Santa María. Allí cogeré el vapor a Marsella y desde allí iré a París, tengo pendiente una luna de miel. Tú no saldrás de la casa hasta que yo vuelva, porque te llevaré conmigo, por supuesto, en el corazón —Salió de la habitación haciendo un gran estruendo al cerrar la puerta.
María sintió un gran alivio de saber que estaría bastante tiempo separada de él. Durmió toda la tarde y de repente, ya por la noche, sintió que alguien le estaba tocando el cuello. Al abrir los ojos, ahí estaba él, sonriendo.
—¿Tienes miedo? Solo quiero besarte, sé el asco que te produce y me divierte. Este sitio me aburre soberanamente.
Comenzó a besarla con rabia. María ya había aprendido a controlar sus sentimientos, no derramó ni una sola lágrima, solo pensaba en qué momento de su vida podría liberarse de él. Ante la perplejidad de Diego, ella le respondió el beso de la manera más apasionada que supo para sus 13 años y le pasó la mano por la cabeza en un intento de que por lo menos sintiera piedad por ella.
—Bueno, pequeña, creo que vas aprendiendo quién manda aquí. Si sigues portándote así, las cosas pueden ir bien entre nosotros. Quiero que sepas que lo único que quiero de ti es que me des hijos. No es tan difícil, ¿verdad?
María dibujó una mueca que imitaba una sonrisa, pero a Diego no le importaba si ella era feliz o no, solo quería que le obedeciera. Se bajó los pantalones, le separó las piernas y, sin el más mínimo cuidado, la penetró de forma salvaje, haciéndole un desgarro en el himen que le provocó un sangrado. El calor de la sangre excitó a Diego, que por fin sentía placer a pesar de la frigidez que tenía su nueva esposa según él. María soportó el dolor y su único pensamiento era no quedar encinta, no tener un hijo de ese hombre malvado que disfrutaba torturándola. Continuó con el coito de forma salvaje hasta que de repente la erección desapareció. Se separó de María y le dijo:
—Eres fría como la nieve. Si sigues así, te calentaré yo mismo con el atizador de la chimenea.
—Lo siento, es que yo no sé qué tengo que hacer.
—Ya aprenderás, yo me encargaré.
Matilde había estado toda la tarde pensando cómo lograr que Antonio no hablara con los padres de María, pero de repente esa preocupación dejó de tener sentido. Paca fue a su habitación y con voz temblorosa le dijo.
—Doña Matilde, perdone que la moleste, pero tengo que decirle lo que ha pasado.
—Habla, mujer, no te quedes ahí como un pasmarote.
—Don Antonio fue atacado, le han golpeado con una piedra y... y…
—¡Y qué!
—Ha muerto.
Matilde palideció de repente y comenzó a gritar.
—¡Déjame sola! ¡Sal de aquí!
Cayó en el suelo y ni siquiera pudo llorar, solo pensaba que la única persona que realmente la apreciaba en aquel lugar había muerto.
Antonio, el único hombre que había amado y amaba, el amor de su vida, había muerto y las últimas palabras que se habían dicho estaban cargadas de reproches. Matilde sabía que él también conservaba en el fondo de su ser el amor que sentía por ella, aunque se había casado con Teresa. Sabía que él no la había olvidado y que la quería, y ya no volverían a estar juntos, ya no volverían a hablar.
—¡Paca! ¡Ayúdame a vestirme!
Matilde se vistió de riguroso luto, tocó la puerta de la habitación de Diego y cuando le abrió, le dijo.
—No lo puedo creer, pero has tenido suerte. Alguien ha atacado a Antonio volviendo a casa y ha muerto, es increíble. Me voy a su velatorio a presentar mis respetos a la familia, ¿María cómo está?
—Tía, ya te he dicho que no te metas en mis asuntos.
—Diego, veré a los padres de María en casa de los Sánchez. Les diré que os habéis ido esta mañana, porque no entenderían por qué no va María conmigo, sabes que las dos familias están muy unidas. No quiero que la vean así, tendrías que dar explicaciones.
—Entiendo, tienes razón. Mañana temprano me marcharé y tú serás la encargada de que mi dulce esposa no salga de casa hasta que yo vuelva.
—Tranquilo, no saldrá.
—Diego cerró la puerta y fue hasta la cama.
—Quiero que sepas que ya nadie te va a defender. Tu médico ha tenido mala suerte, alguien le ha matado.
Matilde llegó a casa de los Sánchez, consoló a los hijos de Antonio y cuando llego frente a la viuda, a la cual no le tenía simpatía alguna, realmente se dio cuenta de que era la esposa que Antonio se merecía. Estaba destrozada, ella lo adoraba, no podía dejar de llorar. La sostenían cada vez que intentaba ponerse en pie porque sola no podía.
—Lo siento, no sabes cuánto. Yo le tenía un gran aprecio, realmente en mi vida quedará un vacío imposible de llenar. Sé que nunca te ha gustado que tenga estos sentimientos de amistad hacia tu esposo, pero quiero que sepas que ha sido el mejor marido del mundo. Nunca, nunca, jamás ha intentado traicionarte. Es justo para él que lo sepas. Ha sido un gran médico y un gran hombre.
Matilde lloraba y se le ahogaban las palabras mientras hablaba. Las dos mujeres se fundieron en un abrazo.
Jorge se acercó a Matilde y le preguntó:
—¿María y Diego ya han salido de viaje?
—Sí, se han ido por la mañana. Cuando se enteren de lo sucedido, lo lamentaran muchísimo.
—¿Estaban bien?
Adivinando el objetivo de la pregunta, Matilde le respondió.
—María estaba radiante, se la veía feliz, el matrimonio le ha sentado muy bien.
—Me alegro —dijo Jorge con un nudo en la garganta, casi no le salía la voz. No podía entender cómo su María había cambiado tanto en tan poco tiempo, pero en realidad era lo mejor que podía pasar, él se había negado a ayudarle y lo más normal era que ella se acomodara a su destino.
Las horas pasaban lentas, la noche cargada de rezos y llantos fue eterna, los rosarios se sucedían uno tras otro sin parar. La mañana siguiente comenzó con la casa con apenas algunas personas, ya que se habían ido a sus casas a prepararse para el entierro. La marquesa ofreció su ermita para el oficio religioso y desde allí por fin Antonio descansaría en paz en el cementerio del pueblo.
Temprano por la mañana la familia Guirado llegó a la casa para presentar sus respetos, don Antonio les había ayudado mucho desde el ataque de Clara y había llegado a sus oídos que le había atacado el mismo monstruo.
El cortejo fúnebre se encaminó rumbo a la ermita. Allí el sacerdote ofició un funeral muy emotivo, todos apreciaban a Antonio y su mujer y sus hijos le adoraban. Matilde no soportaba la culpa, ella llevaba sobre sus hombros un peso infinito, pero no podía delatar a Diego, ella le amaba y no le abandonaría nunca.
La tierra cubrió finalmente a la única persona que habría sido capaz de descubrir a Diego. Por el momento, no corría peligro.
Capítulo 5. Una Nueva Vida.
María estaba atónita siguiendo la historia en el espejo cuando de repente sintió la mano de Alejandro, que le tocaba el pecho a través del escote de la camisa. La cogió desprevenida, pero le respondió como siempre, con una sonrisa. Apoyó su cabeza en el torso de él y se dejó acariciar, quitar la camisa. La colocó sentada en el tocador, la cogió a horcajadas y la llevó a la cama, y allí volvieron a amarse una y otra vez hasta quedar extenuados.
Siguieron en la habitación hasta la hora de la cena. Volvieron al restaurante del hotel y luego dieron un paseo por los jardines.
—Me han comentado que a unos cientos de metros de aquí hay una ermita muy antigua. Mañana me gustaría ir a visitarla —comentó Alejandro.
—Sí, a mí también. Este sitio es precioso y además tiene una atmósfera muy especial.
—Pues deberíamos dormir temprano, así aprovechamos el día mañana.
—Sí, es verdad. Llamaré a casa y luego subimos a la habitación.
—Si vas a hablar con el imbécil de tu marido, subo ya mismo a la habitación.
—No le llames imbécil, sabes que tengo un sentimiento de culpa enorme por lo que estamos haciendo.
—Por lo que estás haciendo tú, no es mi marido.
María se quedó sola en el jardín, habló por teléfono con su familia y luego se sintió muy mal por las mentiras que se vio obligada a decir para encubrir la situación.
Cuando subió, Alejandro estaba dormido, lo que le dio una oportunidad maravillosa para continuar mirando a través del espejo. Una vez más, la historia se abría a ella sin saber por qué.
El Campillo, 23 de mayo de 1868.
Jorge se despertó de repente en mitad de la noche sobresaltado. Estaba soñando con su padre, que una y otra vez le pedía que la ayudara a ella, pero ¿a quién? Entonces lo vio claro: debía honrar a su padre. Se casaría con Clara y se marcharían de allí; sería médico como quería su padre y luego volvería para ocupar su lugar. Temprano por la mañana, se levantó y fue a casa de la familia Guirado. Una vez estuvo allí, pidió al matrimonio que le escucharan un momento.
—Con todo mi respeto, señor Guirado, quiero pedirle la mano de su hija Clara para desposarla.
—¿Está seguro de lo que está diciendo? ¿Conoce el estado de mi hija?
—Su hija es una muchacha honrada, yo intentaré que sea feliz. Por supuesto, si ella está de acuerdo. Mi padre quería que fuese médico y luego de lo que ha sucedido, creo que mi mejor homenaje es hacer con mi vida lo que él quería: seré médico y ayudaré a Clara. Me lo pidió especialmente antes de morir.
—Gracias, no sé cómo agradecerle esto. Mi pobre hija estaba condenada al repudio y la vergüenza, y ahora usted se hará cargo de ella.
—Quiero saber qué opinión tiene Clara de todo esto, por nada del mundo quiero que se sienta obligada a una boda.
Clara estaba sentada en un rincón, oía ausente cómo decidían sobre su vida cuando Jorge le cogió la mano y comenzó a hablarle:
—¿Quieres ser mi esposa?
Casi sin mirarle a los ojos, contestó con un hilo de voz:
—Sí, gracias. No sé por qué quiere hacer esto.
—Porque te lo mereces. Has tenido muy mala suerte y no te mereces sufrir toda la vida por ello.
»Me encargaré de disponer todo lo necesario para que la boda se celebre lo antes posible y poder marcharnos para matricularme en la universidad y comenzar los estudios el próximo curso. Esto es para que Clara se compre un bonito vestido para la boda, y si os hace falta para el resto de la familia también.
Mientras hablaba, le dio un sobre a José con dinero dentro.
—No, señorito, no hace falta.
—Me da igual.
—No podemos aceptarlo.
—Claro que sí. Por favor, déjeme colaborar.
Al salir de casa de los Guirado, Jorge se acercó al pueblo y fue a casa de su amigo Pedro. Tenía que contarle lo que había decidido hacer para honrar la memoria de su padre.
—Pasa, siéntate, pero no sé qué puede ser tan importante para que tengas que decírmelo hoy, el día siguiente del entierro de tu padre.
—Me casaré y me iré del pueblo para estudiar. Seré médico, como quería mi padre. Algún día descubriré quién le mató. Sabes no ha sido un accidente, le han matado, y no han sido bandoleros ni ladrones. Él me lo dijo, fue el monstruo que atacó a Clara, pero no fue un monstruo, fue un hombre y descubriré quién fue. Además, mi padre me pidió que protegiera a Clara. Está embarazada. La desposaré, no se me ocurre mejor manera de ayudarla. La convertiré en mi esposa y seré el padre de su hijo.
—No puedo creerte, estás loco. Lo de ser médico, aún; tu pasión es la música, pero lo entiendo, era lo que quería tu padre. Pero ¿casarte? ¡¿Qué dices?! Tu padre no te ha pedido semejante cosa, si a Clara apenas la conoces. No has querido ayudar a María que sí te importa y ¡ahora te quieres casar con Clara! Descansa, duerme, con la mente despejada te lo piensas otra vez.
—Ya le he pedido la mano a su padre, y doña Matilde me ha dicho que María se fue de viaje, feliz. Me dijo que estaba radiante, no tenía que salvarla de nada.
—Es eso, tienes celos y crees que casándote con Clara te olvidarás de María. No lo conseguirás, porque no quieres a Clara.
—Quiero hacer una buena obra, ¿es tan difícil de entender?
—Uno no se casa para hacer una buena obra, se casa porque ama a una mujer y quiere ser feliz junto a ella.
—Está decidido. Solo quería que lo supieras, porque quiero que vengas a mi boda. Será una ceremonia sencilla, con la familia; estamos de luto y Clara tampoco querrá ninguna celebración, la pobre se casa como quien toma un brebaje de la botica. Está agradecida, pero nada más.
—Eres un hombre increíble. Dame un abrazo, estaré allí y te apoyaré en todo lo que quieras. Cuando no estés aquí, yo personalmente cuidaré de tu madre y tus hermanas.
Luego de despedirse de su amigo, Jorge regresó a su casa para hablar con su madre. Teresa estaba en su habitación, se había levantado de la cama, pero desde que se había despertado no paraba de llorar.
—Madre, tengo que hablar con usted. Tengo que decirle las últimas palabras que me dijo padre antes de morir. Me dijo que le había atacado el mismo monstruo que a Clara y que debía ayudarla.
—Por favor, Jorge, ahora no quiero oírte. No puedo hacerme a la idea aún que tu padre a muerto.
—Madre, es muy importante. He decidido que estudiaré medicina como él y usted queríais y que me casaré con Clara.
—¿Con quién?
—Con Clara Guirado.
—Pero si no la conoces. Ellos no son de nuestra clase, nunca has tenido trato con esa joven, al menos que yo sepa.
—Antes de ir a casa de doña Matilde, padre atendió en la consulta a Clara y me contó que está encinta, consecuencia del ataque que sufrió hace unos pocos meses. Antes de morir, me pidió que la ayudara y es la única forma que encuentro de cumplir su última voluntad.
—Ahora no puedo pensar con claridad y creo que tú tampoco. Ya encontrarás otra forma de ayudarla, descansa y en unos días volveremos a hablar.
Se acercó a su hijo y le dio un beso mientras le abrazaba con amor y ternura. Era su primogénito, y ahora que su marido había muerto, su apoyo para seguir adelante.
—Madre, le he pedido la mano de Clara a su padre. Es una decisión tomada, no voy a cambiar de idea.
—¿Por qué me haces esto, Jorge? Deja que llore a tu padre en paz, no me traigas más dolor. ¿Por qué no piensas en mí?
—Lo siento, madre. La boda será pronto para irnos del pueblo antes de que se note que está encinta. El origen de este embarazo será un secreto, lo sabemos muy pocas personas, el niño será mío ante todo el mundo. Será una boda sencilla, solo acudiremos los contrayentes, las familias y mi amigo Pedro.
—Tendrías que tomar ejemplo de Pedro, él sigue las normas de la sociedad, enorgullece a sus padres, estudia leyes, será un gran abogado.
—Lo siento, madre, pero padre nos enseñó que antes de las normas sociales estaba el bien del prójimo y usted también piensa así, solo que ahora, como ha dicho, no puede pensar con claridad.
Teresa se encerró en su dormitorio y lloró todo el día, por su marido, por la boda de su hijo, porque sus jóvenes hijas ya no tendrían un padre que velase por ellas y, sobre todo, porque se sentía muy sola. Su otra mitad había muerto y ya nunca las cosas volverían a ser como antes.
Los días posteriores a la muerte de Antonio transcurrieron tristes. Ninguno lograba hacerse a la idea de que ya no volvería, que la casa no se llenaría de gente cada mañana pidiendo su ayuda.
Jorge era el único que entraba y salía, haciendo gestiones, comunicándose con amigos de su padre para que le recomendaran dónde era más conveniente hacer su carrera.
Mientras decidía dónde se trasladarían, ultimó los detalles de su boda con Clara. Por supuesto, no fue una boda como la de María y Diego, solo la familia y unos pocos invitados.
Acudieron a la vicaría y allí, en una ceremonia corta, el cura párroco, que por supuesto conocía los detalles que los llevaba a unir sus vidas en matrimonio, los casó. Al finalizar la ceremonia, los padres de Clara sentían que un enorme peso se iba de sus hombros; no lograban entender cómo podían existir hombres que se comportaran peor que bestias y otros que fuesen ángeles, entre ellos Jorge, que estaba actuando como uno.
José Guirado abrazó a Jorge como se abraza a un hijo y le dio las gracias una y otra vez. Su hija que había sido deshonrada, ahora era la esposa del hijo del difunto médico. Vicenta, su mujer, también estaba feliz de que se marcharan de allí, por lo menos algún tiempo, así todo el pueblo creería que el hijo que esperaba era de su marido.
Pedro se acercó a su amigo en la puerta de la iglesia y con voz socarrona le preguntó:
—¿Dónde sigue la pantomima?
—Si te apetece compartir nuestra felicidad, comeremos todos juntos.
—Lo que decía, claro que iré a vuestra casa.
El silencio reinó durante toda la comida, los únicos felices eran los padres de Clara, su padre incluso propuso un brindis por los novios, a lo que el resto respondió con desgano.
Cuando estaban en los postres, alguien tocó a la puerta. Concha abrió y ante sus ojos encontró a la marquesa. La pobre palideció, nadie había invitado a doña Matilde y estaba claro que no le había sentado bien. Ahora su ira se descargaría sobre aquella casa.
—¿Puedo pasar? ¿O sin invitación no puedo?
—Claro que puede pasar.
Teresa ya estaba junto a la puerta y le dijo:
—Entenderás que no estamos de fiesta, es solo una formalidad.
—¿Cómo lo has hecho? Tienes un hijo que es un cielo.
—Como su padre, igual a él. Tú también serías una buena madre, la diferencia es que no tienes hijos.
—Quería darles un presente a los novios.
—No les hace falta.
—Por favor, déjame colaborar en la formación de nuestro futuro médico, sabes que quiero a tus hijos.
En realidad, Matilde se sentía culpable por haber llamado a Antonio; si no hubiese acudido al palacete, no le habrían atacado.
Mientras las mujeres hablaban, Jorge se había acercado.
—Jorge, quería daros un regalo, si no te importa.
—Claro que no, pero no tenía por qué molestarse.
—Esta llave es de una casa que tengo en Granada. Es la casa donde me crie, no la utilizamos. Me encantaría que vivierais allí. Y esto es una cuenta en el banco, siempre habrá dinero allí para vosotros. La Escuela de Medicina y Cirugía de allí tiene gran prestigio.
—Es demasiado.
—Te pido por favor que lo aceptes, es un homenaje a tu padre. Él ha sido mi mejor y único amigo siempre, se lo debo.
—Muchas gracias. En pocos años estaré aquí, siguiendo el ejemplo de mi padre.
Matilde volvió satisfecha de lo que había hecho, estaba acostumbrada a arreglar todo con dinero. Se encontraba en el salón tomando un té cuando vio que María bajaba las escaleras.
—¿Ha ido a la boda?
—Solo he ido a llevarles un presente, no estaba invitada. En realidad, no había fiesta. Con la muerte de don Antonio, por supuesto que nadie tiene el cuerpo para festejos.
—¿Jorge estaba feliz?
—Sí, se le veía ilusionado.
—Me hubiese gustado verle, pero como estoy de viaje de bodas en París...
—En tu estado lo más apropiado era que te quedaras en casa, no podías irte de viaje.
—Diego ya viaja por los dos, ¿verdad?
—Querida, lo mejor será que trates de aceptar la situación, por el bien de todos.
—Sí, será lo mejor, para que nadie más resulte perjudicado.
Vélez Rubio, marzo de 2015.
María decidió dormir, aunque alejarse del espejo era un gran sacrificio, necesitaba desesperadamente saber cómo continuaba la historia.
A la mañana siguiente, María y Alejandro se levantaron pronto por la mañana, bajaron a desayunar y luego se acercaron caminando a la ermita.
Al entrar, María se dio cuenta que había sido allí donde se habían casado Diego y la pequeña María. Era realmente extraño, no sabía por qué estaba sucediendo. ¿Alguna otra persona habría visto lo mismo que ella? Y lo que era peor, en unos días se irían de allí y no sabía cuándo iba a poder volver, estaría a miles de kilómetros de distancia.
La ermita era pequeña, con una puerta de forja para acceder a un pequeño jardín y un pórtico de madera por el cual se accede al interior: una sola nave separada en varios tramos por arcos ojivales de ladrillo, blanca, pintada a la cal. En la cabecera estaba el camarín de la Virgen; en el techo, vigas de madera a dos aguas, con una sola campana. Era acogedora, aunque Alejandro comenzó a sentir una sensación de ahogo y malestar. María, preocupada, lo cogió de la mano y salieron de allí.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás mareado?
—Estoy bien, no sé. Me pasa en las iglesias, no me siento bien.
—A ver si vas a ser descendiente de Belcebú.
Alejandro le cogió con fuerza de la muñeca y con rabia le espetó.
—No bromees con esto, ten cuidado con lo que dices.
—Era una broma, por Dios, estás muy susceptible.
Volvieron al hotel sin dirigirse ni una sola frase más. Alejandro, al llegar a la puerta, la miró serio.
—Necesito estar solo, tengo que pensar.
—¿Te pones así por una broma? Yo siempre dejo pasar lo que no me gusta y en realidad no veo el motivo de tu enfado.
—Deja, solo quiero caminar —dijo Alejandro mientras la empujaba para separarla de su lado.
—Lo que tú quieras, estaré en la habitación.
María otra vez tenía esa sensación de congoja y ahogo que le embargaba cuando discutía con Alejandro. La sola idea de que la dejara le provocaba un desasosiego, una sensación de estar frente a un abismo, a pesar de tener la absoluta convicción de que el abismo era estar con él. Estaba poniendo en peligro su matrimonio, su familia, su futuro...
Subió a la habitación, se sentó frente al tocador y se miró en el espejo. No se sentía merecedora del amor de Alejandro, se veía mayor, aunque no era así. Era una mujer que no aparentaba la edad que tenía, de mediana estatura, delgada, su pelo castaño claro y liso le caía sobre los hombros, tenía los ojos color miel y una sonrisa muy bonita, pero ella no lo veía. Comenzó a llorar con mucha tristeza, sollozaba. Cuando de repente vio que en el espejo comenzaba a ver las imágenes otra vez, se secó los ojos y comenzó a mirar.
El Campillo, junio de 1868.
A los pocos días de la boda, Jorge y Clara partían rumbo a Granada. Finalmente, el regalo de Matilde había inclinado la balanza en favor de este destino.
Jorge, ya en la puerta de su casa, antes de subir al carruaje para ir a recoger a Clara, que había preferido estar en casa de sus padres los días antes de partir, comenzó a despedirse de sus hermanas, de su amigo Pedro y finalmente de su madre, que lloraba angustiada.
—Madre, no llore. Me voy a Granada a estudiar medicina, como usted y padre querían.
—Pero ahora no era el momento, yo te necesito a mi lado.
—Tiene a mis hermanas, que cuidaran de usted. Y además, hasta septiembre, mi amigo Pedro estará pendiente de todo lo que podáis necesitar. No dudéis en llamarle.
Pedro se acercó cuando oyó lo que decía Jorge y le reafirmó.
—Por supuesto que estaré pendiente de vosotras. Yo mismo pasaré todos los días para cerciorarme de que estéis bien, así luego podré poner al tanto a Jorge de todo lo que acontezca por aquí.
—Gracias, eres un muchacho encantador, trataremos de no molestarte.
—En verano me tendrá aquí otra vez. Por Navidad no podremos venir por el embarazo de Clara, pero el tiempo pasa muy rápido.
—Hijo, deja que te dé un abrazo.
Teresa se fundió con su hijo en un abrazo del cual no se hubiera soltado nunca, pero con la ayuda de Pedro, Jorge la soltó de su cuello y subió al carruaje. Por la ventana, le habló a su amigo.
—Nos vemos en septiembre. Quiero que cuides de todas ellas; cuando llegues a Granada, me contarás las novedades. Hasta pronto.
El carruaje comenzó a andar y se fue alejando lentamente mientras Pedro le respondía.
—Tranquilo, intentaré estar al tanto de todo lo que pase por aquí. Te informaré todas las novedades.
Pedro sabía que además de que cuidara de su madre y sus hermanas, Jorge le encomendaba que estuviera al tanto de lo que sucedía en la vida de María, aunque eso era más difícil.
El carruaje se detuvo frente a la casa de los Guirado. Allí le esperaba Clara. Sus padres y sus hermanos comenzaron a despedirse de ella, era la primera vez que se separaban.
—Clara, hija, tienes que pensar que es por tu bien y el de tu hijo —le dijo Vicenta, que en el fondo estaba contenta con que se fuera del pueblo, así se evitaría las habladurías sobre el embarazo.
—Sí, madre, ya lo sé, pero prometa que va a ir a Granada para cuando nazca el niño. No quiero estar sola, tengo miedo —las últimas palabras las dijo sollozando.
—Yo me encargaré personalmente de enviar un carruaje a tu madre para llevarle a Granada, tranquila, no estarás sola, pero tenemos que irnos, se está haciendo tarde y el camino es largo. Pasaremos la noche en alguna venta, cenaremos y dormiremos allí. Los caballos también tienen que descansar para completar el camino mañana. Sube por favor.
—Sí, subo enseguida.
Abrazó una vez más a su padre y a su madre y le dio un beso a cada uno de sus hermanos y hermanas. Les prometió que volvería pronto y que les traería regalos. Los niños sonrieron ilusionados.
Cuando estuvieron sentados en el carruaje, comenzaron el largo camino que los llevaría a una nueva vida.
—Trata de descansar y pide todo lo que necesites, no tengas reparo. Estás encinta y debes tener mucho cuidado.
—Gracias. Si necesito algo, lo pediré, tranquilo.
Clara cerró los ojos y dejó de hablar. Jorge no dejaba de mirarla y trataba de imaginar qué pensaría ella en aquel momento, si estaría aliviada de irse lejos o por el contrario estaría sufriendo enormemente por su culpa.
Jorge la encontraba bastante guapa, pero no la quería ni la deseaba. Si su padre no se lo hubiera pedido, nunca hubiese pensado en casarse con ella, pero tenía la esperanza de que con el tiempo llegaría a quererla, era su esposa y era su obligación hacerle feliz y criar al pequeño que venía en camino. No era su hijo, pero él lo había aceptado como tal, ya no había vuelta atrás.
Pararon dos o tres veces durante el día para hacer sus necesidades al costado del camino y a comer. Por fin, cuando estaba oscureciendo, llegaron a una venta y allí se dispusieron a cenar y a pasar la noche.
Jorge le cedió la cama a Clara y él durmió sobre unas mantas en el suelo; no quería incomodarle, no era momento para intentar intimar.
Al alba, siguieron rumbo a Granada y luego de varias horas en el camino, llegaron.
Era mediodía y en Granada el sol brillaba en lo alto del cielo, provocando que los atribulados viajeros casi no pudieran respirar. Enseguida encontraron la dirección que les había apuntado Matilde en un papel.
La casona estaba en una calle tranquila. Llamaron a la puerta y el ama de llaves les abrió y recibió muy amable; eran invitados de la marquesa y eso significaba que debía atenderlos como si se tratara de su señora.
—Buenos días, he recibido el telegrama de la señora marquesa, estoy a su entera disposición. Pasen, están en su casa. Mi nombre es Josefa, les presentaré al resto del servicio: Mariola, Manuel, mi marido, y Dolores.
—Gracias, mi esposa y yo estamos muy agradecidos. Si por favor nos indican dónde están los dormitorios… Está encinta y se siente cansada por el viaje.
—Yo no estoy acostumbrada a tener servicio, ni a vivir en una casa como esta. Ya me enseñareis qué tengo que hacer.
—Señora, usted descansar y cuidarse, nosotros nos encargaremos de todo. El cuarto de los señores está en la planta de arriba; subiremos las maletas, así podrán acomodarse.
—El cuarto principal lo dejaremos para Clara, yo dormiré en el cuarto de invitados.
—Como quiera el señor. Enseguida le ventilo el cuarto.
Jorge golpeó la puerta de la habitación de Clara.
—Clara, ¿bajas a comer?
—Sí, enseguida bajo, gracias.
Clara y Jorge comieron en silencio. No sabían qué decirse, apenas se conocían, pero se habían convertido en marido y mujer por decisión de Jorge, que creía que así cumplía la última voluntad de su padre.
Esa misma tarde, Jorge fue a la Facultad de Medicina y Cirugía para inscribirse en el próximo curso.
Clara aprovechó para conocer la casa y salir a dar un pequeño paseo acompañada de Josefa por los alrededores.
Josefa y los demás criados vieron raro que los recién casados no compartieran dormitorio, pero creyeron que era a causa del embarazo de Clara.
Cuando Jorge regresó a la casona a la hora de la cena, le dijeron que la señora estaba muy cansada, que había cenado pronto y se había retirado a dormir.
Jorge cenó solo. Luego de cenar, se asomó a la habitación de Clara y vio que dormía tranquila. La arropó y decidió salir a dar un paseo por la ciudad.
En las calles aún había gente, el intenso calor hacía que muchas personas salieran a dar paseos por la noche, que estaba más fresco. Se dirigió a una zona donde había ventorrillos y algún que otro colmado; fue a unos y a otros bebiendo chatos de vino y coñac. Cuando comenzó a notar que se estaba mareando, decidió entrar a un burdel. Allí se sentó en una mesa y pidió un vaso de anís. Se lo sirvió un ángel, en medio de su desesperación, porque ya estaba arrepentido de todas las decisiones equivocadas que había tomado. Aquella cara dulce y sonriente le parecía una aparición.
—Puedo sentarme contigo, has bebido mucho.
—Qué va, un poco de más.
—Tú no bebes, ¿es la primera vez?
—Que me emborracho, sí. Si mi madre me viera, pobre, qué disgusto que tendría.
—Estás estudiando para los exámenes de la universidad.
—No, aún no he comenzado. Me he casado hace 5 días o 6, ya no recuerdo.
—¿Y tu mujer?
—Encinta, pero de otro, no es mío.
—¡Dios!, ¿qué dices?
—La verdad, yo te contaré, algún desgraciado la violó, la dejó encinta y yo me he casado con ella para ayudarla, pero no la quiero y ella a mí tampoco, y estoy enamorado, pero la he perdido.
—Creo que no estás bien, deberías dormir.
—No quiero dormir, quiero pasar la noche contigo, eres muy guapa.
—Gracias, pero hay chicas más jóvenes. Creo que hasta hay alguna virgen aún. Si tienes dinero, puedes escoger a alguien mejor que yo.
Jorge le cogió la cara con sus manos y le dijo.
—Tú eres preciosa.
—Pero ya soy muy mayor, he estado con muchos hombres y a ti te gustará más una virgen.
—Tú querrías estar conmigo.
—Por supuesto, eres el hombre más amable que he conocido.
—Pues entonces no se hable más, vamos a la habitación.
—Mi nombre es...
—Ángeles, porque tú eres mi ángel. Yo te bautizo, Ángeles.
—Y tu nombre...
—Jorge, me llamo Jorge.
Cuando Ángeles le tumbo en la cama y comenzó a quitarle la ropa, Jorge se quedó dormido y estuvo así hasta que comenzó a entrar el sol por el ventanuco que tenía la pequeña habitación.
—Buenos días —le dijo Ángeles mientras le ofrecía un tazón de café que llevaba en la mano.
—Dios mío, ¿qué hago aquí? Tengo que irme a mi casa.
—No te vayas aún, tengo mucho que ofrecerte. Tendrás que pagar por toda la noche de todas formas, aprovecha y descarga tus problemas conmigo. Bueno, si aún te sigo pareciendo lo suficientemente guapa; si no, puedo buscar a otra muchacha.
—Eres preciosa, pero pagaré igual, no me debes nada.
—Es que quiero hacerlo. No sé, es como si de repente hubiese descubierto el amor.
—Eres muy dulce, Dios sabrá las tonterías que me habrás tenido que aguantar anoche, estaba totalmente bebido. Yo no hago esto, no sé qué hago aquí.
—Visitar a una amiga. Considérame tu amiga y ven, hazme tuya.
—No sé, no está bien.
—¿Por qué no?, ¿por la mujer encinta de otro, por la mujer que dejaste escapar, o porque te da asco acostarte con una puta?
—Shhh, no digas eso.
Jorge le cerró los labios con su dedo.
—No eres eso, eres mi ángel.
Mientras le hablaba, comenzó a quitarle la enagua que llevaba y comenzó a besarla y a acariciarla. Se dio cuenta de que ella necesitaba cariño y que él también y que podrían saciar sus necesidades mutuamente, en realidad no le hacían mal a nadie.
Siguieron dándose caricias y besos dulcemente mientras él entraba en su interior y la poseía. Ella se dejaba llevar. Cerró los ojos e imaginaba que no estaba en ese triste burdel, que estaba en su casa, que él era su amante y que no la dejaría nunca. Cuando llegó al orgasmo, gimió de placer y de pena porque volvió a la realidad. Él también llegó al orgasmo y se quedaron tumbados uno al lado del otro, haciéndose caricias, arrumacos y carantoñas, como si fuesen dos enamorados.
—Volverás alguna noche más.
—Sí, claro, pero sobrio. Y te contaré mi historia. No sé qué te dije anoche.
—Creo que has estado más sincero de lo que crees, pero me la puedes volver a contar.
—Me da mucha pena dejarte aquí.
—Vivo aquí.
—Ya lo sé, pero ahora te conozco, te he visto a la luz del sol, no de una vela que casi no te deja ver el rostro. Ahora eres mi amiga, nos hemos entregado el uno al otro a pesar de que iba a pagar igual. Lo has hecho porque has querido.
—Lo he hecho por placer. Hace tanto que eso no pasaba… Creo que desde esa primera vez, y ya no se repitió nunca más.
—Lo siento.
Jorge la atrajo hacia sí y la abrazó mientras le acariciaba sus cabellos rubios como el trigo y le besaba la cabeza y la frente. Le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Para ti soy Ángeles, he vuelto a nacer, me has dado la vida otra vez. Ya tengo una ilusión: esperar a que aparezcas por esa puerta cada noche. Trabajaré mucho durante el día para poder estar la noche que vengas contigo. Yo salgo barata porque soy vieja.
—No digas eso, eres joven y preciosa.
—Tengo treinta años.
—Eres un cielo. Tengo que marchar, pero tranquila, que volveré. No puedo prometerte cuando, pero volveré.
Lo cierto fue que Jorge se encontraba tan solo que volvió casi todas las noches. A veces solo hablaban, a veces solo dormían y otras veces se amaban desesperadamente, intentando olvidar la realidad de sus vidas.
Capítulo 6. El Regreso de París
Con el tiempo, las heridas de María fueron cicatrizando y, lamentablemente, Diego regresó de su viaje de bodas. El lado bueno era que María podía enviar un carruaje para que Carmen viniera a su lado, ya no se sentiría tan sola y desamparada.
Cuando Diego entró en el palacete, lo primero que hizo fue buscar a su tía. Cuando la encontró en el jardín, a la sombra de los árboles, la sorprendió tapándole los ojos, sabía perfectamente cómo dominarla.
—¿Quién soy?
—Mi príncipe.
—Soy yo, Diego.
—Lo que he dicho, mi príncipe. Te he extrañado mucho, qué ganas tenía de verte.
Se puso en pie y lo abrazó, feliz de tenerlo otra vez en casa. Ella creía que se había comportado mal antes de irse, pero que solo había sido una equivocación. Seguía confiando en la bondad de Diego y en que ya no habría más errores.
—Gracias, tía. Te he traído muchos regalos de París.
—¿A tu esposa le has traído regalos también?
—No sabía que traerle, es tan apática.
—Es una niña asustada. Ve a saludarla, sé dulce y suave con ella, trata de enmendar el error del día de la boda. Vamos, no seas crío.
Diego entró en la casa y comenzó a subir las escaleras. Quería sorprender a María, sabía que no sería bienvenido. Abrió la puerta de la habitación y allí estaba ella, leyendo junto a la ventana.
—Hola, he regresado.
—Hola —La voz de María denotaba el pánico que sentía.
—¿Me recibes así, ni un beso, ni una sonrisa?
—Espero que hayas disfrutado de tu viaje.
—No lo dudes, ha sido un viaje maravilloso. Espero que me hayas extrañado, pero ya estoy otra vez aquí para hacerte feliz, ¿o desdichada? Realmente, me importa muy poco.
Mientras hablaba, se acercaba a María y comenzó a tocarle de esa forma que a ella no le gustaba. Aquella tarde, Diego intento hacerla suya otra vez, pero le fue imposible conseguir una erección. No podía descargar la furia en ella como la tarde de la boda, temía que su tía no le volviera a encubrir.
Se fue de la habitación dando un portazo y María respiró aliviada, por lo menos por esa noche no la volvería a molestar.
Cuando Diego bajó al salón y se disponía a salir, se acercó Eusebio, el mayordomo.
—Señor, tiene una carta para usted.
—Gracias, te puedes retirar.
—¿No quiere enviar una respuesta?
Diego leyó la carta con gesto serio y le dijo:
—Que me preparen un caballo, tengo que salir.
—Enseguida lo tendrá en la puerta.
Diego salió y montó el caballo. Cabalgando, se perdió en el bosque.
En el pabellón de caza había una reunión. A pesar de que aún había sol, dentro del pabellón era imposible ver, estaba absolutamente oscuro.
—Ya estoy aquí. Hace tiempo que no tenemos una reunión.
—Sí, pero debemos demostrar nuestra fidelidad, las nuevas generaciones perdéis poderes. Además, es necesario pasar más desapercibidos y dar la estocada cuando nuestra víctima no lo espera. Sois mis sucesores y vuestros hijos deben perpetuar el mal en la tierra. Sé que cada uno tenéis vuestra debilidad para hacer el mal, pero debéis engendrar sucesores; yo soy inmortal, pero vosotros no, necesito energía joven para seguir viviendo por siempre, para seguir engendrando el mal. Pero necesito vuestra ayuda, las almas puras también se multiplican y luchan en nuestra contra. A pesar de todo nuestro poder, tenemos flaquezas. Las almas limpias pueden engañarnos y vencernos si las dejamos. ¿Os comprometéis a cumplir con vuestro mandato?
—Sí, nos comprometemos —contestaron varias voces a la vez.
—Estaré pendiente de cada uno vosotros. Cada vez que consigáis, un niño me lo entregáis.
—Aquí tienes mi ofrenda padre, llena de vida para ti.
—Muy bien, eres un gran hijo. Tenéis que aprender de él y además tenéis que sembrar el terror, cada uno como mejor lo sepa hacer. Y no olvidéis que tenemos que traer mujeres al mundo con nuestra maldad, así será perfecto.
Todos los allí presentes comenzaron a ensalzar al señor de las tinieblas con cantos y oraciones dedicadas a él. Las voces se iban sumando, era imposible saber cuántos seres malignos había allí, pero cada vez más, todo se teñía de un color negro y rojizo. El cielo en varios kilómetros lucía ese color, y los hombres y las mujeres que se encontraban trabajando el campo por la comarca, se descubrían la cabeza e imploraban a los santos que les protegiesen, porque algo malo podía pasar. Esa oscuridad no era obra de Dios, una fuerza maligna lo envolvía todo.
—Podéis iros. No debemos revelar a nadie nuestra verdadera identidad, es peligroso, aunque hay seres que nos identifican, que saben quiénes somos.
—Las brujas.
—Ellas también, pero además hay seres de luz. Sus protegidos ya no se comportan como antaño, ya no nos tienen miedo, a veces es difícil reconocerles. Tenemos que vencer.
Matilde, desde la ventana de su habitación, vio como el cielo se teñía de un color entre negro y rojizo. Parecía que iba a llover, pero no, en Almería casi nunca llovía. Ese cielo le hizo recordar el cielo de aquel día tan aciago para ella. Desde ese día, lo había visto varias veces, y últimamente más de lo que deseaba. Le traía recuerdos terribles que prefería dejar enterrados para siempre, era la única forma de continuar, de seguir adelante.
A la mañana siguiente, María se despertó sola en la cama. Carmen le trajo el desayuno y la ayudó a vestirse.
—María, los señores me enviaron un recado para ti: quieren verte, que les visites.
—Tengo que contarte un secreto, no puedes decírselo a nadie.
—Puedes contarme lo que quieras, estoy aquí para ayudarte.
—No he viajado a París.
—¿Cómo?
—La noche de bodas, Diego se enfadó conmigo y me golpeó. Al día siguiente por la tarde me hizo suya y me hizo mucho daño también. He estado todo este tiempo recuperándome. Estaba deseando tenerte a mi lado, pero no podía pedirte que vinieras hasta que regresó Diego. Mis padres no pueden saberlo.
—El doctor Sánchez vino a verte.
—Sí.
—Tranquila, entre las dos intentaremos que estés a salvo. Iremos a visitar a tus padres con doña Matilde, así ellos no podrán hacerte preguntas comprometidas.
—Tienes razón, le pediré que nos acompañe.
Carmen envió a un peón a avisar de que irían a merendar.
Puntuales, a las cinco de la tarde llegaron al cortijo. Rosa abrazó a su hija y la besó con mucho cariño. La extrañaba muchísimo, siempre habían estado juntas. Su padre estaba cabizbajo, no se perdonaba la boda de su hija, intuía que las cosas no iban bien.
Conversaron de temas banales, María tocó el piano a pedido de su madre y por fin llegaron sus hermanos, estaba deseando verlos.
Pudo escabullirse a la cocina con una excusa para saludar al servicio, como sus padres asistían a muchas fiestas habían compartido largas horas de juegos con las mujeres y hombres al servicio de su familia y con sus hijos.
Al entrar, vio que una de las criadas, Amparo, lloraba desconsoladamente.
—¿Qué ocurre?
—María, cariño, es Pepi.
—¿Está enferma?
—No, ha desaparecido. Desde ayer a la tarde no sabemos dónde está.
—Pero es muy pequeña, no puede estar sola.
—No hemos dejado de buscarla, estoy muy asustada.
Mientras hablaban, en el dintel de la puerta vieron a Tomás, el marido de Amparo, que lloraba como pocas veces se veía llorar a un hombre en esos tiempos.
—La hemos encontrado. Estaba cerca del río, entre unos matorrales.
Amparo se levantó corriendo y se dirigió a la puerta, pero su marido le detuvo.
—No, no la veas.
—Mi niña me necesita.
—Ya no.
Amparo comenzó a gritar y llorar desgarrada.
—Quiero verla. No enterraré a mi pequeña sin darle un beso.
Lo decía mientras lloraba y sus palabras se ahogaban.
Amparo y Tomás se abrazaron y salieron para que ella la viera. María no sabía qué hacer, pero finalmente decidió salir a ver a la niña. Era horrible. Se acercó a sus padres, les abrazó y tuvo una sensación extraña.
Cuando volvió a la cocina, Carmen, que estaba allí esperándola para que volviera al salón comentó:
—No es la primera niña que desaparece. Hace algunos meses, una niña del pueblo desapareció, pero aún no la han encontrado, y un niño, ambos pequeños como Pepi. Volvamos al salón, estaban preguntando por ti.
—Hija, ¿qué ocurre? ¿Por qué lloras?
—¿No sabía usted que la hija de Amparo y Tomás había desaparecido?
—Esta mañana oí algo, pero no presté atención.
—La han encontrado muerta cerca del rio.
—¡Qué desgracia! ¿Ha sido un accidente? —exclamó Matilde. Su voz sonaba sincera y atribulada.
—No, alguien le ha matado.
—Pobre niña, sus padres estarán destrozados.
Rosa estaba consternada, se sentía muy mal de no haberse preocupado por la suerte de la niña en todo el día. Sus hijos, que estaban en el cortijo, sí que ayudaron en la búsqueda toda la noche. Habían vuelto para ver a su hermana, Andrés estudiaba leyes en Granada y Miguel estaba en un internado en Almería haciendo el bachiller.
—¿Saben quién ha sido? —preguntó Rosa.
—No —respondió María.
—No es momento para tristezas —dijo la marquesa.
—Es verdad, ahora tengo que llorar y reír según os plazca.
María miró a la marquesa con gesto enfadado.
—María, tenemos que marcharnos, es tarde. Diego se preguntará dónde estamos.
—Sí, es verdad, se preocupa tanto por mí —ironizó María.
Cuando regresaron del cortijo de sus padres, María estaba desolada, no podía dejar de pensar en la muerte de la niña, habían jugado muchas veces juntas, le gustaba peinar a la pequeña y ponerle lazos en el pelo, ¿quién podía ser tan cruel de matar a una niña tan pequeña?
—Matilde, no voy a cenar, subiré a mi habitación, no tengo ánimo.
—Creo que deberías cenar con tu esposo.
—Diego no tiene ningún interés en cenar conmigo.
—Hola, cariño. ¿Hablabais de mí?
—Sí, María estaba preguntándose si cenarías con nosotras.
—Pues claro, ¿cómo voy a dejar solas a mis mujeres preferidas?
—Pasemos al comedor —dijo Matilde satisfecha.
Diego, al pasar junto a María, la cogió el mentón y le dio un beso. María se ponía muy nerviosa cuando él se le acercaba, temía enfadarlo y que volviera a pegarle como en la noche de bodas. Trató de sonreír, pero era más una mueca.
—¿Qué te sucede? ¿No te gusta que te bese?
—No es eso, es que hoy ha sucedido algo que me ha dejado muy triste.
—La hija de unos criados de tus suegros ha aparecido muerta junto al río. Había desaparecido ayer por la tarde. Todos nos hemos quedado muy impresionados.
—¿Cómo ha muerto?
—La han matado, no se sabe quién ha sido —dijo María con la voz entrecortada por un sollozo.
—No tienes que llorar por una niña que no es nada tuyo. Cuando tengamos hijos, ya tendrás de quién preocuparte.
—Lo siento, no he querido importunar. No volveré a mencionar el tema. Cenemos por favor.
Cenaron en silencio. Matilde miraba a Diego con devoción, se había cumplido el sueño de toda su vida: tenerlo a su lado. No sabía por qué él había decidido trasladarse a vivir allí, ni tampoco pensaba interrogarlo, solo quería disfrutar con su presencia.
—Si me perdonáis, me gustaría retirarme a mi habitación. Estoy cansada y me gustaría dormir temprano.
—Puedes retirarte querida. Mañana temprano te quiero descansada, tenemos cosas importantes que hacer.
—Sí, lo que tú digas, estaré atenta a lo que quieras.
María subió a la habitación y redactó unas bonitas palabras para que Amparo y Tomás pudieran despedir a su pequeña niña.
Luego se puso un camisón y se fue a la cama. Estaba segura de que al día siguiente Diego vendría a por ella otra vez. Así fue. De repente se despertó sobresaltada porque Diego la penetró con fuerza, lo cual le provocó dolor, pero no dijo nada. Cuando abrió los ojos, lo miró fijamente y no dejó de mirarlo hasta que de repente la erección desapareció antes de que eyaculara.
—¿Cómo me puedo excitar si eres fría como un témpano?
María no hablaba, tenía miedo de enfurecerlo otra vez. Siguió muda, casi sin respirar. Diego la cogió por los brazos, la levantó del colchón, la zarandeó y la volvió a dejar. Se levantó y se fue. María no lo podía creer, no le había pegado. Había sentido pánico, pero por suerte esta vez no descargó su furia en ella.
Como ya no podía seguir durmiendo, se levantó, se vistió, fue hasta la cocina, donde encontró a Carmen, y juntas fueron al entierro de Pepi. Luego fueron al pueblo y encargaron una pequeña lápida con lo que había redactado inscrito en ella.
Cuando volvió al palacete, se sentó al piano y comenzó a tocar con pasión las músicas más tristes que se pueden interpretar. Eran el reflejo de cómo se sentía y de lo necesitada que estaba de cariño.
Vélez Rubio, marzo de 2015.
La imagen se esfumó de repente. El espejo volvió a ser un simple espejo, no la puerta a un pasado que atraía a María sin remedio. No podía dejar de pensar en aquellos seres, no lograba discernir si era fruto de su imaginación o si, por el contrario, todo aquello había sucedido. Estaba cavilando sobre el tema cuando Alejandro abrió la puerta.
—¿Qué haces? Todo el día mirándote en el espejo.
—No estoy mirándome en el espejo, estaba pensando qué podríamos hacer esta tarde, ¿qué te apetece?
—Hay una excursión al cementerio local, me han comentado que algunos mausoleos son verdaderas obras de arte.
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