Kitabı oku: «Género»

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GÉNERO

DESDE UNA PERSPECTIVA GLOBAL

RAEWYN CONNELL • REBECCA PEARSE

GÉNERO

DESDE UNA PERSPECTIVA GLOBAL

Traducción

Arantxa Grau i Muñoz y Almudena A. Navas Saurin

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Título original: Gender. In World Perspective

© Polity Press Ltd., Cambridge, 2015

© Raewyn Connell & Rebecca Pearse, 2015

© Publicacions de la Universitat de València, 2018

© De la traducción: Arantxa Grau i Muñoz y Almudena A. Navas Saurin, 2018

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Corrección y maquetación: Letras y Píxeles, S. L.

Diseño y fotografía de la cubierta: www.FabrikaGrafika.com

ISBN: 978-84-9134-333-2

A la memoria de Pam Benton 1942-1997

She, who had Here so much essentiall joy

As no chance could distract, much lesse destroy;

... she to Heaven is gone,

Who made this world in some proportion

A heaven, and here, became unto us all,

Joy, (as our joyes admit) essentiall.

Ella que tuvo Aquí tanta esencial alegría,

Como ninguna ocurrencia pudo distraer, mucho menos destruir;

... ella al Cielo se ha ido,

Que hizo este mundo en alguna proporción

Un Cielo, y aquí, llegó a ser para nosotros todos,

La alegría (como nuestras alegrías admiten) esencial.

ÍNDICE

Prólogo a la edición en lengua castellana: enmarañadas en el género

La llegada del género

Notas para la lectura del presente libro

Bibliografía

Prefacio

1. La cuestión del género

Percibir el género

Comprendiendo el género

Definiendo el género

Notas sobre las fuentes

2. La investigación de género: cinco ejemplos

Caso 1: El juego de los géneros en la vida escolar

Caso 2: La hombría y las minas

Caso 3: Retorciendo el género

Caso 4: Mujeres, guerra y memoria

Caso 5: Género, marginalidad y bosques

3. Diferencias sexuales y cuerpos generizados

Diferencia reproductiva

Relatos conflictivos de la diferencia

Datos sobre la diferencia: investigación sobre la «similitud sexual»

Corporalización social y arena reproductiva

4. Teóricas del género y teoría de género

Introducción: Raden Adjeng Kartini

La Europa imperial y sus colonias: de Sor Juana Inés de la Cruz a Simone de Beauvoir

De la liberación nacional a la liberación de las mujeres

Queer, poscolonial, del sur y global

5. Relaciones de género y políticas de género

Patrones de género

Las relaciones de género en 4 dimensiones

Poder: directo, discursivo, colonizante

Producción, consumo y acumulación generizada

Catexis: relaciones emocionales

Simbolismo, cultura, discurso

Entretejido e intersección

El cambio en las relaciones de género

Políticas de género

6. El género en la vida personal

Políticas personales

Creciendo de forma generizada: la socialización en el rol sexual y el psicoanálisis

Un relato más ajustado: el aprendizaje corporalizado

Discurso e identidad

La transición, lo transgénero y lo transexual

7. Género y cambio medioambiental

Ecofeminismo: debatiendo sobre la naturaleza de las mujeres

Género, desarrollo y justicia medioambiental

Género y gestión medioambiental

Prosiguiendo la búsqueda de la sostenibilidad feminista

8. Economías, estados y relaciones de género globales

Corporaciones empresariales generizadas

Estados generizados

Las apuestas en las políticas de género

Género en una sociedad global

Políticas de género a escala global

Coda

Referencias

Índice

Prólogo a la edición en lengua castellana: enmarañadas en el género

Raewyn Connell tiene un artículo con un anexo titulado «ser traducida» en el que intenta ponerse en la piel de aquellas que hemos pretendido descodificar sus escritos a otra lengua. Leemos sus páginas y nos reconocemos en ellas porque, efectivamente, tal y como ella aduce en su texto, traducir este libro ha constituido un proceso que podríamos nutrir de muchos significados, todos, menos el de sencillo.

Conocimos a Raewyn y a Rebecca en marzo de 2016, a lo largo de las seis semanas que duró nuestra estancia; Connell dedicó una parte nada desdeñable de su tiempo en cuidarnos. Nos cuidó intelectualmente, nos cuidó emocionalmente, nos cuidó incluso ofreciéndonos su casa cuando tuvimos problemas con el alquiler y nos cuidó depositando su confianza en que podríamos hacer una buena traducción de Gender in a World Perspective. Gender in a World Perspective no era un libro desconocido para nosotras, lo habíamos trabajado mucho antes de nuestro encuentro en Sydney, éramos sabedoras de la potencialidad epistemológica de su propuesta, por eso, intentar traducirlo al castellano como si fueran las autoras quienes lo explicaran ha merecido un tiempo considerable –¡cualquiera diría que solo tiene 240 planas!– de escritura, lectura y reestructura. No podemos sino reivindicar este proceso como un acto de cuidado también, en el que cada metáfora, cada signo de puntuación, cada reiteración ha supuesto para nosotras –estas dos osadas– horas y horas de reflexión y toma de decisiones, en las que, a menudo, las acepciones últimas que nos ofrecía el diccionario eran aquellas que más acorde al significado nos parecían, en las que los guiones, los corchetes y las comillas emergían como retos que superar. La lectura de esta obra en inglés tiene un ritmo y una cadencia –tal vez herencia del amor por la poesía de una de sus autoras– que han necesitado replicarse en esta versión, y hace alusiones a una cosmología cultural que ha merecido su traslación a la nuestra. Todo este compendio de encrucijadas las recoge Connell en su texto, y todas ellas las hemos experimentado nosotras de manera encarnada durante estos meses.

La primera lección que nos proporciona Gender, in a World Perspective –o al menos la que nos ha proporcionado a nosotras– es la de sospechar de esas certezas arrogantes que se perfilan como esquemas de conocimiento de la metrópolis, y que vertemos sin titubear sobre realidades desconocidas. En este libro se habla de género desde una perspectiva global y se hace desde una aproximación atenta a los contextos históricos que perfilan los distintos órdenes de género del planeta.

Lo cierto es que nosotras escribimos y traducimos desde la metrópolis –desde la periferia de la metrópolis, si se nos permite decir– y este posicionamiento situado debe ser puesto encima de la mesa porque, sin lugar a dudas, nuestra traducción también está impregnada de la mirada del Norte y, todavía más, de la arrogancia cultural del Estado español, volcada sobre otros territorios que este país colonizó en otros tiempos. Es precisamente este último hilo discursivo del que queremos estirar en este capítulo introductorio. Los órdenes de género, en tanto estructura social, tal y como veremos en las páginas que siguen, no son atemporales; el ordenamiento vigente de relaciones de género que hoy nos parece incuestionable, incluso irrefutable, tiene una génesis, pero su expansión, su propagación a nivel global, también la tiene: los proyectos colonizadores del mundo autonombrado racional respecto a los territorios –definidos bajo su prisma– salvajes. La estructuración colonial estuvo impregnada de un ordenamiento de género.

Todo el extenso material con el que nutren Connell y Pearse su teoría, no con la voluntad de ejemplificarla –como puede malentenderse– sino con el objetivo, justamente, de asentar sus pilares, todo este contenido, insistimos, opera como evidencia con la que identificar aquellas fracturas, pliegues, desgastes que desdibujan la supuesta solidez del género como estructura social. Pero el desafío que nos plantean las autoras no se adscribe al escrutinio de la alteridad –«los otros, las otras»–, va más allá, con todas esas referencias a trabajos empíricos, las autoras desmontan el andamiaje que afianza el género como categoría universal, y nos ponen a las lectoras y a las investigadoras –si nos dejamos seducir por su lectura– en el precipicio del análisis de los órdenes de género despojadas de esas categorías tan conocidas como son las de «hombre» y «mujer».

En este apartado introductorio hemos optado por hacer visible este ejercicio de equilibrismo enfrentándonos al análisis del encuentro entre un orden de género colonizador (el de la España - potencia colonizadora) y el ordenamiento de género de las sociedades colonizadas. Acometemos el desafío de esta revisión haciendo uso de la propuesta de Connell y Pearse. Nosotras, como dice Gloria Anzaldúa (1987), no nos debemos a los errores de nuestra cultura, pero sí respondemos ante la introyección de estos. Poder escrutar ese proceso de imposición de un orden de género sobre otro, enfrentarse a la violencia colonial y sus jerarquías genéricas, nos coloca en un interrogante epistemológico que es necesario, a nuestro entender, para comprender la importancia y la solidez de la teoría de Connell y Pearse.

LA LLEGADA DEL GÉNERO

La colonialidad del poder que, según Aníbal Quijano (2001), se inicia con el colonialismo hace posible la clasificación social universal de las poblaciones de todo el planeta en términos de la idea de raza. Una premisa básica – aunque no suficiente– para la comprensión del sistema moderno-colonial. Ahora bien, en esta colonialidad del poder, nos dice María Lugones (2008) matizando la teoría de Quijano, el género no juega un papel residual sino, por el contrario, concomitante: «es importante entender hasta qué punto la imposición de este sistema de género fue tanto constitutiva de la colonialidad del poder como la colonialidad del poder fue constitutiva de este sistema de género» (p. 93).

Los feminismos decoloniales, con la intención explícita de superar la mirada postcolonial –la segunda intenta superar la colonialidad, mientras la primera pretende deconstruirla–, se han articulado de reclamo ante voces silenciadas por la producción académica y literaria. Esta subalterización de dichas voces, dice Ochy Curiel (2007), no solo se da por parte de las sociedades y de las ciencias sociales, sino también por el mismo feminismo atravesado por un sesgo universalista y racista. La trayectoria crítica que ha seguido el movimiento feminista latinoamericano no solo ha apuntado a la necesidad de dar cuenta de la especificidad de estas sociedades periféricas, sino sobre todo de poner en cuestionamiento el instrumental con el que se intenta aprehender esa especificidad (Oyarzún, 1992). Se trata de un reclamo que coincide –aunque solo parcialmente– con el que hacen las historiadoras feministas cuando denuncian la parcialidad de una historiografía asentada en los escritos de varones blancos alfabetizados, a quienes les fue encargada la tarea de plasmar la historia de la conquista (Bouvier, 2002). Un instrumental, este también, embebido de una perspectiva colonial que adolece, apunta Suzy Bermúdez (citado en Ramírez, 2006), de tintes androcéntricos y elitistas.

María Lugones (2008) es considerada como una de las analistas más influyentes de la descolonialidad. Lugones ha articulado una potente propuesta que, desde la crítica al feminismo hegemónico, abraza la interseccionalidad de raza/clase/sexualidad/género para dar forma a una herramienta con especificidad histórica que denomina el sistema moderno-colonial de género. Situarse en la perspectiva de Lugones implica una responsabilidad histórica y epistemológica para con el proceso de creación de las categorías de hombre y mujer que fueron impuestas –y todavía hoy no deconstruidas– en tanto que categorías ontológicas atemporales y ahistóricas, y que han sido utilizadas como categorías políticas universalistas por algunos feminismos.

Lugones sitúa esta articulación en el colonialismo. El ejercicio de desenmarañar la impronta colonial en esta reorganización de la sociedad no resulta, a priori, una tarea fácil de acometer, mucho menos si pretendemos situar el género en el epicentro de esta reformulación y descartamos tratarlo como una dimensión de análisis entre otras. El género aquí no actúa como apéndice del proyecto colonizador; por el contrario, es el proyecto colonizador en sí mismo. Esta premisa nos obliga a desmantelar la fortaleza con la que se presenta hoy el orden de género en los países periféricos, y a situar el proceso de instauración de un orden colonizador que orbita en la sexualización de los seres –la arena reproductiva, tal y como la llama Connell– y en una derivada construcción de categorías identitarias binarias.

La teoría de Raewyn Connell (1987, 2009) nos permite abordar el proceso de colonización como ejercicio de abatimiento de un orden de género (aquel que organiza la conquista) sobre otro (aquel que es colonizado). Tenemos hoy constancia de que la imposición coercitiva de dicho orden de género colonizador suplantó unas organizaciones previas con patrones genéricos distintos. Esta afirmación no quiere contribuir a la idealización romántica sobre un supuesto orden de género indígena igualitario y justo. Mujeres Creando (Monasterios, 2006), siguiendo la estela de otras autoras como June Nash o Iris Blanco, trabajan con la hipótesis de que la organización patriarcal constituyó un proceso anterior al de la apropiación de tierras indígenas. Según esta perspectiva, las indias habrían sido despojadas de sus cuerpos y su sexualidad mucho tiempo antes que de sus tierras. María Teresa Díez Martín (2004) sitúa precisamente este debate no resuelto en los años cincuenta, cuando se empieza a hacer mención de las relaciones genéricas no jerarquizadas de las culturas prehispánicas. Desde entonces, dice la autora, el análisis de los efectos de la conquista sobre los órdenes de género indígenas se ha encarado en posiciones enfrentadas, aquellas que «defienden un patriarcado prehispánico y su coincidencia con el colonial, lo que se traduce en la subordinación femenina durante los dos periodos; y aquellas otras que proponen ordenaciones sociales de género igualitarias basadas en la complementariedad sexual del trabajo, antes y después de la conquista» (Díez, 2004: 224).

Sin ninguna pretensión de desdecir estos análisis, sí queremos mostrarnos cautelosas ante posibles ejercicios de traslación de herramientas analíticas, como puede ser la referencia al patriarcado como organización social universal, que situamos en un paradigma epistemológico muy distinto al que pretendemos aproximarnos. En este sentido, el punto de partida de nuestro ejercicio no puede avanzar ninguna otra certeza que no sea la de que la colonización política y cultural fue de la mano de un desplazamiento de órdenes locales por parte de otro orden de género distinto: aquel que organizaba el propio proyecto colonial. Kemy Oyarzún expresa esta aproximación desde una prudencia que hacemos nuestra:

me parece significativo hacer notar que el mayor grado de «avance» de las civilizaciones tiende a coincidir con un menor grado de dialogismo en lo genérico-sexual, con una menor participación de la mujer en los asuntos comunitarios o sociales y con una confrontación cada vez más biunívoca entre la madre y la mujer sexuada, pasando esta última al ámbito de lo satanizado y posteriormente patologizado (Oyarzún, 1992: 39).

Ahora bien, lejos de comprender este descentramiento como una curva de imposición de cadencia lineal y sostenida, algo que desde una perspectiva muy simplista podría entenderse como un proceso de suplantación y reemplazo del orden de género colonizado por el orden de género colonizador, la teoría de Connell nos invita a complejizar la ecuación. En primer lugar, el modelo teórico de Connell fuerza el ejercicio de identificación de ciertas inflexiones expresadas en estrategias diversas de contestación y resistencia ante dicha imposición; en segundo lugar, proyecta un proceso creativo, histórico, que logra redibujar un nuevo orden, de manera que no son solo las organizaciones sociales autóctonas las que experimentan un desplazamiento, sino que los vórtices sobre los que opera el orden de género colonizador también se ven agitados. Todas las dudas que vertemos sobre la teoría de la socialización de género en cuanto a su naturaleza ordenada y sin fisuras son aplicables en este caso. Dicho en otras palabras, y siguiendo la trayectoria teórica de Connell, no podemos acercarnos a dicho proceso de transformación social desde el concepto de resocialización sin incluir en él la anticipación de una necesaria coexistencia, a veces tensada, de narrativas, patrones y prácticas de género distintas.

Es importante aclarar ciertas cuestiones que pueden ocasionar malentendidos. Partimos de la consideración del proceso colonizador como un proceso violentador, orquestado a través de una articulación orgánica de diferenciaciones y jerarquías que consiguió desestabilizar –y aniquilar incluso– tanto las tierras como a las poblaciones asentadas. Este punto de partida deja un espacio muy residual a la existencia de grupos sociales que consiguieran, de algún modo, mantenerse totalmente ajenos a dicho proyecto imperial. No obstante, y asumiendo esa realidad como telón de fondo, parece igualmente necesario tomar distancia de una perspectiva totalizadora y problematizar, incluso asumiendo esa dialéctica de dominaciones y subalteridades, supuestas posiciones pasivas y sumisas de los pueblos invadidos.

En este capítulo introductorio a la obra de Connell y Pearse, nuestro interés por caracterizar ese proceso de colisión entre órdenes de géneros distintos, sumergidos a su vez en relaciones de poder desiguales, no radica tanto en corresponder a la fidelidad de los hechos históricos (somos muy conscientes de nuestra limitada y sesgada revisión bibliográfica), sino en explorar, profundizar, ensayar, si se quiere, la aplicabilidad de la teoría de género de Raewyn Connell en tanto que matriz epistemológico-analítica, con la que aproximarnos a ese proceso de transformación del orden de género que fue fraguado como parte integrante y esencial del proyecto colonial español; y hacerlo desde la problematización de los posibles sesgos coloniales y androcéntricos. Nuestro objetivo no es otro que el de (de) mostrar la potencialidad del modelo analítico de Connell, no solo como herramienta de descripción de órdenes y regímenes de género contextualizados, sino también como matriz que puede ayudarnos a retratar las transformaciones de dichos ordenamientos, el cambio social.

El concepto de género con el que trabaja Connell encapsula una dimensión relacional. Explorar un orden o un régimen de género –como explican Connell y Pearse detenidamente en el capítulo 5– supone fijarnos en un conjunto de disposiciones que resultan observables cuando atendemos a las relaciones sociales. Las relaciones de género, por lo tanto, constituyen relaciones que se generan y surgen de la arena productiva (concepto fundamental que se describe en el capítulo 3).

La referencia a la colonización de los territorios del imperio Azteca y el imperio Inca, entre otros, despierta exaltaciones nacionalistas, posiciones ambivalentes o, desde sectores más concienciados, gritos de repulsa. A pesar de la variabilidad del tono, todas estas posturas suelen descansar en un imaginario ampliamente nutrido de caballeros y nobles más o menos agraciados –quien haya contemplado el mural de Diego Rivera del Palacio Nacional en el zócalo de la Ciudad de México, entenderá nuestra ironía–que se lanzaron a una aventura transoceánica y cuyo resultado fue el de la colonización militar y política de tierras y poblaciones. La colonización es asumida como una gesta de hombres, de hombres, además, de un estrato social pudiente.

Sin embargo, este retrato pintoresco resulta excesivamente simplista como acercamiento a la llamada «conquista del Nuevo Mundo». La afijación del género a la identidad de hombre desdibuja el carácter estructural de dicha herramienta analítica; reducir el género a una categoría identitaria nos lleva, irremediablemente, a otorgarle un mayor protagonismo a los sujetos, y oscurece el hecho de que una de las etapas históricas más rememoradas –para bien o para mal– en el Estado español pivotaba en patrones de género que, como sucede en muchas otras ocasiones, son dados por descontados y obviados como ejes organizadores de la realidad y la práctica social. La colonización constituyó un proceso generizado en sí mismo, articulado por relaciones de género, embebido de órdenes de género concadenados entre sí que consiguió imponerse crudamente a los órdenes de género precoloniales. Este nivel de comprensión de dicho proceso, según nos enseñan Connell y Pearse, supera la premisa de la diferenciación sexual como variable explicativa.

Esto que acabamos de exponer a propósito de la conceptualización de género con la que abordaremos nuestro análisis no tiene ninguna pretensión de despolitizar las categorías sociales de hombre y mujer, ni desdramatizar la impronta de estas categorías en nuestra vida cotidiana –como queda muy evidente en el capítulo 6 de esta obra–, pero sí quiere, por un lado, desencializarlas como categorías y someterlas a la variabilidad; por el otro, reconocerle al género su carácter estructural.

Dicho de otro modo, en nuestro propósito de dibujar el juego conflictivo de órdenes de género durante el proceso colonizador español, debemos ofrecer una visión que consiga superar la invisibilidad de las mujeres en la historiografía –una práctica bastante común a la que aludiremos más tarde– y también que contribuya a deconstruir aquellas visiones estereotipadas de su participación que no contemplan la variabilidad de posiciones y de experiencias que tuvieron las mujeres durante este proceso. Ciertamente, no es esta una tarea sencilla cuando solamente podemos servirnos de materiales producidos de forma indirecta: lo que conocemos de dicho periodo histórico nos llega tamizado, como no podría ser de otro modo, por unos lentes epistemológicos concretos (Bouvier, 2002). Ahora bien, el reto es mucho mayor cuando, desde una posición epistemológica de la metrópolis, queremos escapar de una violencia epistémica que preasigna categorías genéricas y sexuales a los sujetos en relación genérica. Lo que reclama Raewyn Connell es la necesidad de ahondar en los órdenes y regímenes de género superando la diferenciación sexual como premisa, y hacerlo a través de una maquinaria instrumental historiográfica que logre situar dicha diferenciación en lo contingente. Esto nos obliga, por un lado, a asumir, ante los órdenes de género que queremos analizar, una postura relacional tanto sincrónica (estamento, clase, etnia, linaje…), como diacrónica; pero también a vaciar las categorías políticas de hombre/mujer, femenino/masculino de todo contenido social y simbólico. A efectos analíticos, esto supone revisar de puntillas las aportaciones que, desde la historia, nos hablan de los sujetos-hombres y los sujetos-mujeres despojados de toda su contingencia.

La tesis de Raewyn Connell sobre los órdenes y los regímenes de género comprehende, de manera distinta a otras teorías sobre género, dice Maquieira (2005), no solo una conceptualización teórica, sino también dimensiones mediante las que observar los órdenes y regímenes de género que pueden ser traducidas, a través de un procedimiento metodológico, en dimensiones de análisis. Dicho modelo –como se recoge en el capítulo 5– diferencia cuatro dimensiones en la estructuración de las relaciones de género que pueden ser resumidas bajo los epítetos de: poder, producción, catexis y simbolismo. Hemos organizado nuestro análisis atendiendo a estos como si de vórtices se trataran desde los que poder leer cómo se produce el género.

Aunque expondremos la exploración del encuentro entre el orden de género colonizador y el ordenamiento de género colonizado a través de las dimensiones de esta matriz de forma fragmentada, en un intento de exponer de una manera clarificadora nuestro análisis, dichos ejes no pueden concebirse como coordenadas con autonomía propia sino, por el contrario, como hebras que entretejen una madeja articulando relaciones sociales que perfilan un orden de género concreto.

No cabe ninguna duda que, si nos circunscribimos solamente a la dimensión de representatividad estadística, hay documentados muchos más nombres1 que podrían ser asignados a hombres que nombres «propios» de mujeres en los registros de las embarcaciones que se hicieron al mar. No obstante, al utilizar este dato como variable descriptiva totalizadora, no contribuimos más que a reforzar la invisibilización de las 13.218 mujeres embarcadas entre 1509 y 1607 que ha contabilizado María Teresa Condés (2002: 129) en su tesis, un cómputo con el que pretende acallar las reiteradas sospechas emitidas por los historiadores de la época, que niegan incluso la mera presencia de mujeres en dichas travesías (Langa, 2010a). Yendo incluso más lejos, se puede decir que en el relato histórico de la colonización que intenta aferrarse a una estructura binómica de género, es posible llegar a aceptar la presencia, pero no la agencia. Así, encontramos voces en libros como el de Carlos Vega (2003) que, aun queriendo rescatar a estas mujeres del anonimato –obviamente solo a aquellas que los cronistas han hecho posible nombrar– las relega a un papel pasivo de apoyo y sostén de sus familias y maridos: «Vinieron a América siguiendo a sus maridos y por un afán de mantener viva la unión y calor familiar, pero muy poco les traía en cuenta enfrascarse personalmente en las empresas conquistadoras que dejaban en manos de sus consortes […]. Ellas eran felices en su hogar, cuidando de sus hijos y criándolos y educándolos como correspondía a su posición» (Vega, 2003: 6). Una narrativa que se ve deslegitimada por aportaciones como las de Mar Langa (2010a) que insistentemente nos recuerdan que, entre esas mujeres, hubo quienes tomaron las armas, financiaron la conquista, formaron empresas e incluso ocuparon cargos públicos, posiciones en la sociedad colonial que no podemos denotar como secundarias ni como exentas de poder.

Entre estas mujeres de posición tan destacada como para haber merecido la atención de los historiadores –a las anónimas es más difícil seguirles la pista– una con un papel muy relevante: la reina Isabel. La figura de Isabel II, reina de Castilla, como la de otras reinas, contribuye a poner en cuestionamiento las relaciones de género como modelos universales, estables y descontextualizados: las reinas tienen poder, en términos generales menos que los reyes, pero más que muchos hombres y muchísimo más que las mujeres de otras posiciones sociales.

La figura de la reina en la España moderna, apunta Pérez Samper (2005), no se engarza en definiciones estáticas ni definitivas –no hay documento magno ni normativa que regule cómo debe ser una reina–, sino que la definición de sus roles y funciones ha venido acotada por los distintos contextos históricos. No obstante, nos dice la autora, sí debemos apreciar la figura de la reina como una figura relacional que se articula en correspondencia a la figura del rey. Las monarquías aspiran a su continuidad, en ello, las guerras y conflictos políticos proteccionistas juegan un papel relevante, pero también lo juega la descendencia legítima en la que necesariamente ha de participar la reina. Una división de las tareas que no puede ser ajena a ningún análisis de género de los procesos de sucesión a las Coronas. Isabel II fue reina propietaria y ejerció como tal defendiendo sus derechos ante su hermano, la nobleza e incluso el rey Fernando II. No contaron con esa posibilidad las siguientes hijas de reyes –ni siquiera su propia hija Juana de Castilla, quien fue despojada de su derecho por haber sido «más mujer que reina» (p. 280)–; la promulgación de la ley agnaticia (una versión moderada de la ley sálica francesa) ofreció a los varones la regulación de su ventaja masculina –el dividendo patriarcal, lo llama Connell— y contribuyó a redefinir el régimen de género de la Monarquía, expulsando a las mujeres de las posiciones de máximo poder en la regencia.

Tanto aquellos autores que rebaten las posiciones de poder que detentaron algunas mujeres en el proceso colonizador, como aquellas que intentan visibilizarlas contextualizándolas en sus propios contextos de constricción, aluden a relaciones de género, y lo hacen desde la dimensión de poder de la que habla Connell. Sin embargo, la profundización en el vórtice de poder del esquema de Connell no se agota con la identificación de las desigualdades de género que conciernen tanto al acceso al poder como a la realización del poder. La invasión de los territorios que fueron posteriormente denominados la Nueva España involucró el dominio, el control y la violencia, dando génesis a una relación de posiciones subyugantes y subyugadas, un nuevo ordenamiento que necesariamente alteró la organización social previa en dichas comunidades y que no puede escapar a nuestro análisis del primer vórtice del análisis de género.

Frantz Fanon (2001) pone el acento en el marco simbólico-ontológico que ha contextualizado todos los procesos de colonialismo: la deshumanización. Las prácticas de los colonos (la violencia, la expropiación de las tierras…) solamente pueden ser posibles desde una mirada de despojo, de enajenación del «ser» de las poblaciones autóctonas. Aplicando diversos mecanismos de poder y dominio, los colonos reconvirtieron a (una parte de) esas poblaciones en «los otros», los extranjeros, los extraños. Podemos decir que el orden de género colonizador, en su eje de distribución de poder, se manifiesta a través de la deshumanización de esos seres a los que coloniza, situándolos en una posición subalterna respecto a las posiciones de dominio encarnadas por los colonizadores portavoces de los valores universalistas castellanos. Los europeos, seres de razón, llamaron «indios», «negros», a esos seres que percibían como animales, bestias, dice Lugones (2012). A esta jerarquía racializada que descansaba en el imperativo de la razón se le superponía –no de manera agregativa sino en disolución– otra dicotomía jerárquica que dividía, así mismo, lo humano. Una partición que sigue vigente, dice Lugones (2012:130) entre «hombre (europeo-des-pués blanco-burgués en la metrópolis o en la Colonia) y mujer (europea-después blanca-burguesa en la metrópolis o en la Colonia)».

Esta desestabilización de las organizaciones sociales locales tuvo un impacto directo en esos cuerpos desautorizados. Unos cuerpos que fueron resignificados como cuerpos de uso para ser doblegados a las necesidades del Imperio: los cuerpos leídos a través de la lente de lo sexualmente femenino fueron invadidos como lo fueron las tierras; los cuerpos adscritos a lo masculino doblegados por el trabajo y el látigo.

Nicole Percheron (1998) analiza los resultados obtenidos a través de un documento de 50 preguntas que, en 1577, fue enviado por el rey Felipe II a las colonias. El objetivo de este incipiente estudio sociológico radicaba en recopilar información sobre la opinión de los indios de mayor edad de Michoacán (México) a propósito de las causas del despoblamiento demográfico que se había dado tras la conquista. Esta recopilación de datos de la que da cuenta Percheron demuestra la preocupación de la península por la progresiva merma en la población indígena; los indios constituían la única fuente de riqueza y recursos para los españoles, encomenderos o clérigos y frailes, pero también para el rey, que necesitaba aumentar las arcas para mantener la administración colonial y para la retribución de los oficiales reales. Las causas de la catástrofe demográfica que extraen los autores de las Relaciones son, por un lado y de manera destacada, la introducción de epidemias y enfermedades desconocidas en la Nueva España: viruela, sarampión… Otra causa directa de mortalidad se ve relacionada con los servicios que prestaban las poblaciones indígenas a los colonos: los trabajos forzosos, los servicios en la construcción de monumentos y edificios religiosos, las tareas de extracción de oro, plata y/o cobre en las actividades mineras… a veces esos trabajos que acarreaba la población (en su ejercicio de la esclavitud o como tributo) exigían su traslado a tierras más frías, donde morían antes de atemperarse al clima. Respecto a esta última de las causas, Quijano (2000) ha tratado las muertes directas de la conquista así como la mortalidad por epidemias como causantes menores de la despoblación, para incidir que fue precisamente el trato a los indios como fuerza de trabajo descartable la que arrasó esas vidas.

De entre todas estas argumentaciones Percheron (1988) rescata una que atiende a la reducción en el número de nacimientos y no al incremento de los índices de mortalidad, una estrategia en la que la autora identifica una posible respuesta indígena de resistencia hacia la colonización española. Una conjetura que no parece desatinada si tenemos en cuenta que los cuerpos sexualizados como hembras fueron instrumentalizados, en parte, para dar respuesta al apetito sexual de los hombres blancos, pero también, nos dice Ochy Curiel (2007), para mejorar la raza con la mezcla de sangres, en una «política de blanqueamiento, alimentada y promovida por los Estados incipientes» (Curiel, 2007: 98).

Cabe anticipar que las poblaciones indígenas se revelaran ante el dominio español y que para ello urdieran distintas estrategias y muestras de resistencia. Los hombres se enfrentaron a los dominadores con la fuerza, pero las «mujeres» también se resistieron. Los rituales de luto de las «mujeres» aztecas, explica Anzaldúa (1987), constituían muestras desafiantes ante los cambios culturales que reorganizaban el orden de género de sus comunidades y que desplazaban a las «mujeres» a una nueva posición subyugada. Poco se ha documentado de dichas muestras de oposición por parte de las poblaciones autóctonas, más allá de alguna referencia en la legislación indiana que recogía las penas contra los delitos de fuga aplicados duramente, sobre todo, contra las esclavas «negras» (Condés, 2002). Si, como ya adelantábamos, de las mujeres castellanas solo podemos acceder a las biografías de las mujeres excepcionales, de las indígenas han quedado retratadas solamente unas pocas: como decía Asunción Lavrin (citada en Díez, 2004), entre la Malinche y Sor Juana Inés de la Cruz ha existido un vacío historiográfico.

Todo lo expuesto anteriormente, fruto de la exploración minuciosa de historiadoras y sociólogas, nos lleva a entender que el desequilibrio y la reformulación de las relaciones de poder, ejercido a través del dominio y la fuerza, contribuyeron a la génesis de un nuevo orden de género que involucraba a hombres y mujeres castellanos y repercutía más crudamente en los «hombres» y «mujeres» indígenas. Se fragua así una jerarquía que impregna la organización social pero que participa también en la redefinición de los cuerpos, de los seres, a través de la corporalización del propio proyecto colonizador. Esta orquestación del poder se articuló con un segundo campo de definición y asignación de espacios y tareas en la vida social que merece ser explorada para comprender el calado del proceso al que hacemos referencia.

Con el segundo vórtice que Connell ha denominado Producción, consumo y acumulación generizada, la autora pretende encapsular las distribuciones genéricas del trabajo que se practican en todas las sociedades. Todos los órdenes de género se asientan en una división entre las tareas que se aprecian como masculinas y las tareas que se aprecian como femeninas, sin embargo –y este matiz es fundamental– aunque la distribución genérica de tareas sea un rasgo común a todas las culturas y todas las sociedades, no lo es el resultado de esta, esto es, no todas las comunidades definen las mismas actividades como «propias» de los hombres o «propias» de las mujeres.

El capitalismo que habitamos se asienta sobre la base estructural de una división sexual del trabajo que asocia directamente lo masculino con el mundo productivo, y donde el trabajo se intercambia por dinero; y relaciona lo femenino con el mundo reproductivo, donde hay trabajo también, aunque este no se tiene por tal y por lo tanto no merece ser remunerado. El primero se rige bajo la lógica de trabajo-por-dinero, el segundo bajo la de trabajo-por-amor. Es lo que en la bibliografía científica se conoce por el modelo breadwinner/ama de casa.

Este esquema que acabamos de retratar de un modo excesivamente simplificado nos debe servir, sin embargo, para tomar distancia sobre la aplicabilidad globalizada y ahistórica de dicho modelo analítico. Dicho de otro modo, parece un ejercicio muy arriesgado el de intentar identificar este tipo de relaciones genéricas en sociedades no capitalistas, puesto que dicha distribución, justamente, ahonda sus raíces en un orden económico determinado de la que es constitutiva y constituyente.

Se puede anticipar que el proceso de desplazamiento de órdenes de género que analizamos aquí vino acompañado de una división del trabajo racializada caracterizada por la acumulación de capital de unos (los/las colonizadores/as), y por la servidumbre forzada de otros (los/las colonizados/as).

Ciertamente cabe complejizar las relaciones genéricas yendo más allá del dimorfismo corporal. Sin embargo, y sin perder de vista la interseccionalidad como estrategia de análisis que nos lleva a atender los procesos de racialización que le fueron propios a estos ejercicios de imposición de los siglos XVI y XVII, no podemos sino detenernos en lo que dicho proceso supuso en cuanto al renombramiento de machos en «hombres» indígenas, y a la reasignación de hembras en «mujeres» indígenas. Siguiendo de cerca a Lugones (2008) –y su revisión de la obra de Allen (1986) y Oyewùmi (1997)– podemos decir que la asociación colonial entre anatomía y género constituyó el núcleo de la oposición binaria y jerárquica que resultó la base de la dominación de aquellos seres en los que se identificaron penes, y de aquellos otros en los que se identificaron vulvas y pechos (también de aquellos cuyos cuerpos no respondían al dimorfismo, pero de esto ya hablaremos más adelante). Dicho de otro modo, el colonialismo constituyó un ejercicio de categorización de unos seres humanos que fueron absorbidos y renombrados bajo las claves identitarias del orden de género importado.

Este orden de género colonizador descansaba en una división sexualizada de las tareas y se asentaba en la institución de la familia. El género en tanto que estructura social, nos dice Connell, expresa las restricciones que se dan en una forma dada de organización social; estas restricciones pueden presentarse bajo formatos muy visibles como puede ser la ley o la intervención armada, pero en la mayoría de los casos las constricciones de la práctica social actúan bajo dispositivos mucho más silentes que involucran instituciones sociales: la familia como institución social y la Iglesia como institución religiosa jugaron el papel de efectivos instrumentos de transmisión del nuevo ordenamiento de género.

La Nueva España debía ser una ampliación de la España peninsular, por lo que la organización social que ordenaba esta necesitaba ser replicada en aquella. Las esferas que le correspondían a hombres y mujeres debían ser distinguidas y mantenida su jerarquía. Era menester que la Perfecta Casada –por citar la obra de Fray Luis de León– representara el rol que le concernía en tanto que mujer. Efectivamente, el reino de Castilla, afirma Richard Konetzke (1945), lejos de impedir la presencia de las mujeres en la colonia, la promovió de diferentes modos. Para el tercer viaje de Colon, los Reyes Católicos instigaron a que treinta mujeres zarparan también en los navíos y en una Orden a Ovando, gobernador de la isla La Española, con fecha de 8 de febrero de 1505, expresaban la voluntad de que todos los habitantes casados en Castilla retornasen a España a recoger a sus mujeres, y que los solteros procedieran a legalizar su situación (Konetzke, 1945).

Blanca López de Mariscal (2002) nos habla en su artículo de las cartas de llamado enviadas por los maridos a sus mujeres solicitando que se reunieran con ellos en el Nuevo Mundo, dando muestra del tejido de los vínculos familiares de la época. Algunos de esos hombres, según sugiere la autora, pretendían evitar las multas estipuladas por la Corona, pero otros lo hacían para saciar su soledad. Según explica López de Mariscal, en dichos llamados encontramos una escritura hecha desde un posicionamiento amoroso que no concuerda con la imagen estereotipada que tenemos sobre las relaciones matrimoniales de aquella época.

No obstante, esta preocupación por el mantenimiento de las uniones matrimoniales manifestada por la Corona y la Iglesia, que llegó a tomar forma de punición económica o de cárcel destinada a los infractores, hace pensar que no serían pocos los intentos de desatender el legado cultural de la institución familiar castellana, y que la Colonia emergería como un espacio de posibilidad para la resistencia y desatención de dichos preceptos. Efectivamente, la instauración de estas leyes e instrucciones se puede justificar arguyendo un motivo político y colonizador: eran menesteres mujeres «civilizadas» que engendraran y criaran a las generaciones siguientes de españoles en el Nuevo Mundo, pero también se pueden leer como herramientas de una estrategia con la que regular una sexualidad tentada de desatender los preceptos morales y religiosos de la religión católica, que nutrían el santo sacramento del matrimonio. Sin embargo, según el análisis que hace Konetzke (1945), las leyes españolas no obligaban a esas mujeres a reunirse con sus maridos en las indias y, por otra parte, se dieron numerosos casos –documentados en las actas– de colonos que procuraban por distintos medios eludir el cumplimiento de la norma, lo que hace pensar que, en dicho proceso, se dieron de facto rupturas de matrimonios de forma encubierta.

Por otro lado, y aunque en el análisis del vórtice de las relaciones de poder hemos hecho hincapié en posicionamientos de género situados en esferas masculinizadas (las emprendedoras, las reinas…), muchas de estas situaciones no quedaban exentas de la mediación del matrimonio, pero cabe anticipar que se dieran distintas estrategias de género y que algunas de las mujeres castellanas salvaran esta ligadura al Santo Sacramento, o que para otras, las de estamento menos pudiente, el matrimonio no las relegara solamente a lo doméstico. Desde esta mirada se expresa Mar Langa (2010) cuando sugiere ser cautas con las cifras que se manejan sobre ciudadanos/as que viajaron a América y, especialmente, arroja dudas sobre el número que computaban las mujeres castellanas. Se calcula que el cómputo global de personas desplegadas debió de ser cuatro veces superior al oficial y se achaca este error tanto a la falta de fiabilidad de los datos, como a la práctica de la inmigración clandestina. En lo referente a las mujeres castellanas, Langa (2010) pone la atención en esta última cuestión para recordar, por un lado, que las mujeres eran necesariamente omitidas de las listas de embarcación, porque al no recibir un sueldo no figuraban en los registros de cuentas de Contratación, lo que hace patente un ordenamiento que incumbe no solo a la vida privada de las familias; por el otro lado, el que aquí identificamos como lugar para la contestación para el orden desagregador, muchas de ellas requerían un permiso explícito del rey (religiosas y solteras) y otras muchas –extranjeras, «mujeres licenciosas», descendientes de procesados por la Inquisición– tenían prohibido su traslado a la Nueva España. Estas premisas llevan a la autora a predecir un número importante de mujeres que viajaban sin conocimiento de las autoridades. Mujeres, cabe deducir, sin marido y que esperaban emprender una vida nueva en la colonia al margen, en la mayoría de casos, de lo socialmente estipulado.

Entre las «mujeres» nativas y las esclavas, debieron darse posicionamientos distintos acordes a sus propias idiosincrasias y biografía, pero, sobre todo, en consonancia con el lugar que se les reconocía en la jerarquía de la estratificación. Con todo, cuando pensamos en ese ejercicio de imposición del orden de género colonizador, es necesaria la posición de conocimiento de la interseccionalidad para dar cuenta de la complejidad de dicho ejercicio de traslación. En lo referente al reparto de trabajos, dice Bermúdez (1995), igual que respecto a la vida en general, cabe esperar que la población nativa experimentara de distinta manera el impacto de la ocupación según su extracción estamental o de linaje y según la región en la que habitaba.

Desde la exploración de la realidad de las «mujeres» esclavas, Nina de Friedemann y Mónica Espinosa (1995) explican que el número de mujeres embarcadas en las costas africanas y destinadas a la trata fue menor que el de los hombres, y que esta distinción respondió a estrategias de resistencia de las comunidades africanas –resultaban más caras a los europeos y sus agentes– para quienes eran valoradas las posiciones de las mujeres en unas sociedades modeladas por la matrilinealidad y la matrifocalidad. Las que sí fueron convertidas en esclavas, trabajaban duramente y hombro con hombro –insisten Friedemann y Espinosa (1995)– en las cuadrillas mineras y en las plantaciones y haciendas; otras estuvieron vinculadas al comercio callejero o se hicieron parteras y solo algunas –aunque seguramente fueron las más retratadas por las crónicas– fueron asignadas a posiciones más domésticas como cocineras, ayas de niñas/os, amas de compañía y lavanderas. Entre todas ellas no podemos olvidar aquellas que, tal vez como muestra de resistencia ante el proceso de aculturización, ocuparon un papel relevante en el campo de la religiosidad y la medicina popular por el que muchas de ellas fueron perseguidas e incluso juzgadas por la Inquisición.

De todos modos, y a pesar de los esfuerzos dedicados por la Corona y la Iglesia a mantener un orden jerarquizado, sugiere Sandra Olivero (2006), el mantenimiento de esos mundos separados (el de los españoles y el de los indios a los que se unió el mundo negro africano) resultó insostenible, y pronto proliferó el matrimonio interétnico. Un matrimonio mixto controlado y custodiado por las normas civiles y eclesiásticas, que tuvo que convivir con otro tipo de relaciones denominadas «amistades ilícitas», dice la autora, que a menudo resultaron más sólidas y duraderas que las otras bendecidas por el Santo Sacramento.

Bárbara Voss (2007) ofrece un interesante recorrido a través de la bibliografía arqueológica y la atención que esta ha prestado a los hogares interraciales:

mientras que la arqueología ha contribuido a un enfoque de las prácticas del hogar a micro-escala al estudio de la colonización, el desafío es ahora la reexaminación de las relaciones de poder que constituían y regulaban estos hogares coloniales, y la integración de la investigación de hogares con la investigación de instituciones coloniales y regímenes de labor. El caso del matrimonio interracial provee un ejemplo excelente: las instituciones y recursos hispano-coloniales eran movilizados para dar forma a la composición del hogar colonial, para encajar con los deseos de los administradores, militares, oficiales y sacerdotes coloniales (Voss, 2007: 37).

Si bien podemos considerar los matrimonios interraciales como una muestra de contestación a los mandatos institucionales, también debemos ver en ellos una de las estrategias de reconversión de los seres identificados por la mirada colonial como hembras (con la aplicación del esquema del dimorfismo corporal), en mujeres (posicionadas en el orden de género colonizador). Efectivamente, estamos ante una importación de un ordenamiento de género que cuenta con categorías políticas cuya producción se debe a la metrópolis colonial. Lo humano mismo –en contraposición a lo no humano indio, esclavo– se veía también subdividido por una jerarquía que separaba al hombre-blanco de la mujer-blanca (Lugones, 2012). Esto nos lleva a desechar una división previa al arribo de los colonos que separara a los sujetos en hombres y mujeres, y a escrutar con qué mecanismos y estrategias se consiguió dicha reconversión. El matrimonio de los colonos con las «mujeres indias» conseguía no solo el afianzamiento de la institución legitimadora de dicho orden de género, sino la imposición de una distribución de tareas que distinguía lo productivo de lo reproductivo, el trabajo del cuidado, lo privado de lo público. Un intento de réplica de las relaciones de género castellanas que forzaba a esos sujetos a reconvertirse en «mujeres» en el momento que simulaban las disposiciones de las mujeres castellanas.

Se tienen pocos registros de uniones que se dieran entre colonos y «mujeres indígenas», la documentación de la que se dispone habla de un número acotado de alianzas entre conquistadores y mujeres de las élites locales; sin embargo, cabe prever, como bien apunta Berta Ares (2004), que esta cifra no sea capaz de dar cuenta de otras formas de uniones, más o menos estables, entre estos hombres y «mujeres» indias que llegaron a ser en algunos casos reconocidas como tales e incluso a legitimar a los hijos mestizos engendrados. Ares (2004) revisa documentación relativa a donaciones y herencias de los colonos, donde quedan plasmadas distintas prácticas de transmisión de patrimonio a aquellas «mujeres» indias con las que se tuvo al menos una relación sexual, así como a sus hijas/os. La justificación esgrimida en estos casos podría hacer referencia al cuidado y la crianza de los hijos e hijas de ambos. Sin querer obviar las relaciones de poder que recubrirían este tipo de relaciones, lo cierto es que esta práctica desestabiliza la férrea distinción entre el trabajo reproductivo no remunerado y el trabajo productivo pagado que solemos proyectar, en nuestros análisis, como modelo social de distribución del trabajo, esto es, si este tipo de actividades se remuneraban, necesariamente quedaban fuera de toda lectura altruista de cuidado. Por otra parte, huelga decir que pecaríamos de ingenuas si creyésemos que todas las relaciones entre hombres colonos y «mujeres» indígenas fueron consensuales, aunque sí se dieron este tipo de relaciones consensuales bajo el dominio colonial, lo que ha sido a veces negado desde determinados feminismos, las mujeres nativas y africanas también fueron esclavizadas, obligadas a ser concubinas, sirvientes o esposas (Voss, 2007).

Es evidente que la moral católica se sirvió del sacramento del matrimonio para regular e incluso legislar prácticas como la de la infidelidad, la violación y las relaciones prematrimoniales en las colonias, unas normas que no solo atañían a colonizadores sino también –y, especialmente– a la población indígena y esclava; sin embargo, como muy bien expresa Suzy Bermúdez (1995) para el caso de Colombia, esta información de la que disponemos solamente nos da pistas del «deber ser de las relaciones de parentesco», pero no sobre las múltiples prácticas que debían convivir en un territorio pluriétnico como la ahora-Colombia en el que debían darse distintas organizaciones.

Es el caso del legado africano de la familia extendida con el que viajaron los «hombres» y «mujeres» provenientes de las sociedades africanas tradicionales. La familia extendida africana no se componía de diversas familias conyugales y nucleares –como se ha asumido desde una lente de análisis etnocéntrico– sino de una constelación de parientes unidos por lazos de consaguinidad antes que de conyugalidad. Según Niara Sudarska (citado en De Friedemann y Espinosa, 1995), fue precisamente este tipo de legados los que consiguieron recrear principios éticos, modos de comportamiento, rasgos estructurales y orientaciones cognoscitivas en nuevos lenguajes de parentesco, que le permitieron a esta comunidad africana sobrevivir en el Nuevo Mundo.

Otro tipo de expresión de esta pluralidad de estrategias de resistencia lo configura aquella práctica que era descodificada como poligamia. La poligamia era una práctica bastante extendida y, en cierto modo, tolerada por las autoridades eclesiásticas debido a que era considerada como una costumbre difícil de eliminar de la vida de los pueblos indígenas. Caterina Pizzigoni (2004) relata dos casos de poligamia (uno adjudicado a un hombre y otro a una mujer) en el valle de Toluca (México) para explicar cómo la aplicación del modelo de matrimonio cristiano no fue sencilla en este territorio. Las y los indígenas estaban lejos de adoptar plenamente esta forma de unión y demostraban una resistencia plena; sin embargo, hay que decir que, según dice Pizzigoni, la postura de la sociedad hispana era también de cierta laxitud ante la aplicación de las normas de conducta moral cristiana.

De las investigaciones que hemos revisado en este apartado podemos aducir que la matriz de dominación colonial conjugaba las relaciones de raza, las relaciones de clase y las relaciones de género en un nuevo ordenamiento impuesto y jerarquizado (aunque también participado). Una de las improntas más decisivas la constituyó la inclusión de determinados sujetos en el epígrafe de «hombres» y en el reconocimiento de determinados sujetos en la categoría de «mujeres», no obstante, como ya hemos avanzado, la distribución de la población en dichas categorías no respondió al azar, por el contrario, siguiendo el esquema cultural de la sociedad castellana, la dicotomía genérica se engarzaba al dimorfismo corporal-sexual articulando una correspondencia irrefutable. Esta distribución tuvo implicaciones directas en todas las esferas de la vida social, por supuesto en la organización de la sexualidad. Todo esto puede ser explorado a través del tercer vórtice de la teoría de género de Connell, reconocido como Catexis. A través de este eje la autora pretende profundizar en las relaciones emocionales, cuyo principal escenario podríamos fijar en la sexualidad.

Dice María Lugones (2012: 129) que «La introducción colonial de la dicotomía hombre-mujer, macho-hembra no es solo heterosexual sino heterosexualista, ya que el significado de la heterosexualidad depende de la dicotomía». Las políticas sexuales de la colonización española no quedaban limitadas a las relaciones privadas dentro del matrimonio: «Desde políticas de reclutamiento hasta tácticas militares, el ejercicio de control sexual público e institucional era central para el proyecto imperial» (Voss, 2007: 31). Desde esta idea Condes (2002) analiza en un apartado de su tesis los delitos que, según la autora, más preocuparon a los legisladores y que se adjudicaban sobre todo a las mujeres; estos se capitularon bajo los términos de herejía y hechicería, adulterio, bigamia, amancebamiento y prostitución. De entre ellos destaca la barraganería y el amancebamiento –la convivencia sin matrimonio mediante– como las conductas delictivas más extendidas en los territorios ultramarinos, sobre todo entre los españoles. Aunque el primero no se consideraba delito, sí computaba de ese modo el segundo, porque implicaba una situación adúltera. Los Reyes Católicos, apunta la autora, actuaron ante esta práctica ordenando que todos los casamientos se hicieran por la Iglesia, contribuyendo así a la regulación de las uniones y, por supuesto, al control de las prácticas y vínculos sexuales.

Queda demostrado que, entre aquellas que eran reconocidas como mujeres blancas, las que supuestamente participaban del orden colonizador, también se daban una multiplicidad de posicionamientos e identidades de género que no tenían acomodo en el concepto de familia tradicional castellana, y fue precisamente esa inclinación al cuestionamiento a las exigencias de género la que les reasignó al lugar del «otro», dice Víctor Rocha (2012). El autor se sirve del caso de Catalina de Erauso, la Monja Alférez –Raewyn Connell (2007) también ha explorado este tipo de biografías–, para dar cuenta de una masculinidad femenina que, haciendo uso del travestismo, tuvo la oportunidad de salvar la identidad femenina que la sociedad altamente jerarquizada de tipo señorial y cristiana reservaba a las mujeres. Cuesta imaginar que fuera este el único caso de contestación a las exigencias de la feminidad histórica de los siglos XVII y XVIII; por el contrario, la visibilización de esta biografía abre la puerta a imaginar distintas estrategias que hubieran podido ser utilizadas para salvar unas relaciones de género subyugantes para esas mujeres.

Dice Connell que a menudo donde no percibimos diferencias en los cuerpos no somos capaces de identificar género. Víctor Rocha no se detiene en describir el atlas corporal de Catalina de Erauso, pero es posible deducir que dado que fue nombrada monja sería adscrita dentro de la categoría de «mujer». A pesar de ello, y como relata el autor, lo cierto es que Catalina de Erauso participó de la hombría desde una disposición de la feminidad muy distinta a la de algunas esposas de colonos que quedan retratadas en el libro de Carlos Vega.

En el apartado anterior de análisis del vórtice de distribución de tareas, nos hemos detenido en la deconstrucción de la familia patriarcal como una institución que coadyuvó a la difusión del orden de género colonizador. Hemos tratado los matrimonios interraciales como espacios de reconversión de las «mujeres». Sin embargo, nos ha quedado sin analizar un aspecto importante que preferimos plantear en este apartado: se trataría del uso intencionado que hicieron esas «mujeres» de su propia sexualidad para conseguir una mejor posición –para ellas o para sus descendientes– en la estructura social colonial.

Tal y como nos recuerda María Eugenia Chávez (1998), desde mediados del siglo XVIII los hombres negros libres y los indios estaban obligados a tributar, mientras los considerados blancos o mestizos estaban exentos de la carga fiscal. Cabe deducir entonces que los matrimonios legítimos interraciales garantizaban el estatuto no tributario de la descendencia en caso de que el padre fuese blanco o mestizo, un movimiento contrario en la escala social colonial experimentaba la prole de un matrimonio legítimo entre una mujer blanca o mestiza y un hombre indio o negro; sin embargo, apunta la autora, las relaciones ilegítimas de mujeres blancas siempre garantizaban la condición no tributaria de los hijos e hijas sin importar la condición del padre. Esta regulación económica de la descendencia, junto al número importante de matrimonios interraciales –antes de ser penalizados por el Estado colonial (Olivero, 2006)– nos llevan a sospechar de un supuesto atractivo de los colonos que resultara cegador para las «indias» y las «mujeres negras» esclavas, para reconsiderar el uso estratégico de su propia sexualidad –que los hombres blancos interpretaban como salvaje y desbocada (Voss, 2007)– en su propio beneficio. Muy interesante es el análisis que hace Chávez (1998) del caso de María Chinquinquirá, una esclava africana subalterna que acudió a los tribunales para salvar su honor y libertad contra su amo. Todas estas referencias nos llevan a pensar que algunas de estas «mujeres indias» o esclavas participaron de manera activa de su liberación o su ascenso en la escala social colonial y que, para ello, intercambiaron su erotismo y sexualidad por dinero con el que comprar su libertad, o por un mayor bienestar.

Huelga decir que, si bien es remarcable el uso estratégico de la sexualidad que hicieron algunas de estas «mujeres», no lo es menos el apuntar cómo el proceso colonizador fue asociado a asaltos sexuales de los colonos a las indias. Para el hombre europeo, señala Mar Langa (2007), toda mujer había de someterse al varón, las nativas eran sometidas por duplicado: por ser reconocidas como indias y por ser asignadas como mujeres. La población india y negra, al no ser considerada como humana, sino como bestia salvaje, era concebida como dimórfica, ambigua, sexualmente aberrante y sin control, apunta Lugones (2012), seres sin género: «en tanto que bestias, se los trató como totalmente accesibles sexualmente por el hombre y sexualmente peligrosos para la mujer» (Lugones, 2012: 130).

En otro orden de cosas, y queriendo superar un análisis que se abata en la dicotomía genérica, se puede decir que los cronistas de la época –y especialmente las leyes punitivas– han dado cuenta de la diversidad de posicionamientos sexuales y de género en las tierras ocupadas por los españoles, una constatación que supuso todo un desafío a la aplicación de la moral cristiana.

Luiz Mott (1997) revisa la reacción de los conquistadores españoles ante las muestras homoeróticas de los indios que quedaron recogidas en los primeros cronistas del Nuevo Mundo. Gracias a estos relatos podemos asegurar, dice Mott, la existencia, gran extensión y variedad de prácticas que, desde nuestros paradigmas categóricos actuales, denominaríamos como prácticas homosexuales y/o prácticas sexuales entre «hombres». El recorrido que hace el autor es extenso y recoge también las prácticas sexuales entre «mujeres» y/o lésbicas –Cacoaimbegira para la población Tupinambá de Brasil–.

Mott (1997) aporta el relato del cronista Gandavo, que, en 1576, intenta descodificar un posicionamiento de género que detentan unos sujetos «mujeres-macho» y que, tal y como queda encapsulado en la misma denominación, desborda la dicotomización genérica del orden de género colonizador:

Algunas indias hay que no conocen hombre alguno de ninguna calidad, ni lo consentirán, aunque por eso las maten. Estas dejan todo el ejercicio de mujeres e imitan a los hombres y siguen sus oficios como si no fuesen hembras. Traen los cabellos cortados de la misma manera que los machos y van a la guerra con sus arcos y flechas y a la caza, perseverando siempre en la compañía de los hombres. Y cada una tiene mujer que le sirve, con quien dice que es casada. Y así se comunican y conversan como marido y mujer (Mott, 1997: 130).

Lo que expresa el cronista Gandavo aquí, puede entenderse como un intento forzado de acomodar la realidad observada a un esquema de conocimiento previo; desde esta línea el mismo Mott trata con cautela los datos, previendo una exageración por parte de los cronistas de los hábitos «salvajes», que podría haberse utilizado como marco justificativo para su humanización fuera del pecado.

La persecución de dichas prácticas e identidades de género por parte de los misioneros y los oficiales militares constituyó una actividad clave, apunta Voss (2009), del programa de control sexual que debía contribuir a la articulación de la dicotomía jerárquica de géneros.

El control político de la sexualidad resulta tremendamente potente en tanto que dispositivo, debido a que extiende sus raíces en la naturalización de los procesos de gestación y cuidado. El engranaje del vórtice de relaciones de poder, con el de producción-consumo, dibuja un escenario en el que se acompasaban tareas con posiciones subyugantes y subyugadas. A esta trama se une el eje de la sexualidad, que ofrece un esquema de posibilidades y constricciones con los que dar cabida a las relaciones emocionales. La heterosexualidad/heterosexualista se presenta como el modelo de relación legítimo entre sujetos hombres/«hombres» y sujetos mujeres/«mujeres». Un esquema cultural y sancionador que, como ya hemos demostrado, tenía sus rincones oscuros y en el que los sujetos individuales excavaban sus propios puntos de fuga.

Por último nos situaremos en el cuarto vórtice del esquema analítico de la teoría de Connell. Se trata de un eje que nos permite hacer aflorar la cultura en tanto que telaraña que consigue hilar el orden de género. Podemos decir que la bibliografía científica da debida cuenta del impacto que tuvo el proyecto colonizador en los sistemas culturales indígenas, una transformación que lógicamente no solo repercutió (y repercute) en la cultura material (desmantelamiento de pirámides, expolio de objetos…), sino también en la cultura inmaterial. Salvar almas y sacarlas de la noche del paganismo fue el relato de justificación que arguyó el papa Alejandro VI en su célebre Bula de mayo de 1493. La adopción plena del cristianismo hacía del indio un ser humano, lo rescataba de su estatus de bestia al que, según los colonizadores, estaba destinado por el orden social-cultural indígena. La aculturación, señala Colombres (2004), se presenta así como sinónimo de colonización cultural. El dominio cultural, en este sentido, quedó plasmado en el exterminio de las lenguas nativas y en la deslegitimación de los saberes tradicionales (Colombres, 2004).

Cuando hablamos de cultura inmaterial, solemos desviar la atención directamente a la escritura como herramienta principal de aculturalización del orden de género. No obstante, y contextualizadas en la tarea que hemos emprendido, debemos tener en cuenta la inviabilidad del uso de la palabra como medio de comunicación en un contexto en el que los pueblos colonizados se comunicaban en lenguas diversas –tanto respecto al castellano como respecto a ellas mismas–, y los ciudadanos de Castilla eran mayoritariamente analfabetos.

La imagen constituyó entonces, dice María Himelda Ramírez (2006), una importante vía de imposición del orden de género colonizador: «un recurso privilegiado para la cristalización, la enseñanza de la doctrina y la formación de valores que garantizaría la recreación de la sociedad hispana» (Ramírez, 2006: 48).

La pintura y escultura del siglo XVI español tuvieron como espada de Damocles a los clérigos abanderados de la Contrarreforma. Jesuitas y franciscanos, empeñados en transmitir la devoción a la Virgen así como en contrarrestar el poder de la iconoclastia, promovieron la producción de imágenes marianas con el fin de conseguir la evangelización de los pueblos de la Colonia. La Iglesia prestó un gran cuidado en que las pinturas y esculturas retrataran los preceptos de las Sagradas Escrituras: «la promoción del culto mariano, la veneración del Niño Jesús y la exaltación de la Sagrada Familia que tendrían una importancia decisiva en la formación cultural y en particular en la resignificación de la diferencia sexual» (Ramírez, 2006: 49).

La selección de las temáticas plasmadas en estas obras de arte no solo debe merecer nuestra atención en cuanto a canales propagadores de la fe católica sino, sobre todo, en cuanto a herramientas culturales de cristalización de un modelo impuesto de feminidad asentado en el recogimiento, la crianza y el hogar y que reclamaba a aquella parte de la población asignada como «mujeres» un cambio de posicionamiento en las relaciones de género. No obstante, el impacto de dicha narrativa visual no queda reducido al nivel micro, ciertamente dichas imágenes apuntan con un dedo culpabilizador a las «mujeres» –a las indígenas, pero también a las castellanas–, pero su autoridad se puede situar en un nivel meso en tanto que discurso social organizador de las relaciones de género: la distinción de esferas en la vida social desarticula toda organización cultural.

En este análisis que hemos llevado a cabo a propósito de los procesos que se dieron en la colonización española, nuestra intención no ha sido otra que la de forzar un ejercicio de des-orden. El des-orden que supone el pensarnos históricamente, el des-orden que pone en cuestionamiento los regímenes de verdad de la colonialidad, el des-orden que resulta cuando dudamos de unas categorías ontológicas que parecen tan inalterables como para provocar respuestas de alterización, incluso desde un movimiento de transformación como es el feminismo… toda esta agitación epistémica ha sido –y sigue siendo– para nosotras, necesaria. Lo es porque nos ofrece la oportunidad de situarnos en un lugar de interrogación ante todo el entramado teórico y epistemológico de las ciencias sociales producido en el Norte, o lo que es lo mismo, nos acerca a un ejercicio de puesta en duda de la ahistoricidad del corpus de conocimientos que utilizamos en nuestras investigaciones y que compartimos con nuestro estudiantado. Toda esta tarea de repensarnos, de des-ordenarnos ha sido necesaria para comprender en toda su profundidad y complejidad la propuesta de Connell y Pearse, una propuesta que aprehendemos en toda su naturaleza movilizadora con la mirada puesta en el cambio social, porque como dice Connell (2016: 39): «solo una teoría de género que incorpore de manera sistemática la experiencia y el pensamiento del mundo mayoritario será lo suficiente poderosa como para entender las dinámicas de género a una escala global».

NOTAS PARA LA LECTURA DEL PRESENTE LIBRO

Algunas partes de este libro tienen dos rombos. En la dictadura española, la televisión del régimen tenía un Código de Regulación de Contenidos por Rombos (◊ y ◊◊): cuando aparecían dos ◊◊ en la pantalla solo los mayores de 18 años podían ver la televisión; cuando aparecía un ◊, solo los mayores de 14. El contenido que se censuraba era de tipo sexual, violento o de terror. En este libro, que se halla en el ojo del huracán de la revolución social, los tres contenidos ejemplifican, entre otras, las condiciones a las que las personas se encuentran en el planeta, especialmente en el Sur global. El contenido de este libro no está bajo la violencia física directa de una dictadura de derechas, pero aun así tal y como sucediera en Holanda con los escritos de Kartini, su contenido ha sido sistemáticamente rechazado y negado por la mayor parte de académicas en las universidades del Norte global. En él se expone el género y los géneros con cantidades apabullantes de datos científicos, históricamente situados, y se ofrece una brillante articulación que permite tanto el autoconocimiento como el desarrollo de trabajos empíricos y teóricos a nivel institucional y material, así como en la vida personal.

Entre las decisiones que nos hemos visto obligadas a tomar se halla principalmente la de qué uso hacer de los géneros gramaticales. Por supuesto, rechazamos el masculino genérico y su supuesta neutralidad, pero no hemos querido caer en la ficción de un femenino genérico que enmascarase las relaciones de poder subyacentes a determinadas situaciones. Por lo tanto, en la mayoría de ocasiones hablaremos en femenino, puesto que engloba a un mayor número de personas, pero irremediablemente en otras, usaremos el masculino (nos dimos cuenta de la ficción cuando intentamos escribir frases como «la mayoría de presidentas del mundo»); en otras ocasiones, sin embargo, hemos tenido que usar el farragoso o/a, para poder incluir al mayor número de subjetividades en este.

Una segunda cuestión estriba en el uso de palabras que se vienen traduciendo de manera libre (gramaticalmente hablando en castellano) y que hemos decidido mantener por tener sentido dentro de la corriente de pensamiento en la que se inscribe. Solo nos cabe imputar los posibles errores en la traducción a nosotras mismas, y no al excelente trabajo que presentamos. El trabajo de escritura de este texto en castellano, en español, ha sido un trabajo intenso. Lo hemos disfrutado muchísimo, tanto personal como académicamente. Creemos que las autoras, Raewyn Connell y Rebecca Pearse, son unas brillantes teóricas de primer orden, y nos satisface enormemente poder contribuir a propagar sus ideas en aras de la justicia social desde una epistemología del Sur.

Quisiéramos dar las gracias especialmente a Emma Gómez Nicolau, que ha tenido la amabilidad de leerse, este año, los borradores de los capítulos. Y quisiéramos agradecer especialmente a nuestras familias de sangre y de vida, por los cuidados que nos han prestado a lo largo de todo el proceso que ha durado esta traducción. Un proceso del que salimos con una amistad inquebrantable que demuestra que cuidar, crecer y estimar en la academia es posible.

Arantxa y Almudena (València, marzo 2018)

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1 Tal y como analiza Víctor Rocha para el caso de la monja Catalina de Eraso, podemos anticipar que no debió ser extraño el uso del travestismo como estrategia que permitiese el posicionamiento y el reconocimiento como Hombres de sujetos con identidades de género diversas.

Prefacio

Una dimensión clave de la vida personal, de las relaciones sociales y de la cultura es el género. El género es una arena en la que nos topamos con cuestiones verdaderamente duras sobre injusticia, identidad e incluso sobre supervivencia.

El género constituye también uno de los temas que despierta prejuicios, mitos y mentiras descarnadas. La investigación y la teoría en las ciencias humanas proporcionan herramientas fundamentales para la comprensión de las cuestiones reales. Este libro trata de ofrecer una explicación accesible, científica, globalmente informada y teóricamente coherente del género.

Para aquellas personas que sean nuevas en el estudio del género, introducimos ejemplos clave de la investigación de género, describiendo los principales hallazgos en temas importantes y proporcionando un mapa de los debates y de las ideas. Para aquellas que ya estén familiarizadas con las cuestiones de género, proponemos un enfoque integrado que une cuestiones que van desde el cuerpo y la diferencia en la personalidad a la economía global y la paz mundial. Este libro abarca un amplio espectro de ciencias humanas, desde la psicología y la sociología, hasta la ciencia política, los estudios culturales, la educación y la historia.

La investigación moderna sobre género estuvo motivada por los movimientos de mujeres por la igualdad de género. Ello se debe a una razón muy sencilla: la mayoría de los órdenes de género, de todo el planeta, privilegian a los hombres y ponen en situación de desventaja a las mujeres. Sin embargo, el relato no es tan sencillo. Hay diferentes formas de privilegio y de desventaja, y la escala de la desigualdad de género varía de un lugar a otro del mundo. Los costes del privilegio pueden ser elevados. Incluso la mera definición de quién es un hombre y quién es una mujer se puede rebatir.

Las cuestiones de género son cuestiones sobre hombres casi en la misma medida que lo son sobre mujeres. En la actualidad existe una amplia investigación sobre masculinidades, paternidades, movimientos de hombres, violencia de hombres, la educación de los niños, la salud de los hombres y la implicación de los hombres en el logro de la igualdad de género. Hemos tejido este conocimiento en la imagen del género.

También hemos enfatizado la perspectiva mundial. La visión desde el Norte global es importante, pero la mayoría de las personas vive en otros lugares y tiene experiencias sociales diferentes. Por lo tanto, prestamos una atención considerable a la investigación y teoría de género en países situados fuera de la metrópolis global, en lugares tan diversos como Letonia, Chile, Australia, África del Sur y Occidental, Indonesia y Japón.

El mundo se enfrenta a cuestiones apremiantes que atañen al género, es más, todo un nuevo terreno de políticas de género está emergiendo, lo que plantea interrogantes que tienen que ver con los derechos humanos, la injusticia la económica global, el cambio climático, las relaciones entre generaciones, la violencia, tanto militar como personal, y las condiciones del buen vivir.

Si los órdenes de género que emerjan en el futuro deben ser justos, pacíficos y humanos –lo cual no está en absoluto garantizado–, necesitamos conocimientos muy fundamentados y una compresión sofisticada de las cuestiones de género. Producir esta comprensión significa compartir conocimiento a lo largo y ancho del planeta. Las ediciones previas de este libro han sido traducidas al chino, al italiano, al griego, al japonés, al alemán y al polaco. Esperamos que esta nueva edición sea igualmente útil.

Esta edición incluye un capítulo completamente nuevo sobre género y medio ambiente, pone al día todos los capítulos con investigaciones actuales, incluye un nuevo estudio de caso, revisa el tratamiento de la teoría de género y trata de llevar a cabo la presentación de la forma más clara y precisa posible.

Se trata de un libro que intenta sintetizar el conocimiento a través de un amplio campo de estudio, que descansa sobre el trabajo de mucha gente: investigadores, teóricos, activistas de los movimientos sociales, así como en las numerosas personas que participan en los estudios de investigación.

La mayor parte de nuestras deudas intelectuales las reconocemos en el texto. Rebecca le da especialmente las gracias a: James Hitchcock, Bronislava Lee, Stuart Rosewarne y Tim Hitchcock. Raewyn le da especialmente las gracias a: Kylie Benton-Connell, Christabel Draffin, Jhon Fisher, Patricia Selkirk, Carol Hagemann-White, Robert Morrell, Ulla Müller, Taga FUtoshi, Teresa Valdés, Toni Schofield, Lin Walker y Kirsten Gomard.

El libro está dedicado a la memoria de Pam Benton. El epígrafe al comienzo del libro es del poeta favorito de Pam, John Donne, y se puede encontrar en el poema «The Second Anniversary».

Raewyn Connell y Rebecca Pearse

Sydney, diciembre 2013

1

La cuestión del género

PERCIBIR EL GÉNERO

Una noche al año la audiencia mundial se centra en el evento más espectacular de Hollywood, la ceremonia de entrega de los Óscar. Un reguero de gente famosa va desfilando ante una multitud entusiasmada y, en medio de un alud de flashes, entra en el auditorio –los hombres de esmoquin andan con facilidad mientras que las mujeres caminan con mucho cuidado, enfundadas en cortos vestidos y altos tacones–. Conforme avanza la noche, se van entregando los premios a la mejor banda sonora, al mejor trabajo de cámara, al mejor guion, a la mejor dirección, a la mejor película extranjera… Sin embargo, en lo que se refiere a la categoría de actuación, es decir, la que atañe a las personas que se ven en pantalla cuando vamos al cine, se dan dos premios: mejor actor y1 mejor actriz; mejor actor secundario y1 mejor actriz secundaria.

Internet está saturada de imágenes de gente glamurosa, desde modelos que salen en anuncios hasta todo tipo de celebridades y figuras públicas. Cuando la estrella del pop Miley Cyrus actuó en los premios de vídeos musicales de la MTV (VMA) en 2013, las imágenes de su baile sexualmente provocador viajaron a una velocidad vertiginosa por todo el mundo. Tras el evento, Cyrus tuiteó: «¡Smilers! ¡Mi actuación en la VMA ha tenido 306.000 tuits por minuto. Más que en los apagones o la Superbowl! [sic]». Las grandes cadenas de noticias y las páginas de entretenimiento, los medios sociales, los blogs y los canales de YouTube se llenaron con gigas de conversaciones que se sucedían en el ciberespacio. La mayor parte de las discusiones se centraban en si el público estaba preparado para la transformación de Cyrus de niña estrella a símbolo sexual.

Mientras que los cuerpos de las mujeres son frecuentemente utilizados como elementos de las imágenes que consumimos en la web, las mujeres, por el contrario, tienen pocas probabilidades de producir el contenido web. En una encuesta reciente a las personas asociadas a esta, Wikipedia identificó que menos del 15 % de quienes aportan contenido a la enciclopedia online son mujeres. También es desigual su acceso a internet. En 2013 la empresa multinacional Intel de tecnología informática identificó que, a nivel internacional, hay casi un 25 % menos de mujeres con acceso a internet en comparación con los hombres que acceden a la red. Pero hay que desagregar estos datos, puesto que mientras que en un pequeño número de naciones ricas como Francia y Estados Unidos la tasa de acceso a internet de las mujeres es algo más elevada, la brecha de género alcanza el 45 % en el África subsahariana.

También en política las mujeres continúan siendo minoría. Cada año, en las reuniones del G20, se toma una «foto de familia» en la que los jefes de Estado y sus principales representantes en finanzas y banca central se reúnen para discutir sobre el sistema financiero internacional. En la imagen de 2013, solamente se podían identificar cuatro mujeres entre los veinte líderes nacionales, que representaban a Alemania, Brasil, Corea del Sur y Argentina. Si nos fijamos en la configuración de los gobiernos estatales, el desequilibro suele ser mayor. Nunca ha habido una mujer jefa de Estado en la Rusia moderna, China, Japón, Egipto, Nigeria, Sudáfrica o México. Solo ha habido una en la historia de Brasil, Alemania, Gran Bretaña, India, Indonesia o Australia. Las estadísticas del Sindicato Interparlamentario muestran que en 2013, el 79,1 % de los parlamentarios del mundo eran hombres.

Entre los principales ministerios, el predominio de hombres es incluso más elevado. En 2012, solo cuatro países en el mundo tenían a mujeres en la mitad de sus ministerios (Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia). Las cifras típicas de mujeres que ocupaban despachos ministeriales eran del 21 % (Australia y México), 11 % (China, Indonesia y Japón), 6 % (Malasia) o 0 % (Líbano y Papúa Nueva Guinea). Pero, además, el reducido número de mujeres que llegan a este nivel gubernamental es asignado a las carteras de bienestar o educación. Los hombres controlan las carteras de hacienda, inversión, tecnología, asuntos exteriores, policía y ejércitos. Todos los secretarios generales de Naciones Unidas y todos los presidentes del Banco Mundial han sido hombres.

La representación de las mujeres en política ha cambiado paulatinamente con el tiempo, pero esta transformación no ha estado exenta de dificultades. La abogada francesa Christine Lagarde fue la primera mujer en ser presidenta del Fondo Monetario Internacional en 2011. La media mundial de mujeres parlamentarias se incrementó en un 10 % en 1995, y llegó al 20 % en 2012. La primera jefa de Estado australiana, la primera ministra Julia Gillard, ejerció durante tres años con un equipo de ocho mujeres en los ministerios y cinco en su gabinete. Tras este periodo fue expulsada del poder mediante un golpe de Estado orquestado por su propio partido. El nuevo gobierno conservador elegido en 2013 solo ha tenido, desde entonces, a una mujer en su gabinete.

Lo que es válido para la política también lo es para los negocios. De las 200 empresas australianas situadas en lo alto del mercado bursátil en 2012 (incluyendo aquellas que publican revistas de difusión masiva), solo 7 tienen a una mujer como directora general. De los 500 gigantes corporativos internacionales que se enumeran en la revista Fortune Global 500, solo 22 cuentan con mujeres como directoras generales. Dichas cifras se suelen presentar valorando positivamente el hecho de que el 4,4 % del liderazgo internacional empresarial esté en manos de mujeres. No obstante, cabe considerar si no aporta más información constatar que en el 95,6 % de los casos son hombres los que ocupan dicho liderazgo.

Las mujeres son una parte sustancial de la mano de obra asalariada. Situadas en la parte inferior de la estructura social, se concentran principalmente en trabajos del sector servicios –dependientas, teleoperadoras, empleadas de hogar o camareras, y profesiones conectadas con el cuidado de jóvenes y enfermas, como por ejemplo, la enseñanza y la enfermería–. En algunas partes del mundo, las mujeres también son valoradas como trabajadoras industriales, como por ejemplo en las plantas de microprocesado, donde se aprecian sus supuestas «manos habilidosas». Aunque la división del trabajo entre hombres y mujeres varía en relación con el lugar del mundo, habitualmente los hombres predominan en la industria pesada, como la minería o el transporte, y por supuesto son reclamados como mano de obra en cualquier trabajo que implique el uso de maquinaria, exceptuando la maquinaria de costura. En todo el mundo, los hombres se emplean mayoritariamente como mano de obra en los servicios de gestión, contabilidad y derecho, así como en profesiones técnicas como las ingenierías y la informática.

A la sombra del trabajo asalariado hay otra forma de trabajo: el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. En todas las sociedades contemporáneas de las que disponemos de datos estadísticos, las mujeres asumen la mayor parte de las tareas de limpieza, de cocina y de costura, la mayor parte del trabajo de cuidados de niños y niñas, y la mayor parte de las tareas destinadas a la atención de bebés (si alguien piensa que el trabajo de cuidado de bebés no es trabajo es porque no lo ha hecho nunca). Este trabajo está a menudo asociado a definiciones culturales que asignan a las mujeres características como la de ser cuidadoras, amables, autosacrificadas y hacendosas, y que se reflejan en imágenes culturales como, por ejemplo, la de la buena madre. Sin embargo, la figura del buen padre se asocia raramente a las tareas de preparar los almuerzos para el colegio o la de limpiar los culitos de los bebés –aunque se estén dando pasos interesantes para promover lo que en México se ha venido en llamar la «paternidad afectiva», una paternidad emocionalmente comprometida–. Se sobreentiende que son los padres quienes toman las decisiones familiares y representan el rol de breadwinners,2 quienes consumen los servicios provistos por las mujeres y quienes representan a la familia en la esfera pública.

Las mujeres, en tanto que grupo social, tienen menos oportunidades que los hombres de formar parte de la esfera pública y cuando se sitúan en ella disponen de menos recursos. Ello explica que en casi todo el planeta los hombres tengan más posibilidades de obtener un trabajo remunerado. Estos desajustes deben ser leídos, sin embargo, teniendo en cuenta que los índices que se utilizan convencionalmente en el campo de la economía están fundamentados en las prácticas de los hombres, y excluyen los trabajos domésticos no remunerados de las mujeres. Tomando como referencia estos índices, la «tasa de actividad económica» mundial de las mujeres se ha incrementado, pero continúa representando solamente dos tercios de la de los hombres. Las principales excepciones son Escandinavia y algunos lugares del oeste de África, donde las tasas de participación de las mujeres como fuerza de trabajo asalariado son inusualmente elevadas. Pero en alguno de los estados árabes las tasas de participación de las mujeres representan un cuarto de la tasa de los hombres, y en gran parte de Asia del Sur y de América Latina se corresponden con la mitad.

Por otro lado, aunque las mujeres sí computan en la mano de obra asalariada, ¿son comparables los sueldos que reciben unos y otras? Casi treinta años después de que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptase la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres (CEDAW, 1979), no hay ningún lugar en el mundo en el que las mujeres ganen los mismos salarios que los hombres. Las mujeres son a menudo contratadas en empleos de bajo salario, e incluso reciben el 18 % menos respecto a la media salarial de los hombres. En algunos países, la brecha salarial de género es mucho mayor: Zambia tiene la mayor brecha salarial de género, con casi un 46 % (2005), seguida de Corea del Sur, con un 43 % (2007), y Azerbaiyán, con un 37 % (2008). Una parte de la brecha salarial de género se puede explicar aludiendo al esquema cultural de que las mujeres prefieren trabajar menos horas o estar desempleadas, otras razones tienen que ver con prácticas salariales discriminatorias y con la sobrerrepresentación de las mujeres en los trabajos de salario bajo.

Todo ello explica que la mayoría de las mujeres del mundo, especialmente las mujeres con hijas, dependan económicamente de los hombres. Algunos hombres creen que las mujeres que dependen económicamente de ellos son de su propiedad. Este es un escenario común en la violencia doméstica: cuando una mujer dependiente no complace las demandas de su marido o novio es golpeada. Esta situación supone un dilema para las mujeres que suele ser identificado por los servicios de atención a la violencia doméstica: o bien se quedan, poniéndose a sí mismas y a sus hijas en grave riesgo de violencia futura, o bien se van, pudiendo perder su casa, el apoyo económico e incluso su propio estatus en la comunidad. Si se marchan, algunos maridos enfurecen tanto que pueden acosar y matar a las mujeres e incluso a las hijas.

Los hombres no son golpeados por sus esposas tan a menudo, pero son susceptibles de vivir otras formas de violencia. La mayor parte de las agresiones denunciadas a la policía, en aquellos países que disponen de datos estadísticos rigurosos sobre la materia, son de hombres hacia hombres. Algunos hombres son golpeados, incluso asesinados, por el simple hecho de ser considerados homosexuales, y parte de esta violencia es ejercida por la policía. La mayoría de los reclusos en prisión son hombres. En los Estados Unidos de América, el país con el mayor sistema carcelario del mundo, la población presa en 2011 era de 1,59 millones, y el 93 % de las personas encarceladas eran hombres. La mayor parte de muertes en combate son de hombres, porque los hombres conforman una mayoría en las tropas del ejército y de las milicias. La mayor parte de los accidentes industriales implican a hombres, porque la mayor parte de la mano de obra en industrias peligrosas, como la minería y la construcción, está constituida por hombres.

Los hombres están involucrados, de manera desproporcionada, en la violencia, y esto se explica en parte porque han sido preparados para ella. Aunque sabemos que los patrones de crianza de las/los hijas/os difieren entre culturas, se puede considerar la situación que se vive en Australia como bastante usual. Los chicos australianos son orientados, desde una edad temprana, hacia deportes competitivos como el fútbol, donde la fuerza física es celebrada –por sus familias, por las escuelas y por los medios de comunicación–. Los chicos también se ven sometidos a la presión de sus iguales con el fin de demostrar valentía y dureza, y con el objetivo a su vez de que aprendan a temer ser catalogados como sissies o poofers (términos locales que significan ‘afeminado’ u ‘homosexual’). Tener la capacidad de ser violento se convierte, de este modo, en un recurso social. Los chicos de clase trabajadora, carentes de otros recursos que les faciliten una carrera profesional, se convierten en la cantera principal de aquellos trabajos que requieren el uso de la fuerza: policía, ejército, seguridad privada, delincuencia común y deporte profesional. Las mujeres jóvenes, por su parte, son reclutadas principalmente para ejercer los trabajos que palian las consecuencias de la violencia: enfermería, psicología y trabajo social.

Hasta aquí hemos enumerado una serie de datos sobre los medios de comunicación, sobre la esfera política y el empresariado, sobre las familias y sobre lo que implica crecer. ¿Son estos datos aleatorios? El pensamiento moderno sobre género parte de la premisa de que no lo son. Estos datos conforman un patrón; cobran sentido en tanto que los leemos desde unas disposiciones de género a nivel global. En este libro nos referimos a dichas disposiciones como «orden de género» de las sociedades contemporáneas.

Darse cuenta de la existencia del orden de género es fácil, entenderlo no. De hecho, actualmente conviven teorías de género que se contradicen, tal y como veremos en el capítulo 4; por otro lado, hay algunos problemas en torno al género que son intrínsecamente difíciles de resolver. Paralelamente, sin embargo, hoy en día contamos con una prolija fuente de conocimiento sobre género derivada de décadas de investigación, y con una experiencia empírica fundamentada en las políticas sociales en materia de género. Tenemos la mejor base para la comprensión de las cuestiones de género que cualquier generación previa haya podido tener.

COMPRENDIENDO EL GÉNERO

En nuestra vida cotidiana damos el género por descontado. Somos capaces de reconocer, de manera inmediata, a las personas como hombres o como mujeres, como niñas o como niños. Organizamos nuestra cotidianeidad según esta distinción. Los matrimonios convencionales requieren una persona de cada. Las partidas mixtas en tenis requieren dos de cada, pero la mayoría de los deportes requieren un género exclusivamente.

Casi todos los años, el programa retransmitido más popular en Estados Unidos es la American Super Bowl, la cual, al igual que los Premios Óscar, constituye un espectáculo llamativamente generizado: enormes hombres acorazados colisionan entre sí mientras persiguen una vejiga de cuero puntiaguda, hasta que llegan los tiempos de descanso, cuando delgadas mujeres con faldas cortas bailan y sonríen. La mayoría no seríamos capaces de chocar ni de bailar la mitad de bien que lo hacen esas personas, pero lo hacemos lo mejor posible en otros contextos. Como mujeres y como hombres acomodamos nuestros pies en zapatos torneados de diferente forma, abotonamos nuestras camisas por el lado opuesto, nos cortamos el pelo en peluquerías distintas, compramos nuestros pantalones en tiendas diferentes y nos los quitamos en baños separados.

Estas costumbres nos son tan familiares que parece que forman parte de un orden natural. La creencia de que la diferencia de género es «natural» es lo que convierte en escandaloso el hecho de que las personas no mantengan tal costumbre. Por ejemplo, cuando las personas de un mismo género se enamoran entre sí, la homosexualidad es frecuentemente declarada como «antinatural» y dañina.

Pero si tener sexo con una mujer siendo mujer, o con un hombre siendo hombre, es un hecho antinatural, ¿por qué tenemos leyes que regulan en contra de ello? No tenemos leyes que castiguen el incumplimiento de la tercera ley de la termodinámica, por ejemplo. Las normativas antigay en las ciudades estadounidenses, los acosos policiales a los hombres homosexuales en Senegal, la criminalización del adulterio en la ley islámica Sharia, el encarcelamiento de mujeres transexuales por violación del orden público, etc., son fenómenos que solo tienen sentido en la medida en que aceptemos que dichas cuestiones no3 están fijadas por la naturaleza.

Estos sucesos forman parte de un titánico esfuerzo social destinado a encauzar el comportamiento de la gente. Las ideas sobre lo que debe ser el comportamiento generizado adecuado circulan de forma constante, no solo entre legisladores sino también entre curas, padres y madres, docentes, publicistas, pequeños comerciantes, invitadas en programas de entrevistas o Djs. En eventos como los Premios Óscar y la Super Bowl no solamente se plasman nuestras ideas sobre la diferencia de género, sino que dado que muestran ejemplos de masculinidades y de feminidades, se ayuda a crear la diferencia de género.

Ser un hombre o una mujer, por lo tanto, no constituye un estado predeterminado. La pionera feminista francesa Simone de Beauvoir así lo enunció en su famosa frase «No se nace mujer, sino que se llega a serlo». Aunque las posiciones de los hombres y de las mujeres no son siempre equiparables, el principio es igualmente válido para los hombres: uno no nace, sino que deviene un hombre.

Este proceso es, a menudo, entendido como el desarrollo de la «identidad de género». Hay algunas cuestiones que se deben revisar en relación con este concepto (capítulo 6), pero sirva por ahora como un constructo que hace referencia a un sentido de pertenencia a una categoría de género. La identidad incluye nuestras ideas de lo que significa esta pertenencia, del tipo de personas que somos, de las implicaciones de ser mujer u hombre. Estas ideas no se ofrecen a los bebés como un lote al principio de la vida. Se desarrollan (hay cierta polémica sobre cuándo, exactamente) y se van perfilando de manera detallada durante un largo periodo, conforme vamos madurando.

Tal y como reconoció Beauvoir posteriormente, este proyecto de llegar a ser una persona generizada puede transcurrir por distintos caminos, entre los que se incluyen ciertas tensiones y ambigüedades, y que incluso producen, a veces, resultados inestables. Parte del misterio del género está en comprender cómo un patrón, que a primera vista aparece como perfilado y rígido, si se examina en detalle, se convierte en enormemente complejo e incierto.

Por lo tanto no podemos pensar en la feminidad o la hombría como fijadas por la naturaleza, pero tampoco debiéramos pensar en ellas como simples imposiciones con un origen externo, modeladas mediante normas sociales o la presión de las autoridades. Las personas nos construimos a nosotras mismas como masculinas o femeninas. Reclamamos un lugar en el orden de género –o respondemos al lugar que nos ha sido asignado– por la forma en que actuamos cada día.

La mayor parte de las personas llevan todo esto a cabo voluntariamente, e incluso gozan de esta polaridad de género. Aun así, las ambigüedades de género no son raras. Hay mujeres masculinas y hombres femeninos. Hay mujeres enamoradas de otras mujeres y hombres enamorados de otros hombres. Hay mujeres que son cabeza de familia y hombres que crían niñas. Hay mujeres soldado y hombres enfermeras. Algunas veces el desarrollo de la «identidad de género» tiene como resultado disposiciones intermedias, amalgamadas o considerablemente contradictorias, lo que nos lleva a hacer uso de términos como afeminado, afectado, queer o transgénero.

La investigación psicológica sugiere que la gran mayoría de personas combinamos características masculinas y femeninas en una variedad de combinaciones, y no tanto que nos identificamos con unas o con otras totalmente. La ambigüedad de género puede ser objeto tanto de fascinación como de deseo. Las suplantaciones de género son habituales tanto en la alta cultura como en la cultura popular, desde los actores disfrazados en los escenarios de Shakespeare hasta las películas protagonizadas por mujeres transexuales y drag queens, como Hedwig and the Angry Inch (2001), Priscilla, reina del desierto (2004) y Hairspray (2007).

Ciertamente es posible identificar tal variedad de géneros como para provocar una violenta oposición de los movimientos que se dedican al restablecimiento de la «familia tradicional», la «verdadera feminidad» o la «auténtica masculinidad». En 1988 el papa Juan Pablo II se preocupó tanto por el tema que publicó la encíclica «Sobre la dignidad y vocación de la mujer»,4 en la que recordaba a todo el mundo que las mujeres fueron creadas para responder al mandato de la maternidad y que, por lo tanto, sus funciones no debieran confundirse con las de los hombres. En un sermón de Navidad en 2012, el papa Benedicto XVI criticó de forma directa la teoría de género argumentando: «las personas discuten la idea de que tienen una naturaleza dada por su identidad corporizada que sirve como un elemento definitorio del ser humano. Reniegan de su naturaleza y deciden que no es algo que les es dado previamente, sino que son ellas quienes la construyen». Este es un buen resumen de la que puede considerarse como la concepción general sobre la teoría de género. Por supuesto, el papa argumenta en su contra, manifestando que una naturaleza esencializada y biológica es la que debe determinar nuestras vidas pública y personal. Estos esfuerzos por mantener ideas esencialistas sobre la feminidad y la masculinidad son en sí mismos una clara evidencia de que los límites no son tan estables.

Pero no se trata solo de límites, también se evocan desigualdades. La mayoría de las iglesias y de las mezquitas están dirigidas exclusivamente por hombres, y esto constituye un patrón común. La mayor parte de la riqueza corporativa está en manos de hombres, las mayores instituciones son dirigidas por hombres y la mayor parte de la ciencia y de la tecnología está controlada por hombres. En muchos países, incluidos algunos con grandes índices de población, las mujeres tienen menos oportunidades de aprender a leer que los hombres. Por ejemplo, las tasas de alfabetismo adulto en la India son del 75 % para los hombres y del 51 % para las mujeres; y en Nigeria, del 72 % para los hombres y del 50 % para las mujeres. A escala mundial, dos tercios de las personas analfabetas son mujeres. En países como Estados Unidos de América, Australia, Italia y Turquía, las mujeres de clase media han conseguido el acceso total a la educación superior y han hecho incursiones en los campos de la gestión y de lo profesional, pero incluso en estos países operan barreras informales que mantienen los auténticos niveles de poder y riqueza en un mundo mayoritario de hombres.

También el respeto hacia unas y otros es desigual. En muchas situaciones, incluyendo a las animadoras de los partidos de fútbol, las mujeres son tratadas como secundarias respecto de la acción principal, o bien como objetos de deseo para los hombres. Se sabe de todo un universo de chistes –sobre rubias, sobre marimachos, sobre suegras– basados en la trivialidad de la mujer y en su estupidez. Contamos con toda una industria, que va desde la pornografía más dura hasta la prostitución o la publicidad blanda, que mercantiliza el cuerpo de la mujer, convirtiéndolo en objeto de consumo para los hombres. Las leyes que promueven la igualdad de oportunidades en el mercado de trabajo son a menudo rechazadas por los hombres, que no quieren estar bajo la autoridad de una mujer. No solo la mayoría de las religiones impiden que las mujeres ocupen puestos elevados en los oficios religiosos, también tratan simbólicamente a las mujeres como una fuente de corrupción para los hombres.

Aunque los hombres en general se benefician de las desigualdades del orden de género, no todos lo hacen de la misma manera. Es más, muchos de ellos pagan un precio considerable por ello. Los chicos y los hombres que se alejan de las definiciones dominantes de masculinidad, porque son gais, afeminados, o porque son considerados blandengues, a menudo son objeto de violencia verbal y de discriminación, e incluso son víctimas de la violencia. Las diferencias de clase y raza también influyen en los beneficios que obtienen los diferentes grupos de hombres. Pero incluso los hombres que participan de las definiciones dominantes de masculinidad son susceptibles de pagar un precio. Por ejemplo, la investigación en salud demuestra que los hombres, como grupo social, tienen una mayor tasa de accidentes laborales en comparación con las mujeres, una mayor tasa de muertes por violencia, que tienden a comer una dieta peor y a beber más alcohol, y (tal como cabría esperar) presentan mayores lesiones deportivas. En 2012 la esperanza de vida para los hombres en Estados Unidos de América se calculaba en 76 años, mientras que para las mujeres era de 81. En Rusia, tras la instauración del capitalismo, la esperanza de vida de los hombres es de 63 años, frente a los 75 de las mujeres.

Por tanto, los patrones de género son, al mismo tiempo, fuentes de placer, reconocimiento e identidad, y fuentes de injusticia y perjuicio. Esto significa que el género es inherentemente político –aunque también implica que la política puede ser complicada y difícil–.

La desigualdad y la opresión constitutivas del orden de género han conducido repetidamente a demandas en pro de su reforma. Los movimientos por el cambio incluyen campañas tanto por los derechos de voto de las mujeres como por la presencia de mujeres en los movimientos anticoloniales, así como su representación en gobiernos independientes. Hay campañas destinadas a la igualdad salarial, al derecho de las mujeres a ser propietarias, a las leyes de reconocimiento de los derechos de homosexuales; existen iniciativas destinadas a favorecer el sindicalismo en las mujeres, la igualdad de oportunidades en el empleo, la garantía de los derechos de reproducción o de aborto, así como sobre los derechos humanos de hombres y mujeres transexuales, y encontramos campañas contra las discriminaciones en educación, contra el sexismo en los medios de comunicación, contra la violación y contra la violencia doméstica.

Han surgido algunas reacciones de resistencia ante estos cambios, incluso algunas campañas «anticambio». De este modo, en el escenario de las políticas de género podemos encontrar campañas antigay, y campañas pro vida o antiaborto, todo un espectro de movimientos de hombres, y un complejo debate internacional sobre los vínculos entre el feminismo occidental y el dominio cultural occidental global. Uno de los motores de cambio más potentes en la actualidad es el de la legalización del matrimonio homosexual. Actualmente, en Estados Unidos de América, las parejas del mismo sexo pueden casarse en trece estados, así como en Washington DC. Se trata de un movimiento de transformación de rápida expansión principalmente en el Norte global, pero también en América Latina. De los 16 países que permiten casarse a los hombres gay y a las lesbianas, 9 de ellos aplican esta reforma desde 2010.

Los movimientos feministas y gay de los años sesenta y setenta tuvieron un papel fundamental en todas estas reformas. Sin duda no consiguieron todos sus objetivos políticos, pero tuvieron un profundo impacto cultural. Pusieron el foco de atención sobre todo un universo de realidades humanas mal entendidas hasta el momento, así como sobre la agencia de los sujetos. Constituyeron el punto de partida histórico para la investigación actual sobre género. La práctica política dio origen a una transformación profunda –que progresivamente se ha ido convirtiendo en revolución– del conocimiento humano.

Este libro es un intento de mapear dicha revolución. Describe el ámbito revelado por las políticas de género y por la investigación de género, e introduce los debates sobre cómo comprenderlo y cambiarlo, ofreciendo soluciones a algunos de los problemas que el orden de género plantea.

DEFINIENDO EL GÉNERO

Conforme se profundizaba en las cuestiones de género, surgía la necesidad de proponer una nueva terminología. En los últimos treinta años, en los debates de habla inglesa, se utiliza el término género para describir todo un campo de estudio. El término se tomó prestado de la gramática. Procede de una antigua palabra que etimológicamente significa ‘producir’ (cf. ‘generar’), que dio lugar en muchas lenguas a los significados de ‘especie’ o ‘clase’ (por ejemplo, ‘genus’). En el campo de la gramática, la palabra género se refiere a la distinción específica entre los tipos de nombres «que corresponden más o menos –tal y como indica de manera puntillosamente remilgada el Oxford English Dictionary del siglo XIX– a las distinciones de sexo (o ausencia de sexo) de los objetos designados».

La gramática nos indica cómo dichas distinciones permean las culturas. En las lenguas indoeuropeas y semíticas, los nombres, los adjetivos y los pronombres se pueden distinguir como femeninos, masculinos, neutros o de género común. No solo las palabras que designan especies que se reproducen sexualmente se generizan, sino que también se hace con muchas otras palabras usadas para nombrar objetos, conceptos y estados mentales. El inglés es una lengua escasamente generizada, pero aun así los anglohablantes se refieren a un barco como «ella», o de un pozo de petróleo dicen que «[ella] va a reventar», y a menudo masculinizan una abstracción («los derechos del hombre»).

El lenguaje es importante, pero no proporciona un marco consistente para la comprensión del género. En alemán, por ejemplo, tenemos que die Frau (‘la mujer’) es femenino, pero das Mädchen (‘la chica’) es neutro, porque todas las palabras con diminutivo son consideradas como neutras. El terror es femenino en francés («la terreur»), pero masculino en alemán («der Terror»). Otras lenguas, como el chino, el japonés o el yoruba, no hacen distinción alguna en las formas de las palabras. Pero una parte importante de todo esto depende de cómo se use el lenguaje. Un lenguaje relativamente no-generizado puede ser también usado para nombrar posiciones de género o para expresar opiniones sobre cuestiones de género. Por otro lado, hay muchas comunidades donde ciertos tonos de voz o algunas palabras son considerados propios de las mujeres o de los hombres, o expresiones de la feminidad o la masculinidad de quien habla.

Gran parte de las discusiones en torno al género en sociedad enfatizan la dicotomía. A partir de la división biológica entre macho y hembra se determina el género como la diferencia social o psicológica que se corresponde con dicha división, que la construye o que es producto de esta.

Entre sus usos más comunes, el término género indica la diferencia cultural entre hombres y mujeres, basada en la división biológica entre machos y hembras. Dicotomía y diferencia son consustanciales, por lo tanto, a dicha idea. Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus.

Tal definición plantea serias objeciones:

• Ni la vida humana se distribuye simplemente en dos reinos, ni el carácter humano se divide en dos arquetipos. Nuestras imágenes sobre el género son a menudo dicotómicas, pero la realidad no lo es. Hay muchas evidencias respecto a ello, como veremos en este libro.

• Una definición expresada en términos de diferencia implica que, allí donde no podemos percibir diferencia, no podemos identificar el género. Basándonos en dicha acepción no podríamos reconocer el carácter generizado del deseo lesbiano u homosexual (basado en la igualdad de género). Acabaríamos desnortadas debido a la investigación que solo constata la existencia de pequeñas diferencias psicológicas entre mujeres y hombres, puesto que haría parecer que el género se hubiera evaporado (capítulo 3).

• Una definición dicotómica excluye las diferencias entre mujeres, y también las que se dan entre hombres, del concepto de género. Pero las diferencias intragrupo pueden ser considerablemente relevantes respecto a los patrones de relaciones entre mujeres y hombres: por ejemplo, las diferencias entre las masculinidades violentas y las no violentas (capítulo 6).

• Cualquier definición basada en características personales excluye procesos que van más allá del individuo. Los procesos sociales a gran escala se basan en las capacidades compartidas de las mujeres y de los hombres más que en las diferencias. La creación de bienes y servicios en la economía moderna se fundamenta en las capacidades compartidas y el trabajo cooperativo –aunque los productos estén fuertemente generizados (por ejemplo, lo que se vende en una juguetería) y la riqueza producida se distribuya de manera extremadamente generizada–. Los problemas medioambientales están vinculados a patrones globales de intensificación de producción y consumo, que a su vez se estructuran mediante dimensiones de género.

Las ciencias sociales sugieren una solución para salvar estas dificultades. La clave estriba en desplazar el foco de atención desde la diferencia hasta las relaciones. El género es, por encima de todo, una cuestión de relaciones sociales en las que los individuos y los grupos actúan.

El mantenimiento o ampliación de los patrones en los que suceden las relaciones sociales es lo que la teoría social llama «estructuras». Es en este sentido en el que el género se debe entender como una estructura social. No es una expresión de la biología, ni puede ser reducida a una dicotomía estable propia de la vida humana o del carácter; actúa como patrón de nuestros acuerdos sociales, y de las actividades del día a día que han sido modeladas, así mismo, por dichos acuerdos.

El género constituye un tipo particular de estructura social que implica relaciones específicas con los cuerpos. Esta es una definición de género aceptada desde el sentido común, como expresión de la diferencia natural entre macho y hembra. Somos una de las especies que se reproduce sexualmente y no de manera vegetativa, como lo hacen las bacterias (¡aunque la clonación podría cambiar esto pronto!). Algunas partes de nuestra anatomía están especializadas para cumplir con este fin, y muchos de los procesos biológicos de nuestro cuerpo se ven afectados por él (capítulo 3). La disonancia que sugiere la definición del sentido común no reside ni en la atención que se presta a los cuerpos, ni en la preocupación que se demuestra para con la reproducción sexual, sino que reside en su empeño por constreñir la adaptabilidad y la complejidad biológicas en una dicotomía férrea, así como en sugerir que los patrones culturales «expresan» simplemente la diferencia corporal.

Algunas veces los patrones culturales reflejan diferencia corporal, por ejemplo cuando se celebra la primera menstruación como evento diferenciador entre la niña y la mujer, pero a menudo esos mismos patrones consiguen más que eso, o menos que eso. Las prácticas sociales a veces exageran las diferencias entre lo femenino y lo masculino (por ejemplo, la ropa de premamá), otras veces las niegan (es el caso de muchas de las prácticas laborales), a veces las mistifican (como ocurre en algunos de los juegos de ordenador), y a veces las complican (vestimenta destinada al tercer género). Por lo tanto, no podemos decir que los acuerdos sociales expresen sistemáticamente diferencias biológicas.

Lo que sí podemos decir, con relación a todos estos casos, es que la sociedad se centra en los cuerpos y trata los procesos reproductivos y las diferencias entre cuerpos. No hay «base biológica» fija en el proceso social de género. Es más, hay una arena en la que los cuerpos se consideran procesos sociales, en el que nuestro comportamiento social hace algo con la diferencia reproductiva. En este libro a esta arena la denominaremos «arena reproductiva», algo que será discutido en el capítulo 3.

Ahora ya podemos definir el género de modo que nos permita salvar las paradojas de la «diferencia». El género es la estructura de relaciones sociales que pivota en la arena reproductiva, así como el conjunto de prácticas que consiguen situar las distinciones reproductivas entre los cuerpos en los procesos sociales.

Por decirlo de manera informal, el género se preocupa por la forma en que las sociedades humanas tratan los cuerpos humanos y su continuidad, así como por las múltiples consecuencias de ese «trato» en nuestras vidas personales y en nuestro destino colectivo. Los términos usados en esta definición se explican detalladamente en los capítulos 4 y 5.

Esta definición tiene consecuencias importantes. Entre ellas la de que el género, como cualquier otra estructura social, sea multidimensional. El género no es solo una cuestión que ataña a la identidad, o únicamente al trabajo, o solo al poder, o a la sexualidad únicamente, sino que involucra a todos estos elementos a la vez. Los patrones de género pueden diferir extremadamente de un contexto cultural a otro y hay, ciertamente, muchas maneras diferentes de concebirlos, pero incluso así es posible pensar (y actuar) entre culturas sobre el género. Las estructuras de poder que modelan las acciones individuales consiguen a menudo que el género aparezca como inmutable, a pesar de que los patrones de género estén, de hecho, siempre cambiando y se moldeen a medida que la práctica humana crea situaciones nuevas y conforme las estructuras sufren sus propias crisis. En última instancia, el género ha tenido un principio y pudiera tener un fin. Cada uno de estos puntos se explorará más tarde en el libro.

En el capítulo 2 discutimos cinco ejemplos notorios de la investigación de género, con el objetivo de mostrar cómo las amplias cuestiones que acabamos de presentar toman forma en investigaciones específicas. El capítulo 3 aborda la cuestión de la «diferencia», el alcance de las diferencias de sexo, así como el modo en que cuerpos y sociedad interactúan. El capítulo 4 trata sobre las teorías de género, desarrolladas a nivel mundial, y sobre las intelectuales que las producen. La consideración del género como una estructura social será objeto de interés en el capítulo 5 a través de la exploración de las diferentes dimensiones de género, así como de los procesos de cambio histórico. El capítulo 6 discute la implicación del género en la vida personal, en las políticas identitarias y en las relaciones íntimas. El capítulo 7 trata el género desde el cambio climático, introduciendo los debates que se libran en las filas feministas sobre cómo comprender la relación entre el género y la naturaleza no humana. Finalmente, en el capítulo 8 se atienden las relaciones de género en las instituciones y en la sociedad global, y se discute lo que está en juego en los movimientos por el cambio.

NOTAS SOBRE LAS FUENTES

La mayor parte de los datos estadísticos mencionados en este capítulo, como las tasas de ingresos, los índices de actividad económica y los de alfabetización, se puede encontrar en el documento del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas Human development report (UNDP, 2013), o en las tablas que son publicadas regularmente en formato online por la División de Estadística de la Organización de las Naciones Unidas. Los datos sobre representación parlamentaria y las cifras sobre ministros y ministras proceden del sindicato Inter-Parlamentario (2013), y las de directivos, de la Workplace Gender Equality Agency, de Fortune y de la CNN. Las fuentes de información sobre salud de los hombres se pueden encontrar en Schofield et al. (2000). Los datos sobre las brechas salariales de género se han tomado del informe de la International Trade Union Confederation, titulado Frozen in Time: Gender pay gap Unchanged for 10 years (ITUC, 2012). La cita de «mujer» es del libro de Simone de Beauvoir El segundo sexo (1949: 295). Las definiciones y la etimología de la palabra género son del The Oxford English Dictionary (vol. 4, Oxofrd, Clarendon Press, 1933, p. 100).

1 N. de las T.: En cursiva y en castellano en el original. Las traductoras han mantenido todas las palabras en cursiva del original.

2 N. de las T.: No se emplea cursiva en el original. Hay quien traduce el término como ‘ganapán’ o ‘proveedor’.

3 N. de las T.: se han respetado las cursivas del original.

4 N. de las T.: Mulieris Dignitaten.

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La investigación de género: cinco ejemplos

De la misma forma que es mejor aproximarse al análisis de un problema complejo a través de cada uno de los elementos que lo componen, se entienden mejor los resultados de una investigación cuando partimos del proyecto inicial que la originó. En este capítulo presentamos cinco investigaciones relevantes sobre cuestiones de género publicadas en las últimas décadas. Las cinco se circunscriben a cinco continentes. Tres de ellas están relacionadas con diferentes contextos de la vida cotidiana –una escuela, un lugar de trabajo, una comunidad y una vida personal–. Una se centra en un proceso de cambio de género en un periodo relevante de transición histórica, y otra tiene que ver con cuestiones de género en el medio ambiente. A pesar de que todas tratan temáticas muy diferentes, permiten apreciar algunas de las preocupaciones principales de la investigación de género.

CASO 1: EL JUEGO DE LOS GÉNEROS EN LA VIDA ESCOLAR

Uno de los retos más complejos para la investigación social es el de elegir una situación dada por descontado socialmente y arrojar luz sobre ella. Esto es lo que consiguió la etnógrafa norteamericana Barrie Thorne, en su poco apreciado pero muy recomendable libro sobre la vida en la escuela, Gender Play (1993) (‘El juego de los géneros’).

En la época en la que Thorne iniciaba su trabajo etnográfico, se prestaba escasa atención a la infancia en la investigación de género. Cuando se mencionaba a las niñas y a los niños, lo común era asumir que estaban siendo socializadas/os en los roles de género, en una transmisión de arriba abajo desde el mundo adulto. En aquel momento se presuponía la existencia de dos únicos roles de sexo, uno masculino y otro femenino, por lo que los niños y las niñas eran inducidos respectivamente a cumplir con las normas y las expectativas propias del rol correspondiente. Esta premisa se asentaba en investigaciones implementadas mediante técnicas indirectas de recopilación de información1 y no en una observación directa de la vida de la infancia.

Thorne sí llevaría a cabo dicha observación. Su libro se basa en un trabajo de campo desarrollado en dos escuelas de enseñanza primaria de dos localidades distintas de Estados Unidos de América. La autora pasó ocho meses en una de las escuelas y tres meses en la otra, recorriendo las clases, los pasillos y los patios, hablando con todo el mundo y observando la forma en que los niños y las niñas interactuaban entre sí, y cómo lo hacían con sus maestras y sus maestros tanto en el contexto del aula como en los espacios de juego.

El método etnográfico parece sencillo, pero en la práctica es muy difícil de llevar a cabo correctamente. Parte del problema estriba en la gran cantidad de información que una observadora puede recopilar en un único día en el campo. Es muy importante saber de antemano lo que se está buscando, pero también lo es estar abierta a nuevas experiencias y a nueva información. Esta es la única forma de identificar fenómenos que no se esperaba ver a priori.

Como observadora, a Thorne le interesaba la forma de transmisión propia de las personas adultas, pero también la forma en que los niños y niñas adquirían los detalles sobre cómo hacer género. Su capítulo más divertido (a la par que, quizá, el más triste) es el titulado «Lip gloss and “Goin with”», que trata sobre cómo los niños y las niñas preadolescentes aprenden poco a poco las técnicas del flirteo en el mundo de las citas. También le interesaban las diferencias entre las interacciones informales de niños y niñas: los juegos a los que jugaban, los espacios que utilizaban, las palabras que decían y cuestiones similares.

Pero Thorne fue capaz de ver más allá de los patrones descritos en los modelos convencionales de género. Se dio cuenta de que dichos modelos predisponen a quien observa a que identifique las diferencias; por ello empezó a prestar atención no solo a los momentos en los que los niños y las niñas eran separados en la cotidianeidad de la escuela, sino a los momentos en que estaban juntos. Empezó a pensar que la diferencia de género era contingente, es decir, que en algunos contextos se creaba género, mientras que en otros, sin embargo, este era invalidado e incluso ignorado. En los juegos de recreo, donde los niños y las niñas, de manera habitual, se distribuían en espacios diferenciados del patio, a veces se juntaban también para realizar actividades mixtas sin hacer énfasis en la diferencia. En la vida diaria de la escuela se daban muchas «interacciones intersexuales no conflictivas». Es decir, los niños y las niñas no ocupaban de manera permanente dos espacios separados, ni dos modos de representación dicotómica de «roles sexuales» opuestos.

Reconocer este hecho abrió la puerta a toda una serie de interrogantes. El primero de ellos podría plantearse en los siguientes términos. ¿Cuáles eran las situaciones en las que se enfatizaba o desenfatizaba el género? Thorne se dio cuenta de que aunque a veces las docentes enfatizaban el género –cuando, por ejemplo, se organizaba un juego de competición en el que las niñas competían contra los niños–, la mayor parte de las actividades controladas por estas atenuaban el género. Esto era así, por ejemplo, respecto al instrumento de enseñanza más extendido en las escuelas, las explicaciones en la pizarra, que es utilizado por la docente para dirigir su explicación a todo el alumnado que, a su vez, debe estar atento a la exposición, puesto que todo el mundo debe aprender la lección. En esta situación la división básica se da entre quien enseña y quien aprende, no entre los grupos diferenciados de alumnado; aquí las niñas y los niños van en el mismo barco.

La segunda cuestión que planteaba era cómo establecían las niñas y los niños la diferencia de género cuando eran ellas/os mismas/os quienes la enfatizaban. Thorne empezó a identificar una actividad que acabó denominando «trabajo de delimitación»:

Cuando los límites de género están activados la agregación débil «chicos y chicas» se consolida en «los chicos» y «las chicas» como grupos separados y reificados. En el proceso, las categorías de identidad que en otras ocasiones tienen una importancia mínima para la interacción se convierten en la base para la separación de colectividades (1993: 65).

Se dan diferentes tipos de trabajos de delimitación en la escuela primaria. Uno de los más interesantes es el juego de pillar, un tipo de juego que a veces es genéricamente fluido y otras veces no. En las escuelas estudiadas por Thorne los niños y las niñas podían jugar juntos/as, y a menudo atraparse entre sí, se jugaba a «chicas-pillan-chicos» y «chicos-pillan-chicas». Incluso un juego se podía mezclar con el otro conforme las/os cazadas/os se daban la vuelta y se convertían en cazadoras/es. Thorne prestó atención a que, a menudo, los chicos también pillaban a los chicos y las chicas pillaban a las chicas, pero parecía que estos patrones atraían poco la atención o despertaban poca polémica. Sin embargo, el «chicas-pillan-chicos / chi-cos-pillan-chicas» desembocaba a menudo en acaloradas discusiones y gran excitación. Era una situación en la que:

Los términos de género invalidan descaradamente las identidades individuales, especialmente en cuanto al otro equipo («¡Ayuda, una chica me está pillando!»; «¡Va, Sarah, vamos a por ese chico!»; «¡Tony, sálvame de esas chicas!»). La gente suele pedir u ofrecer ayuda a los de su mismo género, y en actos de traición se puede atrapar a alguien del propio equipo y mandarla/o al otro. Por ejemplo, en el desarrollo de uno de los momentos del juego de pillar entre un grupo de tercero de la escuela Ashton, Ryan pilló a Billy por detrás y forcejeó con él en el suelo. «Eh, chicas, pilladlo» –decía Ryan (1993: 69).

La observación de Thorne sobre los niños y las niñas nos alerta de la existencia de procesos paralelos entre las personas adultas. El trabajo de delimitación se lleva a cabo constantemente con el ánimo de delimitar los límites de género: bien mediante el juego de pillar, bien mediante las bromas, la forma de vestir, la forma en que nos expresamos al hablar, así sucesivamente. La diferencia de género no es algo que exista simplemente, es algo que sucede, y que se debe llevar a cabo para que suceda. Pero es algo, también, que puede ser deshecho, alterado, convertido en algo a lo que se le puede quitar importancia.

Los juegos en los que los niños y las niñas hacen posible el género consiguen algo más. Puede parecer que cuando las niñas pillan a los niños y los niños pillan a las niñas llevan a cabo la misma acción, y en algunos aspectos, ciertamente, así es –pero no en todos los aspectos–. Las versiones más bruscas de los juegos de pillar son más comunes entre niños. Los niños normalmente controlan más espacio del terreno de juego que las niñas, invaden más a menudo a los grupos de niñas y perturban más las actividades de las niñas de lo que las niñas lo puedan hacer respecto de lo de los niños. Es decir, los niños realizan movimientos agresivos más a menudo reclamando el poder, obviamente de la limitada forma en la que una criatura lo puede hacer.

En el reino de lo simbólico, además, los niños también reivindican el poder. Cuando llaman a los niños de bajo estatus «niñas», o cuando empujan a estos niños al espacio ocupado por las niñas, están tratando a las niñas como si fuesen una fuente de contaminación o de suciedad. Las niñas no tratan a los niños de esta forma. A las niñas se las acusa a menudo de ser las que transmiten la enfermedad imaginaria de los piojos, y a las niñas de menor estatus se las llega a llamar «reinas de los piojos».2 Una de las versiones de este juego en una de las escuelas lleva por nombre «mancha de niña». Todos estos ejemplos pueden parecer cuestiones de poca importancia. Pero como señala Thorne, «evitar la proximidad física con otra persona y sus pertenencias, porque ambas son percibidas como contaminantes, es una poderosa declaración tanto de distancia social como de reclamación de superioridad» (1993: 75).

Por lo tanto, hay una asimetría en las posiciones de los niños y de las niñas que queda reflejada en diferencias entre niños y en diferencias entre niñas. Algunos niños interrumpen los juegos de las niñas; otros niños no lo hacen. Algunos niños tienen un estatus más elevado; otros lo tienen menos elevado. Algunas niñas entran antes que otras en el mundo del «Romance». Alrededor de cuarto de primaria, los insultos homofóbicos –tales como llamar a otro niño «maricón»– se convierten en habituales entre los niños, puesto que la mayoría de ellos han aprendido que esta palabra es una forma de expresar hostilidad a pesar de desconocer su significado sexual. Paralelamente, el contacto físico entre los niños es cada vez menos habitual –a medida que van aprendiendo a temer las muestras de afecto o a desconfiar de estas–. En resumidas cuentas, desde la infancia los niños y las niñas empiezan ya a mostrar una parte de los patrones diferenciados de género, así como de las jerarquías sexuales y de género que son tan familiares en las personas adultas.

Hay muchos otros aspectos destacables del fascinante libro de Thorne, incluyendo una discusión intuitiva y divertida de lo que implica, para una persona adulta, llevar a cabo una investigación rodeada de niños y niñas. Pero quizá la lección más importante que nos ofrece su libro tiene que ver con la agencia3 que la autora reconoce a estos niños y niñas americanos/as en su proceso de aprendizaje de género. No están siendo «socializados/as» pasivamente en unos roles de género, están aprendiendo cosas del mundo adulto que los/las rodea: lecciones sobre las identidades disponibles, lecciones sobre performatividad y –lamentablemente– lecciones sobre el desprecio. Pero todo este aprendizaje se realiza desde un posicionamiento activo y siguiendo sus propias reglas. Los niños y las niñas encuentran el género interesante e incluso excitante. Entran y salen de grupos que se constituyen por cuestiones de género, a veces se enrocan en los límites de género y, a veces, los traspasan. Incluso actúan a favor y en contra de la dicotomía de género misma. El género es importante en su mundo, pero lo es en tanto que rasgo humano con el que tienen que lidiar, pero no porque constituya un marco fijo que los y las reduce a meras marionetas.

CASO 2: LA HOMBRÍA Y LAS MINAS

A finales del siglo XIX holandeses y británicos empezaron a explorar la extraordinaria riqueza de los mayores depósitos de oro del mundo en sus colonias de Sudáfrica. Pero aunque los depósitos de oro de Witwatersrand eran inmensos, el mineral era de baja pureza, lo que obligaba a procesar grandes volúmenes de este. Los mayores depósitos se encontraban bajo el altiplano de Transvaal, por lo que se debía excavar las minas a gran profundidad. Las primeras fiebres del oro se convirtieron pronto en una industria organizada y dominada por grandes compañías que movilizaban una mano de obra que se contaba en cientos de miles.

Dado que el precio del oro en el mercado mundial era fijo, el margen de beneficio de las compañías dependía del mantenimiento de los bajos costes laborales. La industria necesitaba, por lo tanto, una fuerza de trabajo considerable pero infrarremunerada y que, además, pudiera ser sometida a condiciones de trabajo peligrosas bajo tierra. Para los emprendedores coloniales la respuesta fue obvia: hombres indígenas. Así, los hombres negros africanos, reclutados por toda Sudáfrica, e incluso más allá, se convirtieron en la principal mano de obra de la industria áurea –condición en la que se ha mantenido desde entonces–.

Durante alrededor de veinte años T. Dunbar Moodie, junto con una serie de colaboradoras, trabajó en el proceso de documentación de las experiencias de los hombres que constituyeron aquella fuerza de trabajo, un grupo clave en la historia sudafricana. Su historia se cuenta en el libro Going For Gold (1994). Moodie estudió los archivos de la compañía, así como los informes del gobierno, realizó estudios de observación participativa, entrevistó a mineros, a ejecutivos de las minas y a mujeres en los «township»,4 donde vivían los trabajadores negros. Un momento clave de esta investigación surge cuando una de sus colegas, Vivienne Ndatshe, entrevistó a cuarenta mineros jubilados en su propia ciudad natal, Pondoland (cerca de la costa sudeste). Las entrevistas de Ndatshe revelaron aspectos de la experiencia de los mineros que cambiaron profundamente la imagen de los trabajadores migrantes.

Dado que las minas eran explotadas por grandes empresas de capital europeo, resultó casi inmediata la identificación de los trabajadores de las minas con los «proletarios» del modelo de trabajador urbano industrial europeo. Pero la realidad era diferente. La estructura racial de la mano de obra sudafricana –los blancos en posición de gestores, los negros en la de fuerza de trabajo– contribuyó a mantener bajos los costes laborales, pero también ayudó a erigir una barrera tras la cual los mineros pudieron mantener sus propias culturas, y ejercer cierto control informal sobre su trabajo. La mayoría vivían en recintos cercanos a las minas en los que solo había hombres, y en donde tuvieron que crear sus propias vidas sociales.

Cuando los hombres firmaban sus contratos por mediación de los agentes de reclutamiento –generalmente se trataba de contratos de entre cuatro meses y dos años–viajaban cientos de kilómetros hasta las minas, pero no llevaban a sus familias consigo ni tenían ninguna intención de convertirse en ciudadanos locales. Esto lo hacían no solo porque los salarios eran tan bajos que no habrían podido mantener a sus familias en esas ciudades, en las que la economía se basaba en el dinero en efectivo, sino, y fundamentalmente, porque los mineros procedían en su mayoría de áreas como Pondoland, en las que la agricultura a pequeña escala constituía la base de su economía. De este modo, no solo mantenían sus vínculos con ese tipo de economía, sino que tenían la intención de retomarla en un futuro.

Para la mayoría de ellos, la finalidad a la que estaba destinado el salario de la mina era la de conseguir dinero con el que mantener los ranchos que gestionaban sus familias, o la de acumular recursos para establecer otros nuevos –comprar ganado, financiar matrimonios, etc.–. Ser reconocido como el sabio y respetado cabeza de familia de una granja autosuficiente constituía el ideal de «hombría» al que los trabajadores migrantes de Mpondo (junto a otros) aspiraban. El trabajo en la mina era un medio para conseguir ese fin.

Esta situación permitió el surgimiento de prácticas de género muy diferentes a las de la clásica pareja europea de breadwinner-ama de casa. En primer lugar, los hombres que trabajaban en las minas se tenían que proveer de su propio trabajo doméstico y, en caso de ser sexualmente activos, debían encontrar nuevas parejas sexuales. Algunos hombres se juntaron con mujeres que trabajaban en las poblaciones mineras cercanas; otros crearon alianzas sexuales y domésticas, conocidas como «matrimonios de mina», que se daban entre trabajadores mayores y trabajadores jóvenes en los recintos. En tales acuerdos los hombres jóvenes se ocupaban de las tareas domésticas y proveían de servicios sexuales a su pareja a cambio de regalos, orientación, protección o dinero del hombre mayor. Esta práctica, que duró décadas, estaba muy extendida aunque se llevara a cabo de manera discreta. Estas uniones solían ser temporales. Con el paso del tiempo, el hombre joven seguía su camino; si quería, podía conseguir una «mujer de la mina», en caso de que le hubiera llegado la hora de convertirse en uno de los trabajadores mayores del recinto. Con estas parejas no retornaban nunca a sus tierras natales.

Mientras tanto, en los lugares de procedencia de estos hombres, los ranchos debían mantenerse en funcionamiento mientras muchos de ellos estaban lejos, en la mina. Este hecho también supuso un reajuste significativo, puesto que la persona que se dejaba a cargo del rancho a menudo era una mujer, como podía ser el caso de las esposas de los mineros. Los hombres de mayor edad de Mpondo no definían la hombría, ubudoda, en términos de virtudes del guerrero, sino de un modo muy diferente. Tal y como señala el exminero Msana:

Ubudoda es ayudar a la gente. Si los/las niños/as de alguien no tienen libros o para poder pagar la inscripción a la escuela, entonces se ayuda a esos/as niños/as mientras el padre no se puede hacer cargo de ellos/as. O si alguien muere, vas allí y hablas con las personas. O, si alguien es pobre –no tiene bueyes–, entonces llevas tus bueyes y aras sus campos. [La entrevistadora escribe: Yo… le pregunto si no hay un tipo de hombría que se demuestra a través de la fuerza o de las peleas». Msana me responde en seguida: «No, esa persona no es viril. A esa persona se le llama un asesino»] (1994: 38).

La hombría, en este entorno cultural, se asocia principalmente a una gestión competente y benévola de los ranchos rurales, y también a la participación en la comunidad. Las mujeres podían desempeñar dichas tareas, lo que suponía que casi todos los hombres ancianos de Mpondo consideraran que una mujer podría tener ubudoda. Con ello no se negaba que en una sociedad patriarcal los hombres tuvieran el control final de las cosas, pero paralelamente también se enfatizaba la concepción de colaboración entre hombres y mujeres en la construcción de los ranchos, en los cuales las mujeres podían desempeñar, y a menudo así lo hacían, funciones masculinas y, por lo tanto, participar de esa hombría.

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ISBN:
9788491343332
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