Kitabı oku: «Seducción: El diario de Dayana»

Yazı tipi:



© El diario de Dayana

© MD Rafael Duque Ramírez

Diseño de carátula

MD Rafael Duque Ramírez

Gráficos

Angee Martínez

Corrección de estilo

María Cristina Vega

Diseño y diagramación

Lisandro Moreno Rojas

Prólogo

Héctor Julio Cediel Guzmán

Primera edición, marzo de 2020

Este libro no podrá ser reproducido sin permiso escrito del autor.

ISBN: 978-958-48-8816-7

ISBN Digital: 978-958-48-8816-7

Hecho en Colombia - Made in Colombia

Diseño epub:

Hipertexto – Netizen Digital Solutions

CONTENIDO

Reflexión del autor

Prólogo

Capítulo I. Inicio

Capítulo II. Hipnosis

Capítulo III. El diario

Capítulo IV. El primer beso

Capítulo V. Fin de una amistad

Capítulo VI. Identidad sexual

Capítulo VII. Ensimismada

Capítulo VIII. El balcón

Capítulo IX. La hamaca

Capítulo X. Confusión

Capítulo XI. Enfoque terapéutico

Capítulo XII. Ayuda incondicional

Capítulo XIII. El diván

Capítulo XIV. El asado

Capítulo XV. El limpiador

Capítulo XVI. Coartada

Capítulo XVII. Exploración

Capítulo XVIII. Compulsión

Capítulo XIX. La propuesta

Capítulo XX. Divorcio

Capítulo XXI. Cruzados

Capítulo XXII. La cena

Capítulo XXIII. Sorpresa

Capítulo XXIV. El mensaje

REFLEXIÓN DEL AUTOR

Dicen que en la vida no hay imposibles, y motivado por esta premisa, tomé la decisión de escribir un texto para intentar comprender a la mujer. A partir de una especie de manual de seducción, escribí historias de frustración y logros de algunos amigos, hasta que me convencí de hacer algo diferente y por eso, me aventuré en recrear la complejidad de los pensamientos femeninos, ante las situaciones cotidianas llenas de miedos, angustias y desvaríos.

Comprendo que es un ir y venir hormonal. Un sube y baja emocional dentro de la confusión sentimental, y con esta certeza, quiero demostrar el poder que existe tras la vulnerabilidad femenina, aunque muchos crean que estoy loco o que terminaré chiflado, intentando sobrevivir a mi personaje. Sin embargo, estoy seguro de que involucraré hasta mi alma en esta aventura que será como un ciclo ovárico, mediado por diversos factores que se entrelazan entre sí y al final, terminaré expulsado de su ser, como un embarazo fallido.

Para lograr este experimento literario, he buscado el apoyo de mis más queridas amigas que intentaron compartirme algo de sus miedos y frustraciones, al iniciar su vida amorosa. De todas formas, esta experiencia comenzó como un proyecto para ejemplarizar las conductas divergentes y erráticas de la personalidad femenina que han sido plasmadas en pequeños cuentos, hasta transformarse en una sola historia producto de mi retorcida mente trastornada y confusa ante los detalles que se evidenciaron en sus relatos. Y según mi opinión, mal interpretados porque existen situaciones que mi mente masculina no puede ni podrá entender a cabalidad.

Esta ambivalencia de ideas, fue tal vez lo que más me acercó al sentir como mujer y crear esta historia salida de lo más profundo de mi mente, y si bien, se trata de un producto de ficción, es al mismo tiempo, la existencia de un evento repetitivo en la vida de algunas mujeres.

Rafael Duque

PRÓLOGO

Gracias al diseño gráfico y a permitir la vitrina editorial cada día, imágenes más atrevidas, es como este libro “El diario de Dayana” puede llegar a ser un éxito editorial, y el primero de una serie temática, ya que responde a diferentes expectativas de lectores, frente a un libro sensual o erótico.

Dayana es un hermoso nombre que se pone de moda, para honrar el héroe militar judío de “la guerra de los 6 días”, Moshe Dayan. Aquí el autor nos permite gracias a una inmersión literaria, bucear el fascinante mundo del inconsciente femenino. Nos cuestiona sobre la ambivalencia moral entre lo bueno y lo malo, gracias a esa absurda simbiosis entre el amor y el erotismo.

Gracias a su experiencia profesional como terapista y a una fantástica investigación de campo con su círculo de amigas, logró que ellas le compartieran esos secretos íntimos ocultos que por lo general, las personas callamos. No es fácil desnudar nuestra alma, por culpa de esos miedos y tabúes absurdos que han bloqueado nuestras almas y hasta castrado la magia de nuestra búsqueda o iniciaciones sexuales, más con magia que con miedos y hasta con sentimientos de culpa o vergüenza.

Este maravilloso libro también podría titularse: Yo no estoy loca, diario de una mala suicida y una perfecta asesina o Yo no estoy loca: Los malos suicidas siempre sobreviven. El amor como el suicidio deben o son un arte, responden a un plan, a una estrategia, las pastillas permiten una muerte apacible y hasta mostrarse bella, después de muerta.

En esta obra usted disfrutará de una maravillosa narrativa epistolar erótica. Recordé la belleza de los textos de Anais Nin o El amante de

Marguerite Duras. Esta protagonista de 27 años nos recuerda a la protagonista del Último Tango en París.

El Diario de Dayana no solo goza de un alto contenido erótico, sino que por su riqueza literaria, nos permite analizar, degustar y disfrutarlo desde diferentes prismas. Gracias a ser un texto demasiado real o por el aporte de los testimonios, el autor logra elevar la temperatura del lector. Con un lenguaje sin disfraces ni tabúes, nos pasea por las perversiones íntimas de su paciente, incluyendo testimonios que nadie confesaría en un ámbito público. El lado oscuro del sexo, muchas veces se tilda de pornográfico. Hoy se cuestiona la censura o doble moral de las redes sociales como Facebook.

El Diario de Dayana nos comparte con lujo de detalles, esa sumisión que se da, que puede generar en violencia y hasta en la muerte, por esas prácticas sexuales extremas entre amantes. Inclusive, es un texto interesante para psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas y todos aquellos profesionales relacionados con la salud mental, así creamos que aun no estamos preparados para este tipo de testimonios. Hoy un niño o adolescente escribe sexo en google e inmediatamente, le abre las puertas a un paraíso o infierno de erotismo o porno.

El sexo tántrico o el tantra en general, exploraciones o masajes, nos pueden permitir descubrir la magia de los sentidos y lograr experiencias sexuales más satisfactorias o largas, incluso de horas. Es difícil catalogar que es perverso o depravado, cuando aun estamos en una etapa de liberación sexual. El erotismo, queramos o no aceptarlo, forma parte de la vida que todos debemos o deberíamos vivir, gozar y disfrutar. Una buena narrativa como es este texto, convierte el deseo en arte. Se necesita valor para narrar en momentos de manera explícita. Un texto erótico siempre se produce con un poco de timidez, como si estuviéramos sin querer, espiando una escena privada, íntima, por el ojo de una cerradura.

Después de disfrutar de este hermoso diario, solo resta desearles a esos ilustres lectores descocidos: ¡Felices orgasmos!

Héctor Julio Cediel Guzmán

CAPÍTULO I
INICIO

El halo de mi respiración contrastaba con el vapor que emanaba de su cuerpo aun tibio, ensangrentado en el piso de aquel jardín. Contemplar el pasto enrojecido, me hizo pensar en la fragilidad de la vida.

Me acerqué al cuerpo, lo abracé y lo acompañé en su partida de este mundo, mientras le susurraba al oído:

–Te amo.

Besé sus labios fríos e inertes hasta cuando exhaló su último aliento. Me puse de pie. El frío del lugar me obligó a abrazarme a mí misma… Ante esa escena macabra, la oscuridad, el frío penetrante y el cuchillo teñido de rojo en mi mano, solo pude sonreír. Nadie se burlaría más de mí.


CAPÍTULO II
HIPNOSIS

Lunes 10:00 de la mañana. Consultorio particular.

–Doctor Bustamante…

–Dígame Stella…

–La señorita Dayana llamó para cancelar la cita de hoy.

–OK gracias. ¿Dijo por qué?

–No, doctor.

–Está bien. Déjame ese espacio libre, hoy quiero almorzar fuera. Mejor aun, cancela las citas de la tarde.

–Como diga doctor.

Sentado y algo somnoliento, disfruto ese olor característico. Amo ese olor, a café recién hecho.

¡Me despierta y me centra!

No existía algo más delicioso que observar la ciudad desde la ventana de mi consultorio, bebiendo una deliciosa taza de café.

De repente, en la ventana principal apareció un precioso colibrí que por escasos segundos, voló ante mí, al otro lado del ventanal. ¡Inexplicable libertad! ¿Cómo es que esta preciosa ave, tiene la facultad de sostenerse en un mismo sitio solo con su vigoroso aleteo?

Pensé… Así somos los seres humanos. Podemos estar en un solo sitio y en seguida, movernos con gran velocidad. Esa fragilidad y al mismo tiempo esa fortaleza, me recordaron a Dayana, la paciente que acababa de cancelar su control.

No pude dejar de pensar en ella. Con solo imaginarla, me llenaba de múltiples sensaciones y por eso, le había pedido a mi secretaria que no pasara alguna llamada y cancelara las consultas del resto de la tarde. Con mi mente puesta en ella, me dirigí hacia la gaveta donde se archivan las historias clínicas de mis pacientes, y busqué la suya.

Dayana González fue tal vez, una de mis más queridas pacientes y cuando digo esto, me refiero a que su caso era fascinante e intrigante y se convirtió en un reto personal. El caso de Dayana me había dejado muchas enseñanzas y a la vez, había abierto una nueva puerta hacia una forma diferente de realizar un tratamiento psiquiátrico conductual con grandes resultados y cambios significativos, lo cual me permitiría publicar un texto sobre el nuevo enfoque para las personas con baja autoestima. Sin embargo, estaba haciendo esta revisión de su caso para remitirla a un colega cercano, porque yo no podría seguir atendiéndola.

Entonces, vinieron a mi mente, las imágenes de la primera vez que Dayana llegó a mi consultorio, de eso hace casi cinco años, cuando fue enviada directamente por el despacho judicial, con una orden de investigar la causa de sus trastornos depresivos e intento de suicidio.

Leí mi reporte:

Nombre: Dayana Aidé González Tique Edad: 27 años

Diagnóstico: depresión mayor, psicosis e intento de suicidio

Los hechos solo describían un intento de suicidio a los 17 años. En aquel entonces, su hermana la había encontrado inconsciente en el piso, con un frasco vacío de pastillas para dormir en la mano.

La joven fue hospitalizada y después del manejo agudo en cuidados intensivos, había salido para valoración psiquiátrica. Durante el interrogatorio, fue enfática en asegurar que no recordaba algo de lo sucedido, lo cual podría significar un síndrome de estrés postraumático. O tal vez, podría corresponder a la negación que hacía parte de su misma depresión. Aun con un espacio en su memoria reciente, le dieron de alta, con una orden para continuar un manejo por psiquiatría al cual nunca asistió.

Al presentar nuevo episodio de pérdida de memoria y encontrarla en el suelo de un primer piso al final del corredor, su compañero la recogió y sostuvo que se había puesto agresiva y había caído por la escalera.

En esta oportunidad, fue remitida a mi consultorio para manejo particular por psiquiatría, gracias a una red de apoyo. Su compañero sentimental rechazó el tratamiento y desapareció de su vida.

Dayana era una mujer joven, delgada y frágil, de cabello ondulado castaño oscuro con visos rojizos, piel pálida casi transparente, grandes ojos oscuros de mirada curiosa, pestañas largas y cejas pobladas, nariz respingada, boca pequeña, nada de maquillaje, mentón perfilado, protuberantes senos y caderas generosas, largas piernas, manos pequeñas con largos dedos y con un intelecto promedio. Oriunda de un pueblo cercano, pude leer en mis notas que por entrevistas a conocidos y familiares, se le consideraba como una mujer responsable, trabajadora y fuerte, a pesar de que era insegura en el hablar, no sostenía la mirada y su voz tenía un tono bajo, todo lo cual evidenciaba que había tenido una niñez muy difícil.

Ahora, su expediente llenaba casi toda la gaveta y en una hoja de notas escribí el orden de su mayor tesoro: su historia contada por ella misma en manuscritos que había registrado en pequeña libretas que había manejado a la manera de diarios, y yo había fotocopiado con su consentimiento.

Leí mi primer encuentro con ella. En realidad, yo solo anotaba mis conclusiones de cada sesión, pero tenía las cintas de audio de cada entrevista, ordenadas por fecha. Coloque la número 1.

CINTA 1

–Dayana, háblame de tu niñez.

–Éramos una familia normal con papá, mamá y mi hermana mayor, hasta cuando a los cinco años, mis padres se separaron. Desde entonces, mi vida se volvió un continuo viaje entre pueblos pequeños de la zona cafetera, hasta que mi mamá se organizó de nuevo con un hombre del mismo pueblo donde habíamos vivido con papá, donde habíamos nacido todos y donde vivía nuestra abuela paterna. No recuerdo mucho, pero sé que no fueron años felices desde que mi padre se fue, porque me llegan imágenes de regaños y golpes de mamá y de mi padrastro, por haber ensuciado mi ropa, por no haber traído un mandado rápido, porque no respondí o porque mi hermana Juliana daba quejas por todo. No tuve muchas amigas, pero en el colegio departamental de El Refugio, me hice amiga de Liliana aunque al final, terminamos peleando por un muchacho. No entiendo, ¿por qué estuve en el hospital? ¿Por qué estoy aquí?

–¿No recuerdas? Pregunté.

–No. ¿Por qué estoy acá? ¿Quién es usted? Preguntó exaltada.

–Dayana, soy Juan Pablo Bustamante, tu psiquiatra.

–¡Yo no estoy loca! Gritó.

–Tranquila, yo sé que no estás loca, estamos aquí para que puedas recordar qué te ocurrió. Voy a tratar de ayudarte con una prueba de hipnosis para que recuerdes lo que tienes bloqueado.

–Quiero a mi hermana conmigo. Me dijo con una mirada de odio.

–Está bien, ya la hago seguir. Le respondí.

En realidad, esta no era una buena idea porque todavía no conocíamos los motivos de su intento de suicidio. Sin embargo, se me ocurrió algo. Así que dejé entrar a la hermana y le hice hipnosis, para sacar sus recuerdos del inconsciente y dejarlos como un sueño. En esta forma, ella podría recordarlos, pero no los revelaría frente a su hermana. Por supuesto que para poder iniciar el tratamiento, yo debía conocerlos. Ese era mi problema, buscar la forma de que ella me revelara sus más íntimos recuerdos, pero debido a su actitud y falta de empatía hacia mí, sería muy difícil obtener esa información.

–Quiero que cierres los ojos… Ahora, sientes tus párpados pesados y tu cuerpo se relaja con el sonido de mi voz. Vas a contar en retroceso 10 – 9 – 8… Notas muy pesados tus brazos, 7 – 6… Solo escuchas mi voz, 5 – 4… Te encuentras en un lugar seguro, 3 – 2… Al tronar mis dedos, estarás dormida, 1 – 0, ¡clap!

Quiero que recuerdes cuando eras niña y vivías con tus padres. ¿A qué jugabas? ¿Quién te cuidaba? ¿Alguien te consentía? ¿Alguien te hizo daño?

Dayana pasó entonces, de un estado de risa incontenible, a un estado de agitación y llanto.

Cuando la vi muy agitada, la desperté.

Su hermana, me miraba con angustia y me preguntó:

–Doctor, ¿qué tiene Dayana?

–Todavía no lo sé, pero voy a averiguar para ayudarle. Por favor, permítame unos segundos con ella a solas.

–Dayana, hoy hiciste un excelente trabajo. Me gustaría que llevaras un diario en donde anotes tus sueños y las cosas que recuerdes.

Ella dijo:

–En este momento tengo muchos recuerdos, pero no recuerdo lo que me pasó hace una semana.

–Tranquila, vamos con calma. Tómate tu tiempo.

–Nos veremos en una semana.

Impresión: paciente con serios problemas de memoria secundarios, estrés postraumático y depresión. En estado de negación.

Sin embargo, sus recuerdos al parecer, la afectaban y la ponían más triste, y para medicarla, le pedí que me trajera lo que hubiera escrito.

A su siguiente cita, llegó con un cuaderno marrón donde había anotado sus recuerdos. Me lo entregó y luego, se angustió y me lo intentó quitar.

–¿Qué pasa? Le pregunté.

–Nada doctor, es que…

–¿Qué sucede? Tranquila, lo que haya escrito en este cuaderno, quedará entre los dos.

–Es que escribí cosas sobre usted.

–No tienes de qué preocuparte, le respondí. Eso hace parte del tratamiento, tu empatía hacia mí.

Yo no te voy a juzgar, solo quiero ayudarte.

Hice una fotocopia del diario y se lo devolví. Ella me miró con rabia y desconfianza. Acto seguido le dije:

–Tranquila, estoy para ayudarte.

Noté que ella salió muy preocupada por haberme entregado unas hojas con parte de su vida.

Me senté en el diván y empecé a leer. Al comienzo, la letra de Dayana era vacilante y mostraba duda y agresividad al mismo tiempo. Luego, observé que la letra mejoraba, se hacía más legible y entonces, podía leer muchos detalles con mayor claridad. Me acomodé en el sillón, limpié mis lentes, coloque un CD de Bach y empecé a leer con la idea de encontrar la verdad.

CAPÍTULO III
EL DIARIO

Esto me parece una estupidez. Por orden de mi petulante psiquiatra, empiezo este diario. ¡Si supiera lo mal que me cae, y cuánto lo desprecio! Se cree mucho con su traje fino y su colonia costosa. Me dice que me va a ayudar a entender mi vida, sin entrometerse en ella.

Cómo puedo creerle a un matasanos que no cura las enfermedades, sino que le pagan por decidir quién está loco y quién no.

Lo primero que debo escribir es quién soy. ¿Y quién puedo ser, por Dios? Soy Dayana, una mujer común y corriente, no soy fea ni tampoco bonita. Debo estar pesando unos 55 Kilos y mido

1.65 m. Odio los deportes, no creo en nada ni nadie. No tengo amigas, la única que tuve en el colegio fue Liliana Camacho que me robó mi novio del curso. Desde entonces no tengo a nadie, y creo que no he amado. Me considero inocente… Aunque en mis primeros recuerdos, me veo de visita en la finca de mis abuelitos. Allí los hijos de los mayordomos que vivían en esa casa, eran cuatro niños; el menor de ellos me llevaba dos años y entre ellos, se llevaban un año. Me llevaron a jugar. Recuerdo que había un carro abandonado como decoración en todo el centro de la entrada de la finca, que le decían el crucero del amor. Y allí me llevaron a jugar. Cuando me di cuenta, todos me empezaron a tocar y a subirse encima de mí. Primero uno, después el otro y así… Todos se divirtieron. Yo tenía un vestidito azul y mediaspantalón que me las bajaron hasta las rodillas con los cucos, mientras frotaban sus pequeños penes en medio de mis piernas. Yo no entendía lo que sucedía, aunque me gustó y quería que todos siguiéramos jugando. De pronto, escuché la voz de mi mamá, preguntando dónde estaba. Los niños me dijeron que no le contara lo que había sucedido a nadie. Ahí, entendí que era algo prohibido pero rico…

Dos años después, mi primo que es un año mayor que yo, me invitó a jugar a desfilar desnudos y cuando él me veía, se le paraba. No sabía por qué era eso, pero me gustaba verlo así.

Él leía revistas con vulgaridades que un tío suyo escondía debajo de la cama y una vez, me las mostró. Tan solo vi una pareja que estaba muy junta, pero nunca reparé en la unión de sus sexos. Entonces, empezamos a jugar al papá y a la mamá… Tan solo había roces, no recuerdo haber sentido placer, pero sí recuerdo haber visto su pene infantil parado cuando jugábamos juntos, y me encantó.

CAPÍTULO IV
EL PRIMER BESO
CINTA 2

–Dayana, buenas tardes, ¿cómo estás? Le pregunté.

–No sé. Usted es el doctor, ¿cómo me ve?

–Espérame… Te vuelvo a explicar que mi función acá, es ayudarte a encontrar los recuerdos perdidos. Y entre los dos, entender qué te sucede.

–Pues ahí, escribí de lo que me acuerdo.

–¿Me puedes contar qué recordaste?

–¿Para qué lo escribo, si después se lo tengo que decir?

–Es que quiero evaluar tu memoria.

–Pues… Escribí que cuando era niña, me divertí con juegos prohibidos, pero que nunca he hecho nada malo.

–Está bien. Ahora, cuéntame lo que recuerdas de tu primer amor.

–¿Tengo que hablar de eso? Me preguntó, mirándome con rabia.

–Sería de gran ayuda. Quiero evaluar cómo te desenvuelves sentimentalmente.

–Pues… Mi primer beso fue con un primo, pero mi primer amor lo conocí en el colegio. Juan Diego era de mi curso un año mayor que yo y no duramos mucho. Se quedó con mi mejor amiga.

–Cuéntame cómo te sentiste al respecto.

–Normal.

Después lloró y me dijo que no podía hablar de eso. Y no habló más al respecto.

–Dayana, quiero que otra vez, cierres los ojos y hagas el conteo regresivo.

Una vez en hipnosis, le pedí que recordara su época de colegio y la escribiera en su diario. Le hice énfasis en que estaba en un lugar seguro y que nadie podía lastimarla. Que al despertar recordaría todo. Esta vez sin dolor. Le pedí además, que tan pronto escribiera, me enviara el diario para sacarle una copia y poderlo leer. Se limitó a seguir discutiendo sobre la tarea de escribir en el diario. Y al final, salió enojada como siempre.

Sin embargo, esta vez me hizo llegar las copias de lo escrito dos días después.

DIARIO

Después de dormir, me acordé de Juan Diego. Era un muchacho trigueño, alto, fornido, con mirada tierna. Él me vio y yo a él. Fue como amor a primera vista, me sentí muy nerviosa, y juro que sentí un cosquilleo en el estómago. Él solo me habló unas semanas después, cuando tropezamos en el pasillo.

Yo llevaba mi carpeta con unos libros de la biblioteca y él salía corriendo para su casa. Yo giré a mirar para atrás y me lo encontré de frente. Caímos en cámara lenta, yo de espaldas y el de frente. Mis papeles volaron por el aire y con sus brazos, evitó que me golpeara y no caerme encima.

–¡Estúpido! Le grité sin saber quién era ese joven tan churro.

–Discúlpame, me dijo y me ayudó a levantar.

Yo lo miré y cuando lo reconocí, le dije: ¡Más cuidado!

–Lo siento, Dayana. Me respondió.

Me puse como un tomate y hasta me ardieron las mejillas. ¿Cómo sabía mi nombre? No pude hablar y lo dejé de mirar.

Recogió mis papeles y me miró a los ojos.

–¿Te puedo acompañar? Me preguntó.

–Está bien. Respondí. Pero de lejitos.

Me miro con culpa y me acompañó hasta mi casa, a cuatro cuadras del colegio. Pero no me habló ni una sola vez, sus pasos lentos me hacían pensar que algo estaba tramando, pero no se atrevió a decirme nada.

Me moría de ganas de escuchar su voz gruesa de hombre. Lo miraba por el rabillo del ojo y él caminaba a mi lado. En el camino estuvimos caminando muy cerca pero nunca me rozó.

Cuando llegué a la puerta de mi casa, y le dije gracias, me miró y me entregó mis hojas y dijo:

–Discúlpame, de nuevo.

Se fue y volvió a mirarme con sus ojos oscuros mientras decía:

–Tal vez, podríamos comer algo juntos algún día.

–Claro, contesté precipitada sin pensarlo, como una idiota

Me hizo seña de “OK”, subiendo el pulgar de su mano derecha y se fue. Cerré la puerta con mi espalda y suspiré.

Luego pensé, que estúpida soy. No le pregunté su nombre, pero me puse feliz porque el sí sabía el mío.

Pero, cómo me va a llamar si, ¿no me pidió el número de mi teléfono? ¿Será que ya lo sabe? O será ¿que solo quiso ser amable?

Hubiera sido feliz, si me hubiera dado un beso, así fuera en la mejilla o en la boca.

No. En la boca no, no soy una cualquiera. Mi hermana es la que se besa con todos en el colegio. Y hoy, ni siquiera ha llegado, a pesar que estudiamos en el mismo colegio. ¿Será que soy buena besando? Pensé.

Cómo lo podía saber, si nunca me han besado, pero a Juliana, ¿quién le habrá enseñado? Claro, mi primo Martin. Recordé esa tarde calorosa cuando los encontré en el desván, besándose y tocándose.

–¿Será que Martín me podrá enseñar? Me pregunté.

Pero mejor no, yo no soy como mi hermana. ¿Qué puedo hacer? ¿Quién me puede enseñar?

¿Cómo hago para que Martín no se aproveche de mí? Y… ¿Si no le gusto? Pero, ¿por qué no le gustaría, si soy más bonita que Juliana? Y… ¿Qué tal que me rechace por no saber besar? Y si… A lo mejor le gusta, ¿qué tal que quiera algo más?

Duré casi dos semanas sin acercarme a mi primo, a pesar de vivir en la misma casa. Me sentía miedosa por él, y eso que él no sabía mis intenciones.

–¿Qué te pasa Dayana? Me preguntó.

–Nada, Martin, le contesté.

–¿Por qué andas tan rara? ¿Te llegó el período?

–No seas confianzudo, le dije, empujándolo.

–¡Cuidado le tomo el pelo! Definitivamente, eres una niña todavía.

Sus palabras fueron como un insulto para mí. Y le dije: vaya donde mi hermana Juliana que ella sí le da besitos.

–¿Estás celosa, Dayana? ¿Quieres un besito? Me dijo, se me acercó y me agarró con fuerza de los brazos.

–¡Suéltame! Le grité.

Entonces, se me acercó más y me besó. Y metió su lengua en mi boca sin temor.

Yo sentí ganas de vomitar, pero era mi oportunidad de aprender. Así que le respondí, él se detuvo y se fue. Me miró de forma extraña y me dijo:

–¿Dayana usted es virgen?

Yo lo empujé y salí corriendo. ¿Por qué sabría él eso? ¿Por qué pensaba que no lo era? Lo odié por ambas cosas.

En la noche, Juliana entró en la habitación, con sus ojos cafés encendidos y derechito, me dio una cachetada sin medir su fuerza.

–¡Perra, eres una perra! ¿Por qué te besaste con Martín?

–Él fue el que me besó… Contesté.

–No creo. ¡Eres una mosquita muerta! Me dijo, y me haló del cabello y me tiró al piso, mientras me decía desgarbada inmunda, solapada y muchas más groserías que no recuerdo bien.

Esa noche, mi madre me molió a palo porque Juliana le contó que me había besado con su sobrino.

No tuve tiempo de hablar ni explicar nada, porque me dio con el palo de la escoba hasta qué quedó exhausta, mientras me decía groserías

CAPÍTULO V
FIN DE UNA AMISTAD
CINTA 3

–Buenas tardes, Dayana.

Quiero que me digas cómo estás hoy.

–Cansada de tanta cosa.

–¿Qué te molesta?

–Mi vida, recordar que me maltrataban tanto en la casa. Eso no es bueno.

–Está bien, hoy quiero que la sesión se centre en algo bonito que te haya sucedido. Empecemos. Hice el ritual de siempre y la llevé con la hipnosis a un nivel de subconsciencia.

–Cuéntame sobre el muchacho que conociste en el colegio y te gustó.

Sin escribir esta vez, Dayana empezó a hablar, del día siguiente de su golpiza. Fui al colegio y aunque, no conté lo que me había sucedido ni siquiera, a mi mejor amiga Liliana. Tenía pena de que se enteraran que me maltrataban en mi casa. Pero cuando estaba jugando voleybol y por accidente, mi amor platónico me vio uno de los moretones en la espalda, al rato, se me acercó y me dijo:

–¿Dayana qué te pasó?

–Nada, contesté muy tímida…

–¿Por qué tienes un negro en la espalda? ¿Te golpeaste? ¿Te puedo ayudar?

–Nadie puede. Contesté, mirando a lo lejos.

En ese momento, Liliana mi amiga, lo llamó. Juan Diego, ven por favor. Mmmm así que se llama Juan Diego. ¡Por fin supe su nombre!

Él se despidió y corrió a donde Liliana que lo había escogido para hacer un equipo y jugar voleybol contra el equipo donde yo jugaba.

Juan Diego era alto, lo creía perfecto, aunque lo veía un poco torpe. Mi equipo ganó el partido y él no dejó de mirarme cuando estábamos jugando. Al final, se me acercó y me dijo:

–El sábado vamos a ir al río con unos compañeros. ¿Te gustaría ir?

–No sé, si me den permiso. Le dije con toda sinceridad.

Él me miró con lástima y dijo, intenta. Y fue cuando Liliana dijo:

–Yo sí voy.

–Está bien, las espero. Dijo Juan Diego, mirándome cuando se iba. Liliana me miró y dijo:

–Seguro no podrás ir. Y se fue.

Ese día cuando llegué, hice mis tareas, arreglé mi cuarto, limpié la casa y hasta hice la comida.

Cuando llegó mi mamá, le pedí permiso para ir al paseo. Pero solo me dijo:

–Ni lo crea, Dayana. Usted está castigada, no se puede confiar en usted. Y ni hablar de su primo.

Espero que no se estén viendo al escondido.

–Pero mamá… Le dije.

Ella levantó el brazo como si fuera a pegarme y dijo:

–Ya dije que no.

Me fui a mi cuarto y lloré toda la noche. Al día siguiente, cuando lo vi en el colegio, decidí volarme con él, sin importarme lo que me pasara.

Ese sábado estuve desde temprano, haciendo los deberes de la casa. No quería llamar la atención. Juliana me quiso molestar desde por la mañana, pero no caí en su juego y después de hacer oficio todo el día, le dije a mi mamá que el periodo me había llegado y quería acostarme temprano. Por eso me fui y cerré la puerta de mi cuarto con llave. Estuve callada y a oscuras casi tres horas, hasta que todos se durmieron. Entonces, me puse unos jean, una camiseta y unos tenis. Había decidido ir al paseo.

Caminé hasta la casa de Liliana, y le tiré una piedra a la ventana, pero nadie salió. Entonces, me fui hasta el cruce que llevaba al camino del río, y me encontré con varios compañeros del colegio. Se extrañaron de verme fuera de mi casa y al parecer, me veía bien sin el uniforme, porque algunos me halagaron, y me dijeron que me veía muy linda. Me sentí muy feliz. Entonces, me di de cuenta que todos miraban mis senos.

Cuando llegué al cruce, me dijeron que estaban esperando al único carro que había para llegar hasta el río y se gastaba unos diez minutos en carro, y unos cuarenta minutos a pie.

Tuve que esperar y en el siguiente viaje, pude subir a la destartalada camioneta con platón que todos los días normales, llevaba pollos y por eso, había muchas plumas dentro de ella.

Cuando llegamos al pozo, me encontré con unos treinta muchachos, tomando cerveza. A lo lejos, vi que Juan Diego estaba hablando con Liliana, pero cuando me vio, se levantó y se me acercó. Liliana no me quiso saludar. Se quedó sentada con otros muchachos.

Juan Diego me saludó con cariño. Tenía una camisa leñadora ajustada a su pecho y un jean apretado. Me cogió de la mano y me brindó una cerveza que le acepté. Nos sentamos al lado del río y hablamos un rato de muchas bobadas. Él me miraba con ternura y escuchaba con atención lo que yo le iba diciendo.

Pasó el tiempo y después de tres cervezas mías, no sé cuántas de él, los compañeros de Juan Diego, lo empezaron a picar para que me besara. Él como galán de pueblo se me echó encima, pero yo lo rechacé varias veces, pero sabía que me gustaba. Pude entender que quería algo conmigo. Confié en sus “buenas intenciones”, porque me gustaba mucho, pero no quería que me viera débil porque de seguro, si sabía que me encantaba, se iba a aprovechar de mí. Se portó muy caballero y no parecía tener intenciones sexuales, a pesar de que no quitaba sus ojos de mis pequeñas tetas. Como no fue agresivo ni quiso obligarme, me puse cariñosa con él, pero me mantuve firme y no disimulé mi ansiedad, porque no quería que él supiera que pensaba mucho en él. Sin embargo, le seguí la corriente y me dejé besar delante de sus amigos.

Me dijo que me fuera con él a un sitio solo, en una planicie arriba de la quebrada y cerca del río. Yo acepté porque en realidad, quería alejarme de sus amigos que ya estaban muy tomados y un poco fastidiosos. Subimos por el camino en medio de la oscuridad de la noche, pero se veía iluminado por la Luna. Cuando estuvimos arriba, y como hacía mucho calor, me dijo:

–Quiero bañarme, ¿te metes al agua conmigo?

–No gracias. No traje vestido de baño. Le dije.

Hacerme la difícil no fue mi fuerte, porque no me insistió. Se desnudó por completo y se lanzó en clavado. Era la primera vez que veía un pene de ese tamaño. Él se hundió en el agua, yo me senté y me aburrí de verlo nadar. Me dio rabia y me sentí como una boba. Quería que Juan Diego me rogara y me convenciera para nadar con él, y de pronto, volverlo a rechazar. En realidad, no sabía lo que quería. A los cinco minutos, decidí irme. Me levanté y tan pronto lo hice, Juan Diego salió del agua.

Intenté no mirarle el pene entre las piernas, pero era lo único que quería verle. Sentí vergüenza, pero no dejé de hacerlo. Todavía emparamado, se me acercó y me besó. Allí, se secó prácticamente con mi ropa, que terminó igual de mojada a la de él. Me cogió de la mano y se recostó en una especie de cobija que había llevado, y yo me acosté a su lado. Sabía que estaba desnudo. Temblaba por los nervios, y me sentía mojada, pero no solo por mi ropa, porque sabía que lo que hacía era tonto, y no podía negar lo que me estaba pasando. Juan Diego me gustaba tanto que me dejé llevar… Ya estaba ahí, a su lado y él no perdió la ocasión para acariciarme con su mano y meterla debajo de mi blusa. Empecé a vibrar de deseo, pero mi mente me traicionaba en todo momento. Tenía miedo de que alguien llegara, temía porque sentía que lo que estaba pasando era tremendo. Él sabía cómo tocarme y cómo besarme. Sentía que ya no era una niña y empecé a sentirme como una mujer. Y por primera vez, al lado de Juan Diego, me sentí deseada, y eso me puso feliz.

De un momento a otro, la caballerosidad desapareció. Me quitó la ropa con brusquedad y mucho afán y me dio mucho miedo.

En ese momento, Dayana empezó a agitarse, y tuve que terminar la sesión. Antes de despertarla, le dije: recuerda y escribe qué más pasó esa noche.

DIARIO

OK. Ese momento de angustia fue raro, porque quería huir, y también me quería quedar. Juan Diego me gustaba mucho, pero… ¿Qué querrá él de mí? ¿Será que solo quiere verme desnuda? ¿Era lo único que quería de mí? ¿Era solo sexo lo que le inspiraba? ¿Sería que no me amaba? ¿Será que sabe que soy virgen? ¿Será que solo quiere aprovecharse de mí? ¿Será que piensa que soy fácil? O peor, ¿que soy una niña tonta?

Casi me paralicé de miedo, y sin embargo, ya estaba desnuda y lo tenía encima mío. Entonces, mis nervios y mi misma debilidad, me dieron fuerzas para rechazarlo y le dije:

–¡Quítate, no me toques más!

Me levanté, me vestí y sin mirarlo, salí despavorida, corriendo monte abajo. Él corrió y me agarró para convencerme de que no me fuera, pero no me pudo calmar. Entendí que eso no era cariño ni respeto, solo era deseo carnal, y yo no quería. Eso no era lo que yo deseaba para mí. Me marché del claro y del lugar, corriendo a oscuras, cuesta abajo por la carretera, con la esperanza de que algún campesino de los que iban al mercado los domingos, me dejara subir entre sus verduras y me llevara hasta el pueblo.

Cuando llegué al pueblo, tuve que esperar a que amaneciera para entrar en la casa después de que mi madre saliera para misa. Era tal vez, el único día que no me obligaban a levantarme temprano. Nunca se supo que yo me había volado esa noche.

El lunes cuando llegué al colegio, no dije ni una palabra a los compañeros. Yo me sentía apenada, enojada y arrepentida de haberme volado esa noche, y temía que los amigos de Juan Diego, creyeran que había estado con él, y aunque intentaba no pensar en eso, quería salir del colegio y volver a mi casa.

Me llamó la atención que ese día, nadie me dijera nada y ni siquiera, me llamaron Garza, el apodo que me habían puesto cuando tenía nueve años porque era muy delgada. Y aunque fui la niña de mi curso a la que primero le creció el busto, el apodo nunca me lo quitaron. Pero, ese día nadie me dijo nada. Pensé que tal vez, murmuraban a mis espaldas y yo estaría en boca de todos, con mi reputación dañada. Ese día tampoco me encontré con Liliana. Lo que nunca esperé fue que en mi casa estuviera la respuesta.

Llegué y me metí en mi habitación y mis pensamientos fueron solo para Juan Diego. ¿Por qué solo se quería acostar conmigo? ¿Acaso yo no era lo suficiente para él? ¿Será que los hombres solo me verán así? ¿Por qué hoy no me buscó?

Aunque mejor, porque si me hubiera buscado, todos confirmarían que estuve con él. ¿Qué les habrá dicho a sus amigos? ¿Será que después de lo del sábado, alguien me va tomar en serio? O creerán, ¿que soy una mujer fácil? Lloré por sentirme en desamor. Y no salí de mi cuarto, hasta que mamá llamó para decir que la comida estaba servida.

Cuando bajé, estábamos solo las tres, mi mamá, Juliana mi hermana y yo. Mi padrastro no llegó.

Y estando en la mesa, Juliana empezó a mirarme raro. Y luego dijo:

–¿Si saben lo que andan diciendo en el colegio? Que hubo una gran fiesta el sábado en el río y que se salió de control. Yo no la miré. Traté de ignorarla, jugando con mi sopa.

Mi madre sí la miró y le puso toda la atención que ella quería. Juliana prosiguió:

–Dizque hubo mucho licor.

Y dicen que el que más se divirtió fue el amigo de Dayana, Juan Diego. ¿Así es como se llama?

Yo palidecí, ¿cómo iba a salvarme de esto? ¿Qué tanto sabía Juliana? Seguro que mi madre me iba a moler a golpes. Aunque le temía más a mi padrastro Ismael que siempre me golpeaba desde que tengo memoria. Lo bueno era que no estaba aquí con nosotras. Juliana continuó.

–Dayana, ¿no sabes algo de lo que ocurrió en la fiesta?

–No, contesté. No sabía qué tanto le habrían contado a Juliana y qué tanto quería sacarme.

–Tan raro, yo pensé que tú más que nadie debería saberlo.

El momento se hizo incómodo y el silencio inundó la habitación, hasta que mi mamá dijo:

–Y como por qué tendría que saber Dayana, ¿qué ocurrió en esa fiesta, si yo no le di permiso de ir? En seguida, me miró con curiosidad y enojo. Juliana contestó:

–Pues porque el muchacho que le gusta a Dayana, se acostó con una niña en el río, ya todo el colegio lo sabe. Mi madre me miró con ojos de inquisidora.

–Dayana, ¿tú qué sabes?

–Nada contesté con voz temblorosa. Pero Juliana dijo:

–Dizque nada, ¿cómo no debe saber quién se acostó con ese muchacho, si Liliana es su mejor amiga?

En ese momento, mi angustia se transformó en sorpresa y luego en desilusión.

–¿Qué dijiste? Le pregunté a Juliana.

–Que su amiga, Liliana, aquella que parecía una santa, se le entregó a su amor platónico en el río, y todos la vieron hacerlo.

¡Qué puta es!

Yo me levanté llorando de la mesa y alcancé a escuchar a Juliana que le decía a mi mamá.

–Creo que de verdad no sabía.

Me encerré en el cuarto, metí mi cara en la almohada y grité:

–¡Puta, puta, puta!

Estaba enojada y confundida.

¿Por qué me fui de esa forma? Le dejé el camino libre. Juan Diego quería era conmigo.

¿Será que debí haberme dejado llevar? ¿Será que van a ser novios? Tengo que saber qué pasó. Pero… ¿Qué le voy a decir? Ella debe saber que yo me muero por él. ¿Será que sabe que quería hacerlo conmigo? Entonces, la llamé:

–¿Liliana por favor?

–Un momento, dijo su padre.

–Hola, ¿con quién hablo?

–Hola, soy yo, Dayana.

–¿Hola cómo estás? ¿Dónde has estado? Hoy no te vi en el colegio y el sábado te fuiste sin despedirte. Quería hablar contigo.

–Ah, sí. ¿De qué? Pregunté.

–Pues amiga, ¿si sabes que me cuadré con Juan Diego?

–Pues oí algo así. Le dije.

–Sí, claro. En el colegio ya lo sabe todo el mundo, ¡estoy tan feliz! Aunque debo reconocer que te tenía celos. Él parecía muy interesado en ti, pero me dijo que se acercó a ti para llegar a mí. Porque tenía miedo de que yo lo rechazara, ¿puedes creerlo?

–Sí, contesté. Y le dije: tengo que colgar, mi mamá me llama. Chao. Colgué antes de que se despidiera, y seguí llorando toda la noche.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
119 s. 16 illüstrasyon
ISBN:
9789584888167
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar