Kitabı oku: «Risa adentro»
RAFAEL GUMUCIO
Risa adentro
Gumucio, Rafael
Risa adentro
Santiago de Chile: Catalonia, Periodismo UDP, 2020
ISBN: 9789563248012
ISBN Digital: 9789563248029
PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN
CH 070.40.72
Este libro forma parte de la colección de periodismo de investigación desarrollada al alero del Centro de Investigación y Proyectos Periodísticos (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.
Diseño de portada: Trinidad Justiniano
Fotografía de portada: Titi Santos
Retrato del autor: José Antonio de Pablo (Archivo UDP)
Edición: Andrea Palet
Coordinación editorial: Andrea Insunza
Diseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M. Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.
Primera edición: septiembre, 2020
ISBN: 9789563248012
ISBN Digital: 9789563248029
Registro de Propiedad Intelectual: Nº
© Rafael Gumucio, 2020
© Catalonia Ltda., 2020
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
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Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
Los ojos de Edipo Rey
ENTREVISTAS
Daniel Samper Pizano
Alberto Montt
Paloma Salas
Edo Caroe
Jorge Alis
Stefan Kramer
Mauricio Redolés
León Murillo
Natalia Valdebenito
Adriano Castillo
Delfina Guzmán
Isabel Behncke
REMATE
Animalistas
Bailar
Bares
Biblia
Cárcel
Censura
Chistes
Cine
Comunicación
Destruir
Dios
Educación
Escribir
Ex
Fama
Fe
Flojera
Fontanarrosa
Humoristas
Les Luthiers
Límites
Lobo
Magos
Ménière
Miedo
Minorías
Nuez
Perro
Resentimiento
Riesgo
Sexo adolescente
Speech
Universidad
Tele
Torturadores
A Andrés Rillón,
Premio Nacional de Humor Jorge “Coke” Délano
Los ojos de Edipo Rey
Quizás la mejor manera de estudiar la vida privada de una época es recopilar los chistes que invariablemente esta crea al revés de lo que el poder quiere o puede contar de sí mismo. En estados totalitarios o en dictaduras sangrientas es fácil entender el humor como un espacio de libertad y de encuentro, de alivio y desmentido de las mentiras oficiales. Los que tenemos edad suficiente para recordar la dictadura de Pinochet fuimos testigos de cómo este alegó “asesinato de imagen” cuando la revista APSI intentó sacar un especial de humor en que él era el personaje principal. El filósofo esloveno Slavoj Žižek llena sus conferencias y libros de chistes “estalinistas”, es decir de las burlas habituales con que las víctimas del totalitarismo comunista se desquitaban de la imperfecta perfección del sistema soviético.
En las democracias liberales su supone en cambio que el humor goza de una suerte de “inmunidad diplomática”, que le permite cuestionar el sistema sin que este tome otra venganza que premiar de vez en cuando al chistosito de turno y hacerlo pasar de clandestino a consensual, quitándole toda la gracia. En una democracia liberal los límites del humor son sólo los de la ley y sus reglas bastante vagas y libres sobre la injuria y la calumnia. ¿Por qué entonces no pasa un mes o dos sin que alumnos y periodistas me pregunten, en mi calidad de director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales, cuáles son los límites del humor? Una pregunta que puede parecer abstracta y filosófica pero que empezó a hacerse urgente y sangrienta cuando un grupo de islamistas poderosamente armados disparó a los dibujantes franceses de Charlie Hebdo, que se habían atrevido a burlarse del profeta Mahoma. Al mismo tiempo, a través del humor, y en particular de la stand-up comedy, gran parte de los conflictos no resueltos de la sociedad chilena se han hecho visibles y risibles, y los parlamentarios y las conciencias morales de la nación se preguntan cómo y cuándo deben parar los chistes sobre la política, la iglesia, los hombres, el Estado y la policía.
¿Cuáles son los límites del humor, profesor? ¿Qué se puede decir con humor? Debería, para responder, decir primero que el humor, como los faros en la costa, es lo que justamente ilumina las fronteras del lenguaje. Es lo que dice que allá, más allá, está la alta mar del inconsciente y de la guerra, del insulto y del duelo. Es cierto, hay dolores que no se pueden decir, y hay silencios que no se pueden nombrar, pero todos los testimonios indican que en los campos de concentración y en las guerras el humor florece como los hierbajos entre el pavimento. Es lo que descubrió, por ejemplo, Mauricio Redolés en las cárceles donde terminó su adolescencia. El humor era una forma de decir que los golpeados, los torturados, eran aún humanos. Que eran humanos y se reían de los chistes, que eran distintos de los chistes de sus torturadores, aunque ocasionalmente, y esa es quizás la magia paradójica del humor, el chiste era el mismo y los cautivos reían con los que los tenían encerrados y eran todo eso que la guerra disuelve: la idea de que somos ante todo y sobre todo humanos. Nada más que humanos, y nada menos.
El humor es en los campos de prisioneros lo más parecido a un lujo, porque desvía el lenguaje que sirve para comunicar órdenes a ladridos, como una cuchara que ya no sirviera para comer o cavar y que se volviera soldado de plomo, estatua, adorno. No hay una escena que represente de manera más esencial en qué consiste el humor que aquella en La quimera del oro en que Charlie Chaplin, a la espera de su amada, hace bailar dos pedazos de pan. Con dos tenedores, el pan se convierte en bailarina en esta película de miseria y frío. Un pan que se hace humano, coqueto, sensual, mientras el amante espera una cita que no tendrá lugar. El humor es, así, lo que hay cuando empieza a haber algo más que nada. Cuando no hay nada y las miserias morales y físicas se suceden, como en la mayor parte de la película, es una crueldad que da risa. La codicia lleva al hambre, y el frío al odio asesino. Todos quieren oro y esperan el momento para comerse unos a otros en espera del tesoro que justificará sus exiguas vidas. ¿De qué nos reímos entonces en esa película desoladora y cruel hasta el borde de la paciencia humana? Al final los exploradores muertos de hambre se hacen ricos y encuentran por azar el amor de su vida; es lo menos creíble de la película pero lo aceptamos porque sin ello la exposición de las bajezas humanas, bajezas que nos hicieron gozar, sería insoportable.
La virtud final del humor es que convierte todo en humano, y si tiene un límite es ese, que necesita de seres humanos para que se rían y para que sean víctimas de él. Puede caricaturizar al otro pero al final para que funcione debe haber dos humanos al menos, uno que hace reír y otro que ríe. No hay humor, que se sepa, entre las lechugas y las estrellas. Y si bien algunos animales ríen, no se ha probado que disfruten como nosotros viendo unos panes bailar.
El humor en gran parte cuenta tragedias que terminan bien. O, más bien, tragedias que no terminan tan mal como deberían. O es una tragedia que sigue cuando la tragedia termina. Edipo, al final de Edipo rey, se arranca los ojos para no ver lo que está viendo, su propio e infinito crimen, haberse casado con su madre, haber matado a su padre, haber arrastrado a su pueblo a la maldición y la miseria. El humor son esos ojos separados de Edipo que le dicen que igual no es poca cosa haber hecho un cornudo de su papá, que eso no lo hace cualquiera, que estaba bien buena su mamá y que uno siempre vuelve al lugar del crimen. Son los ojos de Edipo que lo ven mendigar por todo el reino y le recuerdan que en toda su tragedia sigue siendo un hombre con sed, hambre y necesidad de cagar. Ese era el rol que al parecer cumplía el bufón de la corte. El humor son los ojos de los que han decidido no ver más.
El humor en ese sentido es rebelde solo hasta un cierto punto, porque necesita del permiso del rey, que en las sociedades democráticas es el público, para ver lo que el rey no ve. Necesita, para ejercer la labor del famoso “minuto de confianza” que le otorgaba Andrés Rillón a sus empleados en esos viejos capítulos de Jappening con Ja, el programa más bien inocente que en dictadura los telespectadores llenábamos de significados oscuros, porque después de todo sucedía en una oficina llena de zalamería y abusos de poder, que era y no era el Chile de entonces.
El humor es siempre un riesgo porque el humorista debe encontrar algo que no sabe previamente qué es pero que de alguna forma flota en el aire. La mayor parte de los entrevistados en este libro se refieren a ese extraño proceso en que deben al mismo tiempo concentrarse en lo que quieren decir y luego olvidarlo para de repente decir lo que no sabían que querían decir, antes de decirlo. El humor, como el arquero zen, debe dar en el blanco con los ojos vendados. Ese blanco está en la cabeza del público, que es el que completa siempre el chiste. En el humor no sólo debe haber humanos (o panes que se convierten en humanos), sino otro que sostenga el juego. Todos los que han intentado el humor sobre las tablas relatan el trauma infinito de encontrarse con un público hostil o incluso indiferente. El vacío perfecto del humorista haciendo chistes para nadie es quizás la imagen del desencuentro más insalvable con que se puede encontrar una sociedad.
¿Ese es el límite del humor, entonces? El límite del humor es que no tenga nadie para reír con él. El límite del humor es el momento en que se quiebra el pacto que lo hace posible, que es justamente saber que no todo lo que parece es y lo que es no es lo que parece. El humor es un arte que necesita, como cualquier otro ritual sagrado, una congregación y una comunión. Es un milagro que sólo ocurre cuando el humorista y su público quieren que ocurra. Es un lenguaje cifrado y oculto que es el opuesto exacto del que usamos para ponernos de acuerdo en juntarnos a las seis de la tarde en tal esquina. El humor cuenta todas las posibilidades de no encontrarse en esa esquina a las seis de la tarde, porque pregunta ¿qué es una esquina?, ¿qué es las seis de la tarde?, ¿qué es el espacio y el tiempo cuando dejas de darlos por sentados? El humor es el lugar en que nada se da por sentado, donde al final podemos encontrarnos sin ponernos de acuerdo ni en la esquina ni en el tiempo.
Es una forma extrema del “minuto de confianza”. Necesita justamente eso, un espacio de tolerancia a la incerteza que nos permita volver a preguntar todo para al final no saber nada. Es en todos sentidos un ritual de paso, una especie de capoeira que es baile y pelea al mismo tiempo, o como el tango y la cueca que son sexo sin sexo. El humor es una caída libre, una caída doblemente, triplemente libre donde sabemos sin embargo que algo o alguien nos sujeta y nos salvará de rompernos la cara. Reír es jugar un juego del que vamos inventando las reglas mientras lo jugamos. Es así el juego de los juegos, el que les inventa a los otros reglamentos, pero también el que destruye las reglas conocidas para refundarlas perpetuamente. Así, la pregunta por los límites del humor es una pregunta por los límites del juego en una sociedad que siente que las reglas que lo permiten son tan frágiles que no puede darse el lujo de cuestionarlas, ni en broma. Una sociedad que justamente siente que puede quebrarse en cualquier momento, en que las identidades de sus miembros son tan débiles que no pueden soportar el simple escrutinio de la risa. Una sociedad que no puede pensar que las cosas pueden ser al revés de lo que parecen, y si lo piensa debe ser en condiciones y espacios perfectamente delimitados que permitan que la risa tenga límites, es decir que no tenga sentido.
¿Cuál es el sentido de la vida? Para preguntarse eso hay que primero creer que la vida tiene sentido y luego admitir que no lo vamos a encontrar. Que la vida no es lo que debería ser es la raíz de todo humor. Lo que convierte a los creadores e intérpretes de chistes o viñetas en humoristas es la intuición de que quizás es mejor así, que la vida no tiene que ser eso o lo otro, aceptar que nuestro deber es coleccionar sus incongruencias, anotar sus fallas para refugiarnos en ellas cuando la tormenta arrecia.
Las entrevistas aquí reunidas son testimonios de unas vidas en que el humor no es sólo un oficio sino una manera de ver y de vivir el mundo. Algo que confirma la única no humorista del libro, la primatóloga Isabel Behncke, que nos habla de la utilidad y límites del juego en toda especie de animales, incluida la nuestra. Los profesionales aquí reunidos no pueden ser más distintos, pero, a la hora de hablar de su trabajo, todos a su manera citan lo que Jorge Alis llama “remar”, es decir que están acostumbrados a nadar en la incerteza para buscar la solución a los problemas improbables que las incongruencias del mundo nos plantean a diario. ¿Cómo podemos sin hundirnos en el mar de la incerteza remar hacia y con el humor? No hay respuestas estables y seguras, pero lo que el humor permite, y lo que a su vez permite el humor, son esos minutos de confianza en que una sociedad se permite no saber, para aprender todo de nuevo.
RAFAEL GUMUCIO
Director del Instituto de Estudios Humorísticos UDP
14 de abril de 2020
Entrevistas
Daniel Samper Pizano
Cuando el humor es noticia
Octubre de 2011
Daniel Samper Pizano (Bogotá, 1945), considerado el padre del periodismo de investigación en su país, es a la vez uno de los representantes más destacados de esa labor casi imposible que es mezclar periodismo con humor.
Encabezó una unidad especial de investigación del diario El Tiempo de Bogotá, una tarea peligrosa que lo llevó a dejar Colombia bajo el peso de las amenazas constantes, para residir en Madrid. Paralelamente a su labor periodística, se ha dedicado a escribir columnas de humor que ha recogidos en los libros La mica del Titanic y otros artículos para naufragar de la risa, El huevo es un traidor y otros artículos para cacarear de la risa, Ni atacar ni defender, sino todo lo contrario y Breve historia de este puto mundo. Además, ha dedicado tiempo a investigar y recopilar la música vallenata y la obra del grupo argentino de humor musical Les Luthiers.
Alto, delgado, calvo y pelirrojo, su aspecto y pasado caballeroso contrastan con su incapacidad de no intercalar entre dos frases o menos una cantidad infinita de juegos de palabras y chistes dedicados a su mujer, a su hermano (Ernesto Samper, que fue Presidente de Colombia), al embajador que lo alojaba y le pagaba el pasaje, y a él mismo. El humor es en él un instinto irrefrenable que le permite sentirse como en casa en cualquier situación.
Ese manantial imparable de chistes de todo calibre desapareció milagrosamente cuando, en la Facultad, al día siguiente de la entrevista que aquí se recoge, habló a los alumnos de las posibilidades y peligros del periodismo de investigación. No perdió su informalidad ni su simpatía ni su capacidad infinita de hacer bailar las palabras, pero el rigor de los datos, la testarudez del reportero, se manifestaron en su obsesión. El periodismo en serio, ese por el que arriesgó varias veces la vida y que lo mantuvo viviendo lejos de su país, no es broma para ese bromista impenitente que era y es Daniel Samper Pizano. Todo el resto, religión, país, fútbol, música, amor, poesía, es ocasión para más y más chistes, de los que pudimos recoger, por la tiranía del espacio, apenas una parte.
—Tú escribes para Colombia, que es un país marcado por la violencia. ¿Cómo el humor y el periodismo pueden convivir con ese estado de alarma permanente?
Nuestra historia es una historia muy larga de violencia y hemos sido fieles a ella, siempre somos violentos. En esa larga historia, lo que ha salvado al país es su humor, básicamente. De alguna manera su inteligencia, porque tener humor es tener inteligencia. El humor colombiano se mantiene, en cualquier parte donde vayas se mantiene y es distinto de, por ejemplo, el humor español, que a mí me sorprende porque vivo hace muchos años en España...
—¿Te sorprende por distinto o por inexistente?
No entraría yo en esas diferencias porque como español me molestaría mucho, pero el humor español es distinto, el humor español es a una sola banda, es decir, tá y tá y ahí te ríes o no te ríes. El humor colombiano forma parte de esa gran escuela, o sensibilidad mejor, que se llama mamagallismo, que es hablar aparentemente en serio pero estar tomándote el pelo… García Márquez hizo inmortal la expresión, aunque nace en Venezuela en el siglo diecinueve, eso está investigado. Es una manera de sobrevivir, en Colombia sinceramente hay mucho humor, el colombiano es una persona con mucho humor a pesar de toda la violencia. Eso es un poco lo que salva al país. Yo te diré que he tenido experiencias muy cercanas de humor y violencia, las dos, y voy a citar a una persona, a un político por el cual nunca he votado, que es mi hermano, que en fin, ostenta un cargo ahí importante…
—Ernesto Samper, que fue Presidente de Colombia entre 1994 a 1998. ¿Tiene sentido del humor?
Fue Presidente de Colombia, con eso te digo todo (risas). Pero, bueno, las cosas que él decía cuando estuvo enfermo, después de un atentado gravísimo que sufrió, han sido de verdad ejemplo de lo que se puede hacer para sobrevivir. Había un senador, que después murió también de muerte natural, es decir, lo mataron, que es la muerte más natural en Colombia, y este senador se llamaba Cristo, un senador liberal, muy querido. Mi hermano estuvo agonizando como dos meses, tendido en una cámara de cuidados intensivos, con oxígeno, algo muy muy sofisticado, y estaba prohibido el acceso, no podía entrar nadie, entraba mi cuñada a visitar, pero lo logró el senador, que lo quería mucho, logró colarse y entrar. Ernesto, mi hermano, muy sedado porque además tenía que estar con el abdomen abierto por una infección, escucha que lo viene a visitar el senador Cristo. Y dice “¡hijo de puta, me morí!”.
En ese mismo atentado a mi hermano se le desapareció el ombligo, uno no sabe cuándo está de frente y cuándo de espaldas, y ha tenido problemas de espalda justamente, porque no hay ombligo. Bueno, a partir digamos de aquí en la cintura después sí, pero no mucho tampoco, pero entonces tú no sabes bien si está mirándote o no, porque no hay ombligo.
—Pero eso para la política es perfecto.
No creas, el ombligo hace mucha falta, uno nunca se da cuenta de lo del ombligo si no en dos circunstancias: cuando quieres saber si alguien está de frente o de perfil, y es muy útil; también lo recomiendo mucho a los aficionados a la televisión, yo soy muy aficionado al fútbol, como verán, a ver fútbol por televisión, es muy bueno llevar apio a la cama, y echas la sal en el ombligo, entonces estás comiendo. El ombligo parece feo pero es muy muy práctico, de modo que yo lo recomiendo mucho. Ernesto no ve televisión porque no puede, porque le falta el ombligo para la sal y el apio.
—Siendo periodista tener un hermano Presidente debe ser muy difícil, muy complicado, ¿te ayudó el humor en ese sentido?
Si Dios quiere castigar a un periodista, hace a su hermano político, y ahora eso le pasa a Enrique, el hermano del Presidente Santos, que ha sido mi compañero entrañable durante cincuenta años de periodismo; hemos llevado unas vidas paralelas, solo que él se consigue las chicas atractivas y a mí me toca mi mujer, y Enrique ya está viviendo eso, y yo me comunico mucho con él y me dice “ahora entiendo lo que usted me decía, ser hermano de Presidente es una tragedia para un periodista”. Yo dejé de serlo en Colombia, seguí siéndolo en España, que es donde vivo hace muchos años, cuando fue elegido como candidato del Partido Liberal; dije “un país que elige a mi hermano candidato del Partido Liberal, no, no puede ser”.
—¿Te autoexiliaste o ya vivías en España antes?
No, ya vivía en España, me habría exiliado en ese momento, pero ya vivía antes en España. Pero entonces ahí ya resolví que no volvía a Colombia por un tiempo, y durante dos años de la campaña y cuatro del gobierno y dos más dejé de escr ibir, durante ocho años no escribí columnas, no opiné, no dije nada, porque creo que el lector tiene todo el derecho a desconfiar de lo que uno le diga, porque teniendo una cercanía con un tipo muy poderoso no se puede ser independiente, no puede ser.
—¿Cómo se combina el humor con el periodismo de investigación que tú has ejercido en Colombia?
En el ejercicio periodístico he tenido ocasión de escribir columnas de humor; tengo una columna de humor desde hace no sé cuánto, veinticinco años, en una revista de El Tiempo que se llama Carrusel, y he hecho periodismo de investigación. Uno puede hacer todo eso, pero tiene que saber cuándo no se mezcla. Para hacer el trabajo periodístico de investigación éramos profundamente rigurosos, ahí no había las libertades que uno se puede conceder como humorista, era de un rigor absoluto. Pensando que hay un juez chiquito sentado encima de tu escritorio, entonces tú dices una palabra y él te dice “¿dónde está la prueba?”, aquí está la prueba. Ese es el espíritu con el que hay que trabajar en el periodismo de investigación, y la redacción del trabajo investigativo es con ese espíritu. De ahí en adelante si tú puedes probar cada palabra que hay allí, le puedes poner o le debes poner un poquito de agilidad y un poquito de amenidad hasta donde se pueda, pero no es una columna de humor. Una columna de humor se puede hacer mucho más libre, se pueden decir muchas barbaridades.
—O sea el humor te permite decir cosas que el periodismo serio no te deja decir del todo.
Yo creo firmemente también, hablando siempre del humor, en lo que decía el gran Millôr Fernandes, el gran humorista y filósofo brasilero, que decía “la mordaza aumenta la mordacidad”. Eso es verdad, eso lo demostró, por ejemplo, Brasil. En Brasil, en la época de los militares, de la dictadura militar, ¿quiénes sacaron la cara por la gente, por pedir derechos, por exigir un cambio? Cantantes y humoristas. A los otros, los políticos, los perseguían, los mataban, los metían a la cárcel. Cantantes y humoristas. O Pasquim fue la gran publicación satírica de Brasil en esa época, era demoledor incluso con sus silencios, y las canciones de Chico Buarque y de otros de los grandes cantantes. La dictadura llegó a prohibir las letras de varias de esas canciones, y ¿qué hacían los cantantes brasileños? Salían al escenario, como estaba prohibida la letra pero no la música, porque ya hay que ser una dictadura muy jodida para prohibir la música, entonces ponían la música y la gente cantaba, es decir, quince mil personas cantando las canciones de Chico Buarque. Entonces Chico Buarque simplemente callaba y arribaba el micrófono y quince mil voces cantaban la canción. ¿Cómo metes tú presos a quince mil muchachos que están cantando?
—Ese es quizás el inconveniente del periodista que usa humor, que la forma de desautorizarlo es decir “bueno, usted es un payaso, no se lo puede tomar en serio”. ¿Cómo se hace con eso?
No, yo creo que uno tiene que saber que le van a decir eso, es decir, cuando tú entras a pelear y acudes al humor, en este caso, por ejemplo, decir “ah, ese es un payaso, ese tipo no vale la pena”. ¿Por qué? Porque el humor es un arma muy buena, y una persona cuando tiene la posibilidad de escoger entre un libro de Kant y un libro de Woody Allen siempre escogerá a Woody Allen, pero dirá que lee a Kant, porque el humor tiene menos prestigio que la alta literatura, siendo que, repito, el humor ha sido la fuente o el rodamiento, el rodaje de grandes obras literarias. Por ejemplo “Una modesta proposición” de Swift, en que había que comerse a los niños. Eso es directamente humor, y hubo, no sé, no le debería decir, pero hubo sacerdotes que no entendieron bien el sentido de la cosa y se comieron a los niños.
—¿Cómo pasas del humor al periodismo serio? ¿Hay alguna rutina que te permite meterte en un mundo o en el otro?
Yo no cambio mi manera de ver la sociedad ni mi manera de sentir el país cuando escribo humor o cuando escribo relativamente en serio, sigo siendo el mismo, solo utilizo mecanismos distintos. Así como duermo con un pijama muy sexy que nunca llevo a las fiestas para bailar, bailo con una ropa especial que tengo para bailar, es decir, es un traje distinto, pero sigo siendo el mismo.
—¿Cómo diferenciar, cómo no equivocarse de tono?
Es que uno siempre tiene, como periodista, como escritor, tiene sus ídolos, yo tengo mis ídolos y mi máximo ídolo, por lo menos en esa materia, es don Francisco de Quevedo. Quevedo es el tipo que con la misma mano escribió los más hermosos sonetos de amor que hay en la lengua castellana, los más bellos sonetos metafísicos, y los más graciosos poemas escatológicos que se conozcan. Parecería que no fuera el mismo, es el mismo…, y también se puede ver en Cervantes, en Lope, las cosas que escribieron esos tipos eran de esa naturaleza, es decir, una especie de aproximación al ser humano extraordinaria como es la del Quijote, pero también mezclada con otra serie de elementos, las páginas escatológicas de Cervantes son extraordinarias. Ellos no tenían este problema de que o usted escribe sobre humor o usted es un tipo serio en política, eran pluridimensionales.
Esta unidimensionalidad es un invento nuevo nuestro, contra el cual yo modestamente me rebelo. Lo que sí trato es de no utilizar los instrumentos inadecuados. Hay cirujanos que también son aficionados a la electricidad, pero nunca, nunca tratan de arreglar un enchufe con un bisturí y nunca mucho menos abren a un paciente con unas tenazas, es decir, saben que cada cosa tiene su instrumento.
—¿Cómo es tu humor, cómo lo verías tú?
No sabría cómo definirlo, yo tengo la idea de que el humor es primo hermano de la ternura, es decir, que al humor se puede llegar muy rápidamente por la vía de la ternura y que del humor se puede salir por la vía de la ternura. También tengo clara la idea de que lo opuesto al humor no es la seriedad sino la solemnidad; la seriedad no riñe con el humor. También sé que hay distintas clases de humor; por ejemplo, el humor inglés se parece más a lo que tú dices, es un humor heredado de Ben Jonson, que fue este dramaturgo de la época de Cervantes que realmente inventó el humor inglés, que es un humor de tolerancia.
—El don, ese don del que tú hablas, ¿has llegado a racionalizarlo, has llegado a pensar en el don que es el humor? ¿En el caso tuyo de dónde viene, de la universidad con los jesuitas?
Ese es un buen chiste (risas).
—Sí, es que ha creado muchos humoristas la universidad jesuita.
No sé si Álvaro Uribe era de los jesuitas, lo cual echaría tierra a todo, pero, bueno, olvidémonos de él. No, yo creo que es difícil saberlo, yo tengo la tendencia a creer que muchas cosas son heredadas, por ejemplo yo heredé la burricia general de la familia para las matemáticas, somos burros todos, eso es una cosa muy linda. A mi papá no necesitaron hacerle el ADN, me pusieron a mí dos más dos, dije cinco y dijeron “es hijo de Andrés”. Al mismo tiempo hay unos talentos que se heredan, no sé cómo, por el ADN y todas esas cuestiones, por ejemplo el talento para escribir. Yo creo que el talento para reír o para hacer reír, que es distinto, se hereda también un poco. En mi familia eran chistosísimos todos.
—¿Incluido el Presidente?
Es muy gracioso, si vieran al Presidente uno se podría morir de la risa. Pero mis hermanos han sido todos de verdad muy graciosos y en mi casa la hemos pasado siempre muy bien, y los pesares los diluimos con un poco de humor. Y es un humor además en que nos criticamos mucho, por molestar. Creo que es un poco herencia de mi mamá, pero sobre todo porque mi papá era un tipo con mucha chispa, era muy bogotano.
—¿Te han echado de muchas partes por hacer chistes?
No, no me han echado; no me han recibido, que es distinto. Una vez me desafiaron a duelo. Yo había contado que tal tipo no pagaba las cuentas, y tal había sido embajador en algún sitio. Él me dijo “esto solo se puede lavar en el campo del honor”, una cosa ridícula, entonces yo le dije “bueno, yo acepto cualquier arma menos culebra”. Culebra en Colombia son los acreedores… No, no, no, yo dije “escojo arma, escojo culebra”. Yo no tenía acreedores y él sí, entonces desistió. Uno en el humor se puede echar muchos enemigos, a veces injustamente, quiero decir, gente que uno critica injustamente o hace un chiste a costa de alguien...
—¿Lo has hecho? ¿Te acuerdas de alguien?
No, porque me da tristeza. No, uno lo hace, mi hijo lo hace, por ejemplo, que es terrible eso. Sí, a veces por hacer un chiste uno puede llegar incluso a ofender al poderoso y eso está muy bien, y el humor es para eso, pero al débil…, no es buena fórmula pelear con el débil con humor, es un poquito cobarde, ¿no?
—Y no es divertido.
Es menos divertido, sí. Es barato, es un poquito cobarde. Ahora, hay veces en que hay que defenderse como se pueda, ¿no? Uno siempre tiene que tener presente que el humor es un arma muy poderosa y no todo el mundo la tiene, ¿no? Entonces, yo eso lo tengo presente, en polémicas así. Una vez tuve una polémica con un tipo que en ese momento era archiconservador y era un tipo muy desagradable, y luego se volvió un tipo razonable, qué curioso, a raíz de la muerte de Allende y de las cosas que pasaron. Este archiconservador se volvió de izquierda y fue candidato de la izquierda colombiana y yo voté por él. Se llama Alfredo Vázquez Carrizosa. Una vez tuve una pequeña polémica con él, digo pequeña porque yo escribí algo sobre los límites de Colombia y el tratado con Venezuela y él que era canciller dijo que ese tema era “para espíritus maduros”, y citaba por ahí una cantidad de tratadistas. Y yo me acordé de que Mafalda tiene una historietica en que está hablando un político por televisión, entonces dice “puedo asegurar que el país está, políticamente hablando, completamente maduro”, y Mafalda le pregunta a la mamá: “¿Maduro para que se lo coma quién, políticamente hablando?”. Entonces yo cité a Mafalda y fue demoledor.
—¿Y qué te contestó él?
Se quedó calladísimo porque era muy serio. Él consideraba que era ridículo que un canciller estuviera en peleas con un columnista.
—¿Pero cuál es el límite, si es que tienes algún límite a la hora de hacer humor?
Yo creo que es la audiencia la que te da la medida del límite y la pertinencia del humor. Hay humor que puede ser impertinente y hay humor que es pertinente, entonces eso te lo da la audiencia. Los judíos, por ejemplo; no hay un grupo étnico más autocrítico con el humor que los judíos, es extraordinario; además, es un humor muy gracioso, muy gracioso, pero contado por judíos. Yo no puedo, porque mis papás son judíos, mi papá es como rabino. Me han pasado cosas horribles porque, por ejemplo, yo cuando iba a fiestas de disfraces, o no fiestas de disfraces sino que decían “ponte alguna cosa divertida para ir esta noche a la casa”, yo me ponía un sombrero que era de mi abuelo y un vestido negro sin corbata, entonces parecía un rabino, y dejé de hacerlo porque ya a cierta hora empezaban a pedir circuncisiones.
Pero es eso, digo, los judíos tienen muy claro que ellos son de una crueldad pavorosa, es una marca de identidad de ellos, el humor, pero hecho por judíos, es decir, los chistes que se echan sobre las madres judías son muy graciosos si los cuenta un judío, si los cuenta un cristiano son menos graciosos. Lo mismo pasa con las nacionalidades, en todo país hay una región o una ciudad o un pueblo que lo toman como estereotipo de los tontos y se hacen chistes, no sé si en Chile.
—Nosotros hacemos chistes de gallegos.
Ah, sí, y en Argentina también de gallegos.
—Lo hacemos por imitación, porque no hay una fuerte población gallega en Chile. Y hacemos esos chistes del tipo “había un chileno, un peruano, un argentino”…
Y gana el chileno. Eso lo hemos inventado los colombianos, pero lo han probado los chilenos. Nosotros nos reímos de la población del sur del país, los pastusos, que son una gente adorable y además tienen mucho sentido del humor, pero siempre en los chistes aparece el pastuso. Yo he estado y tengo muchos amigos pastusos, y con quien era mi abogado —porque me defendía cuando me demandaban y cosas y siempre ganaba, aunque nunca teníamos la razón— hacíamos esos chistes, que son chistosísimos cuando estás entre pastusos o amigos de pastusos, pero cuando alguien que no procede de allí cuenta un chiste de pastusos es terrible. Me acuerdo de que una vez en El Espectador que María Teresa Herrán, una columnista de espectáculos, contó un chiste de pastusos y se pusieron bravísimos y fueron y quemaron las oficinas de El Tiempo, porque la otra estaba muy lejos (risas).
Los mejores chistes eran de los pastusos pero contados por pastusos. Todo depende de la audiencia.
—Estamos en momentos de creciente sensibilidad ante los chistes. ¿Cómo lidias con la corrección política?
La corrección política es una enfermedad atroz y mortal, que consiste en nunca faltarle el respeto a nadie, y es atroz y mortal pues acabaríamos con el humor tranquilamente. Pero yo sí creo que en algunos momentos es impertinente un chiste. Los negros tienen todo el derecho a llamarse negros entre ellos, yo veo las series norteamericanas y siempre dicen “había un nigga y no sé qué”, pero un blanco no le puede decir a un negro nigga. En una serie ni siquiera, tampoco en la realidad; hay limitaciones. Yo creo que es válido el humor en todas las circunstancias, quiero decir, en cualquier tema, no en todas las circunstancias, en cualquier tema, pero su ejercicio depende un poco de la audiencia a la que vayas.
Alberto Montt
Dibujar el chiste
Abril de 2011
Alberto Montt (Quito, 1972) es dibujante, ilustrador y comediante. Ha ilustrado libros infantiles, libros de recetas de cocina, manuales de sexología. Ha trabajado en diarios y revistas dentro y fuera de Chile. En 2011, el servicio de radiodifusión alemán Deutsche Welle le otorgó el galardón The BOBs al Mejor Weblog en Español por Dosis diarias, un sitio en que comparte semanalmente sus dibujos cáusticos, de apariencia inocente, pero llenos de veneno. Se especializa en burlarse de Dios, Batman y Robin, la tecnología y cualquier mito o leyenda que se le cruza. Junto con el dibujante argentino Liniers inauguró un nuevo género de comedia, la stand up comedy Los Ilustrados, mezcla de dibujos y comedia en vivo de gran éxito.
Montt, moreno, barbado y bien parecido, llegó a la Clínica de Humor singularmente preparado. Su presentación venía respaldada con un powerpoint muy ilustrado e ilustrativo sobre las distintas escuelas de humor gráfico de entonces. No era aún la estrella internacional en la que se convertiría al aliar su talento al del dibujante argentino Liniers, pero sus Dosis diarias daban que hablar. Los restos de un acento ecuatoriano, difícil de clasificar para oídos chilenos, de alguna forma adelantaban su destino internacional. Aunque quizás era el empeño de su powerpoint, la seguridad con que hablaba de su trabajo, la certeza de amarlo sin resquemor lo que hacía vislumbrar en él un destino particular. No estaba jugando, aunque terminada su exposición se dejó interrogar con la soltura y la ironía que esta entrevista intenta reproducir.
—Viviste los primeros años de tu vida en la selva ecuatoriana. ¿Tú crees que eso influye en tu aproximación al humor?
No sé si eso influye en mi forma directamente, en el humor, pero yo creo que lo que almuerce hoy día influye en lo que yo hago, si en el fondo esto tiene que ver con una expresión personal y desde esa perspectiva todo, todo, todo me ha influenciado. Ahora, lo que sí definitivamente me sirvió fue que, al estar aislado y solamente con esos cuadernos, de una u otra forma ellos marcaron mi camino, me nutrieron, me amamantaron, me cuidaron mientras mis padres trabajaban.
—¿Qué estaban haciendo en la selva tus padres?
Es que, bueno, es el bosque, uno tropical húmedo, bueno... sí es selva, sí es selva. Mi viejo es agrónomo, entonces creo que administraba un campo pequeño en la selva y estábamos ahí metidos.
—¿Haber pasado tu juventud en Ecuador te da una perspectiva distinta para mirar la chilenidad?
Sí, me pasa que se me ocurren chistes locales, se me ocurren chistes chilenos, chistes argentinos, se me ocurren chistes ecuatorianos que sé que no los entendería ningún chileno, o pocos chilenos. Ponte tú hacer una imagen gráfica que diga “El trío Los Panchos” y sean tres hotdogs, tres completos con guitarra, eso en Argentina puede ser gracioso, pero en Ecuador no tiene ningún sentido, y en Chile tampoco. Entonces me pasa, me pasa, pero lo que trato de hacer en el blog es también como parte de mi ejercicio, hacer cosas que sean más globales. Hay pocos chistes chilenos en mis libros. En general, mis dibujos se pueden entender en cualquier parte de Latinoamérica.
—Quizás por eso no hay personajes de la televisión o la farándula en tus dibujos.
No me tienta ese tipo de humor. Quizás porque viví en la selva, como dices tú.
—¿O sea no tienes tele, por culpa de la selva?
No, no, tengo tele.
—Pero no la prendes...
No, sí la prendo, pero no la miro.
—Ah, tú te ríes de los geeks y de la tecnología que usas.
Pero me río de mí. Porque yo soy muy ñoño, entonces en general yo me estoy riendo de mí, no estoy burlándome del gordito que pasa todo el día frente al computador porque yo soy el gordito que pasa frente al computador todo el día.
—¿La política te convoca como dibujante?
Me convoca enormemente, pero cuando trato temas políticos trato de no hablar de las personas sino de un hecho más general. O sea, ponte, si Piñera anda con el papelito de los mineros en el bolsillo y yo lo dibujo, va a tener sentido hoy, los próximos cuatro años y en treinta años alguien lo va a ver y no va a entender nada, pero si hablo de la estupidez estoy abarcando ese acto, o sea la estupidez de la política, ponte tú, tiene una relación con un político ecuatoriano y con uno argentino. Trato de ser un poco más general, no en la temática, pero sí en cómo abordar las temáticas.
—En tus dibujos hay un contraste entre los colores y las formas, que son generalmente amigables, casi inocentes, y el texto, que suele ser sarcástico, cruel o absurdo.
Mira, no fue un proceso pensado. Decir “ah, yo voy a hacer este tipo de gráficas para poder comunicar estas ideas que son un poco más violentas”. Tiene que ver con el hecho de haber sido ilustrador todos estos años y tener que resolver una viñeta en cuarenta minutos. Entonces de una u otra forma ese tipo de gráfica me facilita ese proceso. Ahora, si ves ese tipo de gráfica y te pones al lado de un cuaderno de Condorito vas a ver que las narices son de Condorito, que el tipo de manos tiene que ver con Quino, que la postura corporal tiene que ver con Olafo quizás, entonces por ahí en mi cerebro, de algún proceso que yo no entiendo y no creo que llegue a entenderlo, al sentarme a ilustrar una idea acudí a estos recortes, y resultó ser algo que a veces puede ser un poco tierno y se contrapone con la dureza de algunos textos.
—¿Es muy distinto ilustrar libros de otros que dibujar tus propios chistes?
Yo cuando hago libros infantiles como que me pierdo un poco en la gráfica, cuando hago el blog es todo comunicación. Entonces el blog soy yo, los libros infantiles no, entonces no creo que haya una rebeldía para con eso, sino más bien es volcarme entero en este blog y resulta una cosa más negra, un poco más quizás depresiva, más irónica, sarcástica.
—¿De dónde salen tus ideas?
No sé. Hay días y días, hay días en que se me ocurren diez y quince ideas y las anoto y sirve como una pequeña cuenta de ahorros. Hay días en que tenía una idea genial, abro el papelito y no entiendo qué carajos escribí en la noche. Hay otros días en que entiendo qué escribí en la noche y digo “¡en qué carajos estaba pensando!”.
—¿Escribes o dibujas la idea?
La escrib... dibujo.
—¿Cómo es eso?
Hay ideas que son visuales y hay ideas que son conceptuales, entonces hago una de cada una, cuando no tengo a mano algo con qué dibujar, generalmente lo escribo en el teléfono, esa es mi nueva libreta.
—¿Tu teléfono celular?
Sí, sí, escribo en el teléfono y a veces también dibujo. A veces también tuiteo, me gusta el Twitter. Entonces, muchas veces uso el Twitter para escribir ahora ideas.
—¿No te da miedo que te lo copien los tuiteros?
No. Tuitearlo es una manera de probarlo. Uno ve si funciona cuando lo retuitean. Pongo por ejemplo “Dios es el proctólogo del universo” a propósito de los hoyos negros, y veo cómo funciona.
—Pero también lo transforman. ¿Incorporas esas transformaciones al proceso final?
No, en general me quedo con mi idea. Lo que sí me pasó alguna vez es que me han corregido textos, porque yo no soy escritor. Y aparte el tema de las faltas de ortografía, que de repente me dicen “oye, te falta un acento”, pero me han dicho “oye, tu texto de catorce párrafos quedaría mejor en esta frase”. Lo he corregido para el libro, ponte tú, porque en ese caso yo lo considero como un trabajo de editor, que no es lo mismo que una idea nueva, ¿me explico? Entonces, si me retuitean una idea nueva no puedo, me duele la guata.
—¿De culpa?
No, es que tengo colon irritable.
—Siempre cuando hablo con dibujantes me pasa que tú les dices “oye, qué divertido el chiste”, pero ellos te dicen “lo divertido es que usé un aerógrafo y este es un lápiz no sé cuánto”, y te empiezan a hablar de cosas técnicas cuando la gran sustancia que ustedes trabajan es justamente la idea y la frase, los conceptos, más que las imágenes.
Mira, un ejemplo puntual de eso: cuando uno ve los primeros libros de Quino, post Mafalda, a veces son libros enteros en que no tienes una sola letra, son pura imagen, imagen, imagen y son geniales y tú ves el último chiste de Quino y tú podrías eliminar la imagen y quedarte con el texto, entonces hay una evolución en ese caso puntual, que va de dibujante a escritor. Ahora, si me preguntas a mí, sí, yo me considero escritor, de una u otra forma, y me considero dibujante y la ilustración, o sea, las viñetas, son una mezcla de eso. Yo considero que el humor gráfico está más cerca de la literatura que de la gráfica.
—Ahora, cuando tú tienes una idea, por ejemplo la del proctólogo del universo, ¿cómo se te ocurre una imagen para eso?
Ah, no sé, porque no la he resuelto todavía, acabo de tuitearlo.
—¿Tienes que buscar un personaje que diga eso?
Probablemente haga un tipo como tú y yo conversando diciendo “yo creo que”. Cuando no puedo resolver una imagen busco la forma de resolver la idea. Por ejemplo, me pasó una vez que yo tenía esta idea de un sauce llorón y dos álamos al lado que le gritaban “¡niñita, niñita!”, pero entonces, como no sabía cómo resolverla para que fuera buena, lo que hice fue a un tipo presentando un cartel con un dibujo muy rápido de un sauce llorón y unos álamos y el tipo dice “bueno, hoy día no alcancé a hacer la viñeta, pero la idea era esta”. Entonces resuelvo la idea con un recurso. Ahora, ese es un proceso obviamente más pensado, pero que me parece igualmente válido o no sé, ponte tú. Todo el tema del metahumor, Liniers es un maestro en eso, uno de los chistes que más me gustan de él es este: se ven dos tipos nadando en el mar y en el fondo se ve una isla y arriba en el texto lo único que dice es “dos meses antes de un chiste de náufragos”. Entonces, es tanto lo que implica y tan sorpresivo el asunto, que el tipo no necesita ilustrar el chiste de náufragos. A eso voy yo, probablemente no necesite ilustrar el proctólogo del universo.
—Pero podrías ponerle también una imagen que no tenga nada que ver, una imagen del universo o de un telescopio, o de un astrónomo.
O ahora pensando… podría poner una imagen del universo o de un agujero negro y al lado en otra viñeta Dios en el proctólogo, ¿te fijas? Y hago eso, resuelvo toda la misma idea. Pero no lo sé, cuando me siente a hacerlo... creo que me gusta más así, de hecho. No lo sé, ahí lo veré.
—Cuando queda resuelto, hay un trabajo también grande desde que la idea resulta hasta que la idea se transforma en una imagen.
La verdad es que la técnica es bastante simple, pero más allá de eso no es aburrido, porque algo que me gusta mucho del tema del dibujo es que tú eres un pequeño dios en este asunto, entonces tú tienes en la cabeza algo, pero resulta algo que no necesariamente es lo que tenías en la cabeza. Ese proceso es como un dar a luz constante, entonces tiene un encanto especial para mí. Me pasa que a veces veo un dibujo y digo “guau, de dónde salió esto, ¿de dónde salió este oso?”.
—¿Cuánto te demoras desde que tienes la idea hasta el dibujo final?
Cuarenta minutos desde que tengo la idea hasta que está subida en el blog. Hago los colores en digital, si no no te alcanza el tiempo y no lo puedes corregir, que además me parece algo muy importante en estos procesos, la capacidad de darte vuelta en la mitad del camino y cambiar todo. A veces subo una viñeta con un texto determinado y veo el texto y no tiene sentido y le pongo un texto nada que ver después.
—¿Eres muy seguro de tus ideas? Por ejemplo, cuando terminas un dibujo, ¿no existe una persona a la que tú te acerques y le digas “oye, mira, qué te parece esto?”
Mi mujer. Le muestro todo. Si a ella no le gusta, sé que va a ser muy exitoso (risas).
—Después de todo, eso es lo que le pasó contigo.
Pero si le gusté y soy exitoso. No funciona tu teoría.
—Eso es lo que crees tú. ¿Te importa que la mayor parte de los lectores entiendan tus chistes o te basta con que una minoría selecta se ría?
A mí me pasa que a veces yo tengo una idea, la encuentro sumamente graciosa y cri cri cri... Entonces, o no lo entendieron o no gustó o fue muy abstracto, entonces no es que yo estoy tratando de hacer un chiste que sea críptico y me sale al revés. Gary Larson tiene un chiste fantástico donde se ve una selva y los árboles, hay una lavadora, una licuadora, en el piso hay una secadora, una cocina y abajo en el texto dice: “Niños, ¿cuántos objetos de casa ven en esta imagen?”. Es bastante obvio el tema de cuáles son objetos de casa y cuáles no, y lo gracioso está en eso, en la estupidez, y es muy loco porque yo alguna vez leí una entrevista de Larson que decía que nunca en la vida había recibido tantas cartas como por ese chiste, pidiendo que por favor explique a qué se refería, o sea cuál era la idea superior que él estaba tratando de transmitir y en realidad lo que el tipo estaba haciendo era una estupidez y él se reía de eso.
—¿Pero el resultado que tú buscas es la risa?
No, yo en ningún caso busco la risa. Yo, lo que me gustaría es que la gente cuando lea las viñetas, no todas, y además hay muchos y variados gustos, digan “qué buena idea, o qué genial”, no “qué genio que sos”, en ningún caso “qué genial el punto de vista”.
—O “¡qué cierto!”.
O “qué cierto”, o “tiene toda la razón”. Como es una opinión, busco todo ese tipo de respuestas, mas no la risa en sí. Si se ríe alguien, bueno, bien, y si no, no. Por eso a veces me da risa en el blog, ponen cosas así como “no me reí ni un poco, es el chiste más fome de la Tierra”, y es como “cambia de blog”.
—Con Condorito la gente se ríe de lo fome que es.
Hay un ilustrador que se llama Max Cachimba, argentino, que también es como un cultor de esta idea del chiste absurdo, que tiene un chiste maravilloso en que se ve un pato grande y patitos chiquitos atrás. Entonces el pato grande dice cuac, el siguiente dice cuac, cuac, cuac, y el último tiene una corneta metida en el culo y la corneta dice cuac. Es la hueá más estúpida del mundo, pero yo no pude parar de reírme dos horas. O, ponte, Gustavo Salas, quien es el que hizo el prólogo de mi último libro, tiene un chiste en que se ve que se acerca un tipo a una vaca y la vaca le dice “¿quieres un daikiri?”, y el tipo le dice “ya”, entonces la vaca saca de las ubres y le da un daikiri y el tipo le dice “guau, no sabía que las vacas podían hacer daikiris”, y la vaca se saca la cabeza y era una gallina, y dice “Es que no soy una vaca”. Entonces hay mucha gente a la que yo le enseño eso y dice “esto es una idiotez, es fome” y yo realmente lo encuentro genial. Entonces también tiene que ver con cuáles son mis gustos, cuál es mi background. Mi viñeta favorita en el mundo es una viñeta donde se ve el Polo Sur, así la vastedad de lo blanco, y a lo lejos, chiquitito, se ve un pingüino caído y justo al lado del pingüino una cáscara de plátano, entonces es tan absurdo a tantos niveles que para mí es la gloria del humor gráfico. ¿Qué hace una cáscara de plátano ahí, por qué se resbaló si tenía todo ese espacio? Entonces eso.
—¿Tú sientes que el humor tiene que ver algo con la agresión?
Como una forma de vivir cierta agresividad secreta, sí. Tiene que ver con eso sí, el blog es mi pequeño patio de juegos y al mismo tiempo un, no sé, un lugar de exorcismo de mis demonios y también es un lugar de protección en donde yo puedo hablar desde este rincón o hacer que una vaquita diga algo que probablemente Alberto Montt no diría. Entonces desde esa perspectiva es un parachoques y es un golpeador.
Paloma Salas
El stand up como una disciplina zen Abril de 2019
Palomas Salas (34 años) es una de las pioneras de la stand up comedy chilena. Una de las primeras también en declararse feminista y abordar sus espectáculos desde la perspectiva de género. Muy lejos, sin embargo, de cualquier dogmatismo, su forma de abordar el humor es como ella misma, una mezcla secreta de exactitud y descuido. Ha enfrentado con el mismo desparpajo el cine (Ella es Cristina, 2019), la televisión (Campo minado, Vía X) y la radio. Llegó sin embargo a la comedia por un camino inesperado. Antes de subir al escenario estudió Literatura Creativa en la Universidad Diego Portales.
Lo primero que le sorprendió fue volver a hacer el camino que hacía para estudiar. De alguna forma su aspecto coquetamente descuidaba mantenía algo de estudiante eterna que quiere convencer al profesor que no le interesa nada estudiar y sacarse buenas notas pero lo sigue logrando, implacable.
—¿Por qué estudiaste Literatura?
No sé. Y tampoco se me ocurre otra cosa que podría estudiar. ¿Así como Fonoaudiología, dices tú? Igual podría haber estudiado Teatro. O sea, ahora pienso que me hubiese gustado tener sus herramientas, pero veía a los alumnos de Teatro haciendo ruidos de animales, manoseándose, y yo no estaba preparada para eso.
—¿Pero te ha ayudado la literatura de alguna forma en tu trabajo como comediante?
Yo creo que sí. Creo que si te obligan a escribir ensayos todo el rato, sin parar, y de todas las cosas, especialmente esos ramos que te hacían hacer como rápido, así como en tres días tenías que estar entregando algo de dos o tres páginas, y estar todo el día en eso, aprendes mucho de forma. Aprendes a hablar en un formato, en el fondo. No sé si me explico, es raro.
—¿Qué lugar tiene la escritura en tu trabajo actual?
Yo al principio me sentaba a escribir y escribía párrafos y párrafos de cosas y trataba de aprenderme de memoria esas cosas, y es terrible porque después las dices en otro contexto y no funcionan. Te das cuenta de que en el fondo tiene dos patas la cuestión: una es lo que escribiste en tu casa, y otra es como la ausencia total de ensayo. Como que el ensayo en el stand up no existe, entonces el show es el ensayo, y es terrible porque hay gente que se ducha para ir, y paga estacionamiento y otras cosas, para ir a ver un ensayo, básicamente.
—Entonces, ¿improvisas a partir de una pauta?
Cuento historias largas, como de quince minutos, pero no puede haber un bache muy largo sin un propósito. Generalmente, si hay un bache largo donde no pasa nada, es como que quiero que en esa parte se queden callados, que me escuchen y que haya un silencio porque viene algo más grande después. Pero si estás hablando sin parar de distintas cosas y no hay risas, estás mal.
—¿Y cómo manejas esos silencios?
Con Lexapro (risas). No, ¿cómo manejo esos silencios? Nada, se maneja, es deporte, ya te acostumbras a apestar, no más. Y muchas veces lo podrías decir: “Ah, estoy apestando” y la gente “jajajá, sí…”.
—¿Lo manejas a través de la complicidad?
Yo creo que al final lo único que importa, más que ser chistoso incluso, es que la gente vea que tú estás cómoda y que estás relajada. Porque si tú estás mal, la gente inmediatamente piensa que te va a ir mal o quiere que te vaya mal. Si tú te relajas, ellos se pueden relajar también.
—¿Cuánto lugar tiene la técnica en tu trabajo?
Yo creo que es solamente subirse al escenario sin parar. Y apestar por completo, que es lo que me pasó tres años sin parar, que es apestar profundamente, estar en las profundidades del apestamiento y pudrirte, porque te vas a tu casa y no sabes dónde meterte. Y lo peor es que, más encima, cuando uno está partiendo la gente que te va a ver son tus amigos y tu familia. Y piensan “¿Por esta tontera va a dejar la universidad?”, y apesta. Es muy heavy. La presión es demasiado alta. Incluso, en esa época y gracias a apestar tanto en el stand up pude poner en perspectiva otras cosas que apestaban de mi vida y me dejaron de importar, también.
—¿Como qué?
Tenía un pololo que me ponía el gorro todo el rato y me dio lo mismo. Era mucho peor lo que me pasaba en el bar. Era mucho más grave porque, más encima, era en el segundo piso del Cachafaz, el Cachafaz era un bar donde se hacían clases de tango, entonces los chistes no funcionaban y se escuchaba tango. Una cosa terrible porque bajabas al primer piso y tus papás te decían “simpático”, esos eran los comentarios…, y bajabas y había unos viejos bailando tango.
—¿Por qué lo hacías entonces?
No sé. Yo estuve estudiando el eneagrama, que no lo conocía, y descubrí que mi número es de gente que es capaz de mentir, de matar, de cualquier cosa por caerle bien a gente que ni siquiera me cae bien (risas). Y me ha pasado siempre en mi vida. Como que siento que le caí mal a alguien que igual me cae mal y soy capaz de atropellar a mi mamá para caerle bien a una persona que ni conozco.
—Ya, pero el humor que tú haces no es un humor de caer bien.
Claro, pero ponte tú te cae mal a ti, pero le cae bien a ella (apunta al público), y a ella le cargas tú… Estrategia. No, no sé, pero incluso a la gente que le caigo mal siento que igual le podría caer bien.
—Entonces, ¿hay un trabajo de conquista en el humor?
Sí, y yo creo que todos los humoristas quieren conquistar. Mucha gente piensa que el stand up es reírse de uno mismo solamente, pero yo creo que esa es la estrategia, en el fondo, para poder reírse de los demás. Si te subes al escenario y dices “estoy gorda, soy horrible, soy asquerosa” y todos como “jajajá, ¡es cierto!”, es como “ya, bueno, ya” (risas). Y después puedes decirle a él “cacha, guatón enano, ridículo, no sé qué” y así te vas.
—Ahora, ¿la técnica es empezar con uno mismo?, ¿cómo fue eso para ti?, ¿qué encontraste en ti que pudo ser un motor para la risa?
Me di cuenta de que, si contaba lo que más vergüenza me daba, siempre funcionaba. O sea, si buscaba adentro mío algo que me cuesta incluso decírmelo a mí misma, esas cosas que como que te quieres morir, si las dices en público casi siempre funcionan. Lo que menos hay que contar es lo que más hay que contar. Pero igual es difícil darse cuenta de esas cosas.
—¿Cuáles fueron las primeras confesiones?
Las primeras eran falsas, eran cuando no había descubierto que era mucho más fácil. Pero mi primer chiste, que yo quería mucho y que era una cochinada, igual, y lo voy a contar acá, o sea no lo voy a contar como lo contaba porque ya no me acuerdo tanto, era de que yo tenía un rollo con que había perdido la virginidad muy vieja, había perdido la virginidad como a los 23. ¿Es viejo igual eso, o no? Y tenía ese rollo, el de que yo era sexualmente penca, no sé. Y yo tenía 27 y contaba que todavía era virgen y que nadie hablaba de la “virginidad tardía”, como que le inventaba un nombre y que el himen seguía creciendo y que se engrosaba como una lonja de jamón de pavo. Y tenía un remate muy feminista, pre MeToo, que decía que cuando perdiera la virginidad él iba a sangrar. Y era como “¡bravo!, ¡genial!”.
—¿Y por qué dices que eso era falso?
Porque no es verdad que me pasara eso. Ahora, sería mucho más gracioso y me rendiría mucho más material contar cómo era para mí en realidad a los 23 ser virgen. Y quizá por eso se han alargado más mis historias. Antes inventaba y aparte era asqueroso, a veces no funcionaba en un lugar donde estaba ese señor que iba a ese show con toda su familia. Pero sí es más probable que todo el mundo conecte con la inseguridad de alguien que no ha culeado rodeada de gente que sí. Y, bueno, tiene mucho que ver con hacer una experiencia más universal, también.
—¿Tú dices que la experiencia propia es más universal que la imaginaria?
Sí. Y tampoco queda mucho otra en el stand up, siento yo. Como que el stand up observacional de Seinfeld ya está un poco muerto. Como que en internet hay demasiado más chistes mejores que los de Seinfeld ahora y cada dos segundos. Entonces la única manera de competir con eso es hacer comedia más subjetiva, más de cosas que le pasan a uno.
—Ahora, esas cosas que son secretas, que son vergonzosas, que son íntimas, ¿al contarlas dejan de ser vergonzosas, íntimas? ¿Se arregla el problema? O sea, ¿tiene una función terapéutica el humor?
Sí, en cierta medida sí. Yo creo que cuando te estás riendo de algo ya pasaste por lo menos algunas etapas de crecimiento. Creo. Como, no sé, financieramente soy terrible y vivo endeudada, y la primera etapa es como agobiante. Y después te das cuenta de que tienes el problema y seguramente pasaron un par de cosas antes de que te puedas reír. Si ya te estás riendo, estás mejor, creo.
—Pero, cuando uno ya arregló algo, tiene que inventarse nuevos desastres para seguir haciendo humor…
Bueno, y por eso yo creo que los comediantes cuando se hacen muy famosos y ganan mucha plata se ponen más fomes igual. Pasa eso, siento yo, y es la misma razón por la que la comedia en los países tropicales es supermala. Es porque lo pasan la raja, no necesitan reírse, siento. Están todo el día en pelotas comiendo mangos, ¿y más encima quieren tener estas ideas intrincadas sobre la sociedad y reírte? No es necesario.
—¿Es importante conocer al público antes del show?
No. Creo que es importante tratar de actuar con la mayor cantidad de gente diferente. Igual, también creo que no tiene que ser tu ambición, no es necesario ser totalmente transversal. Está bien eso, pero, ponte tú, yo tengo un show todos los lunes en el Comedy, que es una miseria. O sea en el verano, en enero, está lleno siempre, pero en agosto es terrible, yo hago unos shows para cinco personas, que me encantan igual.
—Público familiar.
Pero yo partí haciendo ese show con Felipe Avello hace tres años. Y esa época para mí fue ¡uf! Porque yo venía de Hardcore, donde hacía stand up con la Natalia Valdebenito, con Villouta, la Jani Dueñas y yo; entonces el público eran puras tortas, colas y feministas y pololos enojados. Ese era nuestro público, entonces era superseguro y cómodo, y todo lo que dijera tenía cierta recepción entre gente que al final era la misma gente con la que carreteo. Pero cuando volví a hacer stand up fue terrible, volví a apestar. Volví a cero porque el público de Avello eran unas familias: mamá, papá de Llay Llay (risas). Entonces yo ahí con lo de “el himen crece” y me gritaban “¡qué asco, señora, váyase!”.
—¿Y qué hiciste?
Apesté después de cinco años. Volví a apestar todos los lunes. Apestar, apestar, hasta que de a poco dejas de apestar.
—¿Y cómo se hace?
Con muchas ganas de caerle bien a las familias de Llay Llay (risas). Llegaba a mi casa y no sabía por qué la gente de Llay Llay me odiaba tanto. Yo creo que ahí, en la miniepifanía que tuve, entendí que podía ser más amorosa. Yo antes no era tan amorosa y me fui ablandando un poco y esto que están viendo es lo más amoroso que hay, no queda más. Tuve que encontrar una suavidad y encontrarle la razón a la gente, porque igual tienen razón. Si eres aburrido no es culpa de ellos, es culpa tuya. O que caímos en el mismo lugar equivocadamente y hay que tratar de evidenciar eso: que no es culpa de ninguno de los dos, pero que tratemos de hacer lo mejor posible.
—Es como una terapia de pareja.
Un poco sí. Es como: “Rodolfo, sé que te cayó mal lo que te dije. Tratemos de encontrar algo entremedio, juntémonos en la mitad”.
—Claro, porque, por lo demás, la gente va a reírse a un espectáculo de humor.
Igual hay gente que va a enojarse.
—¿Sí? ¿Y cómo se gestiona la gente que va a enojarse?
No sé. Vienen solos, son hombres sobre los cuarenta y se sientan así (gesto encorvado y con brazos cruzados), y pasa seguido. Una botella de vino tinto, solo, chorrillanas para uno, solo. Una persona miserable, yo creo, pero lo he visto.
—O sea, ¿tú ves a la gente mientras haces tu show?
Sí. También descubrí que el stand up —y acá viene la autoayuda fuerte— es una disciplina superzen, igual. Porque tienes que tener claro lo que estás diciendo, pero al mismo tiempo tienes que estar superpresente. Si alguien se tira un peo en la segunda fila, es primordial y tienes que estar atento a eso y poder reaccionar. Tener espacio mental para esas dos cosas: para honrar tu texto y hacerlo bien, cuando lo tienes, y para estar presente y hacer contacto visual y tener onda con la gente.
—¿Tienes que escuchar?
Sí, un montón. Y estar presente. Lo que yo he descubierto, y que es la base de todo, es que todos preferimos una talla interna que un chiste, con eso todos nos reímos más. ¿O no? A todos nos da risa cuando una amiga te dice algo que es el origen de la talla interna y es ¡muy aburrida!, mala, pero se actualiza cada vez que vuelve a pasar. Y en la talla interna hay hermandad, hay complicidad, estamos los dos presenciando un momento gracioso que está afuera de los dos. Entonces el texto que llevas preparado siempre va a ser más aburrido que algo que pase en el escenario ese día.
—O sea, tú dices que la gente, en el fondo, está tratando de crear comunidad.
Totalmente, y esperando un milagro.
—Empezaste en el humor antes del #MeToo y el auge del movimiento feminista. Llegó esta oleada y tú justo estabas en el escenario en ese momento. ¿Cómo fue para ti eso?
No sé, hay muchas aristas distintas. Por un lado, los comediantes hombres empezaron como a pedir permiso para contar chistes, que es súper ridículo. Como que tenían miedo de que los funaran por un chiste. Sucedió igual, pero fue como: “Oye, tengo este chiste nuevo, ¿qué opinas? ¿Puedo contarlo?”. Como que solo porque eras mujer te pedían una especie de visa. Y, bueno, yo también soy problemática para otras mujeres.
—¿En qué sentido?
Hace una semana me pasó: estaba en un show hablando de la menstruación y dije “me enfermé” como catorce veces, y después del show me dijeron “na’ que ver que digas que te enfermaste, se dice me llegó el período”; porque genuinamente mi cerebro se apaga o no sé, no tengo integradas un montón de cosas que quizá debería. Ayer también, ¿qué dije? Ah, que una mina se chifló, y “no, no se chifló, hizo catarsis”. Entonces yo misma estoy viendo cómo lo hago. Creo que muchas veces se ha dicho de mí o de la Jani que somos “las comediantes feministas”, que es cierto porque somos feministas, pero no es mi pie forzado para escribir mi material de ninguna forma.
—¿Eres comediante y feminista y no una comediante feminista?
Claro, y lo que digo suena feminista porque lo que digo es lo que pienso y trato de decir las cosas lo más parecido a lo que pienso. Muchas veces no podemos porque nos equivocamos, pero cuando se me acercan hombres o incluso otras mujeres y me dicen “¿Qué opinas de…?”. Yo no soy de la idea de censurar y decir estos comediantes no pueden existir más, o qué sé yo, soy de la idea de que si tu chiste es machista, y a ti te gusta y te hace reír tu chiste machista, y a tu público le gusta tu chiste machista, forro de mierda, quizá eres un comediante machista no más. ¿Y qué importa? Lo que pasa es que no puedes ser un comediante machista y esperar que te encontremos bacán todos al mismo tiempo. A mí no me encuentran bacán todos al mismo tiempo. ¿Por qué a ti sí?
—Me encanta la frase de Carlos Caszely: “No tengo por qué estar de acuerdo conmigo mismo”. Es como la esencia del humor.
Oh, qué difícil la coherencia… Yo creo que sí, que la coherencia no siempre está en el discurso ni está necesariamente en lo que estás diciendo, hoy día hay doscientas maneras más de mostrarte coherente: qué sé yo, no vender Clorox en tu Instagram, para empezar, por ejemplo. Creo que ese es un plus: no estar vendiendo Clorox en tu Instagram o elegir tus lugares, no sé. Para mí la coherencia no va tanto en lo que dices en los escenarios, especialmente en los bares, de noche, donde está todo el mundo curado…, ahí estás probando, seguramente vas a decir cosas con las que no estás de acuerdo, o cosas que no van a quedar en tu rutina para siempre. Pero si estás diciendo algo terrible en el Teatro Nescafé, en un show que ya está pulido, es diferente, creo yo.
—¿Tú crees que el humor une?
Totalmente. Algunos, pero sí, de todas maneras. Hablar mal de alguien… Ese pequeño shot adrenalínico cuando decís “¿Y qué me dices de tal persona?” y no sabes cómo va a reaccionar la persona a la que le dijiste, porque puede que te diga “¡Es mi primo!”.
—¿Tú crees que en el fondo la labor del stand up es que la gente se sienta más unida?
Sí, totalmente. Yo creo que el stand up gringo, como ya es una industria tan grande, ya es como una especie de idioma. Es casi rítmico, lo puedes escuchar en la TV de la pieza de al lado y se oyen unos sonidos y unos jajajá y ya sabís que es stand up. Como que suenan, como que hay un ritmo de primicia y remate, entonces la libertad, la espontaneidad de ese modelo tan Comedy Central es poca porque ya es un formato. Pero tú vas a los bares en Estados Unidos y no es así, es mucho más libre.
—Sí, también pasa en Chile con todos estos humoristas de la televisión o del Festival de Viña. Uno los ve en sus shows en vivo y son otra cosa.
Creo que el stand up es en vivo, no es grabado. Lo que uno ve, o sea cuando decís “qué bueno el especial de John Mulaney”, es un Frankenstein lo que estás viendo. Mulaney grabó cuatro veces, editó todas las partes buenas, le suben las risas, es un producto hermoso de mirar y muy perfecto, pero está editadísimo. La vida real es más aburrida, pero en vivo es mucho más chistoso porque está ahí el señor y no sabes lo que va a decir.
—¿Pero qué pasa cuando el escenario es grande, como el Nescafé o el Festival de Viña?
No, ahí ya es otra cosa, lo que tienes que hacer es una secta, ya. Yo estoy hablando de un carrete chico en que salimos todos amigos. Eso es ya religión organizada (risas). Pero pasa un poco igual, pasa un poco. Siento que con los comediantes de acá ha pasado un poco: Avello, Edo Caroe, la Nata Valdebenito, tengo la impresión de que los tres convocan a más gente. Son cada uno una religión distinta, igual. Son gente que amo, gente que de verdad quiero mucho, gente que admiro, que respeto y que, o sea, les robaría todos los chistes a los tres. Son todos como un pedazo de Chile, siento. ¿O no? La Nata también, incluso sus shows con ese traje de dos piezas, siento que es como todas las mujeres que veo en la calle. Es muy loco eso, de verdad reflejan algo tan grande. Yo no tengo eso, ni una posibilidad.
—¿Crees que es más importante para la gente ver a alguien que ver un material o no?
Sí, yo creo eso. Más que decir cosas originales, ser original. Quizá son un poco lo mismo, pero, no sé, tiene que ver con conocerse a uno mismo, y no hay talleres de stand up para eso.
Edo Caroe
La magia del humor negro
Junio de 2014
Edo Caroe (Temuco, 1985), Eduardo Alejandro Carrasco según el registro civil, dejó los estudios de Derecho para dedicarse a la magia. De a poco fue incorporando a sus rutinas de prestidigitador chistes de humor negro. Se especializó en este último rubro, irrumpiendo en varios programas de televisión (Alfombra roja, Mentiras verdaderas), hasta triunfar en los festivales de Olmué y Viña del Mar. Siempre vestido de negro, imperturbablemente serio, sus rutinas no tienen miedo de herir ninguna sensibilidad, al tiempo que exploran el lado oscuro de la nueva clase media chilena.
Edo Caroe, alto, delgado, frío y formal, parecía a primera vista la persona menos dotada para el humor que he visto. La necesidad de conseguir la complicidad del público, que caracteriza a muchas personas que se dedican al humor, no asoma por su cuerpo abundamentemente tatuado. Pero es quizás esa aparente frialdad la base de un humor singularmente efectivo, que mantuvo al numeroso público de la Clínica de Humor hipnotizado en su presentación.
—¿Qué relación tienen la magia y el humor?
En la magia, todo el juego es desviar la atención. En la magia está el clímax, por supuesto, que tiene que ser lo más inesperado posible. Eso también se aplica a los chistes, el remate tiene que ser lo más inesperado posible. La magia no tiene que ver con psicología, tiene que ver con técnica, con interpretación, con cobertura de los movimientos, que también yo lo he llevado a los chistes, a cubrir ciertas palabras para que no se adelante el remate, tiene mucho que ver y a mí me sirve mucho la magia para hacer humor.
—¿Por qué?
Porque mis rutinas están estructuradas como para que pase gente adelante en el escenario, y la magia tiene muchos gags visuales, efectos especiales, que también se usan para hacer reír, no todo tiene que ver con el chiste y con el texto, sino que también con otros recursos para hacer reír.
—Tanto en el humor como en la magia, lo importante es usar los acontecimientos y dividirlos en el tiempo, ¿no es cierto?
La magia es simplemente un contraste entre una situación inicial y una situación final, y ese entremedio que el espectador no puede entender, porque su lógica se lo impide, es cuando se produce la magia. En el humor yo creo que pasa algo similar, en el sentido de que hay una premisa que puede ser bastante elegante, bastante seria y después viene algo muy inesperado que es el remate, que es lo que causa la risa, entonces ese intertanto que hay es lo que se podría comparar a la magia, es cuando se provoca la risa en el espectador. Hay una parte del espectáculo donde yo estoy hablando de algo que me pasó, que es muy personal, porque también uno tiene la posibilidad de sincerarse. Entonces lo que voy a contar ahora es muy personal, pero sirve para contextualizar lo que voy a decir. Hace como dos o tres semanas atrás me enteré de que el tío del furgón se estaba portando mal con mi hija. Entonces me destruyó la vida, es algo que me cagó la vida, porque esto de tener que ir a dejarla e ir a buscarla todos los días es una hueá que no se la doy a nadie (risas). Entonces, por ejemplo, creo que ahí hay un contraste enorme entre una situación y otra.
—Claro, estás hablando de otra cosa y los desvías...
Claro, yo entre el público he visto a mujeres que se ponen “así” cuando estoy contando el inicio de la historia, así como “oh, ¿cómo está contando esto?”, y después viene el remate, entonces ahí hay un contraste. Yo lo encuentro precioso ese chiste.
—Los magos en general son personas muy serias.
Es que yo soy una persona muy seria. El humor de la magia es muy errático y muy absurdo, bastante infantil a ratos, entonces yo tenía que ponerme como en un personaje para hacer reír, que es lo mismo que hago ahora prácticamente, yo soy súper serio en mi vida, no soy el florerito de mesa en ninguna fiesta, en ningún carrete ni nada así, no ando tirando chistes todo el tiempo, y en el escenario también me considero una persona sin gracia, a diferencia de otros comediantes que tienen una gracia natural para contar los chistes, y además el chiste es divertido, es cómico, a mí me pasa que siento que mi texto tiene que ser muy bueno para que yo haga reír, porque yo solo con mis caras o con mi postura no soy muy cómico. Yo hago esa diferencia entre los comediantes que son cómicos tan solo de verlos como se expresan y los comediantes que son solo chistosos por su texto. Por ejemplo, no sé si conocen a Bill Hicks, pero Bill Hicks es una persona que uno lo mira y no es para nada cómico ni agraciado, pero su texto es tan potente que al final te cagái de la risa igual. Entonces pasan ese tipo de cosas, y aparte de la magia… Yo me considero esencialmente mago, entonces la magia es un arte muy serio por la forma en cómo se estudia, la forma en cómo se expresa, entonces creo que por ahí va esa seriedad como que tengo, pero que en el escenario es distinta.
—Pero igual debe producir terror dedicarse al humor si sientes que no eres naturalmente gracioso.
Es que ahí la confianza va en el texto, en el guión. Yo cuando me paré en Olmué tenía plena confianza en mi guión, estaba muy probado, a pesar de que era nuevo estaba probado y tenía confianza en lo que escribí yo, en lo que escribieron mis coguionistas. Entonces, claro, por otro lado está esa adrenalina de decir “hey, muchos no me van a considerar chistoso”, pero también es parte de esto, o sea no le voy a gustar a todo el mundo.
—Hay un par de chistes que eran bastante buenos pero que no funcionaron y tú lo explicitabas, decías “ay, qué fome el chiste”, o “no salió”. ¿Fue premeditada la idea de autodenunciarse, de hacer patente que un chiste no funcionó?
No, hay chistes que yo sé que... los entienden pocas personas, y también de esas personas que los entienden hay un grupo más reducido que los encuentra chistosos. Pero siempre pongo esos chistes en mi libreto, en todos los espectáculos pongo unos dos o tres chistes que después yo me refiero a ellos como “oh, fue un chiste de mierda, lo vamos a eliminar del libreto, realmente no sirve o ustedes son muy hueones”. Como que intento transparentar que es un chiste que yo sé que puede que no funcione.
—¿Y por qué lo haces?
Porque es chistoso igual, por lo general cuando uno explicita que el chiste es malo como que hay un dejo de complicidad, de “él sabía que era malo y lo tiró igual”. Por lo general, lo que hago en vivo no tiene nada que ver con lo que hago en televisión. Lo que hago en vivo es mucho más extenso en tiempo, es mucho más arriesgado también en cuanto a los chistes, es más inmoral también, y siempre el libreto está estructurado como en cinco bloques, donde el primer bloque son puros chistes en los que necesito la risa de todo el público, que se entienda rápido y que sean efectivos, y la mayor cantidad de chistes inmorales va en ese bloque, para que la gente entienda más o menos de qué va a ir el resto del espectáculo y también sepa de qué nos vamos a reír. Y después, como en el medio por lo general, voy poniendo los chistes que son más largos, o los chistes de desarrollo, los chistes clásicos, estilo Dino Gordillo, ese tipo de chistes, y por lo general los relatos tipo stand up los dejo para el final.
—Cuando tú ya sabes que el público está preparado.
Claro, porque a mí lo que más me cuesta es relatar. Los one liners o chistes cortos así de una son los que me cuestan menos, me cuesta menos escribirlos y son los más efectivos, yo creo, cuando hago humor. Entonces, más o menos está estructurado así, pero a lo largo de todo el libreto hay chistes cortos.
—¿Cómo se te ocurrió explotar la veta del humor negro?
Siempre me gustó, desde el colegio, desde chico, que era como hacer mucha burla, mucho sarcasmo, mucha ironía, entonces eso cuando empecé a hacer magia lo empecé a llevar a mis rutinas, y después en televisión había una necesidad de hacer más chistes, de crear más textos. Yo fui a un programa que necesitaba chistes, que era Coliseo romano, entonces empecé a escribir chistes que tenían que ver con el humor negro y ese programa censuraba mucho, entonces no me dejaban pasar los chistes que tenían que ver con enfermedades, que tenían que ver con tragedias, entonces yo seguí escribiendo pero no podía decirlo en televisión. Me di cuenta de que había un grupo bien numeroso de personas ávidas de ese tipo de humor. Gente que lo buscaba en el stand up británico o en el stand up gringo, que veían a los comediantes de afuera como para buscar ese tipo de humor que en Chile no se hacía mucho. Entonces, hubo un grupo bien grande que empezó a disfrutar de ese humor y eso también a mí me llevó a escribir un poquito más, pero tenía un poco que ver con esa necesidad de hacer humor con otras cosas. Estaba un poquito cansado de escuchar los mismos tópicos de siempre.
—¿Cómo se escribe un chiste?
Por lo general, mi fórmula es poner un tema y de ese tema sacar tres chistes por lo menos. El primer chiste tiene que ser un chiste corto medianamente pensado, o sea que la gente tenga que procesarlo un poquito, después viene otro chiste un poquito corto también, pero que es un poco agresor. Yo por lo general intento partir con una exageración o con un comparativo, los más qué, o era tan, tan gordo que... algo así, para después ir a algo como más firme.
—¿Podrías dar un ejemplo de tu forma de estructurar los chistes?
En mi show Tercermundistas me propuse como desafío hacer humor sobre el aborto, que es un tema igual sensible para muchas personas, que se ponen bien reticentes al momento de escuchar. Entonces, lo primero que hago es partir con un juego de palabras, es como una de las cosas más simples en el humor, hacer un juego de palabras. Entonces empiezo simplemente a poner el concepto, aborto, y poner todo lo que tenga que ver con el aborto, bebé, mujer, violación, meses, kilos.
—Centímetros...
Centímetros, placenta, fórceps, etc. Y de ahí de cada palabra voy intentando hacer un juego con esas palabras, intentando por supuesto que sea chistoso. Entonces, mi set en esa parte partía como “ah, bien, hoy día tenía algunos chistes sobre el aborto, pero al parecer no verán la luz”, o “estuve conversando con mi hija sobre el aborto, se sinceró bastante, yo también me sinceré, esas son las cosas lindas que te permite la tabla ouija”. Entonces, lo primero es claro, salió del juego de palabras, aborto, dar a luz, nacimiento, y con esta ambigüedad la palabra de dar a luz, de nacer y de dar a luz a conocer también.
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