Kitabı oku: «El milagro del yoga»

Yazı tipi:

Ramiro Calle

El milagro del yoga


© 2020 by Ramiro Calle

© de la edición en castellano:

2020 by Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

Composición: Pablo Barrio

Diseño cubierta: Katrien Van Steen

Imagen cubierta: The Picture Art Collection / Alamy Foto de Stock

Primera edición en papel: Septiembre 2020

Primera edición en digital: Septiembre 2020

ISBN papel: 978-84-9988-754-8

ISBN epub: 978-84-9988-778-4

ISBN kindle: 978-84-9988-779-1

Todos los derechos reservados.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.

Sumario

1  Agradecimientos

2  Estudio preliminar

3  1. Yoga

4  2. Samadhi

5  3. La persona liberada

6 4. En busca de la liberaciónAutodominio y autoconocimientoLa introspección: el descubrimiento interior, la quietud y la presenciaEl trabajo interior

7 5. Los caminos tradicionalesKarma-margaGnana-margaBhakti-margaOtras sendasLaya-marga y nada-marga

8  6. El yoga samkhya

9 7. El yoga del dominio sobre la mente: radja-yogaPlanos y funciones de la menteEl subconscienteLa mente conscienteLa supraconscienciaFases de la mente en su evoluciónLos estados de la mente

10 8. El adiestramiento del órgano psicomentalEl cultivo de la atención mentalEl adiestramiento mentalPratyaharaDharanaDhyana

11 9. Técnicas de concentraciónPostura del sastrePostura perfectaPostura birmanaPostura del héroePostura del diamantePostura del medio lotoPostura del lotoEjercicios de concentraciónConcentración en el entrecejoConcentración en un punto de luz en el entrecejoConcentración en zonas claves del cuerpoConcentración en la llama de una velaConcentración en un disco luminosoConcentración en la transparenciaConcentración en el elemento fuegoConcentración en la bóveda celesteLa mirada en el vacíoLuz interiorNoche mentalPosar la mente en un arquetipo de serenidadConcentración en el silencioConcentración en la postura corporalLa detención conscienteEjercicios de atención a la respiraciónLa atención a la sensación táctil del aireLa atención al punto de confluenciaLa atención al dentro y fuera del aireLa atención a todos los pormenores de la respiraciónConcentración en la zona que se dilata al respirarLa observación de la menteInhibir los pensamientos en su raízLa meditación en el ser

12 10. Hatha-yogaAsanaPostura de la cobraPostura del saltamontesPostura del arcoPostura de la torsiónPostura de la pinzaPostura de extensión sobre la piernaPostura de la media cobraPostura de la velaPostura de la pinza de piePostura del triángulo semilateralPostura de la media lunaPranayamaRespiración rítmicaRespiración alternadaRespiración ujjayiRespiración solarRespiración fuelle (bhastrika)Del pranayama al pratyaharaMudras y bandhasYoni-mudraManduki-mudraShambhavi-mudraBhuchari-mudraAgochari-mudraShatkarmasAcción terapéutica

13 11. Mantra-yogaHAMSAAUM

14 12. Kundalini-yogaLos chakrasChakra MuladharaChakra SwadhistanaChakra ManipuraChakra AnahataChakra VishuddhaChakra AjnaChakra Sahasrara

15 13. Tantra-yogaLa sexualidad como ShaktiLos yoguis tántrico-alquimistasEl Vijnana Bhairava Tantra

16  Apéndice I. Aforismos de Patanjali

17  Apéndice II. Shaiva-yoga

18  Apéndice III. Los yogas tibetanos

19  Apéndice IV. Consideraciones esenciales

20  Epílogo

21  Conclusión

22  Bibliografía

Para mis buenos y entrañables amigos, Rosa Cortés Castrejón, Antonio García Martínez y Antonio García Cortés

«Ramiro hace su particular interpretación del yoga y la meditación con un sólido anclaje en los saberes tradicionales. Eso le otorga una cohesión, una credibilidad y una robustez espiritual de la que carecen muchos supuestos maestros. Gracias a su práctica continuada del yoga y la meditación, Ramiro logra morar en aquello que siempre es, lo que en la India llaman sat».

AGUSTÍN PÁNIKER,

del Prólogo al libro de Ramiro Calle

Autobiografía espiritual

Agradecimientos

Mi sentida gratitud para Agustín Pániker y su magnífico equipo editorial, que cuenta con personas tan eficientes y amables como Anna Ayesta e Isabel Asensio.

Estoy profundamente agradecido a todas las personas que me han prestado su valiosísimo apoyo a lo largo de los años, entre las que quiero destacar a: Jesús Fonseca, Paulino Monje, Antonio García Martínez, Nacho Vidal Morán, Helio Clemente, César Vega, Manuel Muñoz, José Muñoz de Unamuno, Joaquín Tamames, Pedro José Riba y Jordi Fortià.

Estoy en deuda con Almudena Hauríe Mena, que fundó conmigo el centro de yoga Shadak, en el que impartió formidables clases durante muchos años. Asimismo, me acompañó a entrevistar a gran número de yoguis y mentores en Oriente (traduciendo impecablemente al castellano sus enseñanzas). Además, ha traducido un gran número de obras relacionadas con el Dharma.

Por Shadak han pasado más de medio millón de practicantes y a todos ellos les expreso mi hondo reconocimiento por haber depositado su confianza en nuestras enseñanzas.

Estudio preliminar

Este no es un libro más de yoga. Yo mismo tengo publicados un buen número de ellos, desde Yoga, refugio y esperanza, mi primer libro, que vio la luz hace medio siglo y al que siguieron otros, abordando diversas vertientes del yoga. Pero insisto, y que se me perdone por ello, que este no es un libro más de yoga y menos aún contiene la infinidad de posturas que hacen las delicias de los yoguistas, los amantes del postureo y la contorsión, los desmesuradamente apegados a su cuerpo, que le rinden un culto exacerbado, o se jactan por hacer asanas cada vez más complicadas y difícilmente practicables. Este es un libro, digámoslo ya, que pretende ahondar en el yoga más genuino y adentrarse en las verdaderas raíces, propósitos, intenciones y alcances del mismo.

No es común que, en nuestros días, un libro de yoga ponga el énfasis en temas como el samadhi o la experiencia liberadora, pero es que esa es la meta esencial del yoga, por mucho que se enmascare con otros ropajes, que ya desde hace muchos años han sido tales como la obsesión por el cuerpo, la longevidad, la salud perenne, el rejuvenecimiento o el contar con un cuerpo llamativamente flexible o con recetas para vencer el estreñimiento o prevenir las varices. En suma, una panacea, como si el yogui no pudiera enfermar o –permítaseme la broma– incluso morir. Nadie puede dudar, si ha practicado un poco, de los beneficios físicos y psicofísicos del yoga, pero esta milenaria disciplina panindia es mucho más que todo eso, como veremos sobradamente a lo largo de esta obra. Por ello, y desde ya, quiero comenzar en esta introducción por apuntar algunos aspectos del yoga que luego iremos desarrollando con la debida profundidad.

El yoga no pertenece a ningún culto, aunque encontró su mayor desarrollo dentro del hinduismo. Es un método muy variado y poliédrico, capaz de alcanzar a todos los elementos constitutivos del ser humano. Es un vehículo para la libertad interior y siempre ha puesto el acento en el desapego y el desasimiento. De igual manera, desde tiempos inmemoriales, el yoga ha considerado que la identificación con los procesos psicomentales es una esclavitud y una causa de alienación y de ahí que, a lo largo de su historia, nos haya facilitado métodos para controlar las ideas en la mente e incluso inhibirlas. Así, solo una mente quieta o vacua permite la revelación de lo más íntimo del Sí-mismo, que como un espejo refleja la esencia ontológica de la persona, más allá de ese gran embaucador y falsario que es el ego.

El yoga pone a nuestra disposición todo tipo de técnicas y procedimientos para obtener un conocimiento suprasensorial y, por tanto, realmente liberador. Incluso la deidad es utilizada como herramienta para canalizar la mente y liberarse del pensamiento ordinario. En ese estado surge el despertar, aunque sea por una milésima de segundo. Las opiniones, elucubraciones, argumentaciones y digresiones no sirven de nada. Solo la experiencia transforma y el fin último del yoga es transformar para ser, lo que no quiere decir que no sean también muy deseables otros frutos que obsequia, como el sosiego, el equilibrio psicosomático y un mayor bienestar.

El yoga es un sistema soteriológico, o sea, liberatorio. ¿De qué libera? De la ignorancia básica de la mente que causa servidumbre y sufrimiento, y que hace a la persona vivir de espaldas a su Sí-mismo o naturaleza real. El conectar con esa naturaleza real es lo que comporta el despertar, y a través de la experiencia del samadhi se recobra el sentido del Uno en lo Cósmico.

Desde la antigüedad, toda clase de tendencias han fluido a través del yoga: algunas toscas, populares, supersticiosas, mágicas, y otras ascéticas, místicas y dirigidas a la liberación espiritual. En su gran río se han ido recogiendo todo tipo de aportaciones, técnicas, métodos y enseñanzas de maestros, yoguis, iniciados y practicantes. El mismo término yoga implica muchas cosas: unir, subyugar, enlazar, samadhi, concentración, aquietamiento, meditación, etc. Pero, en la historia espiritual de la India, siempre se ha considerado que, para conseguir un conocimiento verdadero, suprasensorial y liberador, se requieren las enseñanzas y sobre todo los métodos del yoga. Así, han surgido distintas escuelas yóguicas y procedimientos estructurados a lo largo de milenios. Ciertamente, muchas de esas técnicas se han sobrevalorado o idealizado, igual que se han sobredimensionado las posibilidades esotéricas y para-psíquicas del yoga, pero no cabe duda de que las enseñanzas de esta disciplina han hecho el mayor aporte a la humanidad en pos de la evolución de la consciencia y el desarrollo interior. De cualquier modo, el yoga es experiencia y no creencia, y quien imparte el yoga revistiéndolo de dogmatismo o simple religión, confunde a los practicantes y les hace un muy flaco favor.

Debido a la ofuscación e ignorancia básica de la mente se genera mucho sufrimiento inútil. Las técnicas del yoga pretenden limpiarla para que pueda ver las cosas como son y ser causa de bienestar y no de malestar. Por eso, el yoga se presenta como una disciplina psicofísica, psicomental y espiritual. Nunca ha dejado de ser una técnica de introspección y cultivo de las más elevadas funciones mentales. Es desbordante e inabordable, tal es su caudal de conocimientos y procedimientos, y desde luego, no se trata solo de una ejercitación, sino de una técnica de vida, una actitud existencial y, así, un modo especial de ser y de experimentar los acontecimientos.

Aunque parte de las enseñanzas del yoga han quedado sepultadas con el paso del tiempo, sin duda hemos recibido un legado impagable y valiosísimo para la transformación y evolución del ser humano, además de herramientas para la salud psicosomática, el bienestar psíquico y la vivencia de sosiego y plenitud.

Por su comprobada y asombrosa eficacia, sus técnicas han sido incorporadas a numerosos sistemas liberatorios, no solo en la India, sino en todo Oriente. Las expresiones, manifestaciones, puntos de vista, y concepciones individuales y cósmicas del yoga son muy diversas y a veces no es fácil conciliar todas ellas. Pero la duda se resuelve con la experiencia. Tengamos en cuenta que el yoga recoge ya enseñanzas de la época dravídica y que a partir de allí no ha parado de fecundar sistemas soteriológicos y de recibir también influencias de los mismos. El yoga es uno, pero al estar integrado en distintos sistemas religiosos, se puede hablar de un yoga hinduizado, jainizado, budizado, etc.

Desde hace cinco mil años, las técnicas yóguicas comenzaron a ser concebidas y ensayadas por ascetas, filósofos del bosque, sadhus, anacoretas y místicos. Así, este caudaloso río ha ido recogiendo un gran número de enseñanzas de tipo místico y espiritual para ir más allá de la esclerótica mente conceptual y poder incursionar en una realidad que escapa a sí misma. Pero de nada sirve conocer estas técnicas si no se practican. Son ellas las que liberan la mente, debilitan las ataduras del ego y permiten una evolución consciente que humaniza. Me gusta decir que es una disciplina mental de enorme validez para alcanzar otro modo de ver, ser y serse, sobre todo serse. Poco importa cómo se denomine la Realidad que se quiere revelar en uno, da lo mismo. Ya sabemos bien que la palabra no es la cosa. Y en cualquier caso para saber lo que es el yoga no queda más remedio que practicarlo e incorporarlo a la propia vida como una actividad preciosa.

Al día de hoy, el yoga sigue siendo un gran desconocido para infinidad de personas y el hatha-yoga ha sido, en muchos casos, deplorablemente distorsionado y adulterado, e incluso inexcusablemente degradado y prostituido. Pero cada uno debe afinar su discernimiento y elegir entre la joyería o la más burda bisutería. En cierto modo era de esperar, pues el yoga alcanzó tal popularidad que se convirtió en un gran negocio. En esta sociedad los bienes espirituales también se han convertido en artículos de puro consumo demasiado a menudo. Personalmente, e insisto en ello, la llegada del yoga a Estados Unidos fue, en cierta manera, una tragedia para el verdadero yoga. Sonu Sandasani escribió: «La proliferación de las clases de yoga junto a cursos de aerobic, entrenamiento para perder peso, masajes y otras sectas del contemporáneo culto al cuerpo en los gimnasios y centros deportivos nos puede hacer olvidar fácilmente que el yoga es una antigua disciplina espiritual». Lo que raya en lo impresentable es que un buen número de mentores hindúes se prestaran a ello y mostrasen en Norteamérica un yoga gimnástico y competitivo, en lugar del verdadero yoga. Ya hace décadas el mismo Jung previno: «En la India, actualmente, el yoga es básicamente un negocio, y ¡ay de nosotros cuando llegue a Europa!». Pues ya vimos qué sucedió cuando llegó a Estados Unidos y qué ha sucedido con su llegada a Europa.

Por otra parte, el radja-yoga y la meditación son cada día más demandados por la necesidad de encontrar paz interior y superar la honda insatisfacción creada por una sociedad que es caldo de cultivo para la neurosis, la amarga frustración y el exacerbado sentimiento de soledad. Habiéndose demostrado la eficacia y alcance de las técnicas de meditación, cada vez más personas acuden a ellas con la fundada esperanza de mejorar sus facultades mentales y, además, superar traumas, agujeros psíquicos, carencias emocionales y síntomas tan desagradables como la ansiedad, el miedo infundado o la afectividad reprimida. En este sentido, la meditación, así como el yoga, puede desligarse de cualquier creencia preestablecida, culto, religión o tinte filosófico. Todas las técnicas de las diferentes modalidades de yoga son para ser experimentadas y practicadas. Tanto como disciplina psicosomática, método de autoconocimiento y equilibrio psíquico o sistema liberatorio, el yoga ha demostrado su sólida solvencia, pues de otro modo no hubiera sobrevivido por más de cinco milenios ni se estaría propagando en mayor grado días tras días, aunque tenga que sufrir el mal propósito de muchos «maestros» o, más bien, embaucadores, que llaman «yoga» a lo que en absoluto lo es.

Como hemos dicho, el yoga se enriquece constantemente cuando los mentores, sin desvirtuar su verdadera esencia, aportan a su seno sus propias experiencias, enseñanzas místicas y métodos no solo para el mejoramiento psicosomático, sino para ir más allá de la consciencia ordinaria y poder así abordar una realidad que se considera captable solo supramentalmente, pues se encuentra más allá de lo puramente sensorial. Para llegar a esa otra Realidad en el terreno de lo suprasensible, el yogui anhela alcanzar el samadhi, que permite descorrer el velo de la ignorancia y obtener un saber libre de condicionamientos. Así, la mente velada se desvela, maya (lo ilusorio) se neutraliza y puede vislumbrarse lo que antes permanecía escondido por el ego y por la ignorancia básica de la mente. Un simple destello de verdadera luz o Sabiduría transforma la psique.

Para aproximarse a la Liberación, el yogui aprende a ahorrar, acopiar y reorientar todas sus energías, pues buena falta le harán en la empresa que se propone. El yoga nos enseña a reunificar las energías dispersas. Un modo de vida saludable ayuda, pues cuerpo y mente son instrumentos.

Los maestros proporcionan las herramientas, pero luego uno tiene que utilizarlas con la mayor regularidad posible. El pensamiento correcto y el entendimiento lúcido serán de gran ayuda para no extraviarse. Habrá retrocesos, pero son solo aparentes, luego se avanza con mayor consistencia. No es necesario renunciar a la vida diaria, en absoluto, pero sí poner mayor énfasis en desapegarse y situar siempre el ego bajo sospecha. No hay que dejar que las sensaciones (ni agradables ni desagradables) se apoderen de nosotros y nos hagan enceguecer, pero para eso tenemos que adiestrarnos en esa cualidad de cualidades: la ecuanimidad. El poder interior es nuestra verdadera esencia nutritiva.

El conocimiento ordinario y, por tanto, velado, no es suficiente para el yogui. Este aspira a un tipo de conocimiento más transformativo y revelador. En su búsqueda de la realidad última se sirve incluso del cuerpo, pero en ningún momento se deja confundir pensando que el hatha-yoga tiene que ver, ni de lejos, con un tipo de cultura física, calistenia o deporte. El conocimiento ordinario tiene tantas luces como sombras, y está condicionado por maya, que crea todo tipo de ofuscación, apego, aborrecimiento e interrumpe la aparición de la inteligencia primordial. El intelecto tiene su papel ineludible, pero la inteligencia primordial es mucho más fiable e intuitiva, capaz de destruir la ignorancia básica de la mente cuando se ponen en práctica los medios oportunos para ello. En última instancia, el yogui aspira a la libertad total o moksha, que representa el desplazamiento de lo irreal o ilusorio a lo real y esencial.

Esta obra le concede principal importancia al radja-yoga, pues es el tronco primitivo sobre el que han nacido otras formas de yoga, incluidos los yogas tardíos o tántricos. Toda forma de yoga, cualquiera que sea, requiere del dominio sobre la mente, enseñanzas y métodos que recoge el radja-yoga desde antaño, núcleo de cualquier modalidad yóguica. Es de lamentar que en los últimos tiempos la gran mayoría de los libros de yoga se dediquen por entero –o casi por entero– a las posturas o asanas, ignorándose la base, el yoga psicomental. Por esta razón, aquí ahondaré en el radja-yoga, un conocimiento del cual ningún practicante debería prescindir.

Así, como autor de esta obra, me gustaría dejar muy claro desde ya que el yoga, si bien tiene una vertiente psicosomática y de mejoramiento humano integral (bienvenida sea), es sobre todo una disciplina mental y espiritual para alcanzar una manera de ver no obstruida por lo aparente e ilusorio.

Es un milagro que hace cinco milenios aquellas personas no se resignaran a las limitaciones de su mente ni a su esclavizante condición humana (en realidad, homoanimal), y se convirtieran en las primeras intrépidas exploradoras de la consciencia, a fin de ampliarla y hacerla evolucionar, teniendo para ello que concebir y ensayar métodos que fueran eficaces, parte de los cuales han llegado hasta nosotros. Es asimismo un milagro que hayamos podido recibir esas magníficas y altamente verificadas técnicas, pues representan un legado insuperable que hay que cuidar, ya que sus enseñanzas y métodos, bien aplicados, pueden ser de enorme ayuda, motivación y consuelo para infinidad de personas que quieren mejorar no solo su calidad de vida externa, sino también su calidad de vida mental, emocional y espiritual.

RAMIRO CALLE

(www.ramirocalle.com)

1. Yoga

El yoga es el eje de la espiritualidad de la India. Me atrevería a ir más allá: es el eje de la espiritualidad oriental, porque es la columna vertebral y el método realmente práctico y eficiente al que han recurrido los más diversos sistemas filosóficos y religiosos. Donde han proliferado cultos y vías hacia la autorrealización, el yoga ha gozado siempre de un indiscutible y sólido prestigio, y sus procedimientos han sido utilizados por los grandes sistemas soteriológicos y por una inmensa mayoría de aspirantes que se interesan de verdad por el conocimiento de su propia naturaleza.

El yoga cuenta con una antigüedad de cinco mil años, es de origen extrabrahmánico, surgido en la India, y es, sobre todo, un impresionante conjunto de técnicas para el dominio y desarrollo armónico del cuerpo, la mente y la psique. Como dichas técnicas pueden ser utilizadas desprovistas de toda filosofía o mística, el yoga ha sido aplicado a lo largo de toda su historia para ir más allá de las apariencias, aprehender un conocimiento de orden superior y evitar el sufrimiento innecesario de la mente ofuscada, generado a sí misma y a otras criaturas.

Hace milenios, en un intento por alcanzar una experiencia interna y de orden superior y así hallar respuesta a los interrogantes que plantea la existencia, algunas personas comenzaron a concebir, elaborar y ensayar técnicas psicofisiológicas y psicomentales. Desconfiando de los fenómenos, de la «realidad» aparente, deseosos de ampliar al máximo sus posibilidades y encontrar niveles superiores de consciencia, se entregaron a una implacable búsqueda interior. No se resignaron a sus limitaciones mentales y se convirtieron en los primeros exploradores de la consciencia y también en los primeros psicólogos de la autorrealización. Adiestrándose con férrea voluntad en los métodos de autocontrol que fueron concibiendo, indagando sobre sí mismos a través de la introspección y advirtiendo al máximo la potencialidad de su mente, estas personas fueron verificando, de forma personal y directa, la eficacia de los procedimientos de autodominio y autodesarrollo que creaban. De esta manera, a lo largo de los siglos, fue surgiendo un importante arsenal de técnicas de autoperfeccionamiento. Estas eran el resultado, por lo general, del trabajo de aquellas personas que renunciaban a la vida ordinaria y en la más completa soledad practicaban sin descanso para descubrir su propio ser, en un esfuerzo más que admirable por liberarse de la ignorancia básica de la mente, por obtener la reconciliación consigo mismas y con todas las criaturas vivientes, por penetrar en los secretos del Cosmos y despertar potencias que residen en todo ser humano, aunque latentes en tanto que no sean activadas.

Estas personas no se perdieron en laberínticas especulaciones ni acrobacias intelectuales; no se dejaron atrapar por la fácil fascinación del rito o del sacrificio externo religioso, aprendieron a desconfiar del mero análisis intelectual y emprendieron la difícil aventura de la autorrealización. Buscaron la Realidad última dentro de sí mismas, desconfiando de las verdades convencionales, deseosas de imponerse sus propias normas morales, sus propias actitudes, su propia forma de vida. Agudizaron su discernimiento, descendieron a las profundidades de su ser y tomaron consciencia de lo que en ellos era real y lo que era adquirido; se enfrentaron a la cara oculta de su mente y supieron esperar pacientemente, sin dejar el trabajo interior, a que se revelara el secreto íntimo de su naturaleza real.

Su esfuerzo (que nos ha dejado un legado impagable) fue casi sobrehumano y muchas veces llevado a cabo en solitario o en pequeños grupos, en medio de una inaudita persecución de sus propios ideales y aun a riesgo de extraviarse para siempre o incluso de lesionar irreparablemente su cuerpo o su mente. Poco a poco, estas personas fueron elaborando una vía de autorrealización que sería admirada y aceptada por los más variados sistemas filosófico-religiosos. El brahmanismo sería el primero en incorporarlo a su seno; después, el budismo, el jainismo y otros sistemas soteriológicos no dudarían en servirse de sus técnicas, algunas de ellas probablemente de origen dravídico.

El yoga ha sido utilizado en todas las épocas como disciplina de perfeccionamiento, método de liberación y vía hacia la Realidad. Cabe suponer que en un principio sus técnicas surgieron dispersas, siempre resultado de querer ampliar la consciencia y de una perseverante búsqueda de la Sabiduría, y que, paulatinamente, fueron agrupándose hasta configurar un núcleo llamado «yoga»: un conjunto de técnicas que ensayaban los místicos, los chamanes, los buscadores de lo Incondicionado, los yoguis-alquimistas, los sanadores y los que ansiaban trascender. Con el transcurso del tiempo, el yoga se fue enriqueciendo, recogiendo filosofía, psicología, ciencia psicosomática, mística, actitudes de comportamiento, enseñanzas trascendentes y, sobre todo, métodos de autodesarrollo y transformación, así como técnicas para el enstasis y la apertura de la consciencia. Y todo ello al margen de castas, de dogmas y de vacías especulaciones metafísicas, dejando que sus procedimientos fueran utilizados por todos los sistemas trascendentes, pero sabiendo mantenerse por encima de ellos y perpetuándose a lo largo de milenios. Terminaría convirtiéndose en un colosal árbol con numerosas ramas (los distintos tipos de yoga) e innumerables frutos (las técnicas).

El yoga arcaico es anterior a los Vedas y no era tal y como hoy ha llegado hasta nosotros. Una parte del hinduismo ha propulsado los ideales de renuncia, pero ya antes había personas en la India que se dedicaban a la austeridad y al trabajo sobre sí mismas, valorando el esfuerzo y el desapego. Poco sabemos de aquellos primeros yoguis, pero sí podemos suponer que trataban de sobrepasar la ordinaria condición humana y desarrollar sus potenciales, unas veces con un sentido de trascendencia y otras no. Siglos después el yoga sería brahmanizado e incluso budizado, jainizado y tantrizado, como ya hemos dicho. ¿Por qué no utilizar técnicas de considerable eficacia para acelerar el proceso hacia el samadhi o nirvana o kaivalya o satori? ¿Por qué no servirse de técnicas altamente elaboradas, si estas respetan toda creencia, toda filosofía y son un método que no predica ninguna convicción en particular, salvo la de autodesarrollarse e iluminar la mente?

Lentamente, el hinduismo fue abriendo sus puertas al yoga, hasta incorporarlo plena y absolutamente en su seno. Aunque las técnicas yóguicas son, como ya hemos señalado, muy antiguas, el término «yoga» no aparece hasta la llegada de las Upanishads. El vocablo «asana» se encuentra por primera vez en la Shvetashvatara Upanishad, y aun cuando las técnicas yóguicas ya habían sido «insinuadas» en otras Upanishads, no encontramos referencias antes de la Taittiriya Upanishad. En la Maitri Upanishad se habla de diversos grados del yoga y distintas técnicas para activar kundalini y facilitar la meditación. Sobrevienen después las Upanishads yóguicas, entre otras la Tejobindu, la Kshurika, la Nadabindu, la Dhyanabindu, la Yogatattva y otras. En la Yogatattva se mencionan cuatro ramas de yoga: laya, mantra, hatha y radja, y se señalan algunos grados del yoga y algunas asanas de meditación. La Dhyanabindu Upanishad trata sobre los chakras y los mudras, en tanto que la Nadabindu Upanishad lo hace sobre el sonido. Obviamente, son las Upanishads yóguicas las que más profundizan en esta disciplina.

A partir del siglo VII o VI a.C. comenzaron a aparecer las Upanishads, que suman un total de 240 libros, cuyo contenido filosófico, metafísico y místico es muy elevado. Estos textos aportaron una visión mucho más amplia y profunda del ser humano y las vías para alcanzar el Absoluto. Surgieron devotos o aspirantes espirituales que no le concedían la soberanía al rito, pues lo situaban en un lugar secundario. Estos aspirantes se dieron cuenta de que la autorrealización se encontraba en su interior y no en las prácticas y sacrificios exteriores, que entendían como superficiales y poco transformativos. Cada día aumentaba el número de practicantes dispuestos a profundizar en sí mismos para oír la voz del Absoluto en su corazón. Los ritos cedieron paso a la investigación metafísica y a la meditación. Progresivamente, el contenido doctrinal del hinduismo se fue enriqueciendo y los devotos más evolucionados –aquellos que no se dejaban alienar por dogmas o rituales que muchas veces rayaban en lo patológico– vivían nuevas experiencias interiores, aportaban sus vivencias y descubrimientos, desarrollaban concepciones más profundas y precisas, y seguían excepcionales procedimientos de autorrealización, es decir, los del yoga. El aspirante ya no buscaba la guía ritual, sino la del conocimiento de orden superior proveniente de la indagación del Ser, la introspección y la meditación, con el importantísimo e insoslayable apoyo de las técnicas yóguicas, desde el uso del discernimiento a la recitación de un mantra o a la visión interior. Fue un conocimiento anhelado que buscaba otros caminos de Sabiduría y liberación mental y que, por supuesto, surgió con mucho esfuerzo. Hoy en día, la mayoría de los devotos comunes siguen enredados con la liturgia, pero los hay, aunque en minoría, quienes tienen pretensiones mucho más elevadas y son capaces de no regatear esfuerzos para encontrar respuestas.

Las Upanishads implicaron una búsqueda espiritual hasta entonces sin precedentes y por esta razón se convirtieron en pilares del lado más refinado del hinduismo. En ellas se explica que lo Absoluto es denominado Brahman y el principio espiritual y eterno del ser humano es el Atman. Brahman es Uno-sin-segundo y no puede ser alcanzado tan solo por el conocimiento binario. Brahman es omniabarcante y se constela en el ser humano como el Atman, que unos traducen como «el yo real y superior», otros como «el Ser» o «Sí-mismo» y otros como «el Espíritu». El sabio upanishádico pone todo su empeño en descubrir en sí mismo la identidad del Atman con el Brahman, y para ello recurre a numerosos métodos yóguicos, a fin de que el conocimiento conduzca a la Sabiduría y se produzca la experiencia personal de la Realización. Las Upanishads hacen hincapié en la relación entre el principio espiritual del ser humano y el Brahman, pues del mismo modo que la ola en el océano nunca deja de ser océano, el Atman nunca deja de ser Brahman. Pero no basta con saberlo intelectualmente, sino que hay que entenderlo de manera vivencial y experiencial. Es ahí donde los procedimientos yóguicos, el discernimiento puro, la introspección y la meditación desempeñan un rol esencial, pues conducen al samadhi, un estado especialísimo de consciencia donde se produce la identificación entre el Atman y el Brahman.

Esta búsqueda de lo Absoluto derivó en diversos sistemas soteriológicos, a destacar el budismo y el jainismo, y se utilizó para llegar a otras concepciones metafísicas como la del Vacío o la de ni el Vacío ni el Todo. Sin embargo, no importa de qué manera cada sistema exprese (con las limitaciones que supone el lenguaje) la última Realidad, pues es la práctica del yoga la que nos acerca a ella, se la llame el Todo, el Vacío o ni el Todo ni la Nada. Lo cierto es que existe la plena convicción de que hay un estado de consciencia muy especial que representa la liberación definitiva. Algunos le llaman samadhi, otros, nirvana, kaivalya o como quiera que sea. La palabra no es la cosa ni la descripción es el hecho. Da igual si al azúcar le llamas sal, sigue sabiendo dulce.

Fue en el hinduismo donde el yoga se asentó de tal manera y llegó a gozar de tal prestigio como método salvífico que se convirtió en un darshana o escuela de sabiduría. En realidad, darshana quiere decir «punto de vista», pero el yoga es a la vez punto de vista y vehículo hacia la Realidad, y sus métodos, sobre todo la meditación y la búsqueda introspectiva, ocuparon un lugar destacado en el vedanta y otras escuelas de sabiduría.

No cabe duda de que es la Bhagavad-gita el texto que mejor reconoce toda la importancia y trascendencia del yoga. Este texto, relativamente breve, incluye un buen número de instrucciones yóguicas y espirituales, y forma parte del Mahabharata, una de las grandes epopeyas de la India, un inmenso poema épico donde se acentúa el papel del dharma, que es el orden que rige todo el universo, y donde se asegura: «Cuando el dharma es protegido, protege. Cuando es destruido, destruye». Asimismo, se considera la garantía del orden universal y es allí donde aparece, por primera vez en la literatura india, Krishna como el misericordioso avatar de Vishnu. A lo largo de la Bhagavad-gita, Krishna le va indicando a Arjuna lo relativo al yoga, sobre todo en tres de sus vertientes: karma-yoga, bhakti-yoga y gnana-yoga, o sea, las sendas de la acción desinteresada, la mística y el discernimiento.

Bhagavad-gita se puede traducir como «Canción del Bienaventurado» o «Canto del Señor». Krishna va impartiendo enseñanzas a lo largo de este texto interpolado y asevera: «El alma no nace ni muere, ni comienza a existir un día para desaparecer sin volver jamás. Es eterna, antigua e increada; el alma no muere cuando muere el cuerpo». También hace referencia a la reencarnación explicando: «El alma encarnada se desprende de los cuerpos viejos y toma otros nuevos, así como la persona cambia de vestidos». Hay enseñanzas contundentes sobre el karma-yoga o yoga de la acción desinteresada. Se exhorta a una acción sin egoísmo, con desprendimiento y discernimiento puro. Podemos leer: «Cuando la mente ha sido calmada, el yogui alcanza la suprema felicidad del alma que se ha unido al Ser Supremo, felicidad exenta de imperfecciones y apegos». Y asimismo: «La persona que está en el yoga, que ve el Yo en todos los seres y todos los seres en el Yo, posee una visión pura».

Por su parte, Patanjali fue el gran sistematizador de los principios y técnicas del yoga, cuya existencia se fija entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C. Su obra se titula Yoga-Sutras y contiene 195 aforismos (sutras), clasificados en cuatro partes: la concentración, su práctica, los poderes psíquicos y la Liberación. Ha tenido muchos comentaristas, a destacar Vyasa. En esta obra incluyo un apéndice con una síntesis de los principales aforismos de Patanjali.

Ahora bien, el yogui es respetado y entendido como una persona con gran anhelo de libertad interior y trascendencia. A su vez, se le considera parte del eje universal, alguien que examina todo su funcionamiento humano para trascenderlo y des-condicionarse. Con sus técnicas, trata de alcanzar ese ángulo elevado de consciencia, que es al mismo tiempo personal y transpersonal, liberándose del cautiverio del ego y emancipándose de la máscara burda de la personalidad para recuperar su esencia prístina. Unos lo hacen apoyándose en la concepción de una deidad (Ishvara) y otros prescindiendo de la misma por no creer en ella (shunyata), pero todos ellos convencidos de que hay un estado de libertad absoluta, que permite encontrar una rendija en el samsara y así sobrepasarlo.

El ser humano no se halla suficientemente evolucionado. Su desarrollo interior está lejos de haberse completado y cabe suponer que habrán de pasar milenios antes de poder alcanzarlo. Sin embargo, el yoga brinda al aspirante una forma de vida, un sistema de pensamiento, una filosofía, una psicología y unos métodos para que pueda ir completando su evolución interior, para que haga de su vida un continuo ejercicio de perfeccionamiento con máximo significado y trascendencia. Aquellos que han logrado despertar han legado al gran río del yoga sus experiencias salvíficas y sus métodos. Son humanos que han penetrado el velo de las apariencias y se han inspirado en la fuente del conocimiento. Algunos formaron comunidades, escuelas de sabiduría o hermandades, pero otros siguieron en solitario. Todos ellos han hecho una gran aportación a la humanidad, aunque esta se encuentra tan enceguecida que no pueda darse cuenta de ello.

Vivir en el yoga quiere decir vivir en la luz de la consciencia. Y vivir en la luz de la consciencia es vivir en la luz de la compasión. Y si algo necesita este mundo moldeado por un ser «inhumano» es compasión. El yoga estima que en toda persona residen fuerzas latentes que son el reflejo del Macrocosmos o Mente Universal y que pueden ser actualizadas y canalizadas mediante procedimientos yóguicos para lograr un cambio en la psique que nos abra a una forma de ser más evolucionada y humana.

Solo el entrenamiento adecuado y perseverante acelera la evolución de la consciencia y permite trascender las limitaciones mentales de la persona. Según el grado de consciencia que el practicante tenga, será capaz de ver las cosas de una u otra manera y proceder con sabiduría y sagacidad para salir de su estado de servidumbre. Leemos en la Katha Upanishad:

Este Yo no se advierte por el estudio, ni aún por la inteligencia y la erudición. Este Yo revela su esencia únicamente a aquel que se aplica al Yo. El que no abandonó los caminos del vicio, el que no puede dominarse, el que no posee la paz interior, aquel cuya mente está turbada no puede nunca advertir el Yo, aunque esté lleno de toda la ciencia del mundo.

Aunque el yoga proporcione bienestar, salud, paz interior y equilibrio, es básicamente una técnica soteriológica o liberatoria. Para hacer posible sus aspiraciones soteriológicas, propone una transformación interior cuya cota más elevada es la sabiduría. Nuevos aspectos del Sí-mismo van siendo concienciados y descubiertos, y cuando sobreviene una explosión de la naturaleza original en la consciencia, entonces puede hablarse de iluminación o moksha, estado inasible a las palabras o conceptos.

Lo que nos acerca a la liberación es la experiencia samádhica, que le da al yogui un toque de universalidad. Imagina una casa sin puertas ni ventanas y en la que se está dentro y fuera a la vez. La persona realizada ha conquistado un estado de quietud, de alejamiento de todo conflicto. El ego ha sido trascendido y surge así una profunda consciencia de la unicidad, que sin duda viene dada cuando la mente es indiferenciada, neutral. Este es el néctar de sabiduría del samadhi, la ambrosía de la Sabiduría y la Compasión.

El yoga le concede enorme importancia a la transformación interior a fin de mejorarnos, sobrepasar la condición habitual y causante del sufrimiento de la mente humana, purificar la intelección para que pueda reflejar la esencia pura o naturaleza real, facilitar herramientas para poder someter a maya (lo ilusorio) y percatarse de lo real. Asimismo, a través del yoga aprendemos a restringir los pensamientos para que surja otra manera de conocer y ser, volvemos a la fuente interna o raíz del pensamiento para percibir lo que en principio parece incognoscible y armonizamos la mente para conquistar ese estado de pureza (sattva) en el que puede resplandecer lo que se esconde tras los conceptos y modelos mentales, tal como lo hace la perla en la ostra.

A través de la estrategia que el yoga nos propone, muy nutrida de enseñanzas, actitudes y métodos vamos venciendo la ignorancia básica de la mente que nos encadena y nos obliga a vivir de espaldas a realidades supremas. Confundiendo las prioridades de nuestra vida y haciendo de ella una sucesión de autoengaños, lo que impide alcanzar el conocimiento más transformativo e iluminador, para no tomar por esencial lo banal y por irreal lo real.

2. Samadhi

Nunca hay que ignorar, cuando se examina la disciplina del yoga, que todos los esfuerzos del yogui están encaminados hacia el samadhi, punto terminal de un largo recorrido. Eso no quiere decir que todo el que practica yoga pretenda alcanzar el samadhi o incluso se lo proponga –puesto que puede desear obtener resultados físicos, energéticos, psicomentales o espirituales–, pero el yogui totalmente involucrado en este sistema soteriológico tiene como meta llegar a la experiencia samádhica. Esta conlleva un estado contemplativo, de ensimismamiento o abstracción más allá de toda dualidad mental, en la que se trascienden los opuestos y cesa todo conflicto entre el ser y el ego, esto o aquello, la esencia y la personalidad.

Son infinidad los practicantes que no aspiran al samadhi e incluso que no conocen la existencia de dicha experiencia transpersonal. Sin embargo, esta ha sido la motivación de infinidad de yoguis: la búsqueda de una realidad suprasensible que escapa al pensamiento ordinario y a toda elucubración intelectual o especulación metafísica. El objetivo del yogui es, en sus etapas más elevadas, la consecución de esta experiencia portadora de sabiduría, la puerta de acceso a la última Realidad que se esconde tras el barniz de la realidad aparente y que no es tal.

Como es más que probable que un número muy alto de practicantes de yoga no sepan nada del samadhi (incluso es posible que no hayan escuchado este término sánscrito), podemos encontrar una diferencia clara entre lo que es un yogui y lo que es un simple practicante de algunas técnicas propias del yoga.

El samadhi representa una reabsorción total de los procesos mentales (vrittis), o sea, una inhibición del pensamiento. Aunque la mente se vacía y se inhiben los torbellinos mentales y emocionales (nirodha), una muy peculiar forma de consciencia continúa existiendo durante dicha experiencia, que nada tiene que ver con la consciencia como comúnmente la entendemos. La persona se satura de un sentimiento de totalidad, plenitud, bienaventuranza. Se trasciende el acto de conocer intelectualmente para alcanzar la experiencia directa de ser. Mediante el samadhi, la persona se desplaza desde sus vestiduras o cuerpos más externos (el físico, el vital, el psicomental) a su ser ontológico. No obstante, al hablar del samadhi, todas las palabras deben ser puestas bajo sospecha y hay que admitir que se trata de una experiencia tan elevada que es irreductible a los conceptos. Adelantemos, para evitar equívocos, que ese ser ontológico puede ser denominado y referido de diferentes maneras por el yogui, sea que este pertenezca a la tradición del Samkhya o del Vedanta, sea teísta o ateo, hindú o jaina, budista o budista tibetano. Como reza el antiguo adagio: «Las aguas del océano son saladas por donde quiera que se las pruebe» o «Todos los ríos desembocan en el océano», dependiendo de la cultura espiritual del yogui este podrá expresar de una u otra manera la experiencia, como también señala el zen: «Muchos dedos apuntan a la luna, pero la luna es una».

A través del samadhi, el yogui se ha sumergido en su purusha (mónada espiritual), de acuerdo al Samkhya; de acuerdo al Vedanta, en el Brahman (el Ser); o de acuerdo al budismo, en el shunya (vacío). Aunque se regrese del samadhi, la sabiduría hallada durante la experiencia no se perderá, pues representa un profundo insight o «toque de supraconsciencia», algo muy transformativo, aunque no se alcance una evolución total que convierta a la persona en un jivanmukta (liberado-viviente) o un arahat (despierto) o un kevalin (emancipado). Así, el samadhi siempre transforma, siendo uno de los logros reales del yoga no solo el encontrar bienestar físico o paz interior, sino la transformación que permita desempañar la consciencia para que esta pueda percibir lo que antes estaba oculto, o sea, para traspasar la nesciencia, que es causa del sufrimiento propio y ajeno.

La sucesión de experiencias samádhicas van purificando la mente, esclareciendo la visión, transformando al yogui y abriendo el ojo interior que ve lo Real y ayuda a superar todos los condicionamientos internos, deshaciéndose de obstáculos e impedimentos. Mediante la experiencia samádhica, los sucesivos «golpes de luz» van rasgando la densa niebla de la mente causada por la ignorancia, permitiendo vislumbrar o aprehender una Realidad que pasa desapercibida para la persona que permanece en un estado de esclavitud mental.

Solo a través de la concentración y la meditación, apoyadas en la virtud y el renunciamiento a lo ilusorio, así como en el esfuerzo adecuado y la firme motivación, se alcanza la elevada y transformativa experiencia del samadhi. La concentración o unificación mental es un medio para ir escalando a estados más elevados y clarividentes de la consciencia, hasta que al final se traspasa la consciencia ordinaria y se obtiene una supraconsciencia que puede ver lo que está vedado a dicha consciencia común, sometida al pensamiento ordinario. La concentración o unidireccionalidad de la mente se convierte así en un medio para ir más allá de sí misma. La energía se reorienta hacia planos superiores, y aun si no se llega a la meta, en la medida en que uno se aproxima a ella se adquiere otro tipo de visión, una realmente transformadora, como quien asciende por una colina y con cada paso amplía la visión del panorama. Así, se dice en los antiguos textos: de la meditación brota la Sabiduría.

Muchos de los obstáculos en esta ascensión-interiorización los encontrará el yogui en su propia mente, y serán causa de libertad o servidumbre según los utilice. Parte de estas dificultades las examinaremos en el apartado de radja-yoga, pero es indudable que solo a través del trabajo interior la mente puede ser liberada. Al respecto, en el Vivekachudamani se dice:

La libertad se gana por la percepción de la unidad del yo con lo eterno, y no por las doctrinas de la unión o de los números, ni por los ritos ni por las ciencias.

El conocimiento ordinario es absolutamente insuficiente. Esto ha sido reconocido por todas las psicologías de la realización de Oriente, instando por ello a buscar otra forma de conocimiento más fiable y verdaderamente transformativo. El saber que no transforma ni libera no es apreciado en el yoga.

Es mediante el estado especial denominado samadhi que la mente puede aprehender esa sabiduría liberadora, donde los contrarios conceptuales, que tanto frenan el progreso interior, son resueltos. Se produce entonces una unificación mental cuya naturaleza es por completo distinta a la del estado de vigilia o consciencia ordinaria. El samadhi representa una inmersión en la Totalidad que se constela en uno mismo, en la mente abisal y quieta, y que conlleva una explosión (o implosión) de la consciencia, facilitando una experiencia más allá del ego y de la máscara burda de la personalidad. Es como si la ola, que nunca dejó de ser independiente del océano, recuperase la percepción oceánica y saliese de la alucinación de que era distinta del océano en el que estaba contenida. Una autorrevelación tiene lugar. El cesar de todos los procesos ordinarios de pensamiento, aunque sea por segundos, desarticula la burocracia del ego. Se produce la experiencia «enstática» y el ser se vive en toda su pureza o, en términos zen, uno ve su rostro original. Es una experiencia inigualable que trasciende todo lo fenoménico y provoca un sentimiento omniabarcante de plenitud. En tales momentos o incluso en posteriores, se quiebra la ligazón con los objetos físicos, se movilizan fuerzas internas larvadas y se entra en conexión con «vibraciones» que no están al alcance de la mente ordinaria. Ese «trance» yóguico, inducido por un adiestramiento muy intenso en las prácticas de concentración, meditación e introspección, permite una comprensión hasta entonces insospechada, que incluso produce modificaciones manifiestas en el organismo de quien la experimenta.

El samadhi puede durar una fracción de segundo o varias horas, incluso días, pero después de haberlo experimentado la persona ya no volverá a ser la misma. Se ha producido una mutación en las estructuras profundas de su psique. El yogui ha captado la sabiduría perenne que los grandes maestros han perpetuado a lo largo de milenios. A través de esta experiencia de naturaleza transtemporal y transespacial, el yogui se desconecta de la dinámica de sus órganos sensoriales, se desplaza a la fuente del pensamiento y conecta con un tipo de mente suprarracional, al margen de todas las categorías y conceptos mentales.

Seguramente, desde los mismos orígenes del yoga, ya hubo practicantes incansables que se percataron de la posibilidad de asomarse a estados superiores de consciencia para ver y conocer lo que la mente ordinaria, con sus muchas limitaciones, no permite. Entre estas limitaciones se encuentran los samskaras (que luego abordaremos a fondo), cuyos impulsos debemos agotar para poder degustar el inconfundible y confortador sabor de la libertad interior. Aquellos yoguis de tiempos remotos fueron los primeros grandes exploradores de la consciencia, negándose a asumir los límites y engaños de la mente ordinaria.

El samadhi en el que todavía persiste la vivencia de individualidad es conocido como savitarka. Por el contrario, aquel en el que todo sentimiento de individualidad cesa y, por ende, es el estado más elevado, es conocido como nirvitarka, durante el cual la persona se funde con el cosmos. Tras el nirvitarka, el yogui entra en otra condición de consciencia: aunque esté en este mundo ya no es de este mundo; se convierte en un liberado-viviente o jivanmukta, sustrayéndose a toda ilusión o apego y pasando de ser actor a espectador o testigo incólume.

Cada experiencia samádhica aporta un «golpe» de comprensión y va labrando la liberación espiritual de quien la experimenta, eliminando de su mente la ofuscación, la avaricia y el odio, y haciendo posible lo que se ha denominado el «despertar de la consciencia». Por eso, a quien alcanza esa condición especial supramundana se le conoce como un «despierto» o que «ha despertado».

De acuerdo con el yoga hindú, el liberado-viviente ya no está condicionado por la ley de causa y efecto (karma), habiendo escapado a la rueda de reencarnaciones (samsara), traspasando los velos de la ilusión (maya). Según el Samkhya, la persona se desliga de su cuerpo-mente y se establece en su impoluta mónada espiritual o purusha. Según el Vedanta, el espíritu o Atman de la persona se funde con el Espíritu Cósmico o Brahman. Así Shankaracharya explicaba:

Libre de duda. Grande, imperturbable, donde cambio e inmutabilidad se funden en el Ser Supremo, eterno, alegría que no se disipa, inmaculado: este es el Eterno. Tú eres eso.

Entiéndase que las palabras pierden parte de su significado al tratar de acercarnos a un estado tan elevado de consciencia como es el samadhi. Los budistas hablarían de lo Incondicionado o Vacuo. El propio Nirvana no es definible y de ahí que el Buda, el Mahayogui, dijera:

Hay, monjes, algo no nacido, no originado, no creado, no constituido. Si no hubiese, monjes, ese algo no nacido, no originado, no creado, no constituido, no cabría liberarse de todo lo nacido, originado, creado y constituido. Pero puesto que hay algo no nacido, no originado, no creado, no constituido, cabe liberarse de todo lo nacido, originado, creado y constituido.

Y también:

Hay, monjes, algo sin tierra, ni agua, ni fuego, ni aire, sin espacio, ilimitado, sin nada, sin estado de percepción ni ausencia de percepción; algo sin este mundo ni otro mundo, sin luna ni sol; esto, monjes, yo no lo llamo ni ir ni venir, ni estar, ni nacer ni morir; no tiene fundamento, duración, ni condición. Esto es el fin del sufrimiento.

En todas las tradiciones orientales, ese elevado estado de consciencia (satori, nirvana, samadhi, iluminación) es tenido por una experiencia supramundana. Así, volviendo al Buda, este nos dice:

Eso es paz, eso es sublimidad, es decir, el fin de todo lo constituido, el abandono de los fundamentos de la existencia, el aniquilamiento del deseo, el desvanecimiento, la cesación, el Nirvana.

El samadhi o experiencia del despertar, origina que la persona trascienda toda polaridad, toda contradicción, toda discordancia; ella comprende y se comprende, ve las cosas como tales, se ha establecido en su propio eje (que es universal) y ha sido capaz de despertar a una intuición la clarividente y penetrante, inmaculada e imperturbable. Tal como uno se despoja de las prendas de vestir, él se libera de las categorías mentales. Ha finalizado el proceso encaminado a la conquista de uno mismo. Una nueva persona brota y reabsorbe a la anterior; eclosiona una psicología por completo diferente.

El samadhi es una inyección de energía universal, un despertar a una realidad inimaginable, un existir a través de la poderosa vitalidad del Cosmos. La persona se emancipa de su rutina interna condicionante, de su estrechez de miras, de sus sentimientos banales, de su consciencia de separatividad, de su sentimiento de soledad. La voz del Yo, atronadora y fantástica, se hace oír. Se supera lo que podríamos denominar una esclerosis neumática o pránica, las energías fluyen sin cortocircuitos. El liberado se hace uno con el instante prolongado, con el presente eterno y se convierte en la revelación misma en el cuerpo iniciático del yoga, alimentado por todos los grandes autorrealizados. Todas las impresiones subliminales (vasanas y samskaras) quedan incineradas, se abandona la mente antigua y condicionante y hay una explosión de entendimiento. De acuerdo con el enfoque hindú y con sus creencias, el acceso al samadhi permite la eliminación de muchos residuos kármicos, y en la medida en que las semillas kármicas se «queman» sobreviene un estado real de libertad interior. Esto es la unión del Atman con el Gran Espíritu.

El samadhi definitivo representa la imposibilidad de cualquier metamorfosis, porque no se puede ir más allá. Se ha llegado al límite de la evolución de la consciencia, a la meta. Representa la imposibilidad de toda regeneración, de toda enfermedad interior. Hay una reabsorción de los límites que permite que la fuerza de expansión del yogui no pueda ser contrariada, pues esta penetra definitivamente en la Totalidad. La persona corriente permanece en constante movimiento interior. Su contenido emocional y mental se modifica sin cesar. Por el contrario, la persona realizada ha encontrado un estado de quietud, de alejamiento de todo conflicto. El ego ha sido trascendido.

Como hemos dicho, por mucho que el yoga haya derivado en un método de mejoramiento psicofísico, su meta primaria siempre ha sido el samadhi, puesto que es esta experiencia la que disipa la ignorancia básica de la mente y permite un tipo muy especial de percepción que reporta un inmenso sentimiento de quietud y ecuanimidad. Durante la experiencia samádhica quedan en suspenso la memoria, la imaginación y el pensamiento y, por tanto, la noción de ego. Según el enfoque del samkhya-yoga, a esto se le conoce como el establecimiento en el Sí-mismo, debido a la total inhibición del pensamiento; según el vedanta, se denomina la inmersión en el Todo o Brahmán; para un budista, se trata de la captación supraconsciente de la Vacuidad; y para un jaina, es la Emancipación.

La mente se absorbe en el Vacío (o en el Todo, o ni lo uno ni lo otro) de tal manera que, durante unos minutos u horas se desdibujan los límites de la consciencia y ocurre una mutación profunda y gloriosa en lo más hondo de la psique. Allí, se desencadena una experiencia que permite aprehender dimensiones que escapan al pensamiento común. Esta tiene el poder de eliminar samskaras y vasanas, o sea, impregnaciones subconscientes, y sentar las bases para una libertad interior verdadera y perdurable. Llegados a este punto, cualquier palabra resulta aproximativa, pues la experiencia samádhica es inexpresable. Lo más oportuno es guardar silencio, porque definiciones tales como «un sentimiento de unidad», «un sublime arrobamiento», «una percepción cósmica» o «un destello de infinita plenitud» se quedan cortas para tan inefable suceso. Es intransmisible y, por tanto, como dijo un maestro: «No me hagáis hablar de eso que está por encima de todo». Cualquier cosa que se diga sobre el samadhi es una mera aproximación limitada por palabras y conceptos. Por eso, a veces se recurre a símiles, como en el Hatha-Yoga Pradipika, donde se lee:

Como el alcanfor desaparece en el fuego y la sal en el agua, la mente unida al Atman pierde su identidad.

También en el mismo texto:

Al igual que la sal que se disuelve en el agua se vuelve una con ella, así cuando el Atman y la mente se vuelven uno, se llama samadhi. Esta identificación del Sí-mismo y el Ser Absoluto, cuando todos los procesos mentales dejan de existir, se llama samadhi.

Nunca se ha dicho que fuera fácil la obtención de un estado tan elevado de consciencia. Alcanzar la experiencia samádhica requiere de intensa disciplina. Sin embargo, los distintos ejercicios yóguicos inducen a la paz interior y a una ecuanimidad consistente, y provocan modificaciones notables en la psique, la percepción y la forma de ser. Así, aunque solo se obtengan «golpes de luz», intuiciones transformativas o lo que podríamos llamar pre-samadhis, ya es sumamente importante, porque son vivencias que cambian el sentido de la vida y de la muerte.

3. La persona liberada

Según las distintas tradiciones, la persona liberada recibe uno u otro nombre, sea jnani, jivanmukta, arahat, kevalin o cualquier otro. Al igual que con respecto al samadhi, todo lo que se puede decir sobre un liberado-viviente son meras aproximaciones, pues las experiencias supramundanas que lo convierten en un ser realizado están, por su propia naturaleza, más allá de las palabras y de los conceptos. Cada tradición puede definir esa liberación de una u otra manera, pero, a fin de cuentas, al liberado-viviente poco le importa si esa liberación se comprende como haber logrado la identidad del Atman con el Brahman o haberse establecido en su Sí-mismo o purusha (desligándose de la sustancia primordial o prakriti) o haber conquistado el nirvana o la iluminación.

Un jivanmukta no se autoproclama. No es fácil conocer a una persona completamente liberada, pues esta nunca hará ostentación de su evolución espiritual ni se jactará de su condición. Ni siquiera se presentará como un autorrealizado. Es una persona que ha traspasado lo ilusorio y ha accedido a otra realidad más allá de las muselinas de lo aparente, conectando con un tipo de conocimiento o sabiduría que está muy lejos de la persona ordinaria. El jivanmukta ha escalado a niveles de consciencia donde no rigen los conceptos, ni las categorías como el tiempo, el espacio, la memoria o la imaginación. Las leyes ordinarias de pensamiento no son aplicables a su mente pura, inafectada e incorruptiblemente ecuánime. En él han implosionado energías que permanecían ocultas y larvadas, y que reportan un conocimiento realmente transformativo y liberador. El jivanmukta no percibe las cosas o sucesos como la persona ordinaria, pues para alcanzar su condición ha tenido que despojarse de muchas trabas internas. Es un proceso de destrucción que hace posible una reconstrucción en otro nivel de consciencia, una alquimia interna que cambia la psique de raíz y que le dota de una comprensión intuitiva, poniendo fin a tendencias insanas, sometiendo la personalidad para que pueda hacerse paso la esencia.

No podemos hablar alegremente de la destrucción del ego, pues una traza de este persiste. Sin embargo, la yoidad ha dado un cambio total y el ego –por tanto, la función egoica– ha quedado supeditado a la identificación con el Todo (o el Vacío), sin sentimiento de separatividad ni de férrea individualidad. A partir de su liberación, el jivanmukta está en el mundo sin estar en él, y es de todos y de nadie a la vez; prosigue con sus necesidades orgánicas, siente dolor y placer físicos, pero su calidad de consciencia es totalmente distinta. Hay una desidentificación de los fenómenos, incluso de sus propias envolturas psicosomáticas. El jivanmukta reside en lo no-personal, el momento presente y lo funcional, conectado con otra realidad, aunque se desenvuelva con normalidad en su vida diaria.

En realidad, solo un jivanmukta comprende a un jivanmukta. Aquí estamos tratando de acercarnos un poco, con palabras y conceptos, a la dimensión del iluminado. Dado que la experiencia samádhica y el objetivo de convertirse en un jivanmukta de alguna manera han inspirado toda la historia del yoga, es de suma importancia hacer un esfuerzo –aunque sea dialéctico e inevitablemente asistido por las palabras– para tratar de entender esa condición suprahumana a la que muchos yoguis han aspirado en su anhelo por encontrar el núcleo del núcleo.

El yogui auténtico se resiste a ser engullido por el proceso cósmico al que se ha visto abocado, sea por accidente, fatum, ley de causa o efecto, karma, etc. No se resigna a vivir en la ceguera causada por maya, lo aparente, lo ilusorio. Esta debe ser vencida mediante la luz del recto discernimiento, que procura esa sabiduría (viveka) para distinguir entre lo real y lo aparente, lo esencial y lo superfluo, lo que verdaderamente importa y lo que es banal. Y desde el enfoque del yoga auténtico, lo que verdaderamente importa es la paz interior, la liberación de las tendencias insanas de la mente, la consecución del Sentido y lo que finalmente se podría resumir como una evolución consciente que conduce a cultivar una mente clara y un corazón compasivo.

La piscología del hombre liberado es, pues, totalmente diferente a la del hombre común. Este último sigue tan restringido que es como una máquina sin libertad propia, supeditado a toda suerte de códigos, patrones, tendencias o hábitos, férreos condicionamientos que le roban la independencia mental y le obligan a seguir impulsos ciegos y mecánicos, sometiéndole a la esclavitud, la insatisfacción profunda y el sufrimiento inútil.

De acuerdo a las grandes tradiciones espirituales, el jivanmukta ha hecho lo que tenía que hacer, ha cumplido su destino, ha despertado su maestro interior y ha cruzado de la orilla de la servidumbre a la de la libertad. Su vida ha adquirido así el mayor sentido, y con ello ha hecho una aportación valiosísima a la humanidad.

El liberado-viviente ha conquistado una estabilidad anímica completa, aunque a veces su comportamiento pueda resultar sumamente desconcertante, pues no sigue la lógica ordinaria y resulta imprevisible. Su armonía interna deviene al asentarse en una ecuanimidad total, pues su propio gozo interior (ananda) le permite desapegarse por completo del disfrute y dependencia sensoriales. Se sitúa más allá del conflicto e incluso supera el miedo a la muerte, habiendo adquirido total aceptación de la inevitabilidad. Su serenidad resulta contagiosa y vive la vida sin confrontaciones o conflictos inútiles, fluidamente, con naturalidad, firme, pero sin engendrar oposición, aceptando los hechos incontrovertibles y cabalgando sobre ellos sin resistencias innecesarias. Ve las cosas como son, sin autoengaños y es dueño de un conocimiento directo e inmediato, que no se deja empañar por proyecciones o viejas asociaciones. Se ha liberado de fórmulas, dogmatismos, etiquetas y convencionalismos. Vive conectado con el instante, desde su ser central hacia la periferia, habitando en los planos más tranquilos y límpidos de su interioridad, como un espejo que refleja el Universo. Ha ampliado su comprensión hasta los límites y se mantiene imperturbablemente lúcido, atento y ecuánime en este mundo de apariencias y claroscuros, viendo las cosas como son y sin dejarse envolver por la imaginación incontrolada, memorias distorsionantes o viejos patrones. Está sin estar (que es la manera más íntima de hacerlo), evitando arrastrar el momento pasado al momento presente, sabiendo asir y soltar, siempre renovado, en apertura amorosa.

El jivanmukta o arahat, el liberado-viviente o despierto, ha experimentado la transformación completa que exige la autorrealización y se ha convertido en consciencia-testigo que, con su capacidad de inhibir los procesos mentales, no se modifica; se ha convertido en el soberano de sí mismo, libre de oscurecimientos mentales, sin dejarse atrapar por acumulaciones psíquicas, liberado de la sujeción de sus envolturas psicosomáticas (aunque son su vehículo mientras habita en este mundo), sanamente autodominado, pero espontáneo, libre de temores inútiles. Con el samadhi, ha hallado la recompensa a todos sus desvelos, a sus esfuerzos por establecerse en su naturaleza real.

Una persona como el jivanmukta ha dado el salto del homoanimal al verdadero ser humano, completando su evolución consciente y despertando a una nueva manera de ser y reaccionar. Ha roto la tiranía de su naturaleza mecánica y ha dejado de ser cautivo de las apariencias y de las tendencias insanas de la mente. Ahora es realmente libre.

Desde muy antaño, el yogui se proponía esta meta e incluso si no llegaba a ella, la conservaba como su referencia, estímulo e inspiración. Para poder aproximarse a este estado, se ha servido de enseñanzas, métodos y técnicas: el legado impagable de los maestros que han ido enriqueciendo el gran río del yoga con sus experiencias y lúcidas aportaciones, nacidas siempre de la verificación personal y donde nada se ha dejado al azar. Así, el caudal de este fabuloso río no solo no ha decrecido, sino que, por el contrario, se ha ensanchado, a pesar del gran número de embaucadores, impostores y mercenarios del espíritu que han surgido en los últimos tiempos.

Para lograr la transformación interior, la elevación de la mente, la evolución de la consciencia, el yoga pone a disposición del aspirante instrucciones solventes para que pueda conocerse, aprender a interiorizarse, desarrollar la percepción introspectiva y descubrirse, liberándose de las apariencias y conectándose con su realidad más íntima. Todo ello representa el denominado trabajo interior o trabajo sobre el Sí-mismo, a fin de activar los potenciales ocultos, estimular las funciones de la mente, resolver los conflictos internos y contar con más energía para aproximarse a los estadios más elevados de consciencia. Todo ello es lo que, insisto, configura el trabajo interior, que iremos examinando en sucesivas páginas.

En todo ser humano –y así se ha considerado desde tiempos remotos, no solo en el yoga, sino en muchas técnicas de autorrealización orientales y occidentales– existe una persona aparente o externa y una persona real o interna. La gran mayoría de los seres humanos habitan en la persona externa, resultando mecánicos, inconscientes, dependientes de sus impulsos y sujetos a su yo-físico, su yo-mental y su yo-emocional. Así, el ser humano se deja pensar por sus pensamientos, sentir por sus sentimientos y ser vivido por la vida, como una infinitud de tendencias o fuerzas contrapuestas que crean caos y conflicto. Esto hace que en la mente aniden tendencias insanas y muy aflictivas como la ofuscación, la avaricia, el odio y tantas otras, generando mucho sufrimiento. La persona no es en absoluto dueña de sí misma y está sometida a toda suerte de ambivalencias, tensiones, profunda insatisfacción y falta de autodominio.

El hombre-aparente se apoya en la máscara burda de la personalidad, la imagen y la autoimagen. En suma, en todo aquello que es adquirido y que se ha ido acumulando en él a lo largo de los años. Se convierte en un resultado o producto psicológico y cultural, sin libertad real, sometido a la servidumbre de sus costumbres, conocidas en el yoga como samskaras, que le roban la libertad en pensamiento, palabra y obra. Por eso, el yogui aspira a la libertad interior, a recuperar al hombre-real y despojarse del hombre-aparente, a convertirse en soberano de sí mismo. Es la larga marcha hacia la autorrealización, sin duda el aporte más valioso que uno puede ofrecer a sí mismo y a los demás. Distintos obstáculos habrán de superarse, empezando por la ignorancia básica de la mente (causa de tanto engaño y sufrimiento) y otros, señalados por Patanjali como: el apego, la aversión, el egotismo y el anhelo de existencia personal. También habrá que superar la dispersión mental, las emociones negativas, el desequilibrio psicosomático, los sentimientos destructivos, la indolencia y la falta de confianza en las propias posibilidades.

Para sortear las dificultades, el yogui requiere del esfuerzo bien dirigido, la disciplina, la autovigilancia (de mente, palabra y cuerpo), la indagación interna (vichara), el desapego y la purificación del discernimiento. Mediante el trabajo interior, el intelecto va dando paso de manera gradual a la intuición. Asimismo, se va desarrollando la consciencia para disipar la ignorancia y finalmente conseguir cruzar de la orilla de la servidumbre a la de la libertad.

El hombre-real o centro ontológico que reside en la persona se hace más evidente en la medida en que el practicante se libera de la sujeción al cuerpo, la mente y las emociones, y se establece como un observador inafectado, por encima de los procesos de identificación que lo limitan. Esto le permite actuar con mayor libertad y consciencia, sabiendo compaginar la lucidez y la compasión. Ahora no solo quiere conocerse, sino también conocer al conocedor. Mediante el trabajo interior, el hombre-real despierta paulatinamente de un sueño profundo y prolongado. Entonces, aun siendo todo igual, todo comienza a ser distinto. El hombre-real penetra en la esencia de las cosas y no vive de acuerdo con los espejos distorsionantes de la mente. Ha surgido una nueva persona, que no solo conoce, sino que realmente comprende. El hombre-aparente es víctima de la dualidad, que engreda multiplicidad y visión caótica. El hombre-real se establece en la unidad y su visión es de unificación y plenitud, pues solo en esa visión de unidad hay una percepción de totalidad.

4. En busca de la liberación

El proceso no es corto ni fácil, pero es que nadie dijo nunca que haya atajos para llegar al cielo. De nada sirve regatear esfuerzos en este viaje de la consciencia hacia el despertar, y menos aún las chucherías espirituales, los placebos, las falsas expectativas, la impaciencia o la superstición.

Autodominio y autoconocimiento

El yoga es un camino del medio que evita tanto la autocomplacencia como la automortificación, tanto la autoindulgencia excesiva como el autorrigor. Se valora el esfuerzo consciente, la voluntad intrépida, el poder interior y la tenacidad, pero todo en su justa medida, con actitud equilibrada. Sin motivación y esfuerzo, sin firme resolución y asidua práctica, no hay mejoramiento humano ni evolución. La desidia, la pereza, la inercia y la indolencia son obstáculos. En este sentido, los yoguis se identifican con las palabras del Buda, que dice:

No conozco nada tan poderoso como el esfuerzo para vencer la pereza y la indolencia.

El practicante evita el extremo de la ascesis y el del encadenamiento a los placeres fenoménicos. En uno y otro sentido, apela a la visión clara y la ecuanimidad. Ambos extremos son trampas, emboscadas, cepos. Para estar en el camino del medio se requiere autodominio. No es fácil. Los órganos sensoriales buscan y se aferran a las sensaciones gratas y huyen de las ingratas. El sabio, en cambio, trata de ser él mismo ante lo grato e ingrato, el halago y el insulto. Habitando en esa gran fuerza y consejera que es la ecuanimidad, uno logra sustraerse a las trampas del apego y la aversión, consiguiendo una visión más amplia e incondicionada.

Para el yogui, el autodominio representa una prioridad, pero basándose en el juicio lúcido y ecuánime. Este aprende a poner bajo el yugo (yoga) de la voluntad las tendencias de su organización psicosomática, convirtiéndose, hasta donde es posible, en dueño de sí mismo, desrobotizando las pulsiones mecánicas, lo que indudablemente requiere una aplicación continuada de la práctica correcta. Pero este dominio no es un fin, sino solamente un medio, una simple técnica. El control es autovigilancia, es la toma de consciencia de sí mismo y de las propias manifestaciones. Cuando son necesarias, las correcciones precisas del carácter y de los hábitos resultan ineludibles, así como también la sublimación de las energías y la reeducación de las tendencias. Cuanto más inteligente sea el autodominio, más favorable resultará el proceso. Un autocontrol irracional, mecánico o inconsciente, sin directrices lúcidas, no es autocontrol, sino la más fea represión, que mutila las propias energías. El autocontrol yóguico encuentra su razón de ser como procedimiento para perfeccionar todos los elementos constitutivos de la persona, impedir el encadenamiento a fenómenos externos o internos y evitar desviaciones innecesarias en el sendero hacia la autorrealización. El verdadero autodominio procura fuerza y no la roba, causa poder interior, pero no lo sustrae, aumentando la capacidad de resistencia interna y enseñando a la persona a situarse por encima de su cuerpo y su mente.

El autodominio debe ser asociado con el afán y la óptima disponibilidad para conocerse, o sea, para facilitar el autoconocimiento y, por tanto, el descubrimiento interior. El ser humano ha aprendido muchas cosas, pero no ha aprendido en realidad sobre sí mismo. Su sed de conocimiento no se ha visto correspondida por la de autoconocimiento. Está dispuesto a invertir decenas de años en conocer algo, pero ni diez minutos en conocerse a sí mismo. Hay personas que al morir saben menos de sí mismas que de aquellas con las que se cruzaron ocasionalmente. Han vivido con un gran desconocido, creyendo lo contrario por haberse percatado de un par de rasgos de carácter; ni siquiera se han planteado la posibilidad de conocerse, considerando que se trata de una simple actitud de místicos y contemplativos.

Conocerse es saber de sí mismo, de qué o quién se oculta detrás de las envolturas psicosomáticas, de si algo o alguien rige esta organización psicofísica. Pero no se trata de hacerlo solo en un nivel analítico o intelectual. Es muchísimo más. Conocerse es entrar en comunión con la persona-real que todos llevamos dentro, sin dejarnos confundir o absorber por la persona-aparente; es saborear la esencia que hay en uno, establecerse en el observador. Conocerse es percibir la auténtica naturaleza interior y dejarse guiar por ella; es descubrir nuestros mecanismos internos, las causas de los mismos y las causas de esas causas; es remontar la corriente de los pensamientos y encontrar su fuente y la fuente de esa fuente; es percibir el yo superior que hay detrás de las envolturas que son el cuerpo (vital o energético), la mente y las emociones. Conocerse es tomar consciencia de esa unidad interna y de su conexión con la unidad cósmica; es experimentar la potencia macrocósmica en el propio microcosmos y comprender el rol que uno interpreta en la representación universal, asumir con consciencia el propio dharma y tratar de ganar lucidez y compasión.

El autoconocimiento, en el más alto sentido, es autorrealización, y la autorrealización es sabiduría. Realizarse es hacer real lo que en uno nunca dejó de serlo. Para los yoguis, la experiencia de ser (o no-ser) representa el más elevado autoconocimiento, pero, para llegar a la expresión más alta del mismo, se debe pasar por otras inferiores, recorriéndolas estación tras estación en el viaje hacia los adentros, atravesando, como especifica el maestro Eckhart, capa tras capa hacia lo más hondo del ser. Se trata de un autoconocimiento que no solo es debido al análisis intelectual, sino que se apoya también en una visión intuitiva y conectada con la vida interior. En ese sentido, la expresión más elevada y trascendente se conoce como autoconocimiento yóguico. El autoconocimiento meramente analítico o intelectual es muy parcial e incompleto, y está lleno de fisuras, pues conocer a través de un ego condicionado reporta un conocimiento condicionado. No se trata solo de percibir los propios complejos, traumas, agujeros psicológicos y frustraciones, sino de conocer lo que está detrás de todo ello. Tampoco se trata de obviarlos, desde luego, sino de desenmascararlos intrépidamente para transformarlos, yendo más allá del sustratum psíquico. Para esto hay que observarse sin juicios ni prejuicios, indagar, meditar, sentir al que siente, conocer al que conoce, y en último término, ir a la fuente de uno mismo.

A veces, la autobservación es dolorosa, porque uno ve lo que tanto tiempo se ha empeñado en ocultar para seguir jugando al escondite consigo mismo. Es un camino de sangre, dijo Jung, pero solo mediante ese mirar atento y desprejuiciado, superando los «puntos ciegos» y las resistencias, podemos comprender qué es adquirido y qué es real. Hay que estar atento y receptivo, sin incurrir en la autorrecriminación ni la autoindulgencia. No es un proceso fácil, porque el ego se levanta con todo su arsenal de defensas, se afianza aún más para boicotear una búsqueda que le debilitará en grado sumo. Pese a esto, el yogui no se amedranta y prefiere, en palabras del Buda, «morir en el campo de batalla que vivir una vida de derrota».

Mediante el autodominio sano, la observación de sí y el autoconocimiento, nos iremos desplazando de lo aparente y adquirido a lo real, de las «envolturas» al ser. Así, el yogui se adentra en cuatro sendas:

1 La observación de sí. Todos los descubrimientos se hacen a través de la observación. Mediante la observación y el examen de uno mismo, uno se va descifrando y conociendo. Esta observación de sí, que incluye la vigilancia de mente, palabra y obra, tiene que ser lo más aséptica posible, evitando la autorrecriminación y la autocomplacencia. A través de la senda de la observación de sí, uno penetra en la del autoconocimiento.

2 El autoconocimiento. Durante este proceso, uno va comprendiéndose para superar autoengaños y justificaciones falaces. Se aprende a conocer las reacciones egocéntricas, los agujeros psicológicos, las carencias emocionales, el influjo implacable de las pulsiones e impregnaciones inconscientes, y todo aquello nocivo e insano presente en uno mismo. Con la comprensión de ese lado oscuro, esos lastres o impedimentos, uno puede comenzar a transformarse. Ahora bien, se trata de conocer al conocedor. El propósito elevado del yogui es descifrar y descubrir su propia identidad, como sea que queramos denominarla.

3 La transformación. Para poder sustraer una espina, hay que saber dónde se encuentra ubicada. Solo en la media en que uno va descubriendo lo que hay que transformar, puede ponerse manos a la obra para llevarlo a cabo. El cambio interior, la mutación psíquica, sin duda es difícil, pero resulta imposible si no sabemos qué hay que cambiar. Por eso, la transformación interior tiene por objeto poder abrir una brecha de luz en la espesa niebla de la mente para poder ver la Realidad y sacar lo mejor de nosotros mismos.

4 La autorrealización. Una cosa es egorrealización y otra autorrealización. Para poder obtener la percepción de la Realidad, los grandes maestros nos han dejado sus enseñanzas, que han sido transmitidas oralmente (aunque existen numerosos textos que encierran un hondo conocimiento espiritual). La verdadera autorrealización sucede cuando uno puede ir más allá de su asfixiante ego. Aunque el yoga proporcione bienestar psicofísico y procure un estado de sosiego y plenitud –eso es indiscutible–, es sobre todo una senda hacia la transformación y la libertad interior. No cabe duda de que es un método de mejoramiento humano, el primero del Orbe, pero es principalmente una técnica para el desarrollo del entendimiento correcto y la realización del Sí-mismo.

La introspección: el descubrimiento interior, la quietud y la presencia

Descubrirse interiormente es una de las más hermosas motivaciones que el ser humano puede tener. Al descubrirnos a nosotros mismos, no solo descubrimos a los demás, sino también las leyes del universo; somos capaces de discernir entre el yo esencial y el no-yo. Buscando en lo profundo, ahondando en el origen del pensamiento, llegamos al testigo que observa sin implicarse. Esta búsqueda introspectiva nos conducirá al lado más genuino y tranquilo de nosotros mismos. La autoindagación nos permitirá ver el rostro original. ¿Quién soy yo? ¿Quién se esconde en este cuerpo que día a día envejece, tras esta mente voluble y cambiante, tras este sistema emocional en continua efervescencia? El yogui desea liberarse de sus envolturas psicosomáticas para poder establecerse en su energía de Ser y poder vivir a través de ella con independencia y sosiego.

Vichara es la intensa autoinvestigación impulsada por el anhelo de encontrar respuesta al ¿quién soy yo? ¿Quién es este que se arropa tras un nombre convencional y está dominado por un manojo de hábitos y tendencias? ¿Quién es asaltado por emociones y pensamientos? ¿Quién reacciona?

Mediante esta indagación, retrotrayéndose a estas preguntas con el deseo ardiente de llegar a lo profundo, el yogui empieza a trasladarse de la periferia al centro, de lo aparente a la presencia real. Esta implacable autoindagación que impone la técnica del vichara nos ayuda a separarnos de los procesos psíquicos y a permanecer en la energía del observar inafectado. Se rompe la identificación ciega y mecánica.

Indagación ardiente sí, pero con paciencia y ecuanimidad. La respuesta puede tardar años, pero en su momento aparecerá como un «golpe de luz», un insight profundo y transformador. Se obtendrá de manera intuitiva e implosiva, a través de una percepción muy profunda de la naturaleza real. No aparecerá formulada en palabras ni conceptos. A todo este respecto, la Kena Upanishad nos dice:

¿Qué induce a la mente a vagar en pos de su designio? ¿Quién impele a la vida a impulsar su viaje? ¿Quién nos mueve a expresar estas palabras? ¿Qué espíritu se oculta tras el ojo y el oído?

Es el oído del oído, el ojo del ojo y el habla del habla; la mente de la mente y la vida de la vida. Los que siguen el camino de la sabiduría pasan más allá y, al dejar este mundo, alcanzan la inmortalidad.

Se trata de una búsqueda, una llamada, una súplica insistente para que la persona real se manifieste: ¿quién soy yo? El yogui lanza la pregunta a los abismos del ser y espera una respuesta. La pregunta puede permanecer presente en cualquier momento, lugar o circunstancia. Hay un estado de espera a la vez paciente y vigoroso; un anhelo de encuentro con el que se esconde tras el nombre y la forma que hacen posible toda actividad psíquica. Río, sufro, deseo, padezco, pero ¿quién soy yo? ¿A quién se le ocurren los pensamientos? Se activa el discernimiento que conecta con la presencia más allá de lo que se experimenta. Este se va agudizando y purificando, y empieza a actuar en niveles muy profundos e inteligentes, discriminando entre lo esencial y lo accesorio, lo transitorio y lo real, y actualizando poco a poco la energía de la intuición reveladora. Fue Swami Chidananda de Rishikesh quien me dijo en una de nuestras largas conversaciones:

Hay que apoyarse en la inteligencia para avanzar más y más, gradualmente. Con ayuda de la inteligencia se puede alcanzar la intuición, que es un estado supramental. La meditación es el único medio, es la llave que nos permite abrir la puerta de acceso a la supramente y, mediante ella, trascender la inteligencia común para establecernos en este estado supramental.

El conocimiento interior es en parte racional y en parte intuitivo. Hay un proceso de actividad y uno de pasividad. Actividad en tanto que hay que buscar; pasividad en tanto que hay que esperar la autorrevelación del yo superior. Cuando actividad y pasividad están perfectamente combinadas, aceleran el descubrimiento interior.

La quietud interna es altamente deseable. Ella nos sitúa en contacto con los planos profundos del ser y renueva toda nuestra existencia. Cuando le pregunté a Swami Krishnananda qué era lo más recomendable para obtener la quietud interna, respondió:

Entender la naturaleza del Universo como un ser real. En el mismo momento en que el practicante comprenda eso de veras, en toda su profundidad, la mente se concentra de forma automática, la agitación mental cede, la quietud es un hecho.

La quietud interior no sobreviene gratuitamente. Hay que buscarla. Aunque hay personas más predispuestas hacia la quietud, para desarrollarla en máximo grado se requiere un entrenamiento adecuado. Además, es necesario descubrir los elementos perturbadores o que dificultan esa quietud interior. Si la persona permanece sojuzgada por toda clase de apegos, la quietud es imposible. La más sólida quietud interna sobreviene cuando el individuo se ha establecido en el desapego. Solo entonces no hay nada que temer, ni nada que perder. La persona aprende a permanecer ecuánime y ser ella misma. Esa quietud puede mantenerse incluso en momentos de febril actividad, porque el yogui se ejercita en el difícil arte de ser activo en la inacción y pasivo en la acción. Mediante un esfuerzo vigoroso y constante por ganar la serenidad y sostener la ecuanimidad, el practicante va conquistando un estado interno imperturbable, a pesar de las circunstancias que tienden a desestabilizarlo. Dicho estado resulta sumamente plácido, pero su gran poder reside en que hace posible la percepción de la presencia pura del Ser mediante la neutralización de las impresiones subliminales del subconsciente. Cuando los procesos mentales son inhibidos y el apego mitigado, entonces lo más genuino de uno comienza a manifestarse. A través de esa esencia –como quiera que se la denomine– sobreviene un sentimiento de unidad con la totalidad y se trascienden las tendencias insanas. Sabias palabras las de la Isha Upanishad:

Mas quien ve por doquier el yo en todas las existencias y todas las existencias en el yo, de allí en adelante no se sobrecoge ante nada.

Desde tiempos inmemoriales, el yogui a valorado aprender a estar en silencio y quietud consigo mismo, porque cuando el pensamiento cesa, se revela la luz del ser, y cuando la mente se acalla, la esencia se manifiesta. Por eso, aprender a desidentificarse de los pensamientos para poder residir en la naturaleza real o el Sí-mismo ha sido una constante en la dilatada historia del yoga. La persona se inunda de un torrente energético de bienaventuranza y quietud sublimes al no interponer las corrientes psicomentales entre sí misma y su esencia. La Kaushitaki Upanishad nos orienta:

No es el habla lo que deberíamos querer conocer; deberíamos querer conocer al que habla.

No es lo visto lo que deberíamos querer conocer; deberíamos querer conocer al que ve.

No es el sonido lo que deberíamos querer conocer; deberíamos querer conocer al que oye.

No es el pensamiento lo que deberíamos querer conocer; deberíamos querer conocer al pensador.

Cuando la persona reposa en sí misma –silenciada la mente y desplazada la atención al origen del pensamiento–, conecta con otra realidad de ser y se experimenta un estado de dicha indescriptible al lado del cual cualquier otro palidece. Son palabras de la Maitri Upanishad las que nos dicen:

Las palabras no pueden describir el gozo del alma cuya escoria se ha depurado en profunda contemplación, pues se ha unificado con su Atman, su propio espíritu. Solo los que sienten ese gozo saben lo que es.

Así como el agua se unifica con el agua, el fuego con el fuego y el aire con el aire, así también la mente se unifica con la mente infinita y así alcanzará la Liberación.

Esa es la meta para el yogui, porque representa el hallazgo y la respuesta, el principio y el fin, el sentido del sentido. Pero para hacer posible ese desplazamiento se requieren unos vehículos, los que proporciona el yoga, y que han sido aprovechados por todas las técnicas de autorrealización de Oriente, pues la Realidad es una y, como dice la Katha Upanishad, «quien ve la variedad y no la unidad, muere una y otra vez».

Cuando una mentora muy anciana iba a morir, sus discípulos la rodearon compungidos y ella amorosamente los miró y dijo sus últimas palabras: «Estad siempre tranquilos, tranquilos, tranquilos».

Mi amigo del alma, Babaji Sibananda de Benarés, a menudo me decía: «No te preocupes nunca. Estate tranquilo».

Insistamos en ello, recordémoslo, metabolicémoslo: no hay nada que pague un instante de paz. Porque de la paz nace la claridad, de la claridad nace la visión justa, de la visión justa nace la ecuanimidad y de la ecuanimidad nace la Sabiduría.

El trabajo interior

Si el ser humano estuviese en los límites de su evolución interna, no sería necesario que trabajase sobre sí mismo. Pero la consciencia se encuentra a medio camino. Tenemos una consciencia semidesarrollada o crepuscular que, sin duda, puede evolucionar si nos lo proponemos y contamos con las herramientas necesarias para ello. Para tal fin, se ha diseñado lo que llamamos «trabajo interior». Ha habido un estancamiento en la evolución de la consciencia y la misma resulta exasperantemente lenta. ¿Qué ha cambiado en miles de años? Las condiciones externas no favorecen en nada el desarrollo interior, que se ha visto absolutamente desatendido si se le compara con el progreso externo.

El semidesarrollo resultante origina la ignorancia básica de la mente o nesciencia, las emociones insanas, la visión insuficiente y el proceder inadecuado. Al llegar a la edad adulta, el individuo se estanca en su armónico proceso de individuación, siendo víctima de infinidad de pulsiones psíquicas contradictorias. La consciencia está empañada. Además, como reza la antigua instrucción, «lo que no evoluciona, tiende a degradarse». Somos una marioneta de nuestras propias acumulaciones psíquicas, tanto de las influencias externas como de las de nuestro interior, como una hoja a merced del viento. En este estancamiento de la consciencia, la vida se desliza hasta su final, salvo que uno dé comienzo al trabajo sobre sí mismo para despertar. Aun estando la consciencia dormida o semidormida, existe un «yo interior» que –como si sintiera necesidad de una realidad más fructífera o reveladora– trata de impulsarnos hacia planos más elevados de consciencia. De ahí la profunda insatisfacción existencial que experimentan muchas personas. Este descontento nos incita a buscar respuestas. Solo mediante el trabajo interior que exige el adiestramiento yóguico, es posible completar la evolución interna, para poder transformar las tendencias negativas en energías positivas, como un alquimista que se propone transmutar los metales de baja calidad en metales preciosos. El yoga es una alquimia interior que representa una profunda mutación psicomental.

Desde los primeros momentos en la historia del yoga, el practicante se propuso, como un verdadero guerrero e intrépido espiritual, superar la condición (in)humana para poder librarse del lado más oscuro de la mente. Esto le permitió el florecimiento de un lado más cooperante, venciendo así tendencias insanas (ofuscación, avidez, odio) y fomentando las sanas (lucidez, generosidad, compasión). Si tenemos en cuenta los horrores y atrocidades que ha provocado el ser (in)humano, que ha teñido la tierra de sangre una y otra vez, no es de extrañar que los yoguis quisieran, y quieran, superar la condición (in)humana. Con toda razón, los primeros yoguis pensaban que, de ser posible superar esta condición, el verdadero ser humano sería causa de amor y no de odio, de generosidad y no de avaricia. La pena que hemos pagado por la falta de lucidez ha sido pavorosa. Si uno reflexiona rigurosamente, lo que el ser (in)humano ha hecho es para enloquecer, pues ha masacrado, milenio tras milenio, a otras personas, a los animales y al planeta mismo.

Todas las técnicas del yoga se centran en el desarrollo, la purificación y el perfeccionamiento del practicante. Tales son los pilares del trabajo interior. Asimismo, no existe una sola técnica del yoga (sea psicofísica, psicomental, psicoenergética o psicoespiritual) que no procure el sosiego de quien se ejercita. Gradualmente, el trabajo interior convierte a la persona ordinaria en una más elevada, a la persona de visión ofuscada en una de visión penetrante y lúcido entendimiento. El ser humano puede hacer mucho por sí mismo cambiando su propia mente, que es causa de esclavitud y sufrimiento innecesario. Así, esquivando la resignación a su semidesarrollo, una persona puede obtener quietud, y, por ende, claridad mental y lucidez en su actuar. En ese sentido, el yoga es el primer método de mejoramiento humano del orbe. El yogui se acepta conscientemente, pero no se resigna fatalmente a sus limitaciones, puesto que entiende que él y todos somos seres de aprendizaje y podemos continuar instruyéndonos hasta el final de nuestros días.

Trabajar interiormente es trabajar sin tregua para que aflore lo mejor de uno mismo. Se trata de abrir una senda hacia la naturaleza real que palpita dentro, unificar la consciencia, someter hábitos y tendencias de carácter nocivo, conocer y reorientar las fuerzas ciegas del inconsciente, cultivar y desarrollar la atención mental pura, erradicar las cualidades negativas y promover las positivas, mejorar las relaciones con uno mismo y con los demás, vivir sincrónicamente en el presente, encauzar las energías físicas y mentales, acrecentar la consciencia y actuar con lucidez y compasión. El yogui trabaja para conseguirlo porque comprende que le falta mucho de todo esto. Apela a su inteligencia primordial y sus buenos sentimientos con inquebrantable motivación para mejorar.

El trabajo sobre uno mismo es un trabajo de gran envergadura, que exige muchas modificaciones de carácter, así como también discernimiento claro para que aflore una ética genuina que permita traspasar los denominados pares de opuestos. Este trabajo requiere la movilización de todos los potenciales de la voluntad y las técnicas yóguicas, experimentadas a lo largo de milenios, y que nos ayudan a llevar a cabo los pasos necesarios para acelerar la evolución interna. Este desarrollo no llega por sí mismo y sin esfuerzo. Es necesario cambiar actitudes y enfoques, reorganizar la vida psíquica, superar la ofuscación, propiciar la lucidez y desmantelar hábitos nocivos. En resumen, llevar a cabo un elaborado conjunto de técnicas que no solo nos procurarán mayor bienestar y equilibrio, sino que nos permitirán distinguir entre lo esencial y lo aparente, reportarán sabiduría transformativa y nos ayudarán a despertar a nuestra verdadera naturaleza. Por eso el yoga es meta y es medio; apunta a un fin, pero provee todas las técnicas, enseñanzas y actitudes para poder aproximarse al mismo.

En el yoga hay mística, filosofía, metafísica y medicina natural, pero el yoga es básicamente un verdadero arsenal de técnicas para el autoconocimiento y por eso ha sido incorporado a todos los sistemas soteriológicos de Oriente, desde el hinduismo al budismo, desde el tantra al jainismo, pasando por el zen, el budismo tibetano y otras numerosas técnicas de autorrealización.

Hay que entender el trabajo interior de manera integral, pues pretende un desarrollo completo y armónico del individuo sin excluir ninguno de sus planos. Los grados expuestos por Patanjali abarcan la totalidad de la persona, del mismo modo que el Noble Óctuple Sendero mostrado por el Buda procura todas las actitudes y técnicas para la mutación consciente. La triple disciplina aconsejada por el Buda (conducta ética, entrenamiento mental y sabiduría) es también asumida por el yogui, pues forma parte de la columna vertebral del trabajo interior. Tanto la vigilancia (o austeridad) sobre el cuerpo, la palabra y la mente como el esfuerzo bien encaminado, el desapego y, por supuesto, la aplicación de técnicas (pranayama, pratyahara, dharana, dhyana y otras) son necesarios para cultivar estados yóguicos de consciencia. Todo ello debe estar encaminado al samadhi, pero esto no quiere decir que en el desplazamiento hacia el mismo no se consigan otros frutos, aun si la experiencia samádhica no llega. Con el trabajo interior intentamos influir en el cuerpo físico y en el cuerpo energético, poniéndolos al servicio de la Búsqueda para estimular los estadios más elevados de la consciencia, que son los que procurarán la ética genuina, la concentración y la Sabiduría.

Afortunadamente, hemos recibido mucha información y gran variedad de «cartografías» de los antiguos yoguis y maestros despiertos que nos orientan en el trabajo sobre el Sí-mismo, pues este requiere la meditación y la aplicación de la introspección.

Es posible que la interiorización sea una técnica tan antigua como el homo sapiens. Ha sido utilizada por yoguis, anacoretas, místicos, ascetas, monjes budistas, devotos, jainas, sufíes, gnósticos, etc. Es una senda hacia las profundidades de uno mismo, un viaje a los adentros, hacia nuestra realidad más íntima. Retirando la consciencia de los órganos sensoriales a fin de neutralizar esta dinámica y superar las influencias externas, la atención se dirige hacia adentro, en busca de la sabiduría más escondida. Esta aventurada empresa no siempre está exenta de riesgos, pues busca un conocimiento allende el mundo fenoménico. El yogui se impone una rigurosa y paciente búsqueda interior, un viaje hacia el centro del ser, el denominado «núcleo del núcleo» por los sufíes. La interiorización es recogimiento, introspección, ahondamiento en uno mismo. Va intensificándose en la medida en que se acentúa la retracción sensorial y el pensamiento es subyugado. Se consigue la llamada «mirada interior», tan estimada por los místicos de todas las tradiciones. Este proceso de adentramiento progresivo lleva a una abstracción reveladora, que proporciona un tipo especial de conocimiento, transforma y genera sosiego y ecuanimidad inquebrantables, además de una alegría avasalladora.

En mi relato iniciático-espiritual, El Faquir, hago referencia a la metafóricamente denominada «La Mansión del Silencio», el Nirmanakala, que es un estado de consciencia sin pensamiento, de completo vacío, al que accede el yogui a través de sus técnicas y en el que encuentra un tipo de percepción muy diferente a la ordinaria, por completo transformativa, capaz de mutar realmente la consciencia. Ese estado de mente que es no-mente o unmani, funciona por parámetros y leyes incomparables a los de la mente ordinaria. Ese es el ángulo de quietud (a la vez personal y transpersonal) que han conocido de primera mano tanto los místicos orientales como los occidentales. El yogui aprende a desligarse de sus ataduras (cuerpo, órganos sensoriales, mente) y accede a ese especialísimo y revelador estado mental, como un ojo de buey que apunta al Infinito.

5. Los caminos tradicionales

Tres han sido los caminos tradicionales y fundamentales hacia la experiencia liberatoria: el de la acción desinteresada (karma-marga), el de conocimiento supremo o Sabiduría (gnana-marga) y el de la devoción mística (bhakti-marga). Estos tres caminos o margas se complementan entre sí. A ellos pueden sumarse otros, como el del trabajo consciente sobre el cuerpo y las energías, el del dominio sobre la mente y las funciones mentales, y demás. Son diferentes sendas hacia la cima de la consciencia, distintas vías para aproximarse al samadhi y a la condición del jivanmukta. Pero la senda principal, la más antigua y reconocida, y en las que se inspiran o apoyan las demás, es la del radja-yoga o yoga real, pues muestra, como tendremos ocasión de examinar muy extensamente, todas las enseñanzas y métodos para el dominio de la mente y para ir más allá de la misma. Este es el camino (marga) real (radja) y sobre el que pivotan todos los otros caminos o formas de yoga. El radja-yoga es la senda directa hacia la transformación profunda, y para ello se sirve de otros caminos o margas.

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