Kitabı oku: «El jardín de los delirios»
TURNER NOEMA
El jardín de los delirios
Las ilusiones del naturalismo
RAMÓN DEL CASTILLO

Título:
El jardín de los delirios. Las ilusiones del naturalismo
© Ramón del Castillo, 2019
De esta edición:
© Turner Publicaciones S.L., 2019
Diego de León, 30
28006 Madrid
www.turnerlibros.com
Primera edición: marzo de 2019
Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial.
ISBN: 978-84-17141-84-4
eISBN: 978-84-18895-85-2
Diseño de la colección:
Enric Satué
Ilustración de cubierta:
Diseño TURNER. Imagen virtual de Europa en el archipiélago The World
(Dubái) © Stéphane Compoint
Depósito Legal: M-1274-2019
Impreso en España
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:
turner@turnerlibros.com

ÍNDICE
primera parte. Delirios al aire libre
evasión
Amad la naturaleza
Adiós a la naturaleza
El antinaturalista
El jardín y el ladrillo
Jardines de este mundo
Jardines de entrenamiento
Pasear, derivar, delirar
Surrealismo y jardines de locos
Atracciones situacionistas
Zona Verde Temporalmente Autónoma
Espacio basura y tropicalidad
Posmodernismo sin naturalismo
Adiós a la Tierra
‘Paradise Now!’
Jardines extraterrestres
Bibliografía
segunda parte. Biblioteca delirante
deambulaciones
en teoría
geografía, sociología, antropología
psicogeografía
heterotopías, utopías, distopías, futuro imperfecto
memoria, nostalgia, pasado perfecto
neurología, ecopsicología, terapias, fe
hogares, casas, cabañas
melancolía, aburrimiento, fuga, desaparición
andar, caminatas, travesías
excursiones, viajes, vacaciones
zoos, ferias, parques temáticos
naturaleza y ecología
paisajes
bosques, parques, jardines
diseño paisajístico
urbanismos, diseños, políticas
literatura
artes
pintura y fotografía
documentales y películas
ruidos y paisajes sonoros
ecos y músicas
Agradecimientos
primera parte
Delirios al aire libre
evasión
No tienen recuerdos, ni proyectos.
El tiempo se construye a su alrededor teniendo como único referente el placer del momento y los signos en las paredes. Más tarde están en un jardín. Se acuerda de que existían jardines.
chris marker, El muelle
No entiendo del todo por qué en un momento dado cambia tan drásticamente la percepción del espacio, pero cuando sucede se queda para siempre. Aunque no sé bien lo que digo, porque lo que cambia es la percepción de muchas cosas a la vez, y no solo del espacio. Supongo que estudiar más geografía y urbanismo ayuda, aunque es difícil que los libros le cambien a uno si antes no se estaba predispuesto para ese cambio. Pasé demasiado tiempo haciendo historia de las ideas, colocándolas en contextos y rodeado de gente que se preocupaba por el sentido de la historia (o por su falta de sentido), cuando en realidad a mí lo que verdaderamente me asombraba era el sentido del espacio (si lo tiene), nuestra relación con él y su continua transformación (que también tiene su historia, claro). Con todo, mi giro (o mejor, desvarío espacial) no coincidió con el giro espacial que dieron la filosofía y las ciencias sociales.1 Es cierto que me ayudó tratar con teóricos marxistas que tuvieron que ir más allá del estudio de textos e imágenes para entender la lógica cultural del capitalismo. Pero esos contactos quizá fueron otro efecto, y no la causa del cambio. Siempre me había preocupado mucho el espacio, aunque en un sentido sumamente prosaico: no creía que el progreso fuera alcanzable, pero sí creía que el espacio podía ser más habitable, e incluso –iluso de mí– que podían existir otros lugares, otros espacios (¿de esperanza?) a los que quizá se podría escapar, al menos temporalmente.
Una de las ideas a las que le doy vueltas en este libro es la de evasión. Cuando empecé a pensar en la relación entre evasión y espacios al aire libre, me acordé de todas las veces que me había escapado a jardines urbanos y parques públicos, pero me di cuenta de que no había cuidado ninguno privado, ni había colaborado en un huerto comunitario, ni en una granja urbana. Algunos hemos pasado mucho tiempo en jardines públicos por necesidad, o sea, porque había que matar el tiempo en algún sitio o porque buscábamos tranquilidad, a veces paseando en compañía, pero más frecuentemente vagando a solas. Desde luego, teníamos a nuestro alcance otros espacios a donde huir (billares, iglesias, bares, polideportivos, unas pocas bibliotecas), pero acabábamos en zonas verdes. Por algo sería. Quizá nos sentíamos más libres, alegres y cómodos: los árboles daban sombra, los gorriones alborotaban y se nos metía en las botas la tierra de jardín, que no es tierra de verdad, pero que era nuestra tierra. Sin embargo, íbamos hasta allí no porque amáramos particularmente la naturaleza. En realidad, lo poco que sabíamos de ella nos atemorizaba porque la habíamos descubierto en el cine (el otro lugar que más frecuentábamos, además de las zonas verdes) y allí, en aquella sala oscura, se nos presentaba en colores espectaculares y bajo formas amenazantes. Otros habían descubierto la naturaleza en novelas de aventuras, nosotros en las películas de Tarzán y King Kong, y en las de exploradores de junglas espesas y peligrosas. Vimos demasiado cine antes de ver suficiente realidad, ese era el problema, así que cuando contemplábamos un río con rápidos nos acordábamos rápidamente de una película (lo mismo valdría para desiertos y cumbres nevadas). Comparábamos la naturaleza con los decorados que se habían quedado grabados en la memoria, algunos en blanco y negro, otros en tecnicolor, de manera que cuando uno visitaba el campo pensaba que debía ir uniformado de expedicionario o de cazador. Cuando uno llegaba al mar se sentía imbécil en bañador, porque lo suyo habría sido ir disfrazado de buceador. El disfraz más barato que existía –por cierto– era el de náufrago. Jugar a estar perdido en el desierto también era barato, bastaba una cantimplora vacía y una duna retirada de una playa, o algún arenal de una rivera o un lago seco. Asociábamos la naturaleza con la guerra. Jugábamos a la guerra en patios y parques, pero cuando íbamos al campo nos sentíamos en un gran campo de batalla.2
Supongo que jugar a la guerra en campo abierto nos permitía un simulacro de inmersión en plena naturaleza. Podíamos mezclarnos más con la tierra, el aire, el agua, desaparecer en la maleza, arrastrarnos por el barro, sentir calor y frío, observar el paso de nubes, percibir cómo caía la noche, contemplar el inmenso cielo estrellado.3 Pero la naturaleza no era como nos habían hecho creer las películas. Caerse a un arroyo era espantoso, pero salir era todavía peor, sobre todo si los demás se reían de uno. La ropa no se secaba rápido. Defecar al aire libre era algo que no estaba en el guion. ¿Cuándo lo hacían los exploradores de las películas? Porque los de verdad lo tienen que hacer, eso está claro. En el campo donde jugábamos a las expediciones también solía aparecer ganado bovino, ¿eran las vacas que nos miraban tan fijamente parte de la naturaleza? ¿Qué pensarían de nosotros los ganaderos y pastores cuando nos veían jugando a cazadores de un safari? Los niños que pasaban el verano en campamentos eran otra cosa, y los que militaban en los Scouts también. Esos sí que sabían lo que era la naturaleza, ellos eran niños de verdad, ellos vivían en esta tierra, pero nosotros no, nosotros éramos niños de cine (pasábamos más tiempo dentro de una sala de proyección que en una tienda de campaña). De algún modo solo lográbamos sentirnos en la naturaleza imitando a un personaje que luchara en ella, o con ella. La verdadera forma de acabar fusionándose con ella no era muy romántica, sino catastrófica y siniestra: ser tragados por ella. La naturaleza era eso: terribles tormentas que provocaban naufragios, desastres, precipicios y cataratas que te arrastraban, arenas movedizas que te tragaban. Probablemente el cine de cataclismos, maremotos, inundaciones y terremotos marcara nuestra imagen de la naturaleza. El cine de catástrofes, y especialmente el japonés, nos parecía de lo más natural y fue simpático que cuarenta años después en Japón unos colegas dedicados a la literatura y al psicoanálisis nos felicitaran por nuestro conocimiento del cine japonés (no de Kurosawa, sino del cine popular de catástrofes).4
Hablo más de cine, pero “la naturaleza es en primer lugar literatura”, como dijo Bernard Charbonneau en el El jardín de Babilonia [1969]. En Europa la inventan Rousseau y Goethe, pero en el mundo anglosajón lo hace Defoe. Para los románticos franceses –añade– la naturaleza es como un telón de fondo, un decorado (como las cataratas de Niágara en René, de Chateaubriand), pero en el mundo anglosajón “el sentimiento de la naturaleza es más natural. Los personajes ya no meditan a la orilla de los lagos, sino que se sumergen en ellos; escalan las cimas que servían de decoración para la ensoñación romántica; y se embarcan y parten a ese océano cuya ola venía a romper a los pies de René. Y no como pasajero, sino como simple marinero. El discurso se vuelve acción; la descripción, técnica” (Charbonneau, 2016: 200). Menciona entonces, claro, a escritores cuyas novelas han inspirado tantas películas, a Melville, Kipling, London, Conrad, y que no versan “sobre la naturaleza en sí misma”, sino sobre “el hombre en lucha con ella”, sobre individuos solitarios “que se enfrentan a las fuerzas primigenias del mundo”. No es una literatura exótica, sino una literatura del combate, probablemente porque surge en sociedades protestantes donde “la industria era más opresiva, y el individuo, cuando conseguía resistirse, más exigente”, y donde “el trato con la Biblia había agudizado la percepción de la tensión que enfrenta y une al hombre con lo creado” (p. 201).5
Luego aprendimos más biología y geología, y más geografía. La literatura y el cine no lo eran todo. Así que quizá podíamos sentirnos cerca de la naturaleza de otra forma. No hacía falta hacer grandes viajes, ni convertirnos en aguerridos pioneros. Bastaba con observar todo de otra forma. La naturaleza también estaba al final de la línea del cercanías, o al alcance de un paseo urbano por terrenos baldíos. ¿Acaso las cucarachas y las ratas que vivían en las ciudades no eran naturaleza? También los pájaros, claro, y los insectos. ¿Pero no eran también parte de la naturaleza las esporas que producían alergias terribles? ¿Y la lluvia torrencial que atascaba alcantarillas y túneles y creaba grandes atascos de tráfico? ¿Y la nieve que aún por entonces podía cubrir toda la ciudad? ¿O el hielo? Los parques y jardines no nos parecían grandes escenarios naturales pero resultaban accesibles: estaban más cerca que las montañas, los desiertos, los grandes ríos o las costas y podrían valernos como sucedáneo de la naturaleza.
Pero volvamos a la idea de evasión, que –no hay que recordarlo– es ciertamente evasiva, porque puede significar muy distintas cosas: huir, escapar, esquivar, eludir, soñar, fantasear, olvidar; que pueden resultar positivas o negativas dependiendo de sus causas y sus fines. Cuando empecé a hablar de la evasión a mis colegas, me hablaban de religión y me recordaban que la fuga mundi es en el fondo una entrega más verdadera a este mundo. Yo no comprendía nada de lo que me decían, o lo comprendía pero me hacía el tonto porque no me interesaba asociar a los fugitivos con eso, con santos, monjes, eremitas o ermitaños. No me interesaba la relación entre fuga y verdad, ni la huida como búsqueda de autenticidad. Tenía en la cabeza escapadas más desesperadas, a fugitivos locos, a derrotados, vagabundos pirados, viajeros huidizos, malogrados errantes, solitarios esquivos. También me acordaba de hippies delirantes que buscaban la autenticidad en la naturaleza, y de algunos que se dieron cuenta de su error demasiado tarde.
Como no me impresionaban los relatos solemnes de los filósofos y los teólogos, y la geografía, la sociología y la psicología cada vez me divertían más, se me ocurrió investigar por qué la gente prefiere escapar no a la naturaleza salvaje (sea eso lo que sea y suponiendo que exista), sino a una pseudonaturaleza; no a espacios naturales por naturaleza, sino a sus “derivados”, a espacios naturales elaborados. Empecé a pensar en la lógica que lleva a diseñarlos y en las costumbres que empuja a visitarlos, y de repente me vi estudiando la obra del geógrafo Yi-Fu Tuan, sobre todo su libro Escapismo. Formas de evasión en el mundo actual (2003), que me resultaba muy discutible, pero por eso mismo mucho más útil que otros. Para empezar, Tuan me ayudó a entender mejor el apego y el desapego, el deseo de quedarse en casa y el deseo de salir de ella y, sobre todo, dos trastornos: la nostalgia y el desarraigo.
Simplifico al calificarlos de trastornos, pero me interesan más como parte de la psicopatología que de la poesía. Aclararé que no estoy en contra de la gente arraigada, excepto cuando conciben su arraigo como una obligación, ni tampoco el cosmopolitismo desarraigado me parece malo, solo que es inaceptable cuando inspira una pose de desdén y superioridad hacia los que no se mueven de su tierra. Moverse de un lugar a otro no procura necesariamente más sabiduría, no inculca tolerancia ni favorece la apertura de miras. En la era de los viajes baratos se pueden visitar muchísimos lugares, pero sin viajar realmente. Y es que la ecuación del poema de T. S. Eliot según la cual al final del largo viaje lo que uno acaba conociendo realmente es el punto de partida, no es tan sencilla como parece.
Magris señala en El infinito viajar (2005) que para Weininger viajar era inmoral y para Canetti, cruel. Retrocede incluso hasta Horacio (“inmoral es la vanidad de la fuga”) cuando recomienda no salir corriendo a caballo para huir de cosas que en realidad galopan agarradas al ingenuo jinete. Según Weininger “el yo fuerte” es el que permanece en casa, el que “se encara con la angustia y desesperación sin que lo distraigan o aturdan”, el que “no aparta la mirada de la realidad, y la pelea; la metafísica es residente, no busca evasiones ni vacaciones”. Curiosa afirmación, porque podría ser la perfecta coartada para ignorar este ancho mundo en nombre de las responsabilidades con el mundo propio. Sin embargo, Magris insiste: “Las aventuras del viaje no son nada comparadas con la aventura más arriesgada, difícil y seductora” que “se lidia en casa; es allí donde nos jugamos la vida, la capacidad o la incapacidad de amar y construir, de tener y dar felicidad, de crecer con valentía o agazaparse en el miedo; es allí donde corremos los mayores riesgos […] recorrer el mundo es descansar de la intensidad doméstica, apaciguarse en placenteras pausas de holganza, abandonarse pasivamente […] al fluir de las cosas” (Magris, 2005: 21). Habría otra razón para no salir de casa, por lo visto. El viaje, realmente, no solo puede ser una huida del mundo propio, sino también una forma superficial de transitar por el mundo ajeno, adoptando el papel de mero espectador, sin verse afectado por la vida de los otros. Por supuesto, frente a estas dos huidas del mundo, Magris contempla una alternativa demasiado bonita para ser verdad, la del viajero que finalmente descubre que el mundo es su verdadera casa, sentimiento que revaloriza su amor por el hogar y a la vez le previene del chovinismo: “Amor por las lejanías y amor por el hogar coinciden, porque en el hogar se quiere también al vasto mundo desconocido, y en este último se aprecia, aun en las más variadas formas, la intimidad del hogar […]. Viajar enseña el desarraigo, a sentirse siempre extranjeros en la vida, incluso en casa, pero sentirse extranjero entre extranjeros acaso sea la única manera de ser verdaderamente hermanos” (p. 23).
La idea de evasión se suele estudiar a la vez que la de hogar, que es otra idea igualmente difícil de definir. El hogar no es lo mismo que la casa, recuérdese. La casa es un espacio delimitado, acotado, mientras que el hogar es algo mucho más vago y amplio, no es tampoco un territorio geográfico, sino todo un ambiente emocional y cultural. “Volver a casa” puede significar cosas muy distintas: volver al hogar familiar, al pueblo o localidad, a la provincia, al barrio, a la comunidad, a la ciudad (hometown). También puede significar volver a tu país (country) o a tu tierra natal (homeland). Para viajeros y exploradores puede significar “volver a tierra”, o sea, a puerto si eres un argonauta, o volver a la Tierra si eres un astronauta. El destino de muchas huidas puede ser una fantasía, algo imaginario, pero a veces el punto de partida puede ser otra ilusión igual de irreal. El paisaje del hogar no es un territorio físico o un espacio material, sino un espacio imaginario; esta fue la clara conclusión de D. E. Sopher en “The Landscape of Home. Myth, Experience, Social Meaning” (1979) cuando se planteó cuáles son las marcas (signatures) que convierten un espacio en un hogar. Cuando se está fuera de casa, lo que realmente está ausente son ciertas personas, porque sin el factor humano –decía Sopher– el hogar no existe. El paisaje del hogar es una amalgama de imágenes, historias y recuerdos. O sea, eso que llamamos “el hogar” depende tanto de un álbum de fotos y de los comentarios que hemos oído sobre ellas como de documentos de inscripción, certificados de nacimiento, residencias o posesiones. Tener un hogar presupone una geografía emocional, un mapa vago de una pequeña región aunque esté fabricado con elementos concretos. La idea del hogar no es separable del “campo rememorado de una experiencia familiar, dentro del cual los lugares particulares perduran como los loci de los sucesos personales memorables” (Sopher, 1979). Cada lugar genera una memoria, pero la memoria también produce ese lugar. La percepción de un terreno, un ambiente o, más aún, de un paisaje como un lugar familiar está condicionada por una historia psíquica y cultural, consciente o inconsciente, por una memoria individual y colectiva. No existe una experiencia pura, ni una percepción desprejuiciada de un lugar; tampoco una definición exclusivamente física o topográfica de un terreno o un entorno. Tampoco una exclusivamente administrativa de un distrito. Aunque nos cueste admitirlo, construimos nuestro territorio de origen igual que una agencia de viajes construye un destino para un turista: fabricamos el paisaje natal haciendo que algunos fragmentos representen un todo, como los editores de postales pintorescas deciden que un puente, un tranvía o un edificio represente la totalidad de la ciudad, su espíritu peculiar, sus señas de identidad inconfundibles. Nunca dejamos totalmente el hogar atrás, igual que un ateo no deja del todo a Dios, afirma Michael Allen Fox (2016).6
Hay fugas muy justificadas, claro. Para empezar las que tienen que ver con la simple supervivencia. Escapamos de fuerzas que nos atenazan, de poderes que nos someten y amenazan, de espacios que nos retienen. Si no lográramos escapar de ciertas situaciones podríamos acabar muertos, o locos; aunque también se puede acabar perdiendo la cabeza si se vive en permanente estado de fuga, claro. Salir de un lugar horroroso y desplazarse a otro más tranquilo no es ninguna evasiva, sino un intento de disfrutar de un grado de seguridad y de libertad del que se carece. Fugarse no tiene nada de malo. La vida puede ir en ello. Un ejemplo particular de evasión consiste en lo que David Le Breton llama “actos de desaparición”. Le Breton es conocido por sus trabajos sobre el arte de caminar y el silencio, pero en Desaparecer de sí (2018) estudia a fugitivos que tratan de borrar su pasado para sacar de sí mismos una personalidad más pura y elemental.7 Para estos caminantes la sociedad solo representa hipocresía y falsedad, así que es normal que idealicen la naturaleza salvaje y que perciban los grandes espacios naturales como el reino de libertad. Un jardín o un parque quizá les resulten tan artificiales y opresivos como la sociedad de la que quieren huir. No les parecen escenarios a la altura de grandes experiencias, aunque en esos espacios domésticos hay gente tan perdida existencialmente como ellos –como contaré en otro libro,8 en ellos se pueden experimentar náuseas de profundo carácter metafísico, como le ocurrió a Sartre. La diferencia entre unas montañas salvajes y unos jardines públicos es que en estos últimos quizá puedan encontrarte borracho en el suelo y llevarte a un hospital cercano a tiempo, mientras que en las montañas pueden encontrar tu cadáver meses después de que murieras por ingesta de bayas venenosas. En cualquier caso –diría el romántico– el riesgo de intoxicación y muchos otros peligros que depara la naturaleza son menores en comparación con la dicha y la grandeza que pueden procurar al prófugo.9 La cuestión es lograr sentirse vivo por primera vez, aunque sea la última vez que uno lo haga, y muera en el intento.
Aparte de estas fugas tan intrépidas y románticas que a veces acaban tan mal, la fuga más habitual a la naturaleza es bastante más ridícula y se basa en lo contrario, en la ausencia de riesgos. Cuando hacemos una escapada al campo nos evadimos de la ciudad, huimos como locos de ella y nos matamos en un atasco para llegar a una casita rural rodeada de bosque por donde dar paseos. Necesitamos volver a la naturaleza de vez en cuando, claro, pero no exactamente a la naturaleza cruel que padecieron nuestros ancestros, sino a algo bastante más acogedor y tierno. Si nuestros abuelos de orígenes rurales hubieran vivido lo suficiente para ver cómo nos comportamos un fin de semana en el campo, amando a la madre naturaleza, quizá habrían acabado mentando a la madre que nos parió. Ellos salieron corriendo del campo hacia la ciudad huyendo de un mundo atroz, y celebraron el dichoso día en que lograron vivir rodeados de asfalto y hormigón.10 Nosotros, en cambio, nos hemos asfixiado en las ciudades y ahora tratamos de huir en dirección contraria hacia un campo totalmente idealizado. Lo que un día fue un refugio, hoy nos parece una cárcel.11 Si viviéramos realmente a la intemperie en plena naturaleza, o lleváramos una vida verdaderamente rural entre pastos y corrales, cuadras y silos, correríamos de nuevo hacia la jaula de la civilización y nos ataríamos nosotros mismos el collar, como los perros caseros que se escapan pero regresan sumisamente a su caseta magullados, hambrientos y con el rabo entre las piernas.
El deseo de entrar en contacto con el mundo natural puede parecer natural, pero no lo es. Muchos amantes de la naturaleza sufren un déficit grave de sentido histórico. Como ha mostrado Rebecca Solnit en su magistral Wanderlust (2001), el sentimiento de unión con la naturaleza, tal como muchos lo siguen describiendo, surgió en la época romántica, o sea, en un momento histórico, pero se ha ido transformando hasta convertirse en una especie de sentimiento natural (p. 133). Solnit empieza citando Walking de Thoreau, el pasaje donde afirma que cuando caminamos de manera natural nos dirigimos a bosques y campos (pobres de nosotros si no lo hiciéramos –añade– si solo camináramos por jardines y paseos) y continúa:
Para Thoreau, el deseo de caminar en un pasaje que no ha sufrido alteración alguna por parte del ser humano parecía ser algo natural […]. Aunque mucha gente hoy va a los campos y bosques para caminar, el deseo de hacerlo se debe en gran parte a los tres siglos de cultivo de ciertas creencias, gustos y valores. Anteriormente, los privilegiados en busca de placer y experiencias estéticas caminaban solamente por jardines o paseos. El gusto por la naturaleza ya arraigado en la época de Thoreau y magnificado en nuestros tiempos tiene una historia peculiar, una que ha hecho a la misma naturaleza algo cultural (ibíd.).12
Entrar en contacto con la naturaleza es algo que se aprende. Muchas personas –es cierto– se pueden conmover con ella, aunque no hayan leído muchos libros de viajes o poemas, aunque no hayan contemplado pinturas y fotografías de paisajes, pero eso no significa que hayan estado al margen de procesos de socialización o que no hayan aprendido a sentir lo que sienten y a reconocer sus propias emociones. Sentirse en la naturaleza es una experiencia social, no en el sentido de que tenga que ser colectiva (uno puede experimentarla a solas), sino en el sentido de que se ha aprendido de igual modo que se aprende todo las demás: imitando, observando, conviviendo con otras personas. El deseo de entrar en contacto de forma espontánea con una realidad al margen de la historia humana, una realidad intacta, pura, originaria, natural…, es él mismo un producto histórico y relativamente reciente.
Solnit tiene razón y además apunta otro asunto: volver a la naturaleza ha sido un privilegio de unos pocos, igual que antes lo fue pasear por un parterre, entre fuentes barrocas. Los jardines ingleses eran tan artificiales como Versalles, y en ellos se formó el gusto naturalista de la alta sociedad. Mucho tiempo después, el turismo de masas logró poner al alcance de todos los bolsillos aquella selecta experiencia de origen romántico. Por eso, hoy todos somos más románticos, solo que las clases bajas y medias disfrutan de una naturaleza low cost, mientras que las nuevas clases pudientes siguen asegurándose su éxtasis particular en parajes más naturales, los últimos paraísos terrenales. Que los ricos aterricen con helicóptero en una playa protegida para pasar el día no es nada: con suficiente dinero se puede edificar una mansión dentro de una reserva natural. Lo habitual hoy es comprarse la playa, o la isla, aunque hay quienes pueden fabricar la isla de la nada, vertiendo toneladas de arena donde solo hay agua.
No todos los que vuelven a la naturaleza han sido millonarios opulentos y horteras. Como recordó David Brooks hace ya casi veinte años en Bobos en el paraíso. Ni hippies ni yuppies: un retrato de la nueva clase triunfadora (2001),13 las nuevas clases pudientes de finales de los ochenta y los noventa no fueron tan desvergonzadas, e inventaron un tipo de distinción social que exigía otra forma de relacionarse con la naturaleza. Su visión del reino natural era inseparable de su corrección política y contribuyó al progresivo desarrollo del “capitalismo verde”. No eran tan bohemios como los hippies, pero tampoco tan fríos e implacables como sus antecesores, los yuppies. Eran menos cínicos que estos, mucho más moralistas, y ahí estuvo el problema.
Uno de los valores que reivindicaron fue la lentitud. Para disfrutar de la naturaleza todos deberíamos empezar a andar mucho más despacio y a disfrutar del camino. Los turistas visitan a toda prisa los parajes naturales, tan rápido como los monumentos históricos. De hecho, a estos efectos, no hay diferencia entre naturaleza y cultura: las dos son decorados. Pero eso no es viajar, creían los bobos. Ellos eran diferentes y por eso –dice Brooks– recorrían el valle del Loira en barcaza y miraban por encima del hombro a los grupos que pasaban por la orilla en coche; atravesaban Nueva Zelanda en bicicleta, desdeñando a quienes usaban un tren; cruzaban Costa Rica en balsa, sintiéndose superiores a quienes se subían a un avión. Si los turistas de visita en África solían visitar una reserva natural, ellos descubrían otra menos conocida, alternativa, a la que probablemente era mucho más difícil llegar, pero que siempre era más auténtica. Daba igual si había menos animales, porque lo que verdaderamente disfrutaban era saber que no estaban haciendo lo que la mayoría (p. 218).
Otro principio de estos grandes viajeros y naturalistas de los noventa es que se está más cerca de la naturaleza cuanto más sufrimiento se padece. Los bobos pusieron de moda las vacaciones extremas, las excursiones al límite en las que se hacen cosas que a nadie se le ocurriría hacer o que solo se hicieron por necesidad; por ejemplo, cruzar a pie una zona que el ejército de Alejandro Magno atravesó “porque su única alternativa era perecer” o abrirse paso en una selva infestada de bichos en la que ningún nativo se internaría para así “adquirir conciencia ambiental”. En la época de los hippies el naturalismo significa renuncia a la ambición y al hedonismo –dice Brooks– mientras en la época boba se le dio la vuelta al asunto: para experimentar el reino natural hay que aspirar a lo más alto y pasarlo mal…, “hemos pasado del hedonismo drogado de Woodstock al ascetismo del explorador ocasional de clase culta”. Los bobos
no se limitan a sentarse en el bosque, sino que se lanzan a subir montañas, vadear por la selva, escalar un peñasco helado o cruzar en bicicleta la divisoria continental. Si existe un modo fácil de escalar una montaña, ellos toman el camino más difícil. Si tienen la posibilidad de ir a algún sitio en un tren estupendo, van en bicicletas y por los peores caminos. Convierten la naturaleza en una carrera de obstáculos, en una serie de pruebas que superar. Van a la naturaleza para comportarse de un modo antinatural. En la naturaleza los animales huyen del frío y buscan el calor, cobijo. En cambio, los naturalistas bobos huyen de las comodidades y buscan el frío y las privaciones. Lo hacen para sentirse más vivos y porque su vida, vacaciones incluidas, es una serie de pruebas de aptitud (pp. 220-221).
Brooks comparó las pruebas a las que se sometían los bobos (por ejemplo, ascender a una cumbre hasta que casi les da un edema cerebral) con auténticas ordalías medievales, o sea, con rituales que confirmaran el grado de entrega con el que uno quiere conectar con la naturaleza. Pero el ascetismo no estaba divorciado de lo espectacular, al contrario: “quieren vivir una experiencia imax en persona” –dice Brooks con sorna. No se trataba solo de sufrir (para eso, como dice Brooks, podían dedicarse a colaborar en grandes y laboriosas obras públicas), sino de sufrir en aras del esplendor, de la belleza sin fin: “es necesario sobrellevar terribles sufrimientos […] a fin de experimentar la espiritualmente edificante magnificencia de la naturaleza en su estado más brutal. Hay que machacar el cuerpo para alcanzar la trascendencia medioambiental” (p. 222).
Pero había algo que quedaba más claro no cuando escalabas o hacías travesías con bobos, sino al intentar comprar el equipo adecuado para acompañarlos. Todo era confuso porque nadie hablaba de precios (aunque todo era muy caro), y parecía regirse por un invisible sistema de meritocracia. Brooks cuenta su experiencia en una tienda muy conocida de artículos de aventura de Seattle (pp. 223-229), pero podía pasar algo parecido en muchos otros lugares de Estados Unidos. En muchas de estas tiendas, la asombrosa variedad de productos que se ofertan puede hacerte sentir imbécil si vienes de Europa (o si eres un estadounidense atípico), una sensación similar a la que puedes tener en un supermercado de bricolaje, en una tienda de productos de jardinería o en una gran armería. Mi propia sensación después de pasar una larga tarde en una tienda dedicada a actividades al aire libre –Brooks no lo dice, porque es un bobo, pero lo digo yo– es que en Estados Unidos estar en contacto con la naturaleza requería un grado de militarización tan alto como de espiritualización. Desde luego, había bobos que se conformaban con el trekking o con formas menos técnicas de senderismo. En esos casos la cuestión no era sentirse vivo exponiéndose a peligros, sino renacer por depuración. Los bobos intrépidos se convertían durante el fin de semana en aventureros, mientras que estos otros más meditativos empezaban a imitar a monjes, sobre todo budistas, solo que vestían camisas de franela a cuadros y chubasqueros con Goretex, y no túnicas largas. Imitaban, quizá, un poco más a los hippies (¿sus padres?), pero evitando todos los delirios que en su día provocaron el consumo de lsd o unos buenos hongos. Sus viajes eran reales y las únicas sustancias que se permitían (o eso parecía) eran de la gama dietética de las propias tiendas deportivas, combinándolas, eso sí, con la comida orgánica que empezaba a venderse en las placitas de los pueblos de los valles. La salud personal empezaba a ponerse tan de moda como la salud del planeta; la conciencia ecológica se manifestaba tanto como un código de prácticas saludables como en forma de un nuevo pacto de no agresión con la Tierra (a la que había que purificar tanto como el propio sistema digestivo).
El problema principal de esta forma de vivir el amor a la naturaleza es que generaba ansiedad y, lo que es peor, codicia. Brooks lo sugiere, pero podría haber ido más lejos: el acopio de experiencias espirituales extremas en la naturaleza o de vivencias especiales al aire libre “puede llegar a parecerse a la acumulación del dinero… cuanto más tienes, más quieres”. El propio deseo de los bobos de obtener nuevas y más variadas experiencias los convirtió en los mayores consumidores, solo que irónicamente lo hicieron en nombre de valores no consumistas, en aras de un mundo más espiritual e inmaterial. Como decía Brooks parafraseando a Marx, los primeros burgueses convirtieron todo lo sagrado en profano, pero las nuevas clases pudientes de los noventa tornaron sagrado todo lo profano. “Es como si tuvieran el poder del rey Midas, pero al revés: todo lo que tocaban se convertía en algo espiritual” (p. 113).14 Lo cual no quita –añadamos– que mucha gente se hiciera de oro gracias a ese mismo mercado espiritual. Fue precisamente esa mezcla de espiritualismo lo que según Brooks empujó hacia las reservas naturales no solo a grandes magnates, estrellas del cine y de la canción o celebridades de los deportes, sino también a brókeres, abogados, agentes de propiedad inmobiliaria o médicos, y más tarde a miembros de profesiones libres, escritores, editores, intelectuales, gestores culturales, cargos administrativos, etcétera. Como tantas otras veces, los ricos llegaron primero, pero finalmente hubo sitio para todos, incluyendo a la clase media alta.
Brooks analizó el caso de Montana, cuyo parque nacional llegaron a visitar dos millones de personas cada verano, pero habría muchos otros casos.15 Él mismo intentó recuperar esos vínculos con la Tierra, y describió su experiencia en el río Big Blackfoot con la ironía típica de los periodistas de ciudad…
Estoy sentado sobre una roca […]. El sol arranca destellos de agua y la vegetación de la ribera se halla en pleno esplendor otoñal. El aire es fresco, el silencio, absoluto, y mis únicos compañeros son el halcón que planea sobre mi cabeza y la trucha que nada en las aguas del río […]. Estoy aquí sentado a la espera de uno de esos momentos perfectos cuando el tiempo se detiene y uno alcanza una comunión mística. Pero no sucede nada. Llevo treinta minutos sentado en este entorno maravilloso y no he experimentado ni una sola elevación de conciencia. Los ritmos intemporales de la creación se suceden a mi alrededor. El aire fresco y limpio me susurra al oído. Las ramas de los árboles oscilan. Los patos pasan volando en silencio […]. Nada de nada […]. Tal vez la estación esté demasiado avanzada para alcanzar la trascendencia (p. 231).16
En medio de semejante situación, tan decepcionante, Brooks se acuerda de grandes naturalistas y conservacionistas, como John Muir y Aldo Leopold, cuyos grados de comunión con la naturaleza parecían quedar fuera de su alcance.17 Quizá el problema es que en octubre –se dijo con sorna– ya no se podía alcanzar el éxtasis porque los turistas lo habían gastado en los meses de verano. Pasadas ciertas fechas, el estado de Montana se queda “espiritualmente exprimido”. Pero quizá el problema no es solo ese. Brooks admite que no logra sentir nada especial, pero lo que no acaba de entender realmente es por qué dicen que la naturaleza inspira tranquilidad, cuando la sensación dominante durante su jornada al aire libre es la contraria:
Las únicas cosas que se funden en una sola son mis dedos a causa del frío. Las temperaturas bajas siempre parecen fuentes de inspiración y comunión con lo fundamental en los libros de aventuras, pero a mí el viento frío solo me produce dolor en las extremidades, y en lugar de alentar en mí sentimientos profundos, la soledad me espeluzna. Los escritores que describen la naturaleza adoran esos instantes en que toda la creación se reduce a los elementos: yo, el agua, la trucha. Pero con toda probabilidad no hay ni un alma en quince kilómetros a la redonda. Cuando pienso en las desgracias que podrían sobrevenir a una persona en tan desolado paraje (piernas rotas, una avería con el coche, una crisis anafiláctica), me doy cuenta de que buscar la paz interior en lugares próximos a una cabina telefónica y a un equipo de rescate tiene sus ventajas. Cada crujido se me antoja la primera señal de ataque de un oso pardo. Miro el reloj y me digo que más me vale empezar a experimentar cuanto antes la comunión serena con la creación de Dios, porque tengo mesa reservada a las seis en un restaurante (p. 232).
Quizá Brooks sea un neurótico, como mucha otra gente incapaz de sentirse tranquila en el campo. Quizá las probabilidades de morir en un accidente de tráfico de camino al campo eran mucho más altas que las de acabar devorado por un oso. Y probablemente la tasa de accidentes domésticos y laborales mortales en su zona de residencia era también mucho más alta que la de fracturas al aire libre al oeste de Montana.
Conocí a individuos parecidos a Brooks, muchos de ellos en Nueva York, y algunos resultaban francamente insoportables en el campo. No porque fueran unos obsesivos de los accidentes, sino porque durante las caminatas no paraban de discutir sobre lo que pasaba en la ciudad. Sí, hablaban y hablaban como si siguieran en una cafetería de moda del Lower East Side y claro, solían acabar tropezando y haciéndose daño, momento que aprovechaban para quejarse de todo (de sus quemaduras solares o de sus picaduras de insectos). En algunas ocasiones deseábamos, en efecto, que algún oso gigante se comiera al bobo en cuestión.
Otros conocidos, en cambio, guardaban demasiado silencio cuando se viajaba con ellos, y te sentías mal si no conseguías relajarte y quitarte de la cabeza cualquier idea que no tuviera que ver solo con la madre naturaleza, así que tratabas de dar signos de que estabas conectado al cosmos cuando el grupo se paraba delante de una cascada que salpicaba agua, al borde de un risco donde soplaba un viento o bajo altos árboles entre cuyas ramas se filtraban haces de luz. En aquellos grupos, no fusionarte con los elementos era un síntoma de alguna enfermedad o de algún trastorno. Se suponía que en aquel entorno había que exteriorizar sentimientos, lo cual no estaba mal en teoría, el problema es que solo podían ser positivos y edificantes. A finales de los noventa, sin embargo, cuando paseaba con estos naturalistas yo no me quitaba de la cabeza lo que sabía de Among Grizzlies: Living with Wild Bears in Alaska, el libro de Timothy Treadwell, el desequilibrado que pretendió vivir con los grizzlies de Alaska como si fueran sus mascotas. Años después, cuando hizo el documental sobre Treadwell, el sabio de Werner Herzog dijo que en la cara de aquellos osos él no veía ninguna afinidad, sino solo la sobrecogedora indiferencia de la naturaleza (o como mucho, cierto interés por comer). En 2003, como se sabe, Treadwell y su novia acabaron devorados por los osos. Durante un paseo años después (quizá ya en la era hípster, hacia 2006, más que en la boba), un excursionista me dijo que Treadwell “estaba mal de la cabeza”. “Quizá –contesté–, la verdad es que no se puede confundir un oso con un peluche porque la naturaleza no es cariñosa, ni lo contrario, simplemente es”. Creo que el principio de mi frase no le molestó, pero el final sí, porque me miró brevemente, de arriba abajo, callado, con desconfianza. A él no se le ocurriría abrazarse a un oso (no estaba tan loco, claro), pero probablemente tenía una visión de la naturaleza más evocadora. Sabía que era un progresista en el terreno político, pero me quedó más claro que era un moralista y que estaba firmemente convencido de que la relación entre el hombre y la naturaleza podía alcanzar un mayor grado de perfección. Creía en algún tipo de armonía cósmica que los seres humanos podían ser capaces de restituir.
Podemos imaginar fácilmente una continuación de la sociología cómica de los bobos al aire libre. Supongo que tendría como objeto a sus sucesores, los dichosos hípsters, y por eso no puedo dejar de comentar algunos datos que Mark Greif (2018) saca a relucir en “¿Qué era el hípster?” [2010]. Greif divide la historia del hípster en dos periodos, uno iría de 1999 a 2003, y otro desde 2004 hasta 2010. Lo llamativo no es la primera época (marcada por las diferencias con los indies bohemios, las revistas de moda como Vice, las novelas de Dave Eggers), sino la segunda, la fase del “hípster verde” o “hípster primitivo” –como lo llama Greif–, el hípster que justamente en el momento de mayor tensión política y violencia, se vuelca en “el frágil mundo de las criaturas con pelo”, también en los árboles, los parques naturales, los nativos americanos; el hípster que mezcla sonidos y símbolos de la inocencia bucólica con la nostalgia por tecnologías de los años ochenta como por ejemplo los ordenadores trs-80 (p. 268). Greif enumera hasta ocho grupos de moda de esta época con nombres de animales: Grizzly Bear, Neon Indian, Deerhunter, Fleet Foxes, Department of Eagles, Wolf Parade, Band of Horses y Animal Collective. “El público –dice– oía sonidos animales y deliciosas armonías estilo Beach Boys; letras y vídeos apuntaban a un producto rural, playas vírgenes y bosques; la vida ocurría en un futuro más afectuoso, espacioso y manejable… no es insólito encontrarse con que algunos músicos llevaban máscaras o vestían como un animal de peluche de cuerpo entero”. Las mujeres hípsters, más visibles según Greif, en esta fase se calzaron ropas camperas, y luego “botas impermeables de goma verde oscuro, igual que si fueran terratenientes rurales que van a visitar establos”. Los hombres se dejaron “barba de ermitaño o de leñador. Volvió la franela, al igual que las chaquetas de caza a cuadros rojos y negros. Las bufandas proliferaban de manera innecesaria, evocando una fría noche en los bosques […] los elepés volvían a venderse por primera vez en dos décadas”. Los hípsters más avanzados incluso “le quitaron las marchas a la bici” (p. 269). Mi pregunta es: ¿fue en ese momento, el de la bicicleta a piñón fijo, cuando los hípsters volvieron a leer a Thoreau? Se diría que sí, y que en cierto modo el libro de Greif es, en buena parte, un intento de liberar a Thoreau de esos “consumidores rebeldes” que parasitan todo tipo de contracultura: la bicicleta a piñón fijo, después de todo, la copiaron de los mensajeros en bici y de grupos anarquistas, y el consumo de comida de proximidad es una versión elitista de la “campaña ecologista de izquierdas para desindustrializar la agricultura” (p. 272).18
La última vez que visité Estados Unidos me topé con individuos que encajaban perfectamente con el retrato del artista hípster que hace Greif, pero me llamó la atención un fenómeno persistente: los nuevos naturalistas no desplazan a los antiguos, sino que coexisten con ellos; surgen nuevos cultos a la naturaleza, pero los anteriores no desaparecen totalmente, y cuando lo hacen, reaparecen de otra forma, a veces más intensa. Los ecohípsters parecen más civilizados que otros naturalistas. No están movidos por grandes creencias metafísicas, sino por recetas estéticas y políticas. Puede que resulten un tanto pusilánimes en comparación con algunos militantes de la ecología, pero al menos han dejado atrás el estilo de los grandes visionarios ecologistas. Su cortedad de miras tiene esa pequeña ventaja.
Durante los últimos paseos, aquella misma temporada en Estados Unidos, la conversación de un grupo heterogéneo de excursionistas cambió radicalmente de tono cuando uno de ellos afirmó solemnemente que la única forma en la que la humanidad puede evitar la destrucción del planeta es desapareciendo ella misma. Dijo desaparecer, no decrecer.19 Entonces empezó a decir que éramos una especie de virus letal para el planeta, y que si un virus de otro planeta eliminara a la humanidad (dejando intacto el resto de vida) todo iría mejor. Otro excursionista le dijo que si el virus dejara infértil a la especie humana, la desaparición sería más lenta, pero igual de útil. Estos argumentos no me sonaban nuevos. Años atrás una amiga me había hablado de las campañas de Population Action Internacional sobre control de natalidad. Como yo estaba estudiando la religión en Estados Unidos sabía más de la delirante Iglesia de la Eutanasia, pero no me atreví a mencionarla porque presentí que a mis acompañantes no les hacía ninguna gracia el humor negro (esa congregación promovía el suicidio, el aborto, el canibalismo y la sodomía u otras formas de practicar sexo no procreativo). Sí me atreví a hablar, en cambio, de Les U. Knight, fundador del vhemt (Voluntary Human Extinction Movement) cuyo programa para hacer desaparecer a la raza humana de la faz de la tierra me parecía ridículo pero menos fanático. Knight colaboró al principio con movimientos como Zero Population Growth, pero desde principios de los noventa empezó a difundir sus ideas contra el crecimiento poblacional con humor: hacía cómics donde la gente adoptaba bonobos en vez de tener niños y vendía pegatinas para la ventana trasera del coche que rezaban: “Gracias por no reproducirte”. Knight no fue un misántropo, ni detestaba a la humanidad, pero creía que era hora de borrarse del mapa. Con todo, lo más interesante era la ironía con la que concebía los últimos días de la especie humana. No imaginaba un escenario atroz (como el del mundo infértil de The Children of Men de P. D. James), ni sentía “ninguna clase de alegría misantrópica ante la guerra, la enfermedad o el sufrimiento de nadie”.20 En realidad, hacía cálculos y no le salían las cuentas: ni un virus, ni grandes hambrunas o una gran guerra podían solucionar el problema; tampoco las políticas de control de natalidad, como en China. Knight llegó a la conclusión de que el ritmo de crecimiento de la humanidad, pese a todos los desastres concebibles, siempre sería mayor que su tasa de defunción. Para él, no había otro destino: estábamos condenados a la extinción, pero podíamos evitar un final agónico y violento si decidíamos consumirnos poco a poco, pacíficamente. Ironías de la historia: el mundo en lenta extinción sería el mundo feliz que siempre habíamos soñado. Si se dejara de procrear –calculó–, ya no habría más niños menores de esa edad que murieran, y la calidad de todos los niños mejoraría “porque ninguno sería prescindible, y ningún huérfano se quedaría sin ser adoptado”. En veintiún años tampoco habría delincuencia juvenil. Habría comida suficiente para todos y los recursos volverían a ser abundantes, incluida el agua. Veríamos otra vez peces en los mares y la vida volvería a ser exuberante en humedales y bosques. Los impulsos agresivos se debilitarían, dado que no habría necesidad de matarse para acopiar recursos. Pero ¿qué se haría con el instinto de reproducción? ¿Seguro que se olvidaría? Hay quien piensa que no, porque es un deseo demasiado natural, y hay quienes creen que desaparecería porque es muy cultural. Pero Knight simplificaba: estaba seguro de que en su mundo terminal la gente seguiría necesitando sexo, pero afirmó que los deseos que suelen empujar a tener niños están muy condicionados culturalmente y que podrían canalizarse o satisfacerse de otras formas: plantando jardines con cariño, atendiendo a ancianos, dando cariño a una mascota, cuidando y limpiando zonas naturales. Como dice Weisman, la visión de Knight no fue sombría, ni oscura, sino crepuscular e inspiradora. “Los últimos humanos podrían disfrutar pacíficamente de sus últimas puestas de sol, sabiendo que han llevado de nuevo al planeta lo más cerca posible del Jardín del Edén”, dijo Knight. Pero ¿sería esta visión de un mundo “aliviado de nuestra carga” suficiente para despedirse de esta vida en paz? ¿Seguro que los últimos habitantes del jardín del Edén estarían serenos, simplemente imaginando la flora y la fauna, libre y salvaje, que repoblaría el jardín cuando desaparecieran? Podrían aceptar que no habría más descendencia, más niños correteando por la hierba…, pero ¿renunciarían también a la posibilidad de dejar constancia de su paso por el mundo? La humanidad casi destruyó el mundo, pero si ellos estaban ahí, entonces la humanidad también supo evitarlo. ¿Se conformarían los últimos humanos con salvar el mundo sin dejar pruebas o memorias de su sacrificio? ¿No les tentaría dejar algún mensaje para el futuro? Quizá los últimos seres humanos estaban dispuestos a desaparecer en cuerpo, pero no en alma, le dije al excursionista. Molesto con mi delirio de ciencia ficción, miró a los otros senderistas estadounidenses y comentó con tono puritano: “De dónde ha salido este irresponsable”. Para evitar problemas decidí cambiar de interlocutor en el resto de la travesía, o me quedé deliberadamente atrasado para separarme del grupo más aguerrido. En el grupo de cola, el personal era diferente. Todos iban más callados, unos porque gastaban toda su energía en mantener el paso, otros porque no querían malgastar su energía en conversaciones que suelen acabar mal.
Tendemos a pensar que es posible hablar edificantemente sobre un tema (nuestra relación con la naturaleza) que en el fondo está íntimamente conectado con muchos otros asuntos éticos y políticos bastantes espinosos. Las discusiones acaloradas durante los paseos en grupo (a diferencia de los sosegados diálogos en las aulas o en salas de debate) logran sacar a relucir las posiciones de una forma más directa. Esa es una de las razones por las que a lo largo de este libro (como ya se habrá imaginado más de un lector) pasearemos con otras compañías. Otras posiciones saldrán a la luz de una forma más esquemática, pero más comprensible. Nuestro espíritu es realista: no queremos disimular las tensiones de la vida con las ilusiones de la teoría. El paseo se ha idealizado como una actividad que favorece el monólogo libre y el diálogo afable, pero se ha olvidado que también puede provocar la disputa al aire libre. Las discusiones entre excursionistas no tienen lugar solo porque no se ponen de acuerdo sobre qué camino seguir en un bosque; también ocurren porque cada uno sigue caminos diferentes en la vida… Lo bueno de pasear es eso: uno puede descubrir diferencias donde percibía parecidos, y viceversa (por supuesto, la mayoría de las personas a las que aludo en las descripciones de paseos de este libro son absolutamente reales, pero su parecido con personajes de ficción o con arquetipos estudiados por la sociología solo es una feliz y llamativa coincidencia).
1 El giro espacial suele asociarse con el hecho de que la filosofía y la teoría cultural prestaron más atención a la geografía y al urbanismo, pero también supusieron un cambio en la forma de hacer teoría. No se trató simplemente de hablar más de arquitectura, sino de cambiar la arquitectura de la propia teoría. Las publicaciones de arquitectos como Koolhaas también influyeron en la manera de analizar la lógica del capitalismo global.
2 En El jardín de Babilonia, Bernard Charbonneau ([1969] 2016) explica muy bien la historia del naturismo y el culto a la naturaleza en Alemania, desde los Wandervögel a los Naturfreund, incluyendo el naturalismo pagano hitleriano. La necesidad de una mística de contacto con el cosmos, dice, “engendra todo tipo de perversidades colectivas”. El paganismo siempre oculta una empresa militar: la pandilla de excursionistas, el grupo de amigos libres en la naturaleza, es “una escuadra”. Incluso dice más: la guerra sería la forma de retornar más esencialmente a la naturaleza, dado que “devuelve al hombre al lodo. Se entierra, se viste con los colores de la tierra, desaparece entre la maleza del monte. Vuelve a haber noche y día, frío, y calor; hambre, y en consecuencia, también grandes festines”. Gracias a la guerra, o sea, gracias a la organización industrial de la muerte, el individuo moderno da rienda suelta a todo lo que cree que esa misma sociedad industrial reprime: “gozar y sufrir, amar y odiar –vivir por fin en esta tierra–” (p. 316). Véase entero el capítulo “El fracaso de la revolución naturista” (pp. 309-319).
3 Infierno en el pacífico de John Boorman nos impresionó siendo unos críos, mucho más que su posterior La selva esmeralda, que ya vimos con algo de conciencia ambiental. Cuando en Nueva York un colega me dijo que Malick era el director que filmaba mejor la naturaleza y me empezó a describir La delgada línea roja, me callé… ¿Cuánto cine había visto? Me lo volví a encontrar y me habló del trabajo de Emmanuel Lubezki en El nuevo mundo y en El árbol de la vida, las dos de Malick, pero también de El renacido de Iñárritu. El colega no paraba de hablar de Heidegger y de Malick, y empecé a dudar no solo de cuánta naturaleza había conocido de primera mano, sino de cuánto cine había visto. ¿Sabía algo sobre la historia de la filmación en exteriores o de cómo se creaban decorados antes de los setenta? Después de ver el documental Voyage of Time, de Malick, traté de dar con él para continuar la conversación. Pero creo que el estudiante se enteró de que yo me había criado en un cine de barrio –alguien se lo dijo– y a partir de ahí eludió conversaciones conmigo. ¿Qué le echó para atrás? Yo descubrí la naturaleza con todas las películas de Tarzán, con el primer King Kong, con Lawrence de Arabia y muchas otras películas de Lean; también con The Searchers de John Ford y otros wésterns; con Las nieves del Kilimanjaro, de King, La reina de África, Moby Dick y El hombre que pudo reinar de Houston; con ¡Hatari! de Hawks; con Estación Polar Zebra, de Sturges, y muchas otras películas malas sobre expediciones al Polo Norte y a la Antártida. Incluso recuerdo de los setenta Las aventuras de Jeremiah Johnson, de Pollack, aunque para entonces ya estábamos empezando a amargarnos y ya no creíamos en historias de tramperos benévolos con los indios. Yo había visto todo eso, sí, pero lo mismo al estudiante no se le pasó por su cabeza que además de todo ese cine popular, los paisajes de Kurosawa, Herzog, Tarkovski y Mijalkov nos habían cambiado para siempre la visión de la naturaleza; nunca tuve la oportunidad de explicárselo. Estaba dispuesto a confesarle que lloré con Dersu Uzala y que me emocioné con Urga, pero nunca pude hacerlo.
4 Parecíamos incapaces de asociar la naturaleza con la paz, con la serenidad. No éramos capaces de imaginarla como un escenario bucólico o un entorno apacible del amor. ¿Hasta que descubrimos la pintura y el cine francés? A partir de ese momento quizá todo fue diferente, más doméstico y menos salvaje. La naturaleza à la francesa estaba llena de pasión y de aflicción, todo era más lírico y dramático, pero no épico, como en América. El mundo agrícola no parecía un espacio conquistado a la naturaleza salvaje, sino un terreno heredado y cuidado. Y la gente de ciudad siempre parecía sentirse en casa cuando volvía al campo.
5 Véase todo lo que Charbonneau cuenta sobre Thoreau y Lawrence, y cómo critica la literatura bucólica francesa. La sección sobre naturaleza y guerra y los movimientos juveniles naturistas (fascistas y socialdemócratas) no tiene desperdicio.
6 La comparación es interesante, pero Fox no la desarrolla, ni apela al psicoanálisis ni a otras perspectivas para justificarla. Su texto, con todo, es muy útil. Véase todo lo que dice sobre el apego a un lugar y la falta de lugar (placelessness), los vagabundos y los desplazados. Fox basa algunos argumentos en Place and Placelessness que Edward Relph publicó en 1976 (reeditado en 2008). Véase también Home, de Alison Blunt y Robyn Dowling (Londres, Routledge, 2007).
7 Aquí solo menciono los casos extremos, pero Le Breton analiza casos más cotidianos de escapada. Por ejemplo, el senderismo de fin de semana y otras actividades de recreo y ocio que permiten –llamémoslo así– la “desaparición a tiempo parcial”. La popularidad del senderismo –dice Breton– podría explicarse por la creciente necesidad de liberarse de las rutinas sociales y volverse invisible al menos por un rato en compañía de extraños. Es posible, pero depende –me temo– del grupo de excursión. Hay grupos en los que es imposible desaparecer y que pueden acabar resultando tan exigentes como los grupos de conocidos. Durante la marcha al aire libre, se eluden ciertos compromisos y responsabilidades cotidianas, pero eso no quiere decir que el grupo de paseo no demande otros. La figura del paseante mudo, impasible, distante, pero no separado del grupo, merecería por sí misma un estudio.
8 Pendiente de publicación.
9 Chris McCandless le pidió a la naturaleza algo que no le podía dar. En sus viajes se rodeó de gente que le parecía más verdadera que su familia, pero acabó perdido en su propia fantasía de integridad. Leer a Thoreau sin supervisión puede empujar a uno a creer que se puede nacer otra vez en un espacio natural, o sea, un mundo limpio de las mierdas y miserias de la civilización. Como explicó Krakauer, el único lugar donde existía una terra incognita en el viaje de McCandless fue en su propia cabeza. Además de Hacia rutas salvajes [1992] de Krakauer, conviene tener presentes otras perspectivas diferentes de los años noventa como la de Gary Snyder en La práctica de lo salvaje [1990], Mis años Grizzly. En busca de la naturaleza salvaje [1990] de Doug Peacock o Indian Creek. Un invierno a solas en la naturaleza salvaje [1993] de Pete Fromm. En los últimos años han proliferado muchas otras crónicas de vida al aire libre (véase la bibliografía de la segunda parte), y se han traducido otros textos de mediados de los setenta (Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard) o de finales de los ochenta (Un año en los bosques, de Sue Hubbell). Me llevaría un espacio del que no dispongo analizar este revival de crónicas al aire libre. El texto reciente que más me ha interesado es algo diferente: El extraño del bosque (2017) de Michael Finkel. Durante un curso reciente sobre sonido volví a analizar Grizzly Man de Herzog, y me di cuenta de cuánto podía desagradar a los hípsters que no paran de leer a Thoreau.
10 Véase cómo describe Sopher (p. 138) el caso de emigrantes que jamás “vuelven a mirar hacia atrás”, que juran no volver al campo.
11 Yi-Fu Tuan nos recuerda también que nuestro deseo de escapar a espacios naturales ha aumentado proporcionalmente al grado de civilización que hemos alcanzado. Conforme hemos ido domesticando la naturaleza, más hemos soñado con ella como un reino puro y salvaje. Tuvimos que organizarnos y protegernos de ella, domesticarla, controlarla y evitar que nos destruyera. La civilización ha logrado que la naturaleza se pliegue a nuestros deseos y ha procurado bienestar, pero también ha generado mucho malestar, y ahí está el lío: como la civilización también reprime y agobia, empezamos a fantasear con la idea de escapar de ella y volver no a la naturaleza cruel de la que huimos un día, sino a una naturaleza benévola e idealizada que nos pueda volver a insuflar la vida de la que nos ha privado la cultura. Escapar a la naturaleza –dirá Tuan– nos parece natural, pero no lo es. Es producto de la fantasía, no del instinto. Y eso explica que cada cual escape hacia cosas muy diferentes.
12 Las fuentes sobre la historia del gusto naturalista que Solnit cita en la sección ii del capítulo 6 de Wanderlust son excelentes y no las repetiré aquí.
13 Evítese confundir la etiqueta acuñada por Brooks, bobos (de bourgeois y bohemians), con booboisie (boob, ‘idiota’, más la terminación -oisie, de bourgeoisie), tal como hizo Henri-Louis Mencken en los años veinte.
14 Aunque los bobos no eran heterodoxos en temas espirituales, sino flexidoxos –como dice Brooks–; o sea, siempre se mostraban abiertos a todo tipo de cultos y creencias religiosas.
15 La mentalidad de este boom en Montana la ilustraba Brooks con dos películas del apuesto y sensible Robert Redford: El río de la vida (1992) y El hombre que susurraba a los caballos (1998). Irónicamente, recuerda que en las mismas fechas, en 1998, los productores de Más allá de los sueños, una película con Robin Williams, eligieron Montana para representar el cielo.
16 Brooks describe no solo la mentalidad de la New Age, sino también otras variedades del buen rollo naturalista menos elaboradas, entre ellas lo que él llama el “paisajismo personalizado” (p. 234). Véase completo el capítulo 6.
17 Brooks no deja claro si los bobos de los noventa volvieron a leer a clásicos del conservacionismo. Da a entender que algunos de ellos leían a Aldo Leopold (¿quizá A Sand County Almanac de 1949, que se había reeditado también en la época hippie?), pero no tengo claro si volvieron a leer Man and Nature de George Perkins Marsh (de 1864, reeditado en 1965), o Silent Spring (1962) de Rachel Carson. A mí me da la sensación de que leyeron sobre todo Gaia, de Lovelock, otro texto que se había escrito a finales de los sesenta y tuvo más difusión cuando se reeditó a finales de los setenta. Tengo también la impresión de que obras populares de los setenta como The Closing Circle. Nature, Man, and Technology (1971) de Barry Commoner, The limits to Growth (el famoso informe de Donella Meadows encargado al mit por el club de Roma en 1972) o Small is Beautiful (1973) de Schumacher se seguían leyendo unas décadas después, pero la nueva atmósfera espiritualista les daba otro sentido.
18 En “El parque de caravanas Thoreau” [2012], capítulo final de Contra todo, Greif (2018: 349-361) toma como hilo conductor el área ocupada por caravanas horteras enfrente del parque estatal de Walden. A medida que Greif leyó a Thoreau llegó a la conclusión de que “el parque de caravanas podría haber sido una de las pocas cosas que Thoreau habría defendido del estanque de Walden, frente a muchas otras cosas que se habían hecho en su nombre” (2018: 352). Merece la pena también ver cómo acaba ironizando sobre Occupy Wall Street y la desobediencia civil. Últimamente han proliferado muchos textos sobre Thoreau, pero uno de mis favoritos sigue siendo “On the Dirtiness of Laundry and the Strength of Sisters. Or, Mysteries of Henry David Thoreau, Unsolved”, de Rebecca Solnit (2013: 272-284).
19 Decrecer en número, no en tamaño, aunque ya hay quien ha sugerido empequeñecimiento de la humanidad como solución al consumo mundial de energía y de recursos. Luego volveremos sobre esto.
20 Citado por Alan Weisman en El mundo sin nosotros (Barcelona, Debate, 2007, p. 330).
Amad la naturaleza
Nuestra relación con la naturaleza está llena de ilusiones, pero en los dos sentidos de la palabra “ilusión”. Según uno de ellos, una ilusión es un engaño, un espejismo, una falsedad, pero según el otro tiene que ver con el entusiasmo, la esperanza y el deseo. Desde luego, estar cerca de la naturaleza ha inspirado ilusiones que no se habrían albergado dentro de la cultura y de la civilización. ¿Y eran todas falsas ilusiones? Probablemente no. Después de pasar más tiempo en el campo uno puede soñar con volver a un estado más natural, lo cual es ilusorio. Pero también puedes volverte más consciente de muchas cosas y valorar tus expectativas mucho más realistamente, sin por ello perder la ilusión. Desde luego que la naturaleza nos alegra, nos hace sentirnos más vivos, nos revivifica. ¿Deberíamos avergonzarnos? En absoluto. Los urbanitas siempre hemos experimentado un gozo desmedido pero justificado cuando escapábamos de la ciudad hacia el campo, la playa o la montaña. No había nada engañoso en ello. Pero sabíamos que no volvíamos al estado de naturaleza. Solo retornábamos a un paraíso vacacional, que siempre era un paraíso perdido porque tenía fecha de cierre. Esa era la única seguridad que teníamos: aquella vida más natural (más loca, silvestre, cósmica, física, corporal…) no duraría para siempre; una certeza similar a la que luego descubrimos sobre la vida entera: tiene su final asegurado.
Muchas de las cosas que nos atraen de la naturaleza son espejismos que creamos nosotros mismos. Por ejemplo, creer que estando más cerca de ella reconectamos con un todo armonioso, puro y noble. ¿Qué nos hace pensar que pasear por el campo nos da serenidad? La vegetación frondosa y exuberante no agrada a todo el mundo. Hay quien solo logra serenarse en medio de vastas extensiones o en un páramo vacío, y no dentro de bosques frondosos y entre plantas exuberantes que impiden ver el cielo y el horizonte. Hay quienes disfrutan más de la naturaleza inorgánica que de la orgánica y prefieren contemplar piedras, guardar silencio y escuchar el viento, rodeados de arena o de hielo. Desde luego, hay distintas formas de experimentar que se está en contacto con la naturaleza, cada cual tiene la suya. Algunas personas solo lo logran por la noche, aunque si hay mucha contaminación lumínica esto no funciona. Necesitan contemplar las estrellas, y quizá oír grillos (relaciono estrellas y grillos porque la nasa decidió que el canto de un grillo sería el primer sonido animal que un extraterrestre podría oír en el disco de grabaciones que portaba la sonda Voyager). Por el día también se puede experimentar algún tipo de epifanía, pero cuesta más si se está cerca de un campo arado, una cuadra o un gallinero, o si hay almacenes en el horizonte o maquinaria agrícola pesada a la vista. Un espacio sin trazas de domesticación o industrialización suele propiciar una experiencia más auténtica, una vivencia más natural. La visión de un gran silo o un depósito puede recordarnos que explotamos la naturaleza y romper la magia del momento. Confundir un avión con una estrella fugaz también puede frustrar una epifanía celeste.
Durante el éxtasis al aire libre –dijo el exquisito de Nabokov ([1951] 1997: 138)– el tiempo parece suspenderse y más allá de él solo se abre un vacío momentáneo “en el que se precipita todo lo que se ama, un sentimiento de unidad con el sol y la roca” y una sensación inmensa de gratitud. Parece que Nabokov sintió eso después de cruzar una zona pantanosa del Oderech y quedar rodeado por mariposas, pero hay otras formas de vivir experiencias similares. Cada cual conecta como puede: unos gracias a las mariposas, otros gracias a los pájaros, otros gracias al sonido del agua o al olor de las flores…, algunos gracias a todo eso junto.
Uno de los geógrafos cuyas ideas me empujaron a escribir este libro, Yi-Fu Tuan, tiene una relación con la naturaleza que quizá algunos de sus lectores y seguidores desconocen.21 Tuan explicó muy bien por qué sentimos apego por ciertos espacios y lugares naturales, pero se hizo una pregunta que podía incomodar a más de algún ecologista: ¿Por qué la obligación de amar a la naturaleza se había convertido en el único deber incontestable de una sociedad que iba poniendo en entredicho todos los demás deberes? “En nuestra sociedad postmoderna y moralmente fluida –dijo–la única roca que queda –el único imperativo moral que tiene menos posibilidades de ser cuestionado– es ese: ‘Amarás a la naturaleza’” (2004: 84). La postura de Tuan nunca encajó del todo con la mentalidad de muchos ambientalistas desde la época boba. En su deliciosa autobiografía, acabó confesando que él mismo había disfrutado de la naturaleza muy pocas veces, aunque por costumbre y por educación (es decir, por corrección política) tuvo que dar muestras de sentir lo contrario, sobre todo delante de ambientalistas.
Confieso que yo no amo, ni siquiera me gusta demasiado la naturaleza, si con esta palabra uno se refiere a la vida biológica y poco más […]. El hecho de que casi todo en el universo es ‘mineral’ me consuela más que me disgusta, aunque no me encuentro solo en esta actitud. Nuestro grupo, sin embargo, es reducido, como debe ser si la especie debe propagarse […]. A veces bromeo con los ecologistas y les digo que, al contrario que ellos, yo soy un auténtico amante de la Naturaleza, pero por ‘naturaleza’ me refiero al planeta Tierra –y no solo a su capa de vida– y todo el universo, que es abrumadoramente inorgánico (p. 84).22
Tuan atribuye esta preferencia por lo inanimado a un rasgo de su carácter y no a su deformación profesional. Cuando tenía tres años y vivía en Tietsin, le encantaban las formas del hielo (su nodriza le hacía pequeñas esculturas usando ceniceros como moldes) y durante toda su vida le fascinó la pureza de los minerales que brillan bajo el sol. La atracción que el desierto ejerció sobre él, sin embargo, no tiene origen en su infancia. Cuando vivió en Australia el desierto estaba ahí, alrededor, pero nunca lo visitó. Fue después, con veintidós años, mientras hacía camping durante el invierno de 1952 con otros estudiantes en el Death Valley National Monument, cuando fue plenamente consciente “del esplendor de la tierra árida”. El viaje hasta el valle no fue cómodo: el coche se les averió al sur de Fresno y llegaron al parque de noche. La noche tampoco fue fácil: una ventisca impidió levantar las tiendas y Tuan tuvo que dormir a la intemperie, expuesto “al viento, al polvo, y durante paréntesis de calma a las estrellas” (p. 86). Pese a todo, Tuan se las arregló para contemplar el maravilloso paisaje, toda aquella
inmensidad arrolladora del límite occidental del valle –una fantasmagoría de relucientes malvas, púrpuras y brillantes dorados, teatralmente iluminados por los rayos del sol. También resultaban extraterrestres las llanuras salinas de la superficie del valle y la agreste omnipresencia de los relieves esculturales, pero más sobrenatural aún era la calma, el silencio. Miraba maravillado. Cualquiera lo hubiera hecho, pero es un misterio para mí porque no solo sentía asombro sino también una felicidad embriagadora.
El placer que proporciona el mundo inanimado –dirá luego Tuan– es saber que no todo “es pasión y lucha, o está sujeto al deterioro” (p. 85). En la selva tropical “todo lo que puedo ver y oler –admito que contra toda lógica– es descomposición”, mientras que en espacios como el desierto “no veo ausencia de vida, sino pureza”. El desierto es fascinante por la esterilidad, la desolación “que permite eliminar, de un plumazo, el sexo, la vida biológica y la muerte”. Mientras que la selva “obliga a enfrentarme a la asfixia del crecimiento y de la lucha”. Tuan ama, por tanto, un paisaje que no resulta acogedor ni íntimo. Carece de calidez humana y “su atractivo está más relacionado con el espíritu y la imaginación que con las necesidades y caprichos del cuerpo” (p. 92). Su belleza “actúa como un bálsamo para el alma” porque es inhumano e inanimado (p. 89). Y lo que es más importante: al mismo tiempo que ese paisaje resta importancia a la muerte del individuo, le ayuda a no sentirse amenazado por el mundo:
Es cierto que la muerte significa el fin de la individualidad y la reincorporación a un todo indiferenciado, pero la selva niega la individualidad justo en plena superabundancia de la vida. En la densidad de la biomasa, ninguna planta o ser humano puede destacar; por el contrario, en el desierto cada vida se muestra con orgullo, separada en el espacio del resto de vidas. En el desierto, me siento casi demasiado conspicuo, una columna solitaria que proyecta una sombra perfectamente definida en el suelo. En las ocasiones en las que me encontraba con otro ser humano, le veía con una claridad meridiana, único y precioso, sobre un enorme telón de fondo de arena y cielo (p. 153).
El caso de Tuan es interesante porque asocia la naturaleza con la tranquilidad y la serenidad, pero no porque le resulte especialmente acogedora. Al contrario, lo que le serena es que sea por completo indiferente. Se siente bien en un espacio ajeno a la intensidad de la vida y a las pasiones humanas. Lo divertido del caso de Tuan es cómo lo cuenta y cómo admite que para él una experiencia en la naturaleza solo puede ser serena si no hay presencia humana, sobre todo presencia bella que desencadene deseos eróticos. No es que no tuviera otras experiencias de disfrute de la naturaleza. Lo que pasó es que no fueron puras. Por ejemplo, durante un viaje a Panamá, cruzó una bahía en barco de noche y se quedó maravillado ante el silencio reinante, el reflejo de la luz de la luna en el agua cristalina y la pulcritud de la oscura línea del horizonte. El motor del barco ayudaba a relajarse, y el resto de pasajeros estaban cansados y callados. O sea, no estaba en plena naturaleza, ni solo, había otros seres, pero no molestaban, hasta que pasó algo: un chico se subió al mástil y se sentó en el travesaño, y Tuan se quedó embelesado, de tal forma que, “incluso en el silencio del barco, mi experiencia de belleza natural no fue del todo serena: la presencia del chico la perturbó”. El ruidoso festejo que había en la playa cuando desembarcó de vuelta también le impidió tener una experiencia pura: la gente comía, bebía y bailaba…, o sea, la gente vivía, ¿hay algo más natural, más bonito? Tuan no lo sentía así. Solo era capaz de asociar la belleza natural con la ausencia de vida. Pero no es un bicho raro. Hay gente que no quiere ir a parajes selváticos porque se altera, porque activa impulsos raros, desconcertantes. Y hay gente que hace justamente lo contrario: va a ciertos lugares para liberar esos mismos impulsos, y para excitarse (en distintos sentidos de la palabra). Determinados ambientes tropicales, asiáticos y caribeños propician el contacto corporal que Tuan tanto rehuía. Para mucha gente, estar en contacto con la naturaleza tiene que ver más con recobrar la conciencia de su cuerpo, y con el grado de contacto que se tenga con el cuerpo de otros. Para otra, estar en contacto con la naturaleza se parece más a un paseo por un vacío geométrico.
La predilección por entornos inanimados, además, explica otras actitudes de Tuan. “Aunque pueda resultar extraño, me siento atraído por [la ciudad] por la misma razón por la que me siento atraído por el desierto” (p. 89). No tiene nada de extraño, hay mucha gente a la que le ocurre algo parecido. La gente de ciudad –decía Tuan– se ha acostumbrado tanto a su belleza (la de sus volúmenes arquitectónicos y masas, la de su luz durante la noche) que ya no le presta la atención suficiente. A Tuan le sorprendía que sus estudiantes de Madison no apreciaran el paisaje urbano y prefirieran los paisajes del campo.
Descartaban la ciudad como si esta no tuviera nada que ver con sus satisfacciones y su felicidad […] permitían que lo que leían en clase –efusiones literarias […] en las que veían reflejadas sus propias experiencias, aunque estas se redujeran a alguna excursión puntual a un bosque infestado de mosquitos– anulara sus encuentros diarios con el genial y fascinante espacio urbano (p. 91).
Pero el propio Tuan tenía la explicación: cuanto más se vive en el entorno urbano más se idealiza el mundo rural y el mundo natural. Sus estudiantes no eran tan raros. Tuan afirmó que los jóvenes estadounidenses no eran muy racionales porque, “a pesar de su convicción de que miraban la realidad de frente”, no eran capaces de reconocer la grandeza de la ciudad. De haber sabido más sobre su profesor, les habría sorprendido su frialdad. ¿Qué podrían pensar de alguien a quien le gustaban los paisajes despoblados y las ciudades “cuando están casi vacías”? Lo llamativo es que las ciudades y los espacios naturales abiertos, vistos como puro espacio carente de vida, vienen a ser lo mismo. En ambos casos –dijo Tuan– el misterio reside en lo mismo, en cierta “austeridad y, más que austeridad, en un esplendor cristalino, una reluciente majestuosidad inorgánica”. Y lo irónico (aunque visto desde su punto de vista es lo más lógico) es que, para describir la belleza de la ciudad, Tuan eligiera palabras del poeta de la naturaleza por antonomasia, William Wordsworth, más exactamente el poema sobre Londres que compuso en 1802 desde el puente de Westminster.23
Las reflexiones de Tuan sobre la belleza del mundo inorgánico están basadas en experiencias personales, pero no solo. También tienen que ver con sentimientos muy antiguos de la humanidad que atañen a la organización del espacio, y en particular al diseño de espacios verdes. El paraíso es un jardín delicioso, pero no incorruptible (como en El jardín de las delicias, ya incluye síntomas de su propia degeneración). Pero incluso en un sentido más naturalista, la sensación es la misma: la vida orgánica está condenada a desaparecer, por eso no es extraño que se hayan imaginado y diseñado tantos jardines de materiales inorgánicos pero perennes, eternos. En las fantasías de otro mundo, más perfecto, siempre hay frutas y flores, pero habría que preguntarse cómo es posible que se mantengan siempre vivas. ¿Es por obra y gracia de la divinidad? En la Biblia, lo recuerda Tuan, el Edén es una imagen de inocencia orgánica. En el Apocalipsis apócrifo de san Pablo, la Jerusalén que construye Ezequiel es de oro y está rodeada por un muro de piedras preciosas que alberga un jardín irrigado por cuatro ríos de miel, leche, vino y aceite. Un siriaco del siglo iv, Afraates, afirmó que a sus orillas crecían árboles de diez mil ramas cuyas hojas jamás se caían.24 Sin embargo, la ciudad de Dios es un mundo mineralizado y adornado sin árboles ni agua. En el jardín al estilo de Zoroastro, crecen flores y frutos, pero sobre todo caminos cubiertos de oro y templos de diamantes y perlas, y por lo visto en él tienen un lugar asegurado ingenieros de canales, fuentes y acueductos. En la Divina comedia el paraíso terrenal tiene floresta y dos ríos, el Leteo (que hace olvidar los pecados) y el Eunoë (cuyas aguas reavivan recuerdos de acciones buenas). Beatriz se lleva a Dante al paraíso celestial, sí, pero es un cielo etéreo, sin rocas ni plantas, solo poblado por almas.
Tampoco es infrecuente que a lo largo de la historia se hayan usado imitaciones de plantas con menos inconvenientes que las reales, o que se hayan manipulado plantas naturales para disimular su decadencia. La crónica de Tuan en Dominance and Affection (1984) vuelve a ser ilustrativa: en China, los emperadores hacían decorar los árboles y arbustos con hojas y flores postizas hechas de telas relucientes, y entre las flores de loto reales mezclaban otras artificiales. Los persas siempre prefirieron los árboles artificiales porque los otros, los orgánicos, podían recordar la limitación y fugacidad del poder. La corte construyó árboles con troncos de plata y ramas de oro y rubí, a veces rodeados de narcisos artificiales en macetas de plata. En Mongolia y en Irán las cortes hicieron algo parecido y a veces no se usaron solo metales nobles y piedras preciosas. Las macetas de flores de papel (luego tan populares) decoraron avenidas suntuosas que conducían hasta los tronos. Los artesanos eran capaces de transformar papel, pasta o cera en plantas, frutos y jardines en miniatura, pero tan modesto arte no estaba solo destinado a la población sin recursos; a la nobleza también le encantaba semejante decoración en tres dimensiones. A los árabes les fascinaron siempre los jardines de palmeras enanas, cuyos troncos también eran recubiertos con piezas de teca sujetas por anillos de cobre dorado (veneraban la palmera como su hogar, pero los troncos no parecían gustarles y solían derrochar mucho decorándolos con materiales preciosos). Tanto ellos como los bizantinos sintieron especial predilección por el árbol mineral, y las leyendas hablan sobre todo de uno en Bagdad con ocho grandes ramas de oro y plata de las que salían muchas otras ramitas cubiertas de frutas fabricadas con piedras preciosas, sobre las que pájaros de materiales preciosos parecían cantar y susurrar en armonía cuando la brisa y el viento los balanceaban. Los cruzados, acostumbrados a otro tipo de huertos y jardines, se debieron de quedar pasmados ante la opulencia jardinera de Oriente, pero incluso antes de las Cruzadas, hacia 968, las crónicas elogiaron el trono imperial de Constantinopla con su árbol dorado, también poblado de pájaros, y los jardines europeos empezaron a imitar el gusto, el brillo y el artificio de los jardines de las cortes árabes y bizantinas. En el siglo xiii, gracias a los relatos de los propios cruzados, el árbol de metales nobles y joyas con pájaros mecánicos cantarines ya era evocado por la poesía como gran símbolo del misterio y la belleza paradisíaca (como en la precuela de Parsifal, el Tirurel de Von Eschenbach, de 1217). En la Europa del siglo xv, a las copas de ciertos árboles se les daba la forma de un paraguas triple y de ellos se hacían colgar frutos artificiales, y en los ritos de primavera el árbol de mayo se hacía de metal. En 1693 en Inglaterra, el sauce hecho de cobre de Chatsworth (del que se hizo una copia en 1829) provocaba sorpresa y gozo cuando brotaban chorros de agua por sus ramas.
La relación de los seres humanos con lo orgánico es ambigua y el propio jardín es buena prueba de ello, esta es otra de las ideas interesantes que se extraen de la obra de Tuan: se diría que cultivamos jardines porque añoramos la tierra y sus estaciones y tratamos de reproducir a pequeña escala sus ciclos de vida. Sin embargo, también soñamos con un mundo ajardinado más allá de las contingencias de la vida, fantaseamos con jardines hechos con plantas de aluminio o titanio, jardines brillantes y duraderos que han dejado atrás los engorros del mundo vegetal.
la naturaleza sana, si no hoy, mañana
Detrás de estas creaciones artificiales se esconde la idea de la naturaleza como necesidad, y por lo tanto su ausencia resultaría perjudicial para el ser humano. ¿De dónde viene esta asociación con la salud mental? La relación de la botánica con la psiquiatría es compleja. Como contó Foucault (1967) en “El loco en el jardín de las especies” la naturalización de la medicina atravesó varias fases. Una en el siglo xvi y otra en el xviii, durante la cual todas las enfermedades se intentaron reducir a especies precisas con el mismo cuidado y la misma exactitud con que los botánicos clasificaban las plantas en sus tratados. El orden patológico surgió así, imitando el orden del reino de las especies vegetales. El jardín de las locuras sería como un jardín botánico: un jardín de especies.25 Visto así, al menos, la locura ya no era un castigo de Dios, sino parte de la naturaleza, y esta sería a su vez parte de la razón. Pero esta historia es muy larga para contarla aquí.
Hay otro vínculo entre los trastornos mentales y las plantas que tendría que ver con los espacios de reclusión para los locos. En “El nacimiento del asilo”, Foucault se preguntó por qué en cierto momento se sustituyó la cárcel por la casa rural. El ejemplo que usa es el Retiro de York, el casón del famoso cuáquero Tuke, situado “en medio de una campiña fértil y sonriente; no da la idea de una prisión, sino más bien la de una granja rústica; está rodeada de un jardín cerrado. No hay barrotes, ni rejas en las ventanas” (1967, vol. ii: 190). Parece ser que alrededor del casón había campos cultivados y pastos de ganado. El jardín cerrado contenía un huerto que daba legumbres y frutos abundantes, y ofrecía un espacio agradable de trabajo y de recreo. Los internos también podían dar paseos regulares y hacer algo de ejercicio al aire libre, sentir el paso de las estaciones. Se suponía que el contacto con la naturaleza era benéfico. ¿Por qué? Pinel pensaba que lo que enloquecía a los locos era estar atados, privados de aire y de libertad. Tuke lo veía de otra forma, apoyándose en un presupuesto del siglo xviii: “La locura es una enfermedad no de la naturaleza, ni del hombre mismo, sino de la sociedad”. La locura es una consecuencia de una forma de vida que se aparta de la naturaleza, “pero no pone en cuestión lo que es esencial en el hombre: su pertenencia inmediata a la naturaleza. Deja intacto como un secreto provisionalmente olvidado esta naturaleza del hombre que es al mismo tiempo su razón”. O sea, en la locura la naturaleza no es suprimida, sino olvidada, adormecida, como su razón. Lo curioso es que en medio de la naturaleza (o más exactamente del campo) el loco no recobra la razón a solas. Más bien,
el grupo humano es devuelto a sus formas más originarias y puras, se trata de recolocar al hombre en sus relaciones humanas elementales, absolutamente conforme al origen. Ello quiere decir que deben ser, a la vez, rigurosamente fundadas y rigurosamente morales […]. Así, el enfermo se encontrará de vuelta a ese punto en el que la sociedad acaba de surgir de la naturaleza y donde se consuma en una verdad inmediata que toda la historia de los hombres ha contribuido, después, a confundir. Se supone que se esfumará, entonces, del espíritu alienado, todo lo que la sociedad ha podido colocar allí de artificio, de vana preocupación, de nexos y de obligaciones ajenos a la naturaleza (ibíd.: 207).
Esta imagen de la locura –añade Foucault– será implícitamente transmitida en el siglo xix: el internamiento en el asilo sirve para revelar lo que en el hombre hay de inalienable, su verdad, o sea, su razón. Si prolongáramos esa historia a lo largo del xx tendríamos que preguntarnos cómo evolucionó la psiquiatría en la era del positivismo y cómo fue cambiando la idea de que el contacto con la naturaleza tiene efectos reparadores y sanadores. Pero no lo haremos aquí. No estamos bien preparados para hacerlo, ni dispondríamos de espacio en caso de estarlo. Las situaciones que tenemos presentes son recientes, demasiado recientes. Hoy el contacto con la naturaleza se considera beneficioso para los pacientes de centros psiquiátricos y geriátricos. Los jardines y huertos siguen cumpliendo su papel. Los paseos al aire libre se consideran positivos. También se fomenta el contacto con animales de compañía que visitan los centros, logrando efectos muy positivos. Muchas de las terapias y rutinas son como las de hace siglos, otras no. Si los centros no están rodeados de naturaleza, se puede desplazar a los internos hasta entornos estimulantes. Pero no menospreciemos otras formas de comunicarse con la naturaleza: las imágenes. La sociedad del espectáculo puede llevar la naturaleza hasta dentro del asilo mediante un documental emitido por televisión, aunque los terapeutas desarrollan productos visuales mucho más controlados y elaborados.
El debate de hoy sobre los efectos positivos del contacto con la naturaleza es inseparable del debate sobre las nuevas tecnologías. En Psicogeografía. La influencia de los lugares en la mente y el corazón (2016), el neurocientífico Colin Ellard26 explica cómo el hacinamiento en espacios estrechos y viviendas diminutas provoca conductas que desafían las concepciones habituales del hogar. “En nuestras espaciosas viviendas occidentales, tanto si hemos conseguido amarlas como si no, solemos sentirnos en un lugar proclive a la intimidad y el refugio” (pp. 82-83). Sin embargo, en algunos de sus estudios realizados en Bombay, detectó
una curiosa anomalía: cuando llevaba a personas a lugares públicos poco poblados, como estacionamientos de museos o patios de iglesia, mostraban visiblemente el tipo de respuesta relajada que por lo común se da en un entorno tranquilo y privado, como el hogar o un bonito parque con vegetación. Mediante sensores […] pude comprobar que, en efecto, sus cuerpos se relajaban en respuesta a estos espacios vacíos. En el contexto occidental un espacio público vacío podría considerarse un fracaso: la mayoría de los programas urbanísticos para tales emplazamientos se concentran en dotarlos de vida (p. 82).
Para aquellos indios, en cambio, que los espacios estuvieran vacíos era justamente lo que les hacía sentirse bien. Otra investigación paralela a la de Ellard realizada en Bombay confirmó que, aunque más de la mitad de los participantes consideraban su hogar como su espacio más íntimo, preferían disfrutar de la soledad en lugares públicos, “si bien denunciaban la relativa escasez e inaccesibilidad de espacios públicos seguros, en especial para las mujeres” (p. 83). Ellard confesó que estos datos no sorprendieron a su ayudante Mahesh, que vivía apretado con su esposa, sus dos hijos, sus padres y sus dos hermanos en una sola habitación. Para Mahesh, lo normal para “compartir un momento íntimo con un amigo o disfrutar de un instante de soledad era abandonar el barullo de su espacio vital y hallar un lugar tranquilo en la ciudad” (p. 82). No entiendo por qué Ellard llama anomalía a estas actitudes: en Occidente se ha vivido y se sigue viviendo en espacios apretados y la gente también ha buscado refugio y tranquilidad en espacios vacíos. Es cierto que si pudieran elegir preferirían disfrutar de su intimidad en un jardín casero o una habitación con vistas; dado que no pueden, optan por un espacio insulso pero tranquilo. Sin embargo, no los consideran como un simple sustituto ya que esos espacios permiten hacer cosas que tampoco harían en entornos domésticos, incluso aunque estos fueran agradables: conocen a gente que no conocerían si se hubieran quedado en casa, otros extraños que también tratan de disfrutar de un rato de soledad. Si en el espacio cerrado y privado además hay violencia, es normal que se prefiera uno abierto y a la vista, aunque un espacio abierto tampoco es siempre seguro, claro (esquivamos muchos de ellos, o los cruzamos aprisa, porque no sabemos lo que puede aparecer en ellos).
Ellard afirma que, a escala planetaria, la variedad de espacios que pueden resultar acogedores es demasiado amplia como para dar con una clasificación fácil y da a entender que solo es posible definirlos vagamente por la clase de respuestas psicológicas que suscitan, más que por su propio diseño. Si no le entiendo mal, Ellard sugiere que muchos de los espacios de bienestar tienen que ver con el contacto o con la visión o con el recuerdo de la naturaleza. En los espacios cerrados puede bastar una pequeña ventana con vistas a un trozo de verde, o incluso unos pósteres con imágenes bonitas. Pero ¿qué ocurre en espacios abiertos? No me queda claro cuánta ni qué clase de naturaleza tiene que haber en los espacios vacíos de los que habla Ellard, en los espacios que no fueron diseñados para relajarse, pero que relajan. ¿Qué papel tiene la naturaleza allí? Quizá el atractivo que ciertas personas encuentran en esos espacios es precisamente que no hay naturaleza orgánica, sino solo piedras o cemento. Desde luego, en un aparcamiento de exterior no se deja de estar en contacto con la naturaleza, por poca vegetación que haya. El sol y la luna, las nubes y las estrellas, la lluvia y el viento siguen por ahí…, ¿no? Los pájaros pueden buscar comida que se les ha caído a los niños. Las ratas pueden hurgar en papeleras y cubos de basura. ¿No son también naturaleza?
Hay razones ancestrales por las que a la humanidad le agradan ciertos tipos de entornos, según dan a entender el estudio de Ellard y los datos aportados por otros expertos. Parece ser, por ejemplo, que nos sentimos más tranquilos en aquellos espacios en los que podemos ver sin ser vistos, y que hemos desarrollado esas preferencias por necesidades de supervivencia. La inclinación universal por ciertos patrones paisajísticos (al estilo de la sabana africana) –llega a decir Ellard– empuja a pensar que estamos programados para preferir los mismos lugares que hace setenta mil años aumentaron nuestras probabilidades de supervivencia.27 Pero tenemos muchas preferencias que no se pueden explicar en relación a esa historia evolutiva. Aunque prefiriéramos ciertos tipos de paisaje durante miles de años, al final nos convertimos en seres muy peculiares cuyas necesidades y gustos difieren mucho dependiendo de la geografía. Hoy, los impulsos que nos hacen frecuentar cierto tipo de entornos naturales y los motivos por los que nos sentimos más tranquilos en ellos no se explican tan fácilmente. Si nuestro apego a un lugar depende de nuestra psicología individual y nuestra historia personal –como admite Ellard–, entonces también debería admitir que nuestros gustos paisajísticos dependen enormemente de la cultura y de la historia colectiva, y no de unas supuestas inclinaciones de nuestros antepasados que aún nos determinan. Aunque aquí no puedo entrar a discutir esto.28
Pero Ellard plantea otro debate muy interesante que tiene que ver con el papel de las imágenes en la cultura actual, a saber: el de los efectos benéficos de los sustitutos de naturaleza.29 Según ciertos estudios, el contacto con la naturaleza tiene un claro efecto reparador, pero una imagen o representación de ella puede tener un resultado similar.30 Ellard menciona estudios de Roger Ulrich (1984) que demuestran que los pacientes ingresados en hospitales se recuperan más rápidamente de intervenciones quirúrgicas si ven la naturaleza por sus ventanas (y no solo hormigón y paredes), pero de ahí no concluye que la naturaleza que se contempla desde la cama tenga que ser necesariamente auténtica.31 Parece que el estudio también mostraba que “contemplar naturaleza, en el formato que sea” tiene efectos benéficos y Ellard dice que “la exposición a cualquier imagen natural, incluso aunque sea un bonito paisaje pintado por John Constable, puede tener impresionantes repercusiones en nuestros cuerpos y mentes” (Ellard, 2016: 39). Me pregunto cuánto dependen esas repercusiones de la calidad y el tipo de pintura.32 Los efectos de la inmersión en simulaciones digitales de entornos naturales son llamativos. Posteriores experimentos realizados por Ellard mostraron que bastan menos de diez minutos de inmersión en un entorno de realidad virtual con imágenes, sonidos y olores de paisajes, playas, junglas y bosques para que los participantes se sientan mejor. Antes de sumirlos en esos entornos se les estresaba haciéndoles recordar hechos desagradables de sus vidas y obligándoles a hacer cálculos con ruido industrial de fondo, así que es normal que cuando les ponían el casco con pantalla se sintieran más tranquilos (la investigadora sueca Matilda van den Bosch también estresa primero a los participantes en sus experimentos con alguna prueba matemática y con una entrevista de trabajo simulada. Su ritmo cardiaco vuelve a un nivel normal cuando los sumerge en un bosque virtual). Lo llamativo, según Ellard, no era que las escenas de naturaleza tuvieran mejores efectos que imágenes de otro tipo, sino que incluso podrían llegar a calmar más que un paseo de verdad por un paraje natural real33, una conclusión que le dejó algo intranquilo…
Este hallazgo me descoloca. Por un lado, nuestra capacidad de reproducir el efecto reparador empleando píxeles de una pantalla nos brindó una potente herramienta que podríamos emplear para ahondar en la comprensión de este efecto. Pero, por el otro, me inquietaba (y me sigue inquietando) el potencial de tales descubrimientos por su insinuación velada de que los entornos naturales reales, especialmente en las ciudades, podrían ser suplantados por la magia de las tecnologías. Si no necesitamos la naturaleza auténtica para cosechar los beneficios psicológicos que nos brinda, entonces, ¿por qué no deshacernos de ella por completo y emplearnos en construir ciudades con pantallas multicolor gigantescas a modo de fachadas de edificios y canalizar por las tuberías sonidos de cascadas y trinos de pajarillos? (p. 48).
Ellard imagina una especie de pesadilla, una distopía en la que la naturaleza ya no existiría y la gente ya solo soñaría con paisajes eléctricos (quizá contarían ovejas también eléctricas). Las grandes empresas podrían destruir la naturaleza sin miramientos siempre que mantuvieran viva la ilusión virtual de naturaleza. Quizá habría gente que preferiría seguir en contacto con la poca naturaleza que quedara (aunque contaminada) a dejarse llevar por el efecto mágico de las proyecciones. A Ellard le preocupa un punto sobre el que volveremos luego: que la gente es capaz de adaptarse a casi todo y, en ausencia de naturaleza real, poco a poco acabaría dando por natural la eléctrica. Pero quizá no haya que hacer ciencia ficción para imaginarse los efectos de la naturaleza tecnológica. Como también veremos luego, mucha gente ya padece lo que se ha venido a llamar “amnesia ambiental”, o sea, no echan de menos la naturaleza real simplemente porque solo han tenido contacto con imágenes de esta: niños y jóvenes que han visto Discovery Channel, National Geographic, Animal Planet, que juegan a Zoo Tycoon y que están acostumbrados a los cielos nocturnos de las proyecciones espectaculares de planetarios y de imax.34
Sea como sea, Ellard prefiere no pensar mucho en los efectos negativos y hacerlo solo en los positivos, sobre todo en el ámbito de la psicología individual, y por eso subraya el valor que tendría la simulación de naturaleza para personas con discapacidades físicas y mentales que no tienen acceso o no se pueden desplazar a entornos reales; también como suplemento de analgésicos durante cirugías, en salas de quimioterapia y en consultas médicas.35 Además imagina algunas aplicaciones en países cuya naturaleza es demasiado peligrosa. Hay metrópolis hiperurbanizadas como Kuala Lumpur, en Malasia, que están rodeadas de “una selva exuberante que podría proporcionarles a sus habitantes oportunidades tremendamente enriquecedoras de comunión con la naturaleza”, pero como podrían morir devorados por depredadores o envenenados por insectos y reptiles (¿formas de comunión no deseada?) resultaría más indicado disfrutar de la belleza natural sin tantos riesgos, haciendo uso de grandes imágenes. La sugerencia de Ellard, pues, no es que se deban reemplazar los paisajes naturales por simulacros en pantallas, sino que estos se usen como “suplementos” de ella que “refuercen las oportunidades de vivir experiencias reparadoras en entornos urbanos densos, o de construir interiores donde de otro modo sería difícil, cuando no imposible, incluir elementos naturales auténticos” (p. 51).
O sea, siempre que la naturaleza no sea peligrosa, es preferible estar en contacto con ella, y no con una copia. Quizá ese sea el modelo de Singapur, aunque Ellard no lo menciona: se dice que no es una ciudad con jardines, sino una “ciudad dentro de un jardín”. La cantidad y densidad de plantas que cuelgan por edificios en forma de terrazas da la sensación de vivir dentro de una selva bondadosa. Como dijo el primer ministro Lee Kuan Yew “una jungla de verdad destruiría el espíritu humano”, mientras que la jungla ajardinada en la que se ha convertido Singapur inspira y protege ese mismo espíritu. Por tanto, no resulta imaginable que sus habitantes cambiaran naturaleza domesticada y engalanada por imágenes virtuales de selva pura. ¿Es eso lo que quiere decir Ellard? Respecto al uso de imágenes en interiores, Singapur también proporcionaría un buen ejemplo: su aeropuerto. La pregunta sería: ¿se relaja un pasajero más en un entorno natural virtual que en uno sin ninguna referencia a la naturaleza? Hablaré por mí mismo: yo me he sentido mejor en las zonas verdes del aeropuerto de Singapur que en la espantosa sala de pantallas verdes del aeropuerto de Ámsterdam.36 No entiendo por qué los holandeses no pueden llenar de flores el interior de su aeropuerto, la verdad. Su aeropuerto es un caso, creo, que contradice la hipótesis de los neurocientíficos: en algunos casos, uno prefiere ningún contacto con la naturaleza que el contacto con una naturaleza virtual. Sin embargo, eso no convierte al entorno de Singapur en un paraíso: si tuviera que esperar muchas horas en el aeropuerto o me informaran de una desgracia personal en pleno tránsito, no tengo claro que me relajara más por estar más cerca de plantas de verdad. Lo mismo preferiría sentarme callado en una sala vacía con ruido de fondo, el de un sistema de ventilación.
Pero volvamos al meollo del asunto, ¿por qué Ellard no está convencido de que los simulacros podrían hacer las veces del original? Los experimentos de Peter Kahn (2011) en Technological Nature: Adaptation and the Future of Human Life, en los que el propio Ellard se apoya, parecen mostrar las limitaciones del mundo “natural virtual”. Según los datos de Kahn, una imagen panorámica de un jardín retransmitida por webcam en tiempo real no tiene los mismos efectos que una ventana de verdad con vistas al mismo jardín. Los resultados de las ventanas virtuales son más positivos, claro, cuando se cuelgan en oficinas de interior oscuras y deprimentes como “auxilio psicológico”, pero cuando se puede optar por la ventana de verdad “el sucedáneo en forma de pantalla apenas tiene efecto en nosotros” (Ellard, 2016: 50).37 Vamos, donde esté una habitación con vistas que se quite una con plasma. Ellard resume la conclusión de Kahn de forma muy simple: cuando no queda otra alternativa, una simulación tecnológica puede ser de ayuda.
Leyendo otros trabajos del propio Kahn se entienden mejor otras preocupaciones de los neurocientíficos que estudian la naturaleza tecnológica. Kahn no solo analiza los efectos de simulacros de ventanas, sino también los de mascotas robóticas o fenómenos como la “amnesia medioambiental” (sobre la que ahora hablaremos). Kahn analiza nuestra relación con la naturaleza en general e incluso intenta precisar el significado de un término técnico a la vez que popular: “biofilia”. Recuerda que Wilson definió en sus libros la biofilia como la atracción humana por otros organismos vivos, su afinidad por otras formas de vida, pero dado que mucha gente siente atracción por cuevas, cañones, barrancos, gargantas, desfiladeros, precipicios, volcanes, fosas submarinas, montañas, géiseres, arenales, viento, glaciares, sedimentos gigantes de sales, fosos de fango…, el término no parece del todo adecuado y quizá habría que cambiarlo por otro. ¿“Naturafilia”? Khan sugiere que no es grave seguir manteniéndolo, siempre que se maneje como un término de uso común (también seguimos diciendo “salida del sol” –dice– cuando sabemos que se trata de un “giro de la Tierra”). Con todo, Kahn propone un término más científico y preciso aunque menos poético: “interacción hombre-naturaleza”, y lo hace por varias razones, entre ellas porque es semejante a otro que capta otra forma de estar en el mundo cada vez más común: “interacción hombre-máquina”.38
Al introducir ese término, Kahn también soluciona otros problemas que acarreaba el término “biofilia”, no por su prefijo bio-, sino por el sufijo -philia. Asociamos la filia con cosas positivas –dice Kahn–, cuando nuestra interacción con la naturaleza a veces también es fóbica: muchos de sus elementos nos desagradan, nos asustan y nos repugnan. Podríamos usar otro término, “biofobia”, para referirnos a muchas cosas: desde la ligera incomodidad que algunas personas aprensivas sienten en cuanto están al aire libre, hasta la aversión aguda que otras padecen ante cualquier objeto o entorno no fabricados por la mano humana. Por supuesto, que algunas cosas nos den pánico o que salgamos corriendo cuando nos encontramos con otras tiene una explicación obvia: lo hacemos para sobrevivir. Eso no es una “biofobia”, es ley de vida, es adaptativo. Pero ¿por qué nos atraen tantas cosas peligrosas de la naturaleza? Las serpientes nos repugnan, pero también nos fascinan.39 El propio Wilson definió en cierta ocasión la biofilia como la mezcla de esos dos componentes: atracción y repulsión. Kahn concluye que, en efecto, sería un error separar la biofilia de la biofobia, cree que sería mejor verlas como parte de una única experiencia y propone hablar mejor de “interacción positiva” e “interacción negativa con la naturaleza”, de nuevo una terminología menos lírica y más precisa. Pero lo interesante no es solo esto. Kahn añade algo: que muchas interacciones con la naturaleza que hoy consideramos desagradables, evitables, realmente son sanas para la especie humana y deberíamos recuperarlas. Por decirlo con otros términos: nuestra cultura tecnológica nos ha vuelto más biofóbicos de lo necesario. Lo interesante es que eso ha pasado no solo porque cada vez vivimos más separados de la naturaleza (y porque cada vez hay menos naturaleza a la que acercarse), sino porque vivimos más rodeados de tecnonaturaleza. Los habitantes de grandes ciudades no solo tienen menos oportunidades de estar en contacto con el campo, sino que tienen más posibilidades de convertirse en consumidores de naturaleza virtual. Puede que algunas simulaciones de naturaleza tengan efectos positivos (los bosques virtuales en los que se sumerge a pacientes para aliviar su nerviosismo y dolor), pero la tecnología que las hace posible también tiene otros efectos si se extiende y cubre las paredes y las calles: cuando la gente está en contacto con la naturaleza real, esta le desagrada.
El contacto a distancia podría ser una solución. No me refiero a observar de lejos, sino a actuar de lejos. Actualmente ya hay webcams que retransmiten en directo atardeceres, floraciones de cerezos o el nacimiento de un polluelo de cigüeña. Podemos ser testigo de muchos fenómenos naturales, pero eso es solo el principio. Kahn cuenta que en Texas fue posible durante un tiempo asistir a cacerías manejando un rifle a distancia. Pero se me ocurre que, si uno puede cazar desde casa, también se podrían diseñar actividades más ecológicas y reconfortantes como, por ejemplo, atravesar una selva manejando desde casa un pequeño robot con cámaras de alta resolución o quizá sobrevolar un río con un dron. El turismo a distancia también crecería y satisfaría a todos aquellos amantes de la naturaleza que no la aman lo suficiente como para correr riesgos, pringarse con barro o sufrir la picadura de un mosquito. Se podría participar en safaris desde casa, manejando una cámara instalada en los vehículos reales, y disparar fotos en vez de balas.40
El ejemplo de naturaleza a distancia que estudió Kahn es delirante: cultivar un pequeño jardín desde casa manejando por turnos un brazo robótico. Cuando oí hablar del Telegarden por primera vez no me llamó tanto la atención porque sabía de otras soluciones para sentirse cerca de las plantas o para fabricarse un sustituto de jardín barato y relativamente interactivo. Yi-Fu Tuan se pasó años explicando que la lógica de los jardines es parecida a la de las mascotas, así que supongo que le hará reír saber que los japoneses han creado plantas-mascota artificiales. Se llaman Pekoppa, los fabrica Sega Toys y su publicidad reza así: “Pekoppa es una planta robótica que te escucha y te comprende. Cuéntale tus problemas y te contestará inclinándose. El robot más emocional desde el Tamagotchi”. Cuando yo las descubrí creo que costaban unos veinte euros, así que con una pequeña inversión más de uno se podrá construir un jardín maravilloso, animado y limpio, sin necesidad de muchos cuidados, donde finalmente las plantas nos harán felices porque conseguirán algo de lo que nosotros ya no somos capaces: reaccionar cuando nos hablan. Hasta donde sé, Kahn no analiza estas plantas de plástico, que son eso, plantas de plástico que hacen algo que no hacían las que compraban mi madre y las madres de mis amigos: moverse cuando les hablan.
Como decía, Kahn analiza el Telegarden, que es un asunto diferente no solo porque se cuida a distancia y en grupo, sino porque lo que se cuida es de verdad; o sea, es un jardincito circular con tierra real, no una miniatura, sino un jardín de laboratorio, “una especie de naturaleza in vitro reducida a una plataforma de manipulación robótica” (Guelton, 2006: 306).41 Telegarden empezó siendo, de hecho, una instalación artística online que permitía a usuarios de la web observar y cuidar a distancia un pequeño jardín circular con plantas vivas, situado primero en la universidad de California, de 1995 a 1996 (donde tuvo nueve mil miembros) y luego en el Ars Electronica Center de Austria hasta 2004, que sumando sus diez años de existencia llegó a contar con diez mil suscriptores y cien mil visitantes.
Los miembros suscritos podían plantar, regar y seguir el progreso de las plantas mediante los movimientos delicados de un brazo robot industrial y una interfaz con cámaras. Que la gente se encariñara con sus semillas plantadas a distancia, que encargara a compañeros su riego cuando estaba de vacaciones… puede parecer bonito, pero también es un poco inquietante. La instalación tuvo un éxito enorme. Algunos de sus miembros formaron comunidades y discutieron sobre el cambio climático, sobre el crecimiento de sus hijos y el de sus propios jardines. Se llegó a decir que el Telegarden era un nuevo modelo para la interacción comunitaria en el espacio virtual, o incluso una metáfora viva de la “delicada ecología social de la red”. Hubo quien llegó a afirmar que plantar semillas a distancia podía parecer mecánico, pero que en realidad suponía una comprensión zen del cultivo y una experiencia de los pulsos y vibraciones del jardín a través del módem. Y hubo quien lo comparó con la experiencia de los primeros hombres que cultivaron semillas en el Neolítico hace ocho mil años (creando un puente visual entre la tecnología y la prehistoria parecido al de Kubrick en 2001: Odisea del espacio). Sin embargo, la idea de aplicar la telerrobótica a un jardín –como bien dijo Ken Goldberg (2000)– siempre fue absurda, porque cuidar un jardín es por definición un asunto tangible y requiere un tiempo incompatible con el ritmo de internet. El mensaje de la instalación, después de todo, solo era ese: “quizá –sentenció Goldberg– ya es hora de apagar internet y salir al jardín”, siempre que quede algún jardín al que salir, añadiríamos nosotros. Para otros era una provocación, ya que representaba la idea de la naturaleza del futuro: un espacio enormemente confinado de experimentación, y no un misterio que nos supera y abarca.
Kahn y su equipo estudiaron a fondo las interacciones de los usuarios en el Telegarden, y sus conclusiones fueron bastante curiosas (2011: 151-162). Hubo una persona que manifestó un gran entusiasmo y dijo que le había salvado la vida porque no podía hacer nada después de una intervención quirúrgica del cuello, y quien afirmó que para quienes vivían muy al norte el jardín era un auténtico rayo de sol durante los meses nevados del invierno. Pero Kahn cruzó muchos datos y sus conclusiones sobre las actitudes de los jardineros a distancia fueron negativas. Descubrió que cuando las conversaciones de los participantes versaban sobre tecnología se acababa hablando más de la tecnología que estaba fuera del jardín que de la que había dentro de él. En cambio, conforme una conversación versaba sobre la naturaleza, las personas se referían más a la naturaleza de interior (el jardín) que a la naturaleza de exterior (la Naturaleza). Kahn también observó que la gente no hablaba mucho sobre las plantas, y menos aún en términos “biocéntricos” (o sea, como un reino que merece cuidado y respeto). Los usuarios tampoco les hablaban a las plantas, porque estaban a distancia y no podían oírlos, claro, un problema que con más desarrollo técnico podría solventarse en el futuro. De existir mejores medios, probablemente la relación de los internautas habría sido más intensa con sus semillas. Pero hasta que llegue ese futuro y mejoren los sistemas de interacción, lo único que se puede concluir según Kahn es que un simulacro de interacción con la naturaleza no es tan bueno como una interacción real, pero es mejor que ningún contacto con ella.42
Quizá no hacía falta dar tantas vueltas para llegar a esa conclusión. La diferencia es que leyendo a Kahn y a otros científicos uno se siente más justificado para emitirla, aunque no por ello esté más seguro de que sea verdad. Lo que tampoco le queda a uno claro leyendo neurociencia ambiental es qué nos pasa exactamente cuándo interactuamos con la naturaleza real y nos sentimos mejor.
Una preocupación creciente de educadores y psicólogos es que los jóvenes que han nacido con un smartphone en la mano no quieren ir al campo. David Strayer, un psicólogo de Utah, demuestra que tres días de acampada al aire libre por los cañones de Utah son suficientes para que el nivel de los sujetos resolviendo tareas creativas mejore el 50% (Williams, 2016: 54 y ss.). Strayer explora a los campistas (alumnos voluntarios sacados de sus aulas) pegándoles en la cabeza los electrodos de un aparato portátil que mide el nivel de concentración y la actividad del pensamiento (las ondas theta) para llegar a la conclusión de que el contacto con la naturaleza ayuda al córtex frontal a descansar (como cuando se relaja un músculo sobrecargado). Para entender los efectos beneficiosos de la exposición a entornos naturales, otros científicos no solo miden ondas cerebrales, sino también el nivel de estrés hormonal, el ritmo cardiaco o los marcadores de proteínas. Un estudio en Inglaterra sobre la salud mental de 10.000 habitantes urbanos durante dieciocho años reveló que el hecho de vivir más cerca de espacios verdes disminuía las dolencias mentales en mayor medida que el nivel de ingresos, educación y empleo. En 2009 unos científicos holandeses descubrieron que 15 enfermedades (incluyendo depresión, problemas de corazón, diabetes, asma, migrañas y ansiedad) tenían menos incidencia en la población que vivía a no más de media milla de espacios verdes. En 2015, en Toronto, se observó que el hecho de vivir en bloques de viviendas con árboles aumentaba la salud metabólica y cardiaca en una proporción equivalente a lo que supondría un aumento de ingresos de 20.000 dólares. El propio Ellard (2016), al comentar estos estudios, recuerda que la gente que vive en un entorno más verde se siente más feliz y segura, y añade:
probablemente esos sentimientos de felicidad y seguridad estén justificados, pues, tal como han demostrado diversos trabajos de campo controlados, los vecindarios más verdes suelen registrar un índice más reducido de actos incívicos y delincuencia. Las personas que viven en entornos verdes hablan más entre sí, acaban por conocerse y disfrutan de grados de cohesión social que no solo las protegen de padecer determinados tipos de patología mentales, sino que reducen las probabilidades de que sean víctimas de delitos menores. Todas estas averiguaciones sugieren que la respuesta primigenia básica a la contemplación de la naturaleza, pese a que en sus orígenes pueda guardar relación con factores evolutivos que puedan haber dejado de ser necesarios para guiar una selección del hábitat justificada en los seres humamos, todavía tiene repercusiones psicológicas importantes tanto en la tasa de criminalidad como en la habitabilidad y la felicidad en los entornos urbanos (pp. 40-41).
Tendríamos que leer con más detalle el trabajo de Kuo y Sullivan en barrios deprimidos y con distintos grados de vegetación en que se basa Ellard,43 pero confieso que no me cabe en la cabeza que la contemplación de vegetación sea la variable independiente, el factor determinante que explique por sí mismo (sin relación con muchos otros factores de tipo social) la disminución de una tasa de criminalidad y el aumento de la cohesión social.
¿Qué elemento de la naturaleza provoca exactamente estos efectos? ¿Simplemente las formas y los colores del paisaje que excitan más neurotransmisores en el córtex visual? ¿O será también la calidad del aire? ¿O es que la gente que está más cerca de zonas verdes hace más ejercicio físico y eso les beneficia? Algunos estudios demuestran que para disfrutar de más vida y salud a veces ni siquiera es necesario usar los espacios verdes, sino solo vivir cerca de ellos. Lo más llamativo de estos estudios es que algunos de sus autores (por ejemplo, Richard Mitchell, de la universidad de Glasgow) sugieren que la población urbana más desfavorecida que vive más cerca de la naturaleza saldría ganando en salud más que las clases pudientes, lo cual también suena muy dudoso.44
La salud mental y la social van siempre unidas, aunque hay quienes se empeñan en separarlas. Los niños y las niñas que sufren trastorno por déficit de atención e hiperactividad (tdah) pueden mejorar su nivel de atención cuando tienen más cerca plantas. El laboratorio que dirige Stefano Mancuso, el linv, publicó un estudio (2017) que demostraba que niños de siete a nueve años daban mejores resultados en pruebas de atención cuando se realizaban en el jardín arbolado del colegio que cuando se realizaban en espacios sin plantas (las aulas cuyas ventanas no daban a ninguna zona verde). “A pesar de que el aula era el ambiente más adecuado para concentrarse (no hay distracciones, no hay ruidos…), los resultados obtenidos en el jardín, en presencia de plantas, fueron mejores con mucha diferencia” (p. 202). Pero ¿es solo por la presencia de plantas? Probablemente no. Lo mismo los pequeños sujetos de los experimentos de Mancuso no salen mucho al aire libre. Uno de los problemas de los niños de hoy no es que no estén en contacto con plantas, sino que no están en contacto con nada. No juegan en las calles, por ejemplo. Los datos sobre Estados Unidos son impresionantes: según otro estudio reciente, el 70% de las madres jugaron fuera de su casa todos los días cuando eran niñas, mientras que solo el 31% de sus hijos lo hacen hoy. Lo mismo los jardines, no solo son beneficiosos porque hay plantas, sino porque cuando los críos están en ellos están jugando, están en el recreo, y las presiones son menores. Conozco a gente que dentro de un aula silenciosa no es capaz de concentrarse, pero menos aún en un jardín, porque en él hay un montón de distracciones y de ruidos. Y también hay gente que en un jardín puede alcanzar una capacidad de concentración asombrosa, pero no aplicarla al objeto de atención que el monitor o el profesor consideran adecuado y educativo.
Hoy, como recuerda Mancuso, hay centros de hortoterapia por todo el mundo. Plantar o cuidar un jardín puede ayudar a mejorar muchos trastornos psíquicos. Hacer ramos y centros florales también (aunque es un arte más efímero, claro). Los astronautas que viajen a Marte deberán llevar plantas no solo para cultivarlas y comérselas, sino para no desarrollar trastornos psíquicos (luego volveremos sobre esto). Aunque los astronautas parecen preparados para todo, parece que podrían perder la razón si no viajan hasta Marte con algunas plantas. Durante años era imposible encontrar un botánico, y menos aún un ingeniero agrónomo, en una agencia espacial. Los gestores y burócratas del espacio –añade Mancuso– han tenido que reconocer “que la presencia de plantas constituye un verdadero requisito si se quieren tener posibilidades de explorar y colonizar el espacio” (p. 203).
‘solastalgia’ y amnesia ambiental
Siempre me han impresionado los jardines venidos a nada. No son jardines que se hayan dejado atrás al huir precipitadamente (por causa de una guerra o un desastre), sino que han caído presa del abandono, sin que nadie se haya tenido que mover del lugar. Los jardines arruinados incrementan la sensación de derrota y desarraigo. El “día de después” a veces se ha representado con el chirrido de un columpio infantil movido por el aire, y con plantas silvestres invadiendo un pequeño jardín en el que se amontonan hojas y ramas caídas. Pero la visión de un jardín vacío también es la estampa de “el día de antes”. Solemos asociar los grandes desastres con un suceso instantáneo, un acontecimiento súbito que marca un antes y un después. Sin embargo, algunos de los peores desastres que podemos padecer son los que tienen lugar gradualmente, sin que nos demos cuenta. Sabemos que el deterioro social y el natural van de la mano, y que cuando avanzan lentamente el desastre no es menor. Un jardín suele solazar, animar. Un jardín descuidado, abandonado, produce lo contrario: desánimo. El paisaje y el entorno local pueden provocar los mismos sentimientos, dependiendo de su estado y de la memoria ambiental que conserven sus habitantes. Los psicólogos estudian los efectos de la devastación de grandes parajes y paisajes. Pero hay otras escalas de desconsuelo, por ejemplo el que se siente cuando se deterioran las zonas verdes de ciudades, que no parecen gran cosa, pero que son muy queridas por sus habitantes. La degeneración progresiva de espacios verdes puede parecer menos apocalíptica que un desastre instantáneo, pero no es menos terrible. Los fotógrafos que retratan las ruinas del lucro inmobiliario toman fotos alucinantes de urbanizaciones abandonadas por las constructoras, pero quizá deberían hacer muchas más de placitas y parques abandonados por los poderes públicos o de jardines privados que dejaron de cuidar sus propietarios endeudados. En realidad, las ruinas inmobiliarias no son ruinas porque nunca llegó a existir algo que pudiera arruinarse, y las otras ruinas urbanísticas tampoco lo son porque nunca llegan a deshabitarse y se sigue subsistiendo en ellas mientras los muros se agrietan y desmoronan y las zonas verdes se llenan de escombros y basura. No solo hay que captar las ruinas de la ambición, también los restos de la ilusión.
Parece que ahora hay una palabra específica para describir el estado de ánimo que provoca el deterioro ambiental: solastalgia, que fue propuesta por Glenn Albrecht (2005; 2010).45 Como se sabe, el término desolación tiene su origen en el latín solus y desolare, que significa ‘devastación, privación de bienestar, abandono y separación (loneliness)’. El término puede designar tanto un estado de ánimo (un sentimiento de abandono, una sensación de desamparo, desánimo, desconsuelo), como un estado de cosas (un paisaje que ha sido devastado, un entorno destruido). El término solastalgia, en cambio, está compuesto de solaz que deriva del verbo latino solari (y de los sustantivos solacium o solatium), cuyos significados tienen que ver con el hecho de aliviar la pena o procurar consuelo ante hechos tristes. Albrecht añade luego el sufijo -algia, que significa dolor, sufrimiento (algos en griego), y de esa forma hace resonar el significado de un término más común: nostalgia (que significa, claro, el dolor que provoca dejar el hogar, nostos). Albrecht define así la solastalgia:
El dolor o dolencia causado por la pérdida progresiva de solaz y el sentido de desolación provocado por el estado presente del hogar y territorio propio. Es la ‘experiencia vivida’ de un cambio ambiental negativo que se hace patente como un ataque al sentido del lugar. Se caracteriza como una condición crónica provocada por la erosión gradual del sentimiento de pertenencia a un lugar particular [o identidad] y un sentimiento de pena [o desolación psicológica] ante su transformación [o sea, una pérdida del bienestar]. A diferencia de la nostalgia, que implica un desplazamiento espacial y temporal, la solastalgia es la añoranza que padeces mientras sigues aún emplazado dentro de tu propio entorno. Los factores que pueden causarla pueden ser naturales y artificiales […] estresantes ambientales crónicos como la sequía pueden provocar solastalgia, igual que una guerra continuada, ataques terroristas, deforestación del suelo, explotación minera, cambios políticos rápidos, gentrificación de barrios antiguos de ciudades […]. El concepto de solastalgia es relevante en cualquier contexto donde se vive una experiencia directa de transformación o destrucción del entorno físico (u hogar) por fuerzas que socavan el sentido de identidad personal y comunitario (2010: 227).
Albrecht desconcierta. Las causas que pueden provocar solastalgia son tan variadas que es difícil entender qué tienen en común. El concepto trata de abarcar tantas cosas que acaba perdiendo utilidad. Las situaciones que describe, parece ser, no obligan a la población a huir de la devastación, sino que la condenan a vivir en ella. Si uno ve cómo su entorno se echa a perder es normal que sienta que su vida también se echa a perder. Totalmente cierto, pero no es lo mismo ver cómo desaparece un bosque centenario que ver cómo desaparece el comercio tradicional de un casco urbano antiguo. Albrecht presupone una filosofía de la naturaleza y da a entender que la devastación de espacios naturales produce un tipo particular de aflicción. Los ejemplos que analiza en Gales y en Australia dejan claro que las dolencias que trata de diagnosticar tienen que ver, sobre todo, con los desastres que rompen los vínculos con la tierra (el terreno conocido) y con la Tierra (el planeta). Albrecht dice que algunos de los episodios más angustiosos de lo que llama pena psicoterrática (psychoterratic distress) tienen lugar cuando los individuos viven directamente las transformaciones de un entorno querido (cuando ven de cerca, por ejemplo, una gran deforestación o la degradación de zonas de cultivo), pero también afirma que las personas pueden sufrir solastalgia a distancia, cuando ven imágenes de deforestación en lugares muy lejanos. Lo hacen –dice– porque hay gente que siente que “la Tierra es su hogar” y les entristece cualquier proceso de destrucción de la diversidad cultural y biológica. Albrecht presupone, pues, que los desastres y las catástrofes destruyen el sentimiento de unidad con la naturaleza que mucha gente ha desarrollado de forma natural.
Albrecht advierte de un peligro, pero no estoy seguro de que él mismo logre evitarlo. Dice que se corre el riesgo de medicalizar la solastalgia, “de convertirla en una ‘enfermedad’ tratable bajo un modelo biomédico de la psique humana” y despojarla de “sus orígenes y significados filosóficos” (p. 228). Visto así, es comprensible que el término que se inventa para designar el remedio o cura contra la solastalgia sea sumamente vago: “He creado –dice– un contrario de la solastalgia, la soliphilia. Esta ‘philia’ es una adición inspirada cultural y políticamente a otras ‘philias’ […] otras concepciones positivas, geográficas y biológicas, de los lazos de conexión y el lugar” (p. 231). Entre ellas Albrecht incluye las siguientes: el amor a la vida (Steiner), la pulsión de vida (Fromm), la biofilia (Wilson) o la topofilia (Tuan), lo cual no sirve para aclarar nada, sino para hacerlo todavía más vago. Uno casi preferiría que Albrecht hubiera medicalizado el concepto, porque cuanto más filosófico lo vuelve menos se entiende:
la solifilia, dicho simplemente, es el amor a la totalidad de los vínculos que mantenemos con el lugar y la voluntad de aceptar la responsabilidad y solidaridad necesarias entre humanos para mantener esos vínculos en todas las escalas de existencia. La solifilia debe añadirse al amor a la vida y al paisaje, para así inspirarnos amor al todo […]. Para poder contrarrestar todas las ‘algias’ o fuerzas que provocan enfermedad y desaparición, necesitamos un amor positivo por el lugar, expresado como una política totalmente comprometida y un ethos o modo de vida afanoso. La solifilia va más allá de la política de izquierda o derecha que trata de controlar o de apropiarse del desarrollo industrial canceroso, o la de derecha que intenta y proporciona una motivación universal para la sostenibilidad a través de nuevas formas de vida simbiótica que reafirman la vida (p. 232).
El moralismo de Albrecht es francamente desesperante. Intenta dar con una mano lo que esconde con la otra. Dice que hay que evitar la medicalización del tratamiento de los daños relacionados con la destrucción medioambiental, pero lo que realmente teme es la politización. Y para evitar esa politización, apela a la filosofía y a la ética de la solidaridad.
Si se tomara verdaderamente en serio el “trastorno medioambiental” debería empezar por analizar algo importante, a saber, que la percepción del riesgo de llegar a padecerlo está condicionada por muchos factores.46 El problema es que, para entender todos esos factores, uno necesita algo más que mensajes espirituales. También algo más que estudios de psicólogos. Aunque sería injusto arrojar sobre Albrecht todas nuestras críticas. El estudio del trastorno ambiental también atrae la atención de neurocientíficos que he mencionado antes, solo que estos proponen otra terminología que parezca más científica que la de los psicólogos, aunque quizá es igual de poco convincente. Kahn (2011: 198 y ss.) distingue dos tipos de daños producidos por el deterioro ambiental: los perjuicios físicos y psicológicos que se provocan en la persona y los beneficios físicos y psicológicos de los que se priva a la persona. Desarrollar una enfermedad pulmonar por exposición a altos índices de contaminación es un daño del primer tipo; que los niños y las niñas dejen progresivamente de jugar en la calle porque hay un alto índice de contaminación es un caso del segundo (en este caso, un daño relacionado con el primero). Pero sean del orden que sean, Kahn relaciona la conciencia de esos daños con otro fenómeno para el que acuña otro nombre: “amnesia generacional ambiental”. Consiste en una falta de percepción de un problema acuciante muy parecida a la que se ha padecido respecto al problema del cambio climático, que al principio –dice Kahn– no se consideró un problema, y cuando se logró hacerlo ya era demasiado serio. Cree que la clase de trastorno que ha detectado pasa igual de desapercibido y es igual de grave: no se le da importancia, pero cuando la tenga será tarde. Por eso, cuando le pidieron pruebas de su diagnóstico (como hizo el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos)47, dio un argumento muy curioso (lo parafraseo a mi manera): “No tengo pruebas concluyentes, pero tampoco las había sobre el cambio climático, y mira cómo hemos acabado…”.
Kahn está convencido de que el hecho de que perdamos memoria de generación en generación favorece el deterioro medioambiental. Eso es obvio y no es exclusivo de nuestros recuerdos relacionados con la madre naturaleza; nos pasa lo mismo con la memoria histórica, cada vez tenemos menos, y cada vez nos va peor… Probar que tenemos menos memoria no creo que sea difícil, así que supongo que lo que verdaderamente debería probar Kahn es que si se recupera la memoria, si se preservan más recuerdos, entonces la gente tendrá más conciencia ambiental y la naturaleza se protegerá y respetará más. Una idea que, me parece, Kahn no deja clara, pero cuya verdad da por sentada, es que en términos ambientales todo estado pasado fue mejor que cualquier estado presente. El planeta, en su conjunto, ha ido a peor: hay menos diversidad natural, más extinción de especies, más contaminación y más destrucción, pero Kahn cree que la percepción del estado real del entorno depende de los recuerdos del estado previo del mismo. Quizá sea un mundo al que nunca lograremos regresar, pero recordarlo podría servir para evitar un futuro peor que el presente. La memoria ambiental podría tener consecuencias regenerativas, pero sobre todo preventivas –si entiendo bien a Kahn. Lo difícil de entender, creo, es cuántos recuerdos y de qué tipo serían necesarios para mejorar y, sobre todo, qué medios se utilizarían para avivarlos. ¿Serían suficientes las imágenes de animales y bosques desaparecidos o serían más eficaces las narraciones de personas que los vieron? Las muestras (snapshots) que aporta Kahn parecen apuntar más bien a lo segundo: una breve crónica sobre la desaparición de los bosques de las Highlands de Escocia desde el siglo xviii hasta 1997, los recuerdos de quienes vieron enormes bandadas de palomas migratorias hacia 1800 (la última de ellas murió en el jardín zoológico de Cincinnati en 1914) o de las grandes manadas de búfalos con las que se toparon los primeros expedicionarios que atravesaron el Oeste (Lewis y Clark), también los recuerdos de visitantes de 1929 en el cañón de los Reyes (al sur de Sierra Nevada en Estados Unidos) o de la gente que durante años caminó por las costas árticas y se aflige viendo el estado actual de Noruega. Según lo presenta Kahn, se diría que la sanación del olvido depende principalmente del valor testimonial de algunas crónicas.48
También hace recomendaciones que podrían compensar el déficit de memoria y aumentar la conciencia ambiental, pero a este respecto es más flexible: llevar más a los niños al campo, contarles más historias sobre cómo era el campo, recordar los lugares que nos agradaban en la infancia –como sugiere el naturalista y experto en mariposas Robert M. Pyle (2002)–, enseñar a dudar de la todopoderosa tecnología, investigar más los efectos de la naturaleza y de la tecnonaturaleza en el bienestar diario, jugar en simuladores de urbanismo (como UrbanSim), imaginar el futuro leyendo ciencia ficción… A este respecto se diría que Kahn no tiene un método claro, sino más bien un principio práctico: cualquier cosa que ayude, vale. Su aproximación, como tantas otras, es bastante moralizadora, pero poco politizadora. Invita a amar la naturaleza, pero no anima a investigar las fuentes últimas que explican su desastroso estado. Él podría aducir que es un neurocientífico ambientalista, no un sociólogo o un geógrafo, pero entonces se le podría preguntar: ¿cree usted realmente que puede proporcionar bases para una ética ambiental sin examinar aspectos políticos y económicos del deterioro ambiental y social? La idea básica de su estudio es interesante, no lo estoy negando: cada generación construye su propia imagen de lo que es un estado de normalidad ambiental, y esa imagen funciona como referencia (baseline) respecto a la cual mide el grado de deterioro. Es respecto a esa imagen (pero no respecto a una visión prolongada en el tiempo), como mucha gente llega a creer que sus acciones pueden producir daños, pero que no son graves (menos aún, en relación con los beneficios que se obtienen). El “síndrome del punto de partida” (baseline) –como lo llama Pauly–49 es ese: la gente acepta como normal un estado del entorno, pero cuando la siguiente generación empieza a actuar en ese entorno, aunque esté más deteriorado, toman el estado en que lo encuentran como base, como normal, y miden respecto a esa situación el posterior grado de impacto (Kahn, 2011: 174). Ahora bien, yo no entiendo cómo se puede medir el grado de amnesia sin tener en cuenta muchísimas otras variables, además de la falta de conocimiento de una generación sobre el estado del suelo cultivable o sobre un caladero de pesca.50
En El mundo sin nosotros, Weisman (2007) imaginó cómo sería el mundo si despareciéramos los seres humanos lenta o rápidamente. En Colapso, Jared Diamond (2005) explicó no solo por qué algunas civilizaciones desaparecen lentamente, sino también por qué algunas actuales han atravesado o podrían atravesar situaciones críticas (Ruanda, Haití, República Dominicana, China, Australia). En la cuarta parte de este monumental libro, Diamond analiza el impacto de las grandes empresas petroleras, mineras y forestales en el medioambiente y la incapacidad de las sociedades para anticiparse y prever los problemas que ellas mismas crean. Da cuatro razones por las que ocurre esto. La primera es que los problemas ambientales a veces son literalmente imperceptibles. Por ejemplo, los nutrientes del suelo (necesarios para cultivos) no son perceptibles a simple vista, sino solo mediante análisis químicos. Llevó su tiempo descubrir también que en algunos lugares los nutrientes no están en el suelo, sino en la vegetación, de tal forma que si esta se arrasa el terreno ganado no es fértil (tampoco se percibe fácilmente si el suelo tiene demasiada sal, sobre todo cuando está a un nivel profundo). Una segunda razón por la que no se suele percibir un problema grave es que los responsables no están cerca de él. Según Diamond, una sociedad en la que todos sus miembros están familiarizados con la totalidad del territorio del que dependen, tiene más posibilidades de percibir un problema a tiempo y gestionar bien sus recursos. En una isla quizá sea posible, pero en grandes sociedades el contacto directo con los problemas es más difícil, por muchos observadores y analistas que se envíen a los campos de producción. Las dos siguientes razones por las que no se percibe un desastre son las que vienen más al caso. Una circunstancia agravante, dice Diamond, es que el problema ambiental en cuestión “adopte la forma de una tendencia lenta, oculta entre amplias fluctuaciones al alza y la baja”. El ejemplo obvio es la subida de temperatura del planeta: no todos los años son más cálidos que el anterior; el clima puede oscilar de forma errática, con fluctuaciones amplias e impredecibles, por lo que puede ser difícil discriminar una tendencia media ascendente. Es como tratar de percibir una señal rodeada por demasiado ruido, sugiere Diamond.51 Esas tendencias ocultas en el barullo de las fluctuaciones se suelen considerar como una “normalidad progresiva”: si el medioambiente se deteriora de forma gradual (algo que también puede pasarle a la economía, la educación o la salud) resulta más difícil percibir que cada año es ligeramente peor que el anterior, “de modo que el criterio de referencia para lo que constituye la ‘normalidad’ varía paulatina e imperceptiblemente. Pueden ser necesarios varios decenios de una larga secuencia de variaciones anuales leves antes de que la gente se dé cuenta, sobresaltada, de que las condiciones eran mucho mejores varios decenios atrás y lo que se tenía por normal ha variado a la baja” (p. 551). La cuarta razón por la que todo se puede percibir demasiado tarde es lo que Diamond llama “amnesia del paisaje” y consiste en “olvidar el aspecto tan diferente que tenía el entorno circundante hace cincuenta años debido a que las transformaciones sufridas de un año para otro han sido muy graduales” (ibíd.). Pone como ejemplo la sorpresa que él mismo sintió al volver a las montañas de Montana más de cuarenta años después de haber paseado por la maravillosa nieve que las cubría, entre 1953 y 1956. En 1998 apenas quedaba nieve, y en 2003 se fundió toda. Diamond se entristeció, pero sus amigos, que habían vivido allí durante esos años, eran menos conscientes del cambio porque comparaban la falta de nieve de cada año con la de los años inmediatamente anteriores: la amnesia del paisaje “les dificultaba a ellos más que a mí recordar cómo eran las condiciones en la década de 1950. Este tipo de experiencias constituyen una razón importante para que las personas no consigan percibir un problema hasta que es demasiado tarde” (p. 552).
La lentitud de los cambios –explica Diamond– es sumamente contraproducente. La velocidad de un desastre, sin embargo, puede ayudar a evitarlo. Por ejemplo, la rapidez con la que se deforestaron zonas de Japón en la era Tokugawa “facilitó que los shogun detectaran las alteraciones del paisaje y reconocieran la necesidad de emprender una acción preventiva” (p. 553). En la isla de Pascua, en cambio, el ritmo progresivo con el que se cortaron palmeras permitió que sus habitantes cortaran hasta la última de ellas. Cuando cayó la última ya hacía tiempo que “el recuerdo de aquel valioso palmeral había sucumbido a la amnesia del paisaje” (ibíd.). No entiendo exactamente cómo Diamond determina la velocidad de deterioro en cada caso, cuán lenta tiene que ser la velocidad de deterioro para que no se vea venir el desastre, ni cuán rápida tiene que ser para lo contrario, para evitarlo. Diamond compara sociedades del pasado con las del presente, y distintas sociedades del presente entre sí. Pero tampoco acabo de entender qué relación hay entre velocidad y conciencia del desastre en el momento actual. Leyendo los últimos capítulos de Colapso (“Las grandes empresas y el medio ambiente” y “El mundo entendido como un pólder: ¿qué significa todo esto para nosotros?”) pueden sacarse algunas conclusiones que tampoco están claras, aunque algo parece indiscutible: sea cual sea la relación que guarda la percepción del riesgo con el ritmo y modo de destrucción, Diamond admite que existe conexión directa entre crisis ambientales y crisis políticas y propone intervenciones y soluciones discutibles pero al menos dependientes de decisiones políticas a gran escala.52 La amnesia del paisaje no es un trastorno que necesite terapia, es un síntoma de una situación social y no puede separarse de otras circunstancias como la sobrepoblación, el hambre, la pobreza, la violencia social y la crisis gubernamental. El argumento de Diamond es aparentemente sencillo, pero apunta a lo más difícil: si nosotros mismos somos los que estamos agravando los problemas ambientales, entonces somos los únicos que podemos decidir si seguir agravándolos o tratar de resolverlos: “Aunque se nos presenten riesgos importantes, los más serios no escapan de nuestro control, como lo sería una posible colisión con un asteroide de gran envergadura que chocara con la Tierra cada cien millones de años o algo similar […]. Tenemos el futuro en nuestras manos, descansando en nuestras manos. No necesitamos nuevas tecnologías para resolver esos problemas; aunque las nuevas tecnologías puedan colaborar un poco en ello, en esencia necesitamos ‘solo’ la voluntad política de implantar soluciones que ya existen” (p. 675).
¿Será por eso por lo que proliferan películas en las que colisionan planetas o un asteroide va a chocar con la Tierra? ¿Es esa la única forma, ridícula y siniestra, de imaginarnos a la humanidad tomando decisiones políticas al unísono y a tiempo? ¿Por qué solo somos capaces de reaccionar políticamente cuando la amenaza es externa? ¿Por qué es tan difícil aceptar que nosotros mismos somos una amenaza muchísimo más peligrosa que una piedra flotando por el espacio?
21 Un planteamiento parecido al de Tuan ya fue sugerido durante la posguerra por el geógrafo y filósofo Bernard Charbonneau en el El jardín de Babilonia (1969): a medida que el hombre se separa de la naturaleza –decía– experimenta más la necesidad de reintegrarse en ella. Conforme crece su poder sobre ella, añora más una vida armoniosa con ella. Dicho de otra forma: la civilización surgió porque había naturaleza y había que protegerse de ella, controlarla, domesticarla. Pero tampoco hay naturaleza sin civilización, o sea, no se fantasearía con la idea de una realidad ajena a lo humano –tal como salió de las manos de Dios o de la evolución, da igual ser teísta o panteísta–, si no fuera por el sentimiento de culpa que siente la propia humanidad. Rousseau trató en vano –dice Charbonneau con toda la razón– de reintegrar en el hombre la unidad que el cristianismo había roto para siempre en su corazón (p. 30). “El sentimiento de la naturaleza no es propio del primitivo o del campesino, sino del burgués; sigue a la ‘revolución industrial’, y va alcanzando progresivamente a los países y a las clases que van quedando englobadas en ella. Porque hay máquinas, el hombre huye de la máquina subido a su máquina. Del cerro al monte y del monte al pico; del campo al desierto y de la costa a alta mar; la multitud huye de la multitud, el civilizado, de la civilización. De este modo desaparece la naturaleza, destruida por el sentimiento mismo que la descubrió, tanto como la expansión de la industria” (p. 15). Charbonneau afirmó esto a mediados de los años cuarenta del siglo xx y predijo que el sentimiento de apego a la naturaleza desaparecería a la vez que la propia naturaleza, pero se equivocó. Ese sentimiento creció, justamente a medida que se fue borrando la diferencia entre la ciudad y el campo y todo quedó integrado en un espacio más abstracto de producción. La geografía de Tuan, en cambio, se desarrolla muchos años después, mientras ya tiene lugar esa paradoja, cuando desaparece la naturaleza real pero surgen más y más naturalezas imaginadas. Dicho en pocas palabras: la geografía de Tuan pertenece a la era Disney, a la era del simulacro. Agradezco a David Sánchez Usanos que llamara mi atención sobre la obra de Charbonneau.
22 Añade algo que aclara su indiferencia frente a lo orgánico: “No sé qué pensar sobre la lucha orgánica, sobre las ingeniosas maniobras del ‘gen egoísta’ […] y no me encuentro solo en esta actitud”. Tuan reconoce claramente que la naturaleza puede ser un escape de la sociedad. Las personas raras, tímidas o poco sociables (como él mismo) suelen disfrutar y sentirse bien en ella. “Los inadaptados encuentran consuelo en las plantas y los animales, porque estos no los juzgan. Pero incluso allí no están del todo seguros, pues las cosas vivientes forman comunidades; muchas son seres sociales que en sus propios mundos discriminan, incluyen y excluyen. Solo en plena naturaleza mineral –desierto o hielo– puede un ser humano sentirse completamente libre, no solo de la realidad sino también del oprobio social” (2004: 84).
23 Al revisar estas líneas, descubro con alegría que Joan Nogué, que ya había editado Romantic Geography. In Search of the Sublime Landscape de Tuan en la editorial Biblioteca Nueva, acaba de publicar en la colección Espacios Críticos de Icaria El arte de la geografía (2018), una excelente antología de textos de Tuan, que incluye su discurso de despedida, junto con un análisis profuso y una entrevista de Nogué. El capítulo que tiene que ver más con lo que he contado es “Desierto y hielo: estética ambivalente” (pp. 143-169), que no es autobiográfico, pero que aclara muchas de sus ideas sobre esos dos tipos de paisajes, los desérticos y los gélidos, en la relación con la geografía y la exploración humana y, sobre todo, con la teología. No deje de leerse. Véase también el capítulo dedicado al desierto en Geografía romántica (Madrid, Biblioteca Nueva, 2015).
24 Véase, de J. Prest, The Garden of Eden. The Botanic Garden and the Recreation of Paradise (New Haven, Yale University Press, 1981).
25 Parece ser que los síntomas de las enfermedades se comparaban con las partes de las plantas, pero aclarar esto nos llevaría muy lejos. Véase Foucault (1967, vol. ii: 97) y, también ahí, en la página 558, las referencias en que se basa (un trabajo de F. Berg de 1956: Linné et Sauvages). Agradezco a Julio Díaz Galán que llamara mi atención sobre estos textos de Foucault y que revisara este capítulo.
26 Ellard publicó en 2009 Where Am I? Why We can Find Our Way to the Moon, but Get Lost in the Mall, un trabajo sobre psicología del espacio, o más exactamente, sobre la orientación y la navegación en él. El título original del libro que comentamos, Places of the Heart. Psychogeography of Everyday Life, recuerda un poco al del famoso libro del sociólogo de la religión Robert Bellah, Habits of the Heart. Individualism and Commitment in American Life, pero el trabajo de Ellard no es sociológico. Tampoco puede considerarse un ejemplo de psicología social.
27 Los dos trabajos que aclaran esta ideas son: Kaplan, R. y Kaplan, S., The Experience of Nature: A Psychological Perspective (Nueva York, Cambridge University Press, 1989) y el trabajo de Orians, G. H. y Heerwagen, J. H. sobre la respuesta evolutiva a los paisajes en el libro The Adapted Mind: Evolutionary Psychology and the Generation of Culture, editado por J. H. Barkow, L. Cosmides, y J. Tooby (Nueva York, Oxford University Press, 2000).
28 Habría que empezar por discutir algunas fuentes que menciona Ellard, como The Experience of Landscape de J. Appleton (1975), donde se asocia un entorno agradable con dos variables, “perspectiva y refugio”; el famoso libro de R. y S. Kaplan, The Experience of Nature. A Psychological Perspective (1989), y los trabajos de Heerwagen y Orians sobre los paisajes de estilo sabana incluidos en The Biophilia Hypothesis, editado por Kellert y Wilson en 1993. Ellard también tiene en cuenta trabajos muy posteriores de Falk y Balling (2010) sobre la influencia evolutiva en los gustos paisajísticos, publicados en Environment and Behaviour, 42, n.º 4, 2010, pp. 479-493.
29 Un aspecto sorprendente de estos estudios es lo que se entiende por naturaleza “real”, por contraste con la “virtual”. Dado que estos investigadores experimentan con imágenes de paisajes, todo lo que no sea una imagen les parece natural, pero eso es absurdo. Los paisajes, hasta los poco fabricados, no son naturales. Muchos de los paisajes que estos científicos consideran naturales son medio humanos y han sido transformados por la acción humana. Queda más o menos claro cómo distinguen la imagen de su referente, pero no me queda tan claro qué criterio siguen para considerar a ese referente como “naturaleza”.
30 Cuando se habla de exposición a entornos naturales, Ellard y otros muchos estudiosos suelen dar prioridad a la contemplación visual del entorno, y no a todo el conjunto de sensaciones que se reciben a través de la vista, el oído y el tacto (véase el énfasis en la actividad ocular para explicar los efectos de un paseo en la atención; ibíd.: 39-40).
31 Urlich trabajó a mediados de los ochenta en el Texas a&m College of Architecture’s Center for Health Systems and Design y se le conoce por acuñar el concepto de ebd (Evidence-Based Design), un proceso para controlar los efectos del diseño de un particular sobre la base distintos tipos de datos. Su trabajo sobre el de 1984 en Science (vol. 224). “View Through a Window May Influence Recovery from Surgery”, influyó mucho en el diseño de edificios hospitalarios y sanitarios. Casualidad de la vida, conozco Texas a&m, pero ninguno de mis colegas de allí me ha hablado particularmente bien de los hospitales. No recuerdan que ver a través de su habitación extensiones de hierba y árboles durante su convalecencia acelerara su proceso de recuperación. Parece que lo que más animó su deseo de recuperarse era el coste de la factura, elevadísimo pese a disponer de una buena póliza de seguros.
32 Muchas reproducciones de paisajes que han colgado de las paredes de varias generaciones no siempre resultaron tranquilizadoras, dependiendo de la historia de cada persona. Hay gente a la que le agrada llenar las paredes con ejemplos de “naturaleza muerta” (que en inglés y alemán no están tan muertas, Stil life, Stillleben) y hay gente a la que le agrada más un cuadro de un campo de frutales que uno de una mesa con una naranja y un limón cortados. ¿Qué efectos tienen sobre la salud las horrorosas copias de cuadros de cacerías en las que los ciervos se retorcían de dolor cuando los perros les hincaban sus dientes? Los motivos florales y bucólicos del papel pintado, a fuerza de repetirse, pueden inducir más de una alucinación, tanto en un dormitorio como en una sala de espera, pero se supone que debían serenar a los niños antes de dormir y a los pacientes antes de pasar a la sala de anestesia.
33 No queda claro, creo, en qué circunstancias y para qué tipo de personas podría valer eso. Yo al menos no saco conclusiones claras leyendo el ensayo de Ellard “Restorative Effects of Virtual Natural Settings” (Cyberpsychology, Behaviour and Social Networking, 13, 2010, pp. 503-512).
34 Las formas de presentar la naturaleza son inseparables de la historia de los museos de ciencia natural, una historia que no puedo narrar aquí. Solo recordaré que antes de la llegada de la televisión y el cine han existido muchas formas de simular “ventanas” a espacios naturales: dioramas, maquetas, sets, etcétera, hechos de cartón piedra, escayola, resina… Los grandes museos de ciencias naturales del mundo están llenos de esos escenarios, algunos muy grandes, como las vitrinas del Museo de Ciencias Naturales de Nueva York. La historia de las ventanas a la naturaleza abarca no solo la exhibición de animales vivos, en terrarios, acuarios o piscinas, o la de animales disecados, sino también la de animales animados (o sea, artificiales). Para entender esto, claro, habría que estudiar la historia de Disneyland y de Disney World, y la inmensa influencia que tuvieron las tecnologías que usaron sus ingenieros, los llamados imagineers, para crear robots. La influencia de Disney en los parques temáticos dedicados al mundo natural es inmensa. La literatura sobre este asunto es ingente, pero dado que buena parte de este libro me la inspiró Tuan, recomiendo empezar por algo suyo: Tuan, Y.-F. y Hoelscher, S. D., “Disneyland: Its Place in World Culture”, en Marling, K. A., Designing Disney’s Theme Parks: The Architecture of Reassurance (Montreal, Canadian Centre for Architecture, 1997).
35 35 Como recuerda Ellard, la empresa Sky Factory comercializa tragaluces artificiales que proyectan imágenes o vídeos de escenas naturales, imitando la visión que uno tiene del cielo y de las copas de árboles cuando se está recostado o tumbado en el campo.
36 La “zona verde” de Schiphol tiene árboles artificiales, asientos en forma de tocón de árbol y bancos circulares con follaje en el medio. También hay una terraza al aire libre donde los pasajeros pueden sentarse en mesas de pícnic de madera con vistas a los aviones estacionados. A la vez, se proyectan imágenes de parques famosos de todo el mundo en las paredes y mariposas virtuales rodean a los pasajeros que se sientan en ciertos lugares, todo ello ambientado con sonidos de animales, timbres de bicicleta y juegos de niños. El primer jardín del aeropuerto de Changi se remonta a principios de 1980. Hoy cuenta con más de quinientas mil plantas de unas doscientas cincuenta especies. También produce unas tres mil plantas al mes en su propio vivero. Tiene un jardín de mariposas, otro de orquídeas con un estanque y un “jardín encantado” que combina flores y helechos con esculturas y luces brillantes. También cuenta con algunos jardines al aire libre, uno de cactus y otro de girasoles. Todo el sistema de jardines es cuidado por 11 horticultores y más de una centena de contratistas y proveedores externos. En 2017 abrió en la terminal 4 nuevas áreas con un bulevar de árboles, santuarios verdes relajantes y jardines de roca. Otro aeropuerto que compite por ser el más verde es el de Incheon de Seúl, que tiene siete jardines e incluye uno al aire libre con flores silvestres.
37 Véase cómo las formula Kahn en Technological Nature: “la naturaleza tecnológica es mejor que ninguna naturaleza, pero no tan buena como la naturaleza real” (p. xvi). Véanse también los capítulos 4 y 5: “A Room with a Technological Nature View” (pp. 45-64) y “Office Window of the Future?” (pp. 65-87). Aunque no está claro por qué las ventanas con vistas virtuales no tienen los mismos efectos que las ventanas con vistas reales –afirma Ellard– lo que sí está claro es que “parte de la reacción biofílica se fundamenta en las propiedades puramente visuales de las escenas naturales” (2016). El problema de las ventanas virtuales es que las distinguimos fácilmente de las reales (por el paralaje) y saber que no son reales nos impide disfrutar. Pero si la tecnología mejorara mucho quizá sus efectos serían iguales.
38 Kahn propone, además, que esa interacción hombre-naturaleza podría reducirse a lo que él llama lenguaje de la naturaleza, una serie de esquemas básicos de experiencia que redundan positivamente en los humanos. Véase el capítulo “Adaptation and the Future of Human Life” (op. cit.: 185-210). Lo más discutible de estos esquemas –creo– es que se describen como si no tuvieran un origen cultural.
39 Kahn se apoya en los trabajos de R. S. Ulrich, un autor al que yo conocía por sus trabajos sobre los efectos sanadores de los jardines en hospitales y de las habitaciones con vistas naturales, pero que también analiza respuestas biofóbicas y estrés producido en entornos naturales. Véanse los trabajos que cita Kahn (2011: 222).
40 Cuando leo a Kahn se me vienen a la cabeza comparaciones entre las nuevas formas a distancia de “tener sexo” y de –digámoslo así– “tener naturaleza”. Quizá Kahn y otros neurocientíficos dan por hecho que uno se conforma con un sustituto o un sucedáneo de algo porque no puede acceder al original, y se sorprenden al descubrir que la gente disfruta del sucedáneo tanto o más que del original, pero quizá no se hubieran sorprendido tanto si leyeran más literatura (incluida la psicoanalítica) sobre sexo.
41 Guelton insiste en que el jardín es un lugar real, un espacio pequeño, cerrado, pero conectado a un espacio enorme, sumamente abierto, la red.
42 Desconozco si desde que se cerró el Telegarden en agosto de 2004 han surgido otros jardines a distancia, pero me atrevo a preguntar algo: ¿podría realmente una tecnología de interacción mejorada favorecer un mayor nivel de biofilia? Hoy ya hay sistemas de cultivo casero a distancia (manejables desde una app) como el Seedo, una especie de neverita con iluminación y sistemas de ventilación donde se pueden cultivar vegetales, hierbas y flores. No sé qué relación con la naturaleza tienen los usuarios del Seedo, si la aman antes de comprarse el chisme, o si la aman después, tras cultivar. Kahn y los neurólogos debían estudiar el asunto. Sí sé que la gente la usa para plantar marihuana en casa. Quizá después de fumarla se sientan más cerca de ella.
43 Véase, de F. Kuo y W. Sullivan, “Environment and Crime in the Inner City: Does Vegetation Reduce Crime?” (Environment and Behaviour, 2001, 33).
44 En ciertas ciudades las clases más desfavorecidas no logran disfrutar de zonas naturales que les quedan cerca simplemente porque no disponen de tiempo para acercarse hasta ellas. Hay que recordar también que en algunas ciudades las clases pudientes no hacen uso de muchos parques públicos porque los consideran espacios donde más que estar cerca de la naturaleza se está cerca de “todo tipo” de gente. O sea, les parecen poco naturales, y muy vulgares. Estas clases pueden usar un parque público solo como pista de entrenamiento para correr, pero prefieren beneficiarse del contacto con la naturaleza en el jardín privado de una urbanización (preferiblemente con piscina y campo de golf), en una finca, en una mansión de campo, o en alguna reserva natural que visitan como turistas de élite.
45 Descubrí a Albrecht gracias a un trabajo de Nancy Tuana, “Climate Change and Place”, presentado en Madrid hace unos años. Véase de Tuana “Climate Change and Human Rights” en Handbook of Human Rights (Londres, Routledge, 2010, cap. 33).
46 Entre ellos, claro, habría que contar con el peso de las imágenes: estamos acostumbrados a ver imágenes de desastres lejanos, ajenos, o relativamente próximos. Pero no parece que eso nos haga más sensibles a ciertos problemas. Se diría que al contrario: ayuda a ignorar los signos de un desastre cercano. Si hubiera vivido lo suficiente, Sontag debería haber escrito una secuela de Ante el dolor de los demás que se llamara Ante el dolor de la naturaleza, en la que explicaría el efecto insensibilizador de las imágenes de desastres naturales. ¿Sentimos realmente algo cuando vemos la imagen de un bosque después de un incendio, o la devastación de un ciclón o de un maremoto? Probablemente también tendría que escribir añadidos a un fascinante ensayo en el que analizó por qué nos da tanto morbo observar desastres: “La imaginación del desastre” [1965] en Contra la interpretación y otros ensayos (Barcelona, Seix Barral, 1984). Desde que escribió este ensayo la proliferación de recreaciones o retransmisiones de desastres naturales ha crecido asombrosamente.
47 Para ese informe también se le pidieron las opiniones sobre el “Nature Deficit Disorder”, un término que Richard Louv introdujo en Last Child in the Woods [2005]. Capitán Swing acaba de publicar una traducción en 2018: Los últimos niños en el bosque. Salvemos a nuestros hijos del trastorno por déficit de naturaleza.
48 Lo llamo así a falta de un término mejor, pero algunas de las fuentes de recuerdo también podrían ser ficciones, incluida la literatura infantil. Albrecht alude en sus trabajos sobre la solastalgia al libro Soil and Civilization de Elyne Mitchell, que era escritora de cuentos infantiles sobre un cimarrón australiano y sus descendientes. Merecería la pena saber lo que piensan los psicólogos y los neurólogos sobre los efectos de la antropomorfización de animales en la literatura popular.
49 Pauly estudió el agotamiento de los caladeros de pesca a mediados de los noventa, véase “Anecdotes and the Shifting Baseline Syndrome of Fisheries” (Trends in Ecology & Evolution, vol. 10).
50 Con todo, este punto merecería un comentario más detallado de otras dos obras editadas por P. H. Kahn Jr. y P. H. Hasbach: Ecopsychology (2012) y The Rediscovery of the Wild (2013), publicadas en Cambridge por The mit Press. En estos trabajos se vuelven a discutir conceptos como topofilia y se proponen distintos tipos de ecoterapia y tratamientos, así como de principios de urbanismo y de diseño biofílico.
51 Una frase que me recuerda muchas historias de ciencia ficción en las que la dificultad para percibir una señal de origen extraterrestre es similar: poder discriminarla. Lo irónico es que muchas de esas señales suelen ser advertencias que civilizaciones superiores de otras galaxias nos hacen sobre nuestra gestión del planeta: “Estáis abocados al desastre, no respetáis a la naturaleza”.
52 Para otros analistas esta postura de Diamond sigue anclada en meros presupuestos éticos y en una retórica del catastrofismo que elude imperativos verdaderamente políticos. Es la posición de Daniel Tanuro, que critica a Diamond en El imposible capitalismo verde. Del vuelco climático capitalista a la alternativa ecosocialista, con prólogo y posfacio de Jorge Riechmann, (Madrid, Los Libros de Viento Sur / La Oveja negra, 2011, p. 175). Según Tanuro, Diamond solo cree en el desarrollo de empresas con mejor gestión ecológica. En su esquema “no hay necesidad de recurrir a soluciones colectivas como la nacionalización de la energía, la extensión del sector público o la gratuidad de los servicios básicos”.
Adiós a la naturaleza
No creer en la naturaleza como una totalidad armónica y equilibrada no es una pose intelectual, ni un trastorno mental. Es una forma de ver el mundo que puede entender bien alguien que haya vivido en barrios donde se crecía con una única certeza: nada es lo que parece, todo es mentira. Este sentimiento lo he compartido muy fácilmente con amigos españoles, italianos y británicos de origen obrero, gente que no se cree nada, pero que luego se comporta ante la naturaleza de forma menos ruda que los chicos de Trainspotting –recuérdese que cuando llegan en tren hasta un páramo con una colina al fondo, uno de ellos dice: “¡Mirad la inmensidad natural, el aire puro!”, pero el otro contesta: “Todo el puto aire del mundo no cambiará las cosas”.53 En cierto modo es verdad: hay que ser idiota para creer que todo el aire del mundo puede cambiar la vida de la gente. Pero también es verdad que esa falta de confianza en el futuro de la humanidad no priva necesariamente de la sensibilidad requerida para gozar de la naturaleza, o de algo parecido a ella.54
Algunos de mis prejuicios sobre la naturaleza podrían atribuirse a la simpatía que he sentido por la filosofía materialista y ciertas variedades de marxismo.55 Puede que también suenen a historicismo, culturalismo o constructivismo, y casi a cualquier doctrina que ayuda a desnaturalizar todo lo que nos parece natural.56 Ninguna de ellas, sin embargo, explica el tono y los fines de este libro, ni mi desacuerdo con ciertas filosofías de la naturaleza. Digamos que es al revés: en cierto modo, esas doctrinas confirmaron algunas de mis tendencias. No me inspiraron desencanto, sino que reafirmaron mi carácter desengañado, lo cual daba cierto placer.57
La actitud antinatural hacia la naturaleza puede ser resultado de una experiencia social compartida. Ser un descreído tiene mala prensa, pero no lo hace a uno necesariamente más infeliz que aquellos que sienten amor por la madre naturaleza.58 He conocido gente que no siente gran pasión por la naturaleza, pero que la respeta mucho más que los que la veneran y también la observa con más curiosidad. Creer en la Naturaleza es peor que creer en Dios. Proclamar que Dios ha muerto ya no escandaliza a nadie. Debe de ser que no era tan difícil acostumbrarnos a vivir sin él. Pero decir que “La Naturaleza ha muerto” suena muy mal. Si para salvarnos hay que volver a creer en algo que está por encima de nosotros, es mejor ayudar a que acabe el mundo. Pueden confundirle a uno con un pesimista desalentador, y no con alguien que confía en una solución social al desastre ecológico, una solución manejada por seres humanos liberados de cualquier imagen de una autoridad no humana (luego volveremos sobre este punto).
Lo admito: me cuesta pensar que haya parajes puros, inmaculados, cosas por las que no haya pasado la mano humana. Supongo que en algún momento creí que existía la naturaleza salvaje, pero fue gracias a cuentos de la selva o películas de junglas, y no gracias a libros de geografía y de biología. Menos aún gracias a alguna estancia o un viaje en plena naturaleza. Si ahora pudiera viajar hasta zonas recónditas del planeta no creo que cambiara mucho mis ideas; de hecho, hay gente que lo ha hecho, pero a la vuelta de sus viajes son más realistas, no más idealistas.59 Siguen siendo personas alegres y les fascina este mundo, aunque tienen motivos de sobra para calificarlo como una auténtica mierda. El conocimiento mata muchas ilusiones, las deja sin porvenir, ese es el problema. Viajando no se llega a estar más cerca de la naturaleza, sino más cerca de la historia universal. Por eso tantos viajeros prefieren algo distinto al conocimiento, algún tipo de creencia, una religión de la naturaleza. He conocido grandes viajeros que carecen de esa fe, pero esa falta –no hay que confundirse– no mata su curiosidad. Al contrario, la acrecienta. Uno puede aprender mucho de ellos: no van en busca de la naturaleza, pero son capaces de descubrirte cientos de cosas sobre lo que ha pasado y está pasando en la Tierra.
Sea como sea, también lo admito: dejé de creer tan pronto y hace tanto tiempo en la existencia de “lo natural” que no consigo recordar cómo me sentía antes. Supongo que es un problema parecido a tratar de recordar cómo eran las cosas cuando se creía en algo mágico, si es que se creyó en algo así en algún momento, lo cual tampoco es mi caso. He tenido amigos que se partirían de risa con lo que acabo de decir porque –por lo visto– tuvieron una relación natural con lo natural. No se acuerdan de cuándo empezaron a pensar en el mundo natural porque vivieron en zonas urbanas pero muy pequeñas y rodeadas de grandes áreas naturales, así que apenas notaban el paso de un mundo al otro, o lo notaban pero era poca cosa: un camino de cuatro kilómetros, por ejemplo, entre granjas y campos de cultivo.
Tengo que dejar claro que he pasado muy buenos momentos en el campo, la montaña y el mar, pero no estoy seguro de que fuera por estar en contacto con la naturaleza. También tenía que ver con el hecho de que disfrutaba de un día libre o estaba de vacaciones, había ido a visitar a algún amigo o me habían prestado una casa que yo no me podía permitir. Otro sentimiento compartido con esos amigos británicos de origen obrero a los que ya he mencionado: la naturaleza nos parecía interesante porque la asociábamos con la liberación de otras cosas, con la interrupción de un desagradable ritmo de vida, pero no porque de repente nos sintiéramos conectado con algo magnificente o grandioso. Si aprendimos a percibir algún tipo de grandeza no fue después de una epifanía espontánea, sino gracias a algún amigo geólogo o botánico que nos acompañó en alguna excursión, que nos transmitió su amor y su infinito conocimiento y nos contagió su curiosidad incurable. Algunos fenómenos de la naturaleza podían despertar en nosotros asombro, extrañeza, curiosidad, pero el sentimiento de conectar con algo inmenso, la sensación de formar parte del cosmos, cuando llegó, fue algo más elaborado e imposible de producirse sin haber recibido antes un grado mínimo de educación y formación. Volver al origen no era algo tan espontáneo como parecía.60
Que la naturaleza fuera algo equilibrado y armónico nunca nos entró en la cabeza. Lo percibimos antes de saber de historia natural, de catástrofes naturales, de cataclismos o de colapsos. Quizá como algunos de nosotros estábamos ya desequilibrados, no concebíamos que pudiera existir algo equilibrado. Concebíamos el cosmos a nuestra imagen y semejanza: caótico, errático, imprevisible, malogrado. Debe ser que éramos muy antropocéntricos, aunque no nos sentíamos nada céntricos, al contrario, nos veíamos descentrados, al margen de todo, o simplemente no nos veíamos. Parecíamos incapaces de imaginar un equilibrio cósmico que excluyera el mundo social (que era el único mundo que conocíamos), mientras que la gente que amaba la naturaleza era capaz de imaginar un mundo previo a una sociedad que lo había pervertido y destruido todo. Nosotros no podíamos creer en nada, excepto en un orden social menos violento, pero ellos amaban un orden que no tenía que ver con organizarse mejor como sociedad, sino con la fantasía de la huida de una sociedad intrínsecamente nociva y una vuelta a la naturaleza.
Después de leer sobre ecología era previsible que acabara simpatizando con algunos críticos de izquierda de la madre naturaleza. No toda la izquierda era así, desde luego, sobre todo si uno cambiaba de país. Los verdes alemanes me parecían más rojos que los americanos, aunque en Estados Unidos también había verdes rojos. También prosperaba un ecologismo aparentemente de izquierdas, pero que marcaba distancias con la política o que incluso la despreciaba, como si solo contribuyera a aumentar los males de la humanidad o fuera una actividad intrínsecamente malvada. En Alemania no era nada raro suponer que la crisis ambiental poseía causas sociales y que el movimiento ecologista no se podía separar de la lucha política, pero en Estados Unidos los ambientalistas parecían verlo al revés: uno tenía más conciencia ecológica cuanto más despreciaba la política tradicional. Yo era reacio a cualquier discurso espiritual sobre la naturaleza, porque era ateo a la europea, o sea, ateo resentido, y muchos discursos de reencuentro con la naturaleza me sonaban beatos aun cuando los ecologistas, como buenos estadounidenses, vivían y expresaban sus creencias de una forma campechana y poco autoritaria. Estaba estudiando ya la historia de cultos y sectas desde la época de Emerson a los hippies, pasando por Whitman, y mucha sociología de la religión, por lo que aquella puesta en escena tan espontánea del culto a la naturaleza no me cuadraba. Me parecía otra evasión de la política, así de claro. Pero como cuando uno dice eso es tachado de filisteo, disimulaba y me limitaba a tomar más datos y a observar más de cerca.
Cuando me di cuenta de que era demasiado ateo para un país así, encontré algo de consuelo en amigos socialistas judíos completamente ateos, y en una corriente de pensamiento con la que siempre me habían asociado mis colegas marxistas españoles: el anarquismo; algo absurdo, porque yo conocía poco a los anarquistas del siglo xix.61 En cambio, sí había leído a uno del siglo xx por este asunto de la madre naturaleza: Murray Bookchin. Oí hablar de su filosofía social después de visitar, por casualidad, una estación ecológica de una cooperativa en el norte de Alemania, cerca de Bremen, creo. Los españoles tratamos de hacer una tortilla que quedó espantosa, pero ese no fue el problema. Lo preocupante era que no parecíamos estar a la altura de su naturalismo. Tampoco estábamos seguros de si era una comuna, pero había indicios y no sabíamos ni movernos por la casa, porque nos habían enseñado que en casa ajena hay que estarse quieto y comportarse educadamente. Ni sabíamos cómo reaccionar cuando las mujeres eructaban o emitían ventosidades. Yo trataba de hacer todo lo mejor posible cuando me mandaban a verter basura orgánica a un montón gigante de compost negro por el que se deslizaban babosas del tamaño de una anguila. En cualquier caso, como Chernóbil reventó justo aquel año, en abril de 1986, aquella visita y otras a centros sociales me ayudaron a concienciarme de la gravedad del asunto medioambiental. Estaban bien informados y muy pendientes de la nube tóxica que se había deslizado por el norte de Europa, porque la lluvia podía estar filtrando contaminación en los terrenos de pasto, así que nadie comía lácteos (bueno, los españoles sí, porque no creíamos que aquello fuera tan grave y como andábamos mal de dinero nos comíamos todos los yogures y quesos que algunos ecologistas dejaban intactos los domingos en el centro de juventud donde parábamos, cerca de Hannover).
Cuando volví a Estados Unidos, los ecologistas me parecían diferentes, parecían más alegres y cálidos, aunque no tenía especial mérito porque allí todo el mundo es así, también los fascistas y los racistas. Entre ellos reinaba un espíritu puritano más jovial que el germánico, sobre todo los que mezclaban sus credos ecológicos con la tradición del cristianismo reformista. No eran creyentes –decían– ni pertenecían a ninguna iglesia, pero transmitían un tipo de esperanza que a mí me intranquilizaba. Me relajaba más en otros ambientes, entre marxistas de granja que podían haber tenido un pasado hippie, pero no hacían gala de él porque el panorama había cambiado mucho desde los años sesenta y setenta (a veces su pasado se dejaba entrever en los tatuajes de sus cuerpos, en el estilo de sus casas y en la laxitud de sus hábitos). Acostumbrarse a lo ecológico costaba, pero no porque se siguieran fórmulas ecologistas muy severas, sino porque uno venía de un mundo donde lo sano se asociaba con lo limpio, lo brillante y lo bien formado, y no con tomates amorfos de colores apagados, o con calabazas pálidas poco regulares. Hoy, por cierto, la industria de lo verde sabe imitar esa clase de “naturalidad”, y te cobra la fruta irregular producida regularmente mucho más cara; pero entonces, cuando yo los vi, los tomates estadounidenses eran irregulares por naturaleza. En Alemania me había impresionado el grado de organización de las cooperativas ecologistas. En Estados Unidos me impresionó menos, no porque estuvieran peor organizados, sino quizá porque su sistema era menos explícito y se evitaban sesiones de adoctrinamiento –si así son algunos marxistas, pensé entonces, cómo serán algunos anarquistas. Luego entendí que se adoctrinaba igualmente, solo que usando métodos más afectuosos.
Durante aquellos años no percibía ni presentía lo que luego se llamó “verdificación”. No se me pasaba por la cabeza que la creación de zonas verdes en un barrio disparara el mercado inmobiliario, atrajera a clases pudientes y la subida de precios acabara echando de la zona a las clases menos favorecidas.62 Aunque la gentrificación ya estaba en marcha, me llamaba más la atención la incipiente industria del turismo rural. Los amigos de la estación ecologista alemana, sin embargo, estaban mucho más preocupados por vertidos ilegales a ríos, lluvia ácida, deforestación, filtraciones de contaminantes, aditivos alimentarios, pesticidas agrícolas y energía nuclear.63
Un año después del desastre de Chernóbil, en 1987, me llegó la noticia de que Murray Bookchin había asistido a un congreso de los verdes de Estados Unidos en Hampshire College, en Amherst (Massachusetts), que tuvo mucha repercusión en la prensa porque asistieron unos dos mil activistas de 42 estados, radicales involucrados en políticas municipalistas y en organizaciones sindicalistas (en el congreso, obviamente, también se habló y discutió de imperialismo, racismo, feminismo y economía). Me contaron que durante aquel congreso surgió un debate que empujó a Bookchin a escribir Rehacer la sociedad. Senderos hacia un futuro verde ([1990] 2012a). Durante las sesiones del congreso –dijo luego el propio Bookchin– surgieron unas posturas que “podrían parecer excepcionalmente estadounidenses, pero que creo que ya han surgido o surgirán en los movimientos verdes, y quizá en los movimientos radicales en general fuera de los Estados Unidos” (p. 18). Pero ¿cuáles fueron exactamente esas posturas que alarmaron tanto al viejo Bookchin? ¿Qué queda de ellas treinta años después y cómo se han ido transformando conforme el desastre ambiental se ha agravado y globalizado?64
Según contó Bookchin, la propuesta de un joven ecologista sano y robusto de California consistió en defender la necesidad de “obedecer” las “leyes de la naturaleza”, o sea, la obligación de “subyugarse humildemente a los mandatos de la naturaleza”. No es raro que esa forma de expresarse inquietara a un espíritu libertario como el de Bookchin. Después de predicar tantos años contra todo tipo de subyugación (de unos humanos por otros), no parecía razonable fomentar otro tipo de sometimiento (la de los humanos a algo no humano). La primera respuesta de Bookchin fue clara: ese discurso ecológico no era tan distinto al de científicos, técnicos, empresarios, industriales y políticos “antiecológicos” según los cuales la naturaleza debe “obedecer” los mandatos humanos y sus leyes deben usarse para subyugarla. Para estos la naturaleza debe ser dominada por el hombre, para el joven de California el hombre debía ser dominado por la naturaleza, pero las dos visiones –decía Bookchin – “tenían algo básico en común: compartían el vocabulario de la dominación y la sujeción. Ambos puntos de vista sirven para enfrentar al ser humano contra la naturaleza, ya sea pintándolo como plaga o como amo” (p. 26). Cuando Bookchin preguntó al californiano cuál creía que era la causa de la crisis ecológica, y el joven dijo que los responsables eran los seres humanos, “la gente”. Bookchin le preguntó si de verdad creía que “la gente” y no las multinacionales, la agroindustria, las élites y los estados eran los causantes de tantos desequilibrios ecológicos. Entonces el joven le dio la vuelta al argumento de Murray: todo el mundo, incluidos los grupos oprimidos y explotados, todos, contribuyen a la sobreexplotación y la contaminación, todos devoran recursos, todos son codiciosos, “y por eso existen las corporaciones, para darle a la gente las cosas que quiere”. Bookchin se quedó a cuadros, pero no pudo discutir más con el ecologista porque este cortó la conversación y se puso a jugar al voleibol. Murray tenía sesenta y seis años y lo mismo ya no le apetecía ponerse a jugar al voleibol, así que acabó escribiendo y desarrollando más su crítica. El argumento del joven sano y deportista era curioso, era como decir que el capitalismo saca lo peor de la gente, su deseo desenfrenado, aunque no estaba claro si creía que en la gente también hay algo bueno que pueda compensar la insaciable voracidad. Quizá todo aquello era propio de la vida californiana, pero no lo parecía. Ese discurso ecológico se estaba poniendo de moda: Bookchin ya se había desesperado años antes, cuando descubrió que el ambientalismo catastrofista llegaba incluso al Museo de Historia Natural de Nueva York:
Al público se le exponía una larga serie de presentaciones, cada una con ejemplos de contaminación y alteraciones ecológicas […] y se terminaba con una instalación con un cartel asombroso: ‘El animal más peligroso de la Tierra’, que consistía en un espejo gigantesco que reflejaba al visitante humano que se paraba ante él. Recuerdo claramente a un chico negro parado ante el espejo mientras un profesor blanco trataba de explicarle el mensaje que esta arrogante exposición intentaba expresar. No había paneles con consejos de administración de las corporaciones planeando deforestar una montaña, o con funcionarios del gobierno actuando en complicidad con ellos. La exposición expresaba principalmente un único mensaje, básicamente misantrópico: la gente como tal, no una sociedad rapaz y sus ricos beneficiarios, es responsable de las perturbaciones ambientales (p. 33).65
Gracias a la abstracción de una humanidad devoradora –por tanto– quedaba oculto lo más importante: la relación entre medioambiente y relaciones sociales. Si la humanidad en su conjunto (sin distinciones) es la responsable última de los trastornos ambientales, entonces “estos dejan de ser resultados de trastornos sociales” (p. 19). O sea, las hambrunas y la pobreza no serían consecuencia de las injusticias creadas por un orden económico, sino medidas naturales de regulación, correcciones que la naturaleza impone a los seres humanos para mantener su propio equilibrio; no serían consecuencia de la explotación de recursos y de seres humanos, sino efectos de la inclemente naturaleza contra los excesos de la especie. La preocupación de Bookchin era esa: concebirse como especie puede servir para dejar de verse como seres históricos y sociales. El ecologismo no hace entender, e incluso puede impedirlo, que las hambrunas tienen que ver con intereses económicos (por ejemplo, los que obligaban a poblaciones a plantar algodón en vez de grano).
Bookchin sonaba un tanto desesperado, pero más aún cuando se dio cuenta de la influencia creciente de la llamada “ecología profunda” que el escalador y activista Arne Naess había fundado en 1973 (inspirándose en los principios ambientalistas de Rachel Carson) y a la que en 1985 Bill Deval y George Sessions habían dado un nuevo desarrollo. Defendían el llamado “igualitarismo biosférico” según el cual los seres humanos no tienen mayor derecho a la vida que los organismos no humanos, una ideología curiosa porque de llevarla adelante podía empujar no solo a ignorar las necesidades humanas sino incluso a justificar la eliminación de seres humanos (muerto el perro, se acabaron las pulgas). Cuando estos ecologistas promovían la experiencia solitaria de comunión con la naturaleza, pues, no lo hacían por lo mismo que mis conocidos, que también se perdían en bosques a solas pero no se veían a sí mismos como los nuevos primitivos ni se vestían con ropa de camuflaje e intentaban vivir solo de lo que cazaban con un arco. Durante algunas de las excursiones que disfruté con amantes de la naturaleza me encontré de todo: algunos parecían piadosos puritanos que habían sustituido el órgano de la iglesia por el sonido de las cascadas. Solo hablaban del respeto a la Madre Tierra y de que el mundo natural era sagrado. Cualquier alusión al modo de producción capitalista parecía contaminar los buenos sentimientos que inspiraban las montañas. Otros daban mucho más miedo: sus impresionantes atuendos de explorador me resultaban similares a los del paramilitarismo. Quizá me equivocaba: la ropa de montaña era barata y accesible y estaba al alcance de todas las ideologías. Pero empecé a desconfiar de caminantes muy avezados, que sabían cómo encender fuego o seguir rastros de animales. A mí no me parecían puros, buenos y sencillos como los indios que vivieron en armonía con su entorno y que ellos mentaban como modelo ecológico, sino ecologistas supremacistas. Me recordaban más bien a buscadores de recompensas o a tratantes de indios que había visto en películas, aunque los propios ecologistas se montaban una película mejor y se veían como los pobladores de un nuevo Pleistoceno. En la mayoría de las marchas me mordí la lengua. Bookchin no lo hizo. La ecología profunda, dijo,
fue engendrada por gente acomodada, criada con una dieta espiritual de cultos orientales mezclada con fantasías de Hollywood y de Disneyland. La mente estadounidense es ya lo suficientemente amorfa sin la carga de mitos ‘biocéntricos’ provenientes de una creencia budista y taoísta en una ‘unidad’ tan cósmica que los seres humanos con toda su peculiaridad son disueltos en una forma de ‘igualdad biocéntrica’ omnicomprensiva (p. 21).66
El pensamiento ecológico –añadía– no se enriquece mezclando religiones orientales tan dispares como el taoísmo y el cristianismo, pero tampoco mezclando filosofías tan distintas como el panteísmo de Spinoza y la metafísica de un simpatizante del nazismo como Heidegger. Declarar, como el pontífice Naess, que los principios básicos de la ecología profunda son religiosos o filosóficos “es llegar a una conclusión notable solo por la ausencia de una referencia a la teoría social” (p. 22).67 Bookchin nunca había negado la necesidad de políticas conservacionistas, pero apostaba por una ecología menos filosófica y religiosa y mucho más apoyada en la teoría social.68
Tenía razones de sobra para poner el grito en el cielo. Antes del congreso ecologista de 1987, los grupos asociados a la revista Earth First! ya venían no solo promoviendo acciones contra las madereras y las grandes obras hidráulicas, sino que predicaban a favor de una política conservacionista radical que protegiera el Oeste americano de la presencia humana. La cosa no quedaba ahí, porque el fundador, David Foreman, afirmaba sin tapujos que para devolverle a la naturaleza sus derechos había que privar de derechos a muchos seres humanos. La clave de todo, dijo, era reducir la población humana, un problema que las grandes hambrunas y epidemias como la de la malaria, podían ayudar a solucionar, llevándose por delante a poblaciones en África (por ejemplo, en Etiopía). “Lo mejor sería dejar que la naturaleza busque su propio equilibro, dejando que la gente de allí se muera de hambre”. Ese mismo año, en mayo, Earth First! también publicó otro delicioso trabajo de Christopher Manes, bajo el pseudónimo de Miss Anne Trophy, donde decía que si la epidemia del sida no existiera, los ecologistas tendrían que inventar una. Lo ideal sería que algún patógeno acabara con el 80% de la población. O más exactamente: Mannes comparó el sida con la peste negra, y calculó que si llegaba a afectar a un tercio de la población mundial, daría un alivio inmediato a la vida salvaje en el planeta. Igual que la peste negra contribuyó a la caída del feudalismo, el sida podía poner fin al industrialismo, principal causa de la crisis ambiental.69 En noviembre Foreman volvió a declarar lo mismo: “La malaria y los mosquitos no son enfermedades ni plagas, no son manifestaciones malignas que deben ser eliminadas, sino “componentes vitales y necesarios de una compleja y vibrante biosfera […]. El sufrimiento humano derivado de la sequía y el hambre en Etiopía es una desgracia, sí, es cierto, pero la destrucción de otras criaturas y su hábitat es aún más desafortunada” (citado por Biehl, 2017: 546). La vida humana –añadía– no tiene intrínsecamente más valor que la vida de un oso grizzly; de hecho, la de un oso es más valiosa porque hay muchos menos osos pardos que humanos, y la preservación de la diversidad natural es más importante que cualquier problema humano. Un año después, en 1988, los ecologistas profundos no se anduvieron con rodeos y declararon abiertamente que estaban en contra de la civilización occidental, el humanismo y la racionalidad. Como recuerda Biehl (2017), Kirkpatrick Sale llegó a decir que no les importaban cuáles eran “los nimios arreglos políticos y sociales” que habían llevado a la crisis ecológica, ni las terribles consecuencias que las estructuras económicas tuvieran en determinadas naciones, etnias, grupos e individuos. Toda la humanidad era responsable, en su conjunto, sin distinción. No se podía perdonar a nadie porque ocupara una posición desfavorable en la escala económica. Lo único que importaba era revertir la historia, dejar de actuar sobre la naturaleza o actuar lo mínimo, no tratar de administrarla, gestionarla, ni siquiera cuidarla, sino solo venerarla “primando la intuición y la espiritualidad sobre la razón” (p. 551).70
Bookchin arremetió contra todo este tipo de ideas de un modo vehemente, beligerante, y sus críticas trajeron consecuencias.71 La corrección política empezaba a imperar en Estados Unidos y muchos trataron de despistar la atención denunciando sus formas, que a mí me parecían demasiado educadas teniendo en cuenta que los ecologistas profundos me parecían fascistas. Llamó a Foreman “montañero machista y patentemente antihumanista” y “ecodespiadado” (ecobrutalist), y a los seguidores de Earth First! racistas, supremacistas, machos chulescos, una especie de reaccionarios disfrazados de Daniel Boone. Creo que Bookchin se quedó corto y me sorprendió descubrir que cuando algunos de sus estudiantes le decían que Foreman era en el fondo un hombre estupendo, lleno de buenas intenciones, solo les dijera que podría ser una persona encantadora, pero que aun así su ideología era despreciable. Yo habría dicho al estudiante que su ideología ecológica era más peligrosa justamente por eso, porque resultaba una persona encantadora. Andy Price ha afirmado que la invectiva de Bookchin fue algo dura, pero ¿por qué debería haber sido más suave? ¿Qué más tenían que decir los ecologistas para tacharlos de locos? Los amigos de Foreman lo mismo también eran gente encantadora, pero proponían cosas espantosas. Foreman llegó a afirmar que la protección del medioambiente requería restringir la afluencia de inmigración latina (porque su afluencia no arreglaba los problemas de Latinoamérica, pero aumentaba la explotación de los recursos naturales de Estados Unidos, causaba más destrucción de zonas naturales y aumentaba la contaminación del agua y del aire)72, pero su colega el novelista Edward Abbey no se andaba con rodeos, defendía el origen centroeuropeo de Estados Unidos y predicaba abiertamente contra la presencia de latinos en Estados Unidos (sobre todo los mexicanos, a quienes tildaba de muertos de hambre, ignorantes, incultos, pobres y miserables moralmente).73 ¿Había que ser más comedido de lo que lo fue Bookchin?
El problema de las críticas de Bookchin no es que fueran encendidas, el problema es que iban al meollo del asunto y no solo concernían a los ecologistas reaccionarios, sino a buena parte de una población de mentalidad liberal que no estaba dispuesta a tolerar una nueva ola de izquierdismo y que para evitarlo sabía sacar partido de la corrección política. La ecología profunda no era el único obstáculo para una ecología social. El ecologismo liberal –dijo el propio Bookchin– también operaba como un bálsamo para tranquilizar la mala conciencia tanto de las empresas y sus abogados como de los funcionarios de administraciones públicas dedicadas al medioambiente. La ética que rige a estos grupos –dijo Bookchin– es la ética del mal menor y no la ética de un bien mayor: “un inmenso bosque es ‘compensado’ por un pequeño grupo de árboles, y un gran humedal por un pequeño santuario silvestre, supuestamente ‘mejorado’” (p. 24). De poco sirven esas políticas de compensación o de embellecimiento dentro de una economía del “crece o muere” que arrasa imparablemente con todo. Bookchin se esforzó mucho desde los ochenta tratando de demostrar que todos los problemas ecológicos son problemas sociales:
Que los problemas que enfrentan a la sociedad y la naturaleza emergen desde dentro del desarrollo social mismo –y no entre la sociedad y la naturaleza. Es decir, las divisiones entre sociedad y naturaleza tienen sus raíces más profundas en las divisiones al interior del dominio social, conflictos firmemente establecidos entre humanos y humanos […] oscurecidos por el uso vago de la palabra ‘humanidad’ (pp. 41-42).
La culpa de la crisis ecológica, pues, no la tenía la humanidad, sino un modo de producción concreto: el capitalismo industrial. Y si ese desastre tenía solución sería gracias a la humanidad, no a pesar de ella. Este argumento general era bastante más provocador que insultar a unos descerebrados ecologistas, o que otros argumentos más concretos contra el biocentrismo.74 Atribuir los desastres humanos y naturales a las multinacionales y a la economía desenfrenada y descontrolada era un argumento molesto para muchos otros sectores además de los ecologistas radicales. Para estos, los pobres eran igual de culpables que los ricos de que la madre Tierra se destruyera, pero para Bookchin la solución de problemas ambientales y la protección de la naturaleza eran inseparables de los problemas sociales y la protección de los más desfavorecidos. Bookchin se negaba, además, a concebir la relación entre naturaleza y humanidad en términos de dominio. Criticaba a los ambientalistas que querían someter a la humanidad a los supuestos dictados de la naturaleza y al hacerlo era acusado de volver a poner a la naturaleza bajo el dominio de la humanidad, cuando lo que verdaderamente defendía era un modo de organización no basado en ningún tipo de dominio, ni en uno biocéntrico ni en uno homocéntrico. Se negaba a tachar a la tecnología humana de maléfica o de intrínsecamente nociva, no echaba pestes de la civilización, ni de la historia de la humanidad. Denigrar a la humanidad, decía, era una forma de huir de los problemas que ella creaba, no una forma de afrontarlos.
Lo cierto es que a Bookchin le pasó factura arremeter contra la ecología profunda. Los verdes le acusaron de compincharse con los American Greenreds para dar un golpe y controlar el partido Verde.75 Pero Bookchin mantenía la distancia con los marxistas y con la política de partidos.76 De hecho, la organización izquierdista verde que acabó creando (Left Green Network) no se basaba solo en una ecología social, sino en un municipalismo libertario “que no tenía nada que ver con el socialismo como instrumento de dominación estatal”. Bookchin también animó a todos los anarquistas del país a unirse a ella, pero reforzando esa ala anarquista del movimiento verde no pudo impedir lo que menos deseaba, que se convirtiera en un partido tradicional. Desde 1988, algunos de sus seguidores empezaron a manifestar su descontento. Uno de ellos le pidió moderación y otro, un taoísta, prácticamente le dijo que fuera más abierto, que todas las ideas tenían algo de verdad, que la ecología profunda también era válida y que la ecología social debería quedar subsumida bajo la ecología profunda. En el propio Instituto para la Ecología Social también empezaron a pedirle que no usara tanto el término “izquierda” porque podía alejar a la gente del movimiento verde (Biehl, 2017: 554). De algún modo, Bookchin quedó varado entre dos tendencias: una convertía la ecología en una doctrina con la que hacer política de partidos; la otra, la usaba como una ideología moralizante para desplazar a la vieja política de izquierdas.
Lo que me llamó más la atención de todo esto solo lo entendí después. Bookchin no solo arremetía con argumentos políticos contra los ecologistas, sino también con una filosofía de la naturaleza que quedaba en segundo plano durante tan encendidos debates, pero que estaba ahí. La había planteado en varios libros de los sesenta y los setenta,77 pero luego la reformuló en Rehacer la sociedad. Senderos para un futuro verde y, sobre todo, en The Politics of Cosmology, donde trató de resumir los principios del naturalismo dialéctico que quiso difundir entre los verdes de Burlington desde principios de los noventa. A mí me bastaba el Bookchin reactivo, pero este otro era más idealista y romántico. Era como si contando de cierta forma la historia de la humanidad y su relación con la naturaleza, forjando una imagen donde la sociedad y la naturaleza forman un continuo, pudiera convencer a algunos de que sus principios políticos estaban basados en hechos y no solo en ideologías. Bookchin afirmaba, por ejemplo, que el equilibrio y la armonía en la naturaleza solo se obtienen por medio de la diferenciación. Si la acción de la sociedad industrial reduce la variedad natural, decía, entonces se destruye la fuerza que fomenta la unidad y la estabilidad. La ecología –decía– muestra que la naturaleza no puede interpretarse de ninguna forma jerárquica la diversidad y el desarrollo espontáneo son fines en sí mismos,78 y deben ser respetados por sí mismos, un lema que tiene su equivalente político en el municipalismo libertario, claro: el equilibrio social solo se puede obtener sobre la base de la diversidad, o sea, respetando a una multitud de comunidades espontaneas y descentralizadas. Los detalles nos llevarían muy lejos, pero no voy a entrar en ellos; se pueden seguir muy bien en la estupenda exposición de la filosofía de la naturaleza de Bookchin que ha presentado Andy Price (2012) en los cuatro primeros capítulos de su libro Recovering Bookchin.
De algunas discusiones que mantuve sobre esta filosofía de la naturaleza salí mal parado, porque a mí me parecía que era el anarquismo el que conformaba su imagen de la naturaleza y no sus principios ecológicos los que conducían al anarquismo. Pero sus seguidores no querían verlo así y me criticaban por no admitir ciertos datos que Bookchin aportaba sobre historia natural. De algún modo, yo no era capaz de ser tan dialéctico, o me negaba a serlo porque no veía claro que la ecología social tuviera que dar una definición alternativa de los términos que usaba la ecología profunda (sobre todo el concepto de diversidad). A mí me parecía peligroso decir que lo que une a la sociedad con la naturaleza en un “continuo evolutivo graduado” –decía Bookchin– es el alto grado con el que los seres humanos “que vivieran en una sociedad racional ecológicamente orientada podrían encarnar la creatividad de la naturaleza, en contraste con un criterio puramente adaptativo de éxito evolutivo. Los grandes logros del pensamiento, el arte, la ciencia y la tecnología humanos no solo sirven para monumentalizar la cultura, sirven para monumentalizar la evolución natural misma”. Tampoco me parecía adecuado afirmar que los humanos no son una amenaza para la Tierra, que pueden expresar “los mejores potenciales creativos de la naturaleza”, o que cuando son capaces de alterar racionalmente sus ambientes son una “extensión de una naturaleza plenamente autoconsciente” (2012a: 45). ¿Por qué desconfiaba de esta filosofía de la naturaleza? Es difícil de explicar, pero creo que mis reservas para aceptar la filosofía de la naturaleza de Bookchin no eran muy distintas a las que tenía para aceptar las de otros filósofos de Estados Unidos a los que había dedicado tiempo (sobre todo, John Dewey). Yo pensaba que se podía hacer ecología social sin ningún tipo de naturalismo dialéctico, e incluso que era más conveniente. Bookchin decía que las imágenes espiritualmente atractivas de la naturaleza podían ser ecológicamente engañosas y que el rechazo a la política y la tecnología eran parte del problema de la crisis ecológica y no su solución, pero yo pensaba que su propia filosofía de la naturaleza podía propiciar alguna confusión y no era necesaria para defender esas dos ideas, ni muchas otras igual de razonables.79 Me bastaba ver las consecuencias políticas negativas de las ecologías reaccionarias y también de las edificantes ecologías liberales, nada más. Y para verlas no necesitaba tener una idea más elaborada de la historia natural.80
ecología y anarquía
Según la fábula de Bookchin, en el mundo natural todo interactúa entre sí y todo se va haciendo más complejo. Las dos palabras clave de su cosmología son “variedad” y “espontaneidad”. Según el abuelo de la ecología social, la historia humana también genera formas de vida cada vez más diversas y complejas, siempre y cuando exista la suficiente libertad, claro. Esa es la otra palabra clave: “libertad”. Cuando los individuos disfrutan de ella –decía Bookchin– sus formas de ordenación política son más naturales, sus instituciones menos represivas. Los anarquistas no son enemigos de la organización, sino de la organización no espontánea. Tampoco son reacios a la unidad social, sino a la uniformidad social y a la centralización del Estado. Como la propia naturaleza, parece ser que una sociedad humana diferenciada y variable también da lugar a una totalidad armoniosa.81 Este tipo de mensajes no me atraían, como ya he dicho, quizá por razones de temperamento, aunque no creo que sea solo por eso. Por anarquista que fuera, Murray Bookchin aún admitía algún tipo de dialéctica que a mí me parecía problemática, innecesaria: ¿no es posible desarrollar una política verde radical, una ecología política, sin una concepción del cosmos?, ¿no es viable adoptar modos de producción alternativos al capitalista sin una filosofía de la naturaleza? Creo que se lo dije así a su hija Debbie durante un paseo, muchos años después, pero cuando me pidió más explicaciones no supe qué decir, o sí lo supe pero la clase de explicación que se me vino a la cabeza me pareció irrelevante. ¿Será que quienes no hemos pasado el suficiente tiempo en la naturaleza no podemos llegar a desarrollar suficiente amor por ella? O quizá es lo contrario, no se trata de sentimientos: lo mismo carecemos de una facultad superior racional necesaria para conectar de un modo especial con el cosmos.
Lo curioso de todo es que no sé cómo diablos evolucionó la conversación, pero de repente estábamos hablando de lo desagradable que fue Debord con los anarquistas estadounidenses. Supongo que el asunto surgió porque Debbie observó que yo estaba estudiando unos libros sobre el urbanismo unitario y la Nueva Babilonia de Constant. Siempre he creído que el desencuentro entre Bookchin y Debord tenía que ver, sobre todo, con la cuestión de la ecología. Debbie recordaba el encuentro en París de su padre con Raoul Vaneigem y Guy Debord y, sobre todo, la carta de finales de 1967 en la que Debord ponía a parir a Murray por defender en Nueva York a Ben Morea (un pintor anarquista al que tachaba de patético) y al místico Allan Hoffman, el activista hippie al que Debord no soportaba. La relación de Murray con Hoffman era curiosa porque aunque el viejo no era nada amante de las filosofías místicas y orientales (ya lo hemos visto arriba), con Hoffman las cosas fueron distintas. Su espiritualismo y pacifismo no impidieron que Murray colaborara con él, por lo menos hasta que Hoffman se fue al campo, a la famosa comuna de Cold Mountain Farm que acabó siendo un desastre. Creo que fue durante el periodo en el que perdieron el contacto cuando Murray conoció a los situacionistas. Cuando Hoffman dejó la granja y trabajó de nuevo con Murray, este le descubrió obras de Vaneigem y Hoffman intentó desarrollar sus propias ideas sobre la revolución como la liberación de la vida cotidiana. Sin embargo, cuando Vaneigem visitó Nueva York, mandó al carajo a Hoffman, le tachó de espiritualista y le dijo que no había entendido nada del situacionismo. Vaneigem también dio esquinazo a Morea en aquella ocasión que, cabreado, escribió a Debord protestando. Debord, más cabreado aún, confirmó la excomunión de los anarcoamericanos de la internacional situacionista. Murray intentó defender a los suyos frente a Debord, pero acabó recibiendo otra bonita carta –aquella de la que hablaba Debbie– en la que tachaba a Murray de “cretino confusionista” y de “escupitajo de la asquerosa sopa comunitaria”.82 Este debate lo conocen otros y otras mucho mejor que yo, así que no voy a entrar más en él. Lo único que diré es que cuando se plantea echo de menos referencias al tema ecológico. Quizá el problema de fondo tenía que ver con dos formas de entender el urbanismo, le dije a Debbie. Su padre defendía una recuperación y reorganización radical de entornos sociales (barrios, comunidades, distritos, provincias), pero para el situacionismo eso no era suficiente porque sonaba a más de lo mismo, a reformismo disfrazado de anarcoecologismo. La geografía política del situacionismo no se basa en la reorganización del espacio, sino en algo más radical. El programa de Murray inspiraba federaciones de comunidades estables y autogestionadas. La ecología social no es un nomadismo. Como dice Biehl, Bookchin ofrecía un programa, el ecodescentralismo, mientras que “los situacionistas eran bastante más efímeros: dar paseos sin destino […] llevar el arte al tejido de la vida cotidiana, y crear ‘situaciones’ efímeras y ‘actos disruptivos’ tales como ocupaciones de edificios, manifestaciones callejeras, guerrilla teatral y grafitis. Este tipo de détournements, transformarían la vida momentáneamente, aunque no lo hicieran de manera duradera” (p. 227).83
Durante el encuentro en París los situacionistas habían calificado a Bookchin no solo de pequeño burgués y de retrógrado. También se habían mofado de su insistencia en la importancia de la ecología y se burlaban de él llamándole “Oso Smokey” (la mascota de los guardabosques estadounidenses). Se equivocaban. Bookchin tenía razón en muchos puntos, pero no por tener una filosofía de la naturaleza, sino porque vivía en el corazón del sistema capitalista y veía venir problemas que los situacionistas no lograban diagnosticar desde una forma más lírica pero demasiado abstracta. Dicen que a Bookchin le fastidiaba el lado literario y estético de los franceses, pero eso no era lo más importante. Tampoco soportaba el lado estridente de los poetas activistas de Nueva York. Era igual de gruñón con los jóvenes californianos que con los parisinos. Quizá lo que realmente chocaban eran dos formas distintas de percibir la relación entre vida social y naturaleza. Debord temía que la vida cotidiana dejara de ser un espacio libertario y se convirtiera en otro campo de la sociedad del espectáculo (como de hecho acabó ocurriendo), mientras que Bookchin tenía claro que el amor a la naturaleza y la ecología reformista no eran suficientes para frenar una ola de destrucción medioambiental y social de proporciones descomunales.
En “Teoría de la deriva” (1958) Debord insinuaba que aunque la ecología proporcionaba datos útiles a la psicogeografía (muchas veces mediante mapas y gráficos), tenía una visión muy limitada del espacio social. Servía para revelar diferenciaciones del territorio (igual que la geografía), pero demasiado estáticas en comparación con las de la psicogeografía.84 En un inédito de 1959 recogido en Ouvres (2006: 457-462), Debord hablaba más explícitamente de la relación entre psicogeografía y ecología. La ecología –decía– “parte del punto de vista de la población fija en su vecindario” y se concentra en la mejora de servicios y en la satisfacción de las necesidades utilitarias de los habitantes de un área.85 “La ecología ignora y la psicogeografía subraya”, añadía, la yuxtaposición de diferentes poblaciones en un mismo área, pues desgraciadamente muchas veces solo una parte de los habitantes es la que domina el ambiente de una zona (el distrito de Saint-Germain-des-Prés en los cincuenta le parecía un ejemplo de esto, con una población de hogares sin contacto con el ambiente burgués que parecía definir el barrio y que atrajo al turismo). La ecología “estudia una realidad urbana dada, y deduce de ello reformas necesarias para armonizar el entorno social existente”. La psicogeografía, en cambio, intenta modificar más radicalmente el entorno. La transformación de las llamadas “condiciones de vida” exige bastante más que la gestión de la habitabilidad. La psicogeografía no toma como foco de atención la reforma del hábitat ni una mejor acomodación al espacio dado, sino los deseos, las “realidades subconscientes” que sugieren, evocan y pueden llegar a producir otro espacio; disocia el ambiente de la habitabilidad, afirma Debord. O sigue pensando en la habitabilidad, si se quiere decir así, pero de otra forma, sin supeditarla a ningún tipo de territorialidad y entendiéndola más como una táctica efímera que como una planificación a largo o incluso a corto plazo. No tengo claro en qué urbanistas pensaba Debord cuando decía esto; da la sensación de que tenía en mente a administradores y gestores de servicios. En verdad, para aquellos años la mejora de la “calidad ambiental” ya era parte de mecanismos de control social ejercidos en nombre del “estado del bienestar”. Debord, obviamente, desconfiaba del lenguaje de gestión y del moralismo urbanístico. Por ejemplo, la creación de espacios de juego o entretenimiento no asegura una existencia más espontánea y creativa (menos aún, más libre…); al contrario, puede ayudar a separar aún más la esfera del trabajo de la del juego. Para Debord y los suyos la mejora del espacio de juego es lisa y llanamente una forma de expandir el alcance del funcionalismo modernista; o sea, solo puede acabar siendo otra esfera de la industria del ocio propia de una sociedad del consumo, claro. Pero para hacer frente a ese utilitarismo no parece que los situacionistas vieran necesario apelar a un naturalismo científico (ni a una “tecnología liberadora”, como la describían Bookchin y otros anarquistas estadounidenses). “No nos definimos como contrarios a la naturaleza. Estamos en contra de la ciudad moderna –decía Uwe Lausen (Debord, 2013). En otros tiempos se hablaba de la ‘jungla de las grandes ciudades’. En nuestros días difícilmente encontramos los residuos de una jungla en la normalización organizadas y el aburrimiento polícromo […] un día tendremos los encuentros que necesitamos, encontraremos aventuras en una ciudad nueva, compuesta de junglas, estepas y laberintos de un género nuevo. No tenemos nada que ver con ningún tipo de retorno a la naturaleza, igual que no hemos tenido ninguna patria que perder, ni queremos restaurar la antigua hospitalidad o los juegos inocentes”.86
Los anarcos estadounidenses tampoco tenían que ver con ningún retorno a la naturaleza, pero percibían signos de una degeneración ambiental acelerada y propugnaban un modelo de planificación sostenible. Los franceses estaban más preocupados por la vida insulsa y previsible que fomentaba la sociedad del bienestar y del espectáculo, por la desecación del deseo, mientras que los estadounidenses veían crecer un capitalismo global y brutal que desecaba el planeta.87 Para los situacionistas era necesario introducir ciertas dosis de caos en un sistema con mayor poder para controlar todos los órdenes de vida. Como decían Kotányi y Vaneigem en las tesis sobre el urbanismo unitario, la gente necesita un techo y los bloques de viviendas se lo proporcionan, y también necesita información y entretenimiento y se los da la tele que tienen dentro de sus viviendas dentro de un bloque. El llamado “desarrollo urbanístico” no les parecía más que otra forma de ampliar el control social, imponiendo una concepción funcionalista y capitalista del espacio. “El grupo rechazaba el capitalismo como un presente vacío, el socialismo como un futuro equipado solo para cambiar el pasado” (ibíd.), pero ¿qué ofrecían en su lugar? Tácticas urbanas para reintroducir lo fantástico y maravilloso en la vida cotidiana, recetas para intensificar la experiencia diaria mediante prácticas antifuncionalistas que borraran la diferencia entre lo privado y lo público, el trabajo y el juego. Para los anarquistas ecologistas, en cambio, era imprescindible desarrollar otro tipo de ordenamiento territorial, descentralizado, y fomentar un sistema alternativo de producción sostenible. Como decía Bookchin “los recursos del planeta deben ser utilizados según las necesidades de las comunidades regionales”.88
La actitud de Bookchin hacia la tecnología quizá fue demasiado optimista, pero la de Debord fue vaga, lírica y especulativa.89 Por ejemplo, afirmó que dados los niveles de concentración urbana había que eliminar los coches, pero a renglón seguido sugería que quizá bastaba restringir su uso en algunos espacios de nuevo diseño y en algunas ciudades antiguas. Lo único que se le ocurrió como medio de transporte alternativo eran helicópteros individuales, como los que usaba experimentalmente el ejercito de Estados Unidos. En su sueño tecnológico, esos pequeños helicópteros –decía– “se difundirán probablemente entre el público en menos de veinte años” (2013: 56-57).90 Debord debería haberse visto inspirado por colaboradores que supieran de ingeniería, la verdad. Y por urbanistas realistas, y no por utopistas sin mucha conciencia ambiental. Las dos crisis del petróleo, la de 1973 y la de 1979, acrecentaron la conciencia ecológica de los anarquistas estadounidenses, pero no me queda claro cómo se tomaron las cosas los situacionistas. En 1971 Debord escribió un texto para la Internacional Situacionista, dedicado a la cuestión ecológica. Es un texto desconcertante. En él acaba evocando el Mayo del 68 durante el cual –dice– no solo descendió el número de suicidios, sino también el nivel de contaminación. Durante aquella primavera se logró un “cielo limpio y hermoso, sin haberse lanzado precisamente a su asalto, porque se habían quemado algunos automóviles y a los otros les faltaba combustible para contaminar. Cuando llueva, cuando haya falsas nubes sobre París, no olviden nunca que es culpa del gobierno. La producción industrial alienada trae la lluvia. La revolución el buen tiempo” (2006: 89).
Antes de llegar a ese final tan evocador, Debord lanza ideas interesantes pero no del todo claras, como si el esmog nublara su propio pensamiento. Empieza con una declaración no tan previsible. La cuestión ambiental, dice, “está de moda […] se apodera de toda la vida de la sociedad y se la representa ilusoriamente en el espectáculo”. Más adelante añade con perspicacia: “una sociedad cada vez más enferma pero cada vez más poderosa ha recreado el mundo en todas partes […] como entorno y decorado de su enfermedad, como planeta enfermo” (pp. 75 y 79). Aquí surgen varios puntos interesantes porque asocia, correctamente, todo tipo de males con el deterioro ambiental: contaminación química en la atmósfera, contaminación del agua de ríos, océanos y lagos, contaminación acústica, acumulación de basuras –sobre todo plásticos–; pero también el aumento de natalidad, la manipulación intensiva de alimentos, la expansión urbana desmedida, el consumo de somníferos, las alergias y, muy importante, el aumento de enfermedades mentales, entre ellas unas curiosas: las de tipo neurótico y alucinatorio –decía– provocadas por la contaminación en tanto “imagen alarmante exhibida por todas partes” (p. 78). A su manera, Debord logra predecir algo esencial: el papel de los medios de comunicación en relación al problema ecológico y el desarrollo de una psique obsesionada con la calidad ambiental, pero justamente por eso más despolitizada.91 No desarrolla mucho más ese punto, lamentablemente, pero al menos se detiene en otro igual de fundamental, a saber: “Los dueños de la sociedad se ven ahora obligados a hablar de la contaminación tanto para combatirla […] como para disimularla”, afirma. Combaten el desastre de la contaminación del agua, del aire y de la tierra, porque viven “a fin de cuentas en el mismo planeta que nosotros: he aquí el único sentido en que se puede admitir que el desarrollo del capitalismo ha realizado efectivamente una cierta fusión de las clases”. Sin embargo, también necesitan disimular esa misma degeneración. El grado de nocividad y de riesgo podría convertirse en un auténtico
factor de revuelta, una exigencia materialista de los explotados, tan vital como fue en el siglo xix la lucha de los proletarios por poder comer. Tras el fracaso fundamental de todos los reformismos del pasado –que aspiraban a una solución definitiva del problema de las clases–, se está esbozando un nuevo reformismo, que obedece a las mismas necesidades que los anteriores: engrasar la maquinaria y abrir nuevas posibilidades de ganancia a las empresas punteras. El sector más moderno de la industria se lanza sobre los diversos paliativos de la contaminación como sobre un nuevo mercado, tanto más rentable por el hecho de que podrá usar y manejar gran parte del capital monopolizado por el Estado (p. 80).
Aunque este nuevo reformismo sirviera para diversificar el mercado, hay una diferencia radical con los anteriores: que “ya no tiene tiempo por delante” (p. 81). El deterioro de la totalidad del medio natural y humano plantea por primera vez la desaparición “de las condiciones mismas de supervivencia” (p. 76), pone en entredicho “la posibilidad material de la existencia del mundo” (p. 77; subrayado de Debord). Ese nuevo horizonte (o la falta de este), no solo cuestionaba la ingeniería social y ambiental reformista, sino también el optimismo científico heredado del siglo xix. La vieja política, sentenciaba, “está del todo acabada” (p. 83). El optimismo se ha desmoronado en tres puntos: la pretensión de que la revolución es una solución feliz de los conflictos (“la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista”), la visión coherente del universo y de la materia y el sentimiento “eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas” (p. 87). Diciendo esto, Debord marcaba distancias con la vieja guardia de izquierdas que aún podía usar la palabra progreso. Lo que quizá no se le pasó por la cabeza es que conforme se prescindió de cualquier idea desarrollista, cuanto más escepticismo se manifestó, mejor pudieron los liberales vender su propia idea de progreso entendido como mera gestión racional de recursos en un mundo posideológico y poshistórico.
El ataque de Debord, por lo demás, no era nuevo y se había expresado mucho más contundentemente, sin el lirismo con el que él lo hizo. En 1970, un año antes de que escribiera El planeta enfermo, la delegación francesa en la Conferencia Internacional de Diseño de Aspen dedicada al “diseño medioambiental” (formada por ingenieros industriales, economistas, arquitectos, sociólogos y miembros del Institut de l’Environnement) provocó cierto escándalo con una declaración titulada “Caza de brujas medioambiental” donde se venía a denunciar a la ecología como una nueva mitología con claras intenciones políticas e ideológicas. El escrito no tiene desperdicio. Los franceses empezaban criticando a quienes mostraban los límites técnicos y los errores de diseños y prácticas medioambientales, pero seguían ignorando la dimensión social y política de la crisis. No es una casualidad, decían, que los gobiernos occidentales lanzaran en aquel momento esta nueva cruzada y trataran de movilizar las conciencias alarmándolas con una especie de apocalipsis. En Francia, el debate sobre el medioambiente –decían– era una secuela de Mayo de 1968, más exactamente la secuela del fracaso de la revolución de Mayo. En Estados Unidos, la “nueva mística ecológica” coincidía con la guerra de Vietnam. El problema ambiental, llegó a decir el grupo francés, “no es la supervivencia de la especie humana, sino la supervivencia del poder político”. El ambientalismo es la nueva “ideología mundial” de las clases dominantes para mantener a la humanidad unida más allá de la discriminación de clase, más allá de las guerras, más allá conflictos neoimperialistas. En el pasado, el capitalismo supo desarrollar una mística de las relaciones humanas para reciclar, readaptar y reconciliar a los individuos y a los grupos en un contexto social considerado como norma y como ideal. Ahora, con la mística del medioambiente y la mise-en-scène de una catástrofe natural pasaba otro tanto de lo mismo: se volvía a adaptar al individuo, se le reintegraba en un orden, esta vez el de la naturaleza tomada como nuevo ideal. La naturaleza era –llegaron a decir– la droga social, el nuevo opio el pueblo, con la que crear una falsa ilusión de interdependencia entre los individuos. “Comparada con la anterior ideología, esta es aún más regresiva, más simplista, pero por esa razón aún más eficiente. Las relaciones sociales con sus conflictos e historia son completamente rechazadas a favor de la naturaleza, desviando todas las energías hacia un idealismo de boy scout y la euforia ingenua hacia una naturaleza higiénica” (aa. vv., 1974: 208-210).92 El grupo francés acababa diciendo:
No es cierto que la sociedad esté enferma, que la naturaleza esté enferma […] esta mitología terapéutica oculta el hecho político, el hecho histórico de que se trata de estructuras sociales y contradicciones sociales, no una cuestión de enfermedad o metabolismo deficiente, que podría curarse fácilmente. Todos los diseñadores, los arquitectos, los sociólogos que actúan como curanderos hacia esta sociedad enferma son cómplices en esta interpretación de la cuestión en términos de enfermedad, que es otra forma de engaño. En conclusión, afirmamos que esta nueva ideología ambiental y naturista es la forma más sofisticada y pseudocientífica de la mitología naturalista que siempre ha consistido en transferir la desagradable realidad de las relaciones sociales a un modelo idealizado de naturaleza maravillosa, a una relación idealizada entre el hombre y la naturaleza (ibíd.).
Cuando se muestra este tipo de documentos a ciertos anarquistas estadounidenses, se disgustan. Les cuesta aceptar que la ecología sea el nuevo truco con el que unificar (falsamente) a una sociedad desintegrada. Les parece la típica postura de los intelectuales europeos, siempre negativos, nunca edificantes. Se inquietan más, por eso, cuando se les recuerda qué miembros de la delegación francesa redactaron el manifiesto de Aspen. Los dos formaban parte del grupo Utopie,93 uno era el arquitecto Jean Aubert y el otro nada menos que el terrible Jean Baudrillard, el intelectual que iría más allá de Debord, daría nombre a un nuevo orden social más perverso que la sociedad del espectáculo (el orden del consumo y del simulacro) y se proclamaría como el irónico cronista de una fase del capitalismo en la que la utopía finalmente se realizaba, solo que su modelo de consumación era el de Disney (en la declaración de 1970, Baudrillard ya dijo que Aspen era “la Disneylandia del diseño y el medioambiente”).
Conforme Estados Unidos empezó a importar la teoría social cáustica, la europea (como la de Baudrillard), la izquierda ecologista empezó a temer lo peor. No se consideraban políticamente cándidos, pero sabían que al poner el tema de la naturaleza en el primer plano serían objeto de feroces críticas. Tampoco rompían del todo con la idea de utopía del modo en que lo hacían los escépticos franceses. A principios de los setenta, Bookchin seguía criticando los sueños socialistas de desarrollo planificado y los intentos de leer a Marx como un precursor del ecologismo.94 Sin embargo, no renunciaba a una filosofía dialéctica animada por el ideal de una reconciliación de hombre y naturaleza, ni tampoco a la creencia en una tecnología con una cara humana, y durante años desarrolló un naturalismo dialéctico que permitiera “ecologizar la dialéctica” y fomentar “una especie de autogestión planetaria”. Como recuerda Biehl, esta filosofía no tenía nada que ver con la comunión cósmica a través de los sentimientos (que predicaban los taoístas, los budistas o la New Age), sino, al contrario, con el uso de la razón. En Europa, quizá Dios llevaba tiempo muerto y la secularización había puesto a raya las nuevas espiritualidades, así que la nueva generación de díscolos podía atacar a la razón de izquierdas, y con razón. En Estados Unidos, en cambio, predicar a favor de la razón seguía siendo necesario en un clima de creciente espiritualización. Que Bookchin atacara al marxismo como un movimiento autoritario y antilibertario no significa que renunciara a algún tipo de filosofía dialéctica como la que fue pergeñando entre finales de los ochenta y principios de los noventa y que aquí no vamos a analizar (los manuscritos que formarían parte de The Politics of Cosmology casi suman mil páginas). Si los situacionistas hubieran sabido de este libro, se habrían reído a carcajadas. Les habría parecido de una candidez asombrosa. A otros filósofos franceses que exploraban la nueva fase del capitalismo, la del simulacro, les habría provocado vergüenza ajena, y la habrían tachado de moralismo de izquierdas. Bookchin, desde luego, también habría tenido respuestas a sus críticos. Su argumento, bastante sencillo, apareció en un libro de 1995 (2012b): el fetichismo de la mercancía, dijo, “ha sido embellecido de manera diversa –y superficial– por los situacionistas como ‘espectáculo’”.95 El anarquismo francés solo ha contribuido, venía a decir también, a la prioridad de la libertad personal sobre la sociedad:
El anarquismo personal convierte astutamente una realidad burguesa, cuya dureza económica es más fuerte y extrema cada día que pasa, en constelaciones de autocomplacencia, inconclusión, indisciplina e incoherencia. En los años sesenta, los situacionistas, en nombre de una ‘teoría del espectáculo’, produjeron en realidad un espectáculo reificado de la teoría, pero por lo menos ofrecían correcciones organizativas, como consejos de trabajadores, que daban algo de peso a su esteticismo. El anarquismo personal, al impugnarla organización, el compromiso con programas y un análisis social serio imita los peores aspectos del esteticismo situacionista sin adherirse al proyecto de construir un movimiento. Como los desechos de los años sesenta, vaga sin rumbo dentro de los límites del ego […] y convierte la incoherencia bohemia en una virtud […]. Ciertamente, ya no es posible, en mi opinión, llamarse a sí mismo anarquista sin añadir un adjetivo calificativo que lo distinga de los anarquistas personales. Como mínimo, el anarquismo social está radicalmente en desacuerdo con el anarquismo centrado en un estilo de vida, la invocación neosituacionista del éxtasis y la soberanía del ego pequeñoburgués cada vez más marchito. Los dos divergen completamente en los principios que los definen: socialismo o individualismo. Entre un cuerpo revolucionario comprometido de ideas y práctica, por una parte, y el anhelo deambulante de placer y autorrealización personal, por otra, no puede haber ningún punto en común (Bookchin, 2012b: 89 y ss.).
Murray era un cascarrabias; tenía parte de la razón, como siempre, pero también simplificaba. Cuando decía estas cosas parecía un puritano estadounidense escandalizado por el decadentismo francés, un moralista indignado por la falta de responsabilidad de los sucesores de Baudelaire y de los surrealistas. El situacionismo no era un anarquismo narcisista. Otra cosa es que su programa de liberación de la vida cotidiana (una vida vivida directamente, como aún decía Debord) no fuera muy eficaz para resistir la colonización de toda esfera de vida que desencadenó la sociedad del bienestar. Pero ese es otro debate que no procede discutir ahora.
Es oportuno, en cambio, insistir en que el reproche de Bookchin a los franceses (su exceso de teoría) se entiende mejor si se tiene en cuenta la relación entre tecnologías y teorías. Para los anarquistas estadounidenses la relación entre tecnología y sociedad se basaba en experimentos sociales y no en especulaciones. Y esos experimentos implicaban a la ecología de una forma práctica. Para la tradición en la que se apoyaba Bookchin, el reto no consistía solo en pronosticar nuevas fases del capitalismo; eso era imprescindible, claro, pero también era importante crear en la realidad espacios alternativos, modos de organización que pudieran extrapolarse a la totalidad. No utopías, sino más bien modelos. En el urbanismo ecológico de Bookchin influyó, desde luego, Mumford, La cultura de las ciudades (1938) y algunos artículos de mediados de los cincuenta (“The Natural History of Urbanization”), quien a su vez se había inspirado en ideas de Kropotkin en Campos, fábricas y talleres (1912), de Ebenezer Howard en Ciudades jardín del mañana (1902) y de Patrick Geddes en Cities in Evolution (1915).96 También tomó ideas de un urbanista partidario de la descentralización urbana que había trabajado en Berlín durante la República de Weimar (y que luego renunció a coordinar la reconstrucción de Berlín de los aliados), Erwin Anton Gutkind, autor de Community and Environment. A Discourse on Social Ecology (1954) y The Twilight of Cities (1962). Bookchin era partidario de la creación de ciudades verdes de escala humana y autoabastecidas, pero propuso algo más anarquista: descentralizar las grandes ciudades, dispersarlas y descomponerlas en comunidades más pequeñas y autónomas, sostenidas por energías alternativas (eólica, solar e hidroeléctrica) con fábricas pequeñas y no contaminantes, automatizadas, mercados locales de abastos, granjas cercanas y campos de tamaño pequeño (donde rotarían una diversidad de cultivos, una técnica que no requiere pesticidas, a diferencia del monocultivo extensivo).97 En estas comunidades la gente no sería esclava del trabajo, podría organizar su convivencia de una forma no autoritaria y tendría más tiempo para sí misma. Suena fantástico, quizá demasiado. El plan de Bookchin sonaba demasiado utópico, pero él lo justificaba apoyándose en la experiencia adquirida a través de experimentos piloto (granjas agrícolas, comunas rurales), así como del conocimiento de técnicos e ingenieros. Su campaña ecológica había sido reactiva, protestando contra la industria del automóvil, pero también pretendía ser prospectiva. Desde 1972 empezó a colaborar en cursos de tecnología con Dan Chodorkoff (que consiguió convencer a la administración del Goddard College, una escuela progresista inspirada por la filosofía de Dewey, para que Murray diera cursos allí) y en 1973 se rodeó de expertos en granjas orgánicas y huertos hidropónicos, diseñadores de sistemas de energía solar y eólica, arquitectos ecológicos, constructores de invernaderos para frutas y verduras y biólogos marinos. Entre los técnicos estaban Wilson Clark, que diseñaba sistemas solares y eólicos; Eugene Eccli, que sabía de energías alternativas; Sam Love, coeditor de Environmental Action says: Ecotage!; un pionero de la ingeniería solar, Day Chahroudi, y John Todd, un biólogo marino. Todd instaló en una granja de Massachusetts tanques de agua que absorbían calor de día y lo irradiaban de noche, pero también criaba en el tanque tilapias, un pez de África oriental, de agua fría, que se alimenta de algas y larvas y que en aquel caldo crecía en diez semanas. El agua y los restos se usaban para irrigar cultivos. Este sistema, el llamado bioshelter, proveía de pescado, fruta y verdura todo el año, independientemente de la estación.98 En 1980, durante un curso del Instituto para la Ecología Social que Murray fundó en Vermont en 1974, también se creó un sistema de calefacción solar suficiente para mantener una casa y un sistema de acuicultura. En los tanques crecían algas y estos absorbían más calor al volverse el agua de color oscuro. Se criaron lombrices para dar de comer a peces y, de nuevo, el agua residual se usó para fertilizar el huerto. El sistema se basaba en la crianza de conejos, pero no me quedan claros los detalles.
Sin embargo, lo llamativo no es que esta ecotecnología fuera viable fuera de las ciudades, sino dentro de ellas, especialmente en las zonas depauperadas.99 Las ciudades estadounidenses se degeneraban aceleradamente no solo porque su aire cada día era más irrespirable, sino también por el aumento de los conflictos raciales, la falta de vivienda, el derrumbe del sistema educativo, el aumento de la criminalidad, la escasez de servicios sociales y la huida de la clase media blanca desde los centros urbanos hacia los nuevo barrios residenciales de la periferia, los suburbs. El desproporcionado desarrollo urbanístico aceleró la decadencia de los centros urbanos, pero provocó la aparición de un activismo de base cuya concepción de los derechos civiles abarcaba cosas tan sencillas como disponer de una vivienda en condiciones, de espacios salubres y seguros y de medios mínimos de subsistencia. Los mensajes cósmicos de los hippies de buena familia empezaban a ser menos relevantes que las estrategias de la ingeniería que podían ser útiles a los vecindarios y los colectivos que querían ayudarles. Como recuerda Biehl, el “empobrecimiento premeditado” (planned shrinkage) de barrios era una estrategia para echar a la gente y poner el espacio abandonado a disposición de especuladores inmobiliarios. Sin embargo, en algunos casos los residentes a los que “la sociedad había abandonado decidieron encargarse ellos mismos de los problemas de las zonas en que vivían” (p. 337).
En Loisaida (una zona de Nueva York al este de Tompkins Square Park) algunas bandas callejeras metidas en droga se transformaron en activistas sociales y crearon redes de apoyo vecinal. El grupo de los charas, encabezado por Chino García, llegó a construir domos siguiendo la técnica de Richard Buckminster Fuller, que podían usarse –recuerda Biehl– como refugios para pobres, lugares de reunión o estructuras para juegos infantiles, pero también como invernaderos para huertos.100 Se recuperaron edificios abandonados, se experimentó con energía solar y eólica, y se plantaron jardines comunitarios en terrenos baldíos antes cubiertos de basura. En 1976, los charas limpiaron de basura y ratas un solar en la calle 9 y crearon una plaza para actividades culturales, y en el 519 de la calle 11 ayudaron a un grupo de jóvenes arquitectos a desescombrar y rehabilitar un edificio que se había quemado. En la azotea se instaló el primer sistema de paneles solares de Manhattan y un molino de viento con generador, el primero que se ponía en un tejado en el país. Este sistema produjo energía suficiente como para transferirla a la red eléctrica de la ciudad y recibir beneficios como reembolso. Esta experiencia del Colectivo 519 inspiró el Movimiento de la calle 11, una red de cooperativas que rehabilitaron cerca de 40 edificios de la zona y que también con ayuda de los charas construyeron sistemas de energía solar y eólica, piscifactorías y huertos urbanos como Sol Brillante, donde una estudiante del Instituto para la Ecología Social de Vermont aplicó técnicas de compost.101
Otras experiencias comunales en otros estados también resultaron instructivas para Bookchin, sobre todo la de otro libertario, Karl Hess,102 que fundó cooperativas de alimentos y comunas en el vecindario de Adams Morgan, en Washington, colaborando con técnicos que encontraban soluciones energéticas fabricando colectores solares con latas de comida de gatos o con espejos. También crearon jardines comunitarios y huertos alimentados por disoluciones minerales en vez de suelo agrícola, adaptaron azoteas para plantar verduras y sótanos para cultivar germinados, instalaron depósitos de compost en edificios vacíos, usaron como abono la mierda de caballos recogida de establos de la policía y adaptaron el sistema francés de cultivo intensivo a las ciudades. Hess mejoró el sistema de Todd de cría de peces usando motores de lavadoras estropeadas como bombas de agua para crear corrientes contra las que los peces pudieran nadar. Parece ser que el ejercicio hacía a los peces crecer más rápido, y se calculó que un sótano urbano podía producir pescado al asequible precio de menos de un dólar el medio kilo. En otros barrios de Washington ocurrió algo parecido: en Anacostia los colectores solares cubrían la mitad de la energía necesaria para calentar o enfriar las viviendas, según la estación, y se criaban peces en sótanos y en domos y toneladas de tomates con sistema hidropónico. Como concluye Biehl, estos proyectos revelaban que un barrio urbano podía ser autosuficiente produciendo sus propios alimentos, y demostró “a Bookchin que las ecotécnicas no solo podían aportar la base económica, sino también la tecnología necesaria, para la descentralización urbana” (p. 331). La tecnología, pues, era una de las claves del empoderamiento comunitario y la conciencia ecológica no era una cosa de pequeños burgueses, al contrario. Como también señala Biehl, el prejuicio era “que las personas pobres estaban demasiado ocupadas por su propia supervivencia como para interesarse por el medioambiente” (p. 340). No obstante, la preocupación por la supervivencia tenía justamente el efecto contrario y empujaba a muchos de los grupos a sostenerse con técnicas alternativas pero accesibles.
Sin embargo, había un elemento que a la larga podía complicar todo y, de hecho, lo hizo. Durante años, las cúpulas futuristas inspiradas en los modelos de Fuller o variaciones de ellos sirvieron para desarrollar un mensaje a la vez ecológico, tecnológico y político. No tengo tan claro que la ingeniería de Fuller fuera tan antiautoritaria y adaptable como se dice (ni menos aún que su antiinstitucionalismo fuera compatible con el anarquismo), pero es cierto que algunas reapropiaciones de sus modelos (en la década de los sesenta se construyeron más de sesenta mil domos en Estados Unidos) eran compatibles con técnicas industrializadas a pequeña escala, domésticas y sostenibles, sobre todo las relacionadas con la generación de calor y la refrigeración. Como recuerda Douglas Murphy en su extraordinario Last Futures (2017), incluso comunas de artistas como la Drop City recibieron la asesoría de Steve Baer para construir zomes, unas cúpulas más fáciles de fabricar que las (domes) geodésicas de Fuller, hechas con piezas de colores que recuerdan los edredones, “versión futurista de arte folk”, mezcla “de alta y baja tecnología, de arquitectura autóctona (vernacular) pero fabricada a partir de la industrial” que acabó recibiendo uno de los premios Dymaxion que concedía Fuller (Murphy, 2017: 117).103
La ecología, pues, estaba unida a experimentos sociales y experiencias artísticas que promovían la descentralización de la producción, técnicas sostenibles de abastecimiento y una concepción alternativa, antiburocrática y antiautoritaria de la organización social. Sin embargo, Murphy y otros historiadores explican bien por qué este haz de impulsos (ecológico, técnico y político) se fue separando. La clave, si lo entiendo bien, no fue tanto que algunas tecnologías verdes acabaran siendo comercializadas –Baer fundó la empresa Zomeworks y operó de una forma más convencional, como recuerda Murphy (p. 132)–, sino otros dos problemas más generales y graves: que la carga política de la tecnología “verde” era neutralizable y que el urbanismo capitalista fue capaz de expandirse de una forma irónica echando a un lado la anarcotecnología. En lo que concierne al diseño urbano, dice Murphy, “se produjo un corte entre las visiones de la alta tecnología y el proyecto de la ecología”. Durante las últimas décadas del siglo xx, la arquitectura tecnológicamente sofisticada (la de grandes enclaves acristalados: aeropuertos, centros de comunicación, rascacielos, bloques de empresas) llegó a alcanzar un grado máximo de espectacularidad, “pero en el ínterin, el naturalismo delirante que corría paralelo a los experimentos sinergéticos de Fuller fue eliminado, dejando tras de sí una arquitectura de embellecimiento [refinement] capitalista, una expresión tecnocrática de eficiencia reluciente y bien acondicionada” (p. 182).104
Lo que Murphy llama “delirante” también tiene que ver con lo que otros llamaron el “fin de las utopías”: incluso la tecnología visionaria de Fuller era eso, demasiado visionaria (no es extraño que al cabo de los años Koolhaas vindicará el espíritu del ingeniero, luego lo veremos). El argumento de Fuller de que los políticos están incapacitados para entender y tratar temas ambientales fue usado por los propios políticos para transformar la crisis ecológica de una cuestión social a una cuestión puramente técnica y burocrática (Murphy, 2017: 181). Por otro lado, el argumento de los ecologistas de izquierdas, según el cual la crisis ecológica tenía raíces sociales, era una auténtica crisis política, empezó a ceder a favor de una ética ecológica, no revolucionaria, menos universal, guiada –como dice Murphy– por lemas tan edificantes como que el saneamiento global empieza por el cuidado local (tending one’s own garden). Bookchin quería mantener alejada a la ecología de la nueva espiritualidad, y apelar a la racionalidad de la tecnología podía ayudar, pero no siempre. Algunas corrientes espirituales podían estar contra la técnica, pero las nuevas religiones que tanto temía Bookchin eran flexibles y ahí estaba el problema. La ta (Tecnología Adecuada), como la llama Schumacher, “empezó a ser vista como parte de la New Age. La eficiencia energética, la vida autosuficiente (off-the-grid) y otras prácticas similares se asociaron rápidamente con las piedras calientes, las terapias alternativas, la meditación trascendental, así como con el ‘hazlo tú mismo’ y la artesanía rústica (down-to-earth). Era sumamente improbable que, al lado de estas cosas, las cuestiones sociales a gran escala pudieran parecer relevantes [y muy previsible] que la gente solo se volcara en sí misma” (Murphy, 2017: 76).
Después de toda esta conversación, ¿hemos perdido el hilo? No. Empezamos hablando de las diferencias entre los anarquistas franceses y los estadounidenses en los años sesenta. Luego dimos a entender que los situacionistas habían sido más poetas que técnicos. Pero al final hemos acabado concluyendo que las ecotecnologías anticapitalistas que ensayaron los anarquistas pasaron a mejor vida cuando la conciencia ecológica se generalizó a través de campañas gubernamentales e internacionales y la naturaleza se convirtió en el nuevo foco de atención del mercado de la religión y de la religión del mercado.
53 Agradezco a Alfonso Cuenca que me recordara esta hilarante escena.
54 Mi postura ha sido calificada de amargada porque no pierdo la ocasión, e incluso parece que gozo con ello, de mostrar cómo algo que pasa por natural no lo es tanto. Debo insistir en que este “vicio” no me ha impedido disfrutar de experiencias sumamente gratificantes en espacios naturales. No deja de ser curioso que los mismos que me criticaban por atacar la espontaneidad y la naturalidad fueran los que acabaron teniendo experiencias bastante predecibles en plena naturaleza, epifanías de bote, éxtasis prefabricados. Estos optimistas naturalistas parecían ansiosos por experimentar un alto grado de autenticidad, tanta como la que atribuían a la naturaleza con la que decían reconectarse. En cambio, los descreídos y superficiales que no creíamos en ningún tipo de autenticidad, gozábamos infinitamente de la naturaleza solo que de forma más relajada, sin tanta presión.
55 Después de traducir The Idea of Culture (2000) de Terry Eagleton (que en realidad también es un libro sobre la idea de naturaleza), volví a estudiar On Materialism (1970) de Sebastiano Timpanaro y descubrí What Is Nature: Culture, Politics and the Non-Human (1995) de Kate Soper (1995). Mientras escribía sobre utopía y ciencia ficción en la obra de Raymond Williams, volví a pensar en la influencia del socialismo naturalista británico en sus ideas sobre progreso y ecología (Hacia el año 2000, Barcelona, Crítica, 1984). La ecología empezó a tener más presencia en el marxismo desde los años setenta, cuando distintos foros internacionales publicaron predicciones sobre la crisis ambiental (véase la crónica de John Bellamy Foster en La ecología de Marx. Materialismo y Naturaleza, 2000). Con todo, el estudio que me ayudó a entender mejor la relación entre la idea de naturaleza y el modo de producción capitalista lo descubrí antes y procedía del mundo de la geografía. Era el de Neil Smith y Phil O’Keefe, que criticaban no solo el enfoque dual de Alfred Schmidt, sino también el concepto de producción del espacio de Henri Lefebvre (“Geography, Marx and the Concept of Nature”, Antipode, vol. 12, 2, 1980, pp. 30-39).
56 Como dijo Jameson, captar como histórico lo que suele pasar por natural implica, entre otras cosas, una afirmación de la libertad porque si en última instancia todo ha sido construido por los seres humanos a largo de la historia, entonces esos mismos seres también podrían llegar a cambiarlo todo. La asociación del historicismo con el determinismo es simplemente absurda. Otra afirmación marxista (de Terry Eagleton) relacionada con la anterior es que es más difícil cambiar hábitos humanos (que pasan por naturales) que fenómenos naturales. Hemos desarrollado poderes descomunales que nos permiten modificar la naturaleza (y que hasta podrían conducir al fin del mundo), pero no parece que seamos tan eficaces modificando la naturaleza histórica humana, los hábitos que hemos adquirido a lo largo de la historia. Eso explica justamente que sea más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
57 Durante años he oído decir a amigos socialdemócratas que la crítica cultural marxista es desalentadora, pero los marxistas que yo he tratado no son gente amargada o desilusionada. Otra cosa es cómo conciben el futuro. Estar convencido de que el fin del mundo es más probable que el fin del capitalismo no te convierte en un pesimista. Al contrario, si ese es el futuro que se nos viene encima, entonces el pesimismo es un lujo que no nos podemos permitir (la frase es de Galeano y la cita a veces Jameson). Sin embargo, esto no significa que actuemos como se esperaría de un optimista. Por cierto, la matización que Jameson dio a la frase popular no se suele percibir. En “La ciudad futura” (New Left Review, 21, p. 103), dijo exactamente: “Alguien dijo una vez que era más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo. Ahora podemos corregir esta afirmación y asistir al intento de imaginar el capitalismo a través de la imaginación del fin del mundo”. La apostilla tiene su sentido: durante un tiempo se pudo imaginar un fin del mundo provocado por razones ajenas a la acción humana, ahora ya no. El capitalismo es el fin del mundo.
58 La falta de ilusión y de esperanza, llámesele como se quiera, no genera infelicidad, por mucho que algunos proclamen lo contrario y traten de hacer negocios bastante rentables confundiendo el hecho de estar feliz con el hecho de tener fe en algo. Eagleton dice que es posible tener esperanza sin el sentimiento de que las cosas en general vayan a salir bien. Un optimista, en cambio, es alguien con una actitud jovial, pero sin ninguna razón para estar feliz. O sea, según Eagleton, el optimista no usa la cabeza, sino que simplemente se deja llevar por su temperamento. Algunos no pueden evitar ser optimistas, igual que otros no pueden evitar ser pesimistas; por lo tanto –dice–, los dos son igual de fatalistas. El optimista está “encadenado a su jovialidad, como el esclavo a su remo” (Esperanza sin optimismo, Madrid, Taurus, 2016). La esperanza, en cambio, es capaz de seleccionar características de una situación que la hacen creíble. De lo contrario, solo sería un presentimiento. “La esperanza deber ser falible, mientras que la alegría temperamental no lo es” (ibíd.). Tal como lo pinta Eagleton, el optimista es poco menos que un idiota crónico al que nada puede convencer de que este mundo es una tragedia y, sobre todo, un satisfecho y un conformista. Eagleton simplifica las cosas, y su noción de esperanza aún conserva ecos religiosos.
59 Los ecologistas interesantes son los que después de un viaje te hablan de una sociedad y no solo de un biotopo; no solo de la vida, sino de las condiciones de vida de la gente, incluyendo las de los guías y los trabajadores de las propias reservas naturales y de las ciudades próximas a ellas.
60 Ni siquiera cosas más sencillas, como entender un paisaje en términos de su historia geológica. Durante una visita a una isla volcánica estudié tantos mapas cronológicos de erupciones y capas de coladas que empecé a ver moverse la lava petrificada, yendo hacia adelante o hacia atrás, como en una moviola. Pasear con gente que es capaz de entender la historia de una cordillera genera experiencias igual de curiosas: millones de años se aceleran en unos minutos. Desde luego, los documentales sobre la naturaleza han permitido ver literalmente estos cambios con simulaciones o acelerando fotos, pero algunos éramos capaces de imaginarlos con la cabeza, y los guías de geología explicaban todo haciendo muchos dibujos rápidamente en la tierra con un bastón o un palito. Con todo, la experiencia más delirante que tuve en una montaña tiene que ver con la historia cultural, no con la natural. Tuvo lugar en una antigua calzada romana y consistió en la aparición súbita de tres soldados romanos totalmente pertrechados con sus trajes y armas, en sandalias, descansando bajo un árbol. Cuando señalé hacia los romanos y me encogí de hombros callado, un compañero excursionista, experto en árboles y con gran sentido del humor, dijo: “Anda una ventana espacio-temporal”. Me acerqué a los romanos pensando en los programas de fenómenos paranormales de televisión, pero cuando tuve de cerca a los legionarios me di cuenta: resultó que eran miembros de un grupo de simulación histórica, esa gente que se viste como seres de otra época e intenta recrear literalmente sus acciones y experiencias. Para romper el hielo y respetar su viaje a través del tiempo les dije: “Encantado de conocerlos, díganles a sus superiores que hay que mantener en mejor estado esta calzada. Es prácticamente intransitable, como si llevara siglos sin mantenimiento”. Uno de ellos no me entendió; el otro me entendió perfectamente, pero no tenía ni pizca de humor, así que otro compañero ornitólogo me separó de la conversación y dejó que hablaran con los soldados otros senderistas menos irónicos.
61 Supongo que les parecía anarquista porque no respetaba mucho los mandos, ni las autoridades. Mis relaciones con los comunistas fueron tensas porque se me ocurrió decir que simplificaban algunos temas de estética, algo que me costó caro. La ironía de todo, sin embargo, es que mientras los comunistas me tachaban de fino solía ser acusado de filisteo y materialista por la exquisita secta de la estética.
62 Aunque algún amigo de clase obrera con humor corrosivo ya me había manifestado sus sospechas cuando crearon un parque cerca de su pobre casa: “Nos hacen falta bibliotecas, ambulatorios, accesos y guarderías, y las calles tienen poca luz, pero se están empezando a gastar más dinero en estas hostias de zonas verdes. ¿Qué se buscará con esto?”
63 Un tema que suscitó grandes debates cuando Olof Palme la apoyó en 1980. En 1981, la manifestación contra el armamento nuclear de los pacifistas alemanes en Bonn también marcó un giro, así como la sentada en 1983 de los verdes en Berlín Este, en Alexanderplatz, y las protestas para liberar a presos pacifistas de la ddr. Recuérdese que el partido verde alemán, Die Grünen, de Petra Kelly fue fundado en 1979, y que en 1983 fue elegida miembro del Parlamento en representación de Baviera.
64 Como desde los noventa seguí más de cerca el panorama estadounidense, podría parecer que me desentiendo de la marcha ecológica en España, pero no es así. Leí a Jorge Riechmann en aquellos años, desde que realizó sus tesis sobre los verdes alemanes. El ritmo y el volumen de publicaciones que mantuvo desde aquellos años es impresionante y sus obras son una referencia para todos. No me olvido de sus obras y de las de otros ecologistas españoles, pero me centro en las perplejidades que me producían y aún me producen actitudes e ideas que vi circular por Estados Unidos. No estoy tratando de investigar sobre temas de ecología, sino solo poner en contexto una crónica más personal relacionada con espacios naturales y su influencia en la psique individual y colectiva.
65 65 Según he sabido luego, Bookchin contó esto en “Looking for Common Ground”, en 1989, en el debate con Foreman; véase Chase, S., Defending the Earth. A Dialogue between Murray Bookchin and Dave Foreman (Boston, South End Press, 1991).
66 En el congreso de 1987 en Hampshire College, Bookchin había dicho: “Los Verdes no deberían confundirse con una religión New Age o perderse en ecoespiritualidad; deberíamos preocuparnos por la naturaleza, no por seres sobrenaturales que no existen […] en lugar de confundir a la gente, pidiéndoles que crean en cuentos de hadas, Los Verdes deben mostrar la naturaleza tal como es, repleta de magnificencia y belleza” (citado por Biehl, 2017: 540). Cuando Bookchin hablaba de ecoespiritualidad se refería a Charlene Spretnak, autora de The Spiritual Dimension of Green Politics (Santa Fe, Bear & Co., 1986), con la que mantuvo varios altercados no solo por sus ideas ecológicas, sino por su intención de crear un partido verde convencional, cosa que el anarquista y municipalista de Bookchin no admitía. Véanse más detalles en Biehl (pp. 541 y ss.).
67 Véanse más detalles sobre Naess en Price (pp. 37 y ss.). Bookchin también critica otra tendencia de aquellos años: un espiritualismo politeísta ecológico, una “religión natural atávica y vulgar” que poblaba la naturaleza de deidades innecesarias que podrían justificar nuevas jerarquías con líderes iluminados y autoridades espirituales (op. cit.: 22-23).
68 En 1969 y 1970 Bookchin ya defendió políticas conservacionistas. Véanse las versiones revisadas de “Poder de destruir, poder de crear” en Por una sociedad ecológica (Barcelona, Gustavo Gili, 1978).
69 Mannes también veía muy práctico que el sida diezmara la población humana sin afectar a otras especies, que el portador pudiera vivir bastante tiempo como para transmitirlo y que se transmitiera sexualmente, porque el sexo –dijo– es la actividad humana más difícil de controlar. Véanse detalles en Price (p. 48).
70 A su modo, si ahora lo entiendo bien, la ecología profunda ofrecía una alternativa a la administración de la naturaleza. Inspirado por Abbey, Foreman defendía un activismo beligerante: detener las motosierras de las compañías madereras, parar a los buldóceres de las empresas mineras, destruir la maquinaria industrial, sabotear las serrerías. Defendía de hecho los valores de un individuo concernido que quizá no cambia el sistema, pero que asume su responsabilidad y al menos “defiende un pedazo de tierra”. Véanse los textos citados por Price (p. 46).
71 El texto clave para entender todo este debate es “Social Ecology vs. Deep Ecology: A Challenge for the Ecology Movement” (Green Perspectives, 4-5, 1987, pp. 1-23).
72 Véase un análisis pormenorizado en Price (pp. 45 y ss.). Agradezco a Debbie Bookchin que me regalara una copia de este excelente trabajo.
73 Ibíd.: 68. Hoy, dicho sea de paso, Donald Trump se mofa de las dos cosas, de la ecología y de la inmigración, aunque no sé (pero merecería la pena saberlo) qué piensan los herederos de la ecología profunda de él y de su actitud hacia el cambio climático. Que expulse a haitianos, nicaragüenses y salvadoreños sin papeles o que quiera construir el muro con México –suponemos– deben de ser medidas aplaudidas por ellos.
74 Por ejemplo, si, como creían los ecologistas radicales, todos los organismos son intrínsecamente valiosos, entonces –decía Bookchin– los seres humanos no tienen derecho a erradicar microbios mortales, como el de la viruela o el de la poliomielitis, ni tampoco a aniquilar a organismos portadores de enfermedades como los mosquitos. Los ecologistas defendían la supervivencia de los osos pardos –símbolos románticos de lo salvaje–, pero ¿estaban dispuestos a proteger a todos los elementos potencialmente peligrosos para el ser humano?; véanse referencias en Biehl (pp. 536-537). La respuesta de los ecologistas podía ser sencilla: mientras no les pillaran a ellos, esos agentes sí serían beneficiosos para limpiar el mundo de seres miserables.
75 Véase el análisis de Price (pp. 54 y ss.) y véase también Biehl (p. 548).
76 Bookchin, recuérdese, nunca pensó que la alternativa al capitalismo fuera un socialismo de economía planificada orientado al rendimiento y al crecimiento y, menos aún, altamente burocratizado (p. 23).
77 Primero en Ecology and Revolutionary Thought y luego en “Spontaneity and Organization”, original de 1971 y luego reeditada en Por una sociedad ecológica (véase arriba, nota 68).
78 En Toward and Ecological Society ([1976], Montreal, Black Rose Books, 1980, p. 59; el subrayado es mío), Murray dijo: “La diversidad es deseable en sí misma, es un valor preciado como parte de una noción animada (spiritized) de un universo viviente”.
79 Bookchin decía que la historia natural es un proceso acumulativo hacia formas y relaciones cada vez más variadas, diferenciadas y complejas, un desarrollo evolutivo de entidades cada vez más heterogéneas. La naturaleza ha generado –decía– niveles de creciente diversidad en el curso de su propia historia, e igualmente los seres humanos, que cada vez han controlado más su propio desarrollo y están menos sometidos a la selección natural. Cuanta más variedad de hábitat y sociedades, decía, más fácil es que cualquier forma de vida encuentre la manera de desarrollarse. Bookchin ponía ejemplos que a mí me sonaban a lamarkismo y no a darwinismo, como el de una liebre blanca. Pero sus lemas sonaban bien políticamente, como cuando decía que la adaptación daba paso a la creatividad y la implacable ley natural a la libertad, que se pasaba de la naturaleza ciega a la naturaleza libre, que la evolución social no se oponía a la natural, pese a que se la haya colocado en su contra. Sobre la base de su filosofía de la naturaleza, decía también, la ecología social podía comprender mejor el papel de la humanidad en la evolución natural. Todo esto sonaba muy bien, pero yo creía que no era necesario para hacer ecología social. Desde luego, había relación entre dos hechos: lo único que ha convertido a los humanos en explotadores de la naturaleza son las formaciones sociales que les han convertido en explotadores los unos de otros –en eso tenía toda la razón. Pero para evitar la dominación social no necesitamos pensar que hacerlo encaja mejor con cierto tipo de historia natural.
80 Durante aquel tiempo, y hasta hoy, cuando acababa muy cansado de discusiones me evadía leyendo novelas, sobre todo de ciencia ficción. Hay que recordar que Bookchin usó la palabra “ecotopia” en “Towards a Ecological Society” (1973), y que Ernest Callenbach la usó luego en su novela homónima de 1975. La influencia de Bookchin también se dejó sentir en Los desposeídos (1974), la gran novela de Ursula K. Le Guin.
81 Sobre las fuentes que usó Murray para esta visión, hay que tener en cuenta la ecología de Charles Elton. Véase un buen resumen en Ecología o catástrofe de Janet Biehl (pp. 191 y ss.).
82 Sobre el trasfondo de estos movimientos, véase Veysey, L., The Communal Experience. Anarchist and Mystical Communities in Twentieth-Century America (Chicago/Londres, The University of Chicago Press, 1978). Debord no solo se enfrentó a los estadounidense, también acabó expulsando a la sección británica de la Internacional por apoyar al amigo americano.
83 Se basa en una crítica muy antigua de 1970 a los situacionistas hecha por Robert Chasse y Bruce Elwell.
84 Aquí me detengo más en la ecología porque, creo, la relación de Debord con la geografía ha sido mucho más estudiada. Véase para empezar “Unkown Lands: Guy Debord and the Cartographies of a Landscape to be Invented”, en Vidler, A., The Scenes of the Street and Other Essays (Nueva York, The Monacelli Press, 2011).
85 También dice que la ecología siempre está presa del trabajo y que la libertad que procura es una pseudolibertad, un subproducto de la necesidad del trabajo.
86 En el mismo texto Lausen aclaraba que los situacionistas no son exactamente cosmopolitas, aunque algunos de ellos sí usaron esa palabra. Probablemente –decía–, son “cosmonautas que osan lanzarse a espacios desconocidos para construir en ellos zonas habitables para hombres no simplificados e irreductibles” (p. 153).
87 Como recuerda Greil Marcus, para la Internacional Situacionista la cuestión no era la escasez material, sino la abundancia, la prosperidad de la que empezaba a gozarse desde la posguerra. Las privaciones más peligrosas no eran las de la necesidad, sino las de la fantasía. La miseria del deseo. “La pobreza moderna era una pobreza de la pasión, arraigada en la predictibilidad de una sociedad mundial lo suficientemente rica para manejar el tiempo y el espacio” (Marcus, G., Restos de carmín [1989], Barcelona, Anagrama, 1993, p. 185).
88 Esa fue, de algún modo, la política que se siguió desde los setenta: en California y en Nueva York los solares se transformaban en jardines comunitarios, se ocupaban espacios y se convertían en parques públicos con neumáticos, flores y arena para jugar (como en la calle 10 o en el People’s Park de Berkeley). Gracias a las presiones de los grupos de ocupación y la colaboración vecinal, los planes de recalificación de algunos de estos terrenos podían suspenderse o, si no, por lo menos posponerse lo suficiente para seguir disfrutando de ellos. Si había suerte, el espacio podía ganarse para el uso comunitario. Bookchin conocía esos experimentos y otros que surgieron en Montreal (en Milton Park y otras urban villages que fomentaban la autogestión), pero nunca separaba la defensa del municipalismo libertario de “la cuestión ecológica”. Como decía en aquellos años, en las charlas que impartió por Canadá: “La crisis ecológica supone fundamentalmente un problema social”, y su solución pasa por la descentralización (citado por Biehl, 2017: 291).
89 Quizá no soy capaz de resumir bien qué actitud tenía la Internacional hacia temas tecnológicos concretos, aunque sí me queda claro qué pensaban sobre la transformación de la ciencia y la tecnología en espectáculo. En el escrito de 1968 “Dominación de la naturaleza: ideología y clases” critican con toda la razón las revistas de divulgación científica, ciencia ficción y fantasía que generan un falso progresismo basado “en el vértigo de la novedad de feria”. Como dicen a propósito de una popular revista, “la banda de charlatanes de la increíble revista Planète, que tanto impresiona a los maestros de escuela, encarna una demagogia insólita que se aprovecha de la gigantesca ausencia de una contestación y de la imaginación revolucionaria […]. Jugando a la vez con la evidencia de que la ciencia y la tecnología avanzan cada vez más rápidamente sin que se sepa hacia dónde, Planète arenga a los valerosos para hacerles saber que en lo sucesivo habrá que cambiarlo todo; y, simultáneamente, admite como dato inmutable el 99% de la vida realmente vivida por nuestra época” (citado por Debord, 1973).
90 En “Examen de algunos aspectos concretos de la alienación” los situacionistas atacaban la cultura del coche en Estados Unidos: el automóvil, decían, prolifera no como medio de transporte, sino como objeto de consumo. A mediados de los años sesenta, recordaban, un cuarto de las familias de Estados Unidos tenía dos unidades. La facilidad del crédito permitía, además, aumentar las ventas más allá de los sectores más pudientes (citado por Debord, 2013: 211). Sin embargo, después de aportar datos sobre la decadencia de la vida en las ciudades estadounidenses (peligrosidad, insalubridad) no aportaban visiones urbanísticas alternativas. Se limitaban a decir que el modelo estadounidense podría extenderse por Europa (p. 212). Utilizo aquí esta selección de textos más reciente y más accesible, aunque demasiado breve.
91 No encuentro muy útil el análisis que Joost de Bloois hace de El planeta enfermo, en “Reified Life: Vitalism, Environmentalism, and Reification in Guy Debord’s The Society of the Spectacle and A Sick Planet”, capítulo 9 de Gandesha, S. y Hartle, J. F., eds., The Spell of Capital. Reification and Spectacle (Ámsterdam, Amsterdam University Press, 2017). Para relacionar biopolítica y espectacularidad, Bloois da demasiadas vueltas complicando las ideas ya de por sí vagas de este panfleto de Debord (Bloois lo llama “modesto tratado”). Dice, además, que probablemente Debord recurrió a la famosa imagen de la Tierra tomada por el Apolo, The Blue Marble, pero no pudo hacerlo porque los astronautas la hicieron un año después de que Debord escribiera el texto. Lo cierto es que, con o sin esa foto de la Tierra, Debord relaciona la consumación de la sociedad del espectáculo con la consumición de la vida planetaria, la sociedad enferma con la vida enferma, la fusión de la historia y de la naturaleza en un solo vertedero. Bloois lo dice de una forma mucho más sofisticada, pero no creo que más clara.
92 Llegué a este texto gracias a Murphy.
93 Este grupo, fundado en 1966 en la casa que Henri Lefebvre tenía en los Pirineos, publicó una revista homónima entre 1967 y 1969.
94 Véase como resume estos argumentos Biehl (p. 395).
95 “Y por Baudrillard como ‘simulacro’”, añadía Bookchin (2012b: 65).
96 Es importante tener presente un dato: muchos de los teóricos estadounidenses de la ciudad que inspiraron a la generación de Bookchin entroncaban con una tradición antiurbanista que se desarrolló aún más después de la Guerra de Secesión. Para entender esto hay que recurrir al excepcional libro de Lucia y Morton White de 1961, El intelectual contra la ciudad. De Thomas Jefferson a Frank LLoyd Wright (Buenos Aires, Emecé, 1967). Sobre Mumford, Lloyd Wright y la influencia de esta tendencia que idealiza la vida fuera de las ciudades véanse sobre todo los capítulos xiii y ss. Descubrí este libro porque esa tradición de diseño no se puede entender al margen de ideas literarias y filosóficas. El propio Mumford –como recuerdan los White (p. 198)– “no solo era un estudioso de las ciudades, sino también un estudioso de la literatura norteamericana”.
97 Sobre temas agrícolas, Bookchin seguía las ideas del botánico y micólogo Albert Howard, impulsor de la técnica de compostaje moderno. En 1976, en el Instituto para la Ecología Social de Vermont se experimentó mucho con técnicas de compost que volvían la tierra más resistente a plagas de doradillas. También construyeron bancales y montículos al estilo francés, técnicas de cultivo intensivo que obtienen más producción en poco espacio, una formula apta para huertos urbanos pequeños en barrios con pocos medios que podrían autoabastecerse.
98 Véanse más datos sobre el New Alchemy Institute (nai) y la referencia al estudio de Jeffrey Jacob sobre el movimiento de vuelta a la tierra en Biehl (p. 328). Todd fundó el nai en Cape Cod, Massachusetts, en 1969. En 1976 construyó el primer “Arca” en Price Edward Island, Canadá, conectando varios invernaderos a un almacén donde los tanques para peces atraían calor y reducían el gasto energético durante el invierno. Para entender la relación de todo este movimiento ecotecnológico, el folk art y la contracultura, véase el extraordinario estudio de Douglas Murphy (2017). Gracias a este trabajo llegué hasta otra referencia imprescindible: Scott, F. D., Architecture of Techno-Utopia. Politics after Modernism (Cambridge, Massachusetts, The mit Press, 2017).
99 Cuando en 1973 se publicó Lo pequeño es hermoso, no resultó extraño que Schumacher reconociera la influencia de Bookchin (que había publicado ya Our Synthetic Environment, pero que lo vendió mucho más una vez que el libro de Schumacher se hiciera tan popular). Sin embargo, mientras que la ecología de Bookchin era inseparable de una agenda política anticapitalista, la visión de Schumacher podía servir para alentar la creencia en un crecimiento capitalista sostenible.
100 Véase charas. Improbable Dome Builders de Syeus Mottel [1974], reeditado y ampliado en la edición de Yydap Pub (2018). Contiene material gráfico, y entrevistas a los charas y a Michael Ben-Eli, asociado de R. B. Fuller y fundador del Laboratory of Sutainibility. Dan Chodorkoff, que creó el Instituto para la Ecología Social con Bookchin y estudio el proyecto charas en su tesis doctoral en la New School for Social Research en 1980, publicó una novela Loisaida (2011) basada en sus experiencias con los charas durante los setenta y, más adelante, The Anthropology of Utopia: Essays on Social Ecology and Community Development (Noruega, New Compass Press, 2014). Otros movimientos vecinales en otras ciudades de Estados Unidos se organizaron siguiendo el ideario de Saul Alinsky cuyo Tratado para radicales. Manual para revolucionarios pragmáticos [1971] tuvo cierta difusión en Francia desde los años setenta, entre trabajadores sociales. Desconozco lo que pensaban los situacionistas sobre este estilo de activismo. Quizá el hecho de que Alinsky tratara con Maritain y que sus ideas se difundieran en círculos católicos franceses influyó en su recepción entre la nueva izquierda.
101 Véanse los datos bibliográficos y audiovisuales que aporta Biehl (p. 358).
102 Hess publicó Community Technology en 1979.
103 Después de introducir sistemas de calentamiento del agua y otras tecnologías verdes en Drop City, Steve Baer y Lloyd Kahn publicaron en 1969 y 1970 varios manuales que servían para construir domos mezclando de forma divertida “comics y fórmulas matemáticas, historias sobre experiencias con drogas junto con ensayos de Buckminster Fuller” (Murphy: 121). Véanse todas las referencias de Murphy al Worth Earth Catalog de Stewart Brand y al trabajo que le proporciona más datos sobre la relación entre movimientos contraculturales comunitarios y construcción de domos: Turner, F., From Counterculture to Cyberculture. Stewart Brand, the Whole Earth Network and the Rise of Digital Utopianism (Chicago, Chicago University Press, 2006). Véase también todo lo que Fred Turner (2010) cuenta sobre Fuller, Dropt City y Whole Earth Catalog en “Un tecnócrata para la contracultura” en Arquitectura Viva, 143, pp. 110 y ss., número monográfico dedicado a Fuller, editado por Norman Foster y Luis Fernández-Galiano.
104 Murphy señala otra razón por la que el diseño futurista perdió fuerza, incluido el utopismo que imaginaba colonias en el espacio exterior: la aparición de un nuevo espacio, el espacio virtual, internet. Al soñar con colonias fuera de la tierra, los futuristas ampliaban al máximo las fronteras físicas, espaciales, de aplicación de sus soluciones. Pero la informática lo cambió todo: “La utopía estaba ahora dentro del ciberespacio, en los dominios limítrofes (frontier lands) de internet. El domo geodésico había sido el símbolo de los sueños de unas sociedades comunales tecnológicas… pero fueron los message boards y las chat rooms, y no las comunas o las nuevas colonias, las que se convirtieron en los ‘espacios’ en los que la gente podía trascender los límites de la sociedad” (p. 135).
El antinaturalista
paisaje a la americana
La siguiente conversación arrancó de una forma divertida, hablando de literatura estadounidense. Los acompañantes no eran ecologistas, pero decían amar la naturaleza y, sobre todo, los libros. Confesé que gracias al estudio de la pintura, la arquitectura y el paisajismo estadounidenses logré entender un poco mejor los escritos de Emerson y de Thoreau, que ellos, en cambio, solo comparaban con otros escritos, en una especie de éxtasis textualista. Sabían que había pasado tiempo con geógrafos marxistas, así que se encogieron de hombros, como si me dieran por perdido, preso de la ideología y demasiado desorientado después de tanto giro espacial. Admití que cada vez me intrigaba más Edgar Allan Poe, cuyos relatos me costaba entender en inglés, pero que volvía a disfrutar gracias a la traducción de Julio Cortázar. Dos de ellos, que me parecían más delirantes, curiosamente tenían que ver con el paisajismo. Un tal Ellison, el personaje de “El dominio de Arnheim, o el jardín-paisaje” de Poe,105 podría ejemplificar las teorías de lo pintoresco de Uvedale Price, una categoría estética que pende entre la de lo sublime y la de lo bello. Puede ser, pero siempre me pareció que Poe añadía una dimensión onírica y delirante al paisaje que Ellison crea en Arnheim que no cae exactamente en esa categoría. En el cuento, el poder del jardinero paisajista se hace equivaler al del pintor que mejora la naturaleza, que la perfecciona para hacerla exaltar más. Ellison convierte un territorio en una auténtica pintura, lo compone pictóricamente, pero lo verdaderamente inquietante es que Poe describe el paisaje como si fuera él mismo otro pintor, volviendo todo aún más irreal: “El concepto de naturaleza subsistía, pero como si su carácter hubiera sufrido una modificación”. Su “misteriosa simetría, su estremecedora uniformidad, su mágica corrección”, todo ello, otorga a esa naturaleza una atmósfera extraordinaria, casi sobrenatural (p. 160).106 Sorprende además que el narrador está en movimiento mientras describe ese entorno, que describe todo con asombroso detalle desplazándose en bote, por un río y un canal que le interna en el dominio de Ellison. La descripción de ese recorrido es muy inquietante, más cuando se revela su destino final: una mansión estrambótica, una especie de castillo “semigótico, semiárabe, sosteniéndose como por milagro en el aire, centelleando en el poniente rojo con sus cien torrecillas, minaretes y pináculos, como obra fantasmal de silfos, hadas, genios y gnomos” (p. 164). El otro cuento, “El cottage de Landor”, un complemento de “El dominio de Arnheim”, quizá es menos asfixiante. Empieza describiendo un paisaje de estilo pintoresco, con sus curvaturas y sinuosidades, sus coups d’oeil, hasta llegar a un cottage “con disposición artística, análoga a la de un cuadro. Hubiera podido imaginar, mientras lo miraba, que algún eminente paisajista lo había construido con su pincel” (p. 173). El esquema narrativo es similar y la capacidad de Poe para describir plantas, árboles, ríos, lagos, flores, piedras, colinas, valles…, asombrosa e irónica (en el primer cuento menciona de pasada a Claudio de Lorena, pero en este compara lo que ve con vistas de Salvator Rosa). Lo inquietante, quizá, es que cuando el narrador acaba saludando a la familia Landor, se tiene la sensación de que los seres humanos no pintan mucho en el paisaje. Como en el otro cuento, no logramos saber mucho de esas fugaces y vagas figuras humanas. En el primero, Ellison es espectral; en el segundo, la familia Landor parece decorativa, un detalle más de la composición, otras decoraciones del cuadro.
Mis acompañantes estadounidenses me recordaron que el gótico de Poe gustó a Baudelaire, y que “El hombre de la multitud” fascinó a una generación de teóricos del paseo. Sí, podíamos ponernos a hablar del flâneur, pero yo iba hacia otro lado, hacia historias de jardines construidos y habitados por personajes extraños, los jardines como productos de la locura megalómana, como desvaríos de trastornados que se empeñan en materializar sus fantasías. En su Breve tratado del paisaje (2007), Alain Roger menciona el primer cuento de Poe y califica a Ellison, el personaje misterioso, de “Kubla Khan yankee”. Viene al caso, todavía más que saque a relucir a Coleridge y a Orson Wells: Coleridge fumó opio después de leerse una biografía sobre Kubla Khan y soñó un poema fascinante (el gran Kubla Khan también levantó su palacio circular en Xanadú según se le representó en un sueño…). Al inicio de Ciudadano Kane –recuerda Roger– se menciona precisamente el principio del poema de Coleridge, y el jardín de la mansión de Kane se llamaba Xanadú. Roger sostiene que el estilo paisajístico de los nuevos ricos es el “eclecticismo”. No sé si el Castillo de Hearst en San Simeon, California, construido por Julia Morgan, puede calificarse de ecléctico (creo que hay influencia del Estilo Misión), aunque da un poco igual el nombre porque lo fascinante es cómo Morgan tuvo que cuidar de todos los detalles que se le antojaron al caprichoso y trastornado de Hearst (piscinas, jardines, zoológicos, antigüedades). En su libro El jardín y las artes (2018), en el apartado dedicado al cine, Michael Jakob percibe en el Xanadú de Ciudadano Kane dos influencias, la de “El dominio de Arnheim” de Poe (como Roger), pero también la de la abadía de Fonthill, la gran casa de campo neogótica levantada por William Thomas Beckford en Wiltshire a finales del xviii; y añade algo que Roger no hace: más que ecléctico, el jardín de Xanadú es una colección, “un jardín de jardines, un catálogo compuesto” (Jakob, 2018: 54). El conjunto de la finca, añade, “exhibe, en una mezcla de estética alegórica barroca y de estética romántica, los restos de un antiguo parque zoológico, de un campo de golf, de una laguna, de diversas casas de campo y de un puente imponente” (p. 53). Jakob podría haber añadido otros detalles que descubre un noticiario en la película: el zoológico era más grande que el del arca de Noé, los canales imitaban a Venecia, alojaba restos de otros palacios y se comparaba a una pirámide en honor de un faraón.
Cuando paseaba con historiadores estadounidenses y hablaba de que Edgar Allan Poe había coleccionado algunas imágenes de mansiones en Estados Unidos y había consultado documentación sobre las fincas de algunos millonarios, magnates y empresarios que me parecían más que nada (y a falta de otras categorías) kitsch u horteras, nada más, pensé que sería interesante encargar a algún estudiante una historia de la arquitectura de la ostentación y una geografía del delirio de grandeza; pero debería incluir algo más: una historia de los jardines de mafiosos y narcotraficantes, de esos que tienen leones o tigres, templos antiguos auténticos y estatuas milenarias de verdad. Creo que acababa de ver El precio del poder de Brian de Palma, y supongo que la mansión de Tony Montana representaba el espíritu de los tiempos. Ahora pienso en lo que ganaría ese estudio si se incluyeran las mansiones-prisión de Michael Jackson o de Steve Jobs.107 Se ha hablado mucho de los jardines dentro de las prisiones, pero ¿no podría escribirse una historia entera del jardín-prisión de tantos magnates paranoicos encerrados en su propia mente y en su propio cosmos? Se ha hablado mucho de Disneylandia, pero ¿cómo era exactamente la mansión de Disney en Los Ángeles? Sabemos que tenía green, bodega y réplicas de máquinas de tren que conducía él mismo. ¿Construyó los parques de atracciones a semejanza de este espacio?
Después de leer al sabio de Jakob también me percaté de una relación entre la ventana y el jardín que tiene que ver directamente con la representación del poder. La ventana con vistas a un jardín puede representar muchas cosas dependiendo de quién mira por ella. Puede ser el punto de observación de un voyeur aburrido o la perspectiva de un pintor inspirado, pero también es un medio de control: “En la historia de los jardines, la ventana es un lugar preeminente. Es desde unas ventanas […] como los jardines se muestran en su totalidad, ya sean los del Vaticano (patio del Belvedere), ya los de Vaux-le-Vicomte. La disposición misma de los jardines es trazada desde estos lugares de observación y poder” (ibíd.). Seguro, pero entonces todo ha debido cambiar con las cámaras de vigilancia en jardines: las existentes en edificios construidos pueden permanecer cerradas. En edificios por construir puede prescindirse de ellas en términos de seguridad, crear auténticos búnkeres, aunque pueden mantenerse ventanas de cara al interior con fines estéticos.
Durante aquellos paseos en los que hablábamos de paisajes, el cine no salió a relucir y la discusión volvió a girar en torno a un tema más polémico de lo que pueda parecer: la relación entre la pintura y la identidad estadounidenses. No es que los paseantes no tuvieran en su memoria películas, al contrario. Sin embargo, les gustaba cómo se percibía el paisaje cuando solo se podían contemplar cuadros en colecciones privadas y galerías. Por entonces llevaba tiempo leyendo al crítico Robert Hughes –desde los debates que levantó su polémico libro La cultura de la queja– y me acordé de algo que decía en su gran historia de Estados Unidos a través del arte, que el gusto por el paisaje como objeto de satisfacción estética no era común entre los pioneros. Difícilmente lo era entre los granjeros y agricultores que trabajaban la tierra. “El paisaje no era paisaje […] era territorio, propiedad, materia cruda. Sus cualidades eran prácticas: la fertilidad del suelo, los nutrientes que podía contener, la disponibilidad de agua, la clase de árboles que sostiene” (Hughes, 1997: 142). Cuando un pionero veía un paisaje, decía Hughes, lo primero que se preguntaba era “¿Cómo puedo explotarlo?”. La idea de que “un terreno salvaje podía ser, por y en sí mismo, una fuente ‘espiritual’ solo se les pasó por la cabeza a muy pocos americanos blancos. De hecho, su principal tradición espiritual, la puritana, la había atacado vehementemente, calificando a la tierra sin cultivar como naturaleza salvaje (wilderness), como un escenario de pruebas bíblicas y una morada de demonios” (ibíd.). Sin embargo, Hughes también recordaba que conforme se explotó y contaminó la naturaleza del este del país, empezó a describirse el oeste como una naturaleza virgen a través de la cual también se revelaban las intenciones de Dios. Como materia bruta podía ser espectacular, exuberante, pero carecer de significado. Sin embargo, tenía sentido concebida como un campo de perfección de la obra de Dios y del hombre mismo, o más exactamente del nuevo hombre estadounidense. En países europeos, la identidad nacional se había basado en algún paisaje típico, pintoresco, el que mejor plasmara el carácter espiritual del país. En cambio, en Estados Unidos, la identidad se basó en América como modelo de una naturaleza en la que los designios de Dios se conservaban de una forma más pura. Los estadounidenses no tenían castillos derruidos, iglesias en ruinas, ni restos de templos griegos o de acueductos romanos. No tenían restos de historia con los que mezclar la hiedra. La historia no les hablaba a través de viejos monumentos, pero Dios sí a través de grandiosos cañones y montañas esplendorosas, lagos inmensos y ríos caudalosos, “a través de la recóndita arquitectura (deep architecture) de la antigua Tierra” (p. 138). Dado que la Naturaleza era sagrada, dado que era la obra del artista y artífice supremo, los pintores podían considerarse el equivalente de servidores de Dios. Los puritanos habían desconfiado del arte, pero ahora podían aceptar que las visiones del arte servían a una empresa espiritual y moral. Los paisajistas captaban, por así decir, algo que no todo el mundo veía. La voluntad de Dios estaba inscrita no solo en la Biblia, sino en el libro de la Naturaleza que ellos eran capaces de leer (p. 139). El paisajismo estadounidense a mí no me gusta, le acabé diciendo a mi acompañante. Los artistas americanos importaron ideas de europeos, de filósofos de lo sublime (Burke) y de teóricos de lo pintoresco (Gilpin, R. P. Knight, Price), pero como dice Hughes no podían evocar la continuidad entre naturaleza y cultura como lo hacían los europeos, y su sentido de la grandeza natural, de la inmensidad, era diferente. Washington Irving no solo se lamentaba de que en Estados Unidos no hubiera ruinas. Sugirió que la luz que iluminaba las praderas del Oeste era digna del pincel de Salvator Rosa y que el follaje tenía un brillo digno de un Claudio Loren. Pero fue un pintor de origen inglés, Thomas Cole, el que convirtió la falta de recuerdos y la exuberancia natural en una oportunidad histórica y en una marca nacional. Inauguró una escuela de paisajismo silvestre que siguió con Frederic Church, pero, irónicamente, él nunca pintó tierras inexploradas ni valles vírgenes. La gente cree que sus cuadros captan algo virgen, pero son vistas de dos de las primeras zonas turísticas de Estados Unidos, el valle del río Hudson y las montañas Catskill. El gusto por lo pintoresco es inseparable de una industria que empezó ahí, cerca de unas cascadas de Kaaterskill, en un hotel, el Mountain House, desde el cual “los visitantes sentían que flotaban por encima del mundo contemplando los bancos de niebla que cubrían más abajo el valle” (Hughes, 1997: 142).
Después de recordar esto, los compañeros de paseo no parecían cómodos. Yo no quería decir que los paisajistas estadounidenses fueran malos, y se me entendió mal cuando saqué a relucir a Turner (con el que trató Cole). Solo dije que no me fascinaban Cole, Church, Kensett, Bingham, Moran, Bierstadt, Eakins y Homer, y que Weir, Chase o Hassam me gustaban quizá porque estaban más influidos por el impresionismo. Para no parecer desagradable dije que me gustaba mucho John Marin, pero aún lo empeoré más: pintó acuarelas a principios de siglo, era un modernista, medio cubista, y parecería menos originario. No había salida: la conversación volvió a centrarse en el mito americano de la naturaleza virgen e insistí en que ese paisaje “primordial” al que se rindió culto desde mediados del xix captaba un terreno con menos trazas humanas que un campo europeo, sí, pero era igualmente otra invención del gusto. Aunque a veces se hayan visto a sí mismos como una excepción, los estadounidenses no tienen una relación más natural con la naturaleza, añadí. Decir esto volvió a resultar más incómodo que decir que los emprendedores estadounidenses no tenían escrúpulos y habían expoliado el terreno. Un historiador recordaba haber conocido a un promotor filantrópico que se entristecía al contemplar grandes corrientes fluviales y ver tanta agua malgastándose de camino al mar. Solo era capaz de concebir el agua como un recurso (¿para embalsarla y hacer obras hidráulicas? ¿Para trasvasarla y venderla a zonas más secas?). Esa mentalidad nacional, depredadora y ambiciosa –confesó con propósito de enmienda–, ha llevado la naturaleza al desastre. Es inmoral no esforzarse por devolverla a su estado originario. Creemos en ese estado. Y luego añadió: ¿Qué mensaje ecológico podemos sacar, en cambio, de tu negación de ese estado, de tu insistencia en la ineludible presencia de trazas de acción humana, en tu creencia de que todo siempre está moldeado por la imaginación y la acción humanas? Pues al menos una, respondí: si todo está moldeado por la humanidad, entonces la humanidad podría moldear todo para bien y no solo para mal. Depende de ella, ¿no? Llegados a este punto de la conversación me hubiera gustado relajar el ambiente con algún comentario divertido, pero en aquel momento no se me ocurrió. Al cabo de un tiempo encontré uno de Rebecca Solnit sobre las peculiaridades del paisaje estadounidense que, de haber conocido entonces, habría reproducido tal cual: “La diferencia entre Gran Bretaña y Estados Unidos es la diferencia entre Alice, la niña de un catedrático que se cae por un agujero de conejo (muy grande y peculiar, desde luego), y Dorothy, una huérfana criada por granjeros de Kansas, arrastrada por un tornado. Alice deambula por un país de maravillas delirante pero decoroso, con sus muebles de juguete, sus pequeños animales temerosos, jardines de rosas, reuniones de té, tableros de ajedrez, vías de ferrocarril y personajes de rimas infantiles”. El paisaje de El mago de Oz, en cambio, está hecho de “manzanos enojados, interminables campos de amapolas (en la película, girasoles), espantapájaros vivos, leones parlanchines, brujas, enanos, una ciudad Esmeralda, tornados”. Sin duda, el alcance de su peculiaridad, extrañeza y volatilidad es mucho más vasto. “El exceso americano es evidente […]. Los jardines ingleses a veces son un país de maravillas [wonderland], pero los americanos se tornan fácilmente en un Oz” (Solnit, 2003).108 Decir esto no me parece una broma, y creo que Solnit lo decía muy en serio. En vez de ver Estados Unidos como un mundo más puro, podría verse como un mundo más desproporcionado (para bien y para mal); en vez de entender su relación con la naturaleza como una revelación única, debería entenderse como una experimentación acelerada. Como recuerda Solnit, la vasta extensión de espacios y la variedad de entornos y climas (desiertos, montañas, praderas, bosques, humedales), unida a la diversidad poblacional y las mezclas culturales, solo podía dar como resultado un mundo de mezclas y de paisajes poco ortodoxos en comparación con los del viejo mundo (ibíd.).
Durante la conversación con los expertos en arte y literatura, evité como pude un tema: el del paisaje autóctono, el anterior a la llegada de los europeos y su expansión. Cuando pasé temporadas por el norte del estado de Nueva York, leí algo sobre la nación akwesasne y descubrí que John Mohawk había estado en el Instituto para la Ecología Social de Bookchin promoviendo las tradiciones agrícolas indias y que los estudiantes ecologistas del instituto participaron en protestas, así que leí algunos de sus trabajos mientras hacía excursiones por cascadas y bosques cerca de los Finger Lakes. Luego intenté saber más sobre todas las tribus, de costa a costa, y acabé perdido entre lotes de libros en la biblioteca de Cornell. No solo de historiadores y de viajeros, también entre libros de arte en los que contemplaba retratos de indios que me dejaban frío, los de Matteson, Bodmer o C. B. King.109 No sé en qué momento alguien me recomendó un trabajo de John Brinckerhoff Jackson sobre sendas y rutas indias. Por lo visto, el paisaje indio entre el Atlántico y el Misisipi no era como lo habían pintado los cronistas decimonónicos, como un bosque impenetrable poblado por indios dispersos. No, había
enormes zonas agrícolas […] aldeas con casas, jardines y campos de labor en medio de un bosque que se parecía a un parque, con una red de caminos y sendas muy transitadas. Se trataba de un paisaje, de algún modo, similar al del Noroeste de Europa a principios del siglo xvii, antes de que las carreteras y los vehículos rodados se hubieran convertido en algo de uso común (Jackson, 1984).110
Jackson contaba muchas cosas sobre las sendas de los indios apoyándose en los estudios que a principios del siglo xx hizo A. B. Hulbert, pero iba más allá y explicaba cómo poco a poco, conforme se fueron creando nuevos caminos, algunas de las antiguas sendas se convirtieron en vías pintorescas, escenarios nostálgicos. Al extenderse el uso de caballos, carros y coches de caballos, el transito pedestre se convirtió en algo inferior, de poca clase, aunque podía ser también algo auténtico, un auténtico peregrinaje si quien emprendía el viaje a pie era un poeta, por ejemplo, o un caminante en busca de realización personal o incluso de salvación.111
En esta breve historia de vías y sendas pedestres, el autor también señalaba que la carretera moderna no solo conduce a un lugar o conecta un lugar a otro, sino que es ella misma un lugar. Ningún otro elemento del paisaje moderno, decía, es tan complejo como la carretera. Por un lado, permite que se extienda la actividad, pero también concentra en sí misma actividad como escenario de trabajo, de ocio y de relaciones sociales. Después de todo –señalaba Jackson– para muchos la carretera se ha convertido en “el último recurso de privacidad, de soledad y de contacto con la naturaleza” (2011: 11; cursiva añadida). El miedo que dan algunas carreteras es justamente ese: no que estén despobladas, sino que no sepamos qué y quién las puebla. El coche no evita ese miedo, al contrario. Quien suele viajar caminando calcula mejor las distancias. Quien va en coche puede fiarse y acabar tirado en la cuneta, que es otra forma, a veces indeseable, de conocer gente que nunca habrías imaginado, y otras veces una forma bonita de descubrir lugares que no habrías conocido siguiendo los mapas. En algunos casos, la parada también puede propiciar una revelación naturalista: la naturaleza sigue allí, el cielo estrellado, infinito, la luna, las fantasmagóricas plantas iluminadas por los faros de la camioneta, los molestos insectos revoloteando alrededor, los ruidos de animalitos que no vemos, el sonido del viento entre arbustos secos.
la naturaleza no existe
Pero volvamos a las sendas y a los paseos, y olvidemos las carreteras (sobre todo las perdidas y las que tienen desvíos al infierno sin señalizar). Después de todo lo que he contado, supongo que un punto queda un poco más claro. Pasear con estadounidenses no es fácil. Antes o después saldrá a relucir no el tema del imperialismo, o del capitalismo, o de la economía, sino el dichoso tema de la naturaleza, que siempre está ahí, que vuelve cuando menos te lo esperas y que te puede hacer acabar mal con gente que, aparentemente, era de tu misma cuerda política. Hasta cierto punto, es un asunto que se parece demasiado al religioso. Puedes criticar la posición política de alguien, pero criticar su naturalismo es otra cosa: lo mismo has mentado algo que puede estar dando sentido a toda su vida, mucho más que la política. Si uno se pasa el día diciendo que la naturaleza es una invención humana (más aún el paisaje), puede que te den la razón al principio del día, pero al final lo mismo piensan en denunciarte por difamación. Hasta hablar sobre conservación puede traer problemas. En cierta ocasión se me ocurrió decir que proteger un paisaje era obligación de un ministerio de cultura, no de uno de medioambiente, para escándalo de mis contertulios. Otro día se me hizo una pregunta curiosa: ¿se deberían conservar todos los paisajes o solo los menos destructivos con la naturaleza? La pregunta me desconcertaba porque era parecida a otra que surgía entre conservadores culturales y de patrimonio: ¿se deben preservar o destruir monumentos erigidos para celebrar barbaries? Mi posición no estaba clara porque creo que para contestar esas preguntas hay que saber de muchas cosas y no solo amar la naturaleza. Pretender restaurar el pasado de la naturaleza debe ser muy difícil porque lo que en realidad restauramos son ideas de ese pasado. De hecho, esperar a saber cómo era exactamente el pasado puede ser un obstáculo para lo más importante: mejorar la situación en la que nos encontramos, evitar nuevos males independientemente del daño anterior que podamos reparar. No sé en qué consistiría devolver un bosque o una playa a su estado natural, al aspecto que tenían antes de que los humanos pasearan por ellos, pero sería prácticamente imposible porque requeriría cambiar muchísimas más cosas que el aspecto y las condiciones de esos espacios.
Caminar entre restauracionistas no es fácil si uno no cree en la idea de un paisaje “autóctono” u “originario”. Mis acompañantes se dieron cuenta de ello rápidamente. Como luego leí en un libro de Alain Roger (2007), el paisaje es un mecanismo de desnaturalización del territorio. La naturaleza puede inspirar un paisaje, pero la mayoría de las veces es ella la que acaba imitando el paisaje y la que es juzgada según algún modelo. Como también dice Roger citando a Oscar Wilde, en Londres hay niebla desde hace siglos, pero no existió hasta que el arte la inventó. Y la luz de Francia fue cambiando según la pintaron sus mejores pintores. La naturaleza reproduce de maravilla las fantasías del arte. Mis amigos podían aceptar, quizá, que ciertos tipos de jardín se basaron en eso: llevar al terreno una representación pictórica, hacer realidad un cuadro. Pero el paisaje es otra cosa, me decían. Una cosa es que proyectemos sobre pequeños terrenos algunas imágenes y otra forzar al terreno a que adopte la forma de una gran fantasía. Es cierto, pero arrojé una duda que no sentó nada bien: ¿somos siempre conscientes de cuánto se ha forzado el terreno en el pasado? Además, no hace falta hablar solo del arte. Se da forma al terreno de muchas formas, no solo estéticamente. El paisaje no es solo una categoría estética, es un producto cultural. Y la cultura incluye el arte visual, pero también muchas más cosas, muchas prácticas (no solo artísticas) que determinan nuestra experiencia del espacio como un lugar, o sea, como un espacio reconocible.112 Inevitablemente, después de esgrimir estos argumentos, la conversación volvió a donde me temía: la propia distinción entre terreno y paisaje presupone –me dijeron– que hay algo que no es cultural, que existe una descripción puramente objetiva, neutral (¿física?) del espacio. Pero esto nos llevaba al mismo tipo de discusión: ¿Describe la geografía espacios puramente naturales? ¿Puede la ecología identificar ambientes de una forma puramente biológica? Afortunadamente, antes de que la discusión se enredara, uno de los compañeros de paseo afirmó airadamente que él distinguía perfectamente entre la naturaleza no humanizada y la naturaleza humanizada (aunque no me dijo exactamente cómo lo hacía). Su frase sonaba a reproche, como si yo no quisiera distinguir esos dos ámbitos de realidad solo por mala fe, por fastidiar. Y entonces me preguntó sin rodeos: ¿Tenemos o no tenemos obligaciones morales directas con la naturaleza? No supe qué contestar, porque lo que me estaba preguntando era algo así como: ¿Tenemos una obligación con la naturaleza distinta a la obligación con la naturaleza que los hombres nos podemos imponer por nuestro propio interés? O dicho de otro modo: ¿Es lo mismo respetar la naturaleza por sí misma que respetarla porque nos trae a cuenta a nosotros? La pregunta devolvía la conversación a ese punto donde uno preferiría no decir cosas que pueden malinterpretarse. Por ejemplo, que no es bueno respetar nada en este mundo excepto a otros seres humanos y que eso que algunos consideran sagrado, La Naturaleza, no es más que otra invención humana (como antes lo fue Dios), un objeto de adoración y respeto cuyas supuestas leyes están por encima de cualesquiera leyes que los humanos se puedan imponer a sí mismos. Aunque se suponía que mis acompañantes no eran creyentes (sé que defendían la separación de Iglesia y Estado, e incluso de religión y política) actuaban con un celo y reverencia que a mí me parecía un síntoma de secularización insuficiente. Cuando salían de un bosque espeso y descubrían un collado elevado desde donde se contemplaba un valle no te comentaban simplemente lo magnífica que era la vista o el día tan bonito que estábamos pasando, sino que te miraban como exigiéndote un gesto de agradecimiento, una mirada al cielo seguida de una bajada de cabeza, algo que probara tu reconocimiento de que el cosmos era sagrado.
Al cabo del tiempo, me alegró que Roger (2007) afirmara sin tapujos algo que por entonces ya tenía claro, pero que no me atrevía a decir en alto: la ecología es un lodazal de biologismo y de teología, y no deberíamos fiarnos de los devotos de la Naturaleza. Shopenhauer decía que la filosofía no está hecha para llevar el agua al molino de los curas. La ecología –decía también Roger– tampoco debería servir para llevar el agua al molino del culto a la naturaleza. Son sus predicadores –se podría añadir– quienes tendrían que probar que su culto a la naturaleza no puede ponerse al servicio de ningún fin humano, que está siempre basado en un puro desinterés. El argumento suele ser el contrario: parece que somos los no creyentes en la naturaleza los que tenemos que probar que nuestra mentalidad ecológica humanista no evita desastres, sino que incluso los provoca. Pero debería darse la vuelta al debate: ¿Quién ha dicho que el respeto a la naturaleza en sí misma evite más desastres? Además, hay que evitar ciertas simplificaciones: quienes no consideran a la naturaleza una entidad no son necesariamente unos instrumentalistas, no conciben la Tierra como un almacén o una despensa, un depósito de recursos al servicio de la humanidad. Pueden concebir la vida humana en este planeta de otras formas, curiosamente formas que también empujarían a dejar de tratar a otros seres humanos como instrumentos.
Uno de los problemas que surgían paseando con naturalistas es que antes o después me acababan preguntando qué me entusiasmaba o me emocionaba más de la naturaleza, si me interesaba cierto tipo de flora, algún tipo de formación geología en particular o algunas especies concretas de insectos (cuando decía que tenía mucho interés en que no me picara ningún mosquito, se reían porque sabían que los protectores que yo usaba no me protegían de aquellas nubes de horrorosos mosquitos que revoloteaban en los bordes del lago y llenaban sus abdómenes con nuestra sangre). No sabía qué decir que resultara científicamente respetable. Es como si para dejar de hablar espiritualmente de la naturaleza solo pudiéramos hacerlo científicamente, como si el consenso sobre hechos comprobados pospusiera el debate sobre creencias metafísicas. Entonces yo trataba de explicarles que se puede caminar sin más, sin un programa de investigación biológico, sin tareas de zoología, sin prismáticos, sin botes donde meter muestras, etcétera. Y parecían entenderlo, hasta que me preguntaban a qué velocidad solía caminar y qué clase de marcha hacía, si una de mantenimiento o de perfeccionamiento. O sea, si lo entiendo bien, su mundo se apoyaba en tres ejes básicos: el espiritual, el científico y el deportivo. Entonces trataba de contarles que la gente no solo caminaba para fortalecer su físico, o para bajar peso, o para batir marcas, o para superarse a sí misma… También les recordé que en Estados Unidos había habido una larga tradición de vagabundos, de caminantes sin rumbo, de viajeros sin destino claro ni proyecto de vida definido. Pero todo aquel romanticismo les sonó a disculpa. Para esta gente –pensé para mí mismo– la naturaleza nunca ha sido ni será un espacio donde desaparecer o donde descubrir el vacío. Es un lugar en el que reponer energía infinita y no el escenario existencial en el que uno logra admitir lo finito que es.
acumular naturaleza
Durante aquellos paseos con progresistas ecologistas no saqué a relucir un tema que habría provocado encendidas discusiones, sobre todo entre los que aún creían en algún tipo de reformismo político. A mediados de los ochenta había descubierto los escritos de Levins, de Lewontin y de Gould y sus críticas a la idea de adaptación y al determinismo genético. Mantenía muchas discusiones con amigos que sabían mucho más que yo de ciencia, y lo que más me gustaba de esos científicos era cómo ayudaban a entender los usos y abusos de la idea de naturaleza por parte de los políticos. Algunos seguían manejando la idea de una totalidad que tiende a la estabilización, a la armonía, una unidad dominada por leyes básicas y simples. Solucionar la crisis, por tanto, consistía en gestionar los recursos naturales de tal forma que se pudiera seguir llevando una vida parecida, o la misma, pero reestableciendo el equilibrio natural que se había interrumpido por culpa de los excesos humanos. El discurso político sobre la sostenibilidad también se basaba en la idea unitaria de una humanidad atrapada en un callejón sin salida y en la necesidad de una acción cooperativa mundial. Una idea que en principio sonaba bien, pero que servía para olvidar las circunstancias históricas que rodeaban muchos conflictos sociales concretos, o sea, para desdibujar muchas diferencias y heterogeneidades. La idea de humanidad tenía que ser tan genérica como la de naturaleza; toda ella estaba metida en el problema por igual, independientemente de las diferencias entre clases sociales y las enormes desigualdades dentro de los países y entre estos. Solo existía “la población mundial” y sus entornos se describían en abstracto, privados de atributos geográficos e históricos concretos: “Conceptos vagos como comunidades sostenibles, bosques sostenibles, la ciudad sostenible, la ciudad verde, o la ecología reemplazan a los nombres propios de la política” (Swyngedouw, 2011: 55).113 O existían también los contrarios, los negativos: las sociedades eran contaminantes (en vez de limpias), las ciudades destructivas con el entorno (en vez de respetuosas), los barrios deprimentes (en vez de estimulantes), pero todo ello independientemente de la historia económica y política. Los intereses de la naturaleza y de la humanidad eran prioritarios, lo cual era de agradecer; el problema es que el propio alarmismo parecía servir para ocultar las causas de la catástrofe. La búsqueda de un consenso global sobre el problema climático –ya lo hemos dicho varias veces– aplaza el cuestionamiento de un orden económico asumido como natural. O sea, es posible imaginar el fin del mundo, pero no el del capitalismo, aunque la catástrofe ambiental que se representa solo es un simulacro de catástrofe “porque sus consecuencias son demasiado traumáticas para que el sistema pueda asimilarlas” (Fisher, 2016: 51).114 Al mismo tiempo, como recuerda Erik Swyngedouw, la “política ambiental” es reducida a la mera regulación (policy) a través de procedimientos supuestamente participativos y acuerdos consensuados donde el desacuerdo se reduce al debate sobre cálculos de riesgos y eficacia de distintas medidas. O sea, otro simulacro, esta vez de “lo propiamente político”; la esfera gerencial, el poder técnico administrativo, como sustituto de la esfera pública (Swyngedouw, 2011: 55). El capitalismo –parece ser– tiene efectos de calado global y la catástrofe puede ser total, pero solo son “efectos secundarios”: solo hay que corregirlos, rectificarlos. No son efectos intrínsecos a un modo de producción desenfrenado y alocado (ibíd.).
Cuando se dice delante de ciertos interlocutores que el discurso de la sostenibilidad se basa en una imagen engañosa de la naturaleza como un todo armonioso cuyo equilibrio se puede reestablecer gracias a una gerencia ambiental mejorada, uno puede crearse bastantes enemigos o perder algunos amigos. Se interpreta como una falta de respeto hacia toda la gente que hace esfuerzos enormes por salvar el planeta, no solo miembros de las clases políticas y administrativas, sino buena parte de la sociedad civil y numerosas organizaciones no gubernamentales en muchos países. Pero no debería interpretarse así. Al contrario, lo que estas críticas quieren poner de manifiesto es que muchas de esas luchas –las más interesantes, pero no siempre las más y mejor publicitadas– tienen consecuencias políticas.115 Y lo importante es conseguir que esas implicaciones no se olviden. De hecho, gracias a ciertas políticas ambientales se logra justamente lo contrario: se consigue repolitizar a la población. La ecología logra conectar unos problemas con otros mejor que ningún otro discurso lo ha logrado antes. Pero para hacerlo no necesita invocar la idea de una Naturaleza a la que salvar. Puede hacerlo centrándose en los problemas concretos que surgen en entornos muy distintos, resultado histórico de procesos sociales y culturales (Swyngedouw, 2011: 80). Saber más historia es tan importante como tener datos científicos sobre los efectos en la atmósfera de las emisiones de gases o sobre la destrucción del coral en los mares. Siempre estamos frustrados porque seguimos deseando equilibrio, un deseo que necesita encarecidamente fundamentarse en la idea de una naturaleza que lo perdió pero que podría recuperarlo, un estado armonioso y sostenible que hemos quebrado. Pero si elimináramos la idea misma de naturaleza, entonces habría que conformarse con una idea más sencilla: el mundo está metido en un desastre descomunal y quizá solo puede frenarse emprendiendo acciones políticas drásticas, por no llamarlas de otra forma (ibíd.).
Esta actitud hacia la naturaleza no es muy distinta a la que algunos ya tuvimos hacia Dios. Por eso tampoco nos escandaliza que algunos intelectuales digan que la ecología es el nuevo opio de las masas y que reemplaza a la religión como fantasía en la que se proyectan terrores y esperanzas, la pesadilla de la destrucción del mundo a la vez que la fantasía de una redención. En el ámbito de lo cotidiano, el culto ecológico se parece a una religión porque hay pecados, pero también confesión. Como dijo Brendan O’Neill, “el juicio del carbono que recae sobre nuestras acciones diarias ha reemplazado al juicio de Dios”, excepto que Dios, al menos, distinguía entre “buenas” y “malas” acciones, mientras que bajo la tiranía del pecado original del carbono “todo es potencialmente dañino”.116 Comer carne es un pecado verde, como conducir un utilitario deportivo o tomar un vuelo de avión de larga distancia, pero siempre es posible comprar algo parecido a una absolución. Los cardenales del Vaticano aceptaron, de hecho, una curiosa donación de KlimaFa, una empresa emergente húngara que ofreció replantar los árboles necesarios para regenerar un bosque en una zona pelada del río Tisza como compensación por las emisiones de carbono del Vaticano. Badiou no parece que conozca estas nuevas formas de absolución, pero proclama a los cuatro vientos que después de los derechos del hombre, la invención de los “derechos de la naturaleza” es la versión contemporánea del opio de las masas. Es una religión ligeramente camuflada –dice – con su terror milenarista, su preocupación alarmante por todo (menos por el destino propiamente político de los pueblos), con su miedo a la muerte, a la catástrofe, y con métodos para el control de la vida humana, la salud, la higiene… La ecología, viene a decir, es una gigantesca operación de despolitización (Swyngedouw, 2011: 55).117
vertederos y flores: olvidar a žižek
Otros grandes visionarios de izquierdas vienen a decir cosas parecidas: nuestro deseo –ha afirmado Žižek aquí y allá– está desequilibrado por naturaleza, es insaciable, siempre actúa fuera de sí y trata encarecidamente de encontrar un punto de referencia, un fundamento con respecto al cual se podría medir nuestro grado de desviación. Pero esto no es sencillo, claro, porque no es nada fácil colmar al deseo. La idea de naturaleza plena –añade– justamente sería una fantasía con la que trataríamos de colmar nuestro vacío, nuestro fondo sin fondo (Swyngedouw, 2011: 18).
Los lacanianos atacan las fantasías e ideologías verdes desde los noventa. La gente que leía a Stavrakakis desde 1997 aplicaba un esquema parecido a todo lo que se les planteara (pp. 19-21).118 Pero para decir lo que no es la naturaleza no es necesario recurrir a Lacan ni a politólogos inspirados por él. Sin el psicoanálisis no seríamos nadie, pero el psicoanálisis no es imprescindible para entender por qué lo político se reprime o se desvía invocando un reino natural más allá de la historia y de la sociedad. Durante los paseos con progresistas ambientalistas dejé claro que era reacio a las filosofías de la naturaleza, aunque fueran de izquierdas119, pero no sé si les dejé igual de claro que no consideraba imprescindible la jerga de Lacan (cada vez más de moda) para atacar las fantasías asociadas con la idea de la Naturaleza y la religión verde.
En realidad, esto no solo vale para los lacanianos. Cuando tengo discusiones con amigos que solo leen a filósofos, recomiendo rápidamente libros de geografía, de historia y de ecología política que muestran muy bien que la humanidad no es un colectivo homogéneo frente a la crisis ecológica global y por qué la naturaleza no es una apacible totalidad, sino un auténtico campo de batalla.120 Hago eso porque no creo que políticamente necesitemos discursos tan generales. No acabo de entender por qué no nos basta una ecología social sin grandes teorías filosóficas, y de hecho dudo de que cuando las usamos tengan mucha utilidad. Quizá sirvan como consignas grandilocuentes o como avales de progresismo, pero de poco más. Siguen inspirando en la clase intelectual con pretensiones políticas la convicción de que se ha dado con una visión clave, con el vocabulario definitivo para entender todo lo que pasa. Pero no es así: no se necesita tanta filosofía para darse cuenta de que no existe un fundamento sobre el cual debiera basarse toda la política ambiental, o para admitir que la obsesión por la ecología “eclipsa la posibilidad de formular cuestiones políticas que conduzcan a soluciones alternativas realmente posibles” (p. 29).
Pese a todas esas reservas en más de una ocasión he acabado defendiendo a lacanianos como Žižek frente a naturalistas dialécticos edificantes, porque sus ideas al menos ayudan a poner de manifiesto todo lo que ocultan las éticas de “lo ecológicamente correcto”. Para Žižek el respeto a la naturaleza manifiesta de forma escandalosa nuestra incapacidad para embarcarnos directamente en una discusión política sobre el destino del capitalismo, o sea, sobre el destino del mundo. Pero Žižek es un teatrero, ya se sabe, y por eso una de las mejores discusiones que planteó sobre la ecología tuvo como decorado un basurero. La conocida excursión con Astra Taylor también podría haber tenido lugar en la ribera de un río contaminado o en la boca de una tubería que vertiera aguas fecales.121 Žižek descubrió hace mucho cómo resultar fácilmente provocador para cierto tipo de público, pero si realmente quisiera provocar habría planteado ese mismo debate en un florido y luminoso jardín donde la mierda del capitalismo se disimula mucho mejor que en un basurero (Žižek, 2009: 155-84). Como él mismo dice, la belleza no consiste en recrear un mundo más limpio y mejor, sino en saber hacer algo poético con toda su mierda, con sus residuos y sus desechos.
A un verdadero ecologista le horrorizan los jardines perfectos y los entornos limpios. Eso es lo que realmente teme más, su peor pesadilla… El verdadero horror es… un agradable prado verde o cualquier terreno del que se ha hecho desaparecer la basura. Creo que una sociedad ecológica idealmente equilibrada (por usar el término que usan los ambientalistas) sería un espacio totalmente caótico donde la basura no es segregada sino simplemente un elemento de nuestro entorno (pp. 166 y 180).
Entonces, en caso de haber rodado el documental sobre ecología en un jardín tendría que haber sido en uno destartalado. No los de la parte delantera, que a veces pueden estar cuidados, sino…
los de la parte trasera, esos jardines medio abandonados con viejas bañeras, frigoríficos deteriorados y mesas desvencijadas, y más cachivaches destartalados […] redescubrir la dimensión poética de este tipo de escena, creo, debería ser la reacción adecuada de la ecología. Redescubrir la dimensión estética de la vida no deshaciéndose de la basura, no recreando la belleza del universo, sino recreando la dimensión estética de cosas como la basura (ibíd.).
Estas ideas de Žižek son curiosas, por no llamarlas de otra forma. La estética del abandono y del desorden está pasada de moda, pero parece que él no se entera, o no quiere darse por enterado. Porque lo que propone no tiene nada que ver con el reciclaje, que consiste en volver a dar uso a algo que parecía desechable o darle una función nueva a algo que parecía hecho exclusivamente para otra. Cuando evoca imágenes de jardines ruinosos no se refiere a huertos donde las bañeras oxidadas y retretes deteriorados se usan como jardineras, donde se construyen bancales con maderos sacados de camas, armarios o bancos, una lavadora se convierte en macetero y un neumático en florero. En esos casos, todo responde a la necesidad básica de ahorro, lo cual no quita que exista una estética hortícola (además de una economía y una ética). Pero el problema del reciclaje, por supuesto, es que no siempre se puede volver a dar uso a todo objeto deteriorado o agotado, por una razón muy simple: sus restos pueden ser tóxicos.
Žižek nos insta a dejar de idealizar el mundo de una vez, a aceptar su materialidad intrínseca, pero él mismo solo parece capaz de tener una relación extraordinariamente abstracta con esa misma materialidad. Olvida que existen muy diferentes tipos de basura y que con buena parte de ella no es tan fácil hacer poesía. La reserva natural que se protege en la zona contaminada por radicación de Chernóbil no tiene nada de poético; tampoco los pueblos de China donde las ancianas separan metales tóxicos o los vertederos ilegales que improvisa la mafia napolitana.122 Muchos jardines traseros de tipo doméstico pueden albergar materiales de desecho muy peligrosos. El amianto está por todos lados, aunque no lo parezca. Es difícil hacer poesía materialista con semejantes amenazas para la salud. Uno de los motivos que casi hace perder los nervios a Astra Taylor durante la entrevista a Žižek (2009: 163) es justamente ese: la absurda poética de la basura que defiende Žižek, su trasnochado amor romántico por la ruina…
Cada vez hay más y más basura, pero creo que el gran desafío es descubrir la basura como un objeto estético […] no es que defienda ninguna de esas ideas pseudovanguardistas, masoquistas de que ‘la mierda es arte’, o algo por el estilo, sino algo mucho más básico. No hay forma de estar envueltos en este mundo sin estar usando objetos. Para mí el momento en el que un objeto que originalmente era funcional, que era parte de nuestro sistema de necesidades, deja de tener uso y pasa a ser basura está rodeado de misterio […]. De hecho, la experiencia más metafísica que puedo imaginar en mis sueños es visitar el desierto del Mojave en Estados Unidos donde se encuentra un grandísimo cementerio de aviones. Allí están un par de cientos de aviones sin hacer nada; imaginar todos esos objetos que se han vuelto obsoletos, inútiles, resulta inquietante. Por eso creo que el verdadero ecologista no admiraría la Naturaleza pura, los árboles y todo eso […], que están ya ahí antes de que los usemos y que pueden seguir siendo parte de nuestro universo tecnológico de explotación. El verdadero cambio espiritual es desarrollar, si quieres decirlo así, el apego emocional a los objetos sin uso, encontrar significado en ellos. En este punto deberíamos seguir a los románticos. Aunque estoy en contra del Romanticismo, tuvo su grandeza cuando descubrió que las ruinas, los restos, los objetos en desuso eran objetos potencialmente estéticos. Durante el Romanticismo se construyeron casas que parecieran ruinas desde el principio. Creo que encierra algo profundo. Avenirse con la vida significaría […] aceptar los objetos con toda su inutilidad. No supondría evadirse de la tecnología, sino al contrario, usar la tecnología de cierta manera.
Žižek mezcla demasiadas cosas aquí, de forma un tanto confusa, pero algo queda claro: su sueño metafísico no tiene nada de nuevo y está teñido de nostalgia. Es parecido al que se experimentaría después de una revolución, con los restos de las máquinas del capitalismo abandonadas, solo que sin revolución, sin verdadero cambio; solo es la pálida imagen de otro mundo que no ha llegado, su fantasma. Lo que circula por la psique de Žižek lo conocemos: habla de ruinas de románticos, aunque no menciona ninguna pintura o algún poema en concreto. Además, muy probablemente sus sueños no recuerden a los cuadros de Caspar David Friedrich, sino a escenas de películas donde ruinas posindustriales se mezclan con vegetación, y donde todo es extraño y confuso como en la Zona de Stalker.123 Quizá lo que haga sentirse en casa a Žižek sean las zonas herrumbrosas en vertederos repoblados por vegetación, en desguaces llenos de piezas, marañas de metales oxidados, basureros repletos de desechos industriales cubiertos de musgo, entre edificios desmoronados invadidos por la vegetación.124 Geoff Dyer (2013) marca una similitud, a la vez que una diferencia, entre el Romanticismo y Tarkovski a propósito de este tipo de escenario. “Tarkovski es a la vez más y menos que romántico”, dice. No imbuye de vida a las cosas como un poeta romántico, no es que pulse el espíritu que late en ellas, pero consigue hacerlas emerger del sueño del mundo, por decirlo así. Al volverlas visibles, siente con más fuerza el proceso por el que el paisaje manufacturado o alterado es “reclamado por la naturaleza” y revela su propia vida, su sentido íntimo (p. 98).125
Como dijo Barthélemy Amengual, sus paisajes pertenecen a un mundo que está a punto de desaparecer, al borde de la extinción, aunque bien podrían formar parte de uno recién aparecido o a punto de renacer. Uno no sabe qué significado darles a los colores con los que Tarkovski pinta la naturaleza, quizá son los colores de la convalecencia, como dice Amengual en “Tarkovski le rebelle” (en Positif, 247, octubre de 1981). Pero no de una convalecencia dichosa, sino de una vacilante, indecisa, en la que el mundo parece durante un tiempo incomprensible, extraño y vagamente malsano (citado por Chion, 2008: 62).126 El paisaje no inspira exactamente esperanza, pero tampoco desesperación. Lo único que queda claro es que la naturaleza que repuebla el terreno abandonado por el hombre no es una naturaleza que restaure el equilibrio: está tan desequilibrada como el mundo artificial con el que se mezcla. Como dijo Žižek (1999), “la naturaleza y la civilización industrial se mezclan a través de su mutua decadencia. La civilización en decadencia está en proceso de ser reclamada de nuevo, pero no por la Naturaleza armoniosa idealizada, sino por una naturaleza en descomposición”.127
Sea como sea, incluso si pudiera sentirse en casa en este tipo de paisaje –propio de una “teología materialista”, como él mismo sugiere–, la experiencia metafísica con la que sueña no tiene que ver con el misterio de la Zona. El cementerio de aviones en el Mojave no tiene nada de romántico ni de materialismo místico: no hay nada verde a su alrededor, y menos aún agua. Al contrario, los aviones se llevan hasta allí porque la sequedad del ambiente los preserva mejor. O sea, allí no acaba nada –como cree Žižek– allí no acontece el fin de todo, la abolición de la utilidad, sino que se prolonga otra fase más del mercado, un eslabón posterior de la producción.128 Allí no hay poesía del desecho que valga, porque se intenta desechar lo menos posible. Si Žižek hubiera sido coherente debería haber añadido un toque de humor a su análisis de la Zona: Stalker quiere darle aún un significado espiritual a la Zona, porque si no la humanidad perderá para siempre su capacidad para tener fe. Pero lo verdaderamente terrible no es que se pierda la fe.129 El verdadero problema es que la Zona podría ser rentable en manos de algún empresario, por abandonada que parezca. Así que no es un escenario terminal. El capitalismo puede reciclar lo que sea, siempre que le saque su margen de beneficio.
Žižek dice que la Zona puede recordar muchas cosas, pero sobre todo estas: el Gulag, una zona contaminada por algún desastre industrial como Chernóbil, una zona prohibida de otro sistema como el antiguo Berlín Oeste para la gente de la ddr o un espacio secreto y retirado en el que vive la élite. Pero no sé por qué no puede ser un paisaje en el que van a invertir de nuevo industrias o, peor aún, el área de un parque temático para turistas apasionados por las ruinas de la arquitectura industrial, o incluso una reserva natural para ecologistas interesados en recuperación de especies. Nuestra imaginación, la de la izquierda, ya se sabe, es limitada, así que a saber de cuántas formas se podría hacer dinero en la Zona. Si yo filmara Stalker 2, desde luego, metería en el guion a una gran empresa de construcción de casitas rurales, dachas bien acondicionadas, aunque no creo que las compraran los millonarios rusos porque prefieren mansiones más opulentas. Bien pensado, quizá, la Zona podría comprarla entera un solo millonario y remodelarla a su gusto, darle otro aspecto, hasta convertirla en una reserva de caza o en un resort ajardinado con animales exóticos comprados a mercaderes de especies protegidas. Eso es lo espantoso: no que la Zona revele una imposibilidad, sino una nueva posibilidad de expansión de capital.
El jardín herrumbroso no puede ser el símbolo de un nuevo amanecer. Aun así, la estética de la ruina es sumamente representativa de una izquierda que ya no sabe imaginar un mundo alternativo al capitalismo y que como mucho se atreve a representarlo como una especie de parón de la historia. La decrepitud nos recuerda que hubo historia, pero ya no inspira más fe en ella. No es el escenario de ninguna revelación, de ninguna redención. La disciplina dialéctica es así de rigurosa: solo te permite visionar un futuro mejor como si fuera un pasado abortado. Dado que cualquier imagen positiva de la utopía podría ser atrapada, pervertida y manipulada por el mercado, la solución es quitársela de la cabeza o, como mucho, asociarla exclusivamente con imágenes de un vacío. La visión de progreso se sustituye por el sueño del retroceso. La ciudad del futuro no es una innovadora, radiante y planificada ciudad-jardín, sino un extrarradio abandonado y asilvestrado. Es un mundo poco espectacular, más bien obsoleto, pero más puro. Lo contrario, no hay que engañarse, sería una pesadilla aunque urbanísticamente pudiera relucir como una maravilla. Es posible, pero no toda la izquierda se reconforta o se conforma con este cuento.130 De hecho, parte de ella asocia la decadencia y la podredumbre, el desgaste y el óxido no solo con un deseable colapso del capitalismo, sino también con el fracaso de las fuerzas de oposición que pudieron impedir esa misma catástrofe antes de que se precipitara. La izquierda sindicalista que surge de la minería o de la siderurgia no suele hacer mucha poesía inspirándose por pozos cerrados y plantas desmanteladas, o la hace pero no es muy metafísica y tiene que ver más con el desamparo laboral a corto plazo que con un futuro lejano más ecológico. No hay que idealizar las ciudades abandonadas ni las civilizaciones echadas a perder, porque eso sería como idealizar la idea de un nuevo comienzo, de un punto cero.
Pero no toda la izquierda se deja llevar por esa fantasía. Hay otra incapaz de imaginarse el mundo futuro como una escombrera en la que crecen flores silvestres. Al contrario: sus miembros solo parecen capaces de visionar el progreso como un terreno que finalmente no tiene escombros. Estos izquierdistas –se dirá– son más simples y conformistas: dado que se criaron en barrios herrumbrosos, aún sueñan con una ciudad futura limpia de basuras, bien construida, bonita.131 No les conmueve el vacío, porque les llevó muchos años salir de él. Prefieren una imagen más positiva de la utopía, porque no creen que todo lo positivo sea necesariamente ilusorio o engañoso. En cambio, una estética del desecho suele atraer a unos izquierdistas que se criaron en barrios finos y limpios y que fantasean con un posmundo devastado en el que no existirán las comodidades que dicen no necesitar, pero sin las cuales no sabrían vivir llegado el momento.132
Dado que Žižek se deja llevar por tópicos paisajísticos propios de una izquierda un tanto previsible, quizá sea mejor concentrarse en su campaña contra la ecología y olvidarse de su apología de la basura. Según él, la crisis ecológica ha desencadenado tres tipos de reacciones. Su manera de analizarlas es también previsible, pero no deja de ser interesante. La primera es una típica reacción negacionista: sabemos lo que está pasando, sabemos que todo está en peligro, tenemos claro que todo se va a la mierda, pero hacemos como si no pasara nada. Podemos imaginar ese desastre (muchas películas representan una y otra vez ese final), pero no nos lo acabamos de creer. Porque si realmente nos los creyéramos, modificaríamos nuestra conducta. Colaboramos, pero también disimulamos reciclando sin parar, separando basura en distintos contenedores, aunque hacer eso –dice Žižek– realmente no altera nuestra forma de vida, no transforma nuestros hábitos más básicos que es lo que realmente exigiría la gravedad de la crisis ecológica (2009: 161).133
La segunda actitud –dice Žižek– es una especie de reacción obsesiva: nosotros mismos pensamos que si no hacemos algo pasará algo horroroso. Pero actuamos como si lo que realmente nos preocupara es que la catástrofe no llegará. Toda nuestra hiperactividad es en última instancia una pseudoactividad (p. 177).
Eres activo todo el tiempo justamente para impedir que acontezca algo traumático, algo real […]. Comamos sano, compremos productos verdes, reciclemos sin parar, hagamos más y más […] porque haciendo todas esas pequeñas cosas posponemos justamente el momento en el que tendremos que hacer realmente algo […], la ecología es el mayor campo de pseudoactividad de hoy. Por eso, una actitud mucho más cínica, como la mía, es realmente mucho más sana.134
Quizá Žižek tenga razón, pero no está claro si llegó a esta conclusión pensando sobre todo en la sociedad estadounidense o en todas las sociedades del mundo. La cuestión, por lo demás, no se aclararía pidiéndole datos más precisos, porque su imaginación solo se mueve entre extremos: sería difícil convencerle de que hay otras alternativas al hiperactivismo distintas a su propio cinismo.
La tercera reacción que provoca la crisis ecológica –dice Žižek– es una sensación de culpabilidad. Todo lo que está pasando es un castigo de la naturaleza, una sanción contra nuestra implacable y despiadada conducta, un correctivo severo. Nos hemos excedido, nos hemos ido de madre, pero quizá estamos a tiempo de parar, de rectificarnos y de restaurar el equilibrio natural. Cuando sucede una catástrofe es mejor pensar que se trata de un castigo merecido. Antes se pensaba que era Dios quien castigaba, pero ahora castiga la Madre Tierra. O sea, las cosas no pasan porque pasan; no, tienen un significado profundo, encierran un mensaje.135 En “Tierra, pálida madre” lo dice aún más claro:
la ecología tiene todas las ‘probabilidades’ de convertirse en la forma de ideología dominante del nuevo siglo, un nuevo opio de las masas que reemplazará la religión en decadencia: cumple la vieja función fundamental de la religión, la de postular una autoridad incuestionable que impone unos límites. Por eso, aunque los ecologistas exijan todo el tiempo que cambiemos radicalmente nuestro estilo de vida, subyace a su demanda lo opuesto: una profunda desconfianza hacia el cambio [pues] cada cambio radical puede tener la consecuencia no deseada de desencadenar una catástrofe (2012: 83).
La idea de una humanidad que corrompe a la Naturaleza solo sería una nueva versión de una vieja y muy conocida mentira religiosa. La idea de una Naturaleza, armoniosa por naturaleza, que se ha visto desequilibrada por la soberbia y desmesura humana es simplemente una “versión secular del cuento religioso del pecado”. Pero la respuesta adecuada ante esa actitud no es declarar que no hay pecado, o que podemos limpiarlo, o que hay forma de volver a reconciliarnos con la naturaleza. No, la respuesta adecuada “es decir que no hay naturaleza” (2009: 159). O sea, no hay que descubrir o recuperar nuestras raíces en la naturaleza, “sino cortarlas aún más” (pp. 161 y 165). No hay que recuperar la espiritualidad de la naturaleza, su profundidad, su carácter insondable e impenetrable (unfathomable), sino al contrario: “Debería hacerse desaparecer como tal naturaleza, como ese misterioso y oscuro trasfondo” (p. 165). Para poder abordar la crisis ecológica, en definitiva “tenemos que desnaturalizarnos literalmente a nosotros mismos, y deshacernos de la naturaleza” (p. 172).136
Pero ¿cómo sería en la práctica una ecología sin naturaleza?, le pregunta Astra Taylor a Žižek. En teoría, Žižek podría dar una respuesta interesante, pero en la práctica sabemos que solo puede dar una demasiado teórica. Dice que se seguiría luchando contra la polución y contra muchas otras amenazas, pero que imperaría un estado de guerra abierta en la que nunca se puede dar por ganada una posición, en la que hay que estar combatiendo continuamente, en la que nunca te puedes apoyar en nada. Todo sería un proceso abierto, incierto, sin solución final, quizá condenado al fracaso, pero con el que quizá se ganaría tiempo (p. 181). Curiosa respuesta, porque no responde a nada: vuelve a decirnos qué es un ambientalismo desnaturalizado, pero no cómo se traduciría en un movimiento. En realidad, Žižek da a entender que en cierto modo ese estilo de ecología ya existe desde hace tiempo, aunque no constituya un movimiento definido (ni falta que hace). Quizá esté funcionando en muchos lugares de una forma implícita, como una especie de impulso. No está claro. Lo que sí está claro es que Žižek no ha visitado muchos huertos de permacultura, cultivados a mano, sin máquinas que consumen carburante, sin electricidad, pero sumamente productivos. Tampoco se ha atrevido a hacer un documental sobre Monsanto desde la cabina de una gigante máquina segadora, ni se ha metido en un traje de fumigador emitiendo pesticidas. Su apología de la tecnología es tan esquemática como su defensa de una ecología desnaturalizada. Dado que buena parte de la ecología reaccionaria echa pestes de la tecnología, Žižek no puede ser más que igual de extremista, y defenderla a matar. El problema es que acaba hablando de la tecnología de una forma abstracta como sus enemigos y detractores.137 Habla de la ingeniería genética y de otras técnicas y recuerda a los amantes de lo natural no solo que ya no hay tanta diferencia entre la vida natural y la artificial, sino que lo natural ya solo es una posibilidad, no una necesidad. Una vez que puedes producir artificialmente vida, la naturaleza ya no se percibe nunca más de la misma forma, ya solo se capta como otra fórmula de vida, como otro modo de producirla. La naturaleza ya no es nunca más natural.138 La cuestión, pues, que escandaliza a los naturalistas espiritualistas no es que haya organismos naturales y organismos artificiales (o híbridos), sino que la naturaleza misma se concibe ella entera como otra forma de producción. Las manzanas naturales son producidas, por decir así, en la anticuada factoría de la naturaleza.
La idea es demasiado general y quizá solo llegue a escandalizar a los espiritualistas. Una boutade que a Žižek y a sus acólitos les puede sonar políticamente útil, pero que probablemente no sirve para mucho. A los naturalistas no tan naturalistas, también les puede parecer una actitud contra natura, pero da igual. Da igual quién se escandalice, las grandes empresas pueden estar convencidas de que sus frutos son mejoras de los productos naturales, de que la naturaleza es defectuosa (lo cual es totalmente cierto) y de que la humanidad puede mejorarla un montón. Cuando Žižek proclama que debemos modificar la naturaleza sin reservas, sin sentimiento de culpabilidad, sin ningún respeto, que debemos “violarla”, puede que algún ecologista beato se lleve las manos a la cabeza, pero poco más.139
La izquierda radical no es el único bando que compara la ecología con la religión. Algunos defensores del capitalismo liberal también lo hacen, los muy astutos de ellos. Para estos señores tan ilustrados y optimistas, por ejemplo el conocido Guy Sorman, la ecología es peligrosa porque “los verdes son sacerdotes de una nueva religión que coloca la naturaleza por encima de la humanidad”.140 Algo que suena muy bien y que, dicho así, resulta muy parecido a lo que dice parte de la propia izquierda, solo que Sorman y otros liberales como él añaden algo a esa afirmación. Dicen que la ecología es una religión violenta y anticientífica. No hay que confundir la ciencia del clima, que por lo visto es toda racionalidad, con el “climatismo”, una actitud irracional obsesionada con la inminencia de grandes desastres. Como afirma Sorman (2017),
el climatismo es una postura que agrupa a todos los que la comparten en el bando de los ángeles contra el Mal, que es el dióxido de carbono que emiten las centrales de carbón y los automóviles. El climatismo es una de las capillas más frecuentadas en el nuevo culto milenarista de la Naturaleza, cuyos sumos sacerdotes se denominan ‘ecologistas’. Esta mística otorga a los que se identifican con ella una nueva autoridad política y moral, y estos, a medida que los estados demuestran su relativa inutilidad económica, se ven reforzados al afirmar que nos protegen contra el cambio climático. Y eso es absurdo, porque el clima, por definición, es lo que cambia.
Pero, cuidado, no me hagan decir lo que no digo: el climatismo como religión es distinto de la ciencia del clima. Esta ciencia, que es muy reciente, se basa en la observación, en hipótesis prudentes y en modelos teóricos que siempre se pueden revisar a medida que mejoran los conocimientos. De esta ciencia, que no es exacta, sino pragmática, se desprende que el clima tiende a calentarse lentamente, lo que ha sucedido varias veces a lo largo de la larga historia de nuestro planeta; se desprende también que el dióxido de carbono, así como el metano, dos gases relacionados (en parte) con la actividad humana, contribuyen a ese calentamiento. Los esfuerzos para controlar estos gases de efecto invernadero quizá podrían frenar un poco el calentamiento y las perturbaciones derivadas de él. En cualquier caso, no pasaría nada por intentarlo, siempre que no se impidiese el desarrollo económico; ese desarrollo, al dotarnos de futuras técnicas de producción que consumen menos energía, sigue siendo la mejor defensa contra el cambio climático.
Lo gracioso no es que Sorman y su gente se postulen como razonables administradores, como gerentes sociales que no caen presa del alarmismo, como gestores racionales de problemas magnificados por el anticapitalismo de los ecologistas. Al declarar que la situación es seria, pero que podría enmendarse gracias a decisiones razonadas de expertos, logran que la crisis global se perciba como si fuera una avería de un gran electrodoméstico. Pensar que todo es un problema técnico tranquiliza la conciencia y pospone debates más desagradables y tensos, como el debate político sobre la clase de sociedad en la que querríamos vivir. Pero lo más irónico de todo no es solo que estos señores se presenten como el sentido común frente a la izquierda, sino que también marcan distancias con la derecha antiecologista y populista. Las intenciones de Trump –dice también Sorman– son legítimas, pero la manera de hacerlo es especialmente torpe (ibíd.). El presidente estadounidense “no sabe distinguir básicamente entre lo que, en el climatismo, está relacionado con la ideología y lo que está relacionado con la ciencia. Al mezclar las dos, debilita su propia postura que, en sí, sería perfectamente aceptable”.141 Curioso argumento, porque Trump quizá distingue perfectamente las dos cosas, la religión de la ciencia, pero le dan exactamente igual las dos. Se ríe de los ecologistas alarmistas y de los científicos racionales.142 Pero el asunto alarmante no es Trump –porque no puede dar ninguna sorpresa, es previsible, y como dice Sorman les es útil a los propios liberales–, sino el doble juego de los liberales. Su ecologismo –como dijo Neil Smith (2015: 160)– no ha sido capaz de contrarrestar el desastre, más bien se diría que ha acabado siendo absorbido por el rentable negocio ecológico que ha inventado el capitalismo que intentó regular en vano.
Sorman esquiva un asunto que sí se plantean algunos ecologistas y bastantes científicos: los expertos no saben tanto como se cree y a veces comunican sus conclusiones con cautela y parsimonia. Sin embargo, la clase política no puede funcionar con tantas reservas, necesita información que se pueda vender como una verdad incuestionable. Tampoco le resulta cómodo que haya muchas y muy distintas opiniones expertas, y menos aún que algunas se contradigan entre sí.143 Necesitan que algunas opiniones pasen casi por incuestionables, y no solo por más o menos fiables, para que así resulten más rentables política y económicamente (Žižek, 2012: 77). Si la predicción experta que manejan se desmiente, siempre pueden volver a decir que la ciencia no es infalible, que todo es revisable. Dicho de otro modo: los liberales manejan la imagen de la ciencia como mejor les conviene, como fuente última de autoridad, pero también como ejemplo de falibilidad.144
Los propios científicos pueden tener una imagen mucho menos idealizada del consenso y del uso público de la razón. Pueden hacerse preguntas básicas que curiosamente no se les deja formular en público como expertos en ecología. Por ejemplo: ¿qué forma de vida podemos llevar?, ¿qué clase de sociedad queremos diseñar? Esto resulta verdaderamente curioso. ¿Por qué se supone que este tipo de preguntas y otras parecidas exceden sus competencias como expertos? ¿No sería justamente lo contrario, no son exactamente esas preguntas las que se deberían hacer si está en juego algo tan importante como la supervivencia de la vida en el planeta?
Para Sorman, los problemas […] se prestan a simples soluciones técnicas [pero asumir] los problemas ecológicos exige elegir y tomar decisiones –qué producir, qué consumir, de qué tipo de energía depender–, algo que en última instancia tiene que ver con la forma de vida misma de la gente; en cuanto tales no son problemas técnicos, sino que son eminentemente políticos, en el sentido radical porque demandan decisiones sociales fundamentales (Žižek, 2012: 71).
Dicho de esta forma puede sonar poco científico, pero hay científicos que lo ven justamente así.145 El lema de Žižek de que es posible una ecología sin la naturaleza (o más exactamente, que la ecología solo es posible sin ella) es mucho menos interesante que algunas observaciones menos grandilocuentes que hace sobre los nuevos desastres naturales y sobre las relaciones entre mercado y naturaleza. En 2010 una serie de desastres (el vertido de petróleo en el Golfo de México, las inundaciones en Pakistán, los incendios en Moscú, la erupción volcánica en Islandia, las riadas de lodo en China…) le lleva a una conclusión que muchos ecologistas tenían ya clara, a saber: la inextricable fusión de la reproducción natural con la producción humana, la mezcla inextricable de lo natural y lo social, del cataclismo natural y el accidente técnico. Los desastres pueden ser tratados en los medios de comunicación alternativamente como catástrofes ecológicas y como desastres económicos (industrial y turístico) porque son una mezcla de “procesos naturales y sociales”; o sea, aunque el espectáculo de un desastre parezca una perturbación de la naturaleza, “las causas sociales rondan en las cercanías”, siempre son consecuencia de la perturbación humana: “Aun cuando una catástrofe parezca un evento puramente natural, su impacto es condicionado por los procesos sociales –un terremoto no es el mismo en un desierto, en una caótica megalópolis del Tercer Mundo o en una sociedad altamente desarrollada y organizada–” (2012: 68). Esto es algo que muchos habitantes de países con gobiernos y empresas corruptos tienen muy claro desde hace tiempo. Las casas se construyen con materiales más baratos que los reglamentarios y no se respetan las medidas oficiales de seguridad. Un terremoto es más letal en zonas donde ha habido especulación inmobiliaria, así que al desastre social que ya supone la propia especulación hay que sumar los agravantes que añaden los desastres naturales. También una recalificación irregular de terreno o una deforestación descontrolada pueden convertir una riada por lluvias en un lodazal mortal para miles de personas. Žižek va más allá y sugiere que la construcción de la descomunal presa de las Tres Gargantas y la aparición de grandes lagos artificiales que presionaron demasiado en la superficie no fueron unos agravantes, sino las causas del terremoto de China, pero hay otras explicaciones del desastre que relacionan la obra humana y la de la naturaleza de manera diferente.
Esta discusión nos llevaría demasiado lejos, porque el problema es que todo se quiere reducir a una cuestión técnica, cuando no puede ser más que una cuestión política. Žižek recuerda el caso del vertido en el Golfo: mientras los medios de comunicación creaban un espectáculo con las imágenes del desastre, los gerentes de las empresas petrolíferas daban el espectáculo con sus acusaciones cruzadas o pasando la patata caliente a los subcontratistas. Lo que hacía ridículo este show –dice Žižek (2012: 69)– no era solo el juego indigno de culparse el uno al otro, sino la idea de que el problema se resolvería buscando a los culpables (grandes compañías), haciéndoles pagar el costo total del daño que causaron; lo que era realmente ridículo era la idea de que una compañía privada, no importa cuán rica, pudiera pagar los daños de una grave catástrofe que, en sus efectos, va más allá de la población de Estados Unidos y que potencialmente hace añicos los fundamentos mismos de nuestra forma de vida.
La cuestión última no es si la culpable fue bp, Transocean o Halliburton. Había que determinar qué empresa era la responsable y quién se tenía que hacer cargo de las compensaciones, claro, pero lo más grave era cómo cambiar la situación para que las empresas no volvieran a estar en posición de causar daños. Ese era el verdadero problema: la falta de voluntad política para hacer algo más que castigar a los culpables. Una vez encontrado un culpable, las empresas pueden seguir haciendo de las suyas mientras el Estado puede preservar su imagen de protector del bien común (mientras sigue actuando, cínicamente, en connivencia con algunas empresas, claro). Aunque una empresa deba ser castigada lo más severamente posible –dirá Žižek (2012: 71)–, no hace falta ser un experto para saber que el verdadero culpable es el estilo de vida que “nos empuja a una producción de petróleo que se desentiende de consideraciones ambientales”. Pero las “responsabilidades ecológicas y sociales” no son un elemento nuevo del juego político y económico, ni se pueden separar de una mentalidad ecológica liberal que se desarrolló desde los noventa, cuando empresarios como Paul Hawken pusieron en circulación la idea de que en el fondo seríamos más ricos si fuésemos más ecológicos, de que la prosperidad no está reñida con el cuidado del medioambiente, sino al contrario. ¿Por qué a algunos nos sonaba mal esta idea, mientras que a muchos socialdemócratas y liberales les sonaba a música celestial? Ironías de la vida, yo oí hablar de Hawken por primera vez porque leía ciencia ficción y me enteré de que había escrito La magia de los jardines de Findhorn (1975), la historia de la comunidad de caravanas en un terreno yermo en la costa oeste de Escocia que se convirtió en un vergel porque una señora se comunicaba con las plantas, que le explicaban cómo prosperar. Este texto se leyó en los años ochenta, cuando el espíritu de la New Age lo llenaba todo, y fascinó a los ecologistas espiritualistas, pero nos dejó fríos a los que estábamos acostumbrados a relatos de fantasía y ciencia ficción. Lo que sabía es que Hawken estaba metido en negocios de alimentación biológica con Erewhon, y que era el autor del manual más leído en las escuelas de negocios ambientales, La ecología del comercio. Una declaración de sostenibilidad.146 Puso en circulación maravillosos conceptos como el de “capital natural” y el de “servicios ecosistémicos” con los que se llenaban la boca muchos estudiantes de negocios de algunas universidades que visité.147 Lo que más me llamó la atención de todo aquello no eran las ideas técnicas, sino el estilo con que se hacía todo: por lo visto –se oía decir–, la conciencia ecológica trascendía las fronteras y el movimiento a favor de la sostenibilidad era el primer movimiento humano que no estaba movido por ideologías. Al oír esas cosas algunos nos quedábamos callados, porque no era ninguna sorpresa. Habíamos visto antes cosas parecidas y sabíamos que cuando alguien dice moverse por algo apolítico está siendo más político que ningún otro. Entendimos, de repente, cómo el nuevo mercado disimulaba con “corrección ecológica” su nueva fase de expansión.
Resulta que dejar de expoliar indiscriminadamente la Tierra no es un valor en sí mismo, sino un medio para poder seguir progresando, y para lograrlo existe una fórmula aparentemente justa: añadir a los costes de producción de la mercancía los costes de un capital natural que consiste en la acumulación de bienes producidos por la naturaleza durante miles de millones de años: agua, minerales, aire, bosques, océanos… En otros términos: una forma de hacernos conscientes del valor de la naturaleza es definirlo como parte del valor acumulado, como valor económico, de tal forma que podríamos asignarle un precio a un servicio natural como la producción mundial de oxígeno.148 Pero ¿qué es y cómo se determina el precio de capital natural, y cómo se relaciona con la especulación financiera? Buena pregunta.
Lo absurdo de las conversaciones sobre el capitalismo natural es que parecían versar sobre algo novedoso cuando en realidad la idea de convertir la ecología en un terreno de inversión y competencia ya tenía su historia. En los mismos años que los seguidores de Hawken vendían sus eslóganes, los geógrafos llegaban a conclusiones sobre el asunto que le quitaban a uno el sueño. Yo no era ningún experto, pero lo poco que entendí me parecía, y aún me sigue pareciendo, más interesante para entender el futuro de la ecología política que los aspavientos y eslóganes provocadores de Žižek contra la madre naturaleza.149 Cuando vuelvo a leer Uneven Development de Neil Smith (1984) y lo comparo con trabajos suyos posteriores como “La naturaleza como estrategia de acumulación” (Smith, 2015), escrito en 2007, me queda claro lo absurdo que es preguntarse si tenemos razones para mantener la esperanza o si deberíamos dejarnos llevar por la desesperación. Seguramente da igual lo que creamos y sintamos, en comparación con lo que aún nos queda por admitir, a saber: que las grandes luchas de los ecologistas (contra los cultivos transgénicos, la destrucción de grandes bosques, el calentamiento global…) resultan limitadas e insuficientes si no se conectan con una lucha más general contra la lógica general de mercantilización de la naturaleza. Como dice Smith, “es poco probable que generen un cuestionamiento político exitoso per se de la producción estratégica de naturaleza” (Smith, 2015: 260). Por vitales que sean todas ellas…
igual de vital es tener una visión a largo plazo en lo que respecta a las relaciones sociales constitutivas. Dicho sin rodeos, si la producción de la naturaleza es una realidad histórica, ¿qué forma podría adoptar una producción verdaderamente democrática de la naturaleza? La oportunidad está ahí […] mirando hacia delante más que hacia atrás y pensando cómo debería cambiar la naturaleza. Y pensando qué tipo de poder social se necesita para democratizar esa producción de la naturaleza (pp. 229-263).
Para algunos, decir esto no tiene nada que ver con actitudes, ni con posturas generales como el optimismo y el pesimismo. Mirar hacia delante no tiene nada que ver con creer en el progreso (ni en el retroceso). Y mirar hacia atrás no tiene que ver con la nostalgia, o la huida, sino con el conocimiento más profundo de la historia reciente. La idea de Smith puede resultar abstracta, pero es bastante sencilla si se tiene en cuenta el ciclo económico al que me refería antes, cuando en los ochenta se empiezan a desarrollar mercados nuevos “en torno a ‘bienes’ y (especialmente) ‘males’ ecológicos”. Fue en aquellos años cuando hasta los más despistados presentimos cómo funcionaba el “capitalismo verde”, solo que gracias a Smith conseguíamos entender mejor algunos detalles. Las medidas ecológicas no eran una estrategia de atenuación del impacto nocivo de la industria, ni un parche para ganar tiempo y hacerla sostenible –dice Smith. Eran algo mucho más grande y poderoso: mientras que la explotación tradicional de la naturaleza se basaba en el acopio
de valores de uso para ser utilizados como materias primas para la producción capitalista (madera para mesas, petróleo para energía, mineral de hierro para acero, cereales para pan), esta nueva generación de mercancías ecológicas es diferente. Si se convierten o no en materia prima para una ulterior manufacturación es accesorio a su producción (p. 231).
Para entender esto basta con tener en cuenta los ejemplos de “mercados ecológicos” que Smith y otros analistas tenían presentes, sobre todo los de “cuotas”.150 Para empezar, las cuotas de contaminación que circularon en los años setenta, pero sobre todo en los ochenta, cuando crece el negocio bancario del canje de deuda “a cambio de naturaleza”, un asunto en el que también se ven envueltos el fmi, el Banco Mundial, gobiernos con deudas e incluso el sector de las ong. Por ejemplo, si un país (casi siempre del hemisferio sur) se comprometía a preservar áreas de la naturaleza, suelo natural, parte de su deuda soberana podía ser condonada. Sin embargo, la capitalización de la naturaleza fue mucho más lejos cuando países como Estados Unidos empezaron a aprobar leyes en los noventa, por ejemplo la del Aire Limpio de 1990, gracias a las cuales se suponía que se ralentizaría el calentamiento global. El negocio de reducción de carbono, dióxido de sulfuro, óxido nitroso y otros gases contaminantes funcionaba igual: se recompensaba a los propietarios de bosques en países tropicales pobres para que no los talaran, pero luego los mayores contaminantes situados en las principales zonas industriales del mundo compraban cuotas que les permitía seguir contaminando. De hecho, las empresas que reducían sus emisiones más de lo que exigían las legislaciones (locales, nacionales o internacionales como los acuerdos de Kioto), ganaban cuotas que podían vender en el mercado a productores que no habían alcanzado los requisitos de reducción de emisiones (p. 234).
Otras leyes federales en Estados Unidos de 1995 también forman parte –según Smith– de esta nueva lógica de recapitalización de la naturaleza, sobre todo las referidas a la preservación de humedales, según las cuales una empresa podía ayudar a restaurar, mejorar y preservar humedales como compensación por las pérdidas de humedales que acarreaba su propia intervención; o sea –y aquí viene lo bueno–, la compensación no necesitaba realizarse en el mismo lugar donde tenía lugar la intervención. Como explica Smith (basándose en estudios sobre la neoliberalización de servicios ecosistémicos de George Robertson), un promotor inmobiliario que quisiera urbanizar un área de humedal podía cumplir con las regulaciones y restricciones conservacionistas comprando a otras agencias urbanizadoras cuotas de conservación por una cantidad equivalente de humedales, o a empresas ya especializadas que hacían negocio directo restaurando humedales degradados.
Para Smith y otros estudiosos ahí estaba lo alarmante: los mercados de crédito y de valores siempre habían influido en la regulación de la extracción de materia prima del planeta, pero este modo de mercantilización añadía una dimensión nueva. En estos casos la mercancía producida es el propio producto natural restaurado o preservado (un bosque, un humedal) y su valor reside justamente “en el hecho de que no puede ser consumido productivamente”. De esta forma se genera, además, una nueva demanda económica que antes no existía: más zonas naturales restaurables. La plusvalía se obtiene tanto de la acción de destrucción previa de una zona natural (que de repente, adquiere valor de cambio) como de la propia acción de restauración. Eso explica que las cuotas de zonas naturales –dice Smith– apenas mantengan relación con la acción de origen que les confirió valor porque, independientemente de su valor físico o ecológico, su verdadero valor es su valor de cambio en la demanda del nuevo mercado.
Desde los noventa, nos recordaba también Smith, los mercados de cuotas naturales se han expandido más allá de lo imaginable. Suele decirse que la izquierda ya no es capaz de imaginar un futuro no capitalista, pero lo que realmente le cuesta imaginar es un futuro capitalista. En eso le lleva mucha ventaja la propia imaginación empresarial. Las cuotas de biodiversidad, las de pesca, agua, aire y especies en peligro de extinción prueban hasta qué punto el Capital logra expandirse cuando parecía que se iba a contraer. Por ejemplo, International Paper, que durante los años ochenta se expandió comprando papeleras francesas y alemanas, es el segundo mayor fabricante de materiales para envases del mundo y el mayor propietario de superficies para la tala de madera de los Estados Unidos (también fue el mayor fabricante del mundo de cubiertos y vasos de plástico para McDonald’s, Wendy’s y Subway). Según los datos en que se basa Smith, esta empresa también cría pájaros carpinteros de cresta roja en tierras de su propiedad, que en 2007 ya fueron valoradas en torno a cien mil dólares, pero que lo mismo ya ha alcanzado las previsiones que se hicieron: en torno a unos doscientos cincuenta mil dólares.
Por supuesto, los liberales han intentado convencer a todo el mundo de que esta mercantilización de la naturaleza no solo atenúa la destrucción del planeta, sino que es la única forma en la que puede salvarse, lo cual no deja de sonar irónico. Porque a nadie le entra en la cabeza que un modelo así no cree más desigualdad económica o que sirva mejor que otros para disimularla (después de todo, todo se hace en nombre de la Naturaleza…). Si un campesino en algún lugar del mundo –dice Smith– no tala un bosque y vende cuotas de carbono, puede que experimente una mejora puntual pero no un aumento sostenido de su nivel de vida, mientras que las empresas que compran esas cuotas no solo siguen incrementando la contaminación, sino que también siguen favoreciendo la acumulación intensiva de capital (p. 235). Incluso el valor ecológico de las cuotas de biodiversidad es más que discutible: gracias a algunas cuotas un bosque tropical puede dejarse intacto o talarse menos, pero si no sube lo suficiente el nivel de vida de los nativos, su propia pobreza conduce frecuentemente “a un significativa, si no acelerada, degradación ambiental” (p. 236). Si, como sugiere Smith, ni siquiera hay pruebas de que las cuotas por conservación de humedales hayan contribuido significativamente a mitigar la pérdida de humedales, entonces no se comprende por qué los liberales tachan de estúpidos aguafiestas o de pesimistas anacrónicos a los marxistas. O al revés, lo comprendemos muy bien y el problema es saber cómo reaccionar. ¿Con indignación o con desesperación, o con las dos cosas a la vez? Smith proclama (parafraseando el dicho de Engels sobre el problema de la vivienda) que la burguesía no tiene una solución al problema ambiental sino que lo traslada a otro lugar (ibíd.), y podría haber añadido algo: desde los noventa el capitalismo no solo encontró la forma de cambiar de lugar el problema ambiental, sino que logró rodearlo de otra atmósfera. La ecología liberal hizo su trabajo presentando un mecanismo de mercado (la conversión de la naturaleza en “lotes comercializables de capital”) como una medida racional contra la crisis ambiental. Pero gracias a esa medida la “producción de naturaleza” cobró un nuevo significado. El capitalismo siempre lo había hecho, porque al producir mercancías también producía otra naturaleza: la tierra se abre, las montañas se excavan y los campos se modifican, los ríos se secan, los valles se llenan de agua. Sin embargo, la producción de naturaleza pasa a otro orden, sistémico, cuando la globalización neoliberal borra la diferencia entre naturaleza primera (o recibida, la que precede a la historia humana) y segunda naturaleza (la modificada por la mano del hombre). En un momento dado esa diferencia dejó de ser categórica (si es que alguna vez lo fue) y se transformó definitivamente en “una diferencia de grado”. O sea, ya no se trata de la ambición por “dominar la naturaleza”, sino más bien de la ambición de “producir naturaleza”, una ambición que estaba inscrita en la naturaleza misma del capitalismo y a la que el capitalismo verde o natural por fin ha dado satisfacción.151
Cuando uno lee estas cosas, las reflexiones contra el dominio de la naturaleza (a las que en mi caso nos acostumbraron seguidores de Adorno y apóstoles de Joas) no nos parecen anticuadas, pero sí un tanto insuficientes. Porque si Smith y otros tienen razón, lo que se nos ha venido encima no es tanto el control absoluto sobre la naturaleza (de hecho se diría que cada vez reina más descontrol), sino el absoluto control de la sociedad, dado que los poderes económicos –como dice Smith– no solo influyen en las políticas ambientales, sino que deciden cuáles se siguen y cuáles no, qué formas de contaminación prosiguen y cuáles se reducen, cuánta degradación es aceptable y cuánta se penaliza y, sobre todo, quién y cuánto paga.
La capitalización de la naturaleza regula explícitamente tales decisiones sociales de acuerdo a mercados financieros… Cualquier elección sobre qué tipos de ambientes y paisajes deben producir y para qué propósitos, pasa cada vez más de la apariencia de un amplio debate social a un estrecho control de clase orquestado a través del mercado (p. 246).152
En otras palabras: por muy agradecidos que estemos cuando un gobierno prohíbe ciertas emisiones o contaminantes, lo estaríamos mucho más si prohibiera el “libre mercado” de cuotas ecológicas y el tráfico de residuos tóxicos. Un sistema que permite comerciar con el “derecho a contaminar” es más perverso y cínico que lo que muchos críticos de la civilización pudieron imaginarse, todos esos pensadores de izquierdas que nos enseñaron a desconfiar de la tecnología y la razón instrumental, pero no siempre nos ayudaron a entender la lógica de la acumulación de capital (quizá no la entendían ni ellos).153 Visto desde la perspectiva histórica que nos proporcionó la geografía marxista, las crisis de los partidos ambientalistas y de los movimientos ecologistas no habrían dependido tanto de la idea de la naturaleza que seguían teniendo (como a veces se da a entender). Hacer ecología sin el mito de la naturaleza es bueno, pero quizá no sea tan relevante como hacer política ecológica sin tanta filosofía. La recapitalización de la naturaleza (el negocio de la “conservación”, la “mitigación”, etcétera) no representa tanto una victoria ideológica del capitalismo sobre las visiones tradicionales de la naturaleza como una nueva y portentosa fase de acumulación de capital, o sea, una victoria política descomunal sobre una sociedad a la que se priva del poder de decidir sobre su futuro.154
A partir de ahora no perderé de vista la lógica del capitalismo verde, ni la economía de los grandes “espacios naturales”, pero me moveré por otros más pequeños y analizaré algunas ilusiones que encierran para bien y para mal. Podría haber analizado mucho más la economía de los espacios verdes urbanos (parques y jardines), pero he preferido concentrarme en las mentalidades que atraen y que fomentan las ideologías verdes que circulan en el mundo del jardinismo y del paisajismo, tanto desde el punto de vista de los usuarios como del de los diseñadores. Los datos que he dado y otros que daré supongo que resultarán insuficientes para quienes manejan muchos más (y más precisos), pero son suficientes para arrojar dudas sobre ciertas prácticas del nuevo urbanismo verde y del paisajismo neonaturalista. También son suficientes para molestar a algunos creyentes en el jardín natural y a los devotos de la horticultura urbana. No deberíamos generalizar, claro. No son lo mismo los huertos de subsistencia plantados en solares de ciudades arruinadas que los huertos en áticos de apartamentos o casas rústicas de las nuevas clases pudientes. El problema cuando se desploma económicamente una ciudad no es que se pase hambre, sino lo contrario, que se coma mierda, que solo sobrevivan establecimientos de comida rápida, que no haya abastecimiento con productos frescos, sino solo cadenas de comida rápida, comida basura. La obesidad puede matar y, de hecho, mata cada vez más. Podríamos poner muchos ejemplos, pero hay uno del que todo el mundo ha hablado más: desde 1998, Detroit redujo su población a menos de la mitad, a 700.000 habitantes, y la ciudad quedó desprovista de muchos servicios, abandonada. Hacia 2015 ya se habían plantado más de mil quinientos huertos en la ciudad, sobre todo en escuelas, gracias a muchas asociaciones y a la organización de mercados locales y venta ambulante. Hay que recordar que los huertos urbanos en ciudades arruinadas tienen otros beneficios, además de abastecer con productos sanos, porque ayudan a reactivar comunidades y a devolverles su dignidad (la afroamericana en Detroit es el 83% y bastante pobre). La agricultura urbana también ha prosperado en otras ciudades de Estados Unidos: Nueva York, San Francisco, San Luis, Chicago, Boston, Seattle, con miles de parcelas comunitarias. Se dice que el 14% de la población de Estados Unidos produce por sí misma buena parte de su alimentación, pero no dispongo de datos precisos. El hecho de que se cultive cerca de donde se consume ahorra muchos costes y reduce los efectos contaminantes sobre el medioambiente, pero es muy difícil que la agricultura urbana sustituya a la rural, y en Estados Unidos la comida puede recorrer una media de 2.400 kilómetros desde el lugar de producción hasta el lugar de consumición. Se ha especulado mucho sobre esto: el estudio Terreform one del arquitecto Michael Sorkin ha calculado que si toda la comida que se consume en Nueva York se cultivara dentro de su área administrativa, la ciudad sería un paraíso verde, pero se necesitarían 30 plantas nucleares para abastecer a todas las granjas urbanas que usarían luz y calor para dar de comer a 8,5 millones de habitantes. Quizá sería más realista que al menos el 30% por ciento de lo que se consume se produjera en un radio de 160 kilómetros, las cosas cambiarían bastante, pero desconozco la verdadera viabilidad de estos planes.155
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