Kitabı oku: «La música de la soledad»


© LOM ediciones Primera edición, 2014 Segunda reimpresión, 2015 ISBN impreso: 9789560005502 ISBN digital: 9789560013248 RPI: 246.624 Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2688 52 73 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Ilustración de portada: Gonzalo Martínez Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
A Sonia, Ángeles, Alonso, Valentina, Leonor y Mota. Y desde luego a Balzac La familia.
Índice
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Había dejado de llover. Bajo la luz de los escasos faroles del alumbrado público, las calles estaban cubiertas de un líquido viscoso, como si hubieran sido arrasadas por sucesivas olas de petróleo. En el aire imperaba un olor a combustible quemado. La gente que estaba a mi lado, en un paradero de buses al que le faltaba una parte del techo, no parecía advertirlo. Observaban hacia lo alto y murmuraban oraciones o maldiciones; las dos caras de la moneda que permiten aceptar la resignación o el espanto de sobrevivir. El cielo lucía encapotado. No recordaba la última vez que vi algunas nubes o el brillo del sol filtrándose por el ala raída de mi sombrero. Casi no quedaban árboles en las calles. La mayoría habían sido arrancados durante el último otoño y solo se mantenían en pie unos troncos resecos, como pálido recuerdo del tiempo en que todavía los parques no eran recintos privados o espacios concesionados a empresarios que lucraban con el deseo de la gente de conocer una arboleda. Hacía frío e ignoraba el destino al que debía dirigirme. No recordaba si tenía casa a la que llegar o debía conformarme con el resguardo de una construcción en ruinas o los restos de un automóvil abandonado. La ciudad que me rodeaba no se parecía a la que guardaba en mi memoria. No lograba reconocer si estaba de noche o de día. El futuro no existía y el pasado era una mancha en el pavimento. Tampoco era feliz ni tenía la ilusión de los que conservan residuos de sueños incumplidos. Simplemente existía; una fuerza desconocida me obligaba a seguir en pie y testimoniar lo que ocurría en un territorio donde solo quedaban despojos. Maldije la calamitosa situación, y a modo de respuesta, recibí la sonrisa embrutecida de los que me rodeaban. Quería huir pero la oscuridad se hacía más espesa y mi entorno se parecía al infierno que me habían enseñado a temer en mi infancia.
Desperté con el sonido del teléfono. Me había quedado dormido con la cara apoyada en la cubierta del escritorio. Un dolor agudo en la parte inferior de la espalda me apartó de las últimas huellas de la pesadilla. Cuando me animé a tomar el teléfono, este dejó de sonar. Los clientes nunca llaman, los cobradores y los carteros lo hacen dos veces, los promotores de préstamos bancarios, tres o cuatro, y la muerte no se molesta en golpear, me dije a modo de consuelo.
Simenon, como era su costumbre, dormía sobre varios ejemplares de las novelas del escritor al que debía su nombre, y junto a un par de pocillos con agua y comida.
—Otra vez la misma pesadilla —le dije, cuando luego de un rato, se levantó lentamente y se estiró a sus anchas. Enseguida, saltó sobre la cubierta del escritorio y me miró atentamente.
—¿Qué pasa? —le pregunté—. ¿Necesitas gafas?
—¿Has mirado últimamente el espejo?
—¿Qué problema tiene el espejo?
—Ninguno. Te pareces al barrio, con la tristeza de sus árboles y el hollín que le cae desde el cielo.
—¿Y la pesadilla? ¿Qué me dices de ella?
—Puede ser el anticipo de lo que nos espera en unos años más o el anuncio de nuevas preocupaciones. Tampoco es algo sorprendente. En tus pesadillas siempre aparecen imágenes de un mundo destruido por la mano del hombre.
—La contaminación no es un problema nuevo.
—Ni es novedad que por intereses económicos nadie le ponga atajo.
—¿Por qué no nos vamos a una casa en el sur? ¿Qué te parecería una salamandra junto al sillón destinado a las siestas?
—Siempre dices lo mismo y nunca mueves tu trasero más allá del centro de Santiago. Mejor ocupa tu tiempo en algo útil y sirve el desayuno.
—Ya ni siquiera tienes todos tus dientes.
—¡Tonterías! Fríe el bife guardado en la nevera y te demostraré que aún tengo colmillos vigorosos.
—No tienes remedio. Siempre serás un gato jodido.
—Y tú tampoco tienes posibilidades de mejorar. Vas a seguir metido en líos. Y no me vengas con la letanía del oficio y de que no sirves para otra cosa que no sea hacer preguntas y meter las narices donde nadie te llama. Lo único diferente es tu relación con Doris Fabra.
—Con ella no te metas. Un hombre tiene derecho a cambiar de opinión.
—Me gustaría decirte dos o tres cosas antes de que sea tarde.
***
El teléfono volvió a sonar y logré levantar el fono antes que la llamada se cortara. Un tipo de acento caribeño, que dijo llamarse Amadeo Dulanto y ser ejecutivo de un banco, comenzó a recitarme una lista interminable de ofertas de préstamos, tarjetas de créditos y cuentas corrientes. Si deseaba acceder a ese camino al cielo debía firmar una solicitud donde se estipularía que cualquier incumplimiento de mi parte me conduciría derecho al averno o a un catastro de deudores que me convertiría en un ciudadano sujeto a todas las sospechas imaginables.
Le dije que no me interesaba su oferta, no obstante lo cual siguió promoviendo las bondades de sus productos. Volví a decirle que no me interesaba nada de lo que pudiera ofrecerme y enseguida dejé el fono en su lugar de costumbre.
—La paciencia tiene límites —dije a Simenon, que había seguido con curiosidad mi imprevisto arrebato.
—Es lo que debí pensar el día que llegué a vivir a este departamento.
—Te he dado trato de príncipe. Techo, comida y una cama. ¿Qué más quieres?
—La verdad es que no necesito más. Pero siempre resulta entretenido quejarse. Sobre todo en este país donde la queja es un deporte nacional y el chisme una religión con demasiados feligreses. Lo que alguien sabe, lo comenta con las distorsiones del caso; y si no sabe nada, lo inventa.
Después del desayuno, escuché durante unos minutos las noticias de la radio y enseguida bajé a la calle a conversar con Anselmo, que a esa hora llevaba un buen rato atendiendo su quiosco. Hablamos de las carreras que se correrían por la tarde en el Hipódromo Chile y acordamos cuatro apuestas en sociedad. Después di una vuelta por el barrio y por los callejones del Mercado Central, atestados de clientes que compraban pescados y mariscos. La vida seguía su rutina y aunque el paisaje cambiara, la gente agitada de siempre llenaba las calles.
Volví a mi departamento y durante algo más de una hora leí un libro de cuentos de Rodolfo Walsh que había comprado en una de mis últimas visitas a las librerías de la calle San Diego. El teléfono volvió a interrumpirme poco antes del mediodía. La voz suave y cansada de una mujer pronunció mi nombre y luego guardó silencio.
—¿Con quién hablo? —pregunté.
—No nos conocemos personalmente, aunque he pasado buena parte de mi vida oyendo hablar de usted y sus investigaciones. Soy Raquel Donoso, la esposa del abogado Alfredo Razetti.
—¿Razetti? —pregunté—. ¿Cómo está Alfredo? ¿Sigue en su oficina de avenida Matta?
—Murió hace una semana —dijo escuetamente la mujer y volvió a quedar en silencio.
Me invadió una sensación dolorosa y desconcertante, y por un momento tuve la impresión de que no podría seguir con la conversación.
—No sé qué decir, señora. Su marido y yo nos conocíamos desde cuando estudiábamos en la Escuela de Derecho. Él siguió con sus estudios y yo los abandoné, creo que a tiempo.
—Conozco esa historia, Heredia.
—Volvimos a encontrarnos al cabo de un tiempo y varias veces él me ayudó a sortear períodos de vacas flacas —continué diciendo, como si los recuerdos ayudaran a suavizar la mala noticia—. Me encargaba trabajos de cobranzas o ubicar personas. Nada memorable, salvo cuando investigamos el asesinato de un crítico literario.
—Alfredo consideraba que esa investigación había sido una especie de aventura o algo así. Pasó su vida apegado a los códigos y a los expedientes de sus clientes. Salvo durante la dictadura, nunca se relacionó con juicios fuera de lo común o que pudieran revestir peligro.
—¿Por qué habla de peligro?
—Lo asesinaron.
—¿Alfredo, asesinado? No es posible.
—¿Puede venir a la oficina de Alfredo? Quisiera contarle los detalles y pedirle dos favores.
—Salgo de inmediato —le dije.
Delgado, cabello castaño y una barba quevediana que en el último año había comenzado a poblarse de canas. Anteojos de marcos negros y gruesos. Así era Alfredo Razetti. Nos conocimos en el curso de Derecho Romano, que evocábamos cuando nos reuníamos a beber unas copas y a imaginar un mundo mejor con las dos monedas de esperanza que nos quedaban en los bolsillos.
El mundo en el que habíamos vivido comenzaba a desaparecer. Como el testigo anónimo que era, esperaba despedirme de la vida sin estridencias; igual que el viejo parroquiano que bebe su última copa y enseguida sale a la calle, dobla en la esquina más próxima y sigue su marcha con apenas una sonrisa cansada en el rostro. Antes de que fuera demasiado tarde debía hablar con mi amigo el Escriba, quien insistía en relatar mis pesquisas en sus novelas, probablemente el único indicio que quedaría de mí, guardado en estantes a los que solo accederían gordas ratas de biblioteca.
***
Raquel bordeaba los cincuenta años. Era delgada y sin ningún atractivo en particular. Vestía falda, blusa negra y un pañuelo gris alrededor de su cuello. Su rostro lucía pálido y sin maquillaje. Estaba sentada frente al escritorio que había sido de su marido. Daba la impresión de que intentaba imaginar cómo se veía el mundo desde ese lugar.
Lo mismo que respecto de otros amigos que dejaban a sus mujeres fuera del círculo de la amistad, Raquel pertenecía a un mundo del que solo tenía algunas pocas referencias. Lo justo para imaginar una vida monótona y la pena por no haber tenidos los hijos que la mujer hubiera deseado.
—Es ridículo, pero no lo puedo evitar. Alfredo compartió más tiempo con este artefacto que conmigo —dijo, indicando el computador que estaba sobre el escritorio—. Medio en serio, medio en broma, decía que un día le iban a volar la cabeza por culpa de sus juicios.
—¿Tiene alguna idea de quién lo hizo? —pregunté a la mujer.
—No. Y por eso el primer favor que quiero pedirle, es que descubra al responsable.
—¿Quiere hablarme de las circunstancias de su muerte?
La mujer miró a su alrededor y por varios segundos no hizo otra cosa que contemplar los objetos existentes en la oficina.
—El día de su muerte salió temprano desde nuestra casa, ubicada a ocho cuadras de aquí —dijo finalmente—. Solía recorrer esa distancia a pie o bien en taxi, cuando salía atrasado a una cita con un cliente. Era sábado y decidió venir a revisar unos escritos que debía presentar el lunes siguiente. Me llamó desde acá y me dijo que estaría de regreso en la casa a las dos de la tarde. Quince minutos antes de las dos, llamó de nuevo para decirme que saldría de la oficina con retraso. Cuando dieron las tres, lo llamé, y al no obtener respuesta supuse que iba de camino a casa. Una hora más tarde decidí venir a buscarlo. A veces Alfredo se entusiasmaba con sus escritos y olvidaba el reloj.
—¿Qué pasó cuando usted llegó a la oficina?
—Me llamó la atención que la puerta estuviera abierta de par en par. Era un descuido que Alfredo jamás se hubiera permitido. Entré en la oficina y lo vi. Parecía dormitar sobre la cubierta de su escritorio, pero al acercarme descubrí que su cabeza se apoyaba sobre una mancha de sangre. Recuerdo que lo observé largo rato, sin atreverme a tocarlo. Después, y aún no me explico cómo tuve la calma necesaria, llamé a la policía y esperé a que llegara.
—¿Qué dijeron los detectives?
—Me hicieron preguntas. Les dije más o menos lo que acabo de contarle. Revisaron la oficina y el cuerpo de Alfredo. Más tarde llegaron más detectives, un funcionario de la Fiscalía y la gente del Servicio Médico Legal. Ha pasado una semana desde entonces.
—¿Por qué no me llamó antes? —pregunté.
—No tenía ánimo de hablar con nadie. Recién hoy, cuando decidí venir a esta oficina, pensé en usted y en su amistad con Alfredo.
—Me habría gustado asistir a su sepelio.
—Aún tiene la posibilidad de hacerlo. Recién ayer por la tarde me entregaron a mi marido. Había una huelga en el Servicio Médico Legal y eso demoró la autopsia.
—¿Dónde lo están velando?
—En ninguna parte. Alfredo no quería que lo velaran. Siempre decía: directo al hoyo, sin llanto de viejas pechoñas. Su entierro es mañana a las tres, en el Cementerio General.
—Allí estaré.
—Eso espero, porque el otro favor que necesito de su parte es que me ayude a cumplir uno de los deseos que expresaba Alfredo cuando le daba por hablar de su muerte.
—¿De qué se trata?
—Quería que usted hablara en su funeral. Dijo que era un acuerdo al que habían llegado.
—El sobreviviente hablaría en el sepelio del otro. Una promesa mutua, es verdad; pero siempre pensé que él haría el discurso.
***
—¿Le mencionó que hubiera recibido amenazas? ¿Algún altercado con clientes o colegas? ¿Tenía deudas? —pregunté a Raquel.
—Nada de eso. Aprendimos a compartir nuestros problemas durante la dictadura, cuando Alfredo fue relegado a la Isla de Chiloé. Nunca olvidamos esa época. No tanto por las penurias, sino porque fue ahí donde nos conocimos. Yo era parte de una organización que ayudaba a los presos de conciencia. Viajé a Chiloé con la misión de entregar ropa, alimentos y remedios a los relegados. Así nos conocimos y nos enamoramos. Lo visité varias veces, hasta que regresó a Santiago. Nos fuimos a vivir a una casa que nos prestó mi padre. Alfredo siguió defendiendo a otros detenidos políticos y muchas veces recibió anónimos con amenazas. Hasta donde sé, siempre compartió conmigo sus dudas y temores. Pero no quiero aburrirlo con historias que actualmente carecen de importancia para quienes no padecieron esas situaciones.
—No me aburre. Desconocía esos aspectos de la vida de Alfredo.
—¿Pese a la cantidad de años que fueron amigos?
—Al parecer siempre teníamos algún tema importante que tratar. A menudo predicamos contra el modo de vida que nos imponen y lo poco que hacemos por torcerle la mano. Lo que nos parece urgente y los problemas circunstanciales terminan siendo más importantes que darles tiempo a los afectos.
—No saca nada con lamentar lo que no fue —dijo Raquel—. ¿Va a investigar la muerte de mi esposo?
—Haré lo que esté a mi alcance. Es lo único que puedo prometer.
—Contaba con ello, Heredia.
—Y a propósito de investigación. ¿Sabe si los policías han hecho algún avance en sus pesquisas?
—Dicen que siguen investigando, pero no parecen avanzar mucho.
—Conozco a algunos policías —dije y recordé a Doris Fabra, que seguía con permiso en el sur y a quien debía una respuesta desde hacía muchos meses.
—¿Qué le pasa, Heredia? ¿Iba a decir algo?
—Quiero revisar la oficina de Alfredo —respondí al tiempo que pensaba que tal vez no me resultaría fácil tratar con la policía.
—Puede hacerlo cuando lo desee.
—Quisiera hacerlo a solas.
—Tiene una semana. Después tengo que desalojar la oficina porque se vence el mes de arriendo. Las pertenencias de Alfredo irán a dar a una pieza desocupada que tengo en casa.
—Otra cosa, Raquel. ¿Es necesario que hable en el cementerio?
—No pensará defraudar a su amigo. Diga lo que le dicte su corazón.
—Dicen que eso casi siempre da buen resultado.
—Tenga cuidado con los lugares comunes.
—Los lugares comunes suelen ocultar verdades del porte de un buque.
—Olvídese de ellos, Alfredo los detestaba.
2
Nada nuevo, murmuré mientras hacía una finta frente al espejo del baño, a semejanza de un púgil avezado que sabe de golpes inesperados. Había dormido poco o nada por culpa de las copas compartidas con Anselmo, en una trasnochada que nos permitió recordar a Alfredo con la lastimosa certeza de estar hablando de alguien al que jamás volveríamos a ver. No había dejado de pensar en Raquel y en la forma en que había descubierto el cuerpo sin vida de mi amigo. La muerte había hecho su trabajo con la eficacia de costumbre y nada quedaba por decir al respecto. Inquieto, deambulé por el departamento, fumé un par de cigarrillos, escuché un cedé de Ben Webster y finalmente me dejé caer en mi sillón hasta que llegó el momento de partir hacia el cementerio.
Terminada la ceremonia, los discursos y las lágrimas, pasé al «Quitapenas» en compañía de Víctor Nápoles, un abogado con el que Alfredo Razetti había compartido alguna vez su oficina. Nos conocíamos desde una de mis visitas al despacho de Alfredo, y aunque no podíamos llamarnos amigos, cada vez que nos encontrábamos nos deteníamos a conversar de nuestros asuntos. Nápoles había jubilado después de trabajar buena parte de su vida en un ministerio, pero seguía ejerciendo su profesión de manera independiente.
Pedimos unas copas. Nápoles me habló largamente de su amistad con Razetti y alabó las palabras que dije en el cementerio. Después conversamos del asesinato. Al cabo de dos horas, cuando Nápoles comenzaba a repetirse, me despedí con la excusa de un trabajo pendiente.
Salí del bar y caminé hacia la entrada del cementerio. Por un segundo quise volver al lugar donde había quedado Razetti, pero continué mi marcha hasta llegar a un paradero, donde abordé el bus que demoró algo más de diez minutos en dejarme frente a la Estación Mapocho, cuya fachada lucía intervenida con lienzos que anunciaban el inicio de una feria de productos artesanales.
Necesitaba encontrar la causa que había motivado la muerte de Alfredo y eso me exigía mover las piezas del mismo juego incierto de costumbre. Sospechas, huellas, testigos, confesiones, sentimientos difíciles de entender. Pero antes debía examinar la oficina de Razetti y enterarme de las investigaciones realizadas por la policía. Para lo primero necesitaba dejar que la pena decantara. Para lo segundo, conseguir que el ayudante de Doris, Ruperto Chacón, aceptara darme una mano, aunque fuera por el recuerdo de una investigación que compartimos tiempo atrás, y en el transcurso de la cual el joven policía me socorrió mientras me propinaban una paliza entre los árboles del parque Bustamante.
Al llegar a mi departamento puse un cedé de Bobby Darin, cantando las canciones de Ray Charles. Encendí un cigarrillo y después de observar los dibujos que formaba el humo del tabaco, tomé el teléfono y marqué el número de Ruperto Chacón. No tuve suerte. El policía no estaba en su oficina y volvería en una o dos horas. Agradecí la información a la voz de mujer que me había recibido la llamada y me apoltroné en mi butaca sin ganas de hacer nada más. Simenon me observaba desde su habitual rincón de descanso.
—¿Qué piensas que sucedió?
—No estuve en la escena del crimen y por lo tanto no puedo opinar hasta que no converse con la policía. El sitio del suceso siempre dice algo sobre el asesino.
—¿Y el motivo? ¿No dicen que el motivo es lo principal en la resolución de un crimen?
—Por ahora pienso que se debió a uno de los juicios que llevaba Razetti. Un abogado penalista suele relacionarse con tipos que nunca van a entrar ni siquiera a la antesala del Purgatorio.
—Hurgar en sus juicios sería sumergirse en un pozo sin fondo.
Llamé a Chacón una vez más y me dijeron que el policía no regresaría a su oficina hasta el día siguiente. No obstante eso, y fiel al proverbio que dice que la esperanza es lo último que se pierde, dejé mi nombre y mi teléfono a la mujer que contestó la llamada.
Estaba cansado, con una leve puntada en la espalda y no sabía cómo reunir el ánimo que necesitaba para ejercer mi oficio de preguntón.
La muerte de un amigo es un espejo que refleja la presencia de la soledad: Uno siempre está solo, pero a veces está más solo, dice Idea Vilarino en uno de sus poemas.
Escribí en la libreta donde acostumbraba anotar la información que recogía en mis pesquisas. «El hastío besa mi frente, persigue la sombra de mis pasos y se hunde en mi cuello como la tensa cuerda de un asesino. Todo cabe en el hastío que me consume. El amor, la lluvia, el modo cansado de alejarme de las cosas».
Algo parecido al dolor me inmovilizó por unos segundos. El tiempo pasa, pensé, y los amaneceres ya no me provocan la incertidumbre de antes.
El timbre del teléfono me volvió a la realidad de la oficina y de las primeras sombras que entraban por sus ventanas. Una voz conocida dijo mi nombre y preguntó por mi estado.
—¿Ruperto Chacón? —pregunté.
—El mismo que viste y calza —dijo el policía, y luego de una pausa, agregó—: Me has estado llamando, y por tu insistencia supongo que se trata de algo importante. ¿Se trata de la muerte del abogado Razetti?
—¿Desde cuándo lees el pensamiento?
—Simple lógica y buena vista. Te vi y escuché cuando despediste a tu amigo en el cementerio. Hiciste un buen discurso; breve, emotivo, y sin caer en lugares comunes.
—Lástima que no te vi. Habría ahorrado unas llamadas.
—Había mucha gente y preferí seguir el sepelio a la distancia.
—Si estabas en el cementerio significa que te asignaron la investigación del asesinato.
—Ni más ni menos, Heredia.
—¿Y cómo van las pesquisas?
—No hay pistas ni nada que permita resolver el asesinato a la brevedad.
—Mala cosa. Igual quisiera hacerte algunas preguntas acerca del homicidio.
—Supuse que investigarías la muerte de tu amigo.
—¿Tienes tiempo y ganas de conversar al calor de una botella?
—Sabes que no bebo alcohol. Pero estoy cerca del centro y en veinte minutos puedo llegar a cualquiera de tus bares.
—¿Mis bares? Los que frecuentaba parecen ser las víctimas de un mago abstemio. Desaparecen, los venden, se convierten en tiendas o simplemente cierran sus puertas sin aviso previo.
—Dime dónde nos juntamos —dijo Chacón, interrumpiendo mi letanía.
—¿Conoces la taberna del Círculo de Periodistas?
3
La taberna del Círculo de Periodistas está al comienzo de la calle Amunátegui, en el subterráneo de un viejo edificio de oficinas que soportan con resignación el bullicio del centro de la ciudad. A la hora del almuerzo suele estar lleno de comensales, pero por las tardes, o al caer la noche, es un lugar tranquilo, ideal para beber un trago, conversar y dejar pasar las horas bajo la discreta mirada de Patricia Verdugo, Lenka Franulic, José Carrasco y José Miguel Varas, entre otros periodistas cuyos retratos cuelgan de los muros.
Chacón me esperaba junto a una mesa próxima a la gran barra que presidía el salón sin ventanas ni otra vista que la amplia puerta de dos hojas por la que se ingresa al lugar. No habían pasado más de cuatro meses desde la última vez que él y yo nos reuniéramos, y sin embargo algo parecía haber cambiado en su aspecto. Y no era solo su barba de varios días ni la casaca de cuero negro que llevaba puesta. La diferencia estaba en su mirada, en la desconfianza que brotaba de sus ojos y el modo en que estos se movían, de un lado a otro, como si hubiera algo extraño que descubrir en cualquier momento. Me acerqué a su lado y nos saludamos. Le dije algo sobre su aspecto y me respondió con una sonrisa.
—Una vez me dijiste que sería un buen policía después de recibir varios golpes y desengaños. Tus palabras me parecieron exageradas, pero ahora reconozco que tenías razón. Trabajar de policía, ver lo que uno ve a diario, es el camino más corto al desencanto. Casi no existe horror que no lo afecte cuando se anda por las calles con un asomo de sensibilidad en la mirada. Pero no creas que estoy arrepentido de la profesión que elegí.
—Te entiendo perfectamente, Chacón. Uno se revuelca en el fango porque en el fondo ama la vida y a las personas —dije, y luego de soltar una risotada, agregué—: Estoy hablando igual que un veterano a punto de cobrar su pensión.
Chacón volvió a sonreír y llamó al mozo que atendía las mesas. Pidió una bebida anaranjada y yo un vodka con agua tónica y una rodaja de limón.
—¿Qué me puedes decir sobre la muerte de Razetti? —le pregunté después de probar mi bebida.
—Lo mataron de un balazo en la cabeza. Un tiro a no más de treinta centímetros, ejecutado con una pistola de nueve milímetros. El asesino es un profesional o alguien a quien el abogado conocía. Estaba en mi cuartel cuando llegó la alerta por el descubrimiento del cadáver. Fui al sitio del suceso en compañía de otros detectives de mi unidad y nos encontramos con su mujer. Parecía petrificada. La interrogamos y luego comenzamos a examinar el lugar. No descubrimos ningún indicio que nos diera alguna pista acerca del asesino. Quien sea que lo hizo se preocupó de no dejar huellas.
—¿Se llevaron algo de la oficina?
—Al parecer no robaron. Encontramos una caja con doscientos mil pesos en su escritorio.
—Tal vez robaron información o fue una venganza.
—Es lo que pienso, dada la profesión de Razetti. Pero es difícil de precisar, solo él sabía lo que había dentro de sus archivadores y en su computador.
—Sí, pero nada nos llamó especialmente la atención.
—¿Sospechosos?
—Salvo su esposa, ninguno.
—¿Raquel?
—Tranquilo, Heredia. El único que sospechó de la esposa es un colega que tiene líos con su mujer y anda por la vida intentando encarcelar a cuanta esposa se cruza en su camino.
—¿No sería más fácil que encerrara a la suya?
—Bromas aparte, por ahora no tenemos nada —dijo Chacón—. El suicidio está descartado y nadie vio entrar a ningún extraño en la oficina.
—Siempre podemos hacer algo más.
—Unos colegas andan escuchando voces por los bares del sector. A veces resulta. Los delincuentes creen que el paso del tiempo es garantía de impunidad, y por una u otra razón, terminan haciendo un comentario que los delata.
—Pero eso puede pasar mañana o en diez años más.
—Es lo que hay por ahora, Heredia.
—Tarde o temprano aparecerá algo que ayude a descubrir al asesino.
—No apostaría muchas monedas a que eso suceda.
—Estás convertido en un policía al que nada sorprende ni le importa mucho.
—No se trata de eso, Heredia. Se siguió el protocolo habitual y como ya te dije, no obtuvimos mayor información.
—Quizás hay que hacer algo más que lo habitual.
—Lo sé, pero últimamente estamos con el agua hasta el cuello. Existen muchos asesinatos que investigar y nos ordenan dar prioridad a los que tienen más connotación pública, como el reciente asesinato de un tipo que se encontraba internado en el Hospital San Borja y fue víctima del ataque de un sicario, a vista y paciencia de las enfermeras y de otros pacientes que se recuperaban de sus intervenciones quirúrgicas.
—Nada escapa de la farándula de los medios de comunicación.
—De eso no tengo culpa alguna. Tu amigo no era un abogado de renombre ni se codeaba con el poder.
—El viejo cuento de los ciudadanos de primera y segunda clase.
—Desde que tengo memoria, el mundo gira igual —dijo Chacón, y movió sus hombros como dando a entender que el asunto no merecía más atención.
—Necesito dar un vistazo a los antecedentes recopilados hasta el momento. En una de esas, encuentro algo interesante que a tus colegas no les llamó la atención.
—Mañana, hasta el mediodía, estaré en mi oficina. Ahí te puedo mostrar lo que tenemos.
—Gracias, contaba con tu ayuda —dije y uní un gesto a mis palabras para darle a entender que no tenía nada más que decir sobre el asesinato de Razetti.
—Me extraña que aún no hagas la pregunta que esperaba oírte, Heredia.
—¿En qué estás pensando? —pregunté, cauteloso—. ¿Hay algo sobre el asesinato de Razetti que debería conocer?
— Pensaba en la comisario Doris Fabra. Hace dos meses que no la llamas ni le escribes.
—¿La has visto? Todavía le debo una respuesta a cierta pregunta que me hizo.
—Concluyó el permiso que le dieron por unos meses. Mañana o pasado se reintegra a sus funciones.
—¿Está bien?
—Me ha preguntado por ti, y algo más.
—¿Qué implica ese algo más?
—Cuando se fue al sur me pidió que cuidara tus pasos.
—¿Que me vigiles?
—No, que de vez en cuando pregunte por ti a los que te conocen.
—¿Y eso qué significa?
—A tu edad y con tu experiencia en mujeres, ya deberías saberlo, Heredia.
—Moriré sin saber nada de las mujeres.
—Sigues siendo el exagerado de costumbre, Heredia.
—Un día de estos le daré mi respuesta.
—¿Será la respuesta que ella espera?
—Después de tanto tiempo, no sé si siga esperando algo de mi parte.
—Apostaría a que sus sentimientos no han cambiado.
—Ya lo veremos cuando me llegue la hora de hablar.
***
Nos despedimos frente a la Casa Central de la Universidad de Chile. Saludé en silencio a don Andrés Bello, que seguía en su silla, observando el paso alterado de los santiaguinos por la Alameda, y seguí en dirección al Paseo Ahumada, invadido por los cartoneros que recogían los desechos y la basura arrojada por las tiendas y los restaurantes. Triste tarea realizan hombres y mujeres que han salido temprano para aprender de los perros, murmuré recordando unos versos de Ennio Moltedo. El poema me hizo pensar en la suerte que corría la gente que veía en mis caminatas por el centro de la ciudad. Algún día tendrían otro oficio y un futuro; y mientras ese día llegaba, había que resistir, disfrutar de lo que nos hacía feliz y seguir creyendo en la posibilidad de vivir en un mundo mejor organizado.
Camino a la plaza de Armas, pensé en lo que había dicho Chacón sobre Doris.
4
Al principio, un silbido pareció atravesar las ventanas. Luego surgió una luz opaca, acompañada por el ruido de los vehículos y la gran bulla colectiva, que fue creciendo hasta instalarse en mi habitación como una música que nadie se molestaría en acallar. Desperté con los ecos de esa música y me quedé quieto, arropado por las frazadas, sin ánimo de mover ni el más insignificante de mis músculos. Simenon dormía a mi lado, sobre la colcha, totalmente ajeno a mis pensamientos. Puse una de mis manos sobre su cabeza y jugué con sus orejas, hasta que despertó y movió la cabeza de un lado a otro, molesto.
—Deja mis orejas en paz. Cuando necesite que me incordien te lo haré saber. Deberías respetar mi descanso.
—Has dormido más de ocho horas.
—¿Y cuál es el problema? A mi edad necesito descanso, la comprensión de quienes me rodean y una comida sana. Por ejemplo, un bife grueso y jugoso.
—Tu obsesión por los bifes es malsana. ¿No tienes otra comida en qué pensar?
—Un buen trozo de salmón me sentaría de maravillas.
—¡Olvídalo por ahora! Tenemos que investigar la muerte de Razetti.
—¿Tenemos? ¿No será mucha gente?
—Llamaré a Raquel para decirle que iré a la oficina —dije y Simenon me observó con indiferencia.
***
Usé las llaves que la esposa de Alfredo me había entregado. Di unos pasos por la habitación y una súbita sensación de abandono me hizo recordar la violenta muerte de mi amigo. No era fácil comenzar a buscar pistas mientras la tristeza seguía afectando mi ánimo. Dispuesto a dar el primer paso de la investigación, me propuse examinar lo que Alfredo hubiera escrito sobre los juicios que tramitaba en los últimos meses. Si existían esos textos, y si lograba ubicarlos, quizás podría encontrar un motivo para su asesinato y empezar a elaborar la lista de sospechosos.
Comencé por revisar los cajones del escritorio, repletos de folletos, libretas de apuntes, lápices a medio usar, tarjetas de visitas y recortes de diarios referidos a los avances o resultados de juicios que habían tenido resonancia en la prensa. Junto a los recortes, encontré una cajetilla con tres cigarros y los fumé mientras hacía mi trabajo de fisgón. A poco de iniciar la búsqueda comprendí que no obtendría mucho hurgueteando en el escritorio ni entre los libros ordenados en las dos estanterías adosadas a una de las paredes de la oficina. Mi amigo leía textos legales y de viajes, biografías de políticos, novelas de José Saramago y Abelardo Castillo. Después de una hora, encendí el computador que estaba sobre el escritorio y quedé frente a una pantalla llena de íconos que observé un par de minutos sin atinar a conjeturar nada sobre la utilidad de cada uno de ellos.
—Dudo que obtenga algo mirando este aparato —me dije mientras movía el mouse con cierta repugnancia—. Sería más fácil encontrar algo en una biblioteca medieval alumbrada con velas.
Razetti habría reído a carcajadas si hubiera podido verme. Y quizás lo estaba haciendo, tendido sobre una nube esponjosa.
—Es en este tipo de ocasiones cuando me dan ganas de jubilar
—dije en voz alta—. Pero, sin ahorros ni muchos billetes en los bolsillos, tendría que asaltar un banco.
—¿Problemas con el computador? —escuché que me preguntaban.
Había un hombre delgado, moreno, y de unos cuarenta años junto a la puerta de la oficina. Vestía un terno negro y camisa blanca; y su rostro afilado recordaba a los personajes retratados por El Greco.
—¿Quién es usted? —le pregunté con la simpatía de un doberman.
—Héctor Sanhueza. Soy abogado y trabajaba con Alfredo Razetti. Me llamó la señora Raquel y me pidió que viniera a ver si usted necesitaba ayuda.
—La última vez que visité a Alfredo no tenía ayudante. A lo más, compartía unos juicios con su amigo Nápoles.
—Alcancé a trabajar tres meses con él. La suerte no quiere nada conmigo. Me costó encontrar en qué ocuparme y con la muerte de don Alfredo vuelvo a quedar cesante.
—Sé lo que es la cesantía.
—La situación laboral está mala para los abogados.
—Y para la mayoría de las personas que tienen la mala costumbre de comer al menos una vez al día.
—Tiene una extraña manera de plantear ciertas ideas —acotó Sanhueza y esbozó algo que podía asemejarse a una sonrisa.
—Supongo que Raquel le habrá dado mi nombre y mis señas.
—Sé perfectamente quién es. Don Alfredo solía decir que usted era de confiar —dijo Sanhueza y dio unos pasos hasta quedar frente al escritorio.
—¿Confiable? Supongo que depende de para qué o para quién.
—Parece que tiene problemas con el computador. ¿Puedo ayudarle? —preguntó.
—Mi amistad con la computación es reducida, por decir lo menos. A la hora de escribir prefiero mi lápiz de pasta y una libreta de hojas blancas.
—Dígame lo que necesita y veré si puedo darle una mano.
—Quiero encontrar las demandas que Alfredo escribió o estaba escribiendo antes de su muerte. Y revisar sus últimos correos electrónicos.
—Será fácil encontrar lo que quiere. El señor Razetti era sumamente ordenado con los documentos y carpetas que mantenía en su computador. Les ponía fecha, los clasificaba por temas. Y con los correos hacia lo mismo. Ordenaba por fechas y remitentes los correos que se relacionaban con su trabajo.
—Perfecto. A la hora de investigar no hay nada mejor que tener un cacho de suerte.
—Y conocimientos o habilidades que ayuden a la suerte.
—Eso sonó a reproche, ¿o me equivoco?
—No es mi intención darle consejos, pero le vendría bien aprender a usar una computadora. Hoy en día, hasta en los círculos sociales de la tercera edad enseñan a utilizar un computador.
—Seguiré su consejo cuando llegue a la tercera edad. Por ahora seguiré fiel al lápiz y el papel.
—Tenía razón don Alfredo cuando me habló de usted y su carácter.
—¿Y qué más te dijo de mí?
—Habló de mujeres, copas y líos de pistolas.
—A veces Alfredo hablaba más de la cuenta.
—¿Le molesta que le recuerden esas cosas?
—Mis historias son un asunto personal y de cierto sujeto que suele escribir novelas con las anécdotas que le cuento. Pero el tipo exagera.
—¿Incluso con lo de las armas y los muertos?
—Nunca he usado mi pistola sin una buena razón y las muertes que he causado no pesan en mi conciencia —dije, y luego de encender un cigarrillo, agregué—: Creo que llegó el momento de ver cuánto sabe de computadoras.
Sanhueza se acomodó en una silla, frente al computador, y comenzó a trabajar con evidente pericia y conocimiento de lo que debía hacer. Media hora más tarde, imprimió medio centenar de hojas y las puso dentro de una carpeta.
—Imprimí los textos y correos que don Alfredo redactó durante los dos últimos meses. Siéntese y léalos con calma —dijo al tiempo que me pasaba la carpeta.
El primer documento era el esbozo de una querella contra un sacerdote y uno de sus amigos. Se conocieron cuando ambos entraron al seminario. Mariano, así se llamaba el compañero que al cabo de dos años abandonó sus estudios para casarse con una prima. Sin embargo, el matrimonio no modificó sus aficiones sexuales, y a los pocos meses volvió a contactarse con el cura, iniciándose entre ellos una relación que mantuvieron en secreto hasta que la esposa descubrió unas cartas comprometedoras. La mujer amenazó a su marido con denunciarlo y ese fue el comienzo de su fin. Mariano la eliminó con una sobredosis de tranquilizantes. Una hermana de la víctima había contactado a Razetti porque deseaba querellarse en contra del sacerdote y su amante. Pero la querella no prosperó. El cura asesinó a su amigo y se colgó de un árbol, en el patio de la iglesia donde ejercía de párroco. Antes de ello, escribió una carta en la que confesaba su relación con Mariano. La historia parecía sin cabos sueltos y no era para pensar que alguien hubiera querido vengarse de Razetti por elaborar una querella que no llegó a presentar.
El segundo caso estaba relacionado con Octavio Manquilef, un joven mapuche asesinado a la salida del restaurante donde trabajaba. La policía declaró que se trataba de un asalto común y la Fiscalía no prestó mayor atención al asunto, hasta que Razetti, a solicitud del padre de la víctima, presentó una querella, aportando una serie de datos que parecían destinados a dar un giro diferente a la historia. Manquilef era oriundo de un pueblo próximo a Temuco y vivía desde hacía seis años en Santiago. Pertenecía a una comunidad mapuche que luchaba por recuperar sus tierras en el sur, ocupadas por empresarios madereros. Meses antes de su muerte, había realizado una denuncia a la policía por el seguimiento del que decía ser objeto de parte de hombres a los que podía identificar. Según unas notas que acompañaban la denuncia elaborada por Razetti, mi amigo había viajado a la comunidad donde vivían los padres de Manquilef. De ese viaje había regresado con la convicción de que los asesinos del mapuche eran los miembros de un grupo de guardias armados que trabajaba para los empresarios que deseaban mantener el usufructo de los bosques. Que este grupo extendiera sus tentáculos hasta Santiago era algo factible y por eso Razetti concluía su demanda solicitando pesquisas conducentes a revelar la identidad de los asesinos. Doblé el documento que acababa de leer y lo guardé en mi chaqueta.
—¿Algo de interés? —preguntó Sanhueza.
—¿Mencionó Alfredo que hubiera recibido amenazas por investigar la muerte de Octavio Manquilef?
—Me habló de ese caso, pero no me dijo nada en especial, solo generalidades que no permitían formarse una opinión. Estaba interesado en el asunto, porque a su juicio existían antecedentes suficientes como para interponer una demanda.
—¿Sabe qué resultado tuvo esa demanda?
—Ni idea. Don Alfredo llevó las diligencias personalmente.
***
Me despedí de Sanhueza pasada la medianoche, después de compartir unas cervezas en un pequeño bar ubicado cerca de la avenida Matta. Caminamos hasta la calle San Diego y ahí nos despedimos. Yo seguí mi marcha hacia la Alameda, con la compañía de un cigarrillo y la intención de seguir leyendo los documentos apenas llegara a mi departamento. Los escritos encontrados en el computador parecían la radiografía de la locura soterrada que se anidaba en distintos sectores del país. Una de las demandas que más me impactó era la vinculada a un juicio de cuidado personal interpuesto en un tribunal de familia por el padre de un menor llamado Esteban Urzúa. El niño, de apenas diez años, se había fugado de la casa en la que vivía con su madre, una mujer que al correr de la lectura de la demanda daba la impresión de ser incapaz de cuidar a su hijo, el que luego de tres semanas de ausencia del hogar había aparecido en una posta médica, intoxicado por el consumo de pasta base y con una grave herida cortopunzante en el vientre. Razetti, con la ayuda del padre del niño y de una asistente social, había averiguado que el niño estaba vinculado al tráfico y consumo de drogas entre los integrantes de las barras que concurrían al Estadio Monumental. La madre de Esteban se había enterado de lo sucedido a su hijo tres días después de la atención del niño en la posta, cuando una pareja de carabineros llegó preguntando por ella a la oficina de corretajes en la que trabajaba. El padre quería hacerse cargo de su cuidado y según un comentario anotado al final del texto, Razetti pensaba que el asunto iba bien encaminado. Traté de encontrar en la historia algo que pudiera haber motivado la muerte de mi amigo y descarté esa posibilidad de plano.
Había otra demanda que intentaba establecer las responsabilidades de una pareja de comerciantes chinos en la muerte de un hombre encontrado en el sótano de un restaurante ubicado en avenida La Florida. El hallazgo del cadáver contó con la inesperada ayuda de un perro que acostumbraba a merodear por el sector y que se puso a ladrar frente a una ventanilla enrejada que comunicaba el sótano del restaurante con la calle. El quiltro ladró con tanta perseverancia que alertó a una pareja de vecinos que dos semanas antes habían visto salir a los chinos con destino al sur. Los vecinos llamaron a los detectives de la Policía de Investigaciones, los que luego de comprobar que a través de la ventana emanaba un olor putrefacto, obtuvieron la orden de un fiscal y entraron al restaurante. Los policías recorrieron las instalaciones y una vez en el sótano dieron con un cuartucho de poco más de cuatro metros cuadrados donde estaba el cadáver de un chino que, a primera vista, parecía haberse desangrado luego de cortarse la mano izquierda con un afilado machete. A la policía le costó una semana de pesquisas, hasta que dio con el testimonio de un vagabundo que dijo conocer al chino desde hacía algunos meses, y con quien, algunas noches, conversaba a través de la ventanilla. Se hicieron las pericias del caso y se pidió ayuda a unidades del sur del país para dar con el destino de los comerciantes, que pasaban sus vacaciones en un hostal próximo a Pucón. Entonces la historia adquirió la sordidez que Razetti exponía en parte de su demanda. El chino había entrado clandestinamente al país y los propietarios del restaurante lo mantenían encerrado bajo amenaza de denunciarlo a la policía. El hombre recibía una paga miserable, algo de comida y unas pocas horas de descanso que mediaban entre el último cliente noctámbulo y la llegada de un nuevo día. Según exponía Razetti en su demanda, era evidente que los dueños del restaurante habían sometido al cocinero a un trato miserable, y que este, desesperado por el encierro y la falta de futuro, había decidido quitarse la vida con el mismo machete que utilizaba en la elaboración de sus guisos.
Releí la demanda y concluí que la historia de los chinos tampoco era lo que buscaba.
El borrador de la última demanda fue el único que me hizo pensar en un motivo para eliminar a Razetti. El texto remitía a hechos ocurridos en el Estrecho de Magallanes y parecían sacados de un viejo volumen de cuentos de piratas, de la época de Drake o de los comienzos del siglo veinte, cuando en las aguas patagónicas navegaban pequeñas embarcaciones que saqueaban las bodegas de los barcos que naufragaban o quedaban al garete. Razetti mencionaba a un cúter que había salido de un puerto argentino transportando un embarque clandestino de oro, y cuyo propietario era un conocido político trasandino. El embarque debía llegar al Estrecho de Magallanes, donde sería traspasado a una nave de mayor tamaño que lo llevaría hasta puertos europeos. Sin embargo, y no obstante el secreto que solía rodear la operación, el cúter había caído en las manos de unos piratas modernos, que luego de vaciar sus bodegas y asesinar a sus cuatro tripulantes lo dejaron a la deriva. El cliente que había solicitado los servicios de Razetti era el hijo de uno de los tripulantes asesinados y su intención, según una nota del abogado, era agilizar la investigación policial, aparentemente estancada por falta de antecedentes o de presiones de sujetos interesados en que la historia de la embarcación pasara rápidamente al olvido. La tesis del cliente, avalada por las crónicas de un periodista argentino, era que la embarcación había iniciado su viaje con un quinto pasajero, quien habría sido el responsable de provocar una avería en el motor del cúter y así facilitar su abordaje por los tripulantes de otra nave. Las tesis mencionaba a una organización de militares chilenos en retiro que, al tanto del envío del oro, había organizado el robo. La demanda no mencionaban nombres de posibles responsables, pero se pedía al fiscal a cargo del caso que hiciera comparecer a un tal Altenor Guisada, antiguo soplón al servicio de la policía secreta de Pinochet, quien mientras bebía unas copas en un prostíbulo de Punta Arenas había dicho a sus ocasionales acompañantes que estaba al tanto de los detalles del robo. La infidencia del soplón llegó a oídos del hermano de una de las víctimas, el que viajó a Santiago a solicitar la asesoría de Razetti.
—Dinero y tipos con pasados turbios. Una combinación que bien pudo causar la muerte de Razetti —me dije antes de guardar el documento junto a los demás.
—No sería la primera vez que el pasado llega a golpear a tu puerta —creí oír que decía Simenon.
—Mis conocimientos sobre piratas se los debo a las novelas de Salgari.
—Pero tienes experiencias en tipos turbios y oscuros.
—¿Será el caso del oro el más indicado para empezar a investigar?
—A mí que me registren. Tú eres el detective de la casa, Heredia.
—Pero tendrás algo qué decir.
—Cuando las cartas no son buenas, es mejor esperar las primeras escaramuzas del juego.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que no es conveniente tirarse a nadar en la primera poza que aparece en el camino.
—¿Cautela?
—Dale tiempo al tiempo, Heredia —dijo Simenon.
5
Fragmentos de vidas golpeadas por el infortunio o la maldad, posibles misterios, revelaciones sobre existencias reducidas a papeles que en algún momento habían dado sentido a la existencia y el trabajo de Razetti. Cargué a Simenon entre mis brazos y caminé hacia la ventana que da a la calle Aillavilú. Un pequeño espacio de ciudad convertido en guarida de narcotraficantes y administradores de cafés con piernas. Estaba cansado de registrar los cambios de la calle y prefería mirarlos de reojo. Ver lo justo y necesario para seguir recorriendo un barrio anclado en mi memoria y en un pasado cada vez más irreal.
Simenon se agitó entre mis brazos y dio un brinco. Lo seguí a la cocina. Busqué en la alacena unos tallarines que puse a cocinar después de hervir un fondo con agua y agregarle unas gotas de aceite. Más tarde los saqué del agua, los escurrí en un colador de plástico y puse sobre ellos el contenido de una lata de atún.
Simenon había seguido cada uno de mis movimientos y movió la cola de felicidad cuando dividí los tallarines en dos porciones. Me senté junto a la pequeña mesa que había en la cocina y llené un vaso de vino.
—¿Nadie te ha recomendado comer despacio?
Simenon lengüeteaba ávidamente la pasta y el atún.
— Hay que mascar a lo menos siete veces cada bocado —insistí.
—¡Pamplinas! ¿Nadie te ha recomendado no cocinar a una hora en la que desfallezco de hambre?
Después de lavar los platos me senté junto al escritorio y por unos minutos me dejé llevar por los acordes de una sinfonía de Mahler. La música me reconcilió con la vida que me rodeaba. Pensé en Doris y en la respuesta que le debía.
—¿Por qué resulta tan difícil tomar el teléfono? —me pregunté en voz alta.
—Porque estás acostumbrado a la soledad —respondió Simenon, que limpiaba sus bigotes tendido sobre la cubierta del escritorio—. La vida te ha hecho creer que los afectos son pasajeros. Perdiste temprano a tu madre, de la que apenas tienes un par de fotos. Tus compañeros del orfanato desaparecían de una semana a otra, y desde entonces tus amistades y romances han estado rodeados por la inquietud de ver desaparecer a quien guardas algún tipo de cariño. Por eso dejaste partir a Andrea y luego a Griseta. Por eso demoras en decirle a Doris lo que sientes por ella. Temes volver al tiempo de los afectos efímeros. Te has acostumbrado a postergar tus deseos y te conformas con asumir los dolores de tus clientes; sus historias que por unos días te permiten olvidarte de ti mismo.
—Hago mal en dejarte oír esos programas del corazón que transmiten en la radio.
—No festines mis palabras, Heredia. No se puede huir de uno mismo.
—Siempre queda la opción de saltar por la ventana.
—Jamás harías algo así. Te gusta la vida.
—Una vida reducida a conversar con un gato impertinente.
—Deja de quejarte, sabes que más allá de la puerta, la vida te ofrece otros afectos. Hasta ahora has andado a tu ritmo y eso es más de lo que puede decir buena parte de los tipos que pasan por tu lado.
—No dejas de tener razón.
Me dirigí hacia uno de los estantes de la biblioteca. Busqué entre los libros. Abrí uno del poeta Hugo Mujica y, al azar, leí un fragmento de unos de sus poemas: Pido morir como mueren los mendigos: meciendo la soledad del mundo en el hueco de la mano.
—Tú y tu manía de pensar en la muerte.
***
A la mañana siguiente, después de releer los documentos, tuve que aceptar que entre mis manos no tenía más que un conjunto de historias. Estaba frente a un muro y debía buscar su lado vulnerable. En eso, entre otras ocupaciones, consistía el oficio de metiche escogido muchos años atrás, después de abandonar mis estudios de Derecho y mientras trabajaba en un hotel galante. Desde entonces, había saltado varios muros y aclarado una centena de misterios de distintas layas, cosa que recordaba para aceptar que llevaba demasiado tiempo en lo mismo y que la experiencia, más algo de trabajo y un poco de suerte me ayudarían a descubrir al asesino.
Me puse una camisa limpia, llené el pocillo de Simenon y salí del departamento con la intención de encontrar la fisura en el muro. El impulso me duró hasta que estuve en la calle. Sin otro afán que el recuerdo, tomé un tren en la estación Calicanto y en menos de quince minutos subía a la calle Franklin, a pocas cuadras del antiguo Matadero Municipal y de «El Manchao», una picada en la que había estado en una ocasión, acompañado de Razetti, el abogado Nápoles y Marcos Campbell, mi amigo periodista que nos había guiado hasta ese restaurante con el pretexto de obtener información para un artículo sobre bares populares que se proponía escribir. Pero, y no obstante el empeño que puso Campbell al charlar largamente con parroquianos y mozos del lugar, en esa jornada de copas apenas logró averiguar que el bar existía desde 1925 y que su nombre se debía a una mancha en el rostro de su primer propietario.
La fachada de ladrillos descoloridos no importaba a los clientes habituales, en su mayoría obreros del barrio que aparecían al mediodía o por las tardes, buscando una cerveza o una caña de vino. A mi llegada un par de borrachitos sorbía con entusiasmo los primeros vinos del día. Avancé por un pasillo y llegué a un salón mal iluminado. Me senté junto a una mesa desde la que podía observar la extensa barra del bar y esperé unos minutos hasta que llegó a atenderme una mujer joven y algo entrada en carnes. Le pedí un churrasco y una caña de tinto.
Por unos segundos recordé mi última conversación con Razetti. Nada especial. El simple intercambio de información entre amigos que no se ven hace meses. Asuntos de nuestros respectivos trabajos y comentarios sobre la actualidad política, que por alguna razón inexplicable nos seguía interesando. Nada especial ni que nos hiciera pensar en la muerte como un asunto a corto plazo o una mala broma de eso que llamamos destino.
Una vez que me sirvieron mi pedido, observé la soledad que me rodeaba y, sin pensarlo dos veces, comí el sándwich y dejé el vino a medio consumir. Volví a la calle, tomé un taxi y me hice conducir hasta la oficina de Razetti. Observé las tiendas de los alrededores y un restaurante ubicado frente al despacho del abogado. En el primer nivel del edificio de tres pisos que acogía la oficina de mi amigo había un negocio de neumáticos. Entré a la tienda y saludé a un hombre, bajo y menudo, que estaba acodado en el mesón de atención. Le expliqué que no me interesaba comprar nada y le pregunté si conocía a Razetti.
—Por cierto que conocía al abogado —dijo el vendedor con un tono de congoja—. Llegó al barrio casi en la misma fecha en que yo empecé a trabajar en esta tienda. Era un hombre simpático y buen conversador. Es una pena que tuviera un final tan triste. Dicen que se pegó un tiro.
—En eso se equivoca, amigo —dije alzando la voz—. Al abogado lo asesinaron. Un desconocido entró a su oficina y le disparó en la cabeza.
—¿Y usted cómo sabe eso? —preguntó el vendedor, alarmado.
—Investigo su muerte.
—¿Es policía?
—Soy un tipo que hace preguntas y pretende descubrir al asesino de su amigo.
El hombre quedó pensando en mi respuesta y tironeó nerviosamente el bigote que parecía una mancha en medio de la repentina palidez de su rostro.
—¿Recuerda la mañana que lo asesinaron? —le pregunté.
—Estuvimos llenos de clientes. Recién cuando llegó la policía nos dimos cuenta de que había pasado algo especial en la oficina del abogado.
—¿Cree que alguno de sus vecinos pudo ver algo?
—Lo dudo. Por aquí la gente está pendiente de sus ventas y a nadie le importa mucho lo que suceda con las personas que están a dos metros de sus narices.
—Lástima. Tenía la esperanza de encontrar una pista.
—Cerca de aquí hay tres cafés con piernas. Las chicas que atienden en esos lugares pueden haber escuchado a sus clientes decir algo sobre el crimen del abogado.
—No es mala idea —dije sin entusiasmo, al tiempo que pensaba que un asesino no confesaría su crimen a la primera mujer de piernas bonitas que viera en el camino.
Me despedí del hombre y volví a la calle. Durante las dos horas siguientes entré a los tres cafés indicados por el vendedor; una ferretería, dos restaurantes de medio pelo y seis tiendas de repuestos de autos. Nadie supo aportarme algo que sirviera.
Volvía al restaurante que estaba frente a la oficina de Razetti, cuando me llamó la atención un hombre acostado junto a un árbol, a dos o tres metros de la puerta que conducía al despacho de mi amigo. Era un vagabundo de los que abundan en el sector, y que ocupaba sus horas en conseguir unas monedas para comprar una caja de vino o pagar el acceso a una hospedería pulgosa. Me acerqué a su lado y lo observé un instante antes de dirigirle la palabra. Tras la barba sucia y la colección de harapos que portaba tenía una edad indefinida. Parecía dormido y a un lado de su cabeza había una botella de agua y un plato con una ración de arroz pegoteado y frío. Le dije unas palabras y no obtuve respuesta. Toqué suavemente uno de sus hombros. Abrió los ojos y enseguida volvió a cerrarlos.
—Mejor déjelo tranquilo —dijo una mujer joven y delgada, que vestía una cotona gris—. Hace dos semanas que está junto a ese árbol. Nadie sabe su nombre. Llamamos a la posta y a los carabineros, y no han venido a recogerlo. Los vecinos le traen comida y él ni la toca. Es duro decirlo, pero mejor sería que se lo llevara el caballero de arriba.
—Tal vez pueda ocupar un poco de mi tiempo e insistir con la policía —dije.
—¿Y por qué le interesa ese hombre?— preguntó la mujer—. ¿Por qué desea hablar con él?
—Supongo que usted está al tanto del asesinato del abogado
—dije, indicando hacia las ventanas de la oficina de Razetti.
—Oí algo. ¿Y eso qué relación tiene con el pobrecito?
—Pudo haber visto algo el día que mataron al abogado.
—¿Qué iba a ver? Ni siquiera sabe dónde está botado —dijo, y luego de una pausa en la que pareció pensar en sus próximas palabras, agregó—: Vi el barullo que se armó ese día. Trabajo de empleada en la casa vecina y por las mañanas barro la vereda. Solía verlo llegar o salir de su oficina. Un hombre amable; nunca dejaba de sonreír y dar los buenos días.
—¿Y cómo supo que lo mataron?
—Yo estaba en la vereda cuando vino la ambulancia y escuché a los camilleros.
—¿Qué decían?
—Que alguien había despachado al finado.
—Quizás vio a la gente que entró a la oficina del abogado el día de su muerte.
—No crea que paso todo el tiempo en la calle —dijo la mujer al tiempo que se agachaba a humedecer los labios del vagabundo con el agua de la botella.
—Pero habrá visto a alguien.
—Al único que recuerdo es a un tipo grande y calvo —dijo la mujer, ensombreciendo el tono de su voz.
—No parece tener buen recuerdo del calvo.
—Por cierto que no. Salió del edificio, desparramó unas hojas acumuladas en la vereda, y le dio un puntapié a este —agregó, indicando al vagabundo—. ¡Basura! Le gritó que era un montón de basura que había que sacar de la calle. Después subió a un jeep negro y se largó.
—¿Dijo nuestro amigo algo que molestara al calvo?
—Le pidió unas monedas, como a toda la gente que pasa por aquí.
—¿Recuerda cómo iba vestido el calvo?.
—De negro, igual que esos muchachos que andan con sus brazos llenos de tatuajes.
—¿Lo había visto por el barrio en otras ocasiones?
—No. ¿Y por qué hace tantas preguntas?
—Soy detective y pesquiso la muerte del abogado.
—¿Tira?
—Soy detective privado y el señor Razetti era mi amigo.
—Desgraciadamente, no es mucho más lo que puedo hacer por usted.
—Dicen que un muerto nunca se va sin compañía —dije, observando de reojo al vagabundo que había comenzado a respirar con dificultad.
—Usted dijo que podía llamar a la policía —recordó la mujer.
—Si me dice dónde puedo encontrar un teléfono. No uso celular.
—Primera vez que tropiezo con alguien que no usa celular —dijo ella y enseguida me pasó el teléfono que sacó de su cotona.
—Marque usted el número que le indicaré —dije, devolviéndole el artefacto.
Ella volvió a mirarme con extrañeza y luego marcó el número que le dicté.
Tomé le celular y escuché la voz de Ruperto Chacón. Le expliqué la situación del vagabundo y prometió conseguir una ambulancia.
—Hasta para caerse muerto en la calle se necesitan influencias —dije a la mujer, devolviéndole el celular.
Durante una hora ella y yo hablamos acerca de su vida. Trabajaba en la casa de una pareja de empleados bancarios y tenía dos hijas pequeñas a las que llevaba a un jardín infantil de la población donde vivía. Se llamaba Florencia, y había nacido en un pueblo del sur. De su marido no habló ni yo le pregunté.
Cuando escuché la sirena que se acercaba, me despedí y caminé hasta la esquina más próxima. Al rato, mientras terminaba de fumar un cigarrillo, vi cómo subían al vagabundo a la ambulancia. Llevaba una mascarilla de oxígeno sobre el rostro, lo que no era garantía de que llegara respirando al hospital.
Un hombre calvo y violento, del que no me constaba que visitara a Razetti. Sabía que el segundo piso del pequeño edificio estaba ocupado por la oficina de mi amigo y una bodega utilizada por uno de los comerciantes del barrio.
El bus me dejó a pocas cuadras de mi departamento. Caminé sin prisa en dirección al quiosco de mi amigo Anselmo que, delgado y avejentado, seguía manteniendo el entusiasmo que requería para abrir su pequeño negocio. No ganaba mucho dinero con sus ventas, pero tenía amigos que pasaban a conversar con él y en ocasiones era reconocido por algún viejo hípico que sabía de sus hazañas como jinete en el Hipódromo Chile.
Anselmo revisaba el contenido de una caja de galletas. Me saludó sin dejar de contar su mercadería y luego, cuando concluyó su tarea, me dijo que un desconocido esperaba junto a la puerta de mi departamento.
—¿Debo tomar alguna precaución? —pregunté a Anselmo.
—Vaya tranquilo, Heredia —sentenció Anselmo—. No tiene aspecto de cura, sicario o promotor de préstamos bancarios.
—¿Desde cuando tienes pensamientos tan profundos?
—Desde que mi amiga Micaela me invita a las reuniones de un grupo ambientalista que se reúne cerca de la plaza Ñuñoa. Unos exjóvenes revolucionarios que le dan tupido y parejo al whisky con hielo.
—Ya no puedes negar que eres un viejo verde.
—Si lo dice por mis preocupaciones ambientalistas, lo acepto. Pero si lo dice por mi amiga, debo aclararle que está muy equivocado. Micaela tiene sus años, pero aún se mueve en la cama con bastante imaginación y entusiasmo.
—Me alegra que recuperes tus antiguas ganas de pasarlo bien.
—Hay que entretenerse antes que aparezca la cabrona muerte y nos vuele la cabeza de un guadañazo.
—En eso siempre hemos estado de acuerdo, Anselmo.
—En eso y en casi todo. Salvo en su manía de apostar a caballos segundones y en que haya dejado partir a Griseta. Esa muchacha lo quería.
—Apostar a caballos favoritos no tiene vértigo. Y en cuanto a Griseta, sabes muy bien que ella tenía otras aspiraciones relacionadas con estudios y viajes. ¿Qué podía ofrecerle yo? Fuimos felices mientras estuvimos juntos y eso no lo olvido.
—Nunca vamos a estar de acuerdo en eso —dijo Anselmo, y luego de observar la mercadería que tenía dentro de la caja, agregó—: Mejor suba, don. Su visita debe estar aburrida de esperar.
6
Divisé a Héctor Sanhueza desde el ascensor. Apoyado en la pared, junto a la entrada de mi departamento, leía una revista deportiva. Al verme llegar, cerró la revista, y luego de saludarme me observó abrir la puerta del departamento.
—Estaba a punto de marcharme —dijo—. El hombre del quiosco me ofreció abrir la puerta de su oficina, pero no me pareció apropiado entrar sin que usted estuviera presente.
—El hombre del quiosco se llama Anselmo, y es mi amigo.
—¿Y si yo hubiera sido un ladrón?
—No hay nada de valor en mi departamento, a excepción de libros polvorientos y un gato. Y a nadie le interesa robar libros en un país donde buena parte de la gente no entiende lo que lee.
—Olvida al gato —dijo Sanhueza, sonriendo.
—Está viejo y gordo, pero habría huido sin dificultad —dije.
Simenon salió a recibirme, se enroscó entre mis piernas y enseguida olfateó los zapatos de Sanhueza.
—Tiene que pasar por el control de calidad —dije al abogado.
—Parece que su gato es todo un personaje.
—Lo es, pero que no le escuche. Se le pueden ir los humos a la cabeza.
Indiqué a Sanhueza la silla ubicada frente a mi escritorio y luego ocupé mi sillón giratorio de costumbre.
—¿Qué se le ofrece, Sanhueza?
—Quería saber cómo le fue con la lectura de los documentos. Si consiguió alguna información de utilidad.
—¿Usted los leyó? —pregunté.
—No, usted vio que se los pasé apenas salieron de la impresora.
—Lo vi, pero pensaba que podría haberlos leído antes. Mal que mal, era el ayudante de Razetti.
—Pero no participaba en todas sus causas —dijo Sanhueza y luego de una pausa me preguntó por el contenido de los documentos.
—Me entretuve con las historias, pero no encontré nada útil en ellas.
—¿Nada?
—Senderos que conducen hacia un mismo túnel sin salida.
—Lástima. Fue lo único que pude rescatar —dijo Sanhueza y guardó un silencio culpable.
—¿Hay algo más, aparte de su interés por los documentos? —le pregunté.
—Hoy, en la mañana, la señora Raquel me pidió que fuera a buscar unas cajas con libros, carpetas y otros objetos que don Alfredo tenía en su oficina. Estaba por terminar cuando apareció un tipo preguntando por él. Dijo que era dirigente de una agrupación comunal en un pueblo del norte del país. No estaba al tanto de la muerte de don Alfredo.
—¿Dijo para qué buscaba a Razetti?
—No pude sacarle mucha información. Se llama Julián Becerra.
—¿Habló del problema que necesitaba la intervención de Alfredo?
—No. La verdad es que el hombre quedó muy afectado cuando supo que don Alfredo estaba muerto.
—¿Eso fue todo?
—Antes de irse mencionó que alojaba en un hotelito ubicado en el barrio Huemul. Y me dijo que mañana regresa al norte.
—Conozco el barrio Huemul y creo saber cuál es el hotel. Es el único que existe en el sector. Me parece que es hora de ir a dar una vuelta por ese lugar.
—¿Puedo ir con usted?
—Dudo que sea un paseo plácido.
—A la señora Raquel le gustará saber que usted avanza en la investigación.
—Nada asegura que ubicar a ese hombre sea de utilidad.
—De todos modos, me gustaría saber qué dice Becerra.
—Cuando tenga algo que decirle a la señora Raquel, lo haré personalmente.
—Quería colaborar. No lo tome a mal.
—Gracias, pero hay cosas que prefiero hacer solo.
—Desconocía que existiera un barrio llamado Huemul.
—Puede visitarlo cuando tenga un tiempo libre. Es un viejo sector residencial al sur de Santiago, cerca de la calle Franklin. Su primera parte fue edificada a comienzos del siglo xx, durante el gobierno de Barros Luco, presidente que sigue en la memoria de los chilenos solo porque le dio su nombre a un sándwich de queso con carne. La idea era crear un barrio obrero modelo. Y por eso se cuenta que el presidente ordenó traer palmeras desde las Islas Canarias y planchas de zinc desde Inglaterra.
—¿Y usted, cómo sabe eso?
—He leído dos o tres libros sobre la historia del barrio y a veces recorro sus calles. Incluso, cuando los cambios que se producen en mi barrio me colman la paciencia, pienso en arrendar una casa por el sector —dije y agregué—: Cuentan que Carlos Gardel cantó en el teatro del barrio Huemul durante una gira que hizo a Santiago en 1920. Pero, hasta donde sé, nadie ha podido comprobar que sea verdad. De lo que no hay duda es que Gabriela Mistral vivió en el barrio, en la calle Waldo Silva. He visto la plaquita que puso el municipio junto a la puerta de la que fue su casa.
—Déjeme ir con usted. Prometo no interferir en su trabajo —dijo Sanhueza.
—En otra oportunidad, Sanhueza. Hoy no ando con ánimo de guía turístico.
—Si he de serle franco, señor Heredia. Usted no es muy agradable.
—Así dicen y la verdad es que no me preocupa. No ando por la vida de político ni de vendedor ambulante.
***
El hotel donde alojaba Becerra ocupaba una casona baja y antigua, pintada de un amarillo chillón que la destacaba entre las casas vecinas. Frente a su puerta, entre dos árboles frondosos, había una camioneta estacionada, y junto a esta un par de quiltros adormilados. Presioné el timbre ubicado a un costado de la puerta y luego de unos segundos salió a recibirme una muchacha. Le expliqué que buscaba a un cliente de apellido Becerra y me hizo entrar a una sala en la que había tres sillones de mimbre adornados con cojines, y una mesa de centro con algunas revistas sobre su cubierta.
—Le avisaré que lo buscan —dijo la muchacha y desapareció por un pasillo hacia el interior de la vivienda.
Las estrellas nunca habían iluminado al hotel. El papel con manchas de humedad que cubría las paredes me recordó el motel donde trabajé antes de convertirme en investigador privado.
Minutos más tarde, la muchacha volvió acompañada de un hombre bajo, de rostro moreno y curtido, que se quedó de pie en medio de la habitación. Le dije que Sanhueza me había dado sus señas y eso pareció tranquilizarlo. Luego le hablé de Razetti y de la investigación que estaba realizando.
—¿No pensará que yo tuve algo que ver con su muerte?
—Lo tendré en mi lista de sospechosos hasta que aclaré su relación con Razetti.
—Jamás habría hecho algo contra él. Nos estaba ayudando a denunciar el problema que tenemos en el pueblo.
—¿De qué pueblo habla?
—Cuenca.
—Primera vez que lo escucho mencionar.
—Está al norte de Santiago, a siete horas en bus.
—¿Qué pasa en su pueblo? —pregunté.
—Una empresa minera se instaló en los alrededores del pueblo y contaminó las aguas del río que lo cruza. Nuestros sembrados se mueren y la mayoría de la gente se está quedando sin sus fuentes de ingresos o ha tenido que buscar otro trabajo lejos del pueblo. La minera construyó una represa destinada a contener los desechos de la producción de cobre. Si el tranque se rompe o fisura, estos caerán sobre el poblado. Nos han ofrecido cambiar el pueblo hacia otra parte, pero no queremos irnos. Nuestras vidas, y las de varias comunidades indígenas son parte de la historia del lugar.
—¿Y qué pensaban lograr con la ayuda de Razetti?
—Detener las faenas de la minera y denunciar sus atropellos. Los que no estamos de acuerdo con irnos hemos sido amenazados y golpeados. Dos abogados que intentaron ayudarnos antes que Razetti fueron obligados a dejar el pueblo.
—¿Quiénes son los que amenazan y golpean?
—Los guardias de la empresa minera.
—¿Y los carabineros?
—Rara vez intervienen, y cuando lo hacen, es contra de los pobladores.
—¿Cómo llegó a Razetti? —pregunté.
—Don Alfredo era amigo de uno de los abogados que dejaron el pueblo. Él nos dio sus referencias. Y más tarde, cuando decidimos defender nuestros derechos por la vía legal, vine con uno de mis compañeros a conversar con él. Se interesó en el problema, pero nos aclaró que poner un recurso de protección contra la minera era algo complejo. Nos pidió dos semanas para estudiar el caso y quedé en regresar a verlo. Ni en mis peores pesadillas pensé que viajaría a enterarme de su muerte.
—¿Supo alguien de su entrevista con Razetti?
—La gente del grupo que organizamos en defensa del pueblo.
—¿Gente de confianza?
—Desde luego. ¿En qué piensa señor Heredia?
—Imagino situaciones, posibles hechos. Es parte de mi trabajo. Debe existir una razón para que alguien quisiera silenciar a mi amigo.
—Pero no busque al responsable entre nuestra gente —dijo Becerra—. No es la primera muerte que nos afecta. Uno de los dirigentes de nuestro grupo, Recaredo Beltrán, murió al caer en un barranco. Se dijo que fue un accidente, pero muchos en el pueblo piensan que fue asesinado.
—¿A qué hora sale su bus? —pregunté a Becerra.
—A las once y media de la noche, señor. Pero no es un bus que viaje directamente al pueblo. Me dejará en la carretera y luego tendré que esperar a un bus local.
—¿Hay forma de saber si quedan pasajes disponibles en ese bus?
—No es fin de semana ni temporada de vacaciones. Debería haber más de un asiento desocupado.
—Viajaré con usted si me da unos minutos para colocar algo de ropa en un bolso.
—¿A Cuenca? ¿Por qué haría eso, señor?
—Ya le dije que pretendo descubrir al asesino de mi amigo.
—Eso puede servir a nuestra causa —dijo Becerra.
—No apueste mucho a eso. Lo que hago es seguir una tincada
—dije, y luego añadí—: Detesto los viajes en bus, pero a veces hay que hacer cosas que no nos gustan.
—Es un viaje largo, pero de noche algo se puede dormir.
—¿Usa teléfono celular? —pregunté a Becerra.
El dirigente me miró extrañado y sacó el celular de uno de los bolsillos de sus pantalones.
—Prometo ser breve —dije.
Con alguna dificultad marqué el número de Ruperto Chacón. Le hablé de Becerra y del viaje que estaba a punto de comenzar, siguiendo una pista incierta, pero pista al fin de cuenta. Enseguida le pedí que averiguara si el comerciante que ocupaba la bodega junto a la oficina de Alfredo tenía a un tipo calvo entre sus empleados.
—¿Y qué pito toca ese calvo en la investigación? —preguntó Chacón.
—El día del crimen vieron salir a un calvo desde el edificio donde trabajaba Razetti.
—Una buena razón para dar con él —dijo el policía, y luego, sin querer alargar la conversación, agregó—: Que tengas buen viaje, Heredia.
Le dije a Becerra que me esperara y salí hacia mi departamento, donde puse algo de ropa en un bolso y llamé a Anselmo para que se hiciera cargo del cuidado de Simenon durante mi ausencia.
***
Aunque tome un par de copas o una colección de somníferos, jamás duermo mucho cuando viajo de noche en un bus. Me da lo mismo la comodidad de sus asientos o que me aseguren que no correrá a exceso de velocidad. Siempre tengo la sensación de ir dentro de un ataúd colectivo que de un momento a otro irá al despeñadero. Voy pendiente de cada ruido, de los murmullos que provienen de los asientos vecinos y finalmente me declaro derrotado por los ronquidos de los otros pasajeros.
El viaje al norte duró siete horas infernales, dos de las cuales ocupé en escuchar las historias de Becerra y las siguientes en seguir el ritmo alterado de mi corazón. Al amanecer, cuando comenzaba a desaparecer la oscuridad que nos había acompañado en la ruta, el bus nos dejó en la carretera, en un punto donde no se veía más vida que unos cactus de aspecto lastimoso, entre piedras y cercados de alambre.
—Tenemos que esperar el bus interurbano que llega a Cuenca —dijo Becerra, y con toda la calma del mundo acomodó su bolso a modo de almohada y se recostó con la mirada fija en el cielo.
Guardé silencio. Tenía sueño y me sentía de malhumor, dispuesto a decir cualquier disparate a la menor provocación. Me senté sobre una piedra, encendí un cigarrillo y mi ánimo no mejoró. Media hora más tarde oí el ruido de un motor y vi acercarse a un bus destartalado que parecía avanzar con dificultad sobre el asfalto recalentado de la carretera. Becerra se puso de pie y comenzó a mover los brazos.
—Ahora falta que el bus pase de largo —dije, sin ningún deseo de imitar a Becerra en sus señas destinadas a detener el vehículo que comenzaba a tener un color más definido.
—Más sufrió Cristo y menos se lamentó —dijo Becerra acercándose al bus que se había detenido y abría una de sus puertas.
***
—No se haga grandes ilusiones con el pueblo —dijo Becerra cuando el bus avanzó por un camino de tierra, recto y desierto, que parecía perderse en la línea del horizonte—. Tiene poco más de ocho mil almas y muchas de ellas viven en los alrededores, donde mantienen sus sembrados o crían cabras para producir los quesos que venden en ferias o a comerciantes de otros lugares. La leyenda dice que fue creado por dos soldados del conquistador Pedro de Valdivia, quienes decidieron quedarse en el lugar, cansados de caminar en busca del reino dorado. Se juntaron con unas indias y formaron las familias que existen hasta la fecha. O la mayoría, porque otras descienden de obreros pampinos que vinieron a dar al pueblo cuando cerraron las salitreras en el norte, a comienzos del siglo pasado. Mi abuelo contaba que el pueblo tuvo su esplendor cuando corría el ferrocarril hasta el norte del país. Los trenes se detenían en Cuenca y los pasajeros bajaban a comer o a comprar provisiones. Más tarde, cuando se construyó la carretera y el tren fue condenado a muerte, la vida se puso más dura. El trabajo comenzó a escasear y buena parte de los jóvenes se fueron a tentar fortuna en otras partes.
—Y luego llegó la empresa minera.
—La explotación del cobre nos cambió la vida. Al principio, cuando aún no se construía la represa, pensamos que se trataba de una buena posibilidad de progreso para el pueblo. Se reactivó el comercio, se abrieron pensiones que daban de comer a los empleados y obreros de la minera, y hasta mejoraron las calles del pueblo y los caminos que conducen a la mina. Después nos dimos cuenta de que ese aparente progreso no aseguraba el futuro de la comunidad. Todo empezó cuando la represa estuvo lista y al poco tiempo se detectó una filtración que provocó un derrame de líquido contaminado en el río. Ese año, las cosechas no dieron los frutos acostumbrados y después de un largo pleito se consiguió que la minera pagara una indemnización, mínima, a los vecinos afectados. Lo único bueno de ese episodio fue que alertó a los pobladores y algunos tomaron conciencia del peligro que implica convivir con la represa.
—¿Y qué dicen las autoridades?
—Las autoridades, en su mayoría, bailan al ritmo del dinero —dijo Becerra mientras observaba hacia el camino—. Pero ya hablaremos más extensamente de eso, amigo. Ahora estamos entrando al pueblo.
Miré por la ventanilla y observé una plazoleta con flores que tenía en el medio una gran mole de concreto, en cuyo centro se leía: ¡Bienvenido a Cuenca! Después, el bus se internó por una calle asfaltada que desembocó en lo que debía ser la plaza principal del pueblo. Las calles lucían limpias y las casas que rodeaban a la plaza estaban pintadas de colores llamativos y relucientes.
—No parece un pueblo con problemas ni en vías de extinción —dije.
—Parques, plazas, calles asfaltadas, casas recién pintadas. No se deje engañar por las apariencias. Eso se hace con dinero, y la minera lo tiene a raudales y se da el lujo de suplementar el presupuesto municipal, apoyar a los vecinos en la mantención de sus casas y hacer otras inversiones que le ayudan a ganar el aprecio de la gente.
—Hay mucho paño que cortar.
—¡Muchísimo! —exclamó Becerra y comenzó a caminar hacia la salida del bus.
Una vez en la vereda, dejó su bolso en el suelo y miró detenidamente a su alrededor.
—¿Qué le preocupa? —le pregunté.
—Usted es un extraño y llamará la atención en el pueblo. Apenas se ponga a hacer preguntas sabrán que usted no está en el pueblo por casualidad.
—¿Qué propone?
—Que se presente como un amigo y se aloje en mi casa.
—Gracias, pero prefiero una pensión. A mi edad tengo mis mañas y además, apenas me ponga a hacer preguntas sabrán que no ando de turista por la zona. Además, no estoy de acuerdo con lo que dice. Cuanto más se demoren en asociarme con usted, mejor será para mi trabajo.
—La decisión es suya, Heredia —dijo Becerra—. Camine dos cuadras por esta misma calle y encontrará la pensión Adelita. Diego, su dueño, es primo mío y seguro que le hace un precio especial. Al mediodía lo paso a buscar para ir a mi casa. Mi mujer es muy buena cocinera.
—Deme las señas de su casa y ahórrese el viaje.
7
Más intrigas de las esperadas, me dije mientras caminaba en dirección a la pensión. Había demasiada paz en las calles y muchas vecinas curiosas, pensé al darme cuenta que a mi paso se descorrieron las cortinas de varias casas.
La pensión indicada por Becerra estaba en una casa azul, de dos pisos, ubicada junto a un bar de aspecto dudoso y una carnicería que lucía en su frontis el dibujo de una enorme cabeza de cerdo. Al frente, junto a un taller mecánico, una casa sin terminar mostraba su esqueleto de madera reseco por el sol.
Diego Quinet, según me enteré más tarde, era hijo de un francés que fue a dar con sus huesos a Cuenca, donde después de intentar varios negocios, terminó inaugurando la pensión que años más tarde su hijo logró mejorar de categoría, ampliando sus piezas y ofreciendo nuevos servicios.
Quinet era alto, delgado y lucía una cabellera larga y canosa. Al principio me pareció un tipo simpático, pero algo en su mirada me advirtió que podía pasar rápidamente de la amabilidad a la ira. Me escuchó con atención, asintió con la cabeza cuando mencioné que conocía a su primo, dijo que las cuentas las haríamos al final de mi estancia y me pasó una llave unida a un rústico llavero de madera. Luego me indicó un pasillo por el que anduve un buen trecho hasta encontrar la puerta de mi habitación. Una vez en su interior me tendí en la cama y traté de recapitular lo sucedido desde el inicio del viaje.
Una repentina sensación de orfandad me hizo pensar en lo que sucedería si no regresaba a mi departamento en Santiago. ¿Qué haría Simenon? ¿Saldría a la calle o esperaría inútilmente junto a mi escritorio? ¿Y mis libros? ¿Y mis discos? ¿Se convertirían en un depósito de polvo, hasta que al segundo o tercer mes la dueña del departamento abriera finalmente la puerta?
Tomé una ducha helada y conseguí espantar el cansancio. Después fui a la recepción con la intención de pasear por el pueblo antes de concurrir a la cita con Becerra.
Quinet estaba sacando cuentas, pero dejó de lado su trabajo apenas me vio aparecer. Intuí que me esperaba.
—¿Piensa quedarse mucho tiempo en el pueblo? —preguntó.
—No más de una semana. Lo justo y necesario para finiquitar el negocio que me interesa.
—¿Negocio? ¿A qué negocios se dedica usted?
—Eso es un asunto privado, amigo.
—¿Desde cuándo conoce a mi primo? ¿Usted no formará parte de los agitadores con los que se reúne?
—¿Qué agitadores? —pregunté, mientras pensaba que me había precipitado al creer la historia de Becerra.
—Los que protestan contra la minera.
—¿Usted no cree que el trabajo de la minera afecta al pueblo?
—En esta pensión alojan empleados de la minera y ellos dicen que se encuentra controlada toda posible contaminación. Han construido una represa de enormes proporciones, antisísmica, y el riesgo de un desastre es prácticamente nulo. Los que protestan quieren ganar dinero y desconocen que, sin la minera, el pueblo habría desaparecido. Más de la mitad de la gente de Cuenca vive de ella ya sea porque la empresa les da trabajo o porque tienen pequeños negocios que sobreviven gracias a las compras de los operarios.
—Y a usted le da lo mismo que un día se rompa la represa y el pueblo quede sepultado bajo una capa de mierda.
—No tengo por qué dudar de lo que dicen los responsables de la minera, y además trato de ser pragmático. Gracias a ella he convertido esta pensión en la mejor del pueblo.
—A la gente que vive de las siembras no les va tan bien.
—La minera les dio la oportunidad de trasladarse a otras tierras.
—Probablemente existan personas a la que no les gusta que las echen del lugar donde nacieron y donde quieren vivir hasta el fin de sus días.
—Usted dice las mismas cosas que mi primo. ¿De qué se trata el negocio que vino a hacer al pueblo?
—Soy periodista y escribo un reportaje sobre la construcción de la represa —mentí.
—No necesitará investigar mucho para saber que la represa es una obra especial. Mide doscientos cuarenta metros de alto y casi dos kilómetros de largo. Los que han tenido la oportunidad de sobrevolar la zona dicen que sus dimensiones son impactantes.
—La represa no es mi único tema de interés. Escribo sobre un abogado que ayudaba a la gente que se opone a la represa —me atreví a decir.
—¿Al que pillaron merodeando dentro de los terrenos de la minera?
—De eso no sabía.
—Lo atraparon los guardias de la minera y lo entregaron a carabineros. Después, otro abogado intercedió por él y consiguió que lo liberaran sin cargos.
—¿Y usted está al tanto de lo que sucedió al abogado en Santiago?
—¿Por qué tendría que saberlo? Ni siquiera recuerdo cómo se llamaba.
—Alfredo Razetti. Lo asesinaron de un balazo en la cabeza.
—No es la mejor manera de morir —dijo Quinet y acompañó sus palabras con un gesto para indicar que prefería cambiar de conversación.
—¿Cómo se llama el abogado que ayudó a Razetti?
—En estos momentos no lo recuerdo.
—No embrome, en este pueblo todos se deben conocer.
—No pensará meterse en líos mientras aloja en mi pensión.
—¿Cómo se llama el abogado?
—Vicente Benavides. Tiene su oficina a media cuadra de la plaza —dijo Quinet y luego de observarme un instante, agregó—: Es todo lo que le diré. No quiero problemas con la administración de la minera.
—Descuide, me quedó claro que usted solo está interesado en el progreso de su negocio. Pero no se preocupe. Voy a la pieza a buscar mis pertenencias y veré donde depositar mis huesos durante el tiempo que permanezca en el pueblo. Mientras tanto, hágame la cuenta por ocupar la pieza durante una siesta de dos horas.
—Con tal de que se vaya, le regalo esas horas —dijo Quinet, molesto—. Tendré que hablar con Julián y cantarle un par de verdades.
***
Era lógico pensar que Becerra sabía que Razetti había sido detenido al intentar acercarse a la represa. Y si era así, ¿por qué había omitido ese antecedente en su relato? No me había agradado el diálogo con Quinet, pero más me incomodaba descubrir que Becerra había ocultado información.
Caminé sin rumbo fijo por las calles del pueblo, y luego de veinte minutos di con una casa que lucía un papel pegado en unas de sus ventanas que ofrecía alojamiento y comida. Toqué el timbre y salió a recibirme una mujer morena, de unos cuarenta años, alta y delgada, que vestía pantalones vaqueros ceñidos a sus caderas y una blusa escotada que permitía apreciar las abundantes pecas que tenía en el nacimiento de sus pechos.
—Estoy interesado en el aviso de la ventana —dije, sin apartar la mirada de los llamativos ojos negros de la mujer.
—¿Está interesado en el aviso o en la pieza que arriendo?
—precisó la mujer con la severidad de una quisquillosa profesora de castellano.
—Por el aviso, la pieza y todo lo que usted desee ofrecerme
—dije, y al ver el súbito tono sonrosado que coloreó las mejillas de la mujer, supe que había logrado un avance en mi intención de obtener alojamiento.
—¿Trabaja para Memphis? —preguntó.
—Trabajo por mi cuenta y me pagan por hacer preguntas
—respondí.
—¿Le paga la minera?
—No. ¿Cuál es su problema con Memphis?
—Sería largo de explicar y ahora no tengo tiempo. ¿Quiere ver la pieza?
Seguí a la mujer hacia el interior de la casa. Llegamos a un cuarto limpio, ordenado y luminoso. En su interior había una cama de dos plazas, un par de veladores y una silla de respaldo metálico. Una puerta estrecha comunicaba con un pequeño baño. La ventana de la pieza daba a un patio donde crecían dos árboles y varios cardenales plantados en macetas de greda.
—Me quedo con la pieza —dije mientras dejaba mi bolso sobre la cama.
—¿Sin saber las condiciones?
—Solo quisiera saber su nombre.
—Adriana Mercado para servirle en lo que pueda o se me antoje.
—Perfecto, ya puede sacar el aviso pegado en la ventana.
—No he dicho que quiera arrendarle la pieza.
—He pasado buena parte de mi vida alquilando piezas y puedo reconocer cuando no me van a dar un portazo en las narices. Me llamo Heredia, y le aseguro que me gusta lo que he visto después de presionar el timbre de su casa —respondí.
La mujer volvió a sonrojarse.
—De acuerdo, usted gana en esta ocasión —dijo Adriana Mercado—. El desayuno se sirve de siete a nueve de la mañana, y en el caso de los hombres, no se admite que ingresen mujeres a sus cuartos.
—¿Y las mujeres pueden ingresar hombres a sus piezas?
—Cuantos quieran —dijo Adriana Mercado y acompañó sus palabras con una sonrisa que se prolongó hasta que abandonó la pieza.
A solas, contemplé la reproducción de un cuadro de Monet que colgaba en unas de las paredes, y luego hice lo mismo con los árboles del patio. Llegaría el momento en que me aburriría de Santiago y partiría con camas y petacas a un pueblo pequeño del sur, donde pudiera convivir con el silencio y descifrar el lenguaje de los pájaros o del viento meciendo el follaje de los árboles. Un lugar apropiado para llevar una vida sencilla, dormir sin inquietudes y despertar en el invierno con el sonido de la lluvia.
Me tendí sobre la cama y encendí un cigarrillo. Me gustaba estar en cuartos extraños, acostumbrarme a sus dimensiones e imaginar qué personas habían ocupado antes ese lugar donde hasta el aire era fugaz, como el de las estaciones de trenes o los aeropuertos.
Un rato más tarde, y con algo de esfuerzo, me encaminé a la casa de Julián Becerra, quien me esperaba en la puerta de su casa, observando a derecha e izquierda. Una vez dentro de su casa, me presentó a Berta, su esposa, una mujer baja y menuda, a la que evidentemente la vida había quitado muchos de sus atractivos. Sus cabellos negros lucían lacios y unas arrugas prematuras rodeaban sus ojos. Me saludó a la distancia y luego de estudiar mi aspecto por unos segundos, se dirigió a la cocina.
—Tuve que cambiar de alojamiento —le dije a Becerra a modo de excusa por el atraso—. No hice buenas migas con su primo. Desde que le dije que había conocido a Razetti demostró no estar muy interesado en darme su hospitalidad.
—No me extraña, siempre ha sido temeroso y miserable —dijo la esposa de Becerra en el momento que volvía al comedor con unos platos que contenían puré de papas y unas presas de pollo asado—. Se lo he dicho muchas veces a Julián, pero él insiste en defenderlo porque es parte de su familia.
—No seas tan severa con mi primo —le contestó Becerra—. Recuerda que ayudó con víveres a los compañeros que están en huelga de hambre.
—¿De qué huelga habla, Becerra? —pregunté.
—Dado que las autoridades del pueblo no escuchan nuestras demandas, un grupo de once compañeros iniciaron una huelga en el club deportivo. La idea es llamar la atención de la prensa y de las autoridades regionales, pero hasta ahora no se ha obtenido mucho. El diario del pueblo, que sobrevive gracias a los avisos de la minera, nos ignora; al igual que los de Santiago. Y las autoridades siguen indiferentes, esperando que se resienta la salud de los huelguistas. Los compañeros enviaron una carta al Presidente de la República, y este, a través de uno de sus ministros, respondió que el litigio con la minera era un asunto entre particulares; que debía ser resuelto legalmente y sin la intervención del gobierno.
—¿Y usted sabía que Alfredo estuvo detenido cuando vino al pueblo?
—Por supuesto. Lo fui a ver a la comisaría y acompañé al abogado que gestionó su libertad.
—¿Y por qué no me lo dijo? —pregunté alzando el tono de mi voz.
—Temí que se arrepintiera de viajar.
—Espero que sea la última vez que me oculte información. Me gusta confiar en la gente que tengo a mi lado.
—Disculpe —balbuceó Becerra, y luego me contó su versión de lo sucedido con Razetti, la que no difería sustancialmente de la de su primo.
—Casi todos en el pueblo se han vendido a la minera —dijo la esposa de Becerra cuando este terminó su relato—. Los carabineros persiguen a los vecinos organizados y hasta el cura de la parroquia predica sobre el supuesto bienestar que nos ha traído la minera.
—Hay mucho dinero en juego y la minera intenta ganarse la voluntad de la gente. Para algunos pavimenta calles o arregla escuelas, y para otros, los que tienen algún tipo de poder, dispone de recursos que van directamente a sus bolsillos —agregó Becerra, interrumpiendo a su mujer—. La explotación del cobre está proyectada a treinta años, y después la minera se irá con sus utilidades y nos dejará los desechos tóxicos.
—El dinero les sobra —dijo Berta—. Por eso los vecinos ven que el proyecto avanza sin contrapeso y se aburren de protestar. Otros carecen de la información adecuada. Ignoran que la represa está diseñada para contener más de cuatro millones de metros cúbicos de materiales desechables. Materiales que cualquier día pueden caer sobre nuestras casas y que hoy nos están afectando a través de los elementos químicos que van a dar a las aguas subterráneas que alimentan el río.
—Berta sabe de lo que habla. Estudió ingeniería en minas hasta que tuvo que dejar su carrera universitaria por falta de dinero. Pero sigue informándose y formó un grupo de apoyo a Cuenca con algunos de sus antiguos compañeros. Realizan estudios sobre la materia y han elaborado el marco técnico que sustenta nuestra demanda —aclaró Becerra.
—No logramos impedir la construcción de la represa, pero tenemos la esperanza de conseguir que no se siga utilizando o que se adopten mejores medidas de resguardo —dijo Berta—. Pedimos que procesen las aguas contaminadas y que construyan un muro de contención entre la represa y el pueblo. Sería una manera de evitar que los desechos caigan sobre nosotros en caso de filtraciones o de fisuras ocasionadas por un terremoto. Y lo que digo no son fantasías. El año 1985 en el pueblo italiano de Val di Stava se rompió la presa construida por la minera que operaba en el lugar. La rotura provocó una avalancha de fango tóxico que cubrió buena parte del pueblo y mató a centenares de sus habitantes. Y está el caso del relave minero que contaminó el río Opamayo, en Huancavelica, una de las zonas más pobres del Perú. Veinte mil metros cúbicos de desechos fueron a dar al río por el colapso de la represa. Y estos son dos ejemplos en el ámbito minero, porque también están los desastres provocados por fallas de seguridad en plantas nucleares y empresas hidroeléctricas.
—¿Qué contiene ese relave? —pregunté a Berta.
—El agua, el barro y los minerales tóxicos que sobran una vez que ha sido procesado el cobre.
—No me gustaría que eso cayera sobre mi cabeza.
—Ni a nosotros —dijo Berta—. Tampoco nos gusta que nuestra gente pierda sus siembras por falta de agua o que padezcan enfermedades que eran desconocidas en el pueblo.
—Tengo una idea general de lo que hacía Alfredo, pero no sé lo que yo puedo hacer por ustedes —dije.
—Nos puede ayudar a concretar una gestión que el abogado dejó pendiente —agregó Berta.
—¿Qué gestión? —pregunté a la esposa de Becerra.
—Necesitamos que una entidad autorizada, chilena o extranjera, certifique la contaminación del agua —respondió Berta—. Parece fácil de conseguir, pero en la práctica no lo ha sido. Hasta ahora no hemos conseguido que se emita un informe sobre la calidad del agua. Nuestras peticiones a distintos organismos públicos y privados han sido desoídas o tramitadas hasta el olvido.
—Don Alfredo estableció contacto con un laboratorio francés que podía realizar el estudio —agregó Becerra—. En una próxima reunión nos iba a informar sobre el avance de la gestión. Incluso empezamos a recolectar dinero con la finalidad de enviar a Francia a los dos compañeros que llevarían las muestras para el estudio químico y bacteriológico de las aguas.
—No logro entender qué me están pidiendo que haga —dije.
—Queremos información sobre el contacto que hizo don Alfredo —agregó Becerra.
8
Vicente Benavides ocupaba una oficina cochambrosa, apenas alumbrada por las dos ampolletas que pendían del cielo raso como murciélagos entumidos. Dentro del largo y oscuro despacho se acumulaban varios muebles y escritorios, lo que me hizo pensar que Benavides había tenido un pasado esplendoroso o que se dedicaba al remate de muebles usados. El aspecto de su rostro hacía juego con el deterioro de su oficina. Debía tener más de setenta años. Era de baja estatura y su tez lucía pálida, enfermiza. Sus ojos, de un color indefinido, estaban cubiertos por unas cejas grandes e intimidantes. Su escasa cabellera lucía peinada a la gomina y en general, nada de su aspecto hacía pensar que estuviera al tanto de lo que sucedía en el nuevo siglo que vivíamos.
Cuando entré a su despacho, el abogado se puso de pie y estrechó blandamente la mano que le ofrecí a modo de saludo. Le dije mi nombre y me indicó una silla que segundos antes había estado ocupada por un quiltro pequeño y patichueco.
—Ulpiano no se opondrá a que usted haga uso de su silla favorita —dijo el abogado, acompañando sus palabras con una sonrisa que humanizó su aspecto sombrío.
—¿Ulpiano?
—Ulpiano y Papiniano, así se llaman mis perros, en honor a dos de los más grandes jurisconsultos romanos. Emilio Papiniano, asesinado por orden del emperador Caracalla, fue maestro de Domicio Ulpiano, famoso por sus preceptos sobre el orden que impone la justicia entre los ciudadanos.
—En mi fugaz paso por la Escuela de Derecho solía quedarme dormido en las clases de Derecho Romano. Las impartía una abogada robusta y parlanchina que parecía contemporánea de Séneca.
—En Roma está la fuente de nuestra legislatura —dijo Benavides con tono severo.
—Esa es una de las pocas cosas que aprendí en mi paso por la universidad —dije, y antes de que el abogado iniciara una improvisada clase de Derecho Romano, le pregunté si recordaba a Alfredo Razetti.
—Por cierto, cómo olvidar a mi colega. Hicimos buenas migas cuando estuvo en el pueblo.
—¿Sabe que murió?
—¿Razetti? —preguntó con auténtica sorpresa—. No es posible, era un hombre joven y saludable. ¿Qué le pasó? ¿Un accidente?
—Recibió una bala en la cabeza. Lo asesinaron.
—No es posible —dijo el abogado—. ¿Se conoce al responsable?
—Todavía no.
—De lo que deduzco que no vino solo a darme la mala noticia.
—Necesito saber que hizo mientras estuvo en el pueblo y la razón por la que se contactó con usted.
—La respuesta a su inquietud es simple. Mi colega supo que yo había presentado tres demandas contra la empresa Memphis y vino a consultarme por los resultados de esas diligencias. De eso hablamos durante nuestra primera reunión.
—¿Qué finalidad tenían las demandas que usted interpuso?
—Detener la construcción de la represa. Las presenté a nombre de un grupo de vecinos.
—Y no tuvo ningún éxito. La represa igual se construyó.
—No solo fueron desechadas por el tribunal. Además, me significaron perder a varios clientes que mantenían negocios con la minera —dijo Benavides y efectuó una pausa para meterse a la boca una pastilla de menta que tomó desde un frasco ubicado a un extremo de su escritorio.
—Usted debió saber que las demandas le traerían problemas.
—Por supuesto que lo sabía. Probablemente yo sea un viejo romántico y fuera de onda, pero me pareció que la causa de los pobladores era justa.
—Habló de una primera reunión con Razetti. ¿Hubo otras?
—Tres o cuatro, si mal no recuerdo. Unas por asuntos legales y otras por el placer de conversar y comer alguna cosa, aunque a mi edad hasta el quesillo me hace daño. La segunda vez que nos reunimos, me solicitó que hiciera gestiones para proteger a los pobladores que estaban en huelga de hambre. Me pidió interceder ante las autoridades de la empresa. Intenté hacerlo, pero nunca conseguí entrevistarme con ningún ejecutivo importante. Lo único que obtuve fue que unos desconocidos asaltaran mi despacho. Por suerte, aparte de unos vidrios quebrados, no hubo más daños que lamentar. Hice la correspondiente denuncia a los carabineros, pero hasta la fecha no he tenido ninguna respuesta y dudo que hayan investigado nada. Los pacos deben estar en el podio de los tipos inútiles de nuestro país. Nunca están cuando se les necesita y cuando se les encuentra, no saben qué hacer.
Benavides guardó silencio por unos segundos, como esperando el comienzo de un nuevo asalto a su oficina. Luego tomó otra pastilla de menta y volvió a sus recuerdos.
—La tercera vez que vi a Razetti fue cuando me invitó al restaurante que se encuentra frente a la plaza. Me dijo que necesitaba un informe sobre la calidad de las aguas del río que cruza el pueblo, y que pensaba mandar unas muestras a Francia. Al parecer tenía un amigo periodista o cineasta que le prestaría apoyo.
—¿Le dio el nombre de esa persona? —pregunté.
—No, pero días después me contó que él mismo había intentado sacar las muestras, pero que a la salida del pueblo fue detenido por carabineros con el pretexto de revisar los artículos de seguridad que deben portar los vehículos. Le hicieron abrir el portamaletas, y mientras uno de los carabineros revisaba su licencia de conducir, otro se encargó de inspeccionar la maletera. Lo dejaron seguir sin problema, pero al llegar al pueblo vecino, donde pasaría las muestras a una persona que las llevaría a Santiago, descubrió que las botellas con las muestras estaban rotas.
—¿Qué hizo Razetti?
—Nada, que yo sepa. Tiendo a pensar que ideó otra manera de sacar las muestras del pueblo o que quiso encontrar evidencias más concretas de la contaminación.
—Fue entonces cuando entró a los terrenos de la minera.
—Exactamente. La última vez que vi a mi colega fue cuando intervine para que saliera de la cárcel. Querían acusarlo de robo frustrado. Nos despedimos a la salida del juzgado y ya no nos vimos. Al día siguiente regresó a Santiago y no supe de él hasta hoy.
—Me parece increíble que nunca consiguiera que un laboratorio competente hiciera un estudio de calidad de las aguas.
—¿De qué se sorprende? ¿O quiere una explicación acerca de los alcances del poder? Sin ir más lejos, en las últimas semanas se conoció el caso del hijo de un senador que dio muerte con su auto a un hombre. Lo procesaron, pero enseguida salió a relucir el dinero, y el senador logró que la viuda del atropellado retirara la querella a cambio de diez o veinte millones de pesos. Toda persona tiene un precio o un punto débil.
—¿Usted cree que su asesinato pueda relacionarse con sus actividades en Cuenca?
—Saque sus propias conclusiones, Heredia. Se ve grande y con experiencias en el cuerpo —respondió Benavides.
—Tiene miedo y no se lo reprocho. Ya vivió el incidente del asalto y ahora la muerte de Razetti da para pensar en cualquier cosa.
—Por supuesto que tengo miedo, pero a mi edad no puedo salir corriendo, ni tengo mucha vida que arriesgar —dijo Benavides, y luego de una pausa, añadió—: En el pueblo había dos colegas jóvenes que me ayudaron a presentar la primera demanda. Parecían interesados en el trasfondo social del problema que estábamos enfrentando, pero decidieron irse después de las amenazas anónimas que llegaron a sus casas. Hoy, uno de ellos vive en Ovalle, y el otro se fue a Valdivia. Ambos tienen buenos trabajos en empresas relacionadas con el consorcio al que pertenece Memphis.
—Un precio o una debilidad.
—Si quiere saber más de precios y amenazas, converse con Gastón Zamora, uno de los locutores de la radio Primavera. Un día vino a pedirme consejo. Traía un anónimo en el que le sugerían no continuar con sus comentarios acerca de la contaminación en el pueblo. El hombre estaba muy asustado —dijo Benavides en voz baja.
—¿Qué pasó con él?
—Prefiero que él le cuente su experiencia. Vaya a la radio y mientras tanto, llamaré a Zamora y le daré alguna referencia sobre usted.
—¿No tiene nada más que decirme?
—Ya le hablé detalladamente de mi relación con Razetti. Lo demás sería entrar en redundancias.
***
Pueblo chico, infierno grande. Nunca el dicho pareció tan pertinente, pensé mientras caminaba en dirección a la plaza, con la sensación de que a cada rato eran más las cortinas que se descorrían para seguir mis pasos. Seguramente ya había dejado de ser un extraño y era un sujeto con nombre y actividad conocida, del que se comentaría su abrupta salida desde el hostal de Quinet y el arriendo de una pieza en la pensión de Adriana Mercado. Más de alguien me habría visto entrar a la oficina de Benavides y corrido a comentarlo al almacén de la esquina o a la farmacia. Y me daba lo mismo, porque al final el rumor iría de boca en boca hasta convertirse en una verdad a medias, distorsionada, recreada según la imaginación o maledicencia del alcahuete de turno.
Por un momento tuve la intención de dirigirme al terminal y abordar el primer bus que me llevara de regreso a Santiago, lejos de las garras del dinero que estrangulaban al pueblo; y cuya historia, a simple vista, era silenciada igual que tantas otras, personales o colectivas, que existían en el país. Cuenca era un lugar insignificante que un día podría ser borrado de los mapas y de la realidad.
Me detuve frente a un muro en el que se leía la leyenda: «No permitamos que la minera contamine nuestra agua. Defendamos los derechos de nuestra comunidad». Leí la consigna y seguí mi camino. Pasé frente al hostal del próspero Diego Quinet y entré a uno de los bares que había visto al llegar al pueblo. Ocupé una mesa desde la que podía observar la calle y pedí una copa de vino blanco. Como uno más de los tantos vecinos chismosos del pueblo, miré a la gente que pasaba frente al bar y cuando al cabo de media hora la escena dejó de interesarme, pedí una segunda copa al mozo joven y gordo que no había dejado de vigilarme desde mi ingreso al bar.
—Así que usted es el antiguo novio de la señorita Mercado
—dijo el gordinflón una vez que me sirvió la copa—: Me alegro que finalmente se case con ella. Es guapa y buena persona.
—¿Casarme? —pregunté al tiempo que pensaba en la respuesta que le debía a Doris.
—Eso dijo la señora que nos trae el pan de los completos. Una boda pospuesta por muchos años. Nada mejor que una historia romántica para animar la vida social del pueblo. ¿En qué fecha será la boda?
—Para responder a eso, primero tengo que declararme a la novia —respondí con la malsana intención de aumentar la curiosidad del mozo—. Después de eso pensaremos en el carruaje, los monaguillos y los quinientos invitados.
—Seguro que ella se arroja en sus brazos y acepta la propuesta.
—Con las mujeres nunca se sabe —respondí utilizando el título de una novela de James Hadley Chase que había leído cinco o seis años atrás, durante un viaje a Puerto Montt—. En una de esas no le seduce vivir en la selva amazónica, que es donde tengo mi finca con plantaciones de cacao y café.
—¡Cacao y café! —exclamó el mozo, mientras hacia un esfuerzo por mantener su boca cerrada.
—El paisaje es hermoso, pero hay mosquitos, arañas del tamaño de un puño y serpientes de quince metros.
—¡Quince metros! ¿Y si la señorita Mercado no quiere ir a ese lugar?
—Traigo las serpientes a Cuenca.
—¿Qué haríamos en Cuenca con serpientes de quince metros?
—Un buen tema a ventilar en la próxima elección de alcalde.
—¡Serpientes! —volvió a exclamar el mozo mientras se dirigía al mesón del bar con una expresión de preocupación en su rostro.
***
La radio comunal operaba en el segundo piso de una casona de madera, tosca y desconchada. Subí por una escalera de peldaños estrechos y llegué hasta la puerta principal. Una secretaria somnolienta me informó que Zamora leía el noticiero en esos momentos. Preguntó si deseaba esperarlo y me indicó la banca ubicada en un pasillo, desde el que se veía un cuarto de no más de seis metros cuadrados que era el estudio de grabación de la radio. Sus paredes estaban forradas con cajas de las que se usan en el traslado de huevos, más una ventanilla que comunicaba con la caseta del radiocontrolador.
La voz de Zamora era profunda, nítida y comunicaba con seguridad los textos que leía.
Era un hombre alto, de hombros amplios y dueño de una barriga significativa. Vestía una arrugada camisa blanca, corbata roja con pequeños lunares verdes y suspensores que sujetaban sus pantalones de gabardina. Su calva relucía como un pan de mantequilla expuesto al sol.
—¿Viene a contratar una campaña publicitaria? —preguntó minutos más tarde, después de limpiarse la frente con un pañuelo de papel y de estrechar mi mano—. En nuestra radio podemos dar buenos consejos y el mejor de los servicios.
—Gracias, pero estoy aquí por otros motivos.
—¿Usted es la persona que estuvo reunida con Benavides? —preguntó, sobresaltado, como recordando de pronto una información importante—. Me llamó hace un rato para avisarme que venía a la radio. Hizo bien en contactar a Benavides. Es un buen abogado y seguramente le será de mucha utilidad.
—Sí, estuve con el abogado, pero...
—Antes de que me llamara Benavides, un colega de la radio me comentó que usted piensa instalar una tienda de electrodomésticos —dijo Zamora—. Si quiere publicitar su emprendimiento, está en el lugar indicado. Radio Primavera es la única emisora del pueblo y tiene una gran audiencia en el pueblo y sus alrededores.
—No sé qué le dijo Benavides, pero no pretendo instalar ninguna tienda. Quiero conversar sobre sus comentarios de apoyo a las personas que se oponen a la presencia de la minera en el pueblo.
—Ese asunto es parte del pasado y no me interesa recordarlo.
—Comentarios que emitió a diario hasta que empezó a recibir amenazas —dije y el locutor desvió su mirada hacia un rincón de la habitación—. Necesito que me cuente lo que fue esa experiencia.
—Usted parece estar suficientemente informado de esos hechos. ¿Qué pretende?
—Me llamo Heredia, soy detective privado y pretendo descubrir al que mató a Razetti. El abogado que usted conoció cuando él estuvo en el pueblo —dije y advertí que la noticia no le provocaba sorpresa.
—Sé lo que sucedió con él. Lo leí en el resumen de noticias que nos manda la agencia de prensa con la que estamos asociados. Lo conocí y no parecía mala persona. No obstante eso, debo confesar que no incluí su muerte en el noticiero de la radio. Ya tuve bastantes líos con el asunto de los comentarios.
—¿Alguien lo amenazó para que no siguiera hablando de las faenas mineras?
—Digamos que no estoy acostumbrado a que en mitad de la noche me pongan una pistola en la espalda.
—¿Reconoció al de la pistola?
—Nunca me dio la cara.
—Y aparte de la pistola, lo amenazó alguien después. ¿Quién lo hizo?
—Hay ciertos hechos que es preferible olvidar. Tengo familia que mantener y necesito conservar mi trabajo.
—Comprendo. ¿Quién lo amenazó? —insistí.
—Da lo mismo. Si quiere un consejo, váyase mañana mismo del pueblo.
—Quiero oír su versión de los hechos.
—Es simple y breve. Durante dos semanas hice comentarios en contra de la minera. El director y único periodista de la radio me apoyó hasta que supo que la estación había sido vendida a Jacinto Avendaño, un empresario al que nadie conocía en el pueblo. Me ordenó acabar con los comentarios, pero seguí un par de días, hasta que recibí las primeras amenazas.
—¿Y qué pasó con el nuevo dueño?
—Tiempo después supe que era un palo blanco de Memphis. Llegó con una buena oferta y el antiguo dueño, que ya estaba viejo y sin ganas de seguir batallando por la sobrevivencia de su radio, aceptó el cheque que le ofrecieron.
—Y el nuevo dueño cambió la línea editorial de la radio.
—Despidió al director y contrató como supervisor a un periodista joven que a duras penas logra hilar tres frases seguidas. Luego reunió al personal de la radio y en pocas palabras nos dijo que la emisora se dedicaría a transmitir música, a informar sobre algunas actividades locales y que se acababan las alusiones a cualquier tema que pudiera ser conflictivo. Más claro no podía ser.
—Pero usted conservó su trabajo.
—Por estos lados no hay muchas voces que sirvan para la locución radial.
—Y además, usted se habrá comprometido a mantener silencio.
—¿Qué insinúa?
—El silencio siempre tiene un precio o un costo. ¿Por qué no quiere revelar el nombre de la persona que lo amenazó?
—Hay que preocuparse del futuro.
—¿Por qué hizo los comentarios?
—A veces uno olvida el terreno que pisa, pero no volveré a cometer el mismo error. Ahora leo las noticias que me pasan los periodistas, hablo del tiempo y del horóscopo, comento resultados deportivos, cumplo mi horario y regreso a casa sin temor a encontrarme otra vez con una pistola en el camino.
—La vida feliz de Gastón Zamora.
—Si usted quiere luchar contra molinos de vientos es cosa suya. No me mezcle en sus entuertos.
—Contaba con su ayuda, pero veo que me equivoqué.
—Usted se marchará y otros pagarán los platos rotos. A la minera nadie la va a derrotar. Ni usted ni los vecinos organizados.
—Pretendo estar unos días más en el pueblo. Si de pronto recuerda el nombre del fulano que lo amenazó, no dude en decírmelo. Podría ser de gran ayuda.
—No sea majadero.
—Piénselo y no me decepcione, Zamora. Y sobre todo, no se decepcione a sí mismo.
9
La conversación con Zamora terminó por agotarme. Y no era un cansancio físico, sino que cierta forma de hastío por el comportamiento de las personas como él. El mediocre apego a una existencia ratonil es tan nefasto como el arribismo o el lambisqueo a los poderosos de turno. Caminé hacia la pensión con la intención de darme una ducha y luego, si aún me quedaba ánimo, beber una copa de vino que me adormeciera el malestar. Pero, para mi sorpresa, al llegar a la pensión me estaba esperando su dueña en el salón que unía el pasillo central con los dormitorios. Fumaba un cigarrillo y escuchaba una música que no logré identificar.
—Me ha colocado en una situación complicada —dijo, esforzándose en sonreír—. Tendrá que hacer algo y terminar con los rumores.
—¿Se refiere a que andan diciendo que soy su futuro esposo?
—Su promesa al fin cumplida, sus tierras en no sé qué selva, sus serpientes de quince metros. La gente del pueblo cree cualquier cosa que la saque de la monotonía. En la última hora he recibido seis llamadas de amigas interesadas en saber si es verdad lo que se dice.
—Si me preocupara por lo que dicen de mí, no tendría tiempo para hacer nada más.
—Usted no sabe lo que es vivir en este lugar.
—¿Y qué quiere que haga? —pregunté—. Puedo casarme con usted o bien ponerme en la plaza a gritar que no soy su novio.
—Acabo de perder a una persona que estimaba y no tengo ánimo para aceptar que se festine con mis sentimientos.
—¿Quiere hablar de eso?
—Desde luego que no. No ventilo mi corazón frente a extraños.
—Disculpe, reconozco que me excedí en lo que dije, pero fue el mozo del bar el que inició la historia del novio.
—Modere su imaginación.
—Cuente con ello, y si hay algo más que pueda hacer, me lo dice.
—Basta con su silencio —dijo, y luego de hacer un gesto para dar a entender que el tema no merecía más comentarios, agregó—. Y si le apetece, puede compartir conmigo la copa de vino que suelo beber por la tarde.
—Es la mejor oferta que me han hecho desde que llegué al pueblo —dije.
Ella aprobó mis palabras con una nueva sonrisa.
Después de probar el vino, me escuchó con atención y tuve la certeza de que, al igual que Zamora, conocía muy bien los problemas de Cuenca.
—Becerra, su esposa y quienes le acompañan tienen razón en lo que hacen, pero nunca van a conseguir que la minera abandone la represa o construya el muro de resguardo. Los que toman decisiones en el pueblo están comprados por la minera. El alcalde, los concejales y hasta el cura Gutiérrez. De un modo u otro todos reciben una tajada de la torta.
—Parece saber mucho.
—Cuando el proyecto estaba en sus inicios y nadie sabía muy bien de qué se trataba, alojé a un ingeniero que trabajaba en Memphis. Decía que la minera iba a entregar recursos al pueblo durante unos años y luego, cuando la represa fuera una realidad, haría lo que estuviera a su alcance para ocultar el tema de la contaminación y desgastar a sus posibles opositores. La represa implicó una fuerte inversión y su vida útil está calculada en treinta años.
—¿Qué pasó con ese ingeniero?
—Cometió el error de hablar en público sobre los efectos ambientales del proyecto. La gerencia de la minera lo despidió en menos tiempo del que canta un gallo.
—¿Cómo se llama?
—Arturo Fonseca. Hace nueve meses me envió una postal desde un país de la antigua Unión Soviética. No podía conseguir trabajo en Chile y terminó aceptando la oferta de un colega que trabaja en Ucrania.
—Mala suerte —dije, y luego de una pausa, agregué—. Me parece que usted considera la represa y la contaminación una causa perdida.
—La difusión de los problemas que origina la represa no ha tenido el efecto esperado. La minera se limita a esperar que pase el tiempo.
—Hay que dar las peleas, por difíciles que parezcan.
—Pero eso tiene su costo —dijo Adriana Mercado y enseguida guardó silencio, como si un mal recuerdo hubiera atrapado a sus pensamientos.
—¿Qué pasa? Se puso triste.
—Imaginaciones suyas —agregó Adriana y acompañó sus palabras con una sonrisa forzada.
—¿Segura? A veces puedo ver debajo del agua.
—No esta vez, Heredia —dijo la mujer, y a continuación me ofreció una segunda copa de vino.
***
Antes de la medianoche, ella se marchó a su pieza y yo a la mía. Desvelado, leí parte de una novela de Patricia Highsmith que encontré en el velador. Desde mi habitación podía escuchar el sonido del televisor en la pieza de Adriana Mercado. Dejé correr unas páginas hasta que, inesperadamente, la puerta de la pieza se abrió y apareció la silueta de la mujer. Traía puesto un pijama verde pálido y una bata azul.
—Parece que ninguno de los dos puede dormir —dijo y avanzó hacia el interior de la habitación.
—Conozco los motivos de mi desvelo, pero no los suyos.
—Dijo que fue amigo de Alfredo Razetti.
—Lo fui desde la época de la universidad.
—Diría que era un hombre capaz de tomar decisiones radicales en su vida.
—Eso es muy amplio. ¿Está pensando en un suicidio?
—No. Pensaba en si habría podido cambiar de trabajo o dejar a su esposa.
—Razetti era un buen abogado y creo que disfrutaba de su trabajo. De su matrimonio no hablaba. De hecho, conocí a su esposa recién hace unos días. Aunque ahora que lo pregunta, en una ocasión hizo comentarios que llevaban a pensar que no era feliz en su matrimonio. Tal vez se debía a la falta de hijos o a la rutina en que parecía desenvolverse la relación. ¿Por qué le interesa la vida personal de Alfredo?
—Pasó mucho tiempo en esta pensión, y en más de una ocasión conversamos de su vida y de lo que le gustaría hacer para vivirla de otra manera. Y ahora que está muerto, pienso en la tristeza que parecía llevar encima.
—¿Eso es todo? O entre usted y él hubo algo más que conversaciones.
—Usted no escarmienta, Heredia. Su imaginación y sus palabras vuelan con mucha prisa.
—Disculpe si le molestó mi insinuación.
—No sea majadero con sus disculpas. Usted debe estar cansado y no es correcto que le quite su tiempo con mis preguntas.
—Por mi tiempo no se preocupe.
—Mañana podemos seguir conversando —dijo, y enseguida, sin agregar nada más, abandonó el dormitorio.
Desperté antes de las ocho. Pese a lo temprano del día, el aire caluroso revoloteaba como una avispa dentro de la pieza. Salí de la habitación con la idea de retomar la conversación con Adriana Mercado. Pero no la encontré. La mujer que le ayudaba en las labores de limpieza me dijo que la señora había salido al terminal de buses para recoger a una pareja de turistas.
Tomé desayuno y seguí con la búsqueda de información que me había traído hasta el pueblo. Era el trabajo que me correspondía realizar, porque como alguna vez me dijo un policía retirado: no hay crímenes perfectos, hay malas investigaciones o malos detectives.
10
Después de hablar con tres jubilados que encontré en la plaza del pueblo, de entrar a un par de negocios y de hacer algunas preguntas al empleado de la oficina postal, decidí conocer al cura que había mencionado Adriana Mercado en nuestra última conversación. La iglesia del pueblo era pequeña, con muros de adobe agrietados por el efecto de los años o los terremotos que solían remecer la geografía de la región.
Entré a la nave de la iglesia y luego de acostumbrarme a la penumbra del recinto, reparé en una fila de cinco personas que aguardaban al párroco junto al confesionario. Es asombroso que al inicio de un nuevo siglo aun existan personas dispuesta a revelar sus secretos a hombres de carne y hueso, cuyos nombres, además están asociados, desde que hay memoria, a pecados tan negros como los hábitos que visten. Confesiones gratuitas, por lo demás, en una época en que los pecados se ventilan en la prensa o en la televisión, a cambio de dinero o una llamativa portada de diario. Pero, para esto último no bastaba con ser un pecador. Había que ser parte de la farándula televisiva o política, y gozar de alguna fama tan efímera como las pompas de jabón.
Gutiérrez era bajo y algo barrigón. Debía tener unos cincuenta años y usaba unas gafas de marco negro a juego con el color de sus cabellos y de su sotana.
Aguardé en la fila, y cuando llegó mi turno, el cura, agotado de escudriñar en las almas de sus feligreses, preguntó con evidente displicencia mi nombre y me dijo que enunciara los pecados de los que estaba arrepentido.
—Me arrepiento de estar en este lugar, pero no tenía otra opción para conseguir unos minutos de su tiempo —dije en voz alta.
—¿Qué dice? —preguntó el cura, saliendo del sopor en el que parecía encontrarse.
—Quiero saber lo que usted piensa sobre la contaminación del pueblo —dije con la intención de provocar la inmediata atención del religioso.
—¿Cómo se atreve? La confesión es un sacramento.
—Antes de venir llamé a su secretario. Le pregunté si podía conversar con usted y me dijo que después del almuerzo iría a dar la comunión a unos vecinos enfermos. La única posibilidad de hablar con usted era en el horario de las confesiones, lo que a la luz de lo que quiero saber me parece el lugar más adecuado.
—Vaya a la oficina de la minera. Sus profesionales sabrán darle información técnica.
—La técnica me es indiferente, me interesa la ética. Quiero conocer las razones que tuvo para apoyar la construcción de la represa y predicar en contra de los pobladores que denuncian la contaminación. Quiero saber por qué no ha ido, siquiera una vez, a ver a los huelguistas que están en el club deportivo. Han pasado más de doce días en los que usted ni su dios se han acordado de esas personas.
—¿Ha venido a provocarme? Váyase y déjeme continuar con mis confesiones.
—Soy el último de la fila.
—¿Quién es usted? —preguntó el sacerdote.
—Alguien que busca información para aclarar la muerte de un abogado.
—¿Y yo qué tengo que ver con esa muerte?
—Conoce lo que sucede en el pueblo y en especial con los trabajos de la minera.
—¿Y qué relación tiene eso con la muerte del abogado?
—Su asesinato puede estar relacionado con un recurso que pensaba interponer contra Memphis.
—¿Asesinato? ¿Por qué habla de asesinato?
—¿No lo sabía? —pregunté y el cura guardó silencio por unos instantes.
—Es un asunto de los hombres, no de Dios —dijo una vez que le conté lo sucedido con Alfredo, y mientras salía del confesionario, agregó—: Los asuntos de los hombres los atiendo en mi oficina.
—¿Acaso todo lo del hombre no interesa a Dios? —pregunté, recordando una enseñanza de la época en que viví en el orfanato que dirigía el padre Brown, un buen cura, aficionado al fútbol, las novelas de Emilio Salgari y el whisky escocés.
***
—Los riesgos de la represa están controlados —dijo el cura más tarde, mientras apoyaba sus manos en el escritorio de madera que ocupaba gran parte de su oficina, iluminada por una tenue luz que entraba por la ventana ubicada a espaldas del sacerdote—. Cuando se anunció la construcción de la represa, me reuní con directivos y profesionales de la minera. Me aseguraron que los riesgos serían eliminados mediante un trabajo de alta calidad y de acuerdo a las normas que regulan ese tipo de obra, y que además se aportarían recursos para mejorar las condiciones de vida de la gente del pueblo. Puedo dar fe que lo último se hizo con bastante generosidad.
—El agua del río está contaminada con elementos tóxicos que afectan la salud de las personas.
—Casos mínimos, amplificados por un grupo de agitadores que desean obtener beneficios económicos.
—¿Y a usted no le interesa el dinero de la minera?
—¿Cómo se atreve? —preguntó el cura, indignado—. Váyase de mi iglesia o llamaré a los carabineros.
—No intente ocultar el sol con un dedo. En pueblo chico todo se sabe o se intuye.
—Recibí un aporte de la minera destinado a refaccionar la iglesia. Y otro, de menor cuantía, destinado a potenciar el trabajo pastoral.
—Y recibió dinero para adquirir un vehículo nuevo.
—Veo que ya habló con los agitadores.
—Conversé con personas a las que encontré sentadas en la plaza o comprando en unos boliches. No hay nada que interese más a la gente que el chismorreo y los secretos a voces.
—Sus fuentes no parecen muy confiables.
—Todas dicen que usted recibe dinero y supongo que será, entre otras cosas, a cambio de sus sermones de los días domingo.
—No tiene derecho a hacerme esas acusaciones.
—Ni usted a jugar con la vida de los pobladores —dije y luego de una pausa, agregué—: Hábleme de su conversación con Razetti.
—Conversamos de los mismos temas que a usted le interesan en estos momentos.
—Y probablemente usted supo que el abogado entró a los terrenos de la minera.
—Me informé el mismo día que lo hizo.
—¿Cómo?
—Vino a verme Santiago Escobar, un exobrero de la minera que acompañó al abogado en su incursión por los alrededores de la represa —dijo el cura y luego miró hacia la puerta de la oficina y movió su mano derecha sobre el escritorio, como limpiando una basura imaginaria.
—¿Y a qué vino Escobar?
—Temía ir a la cárcel. Me confesó que había acompañado a Razetti hasta las propiedades de la minera. Dijo que necesitaba el dinero que le ofreció el abogado.
—¿Y usted le dio algún consejo?
—Le dije que se fuera tranquilo a su casa. Que hablaría con el oficial a cargo de los carabineros para que no lo pasaran al juzgado.
—Un cura tiene más influencias de lo que uno imagina.
—Muchos en el pueblo me consideran un guía espiritual. Alguien que sabe aconsejarlos.
—Un guía espiritual que hace sermones sobre problemas terrenales.
—Me escuchan y creen en mis consejos.
—Dos buenas razones para que la minera tuviera interés en contar con usted.
—La mayoría de mis feligreses piensa que la minera les trajo bienestar.
—Supe que en uno de sus sermones habló en contra de Alfredo Razetti.
—No recuerdo tal cosa. Es malo creer todo lo que dicen.
—¿Alguien de la minera se lo pidió?
—¡Váyase! —exclamó Gutiérrez, al tiempo que se ponía de pie y me indicaba la puerta de su oficina.
—Recuerde que la ira es un pecado capital. Ira, odio, enfado. Sentimientos que pueden reflejar la intención de negar verdades que resultan molestas. ¿Qué dice, padre? ¿Se ha sentado alguna vez en el confesionario a meditar sobre sus pecados?
***
Recurrí a la ayuda de Julián Becerra para llegar a la casa de Santiago Escobar. Julián me trasladó en su camioneta hasta un poblado ubicado a diez kilómetros de Cuenca. En ese lugar, rodeado de lomas resecas en las que pastaban algunas cabras, vivía Escobar con su esposa y dos hijos pequeños que, al momento de nuestra llegada, correteaban a un perro negro. Escobar criaba cabras, elaboraba quesos y tenía un taller de artesanía en greda donde fabricaba platos, fuentes y jarrones que vendía a comerciantes de otras localidades o a los escasos turistas que llegaban al pueblo.
—Desde el incidente que compartió con el abogado, Escobar no quiere saber nada de la minera —recalcó Becerra cuando nos acercábamos a la casa de Escobar.
—Sin embargo accedió a conversar conmigo —dije.
—Primero se negó, pero cuando le hablé de la muerte de Razetti cambió de idea. Hasta me atrevería a decir que sentí su tristeza a través del teléfono.
Escobar debía tener poco más de treinta años y su piel, morena y brillante, evocaba los efectos de muchas jornadas a pleno sol. Nos hizo entrar a su casa y nos ofreció asiento alrededor de una mesa cubierta por un descolorido mantel de tela azul.
—Becerra me habló de usted y de su trabajo —dijo Escobar, sin preámbulo—. Ignoraba lo de la muerte del abogado, y créame que lo lamento mucho. Era una buena persona y estaba interesado en el destino del pueblo.
—¿Cuándo lo conoció?
—La primera vez que vino al pueblo, seis o siete meses atrás.
—No sabía que Alfredo hubiera venido tantas veces a Cuenca. Creía que sus viajes eran un asunto de los últimos dos meses.
—Tomó contacto con Becerra después de su cuarta visita —dijo Escobar—. Antes de eso, parecía de vacaciones y pasaba la mayor parte del tiempo en la pensión de la señorita Mercado. Nos conocimos cuando quiso ver los alrededores del pueblo. Arrendó un vehículo, pero como no conocía las condiciones de los caminos, buscó a alguien que le sirviera de chófer. Por esa razón compartimos muchas horas de viaje y conversaciones.
—¿Y después?
—Entró en contacto con el grupo que lidera el amigo Becerra. Fue entonces que comenzó a hablar de demandar a la minera. Una tarde me preguntó si era posible ingresar a los terrenos que rodean la represa, y le dije que existía una fuerte vigilancia en el lugar. Insistió en entrar, pese a que no estaba en edad de correr ni andar a los saltos por las lomas —dijo Escobar y luego de quedarse un rato en silencio, tal vez evocando a Razetti, agregó—: Le cobraron en Santiago la muerte de la que se libró en Cuenca.
—¿Qué quiere decir con eso? ¿Sabe algo sobre su asesinato?
—Lo que me contó Julián, nada más. Se me ocurre que en Santiago los crímenes son más frecuentes y fáciles de ocultar.
—Usted estuvo junto a Razetti cuando entró a los terrenos, y luego cuando fue entregado a los carabineros. ¿Qué recuerda de eso?
—Razetti quería conocer la represa y sus alrededores, cosa que no es fácil de hacer si no se tiene permiso. Hizo gestiones en las oficinas locales de la minera y no obtuvo la autorización que esperaba. Quiso volar sobre la represa, pero no encontró a nadie que prestara el servicio aéreo. Varias veces le dije que se olvidara del asunto. El terreno más inmediato a la represa está rodeado por alambradas difíciles de sortear. A eso se suma un fuerte cuerpo de guardias a caballo y en moto que vigilan las veinticuatro horas del día. Incluso, en las proximidades de la represa, existe un sistema de cámaras que alerta sobre la presencia de extraños.
—¿Y cómo está usted al tanto de esa información?
—Fui empleado de la minera, y eso me permitió ver el inicio de la construcción. Trabajé vigilando los galpones donde se guardaban los materiales utilizados en el trabajo. Y además hay mucha información que obtuve conversando con otros obreros.
—Y no obstante esa información, pensó que Alfredo y usted podían eludir la vigilancia.
—Me dejé llevar por el entusiasmo del abogado y creí que tendríamos suerte. Me equivoqué medio a medio.
—¿Lograron ver algo de lo que quería conocer Razetti?
—Nos atraparon cuando veníamos de regreso. Llegamos hasta los pies de la represa, y él pudo apreciar sus dimensiones y los puntos donde han efectuado reparaciones para solucionar algunas filtraciones. Tomó apuntes y sacó fotos —dijo Escobar, y luego de unos segundos en los que su memoria pareció resistirse a los recuerdos, agregó—: Entramos de amanecida al terreno y estuvimos en su interior hasta casi las seis de la tarde, momento en que fuimos detectados por un vigilante a caballo. En pocos minutos nos vimos metidos en una de esas películas de acción que pasan en la tele. Motos y autos que corrían de un lado a otro; mucha gente armada. Nos entregamos porque no teníamos ninguna posibilidad de escape.
—¿Y qué pasó después?
—Nos sacaron del lugar y nos llevaron al pueblo. Un tipo que daba órdenes hizo unas llamadas telefónicas y nos dio a entender que estábamos metidos en problemas. Nos encerraron en una pieza y luego de un rato nos separaron. A mí me interrogaron varias personas. Querían saber en qué lugares habíamos estado y qué buscaba Razetti. Uno de los interrogadores me dijo que podían acusarme de robo y conseguir que me tuvieran una temporada en la cárcel. Alegué que no había robado nada, y el tipo me contestó que podían inventar pruebas.
—A usted lo dejaron de inmediato en libertad. Tuvo mejor suerte que el abogado.
—Querían joder a Razetti. Por eso a mí me dejaron en libertad, y a él lo entregaron a los carabineros, acusado de intento de robo y espionaje industrial.
—¿Y qué hizo usted cuando lo dejaron en libertad?
—Traté de ubicar a Becerra, pero no tuve suerte. Después se me ocurrió la tonta idea de hablar con Gutiérrez. Pensé que el cura me ayudaría y me fue mal. Ni siquiera prestó mucha atención a mis palabras. No llevábamos ni cinco minutos de conversación cuando apareció el secretario de Gutiérrez. Le dijo que tenía una llamada del señor Milton Montes. El cura corrió hacia su oficina y más tarde mandó a decir con el secretario que no podía seguir atendiéndome, que me fuera a la casa.
—¿Quién es Milton Montes? Hasta ahora no había escuchado ese nombre.
—Es el gerente de Asuntos Corporativos de la minera —dijo Julián Becerra, interviniendo por primera vez en la conversación.
—¿Vive en Cuenca?
—Pasa un tiempo en el pueblo y otro en Santiago.
Hice una pausa para encender un cigarrillo, y luego pregunté a Escobar lo que había hecho después de conversar con el cura.
—Volví a la casa donde vivía en esa época. Estaba preocupado por mi gente.
—¿Y eso fue todo?
—A la mañana siguiente apareció en mi casa uno de los tipos que me habían interrogado el día anterior. Dijo que no quería perder más tiempo conmigo. Que podía olvidarse de mí a cambio de una condición.
—¿Quedarse callado?
—Y olvidarme de cualquier cosa relacionada con la minera.
—Una propuesta que usted aceptó.
—¿Qué más podía hacer? El tipo dijo que si no obedecía mi esposa y mis hijos podían salir perjudicados. Y no tuve duda de que hablaba en serio.
—¿No pensó en pedir ayuda?
—Pensé en lo que ocurrió con mi padre durante la dictadura. El viejo era dirigente sindical; una mañana fue a buscarlo a la casa un grupo de milicos. Nunca volvimos a verlo.
—Pudo pedir ayuda a los vecinos que se oponen a la minera.
—Tenía miedo. Me acordé de esta casa, que estaba abandonada. Pertenece a un tío de mi esposa. Me vine con mi familia. Después de una semana regresé al pueblo e intenté encontrar trabajo. Nadie quiso nada conmigo. Dejé el pueblo y volví a esta casa. No nos ha ido mal. Vivimos tranquilos y algo ganamos con los quesos y las artesanías.
—¿Ha vuelto a ver a quienes lo detuvieron?
—No. Pero de vez en cuando pasa por aquí alguna camioneta de la minera. Se detiene un rato y sus ocupantes observan la casa y lo que hacemos. Supongo que la situación cambiará con el tiempo. La gente del pueblo está acostumbrada a que personas que trabajan para las mineras hagan preguntas o escuchen a los pobladores cuando están reunidos
—¿Pensó en denunciar su caso? —pregunté a Escobar.
—¿Cree que alguien me iba a prestar atención?
—El miedo es la mejor arma de la minera. Por eso nuestra lucha tiene sentido —dijo Becerra a Escobar.
Escobar escuchó las palabras del dirigente. Se limitó a mover los hombros con desgano y seguramente sin ánimo de batallar contra sus temores.
Deduje que ya no quedaba nada más de qué conversar con él. Me despedí y caminé hacia la puerta.
—Cuídese, señor —fue lo último que dijo el artesano.
Becerra condujo de regreso al pueblo y me dejó a un costado de la plaza. Hacía calor. Dos perros dormitaban a los pies de un árbol de hojas amarillas. Recordé las notas que Sanhueza había encontrado en el computador de mi amigo y me pregunté si no existiría la posibilidad de ubicar otros documentos. Luego reparé en el tiempo que Alfredo había pasado en el pueblo antes de que Becerra le pidiera ayuda. Recordé que la pensión de Adriana Mercado ofrecía conexión a internet y decidí enviar un correo electrónico a Sanhueza pidiéndole que buscara nuevamente en la computadora de Razetti. Si pensaba demandar a la minera, Razetti debía haber tenido más información; no era posible que todo se redujera a los apuntes que yo había leído, salvo que el mismo asesino hubiera eliminado la información. Si así había sido, por qué borrar unos archivos y dejar otros. ¿Prisa, descuido?
El balón amarillo con el que jugaban unos niños hizo esfumarse la sensación de que era observado. Le di un puntapié y fue a dar a las manos de uno de los pequeños. Recordé las pichangas que jugaba en las polvorientas canchas de mi infancia. Nunca fui hábil con la pelota, pero ponía fuerza y entusiasmo en mis desplazamientos por la cancha. Y seguía haciendo lo mismo en el juego de la vida. Fuerza y entusiasmo para obtener pequeñas victorias que pronto caían en el desencanto. Seguí observando el juego de los niños y después me dispuse a seguir mi camino.
Entré a un bar y pedí una copa de vino. La bebí acodado en un sucio mesón de madera. Un hombre moreno que cubría su cabeza con un sombrero verde entró al bar. Se ubicó a un extremo del mesón, pidió una cerveza y en los siguientes minutos lo sorprendí observándome insistentemente. Pedí una nueva copa de vino y me dirigí al baño ubicado al final de un extenso pasillo que tenía varias puertas a sus costados. Una de ellas conducía a la cocina del bar. Avancé deprisa y sin importarme los reclamos de un cocinero que freía chuletas en una parrilla, pasé por la cocina y abrí la puerta que daba a un patio interior. Observé el lugar y luego trepé por la pandereta de ladrillos que separaba al bar de la casa vecina.
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