Kitabı oku: «Más que unas memorias»

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© Edimadoz-94, S.L., 2013.

© de las fotografías: Archivo Fotográfico

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO710

ISBN: 978-84-9056-306-9

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Primera parte: años de aprendizaje

1. Ancestros y niñeces

Primeros recuerdos

Madrid, ciudad parada en el tiempo, y primeras letras

¿Emigrante a Argentina?: Maestro nacional

En busca de los ancestros: en la comarca de Sayago

2. Vicisitudes de una Guerra Civil

Medicina en tiempos de guerra

Después de la victoria... la cárcel y una triste historia

La consulta de Socuéllamos y el maquinista

El «planeta de los toros»: Ava y la noche de Villa Rosa

Lucía Bosé, el ciclista y últimos tiempos paternos

3. Ensoñaciones y adolescencia

En la arcadia extremeña... escuela y el «Cara al sol»

De re rustica: «Cantalgallo»

Regreso a Madrid. En el Liceo Francés

Alumnos y profesores

El presente como historia

Martínez y el Imperio

Ciencias, literatura y arte

4. descubiertas juveniles

Sierra de Guadarrama

El mar, entre Salou y Bayona... y el «mar» de Madrid

Triple aprendizaje de idiomas

Nueve motes de infancia y juventud

5. En las carreras: derecho y económicas

Vocación errada, vocación hallada: maestros

La piedra filosofal en Zubiri y Ortega y Gasset. El regeneracionismo

En el Instituto de Estudios Políticos

Estructuralistas y teóricos: Velarde, Fuentes Quintana, Torres

6. Iconos literarios

«La Pescadería de las Letras»: Tarzán y la Bounty

El despertar: de Voltaire a Sartre, y de Buero Vallejoa Núria Espert

Sedimentación literaria: libros para pensar y salones cortesanos

Baroja, maestro de la vida: una entrevistainolvidable

Españoles en Dinamarca

7. Europa a la vista...

Primera salida de España: noticia de viajeros

Oberstdorf y la Ciudad de la Luz

Nuevamente Alemania

La familia Decker y su «hinterland»

Entre el Rin y el Elba

Estrechos escandinavos y verde jardín de Dinamarca

El rey del autoestop y Sigfrido en el Rin

«Aufwiedersehen» Alemania, «bonjour» París

Cuatro hermanos intercambiables

8. El «viaje de estructura económica»

El periplo imaginado

Vinos... los de Valdepeñas. Y Córdoba «la llana»

Los Alcázares Reales y la huella de Aníbal González

El Cádiz de Mutis

La Málaga de Cánovas. Granada de Boabdil

Minas de plomo, guitarras, manzanilla... y estreno

9. En verano del 53 y la «ciudad de la niebla»

En la Costa Azul

La Italia Valpadana, Venecia y los Dolomitas Orientales

Lagos, los de Suiza. Y Adiós a las armas...

La «Pérfida Albión» y «Villapaz»

La «ciudad de la niebla» y la LSE: el «kitchen porter»

Los Fürst, Jean-Pierre Voos... y Ava en el puente de Waterloo

Grandes polémicas en Windsor’s View: una Albión menos pérfida

10. Rebelión en la universidad

Una declaración de principios

Aprendices de tertulianos

Cineclub y el Pozo del Tío Raimundo

El SUT y oro en Rodalquilar

Albergues de juventud y Franco en visión directa

Encuentros entre la poesía y la universidad

El Congreso de Escritores Jóvenes

Revuelta estudiantil: el «trío de La Mezquita» y el Club Tiempo Nuevo

Manifiesto en la Universidad

Detenciones e interrogatorios

La tormenta universitaria

En los calabozos de la DGS: visita del torero

La séptima galería de Carabanchel

«El Ranilla» en la Universidad Libre

Actividades carcelarias

Compañeros de celda

Revelaciones de José María Ruiz-Gallardón

La División Azul y el «Cancionero» de Ridruejo

En libertad provisional y en el PCE

11. En el ejéricito español

En la milicia: campamento de El Robledo y oficiales para el recuerdo

Ejercicios y maniobras

El desfile de la victoria

Cancionero de la mili

Churchill, Mendès France, Sagan, Roy y el torero, en La Granja

«Sacrosanto ministerio» en la «isla de la calma»

Un verano en Mallorca

Guerra química, gitanos y compañeras

El SIM y el alférez patriota

12. En el ministerio de comercio

Oposiciones como a un clavo ardiendo

Cuatro ejercicios y cuatrocientos cincuenta temas

Autarquía en acción y campanas de Montserrat

Ullastres y Franco: el Plan de Estabilización

El tipo de cambio de la peseta y horizonte Europa

El contubernio de Múnich

Renta y democracia: almuerzo con Ullastres

El «acuerdo Ullastres» de 1970 y Don Salvador de Madariaga

Arancel de aduanas y negociaciones ginebrinas

Paréntesis pecero: Juan Gómez y Santiago Carrillo

La globalización: Ernesto «Che» Guevara y Raúl Prebisch

13. En las américas

Torero universal y ministro en Panamá

Fernando Eleta, Marco Aurelio Robles: «trabajando como un negro»

Travesía por América Central

Carmen en el Istmo, y en Venezuela y Colombia

Adiós a la cumbia

Regresando a España: México y Estados Unidos

Segundo periplo americano: en la República Dominicana

Rumbo a Argentina: Caracas, Lima, Santiago

Buenos Aires, metrópoli del Sur

Con Sánchez-Albornoz y Jiménez de Asúa

La muerte de «Che» Guevara

14. El país del futuro

En la estela de Stefan Zweig... con «sotaque» carioca

Brasil y sus vecinos... miscegenación y Amazonia

Con Gilberto Freyre y Dom Helder Câmara

En Montevideo y Buenos Aires: sobre integración

Retorno a Brasil: en busca de la gran «fazenda»

15. Estructuras y cátedra

Génesis y gestación de mi ópera prima

Editor y pruebas de imprenta

«Estructura económica de España»: libro de toda mi vida

Vocación por la Cátedra

Unas «oposiciones moviditas»

La Dirección General de Seguridad: catedrático «malgré eux»

Secuencias malafitanas: ministerio «bye, bye»

Iberplan: una consultora para el futuro

Negros presagios por el libro de Pániker

16. «Intermezzo» y resurrección

El mundo que se revela en toda su grandeza

«Cuéntame cómo pasó»

El nacimiento del diario «El País»

El Jesús de Polanco que yo conocí

Un hombre resurgente de la historia oculta: Jesús Monzón

Thomas Mann y mi propia «montaña mágica»: la caída

La voz de la muerte

Horas casi en otro mundo

La resurrección

La segunda vida de RT

Segunda parte: la edad de la razón

17. La muerte de franco

La Fiat y el «Pacto de Aravaca»: de «Claves» a «Quo Vadis»

A los calabozos... y al Tribunal de Orden Público

Gibraltar británico o español y gobierno provisional

La muerte de Franco

¿Previó Franco la democracia?

18. Claves de la transición

Tarancón: «Las sandalias del pescador»

Fraga: «¡La calle es mía!»

¿Comité Central del PCE en Madrid?: «Non possumus»

De vuelta a la cárcel de Carabanchel

Mi novela carcelaria: «Historia de Elio»

«Alf Gallard», ETA

En libertad

Soberana paliza en la Gran Vía

PCE y luz romana

Desde Estados Unidos sin amor

Pacto en vez de ruptura

Sábado santo rojo: la legalización del PCE

«No taxation without representation»

El PCE y sus banqueros. La campaña electoral de 1977

Una desazón superada: caminando con «Narciso y Goldmundo»

19. La democracia: pactos de la moncloa y constitución

La economía en declive y la entrevista PCE-Suárez

La MURF: entre Baldo y Laureano

En la senda a los Pactos de la Moncloa

Cómo se negociaron los Pactos

Antipactismo e incumplimientos. Suárez en la encrucijada

La Constitución de 1978

El sueño decembrino de un gobierno de concentración

Algunos juicios políticos sobre RT: Abril, Umbral, Berlinguer, Vicent

1980: moción de censura y cuestión de confianza

Leopoldo Calvo Sotelo, presidente

En «La Clave» de Balbín

20. En el ayuntamiento

Enrique Tierno y «La Trobada de Figueres»

Versos de Alberti

Resultados de la campaña electoral de 1977 y pacto de la izquierda

Un ayuntamiento emprendedor

Madrid y sus banqueros

La visita de Ceaucescu

Gary Cooper, Pushkin y Graham Greene en el Consistorio

«Futureando»: Felipe González en la plaza de la Villa

21. La larga noche del 23-F y saliendo del PCE

«Urvater» de la tribu y merendola en la terraza

Cansancio y ocaso del PCE

El 23-F-81. Perplejidad: Tejero en el hemiciclo

La larga noche y la Escuela de Fráncfort: almas de charol

Tesoro de la democracia y silencio del pueblo. Extramuros

Luz, truculencias y libertad recuperada

Después del 23-F: mi salida del PCE

En el Grupo Mixto

22. «Historia de un cuadro» y nombres en el recuerdo

El mensaje es el medio

Muerte de Antonio Herrero: la pintura de su tertulia

Jordi 1714 y monseñores en Zalacaín

Mandela en vivo

Las cataratas Victoria y Mala-Mala

El «sindicato del crimen», Cela y un diccionario

«Arno», amigo de Antonio Herrero

Nombres en el recuerdo: del Emperador de Japón al doctor Mahatir de Malasia

Líderes hispanoamericanos

No caer en la vejez. Una despedida de la universidad

23. La reina de saba y nuestros descendientes

Cantares, músicas y encuentro en una Real Academia

«Chez» los marqueses de Valverde. La declaración

La primera boda y «dolce vita»

La progenie Tamames Prieto-Castro

La segunda boda: en el monasterio de Silos

Lecturas en el monasterio

El convivium

Retorno a la abadía

Imágenes

Notas

A MIS TRES HIJOS, ALICIA, LAURA Y MONCHO,

Y TAMBIÉN A MIS CINCO NIETOS, ANDREA, LOPE,

RODRIGO, MARIANA Y CHLOÉ; PENSANDO EN EL TIEMPO

QUE ESTÁN VIVIENDO Y QUE VAN A VIVIR: ¡BUENA FORTUNA!

PRIMERA PARTE

AÑOS DE APRENDIZAJE

1

ANCESTROS Y NIÑECES

PRIMEROS RECUERDOS

Lo más lejos que sé de mis orígenes familiares es de mi bisabuelo paterno, Manuel, que murió joven, de modo que al frente de la familia hubo de ponerse su hijo mayor —y abuelo mío—, Clemente. Este último nació en 1868, en septiembre, como él mismo recordaba con frecuencia cuando hablaba de «la Gloriosa», la revolución que lleva el nombre de ese mes y ese año. Y su lugar natal fue El Cubo del Vino, en la propiamente llamada Tierra del Vino, contigua a la Tierra del Pan, en Zamora, con ascendientes del pueblo de Tamame, en la vecina comarca del Sayago, fronteriza con Portugal. Mi padre nació en Cáceres, el 12 de enero de 1901, y como se dice en frase ya casi olvidada, «iba con el siglo».

En cuanto a los primeros recuerdos personales, se remontan a mis tres años, cuando en 1936 vivíamos en una casa muy amplia en el barrio de Chamberí de Madrid, nombre de resonancias castizas, a pesar de que en realidad proviene de la actual Saboya francesa. Pues, según se dice, fue Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V y saboyana ella, quien, a instancias de los pobladores de un naciente suburbio en el norte de la capital, les ofreció ese nombre.

La vivienda de mis padres tenía un sótano que durante la Guerra Civil (1936-1939) hizo las veces de refugio de toda la casa para los bombardeos. Tiempo de desasosiegos y miserias, en el que, la verdad sea dicha, mis hermanos y yo fuimos muy felices. Los «aviones de Franco» que sobrevolaban Madrid bombardeaban implacables, dejando muertos, heridos y destrucción. Y en varias ocasiones arrojaron panecillos en bolsas de papel rojo parafinado muy reluciente, algunos de los cuales cayeron en el jardín de nuestra casa. En su envoltorio llevaban escrito: «Con el trigo de nuestros graneros daremos pan a la España famélica hoy dominada por el terror rojo». Y todo el mundo decía: «¡No comáis esos panecillos, que están envenenados...!». Pero, naturalmente, acabamos comiéndonoslos y la verdad es que era un pan blanco muy bueno... aunque fuera de propaganda.

Recuerdo la entrada de las tropas nacionales en Madrid (28 de marzo de 1939), y a mi abuela, que era modista, a la máquina de coser, confeccionando a toda prisa una bandera bicolor, «nacional», con gamuza amarilla y un retal de un vestido rojo de mi madre; a fin de colocar la enseña en uno de los balcones que daban a la calle, según lo había ordenado algún bando militar escuchado por radio. Ese mismo día se llevaron a mi padre detenido, para no volver hasta dieciocho meses después. Le condenaron primero a muerte, luego a treinta años; y finalmente «lo soltaron», pues lo de «ponerle en libertad» era un eufemismo, dadas las circunstancias...

Las penurias en casa se traducían sobre todo en la monotonía del cotidiano rancho familiar, lo que desde entonces me hizo aborrecer la sopa de ajo, las gachas de almortas y las lentejas «con bicho dentro» que, como se decía entonces, «tienen hierro y proteínas». Esas lentejas eran conocidas por los madrileños como las «píldoras del doctor Negrín», el presidente del Gobierno de la República durante todo 1938 y hasta marzo de 1939.

Desde la niñez aprendí a apreciar el giro de las cuatro estaciones del año, y de temprana edad data igualmente mi especial querencia por el verdor de la vegetación y el sonido del agua:

—De su infancia, ¿de qué siente usted verdadera nostalgia? —me preguntó un día un periodista.

—De los grandes árboles del jardín de casa de mis padres, al final de la primavera, que con sus hojas ya crecidas ampliaban la resonancia de la lluvia hasta semejar un diluvio. Después, el olor a tierra mojada lo impregnaba todo. Con mi madre, desde la ventana, veía caer las gruesas gotas atravesando la arboleda...

Guardo con amor muy especial el recuerdo de ese lugar paterno, un escenario un tanto descuidado, lo que le daba —al menos en mi recuerdo transformado— un aire romántico. Había una higuera muy hermosa, y en los juegos infantiles, gateando, subíamos a sus ramas...

En una alta pared crecía una gran hiedra que reptaba más y más por el ladrillo desnudo, formando un jardín vertical, como ahora se dice, que se vio tristemente quebrado cuando unos obreros de Telefónica, en el tendido de nuevas líneas, para facilitar su trabajo, cortaron el viejo y renovante tejido vegetal de muchos años. Y entre las raíces de la enredadera, uno de los operarios, poco «zoologista» él, al descubrir una tortuga, un ser entrañable para nosotros, se llevó la gran sorpresa, ante una especie que debía de serle absolutamente extraña, lo que le llevó a exclamar: «¡Andá, qué cucaracha tan grande!».

Entre los árboles del jardín, el rey era un Ailanthus altissima, cuyo nombre linneano sólo conocí muchos años después, por un arquitecto italiano, Campos Benutti, en un paseo por los alrededores de Bolonia, dónde él, como técnico municipal de parques y entornos, había dejado prosperar una docena de esos hermosos árboles; que tienen una apariencia evocadora de las frondas del pintor Henri Rousseau:

Ése es el nombre —me dijo— del árbol que procede del Sudeste asiático, donde sus hojas servían de alimento para una variedad de gusanos de seda de calidad inferior. En el siglo XVIII, por algún marinero que trajo unas pocas semillas, el árbol entró en Europa... y hoy crece en los solares de las ciudades mediterráneas, sobre todo, en sus arrabales. Es muy umbroso, y dioico. Las hembras lucen flores rojas muy brillantes.

Sobresaliendo en una parte del jardín, prosperaba un inmenso plátano, el Platanus hispanicus, la especie más frecuente en Madrid, y cuyo nombre la mayoría de nuestros conciudadanos no acaban de aprenderse. Un árbol para mí admirable, tal vez premonitoriamente, pues con el tiempo lo vislumbré resplandeciente en el Largo de la ópera Jerjes, de Georg Friedrich Händel, con el sublime canto que integran las siguientes palabras: «Ombra mai fu di vegetabile, cara ed amabile, soave più...» [Jamás sombra de la naturaleza fue más amable y más tiernamente querida...].

En una pequeña caseta adosada a uno de los muros del jardín, los cinco hermanos Tamames Gómez teníamos nuestro «laboratorio», donde fabricábamos pólvora, fundíamos metales y tramábamos fechorías varias. Encapsulábamos la pólvora allí producida, en cartuchos de papel, que al arder en su extremo parecían soplillos de soldadores. Y también fabricábamos petardos, que estallaban ensordecedores, con gran escándalo en el vecindario. Hasta que un día, para evitar una eventual tragedia, la muchacha que trabajaba en casa desde tiempos inmemoriales para nosotros —Genoveva, del pueblo de Sotos del Burgo, provincia de Soria, a orillas del río Ucero—, y a quien siempre llamábamos Geno, decidió, por su cuenta y riesgo, acabar con el laboratorio... con gran indignación nuestra, y aplauso de la autoridad paterna.

En ese mismo jardín, durante la guerra, incurrimos en algunas acciones de alto riesgo. Una de ellas, un ataque aéreo, dejó un reguero de balas sin explotar; y las pusimos cuidadosamente sobre un montón de leña y hojarasca, para luego prenderles fuego. Afortunadamente, nos parapetamos en la caseta, pues las balas salieron disparadas en todas direcciones. Cuando nuestro padre se enteró del episodio, debidamente informado por Geno, la cosa pasó a mayores.

MADRID, CIUDAD PARADA EN EL TIEMPO, Y PRIMERAS LETRAS

El Madrid de mi infancia, ya en la posguerra, era una ciudad prácticamente parada en el tiempo, duramente castigada por la contienda más incivil sufrida en España. No se veían nuevas construcciones, por las penurias económicas y la falta de materiales de todas clases.

Todavía era muy frecuente la tracción animal, viejos carros de los que tiraban caballerías, mayormente mulas, o humildes asnos en el caso de los traperos, que se ocupaban de recoger los que hoy asépticamente conocemos como «residuos sólidos urbanos». Mientras esperaban la carga, los peludos borricos comían pienso de los talegos que les colgaban al cuello.

De los juegos fuera de casa, lo que más me gustaba era ir en las mañanas por el paseo de la Castellana, hasta los altos del Hipódromo, al pie de lo que es hoy el Museo de Ciencias Naturales, frente a los Nuevos Ministerios; que habían empezado a construirse durante la dictadura de Primo de Rivera, para casi terminarlos la República, en lo que antes fue el espacio destinado a carreras de caballos.

Al lado del Museo de Ciencias Naturales discurría un hilo de aguas limpias, cuyo régimen de funcionamiento no entendíamos, pero a veces tenía un cierto caudal y un día decidimos embalsarlo, construyendo una presa de tierra mezclada con guijarros. Sin saberlo, seguramente, estábamos presagiando lo que sería el régimen de Franco en materia de política hidráulica, en contra de la «pertinaz sequía» que acosó al país durante la mayor parte de la década de 1940. Un tiempo durante el cual, en nuestra casa, no teníamos ni gabardinas ni paraguas, de modo que en los escasos días de lluvia, no íbamos al colegio, con gran alborozo por nuestra parte.

De una vez que nos dirigíamos mis hermanos y yo a los altos del Hipódromo, retengo una pequeña historia que no querría dejar en el tintero, porque, ¿quién no tiene algún recuerdo de su infancia que persiste indeleble a pesar del paso del tiempo? No olvidaré aquel día, en que tras cruzar el paseo de la Castellana delante de un chalet que debía de ser más o menos el que ahora ocupa la Embajada de Portugal, me crucé con un pequeño grupo: un aya vestida de negro y con cuello y puños de encaje —como entonces lucían las criadas de la «gente bien»—, que llevaba cogidas de la mano a dos niñas. Una de ellas aún muy pequeña y la otra ya prácticamente de mi edad, de unos nueve o diez años, vestida con un traje azul precioso, de muchos volantes, pelirroja ella, y con largos tirabuzones. Una imagen que luego asocié a ciertos lienzos ingleses del siglo XVIII y sobre todo al pintor Thomas Gainsborough. Siempre me he preguntado quién sería aquella especie de aparición cuyo recuerdo desde entonces no se me ha borrado.

Entre los hermanos Tamames Gómez nunca tuvimos peleas infantiles serias, ni tampoco con nuestros amigos. Pero sí me viene a la memoria una lucha callejera de lo más brutal, de regreso de la piscina del Canal de Isabel II. Fue una noche, cuando un grupo de golfos me paró, me insultó y sin ningún preaviso la emprendió a golpes conmigo. Naturalmente, me defendí como pude, hasta que logré escapar de aquella jauría. Llegué a casa con la camisa hecha jirones y con erosiones en la cabeza y el tórax. Fue un episodio muy celebrado por mis hermanos, que supusieron que había derrotado a una partida de peligrosos bandoleros de Sierra Morena, o algo así.

De los cinco hermanos que aún convivimos, soy el tercero: José Manuel, Rafael, yo mismo, Juan y Concepción. Y para completar la «ficha» familiar, certificaré que todos nacimos en Madrid, ya lo he dicho, en el barrio de Chamberí, y más concretamente en General Arrando, calle que en 1939, al término de la guerra, fue rebautizada como General Goded: el militar faccioso contra la Segunda República fusilado en Barcelona tras llegar en avión desde Mallorca para encabezar la rebelión, sin saber que en la Ciudad Condal se había impuesto el bando republicano. Ulteriormente, en 1979, y en el marco de la «recuperación de la toponimia tradicional» llevada a cabo por el Ayuntamiento de Madrid, renació el nombre de General Arrando, un militar de talante liberal de los tiempos de las guerras carlistas del siglo XIX.

Mi padre tenía treinta y dos años cuando yo vine al mundo, el 1 de noviembre de 1933. Era médico cirujano, con grandes conocimientos de anatomía, materia de la que fue docente durante años en la Universidad de Madrid. Mi madre, que se dedicó siempre a cuidar a los hijos, murió cuando yo tenía siete años, y su ausencia nos impactó de por vida a los cinco hermanos. De éstos, los dos mayores estudiaron Medicina, para especializarse en urología el mayor y en traumatología el segundo. Mi hermano menor cursó la carrera de Derecho, y mi hermana, Ciencias Económicas.

Aprendí a leer y a escribir con mi abuelo Clemente, maestro nacional, cuando yo todavía era muy niño, apenas con tres años. Entre otras cosas, porque el padre de mi padre se jubiló a poco de empezar la guerra, en 1936, encontrando desde entonces la mejor manera de ocupar sus ocios en enseñar las primeras letras a una decena de nietos. Empleaba para ello un sistema muy ingenioso de letras separadas para componer filas y columnas, como en un crucigrama.

Al abuelo Clemente, los cinco hermanos le llamábamos de usted. Vivió algo más de noventa y cinco años, con toda clarividencia hasta el final y en buenas condiciones físicas, y durante sus últimos años residió en casa de mi padre. De entonces me viene la imagen de cuando se preparaba para dormir, con camisón, y encasquetándose un gorro blanco alargado al que sólo le faltaba una borla.

Una «herencia» de mi abuelo fue mi segundo nombre —de lo más papista—, Clemente, que sólo utilicé como inicial cuando era niño, para distinguir mis camisas de las de otro hermano, por el bordado que entonces se ponía en el pecho.

Al comenzar la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936, el abuelo Clemente se hallaba en Portugal, en la playa de Figueira da Foz, entre Lisboa y Oporto, adonde había ido al frente de una colonia de vacaciones de escolares de primaria. Allí los sorprendió el comienzo del malhadado conflicto fratricida, y tras esperar unos días para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, al comprobarse que estaba en marcha algo más que un mero alzamiento militar pasajero, se hicieron las gestiones necesarias para repatriar a los maestros y alumnos de la colonia.

Fue así como el abuelo vivió su única navegación por mar, a bordo del barco noruego Oslo, que desde Oporto los llevó, a sus pupilos y a él, hasta Burdeos, para desde allí, en tren, llegar a Barcelona y posteriormente a Madrid. Don Clemente narraba esa aventura con gran viveza, haciéndose eco de la excitación de sus pequeños alumnos por las incidencias de un viaje tan largo para ellos...

Además de los «estudios clementinos», en casa durante la guerra y cuando apenas tenía cuatro años, fui durante unos meses a un colegio que me parecía muy espacioso y lleno de luz, en la calle de Almagro. Era la sede del Instituto Internacional de Boston, hermosa propiedad de una fundación hispanista de Estados Unidos en la que andando el tiempo yo daría algunas conferencias. Y fue mucho después cuando me enteré de que ese colegio era un parvulario del Estado, el Instituto-Escuela, inspirado por la Institución Libre de Enseñanza que fundó Francisco Giner de los Ríos en 1876 para dar una alternativa a la dogmática instrucción pública de su tiempo.

Acabada la Guerra Civil, proseguí los estudios primarios en un colegio privado, el Gimnasium Español, sito en la calle Martínez Campos, al cual mis hermanos y yo íbamos andando desde General Goded; cosa que hoy la mayoría de los niños del centro de las ciudades ya no pueden hacer, condenados a los horrendos autobuses escolares.

Lo que más recuerdo del Gimnasium fue el despertar de mi afición al dibujo y la buena calidad de la educación física que allí recibimos del profesor Antonio Robles, hombre fornido que todos los días llegaba animosamente al colegio «a lomos» de su bicicleta.

¿EMIGRANTE A ARGENTINA?: MAESTRO NACIONAL

En sus tiempos juveniles, la familia de mi abuelo vivía de manera muy parca, la propia de un labrador con seis hijos; una situación que se vio agravada con la muerte prematura del cabeza de familia, tras lo cual la viuda vendió las exiguas tierras de la propiedad familiar para trasladarse con toda su prole a Salamanca. Y en la ciudad, y para ayudar a su madre y a sus cinco hermanos menores, Clemente, que andando los años sería mi abuelo, entró al servicio de unos señores latifundistas de la «tierra charra».

Ella era la condesa de Crespo-Rascón y dispensó gran afecto a Clemente, cuando sólo tenía dieciséis años. En él vio una gran inteligencia natural y afición a la lectura, lo que ayudó a mi futuro abuelo a alcanzar un nivel muy superior al que habría logrado en su originario ambiente rural.

En esas circunstancias, con el paso del tiempo, Clemente tomó conciencia de lo precario de sus expectativas en caso de seguir indefinidamente de mozo de la condesa. Y cuando ya estaba para cumplir veintiún años le planteó la cuestión a su señora:

Condesa: he hablado con Lucía que, como ya sabe, es mi novia. Queremos casarnos, y hemos decidido emigrar a Argentina. Allí tengo a mi hermano Santiago, que es un tanto aventurero, pues tras salir vivo de la Guerra de Cuba, emigró a aquel país. Y ahora, acaba de abrir un pequeño hotel en una ciudad-balneario que se llama Mar del Plata. Respetuosamente, Señora, debo decirle que en Salamanca tengo poco futuro... Le he escrito a mi hermano para que me busque algún trabajo por allí, que un día nos permita prosperar a Lucía y a mí, y a los que vengan...

De ese hermano de mi abuelo y de sus hazañas ultramarinas guardo un grato recuerdo, por lo que me sucedió en un viaje que hice a Argentina. Concretamente fue en 1983, con ocasión de una visita a Buenos Aires y Córdoba para alentar a una serie de colegas platenses a asistir al III Congreso Mundial de Economía que había de celebrarse en Madrid, y de cuya organización yo formaba parte. Entre los colegas a visitar estaba Domingo Cavallo, por entonces presidente de la Fundación Mediterránea, en Córdoba, la segunda y más industrial ciudad de la república. Cavallo luego sería ministro de Economía con los presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa.

El caso es que en el paréntesis de un fin de semana de mis trabajos, volé desde Buenos Aires hasta Mar del Plata, y al llegar al aeropuerto de la ciudad-balneario, le pedí a un taxista:

—Por favor, lléveme al Hotel Tamames...

—Esteee..., recién le cambiaron el nombre, señor, pero descuide, que ya sé dónde se ubica, y para allá vamos sin demora... Es usted español, claro...

Al llegar al hotel aprecié su arquitectura, belle époque, y sus dimensiones armoniosas que producían la más grata sensación. Entré, y el recepcionista, un hombre ya de cierta edad y de rostro amable, después de darme los buenos días, me preguntó:

—¿Cuál es su gracia, señor?

—Mi nombre es Ramón Tamames, y soy sobrino nieto de don Santiago Tamames Martín... fundador de este hotel, del que, ya me han dicho, han cambiado ustedes el nombre hace bien poco...

—Cierto, señor, así es, cabalmente, una semana atrás fue rebautizado... y si me lo permite, mucho gusto en conocer a un familiar de don Santiago, con quien tuve el honor de trabajar al entrar aquí de muy joven... todo un caballero...

—¡Cuánto celebro su buen recuerdo! Yo no llegué a conocerle, pero mi abuelo Clemente, su hermano, no paraba de hablar de él, de sus aventuras en la Guerra de Cuba, y de cómo después se le ocurrió venirse para Argentina...

—¡Qué grande hombre era, señor, y cuánto sentimos que muriera hace ya unos pocos años! El actual dueño también trabajó con él y, no crea... le ha costado cambiar el nombre por otro más comercial... Es la vida, ¿qué quiere que le diga?

Estuve un par de días en el hotel, muy bien atendido, y tuve ocasión de pasear largamente con varios amigos argentinos por la ciudad, que por las fechas de mi visita, temporada baja, se hallaba semidesierta, respirándose una calma beatífica. Comí marisco más que pasable en un restaurante de los baños de mar, instalados sobre pilotes de madera dentro de las aguas costaneras, conectados a tierra por largos pantalanes con pasamanos. La brisa era tonificante, y al final de mi particular vacación, al despedirme de mi ya amigo el recepcionista del hotel y pedirle la cuenta, me dijo:

Es usted invitado de la casa, don Ramón... Recibir a un sobrino nieto del fundador, y sobre todo cuando acabamos de cambiar el nombre del hotel, ha sido para nosotros todo un honor. ¿Querrá firmar en el libro de huéspedes ilustres?

Volviendo a las andanzas vitales de mi abuelo, que dejé en el momento en que daba parte a la condesa de Crespo-Rascón de sus intenciones de emigrar a Argentina, la ilustre dama, acusando en su voz un tono de sorpresa, le preguntó:

—¿Cuándo quieres irte, Clemente... hijo mío?... Pero ¡qué pena...!

—Tan pronto como reciba respuesta de mi hermano Santiago, señora condesa. Ya tengo ahorrado el dinero para los pasajes del vapor, el de Lucía y el mío... Antes nos casaremos, claro...

—¿Y por qué no te haces con otro trabajo, Clemente? También aquí, en España, podrías labrarte una vida mejor... Siempre hay oportunidades, si se buscan...

—No tengo suficiente cultura para nada importante, señora... la escuela la dejé con pocos años, y ahora, ya ve: ni oficio ni beneficio.

—¿Qué necesitarías para quedarte?

—No sé. Así tan de pronto como me lo pregunta, creo que debería estudiar una carrera, hacerme un hombre de provecho como dicen —contestó mi abuelo ingenuamente según él mismo narró años después en un precioso cuaderno manuscrito que conservo.

La condesa, pensativa, no le propuso nada de inmediato. Su inclinación por Clemente era notoria, y por ello mismo, para evitar cualquier situación enojosa con sus hijos, quienes veían en el mozo cuasimayordomo demasiada inteligencia para su función, les consultó antes de resolver nada.

A la mañana siguiente, la condesa y su primogénito recibieron a Clemente en el salón de la casa, casi como si se tratara de un tribunal sin apelación posible:

—Clemente: mis hijos y yo hemos estado pensando en lo que me dijiste ayer, y creemos que nuestra obligación es facilitarte estudios. Tú dirás: ¿cuál sería la carrera de tu preferencia?

—Abogado o maestro, señora.

Con esa alternativa de posibilidades tan distintas, Clemente puso la suerte de su vida en manos de sus protectores. La reacción del primogénito de la condesa fue inmediata:

—Mejor maestro, Clemente. Así no tendrás que estudiar el bachillerato y bastará con que te examines para ingresar en la Escuela Normal, y en apenas dos años estarás graduado.

El destino de Clemente quedó sentenciado, pues de haber estudiado Derecho, el antiguo semimayordomo habría dado un gran salto hacia arriba, al ejercer una profesión liberal de posibilidades casi ilimitadas entonces, en un país eminentemente rural donde los licenciados universitarios aún constituían una exigua élite.

Después, como maestro nacional, mi abuelo siguió un largo periplo peninsular de escuela en escuela: Cáceres, Garrovillas de Alconétar, Cádiz y, pasados sus cuarenta años, en 1917, llegó a «la capital del Reino». Alquiló una casa cerca de la plaza de la Cebada, en la calle del Humilladero. «¡Vaya nombrecito!», pensé yo siempre, hasta que un día me fui al Diccionario de la Real Academia y vi su significado: «Lugar devoto que suele haber a las entradas o salidas de los pueblos y junto a los caminos, con una cruz o imagen».

El piso alquilado para vivir ocho Tamames era un quinto, naturalmente, sin ascensor, pero con muy buena luz natural. Y allí Clemente inició su vida madrileña con no pocas dificultades, aunque siempre animoso. Según mi padre me relató varias veces, con un arranque un tanto dramático: los ocho miembros de la familia contrajeron la célebre gripe española, la epidemia que en un año se llevó por delante más muertos que toda la Primera Guerra Mundial y que hizo de 1918 el año en que por última vez disminuyó la población; cosa que no sucedió ni siquiera durante la Guerra Civil.

Yo pensaba —me dijo un día mi progenitor— que allí no íbamos a quedar ni la mitad. Pero gracias a mi hermano mayor, Fermín, que ya tenía dos años de estudios de Medicina, salimos adelante: con higiene, mejunjes varios, y aspirina...

Mi abuelo recordaba con frecuencia los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y, en el fondo, creo que lamentaba que «don Miguel», como siempre le llamaba, no hubiera conseguido realizar sus propósitos de dar paso a una monarquía renovada. A la postre, llegó el momento en que se encontró «solo ante el peligro», tras haberle abandonado la parte más influyente de la sociedad: los políticos, los intelectuales, la burguesía, la aristocracia, la magistratura, la juventud, la universidad, los colegios de abogados...

La lucha de los universitarios contra el dictador siempre tuvo lugar en las mayores ciudades, y en esas pugnas destacó el «estudiante Sbert», que se hizo muy popular y a quien mi progenitor llegó a conocer personalmente. Igual que el autor de este libro, en México, en 1968, en una visita que hizo al Centro Republicano Español: Sbert, inteligente y simpático, todavía se mostraba en actitud reivindicativa y lleno de vida, a pesar de sus más de setenta años. Con él trabé muy buena relación, y me llevó de excursión a ver el formidable monasterio de Tepotzotlán. Fue la primera persona que me habló de Josep Tarradellas como presidente de la Generalidad de Cataluña en el exilio, un ser entrañable a quien llegué a conocer en 1978 en su retorno a España, cuando se plantó en Barcelona, en la plaza de San Jaime, y dijo aquello de «Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!». La interesante opinión que César González Ruano tenía del célebre y no tan joven agitador merece la pena ser transcrita:

Este Sbert, jefe o presidente de la FUE, era un tipo largo y desgalichado, cetrino, de cara cubista y bigote de cepillo, con algo de maestro de escuela enfermo del estómago y traductor de folletos revolucionarios...

A Sbert y a mi abuelo los recordé mucho cuando, ya en el siglo XXI, escribí mi libro Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo.

Don Clemente, ya en su senectud, iba cotidianamente desde su casa hasta la de mi padre para almorzar con nosotros; atravesaba medio Madrid, pasando, primero de todo, por la plaza de la Cebada, realmente única, una estructura de grandes naves neogóticas de altas columnas de hierro y grandes ventanales que proporcionaban, con sus viseras entreabiertas, una luz tenue parecida a la de una catedral. Pero en una época de tanta escasez como la de los años 1945-1950, se ve que alguien intuyó la posibilidad del gran negocio, convenciendo al consistorio madrileño de que sería bueno sustituir la vieja plaza —con el argumento de que estaba en avanzado proceso de corrosión y oxidación, por el insuficiente mantenimiento que se practicaba, seguramente a propósito— por un edificio cementoso que ya antes de ser construido mi abuelo calificó de horrendo; con unas cúpulas que no tenían nada que ver con el ambiente anterior. Durante los meses que duró el desmantelamiento de la plaza de la Cebada, Don Clemente llegaba a casa invariablemente iracundo:

Son unos absolutos sinvergüenzas... este ayuntamiento es la cueva de Alí Babá: están echando abajo el mercado más hermoso de Madrid para vender el hierro, un desastre para todos...

De aquellos tiempos infantiles de convivencia con mi abuelo, uno de los recuerdos que más vivamente guardo es la visita que hicimos a Noblejas, villa toledana y primer lugar de trabajo de mi tío Fermín, y de su hermano Rafael después, en calidad de médicos rurales. Un viaje que hicimos precisamente para visitar a mi tío Rafael y a su esposa, Juana, en «coche de línea», como entonces se llamaba a los autobuses interurbanos.

En Noblejas nos recibieron Rafael y su mujer, en la plaza del pueblo, expresando gran alborozo al vernos, y con ellos nos fuimos a su casa, que recuerdo muy sencilla, con un pequeño jardín muy bien cuidado. A mi abuelo y a mí nos alojaron en una habitación con una sola cama estrecha, de manera que para que cupiéramos los dos con mayor holgura pusieron un banco en un lado y unos almohadones como extensión del colchón; sin ningún problema, por lo demás, pues abuelo y nieto dormíamos como benditos.

Estando en Noblejas fuimos invitados a la «Grand House», una mansión de la familia de Felisa Escobar —casada con mi tío Fermín—, donde coincidí con algunos chicos de mi edad, de nueve o diez años, que pronto hicimos rancho aparte. Y entre las dedicaciones del caso, nos subimos a una inmensa morera situada en medio del gran patio-jardín, que se hallaba repleta de moras blancas, de tanta dulzura, que di cumplida cuenta de una buena cantidad de ellas.

Cuando terminó la fiesta, mi abuelo y yo nos volvimos a la casa de Rafael y Juana para dormir tranquilamente, sin cenar. Y así empezó la noche, calmosa, hasta que en un momento dado, según me contaron después, desperté dando grandes alaridos, sin duda por la fuerte intoxicación que me habían producido las moras; porque al no estar del todo maduras, se ve que contenían alguna toxina de efectos alucinatorios.

Recapacitando después las sensaciones que tuve, las relaciono con el célebre ácido lisérgico, el LSD: estuve tres días «viajando» por paisajes absolutamente fantásticos, y con manifestaciones que luego entendí casi como sobrenaturales; algo parecido a lo que dicen quienes precisamente han ingerido el mentado ácido psicodélico.

En medio del episodio, trataron de calmarme en los momentos culminantes de los ataques, que se sucedían dos o tres veces al día, con fortísima intensidad; hasta el punto de que, en las tres jornadas que duró el trance, hubieron de atarme a la cama para que no sufriera algún percance.

De cuando ya estaba algo mejor, desde mi habitación oí a mi padre que hablaba por el teléfono del pasillo con algún colega, al que preguntaba si sabía de alguna literatura científica relacionada con la intoxicación por moras. Pero no se encontró nada, y el tema se solventó, como tantas cosas, con el paso del tiempo. Aunque a ciencia cierta no sé si aquello me dejó algún rastro en el cerebro... para bien o para mal.

Mi abuelo murió en 1963, cuando ya había cumplido los noventa y cinco años; una longevidad atribuible a la sobria dieta alimenticia que siempre observó. Era un hombre que comía poco, siempre consciente de la bondad de los alimentos, que degustaba con fruición, siguiendo el consejo de don Quijote a Sancho:

Come poco, y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

En relación con esa filosofía dietética de Miguel de Cervantes, evocada muchas veces por mi abuelo, será bueno recordar a otra gran persona, de cuya amistad disfruté largo tiempo, hasta el momento de su fallecimiento, el profesor Francisco Grande Covián. Fisiólogo español que vivió y trabajó muchos años en Estados Unidos y que se especializó en nutrología. En varias ocasiones, «don Paco», como le llamábamos todos, me dijo: «Mira, Ramón, si tratas de adelgazar, ten claro que lo único que no engorda es lo que no se come».

Por lo menos en tres ocasiones en mi vida me decidí a reducir peso, y lo hice con el método Cervantes-Grande Covián. Y es que controlando la ingesta se consigue, cierto que con fuerza de voluntad en los primeros tiempos, un adelgazamiento notable.

De mi abuelo heredé muchas cosas; tal vez aquellas que más han contribuido a lo mejor que en mí pueda haber. Su recuerdo nunca se apartó de mí, y al escribir estas Memorias es como si hubiera vuelto a vivir a su lado.

EN BUSCA DE LOS ANCESTROS: EN LA COMARCA DE SAYAGO

Haré aquí como uno de esos flashbacks de las películas para explicar mi visita al pueblo de la comarca de Sayago, en el límite de Zamora con Portugal, de donde es originaria mi familia.

Esa excursión, a la villa de Tamame, la hice en compañía de mi mujer, Carmen Prieto-Castro y Roumier. Al llegar allí en una fría mañana de noviembre, tuvimos una primera impresión más bien tenebrosa, no sólo por la deslucida pobreza del lugar, sino también, tal vez, porque coincidía con el Día de Difuntos (2 de noviembre).

Entramos en una taberna del pueblo y pregunté por el alcalde, por si pudiera darnos algunas informaciones acerca de mi familia. El tabernero nos respondió diciendo que el ayuntamiento en pleno estaba en el cementerio, en la procesión que en ese momento dedicaban los vecinos a recordar a sus seres queridos.

Nos fuimos camino del camposanto, y pronto vimos una larga fila de caminantes, muchos de ellos con la típica capa negra que por entonces todavía se estilaba por aquellos pagos. Estacionamos el vehículo al borde de la carretera, en un momento de descanso de tan solemne comitiva, y nos acercamos a su cabecera, en la que, sin mayor problema, distinguí al regidor, cuya apariencia me produjo un tanto de extrañeza: a diferencia del resto de la procesión, iba embutido en una vieja gabardina abrillantada por el uso, prenda por entonces absolutamente inusual entre los rústicos. Nos presentamos Carmen y yo, y se inició un breve diálogo:

—Buenos días, señor alcalde, me llamo Ramón Tamames, y en cierto modo soy vecino de aquí, por los ancestros de mi familia... Y si tiene tiempo, después de la procesión, tal vez pudiéramos conversar un rato, si no le parece mal...

—No sé, no sé, porque como puede ver, estamos la mar de ocupados. Además, le diré que yo de este pueblo no tengo tanto conocimiento como usted pudiera pensar...

—O sea, que no es usted originario de aquí...

—No, en absoluto —dijo con un cierto aire de superioridad bajando el tono de su voz para que no le escucharan—. Estoy en este pueblo desde hace bien poco. Soy policía jubilado, y el ministro de la Gobernación tuvo la deferencia de designarme para ocupar esta alcaldía... para mejorarme la magra pensión, claro... Estuve muchos años en la Brigada Político-Social, ya sabe usted, la represión de la masonería y el comunismo, buscando «rojos» por aquí y por allá... para darles «lo suyo»...

—Sí, sí, me hago cargo de que está usted muy ocupado... En fin... qué voy a decirle... —comenté procurando ocultar mi sorpresa—. Bueno, si no tiene tiempo disponible, lo dejaremos para otro día, porque tengo intención de volver por aquí más pronto que tarde.

—Me parece muy bien, ya nos veremos, pues. Que tengan ustedes muy buenos días.

—Lo mismo le deseamos...

Así las cosas, salimos de la circunscripción que regía tan autocomplacido exrepresor, sicario del coronel Eymar, de más que luctuosa memoria, por sus aficiones a imponer penas de muerte a cualquier inculpado; por el mero hecho de serlo.

Pasados unos diez kilómetros del pueblo, paramos en una gasolinera para repostar, y aproveché para hablar con el encargado, quien al final de la conversación apostilló: «Sí, sí, están ustedes en pleno Sayago, una comarca donde antes se hablaba el dialecto sayagués, que prácticamente se ha perdido...».

De eso ya teníamos conocimiento Carmen y yo: esa habla galaico-portuguesa había desaparecido por la erosión de la instrucción pública hecha únicamente en español. Y después, por la radio y el cine, con el golpe final de la ubicua televisión de los teleclubs al principio, y después en cada casa. Una lengua que sólo tuvo alguna presencia literaria en el Siglo de Oro, cuando Juan de Fermoselle (precisamente el nombre de un pueblo del Sayago), más conocido por Juan del Encina, representaba a gente muy basta en sus teatrales entremeses y les hacía hablar en sayagués. Hasta el punto de que alguno de sus personajes más educados en la escena decían: «¡Qué vulgar es..., que habla sayagués!».

Y mientras hacía tales evocaciones, el gasolinero, hombre fornido de tanto darle a la bomba manual, me espetó: «Esta tierra es bastante ruda y ¿sabe lo que le dicen? Pues que “al sayagués, ni le quites ni le des...”». Con tan lapidaria sentencia, dejamos aquellas tierras, para discurrir hacia entornos más amenos. Seguro que ahora las cosas ya no están así por el Sayago, y aunque siempre tuve un cierto propósito de volver algún día, no he podido cumplir ese deseo.

2

VICISITUDES DE UNA GUERRA CIVIL

MEDICINA EN TIEMPOS DE GUERRA

Mi padre, Manuel, y sus dos hermanos mayores se hicieron médicos. El mayor, Fermín, llegó a Madrid ya como estudiante de Medicina, pues había empezado sus estudios en Cádiz, ciudad en la que hay facultad para esa carrera desde el siglo XVIII. Y los otros dos, por la inercia del primogénito, siguieron igualmente la senda de Hipócrates y Galeno.

Mi padre fue muy popular en la Facultad de Medicina en su época de interno, de la que «contaba y no paraba». Se llevaba bien con las monjas que trabajaban en el Hospital Clínico de San Carlos, y con las enfermeras de los quirófanos. De quienes aquí sólo incluiré un sucedido cuando llevaron al Hospital Clínico a un hombre bastante mayor, de etnia gitana, en estado de fuerte intoxicación etílica y con varios traumatismos. Mi padre, después de explorarle, les dijo a las monjas del turno de noche:

—Cuídenle ustedes, y cuando se le pase la borrachera, mañana veremos qué tratamiento precisa. Pero una cosa les digo bien clara: aunque no esté muy limpio... ni se les pase por la imaginación lavarle, porque eso podría matarle.

Al día siguiente, muy de mañana, al llegar Don Manuel al hospital, se dirigió a la sala donde suponía que seguiría su paciente, pensando que ya estaría en condiciones de hablar con él. Pero al acceder a la habitación, no lo vio en su lecho, que ya ocupaba otro enfermo. Entonces se dirigió a una de las monjas de la noche anterior, y le preguntó:

—Hermana, ¿qué ha pasado con el gitano...?

—Se ha muerto esta madrugada, Don Manuel, poco antes del alba. Ha sido terrible, estamos muy apenadas...

Mi padre se puso muy serio:

—¿Qué les dije yo anoche...?

—Que no se nos ocurriera asearle.

—Efectivamente... y al final le lavaron ustedes, y por eso precisamente se ha muerto. Les tendría que haber explicado más detalladamente que si se retira la película de toda clase de elementos que cubre la piel, lo que ustedes llaman suciedad y nosotros «manto ácido de Marchionini»..., es como si le quitaran la coraza contra los gérmenes exteriores...

En la clínica facultativa se aprendían muchas cosas y, entre sus maestros, mi padre cursó Histología que impartía Ramón y Cajal, cuando Don Santiago ya había sido galardonado con el Premio Nobel y presidía la Junta de Ampliación de Estudios en el Extranjero. Entre sus discípulos, años después, tuvo al profesor Grisolía, que fue quien me contó una historia en la que participó mi padre.

Un grupo de estudiantes de Histología decidió analizar algunas muestras de tejido nervioso con técnicas propias, y una vez hechas las preparaciones, se las presentaron al maestro. Mi progenitor fue el encargado de decirle, en el laboratorio, de qué iba la cosa:

—Aquí tiene, Don Santiago: unos cortes de células que hemos hecho nosotros... Esperamos que le gusten —dijo con solemnidad y un leve deje de ironía.

El gran profesor tomó una de aquellas muestras y la puso en el porta de su microscopio. Estuvo mirando atentamente, algo más de un minuto, y al terminar, se volvió a los alumnos, y con voz reflexiva, manifestó:

—Sí, sí, efectivamente, Tamames, están bien..., pero mis tomografías son mejores.

El estallido de la Guerra Civil sorprendió a casi a toda la familia Tamames en Madrid, y allí seguimos, en territorio leal a la República, con mi padre incorporado al ejército desde los primeros días de lucha, al Cuerpo de Sanidad.

De esa maldita guerra recuerdo bien algunas de las veces en que acompañé a mi padre, muy orgulloso de llevar de la mano a su hijito de tres años; él con su uniforme de comandante, y yo vestido de colegial. Y de una de esas visitas hospitalarias guardo impresiones muy vivas: la que hicimos al equipo quirúrgico que Don Manuel dirigía en lo que hoy sigue siendo el «Colegio de las Damas Negras» (Les Dames de Saint-Maur), centro de monjas francesas que fue requisado al principio de la contienda para convertirlo en hospital.

Aquel día, en el patio del hospital, había un diminuto rebaño lanar:

—¿Y para qué tenéis aquí esos corderitos, papá? —pregunté yo.

—Para darles de comer a los heridos que llegan del frente, hijo. Tienen que recuperarse y hay que hacerles buenos caldos y darles algo de carne... —fue su cumplida contestación.

Obviamente, no tuve ocasión de ver las cruentas batallas, pero sí recuerdo las referencias que daba Don Manuel cuando volvía de los hospitales de sangre, de nombres que resuenan en mi particular memoria histórica directa: Casa de Campo, Jarama, Guadalajara, Brunete..., siempre asociados con lo que luego fui aprendiendo y estudiando acerca de la guerra, en la que se sucedieron avatares tan diversos. Algunos de los cuales me contó Alfredo Brull Lenza, hijo del farmacéutico militar Alfredo Brull Leoz, y sobrino de Galo Leoz, célebre oftalmólogo que llegó a vivir casi ciento once años, con historias personales auténticamente legendarias.

Lo esencial de las narraciones de Alfredo hijo se concreta en el escenario el Sanatorio Nuestra Señora del Rosario, en la calle de Príncipe de Vergara de Madrid, establecimiento que existe desde 1804 y depende de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. Al empezar la guerra, aquel sanatorio se convirtió en el Hospital Militar nº 9, que después pasó a ser conocido, en la jerga de entonces, como «Villa Gangrena». Allí se llevaba a los heridos, directamente desde el frente, para ser operados sus cuerpos malheridos y practicarles amputaciones, con los mínimos recursos imaginables, de tal modo que muchos pacientes se gangrenaban. En esas circunstancias, el hedor que emanaba de las heridas resultaba a veces insoportable, y sólo se atenuaba por el intensivo consumo de zotal, un poderoso desinfectante.

La carencia de medicamentos en Villa Gangrena llegó a ser tan grande que, según el testimonio de Alfredo Brull Lenza, los médicos decidieron que las heridas abiertas y no demasiado profundas —cuesta creerlo pero lo cuento tal como me lo narraron— convenía dejarlas al aire, para que se llenaran de piojos, que en cualquier sitio surgían a centenares. Tan minúsculos insectos se situaban en las llagas y contribuían a combatir las infecciones; contra las que no cabía luchar de otra manera por la absoluta penuria de fármacos.

A veces no había ni alcohol, precioso líquido en tales circunstancias, que algunos apañaban para bebérselo a falta de coñac o de cualquier otro destilado que llevarse a la boca. El caso más dramático fue el de un hospitalizado canadiense de las Brigadas Internacionales, a quien se sorprendió robando aquel apreciado elixir. Y al constatarse que había sido el autor de numerosas extracciones anteriores, en perjuicio de los pacientes, tras un severo interrogatorio, al que siguió juicio sumarísimo, fue fusilado en el mismo patio del hospital. Según me contó Alfredo, su padre y los colegas con los que estaba reunido en ese crítico momento, al oír una salva del fusilamiento, comentaron: «¡Ya está! Han acabado con el canadiense del alcohol...».

En medio de tan dramáticas circunstancias, el lado más ameno de Villa Gangrena era el jardín —que hoy se mantiene en el Sanatorio de Nuestra Señora del Rosario—, que en plena guerra seguía muy cuidado, con flores en primavera y verano, de modo que en los días en que hacía bueno bajaban allí en camillas o en sillas de ruedas a los heridos para que tomaran el sol. Una especie de paz en la guerra, al estilo de la gran novela de Miguel de Unamuno.

En ese ambiente, contradictorio en tantos aspectos, la convivencia entre médicos y enfermeras daba lugar a toda clase de situaciones, muchas de las cuales cabe imaginar. Pero también algunas poco imaginables, como aquella que también me refirió Alfredo Brull hijo:

—Cuando entraron los nacionales en Madrid —me contó—, en unos cuantos camiones se llevaron a los médicos del Hospital Militar nº 9 a un campo de reclusión en Getafe, y allí los tuvieron hacinados unas semanas.

Atento al episodio, le pregunté:

—¿Y qué fue de ellos?

—Espera, espera. Un día llegó allí una comisión de enfermeras del rebautizado Sanatorio de Nuestra Señora del Rosario, ya vestidas como lo que eran, de monjas. Se presentaron en Getafe, hablaron con los altos mandos carcelarios, y les dijeron que si ellas mismas vivían era por lo bien que se habían portado los médicos en Villa Gangrena durante los años de la guerra... Parece que su difícil situación mejoró sensiblemente, y alguno salvó incluso la vida por ese testimonio.

DESPUÉS DE LA VICTORIA... LA CÁRCEL Y UNA TRISTE HISTORIA

Oficialmente, mi padre pasó a la cárcel el 28 de marzo de 1939, no por ser médico del ejército republicano, sino por acusaciones de algunos colegas vengativos del otro bando, que contribuyeron a que se le imputaran delitos comunes que nunca había cometido.

De esos tiempos carcelarios, mi padre contó una vez que al principio de la reclusión dormían muy apretados sobre petates puestos en el suelo, muy próximos entre sí, y que sólo a la mañana siguiente, por los huecos que se veían ya sin ocupar, sabían de los condenados a muerte que se habían llevado para fusilarlos. En ese lóbrego ambiente, una noche, un compañero, al que aquí llamaremos Jesús, después del toque de silencio, se movía insistentemente a su lado. Mi progenitor le dijo que se tranquilizara y que sólo así podría dormirse, pero sin conseguir que se aquietara. Entonces se dio cuenta de qué pasaba y le reconvino:

—¡Pero Jesús... masturbándote, aquí, y a estas horas!

—Sí. ¿Qué quieres, Manolo,... si hoy por la mañana van a fusilarme...?

Otra historia menos dramática. En la cárcel, mi padre pasaba consulta de presos en una elemental enfermería, donde un amigo suyo, el doctor Trobo, que sería el dentista de nuestra infancia, le invitó a relajarse un poco.

—Anda, vamos al botiquín, a reponer fuerzas después de la miseria de rancho que nos han dado...

Y una vez en el pequeño local, con mucho misterio, Trobo extrajo de un armario un frasco de líquido transparente. Sirvió de él dos vasos, agregando un poco de agua del grifo:

—Toma, el mejor «pajizo» que vas a beber en tu vida. Alcohol vínico puro de 90 %... y con mi solución hídrica, unos cuarenta grados...

Inevitablemente, mi padre recordó al desgraciado brigadista canadiense de Villa Gangrena.

Dentro de lo tenebroso de la vida carcelaria, también anidaba la esperanza de que la dictadura que pesaba sobre España sería de corta duración. Y así, en el verano de 1939, mi padre —según él mismo me contó—, en una de las visitas que le hizo mi madre, le dijo:

—Haced todo lo posible para que con esos «avales» que estáis buscando —de gente del Régimen que se atrevía a defender a sus amigos «rojos» frente al nuevo orden— pueda estar en la calle antes de octubre..., porque para entonces Alemania podría haber iniciado la guerra con la invasión de Polonia.

Y así sucedió efectivamente: el 1 de septiembre de 1939 empezó la Segunda Guerra Mundial, cuando tropas nazis echaron abajo las barreras de los puestos fronterizos e invadieron el país de Chopin, madame Curie, Stokowski y Pilsudski... Uno de los episodios que Woody Allen evoca, con magistral ironía, al decir aquello de que «cuando oigo música de Wagner... ¡me entran unas ganas de invadir Polonia!».

En la cárcel, mi padre reflexionaba sobre los efectos de la Guerra Civil si la República no la hubiera perdido:

Si hubiéramos ganado, yo ahora sería general del Cuerpo de Sanidad del Ejército Popular. En poco tiempo, eso es lo que habría sucedido. Pero durante la batalla de Teruel, que se prolongó por dos meses, de diciembre de 1937 a enero de 1938, me di cuenta de que era imposible ganar. La derrota de las tropas de Mussolini en Guadalajara nos dio alguna esperanza, pero luego...

A pesar de las privaciones de estar entre rejas, y de la angustia que se derivaba de las dificultades de la familia fuera del siniestro recinto, en la prisión, mi padre se repuso físicamente de los cansancios de la guerra. Fue con su puesta en libertad «vigilada» cuando empezaron a surgir las complicaciones más amargas, de una relación nacida entre él y una de sus colegas en los hospitales de sangre de aquella contienda monstruosa; que en los avatares de la posguerra se transformó en verdadera liaison dangereuse, que inevitablemente creó toda suerte de problemas familiares, insoportables para mi madre. Carmen de nombre, como tantas miles de españolas, mi progenitora era una mujer sencilla, buena, guapa y entregada en cuerpo y alma a sus cinco hijos, y a su marido... tanto que no concebía que él pudiera tener el menor devaneo amoroso. Y si hubiera sabido esperar, seguramente todo habría acabado pasando, pero en su mente obsesionada no cabía entender lo difícil que era para cualquier hombre hacer una guerra de largas ausencias sin ni siquiera mirar a otra mujer.

Durante algún tiempo, al percatarse de la dura realidad, mi madre trató de soportarla. Sin embargo, las circunstancias, lejos de evolucionar a mejor, se hicieron cada vez más difíciles, y progresivamente fue sumiéndose en la desesperación de los celos. De lo que dejó constancia en una carta que años más tarde encontré en la casa paterna, dentro de un libro. En aquel escrito se apreciaba claramente su estado de ánimo de profunda amargura:

Estás haciendo de mí —le escribía a mi padre— una completa desdichada. ¿No te das cuenta de mis sentimientos? Por mucho que pretendas lo contrario, no has tenido nunca la suficiente sensibilidad para adentrarte en mi alma de mujer, y ver cómo se sufre la falta de amor y de cariño.

Recapacita, reflexiona, pero si dejas pasar mucho tiempo así, yo no sé qué haré. Desde luego, no seré responsable de nada, porque eres tú quien me está empujando al estado de postración en el que voy hundiéndome más y más cada día que pasa. Si al final tomo la decisión en que estoy pensando, el único culpable serás tú.

Su decisión fue irreversible: el suicidio.

Mis hermanos y yo, sin ninguna explicación de nadie, un día dejamos de ver a nuestra madre. Nos vimos trasladados a casa del tío Fermín, en las proximidades del parque del Retiro. Allí estuvimos conviviendo con nuestros primos, también cinco hermanos.

De aquellos días recuerdo el «descubrimiento» del inmenso parque, donde pasábamos largas horas todas las mañanas, generalmente acompañados de mi prima mayor, Felisina, siempre dulce y solícita con nosotros. Todavía cuando la veo, ya ambos en edad provecta, me doy cuenta de lo mucho que nos cuidó en aquellos días difíciles, al igual que sus hermanos Joaquín, Santiago, José Antonio y Luchi.

LA CONSULTA DE SOCUÉLLAMOS Y EL MAQUINISTA

Al salir de la cárcel tras dieciocho meses, mi padre hubo de enfrentarse a tiempos difíciles, intentando ganarse la vida lo mejor posible, tras haber sido privado de su puesto como profesor en la Facultad de Medicina y de su cargo de médico de la Beneficencia Municipal de Madrid. Y con el propósito de allegar algunos recursos, se asoció con un compañero presidiario, el doctor Ramón Ramos; un personaje extraordinariamente complejo, extremeño él, de Miajadas, Cáceres, villa de la que decía era una de las más ricas de España por sus olivares y su ganadería, para, a renglón seguido, precisar que, sin embargo, tanta riqueza estaba muy mal repartida.

En las difíciles circunstancias de la posguerra, Ramos propuso a mi padre abrir una consulta económica en un pueblo de la provincia de Toledo, Socuéllamos, que contaba con feria agrícola y ganadera el primer sábado de cada mes. Se trataba de tomar allí, en alquiler, un par de habitaciones en la Plaza Mayor, donde se reunían los feriantes.

—¿Y estás seguro, Ramón, de que la cosa va a sernos de provecho?

—Te lo aseguro, Manuel. Yo tengo parientes allí, y los días de feria se concentra mucha gente a comprar y vender. Y como cada hijo de vecino sufre de sus dolencias y la asistencia pública domiciliaria no existe prácticamente en la zona, la gente no encuentra solución para sus males... Lo nuestro sería mano de santo...

Mi padre meditó las palabras de su amigo, que en los asuntos crematísticos le merecía toda la confianza, y a Socuéllamos fueron por lo menos cuatro o cinco veces, incluso con mayor éxito económico del previsto. Muy temprano, los sábados, a eso de las seis de la mañana, ya estaban en la estación de Atocha, para tomar el tren que salía con destino a Murcia y que en Quintanar de la Orden tenía una bifurcación en dirección a Alicante. De manera que al pasar por Socuéllamos, donde el tren no tenía parada, previo acuerdo con el maquinista —al que daban dos duros de propina para que ralentizara la velocidad—, se apeaban en marcha en un llano que había poco antes de llegar al apeadero del pueblo.

Todo fue muy bien hasta que un día llegaron a Atocha y le dieron sus dos duros al maquinista, se subieron al coche y allí se quedaron traspuestos por el madrugón. Luego se enterarían de que el tren había salido con retraso porque el retribuido maquinista se sintió indispuesto y fue sustituido por otro.

En tales circunstancias, al avistar el pueblo desde la plataforma exterior del coche, observaron con toda sorpresa que conforme se acercaba a Socuéllamos, el tren no aminoraba su marcha ni poco ni mucho. Y aunque no llevaba la velocidad de los AVE de ahora —no se pasaba de setenta kilómetros como máximo—, decidieron apearse como fuera, pues de otro modo habrían perdido un día de trabajo con ingresos muy esperados en casa. Dándose ánimos el uno al otro, en un paraje de relieve poco complicado, se arrojaron del tren cuando parecía que se iniciaba un repecho... Cayeron de mala manera sobre la dura tierra, haciéndose contusiones y erosiones varias... y malparados llegaron al apeadero de Socuéllamos, donde los esperaba el paisano que en su carreta los acercaba habitualmente al lugar de la consulta:

—¡Pero cómo vienen ustedes, que parecen dos Cristos! ¿Qué les ha pasado? Ya me temía yo una cosa así algún día... Hoy vi pasar el tren a toda velocidad. Pero claro... con el compromiso que tenía con ustedes aquí, decidí quedarme a esperarles... ¡Santo Dios, qué cosas ocurren en la vida... se han salvado de verdadero milagro!

En su carreta, y más molidos que Don Quijote tras la aventura de los molinos, los dos médicos llegaron a la consulta y allí se arreglaron como pudieron. Y con un cierto retraso empezó la práctica médica, con toda clase de muestras de sorpresa de la selecta clientela, que supo apreciar cómo los más necesitados de atenciones eran precisamente los propios médicos.

La peripecia sufrida alertó a los dos socios que, poco después, abandonaron su arriesgado emprendimiento en Socuéllamos. También es verdad que ya para entonces mi padre iba encontrando en Madrid otras posibilidades de trabajo con menor accidentalidad.

EL «PLANETA DE LOS TOROS»: AVA Y LA NOCHE DE VILLA ROSA

En su viudedad, mi padre repartía su trabajo profesional entre un hospital dirigido por un colega, en el que veía enfermos y operaba, su propia consulta y sus clases de anatomía en casa. En el área clínica le fue bastante bien, pues aún no había seguro de enfermedad —empezaría en 1943— y la consulta de Don Manuel se nutría de pacientes a veces adinerados que iban poniéndole a flote.

A los efectos de sus alumnos de anatomía, en la habitación de casa donde daba la clase —el «gabinete», como se conocía aquella pieza—, había una gran caja llena de huesos, con una calavera, y sobre una tabla siempre se veían figuras de plastilina de diferentes colores, representativas del encéfalo, de cortes seccionales del cuello, del corazón, etc.

El tiempo libre lo dedicaba mi padre a la pintura y la escultura, con buena capacidad de expresión. También incursionaba en la poesía, e improvisaba cualquier clase de discursos para cenas de amigos, con no poco sentido del humor. Pero todo lo expuesto, con ser buena muestra de su recuperación psíquica, no suponía una solución definitiva a su vida, porque sus ambiciones profesionales se vieron arrumbadas con la «victoria de la cruzada» y la depuración subsiguiente de toda clase de «rojos».

En esas circunstancias, como le había sucedido a su propio padre —mi abuelo— cincuenta años atrás, Don Manuel estuvo considerando la posibilidad de emigrar a América, a Panamá, como en 1939 había hecho un compañero suyo, el doctor Herrera, quien con sus grandes aptitudes pronto pasó a desempeñar un alto cargo en la sanidad pública de aquel país. Y fue desde esa posición como le ofreció la posibilidad de empezar una nueva vida profesional en el Nuevo Mundo. Idea que en poco tiempo mi padre descartó definitivamente.

En la España dividida la vida continuaba, y en ella surgió como nueva ocasión vital para mi progenitor el «planeta de los toros». De la mano de Luis Miguel Dominguín, con quien le conectó un amigo común, el doctor Marchán, natural del mismo pueblo de Toledo, Quismondo, donde la familia taurina de los Dominguín tenían su finca, de nombre «La Companza».

En aquellos tiempos, las enfermerías de las plazas de toros estaban en condiciones más que elementales. Como se demostró el 27 de agosto de 1947, con ocasión de la cogida de Manolete en Linares, por el toro de nombre Islero de la ganadería de Miura. Tras la grave herida de asta, se le hizo una primera intervención en la enfermería, tumbado en unos tableros sobre caballetes, con capotes de lidia haciendo de amortiguadores.

A mi padre le llamó por teléfono Dominguín, que formaba cartel taurino aquella tarde con Manolete, para que urgentemente se trasladara a Linares, a fin de ayudar con su ciencia al diestro recién cogido. En pocas horas se presentó allí.

—Cuando llegué y vi a Manolete, ya en un hospital de Linares, tras la segunda intervención que se le practicó, estaba virtualmente muerto. No había nada que hacer. Presentaba todos los síntomas de un shock anafiláctico irreversible.

Después se concretó que realizadas cuatro transfusiones de sangre al diestro de la triste figura, se le hizo una quinta, esta vez sólo de plasma, en condiciones inadecuadas, y por decisión de un médico que mostró la más total impericia.

De ese episodio surgió la idea de que Don Manuel y el doctor Marchán acompañaran —con todo su instrumental quirúrgico, sangre, plasma y fármacos— a Luis Miguel, a las corridas que se celebraran en las plazas más difíciles. Lo que abrió a mi padre un gran número de vivencias: no sólo con Dominguín y otros toreros, entre ellos Antonio Ordóñez, sino también con amistades como la que llegó a tener con Ernest Hemingway, en la temporada taurina en que el autor de Adiós a las armas —para mí, con mucho, su mejor novela— escribió El verano sangriento, acompañando a Ordóñez a un buen número de corridas.

De aquella amistad quirúrgico-literaria quedan fotos en las que aparecen mi padre, el matador Ordóñez y el novelista norteamericano; los tres apoyados en el pretil de un puente sobre el Ebro con ocasión de la Feria de San Mateo en Logroño. Con una frase escrita a mano por el propio Hemingway en la que dice: «Ojalá que las barbas [alude a las suyas] no son [por sean] falsas. Ernesto».

La verdad es que al escribir este libro me he dado cuenta de la relación tan estrecha que he mantenido con una serie de personas a lo largo de mi vida: primero con mi abuelo, luego con mi padre y mis hermanos, y también con el diestro, Luis Miguel Dominguín. De quien, ahora que estamos en el «planeta de los toros», relataré un episodio que fue de lo más festivo.

Una tarde estábamos estudiando los cuatro hermanos en el cuarto de estar de casa, cuando entró mi padre y, muy sonriente, nos propuso a los tres mayores (Pepe, Rafa y yo) ir a cenar con Luis Miguel, quien iba a tener de invitada a Ava Gardner. Rápidamente nos vestimos, y a la media hora estábamos en un restaurante de la calle Alcalá, el Baviera, uno de los predilectos del mundo taurino.

Al llegar al restaurante con nuestro padre, nos sentamos a la mesa que había reservado Luis Miguel, y cuando éste entró acompañado de Ava se armó un auténtico revuelo, con la gente que había en el comedor dando las más diversas muestras de admiración.

Luis Miguel hizo las presentaciones, y Ava se sintió muy contenta de tenernos entre los comensales a los tres hermanos por poder expresarse libremente en un inglés de gran claridad. La cena transcurrió para diversión de todos: Luis Miguel demostrando que tenía amigos que dominaban la lengua de Shakespeare..., mi padre tan orgulloso de sus hijitos, y nosotros un tanto deslumbrados por nuestros anfitriones.

En la cena hablamos de las futuras elecciones en Estados Unidos tras el primer mandato de Eisenhower, teniendo como contrincante a Adlai Stevenson II, del Partido Demócrata; el típico intelectual, «cabeza de huevo», como se dice en la jerga política norteamericana, al que Ava pensaba votar para la Casa Blanca...

También hablamos de la Universidad en Madrid, y de la forma de estudiar en Estados Unidos... y de literatura, un tema en el que Ava estaba muy versada, entre otras cosas porque conocía a casi todos, desde Hemingway hasta Arthur Miller. En la conversación, muy animada, Luis Miguel terciaba siempre sonriente, con su sorna habitual, en un inglés todavía no muy fluido.

La cena fue regada de vinos bien elegidos, que Ava supo apreciar. Y hacia las doce de la noche, mi padre dijo que había de irse al Sanatorio Ruber para la intervención quirúrgica de un paciente que le llegaba de fuera de Madrid. Así que, dirigiéndose a mis hermanos y a mí, nos preguntó:

—Bueno, chicos, ¿os acerco a casa...?

—No, no, nada de eso, Manuel —intervino Luis Miguel—, déjalos tranquilos, que hoy es un día de fiesta para todos, porque Ava está aquí. A tus hijos los adopto yo esta noche... les tenemos preparado algo muy especial...

—Lo que tú digas, Miguel, adiós Ava, o hasta luego.

Y volviéndose a nosotros dijo con su mejor sonrisa:

—Ahí os quedáis con lo mejor del mundo del toreo y de la pantalla... Seguro que lo pasaréis bien. —Dio media vuelta y se marchó.

Seguimos hablando un buen rato en el restaurante, mientras unos y otros pasaban a saludar a Luis Miguel. Hubo también varios comensales que se atrevieron a pedir un autógrafo a Ava, quien se los firmó, sonriendo deslumbrante y con un deje de picardía. Y tras aquellas postrimerías en el restaurante, Luis Miguel nos reveló a los tres hermanos lo «muy especial» que tenía preparado: ir al tablao flamenco de la plaza de Santa Ana, el Villa Rosa.

En su amplio coche, un haiga, como se decía entonces, cuyo chófer era Teodoro —un amigo de infancia del diestro, de Quismondo como él—, nos trasladamos al Villa Rosa, donde llegamos aproximadamente a la una de la madrugada; cuando un cuadro flamenco estaba listo para entrar en acción, con las sillas dispuestas en corro para la actuación de los guitarristas y con las bailaoras ya en posición sobre la tarima.

El cuadro actuó aceptablemente bien, con el excelente trasfondo del rasgueo de las guitarras: las bailaoras, muy jóvenes, se esmeraron en lo que pudieron. Y cuando el cuadro flamenco se marchó, entró Faico como único bailaor y cantaor para actuar con los tres guitarristas. Se lució con maestría en una serie de números y pronto invitó a Luis Miguel y a Ava a subir al tablao, ella contoneándose «a la americana», y él, «a la española desgarbada».

Ulteriormente, los tres hermanos hubimos de participar en lo que fue mi primera experiencia flamenca, y así fue transcurriendo la noche, con copas de fino y manzanilla, para luego dar buena cuenta de una fuente de pepitos, que a todos los ejecutantes nos dieron nuevas fuerzas.

Definitivamente, el espectáculo se centró en Faico, un flamenco gitano con verdadero duende, que bailaba moviéndose en un continuo «subibaja» de su pañuelo de seda en torno al cuello, al tiempo que cantaba una rumba flamenca:

Con este frío que me está cayendo,

Con este frío que me está cayendo,

¡Ábreme la puerta,

mi negra!

¡Ábreme la puerta!

La fiesta duró hasta las seis de la mañana, y cuando salimos a la calle ya estaba amaneciendo. Luis Miguel, conduciendo ahora él mismo su propio coche, nos acercó a los tres hermanos a casa, en la calle General Arrando, y allí nos dejó, para él seguir con Ava.

Pocos días después, uno de los hermanos de Luis Miguel, Dominguito, nos invitó a cenar a Enrique Múgica y a mí, en un restaurante donde los otros invitados fueron Luis Buñuel y José Bergamín, dos luminarias de la cultura española, que se mostraron muy interesados por la especial relación del diestro y la estrella. Lo pasamos en grande, y es pena que la forzada limitación de espacio de estas Memorias no me permita hablar más del ilustre miembro de la saga de los Dominguín que fue Dominguito, de quien un día Franco dijo a Luis Miguel:

—Ya sé que tienes un hermano comunista, Miguel.

—No sé si es comunista, Excelencia... Sí sé es que es un buen hermano...

LUCÍA BOSÉ, EL CICLISTA Y ÚLTIMOS TIEMPOS PATERNOS

Y ya que hemos hecho el relato del torero y la actriz de Mogambo —la mejor película de John Ford, y de Ava—, recordaré otra tarde, años después, estando también en el cuarto de estudios de casa, con mis tres hermanos varones, cuando mi padre abrió la puerta y nos informó de la visita que tenía:

—Está en la consulta Luis Miguel con Lucía Bosé, y ella me dice que le gustaría mucho conoceros, porque el torero le ha hablado tanto y cuanto de vosotros...

Fuimos para el despacho a conocer a Lucía, que había querido consultar a nuestro padre sobre la fuerte anemia que sufría, mezclada con reminiscencias de una tuberculosis que había padecido de niña. El caso es que los cuatro hermanos varones entramos en la consulta, y vimos a un Luis Miguel más sonriente de lo habitual. Y a una Lucía un tanto admirativa, al ver a los cuatro hijos del doctor, tan jóvenes y tan altitos —eso dijo ella— los cuatro.

Nos quedamos embelesados al ver a Lucía, radiante, en su mejor juventud, con aire soñador, y vestida deportivamente, con botas altas de montar a caballo. Y no es que hubiera estado ejercitándose en ningún picadero o en el hipódromo, sino que llegaba del rodaje, con Juan Antonio Bardem como director, de una película que luego llevaría por título Muerte de un ciclista. La vestimenta de amazona de Lucía se correspondía a una de las secuencias del filme, una escena con el actor uruguayo Carlos Casaravilla, su marido en la ficción; que transcurría en una fiesta campestre, en medio del flirt —como se decía entonces, en vez de ligue— que mantenía con un persuasivo galán, personificado en el actor Alberto Closas.

No pudo pasárseme por la imaginación en ese momento que años más tarde conocería a Juan Antonio Bardem, al coincidir uno frente al otro en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en febrero de 1956, cuando ambos fuimos detenidos con ocasión de los sucesos estudiantiles. Por entonces, según me relató en voz muy baja el propio Bardem, pero suficiente para salvar el corredor que separaba nuestras respectivas celdas, él estaba rodando en Palencia otra de sus grandes películas, Calle Mayor.

Antes de terminar mis evocaciones paternas, recordaré que al retornar a Madrid de un viaje a Canarias, adonde fui para recuperarme definitivamente de los traumatismos causados por un accidente de montaña que sufrí el Día de Inocentes de 1974, en una de sus frecuentes visitas a casa mi padre me preguntó:

—¿Qué tal por Canarias?

—Muy bien, todo estupendo. En Lanzarote se portaron muy bien con nosotros. —Había ido con Carmen, los tres hijos y la joven Carmina Rocandio que trabajaba en casa—. Es una isla de paisajes impresionantes, y un gran artista de allí mismo, con quien hemos trabado muy buena amistad, el pintor y escultor César Manrique, trata de que no se altere el ambiente tradicional de campos y pueblos. Se ha convertido en la auténtica conciencia pública de la isla...

—Fíjate, que yo no he estado nunca en Canarias... —comentó mi padre.

—Pues bien merece la pena.

Ni corto ni perezoso, como se dice, unas semanas después, Don Manuel se fue a Gran Canaria para pasar unas cortas vacaciones con una amiga suya a quien llamaré Verónica, del entorno del mundo de los toros. Allí pasaron unos días en San Bartolomé de Tirajana, en el sur de la isla, en un hotel próximo a la Playa del Inglés. Y estando yo una mañana en mi oficina, una de mis secretarias, Gloria, me anunció una llamada telefónica:

—Don Ramón, le llama Verónica, desde Canarias... me dice que se trata de un asunto personal...

De inmediato supuse que algo no precisamente bueno había ocurrido a Don Manuel. Me puse al teléfono:

—Hola, Verónica, gracias por llamar. Ya me imagino qué es...

—Sí, Ramón, tu padre ha muerto, hace sólo una hora. Estábamos tranquilamente en el hotel, cuando se sintió mal, y a pesar de que se tomó una cafinitrina, la cosa no se resolvió. Enseguida, en una ambulancia le llevé a un centro médico próximo, pero en el camino el infarto de miocardio acabó con él. Puedes imaginarte cómo me siento...

De tiempo en tiempo, los cinco hermanos vamos a visitar la tumba de nuestro padre en el cementerio civil de Madrid, no lejos de los misteriosos mausoleos de dos presidentes de Gobierno de la Primera República española, Francisco Pi y Margall, y Nicolás Salmerón; y poco distante también de la tumba de Pablo Iglesias, fundador de la UGT y del PSOE. Pero sobre todo, mi padre descansa cerca de Pío Baroja, a quien también visitamos cuando los cinco hermanos vamos a recordar a nuestros padres, él en el cementerio civil, y ella, cerca, en el de La Almudena.

La desaparición de mi padre significó la ruptura con el previo eslabón de la filogenia familiar. Ya no tenía que rendir cuentas a quien me había dado la vida, porque si bien desde los veintiún años yo era legalmente mayor de edad, mi padre me decía, con plena razón:

—Recuerda, hijo: nunca renunciaré a mi patria potestad.

Algo que yo aceptaba razonablemente, pero que en las generaciones últimas ya sería muestra de un paternalismo inaceptable. Mi único hijo varón, Moncho, me dijo una vez:

—Tú has sido mejor hijo que padre. En lo que a mí se refiere. Y recuerda que tu patria potestad sobre mí se acabó con mi mayoría de edad, cuando cumplí dieciocho años.

Y tal vez tenga Moncho toda la razón, más que nada en lo primero. También es cierto que nuestra infancia fue muy distinta de la de mis hijos. Nosotros fuimos criaturas de una lucha fratricida y miserable, de la que los protagonistas de un filme de Benito Zambrano (La voz dormida) dijeron algo estremecedor: «Aquélla fue una guerra que nunca debió haber ocurrido». Y eso lo llevaremos siempre en la carne, y ése es también el recuerdo que desde siempre y para siempre se une con la memoria de mis padres, que se vieron arrastrados por la turbulencia de unos episodios que hoy no se entienden ya. Algo que intenté reflejar en el libro que publiqué en 2010, Breve historia de la guerra civil española.

3

ENSOÑACIONES Y ADOLESCENCIA

EN LA «ARCADIA» EXTREMEÑA... ESCUELA Y EL «CARA AL SOL»

Lo que sigue son sensaciones de mi infancia, de cuando casi recién terminada la Guerra Civil, en 1939, la situación de mis hermanos y la mía propia en términos de nutrición era más que penosa, por las carencias alimenticias que se padecieron en Madrid a lo largo de los duros años de racionamiento. Y ello a pesar de que mi padre recibía de vez en cuando algunas remesas de vituallas de sus pacientes de extracción más rústica.

El caso es que ante el potencial riesgo de padecer raquitismo y para mejorar nuestras condiciones en tiempos de máximo crecimiento por la edad, aparte de recurrir al «estraperlo» para comprar lo más elemental —en la puerta del metro o en las inmediaciones de los mercados municipales—, mi padre, que por entonces estaba en la cárcel, instruyó a mi madre para que nos fuéramos a Extremadura a pasar una temporada. Concretamente, a Don Benito, aprovechando el ofrecimiento que le había hecho un viejo amigo suyo, Don Diego Mera, que tenía propiedades en Badajoz, entre el Guadiana y La Serena.

El viaje lo hicimos con mi madre a principios de junio de 1940, en tren, en un vagón de primera que me pareció de gran lujo, y que en el respaldo de los sillones llevaba las iniciales de la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante (MZA); la Renfe se crearía al año siguiente.

Fue un trayecto de unas diez horas, para cuatrocientos kilómetros, y en el departamento en que íbamos alguien que leía un periódico me lo dejó —yo tenía siete años—, y en una de sus páginas pude ver un mapa de Europa occidental en el cual se representaba el avance alemán que ya se adentraba en Francia por el norte: el prolegómeno de lo que pocos días después, el 16 de junio de 1940, sería la penosa rendición de la República Francesa ante el régimen de Hitler en un encuentro que tuvo lugar —a modo de vendetta— en el mismo vagón ferroviario en que el 11 de noviembre de 1918, en el bosque de Compiègne, Alemania había aceptado el armisticio de la Gran Guerra. Por entonces, a pesar de mi corta edad, ya seguía los episodios de la contienda a través del semanario Mundo, siempre lleno de interesantes mapas de las operaciones militares.

Llegamos a Don Benito y nos instalamos en casa de Don Diego, mis dos hermanos mayores, José y Rafael, y yo. Mi madre permaneció con nosotros sólo por unos días; luego se volvió a Madrid para seguir enfrentándose a los duros problemas de su vida, y para cuidar a sus otros dos hijos, los más pequeños, Juan y Concepción.

La casa de Don Diego Mera la ubicábamos oralmente en forma de pareado: «Don Antonio Maura, 22, Don Benito, Badajoz». Tenía un amplio patio-jardín en el centro, en tanto que en un extremo del edificio había un corral con gallinas y patos, y una cochiquera al fondo en la que se criaban tres o cuatro cochinos para la matanza, que se hacía coincidiendo con el día que señala la vieja máxima: «A todo cerdo le llega su San Martín». Rito al que tuvimos ocasión de asistir, para escuchar aterrorizados los alaridos de los animales, plenamente conocedores de que les había llegado su hora final. Colgados de una viga travesera, con un cuchillo se les practicaba un corte en la yugular, del cual salía la sangre a borbotones que recogían en un cubo para luego elaboran las morcillas. La fiesta era un tanto bárbara, con celebración gastronómica de primeras sangrillas, alguna chuleta y lomo fresco recién asado, en compañía de sardinas y chocolate hecho.

Don Diego era persona muy afable, y a los tres hermanos, sus huespedes, siempre nos trató bien, permitiéndonos que a cualquier hora entráramos en su biblioteca, donde había libros de todas clases, así como mapas colgados en la pared. Y recuerdo muy bien cómo fue allí donde, por primera vez, al pie de un mapa del hemisferio occidental, pude leer lo de América Latina, preguntándome yo si es que allí hablaban latín. Y al respecto no dejaré escapar aquí la ocasión para recordar, a algunos que consideran el término como altamente científico, que su origen proviene de Napoleón III. De cuando planeó la entronización de Maximiliano de Austria como emperador de México, en 1864. Así, en la idea de asociar a Francia con un proyecto que presumió duradero, en vez de hablar de la «América antes española», como siempre decía Simón Bolívar, decidió que lo más oportuno era referirse a «América Latina» y olvidar a España.

Otro de los vivos recuerdos que guardo del tiempo que pasé en Don Benito es la siesta, casi obligada por las altas temperaturas del largo verano. En medio de la somnolencia, por la ventana entreabierta del dormitorio que daba a la calle, con la persiana bajada, me viene a la memoria la voz que pregonaba cadenciosamente: «¡El Hoy ... de hoy! ¡El Hoy ... de hoy!».

El Hoy era el periódico que se publicaba entonces, y sigue editándose ahora, en Badajoz, que llegaba a Don Benito por la tarde, y que para mí fue la primera referencia de prensa diaria. Lo leía casi ávidamente cuando llegaba a mis manos después de pasar por la meticulosa inspección de Don Diego.

Claro es que en la casa de «Don Antonio Maura, 22, Don Benito, Badajoz», no todo eran caras felices, y yo lo notaba, especialmente cuando algunas noches, Don Diego, al llegar para la cena, mostraba su semblante más severo. Había estado en el casino, donde de una manera u otra llegaban las noticias sobre los juicios políticos que todavía seguían haciéndose en aquella como en otras partes de España, a pesar de que había pasado más de un año desde el final de la Guerra Civil. Y a preguntas de su mujer, Doña Josefina, él contestaba con laconismo, con el tono más dramático en su voz:

—Van a fusilar a Félix, Felipe y Cristiano... ya sabes quiénes son. De modo que todos los avales que hemos reunido para que les conmutaran la pena de muerte han sido inútiles. Realmente, no sé adónde vamos a parar...

Estas palabras, para mí, ya eran plenamente inteligibles, y en los pequeños interrogatorios que hacía a Consuelo, una sobrina de Don Diego, al final acababa por enterarme de la más cruel persistencia de los efectos de la guerra, que en términos de fusilamientos, en gran número, continuarían a lo largo de tres o cuatro años más...

Pero en Don Benito también seguía la vida, y al terminar las vacaciones de verano empezamos a ir a una escuela privada, que regentaba un viejo maestro, Don Juan, siempre de corbata negra y vestido de negro. Hombre inflexible, trataba de mantener el más absoluto silencio en una clase integrada por toda clase de niñatos y jovenzuelos bárbaros, que estábamos por la diversión a cualquier hora de la mañana o de la tarde, con las ocurrencias más disparatadas, muchas veces rayanas en el vandalismo.

Rara era la clase en que algún compañero no llegaba a la escuela con una lagartija, una rana, o un ratón; o una piara de cucarachas, o una reata de moscas ya cruelmente despojadas de sus alas. Toda esa fauna menor se introducía en el pupitre como nueva microarca de Noé, y en el momento más inesperado se soltaban por el aula con la consiguiente algarabía de la infantil concurrencia, y con gritos conminatorios de ordeno y mando por parte de Don Juan. Al final, los alborotadores habían de subir al estrado, extender la palma de la mano, y con una regleta flexible, todo hay que decirlo, el maestro palmeaba diez o más veces al infractor; como inmediato e indiscutible castigo sin apelación posible. Y sin más consecuencias que un pasajero dolor que, por lo demás, no generaba el menor propósito de enmienda.

En la escuela, al final de las clases de la mañana, y antes de darnos «la suelta», la hija de Don Juan subía al aula, vestida de camisa azul, muy arremangada ella, con su bolsillo pectoral luciendo el bordado del yugo y las cinco flechas de Falange. Nos ponía firmes a todos —también a su padre—, y con el brazo en alto entonábamos —confieso que con entusiasmo insensato, sobre todo al principio— el «Cara al sol»; himno del que, andando el tiempo, conocería a uno de sus autores, Dionisio Ridruejo. Y naturalmente, cuando llegábamos a esa estrofa que dice «impasible el ademán», todos decíamos «imposible el alemán».

Cuando no había escuela, o cuando nos escapábamos de ella, en pandas de diez o doce mocitos, íbamos al campo, sobre todo a un montículo llamado El Guijo, donde estaba el depósito de agua del pueblo. Y por allí, en las charcas que había, nos dedicábamos a recoger renacuajos, ranas, saltamontes o ratones de campo, haciendo acopio de tales especímenes para nuestro particular stock en la escuela.

Otras veces, en la tarde, se organizaban peleas entre diferentes grupos de chicos del pueblo, conviniéndose encuentros para tirarnos guijarros unos a otros en una «drea» —por pedrea—, como se conocía el combate a cantazo limpio. Generalmente en una parte deshabitada del pueblo, de casas venidas abajo de puro viejas, conocidas como «las casas rundías».

Durante nuestra estancia en Don Benito adquirimos el acento extremeño más puro, y al volver a Madrid, los tres hermanos nos jactábamos de ello. Ante el estupor de las visitas que pasaban por casa, y que esperaban ver unos niños atildados y bien hablados, decíamos aquello de: «El que no diga jacha, jigo, jiguera no es de mi tierra», obviamente por la forma de pronunciar la h en la tierra de Gabriel y Galán y de Chamizo.

Estuvimos todo un curso escolar, 1940-1941, en Don Benito; luego regresamos a Madrid y, tras una estancia de ocho o diez semanas, nos volvimos para el pueblo, pues la cuestión de los alimentos, lejos de mejorar, estaba empeorando. Debió de ser en agosto de 1941, y de ese nuevo viaje —ya sin mi madre, que había muerto meses poco antes— me vienen al recuerdo, nuevamente, los mapas en la prensa, concretamente en el diario Ya, que tenía mucha capacidad cartográfica, aunque menos que el admirable seminario Mundo.

Así, un año después de la firma del armisticio franco-alemán de Compiègne en 1940, los escenarios bélicos eran los del avance alemán en la URSS —a través de los países bálticos, Bielorrusia, Rusia y Ucrania— en la primera fase triunfal de la Blitzkrieg, o «guerra relámpago», de Hitler contra los soviéticos. Algunos dirán que a tan temprana edad, apenas ocho años, yo era el «repelente niño Vicente», pero el caso es que ya por entonces le tenía gran afición, como dije antes, a todo lo cartografiado y a todo lo historiado en el día a día de la guerra más terrible de la historia; en la que por los efluvios familiares nos sentíamos por entero ya del lado de los aliados y frente a los dictadores de Alemania, Italia y Japón.

«DE RE RUSTICA»: «CANTALGALLO»

De nuestra segunda temporada extremeña, mucho más breve por lo que luego diré, la mayor parte la pasamos en una de las propiedades de Don Diego Mera, conocida con el nombre de «Cantalgallo», a una veintena de kilómetros de Don Benito, y que todavía en el trance de escribir este libro quiero revisitar. Una vez que pude reubicar la finca en cuestión, merced a una nota que un día me hizo llegar un amigo extremeño, sabedor de mis recorridos por la zona, y conocedor también de la gran impresión que me causó aquel escenario tan silvestre como libre y hermoso, que era y supongo seguirá siendo «Cantalgallo».

El trayecto de Don Benito a la finca lo cubrimos una madrugada estival, saliendo de la casa de Don Antonio Maura, 22 a las cuatro de la mañana, en dos carretas tiradas por mulas, para así, a hora tan mañanera, evitar el calor. Los tres hermanos (ahora Rafael, Juan y yo) fuimos durmiendo las primeras horas, tendidos sobre sacos de harina y otras vituallas, acopiadas para abastecernos durante la estancia en la silvestre hacienda de Don Diego.

El alba nos sorprendió en las proximidades del Guadiana, que no llegamos a cruzar, pero que sí bordeamos, pasando por zonas llanas y encharcadas, festoneadas por las adelfas en flor y hierbas muy altas. Era un espectáculo que incluso en aquellos tiernos años aprecié en plenitud, «mecidos» como íbamos, por el continuo traqueteo de las carretas. Y ya muy despiertos por los gritos de los gañanes a las caballerías y los trallazos que les propinaban con sus látigos, llegamos a la finca, situada frente a un cerro, que, como supimos luego, se llamaba El Castillo. De configuración piramidal, que por una de sus laderas se prolongaba en una especie de loma amesetada. Y en la parte baja, en la comisura con la tierra más llana, corría un hermoso arroyo, todavía con mucha agua cuando nosotros llegamos, con un soto de abundante vegetación.

La casa de labranza donde nos alojamos era de lo más austera, con camas de hierro en los aposentos que se nos adjudicaron a mis hermanos y a mí, y con un comedor muy luminoso, donde se sucedían los copiosos almuerzos y las no menos abundantes cenas, con predominio de los productos de la matanza a mediodía y de las legumbres en la noche. Las previsiones de mi padre se cumplían así: la anemia iba quedando como un mal recuerdo del pasado.

Cuando llegamos a la finca estaban en curso las faenas de siega. Y con el entusiasmo propio de los pocos años y por ser la primera vez que nos veíamos en un escenario así, nos convertimos en infantiles ayudantes de los gañanes, que hoz en mano se desriñonaban agachados para cortar y agavillar las mieses, que luego eran transportadas a lomos de mulas hasta la era, situada delante de «la casa de los amos». Los jornaleros vivían en dependencias aparte, al lado de las bestias, en lo que sería para mí una primera apreciación al entramado social; según expuse muchos años después, en el primer ejercicio de mis oposiciones a Cátedra de Estructura Económica.

En la era se dispersaban los haces de mies sobre el empedrado y, acto seguido, se pasaba por encima el trillo de pedernales, con una silla fija sobre él, en la que normalmente se sentaba un gañán... o uno de los hermanos o yo mismo. El trillo lo arrastraba una mula que iba dando pausadas vueltas, guiada por la cuerda fija atada a la arandela que giraba sobre un poste central.

Con el peso del trillo y de los cascos de la caballería, se disgregaban las espigas en grano y paja, y trilladas varias cargas de mieses, se barría toda la mezcla resultante, que se amontonaba en las parvas. Luego, los gañanes con grandes horcas, como tenedores de madera, aventaban la mezcla, de modo que el vientecillo y la gravedad separaban la paja del grano sobre grandes cedazos, colocados con una cierta inclinación.

En «Cantalgallo», por las mañanas, mis hermanos y yo solíamos pasear por el campo con Consuelito, que era algunos años mayor que nosotros y una buena conocedora de los recovecos del territorio. Ella era nuestra guía-exploradora para husmear pistas por los bosquetes de encinas o alcornoques, vadear arroyos, coger cangrejos o peces en las charcas, atrapar saltamontes o cigarras, y capturar lagartos, que nos parecían enormes, y que después de despellejados con una navaja asábamos para comérnoslos; con una carne que recordaba el pescado aunque algo más dura al diente. Muchos años después, en Cáceres, en el restaurante El Figón de Eustaquio, donde dan lagarto o ancas de rana con frecuencia, no me animé a probar de nuevo esas viandas que, de niño, me parecieron más que deleitosas.

Uno de los episodios de «Cantalgallo» que mejor recuerdo es la «gran pesca» que anualmente se hacía en el arroyo al pie del monte del Castillo, y que iba precedida de grandes preparativos. Cuando ya las aguas habían menguado mucho por el estiaje, y los peces se iban curso abajo hacia el Guadiana, muy temprano, en la mañana, se congregaba un numeroso grupo de campesinos de los aledaños, que junto con los jornaleros de Don Diego se situaban en las pozas que quedaban con agua. Y con el apoyo de palos y ramas se colocaban unas redes, contra las cuales, chapoteando por las charcas, íbamos empujando los peces hasta que se agolpaban en gran confusión en lo que era todo un hervor. Allí, a paladas, los echábamos en cubos, para, una vez terminada la faena, preparar en la misma ribera del arroyo una estupenda caldereta; que nos parecía de lo más exquisita, comparada con la habitual dieta del «cerdito nuestro de cada día» en los agarbanzados condumios.

El caso es que, con harto dolor de nuestro corazón, al final del verano mis hermanos y yo hubimos de regresar a Don Benito a fin de prepararnos para un nuevo curso, otra vez en la escuela de Don Juan. Sin embargo, las cosas no sucederían según esa previsión, porque un buen día, cuando estábamos de nuevo en la casa de «Don Antonio Maura, 22, Don Benito, Badajoz», mi hermano Rafa y yo mismo fuimos víctimas de fiebres de hasta cuarenta y dos grados. Rápidamente se nos diagnosticó el mal que padecíamos: paludismo, del que fuimos contagiados por los mosquitos que pululaban en las charcas estancadas que se formaban al final del verano en «Cantalgallo». Allí debían de estar los anofeles, portadores del microorganismo que engendra la que ahora más frecuentemente llamamos malaria. En la ocasión, Don Diego nos dijo:

El paludismo desapareció de estos entornos durante la dictadura de Primo de Rivera, por las labores que se realizaron en las charcas, a base de drenajes para prevenir la proliferación de los mosquitos. También se plantaron muchos eucaliptos para desecar las zonas pantanosas, trabajos que continuaron con la República. Pero al comienzo de la «guerra de liberación», y avanzar el Ejército de África, con los muchos moros que iban en él, resurgió el paludismo. Las tropas africanas trajeron los mosquitos en los pliegues de sus chilabas...

Lo que no nos contó Don Diego es que fue el paludismo lo que acabó con la vida de Carlos V en Extremadura. Algo que sólo se supo mucho después, cuando algunos investigadores llegaron a la conclusión de que la nostalgia del mar que tenía el emperador fue el origen de que se construyera un gran estanque en el recinto del monasterio de Yuste... en el cual no tardaron en ubicarse los terribles anofeles, que naturalmente no se avinieron a respetar al más magnánimo monarca de todo el siglo, al que cumplidamente cantó fray Luis de León en su Oda a la vida retirada:

¡Qué descansada vida

la del que huye el mundanal ruïdo,

y sigue la escondida

senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!

El caso es que, con la crisis del paludismo, mi padre resolvió que regresáramos a Madrid. Y durante el siguiente curso, en el colegio, mi hermano Rafa y yo tuvimos aún varias recidivas palúdicas, siempre con elevada fiebre, hasta que los tratamientos de quinina hicieron desaparecer el mal. Sin embargo, debido a ese paludismo infantil, no he podido ser donante de sangre. Y por si fuera poco, esa prohibición de ceder hematíes a mis semejantes, se vio reforzada, andando el tiempo, por una hepatitis B que padecí ya en los comienzos de mi madurez.

REGRESO A MADRID. EN EL LICEO FRANCÉS

A la vuelta de Extremadura, mi padre, que era hombre muy engarzado con todo lo transpirenaico, nos matriculó a mis hermanos José y Rafael, y a mí, en el curso 1942-1943, en el Liceo Francés de Madrid, en su Sección Española. Era un bachillerato organizado por presión del régimen de Franco, se supone que con la intención de que el colegio oficial galo, o «gabacho» incluso, tuviera su vertiente hispana; y también para que el título expedido en ella estuviera en paridad con el de cualquier instituto español de enseñanza media.

A los efectos de matricularnos, mi padre mantuvo una larga entrevista con el director del Liceo, el profesor Blanc, en un despacho, recuerdo, confortable y luminoso, pues estuvimos allí los tres hermanos mayores, para aquella entrevista, que sin duda se vio facilitada por la circunstancia de tener algún amigo común, o por el prestigio atribuido a mi padre. De otra manera no me explico cómo el director nos recibió con tanta prosopopeya; nosotros, claro está, íbamos pulcramente vestidos y repeinados.

El Liceo estaba por entonces situado en la hermosa calle del Marqués de la Ensenada —en el mismo edificio que actualmente es sede del tan vituperado Consejo General del Poder Judicial—, un nombre que desde el principio me pareció muy sonoro y que luego me gustó aún más. Al conocer la historia de Don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, secretario de Hacienda —y casi podría decirse que primer ministro— que en el mando de Fernando VI, a mediados del siglo XVIII, fue el impulsor de la nueva grandeza de la Marina española; con tal eficacia, que Inglaterra no cesó en sus tejemanejes hasta que el rey español cesó al gran marqués.

En aquellos tiempos de oscurantismo, quiero decir del franquismo, cuando prácticamente todos los demás colegios estaban en un continuo ritornello de educación patriotera, de ensalzamiento del nacionalcatolicismo y de rechazo incluso de criterios científicos en favor de dogma, lo cierto es que tuvimos excelentes profesores. En buena parte llegados a nuestro centro de estudios tras la disolución de la Institución Libre de Enseñanza.

Esa transfusión profesoral fue la causa de que durante el bachillerato aprendiéramos de todo, como en una anticipada universidad: en lo que era una especie de islote educativo del más alto nivel, enlazando —lo creo sinceramente y muy agradecido— con lo mejor del regeneracionismo español y, al tiempo, con el espíritu de la Ilustración y la Enciclopedia.

Al profesor Blanc, que fue llamado a Francia en 1944, según se supo, por ser de la Francia de Vichy, le sustituyó monsieur Cabillon, un excelente organizador según mis juveniles apreciaciones, y de quien me quedaron grabados en la memoria varios episodios de su gran capacidad y decidido espíritu. El primero, relativamente trivial, con ocasión de una gran nevada que hubo en Madrid en noviembre de 1947. Ante la cual, y para prevenir cualquier posible accidente de sus pupilos, se situó en la puerta de salida a la calle Marqués de la Ensenada y, con su voz de bajo, a medida que desfilábamos en formación, iba diciendo:

Direct, direct, directement à la maison, sans s’arrêter à la Place de las Salesas... Direct, direct, directement à la maison, sans s’arrêter à la Place de las Salesas...

Sin embargo, los efectos de esa alocución precautoria no duraron más de un minuto, ya que inmediatamente de alcanzar la calle nos dispusimos para el inevitable combate de bolas de nieve. Y aprovechando que pasaban algunos coches rodando lentamente sobre la calzada casi convertida en pista de patinaje, nos situábamos detrás de ellos, y agarrándonos al parachoques nos dejábamos arrastrar como si fuéramos en trineo.

A los pocos días de ese performance, como algunos dicen ahora, sucedió que mi padre fue al cine, y en el No-Do salió la gran nevada sobre Madrid, con las escenas callejeras de unos improvisados patinadores. En un momento dado, con gran sorpresa, exclamó: «¡Andá, pero si es mi hijo Ramón!... ¡Este chico es la piel del diablo!».

Según me comentó alguien después, mi progenitor se echó a reír estrepitosamente. En el fondo, orgulloso de que su tercer retoño tuviera ideas tan geniales..., como si yo fuera Napoleón atravesando el norte de Alemania en trineo, en el gélido otoño de 1812 tras su patética retirada de Moscú...

Aparte de las historias de monsieur Cabillon —una de las personas que en mi infancia me produjo mejor impresión por su rigor y sentido de lo que luego supe se llama autorictas—, nuestras actividades en el Liceo Francés de Madrid discurrieron casi siempre de manera bien plácida, y con plena conciencia, ya por entonces, de que estudiábamos en un gran colegio.

ALUMNOS Y PROFESORES

Entre los alumnos del Liceo de mis años de alumno, citaré en primer lugar al encanto de Ana Diosdado, la actriz y dramaturga. Sigue Simeón de Bulgaria, a quien siempre que veo, le doy el trato de «Querido Rey». Con él tuve algunos contactos interesantes poco antes de iniciarse la Transición, cuando coincidíamos en las reuniones en casa del abogado y gran animador del cambio político Pepe Mario Armero. Y dejaré aquí constancia de que cuando Simeón llegó, a través de unas elecciones generales, a presidente del Gobierno en su país de origen, ya avanzada la década de 1990, le mandé una felicitación por correo electrónico. A la que me respondió un día telefónicamente desde Sofía, recordando los buenos tiempos del Liceo. La última vez que nos encontramos fue en el verano de 2011, en una cena estival en casa de la condesa viuda de Romanones, María Aline Griffith. Nos saludamos con gran alegría, pues hacía tiempo que no nos veíamos y, luego en el jardín, en una noche apacible, estuvimos hablando largamente:

—Sí, Ramón, sí, sigo en Bulgaria, metido en la política de mi país natal...

—¿Y tienes alguna expectativa de volver a ser rey...?

—En absoluto, está completamente descartado... Pero yo tengo la obligación moral de ayudar a los búlgaros a reencontrar su camino en Europa. Y aunque ya sean miembros de la Unión, aún tienen problemas muy arduos, entre ellos una corrupción galopante.

También estuvieron en el Liceo de mis tiempos Gregorio Peces-Barba, que fue presidente del Congreso de los Diputados y primer rector de la Universidad Carlos III; Miguel Boyer, que lució como ministro de Economía y Hacienda con Felipe González; y José Luis Leal, que participó muy destacadamente en la concepción y desarrollo de los Pactos de la Moncloa, como director general de Política Económica y después como secretario de Estado. Más tarde, Leal fue, durante años, el presidente de la Asociación Española de Banca (AEB).

¿Qué nos quedó a todos de aquella época en el Liceo Francés? El gran recuerdo de una formación que hoy podría llamarse integral, con características más propias de estudios universitarios que no de mero colegio, en un bachillerato que en el marco de una institución francesa era de lo más español, con un patriotismo silencioso.

Por lo demás, diré que si de los padres se recibe una parte muy importante de la educación, tener maestros como los que yo tuve en el Liceo fue un verdadero privilegio. Ellos nos enseñaron a buscar la entraña de las cosas, en contra de la tan extendida sensación de que todo es simple rutina.

EL PRESENTE COMO HISTORIA

Entre los mejores profesores que tuvimos, el primero de la lista es Miguel Kreisler, en la asignatura de Historia y Geografía, quien pocos años después de terminar yo el bachillerato, cuando él se dirigía a su casa, en los aledaños de la plaza de toros de Las Ventas, fue asesinado. El autor fue un antiguo alumno que, según manifestó al explicar el móvil de aquel crimen, había sido suspendido en varias convocatorias, lo cual le valió la expulsión del Liceo y le trastocó su vida. El caso es que en la vía pública se acercó a Don Miguel y, con una navaja que abrió en aquel mismo instante, le asestó varios cortes en el cuello que ocasionaron la muerte instantánea del profesor. Fue un suceso muy triste para todos sus alumnos, que en gran número asistimos a su entierro en el cementerio de La Almudena.

Kreisler era persona totalmente entregada a la docencia. Narraba la historia como si él mismo hubiera contemplado los acontecimientos a que se refería, y así despertaba el máximo interés. Y además explicaba los antecedentes de cada cuestión y sus consecuencias. Y frecuentemente relacionaba el momento histórico de la narración con el día a día, a modo de presente como historia, al que se refirieron dos economistas norteamericanos: Paul Baran y Paul Sweezy.

De Kreisler aprendimos mucho, empezando por geografía, materia en la que nos encargaba mapas que habíamos de dibujar con gran precisión. A ese respecto debo evocar la visita que un día hizo a nuestra clase el profesor Blanc, a quien Kreisler manifestó:

—Quiere usted, señor Provisor, ver cómo un alumno traza el mapamundi casi sin levantar la tiza de la pizarra...

—Pues hala, que salga y veremos...

Don Miguel me llamó y me dijo:

—Ramón, a ver cómo lo haces...

Hice una inclinación de cabeza al director, tomé el yeso, y sobre la pizarra impoluta, y empezando por Alaska, tracé el mapa de las Américas hasta la Tierra del Fuego, incluyendo luego las islas principales del Caribe. Y después acometí las costas de Europa, continué con África y Asia, para terminar, naturalmente, con las Indias Neerlandesas (hoy Indonesia), Filipinas, Australia, Nueva Zelanda y algunos puntos para los principales archipiélagos del Pacífico.

El profesor Kreisler indujo mis primeras aficiones por la historia y la geografía y, además, tengo con él la deuda de que me introdujera en el mundo de la expresión oral, en el área de las declamaciones y conferencias. Concretamente, un día se dirigió a la clase y anunció:

—En este curso, dos o tres alumnos pronunciarán una conferencia sobre algún tema de historia, preparándolas ellos mismos... La primera se hará la próxima semana y necesito un voluntario...

Me levanté y dije:

—Don Miguel, si le parece, puedo ser yo mismo. ¿Cuál será el tema?

—Bueno, puedes imaginarte. Como hemos estado estudiando la Casa de los Trastámara y la importancia de la Corona de Castilla al final de la Edad Media, creo que será buena la figura del condestable Don Álvaro de Luna.

Al volver a casa le conté la cosa a mi padre, que enseguida se interesó por el tema. Y con sus considerables conocimientos históricos se dispuso a ayudarme en la disertación, echando mano de una serie de libros que había en casa y, sobre todo, de la Enciclopedia Universitas. Así, en un par de tardes, preparamos la disertación mano a mano, y bien que sintió mi progenitor no poder estar presente en clase cuando di la primera conferencia de mi vida...

Durante algo más de media hora expliqué los episodios de la vida de Don Álvaro de Luna, sus problemas con el rey Juan II de Castilla y su tétrico final decapitado, por las insidias y maquinaciones de los nobles, «díscolos y levantiscos», quienes propiciaron su muerte denunciando una serie de pretendidos abusos del condestable. Todo para que sus privilegios feudales, aristocráticos, no se vieran recortados por lo que iba camino de convertirse en un verdadero Estado con plenos poderes del rey. Terminé mi intervención con estas palabras:

En resumen, la muerte de Don Álvaro de Luna retrasó el nacimiento del Estado moderno en España treinta años, hasta que finalmente lo crearon los Reyes Católicos, Isabel y Fernando.

Ésa fue mi primera experiencia de conferenciante, y desde entonces, prácticamente no he parado. Actualmente, en el archivo de mi despacho tengo algo más de dos mil conferencias, debidamente datadas; cada una en su propia carpeta, con sus contenidos básicos, referencias bibliográficas, correspondencia mantenida con la organización anfitriona, etc. Creo que esa documentación constituye una muestra significativa del mercado de conferenciantes en España, las Américas, y el resto del mundo, incluyendo Estados Unidos, Iberoamérica, Rusia, Kazajstán, China, Japón, Filipinas, la Polinesia, Australia, África, todo el planeta en que vivimos.

MARTÍNEZ Y EL IMPERIO

Una profesora que también me causó gran admiración fue madame Martínez, francesa, esposa de un español de quien tomó su apellido. En los últimos cursos del bachillerato nos explicó la historia del Imperio español, y la verdad es que su asignatura fue una de las más interesantes, al valorar, a veces muy críticamente pero sin rehuir elogios, la acción de los navegantes, conquistadores, evangelizadores...: Colón y los Pinzones, Balboa, Velázquez, Grijalva, Cortés, García de Paredes, Alvarado, Córdoba, Pizarro, Almagro, Valdivia, Orellana, Ponce de León, Coronado, De Soto, Jiménez de Quesada, Magallanes, Elcano, Legazpi, Urdaneta, Blas de Lezo, Mendaña, Quirós, Torres, fray Junípero Serra... y tantos otros. En un despliegue realmente formidable que desde entonces no he podido olvidar.

Todavía, de vez en cuando, cuando oigo hablar de alguno de esos almirantes, capitanes, aventureros, de los siglos XV al XIX, me voy a la enciclopedia y me recreo con sus hazañas, que empecé a conocer a través de madame Martínez. Una senda en la cual el libro de Ricardo Majo Framis, uno de los preferidos de mi padre, me resultó siempre más que atractivo. Luego me deleitaría con los libros de Salvador de Madariaga sobre Colón, Hernán Cortés, Bolívar —me pregunto si Hugo Chávez lo habrá leído para conocer mejor al personaje que él ha deificado—, o los trabajos de William H. Prescott sobre Pizarro; o más recientemente los de Borja Cardelús sobre la presencia de España en el territorio de lo que hoy es Estados Unidos, así como los de O. H. K. Spate sobre «el lago español» que durante dos siglos fue el océano Pacífico, un tema que me conquistó por entero, y sobre el cual di una conferencia en San Lorenzo de El Escorial que está en camino de convertirse en libro.

CIENCIAS, LITERATURA Y ARTE

Entre los profesores del Liceo, también conservo gran recuerdo de Don José Montero, el responsable de Ciencias Naturales, que al estudiar la botánica nos hablaba de las producciones agrícolas de cereales, olivar y vid. Y al ocuparse de los minerales se refería, al final, a las minas en España, de carbón, hierro, plomo, cobre, cinc, estaño, piritas, etc., y a sus industrias derivadas. Precisamente por ello, en el profesor Montero aprecié, después, un primer atisbo de mis ulteriores aficiones por la economía.

De los profesores eximios que tuvimos en el Liceo, uno fue sin duda el de Matemáticas, ciencia en la que tuvimos suerte muy diversa. Con un gran maestro que fue Don Pedro Méndez, que nos tocó el año del álgebra, en lo que fue un curso maravilloso, por la claridad de la exposición, que recordaba aquella frase de Ludwig Wittgenstein de que «una cosa se explica con claridad, o mejor no se explica». José Ortega y Gasset también expresó algo parecido, con su idea de que «la claridad es la cortesía de la filosofía».

Para seguir con mis profesores, a los que tanto debo, citaré seguidamente a Miguel Álvarez, de Literatura, con mi agradecimiento por sus recomendaciones sobre La montaña mágica de Thomas Mann. Pero aquí sólo expondré lo mucho que para mí significó aquel profesor, a quien idealicé en una novela que publiqué el año 2000, La segunda vida de Anita Ozores, en la que resumía las ideas principales de Don Miguel sobre la narrativa.

[...] Escribir no es un proceso natural. Tampoco de artificio. Es el arte de hilvanar ideas y sonidos, de modo que, en palabras del gran Tirso, puedan deleitar relatando.

Es de la sutil amalgama de intelecto y oído de donde surge la Literatura. Yo, por suerte, fui aleccionado por un heterodoxo profesor, que saltando por encima de lo convencional, daba más peso a la percepción que a las formas. Era hombre de mediana estatura, y con un frunce en la comisura de los labios que le daba un aire entre risueño y burlón. Entraba en la clase acompasando el movimiento de sus piernas con el de la cabeza, se sentaba en su sillón, nos miraba a los ojos en silencio, y cuando ya nos sentía atrapados por la curiosidad de lo que fuera a decir, abría el libro que llevaba en la mano, y nos leía algo, prosa o verso...

Y de cuantas razones me doy ahora para explicarme la atracción que en mí ejerce la Literatura, ninguna me satisface tanto como la de salir al encuentro de esa milagrosa aleación que preconizaba mi profesor; hecha de sonoridad, ritmo y enjundia... Recuerdo con gratitud a aquel maestro, un poco bohemio, que me enseñó a descubrir la música de los escritos.

¿No es fantástico lo que puede quedar como recuerdo de un antiguo docente ya perdido su recuerdo por la mayoría? Y es que un buen profesor realmente nos presta sus ojos por un tiempo, para que luego podamos ver lo mismo que él, pero con los nuestros propios. Y lo mismo podría decirse del oído.

Siguiendo con los excelsos profesores del Liceo, debo mencionar también al de Dibujo y Pintura, José Carlos Pascual de Lara, un hombre único, por la afabilidad de su trato con los alumnos, y de quien nunca oímos un reproche ni una mala palabra. Se interesaba por todos y no sólo nos hablaba de arte y nos explicaba cómo manejar el lápiz o los pinceles —para acuarelas primero y óleo después—, sino que además nos alentaba con su entusiasmo por los grandes pintores, y entre ellos singularmente por Pablo Picasso. En el gran malagueño diferenciaba sus distintas épocas, con especial preferencia por la «época azul» y la del cubismo; y lo mismo sucedió con su referencia iniciática a Francisco de Goya y al impresionismo.

Lara trabajaba por entonces en los esbozos de lo que podría haber sido su obra máxima: los frescos del Teatro Real, coliseo abandonado después de que se decretara su cierre por amenaza de ruina al final de la década de 1920, sin ningún proyecto definitivo de restauración. Entre otras cosas —según se decía— porque a Franco la ópera no le interesaba ni poco ni mucho, de modo que cuando le preguntaban cuál era su pieza preferida dentro del elenco de los grandes maestros, Su Excelencia se refería a Marina, del compositor navarro Emilio Arrieta.

A mi hermano Rafa y a mí, Lara nos observaba muy especialmente porque le atraía ver la gran afición que teníamos por la pintura —que debíamos a nuestro padre—, y nos animaba a que hiciéramos bocetos o cuadros sobre esto o aquello. Nos empujó a que participáramos en una exposición de pintura escolar que se hizo en la Biblioteca Nacional, lo cual nos llevó a ser mencionados en tres o cuatro periódicos: los dos hermanos Tamames, que «burla burlando —diría uno de los críticos— aportan con sus pinturas un soplo de aire fresco y vivo colorido».

Entre las obras de mi infancia, citaré dos que para mí tuvieron una cierta relevancia. La primera de ellas, Vagón de tercera: el escenario, un compartimento en un coche de viajeros en un tren de la España de la década de 1940, con gente vestida de cualquier modo, y muchos bultos en las redecillas; un cuadro que conservo en mi colección particular. El segundo se titulaba La hora del besugo: una familia sentada a la mesa, y una criada que, situada al fondo, trae una gran fuente con un reluciente pez bien guisado que se supone iba a servirse de inmediato. Este segundo «cuadro de la exposición» —no de Mussorgsky— no sé dónde está, y bien que lo siento.

Una de las tristezas en esa fase de mi infancia-juventud fue, precisamente, que José Carlos Pascual de Lara muriera muy joven, con no más de treinta y cinco años, a causa de una enfermedad pulmonar. Debió de ser una tuberculosis, de la que tanta había en la España de por entonces, como una secuela más de la Guerra Civil.

Luego seguí pintando y, entre los cuadros míos que guardo, hay un retrato que le hice a Carmen a los veintiún años, a poco de casarnos. También tengo un autorretrato que llamo la Visión de las estructuras, porque es mi persona, en 1974, mirando a través de un cigüeñal flotante en el espacio, un tanto surrealista, a lo Dalí, si se me permite decirlo así. Sin embargo, La familia del capitán es el lienzo por el que tengo la más alta estima. Y en su momento citaré otro cuadro, que pinté en «Villapaz», la finca de Luis Miguel Dominguín cerca de Saelices, en la provincia de Cuenca, y que muestra la figura de un cazador un tanto picassiano.

Nuestra profesora de Música en el Liceo requiere un recuerdo muy especial: Gloria Loizaga fue para mí una mujer excepcional por el entusiasmo que ponía en enseñarnos solfeo. Pero, sobre todo, por las canciones que con ella aprendimos y ya nunca olvidaríamos, y de las cuales recordaré aquí algunos títulos, empezando por las francesas: «Là haut, sur la montagne», «Quand tout renaît à l’espérance», «En passant par la Lorraine». Y otras españolas, como «Eres alta y delgada», «Ya se van los pastores», «Inés, Inesina, Inés», «Ya sé que no me quieres»... Y una vasca, de su país natal, muy conocida: «Boga, boga, Mariñela»...

Tiempo despué del Liceo, pasados muchos años, tuve ocasión de hablar de Gloria en una emisora de radio. Me oyó un sobrino suyo, que me llamó y quedamos para almorzar. Me dijo que Gloria había muerto relativamente joven. Le pedí una foto, me la envió y la tengo enmarcada en casa. Muchas veces la miro con nostalgia y le agradezco que fuera ella quien más me inspiró mis primeros sentimientos musicales.

4

DESCUBIERTAS JUVENILES

SIERRA DE GUADARRAMA

Viajar es una de las actividades más excitantes de la vida, siendo mucha la gente que valora a los demás no sólo por ser una «persona muy leída y escribida», según se dice, sino también por lo que han visto de mundo si «está muy viajada». En ese sentido, creo que puedo considerarme entre los en verdad afortunados, pues he podido visitar la mayor parte del planeta, si bien mis comienzos fueron tardíos; debido a la situación económica y social de España en mis años de infancia y mocedad, por el llamado cerco internacional contra lo que era un baluarte anticomunista en tiempos de la dictadura de Franco, quien en el culto a su personalidad ejercía nada menos que de «centinela de Occidente»...

Por esa penuria viajera juvenil, y a diferencia de la mayoría de la gente en la actualidad, yo sí que puedo contestar a preguntas como cuándo descubrí la montaña, o la primera ocasión en que tomé un tren, o la edad en que avisté el mar —a los dieciséis años—, o el momento en que —a los veintidós— hice mi primer vuelo en avión.

Mi recorrido iniciático por la montaña tuvo por escenario la sierra de Guadarrama, a sólo cincuenta kilómetros de Madrid en su parte central, y lo hice en 1949, durante el último curso del bachillerato, guiados que fuimos por nuestro profesor de Francés del Liceo, monsieur Moratin, quien sin grandes preorganizaciones nos llevó de excursión a la Sierra, de la que yo sólo conocía el puerto de Navacerrada y su entorno, porque allí íbamos a esquiar desde bastante tiempo antes, así como La Pedriza, por nuestra afición a la escalada.

La novedad de la excursión con monsieur Moratin no consistió en que nos desplazáramos hasta el puerto de Navacerrada en el ferrocarril eléctrico de vía estrecha, que ya conocíamos —con arranque en Cercedilla y estación intermedia en Camorritos—, sino más bien en que desde el puerto, seguimos andando bastantes kilómetros con la mochila a la espalda, por la carretera de Los Cotos, siempre en la misma curva de nivel bordeando el gran pinar de Valsaín, que por entonces se nos antojaba tan grande como toda la taiga siberiana... hasta finalmente llegar al pie del macizo de Peñalara.

Allí nos instalamos en un albergue de montaña del Club Alpino Español, en habitaciones con literas. Desde donde hicimos excursiones, que tengo muy grabadas en la memoria, a lugares alguno de los cuales no visité nunca más, como, por ejemplo, el Baño de Hipócrates, una gran charca, que a finales de la primavera alimentaba una cascada no muy alta pero sí caudalosa, con un efecto visual extraordinario. Allí estuvimos bañándonos, en las heladas aguas, disfrutando de una libertad única.

Otra de las excursiones desde nuestra base en el puerto de Los Cotos fue al pico de Peñalara, con una primera visión de la laguna del mismo nombre, que debe de tener como unas diez o doce hectáreas de espejo, donde también pudimos bañarnos. Para luego emprender la subida a la cumbre por un acceso relativamente fácil, hasta coronar los 2.440 metros de altitud, todavía con bastante nieve.

Allí experimenté la sublime sensación de grandiosidad de la naturaleza, con los valles a los pies y densos pinares, y todo ello bajo un cielo intensamente azul y en medio del aire refrescante de los primeros días del verano. En el pico de Peñalara, nuestro monitor nos impartió una clase sobre las cordilleras, los cursos altos de los ríos, y la fauna y la flora alpinas.

Durante aquella expedición liceísta, el retorno hacia Madrid transcurrió en parte por el valle del Lozoya, en lo que fue trayecto de otras muchas excursiones que posteriormente haría al que considero el más hermoso lugar de la sierra de Guadarrama. Durante un buen trecho fuimos orillando los Pinares Belgas de El Paular, al tiempo que nos formábamos una primera noción de lo que fueron las desamortizaciones de Mendizábal, cuando, en 1837, se hizo la venta de los «bienes nacionales» a la burguesía española y extranjera, en pública subasta.

Antes de la «excursión Moratin» ya conocía algo de la Sierra, del lado del esquí y también de la escalada. Esto último porque algunos domingos durante los años 1948 y 1949 íbamos a La Pedriza, una formación rocosa amplia por la que discurre el río Manzanares bordeando la cara norte de la Cuerda Larga de las Cabezas de Hierro. Hoy ese formidable espacio pétreo forma parte del parque natural del Alto Manzanares —a cuya creación contribuí con entusiasmo—, con sus grandes promontorios y riscos de granito, algunas veces rosado, de gran belleza.

En las excursiones a La Pedriza el objetivo era la escalada y la motivación de tales aficiones radicaba en la amistad que mis hermanos y yo, desde la más tierna infancia, tuvimos con Gonzalo Alfonso Sol de Liaño y Felip, como él mismo decía a veces, para poner junta toda la retahíla de sus dos nombres y tres eufónicos apellidos. El Liaño de ese linaje es también de Luis Carús, primo de Gonzalo en Santander, que vivió unos meses en la casa de General Goded; y con quien mantengo una amistad de por vida, que renuevo todos los años con un ineludible viaje a lo mejor de Cantabria.

Los Sol eran nuestros vecinos de entresuelo en la casa de General Goded 6, y el padre de Gonzalo, de nombre Baldomero —odontólogo de profesión—, era generalmente conocido por sus amigos como Merito. Gonzalo, como mi hermano pequeño, Juan, nació en 1934 en la casa de General Arrando 6, y al ser coetáneos, las niñeras que los cuidaban los bajaban con frecuencia al jardín de nuestra casa para allí tomar el sol. De modo que si una de ellas tenía que hacer alguna diligencia, la que quedaba al cargo de los dos niños, los ponía envueltos en las mismas mantas. Y habida cuenta de su corta edad, se producían las naturales efluencias fisiológicas, por lo cual, mi padre, un día, le dijo a Gonzalo: «Realmente, Gonzalito, tú eres hermano de meadas de mi hijo más pequeño y, por extensión, de los demás...». Ese título de fraternidad de Gonzalo Sol ha permanecido en la historia tamamiana como una rama colateral del imaginario árbol genealógico de la familia.

Volviendo a las excursiones a La Pedriza, los líderes en nuestras correrías por tan silvestres espacios eran un trío de montañeros de lo más veteranos: Merito, y otros dos colegas. Uno de ellos, Enrique Herreros, el dibujante de La Codorniz, la revista de humor; y una tercera persona menos conocida y poco extravertida, José María Galilea, catalán él, con quien Merito —que lo era a medias— se permitía hacer numerosos chistes sobre sus paisanos, de los cuales guardamos la mejor memoria. Sobre todo el cuento aquel de «Pere Puig Cadefals, constructor de trajes y no sastre», que me abstendré de contar aquí.

Para aquellas excursiones de Madrid a Manzanares el Real, íbamos en camiones del ejército, atrás, en la parte de carga; algo más de veinte personas, sentadas sobre travesaños de madera que hacían las veces de bancos, bastante duros, por cierto. A pesar de lo cual, la alegría de la adolescencia hacía que para nada nos resultaran incómodos. Y al llegar a Manzanares el Real por un camino que en tiempos debió de ser de herradura, emprendíamos la marcha hacia el Rocódromo, donde se impartían las clases de escalada. Aprendimos a trepar por las rocas con cierta seguridad, a «hacer chimeneas», a ascender por las grietas de separación que configuran conductos que se asemejan a los respiraderos de cualquier fuego. Y también estudiábamos la técnica del «rápel», para los descensos rápidos, a base de formar balancín con el propio cuerpo para hacer el descenso en volandas.

No obstante haber hecho bastantes de esas escaladas a algunos picos como El pájaro, El yelmo, etc., nunca tuvimos el menor accidente. Debido, sin duda, a que nuestras vías de acceso no eran demasiado arriesgadas, y también por las sabias nociones que nos inculcó Merito; con el principio magistral de que en cualquier posición «siempre hay que tener tres puntos estáticos y sólo uno dinámico».

Desde aquellos tiempos, he sentido una cierta ternura por el río Manzanares, del que vimos su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa —donde en tiempos se hacía la extracción de nieve en verano para abastecer a Madrid del frío producto—, al pie de la Bola del Mundo, a la que subíamos en larga y ardua caminata desde el puerto de Navacerrada. Para luego emprender el descenso al lado de lo que al principio sólo era un hilo de agua, pasando al lado del refugio Zabala, hecho en tiempos por la Institución Libre de Enseñanza, a base de piedra incombustible e inamovible, pero no resistente a los saqueos de que era objeto de tiempo en tiempo.

En la parte más alta del Manzanares, la vegetación era rala y, ya más adelante, aparecían los primeros piornos, que en el verano son el hábitat predilecto de las septempunctata, coleópteros que vulgarmente se llaman «mariquitas de siete puntas», con su coraza exterior color naranja y lunares negros como el azabache. Un insecto simpático y de gran prestancia, del que dicen es altamente benefactor porque come todos los pulgones que se ponen a su alcance.

Las excursiones por el Manzanares para nosotros eran como una especie de gran travesía —lo que ahora se llama trekking— que normalmente terminaba en Charca Verde, una gran poza de aguas transparentes sobre el vaso pétreo de un granito rosado que la erosión hídrica ha moldeado con formas sensuales. Aquel escenario era para nosotros como el reencuentro con Shangri-La, el «horizonte perdido» de la gran obra de James Hilton.

Aquellas primeras aficiones ecológicas de La Pedriza —todavía sin saber qué era la ecología— fue el origen de que muchos años despues, en 1979, el joven naturalista, biólogo de profesión, Eladio Fernández-Galiano, me llamara por teléfono al Ayuntamiento de Madrid —del que yo por aquel entonces era primer teniente de alcalde en el gobierno socialcomunista con Enrique Tierno Galván como regidor—, al objeto de pedirme que le recibiera «para hablar de un tema de gran interés de protección de la naturaleza».

Al día siguiente, Eladio se presentó en mi despacho municipal, acompañado de Rosa Abelló, también bióloga. Y juntos me explicaron cómo en la sierra de Hoyo de Manzanares, en las estribaciones del Guadarrama, en un espacio que era un refugio considerable de rapaces, y fundamentalmente águilas, estaban produciéndose graves impactos, por el desarrollo de una serie de edificaciones que amenazaban la buena conservación de la avifauna. Me propuso que hiciéramos algo para frenar esa «urbanización de la Sierra», y yo le pregunté:

—Bueno, Eladio, todo eso está muy bien, pero ya me dirás ¿qué hacemos tú y yo en este asunto...?

—Pues algo habrá que hacer...

—¿Y por qué no ponemos en marcha la configuración de un parque regional del Manzanares que incluya desde la Casa de Campo hasta la coronación de la divisoria de aguas en la Sierra...?

—Eso estaría muy bien... —fue la respuesta de Eladio.

Al final, en la demarcación de lo que sería el parque regional de la Cuenca Alta del Manzanares —hecho efectivo años después por la Asamblea Legislativa de la Comunidad de Madrid— se incluyó toda La Pedriza, el escenario de mis aficiones juveniles de senderismo y escalada, si bien desde entonces el paisaje ha cambiado de manera notable. Siendo la nota diferencial —que aprecié en un viaje de prácticas con mis alumnos de la Facultad de Ciencias Económicas, tras más de treinta años de no visitar la zona— la forestación hecha por los equipos del ICONA, cuajada en un amplio bosque de pino silvestre y cipreses, que hoy dan a la zona una nueva frescura; suavizando el duro paisaje de contextura pétrea y marcando un fuerte contraste, que me pareció de gran belleza, entre las quebradas de los picachos y el verde de las nuevas arboledas, ya muy altas.

En la fase final de demarcación del parque, el rey Juan Carlos llegó a considerarse como uno de los «afectados» por el proyecto, al conocer nuestras intenciones de convertir el monte de El Pardo en un espacio natural a preservar; dentro del cual habíamos previsto que de las 16.000 hectáreas de todo aquel territorio se reservarían 2.000 para la residencia del Jefe del Estado. Al tener noticia de tan «generosas preasignaciones», el monarca, en visita que tuvo de Matías Cortés, un amigo común, le manifestó:

Matías, dile a Ramón Tamames que no me quite el monte de El Pardo... Puede hacer lo que quiera con el resto del territorio destinado a ese parque natural que están proyectando, y me parecerá muy bien. Pero El Pardo son posesiones del antiguo Patrimonio Real, y son mi nicho ecológico...

EL MAR, ENTRE SALOU Y BAYONA... Y EL «MAR» DE MADRID

Dejaré ahora la montaña, y volveré a los tiempos de adolescencia para relatar mi primera visión del mar, en 1949, cuando tenía quince años. Mi padre decidió que ya era hora de que sus hijos conociéramos el ancho azul que cubre más de tres quintas partes de la Tierra. Y a tales efectos concertó nuestra visita al Mediterráneo con un amigo suyo de la ciudad de Reus, Andreu Abelló, de estirpe de telegrafistas, médicos y químicos farmacéuticos.

En el tren hacia Barcelona dormimos bien —íbamos en primera— y a eso de las once o las doce de la mañana avistamos el mar, pasado el delta del Ebro, más o menos a la altura de L’Ametlla. La visión fue, para los cuatro hermanos, en verdad emocionante, lo cual no impidió comentarios más o menos jocosos: «Pues no es tan grande como yo creía... pero es mucho mayor que el estanque del Retiro...».

Andreu Abelló nos recibió en la estación y nos tuteló en Salou durante los quince días previstos de nuestro veraneo marino en la Costa Dorada, como hoy se conoce aquel litoral. Allí disfrutamos de los baños de mar, en playas actualmente superconcurridas pero que entonces eran muy placenteras, con calas absolutamente desiertas. Salou era una población balnearia de apenas unas pocas calles, con un monumento, lo recuerdo muy bien, a Jaime I el Conquistador, quien en 1229 zarpó de allí para emprender la conquista de las islas Baleares. También de aquel viaje data nuestro primer contacto con la lengua catalana escrita, la de Jacinto Verdaguer, Joan Maragall y Pompeu Fabra: un letrero que había en una masía abandonada en el que se leía: «No es permet l’entrada».

De la estancia en Salou recuerdo algunas pequeñas excursiones por los alrededores, fundamentalmente a Cambrils y a Reus. Esta última la hicimos en el carrilet, un pequeño ferrocarril de vía estrecha, que discurría por campos de avellanas, almendrales y algunos olivares. De ahí la frase que asocia a la ciudad tarraconense con dos grandes europeas: «Londres, París y Reus». Su origen se debe a la circunstancia de que Reus fue la gran referencia de los precios de los frutos secos y del aceite de oliva que llegaban a sus lonjas, cotizaciones que se comparaban con las de los mercados equivalentes, de las capitales de Francia e Inglaterra.

En Reus tuve también mi primer conocimiento directo de la figura del general Juan Prim, cuya mayor profundización debo a mi paso por la Sorbona; cuando siendo profesor allí hube de explicar a un abigarrado colectivo de estudiantes historia y economía españolas. En mi ulterior libro, Una idea de España, Prim se convirtió en una referencia más que notable, que luego retomé con ocasión de su bicentenario, a celebrar en 2014. Pau Roca, también nacido en Reus, y secretario general de la Federación Española de Vinos, me invitó a una cena-debate sobre Prim en 2008, en la que tuvimos ocasión de discutir muchos temas sobre el tan aventurero, afamado y democratizante general. Y llegado el año 2011, Pau me propuso formar parte de una fundación para la conmemoración del segundo centenario, cosa que acepté complacido.

Volviendo al tema del conocimiento del mar, el segundo viaje a la costa lo hicimos los cuatro hermanos varones, en 1950, a Bayona en Galicia, donde permanecimos quince días, en lo que fue un veraneo breve pero aleccionador en muchos aspectos. Sobre todo en la parte gastronómica, pues nos alojamos en una pensión del llamado Bar Moscón, por entonces un establecimiento modesto, con un bar alargado y sólo unas diez o doce mesas.

De esa estancia en Bayona lo más señalado —sin olvidar la conmovedora iglesia votiva de Panxón, del arquitecto Palacios— fue la visita que en una gran lancha a motor hicimos un grupo de doce o catorce amigos de verano a las islas Cíes, en la salida de la ría de Vigo, a la que protege de marejadas y galernas. El pequeño archipiélago nos pareció de una extraordinaria belleza, salvaje, con un mar bravío en su orilla atlántica. Y en su mejor playa, a poniente, vimos un gran cubo de granito apenas desbastado, con una inscripción en la que se conmemoraba la visita que a la isla principal había hecho «Su Excelencia Don Francisco Franco Bahamonde, jefe del Estado, Caudillo de España, y Generalísimo de los Ejércitos». Al pie del monolito tuvimos un almuerzo de playa inolvidable, hasta el punto de que alguien propuso que inscribiéramos el acontecimiento en el monolito. Que, por cierto, con lo de la Memoria Histórica, han retirado definitivamente. Sic transit gloria mundi...

Retornando nuevamente a Madrid, en los veranos de la posguerra, el entretenimiento hedonista más a nuestro alcance era el campo de deportes del Canal de Isabel II, en la calle de Bravo Murillo, en la zona de los grandes depósitos construidos a partir de 1852 para abastecer de agua a la capital, cuando el ministro de Obras Públicas Bravo Murillo organizó la traída desde el valle del Lozoya, a fin de sustituir los viejos aportes de los manantiales y viajes que databan de los tiempos de los árabes de Magerit, y que ya no daban abasto para la creciente población de la «Villa del Oso y el Madroño».

Esos campos de deportes del Canal los habían construido los ingenieros de caminos, canales y puertos de la entidad para solaz y recreo de sus familias y amigos. A los que nos incorporamos los hermanos Tamames, merced a una contacto de mi padre que nos facilitó pases que utilizamos durante cuatro o cinco veranos, para disfrutar de lo que para nosotros fue un auténtico Edén estival. Dentro de su recinto, hermosamente ajardinado, en parte con pinos de Roma —que desde entonces evoco, cuando oigo el poema sinfónico de Ottorino Respighi—, había una hermosísima piscina.

El último año en que verdaderamente disfruté del paraíso del Canal de Isabel II fue en 1951, cuyo verano fue cálido, luminoso, y para mí lleno de entusiasmos, hasta el punto de creerme capaz de cualquier cosa tras haber terminado el primer curso de la Facultad de Derecho. Fue un tiempo de nuevas amistades y primeros escarceos eróticos. Con la posibilidad adicional de leer sin fin y sin prisas, noche y día; un año en el que llevaba una libreta con los títulos de todo lo que devoraban mis ojos, hasta completar no menos de un centenar de libros a lo largo del estío. Entre ellos, las obras completas de Federico García Lorca, que llegaron a España en una primera edición sudamericana; así como toda clase de novelas, ensayos...

TRIPLE APRENDIZAJE DE IDIOMAS

En los tiempos de aprendizaje, la incidencia de mi padre en sus hijos fue muy notable por su concepción psicohistórica —un término muy de Isaac Asimov—, basada en sus filias: Alemania, por su espíritu científico, que a principios del siglo XX, y todavía en el período de entreguerras (1918-1939), era el país más destacado del mundo para la ciencia, siendo la lengua de Goethe la única que aún le discutía al inglés su prevalencia en las áreas de investigación. De ahí que mi padre tuviera el mayor interés en que los cinco hermanos aprendiéramos el alemán, para lo cual contrató los servicios de una joven profesora, Gretel. Como la protagonista del cuento de los hermanos Grimm Hänsel und Gretel, de cuando los dos verlieren sich in Wald [se perdieron en el bosque]. Gretel venía a casa dos veces a la semana, por la tarde, y nos instruía con gran dinamismo en la lengua germana. Desbordaba tanto entusiasmo por la vida que algunas veces se presentaba en casa con un pequeño acordeón y cantábamos canciones. Sobre todas las demás, una que empezaba así:

Alle meine Entchen,

schwimmen auf dem See...[1]

Y otra que decía:

Wenn die Soldaten,

durch die Stadt, marchieren,

öffnen die Mädchen,

die Fenstern und die Türen...[2]

Gretel, nuestra profesora, enamoraba perdidamente a sus jóvenes alumnos —y obviamente ella se daba cuenta de tales efluvios—, sensaciones que se vieron amargamente interrumpidas cuando, terminada la Segunda Guerra Mundial, en junio de 1945, fue llamada a su país.

La segunda vocación idiomática que nos inculcó mi padre fue el francés, lengua por la que tenía gran afición desde su admiración por la cultura y la literatura del país vecino. Lo cual le inspiró la idea de enviarnos a los tres hijos mayores al Liceo Francés, en 1942, según ya se ha reseñado antes.

En cuanto al aprendizaje del inglés, tuvo su base en las convicciones políticas de mi progenitor, por el origen principal de la democracia —según decía casi solemnemente— en la Carta Magna de Juan sin Tierra de 1215. Y para que adquiriéramos las debidas capacidades en la lengua de Shakespeare, no sé por qué vías, fichó a una profesora, ya sexagenaria por entonces, que se llamaba Margaret McAuley, una victoriana recalcitrante, siempre tocada de sombrero —soltera de toda la vida—, que nos enseñó el inglés con eficiencia, con métodos sencillos, y siempre con gran admiración por lo Imperial British.

Así pues, mi padre, germanófilo por sus admiraciones científicas, francófilo —no de Franco— por sus aficiones culturales, y anglófilo por sus inquietudes políticas, nos inculcó el aprendizaje de los tres idiomas. Algo que nos ha resultado enormemente útil a lo largo de la vida. Es eso que se dice de que la mejor inversión es en capital humano.

Otra inversión en capital humano se produjo, en los meses de julio y agosto de 1950, en una estancia de un mes en Jaca, adonde fuimos mi hermano mayor, José, y yo, en compañía de mis primos Joaquín y Santiago, para asistir a unos cursos de verano que la Universidad de Zaragoza organizaba en el Pirineo de Huesca. Para acceder a aquellos parajes, como eran zona fronteriza con un país hostil a Franco, era preciso disponer no sólo del documento nacional de identidad, sino además de un salvoconducto de fronteras; documento que se obtenía en la Dirección General de Seguridad, atravesado por una bandera española muy luminosa, que conservo en mi archivo personal. Aún había restricciones, a la libre circulación de personas en las zonas que se suponían más calientes por la persistencia de los maquis, los guerrilleros antifranquistas, que en 1945, con Jesús Monzón al frente, invadieron por poco tiempo el Valle de Arán.

Los cursos en Jaca fueron de gran utilidad para la práctica de idiomas, y además por la convivencia durante un mes con los primos Joaquín y Santiago, que estudiaban Medicina, y que en las largas horas que pasábamos al sol al borde de la piscina nos explicaban muchos aspectos del funcionamiento del cuerpo humano.

Además hicimos notables excursiones a los valles pirenaicos, con visitas a Hecho, y Ansó, así como al parque nacional de Ordesa. Todo un descubrimiento, los Pirineos, en especial para quienes, como yo, tenían aficiones montañeras y de senderismo.

Por lo demás, en Hecho tuve mi primera percepción del bilingüismo en España: allí oímos hablar en aragonés antiguo o fabla, a un conjunto de mozas ataviadas con trajes regionales, que nos dieron acogida muy hospitalaria a los estudiantes de los cursos de Jaca; a mí me suscitaron la imagen de las pastoras de la Finojosa del marqués de Santillana en sus serranillas.

Y precisamente en Jaca estaba un jovencísimo Fernando Lázaro Carreter como profesor de Lengua y Literatura, dando clase a los extranjeros. Y aunque yo no asistí a sus clases, cuando éstas terminaban, entraba a curiosear en el aula, y una vez vi dibujado en la pizarra un mapa de España, en el que Don Fernando había especificado claramente las fronteras del bilingüismo: Cataluña, la parte costera de la hoy Comunidad Valenciana, las islas Baleares, el País Vasco y Galicia. Aparte de lo ya escuchado en el valle de Hecho, ésa fue mi primera confirmación de que, además del español —en su versión antigua, castellano—, en España se hablaban otras lenguas.

Entre mis referencias a Jaca, también mencionaré el buen conocimiento que trabamos con unos jóvenes libaneses que, como nosotros, estaban en la residencia de los cursos de verano y estudiaban Medicina. Ellos me enseñaron mis primeras palabras en árabe, entre ellas: «Salam aleikum» [que la paz sea contigo], a lo que debe contestarse, ya se sabe, «Aleikum salam» [que contigo sea la paz]. «Allah akbar!» [Dios es grande]. Y sobre todo he recordado siempre el piropo que uno de los libaneses nos enseñó para decir algo a una joven bonita: «Ana ua anti filyena!», que se traduce en algo así como «tú y yo en el paraíso», el de las huríes del Profeta, claro.

En esos cursos de verano tuve una buena relación con una joven francesa de París, Yvette, de unos diecisiete años, cuando yo tenía dieciséis. Juntos recorrimos aquellos valles de los Pirineos, de lo que queda alguna vielle photo, como dice la canción de Charles Trenet cuando él, un tanto olvidado por el pop y el rock, contesta a su propia pregunta Que reste-t-il de nos amours?

Yvette fue para mí como una especie de Pandora que abrió la caja de las esencias. Y en el fondo de su ánfora quedó, como en la mitología, un lecho de esperanzas, de lo mucho que estaba por venir... Después de Jaca, no volví a verla nunca más.

NUEVE MOTES DE INFANCIA Y JUVENTUD

Sintéticamente, reseñaré los sobrenombres que desde mis primeras edades fueron dándome dentro de la familia o por el círculo de amistades.

De la época de la guerra: Mamamoncha y La bailarina ugetera. El primero, porque en aquellos años de niñez, lloraba por cualquier motivo. El segundo, se suponía que en la guerra se relacionaba con la UGT, el sindicato de los socialistas.

Proporcionados por una tía mía: Bocanegra, no por la ópera italiana de Simon Boccanegra de Giuseppe Verdi, sino por una asociación con mis aficiones a criticar cualquier cosa, a veces indebidamente.

Ofrecido por algunos juveniles contertulios del Café Gijón: el camionero. Por el aspecto un poco rudo y directo que, según una jovencita francesa, tenía en tiempos de mi mejor juventud.

Propuesto por el dibujante Enrique Herreros: el erudito, de cuando en una excursión a Gredos me descubrió como sabedor de algunas cosas más de las que él se esperaba del mozalbete que por entonces era yo.

Designado por mi tío Fermín: el historiador, por obvias razones: me gustaba mucho la gran materia de Heródoto, Tucídides... y luego Toynbee, Artola, Anes, etc.

Puesto por mí mismo a efectos de algunas obras pictóricas propias: Ramonofski. Tal vez por algunas aficiones eslavófilas, más polacas que rusas; sobrenombre que sólo me aplican algunos amigos de los tiempos de la Transición.

Según algunos alumnos míos de la facultad: Toro sentado. Se estima que por una película del Oeste en que había un jefe sioux de ese mismo nombre, que ejercía su autoridad con dejes no poco justicieros.

Los alias, motes, o sobrenombres —¿son realmente sinónimos esas diferentes voces?— siempre me parecieron una forma muy expresiva de perfilar alguna característica particular de cada persona. Por eso los he traído aquí a colación. De modo que, según esa idea, yo fui un niño muy llorón en la infancia (Mamamoncha), pero al tiempo alegre (La bailarina ugetera), díscolo dentro de su familia (Bocanegra), un tanto impulsivo en su juventud (el camionero), interesado por casi todo (el erudito), atraído por la historia (el historiador), interesado por la pintura (Ramonofski) y partidario de la auctoritas (Toro sentado).

5

EN LAS CARRERAS: DERECHO Y ECONÓMICAS

VOCACIÓN ERRADA, VOCACIÓN HALLADA: MAESTROS

Mis estudios universitarios los desarrollé todos en Madrid, aparte de un paréntesis en la London School of Economics, al que oportunamente me referiré. Y mi comienzo fue por la Facultad de Medicina, a la que llegué por inercia familiar en octubre de 1950 y en la que sólo permanecí cuatro meses, tiempo suficiente para percatarme de que no había elegido la senda de mi verdadera vocación.

De ese cuatrimestre de aprendiz de médico tengo en la memoria los atajos que a veces tomábamos mi hermano Rafa y yo para ir a clase, a través de una Ciudad Universitaria desarbolada por las batallas de la Guerra Civil, con las trincheras aún sin cubrir. Recién estrenado antes de la contienda, el magno edificio de la facultad quedó muy deteriorado por los combates y más aún su Hospital Clínico, donde murió Buenaventura Durruti. Lo más seguro que abatido a tiros por los desertores de su propia columna anarquista, a quienes el héroe ácrata pretendía impedir la huida, el 20 de noviembre de 1936, el mismo día que, en Alicante, fusilaban a José Antonio Primo de Rivera.

Otras remembranzas menos tristes de aquella ciudad universitaria son los primeros trabajos para replantarla de árboles, de modo que al pasar por ella, a lo largo de la carretera de La Coruña, siempre recuerdo cómo en 1950 se asentaron los primeros plátanos (Platanus hispanicus) y cedros (Deodara), hoy de gran porte.

Del breve tránsito por Medicina recordaré las excelentes lecciones de «Química para médicos» que impartía el catedrático Manuel Lora Tamayo, en las que hacía intervenir a sus alumnos, dando así gran dinamismo a sus clases. Luego, Lora llegó a ser ministro de Educación y Ciencia con Franco, entre 1962 y 1968, y por mis afinidades políticas me tuvo congeladas mis oposiciones a Cátedra durante más de cuatro años, como tendré ocasión de relatar en su momento.

También de la docencia hipocrática traeré a estas páginas al doctor Octavio Picón, catedrático de Histología, reminiscencia viva y llena de humor —a veces bordeando lo esperpéntico— de los que habían sido los buenos tiempos de Don Santiago Ramón y Cajal.

Pero la vocación deriva de lo que a cada uno más le gusta. De eso me di definitiva cuenta a los diecisiete años, cuando, a principios de 1951, percibí con toda claridad, como un mensaje anónimo, que no podía seguir estudiando Medicina. Pensé en que toda mi vida tendría que estar viendo gente enferma en hospitales más o menos cerrados a la vida exterior. Cuando a mí lo que me interesaba era la gente viva, en movimiento, el escenario público con sus controversias ideológicas, políticas, históricas, literarias. Lo estuve meditando casi desde el principio de llegar a Medicina, pero me resistí un tiempo por estimar que podría ser necesario un tiempo de adaptación... Pero a cada semana que pasaba me encontraba más y más sumido en una especie de obsesión...: «Esto, a mí, ni me va ni me viene...».

Participé a mi padre de las inquietudes que me acosaban en una larga conversación en casa, en la sobremesa de una cena con toda la familia presente: la Facultad de Medicina no me atraía, y en su entorno reinaba la más absoluta barbarie; un lugar donde todos hablaban de fútbol o de grandes conquistas eróticas, como si todo lo demás no existiera.

Por prescripción paterna, pasé unos días en la Facultad de Derecho como prueba, para ver si definitivamente dejaba el mundo de los futuros médicos. Y en la que sería mi nueva facultad encontré un universo lleno de posibilidades y de toda clase de aventuras intelectuales. Llegué a un compromiso, que planteó mi padre:

Muy bien hijo, si eso es lo que quieres, hazlo. Pero una cosa sí que te pido —me dijo—: examínate de todos los parciales de enero en Medicina. Demuestra a todos que tienes más que capacidad para sacar adelante las asignaturas y que, si te vas, es porque tu vocación está en otros saberes.

Acepté la idea y a finales de enero de 1951, con todo aprobado, algún notable, e incluso un sobresaliente, quedé libre como las aves del cielo: cambiaba de carrera en busca de un horizonte mucho más amplio.

Resuelto el expediente vocacional, 1951 evolucionó para mí como un año formidable, por el encuentro con las ciencias sociales, empezando por el Derecho, pero con una afición considerable por la Historia. El verano de aquel año fue la iniciación a mi verdadera vida de libertad de pensamiento.

De la Facultad de Derecho, uno de los catedráticos que más influyeron en mi formación fue Ursicino Álvarez, profesor de Derecho Romano, que consolidó mi interés por la Historia con sus continuas citas de Theodor Mommsen sobre la República y el Imperio de Roma y su Derecho. Una de las construcciones más notables de todos los tiempos, como tantas veces se ha dicho: una estructura jurídica extraordinaria que fue el gran legado de Roma..., sin olvidar sus otros monumentos que todavía hoy contemplamos (arcos, templos, teatros, anfiteatros, puentes, acueductos) y, que, en algunos casos, aún utilizamos después de transcurridos dos mil años.

Pero además de mi admiración por el Derecho Romano, a Ursicino le debo algo que luego ha sido importante a lo largo de toda mi vida: mi taquigrafía personal. Por la circunstancia de que durante todo un curso tome sus apuntes creando mi propia «taki», a fin de seguir las lecciones con mayor rapidez. Para lo cual seguí, obviamente, el método de las abreviaturas convencionales, y también del empleo de sólo consonantes. Y sobre todo, diseñé un repertorio de unos doscientas cincuenta ideogramas; desde luego, de menor complejidad que los chinos.

Álvarez, un buen día, sin previo aviso, se presentó en el aula abarrotada de alumnos, por ser persona muy querida y siempre esperada, y al subir al estrado anunció que su acompañante —un colega profesoral de aire distinguido— no era otro que el maestro italiano Biondo Biondi, quien iba a dar una conferencia en la lengua de Dante, el toscano en denominación antigua (como por estos pagos se dice lo de castellano como idioma antiguo) o italiano (como por aquí debe decirse español, según la RAE), que versaría sobre un tema romanista.

Biondi subió al estrado, inició su intervención y aquello nos pareció un milagro. Yo, personalmente, entendí prácticamente todo lo que dijo, incluso mejor que algunos discursos en español. Hasta el punto de que desde entonces he tenido el italiano como una de mis lenguas proxivernáculas, que virtualmente nunca hube de estudiar. Porque desde aquella introducción de Biondi, y los numerosos viajes que he realizado a Italia, el resultado es que incluso he dado conferencias en la lengua de Petrarca con alguna ayuda logística.

Entre los demás profesores, el de Derecho Mercantil, Joaquín Garrigues, disfrutaba de su celebridad con cierta displicencia en el trato; combinada, eso sí, con un actuación cabal como profesor, en clases auténticamente magistrales de principio a fin; presentándose siempre puntual y atildado, a las nueve de la mañana, en un aula llena. Yo algunas veces llegaba tarde, pero accedía al recinto a través de unos vericuetos que conducían a un altillo, sumido en cierta cálida oscuridad. Y no ocultaré que en por lo menos una ocasión, por haber trasnochado, descabecé algún sueño apacible y reparador.

Garrigues organizaba trimestralmente exámenes parciales voluntarios, de los cuales, a los pocos días, en vez de notas, publicaba tres listas: una negra, con los nombres de los alumnos de peores ejercicios; otra gris, de las medianías; y la tercera, blanca, en la que estaban los afortunados que se suponía recibirían de notable para arriba. A propósito de uno de esos exámenes, mi padre me preguntó cómo me había ido y le dije que estaba en la lista gris. Ante lo cual, mi progenitor, siempre tan al quite de lo que hacían sus hijos, me comentó:

Hay que estudiar más, hijo. No puede ser... En cualquier caso, para que tengas buena nota, es necesario conseguir la atención del profesor. Y aparte de lo que tú hagas, le voy a decir algo a una prima de Joaquín Garrigues, Lilí Álvarez, la condesa de la Valdène... ya sabes, la gran tenista y mujer muy moderna ella. Tal vez pueda echarte una mano...

Llamó mi padre a Lilí Álvarez, y ella se lo tomó con mucho interés. De modo que una tarde, estando en casa, Genoveva, nuestra muchacha, me dijo bastante impresionada:

—Te llama al teléfono la condesa de la Valdène... eso creo que le he entendido —dijo casi soltando la risa, por el hecho de que me llamara una condesa. Me puse al teléfono y la saludé muy enfáticamente:

—Buenas tardes, señora condesa, qué gusto hablar con usted. Ya sé que está interesándose por mí con su primo el profesor Garrigues...

—Sí, sí, Ramón, sí que lo estoy haciendo. Y todo, que conste, por tener tan buena amistad con tu padre... no quiero fallarle... Así que ayer estuve hablando con mi primo, y ¿sabe usted qué me dijo...?

—No tengo ni la menor idea, señora condesa...

—Pues me ha dicho —y enfatizó lo siguiente— que si estudia... saldrá adelante...

Yo no pude por menos de sorprenderme de que el resultado de una recomendación con tanta prosopopeya resultara de tan poca expresividad. Reaccioné suavemente con un cierto rintintín, que creo ella no llegó a percibir:

—¡Pues que bien, señora...! Dígale a su primo de mi parte, por favor, que le quedo muy agradecido por la reconvención, que ciertamente seguiré al pie de la letra...

—Pues nada, ya sabe usted: si estudia mucho, saldrá adelante. Eso es lo que dice mi primo Joaquín...

—Sí, sí, señora, no le quepa la menor duda de que quiero salir adelante...

Siguió la conversación sobre temas menos cruciales para mi carrera, y el caso es que al final, cuando me examiné, obtuve un notable... se ve que algo habría estudiado para salir de la zona gris, porque lo que es la recomendación, cero bajo cero.

Años después coincidí en una cena en casa de amigos con la condesa de la Valdène, y estuvimos hablando acerca de aquel episodio, que con el paso del tiempo le hizo la mar de gracia, porque ella no recordaba nada de nada. Y a los pocos días, la condesa me llamó por teléfono para invitarme a comer, y desde entonces nos vimos dos o tres veces, e incluso me propuso que fuera a su finca, en la provincia de Toledo.

Lilí era toda una institución en la sociedad madrileña, porque había sido la mujer más independiente y moderna en sus años de juventud, durante los últimos de la monarquía alfonsina y los primeros de la República; para luego, ya mayorcita, dedicarse, creo, al esoterismo y al misticismo. En sus años de tenista fue la primera española que participó en el torneo de Wimbledon.

Por lo demás, con la gran familia Garrigues tuve bastantes puntos de conexión. Y durante algún tiempo fui receptor de algunas ideas de Juan Sebastián Garrigues Walker (Tanines para los amigos), hijo del hermano de Joaquín, Don Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, quien por entonces era el más activista de los Garrigues. Hasta el punto de que un día me convocó en El Águila, un quiosco-cervecería en la plaza de Alonso Martínez, para reconvenirme sobre la necesidad de planear un atentado y acabar con Franco de una vez. «Mientras España no se libre de él —dijo—, seguiremos en la dictadura...».

Yo no me asombré para nada de una propuesta así, y como estábamos cerca de la casa y despacho jurídico de José María Ruiz-Gallardón (padre del luego alcalde de Madrid y ministro de Justicia del gobierno Rajoy, Alberto), le propuse acercarnos a ver qué opinaba del caso. José María nos recibió con los brazos abiertos, y yo le expuse la idea de Tanines. Ante lo cual, el docto abogado no se inmutó para nada y nos espetó, lacónicamente:

Me parece bien. Lo de acabar con Franco no es mala idea. Pero todo tiene unos ciertos trámites, y para hacerlo con garantía, sin que tenga para los promotores las secuelas que en otro caso serían de esperar, necesitaríamos que de tal operación se encargara un gánster de Chicago. Esto es, un verdadero profesional debidamente experimentado. Y para eso, pequeño detalle, haría falta un millón de dólares. Cuando dispongáis de esa cantidad, volved por aquí, y yo me ocuparé de las gestiones del caso...

Naturalmente, el «proyecto Tanines» no tuvo mayor continuidad.

De mis grandes profesores de la Facultad de Derecho entre 1951 y 1955, el más afable sin duda, y sin falsas modestias, era Nicolás Pérez Serrano, catedrático de Derecho Político, que en sus explicaciones dejaba traslucir sus actitudes liberales nada en consonancia con el régimen de Franco. Sus clases eran una verdadera delicia didáctica, con referencias a las más diversas situaciones y constituciones, desde la Carta Magna a la Constitución de Estados Unidos, de 1787 y hasta las Cortes de Cádiz entre 1810 y 1814. Y todo eso lo trataba Don Nicolás con la mayor naturalidad, en un país con unas leyes fundamentales, las del franquismo, más que restrictivas y autoritarias.

Esas extraordinarias clases de Pérez Serrano y su libro sobre la Constitución de 1931 me inspiraron pasados muchos años una obra que titulé Introducción a la Constitución Española, publicada por Alianza Editorial en 1979 y que tuvo nueve ediciones; debiendo mencionarse que a partir de la sexta el libro debió mucho más a la pluma de mi hija Laura, magistrada ella, que a mí mismo.

Otro catedrático, Jaime Guasp, de Derecho Procesal, era un auténtico divo como profesor. Preciosista de la lengua, de él aprendí mucho sobre la importancia de la utilización del léxico del modo más preciso posible, como él hacía con su fluido verbo; recurriendo siempre a las categorías sociológicas y filosóficas más pertinentes. Tenía una cierta amistad con mi padre y, andando el tiempo, a propósito de los sucesos estudiantiles de 1956, fue mi abogado defensor. Cuando estuvo a verme en la cárcel de Carabanchel para tomar nota de lo que realmente había pasado y qué ideas tenía yo, me insistió mucho en que le contara toda la verdad, para no caer luego en ningún renuncio:

—Ramón, tiene que contarme todo con la mayor exactitud... Por cierto, ¿pertenece al partido comunista?

—No, Don Jaime, no soy miembro de esa organización, por mucho que se diga por ahí. —Era la pura verdad: en realidad yo no fui del Partido Comunista de España (PCE) hasta un par de meses después.

En Derecho Penal tuve de profesor a Eugenio Cuello Calón, de unos sesenta años cuando pasé por sus clases; para mí una edad, por entonces, casi como la de Matusalén. Su aspecto era venerable y su forma de hablar, apacible y clara; sin acritud en ningún momento, aunque se echaba de menos una mayor enjundia en sus planteamientos. Algo que en cambio sí afloraba en alguno de sus ayudantes de clases prácticas, de gran nivel, entre los que sobresalía Mosquete, un verdadero «hacha» en todo lo relativo a procesos penales.

Por lo demás, Cuello Calón me proporcionó mi primera experiencia carcelaria, por la visita que hicimos un grupo de alumnos de Derecho Penal (los sobresalientes y matrícula de honor) a la prisión de Alcalá de Henares, que en aquellos tiempos estaba repleta de presos políticos; y que años después ardió por los cuatro costados, con gran número de víctimas: los presos que no pudieron salir por las ventanas enrejadas de los talleres.

En nuestra visita estuvimos hablando, en el área de carpintería, con los suelos llenos de serrín, con varios presos que redimían penas por el trabajo, después de haber sido condenados por «ayuda a la rebelión», vulgo actividades de maquis, o, dicho en castizo, las guerrillas que estuvieron activas hasta su retirada en 1953. Sobre esta cuestión, recuerdo un episodio de Stalin en relación con los guerrilleros españoles antifranquistas; del que un día Santiago Carrillo nos dio un testimonio muy expresivo; al referir la entrevista que Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y él mantuvieron con el dueño del Kremlin a principios de 1953. En ese trance, el gran dictador, y victorioso mariscal de la Gran Guerra Patria contra los alemanes invasores, recomendó a los dos dirigentes del PCE la disolución de los maquis: porque a la altura de ese año —Stalin moriría en su transcurso— ya no tenía sentido la idea de que un día España fuera a ser reconquistada por los guerrilleros, esparcidos por serranías de media España pero con acciones cada vez más limitadas.

LA PIEDRA FILOSOFAL EN ZUBIRI Y ORTEGA Y GASSET. EL REGENERACIONISMO

De aquellos tiempos universitarios, siempre inquietantes por el gran repertorio de posibilidades, fueron también mis conocimientos de José Ortega y Gasset y de Xavier Zubiri, por los buenos oficios de mi padre, siempre velando por la cultura de sus hijos... y sobre todo por la mía, todo hay que decirlo.

A Ortega le vi por primera vez en una sesión de reflexiones filosóficas de su Instituto de Humanidades, en el Cinema Barceló de Madrid, que actualmente es la discoteca Pachá.

El amplio espacio del patio de butacas de la sala estaba lleno a rebosar para escuchar a quien la revista La Codorniz condenó en cierta ocasión a su Cárcel de Papel, imputándole ser «filósofo primero de España y quinto de Alemania». Una consideración que habría conmovido a cualquiera, pero que a Don José, según parece, le produjo cierta indignación.

Las sesiones de Ortega, sin demérito para Zubiri, eran muy amenas, y su público más amplio y diverso. Además de las consabidas marquesas, condesas, toreros, bailaores y cantaores, también había mucha clase media más o menos culturalizada, que escuchaba al maestro con verdadera devoción. Y no era para menos, pues Don José se movía sobre el escenario como un verdadero artista, levantándose y sentándose en su Cátedra, moviendo sus papeles sobre la mesa, donde lucía una hermosa jarra de agua. Manejaba las gafas como un actor que estuviera representando ante sus fans, como se dice ahora.

Con las conferencias que dictó en el Cinema Barceló, Ortega publicó después su libro El hombre y la gente, editado por su Revista de Occidente, en cuya sede tenía una tertulia, no recuerdo qué día de la semana, en la mañana. A la que una vez me llevó uno de los más asiduos asistentes, José Ruiz Castillo, gran amigo de mi progenitor y propietario de Biblioteca Nueva, editora de las obras completas de Pío Baroja. Allí tuve ocasión de saludar a Don José, quien, tal vez debido a mi juventud, no me prestó mayor atención; aunque yo tampoco intenté nada especial, pues por aquel tiempo aún no había leído a fondo a nuestro prolífico filósofo, y estaba más en la Generación del 98 que en las filosofías transgermánicas conexas a un Martin Heidegger que veíamos como un relicto post nazi.

El segundo contacto filosófico de por aquel mi entonces lo tuve con Zubiri, y se produjo en la Cámara de Comercio de Madrid, en la plaza de la Independencia de la capital, en un curso de filosofía de diez lecciones que aquél ofrecía a sus discípulos, y que costaba 250 pesetas, a 25 pesetas por sesión.

A aquellos encuentros filosóficos en el salón de actos de la Cámara de Comercio solíamos asistir medio centenar de personas, entre ellas algunas marquesas anhelantes de cultura —y también para verse unas con otras y comentar los últimos sucedidos de la sociedad madrileña—, así como médicos, abogados, diplomáticos, y dos figuras de la tauromaquia de entonces: Domingo Ortega, el «maestro de Borox», el pueblo de Toledo donde había nacido, y Luis Miguel Dominguín, cuya familia tenía su posesión también en Toledo, «La Companza», en el municipio de Quismondo.

El caso es que Domingo Ortega siempre llegaba puntual y escuchaba atentamente al gran filósofo y, aunque el diestro no tomaba notas, sinceramente creo que se enteraba de lo esencial. Así las cosas, un día, cuando ya íbamos desfilando hacia la salida, yo iba detrás de Ortega, y ambos nos topamos con Luis Miguel, que llegaba en ese momento; un tanto presuroso, sin duda de alguna aventura vespertina que no le había dejado tiempo para pláticas filosóficas. No obstante, como cumpliendo con un alto deber académico, Luis Miguel se dirigió a Domingo Ortega, y le preguntó: «¿Qué tal? ¿Qué ha dicho hoy el maestro [naturalmente, se refería a Zubiri]...?».

La contestación de Ortega se ha convertido, entre los que la oímos y la hemos difundido, en un auténtico paradigma de síntesis filosófica: «Nada especial... Se ha metido con Kant...».

Los contenidos de las conferencias de Zubiri eran densos, y a veces absolutamente ininteligibles. Entre otras cosas, porque, por ejemplo, cuando citaba un clásico de la filosofía irania, expresaba sus pensamientos directamente en iranío antiguo, sin ni siquiera traducir lo dicho. Así, cuando yo imitaba a Zubiri, me permitía emularle con mis avanzados conocimientos de la lengua antigua de los persas primigenios: «Zen tam menipón, Zaratrusta pantamón... etc., etc.».

También de mi primera juventud es el deslumbramiento que me produjo la Ilustración española (Floridablanca, Aranda, Jovellanos, Olavide) y el regeneracionismo (Joaquín Costa, Giner de los Ríos, Julio Senador Gómez, Ramón y Cajal), y de los regeneracionistas me ocupé con cierta amplitud en mi libro Una idea de España, texto originariamente escrito para mis cursos de «Civilización Española» en la Sorbona de París durante los años académicos de 1983-1984 y 1984-1985.

Una nueva conexión inevitable con el tema del regeneracionismo emergió en mi libro publicado en 2008 con el título de Ni Mussolini, ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo. En el sentido de que Miguel Primo de Rivera puede ser considerado como un arquetipo de regeneracionista, pudiendo decirse que él llegó a pensar de sí mismo que era la encarnación del «cirujano de hierro», idea regeneracionista para frenar la decadencia del país, algo que en cierta medida consiguió.

En cuanto a mi interés por la ciencia, que afortunadamente nunca me ha abandonado, nació de mis estudios de bachillerato con los primeros conocimientos admirativos de Galileo, Newton, Kepler, Wallace y Darwin, Pasteur, Einstein, Max Planck, etc. Cada uno de ellos en su momento, fueron en mí, como para casi todos los que se han acercado a esos maestros universales, como encontrar las claves del conocimiento del universo y de la naturaleza.

A propósito de lo anterior, Richard Feyman dijo en cierta ocasión que la ciencia no es otra cosa que desentrañar cómo funciona la naturaleza. O si se prefiere, la «creación evolutiva» en sus más diversas facetas: desde la formación del universo con el big bang, hasta los misterios de las subpartículas atómicas, terminando, por ahora, en el bosón de Higgs. A todo ello me refiero en el libro que tengo en preparación y que seguramente llevará el título de ¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos? En un intento de dar respuesta personal a las grandes preguntas sobre el universo, Dios y la razón de ser de la existencia humana y con la idea final de que tal vez vivamos en un universo antrópico preparado para poner a prueba a la humanidad, como culmen de la creación evolutiva.

EN EL INSTITUTO DE ESTUDIOS POLÍTICOS

Para un número reducido de estudiantes de mi época, el Instituto de Estudios Políticos (IEP) fue una gran escuela de conocimiento. Su centro de actividad estaba en el antiguo Palacio del Senado, que en 1977 recuperó la Cámara Alta por la Constitución de 1978, en la plaza de la Marina Española. Y para acceder a sus cursos era necesario pasar por un concurso-oposición, de resolución a mi juicio muy honesta, que daba acceso a las lecciones de grandes profesores en clases de no más de veinte alumnos. Lo que se completaba con una beca de 500 pesetas al mes durante un semestre cada año; que, si no una fortuna, era un estipendio considerable por entonces para un estudiante en tiempos de la autarquía.

En el IEP disfruté durante dos años (1952-1954) de profesores como Jesús Fueyo, para Ciencia Política. Quien a pesar de ser falangista, o precisamente por ello, nos expuso con todo detalle, y no poca admiración, el sistema de los planes quinquenales de la URSS. Realmente, escuchar a Fueyo, con su rostro de gran fuerza expresiva —al evocarlo, recuerdo al Sancho Gracia de los tiempos de «Curro Jiménez», con una tez agitanada y cabello de ala de cuervo—, era siempre motivo de sorpresa. Y me acuerdo cómo una tarde, en el IEP, años después de nuestros aprendizajes, en un sarao con vino y canapés, me topé con él y me uní al círculo de conversación en el que estaba hablando. Solamente reproduciré lo que me quedó en la memoria:

[...] Así pues, lo que debería hacer ese señor, si dice que quiere ser tan puro [nunca supe a quién se refería], es lo mismo que hizo Orígenes, el teólogo griego de Alejandría del 185 de nuestra era... quien, en un momento dado, para no caer en más tentaciones y así salvar su alma, con una navaja de buen corte, se seccionó los testículos...

Los que le estábamos escuchando no pudimos por menos de sentir estremecimientos varios; pero Fueyo, como si tal cosa, continuó con sus reflexiones.

Enrique Gómez Arboleya, otra de las luminarias del IEP, era profesor de Sociología, y ante el estupor de todos un buen día puso fin a su vida, suicidándose. De Arboleya, que me pareció muy conservador, obtuve algunas informaciones preciosas en el sentido contrario a lo que él quería inculcarnos:

No se les ocurra a ustedes ir a la London School of Economics —dijo en cierta ocasión—, porque allí todavía flota el espíritu de Harold Laski, muy propenso al socialismo más radical.

Naturalmente, con tal recomendación procedente de quien venía y con algunas averiguaciones complementarias que hice, me faltó tiempo para decidir que la London School of Economics era un hito obligatorio en mi carrera universitaria.

Entre los profesores del IEP destacó Enrique Fuentes Quintana, que se ocupaba de la economía española desde un enfoque estructural, y de él hablaré bastante en próximas páginas.

En cuanto a José Luis Villar Palasí, era un hombre vitalista, especializado en Derecho Administrativo, que en 1968 fue nombrado ministro de Educación y Ciencia, con Ricardo Díez-Hochleitner como gran experto internacional, por el largo tiempo que había trabajado con la Unesco. Juntos pilotaron la reforma de la enseñanza con la Ley General de Educación de 1970, sin duda la mejor que ha tenido España en la segunda mitad del siglo XX. Por lo demás, Villar Palasí era gran persona, y a poco de estar en el ministerio, me convocó la Cátedra de Estructura Económica a la que yo aspiraba, y que Lora Tamayo, el catedrático de Química, me había tenido congelada durante los cuatro largos años en que fue ministro de Educación.

Otro profesor del IEP, interesante para mí, fue José Bugeda, quien me pareció un estupendo investigador social. Y entre otras cosas, en aquellos tiempos de no pocos oscurantismos oficiales, nos explicó el «Informe Kinsey», sobre la conducta sexual del hombre en Estados Unidos que, con gran escándalo, acababa de publicarse; sin que en España fuera posible entrar a fondo en el estudio del tema, porque la sexualidad era tabú durante el franquismo. Bugeda hizo en clase una encuesta para conocer mejor a sus alumnos, y entre otras preguntas hubo dos muy significativas:

—¿Es usted ateo o creyente?

—¿Se siente monárquico o republicano?

Cuando le conté a mi padre lo de esa encuesta, se mostró muy preocupado y trató de saber qué había contestado yo, cosa que nunca le revelé. No obstante, me dijo: «Hijito, esas preguntas os las hacen para ficharos... hay que tener mucho cuidado con lo que se contesta... Espero que no tengas problemas».

Las clases de Bugeda eran de lo más interesantes, pues aparte del «Kinsey Report» nos llevó de su mano a las técnicas del psicodrama de Alonso, y nos encargó una investigación sociológica sobre la Gran Vía de Madrid. Dentro de la cual, a mí me correspondió estudiar la evolución de los establecimientos hoteleros, desde las pensiones y hostales hasta los establecimientos de cinco estrellas. Con los datos obtenidos, elaboré un mapa coloreado que Bugeda —casi parecía que yo era el inventor de la semiótica— recibió con gran contento: «Muy bien, Tamames —me felicitó y añadió—: como dicen los chinos, una buena imagen vale por mil palabras».

En definitiva, nuestros docentes en el IEP fueron un buen elenco que contribuyó a nuestra formación sin las censuras habituales en otros foros, y de esas sabias enseñanzas conservo los apuntes tomados en las clases. Como también guardo buen recuerdo de algunos compañeros, como José Luis Llorente Bragulat, que se decantó por las oposiciones a abogado del Estado, y que por entonces era inseparable amigo de José María de Amusátegui, quien llegó a ser presidente del Banco Central-Hispano. Con ellos y con Juan Lladó y Agustín Moscoso del Prado, al terminar las clases nos íbamos de vinos, para seguir debatiendo temas de política, sociología, etc.

Juan Lladó Fernández-Urrutia era hijo del legendario consejero delegado del Banco Urquijo, a quien todo el mundo llamaba Don Juan, y que durante la Guerra Civil se quedó en el Madrid republicano, manejando con gran habilidad y esfuerzos el banco, tras ser colectivizado. Salvó los muebles de los propietarios del banco, a pesar de lo cual, al final de la contienda pasó una temporada en la cárcel, de la que salió para inevitablemente volver a hacerse cargo de la entidad crediticia, que convirtió en el primer banco industrial del país.

Juanito Lladó, mi colega en el IEP, debía de sentirse un tanto abrumado por el gran poder de su padre. Y recuerdo muy bien que durante los sucesos estudiantiles de 1956 fue uno de los primeros en firmar el manifiesto en pro de la democratización de España. Luego Juan derivó hacia el área financiera, donde se movió con gran fluidez. A su hermano mayor, José Lladó, le conocí después: persona siempre sonriente, con una ironía sin acidez, que forjó una empresa de ingeniería más que considerable, Técnicas Reunidas.

Otro profesor muy señalado del IEP, con quien no tuve cursos, fue Javier Conde, director del propio instituto en mis tiempos, y de quien se contaban toda clase de episodios. Yo le tuve de profesor en el primer año de Derecho, como catedrático de Político, con un manual de lo más críptico, en el que se explicaba la materia de manera harto alambicada. Hasta el punto de que mi padre, cuando lo leyó para explicárselo a mi hermano Juan —que estudió Derecho dos años después que yo—, lanzaba pestes del libro, asegurando que era absolutamente incompresible. Extra civitate nulla est securitas, así empezaba la obra: fuera de la ciudad —la polis— no hay ninguna seguridad.

Conde fue uno de los teorizantes del «caudillismo», aunque en sus primeros años universitarios parece que coqueteó con el marxismo, para luego ir evolucionando. Y a propósito de ese cambio, en los medios del IEP circulaba la especie de que habiendo formado parte de las tropas nacionales, al entrar su unidad en Madrid en marzo de 1939, tuvo el máximo interés en llegar lo antes posible a la casa que había ocupado antes de la guerra. Se decía que era para descolgar unos retratos de Karl Marx y Friedrich Engels que allí puso, de modo que nadie descubriera quiénes le inspiraron en su juventud.

A Conde, el hecho de tener varios estudiantes subversivos cursando estudios en el IEP, y que participaron en los episodios, le llenó de orgullo. Hasta el punto de que en 1956, al salir de la cárcel, para nuestra gran sorpresa, nos invitó a almorzar; entre otros y que yo recuerde, a Javier Pradera, Agustín Moscoso del Prado, Juan Lladó y yo mismo. Fue una comida interesante, en la que Conde disfrutó a lo grande, percatándose de que sus enseñanzas y las de sus colegas en el IEP no habían caído en saco roto; aunque fuera en dirección muy distinta a la que tan doctos profesores preconizaban.

Y como continuidad del personaje, recordaré que tras los sucesos de febrero de 1956, Conde tuvo una importante intervención para encauzar los nuevos destinos políticos de España. Según se cuenta, en la Semana Santa de 1956, el director del IEP acompañó a Franco durante varios días, en los Alcázares de los Reyes Cristianos de Sevilla, y llegó a proponer al Caudillo el retorno a las prístinas esencias del nacionalsindicalismo; en una visión autoritaria renovada, con algún entreverado del sistema autogestionario de la Yugoslavia del mariscal Tito.

Pero esas recomendaciones a Franco le debieron de sonar a músicas celestiales y no fueron seguidas en absoluto por Su Excelencia, que una vez más demostró su inteligencia, al decidirse por la postura contraria, planteada por algunos miembros del Opus Dei que ya tenían considerable poder en la Administración. Especialmente Laureano López Rodó, quien a la sazón era secretario general del Ministerio de la Presidencia del Gobierno, que regentaba el almirante Luis Carrero Blanco. De modo que López Rodó convenció a Carrero acerca de la necesidad de un cambio en los sistemas de gestión económica del Estado, a favor del mercado y en contra de las pautas autárquicas que más o menos funcionaban desde 1939; sin pronunciarse todavía sobre las consecuencias políticas de esa nueva dirección de la política económica.

La última vez que vi a Javier Conde fue en Bonn, en 1967, cuando era embajador de España en Alemania y estuvo presente en la concesión del Premio Carlomagno a Don Salvador de Madariaga. En esa ocasión estuvo muy circunspecto conmigo: creo que había perdido definitivamente su capacidad vital de ensoñaciones políticas.

ESTRUCTURALISTAS Y TEÓRICOS: VELARDE, FUENTES QUINTANA, TORRES

En mi vocación universitaria, los profesores Juan Velarde y Enrique Fuentes Quintana tuvieron indudable incidencia. A mí, en la Facultad de Economía, la asignatura de Estructura Económica, que dispensaban al alimón Velarde y Fuentes, era la que más me interesaba, pues en ella se explicaba el verdadero funcionamiento de la economía española. Para lo cual los dos jóvenes profesores habían redactado unos apuntes a multicopista de calidad comparativa muy superior a otros de por aquel entonces.

Yo había estudiado bastante a fondo los temas y me presenté al examen oral de estructura, en 1957, creo que bien preparado, y vestido de alférez eventual, tal vez para fardar aunque por entonces no era raro ver a milicianos como yo vestidos de oficiales. Yo estaba haciendo las prácticas de la Milicia Universitaria en la localidad de Inca, en Mallorca. Y el caso es que tengo grabadas en la mente las preguntas que me hizo Fuentes, cuando hablando de agricultura me inquirió por la equivalencia entre mulas y tractores:

Un tractor de 25 caballos de potencia equivale, en principio, a una pareja de mulas. Claro es que un tractorista experimentado —dije yo— puede conseguir un rendimiento muy superior y, además, trabajar muchas más horas, porque las mulas tienen que comer y hay que dejarlas descansar. También hay que echar gasóleo a la máquina, pero con ella se puede trabajar incluso de noche con buenos faros, sobre todo en el verano, sin el calor del día.

La pregunta que me hizo Velarde la tengo menos clara, entre otras cosas porque antes de entrar en materia estuvo muy amable y anduvo preguntándome dónde estaba destinado como militar, cómo iba la cosa, etc.

También recuperaré aquí, de la memoria histórica, y aunque yo no lo oyera directamente, las expresiones de Fuentes, durante el mes de febrero de 1956. Cuando en tiempos de los sucesos estudiantiles en la Universidad de Madrid, según me contó mi colega Emilio Pérez Hurtado, iba a las clases de Don Enrique con gran asiduidad; quien por aquellos días anduvo muy excitado, vituperándonos a los estudiantes que en palabras de Franco éramos alborotadores y jaraneros. Para apostillar por su cuenta, siempre según Pérez Hurtado:

Hay que volver a las esencias fundamentales del Régimen surgido de la victoria de Guerra Civil, y encontrar solución a los problemas económicos y sociales de España con una visión social. Y para eso es preciso trabajar, sin entrar, como ahora, en una sucesión de algarabías y tumultos. Eso no resuelve nada...

Lo que sucedía es que mucha gente no se percató, o ignoró lo que pasaba. Alguien me dijo por entonces: «Sois las avanzadillas de la democracia...».

Ya en el tercer curso de Derecho se hicieron cada vez más frecuentes mis visitas a la excelente biblioteca de la Facultad de Ciencias Económicas, situada en el mismo viejo caserón de la calle San Bernardo, y muy bien abastecida de libros y revistas interesantes. Era una sala de mucha luz natural, confortable y silenciosa, de modo que allí me iba a estudiar cuando quería disfrutar de tranquilidad. Y un día de esos empecé a curiosear libros y revistas de economía, primeras lecturas que me acercaron a las cuestiones de producción, mercados, etc.

En mi vocación económica también tuvieron parte importante varios profesores de la Facultad de Ciencias Económicas: el primero de ellos, Manuel de Torres, murciano de nacimiento, que fue decano muchos años y tenía una visión cabal de la economía española desde sus enfoques de Teoría Económica.

En el verano de 1960, y previa preparación por un colega economista, Francisco Gallego Balmaseda (célebre por su sentido del humor entre todos los de la profesión en Madrid), me entrevisté con el profesor Torres, en el Hotel Wellington, el de los toreros, donde él se alojaba en su particular forma de vida entre Murcia y Madrid.

Se trataba de examinar la posibilidad de que yo fuera profesor ayudante en su Cátedra en el curso siguiente, circunstancia que yo juzgaba posible, a partir de un examen oral de Teoría Económica que tuve con él; momento en que hizo observaciones muy halagüeñas, al haber hecho yo un desarrollo de la tabla input-output —ya se sabe, la de relaciones intersectoriales ideada por Wassily Leontief—, siguiendo un método que a él le pareció muy novedoso. Y que en realidad yo había tomado de las explicaciones que en su misma Cátedra nos había impartido José Ramón Lasuén, brillante joven profesor recién llegado de una estadía de formación en universidades de Estados Unidos.

Con ese buen recuerdo, Don Manuel me recibió con su habitual cordialidad mesurada, y estuvimos hablando tranquilamente, entre otras cosas, de los efectos del Plan de Estabilización iniciado en 1959. Como también yo hice referencia a algunos aspectos de mi libro Estructura económica de España, que estaba a punto de terminar. Obra en la que Don Manuel era citado profusamente por sus juicios sobre política económica. Y también porque Torres fue quien indujo a las autoridades económicas españolas del momento a que se adoptaran los modelos de las cuentas nacionales y de la tabla input-output; teniendo en lo segundo la muy valiosa colaboración de Valentín Andrés Álvarez, a quien también me referiré.

Lamentablemente, mi buena aproximación a Torres resultó por entero infructífera por razones del destino: tras un par de meses de vernos, en septiembre de 1960, estando yo en mi despacho en el Ministerio de Comercio, en la Dirección General de Política Arancelaria, me llamó un compañero de estudios, Joaquín Quirós, a quien todos conocíamos por Quino:

—Ramón, voy a darte una mala noticia: después de lo que me contaste de tu entrevista con Torres en el Hotel Wellington hace poco.

—¿Qué le pasa a Don Manuel...? —pregunté inquieto.

—Que se ha muerto, anoche...

—Vaya, hombre, ¡qué pena tan tremenda...!

La línea telefónica quedó en silencio un instante, y a continuación vino la propuesta de Quino:

—Ramón, ¿por qué no vamos al entierro? Fue un gran hombre, y estaría bien que le dijeramos adiós...

—¿Dónde es el entierro?

—En un pueblo de Alicante, aunque es más murciano que otra cosa, a orillas del río Segura, cerca de Orihuela: Almoradí.

—¿Y cómo vamos a ir?

—De los amigos, el único motorizado eres tú, así que contamos con tu coche.

—Está bien. Dentro de media hora en la puerta del ministerio, en la calle Serrano esquina a Ayala. Voy a decírselo al subdirector.

De mi despacho fui al del subdirector, mi buen amigo Fernando García Martín. Hablamos de un par de cosas de trabajo, y a continuación le di la noticia del fallecimiento de Torres, a quien él también conocía, incluso bastante más que yo.

—Si me lo permites, Fernando, me voy a ir al entierro con unos amigos ahora mismo.

—Yo también iría, pero tengo cosas urgentes y una serie de visitas que ya no puedo avisar para que vengan mañana...

—Me voy, pues...

—¡Hala, no tardes en volver!

—En cuanto pueda, gracias...

A los pocos minutos estaba en la puerta del ministerio, y al llegar mis tres amigos, subieron al coche y emprendimos camino a Almoradí, donde llegamos a las cinco de la tarde, justo para poder asistir al entierro del eximio profesor, junto a todos nuestros docentes de la Facultad de Ciencias Económicas: Castañeda, Cotorruelo, Fuentes, Velarde, etc., que se vieron muy sorprendidos al ver la llegada de tropa tan juvenil.

Allí estuvimos para oír el responso que ofició un cura de la localidad que debía de ser amigo del finado. Dimos el pésame a la familia, saludamos a nuestros profesores que nos dieron vivas muestras de afecto, y salimos para volver a Madrid. Sólo al día siguiente, con gran sorpresa se enteró Fernando García Martín, mi jefe en el ministerio, de que el entierro había sido a cuatrocientos cincuenta kilómetros de la capital.

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ICONOS LITERARIOS

«LA PESCADERÍA DE LAS LETRAS»: TARZÁN Y LA «BOUNTY»

Mis aficiones literarias vienen de muy lejos. Cuando era niño y vivíamos en la calle del General Goded, mi padre había reunido una considerable biblioteca que mucho después fue ampliándose con las aportaciones de los hijos. Y llegando a un cierto número de volúmenes, elaboré un catálogo de todos los títulos y los marqué con un ex libris que encargué (una palmatoria con su vela ardiendo, al lado de un libro abierto, grabados sobre un sello de goma) que aún conservo. Luego, ya de mayor, siempre quise repetir la proeza de tener mis libros catalogados, pero nunca lo conseguí.

La fuente literaria nutricia de la familia Tamames en mi infancia y primera juventud —algo así como el alma mater— fue una librería de préstamo de novelas a la que nosotros llamábamos «La Pescadería», por estar en el mismo local donde antes había funcionado un establecimiento de venta de pescado. Que no sé por qué circunstancias cerró, seguramente porque el negocio del papel usado, en medio de las escaseces autárquicas, daba más dinero entonces. Y en paralelo a la compra y clasificación del papelote y cartón, aprovechando que tenían local más que suficiente, montaron un negocio de alquiler de novelas.

Nosotros íbamos a «La Pescadería» con verdadera fruición; los cuatro hermanos varones, que dormíamos en la misma habitación, donde teníamos grandes sesiones de lectura en verano, tras la siesta, en voz alta. Con vacaciones y sin nada que hacer, porque entonces no se viajaba, a las horas de máximo calor, sin aire acondicionado ni nada parecido, yo leía y los demás hermanos escuchaban, y así nos pasábamos las horas. Eso nos creó un gran hábito de lectura... o de audición.

De las aficiones en común de aquella época destacaré el entusiasmo por Tarzán de los monos y demás novelas de Edgar Rice Burroughs, con los sucesivos episodios del personaje, criado en la selva por los chimpancés y descubierto por una expedición. Tarzán se ennoviaría con Jane, y con la célebre mona Chita formaron el trío que vivía en la casa en lo alto de un gran árbol. En realidad, Chita no era una mona, sino un mono que murió en Hollywood, en 2012, a los ochenta años de edad.

Nuestra afición literaria por Tarzán se combinaba con sus películas, todavía en blanco y negro: encuentros con misteriosas tribus africanas en estado absolutamente primitivo; luchas con intrusos esclavizadores; manadas de elefantes siempre a favor de Tarzán... Y sobre todo, disfrutábamos con los desplazamientos de nuestro gran héroe por el bosque, utilizando las lianas como sistema de transporte. Las novelas de Tarzán me abrieron el ansia de visitar las junglas de las zonas tropicales, lo cual luego fue materializándose a lo largo de mi vida: Panamá, Costa Rica, Brasil, Camerún, Kenia, Malasia, Indonesia, Filipinas, casi siempre con mi mujer, Carmen; en aquellos viajes fui haciendo realidad mis sueños infantiles.

Con los años, Tarzán pasó a tener otro significado, el del «buen salvaje» de Jean-Jacques Rousseau... Y cuando el actor Johnny Weissmüller, el mejor intérprete de los varios que hubo de Tarzán, murió el 21 de enero de 1984, para mí fue como un día de luto, sintiendo en mis oídos su escalofriante grito que tenía su origen —cosas de la vida— en el Tirol. Ya se sabe, la parte más alpina de Austria, de donde procedían los Weissmüller.

Otra de las lecturas que influyeron en mis aficiones viajeras —además de Julio Verne con todas sus novelas, Henry Rider Haggard con Las minas del rey Salomón y Thor Heyerdahl con Kon-tiki— fue la trilogía de Charles Nordhoff y James Norman Hall sobre la Bounty: Rebelión a bordo, Hombres contra el mar y La isla de Pitcairn. Una de las grandes historias del siglo XVIII, el viaje del capitán Blight al frente del velero Bounty, en busca del árbol del pan en la Polinesia; a fin de llevarlo a las Antillas, donde debía servir para alimentar a bajo coste a los esclavos de las plantaciones e ingenios azucareros.

De tan singular trío de novelas se ha hecho, por lo menos, que yo conozca, tres sucesivas versiones cinematográficas. La primera con Charles Laughton y Clark Gable; la segunda —y para mí la mejor— con Marlon Brando, Trevor Howard y Richard Harris; y la tercera, de calidad muy inferior a las dos primeras, dirigida por Roger Donaldson e interpretada por Anthony Hopkins, Mel Gibson, Laurence Olivier y Liam Neeson.

Años después de ver esos filmes visité parte de los escenarios por los que navegó la Bounty. Fue con ocasión de una invitación a Carmen y a mí, por parte de Hugo Neira, peruano, que en sus tiempos de estudiante universitario había estado trabajando en España como redactor de Cuadernos para el Diálogo, que dirigía Pedro Altares. Por entonces, no nos llegamos a tratar mucho pero después, en una de sus visitas a España, participó en uno de los cursos de verano de la Universidad Complutense sobre relaciones internacionales que yo dirigía en El Escorial. Y fue entonces cuando me ofreció que visitara Tahití, para participar en los cursos organizados por los profesores de español en aquella isla, un grupo del que él mismo formaba parte y desarrollaba una gran labor junto a sus colegas franceses. La realidad es que en muchos países donde no ha llegado, ni seguramente nunca llegará, el Instituto Cervantes esos hispanistas galos trabajan con un entusiasmo realmente admirable.

Al final, y después de mucho conversar sobre el viaje a Tahití con las autoridades académicas francesas —que se empeñaban en hacernos volar con el mismo itinerario a la ida y a la vuelta por Air France—, conseguimos que nos permitieran dar la vuelta al mundo. Así las cosas, en la primavera de 1994 fuimos de Madrid a Los Ángeles, y desde allí hasta Papeete, donde estuvimos una semana para impartir un seminario sobre la transición española, de acuerdo con lo que me propuso Hugo Neira.

Verdaderamente formidable vivir en el Hotel Hyatt, después de rechazar, con muy buenos modos, la residencia de profesores, que era una especie de albergue juvenil que daba a un patio sin ninguna vista. Así que nos trasladamos al mejor hotel de la isla, con unos horizontes casi increíbles de mares e islas; todo ello con el extraordinario fondo de canciones polinésicas en los grandes jardines y las espléndidas piscinas del hotel.

Hicimos algunas visitas por la isla y sus aledaños. Entre ellas, la del Museo Gauguin, y también la isla de Moorea, que en su totalidad es un parque natural bien preservado y uno de los escenarios de las aventuras del capitán James Cook en el siglo XVIII. Si bien debe aclararse que las islas Marquesas, más al norte del archipiélago de la Sociedad, donde está Tahití, fueron descubiertas por el navegante español Álvaro de Mendaña, que les puso ese nombre en honor de la esposa del entonces virrey de Perú, Andrés García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete.

En una entrevista que Hugo me proporcionó con el gobernador general de la Polinesia Francesa, estuvimos hablando de todo eso, y de las navegaciones de los maoríes por todo el ancho océano, a quienes se ha llegado a llamar, no sé si debidamente, los «vikingos del Pacífico Sur».

Nuestra estadía en Polinesia fue excepcional y allí revivimos el escenario de las aventuras de la Bounty. Incluso estudiamos la posibilidad de viajar a la isla de Pitcairn, el destino final del rebelde Christian Fletcher y sus compañeros. Pero acceder a tan remoto territorio, sólo por barco, requería mucho tiempo, por lo que desistimos de aquellas singladuras.

Con el tiempo, el Pacífico ha seguido interesándome, cada vez más, eso es lo cierto. Y en el verano de 2012 tuve ocasión de preparar una conferencia en la Casa de la Cultura de San Lorenzo de El Escorial, de la que ha resultado un nuevo libro, con el el título de El lago español: navegaciones y conquistas ibéricas en el océano Pacífico (siglos XVI a XIX).

EL DESPERTAR: DE VOLTAIRE A SARTRE, Y DE BUERO VALLEJO A NÚRIA ESPERT

En mis tránsitos literarios de los años mozos, siempre tuve como telón de fondo la formación literaria que en el Liceo Francés nos dio nuestro profesor de Literatura, Miguel Álvarez. Un día nos habló de Sin novedad en el frente, la novela de Erich Maria Remarque que estuve tratando de encontrar en las librerías de viejo, sin éxito. Y tampoco di con ella en la Biblioteca Nacional, pues la signatura de esa obra había sido retirada, al ser considerado un libro nefando, por antibelicista.

Y en ésas me encontraba cuando un amigo mío, también del Liceo, Cecilio Luchsinger, me llamó —yo tendría entonces catorce o quince años— para decirme que había decidido vender la mayoría de los volúmenes de una biblioteca heredada de su abuelo. Me pidió ayuda para empaquetar los libros que habían de llevarse libreros y papeleros, y fue en esa labor cuando pude hacerme con unos cuantos libros de interés: Cándido de Voltaire, La crítica de la razón pura de Immanuel Kant, en alemán, que incluso comencé a leer, si bien a la décima página lo dejé por lo arduo del tema; y por fin Sin novedad en el frente.

El Cándido de Voltaire también estaba prohibido; y lo mismo sucedía con La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo, Madame Bovary de Gustave Flaubert y La peste de Albert Camus. Claro es que con el aliciente de la prohibición, todos esos libros pasaban de mano en mano en la universidad.

En otro ámbito de lecturas, el descubrimiento de Jean-Paul Sartre me resultó inquietante, sobre todo porque empecé por una obra de la que no había oído comentarios, El engranaje: una disección asombrosa del mundo de la política... que me abrió una ventana a la realidad de los escenarios de las pugnas entre facciones con diferentes ideologías.

De mis primeros tiempos en la Facultad de Derecho me viene también la afición por el teatro, que tuvo mucho que ver con Antonio Buero Vallejo y su ópera prima, Historia de una escalera, a cuya representación mi padre nos llevó a todos los hermanos al Teatro Español. Y precisamente al poco de verla, cuando tenía catorce o quince años, conocí personalmente a Buero en la tertulia que se celebraba los viernes en casa del doctor Plácido González Duarte.

En la fase de la transición a la democracia, Buero Vallejo, en una conferencia-mitin organizada por el PCE en Guadalajara (su patria chica), durante la campaña electoral de junio de 1977, abrió la sesión de manera magistral con uno de los mejores poemas de Miguel Hernández: la Elegía sobre la batalla de Guadalajara, donde el cuerpo de Tropas Voluntarias de Italia fue derrotado por las fuerzas de la República. La Elegía empieza con un reto al Duce:

Ven a Guadalajara, dictador de cadenas,

carcelaria mandíbula de canto:

verás la retirada miedosa de tus hienas,

verás el apogeo del espanto.

Rumorosa provincia de colmenas,

la patria del panal estremecido,

la dulce Alcarria, amarga como el llanto,

amarga te ha sabido.

Desde entonces, siempre que voy a Guadalajara sigo las pautas de Buero Vallejo y recito los versos sobre la «rumorosa provincia», con gran éxito en el auditorio.

Con el tiempo pude ir diversificando, lógicamente, mi repertorio teatral, con El jardín de los cerezos de Antón Chéjov, El círculo de tiza caucasiano y otras obras de Bertolt Brecht, a la que siguió la lectura de los dramas de Shakespeare; primero en español, en traducción de Luis Astrana Marín, en 1956, en la cárcel de Carabanchel, algunas veces, durante la Santa Misa, a la que nos llevaban en formación militar, aprovechando que el tomo de aquellas obras completas se parecía mucho a un libro de rezos...

De los actores de la época mis preferidos fueron Carlos Lemos, por sus grandes representaciones del teatro clásico español, destacando en su papel en la obra más difundida de aquellos años, Muerte de un viajante, de Arthur Miller.

En línea similar de gran repertorio de capacidades y con voz desgarrada y aguardentosa en el teatro de mi primera juventud, estuvo Francisco Rabal, Paco para los amigos, entre los que ciertamente me incluía. Con un amplio recorrido, desde clásicos como Shakespeare y Calderón, hasta lo cinematográfico en su segunda etapa; con el recuerdo de una obra tenebrosa y magnífica de Carlos Saura, Goya en Burdeos.

Entre las actrices, Núria Espert se llevaba la palma, con su particular dicción y con la expresión de su rostro límpido y blanquísimo, que daba gran hondura a sus papeles de ciertas obras por entonces no muy bien vistas del Régimen. Especialmente las de Brecht, entre ellas la muy declamatoria La buena persona de Sechuán.

En cierta ocasión, cuando el Círculo de Lectores me pidió que fuera a Barcelona para participar en la presentación de un libro colectivo en el que había un largo artículo mío, me solicitaron que designara a una persona conocida del mundo literario para que contribuyera a esa sesión. Se lo pedí a Núria, y allí estuvimos con ella todo un día, Carmen y yo. Núria pronunció algunas palabras muy hermosas sobre mí, que lamento no tener a mano. Luego, retornamos a Madrid en un viaje muy grato, y la acompañamos desde el aeropuerto hasta su casa, en la plaza de Oriente.

SEDIMENTACIÓN LITERARIA: LIBROS PARA PENSAR Y SALONES CORTESANOS

Esa sedimentación literaria que a veces puede sentirse, creo que me llegó con los autores de la Generación del 98, sobre todo con Pío Baroja, a quien conocí personalmente y que para mí ha sido un auténtico maestro, con novelas como César o nada, El cura de Monleón, Los amores tardíos y El mayorazgo de Labraz. Sin olvidar sus impresionantes Memorias, con el evocador subtítulo de Desde la última vuelta del camino. Luego pasé a Ramón Valle-Inclán, seguí con Miguel de Unamuno, y también compré en «La Pescadería de las letras» algunas novelas sueltas de Ramón Pérez de Ayala, de quien no se conserva un gran recuerdo como novelista, a pesar de la calidad literaria de obras realmente fantásticas y en especial Troteras y danzaderas.

He de referirme también a la emoción de las lecturas de la primera parte del Quijote, que hice en el calabozo de la Dirección General de Seguridad (DGS) en la Puerta del Sol de Madrid, en 1956. Y luego llegó mi admiración por el Fausto de Goethe, Venus y Adonis de Shakespeare y tantas otras obras maestras que pasaron por mi currículum de lector hasta alcanzar a Thomas Mann, Hermann Hesse, Thomas Hardy, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Roger Martin du Gard, André Malraux, Jean-Paul Sartre, Iván Turguéniev y Fiódor Dostoievski... y la Serie Negra inacabable, desde Arthur Conan Doyle y Georges Simenon, hasta Giorgio Scerbanenco y James Hadley Chase, Dashiell Hammett y Raymond Chandler.

Tampoco se olvidará nunca la lectura de El difunto Matías Pascal, la prodigiosa novela de Luigi Pirandello que leí con mis hermanos en el campamento que tuvimos en la sierra de Guadarrama, en el valle de la Fuenfría, pero no en el Frente de Juventudes, ni nada que tuviera relación con Falange. Fue un asueto Tamames de pura cepa: nuestro padre decidió comprarnos una tienda de campaña y unas mochilas y nos instaló en el más denso pinar de todo el Guadarrama que él conocía como médico, pues algunos de sus pacientes iban a la Sierra para la cura de sus tuberculosis. Allí nos llevábamos libros para leer, y uno de ellos fue El difunto Matías Pascal. Como también un libro de Marañón, con su ensayo «Amor, convivencia, eugenesia»; que cito muchas veces porque consiguió la fórmula perfecta para comprometerse hombre y mujer de cara a todo una vida, al 33 % para la conveniencia y eugenesia, y al 34 % para el amor. Si una fórmula así se valorara más, seguro que habría muchos menos divorcios.

Las lecturas juveniles fueron ampliándose con los inevitables Robinson Crusoe, Gulliver, etc., y con el gran descubrimiento, más adelante, de D. H. Lawrence. Sobre todo con El amante de Lady Chatterley, que curiosamente leí en portugués, estando en Brasil. Había oído hablar mucho del libro y en España no tuve forma de conseguirlo. Después de El amante leí, ya en inglés, Women in love. En cualquier idioma, Lawrence es un descubrimiento, en el sentido de que uno se pregunta ¿cómo puede llegarse a tan altos niveles de erotismo con tanta lozanía y calidad literaria?

En ese sentido, el escritor inglés seguramente es único y hay pocos ejemplos comparables. Tal vez, en España, Felipe Trigo, a quien dediqué bastante tiempo como lector. Nacido en Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz, en 1864, su primera gran obra fue El médico rural, que algunos consideran una versión a la española de Madame Bovary de Flaubert. Si bien yo estimo que el ambiente que rodea la obra de Trigo es inimitable, con un erotismo más impregnado que el de la Bovary; aunque mucho menos conocido, pues su autor entró en el particular índice de libros prohibidos del régimen de Franco y al llegar la democracia, a pesar de varios intentos, no se le logró sacar del olvido.

También de mi primera juventud data mi entusiasmo por Vicente Blasco Ibáñez, de quien me interesaron no sólo las novelas regionales, sino muy especialmente La vuelta al mundo de un novelista. En cierto modo, porque en sus tiempos fue casi el único escritor español que viajó por todo el orbe, incorporando una serie de grandes experiencia.

Me pareció un libro formidable, que he evocado en muchos de mis propios viajes. Así las cosas, la primera vez que estuve en Japón vi un templo que Blasco Ibáñez describió de manera magistral, al final de un largo paseo de cipreses seculares. Y en Hawái, casi todo el itinerario por el archipiélago lo hicimos Carmen y yo «acompañados» de Blasco, cuya tesis era que los primeros europeos en arribar a esas islas fueron unos navegantes españoles; como lo demostraba, a su juicio, una cabeza esculpida por los indígenas, de un conquistador con su característico casco.

Otro de los autores españoles del siglo XIX por el que siento gran afición es Juan Valera, especialmente por sus dos grandes novelas Pepita Jiménez y Juanita la Larga, ambas llevadas al cine. Pero, con todo, mi afición se acentuó con la lectura de la biografía que de él hizo Manuel Azaña, y que le valió ganar el premio de un concurso convocado con ese propósito por el Ateneo de Madrid. Libro bien escrito, y escenificado de manera muy amena, como se aprecia, por ejemplo, en el episodio en que Don Juan, diplomático que fue, acompañó al duque de Osuna en sus labores de embajador en San Petersburgo; allí la buena amistad surgida entre el zar y el embajador se tradujo en una invitación para asistir a un desfile especial en los campos nevados, que duró casi ocho horas y en el que desfilaron nada menos que cuarenta mil hombres con toda su impedimenta.

En lo tocante a la novela norteamericana moderna, he atravesado la senda que conduce de Mark Twain a Truman Capote, de quien me quedo con su A sangre fría, novela que leí en portugués en Brasil —allí tuve algún tiempo libre— y me pareció rompedora. Y de novelistas americanos recientes tuve la perniciosa costumbre de leer los best sellers de los storytelers al estilo de Irwin Shaw, Arthur Hailey, Dominick Dunne. Todos ellos con buen oficio de constructores de novelas, al estilo, mucho después, de Ken Follett, con Los pilares de la Tierra.

Otro novelista que me interesó durante un tiempo fue Nevil Shute, inglés avecindado en Australia, con algunos libros en verdad incisivos, de los cuales recordaré uno sobre viajes de los vikingos a Groenlandia (An Old Captivity) y el más célebre de todos, On the Beach, que dio pie a una película proyectada en España bajo el título de La hora final.

El argumento hoy podría verse como muy manido, pero creo que fue Shute quien planteó por primera vez el escenario de una guerra atómica que paulatinamente va exterminando a la humanidad por acción de la radiactividad; empezando por el hemisferio norte, para luego, por la mecánica de vientos, llegar al hemisferio sur, y a Australia como último escenario, donde se produce el encuentro de los protagonistas, que en el filme están representados por Gregory Peck, comandante de un submarino nuclear norteamericano, último vestigio de una superpotencia que también acaba por sucumbir; y Ava Gardner, la mujer australiana que se enamora de él y que le despide desde la playa, cuando el submarino se aleja con destino a la Antártida.

Shute escribió muchas novelas sobre Australia, y entre ellas una titulada A Town like Alice, refiriéndose a Alice Springs, ciudad ubicada en el centro de la isla-continente. Y en nuestro viaje de regreso de Tahití a España en 1994, Carmen y yo hicimos escala allí. Después de Alice Springs, estuvimos en Uluru, o Ayers Rock, el célebre monumento natural, rojizo, de una sola pieza, que se eleva en medio del desierto. Y desde allí, volamos hasta Perth y Fremantle, para regresar a España vía Singapur, en lo que fue nuestra primera vuelta al mundo.

En las historias que yo leía, novelas crónicas o bien en el teatro, me admiraban las referencias a los salones literarios de los siglos XVIII, XIX y XX, donde novelistas, poetas, dramaturgos, el parnaso en pleno, como se dice, se reunían para discutir sobre sus aficiones e inquietudes. Era algo que asociaba al máximo refinamiento de la cultura, y cuya sensación me llegó personalmente, por primera vez, en casa del doctor Plácido González Duarte, gran cirujano amigo de mi padre.

En las veladas «Chez Duarte», que cuidadosamente supervisaba su esposa, Montse, participaban personas de buen nivel de la cultura madrileña de entonces, como José Ruiz Castillo, propietario de la editorial Biblioteca Nueva, siempre con su esposa, Matilde Ucelay, la primera arquitecta que hubo en España. Como también estaba normalmente el matrimonio Emilio Guinea, él botánico y ella, Marichu, profesora; y otro arquitecto, Emilio Botella, casado con una esbelta y elegante señora francesa, Marie, que tenían dos hijos más o menos de mi edad, Aurelio y Jaime, que de vez en cuando también aparecían por aquel salón de la inteligencia.

En esos encuentros se hablaba de ciencia, literatura, arte, teatro, de todo menos de política y de la vida cotidiana. La música también era tema de conversación, pues la mayoría de los huéspedes del gran cirujano frecuentaba los jueves por la tarde el Palacio de la Música, adonde yo también iba, los jueves pero por la mañana, a través de las Juventudes Musicales. Se nos permitía entrar en los ensayos de la Orquesta Nacional de España, que por aquel entonces dirigía el energético y formidable Ataúlfo Argenta. Y como a veces éramos más de un centenar los asistentes a los ensayos, y naturalmente había comentarios en la juvenil representación, de vez en cuando, Don Ataúlfo se volvía al nutrido respetable y nos decía: «Si no censan los murmullos, haré que se marchen a la calle... Así que guarden silencio...», esto último con otro tono de voz, pues al maestro se le notaba que apreciaba nuestra presencia de catecúmenos.

Todos los que íbamos al Palacio de la Música entrábamos en él como si lo hiciéramos en el templo de Euterpe, la musa de los sonidos. Luego, en 1954, al frente de la Sinfónica de Londres, en el Royal Festival Hall, sir Thomas Beecham me recordó a Argenta..., pero con más sentido del humor y menos angustia vital que la de nuestro Don Ataúlfo, con su nombre visigodo a cuestas...

Con el tiempo me convertí, si no en melómano, sí en más aficionado, con preferencias por el barroco, por el Concierto para clarinete y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart, y con gran admiración por Georg Friedrich Händel, el músico de origen alemán que se instaló en Inglaterra a principios del siglo XVIII y produjo piezas tan excelsas como El Mesías. Y mencionaré aquí que en cierta ocasión, cuando estaba tranquilamente en casa leyendo The Economist, vi un anuncio convocando a los admiradores de Händel a hacer donativos a fin de comprar y rehabilitar la casa del gran músico en un barrio de Londres y convertirla en museo.

Envié un cheque de 100 libras esterlinas, y a los pocos días me remitieron un recibo, con una nota, asegurándome que enviarían la lista completa de los socios contribuyentes. Documento que me llegó meses después, pudiendo comprobar entonces que en el capítulo de socios figuraba «Spain», y allí estaba yo, en solitario. Lo cual demuestra tres cosas: primero, que The Economist en nuestro país lo lee menos gente de lo que se dice. Segundo, que muy pocos se fijan en los anuncios. Y tercero, que si llegan a verlos, tampoco hay gran admiración por causas nobles, incluida aquella idea de recuperar la mansión del gran Händel.

BAROJA, MAESTRO DE LA VIDA: UNA ENTREVISTA INOLVIDABLE

Hasta aquí me he referido a unas aficiones literarias que en mi primera juventud se encontraban bastante mermadas en España, como una consecuencia más de la destructiva Guerra Civil. Y dentro de esas aficiones y experiencias ocupa un lugar muy especial la figura de Pío Baroja, cuyo conocimiento para mí data de los doce años y medio, en circunstancias bien concretas. Estábamos en casa, en el cuarto de estudio los cuatro hermanos varones, discutiendo un problema de no recuerdo qué, y de pronto la lámpara, un globo de cristal, seguro que por deficiente fabricación, estalló en mil pedazos que salieron despedidos como metralla. Con la mala suerte de que algunos de esos fragmentos me hirieron en las dos manos, con cortes de los que brotó la sangre.

Don Manuel, que estaba en su despacho pasando su habitual consulta médica de por las tardes, al oír el ruido llegó rápidamente y ante el efecto de los impactos, reaccionó rápidamente y me llevó al despacho, para allí curarme; y sobre todo, para tranquilizarme, porque el susto del estallido y del dolor en los dedos me pusieron un tanto fuera de mí. Al terminar la cura, me recomendó que permaneciera un rato en su miniclínica, reposando, pues tras su solícita asistencia, mi padre había de marcharse a hacer sus visitas domiciliarias y hospitalarias. Y fue entonces cuando sobre una mesa vi el primer tomo de las obras completas de Baroja, hermosamente encuadernado en piel roja, que mi progenitor había adquirido recientemente de su amigo Ruiz Castillo, propietario, como ya se ha dicho, de Biblioteca Nueva, editorial en la que se publicaba la ingente obra del gran escritor vasco en un proyecto que acabaría abarcando ocho tomos.

Cogí el libro para distraerme y empecé a leer una de las novelas, La busca, perteneciente a su trilogía «La lucha por la vida», y me sentí enganchado desde el principio. Rápidamente se me olvidó el episodio de la lámpara rota y, lo que son las cosas de la vida, a raíz de aquel susto repentino entré en mi iniciación barojiana. El primer tomo de las obras completas lo leí en pocas semanas y, a partir de ahí, como las obras completas iban lentas en su publicación, busqué novelas sueltas de Don Pío en ediciones más antiguas, en la Cuesta de Moyano y en otras librerías de viejo, que en muchos casos habían sido publicadas por el editor Caro Raggio, cuñado italiano de Baroja.

Años después, ya en la universidad, en 1952, a los diecinueve años y en un ambiente mucho más literario, fue cuando, comentando esas lecturas en la Facultad de Derecho, con otros dos asiduos lectores barojianos decidimos visitar a Don Pío. Para ello me encargué de averiguar cuándo estaba en Madrid nuestro autor —tenía noticia ya muy completa acerca de la existencia de la mansión de «Itzea» en Vera de Bidasoa, en el valle de Baztán—, en su casa de la calle de Ruiz de Alarcón número 12, cerca de la Real Academia Española y del parque de El Retiro.

Y como era conocedor de la buena relación de mi padre con Ruiz Castillo, comuniqué nuestro cultural propósito a Don Manuel, por si podía ayudarnos. Pero mi progenitor, en una primera reacción, trató de hacernos desistir de tal idea:

—Hijo, Don Pío es ya muy mayor, y no está para visitas. Y menos aún de lectores tan precoces como tú y tus amigos.

—Pero, padre, comprende que si precisamente puede morirse en cualquier momento sería bien triste no llegar a conocerle... Así que podías decirle a Ruiz Castillo que nos procurara ese encuentro.

—¡Ni hablar...! Te lo repito: Don Pío está muy viejo y no recibe visitas. Olvídate del tema, que hay otras cosas de que ocuparse...

No me di por vencido con tales reconvenciones y junto con los otros dos barojianos de marras (Jorge Cela Trulock, hermano de Camilo, y José Luis Abellán, un sesudo personaje desde su primera juventud) nos pusimos de acuerdo, y un buen día nos acercamos a la casa del escritor, sabiendo que, más o menos a las seis de la tarde, se iniciaba su vespertina tertulia. Llegamos al portal y al preguntarnos el cancerbero a qué piso íbamos, le dijimos que a la tertulia de Don Pío:

—Muy jóvenes me parecen ustedes para verse con señores tan provectos...

—Sí, sí, es cierto que somos jóvenes, ya se ve, tiene usted toda la razón —asentí, de lo más contemporizador—, pero ya nos ha indicado Don José Ruiz Castillo, el editor de Don Pío, ya sabe, para que viniéramos precisamente hoy... Así que Don Pío nos espera...

—Bueno, eso ya está mejor... si vienen ustedes de parte de Don José es otra cosa. Suban, suban, que Don Pío está arriba... Hace unos minutos le he subido el correo y la prensa de la tarde...

Subimos en el ascensor, tocamos al timbre, y en unos segundos se abrió la puerta. Era el propio Don Pío, con un gabán negro de grueso paño, tocado con su habitual boina vasca y con una bufanda al cuello del mismo color.

Nos presentamos debidamente ante el escritor español más preclaro de nuestra juventud. Verle en persona fue como entrar en la historia de la literatura. Le saludamos:

—Buenas tardes, Don Pío, somos estudiantes de Derecho, de la Universidad de Madrid, lectores suyos... Veníamos a visitarle... si a usted no le parece mal, claro...

A Don Pío le debimos de causar buena impresión, con corbata como íbamos, y bastante bien trajeados. Sonrió de la manera que muchos no llegaron a conocer, entre infantil y feliz, y nos invitó a pasar:

¡Ah, pues muy bien! Entren, entren. Precisamente ahora vamos a comenzar la tertulia de todas las tardes... aunque ya verán que quienes aquí nos juntamos somos un hato de carcamales...

Y volvió a sonreír, esta vez con alguna malicia.

Pasamos al salón de la casa, acogedor, con estanterías por todas partes repletas de libros, y el anfitrión nos indicó que nos sentáramos en un tresillo verdoso, al lado de varias sillas de madera, formando corro. Don Pío se acomodó en un sillón de orejas situado en el centro del escenario y nos presentó a sus amigos:

Aquí tienen ustedes a tres estudiantes de Derecho de la Universidad de Madrid que vienen a vernos —dijo muy sonriente—. Así que trátenlos lo mejor posible, porque son gente joven y tienen que irse pensando que somos personas bien educadas...

Ésa fue la tónica del vespertino encuentro que duró algo más de tres horas, durante las cuales siempre que se trató cualquier tema, los provectos contertulios se interesaban por nuestra opinión. Debió de ser que la presentación realizada por Don Pío les caló muy a fondo... y tal vez por la circunstancia de que recibir a tan tiernos «barojianos» no era lo más frecuente en aquel vespertino cenáculo.

Entre los que después fueron llegando, recuerdo al médico personal de nuestro visitado, un señor que había prestado servicio en Marruecos y que iba tocado con un fez rojo. Hombre cuidadoso en sus expresiones, participó mucho en la conversación, a veces con temas de su especialidad; en los que Don Pío también opinaba, recordando que él mismo seguía siendo doctor en Medicina.

Los otros tres o cuatro tertulianos, más o menos de la edad de Don Pío, tenían aspecto de ser ingenieros o funcionarios jubilados, o pintores, de esa clase de personajes de los que se rodeaban habitualmente los dos hermanos Baroja.

—¿Y cómo está Azorín, Pío? —preguntó uno de los tertulianos.

—Por ahí anda. Me telefonea de vez en cuando —contestó Don Pío—, aunque como él es tan lacónico no le damos mucho de ganar a la Telefónica. La última vez que vino a verme fue hace como cuatro o cinco meses, y bajamos a dar un paseo otoñal por El Retiro, que a los dos nos gusta tanto...

Baroja hablaba de Azorín con un deje de ternura. Se veía a las claras que le profesaba afecto...

—Ahora Azorín sólo tiene ojos para el cine, hay que ver cómo le gusta... Me dice que muchas tardes se va a ver esta o aquella película, él solo..., y cuando le reconocen en la taquilla, ni le cobran...

En las intervenciones de la tertulia, el espíritu que predominaba era el escepticismo sobre las noticias relacionadas con la actualidad española. Y aunque no se manifestara de manera explícita, en el ambiente trascendía un claro desdén por el Régimen, más que verdadera aversión política. La palabra Franco no apareció para nada en toda la tarde, pero sobrevolaba aquel avejentado círculo de amistad.

En la tertulia, Don Pío, más que ir introduciendo la quaestio disputata, lo que hacía era apostillar este o aquel comentario de sus invitados. Salvo en ocasiones, como cuando hablando de las dificultades de la vida que prevalecían en España, el gran novelista se refirió a la pobreza de la agricultura de una Meseta tan reseca la mayor parte del año; se supone que por comparación a las verdeantes montañas y llanadas de sus natales «Provincias Vascongadas», como él siempre decía. Y al respecto lanzó una propuesta de lo más extravagante —digna de su personaje Silvestre Paradox—, con evidente ironía:

Lo mejor sería tirar una bomba atómica en el centro de España y hacer una gran laguna para criar patos. Así el resto del país podría salir adelante...

Por lo demás, en sus diversas secuencias, la tertulia giró, cómo no, sobre literatura, y al respecto le oí decir a Don Pío algo que después leería de manera destacada en sus Memorias. Concretamente fue la referencia a que «la novela es un saco en el que cabe todo». Con tal aserto, Baroja teorizaba su propia producción, donde se mezclan los argumentos de sus personajes con reflexiones sobre sus vidas, referencias a momentos históricos o filosóficos, y sucesos en cualquier lugar del imago mundi. Y en ese contexto me permití exponer, sin ánimo de halagarle —aunque en su faz noté la placentera sensación que le proporcionaba—, el hecho de que su obra resultaba más interesante que la de cualquier otro autor español; por lo menos, para bastantes de nosotros, por los polémicos temas que él siempre sugería:

En sus novelas, Don Pío, siempre hay una cuestión central a discutir —dije—, sea religiosa como en El cura de Monleón, o política tal que sucede en César o nada; o erótica, al modo de Los amores tardíos, o incluso histórica como aquel episodio formidable de los españoles del marqués de la Romana en Dinamarca en el siglo XIX, del que proporciona usted tan buenos esbozos en El gran torbellino del mundo...

Al escuchar mis observaciones, el hombre de «Itzea» nos miró a los tres jóvenes visitantes con cierta inquietud. Como dándose cuenta de su grado de influencia en la gente joven. Fue un instante psicológicamente estupendo, según se corroboró con sus siguientes observaciones, muy cumplidas:

—Bueno, bueno, no me turben ustedes con sus palabras... Tamames, así se llama, ¿verdad?... Sí claro, yo conozco a su padre... médico como yo, aunque más médico, porque la verdad es que yo casi no me acuerdo ni de dónde está el astrágalo, y no llego mucho más allá del ácido acetil-salicílico y el permanganato en materia de fármacos...

—Sí, sí, Don Pío, pero bien que entró usted en esas cuestiones de la medicina al escribir su tesis doctoral Sobre el dolor... —apostilló José Luis Abellán, a quien Jorge Cela Trulock miró por un instante, como pensando que su amigo sabía demasiado...

La tertulia empezó a languidecer más o menos hacia las nueve de la noche, según parecía, la hora acostumbrada de terminar. Y juntos desfilamos todos los visitantes, detrás de Don Pío, que en la puerta de su piso nos hizo los últimos honores de su frugal hospitalidad. Pues a lo largo de más de tres horas, en torno a la mesa de su salón, allí nadie pidió ni recibió un vaso de agua, y mucho menos un café con bollos, o una copa de vino o licor. Eran tiempos en que esas galanterías no se estilaban, entre otras cosas porque las circunstancias no permitían stock de casi nada.

Le comenté a mi padre la visita a Don Pío, incluso entrando en algunos detalles de lo que con él habíamos hablado. Y cuando le informé que le había dedicado unas palabras de recuerdo personal, se quedó casi extasiado. Olvidándose por completo que él mismo había sido máximo antipromotor de aquel literario encuentro. Son cosas de la vida: se recomienda a alguien que no haga esto o lo otro, pero si al final lo hace y resulta bien, se olvidan las reconvenciones precautorias.

Volví en dos ocasiones a casa de Baroja, una en compañía de Enrique Múgica, que tiene un gran recuerdo de aquel episodio. Pero en ese segundo encuentro y más aún en el tercero y último, las cosas sucedieron muy parecidas a lo que fue nuestra primera presencia en la tertulia. Con la novedad, para mí muy importante, de que en la última sesión, llevé una imagen del novelista que había comprado en un estudio fotográfico de la Puerta del Sol, en la que lucía Don Pío con su reflexiva cabeza tocada con la inseparable boina, y abrigado el cuello con idéntica bufanda a la que llevaba en su casa. Me dedicó la foto muy afectuosamente, y la conservo en casa en lugar preeminente.

Cuando en noviembre de 1956 murió Don Pío —una de las últimas visitas que recibió fue la de Hemingway—, no pude asistir a su entierro, ni tampoco al acto recordatorio que le ofrecieron los estudiantes de la universidad en el cementerio civil. Por la sencilla razón de que estaba en las prácticas de seis meses como alférez eventual en el servicio militar en Inca, Mallorca, y no me dieron permiso para desplazarme a la Península.

Después, siempre mantuve muy buena relación con la familia Baroja, siendo en el verano de 1960 cuando, en un viaje con mi amigo Jaime Ojeda, discurrimos por toda la costa vasca, en plenas fiestas de verano: Bermeo, Lekeitio y Zarauz, hasta llegar a San Sebastián. Allí nos alojamos en casa de Enrique Múgica, con todas las atenciones por parte de su madre, Paulette, tan hospitalaria y simpática. Ella nos habilitó un salón con dos cómodos sofás para pasar la noche en nuestros sacos de dormir.

Aquellos días en Donostia —de paso recordaré que ésta es una palabra de origen latino, y no vasca, pues significa «el santo», Dom, que llegó de Roma, desde el puerto de Ostia— fueron de ameno asueto. Con visita incluida a una de las sociedades gastronómicas preferidas por Enrique, donde nos recibieron casi como a verdaderos héroes, por ser sus amigos, a quienes nos presentó de esta guisa:

Aquí tenéis a dos madrileños de pro... —dijo a los demás comensales que admiraban las expresiones de su insigne paisano—: Ramón y Jaime, que darán mucho que hablar... Bueno, Ramón ya ha empezado a hacerlo...

Y en esa referencia, esbozó una sonrisa entre maligna y exultante.

Ya en el viaje de vuelta a Madrid, desviándonos para Navarra, entramos en el valle de Baztán, por Vera de Bidasoa, para visitar «Itzea», la mansión de los Baroja. Llegamos allí después de preguntar por el pueblo, y al acercarnos a la casona, a un señor que estaba en la puerta le preguntamos si podríamos hacer la visita:

—¡Naturalmente, Ramón!, ¿cómo no vais a poder, si precisamente tú y yo somos compañeros del Liceo Francés, pendant nôtre jeunesse... Soy Pío Caro Baroja...

Se acercó, me dio un abrazo, saludó a Ojeda, y en esas estábamos cuando apareció por la puerta su hermano, Julio Caro Baroja, a quien no conocía más que de lecturas:

—Adelante, adelante, pasen ustedes —dijo Julio Caro con el menguado alborozo que podía expresar su rostro, siempre tan adusto.

La visita a «Itzea» fue algo extraordinario. Estuvimos más de una hora viendo los pormenores de sus estancias: el comedor, el salón, la enorme biblioteca del piso más alto, con un modelo grande de un velero, un clipper, colgando del techo. E incluso entramos en la habitación donde había dormido Don Pío en sus últimos años. Fue un recorrido entrañable, que luego he repetido en dos ocasiones, la última con la familia Tamames y agregados, en un viaje que hicimos para visitar varios lugares de Navarra.

Y para terminar recordaré, otra vez, que Baroja reposa, desde 1956, en la tumba del cementerio civil al lado de la de mi padre, que llegó a ese mismo lugar diecinueve años después, en 1975. Así las cosas, ya lo he contado antes, cuando vamos a saludar a Don Manuel, nuestro progenitor, los cinco hermanos que somos aprovechamos siempre para rendir los honores a Don Pío en su última morada: «¡Qué buen padre y que talentoso escritor! ¡Qué bien que estén juntos!»... Ese pensamiento me salió un día del alma...

ESPAÑOLES EN DINAMARCA

En la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, dicté en febrero de 2008 una conferencia dentro del ciclo organizado por la Fundación Instituto de Empresa, que preside el actual marqués de la Romana (el décimo, Diego de Alcázar, presidente también del Instituto de Empresa), en conmemoración de lo que fue el gran episodio histórico del cuerpo del ejército español que se desplazó a Dinamarca cuando, bajo la presión de Napoleón, el infausto Manuel Godoy comprometió a España para cubrir el flanco norte de la Grande Armée frente a Inglaterra y Suecia.

Mi historia personal previa a ese hecho histórico es breve, y sucedió en el verano de 1953, cuando atravesé Dinamarca en autoestop, con buen tiempo de verano, lo que me permitió combinar los pequeños tramos en automóvil con visitas a las poblaciones de las islas de Seeland y Fionia; especialmente con un recorrido por Odense, la villa natal de Hans Christian Andersen, autor de cuentos y que dejó un libro de lo más interesante sobre su visita a España.

Al poco de cruzar desde las citadas islas a la península de Jutlandia, viajando en el coche de una familia danesa, con la que iba hablando en inglés, nos acercarnos a Kolding, donde avistamos, en una colina, una fortaleza de ladrillo rojo; renegrecida en algunos de sus amplios lienzos y en la base de sus almenas.

—Ése es el castillo de Kolding —dije yo, un tanto enfáticamente—, que incendiaron los soldados españoles del marqués de la Romana en 1808 al retirarse de Dinamarca.

Mis amigos automovilísticos daneses no ocultaron su extrañeza.

—¿Y usted cómo sabe eso? ¿Quién se lo ha contado?

—Lo he leído en una novela de un escritor español, Pío Baroja, que se titula El gran torbellino del mundo —The Great World Turnmoil, les traduje—, un libro donde relata lo que vio en un viaje que hizo por Dinamarca.

El conductor esbozó una sonrisa al tiempo que en danés explicó nuestra conversación a su esposa e hijos, quienes rieron casi estrepitosamente. La explicación de tales muestras de hilaridad no tardó en llegar:

—Nosotros somos los propietarios del castillo, y todavía no hemos reparado una parte de lo que incendiaron sus compatriotas, los españoles del marqués de la Romana, en 1808.

7

EUROPA A LA VISTA...

PRIMERA SALIDA DE ESPAÑA: NOTICIA DE VIAJEROS

El primer viaje que realicé fuera de España data de comienzos de la primavera de 1951, organizado por la Universidad de Madrid y con destino a Oberstdorf, un pueblo en los Alpes Bávaros, Alemania; en la idea de practicar el esquí durante una semana. Oberstdorf se halla cerca de Garmisch-Partenkirchen, donde Adolf Hitler se hizo construir el «Nido del Águila», casa a la que se retiraba para sus álgidas reflexiones que tendrían tan devastadoras consecuencias.

Yo me enteré de la posibilidad de esa tournée a través de mi primo José Antonio Tamames Escobar, compañero mío en la Facultad de Derecho. Y teniendo en cuenta la baratura de la excursión, mi padre planteó, como hacía siempre, ampliar la concurrencia, y que fuera allí con mis dos hermanos mayores, José Manuel y Rafael.

En la expedición, entre quienes recuerdo con más viveza estaba Germán Illana, cuya hermana, Amparo, ya era novia de Adolfo Suárez. Así tuve la primera noticia sobre la existencia de quien luego sería el primer presidente de un gobierno democrático, tras la muerte de Franco. Illana, médico de profesión, era persona despejada, de excelente carácter, y siempre actuó como un buen jefe de expedición.

Otro miembro del grupo fue Alfredo Mahou, de la familia de los cerveceros, que poco después entraría en la carrera diplomática donde ocupó buenos puestos, entre ellos el de embajador en la India. Mahou viajaba con una pequeña corte de seguidores, destacando uno, cuyo nombre ya no recuerdo, que parecía ser su consejero áulico, siempre en pose de superioridad frente a los demás humildes mortales de la expedición. A quien el Puchas (un estudiante de Farmacia que ponía motes a toquisque) dio el sobrenombre de Atún, porque siendo compañero de Mahou, conocido como el Bonito, por ser bien parecido, era coherente que recibiera tal alias su principal cortesano, por aquello de los túnidos afines.

En la expedición iba también un amigo de mi primo, José Antonio, sobrino de quien por entonces era secretario general del Movimiento, y que luego sería el primer ministro de la Vivienda de Franco. A tan ilustre sobrinísimo, el Puchas decidió llamarle, con poca delicadeza, Cartabón —por la forma de su nariz—; quien políticamente hablando era muy oficialista del Régimen, entendiendo que todo lo que se apartara de sus dogmas resultaba execrable perversión. Recuerdo que una vez, comentándole mis lecturas de Pío Baroja, me dijo con la máxima seriedad:

—No sé cómo podéis leer a esos autores que son unos degenerados... —Visión un tanto dramática de la Generación del 98, a la que, por demás, no debía haber leído.

El Puchas era el máximo manantial de humor que corría a borbotones entre los viajeros, y a un estudiante de Farmacia, muy preocupado él por su propia salud, y que siempre llevaba en la mano algún frasquito de tónicos para autodispensarse a lo largo del día, le dio el sobrenombre de el Vitaminas. Y como el así moteado era un acendrado filatélico, el Puchas le hizo una canción, con música prestada de una popular seguidilla, con la siguiente letra:

En Oberstdorf en el cine de la esquina,

le quisieron dar por c... al Vitaminas.

Y el Vitaminas que no era del oficio,

se tapaba con un sello el orificio...

Tan delicado cuarteto fue objeto de reiterados cánticos a lo largo de la expedición, con gran enfado del propio Vitaminas y la lógica hilaridad del resto de los expedicionarios.

De Madrid a Portbou viajamos con la Renfe, para pasar después a la Société Nationale de Chemins de Fer (SNCF), que a gran velocidad nos condujo hasta Aviñón. Allí transbordamos para Lyon, donde volvimos a hacer lo propio para enfilar a la frontera con Alemania, bordeando una de las zonas más hermosas de Francia, el Franco Condado (en tiempos, posesión de la Corona española), orillando el río Doubs, de una belleza extraordinaria. Región en la que vivió Brillat-Savarin, el autor del libro de cocina más internacional de toda la historia.

A partir de Estrasburgo, entramos en Alemania por Kehl, para atravesar la Selva Negra, que nos pareció impresionante por la densidad de sus bosques; aunque se veían grandes claros, por las talas realizadas para extraer madera —nos dijo un pasajero— con destino a los países ocupantes (Gran Bretaña y Francia), como parte de las indemnizaciones de guerra.

OBERSTDORF Y LA «CIUDAD DE LA LUZ»

Llegamos a Oberstdorf en plena noche, a nuestro alojamiento de toda una semana que íbamos a dedicar a la práctica del esquí, deporte en el que mis hermanos y yo ya estábamos más o menos avezados, como socios de la Sociedad de Alpinismo Peñalara y asiduos excursionistas a la sierra de Guadarrama.

Nuestra residencia era un típico chalet de montaña con un singular dormitorio en la parte abuhardillada más alta, que pronto fue caracterizada por el Puchas como «el palomar». No había camas, sino una plataforma continua en forma de herradura, a lo largo de tres paredes de la estancia. A cada uno se le asignó un hueco en el suelo acolchado, para situarse con su saco de dormir, en condiciones aparentemente muy primarias, pero en el fondo, bien cómodamente; por la combinación de la buena calefacción y lo mullido del suelo.

En el interior de esa estancia, por la noche, había toda clase de manifestaciones jocosas, en las cuales los cuatro Tamames siempre tomábamos parte muy activa. Hasta el punto de que una mañana, al despertarme muy temprano, oí una conversación en la que el Atún, refiriéndose a la vida en el colectivo dormitorio, comunicaba al Bonito sus primeras impresiones del día:

—¡Qué bien se está cuando los Tamames todavía no han despertado...!

En Alemania apreciamos claramente la recuperación económica del país, ya en la opulencia comparada con las autarquías y miserias de nuestra larga posguerra. Y en el viaje de vuelta, de Oberstdorf fuimos a Múnich donde visitamos la célebre cervecería en que Hitler arengaba a sus seguidores. Y de allí viajamos a París, siempre en tren, haciendo parte del trayecto en el legendario Orient Express, que procedía de Estambul, hasta llegar a la capital de Francia. Un trayecto con toda clase de evocaciones, aunque por entonces aún no había leído Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie, con su Hércules Poirot. Por lo demás, era un tren más bien corriente, eso sí con un estupendo coche restaurante, al que no tuvimos más acceso que el visual.

Los viajeros del tren eran de lo más común: soldados franceses de las tropas de ocupación en Alemania, y estudiantes que aprovechaban las vacaciones de Semana Santa para ir de un sitio para otro. Una movilidad a la que en la estática España de entonces todavía no estábamos acostumbrados.

La primera sensación de París fue deslumbrante y los tres días que permanecimos en la ciudad, los vivimos bajo permanente asombro. Nos alojamos en un hotel de la rive gauche, y Carlos Zayas, que era uno de los compañeros de viaje y luego amigo para toda la vida, me presentó a un primo suyo, de la alta burguesía parisina: un auténtico sportman con quien hicimos un recorrido casi alucinante, en un Talbot deportivo, a ciento ochenta kilómetros por hora hasta Versalles, para allí visitar el célebre palacio, con su gran Sala de los Espejos.

—Aquí —nos dijo el primo de Carlos— proclamó Bismarck el Imperio alemán en 1871, ante más de veinte reyes, príncipes, duques, margraves y antiguos grandes electores de toda Alemania....

Después, nos acercamos al Petit Trianon, donde la reina María Antonieta, la casquivana esposa del modoso Luis XVI, daba rienda suelta a sus caprichos. ¿Y los grandes jardines? Sencillamente versallescos, con sus fuentes mitológicas de bronce en las rotondas de los largos paseos.

La visita a París fue para todos los expedicionarios como una primera síntesis de la grandeur de Francia, en un momento en que el país no atravesaba precisamente por su mejor momento político, desde que el general Charles de Gaulle había dejado en 1948 el Gobierno tripartito de gaullistas con los cristianodemócratas de Georges Bidault y los comunistas de Maurice Thorez.

Estando en París, en una de las noches de libertinaje que tuvimos toda la expedición, visitamos el Théâtre Mayol, muy similar al Folies Bergère, pero más al alcance de nuestros recursos económicos. Con bailarinas que salían a escena prácticamente desnudas, con grandes penachos de plumas en la cabeza, y contorneándose provocativamente. Por lo demás, varias veces los acomodadores del teatro hubieron de aplacar el entusiasmo de la expedición española y tranquilizar a sus integrantes, nada acostumbrados a un espectáculo así.

Sin embargo, París fue también para nosotros el Museo Jeu de Pomme con los impresionistas, el Louvre con todo su repertorio desde la Niké de Samotracia hasta la Mona Lisa. También nos complació entrar en los cafés, en las boutiques du pain con sus tiernas baguettes, en las tiendas de flores mucho más frecuentes que en España. Y estuvimos con los «buquinistas», los libreros de viejo en los muelles del Sena... Tantas cosas que me recordaron a Pío Baroja, como si en un momento u otro de nuestro paseo a orillas del río fuéramos a verle saliendo de entre la bruma, embutido en su grueso gabán oscuro, abrigado con una espesa bufanda y la boina cubriendo su alopecia.

Ése era el París que yo sentí más próximo en aquellos días, el de los libros de Flaubert y Stendhal, también de Dumas y sus tres mosqueteros, e igualmente de Roger Martin du Gard, de quien siempre recordaré una lectura, mucho más tardía, de su formidable saga de los Thibault.

El de Oberstdorf-París fue el primero de los muchos viajes que realizaría a la Europa transpirenaica; mi primera salida al extranjero, toda una verificación de los avances más allá de nuestras fronteras, merced al Plan Marshall y sus operaciones aledañas. Con la comprobación de que todo lo que decía el Régimen acerca de que en España «se vivía mejor», era una patraña de la propaganda. La abundancia que vimos fuera nos dejó asombrados, y cuando retornamos a Madrid nos encontramos otra vez en la ciudad parada en el tiempo.

NUEVAMENTE ALEMANIA

El año 1951 marcó en España todo un punto de inflexión en lo económico, de mal y peor, a mejor. Para empezar, como consecuencia de las lluvias y nevadas de finales de 1950, con una excelente cosecha que permitió suprimir el racionamiento de los alimentos más indispensables. También en esos meses llegaron los primeros créditos del extranjero, fundamentalmente de Gran Bretaña, Bélgica, Francia y Estados Unidos, para comprar equipo, y reconstruir stocks de materias primas, que estaban muy por debajo del nivel normal. Todo ello, premonitorio de una primera fase de crecimiento tras una larga posguerra marcada por la autarquía y toda suerte de penurias.

En ese ambiente de cierto optimismo económico, de despertar de tanta miseria, personalmente tuve ocasión de conectar en la Facultad de Derecho con toda una serie de posibilidades de intercambio cultural, en la idea de volver a salir al extranjero, tras nuestra descubierta de la Semana Santa el año anterior. Y coincidió con que, una organización de intercambio familiar nos ofreció a un grupo de alumnos viajar a Alemania para mejorar nuestros conocimientos del idioma de Schiller, Goethe y Thomas Mann. Así que, tras una serie de trámites, me correspondió ir a vivir durante unos meses del verano de 1952 a Badorf, una pequeña localidad en el distrito de Brühl, cerca de de Colonia, que es la principal ciudad del Land de Renania del Norte-Westfalia (Nordrhein Westfalen). Mi destino allí, la casa de la familia del doctor Decker.

Antes de recalar donde mis anfitriones, tuvimos una suerte de reunión global de los españoles que participábamos en los programas de intercambio familiar, en un lugar no lejos de Colonia, cuyo nombre ya no recuerdo, y que llamaré Schönesland, «tierra bonita». Con una gran mansión en medio de una zona boscosa, donde permanecimos cuatro o cinco días para ser ilustrados sobre Alemania, país que estaba causando sensación por su rápido resurgir tras la Segunda Guerra Mundial; un conflicto que literalmente había dejado machacado casi todo: ciudades y zonas industriales, carreteras y puentes, ferrocarriles, puertos y aeropuertos, e inclusive muchos pueblos y zonas rurales.

Schönesland se situaba en medio de grandes hayedos. Lo recuerdo bien, porque alguien me explicó que la caída de la hoja de esa clase de frondosas durante cientos de miles de años contribuye a la configuración de un suelo de gran riqueza orgánica, disponible para el cultivo con grandes rendimientos en caso de roturación. Cosa que, sin embargo, ya no se hacía como antaño, debido al empeño de los alemanes de defender sus bosques.

En las zonas más altas de la comarca donde estábamos en aquel simposio iniciático sobre Germania, había también extensos abetales, donde la penumbra era muy refrescante en los días más cálidos del verano, y por cuyos vericuetos íbamos de excursión. A veces amenizados en los altos del camino por la música de una pequeña orquestina de nuestros anfitriones: acordeón, armónicas —yo mismo me compré una y hasta empecé a acompañar en los Musik Spielen—, entonando canciones de las cuales aún recuerdo la primera estrofa de una de ellas:

Jeden Morgen geht die Sonne auf,

In der Wälder wundersamer Runde,

Und die hohe heilge Schöpferstunden,

jeden Morgen nimmt sie ihren Lauf![3]

En Schönesland nuestros monitores teutones eran hospitalarios y cordiales, y algunos de ellos estaban en curso de convertirse en hispanistas, por lo que eran frecuentes sus expresiones de admiración por todo lo español, y en particular por el teatro. Como lo demostraron una tarde, montando en el jardín de la residencia un escenario donde representaron una obra de Pedro Calderón de la Barca titulada Mañana será otro día (en alemán, Morgen wird ein neuer Tag). La representación me pareció muy divertida, la típica comedia de enredo, de capa y espada, de continuas entradas y salidas de intrépidos personajes en el escenario, en medio de toda clase de episodios.

En la residencia campestre, las chicas alemanas lucían como verdaderas valkirias, y hasta me atrevo a decir que a los españoles nos veían con ojos placenteros.

LA FAMILIA DECKER Y SU «HINTERLAND»

Aquellos alegres días estivales en Schönesland pasaron rápidamente, y al final nos despedimos, cada uno hacia su punto de destino. Yo viajé en tren a Colonia, y al llegar a la Hauptbahnhof, la estación principal, salí a la plaza de la catedral y pude apreciar la magnitud de las destrucciones de la guerra. La ciudad interior, dentro del Ring (el paseo de ronda que quedó al ser demolida la vieja muralla), estaba prácticamente como al día siguiente de terminar la contienda; salvo por el hecho de que las ruinas habían sido amontonadas para abrir viales por los que se circulaba en un dédalo urbano de verdadero aquelarre.

Una vez fuera de ese centro de la ciudad, ya en el autobús, me adentré en la hermosa campiña renana, donde los efectos de la guerra habían desaparecido casi por completo, aunque por doquier se veían instalaciones con letreros de Besatzungstruppen, de las tropas de ocupación aliadas; con frecuentes convoyes militares, de soldados británicos muy arrogantes, con sus vehículos de matrícula BH, por British Hannover, la zona de ocupación británica, que abarcaba los actuales Länder de Schleswig-Holstein, Hamburgo, Bremen, Baja Sajonia y Renania del Norte-Westfalia. Precisamente, el espacio del que procedía la dinastía británica de los Hannover y sus tres reyes Jorge, que, como alguien también me recordó: en 1776, al independizarse las Trece Colonias norteamericanas de la Corona inglesa, ésta extrajo de Hannover sus mejores tropas, las más temidas por los revolucionarios que estaban en trance de crear los Estados Unidos de América.

En poco más de una hora, por carreteras bordeadas de árboles resplandecientes, después de atravesar la capital de la comarca, Brühl, una pequeña y vistosa localidad, llegué a Badorf. Allí, preguntando, acerté por fin a dar con la casa de los Decker, en una calle de sonoro nombre: An der Kapelle, nummer zwei! Tuve una recepción cordial, al estilo de los alemanes de Renania, gente de trato más cálido que los prusianos, quienes, en general, son más adustos. Entre otras cosas porque los renanos tienen bastante de latinos, empezando porque su propia capital es la vieja Colonia de los romanos; influyendo también el hecho de ser de religión católica... y en vez de decir Danke schön, muchas veces prefieren el merci del otro lado del Rin.

Antes de seguir con mis observaciones, recordaré un par de expresiones coloquiales sobre los españoles en Renania, y en buena parte del resto de Alemania. La primera de ellas es «Stolz wie ein Spanier!», que literalmente significa «orgulloso como un español». Dicho proveniente de los tiempos del «camino español» que seguían los Tercios de Flandes, desembarcados en el puerto de Génova procedentes de Barcelona; atravesaban luego el norte de Italia y seguían por el Rin, para acabar en los Países Bajos españoles, que, por la larga contienda en los siglos XVI y XVII contra los rebeldes de las Provincias Unidas de Holanda, acabaron por convertirse en el auténtico Vietnam del Imperio español.

Otra frase de aquellos mismos tiempos era la de «Das komt mir Spanisch vor», el equivalente a nuestro «me suena a chino». Una frase que figura en una canción popular mezcla de las dos lenguas:

Sí, sí, Señor,

mir kommen die Mädchen,

anf ihrem Städchen

Spanisch vor!

Sí, sí, sí, Señor!

Con esos versos se quiere decir algo así como que «las muchachas de su pequeña ciudad me resultan un tanto extrañas [como si hablaran español]». Indudablemente, nuestra lengua del Siglo de Oro era un idioma ininteligible para los alemanes.

Otra canción del mismo estilo hispano-germano que aprendí en Colonia dice:

Das machen nur

die Beine von Dolores,

das die Señores,

nicht schlafen gehen!

Literalmente traducido: «Sólo las piernas de Dolores hacen que los señores no se vayan a dormir».

La casa de los Decker era una mansión de burguesía rural acomodada, con un amplio patio (Hof) en cuyos laterales se situaba el establo para los grandes caballos de tiro, así como cobertizos para dos grandes carretas que servían para acarrear cualquier clase de cosas: fruta en la época de cosecha, abonos para la sementera y toda suerte de útiles. Otra dependencia estaba destinada a tractores y maquinaria muy diversa, así como a bodega para prensar la manzana: Apfelsaft (zumo), que luego de fermentado daba lugar a la sidra (Apfelwein), la cual, servida muy fresca, era todo un deleite en las comidas en Casa Decker.

En principio, mi anfitrión de intercambio familiar a efectos de su ulterior visita a España era Peter, el hijo mayor de Herr y Frau Decker, que estudiaba Medicina, y que ya hacía prácticas en un hospitalillo próximo. Un personaje de lo más extraño, de aspecto nada germano, por su tez más bien oscura y pelo muy negro, con muy poca afición al campo y la agricultura, y menos aún a la vida en el pueblo, del que tenía pensado marcharse en cuanto pudiera. Y su opinión sobre la clase trabajadora era de lo más despreciativa: Proleten!

El más pequeño de los hermanos Decker era Norbert, casi de mi edad —yo por entonces tenía diecinueve años—, con quien hice buenas migas a efectos de correrías por los campos y caseríos en torno a Badorf. En su moto íbamos por las tardes a bañarnos a las lagunas nacidas del abandono de las turberas y minas de lignito a cielo abierto que en tiempos hubo en los alrededores. A mí me gustaban mucho aquellos lagos no tan pequeños, de agua templada por su escasa profundidad y la larga duración de los días en verano. Un estío aquel, por lo que supe, mucho más cálido de lo normal, aunque por entonces nadie hablaba de calentamiento global ni de nada parecido. Nadábamos durante horas en aquellos lagunajes con gran diversión, pues Norbert tenía muchos amigos y amigas de las casas de los alrededores que acudían en verdaderas bandadas de ciclistas.

Otras zonas de donde otrora también se extrajo carbón habían sido restauradas admirablemente, con grandes choperas que lucían considerable altura y grosor. A mí me impresionó esa forma de conservar la tierra, en vez de los sistemas todavía primitivos de extracción minera sin ninguna clase de restauración ulterior tan frecuentes en España.

Con Norbert Decker también iba en ocasiones a alguno de los cines de los pueblos de los alrededores. Y recuerdo, ya en la última semana de mi estancia en Badorf, que fuimos a ver Las minas del rey Salomón, que en alemán se titulaba algo así como Königs Solomon Diamanten. Al salir del cine, y de regreso a Badorf, tuvimos que atravesar una zona boscosa por caminos muy accidentados y con barro fresco, con Norbert disfrutando por los saltos que daba la máquina y pensando en un viaje que concebimos hacer juntos a África:

—In Afrika, gibt es auch solche Wege! —exclamaba. [¡En África también hay caminos como estos!]

En el año 2000 Norbert estuvo en Madrid con su mujer, y juntos, con Carlos Zayas —quien también estuvo en Schönesland en aquel verano alemán—, pasamos un rato estupendo comiendo en la terraza de casa y recordando el proyecto de la Grosse Afrikanische Expedition, nunca realizada.

Con la familia Decker hice bastantes salidas festivas, sábados o domingos, para visitar a los amigos del contorno, algunos con fincas muy bien equipadas: potentes tractores, enormes cosechadoras y almacenes atiborrados de otras máquinas y productos de todas clases. Entonces tuve la constatación directa de que un país para ser verdadera potencia agraria, y sobre todo para tener una agricultura moderna, tiene que disfrutar de cierto nivel industrial, además de métodos de enseñanza y capacitación agraria a la última; tal y como me explicaba Klaus, el hermano agricultor de la familia Decker. Una combinación que por entonces ni lejanamente se daba en España.

En las visitas a familias de burguesía rural de Renania en las que iba con los Decker, todos nos poníamos muy vestidos y encorbatados, auténticamente «endomingados», para dar buena cuenta de copiosos almuerzos, con gran cantidad de embutidos: morcilla negra y salchichas de varias clases, codillo y chucrut a discreción, en casas bien acondicionadas que habían sufrido poco o nada durante la guerra. Y generalmente con algo que a mí me fascinaba: alfombras orientales, que en España aún no se dejaban ver. Además había muebles antiguos de madera de cerezo, caoba o palosanto.

Los almuerzos y cenas a que me estoy refiriendo eran de gran calidad y cantidad, y al final siempre llegaban los postres de manzana, Apfelstrudel, o uno muy sabroso y bien sonante: el Fahne Kuchen mit Sahne, que literalmente significa «pastel de bandera con nata». Y también el Baumkuchen, el «pastel del árbol», que en el restaurante Horcher de Madrid hacen muy bien, para tomarlo con chocolate líquido. También había tartas ribeteadas de grosellas, arándanos y otras bayas típicas de las zonas boscosas de Alemania.

Al final de tales convivencias, el numerito que más le gustaba hacer al siempre juguetón y maligno Peter Decker, con sus aficiones un tanto sadomasoquistas, era decirme «por lo bajini» que estaba obligado a hacer grandes cumplidos sobre la calidad de la comida y la hospitalidad de nuestros anfitriones:

—Ramón, du musst Komplimenten machen! —me susurraba para obligarme a intervenir en elogio del ágape.

Y yo, obediente como pocos y ya con algo de vino del Rin rondándome el celebro —que decía Don Quijote—, no me paraba en barras y decía más o menos:

—Stolz wie ein Spanier, darf Ich Ihnen sagen das wir haben sehr gut gegessen? Bestimt, meinen Herren und Damen. Sie sind, alle, wunderbare Leute, und Ich hoffe das in der Zukunft es wird möglich das Ich Ihnen enílade mit unsere beste Speise in Spanien![4]

ENTRE EL RIN Y EL ELBA

Pasada la mitad de la temporada que tenía prevista en Badorf de forma bastante placentera, en Casa Decker, la vida allí iba resultándome ya excesivamente tranquila, dado el ritual de convivencia en una familia de costumbres precavidas y poco extravertida salvo en el caso de Norbert. Por ello, coincidiendo con la circunstancia de que Peter tenía que ir a Hamburgo para unos asuntos personales, me decidí a aceptar su ofrecimiento de llevarme hasta allí en su moto, por la autopista, entre Colonia y la mayor de las ciudades hanseáticas.

Así pues, un buen día salimos en la motocicleta, no demasiado potente, y enfilamos en dirección a Dortmund, para pasar después por Münster, capital de Westfalia, y atravesar Bremen sin pararnos hasta llegar a Hamburgo al final de la jornada. Siempre por las Autobahnen, las grandes autopistas concebidas por la República de Weimar, y construidas en tiempos de Hitler; todavía de grandes placas de cemento, con juntas de alquitrán, por lo cual los vehículos hacían un ruido que recordaba el traqueteo de los trenes.

El viaje fue bastante largo por la escala que hicimos en Münster, donde para un recado que llevaba Peter hubimos de ir al centro de la ciudad que era una inmensa cantera de reconstrucción. Especialmente en la calle principal, la Markt Straße, donde pude comprobar que delante de muchas obras en construcción había grandes tableros con fotos de la preguerra, al objeto de levantar los edificios nuevos casi exactamente como habían sido antes de la gran destrucción de los bombardeos aliados.

También pasamos, desviándonos un poco hacia el este, entre Bremen y Hamburgo, por Heideland, un área pantanosa poco cultivada, con pasto entreverado de una especie de brecillo que en alemán se llama Heide, de color violáceo, y que otorga al paisaje bellas tonalidades que a mí se me antojaron nostálgicas. En esa comarca, la pequeña ciudad de Lüneburg era entonces muy visitada por su estado de conservación, pues al no albergar ninguna clase de industrias, no había caído sobre ella ni una sola bomba durante la Segunda Guerra Mundial. Daba gusto ver todo lo antiguo tan estupendamente conservado, las alineaciones de árboles en las calles, los empedrados originales, la muralla con su foso, las altas torres con sus cubiertas de cobre enverdecido.

Llegamos a Hamburgo, y Peter, que tenía que irse ya a su destino en una clínica de la ciudad, donde iba a hacer prácticas, me dejó en el albergue de la juventud. Aquél fue mi primer contacto con esa modélica institución europeísta que permitía viajar muy económicamente, pues por apenas un marco alemán, entonces unas 14 pesetas (y que al cambio real de hoy no serían más de dos euros), se podía dormir en un albergue en condiciones bastante satisfactorias y con el importante aditamento de que se conectaba con gente joven de las más diversas procedencias.

En aquel albergue trabé conocimiento con un español que viajaba con un amigo uruguayo residente en España y que prácticamente había perdido su acento sudamericano. Y sabiendo que yo tenía fluidez en alemán, me propusieron dar una vuelta por la ciudad, mucho más reconstruida que Colonia, tal vez porque estaba en zona de ocupación estadounidense, y también por ser el mayor puerto, imprescindible, de Alemania.

Paseando, fuimos a los Alster, grandísimos estanques, prácticamente lagos, rodeados de parques, que aparecían muy iluminados en sus contornos, dando muy grata sensación de recuperada prosperidad.

En nuestro deambular llegamos a las zonas consideradas de vicio de la ciudad, la propia de un puerto de acogida de cientos de marineros cada día. Estuvimos en el Reeperbahn, donde había toda clase de ofertas de prostíbulos para militares y paisanos, al estilo de Ámsterdam, con escaparates que presentaban teatralmente habitaciones muy confortables, con damas muy maquilladas en rutilante ropa interior a la espera de clientes.

Luego seguimos paseando por la zona de Saint Pauli y, cansados de caminar, entramos en un bar que resultó ser un baile de homosexuales, la primera vez que los tres veíamos cosa parecida. Nos sentamos a tomar unas cervezas, y algunos jóvenes alemanes se acercaron a sacarnos a bailar. Cosa que declinamos con los mejores modos, bromeando entre nosotros sobre la condición en que aquellos mozos estarían en la España de Franco:

—Todos fichados en la Dirección General de Seguridad y algunos ya en la cárcel...

ESTRECHOS ESCANDINAVOS Y VERDE JARDÍN DE DINAMARCA

Al mediodía de mi segundo día en Hamburgo, me despedí de mis amigos, el español y el uruguayo, y en tranvía me fui a las afueras de la ciudad, a la salida de la autopista, donde pensé que podría coger un coche en dirección a la frontera danesa, en mi idea de llegar a Estocolmo vía Copenhague. Y tuve la suerte más increíble de toda mi historia de autoestopista: dos parejas de novios italianos que iban en un Fiat 1100, como de veintidós o veinticinco años, me pararon cuando apenas llevaba diez minutos esperando. Me preguntaron la nacionalidad y adónde iba, y yo les contesté que español y a Copenhague:

Pues anda, sube —me dijeron—, que te vamos a llevar directo: quinientos kilómetros hasta la mismísima capital de Dinamarca... a ver a Hamlet.

Hicimos el recorrido desde Hamburgo hasta Copenhague muy rápidamente, salvo el tramo del Gran Belt, entre las islas de Fionia y Seeland, que entonces aún no se hallaban comunicadas por puente. Nos embarcamos, pues, en un ferry grande, todo blanco. Y mis nuevos amigos me obsequiaron, a pesar de mis protestas, con el billete del barco, y lo mismo hicieron cuando llegó la hora del té a bordo.

Al poner pie en la otra orilla del Pequeño Belt —ahora veo en el mapa que es la ciudad de Slagelse—, tomamos la carretera para Copenhague, y en poco más de una hora entrábamos en la capital danesa, en lo que era una inacabable tarde de verano, con sol hasta más de las once de la noche, y un oscurecimiento de no más de dos o tres horas: las célebres noches blancas del norte de Europa a las que se refirieron Turguéniev y Dostoievski.

Los italianos me acercaron al albergue de la juventud, realmente esplendoroso: un antiguo edificio de amplias proporciones, con aspecto de palacio del siglo XVIII, rodeado de jardines y equipado con instalaciones muy convenientes en todos los aspectos. Había también un dormitorio colectivo, con auténticas camas, en el que dormí a pierna suelta tras las dos jornadas de viaje de Colonia a Copenhague.

Tantas facilidades se completaban con un luminoso comedor de grandes ventanales en el que tuve ocasión de nutrirme de dos productos absolutamente gratuitos para los visitantes: un estupendo pan de centeno o similar, y una leche realmente única, como yo nunca la había probado, pues por entonces las lecherías en España no eran nada excelsas, con varias calidades lácticas según la mayor o menor cantidad de agua con que se bautizaban.

El gran atractivo de Copenhague para los jóvenes que llegan de toda Europa era el parque del Tivoli, en el centro de la ciudad. Y allí nos dirigimos un grupo de alberguistas, entre ellos un italiano de nombre Lucio Parolini, con quien trabé una amistad que se mantuvo por años. Era muy animado, curioso por prácticamente todo, y hablaba varios idiomas, entre ellos el español. No tardó en proclamarse admirador de Federico García Lorca, a quien había leído profusamente, cosa que yo sólo había hecho el verano anterior. Hablamos del poeta granadino, y él me mostró la guitarra que llevaba con una inscripción en la tapa del instrumento, donde estaba escrito:

Cuando yo me muera,

que me entierren con mi guitarra,

bajo la arena. FGL

Lucio pasó a los pocos meses por Madrid y tuvo una estancia muy animada entre nosotros. Le presenté a mis hermanos y a varios amigos, e hizo buenas migas con mi hermana Concepción. Nos carteamos durante años, pero después se perdió de vista para siempre. ¿Seguirá con la guitarra conviviendo con él, o estará ya en su última morada? Chi lo sa!

En el parque del Tivoli estuvimos prácticamente toda la noche, recorriendo sus recovecos, y conocimos a dos jóvenes suecas (Rita y Úrsula) que se alojaban en el mismo albergue que nosotros, y con quienes repetimos andanzas al día siguiente en el Tivoli. Con algunos paseos por los canales marítimos de la ciudad (Wonderful Copenhaguen!) y una visita a Cristianía, que empezaba a ser ya una ciudad alegre y juvenil, como anunciando la ulterior llegada de los hippies.

La breve relación hispano-sueca se prolongó luego por correo, y cuando mi hermano José Manuel estuvo al año siguiente en Gotemburgo para prácticas en un hospital, fue acogido por Úrsula con gran emoción en su propia casa, donde tuvo toda clase de facilidades. Algo parecido a lo que le sucedió a Jesús Torbado, según cuenta en su novela Las corrupciones (1977), donde informó con detalle sobre la liberalidad de las costumbres suecas. Narración que a mí no me extrañó nada, porque ya conocía el buen paño escandinavo.

Para proseguir mi ruta hacia el norte, emprendí viaje una nubosa mañana y tomé el transbordador, para en poco más de una hora cruzar el Sund; uno de los cinco estrechos escandinavos que yo había aprendido en el bachillerato como una retahíla: Skagerrak, Kattegat, Sund, Gran Belt y Pequeño Belt.

Tras cruzar el Sund (u Øresund, por su nombre completo), arribé al puerto de Malmö. Allí me di una vuelta por la ciudad antes de seguir hasta Lund, ciudad universitaria que tenía interés en conocer, y a la que accedí fácilmente en una especie de cosa intermedia de ferrocarril de cercanías y tranvía. Permanecí algunas horas, tomé un breve refrigerio y continué mi marcha hacia Estocolmo.

Pero en contra de mi propósito se conjugaron una serie de avatares, empezando por el hecho de que pocas semanas antes —lo supe luego— se habían producido en Suecia varios crímenes relacionados con el autoestop. De las dos clases: de autoestopistas que se aprovecharon de los conductores, y de conductores que hicieron lo recíproco. De manera que la eventualidad de que los automovilistas pararan cayó en picado.

A trancas y barrancas y con trayectos muy cortos, llegué a una ciudad llamada Hässleholm, y allí pernocté en el albergue de la juventud que estaba casi vacío y tenía un aspecto más bien lóbrego. El recorrido había sido de poco más de cien kilómetros desde Malmö, con tres o cuatro tramos de autoestop, todos de tráfico local.

Al día siguiente, la situación empeoró: amaneció con un tiempo infecto, de lluvia gélida casi invernal. A pesar de lo cual con una perseverancia sólo incentivada por «el que dirían si me vuelvo atrás», decidí tomar el tren para llegar a Jönköping, donde me alojé en el albergue de la juventud, a orillas del inmenso lago Vättern, que por amplios segmentos de ríos y canales comunica Estocolmo con el puerto atlántico de Gotemburgo. Disfruté del paisaje, del lago sobre el cual se extendía una densa bruma que le daba un aire misterioso...

El mal tiempo arreció de tal manera que, ya sin pensarlo más y quizá con la nostalgia de Copenhague, decidí tomar el tren que llevaba directamente a la capital danesa y me fui al gran albergue de la juventud, el del pan y la leche gratis. Reencontré a las amistades recién hechas, con las que pasé nuevamente dos días de holganza, excursiones, bailes de verano, hasta iniciar mi retorno a Alemania.

El viaje a través de Dinamarca fue placentero, con un tiempo veraniego y risueño, y por ello resultó espléndido poder combinar los pequeños tramos de autoestop con visitas a las poblaciones de las islas de Seeland primero y de Fionia después. Un recorrido en el que disfruté especialmente en Odense, la villa natal de Hans Christian Andersen.

Aquel día escribí unos versos, de los no demasiados que he hecho en mi vida:

Fionia,

Verde jardín

de Dinamarca...

Luego, repasando el libro de Pío Baroja El gran torbellino del mundo, en su capítulo VI, está lo que debió de ser la verdadera fuente de mi inspiración:

¡Fionia! ¡Fionia! Isla fértil

sin altares. Verdor de prados.

Jardín de Dinamarca.

Feliz y contento, desde Fionia, crucé a tierra firme, a la península de Jutlandia, donde viajé con la amable familia danesa de Kolding, a lo que ya me he referido, en evocaciones barojianas sobre la división del marqués de la Romana en Dinamarca en 1802.

EL REY DEL AUTOESTOP Y SIGFRIDO EN EL RIN

Al salir de Dinamarca y entrar en Alemania, pasé la noche en Flensburg, la capital del Land de Schleswig-Holstein, que me pareció brillaba como una esmeralda en una mañana de intensa luz estival. Y a partir de Flensburg el recorrido fue fácil, porque en Alemania no había ningún resquemor contra el autoestop; en un recorrido con un colega italiano, Piero Toscano, a quien había conocido en Flensburg. Una parte del trayecto, ya al final de la jornada, lo hicimos en plan bronce, tomando el sol en un camión que transportaba heno seco. Y cuyo conductor, sin pensarlo demasiado, nos dejó en una encrucijada ya casi anochecido, en lugar apartado de cualquier albergue de la juventud, literalmente en medio del campo.

Me parece, Piero, que ya sin sol, aquí no nos va a coger nadie... Más valdría que buscáramos un sitio decente para dormir y seguir mañana temprano.

Exploramos los aledaños y visualizamos lo que parecía ser un establo. Con mucha precaución, saltamos un cerramiento de alambre —con líneas electrificadas para espantar las reses con pequeños calambres si intentaban cruzarlas—, y a pocos metros entramos en un pajar-granero de condiciones muy aptas para pasar la noche, incluso con luz eléctrica que encendimos en una parte sin ventanas; y también con instalación de agua corriente, lo que nos permitió beber y refrescarnos antes de hacer una pequeña colación con las provisiones que llevábamos en las mochilas.

Preparamos sendos lechos de paja y dormimos a pierna suelta hasta que el sol inundó el pajar desde una claraboya cenital. Pausadamente nos resituamos en la vida cotidiana, y con todas las precauciones del caso, como si fuéramos polizones a bordo de un barco navegando, salimos a los prados, donde tranquilamente pacían unas vacas que nos miraron con escaso interés. Nos dirigimos a la carretera, y desde allí, con bastante suerte, seguimos en autoestop hacia el sur, para ver Hannover, donde se habla el mejor alemán de Germania, y después Fráncfort, la capital económica y financiera de Alemania Occidental. Y finalmente llegar a Coblenza, al borde del Rin, con sus dos riberas en máximo esplendor vitivinícola, con bancales de cepas en espalderas brillando al sol.

Ese paisaje lo evoqué ulteriormente en muchas ocasiones, tras haber leído a Hermann Hesse, autor que en mi segundo viaje a Alemania aún no conocía. En concreto, me refiero a Bajo la rueda, una autobiografía de los tiempos de infancia y juventud en la que relata las alegres fiestas del vino de Suabia, al sur de Renania, en los tiempos placenteros de la vendimia, cuando los campesinos celebraban la cosecha tañendo sus instrumentos musicales, cantando y bailando cadenciosamente, en una atmósfera de buen yantar, días de vino y amor.

En Coblenza nos despedimos: Piero Toscano seguió hacia Italia y yo debía volver a Colonia. Así que me fui al embarcadero del Rin para hacer mi recorrido final en navegación fluvial, y casualmente allí me encontré con un grupo de españoles. Me acerqué al jefe de la expedición, que resultó ser de una compañía de viajes de Vigo, Rías Baixas, quien, al saber que hablaba alemán con fluidez, me contrató para que los acompañara en el barco, porque el grupo era muy amplio y se encontraba un tanto desbordado.

Ya a bordo del barco actué de cicerone en la travesía y, aunque no canté las arias de Wagner sobre Sigfrido en su paseo por el Rin, entoné algunas canciones populares alemanas con el megáfono que llevaba el jefe de expedición, con gran alborozo de la expedición, que me ofreció seguir viaje con ellos hasta la desembocada del gran río en Holanda. Pero no podía ser, y al llegar a Bonn me despedí de la nube de compatriotas.

Bonn, que por entonces era la capital de la República Federal de Alemania, con el anciano y energético canciller Konrad Adenauer al frente, me pareció una ciudad sosegada, totalmente reconstruida de sus heridas de guerra y ampliada incluso para cumplir sus fines capitalinos. Sólo estuve unas pocas horas, para visitar la casa natal de Ludwig van Beethoven, el genio musical más portentoso de todos los tiempos. Luego, en transporte público, arribé a Badorf, a casa de la familia Decker, donde Norbert me recibió con inusitada alegría:

—Der junger Spanier ist züruck-angekommen! Wie war es in Nord Deutshland und Skandinavien? Du bist wieder zu Hause, lieber Ramón![5]

Allí permanecí, en Casa Decker, An der Kapelle zwei, tres días más, con mi buen amigo Norbert, haciendo excursiones por los alrededores, con más baños en las lagunas, y visitando de noche algunas de las estupendas tabernas (Weinstuben) de los pueblos colindantes, donde nunca faltaba el acordeón y la gente se prodigaba con toda clase de canciones; en una alegría que seguramente reflejaba la sensación de haber dejado atrás una guerra infame.

Durante el tiempo que estuve en Badorf en Casa Decker, mi hermano Juan vivió con una familia en Colonia. Y oyéndome hablar tanto de mis actividades de autoestop, él decidió emprenderlas igualmente, con la particularidad de que en su primera salida, al llegarle la noche en una pequeña ciudad, no sabía dónde pernoctar. Y al pasar por la comisaría de la policía local y verle tan joven —y seguramente tan despistado—, con su mochila a la espalda, los agentes le preguntaron adónde iba.

Les contó Juanito a los policías que estaba haciendo autoestop y que no sabía dónde pasaría la noche, porque no había albergue de la juventud en la localidad. Y fue entonces cuando los policías le invitaron a entrar en la comisaría, y allí en una celda vacía le prepararon uno de los catres, le dieron dos mantas, le hicieron un emparedado, y con un vaso de agua, allí le dejaron; entre rejas, naturalmente, porque según prescribía el reglamento, tenían que cerrarle la puerta con doble llave. Mi hermano quedó contento de la experiencia, pero no por ello se prestó a repetirla, por si acaso...

«AUFWIEDERSEHEN» ALEMANIA, «BONJOUR» PARÍS

Pensé dejar ya Alemania, pues se acercaba la fecha en que había quedado con mis hermanos para encontrarnos en París: Rafa, bajando de Noruega; Pepe, de Inglaterra, y Juan, de Alemania, como yo. Y con vistas a ese fraternal encuentro, reemprendí mis actividades de autoestopista, saliendo de Colonia en dirección a Bruselas, con un muy fácil viaje hasta Aquisgrán, donde visité el palacio de Carlomagno y otros monumentos de la ciudad de los tres nombres: Aachen, Aix-la-Chapelle, Aquisgrán. Allí volvería veinte años después, con ocasión de la entrega del Premio Carlomagno a Don Salvador de Madariaga.

Desde Aquisgrán continué en autoestop hasta Lieja, ciudad que me pareció muy gris, y de allí continué hacia Bruselas, donde me alojé en el albergue de la juventud un tanto tenebroso. Sólo estuve dos noches y un día, suficientes para visitar la ciudad casi exhaustivamente, como nunca más volví a hacerlo en mis decenas de viajes a lo que hoy es la capital europea. Y como no quería disminuir mis ya parcos recursos económicos, y había visto en una tienda un cartel anunciando que compraban botellas vacías, en el propio albergue me proveí de una bolsa grande; con la cual, bien de mañana, recorrí los comercios de los alrededores, y todas las botellas vacías que vi, para el célebre retorno, las fui echando dentro de la bolsa hasta que ya no cupieron más. Me acerqué entonces a la tienda del comprador de vidrio, y le vendí la mercancía por unos cuantos francos belgas. Ello elevó mi autoestima como «recuperador»; por mucho que por entonces no se hablara tanto como ahora del reciclado: la lucha contra el calentamiento global estaba muy lejos de comenzar.

En Bruselas (visitas a Santa Gúdula, al Museo de Bellas Artes, la Grand-Place, degustación de los moules marinière, etc.), el tiempo empezó a empeorar notablemente y esperándome lo peor, con mis recrecidos ahorros por el reciclado de vidrio, me decidí a tomar un tren directamente a París, donde llegué antes del encuentro previsto con mis hermanos. Habíamos quedado frente a la catedral de Notre Dame un día concreto a las doce horas en punto.

Decidí buscar un alojamiento más bien céntrico, pues el albergue de la juventud estaba en el extrarradio; en vista de lo cual me acerqué a la ciudad universitaria, donde se halla el Colegio Español, y a poco de salir de la estación de metro vi el edificio popularmente conocido como «el Escorial de París». Antes de su entrada, topé con un joven de apariencia algo mayor que yo, con gafas y aspecto de buena persona, y a él me dirigí en francés, preguntándole por el Colegio Español. Mi interlocutor me contestó afectuosamente y por el acento deduje que debía de ser tan español como yo, por lo cual ya seguimos la conversación en la lengua común.

Resultó ser Luis Prades, pintor de Castellón, pensionado en el Colegio Español para trabajar en el ambiente único de la capital de Francia, donde se han forjado tantos artistas. Nos presentamos, y Luis me informó de que el colegio estaba lleno, y muy amistosamente me comentó que, si no encontraba otro lugar donde pasar unos días, podría darme posada:

Anda, vamos —me dijo—. Tú como si nada, no hables con nadie y subes en el ascensor conmigo, pero sin que se note que vamos juntos... Y problema resuelto.

Así lo hicimos, y llegamos al apartamento, relativamente amplio y cómodo. Y sin más, allí me instalé, sobre un cómodo sofá, donde cada noche extendía mi saco de dormir.

Fueron días estupendos, de verano septembrino ya suavizado, amenizados por los conocimientos personales que, juntos, hicimos Luis y yo. Entre ellos un peruano que estaba en el propio colegio, indigenista a ultranza, y que a pesar de no hablar ni quechua ni aymara, nos echaba a los españoles la culpa de todo lo malo que ocurría en su país... Una experiencia, por lo demás, que luego tuve muchas veces más a lo largo de mis viajes por las Américas.

Otro día en el Colegio de Cuba, donde Luis tenía algún amigo, tuvimos oportunidad de conocer al pintor expresionista cubano Wifredo Lam, quien al percatarse de que éramos españoles nos miró como si fuéramos bichos raros provenientes de lo más hondo del franquismo. Pero al darse cuenta de que no estábamos en el sector pro-Régimen, nos extendió un visto bueno con toda clase de entusiasmos. Nos relató sus viajes a España antes de la Guerra Civil, y hablamos de pintura y de arte, junto con otros colegas cubanos... ¡Todos éramos pintores en París!... aunque, desde luego, unos más que otros.

Fueron tiempos de la vie est belle. Luis Prades y yo nos íbamos con sendas carpetas de dibujo a tomar apuntes, fundamentalmente al entorno de la Île de la Cité, cara a los arbotantes de la catedral de Notre Dame, en sesión de trabajo de la que aún conservo varios esbozos, en el ambiente de una amistad que se mantiene viva, extendida luego a cónyuges y descendientes. Nos vemos casi siempre que Luis viene a Madrid para exposiciones o cuando por cualquier motivo yo voy a Castellón. Por lo demás, en 2002, al cumplirse los cincuenta años de nuestra amistad, decidimos celebrarlo a mitad de camino entre Castellón y Madrid, en el parador nacional de turismo de Cuenca, donde yo tenía que dar una conferencia en el muy hermoso Museo Arqueológico. Y allí estuvimos un par de días juntos hablando, como siempre de París, y también de la mar y los peces.

CUATRO HERMANOS INTERCAMBIABLES

Tal como lo teníamos previsto, los cuatro hermanos nos reunimos en París en el lugar convenido y en la fecha y hora acordadas, frente a la catedral de Notre Dame: José Manuel, Rafael, Juan y yo. Los cuatro nos fuimos a un hotel que recordábamos del primer viaje parisino de 1951, en la rive gauche, donde nos habían tratado bien. Y allí solamente nos registramos dos hermanos. Luego entraron los otros dos, por lo que el movimiento que fue produciéndose originó cierta inquietud en la recepción. Hasta el punto de que, al día siguiente de llegar, la recepcionista-propietaria-directora me preguntó:

—Monsieur Tamames, pero, verdaderamente, ¿cuántos hermanos son ustedes, porque yo veo entrar continuamente a unos u otros, y no sé si son dos, tres, cuatro o cinco?

—Señora, solamente somos dos. Lo que pasa es que cambiamos mucho de vestimenta, y eso es lo que quizá le confunda a usted.

—Bueno, bueno, eso me dice usted... pero no estoy tan segura. —Y se rió sin más historias. Se ve que le habíamos caído bien y que no le importaba demasiado que fuéramos dos o un regimiento.

En la habitación dos hermanos se acostaban en la cama doble y los otros dos, sobre las espesas alfombras de la chambre, como siempre, en sacos de dormir.

El fraternal encuentro parisino sirvió para contarnos las respectivas historias. Rafa, que había estado en Oslo practicando en un hospital, tuvo mucha suerte como autoestopista, al encontrar, justo a la salida de la antigua Cristianía, un norteamericano que en su estupendo coche iba directamente a París. Así que hizo todo el viaje desde la capital noruega hasta la de Francia en el mismo automóvil. Y el conductor, muy contento de tener con quien hablar en inglés y evitar el peligro de dormirse, le invitó al ferry para cruzar de Gotemburgo a Jutlandia, así como a hotel y manutención.

Juan llegaba de Alemania en tren, y Pepe hacía lo propio desde Londres, donde había estado en un hospital en el que conoció a Jean-Pierre Voos, a quien me referiré en otro capítulo de estas Memorias, con ocasión de mi estadía londinense.

La vuelta a España me resultó muy alentadora, y recuerdo bien que después del impacto de las enormes verduras de los prados de Alemania, Dinamarca, Suecia y Francia, contemplar las serranías españolas amarilleantes y con un cielo azul claro y un sol deslumbrante, me resultó un reencuentro con lo nuestro. Una fuerza de colorido y vida —aunque fueran del más rabioso secano— como no había sentido nunca en los tres meses del estío que ya terminaba.

8

EL «VIAJE DE ESTRUCTURA ECONÓMICA»

EL PERIPLO IMAGINADO

Entre los diversos y variados mentideros —o foros de reunión, dicho de manera más pretenciosa— a los que yo asistí en mis buenos tiempos universitarios, aún no veinteañero, allá por 1952, uno se ubicaba en el barrio de Chamberí, en la calle de Eloy Gonzalo, cerca de la Glorieta de la Iglesia; al lado de la parroquia de Santa Teresa y Santa Isabel, donde fui bautizado en 1933.

En esas coordenadas chamberileras había una antigua chocolatería en la que algunas noches nos encontrábamos un grupo de colegas de las facultades de Derecho y de Ciencias Económicas, nucleados en torno a Luis Alcaide de la Rosa, quien luego sería mi compañero de fatigas en la preparación de las oposiciones a técnicos comerciales del Estado, en 1957.

Entre las figuras sobresalientes de esa peña se contaba Alberto Arias, estudiante de Ciencias Económicas que continuamente hablaba sobre John Maynard Keynes —casi como si fuera vecino suyo—, y no tanto por la lectura directa de su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero u otros de sus libros, sino por un breviario que de su doctrina había realizado el economista norteamericano Alvin Hansen. En tales circunstancias, Alberto fue uno de los responsables de que yo me decidiera a estudiar Ciencias Económicas, pues siempre estaba haciéndome recomendaciones vocacionales:

—¡Ay, Ramón, Ramón, ay...! Tienes madera para ello, y en línea con lo que decía Schumpeter, habrás de acabar siendo de la «peligrosa secta de los economistas», que revelan a la humanidad el sentido oculto de sus luchas...

—No será para tanto, Alberto... —le contestaba yo, él siempre con la misma prédica y yo cada vez más próximo a tomar mi decisión en el sentido que me apuntaba.

Otro asiduo de la chocolatería era un joven estudiante de Ingeniería Industrial, Pedro Ramón Moliner, quien hablaba de forma pausada y que junto a su buena estatura, notoria corpulencia y pelo moreno oscuro como ala de cuervo, tenía una expresión de niño bueno; sonriente, con sus dientes blanquísimos que contrastaban con una tez casi como de hindú atenuada. Pedro presumía de ser pariente de María Moliner, la autora del Diccionario de uso del español, que sigue en el mercado, con nueva versión ampliada desde 2008 y actualizada por dos de sus discípulos. Pedro decía:

—Mi tía fue una verdadera sabia, una mujer extraordinaria, que sabía todo del idioma...

En una de esas sesiones nocturnas en que solíamos tomar chocolate con churros, casi siempre con una copa de anís Chinchón, decidimos realizar un viaje para conocer en directo la situación económica y social de al menos una parte del país. A mí me parecía mal haber estado ya fuera de España, en Francia, Alemania, Austria y Escandinavia, y apenas haber viajado por el propio país.

La idea de esa correría fue tomando fuerza y perfilándose a lo largo de dos o tres encuentros, de los que acabó saliendo el proyecto que un tanto pomposamente dimos en llamar «viaje de estructura económica». Y siendo cuatro o cinco los que inicialmente teníamos intención de llevarlo a cabo, al final, por unas razones u otras, los esforzados previajeros fueron rajándose, para quedar en el emprendimiento únicamente Pedro y yo.

La organización del periplo resultó bastante meticulosa, y como fechas más adecuadas escogimos la segunda semana de diciembre de 1952, del 15 al 30, ya en vacaciones de Navidad, en la idea de pasar la noche de San Silvestre y tomar las doce uvas ya de vuelta con la familia. Preparamos el itinerario, teniendo en cuenta algunos conocimientos personales a lo largo del recorrido, y allá fuimos...

Salimos de la estación de Atocha, en un tren renqueante de locomotora a vapor, a las siete de la mañana, con destino final Badajoz. Y después de cuatro horas de viaje —un trayecto que hoy el AVE cubre en sesenta minutos—, llegamos a Puertollano. Allí teníamos decidido visitar el complejo industrial construido por el Instituto Nacional de Industria —el célebre INI que, por entonces, era el auténtico paradigma de la autarquía— con base en dos producciones mineras en la zona: hulla, de mediana calidad pero con venas de potencia suficiente para permitir su explotación con máquinas perforadoras-extractoras; y pizarras bituminosas, que tenían —o que tienen porque allí siguen bajo tierra— un contenido del 20 % de betún —y de ahí su nombre—, de hidrocarburos. Las pizarras se extraían para su destilación, empleando el carbón como combustible, y así se obtenían carburantes líquidos, además de una serie de coproductos, entre ellos lubrificantes y parafinas.

Una vez en Puertollano, no habríamos de esforzarnos mucho para llegar al complejo industrial. Un ingeniero, al oír nuestra conversación con un factor de Renfe, se ofreció a llevarnos a la fábrica:

—Así que vais a visitar el complejo industrial Calvo Sotelo —el nombre oficial con el que se recordaba al que fuera ministro de Hacienda que promovió, duramente la dictadura de Primo de Rivera, la creación de CAMPSA, el monopolio de petróleos—... Pues si queréis, puedo llevaros en mi coche... Ahora mismo voy para allá: hay unos cuatro kilómetros y ni perderéis tiempo andando...

—¡Ah!, pues qué bien, muchas gracias, e incluso usted podrá ayudarnos para que nos dejen entrar...

—¿Sois estudiantes?

—Sí, de Ciencias Económicas en Madrid, y estamos haciendo un «viaje de estructura económica» para conocer la realidad industrial y social del país...

Subimos al vehículo, y en pocos minutos estábamos en el acceso al complejo, donde el ingeniero nos presentó al celador como invitados suyos, para acto seguido acercarnos todos al edificio principal, donde nos presentó a uno de sus ayudantes. Y sin pedirnos el carné de identidad, ni mediar ninguna medida de seguridad de las que ahora tanto se prodigan, iniciamos la visita.

Bajamos primero a la mina de hulla en un renqueante ascensor-jaula y nos adentramos por una galería débilmente alumbrada, a fin de visitar un taller de extracción, donde estaban utilizando lo que nos parecieron potentes martillos neumáticos:

—Son de fabricación sueca... —dijo el ingeniero que nos guiaba.

—Ya se ve —comentó Pedro Ramón Moliner, como buen estudiante de Ingeniería.— Los suecos fabrican martillos y barrenas perforadoras con los mejores aceros rápidos del mundo...

Tras la visita a la mina, al salir a la superficie, nos deslumbró la luz del día, a pesar de que estaba en total grisura. Y de inmediato nos trasladamos a la planta de destilado de pizarras bituminosas: una inmensa estructura metálica de cuatro o cinco pisos, un laberinto de tuberías, llaves de paso, chimeneas y plataformas, en medio de un ruido ensordecedor por el fragor de las calderas.

—El proceso que aquí seguimos es de origen escocés, aunque mucha gente piensa que es alemán —nos dijo el ayudante del ingeniero—. Claro es que se trata de las mismas técnicas a las que recurrió Alemania durante la guerra mundial: careciendo de petróleo, conseguían gasolina sintética a partir de las pizarras o del carbón.

Estuvimos hablando de costes de producción, muy superiores a los del carburante importado. Pero en España, en 1952, no había divisas suficientes para importar casi nada de lo que se necesitaba.

—Esta producción —nos dijo el ingeniero— la hacemos en el típico régimen de autarquía. En alemán, es una Ersatz Industrie, es decir, producción de sucedáneos, para sustituir los crudos del petróleo que no tenemos. El coste es elevado, pero mientras la situación del comercio exterior no se normalice, no podremos dejar de producir así...

Al terminar la visita al Kombinat de Puertollano, tuvimos un almuerzo tardío con nuestro amigo el ingeniero en el gran comedor de la empresa, donde hubo posibilidad de hablar acerca de muchas cosas, hasta ya casi el anochecer. Y un coche de la compañía nos llevó a una pensión en Puertollano, donde dormimos a pierna suelta hasta la mañana siguiente.

VINOS... LOS DE VALDEPEÑAS. Y CÓRDOBA «LA LLANA»

Serían las siete y media p. m., como ahora se dice, todavía en plena oscuridad, cuando volvimos a la estación de Puertollano, para por un ferrocarril de vía estrecha viajar desde la ciudad minera hasta Valdepeñas. Un trayecto de algo más de ochenta kilómetros que demoró casi tres horas:

La máquina es muy antigua, y sobre todo, la vía está en malas condiciones por falta de renovación... forzosamente, la marcha tiene que ser lenta para no descarrilar —nos informó el revisor—. La verdad es que este ferrocarril lo levantarán más pronto que tarde, pues con un coche de línea bastaría... Hay muy poco tráfico...

El trayecto era de una belleza más bien pobre, enverdecida por un otoño bastante húmedo. Vimos, sobre todo, olivares en la primera parte del recorrido, más bien de serranía, y luego, ya en zona de la vega, aparecieron los viñedos, anunciando la llegada a la capital vitivinícola de La Mancha..., aunque Valdepeñas tiene consejo regulador de su propia denominación de origen.

En el andén de la estación nos esperaba un amigo con quien yo había convenido el encuentro: Manuel Pedrero, de la Facultad de Derecho, que había previsto una serie de visitas a bodegas, donde recibieron con grandes atenciones a «los economistas de Madrid». Un enólogo nos explicó el iter productivo, desde la llegada de la uva hasta la salida del vino. En un ambiente de dificultades, como siempre por la dichosa autarquía, pero con un cierto optimismo de cara al futuro:

Ahora vamos teniendo un panorama mejor —nos dijo— con la creación de bodegas cooperativas, de modo que vamos abonando otra vez el viñedo, después de mucho tiempo sin hacerlo... No había de nada, ni nitrógeno, ni potasa, ni fosfatos, ni tractores, ni gasóleo...

Visitamos otras dos bodegas, y no hará falta decir que tras ese recorrido estábamos un tanto «animados», por la ingesta espirituosa. Por lo cual resolvimos irnos a comer algo al casino, donde Pedrero nos presentó a una serie de amigos que, enterados de nuestras tendencias políticas, nos contaron toda clase de historias, con gran detalle, sobre lo que fue el 18 de julio de 1936 en la zona: grandes convulsiones y «paseos» al paredón del cementerio, de los terratenientes que no consiguieron escapar. Y al término de la guerra, a la inversa: eliminación física, sin ninguna clase de juicio, de los cabecillas sindicalistas que no habían podido «tomar las de Villadiego» —o mejor las de Valencia y Alicante— para embarcarse en el primer buque inglés en que pudieran.

Sí, sí, aquí —nos dijo uno de ellos—, después del 1 de abril del 39 se fusiló mucho. La inmensa mayoría ácratas, porque esta zona de La Mancha estaba llena de partidarios de CNT-FAI...

Anduvieron contándonos penalidades pasadas, hasta que hubimos de levantar la sesión. Y en el coche del padre de Pedrero fuimos a la estación, a eso de las dos de la mañana, a fin de tomar el tren descendente de Madrid en dirección a Córdoba.

El atestado vagón de tercera a que subimos nos ofreció todo el muestrario de un pintor costumbrista: madres dando el pecho a sus rorros, campesinos con sus hatillos yendo a las fábricas de azúcar o a las destilerías de alcohol, viajantes del comercio, guardias civiles con sus tricornios encharolados, soldados rasos de permiso en ida (alegres) o de vuelta (menos animosos); y el típico inspector de policía de gabardina abrillantada por el uso, pidiendo, como siempre, la documentación y acompañando sus pesquisas con preguntas sobre adónde se iba y para qué.

Y así pasamos, con algún duermevela que otro, las siguientes cuatro horas para un recorrido de unos doscientos kilómetros por parajes manchegos que nos sonaban pero que no habíamos visto nunca hasta entonces: Santa Cruz de Mudela («por aquí viene mucho el Caudillo a cazar la perdiz de pata roja»), Almuradiel, Despeñaperros, La Carolina («ésta fue una de esas colonias de Sierra Morena que fundó Olavide durante el reinado de Carlos III), Bailén (comentarios sobre la batalla en que el general Francisco Javier Castaños derrotó por primera vez a la Grande Armée de Napoleón, en 1808), Andújar («mucho aceite»), El Carpio («fincas del duque de Alba») y, finalmente, Córdoba, ya plenamente amanecidos. Allí nos esperaba, en la estación, otro amigo mío, Carlos Infante Rüch, a quien conocía desde un par de años antes. Persona inquieta por encontrar el sentido de la vida —el suyo propio, claro—, lo cual le llevó a iniciar los estudios de Ciencias Económicas, carrera que abandonaría para finalmente hacerse médico, siguiendo la tradición familiar.

En la residencia cordobesa de los Infante tuvimos muy animada conversación con el pater familias, la señora de la casa y los dos hijos. El señor Infante era médico, homeópata, algo que según él mismo nos explicó significaba que debían tenerse en cuenta los equilibrios del cuerpo humano, practicando la medicina sin otros fármacos que los de la flora natural, en contra de los largos y complejos procesos de medicación química. Y todo eso el doctor Infante lo hablaba con entusiasmo, viviendo en evidente felicidad con su esposa, una señora de muy buena presencia, noruega de nacimiento, a la que habían conocido cuando la señora Rüch, muy jovencita, llegó a España para estudiar el idioma.

El matrimonio estaba en buena armonía con sus dos hijos, Carlos a quien ya me he referido, y Ernesto, entonces de unos doce o trece años, que con el tiempo se haría médico, como su hermano, con mayor fortuna y provecho. Se especializó en neurología y acabó instalándose en Houston, Texas, donde actualmente practica su profesión con gran éxito y se sitúa en el cuarto lugar del ranking mundial de neurólogos. Con él me veo frecuentemente, casi todos los años, cuando viene a España por Navidad o durante el verano, y siempre aparece disfrutando de la vida, y sin perder para nada su acento cordobés de excelente dicción.

Juntos con Carlos y Ernesto, visitamos los monumentos de Córdoba, primero de todo la mezquita, con su catedral dentro. Y recuerdo muy bien una conversación en la que Carlos nos dijo en tono casi profesoral:

—Los que dicen que habría de devolverse la mezquita al culto musulmán exclusivamente, restaurando así una pretendida legitimidad histórica, no tienen ni la más ligera idea...

—¿Y eso? —preguntó Pedro, tan circunspecto como siempre.

—Muy sencillo. Aparte de que la mezquita está edificada sobre una antigua basílica cristiana de la época visigótica, lo cierto es que si tras la conquista no se hubiera instalado la catedral en su interior, no habrían quedado ni las piedras del patio... Es lo que sucedió con el gran palacio califal de Medina Azahara, convertido en cantera de la que se llevaron prácticamente todo: columnas con extraordinarios capiteles, piedra de sillería, fuentes... y no arramplaron con el aire porque no pudieron.... Todos esos materiales están ahora en los palacios y en las mejores casas de la ciudad de Córdoba. Así que ¡bendita iglesia cristiana recuperada que nos conservó la mezquita!

También disfrutamos del palacio de los marqueses de Villena en toda su hermosura de villa elegante del Renacimiento, con nada menos que siete patios: donde crecen árboles frutales, rosales, geranios y gran diversidad de plantas. Y en el palacio participamos de las historias que Carlos Infante nos fue contando sobre Don Ángel de Saavedra, duque de Rivas y autor de Don Álvaro o la fuerza del sino; que sirvió de base para una de las mejores óperas de Giuseppe Verdi, La Forza del Destino.

Divagando por las calles, y entrando en algunos de los patios floridos, nos acercamos al Museo de Bellas Artes, con sus muchas obras de Julio Romero de Torres, «el pintor de la mujer morena». Y Carlos nos reveló que la principal de sus modelos aún vivía, y no era cordobesa, sino argentina... En todo eso pienso cuando, con cierta frecuencia voy al Casino de Madrid, en la calle de Alcalá, y en su «salón real» veo las pinturas del gran pintor cordobés. Y en el Museo de Bellas Artes vi por primera vez las obras del escultor Mateo Inurria, que me parecieron sencillamente espléndidas por su naturalidad.

Pero, con todo, puedo decir que, de lo mucho que vimos en Córdoba, lo que me fascinó por entero fue el barrio de la judería, donde entramos en algunas de sus tabernas, por entonces sin apenas presencia de turismo. Entre ellas Casa Pepe, que todavía existe, aunque esté muy transformada, y siempre concurrida por visitantes de Japón, China, Estados Unidos e Hispanoamérica. En 1952, allí estaba el propio Pepe, «más chulo que un ocho», hablando con sus parroquianos, y sirviéndoles él mismo sus amontillados. Por lo demás, la judería me trajo a la memoria la novela de Pío Baroja La feria de los discretos, cuya acción discurre en Córdoba y en la que uno de sus principales protagonistas, Quintín, vivió apasionadas aventuras participando en toda clase de conspiraciones políticas.

Como telón final de nuestra visita a Córdoba estuvimos en el Círculo de la Amistad, con su bar alargado con pretensiones de club inglés, adonde he vuelto en muchas ocasiones para recrearme con su admirable teatro, de inspiración veneciana, con vistosas pinturas del zócalo al techo; y con un patio de naranjos al lado, en el que los días de sol de diciembre uno puede comer al aire libre.

Y precisamente allí, en el Círculo de la Amistad, vi una lápida conmemorativa de la visita que en 1921 realizó a la ciudad Alfonso XIII, cuando se manifestó con dureza contra el régimen parlamentario de la Restauración, que según el monarca no funcionaba ni podría funcionar nunca; llegando a preconizar una dictadura que se haría realidad dos años después, con Miguel Primo de Rivera. Pasaje de la historia que luego recogí en mi libro sobre la dictadura primorriverista y su tiempo.

LOS ALCÁZARES REALES Y LA HUELLA DE ANÍBAL GONZÁLEZ

Desde Córdoba hasta Sevilla, la distancia que hoy se recorre en cuarenta y cinco minutos en el AVE, en nuestro tren de 1952 tardamos casi tres horas, con algunas paradas inexplicadas en medio del campo, y con estaciones de nombres tan sonoros como La Carlota («se fundó por Olavide para colonizar en Sierra Morena»), Écija («la de las siete torres y el balcón del c..., por aquello de «¡C... qué balcón»), Carmona, con su inmenso castillo... y al final, la llegada a Sevilla..., donde nos instalamos en una pensión en el barrio de Santa Cruz. Allí, pese a ser casi invierno, vimos bastantes casas del barrio con las ventanas repletas de geranios florecidos.

En Sevilla tuvimos como contacto a Genaro Illescas, también compañero de la Facultad de Derecho, quien nos acompañó en las típicas visitas a la catedral, en la que me llevé la sorpresa de ver cómo a la torre de la Giralda se sube por una rampa hasta arriba del todo; dicen que para permitir a las mayores dignidades hacerlo a caballo.

Los Alcázares Reales me parecieron la plenitud del arte mudéjar, con sus grandes jardines dominados por una gran pileta rectangular, surcada por patos y cisnes, y rodeada de arcos renacentistas, donde Genaro nos informó de que los reyes cristianos pasaban el invierno en Burgos y el verano en Sevilla, cuando cualquiera habría pensado que lo lógico habría sido lo contrario. Pero es que los palacios hispalenses estaban muy bien preparados para el verano, con fuentes, estanques y jardines, todo muy placentero, en la cultura andalusí del agua...

La Andalucía recién conquistada —comentó Genaro—, la Novísima Castilla, nombre que ahora nadie recuerda, causó el mayor entusiasmo a los cristianos: debió de parecerles un paraíso, una impresión premonitoria de lo que dos siglos y medio después tuvieron a los navegantes y conquistadores españoles en el Nuevo Mundo...

Nuestra estancia hispalense tuvo su aspecto «más estructural» en una visita al puerto, el cual vimos un tanto desangelado, con barcos más pequeños de lo que imaginábamos, explicándonos al respecto el amigo Genaro las dificultades de navegación por el Guadalquivir debido a su insuficiente drenaje.

Allí contemplamos la desestiba de un barco de carga general, y tuvimos ocasión de hablar con los estibadores, que se expresaban en una jerga casi ininteligible por el acento y también por las palabras y los giros que empleaban. Ello me recordó el slang utilizado en la película On the Waterfront (proyectada en España con el título de La ley del silencio), que, protagonizada por Marlon Brando como figura estelar, transcurre en el puerto de Nueva York. La vi en el Cine Boy de Madrid —sala donde echaban filmes para los yanquis de la base de Torrejón—, y allí mismo, en el descanso de la sesión continua, me encontré con un amigo norteamericano, de nombre Earl, a quien todos llamamos el Duque —precisamente por la traducción de su nombre de familia—. Le comenté que no entendía casi nada, y él me dijo con una sonrisa: «No te preocupes, Ramón, a mí me está pasando casi lo mismo. Es la jerga de los muelles de Manhattan...». Como también había una jerga en el puerto del Guadalquivir.

La visita a Sevilla transcurrió con la sensación de estar en una ciudad extraordinariamente hermosa, con parques como el de María Luisa, la formidable avenida de la Palmera con los grandes edificios a sus dos lados; y la plaza de España, diseñada por Aníbal González, el arquitecto de nacionalismo español de la Exposición Iberoamericana de 1928, de la época del dictador Primo de Rivera.

Después de Sevilla, Pedro Ramón Moliner y este memorialista nuevamente tomamos el tren, con destino a Cádiz, atravesando el aire limpio y transparente de las Marismas, y sintiendo la proximidad de la mar y sus salinas. En el recorrido, pueblos de resonancias históricas, como Cabezas de San Juan:

—Aquí es donde el general Riego se levantó contra Fernando VII para restablecer la Constitución de 1812 —le dije muy serio a Pedro, que asintió sesudamente, dando muestras de que ya estaba al corriente.

Y lo estaban también en nuestro mismo compartimento, pues un señor de abundante bigote y apariencia muy conservadora se vio gratamente sorprendido de nuestra conversación:

—Muy bien, jóvenes, se ve que están ustedes muy versados. Y de aquella sublevación de Rafael del Riego vino la definitiva pérdida de la América española, porque los ejércitos que iban destinados a Venezuela a guerrear contra Bolívar y sus generales se dedicaron a otros menesteres...

En la conversación terció un cura con sotana —entonces la llevaban todos, con sus treinta y tres botones de los años de Cristo—, quien también «echó su cuarto a espadas», en una dirección que nadie se esperaba.

—Bien, bien, pero que muy bien por esas evocaciones históricas... Afortunadamente la Inquisición desapareció en 1834, después de morir Fernando VII, y bien enterrada está, aunque después hayamos tenido y ahora mismo sigamos teniendo muchas vigilancias excesivas.

En esas estábamos cuando el tren paró en Jerez de la Frontera, donde el señor del abundante bigote, que también iba a Cádiz, nos recomendó:

—Bajen, bajen, ustedes, porque aquí tenemos parada de por lo menos diez minutos, ya saben, para hacer la aguada y las revisiones de siempre de la Renfe... Podrán admirar la hermosa estación que construyó Don Aníbal González, el gran arquitecto...

Descendimos y, en efecto, nos quedamos extasiados en la contemplación de los muros de apoyo de ladrillo rojo y rosado, con las grandes cubiertas abovedadas de hierro y cristal. Construido, todo, con el estilo típico, de don Aníbal, «un neomudéjar nacionalista», como luego aprendí de mi amigo arquitecto Javier Olaciregui. E incluso salimos de la estación para admirar la hermosa fachada exterior.

EL CÁDIZ DE MUTIS

Con la llegada a Cádiz, sentí la resonancia de la tradición oral de mi familia, con mi padre evocando la ciudad de su niñez y primera juventud, cuando él y su hermano Fermín, en tiempos de asueto, vagaban por las playas al este y norte de la ciudad en las largas tardes de verano:

—Leíamos folletones de Verne, de Salgari, o de Dostoievski, y las obras de Shakespeare...

Con esas nostalgias en la cabeza, convencí a Pedro Ramón Moliner para ir en autobús a San Fernando, a tomar pescaíto frito. Y allí visitamos lo que quedaba de los Baños del Zaporito, un balneario clásico de principios del siglo XX, que mi abuelo frecuentó durante años para completar su menguado sueldo de maestro llevando la contabilidad del balneario.

En un parque de Cádiz muy bien cuidado, al lado del mar, vimos un monolito con un busto arriba, el de José Celestino de Mutis, el gran botánico español del siglo XIX, que estudió la flora del virreinato de Nueva Granada, en Santa Fe de Bogotá; cuyo actual «jardín de plantas» lleva precisamente el nombre de este gran gaditano y neogranadino...

Esa primera visión de Mutis me resultó alentadora por mi interés en pro de un mejor conocimiento del reino vegetal. Y por eso, muchos años después, a la terraza de casa le di el nombre de «Microjardín botánico Linneo-Mutis». Una relación, la de Linneo y Mutis, de la que guardo una carta del sabio sueco a su colega español, fechada el 24 de septiembre de 1764, escrita en latín, como todavía era habitual entre los científicos. Luego pude saber que Linneo, a pesar de haber sido invitado a visitar España en tiempos del rey Fernando VI, no lo hizo nunca. No se sabe si porque estaba muy ocupado, o porque le sucedió algo similar a lo ocurrido con Erasmo, cuando dijo, algo seriamente, ésa es la verdad, aquello de que «Hispania non placet» [España no me gusta].

En diciembre de 1952, la ciudad de Cádiz tenía bastante actividad en sus astilleros —Moliner y yo lo sabíamos por nuestros estudios de Estructura Económica— merced a una ley de 1951 de construcciones navales. No lejos del puerto estuvimos viendo los astilleros del INI, donde acababa de ponerse la quilla de tres grandes petroleros.

En Cádiz, adonde llegamos el 24 de diciembre, con la Nochebuena por delante, pudimos escuchar continuamente el villancico de «Los peces en el río», como sonsonete de fondo, un canto que a mí me da la sensación de una tristeza inacabable:

Pero mira cómo beben

los peces en el río,

pero mira cómo beben,

por ver a Dios nacido.

Beben y beben,

y vuelven a beber,

los peces en el río,

por ver a Dios nacer.

Y en medio de esa y otras canciones navideñas, pasamos la Nochebuena en un chiringuito de la playa, Pedro y yo, con dos gaditanas recién conocidas, admirativas de los «viajeros de las estructuras».

El día de Navidad partimos de Cádiz en autobús hacia Málaga, siguiendo casi siempre la costa: San Fernando y Chiclana, Sancti Petri, Conil de la Frontera, El Palmar y el cabo de Trafalgar. Un área de playas espléndidas donde los pinos batidos por el viento llegan casi hasta el mar.

En Tarifa, el autobús hizo una parada técnica en la que conocimos a una joven estudiante china, que subió al autobús. Y con ella hicimos el resto del viaje hasta Málaga, la invitamos a comer en Algeciras y nos contó muchas cosas acerca de China, del nacimiento de la República Popular, y de cómo buena parte de la burguesía puso tierra por medio para no caminar junto con Mao Zedong por la senda hacia el comunismo. Sus padres y nuestra amiga se instalaron en París, donde ella descubrió su vocación de futura hispanista, no llegamos a saber por qué razones.

Por mi parte, esa primera conexión china debió de tener cierta relevancia, como inicio de una atracción creciente por el antiguo Celeste Imperio, muy lejos de imaginar que yo acabaría siendo casi un sinólogo, por mis tres libros sobre ese país, el último de ellos: China, tercer milenio: el dragón omnipotente (2013).

LA MÁLAGA DE CÁNOVAS. GRANADA DE BOABDIL

Llegamos finalmente a Málaga, sin que yo pudiera tener, naturalmente, ni la más remota intuición de que un día sería catedrático en la Facultad de Ciencias Económicas de esa ciudad; cuyo puerto entonces estaba más que solitario, prácticamente sin ningún barco y con un enorme silo del Servicio Nacional del Trigo para almacenar cereales.

Próxima al puerto, paseamos por la Alameda, a la que los malagueños llaman «el Parque», que se abre con el monumento a Don Antonio Cánovas del Castillo, el promotor de la restauración borbónica en 1874, y que tuvo su mayor papel en la elaboración de la Constitución de 1876.

Yo por entonces no tenía mucho conocimiento acerca de la obra y el significado de Cánovas, y en lo esencial veía su figura como la de un político retrógrado, responsable de la vuelta de los Borbones y de la propia Constitución canovista; considerada por Joaquín Costa como el telón de fondo de una farsa de oligarquía y caciquismo.

Posteriormente —¿el conservadurismo que va dando la edad, o el mayor conocimiento de los hechos y los contextos?— fui cambiando mi apreciación en torno a Cánovas, en una dirección más positiva. Dándome cuenta de que fue un patriota, aunque de acendrado pesimismo, pues veía el país sin posibilidades ya de desarrollar nada importante en la palestra internacional. Ese cambio mío de consideración histórica del personaje, se dio en dos momentos sucesivos: el primero, cuando escribí Una idea de España (1985), a partir de lo que fueron mis clases en la Sorbona, en París. Un trabajo en el que la figura de Cánovas supone un intento de estabilizar la atormentada España de guerras civiles y movimientos convulsos de los tres primeros cuartos del siglo XIX. Lo que permitió el comienzo de un cierto progreso económico, aunque no supo resolver, seguramente porque era insoluble, la cuestión colonial que llevaría a la Guerra hispano-norteamericana de 1898, que terminó con la pérdida de las últimas posesiones de España en ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas, las islas Marianas y las Carolinas.

El segundo paso en mi acercamiento a Cánovas, todavía no demasiado estrecho, todo hay que decirlo, se produjo cuando escribí mi novela La segunda vida de Anita Ozores; en ella Don Antonio aparece intercalado con la propia Anita (la Regenta rediviva de Clarín), alcanzándose el punto álgido de su relación en la entrevista imaginaria entre los dos personajes, en el balneario de Santa Águeda en Guipúzcoa; justo el día antes del asesinato de Cánovas por el pistolero anarquista Angiolillo, en agosto de 1897.

Ya sé que ahora todo eso del siglo XIX español le interesa a poca gente, entre otras cosas porque ya casi nadie sabe nada de Historia. Una realidad muy grave porque, como decía Arnold Toynbee, el pueblo que no conoce su propio devenir histórico se condena a sí mismo a ser colonizado culturalmente.

Desde Málaga viajamos en tren hasta Granada, entonces una ciudad muy distinta de la actual, con líneas de tranvías que la conectaban con los pueblos de la Vega; en aquellos tiempos se dedicaba al cultivo del tabaco, hoy sustituido en su mayor parte por inmensas choperas.

Por lo demás, el turismo era prácticamente inexistente, y uno podía entrar en la Alhambra sin ninguna espera ni cita previa. Dentro del gran palacio nazarí, apenas se encontraba uno a ocho o diez personas buscando el recuerdo de Boabdil y su madre, o de Washington Irving. No como ahora, que es necesario registrarse con tiempo para entrar en la lista de ordenador, con señalamiento de fecha y hora. Leía hace poco que, en 2011, la Alhambra acogió a algo más de dos millones de visitantes.

Me causó gran impresión el Palacio de Carlos V, con la forma perfectamente circular de su patio, y su piedra rojiza un tanto enigmática. Por entonces completamente vacío, como abandonado, a pesar de que ya habían empezado los festivales de música de Granada, algunos de cuyos actos se celebraban —y siguen celebrándose— precisamente en el patio circular de ese primer monumento del que sería emperador Carlos V.

Pero, en Granada, lo que más me fascinó fue la Capilla Real, no lejos de la catedral, donde se custodian los restos de los Reyes Católicos, Felipe I el Hermoso y su esposa, Juana; así como el primogénito de Isabel y Fernando, el infante Juan, que estaba llamado a cumplir un gran papel histórico que se hizo imposible por su muerte prematura.

La Capilla Real es uno de los lugares más maravillosos de toda España por su gótico flamígero y los enormes túmulos de las dos parejas reales, en un mármol que asemeja alabastro; y sobre todo, por la cripta con sus modestísimos ataúdes al aire. Desde aquel distante año de 1952 de mi primera visita, siempre que voy a Granada procuro encontrar un hueco para visitar la Capilla Real, en lo que para mí es el encuentro permanente con los padres de la nacionalidad española.

MINAS DE PLOMO, GUITARRAS, MANZANILLA... Y ESTRENO

Desde Granada iniciamos nuestro regreso a Madrid, enfilando hacia el norte, con una escala en Linares, para visitar la zona productora de plomo, donde pensábamos encontrar grandes instalaciones mineras. Sin embargo, cuando llegamos, nos informaron, en un cafetucho del centro, que las grandes minas ya estaban cerradas, y que solamente quedaban algunas explotaciones artesanales en las que trabajaban por libre mineros de las extintas compañías.

Allí nos trasladamos con nuestro recién conocido, un viajante de comercio muy amable que nos llevó en su camioneta. Tenía algún amigo entre los mineros de la zona y consiguió, no sin ciertos esfuerzos de persuasión, que nos dejaran entrar en una de las explotaciones. Un pozo en malas condiciones, con una jaula de bajada y subida más que temblorosa, en la que descendimos para entrar en una galería mal alumbrada donde había mineros atacando con martillos compresores las vetas de galena (sulfuro de plomo), para con pocas medidas de seguridad extraer el mineral, que después llevaban a una pequeña fundición de la localidad. Era una época en que en España escaseaba el trabajo, y también el plomo, y los mineros seguían en sus labores a pesar de todos los peligros.

Aturdidos y cansados salimos del pozo y, ya a pie y sin prisas, nos dirigimos hacia el centro de Linares, para desde allí planear nuestro retorno a Madrid. Y cuando pasábamos por un grupo de casas enjalbegadas y con ventanas floreadas, de una de ellas salía un rasgueo de guitarra acompañado de lo que parecía ser cante flamenco. Nos acercamos al foco del sonido, una casa bien aparente. Llamamos con la aldaba, y para nuestra sorpresa, cuando preguntamos qué negocio había allí, se nos dijo que era una «casa de niñas».

Nos sentamos a una mesa a tomar unas copas de manzanilla con aceitunas, a lo que ya íbamos cogiendo afición en nuestro viaje por Andalucía, y la mujer que actuaba de madama nos ofreció la compañía de sus pupilas. Dicho y hecho: se nos juntaron dos jovencitas, que no debían de tener más de dieciocho años, que bebieron con nosotros, muy divertidas por nuestra juventud y los comentarios sobre el viaje que ya tocaba a su fin. Eran bastante agraciadas, muy lejos de la miseria de lo que por entonces eran los lugares de perdición en Madrid.

La cosa fue entonándose y en una de esas entonaciones, Pedro que me había comentado ya alguna vez que él «no se había estrenado aún», me preguntó «por lo bajini» si no me parecería mal que en ese espacio-tiempo llevara a cabo su primera experiencia. Naturalmente yo le di a entender que cualquier momento podía ser bueno para entrar en acción, con lo cual el buen aprendiz de ingeniero se animó, y casi ceremoniosamente invitó a una de las dos mozas, que le llevó de la mano al interior de la casa, donde estuvieron como tres cuartos de hora más o menos. Pedro tornó a la mesa con el rostro iluminado.

Aún nos quedamos un rato, incorporándose ya a nuestro ruedo la madama y otras chicas deseosas de noticia de nuestro recorrido por el Ándalus, formándose así toda una especie de fin de fiesta inesperado de nuestro periplo de jóvenes viajeros. También estuvieron preguntando por cosas acerca de la capital; incluso se permitieron algún escarceo político sobre si los arreglos de Franco con Estados Unidos iban a tener tanta importancia, para salir de miserias...

Antes de dejar aquel «jardín de las delicias» en el que habíamos pasado media tarde, y cuando me pareció menos inoportuno, en un aparte, le pregunté a mi colega:

—¿Qué tal la experiencia? —Pedro se echó a reír, y con su habitual semblanza reflexiva de buen chico, me respondió:

—No fue tanto como yo me esperaba... pero no ha estado mal... —y entonces sí que casi soltó una carcajada—. ¡Habrá que repetirlo, claro está!... Mi tierna amiga me dijo que también es cuestión de experiencia, y que cuando se va ganando confianza, la cosa mejora mucho...

—Puedes estar seguro...

Tras los referidos sucesos vespertinos, un amigo de la madama que había participado pasajeramente en el convivium nos llevó en su moto con sidecar al nudo ferroviario de Espeluy, donde teníamos previsto tomar el tren. Para un viaje de diez horas hasta Madrid, adonde llegamos al amanecer, con tiempo frío y seco. Y en el trayecto, en tranvía, desde la estación de Atocha hasta cerca de mi casa, me introduje en el ambiente en las primeras horas de la capital, con los traperos ya de retirada, con sus carros tirados cansinamente por pequeños y humildes borricos.

Terminando el «viaje de estructura económica», si tuviera que hacer un balance del mismo, diría que vivimos la España en sus últimos momentos del estancamiento secular originado por la Guerra Civil, con la plena vigencia del sistema autárquico. Era un país que en todo el territorio que visitamos daba la impresión todavía de estar recién salido de las penurias bélicas, salvo las nuevas zonas industriales como la de Puertollano y Cádiz. Por todas partes, mucha pobreza: pocas construcciones recientes, gente mal vestida, coches viejos y parcheados, pensiones lúgubres con sólo lo elemental, alimentación precaria en tascas y tabernas.

En cualquier caso, el «viaje de estructura económica» fue muy admirado por quienes supieron de lo mucho que habíamos ido viendo Pedro y yo. Y a los pocos días de volver, nos reunimos una noche en la chocolatería para contarles nuestras impresiones a Luis Alcaide, Alberto Arias y los demás contertulios, surgiendo inevitablemente la experiencia de Pedro en Linares, que mi compañero de viaje narró comedidamente; dando idea de que desde su retorno a Madrid ya había experimentado de nuevo.

Nuestros amigos, implícita o explícitamente, expresaron su envidia por no haber participado en aquellas correrías de doce días de un sitio para otro, durante las cuales yo me había gastado en total, de mis ahorros, unas 1.500 pesetas, es decir, poco más de 100 pesetas diarias, incluyendo transporte, alojamiento en pensiones, comidas y todo lo demás. 1.500 pesetas son hoy 9 euros. Claro que la inflación lo explica casi todo.

En definitiva, volvimos del viaje con una mezcla de sensaciones contradictorias por el pesimismo que suscitaba la situación en que se encontraba toda la España del Sur —título que luego escogió Alfonso Carlos Comín para un libro que tuve ocasión de prologarle—. Y al tiempo, encontramos que nuestra tournée era susceptible de la aplicación de aquella célebre frase del filósofo italiano Antonio Gramsci: «Contra el pesimismo de la inteligencia, está el optimismo de la voluntad».

9

EL VERANO DEL 53 Y LA «CIUDAD DE LA NIEBLA»

EN LA COSTA AZUL

En la Facultad de Derecho, entre 1951 y 1953, trabajé en la organización de campos de trabajo en el extranjero, y personalmente también en los que el Servicio Universitario de Trabajo (SUT) tenía en marcha en España; actividades en línea con lo que después marcó el proceso histórico que llevó a la rebelión universitaria de 1956.

El caso es que en ese ambiente, durante el verano de 1953, en la continuación de mi fiebre de conocer mundo, me enrolé para ir a un campo de trabajo en Francia, en una chantier de la organización Jeunesse et Reconstruction, situada en Boulouris, a medio camino de San Rafael a Niza, en la Costa Azul. Allí fuimos, juntos, Emiliano Luengo, por entonces estudiante de Farmacia; Fermín Prieto-Castro, compañero de la Facultad de Derecho, y yo mismo. Y ya in situ, el trío pasó a ser cuarteto con Gonzalo Alfonso Sol de Liaño y Felip, mi vecino y «hermano de meadas» de General Arrando, de los tiempos de la primera posguerra; que arribó a Boulouris sin papeles de ninguna clase, para quedarse unos días con nosotros, a lo cual el mando del campo no puso reparos; de modo que se instaló en nuestra habitación como un trabajador más. Y a pesar de nuestras malas relaciones con Vidó, el jefe de la chantier, fue aceptado en la juvenil comunidad laboral y de ocio como uno más, dando buena razón de yantares y bebercios.

El pabellón en que vivimos en Boulouris tenía habitaciones amplias y luminosas, y podíamos dormir con las ventanas abiertas, acompañados por el lejano ruido de los grillos y cigarras; en ciertas ocasiones, cuando soplaba viento a favor, también nos llegaba el susurro de las olas del mar rompiendo en la playa próxima.

Trabajábamos por las mañanas, desde hora muy temprana, con una cadencia al principio bastante dura. Aunque al ir pasando los días con más confianza, y perdiendo respeto al jefe del campo, todo se hizo menos estricto. A ello contribuyó una «huelga de brazos caídos», que duró un par de días, contra lo que considerábamos una excesiva disciplina.

La alimentación era sana: ensaladas, pescado, carne, fruta, buenas baguettes y un vino tinto espeso del Languedoc, que trasegábamos en abundancia; a veces con la suculenta fromagerie gala.

Del jefe del campo, Vidó, nunca llegamos a saber si era su nombre o apellido. De nacionalidad yugoslava, tampoco pudimos precisar de qué porción del país provenía, situándolo nosotros entre croata y serbio. En todo caso, se comportaba como un misántropo: comunicaba poco con nosotros, apenas para otra cosa que no fuera echarnos una bronca de vez en cuando, sobre todo a los españoles, a los que nos miraba con resquemor. Pensando, como tantos y casi siempre, que si estábamos en el extranjero era porque todos éramos franquistas... aunque luego ya fue enterándose.

En el campo de trabajo, además de los cuatro españoles, estaba un inglés, Mitchell, muy simpático; que parecía no tener grandes pretensiones en la vida, salvo trabajar poco, estudiar francés y beber vino; en la medida de lo posible acompañado del sabroso saucisson du Midi. Con Mitchell daba gusto hablar de cualquier cosa: de Inglaterra, de la Segunda Guerra Mundial, de la disolución del Imperio británico en tiempos del Gobierno laborista de Attlee y entonces ya con Churchill otra vez.

Había también un alemán muy joven, Henning, con la cara como picada de viruelas, y de aspecto embrutecido que evidenciaba su extracción rústica. Hablaba un francés muy elemental, un tanto prolet, pero su carácter le hacía muy tratable, sin que nunca originara conflictos, lejos de eso, siempre estaba dispuesto a echar una mano donde y a quien fuera.

Los italianos eran cosa aparte. Dos sicilianos, Francesco y Demetrio, pasaban el día riéndose hasta de su sombra, haciendo chistes, comentando sucedidos y cantando canciones procaces. Entre ellas, una con letanía que simulaba la del rosario y que tenía un estribillo irreverente y soez: «Nel primo [o secondo, terzo, etc.] misterio misterioso, se contempla come San Hilario, con il suo cazzo, deragliaba i rapidi», cuyo significado se entiende sin más traducción. Como tampoco la necesita su máxima filosofía por excelencia: «Si vive per la figa!».

Al lado de los dos sicilianos había un milanés, de carácter muy distinto, Mario, seriote él, que un buen día recibió la visita de una sobrina suya, una chica jovencita y pizpireta, Lina, con quien hice algunas excursiones por la costa en la vespa con que ella había llegado de Italia. En uno de esos recorridos, en un pueblo cercano a Niza, tuvimos una caída de la moto que yo conducía, lo que me ocasionó una brecha en la pierna derecha, a la altura de la pantorrilla. Buscamos un médico local, y le debimos de hacer mucha gracia a lo largo de la conversación que tuvimos con él, en la que se mostró muy interesado por nuestros quehaceres y líos. Al final, y sabedor de que yo era hijo de médico, dijo: «Nada, nada, monsieur Tamames, salúdeme a su padre ¡y ya está! No me deben nada». Así eran muchos franceses del Midi por aquellos tiempos...

Al lado de nuestra residencia en Boulouris había otra mejor equipada que, a modo de colonie de vancances, estaba destinada a artistas franceses, que tiempo después llegamos a saber eran en su mayoría cineastas. Y con ellos trabamos buena relación, hasta el punto de que en alguna ocasión nos invitaron a tomar unos vinos con ellos y a escuchar sus largas discusiones en torno a la Nouvelle Vague del cine galo. Así que, no valorándolo demasiado, estuvimos por unas horas con directores posteriormente famosos como Jean-Luc Godard, autor de Une femme est une femme o Masculin, féminin: 15 faits précis; o François Truffaut, de quien luego vería con delectación Les quatre cents coups. En sus debates, el fondo filosófico que prevalecía no era el marxismo, sino más bien el existencialismo, a lo Sartre y a lo Camus, y con una cierta obsesión por quitarle un buen pedazo del pastel a la superindustria de Hollywood, lo cual, en parte, acabarían consiguiendo.

Dos excursiones resultaron especialmente memorables para mí entre las que realizamos con base en Boulouris. Una de ellas, a la villa de Pablo Picasso en la cercana localidad de Vallauris, en la que el pintor malagueño trabajaba desde hacía muchos años, y donde precisamente le visitaría mi padre años después, en 1961, acompañando a Luis Miguel Dominguín y a Lucía Bosé; pues el gran artista actuó con gran entusiasmo como padrino del segundo fruto filial de la pareja filmo-taurina. Paola recibió precisamente ese nombre por haber sido Don Pablo su testigo de cristianización. Un encuentro en el que mi padre y Picasso tuvieron muy buena química, hasta el punto de que Don Pablo le hizo a Don Manuel varios dibujos con unas ceras, sobre las páginas de un libro que había publicado al alimón con Dominguín (Trozo de piel), y le iluminó una foto estupenda en la que, en buena componenda, aparecen el pintor y el médico.

Volviendo a nuestra excursión de Boulouris a Vallauris para visitar a Picasso, la cosa no fue tan venturosa, porque el portero de la finca, de aspecto un tanto rufianesco, nos dijo que el maestro no estaba para recibir al primero que pasara por allí, y que, por mucho que fuéramos españoles, no estaba disponible para nadie.

El segundo viaje con base en Boulouris fue mucho más placentero. Montamos un operativo un grupo de los esforzati lavoratori del campo. Empezando por el italiano más serio, Mario, que hizo de cicerone. Además, en la comitiva fuimos el inglés despistado, Mitchell; el buen chico alemán, Henning, y yo mismo. En autobús nos trasladamos a la Riviera dei Fiori, continuación menos exquisita, pero más entrañable de la Costa Azul francesa.

En Bordighera nos alojamos —¿cómo no?— en el albergue de la juventud, bastante ruinoso y cutre, pero que nos pareció más que suficiente para servirnos de acomodo durante dos noches, ya que nuestro propósito era visitar los aledaños de la localidad, con sus playas. Un lugar en el que precisamente Franco y Mussolini se entrevistaron en 1940, de lo que era conocedor; pero aún sin los detalles que luego obtuve al leer lo que acerca de ese encuentro relató Ramón Garriga, en uno de sus estupendos libros sobre la política exterior del Caudillo.

Del encuentro de los dos dictadores quedaron algunas fotos bien elocuentes, por la ancha sonrisa de Franco, a quien se veía muy a gusto con el Duce, mucho más que con el Führer en su entrevista de poco tiempo antes en Hendaya.

Bordighera era en 1953 una villa de pescadores con algún turismo, más británico que italiano. Sumamente vistosa, en términos paisajísticos, hacía honor al nombre de la Riviera dei Fiori, con flores efectivamente por doquier, y según nos dijeron, durante todo el año.

Una de las novedades más agradables de todo ese mi primer viaje italiano fue el conocimiento de los vinos blancos de la Toscana, y también de los vermuts que probé en sus distintas especialidades: blanco seco, blanco dulce, rojo... Todo con hielo, un poco de agua y una corteza de limón. El Cinzano bianco dolce me pareció la bebida más deliciosa...

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
891 s. 20 illüstrasyon
ISBN:
9788490563069
Yayıncı:
Telif hakkı:
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