Kitabı oku: «Klopp»
KLOPP
UN TIPO NORMAL
Raphael Honigstein

© Raphael Honigstein 2017, 2020 del texto original.
Publicado originalmente bajo el título Klopp: Bring the Noise por Yellow Jersey Press en 2017 y actualizado en 3a edición en 2020.
© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2021.
Gordoniz 47B-bajo
48012 Bilbao
info@librosderuta.com
www.librosderuta.com
Primera edición: mayo 2021
Autor: Raphael Honigstein
Traducción: David Batres Márquez
Edición: Eneko Garate Iturralde
Foto de portada: Michael Regan/Getty Images
Diseño portada y maquetación: Amagoia Rekero García
ISBN: 978-84-122776-0-9
Depósito legal: BI-848-2021
Impreso en España por Leitzaran Grafikak
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Para papá y mamá
ÍNDICE
La sorpresa
Glatten 1967
Lunes de las rosas: hora cero
Mainz 2001
Revolution Number 9
Dortmund 2008
El camino que lleva a Anfield
2012-2015
En el juego del padre
Wolfgang Frank: el Maestro
Schönen guten Tag. Hier ist Jürgen Klopp
Dortmund 2008–2010
Dale caña
Liverpool 2015-16
Arrancadas y parones
Ergenzingen, Frankfurt - Mainz 1983–2001
El Rin en llamas
Mainz 2001-2006
La primera, la segunda y casi la tercera
2010-2013
Caos y teorías
Liverpool 2016-17
Triunfos en la pequeña pantalla
60 000 lágrimas
Mainz 2007-08
Tiempos de oscuridad
Dortmund 2013-2015
Y se armó el jaleo
Campeones eternos
Agradecimientos
Índice onomástico
No importa de dónde seas, importa donde estés. Eric B. y Rakim
LA SORPRESA
Glatten 1967
La Selva Negra no es negra. Ni tan siquiera se puede decir que sea una selva. Ya no, al menos. Hace dieciocho siglos las tribus salvajes germanas de los alamanes comenzaron a talar esa masa sombría que tanto temor infundía en los romanos, ganando así terreno para su ganado y sus aldeas. Misioneros celtas llegados de Escocia e Irlanda, armados con hachas y fe, siguieron talando, bosque adentro, doblegando a la naturaleza y mermando su enormidad. En la actualidad, lo que todavía queda de su negrura sirve, sobre todo, como materia prima para pesadillas infantiles y relojes de cuco, además de haberse convertido en una espléndida marca comercial turística.
Multitud de gente de todo el país y más allá acude a esta cordillera que descansa en la esquina suroeste de Alemania, con la intención de arrancar de sus pulmones y corazones todo rastro de mugre urbanita. Tras la guerra, la Selva Negra se convirtió en lugar común para una industria cinematográfica en busca de escenarios vírgenes, localizaciones idílicas donde situar clínicas —tanto reales como ficticias—, y uno de esos lugares en los que fantasía y realidad podían fundirse como en un embrujo.
Aviso a los escépticos: no les quepa duda de que todo esto es cierto; al menos en esa perfecta ciudad de postal que es Glatten. Casas blancas con techos que parecen pan de jengibre y balcones de madera, superpuestas, como sin quererlo, frente a las colinas, vigilando las interminables laderas de hierba. «Los hay que, para demostrar su esplendor, construyen en lo alto de un monte. Pero los suabos construyeron sus hogares dentro de los cerros, para ocultar la realidad de su grandeza», explica Rezzo Schlauch, el que fuera político del partido de los Verdes, acerca de la mentalidad modesta de los habitantes locales, sus paisanos. «El Mercedes lo guardan en el garaje y dejan fuera el VW».
El río Glatt (que en alto alemán antiguo significa algo así como prístino o tranquilo) corre desde el norte hasta llegar a la pequeña ciudad a la que bautiza, dejando atrás la fábrica, revestida de acero, de J. Schmalz GmbH, dedicada a la tecnología de vacío. El río ejerce de discreta carabina para la calle alta (concesionario de coches, banco, panadería, carnicería, floristería y un puesto de doner kebab) y suministra, a duras penas, agua para la piscina natural, volviendo a manar después junto al campo de deportes pasado Böffingen, población que ha sido absorbida por Glatten.
La dura climatología —las lluvias son continuas durante el verano— hace de este un paraíso que hubo que luchar, no un regalo caído de los cielos. Esta es una tierra que da hierba, maíz, lechones y unas gentes de una resolución y frugalidad imponentes; son los alemanes llevados al extremo, que trabajan más allá del trabajo duro, que no se conceden el mínimo respiro. «Schaffe, schaffe, Häusle baue»: trabaja, trabaja, y después, te construirás una casa; así reza un famoso dicho de la región.
«Un rasgo muy característico de los suabos es que trabajan día y noche, con denodado ahínco», explica Schlauch. «Esto es así desde el principio de los tiempos, igual que su fama de grandes innovadores. En otras zonas el primogénito heredaba la granja de los padres. Pero en Suabia la tierra se dividía equitativamente entre toda la descendencia. Eso hacía que la tierra de cultivo fuera mermando hasta que ya no era viable trabajarla, momento en el que los descendientes se veían obligados a buscarse otro trabajo. Muchos de ellos se convirtieron en inventores y Tüftler, gente que trata de encontrar nuevas soluciones a viejos problemas».
La costumbre local exige que todo se haga de manera meticulosa y seria. Y eso incluye la diversión. Uno de los catorce clubes sociales activos en Glatten está dedicado al Carnaval. Otro se convierte en el punto de encuentro de los amigos del pastor alemán.
Los graneros se alinean en una pequeña calle surcada por el barro que dejan detrás los tractores; y ahí es donde se encuentra, justo al lado de un campo el Haarstüble de Isolde Reich, una pequeña peluquería, discreto lugar de encuentro y punto de venta de unos calcetines que una de las amigas de Reich teje de manera benéfica. Los beneficios se destinan a comprar calzado para los sin techo.
Isolde nació en Glatten en 1962, la más joven de dos hermanas. Su padre, Norbert, un portero de talento, era un enamorado de los deportes. Su carrera terminó antes siquiera de haber comenzado, frustrada por un padre de lo más adusto: «insistía en que Norbert debía buscar una verdadera vocación, no probar suerte con el fútbol» cuenta Reich. Pero jamás dejó morir sus anhelos deportivos. Jugó al fútbol de manera amateur, así como al balonmano y al tenis, e intentó inculcarle esa pasión a su familia. Después de que ni su esposa, Elisabeth, ni su hija mayor, Stefanie, demostraran inclinación alguna por el deporte, las esperanzas de Norbert se centraron en Isolde. Antes y después de su nacimiento («En mi álbum de fotos escribió ‘‘Isolde, en realidad, deberías haber sido un chico’’», sonríe). «Fui la primera niña de todo Glatten en acudir a la escuela de fútbol».
Norbert fue su entrenador, y sus métodos eran rigurosos y exigentes. Llevaba a Isolde, de cinco años, al campo de fútbol de Riedwiesen, que estaba junto al río y allí entrenaban los remates de cabeza colgando un viejo y pesado balón de una cuerda que ataba a una barra de hierro verde. Si no colocaba bien el cuerpo o elevaba demasiado los brazos, Norbert le hacía dar una vuelta al campo corriendo, como castigo. «Era duro, pero también era justo. Era un hombre de principios, lleno de pasión», dice Reich.
En el verano de 1967 su madre tuvo que abandonar la casa familiar durante un mes. Elisabeth estaba en avanzado estado de gestación y, ante el riesgo de posibles complicaciones, se vio obligada a acudir a una clínica de Stuttgart, a 80 kilómetros al noroeste. El hospital local de Freudenstadt, a apenas 8,5 kilómetros carretera arriba, no estaba preparado para efectuar cesáreas. Para Stefanie e Isolde fue muy complicado estar sin su madre durante tanto tiempo. «Nos prometieron: ‘‘Cuando regrese, mamá os traerá algo maravilloso’’».
Pero cuando Norbert y Elisabeth llegaron a casa lo único que traían en sus manos era un pequeño bebé que no dejaba de berrear. Apenas una hora después, las hermanas preguntaron si no sería posible que se lo llevaran de vuelta y lo cambiaran por otra cosa. Un hermanito llorón: ¡Pues vaya birria de sorpresa! Pero Isolde se dio cuenta muy rápido de que, aquel día, no solo le habían regalado un hermano pequeño que no dejaba de molestar con sus lloros. «De inmediato, mi padre centró en él todos sus esfuerzos deportivos. Me libré de tener que practicar remates de cabeza con aquel péndulo y, en lugar de ello, me dejaron asistir a ballet y atletismo. Lo cierto es que el nacimiento de Jürgen fue toda una suerte. Me hizo libre».
LUNES DE LAS ROSAS: HORA CERO
Mainz 2001
A Christian Heidel le gusta tantísimo esta historia que ha llegado a preguntarse si, verdaderamente, es real. «Como aficionado del Mainz podría decir: venga, adornemos esto un poco. Pero lo cierto es que fue así», insiste mientras se prepara para un dar un salto mental de proporciones siderales: desde su aburrido despacho en el Schalke 04 hasta una ciudad que canta y baila con frenesí bajo una lluvia de confeti; y en ella, hasta un pequeño y desastroso equipo de la segunda división desterrado a un nada glamuroso exilio provinciano, a cuarenta minutos en coche.
Un día antes, el 25 de febrero del 2001, el FSV Mainz 05 se había enfrentado a su némesis, el SpvGG Greuther Fürth, perdiendo por 3 a 1 en el Playmobil-Stadion. «Klopp tenía molestias y estaba siendo el peor sobre el campo, así que tuvo que abandonarlo a veinte minutos para el final», recuerda Heidel. Aquella derrota hundía al Mainz en la zona de descenso. «Estábamos am Arsch» (algo así como a tomar por culo), sonríe el antiguo mánager general del FSV. Estaban, literalmente, al fondo de la tabla, sin nada parecido siquiera a una luz al, ejem, fondo del túnel. «La media de asistencia al estadio era de unos 3000 espectadores, ya no le importábamos lo más mínimo a nadie. Todo el mundo estaba seguro de que bajaríamos».
Todos sus colegas en la directiva del Mainz se encontraban en el centro de la ciudad, divirtiéndose en el Lunes de las rosas, la fiesta de carnaval por la que tan famosa es en toda Alemania la capital de Renania-Palatinado. Medio millón de personas se disfrazan con los atuendos más hilarantes, abusan un poco del alcohol y tratan de ligar algo. Las televisiones nacionales ARD y ZDF dedican toda la programación vespertina al encuentro de las asociaciones carnavaleras en el Palacio Electoral, cuatro horas de gags regados por la cerveza y la sátira política.
Eckhart Krautzun, el muy viajado entrenador del Mainz (su mote era «Weltenbummler», trotamundos) consideró que la tentación carnavalera sería demasiado seductora para un equipo al que le esperaba un partido de la máxima importancia contra el Duisburgo, el miércoles de ceniza. «Tras la derrota contra el Fürth el ventilador comenzó a esparcir mierda por todo Mainz. Sabíamos que le cortaban la cabeza al entrenador, o que pondrían todos los focos sobre nosotros. Nos concentraron durante tres días en un hotel en Bad Kreuznach, así que nadie pudo salir ni moverse», cuenta el centrocampista del FSV Jürgen Kramny, compañero de habitación de Jürgen Klopp en esos días.
Christian Heidel se había quedado en su casa, en Mainz. No estaba de humor para fiestas, la situación del equipo era lo suficientemente desesperada como para andarse con tonterías. Resultaba más que obvio que había que echar al entrenador. Nadie dudaba de que Krautzun era un hombre muy agradable, un director experimentado que, en una ocasión dirigió a Diego Armando Maradona durante un partido con el Al-Ahli en Arabia Saudita, además de a los equipos nacionales de Kenia y Canadá y toda una miríada de clubes alrededor del globo; pero sumar seis puntos en nueve partidos desde que se hiciera cargo del equipo en noviembre, resulta la típica racha que te lleva de cabeza al cese. Además, Heidel también tenía la sensación de que, desde el primer instante, Krautzun había jugado con él para conseguir que lo contratara.
Su predecesor, René Vendereycken, quien en su día fuera internacional belga, resultó ser un entrenador hosco y monosilábico, cuya negación a la hora de comunicarse tanto con los jugadores como con la directiva y empleados solo quedaba igualada por su renuencia a la hora de imponer un sistema de juego coherente. Fue cesado cuando apenas se habían completado doce partidos de la temporada 2000-2001, tras conseguir veinte pírricos puntos, dejando al Mainz, una vez más, en la zona de descenso. Heidel quería poner al cargo a alguien capaz de implementar el exitoso sistema de cuatro defensas/marcaje en zona que Wolfgang Frank introdujera seis años atrás, durante su época como entrenador del Mainz, una táctica que, por aquel entonces, se consideraba tan avanzada para los estándares de la Bundesliga que casi nadie sabía cómo hacer que funcionara.
Heidel: «Le dije a todo el mundo que buscaba un entrenador capaz de hacer funcionar una defensa zonal. Alguien que la pudiera entrenar, que pudiera enseñar a los jugadores a jugarla. De repente recibí una llamada de Krautzun. Para ser sincero, jamás pensé en él. Su anterior club fue el Kaiserslautern y no le habían ido bien las cosas, así que me daba la sensación de que no merecía la pena intentarlo. Pero él siguió hablando y hablando sin parar, hasta que, al final, me convenció para reunirnos. Así que fui a Wiesbaden a verlo. Se puso a explicarme todo tipo de cosas sobre la defensa en zona, con todo lujo de detalles, y pensé «¡la madre que me parió, al final va a resultar que sabe de qué va todo esto!». Yo había visto tantos entrenamientos de Frank que sabía perfectamente cómo eran los movimientos. Así que lo contraté. Unas dos semanas después, Klopp vino a verme y me dijo que Krautzun le había llamado un mes antes. «Quería saber cómo funcionaba la defensa en zona, nos tiramos tres horas hablando». Y esa era, justo, la sensación que daba sobre el terreno de juego. «Empezamos ganando un partido, pero después todo se fue al garete».
Deshacerse de Krautzun era la decisión más fácil y sensata. Pero encontrar al sustituto ideal resultó un trabajo mucho más arduo. Heidel se sepultó bajo una montaña de anuarios de Kicker, con la esperanza de descubrir al candidato apropiado. «Por entonces no existía Internet. Por ejemplo, no sabías quién entrenaba al Brujas. Pero también es cierto que ese tipo de equipos eran cinco veces más grandes que el nuestro. Eran otros tiempos. Apenas había entrenadores extranjeros en la Bundesliga. Al final, te veías pescando en el mismo barreño una y otra vez. Pasado un tiempo, Heidel cerró todos sus anuarios y admitió su derrota: «Estaba convencido de que la única opción que teníamos era la de volver, fuera como fuera, al tipo de juego que habíamos desarrollado bajo la batuta de Wolfgang Frank. Pero era incapaz de encontrar a la persona adecuada. No tenía ni la más remota idea de quién podría lograr algo así».
Puede que, en un día en el que no se aplican los convencionalismos, fueran los bufones que desfilaban por las calles de Mainz quienes inspiraran a Heidel. Se había quedado sin toda respuesta racional. El único movimiento lógico que le quedaba era tirar por la vía del absurdo. Si no había ningún entrenador adecuado disponible, a lo mejor la respuesta era… ¿seguir sin entrenador?
«Pensé ‘‘Hagamos algo espectacular. Entrenémonos nosotros mismos’’». Afirma que «en la plantilla había suficientes muchachos buenos e inteligentes» como para hacer que una idea tan absurda funcionara; podían enseñar a los que habían llegado después del final de los días de Frank en el Bruchwegstadion. Pero como el fútbol es como es, siempre tiene que haber alguien al mando. Heidel llegó a pensar ponerse él mismo al frente. «Después de asistir a tantísimos entrenamientos con Wolfgang podría haberles explicado cómo funciona el sistema; pero jamás había disputado un partido en la Bundesliga, ni tan siquiera en la Oberliga (Cuarta División). Hacerlo habría sido una estupidez. Por eso llamé a Klopp, a su habitación en el hotel de Bad Kreuznach. No tenía la más mínima idea de la que le caía encima».
Heidel informó al veterano lateral derecho de que la situación con Krautzun era insostenible, de que era necesario cambiar algo. «Le dije: ‘‘Creo que sois imposibles de entrenar. No hay nadie en Alemania capaz de entender eso a lo que jugamos —o a lo que pretendemos jugar— y con lo que pretendemos tener éxito. Vosotros, la plantilla, sí lo entendéis. Pero no ha funcionado con ningún entrenador’’. Klopp seguía sin saber lo que pretendía, así que fue entonces cuando le dije: ‘‘¿Qué te parece si nos dirigimos nosotros mismos? Alguien tendría que estar al frente y tú eres el apropiado’’. Al otro lado de la línea se hizo el silencio, cosa de tres o cuatro segundos. Y entonces respondió: ‘‘Es una gran idea. Hagámoslo’’».
Heidel telefoneó al capitán, Dimo Wache, el portero. «El verdadero capitán era Kloppo, pero quien portaba el brazalete ere Dimo. Dietmar Constantini (el entrenador que precedió a Krautzun) se lo había quitado a Klopp porque este siempre criticaba las tácticas. Ningún otro jugador estaba tan interesado en la táctica, pasaba mucho tiempo dándole vueltas. Constantini llegó incluso a sacarlo del equipo un tiempo. Kloppo de suplente, eso no puede funcionar. Hoy en día resulta gracioso escucharlo cuando critica a los jugadores por quejarse; si lo hubiera visto por entonces…».
Harald Strutz, el caballeroso presidente del Mainz, estaba muy ocupado cumpliendo con sus deberes canibalísticos liderando a los Ranzergarde, un cuerpo de guardia de soldados del siglo XIX que parodiaban al militarismo prusiano. «Heidel me telefoneó y me dijo: ‘‘Tenemos que echar al entrenador, de inmediato’’», cuenta Strutz, sentado en su acogedor despacho en las oficinas del Mainz, en un bloque de oficinas a las afueras de la ciudad. En la recepción hay una vitrina de cristal con artículos del FSV, entre los que se encuentra una edición especial del Monopoly en cuya caja aparecen Klopp y Heidel. «Krautzun fue de lo más correcto. Quería continuar con su trabajo, pero le dijimos que la decisión estaba tomada. Así que me quité mi uniforme de los Ranzengarde y conduje hasta Bad Kreuznach. En Mainz, el Lunes de las rosas, todo el mundo está de fiesta, pero eso no significa que todo el mundo esté bebido. O al menos yo no lo estaba, de lo contrario no podría haber conducido hasta allí. Le preguntamos a Kloppo: ‘‘¿Crees que puedes hacerlo?’’. No dudó ni un segundo: ‘‘Por supuesto que sí. Claro, sin duda’’».
Strutz se detiene un momento, atónito por lo incongruente de la decisión más importante que jamás tomó mientras presidió al Mainz. Es miembro local del Partido Liberal Democrático y trabaja como abogado; sobre la mesa de su sala de conferencias se puede ver una copia del Bürgerliches Gesetzbuch, el código civil alemán. En pocas palabras, Strutz es un hombre serio. No es el tipo de mandamás que se deja llevar por las Schnapsidee (quimeras) de su mánager general. «Es una historia muy especial», prosigue. «Así es como empezó ¿por qué íbamos a cambiar nada? Si hubiera visto lo que pareció en aquel momento… Fue todo un logro mantener unido al equipo. Un comienzo extraordinario para una carrera de entrenador como esa. Todavía me da vueltas la cabeza de lo extraordinario que fue».
Pero los diez periodistas locales que acudieron a la rueda de prensa del FSV en Bad Kreuznach, un día después, no estaban tan emocionados. Heidel: «Ya estaban al tanto de que Krautzun se había marchado. Se lo habíamos confirmado. Fue entonces cuando un periodista, Reinhard Rehberg, quien a día de hoy sigue trabajando, dijo ‘‘¿Qué hace Klopp aquí?’’. Todos suponían que le encargaríamos la dirección del equipo al segundo entrenador mientras encontrábamos a alguien, pero es que ni tan siquiera recuerdo que, en aquel momento, tuviéramos segundo entrenador. Así que les dije: ‘‘Kloppo será el entrenador este partido’’. Toda la mesa de periodistas rompió en una sonora carcajada. Se partieron de la risa. Al día siguiente, todos los periódicos se burlaban de nosotros. La gente suele pensar que todo el mundo se ha deshecho en alabanzas hacia Klopp siempre, pero Klopp no era, por aquel entonces, el mismo que es hoy en día; era el Klopp de entonces. Era un jugador, no tenía licencia como entrenador profesional, solo había estudiado Educación Física».
Klopp era consciente de que los reporteros no lo consideraban, para nada, cualificado para salvar al Mainz del descenso. Gastó una broma sobre su propia inexperiencia, haciendo como que no se sabía el guion. «Será mejor que me pongan al tanto sobre qué es lo que debo contestarles», les espetó a los periodistas desde detrás de una gran sonrisa.
«Lo que siguió, jamás lo olvidaré», prosigue Heidel. «Cuando los periodistas se fueron, Klopp dijo: ‘‘Vayamos a entrenar’’. Nos subimos a un par de autobuses que nos llevaron al Friedrich-Moebus-Stadion. Y al llegar vi algo que me hizo pensar: ‘‘Vaya, parece que hay vida ahí afuera’’. Había postes por todo el campo. El equipo volvía a entrenar la manera de moverse de un lado a otro, en formación. Y ahí es cuando lo supe: habíamos vuelto a los tiempos de Wolfgang Frank».
El resto del equipo se sorprendió tanto como los periodistas por el nombramiento de Klopp como nuevo jefe. «De buenas a primeras aparece Kloppo en el vestuario, dirigiéndose a nosotros como el entrenador», recuerda Sandro Schwarz, el que fuera centrocampista del FSV. «En realidad, seguía siendo uno de nosotros, no tenías que dirigirte a él de manera formal, ni guardar las distancias. Emanaba una autoridad natural, pero seguía mostrándose cercano a nosotros, todo siguió igual. Al equipo no le importó, suficientes problemas teníamos con salvarnos del descenso. Nadie tenía fe alguna en nosotros. Los compañeros que llevaban más tiempo en el equipo deseaban regresar al 4-4-2, el esquema que nos había hecho fuertes. Con su positivismo, Klopp consiguió que regresáramos a nuestros viejos patrones de comportamiento».
La primera charla de Klopp al equipo dejó una impresión indeleble en Heidel. «Todavía recuerdo el cuadro que se veía en ese vestuario. Ese muchacho nunca se había dirigido a un equipo. Jamás. Por entonces yo estaba un poco más delgado, más en forma. Si en ese mismo momento, después de escucharlo hablar, alguien me hubiera dado un par de botas, habría salido directo al campo a jugar contra el Duisburgo. Hasta aquel momento había visto a diez, once entrenadores ya. Pero jamás había visto algo parecido. Te morías por salir al campo y jugar. Al dejar el vestuario me crucé con varias personas que no las tenían todas consigo. Me decían, ‘‘no es más que un jugador…’’. Le dije a Strutz y al resto de compañeros de la directiva que ganaríamos, que estaba seguro al 100%. Si el equipo estaba tan convencido como yo, solo podíamos ganar; íbamos a ganar. No podría decirle cuáles fueron las palabras exactas, fue una mezcla de táctica y motivación, no tanto como si fuera un profesor dando una especie de lección. Podríamos haber jugado en ese mismo momento. Habló y habló hasta que el equipo se convenció de que éramos buenos».
Una década más tarde Klopp le admitiría a spox.com que «aceptar aquel encargo fue todo un acto kamikaze. Solo me hice una pregunta: ¿qué podemos hacer para dejar de perder? No pensé ni un solo instante en la victoria. El primer entrenamiento nos lo tiramos corriendo de manera táctica por todo el campo. Puse un montón de postes y traté de recordar cuáles habían sido las distancias entre líneas que habíamos mantenido con Wolfgang Frank. La mayoría de los jugadores todavía tenían escondidos, en algún rincón de su memoria más profunda, los movimientos que habían practicado con él hasta el hartazgo. Queríamos tener un sistema de juego que fuera indiferente al rival». En lo tocante a la parte más motivacional de su enérgica charla, también se acordó de una de las máximas de Frank: que «el último 5 por ciento» (Klopp) era lo que marcaría la diferencia.
Klopp tomaba «decisiones sencillas», dice Kramny. «Yo cambié de posición, de interior derecho a mediocentro. Cambió una o dos cosas más. Heidel nos dijo que, después de habérselo hecho pasar tan mal a los anteriores entrenadores, todos teníamos que arrimar el hombro. Todos nos sentimos responsables. No contábamos con el tiempo necesario como para hacer demasiadas cosas, así que la idea era la de inyectar algo de alegría, entrenar nuestro dibujo y los balones parados. Y entonces dijimos: ‘‘Vale, allá vamos. A correr, correr y correr’’. El día del partido llovía a mares».
Heidel: «Había unos 4500 espectadores. Jugar el miércoles de ceniza siempre es especial en Mainz. El Duisburgo estaba mucho mejor que nosotros, era uno de los principales candidatos al ascenso. Y, para ser sincero, he de decir que los barrimos del campo. Ganamos por 1-0, pero no se acercaron en ningún momento a nuestra área. No fueron capaces de traspasar nuestro sistema. La gente que fue al estadio se volvió loca».
Los que mejor se lo pasaron fueron los que estaban en la grada principal. Vieron a un entrenador del Mainz que «actuaba como el décimo segundo hombre, disputando, a todos los efectos, el partido desde la banda», añade Heidel. «Por entonces, aquella grada solo era capaz de albergar a 1000 personas, pero estaban por los suelos de lo gracioso que resultaba el tío ese que había en el campo. Ni tan siquiera sé en qué dirección salió corriendo cuando marcamos. Puede que incluso el árbitro lo expulsara del campo». (No fue así, al menos no en esta ocasión). «Todo fue muy especial, mucho. Y hay que dejar clara una cosa: aquel día nació Klopp. El resto, estaba por llegar».
REVOLUTION NUMBER 09
Dortmund 2008
Es una cortante noche invernal de enero de 2017 en Marbella. La recepción del Gran Meliá Hotel Don Pepe es el sueño del jefe de decorados de Dinastía: mármol blanco, columnas chapadas en oro, palmeras en tiestos… Y un hombre tocando el saxo.
Utilleros del Borussia Dortmund, en manga corta, empujan más allá de la vacía barra del bar varias cajas llenas de ropa sucia, utilizada en la sesión de entrenamiento de esa misma tarde. Sentado en un sofá de color crema, Hans-Joachim Watzke contempla la escena asintiendo con la cabeza, satisfecho. El CEO del BVB, de 58 años de edad, es un empresario de éxito; Watex, su empresa de ropa de trabajo, factura anualmente unos 250 millones de euros. Es el hombre que salvó al club de la quiebra en 2005; el hombre que trajo de vuelta el buen fútbol, la emoción y los trofeos al Westfalenstadion al contratar a Jürgen Klopp en el 2008. Pero, como suele ocurrir con todo aficionado de verdad, parece que sea el mero hecho de poder estar ahí, acompañando al equipo durante un pequeño parón invernal de diez días en Andalucía, lo que más feliz y orgulloso le hace. Luce un chándal con sus iniciales en el pecho.
«¿Que por qué Klopp? Esa pregunta se responde sola», dice mientras deja sobre la mesa su taza de café espresso. «En 2007 habíamos asegurado la supervivencia del club, pero también era patente que no teníamos mucho dinero para invertir en el equipo».
El Ballspielverein Borussia 09 e.V Dortmund, campeón de la Bundesliga en 1995 y 1996 y de la Champions League en 1997, título repetido en 2002, se había marcado un «Leeds». La inyección de 130 millones de euros recibida en el año 2000, cuando el club salió a bolsa en Frankfurt, fue dilapidada en contratar jugadores a un precio desproporcionado, en el fragor de una insostenible carrera armamentista contra el Bayern de Múnich. Cuando el equipo fue incapaz de clasificarse para la Champions League en 2005, por segundo año consecutivo, el club estuvo a punto de hundirse bajo el peso de los 240 millones de euros de deuda que arrastraba. «En las oficinas del club no teníamos ni la más remota idea de si al día siguiente mantendríamos nuestros trabajos», recuerda el antiguo delantero del BVB y actual speaker del estadio, Norbert «Nobby» Dickel. «Un momento horroroso».
«La ciudad de Dortmund vive por y para el club», dice Sebastian Kehl. El antiguo capitán recuerda que toda la ciudad estuvo en la cuerda floja, angustiada ante la posible desaparición del Borussia. «Taxistas, panaderos, empleados de hotel… todo el mundo temía quedarse sin su sustento. Para nosotros, los jugadores, fue muy complicado enfrentarnos a esta situación, porque sabíamos que, ganásemos o perdiésemos, nada cambiaría».
Fue Watzke, antiguo tesorero del club (no de la S.A.), el que salvó al BVB al arrebatarles el control al dúo que formaban el director deportivo Michael Meier y el presidente Gerd Niebaum, quienes no gozaban, incluso literalmente, de crédito alguno. Watzke negoció un préstamo y una ampliación de capital con Morgan Stanley, lo que permitió al Dortmund recomprar su estadio y acabar, así, con un acuerdo de arrendamiento sangrante. Pero este plan ofensivo de reducción de gastos no dejó dinero como para comprar estrellas.
Watzke: «Michael Zorc (el director deportivo) y yo estábamos de acuerdo en que debíamos construir un equipo joven. Ya teníamos a Marcel Schmelzer (lateral izquierdo), y también estaba (el interior Kevin) Großkreutz. Además, queríamos desarrollar otro estilo de juego. Con Bert van Marwijk y Thomas Doll nos pasábamos el balón de un lado al otro del último cuarto de campo, hasta diez veces seguidas. Teníamos un 57% de la posesión, pero no hacíamos nada con el balón. El Dortmund no puede jugar así. Queríamos ofrecerle a la gente un equipo que corriera hasta caer destrozado. Eso era lo que habíamos visto en Mainz cuando jugamos contra ellos durante los dos años anteriores. Veías que no eran demasiado buenos, pero, aun así, te complicaban la vida, y a veces te ganaban. Tenían una mentalidad asesina. Y un despliegue táctico muy bueno. Eso tenía que ser cosa del entrenador. Hoy en día no sería sencillo que el Dortmund fichara a alguien de segunda división. Pero, por entonces, era totalmente factible».
Pese a todo, Christian Heidel revela que en el Borussia no estaban muy convencidos de que Klopp fuera capaz de completar la transición de héroe local en el Mainz a resurrector de uno de los gigantes, venido a menos, de la Bundesliga. «Tenían sus dudas», dice. La primera vez que Watzke se dirigió al director general del Mainz fue en octubre del 2007, aprovechando la asamblea general anual de la Federación Alemana. Heidel: «Me telefoneó y me preguntó si podríamos tomarnos un café. Por entonces, no le conocía. Nos sentamos a hablar y, rápidamente, la conversación se centró en Jürgen Klopp. Su contrato expiraba a final de temporada. Watzke me preguntó: ‘‘¿Pero tan bueno es Klopp?’’. Y yo le contesté: ‘‘Si le respondo que es muy bueno, usted me lo arrebatará. También podría mentirle y decirle que no vale un pimiento. Pero, entonces, usted le podría ir a Kloppo con que yo he dicho eso y él se enfadaría conmigo’’. Así que le dije: ‘‘Ese chico es un entrenador de Bundesliga’’». Watzke siguió sondeando, sin mencionar de manera explícita al Dortmund. Pero ¿tenía nivel como para entrenar a un gran equipo de la Bundesliga? «Le respondí que Kloppo podría entrenar a cualquier equipo del mundo», prosigue Heidel. «Y el motivo es que cuenta con una gran ventaja [sobre sus colegas]: es verdaderamente inteligente. Encajaría en un gran club. Si lo que busca es un tipo que vaya con traje y corbata, olvídese de Jürgen Klopp. Pero si lo que busca es un entrenador de primer nivel, entonces vaya a por él. Tampoco pretendían tomar una decisión inmediata, pero me consta que, desde aquel día, el Dortmund comenzó a prestarle mucha más atención. Aunque seguían sin estar convencidos del todo. Watzke siguió llamándome, no recuerdo ya la cantidad de veces. Y yo siempre le respondía: ‘‘Vaya a por él, hágalo. Jamás se arrepentirá del día en que contrate a Jürgen Klopp’’».
El fichaje de Thomas Doll sí estaba generando arrepentimiento en Strobelallee. El que fuera centrocampista de la selección alemana, en el banquillo del Dortmund desde 2007, no logró que jugadores ni público se identificaran con el aburridísimo juego que desplegaba. El Dortmund se encontraba más cerca del descenso que de la parte noble de la tabla, acabando la temporada en decimotercera posición; su peor puesto en veinte años. La buena racha que mantuvo el equipo en la DFB Pokal, la Copa de Alemania, cuando, en abril, el Bayern Múnich solo fue capaz de doblegarlo en el tiempo de descuento (2-1), no fue suficiente para tapar todas las vergüenzas de su dirección. «Puede que sea la derrota de mayor valor en la historia de un club» escribieron Sascha Fligge y Frank Fligge en Echte Liebe, una crónica del crecimiento del Dortmund durante la pasada década. «De haber conseguido esa Copa, la directiva del club hubiera tenido complicado despedir a Thomas Doll, pese a que no creyeran para nada en sus cualidades, y Jürgen Klopp jamás habría fichado por el Dortmund. La historia habría tomado un rumbo totalmente diferente». «Aquella derrota [en Berlín] formaba parte del plan estratégico para dejarle el camino expedito a Jürgen Klopp», bromearía Watzke más adelante. Da la casualidad de que Klopp había presenciado el partido en Berlín como comentarista para el canal nacional ZDF, y le confesó al editor del programa, Jan Doehling, que «algún día me gustaría verlo desde el lateral de banda». Cuando regresó a su hotel, los aficionados del Dortmund que había en la recepción le cantaron «Jürgen Klopp, eres el mejor». Querían que tomara las riendas del equipo.
Watzke asegura que siempre confió en que la personalidad de Klopp era lo suficientemente robusta como para afrontar un trabajo tan hercúleo: «Escuchando sus comentarios en las retransmisiones, tuvimos la certeza de que sería capaz de liderar [un gran proyecto]. Jamás nos planteamos ningún otro entrenador. solo queríamos a Klopp». Una reunión secreta mantenida en las oficinas de una amistad de Watzke, no muy lejos de Mainz, aclararía aún más las cosas tras la dimisión de Doll, el 19 de mayo. «En cuanto todos los empleados se fueron, nos reunimos», dice Watzke. «Fue una conversación maravillosa. Le contamos la visión que teníamos del club, que resultaba estar muy alineada con la que él tenía. Michael Zorc ya se había reunido con él un día antes. Ambos queríamos formarnos nuestra propia opinión, independiente de la del otro. Solemos estar de acuerdo, pero, en este caso, el acuerdo era total. De inmediato notamos una química de lo más poderosa».
Sin embargo, otro tipo de química, mucho más sintética, trataba también de atraer a Klopp. El Bayer 04 Leverkusen, propiedad de la compañía farmacéutica del mismo nombre, también había puesto sus ojos en el entrenador. Si bien no tenían el caché de los de negro y amarillo, tampoco tenían problema económico alguno, además de poseer una buena plantilla, muy equilibrada y capaz de plantearse objetivos como la clasificación para la Champions League. «Al principio, Kloppo no quería fichar por el Dortmund, prefería ir al Leverkusen», cuenta Heidel. «Yo le recomendé que fichara por el Dortmund, por todo ese rollo de las emociones, la pasión y tal y tal. Mantuvo una reunión con Wolfgang Holzhäuser (CEO del Leverkusen). No terminaban de decidirse… Y, entonces, el interés del Dortmund se concretó. Pero Klopp no estaba seguro, al principio».
Con una risita, Heidel añade que los emolumentos fueron otro punto candente. «Esa es muy buena. La primera oferta del Dortmund era inferior a lo que Klopp ganaba en la Bundesliga 2. No estaban muy boyantes, por entonces. Kloppo me dijo: ‘‘Pero mira esto, ¡si me ofrecen menos de lo que gano aquí, en el Mainz!’’. Y yo le contesté: ‘‘No te preocupes, te echaré un cable’’. A los del Dortmund les costaba comprender que le pagásemos esa cantidad. Watzke volvió a llamar: ‘‘¿Cuánto le pagan?’’. ‘‘Pues aquí le pagamos un buen sueldo, es nuestro hombre más importante; prefiero ahorrar en jugadores’’, le respondí. ‘‘No me lo creo’’, dijo Watzke. Y le aumentaron la oferta». La mañana del viernes 23 de mayo, en el Hotel Lennhof, en Dortmund, Klopp firmó un contrato por dos temporadas y fue presentado a las 11:00, en el estadio.
Lo cierto es que Borussia tenía otras recompensas no pecuniarias que ofrecer. Para empezar, en Josef Schneck tenían a un jefe de prensa muy del agrado de Klopp. «Nos conocimos en abril del 2004, en un evento en Colonia», relata Schneck, un agradable y jovial hombre de sesenta y tantos años. Aquella noche, Klopp iba a recibir un premio al juego limpio, concedido por la asociación de periodistas deportivos, por lo bien que manejó los finales infartantes de las dos últimas temporadas de la Bundesliga 2. Matthias Sammer, quien por entonces era el entrenador del Borussia Dortmund, fue el encargado de dar el discurso laudatorio. «Fuimos con Matthias y su esposa, Karin, y nos sentamos en la misma mesa que Klopp. Fue una velada maravillosa», recuerda Schneck. Es una anécdota conmovedora, en cierto modo, sobre todo considerando que unos años más tarde, en el punto más alto de la rivalidad Bayern-Dortmund, Sammer y Klopp acabarían llevándose rematadamente mal.
«También conocía a Jürgen por las ruedas de prensa [cuando el Mainz jugó en la Bundesliga entre las temporadas de 2004 y 2007]», prosigue Schneck. «En una ocasión el Mainz nos arrancó un empate, en casa, en Dortmund, y yo le felicité por el punto conseguido. Después de todo, que el Mainz consiga un empate en casa del Dortmund es todo un logro, ¿verdad? Pero él se quedó mirándome y me dijo: ‘‘Felicidades a ustedes, también’’. Típico de Klopp. Y después de fichar por nosotros, en las primeras semanas, no hacía más que tomarle el pelo a Michael Zorc: ‘‘No estaba nada seguro sobre fichar por el Dortmund o no. Pero estaba al tanto de que teníais un buen jefe de prensa, así que, tampoco debía de ser un club tan malo’’».
Y, lo que es más, hay muy pocos clubes que pueden contar con un apoyo tan fervoroso. En su presentación, Klopp les dijo a los periodistas que el famoso «Muro Amarillo» del estadio Signal Iduna Park, la grada más grande de Europa con cerca de 25 000 localidades, «despierta la pasión futbolística que arde en mi interior». «Todo el que haya estado en este campo sabe que [el Muro Amarillo] es algo que va más allá de lo especial, una de las cosas más impresionantes que se puede encontrar en el mundo del fútbol. Para mí es todo un honor ser el entrenador del BVB y tener la oportunidad de devolver su grandeza a este club. Es algo muy bonito. Estoy terriblemente contento de poder trabajar aquí». Alguien le preguntó si no era un paso enorme, cambiar un club carnavalero como el Mainz por uno de los pesos pesados de la historia de la liga. «Tampoco es que fuéramos de fiesta en fiesta en Mainz», sonrió. «Trabajábamos con mucha disciplina. Me siento más que preparado».
Por la ciudad corrieron los rumores de que, tanto algunos de los patrocinadores como algunas de las compañías involucradas en la reestructuración de la deuda del club hubieran preferido a un entrenador más sofisticado, un gran nombre con tirón internacional.
Puede que fuera por eso, para calmar los recelos, por lo que Klopp se puso chaqueta en la sala de prensa. Pero nada de corbata. «En secreto, sin hacer mucho ruido, ha trabajado durante los últimos meses para refinar su vestuario», publicó el Frankfurter Allgemeine Sonntags-Zeitung. Pero su indomable retórica era todo un homenaje al tan arraigado amor por el fútbol como entretenimiento visceral, como forma de identidad y experiencia casi religiosa tan típicos de esa región de clase trabajadora.
«Siempre hay que intentar hacer feliz a la gente, jugar con un estilo reconocible», prometió. «Cuando los partidos son aburridos, pierden toda lógica. Mis equipos nunca han jugado al ajedrez sobre el campo. Espero que podamos contemplar algo de juego rápido por aquí. No siempre lucirá el sol en Dortmund, pero tenemos la oportunidad de hacer que luzca más a menudo». Freddie Röckenhaus, periodista del Süddeutsche Zeitung que seguía al BVB, quedó muy impresionado con ese optimismo. «Si Klopp es capaz de dirigir al equipo tan bien como deja titulares, el Dortmund estará preparado para la Champions League muy pronto», escribió. «Le han bastado cuarenta y cinco minutos de su contagiosa verborrea para hacer que los hinchas del BVB se pongan en pie. Si alguna vez ha habido un entrenador cuya mentalidad casara tan bien con las pasiones que levanta el fútbol en el área del Ruhr, ese es Klopp». Y esa excitación no solo se ceñía a los seguidores del Borussia.
En la página web personal de Klopp un usuario dejó patente su aprobación. «Es fantástico que haya fichado por el BVB», escribió. «No es mi equipo, para nada, pero soy dueño de un buen número de sus acciones. Dada la confianza que tengo puesta en usted, y lo seguro que estoy de su pericia, no veo el momento de que mis bolsillos comiencen a llenarse de dinero». La confianza de aquel inversor anónimo resultó más que justificada. El precio de las acciones del Dortmund se incrementó en un 132 por ciento: de los 1,59 euros por acción de mayo de 2008 a los 3,70 euros el día en el que Klopp abandonó el club, justo siete años después.
EL CAMINO QUE LLEVA A ANFIELD
2012-2015
El 11 de abril de 2014 a las 22:00 Jürgen Klopp quedó con Hans-Joachim Watzke para tomar algo en el Hotel Park Hilton de Múnich y comunicarle que había tomado una decisión. No se iba a ningún lado.
Al arrancar aquel mismo día, antes de que el equipo saliera rumbo a un partido como visitante en el Allianz Arena del Bayern, el entrenador del Borussia Dortmund seguía sin decidirse. Había recibido una oferta tentadora y muy lucrativa desde el noroeste de Inglaterra, la oportunidad de tomar las riendas y revolucionar uno de los mayores clubes del mundo. «Primero nos reunimos en mi cocina», cuenta Watzke. «Sin entrar en detalles, fue una conversación interesante. Creo que dejó su huella, porque, en el avión, me dijo que teníamos que hablar otra vez aquella misma tarde. Yo me había comprometido a cenar con mi hija, que vivía en Múnich, así que solo me fue posible verlo a las 22:00. Directamente, me dijo: ‘‘No aguanto más esta presión. Les he dicho que no’’».
No mucho antes, Ed Woodward, vicepresidente ejecutivo del Manchester United, había volado a Alemania para reunirse con Klopp. La corta aventura de David Moyes en Old Trafford tocaba a su fin y Klopp era el favorito del United para reemplazarlo, para devolverle al juego de los diablos rojos su espíritu intrépido. Woodward le dijo a Klopp que el Teatro de los Sueños era «una suerte de Disneylandia en versión adultos», un lugar mítico en el que, tal y como sugería su apelativo, el espectáculo al que se asistía era de clase mundial y los sueños se hacían realidad. A Klopp no le convenció ese tono comercial —a un amigo le contaría que lo encontró «poco sexy»—, pero tampoco rechazó la proposición de manera directa. Tras casi seis años de trabajo en el Dortmund este podría ser el momento perfecto para cambiar de aires.
Conocedor del interés del United, Watzke intentó convencer a Klopp de que cumpliese su contrato, el cual habían ampliado hasta 2018 el otoño anterior. Dándose cuenta del conflicto que se libraba en el interior del entrenador, de cuarenta y seis años, Watzke cambió de táctica y optó por una estrategia más arriesgada. Aprovechando la confianza mutua y una conexión que había trascendido los negocios para convertirse en amistad, le dijo que no se opondría si quería irse al Manchester United. Tras darle algunas vueltas —y tras aquella conversación en la mesa de la cocina de Watzke— el entrenador del BVB llegó a la conclusión de que su trabajo en el Signal Iduna Park todavía no había concluido.
Pero en el United sentían que todavía era posible seducirlo. Cuando a Moyes le enseñaron la puerta de salida el 22 de abril, algo que hacía tiempo que era inevitable, los corredores de apuestas no dudaron en considerarlo el favorito para suceder al escocés. Los incesantes rumores que cruzaban el Reino Unido obligaron al suabo a publicar un comunicado en el Guardian del día siguiente y acabar con las especulaciones. «El Man. Utd es un grandísimo club y estoy muy familiarizado con su maravillosa afición», decía, «pero mi compromiso con el Borussia Dortmund y su masa social es inquebrantable».
Aun así, Klopp siguió levantando interés en la Premier League. Seis meses después de que hubiera rechazado a Woodward, el club vecino y rival del Manchester United, el Manchester City, realizó un acercamiento. También el Tottenham Hotspurs se interesó por sus servicios. A su vez, Klopp aprovechaba una entrevista realizada en BT Sport previa al partido de la Champions League que enfrentaría al Borussia Dortmund y al Arsenal, para anunciar sus intenciones a largo plazo. Preguntado si una vez que sus días en el Borussia tocaran a su fin vendría a Inglaterra, la respuesta no dejó lugar a dudas. «Creo que es el único país en el que podría trabajar, después de Alemania», asintió, «porque es el único país cuya lengua conozco un poco. Y necesito el idioma para poder desempeñar mi trabajo. Así que, ya veremos. Si alguien me llama, entonces hablaremos».
Como dice Watzke, había enviado su mensaje, alto y claro. El Dortmund atravesaba su primera —y única— mala temporada liguera desde que Klopp se hiciera con las riendas y, de repente, tomar rumbo a un clima más húmedo le debió de parecer mucho más atractivo que antes. Watzke: «Nuestra temporada ya se había ido por el sumidero y tuvimos esa sensación tan característica… Yo tenía muy claro que, después del Borussia, él no iría a ningún otro equipo alemán, sería incapaz de hacer algo así. Siempre dijo que no estudió inglés, pero estoy del todo seguro de que le sacó algo de brillo. Me di cuenta de que lo había hecho. Resultaba obvio que iría a la Premier League. Es donde mejor encaja su manera de jugar».
Romántico empedernido del fútbol, Klopp siempre fue un reconocido admirador de ese tipo de fútbol tan auténtico y libre de ataduras que se practica al otro lado del canal. Durante una concentración invernal en España siendo entrenador del Mainz, en 2007, devoró Fiebre en las Gradas, de Nick Hornby (además de perseguir a una lagartija por toda su habitación armado de su cepillo de dientes y frente a un equipo de televisión); en gran medida, su idea de fútbol físico y apasionado, además de ese empeño en que sus equipos se alimenten de la energía que emana de una grada llena de aficionados, provienen del país en el que nació este deporte. Tanto en Mainz como en Dortmund, los aficionados son capaces de entonar una aceptable versión del You'll Never Walk Alone, conjurando una atmósfera febril que se inspira, claramente, en las (idealizadas) tradiciones inglesas. «Me encanta eso que en Alemania llamamos «Englischer Fußball»: un día de lluvia, con el campo pesado, todo el mundo cubierto de barro hasta las orejas e incapaces de volver a jugar hasta dentro de cuatro semanas cuando termina el partido», le contó al Guardian en 2013. Aquel año, su joven Dortmund se había colado en la elite de la competición europea, aplastando todo a su paso rumbo a la final de la Champions League, mientras que él paseaba su gorra de beisbol con la palabra «Pöhler»: término jergal de la zona del Ruhr que describe a alguien que juega al fútbol a la vieja usanza, «el domingo por la mañana en un pasto, el origen, solo por amor al juego».
Casi exactamente un año después de que Klopp le hubiera dicho que no al United, resultó que su vínculo con el Dortmund no era tan irrompible como parecía. Anunció su intención de dimitir al final de la temporada 2014-2015, asegurándose de dejar claro que no tenía intención alguna de tomarse un año sabático.
En una villa estilo Art Nouveau en el frondoso distrito de Schwachhausen, en Bremen, el teléfono comenzó a sonar unas pocas semanas después del comienzo de la nueva temporada de la Premier League. Mientras los días de Brendan Rodgers en Anfield tocaban a un lento y agónico final, una serie de personas entró en contacto con Marc Kosicke, el agente de Klopp, prometiéndole presentarlo en Liverpool. Uno de ellos, un agente futbolístico alemán, decía que conocía muy bien a Kenny Dalglish. Kosicke prefirió esperar. Por fin, alguien que afirmaba ser Ian Ayre, director ejecutivo del Liverpool FC, telefoneó. ¿Sería posible que discutieran la posibilidad de que Klopp arribara a Anfield? Lo era, contestó Kosicke, pero únicamente a través de una conversación por Skype. Mientras Ayre colgaba, antes de volver a llamar vía la aplicación, Kosicke realizó una rápida búsqueda de fotografías de la directiva del Liverpool. Para asegurarse. Hay demasiado bromista y gente a la que le gusta hacer perder el tiempo a los demás.
«¿Dónde puedes ir después de haber entrenado al Dortmund?». Se pregunta Martin Quast, amigo de Klopp desde principios de los noventa. «En Alemania, a Kloppo solo le queda dirigir al equipo nacional; todo lo demás, incluido el Bayern, sería un paso atrás. Kloppo disfruta con las emociones, con la empatía, con volver todo patas arriba, formar parte de algo grande de verdad. Y eso es algo que el Bayern no te puede ofrecer, si lo comparas con el Dortmund. Solo podía imaginármelo tomando las riendas de un club en el extranjero, un club como el Liverpool».
Christian Heidel revela el único escrúpulo que tenía Klopp: su inglés. «Hablamos largo y tendido sobre ello. Me preguntó: ‘‘¿Crees que debería hacerlo?’’. Y yo le contesté: ‘‘Tú sabes perfectamente que tu mejor arma es la palabra. Debes decidir si te ves capaz de expresar en inglés las cosas importantes. Si dejas que sean otros los que hablen en tu lugar, no funcionará. solo serías Klopp al 70%. Tienes que estar completamente seguro’’. Y él contestó: ‘‘Me las arreglaré. Estudiaré y podré hacerlo’’. Y, dado lo inteligente que es, lo logró muy rápido. Creo que, desde ese momento [cuando el LFC entró en escena], ningún otro club habría tenido oportunidad alguna de hacerse con él. Siempre había sentido atracción por ese club, la dimensión emocional de ese puesto le resultaba excitante. No creo que jamás hubiera ido al Manchester City o un club por el estilo; y eso que apostaron muy fuerte por él».
La primera vez que se pronunció el nombre de Klopp en Anfield fue durante la primavera del 2012, cuando se comenzaron a discutir posibles sucesores para Kenny Dalglish. Un intermediario entró en contacto con el entrenador del Dortmund, pero le dejaron muy claro que Klopp no tenía intención alguna de irse. Estaba a punto de conseguir un doblete histórico.
En septiembre de 2015 las cosas fueron mucho más serias, y rápidas. El paupérrimo arranque de temporada de Brendan Rodgers provocó que los dueños del Liverpool, el Fenway Sports Group (FSG), grupo con sede en Boston, sondeara el mercado en busca del siguiente entrenador. «Queríamos a alguien con experiencia y éxitos al más alto nivel», explica el presidente de FSG, Mike Gordon, de cincuenta y dos años. «Jürgen contaba con éxitos a nivel local, en la Bundesliga, como es obvio. Estaba claro que había logrado el éxito en Alemania, además de dejar un par de buenas actuaciones en la Champions League. Creo que, para todo el mundo, sus credenciales dejaban claro que era uno de los mejores candidatos, si no el mejor. Además, nos gustaba el estilo de juego que desplegaba. Tanto su energía como el énfasis que ponía en el ataque: un fútbol que era electricidad pura, alta tensión, atractivo. Así que, desde el punto de vista futbolístico, fue una decisión relativamente sencilla y obvia.
A pesar de que, en palabras de Gordon, Klopp exhibiera «unos cimientos más que obvios sobre los que apostar», el hombre fuerte de FSG en Liverpool llevó a cabo las debidas diligencias sobre el alemán para cerciorarse de que la emoción que suscitaba tenía una base real. «Intenté dejar a un lado su popularidad en el mundo del fútbol y su carisma para analizarlo de manera objetiva», cuenta el que fuera gestor de fondos de inversión, alguien que comenzó vendiendo palomitas de maíz en los partidos de béisbol cuando era un crío. «Realicé junto a otra gente del club un estudio exhaustivo, decidiendo cómo evaluarlo basándonos en aspectos meramente analíticos y futbolísticos. Es un proceso muy parecido al que se realiza en el mundo de las inversiones cuando se quiere afrontar una gran operación. Y me alegra decir que —aunque ahora hayamos llegado a un punto en el que esto resulta más que evidente—, pese a que su reputación en el mundo del fútbol era enorme y estaba por las nubes, lo cierto es que los hechos eran, todavía, mucho más convincentes y persuasivos».
La investigación realizada por Gordon señaló que, en Mainz y Dortmund, Klopp había tenido «un efecto decididamente positivo, en sentido cuantificable, con relación a lo que se presuponía». En otras palabras, que el suabo había logrado mucho más de lo que se esperaba de él. Para el Liverpool, cuya estrategia se basa en un uso más racional de sus recursos, a diferencia de lo que estilan sus rivales económicamente más poderosos de la Premier League, el atractivo resultaba más que obvio. «Desde un punto de vista futbolístico, era algo muy evidente», dice Gordon. «Aunque, como es natural, tampoco sabía si la filosofía y la personalidad, tanto del club como de Jürgen encajarían. El acoplamiento tenía que ser mutuo. También teníamos que saber si Jürgen querría liderar el programa y proyecto futbolístico del Liverpool. Estos eran unos puntos muy importantes que había que dejar claros».
El 1 de octubre se celebró una reunión en Nueva York. Por desgracia, el secretismo al que aspiraban Klopp y Kosicke fracasó desde un primer momento. En la sala que tiene Lufthansa en el aeropuerto de Múnich, uno de los trabajadores le preguntó a Klopp —cuya gorra de béisbol no dejaba demasiado lugar al incógnito— el motivo por el que viajaba al JFK. Su respuesta fue: «Vamos a un partido de baloncesto». Una explicación de lo más plausible, si no fuera porque todavía quedaban cuatro semanas para el comienzo de la temporada de la NBA.
Una hora después de llegar a Manhattan, los alemanes volvieron a ser descubiertos. Cosas de la vida, el recepcionista del Hotel Plaza en la Quinta Avenida era de la misma ciudad en la que el entrenador desarrollara su carrera futbolística. «¡Será posible, pero si es Kloppo!» exclamó en todo su acento maguntino. Pero, fuera como fuere, no se filtró la noticia de aquel viaje secreto.
El accionista mayoritario de FSG, John W. Henry, el presidente del LFC, Tom Werner, y Gordon se reunieron con Klopp y su agente en las oficinas de Shearman & Sterling, un bufete de abogados en la Avenida Lexington, a unas pocas manzanas dirección este. «Lo primero que pensé es que era un hombre muy alto. Y yo no lo soy para nada», ríe Gordon. «Ya era bastante tarde, pero mantuvimos una conversación de lo más larga y sustancial; después, la aplazamos hasta el día siguiente, en el hotel, donde nos reunimos para más conversaciones largas y sustanciales. Quiero enfatizar un aspecto: estas conversaciones fueron siempre bidireccionales. Todo giraba en torno a si Jürgen era el indicado para el Liverpool FC y si el Liverpool FC, nosotros, como propietarios, éramos los indicados para Jürgen». Como se sospechaba, el carisma de Klopp iba en consonancia a su constitución («se vale de sus habilidades personales y su manera de relacionarse con la gente, para hacer llegar su mensaje»), pero lo que más impresionó a Gordon fue «la enorme sustancialidad» que percibió detrás de esa sonrisa tan ancha y ese enorme cuerpo. «No fue algo del tipo ‘‘chico, este tipo es verdaderamente encantador, va a ser un todo un pelotazo en las ruedas de prensa y como imagen del club’’. Lo que quedó muy claro, casi en seguida, fue el enorme talento que tiene: no solo en el plano personal, sino en cuanto a su inteligencia, su manera analítica de pensar, su lógica, su transparencia y sinceridad, y su habilidad para comunicarse de una manera efectiva, incluso aunque el inglés no sea su lengua materna. Es algo por lo que creo que no suele hacérsele justicia, porque la gente tiende a quedar encandilada por su fachada.
Klopp les contó a los ejecutivos del FSG que el fútbol «es más que un sistema», «también es la lluvia, patadas que caen desde todos lados, el ruido del estadio». Y, lo que era más importante, dijo que el estilo de juego tenía que «enchufar» al público de Anfield para que este espolease al equipo, y viceversa, en una euforia que creciese más y más, de manera cíclica.
Gordon: «La verdad, siendo del todo sincero, es que resultaba complicado encontrar alguna carencia. A lo que me refiero es: estaba del todo claro que Jürgen, como director deportivo, estaba al mismo nivel que un director empresarial o de la persona a la que elegirías para dirigir tu negocio. Y esto lo dice alguien que se ha tirado veintisiete años de su vida como inversor, relacionándose con algunos de los mejores CEOs y directores de negocio de América y Europa. En ese punto, resultaba más que obvio que estábamos ante la persona adecuada. Así que decidimos hablar de números y en ese momento Jürgen pidió abandonar la reunión».
Mientras Kosicke se quedaba para negociar sus emolumentos, Klopp paseaba por Central Park. La caminata fue más larga de lo que esperaba. Al principio, ambas partes estaban bastante alejadas en cuanto a cifras, pero, por fin, encontraron un esbozo sobre el que alcanzar un acuerdo.
Cuando Klopp regresó a Alemania, Gordon le envió un mensaje de texto. «No hay palabras para describir lo emocionados que estamos», decía. En su respuesta, Klopp se disculpó por no tener, tampoco, el vocabulario adecuado. Pero sí que conocía una palabra que resumía a la perfección sus sentimientos: «¡¡¡¡¡Guaaaaaaaaaaaaauuuu!!!!!».
EN EL JUEGO DEL PADRE
Norbert Klopp abandonó el colegio en el verano de 1940. Su padre, Karl, empleado en las granjas y viñedos alrededor de la ciudad de Kirn, en la región de Renania-Palatinado, necesitaba que el niño —único chico en una familia con cuatro menores— comenzara a trabajar.
Atender los fértiles campos del sudoeste mantuvo con vida a los Klopp durante los años más oscuros de la historia de Alemania. Cuando el sol volvió a brillar, por fin, a partir de 1945, incluso el equipo de fútbol más famoso de la región, el 1. FC Kaiserslautern, dependía también de los productos locales para poder comer. Los diablos rojos, en cuyas filas estaba la superestrella Fritz Walter, prisionero de guerra recientemente liberado, disputaban docenas de amistosos contra vecinos de los pueblos a cambio de patatas y cebollas.
Norbert Klopp quería ser futbolista. ¿Quién no querría serlo? Durante la adolescencia había alcanzado una estatura de 1,91 metros, convirtiéndose en un sólido y ágil portero. Jugaba para el equipo local, el VfR Kirn, uno de los mejores de la región, y su incipiente talento era suficiente para que lo invitasen a hacer una prueba con el Kaiserslautern en 1952. «Me quedé de piedra», le contaría después el adolescente de dieciocho años a Ulrich Rath, amigo de la familia, «estaba en el mismo campo que todos esos jugadores legendarios…». El Lautern era la realeza. Habían logrado el campeonato alemán la temporada anterior y lo volverían a ganar en 1953. Cuatro de sus jugadores —Fritz Walter, Ottmar Walter, Werner Liebrich y Werner Kohlmeyer— alzarían la Copa del Mundo en Berna, en 1954.
Por mucho talento que tuviera, Klopp no estaba a ese nivel. De regreso en el VfR Kirn, que había ascendido hasta la primera división (dividida en regiones) enfrentándose a equipos como el Lautern y el Mainz 05, no pudo sacar de debajo de los palos a Alfred Hettfleisch, el portero titular. Como portero reserva Klopp era un Vertragsamateur (amateur con contrato). Este era un estatus contractual de reciente implantación, con el cual el profesionalismo llegaba a la Alemania Occidental a todos los efectos menos en el nominal. Pero ese escaso sueldo mensual, entre 40 y 75 marcos alemanes, hacía que los jugadores dependiesen en gran manera de las primas por puntos conseguidos (entre 10 y 40 marcos). Klopp tenía pocas oportunidades de llevarse una parte de esas primas pues, por aquel entonces, no estaba permitido hacer cambios, por lo que nunca pudo debutar con el primer equipo. Continuó en el equipo de reservas jugando contra otros amateurs, por pura diversión.
Karl Klopp insistía en que el chico debía «buscar un trabajo de verdad». Norbert entró como aprendiz en Müller y Meirer, una fábrica de pequeños objetos de cuero. Cerca de la mitad de la población de Kirn, unos 5000 habitantes, trabajaba en la industria del cuero y los curtidos a comienzos de la década de los 50, al tiempo que el milagro económico alemán hacía crecer rápidamente los estándares de vida. «Un artesano del cuero ganaba entre 250 y 300 marcos al mes; por entonces era un buen trabajo», cuenta Horst Dietz, de ochenta años, que trabajaba en el mismo departamento que Norbert Klopp, sentado en la fila detrás de la de este. Cada fila estaba compuesta por tres personas: un aprendiz, un «encolador» (normalmente una mujer joven), y un artesano; y cada nave contaba con unas veinte filas supervisadas por un controlador, situado frente a ellos. Era un trabajo a destajo: cada fila producía unas 100 carteras u objetos similares cada día, trabajando desde las 7:00 hasta las 17:00, con una hora de parón para comer.
El loft de la casa de Dietz en Kirn parece un pub deportivo. Camisetas enmarcadas y trofeos de sus días como jugador del VfR Kirn se alinean en las paredes; hay una foto suya con Franz Beckenbauer, una enorme pantalla para ver partidos en directo y una genuina barra de bar. De joven vivía en el campo, mientras que los Klopp vivían en el centro de la ciudad. Durante la semana laboral, Norbert solía llevarlo a su casa a comer. «Era como mi hermano mayor. Los Klopp eran muy conocidos, aunque su vida era de lo más normal», dice Dietz. «Entre sus principios estaba el trabajo duro». Si al final del turno quedaba algún artículo sin terminar se suponía que lo terminarías en tu casa. «Intentábamos que fueran nuestras abuelas quienes lo hicieran, porque con catorce, quince años, teníamos más ganas de ir tras las chicas y de salir por las tardes», sonríe. A diferencia de Klopp, que era tres años mayor que él, Dietz sí que consiguió entrar en el equipo titular del Kirn, como delantero, jugando durante varios años en la segunda división hasta que lo dejó por un empleo en la Coca-Cola. «Norbert era muy ambicioso, siempre quería llegar a lo más alto», recuerda Dietz. «Era muy osado, y no solo en el deporte. Era un tipo carismático que, allá donde fuera, conseguía ser siempre el centro de atención. Estaba lleno de energía y resultaba muy atractivo. Se podría decir que era un Don Juan. A menudo nos tirábamos el día entero hablando de fútbol».
En 1959, Norbert Klopp se mudó a la Selva Negra, a la ciudad de Dornhan, para trabajar en la cercana fábrica de cuero de Sola. Se unió al TSF Dornhan como jugador-entrenador, ocupando una gran cantidad de posiciones. Rath cuenta que sus disparos desde fuera del área levantaban pavor. Este elegante septuagenario —pelo gris engominado, ojos de mirada lúcida— había sido también toda una promesa futbolística, jugando en el equipo regional de Württemberg hasta que una triple fractura de pierna puso fin a su carrera deportiva. Ahora es el presidente de honor del SV Glatten.
Durante una boda en Dornharn —«por aquel entonces eran celebraciones públicas, no se necesitaba invitación para acudir», cuenta Dietz— Norbert conoció a Elisabeth «Lisbeth» Reich. La hija de la dueña de una cervecera era un buen braguetazo, añade Dietz. Tras su boda, en el otoño de 1960, Norbert Klopp comenzó a echar una mano en la empresa familiar Schwanen-Bräu, dirigida por su suegra, Helene Reich. El padre de Elisabeth había regresado de la guerra con un trozo de metralla alojado en la cabeza y murió poco después. El trabajo de Klopp en Schwanen-Bräu incluía ser el Festzeltmeister, la persona a cargo de montar las carpas cerveceras en las fiestas. El hermano de Elisabeth, Eugen, se puso al frente de la compañía hasta su cierre, en 1992.
Recién cumplidos los treinta, Klopp se reconvirtió a comercial, recibiendo clases nocturnas en la cercana Freudenstadt. Su nuevo empleo, como representante de Fischer, fabricante de sistemas de fijación, le hacía viajar por todo el sur de Alemania durante la semana. Alto, tranquilo y atractivo, Klopp «había nacido para vendedor», dice Rath. «Era simpático, sociable. Todo un animador que podía contar historias de todo tipo. Era capaz de hablar en suabo a la persona que tenía a su derecha y en perfecto alemán a la que tenía a la izquierda». Según decía la madre de Jürgen, Elisabeth, su marido era todo un orador: «No le costaba nada». «Era todo un maestro de la retórica», describe Isolde a su padre.
El padre de Martin Quast, quien también es de Kirn, conocía muy bien a Norbert Klopp. Jugaron juntos al balonmano a 11. «Me contaba que Norbert siempre estaba en el centro de todo. ‘‘Allá donde iba Norbert, siempre había risas’’. Cualquiera en Kirn que tuviera un mínimo interés deportivo lo conocía y se llevaba bien con él. Eso nos suena, ¿verdad?».
Norbert Klopp estaba obsesionado con su aspecto. «Se tiraba más tiempo en el cuarto de baño por las mañanas que nosotras tres», sonríe Isolde. «Siempre parecía ir de domingo. Los pantalones de chándal eran apropiados para hacer deporte, pero en el interior de casa resultaban inaceptables. ¡Y bajo ninguna circunstancia se podían llevar fuera de ella!». Recuerda que un día Norbert llevaba a uno de sus yernos y a un amigo a ver un partido de Jürgen con el Mainz 05. Lucía una camisa blanca, corbata y un jersey amarillo de cuello en V, «un poco al estilo de [el por entonces secretario de asuntos exteriores Hans-Dietrich] Genscher». Se detuvieron en una gasolinera, momento que Norbert aprovechó para pasar revista a la absolutamente inapropiada indumentaria de sus acompañantes: «el atuendo perfecto para ver un partido de fútbol en Mainz». Incluso en carnaval insistía en ciertos códigos de vestimenta: toda la familia se disfrazaría de payasos, con Jürgen, todavía echando los dientes, montado en un carrito. El señor Klopp se planchaba sus propias camisas y les cortaba el pelo a los niños. Las cejas de su hijo formaban una barrera natural que ni un milímetro de pelo podía traspasar. No afeitarse cuando correspondía estaba, igualmente, verboten (prohibido). «Norbert, que vestía de manera inmaculada en todo momento, solía discutir a veces con Jürgen por la ropa desenfadada y el estilo deportivo de este último», dice Rath. Una de las primeras cosas que su hermano hizo en cuanto se fue de casa fue «tirar a la basura la maquinilla de afeitar y el peine», añade Isolde.
Norbert consideraba importantísimo que sus hijos fueran testigos de los momentos históricos, como la llegada del hombre a la luna o los combates de Muhammad Ali. La familia se apiñaba en torno a un pequeño televisor en blanco y negro que había en el salón, reponiendo fuerzas con té y sándwiches. Si alguno de los niños se dormía, Norbert le metía un codazo hasta lograr que se despertara.
En apenas unos pocos años desde su llegada a Glatten, Norbert Klopp se había convertido en uno de sus deportistas más importantes. Jugó en el equipo de fútbol sénior del SV Glatten hasta que cumplió los cuarenta (mientras que sus hijos recogían las latas y envases vacíos que quedaban en la banda para ganarse unos pfenninge), entrenó al primer equipo durante una temporada y estuvo en el consejo directivo. Según le fueron pesando las piernas, su pasión por el tenis fue aumentando. Norbert fue crucial en la fundación de la sección de tenis del SV Glatten, así como para la construcción de una pista de tierra. De primeras, el club alquilaba una pista de cemento en una vieja cantera de Dornharn, después de que Klopp le pagara al reticente propietario la cantidad de 50 marcos para que este permitiera el acceso a los ciudadanos de Glatten. En invierno esquiaba con Ulrich Rath. A Isolde la llamaron así por la hermana de Rath.
Cada sábado, en honor al regreso al hogar del padre, se limpiaba la casa. Sin embargo, el pequeño Jürgen siempre hacía lo posible para librarse de esas tareas, diciéndole a sus hermanas que tenía que estudiar para el colegio. «Aunque, en realidad, lo que hacía era tirarse cómodamente en su cama, con la cabeza metida dentro de un libro», dice Isolde. Sus travesuras le recordaban a Emili Lönneberga, el rubio bromista de ojos azules de los libros infantiles escritos por Astrid Lindgren.
En una foto de su primer día de colegio se le puede ver con una tirita en una rodilla. Había salido corriendo de la casa, con el típico cucurucho de caramelo en una mano, y acabó tropezando. «¿Te das cuenta?», le regañó su padre de manera cariñosa, «si no hubieras corrido tanto no habrías aparecido en la fotografía con esa tirita». En otras ocasiones se cayó de su silla, haciéndose un corte en un párpado y se chocó contra un patinete, cortándose la nariz.
«El nacimiento de Jürgen fue un gran momento para Norbert», recuerda Rath. «Por fin tenía un auténtico deportista con el que compartir sus pasiones». La presión que ejercía sobre sus hijas para que se entregasen al deporte en cuerpo y alma desapareció, casi inmediatamente, en cuanto Jürgen vino al mundo. Por fin tuvieron tiempo para dedicarse a sus propios intereses, como el ballet y la música. Elisabeth, una cariñosa y tranquila madre que decidió que sus hijos tenían que ser protestantes como ella (Norbert era católico), tuvo que hacer malabares para adaptarse a todas las actividades de sus hijos.
Norbert era el monitor personal de su hijo en fútbol, tenis y esquí, y lo sometía a un régimen ultracompetitivo. «A primera hora de la mañana, lloviera o luciera el sol, me ponía en la banda del campo, me daba la salida, dándome un poco de ventaja, y después salía corriendo hasta adelantarme», contaba Jürgen Klopp en Abendblatt, en 2009. «Aquello estaba a años luz de resultar divertido». Aquel ejercicio se repitió, semana tras semana, hasta que Klopp fue más rápido que su padre. Norbert también lo apuntó al club de atletismo para hacerle mejorar sus capacidades físicas. Además, Jürgen se tiraba horas practicando los remates de cabeza, tal cual hiciera Isolde antes que él.
A los seis años entró al equipo de categoría «E» (benjamines, menos de 11 años) del SV Glatten, puesto en marcha, nuevamente, por el entrenador Ulrich Rath en 1973. En su primer partido Jürgen recibió una entrada, dando una voltereta involuntaria y rompiéndose la clavícula por el impacto. «La semana siguiente volvió al campo, con el brazo en cabestrillo, observando con desasosiego a sus compañeros desde la banda, corriendo cada vez que un balón salía del campo, para involucrarse de alguna manera en el partido», dice Rath. «Eso mostraba el interés que sentía».
Conduciendo a su visitante unos pocos peldaños más abajo, lo adentra un poco más en la historia local. El sótano de Rath es un santuario del SV Glatten. Como no puede ser de otra manera, el lugar de honor lo ocupa el equipo infantil en el que jugaban sus dos hijos y Jürgen Klopp; su tercer hijo, el hijo de todo Glatten. A Rath le disgusta, todavía, que la prensa se refiera a Klopp como Stuttgarter: «¡Pero si apenas estuvo una semana ahí, los primeros días nada más nacer!», sacude la cabeza mientras saca una fotografía. En esta, todos tienen nueve años y aparecen celebrando la conquista de un título en un torneo regional celebrado en Pfingsten, Pentecostés. Klopp, el delantero del equipo, diría más tarde, burlándose de sí mismo, que fue el único trofeo que logró como jugador. Desde entonces, cientos de futbolistas aficionados han ganado el trofeo Klopp, pero solo unos pocos son conscientes de ello. Fue idea de Norbert Klopp, recuerda Rath, improvisar un premio para el vencedor del torneo inaugural del abierto de Glatten en 1977: cogió una de las botas de fútbol de su hijo, la pintó con espray dorado y la pegó sobre una caja de madera.
Aquel mismo año, el Stuttgarter Kicker alevín acudió a Glatten a disputar un amistoso. Los chicos de la capital de Baden-Württemberg llegaron con sus tiendas de campaña y durmieron en los bosques cercanos, donde encendieron unas hogueras para asar cerdo. Aquel momento es muy recordado por un rafting que hicieron en el Gumpen, lugar en el que se juntan los ríos Glatt y Lauter. Muchos de los jugadores del Kicker se fueron al agua, entre ellos alguien que acabaría alzando la Copa de Europa. Robert Prosinečki, el que más tarde sería medio centro creativo del Estrella Roja de Belgrado y de la selección yugoslava/croata, jugaba con los suabos por aquel entonces, aunque acabaron considerando que no era lo suficientemente bueno. Regresaría a Zagreb dos años después, con diez años de edad.
Jürgen, como la mayoría de chicos de la región, era hincha del equipo rival —y de más éxito— de los Kickers: el VfB Stuttgart. Se presentó a una prueba para la cantera de ese equipo, con poco éxito, pero le regalaron un chándal rojo, el cual portó con orgullo hasta que Stefanie se lo destrozó en un incidente con la plancha. Puede que, en un intento de intentar arreglar aquella tragedia, su abuela, Anna, le tejió una estupenda sudadera blanca con un aro rojo y un número «4» a la espalda, el número de su jugador favorito, el internacional por la República Federal Alemana Karl-Heinz Förster. Lo lucía cuando asistía al Neckarstadion con sus amigos y su familia.
Klopp admiraba la calma que exhibía el duro central cuando se encontraba bajo presión, además de su gran dedicación. «Con el tiempo nos dimos cuenta de que teníamos los mismos ídolos deportivos», cuenta Martin Quast. «Förster, un hombre de gran visión estratégica, y Boris Becker, que era puro impulso y emociones. Kloppo me contó una vez que, si no le hubiera ido bien en el fútbol, habría sido uno de los ultras que pueblan las gradas y habría hecho que le implantaran un aro rojo en el pecho». Aun así, es posible que su amor por el VfB se fuera calmando un poco con los años. A Ulrich Rath le brotan las lágrimas al recordar el día en el que Klopp, entrenador del Mainz 05, se zafó de los entrometidos miembros de la seguridad y saltó sobre una valla publicitaria en el estadio del Stuttgart, en busca del grupo que formaban sus viejos amigos llegados de Glatten, que presenciaban el partido en la Untertürckheimer Kurve. «Le dije, ‘‘Jürgen, tengo un dilema, hay dos corazones latiendo en mi pecho. Uno lo hace por el VfB, el otro, por ti’’. Él respondió: ‘‘Ulrich, eso no puede ser. Un hombre solo tiene un corazón y el tuyo late por mí’’. Todos nos reímos en aquel momento, pero creo que él lo dijo muy en serio».
Norbert Klopp era el típico padre incapaz de mantener las formas en la banda cuando lleva al niño a jugar un partido. «Jürgen tiene el carácter de su padre y la serenidad de su madre», afirma Isolde Reich. Cuando más sentía lo inflexible y riguroso que era su padre era al practicar deportes individuales. Los enfrentamientos deportivos entre los dos Klopp resultaban dolorosamente desiguales, con un Norbert incapaz de ceder un solo punto. Jürgen acababa frustrado, furioso incluso, al verse barrido de la pista por un padre que, o era incapaz, o no tenía la más mínima intención de pronunciar una sola palabra de ánimo. Ninguno de los dos disfrutaba de estas primeras sesiones, pero Klopp padre las consideraba una parte necesaria de la educación deportiva de Jürgen. Más tarde formarían pareja de dobles en el club de tenis de Glatten. Su padre estaba tan obsesionado con la victoria que, en una ocasión, se negó a abandonar la pista a pesar de estar sufriendo una terrible insolación y violentos escalofríos. Tuvo que ser Klopp hijo el que pusiera fin a aquel partido y llevara a su padre a la cama.
Esquiando, Norbert se limitaba a deslizarse montaña abajo, confiando en que el chico fuera capaz de seguir su estela. Hay un proverbio en suabo que dice «Nix gschwätzt isch Lob gnuag», la mejor alabanza es no decir nada. Norbert Klopp era la personificación de ese refrán. «Era su manera de hacer que me esforzara», contaba Klopp en una entrevista con Der Tagesspiegel. «Cuando hacía atletismo y saltos siempre decía que no saltaba lo suficientemente alto, que todavía me faltaba por cubrir el tamaño de un folio. Nunca encontraba nada bueno que decir. Su táctica resultaba más que obvia, me di cuenta muy rápido». Klopp añadía que tuvo que aprender a «leer entre líneas» para descubrir alguna traza de orgullo parental: críticas sin cesar, aprobación encubierta. «Si marcaba cuatro goles él decía que había fallado otras siete ocasiones, o empezaba a hablarme de lo bien que había jugado alguno de mis compañeros. Aun así, yo sabía que, en el fondo, estaba orgulloso de mí».
Como al acabar las clases, por la tarde, le dejaban hacer lo que quería, Klopp seguía jugando al fútbol con Hartmut e Ingo, los hijos de Rath. El más mínimo trozo de hierba se convertía en un campo y, cuando se había puesto el sol, Klopp seguía jugando en el salón, tirándose sobre un sofá deteniendo tiros, o disparando a una portería diminuta que Norbert le había instalado. «La casa estaba siempre repleta de niños. Nuestra madre malcrió a Jürgen, hacía lo que fuera porque estuviese contento», cuenta su hermana, Isolde. Para que le cambiaran la pelota de cuero por una de gomaespuma fue necesario que rompiera un par de cristales de un armario. «Jugaba todo el día, hasta que se quedaba dormido debajo de la mesa en la que cenaban, rendido por el esfuerzo», ríe Ulrich Rath.
En el polideportivo municipal utilizaban unas colchonetas azules como porterías, a falta de unas de verdad. Durante los setenta, Rath estableció una «hora deportiva» semanal para los chicos. «Hacíamos educación física, pero los chicos siempre querían jugar al fútbol», cuenta. Jürgen Klopp, al que apodaban Klopple (pequeño Klopp), solía ser el encargado de pedirle permiso a Herr Rath para jugar. «Jürgen era un buen jugador de tenis, pero siempre se sintió futbolista, en el fondo. Era rápido, dinámico y explosivo. Tenía que chutar a puerta cada balón, por mucho que alguno de los disparos se marchara desviado o muy alto. Su especialidad era el remate de cabeza. Durante unos cuantos partidos lo puse como líbero, pero no funcionó. Lo suyo era el ataque».
«Fue de lo más idílico», le contó Klopp a SWR en el 2005. «En aquel pueblo, apenas éramos cinco o seis chicos [de mi edad], y formábamos el equipo de fútbol, el de tenis y el de esquí. Fue precioso, tuve una gran infancia».
Ir al colegio no le suponía esfuerzo. Al menos, en el sentido más literal del término. Apenas tenía que cruzar la acera desde su casa para entrar en la escuela de primaria de Glatten. En tercero y cuarto, los hermanos Rath y él tenían que ir en autobús al pueblo de Neuneck, al sur. Corría un mito local, por entonces, sobre un burdel ilegal situado en el cuarto trasero de un pub. Pero todo intento de encontrar ese secreto templo rural del pecado resultó infructuoso para los fisgones escolares.
«Jürgen no es que fuera un tío puntual al 100%, pero como compañero podías confiar en él al 1000 %», cuenta Hartmut Rath, padrino de Marc, el hijo de Klopp, que nació en 1988. Cuando no estaban dándole patadas a un balón los chicos se entretenían en construir maquetas y hacer puzles. Klopp tenía «una vena artística», añade. «Tenía un gran interés cultural y escuchaba muchos vinilos y casetes de artistas del cabaret». Su favorito era Fips Asmussen, un cómico de esos que te cuentan miles de chistes por minuto y con un humor que, al principio de su carrera, era mucho más político y satírico (además de mucho más divertido). «Jürgen era genial contando chistes, hacía que todo el mundo en clase se riera. Era extremadamente popular, el alma y el corazón de la clase», recuerda Hartmut Rath.
Jürgen Klopp dice que si logró aprobar su Abitur (examen final de bachillerato) fue gracias a Hardy. Puede que sea exagerar un poco, pero Hartmut admite que su amigo —a quien se le daban de maravilla la lengua y el deporte, pero iba más flojo en ciencias— se aprovechó de estar a su lado mientras hacían los exámenes. «Por entonces era mucho más fácil copiarse», ríe el más joven de los hermanos Rath. Ambos fueron al Pro Gymnasium (escuela gramatical) de Dorfstetten, compartiendo clase desde octavo en adelante. Klopp había ido a la misma clase que Ingo Rath durante los dos primeros cursos, pero, luego, los profesores le aconsejaron que diese «una vuelta de honor» —así es como se conoce entre los escolares alemanes a tener que repetir curso—. «Tampoco es que el colegio fuera lo que más le importaba», sonríe Hartmut Rath. «Estaba mucho más interesado en el fútbol y las chicas». Pero era un buen chico, respetaba a sus profesores y casi nunca se metía en problemas. Hardy calcula que apenas pasaban por el aula de castigo una o dos veces al año.
Pero había otros pecadillos que traían consigo su propio castigo. Con catorce años Klopp y sus amigos participaron en un torneo social de fútbol. Se suponía que para poder participar había que tener cumplidos los dieciséis años; pero como Norbert Klopp era uno de los organizadores, hicieron la vista gorda con ellos. No fue su mejor torneo, lo que no evitó que se llevaran a casa el premio de los vencedores —una botella de whisky—, porque el equipo ganador no se presentó a la entrega de trofeos. Jürgen y los Rath dieron buena cuenta, fuera del recinto, de ese botín tan poco merecido: llegaron a casa hechos unos zorros.
El apodo de Klopple cambió rápidamente por el de Der Lange, el largo, en cuanto se convirtió en el más alto de la clase y el equipo. Después del décimo curso, Hardy y Klopp asistieron al Eduard-Spranger Wirtschaftsgymnasium de Freudenstadt para preparar el Abitur. Jürgen tuvo un scooter a los quince años y un par de 2CV —Ente (pato), como lo llaman los alemanes—, de esos de color rojo Burdeos. Robert Mongiatti, uno de los mejores amigos de Norbert Klopp, le arreglaba el coche frente a la casa familiar. Jürgen heredaría más tarde un VW Golf amarillo chillón que había pertenecido a su hermana Stefanie.
Un compañero de clase solía invitar a los demás a estudiar en un cobertizo aislado que tenía en el jardín. Como es de esperar, no siempre se adherían al plan de estudios. Los adolescentes organizaban fiestas en el sótano de los Rath y en el garaje de Norbert Klopp, jugando a la botella. Si los padres de alguien se ausentaban de la casa, las parejas sacaban buen provecho de los dormitorios. Aunque los detalles no están del todo claros, es bastante probable que los morreos formaran parte de los repasos de lengua. La clase de Klopp fue a la ciudad de Port-sur-Saône durante un intercambio escolar, donde solo podían hablar en francés durante las dos semanas de estancia. Los chicos se lo pasaron tan bien en Borgoña que regresarían el siguiente verano para pasar las vacaciones en un camping.
«Jürgen era quien lideraba las actividades sociales», dice Hartmut Rath. «Era extrovertido, formaba parte del grupo de teatro del colegio. Le interesaban un montón de cosas de lo más variadas, la gente decía que era muy abierto de miras». A menudo, discutía de manera acalorada sobre política con su padre, quien tenía una mentalidad mucho más conservadora.
En 1998, tres semanas antes de jubilarse, Norbert Klopp enfermó. Cáncer de hígado. Los doctores le dieron una esperanza de vida de entre tres semanas y tres meses. Aquel diagnóstico fue todo un mazazo para la familia. Norbert siempre había llevado una vida sana, activa. No fumaba. «Ese cáncer no podrá conmigo», prometió. Estaba decidido a mantenerse optimista, encontrando de gran inspiración el libro de Lance Armstrong en el que cuenta su cáncer testicular. Sus hijos lo llevaron a varias clínicas. Le fue extirpado el hígado, se lo criogenizaron y se lo reimplantaron. Vivió casi dos años más, decidido a disfrutar cada día que le quedara. «Aquello cambió ese punto de vista tan tradicional que tenía sobre las relaciones entre hombres y mujeres, se mostró más comprensivo con mis actos de rebeldía y mi búsqueda de libertad», cuenta Isolde Reich. Poco antes de su muerte, en el año 2000, un debilitado Norbert llevó a su cuerpo al límite para jugar, una vez más, un partido de tenis con su club. Fue su legado. Su victoria. Para los Klopp fue un gran consuelo ver que Norbert cumplía su último deseo.
Lo llevaron a casa, a Glatten, para que pudiera pasar allí sus dos últimas semanas de vida. Sus dos hijas se mantuvieron a su lado día y noche, turnándose para estrecharle la mano. Isolde cuenta que Jürgen lo pasó muy mal, porque sus compromisos con el Mainz no le permitían pasar tanto tiempo con su padre como le hubiera gustado. Una noche regresó a casa después de un partido y la pasó entera en la habitación de Norbert, regresando al amanecer al entrenamiento con el 05 sin apenas haber dormido.
«Mi primer tesoro en esta vida ha sido poder hacer lo mismo que mi padre habría querido hacer», diría más tarde Jürgen Klopp. «Tengo la vida con la que él soñaba. Creo que [si hubiera hecho] cualquier otra cosa, habríamos tenido un montón de roces. No creo que mi padre hubiera aceptado que me hubiera hecho florista, por poner un ejemplo. Jamás habría dicho: ‘‘Perfecto, yo seré quien te compre el primer ramo’’. No, habría pensado que estaba majara».
Tras la muerte de Norbert, Jürgen necesitaba respuestas; pero, al final, llegó a la conclusión de que «seguramente, ahí arriba, alguien tendría su plan». Su lado religioso mitiga la pena que siente porque su padre no viviera para ver los éxitos que ha cosechado como entrenador. «Estoy del todo seguro o, al menos, es lo que creo, de que él me está viendo cuando mira hacia aquí abajo.
Puede que lo que los chavales suelen entender como devoción paternal no sea, precisamente, que te estén martilleando todo el rato para que hagas las cosas siempre mejor: en el campo, en la pista, bajando laderas. Pero, cuarenta años después, Jürgen Klopp sabe perfectamente que todos esos fines de semana intentando que su hijo lo hiciera cada vez mejor, en una escala de exigencia infinita, era la «manera de mostrar cariño» que tenía Norbert. Porque el amor de un padre no se mide en palabras, ni en besos, sino en tiempo.
WOLFGANG FRANK: EL MAESTRO
«Nuestro padre tenía una autodisciplina brutal, incluso se podría llegar a decir que obsesiva», dice Benjamin Frank, de treinta y seis años, sentado junto a su hermano mayor, Sebastian, de treinta y nueve, mientras almuerzan un plato de pasta acompañado de recuerdos agridulces, en un hotel de Mainz.
Los Frank trabajan como agentes y ojeadores para el Liverpool FC de Klopp. También fueron consultores en el Leicester City, el sorprendente campeón de la Premier League en la temporada 2015-16. Se criaron en Glarus, una tranquilísima población de 12 000 habitantes en los valles de Suiza, en donde Wolfgang, su padre, era considerado un héroe. El que fuera delantero de la Bundesliga (215 partidos y 89 goles, jugando en VfB Stuttgart, Eintracht Braunschweig, Borussia Dortmund y 1. FC Núremberg) había llevado a la cenicienta local, el FC Glarus, por primera vez en su historia hasta la Nationalliga B, la segunda división suiza, mientras él mismo ejercía como entrenador-jugador.
Los hermanos recuerdan que Frank sénior no veía diferencia alguna entre el papel de entrenador y el de padre. Ambos roles se reducían a lo mismo: el deber de educar. «Era todo un friki, en el sentido positivo del término», dice Sebastian; un hombre de una ambición inmensa para el que el fútbol no era solo cuestión de partidos y tácticas, sino que era un todo. Una escuela para la vida.
Durante su última temporada como profesional, Wolfgang Frank se había licenciado como profesor, especializándose en educación física y religión. Estas materias le habían imbuido la creencia de que «no existen las coincidencias; todo —lesiones, derrotas— ocurre por un motivo», cuenta Benjamin Frank. Estaba empeñado en lograr que todo aquel que le prestara su atención asumiera este pilar central de la fe.
Los jóvenes hermanos tenían que completar continuas sesiones de carrera de fondo alrededor de la ciudad, rodeados de hielo y nieve. Unos pocos años después, en Grecia, en una de las pocas vacaciones familiares que la cargadísima agenda de Wolfgang les permitió, los adolescentes se tenían que levantar a las 5:00 de la mañana, cada día, para correr por la playa, antes de desayunar y tomar unas vitaminas en forma de pastillas. A esto le seguía una segunda sesión de entrenamiento antes del almuerzo: pesas, esta vez.
A veces, el fax de la casa de Glarus comenzaba a emitir sonidos a avanzadas horas de la noche, o demasiado temprano por la mañana. A cientos de kilómetros de distancia, desde alguno de los quince clubes que entrenó a lo largo de su carrera, Frank les enviaba frases motivacionales y consejos; o complicados programas de entrenamiento, junto a sus mejores deseos y saludos. «Cada vez que teníamos algún problema en el deporte o en el colegio nos llegaba un largo fax, para animarnos y demostrarnos que había estado dándole vueltas al asunto, desde la distancia, a su manera», cuenta Benjamin.
Como jugador, Wolfgang quedó fascinado con el estilo de juego del AC Milan de Arrigo Sacchi, el equipo que dominó el fútbol europeo a finales de los 80 y comienzos de los noventa gracias a su revolucionaria táctica colectiva: una sincronía en los movimientos que asfixiaba al rival, dejándolo sin espacio y sin tiempo. Se tiraba hasta altas horas de la noche estudiando en vídeo las maniobras unificadas de los jugadores, y reflexionando sobre la importancia del descanso, la nutrición y el entrenamiento mental en un momento en el que este tipo de cosas se consideraban casi como esotéricas en Alemania. Por el contrario, la ausencia de financiación y la reducida disponibilidad de jugadores que había en Suiza facilitaban un enfoque mucho más abierto. La defensa en zona, un sistema que levantaba el foco defensivo de los delanteros rivales, para centrarlo en defender el espacio cercano al área y en atacar el balón, ya había sido adoptada en 1986, en la versión del seleccionador nacional suizo Daniel Jeandupeux. Sus internacionales llevaron el mensaje de este sistema a sus clubes, donde algunos siguieron trabajando en él por voluntad propia, como recuerda el antiguo defensor Andy Egli. Egli creía que Jeandupeux vio por primera vez ese estilo de juego cuando jugaba y entrenaba en Francia.
Frank comprendió que la innovación táctica era la mejor arma que podía enarbolar un equipo pequeño contra otros equipos más grandes y mejores; que un buen planteamiento podía significar todo un paso de gigante para mejorar las propias actuaciones.
Su milagroso éxito en el FC Glarus lo llevó al FC Aarau, un equipo de provincia en la primera división que ya había gozado de triunfos inesperados bajo la batuta del entrenador alemán Ottmar Hitzfeld. Hitzfeld, quien llegaría a alzar la Champions League con el Borussia Dortmund y el Bayern de Múnich, había logrado unas actuaciones tan espectaculares con este club tan poco glamuroso que el equipo acabó recibiendo el apelativo de «FC Wunder» (FC Milagro) por parte de la prensa, en 1985. Quedaron segundos en la liga y alzaron la Copa de Suiza.
Frank también llevaría a su Aarau hasta la final de la Copa de Suiza durante su primera media temporada como entrenador (1989-90); pero el milagro no llegó a concretarse. Los argovianos cayeron derrotados por 2-1 contra el Grasshopper Club Zúrich de Hitzfeld, en Berna; Frank dejó el puesto un año después. Posteriormente, no lograría dejar huella en el FC Wettingen (1991-92), eternos condenados a la lucha por eludir el descenso, ni en el FC Winterthur (1992-93), en la segunda división. (Curiosamente, el jugador más importante del Winterthur era un veterano delantero alemán llamado Joachim Löw). En una ocasión, el actual seleccionador alemán, de treinta y pocos años por entonces, se puso en pie en el vestuario para defender al equipo frente a las críticas de Frank. Löw también hizo sus pinitos en el mundo de la moda: llevaba el maletero del coche lleno de corbatas estampadas que vendía a sus compañeros del Winterthur.
Por fin, Frank tuvo la oportunidad —más o menos— de reivindicarse en su país natal, en el verano de 1994. El Rot-Weiss Essen, un popular equipo de la segunda división alemana con sede en el Ruhr, el corazón industrial y futbolístico del país, necesitaba un nuevo entrenador después de que el VfB Stuttgart les robase a Jürgen Röber durante el parón invernal. Sin embargo, antes incluso de tomar el cargo en el Georg-Melches-Stadion, Frank y su equipo estaban condenados al descenso. Debido a ciertas irregularidades financieras, la Federación Alemana le había revocado la licencia profesional al club. Por si no fuera poco, el primer día Frank se vio obligado a enfrentarse a un motín en el vestuario: el capitán, Ingo Pickenäcker, junto con el segundo capitán, Frank Kurth, dimitieron en protesta porque no les fuera consultado el nombre del sucesor de Röber, tal y como les había prometido la directiva.
En el RWE tenían la esperanza de que la Federación Alemana mostrara algo de misericordia tras enviar su recurso. Reinhard Rauball, el astuto abogado del club y, en la actualidad, presidente del Borussia Dortmund, consiguió encontrar muchos errores de procedimiento cometidos por la autoridad futbolista. De manera brillante, los hombres de Frank lograron la victoria en la semifinal de la Copa de Alemania frente al Tennis Borussia (2-0), en marzo, alcanzando la final de la Copa en Berlín, aunque un tribunal de arbitraje ratificaría el descenso a tercera división apenas unos días después. Les fueron arrebatados todos sus goles y puntos.
En mayo, 35 000 hinchas del Essen viajaron a la capital alemana en busca de venganza. Portaban multitud de pancartas condenando la injusticia que había cometido la FA con su decisión. «Si Dios es justo, lograremos la victoria», dijo Frank. Sin embargo, sobre el césped del estadio olímpico, el Werder Bremen de Otto Rehhagel, claro favorito, se mostró indiferente a cualquier atisbo de ayuda divina. El equipo norteño, que había logrado dos años atrás la Supercopa de Europa frente al AS Mónaco de Arsène Wenger, demostró ser muy superior en Berlín. El resultado final: 3-1.
Décadas más tarde se supo que una desagradable intriga política tuvo su parte de culpa en la derrota. Frank Kontny, del RWE, duda, todavía, si revelar una historia que define como «el peor momento de mi carrera como futbolista». Kontny, de 52 años, era el capitán del equipo en aquel momento y estaba listo para disputar la final como defensa. «Pero, la misma mañana del partido Frank me dijo que estaba fuera del equipo, y que si quería volver a jugar tendría que buscarme un nuevo club», cuenta. «Aquel día mi mundo se hizo añicos. Me habían arrebatado el mayor partido de mi vida».
Como la gran mayoría de jugadores del RWE, Kontny había aceptado un trabajo a tiempo parcial, fuera del fútbol, para poder mantener a su familia durante el tiempo que el club no tuvo solvencia. Uno de los directivos, Wolfgang Thulius, le había conseguido un trabajo como comercial inmobiliario. Después de que el club alcanzara la final de la Copa en marzo, la directiva había cambiado de rostros. Parece ser que presionaron a Frank para que cortara todo tipo de relaciones con el antiguo régimen. Kontny: «Yo estaba entre los perdedores y, por desgracia, Frank tomó una decisión que no tenía nada que ver con el fútbol». En el puesto de Kontny, el entrenador puso a Pickenäcker, quien había sufrido en las últimas semanas una seria lesión en la ingle y no estaba recuperado del todo. Pickenärcker cometió errores en los dos primeros goles del Werder, siendo sustituido a siete minutos del descanso. El Essen se rehízo durante el descanso, acortó distancias gracias a un gol de Daoud Bangoura, pero Wynton Rufer aseguró la victoria del Werder Bremen gracias a un penalti postrero. «Estoy convencido de que conmigo en el campo el partido hubiera sido muy diferente», dice Kontny con tristeza. «Estaba muy disgustado con Frank, lo maldije. Era un buen entrenador —siempre decía que debíamos seguir aprendiendo y expandir nuestros horizontes, las sesiones de entrenamiento duraban dos horas— pero creo que, hoy, él mismo reconocería su error».
Tres semanas después de la final, el Rot-Weiss viajó a Mainz para disputar el penúltimo partido de la temporada. El bronco partido en el Bruchwegstadion (3000 asistentes), en el que se señalaron tres tarjetas rojas —dos de ellas para el visitante— acabaría con un tanto en el minuto noventa, obra de Zeljko Buvac, que dejaba el marcador en 1-1 y confirmaba, matemáticamente, la permanencia en la categoría para los locales.
En septiembre de 1995 el Mainz, siempre con el agua al cuello, se encontraba, de nuevo, en la parte baja de la tabla de la Bundesliga 2, en busca de un nuevo inquilino para su banquillo. El mánager general, Christian Heidel, contactó con Frank. El Rhein-Zeitung lo bautizó como «el hombre de la pajita corta».
«Llegó y dijo un montón de cosas que sonaban preciosas y muy bonitas», cuenta Heidel con una ironía llena de intención. «Tenía la conducta de un profesor. Siempre me cuido mucho de los profesores, hay veces en las que no es nada sencillo tratar con ellos. Pero, al cabo de un rato, me dije: ‘‘Venga, ¿por qué no?’’. Visto en retrospectiva, aquello fue crucial para el Mainz 05. Me encantaría decirle que supe, desde el primer momento, que era un buen entrenador. Pero lo cierto es que nadie más quería entrenarnos».
El equipo quedó impresionado por unos métodos de entrenamiento que consideraron «de lo más sofisticado» (Heidel), pero, a pesar de ello, seguían perdiendo los partidos. El Mainz llegó al parón invernal como el peor equipo de la categoría y apenas doce puntos a su favor, a cinco de la salvación. Heidel: «La revista Kicker escribió: ‘‘Posibilidades de descenso del Mainz: Cien por cien’’. Nada de noventa y nueve por ciento, no; el cien por cien. Jamás me olvidaré de eso».
Frank fue al despacho de Heidel. «Me dijo: ‘‘Tenemos que cambiar algo’’. Y yo pensé, ‘‘¡anda!, ¿no me digas?’’. Me dijo que había sopesado las cosas de manera detenida y que había decidido que nos iríamos de concentración invernal y, en el futuro, jugaríamos sin líbero. Y yo me pregunté: ‘‘¿Cómo? Tiene que estar de broma’’».
Un equipo de fútbol profesional sin líbero, sin un «zaguero» tras la defensa, resultaba algo inconcebible en la Alemania de mediados los noventa. Todos los equipos, y el combinado nacional, habían logrado sus grandes logros siempre con un líbero, desde los tiempos de apogeo de Franz Beckenbauer en los setenta. «Todos considerábamos necesario que alguien actuara como achique en caso de que el rival llegara detrás de tus líneas», cuenta Heidel. «Pero ¡cómo te vas a cargar al líbero! Imposible. Yo mismo había jugado de líbero, así que, en cierto modo, me pareció un intento de librarse también de mí».
Hans Bongartz, antiguo internacional alemán, había empleado en 1986 una versión de defensa de cuatro en línea sin líbero en el 1. FC Kaiserslautern, inspirado por una derrota durante la semifinal de la Copa de la UEFA de 1982 a manos de Sven-Göran Eriksson y el vanguardismo táctico que desplegaba en el IFK Göteborg; pero esta innovación no le permitió dejar un recuerdo duradero en la principal categoría del fútbol alemán. Como presidente del FC Bayern, durante la temporada 1993-94, Beckenbauer le prohibió expresamente a Erich Ribbeck seguir con sus experimentos (ciertamente amateur) con la defensa de cuatro. Unas pocas semanas después del nombramiento de Frank en el Mainz, el entrenador de la selección nacional, Berti Vogts, le dijo al tabloide suizo Blick que un sistema sin líbero era «fundamentalmente destructivo», motivo por el que no estaba destinado a encontrar acomodo en la Bundesliga.
Heidel: «Pensé que seríamos el hazmerreír, me temía lo peor. Durante la concentración prometí que estudiaría el asunto de manera más atenta. La pista estaba repleta de postes, y los jugadores pensaron ‘‘a este tío se le ha ido la cabeza’’. Se tiraron horas corriendo sin balón, practicando movimientos de un lado a otro en formación. Hoy es más que sabido que cuando la línea de cuatro se mueve al lugar en el que está el balón, el flanco queda abierto. Pero cuando jugamos nuestro primer partido en casa con este dibujo, el estadio no hacía más que gritárnoslo. Siempre había un delantero contrario totalmente solo en la izquierda, mientras que nuestro equipo estaba, al completo, en el lado derecho. Nadie se daba cuenta, por entonces, de que el balón no podía cambiar de banda tan rápido, de que la defensa tenía tiempo más que suficiente como para hacer el balance defensivo. Presión orientada al balón, se llamaba, y era algo completamente nuevo en Alemania. Brujería, básicamente. Así que entrenamos y entrenamos y entrenamos. Y yo estaba seguro de que descenderíamos».
A mitad de los noventa había, básicamente, dos formas de entrenar. Por un lado, el trabajo (correr y correr) y por otro la diversión (jugar). No se escuchaba hablar de movimientos colectivos o estudio teórico. Por su parte, Frank estaba «poseído por la táctica». Dice Heidel. «Jamás había visto nada parecido». El entrenador se tiraba horas viendo fútbol, sobre todo italiano. Y Sacchi seguía siendo su ídolo. «Nos ponía cintas de todos sus partidos, yo siempre estaba allí. ‘‘Un director general siempre tiene que estar presente’’, decía Frank. Así que yo también tenía que tragarme toda esa mierda. Por entonces no existía la edición de vídeo. Pausaba la cinta, la rebobinaba, la volvía a poner y volvía a rebobinar, durante horas y horas. Las tácticas de Sacchi le hacían enloquecer».
Frank llegó a viajar a Italia para ver al maestro entrenar en persona. «Sacchi no se lo tomó muy en serio, pero le dejaron que contemplase el entrenamiento desde la banda», cuenta Heidel. «De ahí es de donde sacó sus ideas. En Alemania no estábamos, para nada, igual de avanzados.
Frank encontró a todo un partenaire teórico futbolístico en la figura del profesor de ciencias deportivas Dr. Dieter Augustin, de la Universidad de Mainz, situada a apenas una corta caminata desde el estadio. Augustin prefería un juego posicional perfectamente establecido, antes que la verticalidad del FSV, pero, diferencias en gustos aparte, ambos estaban de acuerdo en que los futbolistas necesitaban ayudas visuales para seguir con su educación futbolística. Les pedían a los estudiantes de Augustin que editaran pequeños clips de vídeo, del Mainz y de sus rivales, para ayudarles con la preparación de los partidos. Una idea de lo más simple y original: los equipos alemanes no contaban ni con el staff ni con los conocimientos como para trabajar con ojeadores, por ejemplo. Uno de los estudiantes de Ciencias del Deporte que se presentaron voluntarios para el experimento era Peter Krawietz. Más tarde se convertiría en el ojeador jefe del Mainz y en asistente de la máxima confianza de Klopp.
«Las sesiones de vídeo de Frank a la 7:30 causaban pavor», contaba el que fuera jugador del 05, Torsten Lieberknecht. «Nos sentábamos en aquellas sillas de jardín hechas de acero, en una habitación diminuta, y desayunábamos mientras Wolfgang Frank daba a los botones de su aparato de vídeo. Duraban una eternidad».
Frank también se inspiró en sus días de jugador. Su año en el AZ Alkmaar de la Eredivisie holandesa, en la temporada 1973-74, le hizo quedar maravillado ante el fútbol total del Ajax. Al regresar a Alemania, el flaco delantero al que apodaban Floch (Pulga) volvió a cruzar su camino con el que fuera su entrenador en el Stuttgart, Branco Zebec, esta vez en el recién ascendido Eintracht Braunschweig. Zebec, un yugoslavo que había llevado al Bayern de Múnich a su primer título de la Bundesliga, en 1969, gracias a un destructivo régimen físico y una férrea disciplina táctica, fue el primer entrenador en experimentar con la defensa zonal en la elite alemana, durante los setenta. Por entonces, todo el mundo seguía usando únicamente el marcaje al hombre. «Con Zebec dejamos de correr como estúpidos detrás de nuestro oponente [individual]; era un adelantado a su tiempo», recordaría Frank.
Veintiún años después, el Mainz se dejaba llevar por similares impulsos futuristas. «Al llegar el parón invernal éramos un equipo prácticamente sentenciado», declaró Klopp, defensa del Mainz, al Süddeutsche Zeitung en 1999. «Estábamos abiertos a cualquier nueva idea. Incluso habríamos escalado un árbol quince veces si alguien nos prometía algunos puntos por hacerlo». Frank calculaba que eran necesarias unas 150 horas de entrenamiento teórico antes de que interiorizaran el nuevo sistema. En lugar del divertido entrenamiento al que los profesionales alemanes estaban tan acostumbrados, se pasaron días enteros sin ver un balón. «Pero pensamos: si Gullit y Van Basten tuvieron que aprender algo así en el Milan, nosotros también podremos soportarlo», le contaría Klopp en el 2007 al Frankfurter Rundschau, en una entrevista junto a su mentor. «Tiene que comprender lo valiente que fue aquello. En el fútbol tiene que pasar mucho tiempo para que se acepte cualquier nueva tendencia. Wolfgang decidió introducir una defensa zonal en mitad de una agónica lucha por evitar el descenso. Básicamente, hasta su llegada habíamos estado en mitad de la jungla y con taparrabos. Corríamos detrás de todo aquel que corriera con una camiseta del contrario». Recuerda que llegó a pensar que «habría dado igual si Frank les hubiera obligado a hacer un examen de física cuántica; con lo que sabíamos sobre la defensa en zona, el resultado habría sido el mismo».
«El juego que se desplegaba en Mainz había sido muy conservador, así que tenía que suceder algo. Aquel era el momento perfecto para hacerlo», explicaba Frank. Heidel recuerda que el equipo no estaba del todo convencido, en un principio. «No tenían ni idea de a dónde llevaba todo aquello. No hacían más que correr por todos lados, sin balón. A la izquierda, a la derecha… En un restaurante italiano, Frank se tiró horas explicándome que con un hombre menos en la zaga contaríamos con uno más en el medio campo. Y yo le decía: ‘‘Vale, pero ¿qué pasa si se nos cuela uno por la línea y llega al área?’’. Y entonces respondió: ‘‘Es que ya no habrá nadie que se nos cuele, no puede ocurrir’’. Presionábamos en la parte alta del campo para forzar al contrario a mandar balones en largo. Atrás, contábamos con gigantes como Klopp, un tío de 1,93 que se llevaba todos los balones por alto. Esa era nuestra nueva forma de jugar. Así salimos de esa concentración.
El primer amistoso en el que se usó el nuevo dibujo los enfrentó al equipo de tercera división del 1. FC Saarbrücken, «un ‘‘equipo montado en el dólar’’ que le sacaba una distancia sideral al siguiente de su categoría y que, sin duda, acabaría ascendiendo», recuerda Heidel. «Lo jugamos en Frauenlautern, cerca de la frontera con Francia, y yo estaba segurísimo de que nos iban a meter cinco. Pero en el descanso ya íbamos ganando 6-0. Pensé que estaba soñando. Habían puesto a su mejor once, pero no tenían ni idea de cómo jugar contra nosotros. Estaban completamente desbordados. Aquello fue el nacimiento… el renacer del Mainz 05, y el nacimiento de la línea de cuatro [en la segunda división]. Fuimos los primeros en jugar con este sistema, en combinación con una presión orientada y la defensa en zona. Ralf Rangnick (del Ulm) y Uwe Rapolder (del Waldhof Mannheim) llegaron después».
Jürgen Kramny, quien sería defensa del Mainz, disputó aquel partido con el Saarbücken. «Yo asistí al nacimiento de la defensa de cuatro del Mainz», relata. «Éramos un muy buen equipo en la tercera división, y el Mainz estaba en pleno descenso en la Bundesliga 2. Pero no nos dieron opción. Nos masacraron. Nos sacaron del campo». La línea defensiva de aquel día estaba formada por Jürgen Klopp, Peter Neustädter, Michael Müller y Uwe Stöver. «Nos funcionó tan bien que no cambiamos nada durante los siguientes dieciocho meses», contó Klopp.
Frank describía su táctica como una versión refinada del fútbol que juegan los críos. «Todo el mundo tiene que ir allá donde vaya el balón. El objetivo era lograr una superioridad numérica que nos permitiera hacernos con el balón y, después, estirarnos como un puño que se abre». Estos métodos novedosos llevaron al Mainz a ser el mejor equipo de la Bundesliga 2 en la Rückrunde (segunda vuelta). Lograron treinta y dos puntos, muchos más que cualquier otro equipo en las dos divisiones de honor. «Fue una locura, algo que jamás se había visto en el fútbol profesional alemán», sonríe Heidel.
Para Klopp fue «una epifanía: me di cuenta de que nuestro sistema nos hacía ganar a equipos que contaban con jugadores mejores que los nuestros. Independizaba el talento de los resultados, y para bien. Hasta entonces, siempre pensábamos que, como éramos peores, perderíamos. La mejor arma de Frank era que llegaba a cada partido con un buen plan». Todo el mundo aceptaba que el trabajo duro, o «echarle un poco más de ganas» que tu oponente, podía suponer una (pequeña) ventaja cuando tenías menos calidad. Pero ¿un concepto colectivo basado en la gestión del espacio? En Alemania nadie hubiera pensado que aquello podía marcar una diferencia tan grande. «Aquel fue el momento en el que me enamoré de la táctica», dice Heidel. «De buenas a primeras ganábamos a equipos que, hombre a hombre, eran mejores que nosotros; y todo porque nosotros teníamos un concepto que funcionaba». El equipo entrenaba «hasta caer rendido», añade. «Al final, todo el mundo lo interiorizó. Hoy resulta de lo más normal contar con jugadores inteligentes, capaces de adaptarse; pero, por entonces, era necesario que hubiera un par de jugadores capaces de tirar del resto. Por supuesto, Kloppo era el líder táctico del equipo, por mucho que en el campo no lo pareciera. Confiaba en su potencia, en su instinto, en su físico como jugador; no era de los que se adornan. Pero era el cerebro pensante del equipo».
«La primera vez que entré en contacto con la táctica, fue en el Mainz», cuenta Christian Hock, mediocentro del FSV que había jugado en el Eintrach de Frankfurt cuando era un chaval y en el primer equipo del Borussia Mönchengladbach. «En el Borussia no se hablaba de estrategia. Necesité bastante tiempo para aprender el sistema, no estaba nada familiarizado con ello: tenías que controlar el balón y a los oponentes a la vez, todo el tiempo. Años después, mientras me sacaba la licencia de entrenador, muchos antiguos jugadores tenían auténticos problemas para comprender la teoría de la defensa de cuatro. Pero, gracias a Wolfgang Frank, yo estaba listo para usarla».
«Wolfgang siempre tuvo como objetivo que los jugadores aprendiéramos cosas nuevas», contaba Klopp. «Esperaba de nosotros mucho más que llegar un fin de semana y echar una pachanga. Desde luego, hubo momentos en los que nos quejamos por tener que pasar cuatro horas trabajando nuestro dibujo sobre el campo, pero siempre comprendimos por qué lo hacíamos». Klopp recuerda que Frank les pedía a los periodistas locales que no mencionaran demasiado la defensa de cuatro, porque sabía que tendría que dar muchas explicaciones en caso de que llegaran las derrotas. Aquella ruptura con el tradicionalismo fue vista con una buena dosis de recelo.
A pesar del cambio radical en los resultados, el desastroso comienzo de la temporada 1995-96 hizo que la supervivencia no estuviera garantizada antes del último partido de la temporada, en casa contra el VfL Bochum. El Mainz tenía que ganar. El comentarista televisivo Martin Quast recuerda que cubrió aquel partido: «Había unas 12 000 personas en el Bruchweg, prácticamente todo el papel que se podía vender por entonces. Marco Weißhaupt marcó casi al comienzo. Ochenta y tres increíbles y tensos minutos después el Mainz se había salvado. Todo el mundo se puso a celebrarlo como un loco, alzando los puños al aire; pero Wolfgang Frank mostraba un semblante taciturno y andaba de un lado a otro, como un león en una jaula. No sabía qué hacer. Era una situación completamente desconocida para él. Había miles de personas celebrándolo como si no hubiera un mañana. Y Wolfgang Frank andaba titubeante por todo el campo, completamente alejado, como si alguien lo controlara con un mando a distancia».
«Todo el mundo lo estaba celebrando, pero mi padre estaba completamente exhausto, incapaz de pronunciar una sola palabra y con un dolor de cabeza terrible», dice Sebastian Frank. Lo había dado todo. Wolfgang Frank era uno de esos entrenadores que vivía todo a mil por hora desde la banda, que ardía por dentro, pero que era incapaz de encontrar la forma de darle salida a toda aquella energía. «No buscaba ser el centro de atención», dice Sebastian, «no le gustaban los baños de masas».
«De cara a la siguiente temporada no hubo cambios en el equipo. Y nadie sabía cómo meternos mano», recuerda, Heidel. «Por primera vez en nuestra historia, de buenas a primeras, éramos candidatos al ascenso». «Nadie se ha tomado en serio nunca a este club, llevan años abandonados, en tierra de nadie» publicaba en octubre de 1996 el Süddeutsche Zeitung. «Pero, hoy en día, son el único equipo de la segunda división capaz de jugar (y comprender) la defensa de cuatro en línea». El supuesto «equipo carnavalero» imponía, de repente, respeto y admiración por su giro radical. El presidente del 05, Harald Strutz, llegó a declarar en alguna ocasión que «la euforia se ha adueñado de nosotros». Se vivía un revuelo en toda la ciudad como nunca se había visto.
Y el 05 siguió ganando. El equipo de Frank llegó al parón invernal de la temporada 1996-97 en segunda posición de la tabla, solo precedido por el 1. FC Kaiserslautern de Otto Rehhagel, quien, un año más tarde, alzaría el Meisterschaf.
Pero, para Frank, los progresos no llegaban lo suficientemente rápidos. A la vez que introducía los cambios fundamentales en la estrategia del equipo, en enero de 1996 sorprendió a la directiva con la petición de contar con un mayor y más moderno estadio, además de mejores instalaciones para los entrenamientos. El Bruchwegstadion apenas contaba con torres de focos y marcador electrónico desde hacía unos meses.
«Nos enseñó que debíamos tener ‘‘más visión’’ si queríamos lograr grandes cosas, fue decisivo», cuenta Strutz. «Nos preguntó sin el menor miramiento: ‘‘¿De verdad quieren ustedes jugar algún día en la Bundesliga?’’. No tengo del todo claro que ninguno de nosotros se hubiera parado a pensarlo en serio. En ese momento seguíamos los últimos de la Bundesliga 2». La idea de Frank era la de renovar el Bruchweg —el nombre (la traducción literal sería algo como camino roto) «le venía muy al pelo, entonces», admite Strutz—, además de pedir que se construyera una bañera de inmersión, una sauna y mejores campos de entrenamiento. «Wolfgang Frank era una persona única, peculiar. Una magnífica persona. Pero también era demasiado intelectual, espiritual. Volvió loca a la directiva del Mainz con tanta petición para poder mantener el éxito. Recuerdo que insistió mucho en la bañera de inmersión. Lo único que tenía el Mainz por entonces era una mugrienta bañera en la que el utillero limpiaba, de vez en cuando, las botas. Después de cada partido, el capitán se bañaba allí, así que nadie más podía relajarse. Frank insistió. Nuevos campos, nuevos vestuarios, ‘‘la sala de prensa no puede estar ahí, en mitad del edificio, en el mismo lugar que los jugadores’’, dijo. Para él, progresar tan despacio era lo mismo que ir en regresión. Todo cambio tenía que llegar a toda velocidad».
Se reconvirtió la pequeña sala VIP de uno de los almacenes, que también hacía las veces de oficina, en una zona de descanso repleta de sofás para que los jugadores pudieran usarla durante la semana; se comenzó a hablar de contratar a un nutricionista. «Quería demostrar a los posibles fichajes que teníamos unas buenas instalaciones en las que entrenarse bien. Aquello era de lo más importante para él», cuenta Strutz. «Y cada día se sorprendía de que no se presentasen los bulldozers para comenzar con las obras». «En la directiva debieron de pensar que estaba como una cabra», admitía Frank años después.
En la antología del club, Karneval am Bruchweg, los periodistas locales Reinhard Rehberg y Christian Karn escribieron que las negociaciones con el propietario del estadio, el Ayuntamiento de Mainz, fueron muy complicadas. Los políticos no veían que estuviera justificado gastarse tanto dinero en un club que, en los partidos en casa, apenas tenía una media de espectadores de entre 3000 y 5000 personas.
Inmune a esas nimiedades, Frank siguió presionando al club hasta que el Mainz contó con una pequeña cantidad para invertirla en una pequeña ampliación en el estadio. «No era alguien fácil de tratar, ni como entrenador ni como persona», dice Strutz. «A mí, como presidente del club, me resultaba complicado lidiar con su personalidad. Tenía muchísima determinación. Quería que el club creciera muy rápidamente».
En enero de 1997, los sorprendentes aspirantes al ascenso acudieron a Chipre para prepararse de cara a la segunda mitad de la temporada. Los hermanos Frank también asistieron, como jugadores del filial. «Algunos de los profesionales se meaban de la risa porque tuvimos que participar en los ejercicios de estabilización del core», recuerda Benjamin. «Nuestro padre nos decía ‘‘no os preocupéis de lo que piensen los demás, limitaos a hacer lo que debéis’’». (Siete años más tarde, los tabloides alemanes y los periodistas más curtidos también se rieron cuando Jürgen Klinsmann hizo que el equipo nacional realizara ese mismo tipo de ejercicios bajo la dirección de monitores de fitness americanos. Unos ejercicios que se convirtieron en práctica común entre los clubes después del Mundial de 2006).
Cuando tocaban a su fin los diez días de concentración chipriota llegaron noticias de que en Mainz acababa de caer una nevada, por lo que Frank decidió que tanto él como el equipo se quedarían otra quincena, aprovechando al máximo las perfectas condiciones que la isla ofrecía para entrenar. Esto no les hizo gracia alguna a los jugadores, quienes querían estar en casa con sus familias. Pero el club estaba tan embelesado con el entrenador, el primero en su historia capaz de conducirlos a algo parecido al éxito, que accedía a todos sus deseos. «Íbamos segundos en la tabla. Mainz 05: segundo clasificado», exclama Heidel tratando de imitar la sorpresa. «Si Frank llega a decirnos: ‘‘para mañana, me derribáis el campanario de la iglesia’’, habríamos ido a la iglesia y habríamos acabado con la torre. Jamás habíamos estado en cabeza. Todo lo que decía era puesto en práctica, de inmediato».
Después de la que, probablemente, ha sido la concentración invernal más larga en la historia del fútbol profesional alemán, el Mainz regresó y perdió el primer partido en casa, contra el Hertha BSC, 0-1. También cayeron en el segundo partido, 3-0 contra el VfB Leipzig. Y, después, se quedaron sin entrenador.
Heidel: «Me tuve que quedar en Leipzig para asistir a un evento. Al día siguiente, mientras voy en un taxi, Frank me telefonea. ‘‘Christian’’, me dice, ‘‘solo quería decirle que va a tener que buscar un nuevo entrenador’’. Así que yo pienso, vale, en verano, porque su contrato terminaba a final de temporada. Pero, de repente, me di cuenta de que se refería a ese mismo momento. Volé de regreso a Mainz y en el estadio me esperaban cuatro periodistas. Para lo que nosotros estábamos acostumbrados, aquello era una multitud. Frank les había comunicado a todos que se marchaba. Así de simple».
Durante el viaje de regreso desde Leipzig, Frank estuvo dándole vueltas a la causa de las dos derrotas. De alguna manera llegó a la conclusión de que él era el culpable. Heidel dice que la dimisión de Frank fue un Kurzschlussreaktion, que se le cruzaron los cables. Ni tan siquiera Jürgen Klopp, el hombre de confianza del entrenador en el vestuario, logró hacerle cambiar de idea.
El sucesor de Frank fue un hombre llamado Reinhard Saftig. Un veterano y bigotudo entrenador con experiencia en la Bundesliga (Dortmund, Leverkusen) y Turquía (Kocaelispor, Galatasaray); alguien en quien se podía confiar. O eso pensó Heidel. «Desde luego, ficharlo fue uno de mis grandes logros», hace una mueca de dolor. «Saftig no tenía ni la más mínima idea, si he de ser sincero. No tenía ni idea de a qué jugar. Por supuesto, nos quedamos sin ascenso. La cagamos el último día de la temporada, en Wolfsburgo. Perdimos 5-4 y el Wolfsburgo fue el que ascendió en nuestro lugar. Un partido de leyenda, con un grandioso Jürgen Klopp». Jugando como lateral derecho, Klopp marcó un gol mientras los visitantes trataban de remontar un 3-1 con un hombre menos; pero también cometió un error calamitoso que selló la derrota del Mainz. Aquel partido fue, a todos los efectos, una final por el ascenso.
Por su parte, Frank se había ido a entrenar al FK Austria de Viena. Benjamin recuerda estar en el coche, con su padre, de camino al aeropuerto. «Apenas dijo una palabra. Todo lo que hizo fue memorizar los nombres de los jugadores del Austria. Quería sabérselos antes del primer entrenamiento».
El equipo vienés, un modesto grupo de trotamundos entre los que estaba el increíblemente hirsuto internacional búlgaro Trifon Ivanov, se quedó tan desconcertado con el sistema de Frank como Saftig lo estaba en el Mainz, equipo que todavía confiaba en el sistema de su predecesor. Todo intento de volver a una defensa de tres hombres con el recién fichado Kramny ejerciendo de líbero, acabó en fracaso.
Parece ser que a Saftig le gustaba tomarse una copa con los jugadores antes de los partidos. «Los pesos pesados del equipo, como Jürgen Klopp, temían sus invitaciones. Saftig siempre estaba sediento y tenía un gran aguante».
Después de cinco meses en el Bruchweg, Saftig fue reemplazado por el austriaco Dietmar Constantini. Había trabajado como ayudante del legendario Ernst Happel y le explicó a la desconcertada prensa local que la presión que ejercía el Mainz tenía «forma de gaita». En la práctica, esto significaba reintroducir la línea de cuatro de Frank, solo que con una diferencia muy importante: detrás de ellos también había un líbero, en la figura de Kramny. Heidel: «Así que ahora teníamos una línea defensiva de cuatro hombres, además de un líbero detrás de ellos. Esto acabó dejando a cuadros a Kloppo. Nuestra relación siempre se sustentó sobre la máxima confianza mutua. Vino a mi oficina y me dijo: ‘‘El entrenador no tiene ni idea de estrategia. No podemos jugar así. Defensa de cuatro y un líbero…’’. Aquel día me di cuenta de que algún día se convertiría en entrenador».
Constantini no perdió muchos partidos. Pero tampoco es que los ganase, apenas logró cuatro victorias de dieciocho. El Allgemeine Zeitung lo coronó como «El rey del empate». El último partido de Constantini, una derrota en casa por 1-3 contra el SG Wattenscheid 09 (equipo en el que estaba el delantero Souleyman Sané, padre del atacante internacional alemán Leroy Sané), a principios de abril de 1998, vio cómo el Mainz volvía a entrar en puestos de descenso. «Ninguno de los que vino después de Frank confiaba en la línea de cuatro», dice Kramny. «Consideraban que los jugadores eran demasiado lentos como para jugar con ese sistema y, en lugar de ello, salieron con todo tipo de memeces en el dibujo táctico. Pero el equipo no confió en ellas; básicamente, seguían confiando en la formación de Frank. Ese es el motivo por el que ninguna de nuestras tácticas dio frutos».
Constantini admitió ante Heidel que no era capaz de conectar con el vestuario. El director general del Mainz se tragó su orgullo y telefoneó al único entrenador al que veía capaz de llevar, de nuevo, al equipo a la senda de la victoria: Frank. Su compromiso con el Viena había seguido el curso natural y ambas partes habían acordado separar sus caminos al final de la temporada. Después de recibir la llamada de Heidel, quien intentó seducirlo hasta las tres de la mañana, Frank dejó su puesto de inmediato para echar el reloj atrás y salvar al Mainz del descenso por segunda vez. Gracias a una rápida inyección de moral logró la victoria en el primer partido, 2-1 contra el Stuttgarter Kickers. «Este hombre irradia tantísimo entusiasmo», les dijo Klopp a las cámaras tras el pitido final. «Si hay alguien que puede provocar un cambio así en apenas tres días, ese es él». El Mainz terminó en décima posición.
La plantilla estaba feliz desarrollando, de nuevo, el sistema de juego con el que se sentían más cómodos. Después de hacerles regresar a una línea de cuatro y a la defensa zonal, Frank puso su atención en conquistar un espacio completamente diferente: el que hay entre las orejas de los jugadores.
«Consideró que debía trabajar en la fuerza mental del equipo», dice Strutz. «Llevó ese asunto muy lejos, introduciendo entrenamiento psicológico y la autogenia, una especie de técnica de relajación. Incluso contrató a un monitor de teoría autógena, quien —como descubrimos más tarde— había sido maquinista de ferrocarril. Había cambiado de trabajo».
Strutz, quien fuera saltador de triple salto y subcampeón en los campeonatos de Alemania de 1969 y 1970, considera que, en parte, fue culpa suya que Frank emprendiera ese viaje a las fauces del interior de la mente. «Le regalé un libro, Die Macht der Motivation, (El poder de la motivación), de Nikolaus B. Enkelmann, que a mí también me habían regalado en navidades, porque pensé que le gustaría. Pero él se tomó esa corriente psicológica a pies juntillas, le cambió la vida. Llegó al punto de hacer ejercicios respiratorios y repetir mantras. Todo aquello se puso demasiado esotérico».
La casa de Frank se llenó de libros y vídeos de Enkelmann, cuentan sus hijos. Cada mañana, se levantaba y daba clases de elocución. Pegaba pequeñas notas con frases auto sugestivas en el espejo del baño: «Cada día seré más y más fuerte», cosas por el estilo. «Los que no lo conocían bien llegaban a pensar que era un tipo un poco raro, incluso excéntrico», concede Benjamin. Durante la concentración invernal de 1998, nuevamente en Chipre, los jugadores del Mainz recibieron clases de logopedia en las que gritaban vocales repetidamente, entrenando sus cuerdas vocales, para diversión del equipo del Greuther Fürth, que dio la casualidad que se encontraba en el mismo hotel y pudieron escuchar toda esa cantidad de «aaaa» y «oooo» que venían del comedor. El portero austriaco Herbert Ilsanker vio una vez a Frank dando una entrevista en la sauna del equipo. Un sitio curioso para una entrevista, pensó. Pero, lo más extraño de todo era que la única persona sentada en aquella sauna era Frank, entrevistándose a sí mismo: para practicar la manera en la que se dirigía al equipo. «Su tono nunca era monótono. Cuando te hablaba, siempre estabas alerta», le contó Ilsanker al Allgemeine Zeitung. Y Frank hablaba muchísimo. Las reuniones del equipo duraban una hora, por norma general, y se celebraban a diario. «Algunos pensaron que las cosas se le habían ido un poco de las manos», dijo Klopp. «Jugadores que habían abandonado relativamente pronto los estudios aparecían, de repente, leyendo libros en el autobús cuyos títulos ni tan siquiera yo comprendía».
Strutz: «Nuestras prioridades cambiaron un poco. Frank quería que los jugadores mejoraran dándoles esa ‘‘personalidad estable’’, quería demostrarles que había mucho más que tácticas y carrera, que podías vencer a tu oponente gracias al poder de la mente». Más tarde, en el Kickers Offenbach, Frank ponía una pelota de pingpong sobre el cuello de una botella y les pedía a sus jugadores que se concentraran en hacerla salir volando. «¿Cómo puedo maximizar mi potencial mental? Esa será una de las preguntas decisivas», le contó al Frankfurter Rundschau. (Muy pocos le creyeron por aquel entonces, pero muchos de los mejores entrenadores de hoy en día están convencidos de que el entrenamiento cognitivo, y trabajar en reducir el tiempo de reacción, es vital para que la atención de los jugadores pueda seguir el ritmo de un juego que se vuelve cada vez más veloz. «Mejorar se traduce en comprender las cosas más rápido, analizarlas más rápido, tomar decisiones más rápido, actuar más rápido», dice Ralf Rangnick).
Era una persona que impartía disciplina, pero también un buen comunicador, recuerda Sebastian, muy diferente a esos entrenadoressargento que dominaban el deporte por entonces. «Nos trataba de tal forma que los jugadores acabamos pensando: anda, mira, hay otra forma de hacer las cosas», le contaba Klopp en el 2007 al Frankfurter Rundschau. «Además, ponía al ser humano por encima de todo. Nos caía realmente bien. Cuando perdíamos, teníamos dos cabreos que superar. El primero, que habíamos perdido. El segundo, haber defraudado a Wolfgang. Y eso era algo que para nosotros resultaba de mucha importancia. Hay que destacar que consiguió poner a todo el equipo de su parte».
Klopp y Frank discutían de vez en cuando, pero solo tuvieron una pelea. Durante otra concentración, Klopp le había confesado al entrenador que sentía que este «echaba cubos de agua sobre un vaso que ya estaba lleno y rebosando», y que muchos otros jugadores sentían lo mismo. Frank se sintió insultado y Klopp pensó que lo despediría («aquella noche no dormí nada»), pero, al día siguiente, las cosas continuaron como si tal cosa. «Yo les hablaba a los jugadores de la misma manera en la que me hubiera gustado que mis entrenadores me hablaran a mí», contaba Frank acerca de su estilo como entrenador.
Puede que no siempre diera con la tecla. «Frank era un hombre con un carácter muy especial», dice Strutz. «Si se hubiera relajado un poco habría sido un entrenador fantástico. A diferencia de lo que ocurriría con Jürgen Klopp más adelante, Frank era demasiado serio. Y no lograba comprender que, en ocasiones, un jugador, un chico joven, quiere divertirse un poco, beberse alguna que otra cerveza; que no quieren estar encerrados». Sus hijos pintan un cuadro más cargado de matices. Decían que, en casa, Frank podía ser muy divertido, un hombre muy afectuoso. Pero no le gustaban los focos; no era el tipo de persona que se subiría a una valla frente al público de su equipo. Sebastian Frank dice: «mi padre acabó perdiéndose en la vida de un entrenador. Ni tan siquiera estoy seguro de que supiese cuánto cuesta una barra de pan. A veces le costaba tratar con la vida real. Sus jornadas laborales comenzaban a las siete de la mañana, desayunando en el club, y terminaban después de la medianoche. Papá llegó hasta el límite de sus fuerzas; quería demostrarles a sus jugadores el grandísimo nivel de compromiso que tenía».
Frank coleccionaba todo lo que considerara útil para su trabajo. Recortaba artículos, archivaba en grandes carpetas sus planes de entrenamiento y horarios… «Era una esponja que lo absorbía todo. Al igual que tantos obsesos, le resultaba imposible delegar. Quería controlarlo todo, o al menos necesitaba saber todo lo que se estaba haciendo, hasta el mínimo detalle. A menudo había broncas en casa porque le había vuelto a dar su prima por ganar (que se suponía que era un complemento a su escaso sueldo) al encargado del campo o a algún empleado del club, insistiendo en que eran tan importantes como los delanteros o los defensas. Frank consideraba que un club de fútbol era un organismo gigantesco, no una empresa compuesta por diferentes departamentos que no tienen nada que ver unos con los otros.
Dirigía contra sí mismo las emociones que le provocaba su cargo. En una ocasión, se puso tan furioso y disgustado que sacó todos los muebles que había en su oficina. En el Mainz le dijeron a todo el mundo que iban a pintar la estancia y renovar el mobiliario. El motivo de la rabia de Frank no tenía nada que ver con una discusión con algún directivo o algún jugador. No, su equipo había perdido un partido de Copa. Como visitante, contra el Bayern de Múnich. «Era así», afirma con la cabeza Sebastian Frank. «Estaba seguro de que el pobrecito Mainz podía ganar en Múnich si jugaban a su mejor nivel y pillaban, tal vez, al Bayern en un mal día». (Casualmente, Klopp tuvo que presenciar esa derrota por 3-0 desde las gradas del Estadio Olímpico por haber sido expulsado en la eliminatoria anterior, al barrer con una guadaña al delantero iraní del Hertha BSC Ali Daei. Después de la expulsión del defensa, Marcio Rodríguez, otro jugador del Mainz, vio la roja por celebrar de manera excesiva un gol. El brasileño no se había dado cuenta de que Klopp estaba en los lavabos del vestuario y, sin querer, encerró a su compañero allí cuando el partido hubo terminado.
Con Frank al mando el 05 había ido, una vez más, mucho más allá de lo que su minúsculo presupuesto pronosticaba. Terminaron en séptima posición en la temporada 1998-99, y novenos un año después. Pero el hombre que «despertó al Mainz de su sueño profundo», como reconocería más tarde el Süddeutsche Zeitung, volvió a impacientarse. Quería ser entrenador de la Bundesliga y consideró que el MSV Duisburgo, los cebras, le ofrecían mayores garantías para ganarse los galones al máximo nivel. Pero el cambio a ese equipo tradicional y de tamaño medio asentado en la zona del Ruhr no salió como esperaba. Frank fue despedido después de cuatro meses de competición en la Bundesliga 2, con el equipo planeando sobre los puestos de descenso. «Desde el comienzo, sus métodos despertaron rechazo en grandes círculos del equipo», dijo el Rhein-Post. Entre otras cosas, había obligado a sus jugadores a abrazar árboles durante una larga carrera por el bosque.
Su siguiente cargo, en el SpVgg Unterhaching, fue más exitoso —condujo al equipo de las afueras de Múnich, que en el pasado formó parte de la elite desde la tercera división a la Bundesliga 2— pero fue despedido un año después. La campaña en el SSC Farul Constanţa de Rumanía demostró no tener futuro alguno. La nómina de sus siguientes equipos parece un quién es quién de casos perdidos de las divisiones más bajas del fútbol, y clubes especializados en acumular más sueños frustrados y falsos renaceres que puntos: FC Sachsen Leipzig (desaparecido hoy en día), Kickers Offenbach, Wuppertaler SV, SV Wehen Wiesbaden, FC Carl Zeiss Jena, KAS Eupen (Bélgica). En ninguno de ellos le llegó a ir realmente bien.
Frank admitiría más tarde que, tal vez, tomara las riendas de demasiados equipos durante su carrera. «Hubiera sido mucho mejor para él esperar a la oferta adecuada. Pero le asustaba estar en el paro, sin la posibilidad de volcarse en el trabajo», dice Sebastian Frank. «También estaba el temor a quedar olvidado e ignorado si se alejaba del radar durante demasiado tiempo. Nuestro padre se preguntaba a menudo qué habría ocurrido, a dónde le pudo llevar su viaje». En una ocasión el Werder Bremen contactó con él, pero Frank estaba seguro de que, en aquel momento, le irían mejor las cosas en Austria. Lo mismo sucedió, de nuevo, con el Hansa Rostock, un par de años después.
«Nuestro padre tenía un enorme conocimiento de base e ideas visionarias», añade Benjamin Frank. «Daba la sensación de estar muy seguro de sí mismo, pero, en secreto, dudaba de sí mismo en todo momento, igual que dudaba de su trabajo y del efecto que tuviera en el equipo de turno. Como entrenador, nunca llegó a sentirse realizado».
«Si no llegó a lo más alto fue por su complicado carácter», dice Heidel. «Yo fui el único con el que se entendió. Estábamos muy unidos, hasta que tuvimos un grandísimo encontronazo. Después de que nos dejara por segunda vez, por el Duisburgo, no volvimos a hablarnos en dos años. Siempre pensaba que encontraría algo mejor».
Pero ninguna de las dos partes lo hizo. Durante el cambio de milenio, el revolucionario sistema de Frank seguía siendo tan avanzado para los estándares del fútbol alemán que los siguientes entrenadores del Mainz no tenían, apenas, idea de cómo hacerlo funcionar. «En lo que se refiere a las tácticas, la plantilla era mejor que sus entrenadores», dijo Klopp. Tanto la selección nacional como la grandísima mayoría de los clubes seguían firmemente casados con el sistema del líbero. Heidel: «En el Mainz, la mitad de los jugadores sabían cómo jugar con una línea de cuatro al fondo, pero la otra mitad no sabía. Y los entrenadores no tenían ni idea. Acabamos sentando en el banquillo a cualquiera que tuviera un chándal en el armario. Pero ninguno fue capaz de explicarle a los jugadores lo que ya les había enseñado Wolfgang. En el invierno de 2001 estábamos, básicamente, muertos. Acabados. Le dije a Kloppo: «Eres listo, elocuente, entiendes el juego. ¿Quieres probar a ver si eres capaz de hacerlo funcionar?». «En menos de dos semanas lo tenía todo arreglado».
Klopp y Frank habían mantenido largas discusiones sobre fútbol y el arte de entrenar, dice Benjamin Frank. «Klopp siempre hacía preguntas, quería saber el propósito de cada ejercicio específico. Papá le recomendó que anotase todo: las charlas del equipo, las tácticas, las sesiones de entrenamiento, las ideas de juego… Tenía el presentimiento de que Klopp podría hacer buen uso de todo aquello algún día. Está claro que nuestro padre fue la inspiración que lo llevó a convertirse en entrenador».
El día en que el larguirucho defensor ascendió a jugadorentrenador, el Mainz se convirtió en el primer equipo importante alemán en poner la carreta por delante del caballo. Desde Klopp, se elegiría a los entrenadores que encajaran en el equipo y su estilo de juego, no al revés. «No queremos un entrenador que nos explique sus conceptos, queremos ser nosotros quienes formulan ese concepto y encontrar al hombre adecuado para él», dice Heidel. «Así se harían las cosas hasta que me marché de allí, en 2016. Y todo eso se remonta a aquel primer año en el que tuvimos a Wolfgang Frank, nuestro primer año con algo de éxito. Fue entonces cuando comprendimos que la estrategia nos podía llevar a algún sitio, aunque nuestros jugadores fueran inferiores hombre a hombre. Y hoy el Mainz sigue haciendo lo mismo». Además, añade que lo que es sensato para el FSV puede serlo también para equipos con mayor músculo económico. «No puedes cambiar toda tu plantilla y organización cada vez que cambias de entrenador, así jamás encontrarás una estabilidad». Alude de manera directa al Hamburgo SV, un gigante de la Bundesliga en los setenta y ochenta que lleva tiempo instalado en la monotonía por carecer de un pensamiento coordinado.
Al igual que le sucedió a otro profeta infatigable y temperamental anterior a él, Frank solo pudo ver de lejos la tierra prometida; también serían sus ansias las que le cerraran sus puertas. Pero, por lo menos, pudo ser testigo de cómo los suyos —su protegido, Jürgen Klopp, y un puñado de exjugadores como Joachim Löw, Torsten Lieberknecht, Jürgen Kramny, Peter Neustädter, Christian Hock, Stephan Kuhnert, Lars Schmidt, Sandro Schwarz, Sven Demandt y Uwe Stöver— sacaban, desde sus puestos de entrenadores, al fútbol alemán de las cavernas de la táctica.
«Nos decía ‘‘cuando todos ustedes se conviertan en entrenadores, por favor, vengan a contarme sus logros’’», contaba Klopp. El día que disputó la final de la Champions League, en mayo de 2013, el entrenador del BVB le envió un mensaje a su viejo mentor: «Sin usted no habría llegado hasta aquí, a Londres, a Wembley». Klopp también mantuvo el contacto con los hijos de Frank, invitándolos a las concentraciones veraniegas del Dortmund en Bad Ragaz, Austria.
El aprendiz más destacado de Frank, junto con Ralf Rangnick (otro suabo obsesionado por la estrategia), convertiría ese planteamiento disidente que desarrollara la Pulga, una defensa zonal, línea de cuatro atrás y presión orientada, en la nueva ortodoxia de la Bundesliga a mitad de la primera década del siglo XXI. Pero todavía fueron necesarios unos años antes de poder apreciar la magnitud del impacto que causó Frank. «Cuando se hacen grandes cosas la recompensa suele llegar demasiado tarde», diría Klopp unos pocos días después de la muerte de Frank, el 7 de septiembre de 2013. Apenas cuatro meses antes le habían diagnosticado un tumor cerebral maligno.
Durante el último año de su vida, Frank había desarrollado el trabajo de ojeador de equipos contrarios en el Mainz. Siempre se había cuidado, prestaba gran atención a una buena alimentación. Tanto el diagnóstico como la velocidad con la que el cáncer se lo llevó, resultaron un enorme mazazo para todo el mundo. «Una semana antes de su operación, cuando ya estaba muy claro que no le quedaba demasiado tiempo en este mundo, me volvió a decir que el mayor error de su vida fue abandonar el Mainz», recuerda Heidel. «Fue muy complicado superar su muerte…».
«Puede que su destino fuera enfermar», se pregunta Sebastian. Sus hijos lo acompañaron hasta el final. La hinchada del Mainz 05 rindió homenaje a Frank antes de que se disputara el partido de la Bundesliga contra el Schalke 04, apenas unos días tras su muerte. «Mainz ist deins», el Mainz es tuyo, decía la pancarta. Muchos entrenadores logran títulos, pero solo unos pocos pueden hacer que una ciudad y un club se rindan a sus pies. Y todavía menos son capaces de dejar tal legado que sobreviva a sus días en el banquillo.
«No hay un solo aficionado al fútbol en Mainz que no esté convencido al cien por cien de que todo comenzó con Wolfgang Frank», dijo Klopp acerca de su Lehrmeister, su maestro y modelo.
Klopp también se aseguró de que muchos de los que jugaron bajo sus órdenes asistieran a presentarle sus respetos en el cementerio principal de Mainz, el 19 de septiembre. «Todo el mundo vino», dice Martin Quast. «Jugadores de los equipos que entrenó, representantes de la Federación Alemana, de la Bundesliga, de la escuela de entrenadores… Se me eriza el vello solo de pensarlo. La mayoría de la gente no tiene la más remota idea. Pero los que trabajan en el mundo del fútbol, los que están dentro de él, todos ellos lo saben muy bien. Saben que Wolfgang Frank no solo es el promotor del desarrollo del fútbol en Mainz, sino del fútbol moderno. Fue clave. Se le ocurrieron cosas que a nadie se le habían ocurrido antes».
«Aunque no llegara a entrenar en la Bundesliga, era un entrenador del más alto nivel», dijo Klopp, tratando de contener las lágrimas. «Les he dicho a más de mil jugadores que Wolfgang influenció a toda una generación de futbolistas, y que sigue haciéndolo. Fue el entrenador que más me influenció. Fue un ser humano excepcional».
Quast conoce a Klopp desde hace veinticinco años, pero no fue hasta entonces, hasta el funeral de Frank, cuando vio por primera vez que su amigo apenas era capaz de encontrar las palabras. «Por supuesto que habló, pero estoy seguro que él mismo dirá que aquello ha sido lo más difícil que jamás haya tenido que hacer. Pronunciar el panegírico por su gran mentor. Soy de la opinión de que aquello no solo fue su despedida: mucha gente fue allí para encontrar un mensaje espiritual; o para ofrecerlo. Fue mucho más que un funeral. Fue un reconocimiento».
Gracias al trabajo de Klopp, el discípulo más aplicado de Frank, se pudo ver en toda su plenitud el importantísimo papel que jugó este hombre introvertido y complicado en el renacimiento del fútbol alemán. Ningún aprendiz puede concederle mayor honor a su maestro.
SCHÖNEN GUTEN TAG. HIER IST JÜRGEN KLOPP
Dortmund 2008–2010
Por raro que parezca, en alemán no hay una frase hecha que describa que para vender un producto uno tiene que vender la idea o sus ventajas, no sus características. Pero ese es el viejo truco de marketing que el Borussia empleó en junio del 2008, un mes después de que Jürgen Klopp firmara como entrenador. Seis semanas antes de que echara a rodar el balón, desplegaron enormes pósteres con la cara de Jürgen Klopp junto a la B1 Schnellstraße, que pasa junto al Signal Iduna Park y atraviesa los mucho más refinados barrios del sur. Su cara era el mensaje, una promesa: el nuevo hombre a los mandos transformaría el «coche cama del fútbol» (Tagesspiegel) que se había visto durante las últimas temporadas, en un estruendoso tren exprés.
«En Dortmund no eran tontos», dice Josef Schneck, el que fuera jefe de prensa del equipo, mientras bebe un vaso de agua mineral en un hotel a unos pocos pasos del estadio del BVB. «Utilizaron su imagen para darle un empujón a la venta de abonos. Y las ventas se dispararon. La gente acampó toda la noche frente a las oficinas del club». Freddie Röckenhaus, del Süddeutsche Zeitung, uno de los dos periodistas que sacó a la luz la cota de desmadre que alcanzaron la deuda y el despilfarro financiero de principios de la década, compara aquellos carteles con los de los candidatos a las elecciones. «Esos carteles podrían haber dicho: ‘‘Vota a Merkel’’. Pero decían: ‘‘¡Vota a Klopp!’’. Y eso fue lo que hizo la gente». El Dortmund tuvo que parar la venta de abonos al llegar a los 49 300 para asegurarse que quedaban disponibles unos pocos miles de entradas para sus empleados y los aficionados de otros clubes.
Desde el comienzo, Klopp se mostró siempre dispuesto a hablar con cualquiera, cuenta Schneck. «Quiso reunirse con representantes de los grupos ultras y de las peñas del club para hacer que se involucraran». Jan-Henrik Gruszecki, uno de los miembros fundadores de The Unity, el grupo ultra del BVB, recuerda que, al principio, le defraudó mucho el entrenador elegido por el club. «Pensamos: Mainz, el club del ‘‘La La’’, siempre con su buen humor… no molaba. Además, Klopp había sido una de las caras del Mundial de 2006; tampoco molaba. ¿Y qué había hecho como entrenador? No mucho. Nos preocupaba que no fuera capaz de frenar la caída. El juego que se veía era un aburrimiento. No había dinero. Aki Watzke tenía que aceptar cualquier oferta por encima de los 500 000 euros. Íbamos directos a convertirnos en una medianía como club, uno de los de mitad de tabla. Pero Klopp… No creo que jamás me haya impresionado nadie tanto en la vida. Le enseñamos a jugar a ‘‘Schocken’’, un juego de dados, y él nos habló. Quedó claro como el agua que tanto Klopp como Ulla, su mujer, que lo acompañaba, estaban comprometidos al cien por cien con el Borussia. Querían saberlo todo sobre el club y su gente. Nos dijo que tenía muchísimas ganas de empezar, y que nosotros tendríamos un peso muy importante como jugador número doce, que teníamos que alimentar ese sentimiento de ‘‘nosotros’’. Desde ese mismo momento, nos tuvo en el bolsillo. Ningún entrenador había hecho nunca nada así».
Schneck: «Cuando alguien de marketing le dijo a Klopp que unos clientes corporativos habían renunciado a sus asientos VIP, este dijo que los telefonearía para intentar hacerles cambiar de opinión. Fue a la oficina, levantó el auricular y dijo: ‘‘Schönen guten Tag, hier ist Jürgen Klopp. Soy el nuevo entrenador del Borussia Dortmund. Me han dicho que quiere renunciar a sus abonos. ¿No cree que sería mejor pensarlo un poco antes?’’. Algunos de ellos se quedaron tan anonadados que dijeron: ‘‘De acuerdo, lo reconsideraremos’’. Los hizo recular. ¿Puede imaginarse a ningún otro entrenador haciendo algo así? Pero así es Jürgen. Es capaz de robarle el corazón a cualquiera».
«En Dortmund ya habíamos tenido, anteriormente, otros entrenadores de éxito que también eran unos maestros a la hora de tratar con la gente», dice Fritz Lünschermann, un hombre risueño y con gafas que, a sus sesenta años tiene toda la pinta de un oso, y que trabaja en el club desde 1988; en la actualidad se ocupa de las necesidades organizativas de la primera plantilla como «mánager del equipo». «Ottmar Hitzfeld, Matthias Sammer. Pero nadie como Jürgen Klopp. Tenía a todos los miembros del equipo comiendo de su mano, porque los trataba con seriedad y valoraba su esfuerzo. Jürgen le preguntaba a la gente por cómo estaba, si tenía algún problema y ese tipo de cosas. Recuerdo que por entonces me gustaba vestir camisas muy coloridas. Jürgen se me acercó y me dijo: ‘‘Oye, escucha, ¿es que siempre llevas esas camisas tan estampadas?’’. Y yo le contesté: ‘‘Buscaré en el armario a ver si tengo otra cosa’’. Y tiré a la basura todas mis camisas estampadas. Seguí su consejo. Era imposible enfadarte con él».
Dejando a un lado su trabajo como estilista personal freelance, Klopp aprovechó el parón veraniego para bucear en las tradiciones y el patrimonio del club. Lünschermann, («una enciclopedia con patas» según Schneck), le explicó la importancia de los «Drei Alfredos», el trío atacante compuesto por Alfred «Ady» Preißler, Alfred Kelbassa y Alfred Niepieklo, que lograron varios campeonatos consecutivos a mediados de los cincuenta. Klopp y él hicieron buenas migas de inmediato, cuenta Lünschermann. «Es un tipo que siempre intenta pasárselo bien, y yo también suelo tener una buena disposición a la hora de divertirme. Tenía que coordinar con él el planning para la temporada, pero, en aquellas primeras semanas, también había otros asuntos que atender. Cada año, nuestro consejo de sabios, formado por antiguos jugadores y empleados de toda la vida, celebraban su fiesta del verano. Le dije a Jürgen: ‘‘Estaría bien que te pasaras’’. Se reunieron en un restaurante en Wickede y, de inmediato, se enamoraron de Jürgen. Se sentó con todo el mundo y habló con todos aquellos señores mayores y sus esposas, que no tenían ni idea de fútbol. Hizo que se sintieran apreciados y se tomó sus temores muy en serio. Se quedó mucho más de lo que en un primer momento tenía pensado, unas cuantas horas, y dejó en todos ellos una impresión inextinguible. Todavía hoy dicen: ‘‘No hay nadie como Jürgen’’». Schneck añade que algunos jugadores legendarios como Aki Schmidt y Hoppy Kurrat estaban encantados con Klopp. «Para otros entrenadores, acudir a estos actos era como acudir al dentista. Por su parte, Jürgen era consciente de que, sin ellos, el club no estaría donde estaba. Su interés era sincero. Le daba mucha importancia a la historia».
Incluso cuando perdía, y sufrió grandes derrotas, Klopp lograba ganarse al club. Tres años más tarde, en un día del personal, los empleados fueron divididos y mezclados en grupos para competir en una serie de juegos físicos y de preguntas. Schneck: «Me tocó en el equipo con Jürgen, uno de los encargados del campo y una mujer del departamento financiero. Había que correr llevando un huevo en una cuchara, había que chutar y meter el balón por un agujero… ese tipo de cosas. Y también se hacían preguntas sobre la historia del Dortmund. Estábamos seguros de que íbamos los primeros, pero en realidad íbamos los últimos. ¡Y aun así el resto seguía animándonos! Como perdedores, tuvimos que limpiar el autobús del equipo. Con Jürgen se podían hacer ese tipo de cosas. Siempre estaba ahí, a tu alcance. Pensabas: es el tío perfecto».
La arrolladora personalidad de Klopp, recuerda, traspasaba los muros entre el trabajo y la vida privada. «Un día, le dije de pasada que mi madre estaba a punto de cumplir los noventa años de edad, y que todavía tenía la cabeza muy bien. Klopp contestó: ‘‘¿Podría ir a felicitarla?’’. Por supuesto, ‘‘aquello sería todo un sueño’’, pero no le tomé en serio. No volví a decirle nada al respecto. Pero unas pocas semanas más tarde me preguntó ‘‘Oye, ¿no era el cumpleaños de tu madre por estas fechas? Por favor, dime dónde vive y le haré una visita’’. Y se presentó en la puerta. Trajeron café y tarta y ninguno de los invitados a la fiesta podía creerse que Klopp estuviera ahí sentado, charlando con mi madre. Pero para él era la cosa más natural del mundo».
La pretemporada dio comienzo con una concentración en Donaueschingen, en la Selva Negra, haciendo un descenso por el río en canoa. «Fue la primera cosa que hicimos, juntarnos y divertirnos un rato», cuenta el defensa del Dortmund Neven Subotić. «Kloppo es el típico que se inclina hacia tu canoa y te la vuelca. Ahí es cuando comienza la diversión. Ya sabe: vaya, parece que esto no va de demostrar quién es el jefe ni de hacer una carrera de verdad. No creo que Klopp piense: ‘‘¿Cómo puedo hacer una gracia?’’. Son cosas que le salen de manera natural».
«Jürgen es un animador nato. Nada más llegar a Donaueschingen ya demostró su presencia, su aura», cuenta Watzke. «Consiguió poner de su lado al equipo de inmediato». Claro que tampoco tenían otra opción. «Sabía lo que quería; solo contempla una manera de hacer las cosas», dice Subotić. «Básicamente, su estrategia era matar físicamente a los rivales. Y eso no es algo que le guste a todo el mundo. Algunos pensaron: ‘‘A mí me vale con jugar. Tú dame el balón’’. Sobre todo, algunos de los jugadores más veteranos y experimentados, ellos tenían su propio punto de vista. Y creo que lograr ponerlos de su lado para practicar este tipo de juego fue todo un desafío que superó de manera magistral. Era una situación nueva para él, porque en el Mainz siempre tuvo un equipo que estaba conformado para desarrollar ese tipo de juego. Pero en el Dortmund tuvo que separar a los que estaban con él de los que no».
Durante la concentración, Klopp nombró capitán a Sebastian Kehl, quien por entonces tenía veintiocho años. Kehl señala que lograr que los jugadores quisieran correr no fue más que la mitad del trabajo de la pretemporada. El nuevo sistema, una ruptura radical con el tipo de juego metódico y basado en la posesión que había desarrollado el equipo con Doll y Van Marwijk, no solo exigía correr más, sino también una nueva forma de pensar el fútbol.
«Klopp no cejó en su empeño sin descanso hasta que implantó en nuestras cabezas su filosofía», dice Kehl. «Recuerdo que me telefoneó durante las vacaciones para tener una larga charla sobre sus ideas y conceptos. Nos adentrábamos en un camino totalmente inexplorado». Algunos equipos más pequeños de la Bundesliga ya habían desarrollado un estilo de juego así de extremo, sobre todo el Mainz de Klopp. Pero el consenso tácito era que los equipos buenos, los que atesoraban una mayor calidad, no necesitaban trabajar ni pensar tan duro. «La estrategia es para los que no saben jugar», había proclamado de manera memorable un par de años antes Felix Magath, antiguo entrenador del VfB Stuttgart y el FC Bayern.
El tipo de presión y Gegenpressing que proponía Klopp precisaba tanto de un fuerte apuntalamiento teórico como de una actitud que no dejase resquicio alguno al egoísmo. Los cimientos del primer muro se lograron gracias a «muchas, muchísimas sesiones de vídeo» (Kehl). Algunos de los clips mostraban otras ligas y clubes, entre los que estaba el Barcelona; pero el análisis siempre se centraba en los partidos del Dortmund. Klopp dibujaba flechas en la pantalla, señalando el lugar en el que los jugadores deberían estar o al que debían moverse, para sobrecargar la zona cercana al balón. Kehl: «Combinado con un intensísimo trabajo en el campo de entrenamiento, con montones de paradas, correcciones y movimientos de un lado a otro. Los vídeos son una gran herramienta, pero luego tienes que experimentar sobre el campo. Has de saber discriminar cuál es el momento adecuado, comenzar a entender el juego de una manera nueva y diferente. Tienes que realizar el balance entre ataque y defensa mucho más rápido, tienes que adaptarte a un impulso diferente. Y ese tipo de cosas no ocurren de la noche a la mañana».
Centrocampista de contención, Kehl estaba acostumbrado a proteger la defensa y distribuir el balón, tranquilamente, a los jugadores que tenía por delante en el campo. En la práctica, ejercía de badén humano. Pero Klopp prefería las Autobahn, el fútbol entendido como autopista. La manera de jugar de Kehl tuvo que mutar mucho más que la del resto, para ajustarse a los acelerones que se daban a su alrededor. En lugar de regresar inmediatamente a su propio campo en el mismo instante en el que el Borussia perdía el balón a partir del medio campo, Klopp le pedía a él y a sus compañeros que flotasen campo arriba, en un intento de volver a hacerse con el esférico lo antes posible. «Otros entrenadores pensaban: ‘‘Que se queden con el balón en su propio campo. Ya iremos a por ellos cuando se acerquen’’», dice Kehl. «Las instrucciones de Jürgen eran las de presionar y venirse arriba al unísono cuando perdíamos el balón en campo contrario, o si jugaban de espaldas a nosotros. También tendíamos trampas en diferentes partes del terreno, al no ir a por el balón de manera directa, asegurándonos así de que los rivales jugaban el balón en el área del campo que nosotros queríamos; por ejemplo, por las bandas, donde les podíamos doblegar. Ese era el plan durante los partidos, junto con una firme determinación de correr y aguantar el dolor. ‘‘Por muy estúpido que parezca’’; ese era uno de sus lemas. Si el primer hombre fallaba en su presión, el siguiente tenía que estar preparado para apoyarle. Eso te obligaba a correr como un salvaje [en dirección al balón]. ‘‘Salvaje’’ era una de las palabras que Klopp utilizaba. Quería que el juego se volviera salvaje, plantearle problemas al adversario y ponerlo en situaciones comprometidas. En la Bundesliga, la mayoría de jugadores estaba acostumbrado a controlar tranquilamente el balón y después esperar a que se le ocurriera algo. Con tiempo y espacios todos los jugadores son buenos, pero si les muerdes los tobillos en cuanto reciben el balón, incluso los mejores comienzan a pasar dificultades. Si les doblas e incluso triplicas en número, les resulta todavía más complicado».
Subotić estaba familiarizado con los ejercicios gracias a las dos temporadas que había pasado con Klopp en el Mainz; pero, en el Dortmund, el entrenador tuvo que regresar al comienzo. «La plantilla era mucho mejor, pero el sistema era completamente nuevo para ellos. Tuvimos que realizar muchas sesiones de entrenamiento que no resultaron, para nada, divertidas. Klopp explicando cosas mientras lo rodean veinte tíos, en pie, o corriendo de manera táctica y sincronizada. Nada divertido. Pero muy importante. Con el tiempo, Zeljko [Buvac] se fue involucrando más y más. Fuera del campo de entrenamiento es muy callado —nadie le pregunta al asistente, ¿verdad?— pero acabó entablando una gran relación con los jugadores. También jugaba al fútbol con nosotros. Eso le hizo granjearse un gran respeto. Los jugadores se quedaban sorprendidos: «¡vaya, si sabe jugar!».
Lo mismo pudo decirse pronto de la nueva dupla defensiva del BVB formada por Subotić y el jugador cedido por el Bayern de Múnich Mats Hummels, ambos de diecinueve años. Apodados por Bild como Kinderriegel —algo que se traduciría como bloqueo infantil—, la dupla de adolescentes novatos (en la Bundesliga) se vio favorecida frente al mucho más experimentado internacional croata Robert Kovač, para sorpresa de muchos expertos. La línea defensiva del BVB bajó todavía más su media de edad cuando el lateral izquierdo y favorito de la afición, Dédé, se rompió el ligamento cruzado en el primer partido de la temporada, una victoria por 3-2 contra el Bayer 04 Leverkusen. Klopp le había dicho a un amigo, apenas dos semanas antes, que el brasileño era «el mejor futbolista con el que haya trabajado nunca», y quedó devastado. Por suerte, Marcel Schmelzer, un joven de veintidós años que acababa de subir de las categorías inferiores del BVB, resultó ser un reemplazo más que capaz. «Era una máquina», le contó Klopp a los Fligge & Fligge en Echte Liebe.
«Ninguno de los cuatro centrales del equipo eran titulares indiscutibles al principio, lo que nos vino muy bien a Neven y a mí», dice Hummels, a quien «el otro Jürgen» —Klinsmann, el nuevo entrenador del FC Bayern— había considerado innecesario. «Fuimos capaces de poner en práctica el sistema muy rápidamente, y Jürgen comprobó que nuestras personalidades eran muy adecuadas. Sí, apenas teníamos diecinueve años, pero Klopp confiaba ciegamente en nosotros; puede que fuera porque vio que, debido a nuestros antecedentes, ambos éramos un poco más maduros mentalmente que los típicos chavales de diecinueve años. Hummels había sido una de las grandísimas perlas de la cantera del Bayern durante sus años formativos, mientras que la historia personal de Subotić dejaba patente un aura de determinación y madurez. Hijo de refugiados serbo-bosnios que se mudaron desde la Selva Negra a los EEUU para evitar que los deportaran, se unió al Mainz con tan solo diecisiete años, llegado desde la Universidad de South Florida, en el verano de 2006. (Tanto él como el delantero del FSV, Conor Casey, compartían el mismo agente, Steve Kelly. Kelly fue quien organizó la prueba que el adolescente pasó con éxito).
Como defensa retirado, se podría esperar que el entrenador estuviera siempre encima del joven dúo. Pero Hummels se llevó la agradable sorpresa de que Klopp admitiera, con toda honestidad, sus propias limitaciones. «Nos dijo: ‘‘Jamás he jugado a vuestro nivel, por lo tanto, jamás intentaré haceros pensar que lo sé todo. Pero, eso sí, siempre intentaré ayudar en lo que pueda’’». La obvia falta de experiencia de los cuatro de atrás, añade Hummels, quedó compensada por un esquema que cargaba gran parte de las responsabilidades defensivas cuarenta metros más adelante, sobre los delanteros y los centrocampistas. «Los rivales no podían, casi nunca, jugar el balón sin estar presionados, lo que conducía a continuos balones en largo que carecían de precisión y dirección. Esos pases, ejercidos bajo presión, solían acabar demasiado lejos o fuera, a menudo. Así era mucho más fácil jugar atrás. Era algo nuevo, pero también era enormemente divertido. Éramos tan jóvenes que todavía no habíamos desarrollado nuestras propias rutinas, podíamos entregarnos por completo a ese tipo de juego». Todo se reducía a la cantidad de presión que se podía aplicar «contra el balón», como Klopp les insistiría a sus jugadores una y otra vez. Un misionero en chándal que predicaba el evangelio a los infieles tácticos.
Pero no todos los oídos empatizaron con su dogma. El delantero croata Mladen Petrić, quien la temporada anterior había sido el máximo goleador (trece dianas), seguramente, el jugador de mayor talento del equipo, tuvo dificultades para aceptar el nuevo régimen. El día después del partido contra el Leverkusen fue vendido al Hamburgo SV como parte de un trato por cinco millones de euros que trajo al Signal Iduna Park a uno de los viejos favoritos de Klopp en el Mainz, el egipcio Mohamed Zidan.
La maniobra de Klopp para librarse del extremadamente popular Petrić fue interpretada como una maniobra extremadamente arriesgada, un pulso de poder por parte de un duro entrenador que deseaba imponer su ley. Pero Watzke deja entrever que había firmes motivos financieros y futbolísticos que hacían de esta operación un buen intercambio, desde la perspectiva del club. «Todos estábamos de acuerdo», dice, haciendo una pequeña mueca mientras el saxofonista del hotel hace sonar su instrumento cerca de su sofá. «Jürgen estaba loco por traer a Zidan, aquello fue clave. Y la oferta [del Hamburgo] era buena. Petrić y [Alexander] Frei no terminaban de encajar en la línea delantera». Frei, delantero centro y típico cazador del área, tampoco era el tipo de futbolista del agrado de Klopp, pero en el Borussia eran de la opinión de que se podría combinar mucho mejor con el volátil Zidan a sus espaldas. La dupla de Frei con Petrić, el elegante segundo delantero, no habría producido el nivel de trabajo requerido.
«Nuestra idea era la de desarrollar un fútbol que fuera todo movimiento y Gegenpressing», dice Watzke. «Eran muy buenos jugadores, pero no los adecuados para esta forma de juego». La consecuencia del traspaso fue que nuestro juego, que se basaba en la presión asfixiante, funcionó mucho mejor. «De inmediato se pudo ver que el equipo era mucho más sólido atrás», recuerda Watzke del alentador arranque de temporada, cuyos frutos fueron una victoria en la Supercopa contra el Bayern (2-1), una victoria en la Copa (3-1 contra el RW Essen) y siete puntos en los primeros tres partidos de liga. «Jürgen le dio al equipo estabilidad defensiva y el Gegenpressing, su marca de la casa, algo que casi todo el mundo desarrolla en la actualidad. En aquel momento, desde el mismo arranque de la campaña, se pudo ver que estaba ocurriendo algo. Aunque, si soy sincero, tampoco esperábamos que ese algo fuera tan grande».
Caprichos del destino, el cuarto partido de Klopp con el Dortmund en la Bundesliga resultó el más importante de toda la temporada: el Revierderby en casa contra el odiado vecino, el Schalke 04. Transcurridos sesenta y seis minutos de juego, los Blues —la afición del Dortmund jamás pronuncia el nombre oficial de sus rivales— iban 3 goles por delante. El joven equipo del Borussia parecía completamente fuera de lugar, los jugadores del Schalke campaban a sus anchas por el campo, arrogantes, sabedores de que habían tomado esa fortaleza que es el Signal Iduna Park. Kevin Kuranyi estuvo a punto de transformar el 0-4, con un cabezazo a bocajarro que dio en la cruceta. Klopp estaba horrorizado. «Ulla, mi mujer, que estaba en las gradas, llegó a pensar en hacer las maletas», contaría más tarde el entrenador. Pero, de alguna manera, sucedió lo imposible. Encolerizado ante la arrogancia del S04, Subotić marcó un gol que prendió el estadio en llamas. Tanto el árbitro como los visitantes perdieron todo control sobre lo que estaba pasando, derritiéndose en aquella olla a presión. Saliendo del banquillo, Alex Frei marcó desde fuera del área. En el minuto ochenta y nueve del partido, el árbitro le concedió al Dortmund un penalti más que dudoso. Klopp no era capaz de mirar. Se puso de espaldas para no ver a Frei, quien, con toda la calma, chutó el balón y convirtió el penalty: 3-3. «Seguramente, uno de los mejores derbis de la historia», celebró el Frankfurter Rundschau. «Una gran novela épica de 1000 páginas. Una resurrección». «Si notan un desagradable olor a sudor, soy yo», dijo un exhausto y aliviado Klopp en la sala de prensa. «Ha sido un partido emocionantísimo. He ganado partidos en los que no me he sentido tan bien como ahora». El mejor arranque de campaña del Dortmund en cinco años hizo que toda la ciudad bullese de excitación. «Allá donde íbamos la gente nos levantaba los pulgares, jamás, en mis diez años en el puesto, había visto algo similar», cuenta Schneck. «Si me pregunta cómo consiguió despertar a este gigante dormido, mi respuesta es: con un beso. Y con una actitud que casaba a la perfección con la zona del Ruhr. Así es él. No fue a clases de ningún tipo, no le preguntó a nadie cómo era la gente de por aquí. Se limitó a averiguarlo de manera instintiva. Y se comportó de una forma que le hizo conectar con todos ellos. Los puso en pie. La gente no hacía más que preguntarle: ‘‘¿Está usted seguro de que no tiene ningún antepasado de esta zona? ¿Algún abuelo que trabajara en las minas o en las fábricas de acero?’’. Tenían claro que era uno de ellos. Nadie se creía que viniera de la Selva Negra, que fuera suabo. Tampoco él se veía así. Siempre decía: ‘‘Desde muy temprano, me di cuenta de que tenía que salir de allí. No me imaginaba barriendo el porche para que me viera mi vecino y dijera: Ah, muy bien, está limpiando el porche’’. Jamás tuvo esa actitud tan cerrada por la que los suabos son conocidos. Lo abierto que es. Atiende a todo el mundo. ¡Dios santo!, al principio hacía todo lo que le pedían los hinchas. Si alguien le pedía que se pasara por algún lugar a saludar, él iba. Jamás tuve la sensación de que hiciera todo aquello con algún propósito oculto. Simplemente, es así: le gusta la gente. Creo que una vez le escuché decir: ‘‘Si un entrenador no les coge cariño a sus jugadores, no es un buen entrenador’’».
Mario Basler, el experto del Bild, denominó a Klopp «El Barack Obama blanco». Ambos tenían «una enorme inteligencia y saber hacer», escribió el que fuera centrocampista del Bayern de Múnich, «ambos contagian esperanza, ambos son ídolos. En Dortmund están tan enamorados de él que, el simple gesto de que se quite las gafas en el banquillo para limpiar los cristales de una manera medio competente, hace que la grada sur estalle en una ovación».
Klopp avisó de que no era «ningún mesías, solo un entrenador», y que todavía era demasiado pronto como para pensar que el Dortmund pudiera entrar entre los tres primeros de la tabla: «Si somos capaces de demostrar compromiso y capacidad de lucha durante noventa minutos, puede que algo bueno salga de aquí».
Una derrota en casa por 0-2 contra el Udinese en la primera ronda de la Copa de la UEFA sirvió para confirmar su escepticismo con mayor contundencia de lo que a él le hubiera gustado. (Se habían clasificado para disputar esta competición gracias a alcanzar la final de la Copa, guiados por Thomas Doll, su predecesor). El primer partido europeo del BVB en cinco años dejó de manifiesto la enorme distancia que tenían todavía por recorrer tanto el joven equipo como su entramado táctico, si es que querían competir con la elite. Los italianos, impertérritos a tanto alboroto, superaron con frialdad la presión del Dortmund, castigándolos a la contra. «Jamás he visto a ninguno de mis equipos jugar tan mal, por momentos daba vergüenza», dijo Klopp, sacudiendo disgustado la cabeza. Para colmo de males, el equipo se vio obligado a realizar dos sustituciones antes de tiempo. Hummels y Zidan se lesionaron, aumentando la confusión. La Gazzetta dello Sport escribió con regodeo que «los locales estaban tan desamparados como una ballena varada. Y lo que es peor, aquella manera de perder levantó dudas sobre la política de fichajes del club. «¿Tiene la plantilla que ha confeccionado Michael Zorc [director deportivo] durante los últimos años la calidad suficiente para jugar al más alto nivel?» se preguntaba Süddeutsche.
Una derrota por 4-1 contra el recién ascendido Hoffenheim, el equipo revelación de la temporada en la lucha por el título, no hizo sino acrecentar las dudas. «Fue una paliza», dice Watzke. Los hombres de Ralf Rangnick desarrollaban un juego muy similar al del Dortmund, solo que mucho mejor. «Jugaron un fútbol muy sistemático, tal y como debería jugarse», admitió Klopp. «Tenemos que llegar a ese punto que ellos han alcanzado. Por desgracia, el desempeño táctico no es como montar en bicicleta. Tienes que practicarlo, una y otra vez».
Reprogramar el sistema con el que operaba el equipo necesitaba su tiempo, subraya Subotić. «En un tres contra tres, incluso cinco contra cinco, resulta sencillo. Pero durante un encuentro te vas cansando y acabas diciéndote: ‘‘¿En serio que tengo que seguir presionando?’’». Aun así, te pones a presionar y el contrario hace tranquilamente un pase al hueco, porque tu compañero no ha llegado a la presión y tu esfuerzo no ha servido de nada. No es fácil acostumbrarse a ello. Exige muchísimo, tanto mental como físicamente. Uno está acostumbrado a sumar 105 kilómetros de carrera entre todos los del equipo, como media en cada partido. Pero, de repente, te ves cubriendo 115, mientras que el objetivo es llegar a los 120 o más. Y Klopp era consciente de que aquello no iba a suceder de un día para otro. Sabía que todo el mundo llevaba jugando al fútbol veinte años y que jamás, nadie, les había pedido que trabajasen de acuerdo a un plan como el suyo. Más trabajo, más tiempo; esa era la solución».
Si las primeras semanas tenían cierto aire de Aufbruchsstimmung —el comienzo de un viaje rumbo a un glorioso futuro para los de negro y amarillo—, de repente, en otoño, el Dortmund se veía estancado en una estación de paso en la que no querían permanecer mucho tiempo. Era una crisis territorial, una preocupante mezcla de una defensa que hacía aguas (el Süddeutsche dijo desdeñosamente que parecía «una galería de tiro»), un concepto que estaba todavía a medio cocinar y un entrenador que no conseguía encontrar el once titular más adecuado. Para el partido contra el Hoffenheim efectuó seis cambios en el once, y otros seis antes del siguiente partido de Copa contra el Hertha BSC, partido que Klopp no se podía permitir perder. «Están siendo unos días muy malos, una mala semana», se lamentó.
«Puedes ser el tío más majo del mundo como entrenador, pero, al final, todo se basa en los resultados», dice Schneck, enarcando las cejas. Subotić deja entrever que, en aquellos momentos, la confianza del vestuario en su entrenador y sus métodos estaba tambaleándose. «Yo le conocía, confiaba en él», recuerda, «pero para cualquier equipo, lo más importante es ver que todo ese trabajo al que te está sometiendo el tipo que tienes enfrente sirve, de verdad, para algo. Le podía caer bien a todo el mundo. Pero, lo más importante al final es que su método sirva para algo».
«Tuvo que convencer a todo el mundo, no todo iba a funcionar desde el primer día», dice Kehl. «Al principio lo pasamos mal, pensando: ‘‘¿Vamos a llegar en algún momento a algún lado?’’. Hubo discusiones. Pese a todo, desde el primer minuto Klopp dejó claro que la única manera de jugar era la suya, porque estaba completamente seguro de que era el camino correcto».
Contra el Berlín, la suerte vino en auxilio de Klopp. El Dortmund arañó una victoria por 2-1 en el descuento, proponiendo un rombo un poco más defensivo en el centro del campo que proporcionaba un poco más de seguridad. Los siguientes, el VfB Stuttgart, cayeron aplastados por 0-3 en el Mercedes Benz-Arena, en donde el Borussia demostró lo bien que podía funcionar su plan cuando se ejecutaba a la perfección.
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