Kitabı oku: «El fin del arte»

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El fin del arte

Hegel y Danto cara a cara

Raquel Cascales

El fin del arte

Hegel y Danto cara a cara

PUV

44

Estètica & Crítica

Anacleto Ferrer, director

Romà de la Calle, director fundador

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© Raquel Cascales Tornel, 2020

© De esta edición: Universitat de València, 2020

Coordinación editorial: Maite Simón

Diseño del interior: Inmaculada Mesa

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Diseño de la cubierta:

Celso Hernández de la Figuera y Maite Simón

Corrección: Iván García Esteve

ISBN: 978-84-9134-585-5

Edición digital

A mi madre y a mi iaio,

in memoriam

Allí donde crece el peligro

crece también la salvación.

Hölderlin

El arte tiene la bonita costumbre

de echar a perder todas las teorías artísticas.

R. Selavy

Índice

INTRODUCCIÓN. Cara a cara

1. LA HISTORIZACIÓN DEL ARTE

La conciencia histórica como base de la estética moderna

La concepción romántica del arte

La religión del arte

La mistificación estética del idealismo

2. La PROFECÍA HEGELIANA DEL «FIN DEL ARTE»

El lugar del arte en la filosofía hegeliana

La religión del arte en la Fenomenología del espíritu

La sistematicidad del arte en la Enciclopedia

La emancipación del arte en las Lecciones de estética

Distintas concepciones del carácter pretérito del arte

Fin en sentido artístico

Fin del arte en sentido gnoseológico

Fin de la religión del arte

Fin en sentido de una nueva etapa histórica

Fin del arte como liberación del arte

La actualidad perenne del arte

3. EL GIRO HEGELIANO EN LA FILOSOFÍA DE DANTO

Más allá de la filosofía analítica

El «mundo del arte» y el arte como representación

La ontología como respuesta a los indiscernibles

La configuración histórica del arte

La propuesta dantiana de la comprensión histórica

La función de las leyes generales en la historia

La historia como representación

La historia como narración

El cumplimiento de la profecía hegeliana

La aceptación del realismo narrativo y la progresión histórica

Pasado y futuro del arte

4. LA PROCLAMACIÓN DANTIANA DEL «FIN DEL ARTE»

La transfiguración de la filosofía del arte

La definición esencialista del arte

El papel transfigurador de la interpretación

La unión de esencialismo e historicismo

El desarrollo del sentido del «fin del arte»

Fin en sentido hegeliano

Fin del relato (moderno) de la historia del arte

Fin como comienzo de la época posthistórica

Después del fin

EPÍLOGO. Larga vida al arte

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Introducción

Cara a cara

Hoy en día la sociedad tiende a tener una buena imagen del arte. Se respetan y admiran la arquitectura de Bramante, las pinturas de Rafael o la música de Bach. Sin embargo, muchas personas encuentran serias dificultades para comprender obras o autores más contemporáneos. En la actualidad alcanzan récords históricos los números de visitantes que acuden a museos; se llenan los conciertos y teatros; se tiene al alcance de la mano toda la información que se necesita para saber más sobre aquello que se escucha o contempla. Pero, curiosamente, cuanto más «contemporáneo» es el arte, menos parece entenderse. Mucha gente se pregunta qué le ocurre al arte contemporáneo y achaca a la posmodernidad o a la degeneración de Occidente el problema de su incomprensibilidad. Sin embargo, aunque hay muchos elementos que han podido conducir a un exceso de producción y a una inflación de banalidades artísticas, la pregunta quizá debería enfocarse de otro modo. Pocas veces nos preguntamos qué nos ocurre a nosotros. ¿Cuánto tiempo dedicamos ya no a profundizar, sino al menos a tratar de conocer algo sobre el arte que estamos «consumiendo»?

Es verdad que para entender el arte contemporáneo se necesita tiempo. Pero no menos que el tiempo necesario para comprender cualquier tipo de arte de cualquier otra época y lugar. Lo único que ocurre es que la parte de la humanidad que ha recibido algún tipo de instrucción artística lo ha hecho según unos parámetros renacentistas. Y si bien esos parámetros son correctos, solo rigen para el tipo de arte que cumple los parámetros renacentistas. De esos parámetros ha vivido el arte hasta el siglo XX, pero ya no son los únicos que rigen en el panorama artístico actual.

Parece claro, entonces, que algo ha cambiado y que algo ha acabado. La cuestión es saber qué es precisamente lo que ha finalizado para poder andar por el bosque artístico contemporáneo sin perdernos. Ya Hegel, en su filosofía del arte, predijo ese final, pero sin llegar a entender cómo se produciría. Danto fue quien, al verlo realizado, comprendió con más claridad la profecía hegeliana y pudo dar cuenta de lo que significaba.

A lo largo de estas páginas trataré de enfrentar cara a cara a estos dos autores, ya que la lectura dantiana ayuda a comprender mejor la teoría hegeliana y permite ponerla en conexión con las problemáticas actuales; asimismo, ver a Danto desde Hegel permite comprender mejor el pensamiento del autor norteamericano, pues deja traslucir su gran coherencia y profundidad. Considero que el análisis de las reflexiones de ambos autores en torno al arte y a su fin aporta luces para comprender nuestro mundo contemporáneo.

Para llevar a cabo esta empresa, considero que es de vital importancia atender, como se verá en el primer capítulo, al proceso de historización que configuró el arte tal y como lo concebimos hoy en día. Puesto que la relación entre arte e historia es intrínseca, podría intentar estudiarse desde los albores de la práctica artística. Sin embargo, este trabajo se confina al comienzo de la conciencia histórica y artística que nació con la modernidad. Obviamente, la reflexión estética, la pregunta por la belleza o el arte están presentes desde la Antigüedad. No pueden ignorarse las reflexiones de Platón o Aristóteles, pero no se debe tampoco trasladar sin más la preocupación sobre la belleza de los Diálogos o la descripción aristotélica del arte como techne a nuestra manera de concebir el arte y el mundo del arte hoy en día.1

Con el auge de la Ilustración y el desarrollo de la conciencia histórica, la obra de arte asumió el cariz que tiene hoy en día. Tanto el espíritu ilustrado como el romántico y su interés por lo histórico condujeron a un progresivo traslado de la reflexión desde un concepto intemporal de belleza hacia la obra artística concreta. La modernidad, al interrogarse sobre las condiciones de posibilidad del propio conocimiento y desarrollar la preocupación metódica, puso la reflexión estética en primer plano y le otorgó la autonomía necesaria para que pudiera independizarse del resto de ámbitos filosóficos (Labrada, 1990: 18). Como acabo de decir, la preocupación por la historia centró pronto el interés estético en las obras de arte, lo que permitió al arte y a la estética ganar cierta autonomía en la modernidad.

Con el Romanticismo, el arte se revalorizó hasta ser considerado como uno de los aspectos más importantes en la vida humana. Este aprecio, unido a la convicción de que la ciencia más adecuada para su estudio era la histórica, condujo a un notable aumento de los estudios históricos del arte. Dichos estudios trataron de recoger en una narración progresiva y coherente lo que había sido el arte hasta entonces. Todo este proceso, en el que lo histórico gana cada vez más peso, es lo que denomino «historización del arte».

El impulso otorgado a lo histórico ayudó a aumentar la conciencia histórica, que a su vez se convirtió en un punto nuclear de la filosofía hegeliana, al hacer Hegel del desarrollo de la conciencia la clave del progreso de su sistema. Sin embargo, como se verá, el excesivo peso otorgado a lo histórico, así como la asimilación de la respuesta a la cuestión de qué es el arte con la narración de su historia, abrirán la posibilidad de hablar de un final.

La consideración del arte como pretérito por parte de Hegel ha sido una de las cuestiones que más controversias ha suscitado desde su enunciación. Muchos autores han aludido a ella y han intentado ofrecer sus interpretaciones, tal y como recoge bien Geulen (2006); sin embargo, el autor que le ha otorgado actualidad en nuestros días ha sido el norteamericano Arthur Danto, razón por la cual trataré no solo de ver sus relaciones, sino de intentar que dialoguen entre ellos.

En el segundo capítulo se ve cómo el espíritu estético moderno alcanza su auge con Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). No hay duda de la relevancia que toma con él la historia y, en concreto, la historia del arte, puesto que en ella se expresa el propio espíritu en su caminar. Pero, al mismo tiempo, la filosofía del arte de Hegel presenta una problemática difícil de superar, que puede resumirse diciendo que afirma el carácter pretérito del arte como manifestación del espíritu. Una vez que el carácter sensible del arte se ha visto superado en su época por el contenido reflexivo, parece que el tiempo del arte ha pasado. Por esta razón, tras explicar el contexto histórico y filosófico en el que surge, dedico el segundo capítulo a estudiar el carácter pretérito del arte en la filosofía hegeliana.

Puesto que dicha afirmación depende del resto de su sistema filosófico y de su comprensión del arte, he visto necesario explicar la transformación que sufre el lugar del arte a lo largo de sus diferentes obras: Phänomenologie des Geistes (1807), Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften (1817) y las diferentes ediciones de Philosophie der Kunst (1823, 1826 y 1828/29). Este análisis otorga el marco necesario desde el que poder entender adecuadamente la tesis del carácter pretérito del arte, así como dar cuenta de las diferentes interpretaciones que se han dado de él.

Una característica común a la ingente bibliografía dedicada al estudio del «fin del arte» en Hegel es que casi todos los trabajos tienden a concentrarse en una comprensión unilateral que varía mucho de unos autores a otros. En este sentido, hay estudiosos que defienden que el carácter pretérito debe entenderse en sentido artístico; otros, desde el punto de vista gnoseológico; otros, como fin de la religión del arte, como el comienzo de una nueva etapa histórica o como una liberación para el arte. Aunque pueda parecer una travesía larga, considero que el análisis de los diferentes sentidos y la suma de sus significados pueden ayudar en la comprensión de la tesis hegeliana. Al mismo tiempo, este análisis es crucial para comprender la influencia que tuvo en la postura dantiana, así como para poner también de manifiesto las diferencias entre las concepciones de ambos autores sobre el tema.

En el desarrollo histórico que realizo en el primer capítulo se descubre cómo la herencia de Hegel supuso que se fuera relegando el estudio del arte cada vez con más fuerza hacia los estudios de historia del arte, que con marcado espíritu científico tendían a buscar y enunciar las características de cada época, estilo u obra. Más adelante se verá cómo en el ámbito de la filosofía hubo que esperar tiempo para que se diera una revitalización de la estética filosófica y, en concreto, se estudiaran a fondo los planteamientos hegelianos a este respecto. Esta recuperación se produjo de manera especialmente significativa en dos corrientes.

Por un lado, en la tradición hermenéutica, la cual encuentra en la obra de arte un ámbito de interpretación plena. En este sentido son muy importantes las figuras de Martin Heidegger2 y George Gadamer.3 La otra línea que recupera la reflexión sobre el arte es la filosofía analítica, a través de autores como Ludwig Wittgenstein, Nelson Goodman o Arthur Danto. Este último autor es quien más tiempo y esfuerzo ha dedicado al tema del «fin del arte», razón por la cual dedico la segunda parte de este libro a analizar cómo sus reflexiones están marcadas por el pensamiento hegeliano y en qué sentido realiza una argumentación personal.

El «fin del arte» es, sin duda, la teoría más conocida de Arthur C. Danto (1924-2013). Con ella consiguió reabrir el debate sobre la estética hegeliana, especialmente en el ámbito angloamericano, y convertirse en una de las figuras más destacadas de la filosofía del arte norteamericana. A pesar de que con mucha frecuencia se abordan sus escritos sobre filosofía del arte de manera separada, considero que para poder entender de manera adecuada sus tesis en este ámbito hay que tener en cuenta su filosofía de la historia, desarrollada en los años anteriores. En efecto, uno de los mayores problemas que se encuentran a la hora de estudiar a Danto es la parcelación de ámbitos en los que se ha dividido su estudio. Es posible encontrar trabajos donde se valora o discute, por un lado, su aportación a la filosofía de la historia y, por otro, su aportación a la filosofía del arte. Sin embargo, pocos estudios consiguen destacar la intrínseca relación que existe entre ambos.4 De ahí mi interés por profundizar en este autor teniendo el panorama más completo posible.

Por esta razón, dentro del tercer capítulo analizaré con detalle su contribución a la filosofía analítica. En un contexto positivista, Danto se pregunta por cómo debemos comprender tanto el arte como la historia. A su vez, el análisis sobre las condiciones de posibilidad del saber histórico y su reflexión sobre la narración lo llevaron a ampliar la concepción de cómo debían ser los enunciados históricos. En concreto, su propuesta sobre el carácter narrativo de la historia tuvo un gran eco entre sus coetáneos, además de en él mismo. A través de esas reflexiones volvió la mirada sobre Hegel y aceptó muchos planteamientos que le condujeron a transformar su pensamiento.

Esta transformación de su filosofía fue denominada «giro hegeliano» por primera vez en 1993 por Robert C. Solomon y Kathleen M. Higgins (2012: 172-196), aunque se debió de gestar a principio de los años ochenta. Las principales características de este giro son la aceptación del realismo narrativo –es decir, la aceptación de que existen estructuras históricas objetivas– y la admisión del carácter teleológico y progresivo de la historia. La teoría hegeliana sobre el progreso de la historia y la proclamación del carácter pretérito del arte son dos hechos que a Danto se le hacen evidentes cuando trata de dar cuenta de lo que ha ocurrido en la historia del arte. A partir de entonces, defenderá que la historia del arte muestra el desarrollo de la autoconciencia, gracias a la cual el arte se verá libre de los elementos heterónomos que lo condicionaban. Todo ello llevará al filósofo norteamericano a hablar del «fin del arte». Es patente, por tanto, la importancia del estudio de su filosofía de la historia para, por un lado, volver su mirada a Hegel y, por otro, comprender la investigación que lleva a cabo sobre el arte. Además, como se verá más adelante, el filósofo americano no solo aplica estos conocimientos de filosofía de la historia a la filosofía del arte, sino que incluye definitivamente en su filosofía la dimensión histórica como parte del análisis artístico.

Antes de adentrarme en el análisis detallado de qué significa el «fin del arte» en Danto, en el cuarto capítulo expondré las coordenadas básicas de su filosofía del arte, puesto que un análisis detallado de este asunto puede encontrarse en el estudio de María José Alcaraz (2006). Tras este análisis, me centraré en el «fin del arte», que Danto formula por primera vez en 1984. El mayor problema que se encuentra al estudiar seriamente esta tesis es que no la desarrolla por extenso en un solo libro, sino que la reformula en diversas ocasiones a lo largo de los años. Los estudiosos han interpretado esta reformulación y ampliación de la tesis del «fin del arte» en algunas ocasiones como un cambio de opinión y en otras como una contradicción (Sobrevilla, 2003; García Leal, 2005; Vilar, 2009: 191-211; Bacharach, 2013; Snyder, 2018: 147-153). Sin embargo, considero que una exposición sistemática de lo dicho en las diferentes obras muestra que no hay contradicción, sino solo ampliación de la teoría, un desarrollo del sentido del fin.

En primer lugar, se puede establecer una distinción temporal: son diferentes las ideas expuestas en los trabajos de la década de los ochenta de las que presenta en los noventa. Esta división no supone una delimitación tajante de sus ideas, ya que las distintas maneras en las que comprende el fin del arte se hallan entremezcladas en el conjunto de su obra.

Los primeros trabajos5 justifican siempre la tesis del «fin del arte» en la filosofía hegeliana. Por esta razón, el primer sentido del «fin del arte» está asociado al sentido hegeliano: a la concepción progresiva de la historia (y de la historia del arte) y al sometimiento que la filosofía infringió al arte desde la definición mimética de Platón.

Las obras de la segunda etapa6 muestran una mayor confianza en que el fin del arte ya ha tenido lugar y señalan otras narrativas que también han sometido al arte a lo largo del tiempo. Dentro de estas narrativas o relatos que se han desarrollado sobre el arte destacan especialmente dos. Por un lado, el relato mimético que, aunque tiene su origen en Platón, se extiende como narración a raíz de la obra de Vasari. Por otro, el relato modernista desarrollado por Greenberg, el cual, aunque no supone una ruptura completa con el anterior, se asienta sobre una concepción purista del arte, en la cual el arte intenta desprenderse de aquello que no le es estrictamente esencial. Esta narrativa, afirma Danto, acaba con la aparición de la cinematografía, los ready-mades de Duchamp y las Cajas de Brillo de Warhol.

Además de estos dos, hay un tercer significado del fin del arte, que tiene que ver con la aparición de una nueva época del arte: la era posthistórica. Al declarar el comienzo de una nueva etapa, Danto no pretende afirmar solo que ha acabado una narrativa más del arte, una etapa que puede ser superada, sino que apunta más bien a una toma de conciencia del arte y sobre el arte que difícilmente podría volver atrás. Con la liberación de los sometimientos del arte se ha alcanzado una clarificación acerca del concepto de arte que no tiene marcha atrás.

Por tanto, puede decirse que Danto, partiendo de unos hechos históricos de su presente, mira hacia atrás y narra un relato finalizado. Al mismo tiempo, se pregunta cómo debe entenderse el arte en una época posthistórica. El arte posthistórico es para él aquel que ya no se circunscribe al estilo de una época, sino que se caracteriza por la libertad y la pluralidad, por la convivencia pacífica de todas las corrientes, sin jerarquías de ninguna clase. Esta apertura no le hará caer en un relativismo estético, más bien se esforzará en mostrar cómo puede entenderse el arte en una época que ya no está marcada por lo que la historia del arte dice que tiene que ser el arte, a pesar de la intrínseca dimensión histórica de todo arte. En su análisis se pone claramente de manifiesto que la consideración histórica sigue siendo un elemento esencial tanto en la creación e interpretación de obras de arte como en el estudio de la filosofía del arte.

Por todo lo expuesto, puede decirse que aunque Danto puso gran empeño en defender el carácter histórico del arte, no lo supeditó meramente a la historia, del mismo modo que Hegel tampoco lo hizo. No cae en la tentación de afirmar que, puesto que el arte está unido a su concreción histórica, no tenemos manera de juzgar las obras del pasado. Las críticas de arte que desarrolló durante más de veinte años, por otra parte, nos aportan luces acerca de cómo entendía que podían juzgarse las obras de arte concretas en un tiempo posthistórico.7

Desde esta perspectiva, no hay contradicción entre su filosofía de la historia y su filosofía del arte; ni con el sentido hegeliano del fin, con todos sus significados posibles; ni tampoco entre su esencialismo y su historicismo. Su filosofía del arte está plenamente imbricada con su filosofía de la historia y viceversa.

***

La imbricación de mi estudio de la filosofía con mi propia historia vital hace que sea necesario dar gracias aquí a todos aquellos que han ayudado a la elaboración de este libro. En primer lugar, a la Universidad de Navarra, por haberme dado tanto, en lo personal y en lo filosófico. En concreto a los que antaño fueron maestros y hoy son también compañeros: Montserrat Herrero, Jaime Nubiola, María Antonia Labrada, Santi Aurell y José María Torralba. También quiero agradecer su apoyo a los profesores de otras instituciones en las que he podido estar y que han sido cruciales en la elaboración de este libro, como María José Alcaraz, de la Universidad de Murcia; Tiziana Andina, de la Universidad de Turín; y Alessandro Scafi, de The Warburg Institute. Por último, quiero mostrar mi agradecimiento a mis amigos, con una mención especial a Ricardo Piñero y Rosa Fernández Urtasun, además de a mi familia. En concreto, este libro va dedicado a mi madre, Alicia, y a mi iaio Paco, que con su incondicional orgullo leerán este libro desde el cielo.

1. Tal y como afirma Pareyson, «la idea de que la estética es una disciplina moderna es poco menos que un lugar común, pero puede degenerar en un error si se

llega hasta el punto de rechazar el mundo antiguo como fuente de inspiración para el estudio del arte» (1987: 30).

2. Heidegger, especialmente en «El origen de la obra de arte» (1934), analiza el arte desde el punto de vista de su dimensión cognoscitiva. En esta obra se advierte ya el giro fenomenológico de la pregunta por el ser. Mientras que en Ser y Tiempo (1927) esa cuestión le había llevado a indagar el Dasein o existente, en esta obra considera la capacidad manifestativa del ser como verdad. El arte es concebido por Heidegger como un lugar privilegiado de manifestación o inmediación de la verdad. Es lógico, por tanto, que cuando escriba el epílogo de esta obra se refiera a la tesis de Hegel sobre el fin del arte y la trate de refutar (Heidegger, 2010: 11-62).

3. Gadamer aborda directamente este problema en La actualidad de lo bello. Rescata aquí el planteamiento hegeliano sobre el fin del arte y muestra cómo el fin se refiere a que las obras ya no son comprendidas de manera inmediata o intuitiva, sino que están necesitadas de justificación. Frente a esta postura, Gadamer trata de mostrar que hay elementos que nos siguen haciendo actual la belleza del arte, como son el carácter lúdico de las obras, que interpela al espectador y le lleva a interpretarlas; el carácter simbólico, que nos remite a la propia obra (y no a otra cosa); y la fiesta como elemento que nos reúne en el tiempo por encima de la historia (Gadamer, 1997).

4. Sin embargo, hay alguna excepción, entre las que destacan: Carroll (1999), Tozzi (2007), Parselis (2009) y Andina (2010).

5. Considero que esta primera etapa abarca las siguientes obras: «The end of art», artículo publicado en The Death of Art en 1984 (reeditado en The Philosophical Disenfranchisement of Art en 1986); «Approaching the end of art», conferencia ofrecida en 1985 en el Whitney Museum of American Art e incluida en The State of the Art (1987), y «Narratives of the end of art», conferencia «Lionel Trilling» impartida en la Universidad de Columbia, publicada en Grand Street en 1989 (reimpresa en 1990 en el libro Encounters and Reflections: Art in the Historical Present).

6. En esta segunda etapa incluyo: Beyond the Brillo Box. The Visual Arts in Posthistorical Perspective (1992); las conferencias impartidas en la galería Nacional de Arte de Washington en 1995 y publicadas con el título After the End of Art. Contemporary Art and the Pale of History (1997) y The Abuse of Beauty. Aesthetics and the Concept of Art (2003).

7. La mayoría de las críticas realizadas en el periódico The Nation pueden encontrarse publicadas en distintas obras: The State of the Art (1987); Encounters and Reflections. Art in the Historical Present (1990); Philosophizing Art. Selected Essays (1999c); The Madonna of the Future: Essays in a Pluralistic Art World (2000).

1.

La historización del arte

El deseo de comenzar de cero poniendo unos cimientos racionales y seguros al edificio del conocimiento fue uno de los grandes impulsos que propiciaron el comienzo de la modernidad. Por esta razón se ha considerado que su identidad se fue constituyendo, al menos en parte, como una ruptura con todo lo que la precedía.1 El Siglo de las Luces, o siglo XVIII, es percibido por sus propios protagonistas y en adelante como el momento a partir del cual la razón iluminará progresivamente la historia de los hombres.2 Se desarrolla, por tanto, una conciencia de ruptura, de novedad y de confianza en la razón y el progreso que se vuelven esenciales para comprender la modernidad (Vico, 2006; Finkielkraut, 2006).

Esta convicción de novedad no hubiera sido posible sin una conciencia histórica, que se separa del pasado y se proyecta en el futuro. La nueva manera de percibir la historia va acompañada por la seguridad en la razón como guía de la historia, que se convierte en garantía del progreso, una convicción justificada y simbolizada por la aceleración de los descubrimientos científicos que se da en esa época. Por esta razón, no es de extrañar que los estudios que más peso adquieran a partir de entonces sean los históricos y los científico-experimentales.

En el primer punto de este capítulo veremos cómo este afán científico favorece el nacimiento de la estética, y cómo la confianza en la historia provocará un estudio principalmente histórico del arte. Será en este contexto donde nazca el Romanticismo, una corriente cultural que eleva el arte como ninguna otra lo había hecho, hasta hacer de él prácticamente una religión. En este mismo ambiente se desarrolla el idealismo, que a su vez contribuye a una mistificación de la estética. Es el mundo con el que Hegel crece y al que mira de frente cuando habla de arte.

LA CONCIENCIA HISTÓRICA COMO BASE DE LA ESTÉTICA MODERNA

Para llegar a comprender la autonomía que el arte adquirió a partir del siglo XVIII en Europa es necesario contemplar sus avatares históricos. Este proceso parte del progresivo menosprecio con el que se miró en los siglos precedentes el modelo artesanal de producción. Los artistas comenzaron a exigir un nuevo tratamiento a su trabajo, al principio sin distinguir claramente entre arte y artesanía. Sus requerimientos se vieron poco a poco respondidos a través del desarrollo de tres fenómenos que se dieron en paralelo: la creación de los salones y la crítica, la autonomía de la estética y la progresiva unión del arte a los estudios de historia (Bozal, 2004: 19-31).

La creación de los salones y la crítica de arte fue lo que permitió la primera democratización de la visualización de las obras de arte, generando a su vez un público preparado para juzgarlas. La transformación de las colecciones reales en museos fue paralela al desarrollo progresivo de las exposiciones periódicas de artistas vivos, que además de proponer las ideas más novedosas abrían al mercado privado las puertas del arte.3 La iniciativa particular fue asesorada por los reporteros que anunciaban las exposiciones. Sus informes de prensa (que se hicieron regulares a partir de 1759) fueron especializándose hasta formar la base de la crítica de arte.

En segundo lugar, es de gran importancia en el contexto de este trabajo la autonomía que adquirió la estética como disciplina filosófica. Dando un paso más respecto de los planteamientos precedentes de Joseph Addison, Alexander G. Baumgarten o David Hume, Inmanuel Kant elevó el arte del terreno de la sensibilidad al de la racionalidad, ya que, como dice Gadamer, fue «el primero en reconocer una pregunta propiamente filosófica en la experiencia del arte y de lo bello» (1997: 57). En su tercera crítica, la Crítica del juicio (1790), Kant trató de buscar el enlace entre necesidad y libertad en el ámbito estético y presentó la imaginación como la facultad en la que ambos opuestos pudieran reconciliarse (Kant, 2007: 241).

La imaginación productiva se entiende entonces como el ámbito por excelencia de la creación artística y, por tanto, de la libertad. En este sentido, lo importante del hacer artístico es que debe poder considerarse como «naturaleza», en el sentido de que no debe advertirse la coacción de reglas impuestas por el artista. Kant pasa de sus reflexiones sobre el artista a interesarse por la figura del genio, que es quien actúa teleológicamente como la naturaleza pero sin su necesidad.4 Este actuar libre no estaría dado a todo el mundo, sino solo a unos elegidos, a los genios que han sido agraciados con el don de la naturaleza, que es la que da la regla al arte. Este hincapié en la figura del genio, accesible solo a unos pocos, provocó una fuerte subjetivización del arte, tal como le criticaron Hegel5 y, más adelante, Gadamer (1984, I: 75-87). Más allá de las discusiones concretas, la profundización en estos aspectos provocó que la estética, como saber filosófico, adquiriera importancia y lograra constituirse como ciencia autónoma dentro del ámbito de la filosofía en esta época.6

El tercer aspecto de los que he señalado antes, y en el que me detendré más, lo constituyen los cambios que se produjeron en la concepción histórica del arte, que llevaron a querer estipular un recorrido diacrónico de carácter científico sobre el desarrollo del arte. Así como existían tratados sobre la belleza ya en la Antigüedad y en la Edad Media, también en esas épocas se escribieron algunas «historias del arte», pero como ha mostrado Frances Haskell, en ningún caso poseen la ambición de historiar científicamente el pasado artístico (1990, 1994). Nada sería más ajeno a antiguos y medievales, como reseña Yvars, que la concepción del arte como «algo provisto de un sentido inmanente y un desarrollo autónomo, condiciones previas e insoslayables en toda consideración de orden historiográfico» (2004: 137).

Asimismo, es habitual referirse a Vasari como el fundador de la historiografía, pero aunque sus biografías artísticas –como las de Bellori o Burke– supongan un tesoro para conocer las vidas de algunos artistas, no poseen tampoco ninguna intencionalidad científica. De hecho, como señala Germain Bazin, Vasari no creó una nueva ciencia, sino un nuevo género literario: «no la historia del arte, sino la novela de la historia del arte» (citado en Yvars, 2004: 138). Aunque sí cabe mencionar, y más adelante volveré sobre ello, la relevancia que tuvo Vasari en la concepción progresiva del arte, esencial para comprender la configuración de las etapas marcadas por la historia del arte.

La imposición de la metodología científica no llegará hasta la Ilustración, pero a partir de entonces no se escaparán de ella ni la filosofía, ni la historia, ni la historia del arte. Una de las mejores muestras del espíritu científico, sistemático y jerárquico es L’Encyclopédie (1751-1772). En ella se puede ya encontrar la nueva denominación del arte como Beaux Arts,7 término que, gracias a su prestigio, se extendió por toda Europa en las siguientes décadas. El término de bellas artes ayudó a forjar una concepción del arte autónomo y valioso que podría merecer también un estatuto científico que, para la gran mayoría, se cifró en la historia del arte.8

Forma parte de este mismo contexto la larga Querelle des anciens et des modernes vigente en esa época. El debate entre los antiguos y los modernos (más adelante entre los clásicos y los románticos) surge de una concepción histórica del arte que permite defender a los modernos que, si el arte es histórico, lo que servía para juzgar una época ya no es válido para otra. Por eso, la toma de conciencia de los modernos respecto del arte estuvo muy relacionada con el estudio de la Antigüedad. Especialmente significativa a este respecto es la figura de Johann J. Winckelmann (1717-1768), considerado por la gran mayoría como el primero que acomete el intento de realizar una historia del arte que merezca llamarse así (Fernández Arenas, 1990: 71; Bozal, 2004: 23; Shiner, 2004: 139; Olga Hazan, 2010: 47), o al menos el primero que publicó una obra que se presentaba como historia del arte: Historia del arte de la Antigüedad (1764). En esta obra plantea un orden de belleza según el cual se pueden establecer una serie de relaciones de causas y efectos que permiten comparar los diferentes estilos y épocas. Lo interesante es que Winckelmann habla del pasado no como un modelo de grandeza inalcanzable, sino como un proyecto que, de hecho, se debe emular. De este modo, alienta no solo a mirar pasivamente el pasado, sino a proyectarlo como futura construcción.

Además, tal como afirma Bozal, en esta obra se plantea el problema de la objetividad en la investigación histórica y se pone de manifiesto que el modo de hablar del pasado influye en las proyecciones que el lector hace de su época. Winckelmann llama al lector a aspirar a metas tan esplendorosas como la belleza griega. De hecho, está apelando al protagonismo del sujeto histórico como sujeto del cambio, una idea propiamente moderna (Bozal, 2004: 25).

Todo este proceso de historización del arte que se pone de relieve con la Querelle y las obras de Winckelmann viene a mostrar que casi desde el momento en el que la estética se constituye como ciencia se produce una progresiva orientación hacia la filosofía del arte y la historia del arte. Esta orientación no es solo producto del contexto cultural en el que se desarrolla este proceso. No se puede olvidar que las obras de arte poseen dentro de sí la historia, ya que su configuración es indudablemente histórica. Por esta razón, cuando contemplamos las obras podemos trasladarnos a épocas antiguas y mundos desaparecidos. Pero al mismo tiempo, qué duda cabe, su valor no radica solo en ser piezas históricas, sino en que de algún modo trascienden el espacio y el tiempo. Por eso, como afirma Pérez Carreño, la historicidad conforma el arte de una forma peculiarísima, distinta a cualquier otro ámbito:

Poseer una historia no significa percibir lo anterior como meras etapas preparatorias para alcanzar el presente, sino como momentos ineludibles de la comprensión del presente. No pensamos y disfrutamos las obras de arte de la Antigüedad como propias sólo históricamente, sino como algo presente, como momentos de nuestra tradición: algo pasado en el presente. En este sentido, sólo porque el arte es histórico, algo del pasado, es también atemporal (2003: 380).

De todos modos, si bien es cierto que esta unión siempre se ha dado y siempre se dará, también lo es que la relevancia histórica del arte, entendida como distancia, como generación de una perspectiva temporal, fue desarrollada especialmente por la estética romántica, que dio gran peso a la historia y a la conciencia histórica. Dentro de ese contexto de exaltación histórica, artística y científica es donde debe comprenderse la filosofía del arte de Hegel.

Siendo así que comparte con ellos la voluntad de historización, sin embargo, cuando Hegel trata de mostrar que el arte no se mueve solo en el ámbito sensible, sino también en el intelectual, está sin duda haciendo una afirmación general, pero también se está enfrentando de manera concreta al entusiasmo romántico del grupo de los Nazarenos y del Athenäum.

LA CONCEPCIÓN ROMÁNTICA DEL ARTE

Son muchas las cuestiones filosóficas presentes en el origen del Romanticismo y no se trata de analizarlas todas. Deseo centrarme en mostrar cómo la estética y el arte fueron catalizadores de las inquietudes de la mayoría de los intelectuales, un punto de confluencia en el que muchos creyeron encontrar la solución a los problemas con los que se enfrentaban.

El Romanticismo se desarrolló en diferentes núcleos literarios, como el de Sturm und Drang, y filosóficos. Dentro del ámbito filosófico destaca el movimiento congregado en torno a los hermanos Schlegel y su revista Athenäum (1798-1800) (Martínez, 1992: 71-93), llamado también el Círculo de Jena o los Frühromantik de Jena. De hecho, fue Friedrich Schlegel el que acuñó el sustantivo romanticismo, que en un principio se usó para aludir a un tipo de literatura de comienzos del siglo XIX que miraba hacia lo medieval. Con el tiempo, sin embargo, la literatura romántica se desarrolló, fue adquiriendo diferentes matices y este concepto se amplió, a pesar de que algunos consideren que es mejor seguir utilizando el término de forma restringida (Lovejoy, 1974: 66-81). Ya en el siglo XX, autores como Wellek lo definieron a través de una serie de rasgos comunes que nos permiten hablar de una corriente intelectual y cultural europea. En concreto, los tres rasgos básicos para él son la imaginación como fuerza de la poesía, la naturaleza como idea del mundo y la mitología y la simbología como formas de expresión poéticas (Wellek, 1974: 181-206).

Ciertamente, las ideas del movimiento no afectaron solo a la literatura, ni a Alemania, donde nació, sino que se expandieron por Europa y consiguieron llegar a definir toda una época. A su vez, hay que tener en cuenta que se trata de un movimiento con un carácter tan definido que romanticismo llegó a convertirse también en un término común. Como afirma Safranski, «el romanticismo es una época. Lo romántico es una actitud del espíritu que no se circunscribe a una época» (2009: 14).

Aquí me interesa contextualizar el momento en el que Hegel escribe, y por eso me centraré solamente en el romanticismo alemán. En él confluyen, en una misma generación que va de 1770 a 1840, los principales representantes del idealismo y el romanticismo.

Frente al espíritu ilustrado, los románticos consideraron la idea de belleza como el eslabón perdido «entre las leyes de la naturaleza, instituidas por el entendimiento, y el uso múltiple e indefinido que la razón hace de esa diversidad de leyes particulares» (Sánchez Meca, 2013: 146). En este marco, el acto estético sería el culmen de la razón, en el que la necesidad del entendimiento y la libertad de la imaginación se integran con vistas a un fin. Lo que los románticos descubren del sentido estético es que no implica una relación determinante con los objetos, por lo que la obra de arte se convierte en el símbolo en el que la libertad se realiza o, al menos, donde «podemos intuir cómo podría ser el mundo si la libertad se realizara» (Sánchez Meca, 2013: 146).

Así, comienza a desarrollarse lo que Innerarity denomina una mitología de la razón, que, frente el mecanicismo científico ilustrado, trata en la época romántica de sintetizar todas las potencialidades de la razón.9 Además, también se desea revalorizar el papel de la imaginación, de la sensibilidad y del poder cohesionador que siempre han tenido los mitos para el ordenamiento político y social.10

Esta remitologización de la belleza forma parte de una vuelta al mito en distintos ámbitos de la cultura impulsada por el movimiento artístico Sturm und Drang y especialmente por Johann G. Herder (1744-1803). Este conocido autor escribe en 1767 «De la nueva utilización de la mitología», un artículo en el que reflexiona sobre la estructura poética de los mitos y su papel para interpretar la historia, y en el que propone la necesidad de crear una mitología política adecuada a la nueva situación histórica.

Herder contribuyó también de manera singular al desarrollo del sentimiento de nación en Alemania a través de sus destacados trabajos como lingüista. Su interés por el lenguaje le llega a través de Johann G. Hamann, para quien el arte es un lenguaje cifrado en el cual lo invisible, que es Dios, habla a través de lo visible, de la belleza, del arte.11 Herder daría un paso más allá al resaltar que Dios también habla a través de la historia. Como apunta Isaiah Berlin, para este padre del Romanticismo «los diferentes sucesos históricos, que son interpretados como sucesos empíricos ordinarios por historiadores ignorantes, son en realidad métodos por los que nos habla lo divino» (Berlin, 2000: 76).

La relevancia que Herder otorgó a lo histórico influyó a su vez en una nueva concepción del conocimiento histórico que tendría en cuenta el propio transcurrir de la historia. Esta nueva concepción herderiana partía de acontecimientos individuales de los pueblos con el fin de realizar una historia general de la civilización humana, finalidad que sobrepasaba con creces las ambiciones de Winckelmann.

Este fuerte peso que los autores románticos dan a la historia en sus obras está esencialmente relacionado con la densidad histórica de los propios acontecimientos que ellos viven durante esas décadas y la interpretación trascendental que les dan. Por ejemplo, al producirse el emblemático levantamiento del pueblo en la Revolución francesa, en un primer momento todos idealizan la Francia revolucionaria. Sin embargo, tras la exaltación inicial, pronto ven truncados los ideales que habían impulsado la Revolución. Es más, del entusiasmo pasan al rechazo cuando Napoleón trata de invadir Alemania. Además, la resistencia a lo francés no es para ellos solo una cuestión política, sino plenamente espiritual, puesto que en el giro que está dando a sus planteamientos, Francia se convierte en representante de un laicismo que está corroyendo Europa. De ahí que los alemanes se sientan con una mayor necesidad de contraatacar intelectual y artísticamente.

En este contexto, como veíamos, el arte comienza a configurarse como el ámbito en el que recuperar la libertad, lo infinito y lo divino, además de traer a la conciencia un pasado marcado por la armonía y la unidad social. Los románticos son conscientes de la influencia que tienen la estética y el arte en el espíritu individual y en el espíritu de los pueblos. Para Friedrich Schiller, por ejemplo, la libertad no surge de una revolución política, sino de la experiencia estética, que solo el arte brinda. En sus Cartas para la educación estética del hombre (Über die ästhetische Erziehung des Menschen, 1795), el autor se apoya en el libre juego de facultades kantiano y lo defiende como lo propio del sentimiento estético, pero cifrando la armonía entre imaginación y entendimiento en el «instinto de juego» (Spieltrieb). El arte se muestra aquí como el lugar en el que el hombre se libera de la necesidad e inventa la vida:12 de hecho, presentar el arte como juego significa asumir su falta de finalidad, de imposición y de utilidad. Schiller considera que el arte eleva las divisiones internas que plantea el mundo moderno y reunifica nuestra naturaleza sensorial y espiritual, de modo que las acciones morales y políticas ya no vienen externamente, sino que están integradas de tal modo en la persona que esta es libre al realizarlas.13

Schiller tratará el tema de la unidad perdida en Sobre la gracia y la dignidad; Sobre la poesía ingenua y poesía sentimental (1985), donde contrapone la poesía antigua a la moderna. Considera que la ingenuidad de la poesía antigua significa que en aquellos tiempos el sujeto no se sentía contrapuesto a la naturaleza, sino que vivía en unidad armónica con el mundo. Era precisamente esa armonía la que hacía innecesaria la mediación de la reflexión. Sin embargo, el sujeto de la época moderna ha perdido ese mundo y esa armonía, y la distancia que siente entre su sensibilidad y su inteligencia no le permite encontrar soluciones. La conciencia de la escisión con el mundo, con la naturaleza, lleva consigo un aumento de la reflexividad que se transmite a la poesía que realiza. Es a través de la reflexión como el poeta reconstruirá dicha armonía. Por tanto, para Schiller, aunque la grieta del mundo moderno incremente la nostalgia, también estimula la reflexión y enriquece el arte. Dicha reflexividad, que va a marcar todo el arte hasta nuestros días, comporta el traslado del foco de lo bello a lo «interesante». Aun así, Schiller trataba de alcanzar un tercer estadio que reconciliara las dos épocas. Esta síntesis hubiera debido ser la plenitud del Romanticismo.

En esta contraposición entre sujeto y naturaleza, como afirma Marchán Fiz, lo que está en juego no son dos épocas, sino dos maneras o modos de sentir. En este sentido, Schiller estaría «elevando el estadio histórico a la categoría de un estado estético» (Marchán Fiz, 2010: 214). En efecto, lo que aquí late no es solo la querella contra los modernos, sino el peso de la conciencia histórica que se va a desarrollar a lo largo del Romanticismo. Esta mirada al pasado, a lo clásico, a lo mitológico, no solo es un rechazo de la Ilustración, sino que se convierte en el sello de identidad del movimiento romántico.

Desde que Winckelmann exaltara el mundo antiguo contraponiéndolo con el moderno, se había considerado la escultura griega como el modelo supremo del arte, no solo por su perfección estética sino por simbolizar la unión de arte y religión cohesionadora de la civilización griega. Así, como explica Gadamer, al llevar a cabo la inversión de valores de lo nuevo por lo antiguo, el Romanticismo compartió el prejuicio ilustrado de la concepción de la tradición como contrapuesta a la libertad racional. De esta manera, concluye Gadamer, «la crítica romántica a la Ilustración desemboca así ella misma en Ilustración, pues al desarrollarse como ciencia histórica lo engulle todo en el remolino del historicismo» (1984: 343).14

Por último, quisiera nombrar algunas obras que influyeron en el modo del comprender el arte en esta época. Entre ellas hay que destacar la gran influencia que tuvieron Efusiones del corazón de un hermano lego amante del arte, de Wackenroder (1796-1797) y Fantasías sobre el arte, de Tieck (1799), en las que se transmite la idea de que el arte y la religión se asientan sobre el sentimiento. Estos autores consideran que el lenguaje solo es expresión del entendimiento y que, por tanto, solo con él no somos capaces de acceder a lo divino, algo que solo puede conseguirse a través de la Naturaleza. Es el sentimiento lo que nos permite una vinculación con Dios, presente en su creación. De ahí la importancia del lenguaje del arte, ya que «el arte es la prolongación creativa de la Naturaleza armónica por medio de los hombres» (Jamme, 1998: 17). De ahí que el arte se vincule cada vez más con lo religioso y adquiera progresivamente un sentido redentor o salvador, que estará presente en una gran parte de esta generación de autores. El arte vendría también a cubrir la función modeladora que la religión habría tenido en otras épocas,15 asumiendo así una función sin dueño. De hecho, durante esta época el arte llega a concebirse como una dimensión superior a la religión.

La religión del arte

La vertiente del espíritu romántico que mira hacia la historia pasada fue la que impulsó en los albores del siglo XIX una investigación sobre los mitos antiguos que configuró la conciencia de esta generación y que se amplió también a otros aspectos de identidad cultural: frente a los antiguos, ellos son los modernos; frente a Oriente, ellos son Occidente; frente a los paganos, ellos son cristianos. Esta misma mirada hacia la historia hace que algunos autores tiendan también a idealizar la época medieval como aquella en la que el esplendor de la religión vibraba en todos los ámbitos de la sociedad. Dicha idealización va dela mano de la estrecha relación entre arte y religión que acabamos de ver, que llevará a concebir el arte como una nueva religión capaz de aunar los espíritus tanto individual como socialmente.16

La recuperación de la vieja pintura alemana tardomedieval, así como de la pintura holandesa de los siglos anteriores, suscita un creciente interés por un arte que había quedado sumido en el olvido y el desprestigio a causa de la concepción iconoclasta del protestantismo, al menos especialmente desde Calvino (Honour y Fleming, 2002: 471). Esta revitalización artística tuvo una gran repercusión en los pintores alemanes, puesto que los lleva a sentirse, como afirma Domínguez Hernández, «con referentes pictóricos propios frente al modelo tutelar y académico de los italianos y los franceses» (2003: 133).17 Esta autoestima reflejada en el arte pronto pasó a ser parte de la configuración nacional y patriótica frente a la ocupación napoleónica comenzada en 1801. A su vez, estos acontecimientos fortalecieron una idea de la pintura que alimentó el sentimiento de resistencia contra la ocupación francesa y su cultura, lo que dio lugar al desprecio por la formación francesa que se había dado hasta entonces en las academias de pintura alemanas. En este contexto se forma un grupo de artistas llamados «los Nazarenos». Los promotores de este grupo fueron Johann Friedrich Overbeck y Franz Pforr, quienes fundaron en 1809 una especie de cofradía llamada La Liga de san Lucas (Lukasbund), a la que se unieron Hottinger, Wintergest, Vogel y Sutter.18 Entre los ideales que defendían se encontraba el de una pintura patriótica y cristiana, llegando incluso a adoptar una visión cultual del arte según la cual este debía abandonar la búsqueda del esplendor formal para hablar directamente al corazón.

La centralidad que el protestantismo otorgó desde sus comienzos a misterios como la Santísima Trinidad había implicado un fuerte viraje desde lo que habían sido las representaciones populares de santos (y muy especialmente de las imágenes marianas) hacia la abstracción, y dificultó cualquier tipo de representación divina. De ahí que entre los pintores románticos se produjera un desplazamiento de las representaciones humanas hacia el paisaje con la intención de recuperar la espiritualización del arte. Especialmente puede verse esta búsqueda simbólica en las obras de Caspar David Friedrich, en las que los personajes se ven superados por la inmensidad del paisaje, como en el caso de La Cruz en la montaña (1807) o El monje junto al mar (1809).19

Si bien el anhelo trascendente está presente en toda la corriente romántica, al grupo de los Nazarenos no les bastará una espiritualidad abstracta como la que recoge Friedrich, sino que reclamarán una sensibilidad tan concreta como la que busca recuperar la vida de los pasajes narrados en el Antiguo y Nuevo Testamento.20

Esta convicción, junto con la pasión por la Edad Media y la pintura de Rafael, llevó a los Nazarenos a realizar una obra donde primaban, por encima de todo, los temas cristianos. Entre su producción, la obra más importante y representativa es El triunfo de la religión sobre las artes (1840) de Overbeck. Esta obra fue acompañada de un texto del propio autor en el que resumía todo el programa de renacimiento de la pintura cristiana. En él puede leerse: «Las artes son celebradas aquí sólo en la medida en que contribuyen a la glorificación de Dios y, de esta manera, forman una de las flores más delicadas con las que aparece adornada su Iglesia» (Overbeck, 1999: 165).

Como puede verse, el programa está aquí por encima del propio arte, la forma está al servicio del contenido. Este hecho hará, por un lado, que la obra de estos autores en su conjunto no alcance una gran calidad, que sea escasamente valorada y duramente criticada, especialmente por Goethe. Es cierto que esta «belleza cristiana» no radica en un nuevo estilo especialmente armónico o elegante. Lo que Friedrich Schlegel defiende es la belleza del espíritu cristiano que toma conciencia de sí. En este sentido, la naturaleza del nuevo arte es «ser un arte siempre anhelante, que no hace sino indagar en pos de la Idea suprema y es concebido como una perpetua búsqueda» (Schlegel, 1999: 137). Es decir, un arte inspirado por la devoción y que mueva a la devoción.

A pesar de la mediocridad de los resultados artísticos, la teoría pictórica y el programa de los Nazarenos fueron influyentes no solo en su época, como mostraré a continuación, sino también más adelante, puesto que supusieron el desarrollo de una teoría del arte que pasaría a formar parte de todo el arte contemporáneo.

El incremento de carga filosófica de esta corriente vino determinado por la relación que estos autores tuvieron con el ya citado círculo de intelectuales románticos que se reunieron en torno a la revista Athenäum. En ella encontramos a los hermanos August (1767-1845) y Friedrich Schlegel (1772-1829), los verdaderos artífices intelectuales de este grupo. Al primero le debemos el desarrollo de la idea que asimila el arte con la pintura: August Schlegel entra en discusión abierta con Winckelmann y afirma que, si bien el arte antiguo es un buen modelo de unión de arte y religión, no deja de representar el paganismo antiguo. Para la representación de la fe moderna es mejor la pintura, pues, a través de ella, la religión cristiana podría seguir explotando la sensualidad del arte para configurar sus historias y mensajes, así como mover a la devoción de los fieles. Los Schlegel comprenden la vuelta a los temas y las formas medievales no solo como una propuesta estética, sino como una revolución con implicaciones políticas.21 Por esta razón, Friedrich Schlegel, tras convertirse al catolicismo en 1808, llevó a cabo toda una campaña política en defensa de los Nazarenos. Pudo llevarla a cabo gracias a que fue representante ante Prusia de la política cultural de Metternich. Los defendió especialmente en tres ocasiones por escrito, siendo la más significativa aquella en la que se enfrentó directamente con la crítica ejercida por Goethe a una de sus exposiciones.22

Por eso, lo más importante de esta discusión, que podría parecer marginal, es que tras ella se esconde el importante viraje del Romanticismo. Si hasta entonces el Romanticismo se había centrado en la nostalgia (Sehnsucht) de los temas y valores del pasado y en el intento de recrear ese pasado,23 ahora ese ideal se proyecta en un futuro. Ya no se trata de buscar los orígenes de la identidad, sino de definirla para tener un ideal que alcanzar como nación.

Este cambio que se cataliza alrededor de las discusiones sobre arte y religión hubiera sido inconcebible sin la noción, que ya está en Johann Gottlieb Fichte y también encontramos en A. Schlegel, de la historia como un «desarrollo dialéctico impulsado por el antagonismo entre naturaleza y libertad» (Sánchez Meca, 2013: 186). En este sentido, el debate que se genera en el seno del Romanticismo sobre dónde colocar la mirada incrementa la conciencia que estos filósofos tienen de ser sujetos históricos. Pero no solo eso, sino que además transforma la manera de entender la historia.24 El peso de la historia, en efecto, se traslada del pasado al futuro, por lo que se comienza a entender como el progresivo camino del espíritu hacia la libertad, perspectiva de vital importancia para comprender toda la filosofía de Hegel.

Pero para que el contexto de la exaltación romántica del arte sea completo, es imprescindible atender también a la mistificación idealista del arte, el proceso en el que se llegan a considerar la razón estética y el arte como el ámbito de reconciliación de la necesidad y la libertad.

La mistificación estética del idealismo

Para entender este segundo aspecto de la exaltación romántica del arte es necesario atender a otro núcleo de gran importancia en el Romanticismo. Se trata del que redacta el manifiesto del idealismo alemán, el Ältestes Systemprogram des Deutschen Idealismus (1796). De esta obra solo queda una copia manuscrita por Hegel, escrita en primera persona, pero también se ha atribuido a Hölderlin y Schelling, y es posible que lo hicieran los tres en común.25 En este breve pero intenso texto puede verse tanto la vinculación que para ellos tiene la noción de mitología (filosófica)26 con la razón, como la opinión compartida sobre el arte como algo sublime. Así, puede leerse en él: «Estoy ahora convencido de que el acto supremo de la razón, al abarcar todas las ideas, es un acto estético, y que la verdad y la bondad se ven hermanadas sólo en la belleza» (Hegel, 1984b: 220). Es aquí también donde aparece la poesía como culminación del arte y síntesis final que asume el inicio: «La poesía recibe así una dignidad superior y será al fin lo que era en el comienzo: la maestra de la humanidad» (Hegel, 1984b: 220).

De entre los tres amigos, quien se acercó con más profundidad a la poesía fue Hölderlin, pues solo él la cultivó en obras de creación y dedicó su vida a desarrollarla plenamente. Una de las mejores muestras de profunda filosofía poética es su novela Hiperión o el eremita en Grecia (Hölderlin, 1983), en la que el personaje principal, Hiperión, sueña una y otra vez con rescatar el mundo griego ya inexistente, un mundo que representa la unidad con la naturaleza frente al sistema mecánico del Estado moderno en el que ya no hay lugar para los dioses. En efecto, tanto la poesía de Hölderlin como sus escritos sobre religión tratan de recuperar el espacio de lo divino. Y para él lo divino no se manifiesta a través de la memoria –historia– ni del pensamiento –filosofía–, sino a través de la imagen poética. Como recuerda Jamme en su estudio sobre el mito, frente a las posiciones de los idealistas que consideraban que Dios era lo encubierto que se iba revelando, para el poeta, Dios no se revela nunca por completo, por esa razón solo puede entreverse en las creaciones poéticas.

Fue Hölderlin el que movió a Friedrich Schelling y el Círculo de Jena a interesarse por el arte. A su vez, Schelling desarrolló de tal manera la relación entre la filosofía y el arte que se convirtió en el filósofo de los románticos, especialmente por la importancia que otorgaba a la intuición y la fantasía. En este punto, es necesario aclarar que, a pesar de que la mistificación del arte fue asumida por muchos de los integrantes de esta generación, es necesario distinguir el grupo que se constituye alrededor de Schelling del núcleo de los filósofos y poetas que dieron cuerpo al idealismo. Si bien ambos grupos pertenecen a la misma generación, beben de las mismas fuentes y ahondan en los mismos temas, la diferencia es que, frente al énfasis que los primeros ponen en el sentimiento y la imaginación, el idealismo alemán no se desembarazará en ningún momento del poder especulativo de la razón.

En el desarrollo que Schelling hace del idealismo y, en concreto, al hablar de su interés por la imaginación, es imprescindible aludir también a la influencia de Fichte. Llega este último a la convicción de que el conocimiento no parte del fenómeno, sino del propio sujeto, que es la base del idealismo alemán. Sin embargo, mientras que en Fichte el conocimiento del yo resulta irreductible, Schelling pretende hacerlo compatible con la naturaleza (un no-yo para Fichte y, por tanto, no sujeto de la filosofía).

A su vez, también debemos tener en cuenta la estrecha relación que en Schelling tiene la naturaleza con el arte, ya que ambos parecen ser producto de una fuerza creadora inconsciente. De ahí que vea el arte como el lugar de reconciliación y unidad de la naturaleza y del hombre.27 Considera que la naturaleza no puede ser ajena al espíritu y, por tanto, si entendemos la fuerza que está operando en la naturaleza, entenderemos el espíritu. En este punto, Schelling se hace eco de la idea organicista de la naturaleza tan reiterada por los románticos y que afirma que la naturaleza es voluntad inconsciente, mientras que el hombre es voluntad ya consciente de sí misma. De esta razón se deriva no solo que el infinito se manifieste en la naturaleza finita, sino que esta sea uno de los lugares a través de los cuales el ser humano puede alcanzar lo infinito. De ahí la importancia del arte: como la tensión entre lo infinito de la conciencia y lo finito de lo natural no es tematizable, queda expresamente reservada al arte, puesto que, como explica Inciarte, «sólo el arte consigue, gracias a la imaginación creadora, reconciliar lo irreconciliable, sintetizar lo finito con lo infinito, la consciencia con la inconsciencia» (2012: 73).

En 1800 Schelling publicó Darstellung des Systems meiner Philosophie, en el que intenta superar las aporías en las que estaba embarcada la filosofía durante estos años. Afronta la tríada arte, religión y filosofía, pero al contrario que en Hegel, aquí el arte ocupa el lugar más alto del sistema, pues «sólo a él le puede ser dado satisfacer nuestro esfuerzo infinito y solucionar en nosotros la contradicción última y extrema» (Schelling, 2012: 130).

Esto se entiende si se tiene en cuenta que, para Schelling, la intuición intelectual que está en juego en la filosofía solo otorga lo que se sabe, mientras que el arte aporta la identidad de lo subjetivo y lo objetivo.28 En este sentido, el arte eleva al hombre al conocimiento supremo por encima de dualidades y, por eso, es el terreno de la libertad. El arte es el obrar libre en el que se resuelven las contradicciones, y la figura que encarna la libertad no podría ser otra que la del genio, pues él produce desde la subjetividad pero con libertad.29 De ahí que la figura del genio se acabe volviendo clave a partir de esta época, ya que encarna la auténtica subjetividad libre. Además, si con la obra de arte se puede explicar cómo lo infinito puede manifestarse en lo finito, de manera similar el ser humano podrá alcanzar lo que para él sería imposible: la Infinitud. Por todo ello, el arte se le presenta a Schelling con un carácter de totalidad superior a la filosofía.

Por otro lado, también es necesario destacar la convicción de Schelling de que parte de la misión que la filosofía y el arte deben cumplir en el mundo moderno es la que tuvo la mitología en tiempos antiguos; es decir, una función religiosa. Al final de su obra Filosofía del arte encontramos una identificación del arte con el arte cristiano como única solución a las divisiones que provoca el mundo moderno:

El lazo íntimo que une el arte con la religión, la completa imposibilidad de dar al arte un mundo poético distinto del que existe dentro de la religión y, por otra parte, la imposibilidad de llevar la religión a una manifestación verdaderamente objetiva que no sea la del arte, hacen necesario que el hombre auténticamente religioso adquiera un conocimiento científico de la religión (Schelling, 1999: 505).

Tras esta argumentación que tiende a una mistificación del arte, lo que se esconde es, en realidad, la convicción de que el arte debe estar a merced de otros intereses como la religión o la política.30 Hegel estará de acuerdo con el romanticismo en la valoración del arte por su influjo en la cultura y el papel importante en la formación (entendida como ideal decimonónico de formación, Bildung) del espíritu de los ciudadanos, pero discrepa no solo en el alcance en la satisfacción, sino en el propio modo de entender el arte (Pöggeler, 1956).

En este sentido, ya en las primeras páginas de las Lecciones de estética encontramos una dura crítica a una consideración del arte que lo deje en función de otros intereses. El filósofo alemán refuta los planteamientos que consideran el arte como algo ocioso, superfluo, lujoso, inútil, que fomenta el ocio, la frivolidad y, además, se vale del engaño y la apariencia. Pero, además, también rechaza la concepción del arte como objeto de la sensación, de la intuición o de la imaginación, pero no de la razón. Quienes lo ven así le otorgan aparentemente un espacio de libertad desde el cual el arte podría cumplir la noble función de formar el espíritu y educar moralmente, tal como hacía Schiller. Sin embargo, Hegel considera que también esta perspectiva convierte al arte en un mero instrumento a favor de otros fines.31 Demuestra cómo en el fondo esta consideración del arte es servil y la rechaza.

A lo largo de la historia se le habían atribuido muchos fines nobles al arte, pero nunca se le había colocado en una posición tan elevada ni había jugado un papel tan determinante como el que protagoniza en el sistema hegeliano. Hegel simboliza este papel fundamental a través de la figura del puente en el que la mitad del arco corresponde a la historia universal, es decir, el espíritu objetivo, y la otra mitad, al arte, que se encuentra ya formando parte del espíritu absoluto.32 El arte se sitúa en el lugar más alto y es capaz de expresar el espíritu absoluto. En este sentido, como él mismo dice:

Por primera vez en esta libertad es el arte bello verdaderamente arte, y sólo resuelve su tarea suprema cuando se sitúa junto con la religión y la filosofía, convirtiéndose en una forma de hacer consciente y expresar lo divino, los intereses más profundos del hombre, las verdades más universales del espíritu (Hegel, 1989b: 14).

Aunque esta consideración del arte pueda parecer muy similar a la de las tesis principales del romanticismo, el hecho es que la estética de Hegel se opone frontalmente a ellas. En primer lugar, Hegel se distingue del romanticismo por considerar que ni el mito ni el arte pueden valer como instancia de conciliación y unificación. Este papel le corresponde únicamente a la razón, para lo cual tan solo es necesario rectificar su unilateralidad como pura razón analítica y convertirla en razón absoluta (Sánchez Meca, 2013: 167).

En segundo lugar, también se distancia del idealismo de Fichte y Schelling al considerar que el verdadero infinito solo puede ser el que, en la realidad, realiza su propia infinitud superando todo lo finito. En Hegel no basta con la manifestación en lo finito si luego este no se supera. Solo es verdaderamente real el infinito que ha incorporado en sí todos los momentos finitos. Por tanto, es la filosofía como máxima expresión de la razón, y no el arte, el lugar donde se toma conciencia de la unidad de la realidad. El arte es la forma sensible en la que el absoluto se aprehende a sí mismo intuitivamente, pero esta forma no es la más elevada. De ahí que, tal y como señala Pinckard, Hegel quiera determinar «qué papel podía jugar el arte en la vida moderna y que solo el arte en cuanto arte podía jugar» (2001: 747) una vez descartado su carácter de absoluto.

Para entender la visión hegeliana es necesario analizar a fondo las teorías de Hegel sobre el arte y entender el lugar que ocupa dentro de su sistema, cosa que haremos más adelante. Lo que corresponde hacer ahora es atender a la importancia que Hegel otorga a la historia y su decisiva influencia en la historización del arte.

1. Esta tesis ha sido defendida, por ejemplo, por Hans Blumemberg en La legitimación de la Edad Moderna (2008). Otros autores, como Karl Löwith, conciben la modernidad como una secularización de la teología o escatología cristiana (1958).

2. Precisamente por esto Voltaire en su obra Essaies sur les moeurs et l’esprit des nations (1877) comienza a utilizar el término «filosofía de la historia» en el sentido moderno, distinguiéndolo del uso teológico que tenía hasta entonces (Löwith, 1958: 9).

3. En el ámbito de las artes aludo en este trabajo especialmente a la literatura y la pintura, pero es necesario destacar que los propios románticos dedicaron también muchas reflexiones a la arquitectura, como puede verse en Goethe y su valoración de la arquitectura gótica y el desarrollo del neogótico (Marchán Fiz, 2010). Asimismo, la valoración especial que el Romanticismo hizo del sentimiento conllevó una revolución en el terreno musical, tal y como ha sido puesto de manifiesto por Rivera de Rosales (2006: 92-118).

4. «Como el talento mismo, en cuanto es una facultad innata productora del artista, pertenece a la naturaleza, podríamos expresarnos así: genio es la capacidad innata (ingenium) mediante la cual la naturaleza da la regla al arte» (Kant, 2007: 233).

5. El estatuto epistemológico kantiano se encuentra para Hegel limitado al ámbito del sujeto, lo cual no está exento de problemas, pues no logra la reconciliación entre necesidad (naturaleza) y libertad, entre lo particular y lo universal o entre la finitud y la infinitud, como bien se encarga de señalar: «Kant ofreció una representación de la contradicción reconciliada, pero sin desarrollar científicamente su verdadera esencia, ni poderla exponer como lo verdadero y únicamente real» (Hegel, 1989b, I: 55). A no ser que especifique lo contrario, las citas de esta obra corresponden siempre al volumen I.

6. De hecho, el propio Hegel vincula el paso a la «modernidad» con el inicio de la estética: «Lo mismo que es nuevo el descubrimiento de la filosofía en general, es también el nuevo descubrimiento de la ciencia artística; y propiamente, a este redescubrimiento debe por primera vez la estética como ciencia su verdadero nacimiento y el arte su valoración superior» (Hegel, 1989b: 54-55).

7. Como recoge Shiner en su libro, la Encyclopédie considera que las bellas artes son poesía, pintura, escultura, grabado y música, y las agrupa bajo la facultad de la imaginación, «como una de las tres principales divisiones del conocimiento, claramente aislada del resto de las artes, disciplinas y ciencias» (2004: 129). No obstante, en esta misma época se encuentran otras clasificaciones de las bellas artes. Por ejemplo, Batteux «incluyó tanto la oratoria como la danza, Kant incluyó la oratoria y el diseño de jardines o Roberston incorpora la oratoria, la jardinería, la danza e incluso la historia» (Shiner, 2004: 131).

8. No obstante, algunos autores señalan que el desarrollo de las bellas artes, centrado en la «figura» y en el estudio del clasicismo, fue perjudicial porque «basar

el arte en el estudio de la Antigüedad y no en la naturaleza significa negar su sustancia metafísica y someterlo al mismo proceso de laicización al que el pensamiento ilustrado había sometido todas las demás disciplinas» (Argan, 1980: 74). A este respecto también puede verse Fernández Uribe (1996).

9. Aludiendo a Schelling, Innerarity afirma: «La ocurrencia original del autor del Systemprogramm es la oposición de una razón narrativa, capaz de apresar la totalidad, de pensar lo distinto como unido, frente a una razón analítica que descompone, separa y desgarra [...]. La novedad estriba en recuperar el valor de verdad de la referencia de la razón a la totalidad, una referencia que tuvo en la Antigüedad forma mitológica, pero que puede ser recuperada como forma de racionalidad» (1993: 43).

10. Afirma Innerarity a este respecto: «La mitología política del idealismo alemán surge, por tanto, contra la pluralización sofística de los intereses, frente al con-

tractualismo individualista, como respuesta al fracaso que supone el intento fichteano de construir la comunidad política desde la subjetividad» (1993: 47).

11. La idea de que Dios habla a través de sus obras también es defendida en el romanticismo por Hamann en su obra Aesthetica in nuce (1760). Considera aquí que la naturaleza es un discurso de Dios a las criaturas, mientras que la obra de arte manifiesta la naturaleza en un lenguaje comprensible para los hombres. En realidad, esta idea siempre había estado de alguna manera presente en la reflexión sobre el arte. Kultermann explica en su estudio de la historia del arte que esto es así porque «la obra de arte se corresponde con la Naturaleza como un espejo y es la ocupación más elevada del hombre en su retorno hacia Dios» (Kultermann, 1996: 113).

12. Berlin ve en este protagonismo de la inventiva un giro importante de la historia del pensamiento humano, pues por primera vez se considera que «los ideales,

los fines, los objetivos no se descubren [...] sino que se inventan; no se encuentran en algún lugar sino que se crean del mismo modo en que el arte es creado» (2000: 121).

13. De ahí que pueda hablarse de un progresivo proceso de estetización de la política, como explica Marchán Fiz (2010: 280-289). A esta estetización de la política, que sigue la idea romántica del arte y se continuará en l’art pour l’art, se le contrapondrá, como afirma Benjamin, la politización del arte: «Así sucede con la estetización de la política que propugna el fascismo. Y el comunismo le responde por medio de la politización del arte» (2008: 47).

14. Gadamer no solo señala la correspondencia entre Ilustración y Romanticismo, sino que muestra el camino para poder superar el prejuicio moderno de que era mejor comenzar de cero que basarse en la tradición. Para llevar esto a cabo se basa en la idea de distancia histórica, que ya no se comprende como un tiempo pasado irrecuperable, sino como una realidad innegable que abre posibilidades positivas de comprensión.

15. «La significación de lo estético se enriquece con la dimensión práctica que tiene el arte como necesidad humana fundamental, pues reabre el interés por su capacidad para configurar el éthos en la sociedad moderna, al modo como en la época antigua configuró la religión y con ello el sentido de lo divino y de lo humano, o como en la sociedad cristiana hasta los tiempos del Renacimiento y la Reforma protestante, cuando también el arte configuró para el hombre común los misterios de la vida, de la muerte y de la salvación» (Domínguez Hernández, 2003: 124).

16. El fenómeno de la religión del arte ha sido analizado por Jean-Marie Schaeffer en L’Art de l’âge moderne. Esthétique et philosophie de l’art du XVIII siecle à nos jours (1992). Este autor considera que la sacralización filosófica del arte que llevó a cabo el Romanticismo ha repercutido en la crisis del arte actual. Para solucionar dicha crisis propone una «desacralización» del arte con el fin de despojarlo de las concepciones metafísicas y trascendentes que asumió durante esta época.

17. De hecho, la primera historia del arte de la Edad Media, Historia del arte en los monumentos (1811-1823), había sido realizada en el ámbito francés por J. B. Seroux d’Agincourt. Provocó una gran impresión y suscitó una nueva reflexión y valoración de esta época. Es muy significativo ver cómo ya en ella puede apreciarse un intento de presentar la historia del arte de forma sintética desde un punto de vista evolutivo, «convirtiendo así el devenir del arte en el contenido de su libro» (Kultermann, 1996: 119).

18. Overbeck diseñó un emblema en el que se mostraba a san Lucas dentro de un arco con las siglas de cada uno de ellos (HWPOVS) que debía figurar en la parte trasera de todos los cuadros. A ellos se unirían después otros pintores que por su estilo de vida austero y sus largas melenas se ganarían el apodo despectivo de «los Nazarenos». Entre ellos podemos encontrar a Peter von Cornelius, Philipp Veit, Johann Heinrich Ferdinand von Olivier y Julius Schnorr von Carolsfeld. Un buen análisis de la práctica artística de este grupo, así como del resto de autores románticos, puede encontrarse en Honour (1984).

19. Estas obras no son simples paisajes, sino que, como ya puso de manifiesto Ramdohr, son alegorías comprensibles solo desde fuera de la obra, lo cual en su opinión las reducía a símbolos. También D’Angelo afirma que «el misticismo de los románticos condena pues a la obra a convertirse en instrumento de la idea» (1999:

20). Aunque podría decirse algo parecido de la obra de William Turner, en este autor encontramos una espiritualización de lo profano en la que no hay referencias a nada sagrado. Por otro lado, si se tiene en cuenta cómo el Romanticismo se enfrenta a la tecnificación del arte que comienza en el Renacimiento, se entiende que otorgue tanta importancia a lo espiritual. De ahí el camino que, como explicó Robert Rosenblum (1975), conduce de la figuración a la abstracción en el arte contemporáneo. Además, la comprensión del arte en términos religiosos, salvíficos o redentores volverá a pre-

sentarse de manera explícita en las vanguardias históricas con la búsqueda del arte puro, y en el arte de la segunda mitad del siglo XX en artistas como Mark Rothko, Barnett Newman o, en otro orden, Joseph Beuys, que mantienen una continuidad con las ideas románticas de espiritualidad o mitología. Los autores románticos no podían siquiera imaginar la influencia que sus reivindicaciones llegarían a tener en la historia del arte; por ello mismo es interesante analizarlos hoy en día, después de haber visto sus repercusiones.

20. Esta centralidad de lo religioso no atañe únicamente a los temas, también supone la transposición de términos puramente religiosos al mundo del arte. En este sentido, se entiende el concepto de museo como «iglesia estética», defendido por F. Schlegel, W. H. Wackenroder o F. Schleiermacher. Esta idea fue llevada a la práctica por F. Schinkel en 1825 en el proyecto del Museo Real de Berlín. El museo ya no era solo el lugar en el que almacenar obras, sino el nuevo santuario en el que contemplar y elevar el espíritu con obras intemporales. Para una mayor explicación puede verse Klotz (2000: 52-57). Hoy en día ocurre lo contrario: las iglesias vacías se convierten en museos, restaurantes o salas de música, sacralizando de esta manera el ocio contemporáneo.

21. «La asociación entre pintura y mitología cristiana es una reelaboración de August Schlegel de lo que en Wackenroder era mera predilección por la pintura religiosa alemana de la Edad Media. August Schlegel percibe en ello algo revolucionario,

aunque más desde el punto de vista político que desde el punto de vista estético puro» (Domínguez Hernández, 2003: 129).

22. Para contrarrestar la crítica recibida de Goethe en la exposición de arte alemán en Roma de 1819, Friedrich Schlegel la reseñó ese mismo año en Sobre la exposición del arte alemán en Roma. Cuatro años después, en 1823, publicó otra defensa de este grupo bajo el título Consideraciones e ideas sobre el arte cristiano. Finalmente, en 1825, volvió a publicar el primer texto, pero ampliado con nuevas y significativas consideraciones. Como expone con agudeza Domínguez Hernández, en esta ocasión carga las tintas contra el «arte antiguo» por el «espíritu pagano del academicismo» y rezuma triunfalismo por el reconocimiento oficial, que ya se había producido, de la belleza cristiana de la pintura de los Nazarenos, que ha conquistado las Academias, gracias, qué duda cabe, a sus políticas beneficiosas (2003: 135-136).

23. Junto a la obra de F. Schiller (1795) podemos encontrar también La Cristiandad o Europa de Novalis, en la que se proyecta sobre la Iglesia católica la unidad espiritual en Europa, truncada con la aparición de la Reforma (Novalis, 2004: 97-120).

24. En el fragmento 216 del Athenäum, de hecho, puede leerse: «La Revolución francesa, la Teoría de la Ciencia de Fichte y el Wilhelm Meister de Goethe son las grandes tendencias de la época. Quien se escandalice por su agrupación, a quien no le parezca importante cualquier revolución que no sea ruidosa y material, puede decirse que aún no ha alcanzado la visión de la historia de la humanidad desde la cumbre» (Schlegel, 1987: 139).

25. Aunque es cierto que no es del todo clara la autoría de esta obra, Madureira ha puesto de manifiesto que en los escritos de juventud de Hegel el arte siempre está incluido en la religión, debido a que ambos comparten el componente sensible y la función estetizante, por lo que no es descabellado pensar que asume lo que se dice en el Systemprogramm (Madureira, 2009: 47-48).

26. Tal y como defiende Rivera de Rosales, se trata de que esta nueva mitología «haga sensibles las ideas y la razón, que las exprese estéticamente y, por medio de la belleza, las convierta en algo sentido, vivido [...]; se exige una nueva simbología fundante que se ponga al servicio de las ideas de la razón y de la libertad a las que ha llegado el Idealismo (Kant y Fichte) realizando la síntesis de éstas con nuestra finitud y facticidad» (Rivera de Rosales, 2001: 425).

27. «Sólo más allá de la división originaria que incorpora la conciencia puede aparecer como dada la armonía entre necesidad y libertad, porque estos dos términos ya son producto de una escisión, sólo puede encontrarse en la prehistoria del Yo, antes de que brille el entendimiento y que la razón se enseñoree de su conciencia de libertad a través de la acción moral, es decir, en el mundo todavía no consciente, en la naturaleza» (López y Rivera de Rosales, 1988: 83).

28. A este respecto, Schelling afirma: «Retira del arte la objetividad y entonces deja de ser lo que es y se convierte en filosofía. Dale a la filosofía la objetividad, y entonces deja de ser filosofía para convertirse en arte. La filosofía alcanza ciertamente lo supremo, pero eleva a este punto sólo un fragmento del hombre [...]. El arte eleva al hombre entero tal y como es al conocimiento de lo supremo, y sobre esto reposa la diferencia eterna y el milagro del arte» (2012: 141).

29. «Sólo en el arte puede aparecer el genio, capaz de resolver por la intuición una contradicción que de otra forma hubiera sido irresoluble, incluso en contra de la

voluntad del hombre en quien se presenta la genialidad» (López y Rivera de Rosales, 1988: 88). Mientras que en Schelling la libertad está personificada en la figura del genio como aquel que actúa sin determinaciones, para Hegel la libertad no es más que el conocimiento de la necesidad. Un planteamiento mucho más spinozista que Schelling trata de superar.

30. Para un estudio más detallado de este aspecto puede acudirse a Cascales (2017: 185-226).

31. Hegel considera una contradicción el hecho de que la finalidad del arte sea moral, puesto que indicaría una falta de verdad en el modo de manifestarse del espíritu. Los pasos argumentativos son los siguientes: el hecho de que el arte reproduzca los sentimientos humanos tiene como fin suavizar las pasiones a través de la función catártica, pero para que esto realmente fuera eficaz habría que hacer explícitos los elementos regulativos que permiten el control, lo cual llevaría a enunciar la enseñanza moral como la finalidad del arte. Pero si la ley moral se convierte en el fin del arte se revela una contradicción con la expresión particular y sensible propia de la representación artística, y el arte deja de ser fin en sí mismo. No obstante, Hegel no niega que el arte tenga poder para evocar los sentimientos, ni que tenga valor moral; lo que afirma es que todo eso se consigue cuando atiende a su propio fin. En este sentido, el arte expresa la moralidad de la subjetividad en la medida en que presenta dicha subjetividad como falsedad y engaño.

32. «El espíritu pensante de la historia universal, en tanto que se despoja al mismo tiempo de aquellas limitaciones [que son] propias de los espíritus particulares de los pueblos y de su propia mundanidad, comprende su universalidad concreta y se eleva al saber del espíritu absoluto, como saber de la verdad eternamente real y efectiva» (Hegel, 1997: 571).

2.

La profecía hegeliana del «fin del arte»

El contexto del romanticismo estético que acabamos de ver, en el que Hegel escribe y al que se enfrentará frontalmente, es fundamental para comprender de manera adecuada el lugar del arte en el sistema de Hegel. Pero también es necesario saber que la función que otorgó al arte varió, según fue profundizando en él a lo largo del tiempo, desde sus primeras a sus últimas obras. Exponer la transformación que se da en el arte ayuda a comprender el papel del arte y el lugar privilegiado que este ostentará en sus últimas obras. Esta revisión del concepto servirá para situar de manera adecuada el problema del «fin del arte» en Hegel.

En las siguientes páginas trataré, en primer lugar, de exponer la transformación del sentido del arte en la trayectoria intelectual de Hegel: de ser un mero apéndice en la Fenomenología del espíritu (1807), pasa a ocupar un lugar privilegiado en el espíritu absoluto, como puede verse en las Lecciones de estética (1831). En este primer apartado, comenzaré analizando el papel que juega el arte en la Fenomenología. Después estudiaré el carácter sistemático desarrollado en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, así como uno de los temas más controvertidos actualmente sobre si la estética de Hegel debe leerse desde un prisma fenomenológico o sistemático. Por último, examinaré el pensamiento estético de Hegel expuesto en las Lecciones de estética.

El tema en torno al cual vertebraré este desarrollo es la comprensión del carácter pretérito del arte. Por eso, en el segundo apartado desarrollaré cuál es la discusión abierta hoy en día sobre la interpretación del pensamiento hegeliano en lo que se refiere al «fin del arte». Para ello mostraré las diferentes interpretaciones que pueden hacerse del arte y su «fin», clasificándolas en cinco grupos interpretativos. Todo ello ayudará a examinar con mayor rigor, en los siguientes capítulos, las similitudes y diferencias del planteamiento hegeliano respecto al «fin del arte» proclamado por Arthur Danto.

EL LUGAR DEL ARTE EN LA FILOSOFÍA HEGELIANA

Como se ha visto, el romanticismo exaltó el arte y le confió la formación espiritual de los individuos hasta convertirlo prácticamente en una religión. Sin embargo, y a pesar del lugar preeminente que le otorga en su obra, Hegel va a delimitar sus posibilidades. De hecho, precisamente una de las interpretaciones que puede hacerse del fin del arte tiene que ver con el establecimiento del punto y final de la religión del arte, algo que no se comprendería bien si no se pusiera en relación lo dicho en las Lecciones de estética con la tradición en la que Hegel se inscribe. También la estrecha correspondencia entre arte y religión configura gran parte de la cohesión de las distintas obras en las que Hegel trata el arte1 y aporta luz sobre el lugar de este en el espíritu absoluto y su estatuto a la vez histórico y transhistórico.

A continuación examinaré los diferentes cambios que sufre el arte a lo largo de la producción intelectual del filósofo alemán. La exposición genealógica ayudará a comprender mejor las diferencias entre las interpretaciones sistemáticas o fenomenológicas de su pensamiento. A partir de ellas trataré de mostrar cómo se puede comprender mejor su afirmación de que el arte es «para nosotros un pasado».

La religión del arte en la Fenomenología del espíritu

El acercamiento del joven Hegel al arte está intrínsecamente relacionado con los intereses que este cultivó en sus años de residente en el seminario de Tubinga. En esos momentos da una gran primacía a lo teológico y el arte aparece todavía subordinado a la religión, como se ve en sus escritos anteriores al Primer programa de un sistema del idealismo alemán. En ellos el arte está vinculado a la religión dentro de la noción de «mitología de la razón», un concepto con el que Hegel quiere definir una mitología al servicio de las ideas, una especie de nueva religión que salve la tradición pero se asiente en la razón. En estos momentos, lo estético en sí está solo relativamente subordinado a la religión, pues en ocasiones se confunde con ella. Esto se debe a que, como he dicho en el capítulo anterior, en esta etapa de juventud Hegel considera que tanto el arte como la religión comparten el componente sensible y la función estetizante. De hecho, Hegel tardará mucho tiempo en distinguir ambas esferas y solucionar los problemas que lleva consigo su identificación.

En la primera etapa de su vida, la obra más importante de Hegel es la Fenomenología del espíritu (Phänomenologie des Geistes, 1807). Publicada en la época de Jena, en ella el arte se encuentra dentro de la religión, en un apartado titulado «la religión del arte» (Kuntsreligion).2 A pesar de esta ubicación secundaria, ya desde aquí puede apreciarse el papel fundamental que el arte va a tener dentro del sistema hegeliano.

Para comprender este papel del arte, antes es necesario recordar algunos aspectos del sistema hegeliano, tal y como se desarrolla en la Fenomenología del espíritu, donde lo expone por primera vez con amplitud. El sistema dialéctico, a través de negaciones y afirmaciones, va llegando a síntesis superiores del conocimiento. Van produciéndose así distintas etapas que son entendidas como momentos necesarios del despliegue del espíritu, que debe salir de sí para tomar conciencia de sí en el retorno. De tal manera que, al recorrer ese proceso, lo que se obtiene es la determinación de cada uno de sus momentos: el espíritu subjetivo, objetivo y absoluto. En el perderse y recuperarse, en el superarse, es donde el espíritu se desarrolla, y a través de esas fases se alcanzan las cotas más altas tanto de racionalidad como, por ende, de realidad.

El espíritu (Geist) lo contiene todo dentro de sí desde el principio, aunque solo al final se completa su reflexión y deviene sujeto. ¿Quiere decir esto que el espíritu es resultado? Sobre esto Hegel afirma que «lo verdadero es el todo» y que «de lo absoluto hay que decir que es esencialmente resultado» (2004b: 16). De tal manera que para Hegel la verdad es la verdad que se encuentra en el desarrollo dialéctico completo del sistema. De ahí que, al ser cada momento finito, solo pueda manifestar de manera parcial o limitada la verdad. Aunque desde otro punto de vista cabe afirmar, asimismo, que todo momento, en tanto que momento, también es verdadero. Pero lo finito debe ser entendido como un momento del despliegue de la vida del infinito, como parte de un movimiento que supera su propio límite.3

No obstante, esto no quiere decir que la verdad esté dada solo al final, entendiendo el final como término de un proceso lineal, pues para Hegel el proceso es circular. Todo está ya dado desde el comienzo de alguna manera; sin embargo, la procesión reflexiva requiere recorrer todos los momentos. Como ocurre con el círculo, da igual por dónde se empiece, puesto que el final ya está contenido en el principio y viceversa.4 Se empieza presuponiendo el objeto de estudio, el ser, y se llega a justificarlo desde la reflexión, de modo que lo que era supuesto aparezca al final como resultado. Ahora bien, lo que se conoce después estaba ahí desde el inicio,5 solo se trata de hacer explícito lo implícito.

Cada momento, como momento, es real y contiene verdad. Todas las determinaciones finitas no son sino «momentos» de lo infinito. El infinito es, pues, el todo o la totalidad de lo real. El espíritu se despliega, sale fuera de sí, para alcanzar la autoconciencia y libertad a la que aspira. No obstante, no alcanza nada fuera de sí que no contuviese ya. Hegel trata de mostrar el dinamismo del espíritu evitando una separación radical entre finito e infinito. En cierto sentido, ser libre no es más que el estar-consigo-mismo del espíritu autoconsciente. La reconciliación completa del espíritu consigo mismo solo es posible en el espíritu absoluto, tal y como se muestra en la Fenomenología del espíritu.

En concreto, en esta obra se muestra sobre todo el desarrollo de un aspecto del sistema, en su aspecto fenomenológico, aquel que procede desde la conciencia alienada en la naturaleza hasta la toma de conciencia del espíritu absoluto. Se desarrolla de la siguiente manera: la certeza subjetiva, interior, que se tiene del objeto se exterioriza, sale de sí, para alcanzar la forma de verdad objetiva, de tal modo que se supere la certeza del sujeto y se alcance la verdad. La reconciliación perfecta entre la conciencia, de la que se parte en este estadio, y la autoconciencia, a la que se llega, da paso al saber absoluto, a una autoconciencia libre y autónoma. En el desarrollo vemos cómo la conciencia va adecuándose a sí misma.

Hegel afirma que este libro trata de la «ciencia de la experiencia de la conciencia» (2004b: 60). Esta expresión, que aparece como subtítulo en algunos ejemplares de la primera edición (Duque, 1998: 504), muestra la pretensión de toda la obra: examinar los diversos momentos que atraviesa la conciencia del espíritu hasta que llega a tenerse a sí mismo, hasta llegar a la máxima autoconciencia. Las formas en las que la conciencia va percatándose de sí se suceden unas a otras conformando los diferentes estadios desplegados históricamente.

Una cuestión muy interesante de este análisis fenomenológico es que Hegel comience su proceso desde el estadio más básico y enajenado; desde el acceso más básico al mundo, que es el conocimiento sensible. La conciencia aún no sabe que el espíritu ha salido de sí. Pero lo ha hecho, y tras ello, el espíritu es capaz de reconocerse en la realidad sensible o en el objeto creado por sus manos. En este sentido, el arte, en tanto que realización, se presenta ya en este estadio como fundamental en la toma de conciencia del espíritu, pues resulta un ámbito apropiado en el que el espíritu reflexiona sobre algo que lleva a cabo fuera de sí. Por esto mismo, afirma Hegel: «La autoconciencia es la reflexión, que desde el ser del mundo sensible y percibido, es esencialmente el retorno desde el “ser del otro”» (Hegel, 2004b: 108).

Más adelante Hegel muestra que, a través de la contraposición entre la conciencia y el objeto, o la certeza y la verdad, se va adquiriendo la autoconciencia: «La autoconciencia se presenta aquí como el movimiento en que esta contraposición se ha superado y en que deviene la igualdad consigo misma» (Hegel, 2004b: 112). A su vez, según va avanzando el proceso, la autoconciencia deviene razón. Por tanto, sabe que conocer significa conocerse y, al mismo tiempo, sabe que necesita de la intersubjetividad para realizarse plenamente como razón. En este sentido nos dice Hegel: «La razón invoca la autoconciencia de cada conciencia: yo soy yo, mi objeto y esencia es yo, y ninguna de aquellas consciencias negará esta verdad ante aquella» (Hegel, 2004b: 144-145). En la razón se ha superado –pero no perdido– la individualidad de la conciencia: ya no hay oposición con el mundo, sino unión con el universal. Por ello mismo, la razón encuentra su lugar en el reconocimiento intersubjetivo de un pueblo libre (Dri, 1999).

Se hace necesario en este punto mencionar la imbricación que existe entre espíritu e historia, ya que para Hegel no hay espíritu sino en la historia: «Solamente el espíritu en su totalidad es en el tiempo, y las figuras que son figuras del espíritu como tal se presentan en una sucesión» (Hegel, 2004b: 397). Se trata, por consiguiente, de ver cómo se despliega, se pierde y se recupera el espíritu en la historia y cómo en ese proceso de «en sí», «para sí» y «en sí y para sí» el espíritu absoluto se tiene a sí mismo como autoconsciente. El espíritu no es algo meramente abstracto, sino que su reconciliación acontece en el momento histórico concreto.6 Los procesos históricos le sirven a Hegel para conocer y entender cuál es el proyecto que gobierna y ordena la historia del mundo, ya que no todo lo que sucede en el tiempo pertenece a la historia del espíritu. Solo lo que es conforme al concepto es historia; lo demás es «corrupta existencia». Por ello es necesario afirmar que la realidad efectiva no es la realidad empírica, sino que lo efectivamente real es lo que es acorde con el concepto.7 Pero, además, solo el espíritu objetivo tiene historia. El espíritu absoluto se manifiesta en la historia, pero no es histórico. El arte, la religión o la filosofía, puesto que forman parte del espíritu absoluto, se dan en la historia, esta les afecta, pero no se identifican con los avatares históricos.8

Dentro de este proceso es importante tener en cuenta que Hegel considera que el espíritu se ha expresado de manera adecuada a través de las obras de arte. Las obras de arte, durante mucho tiempo, han servido para representar a las divinidades, por lo que Hegel considera que el arte ha permitido a los seres humanos mantener una relación directa e intuitiva con lo divino. Relacionarse con lo divino consistía en relacionarse con la representación que se hubiera forjado, ya estuviera más unida al mundo natural, animal, humano o sobrenatural. La expresión de este desarrollo histórico se recorre en la Fenomenología a través de las diferentes etapas de la religión del arte.

La religión del arte está precedida en esta obra por la religión natural y desemboca en la religión revelada. Mediante la religión del arte, figura central del apartado de la religión, el espíritu se objetiva y se pone frente a sí, es capaz de distinguirse y, a la vez, de reconocerse en su obra. Mediante este salir de sí, el espíritu reflexiona sobre sí mismo, se sabe para sí a través de la figura del arte históricamente instalada en el tiempo. A continuación expongo estos tres momentos en los que aludiré, aunque de forma breve, a sus respectivas tríadas, como es usual en Hegel.

a) La religión natural

Al inicio del primer momento, la religión natural (natürliche Religion), Hegel hace una aclaración que habrá que tener en cuenta a lo largo del capítulo, puesto que aunque hable de distintas religiones no está más que aludiendo a «los distintos lados de una sola» (2004b: 401).9 La diferencia estriba en las distintas formas en las que se manifiesta. Con ello puntualiza que no se trata de un análisis interreligioso, sino de ver las diferentes formas en las que el espíritu va tomando conciencia de sí, en las que adquiere la forma que le es propia como objeto de conciencia. Para el filósofo alemán, la religión natural se articula en tres momentos que coinciden con la religión de Persia, la de la India y la de Egipto.

La primera forma dentro de la religión natural es la persa, la religión de la luz, que se identifica con el oriente en el sentido más etimológico del término latino oriens, un amanecer sin ocaso. En un segundo momento de la religión natural, en la de la India, el espíritu se desarrolla a través de la religión de la percepción espiritual «en la que el espíritu se escinde y desintegra en la innumerable pluralidad de espíritus» (Hegel, 2004b: 404). Se puede decir que los objetos están divinizados por el espíritu; tanto se considera presente el espíritu en la naturaleza que no se duda en hablar de panteísmo. Las vidas animales, el espíritu de los pueblos son conscientes de sí, pero sin universalidad.10

Sin embargo, la inconsciencia de la naturaleza empieza a ser superada por una leve conciencia que se va adquiriendo a través de la producción de la obra. En esta producción de la obra se advierte la primacía del trabajador, todavía no separado del modo de producir de la naturaleza, que da paso progresivamente a una nueva figura, la del artesano (Werkmeister). En el tercer momento de la religión natural, el artesano lleva a cabo un trabajo más bien instintivo, no libre, puesto que la obra no es para él. Aquí el espíritu va descubriéndose y encontrándose a sí mismo.11 En concreto, la realización de las obras de este momento se suele asociar con el arte egipcio, y en concreto con su arquitectura, puesto que alude a las pirámides y a los obeliscos como formas geométricas todavía sin gran definición.

No obstante, pese a la evolución del artesano, Hegel hace hincapié en que en este momento todavía hay ausencia de lenguaje, lo que manifiesta una falta de interioridad. Es el artesano el que tiene como fin unir las dos partes del espíritu: el elemento universal, lo inorgánico, con la singularidad, la síntesis de lo interno y lo externo que antes estaban disociados: «El artesano unifica ambas cosas en la mezcla de la figura natural y de la figura autoconsciente y estas esencias ambiguas y enigmáticas [...] irrumpen en el lenguaje de una sabiduría profunda» (Hegel, 2004b: 407). Es así como el espíritu penetra en la interioridad y esta se vuelve autoconsciente. Es el paso del artesano inconsciente, anónimo, a la particularidad autoconsciente del artista. Esta autoconsciencia permitirá la aparición del arte como tal, como fin en sí mismo, alejado de la utilidad de la artesanía. Este último aspecto es importante, ya que supone el paso a la religión del arte (Kuntsreligion). En este momento se ve con claridad la separación entre el ser-en-sí y el ser-para-sí. El primero consiste en que el espíritu natural e inconsciente que trabaja se convierte en materia, en una obra, a través de la cual el espíritu, en un segundo momento, tiene noticia de sí, se vuelve autoconsciente.

b) La religión del arte

Es en la dimensión religiosa del arte donde se produce el encuentro del espíritu con su forma de conciencia correspondiente. Sin embargo, mientras halla la forma que le corresponde, la conciencia (que en este caso es la conciencia del creyente) vive a través del culto la experiencia del doble desasimiento: «Mientras que el sí mismo singular se aliena para elevarse hasta la esencia divina, esta, a su vez, deja su carácter abstracto para identificarse con el sí mismo singular» (Díaz, 2008: 231).12

En la exposición del culto de la religión que Hegel desarrolla en la Fenomenología del espíritu el autor es consciente de la ruptura de la armonía que se presentaba en el espíritu ético, la desarmonía de la verdad de un ser con su certeza, la traición de la sustancia que al tomar demasiada conciencia se transforma en sujeto. De hecho, el espíritu que retorna aquí, en el culto, es el espíritu objetivo (eticidad, cultura y moralidad), aunque se aluda a él mediante su primera forma, el espíritu ético (Bubner, 2007: 296-309). Retorna a sí de forma autoconsciente y activa para que, mediante la actividad del artesano, surja como objeto y con ello resurja el espíritu moral. Así lo afirma Hegel:

El espíritu ha elevado su figura, en la que el espíritu es para su conciencia, a la forma de la conciencia misma y hace surgir ante sí esta forma. El artesano ha abandonado el trabajo sintético, la mezcla de las formas extrañas del pensamiento y de lo natural; habiendo ganado la figura la forma de la actividad autoconsciente, el artesano se ha convertido en el trabajador espiritual (2004b: 408).

El paso del artesano inconsciente a la autoconsciencia del artista permite la aparición de la obra de arte. Y la obra de arte absoluta comparece cuando la sustancia se distancia de sí misma hasta tenerse delante y poder dejarse atrás: «La belleza del arte antiguo aparece cuando el espíritu se ha elevado por encima de su realidad, cuando ha retornado de su verdad objetiva al puro saber de sí mismo» (Hyppolite, 1974: 496). En este sentido, la toma de conciencia supone estar por encima del ser y, por tanto, tener conciencia de la finitud y de su inquietud infinita (Hegel, 2004b: 408). En esta línea, un poco más adelante explica: «La religión del espíritu ético es su elevación por sobre la realidad, el retorno desde su verdad al puro saber de sí mismo» (Hegel, 2004b: 408). Esta toma de conciencia se expresa en las obras de arte, se conoce a través de las obras que produce, ya que el espíritu solo conoce de sí mismo lo que se manifiesta.13

Por tanto, la religión del arte es un momento esencial en la toma de conciencia del espíritu. Puede que el hecho de denominar a este momento «religión del arte» se deba a la fuerza que dicha expresión había tomado en el romanticismo, como he explicado anteriormente. Sin embargo, el filósofo alemán marca desde esta obra de juventud una importante distancia con la concepción romántica, pues la religión del arte está destinada en su obra a ser superada por la verdadera religión. En la Fenomenología del espíritu se puede ver cómo el espíritu se eleva por encima de sus objetividades (espíritu objetivo): «El espíritu ha elevado su figura, en la que el espíritu es para su conciencia, a la forma de la conciencia misma y hace surgir ante sí esta forma» (Hegel, 2004b: 408). Mediante la religión del arte el espíritu se objetiva y se pone frente a sí, es capaz de distinguirse y, a la vez, reconocerse en su obra. De esta manera se abre un espacio a la interioridad distinto de la exterioridad. Por ello, también en la Fenomenología del espíritu la religión del arte da paso a la religión revelada. Con ello, se puede ver un progresivo crecimiento del arte, desde un aspecto residual en el Primer programa de un sistema del idealismo alemán a una independencia completa en la Enciclopedia. En definitiva, no será hasta que aparezca la religión revelada, hasta la llegada del cristianismo, cuando se abra totalmente la subjetividad y el espíritu pueda contemplarse verdaderamente a sí mismo.

Dentro de la religión del arte Hegel distingue tres momentos en los que se vuelven a reproducir, de algún modo, los tres estadios de la religión, pero esta vez visibles en un objeto, en la obra de arte. Este devenir está formado en primer lugar por un arte abstracto, objetivo; en segundo lugar, por un arte viviente donde se unen lo humano y lo divino; y, por último, por un arte espiritual donde se hace presente la conciencia desgraciada y se da paso a la religión revelada.

La primera figura de la religión del arte es la obra de arte abstracta y es en ella donde el espíritu ético aparece en la forma de puras figuras divinas. Es abstracta en la medida en que es pura objetividad y en la medida en que el espíritu creador se olvida a sí mismo, se enajena, en la obra. La obra es engendrada en la conciencia y producida por manos humanas, razón por la cual va tomando conciencia de sí a la vez que supera la diferencia con su espíritu.

La conciencia deberá moverse desde la obra a su autoconciencia. A su vez, esta autoconsciencia se endereza en el culto para suprimir la distinción respecto de su espíritu y con ello producir lo que será la obra de arte viviente. Por esta razón hay una disociación entre la conciencia que engendra y la producción que llevan a cabo las manos humanas. La manera en la que nos damos cuenta de que todavía no se ha eliminado tal distinción es que su forma queda como una cosa, esto es, como un objeto representado por la estatua.14 Con ello quiere poner de manifiesto la diferencia entre la particularidad de la forma y la universalidad de la esencia. Diferencia que se va acortando en la medida en la que el concepto va abstrayendo las formas orgánicas particulares. Con este sentido evolutivo de las formas artísticas, Hegel se refiere al espíritu y su toma de conciencia, pero inevitablemente se transmite también la idea de un cierto «progreso» artístico. Los ejemplos de esta primera forma de arte no dejan duda de que se refiere al espíritu, representado en este caso por el dios:

La figura del dios se despoja así en ella misma de la penuria de las condiciones naturales del ser allí animal e indica las disposiciones interiores de la vida orgánica en su superficie y como perteneciente solamente a ésta. Pero la esencia del dios es una unidad del ser allí universal de la naturaleza y del espíritu autoconsciente que en su realidad se manifiesta como contrapuesta a aquel (Hegel, 2004b: 411).

La contraposición entre la universalidad de la esencia y la autoconciencia de su finitud es paralela a la del obrar (el ser creada en la conciencia) y la del ser cosa (ser elaborada por manos humanas). De tal modo que «el artista experimenta en su obra el no haber creado una esencia igual a él» (Hegel, 2004b: 412). A esta falta de unidad e interioridad, de alma, se contrapone el dios que tiene el lenguaje, esto es, el himno, como elemento de su figura.

En el himno el elemento central es el lenguaje, que es visto como alma, como si estuviera animado desde dentro: por ello tiene «su pura interioridad como el ser para otros y el ser para sí de los singulares» (Hegel, 2004b: 413). El himno no es el lenguaje primario del oráculo en el que la conciencia todavía se sentía extraña, sino que lo propio de este lenguaje es que se sabe lo que dice, en él se abre progresivamente una interioridad donde puede darse la conciencia.

La unión de aquello que aparecía como cosa (artes plásticas) y aquel saber sobre el decir es el culto, en el que se da una unión de esencia y de forma. En el culto, que se encuentra en el canto de los himnos, «se da el sí mismo la conciencia del descender de la esencia divina de su más allá a él y ésta que anteriormente era lo irreal y solamente objetivo, adquiere de este modo la realidad propiamente dicha de la autoconciencia» (Hegel, 2004b: 415). El culto supone una depuración consciente del espíritu a través de la enajenación de la cultura, pero todavía no es la completa interioridad.

Pero esta última parte no es solo lenguaje, sino que va acompañada del obrar. La acción del culto es el sacrificio. Este sacrificio tiene como fin, por un lado, suprimir y superar la abstracción de la esencia, convirtiéndola en objeto real y, por otro, suprimir y superar lo real para elevarlo a lo universal (Hegel, 2004b: 416). La esencia misma se sacrifica cuando se entrega un animal o se entregan los frutos de Baco y Ceres, representación de lo que luego será el verdadero sacrificio del cristianismo: el cordero de Dios, el cuerpo y sangre de Cristo.

Por su parte, la obra de arte viviente –segunda figura de la religión del arte– es donde el hombre pasa a ser la figura elaborada de lo divino. Con la obra de arte viviente Hegel se refiere a las fiestas y juegos olímpicos, en los que hay una inmediata unidad entre lo humano y lo divino, de tal modo que es el propio hombre quien se presenta a sí mismo sabiéndose uno con la esencia divina. El hombre real se representa a sí mismo en las danzas báquicas y en la belleza apolínea de los atletas. Se trata de una obra de arte viva porque es el hombre quien se pone a sí mismo, quien pasa a ser la figura elaborada en las fiestas y los juegos que se tributan en su honor, esto es, en los juegos olímpicos. Sin embargo, tal y como afirma Hyppolite, es un momento de la exterioridad sin interioridad: «Lo místico inconsciente y la corporalidad bella se juntan, pero a lo místico le falta la posesión de sí y a la corporalidad la profundidad de la esencia» (Hyppolite, 1974: 499-500).

Por tanto, desaparece el equilibrio que se daba anteriormente, y a lo místico le sigue faltando autoconciencia, la interioridad del lenguaje. Sin embargo, lo que le falta solo se le puede dar por revelación: «Solamente el sí mismo es revelado ante sí, o lo que se revela se revela solamente en la certeza inmediata de sí» (Hegel, 2004b: 419). A su vez, se ha roto el equilibrio al poner demasiado peso en lo externo, en los bellos cuerpos, de tal modo que el espíritu se ha perdido: «En esta enajenación que va hasta la total corporeidad, el espíritu se ha despojado de las particulares impresiones y resonancias de la naturaleza» (Hegel, 2004b: 421). El pueblo, como tal, es consciente de haberse despojado de su universalidad.

En este proceso se ha pasado del arte cósico y falto de espíritu, como eran las pirámides, a un arte plástico, como es el escultórico, en el que se separaban las formas naturales del espíritu. Posteriormente, con las fiestas y los juegos olímpicos el espíritu toma conciencia de sí, pero sin equilibrar bien la forma y la esencia, lo exterior y lo interior, lo particular y lo universal.15 Es necesario, por tanto, que el obrar real del culto sea elevado a representación y se vuelva a dar una unión entre lo universal y lo singular. Por eso, es en el último de los momentos, síntesis de los demás, donde lo divino retorna a lo humano y donde el espíritu se hace lenguaje, esto es: la obra de arte espiritual.

La obra de arte espiritual, la última de las figuras de la religión del arte, es la unión de todos los momentos anteriores. El sí mismo se encuentra como la esencia absoluta, pero este sí mismo debe descubrir su inconsistencia, pues cuando pretende alcanzarse se encuentra con su finitud, se descubre demasiado humano. La conciencia que se genera en esta etapa es conciencia dichosa, pero debe todavía interiorizarse a nivel más profundo y llegar a la conciencia desgraciada, en la que se toma conciencia de que Dios ha muerto, y se da paso al cristianismo. Como afirma Hyppolite: «La religión del arte conducirá a la absoluta certeza de sí mismo y el hombre será la verdad del destino trágico» (1974: 319).

En la obra de arte espiritual eclosiona el lenguaje de las artes poéticas representadas por la epopeya, la tragedia y la comedia. El aedo es la figura que encarna la representación que es el lenguaje de la epopeya. De este cantor se sirve la memoria para entregar su canto universal al pueblo. El contenido de su canto, en el que el propio aedo desaparece, «encierra el contenido universal, por lo menos como totalidad del mundo, aunque no, ciertamente, como universalidad del pensamiento» (Hegel, 2004b: 422). Esto quiere decir que en la representación de la epopeya todavía no se encuentra la necesidad del concepto. La universalidad de los dioses contrasta con la particularidad de los hombres, dos extremos que no encuentran un punto medio en el que juntarse.

Por otra parte, en la tragedia el desdoblamiento del espíritu se ve intensificado, puesto que ya no se trata de una separación entre lo externo y lo interno, sino de una división interior. Ahora no se cantan las gestas heroicas de la Ilíada, sino que el cantor se convierte en actor, de tal modo que es el mismo héroe quien habla: «Son hombres reales, que revisten la personalidad de los héroes y los presentan en un lenguaje real, que no es el lenguaje narrativo, sino el suyo propio» (Hegel, 2004b: 425). Con esta asunción de la primera persona se ha ganado en conciencia y, por ello, es mayor el desgarramiento al advertir que la realidad es distinta de la conciencia.

Por un lado está el actor y, por otro, la conciencia espectadora, el pueblo representado en el coro. El héroe, el actor, se enfrenta al objeto sobre el que actúa, la realidad presente, sin plena conciencia. A través de la acción es como sale a la luz esta contraposición entre el saber y no-saber. Para llevar a cabo la acción escucha a los dioses, pero al hacerlo se da cuenta de la parcialidad de este conocimiento y de que se ha entregado a un saber ambiguo.16

El sí mismo se encuentra como la esencia absoluta, pero este sí mismo debe descubrir su inconsistencia. Con todo ello se pone de manifiesto la disociación, la carencia de esencia en el obrar de estas representaciones y así se pasa a la comedia. En esta última esfera el sí mismo encuentra la unidad de actor y espectador, donde la autoconciencia real se presenta como el destino de los dioses. El actor se despoja de su máscara, se presenta tal y como es: muestra sin tapujos su finitud e ironiza sobre la sustancia ética, sobre la vida del pueblo. Por otra parte, esta elevación a la autoconciencia supone ponerse por encima también del espectador, del coro y de los dioses:

El pensamiento racional sustrae la esencia divina a su figura contingente y, en contraposición a la sabiduría carente de concepto del coro, que enuncia diversas máximas éticas y hace valer una multitud de leyes y determinados conceptos de deberes y derechos, los eleva a simples ideas de lo bello y lo bueno (Hegel, 2004b: 432).

La conciencia se ha alcanzado a sí misma, lo universal ha vuelto hacia sí, la sustancia se ha vuelto sujeto, pero al alcanzarse es como si se encontrara alienada, como si fuera demasiado humana. Por eso el espíritu, a pesar de tenerse delante, no puede quedarse en esta unión. La comedia es a la vez culmen y ruina del arte absoluto (Jiménez Redondo en Hegel, 2006b: 1049). Como se indicaba al comienzo de este apartado, el culto, asimilado aquí a la religión del arte, tiene como fin poner de manifiesto que el camino que tiene que recorrer el espíritu no es el de huir ni el de encerrarse, sino el de aceptar en su seno la conciencia desgraciada.

Por tanto, la religión del arte ha acometido su propósito, el espíritu se ha despojado de una figura que le resultaba extraña –la de la estatua, la bella corporalidad o las representaciones poéticas–, produciendo así su propia figura para llegar a tener conciencia de sí. Todo ese pasado queda atrás, pero es lo que permite al espíritu llegar a ser consciente de sí mismo como espíritu. Esta transformación supone el paso al último apartado de la religión: la religión revelada, el cristianismo.

c) La religión revelada

La religión revelada (offenbare Religion) es el último momento y figura culmen del espíritu. Son muchos los estudios dedicados a ella (Chapelle, 1964; Rüdiger, 1976; Dickey, 1993; Maza, 1999; Díaz, 2008; Vitiello, 2010), pero en este apartado solo quiero mostrar cuál es la diferencia con la religión del arte.

La religión del arte mostraba una unión perfecta entre el espíritu y su expresión, por lo que la conciencia podía reconocer la divinidad en la forma artística. La conciencia estaba dichosa en esa contemplación, pero su unión era superficial. La religión revelada supone la revelación de un Dios que se ha encarnado y ha entrado en la historia. Su cuerpo no es una representación de la divinidad, sino la propia divinidad.17 Ahora ya no hay ninguna expresión artística capaz de expresar esta realidad, pero ya no la necesitamos. Según palabras de Hegel:

Las estatuas son ahora cadáveres cuya alma vivificadora se ha esfumado, así como los himnos son palabras de las que ha huido la fe; las mesas de los dioses se han quedado sin comida y sin bebida espirituales y sus juegos y sus fiestas no infunden de nuevo a la conciencia gozosa unidad de ellas con la esencia. A las obras de la musa les falta la fuerza del espíritu que veía brotar del aplastamiento de los dioses y los hombres la certeza de sí mismo. Ahora, ya sólo son lo que son para nosotros –bellos frutos arrancados del árbol [...]–; ya no hay ni la vida real de su existencia, ni el árbol que los sostuvo, ni la tierra y los elementos que constituían su sustancia, ni el clima que constituía su determinabilidad o el cambio de las estaciones del año que dominaban el proceso de su devenir. El destino no nos entrega con las obras de este arte su mundo, la primavera y el verano de la vida ética en las que florecen y maduran, sino solamente el recuerdo velado de esta realidad (Hegel, 2004b: 436).

Como puede verse en el texto, frente a las obras vivas que creaban los griegos, el hombre moderno autoconsciente ya no es capaz de contemplar vida en las obras de arte. De hecho, este cambio de sensibilidad tiene consecuencias en diferentes órdenes. Por ejemplo, puesto que las obras de arte pueden hacernos recordar épocas pasadas, y ya no creemos que haya manifestación de la divinidad en ellas,18 los problemas morales con los que se enfrentaban los griegos cuando adoraban a los dioses se relegan ahora a la propia conciencia (Jamme, 2010: 202-203). Por otro lado, el hecho de que las obras ya no sean algo vivo es uno de los motivos que genera su reclusión y clasificación taxonómica en los museos. Podría hacerse una correlación entre el espíritu ilustrado francés, científico y democratizante, fruto del Nuevo Régimen, y la apertura de los primeros museos públicos, como el del Louvre. Que se expusieran por primera vez en sus salas las obras que simbolizaban el Antiguo Régimen era de algún modo una forma de manifestar que este ya formaba parte del pasado.

Si el arte ha sido superado en la religión revelada a través de la encarnación de la divinidad, la conciencia también debe asumir la muerte y el dolor como parte de la reconciliación del espíritu consigo mismo; debe aceptar ser conciencia desdichada: «Conciencia de la pérdida de toda esencialidad en esta certeza de sí y de la pérdida precisamente de este saber de sí, de la sustancia como del sí mismo, es el dolor que se expresa en las duras palabras de que Dios ha muerto» (Hegel, 2004b: 435).

Aunque esta afirmación tiene grandes implicaciones en el terreno religioso y teológico, así como dentro del sistema hegeliano, no es posible atenderla ahora. Lo importante ahora es ver cómo, a pesar de ser este un momento de máxima expresión de lo divino, la conciencia religiosa no es todavía el pensamiento que concibe o el absoluto saber de sí, sino que traduce, con la forma aún extraña de la representación, el espíritu que ella misma es:

Habiéndose producido en sí esta unidad de la esencia y del sí mismo, la conciencia tiene también aún esta representación de su reconciliación, pero como representación [...]. Su propia reconciliación entra en su conciencia como algo lejano, como la lejanía del futuro, del mismo modo que la reconciliación que llevaba a cabo el otro sí mismo se manifiesta como algo lejano en el pasado (Hegel, 2004b: 456).

La conciencia religiosa dará paso al saber de la comunidad en el que se agrupan tanto el momento de la conciencia desgraciada como el de la objetividad de la fe del mundo. Por todo lo visto hasta aquí, puede decirse que ya en la Fenomenología del espíritu Hegel se distancia de los románticos, pues en ella el arte se ve superado por la religión revelada, que aparece como una esfera más profunda, más adecuada al espíritu. Tal y como afirma Teyssedre:

El arte ya no es religión; si puede y debe permanecer religioso, es porque la religión lo ilumina, porque lo sensible da testimonio aun de lo espiritual, no como complaciéndose en sí sino salvaguardando a través de él su independencia, su meta ante una tarea que trasciende toda materia (1974: 118).

En definitiva, en este repaso de la Fenomenología se ha mostrado el peso que tiene la religión en los primeros momentos del pensamiento hegeliano. Paso ahora a analizar su sistema tal y como lo desarrolla en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, uno de los escritos centrales para entender los debates actuales acerca del fin del arte. Como se verá, la discusión tiene que ver con el enfoque bajo el que debe estudiarse la Estética: puede ser fenomenológico o sistemático, histórico o gnoseológico.

La sistematicidad del arte en la Enciclopedia

La Enciclopedia de las ciencias filosóficas (Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften) es la recopilación de los pensamientos que Hegel fue madurando a lo largo de su vida y el culmen de su obra. La primera edición de esta obra ve la luz en 1817, pero aquí trabajaré fundamentalmente con las reediciones (corregidas y ampliadas) de 1827 y 1830 por la cercanía que tienen con las Lecciones de estética dictadas en 182619 y 1829.

Merece la pena resaltar que es en esta obra donde tiene lugar la transformación del arte en un momento constitutivo e independiente del espíritu absoluto. Aunque en la primera edición de 1817 todavía no encontramos una completa separación entre religión y arte,20 en las ediciones posteriores este ya constituye un momento propio del espíritu absoluto. De este modo, en 1827 la obra se divide por primera vez en «el arte», «la religión» y «la filosofía».

Asimismo, es importante poner de relieve que el propósito de Hegel al escribir la Enciclopedia no es compendiar todo el saber humano, al estilo de la enciclopedia francesa, sino mostrar que la filosofía es una ciencia. Como él mismo escribe, «un filosofar sin sistema no puede ser nada científico» (Hegel, 1997: 117). Por esta razón, la estructuración de esta obra depende de la capacidad de racionalidad a la que consigue llegar cada ciencia. Así, se estructura en tres partes: la ciencia de la lógica, la filosofía de la naturaleza y la filosofía del espíritu. A lo largo de ellas se desarrollan dos aspectos del arte: su carácter científico y su condición de forma infinita y libre del espíritu.

a) El carácter científico del arte en la Enciclopedia

La primera parte de la Enciclopedia está dedicada a la lógica, clave del sistema hegeliano. La lógica «es la ciencia de la idea pura, esto es, de la idea en el elemento abstracto del pensar» (Hegel, 1997: 125; Hegel, 1982: 508-584). No es prescriptiva, más bien intenta captar el movimiento del logos.21

Tras el desarrollo de la lógica, encontramos la filosofía de la naturaleza, que «tiene por objeto el mismo universal, pero para sí, y lo contempla en su propia e inmanente necesidad con arreglo a la autodeterminación del concepto» (Hegel, 1997: 304-305). La naturaleza en sí es pura exterioridad (Äußerlichkeit), razón por la cual «no muestra en su existencia libertad alguna, sino necesidad y contingencia» (Hegel, 1997: 306). Esta necesidad conduce a que la naturaleza debe «ser contemplada como un sistema escalonado, cada uno de cuyos peldaños procede necesariamente de los otros y el siguiente es la verdad de aquellos de los que resulta, no como generación natural sino en el sentido de que es la idea interior la que constituye su fundamento» (Hegel, 1997: 304-308). Se comprende, por tanto, que cuando Hegel hable de la belleza no se refiera a la belleza natural, sino a la artística. La belleza de la naturaleza solo puede ser comprendida como la relación armónica de las partes, pero no puede ser elevada a ciencia. Por el contrario, el arte tiene en sí su propio fundamento, puesto que en él el espíritu está presente a través del ideal. Esto quiere decir que intenta transmitir una verdad o que la inteligencia puede captar la verdad en el objeto. Por esta misma razón, su tratamiento puede ser científico.

La última parte de la Enciclopedia la constituye la filosofía del espíritu, que es la ciencia de la Idea que, a partir de su ser en otro, regresa a sí. La esencia del espíritu es «formalmente la libertad, la negatividad absoluta del concepto como identidad consigo mismo» (Hegel, 1997: 436). Por esta razón, la ciencia de la Idea tiene por objeto el conocimiento «más concreto y, por tanto, el más elevado y difícil» (Hegel, 1997: 433): el del propio espíritu. La filosofía del espíritu se divide a su vez en tres secciones dedicadas al espíritu subjetivo (cuando está en la forma de la referencia a sí mismo), el espíritu objetivo (cuando está siendo solo en sí) y el espíritu absoluto (cuando está en la unidad de su objetividad y su idealidad o concepto).22 Este último vuelve a dividirse a su vez en otros tres momentos: arte, religión revelada y filosofía.

La ciencia del espíritu subjetivo arranca con la antropología como la ciencia que estudia el alma, pues es en ella donde comienza el desarrollo de la conciencia: «Este ser-para-sí de la universalidad libre es el superior despertar del alma al yo, a la universalidad abstracta, [...] y se refiere a sí de tal modo que en ese mundo está inmediatamente reflejado hacia sí: la conciencia» (Hegel, 1997: 469). Al final del apartado se apunta que el espíritu subjetivo se reconoce como deber y lleva a la existencia como derecho en los demás, lo que da lugar al derecho y la moralidad (Amengual, 2001).

Así se abre camino al espíritu objetivo, que es la sustancia ética que se manifiesta en la familia, la sociedad civil y el Estado. Este apartado comienza con la ciencia jurídica y acaba con la eticidad como la verdad del espíritu subjetivo y objetivo mismo, dando lugar a una libertad autoconsciente.23 En este sentido, cabría decir que el hombre formado por el Estado, el hombre ético, es el hombre libre. Una vez se han superado las unilateralidades de la libertad, el espíritu se vuelve una unidad inmediata: el espíritu absoluto.

El espíritu absoluto, por tanto, es «identidad que tanto está-siendo eternamente en sí misma, como está regresando y ha regresado a sí» (Hegel, 1997: 580). Por ello, en el espíritu absoluto es donde se da una mayor coincidencia entre la racionalidad del pensamiento y su expresión (Wirklichkeit). Dentro de él se encuentran el arte, la religión y la filosofía. Aunque el hecho de que hablemos de superaciones en las formas del espíritu, de progresos y fines, pudiera hacer pensar que unas formas son mejores que otras, en realidad todas ellas son igualmente necesarias. De la misma manera que el espíritu absoluto no anula los dos momentos anteriores, sino que los asume dentro del espíritu absoluto, la filosofía tampoco anula la esfera del arte o de la religión. El hecho de no comprender los principios de la dialéctica ha llevado, como se verá en el siguiente apartado, a grandes malentendidos en el caso del arte. De hecho, Carter considera que este es el motivo por el que algunos autores afirman que Hegel proclamó la «muerte del arte», cuando el hecho es que no alude en ningún momento a este asunto (1980).

Es al llegar al culmen de su sistema cuando Hegel alcanza uno de los fines principales de la Enciclopedia, mostrar que la filosofía es una ciencia. Aquello que hace de la filosofía la ciencia superior es su capacidad explicativa de los órdenes anteriores a ella. La filosofía se convierte en ciencia en tanto que conoce lo infinito, lo absoluto, y debe entenderse como sistema porque consigue abarcar toda la realidad. En efecto, la ciencia, tal y como la considera Hegel, no es una ciencia científico-matemática. Solo es ciencia lo que habla y describe los procesos, una vez han pasado, y explica cómo todo aporta al desarrollo de la figura.24

Desde esta perspectiva hay que entender cómo los tres momentos del espíritu absoluto, arte, religión y filosofía, son formas infinitas y libres del espíritu, aunque expresen el contenido del espíritu de forma diferente. La diferencia radica en la forma con que cada uno de ellos lo hace presente:

El arte bello ha llevado a cabo por su parte lo mismo que la filosofía por la suya: la depuración del espíritu respecto de la falta de libertad. Aquella religión en la que se engendra la necesidad del arte, y por eso precisamente lo engendra, posee en su principio un más allá carente de pensamiento y sensible (Hegel, 1997: 586).25

Por tanto, como puede verse, el arte no es un momento inferior del espíritu absoluto, sino el primer momento necesario en el que el espíritu se manifiesta sensiblemente: la verdad que se da bajo forma de representación. Lo propio del arte es su expresión exterior, por lo que se caracteriza por ser un saber sensible, intuitivo. Por su parte, la religión en Hegel es pura interioridad y su conocimiento corresponde a la representación. La filosofía, en último lugar, sería la expresión más racional, el pensamiento libre del espíritu y, por ello, culminación del sistema. Es culminación porque solo ella puede dar cuenta de las demás, que solo comprenden de manera unilateral y abstracta.26

Tal y como Hegel lo trata en la Enciclopedia, el arte aparece como el ámbito menos científico del espíritu absoluto; sin embargo, eso no quiere decir que no pueda tratarse científicamente. Precisamente dedicará las Lecciones de estética a demostrarlo.

b) El arte como forma infinita y libre del espíritu

Una vez revisado el carácter científico del arte dentro de la dialéctica hegeliana, se puede analizar el lugar que ocupa en este sistema como primera expresión del espíritu absoluto, es decir, del espíritu infinito y libre. Como se ha visto, la idea se manifiesta de diferentes formas: en el arte, la religión y la filosofía. Entre ellas, el arte tiene como fin exteriorizar la idea sensiblemente. Esta manifestación sensible de la idea a través del arte es la forma del absoluto más alejada de la reflexión, pero también permite un conocimiento más intuitivo o inmediato. El arte, por tanto, no presenta la idea en el elemento reflexivo del concepto, puesto que eso es labor de la filosofía; presenta el absoluto de manera sensible. Así pues, el arte bello manifiesta de modo sensible la idea.

En este sentido, en el arte son inseparables el aspecto de infinitud que proviene del ideal y el aspecto finito en tanto que objeto concreto. Ramírez, en su estudio sobre la estética hegeliana, afirma que el arte no es posible «si alguno de estos aspectos se elimina o privilegia» y que, precisamente por ello, «la representación del infinito en forma finita se presenta como fruto de la más alta libertad, como síntesis en la quese nos revela el proceso absoluto del universo» (Ramírez, 1988: 47).

Sin embargo, se ha discutido si la relevancia del contenido ideal convierte a Hegel en contenidista o platónico. Es decir, si lo realmente importante en el arte para él sería la idea y su expresión tiene un carácter secundario. Labrada, por ejemplo, comenta este carácter contenidista en el sentido que acabo de apuntar, afirmando además que el problema del contenidismo vuelve a surgir cuando el arte, una vez superado, pasa de ser inmediación a mediación conceptual, negando así lo propio del arte. En este sentido, «la representación artística en cuanto tal pierde su valor de inmediación y necesita ser interpretado» (2017: 148). En su opinión, esto sucede porque solo cuando se pierde el poder manifestativo de la belleza se puede determinar el significado filosófico de las obras de arte.27

La discusión sobre el contenidismo tiene sentido cuando se contempla desde la perspectiva artística; sin embargo, no puede tener lugar desde la perspectiva sistemática o desde la perspectiva del espíritu que se expresa: ni por lo que se refiere al espíritu divino, que ahora busca otras formas, ni al humano, porque a este ya no le basta con el arte. No obstante, esto no significa que no vaya a continuar existiendo la manifestación de la verdad en el arte ni que el contenido vaya a ser lo único importante, por muy reflexivo que se vuelva el arte en el futuro. Volveré sobre este punto más adelante al tratar el carácter pretérito del arte.

Hegel en ningún momento afirma que la forma externa sea una mera envoltura para que la idea se manifieste, sino que explica que su manifestación concreta y sensible es tan intrínseca a la obra de arte como la idea que pretende expresar.28 Ciertamente, a la hora de interpretar la posición hegeliana cabe el peligro de reducir el arte al espíritu objetivo, al mundo de la cultura. Y es importante no perder de vista que el arte no pertenece totalmente al espíritu objetivo, sino al absoluto.

En el espíritu objetivo se encuentra la cultura, pero en ella el espíritu está alienado, pues es un momento en el que el espíritu sale de sí, se objetiviza, se enajena (Hegel, 2004b: 286-350).29 Frente al mundo de la cultura, formado por y para el hombre, la consciencia se extraña, razón por la cual en la Enciclopedia la cultura no tiene lugar, puesto que no puede ser una ciencia. Podría decirse que es la acumulación de conocimientos y necesidades de la sociedad civil, pero no es en sí un saber reflexivo.30 Arthur Danto lo resume de la siguiente manera:

El espíritu objetivo consiste en todas esas cosas y prácticas en las que encontramos la mente de una cultura hecha objetivo: su lengua, su arquitectura, sus libros y prendas de vestir, su gastronomía, sus ritos y leyes, todo lo que componen les sciences humaines o lo que los seguidores de Hegel dieron en llamar Geisteswissenschaften (2013a: 146).

El arte, por el contrario, es la primera forma del espíritu absoluto, en la que gracias a su expresión sensible el espíritu toma conciencia de sí. Si lo bello del arte revela la verdad de la misma particularidad sensible o material, el espíritu se conoce a sí mismo en esas obras de arte concretas que él mismo produce. La toma de conciencia supone estar por encima del ser y, por tanto, para el espíritu, también supone tener conciencia de la finitud y de su inquietud infinita. Esta autoconciencia va unida, como se vio al hablar de las Lecciones de filosofía de la historia, a un aumento de la conciencia de su libertad. Precisamente por su materialidad el arte tiene manifestaciones culturales e históricas, pero su esencia está por encima de ellas, puesto que se trata del modo de aparecer de la idea misma en lo bello. A este respecto, de nuevo Danto, hablando de unas obras de arte, afirma que aunque el contenido de las obras trate sobre cuestiones del espíritu objetivo, «pertenecen al absoluto, pues hacen que el espíritu objetivo tome conciencia de sí mismo» (Danto, 2013a: 147). El arte se eleva por encima del espíritu objetivo, aportando una reflexión y un conocimiento del mundo, razón por la cual puede tratarse de forma científica dicho conocimiento.

Precisamente porque el arte se encuentra en el espíritu absoluto, en la forma libre, puede hablarse de belleza.31 En este punto cabe resaltar que el arte bello supera a la pura materialidad de la belleza natural. En el arte el espíritu sobrepasa la naturaleza, puesto que en la obra la presencia del espíritu es consciente, mientras que la naturaleza era simple exterioridad sensible. Aunque en la conciencia ingenua o natural se tiende a considerar como más real la naturaleza empírica que el arte, que suele entenderse como ficción, lo que Hegel trata de manifestar es que el arte expresa verdades más profundas que las que la naturaleza en cuanto tal podría expresar.32 Lo sensible es presentado de tal manera en el arte que ya no es pura materialidad, sino que ha sido espiritualizado por el ser humano. A través de esta mediación también se toma conciencia del carácter parcial o limitado de lo sensible:

El espíritu absoluto no puede ser explicitado bajo una tal singularidad de la figuración; el espíritu del arte bello es, por esta razón, un espíritu limitado de un pueblo [...]. Con la limitación esencial de su contenido, la belleza se queda generalmente en una penetración por lo espiritual de la intuición o de la imagen; se queda en algo formal, con lo que tanto el contenido del pensamiento o la representación como la materia que ese contenido utiliza para configurarse, vienen a ser del tipo más diverso e incluso inesencial (Hegel, 1997: 583).

El arte, en este sentido, no oculta su parcialidad, no pretende engañar diciendo que es la realidad, sino que por medio de esa parcialidad sensible pretende llevarnos más allá de sí mismo. Es decir, la función reveladora de la belleza en el arte consiste en destacar lo finito o limitado como tal en una totalidad ya alcanzada, pues solo tras la superación uno puede hacerse cargo de la parcialidad de los momentos. Por consiguiente y debido a estas características, ni todos los contenidos se expresarán de manera adecuada, ni tampoco la captación del contenido podrá contentarse con ser siempre sensible.33

Puede verse, por tanto, que el arte expresa la idea, pero de manera todavía limitada. La idea solo puede captarse en el arte intuitivamente, y esta limitación tiene que ser superada. Eso es lo que sucede en los sucesivos momentos del espíritu.

En primer lugar se ve superada por la religión verdadera, o lo que es lo mismo en Hegel, por la religión revelada por Dios, el cristianismo: «El arte bello (así como la religión que le es propia) tiene su futuro en la religión verdadera» (Hegel, 1997: 586).34 En este momento el espíritu no manifiesta momentos abstractos, sino que se manifiesta a sí mismo. Pero tampoco la religión deja de ser un momento particular que no alcanza a dar cuenta supremamente de sí misma. En segundo lugar, la limitación del arte se ve superada por la filosofía. En este sentido, es la filosofía la que recoge ambos momentos en una totalidad. La filosofía como ciencia es, en palabras de Hegel,

la unidad del arte y la religión por cuanto el modo intuitivo, exterior según la forma, del primero [...] no sólo se ha conservado íntegramente en la totalidad de la segunda [...] haciéndolo un todo, sino que ha sido unido en la simple intuición espiritual, y en ésta entonces ha sido elevado a pensar autoconsciente. Este saber es así el concepto pensante, [ahora] conocido, del arte y la religión, en el cual lo diversificado en el contenido ha sido conocido como necesario, y en esto necesario [ha sido conocido] como libre (1997: 592).

Si bien el arte en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas ocupa un estadio todavía inicial en el despliegue del espíritu, a lo largo de este recorrido se advierte el cambio de posición que experimenta dentro del sistema hegeliano: de ser una figura dentro de la religión en la Fenomenología del espíritu ha pasado a constituir el primer estadio dentro del espíritu absoluto. Es importante resaltar este lugar que ocupa en el interior del espíritu absoluto, así como las implicaciones que esto tiene, pues es desde esta posición desde donde Hegel hablará en las Lecciones de estética.

La emancipación del arte en las Lecciones de estética

Como he comentado antes, es imprescindible tener en cuenta la cercanía temporal de la reescritura de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas y el dictado de las Lecciones de estética (Philosophie der Kunst), ya que implica una complementariedad entre ambas obras. Lo que Hegel explica en la Enciclopedia, el desarrollo del funcionamiento del sistema y las conexiones que hay entre unas partes y otras, es el presupuesto del que parten las Lecciones. Si se lee esta segunda obra de manera independiente, sin tener en cuenta el orden del sistema, podrían echarse en falta explicaciones sustanciales que quizá llevarían a malinterpretar sus teorías o a considerar sus planteamientos poco fundamentados.

En las Lecciones, Hegel no se detiene a explicar toda la estructura arquitectónica en la que la estética encuentra su lugar dentro del sistema, sino que más bien la da por sabida. Ni siquiera declara por qué se va a dedicar a realizar un estudio científico del arte. De hecho, comienza las Lecciones de estética con un intento de desmontar los tópicos más usuales de este tipo de tratamiento. Espera que sus oyentes confíen en que al final de las lecciones el objeto de estudio se mostrará con toda su necesidad, pero para ello el objeto se debe tomar como presupuesto para luego ser demostrado.35

a) La problemática edición de las Lecciones de estética

Además de lo expuesto hasta aquí, hay que tener en cuenta cuando se aborda el estudio de las Lecciones de estética que no se trata de una obra elaborada y redactada por Hegel, sino de unas lecciones preparadas para impartir en clase que fueron publicadas posteriormente. El filósofo alemán dictó cinco cursos de estética entre 1818 y 182936 y la primera publicación de las Lecciones de estética vio la luz en 1835, gracias a la edición que lleva a cabo Hans Gustav Hotho. Se trata, por tanto, de una publicación póstuma que Hegel nunca pudo llegar a revisar. Además, en el prólogo de esta obra Hotho da cuenta de la dificultad de la edición, que recoge, por un lado, la recopilación de los cuadernos de estética de Hegel, que en algunos casos no eran más que esquemas para las clases y, por otro, apuntes de clase (Nachschriften) de diferentes alumnos que habían asistido a sus cursos en diferentes años.37

Estas son las razones por las que Hotho se vio en la obligación de ordenar y completar algunos textos con el fin de hacerlos acordes con el sistema hegeliano y ofrecerlos como una obra acabada con sentido total. El propio Hotho comenta en la introducción que realizó cambios con frecuencia «en la separación, unión y estructura interna de las frases, giros y periodos de los cuadernos encontrados», pero que sin embargo se esforzó en ser fiel, «en plasmar íntegramente en toda su coloración las expresiones de los pensamientos e intuiciones de Hegel» (Espiña, 1996: 15). Esta recopilación fue reeditada con pequeños cambios en 1842 por el propio Hotho y se convirtió durante años en la versión más autorizada y difundida de las Lecciones de estética. Como expone Espiña con gran precisión en la introducción a su trabajo sobre Hegel, se mantendrá así hasta 1931, cuando Georg Lasson realiza una edición crítica de las lecciones en la que trata de distinguir los textos de Hegel y de Hotho.38

Aunque durante mucho tiempo los apuntes utilizados por Hotho se consideraron desaparecidos, en las últimas décadas se ha podido recuperar gran parte de este material y se han encontrado otros apuntes hasta entonces desconocidos. Espiña da cuenta en su estudio de los nuevos apuntes encontrados de los diferentes cursos: 1820-21: Ascheberg; 1826: Kehler, Garzcynski, Löwe, van der Pfordte, y un anónimo denominado «Aachen»; 1829: Libelt y Rolin. Tras la publicación de nuevos cuadernos de las lecciones en 2004, recogidos en este caso por Kehler,39 empezó a tomar cuerpo la opinión de que es necesario recuperar el carácter fenomenológico de la estética hegeliana. Así lo ha defendido, en concreto, Gethmann-Siefert, quien ha manifestado de forma reiterada que considera que las diferencias que pueden verse en el nuevo manuscrito son esenciales, ya que muestran un carácter más fenomenológico que sistemático.

Gethmann-Siefert considera que en los apuntes de Kehler se muestra el pensamiento hegeliano no como una obra acabada, sino como un trabajo inconcluso; no muestran el armazón sistemático que Hotho imprimió a las lecciones.40 En este sentido, apunta que Hotho habría otorgado tal carácter platónico a la hora de redactar las lecciones que da la impresión de que lo importante es el contenido, la idea, mientras que lo externo no es más que un armazón. Veamos un ejemplo de un párrafo de las Lecciones para ejemplificar lo que esta autora quiere decir:

En esta libertad es el arte bello verdaderamente, y sólo resuelve su tarea suprema [...] convirtiéndose en una forma de hacer consciente y expresar lo divino, los intereses más profundos del hombre, las verdades más universales del espíritu. Los pueblos han depositado en las obras de arte los contenidos más ricos de sus intuiciones y representaciones internas (Hegel, 1989b: 14).

El carácter platónico podría verse, como también ha resaltado González Valerio, en la utilización de términos como «hacer consciente» (zum Bewusstsein zu bringen), «expresar» (aussprechen), «depositar» (niederlegen), «representar» (darstellen). Además del carácter secundario que imprimen al arte, hacen que este «qued[e] en desventaja ontológica y epistémicamente frente a la religión y la filosofía» (González Valerio, 2012: 148). Frente a esta sutil vertiente platónica, González Valerio, siguiendo a Gethmann-Siefert, hace hincapié en que para Hegel lo más esencial del arte es su manifestación sensible y, con ello, su constitución histórica y su función cultural: «No se trata de la “autonomía” del arte, sino de su determinación cultural, de su significado para los seres humanos y para las configuraciones de la sociedad humana» (citado en González Valerio, 2012: 152).

Respecto a esta determinación histórica del arte, Gethmann-Siefert considera que fue la interpretación de Hotho y el intento de casarlo con el sistema lo que hizo que apareciera el carácter de pasado en el arte. Por eso, frente a las interpretaciones que se han hecho de la estética hegeliana desde la metafísica, poniendo el énfasis en la «manifestación sensible de la Idea», la autora alemana reivindica la interpretación histórica, es decir, la realización de la idea en la historia.41 A este respecto:

El arte, en cuanto lo bello «nacido del espíritu», no es –tal como lo definía la versión impresa de la Estética– la «apariencia sensible», sino «Dasein», «existencia» o «vitalidad» de la idea: el ideal. El ideal comprende para Hegel la unidad de lo sensible y lo espiritual, la unidad de un contenido espiritual o racional y su forma sensiblemente perceptible (Gethmann-Siefert y Beer, 2006: 29).

De esta manera, como apunta González Valerio, la autora alemana trata de rescatar a Hegel historizando la estética. En este sentido, Gethmann-Siefert estaría abogando por comprender el arte más como fenómeno que como sistema, pues «el sistema en última instancia no aparece por ningún lado en las Lecciones de estética. Insiste de este modo en que “el Ideal es la realidad estética y mitológica de la Idea”» (citado en González Valerio, 2012: 152).

Por consiguiente, en lo que respecta al fin del arte, Gethmann-Siefert considera que Hegel afirmaría que el arte no es capaz de instaurar ya ningún modelo de orientación inmediata, pero también que, por esa misma razón, se le abren otras posibilidades infinitas en cada presente, en el suyo y en el nuestro. Posibilidades en las que se vinculan la intuición y la reflexión, haciendo necesaria la filosofía del arte para preguntarse por el significado del arte en épocas pasadas (Gethmann-Siefert, 1992: 165-230). El arte puede y debe abrirse a lo humano, «buscar otras formas de mediación para lograr una orientación histórica, o sea una formación del individuo a través del arte» (Gethmann-Siefert y Beer, 2006: 23). Dicho con otras palabras, una vez que el arte ha cumplido su función principal de llevar a la conciencia al espíritu, tiene en la época moderna la función histórica de forjar humanidad. A este respecto, es aclaratoria la puntualización de Domínguez cuando explica que el arte en la época moderna ya no tiene la función de la substantielle Bildung, sino de la formelle Bildung (Domínguez Hernández, 2008: 209).

Estas interpretaciones que otorgan más peso al componente histórico de lo que podrían haberlo hecho otras lecturas de orden más metafísico resultan interesantes, ya que ponen de manifiesto que la realización histórica es esencial en el arte. Para ella, el significado histórico del arte «como mediación de la verdad se altera no estructuralmente, sino en relación con el problema de si el arte puede mediar por sí solo esas orientaciones duraderas, el “espíritu absoluto”, o si ha de hacerlo en compañía de otras formas de conciencia histórica» (Gethmann-Siefert y Beer, 2006: 26).42 Incluso Gethmann-Siefert considera que esta perspectiva solucionaría el problema del «fin del arte», ya que lo importante en ella sería preguntar por la función que sigue teniendo el arte en el momento histórico actual.

Sin embargo, este planteamiento presenta dos cuestiones. En primer lugar, que desde esta perspectiva histórica la tesis del «fin del arte» no pierde fuerza, pues solo dentro de la concepción histórica es donde el arte puede tener un «final». No obstante, hay que ser cuidadosos al hablar de fin, pues ¿qué es exactamente lo que acaba? Se zanja el momento del arte como manifestación sensible de la Idea pero, según cómo se exponga esta claudicación, podría entenderse que el arte se instala en el espíritu objetivo como una figura más y para siempre. Esto conduce al segundo problema, pues el peso concedido a lo «histórico» también lleva a conceder demasiado papel al aspecto cultural del arte. De hecho, cuando Gethmann-Siefert alude a las tesis del «fin del arte» en el contexto del mundo moderno, aclara que «sin duda el arte ya no es relevante sólo en el contexto cultural, en el marco del servicio divino, sino que es al mismo tiempo elemento de la cultura mundial» (Gethmann-Siefert y Beer, 2006: 28). Aunque esta autora no reduzca el arte al espíritu objetivo, cayendo en el peligro de reducir el arte a un elemento «cultural» junto a otros, hoy en día también pueden encontrarse otras interpretaciones en las que estas distinciones no están tan claras. Por tanto, el problema no está en entender.

En esta línea puede aludirse a la interpretación que se ha generalizado en el ámbito norteamericano, donde se ha estandarizado la división entre la interpretación tradicional metafísica y la no metafísica (o poskantiana), tal y como lo recoge la Stanford Encyclopedia of Philosophy:

Aquellos que adoptan esa aproximación a Hegel tienden a tener en mente la (relativa) juventud del autor de la Fenomenología del espíritu y han tendido a despreciar como «metafísicas» obras tardías y más sistemáticas como La ciencia de la lógica. En contraste, el movimiento hegeliano británico de finales del siglo diecinueve, por ejemplo, tendió a ignorar la Fenomenología y las dimensiones más historicistas de su pensamiento, además de encontrar en Hegel a un metafísico sistemático cuya Lógica aportó una ontología sistemática y definitiva. Esta posterior visión metafísica de Hegel dominó la recepción de Hegel durante la mayor parte del siglo XX, pero desde la década de 1980 fue desafiada por académicos que ofrecieron una visión de Hegel alternativa: no-metafísica y poskantiana. Sucesivamente, la lectura poskantiana ha sido desafiada por una visión metafísica revisada, en la cual se hace mención a los conceptos realistas aristotélicos que están presentes en el pensamiento de Hegel (Redding).43

Esta línea interpretativa considera que la visión metafísica establece una asimilación entre Dios y el espíritu absoluto, razón por la cual se tiende a considerar esta visión como un ejemplo del estilo dogmático, contra el que Kant habría arremetido ya en la Crítica de la razón pura. La visión no metafísica buscaría una línea menos polémica que trataría de abordar especialmente la ética y la política, pero también incluso la estética, como independientes del sistema metafísico. Así como los análisis en los primeros campos están siendo muy fructíferos, el campo estético es más difícil de determinar. Más adelante, cuando examine las distintas interpretaciones sobre la tesis hegeliana del fin del arte, volveré sobre ello. Baste de momento mencionar a los autores que han desarrollado esta línea no-metafísica, especialmente en Estados Unidos: Robert B. Pippin (1997, 2008), Henry Pinkard (2001) o Robert Brandom (2002, 2009). Ahora corresponde analizar el texto que ha llegado a nuestras manos como las Lecciones de estética.

b) La superioridad del arte bello como manifestación de la idea

Hegel comienza las Lecciones de estética señalando que en su época el sentido primordial de la palabra estética es «ciencia de la sensación», del conocimiento sensitivo perfecto. Frente a este planteamiento, él ambiciona elevar la estética a un ámbito superior a la sensación. Por eso aleja el objeto de estudio de la sensibilidad y lo ciñe al arte, y en concreto al arte bello. Como él mismo afirma, «la expresión genuina para nuestra ciencia es la “filosofía del arte”y, más exactamente, “filosofía del arte bello”» (Hegel, 1989b: 9).

En estas pocas palabras presenta sucintamente el modo filosófico con el que desea abordar estas lecciones y el objeto de estudio. Por lo que respecta al modo, hay que tener en cuenta la equiparación que Hegel hace del término filosofía (Philosophie) con el de ciencia (Wissenschaft). Como ha quedado de manifiesto en la Enciclopedia, la filosofía se convierte en ciencia en tanto que conoce lo infinito, lo absoluto, y, por eso mismo, debe entenderse como sistema para poder abarcar toda la realidad.

La filosofía del arte bello es, por tanto, ciencia del arte bello, lo que significa que es conocimiento necesario de una manifestación del espíritu. En concreto, se sitúa en el ámbito del espíritu absoluto, el ámbito de la libertad y la verdad del espíritu que se conoce a sí mismo y que busca la forma más racional a través de la cual expresarse: «El espíritu es por primera vez lo verdadero, que lo abarca todo en sí, de modo que cualquier cosa bella sólo es auténticamente bella como partícipe de esto superior y engendrada por ello» (Hegel, 1989b: 10).

Por esta misma razón, el objeto de estudio no es la belleza natural, sino la artística, puesto que se trata de «belleza nacida y renacida del espíritu» (Hegel, 1989b: 10). Este hecho lleva consigo la consideración del arte como expresión del espíritu y su entrada en la esfera del conocimiento teórico. De ahí que la naturaleza quede excluida en el análisis de la belleza. No porque en ella no se dé, pues no se trata de una cuestión cuantitativa, de dónde hay más belleza, sino cualitativa: la cuestión es ver dónde se expresa mejor el espíritu.44 Por tanto, no hay yuxtaposición, sino superioridad de la belleza del arte sobre la de la naturaleza, del espíritu sobre la materia.45

Como el propósito de Hegel es tratar el arte desde el punto de vista filosófico, desde el comienzo de las Lecciones se enfrenta con dos prejuicios con los que el sentir común se acerca al arte y que objetan precisamente la posibilidad de que se pueda hacer de él un tratamiento científico, filosófico. El primero de estos prejuicios es considerar el arte como algo ocioso, superfluo y blando, un lujo que no resulta útil, que fomenta el ocio y la frivolidad y, además, se vale del engaño y la apariencia. El segundo es concebir el arte como objeto de la sensación, de la intuición o de la imaginación, pero no de la razón, suponiendo así que en él rige la necesidad de la naturaleza, y no la libertad de la creación. Esta consideración lo excluiría de ser objeto del pensamiento y tener un tratamiento científico. Esto se debe a la idea común, que Hegel quiere atacar con su argumentación, de que el pensamiento, el tratamiento científico, a través de sus abstracciones se separa de lo concreto, acaba con la vida y no constituye un método adecuado para acercarse al arte. Frente a este tipo de concepciones, Hegel es meridiano: «La necesidad general del arte es, pues, lo racional, o sea, el hecho de que el hombre ha de elevar a la conciencia espiritual el mundo interior y exterior, como un objeto en el que él reconoce su propia mismidad» (Hegel, 1989b: 34).

Para Hegel este punto es importante, ya que separar el arte del ámbito de la razón lleva a tergiversar su verdadero fin. En efecto, el arte puede cumplir la función de distraer, decorar, divertir e incluso de proporcionar enseñanzas morales. Pero, como se vio a propósito de la reacción de Hegel a la mistificación del arte, el hecho es que cuando se le otorga una función didáctica se está reduciendo el arte a un medio, siendo así imposible que se dé en él la fuerza de la contradicción entre lo espiritual y lo sensible. El arte comprendido de esa manera no es más que un instrumento a favor de otros fines, sin que ninguno de esos fines resulte ser específico del arte, lo cual lo acaba sometiendo a una dependencia o servidumbre completa.

Por su parte, el filósofo alemán pretende determinar el papel específico del arte bello, que define como «la irradiación sensible de la Idea (das sinnliche Scheinen der Idee)» (Hegel, 1989b: 101). En esta definición remarca el papel de inmediación que el arte bello tiene en la revelación de la verdad y lo sitúa en el ámbito del espíritu absoluto. Aunque hasta ese momento se le habían atribuido al arte muchos fines nobles, nunca se le había colocado en una posición tan elevada. El arte se sitúa en el lugar más alto, ya que es capaz de expresar lo divino, el espíritu absoluto. Como el mismo Hegel dice:

Por primera vez en esta libertad es el arte bello verdaderamente arte, y sólo resuelve su tarea suprema cuando se sitúa junto con la religión y la filosofía, convirtiéndose en una forma de hacer consciente y expresar lo divino, los intereses más profundos del hombre, las verdades más universales del espíritu (Hegel, 1989b: 14).

Aunque este orden había sido mencionado en la Enciclopedia, aún no había sido objeto de ulterior desarrollo. Lo que puede encontrarse en las Lecciones es que el arte se encuentra en el ámbito del espíritu absoluto y, por tanto, en el ámbito de la conciencia, la libertad y la verdad, puesto que es en él donde se da una mayor coincidencia entre la racionalidad del pensamiento y su expresión. Tanto el arte como la religión y la filosofía comparten el mismo contenido, la idea o verdad; se diferencian en la forma con la que cada uno hace presente ese contenido.

Ese hacer presente también implica diferencias en nuestra manera de captar la verdad a través de cada una de estas figuras. En este sentido, lo propio del arte es su expresión sensible, que captamos como intuición sensible (Anschauung). La religión, por su parte, es pura interioridad y el medio a través del cual la captamos es la representación (Vorstellung). La filosofía, por último, en cuanto que culminación del proceso, es la expresión más racional del sistema y, por ello, se sirve del pensar puro (Denken).46

Algunos autores anteriores, como Baumgarten o Kant, habían circunscrito el arte al terreno de la sensibilidad, otorgándole como fin el placer y deleite, y considerando el gusto como la medida que establece un orden en el mundo subjetivo e individual de las sensaciones. Hegel sigue teniendo en cuenta la sensibilidad como una cualidad del arte, pero no lo reduce a ella. No se queda –como opina que hizo Kant (Hegel, 1989b: 55)– en un sistema que opone lo subjetivo-objetivo, sensible-conceptual, sino que busca la superación de los contrarios. Considera que el arte bello es sensible pero contiene el ideal y, por tanto, expresa la verdad. Esta unión, como explica Espiña, proviene de la mediación humana: «Es precisamente en el ser humano donde se produce la ligadura profunda entre lo natural y lo artístico, el punto de referencia ineludible para la mediación de la misteriosa conjunción de lo finito e infinito» (Espiña, 1996: 89).

La belleza como ideal es infinita y libre, pero la producción artística, tanto por ser humana como por la materialidad que contiene, comporta una expresión limitada e imperfecta. Al mismo tiempo, es precisamente a través de la mediación humana como la naturaleza experimenta un nacimiento a la vida del espíritu. De ahí que el contenido del objeto bello no apele solo a nuestros sentidos, sino también a nuestra razón. Esto es así porque la naturaleza es, pero no significa, y, en cambio, la obra de arte tiene un significado que se hace presente a nuestra razón. En definitiva, el arte bello es un término medio entre la percepción sensible y la abstracción racional.47

En este sentido, se puede decir que en las Lecciones de estética la perspectiva de Hegel es fenomenológica, ya que trata de mostrar la unión de lo empírico y lo abstracto que se da en el arte. Por eso parte del fenómeno, de la forma, pero sabiendo que esta nos remite al contenido, a la Idea, y que tan importante es una parte como la otra para que la obra sea lo que es.48 Por tanto, el arte bello manifiesta de modo sensible el contenido. Y de ahí, como ya se ha dicho, que no pueda separarse el aspecto de infinitud de su expresión finita. La noción de lo bello artístico le sirve a Hegel para mostrar la indisolubilidad de forma y contenido, de idea y sensibilidad, que está en la base del arte.

En este contexto, es interesante comprender que el carácter sensible del arte no siempre es una desventaja. Si bien es cierto que a nivel de lo meramente sensible no puede darse verdad, también lo es que el arte bello es lo sensible espiritualizado (Hegel, 1989b: 41). En este sentido, ocurre que, como en todos los primeros estadios, la verdad que comparece se presenta como total, pero cuando nos damos cuenta de que no puede ser una verdad completa, nos impulsa a buscar esferas más altas de verdad. Hegel arguye en esta línea que «bello» (Schön) procede de «aparecer» (Scheinen), con el fin de distinguirlo de lo meramente sensible, es decir, de la mera apariencia. Con esto muestra la dualidad, tanto negativa como positiva, de la apariencia: al darnos cuenta de que la obra de arte es apariencial y no el verdadero ser, ya hemos superado el nivel de la realidad sensible inmediata.49

Así pues, el arte es el medio por el que nos damos cuenta de cuál es la apariencia que hay que negar para alcanzar la inmediatez del concepto. Mientras que la apariencia inmediata no se presenta como engañosa, sino como lo real y verdadero, la apariencia del arte tiene la ventaja de que se refiere por sí misma a algo espiritual, que ha de representarse en su mediación.50 Por ello es considerada como la muestra más patente de que «la realidad auténtica sólo puede encontrarse más allá de la inmediatez de la sensación y de los objetos externos» (Hegel, 1989b: 15).

En este sentido, aunque comúnmente se tiende a contraponer el mundo del arte a la realidad y la verdad, para Hegel el mundo empírico no es lo más real, sino que es más apariencial y engañoso que el arte. Esta falta de realidad del mundo empírico es debida a que este, a diferencia del arte, no ha sido mediado por el espíritu. El argumento de Hegel se contrapone a quienes piensan que el arte, por ser una construcción ficcional, debería ostentar un grado más bajo de realidad. Para el filósofo alemán, la apariencia del arte bello no se debe considerar al modo empírico, sensiblemente, como una característica de incompletud, negativa y engañosa, sino dialécticamente. La apariencia deja aquí de tener una connotación negativa para ser considerada como parte misma de la esencia.51 Esto quiere decir que la apariencia es un elemento fundamental para la verdad junto con la esencia, pues el arte, para manifestar la totalidad que corresponde al concepto, debe transformar la apariencia de tal modo que muestre la infinidad del espíritu.52 Por ello se acaba dando la paradoja de que es en el ámbito más apariencial donde por primera vez aparece la verdad del espíritu.

Por consiguiente, a la idealización de la naturaleza exaltada por los románticos Hegel responde dejando claro que a él no le interesa la belleza armónica de la naturaleza, puesto que esta se da de manera necesaria mediante la alienación del espíritu. La naturaleza no es un lugar adecuado para que el espíritu vuelva sobre sí; debe ser superada, y esta superación se da en el arte. Frente a aquellos que creen que Dios se manifiesta solo en la naturaleza, afirma: «Dios es espíritu y solamente en el hombre tiene el medio por el que pasa lo divino, a saber, la forma del espíritu consciente que se produce a sí mismo activamente» (1989b: 33).53 Por esta razón, su análisis se centra en la belleza artística, porque es en la obra de arte donde se encuentra la unidad del espíritu recobrada.

Así pues, frente a los límites fijos de la naturaleza, el arte es el lugar de la subjetividad libre y por ello puede decirse que el arte manifiesta la verdad, así como que el ser humano puede captar verdades a través de las obras de arte. No una verdad científica, aunque sí profundamente humana, pues en ella reconocemos la verdad de cómo el hombre se concibe a sí mismo a través de sus creaciones. El ser humano, por ser espiritual, necesita expresarse espiritualmente en lo que le rodea. Y esta necesidad espiritual no es menor que la que le impulsa hacia la religión o la filosofía. Mientras que la belleza de la naturaleza es extrínseca a él, en el arte puede detectar la presencia de su espíritu. Por tanto, la obra de arte, en vez de mostrarse con el carácter de inmediata existencia sensible e inconsciente que presenta la naturaleza, o de completa apariencia engañosa de las representaciones historiográficas, «nos presenta los poderes que actúan en la historia, desligados de la inmediata presencia sensible y de su apariencia inconsciente» (Hegel, 1989b: 33).

Por esa misma razón el arte tampoco está obligado a ser una mera imitación de la naturaleza. Como afirma Labrada: «El arte no tiene como fin revelar la belleza escondida en el mundo de la naturaleza. Su finalidad consiste en remediar la insuficiencia de la naturaleza en el orden de la verdad» (1990: 154). Hegel deja muy claro que la imitación puramente formal de la naturaleza no atiende al contenido, y por tanto es un esfuerzo superfluo, ya que siempre quedará por debajo de la propia naturaleza. Ese arte no es sino una farsa de la vida.54 Si el arte se centra en lo puramente formal y la imitación de la naturaleza se convierte en fin, desaparece lo objetivamente bello, puesto que «el objeto y el contenido de lo bello se considera totalmente indiferente» (Hegel, 1989b: 45).

Asimismo, también rechaza el filósofo alemán que el arte tenga como finalidad la representación de las pasiones o, más en concreto, «la finalidad de acuñar lo bueno y lo malo en el ánimo y la representación, fortaleciéndolos para lo más noble, así como la de atenuar los sentimientos más egoístas de agrado» (Hegel, 1989b: 47). Es decir, considera que la finalidad del arte tampoco es moral, aunque no por ello deje de tener una dimensión moral intrínseca.55

En consecuencia, puesto que lo propio del arte no es la imitación ni la instrucción, Hegel establece que «la tarea y el fin del arte es llevar a nuestro sentido, a nuestra sensación y nuestro entusiasmo todo lo que tiene cabida en el espíritu del hombre» (Hegel, 1989b: 46). A lo largo de las Lecciones, Hegel irá matizando y aclarando todavía más cuál es la finalidad del arte. Así dice más adelante:

El arte tiene la destinación de captar y representar la existencia en su aparición como verdadera, o sea, en su adecuación con el contenido adecuado a sí mismo, con el contenido que es en y para sí. Por tanto, la verdad del arte no puede ser una mera corrección, a la que se reduce la llamada imitación de la naturaleza. Más bien, lo exterior ha de concordar con un interior, que es concordante en sí mismo y, por ello, puede revelarse como él mismo en lo exterior (1989b: 141).

El arte, en definitiva, es creación, lo que implica, por un lado, que en él, como creación libre realizada por el hombre, puede manifestarse el espíritu, y por otro, que en la reflexión sobre la obra puede escucharse el latido del espíritu libre que el hombre es. En el arte, las personas imprimen su sello en el interior de sus obras, de modo que, en cierto sentido, es el espíritu del hombre el que se encuentra en la obra de arte (Hegel, 1989b: 139-140). Dicho de otra manera, la comprensión de la obra pasa por captar el contenido impreso por el artista. A través de esta captación se llegan a conocer realidades muy profundas del espíritu humano, difíciles de alcanzar de otro modo. Además, por lo que se refiere al artista, el hecho de volver sobre lo realizado, de encontrarse con su creación, conlleva para él un aumento de autoconciencia y, con ello, de su propia libertad.56

Asimismo, la intervención del espíritu en la realidad circundante es transformadora, pues lo que antes estaba ahí informe e insignificante ahora contiene un significado, una idea, se ha convertido en símbolo que nos interpela, que exige que nuestro intelecto se ponga en marcha. Por esta razón, en el arte el ser humano supera la mera materialidad sensible, porque si no la superara no podría darse cuenta de lo que la obra de arte está representando. En este sentido, como defiende Ramírez, «la obra de arte es pura presencia de lo que el hombre es, de lo que el hombre siente, del mundo que descubre. Por ello Hegel hace depender la universalidad de la necesidad del arte, de que el hombre es un ser pensante dotado de conciencia» (Ramírez, 1988: 122; Hegel, 1989b: 122).

Por tanto, del hecho de que el arte tenga que ver con el intelecto y no meramente con la mera sensibilidad se derivan dos consecuencias principales. La primera es que el arte tiene que ver con la verdad y, por tanto, es un fin en sí mismo: «El arte está llamado a descubrir la verdad bajo la forma de la configuración artística, a representar dicha oposición como reconciliada, con lo cual tiene su fin último en sí mismo, en esta representación y este descubrimiento» (Hegel, 1989b: 54). De este hecho se desprende a su vez que, como afirma Hegel, el interés artístico «se distingue del interés práctico del apetito por el hecho de que el primero deja que el objeto exista libremente para sí mismo, mientras que el apetito lo usa destructivamente para su utilidad» (1989b: 40).

La segunda consecuencia tiene que ver con el criterio de juicio, que ya no es la belleza natural. Es decir, que ya no se apreciará una obra por comparación con el objeto natural, sino que se establecerán criterios de juicio comparando las obras de un mismo creador o en cotejo con otros autores, con diferentes obras maestras, con diferentes estilos de diferentes épocas.57

De esta manera, Hegel supera los dos obstáculos principales que se encontraban en el sentir común, mostrando que la apariencia del arte no es una mera apariencia engañosa y que la libertad de la creación no solo no se opone a la razón, sino que la exige, y gracias a ella es capaz de manifestar la verdad. De este modo deja asentado que el arte no es un medio para un fin, sino un fin en sí mismo.

Por tanto, ahora ya se puede afirmar que el arte bello es una forma particular de exteriorizarse y representar la verdad. No obstante, como se ha ido advirtiendo, la idea de belleza artística no coincide con la idea absoluta. La idea absoluta solo se alcanzará a través de la filosofía, pero en el arte, como en la religión, tenemos su anticipación.

A partir de aquí, Hegel trata de determinar cuál ha sido el papel del arte a lo largo del desarrollo histórico.58 Para este análisis de los momentos del arte, Hegel desarrolla una fenomenología del arte a través de su historia de tal modo que pueda verse el papel que ha jugado a lo largo de su desarrollo.

c) El despliegue histórico del arte

Como dije al comienzo de este capítulo, tanto las manifestaciones del espíritu objetivo como del absoluto tienen un carácter histórico, aunque la historia opere en ellos de diferente manera. No es lo mismo la historia universal que la historia de la filosofía o que la historia del arte. En el caso del espíritu absoluto, las manifestaciones históricas no progresan «hacia fuera, hacia el exterior». Es decir, no se cumplen en una forma del espíritu que deja definitivamente atrás la anterior, como quedó la polis griega respecto del Estado, sino que la evolución de las manifestaciones «tiende hacia delante, hacia lo interno» (Hegel, 1985: 32).

Por tanto, el detenimiento hegeliano en el despliegue histórico no es accidental o superfluo, sino que pone de manifiesto que lo histórico mismo pertenece a su esencia. En concreto al arte, como afirma Rivera de Rosales, «le es constitutivo tener historia, configurarse históricamente en las distintas culturas y pueblos, que se van influyendo y distinguiéndose entre sí» (Rivera de Rosales, 2011: 97). Por esta razón, el hecho de analizar su despliegue histórico en las Lecciones de estética implica un acercamiento a la esencia del propio arte.

Para comprender el dinamismo del arte, Hegel rompe con el dualismo que contrapone antiguos y modernos, clásicos y románticos, tan candente en su época, y establece tres momentos: simbólico, clásico y romántico. De esta manera cambia la confrontación directa por una exposición progresiva del arte. Además, la introducción del arte simbólico le permite establecer una comparación por exceso y defecto con el arte romántico, siendo la muestra de arte armónico la que se desarrolla en la época clásica. Esta distinción no implica necesariamente que Hegel sea clasicista; lo que realza es la importancia que el filósofo otorga al significado histórico del arte.59

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