Kitabı oku: «Construcción política de la nación peruana»


Palacios Rodríguez, Raúl, 1945-
Construcción política de la nación peruana: la gesta emancipadora 1821-1826 / Raúl Palacios Rodríguez. Primera edición. Lima: Universidad de Lima, Fondo Editorial, 2021.
812 páginas.
Incluye anexos.
Referencias: páginas 775-794.
1. Perú – Política y gobierno – Historia -- 1821-1826. 2. Perú -- Historia – 1821-1826. 3. Perú – Condiciones económicas – 1821-1826. 4. Perú – Condiciones sociales – 1821-1826. 5. Perú – Historia – Siglo XIX. I. Universidad de Lima. Fondo Editorial.
985.04 ISBN 978-9972-45-565-0
P19C
Construcción política de la nación peruana: la gesta emancipadora 1821-1826
Primera edición impresa: mayo, 2021
Primera edición digital: septiembre, 2021
De esta edición
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Imagen de carátula: Primer Congreso Constituyente del Perú, obra pictórica de Francisco González Gamarra, 1953; con ligeras intervenciones del ilustrador Felipe Morey.
Versión e-book 2021
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ISBN 978-9972-45-565-0
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú n.o 2021-08166
Índice
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1. EL PERÚ HACIA 1821
1. La realidad geográfica y poblacional
1.1 La desarticulación del espacio
1.2 El dilema demográfico
2. El acontecer político
2.1 La gestión gubernamental de San Martín
2.2 El primer Congreso Constituyente
2.3 La fugaz Junta Gubernativa de 1822
2.4 La irrupción del militarismo con Riva Agüero
2.5 El breve y fallido gobierno de Torre Tagle
2.6 La Constitución de 1823: la primera en la historia del Perú
3. La situación económica
3.1 Consideraciones generales
3.2 La agricultura
3.3 La minería
3.4 El comercio
3.5 El régimen monetario
3.6 La deuda externa e interna
4. La dinámica social
4.1 Los componentes sociales
4.2 La fuerza laboral
5. La coyuntura militar
5.1 La desigual correlación de fuerzas
5.2 Los sucesivos fracasos de las Expediciones a Puertos Intermedios
5.3 La doble ocupación de Lima por los realistas
5.4 La sublevación de 1824 en el Real Felipe y la dilatada e inútil resistencia de Rodil en el Callao
CAPÍTULO 2. LA PRESENCIA DE LOS LIBERTADORES DEL NORTE
1. El arribo de Sucre
1.1 Esbozo biográfico e imagen psicosomática
1.2 Ingreso al Perú
2. La llegada de Bolívar
2.1 Síntesis biográfica y rasgos psicosomáticos
2.2 Arribo al Perú
2.3 La literatura panegírica alrededor de Bolívar
CAPÍTULO 3. EL INICIO DE LA CAMPAÑA MILITAR: JUNÍN
1. Preparativos y marchas por la costa y la sierra
2. Desarrollo de la batalla
3. El significado histórico de la batalla
CAPÍTULO 4. LA CULMINACIÓN DE LA CAMPAÑA MILITAR: AYACUCHO
1. Marchas y contramarchas por la serranía sur
2. Desarrollo de la batalla
3. Trascendencia histórica de la batalla
CAPÍTULO 5. LA CONTRIBUCIÓN PERUANA A LA GESTA LIBERTARIA
1. Los colaboradores inmediatos de Bolívar
1.1 José Faustino Sánchez Carrión Rodríguez
1.2 José Hipólito Unanue Pavón
1.3 José de Larrea y Loredo
1.4 José María de Pando y Ramírez de Laredo
1.5 Manuel Lorenzo de Vidaurre y Encalada
2. El contingente humano
2.1 La tropa
2.2 Los montoneros
2.3 Los recursos materiales
CAPÍTULO 6. ANÁLISIS HISTÓRICO DEL TEXTO DE LA CAPITULACIÓN DE AYACUCHO
1. Etimología y naturaleza del término “capitulación”
2. Antecedentes inmediatos de la Capitulación de Ayacucho
3. Iniciativa para la firma de la Capitulación de Ayacucho
4. Contenido del documento
5. Reacción de algunos jefes realistas en contra de la Capitulación de Ayacucho
CRONOLOGÍA HISTÓRICA 1821-1826
APÉNDICE BIOGRÁFICO
REFERENCIAS
ANEXOS
La independencia de las posesiones españolas de ultramar está en el curso de las cosas inevitables.
Barón de Montesquieu (1738)
Qué hermoso destino el del Nuevo Mundo si él pudiera liberarse del yugo que actualmente lo oprime.
Alejandro von Humboldt (1807)*
La campaña decisiva va a abrirse: Plegue al cielo que cuando destruido el último enemigo vengan nuestros victoriosos guerreros a decirnos: Está conquistada vuestra Independencia, podamos responderles: También ya está construida vuestra Patria.
Carlos Pedemonte y Talavera (1823) Presidente del primer Congreso Constituyente
Introducción
En su estupendo prólogo al libro Historia de los partidos, del piurano Santiago Távara y Andrade (1790-1874), Jorge Basadre Grohmann escribió, con la lucidez que le caracterizaba:
Al terminar la guerra de la Independencia, el Perú se halló en una situación mucho más difícil y peligrosa que cualquiera otra de las Repúblicas americanas. Algunas de ellas, como Chile, liquidaron esa guerra en plazo relativamente breve, estuvieron libres de todo problema de fronteras, de toda complicación internacional y solas, por su cuenta, encararon los problemas de la organización y de la estructuración internas. Otras, como Colombia y Venezuela, aunque integrando, por obra del genio de Bolívar una vasta federación, no se enfrentaron dentro de ella a posibles mermas territoriales y contaron, a consecuencia de la trayectoria de la guerra independentista, con fuerzas políticas y militares propias. Como las campañas finales de esa devastadora contienda se habían librado en territorio peruano, empobreciéndolo, y como en el curso de ellas habían aparecido conatos perturbadores de grupos netamente peruanos (Junta Gubernativa, Riva Agüero, Torre Tagle), el Perú de 1825 estaba exangüe y merced a la apetencia de los ‘auxiliares’ colombianos. En ese sentido, los planes continentales de Bolívar implicaron, desde el punto de vista estrictamente peruano, el peligro de la división o balcanización territorial. El Libertador expresó a veces la idea de establecer la nueva Federación de los Andes o Boliviana con dos Estados federales (Perú unido a Bolivia, por un lado, y la trilogía Colombia, Ecuador y Venezuela, por otro). Sin embargo, en los últimos meses de 1826 pareció inclinarse por la idea de que ellos fueran seis (Nor-Perú, Sur-Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela). Por otra parte, la posibilidad de una amputación territorial resultó convertida en hecho tangible cuando, celebrado el tratado de límites entre el Perú y Bolivia (noviembre de 1826) todo el litoral de Tacna, Arica y Tarapacá fue cedido a ese país. Y las tendencias divisionistas o separatistas comenzaron entonces a surgir en otras zonas del sur del Perú, como los microbios proliferan en los organismos débiles. (En Távara, 1951, p. LVI)1
Larga ha resultado la cita del eminente historiador tacneño nacido el 12 de febrero de 1903, pero sumamente útil para tener una visión resumida del estado en que quedó nuestro país después no solo de las azarosas campañas militares que tanto lo agobiaron, sino también de las terribles vicisitudes (de origen interno y externo) que prosiguieron a la firma de la Capitulación de Ayacucho en diciembre de 1824. Fueron apenas cinco años (1821-1826) en los cuales, junto con el afán decidido y perentorio de echar las bases de la naciente república (organización política del Estado, definición de su forma de gobierno, elaboración de la primera Carta Magna), se vivieron, asimismo, instantes de verdadera angustia, tanto en el ámbito económico como en el político, ideológico, social, militar e internacional. Este último, representado primordialmente por las acechanzas foráneas que, en los años sucesivos y de manera irremediable, desembocaron en conflictos o confrontaciones sin par. ¿El resultado? La dolorosa amputación territorial sufrida por el país en distintos sectores de sus dilatadas fronteras. Al vaivén, pues, de estas graves contingencias, el destino de nuestra novata nación se fue moldeando paulatinamente en su afanosa aspiración de convertirse en una comunidad más auténtica, más próspera y, sobre todo, más justa y solidaria. Ese —a nuestro juicio— es el mensaje común que podemos descubrir en el pensamiento y en la acción de aquellos hombres que, cándidamente ilusos unos y extremadamente realistas otros, constituyeron la primera generación de peruanos bajo cuyas riendas empezó nuestro país no solo a transitar por el difícil y zigzagueante camino de la libertad, sino también a recorrer la senda de la incipiente república “nacida a sangre y fuego”, en frase puntual de la historiadora Carmen McEvoy (2019)2.
Precisamente, la intención del presente libro es analizar, por un lado, aquella breve pero intensa experiencia histórica que a partir de julio de 1821, y por el lapso de un lustro, se desarrolló a pesar de las enormes e innumerables dificultades que por esos días se presentaron; y, por otro, ayudar al lector a entender y apreciar el significado histórico de la mencionada Capitulación a la luz de aquella singular coyuntura. No debe olvidarse que el famoso documento que selló y consolidó la independencia americana (con las firmas de Antonio José de Sucre y José de Canterac en el mismo lugar de los acontecimientos), marcó un antes y un después en la vida de nuestros pueblos, representando —según lo testimonió el propio Bolívar— la “síntesis gloriosa del esfuerzo de miles de soldados pendientes del destino de la América meridional” (Obras Completas, vol. I, p. 612). En consecuencia, por su enorme trascendencia histórico-jurídica y su vasta proyección internacional, consideramos que existen suficientes y legítimas razones para concederle a dicho manuscrito no solo la categoría de “documento-madre”, sino también un lugar privilegiado en la profusa historiografía hispanoamericana.
Pero, ¿qué puede decirse acerca de las décadas que en el Perú precedieron al desembarco de San Martín en Pisco en setiembre de 1820 y a la posterior consumación de la gesta emancipadora en su conjunto? Bajo una interpretación histórica de larga duración, puede afirmarse que entre el levantamiento cusqueño de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, en 1780 y la capitulación del obstinado brigadier José Ramón Rodil en 1826 (acto que puso fin a la presencia realista en el territorio peruano), mediaron casi cincuenta largos años. En ese lapso, se sucedieron una serie de sucesos a escala nacional de suma trascendencia que, de una u otra forma, fueron encauzando no solo el deseo patriota de romper con el dominio absoluto del poder real establecido desde principios del siglo XVI, sino también de consolidar la anhelada libertad política en toda su plenitud democrática. Es decir, convivir en una Patria libre. Así, y de manera perseverante, se fue forjando el deseo de independencia en el ánimo y el accionar de nuestros connacionales, enfrentándose “al núcleo más organizado y poderoso del imperio español que tuvo en vilo por decenios a los patriotas de América del Sur” (Denegri, 1972, p. II).
De este modo, juzgamos que queda desvirtuada aquella equivocada afirmación de que el Perú nada hizo por emanciparse de la dominación hispana, o que hizo tan poco que no influyó significativamente en la contienda contra las armas peninsulares.
Formado estaba el espíritu y el deseo de libertad en el Perú antes del arribo del Ejército Libertador del Perú, así lo comprueba la vida sacrificada de un sinnúmero de patriotas, los destierros y prisiones que sufrieron y la pura e inocente sangre que en las plazas y los cadalsos derramaron. (1869, p. 39)
Es lo que nos dice el célebre magistrado y político Francisco Javier Mariátegui, actor y testigo de esos sucesos. En una palabra, pues, la semilla de la libertad, efectivamente, no era desconocida aquí. A ese prolongado y fecundo período (“preñado de gloria y dolor”, en frase de nuestro historiador Raúl Porras Barrenechea), la historiografía moderna denomina con toda propiedad y legitimidad la “etapa de los precursores peruanos”. Precisamente, en los párrafos que siguen, reseñamos sucintamente los principales sucesos (entre muchos otros) que entonces se sucedieron y, sobre todo, sus diversas y significativas implicancias posteriores.
En términos cronológicos, el primer acontecimiento histórico que merece ser recordado por su enorme repercusión aquí y en el subcontinente, es la citada rebelión popular encabezada por Túpac Amaru II en su tierra natal, considerada con toda justificación como la primigenia gran revolución de la Independencia de la América española. Iniciado en la provincia de Tinta el 4 de noviembre de 1780, el levantamiento se expandió rápidamente a los alrededores del Cusco e, incluso, a zonas mucho más alejadas, incorporando en sus filas a indios, criollos y mestizos lugareños. La rebelión, con un trágico final, tuvo la enorme virtud no solo de avivar la rebeldía contra el despotismo real, sino también de afianzar el amor por la libertad en toda América meridional. Desde esta perspectiva, puede afirmarse que su influencia en los nuevos y sucesivos levantamientos de la región, fue evidente y decisiva3.
Otro suceso histórico que tuvo lugar en el Perú y que cronológicamente, fue casi contemporáneo a la mencionada sublevación cusqueña, está relacionado con el quehacer académico e intelectual que entonces se vivió profusamente en Lima bajo la denominación genérica de la Ilustración. ¿En qué consistió esta corriente, dónde se ubicó su génesis y cuáles fueron sus principales manifestaciones? Se designa con este nombre —dice el historiador belga Jacques Pirenne (1987)— al movimiento cultural iniciado durante el siglo XVIII en el Viejo Mundo y que fue extendiéndose por todo el ámbito occidental, gestando una verdadera transformación en el ejercicio filosófico y político que desembocaría, inevitablemente, en las revoluciones de Europa y América y en la formación subsiguiente de las nacionalidades en el siglo XIX. En esta línea, el pensamiento de los franceses Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), escritor y filósofo; de Juan Bautista Say (1767-1832), economista; de Francisco-Marie Aronet (más conocido como Voltaire, 1694-1778), filósofo, escritor e historiador; de Denis Diderot (1713-1784), escritor, filósofo y enciclopedista; de Jean-François Marmontel (1723-1799), escritor y dramaturgo; y de Guillaume Thomas François Raynal (más conocido como el abate Raynal, 1713-1796), escritor y pensador, fue la base política e ideológica que nutrió las ideas liberales entonces imperantes en diversos y lejano parajes del mundo occidental.
La trascendencia de la Ilustración, para nuestro país y las naciones hispanoamericanas, fue enorme. Por un lado, el impulso a los estudios de nuestra realidad geográfica (recursos) y, por otro, el acercamiento a la realidad social viviente (hombres), trajo como consecuencia la conciencia de lo nacional, base primordial de los movimientos revolucionarios de la Independencia. En nuestro caso, la difusión de sus ideas progresistas en el último tercio de la mencionada centuria dieciochesca, se transmitió, fundamentalmente, a través del renombrado Convictorio de San Carlos, de la flamante Sociedad Amantes del País y del célebre Mercurio Peruano (aparecido en 1791 y, al decir del citado Porras, “la más sabia de las publicaciones peruanas de todos los tiempos”); pero, también, mediante la acción personal y animada de los criollos ilustrados de la época, como José Baquíjano y Carrillo (ilustre limeño, hijo del primer conde de Vistaflorida), Hipólito Unanue y Pavón (afamado médico y científico ariqueño), Toribio Rodríguez de Mendoza (natural de Chachapoyas y preclaro e influyente mentor intelectual de la época), entre otros. ¿El común denominador? El conocimiento y la difusión concreta y exacta del Perú y su entorno histó-rico, geográfico, literario, artístico, económico, comercial e industrial. ¿El resultado? La afirmación del sentimiento patriótico que había de impulsar, en el futuro inmediato, la revolución liberadora. Son hombres —como dice Porras (1953)— que destierran la Escolástica y que embebidos en la lectura de la Enciclopedia, como el inquieto limeño Pablo de Olavide, desafían a la Inquisición, se escriben con Voltaire y fundan las logias liberadoras; el arequipeño Juan Pablo Viscardo y Guzmán, que escribe para la patria distante, que nunca volvería a ver, la memorable Carta a los Españoles Americanos y que el precursor Francisco de Miranda “imprimió en volantes para prender con fuego peruano, en el erial venezolano de 1806, la chispa de la insurrección americana” (Porras, 1953, pp. 33-34).
Sobre la citada Sociedad Amantes del País y de su órgano de difusión el Mercurio Peruano, son útiles e interesantes las referencias históricas de R. J. Shafer en su libro publicado en 1958 que, incluso, corrige algunas apreciaciones anteriores. En su opinión, la indicada Sociedad no fue realmente una sociedad económica ni en su organización ni mucho menos en su función; actuaba como un dinámico grupo editorial para la mencionada publicación. Por lo tanto, la historia de esta entidad debe concebirse únicamente en relación y de manera inseparable al Mercurio Peruano. La Sociedad editó el Mercurio Peruano y no hizo virtualmente nada más. Sus estatutos recién fueron elaborados a principios de 1792, merced al aporte de José Baquíjano, Hipólito Unanue, Jacinto Calero y José María Egaña, presentándolos en el mes de marzo al virrey para su aprobación. El 19 de octubre, en espera de la aceptación real, fueron admitidos provisionalmente por la indicada autoridad virreinal. Declararon que la Sociedad había sido fundada para “ilustrar la historia, literatura y noticias públicas del Perú”. La primera sesión pública se llevó a cabo el 5 de enero del año siguiente, recibiendo un significativo subsidio del virrey. La aprobación real indujo a la entidad cambiar el nombre por el de Real Sociedad de Amantes del País. Sobre la membresía de la flamante institución, se especificó que de los treinta miembros académicos elegidos por pluralidad de votos, veintiuno debían ser limeños; además, los académicos se comprometían a dedicar sus esfuerzos a escribir para la indicada publicación. Asimismo, se estableció que la habilidad de escritor sería una condición sine qua non para ser miembro. Finalmente, se consideró una disposición para contar con miembros consultivos tanto honorarios como correspondientes (Shafer, 1958, pp. 157-158).
En cuanto al Mercurio Peruano, los aportes del indicado autor se complementan estupendamente con las reflexiones de Jorge Basadre (1958), Raúl Porras (1921) y Ella Dunbar Temple (1942). En efecto, una síntesis de los cuatro aportes nos permite señalar lo siguiente. En el Prospecto publicado en 1790 (cuya autoría corresponde a Jacinto Calero) se resalta, por un lado, la trascendencia de la imprenta para propagar los conocimientos en el mundo moderno, señalando sus efectos positivos en Inglaterra, España, Italia, Francia y Alemania; y, por otro, se hace hincapié en que el Perú necesita mayor difusión en términos de más noticias y de más datos sobre comercio, minería, arte, agricultura, pesca, manufactura, literatura, historia, botánica, mecánica, religión, y decoro público; también información sobre hechos ocurridos en el territorio. Los autores, utilizando seudónimos clásicos, se enfrascarán en la tarea de examinar y difundir esta diversidad de aspectos (Shafer, 1958, p. 159).
A pesar de lo anunciado —dice Basadre— en el Mercurio Peruano aparecido en 1791 acaso no haya una novedad temática; pero hay características singulares que lo hacen sobresalir. En primer lugar, por ejemplo, destaca la lucidez, la claridad y la exactitud de sus colaboradores, o sea, el racionalismo superando lo confuso, lo arbitrario y lo informe. Además, la fijación del interés concretamente en el Perú y no en América meridional, o en todo el Nuevo Mundo, se encuentra formulado desde un principio: “El principal objeto de este papel periódico es hacer más conocido el país que habitamos”, empieza diciendo el artículo inicial, titulado precisamente “Idea General del Perú”. Ese conocimiento —concluye el citado autor— va a ser divulgado no como erudición muerta, ni a través de disertaciones abstrusas, sino mediante estudios exactos sobre la realidad general del Perú viviente (Basadre, 1958, pp. 98-100).
De este modo —afirma Raúl Porras— el Mercurio Peruano realizó una doble e histórica labor. Al proponerse sus redactores el Perú como objeto de estudio en todos los órdenes del saber, afirmaron el sentimiento patriótico que había de impulsar la revolución liberadora. Constructores serenos del porvenir, pusieron sin jactancia, ante los ojos mismos del virrey incauto que los protegía, los cimientos de la Patria latente. Si no le bastara este mérito de su vidente dirección nacionalista, tiene la publicación sobreabundantes prestigios para merecer el primer puesto entre nuestras publicaciones de ayer y de hoy. Ninguna ha alcanzado más alto renombre científico ni esparcido mejor el nombre peruano. Sus noticias del Perú desconocido y fabuloso de la geografía y de la historia, sus profundas observaciones sociales, su estudio del medio, sus fecundas iniciativas, su constante anhelo de mejoramiento, tuvieron el poderoso atractivo de la originalidad. Un eco prolongado de admiración le saludó en América y Europa. Es sabido el homenaje de Humboldt que le puso, por propias manos, como un preciado regalo, en la Biblioteca Imperial de Berlín. Los nombres de los de la pléyade que lo escribió, encabezada por José Baquíjano y Carrillo, son ilustres por este y otros títulos: fray Diego Cisneros, el jeronimita liberal; el sabio Hipólito Unanue; Toribio Rodríguez de Mendoza, el reformador de la enseñanza; Ambrosio Cerdán, oidor eminente; el clérigo Tomás Méndez y Lachica, de eminencia reconocida; fray Cipriano Jerónimo Calatayud, cumbre de la oratoria; González, Romero, Millán de Aguirre, Pérez Calama (obispo de Quito), Egaña, Rossi, Calero, Guasque y Ruiz. Todos ellos, sobresalientes en sus respectivas materias. Sin embargo, la más sabia de las publicaciones peruanas se extinguió a los tres años (1794) por falta de suscriptores. En doce volúmenes en pergamino, la colección del Mercurio Peruano es hoy una inapreciable joya bibliográfica (Porras, 1921, s/p). Cabe señalar que, posteriormente y a iniciativa de Carlos Cueto Fernandini, la Biblioteca Nacional hizo una edición facsimilar (1964-1966) de los doce volúmenes, con uno adicional de índices preparado por Jean Pierre Clement (1979).
Cuando desapareció la preciada publicación, en 1794, el movimiento periodístico colonial no solo se circunscribió de nuevo a las eventuales Gacetas, sino que también enmudecieron los nacientes intereses nacionalistas. Todos esos planes económicos y proyectos reformistas inspirados en el comercio libre fueron reemplazados por una escueta lista de entradas y salidas de navíos sin mayor trascendencia histórica. Así, pues, quedaba atrás un formidable capítulo de reflexión académica en torno al Perú, para dar paso a la fría nómina del movimiento marítimo cotidiano por nuestro principal puerto (Dunbar Temple, 1942, s/p).
Con el advenimiento del siglo XIX y, principalmente, durante los dos primeros decenios, tuvo lugar en Lima y en otros puntos de nuestro territorio el tercer suceso histórico de singular proyección y que amerita una reseña; nos referimos a las recurrentes y secretas conspiraciones limeñas y a las abiertas insurrecciones que en provincias agitaron el ambiente político y despertaron la inquietud y el celo de la autoridad virreinal. Efectivamente, en la misma sede del omnipotente poder real (Lima), las conspiraciones se sucedieron de modo constante desde los primeros años de la indicada centuria, aún antes de que se hubiese proclamado la independencia en otros países sudamericanos y que concluyeron con la entrada pacífica del Ejército Libertador en la capital a mediados de julio de 1821.
En este contexto, sobresalieron tres instituciones en cuyo seno germinaron las ideas liberales que, con decisión y firmeza, sustentaron e impulsaron las indicadas confabulaciones: la Escuela de Medicina de San Fernando, presidida por el probo galeno y hombre de ciencia Hipólito Unanue; el Oratorio de San Felipe Neri, de acrisolada y reconocida actividad proselitista con fines patrióticos; y el afamado Convictorio Carolino dirigido desde 1785 hasta 1817 (durante más de tres décadas) por el ilustre e infatigable clérigo Toribio Rodríguez de Mendoza. Sobre el quehacer conspirativo de este último centro, es conocida la frase airada del virrey José Fernando de Abascal cuando dijo que allí “hasta los ladrillos conspiraban”. De sus claustros egresaron Sánchez Carrión, Pedemonte, Muñoz, Cuéllar, Ferreyros, Mariátegui y León: todos —como dice el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna (1860)— eran patriotas, todos republicanos y todos hijos del Perú. En los tres casos, en las aulas de estas acreditadas entidades educativas, los alumnos bebieron de los principios liberales de sus igualmente prestigiosos maestros.
Un caso singular (fuera de Lima), por la trascendencia del personaje que lo dirigió, fue el Seminario Conciliar de San Jerónimo de Arequipa, regentado por el severo y talentoso obispo de la localidad Pedro José Chaves de la Rosa. Natural de Chiclana de la Frontera (Cádiz-España), el preclaro religioso tuvo en sus manos el báculo de la ciudad mistiana durante dieciséis años (1789-1805) y, amparado en sus fueros y en el alto respeto de su nombre,
acometió la difícil y osada empresa, no de reformar lo creado, sino de crear lo que no existía, lo que estaba vedado, lo que era casi un crimen ante la época y una rebelión ante la ley. Todo lo cambió: doctrina, estudios, personal, sistema, hábitos, etc. La reforma era no solo evangélica, era política, era social y, si se atiende al momento, era eminentemente revolucionaria. El derecho, la filosofía y las ciencias, se abrieron paso con él. (Vicuña Mackenna, 1860, p. 58)
Por su parte, el inglés Clemente Markham (1895) agrega:
Los discípulos del eminente obispo español, llegaron a ser los más ardientes defensores de las reformas emprendidas. Los más queridos y reputados entre éstos fueron: Francisco Xavier de Luna Pizarro, prócer de la Independencia y después arzobispo de Lima, y Francisco de Paula González Vigil, la gran lumbrera del Perú. Es incalculable la gran influencia que ejercieron estos y otros de los discípulos del renombrado vicario, sobre las futuras generaciones. (p. 154)
Chaves de la Rosa retornó a España en 1809. Degradado por el déspota e insensato Fernando VII, murió en la miseria en su villa natal el 26 de octubre de 1819, a los 79 años de edad.
Simultáneamente al activo y fructífero rol que desempeñaron estas corporaciones educativas, hay que resaltar la acción personal que muchos peruanos, pertenecientes a diversos estratos sociales (nobles, sectores medios y gente del pueblo), actuaron como decididos agentes, propulsores, cabecillas o partícipes de las conspiraciones capitalinas. La nobleza limeña —al decir del citado Vicuña Mackenna (1860) — “la más rancia, la más mimada, la más inerte de los dominios españoles, sin exceptuar a la de Madrid, a la que en número y en pretensiones era apenas inferior”, se hizo presente en este colectivo afán conspirativo a través de algunos de sus miembros. En primera línea, entre otros, sobresale la figura cumbre de José Mariano de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, marqués de Aulestia y conde de Pruvonena, “el director de todas las conspiraciones en celdas y salones, el maniobrador eterno e inasible como su sombra”, al decir de Raúl Porras (1953, pp. 33-34). A su lado, aparece el desempeño sobresaliente de José Matías Vásquez de Acuña, el ardiente e inquieto conde de la Vega del Ren, así como del conde de San Juan de Lurigancho y del marqués de Villafuerte. Asimismo, es notable el trajinar del ilustre limeño José Bernardo de Tagle y Portocarrero, marqués de Torre Tagle. No menos trascendente fue la labor de José Félix Berindoaga, conde de San Donás y barón de Urpín (de trágico e injusto final en la época bolivariana). Algunas señoras nobles también fueron participes de estos afanes, como fue el caso de la condesa de Gisla y de la aristócrata Pepita Ferreyros; ambas de reconocida trayectoria patriótica.
Al lado de estos personajes ligados a la añeja nobleza colonial hay que rescatar la participación de algunos criollos de gran valía como, por ejemplo, el citado Hipólito Unanue, cosmógrafo y médico principal de la ciudad; José Gregorio Paredes, preclaro médico y profesor de matemáticas; José Pezet, editor de la difundida Gaceta de Lima; Eduardo Carrasco, marino, cosmógrafo y eximio profesor de matemáticas; José Gavino Chacaltana, patriota iqueño e insigne médico; Juan Pardo de Zela, procurador (arrestado y condenado a diez años de cárcel); Mateo Silva, joven y prestigioso abogado (arrestado y enviado a los presidios de Valdivia en Chile).
A pesar de la tiranía extrema y de la rigurosa vigilancia de la autoridad virreinal —dice el citado historiador Markham (1895)— “los conspiradores limeños se reunían en diferentes lugares: primero en el Caballo Blanco, frente a la iglesia de San Agustín, después donde Bartolo o en el Café del Comercio en la calle de Bodegones” (p. 155). En estos puntos, se examinaban y se discutían asuntos de variada naturaleza e importancia, tales como los destinos de la América meridional, los derechos de los colonos, la forma de gobierno que mejor convenía, las noticias que circulaban sobre las insurrecciones en los distintos lugares del subcontinente, los mecanismos para facilitar el arribo de las expediciones libertadoras del sur, etcétera. A menudo, también, las reuniones secretas se llevaban a cabo en las residencias de los propios complotados (unas veces en la casa de Riva Agüero y, otras, en la del conde de la Vega del Ren, en la de la mencionada condesa de Gisla o en la de la patriota guayaquileña Rosa Campusano). Asimismo, las reuniones se efectuaban en habitaciones alquiladas expresamente en los suburbios de la ciudad.
En cuanto a los levantamientos que entonces se sucedieron en distintas partes del territorio, una nómina provisional e incompleta nos muestra el siguiente cuadro. En primer término, destaca el referido movimiento encabezado por José Gabriel Condorcanqui, el último que ostentó el título de Inca y mandado a descuartizar, atado a cuatro caballos en la plaza del Cusco por el visitador José Antonio de Areche, después de haber paseado el suntur páucar de sus antepasados por la meseta del Collao y los alrededores; la sublevación liderada por Felipe Velasco, caudillo de los indios de Huarochirí, arrastrado hasta el patíbulo de la plaza de Lima, a la cola de una mula de alabarda; el intento heroico de José Gabriel Aguilar y José Manuel Ubalde, que rindieron sus vidas en los albores de una conspiración; el anhelo sin par del limeño Francisco Antonio de Zela que, en Tacna, empuñó las armas para lograr la liberación, siendo derrotado y conducido entre cadenas al lejano y malsano presidio de Chagres (Panamá); el tesón revolucionario del huanuqueño Juan José Crespo y Castillo que, tomado prisionero, fue fusilado en 1812 gritando ¡Viva la libertad!; el afán de Enrique Paillardelli, que, junto con su hermano Juan Francisco, promovió la segunda insurrección de Tacna (1813) en favor de la Independencia; los afanes revolucionarios de los hermanos Angulo (José, Vicente, Mariano y Juan), víctimas de la dureza despótica del virrey Abascal; el plan de Mateo García Pumacahua, cacique indio y brigadier español que murió por la causa de la libertad; la entrega del epónimo arequipeño Mariano Melgar, el más joven e infortunado de todos, que cayó en Umachiri con el nombre de su amada en los labios y con el cráneo perforado por las balas realistas; los intentos del tacneño José Gómez, del moqueguano Nicolás Alcázar, de los hermanos limeños Mateo y Remigio Silva, y del capitalino José Casimiro Espejo en Lima; y los mil héroes anónimos de las casamatas y de los presidios y de las cárceles de Checacupe, de Chacaltaya, de Huanta, de Huancayo y del puente de Ambo, cuyos defensores blanquearon con sus huesos las pampas de Ayancocha. “¡Cuántas amarguras —dice Raúl Porras—, cuántas zozobras, cuántas rebeldías y cuántos callados heroísmos se expresaron en esos gloriosos e inciertos días!” (Izcue, 1906, p. 23; Porras, 1953, pp. 33-34).
Un cuarto hecho histórico que no podemos obviar y que formó parte de aquellos esfuerzos revolucionarios que en el Perú precedieron a la jura de la Independencia y a su consumación final en 1824 con la batalla de Ayacucho, corresponde a la participación y al rol decisivo que desempeñó la mujer como madre, esposa o hermana de aquellos que bregaban por la liquidación del yugo español. De procedencia no solo social y económicamente disímil (pertenecientes a sectores altos, medios y bajos), sino también de formación cultural diferente, estas damas destacaron por su entrega, abnegación y sacrificio e, incluso, por su activa y directa participación en las conspiraciones o sublevaciones al lado de los actores principales de esos movimientos. Sobre el caso de la actuación de la mujer limeña, el siguiente testimonio de Vicuña Mackenna (1860) resulta particularmente elocuente:
Las limeñas de aquellos días, eran también las más activas conjuradas por su acerado espíritu, por su ferviente entusiasmo y por su indesmayable sentido de inmolación. La saya y el manto, con su misteriosa impunidad, se hicieron entonces en Lima los cómplices más útiles de todos los complots. (p. 82)
En páginas precedentes hicimos alusión a la condesa de Gisla, mujer memorable e ilustre de alta alcurnia, cuya casa se convirtió en el club secreto y garantizado de los más conspicuos conspiradores y de las más decididas conspiradoras, donde el sigilo, la discreción, la fraternidad y la confianza mutua eran las claves de su actuación clandestina. Semejante situación, se vivía en otros hogares, como en los de Rosa Campusano Cornejo, Juana de Dios Manrique de Luna y de Brígida Silva Cáceres, entre otros. En todos estos hogares, el patriotismo se hizo evidente, no obstante el acecho y la amenaza de la autoridad virreinal. Pero hubo otros casos en que la mujer peruana empuñó las armas y se convirtió en cabeza de la sublevación, como ocurrió con la mencionada Micaela Bastidas Puyucahua, mujer altiva y de temple y coraje probados, que actuó al lado de su esposo José Gabriel Condorcanqui en el levantamiento de 1780.
La lista de estas insignes heroínas se completa con los nombres, entre otros, de la aguerrida ayacuchana María Andrea Parado de Bellido; de Catalina Agüero de Muñecas y de Catalina Aguilarte (ambas de incansable actividad conspirativa en Lambayeque); de Ventura Ccalamaqui (mujer quechuahablante, de notable actuación en Huamanga); de Manuela Sáenz Aizpuru (quiteña radicada en Lima y reconocida activista al lado de Rosa Campusano); de Clofé Ramos de Toledo y sus hijas María e Higinia (conocidas como “Las Toledo”), de grata recordación por su acción valerosa y arrojada en la voladura del puente de Izcuchaca a fin de evitar el paso del ejército realista; de Emeteria Ríos de Palomo (destacada y abnegada patriota de Canta); y de Tomasa Tito Condemayta, de trágico final.
El 11 de enero de 1822, organizada ya la Orden del Sol, el protector San Martín premió a las patriotas peruanas (limeñas sobre todo) creando ciento doce caballeresas seglares y treinta y dos caballeresas monjas, escogidas entre las más notables de los trece monasterios de Lima. La relación de estas damas se publicó días después en la Gaceta del Gobierno en fechas diferentes: 23 de enero de 1822 (t. II, n.° 7, pp. 3-4) para el primer grupo, y 23 de febrero de 1822 (t. II, n.° 16, pp. 1-2) para el segundo grupo. Ambas relaciones fueron reproducidas por Denegri, 1972, pp. 419-422. En el Apéndice biográfico se consignan referencias acerca de la vida y el quehacer de algunas de las patriotas que actuaron tanto en Lima como en provincias; infortunadamente, la carencia de información sobre el resto de ellas nos ha impedido ampliar la nómina e incluirlas.
Finalmente, un quinto suceso histórico que formó parte de aquella etapa que nos interesa examinar como preámbulo a la Jura de la Independencia, está referido a la acción controvertida del clero en los afanes independentistas de la época. El padre Rubén Vargas Ugarte, jesuita y reputado historiador nacional, en dos estudios dedicados al tema (publicados en 1942 y 1945, respectivamente) nos ofrece algunas reflexiones que sirven de guía para esbozar a continuación algunos comentarios.
En definitiva, determinados miembros del entonces denominado “alto clero” no se alinearon con el entusiasmo revolucionario del momento ni fueron decididos partidarios de la gesta emancipadora; todo lo contrario. Se mostraron opuestos al anhelado sistema republicano y combatieron abiertamente a los llamados “rebeldes vasallos”. ¿La causa? Por un lado —según dicho autor— la mayoría de ellos eran españoles de origen y, por otro, algunos de ellos pertenecían o mantenían una relación cercana con la nobleza; igualmente, su dependencia estrecha de la persona del monarca (en que los había colocado el Patronato Real), hacía aparecer como un acto de infidelidad cualquier paso que dieran en desmedro de la autoridad suprema. Ese fue el caso del obispo de Moyobamba, Hipólito Sánchez Rangel (natural de Badajoz-España), irreductible realista y enemigo acérrimo de la causa patriota y que en las misas dominicales solía hablar de los “herejes insurgentes, autores de las novelerías de patria y libertad”, para referirse a los amantes de la emancipación política. Sin embargo, hubo también altos prelados que asumieron una actitud diferente a favor de los patriotas; fue el caso, por ejemplo, del arzobispo de Lima Bartolomé María de las Heras (natural de Carmona-Sevilla) que, conminado por el virrey José de La Serna a abandonar la capital y no someterse a los designios de la Expedición Libertadora de San Martín, se resistió y días después tuvo el coraje de colocar, el primero, su firma en el Acta de la Independencia. Obviamente, existieron muchos otros casos, en uno u otro sentido, a lo largo de ese azaroso período de nuestra historia.
¿Y qué del clero menor tanto secular como regular? Su conducta, en general, estuvo identificada con los ideales de libertad e, incluso, muchos curas o párrocos —como veremos de inmediato— tuvieron una participación directa en los levantamientos o sublevaciones y, otros, formaron parte del contingente de las expediciones libertadoras. Al respecto, los casos abundan.
Recordemos que en los claustros de La Merced se formó el limeño fray Melchor de Talamantes, trasladado por sus ideas progresistas a México, y prócer de la independencia de esa nación; en los de la Buenamuerte, se educó Camilo Henríquez, fogoso e incansable promotor de la revolución chilena. Y de los claustros de San Felipe Neri, salieron el vehemente Méndez y Lachica, el culto Pedemonte, el ilustre Carrión y otros más que, con su reconocido prestigio e influencia, ganaron para la causa patriota muchos adeptos y prepararon el terreno para el mejor éxito de la campaña sanmartiniana. (Vargas Ugarte, 1942, p. 262)
En provincias, la lista de los sacerdotes patriotas se muestra aún más frondosa, observándose su participación abierta y decidida en los principales movimientos revolucionarios a nivel nacional. Vargas Ugarte (pp. 262-263) consigna, de manera secuencial, una información bastante minuciosa que permite no solo rastrear su desempeño, sino también valorar su esfuerzo en medio de tantas dificultades u obstáculos. Aquí una síntesis. En la conspiración del Cusco de 1805 figuran como fautores, y aun como cabecillas, algunos religiosos, como el presbítero José Bernardino Gutiérrez, el cura Marcos Palomino (radicado en Livitaca) y fray Diego de Barranco. Cinco años después salen a relucir los nombres del presbítero Ramón Eduardo de Anchoris, sacristán de San Lázaro; de Cecilio Tagle, cura de Chongos; de fray Mariano Aspiazu, párroco de Ulcumayo. En 1812, durante la revolución de Huánuco, sobresale la acción de fray Marcos Durán Martel al lado de Juan José Crespo y Castillo; también el de José de Ayala, párroco de Chupán. En la rebelión de los hermanos Angulo, de 1814, en la ciudad imperial, participaron muchos sacerdotes al punto de que el virrey Abascal, receloso de la actitud adoptada por el obispo José Pérez y Armendáriz y de buena parte de su clero, obligó no solo al primero a declinar su autoridad, sino también a trasladar a Lima al arcediano José Benito Concha, al provisor Hermenegildo de la Vega, al prebendado Francisco Carrascón y al presbítero Juan Angulo, hermano de los cabecillas de la revolución. El papel del presbítero Mariano José de Arce y del clérigo Ildefonso Muñecas fue, igualmente, decisivo en aquella sublevación. Desde entonces y hasta 1819 las cárceles de Lima y del Callao se vieron llenas de sacerdotes y religiosos acusados de infidentes, como el presbítero Manuel Garay y Molina, el juandediano fray Francisco Vargas, el agustino fray Pedro Gallegos, el cura Juan José Gabino de Porras y otros más procedentes de los diferentes ámbitos del territorio.
Sin duda alguna, el arribo de la escuadra al mando del almirante Cochrane a nuestro litoral avivó el entusiasmo de los patriotas y, entre ellos, el de algunos ilustres sacerdotes como Cayetano Requena, natural de Huacho, confidente de San Martín y, posteriormente, diputado en el primer Congreso Constituyente. Por estos días, sobresalió también la labor del cura de Huarmey, Pedro de la Hoz (tío del prócer Francisco Vidal) quien fue autor de las continuas proclamas colocadas, anónimamente, en las calles de Lima incitando al pueblo a luchar por la libertad. Con el advenimiento de San Martín, primero, y de Bolívar, después, la colaboración de los curas patriotas se intensificó en distintos ámbitos. Unos sirvieron como capellanes del ejército, como fray Pedro de Zapas y Carrillo, el presbítero Marcelino Barreto y el cura José Antonio Agüero. Otros, como la mayor parte de bethlemitas o juandedianos, expertos en salud, se convirtieron en cirujanos del ejército, entre los cuales no puede omitirse el nombre de fray Antonio de San Alberto, que salvó muchas vidas por las enfermedades palúdicas desatadas en el Cuartel General de Huaura y que mereció, por sus enormes e infatigables servicios, el que se le concediese el título de Cirujano Mayor. Otros fueron jefes de las partidas de guerrillas o montoneras, como el ya citado fray Pedro de Zayas y Carrillo y el franciscano fray Bruno Terreros (natural de Muquiyauyo), que llegó a alcanzar el grado de coronel. Para concluir, debemos recordar que en el Congreso Constituyente de 1822, el primero de nuestra historia, de los setenta diputados que conformaron la Magna Asamblea, veintitrés vestían el hábito religioso; muchos de ellos de antigua trayectoria patriótica.
Estos fueron, pues, a grandes rasgos, los principales acontecimientos que —repetimos— antecedieron al arribo del general San Martín en 1820 y a la posterior rendición del brigadier Rodil en 1826, con la que se puso punto final a la presencia del poder real en el Perú.
Dicho todo lo anterior, cabe preguntarse ¿cuál es la percepción que se tiene de nuestro período?, ¿qué rasgos son los que más sobresalen?, ¿puede hablarse de una etapa particularmente singular? Estas y otras interrogantes merecen nuestra inmediata atención. Internamente, fueron años duros, inciertos y violentos los que entonces se vivieron; Heraclio Bonilla (1972) habla, incluso, de un “período turbulento e inseguro”, pero también fueron años en los que la fe y la esperanza por un porvenir mejor estuvieron presentes. Años de sacrificio, abnegación e inmolación; pero también años de gozo, júbilo y ventura en su más genuina expresión. Años, igualmente, de mezquindades y malquerencias, pero también de entrega y fraternidad nobles. Casi diríase que fue una época contradictoria (“paradójica” la llamó Jorge Guillermo Leguía), en la que el pesimismo se mezcló con la ilusión, el desánimo con el impulso vitalizador y la desconfianza con la más certera credulidad. Al fin y al cabo eran instantes de formación o gestación, en los cuales los estados de ánimo no eran percibidos necesariamente como concordantes ni mucho menos orientados por un mismo patrón de conducta. Ello generó (como ocurrió en igual forma con otros países de la región) un verdadero estado de caos y confusión no solo en el seno de las endebles clases dirigentes, sino también en el accionar de los vastos y difusos segmentos de la incipiente opinión pública peruana. Se afirma, inclusive, que en determinados momentos fue tan crítica e incontrolable la situación, que el asunto prioritario (la campaña militar) pasó a un segundo plano con todas las consecuencias que ello acarreaba. Al respecto, César Ugarte (1924) escribió: “El período inmediato que siguió a la proclamación de la Independencia acaparó en su conjunto todas las fuerzas morales, psíquicas y materiales del país hasta 1826 en que se suscribió la capitulación de los castillos del Callao” (p. 48). Sin embargo, en medio de esta vorágine de pasiones y oscilaciones desbocadas e inciertas la “promesa de la vida peruana” (en frase feliz de Jorge Basadre) fue el leit motiv permanente de aquellos hombres (visibles o anónimos) que, desde su particular quehacer u ocupación, lucharon y ofrendaron sus vidas por una patria más sana, perdurable y mejor. A partir de entonces, el Perú de la historia antiquísima y de la naturaleza infinitamente diversa (y adversa a la vez) aparecerá como el Perú nuevo y eterno que ansía nacer desde tanto pasado y desde tantos horizontes geográficos.
Desde esta perspectiva, múltiples y valiosos son los testimonios que evidencian los instantes supremos por los que atravesó la joven nación en los años que aquí historiamos. No se trata, desde luego, de rescatar únicamente los hechos magnánimos o excelsos que glorificaron a los denominados “prohombres” de la libertad, sino también de encarar aquellos aspectos, acciones o conductas que, en su momento, constituyeron una seria limitación a los afanes independentistas o a la ansiada convivencia alrededor del proclamado “bien común”. De igual forma, se tratará de resarcir el rol (estigmatizado por algunos historiadores) que jugaron los sectores populares, a su manera, en esta ardua tarea colectiva. Para ello, en cuanto sea posible, a lo largo de estas páginas, dejaremos “hablar” a los documentos y a los mismos autores, aspirando a que el lector viva una época ya alejada de la nuestra y conozca ahora —como decía el célebre historiador Jacob Burckhardt refiriéndose a la Suiza decimonónica— lo que “en otro tiempo fue júbilo y desolación al mismo tiempo” (2012, p. 166). En este caso, la historia de las mentalidades resulta un magnífico instrumento de análisis para aproximarnos a tan compleja y cautivante realidad. Por lo demás, recordemos que la historia —concebida básicamente como el análisis o la reconstrucción del pasado tal como ocurrió— se hace eco igualmente de lo bueno y lo malo, de lo infame y lo noble, de las miserias y las prodigalidades, de las derrotas y las proezas que en un determinado momento la sociedad exhibió como parte de su acontecer cotidiano. Y esto es, justamente, lo que pretendemos hacer en los capítulos sucesivos.
En efecto, el lapso 1821-1826 (que tiene como eje principal la situación general por la que atravesó el país entonces, la ocurrencia de las afamadas batallas de Junín y Ayacucho y la firma de la respectiva Capitulación), historiográficamente aún presenta algunos asuntos o dilemas que merecen un esclarecimiento a la luz de las recientes investigaciones. En orden metodológico, tal vez el primer tema que requiere de una aclaración es el vinculado a la ubicación cronológica del período. No obstante el tiempo transcurrido, aún se conserva vigente el análisis hecho al respecto por Raúl Porras Barrenechea en el capítulo XI de su clásico e insuperable libro Fuentes históricas peruanas (1963). ¿Corresponde dicha etapa a los viejos linderos de la Colonia?, ¿pertenece propiamente a la fase de la Independencia?, ¿es parte ya de la República? o ¿puede hablarse de una coyuntura transitoria entre uno y otro extremo? Obviamente, las respuestas han sido disímiles y de acuerdo a los criterios historiográficos predominantes en cada época. En nuestro caso, juzgamos que teniendo en cuenta la coyuntura particular de aquellos años, no puede afirmarse de modo radical que el Perú logró su total autonomía política el día en que San Martín proclamó la Independencia en la plaza principal de la ciudad de Lima. Como bien se sabe, el 28 de julio de 1821 gran parte del territorio seguía en poder de los españoles y estos se mantenían no solamente con el poderoso ejército peruano-español del Alto Perú, sino con las propias tropas de Lima trasladadas por el virrey José de La Serna al Cusco. Con estos dos pilares, la autoridad realista controlaba eficazmente tanto la región del sur como la del centro, amenazando de modo pertinaz con bajar y ocupar la capital; tal como ocurrió, en más de una ocasión, con el impetuoso ingreso del mencionado general Canterac.
Las fuerzas “auxiliares” que envió y luego trajo Bolívar (unidos a peruanos, chilenos y argentinos, rezagos del ejército sanmartiniano) no recuperaron la gran porción territorial del Perú controlada por los realistas sino hasta después de la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824). En este sentido, el período histórico llamado Independencia no es propiamente la República, aunque José de la Riva Agüero (el conde de Pruvonena) y José Bernardo de Tagle (el marqués de Torre Tagle), fueran nombrados presidentes de manera sui generis por el primer Congreso Constituyente de 1823. Forzando aún más el análisis, puede sostenerse que ni siquiera en 1824 (cuando el general Juan Pío Tristán y Moscoso, último virrey, acató la Capitulación) la fase republicana se había iniciado formalmente. Lo que había concluido era el período colonial hispano, pero aún no existía república, ni gobiernos peruanos libres de la presencia de los ejércitos foráneos (Durand, 1998, t. V, pp. 113 y 115). Dicho en otras palabras, el período de la independencia es la colonia que está derrumbándose y, al mismo tiempo, es la república que se anuncia pero que todavía no existe como tal. Desde esta óptica, resulta lógica la opción de Basadre de iniciar la etapa republicana en fecha posterior a 1826, es decir, a la salida precisamente de todas las fuerzas extranjeras del suelo patrio. Solo a partir de la elección del general José de La Mar como presidente de la República en junio de 1827, puede afirmarse que el Perú iniciaba el lento proceso de institucionalización de su aparato estatal en forma soberana. Recién, entonces, puede decirse con propiedad que empezaba la República, aunque esto se efectuara sobre escombros e incertidumbres, como veremos más adelante.
El segundo asunto que, igualmente, merece una breve alusión tiene que ver con la naturaleza y el sentido de la gesta emancipadora en sí. Al respecto, los aportes o planteamientos teóricos se hallan, en cada caso, sujetos a una revisión de carácter histórico. Por ejemplo, la versión de una independencia “impuesta” o “concedida” no parece tener el asidero histó-rico suficiente como para respaldar y justificar su enunciado. Al contrario, la argumentación histórica reconoce y pondera el antiguo deseo y el ferviente esfuerzo de los peruanos, en mayor o menor medida, por lograr la definitiva ruptura política con la metrópoli hispana. En este sentido, es oportuno recordar que el virrey Pezuela, vencedor en los campos de Vilcapuquio y Ayohuma, el general que había derrotado a Belgrano y a Rondeau con ejércitos inferiores en número y armamento, no podía sentir temor ante la anunciada invasión de un ejército patriota de cuatro mil hombres. “Lo que preocupaba y angustiaba a Pezuela —dice Félix Denegri (1972)— era la fuerza expansiva del patriotismo peruano cada vez más decidido e impulsivo” (p. 295). Infortunadamente, la presencia del espléndido poder realista en nuestro suelo (reconocido entonces por propios y extraños) frustró esa vieja y colectiva aspiración nacional; realidad que no se dio en otras partes del continente sudamericano. Recordemos, además, que la capital limeña a lo largo del período colonial fue el eje preponderante e indiscutible del quehacer tanto administrativo como político y militar del extenso virreinato peruano. “Sede de los engorrosos manejos burocráticos y de la poderosa aristocracia mercantil colonial, Lima terminó siendo el último baluarte de las posiciones realistas en América”, nos dice Carlos Aguirre en su libro publicado en 1995 y que aquí citamos (p. 28).
Por otro lado, minimizar o menoscabar la participación de las clases populares (criollos, mestizos, mulatos, negros e indios) en el proceso independentista, resulta, asimismo, una interpretación sesgada que amerita un análisis más amplio e integral de verificación histórica. Obviamente, la participación de estos sectores en su conjunto no fue igual ni homogénea por causas de variada índole que han sido identificadas y explicadas por diversos historiadores con meridiana claridad. Desde esta perspectiva, puede afirmarse que los tres primeros grupos (criollos, mestizos y mulatos) tuvieron una mayor y significativa intervención respecto a los dos últimos que, en algunos casos, fueron enrolados a la fuerza o con engaños.
De hecho, el ejército de San Martín hizo algunas tímidas llamadas a los grupos oprimidos, ofreciendo la manumisión de los negros esclavos de las haciendas costeñas, a cambio de su enrolamiento en las tropas, y declarando la abolición del tributo y del servicio personal de los indios. Por su lado, el ejército de Bolívar se vio obligado a recurrir a medidas propias del enganche para obtener de los pueblos los hombres que le eran necesarios. Estos fueron conducidos a los centros de operaciones bajo fuerte custodia para evitar su deserción. Pero, pese a esta vigilancia, los desertores fueron tan numerosos como los reclutas. (Bonilla, 1972, pp. 57-58)
Sobre estos dos últimos grupos, semejante actitud encontramos en las fuerzas realistas comandadas por Canterac, Valdez y el propio virrey La Serna en su afán de incorporarlos a sus tropas. El resultado fue el mismo: el ocultamiento o la deserción de los oprimidos. Excepción de todo lo dicho (principalmente en referencia a los indios) fue, sin duda alguna, la actuación de un sinnúmero de ellos en las famosas y decisivas guerrillas o montoneras de la Sierra Central (estudiadas exhaustiva y estupendamente por Raúl Rivera Serna, 1958), donde destacaron personajes como Ignacio Quispe Ninavilca, último descendiente de los caciques de Huarochirí y de notable influencia regional. Otro caso anterior fue el de Mateo García Pumacahua (1814), caudillo indígena y célebre e influyente cacique de Chinchero.
En cuanto a la afirmación de que en nuestro medio “no existió una clase que orientara y condujera la lucha con una clara conciencia del sentido del proceso emancipador” (Roel, 1980, t. VI, p. 214), se puede decir que —a la luz de las evidencias históricas de la época— resulta un enunciado que merece, asimismo, una revisión o análisis para determinar su grado de veracidad. Lo que resulta innegable es que en las postrimerías del siglo XVIII y en el tránsito de esta centuria a la siguiente, los testimonios mencionan las numerosas rebeliones y conspiraciones que hicieron estremecer diferentes regiones del Perú. En este sentido, un sinnúmero de convulsiones, revueltas, levantamientos y revoluciones (con afanes reformistas, separatistas o de protesta, unos u otros) se sucedieron en el territorio peruano desde 1780 hasta las proximidades del decenio de 1830. Puede hablarse, inclusive, de un permanente estado de guerra en ese casi medio siglo de vida interna. En efecto —dice Félix Denegri Luna (1976)— en esa media centuria se sucedieron, entre otras, las rebeliones de José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru II), la de su hermano Diego Cristóbal, la sublevación de Juan Santos Atahualpa, el levantamiento de Juan Crespo y Castillo, la insurgencia de Mateo García Pumacahua, las conspiraciones de los hermanos Vicente, José y Mariano Angulo Torres, y la insurrección de Francisco Antonio de Zela (Denegri, 1976, t. VI, vol. I, p. 31). En todas estas confrontaciones, hubo un líder o caudillo que, conscientemente, orientó las acciones de sus seguidores; que el resultado les fuera adverso, no es óbice para reconocer su decidido empeño y su firme propósito de reivindicación frente a la prepotencia y hegemonía del poder real. Semejante argumento puede formularse a favor de las sucesivas conspiraciones limeñas de Riva Agüero, Torre Tagle, Berindoaga (vizconde de San Donás), Vásquez de Acuña (conde de la Vega del Ren) y de muchos otros patriotas. Por lo demás, en algunos casos, las grandes revoluciones a escala mundial contaron con un líder o conductor y no precisamente con una “clase política” que le sirviera de soporte o sostén.
En el plano doctrinario e ideológico, es de antaño reconocida no solo la perseverancia e inquietud de muchos pensadores criollos en torno al afán independentista, sino también su innegable preponderancia en el actuar de quienes, más tarde en momentos cruciales, serían considerados con toda legitimidad los “Padres de la Patria”. En este sentido, la influencia de Viscardo y Guzmán, Bravo de Lagunas, Baquíjano y Carrillo, Vidaurre, Rodríguez de Mendoza y Unanue, fue decisiva y gravitante. Todos ellos fueron conscientes de su rol a favor de la liberación política de España o, cuando menos, de la necesidad perentoria de un cambio del statu quo reinante desde épocas pretéritas. Separatistas o reformistas, ellos fueron los paradigmas que, junto con los enciclopedistas e ilustrados de la Europa dieciochesca, estuvieron presentes en el pensamiento y en el accionar de los indicados “Padres de la Patria”.
Otro asunto no suficientemente esclarecido y que amerita también una breve mención, es el referido al absoluto convencimiento de los patriotas americanos respecto a la necesidad perentoria de acabar con el principal (y único) núcleo de poder realista en el Continente que se jactaba de catorce años de triunfos y que se hallaba focalizado en Lima “la capital o sede del más poderoso y del más antiguo de sus virreinatos”, en palabras de Vicuña Mackenna (1924, p. 62). Ellos eran conscientes de que el poder de España se hallaba intacto en la tierra de los incas y que mientras él subsistiera, todo lo ganado en términos de vida autónoma corría el virtual riesgo de perderse; por lo tanto, era apremiante e imperiosa su destrucción in situ4. Semejante parecer lo compartían los patriotas peruanos desde tiempo atrás. Recordemos que la sociedad peruana a comienzos del siglo XIX no se reducía ya a los supérstites del incario (según el oportuno reclamo aparecido en el Mercurio Peruano), pues a su lado estaban las vastas poblaciones de criollos, mestizos y mulatos; y al sumarse estos a la marea revolucionaria, alteraron en forma decisiva la concepción estratégica de la lucha emancipadora. En la Universidad Mayor de San Marcos y en el Convictorio de San Carlos dialogaron profesores y alumnos, en torno a la coyuntura política y económica imperante, exponiendo teorías sobre la naturaleza de sus problemas y las ventajas de la libertad. Reconocieron que el Perú era el centro del dominio español en la América del Sur, tanto por la prestancia de su tradición cultural, como debido a la ventajosa posición geográfica y la riqueza de sus recursos naturales; y que la empresa de hacerlo independiente requería la cooperación de cuantos sostenían en el Continente la causa de la libertad y la ilustración. Consecuentemente, prodigaron su actividad en planes y movimientos sediciosos, encaminados a socavar la estabilidad del régimen colonial (Tauro, 1973, p. 14).
Ciertamente, lo expresado por nuestros connacionales se ajustaba a la verdad histórica. Una rápida mirada retrospectiva nos señala que desde mediados del siglo XVI fue el Perú el centro del poder español en América meridional. Es en nuestro suelo donde se organizaban las expediciones que someterían a la corona española los dominios actuales de Chile, Ecuador, Alto Perú (o Bolivia), norte de la actual Argentina, las regiones del río Amazonas, etcétera. Esa condición geopolítica no la perdió el Perú con el transcurrir del tiempo; y Lima, en la práctica, fue la cabeza del gigantesco imperio español en la región. En la centuria decimonónica, desde Lima salió el apoyo económico que dio impulso a la victoriosa resistencia platense a las fracasadas invasiones inglesas; de la capital, asimismo, partieron fuerzas militares realistas para la lucha contra los patriotas de Chile, Alto Perú, Río de La Plata, Quito y la lejana Panamá5.
Todo ello —dice Félix Denegri (1976)— significó para el Perú un enorme sacrificio financiero y humano que lo dejó postrado social y económicamente, pues además de su propia guerra de la Independencia, el virreinato peruano tuvo que participar en los otros esfuerzos continentales. En todo ello, obviamente, las movilizaciones de tropas de nuestro virreinato hacia tantos y tan variados frentes no solo representaron la recluta de miles de hombres para atender la lucha en puntos tan alejados, sino que afectaron hondamente su economía, provocando el abandono de los campos y la quiebra de la industria textil (obrajes) que, no obstante ser primitiva, daba trabajo a un buen número de familias. Prácticamente, el 10 % de la población masculina de entonces fue llamada a las armas. ¿El resultado? El nefasto impacto que sufrió el Perú antes de la llegada de la Expedición Libertadora del Sur. Las guerras de la Independencia, después del desembarco del ejército sanmartiniano en Pisco (1820) y hasta la victoria de Ayacucho (1824), multiplicaron esos esfuerzos (Denegri, 1976, t. VI, vol. I, pp. 31-34).
Ciertamente, este enorme esfuerzo desplegado por nuestro país fue claramente percibido por los líderes de la revolución independentista sudamericana, pues ya en el año 1810, ejércitos platenses bajo el mando de Juan José Antonio Castelli emprendieron la marcha sobre el virreinato peruano, pero fueron derrotados por el general José Manuel de Goyeneche en Guaqui, casi en las fronteras mismas del Perú. Por eso José de San Martín, Simón Bolívar, Juan Martín de Pueyrredón y Bernardo O’Higgins, por citar solo unos pocos nombres de una lista que podría ampliarse, creyeron con plena certidumbre que ningún país sudamericano podría ser libre mientras no se consiguiese la emancipación peruana (Denegri et al., 1972, p. 214).
Bajo este convencimiento, los gobiernos independientes organizados en Buenos Aires, Chile y Nueva Granada comprendieron (y así lo divulgaron) que su propia seguridad los obligaba a doblegar inevitablemente las reservas del poderío español existentes en el Perú6. Su lucha por la independencia alcanzó así la intensidad y la gloria de una gesta, porque debía resolverse en tierra peruana la fundamental contradicción entre despotismo colonial y libertad nacional. Pero tal coyuntura —como lo subraya Basadre (1968)—gravitó sensiblemente sobre el desarrollo histórico del Perú, debido a la excesiva prolongación de las campañas militares libradas en su suelo (1820-1824). En este sentido, la Gran Colombia7, Chile y las provincias del Río de La Plata eran naciones soberanas, pero se veían obligadas a “vivir con el arma bajo el brazo” temerosas de que el virrey del Perú, dueño de un rico imperio, con un ejército de 25 000 hombres, marchase en cualquier momento al sur o al norte, traspasase sus linderos, inflamase el espíritu de rebelión de los realistas vencidos, y pusiese en peligro la victoriosa causa, que costaba casi tres quinquenios de guerras heroicas y de máximos esfuerzos8. Se preocupaban, con razón, de la suerte de su vecino, porque mientras los peruanos no fuesen libres, tenía que mirarse aquella región como una amenaza persistente contra la independencia de toda la América del Sur. De aquí nació en el ánimo de estas tres regiones la idea de aliarse a su vecino con ejércitos, escuadras, dinero y recursos de todo género, con el firme propósito de destruir de raíz y para siempre el último, pero también el más formidable, núcleo de tropas que conservaba España en el vasto continente americano.
Al impulso, pues, de aquel afán pragmático de autoconservación, las naciones independientes acometieron tempranamente la empresa de coadyuvar a redimir al Perú9. Los siguientes testimonios sanmartinianos así lo confirman. Tres meses después de haber tomado posesión del mando del Ejército Auxiliar del Perú, en extensa misiva a su amigo íntimo Nicolás Rodríguez Peña, San Martín concluye diciéndole:
Ya le he dicho a usted mi secreto. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza es suficiente para pasar a Chile y acabar allí con los godos, apoyando un gobierno de amigos sólidos para concluir también con la anarquía que reina. Aliando las fuerzas pasaremos por el mar a tomar Lima: ése es el camino y no otro. Convénzase que hasta que no estemos en Lima la guerra no acabará para nadie…10
Dos años después, en una extensa carta a su apreciado amigo Tomás Godoy Cruz (fechada en Mendoza el 12 de mayo de 1816), San Martín le dice sin eufemismo alguno: “Lima, con la presencia de la formidable fuerza realista, será siempre el azote de la libertad del continente…”11. Y tres años más tarde, en una nota confidencial a su igualmente fraterno amigo Bernardo O’Higgins (fechada en Mendoza el 9 de noviembre de 1819), le expresa:
No pierda usted un solo momento en avisarme el resultado de Cochrane para que sin perder un solo instante pueda marchar yo con toda la división a ésa, excepto un escuadrón de granaderos que dejaré en San Luis para resguardo de la provincia. Se va a cargar sobre mí una responsabilidad terrible, pero si no se emprende la expedición al Perú todo se lo lleva el diablo12.
Por su parte, los testimonios bolivarianos (no menos numerosos ni menos importantes) son igualmente reveladores de este sentir. ¿Por qué atribuía tamaña importancia Bolívar a la libertad del Perú? Al igual que San Martín (a quien llamó en una carta “mi compañero”) comprendía la importancia geopolítica del más viejo virreinato de América del Sur, sus reservas materiales y las riquezas que, aún después de la guerra y las exacciones, le quedaban. Por otro lado, las proyecciones continentales de una derrota en el Perú (que lo aterraba) lo llevaban a gestionar ayuda y refuerzos a otras patrias americanas. Bernardo Monteagudo, revolucionario argentino, ministro de San Martín hasta su caída por un motín durante el viaje de este a Guayaquil, fue comisionado por el Libertador caraqueño para pedir ayuda a México, “a fin de que no falte ningún americano en el ejército unido de la América meridional” (Bolívar, 1910, I, p. 789). Monteagudo viajó a Centroamérica, y solicitó y obtuvo ayuda para el ejército del Perú. Toda América, en una forma u otra, recibió la petición del visionario Libertador (Townsend, 1973, p. 134). Resumiendo su pensamiento sobre el tema, Bolívar (1910) dijo en una oportunidad: “Al perderse el Perú se pierde el sur de Colombia. En el Perú, una victoria acaba la guerra de América y en Colombia ni cuatro” (I, p. 934). Como puede advertirse, ambos Libertadores coincidieron en visualizar que la independencia de América del Sur no se afianzaría mientras una gran fuerza española, como la realista, se mantuviese activa y apoyada por la riqueza y los recursos del Perú.
Y a todo esto, ¿cuál era la actitud de las grandes potencias y de la propia España sobre la independencia de América y del Perú en particular?, ¿de qué manera y con qué intensidad influyeron para la liberación posterior?, ¿cuál era la situación de Europa por entonces? Este asunto, historiográficamente, constituye el cuarto dilema que requiere también una breve explicación o comentario13. Veamos sus principales rasgos. Hacia 1821 ya se habían perdido los ecos de las campañas napoleónicas, la hierba había vuelto a crecer sobre los campos de Dresde, Leipzig y Waterloo y un nuevo orden imperaba en Europa encabezado por Klemens von Metternich (más conocido como el Príncipe de Metternich) dirigiendo los destinos del gran imperio austro-húngaro; Luis XVIII obedeciendo los dictados del Congreso de Viena; y la Santa Alianza regulando la marcha de las naciones y de las ideas14. Era la época del desquite conservador y de las barreras contra el liberalismo nacido al fragor de la Revolución Francesa15. Como lo recuerda el historiador inglés Eric Hobsbawm (2000), la Santa Alianza (integrada por los imperios ruso, prusiano y austríaco), y en la cual el zar Alejandro ponía el ingrediente mítico, se hallaba en la cima de su poder e influencia mundiales y hasta amenazaba con intervenir en América para restablecer la colonia española en nombre del principio de la legitimidad. En este contexto, la actuación de las grandes potencias fue decisiva y fundamental. En efecto, de acuerdo a evidencias de distinta índole, puede afirmarse que los principales factores externos que favorecieron la victoria de la causa patriota a escala continental fueron tres: a) el apoyo material de Inglaterra que, a través de distintas vías (préstamos, inversiones o financiamiento), se tradujo en dinero fresco para el accionar de los revolucionarios americanos; b) la protección de las Cancillerías norteamericana e inglesa que trabajaron intensa y fructíferamente en pro de las colonias sublevadas contra España; y c) la corriente liberal española que debilitó el vigor de las filas reaccionarias de la Metrópoli16.
Históricamente —como lo subrayó de manera lúcida José Carlos Mariátegui (1959)— tocó a Inglaterra jugar un papel primario en la independencia de Sudamérica17. Y, por esto, mientras el primer ministro de Francia, la nación que algunos años antes les había dado el ejemplo de su gran revolución, se negaba a reconocer el proceso libertario de estas jóvenes repúblicas sudamericanas, Jorge Canning, traductor y fiel ejecutor del interés de Inglaterra, consagraba con ese reconocimiento el derecho de estos pueblos a separarse de España y, consecuentemente, a organizarse republicana y democráticamente. A Canning, de otro lado, se habían adelantado prácticamente los banqueros de Londres que con sus préstamos (no por usureros menos oportunos y eficaces) habían financiado la fundación de las flamantes repúblicas. En este sentido, el ritmo del fenómeno capitalista inglés tuvo en la gestación de la independencia sudamericana una función menos aparente y ostensible, pero sin duda mucho más decisiva y profunda, que el eco de la filosofía y la literatura de los egregios enciclopedistas galos. Desde otra perspectiva —anota el mismo autor— el imperio español se mostraba en declive por reposar solamente sobre bases militares y políticas y, sobre todo, por convivir con una economía debilitada en relación al resto de Europa. España no podía abastecer abundantemente a sus colonias sino de eclesiásticos, doctores y nobles; sus colonias sentían apetencia de cosas más prácticas y de técnicas mucho más eficientes y utilitarias. En consecuencia, se volvían hacia Inglaterra, cuyos industriales y banqueros (colonizadores de nuevo tipo) querían a su turno enseñorearse en estos mercados, cumpliendo su función de agentes de un imperio que surgía como creación de una economía manufacturera y librecambista (Mariátegui, 1959, p. 67)18. En una palabra, era la expansión de carácter económico-comercial desde la pequeña pero privilegiada isla frente al continente europeo. No olvidemos —dice el citado Macera (1976)— que el poder de Inglaterra llegó hasta las antípodas y que la libertad de las colonias americanas (que serían otros tantos mercados británicos) le daría a esa nación no la conquista del mundo, que no la pretendía, sino la verdadera Monarquía Universal.
Inglaterra, pues, nos prestó su invalorable ayuda material. Durante los primeros años de la guerra independentista lo hizo encubiertamente, ya que era aliada de España; pero desde 1815, vencido Napoleón Bonaparte en Waterloo, nos protegió formidable y abiertamente. De este modo, la tierra de la reina Victoria representó el papel de socio capitalista de la revolución americana19. Pero, obviamente, la colaboración inglesa no se limitó al aporte exclusivo de carácter económico o material, sino que también asumió otras modalidades. Por ejemplo, los militares voluntarios de la Gran Bretaña tuvieron actuación heroica en nuestra guerra y pusieron al servicio de los principios e ideales americanos el valor que demostraron y la experiencia que adquirieron en las campañas coalicionistas. La corriente emancipadora del norte (venezolano-neogranadina), recibió el aporte principalmente de jefes y oficiales del ejército; mientras la corriente emancipadora del sur (argentino-chilena) recibió, fundamentalmente, la colaboración decisiva de los hombres de mar. Tomás A. Cochrane, Martin Jorge Guise y Guillermo Brown, fueron los creadores del poder naval de los países insurrectos; Daniel Florencio O’ Leary, Guillermo Miller y Francisco O’Connor, entre otros, orientaron su labor a esgrimir la espada en los campos de batalla. Pusieron, asimismo, su pluma a disposición de los intereses patriotas y —como lo recuerda el citado Jorge Guillermo Leguía— “rindieron su tributo intelectual a la Historia de la Epopeya Independiente con la misma abnegación y la misma eficacia con que derramaron su sangre generosa” (Leguía, 1989, p. 62). Es imposible, por ejemplo, estudiar y conocer a fondo la vida del Libertador venezolano sin dejar de consultar las Memorias de O’Leary y los 31 enjundiosos volúmenes de documentos publicados por él.
Antes de concluir con la acción de Inglaterra en pro de la causa americana, es menester aludir sucintamente a su figura más representativa de esos días y defensor acérrimo de la autonomía americana: el citado Jorge Canning. Nacido en Londres en 1770, Canning (como Benjamín Disraeli posteriormente) se convirtió, por mérito propio, en el hombre símbolo de sus flemáticos compatriotas. Entre los múltiples cargos que desempeñó, sin duda alguna, el más relevante fue el de primer ministro, quedando su nombre en la historia británica como propulsor decidido del libre cambio. En este puesto se mostró enemigo decidido de las tendencias absolutistas que, por entonces, predominaban en el continente y preparó dentro de su patria el cambio hacia una política liberal. Considerado como el orador gubernamental más brillante de su tiempo, cultivó además la sátira aguda y mordaz contra los revolucionarios franceses en el popular y difundido semanario Anti-Jacobin or Weekly Examiner. Adversario tenaz del Príncipe de Metternich, hizo de su patria un baluarte del liberalismo y dio el golpe de muerte a la Santa Alianza, cuando sostuvo que los Estados europeos no debían intervenir en los asuntos americanos20. Su política internacional creó una nueva era en Europa y contribuyó decididamente al predominio comercial británico. Reconoció la independencia del Perú y de otros Estados americanos en 1825, después de la victoria definitiva de Ayacucho. Sus palabras al respecto fueron entonces memorables: “El Nuevo Mundo ha sido llamado a la vida propia en competencia con el Antiguo al que con el tiempo ha de sobrepujar” (citado por Pirenne, 1987, 7, p. 2320).
Al conocer la muerte prematura de Canning ocurrida en agosto de 1827, Bolívar lo elogió como “propulsor universal y legítimo de la causa de la libertad”. Y añadió agudamente: “La humanidad entera se hallaba interesada en la existencia de este hombre ilustre que realizaba con prontitud y sabiduría lo que la revolución de Francia había ofrecido con engaño, y lo que América está practicando ahora con suceso” (1910, II, p. 704).
Ese fue el hombre que entendió e impulsó la idea de verdadera y directa colaboración con aquellos pueblos que, allende el mar, ansiaban y luchaban por su libertad.
El caso de la participación de Estados Unidos a favor de la aspiración independentista de América del Sur es igualmente sugestivo e interesante. Recordemos que esa nación, coronando dignamente la noble práctica del senador Henry Clay en el Parlamento de Washington, no solo reconoció la autonomía de nuestras nacionalidades en 1822, sino que vio con simpatía (y apoyó) desde mucho tiempo atrás la liberación de ellas, pues la cancillería norteamericana se distinguió por su actitud a favor de las colonias desde los primeros gritos de independencia, apresurándose a acreditar cónsules entre los gobiernos nacientes. Sin embargo, fue en 1823, de modo especial, que con la proclamación de la célebre “Doctrina Monroe” el pujante país nos favoreció en proporciones considerables, oponiéndose resueltamente a la funesta intromisión de la citada Santa Alianza en los países hispanoamericanos. Efectivamente, al iniciar su mandato en aquel año, James Monroe (1758-1831), obedeciendo a las oportunas y sabias sugestiones de su secretario de Estado, John Quincy Adams, aceptó la propuesta de Inglaterra de apoyar oficialmente la declaración de independencia de los Estados hispanoamericanos, en contra de las pretensiones de algunos monarcas de Europa continental, de apoyar al rey de España. Con la ayuda de su fiel ministro, preparó Monroe un mensaje que envió al Congreso en diciembre de 1823. Allí hizo las siguientes afirmaciones fundamentales: a) Estados Unidos no interferiría en las colonias europeas aún existentes en el Nuevo Mundo; b) cualquier tentativa de los monarcas europeos de extender su sistema a este hemisferio sería considerada como peligrosa para la paz y seguridad de Estados Unidos; c) la iniciativa de cualquier gobierno europeo de dominar sobre las antiguas colonias que hubieran declarado su independencia sería considerada como inamistosa por Estados Unidos; y d) el territorio de América no podría ser colonizado por potencias europeas (esta última declaración se oponía a la pretensión del zar de Rusia sobre una parte de Norteamérica). A este conjunto de directivas se dio en llamar la “Doctrina Monroe”. De esta manera, Monroe nos libró, intimidando a los cómplices del ministro austríaco Príncipe de Metternich (genio político de la Santa Alianza) de la agresión de las escuadras y divisiones de la ominosa agrupación21. En una palabra, la acción diplomática estadounidense, como la inglesa, fue para la causa de nuestra emancipación, idéntica a la de Francia y España respecto de la autonomía de las trece colonias inglesas del Atlántico. La independencia de América Española quedó así protegida, simultáneamente, por la indicada “Doctrina Monroe” y por la actitud franca y decidida de la corona inglesa.
En el plano personal, cabe resaltar el papel del médico norteamericano Jeremy Robinson (más conocido como el doctor Pablo Jeremías) a quien Nemesio Vargas califica como el “agente principal” de los emisarios de San Martín antes de su arribo a Lima. En la misma línea, Francisco Javier Mariátegui sostiene que Robinson fue
no solo propagador de las ideas sobre la independencia y obró por ellas, sino que fue un constante e incontrastable apóstol de la democracia: era el predicador contra todas las tiranías, contra todo lo que se oponía a la democracia. (Citado por Paz Soldán, 1920, p. 98)
Robinson fue un cirujano que, a la sombra de su profesión y amparado por el nombramiento de agente comercial de Estados Unidos, llegó a Lima en 1818 para dedicarse con toda energía y entusiasmo a predicar la ideología de los insurgentes. Denunciado al virrey Joaquín de la Pezuela, fue visto con suspicacia y, finalmente, perseguido, tuvo que huir al interior del país para eludir su persecución. Robinson supo conectarse con distintos intelectuales de la época, y entre estos con los del grupo del Colegio de Medicina de San Fernando, entre los que se contaba el rector, doctor Francisco Xavier de Luna Pizarro, los doctores Hipólito Unanue, José Gregorio Paredes, José Pezet y Santiago Távara22.
Finalmente, en cuanto a la actitud de España frente al proceso emancipador, ¿qué puede decirse? En la formidable Historia económica y social de España y América, que dirigiera Jaime Vicens Vives, él señala que a comienzos del siglo XIX el pensamiento político peninsular, al sufrir el impacto de los cambios que trajo la nueva centuria, se había bifurcado en dos grandes corrientes de ideas respecto al problema de la emancipación de las colonias, impropiamente llamado “guerra contra España”. Por una parte —dice— Fernando VII y su partido absolutista, impermeables a las nuevas aspiraciones y doctrinas, no supieron comprender el fenómeno de transformación histórica que se operaba en España, con sus naturales desviaciones políticas, económicas y sociales. Por lo tanto, eran rotundamente opuestos a cualquier idea de transacción o de arreglos pacíficos que contemplara o respetara el sagrado derecho de libertad e independencia de los americanos. Por otra parte, el Partido Constitucional, menos reaccionario, era favorable a las soluciones conciliatorias, pero siempre negando el reconocimiento de la independencia que pretendían las colonias. Así las cosas —concluye dicho autor— en la península no existía un criterio político definido. En todo caso, el proyecto más viable e inmediato era establecer alianzas de tipo constitucional (Vicens, 1972, p. 87).
Bajo este raciocinio e interés, España envió a Buenos Aires como sus comisionados a Antonio Luis Pereyra, oidor de la Audiencia de Chile, y al teniente coronel Luis de La Robla, con el propósito de contemplar los arreglos preliminares que debía producir el reconocimiento sucesivo de su independencia; aunque carecía de las credenciales suficientes, el ilustre patriota Bernardino Rivadavia, ministro de la Junta de Representantes de la Ciudad, se entusiasmó con esta visita y, sobre todo, por la tentadora posibilidad de una solución pacífica y así fue como el 4 de julio de 1823, se firmó la Convención de Buenos Aires que, sin más restricciones que el contrabando de guerra, estipulaba los tres siguientes asuntos: a) la suspensión de hostilidades por 18 meses (una especie de armisticio); b) el restablecimiento del comercio entre ambos Estados; y c) las garantías y seguridades para las propiedades de los beligerantes (Halperin, 1990, p. 167). El gobierno de Buenos Aires gestionaría el asentimiento de los otros Estados americanos a fin de promover una acción solidaria de paz con independencia en toda la región. En ese sentido, Félix Alzaga fue comisionado a Chile y Perú, no teniendo éxito en ninguna de las dos repúblicas. En el caso peruano, el virrey José de La Serna se negó a la suspensión de las armas si no se establecía como base principal el reconocimiento de la autoridad real en el Perú y el retiro de la División de los Andes, enviada en auxilio de los peruanos. La Serna era en esos momentos (1823) el virrey poderoso y, además, el general triunfante en Ica, Torata y Moquegua y, sobre todo, en la funesta campaña de Santa Cruz (Segunda Expedición a Intermedios). En Lima, el Congreso resolvió no tomar ninguna resolución sin la venia de Bolívar, quien al ser informado de la misión de Alzaga había dicho: “que él esperaba que cualquier negociación con los realistas tendría por base la independencia y que, por su parte, no tenía la intención de mezclarse en el asunto” (1910, II, p. 712). Bolívar no rechazaba la idea de negociar con los españoles; exigía, eso sí, la independencia como condición esencial y primaria. De allí que el mismo Antonio José de Sucre, anteriormente, intentara pactar con el mencionado virrey una tregua; asunto que, igualmente, no prosperó.
Finalmente, un quinto asunto que despierta interés y que motiva, igualmente, un sucinto comentario, tiene que ver con el impacto de la Independencia en la vida nacional de entonces y en los años inmediatos que le siguieron. La pregunta que en otra oportunidad hemos planteado: ¿qué cambió y qué pervivió al final de nuestro proceso emancipador?, continúa siendo útil y pertinente para conocer los pareceres o planteamientos que al respecto se han formulado (Palacios Rodríguez, 2014, p. 245). En efecto, a la luz de las recientes investigaciones la indicada interrogante ha sido abordada, fundamentalmente, desde dos vertientes un tanto excluyentes entre sí. La primera sostiene de manera enfática que la ruptura política no significó, de modo alguno y en su conjunto, una transformación sustantiva de la vieja estructura colonial en el más amplio sentido de la palabra; y la segunda, por el contrario, afirma que la guerra independentista provocó, no obstante la subsistencia de esa estructura, significativas alteraciones en el ámbito social, económico y administrativo, respecto al período anterior. ¿Los argumentos expuestos? Aquí un resumen.
Para los defensores o partidarios de la primera opción, la revolución por la Independencia quedó inconclusa; es decir, derrotó militarmente a las fuerzas virreinales, pero dejó las estructuras socioeconómicas intactas. En este sentido, advierten que la añeja estructura de la sociedad establecida desde 1532 no se rompió abruptamente en 1821 con la proclamación de la autonomía política por San Martín, ni en 1824 con la firma de la célebre Capitulación de Ayacucho, ni dos años, después cuando el terco e insurrecto general José Ramón Rodil se doblegó y entregó los castillos del Callao a las fuerzas patriotas sitiadoras. Esa estructura pervivió en muchos aspectos hasta muy avanzado el siglo XIX, conservando casi intactos, incluso, los fundamentos mismos del tejido social y económico que se habían desarrollado y materializado a lo largo del prolongado dominio virreinal. Por ejemplo, el incipiente sistema socioeconómico republicano no solo retuvo la mina, la hacienda y la servidumbre como base de su aparato productivo, sino que también mantuvo el orden aristocrático tradicional en la sociedad. En los socavones y latifundios, indios, negros, y mestizos continuaron laborando en las mismas condiciones en que trabajaban bajo el yugo español.
Dicho de otro modo, para los defensores de esta interpretación, la vida colonial no concluyó con el advenimiento de la República; todo lo contrario. La zigzagueante etapa republicana temprana se asentó sobre las mismas estructuras, jerarquías, privilegios y valores de la antigua sociedad virreinal; no por algo —dicen— habían transcurrido tres siglos de dominio y hegemonía absoluta. De esta manera, la Independencia inauguró un orden donde definitivamente predominaban las prácticas, las matrices y las costumbres coloniales en todas sus formas, incluyendo algunos vicios pretéritos tales como el oscurantismo, la cortesanía, el racismo, el centralismo y el formulismo, presentes, en algunos casos, hasta los tiempos actuales. Por otro lado, en el ámbito legal, los códigos coloniales (como el de minería) continuaron vigentes; y en la diaria administración de justicia, los métodos legales del pasado siguieron igualmente rigiendo la vida y los hábitos de los supuestos nuevos ciudadanos republicanos. En esta línea, muchos peruanos en los primeros años de la etapa republicana representaron el tipo de hombre hecho al ancien régime que seguía fiel a su idiosincrasia y a los esquemas mentales de la fase colonial (Chang-Rodríguez, 1985, pp. 73-76; López Soria, 1985, pp. 82-85; Bonilla, 2001, pp. 105-106).
En cuanto a los propulsores de la segunda opción, su argumentación puede sintetizarse del siguiente modo. La Independencia sin afectar en su conjunto la estructura colonial, ocasionó serias e irreversibles transformaciones no solo en el ámbito socioeconómico, sino también en el administrativo, militar y, obviamente, en el político con mayor énfasis. En respaldo de su planteamiento, mencionan, entre otros, algunos hechos que fueron consecuencia directa de esa mutación. En primer término, los cambios ocurridos no solo acentuaron la debilidad de la elite criolla anterior a las guerras independentistas, sino que también incrementaron sus dificultades económicas (la empobrecieron más). Simultáneamente, consolidaron el control económico de Inglaterra, “control que fue más extenso y más decisivo que el ejercido anteriormente por la metrópoli española”. En segundo lugar, la burguesía criolla ya en crisis en el siglo XVIII, “se debilitó aún más por la acción de las largas y costosas guerras de la Emancipación”. De este modo, “la burguesía comercial se vio maltratada por los sucesivos bloqueos de los puertos y por la invasión de las mercancías europeas”; asimismo, “la facción de la burguesía que estuvo vinculada a otros sectores productivos de la zona rural (como la minería y la agricultura), sufrió un impacto aún más fuerte, en la medida en que estos sectores fueron virtualmente arruinados por la larga confrontación bélica”. Por último, “gran parte del capital mercantil emigró durante las guerras y el resto salió con la expulsión o migración de los españoles” (Bonilla y Spalding, 1972, pp. 58-59).
Ciertamente, esta metamorfosis también afectó (y de modo especial tal vez) a la antigua y opulenta sociedad limeña, “produciendo inevitables cambios en su estructura social” (Aguirre, 1995, p. 29). Por otro lado —en opinión de Alberto Flores Galindo (1985)— la quiebra de la aristocracia mercantil que tenía su sede precisamente en la capital, provocó la desarticulación de una serie de circuitos económicos y financieros a lo largo y ancho del territorio nacional, ocasionando el natural y correspondiente desajuste casi generalizado.
¿Y qué otros cambios pueden señalarse producto de la Independencia? Los citados Heraclio Bonilla y Karen Spalding (1972) y Alberto Flores Galindo (1985) mencionan los siguientes: la profunda desarticulación del espacio (por la pérdida o destrucción de caminos, rutas y puentes), la acentuada desintegración regional, la expansión en gran escala de los extensos dominios agrícolas (latifundios), la destrucción de la producción interna (principalmente vía los obrajes), la extensión del caciquismo local, la crisis de la fuerza laboral (merma de la mano de obra), la disminución poblacional (con una lenta recuperación demográfica posterior), la conquista del mercado interno por los textiles británicos y la absoluta hegemonía de la economía inglesa en general. En el ámbito administrativo, cabe señalar el abandono de las instituciones tutelares (Audiencia, Intendencia, Corregimiento) y la consiguiente anulación de la frondosa burocracia colonial; el surgimiento de una nueva nomenclatura territorial (departamentos, provincias, distritos, y caseríos). Finalmente, en el terreno militar el control político (con los innumerables caudillos a la cabeza), recayó primordialmente en el sector castrense no solo con una data de larga duración, sino también con el usufructo de un enorme poder. En este caso, el Ejército representó para sus componentes un vehículo de rápido ascenso social y económico, sin modificar en su conjunto el statu quo heredado de la colonia; por el contrario, lo perpetuó (Bonilla y Spalding, 1972, p. 60; Flores Galindo, 1985, pp. 26-28). A todo ello, habría que agregar el terrible desafío a la distancia que —según Lizardo Seiner (2014)— fue consecuencia de los desajustes geográficos y territoriales.
Desde una perspectiva amplia, reiteramos, pues, que los cinco asuntos que historiográficamente merecen hoy una atención especial (entre otros y por las razones aludidas) son los que acabamos de esbozar de modo esquemático en las páginas precedentes. Ellos, además, desde el punto de vista metodológico y conceptual, constituyen referentes obligatorios para el análisis del período objeto de nuestro estudio. Pero, ¿de qué manera aquella coyuntura un tanto genérica y externa se engarzó con lo específico que aquí se vivió entre 1821 y 1826? Justamente, el presente volumen en su parte inicial intenta dar una respuesta integral a esa inquietud, subrayando lo más relevante del quehacer nacional en sus principales manifestaciones: políticas, sociales, geográficas, demográficas, económicas y militares. Sin embargo, en su conjunto, el perfil histórico nos revela que, de todas ellas, dos revistieron mayor atención o prioridad por esos días: el acontecer político y el desempeño militar. Y ello no podía ser de otro modo si nos atenemos a lo que entonces se afrontaba y de lo cual nuestros connacionales eran totalmente conscientes. En su opinión, el desorden político interno era un espantoso freno al éxito de la campaña militar; y, a su vez, esta última era un requisito sine qua non para la consolidación total del sistema. Las variables económicas, sociales, geográficas y poblacionales, en este caso, giraban alrededor de aquellas dos perentorias y decisivas circunstancias. La preocupación de San Martín, Unanue, Sánchez Carrión, Sucre y Bolívar se canalizó, precisamente, al vaivén de este imponderable esquema. ¿Había otra alternativa o disyuntiva de semejante alcance? Juzgamos —a la luz de la evidencia histórica de entonces— que no. La situación era tan compleja y agobiante como para pensar que aquellos hombres pudieran haber gastado su tiempo en la búsqueda de modelos económicos exquisitos e inéditos, en el establecimiento de sofisticadas estructuras sociales, en el empadronamiento minucioso de la población, en la articulación adecuada del territorio o en el logro de ilusos compromisos internacionales. El asunto —repetimos— era muchísimo más urgente, grave y sobredimensionado y en donde, además, el sentido pragmático a menudo primaba sobre la primorosa elucubración tecnológica o ideológica.
¿Cuál fue el perfil histórico de aquel ambiente político que primó sobre los otros aspectos del quehacer nacional? En contraste con la aparente quietud que había imperado en la época del dominio hispano, el advenimiento de la república fue acompañado por una larga y compleja sucesión de acontecimientos turbulentos que atentaron, desde muy temprano, contra la estabilidad propugnada en el papel. Afloró así una fundamental transición histórica: de una época signada por la explotación primaria de la naturaleza, por el atesoramiento desmesurado de los metales preciosos, por el régimen de castas y el vasallaje y por la intolerancia y el temor, a una época anunciada como la empresa de ciudadanos libres, que aspiraban a realizar los planes de la razón, en una sociedad justa, principalmente caracterizada por el igualitario reconocimiento del derecho a la dignidad, la seguridad y la felicidad. Bajo esta convicción, aquellos hombres que constituían la generación de criollos emergentes no solo aspiraban a un destino y a un estilo de vida totalmente distintos del que habían tenido sus antepasados, sino también a una vida mejor y más próspera, de la mano con los postulados de solidaridad, libertad e igualdad enarbolados por la “gente ilustrada” del influyente mundo europeo (Palacios Rodríguez, 2014, p. 223). Ciertamente, esa transición se efectuó con relativa lentitud y de manera incompleta, pero en ella se advierte la obra de hombres lúcidos y tenaces que asumieron la representación y la dirección del pueblo para organizar la construcción del destino común. De modo que, por un lado, la creación de la república se presenta como la culminación de un proceso, con su lógica interna y su dinámica propia y, por otro, se muestra como la síntesis de una realidad rodeada de condiciones desfavorables al empezar el siglo XIX (Basadre, 1968, I, p. 2; Tauro, 1973, p. 37).
Pero la indicada percepción de un Perú anarquizado posterior a la proclamación de la Independencia se agrava aún más cuando —como dice el historiador contemporáneo Manuel Burga (1995)— se constata que la independencia criolla no introdujo a plenitud los cambios que se esperaban, no liquidó totalmente el ancien régime colonial, no convirtió a todos los anteriores súbditos del rey español en ciudadanos de la nueva república, ni, finalmente, construyó una república moderna sustentada en los renovadores principios de la libertad política, la igualdad social y la solidaridad humana que había popularizado (cual mito colectivo) la Revolución Francesa en 1789. Esto, seguramente, llevó a Basadre (1968) a afirmar —en términos macro— que mientras la independencia de América del Norte duró seis años, en el sur se necesitó catorce para su culminación; mien-tras este proceso político y militar, en la primera, condujo a la Unión, en la segunda fomentó la desunión y la balcanización de la América meridional. En ese contexto, mientras la modernidad capitalista floreció en el norte, en nuestra subregión brotó con mucha fuerza un singular feudalismo de tinte señorial (Burga, 1995, p. 7).
Por otro lado, aquellos años de 1821 a 1826 que conformaron una etapa convulsa, de zozobra e inestabilidad, marcaron, asimismo, un deslinde político-social entre dos etapas: la absolutista y la de la libertad. “Parecía que aquella incipiente república inmersa en la más pasmosa confusión caía agotada por el esfuerzo, las discordias intestinas, las desilusiones inevitables y por el desorden y la miseria” (Távara, 1951, p. LVI). Pero lo más pernicioso de este cuadro de desquiciamiento casi generalizado era que, a la sazón, él se convertiría en el inicio de una cadena interminable de infortunios. Le antecedía, de modo inmediato, la política represiva de la autoridad virreinal contra las aspiraciones independentistas y los focos de convulsión tanto de Lima como del interior. En este sentido, duro fue el esfuerzo de la clase dirigente por modificar no solo los patrones negativos y obsoletos que dominaban el quehacer político de entonces, sino también de asentar las bases jurídicas, políticas y administrativas del nuevo orden de cosas establecido. Todo ello, sin perder de vista que la función de la libertad nunca antes había tenido manifestaciones de existencia práctica; lo cual, de por sí, complicaba las cosas. Los soldados habían cumplido su deber, que era la guerra y no la política; y los hombres de pensamiento (ideólogos) debían asumir entonces la responsabilidad de la discusión teórica para definir la forma política que debía adoptar el Perú. Comprendieron que la obra más seria, después del problema de la guerra era precisamente construir políticamente el Estado. Se inició así (como pocas veces ha ocurrido después) una intensa etapa de discusión y debate de carácter doctrinario e ideológico, en la que los protagonistas principales eran los liberales y los conservadores, afanosos de afianzar sus propias convicciones. Aunque, como han enfatizado Charles Walker y Paul Gootenberg, es muy difícil precisar sus contenidos programáticos, ambos sectores político-sociales fueron las dos grandes tendencias que trataron de influir sobre la marcha de la sociedad y el control del aparato estatal.
Mientras el programa de los conservadores fue mucho más coherente, y se basaba en criterios coloniales de prestigio social y privilegios, los liberales no pudieron dar forma a un programa definido y carecieron de la convicción necesaria y el respaldo social suficiente para implementar un conjunto de reformas que, en teoría, debieron estar dentro de su programa, pero que en la práctica escasamente pudieron ejercitar. El liberalismo peruano se mostró débil y mediatizado. A la larga, prefirió resignar su opción a una sociedad más democrática y menos autoritaria a favor de un Estado centralizado que asegurase la continuidad de los grupos de poder. (Aguirre, 1995, pp. 32-33)
Al respecto, Gonzalo Portocarrero Maisch escribió: “Si bien el liberalismo ganó la batalla ideológica, fueron los conservadores quienes impusieron finalmente sus paradigmas sociales” (2017, p. 86). Por su lado, refiriéndose al pensamiento de los primeros, Raúl Ferrero Rebagliati (2003) anotó: “En la historia de las ideas en el Perú, el liberalismo ha sido, sobre todo, un concepto político, una posición de rebeldía frente a los viejos principios de nuestra edad media colonial” (p. 218).
Obviamente, fue un sorprendente cúmulo de energía humana el que entonces se derrochó y que demandó, igualmente, mucho tiempo, esfuerzo e inteligencia de uno y otro sector, pero que al final concluyó con la simbólica victoria de los liberales (reflejada sobre todo en el seno de la Asamblea Constituyente). En el interior de estas primeras disensiones de ideas —observa Porras Barrenechea (1974)— las controversias de la palabra y de la pluma adquirieron una dimensión insospechable, convirtiéndose en los legítimos instrumentos transmisores del fervor revolucionario de aquellos espíritus. El díscolo e inquieto Bernardo Monteagudo inició ambos debates: el oratorio y el periodístico. En la Sociedad Patriótica, planteó la discusión sobre la forma de gobierno. La monarquía, auspiciada por él, encontró violentos opositores e hizo que se desatase, en una bélica prosa de panfleto, la arrogancia doctrinaria de José Faustino Sánchez Carrión, autor de las célebres “Cartas del Solitario de Sayán” en contra del poder real. Después, los periódicos agitaron la controversia: El Sol del Perú, inspirado por Monteagudo, no pudo resistir a la propaganda airada de Sánchez Carrión en El Tribuno de la República Peruana y de Francisco Javier Mariátegui en la Abeja Republicana. Triunfaron las ideas democráticas. El 15 de julio de 1822, el controvertido político argentino, que era el defensor oficial del sistema monárquico impulsado por San Martín, se convenció de que el pensamiento republicano había ganado a los mejores espíritus de la época, entre los que se encontraban muchos clérigos.
Ya no hay sino un solo sentimiento acerca de la Independencia de América y en prueba de su universalidad, la única cuestión que ocupa a los que piensan, es acerca de la forma de gobierno que convenga adoptar: el nombre del rey se ha hecho odioso a los que aman la libertad; el sistema republicano inspira confianza a los que temen la esclavitud. (Monteagudo, 1822, p. 39)23
Los episodios de esta lucha teórica entre republicanos y monarquistas tuvo como escenario —como ya se dijo— la célebre Sociedad Patriótica y poco después el Congreso Constituyente; en el seno de ambas agrupaciones se discutieron los lineamientos conceptuales de la forma de gobierno del flamante Estado y las bases ordenadoras de la naciente nacionalidad24.
Pero, ¿cuáles fueron las notas más saltantes en la ideología de aquellos afanosos dirigentes? Así como en el siglo XX los revolucionarios consultaban El Capital de Carlos Marx, atribuyéndole condiciones de profeta científico, de igual manera los criollos de la centuria anterior llevaban consigo El Contrato Social para interrogar a Juan Jacobo Rousseau cuando la duda surgiera en los momentos del drama mental. José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, criollo culto e inquieto, cita ocho veces a Rousseau en su difundido y polémico opúsculo Las 29 Causas de la Revolución de América, para justificar sus afirmaciones. Por su lado, José Faustino Sánchez Carrión, de espíritu liberal e independiente, no se escapó de la mágica influencia del filósofo atormentado de Ginebra. Ni Simón Bolívar, a pesar de su genialidad, logró evadir la fuerza de las ideas de quien había sido también el maestro de los revolucionarios europeos. José Ingenieros, escritor y psicólogo argentino de origen italiano, sostiene que a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, tres grandes obras simbolizaban las fuentes ideológicas de la revolución americana: El Contrato Social, expresión y programa de liberalismo y democracia; las Máximas generales del gobierno económico de François Quesnay, manifestación pura de liberalismo económico; y el Tratado de las sensaciones de Étienne Bonnot de Condillac, símbolo genuino de liberalismo filosófico (1918, p. 75). Las tres publicaciones, en su conjunto, sirvieron de soporte y justificación a las opiniones de los americanos contra el sistema colonial.
En el marco de esta coyuntura que se vivió dramáticamente entre 1821 y 1826, ¿qué hitos políticos merecen destacarse en el presente volumen? Cronológicamente, los años que cubre nuestro estudio corresponden, primero, a los tiempos del Protectorado de San Martín y su inesperado y definitivo retiro del escenario nacional; a la convocatoria y establecimiento del mencionado Congreso Constituyente (1822) y a la Carta Magna que elaboró. En segundo lugar, al gobierno efímero de la desidiosa Junta Gubernativa presidida por José de La Mar; a la asonada militar que llevó a José de la Riva Agüero en febrero de 1823 al poder y su tenaz pugna con el Congreso y con su homólogo gobernante, el Marqués de Torre Tagle. Y en tercer lugar, al enfrentamiento vehemente entre Bolívar y Riva Agüero y al triunfo de aquel al ser nombrado dictador del Perú hasta su retiro definitivo en setiembre de 1826. Simultáneamente, la vida política de esta época, plena de rencillas y luchas internas, estuvo regida sucesivamente por el Estatuto Provisorio de 1821, las Bases de 1822, la Constitución de 1823 y la Constitución de 1826. De igual forma, en los años de dominación de las grandes e influyentes personalidades de San Martín (1821-1822) y Bolívar (1823-1826), las figuras peruanas aparecen opacadas o subordinadas a ambos personajes. En este contexto, Unanue —señala Pablo Macera (1976)— fue el puente entre la colonia y la república, un puente de consciente peruanidad, aunque sus dotes de hacendista solo fueran las de un improvisado. Sánchez Carrión, tribuno por antonomasia y republicano por convicción, fue el símbolo del acatamiento y veneración a los dictados del ilustre Libertador caraqueño; probablemente su hombre de mayor confianza en el Perú. Manuel Lorenzo de Vidaurre y José María Pando representaron (sumergido cada quien en su propia crisis ideológica) la ilusión y la desilusión frente a los afanes dictatoriales de Bolívar. En una palabra, nuestra clase política había sido reemplazada o supeditada a ambos Libertadores, en los cruciales momentos de definición de nuestra nacionalidad (Ponce Vega, 1998, VII, p. 66).
De modo esquemático y de acuerdo a lo expresado, puede decirse que nuestro período presenta, sucesivamente, tres fases muy claras:
a) 1821-1822: la etapa sanmartiniana
b) 1822-1823: la etapa peruana
c) 1823-1826: la etapa bolivariana
En el primer caso estamos frente a la presencia hegemónica del Libertador argentino y de sus satélites (Monteagudo entre ellos) en el control interno del país. Es el momento inicial de definiciones, arrebatos, enconos, renuncias y partidas; al vaivén de ellos, el Perú poco a poco fue tomando conciencia de su ruptura definitiva con la metrópoli hispana y de su ineludible compromiso de valerse por sí mismo. La segunda etapa corresponde a los esfuerzos nacionales por consolidar, sin éxito, la supremacía peruana en los destinos del incipiente Estado. El Congreso Constituyente (cátedra de todos los lirismos y de todas las utopías, según lo calificara Raúl Porras), la amorfa Junta Gubernativa de 1822, el advenedizo e impetuoso régimen de Riva Agüero y la acción desestabilizadora de Torre Tagle, constituyeron la secuencia de aquel fallido esfuerzo nacional. El último ciclo del período revolucionario, el comprendido entre el retiro de San Martín y la salida de Bolívar (pasando por los tiempos de Junín y Ayacucho y la firma de la Capitulación), está todo lleno del resplandor bolivariano. Se canta —dice el indicado autor— la gloria del Libertador en las misas oficiales, entre la epístola y el evangelio, lo exaltan las proclamas de sus generales, los artículos de las gacetas salpicados de entusiasmo épico y los decretos del Congreso que derrochan odas de gratitud. “Padre de la Patria”, “Hijo de la Victoria”, “Inmortal Bolívar”, “Héroe de la América del Sur”, le titulan sus admiradores. En 1826, el citado José María de Pando, alabando la liberalidad washingtoniana del paladín, le dirige su célebre “Epístola a Próspero”. Se llega a la fatiga del ditirambo; pero, de todos aquellos triunfales homenajes, arengas, discursos y brindis pronunciados en los suntuosos banquetes patrióticos que se ofrecen a Bolívar en Lima y en las ciudades a su paso, en su camino triunfal al Alto Perú, ninguno más rotundo ni más gallardo que el saludo de aquel humilde cura indígena, José Domingo Choquehuanca, que en el recodo de un pueblo andino le arengó diciéndole que el tiempo y el sol eran los únicos paralelos dignos de su gloria. Dijo: “Vuestra fama crecerá así como aumenta el tiempo con el transcurso de los siglos y así como crece la sombra cuando el sol declina…”.
Ahora bien, después de los años entusiastas, de los combates por la libertad y de las rencillas políticas, vino la etapa de las preocupaciones teóricas para levantar el edificio político, jurídico y administrativo del país. A las arengas encendidas y a las proclamas sonoras y entonadas, sucedió la tendencia de bajar a tierra lo que una retórica vibrante había mantenido con exceso en las nubes (Miró Quesada Sosa, 1968, p. 91). Simultáneamente, apareció en el horizonte intelectual una literatura de corte patriótico y de amplia difusión. Sin embargo —advierte Raúl Porras (1974)— esta literatura no siguió de 1821 a 1824 el ritmo acelerado de la revolución: mientras la ideología se tornó pragmática, la forma literaria continuó siendo clásica. En versos quintanescos se denigra la realidad heredada y nuestros incipientes rimadores no tienen todavía la audacia suficiente para arremeter contra las taxativas del verso. El clérigo José Joaquín de Larriva, sorprendido por la revolución, se da tiempo para innovar y saludar a Bolívar con las mismas frases con que había honrado al virrey Pezuela25. El mismo Libertador, cansado de helenismos poéticos, se atreve a reprochar al poeta José Joaquín de Olmedo por haber intentado hacer con la epopeya de América “una parodia de la Iliada”. Pero —continúa Porras— si son viejas las imágenes y las metáforas, es nuevo el aliento que provoca el énfasis viril de los versos y de las proclamas. Por tres años, y mientras dura el estrépito de la guerra, la literatura adopta un tono marcial. Editoriales de periódicos, discursos, folletos de controversia, proclamas, arengas, decretos y hasta partes de batallas reflejan el delirante lirismo de la hora y el romántico ardor por la libertad (Porras, 1974, pp. 207-208)26.
Por otro lado, el sentimiento predominante, aquel que todos se esforzaron por expresar más enérgicamente, fue el de la aversión a España. No hay quien no recrimine o condene con acrimonia los “tres siglos” de dominación española, endilgándole los adjetivos más oprobiosos e iracundos. De Manuel López Lissón, de Felipe Lledias, de José María Corbacho o de Manuel Ferreyros, como de cualquiera otro, podrían ser estos versos:
Por tres centurias de baldón cubierto
(López Lissón)
¿Con que al fin de tres siglos de lloro y de ignominia…
(Lledias)
Que tres siglos de llantos y penas
(Corbacho)
Trescientos años el Perú gimiera
(Ferreyros)
Hasta el citado Olmedo se dejó seducir por el lugar común y lo incorporó a su canto. También él ha visto:
Correr las tres centurias de maldición, de sangre y de servidumbre
La musa popular —agrega Porras (1974)— tuvo también sus expansiones poéticas que siguen de cerca los extravíos de los poetas letrados. En las calles, en las plazas y en el teatro, las multitudes entonaban a coro canciones patrióticas. En la época del Protectorado, la actividad teatral adquiere un gran auge. Monteagudo quiere educar al pueblo con el ejemplo vivo de la escena y se dedica a restaurar el antiguo edificio del principal teatro limeño para que sirva de recinto apropiado a las grandes festividades de la ciudadanía. Se mejora el local, se ensancha el escenario y se estrena un nuevo telón de brocado, que provoca los elogios entusiastas de La Gaceta27. En este teatro, tan simbólicamente decorado, se realizaron imponentes manifestaciones en la época de San Martín. Allí se oyó, por primera vez en público, el Himno Nacional, interpretado por la cantatriz limeña Rosa Merino y en un concierto habido en febrero de 1822 —dice el mencionado periódico— “esta misma dama ejecutó con singular gusto diez piezas selectas: en todas obtuvo gran aplauso, pero en la de La Chicha apenas se oía su voz por el incesante palmeo de los circunstantes”28. El estribillo decía:
Patriotas, el mate
de chicha llenad
y alegres brindemos
por la libertad.
La chanza y la mofa —dice Miró Quesada Sosa (1968)— tampoco estuvieron ausentes. El ingenio de Lima tuvo, en esos tiempos, ocasión excelente para manifestarse sin embozo. Con el dardo festivo de un epigrama o la fluidez de una letrilla, se comentaban los trastornos políticos, las defecciones inevitables y el brusco encuentro con una realidad imperfecta y compleja. El clérigo burlón (como así se le conocía a Larriva) llegó a zaherir a Sucre, el Mariscal de Ayacucho, y a apostrofar al propio Bolívar. Su filosofía alegre y decepcionada se expresa en la siguiente décima consignada por Manuel de Odriozola:
¡Cuando de España las trabas
en Ayacucho rompimos,
otra cosa más no hicimos
que cambiar mocos por babas!
Nuestras provincias esclavas
quedaron de otra nación
mudamos de condición,
pero sólo fue pasando
del poder de don Fernando
al poder de don Simón.
Poco después del alejamiento definitivo del Libertador del Norte, el mismo Larriva publicó esta atrevida cuarteta:
Pero aun fuera de esto
el tal San Simón
nunca ha sido santo
de mi devoción.
En resumen, la literatura de la revolución se convirtió en rapto de entusiasmo, manifestación de júbilo, exaltación heroica de la voluntad colectiva y apoteosis del héroe; asimismo, en lírica devoción a la patria que palpitó con la misma intensidad en la arenga escondida del tribuno, en la canción del arrabal, en la hoja periódica clandestina, en la proclama del vivar y, por supuesto, en la clara epifanía del poeta (Porras, 1974, p. 212)29.
¿Qué se puede concluir de todo lo expresado en estas páginas introductorias? Con el riesgo que conlleva toda síntesis, podemos afirmar lo siguiente:
a) Históricamente, el período 1821-1826 (con 1824 como año referente y decisivo) constituye una fase por demás agobiante y crítica en la cual la vida nacional se debatió en una constante contradicción e inestabilidad. Desorden, caos, miseria e incertidumbre, fueron las principales notas que caracterizaron el quehacer político, económico, social, militar e internacional de aquellos días. El amanecer republicano, en este caso, no fue del todo auspicioso y venturoso.
b) La presencia de los Libertadores y sus respectivos lugartenientes y fuerzas militares en nuestro territorio, no solo respondió al llamado de los patriotas peruanos impedidos materialmente de consolidar su propio proceso emancipador, sino también a la perentoria y angustiosa necesidad de las naciones periféricas de salvaguardar su propia autonomía. El enclave del inmenso poder militar realista en el Perú actuó, en este caso, como un peligro latente que, inobjetablemente, tenía que ser destruido para bien de la América hispana entera. ¿Y qué de las clases altas de la sociedad peruana de entonces? Según Heraclio Bonilla y Karen Spalding (1972), fueron célebres por su marcado hispanismo, sentimiento colectivo que perduró por lo menos hasta la guerra con Chile, en 1879.
c) En el contexto anterior, y no obstante que nuestra clase política —como ya se dijo— fue subordinada u opacada por la actuación descollante y protagónica de los jefes militares extranjeros (San Martín, Bolívar, Sucre), no puede obviarse la permanente y trascendental participación (visible o anónima) de muchísimos peruanos al lado de aquellos. Como colaboradores visibles e inmediatos en la administración pública (Unanue, Sánchez Carrión, Pando, Vidaurre); como oficiales combatientes en las largas y fatigosas campañas guerreras (Agustín Gamarra, Ramón Castilla, José de La Mar, Andrés de Santa Cruz, José Andrés Rázuri); o como prestos montoneros dispuestos a dar sus vidas (Ignacio Quispe Ninavilca, Gaspar Huavique, José María Palomo, Francisco de Vidal), la sangre peruana no estuvo ausente en aquellos decisivos días. Talento, valor y osadía fueron los rasgos fundamentales de esos tres estamentos, respectivamente.
d) Las campañas gloriosas de Junín y Ayacucho en 1824, marcaron no solo el ritmo del ímpetu libertario de un pueblo en particular (Perú), sino también la ilusión legítima de toda la América meridional. “La libertad del Nuevo Mundo —escribió José Martí (1970)— era la esperanza del universo y, en particular, del continente”. En este sentido, Junín (6 de agosto) fue el inicio y la antesala de la victoria anhelada; Ayacucho (9 de diciembre) fue la culminación de una utopía hecha realidad. “Ayacucho, sublime nombre donde se ha completado el día que amaneció en Junín”, escribió la Gaceta del Gobierno en su edición del 18 de diciembre de aquel año. Si Junín fue la batalla que abatió el orgullo español (más que una sangrienta acción de armas fue un encuentro de incalculables proyecciones psicológicas), Ayacucho fue la cita última de la libertad y el laurel de la perseverancia. ¿El común denominador? El afán de América de perpetuarse como una comunidad sacudida de servilismo, tutela o patrocinio externo. Se tuvo clara conciencia, en todas partes, de la terminación victoriosa de una larga guerra iniciada en 1810. En su despacho de Viena, el Príncipe de Metternich reconoció el signo de los tiempos. “El Perú —escribió en abril de 1825— ha desaparecido como colonia. En estas circunstancias, me atrevo a preguntar al gobierno español si también está dispuesto a sacrificar del mismo modo a Cuba” (citado por Kossok, 1968, p. 57).
e) Como hecho de enorme gravitación histórica, la Capitulación de Ayacucho (no mencionada con ese nombre en el texto primigenio) representa un hito imperecedero en la historia de América Latina. Ella simboliza, más allá del marco temporal, no solo el reconocimiento tácito al triunfo bélico, sino también al derecho de ser libres para siempre en armonía con los principios entonces imperantes en el mundo civilizado. A partir de entonces, el reloj de la historia marcaría el rumbo de cada país en consonancia con sus propias esperanzas, vicisitudes, aciertos o errores.
f) Finalmente, es oportuno indicar que tanto las fuentes primarias como secundarias acerca del período independentista nacional, en su conjunto, se muestran abundantes y provechosas; mas no así en lo que concierne específicamente a la Capitulación de Ayacucho. Sobre ella y su entorno histórico, las fuentes no solo resultan escasas e insuficientes, sino también sin mayor trascendencia en el ámbito historiográfico. En este sentido, anhelamos que el presente volumen contribuya, por un lado, a una mejor comprensión de cuánto hicieron los peruanos por su independencia y por la independencia de América, y, por otro, a una cabal interpretación de la Capitulación de Ayacucho como hecho culminante de aquella aspiración colectiva. Debemos puntualizar que en la elaboración del presente volumen se ha utilizado una buena parte de los resultados de la investigación histórica realizada hasta ahora sobre el período 1821-1826 (denominado el de la “formación de la nacionalidad”), al igual que los aportes de las fuentes primarias impresas (diarios de viajes, informes de campañas militares, memorias ministeriales, periódicos de la época, reportes oficiales y otras).
A fin de que el lector tenga una información adicional sobre aquellos personajes mencionados a lo largo del texto y que antes, durante o después de la jura de la Independencia tuvieron un rol destacado, se ha juzgado conveniente incluir sus semblanzas biográficas con los datos más relevantes en nuestra opinión (véase el Apéndice biográfico). Para ello, ha sido útil la consulta tanto de aquellas publicaciones de carácter general, como de aquellas de índole específico. En el primer caso, se pueden citar, entre otras, las siguientes: Diccionario histórico-biográfico del Perú de Manuel de Mendiburu; Apéndice al Diccionario histórico-biográfico del Perú de Evaristo San Cristóval Palomino; Diccionario histórico biográfico del Perú. Siglos XV-XX editado por Carlos Milla Batres; Enciclopedia ilustrada del Perú de Alberto Tauro del Pino; Biblioteca Hombres del Perú editada por Hernán Alva Orlandini; Los médicos en la Independencia del Perú; y La escuela médica peruana, 1811-1972 de Jorge Arias Schreiber Pezet; Diccionario de medicina peruana; e Historia de la medicina peruana de Hermilio Valdizán Medrano; El episcopado en los tiempos de la Emancipación americana de Rubén Vargas Ugarte; Fuentes históricas peruanas de Raúl Porras Barrenechea; Historia de la República del Perú e Introducción a las Bases documentales para la Historia de la República del Perú con algunas reflexiones de Jorge Basadre Grohmann; Los presidentes de la Honorable Cámara de Diputados del Perú de Luis Varela Orbegoso; Presidentes del Senado, comisiones, directivas y señores senadores 1829-1960; Historia de los partidos de Santiago Távara y Andrade; Historia del Perú desde la proclamación de la Independencia de Sebastián Lorente Ibáñez; La cultura peruana y la obra de los médicos en la emancipación de Juan B. Lastres Quiñones; Galería de retratos de los gobernantes del Perú independiente, 1821-1871 de José Antonio de Lavalle y Arias de Saavedra. Entre las publicaciones de carácter específico, pueden mencionarse las siguientes: El precursor (Toribio Rodríguez de Mendoza) de Jorge Guillermo Leguía Iturregui; El gran mariscal Riva Agüero de Enrique Rávago Bustamante; José Joaquín de Larriva; Mariano José de Arce; José Toribio Pacheco; y José Faustino Sánchez Carrión de Raúl Porras Barrenechea; El gran mariscal Luis José de Orbegoso: su vida y su obra de Evaristo San Cristóval Palomino; El doctor José Pezet y Monel; Hipólito Unanue; y El general Juan Antonio Pezet, presidente de la República del Perú de Jorge Arias Schreiber Pezet; El doctor Hipólito Unanue de Hermilio Valdizán Medrano; Toribio Rodríguez de Mendoza de Rubén Vargas Ugarte; El protomédico limeño José Manuel Valdés de Héctor López Martínez; Antonio José de Sucre. Gran Mariscal de Ayacucho de Guillermo A. Sherwell.
Al concluir estas líneas introductorias, el autor desea expresar su viva gratitud a las autoridades de la Universidad de Lima en las personas del doctor Óscar Quezada Macchiavello, rector, y del magíster Giancarlo Carbone de Mora Campos, director del Fondo Editorial, por el interés puesto en la presente publicación. A Neil Cárdenas Lezameta, bibliotecario del Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, por su preciado apoyo en la búsqueda del material bibliográfico y documental. A Fiorella, Renzo y Adriano, mis hijos, por su permanente disposición de auxiliarme en el uso correcto de los modernos y sofisticados medios virtuales; y, de manera especial, a mi esposa Gloria Winffel Ríos que, como en anteriores oportunidades, prestó su valiosa e invalorable colaboración no solo en la revisión histórica y lingüística de los originales, sino también en la laboriosa digitación de varios capítulos.
Raúl Palacios Rodríguez
Lima, diciembre del 2020
Capítulo 1
El Perú hacia 1821
1. LA REALIDAD GEOGRÁFICA Y POBLACIONAL*
1.1 La desarticulación del espacio
Al finalizar el proceso independentista, el Perú se enfrentaba a diversos y gravísimos dilemas de carácter geográfico que, en las décadas sucesivas, no solo se agudizarían, sino que atentarían contra la unidad del país y su desarrollo material. Eran problemas que, sin duda alguna, ya se habían perfilado desde las postrimerías del dominio hispano (siglo XVIII), pero que las contingencias de la guerra emancipadora ahondaron en extremo1. ¿Y cuáles eran estas dificultades? Básicamente las siguientes: a) un territorio (aunque físicamente reducido de manera sustantiva respecto al período anterior) que mostraba aún unas fronteras sumamente amplias y en algunos sectores imprecisas y carentes de delimitación2; b) una ausencia casi absoluta de vías de comunicación terrestre (caminos) que por cierto, arraigó la desarticulación de la joven nación3; c) un predominio apabullante de la costa sobre la sierra, con evidentes y graves perjuicios para la zona andina4; d) la preeminencia de la capital (centralismo) que, a la larga, desembocaría en el monstruoso “Lima-centrismo” con las consabidas y nefastas consecuencias que registra la historia; e) la brecha o abismo social entre una elite costeña (cultural, política y económicamente fuerte) y la gran masa indígena (ignorante, marginada y explotada) ubicada en el ande; y f) el desuso o abandono de la arteria principal del virreinato (la ruta Lima-Buenos Aires) en perjuicio de cientos de comarcas aledañas5. En su conjunto, estos seis dilemas, entre otros, constituyeron lo que Jorge Basadre denominó con propiedad las “tensiones internas”, para diferenciarlas de las “tensiones externas” que, por esos días, también agobiaron tenazmente al país (Gerbi, 1965, p. 103; Basadre, 1968, t. I, p. 205).
Por la naturaleza propia del presente apartado, solo nos ocuparemos en las líneas que siguen del segundo dilema, o sea, de la desarticulación del espacio. ¿La razón? Nos interesa que el lector comprenda en toda su magnitud las enormes dificultades que tuvieron que sortear las fuerzas militares patriotas (como las realistas también) en su contínuo desplazamiento por lugares o parajes inhóspitos, desprovistos de apropiadas vías de comunicación. Sin caminos, transitando por apartadas e ignotas regiones, recorriendo despobladas y desafiantes cordilleras, descendiendo abruptamente al abrigo de los valles, tornando a subir a los hielos de las punas y soportando las inclemencias del clima, miles de soldados tuvieron que vivir cotidianamente de la mano con el aislamiento y el peligro. No tenían otra alternativa. En este sentido, en un país como el nuestro con una geografía tan espléndida y variada, pero terriblemente agreste, los caminos representan no solo los brazos naturales de la unión e integración, sino también los medios indispensables que facilitan la fluidez y la seguridad del transporte. Su ausencia, obviamente, se convierte en un freno insalvable que —repetimos— atenta no solo contra la unidad territorial, sino también contra la expansión y el progreso del país. Y esto, justamente, fue lo que ocurrió en el amanecer de nuestra vida republicana, convirtiéndose, asimismo, en el escenario previo de las campañas guerreras que más tarde se sucederían.
Según testimonios de la época, hacia la década de 1820 (y durante casi toda la centuria) geográfica o territorialmente la unidad del Perú estuvo en peligro. La mencionada carencia de caminos atentó contra esa realidad. A pesar de ello —dice Antonello Gerbi (1965)— el Perú quería conocerse mejor, hacerse más unido y más ramificado, más orgánico y más fluído; hacerse, en definitiva, más grande, siendo más suyo6. Tan caro anhelo se convirtió, consciente o inconscientemente, en un objetivo geopolítico de largo aliento en la mente de nuestros compatriotas7. Sin embargo, la cruda realidad parecía contradecir o frustrar dicho empeño. En efecto, la falta de caminos, las distancias gigantescas de un confín a otro y la propia intrincada geografía, propiciaron la desintegración territorial de manera natural. De este modo, las tres clásicas regiones (costa, sierra y selva) vivieron casi de espaldas entre sí y al ritmo de sus propias contingencias. Si las comunicaciones entre la costa y la sierra eran muy irregulares, las de aquélla con la selva eran casi inexistentes o, en todo caso, sumamente esporádicas. Así, la costa, presa de las luchas políticas, se alejaba de la sierra, se olvidaba de la selva y hasta presentaba escasa atención al medio marino al cual se asomaba tímidamente. La etapa prodigiosa del fertilizante marino aún no se había iniciado. La costa —dice Basadre en Perú: problema y posibilidad (1992)— se “serranizaba”, por un lado, y perdía contacto con la sierra, por el otro. La selva casi no contaba en los planes nacionales. De este modo, emergía el abismo entre el Estado empírico y el Perú profundo o real, germen de gravísimas y perdurables desavenencias. Veamos algunos ejemplos que ilustran lo dicho.
Un mes de viaje y de fatigas se necesitaba para ir de Lima a las principales ciudades del interior del país; en cambio, el resto del mundo se hallaba a pocos días o semanas de ameno y confortable viaje por mar. “En Lima —escribía Jorge Squier en las postrimerías de la era del guano— se sabe mucho menos del Cuzco que de Berlín, y por un limeño que ha ido al Cuzco hay cien que han visitado París”8. Desde la rica, agitada y elegante cenefa costeña, la sierra aparecía como un telón de fondo, con sus pinturas de espantosas y hoscas montañas en zigzag. ¿Qué rutas se utilizaban para llegar a la zona andina? Dos caminos principales conducían de Lima a la cordillera. El uno, al norte, por el valle de Canta, llevaba a las ricas minas de plata de Cerro de Pasco; el otro, al sur, por la quebrada de Matucana, conectaba con los grandes y abundantes valles de la sierra central (Tarma, Junín, Huancayo) y más al sur con Ayacucho, Huancavelica, Cusco y Puno. En ambos casos, las dificultades eran innumerables e insalvables (el peligro se acentuaba en la época de lluvias por los temidos huaicos que invadían e interrumpían las vías). Como se verá posteriormente, estas contingencias las vivieron en diversas oportunidades las fuerzas militares patriotas en su difícil ascenso a la sierra en búsqueda del ejército realista. Las Memorias de García Camba (1919) y de Miller (1975), dan cuenta detallada de aquellas penurias que miles de soldados experimentaron en parajes “donde nunca antes el hombre había puesto sus plantas”.
La comunicación con la lejana y misteriosa región selvática fue, a no dudarlo, mucho más complicada y riesgosa. Un viaje de Lima a Iquitos o viceversa, resultaba no solo demasiado largo, peligroso y agotador, sino también excesivamente oneroso. Si el viajero salía de Iquitos (la “isla urbana selvática”) hacia Lima, después de varios días de navegar el caudaloso Amazonas, llegaba a Belém (Estado de Pará, Brasil) en el Atlántico. Aquí tenía dos opciones: la ruta del norte o la ruta del sur. En el primer caso, ascendía por la costa nor-este, atravesaba el Caribe y llegaba al puerto de Colón; el paso del Atlántico al Pacífico lo hacía necesariamente por el istmo mediante la ruta mixta fluvial-lacustre9. Una vez en el puerto de Panamá (Pacífico), descendía por la vía marítima bordeando el litoral de las actuales repúblicas de Colombia y Ecuador e ingresaba al mar peruano, haciendo eventualmente escala en los puertos de Guayaquil y Paita; por último, arribaba al puerto del Callao. ¿La duración del viaje? Aproximadamente, cuatro a cinco semanas (dependiendo de las condiciones de la travesía y del tipo de embarcación). En el segundo caso (ruta del sur), el viajero partía de Belém, bordeaba la extensa costa sureste de América del Sur, atravesaba el peligroso Estrecho de Magallanes, ascendía por el largo litoral chileno (tocando en Valparaíso), arribaba a los puertos peruanos de Iquique o Arica y continuaba ascendiendo hasta llegar al Callao ¿Cuánto duraba el viaje? Casi tres meses.
Como puede advertirse, las dificultades de comunicación en general eran, pues, múltiples y enfadosas. Sobre los caminos andinos, Juan Jacobo Tschudi, viajero, explorador y científico suizo que recorrió el país entre 1838 y 1842, nos ha dejado el siguiente testimonio válido igualmente para nuestro período: “Por desagradable y pesado que sea el viaje en la costa del Perú, en la cordillera es más difícil y peligroso. En la costa el camino es plano y solo el quemante calor del sol o la mano asesina amenazan al viajero. Aquí, en cambio, el camino va por valles abruptos, rocas escarpadas y montañas solitarias; pasa en angostas veredas a lo largo de terribles abismos en cuyas simas brama un torrente; baja en forma casi vertical a gargantas insondables; se pierde en los heleros de las cumbres y en los traicioneros pantanos de las altiplanicies. Hasta el cielo aumenta las dificultades del camino con peligrosas tormentas y torrenciales lluvias que duran semanas enteras o con espesas nevazones que en pocos instantes borran la última huella, apenas visible, del camino”. En cuanto al clima, en las “angostas quebradas de las regiones bajas, reina un calor sofocante; en las cordilleras, un frío mortal; y en el altiplano, soplan vientos cortantes y helados” (Tschudi, 1966, p. 212)10.
En otra parte de su meticuloso e interesante relato, Tschudi no solo describe su propia experiencia, sino que reitera los inconvenientes del camino serrano. Dice:
Frecuentemente en este camino se tropieza el viajero con largas filas de mulas que bajan de la cordillera; entonces, hay que buscar alguna pequeña entrada y pegarse junto a la pared rocosa para dejar pasar la recua cargada. Con el cuidadoso y lento paso que tienen las mulas, se pierde mucho tiempo en cada uno de estos encuentros. Una vez tuve que quedarme más de dos horas en un angosto promontorio para permitir el paso de unas doscientas mulas que apenas tenían sitio al lado de la mía para poner las patas en el extremo exterior del sendero. En muchos puntos es completamente imposible retroceder o ceder el paso; solamente lanzando al precipicio a uno de los animales que se encuentran puede el otro seguir adelante. Las muchas curvas y las rocas sobresalientes impiden toda posibilidad de ver lejos y, por tanto, poder hacerse a un lado a tiempo. (pp. 222-223)
Finalmente, al reseñar los famosos tambos o aposentos dispersos en el perdido paraje andino, dice con no ocultable repulsa:
Quien ha pasado la noche allí, guardará un recuerdo inolvidable de estos albergues. Varias veces me ví obligado, por la casualidad o la necesidad, a pernoctar en este tambo, pero jamás me fue posible pasar dentro la noche entera; aunque nevara o lloviera tenía que salir al aire libre. Una india anciana es la hostelera, ayudada en el trajín diario por su hija a quien rodean varios niños haraposos. Para la comida preparan un chupe de ají, agua y papas, el cual se puede encontrar comible solo después de larga jornada. Para dormir, los viajeros se echan uno al lado del otro sobre el suelo húmedo. La previsora anciana da a sus huéspedes sendas pieles de oveja y, luego, los cubre a todos juntos con una sola frazada de lana. ¡Ay del que acepte este abrigo! Lo pagará caro, pues en las pieles, mantas y ropas de los indios pululan los piojos y las pulgas. Los cuyes y las ratas corren sobre los cuerpos y las caras de los durmientes. El viajero espera con ansias la madrugada para poder escapar de este sucio y desconsolador tambo. (Tschudi, 1966, pp. 223-224)
Pero lo curioso es que los obstáculos no solo se circunscribían al interior del país ni específicamente a la región andina. El mismo autor refiere lo difícil que era, por ejemplo, trasladarse un poco más allá de las murallas de la antigua ciudad capitalina (Miraflores, Chorrillos, Lurín, etcétera). Para llegar a esos lugares se utilizaba el llamado ‘balancín’, un tipo de calesa halado por tres caballos: “Es uno de los vehículos más desagradables que hayan sido construídos jamás, ya que hace sentir al pasajero doblemente el más ligero golpe que recibe” (Tschudi, 1966, p. 136). La falta de buenos caminos —prosigue— impide usar vehículos cuando se va más lejos de la ciudad.
Solamente a lo largo de la costa, al sur de Lima (Cañete, Chincha, Pisco), se logra hacer con grandes dificultades y a un costo considerable un recorrido de unas 40 leguas. Para tal viaje se lleva siempre alrededor de 60 a 80 caballos que son arreados junto al coche, ya que hay que cambiarlos cada media hora en vista de que el pesado carruaje se mueve solo con la mayor dificultad sobre la arena fina de un pie de espesor. (Tschudi, 1966, pp. 136-137)
Sin embargo, las dificultades físicas del terreno se multiplicaban cuando a lo largo del camino merodeaban los malhechores en demanda de sus eventuales víctimas. En este sentido, ni siquiera el camino de Lima al Callao (aparentemente el más transitado y protegido) ofrecía comodidad y seguridad al viandante; además de la soledad y la escasez de vigilancia, los asaltantes —dice Robert Proctor, viajero y escritor inglés de la época— merodeaban impunemente “a vista y paciencia de los custodios” (citado por Puente Candamo, 1959, pp. 26-28). Para evitar ser víctima de los atracos, por lo regular el viajero hacía el trayecto en grupo o, si gozaba de solvencia económica (como era el caso de los acaudalados comerciantes), lo hacía con resguardo a cargo de agentes particulares contratados para ese fin o de su propio personal11.
¿En qué condiciones se realizaba el recorrido a nuestro principal puerto? El citado Tschudi (1966) las describe así:
La distancia del Callao a Lima es de dos leguas. El camino va por arena profunda y nada consistente; a ambos lados hay campos sin cultivar y matorrales bajos que sirven de guarida a los bandoleros. A la derecha, poco después de salir del Callao, se deja el villorrio de Bellavista (antiguamente un espléndido lugar de recreo para excursiones de placer), las ruinas de un viejo pueblo indígena y algunas haciendas que quedan más al interior. A la izquierda, el terreno pantanoso está cubierto de cañaverales que se extienden hasta la orilla del mar. A mitad del camino entre el Callao y Lima hay una capilla y un convento de la Virgen del Carmen; el lugar se llama La Legua por hallarse a una milla española de distancia de ambas ciudades. Los caballos y las mulas están tan acostumbrados a descansar en este sitio, que resulta difícil hacerlos pasar de largo. (pp. 56-57)12
Por su parte, el inglés Proctor agrega:
El camino, notablemente ancho, es frecuentado por grandes arrias de mulas llevando sus cargas para Lima. Allí van mezcladas mercaderías procedentes de todo el mundo y del litoral del Perú: manufacturas británicas, con sus pulidos embalajes, marcas y número; barricas de harina norteamericana, dos por mula; botijas de aguardiente de pisco traídas del sur del país, con capacidad de diez y ocho galones, hechas de fuerte arcilla provistas de una especie de canasta lateral; sedas y algodones de India y China; fardos de tabaco de Guayaquil; y pilones de azúcar de la costa norte del Perú, en forma de pequeños timbales. Los indios arrieros presentan el aspecto más grotesco imaginable. Los demás son negros o mestizos y notablemente altos: sus facciones obscuras bajo los inmensos sombreros aludos del país, a veces de color natural (blancos), otras pintados de negro; y sus piernas largas colgando desnudas a ambos lados de la bestia, con enormes calzones holandeses, les dan aspecto salvaje y feroz, contribuyendo a aumentarlo sus largos rebenques y gritos de enojo o estímulo, para las mulas. (Citado por Puente Candamo, 1959, p. 43)
De este modo, pues, las distancias tanto en Lima como en el interior acabaron no solo siendo considerables, sino también dificultosas. En este contexto, el correo que unía Lima con Arequipa, por ejemplo, tardaba trece días; el que la unía con Cusco, doce. Los barcos de vela demoraban dieciocho días para llegar a Islay (Basadre, 1968, t. I, p. 208). Es difícil dar una información de las distancias que por entonces primaban. Por otro lado, no se empleaban carruajes; no había todavía navegación a vapor; los desiertos que separaban al sur de Lima y la región central, eran una barrera difícil de flanquear. Viajar —como hemos visto— era toda una aventura. Tal vez pueda ayudar a comprender esta situación la narración que hizo Flora Tristán (1971) de su recorrido de Islay a Arequipa, en medio de la arena candente y de un sol calcinante13.
¿Y cuál era el medio de carga más usado antes de la aparición del ferrocarril y del buque a vapor? Los testimonios concuerdan en señalar que tanto en los despoblados y áridos caminos de la costa como en los riesgosos senderos de la sierra, la mula fue el medio de transporte comercialterrestre por excelencia14. Su rol protagónico y sus excelsas cualidades son ponderadas por Tschudi (1966):
Las mulas cumplen un papel muy importante en este país; por los pésimos caminos, son casi el único medio que posibilita las comunicaciones comerciales a escala mayor. Por regla general, son fuertes, hermosas y trotadoras. Las mejores son criadas en Piura y traídas en grandes recuas a Lima para ser vendidas aquí. Las de buen paso son escogidas para montar; las grandes y fuertes para las calesas; las demás se destinan a llevar carga. El precio por una mula regular es de unos 100 pesos duros; por animales algo mejores se paga el doble o triple y por los ejemplares superiores hasta diez veces ese precio. La resistencia de estos animales (aún con escasa alimentación y malos cuidados) es asombrosa, siendo ésta la razón por la cual los extensos y secos arenales no ofrecen obstáculos insuperables al tránsito. Sin ellos (verdaderas ‘naves del desierto’) sería imposible viajar por gran parte de la costa. (p. 140)
Según se afirma, miles de mulas mensualmente recorrían el vasto territorio transportando mercaderías de uno a otro extremo, afianzando así el circuito comercial inter regional; los encargados de conducirlas eran los indios arrieros expertos en estos trajines. Pero, al mismo tiempo que las mulas cumplían esta función básica (expansión de la actividad mercantil), también desempeñaban una labor, quizás, más enaltecedora y perdurable: la difusión cultural e ideológica. En efecto, desde Lima periódicamente salían recuas de mulas conduciendo las últimas publicaciones (libros, periódicos, revistas) a los diferentes y más importantes lugares del interior: Trujillo, Arequipa, Cusco, Puno. De igual manera, hoy existe la total certidumbre de que en los días de la efervescencia revolucionaria, tanto los patriotas peruanos como los generales de la libertad (San Martín, Sucre, Bolívar) utilizaron este medio para difundir sus textos o mensajes subversivos. Al respecto, Proctor dice:
Sobre el lomo de estos magníficos animales subrepticiamente los anuncios de la libertad llegaban a los lugares más apartados e inhóspitos del territorio. Incluso, desde mucho antes de su arribo al Perú, los agentes de San Martín utilizaron con habilidad y discreción este formidable recurso. (Citado por Puente Candamo, 1959, p. 51)
Indirectamente, pues, la mula fue parte vital de la difusión de las ideas libertarias antes y durante nuestro período.
Ahora bien, en su libro varias veces citado, los Caminos del Perú (1965), Antonello Gerbi menciona algo que es interesante consignar. Según él, los medios de comunicación y de transporte entraron en crisis desde los albores de la etapa republicana debido, entre otras causas, a la revolución tecnológica e industrial que desplazaba al antiguo privilegio del camino y del corcel. “La máquina a vapor estaba por llegar, jadeante y bufando, a las costas del Pacífico. Montada primero sobre un navío y, después, sobre una locomotora encendida, hacía girar grandes ruedas cuyas palas abofeteaban las olas y ruedecillas de hierro que resbalaban encima de largas barras enclavadas en el suelo”. Era el progreso enfrentándose a lo tradicional; lo moderno versus lo arcaico. En esta disyuntiva, el anhelo de los peruanos se orientó por entero hacia los nuevos y maravillosos inventos. Ya en 1827, apenas un año después que se había establecido la primera línea regular de navegación a vapor (de Inglaterra a la India) se formuló un proyecto análogo para el Perú. Y desde el año 1826 se concedió a una compañía privada el proyecto de establecer un ferrocarril entre Lima y el Callao. En 1840 se realizó el primer sueño: el vapor Perú de la Pacific Steam Navigation Company (naviera inglesa) llegó al Callao15; y diez años después (1851) el primer ferrocarril de Sudamérica corrió entre la capital y el puerto16. El entusiasmo público se encauzó impetuoso hacia las vías férreas. La formidable sugestión de la prosperidad llevada por los trenes a otros países, la ocasión de tener entre nosotros un vehemente empresario norteamericano (Henry Meiggs), las tenaces ambiciones de primacía técnica y civil, la presión de mil intereses, y la misma facilidad para financiar en Europa su construcción (con la garantía del recurso guanero), aseguraron a las ferrovías una prioridad absoluta sobre cualquier otra obra pública, y, naturalmente, sobre los arcaicos, sencillos y humildes caminos (Gerbi, 1965, p. 79).
Obviamente, entre la mula y la locomotora no es posible hacer parangones. La máquina, en el siglo del progreso material, tenía todas las ventajas sobre la bestia. Solo los poetas —observa dicho autor— se lamentaban de que no hubiera caminos para las “musas peregrinantes”. El satírico Felipe Pardo se escandalizaba (1859) de ver en la sierra:
Caminos tan estrechos y escarpados,
que es preciso llevar la carga en hombros,
y de una peña atados a otra peña,
puentes, ¡qué horror! de sogas y de leña17
Y el melancólico Juan de Arona (1872) gemía:
Viajo, y todo es arena, insolaciones,
o inaccesibles cumbres y arduos cerros 18
Pero, ambos deploraban que, en vez de mejorar las comunicaciones (caminos), se hubiera despilfarrado tan malamente los ingentes rendimientos del guano o los fáciles millones de las islas de Chincha. La bonanza fiscal —bien lo sabemos— provenía, en efecto, del prodigioso fertilizante marino. Y el guano no tenía necesidad de caminos para ser explotado, vendido y exportado. El abono natural —refiere el viajero alemán Ernesto Middendorf (1973)— ni siquiera tocaba tierra firme: de los islotes era embarcado directamente en los veleros; desaparecía en el horizonte sin haber visto un camino terrestre. Desde ultramar llegaba en pago los cuantiosos giros sobre Londres. Aquellas esterlinas se habrían podido destinar a cualquier cosa, menos a construir caminos: era demasiado fuerte la resistencia psicológica a una inversión tan lejana de la fuente inmediata de la prosperidad; cien mil kilómetros de caminos no habrían mermado en una sola libra las entradas fabulosas y providenciales del fertilizante natural.
Al influjo de esta riqueza efímera, el camino existente a lo largo de la costa languidecía por la amplia y fácil competencia de las naves a través del sistema de cabotaje19. Efectivamente, el cabotaje, entre otras cosas, asestó un golpe mortal al tráfico terrestre costanero. Recuérdese que durante el virreinato, la habilitación del puerto de Arica ya había perjudicado al comercio limeño y destruído el ramo de trajineros o arrieros. El paso regular de los veleros de uno a otro puerto, casi logró suprimir el movimiento paralelo entre uno y otro valle. Desaparecieron el acarreo con bueyes, las lentas caravanas de carretas y los cortejos de mulas enjalmadas. Pequeñas ciudades que vivían de aquel tráfico, hasta puertos como Paita, y lejanos centros de intercambio, como Ayacucho, sufrieron un ataque de parálisis (Romero Pintado, 1984, t. VIII, vol. 1, pp. 329-335). Y eran bien pocas las personas que volvían la mirada hacia la sierra. Todos los ojos estaban fijos en los islotes blancos, en las blondas velas de los bergantines y en las doradas letras de la Gran City (Londres). ¿Qué riqueza se podía esperar de aquellas montañas ceñidas y herméticas? Hasta el tributo de los indígenas andinos, otrora puntal del fisco, se había podido abolir merced a los ingresos del guano. Los propios gastos del Cusco (la otrora gran capital quechua) eran cubiertos a la sazón por las repletas arcas del erario de Lima. La sierra —dice Gerbi (1965)— retrogradaba así de “tío rico de América” a “pariente pobre” del tesoro público y, como tal, se le daba las espaldas sin mucha pena.
Concluimos el apartado con la inclusión de algunas apreciaciones del citado Tschudi sobre Lima, “la ciudad más grande y más interesante fundada por los españoles en Sudamérica” y, de lejos, “la urbe más rica del Continente”. Acerca de los alrededores de la capital, expresa:
La impresión que causa la ciudad de Lima al extraño no es favorable de primera intención, ya que los barrios periféricos consisten en casitas semiderruidas y sucias, las calles llenas de toda índole de inmundicias y basura; pero, mientras más se acerca el viajero a la Plaza Mayor, más hermoso y característico se torna el aspecto, de modo que resulta fácil olvidar el desagrado causado por la primera impresión. (pp. 80-81)
Sobre su distribución física dice:
Lima está dividida en cinco cuarteles, y éstos, a su vez, en diez distritos y 46barrios. Tiene, aproximadamente, 3380 casas, con 10 605 puertas que dan a la calle. Hay 56 iglesias y conventos; estos últimos ocupan casi una cuarta parte de la superficie de la ciudad. Hay 34 plazas públicas delante de las iglesias y 419 calles, la mayoría muy mal pavimentadas, pero que cuentan con veredas. (p. 80)
Finalmente, al referirse a las viviendas hace el siguiente extenso comentario:
La mayoría de las casas son de un piso, algunas tienen dos. Cuentan con dos entradas por el frente. Una de ellas es el zaguán junto al cual se encuentra la puerta de la cochera donde se guarda la calesa. Dando sobre esta, o sea junto a la puerta principal, suele haber un cuarto pequeño con una ventana cerrada por medio de una reja de madera, detrás de la cual se sientan las bellas limeñas para observar a los transeúntes sin ser vistas. También ven con agrado que algún galán venga a ‘guardar la reja’. El zaguán conduce a un patio grande, a cuyos costados hay cuartos pequeños. Frente a la entrada principal se halla propiamente la vivienda misma, la cual suele estar rodeada de una pequeña y primorosa baranda. A través de una gran puerta doble se penetra a una sala espaciosa cuyo mobiliario consiste en una hamaca, un sofá y una larga fila de sillas. Sobre el suelo hay decorativas esteras de paja. Una mampara de vidrio lleva a una segunda habitación, algo más pequeña, llamada la cuadra, decorada en forma elegante, frecuentemente muy lujosa y con alfombras de lana. Aquí se recibe a las visitas. Junto a la cuadra se hallan los dormitorios, comedor, cuartos para niños y demás. Por medio de una segunda puerta, la cuadra comunica con el traspatio, el cual suele estar decorado con hermosas pinturas al fresco. Aquí están la cocina, el corral y un primoroso jardín. El primer patio se comunica con el segundo por un callejón por el cual se llega a los caballos. Cuando falta el callejón, como suele ser en algunas casas más pobres, los caballos tienen que ser conducidos a través de la sala y de la cuadra. Si la casa tiene dos pisos, su disposición es algo diferente. En este caso, la cuadra, que comunica con el balcón, se encuentra encima del zaguán; delante de ella, la sala. Las demás habitaciones están construidas sobre los cuartos que rodean la sala. Sobre la cuadra y sala del primer piso, no hay habitaciones en el segundo piso sino una terraza amplia, de piso de piedras de laja, con una balaustrada que da sobre el patio. Esta terraza sirve de lugar de recreo para adultos y niños; se le adorna con macetas de flores y se protege contra el sol por medio de un enorme toldo. El techo de la casa es plano y consiste de caña cubierta con esteras y empastado con barro o cubierto de ladrillos livianos. Parte de las ventanas de las habitaciones se abren en el techo. Las demás ventanas, que son muy pocas, están colocadas a ambos lados de las puertas y tienen artísticas rejas de fierro que suelen ser lujosamente adornadas. Las puertas y ventanas se mantienen abiertas casi todo el tiempo debido al calor. Algunas casas se distinguen por sus bellos decorados, tal como ocurre con la afamada Casa de Torre Tagle, cerca de la concurrida iglesia de San Pedro. (Tschudi, 1966, pp. 81-82)
1.2 El dilema demográfico
En términos cuantitativos, no se conoce con exactitud el número total de pobladores que tenía el país al concluir la gesta emancipadora20. La inestabilidad política, la crisis económica y los azares propios de la prolongada campaña militar, por un lado, y las dificultades geográficas antes descritas, por otro, impidieron la realización de un censo que nos hubiese permitido conocer el rostro humano del Perú de aquellos días de manera precisa y satisfactoria21. Ante esta enorme e insalvable dificultad, no queda otra opción metodológica que recurrir a la comparación e inferencia estadística y elaborar un cuadro provisional que nos permita aproximarnos al paisaje social del Perú en el período inicial republicano. En efecto, de acuerdo a los datos disponibles sabemos que en enero de1796 el virrey Francisco Gil de Taboada y Lemos presentó su Memoria y en ella calculaba que el “Reyno tenía más de 1 300 000 habitantes” (citado por Puente Candamo, 1959, p. 4). ¿Cómo obtuvo el dato? Él mismo lo dice: “a través principalmente de las matrículas para el cobro de la contribución personal de indígenas de predios rústicos y urbanos”.
Según esta cifra censal, el orden de los grupos (de mayor a menor) era el siguiente: indios, mestizos, blancos, pardos y esclavos negros; con clara preeminencia del primero. Asimismo, señala que la región sur albergaba al 52 % de la población total; la del centro al 28,3 %; y la del norte al 19,1 %. En este caso, la mancha india predominaba en la parte meridional del territorio (Gootenberg, 1995, pp. 28-29). En este contexto, ¿a cuánto ascendía la población de Lima y cómo estaba compuesta? Según R. J. Shafer (1958), la capital tenía una población aproximada de 52 000 individuos, incluyendo 17 000 españoles (peninsulares y criollos). De este total, casi 5000 eran religiosos o vivían en comunidades religiosas. Por otro lado, la ciudad tenía no menos de 400 mercaderes, 60 fabricantes, 1027 artesanos, 2900 sirvientes libres de raza mestiza y 9200 esclavos. En una palabra, “la población estaba drásticamente compartimentada en razas y condiciones” (p. 157).
Casi tres décadas más tarde, la Guía de forasteros (publicada en 1828)22 refiere que la población peruana era de tan solo 1 249 723, distribuida del siguiente modo:
| Departamentos | Habitantes |
| Arequipa | 13 6 81 2 |
| Ayacucho | 159 608 |
| Cusco | 216 382 |
| Junín | 200 839 |
| La Libertad | 230 970 |
| Lima | 149 1 1 2 |
| Puno | 156 000 |
¿Qué significan comparativamente ambas cifras? Que durante esos treintaidós años que mediaron entre el paso del siglo XVIII al XIX, se ha producido una evidente merma en el total de la población23. ¿Las causas? Varias y de diversa índole: físicas, políticas, militares, vitales, etcétera. Por ejemplo, los terremotos que ocurrieron en el tránsito de ambas centurias sepultaron a miles de personas bajo los escombros de sus viviendas de adobe. La guerra de liberación (con sus prolongadas y fatigosas campañas) causó un gran número de bajas, principalmente de indios y negros. El destierro y la emigración voluntaria alejaron a cientos de personas afincadas en el país (españoles y criollos ricos que emigraron a España). Las enfermedades y epidemias (como consecuencia natural de una deficiente atención médica y de la falta de limpieza de las calles) provocaron un alto índice de mortandad. Por último, la muerte natural (con una esperanza de vida muy corta) ocasionó que el número de defunciones fuera el doble que el de nacimientos24.
En 1836 (bajo la gestión del citado general Andrés de Santa Cruz) se llevó a cabo —según opinión generalizada hasta antes del descubrimiento de Gootenberg— el primer censo de la etapa republicana que arrojó un total de 1 373 736 pobladores distribuídos en las tres regiones (Arca Parró, 1945, p. 28)25. Comparativamente con la cifra de 1828, advertimos una recuperación demográfica más o menos significativa26.
Llevado a cabo durante el desbarajuste económico-financiero y las luchas armadas de la etapa inicial del caudillismo castrense, este censo (destinado a ser repetido a lo largo de los años siguientes) apareció por primera vez en la Guia de forasteros de 1837, “sin dar razón alguna de su metodología e, incluso, de los recuentos mismos”, como lo advierte Gootenberg (1995), y agrega:
Esta vez los funcionarios no registraron distinciones étnicas, debido (es de suponer) a sus nuevos ideales de una sociedad libre de castas. El antropólogo George Kubler (1952) sugiere que llamarlo ´censo´ es dignificarlo, otorgándole un título inmerecido. No obstante, él y otros autores continúan citando sus cifras como si fuesen un hecho producto de la realidad. (pp. 11-12)
Por otro lado, y como dato adicional a todo lo expresado, cabe recordar que para la instalación del primer Congreso Constituyente (que se realizó el 20 de setiembre de 1822), el número de representantes del pueblo fue de 69 diputados propietarios y de 38 suplentes; este número se obtuvo al determinarse “que hubiese un diputado propietario por cada 16 500 almas o por cada fracción igual o mayor a la mitad, de cada una de las once secciones en que se dividía el territorio27.
Ahora bien, al margen de la inexistencia de la cifra censal para nuestro período (que por inferencia la ubicamos en 1 200 000 personas) podemos plantear las siguientes consideraciones de carácter general:
a) En su conformación, el marco o la estructura social existente desde comienzos del dominio hispano no sufrió mayor modificación con el paso de la etapa colonial a la republicana (los mismos grupos sociales pervivieron, produciéndose un ligero cambio en el rol o estatus de algunos de ellos). En este contexto —observa Gootenberg (1995)— el temprano siglo XIX representa un período en el cual la otrora dominante sociedad blanca estuvo debilitada por las tensiones generadas por la decadencia económica, el caos político y la incertidumbre institucional de la transición poscolonial.
b) El Perú inició su vida independiente como una república de propietarios y hacendados criollos, pero también de chacareros mestizos, pastores indígenas y esclavos negros.
c) En su dinámica vital, el Perú (como la gran mayoría de las naciones del continente) no era un país densamente poblado.
d) La población predominante continuó siendo la indígena, seguida por los mestizos, los blancos y los negros (el pujante proceso de mestización sería posterior). Según el mencionado Kubler (1955), las mayorías indígenas llegaron a su punto más alto precisamente en el período posterior a la Independencia. Un 59,3 % de la sociedad republicana era “india”; su caída a 54,8 % en 1876 se hizo evidente al iniciarse la senda moderna del mestizaje (citado por Gootenberg, 1995, p. 14).
e) La sierra, igualmente, prosiguió siendo el hábitat principal de aquellos pobladores mayoritarios y marginados. En este caso, la sierra sur, particularmente, fue el núcleo principal del asentamiento indígena, con un altísimo porcentaje de la población total; le seguían la sierra central y la sierra norte. Sin ser numerosa, también había un cierto porcentaje de población aborigen en la costa, aunque era superada por la población mestiza y criolla (Armas, 2014, capítulo I, p. 377).
f) El Perú, poblacionalmente, fue un país rural por excelencia y donde la mayor parte de los indígenas vivía integrando las aproximadamente cinco mil comunidades; aunque también —según el citado autor— había muchos de ellos que laboraban en las chacras y haciendas de todo el país (en los valles interandinos o costeños, fundamentalmente bajo el sistema del yanaconaje).
g) El fenómeno migratorio interno fue escaso e insignificante.
h) El índice de analfabetismo alcanzó niveles sumamente altos.
i) La estructura laboral y el aparato productivo en general, descansó en los sectores populares-marginales de escasos recursos (indios, negros y mestizos).
j) La escasez de fuerza de trabajo fue, sin duda alguna, uno de los factores principales que por un tiempo prolongado frenó la expansión económica, como se verá posteriormente.
Obviamente, todo lo antes referido se reflejó en la conformación y dinámica de las ciudades. Al comenzar el siglo XIX, las ciudades del Perú tenían escasa población. Su característica era rural por excelencia por su dependencia casi absoluta de la actividad agraria que proporcionaba a las ciudades todo lo necesario para su subsistencia. Si Lima, la capital, tenía en gran parte ese sesgo (teniendo como centro el valle del Rímac), las otras ciudades de provincias eran prácticamente —en frase de Emilio Romero (1970)— “burgos cerrados”. Arequipa era la segunda ciudad más poblada y su peculiaridad campesina era intensa. En las poblaciones de los Andes (el Perú profundo) era todavía mayor la dependencia del campo. La ciudad era apenas un sitio de estancia en las épocas en que no había actividad agropecuaria, que absorbía a las familias pudientes, para vivir en las grandes casonas de las quebradas o del valle.
En muchas de estas ciudades andinas la población no pasaba de 20 000 habitantes para las más populosas, siendo un promedio de 5000 el de las otras. El grupo de propietarios, comerciantes y hacendados era más reducido así como el de los escasos artesanos. La gran mayoría estaba formada por la población indígena que trabajaba en los campos produciendo abastos de mercado a precios irrisorios, casi siempre fijados por un Cabildo formado por los hacendados o antiguos encomenderos, a su conveniencia, dejando ganancias ridículas, mezquinas, que no hacían sino empobrecer más al productor, al trabajador y a la tierra misma28.
En suma, a comienzos del siglo XIX no había una sola ciudad con rasgos urbanos, pues ella (a tenor de la experiencia foránea) habría requerido una vinculación con la actividad industrial, inexistente entonces en nuestro medio. Bajo esta perspectiva, la población peruana era en su gran mayoría de carácter rural, dispersa y sin constituir verdaderos centros poblados masivos; simultáneamente, aquellos pueblos formados sobre los antiguos asientos incaicos, mantuvieron su nomenclatura casi de manera íntegra a través de los tres siglos de vida colonial (Romero Padilla, 1970, t. II, p. 10).
El caso de Lima fue, particularmente, sui generis e ilustrativo; desde los albores de la etapa independentista fue siempre la ciudad más poblada a nivel nacional, aunque con ciertos altibajos29. El científico y viajero austriaco Tadeo Haenke (1761-1817) que la visitó en junio de 1790, estimó su población en 53 000 habitantes, en la que: 17 000 eran españoles, 4000 indios, 9000 negros y el resto “de las castas resultantes de estas tres principales, sin contar con los clérigos, monjas y beatas”30. Asimismo, calculó en 300 el número de las casas de nobles y descendientes de los conquistadores, de empleados del rey o comerciantes enriquecidos, de hacendados y propietarios.
Todos tenían un séquito numeroso de criados y esclavos. A esta clase, económicamente la más numerosa, seguían los eclesiásticos, abogados, escribanos, médicos, catedráticos y empleados particulares. A continuación y como dependientes de ellas se encontraban los grupos de artesanos, funcionarios menores y comerciantes. En la última escala social estaban los indígenas, en condición de yanaconas o trabajadores aparceros en los valles de la costa y de “colonos” o siervos en la sierra.
Sobre el grupo de los artesanos capitalinos, que el citado viajero calculó en más de 1000, hallamos una extensa clasificación: plateros, herreros, zapateros, sastres, talabarteros, silleros de montar, pasamaneros, bronceros, pintores, carpinteros, hojalateros, relojeros, impresores, albañiles, canteros, escultores, guitarreros, tintoreros, chocolateros, cerereros, sombrereros y botoneros “casi todos reducidos a gremios para asegurar el pago de las alcabalas” al igual que los pulperos cuyas tiendas sumaban 130. Las mujeres se ocupaban en labores de costura, bordados, tejidos domésticos, zurcidos, botonería, perfumes, florerías y dulcerías. Las mujeres de color, las más humildes, se desempeñaban como chicheras, vivanderas y cocineras; la mujer española rechazaba en su conjunto esas actividades manuales. Finalmente, existían, en apreciable cantidad, ociosos de ambos sexos debido a la carencia de industrias en qué poder encontrar sana ocupación, a excepción de algunos telares de pasamanería (Haenke, 1901, p. 83).
Según la información proporcionada por este ilustre viajero nacido en Tribnits (Bohemia), las trescientas familias arriba mencionadas mostraron una conducta zigzagueante frente al poder. Hacia 1820, por ejemplo, eran enteramente fieles a la Monarquía y a la Iglesia Católica; sin embargo, al poco tiempo firmaron el Acta de la Independencia con el general San Martín y, luego, al volver los españoles a ocupar la capital en 1823-1824 festejaron el retorno de las tropas monárquicas. Lo que importaba —afirma el citado Romero Padilla (1970)— era permanecer con sus propiedades y sus masas de siervos indígenas trabajadores. Símbolo de esta situación social fueron Torre Tagle, Berindoaga y el general Juan Pío Tristán, nombrado último virrey del Perú, quien no aceptó el cargo y escribió a Bolívar una carta pidiéndole una transacción entre la Monarquía y la República; finalmente, declinó al más alto cargo en el ya vencido virreinato para adherirse a la república y mantener íntegra su propiedad y sus rentas.
En el análisis comparativo de la situación demográfica de las ciudades en este período de nuestra historia, otro caso interesante por su proyección y significado fue el de Arequipa. A diferencia de otras ciudades de fines del XVIII y comienzos del XIX, la ciudad del Misti —dice Alberto Flores Galindo (1977)— estaba compuesta principalmente por españoles y mestizos; en los alrededores mismos de la ciudad los indios escaseaban. Según un testimonio de 1795 (la revisita de Joaquín Bonet mencionada por este autor), más de 36 000 habitantes conformaban la población arequipeña, de los cuales 22 712 eran españoles (62 %), 4908 mestizos (13 %) y 5099 indios (14 %). El porcentaje restante estaba conformado por negros y mulatos. El citado Tadeo Haenke (1901), que también visitó dicha ciudad, agrega:
Hay gran número de familias nobles, por haber sido allí donde más han subsistido los españoles, tanto como por lo óptimo del clima y la abundancia de víveres, como por la oportunidad del comercio por medio del puerto que solamente dista 20 leguas. (p. 64)
De acuerdo al mismo viajero, no abundaban los mendigos ni los indios forasteros.
Sobre la situación económica de Arequipa en el primer decenio de su vida independiente, todo indica que ella era sinónimo —en opinión del citado Flores Galindo (1977)— de postración. En efecto, hacia 1825 el prefecto de Arequipa, Francisco de Paula Otero, se refería en los siguientes términos a la situación productiva de la localidad:
El aguardiente pensionado, los granos malogrados, las minas abandonadas y las mulas entregadas a la voracidad de las tropas; todo ha contribuido a formar un cadáver de este lugar que en el pasado fue brillante y próspero. Las levas, la mortandad y la dispersión de su población, han convertido a la región que hoy pisamos en un suelo nulo en todos los ramos de su subsistencia. (Citado por Quiroz Paz Soldán, 1976, p. 89)
Tal vez la mejor descripción de Arequipa de aquellos días corresponde al súbdito inglés Samuel Haigh (1920), que recorrió el Perú entre 1824 y 1827 (en Arequipa permaneció 19 meses)31. Al hablar del aspecto físico de la ciudad, dice:
Las calles, como de costumbre en ciudades españolas, trazadas en ángulo recto, son bien aplanadas, pero no se mantienen tan limpias como sería de desear, aunque el agua corre en las principales. La ciudad está mal alumbrada, exceptuando las arterias mayores donde cada propietario está obligado a encender un farol en su puerta. La plaza es grande y allí está instalado el mercado. (p. 32)
Luego pasa a ocuparse de la clase alta arequipeña y por fuerza tiene que tratar de las familias de los clérigos poderosos:
Hay en Arequipa muchas familias de grande opulencia: la de Goyeneche es considerada como la más rica. La forman tres hermanos y una hermana. Uno es obispo, otro general al servicio de España y el tercero, comerciante. El padre se hizo rico muchos años ha, como tendero adquiriendo tierras en las cercanías, cuyo valor ha aumentado enormemente. Como no hay bancos ni banqueros, la gente da dinero a interés o guarda el oro y la plata en zurrones depositados en alguna pieza segura de su morada. Arequipa está todavía sujeta al dominio de los omnipotentes clérigos, muchos de los que representan a la ciudad en el Congreso. (p. 78)
Constata, asimismo, la temprana presencia de los británicos en Arequipa dedicados a la actividad minera, a la producción lanar y, sobre todo, a la labor mercantil, puntualizando los lazos matrimoniales entre esos migrantes y la clase alta arequipeña. Por último, pondera la belleza de las mujeres arequipeñas “que no igualan en encantos personales a ninguna que haya visto en otras ciudades americanas”; pero se desencanta del total aburrimiento que se vive allí: “No hay diversión en los alrededores, ni montería, caza o pesca. A veces se organizan paseos a la sierra para cazar guanacos, pero es diversión pobre. Realmente, nunca he visto un lugar tan aburrido como éste…” (citado por Flores Galindo, 1977, p. 39).
Poblacionalmente, la ciudad de Arequipa mostró a lo largo de nuestro período un sostenido incremento en términos relativos. En el ámbito político, su participación fue, asimismo, destacada. En la actividad económica, la emergencia de grupos urbanos artesanales y campesinos, su ubicación como ciudad-enclave entre sierra y mar y su planta urbana, fueron factores decisivos de su visible crecimiento. Además, en Arequipa jugó un papel fundamental la temprana influencia europea a través de la acción de los comerciantes. Entre ellos destacaron los ingleses y, en menor escala, los franceses y los españoles, quienes llegaron a tener considerable influencia en la comercialización y exportación de lana y de otros productos extractivos, así como en la importación de artículos manufacturados que luego eran redistribuídos por todo el sur. De esta manera, desde un inicio y durante toda la centuria decimonónica, Arequipa se afirmó —como ya se dijo— en la segunda ciudad del país, y se alzó en contínuo desafío frente a Lima (Ponce, 1975, p. 56; Flores Galindo, 1977, pp. 48-49).
Ahora bien, en términos conceptuales juzgamos conveniente puntualizar algo que puede resultar un contrasentido a la luz de una incorrecta interpretación histórica. Las ciudades de aquella época —repetimos— eran escasamente pobladas y de índole predominantemente rural; el urbanismo (con los patrones que hoy le asignamos) aún no mostraba atisbos de una aparición ni siquiera modesta. A pesar de ello, el germen revolucionario, la aspiración libertaria y el ímpetu nacionalista se va a dar en ellas y no precisamente en el populoso campo. ¿La razón? Es probable que las óptimas condiciones intelectuales de sus pobladores (en comparación con la orfandad e ignorancia de los indígenas) y las innovaciones tecnológicas que suelen expandirse más rápidamente en las ciudades, influyeran en aquella actitud colectiva de búsqueda y concreción de una vida mejor y autónoma. Ahora entendemos, por un lado, el porqué las ciudades entonces más consolidadas (Piura, Trujillo, Lima, Arequipa, Tacna, Cusco, Puno) se convirtieron en el epicentro del quehacer revolucionario y, por otro, el porqué los Libertadores focalizaron su propaganda ideológica en ellas.
Pero, por cierto, a esta particular coyuntura hay que adicionarle los acontecimientos internacionales que entonces gravitaban en el escenario mundial. En efecto, a principios del siglo XIX, la invasión napoleónica a la península ibérica motivó la caída de la monarquía española, precipitando así la búsqueda de una solución autónoma en las colonias americanas. Consecuentemente, con las Cortes de Cádiz se abrieron nuevas posibilidades para los revolucionarios del Nuevo Mundo. La existencia de un imperio sin monarca legítimo, la representatividad colonial a las Cortes mediante elecciones, la difusión de ideas renovadoras por la prensa, derivaron de modo inevitable en ganancia del sector criollo y de una solución política que lo colocó en situación dominante. En este proceso —dice Fernando Ponce (1975)— la importancia de las ciudades estuvo en el hecho de que ampararon y estimularon un tipo de acción revolucionaria. En ellas se realizó la agitación social entre los sectores o grupos de mayores recursos y se trató de organizar actos políticos que permitieran al menos una mayor participación horizontal de los ciudadanos. La actividad política criolla estuvo, pues, ligada a las ciudades. Incluso, esta actividad política de agitación se expresó en una contienda singular en la cual a menudo el apellido (Torre Tagle, Riva Agüero, Berindoaga, Ramírez de Arellano) protegió de la dura represión virreinal a criollos de fortuna implicados en actividades subversivas. No obstante, debe anotarse que en forma organizada no existió una cadena definida de comunicación entre ciudades de una misma provincia virreinal. Tampoco entre las ciudades y el campo. En realidad, la comunicación de objetivos políticos comunes de liberación de España se realizó de preferencia con otras capitales de provincias americanas, usualmente mediante la fraternidad discreta de logias y sociedades secretas. En otros casos, la presencia de agentes especiales tuvo que ver con movimientos de agitación y rebelión (Ponce, 1975, p. 53).
Contrariamente —señala este mismo autor— la rebeldía campesina fue, por lo regular, de carácter local, zonal o algunas veces regional. Escasamente logró una difusión amplia. Se puede citar, sin embargo, dos excepciones notables por la fuerza alcanzada, su extensión y los efectos que tuvieron. Se trata de los movimientos indígenas de Juan Santos Atahualpa (1742-1756) y de Tupac Amaru II (1780-1781). La expresada localización de esfuerzos facilitó el control por las autoridades coloniales. Debe indicarse, además, que en los intentos subversivos campesinos, los objetivos se circunscribieron a la reivindicación de la tierra y a la liberación de la opresiva red de funcionarios relacionados a la percepción de tributos. En el caso de las dos rebeliones mencionadas, lo que se pretendía era “extinguir” corregidores, suprimir mitas, alcabalas, aduanas y muchas “prácticas perniciosas” (citado por Bonilla, 1981, p. 64). Los grupos criollos, en cambio, se inspiraban en corrientes ideológicas europeas. Sus esquemas, por lo común, estaban cargados de idealismo. No estaban política ni económicamente preparados. Tampoco mostraban coherencia específica de medios y formas ejecutivas. Consecuentemente, no llegaron a impactar al campesinado (Roel, 1970, p. 86; Ponce, 1975, p. 51).
2. EL ACONTECER POLÍTICO*
2.1 La gestión gubernamental de San Martín
Como se señaló en la Introducción, históricamente el régimen sanmartiniano se inscribe en el momento inicial de nuestro tormentoso quehacer político, inaugurando así la hegemonía extranjera en los destinos aurorales de nuestra zagal nación. Esta presencia (como la de Bolívar más tarde), sin duda alguna va a constituir un decisivo elemento perturbador en el frustrado intento peruano de constituir un aparato estatal independiente o totalmente autónomo, libre de la intromisión foránea. Asimismo, la castración de esta legítima aspiración nacional, a la larga, atentaría contra la conformación temprana de una clase política sólida, pujante y moderna, tal como ocurrió en otras partes de la región donde no existió ni la tutela ni la injerencia prolongada de agentes externos. Obviamente, el fenómeno fue complejo, agobiante y con muchas aristas, a tal punto que durante casi un lustro dificultó la consolidación del incipiente Estado nacional. Pero estos años, después de todo, nos dejaron algo mucho más trascendente y perecedero que ya hemos insinuado en páginas precedentes: la esperanza (hecha ilusión colectiva) en un país más grande y libre para las futuras generaciones, amén de la primera Constitución Republicana y de las leyes básicas para la organización de la flamante República.
El general José Francisco de San Martín y Matorras (llamado el “Aníbal de los Andes” por su compatriota y más importante biógrafo Bartolomé Mitre), fue, indiscutiblemente, el primer y más importante estratega de América del Sur. Sus émulos obtuvieron brillantes y sonadas victorias, pero ninguno llegó a igualarlo en talento militar, ni alcanzó su altura en las concepciones de gran aliento. Él pertenece a esa clase de generales que vencieron siempre, sabiendo poner todas las ventajas a su favor antes de emprender una campaña. La improvisación contrariaba su natural inclinación y temperamento; por eso, desdeñándola como propia del talento subalterno, se entregó siempre a la más reflexiva meditación antes de señalar los rumbos a seguir. En consecuencia, la obra de San Martín en América es netamente militar. Su carácter —como veremos de inmediato— no era propio para grandes empresas políticas y su ambición de mando estuvo siempre limitada por las necesidades de la guerra; sus más furibundos detractores reconocen que solo aceptó el gobierno como un medio, en países de reciente creación, para obtener el triunfo de las armas que habían de darnos la libertad. El político e historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna (1924) anota:
San Martín más que un hombre, simbolizó enteramente una misión, alta y contrastable, terrible a veces, sublime otras. Solo bajo este aspecto providencial y casi divino, es como la historia debe enjuiciar su gran nombre y su gran carrera, llena toda ella de admirable unidad. (p. 72)
¡Justo reconocimiento a un hombre de tan inconmensurable talla! Pero, ¿qué puede decirse de la personalidad y del quehacer del egregio militar argentino? Sin ánimo de esbozar una biografía completa, ni mucho menos, a continuación reseñamos los principales hitos de su larga trayectoria vital, siguiendo un orden cronológico y secuencial de los acontecimientos. Natural de Yapeyú (localidad de la provincia argentina de Corrientes), nuestro personaje nació el 25 de febrero de 1778; por lo tanto, era cinco años mayor que el venezolano Simón Bolívar, su futuro competidor en la gesta emancipadora. Fueron sus padres el capitán Juan de San Martín y Gregoria Matorras; ambos de origen español. A los tres años se trasladó con sus progenitores y sus tres hermanos a Buenos Aires, donde aprendió las primeras letras; dos años después, la familia emigró a España. En Madrid, cursó sus estudios escolares en el reputado Seminario de Nobles. En 1789 fue incorporado como cadete en el Regimiento de Murcia, combatiendo (adolescente aún) en Orán contra los moros y, poco después, en el Rosellón contra los franceses. Sus ascensos a segundo subteniente y a teniente segundo los logró en 1793 y 1795, respectivamente. En la desigual guerra contra los ingleses, fue herido gravemente y hecho prisionero en 1798; tres años más tarde, se reincorporó al ejército en calidad de voluntario. A partir de entonces (1801) y merced a su destacada actuación en las filas españolas mereció sucesivos ascensos.
Al iniciarse la década de 1810, empezó ya a dar muestras de su deseo de contribuir a la libertad de América. Para tal propósito, de Cádiz se trasladó a Londres, donde ingresó a la célebre Logia Lautaro (flamante sociedad masónica fundada por el patriota venezolano Francisco de Miranda); allí conoció al chileno Bernardo O´Higgins, que más tarde sería su entrañable amigo y confidente de muchas aventuras guerreras. De la capital inglesa, el 19 de febrero de 1812 se embarcó en la fragata George Canning con rumbo a Buenos Aires, arribando tres semanas después a su destino. De inmediato, se le reconoció el grado de teniente coronel de caballería y la Junta de Mayo le encomendó organizar el Escuadrón de Granaderos a Caballo. El 12 de noviembre de ese año contrajo matrimonio con María de los Remedios Carmen de Escalada, natural de Buenos Aires y dama de elevada posición social y económica. Al mes siguiente (7 de diciembre), fue ascendido a coronel y al mando de dicha unidad logró un espectacular triunfo contra superiores fuerzas desembarcadas por los españoles. Desde entonces, su prestigio militar se agrandó. Fue nombrado jefe de una expedición enviada en auxilio del ejército patriota que operaba en el Alto Perú y, posteriormente, jefe del Ejército del Norte en diciembre de 1813. Días después (19 de enero), fue ascendido a la alta clase de general; en esta condición se trasladó a Tucumán con el arduo objetivo de instruir y disciplinar a sus hombres. Por su extraordinaria capacidad de organización y empatía, se le confió el cargo de gobernador intendente de Cuyo en agosto de 1814.
Con el decidido apoyo de su compatriota el general Ignacio Álvarez Thomas, a la sazón director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, organizó el denominado Ejército de los Andes; dos años después (agosto de 1816), fue nombrado su general en jefe. ¿El objetivo? Restablecer, en primera instancia, la libertad de Chile; para ello, atravesó la desafiante e imponente cordillera por el paso de Mendoza. Logró una rotunda victoria en la batalla de Chacabuco, tomando posesión de Santiago. A pesar del revés sufrido en Cancha Rayada, rehízo prontamente su ejército y obtuvo una victoria definitiva en Maipú, consolidando así la independencia de ese país. Retornó a Buenos Aires a informar a las autoridades pertinentes sobre lo acontecido. Establecido nuevamente en la capital chilena, se dedicó de lleno a los preparativos de la Expedición Libertadora del Perú, contando con el apoyo decidido del director de Chile, general Bernardo O'Higgins; al frente de ella, salió de Valparaíso el 20 de agosto de 1820. Su arribo a la bahía de Paracas (Pisco) se efectuó el viernes 8 de septiembre, ante la expectativa general. Ese mismo día, lanzó dos vibrantes e importantes proclamas: una al Ejército Libertador del Perú y la otra a los habitantes del país (reproducidas por Denegri, 1972, pp. 274-275 y 276-278).
Desde aquel estratégico lugar, ordenó ejecutar, entre otras, las siguientes medidas: dos grupos de avanzada se dirigirían hacia Chincha y Nazca, respectivamente, con el fin de afianzar las posiciones patriotas; el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, al mando de una dotación numerosa y bien equipada, se dedicaría a recorrer la zona interior del país (sierra central) para excitar la adhesión de los pueblos a la causa de la libertad; el almirante Thomas Cochrane se encargaría de hostigar a las naves realistas surtas en el Callao y sus alrededores; y él, en persona, establecería el cuartel general en la localidad de Huaura, al norte de Lima (uno de los valles más fértiles de la costa norte y lugar decisivo para su estrategia). Casi simutáneamente a estas, ocurrieron algunos hechos que, a la larga, coadyuvaron al triunfo patriota:
a) El reputado regimiento Numancia (compuesto de 650 plazas y considerado como el mejor batallón español por su disciplina y el de mayor confianza del virrey), con sus oficiales al frente, abandonó a comienzos de diciembre de 1820 el ejército realista y se incorporó en Huaura a las filas independientes (esta defección fue el preámbulo del motín de Aznapuquio y, sin duda alguna, constituyó un duro golpe para la causa real y un refuerzo considerable para el Ejército Libertador).
b) La expedición enviada a la sierra central y encabezada por el general Arenales obtuvo un significativo triunfo en Pasco.
c) Las diferentes montoneras de esa zona se plegaron a la causa de la libertad.
d) Las localidades norteñas de Lambayeque, Trujillo, Piura, Maynas y Cajamarca, declararon su independencia.
e) El virrey Joaquín de la Pezuela fue depuesto por un grupo de oficiales adictos al general José de La Serna (motín de Aznapuquio), lo que creó una crisis institucional político-militar.
f) La nueva autoridad virreinal solicitó al Libertador una entrevista que se llevó a cabo en Punchauca, pero sin resultados tangibles o propicios.
g) El desplazamiento de las fuerzas patriotas hacia Lima, en tanto que los realistas (con el virrey a la cabeza) optaron por evacuarla.
h) En una reunión de cabildo abierto, el vecindario limeño se pronunció a favor de la Independencia el 15 de julio de 1821 y, trece días después, el propio Libertador la proclamó solemnemente en la Plaza de Armas en medio del júbilo general y sin derramamiento de sangre, tal como él deseaba.
Los sucesos que después ocurrieron en torno a la figura histórica del hijo de Yapeyú y de su quehacer en el Perú, se describen en apartados posteriores. Y a todo esto, ¿cómo era físicamente nuestro personaje y qué rasgos psicológicos caracterizaron su magnética personalidad? Quienes lo conocieron y lo trataron lo describen de la siguiente manera: de estatura medianamente alta, de hombros anchos y de silueta atlética, caminaba siempre erguido, con paso lento y seguro y mostrando una prestancia militar inigualable. Sus piernas y brazos largos, armonizaban con su corpulenta configuración física. Su rostro le proporcionaba un atractivo particular frente al bello sexo. Su cabeza bien proporcionada, lucía cabellos negros y lacios, permanentemente bien dispuestos. Sus ojos grandes se hallaban poblados por cejas y pestañas igualmente bien acicaladas. Su nariz recta y perfilada, su boca de tamaño normal y su mentón bien dispuesto, iban acordes al tamaño de su rostro. Su tez cobriza era resultado de su casi permanente exposición a la intemperie o a la inclemencia del clima por razones de su profesión. Era un excelente jinete y un incansable cabalgante cuando las circunstancias así lo requerían. Siendo un hombre prudente y cauto, jamás rehuyó el peligro ni temió enfrentarse a la muerte en el cumplimiento del deber.
De mirada fija y tranquila (casi tierna), ella sin duda alguna reflejaba la serenidad de su espíritu. De igual forma, su temperamento plácido y sosegado, era fruto de un ánimo ajeno a las perturbaciones cotidianas e insulsas. Hombre caballeroso y de finos modales, solía escuchar con mucha atención a sus interlocutores, sin hacer distingos por motivos económicos, sociales o étnicos; por ejemplo, a los indios de la comunidad guaraní los llamaba afectuosamente “mis hermanos guaraníes”, pues con ellos había convivido en épocas pasadas. Conductualmente, era un tipo introvertido y ajeno a posturas exhibicionistas o banales, rehuyendo halagos o lisonjas baratas. En cambio, mostraba siempre una actitud firme y decidida, fruto de una acción correctamente meditada o pensada. Era ajeno no solo al lucro, sino también a los bienes materiales y a los goces terrenales, mostrando siempre un comportamiento discreto y sobrio en todos los detalles de su vida (incluidos los de su vida íntima). En este sentido, ni la gloria ni el poder lo embriagaban; todo lo contrario. Siempre rechazó que le quemaran incienso o le colocaran vistosos laureles en sus sienes.
El oficial naval y viajero escocés Basilio Hall (1788-1844), que conoció a San Martín y tuvo con él una larga entrevista en el Callao el 25 de julio de 1821, lo describe del siguiente modo:
A primera vista, había poco que llamara la atención en su aspecto; pero, cuando se puso de pie y empezó a hablar, su superioridad fue evidente. Nos recibió muy sencillamente, vestido con un sobretodo suelto y gran gorra de pieles, y sentado junto a una mesa hecha con unos cuantos tablones yuxtapuestos sobre algunos barriles vacíos. Es hombre hermoso, alto, erguido, bien proporcionado, con nariz perfilada, abundante cabello negro e inmensas y espesas patillas oscuras, que se extienden de oreja a oreja por debajo del mentón; su color es aceitunado oscuro, y los ojos, que son grandes, prominentes y penetrantes, son negros como azabache, siendo todo su aspecto completamente militar. Es sumamente cortés y sencillo, sin afectación en sus maneras, excesivamente cordial e insinuante, y poseído evidentemente de gran bondad de carácter; en suma, nunca he visto persona alguna cuyo trato seductor sea más irresistible. En la conversación sostenida, abordaba inmediatamente los tópicos sustanciales, desdeñando perder tiempo en detalles superfluos; escuchaba atentamente y respondía con claridad y elegancia de lenguaje, mostrando admirables recursos en la argumentación y facilísima abundancia de conocimientos, cuyo efecto era hacer sentir a sus interlocutores que ellos eran también entendidos en la materia. Empero, nada había ostentoso o banal en sus palabras, y aparecía ciertamente, en todos los momentos, perfectamente serio, y profundamente poseído de su tema. A veces se animaba en sumo grado y entonces el brillo de su mirada y todo cambio de expresión se hacían excesivamente enérgicos, como para remachar la atención de los oyentes, imposibilitando esquivar sus argumentos. Esto era más notable cuando trataba de política, tema sobre el que me considero feliz de haberlo oído expresarse con frecuencia. Pero, su manera trabquila era no menos sorprendente y reveladora de una inteligencia poco común; pudiendo también ser juguetón, bromista y familiar en el trato, según el momento, y cualquiera que haya sido el efecto producido en su mente por la adquisición posterior de gran poder político, tengo la certeza de que su disposición natural siempre fue y es buena y benevolente. (Hall, 1920, cap. V, pp. 115-116)
En una palabra, pues, la rectitud en todos los actos de su vida, su eterna devoción por la libertad, su desprendimiento personal (que, incluso, rayaba en el sacrificio), su reconocida modestia o sencillez (ponderada por amigos y enemigos) y su calidad de gente honesta y proba, fueron las principales cualidades que adornaron la fecunda y proverbial existencia del egregio general argentino. Sin embargo, en el final de su vida no disfrutó de la tranquilidad y el sosiego que él, con toda legitimidad, se merecía. En efecto, atormentado por el nefasto barullo político que se vivía en los países que él había libertado y agobiado por las limitaciones pecuniarias que le impidieron una digna vejez, falleció en la lejana ciudad francesa de Boulogne-sur-Mer el 17 de agosto de 1850, a los 72 años de edad. Sus últimos años fueron de sufrimiento; el reumatismo, que permanentemente lo agobiaba, lo obligaba a recurrir al opio para disminuir los recurrentes e intensos dolores. Además, padecía de cataratas y poco a poco fue perdiendo la vista, siendo su única hija (Merceditas) prácticamente su lazarillo. Según se afirma, meses antes de su deceso, el presidente del Perú, general Ramón Castilla, le envió una extensa y emotiva misiva donde no solo le expresaba la gratitud de nuestra nación por haberla liberado del yugo español, sino también por su procedimiento noble y desprendido en los vaivenes políticos que lo llevaron a abandonar el país. Además, le informaba del propósito del gobierno nacional de asumir el puntual abono que se le había asignado con todo derecho. Gesto que, en medio de todas las penurias, probablemente lo reconfortó en su trance final (Mendiburu, 1931-1933, t. 6, pp. 75-78; Mitre, 1938, pp. 26-28; Milla Batres, 1986, t. VIII, pp. 203-205; Tauro, 2001, t. 15, pp. 2388-2389).
Hasta aquí, la reseña de los principales rasgos biográficos del llamado “Santo de la Espada” y de quien dijo (al momento de abandonar nuestro país en setiembre de 1822) que el Perú constituía su segunda patria. Prosigamos con el desarrollo del tema materia del presente apartado.
Como ya se ha dicho, la presencia de San Martín en nuestro territorio se inició con el desembarco de la Expedición Libertadora del Perú en la bahía de Paracas (Pisco) el 8 de setiembre de 1820. En efecto, con un ejército de 4000 hombres, entre chilenos y argentinos, y con suficientes elementos para equipar otro de 15 000, arribó a nuestras playas con el claro objetivo de acabar con el poder español instalado desde siglos atrás. Para ello la toma o posesión de Lima era vital e imprescindible, casi una obsesión en él. Recordemos que desde mucho antes, cuando en 1814 empezaba a organizar su ejército de gloria, había dicho proféticamente: “Mientras no poseamos Lima, la guerra americana no concluirá”. Con este convencimiento, dividió sus tropas en dos alas que partiendo de Paracas (la una por el mar y la otra por tierra) debían encerrar a Lima en un círculo de hierro, casi como una gigantesca tenaza. El almirante Cochrane y el general Arenales, respectivamente, fueron los responsables de ejecutar tan delicada misión. Además, los agentes peruanos en Lima le habían descrito, minuciosamente, los pasos necesarios para la realización del plan. De esta manera, la capital quedó cercada por mar y tierra, incomunicada con el interior (de donde le venían los alimentos) y del exterior (del que esperaba auxilios). Al respecto, Porras (1950) anota:
Por entonces la peste y las enfermedades hacían en Lima, y en ambos campamentos (Huaura y Aznapuquio), más estragos que la guerra misma. Morían diariamente 20 ó 30 hombres a consecuencia de las tercianas características de los valles de la costa. Ambos ejércitos se diezmaban. En la ciudad la situación era angustiosa. Escaseaban el pan y la carne. El cerco de las indiadas montoneriles era cada vez más apremiante. (pp. 22-23)
Establecido ya en su cuartel general de Huaura sin mayores contratiempos e inconvenientes y de acuerdo a lo previsto, San Martín, ostentando el título de Capitán General y Jefe del Ejército Libertador del Perú, se dedicó de lleno a elaborar los documentos normativos necesarios y, sobre todo, a preparar el plan de posesión u ocupación de la ansiada capital; para ello, contó con la colaboración de sus dos inmediatos secretarios: Bernardo Monteagudo (Guerra y Marina) y Juan García del Río (Gobierno y Hacienda). Expidió el primer documento oficial de carácter político con el que —según su criterio— se normaría la vida administrativa del país. Fue el llamado “Reglamento Provisional de Huaura”, fechado el 12 de febrero de 1821; lleva su firma y la de los indicados secretarios. Consta de veinte considerandos y en su parte introductoria se lee: “El Reglamento Provisional establece la demarcación del territorio que actualmente ocupa el Ejército Libertador del Perú y la forma de administración que debe regir hasta que se constituya una autoridad central por la voluntad de los Pueblos Libres”. Fue publicado en la Gaceta del Gobierno de Lima Independiente (t. I, n.° 10, pp. 41-42).
En la mencionada localidad, recibió la invitación del virrey La Serna que se hallaba acampado en Aznapuquio, a 25 kilómetros también al norte de Lima, a fin de sostener una entrevista para examinar y discutir la situación del país, antes de llegar a un enfrentamiento frontal. Recordemos que por entonces, y en diversas partes del orbe, estaban de moda las entrevistas y la consiguiente pacificación entre las fuerzas adversarias. Al respecto, Raúl Porras (1950) escribe:
Por ejemplo se celebró la entrevista entre el insurgente Agustín de Iturbide y el virrey Juan O´Donojú en Méjico, que dio por resultado el tratado de Córdoba. La entrevista y el abrazo entre Simón Bolívar y el general español Pablo Morillo, en Santa Ana, que dio como consecuencia no solo el armisticio de Trujillo, sino también el acuerdo de regularización de la guerra que puso punto final a las atrocidades y a las bárbaras represalias en las épicas bregas venezolanas. Hasta el despótico Narizotas don Fernando VII, sintió la urgencia de modificar su política de latigazos, para dulcificar la voz con zalameras promesas de pacificación y manifiestos de concordia. En la misma península, los ejércitos quisieron deponer las armas fratricidas y acaudillados por un joven oficial —Rafael Riego— se negaron a venir a América en son de guerra y opresión y obligaron, más bien, a dicho monarca a restablecer la Constitución de Cádiz, que otorgaba la ciudadanía a los americanos, les daba la lírica libertad de opinar y suprimía las tétricas y temibles mazmorras inquisitoriales. (pp. 22-23)
En los meses de mayo y junio de 1821 se realizaron las programadas entrevistas (primero entre los parlamentarios patriotas y realistas y, luego, entre el propio San Martín y el virrey La Serna) con el propósito de encontrar una salida al inminente enfrentamiento. Estas conferencias, que tuvieron como escenario la localidad de Punchauca, han sido objeto de controvertidos juicios históricos. Así, Porras (1950) afirma:
Muchos autores han dudado de la sinceridad de los propósitos de ambos caudillos, empeñados en ganar tiempo y mejorar posiciones, y consideran la discusión, no obstante la efusión de su momento culminante, como estratagema militar del uno o artimaña diplomática del otro para finalizar la guerra. (p. 29)
¿Ellas fueron un fracaso para el generalísimo San Martín? En términos políticos y con cara al futuro inmediato, juzgamos que sí. Seguimos citando a Porras (1950):
Los más fieles biógrafos del militar argentino se empeñan en disculpar a éste de los tratos monarquistas de Punchauca, negándoles trascendencia y convicción principista, en tanto que otros consideran el paso dado por el victorioso caudillo, como una claudicación de su mensaje revolucionario o un oscurecimiento inexplicable de su destino. (pp. 29-30)
Los dos juicios siguientes, confirman esta apreciación histórica. Para Bartolomé Mitre (1938), en Punchauca su egregio compatriota se internó innecesariamente en un callejón sin salida, apartándose de su ruta de Libertador, porque “la República estaba en el orden natural de las cosas” y “la Monarquía era un plan artificial o violento de gobierno”. Por su parte, el historiador chileno Gonzalo Bulnes (1897) considera la célebre entrevista “como el momento en que, transformado el soldado en gobernante, se inicia el descenso de su gloria”.
Ante resultados nada propicios, San Martín retomó sus planes. En diez meses se hizo dueño de la costa: el núcleo principal del virreinato peruano. Sus barcos, mandados por el sagaz y experimentado Cochrane, destruyeron la flota española. Inmediatamente, tomó posesión de Lima y estableció su gobierno. Dueño del mar, flameando en los Castillos del Callao la bandera nacional y reducidos los enemigos a las provincias interiores, el panorama se mostraba auspicioso. Al respecto, en una carta a O’Higgins fechada en la capital el 23 de diciembre de 1821, le expresaba con abierto optimismo:
Todo va bien. Cada día se asegura más la libertad del Perú. Yo me muevo con pies de plomo, sin querer comprometer una acción general. Mi plan es bloquear a Pezuela. Él pierde cada día y la moral de su ejército se mina sin cesar. Yo aumentando mis fuerzas progresivamente. La insurrección cunde por todas partes como el rayo. En fin, con paciencia y sin precipitación, todo el Perú será libre en breve tiempo. (Citado por Vargas Ugarte, 1966, t. VI, p. 131)
Tenía razón el parsimonioso general; sin embargo, la última parte de su testimonio no vino a cumplirse, precisamente, por causa casi suya. ¿Cómo así? Teniendo todo a su favor,
fácil habría sido forzar a los realistas a deponer las armas o arrojarlos al otro lado del Desaguadero. Arenales en la sierra y Miller en la costa, bastaban para mantenerlos en jaque y debilitarlos. La colaboración de los guerrilleros afianzaría su desgaste. Pero todo esto exigía esfuerzo, actividad y decisión. Por desgracia, San Martín prefirió gobernar e implicarse en los entresijos de la administración pública, contraviniendo a lo acordado con el Estado de Chile, antes de emprender la campaña. Su inacción le hizo perder el crédito entre los jefes que le obedecían y la malaventura de las expediciones a Ica y de Intermedios acabaron de desprestigiarlo. (Vargas Ugarte, 1966, t. VI, p. 131)
Ciertamente, la desocupación de la capital por los realistas tuvo un duro impacto psicológico, político y militar en algunos sectores de la sociedad, especialmente, en la engreída nobleza criolla. Hacía trescientos años que la histórica Ciudad de los Reyes había representado el símbolo del poder de España, como centro de cultura, de civilización y de la economía virreinal. Aquí convergían las materias primas que servían tanto para la alimentación de la población, como para sostener la guerra. Igualmente, en Lima se hallaba avecindada la nobleza, que disponía de enorme poder económico y que podía servir a la causa del rey en los trances complicados y dramáticos; pero aquí también se encontraba la fábrica de pólvora, el tesoro, la aduana y los artículos indispensables para vestir a la tropa, así como el comercio más importante del territorio nacional.
Todo esto, sin duda alguna, representaba ayuda efectiva cuando las urgencias de la guerra la requiriesen. No solo porque el hambre es mala consejera, sino por la inestabilidad causada por las contínuas deserciones del ejército español, las autoridades realistas decidieron evacuar Lima y acantonarse en los lugares arriba mencionados de nuestra serranía.
La desocupación no solo fue espectacular, sino también teñida de ciertas conductas singulares. Por ejemplo, los grupos de los encumbrados nobles, sobre todo aquellos que se hallaban estrechamente vinculados a la causa real, sintieron pánico, desconcierto e incertidumbre. El marino, viajero y escritor escocés Basilio Hall, testigo de esos días, relata que la salida del virrey La Serna estuvo unida a escenas de desorientación de sus partidarios.
En los caminos las gentes asustadas iban por la carretera, envuelta en polvo, juntamente con los carros que llevaban sus efectos, como si fueran a salvarse de algún cataclismo. San Martín entró a Lima, sin disparar un tiro, como un guerrero que la hubiera tomado con el espíritu. Pernoctó en la casa del marqués de Montemira, a quien el virrey dejó el gobierno y después se dirigió a Palacio, la mansión que solo los virreyes la habían ocupado antes. (Citado por Puente Candamo, 1959, t. I, pp. 45-46)32
De esta manera, San Martín tomó posesión de la capital tal como él lo había previsto y deseado: sin derramamiento de sangre y sin la aureola de conquistador o invasor mostrenco.
Ahora bien, en el terreno político cabe plantearse dos preguntas válidas en ese momento y necesarias para entender no solo los prolegómenos de la jura de la Independencia, sino también el accionar del Libertador del Sur a partir de ese instante: una de carácter específico y la otra de índole general. En el primer caso: ¿cómo se gestó y qué rol jugó la suscripción del acta de la sesión de cabildo abierto del domingo 15 de julio de 1821 que hemos mencionado líneas arriba?; y, en el segundo caso: ¿cuál fue la actuación de San Martín en el Perú a partir del 28 de julio de ese año?
Sobre la memorable sesión, el insigne historiador jesuita Rubén Vargas Ugarte (1886-1975) consigna una valiosa información que, por sus detalles, vale la pena consignar. Según ella, dos días antes y de incognito, el general San Martín ingresó a Lima, alojándose, primero, en la residencia del marqués de Montemira (gobernador de la ciudad) y, luego, en el propio palacio virreinal. Descubierta su presencia, el pueblo lo aclamó con vivas y expresiones de júbilo. El día 14, el ilustre visitante dirigió un breve oficio al cabildo, presidido por el conde de San Isidro, en el cual manifestaba que “deseando proporcionar, cuanto antes sea posible, la felicidad del Perú, me es indispensable consultar la voluntad de los pueblos” (oficio de San Martín de fecha 14 de julio de 1821) e indicaba que, para ese efecto, se convocase
una junta general de vecinos honrados, que representando al común de habitantes de esta capital, expresen si la opinión general se halla decidida por la Independencia. Para no dilatar este feliz instante, parece que V.E. podría elegir, en el día, aquellas personas de conocida probidad, luces y patriotismo, cuyo voto me servirá de norte para proceder a la jura de la Independencia, o a ejecutar lo que determine la referida junta, pues mis intenciones no son dirigidas a otro fin, que favorecer la prosperidad de la América. (Oficio de San Martín al Cabildo de Lima de fecha 14 de julio de 1821)
El cabildo de Lima (con la presencia de todos sus regidores) le contestó el mismo día, para hacerle saber que estaba haciendo “la elección de las personas de probidad, luces y patriotismo, que reunidas el día de mañana, expresen espontáneamente su voluntad por la Independencia” (oficio del Cabildo de Lima a San Martín de fecha 14 de julio de 1821). Suscribían el documento, entre otras personas, el propio conde de San Isidro, el conde de la Vega del Ren, el marqués de Corpac, Juan Echevarría y Manuel Pérez de Tudela. En efecto y de manera inmediata, el conde de San Isidro resolvió citar para el día siguiente, a las once de la mañana, a un cabildo abierto, en el cual tomarían parte todos los vecinos principales, remitiéndose la respectiva esquela de invitación a través de los serenos.
El día 15 comenzaron a acudir, a la hora indicada, el arzobispo, los nobles con títulos de Castilla, los miembros del coro metropolitano y cuanto de más preciado tenía Lima; sin embargo, previendo los organizadores que la sala del ayuntamiento no podría dar cavida a todos y que muchos no podrían firmar el acta, se dispuso dejarla expuesta en la secretaría para que todos cuantos quisiesen suscribirla lo pudiesen hacer con toda facilidad y comodidad. Cosa que así ocurrió.
Abierta la sesión, se dio lectura al oficio remitido por el indicado general e inmediatamente solicitó hacer uso de la palabra el doctor José de Arriz, destacado catedrático de la Universidad Mayor de San Marcos. En un breve pero vibrante discurso expresó:
Ya nuestro pueblo participa del mismo entusiasmo: vuelven los que se hallaban emigrados: salen de las cavernas los otros que se hallaban escondidos para no ser arrastrados por ese ejército que abandonando la ciudad no perdonó a inválidos y enfermos, quienes veían su ruina y sacrificio en cada paso de esa incierta jornada. Ya se alistan todos nuestros jóvenes y ofrecen sus vidas a la Patria y a su justa causa. Está echada la suerte: y desde el antiguo Palacio, habitación que fue de los virreyes, nos avisa ayer el Señor General que nos congreguemos para deliberar si es llegado el punto, el momento de nuestra suspirada declaración. ¿No concurriremos al voto unánime y sentimiento general de todos? ¿Lo dilataremos? ¿Lo deliberaremos? ¿Nos arredrará el terror vano o cualquiera que sea el peligro incierto de lo futuro? Esta ciudad es la primera de esta América. Por trescientos años ha sido el centro del gobierno, ejemplo regulador de todo. Cusco, Arequipa, Huamanga, todas las villas y poblaciones del reino tienen en estos momentos fijos en ella los ojos: ansían por su valerosa decisión: anhelan por su testimonio, aunque demorado, siempre loable, de los esfuerzos heroicos que han repetido para sacudir el yugo de la opresión. (Citado por Vargas Ugarte, 1966, t. VI, p. 131)
Concluida la disertación, el alcalde solicitó al mismo catedrático y al doctor Manuel Pérez de Tudela, redactar el acta y, reabierta la sesión, se le dio lectura. En ella se declaraba “que la voluntad general estaba decidida por la Independencia del Perú de la dominación española y de cualquier otra extranjera”. Una copia de ella se envió a San Martín y todos los asistentes la suscribieron, comenzando por el conde de San Isidro, el arzobispo Bartolomé María de Las Heras, Francisco Javier de Echagüe, el conde de la Vega del Ren, el conde de las Lagunas, Toribio Rodríguez de Mendoza, Francisco Xavier de Luna Pizarro, José de la Riva Agüero, el marqués de Villafuerte, el marqués de Casa Dávila, Tomás Méndez y Lachica, Hipólito Unanue, Mariano José de Arce, Francisco Javier Mariátegui, José Pezet, Simón Rávago, Francisco Vallés, Pedro de la Puente, etcétera. En el entorno de la Plaza de Armas, el pueblo arremolinado daba entusistas vivas a la Patria; y pasando de la retórica a la acción, no solo derribó el busto del Monarca, sino que arrojaron a la calle las armas reales que decoraban la fachada del cabildo, sustituyéndolas por letreros que decían: “Lima Independiente”. Inicialmente el acta fue suscrita el mismo 15 de julio por 300 personas y como hubo prórroga decretada dos días después, el número aumentó considerablemente. Según el citado Basilio Hall, la cifra superó la cantidad de 2000 ciudadanos. Debe mencionarse que el texto del acta fue publicado en la Gaceta del Gobierno de Lima Independiente el 16 de julio de 1821 (t. I, n.° 1, pp. 1-4; reproducido por Denegri, 1972, pp. 383-385).
Enterado San Martín de la histórica decisión, ordenó que la jura de la Independencia se efectuara lo antes posible y con la “pompa y majestad correspondiente a la grandeza del asunto”. Para ello, por decreto de fecha 22, señaló el sábado 28 para la augusta ceremonia. Una comisión especial nombrada por el cabildo se ocupó de disponerlo todo para la celebración de la jura. Se ordenó, por un lado, que el vecindario iluminase sus casas a partir del viernes 27 hasta el domingo 29; y, por otro, que las corporaciones levantaran arcos triunfales en el trayecto que había de seguir la distinguida comitiva (Vargas Ugarte, 1966, t. VI, pp. 173-176).
A la luz de lo ocurrido, ciertamente la suscripción de la mencionada acta tuvo hondas y significativas repercusiones no solo en el seno de la colectividad limeña (otrora baluarte del poder real en América del Sur), sino también —como veremos luego— en los planes estratégicos del ilustre patriota argentino. Fue, sin duda alguna, la motivación o el impulso psicológico que en esos días inciertos se necesitaba; la firmeza y la vehemencia con que se actuó, afianzó el espíritu libertario tanto de la población como de la soldadesca en su conjunto.
¿Y cómo se llevó a cabo la mencionada jura de la Independencia? El mismo padre Vargas Ugarte (1966), nos proporciona una información extensa e igualmente pormenorizada y rica en detalles que a continuación transcribimos. Dice:
Amaneció por fin el venturoso día y, según los relatos de la época, hasta la naturaleza parece que quiso tomar parte en el regocijo, porque descorriéndose el cortinaje de nubes que en este tiempo cubre el cielo de Lima, se dejó ver el sol en todo su esplendor. Lima esperaba ansiosa este momento, de modo que cuando al alba las campanas de los templos empezaron a vibrar, lanzando al aire sus alegres sones, los vecinos a porfía llenaron las calles y plazas, ávidos de gozar del espectáculo. La Gaceta del Gobierno de Lima Independiente, del 1 de agosto de 1821, nos ha dejado en sus columnas la más verídica relación del suceso. De ella vamos a tomar los datos que siguen, completándolos con lo hallado en otras fuentes contemporáneas. La iluminación y fuegos de la noche y el general repique de campanas habían contribuido a esparcir por el ambiente la más viva alegría. En la mañana salió por las puertas del viejo Palacio de Pizarro una de las más lucidas cabalgatas que se habían visto en los últimos tiempos. Precedía la Universidad y los colegios a ella incorporados, luciendo los doctores sus clásicos bonetes. Seguían los prelados y miembros de las comunidades con sus hábitos diversos, luego los militares con sus relucientes casacas y áureos entorchados, los títulos de Castilla con sus mantos y veneras de las órdenes a que pertenecían, los graves oidores con sus garnachas y, finalmente, los miembros del cabildo secular con los alcaldes y regidores. San Martín, en brioso corcel, iba acompañado por el marqués de Montemira, a quien como gobernador de Lima desde la salida del Virrey, el conde de la Vega del Ren le cedió el estandarte patrio que condujo hasta el tabladillo de la Plaza de Armas; a su izquiera iba el conde de San Isidro, alcalde de la ciudad e inmediatamente detrás el citado conde de la Vega del Ren, el estado mayor, ayudantes y jefes del Ejército Libertador. Cerrando la comitiva iban los afamados Húsares. A los flancos iban desplegados los alarbarderos de Lima, a las órdenes de su capitán don Ignacio Cordova.
En la Plaza Mayor y entre el callejón de Petateros y la pila de la Plaza se levantó un tabladillo, desde donde el Libertador había de flamear el Pabellón Nacional. El concurso tomó el lado derecho, y volvió a tomar el centro para dirigirse al tablado. Hicieron calle los miembros de la comitiva y, rodeado el estrado por los alabarderos, subió a él San Martín, tomó de manos del marqués de Montemira el Pabellón Nacional y elevándolo en alto, pronunció estas palabras: ´Desde este momento el Perú es libre e independiente, por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende´. Los gritos de: ¡Viva la Patria!, ¡Viva la Libertad!, ¡Viva la Independencia!, resonaron por todos los ámbitos de la Plaza Mayor en la cual, según los datos de Tomás Guido, se veían reunidas más de 16 000 almas.
En las calles que forman el cuadro de la Plaza se hallaba formado el Regimiento n° 8, con las banderas de Buenos Aires y Chile y la artillería, cuyos cañones saludaron la enseña bicolor. La comitiva continuó luego por la calle de Mercaderes y en la Plazuela de La Merced, donde se alzaba el segundo tablado, se repitió la misma escena; otro tanto se hizo en la Plaza de Santa Ana, delante del convento de las descalzas y, finalmente, en la Plaza de la Inquisición, frente a la casa de este Tribunal.
En todo el trayecto los vivas y las aclamaciones fueron continuos y el pueblo demostró su alborozo aplaudiendo a San Martín. Regresó éste a Palacio y desde uno de los balcones del mismo presenció la entrada de la comitiva del almirante Cochrane con sus ayudantes. Distribuyéronse al público las medallas acuñadas por José Boqui, con motivo de tan fausto suceso, y el Colegio de Abogados arrojó sobre la multitud buena cantidad de monedas y salvilla de plata. Casi todos los vecinos lucían en la solapa la escarabela bicolor, mandada hacer para esta ocasión y en el recorrido se levantaron arcos de triunfo, sobresaliendo el que tomó a su cargo el consulado. Terminado este acto, los miembros del cabildo pasaron a su sede y en el balcón principal, frente a la Plaza, se expuso a la vista de todos el Pabellón Nacional, que quedó allí durante todo el día.
La iluminación de la noche en la ciudad fue espléndida. En el ayuntamiento se dispuso un magnífico sarao, para el cual se concertó a la orquesta dirigida por el agustino fray Cipriano Ramírez, alternando con ella la música del Regimiento n.o 8 a cargo del músico mayor Matías Sarmiento. Las esquelas fueron distribuidas entre lo más selecto de la sociedad y los invitados fueron atendidos por el alcalde, conde de San Isidro y los regidores. Concurrió, dice un testigo de esos días, el bello sexo, tan exquisitamente adornado con joyas, plumas y bandas de la Patria, percibiéndose en ellas los realces y hermosuras de las tres gracias descritas por la mitología. San Martín ingresó a la sala en traje de gran parada, rodeado de sus generales y ayudantes y luego se inició el baile sirviéndose poco después ricas viandas y licores finos hasta bien entrada la noche.
Al siguiente día tuvo lugar en la catedral el solemne Te Deum, entonado por el arzobispo don Bartolomé María de Las Heras, y la Misa de Acción de Gracias, a la cual asistieron todos cuantos habían tomado parte en la Jura, incluyendo al mismo Cochrane y sus ayudantes. La oración gratulatoria la pronunció el franciscano fray Jorge Bastante. Terminados los oficios, volvió San Martín a Palacio con todo el brillante séquito que le acompañaba y se renovaron las aclamaciones de la multitud que llenaba la Plaza. El cabildo secular se reunió inmediatamente a fin de prestar juramento de fidelidad a la Patria, haciéndolo en primer lugar el alcalde, en manos del regidor más antiguo, don Francisco de Zárate, y luego los demás regidores.
En la noche invitó San Martín a una recepción en Palacio a lo más selecto de la capital y la fiesta rivalizó en esplendidez con la tenida la noche precedente en la casa del cabildo. De este modo vinieron a tener término las solemnidades de la Proclamación de la Independencia, las cuales quedaron grabadas en los limeños de aquel tiempo, pudiendo decir cada uno de ellos lo que poco tiempo después decía don Félix Devotti: ´Mi corazón aún se conmueve al recordar aquellas memorables palabras de voluntad y justicia, con que a la faz del mundo invocó San Martín por testigo al Ser Supremo: ¡Dios Eterno! Tú viste entonces la sinceridad de nuestros juramentos: los repetiremos a todas horas y antes bajaremos al sepulcro con gloria que sufrir la ignominiosa cadena. Tú has protegido nuestra causa: ella es la tuya: es la causa de la misma justicia. (Vargas Ugarte, 1966, t. VI, pp. 176-178)
Por su lado, el general Tomás Guido, confidente y amigo personal de San Martín, además testigo de esos hechos, en carta a su esposa de fecha 6 de agosto de 1821 narra lo sucedido de esta manera:
El 28 del mes anterior se juró en esta capital la Independencia del Perú. No he visto en América un evento ni más lúcido ni más numeroso. Las aclamaciones eran un eco continuado de todo el pueblo. Yo fui uno de los que pasearon ese día el estandarte del Perú Independiente. Jamás podría premio alguno ser más lisonjero para mí que ver enarbolado el estandarte de la libertad en el centro de la ciudad más importante de esta parte de América, cumplido el objeto de nuestros trabajos en la campaña. Varias escenas tocantes se vieron ese día entre el bajo pueblo y sus demostraciones fueron tan candorosas como sincero el gozo que asomaba en los semblantes de todos. En esa misma noche se dio refresco y baile en el cabildo. Ninguna tropa logró contener la aglomeración de gente y no pudo lucir el ambigú que se preparó para los convidados. En la noche siguiente se dio en el palacio del General San Martín un baile, al que asistieron todas las señoras. Esto requeriría una descripción particular para lo que no tengo tiempo. (Citado por Vargas Ugarte, 1966, t. VI, p. 177, nota n.° 4)
Sobre la segunda interrogante arriba formulada: ¿cuál fue la actuación de San Martín en el Perú a partir del 28 de julio de 1821?, puede decirse lo siguiente. El viernes 2 de agosto de ese año, el Libertador expidió un decreto (que empezó a regir desde el día siguiente) por el cual asumía en su persona el “mando político y militar de los departamentos libres del Perú”, con el título engolado de “Protector de la Libertad”33; para ello, daba como causal la necesidad de continuar vigorosamente la guerra de la independencia, proclamada y jurada el 28 de julio, en cumplimiento de la voluntad del vecindario consignada en el acta del 15 del mismo mes juliano34. He aquí las razones de esta medida expresadas por el propio San Martín en los considerandos del indicado dispositivo: “la obra quedaría incompleta, y mi corazón poco satisfecho, si yo no afianzase para siempre la seguridad y la prosperidad futuras de los habitantes de esta región”. Luego dice que, al permanecer los enemigos en el territorio, “justo es que continúen resumidos en mi persona el mando político y el militar”. Declara “que no le mueve ambición alguna, pero la experiencia de diez años de revolución le ha enseñado que la convocación intempestiva de un Congreso sería más bien perjudicial a la causa”. Muchos, además, le instan “para que continúe al frente de la administración del Estado”, razón por la cual “he creído conveniente acceder a esos deseos”. Advierte “que nadie puede dudar de la pureza de mis intenciones” y expone la inconveniencia de reuniones de asambleas populares, cuando aún “se halla el enemigo en el interior del país”. Asimismo, señala que conviene “a los intereses de la nación la instalación de un gobierno poderoso que lo preserve de los males que pudieran producir la guerra, la licencia y la anarquía”. Finalmente, anuncia que “el actual decreto solo tendrá fuerza y vigor hasta tanto que se reúnan los representantes de la Nación Peruana, y determinen sobre su forma y modo de gobierno”35. En una carta a su amigo Bernardo O’Higgins (6 de agosto de 1821) reitera este proceder: “Faltaría a mis caros deberes, si dejando lugar, por ahora, a la elección personal de la suprema autoridad del territorio que ocupo, abriese un campo para el combate de las opiniones, para la colisión de los partidos y para que se siembre la discordia que ha precipitado a la esclavitud o a la anarquía a los pueblos más dignos del continente americano…”36. La respuesta de O’Higgins es sumamente interesante y en ella aprueba íntegramente la conducta del Protector de unir en su persona el mando político y militar.
Está claro, entonces, que San Martín optó por asumir él mismo ambos poderes. Al parecer y, de acuerdo a su propia manifestación o insinuado por sus consejeros más cercanos, no había otra alternativa: el orden o el desborde político. Sin embargo, el ilustre militar argentino procedía en forma distinta a lo que había hecho en Chile, donde después de la batalla de Maipo entregó el mando al mencionado político y general chileno Bernardo O’Higgins, reteniendo él la jefatura del Ejército Libertador. Pero —observa José Agustín de la Puente Candamo (prominente estudioso de la etapa independendista en el Perú)— las circunstancias eran distintas en uno y otro país. Chile había quedado libre de enemigos; en cambio, los españoles conservaban un poderoso ejército en el Perú, disponían de enormes recursos de dinero y hombres para mantener y proseguir la lucha y eran dueños de las dos terceras partes del territorio peruano, factores que no podían ser desestimados en el momento de organizar el nuevo régimen.
Aún algunos de los nacionalistas más intransigentes aceptaron la instauración de un gobierno de transición que fue el del Protectorado, como un paso prudente y oportuno hacia el ordenamiento definitivo (Puente Candamo, 1971, pp. 325-326).
A propósito, ¿cuál fue la reacción de la población ante la medida política asumida por San Martín? El divisionismo. Muchos aceptaron y apludieron la decisión; pero no pocos también (los liberales sobre todo) la condenaron y rechazaron por considerarla arbitraria, atentatoria contra la voluntad popular e innecesaria. En razón de esto último, se publicó el decreto de 7 de agosto “garantizando la seguridad de las personas y sus propiedades”. Entre los primeros, vale decir, entre quienes incondicionalmente apoyaron la medida, estuvieron Bernardo O’Higgins y Bernardo Monteagudo, el compañero fiel e imprescindible, pero también el causante de mil desgracias para el Libertador (razón por la cual se le dio en llamar el “ángel malo” de San Martín; el historiador chileno Gonzalo Bulnes en su libro publicado en 1897 lo llama “el ángel maléfico”). Con una energía asombrosa, el controvertido ministro validó y justificó públicamente la actitud sanmartiniana. Al justificar a San Martín, naturalmente, se justificaba a sí mismo, pues era evidente que la decisión del Protector hallaba apoyo plenísimo e inspiración muy honda en las autorizadas ideas de su cercano e incondicional colaborador. Antítesis de esta postura, fue la de José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete (conde de Pruvonena), quien de manera radical y violenta desbarató el fondo del asunto. Refiriéndose a San Martín dijo: “Y se alzó contra su voceada independencia, declarándose Jefe Supremo por sí mismo y apoyado por el ejército”. Por su parte, el venerable obispo Bartolomé María de Las Heras (a quien el círculo íntimo de San Martín fustigó de manera inmisericorde e injusta) también se manifestó contrario a la medida de San Martín, aunque con mayor mesura y discreción. En una oportunidad expresó: “Se declaró Protector universal del Perú, abrogándose un gobierno soberano y absoluto, con todas las atribuciones de un monarca” (citado por Puente Candamo, 1971, p. 83). Igualmente, la opinión del inquieto marino lord Cochrane fue contraria a la disposición de San Martín; en una extensa carta fechada el 7 de agosto de 1821, luego de muy variadas y razonables argumentaciones, le manifiesta, aunque veladamente, su contrariedad por la medida. En la misma línea que la de estos tres últimos personajes, el virrey José de La Serna le dice a San Martín el 22 de agosto del mismo año: “El haberse V.E. eregido por sí mismo como la suprema autoridad del país que llama libre, a pesar de cuanto para ello alega y puede alegar, es en mi concepto un acto de aquellos que en un sistema puramente despótico puede ser admitido”. Por su lado, La Abeja Republicana, que en su oposición al Protector fundamenta la causa de su existencia, llega a sostener que “el General San Martín despojando a los pueblos de sus legítimos derechos, reasumió en sí el mando político y militar” (citado por Puente Candamo, 1971, pp. 28-30). En resumen, para San Martín –decían los líderes nacionalistas– solo debía retener el supremo mando militar, pues exonerado de los cuidados y responsabilidades de una administración civil naciente, que podía confiarse perfectamente a uno de los más preclaros hijos de la nación, el Comandante en Jefe del Ejército Libertador podía llevar vigorosamente la guerra hacia la rápida conclusión, o sea, hasta la destrucción total del enemigo.
Como se puede apreciar, frente a la polémica autodecisión sanmartiniana de asumir los dos poderes simultáneamente (político y militar) la reacción pública se polarizó. Idéntica situación encontramos entre los historiadores: José Pacífico Otero y Mariano Felipe Paz Soldán la aprueban; Bartolomé Mitre, Benjamín Vicuña Mackenna y el padre Rubén Vargas Ugarte la critican; Sebastián Lorente y José de la Riva Agüero y Osma expresan sus reservas; Ricardo Rojas y Adulfo Villanueva son los extremos del elogio constante y de la oposición también permanente, respectivamente.
Entre los defensores, el argumento principal puede sintetizarse del siguiente modo. El Protectorado, históricamente, se presenta como un momento de transición entre un personalismo bien intencionado y el orden jurídico y político que crea la primera Constitución del Perú, sancionada por el Congreso Constituyente de 1822. Por lo tanto —afirman— resulta pueril entretenimiento de la imaginación discutir sobre si fue o no necesario el Protectorado y si fue o no pertinente en esos álgidos momentos. Las condiciones sociopolíticas de la revolución por la independencia —concluyen— exigían el fortalecimiento de la autoridad y su concentración en un hombre. En cambio, el razonamiento de los oponentes es mucho más drástico. Se preguntan con no exenta ironía: ¿era esta, nada más que esta, la tan soñada libertad?, ¿podían considerarse verdaderamente libres los hijos del Perú, o habían hecho nada más que desligarse de la sartén hispana a la brasa tucumana?
Por de pronto se murmuraba ya en voz baja que el general San Martín no era más peruano de lo que parecía ser el español La Serna. Aún más, no satisfacía en absoluto el hecho de que después de San Martín, y muchas veces por encima de él, comenzaba a mandar en la medianamente libre familia peruana otro ciudadano argentino: Bernardo Monteagudo, de Tucumán. (Citado por Giurato, 2002, II, p. 86)
¿Fue realmente un error el de San Martín concentrar en sus manos el poder civil y el mando militar con el título de Protector? Si nos atenemos a la crítica y comprometedora situación en que se hallaba el país en sus diferentes aspectos, por un lado, y si consideramos la presencia y el enorme poder militar del ejército realista, por otro, tenemos que convenir en lo acertado de la decisión del Libertador37. Pero, si miramos también la experiencia de Chile en esos momentos (que el mismo San Martín había impulsado), no se puede dudar de lo ventajoso que hubiera sido seguir y aplicar en el Perú la misma fórmula que en aquel país; separando el poder político del militar, sin duda alguna, se conciliaba un gobierno más fuerte, más legítimo y menos expuesto a reacciones justamente nacionalistas. Además, no debe olvidarse que la intención principal de la venida de San Martín al Perú era, exclusivamente, de carácter militar: desterrar el poder español y poner término a la guerra independentista de América. En este sentido, si en el decreto mencionado hubiese expresado claramente que su propósito era poner fin a la lucha y que para ello dejaría los cuidados de la administración civil a cargo de otra persona, poniéndose él al frente del ejército, no habría dado lugar a las suspicacias que se suscitaron y habría apuntado al objetivo principal. En otras palabras, si el ilustre argentino hubiese tenido más visión del devenir histórico y hubiese repetido lo realizado en la patria de O’Higgins años atrás, su preclara figura no tendría discusión en este pasaje de nuestra historia. San Martín —ya se ha dicho— no era un hombre de gobierno (un estadista) y careciendo de esas dotes menos podía evitar las funestas consecuencias cuyas causas él mismo involuntariamente puso en juego. No ponemos en tela de juicio los sanos propósitos del Gran Libertador (presumiblemente influenciado por su íntimo círculo de colaboradores, en especial por el insidioso Monteagudo) ni cuestionamos su legítima y personal opción ideológica, pero juzgamos que dadas las expectativas soberanas del momento y las aspiraciones colectivas de vivir en total libertad, al caudillo de Yapeyú le faltó lo que hoy se llama “apertura” política. No era cuestión de ambiciones personales (como se ha sugerido más de una vez) ni de movidas fraudulentas; por naturaleza psíquica, San Martín no era un sujeto egocéntrico ni mucho menos una personalidad tipo enredadera (que todo lo acapara para sí); pero tal vez no se dio cuenta en ese instante de la imperiosa necesidad de compartir el poder con quienes, con mayor legitimidad y por derecho propio, les correspondía. Desde esta perspectiva, el ilustre militar sureño nadó contra la corriente; pronto, las críticas y los reproches se dejaron oír en varias direcciones38.
Ahora bien, el mismo día 3 de agosto de 1821 en que asumió el Protectorado, San Martín organizó y puso en marcha su gobierno en base a un minúsculo (pero dinámico y eficaz) Consejo de Estado integrado por tres hombres —a su juicio— no solo los más representativos e idóneos, sino también los de su absoluta confianza y prestigio público. Ellos eran: Juan García del Río (originario de Nueva Granada), ministro de Estado y Relaciones Exteriores; Bernardo Monteagudo (de nacionalidad argentina), ministro de Guerra y Marina; e Hipólito Unanue (natural del Perú), ministro de Hacienda. Los tres, en ese momento, tenían un común denominador: ejercían la tarea periodística con celebrado éxito. Si hasta entonces —dice un historiador del periodismo peruano— los hombres más prestigiosos en el quehacer político habían sido los abogados y los médicos, en aquel año lo serían quienes tenían por oficio el periodismo, ocupando lugar prominente en la marcha de los asuntos públicos (Miró Quesada Laos, 1957, p. 56). Pero, al margen de esta coincidencia ocupacional de carácter circunstancial, es interesante anotar lo que dice Raúl Porras (1974): entre García del Río (que simbolizaba lo quimérico) y Monteagudo (que representaba la malquerencia), Unanue personificaba el equilibrio y la sensatez. Utopía (García del Río), radicalismo (Monteagudo) y constructivismo (Unanue). Probablemente en esta marcada diferencia caracterológica, la experiencia de los años vividos (tenía entonces Unanue 65 años de edad) y su reconocida ecuanimidad, inclinaron la balanza a favor de nuestro compatriota.
El caso de Unanue merece un breve comentario. Por sus méritos de vecino distinguido y hombre de ciencia, por su actitud abierta para con los insurgentes, por sus múltiples coincidencias políticas y por la necesidad de contar con consejeros hábiles, San Martín llamó al sabio peruano a colaborar con el Protectorado en un ramo difícil, complejo e incómodo: el manejo de la economía nacional. A partir de entonces y hasta su alejamiento definitivo del país en el segundo semestre de 1822, el Protector tuvo en Unanue un apoyo de primer nivel, que supo hidalgamente reconocer. En una carta personal fechada en Lima el 29 de agosto de 1822 dirigida precisamente a su fiel colaborador, le dice:
Antes, ahora y cuando yo ya no tenga más destino que el de un particular, digo y diré que el viejo, honrado y virtuosísimo Unanue es uno de los consuelos que he tenido en el tiempo de mi incómoda administración en el Perú… (Citado por Neira, 1967, p. 59)
En los comienzos del Protectorado, se cantaba jubilosamente en Lima y en otras partes el siguiente estribillo reproducido por el citado Miró Quesada (1957):
¡Viva la patria
de los peruanos!
¡Mueran los godos,
que son tiranos!
Al margen de este pasajero entusiasmo popular, sin duda alguna, los cambios planteados por San Martín durante su breve administración (que apenas duró un año y días) abarcaron diversos aspectos de la vida nacional39. ¿El objetivo? Por un lado, sentar las bases de las instituciones que hacía necesarias la nueva etapa de la historia independiente que con él se iniciaba y, por otro, clarificar el horizonte del país con cara al futuro. Por ejemplo, en el terreno político e internacional, se promulgó el Estatuto Provisorio con fecha 8 de octubre de 1821; se logró la capitulación de los castillos del Callao (21 de setiembre); se participó en el afianzamiento de la Independencia de Quito mediante una división que a las órdenes del coronel Andrés de Santa Cruz concurrió a la campaña de Pichincha (mayo de 1822); se propició la entrevista de Guayaquil entre ambos Libertadores (26 y 27 de julio de 1822, quedando a cargo del gobierno el marqués de Torre Tagle).
En el ámbito económico (donde las reformas fueron un tanto radicales), se pasó de un régimen monopolista al libre comercio, siguiendo la tendencia de la época; se organizó la hacienda pública y se dinamizó (no obstante los escasos recursos) la actividad productiva; se creó una contribución patriótica voluntaria que degeneró en empréstito forzoso para atender a las necesidades del ejército; se dio un Reglamento de Comercio, gravando las mercaderías extranjeras con el 20 %, las sudamericanas con el 18 % y las nacionales con el 16 %; se suprimieron las aduanas terrestres y se declararon libres de derechos el azogue, los libros, los instrumentos científicos para la enseñanza y toda clase de maquinaria; se prohibió la exportación de plata o el oro en barras o en pasta y se gravó la plata amonedada con el 5 % y el oro con el 2,5 % (Ugarte, 1980, pp. 81-82).
En el aspecto jurídico-laboral, se declaró libres a todos los nacidos en el Perú después del 28 de julio de 1821; quedaron suprimidas las servidumbres personales (28 de agosto de 1821, incluida la esclavitud negra); se suprimió, igualmente, el tributo de los indígenas que pesaba desde los tiempos coloniales; quedó suprimido el trabajo forzado en las minas conocido con el nombre de “mita”; se abolieron las penas de tormento y de azotes; se dictó un reglamento para la más pronta administración de justicia40; y se establecieron los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial41.
En el campo militar, se crearon los primeros cuerpos del Ejército peruano con el nombre de “Legión Peruana de la Guardia”, siendo su primer comandante en jefe el mariscal de campo Marqués de Torre Tagle; también se expidieron los primeros decretos organizando la Marina de Guerra del Perú.
En el orden educativo y cultural, se fundó la Biblioteca Nacional (decreto de 28 de agosto de 1821); se fomentó la enseñanza primaria en la ciudad de Lima, adoptando el sistema lancasteriano; se estableció la primera Escuela Normal para la formación de profesores; se decretó la libertad de imprenta (estableciéndose las penas necesarias para los que abusaran de ella)42; se creó la Orden del Sol (decreto de 8 de octubre de 1821) y se oficializó el Himno Nacional43. En el campo periodístico, se consideró como órgano oficial del Estado a la Gaceta del Gobierno44.
Finalmente, en el ámbito religioso (donde muchas de las acciones llevaron el estigma de Monteagudo) las medidas se caracterizaron por su constante violencia y su espíritu anticlerical: se prohibieron los repiques de campana o se redujo su duración; se proscribió el entierro de cadáveres en las iglesias; se renovaron las leyes que moderaban los lutos; se reglamentó (excediéndose en sus atribuciones) la emisión de los votos monásticos, no pudiendo profesar los hombres antes de los 30 años y las mujeres antes de los 25; se supervisó a los sacerdotes que ejercían su ministerio en las Casas de Ejercicios de la capital. Estas y otras medidas extremas, que a no dudarlo mellaron el ánimo de un pueblo secularmente católico, no solo provocaron la renuncia irrevocable (con olor a expulsión) de la primera autoridad eclesiástica, el anciano y emérito arzobispo Bartolomé María de Las Heras, sino que ocasionaron también el descrédito popular y la total repulsa hacia los gobernantes (Vargas Ugarte, 1945, p. 39).
Obviamente, fue en el terreno político e ideológico donde los esfuerzos gubernamentales se concentraron con mayor ímpetu45. En este caso, el punto primordial de la preocupación oficial estuvo focalizado en la definición de la forma de gobierno del naciente Estado: ¿Monarquía o República? Dilema colosal que entonces se vivió frenéticamente y al cual se dedicó muchísimo esfuerzo, tiempo y energía en su conjunto. El asunto, inevitablemente, se llegó a polarizar y a menudo se optaron posiciones intransigentes.
¿Qué significación histórica tuvo el duelo ideológico de aquel momento inicial de la República, entre adversarios que igualmente eran patriotas y peruanos?, es la pregunta que hasta hoy conserva vigencia. Fundándose en consideraciones sociológicas, históricas, jurídicas, políticas y filosóficas, los próceres defendieron sus puntos de vista con el calor propio de la controversia. Ambos grupos estaban convencidos de que era preciso exponer, ante los pueblos, recién liberados de la servidumbre, los fundamentos teóricos de la organización del Estado. En consecuencia, de la vacilación inicial se pasó a la discusión y al análisis pertinentes.
Efectivamente, la controversia adquirió las formas del debate oral y de la polémica periodística. ¿El escenario? La prensa y la Sociedad Patriótica de Lima, respectivamente. ¿Los protagonistas? Los liberales (propugnadores del sistema republicano y, por tanto, del constitucionalismo) y los conservadores (partidarios del régimen monárquico y, por ende, del autoritarismo). Un resumen de las principales características de esa formidable efervescencia doctrinaria e ideológica se ofrece en las páginas siguientes46.
El gran debate, el choque dialéctico entre los adictos al gobierno fuerte (monárquicos) y los simpatizantes del régimen democrático (liberales) se llevó a cabo en el salón de sesiones de la Universidad de San Marcos, donde deliberó la citada Sociedad Patriótica convocada e impulsada por el gobierno para “discutir las cuestiones que tengan un influjo directo o indirecto sobre el bien público”47. Es uno de los momentos tribunicios de la emancipación, en el que el uso pleno del verbo se hizo con ribetes de violencia oral y escrita. Para este momento se habían acumulado decenas de años de educación en la lógica aristotélica, en los sofismas del escolasticismo y en la literatura candente y teórica de los libros prohibidos de Montesquieu y Rousseau (Neira, 1967, pp. 156-157; Porras, 1974, pp. 197-198). Unanue fue elegido por aclamación como vicepresidente de la Sociedad. El cargo de presidente no fue sometido a voto. Se adjudicó directamente a Bernardo Monteagudo; ocupado como estaba en otros afanes, quien prácticamente dirigió los debates fue nuestro prestigioso compatriota. Por ello —dice Germán Leguía y Martínez (1972)— su elección denota la confianza que tenían las dos facciones en su honestidad y, si no en su imparcialidad, por lo menos en su rectitud e independencia de criterio. Fueron electores censores: Francisco Xavier de Luna Pizarro, José Cavero y Salazar, Francisco Valdivieso y Manuel Pérez de Tudela. En la lista de miembros no aparece José Faustino Sánchez Carrión, quien será, en realidad, el ideólogo victorioso de la Sociedad, aún sin presentarse nunca en ella (Leguía y Martínez, 1972, p. 73).
¿Cuál era el objeto de la magna asociación? Básicamente, la Sociedad se había reunido para deliberar sobre tres puntos cruciales48. El primero (el más grave y candente) era definir la forma de gobierno más adaptable al Estado peruano, según su extensión geográfica, su población, costumbres y grado que ocupaba en la escala de la civilización. El segundo, averiguar las causas por las que en Lima se había retardado el avance de la revolución. Y, el tercero, elaborar un ensayo sobre la necesidad de mantener el orden público para concluir la guerra y perpetuar la paz49. Concluidas las formalidades de rigor y establecidas las comisiones respectivas, se dio inicio al análisis de los asuntos propuestos. Sobre lo acontecido, el citado Francisco Javier Mariátegui relata de manera pormenorizada el ambiente y los episodios de aquellas discusiones entre los hombres de pensamiento que se interesaban por el destino final de la Independencia50. Por ejemplo, manifiesta que el 1 de marzo de 1822 (primera sesión pública), el clérigo José Ignacio Moreno (muy conocido en el país “por su servilismo y oposición a todo lo que fuera capaz de engrandecer al hombre”) en términos un tanto matemáticos y recordando a Montesquieu, fundamentó las razones por las cuales no debía optarse por la República Representativa51. Sostuvo la tesis de que la difusión del poder político debía estar en razón directa de la ilustración del pueblo y en razón inversa de las dimensiones de su territorio. Su pensamiento aplicado al Perú, significaba que las masas ignorantes, casi esclavas, no estaban en aptitud de ejercer las funciones políticas “hecho que es propio de las democracias, donde cualquier hombre puede ocupar cargos públicos, por su capacidad y virtudes”. En el lenguaje de Moreno, por consiguiente, no eran muchos los que debían gobernar sino uno solo. La monarquía, por lo tanto, era la única forma de gobierno adaptable al Perú. La extensión del territorio, de otro lado, era incompatible con el orden de la democracia. El gobierno de ese tipo —anotó— había surgido históricamente en territorios pequeños, como ocurrió en la antigüedad. Consecuente con su pensar, terminó sugiriendo el establecimiento de un gobierno de un solo hombre: “Mande uno, y que uno solo sea Rey”, dijo citando a Aquiles en la Iliada.
La refutación a la exposición de Moreno corrió a cargo de Manuel Pérez de Tudela (con debilidad) y, sobre todo, del presbítero Mariano José de Arce, quien se encargó de demoler al orador monarquista. Comenzó cuestionando los principios mismos de Montesquieu. Dijo: “Luego del descubrimiento del gobierno representativo no interesa que el territorio sea grande o pequeño; lo que importa es cómo se le conduzca”. Y afirmó que Moreno, a pesar de su elocuencia, no lo convencía, “tal vez porque sus argumentos son idénticos a los que muchas veces oyó para sostener el cetro de Fernando VII”. Terminó señalando que la exposición de Moreno “era una tardía y trasnochada expresión del absolutismo”. Sin duda alguna, la intervención de Arce (sólida y mortífera a la vez) provocó desagrado y fastidio en el ministro Monteagudo que presidía la sesión. Ante este malestar, Luna Pizarro que había permanecido atento y en silencio siguiendo el debate, hizo uso de la palabra para sostener
que se abstenía de refutar las ideas vertidas por Moreno, pues era menester que previamente se reconociese a los miembros de la Sociedad Patriótica el derecho de oponerse a las ideas expuestas en su seno y se les garantizase que no habrían de sufrir por ellas el menor daño. (Luna Pizarro, 1959, p. 86)
Sostuvo también que toda discusión sobre la forma de gobierno conveniente al Perú debía ser tratada únicamente en el seno del Congreso, cuya reunión había anunciado el Protector, y en el cual estarían amparadas las opiniones de los representantes por la inviolabilidad que les reconocía la ley. Finalmente, sostuvo que, lejos de limitarse la discusión a un esclarecimiento académico “debía invitarse a los escritores para que escribiesen acerca del tema, pues así se conocería el sentimiento y la voluntad de los pueblos” (Luna Pizarro, 1959, p. 87)52.
Terció en el debate el conservador bogotano Fernando López Aldana (1784-1841), quien insinuó que, antes de elegir la fórmula monárquica, era necesario previamente analizar quién debería ser la cabeza gobernante. Señaló los males “de que fuera un descendiente de los incas o un príncipe europeo, y que el único que quedaba era el propio Protector”53. José Alvarez le interrumpió, para señalar que la cuestión no era de carácter práctico (quién sería el rey), sino teórico (qué gobierno debería tener el Perú). Como el debate se diluía, Hipólito Unanue recordó que el tema propuesto era si se debía optar por una Monarquía Constitucional o una Democracia Representativa.
Centralizado el debate, la discusión se orientó a definir la forma política más apropiada para el país54. La ofensiva corrió a cargo del gobierno. San Martín y su entorno (sin ocultar su fervoroso e innegable rechazo al republicanismo) consideraban que no era el momento oportuno de crear una República bajo el modelo de Estados Unidos porque las condiciones culturales, sociales y políticas eran totalmente distintas a las nuestras; consecuentemente, auspiciaron la formación de una Monarquía Constitucional similar a la de Inglaterra55. La intención del Protector, fundada sobre todo en la experiencia inestable e incierta que entonces se vivía tanto en Argentina como en Chile, era establecer en el Perú el mencionado régimen monárquico-constitucional56. Consecuente con ello —dice Raúl Porras (1950)— preparó en unión de Monteagudo, consejero falaz y sigiloso, de García del Río, acérrimo realista, y de un significativo grupo de condes y marqueses limeños, un proyecto encaminado a la búsqueda de un varón fuerte y activo (príncipe) de alguna de las casas reinantes de Europa. Para tal efecto, dos comisionados (el citado García del Río y el inglés Diego Paroissien) partieron para Inglaterra llevando la lista de los candidatos, que encabezaba el príncipe de Sussex Cobourgh57. En realidad García del Río y Paroissien fueron nombrados por el Protector como Plenipotenciarios de nuestro país ante los gobiernos europeos. Llevaban como instrucciones públicas tratar de obtener el reconocimiento de la independencia del Perú en Europa, de conseguir un empréstito y se les facultó para contratar expertos de diversas ciencias e industrias útiles para la flamante nación. Con carácter de “instrucciones reservadas”, se les comunicó el acuerdo del Consejo de Estado (de fecha 24 de diciembre de 1821) para solicitar un príncipe europeo que asumiese el trono de una Monarquía Constitucional a establecerse en el Perú58. Los considerandos del acta de dicho Consejo señalan:
Para conservar el orden interior del Perú y a fin de que este Estado adquiera la respetabilidad exterior de que es susceptible, conviene el establecimiento de un gobierno vigoroso, el reconocimiento de la Independencia y la alianza o protección de una de las potencias de las de primer orden en Europa. (Citado en Odriozola, 1863-1877, p. 102)
Esta misión fue cancelada al retirarse San Martín del gobierno en setiembre de 1822.
A la luz de las evidencias que rodearon a sus gestores, la opción sanmartiniana por la Monarquía Constitucional era, pues, una consecuencia natural de ese espíritu59. Se ha dicho (Rojas, 1933, p. 214) que San Martín aquilataba el valor de las tradiciones españolas, las costumbres impuestas sobre las almas de sucesivas generaciones, la ignorancia de las masas, las supersticiones y la ausencia completa de la función pública en hombres absorbidos por la obediencia del esclavo. Es lógico, por consiguiente, que pensara en la monarquía como forma de gobierno. En este sentido, San Martín no tuvo la visión de Bolívar, a pesar de su genio militar, sobre la arquitectura política que debían adoptar las jóvenes nacionalidades de América. Un trono en el continente —conforme al pensamiento de Sánchez Carrión— representaba un grave peligro para el porvenir de los pueblos que acababa de libertar. Sánchez Carrión y los patriotas que contribuyeron con sus ideas al establecimiento de la libertad en el Perú, no podían aceptar la supervivencia del sistema político monárquico, aún cuando se cambiaran las personas de los gobernantes.
Antes de proseguir con el análisis del tema en cuestión, consideramos de enorme utilidad transcribir (sin mayores comentarios) las valiosas reflexiones de Raúl Porras sobre el espíritu republicano que —según él— profesó en el fondo el cuestionado Protector. Aquí el extenso testimonio publicado en la revista limeña Mar del Sur, correspondiente a julio-agosto de 1950:
No cabe negar, ante los documentos no solo de Punchauca, sino de antes y después de este trance, que San Martín albergó sinceramente planes monárquicos, aunque no fuera esta la forma de gobierno que más se amoldase a su espítitu y a su misión revolucionaria. Si los documentos oficiales no hablasen, lo dirían los actos del Protectorado encaminados a implantar el gobierno monárquico en el Perú, y las confesiones íntimas de las cartas de San Martín. Están ahí para demostrarlo, en forma inconfundible, el envío de los comisionados a Europa a buscar un príncipe, las discusiones de la Sociedad Patriótica regidas por Monteagudo y el murmullo popular que bautizó a San Martín con el burlón epíteto de ‘Rey José’. Y lo ratifican la carta a O’Higgins de 30 de noviembre de 1821, en que confiesa la ‘imposibilidad de erigir estos países en repúblicas’ y el propio adiós sincerísimo del héroe al pueblo del Perú, en que declara que está aburrido de oír decir que quiere hacerse soberano.
Existieron, pues, el plan monárquico y el resquemor público contra San Martín. Pero, tanto la adopción de la fórmula monarquizante como el abandono de ella, fueron imposiciones del ambiente que no modificaron el pensamiento íntimo del héroe ni alteraron su convicción democrática. San Martín fue democráta pero no solo teórica y verbalmente. Fue ética y constitutivamente republicano. Lo fue en su carácter y en todos sus actos, y en mayor medida que Bolívar y otros caudillos de América. No predicó o declamó sobre la democracia, sino que la ejerció en todos los momentos de su vida, sobre todo en el trance decisivo del usufructo del poder, que no aceptó sino como expresión de la opinión pública, del que no abusó nunca y el que no tuvo interés en retener, sino para afirmar el propósito esencial de la libertad.
Cuando se habla de las convicciones republicanas o monárquicas de los caudillos de la Independencia, es necesario entender, previamente, el concepto que en aquella época se tenía de dichos términos. Y es Montesquieu el maestro y el Espíritu de las Leyes el decálogo insustituible. Ellos nos enseñan, con lección aceptada entonces por todos, que la base de una monarquía es el honor, o sea, las distinciones que el rey prodiga a sus servidores que son el objeto de todas las aspiraciones; que el temor lo es de un gobierno despótico; y que la virtud es la esencia propia del régimen republicano. La virtud republicana consiste para Montesquieu: en el amor a la patria y a las leyes, en la preferencia del interés público sobre el particular, en el desprendimiento de sí mismo, la moderación y, particularmente, en el culto de la igualdad y de la frugalidad. Dentro del concepto montesquiano, San Martín fue paradigma de estas virtudes patricias. Las enseñó con el ejemplo y sacrificó a ellas su conveniencia personal y su gloria. Desde Buenos Aires a Cuyo y de Santiago a Lima, su vida es una demostración constante de abnegación y desprendimiento, de contemplación preferente del bien público con mengua y olvido de interés personal. Rechaza en Buenos Aires el poder político, teniéndolo en las manos en 1812, porque quiere alejar del nuevo estado toda sombra de pretorianismo, renuncia a sus emolumentos de Gobernador de Cuyo para aliviar las cargas del Estado, rehúye los honores del triunfo en Chile después de Chacabuco y entra de incógnito a Lima, después de haber rendido, sin derramamiento de sangre, por obra de su estrategia humana, la capital del virreinato austral y el mayor baluarte del poder español en América. Su paso por Chile y Perú, desechando honores y trofeos, alejando de su lado a los oportunistas y a los aduladores, protegiendo a la ilustración, dando muestras de modestia y de frugalidad en la mesa y en el vestido, desterrando lo pomposo, lo hueco y lo estentóreo del ambiente cortesano de Lima, proscribiendo las entradas fastuosas al estilo virreinal y las arengas serviles e hiperbólicas, prolongación de los panegíricos coloniales, perfilan al demócrata de verdad y de corazón. La de San Martín es una de las pocas auténticas conciencias republicanas que se halla en la historia de América. El pensamiento de un conductor de pueblos no puede seguir una inquebrantable línea dogmática, sino que tiene que flexibilizarse y aceptar las influencias del momento histórico en que vive. San Martín guardó durante toda su vida un celoso respeto por la opinión pública. No hay duda de que al llegar al Perú, sede de la aristocracia americana, sintió la sugestión monárquica del ambiente y se decidió a hacerla servir a su plan de libertad, como una fórmula de transición hacia la ideal meta republicana. Era patente el contraste entre la nobleza ilustrada y el pueblo como base mayoritaria de esa sociedad. San Martín y sus consejeros sabían bien que el régimen republicano exigía ‘virtud y civilización’ y ellos traían, además, la desconsoladora experiencia de los primeros pasos republicanos en Argentina y en Chile, que en un ambiente más homogéneo, habían producido la anarquía, el desorden civil y el cesarismo demagógico. La violencia también se hallaba presente. Todo esto gravitó para retrasar, en un medio que aparecía como escasamente preparado, la implantación del gobierno representativo. La fórmula sagaz y conciliadora pareció ser, en aquel instante, la monarquía constitucional.
La profesión de fe republicana del hijo de Yapeyú vuelve a manifestarse, nítida y pura, en su magnánimo gesto de Guayaquil, cediendo el paso a Bolívar para no encender la guerra civil, en la convocatoria del Congreso peruano para despojarse ante él del poder que le quemaba las manos y en las palabras de su mensaje de despedida al Perú, que encierran la más noble lección que haya recibido nuestra democracia.
El pensamiento político de San Martín tuvo, pues, una palpitación de diástole y de sístole propia de todo ritmo vital. Pero en esa oscilación pendular había una tensa línea oculta de su fe republicana. Su innato republicanismo arrancaba de su decepción juvenil, en España, ante la degradada monarquía de Fernando VII, que le forzó a truncar su brillante carrera militar y a sacrificar familia y amigos, para venirse a América y afiliarse a las logias antimonárquicas de la libertad. Esta fue la orientación cardinal de su vida.
Los pasajeros desalientos y expresiones de angustia de sus cartas íntimas ante los contrastes cotidianos de la experiencia democrática en el subcontinente. Sin embargo, siempre mostró su íntima e insobornable convicción democrática. Dígalo su carta a su amigo y compatriota, el general Tomás Guido de 1827 que proclama, de acuerdo con su conducta de toda la vida: “Odio a todo lo que es lujo y distinciones, a todo lo que es aristocracia; por inclinación y principios, amo el gobierno republicano y nadie, nadie lo es más que yo”.
En resumen, es posible que para algunos miembros de aquella ilustre generación, la monarquía hubiera sido el gobierno más sensato y cauto para pueblos sin cultura ni preparación cívica y que la república, al mismo tiempo, hubiera constituido una fórmula de gobierno poco experimentada y sujeta a contingencias peligrosas. (pp. 29-31)
Hasta aquí el exhaustivo análisis del insigne historiador y diplomático natural de Pisco. Prosigamos con el desarrollo del tema.
Infortunadamente para el Protector, la estrategia empleada en el seno de la Sociedad Patriótica no fue la más acertada desde un inicio. Si lo que Monteagudo se proponía —observa Francisco Javier Mariátegui— era sembrar la semilla monárquica a través de las discusiones, fue sin duda alguna un riesgo demasiado elevado confiar sus planes a marqueses, condes, comerciantes o militares sin mayor experiencia política, doctrinaria e ideológica. Resultaba difícil que esa gente sin cultura y sin dotes oratorios echaran las bases ideológicas de la forma de gobierno que convenía al Protectorado y a los que pensaban en la monarquía. Monteagudo era un hombre inteligente, por quien San Martín y Bolívar sentían respeto y admiración. Debió, por lo mismo, pensar en la incorporación de sujetos que fuesen capaces de tomar parte en controversias que exigían preparación, cultura e ingenio. Su propósito, en consecuencia, debió ser más concreto y pragmático: propagar entre sus interlocutores los fundamentos filosóficos del Estado monárquico.
Carentes de esa preparación básica, los incautos monarquistas fueron fácilmente encimados por los fogueados y, muchas veces, beligerantes liberales, no obstante ser minoría. Aquí nuevamente el valioso testimonio de Raúl Porras (1974):
Son ampliamente conocidos los episodios de aquella discusión, la tésis del canónigo Moreno, secuaz de Monteagudo, sobre la inadaptabilidad de la forma republicana al Perú, por la extensión de su territorio, desfavorable para los comicios, y por la ignorancia y analfabetismo de sus habitantes. La embestida vigorosa del clérigo arequipeño Mariano José de Arce; la elusión de Luna Pizarro; la serena intervención de Tudela impugnando el régimen monárquico, y la aparición del pliego misterioso firmado con el seudónimo de ´El Solitario de Sayán´, que contenía el más intemperante alegato en contra de la monarquía. La carta del solitario, escrita por Sánchez Carrión, no se leyó en la Sociedad ni pudo imprimirse, pero se leyó en las plazas y en los cafés en que los flamantes ciudadanos acudían a gritar ¡Viva la República! La carta puso al descubierto la parcialidad del ministro y desató auténtica opinión republicana. Pero también prácticamente aniquiló a la Sociedad Patriótica y canceló la intentona monarquista. Fue el primer triunfo democrático de Sánchez Carrión, limpio, puro, doctrinario, sin sombra de personalismo y de medro, de abajo a arriba, de anónima a poderosa, con solo la fuerza intrépida del ideal. (pp. 23-24)
Uno de los republicanos que más sobresalió en el seno de esa institución por su ecuanimidad, sensatez y elocuencia, fue el prestigioso jurista Manuel Pérez de Tudela. Natural de Arica, este personaje exhibía entonces el prestigio de haber librado batalla por los perseguidos del régimen colonial, de haberse empeñado en una campaña ardorosa en favor de la libertad mediante panfletos que circulaban clandestinamente; pero el respeto que inspiraba el prócer derivaba, sobre todo, de haber sido el autor del acta de la Independencia. No tenía la juventud de Sánchez Carrión, pues ya era un hombre maduro, que andaba por los cincuenta años, ni el espíritu belicoso o demagógico que caracterizaba a otros republicanos. En sus ideas, por eso, aparece equilibrado, con cierta ponderación en el pensamiento, que lo alejaba de toda postura ambigua. El 8 de mayo de 1822, el ilustre jurisconsulto expuso su alegato a favor del sistema republicano de gobierno. Sus ideas provocaron en los asistentes a la Sociedad, principalmente en el público espectador, gran entusiasmo que se tradujo en vibrantes vivas y estruendosos aplausos. Se cuenta que este fervor popular por la República disgustó sobremanera a Monteagudo y a los monarquistas, a tal punto que algunos de ellos quedaron asombrados de cómo los partidarios de las ideas liberales habían aumentado intempestivamente.
Las sociedades civiles son unos cuerpos lentos en formarse. El hombre naturalmente libre, cede con dificultad a la voz del magistrado, y no puede establecerse el orden, sino a pasos tardíos, pero sólidos. Es necesario observar el tiempo, el carácter dominante, su posición natural y política, el progreso de los conocimientos, su relación con los estados inmediatos y hacer una feliz combinación con la naturaleza de los asociados. (Citado por Porras, 1963, p. 81)
A todas luces, Pérez de Tudela argumentaba su planteamiento con un criterio sociológico evolucionista, haciendo uso también de las ideas del filósofo francés Étienne de Condillac a quien glosa en varios puntos de su brillante exposición. El raciocinio de Pérez de Tudela abogando por el gobierno popular representativo, expuesto en lenguaje frío y lógico, constituyó el golpe definitivo a las ideas monárquicas del eclesiástico Moreno. Así lo comprendió Monteagudo, pues cuando se publicó la disertación por el secretario de la Sociedad en el semanario El Sol del Perú el rudo ministro hizo retirar los respectivos ejemplares60.
Durante las sesiones sucesivas, Pérez de Tudela, Arce, Mariátegui, La Torre, Luna Pizarro, republicanos de tendencias liberales, mostraron a los monarquistas, de sentimientos y convicciones conservadoras, las ventajas de los gobiernos populares de carácter democrático. Francisco Javier Mariátegui (1925) refiere que “Las sesiones representaron torneos oratorios y la barra concurrente, que aplaudía a los hombres que encarnaban sus ideas, sonreía ante los adversarios, sin llenarlos de insultos o silenciarlos, mediante la cachiporra” (p. 42). Monteagudo, a pesar de su temperamento apasionado, comprendiendo que la libertad de discrepar es inherente a la naturaleza humana, expidió —de acuerdo a lo dicho— un decreto por el que se reconocía que los miembros de la Sociedad Patriótica no eran responsables por las ideas que expusieran, es decir, que la libertad de pensar no debía someterse a ninguna condición previa.
El gran ausente físicamente de la magna asamblea fue el ilustre hijo de Huamachuco, José Faustino Sánchez Carrión. En efecto, Sánchez Carrión no pudo intervenir personalmente en los debates de los fundadores de nuestra nacionalidad, pero envió sus famosas Cartas políticas firmadas con el seudónimo de “El Solitario de Sayán”, para que el secretario, Francisco Javier Mariátegui, les diera lectura61. Era un alegato vibrante en favor de la República y contrario a la Monarquía. Monteagudo, cuyo talento era notorio, utilizó la argucia de que el documento no estaba firmado por determinada persona. “El Solitario de Sayán” —en su opinión— solo era un seudónimo. La defensa escrita de la ideología republicana, en este caso, la sostenía un anónimo. Mediante esta maniobra, el astuto ministro evitó que sus teorías fueran refutadas por Sánchez Carrión. Los documentos no fueron leídos íntegramente, frustrándose el plan de los liberales, de manera momentánea. Sin embargo, por iniciativa del propio Unanue, más tarde se les dio lectura en la sesión del 12 de abril de 1822.
Es improbable —afirma Raúl Porras (1974)— que el sabio peruano hubiese dejado pasar las cartas sin haberlas leído previamente. Debió haberse percatado, con toda seguridad, del impacto e influencia que iban a tener en el seno de la corporación: la lógica avasalladora de Sánchez Carrión no solo pulverizaría las apreciaciones del clérigo Moreno, sino que inclinaría la balanza definitiva al lado liberal. Si Unanue no hubiese admitido la lectura de las cartas, otro hubiese sido, tal vez, el inventario ideológico final. ¿Cuáles eran las ideas-eje en los documentos mencionados? Sánchez Carrión no admite las limitaciones que a la fórmula representativa oponen sus contrarios, señalando la despoblación del país, sus costumbres, cultura y extensión del espacio. Lo que le preocupa es algo mucho más perenne y trascendental: hallar la fórmula que frene o evite el despotismo, la adulación y el servilismo entre la gente peruana. Para él, el monarquismo, aún el constitucional, no es útil, no por razones de estadista sino de moralista. Con un sistema monárquico, se pregunta ¿qué seríamos?; debilitada nuestra fuerza y avezados al sistema colonial ¿cómo hablaríamos en presencia del monarca? “Yo lo diré: seríamos excelentes vasallos y nunca ciudadanos; tendríamos aspiraciones serviles, y nuestro placer consistiría en que S.M. extendiese su real mano para que la besásemos”. “Un trono en el Perú —agrega— sería más despótico que en el Asia, teniendo en cuenta la blandura del carácter peruano y su falta de celo por la libertad”. Desde esta perspectiva, Sánchez Carrión temía (y con sobrada razón) que el monarquismo degradase al hombre peruano a un sistema en donde “el medio de adular es el exclusivo medio de conseguir”. Por último, invoca el clima común americano que entonces era prioritario. Proféticamente señala que la libertad del Perú depende de la solidaridad e intervención del continente. “No infundamos desconfianza”, solicita con la convicción que le caracterizaba (Porras, 1974, pp. 28-29; Neira, 1967, pp. 160-161; Puente Candamo, 1971, p. 327).
El efecto inmediato de las memorables Cartas fue obligar a que el prelado Moreno abjurase de su conducta. En una intervención de bajo tono, lamentó que se “hubiese interpretado mal su discurso”. Afirmó (en un arrepentimiento tardío) no apoyar la fórmula de un Gobierno Absoluto “por los terribles e inmensos males que acarrea a la población”. Para demostrar lo dicho, publicó un breve folleto aclarando su posición principista y los móviles de su intervención. En él afirma, por ejemplo, que defendió a la monarquía “solo porque Unanue le había designado para ello”, y que en política prefería para el Perú “un gobierno fuerte que se encarne en el Ejecutivo emanado de la soberanía popular”. Sin embargo, no apoyó la idea de un Congreso Nacional62.
A partir de entonces, se discutirían otros asuntos en la Sociedad, pero el debate de índole doctrinario e ideológico fue, prácticamente, ultimado a favor de los partidarios de la República Representativa, pues no volvió a haber, luego de la lectura de las Cartas de “El Solitario de Sayán” otra intervención monárquica. En este sentido, puede afirmarse que el conflicto entre autoritarios y liberales se inclinó en setiembre de 1822, a favor definitivamente de los últimos, al instalarse de inmediato el primer Congreso Constituyente de nuestra vida republicana (Neira, 1967, p. 161). Sin duda alguna —según Porras (1974)— fue el primer triunfo democrático de Sánchez Carrión, limpio, puro, doctrinario, sin sombra de personalismo y de medro, de abajo a arriba, de anónimo a poderoso, con solo la fuerza intrépida del ideal.
¿Por qué se optó por la fórmula de gobierno republicano? Mucho se ha escrito al respecto y seguramente se seguirá escribiendo, sin hallar una sola respuesta. A la luz de la experiencia histórica, juzgamos que nuestros antepasados votaron a favor de la República porque experimentaron y soportaron en carne propia los males que llevaba el virreinato en sus entrañas. Las minorías ilustradas tuvieron la feliz intuición de que la monarquía implicaba el privilegio, la diferencia de castas, las separaciones artificiales, el exilio de los descontentos, el achatamiento de los dignos y altivos y, sobre todo, la marginación política y social en desmedro del bien común, la libertad y la igualdad humana. Esto último, se convirtió casi en un mito o utopía en la mente de algunos afiebrados liberales. Sobre ello, Basadre en el Prólogo al libro mencionado de Santiago Távara (1951) hace una curiosa e interesante reflexión que bien vale la pena citar:
Las necesidades angustiosas que aquejaban al país —dice— no se iban a curar con los discursos de los doctrinarios que pretendían organizar la República, según los principios que ellos suponían mejores, en la plaza de la Inquisición, en el antiguo salón de actos de la Universidad de San Marcos; porque las ambiciones de los hombres, la fuerza de las bayonetas y también los perentorios deberes que podrían crear los momentos históricos de suprema crisis, no se iban a detener ante algunas palabras escritas en hojas de papel. El problema era de distinta naturaleza. El país necesitaba, por cierto, constituirse políticamente. Pero para ello había que visualizar, ante todo, cuáles eran las fuerzas sociales que podían asegurar la independencia, primero, y, luego, la paz, el progreso, el bienestar y cuáles eran los elementos de perturbación que había que frenar o eliminar, pues venían a resultar factores adversos para una pronta terminación de la guerra de la Independencia, casi tanto como los propios ejércitos españoles. (p. 57)
Planteamiento mucho más radical corresponde a Luis Alayza y Paz Soldán (1944) cuando dice:
Novelerías o no, las discusiones sobre monarquía o república agriaron los ánimos en un principio, dividieron luego hondamente al país, impopularizaron a San Marín, Unanue y Bolívar para siempre, y arrastraron a los colaboradores del Libertador caraqueño hasta los horrores del crimen político. A ello se deben las misteriosas muertes de Sánchez Carrión y de Monteagudo. (p. 66)
Este fue, en resumen, el entorno histórico de aquella intensa jornada que durante casi medio año tuvo lugar en el seno de la Sociedad Patriótica. Para Basadre (prólogo al citado libro de Távara), lo interesante de ella estuvo expresada en dos situaciones: a) en la actitud pública y viril de la oposición que se enfrentó no solo a la aceptación fatalista de los acontecimientos, sino también al dominio ejercido “desde arriba” que, en ese momento, pretendía imponer ideas o fórmulas políticas; y b) en la conducta del público asistente que, de manera decidida y abierta, se mostró favorable al planteamiento de los oradores republicanos. Aquí aparece lo que el soció-logo alemán, Karl Mannheim, llama en su libro Ideología y utopía (1936) la “espiritualización de la política”; es decir, surgen por primera vez las clases que antes no habían tenido conciencia de su propio sentir histórico. Para nosotros, el resultado final de la Sociedad Patriótica se reflejó en las dos siguientes realidades: a) el triunfo de los liberales y b) el desengaño de San Martín y su cúpula por el fracaso de la fórmula monárquica. La primera, se tradujo en la conformación e instalación de la Asamblea Constituyente; y, la segunda, en la dimisión y el alejamiento definitivo del Libertador argentino de nuestro suelo. Antes de analizar ambas situaciones, consideramos pertinente consignar algunos datos sobre el quehacer de aquel hombre que en ese lapso ejerció un poder casi omnímodo: Bernardo Monteagudo Cáceres (1790-1825).
Comparativamente, pocos personajes como el polémico ministro de Guerra y Marina fue tan abominado y vituperiado en aquellos días, no solo por el enorme poder que concentró, sino también por su nefasta política represiva e intolerante63. Al respecto, el siguiente juicio de Pedro Dávalos y Lissón (1924) es concluyente:
La imaginación popular limeña de entonces, había creado en torno de Monteagudo una leyenda de perversidad y depravación exagerada, pero con fundamentos que justifican el odio que se le tenía. Solo fue sincero en su apasionamiento por las ideas antiespañolas. Fue odiado por la aristocracia capitalina y por los círculos liberales. (p. 198)
Nacido en Tucumán en 1790, Monteagudo desde muy joven estuvo vinculado no solo a los afanes literarios y jurídicos entonces predominantes, sino también a la inquietud política reinante (ver Apéndice biográfico). Sin embargo, con el correr de los años experimentó una extraña y virulenta metamorfosis en su percepción política e ideológica: de un exaltado liberalismo (republicano y demócrata) pasó a un abierto y recalcitrante conservadurismo (monárquico y autoritario)64. En el primer caso, editó Mártir o Libre (1812) y en el segundo El Censor de la Revolución (1820); en ambos casos puso en práctica sus grandes dotes de periodista y polemista. Sin duda alguna, un personaje de larga y controvertida existencia y una de las figuras de mayor relieve en el escenario americano de su época.
Según se afirma, su vasta cultura, su fina destreza diplomática, el “tono europeo” que le admiraría poco después Bolívar, y sus convicciones políticas inflexibles, lo designaban para ocupar los ministerios claves de la administración sanmartiniana, convirtiéndose en el hombre clave de su egregio compatriota. Poseedor de una inteligencia clara —dice Leguía y Martínez (1972)— cautivaba por sus conocimientos amplios e ideas vigorosas. De temperamento fuerte e irascible, causaba adhesiones y repulsas al mismo tiempo (Mariano Felipe Paz Soldán, el historiador clásico peruano de la Independencia fue un admirador suyo; mientras que José Faustino Sánchez Carrión, el gran tribuno de la República, su más ácido crítico y adversario). Orador influyente sobre las masas populares, solía compararse con el francés Louis de Saint-Just65. Librepensador en asuntos religiosos, se ensañó —como ya hemos visto— con el alto clero limeño, despojándolo de muchos de sus antiguos privilegios. “En varias ocasiones se mostró capaz de acción decidida y fructuosa, y éxito hubiera tenido si no hubiera estado dominado por cierta turbación y perplejidad en las ideas, producto de su espíritu liviano y tormentoso”, nos dice Dávalos y Lissón (1924, p. 175).
Dueño de una pluma elocuente y de una vitalidad sin par, se transformó durante el Protectorado en el irreemplazable oráculo del gobernante de turno. En el orden personal, se dice que Monteagudo era un narciso: siempre aseado, pulcro en el vestir y ostentando valiosas alhajas. Hasta en la fecha de su trágico deceso, guardó esta peculiar forma de ser. Dice Dávalos y Lissón (1924):
El día de su asesinato, vestía pantalón blanco, frac azul y sombrero alto de pelo. Ostentoso como era, en esa su útima hora de aquella prima noche, provisto iba de un lujoso y preciado reloj, de onzas de oro en número de cuatro y de un riquísimo prendedor de brillantes. (p. 218)
Desde el Ministerio en Lima, poniendo de manifiesto sus cualidades de Saint-Just criollo, expidió medidas drásticas contra los españoles y los patriotas. Es posible que las circunstancias exigieran un gobierno fuerte, desde que la revolución por la Independencia, suponía la guerra ideológica, política y militar contra los que no la deseaban. Monteagudo, sin embargo, fue arrastrado por decisiones infecundas, que lo hicieron odioso ante el pueblo. Manuel Nemesio Vargas (1940) relata:
Un día que estaba de mal humor mandó a reunir a los homosexuales de Lima y los hizo marchar en procesión a cavar fosas en el Campo Santo; al verlos pasar, un número considerable de tapadas, que como se sospecha lo componían las meretrices de la capital, los siguieron, llenándolos de insultos e improperios. (p. 198)
Actos como este, que podían provocar las sonrisas de algunos, sin duda alguna provocaron numerosas antipatías populares contra el ministro del protector. Al margen de lo anecdótico del caso referido por nuestro ilustre historiador independentista, Monteagudo se comportó como un verdadero tiranuelo, ya que apelando a todos los medios posibles (incluyendo amenazas, detenciones, destierros y fusilamientos) persistía en el mantenimiento del orden público que él conceptuaba indispensable para completar la Independencia todavía dependiente de las armas.
“Prepotente irreductible, con sus tendencias sanguinarias y sus debilidades sibaríticas, a pesar de su vida inquieta y un tanto falta de sinceridad, fue Monteagudo un hombre de ideas fijas sobre lo que debía ser la revolución emancipadora en el Perú”, anota Dávalos y Lissón (1924, p. 219). Simultáneamente, jamás ocultó su temor a la anarquía que sobrevendría al instalarse el régimen republicano. En una oportunidad, expresó:
Estas guerras entre patriotas y realistas que ahora presenciamos, parecerán cosa de engañifa y de risa al lado de las horrorosas y sangrientas que vendrán entre los vencedores, el día que los españoles salgan de aquí y la República sea un hecho consumado para estos incultos pueblos. (Citado por Dávalos y Lisson, 1924, p. 177)
Consecuente con este pensar, Monteagudo en sus actos públicos pretendió seguir dos principios orientadores: desespañolizar el Perú y luchar contra las ideas democráticas inducidas por el republicanismo (Neira, 1967, p. 162). “Es preciso —decía con vehemencia— inculcar el odio a los españoles; odio que es el único motor de la revolución. El influjo de España en ninguna parte está más radicado que en Lima” (Monteagudo, 1896, p. 68); y atribuía esta situación al crecido número de residentes peninsulares, a la influencia de sus caudales y a las razones peculiares de su población. Ese odio —en su opinión— era indispensable y había que “convertirlo en una pasión popular” que borrase “hasta los últimos vestigios de esa veneración habitual”. He aquí —admitía con orgullo— el “primer motivo de mi conducta pública”. Empleó todo los medios a su alcance para inflamar ese odio contra los peninsulares, porque intuía que por esa sumisión aún se ataba a la nueva república a las supervivencias coloniales. Sin embargo, no hay en él un odio racial (no obstante su condición de mulato). “Este es mi sistema —diría con jactancia— no mi pasión”.
Cuando llegué a Lima había más de 12 000 godos; antes de mi separación, no llegaban a 600 los que quedaban en la capital. Esto es hacer la revolución. Porque creer que se puede entablar un nuevo orden de cosas con los mismos elementos que se oponen a él es una simple quimera66. (p. 66)
A todas luces, Monteagudo representaba el radicalismo y la ruptura absoluta con el pasado colonial. En él, actitudinalmente, primaba un furibundo antiespañolismo67. Sin duda alguna, esta conducta agresiva contra los súbditos españoles (a quienes perseguía con la misma convicción y ensañamiento con el que un bolchevique acosaba a un burgués), está asociada a su vehemente percepción de que a través de ello se lograría un gobierno autónomo. Por eso —señala Hugo Neira (1967)— su tendencia a la monarquía, pues no veía otra ruta alterna. Por eso, también, decidió restringir las ideas liberales. Había vivido perseguido por esas mismas ideas que ahora combatía. Pero —dirá— “ya me encuentro libre de esa fiebre mortal y perniciosa”. Santiago Távara (que lo conoció y que no ocultó su fobia hacia él) escribió:
Hombre de carácter altivo y violento que con pretensiones de gran hombre ultrajaba a los godos por odio intolerante, y a vuestros señoritos por orgullo y porque eran blancos, Monteagudo era uno de esos hombres acres que no tienen compasión, que fríamente o por cólera hacen el mal, los que por desgracia en circunstancias críticas son indispensables. (p. 72)
Otro escritor del siglo XIX, Pedro Dávalos y Lisson (1924), juzgando su conducta dice:
En el poder, Monteagudo cometió una serie de estropicios. A los comerciantes españoles los dejó en la ruina, y en la misma situación puso a casi todos los condes y marqueses de Lima. Hoy con los dedos de la mano se les puede contar. Los que no se han muerto, o ido a España, tuvieron que refugiarse en los Castillos del Real Felipe o andan deambulando por la sierra, buscando la protección del virrey o la de sus tropas. (p. 102)
Por todas estas razones, puede decirse de Monteagudo que el suyo fue el único caso de radicalismo en la revolución peruana68.
Precisamente por ello, el odio de la capital contra él no tiene parangón. Atacado, calumniado (y más tarde asesinado) la venganza colectiva pronto se manifestaría. En efecto, advertidos de los planes despóticos de Monteagudo (un “monstruo de crueldad” lo llamaría el conde de Pruvonena en su documento mayor), cansados de sus permanentes patrañas, enardecidos por sus aventuras galantes, enfadados por el sistema de espionaje montado y, sobre todo, recelosos del inmenso poder que ostentaba, rápidamente los patriotas liberales y gente de otros círculos (incluso allegada al Protectorado) se conjuraron para derrocar al siniestro ministro69. ¿La ocasión? La ausencia en Lima del Libertador. ¿La fecha? El 25 de julio de 1822. Efectivamente, aquel día, encontrándose San Martín en Guayaquil conferenciando con Bolívar, un tumulto popular lo depuso, obligándolo a renunciar. Riva Agüero y Sánchez Boquete (uno de los principales instigadores de su caída) en un folleto titulado Lima Justificada en relación a los sucesos de esa fecha dice que “los pobladores parecían más bien leones de Arabia que pacíficos ciudadanos”70 (p. 98). A no dudarlo, el violento derrocamiento de Monteagudo, que afectó la sensibilidad de San Martín, no era otra cosa que el epílogo de un estado de ánimo de desconfianza, hostilidad y rencor que vivía latente en el ánimo de los limeños contra un extranjero que, provisto de vasto ingenio y singulares dotes de gobernante, unido a la plena confianza del Protector, se había transformado paulatinamente en el verdadero árbitro del primer gobierno del Perú. Monteagudo fue expulsado del país y viajó a Ecuador y Guatemala. En su ausencia, y en virtud de una proposición formulada por Sánchez Carrión (su enemigo eterno e implacable), el Congreso Constituyente en su sesión del 7 de diciembre de 1822 decretó “extrañar permanentemente a don Bernardo Monteagudo del territorio de la República, y que en caso de presentarse en él, está fuera de la protección de la ley”71. Sobre su final como hombre público investido de gran poder, el historiador José de la Riva Agüero y Osma (1965) ha escrito:
Todo se reunió en contra de Monteagudo: el rencor de los parientes maltratados, de los perseguidos, los horrorizados por su crueldad, los vejados por sus insultos y groserías, las aspiraciones contrariadas de los republicanos y la inquieta ambición de Riva Agüero. El acta que pidió su deposición está suscrita por muchos vecinos distinguidos, por casi todos los antiguos conspiradores patriotas, y por los representantes más caracterizados y honorables de la clase media y del clero72. (p. 102)
Como queda dicho, la destitución y el destierro de Monteagudo afectaron sobremanera a San Martín. Su decepción —dice Bartolomé Mitre (1938)— fue honda cuando sus amigos le relataron que su ministro había sido depuesto por las multitudes y con la anuencia y la simpatía del Cabildo y de los personajes visibles de Lima. En este sentido, su deposición constituía una censura a su gobierno. Sabía perfectamente que su antiguo auditor y ministro tuvo que ser protegido por una compañía del batallón “Numancia”, para que su vida no corriera peligro. De este modo, la decisión del Protector de alejarse del país, se fortaleció con el desengaño que le proporcionaba Lima. Además, pudo comprobar que su propuesta política no tenía futuro, ni sustento popular, ni aceptación en la opinión pública. En menos de un semestre el infortunado general había confrontado sucesivamente tres experiencias dolorosas e ingratas: a) el fracaso en el seno de la prestigiosa Sociedad Patriótica, al no prosperar la fórmula monárquica sustentada por el régimen; b) el desencuentro en Guayaquil con su homólogo el Libertador venezolano, reacio a los proyectos sanmartinianos; y c) el mencionado motín popular de julio de 1822 contra su compatriota y hombre de confianza.
San Martín fue consciente que todo ello no solo era un freno a su proyecto político, sino también una clara invitación a retirarse del país. Así lo entendió y así lo asumió con una entereza y un desprendimiento dignos de hombres de su inmensa talla moral. Las siguientes frases dichas por él al marino escocés Basilio Hall (1924) lo retratan de cuerpo entero:
No aspiro a la fama de conquistador del Perú. ¿Qué haría yo en Lima si sus habitantes me fueren contrarios? No quiero dar un paso más allá de donde vaya la opinión pública. La opinión pública es un nuevo resorte introducido en los asuntos de estos países: los españoles, incapaces de dirigirla, la han comprimido. Ha llegado el día en que va a manifestar su fuerza y su importancia. (p. 64)
Santiago Távara, que no fue muy piadoso con él, sin embargo rinde homenaje a la sinceridad, al desinterés y a la altura de miras del Protector y dos veces parece elogiar su dimisión hecha, precisamente, para no adoptar “la mezquina medida de hacerse caudillo político de un solo bando”. Aquí sus palabras:
Después de la expulsión de Monteagudo y a su retorno de Guayaquil, el general San Martín se dio cuenta que navegaba contra viento y marea; y encontrando que los minúsculos restos del ejército que gloriosamente había conducido, eran los primeros en oponerse a sus planes políticos, convocó (20 de septiembre de 1822) el Congreso Constituyente que había ofrecido convocar en el decreto del 3 de agosto de 1821 y en el Estatuto Provisorio de octubre del mismo año. Adoptó esta conducta noble en lugar de la mezquina medida de hacerse caudillo político de un solo bando. Instalado el primer Congreso del Perú, San Martín solamente abrió sus sesiones, y acto continuo renunció al Protectorado, puso la insignia del poder sobre la mesa, salió, se dirigió a Palacio, montó en el caballo que estaba preparado, partió para el Callao, llegó y se embarcó, dando a la vela para Chile a los dos o tres días, después de renunciar al empleo de Generalísimo de las Armas, que el Congreso le decretó para que permaneciera entre nosotros. Renuncia sincera y efectiva, y la que junto con el doctor José Gregorio Paredes del Ministerio de Hacienda, son las únicas que hemos visto hechas de buena fe: todas las siguientes de esta clase o de otra han sido farsas, incluso las de Bolívar. (Távara, 1951, p. 222)73
Otros autores, no han sido tan benévolos en enjuiciar el retiro intempestivo del Protector y las consecuencias dolorosas que de él se derivaron. Pedro Dávalos y Lisson (1924), por ejemplo, dice sin tapujos:
A San Martín, de alguna manera, hay que juzgarlo culpable de cuanto sucedió después, a causa de haber dejado todo en manos inexpertas: gobierno y ejército quedaron en acefalía, dejó al Perú al borde de un precipicio y abrió las puertas al genio ambicioso de Bolívar. (p. 113)
Por su parte, José de la Riva Agüero y Osma en su libro La historia en el Perú (1965) escribe:
El cardinal error que cometió San Martín en el Perú, fue la convocatoria de un Congreso Constituyente en medio de la encarnizada e incierta guerra, frente a enemigos pujantes que ocupaban la mitad del territorio. Tenía con esto que reproducirse el lastimoso espectáculo de discordias, que fueron la invariable compañía y el necesario efecto de todos los Congresos instalados en plena lucha de la emancipación hispanoamericana. (p. 211)
Testimonios ambos que encierran crueles verdades74.
Efectivamente, la ausencia de San Martín, cuyo prestigio se hallaba vigorizado por sus acciones heróicas, debía producir desorientación, pesimismo, aplanamiento y un potente desborde de pequeñas ambiciones entre civiles y militares. No bastaba haber jurado la Independencia del Perú, no era suficiente haber instalado el primer Congreso ni haber promulgado la primera Constitución. A la naciente nacionalidad se le presentaban dos graves problemas: la conclusión de la guerra y la perspectiva sombría de un estado caótico. Como veremos luego, la división y la discordia en el seno del flamante Congreso, la inepcia de la Junta Gubernativa, las derrotas de Torata y Moquegua, el golpe militar de Riva Agüero (el primero de su género en la vida republicana), las obsecuencias de Santa Cruz (al apoyar a Riva Agüero) y el personalismo de Torre Tagle (que pensaba más en su ostentación que en el destino de la patria) ofrecían un cuadro negativo, suficiente para engendrar el pesimismo.
Los últimos momentos del Protector en la capital limeña los pasó en compañía de su amigo y confidente el general Tomás Guido, natural de Buenos Aires. Precisamente ante los reclamos insistentes de su fiel compatriota para que desistiera de abandonar el Perú, San Martín le expresó:
Aprecio los sentimientos que acaloran a usted, pero en realidad existe una dificultad que no podría ya vencer, sino a expensas de la suerte del país y de mi propio crédito; y a tal cosa no me resuelvo. Le diré a usted con franqueza: Bolívar y yo no cabemos en el Perú. He penetrado en sus miradas arrojadas y he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña. Él no excusaría medios, por audaces que fuesen, para penetrar en esta República seguido de sus tropas; y quizá entonces no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo. Los despojos del triunfo a cualquier lado que se inclinara la fortuna, los recogerían los maturrangos, nuestros implacables enemigos, y apareceríamos convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No seré, yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria; prefiero perecer antes que hacer alarde de laureles recogidos a semejante precio. ¡Eso no! Entre, si puede el general Bolívar, aprovechándose de mi ausencia, si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado, y algo más, me daré por satisfecho; su victoria sería de cualquier modo victoria americana… (Citado por Giurato, 2002, t. II, p. 146)
Patético y profético testimonio que no requiere de comentario adicional alguno75.
Para concluir, juzgamos de toda justicia histórica reproducir el mensaje de despedida que San Martín pronunció en el seno del Congreso Constituyente el día de su instalación, que fue el mismo de su dimisión. Dice:
Presencié la declaración de los Estados de Chile y del Perú; existe en mi poder el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el Imperio de los Incas y he dejado de ser hombre público, he aquí recompensados con usura diez años de revolución y de guerra. Mis promesas para con los pueblos que he hecho la guerra están cumplidas: hacer la independencia y dejar a su voluntad la elección de los gobiernos. La presencia de un militar afortunado (por más desprendimiento que tenga) es terrible a los Estados que de nuevo se constituyen. Por otra parte ya estoy aburrido de oír decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre estaré dispuesto a hacer el último sacrificio por la libertad del País, pero en clase de simple particular y no más. En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas (como en lo general de las cosas) dividirán sus opiniones: los hijos de éstos dirán su verdadero fallo. Peruanos: os dejo establecida la representación nacional. Si depositáis en ella entera confianza, cantad el triunfo, si no, la anarquía os va a devorar. Que el acierto presida vuestros destinos, y que estos os colmen de felicidad y de paz. (Citado por Puente Candamo, 1971, p. 76)
2.2 El primer Congreso Constituyente
La etapa previa a la instalación de esta magna Asamblea, estuvo revestida de una serie de circunstancias (dificultades, desencuentros, malquerencias e incertidumbres) que bien vale la pena registrar, aunque sea de manera sucinta, en las páginas que siguen.
Cuando San Martín convocó al Congreso Constituyente por decreto de 27 de diciembre de 1821, la libertad del Perú era todavía sumamente precaria porque, aparte de Lima y de las provincias del norte que habían proclamado la Independencia, el resto del territorio peruano no reconocía otra autoridad que la del altivo virrey La Serna, instalado en el Cusco desde el mes de julio de ese mismo año en que evacuó la capital limeña, dejándola en manos del Ejército Libertador76. No obstante —como ya se señaló— el general San Martín, cumpliendo su promesa a los pueblos del Perú, creyó necesario reunir una Asamblea Constituyente que estableciera las bases democráticas y jurídicas del nuevo Estado a través de la Constitución que más se ajustara a la realidad del país. Y suponiendo que para el año siguiente la guerra habría terminado, fijó el 1 de mayo como fecha de instalación del primer Congreso Constituyente del Perú. Dice Porras (1974): “Una revolución sin Asamblea Constituyente debió parecer a los patriotas de 1821 (admiradores entusiastas de la Revolución Francesa) desairada e incompleta. Fue por eso anhelo unánime, desde la proclamación de la Independencia, la convocatoria a un Congreso Constituyente”77 (p. 54).
La tarea, infortunadamente, no fue fácil. ¡Qué iba a serlo! El fantasma de la guerra complicaba el panorama en direcciones múltiples. Convocar a los pueblos para que contribuyeran a elaborar la primera Constitución, equivalía a pensar en la norma teórica cuando el drama del Perú exigía que se resolviera, primero, la acción militar. Los próceres se dieron cuenta, sin embargo, que era indispensable organizar el órgano popular de la soberanía a fin de que el pensamiento político (que se había decidido por la República) adoptara la forma de una naciente democracia. En el mencionado mes de diciembre de 1821 los pueblos fueron convocados para constituir el primer Congreso del Perú, bajo el designio de “establecer la forma definitiva de gobierno y dar la Constitución que mejor convenga al Perú, según las circunstancias en que se hallan su territorio y su población”. Consecuentemente, los poderes conferidos por los pueblos a sus diputados se ajustarían a ello, exclusivamente, y serían “nulos los actos que se excedieran de aquéllos”. El entusiasmo popular —dice Leguía y Martínez (1972)— debió suplir los inconvenientes de la dura realidad. Los hombres, que por primera vez hablaban de libertad sin los parámetros del régimen colonial, se disponían a votar y elegir.
¿Qué sentimientos embargaron a San Martín y a Monteagudo cuando firmaron el decreto de convocatoria a elecciones? No es difícil suponerlo. Se trataba de uno de los primeros actos legales (y formales) para organizar el nuevo Estado, lo que por sí encerraba una enorme carga emocional para sus animadores. Las emociones de ambos personajes debieron fluctuar íntimamente entre la esperanza y el pesimismo, entre el entusiasmo y la percepción de inestabilidad de las cosas que el futuro de por sí depara.
Las generaciones venideras apreciarán el valor que tiene el pensamiento de convocar el primer Congreso en la historia del país, y fijar su instalación para el mismo día en que se celebre el primer aniversario de ese acto memorable, que puso la muerte por barrera entre nosotros y la tiranía, como único medio que nos resta entre ser esclavos o libres. (Decreto del 27 de abril de 1822 firmado por San Martín)
En el dispositivo se percibe la retórica de Monteagudo. Los departamentos ocupados por las fuerzas del virrey —según lo estipulado— también tendrían representantes aunque el sufragio tuviera un carácter simbólico. La aspiración consistía en que los pueblos hicieran uso de un derecho que no habían conocido. Como sede del anhelado conciliábulo (cuál símbolo espiritual e histórico), fue señalado el local de la prestigiosa y antigua Universidad de San Marcos, ente académico por excelencia en el ámbito continental.
Estando ocupados por las fuerzas realistas los departamentos del surandino (Cusco, Arequipa, Huamanga, Huancavelica y Puno), la primera dificultad que se presentaba para la conformación del Congreso era la de una representación popular disminuida. Por esta razón y de acuerdo a los decretos de 29 de junio, 8 de agosto y 3 de setiembre de 1822, se dispuso que los vecinos de esas localidades que se hallaban en Lima, eligieran diputados suplentes (cada 15 mil habitantes tenían derecho a elegir uno); sistema con el que se pretendió hacer extensivo a las provincias de Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz, pero que fue impracticable por el escaso número de naturales de dichos lugares en la capital. Esta y otras dificultades impidieron que el Congreso se instalase en la fecha señalada por el mencionado decreto del 27 de diciembre de 1821. En tal virtud, cuatro meses después, por decreto de 27 de abril de 1822, se prorrogó la convocatoria para el día 28 de julio (primer aniversario de la jura de la Independencia). Pero, lamentablemente, en esa segunda fecha tampoco se pudo materializar el propósito; hubo que esperar dos meses más. Por fin, con la nómina completa de diputados, cuyos poderes habían sido examinados y validados por la Comisión nombrada por el Supremo Gobierno, calificándolos de legales, San Martín, de regreso de la fracasada entrevista de Guayaquil, por conducto de su ministro de Gobierno, y reputando haber el número suficiente de representantes, dispuso que se instalase el Congreso el sábado 20 de setiembre de 182278.
Esa fecha —según refieren testimonios de la época— fue un día espectacular, lleno de agitación y de significado histórico79. La noche anterior se realizó en las iglesias limeñas del cercado una rogativa general. Se amnistió a los reos políticos. El día de la ceremonia (espléndida en todo sentido), los diputados electos, encabezados por el propio Protector, se dirigieron de Palacio a la Iglesia Metropolitana, a implorar la asistencia divina mediante la misa del Espíritu Santo que celebró el deán gobernador eclesiástico del Arzobispado, ilustrísimo señor Francisco Javier de Echagüe80. El Protector tomó juramento a los jubilosos representantes, de dos en dos. Concluido este acto, el gobernador eclesiástico entonó el Te Deum (cantándose después el himno Veni Sancti Spiritus a cargo de un coro de jóvenes acólitos); en la Plaza Mayor, una salva de veintidós cañonazos repetida en la del Callao y en los buques de la Armada (comandada por lord Cochrane), así como un repique general, acompañaron hasta el salón principal del Congreso a los diputados en unión del Jefe Supremo.
Refiriéndose a este singular e histórico momento, un observador de la época nos ha dejado el siguiente valioso y pormenorizado testimonio:
El tránsito de Palacio a la Iglesia Matriz estuvo acompañado de bandas de música, que tocaban aires patrióticos recientemente compuestos. Diputados y autoridades se colocaron a los lados del Protector. Vestían de negro. Todo el boato y la cortesanía de una ceremonia virreinal se lucía por la ocasión. Jurados ya, se dirigieron a pie desde la Catedral a la Plaza de la Inquisición. Por sobre sus cabezas vibraba en el aire un repique enloquecedor… A las diez de la mañana de aquel día solemne, Lima recibió la impresión de un acontecimiento que nunca había sucedido: la instalación de la magna Asamblea. El absolutismo, en la esperanza confiada de los pueblos, terminaba en ese instante. Los próceres comprendían que, en ese momento, el Perú iniciaba su derrotero hacia la creación de la democracia.
El ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, doctor Francisco Valdivieso, con voz vibrante, hizo la pregunta sagrada que imponía graves deberes para la patria: “¿Juráis por la santa religión católica, apostólica y romana, como propia del Estado, mantener la integridad soberana del Perú; no omitir medio para libertarlo de sus opresores; desempeñar fiel y lealmente los poderes que os han confiado los pueblos y llenar los altos fines para los que habéis sido convocados?”. En seguida, todos tocaron los evangelios. San Martín, que había permanecido silencioso y flanqueado por el citado ministro y por el general Tomás Guido, dijo luego: “Si cumpliereis lo que habéis jurado, Dios os premie y si no, él y la patria os demanden”. Cuando concluyeron las palabras del Protector, nuevamente repicaron las campanas. En las calles, transportados por un hilo psicológico común, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, cultos e ignorantes, se echaron a cantar, caminar y beber como si ese minuto de fugaz alegría fuera a durar mucho tiempo. Cuando en el interior del recinto se hizo el silencio en las filas de los diputados y en las galerías que estaban llenas de anónimos espectadores que forman el pueblo, el Capitán de los Andes se puso de pie, despojándose del pecho la banda de dos colores, que lucía un sol de oro bordado, y con un gesto de desprendimiento exclamó: “Al deponer la insignia que caracteriza al Jefe Supremo del Perú, no hago sino cumplir con mis deberes y con los votos de mi corazón. Si algo tienen que agradecerme los peruanos, es el ejercicio del Supremo Poder que el imperio de las circunstancias me hizo obtener. Hoy que felizmente lo dimito, yo pido al Ser Supremo el acierto, luces y tino que necesitan para hacer la felicidad de sus representados. ¡Peruanos! Desde este momento, queda instalado el Congreso Soberano y el pueblo reasume el Poder Supremo, en todas sus partes”. Los concurrentes, puestos de pie y sin excepción alguna, ovacionaron al gallardo general. Había en la voz del Protector, un dejo de amarga alegría. En seguida, ganó la puerta del Congreso acompañado de sus diputados y de sus ministros. Sobre la mesa acababa de dejar seis pliegos cerrados. (Citado por Leguía y Martínez, 1972, p. 67)81
A partir de ese instante, el destino del Perú pasó de la protección de San Martín y de su ejército, a la fórmula ortodoxa y liberal de una Asamblea de la que emanaba el poder y el gobierno mismo. Al respecto, Basadre (1968) dice: “Con el Congreso Constituyente empezó a gestarse la historia de la República del Perú. Es el nuestro un Estado concebido como un bello ideal y llevado luego penosamente a la realidad” (t. I, p. 4).
Al retirarse San Martín, los diputados presentes decidieron elegir una Junta Provisional. La designación de presidente de esta recayó en Toribio Rodríguez de Mendoza y de secretario en José Faustino Sánchez Carrión. Acto justo y simbólico al mismo tiempo.
El maestro y el discípulo, que prepararon la revolución ideológica, volvían a encontrarse en el instante en que el sueño se convertía en realidad. Acto seguido, se dio comienzo a la elección de la Junta Directiva del Congreso. Fueron elegidos el clérigo liberal Francisco Xavier de Luna Pizarro (más tarde arzobispo de Lima) como presidente; Manuel Salazar y Baquíjano, conde de Vista Florida, como vicepresidente; y secretarios Sánchez Carrión con 53 votos y Francisco Javier Mariátegui con 3182. En su discurso de inauguración, Luna Pizarro destacó la trascendencia de la solemne instalación del Congreso Constituyente, declarando que desde ese momento “la soberanía residía en la nación y su ejercicio en el Congreso que la representaba legítimamente”83. De este modo, la autonomía, la independencia y la libertad del Perú, formalmente, empezaban con la Asamblea que en ese instante se establecía. Ese era el cuerpo político que, conforme a las teorías de los filósofos de la Enciclopedia, debía dar la norma reguladora de la vida de los ciudadanos del flamante Estado.
Los diputados se percataron de que el Perú, en el momento en que se producía la instalación del Congreso, quedaba sin la autoridad ejecutiva que había mantenido San Martín en sus manos; en consecuencia, lo designaron Generalísimo de las Armas del Perú, en tanto se votaba una moción de gracias “por los eminentes servicios que tiene prestados a la Nación”. Simultáneamente, se acordó dirigirse al prefecto del Departamento de Lima, coronel de milicias José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, autorizándolo para que continuase en sus funciones y supervisase el mantenimiento del orden público “como único Jefe de Estado que existe en la capital, entre tanto proceda la Asamblea a elegir el Poder Ejecutivo”. El representante por Puno, el poeta José Joaquín Olmedo, solicitó que el Congreso ratificase la declaración de la Independencia del Perú. Por su parte, Sánchez Carrión pidió designar a todas las autoridades civiles, militares y ecleciásticas, exceptuando la administración del Poder Ejecutivo y el Consejo de Estado. Finalmente, el presidente propuso abrir los pliegos dejados por San Martín, no sin antes haberse tomado acuerdo unánime para que no se leyesen los que contuvieran ribetes de corte secreto. A las 5 de la tarde se levantó la sesión (que fue completamente pública) citándose para dos horas más tarde. El acta de instalación fue firmada por los diputados presentes, y al hacerlo —dice una crónica de la época— “un ligero tremor en las manos se hacía perceptible” (citada por Paz Soldán, 1962, p. 270). ¿Esperanza?, ¿fanatismo por la libertad?, explosión optimista del alma, porque las cadenas se rompían? De todo ello había un poco en esos supremos momentos.
Sobre el quehacer de Luna Pizarro en el Congreso se ha escrito bastante; unos para ensalzarlo y otros para denostarlo84. Lo cierto es que al elegírsele como presidente del Congreso, se refrendaban sus servicios patrióticos y se rendía homenaje a su vigorosa capacidad intelectual y al brío de su espíritu revolucionario. Como mentor intelectual de la Asamblea, infundió su carácter y sus ideas decisivamente en casi todo los actos y por su influjo habría de crearse la Junta Gubernativa, órgano tripartito de gobierno que conciliaba las formalidades constitucionales con sus íntimas y avasalladoras expectativas de retener el poder para el Congreso. En el recinto legislativo, Luna Pizarro aplicó brillantemente la experiencia adquirida al observar el funcionamiento de las Cortes de Cádiz y, aunque no se prodigó en los debates, su actividad se multiplicó en los conciliábulos que prepararon las decisiones graves. Impresiones recogidas por sus contemporáneos, hacen saber que “su figura enjuta y raquítica formaba contraste con sus ojos vivos, centellantes, que arrojaban fuego y electrizaban al improvisar un discurso en la tribuna, o sostener una discusión”; y que “a estas dotes acompañaba maneras suaves y atractivas y cierta dulzura de carácter, en su trato familiar, que contrastaba de un modo asombroso con la exaltación que sufría al encontrar oposición” (Paz Soldán, 1962, p. 290). Se afirma que durante su presidencia al frente de la indicada Asamblea (que duró solo un mes: 20 de setiembre al 20 de octubre) “solía pasear su ascética figura por los viejos claustros a los cuales daban los salones ocupados por las diferentes comisiones, a fin de orientar y estimular sus trabajos”. Mariano José de Arce preguntó irónicamente en alguna oportunidad si Luna Pizarro pensaba que los diputados eran aún colegiales de San Fernando (Lorente, 1880, p. 78)85.
¿Por cuántos miembros estuvo conformado el Congreso Constituyente y quiénes fueron? De acuerdo a la relación que aparece en el decreto de 17 de diciembre de 1822 de la Junta Gubernativa aprobando las “Bases de la Constitución Política de la República Peruana”, 63 diputados constituían la membresía de la flamante corporación legislativa, caracterizán-dose por el predominio casi absoluto de criollos notables de la época y, en gran número, brillantes teóricos de tendencia liberal. ¿Su mérito? Principalmente, el haber dado la primera Constitución Política y el haber decidido que el Perú fuera una república democrática (Denegri, 1972, p. 515). Observa Jorge Basadre (1968): “Fue este Congreso una reunión variopinta de hombres beneméritos e ilustres. Muchas de las figuras mejores del momento, en el clero, el foro, las milicias, el comercio, las letras y las ciencias sentáronse entonces en los escaños legislativos” (t. I, p. 5). En este sentido y en vista de las circunstancias ya mencionadas que no permitían una elección popular que reflejara la presencia de todos los pueblos de la nación (ocupación de gran parte del territorio por las armas españolas), puede decirse que la elección de los miembros de la Asamblea fue semejante a la que suele hacerse en las instituciones académicas: por los títulos del saber, la virtud o el patriotismo. Esta situación un tanto anómala, llevó a dicho autor a decir que la Asamblea adoleció de una representatividad deseable. Aquí sus palabras:
Si se examina con objetividad la forma cómo fueron escogidos en 1822, tanto los representantes por los departamentos libres como los suplentes nombrados con la finalidad de acoger a los ciudadanos de las zonas que aún no lo estaban, se verificará que existió una notoria inautenticidad. La incorporación de los diputados electos se hizo por las respectivas mesas preparatorias electorales. El personal del Congreso estuvo en gran parte compuesto por ciudadanos residentes en Lima, muchos de los cuales ni siquiera conocían geográficamente las provincias que les fueron otorgadas. Es decir, la primera Asamblea Constituyente estuvo muy lejos de ser representativa. (Basadre, 1980, p. 19, nota n.° 6)86
Esta limitación, ciertamente, no atentó contra la calidad e idoneidad de la inédita institución. Al contrario, como señala Raúl Porras (1974): “la Asamblea de 1822 es acaso la más docta corporación que ha tenido la República, verdadero areópago de la nacionalidad” (p. 79). En su heterogénea composición encontramos abogados, eclesiásticos, médicos, militares, comerciantes, empleados, propietarios particulares y otros profesionales. Once diputados titulares y tres suplentes eran peruanos de nacimiento; nueve eran oriundos de la Gran Colombia; tres eran argentinos; uno era chileno; y uno era natural del Alto Perú (Porras, 1974, pp. 30-31; Basadre, 1980, p. 17). Según refiere Juan Pedro Paz Soldán (1920) estos extranjeros fueron como peruanos por ley de 15 de febrero de 1825 (un año después de proclamada la dictadura de Bolívar). Ellos eran: Tomás Forcada, José Gregorio Paredes, Miguel Tenorio, Jerónimo Agüero, Francisco Argote, Miguel Otero, Felipe Antonio Alvarado, Ignacio Ortiz de Zevallos, Ignacio Alcázar, José Joaquín de Olmedo y Alejandro Crespo87.
De los representantes que a continuación mencionamos, muchos de ellos —dice Porras (1974)— no solo eran antiguos y conspicuos liberales, sino también acérrimos defensores de la libertad y que podían exhibir como credenciales los más altos títulos patrióticos88. Rodríguez de Mendoza había enseñado en el renombrado Convictorio de San Carlos valores libertarios a una generación luchadora; Luna Pizarro había conspirado con Pezet, con Unanue y con Tafur (médicos todos) en San Fernando; Sánchez Carrión y Mariátegui eran de los más audaces carolinos de su época y acababan de ganar la batalla de la República contra Monteagudo89; Pérez de Tudela había redactado el Acta de la Independencia, aprobada por el cabildo limeño el 15 de julio de 1821. La Asamblea era, además, preclara por los timbres del saber y de la probidad de sus integrantes. La mayoría de sus miembros había respirado el ambiente fresco y revitalizante de los claustros universitarios. El maestro chachapoyano Rodríguez de Mendoza (que había realizado la más decisiva transformación filosófica de la mentalidad peruana) pudo contar con más de una veintena de discípulos en los escaños en la sesión inaugural, en la que le eligieron presidente de la mesa provisoria; Unanue y Méndez y Lachica representaban a la generación brillante del dieciochesco Mercurio Peruano; el sabio Paredes (autor de las famosas y útiles Guías), Tafur y Pezet a las matemáticas y la medicina; Arce, Cuéllar, Pedemonte (rector de San Carlos) y Luna Pizarro, eran los más rotundos prestigios del clero; Olmedo iba a preparar en el Congreso una victoria para su mejor canto; Araníbar, Pérez de Tudela, Galdeano, Figuerola (que había hecho el brillante elogio a San Martín) y Sánchez Carrión, representaban al foro; Ferreyros brillaría en la república como hombre de letras (Porras, 1974, p. 66).
Ante esta pléyade de valiosos e importantes personajes (que a partir de entonces se denominaría la “representación nacional”) el atribulado Protector dimitió su cargo, con frases magnánimas que ya hemos glosado en páginas anteriores. Con razón o sin ella, Leguía y Martínez (1972) reprocha al Congreso el haberle negado al general argentino la posibilidad de dirigir transitoriamente los destinos del país en un instante tan crítico:
El Congreso ni por razones de política, ni por razones de orden público y por último ni por consideración y gratitud a los servicios que había prestado al Perú en la iniciación de la gesta libertadora, le confió a San Martín el mando provisional del Estado hasta que hubiera de elegirse al peruano que debía encargarse de la Magistratura Suprema. Por el contrario, expidió un decreto el día 21 del mismo mes de setiembre para el nombramiento del órgano ejecutivo que estaría formado por tres personas, quienes constituirían la primera Junta de Gobierno del Estado independiente. (Leguía y Martínez, 1972, p. 97)
Un caso anecdótico por estos días de intenso trajín, fue la juramentación de Unanue; lo referimos por la importancia del personaje y por lo que él generó en el seno del Congreso. Como bien sabemos, el connotado sabio fue elegido representante por el departamento de Puno, aún sin dejar sus funciones ministeriales90. Esta situación le impidió incorporarse a la Asamblea conjuntamente con los demás diputados electos. Pero sí lo hizo el día 23 en que presentó sus credenciales para tomar asiento en el escaño que le correspondía. Pero había un requisito esencial que debía llenarse conforme a los reglamentos vigentes. Un ministro de Estado no podía terminar sus funciones sin el previo juicio de residencia que debía o no eximirlo de responsabilidad. La cuestión previa al juicio de residencia planteada por un meticuloso legalista, no llegó a prosperar en el Congreso, pues era tal el prestigio y la personalidad de Unanue que ante él cedieron las consignas escritas, uniformándose la opinión de la Asamblea por el ingreso inmediato del representante de Puno. Los diputados más conspicuos como Sánchez Carrión, Mariátegui, Pezet, o sea, el grupo dirigente del Congreso, los más autorizados, los más capaces, los que orientaban a la opinión pública dentro y fuera del sagrado recinto, fueron los que rechazaron la cuestión previa del juicio de residencia, “considerándola ofensiva para la honorabilidad y la investidura del ministro, y contraria al sentimiento general de los peruanos”. Con cierto patriotismo, fruto de la antigua consideración al sabio, Sánchez Carrión, con la frase encendida del tribuno, exclamó dirigiéndose a Unanue: “Viejo respetable, tan conocido en la Europa y cuya elocuencia nos ha encantado siempre; célebre entre las gentes de letras”; y agregó “Repetiré mil veces que el nombre de Unanue es muy respetable y en el acto debe recibírsele el juramento y comenzar el ejercicio de su diputación”. El acuerdo del Congreso fue inmediato, juramentando el ilustre sabio el mismo día 23 (citado por García Rosell, 1978, p. 96).
Casi desde el inicio y con claridad hasta 1823, el Congreso estuvo controlado por su presidente, Luna Pizarro, y por un hombre de leyes de enorme prestigio intelectual y revolucionario, Sánchez Carrión quien no solo sería “el ave que enseña su plumaje” (según metáfora de Basadre) sino también la voluntad que se traduce en acción; ambos, convencidos y fervorosos republicanos91. Como lo señala acertadamente Porras (1974, p. 63), el primer momento de la Asamblea fue de arrebato lírico, de exaltación gratulatoria a los héroes, espadas de honor, inscripciones lapidarias, citas clásicas, repiques de campanas y la oratoria encendida de los corifeos de la libertad, mojada de ternura en la “leche del Contrato Social” (frase del filósofo e historiador escocés Thomas Carlyle) y rebosante de humanidad, de justicia, de patriotismo y de filantropía. Sin embargo, con el correr del tiempo este temperamento casi afín, poco a poco fue resquebrajándose hasta mostrar visibles variantes entre liberales doctrinarios, rivaagüerinos y bolivarianos. Basta revisar las actas del Congreso para percatarnos de ello92.
¿Cuál fue la principal tarea del prócer Congreso? Aquella que, indudablemente, lo prestigia y perenniza en los anales de la historia nacional: la promulgación de la primera Carta Política en noviembre de 1823, que no solo estableció el ordenamiento político-jurídico mantenido esencialmente hasta nuestros días, sino que ha sido considerada como el más genuino de los documentos producidos en el pensamiento revolucionario de la Independencia93. Para los febriles constituyentes, saturados del Espíritu de las Leyes y del Contrato Social, era en la facultad de darse las leyes, en la que un pueblo palpaba la realidad de su soberanía. Además, en los ejemplos clásicos habían aprendido que se llamaban “ciudades libres” a las que se gobernaban por leyes. En este sentido para ellos la imagen de la Patria se confundía con la imagen de la Ley. “El patriotismo —escribió Sánchez Carrión— no envuelve en último análisis otros deberes que los que consigna el fructuoso y constante estudio de sus leyes”; y el presidente de la Asamblea, Carlos Pedemonte y Talavera, al iniciarse el debate de la Carta, enaltece la tarea legislativa que van a realizar, afirmando: “Un país independiente, por el simple hecho de serlo no es todavía para sus moradores una patria. Patria es una asociación de individuos formada bajo leyes justas”. Y cuando se refiere a la necesidad de terminar su labor antes de que concluya la guerra de la emancipación, exclama: “¡La campaña decisiva va a abrirse! Plegue al cielo que cuando destruído el último enemigo vengan nuestros victoriosos guerreros a decirnos: Está conquistada vuestra Independencia; y nosotros podamos responderle: También ya está construída vuestra Patria” (citado por Porras, 1974, p. 98).
Con criterio acertado, la Asamblea juzgó que, previamente, debían sentarse las Bases del sistema político que se adoptaría para la Constitución. Con este objeto, el presidente Luna Pizarro designó una Comisión ad hoc compuesta por él mismo, Unanue, Olmedo, Pérez de Tudela y Figuerola. Los más reposados, y los más conspicuos. Los agitados, los radicales como Sánchez Carrión, las discutirían después, pero aceptándolas con ligeras modificaciones. Mientras la Comisión trabajaba en su delicado encargo y ante la carencia de normas que regularan la vida pública (solo existían los decretos y leyes del Protectorado), Sánchez Carrión quiso salvar el escollo presentando una moción en la sesión del 5 de octubre, concebida en estos términos:
Quedan, por ahora, en su vigor y fuerza todas las leyes, decretos, órdenes y reglamentos que regían antes de la instalación del Congreso, siempre que no estén en oposición con el nuevo orden de cosas y con las declaraciones que se expidan por la autoridad nacional, constituída por la expresa voluntad de los pueblos. (Citado por Porras, 1974, p. 77)
El camino de la República continuaba, por tanto, al amparo de aquella legislación sanmartiniana, hasta que el Congreso adoptara el sistema definitivo de la vida política.
Después de casi seis semanas de ardua labor, la Comisión dio por concluido su cometido. En efecto, ante la expectativa general de los diputados, el 4 de noviembre se leyó el dictamen respectivo que no era otra cosa que el cuerpo de las Bases de la futura Carta Magna94. Integrado por 24 items expuestos esquemáticamente, allí se exponían los principios rectores del espíritu republicano, representativo y popular que adoptaría la Constitución. Las Bases, nombre que se asumió para designar las normas estimadas como fundamentales para la organización del nuevo Estado, tenían carácter transitorio, desde que existían aún varios departamentos que estaban sometidos a la acción prepotente y depredatoria de los españoles. En las Bases, sin embargo, se fijaron los principios directrices de la flamante organización estatal. El 16 de diciembre de 1822 el virtuoso documento fue sancionado por unanimidad por la representación y rubricado con “vivas y aplausos a la patria soberana”.
Sobre estas Bases, pues, surgiría la nueva estructura política y jurídica del Perú. Pero, ¿cuáles eran los postulados directrices del documento? Entre otros, las Bases proclamaron tres grandes principios: de autonomía, de liberalismo republicano y de representación popular. “La soberanía reside esencialmente en la nación: ésta es independiente de la monarquía española y de toda dominación extranjera y no puede ser patrimonio de ninguna persona ni familia”, se lee en la introducción del documento. Significaba esta declaración la muerte de las aspiraciones monárquicas que mantenían todavía latentes algunos miembros de la nobleza y del entorno de San Martín. De aquellos tres principios genéricos, se desprendieron los siguientes preceptos dirigidos a tutelar la libertad de los ciudadanos, la libertad de imprenta, la seguridad personal y de domicilio, la inviolabilidad de la propiedad, el secreto de la correspondencia, la igualdad ante la ley, la voz activa y pasiva de todos los ciudadanos en las elecciones populares, la igual repartición de contribuciones en proporción a las facultades de cada uno, el derecho de libre petición a los poderes públicos, la independencia del poder judicial, el establecimiento del catolicismo como religión oficial del Estado, la abolición de las confiscaciones, de las penas crueles e infamantes, de los empleos y privilegios hereditarios, del comercio de negros, la libertad de vientres, etcétera. Se proclamó, asimismo, el principio de la división de poderes. Los próceres no olvidaron, en las Bases que juraron solemnemente, el postulado de que todos tienen necesidad de la instrucción, debiendo ser atendida por la sociedad y asistida por el Estado. Como afirma Santiago Távara (1951) “estas Bases de la Constitución futura no podían ser más liberales: se llevaron de encuentro el azote, las vinculaciones, los empleos venales y hereditarios (o de juro de heredad) y muchos otros privilegios” (p. 85).
Ciertamente, los citados postulados fueron analizados, discutidos y comparados. En un sobrio y conciso Manifiesto a los pueblos del Perú (1823), firmado el 19 de diciembre del año anterior, por Juan Antonio de Andueza, como presidente del Congreso y por Gregorio Luna y Sánchez Carrión como secretarios, mostraba en tono patético los peligros que representaban el “tránsito de la esclavitud a la libertad”. Con generoso y sobredimensionado idealismo decía que las Bases aprobadas representaban los “principios eternos de la justicia natural y civil”. Y concluía:
Sobre ellos se levantará un edificio majestuoso que resista a las sediciones populares, al torrente desbordado de las pasiones y a los embates del poder; sobre ellos se formará la Constitución que proteja la libertad, la seguridad, la propiedad y la igualdad civil. Una Constitución, en fin, acomodada a la suavidad de nuestro clima, a la dulzura de nuestras costumbres y que nos recuerde esa humanidad genial de la legislación de los Incas, nuestros mayores. (p. 6)
El documento preliminar exhalaba, pues, la fe en la bondad ingénita de los hombres que tanto ponderaba Juan Jacobo Rousseau en su idílica teoría sobre el “Buen Salvaje”.
La tiranía, sombra de los monarcas, fue exorcizada desde todos los ángulos de la Asamblea. Era el momento —dice Jorge Guillermo Leguía (1972)— de la embriaguez oratoria y de las bellas palabras, de los siempres y de los nuncas. “El ejercicio del Poder Ejecutivo nunca puede ser vitalicio y mucho menos hereditario”, dicen las Bases de la Constitución. “La reunión del Poder Legislativo con el Ejecutivo —advierte el fraile Méndez y Lachica— en una persona o corporación es el origen de la tiranía” (citado por Porras, 1974, p. 83). Y Sánchez Carrión que llevaba el trémolo de la Asamblea, se yergue en la tribuna para definir, con palabras aprendidas del citado Rousseau, los inalienables derechos de la soberanía y anatemizar, en el ámbito del Congreso, repentinamente enmudecido por el contagio de su verbo cálido y tribunicio, el gobierno unipersonal. “¡Señor —exclama— la libertad es mi ídolo y lo es del pueblo, sin ella no quiero nada: la presencia de uno en el mando me ofrece la imagen abominable del Rey, de esa palabra que significa herencia de la tiranía!” (citado por Porras, 1974, p. 87). De esta manera, el tribuno de Huamachuco se erigió incuestionablemente como el primer y más grande orador de la Asamblea y aunque no hayan quedado —dice este autor— sino breves resúmenes de sus discursos, en ellos se siente aún el énfasis generoso que los animó y el prestigio de una palabra hablada gallardamente y en alta voz.
Aprobado el documento-madre, inmediatamente la Asamblea nombró una Comisión de Constitución para que se dedicara a elaborar la tan urgente y ansiada Carta Magna. Las Bases fueron lo provisional, lo inaplazable en un Estado naciente y —como ya se dijo— sin normas de vida política propias. Fueron elegidos para cumplir tan elevado (y delicado) encargo Rodríguez de Mendoza (que la presidió), Pérez de Tudela, Pedemonte, Figuerola, Paredes, Mariátegui y Sánchez Carrión95. Sin embargo, sería este último —como lo recalca Porras en su ensayo biográfico— quien en realidad conduciría el quehacer de la Comisión durante los casi cuatro meses que demandó su labor. Con su ciencia jurídica y social incuestionablemente sólida, con su inocultable culto a los tratadistas de derecho franceses y sajones, con la fluidez de su brillante pluma y, sobre todo, con su inalterable fe republicana, el ilustre hijo de Huamanchuco se constituyó en el principal autor y ponente de la Constitución. Él será el encargado, con serena y noble doctrina, de escribir el Exordio de la Ley Fundamental y los dictámenes que la sustentaban, echando con ello los cimientos de nuestra ciencia constitucional (Porras, 1974, pp. 32-33). El 8 de abril de 1823, quedó listo el proyecto para su discusión en la Asamblea; a la semana siguiente, el día 15, se inició el debate, continuando todo el resto del año. Se interrumpió la labor en junio debido a causas ajenas a la Asamblea; se reanudaron en el mes de octubre (con Bolívar ya en Lima) y, después de ser aprobado por el pleno del Congreso (en sus 194 artículos), quedó listo el texto constitucional para su promulgación, refrendación y juramento el 12 de noviembre de 182396.
¿Cuál es la trascendencia histórica del primer Congreso Constituyente del Perú y qué significa, históricamente, para la ulterior vida jurídica y política del país? A pesar de sus errores (que fueron muchos) y de sus transacciones con la cruda realidad, no puede regatearse admiración a la obra conjunta de los congresistas de 1822 y, particularmente, a su líder nato que fue José Faustino Sánchez Carrión. ¿Y qué de la Carta Magna? Aparte de su estructura jurídica (que inspiró a las posteriores constituciones liberales que se dictaron) se advierte en ella no solo una preponderancia del Poder Legislativo, sino también un permanente culto a la ideología de la libertad, al humanitarismo fraternal tan hondamente peruano, a la religiosidad profunda, a la dignidad moral de que quisieron investir a la República y a la ciudadanía con el respeto de la ilustración y de la virtud. Simultáneamente, se advierte en los congresistas aquel ejemplo que dieron la mayor parte de ellos, como auténticos paladines de la nacionalidad, acerca del sentido de la respetabilidad e inviolabilidad de sus cargos. En efecto, mientras ejercieron la representación —subraya Raúl Ferrero (2003)— renunciaron a todos otros cargos o comisiones; no cobraron dietas sino en las grandes urgencias; vistieron de negro (en señal de su declarada sobriedad); exigieron jueces para mantener la fuerza de su función; y dieron pruebas de desprendimiento cediendo especies de su uso personal para las necesidades de la guerra. Tal, la obra afirmativa e invalorable de los ideólogos de 1822, que trasciende en ejemplo perdurable de patriótica y cívica enseñanza (Leguía Iturregui, 1922, p. 73; Porras, 1974, p. 34; Ferrero, 2003, p. 106).
Pero, también hay otros autores, no menos importantes, que desde su particular perspectiva han proferido graves juicios históricos contra la composición y el desempeño de la magna Asamblea (Manuel Nemesio Vargas, Luis Alayza Paz Soldán, Gaspar Rico y Angulo, Rubén Vargas Ugarte, entre otros). Sostienen, por ejemplo, que el Congreso estuvo conformado por teóricos ilusos, por intelectuales que no eran políticos o por demagogos virulentos e impertinentes. Ellos —agregan— fueron responsables de las vicisitudes que vivió el Congreso “porque su espíritu estaba impregnado de sofismos [sic] extraterrestres”. Alayza y Paz Soldán (1944) escribe:
El Congreso nacido al calor de las más intensas emociones libertarias y dentro de un clima tempestuoso y saturado de liberalismo, había de dejarse alucinar por el fantasma de una libertad prematura y el terror pírrico al poder arbitrario. Así, la Asamblea sería campo propicio para el desborde del reprimido espíritu libertario, convertido en furioso liberalismo que, al desenvolverse sin orientación, irreflexiblemente, acabaría por destruir al mismo Congreso. (p. 49)
Por su parte, Manuel Nemesio Vargas (1903-1940) señala: “El primer Congreso del Perú quiso gobernar. No le bastó que su voz fuera la ley y, queriendo tener bajo su dominio a las autoridades, instituciones y a los ciudadanos, perdió sus augustas prerrogativas” (p. 215). Sin embargo, el juicio del jesuita Rubén Vargas Ugarte (1966), resulta mucho más contundente, amplio y esclarecedor. Dice:
A nuestro juicio, pocas asambleas legislativas han contado con figuras tan eminentes como este primer Congreso. Las mediocridades que son las que más abundan no escasearon en él, pero fueron menos en número. El error fundamental de esta asamblea lo han señalado acertadamente Manuel Jesús Obín y Ricardo Aranda, editores de los famosos Anales Parlamentarios del Perú, fue un absurdo político el absorber, primero, toda la soberanía para repudiarla después en toda su integridad. La contradicción parece haber regido sus actos. Su primer decreto fue declarar que la soberanía residía en la Nación y su ejercicio en el Congreso y luego pasó a rendir esa soberanía ante el aparato de la fuerza militar que le imponía un caudillo para el ejercicio del mando supremo, legalizando así la primera de las revoluciones de cuartel que, para desventura nuestra, se han repetido con excesiva frecuencia a lo largo de nuestra historia. El ídolo eregido entonces, vino a ser también por nueva contradicción el tirano de Trujillo y a los decretos de glorificación sancionados en febrero de 1823, se sucedieron los de proscripción y odio del mes de agosto. Rehúye en un principio la venida del Libertador del Norte, para luego mostrarse suplicante y depositar todos los poderes en él. A este error habría que añadir otro. Su laboriosidad es manifiesta, pero, por efecto del omnímodo poder que se atribuía, intervino en multitud de asuntos y de pormenores administrativos que no debieron distraer su atención y que eran totalmente ajenos a la dignidad de un Parlamento. Funesto ejemplo que han seguido y siguen nuestros legisladores, ocupados en trivialidades que no exigen mayor esfuerzo y dejando a un lado los grandes problemas nacionales que exigen meditación y estudio. Por último, el 18 de noviembre de 1823 se sancionaba la Constitución o Ley Fundamental del Estado, pero incidiendo de nuevo en flagrante contradicción. Apenas había sido promulgada en la capital, cuando el mismo Congreso demanda un poder dictatorial y dispone que callen las leyes ante la nueva autoridad norteña que —a su juicio— va a salvar a la República. (T. VI, p. 241)
Finalmente, Gaspar Rico y Angulo, periodista español director de El Depositario, ironizando sobre el quehacer del Congreso escribió la siguiente cuarteta (después del desastre bélico de Moquegua):
Congresito cómo vámos
con el tris tras de Moquegua
de aquí a Lima hay una legua
¿Te vas? ¿te vienes? ¿nos vamos? 97
Al margen de los juicios a favor o en contra que acabamos de reseñar sumariamente, es menester afirmar que el primer Congreso Constituyente tuvo una existencia azarosa, destino al que no escaparían muchos otros que existieron en los dos siglos siguientes. En medio de una etapa turbulenta, de las sonrisas sarcásticas de los españoles y del pretorianismo que iniciaba su obra de idolización de la fuerza bruta, la Asamblea Constituyente duró 17 meses y 21 días, habiendo celebrado 536 sesiones, muchas de ellas borrascosas, en una atmósfera de optimismo y pesimismo, de gallardía y de ilusión, de valentía y también de tono ridículo. En el desempeño de su grave misión, puso de manifiesto su amplia capacidad como cuerpo deliberador, al mismo tiempo que su poca aptitud como organismo directivo de la guerra y de la política. Su periplo fue la de instalarse en Lima el 20 de setiembre de 1822, trasladarse al Callao el 19 de junio de 1823, seguir a Trujillo el día 26 y sufrir su disolución el 19 de julio de aquel año, cargado de enormes y gravísimos sinsabores. Sería restablecido después en Lima (6 de agosto), recesándose en febrero de 1824, para volverse a reunir en febrero de 1825 y clausurarse a los pocos días en el mes de en marzo. Suerte que —como bien sabemos— seguirían después los Congresos de la República sumidos en el oleaje de la anarquía y de las dictaduras, del servilismo y de la inocuidad, de la apatía y del desdén.
Por otro lado, el mencionado Congreso no actuó desconectado de los acontecimientos que se sucedían con la rapidez de los períodos turbulentos y difíciles de la historia. Aunque sus miembros hubieran querido desconocer la realidad, los hechos cotidianos eran tan graves que aparecían influyendo sobre el destino y el desempeño de la Asamblea. Más allá de las fronteras del recinto congresal bullía la guerra entre patriotas y realistas, con todas las consecuencias psicológicas que provoca una contienda enconada, como la que mantenían hombres que aparecían como insurrectos, frente a otros y que, fanáticamente, defendían el principio de la autoridad del rey. En medio del fragor de las ambiciones personales, de los desastres militares (como el de Torata y Moquegua), de la irrupción del caudillismo castrense (con Riva Agüero a la cabeza) y del descontrol político, el Congreso Constituyente tuvo que cumplir la obra teórica más importante por entonces: la de dar al Perú una Constitución. Con ella —repetimos— cobraría personalidad política la naciente nacionalidad98.
Históricamente —afirma José Agustín de la Puente Candamo (1971)— la primera Asamblea Constituyente encarna los ideales de la revolución. Es la realidad jurídica y política consecuencia de un largo proceso social en que luchan dos mentalidades, dos filosofías, dos concepciones contrapuestas de la vida. Aquella Asamblea, que no olvidaba a su congénere de Francia y a la Convención de Filadelfia, rompía el ritmo del orden colonial mediante la negación de instituciones que emanaban del espíritu teocrático y de la monarquía absoluta que representó Fernando VII99. Los hombres que fueron actores en la gestación de la República, veían cumplidos sus ideales. Y fue aquella Asamblea, de ciudadanos selectos, la que proclamó, con lealtad a los principios democráticos del Contrato Social, “que la soberanía radicaba en la nación”. En esa forma, repudió al francés Jacobo Benigno Bossuet cuya filosofía teocrática había sustentado el origen divino de las monarquías. La igualdad cedía el puesto al privilegio: los intereses se eclipsaban ante el impulso innovador de la revolución.
Para concluir el presente apartado, es pertinente mencionar cuatro circunstancias que rodearon el quehacer del cónclave liberal y que Jorge Basadre (1980), sintetiza de manera magistral:
a) El Congreso inaugurado en setiembre de 1822 fue el símbolo de una rebelión social frente al sistema de base aristocráticoestamental; es decir, implicó formalmente el desmantelamiento del antiguo régimen virreinal. Desde un punto de vista teórico, la burguesía criolla (acompañada por unos pocos y resignados sobrevivientes de la antigua nobleza hereditaria, a la que se le había escapado el comando del proceso independentista) obtuvo el usufructo del poder político con una cobertura liberal.
b) Aunque en los legisladores de 1822 hubo la prudencia de no ensayar el modelo federal (no obstante el proyecto presentado por Sánchez Carrión), intentaron el debilitamiento de la función de gobernar del Ejecutivo, en una lógica reacción del sistema colonial y contra los partidarios de la aplicación del régimen monárquico en el Perú independiente que habían rodeado a San Martín.
c) No obstante la beligerancia verbal (a menudo demoledora e hiriente), es asombrosa la falta de jacobinismo en el seno del Congreso. Ningún acto de crueldad ni de sangre mancha la blanca hoja de su historia, en tres años de guerra encarnada. Sus gestos más atrevidos se reducen a “exonerar” (no usa siquiera el de “destituir”) del mando a Riva Agüero y a “proscribir” a Monteagudo. En plena guerra mortal, dicta una ley de amnistía a favor de los “que hayan exhibido doctrinas contrarias a las suyas” y prohíbe “confiscar los bienes de los españoles que tengan hijos”.
d) Probablemente el punto más cuestionado de su angustioso accionar, fue delegar el poder político en un triunvirato amorfo e inconsistente, cuando todas las circunstancias del momento (políticas, militares, sociales, económicas e internacionales) aconsejaban concentrarla en una sola persona revestida de las máximas garantías y avalado por la representación nacional (gobierno unipersonal). Ello —como veremos de inmediato— no solo le restó al Congreso credibilidad ante la opinión pública, sino también la animosidad del sector más radical del ejército que desembocó en el tristemente famoso motín de Balconcillo que llevó al poder al citado Riva Agüero.
2.3 La fugaz Junta Gubernativa de 1822
Casi desde su gestación hasta su disolución brusca y definitiva en febrero de 1823 (apenas gobernó cinco meses y a sobresaltos), la Junta estuvo acompañada no solo de los resquemores de las cabezas más visibles del ejército, sino también de la repulsa de amplios sectores de la opinión pública nacional. Efectivamente, al dimitir San Martín el mando político (20 de setiembre de 1822), el Congreso Constituyente (al día siguiente de su instalación a las once de la noche) decidió “por convenir así a la independencia y libertad del Perú”, conservar en su seno los poderes Legislativo y Ejecutivo “hasta la sanción de la Constitución para cuyo fin se ha congregado”100. ¿Quién fue el autor de la iniciativa? En la sesión del 21 de setiembre (un día después de la indicada dimisión), el clérigo ilustrado Mariano José de Arce Bedrigal, citando en su apoyo a la trilogía Payne, Montesquieu y Jefferson, planteó la necesidad de que el Congreso conservase tanto el poder Legislativo como el Ejecutivo. Proponía, para hacer realidad su proyecto,
que el Ejecutivo estuviera compuesto por una comisión de tres individuos de su seno, la misma que debería concluir una vez que la Constitución fuese promulgada, quedando impedidos sus componentes de intervenir en el nuevo Ejecutivo, que se organizaría conforme a la norma fundamental. Tomado el Poder Ejecutivo en este sentido no conviene a un Congreso Constituyente desprenderse de él, para ponerlo en manos extrañas, sin la forzosa designación y limitación de sus peculiares atribuciones, ni mucho menos dejar de asociarlo con un cuerpo consultivo para el mayor acierto de sus funciones. Proceder de otro modo sería lo mismo que aventurarse a un evidente peligro de comprometer la libertad y seguridad del Congreso Soberano que, en todos los casos, debe gozar de una total independencia constitutiva. (Citado por Villavicencio, 1955, p. 87)
El problema político y jurídico planteado por Arce, dio origen a un elevado y candente debate que puso de manifiesto la información y los conocimientos de Pezet, Larrea y Loredo, Méndez y Lachica, Paredes, Pedemonte, La Hermosa, Mariátegui, Luna Pizarro y Sánchez Carrión. La propuesta —observó Méndez y Lachica— no solo resultaba grave, sino también sumamente extraña y fuera de la realidad.
Retener en sí la representación nacional, aunque sea por poco tiempo, el ejercicio del poder Ejecutivo junto con el Legislativo, es cosa que a ningún Congreso se le ha ocurrido, ni en Europa ni en América, desde que la ilustración enseñó a las naciones la necesidad de dividirlos para consultar la imparcialidad y el mejor acierto de las leyes, y cerrar las puertas a las arbitrariedades del despotismo. (Citado por Porras, 1974, p. 76)
Advirtiendo sobre los peligros de la unión del Legislativo con el Ejecutivo, que conducen a la tiranía, agregó:
De aquí el odio general con que miran hoy todas las naciones a la monarquía absoluta; de aquí los increíbles sacrificios que ha hecho y está haciendo el Perú por sacudirse del yugo monárquico. No nos mande quien haga las leyes, ni haga las leyes quien nos mande, es el grito de todos nuestros pueblos, conformes en esto con los demás de América. (Citado por Porras, 1974, p. 76)
Con sutileza un poco escolástica, como convenía a su condición de eclesiástico oratoriano, Tomás Méndez y Lachica planteó diversas distinciones sutiles. Dijo:
Los diputados que iban a integrar la Junta ¿quedaban separados del Congreso y sin tener parte en el Poder Legislativo o conservan el uso de ambos derechos? Si fuese lo primero, esto sería privarlos de los poderes que les dieron sus respectivos comitentes contra el objeto a que se dirigen. Ya entonces no serían del cuerpo del Congreso y vendríamos a caer en lo contrario de lo que intenta la propuesta que se discute, esto es, que no salga del Congreso el poder Ejecutivo. (Citado por Porras, 1974, p. 77)
Los diputados que comulgaban con la propuesta de Arce (que era la misma de Luna Pizarro) invocaron el argumento de la realidad. Decían: “San Martín había retenido, conforme al Estatuto de Huaura, dos poderes. ¿Por qué no habría de ocurrir lo mismo con el Congreso, cuando aún no existe Constitución para regular la vida del Estado?” (citado por Porras, 1974, p. 77).
Carlos Pedemonte sostuvo la necesidad de que el Congreso depositase en otras manos el ejercicio del Ejecutivo. La tesis quedó reforzada con la participación de Sánchez Carrión y Mariátegui. El primero proclamó que la “rigurosa distinción de poderes” era un dogma en política. Mostró el grave riesgo que corría la nacionalidad al aceptarse la tesis de reunir en una misma persona o entidad la facultad de dictar leyes y la de ejecutarlas.
La soberanía es, desde luego, una e indivisible: reside esencialmente en la nación y su ejercicio en el cuerpo que legalmente la representa. Pero así como ésta no es razón para que el Congreso conserve la potestad jurídica, tampoco lo es para que mantenga la ejecutiva. (Citado por Porras, 1974, p. 78)
Se inspiraba en el ejemplo histórico de Francia, manifestando que
marañones de sangre corrieron en la capital y en las provincias, solo por haber retenido esa asamblea la facultad de hacer y ejecutar las leyes, y por cierto que sin esta ominosa y reprobable confusión, Marat y Robespierre, no habrían proyectado reducir a menos de un tercio la población de aquel famoso reino. (Citado por Villavicencio, 1955, p. 126)
En tono patético, el ilustre hijo de Huamachuco describió las consecuencias del despotismo que engendraría la decisión del ejercicio de dos poderes por la Constituyente. Creía que la comisión, extraída del Congreso, provocaría una sucesión de organismos políticos semejantes, que serían las causas más eficientes para la violación de los derechos, para que surgieran facciones que se devorarían entre sí y para que las ambiciones fueran estimuladas.
Evitemos, pues, a tiempo los males, escarmiéntennos ajenas desgracias, dirijamos nuestros primeros pasos con imparcialidad, justicia de desprendimiento y el mundo entero vea que la salvaguardia de las libertades del pueblo es nuestro estudio, así como la sabiduría de los sublimes genios que descollaron en política, nuestra guía. (Citado por Villavicencio, 1955, p. 127)
Por su lado, Francisco Javier Mariátegui, otro republicano que honró la obra de los próceres de la magna Asamblea, aprobó las ideas de Sánchez Carrión, agregando que la división de poderes era el único medio de afianzar la libertad. “Señor, la división de poderes, la rigurosa demarcación de sus límites es hoy un imperativo para nuestro pueblo” (citado por Villavicencio, 1955, pp. 126-127).
Luna Pizarro se adhirió a la tendencia de la retención de poderes en el seno del Congreso101. Formuló un argumento sofístico al sostener que un poder Ejecutivo independiente no tendría limitación en sus actos por ausencia de normas que regularan su conducta, pero las mismas razones podían aplicarse a la Junta que saliera del Congreso, desde que la Constitución no había sido promulgada. Luna Pizarro triunfó por su ascendiente político, más que por sus argumentos, a pesar de su ágil inteligencia. La propuesta de Arce fue sometida a votación, siendo aprobada por una mayoría abrumadora, con los votos en contra de Rodríguez de Mendoza, Arias, Bedoya, Mariátegui, Sánchez Carrión, Echegoyen, Pezet, Pérez de Tudela, Larrea y Loredo, Méndez y Lachica, Muñoz, Tafur, Ophelan, Pedemonte, Herrera, Oricain y Olmedo102.
Aprobada la iniciativa, inmediatamente se dio un decreto cuyos nueve artículos rezan así:
1. El Congreso Constituyente del Perú conserva provisoriamente el poder Ejecutivo, hasta la promulgación de la Constitución para cuyo fin se ha reunido, o antes, si alguna circunstancia lo exigiere a juicio del Congreso.
2. Administrará el poder Ejecutivo una comisión de tres individuos del seno del Congreso, elegidos a pluralidad absoluta de sufragios.
3. Esta comisión no rotará entre los individuos del Congreso.
4. Los elegidos quedan separados del Congreso, luego que presenten el juramento respectivo, pudiendo volver a su seno, absuelta que sea su comisión y la correspondiente residencia.
5. Esta comisión consultará al Congreso en los negocios diplomáticos, y cualquiera otros asuntos.
6. El primer nombramiento que constitucionalmente se hiciere para administrar el poder Ejecutivo, no podrá recaer en ninguna de las personas de la comisión.
7. Se denominará esta comisión JUNTA GUBERNATIVA DEL PERU.
8. Su tratamiento será el de Excelencia.
9. Se sancionará por el Congreso el reglamento que fije los límites del poder que le confía103 (citado por Denegri, 1972, p. 217).
En la misma sesión maratónica del 21 de setiembre y a la media hora de haber dado el decreto que autorizaba la creación de la Junta Gubernativa, se procedió a nombrar a las personas que debían integrarla: José de La Mar y Cortázar (militar de carrera)104, Felipe Antonio Alvarado (próspero comerciante radicado en Lima)105 y Manuel Salazar y Baquíjano (criollo noble)106; los tres, eran patriotas de destacados méritos personales. Uno de ellos debía ejercer la Presidencia; esta recayó en la persona del mariscal de campo José de La Mar107. A todas luces, la conformación de este triunvirato (“amorfo e indeciso”, lo calificó Jorge Guillermo Leguía en 1922), fue apoyada decididamente por Luna Pizarro, a la sazón cabeza máxima de la Asamblea108.
Santiago Távara (1951) tan duro en enjuiciar otras situaciones, considera que la elección fue acertada, pues se trataba de “tres hombres honrados y respetables, que gozaban de la confianza pública y que nunca la traicionaron” (p. 66). En un principio, el nombramiento de la Junta fue acogido con entusiasmo, especialmente por hallarse entre los elegidos el general La Mar, cuyo prestigio significaba una esperanza nacional. Sin embargo, al poco tiempo las expectativas cifradas en la Junta serían defraudadas y su autoridad se vería restringida, entrabada y mellada por una excesiva dependencia del Congreso, lo que en el fondo —dice Denegri (1972)— le restó operatividad, tan necesaria en época apremiante de guerra e incertidumbre. Desde esta perspectiva, puede afirmarse que los pensamientos utópicos de los optimistas liberales peruanos y del Congreso en pleno, eran equivocados, al imaginarse que los rumbos señalados para la frágil nave republicana eran buenos y auspiciosos; pronto, estos deseos habrían de disiparse fugaz y dolorosamente frente a la lacerante e imbatible realidad109.
¿Fue un error político del Congreso Constituyente proyectar su poder en la Junta Gubernativa? Todo hace pensar que sí. Por el personal que la integraba, la entidad colectiva resultaba abúlica, vacilante y, sobre todo, carente del necesario e imprescindible poder autónomo. La Junta, como mero apéndice de la Asamblea y manejada sagaz y hábilmente por el clérigo Luna Pizarro, era todo menos ejecutiva110. El mecanismo dilatorio de consultar todo con el Congreso, en los momentos que era indispensable actuar con urgencia, le acarreó el desprestigio público. Sus miembros, a no dudarlo, eran hombres honestos, pero sin los antecedentes políticos exigidos por aquel momento de peligros e indecisiones. Y cuando se habla de antecedentes políticos nos referimos a la sucesión de actos preparatorios de la revolución de la independencia que conferían a sus autores la calidad de influyentes. Aquellos personajes ¿representaban en el Congreso una tendencia política o ideológica?, ¿podían tener la autoridad suficiente sobre el ejército y la nación para enfrentarse a los realistas? La Mar, de carácter hermético y taciturno (calificativo que corresponde a Luis Alayza y Paz Soldán), se había distinguido como brillante soldado al servicio de los españoles; Alvarado tenía el mérito de ser hermano del prestigioso general Rudecindo Alvarado, jefe del Ejército del Sur; y Salazar y Baquíjano podía ofrecer como su mejor galardón ser sobrino del precursor del liberalismo peruano. Prácticamente, eran sombras prestigiadas por los méritos de otros. A Luna Pizarro, sin embargo, le convenía este triunvirato, que se movería de acuerdo a sus deseos e intereses políticos. En opinión de Mariano Felipe Paz Soldán (1962), el fracaso de la Junta Gubernativa se debió exclusivamente al clérigo arequipeño, aun cuando el Congreso, obviamente, no se componía solo de su presidente. Fracaso que Bolívar, con su gran intuición, había imaginado en octubre de 1823. En una carta de esos días a Francisco de Paula Santander, enjuiciando a la citada Junta, le expresó lo siguiente:
La Mar es el mejor hombre del mundo, porque es tan buen militar como hombre civil. Es lo mejor que yo conozco, pero la composición de ese gobierno es mala porque el Congreso es el que manda y el triunvirato es el que ejecuta; es decir, que va a haber una mano para obrar y veinte cabezas para deliberar; yo preveo funestísimas consecuencias de un principio tan vicioso. (Citado por Vargas Ugarte, 1966, t. VI, p. 242)
La delegación del poder Ejecutivo en la Junta Gubernativa fue, pues, un error funesto, porque además de dispersar el mando, sus utópicas atribuciones —como acabamos de ver— eran limitadas, conferidas por el Congreso con criterio egoísta. Esta situación ha llevado a algunos autores (Luis Alayza y Paz Soldán entre ellos) a afirmar que del Congreso salió la cabeza de la demagogia y la anarquía.
El Congreso, que debió haber elegido un Jefe del Ejecutivo a fin de amoldarse a la clásica y exitosa división de los poderes, cayó en la absurda tentación de incautarse la administración y nombró una Junta Gubernativa integrada por tres diputados sujetos a sus designios; ella debía regirse por un reglamento que la privaba de facultades importantes y la obligaba a proceder en todo con acuerdo o, por lo menos, con conocimiento de la Asamblea. El camino inmediato, fue la zozobra, el caos y el desorden casi generalizados111. (1954, p. 79)
Por otro lado, la débil acción de la Junta motivada por razones propias de su organización plural y de las limitadas atribuciones que se le confirieron fue desafortunada. Según Manuel Nemesio Vargas (1903-1940),
desde los primeros pasos la administración se resintió de la falta de facultades. El despacho de los distintos ramos quedó encargado a secretarios de Estado. Nada podía resolverse por sí misma, y cuando el apremio de las circunstancias exigía una resolución inmediata, consultaba al Congreso, el que dictaminaba mal y cuando ya la crisis había pasado. La Junta asumía la responsabilidad en tanto que el verdadero mandatario era Luna Pizarro, el cual tuvo la suerte de que no hubiera en el Congreso un representante de entereza, que denunciara ante el país este crimen de la ambición. (p. 198)
Finaliza: “Poder Ejecutivo débil y mixto, sin acción ni iniciativa, y obligado a consultarle todo al Congreso, incluso, los casos más triviales de la administración”112 (p. 199). En cuanto a La Mar, a estar por lo que dice el citado Alayza y Paz Soldán (1944), pese a todo el prestigio y popularidad de que gozaba, carecía del genio y aún del carácter necesario para ser Jefe de la Junta y asumir el papel que le señalaba el reglamento dictado por el Congreso; el rol de gobernante que debía arrogarse de hecho para la buena marcha del Estado en esas horas críticas, le era ajeno. No era un hombre hecho para gobernar.
Al margen de la perniciosa e inconveniente dependencia de la Junta respecto al Congreso y de la incapacidad de liderazgo de su presidente, el general La Mar, hay que decir que la necesidad primordial de aquel momento continuaba siendo la campaña militar. Pero, ¿podía tener éxito un cuerpo colegiado con atribuciones restringidas? Infortunadamente, no. En efecto, luego de que la Junta entró en funciones dictó las disposiciones necesarias para emprender operaciones de guerra a fin de desembarazar al país de las autoridades y de las tropas realistas que, con su permanencia en el territorio, hacían ilusoria la libertad y amenazaban con anular las pequeñas ventajas obtenidas. Careciendo de un plan de campaña y en la imposibilidad de trazar uno nuevo por la premura del tiempo, la Junta adoptó el que había ideado San Martín en las postrimerías de su permanencia en el país. Los sucesos políticos que embargaron la atención del caudillo argentino en aquel tiempo, los inconvenientes de orden militar que se le presentaron para la realización de la ofensiva general contra los realistas, y el viaje que emprendió a Guayaquil para entrevistarse con Bolívar (julio de 1822) postergaron la ejecución de las operaciones por él planteadas.
Acorralada por las presiones del Congreso, angustiada por las exigencias de la población, denostada por la cúpula militar y agobiada por los escasos recursos de orden material, la Junta Gubernativa encaró el dilema de la guerra113. A escasas semanas de su conformación, organizó la llamada “Expedición a Intermedios” al mando del general Rudecindo Alvarado; asimismo, reforzó y equipó —aunque de manera insuficiente— el denominado “Ejército del Centro” (acantonado en Miraflores) a órdenes del general Juan Antonio Álvarez de Arenales. Sin embargo, este jefe, ante la magnitud de las carencias reinantes, alegó reiteradamente que “no podía obtener ni zapatos, ni capotes, prendas que consideraba necesarias e indispensables para atravesar los Andes” (citado por Alayza y Paz Soldán, 1944, p. 102). Esta situación produjo el efecto de excitar el clamor popular contra la Junta. Era ministro de Guerra de la Junta, el general argentino Tomás Guido. Juan Pedro Paz Soldán (1921) dice:
Esa administración honrada se preparaba a batir a los españoles, pero vio sus planes patrióticos frustrados por la deserción de las tropas colombianas comandadas por el general Juan Paz del Castillo, agente de Bolívar, que preparaba con estas maniobras, su venida al Perú. (p. 86)
Para aliviar la suerte de la capital, la Junta ordenó que sin dilación se embarcasen por escalones las divisiones del ejército patriota que conducía Alvarado. El 10 de octubre de 1822 se embarcó la primera división de este ejército ante la presencia de todo el vecindario del Callao; embarcándose la segunda división entre los días 11 y 15 del mismo mes y la tercera el 17. En esta última división, se embarcó también el general Alvarado y todo el Estado Mayor114. El plan de operaciones consistía en atacar a los realistas del sur. En la capital quedaban 4000 hombres entre tropas auxiliares de Colombia y los peruanos vencedores en Pichincha a las órdenes del general Álvarez de Arenales, fuerza esta que, de acuerdo a lo convenido, se movería avanzando al valle de Jauja, a fin de evitar que La Serna y Canterac apoyasen a los realistas del sur. Esto, en opinión de sus adversarios políticos, no se verificó por la apatía, indecisión e inercia de la desventurada Junta115.
A principios de 1823, cuando ya circulaban insistentemente en Lima las primeras noticias de los sucesivos descalabros sufridos por la expedición de Alvarado en Torata y Moquegua116, la opinión pública se percataba dolorosa y enardecidamente de los afanes infecundos de un gobierno tan impropio, hechura de un Congreso igualmente tan discordante y apabullador117. De este modo, mientras la Junta deambulaba sin norte fijo y el Congreso discutía normas para una democracia sin territorio —dice Porras (1974)— la realidad les daba en la cara con las derrotas del sur. Todo ello, ciertamente, extremó el descontento contra el triunvirato. En efecto, a partir de entonces, su sobrevivencia era solo cuestión de tiempo. El golpe militar (el primero de su género en la historia independiente del Perú) ya estaba en camino, como veremos de inmediato.
2.4 La irrupción del militarismo con Riva Agüero
Con el advenimiento del año 1823, las tensiones internas se agudizaron en contra de la endeble y desacreditada Junta Gubernativa. Por un lado, los sectores populares (escandalosamente manipulados por los políticos de turno), las intrigas desbocadas del coronel Riva Agüero y las acechanzas de la cúpula militar (con el general Santa Cruz a la cabeza como segundo hombre del ejército); y, por otro, las contingencias militares desfavorables en el sur (fracaso de la Expedición a Intermedios) actuaron, en su conjunto, como fuerzas desestabilizadoras e impulsoras, a la larga, del derrumbe de la amorfa y agónica administración118. En este sentido, al finalizar el mes de enero de aquel año, el descontento general y el descrédito del gobierno eran partes de la misma realidad. Los vituperios y las condenas, procedentes de distintos frentes, siguieron una línea ascendente hasta alcanzar un clímax político verdaderamente turbulento e incontrolable. “Las pasiones en efervescencia —dice Dávalos y Lissón (1924)— se desbordaron entonces y Lima entera pidió la cesación de la Junta y el nombramiento de nuevas autoridades” (p. 94).
En medio de este agitado e incierto panorama, se arribó a la segunda quincena del mes de febrero. El miércoles 23 llegaron a Lima los sobrevivientes de la derrotada expedición del general Alvarado. Su conmovedora presencia precipitó los acontecimientos. El Ejército del Centro (acaudillado por Santa Cruz en vista de la renuncia del general Juan Antonio Álvarez de Arenales), ejerció presión enérgica (“haciendo sonar las espuelas”) sobre los representantes al Congreso; su exigencia perentoria era establecer un cambio de rumbo en la conducción del país, lo que equivalía dejar cesante a la Junta de Gobierno119. El memorial de fecha 26 de febrero al Congreso (escrito en términos altivos e intimidatorios) planteaba perentoriamente esa exigencia, argumentando “que la patria estaba en peligro” y que no “respondían de su salvación si no se deponía a la desidiosa Junta”120. Asimismo, exigía “la creación de un gobierno unipersonal y con amplias facultades para controlar la situación”. Era, en cierta forma, un ultimátum militar. Ese día —según Porras (1974)— representó el derrumbe de Luna Pizarro y de sus incautas jugarretas civiles. Ante la indecisión de la Asamblea, al día siguiente otro documento (mucho más apremiante y osado) requirió una respuesta inmediata121. Al no darse ella, el lunes 28 propusieron directamente la disolución de la Junta y el nombramiento ipso facto de Jefe Supremo al coronel de milicias y prefecto de Lima, José Mariano de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, que “tenía la confianza del ejército y de la nación”, además de su innegable popularidad en la capital122. A este pedido —dice la historiadora Margarita Guerra (1995)— se sumaron los civiles encabezados por Mariano Tramarria (1758-1830) y las milicias cívicas lideradas por el criollo noble Juan de Berindoaga y Palomares, vizconde de San Donás (1784-1826)123.
¿Cuál fue la actitud o la reacción del Congreso Constituyente frente a la agresión de la jerarquía militar?: ¿frustración?, ¿rechazo?, ¿sumisión?, ¿exceso de confianza?, ¿impotencia?, ¿escisión? De todo un poco. Obviamente, la Asamblea no ignoraba los impulsos desestabilizadores de Santa Cruz y su entorno, ni era ajena a los cabildeos cotidianos de Riva Agüero. En consecuencia, el “motín de Balconcillo” (nombre dado a ese episodio de alzamiento militar) no pudo, supuestamente, causar sorpresas ni sobresaltos entre los incrédulos diputados124. Su ocurrencia era un asunto convertido en vox populi que los intrigantes se encargaban de divulgar con celeridad en todos los sectores125. Un observador de la época detalla extensamente los momentos tensos (e intensos también) que entonces se vivieron en el seno del entonces ajetreado recinto legislativo. Dice:
Sobreponiéndose al duro golpe que no era ninguna sorpresa, el Congreso reaccionó. En la Asamblea figuraban hombres de suficiente entereza moral y capaces de enfrentar una situación crítica y caótica como la que provocaba el ejército. Estaba Luna Pizarro, líder de un grupo de representantes de conocidísima filiación populista; se hallaban Unanue, Sánchez Carrión y muchos otros que no aceptaban la imposición de la fuerza armada. Por lo tanto, el ultimátum del ejército encontró resistencia en algunos miembros del Congreso. Bajo el apremio de las circunstancias, hubo de sesionar a medianoche el mismo 26 de febrero a la luz de los faroles y entre las sombras de esas horas inciertas en que peligraba la nacionalidad. Solo Unanue mantuvo su calma imperturbable entre las encendidas y violentas protestas de los exaltados. (Citado por Rávago, 1959, p. 76)
De acuerdo al mismo testimonio, a las 11 de la noche de aquel aciago día 26 ingresaron al recinto del Congreso los miembros de la Junta Gubernativa. Pero no hubo quórum, por lo que Luna Pizarro (presidente) propuso el aplazamiento de la discusión.
La Asamblea se dividió. Algunos representantes hicieron causa común con el ejército (Martín Ostolaza y Carlos Pedemonte, entre otros). Pedemonte planteó la cancelación de los poderes conferidos a la Junta y su desactivación. Protestaron, Arce, Colmenares y Luna Pizarro. Otros, exaltados e irreductibles, fueron de la opinión que el Congreso no deliberase bajo la amenaza de las tropas. Unanue encabezó este grupo y presentó una moción que fue todo un reto a los facciosos: “Que el ejército se retire a sus cuarteles para que la Asamblea pueda deliberar sin presión y con entera libertad”. La moción —dice nuestra fuente— fue aprobada. Unanue supo interpretar el pensamiento de la representación nacional concretando en unas cuantas palabras lo que todos sentían pero no podían o querían expresar. En este sentido y en horas graves, el “viejo” Unanue se transfiguró, se convirtió en líder, en conductor, en el vocero de los más jóvenes (esta versión, ciertamente, se contrapone al testimonio recogido por Rávago y que aparece citado en la página anterior).
Por un momento —prosigue nuestro testigo— parecía resuelta la situación política. La Junta cesaba, dada su manifiesta incapacidad para el momento álgido; debía reemplazarlo “el jefe de mayor graduación” existente en Lima y, de esta forma, sin ceder un ápice a las pretensiones de Riva Agüero y de su clan, se cortaban las funestas consecuencias de la anarquía. Conformes todos los representantes con la solución propuesta por Unanue, Torre Tagle (que era entonces el militar de más graduación, Gran Mariscal) se presentó ante la Asamblea y juró el cargo de Presidente Provisorio.
Mientras los acontecimientos seguían su curso en el seno de la Asamblea Constituyente —agrega el testimonio— la agitación en las calles seguía otro distinto. Riva Agüero era, virtualmente, dueño de la situación. Sus adeptos eran numerosos y controlaban los grupos políticos, el ejército y el populacho. En la noche del 26 cuando el Congreso entregaba el poder a Torre Tagle, emisarios de Riva Agüero y de Santa Cruz perseguían y apresaban a los elementos disidentes. La Mar (jefe del triunvirato) era extraído de su domicilio y puesto bajo fuerte custodia en uno de los cuarteles. Muchos diputados señalados opositores de Riva Agüero, se ocultaron para evitar atropellos. La ciudad en su conjunto vivía una candente agitación política y militar, precursora del desorden que luego llegaría.
En la mañana del 27 —finaliza nuestro informante— la situación hizo crisis. La ciudad estaba ya ocupada por el ejército. Torre Tagle, a su vez, desapareció del escenario, ocultándose en casa de diplomáticos amigos. Solo pequeños grupos de diputados se mantuvieron en sus escaños y resolvieron no retroceder ante la fuerza bruta. Horas más tarde, Santa Cruz solicitó ser escuchado en la Asamblea. Ingresó solo. En su discurso empleó una dialéctica expeditiva y convincente para inducir al Congreso a adoptar una actitud transigente con la fuerza armada. “Lo que está en juego —advirtió— es el destino del Perú. Solo un gobierno unipersonal puede salvar la crisis tremenda por la que pasa la República”. Entonces hubo que ceder. Santa Cruz, además, había jugado otra carta expresada en la siguiente afirmación: que él y todos los jefes del Ejército del Centro abandonarían el territorio de no cesar el gobierno provisorio de Torre Tagle.
Esto significaba entregar el Perú a los españoles. Por eso, Sánchez Carrión planteó el viejo dilema: de los dos males, el mal menor. “Si es el único medio de salvar la República —dijo— voto por él”126.
El triunfo en esta pugna favoreció, pues, al coronel Riva Agüero, pero dejó abierta una profunda e insalvable brecha entre el Congreso y el Ejército. Luna Pizarro y otros congresistas se exiliaron en Chile y los militares, con el indicado coronel a la cabeza, tomaron el poder127. Después de sufrir esta imposición, la Asamblea fue dócil a las insinuaciones castrenses y confirió, a los pocos días (4 de marzo), no solo el alto grado de Gran Mariscal del Perú al advenedizo Presidente de la República, sino también la potestad “de usar la banda bicolor como distintivo del Poder Ejecutivo”128. Asimismo, se le daba el título de Presidente y el tratamiento de Excelencia, encargándole la administración del Poder Ejecutivo129. De esta forma, Riva Agüero ingresó a la Casa de Pizarro y tomó posesión del legendario sillón, convirtiéndose, históricamente, en el primer mandatario republicano. El hombre que había jugado un papel importante durante la crucial etapa de la lucha independentista, de pronto se hallaba convertido, por la acción de las armas impositivas, en el flamante gobernante130.
¿Qué significado histórico se le puede asignar al “motín de Balconcillo” y a la actitud de Riva Agüero? La rebelión de Balconcillo, incuestionablemente, fue la escena culminante en la vida de Riva Agüero como caudillo y un episodio de hondas repercusiones, no solo inmediatas, sino futuras en la vida nacional, porque en Balconcillo se dio por primera vez el caso (repetido en nuestra azarosa historia) de los alzamientos militares. José de la Riva Agüero y Osma (1965) ha escrito:
Y allí también es donde, con este suceso, se echaron las semillas de la discordia y la rivalidad entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, que en el caso particular del presidente Riva Agüero, culminara en una situación de ruptura fatal e irreconciliable. (p. 65)
Jorge Basadre (1968) conceptúa que “el motín de Balconcillo fue el primer choque que hubo entre el militarismo y el caudillaje, de un lado, y el utopismo parlamentario de otro”131 (t. I, p. 28). De este modo, visto desde la distancia del tiempo transcurrido, puede afirmarse que el coronel Riva Agüero colmaba sus ansiadas y un tanto diferidas aspiraciones. Había logrado lo que en su concepto le pertenecía, por su destacada e innegable contribución a la causa independiente. Hasta ese momento su aspiración no había sido satisfecha y probablemente en su espíritu se medían con largueza sus esfuerzos y sacrificios que no concordaban con su figuración de segundo orden en el tinglado de los pro-hombres de la independencia nacional. Sin embargo, ni por un instante pudo imaginarse la amarga sorpresa que el destino le deparaba: castigar su soberbia y exagerada ambición. ¿ Se mereció tremendo veredicto?
En términos estrictamente históricos, hay que decir (sin exculpar su agurrienta conducta de poder) que Riva Agüero emergió en esos momentos como una viva esperanza de muchos de sus compatriotas para poner fin a la crisis que se había generado. Era la hora en que la naciente república no solo soportaba sobre sus frágiles hombros la pesada carga de graves y múltiples desaciertos, sino que era víctima de la terrible confusión ideológica reinante y de su correlato el desconcierto colectivo que siguió al desafortunado mandato de la citada Junta Gubernativa.
Así, pues, hacia fines de febrero de 1823, sin que la guerra de la libertad hubiese concluido, se iniciaba una cadena interminable de golpes militares como expresión de lo, que más tarde, se convertiría prácticamente en una costumbre política en nuestra vida nacional. Cinco meses —repetimos— había durado la Junta Gubernativa; pero en ese tiempo, la incapacidad política de sus miembros no abordó el problema de la guerra, que era el principal. Descendió, más bien, a las minucias, dando la sensación —como dice Mariano Felipe Paz Soldán (1962)— de que se trataba “de una junta de administradores que cumplía mal los encargos del Congreso”. Empezaba, de esta suerte, no solo el sistema de un excesivo autoritarismo, sino también de la terrible y nefasta anarquía devoradora de hombres e instituciones.
Ahora bien, catapulteado Riva Agüero al mando presidencial por el primer golpe militar republicano, se inauguró la Magistratura Suprema de la República. Tuvo un bautizo tumultuoso y de bayonetas y nació apadrinada por el Ejército. El flamante mandatario, sin embargo, iba a ejercer por breve lapso el poder y de manera turbulenta. En efecto, desde el 28 de febrero de 1823 en que llegó a Palacio hasta el 25 de noviembre en que fue expatriado (casi nueve meses) su gestión se vio turbada por una cadena permanente e interminable de tropiezos y desencuentros, donde los odios y las pasiones no estuvieron ausentes. Tan grave fue su desventura política que ella, esquemáticamente, puede sintetizarse en tres instancias sucesivas que, en el fondo, constituían parte de un todo complejo e infausto:
a) La pugna de Riva Agüero con el Congreso Constituyente
b) La pugna de Riva Agüero con Torre Tagle
c) La pugna de Riva Agüero con Bolívar
Al vaivén de esta dificilísima coyuntura, el ex coronel de milicias encaró la administración de la cosa pública con las limitaciones y los inconvenientes que es lógico suponer en momentos tan inciertos como aquellos. En sus Memorias dice: “Colocado al frente de los negocios públicos, procuré tocar todos los resortes para organizar un ejército, equiparlo y aumentar las fuerzas navales, conservar la Plaza del Callao y buscar arbitrios para facilitar fondos y créditos de que carecía la República” (citado por Rávago, 1959, p. 170)132. Inclusive, los agentes principales de la vida nacional mostraron ante él un cierto recelo y resquemor. El comercio, por ejemplo (de origen judío como casi todo el comercio español de las antiguas colonias), hacía esfuerzos para aquietar la intemperancia en las esferas de la alta política; pero —observa Manuel Nemesio Vargas (1903-1940)— no precisamente “para contribuir a salvar la nacionalidad ni los principios de ésta o aquella causa pública, sino para negociar con los caudales del país” (p. 97). Asimismo, el clero y las altas clases de la sociedad limeña anhelaban un gobierno que les salvase sus fueros y bienes. En cambio, los sectores populares no mediatizados y determinados segmentos de la clase política capitalina, mostraron no solo un acercamiento auspicioso al nuevo mandatario, sino también una renovada esperanza en su buen desempeño.
La personalidad carismática de Riva Agüero, su reconocida trayectoria revolucionaria y su enorme popularidad, sin duda alguna, actuaron como factores decisivos y favorables en la definición de esta actitud positiva de carácter colectivo. En carta privada a Bolívar (24 de mayo de 1823), Sucre dio testimonio de la incansable actividad desplegada por Riva Agüero desde el inicio de su gestión:
Cualquiera que haya sido el modo cómo fue colocado el señor Riva Agüero en la Primera Magistrtura; cualquiera que sea su comportamiento respecto a las divisiones auxiliares; cualquiera que sea su buena o mala fe, respecto a nosotros, lo cierto es que él, puesto al frente de los negocios públicos, restableció la opinión, conservó el país y empleó todos los medios de expedicionar sobre los enemigos españoles. Conserva buena armonía con los otros grupos y, lo que es más, no es contrario al pueblo ni es la voluntad de éste cambiar de mandatario cada día. (Citado por Lecuna, 1950, p. 80)
A la larga, la armonía ponderada por el joven e ilustre general se rompió. Pronto, las desavenencias entre los dos poderes del Estado se hicieron presentes. Pero, ¿cuáles fueron las principales manifestaciones de la discordancia entre Riva Agüero y el Congreso?, ¿qué consecuencias políticas se derivaron de ellas?, ¿fue imposible una reconciliación? Estas y otras reflexiones podrían plantearse alrededor de tan delicado y embarazoso asunto. Para empezar, debe señalarse que al forzar Riva Agüero su elección en febrero de 1823, contó con enemigos agazapados en el Congreso Constituyente que nunca le perdonaron su venal comportamiento. Solo esperaban la ocasión propicia para manifestarse. Mientras tanto el flamante gobernante respondía a las gravísimas exigencias del momento, iniciando una administración activa, enérgica y atinada, cuyas miras apuntaban, esencialmente, a la continuación de la guerra por la libertad. En pocas semanas (desplegando una energía asombrosa) organizó un ejército predominantemente nacional cuyo mando confió a Santa Cruz133; adquirió armamento en Chile, uniformes y pertrechos de guerra; tuvo participación decidida en el logro del empréstito de 1 200 000 libras esterlinas pactado en octubre de 1822 por los comisionados de San Martín; consiguió, por medio de representantes diplomáticos, que Bolívar enviara un ejército auxiliar importante; planteó arreglos con Chile y con las Provincias del Río de La Plata para que cooperaran con nuevas tropas a la guerra contra los realistas; reorganizó la escuadra peruana, cuyo mando confió a Guise. El general Guillermo Miller, testigo de esos días, dice en sus Memorias (1975):
Los pasos y actividad de Riva Agüero fueron productivos e infatigables. Alcanzó la cooperación eficaz de los comerciantes más poderosos y de mayor influencia, extranjeros y nacionales; adoptó medidas para hacer efectivo el empréstito verificado en Londres; hizo contrata de abastecimientos, y los preparativos para poner operativos los transportes que habían de conducir la expedición proyectada de Santa Cruz se activaban día y noche. (p. 216)
En una palabra, colocó al país en un verdadero estado de movilización militar134. El Congreso —dice Dávalos y Lissón (1924) no tan afecto a la persona de Riva Agüero— se contagió rápidamente con el ímpetu del vehemente mandatario, compartiendo no solo iguales afanes, sino también prestando su colaboración eficaz a las iniciativas del Ejecutivo135.
Encontrándose en estos estimables afanes, Riva Agüero tuvo noticias de que en Londres habían finalizado las negociaciones entabladas por San Martín para obtener un empréstito directo136. Entonces —dice su mejor biógrafo Enrique Rávago (1959)— engreído por sus innegables éxitos en la diplomacia y por sus visibles méritos de organizador, imaginaba ardientemente dar libertad al Perú bajo su mandato, haciendo exclusión de todo poder extraño que pudiera superarlo o arrebatarle parte de su prestigio y autoridad; para obtener este resultado, deseaba que sus generales batieran cuanto antes a los agrupamientos realistas, enseñoreados en los ricos y extensos territorios de los Andes, que se tornaban más amenazadores y orgullosos, especialmente después de sus rotundas victorias de la Mamacona, Torata y Moquegua. El loable afán nacionalista y el noble entusiasmo patriótico de Riva Agüero, iban a ser la causa de su ruina, pues Bolívar con el fin de presentarse como el salvador del país, iba a envolverlo —como veremos de inmediato— en un estrecho círculo de intrigas y enfrentamientos.
Para el mes de mayo de 1823, un nuevo ejército totalmente peruano como lo quería Unanue, se hallaba listo a reanudar las operaciones militares por Puertos Intermedios. Al frente de las tropas expedicionarias iba a marchar el general Santa Cruz, el mismo jefe del movimiento militar de Balconcillo. Pero estas fuerzas, como las anteriores, estaban de antemano condenadas a fracasar, en vista de que los factores esenciales al éxito de la campaña (el apoyo militar de Chile, la expedición argentina por las fronteras de Potosí, la división auxiliar del Centro, etcétera) no llegaron a efectivizarse. Por esta razón, la Segunda Expedición a Intermedios, como la primera al mando de Alvarado, fracasó estrepitosamente; solo escasos elementos lograron salvarse, perdiéndose en rápidos días el fruto de laboriosos preparativos y, lo que es más importante, la cohesión indispensable para proseguir la guerra (Dellepiane, 1965, I, p. 165; García Rosell, 1978, p. 71).
Al llegar el mes de junio de aquel año de 1823 (mes clave en la vida nacional), el cotarro político empezó nuevamente a alborotarse; las relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso se deterioraron en detrimento de la institucionalidad del país. ¿El motivo? El inminente ingreso a Lima del ejército realista al mando del general José Canterac, que tuvo lugar el 18 de junio. La Asamblea, de acuerdo a la decisión tomada con anterioridad, se vio obligada a trasladarse (por medidas de seguridad y a sugerencia de Sucre) al Callao; lo mismo hizo el Ejecutivo con Riva Agüero a la cabeza. En aquel puerto, el organismo legislativo adoptó, entre otros, tres acuerdos que actualizarían el conflicto: a) insistir en la invitación a Bolívar para su venida al Perú; b) nombrar a Sucre Jefe Político y Militar del Perú; y c) trasladarse a Trujillo. Con estas medidas (provocadoras e inoportunas) la discordia, latente desde meses atrás, se actualizaba137. En efecto, el nombramiento de Sucre significaba la anulación de la autoridad de Riva Agüero, cuya investidura podía considerarse desde ya meramente decorativa; consecuentemente, la cabeza fea de la anarquía se asomó de nuevo. Pero el Congreso fue más allá. Consideró llegada la oportunidad de vengarse por el ultraje que le había inferido Riva Agüero a través del “motín de Balconcillo” y protegido por las fuerzas grancolombianas decidió no solo declararlo cesante en la Presidencia de la República por decreto de 22 de junio, sino también decretar su expatriación de inmediato. Sucre manifestó su aparente desacuerdo con esta medida violenta y entró en conversaciones con Riva Agüero para apaciguar la situación. Se decidió que este iría a Trujillo detentando su alta investidura y Sucre quedaría ejerciendo el cargo militar en Lima. Riva Agüero, acompañado de un grupo de congresistas adictos a su causa y de sus ministros, se embarcó en la fragata Peruviana con rumbo al norte; desembarcó en Huanchaco y se instaló en Trujillo. Allí tomó el control político y militar de este departamento138. Semanas después (en abierta y violenta represalia a las medidas mencionadas) disolvió el Congreso, desterró a sus integrantes más refractarios y creó (19 de julio) un Senado de diez miembros o vocales
uno por cada uno de los departamentos del Perú, los cuales debían asesorar al gobierno y presentar los proyectos de ley que juzgasen necesarios. Fueron nombrados: Nicolás de Araníbar por Arequipa, Toribio Dávalos por la costa, José Pezet por el Cusco, Rafael Miranda por Huamanga, Justo Figuerola por Huancavelica, José de Larrea y Loredo por Huaylas, Manuel de Arias por Lima, Francisco Salazar por Puno, Hipólito Unanue por Tacna y Martín de Ostolaza por Trujillo. Además, se nombró como secretario, con honores de senador, a Juan Zevallos. (Vargas Ugarte, 1966, VI, p. 282)139
Con ello, Riva Agüero se convertía en el autor del primer derrocamiento de los liberales enquistados en el Congreso140.
Abandonada la capital por los realistas (16 de julio), fue ocupada por las tropas patriotas salidas del Real Felipe. Torre Tagle, quien había llegado por esos días del norte, fue encargado por Sucre de la Presidencia de la República, en tanto durara la permanencia de Riva Agüero en Trujillo141. De inmediato, Torre Tagle (que era en esos instantes el hombre de las decisiones y a quien rodeaban los adversarios irreductibles de Riva Agüero) reunió en Lima a los diputados que no habían ido a Trujillo y restableció el funcionamiento del Congreso142. La Asamblea, en gratitud, validó la propuesta de Sucre de instituir a Torre Tagle como Presidente de la República; con ello, el prestigioso marqués aparecía como “el representante legítimo del poder legislativo constitucional”143. Por acuerdo del Congreso, Unanue (ya reincorporado a este) redactó un Manifiesto que se imprimió en el periódico oficial el 19 de agosto. Es un documento notable por el ardor principista con que está redactado y por la dialéctica apasionada y vibrante que reclaman las grandes crisis nacionales. Entre otras cosas señalaba:
La Historia se encargará de juzgar estos hechos. Existe el Soberano Congreso, y sus fatigas no han sido ni serán otras que las de los hombres libres. Este es el voto general de la nación que siempre partirá del centro del Soberano Congreso y que se dejará oír en el último rincón del Perú, antes que dejar de existir por retrogradar en la carrera de la libertad. Odio a la tiranía y a los tiranos: unión, firmeza, constancia y el fantasma del poder insensato, será derrocado y aniquilado por sí mismo. (p. 2)
En el documento, señala el padre Vargas Ugarte (1966):
se delataba el atentado cometido por Riva Agüero que, en opinión de los congresistas, no tenía parangón en la historia del despotismo ni en las épocas de la degradación de la especie humana. Al ilustre limeño se le aplicaban los más denigrantes epítetos: insensato, ambicioso, tirano, déspota, hijo desnaturalizado, bastardo hijo de Lima,; en una palabra, monstruo. Lo firmaron 48 diputados, pero llama verdaderamente la atención que pusiesen su firma al pie hombres como Toribio Rodríguez de Mendoza, Juan Antonio Andueza, Hipólito Unanue, Carlos Pedemonte y Felipe Antonio Alvarado. La insensatez y el odio corrían parejos en uno y otro bando y parecía que libraban un verdadero certamen. (T. VI, p. 282)
De este modo, en agosto de 1823 el Perú estaba dividido con dos presidentes, dos Congresos (uno en Lima y el otro en Trujillo), sin contar la autoridad y el mando territorial que se había conferido a Sucre. Por encima de todos, sin embargo, había un enemigo en común: el ejército español acantonado en la sierra. Por enésima vez, la disputa del poder obligaba a pasar a un segundo plano la lucha contra los realistas; ella, asimismo, abría las puertas a Bolívar para ingresar como salvador de la situación. Manuel Burga (1995) señala algo que es interesante destacar: la progresiva metamorfosis sufrida por los dos ocasionales presidentes. Ante la inminente presencia de Bolívar, ambos personajes se vuelven críticos de los excesos republicanos, del jacobinismo liberal, de la utopía social defendida por Sánchez Carrión y se convierten en moderados defensores de una transición más ordenada, gradual, casi sanmartiniana, combinada con un extraño nacionalismo y una rotunda oposición a la presencia de ejércitos y jefes militares extranjeros.
En síntesis y de acuerdo a lo expresado por Vargas Ugarte (1966), el cuadro que ofrecía la política del Perú a mediados del año 1823 era
fatal bajo todos los aspectos, pues se había iniciado con los desastres de La Mamacona, Torata y Moquegua, y había dado el triste espectáculo de una revolución militar que se impuso a los congresistas alebronados ante el brillo de las bayonetas y tras la desgraciada campaña del Alto Perú o, simultáneamente, con ella, envolvía en las turbias olas de la discordia y de la saña política al primer Congreso y al primer Presidente del Perú. (VI, p. 282)
¿Cuál fue la actitud de Riva Agüero frente a los deseos vehementes de Bolívar de venir al Perú? Históricamente, el dilema de la conveniencia o desventaja de la presencia del Libertador en nuestro territorio, se remonta al instante en que el protector San Martín dimitió y se marchó del país en setiembre de 1822. Se produjo entonces un punto de quiebre entre quienes eran partidarios del arribo de Bolívar y de quienes se oponían a él. El Congreso y la Junta Gubernativa se contaban entre los primeros; muchos peruanos (entre ellos Riva Agüero) pensaban lo contrario144. Sin embargo, las circunstancias (sobre todo políticas y militares) que a partir de aquella fecha conmovieron al país, hizo variar de rumbo las expectativas en torno a la presencia del militar caraqueño. Los innegables éxitos de Bolívar en el norte, sin duda alguna, coadyuvaron también a este cambio de conducta. Riva Agüero (que en lo más profundo de su psique era contrario a la presencia de los advenedizos) al final tuvo que nadar contra la corriente145.
Efectivamente, su primer acto como gobernante fue escribir a Bolívar haciéndole conocer su ascensión al mando, manifestándole la admiración que sentía por él y solicitándole su inestimable colaboración146. Riva Agüero comprendía (al igual que la inmensa mayoría) que la obra de la Independencia era empresa común de los americanos y estando en peligro su proyecto para darle el golpe de gracia al poder español en el Perú, era indispensable recurrir a los países vecinos con el objeto de solicitar su concurso y auxilio147. En tal sentido —escribe Enrique Rávago (1959)— lo primero que hizo fue enviar un comisionado al Libertador, quien se encontraba en Guayaquil con algunos batallones expeditos para combatir a las fuerzas virreinales. Esta circunstancia, tan favorable al Perú, indujo a Riva Agüero a pedirle ayuda a Bolívar, nombrando al general Mariano Portocarrero para el cumplimiento de tal misión, con amplias facultades para tratar las condiciones en que debía traducirse el auxilio colombiano ofrecido por el Libertador meses atrás cuando se hallaba en Cuenca.
José de la Riva Agüero y Osma, nieto del presidente —en su libro La Historia en el Perú (1965)— sostiene con acierto que el prócer hizo esto forzado por las circunstancias militares e internacionales y por razones políticas, siendo contrario en lo íntimo a la intervención auxiliar foránea: “El presidente jamás pudo desear sinceramente la participación de Bolívar, pues ella entrañaba, conjuntamente y por fuerza, la anulación del poder presidencial y de la autonomía peruana” (p. 72). No obstante, Riva Agüero llamó a Bolívar y este hecho tuvo —como ocurrió más tarde— un enorme significado en el proceso histórico del enfrentamiento entre ambos. Por otro lado, cualesquiera que hubiesen sido las razones que tuvo el presidente para llamar al Libertador, fingidamente o no, al pedirle su colaboración obviamente comprometía al venezolano no solo con él, sino con todo el pueblo peruano. En el discurso del general Portocarrero a Bolívar se lee que “el primer paso de Riva Agüero fue buscar el apoyo del héroe de América”148 (citado por Rávago, 1959, p. 216). El Libertador, en su contestación al comisionado peruano, reconocía expresamente que
el Perú no podía elegir a un Jefe más digno de su administración que el Presidente Riva Agüero. La suerte de la bella República Peruana está ya asegurada, porque tiene un gobierno de corazón, un ejército peruano y a Colombia de auxiliar. Si: Colombia cumplirá su deber en el Perú149. (Citado por Rávago, 1959, p. 217)
Hay otros historiadores (Manuel Nemesio Vargas, por ejemplo) que opinan que al llamar Riva Agüero a Bolívar procedió con sinceridad e hidalguía; afirma, inclusive, que el mandatario puso especial empeño para no fracasar.
No contento con la formal invitación el presidente comisionó al marqués de Villa Fuerte y a Francisco Mendoza, para que viajaran en el bergantín Balcárcel a fin de apoyar a Portocarrero en la misión de atraerlo. Tal era el optimismo que animaba a nuestro presidente, que dispuso el envío de transportes para conducir al territorio nacional las tropas que Bolívar facilitara. (p. 134)
Por su parte, Bolívar había enviado a Lima a Luis Urdaneta, como su agente diplomático, con la misión de ofrecer, por segunda vez, el auxilio de las fuerzas colombianas.
Cuando Portocarrero arribó a Guayaquil a bordo de la Macedonia, se encontró con un ejército al mando del general Manuel Valdez pronto a acudir en auxilio del Perú. El representante peruano llegó a suscribir un tratado con el general Juan Paz del Castillo, mediante el cual Colombia auxiliaría al Perú con 6000 hombres, en condiciones que antes había rechazado la Junta Gubernativa. El tratado de auxilio celebrado en Lima el 29 de marzo de 1823, estipulaba “que las fuerzas colombianas obrarían al mando de sus jefes de manera independiente, que el Perú pagaría todos los gastos y que al final de la guerra reemplazaría las bajas hombre por hombre” (citado por Rávago, 1959, p. 64); estipulaciones que en 1827 fueron los principales pretextos de la guerra entre ambas naciones. Con las tropas auxiliares colombianas a su mando, venía Sucre como Ministro Plenipotenciario de Colombia para tratar y resolver como delegado del Libertador, todo lo que se refiriera a la división auxiliar en cuanto a la guerra, la política, la diplomacia y la administración militar (Rávago, 1959, p. 66). Con la presencia del lugarteniente de Bolívar, la suerte del presidente Riva Agüero prácticamente estaba echada. Era el comienzo de su fin.
Para concluir con el presente apartado, cabe preguntarse ¿cuáles fueron los principales rasgos vitales de este personaje que tuvo la desdicha no solo de convertirse en un gobernante acosado, sino también de gobernar simultáneamente con Torre Tagle de mala manera?150. José Mariano de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, conde de Pruvonena, nació en Lima el 3 de mayo de 1783, durante el breve gobierno del virrey Agustín de Jáuregui y Aldecoa. Descendiente de una familia muy antigua de España, su padre fue don José de la Riva Agüero y Basso de la Rovere y su madre doña Josefa Sánchez de Aguilar Boquete y Román de Aulestia, natural de Lima y hermana mayor del último marqués de Monte Alegre de Aulestia. Recibió la educación que correspondía a sus antecedentes familiares, siendo enviado a temprana edad a España en donde dirigió su formación moral e intelectual su tío político el marino andaluz Nicolás Bertodano, jefe del arsenal de la Carraca. No siguió la carrera militar ni otra de armas como lo deseaban su padre y sus parientes más connotados y cercanos151.
Por distintos motivos viajó por Francia, Inglaterra y otros países de la deslumbrante Europa. Sus inquietudes juveniles determinaron que interrumpiera sus estudios de leyes. Ya en esta época había surgido en él la idea de trabajar por la Independencia habiendo trabado amistad con los principales inspiradores y propiciadores de la libertad de América. Tuvo conexión con el célebre ministro inglés Jorge Canning, a quien propuso planes libertarios que algún interés podrían haberle merecido al país pionero de la Revolución Industrial. Posteriormente, fue agente secreto de las Juntas Separatistas de Buenos Aires y Chile. De retorno a Lima (1810), continuó su labor en búsqueda de la ruptura política, desarrollando una febril e intensa actividad conspiradora. Fue director y fundador de logias y clubes secretos al estilo de los que funcionaban en Europa, hacía algunos años, por la iniciativa y bajo la inspiración de Francisco de Miranda y Pablo de Olavide152. Asimismo, al servicio de la causa lo dio todo de sí, incluyendo sus personales dotes de noble, pues le valía su ascendencia social, sus vinculaciones por lazos de parentesco y de clase con la nobleza, su permanente y estrecho contacto con lo más selecto de la juventud y de los grupos sociales potentados. Vicuña Mackenna (1924) dice: “Riva Agüero entraba en los planes de la Revolución acatando los pergaminos de su alcurnia” (p. 43).
Habiéndose destacado en el Viejo Mundo como prominente americano en la lucha emancipadora, Riva Agüero fue un espíritu rebelde y se resistió siempre al trato que le prestaron las autoridades virreinales. En la antigua capital de los virreyes, sería el blanco de las descargas más iracundas de los recalcitrantes instrumentos de la dominación. No atemperaban éstas ni siquiera los triunfos fugaces que por ese entonces cosechaba el poder hispano en el Alto Perú, Chile, Nueva Granada, Huamanga y Huánuco, siendo Riva Agüero junto con su familia hostilizados por las autoridades del tambaleante dominio español. Afirma el citado Vicuña Mackenna que cuando nuestro compatriota emprendió su regreso al continente, estaba sindicado como uno de los más peligrosos revolucionarios. Buenos informes tendría la autoridad virreinal de sus actividades cuando mereció la celosa y tenaz vigilancia de que fue objeto en todas las etapas de su viaje y en la capital limeña. Riva Agüero confiesa:
Mi ruta de España la había hecho por el Río de La Plata, a donde llegué el año de 1809 y como hubiere atravesado las pampas para llegar a Chile, tuve en todo el tránsito que experimentar los furores de la más obstinada persecución. Lo mismo ocurrió a mi llegada a Lima153. (p. 3)
Pero, ciertamente, Riva Agüero no solo alentó intelectual y cómodamente, desde el extranjero o desde su gabinete, la revolución, sino que de manera paciente y con verdadero valor y patriotismo batalló como auténtico militante de la causa independentista. Desde 1810, o sea, desde que llegó a nuestra capital, el ilustre patriota se convirtió en activo e inmediato agente de la gesta emancipadora. La correspondencia informativa mantenida con gran vigor y riesgo con los rebeldes foráneos y nativos fue abundante y de mérito incalculable para los planes libertarios del Ejército Unido de San Martín. Las múltiples cartas de Neira a García del Río, hablan por sí de la dedicación esforzada y ejemplar de este peruano patriota y revolucionario, que fue el motor indiscutible de la acción independizadora nacional. Con justicia digna de resaltarse, Manuel de Mendiburu dice de él en su Diccionario histórico-biográfico (1931-1933):
Entre los peruanos que trabajaron en promover la Independencia por esos días, puede decirse que ninguno hizo mayores esfuerzos que Riva Agüero. Infatigable en sus maquinaciones contra el poder español, él formaba en Lima clubes secretos y sostenía correspondencia con los gobiernos de Buenos Aires y Santiago de Chile, proporcionándoles noticias importantes y sirviéndoles en Lima de agente secreto; él empleó su pluma escribiendo acerca de los derechos de la América para emanciparse del yugo español, y haciendo imprimir sus producciones en otros Estados. (T. VI, p. 98)
De acuerdo a la afirmación de Mariano Felipe Paz Soldán (1962), una de las más importantes contribuciones de Riva Agüero fue la abundante y valiosa información logística que proporcionó de los realistas al gobierno de Chile, ayudando con ello decisivamente al plan de campaña de San Martín. Exponiéndose a la delación, remitió al país sureño el plan de campaña de la independencia que se ejecutó totalmente y que fue aprobado por comunicación escrita del Libertador, la misma que fue interceptada por el virrey Pezuela; por este motivo, Riva Agüero fue sumariado por el coronel Fernando Cacho, designado fiscal en el Consejo de Guerra que lo juzgó en 1820. Por otro lado, el escurridizo patriota siempre fue consultado por su criterio y tenido muy en cuenta por la validez de sus juicios y por la seguridad de ser ellos cabal expresión de los hechos. Asimismo, estando en el Perú uno de los más calificados confidentes de San Martín, el italiano José Boqui, mantuvo estrecho enlace con éste, suministrando toda la información a su alcance que no era de poca importancia, pues consistía nada menos que en estados numéricos exactos de las fuerzas virreinales de las armas, detalles de sus buques armados, datos sobre sus corresponsales para que los expedicionarios tuvieran apoyo en la costa, datos y números sobre los patriotas de Lima, claves secretas y descripciones minuciosas de puertos y caletas. Riva Agüero —dice José Agustín de la Puente Candamo en el tomo V (volumen 1) de la Historia marítima del Perú— dictaba las descripciones, mientras que el oficial de marina Eduardo Carrasco confeccionaba los planos; Quiroz, junto con el patriota Menéndez, indagaban a su vez en las mismas oficinas gubernamentales los datos e informes oficiales. Fue, pues, grande la ayuda de Riva Agüero y de sus amigos patriotas a la expedición libertadora para su desembarco y para el éxito de sus acciones inmediatas154.
El 28 de julio de 1821 (como un privilegio particular), Riva Agüero habría de portar en sus manos el estandarte de la ciudad en el acto oficial de la Jura de la Independencia. San Martín, en el ejercicio de la autoridad que se le había conferido, le encomendó el delicado cargo de Prefecto del Departamento de Lima; puesto en el cual puso en juego sus recursos de popularidad de que gozaba en todas las clases sociales155. El éxito fue rotundo, a tal punto que familiarmente se le llamaba el “Niño Pepito”. Sin embargo, la actividad y la energía que desplegó y los logros positivos que alcanzó le hicieron concebir la fantasía de la gloria y del mando. Manuel Nemesio Vargas (1903-1940) dice: “Escaló el poder con la candorosidad del alumno que va a recibir el primer premio y más de una vez se le oyó decir, ingenuamente, que la libertad del Perú la podía conseguir una monja” (p. 114).
Cuando San Martín inauguró el Protectorado (no obstante la estima que le profesó), Riva Agüero quedó postergado y suplantado por los lugartenientes del Generalísimo; pero todavía no perdería la prudencia y la calma, resignando y esperando. Luego cuando el Protector dimitió en setiembre de 1822, el patriota limeño se sintió nuevamente desplazado, esta vez, por el Congreso controlado por los ubérrimos liberales, que le negaba el poder. Entonces, ya no esperó más, porque se sintió injustamente relegado; y viendo en peligro la causa de la patria (por la incompetencia de la Junta Gubernativa) asaltó el poder y ya cuando lo tuvo en sus manos se aferró a él desesperadamente; frente a Bolívar, suicida, no transigió con éste, quien a su vez habría de fulminarlo por la osadía de enfrentarse a su genio y a su espada avasalladora.
¿Cómo era física y psicológicamente Riva Agüero?, ¿qué ideología profesaba? Infortunadamente, son pocas las descripciones que disponemos para elaborar su perfil vital. Pedro Dávalos y Lissón (1924), que le conoció en la etapa final de su vida, nos ha dejado la siguiente pintura:
De estatura mediana y complexión delgada, su rostro agradable lo hacía simpático y receptivo ante sus interlocutores. Instruido, elegante en el hablar y muy dado a componer panfletos y discursos, carecía de paciencia y método. Hacía uso de un estilo lapidario y cortante en sus escritos y peroratas. En su vida cotidiana, manifestaba siempre una sensibilidad social muy elevada, sobre todo, con la gente del pueblo. Lo mismo podía decirse de su acendrado nacionalismo. Honrado en extremo, supo manejar con austeridad y escrúpulo los recursos del Estado. Hombre de brillantes dotes, exhibía muchísimos méritos en su carrera revolucionaria. Dinámico e inteligente, sin embargo su desbocada ambición (nunca disimulada) lo condujo al fracaso y al ostracismo. Con más serenidad de carácter, con más fijeza en las ideas y con mayor criterio en sus propósitos, habría hecho mejor gobierno. (p. 97)
Por encima de todos sus defectos y cualidades —dice el varias veces citado Enrique Rávago (1959)— Riva Agüero en todo momento fue leal a la idea de la emancipación, aunque la vinculara con un sentimiento particular y egoísta, como era el de erigirse nada menos que en rival de Bolívar. Políticamente, no era un espíritu amoldable a las normas republicanas y liberales. Él se había enfrentado al órgano máximo del poder (el Congreso) al que, íntimamente, no le merecía el sagrado respeto de que pretendían estar investidos sus diputados. Para su mentalidad pragmática, ello no era aceptable. De allí que sus relaciones con el Congreso —como ya se ha visto— terminaron en forma infeliz156.
Por otro lado, Riva Agüero no era evidentemente un hombre de innatas condiciones militares ni tenía la claridad de los hombres geniales. Sin embargo, le impulsaba una ardorosa audacia y un espíritu rebelde y patriótico, fundado en su aristocrático origen, su posición social y económica y sus vinculaciones, así como también en sus propios merecimientos. Abrazó con ardor el ideal libertario, tal vez no tanto por odiosidad a la fórmula monárquica, sino por su innato patriotismo que lo impulsaba a la independencia. Anhelaba para el Perú la dignidad de un Estado independiente y fue en eso, quizás entre los precursores nacionales, el más destacado, pues su indocilidad al yugo metropolitano y al de los virreyes, estuvo siempre testimoniada como excepcional, en aquella época de engreimiento y conformismo cortesanos. Pudo ser tal vez de esencia monarquista, aunque ignorada por él mismo, hasta más tarde, pero nunca un espíritu subalterno o un vasallo resignado al sistema colonial.
Con estos antecedentes, resulta incomprensible e inaceptable desde el punto de vista histórico, la versión aquella que, alegre y ligeramente, los adversarios de Riva Agüero (con Bolívar a la cabeza y con el Congreso como caja de resonancia), le imputaron de traición por haber intentado un acercamiento con el virrey La Serna en 1823157. Riva Agüero, a la luz de múltiples evidencias, no desertó de la causa de la Independencia ni se pasó como un tránsfuga a las filas del enemigo, habiendo renovado tan solo, en sus tratos con los realistas, los viejos planes de una Monarquía Constitucional Independiente; alternativa que también otros patriotas, aquí y en otras latitudes, consideraron como viable. En este sentido, juzgamos que no puede afirmarse de manera alguna que Riva Agüero “quiso entregar el Perú a España”. Lo que quiso —con el pragmatismo que le caracterizaba— fue emanciparlo de veras, tanto de España como de la Gran Colombia; libertarlo de todo yugo extranjero o forastero. La hegemonía de la Gran Colombia y la dominación de Bolívar (al igual que la de España y el virrey La Serna) significaban —en opinión de Riva Agüero y muchos peruanos de entonces— el avasallamiento del Perú. Además, los antecedentes históricos de las mencionadas conferencias de Miraflores y Punchauca y las gestiones recientes del mismo Sucre para entablar negociaciones con los españoles, servían, igualmente, de asidero a la idea de las conversaciones emprendidas por Riva Agüero (sobre la base del reconocimiento de la Independencia). Que las circunstancias propias de cada situación fueran diferentes a las que confrontaba el presidente de Trujillo, o que fuesen más o menos favorables, no pueden invalidar el antecedente histórico, ni tampoco desorientar el juicio respecto a la procedencia del recurso dilatorio tan común de las negociaciones (Rávago, 1959, pp. 66-67). Claro era que el virrey La Serna que contemplaba, probablemente con satisfacción y deseos, la posibilidad de una guerra civil, así como las ventajas militares que había obtenido en el sur sobre el ejército de Santa Cruz, y otras circunstancias igualmente favorables, no iba a aceptar —dice el autor mencionado— entrar en negociaciones, sin que se le reconociese a su partido, la preponderante situación que habían logrado las fuerzas españolas.
2.5 El breve y fallido gobierno de Torre Tagle
En agosto de 1823, a iniciativa de Sucre y encontrándose Riva Agüero gobernando en Trujillo, el Congreso Constituyente designó como cabeza del Ejecutivo a José Bernardo de Tagle y Portocarrero, marqués de Torre Tagle; cuatro meses después (18 de noviembre) lo nombró Presidente de la República, según los términos de la Constitución que se acababa de promulgar. Fue elegido por 45 votos sobre un total de 49; el cargo de vicepresidente recayó en la persona de Diego de Aliaga, que obtuvo 37 (Vargas Ugarte, 1966, t. VI, pp. 300-301). Con esta actitud, el agraviado Congreso castigó la osadía de Pruvonena de haberse impuesto a través de la fuerza militar seis meses atrás en el famoso e ingrato complot de Balconcillo que ya hemos referido; pero con esta conducta, también, la injuriada Asamblea abrió una enorme y profunda brecha entre ambos personajes que, infortunadamente, desembocó en una irreductible malquerencia con graves y evidentes perjuicios para la vida nacional. A diferencia de otros casos posteriores que se sucedieron en nuestro agitado quehacer político, aquí no se trataba de facciones opuestas por intereses económicos o que respondían a móviles personales de carácter doctrinario. No existía aún la poderosa y aciaga oligarquía y ni Riva Agüero ni Torre Tagle poseían un definido perfil político e ideológico que los distinguiese. El germen de la discordia —a nuestro juicio— se encontraba en el recinto del poder legislativo158.
Pero, ¿quién era este personaje que intempestivamente aparecía encumbrado en la más alta magistratura de la nación? Los pocos datos de que se dispone nos permite trazar la siguiente síntesis biográfica159. Torre Tagle nació en Lima el 31 de marzo de 1779; es decir, era cuatro años mayor que Riva Agüero. Hijo de José Manuel de Tagle e Isásaga y Josefa Mercedes Portocarrero Zamudio, era descendiente de las casas más notables de España y enlazado con las principales de Lima (al igual que Riva Agüero); heredó el marquesado de Torre Tagle y el condado de la Monclava. Inició su formación intelectual bajo la dirección de maestros privados. Habiendo obtenido sucesivamente el grado de coronel de ejército, y hallándose de alcalde ordinario de Lima y su jurisdicción, fue nombrado sargento mayor del Regimiento de Voluntarios Distinguidos de la Concordia Española, que mandaba personalmente el virrey y a cuyo lucimiento y disciplina proveyó con su propio peculio. Elegido alcalde de Lima (1811-1812) y estrechamente vinculado ya a liberales tan conspicuos como José Baquíjano y Carrillo, José Mariano de la Riva Agüero y el conde de la Vega del Ren, su permanencia en el país le pareció inconveniente al virrey Abascal; y para alejarlo propició su elección como diputado a las Cortes por la provincia de Lima. En esa condición viajó a Cádiz con una recomendación especial del mencionado cabildo “por los importantes servicios de todo género que había prestado a la comuna”. En la capital hispana se distinguió por el infatigable celo que desplegó en defensa de los derechos de los americanos, estrechamente unido con los diputados Baquíjano, Olmedo, Feliu y Morales Duárez, cuyas liberales doctrinas secundó.
Ascendido a la alta clase de brigadier del ejército, condecorado con el hábito de Caballero de la Orden de Santiago y la obtención de las órdenes de Carlos III y de la Flor de Lis de Francia, fue nombrado subinspector del ejército del Perú, y destinado al departamento de Trujillo con el carácter de intendente interino (25 de agosto de 1820). Habiendo desembarcado en las costas del Perú el Ejército Libertador mandado por el general San Martín, el marqués de Torre Tagle fue el primer peruano que enarboló la bandera nacional, proclamando en Trujillo la independencia, y a sus esfuerzos e importantes auxilios se debió el triunfo de esta causa. Fue encargado del Poder Ejecutivo (con el carácter de Supremo Delegado) cuando San Martín decidió viajar hacia Guayaquil en busca de Bolívar. Desempeñó sus funciones con la ecuanimidad que las circunstancias podían permitir; pero no pudo evitar que el jacobinismo se desbordase para obtener la expulsión del ministro Monteagudo y, quizás, se sintió aliviado cuando el Protector reasumió su cargo. Por ser —como ya se dijo— el militar de más alta graduación fue nuevamente encargado del poder cuando cesó la Junta Gubernativa (27 de febrero de 1823) y no se había resuelto aún el nombramiento de Riva Agüero. Luego hubo de ejercerlo por tercera vez, en virtud de la designación extendida por el general Antonio José de Sucre (17 de julio) en uso de las facultades que le había conferido el Congreso; y después en calidad de Presidente de la República el 18 de noviembre de 1823, según los términos de la Constitución que se acababa de promulgar.
Por tratarse de un testimonio personal, a continuación reproducimos parte del relato que hizo el mismo Torre Tagle (1824) en vida. Dice así:
Principiè mi vida pública ingresando al regimiento ´Dragones´ de Lima en calidad de alférez portaestandarte. Era esto el año 1790. Pocos meses después perdí a mi padre, y con su muerte entré en posesión de la muy cuantiosa fortuna que me legó. Siendo rico me instalé en la soberbia mansión de San Pedro, y en buque propio hice la navegación a España en compañía de mi bella esposa. Obligado a desembarcar en Buenos Aires, regresé por tierra, haciendo el viaje en litera hasta Lima, donde tuve la desgracia de perder a mi amada esposa. Siendo viudo volví a casarme, y con mi segunda esposa he sido y soy tan feliz como lo fui con la primera. Dos veces cúpome el honor de ser alcalde de la metropolitana ciudad. Posteriormente segundo jefe del ´Concordia´, más tarde coronel, y cuando era brigadier representé al Perú en las afamadas Cortes españolas… Yo no había sufrido ningún agravio personal del gobierno español; por el contrario, gozaba de todas aquellas prerrogativas que, acalorando la imaginación del hombre menos fogoso, le habrían hecho sin duda contentarse con su suerte. Nacido de padres ilustres, había heredado de ellos pomposos títulos. El inmemorial señorío de Isásaga, un cuantioso mayorazgo y la cuarta sucesión al marquesado de Torre Tagle, me acompañaron desde la cuna. Se me confirieron grados militares desde el tiempo en que no podía desempeñarlos; y los cargos consejiles parece que me buscaban a porfía. Pero penetrado de que renunciar a la libertad, es renunciar a la calidad de hombre, y con ella los derechos de la humanidad y sus deberes, me avergonzaba de levantar la frente, creyendo que la degradación estaba pintada en mi semblante y así me decidí a salir de un estado que me era insoportable. El año 1812 en que servía el cargo de alcalde ordinario, fui reelegido por aclamación. Me pareció que había llegado el término de la esclavitud del Perú, y empecé a poner las bases de su libertad, de acuerdo con mi responsable tío José Baquíjano y Carrillo, quien estaba animado de los mismos deseos. Pero el astuto Abascal que velaba como un argos, porque conocía ser ya imposible que este vasto territorio permaneciese sujeto a su metrópoli, descubrió nuestros designios por medio de Joaquín de La Pezuela, inspector entonces de artillería, y después virrey del Perú. Como consecuencia de ello, Abascal me intimó a un severo arresto en mi casa, que fue suspendido a poco tiempo, porque temía el tirano el influjo que me habían adquirido en esta ciudad mi nacimiento, mis relaciones y los empleos que había desempeñado. Entonces me encargó la custodia de los demás presos, que fueron después confinados a diversos puntos. Estando ya San Martín conduciendo los destinos del país me anunció su resolución de tener una entrevista con el Libertador de Colombia y que quería delegarme el supremo poder del Estado. Yo me resistí por muchos días, proponiéndole varias personas respetables de la ciudad; pero él se negó a toda reflexión. Me manifestó la urgencia de su viaje, para la salvación de la Patria; después de ello, tuve que acceder a su propuesta. (p. 6)
Al referirse al ascenso de Riva Agüero al poder y a su drástica determinación de disolver el Congreso, Torre Tagle (1824) lo condena en los términos más enérgicos. Dice:
Muy persuadido que sin hacer caso de las soberanas resoluciones, se empeñase en conservar un poder que le había ya quitado la única autoridad legítima del Perú, no solo se verificaron mis sospechas, sino que este hijo ingrato de la patria llegó al extremo de disolver en Trujillo el Congreso, desterrar a varios diputados del modo ignominioso y cruel que todos saben, y erigirse en única autoridad después de no tener alguna legítima, instalando a su antojo un senado, cuyas atribuciones casi no eran otras que tener voto consultivo en algunos asuntos. (p. 8)
Finalmente, en vísperas de su trágico deceso, se queja del trato recibido por el Libertador caraqueño y por el gobernador Rodil: “Saqueada Lima por Bolívar y por Rodil, que bien caro me hacen pagar el hospedaje que me brindan, pronto seré un noble arruinado” (p. 10).
¿Cuánto tiempo duró el singular gobierno de Torre Tagle?, ¿cuáles fueron sus más importantes logros?, ¿qué lo precipitó a su terrible e injusto final? Entre agosto y noviembre de 1823 se desempeñó como “presidente designado”; a partir del 18 del último mes lo hizo bajo los postulados de la flamante Carta Magna. En ambos casos, no obstante contar con el aval del Congreso y la inicial simpatía (traducida en un apoyo ambiguo) de Sucre, primero, y de Bolívar, después, la administración de Torre Tagle fue, prácticamente, nominal o simbólica y sin mayor proyección o trascendencia nacional. Para hacer frente al resquebrajamiento del frente patriota, autorizó las medidas encausadas a suprimir la peligrosa disidencia de Riva Agüero, y cesó su autoridad cuando la Asamblea otorgó poderes dictatoriales a Bolívar (10 de febrero de 1824)160. Para entonces ya era bien conocida su discrepancia con el republicanismo radical y su disposición a un entendimiento con la corona española. Sobre la irreductible enemistad entre Riva Agüero y Torre Tagle, que se agravó por estos días, Jorge Basadre escribe en el Prólogo al libro de Távara (1951):
El abismo al que se precipitaron por diversas razones y sucesivamente los dos presidentes peruanos, no solo fue un mal dentro de aquella decisiva etapa de la guerra de la Independencia; lo fue, asimismo, en cuanto devoró un embrión de fuerza nacional peruana que hubiera podido ser utilizable después de la victoria. A estas alturas, ya no interesaba tanto la libertad del país o la independencia de América, sino el pleito por el poder interno. Torre Tagle y el Congreso defendían sus privilegios políticos frente a Riva Agüero que había disuelto el Congreso y que abominaba del primero161. (p. LV)
Al ser evacuada por los patriotas la ciudad de Lima, Torre Tagle permaneció durante varios días oculto en el monasterio de Mercedarias por haberse enterado que Bolívar intentaba fusilarlo, acusado (junto con José Felix de Berindoaga) de querer enarbolar en Lima la bandera española de acuerdo con los sublevados del Callao162. Entonces decidió presentarse como prisionero ante el general realista Juan Antonio Monet, cuando este tomó posesión de la capital el domingo 29 de febrero; pero, lejos de tratarlo así, le reconoció el grado que tuvo en el ejército realista, le ofreció el mando político y militar de la ciudad, y puso a su disposición una guardia de honor163. Nada quiso aceptar, y al retirarse aquellas fuerzas buscó un refugio en los Castillos del Callao; inútilmente trató de embarcarse con destino a Chile y, víctima del escorbuto, murió con su familia en la plaza sitiada. Así, de la manera más inmerecida, falleció este hombre que desde muy joven se inclinó y luchó por la independencia de su país, que recibió el reconocimiento de San Martín y que (al igual que Riva Agüero) tuvo el infortunio de caer en desgracia frente a los desenfrenados designios del Libertador venezolano.
2.6 La Constitución de 1823: la primera en la historia del Perú
Históricamente, tres fueron los antecedentes más importantes e inmediatos de la promulgación de la Carta Magna de 1823 durante la presidencia de Torre Tagle. Una sinopsis de ellos nos dice lo siguiente. Al sacudirse el Perú de la soberanía de España, y aún antes que este patriótico anhelo fuera un hecho real y efectivo, los próceres se preocuparon de la definición de la forma de gobierno que debía adoptarse; pero no considerándose San Martín con autoridad suficiente para dar una Constitución definitiva, asunto, por otra parte, muy difícil en esos momentos de zozobras y de luchas, expidió en Huaura el 12 de febrero de 1821 un Reglamento Provisional que, transitoriamente, bastara para regularizar sus procedimientos en los departamentos de Trujillo, Huaylas, la Costa y Tarma, que se habían pronunciado por la causa nacional y que estaban ocupados por facciones del ejército independiente. Este Reglamento fue, pues, la primera piedra que se puso para la construcción del gran edificio político-administrativo que constituye hoy la República Peruana.
Pero meses después, cuando el ejército español evacuó Lima y ocupó esta ciudad el generalísimo San Martín, juzgó oportuno ampliar su primitivo Reglamento, ya que su radio de acción se ensanchaba también con el departamento de la capital, y dio entonces el Estatuto Provisional que lleva fecha 8 de octubre del mismo año 1821. Retirado el general argentino del Perú, después de su célebre y hermética entrevista con Bolívar en Guayaquil, la Junta Gubernativa que quedó encargada del mando promulgó el 17 de diciembre de 1822, las Bases de la Constitución Política de la República, que el Congreso Constituyente había dado; Bases que vinieron a ser, puede decirse, la tercera Ley Fundamental que tuvimos164.
Ahora bien, de acuerdo a lo señalado en páginas precedentes, aprobados los 150 principios fundamentales que contenían la filosofía política, que serviría de rumbo a los legisladores que debían redactar la Constitución, el presidente del Congreso, en la sesión secreta del 12 de abril de 1823, urgió a los diputados para que procedieran a discutir el proyecto de Carta Política. Su estructuración había corrido a cargo de Rodríguez de Mendoza, Unanue, Pedemonte, Pérez de Tudela, Figuerola, Olmedo, Paredes, Pezet, Sánchez Carrión y Mariátegui. Es decir —en opinión de Raúl Porras (1974)— los hombres de más talento, de más experiencia jurídica y política y de convicciones republicanas probadas. Sánchez Carrión —como ya se mencionó— actuaba como secretario de esta Comisión, seguramente por su juventud y dinamismo y por sus conocimientos teóricos. El día 15 el gran tribuno dio lectura a la exposición de motivos y a la primera parte del proyecto de Constitución; dos semanas después (el 28) comenzó la discusión, para concluir el 12 de noviembre. Sánchez Carrión fue el autor del análisis y las razones que contenía el discurso preliminar, como se llamaba entonces165.
Al respecto, con la convicción que le caracterizaba, el hijo de Huamachuco sentenció: “El proyecto ha sido estructurado sobre las bases reconocidas y juradas por los pueblos que, ansiosos, esperan que los representantes entreguen la obra para la que fueron elegidos” (citado por Villavicencio, 1955, p. 136). Igualmente, destacó la crisis dramática que entonces confrontaban los próceres expresada, por un lado, en la lucha tenaz por concluir la Independencia en los campos de batalla y, por otro, en la necesidad de reposo espiritual para que el pensamiento tuviera oportunidad de acertar en la elaboración de la Carta Magna. Turbado, contemplaba el panorama de la vida social del Perú, pronosticando la posibilidad de la anarquía o de los golpes de los más afortunados o más fuertes. Pensaba, por tanto, que la armonía y el orden nacerían de la “libre voluntad de los pueblos” y de la “decisión legítima de la nación para organizar sus instituciones”. Desde esta perspectiva, Sánchez Carrión y los diputados que suscribieron la exposición del proyecto (diez en total), consideraban que el problema teórico y práctico más difícil residía en organizar ventajosamente el orden gubernamental (gobierno), de suerte que la fuerza de que dispusiese solo fuera utilizada en la medida de las precisas necesidades, sin excederse “una línea de su latitud natural que, desde luego, se mide por la exigencia misma del régimen y por la verdadera utilidad de la asociación”. Por último, les preocupó, como fundadores de la nacionalidad, “el grave problema de los límites y los alcances de las facultades constitucionales del gobierno” (citado por Villavicencio, 1955, p. 137).
Bajo esta convicción, los ilustres comisionados se pronunciaron resueltamente por la forma de gobierno popular y representativo, que ninguna de las Constituciones posteriores que nos han regido, dejó de tomar en cuenta. Con el análisis de sus infinitas ventajas, quedó rechazada la esperanza monarquista que muchos propugnaban. Las libertades de la patria —pensaban los autores del proyecto— no podrían ser aseguradas si se permitiese gobiernos que aceptaran derechos sucesorios o pactos de familia. Un sentimiento liberal, una convicción democrática y una fe profunda en el pueblo, guiaba el criterio de los fundadores de la nacionalidad al echar las bases teóricas de nuestra entidad corporativa.
De este modo, la Carta de 1823 consagró principios liberales no enteramente aceptados en su época. La forma republicana era todavía un atrevimiento. La libertad de vientres, la abolición de las penas crueles y de infamia trascendental, la limitación de la pena capital, el poder concedido al Congreso de dispensar de las leyes “en socorro de la humanidad”, trasuntan un humanismo abierto y fraternal. Políticamente, sanciona todas las libertades, salvo la de los cultos, y establece que la nación no tiene facultad para decretar contra los derechos individuales. Anatemiza la guerra civil y delinea la moral militar. “El militar —dice— no es más que un ciudadano armado en defensa de la república. El abuso de la fuerza lo hace execrable a los ojos de la nación y de cada ciudadano”. ¡Hermosa semilla que a pesar de todos sus buenos propósitos —escribió críticamente Raúl Porras (1974)— no ha dado fructífera cosecha de Cincinatos!
En cuanto a la opción política propuesta, la república, los próceres —dice el citado autor— mencionan que su modelo favorito es Roma, “en las horas de sus mejores virtudes patricias”. Pero, indudablemente, también en el pensamiento jurídico-político de los constituyentes no solo gravitó la influencia decisiva e innegable de los teóricos de la Enciclopedia, sino también el Contrato Social, la obra legislativa de las Cortes españolas y el pensamiento de los convencionales de Filadelfia. Los próceres estuvieron informados, correctamente, sobre las ideas en boga acerca de la organización republicana. Escogieron para el Perú lo que se consideraba entonces lo mejor. En el curso de la vida republicana (si hacemos un estudio comparativo con las Constituciones que le sucedieron) puede decirse que hemos mantenido las ideas fundamentales de la de 1823. Solo en las Constituciones de 1919 (con Leguía) y 1933 (con Sánchez Cerro), el pensamiento jurídico individualista fue sustituido por una orientación de carácter social.
El 13 de noviembre de 1823, el Congreso aprobó la Constitución con ciertas modificaciones, la cual fue proclamada y jurada con la ceremonia de costumbre pocos días después; medida que —a juicio de un observador de la época— “parecía inoportuna, estando los realistas tan inmediatos y la capital en tanto peligro” (Miller, 1975, p. 87). La Constitución fue dividida en tres secciones consagradas a: 1) la nación peruana, el territorio, la religión y la ciudadanía; 2) la forma de gobierno y los poderes que lo integraban; y 3) los medios de conservar el gobierno. Infortunadamente, la Carta no pudo entrar en vigencia, ni siquiera nominalmente, pues su promulgación coincidió con las facultades omnímodas que la Asamblea (contradiciendo su actitud de setiembre de 1822 con el Protector) concedió a Bolívar en el mismo mes de noviembre de 1823. Rigió sí, brevemente, después de la derogativa de la Constitución Vitalicia del año 1826 por el Consejo de Gobierno presidido por Santa Cruz y a base de ella se elaboró la Constitución de 1828.
En términos generales, ¿cuál es el significado histórico de la Ley Fundamental de 1823? Algunos de nuestros ilustres historiadores (Mariano Felipe Paz Soldán y Manuel Nemesio Vargas, en el siglo XIX, y Jorge Basadre y el padre Rubén Vargas, en el XX) son muy cautos y poco benévolos en el enjuiciamiento de la naturaleza y el alcance de muchos de sus postulados. Según su opinión, ella fue el fruto de la ilusión liberal de los que la redactaron, al mismo tiempo que de su falta de sentido de la realidad. En lugar de crear un Ejecutivo fuerte, que era lo que el país necesitaba, crearon un espectro de poder y, por lo mismo, fueron responsables de que el país cayera en la anarquía, de la cual no lo libró sino la mano férrea de Bolívar, que concentró en sí todos los poderes. A juicio del prócer, fue un gravísimo error la creación de un poder legislativo omnipotente, ya que lo que en un principio se asumió con carácter provisorio, la Constitución vino a darle perpetuidad. Ésta, sin duda alguna, fue el vicio radical y el más grave. Por otro lado, con vistas a la futura inmigración que podía venir de fuera, se mostró amplia en la concesión de los derechos políticos; también fue generosa en otorgar el derecho de sufragio, si bien la elección se hacía por los colegios electorales de parroquia y de provincia y la del presidente por la cámara, a propuesta del Senado, que venía a ser un mero cuerpo consultivo. Parodiando a los convencionales franceses, los incautos diputados peruanos quisieron que las leyes sirvieran para moralizar al pueblo, cuando no es la ley la que hace a los hombres buenos. Se reconocieron las garantías individuales, pero no se estableció la inviolabilidad del domicilio. Por último, a los representantes se les consideró inmunes en lo criminal, pero, siendo la cámara la que había de juzgarlos, el espíritu de cuerpo fácilmente podría doblegar la vara de la justicia (Vargas Ugarte, 1966, t. VI, p. 300)166.
En resumen, no obstante la opinión desfavorable de los mencionados historiadores, juzgamos que el primer Congreso Constituyente no solo tuvo el valor de ser el símbolo de la personalidad política del Perú de entonces, sino que tuvo el mérito de dar la primera Constitución del Estado con los defectos que varios contemporáneos le señalaron. Contó para ello con muchos hombres de positivo talento; pero la figura más lúcida —ya también se dijo— fue Sánchez Carrión, como lo demuestra su pensamiento traducido en las campañas periodísticas para orientar tanto a la opinión pública, como a los propios miembros de la Asamblea167.
3. LA SITUACIÓN ECONÓMICA*
3.1 Consideraciones generales
A la luz de una interpretación global de la economía peruana en el lapso que aquí nos interesa examinar (1821-1826), es fundamental tener presente dos situaciones históricas de carácter interno y externo, respectivamente. Por un lado, la convicción de que la ruptura política con la Metrópoli hispana que se consolidó definitivamente en 1824, no estuvo acompañada de una transformación total de las estructuras económicas, sociales y mentales forjadas durante el dilatado dominio colonial; y, por otro, la aseveración de que sobre ese trasfondo casi intacto de nuestra sociedad, apareció un nuevo tipo de dominación ejercido esta vez por Inglaterra, la potencia hegemónica del momento a nivel mundial. Ambas situaciones, acompañarían al país casi a lo largo del siglo XIX y, en el caso de la segunda, inclusive, se prolongaría hasta el término de la Primera Guerra Mundial168. Al respecto y, a manera de síntesis, Bonilla y Spalding (1972) hacen la siguiente afirmación:
El desprendimiento político externo no estuvo acompañado por una transformación de las estructuras internas de la sociedad establecidas desde la lejana época virreinal. El carácter colonial de la economía y de la sociedad hispanoamericanas se mantuvo hasta más allá del ocaso del siglo XIX. Pero el hecho de que la Independencia no haya significado la conversión sustantiva de la estructura colonial, no quiere decir que el proceso peruano no sufriera algunas alteraciones a lo largo del período 1821-1826. Los cambios ocurridos acentuaron la debilidad de la élite criolla anterior a las guerras, incrementaron sus dificulades económicas, aceleraron la desintegración regional y consolidaron el control económico de Gran Bretaña. La burguesía criolla, ya en crisis en el siglo XVIII, se debilitó aún más por la acción de las largas guerras de la Emancipación. La burguesía comercial se vio maltratada por los sucesivos bloqueos de los puertos y por la invasión de las mercancías europeas; la facción de la burguesía que estuvo vinculada a otros sectores productivos, como la minería o la agricultura, sufrió un impacto aún más fuerte, en la medida en que fueron virtualmente arruinados por la guerra. Parte del capital colonial emigró durante las guerras y el resto salió con la expulsión de los españoles. Además, el nuevo Estado que surge con la Independencia fue un Estado completamente débil, desprovisto de una estructura bancaria y financiera. (pp. 58-59)
Desde esta perspectiva, y tomando como base la afirmación anterior, es razonable preguntarse: ¿de qué modo y a través de qué mecanismos nuestra dirigencia política encaró la crítica situación económica?, ¿puede hablarse de una confrontación o de una subordinación de intereses?, ¿cuáles fueron los patrones predominantes en esta difícil y compleja coyuntura? Para empezar, debemos tener muy claro que la crisis econó-mica no nació ni se originó en la fase de la gesta emancipadora como erróneamente se ha dicho más de una vez; ella, cronológicamente, tiene raíces mucho más antiguas. En efecto, diversos testimonios señalan que la economía peruana ingresó no solo en una violenta depresión sino también en un largo período de estancamiento, por lo menos desde el último tercio del siglo XVIII. Estas fueron décadas de catástrofes para la burguesía criolla. Dos manifestaciones de esta crisis están representadas por la creación del virreinato del Río de La Plata (que significó la ruina del mercado interno y las pérdidas de las minas de Potosí) y por la rebelión de Túpac Amaru II en 1780 (que representó la desarticulación de la actividad intrarregional). En el primer caso, en efecto, la creación del indicado virreinato en 1776 significó un duro golpe no solo para la economía limeña, sino también y, de manera puntual, para la economía regional del sur: el rompimiento de la unidad con el Alto Perú provocó el desplazamiento de los centros o ejes económicos que eran Cusco y Moquegua, por los de Arequipa y Tacna.
En este sentido, la crisis afectó tanto a la agricultura como a la minería, la industria textil y a la actividad mercantil en su conjunto. Las pequeñas industrias, por su lado, sufrieron el duro impacto de la concurrencia de las mercaderías europeas, que ingresaban por los puertos ahora abiertos al libre comercio y, sobre todo, por el nuevo circuito Buenos Aires - Alto Perú (Bonilla y Spalding, 1972, pp. 23-24). Consecuentemente, a partir de 1821 la crisis económica estará acompañando a nuestros próceres en sus preocupaciones y desvaríos patrióticos. Veamos cómo fue afrontada.
Si en lo político primó la zozobra, la incertidumbre y la confrontación descabellada e inútil entre el Legislativo y el Ejecutivo, en el ámbito económico y fiscal hacia 1821, y en los años subsiguientes, la situación fue angustiosa y extremadamente exigua, primando la falta de organización y estabilidad en las finanzas públicas. En paralelo —afirma César Antonio Ugarte (1980)— subsistieron en gran parte las leyes y las prácticas fiscales del coloniaje. En una palabra, el desorden y la pobreza caracterizaron a la hocienda pública de manera global ¿La causa? Sin duda alguna el alargado y oneroso enfrentamiento bélico entre las fuerzas patriotas y las fuerzas realistas, que no solo demandó ingentes recursos humanos y materiales, sino también la virtual paralización del aparato productivo nacional con sus graves y nefastas consecuencias. En efecto, recordemos que el virreinato del Perú no solo se empobreció notablemente durante la guerra de la Independencia sino también durante la lucha a la que ante-riormente estuvo obligado enfrentar en zonas tan apartadas como Chile, el Alto Perú, el norte de Argentina y Quito, arrancándole dinero, hombres, recursos y elementos de toda índole.
De este modo —sostiene el citado autor (1980)— el gobierno republicano se inició rodeado de una pobreza absoluta y generalizada:
Cuando San Martín entró en Lima en 1821, como dijo el ministro Unanue al Congreso de 1822, encontró barridas las cajas del Estado y de la Casa de Moneda. Las dificultades que había para la recaudación de las rentas, los escasos medios de acción del gobierno, el abatimiento del comercio, la producción obrejera, la agricultura y la minería, acentuaron por mucho tiempo esa penosa y precaria situación. En los primeros momentos críticos, los remedios fueron la reducción del personal de las oficinas, la rebaja de sueldos, los donativos patrióticos, la creación de un banco de papel moneda, el secuestro de los bienes de los españoles emigrados y la restitución de las aduanas e impuestos. (p. 96)
Por otro lado, las donaciones, cupos y otras cargas —dice Basadre (1968)— trajeron consigo múltiples y abusivas exacciones. El desembarco de la expedición libertadora de San Martín dio lugar, a su vez, a que el comercio exterior quedara prácticamente anulado; y en el interior, los reclutamientos de soldados, los empréstitos (forzados o no), las depredaciones y la inseguridad arruinaron la agricultura, la minería y las rudimentarias industrias (obrajes). Sobre el mencionado arribo de San Martín al litoral peruano y su impacto en la precaria economía de entonces y en el estado anímico de sus gentes, es interesante reproducir la siguiente información proporcionada por Bonilla y Spalding (1972):
El paso del Ejército Libertador en su camino hacia Lima fue saludado con calor en las diferentes ciudades costeñas. Pero los propietarios de las haciendas del litoral huyeron con anterioridad al avance a la capital de dicha fuerza, mientras que muchos de sus esclavos abandonaron las haciendas y se incorporaron o fueron reclutados forzosamente a las filas del ejército patriota.
A los indios de las ciudades costeñas se les dijo que los libertadores habían venido para liberarlos del tributo y otros sacrificios. El general Miller, un testigo excepcional, observó que esta promesa provocó en los indios “un extraordinario sentimiento de patriotismo”. Lima, por otra parte, se mantuvo sólida contra San Martín. Las acciones de sus tropas y el bloqueo impuesto por Cochrane, lesionaon los intereses no solo de los ricos comerciantes, sino también de todos aquellos, como los portuarios, que de distintas maneras estaban vinculados a la actividad comercial. La población de la ciudad confiaba todavía en la protección del virrey, y cuando este decidió abandonar Lima ante el avance de las tropas patriotas, un pánico total se apoderó de ella. Poco más tarde, la presencia del Ejército Libertador fue aceptada por los limeños; en cambio, hay poca evidencia del apoyo decidido de su población criolla a lo largo de todo el período de la Independencia. Los criollos ricos de Lima no estuvieron dispuestos a donar fondos al indicado ejército, de la misma manera en que anteriormente no estuvieron dispuestos a socorrer económicamente al virrey. Ahora, se sintieron poco seguros en su nueva situación, sobre todo, al conocerse los decretos de San Martín que manumitían a todos los hijos de los esclavos nacidos en el Perú desde el ingreso de las tropas patriotas, y que suprimían el tributo indio, la mita y todo tipo de trabajo forzado. El miedo y el descontento eran evidentes. Tampoco les inspiraba confianza la apropiación de los bienes de los españoles exilados, con quienes los criollos de antiguo habían mantenido relaciones de parentesco o de clientelaje. (pp. 52-54)
En términos histórico-militares, hay que recordar que la guerra entre patriotas y realistas duró, prácticamente, cinco largos años. En el interín, Lima fue ocupada y desocupada varias veces por los ejércitos rivales. En el norte del país, para preparar la campaña final, se tomó hasta las joyas de las iglesias, el hierro de las ventanas de rejas y los clavos de los portones de las casas particulares. Por su parte, los españoles convirtieron el sur andino en su bastión, en su almacén y en su granero (Basadre, 1968, t. I, pp. 208-209)169.
Desde otra perspectiva —agrega el ilustre historiador tacneño— el orden y la seguridad que la agricultura, la minería y el comercio reclamaban para florecer, faltaron a partir de aquel año simbólico de 1821. El desgobierno, los motines, las montoneras y los bandidos crearon condiciones adversas para el fomento material y social. No se ha hecho aún el cálculo de la riqueza que fue entonces destruida y que incluía vidas humanas, ganados, viviendas, infraestructura vial (puentes, caminos, trochas), herramientas e instalaciones. Se rompió el espíritu de trabajo y de orden y floreció la holgazanería en el campo y en las minas. En estas, aparte de la escasez de brazos por la guerra y la supresión de las mitas, hicieron sentir sus efectos el atraso de la técnica y la falta de procedimientos mecánicos adecuados.
Al término de la lucha armada por la Independencia, se percibía, pues, un profundo quebranto en la economía general del país. Era el efecto de la constante extracción de dinero llevada a cabo a través de los años: a) para subvenir a las cuantiosas necesidades de España, durante la guerra contra la ocupación napoleónica y el restablecimiento de su administración; b) para cubrir los donativos o los empréstitos forzosos que, alternativamente, exigieron los realistas o los patriotas, a fin de atender a los gastos que demandaba la confrontación; y c) por la acción evasiva de los españoles atemorizados, que fueron abandonando el país con sus familiares y sus fortunas. Tan solo una parte de éstos, que entre 1818 y 1824 viajaron hacia la península en naves inglesas (eludiendo así el control marítimo de los patriotas), declararon un total de 40 millones de pesos. Por otro lado —en opinión del probo ministro Unanue—, “si a fines del siglo XVIII circulaban en el comercio de Lima unos 15 millones de pesos al año, en 1826 se calculaba que apenas alcanzaba ese giro a un millón” (Tauro, 1973, p. 36). En consecuencia, es claro que entonces era solo un recuerdo la antigua opulencia económica del Perú.
Adicionalmente —anota el mencionado autor— el prolongado y complejo desenvolvimiento de la gesta libertaria afectó de manera cuantiosa las fortunas privadas. Como causa eminente de ello suele citarse los frecuentes cupos destinados a financiar las acciones militares de uno y otro bando. Pero un drenaje más cuantioso y persistente se debió, por ejemplo, a la inmediata adopción del régimen de comercio libre, al descenso de la producción y a la penuria fiscal. La introducción de mercaderías prohibidas hasta entonces (principalmente de origen inglés y norteamericano) y a precios aparentemente ínfimos, ocasionó no solo un aumento masivo del consumo y la consiguiente merma de los ahorros, sino también la disminución de la capacidad productiva interna170. La producción, asimismo, experimentó un atraso considerable, debido al reclutamiento de la población en aptitud militar o su movilización en las guerrillas (montoneras), y por la destrucción táctica de las explotaciones que podían beneficiar al adversario171. En medio de esta compleja maraña, lógicamente, el Estado se vio incapacitado por mucho tiempo para satisfacer con puntualidad el pago de sueldos y pensiones a sus trabajadores, aún a pesar de haberlos sometido a reducciones de veinticinco y cincuenta por ciento.
De este modo, la incipiente república tuvo que enfrentarse a una grave crisis económica al iniciar su vida independiente, como consecuencia —repetimos— de las prolongadas y costosas guerras de la emancipación y de contingencias externas. La fuga y falta de capitales, la merma en las transacciones comerciales, la decadencia de la minería, la baja recaudación de las contribuciones directas e indirectas (como con secuencia lógica de la decadencia de las actividades agrícolas, ganaderas e industriales), más la escasez de brazos, determinó una grave postergación en la realización de los anhelados planes de promoción económica172. A tal punto llegó entonces la indigencia de la población de Lima que Pedro Dávalos y Lissón (1924) señala con cierto dramatismo “que por motivo de la escasez y de la carestía, consiguientes al conflicto militar, habíanse acostumbrado las gentes limeñas a tener un solo plato en sus meriendas” (p. 79). Pero, tal vez, uno de los testimonios más elocuentes y menos conocidos acerca de esta afligida situación, corresponde al del marino norteamericano Hiram Paulding, que estuvo en el Callao en la fragata United States en mayo de 1824 y viajó hasta Huaraz con despachos para Bolívar. Paulding, en su opúsculo Bolívar in his camp (Nueva York, 1834) dice “que un huracán desolando la naturaleza en su carrera salvaje, no hubiese sido más ruinoso que la revolución emancipadora en el Perú” (citado por Basadre, 1968, t. I, p. 94). La rapacidad de una y otra facción, las violencias sobre la indefensa población (indígena sobre todo), la conversión de los productos del suelo y de la ganadería en botín de guerra, la ruina y la devastación en los campos le hacen exclamar
que en Roma saqueada y esclavizada por los bárbaros no hubo más trazas de crueldad e ignorancia como aquí (…). Las más ricas familias se hallan totalmente empobrecidas por las confiscaciones, los préstamos forzosos y las vicisitudes de la guerra. Solo los extranjeros, que predominan en el comercio, se encuentran amparados por su condición de neutrales. (Citado por Basadre, 1968, t. I, p. 95)
Igualmente descarnada y convincente es la manifestación del ministro de Hacienda, Hipólito Unanue, quien en su Memoria al Congreso de 1822, da cuenta de la situación lastimosa en que halló al país en agosto de 1821. Dice:
La agricultura alrededor de treinta leguas de la capital no ofrecía más que un vasto y pasmoso abandono; el enemigo ocupaba las minas y, asimismo, el puerto del Callao, cuya aduana era la primera del Estado, impidiendo con ello todo comercio; los recursos de los habitantes habían sido agotados por los multiplicados impuestos de todo género y reducidos al hambre por el estrecho sitio que acaban de sufrir. Se presentaba por todas partes la imagen de la desolación y la miseria173.
En otra parte de su Memoria, condena el sistema económico del Antiguo Régimen: “En tiempo de los virreyes existía con la denominación de Real Hacienda una bancarrota que procuraba cubrirse con la estafa y la mala fe” y “un gobierno ciego que ignoraba que la desorganización de las rentas públicas es el mortal síntoma de ruina y pérdida de un Estado”174. Este importante e interesante documento (que no solamente vale por su contenido, sino también por la forma impecable con que fue escrito, como que Unanue era un eximio hombre de letras), encierra en sus breves pero nutridas páginas la historia de la hacienda pública del país en los dos primeros años de su Independencia. Historia de un caos económico y financiero, tan desconcertante como el político, fruto de la violenta transición que experimentó el Perú entre la Colonia y la Independencia, en que parecía difícil no solo el ordenamiento de las actividades nacionales, sino también la marcha y el funcionamiento normal de los múltiples servicios estatales.
Unanue, hombre de cierta experiencia en cuestiones hacendarias (algunos le desconocen esta condición), hizo lo posible por imponer orden en el desbarajuste nacional. Efectivamente —como ya se dijo en otra parte— por decreto de 3 de agosto de 1821 el ilustre sabio ariqueño asumió la indicada Cartera, en calidad de colaborador técnico en asuntos económicos, financieros y fiscales, en los que tenía algún dominio y en los que había hecho serios estudios desde los tiempos en que asesoraba a los antiguos virreyes175. En este sentido, puede decirse que la presencia de Unanue en el Protectorado, en momentos en que se iniciaba una tarea de organización y ordenamiento total, estaba justificada plenamente por su vasta experiencia administrativa, su extraordinaria cultura (que era polifacética), su dominio en materias tan arduas y difíciles como las ciencias económicas, su lealtad al nuevo orden de cosas y, principalmente, la confianza que en él había depositado personalmente San Martín176.
Ciertamente, Unanue asumió la tarea más difícil e ingrata y la de mayor responsabilidad en un régimen: el manejo económico. Se hizo cargo del portafolio —dice César García Rosell (1978)— en circunstancias especialmente desfavorables y difíciles de atender de manera adecuada y con la celeridad del caso177. El desafío, por lo tanto, era enorme para un ministro de Hacienda, en un país que se encontraba sin recursos, con un déficit presupuestal que sobrepasaba el millón y medio de pesos, sin dinero para cubrir los gastos de la administración pública pues todo el circulante había sido recogido por los españoles al evacuar la capital en julio de 1821, con la Casa de Moneda desmantelada y con las dos terceras partes del Perú bajo el control de las armas realistas y, además, sin aduana y “barridas las cajas del Estado” (Unanue, 1822, p. 6). Y, sin embargo, debió atender las apremiantes subsistencias del Ejército, sostener la Marina de Guerra, cubrir las exigencias civiles y eclesiásticas, satisfacer los servicios administrativos, y atender los gastos indispensables de un país en guerra, y en guerra a muerte178. A pesar de tantos contratiempos, Unanue —dice el citado García Rosell (1978)— respondió con creces a la confianza que se depositara en él; buscó recursos y dinero donde no los había, y logró hacerlo en medio de tan desalentadoras condiciones. Se valió de donativos y emprésetitos privados, de contribuciones extraordinarias y de moneda provisional (papel moneda, aunque suprimido después por Torre Tagle)179. “Sin hacienda no hay Estado”, era su máxima favorita. “Tampoco puede haber hacienda sin ingresos”, respondía a sus opositores. Y esos ingresos los creó el diestro ministro sin agobiar a la desvalida población con tributos o impuestos, sin recurrir a cupos ni a empréstitos extranjeros y, como él mismo repetía, “casi por una especie de prodigio” (Ugarte, 1980, p. 76)180.
En resumen, la política económica, hacendaria y fiscal de Unanue podemos sintetizarla en los siguientes logros: a) reorganización de las aduanas en el territorio libre de enemigos, para asegurar ingresos saneados al Estado; b) apoyo al comercio de exportación mediante la Cámara de Comercio y el Reglamento de Comercio que luego fue flexibilizado positivamente; c) fomento de la actividad minera (fuente tradicional de recursos económicos del Perú desde la Colonia) para lo cual creó la primera Dirección de Minería que tuvo el país; d) establecimiento de un banco emisor de papel moneda, que prestó servicios, pese a sus opositores, hasta el año de su supresión en 1825; e) habilitación de los puertos del Callao y Huanchaco para el comercio internacional, pero reservando el cabotaje a los barcos peruanos; f) apoyo a la agricultura y a las incipientes industrias de su tiempo; j) aplicación de conceptos monetarios tan avanzados como los de cualquier economista europeo; h) declaración libre de derechos aduaneros al azogue, a las maquinarias y a los libros181.
Y a todo esto, ¿cuáles fueron los hechos culminantes en materia de legislación de impuestos durante nuestro período? César Antonio Ugarte (1980), docente sanmarquino de Historia Económica y Financiera, hace una mención de ellos en el siguiente orden:
a) La abolición del tributo personal por decreto de 27 de agosto de 1821, y luego su restablecimiento por ley de 11 de agosto de 1826 bajo el nombre de “contribución de indígenas”, ampliándola con la contribución de castas.
b) El intento de establecer la contribución única sobre el capital, por un decreto de 8 de abril de 1824, firmado en Trujillo por Bolívar y Sánchez Carrión y su sustitución por decreto de 30 de marzo de 1825, por la contribución territorial o predial.
c) El establecimiento de la contribución industrial en 1825, que luego fue sustituida por la de patentes del año siguiente, la cual subsistió a través de leyes y decretos contradictorios.
d) Las reformas sucesivas en la tarifa aduanera: el Reglamento Provisional de Comercio de 1821 fue sustituido por el Reglamento de 1826, de acentuado espíritu proteccionista, luego reformado en 1833 y más tarde reemplazado por el Reglamento del presidente Santa Cruz en 1836 y, posteriormente, por el Reglamento de 1840 que estableció por primera vez un arancel reformable cada dos años (Ugarte, 1980, p. 98).
El mismo autor advierte que siendo estas las únicas reformas importantes en materia tributaria, subsistieron todas las demás contribuciones coloniales con ligeras y sucesivas enmiendas en cuanto a la tasa y a la forma o modalidad de recaudación.
Otro documento importante para conocer la situación económica del país después de la gestión de Unanue, es la Memoria del ministro de Hacienda, Mariano Vidal, al servicio del régimen de Riva Agüero182. En este igualmente breve pero trascendental escrito, se hace una detallada exposición sobre la situación de los fondos públicos, las finanzas del Estado y cómo fueron ambas situaciones encaradas “desde que se recibió el Ministerio hasta que el presidente y el Congreso se trasladaron al Callao ante la inminente ocupación de los realistas”. Según se lee allí, las cosas no habían mejorado sustancialmente durante la gestión de su antecesor (probablemente tratándose de dos administraciones antagónicas, el juicio de Vidal tenía que ser adverso). Por ejemplo, refiriéndose a la Casa de Moneda, revela que mantenía algunos restos de plata de las iglesias que no podían acuñarse por falta de piña para su aleación y respectiva ley. No había fondos en el Banco de Emisión ni posibilidades de crédito; y, sin embargo, “se burlaban los derechos del Estado dejando en muy desfavorable situación al signo monetario” (Vidal, Memoria, 1823, p. 8). La administración de aduanas sufría, a su vez, de la voracidad antipatriótica de aquellos que colmaban sus ganancias, con la introducción ilegal de mercaderías, perjudicando una de las fuentes más importantes de ingresos. Los accionistas del empréstito (garantizado por el Congreso) no perdonaban un solo peso, mientras que la Cámara de Comercio, lo mismo que la Dirección de Tabaco, se encontraban en muy angustiosa situación, no pudiendo esta última ni siquiera cubrir los gastos operativos. El papel moneda enervaba el crédito y auguraba serios problemas. A los funcionarios públicos, en tres meses, no se les había podido atender y, en tales circunstancias, había que mantener a 16 000 veteranos que —reconoce—“había preparado el gobierno anterior con fines patrióticos” (Vidal, Memoria, 1823, p. 9).
Asumidas las funciones por el flamante ministro —dice Enrique Rávago (1959)— el triste estado de cosas se modificó, por su aliento y apoyado por el presidente Riva Agüero. Aunando esfuerzos, se pudo pagar en mayo 1 260 000 pesos, sin que ninguno que dependiera del Estado quedara sin paga: hombres de línea de la ciudad, de los talleres, maestranzas, de las fortalezas del Callao, cajas militares de las divisiones expedicionarias, cuerpos cívicos, deudas atrasadas y amortización del papel moneda fueron los casos favorecidos. Dicho autor atribuye en gran medida el logro de estos asuntos al prestigio y simpatía que irradiaba el mandatario limeño. En este sentido, muchas personas e instituciones prestaron su valiosa colaboración para poner en práctica los planes del gobierno, especialmente el comercio extranjero que prestó toda su cooperación. Se pusieron en juego una diversidad de iniciativas como suscripciones (no solo de dinero sino de especies), corridas de toros, funciones de teatro, actuaciones deportivas y espectáculos múltiples con el propósito de incrementar las arcas fiscales.
Ahora bien —de acuerdo a lo señalado por César Antonio Ugarte (1980)— desde la Constitución de 1823 quedó reconocido un principio fundamental de las finanzas públicas modernas: la prerrogativa del Parlamento a la fijación y balance de las rentas y de los gastos fiscales183. Pero la inestabilidad política y el carácter dictatorial, franco o disimulado de los sucesivos gobiernos, hicieron ilusorio ese principio y discrecional el manejo de la hacienda pública. Los gastos fiscales durante esta época (y hasta la mitad de la década de 1840) no tuvieron, pues, una pauta completa fijada por el poder Legislativo y se hallaron limitados solo por la pobreza de las rentas y la ruina del crédito público. Según un cuadro de los ingresos fiscales durante los seis primeros meses del año 1822, estos ascendían a un total de 1 658 117 pesos, lo que permite estimar la cifra anual en cerca de tres y medio millones de pesos (Ugarte, 1980, pp. 104-105). Esto último, hizo decir a Unanue en su Memoria como ministro de Hacienda en 1825, que si no hay Tesoro Público sin ingresos, ellos “de necesidad deben faltar en un país en que ha desaparecido la agricultura y donde la minería, principal fondo de él, está derrumbada y el comercio de la capital sin puerto y sin numerario”. Todavía en 1827, José Morales y Ugalde presentaba el siguiente cuadro retrospectivo en su Memoria como ministro de Hacienda:
Millares de hombres arrancados de sus hogares e incorporados a las filas de la opresión hacían falta en los campos, en el ejército, en la marina, en los talleres y en las labores de nuestras productivas montañas. Los ahorros que en la economía de tres siglos y medio de zozobra habían reservado los peruanos, los perdieron a fuerza de exacciones y contribuciones las más violentas. Este era el estado de los pueblos que aún lloraban su esclavitud a fines del año 1824: el de los que ya entonaban cánticos a la libertad no era menos triste y aún me atrevo a asegurar, era el más lastimoso. (Citado por Basadre, 1968, t. I, p. 209)
Efectivamente, aún meses después de la batalla de Ayacucho la desventura económica continuaba. El desconcierto, no obstante, empezó a dominarse merced —según la opinión autorizada de Emilio Romero (1970)— a la obra creadora y fecunda del ministro de Hacienda, José de Larrea y Loredo, que incansable en su labor de organización de los cuadros administrativos y en la ordenación de datos y ordenanzas pudo formar un bosquejo económico y financiero del país que sirvió de base por muchos años a los ministros que le sucedieron184. Fue Larrea y Loredo el primer ministro del ramo imbuido de doctrinas liberales puestas al servicio exclusivo de la realidad peruana. Comparativamente, sus ideas resultan más depuradas respecto a las de sus antecesores: Hipólito Unanue, Mariano Vidal y José Morales Ugalde. Por ejemplo, mientras que para éste la moneda constituía la riqueza de las naciones (según la vieja concepción mercantilista), para Larrea y Loredo “es la moneda la medida universal de los valores” (Memoria al Congreso de 1826). De manera análoga, abogó por la adopción de un sistema liberal en las aduanas; ello se plasmó en el nuevo Reglamento de Comercio de 6 de junio de 1826 que estableció el principio de igualdad y de libertad para todas las naciones, reaccionando contra el exclusivismo formulado en el anterior Reglamento de la época del Protectorado. Declaró libre la importación de productos indispensables para el progreso del país (instrumentos para la labranza y la explotación de minas, máquinas agrícolas o fabriles, elementos de la industria pesquera, simientes de plantas y otros); eximió también de impuestos la venta de buques a nacionales, así como el ejercicio de la industria pesquera en embarcaciones modernas. En cambio, gravó con 85 % de derechos ad valorem los aguardientes, jabones, azúcar, tabaco, telas toscas de lana, velas, sombreros, salitre, muebles y otros artículos que se producían en el país en escala suficiente para su propio consumo185.
Otras medidas o reformas llevadas a cabo por el sagaz ministro huaracino fueron las siguientes: a) la jerarquía administrativa para la recaudación, tutelaje y contabilidad fiscales quedó establecida en sus grandes líneas por varios decretos expedidos por el Consejo de Gobierno, y solo sufrió modificaciones parciales en los años posteriores; b) el decreto de 9 de agosto de 1826 estableció en el Ministerio de Hacienda cuatro secciones: 1) Contaduría general, moneda y minería; 2) Tesorería general y departamentales y crédito público; 3) Contribuciones; y 4) Aduanas y resguardos; c) la recaudación de impuestos se encomendó a las autoridades políticas provinciales y distritales y éste fue uno de los graves defectos de nuestro sistema fiscal. En efecto, en medio de constantes trastornos políticos, esas autoridades actuaban sin control ni garantía alguna, produciéndose abusos y quiebras en la recaudación de impuestos con perjuicio de los contribuyentes y del Fisco. El Tribunal Mayor de Cuentas del coloniaje fue sustituido por la Contaduría General de Cuentas de la República (Ugarte, 1980, p. 105).
En síntesis —afirma el citado Emilio Romero (1970)— fue Larrea y Loredo el primer organizador de la vida financiera nacional, lo mismo que el primer economista y el primer hombre público peruano que pudo afrontar la realidad cuando, deshecho el país con la quiebra del sistema virreinal, carecía aún de los más indispensables elementos en qué asentar su nuevo régimen. Después de grandes esfuerzos presentó al Congreso el estado de las finanzas. Contaba la nación entonces con más de un millón de pesos de rentas de los bienes confiscados a los españoles y más de 6 millones de los secuestrados por razón de censos, obras pías y bienes de los jesuítas. Todas estas rentas fueron la base para la amortización de la deuda a los ejércitos y naciones extranjeras que nos habían auxiliado para consolidar la Independencia.
Por otro lado, comprendiendo la urgente necesidad de mantener el crédito externo y para amortizar la deuda, creó Larrea y Loredo, la “Caja de Amortización”, dándole como medios para realizar su cometido una parte de la contribución general, de los impuestos al lujo y a los espectáculos, de los derechos de importación sobre ciertos artículos y también algo de los antiguos ramos de censos y obras pías. Sus ideas sobre las contribuciones fueron justas, cuando patrocinó su general disminución para ayudar a la recuperación nacional, dando preferencia al fomento de la economía. En este aspecto, reaccionó Larrea y Loredo contra el criterio colonial, basado solo en la minería, y volvió los ojos al agro, planteando la necesidad de estimular y proteger la agricultura, vista hasta entonces con indiferencia. En cuanto al crédito público, el tenaz ministro tuvo ideas sanas, declarán-dose contrario a los empréstitos contraídos para obras improductivas, en lugar de utilizarlos para fomento de la industria nacional (Romero Padilla, 1970, t. II, pp. 65-66).
Para concluir con el presente apartado, es menester señalar que, no obstante las graves y constantes vicisitudes económicas que se vivieron a lo largo del período 1821-1826, al final del mismo en algo se había mejorado. Las palabras que a continuación reproducimos de Jorge Basadre (1968), así lo confirman:
A pesar de todas las dificultades e incertidumbres, la condición orgánicamente saludable del país, por debajo de las huellas de la guerra prolongada y las angustias de la agricultura y la minería, pudo ser superada cuando todas las necesidades de la administración pública, incluso los gastos del largo asedio del Callao y otros extraordinarios, vinieron a llenarse en la época del Consejo de Gobierno en 1826, con solo las entradas naturales de los departamentos de Lima, La Libertad y Junín, sin haber acudido a empréstitos o contribuciones y, antes bien, habiendo disminuido las ya existentes. (T. I, p. 210)
3.2 La agricultura
Retrospectivamente, el agro durante el incario fue la actividad productiva por excelencia, alcanzando niveles de extraordinaria expansión y preponderancia. En consecuencia, el hombre andino (que vivió de y para la agricultura) no solo logró un dominio estupendo del espacio, sino que también conoció y manejó los pisos ecológicos y los recursos hídricos con inigualable destreza. Por otro lado, la singular tecnología que empleó y la utilización del guano como fertilizante natural (que lo diferenció de otras sociedades), sin duda alguna, coadyuvaron a que la producción y la productividad de la tierra fuesen singularmente óptimas. Lo mismo puede decirse de la energía humana (mano de obra) que no solo era abundante, sino estratégicamente bien distribuida. Sin embargo, con el advenimiento del período colonial y durante los casi 300 años que él tuvo de vigencia, la agricultura fue desplazada por la minería; la explotación de los metales preciosos (impulsada por el mercantilismo vigente en el Viejo Mundo) fue entonces la actividad privilegiada convertida en verdadera prioridad. Así, de una sociedad eminentemente agraria (incanato) se pasó a una sociedad predominantemente minera (virreinato). Pero, hacia fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, ambas actividades —como acabamos de ver— se encontraban en una fase por demás crítica y apremiante.
Sobre la agricultura virreinal (principalmente la dieciochesca), Bonilla y Spalding (1972) nos ofrecen una apreciación extensa que, por su riqueza conceptual, la transcribimos a continuación:
La historia agraria del Perú es todavía desconocida, razón por la cual no es posible precisar las grandes fases de expansión y de contracción de la producción de la tierra. Pero es posible sostener que, bajo las condiciones de producción y comercialización agrícola en el Perú colonial, el estancamiento de la economía minera peruana en el siglo XVII implicó la contracción del mercado principal para la agricultura. Esta contracción del mercado interno fue con toda probabilidad una de las causas primordiales del estancamiento de la agricultura virreinal, proceso que se hace mucho más evidente hacia mediados del siglo XVIII.
Efectivamente, en términos comparativos, en Nueva España desde comienzos de ese siglo, el valor de la exportación de los productos agrícolas fue casi similar al de la exportación de metales preciosos, evidenciándose así una expansión mucho más homogénea que en el caso peruano, donde la exportación comprendió básicamente los metales preciosos. Aquí los productos agrícolas no llegaron nunca a exportarse en una escala considerable; es decir, que no existió una verdadera diversificación. En estas condiciones la producción agrícola estuvo primordialmente destinada a dos tipos de mercado interno: a) los centros urbanos: Lima y, en menor escala, los centros poblados de españoles y criollos de la periferia; y b) los centros mineros: el abastecimiento del mercado interno significó el establecimiento de un radio comercial mucho más vasto que el de los otros centros urbanos. (pp. 32-33)
En este contexto, es fácil entender el estado deplorable en que se hallaba la agricultura al iniciarse la década de 1820. Efectivamente, tanto el agro como la minería y el comercio se encontraban virtualmente paralizados. Sobre la primera actividad (interés del presente apartado), gravitaron diversos factores en contra, sobresaliendo tres: a) las requisiciones dispuestas para asegurar el aprovisionamiento de las fuerzas contrincantes; b) las frecuentes interferencias de los transportes que obstaculizaban su distribución; y c) el abandono de la tierra por la falta de brazos o por los escasos beneficios que ella reportaba186. En tono patético, César Antonio Ugarte (1980) agrega otro elemento igualmente válido. Dice:
Abandonado el sector agrario en manos muchas veces mercenarias e ignorantes, bajo la tiranía de los caciques provinciales, mientras que la gente culta se consagraba en las ciudades a las profesiones liberales y a las luchas políticas, no era tarea fácil entonces la de impulsar su renacimiento y progreso. Al ritmo de este desdén y sometido al abandono oficial, el agro prácticamente desfallecía187. (p. 67)
A este cuadro sombrío e incierto, habría que agregar un último factor que incidió en su escaso desarrollo: la escasez de fuentes financieras Al respecto, la siguiente afirmación de Carlos Aguirre (1995) resulta sumamente esclarecedora:
En medio de la penuria económica que caracterizó a la república temprana, la agricultura costeña padeció en todo momento de financiamiento, lo cual explica las dificultades para ensayar una renovación tecnológica. Es significativa la escasez de medidas favorables a la agricultura que se pueden encontrar en las Memorias de los ministros de Hacienda de entonces, más allá de los consabidos lamentos por la crisis y los paliativos destinados a mejorar la provisión de esclavos. Dentro de la estructura productiva de la naciente república, la agricultura ocupaba un lugar secundario: entre 1830 y 1870, por ejemplo, las exportaciones agrícolas nunca sobrepasaron el 10 % del total, muy lejos de los ingresos producidos por la minería y, más tarde, por el guano de las islas. (p. 45)
Sin negar la preeminencia de los factores señalados, algunos autores, entre ellos Emilio Romero (1970), juzgan que el abandono en que se debatió la agricultura se debió, en gran medida, a los juicios u opiniones en su contra que determinados intelectuales desde los albores del siglo XIX habían publicado. Por ejemplo, las ideas pesimistas de José Baquíjano y Carrillo sobre el agro habían cobrado en 1821 consistencia de doctrina. En el Congreso Constituyente instalado el año siguiente, el diputado Ismael Cuadros exclamó: “Ya está probado que cuando el Perú produce más no tiene dónde vender. ¿Para qué repartir tierras si no tenemos arados? Acá no hay más riqueza que la minería” (citado por Romero Padilla, 1970, t. II, p. 15). Frente a tanta convicción a favor de la minería, el proyecto del diputado Eduardo Colmenares para crear una “Sociedad Económica de Agricultura”, cayó en el vacío ante el silencio despectivo y cómplice de la misma entidad legislativa. Pero hay un dato que menciona el mismo autor y que merece consignarse por su aparente contradicción con lo que venimos expresando. Según él, aunque la guerra emancipadora había paralizado las minas y los campos habían quedado abandonados, en aquel año (1821) la producción minera se valoró en 3 000 000 de pesos y la agropecuaria fue estimada en 6 000 000 de pesos, exportándose la mitad de esta última, compuesta de azúcar, cascarilla, vinos, tejidos de lana, cueros de res y de chivo, lanas y otros productos afines188. A pesar de que la agricultura producía dos veces más que la minería y de lo que el hecho significaba como posibilidad de transformar la vida nacional, los programas políticos hablaban de proteger a la industria en general y a la minería en particular189.
Bajo el entendido de que efectivamente el agro se encontraba en una situación penosa, ¿cuál era el cultivo más extendido e importante entonces? De lejos, la caña de azúcar en los valles de la costa central (coincidentemente ubicados en territorio libre ocupado por los patriotas)190. En efecto, el azúcar —como acaba de verse— fue el principal producto de exportación; ello, no obstante, que entre 1795 y 1824 —según anota Ponce Vega (1998)— el mercado externo se había reducido principalmente por dos motivos. Primero, cuando la competencia brasileña nos arrebató Buenos Aires y, segundo, cuando hacia 1810 las guerras de la independencia americana dificultaron su ingreso en Chile, Bolivia y Guayaquil. Cuando finalmente el conflicto se acentuó en el Perú, hacia 1819, la gran propiedad azucarera se vio doblemente agredida al reducirse también el mercado interno y al ser afectado el patrimonio de la hacienda por los dos bandos en pugna; por un lado, los ejércitos impusieron cupos y sanciones a los propietarios y, por otro, los esclavos y jornaleros libres fueron reclutados y convertidos en soldados, y muchos esclavos fugaron de sus haciendas (Aguirre, 1995, p. 40). El resultado de estos hechos fue una baja en la producción en su conjunto.
Pero, ciertamente, el dilema no quedó ahí. Pocos días después que San Martín proclamó la Independencia, los azucareros recibieron el golpe más duro cuando este decretó la libertad de todos los esclavos nacidos en el país a partir del 28 de julio de 1821. De los 41 228 esclavos registrados en 1821, solo el 20 % estaba dedicado a tareas domésticas o artesanales y los restantes, casi las 2/3 partes, trabajaban en las plantaciones cañeras. Por tal razón, el reglamento de la ley (24 de noviembre de 1821) otorgó casi 25 años a los dueños de los esclavos para acomodarse a la nueva situación. Una vez que Bolívar salió del Perú, la campaña por mantener la esclavitud se acentuó. Entre 1825 y 1854 se pueden encontrar evidencias de esto en casi toda la legislación promulgada, por medio de la cual se recortaban los derechos de los libertos potenciales hasta convertirlos de nuevo en verdaderos esclavos (Ponce Vega, 1998, t. VII, p. 43)191.
Como se puede apreciar —observa Carlos Aguirre (1995)— a diferencia de lo que sucedía con la producción de víveres (pequeñas y medianas parcelas de panllevar), el cultivo para la exportación sí enfrentó una crisis de gran magnitud. En este sentido, la situación crítica de la agricultura de la caña pasó por varias etapas, que Pablo Macera ha identificado así:
a) Crisis de 1795, producida fundamentalmente por la competencia brasileña en los mercados del Río de La Plata.
b) Crisis de la segunda mitad del decenio de 1810, acentuada de manera dramática en los años previos a la Independencia.
c) Crisis coincidente con las guerras del proceso emancipador, vinculada a los problemas de los mercados internos (citado por Aguirre, 1995, p. 38).
¿Y qué puede decirse de los precios de la producción cañavelera? El mismo autor ensaya la siguiente interpretación:
El azúcar y el aguardiente (principales derivados de la caña), no tenían su principal mercado en la ciudad de Lima ni en las principales ciudades del interior, sino que estaban destinados primordialmente a los mercados hispanoamericanos. Al contraerse dichos mercados y al permanecer saturado el mercado interno, los precios de esos productos cayeron notoriamente. En este sentido, los mercados del aguardiente sufrieron recortes importantes: mientras Guayaquil y Panamá imponían monopolios, el Altiplano producía sus propias bebidas y Potosí era abastecido por la producción de la provincia de Mendoza, la situación crítica se agudizó. Además de ello, deben señalarse los siguientes factores: la destrucción de la flota mercante encargada del transporte del azúcar, la libertad de comercio decretada, la expulsión de los jesuitas (a cargo de muchas haciendas cañaveleras) y la poca eficiente administración de los predios azucareros. (Aguirre, 1995, p. 39)
3.3 La minería
A semejanza de la agricultura, al concluir el período colonial el sector minero se debatía en el más completo abandono y en la más severa indigencia. El portentoso auge alcanzado intermitentemente en épocas anteriores, era ya cosa del pasado192. ¿Las razones? Varias y de distinta naturaleza193. Aquí un resumen de sus principales características.
A no dudarlo, las luchas entabladas por la libertad trastornaron hondamente la situación de la minería; la destrucción de su infraestructura, por un lado, y la expoliación abusiva e indiscriminada de los minerales y el abandono masivo de la mano de obra, por otro, actuaron como agentes impulsores de esta casi paralización total. Los indígenas, atemorizados por ambos bandos, abandonaron en masa las faenas mineras. Los dueños españoles de las minas, a su vez, previendo los resultados de la campaña militar, forzaron la explotación y, de paso, destruyeron su infraestructura: puentes, vigas, túneles, galerías, etcétera. Ello provocó derrumbes e inundaciones irreparables en los socavones. Otros centros fueron saqueados intencionalmente por los ladrones o por efecto de venganzas de terceras personas. De este modo, al iniciarse la vida republicana casi todas las minas del país estaban unas derruidas y otras paralizadas. Ese fue el caso patético, por ejemplo, del pull de minas de Pasco.
El sombrío panorama, a no dudarlo, se complicó con la abolición legal del régimen de las mitas, al cual se había acostumbrado esta industria. Su extinción —de acuerdo a diversos testimonios— produjo efectos deprimentes y la necesidad dio origen a su reemplazo por el sistema no menos pernicioso del “enganche” compulsivo194. El diezmo colonial fue, asimismo, sustituido por una serie de gabelas (modificadas, suprimidas y restablecidas sucesivamente). De otro lado —advierte César Antonio Ugarte (1980)— las condiciones en que se desarrolló esta industria fueron similares a las del período virreinal: falta de vías de comunicación, de instrucción técnica y de capitales frescos, a las cuales había que agregar la inestabilidad política reinante por esos días. Los minerales que principalmente se explotaron continuaron siendo el oro y la plata (más tarde lo serían el estaño y el zinc).
Contrariamente a la agricultura, el sector minero desde un principio mereció el amparo o, cuando menos, la preocupación gubernamental. Recordemos, por ejemplo, que en la sesión solemne del 28 de julio de 1822, Sánchez Carrión, preclaro patriota e hijo del Ande, solicitó de la Comisión de Minería del Congreso, con todo el celo y la urgencia que el momento requería, un plan de explotación minera para hacer “efectiva en el día la riqueza que contienen nuestros yacimientos”. Meses después, en la sesión del 9 de noviembre, el diputado Juan Madalengoitia presentó a la Mesa Directiva unas piedras de jaspe encontradas en las minas de Cajabamba, y Luna Pizarro, lleno de entusiasmo solicitó un premio para el descubridor. Días más tarde, en la sesión del 7 de diciembre, el representante Rafael Ramírez de Arellano exhibió piedras cupríferas ante el asombro patriótico de los legisladores. Era opinión general muy arraigada que solo con la minería podría cimentarse la prosperidad nacional (Romero Padilla, 1970, t. II, p. 23)195.
3.4 El comercio
Como se dijo anteriormente, el comercio fue uno de los más importantes pilares sobre los cuales reposó la economía del virreinato peruano por un tiempo prolongado, involucrando a la mayoría de los estamentos sociales de entonces (a excepción de los indígenas y los negros esclavos). Sin embargo —advierten Bonilla y Spalding (1972)— desde principios del siglo XVIII, el férreo monopolio ejercido por los mercaderes peruanos sobre el mercado sudamericano, comenzó a resquebrajarse por la acción de los contrabandistas, dentro y fuera de la colonia. En efecto, ese vasto mercado, progresivamente y en línea ascendente, fue siendo copado por el comercio de contrabando realizado tanto por mar como por tierra. En ese sentido, las necesidades de los colonos fueron cubiertas por ingleses, holandeses y franceses; y, al final de la centuria, por los norteamericanos que hicieron crecer el tráfico comercial de manera significativa. Además, la posición de los comerciantes limeños se vio minada por el desafío lanzado por los comerciantes bonaerenses, cuyo comercio de contrabando por tierra hasta Potosí creció rápidamente en volumen, provocando la fuga del dinero a Buenos Aires y desde allí a Europa (Bonilla y Spalding, 1972, p. 34).
Por otro lado —agregan estos autores— los fletes de las mercancías con destino a Potosí, vía Lima, fueron mucho más altos que los fletes hasta el mismo destino (Potosí), por la vía de Buenos Aires. Asimismo, los fletes marítimos fueron más elevados por la distancia geográfica existente entre el Perú y España y por la necesidad de reembarcar las mercaderías a través del complicado y peligroso istmo de Panamá. Del mismo modo, los fletes terrestres, o sea, los implicados en el internamiento de los productos desde Lima, fueron más altos porque el terreno accidentado andino impuso la necesidad de transportarlos a lomo de mula (arrieraje), mientras que la pampa argentina facilitó la utilización de enormes y numerosas carretas.
Desde esta perspectiva —concluyen— puede afirmarse que los comerciantes peruanos pudieron conservar el mercado colonial solo en la medida en que España mantuvo el monopolio. Pero la debilidad creciente de la metrópoli y la pérdida de su control sobre el medio marino, la fueron incapacitando para sostener la antigua posición monopólica de los comerciantes peruanos. Además, la creación del mencionado virreinato del Río de La Plata, al separar Potosí del dominio peruano, representó un golpe mucho más duro para los comerciantes peruanos. En adelante, no solo el comercio entre Buenos Aires y la ciudad altoandina estuvo legalizado, sino que también fue activamente impulsado. A partir de entonces, el mercado de los comerciantes limeños se redujo al Bajo Perú, región de solo un poco más de un millón de habitantes, de los que una gran mayoría apenas si participaba de una verdadera economía de mercado (Bonilla y Spalding, 1972, p. 35).
Ahora bien, ¿qué cambió con el advenimiento del siglo XIX y, concretamente, con la Independencia en este otrora importante sector económico? Sin duda alguna, la actividad mercantil, virtualmente limitada a la importación, no solo prosiguió con su estado de postración, sino que también experimentó un sensible trastorno. ¿Las razones?
En primer término, por la emigración voluntaria o la expulsión de los comerciantes españoles afincados en estos lares desde épocas pretéritas y, en segundo lugar, por la aparición de los agentes acreditados por los fabricantes de Estados Unidos y Europa (ingleses sobre todo) que iniciaron intensas operaciones a la sombra de la política librecambista adoptada por el gobierno independiente. Como estos —dice Alberto Tauro (1973)— eran comisionados para colocar los productos, sin tener en cuenta la demanda ni la capacidad de compra, muy pronto quedaron abarrotados sus almacenes; y como el Estado, a su vez, carecía entonces de otras rentas saneadas, apeló a una desmedida elevación de las tarifas aduaneras, que en algunos casos fue justificada como protección a la incipiente industria peruana. Así se originó uno de los vicios crónicos de la economía nacional, porque un alto porcentaje de los gastos públicos fue financiado mediante los derechos de importación; y como a veces llegaron estos a ser tan excesivos que su tasa alcanzaba el 90 % (por ejemplo, tratándose de tejidos ordinarios que podían desplazar al tocuyo fabricado en el país), se favoreció el contrabando y, consecuentemente, la disminución de los ingresos fiscales. Pero otras circunstancias agregaron sus influencias negativas a aquella coyuntura, a saber: la ocupación de las fortalezas del Callao, que el brigadier José Ramón Rodil mantuvo hasta enero de 1826, obligando al gobierno nacional a la habilitación temporal de las caletas vecinas, carentes de comodidades portuarias y de vigilancia; la escasez de navíos mercantes para el acopio y transporte de los productos o mercancías que, desde antaño, prácticamente habían monopolizado el tráfico de la costa occidental de América del Sur, permitiendo equilibrar con sus fletes algunos déficits comerciales; y la falta de moneda circulante, cuya acuñación no fue posible normalizar porque las instalaciones de la Casa de Moneda fueron tres veces destruidas durante la lucha emancipadora (Tauro, 1973, pp. 32-33).
Sobre la indicada política del “libre comercio” (que antiguamente algunos historiadores la consideraban causa principal de la Independencia nacional), puede afirmarse que en los años que aquí interesa examinar, los dirigentes fueron poderosamente influenciados por el pensamiento político y económico inglés abiertamente partidario de esa tendencia. Ella no solo fue acogida en los respectivos programas de gobierno, acorde a los principios liberales de la economía capitalista que se iba imponiendo en el mundo occidental, sino que también se constituyó en una verdadera aspiración colectiva.
Ciertamente, la mencionada política preconizada por los países industrializados se vio reflejada principalmente en el ámbito textil. Por ejemplo, las fábricas europeas y norteamericanas producían artículos manufacturados en serie y a precios que no podían hallar competencia con los producidos en esta parte del Continente. Recuérdese que entre las industrias más favorecidas en Inglaterra por la revolución tecnológica se encontraba, precisamente, la textil. La antigua protección que los textiles peruanos habían gozado durante tres siglos —afirma Félix Denegri (1976)— residía en tres factores: las prohibiciones españolas, los recargos de los intermediarios de Cádiz y los altos costos de los fletes marítimos. Desde esta perspectiva, con la consumación de la Independencia, la política librecambista empezó a tener plena vigencia.
¿Cuál fue el espíritu y el alcance de la reglamentación de la actividad comercial en tiempos de la gesta emancipadora?, ¿de qué manera fue acogida por los implicados directamente en ella? Cuando el general San Martín proclamó la Independencia y se hizo cargo de una parte del Perú con el título de Protector, dictó algunos reglamentos y disposiciones de carácter político, económico y social para la zona ocupada por el Ejército Libertador. En el campo estrictamente comercial, cabe destacar el Reglamento Provisional de Comercio, dictado el 28 de setiembre de 1821 que contenía ordenanzas de orientación librecambista, pero también disposiciones proteccionistas ligadas a un nacionalismo incipiente196. Solo por causas de la guerra se dejaron abiertos los puertos del Callao y Huanchaco para los buques peruanos. Los barcos extranjeros —señala Emilio Romero (1970)— debían nombrar consignatarios a naturales del país en el puerto de arribo. Se establecían derechos duplos a toda mercadería cuya importación pudiera ser perjudicial a la industria nacional, prohibiéndose, además, la venta de artículos al por menor a los vendedores extranjeros, privilegios que se reservaban al comerciante peruano. Se prohibió el comercio de importación a los extranjeros. Pero se declaró libre el comercio interno, aboliéndose las aduanas interiores (disposición que, en la práctica, no se cumplió). El comercio de cabotaje fue adjudicado exclusivamente a los buques y ciudadanos peruanos; pero el gobierno podía conceder licencias de excepción siempre y cuando la tripulación de los barcos favorecidos tuviesen un “porcentaje considerable de hijos del país”. Asimismo, la actividad artesanal nacional fue defendida celosamente (artículo 10), sobre todo la pequeña producción de bayetas, tocuyos, cueros, etcétera, contra la producción extranjera. Se prohibió, finalmente, la extracción de oro, plata, etcétera. Diversos decretos complementaron el Reglamento Provisional que solo tenía 27 artículos. Quedaban exentos —según él— de todo derecho: los azogues, cualquier instrumento de labranza agrícola y minera, los artículos de guerra (con excepción de la pólvora), los libros, instrumentos científicos, mapas, imprentas y maquinaria de cualquier tipo. Conviene precisar —observa Félix Denegri (1976)— que entre 1821 y 1826, debido al estado de guerra y a las necesidades perentorias de los gobiernos patriota y realista, las disposiciones referentes a las importaciones se hicieron muy laxas y en muchos casos fueron exoneradas.
Históricamente, dicho Reglamento cambió la orientación del sistema en función de los intereses del Perú, si bien fijó derechos especiales favorables a los artículos que se importaran o se exportaran en buques con pabellón de Chile, Río de La Plata o Colombia. Sin embargo —afirma Jorge Basadre (1968)— en la práctica resultó el Reglamento un documento inoperante. La escasez de derechos percibidos por la exportación y la importación evidenció que las tarifas eran inconvenientes y que el comercio optaba por resguardar sus intereses mediante el contrabando. El Congreso de 1823 preparó el proyecto de un nuevo Reglamento que no llegó a ser sancionado.
Después de estos primeros pasos, el acto más importante de nuestra política comercial fue el Reglamento de Comercio de junio de 1826 que abolió los derechos diferenciales establecidos en 1821 y elevó la tarifa de importación con un marcado espíritu proteccionista. En efecto, citado el ministro de Hacienda, José de Larrea y Loredo, abogó por la adopción de un sistema liberal en las aduanas. En este sentido, el establecimiento del tráfico libre revestía una importancia singular, si se considera que el régimen entonces vigente provenía desde la época colonial, pese a las declaraciones constitucionales. Prácticamente se aplicaban todavía las normas aduaneras de la época del virrey Amat; el tráfico terrestre se hacía por el sistema del arrieraje y ninguna mercancía circulaba sin guías ni tornaguías; las ciudades tenían puertas y murallas que se cerraban a las seis de la tarde al toque de oración y no abrían los domingos; toda mercancía sin guía era decomisada y cada pueblo ejercía un control estricto que dificultaba el comercio, devengándose además de los derechos de aduana el de alcabala sobre toda venta, con arreglo a una reglamentación minuciosa, realmente confusa. El Reglamento de 1826 mantuvo este sistema para controlar el pago de los derechos de aduana, pero suprimió el impuesto de 6 % que gravaba el tráfico al internarse en las provincias, haciendo lo propio con el odioso gravamen que implicaba para las mercaderías extranjeras la percepción de derechos por una misma mercadería en cada puerto o ciudad peruana cuantas veces transitara por las aduanas terrestres o marítimas. El Reglamento de Larrea y Loredo fue, pues, en suma, la primera actitud liberal a favor del comercio (Romero Padilla, 1970, t. II, pp. 21-22).
La actitud o reacción de los comerciantes es interesante mencionarla brevemente. Para salvar los apuros del tesoro público y atender los apremiantes gastos de la lucha por la Independencia, San Martín (y más tarde de algún modo también quienes le continuaron en el gobierno) dictó una serie de medidas. Una de ellas fue la celebración de contratos con algunos comerciantes, concediendo a determinadas empresas la facultad de introducir mercaderías libres de derechos (con exclusión de algunas) mediante una suma que se adelantaba al gobierno. Estos monopolios tenían que ser odiosos y fueron causa de que muchos se indispusieran con San Martín y su ministro de Hacienda (Vargas Ugarte, 1966, t. VI, p. 183). Otra medida fue la de las contribuciones forzosas. El 27 de setiembre de 1822 se decretó una de 400 000 pesos sobre el comercio de Lima, sin distinguir nacionalidades. La pobreza y la falta de voluntad de los comerciantes, sobre los cuales habían recaído ya muchas imposiciones en los dos años de guerra, produjo el fracaso de esta contribución surgiendo varios incidentes delicados con motivo de la protesta de los comerciantes ingleses y de la intervención del comandante del buque inglés Aurora. Estos ruidosos incidentes terminaron con la aceptación de la oferta de los comerciantes ingleses de dar en calidad de empréstito 73 000 pesos, sin intereses y reembolsables a los seis meses en libranzas contra la aduana.
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