Kitabı oku: «Memorias de viaje (1929)»



Vélez González, Raúl
Memorias de viaje (1929) / Raúl Vélez González; prólogo David Roll Vélez. -- Medellín: Editorial EAFIT, 2019
358 p.; 21 cm. -- (Colección Rescates)
ISBN 978-958-720-578-7
1. Vélez González, Raúl – Correspondencia, memorias, etc. 2. Europa – Descripciones y viajes. I. Roll Vélez, David, pról. II. Tít. III. Serie
914 cd 23 ed.
V436
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
MEMORIAS DE VIAJE
(1929)
COLECCIÓN RESCATES
Primera edición en la colección Rescates
© HEREDEROS DE RAÚL VÉLEZ GONZÁLEZ
© DEL PRÓLOGO: DAVID ROLL VÉLEZ
© EDITORIAL EAFIT
CARRERA 49 NO. 7 SUR - 50 TEL. 261 95 23, MEDELLÍN
http://www.eafit.edu.co/fondoeditorial
correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
EDITOR: Juan Felipe Restrepo David
CORRECTOR: Christian Martínez Guerrero
DISEÑO DE COLECCIÓN: Alina Giraldo Yepes
ISBN: 978-958-720-578-7
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.
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En memoria de Teresita Vélez Ochoa (†2018) La niñita de Don Raúl, que fue nuestra amada hermana y madre.
Julio, Ramiro, Daniel, Saul, David y Dinah
CONTENIDO
NOTA EDITORIAL
PRÓLOGO
David Roll Vélez
PRIMER CUADERNO
CONTIENE EL VIAJE HASTA EUROPA, HAMBURGO, BERLÍN, POTSDAM, COLONIA, BRUSELAS, WATERLOO, EL FRENTE DE BÉLGICA EN LA GRAN GUERRA, PARÍS
SEGUNDO CUADERNO
PARÍS (CONTINUACIÓN), PARTE DE ESPAÑA, VIAJE A ORIENTE (ARGELIA, TURQUÍA, GRECIA, SIRIA, PALESTINA Y EGIPTO), ITALIA, MÓNACO, SUIZA Y PARTE DE BARCELONA
TERCER CUADERNO
COMPRENDE EL SUR DE ESPAÑA, PORTUGAL Y PARTE DE CASTILLA LA VIEJA HASTA EL ESCORIAL
CUARTO CUADERNO
CENTRO DE ESPAÑA, TERMINA BARCELONA, NAVEGACIÓN DE REGRESO A AMÉRICA Y GENERALIDADES
NOTAS AL PIE
NOTA EDITORIAL
El viaje de un colombiano a Europa y Oriente en el siglo XIX y a inicios del XX hizo parte fundamental de una formación ilustrada que no solo tuvo sentido como punto de partida (en la juventud), sino como entretenimiento y comprobación de conocimiento del mundo leído y escuchado (en la adultez). Hay que aclarar: se trataba, en general, de ciudadanos viajeros pertenecientes a elites económicas y sociales de las capitales y provincias. Con este panorama de fondo, estos viajes fueron más comunes y continuos de lo que se creía; con la divulgación de muchos documentos, como los de viajes, ahora sabemos que las conexiones de humanistas, intelectuales y comerciantes con Europa y Oriente fueron fecundas, e, incluso, complejas. Diálogo, entonces, hubo; es más, puede considerarse que, desde estas tierras por aquella época de formación de nuestras repúblicas, se fue concibiendo y estructurando una mirada de regreso: Europa interpretó a Latinoamérica (caso emblemático, Humboldt), es cierto, pero también Europa y Oriente fueron interpretados, visitados y reinventados en las ficciones y ensayos de los latinoamericanos. Un relato como este de Raúl Vélez González es una de esas tantísimas maneras de comprender la lectura de colombianos a Europa y Oriente –tal como sucede en otros viajes, publicados en esta misma editorial: Viaje de Nueva Granada a China y de China a Francia de Nicolás Tanco Armero y Viaje de América a Jerusalén de Andrés Posada Arango–. El lector encontrará un viaje personal, narrado en lenguaje sencillo (para familiares), con los asombros y prejuicios de un viajero que se abre y se cierra conforme se relaciona con la realidad amable y esquiva que tiene a su frente. Hemos respetado, para la edición, las marcas de la escritura, pues creemos que en ellas subyace otra manera de la interpretación, en especial porque este es un viaje que se escribe mientras se vive; solo hemos actualizado la ortografía según las normas actuales.
PRÓLOGO
David Roll Vélez
(con la orientación de Ramiro Vélez Ochoa)
Cuando la Editorial EAFIT publicó un libro de viajes de mi autoría en el año 2003 (Crónicas de un indiano viajero), no pude evitar mencionar en los agradecimientos de la noche del lanzamiento que mis dos abuelos también habían sido trotamundos, y que desafortunadamente no teníamos memorias de sus recorridos por diversas partes del planeta.
Pero justamente estas crónicas de viaje de mi abuelo, Raúl Vélez González, surgieron de unos cuadernos que heredó de él uno de mis tíos maternos, Ramiro Vélez Ochoa. Luego de la muerte de su papá, a una edad muy temprana aún, los guardó con devoción por décadas, como una reliquia que debía darle en algún momento a la siguiente generación, y conservarlas en la familia.
Durante la copa de vino de esa noche del lanzamiento del libro de viajes, mi tío me mencionó la existencia de tales memorias, escritas más de setenta años atrás, y lo hizo frente a la directora de la Editorial EAFIT de aquella época, quien expresó que podía ser interesante analizar su publicación. Fue una sorpresa para mí porque no tenía idea de que existieran esos cuadernos, aunque sí sabía de los viajes y de la importancia que estos tuvieron en la vida de mi abuelo, a quien desafortunadamente no conocí.
Al día siguiente del evento, mi tío Ramiro, que por entonces ya estaba planeando su retiro por edad de su profesión de médico siquiatra, y quería definir el sucesor de las memorias familiares, me invitó a su casa y me entregó solemnemente los cuadernos, con una carta en la que expresaba su voluntad de que me hiciera cargo de ellos, como el “historiador de la familia”. Así decía la nota.
A partir de ese momento me dediqué a leer los manuscritos con gran deleite y contraté a alguien para que los transcribiera, de modo que pudieran disfrutarlos también otros miembros de la familia, por la dificultad que hay hoy en día de leer lo que llamábamos en mi infancia “letra pegada”.
No sé bien si alguien los leyó completa o parcialmente de entre los descendientes del abuelo Raúl, fuera de sus dos hijos varones. Pero curiosamente el texto llamó mucho la atención de una filóloga de la familia, que no era descendiente del abuelo Raúl y ni siquiera colombiana, mi esposa, Lina Oliveira da Silva, quien desde el primer momento se mostró fascinada con la lectura de las crónicas.
De nacionalidad brasileña, pero dedicada a la corrección de textos, la traducción y la enseñanza de su lengua materna y del español, y doctora en Filología, se puso en la labor de leer minuciosamente los originales, hacer observaciones y conseguir toda la correspondencia de mi abuelo que pudiera ayudarnos a entender más sobre él y sus viajes.
Con el tiempo, la relectura de las crónicas de viajes y de las cartas se nos convirtió en una reconstrucción de la vida de alguien a quien no pudimos conocer por haber fallecido en 1958, pero que se nos fue haciendo cercano, hasta el punto de sentirlo en el grupo de familiares con los que sí habíamos compartido aunque ya no estuvieran con nosotros.
Yo estaba fascinado con las crónicas, pero personalmente no me identifiqué en principio con mi abuelo, aunque percibí que mi esposa parecía estar usando los manuscritos y las cartas para hacer una lectura cifrada de mi personalidad. Al final terminó convenciéndome de varias coincidencias, más allá de que yo también elegí ser profesor como actividad principal de mi vida o la importancia que le dio él a su viaje y yo a los míos, especialmente si están relacionados con historia o libros.
No puedo negar que esto me animó a seguir buscando la publicación de ese manuscrito. Por supuesto, parte del atractivo por las crónicas se debía a las similitudes que encontrábamos ella y yo entre la vida del abuelo Raúl, dedicada a la familia, la lectura, la docencia y los viajes, y nuestras propias decisiones personales en ese mismo sentido. Pero realmente se trataba más de una fascinación por el personaje, su manera de vivir, la forma sencilla, humorística y erudita al mismo tiempo de contar las cosas.
Una vez que aparecieron las memorias y pasó la novedad del asunto entre los familiares, estas permanecieron por varios años como un tesoro privado para disfrute solo de los tres o cuatro miembros de la familia que habíamos mostrado más interés en ellas. Luego, como nadie disputó la posesión de las mismas por nuestra parte, se fue olvidando que las teníamos y poco se habló más del asunto.
Pero justamente investigando la vida de mi abuelo, preguntando a mi tío Ramiro, descubrimos que había sido rector de la Universidad de Cartagena por un periodo corto antes del viaje que dio lugar a las memorias. Visité entonces esa ciudad para entrevistarme con el rector del momento y coordinar con la universidad la elaboración, como homenaje a él, de un retrato en óleo basado en una vieja fotografía, pintura que ahora está en la galería de los antiguos rectores de la universidad.
En medio de los trámites de este reconocimiento póstumo, pude saber de textos escritos por él en esa época de su rectorado, impresiones sobre todo de la dura huelga de estudiantes que había enfrentado su antecesor, y que durante su periodo al parecer logró negociarse parcialmente. Por supuesto, se trataba de un convencido católico y seguidor del Partido Conservador a principios de siglo pasado, y en sus declaraciones culpaba a los padres de los estudiantes de la desproporcionada huelga, por no haber educado en valores a sus hijos, en lugar de verla, sin ser falsa su afirmación, como lo que parecía que era realmente, un síntoma más de una sociedad aún decimonónica tratando de acomodarse a la modernidad.
En ese ir y venir para la elaboración del óleo, fue surgiendo la idea de publicar por parte de la editorial de esa universidad unos trozos de las memorias, comparándolas con relatos propios míos de viajes y de mis tíos, ya publicados o inéditos, de modo que se notara como veían dos miembros de la misma familia ciudades como París o Madrid, con sesenta o más años de diferencia.
El libro fue publicado en Cartagena, donde tuvo buena acogida, pero también fueron positivos los comentarios en la prensa de Medellín, y ello motivó la sugerencia de que se publicaran más adelante no solo fragmentos escogidos de esa memorias, como se había hecho, sino el texto completo, tal cual lo había escrito el abuelo Raúl, y en una editorial antioqueña, y ese es el libro que usted tiene en sus manos. Pero el proceso no fue tan inmediato como hubiéramos querido.
Al principio estuve ocupado en otras publicaciones propias, y un tanto desanimado por dos intentos fallidos que se hicieron con entidades públicas locales de Medellín para intentar la publicación de las memorias en seriales de autores antioqueños inéditos. Fuimos dejándolas entonces como una herencia que le transmitiríamos a la siguiente generación, y empezamos a mostrarlas a nuestra hija mayor para que fuera ella quien las publicara más adelante.
De los tres hijos de mi abuelo, el sacerdote, mi mamá y el médico, solo este último insistía en que buscáramos la publicación de las crónicas completas. Sin embargo, hace un par de años mi mamá me dijo que le gustaría mucho que yo encontrara la manera de que la historia de ese viaje, del cual tanto oyó hablar a su papá en la infancia, fuera publicada íntegramente y en Medellín, y resurgió entonces mi interés en lograrlo.
Por esa época yo ya era profesor de la Universidad Nacional de Bogotá, pero también ocasionalmente profesor externo del programa Saberes de Vida de la Universidad EAFIT, en Medellín, y mantenía cierta relación con esta universidad, aunque ya no tanto con la Editorial. Así, cuando se hizo un gran evento con motivo de la celebración de los 15 años de este programa, dedicado a dar posgrados de calidad a personas mayores, fui invitado amablemente por la directora, María Victoria Manjarrez, y aproveché el viaje a Medellín para presentar el texto en esta universidad.
Decidí asistir al evento con mi tío Ramiro, llevando dos ejemplares del libro ya publicado y dos copias de las memorias completas, también un tanto por sugerencia de María Victoria, quien al conocer los textos conceptuó que si se los enseñaba al rector y a la directora de la Editorial seguramente, ella creía, habría posibilidades de volver a hablar de su publicación.
En ese contexto de celebración entregamos tanto al rector como a la directora de la Editoral la propuesta de publicación y los dos textos que llevábamos, el publicado y el inédito, como un acto simbólico de un último esfuerzo por dejar a los antioqueños ese trocito de realidad paisa que no conocían, aunque sin demasiadas esperanzas, por los pasados intentos frustrados en la Gobernación y la Alcaldía.
Pero meses más tarde recibimos muy gratamente la noticia de que constituía un material adecuado para la Colección Rescates y que sería publicado. El hecho de que fuera EAFIT y Medellín era la mejor parte la noticia, por los antecedentes mencionados, por la fama de la Editorial y por la posibilidad de que más colombianos, y, sobre todo, muchos antioqueños, pudieran tener acceso al texto, y esta vez íntegro.
Por supuesto lo anunciamos a la familia y nos pusimos a diseñar con la Editorial cuál sería la estrategia para esta versión definitiva de las crónicas, habida cuenta del gran prestigio que había adquirido la Editorial y la necesidad de no equivocarnos en la propuesta final del texto, luego de tanto esfuerzo y paciencia.
En un principio se consideró la posibilidad de que las memorias estuvieran acompañadas de comentarios de contexto histórico sobre los lugares descritos, elaborados por los descendientes del abuelo Raúl que también se hubieran dedicado a los viajes, y se planeó en ese sentido un esquema parecido al del primer texto ya publicado, pero mucho más completo, casi todo a mi cargo.
La idea era que la siguiente generación, sus dos hijos varones por lo menos, que igualmente fueron profesores en sus áreas de trabajo, y que habían vivido en Europa y la conocían mucho, escribieran en el libro algunos comentarios, comparaciones o aclaraciones. Ellos habían viajado incluso con más intensidad que su padre por ese continente y por muchos otros lugares, y se pensó que hicieran algunos pequeños aportes como en la publicación previa.
Igualmente se sugirió que quien escribe este prólogo hiciera otro tanto, teniendo en cuenta que había publicado libros y crónicas de viaje, pero sobre todo porque pude vivir como viajero todos los recorridos de las memorias, e incluso había vuelto a muchos de ellos con el texto en mano repetidamente o por una vez más, por lo menos.
El hecho de que hubiera superado con mucho los destinos visitados incluso por la segunda generación de viajeros de la familia, los tíos, así como la circunstancia de que ellos habían hecho lo propio respecto de su padre, hacía atractiva la propuesta editorial planteada en un principio de esta manera, y me pareció un reto arduo, pero atractivo.
Más interesante aún resultó la sugerencia de algunos amigos, conocedores del texto, de que la cuarta generación, mi hija, Sara Roll Oliveira, de dieciocho años por entonces, escribiera varios textos complementarios en tono de blog de viajeros posmodernos, por haber participado además ya como coautora en un par de escritos de viajes conmigo, publicados en El Tiempo.
Esta propuesta se basaba en el hecho de que ella tenía el record familiar de que, antes de cumplir dieciocho años, ya podía hablar y escribir con entera naturalidad en tres lenguas europeas, y que había viajado por toda América y parte de Europa y hasta África, sin ser hija ni de diplomático ni de millonario.
Tratándose además ya de una ciudadana con nacionalidad europea que vive en España, estudiando en la universidad que primero se fundó en ese país (hace ochocientos años), y que es a la vez la segunda más antigua de Europa, la de Salamanca, para nosotros era como el personaje que cierra el ciclo familiar de acercamiento a ese continente y al mundo.
Al final, sin embargo, se decidió editorialmente y de manera acertada dejar esta propuesta colectiva familiar para una publicación posterior, y regalar al lector las crónicas de viaje de mi abuelo en un esquema totalmente limpio de aditamentos, aclaraciones o actualizaciones, al estilo propio de la Colección Rescates, y ese fue el modelo seguido que entregamos al lector.
A pesar de ello quedó claro, en ese proceso de decisiones editoriales, que el lector de las crónicas iba a querer saber cómo esas memorias llegaron a convertirse en objeto de interés para su publicación y salir del ámbito familiar para el cual originariamente fueron escritas. Ese es el motivo por el cual en esta presentación nos hayamos extendido en seguirle la huella al texto desde los cuadernos originales hasta el momento de su presentación íntegra en este libro, porque es parte también de las crónicas mismas.
Pero mucho más interesante aún resulta el poder relatar en estas notas introductorias las respuestas a lo que seguramente el lector se preguntará, como hice yo al leer las crónicas, ¿quién era Raúl Vélez y por qué se obsesionó por viajar, escribir y sobre todo hablar de sus viajes como algo tan vital para su existencia?
En especial, hay una cuestión que me obsesionó también a mí por un tiempo, y respecto de lo cual pude obtener algunas respuestas, investigando aquí y en España sobre los ancestros de mi abuelo: ¿habría algún antecedente familiar que explique por qué las cuatro últimas generaciones, comenzando por el abuelo Raúl, se han dedicado tan insistentemente a viajar?
La primera acción para responder a estas preguntas sobre mi abuelo Raúl fue, por supuesto, entrevistar largamente a sus tres hijos, con edades por entonces cercanas a los ochenta años, y a cualquier otro familiar coetáneo de él que lo hubiera conocido y estuviera dispuesto a contarme lo que supieran.
Desde niño recordaba que mi mamá, Teresita, me llevaba a visitar a una hermana de su papá Raúl, que en pleno barrio residencial de Calasanz tenía un gallinero en la terraza de su casa, y que me regalaba dulces y libros con cualquier excusa. Cuando ella murió, seguimos visitando a sus dos hijas solteras, Laura y Alicia, a quienes cariñosamente todo el mundo llamaba “las muchachas”. Hasta el sol de hoy he mantenido la costumbre de “hacer visita” a la casa de las primas, y aunque una de ellas ya falleció, sigo diciendo que estuve donde “las muchachas” y todos entienden de inmediato a quien me refiero.
Con el tiempo fue siendo claro para mí cómo, además de la motivación de cuidar a su mamá, las muchachas optaron por este estilo de vida, de ser independientes y estar en el mercado laboral con éxito, para lograr una libertad que casi ninguna otra mujer en su medio y época pudo tener. Lo usaron sobre todo para vivir tranquilas, rodeadas de perros pequineses, que te ensordecían al llegar, pero también para viajar hasta cuando tuvieron salud, llegando incluso a la mismísima China, en una época en que pocos se aventuraban a ello. Una vez incluso fui su guía en Madrid y soportaron íntegramente el plan de un día recorriendo la parte vieja de la ciudad a pie, tour al que desde el siglo pasado someto a mis amigos cuando llegan por primera vez a España y coincido con ellos en la capital.
Por supuesto, el diálogo fue cambiando con los años. Por ejemplo, la sobreviviente Alicia, quien tiene una pequeña estatua de Laureano Gómez en su escritorio como si fuera un santo más, discutió conmigo un tiempo sobre política. Nunca entendió por qué yo había decidido ser seguidor del Partido Liberal luego de que terminé de escribir mi trabajo de tesis doctoral sobre la política colombiana en el siglo XX, pero con el tiempo me entendió y en adelante nos reímos del asunto.
Ya pensando en el libro, le pregunté directamente si había alguna razón por la que a mi abuelo le gustaran los viajes, y la respuesta fue inmediata: “Lo llevaba en la sangre”. Me causó gracia la respuesta porque el anterior libro de viajes con algunos fragmentos de las memorias de mi abuelo llevaba ese título, El viaje está en la sangre.1
El nombre lo había puesto mi hija Sara, por entonces de diez años, quien también había propuesto la portada, consistente en un tubo de ensayo con una muestra de sangre, un barco y un avión, comparando así las diferentes formas de desplazamiento de las crónicas contenidas en el libro, las de mi abuelo y las mías. Y el ilustrador aceptó la idea y la plasmó en la portada.
Al principio, de todos modos, no entendí muy bien a qué se refería Alicia con esa frase del viaje en la sangre porque tenía entendido que mi abuelo había sido el primero en salir del país desde que nuestros ancestros llegaran de España en la época de la Colonia, en un barco procedente de Sevilla. Pero todo quedó claro cuando miramos un mapa viejo que otro familiar tenía de Antioquia, en el que las montañas estaban muy bien dibujadas. Entendí al ver aquel pañuelo arrugado de accidentes geográficos antioqueños que la pulsión por viajar de este lado de la familia encontraba su expresión en la medida de las posibilidades. Mi bisabuelo, el papá del abuelo Raúl, había sido un arriero toda su vida y murió en ejercicio de ese oficio.
A pesar de ser un buen padre de familia, insistía Alicia, el trabajo de su abuelo, mi bisabuelo, hacía que la mayor parte del tiempo “tuviera” que estar viajando. No se trataba de viajes internacionales, como los de las siguientes generaciones de viajeros de la familia “midiendo el mundo”, pero sí de interminables desplazamientos desde Bolívar, Antioquia, a lo que, a partir de 1947, sería el departamento del Chocó.
Como es bien sabido, esta región habitada mayoritariamente por indígenas y descendientes de esclavos africanos ha sido rica en metales preciosos, especialmente oro. El trabajo del bisabuelo era desplazarse con un par de mulas desde su natal Bolívar, municipio antioqueño luego rebautizado Ciudad Bolívar, que era limítrofe con el Chocó, para comprar ese oro y venderlo a su regreso. Las mulas por supuesto no iban sin carga en el camino de ida, así que el negocio en el fondo era la venta de cachivaches para los mineros, y seguramente la mayoría de las veces se trataba de un simple trueque. De hecho, mi abuelo alcanzó a nacer en el pueblo de Negua en el Chocó, a raíz de esos desplazamientos de la familia entre los dos departamentos.
De este modo, y sin ser rico con el negocio, pero tampoco subordinado de nadie, sostenía bien a su esposa y a sus tres hijos en Bolívar, dos varones, mi abuelo Raúl y su hermano Conrado, y una mujer, Mercedes, la madre de “las muchachas”. Pero sobre todo, dice doña Alicia, además de ganar los ingresos para vivir, con ese modo de vida mi bisabuelo le daba gusto a una poderosa necesidad que existía entre nuestros ancestros desde generaciones atrás, la de estar en permanente desplazamiento, sin renunciar por eso a la creación de un núcleo familiar estable.
Pero la fatalidad se abatió sobre ellos, contaban las “muchachas” muy compungidas, como si se tratase de un hecho reciente, cuando un día el bisabuelo no regresó más de una de sus correrías, y semanas después se supo que había sido asesinado por forajidos en El Carmen de Atrato para despojarlo del cargamento de oro que traía de regreso. En una época en la que no existían los seguros de vida con la difusión de hoy y teniendo en cuenta que la mayoría de esos comerciantes compraban una casa y luego vivían al día, la familia quedó en la pobreza relativa, y la pobre bisabuela debió criar a sus dos hijos y a su hija trabajando en la costura.
Hasta hoy se especula que el bisabuelo logró esconder en un lugar secreto parte de sus ganancias y me consta que en la finca familiar se han derribado algunas casas con la excusa de buscar un entierro, pero sospecho que con esa finalidad. Si algo se encontró, o si existe algún tipo de mapa, lo cierto es que al día de hoy nada más se sabe del asunto.
Mercedes, la única mujer de entre los tres hijos, como era costumbre permaneció con la viuda hasta que ella misma se casó, mientras sus dos hermanos tomaban caminos muy diferentes entre ellos. Conrado, el único hermano varón de mi abuelo, permaneció en Bolívar y se dedicó por entero a criar a su enorme familia a partir del cultivo del café, y a llevar una vida fervorosa de misa diaria y rosario vespertino. Esta religiosidad la transmitió a sus muchos hijos e hijas, varios de los cuales tomaron hábitos como sacerdotes o monjas.
Mi abuelo Raúl también tuvo una finca por mucho tiempo y se ufanaba de cultivar el mejor café del mundo. Usando el juego de premisas de que siendo el de Antioquia el mejor café de Colombia y este el mejor del planeta, y el de Bolívar el mejor de Antioquia, y el suyo el que mejor pagaban en la cooperativa, decía que él tenía el récord sin duda alguna de producir el mejor café del mundo. Algunos dicen que hablaba en serio y otros que era una broma, pero la inferencia tiene sentido.
A pesar de que una parte de sus ingresos provenían de esta finca, la mayor parte de su vida fue realmente profesor, tanto en Bolívar como en Santo Domingo, pero sobre todo en Medellín. Fue profesor en el Liceo de la Universidad de Antioquia y en la Normal de Varones de Medellín, en la que fue rector, y en la Universidad de Cartagena, de la que fue rector también por un breve tiempo.
A pesar de no vivir tanto tiempo en Bolívar, pues se fue muy pronto y solo regresaba de vacaciones, salvo un año sabático que se tomó en su pequeña finca cafetera, el abuelo aún es parte de la historia de la ciudad. En un viaje que hice para conocer bien la vieja propiedad familiar de mi abuelo, que solo había visto en un par de visitas rápidas a familiares durante mi infancia, tuve la suerte de poder entrevistar a un casi nonagenario primo de Don Raúl, hijo de Conrado, y me confirmó tal cuestión. Don Julio Vélez Uribe era su nombre, y fue gracias a que me encontré con su hija Esperanza, debido a la publicación de otro de mis libros de viajes en la Universidad del Rosario (Guerra Fría Cenizas Calientes. Reportajes a un mundo en cambio, 2007), que pude lograr el acercamiento a la familia, perdido desde décadas atrás. Desde entonces he mantenido contacto ocasional con el enorme combo de primos y amistad especial con varios de ellos, y a todos en parte dedico también este prólogo, ya que el libro es herencia de toda la familia Vélez.
Don Julio Vélez Uribe, hijo de Conrado y sobrino de don Raúl, me contó cómo era el ambiente por esos tiempos, y de qué forma era visto mi abuelo como una especie de orador oriental, fuente inagotable de historias. Especialmente por la excentricidad de haber viajado por el Viejo Continente y Oriente Próximo casi un año completo y hablar de ello elocuentemente a sus familiares, amigos y alumnos, me contó, era conocido como “el que fue a Europa”. Don Julio me habló de su tío Raúl como una persona tan excesivamente culta que de alguna manera el tiempo que estuvo en Bolívar vivía más bien solitario y enfrascado en sus libros, pero que con sus relatos de historia deslumbraba a todo el pueblo y atraía público en cualquier tertulia cuando bajaba de la finca.
Siendo muy católico, le habían contado que durante los sermones del padre durante la misa dominical salía discretamente al atrio, como queriendo decir que no compartía el radicalismo conservador de ese entonces de los miembros de la iglesia en esos pueblos azules de arriba abajo. Es extraño, porque era tan conservador que daba instrucciones a sus hijos de solo votar cuatro años a partir del Frente Nacional para no tener que votar por un liberal (como consta en una carta que conservo). De todos modos nunca perdonó, me contaron mis tíos, que Laureano Gómez hubiera hecho destituir al humilde líder antioqueño, el también conservador presidente Marco Fidel Suárez. Habiendo sido autónomo como se ve en sus ideas conservadoras, prefería más bien enfrascarse en relatos históricos, sobre todo relacionados con sus viajes, que estar hablando de política.
Esta imagen, de un contador de historias que lograba mantener la atención de personas de diferentes niveles de saber con sus relatos, es persistente entre todos los que me han hablado de él. Mi tío Julio Vélez Ochoa, su hijo sacerdote, me explicó hace poco que incluso sus alumnos le ponían la trampa de hablar de viajes para que él se olvidara de la lección del día y volara con todos hacia Europa. Esto me llamó la atención, porque el autor de Las cenizas de Ángela, Frank Mcourt, quien ganó el premio Pulitzer con esa novela, reconoció en su autobiografía que tal cosa hacían sus estudiantes de bachillerato respecto de su “triste infancia en Irlanda”.
Don Julio Vélez Uribe, quien falleció pocos años después de la entrevista, me señaló desde la montaña de su finca (una parte de la cual fue antes propiedad de mi abuelo Raúl), la escuela de primaria que habían puesto en su nombre como homenaje, por el recuerdo grato que habían dejado sus enseñanzas. No pude dejar de estremecerme pensando en cómo logró mi abuelo salir de allí y lanzarse a recorrer el mundo. Esto dicho en términos del contexto en el que vivía, porque hay que aclarar que tampoco se trató de una epopeya. En efecto, mi abuelo no fue ningún aventurero, como si lo fue mi abuelo paterno, quien salió del Líbano a los diecisiete años y llegó a Colombia caminando desde Buenos Aires. Mi abuelo materno, por el contrario, fue un hombre extremadamente paciente con su fascinación por el mundo, pues supo combinar, como lo hicimos los que le heredamos la pasión por viajar, esta debilidad humana con una vida normal, tanto en lo familiar como en lo profesional.
También su hijo Ramiro Vélez Ochoa, el menor, tuvo la paciencia de esperar hasta que pudo estudiar siquiatría en Barcelona, desde donde recorrió España y parte de Europa con un Simca viejo que se compró desde el comienzo, y fue uno de los familiares que me hizo agua la boca contándome de esa España tan deleitada por mi abuelo Raúl en su viaje. Su hablar pausado y rico en recursos lingüísticos, oportunos, humorísticos muchos, y a veces acompañados de fantasías típicas de viajero, todo ello de alguna manera heredado del abuelo, alucinaron mi infancia de fantasías viajeras aparentemente imposibles de lograr, pero que pude cumplir con creces cuando cumplí dieciocho años y empecé a ser trotamundos como todos ellos.
De hecho, mi otro tío materno, el padre Julio, fue aún más viajero que mi abuelo y mi tío Ramiro juntos, pues con una pequeña herencia en metálico que su padre le dejó, invertida en un buen momento de la economía, y su magro sueldo de cura párroco, logró viajar por el mundo entero hasta cuando cumplió ochenta años y decidió retirarse y también dejar de viajar. Fue él quien me animó a vivir en Europa como estudiante para poder viajar sobre todo, y me incitó a instalarme en una metrópoli como Madrid en lugar de la periferia: “Uno no se va a Europa a encerrarse en una ciudad universitaria a estudiar únicamente”, me dijo en tono profético. Y yo obedecí, no eran los tiempos del low cost para viajar por treinta euros de cualquier lugar a otro de Europa, y había que estar estratégicamente situado.
Con este sacerdote de casi noventa años ahora, con el que hago tertulias eternas de viajes desde los catorce años, fue con quien aprendí el truco de vivir de manera frugal y viajar con poco presupuesto, lo que me ha permitido visitar casi todos los países y lugares importantes del mundo. Él más que nadie sabe que mis trescientos viajes a ciento cuarenta países los he hecho solo con mi sueldo de profesor, y algunas “cuñitas”, como llamamos en Antioquia a los trabajos extras que nos salen ocasionalmente a los asalariados, y que usamos para esos lujos.
Don Raúl, por el contrario, toda su juventud y principio de la vida adulta estuvo planeando el viaje que realizó por Europa y alrededores, y que es el que cuenta en estas memorias. Pero solo pudo lograrlo a los treinta y cinco años, luego de haber sido profesor mucho tiempo y poco después de haber ejercido como rector de una universidad pública en Cartagena.
Sus ingresos los completaba con la venta de café de esa pequeña propiedad que conservó en Bolívar y que vendió ya muy entrado en la edad adulta. Por eso dice en estas crónicas que se “bautizó” en el mar a los treinta y seis años, al comienzo del viaje, cuando pudo concretar su ilusión de juventud. Además, no viajó más, luego de este gran periplo aquí relatado, fuera del país, salvo cuando acompañó a mi abuela a Nueva York para su tratamiento contra el cáncer de pulmón, con el mismo doctor de Evita Perón, y desafortunadamente con el mismo resultado.
El abuelo fue muy paciente en su espera del gran viaje, pero su novia, mi abuela, doña Antonia Ochoa, a quien no conocí tampoco por lo dicho, fue una auténtica Penélope. Lo esperó largos años a que lograra organizar este viaje soñado, y confió en que cumpliría su palabra de casarse con ella al regreso del mismo, como en efecto sucedió. Tal cual lo prometió, mi abuelo Raúl se dedicó el resto de la vida a ella, a sus hijos, a sus estudiantes, y por supuesto a la lectura, que era su otra gran debilidad. No dejo de pensar que si él hubiera vivido en estos tiempos de viajes aéreos transoceánicos y desplazamientos low cost, y quizá con el apoyo inicial de una familia en mejor situación financiera, como fue mi caso y el de mis tíos, podría haber hecho compatibles esas ocupaciones con la pasión viajera por el resto de su vida.
Hay que recordar, sin embargo, como el lector podrá comprobarlo unas páginas más adelante, que el abuelo Raúl escribió estas memorias de viaje no en honor de mi abuela, que era su novia por entonces y lo esperó, sino pensando en su mamá. Se nota en sus palabras la devoción filial que sentía por ella, lo que es comprensible habiendo sido capaz de criar a tres hijos ella sola tras la muerte del bisabuelo en sus viajes transmontanos.
Creo que su intención inicial era no leerlas a nadie más y utilizarlas también como un recordatorio para sí mismo de esos meses inolvidables, porque hace la advertencia a su madre en el texto de que por favor no decida cerrar el cuaderno cuando menciona su visita a un restaurante de bailarinas famosas, “Les Folies”, diciéndole que no describirá nada más sobre el tema para evitar su censura. Justamente como estaba pensado en ser leído por su mamá, este texto está desprovisto de esa retórica varonil casi barroca utilizada en esos tiempos en nuestra tierra, y por eso creí que lo hacía cercano al lector del siglo XXI y que merecía su publicación.
Con una escritura agradable y humorística, sin ser avaro ni recargado con las descripciones, considero que mi abuelo en cierta forma, con este estilo, pudo haber sido sin saberlo el autor del primer blog de viajes en Colombia conocido. Con su pequeño cuaderno de profesor, convertido en diario de a bordo, para su mamá y el recuerdo personal, sin duda marcó un ritmo dialéctico bien parecido al de los actuales blogeros de viajes que inundan internet con sus relatos, pero más fino en el estilo, por supuesto.
Debo aclarar que la decisión de publicar íntegro este diario de viajes, que inicialmente el mismo autor no lo vio como un texto para enviar a una editorial ni lo escribió para eso, se debe a que tenemos conocimiento en la familia de que en algún momento mi abuelo sí manifestó que quería publicarlo. Lo cierto es que lo fue posponiendo, como nos suele pasar a todos los viajeros empedernidos con nuestros propios escritos sobre esos temas, y es un honor para nosotros poder cumplir ese deseo como un homenaje a su memoria.
Además de ello, nos ha parecido a nuestra familia, y a la Editorial EAFIT, que es interesante mostrar a los colombianos, y especialmente a los antioqueños, cómo un profesor de principios del siglo pasado de nuestra tierra veía el mundo a través de sus conocimientos de historia y de un único viaje al Viejo Continente.
La gracia de este texto es su sencillez, su falta de pretensión, pero sobre todo esa prosa fluida y descomplicada, y al mismo tiempo elegante, precisa y suficiente. El hecho de que con ella quiso transmitir a su mamá las experiencias del viaje que lo separaba de ella por un tiempo largo, es parte del encanto. En el mundo actual, cuando enviamos a nuestros hijos a estudiar al otro lado del mundo sin tener aún mayoría de edad, nos extraña esa actitud, pero refleja cómo se pensaba y sentía entonces en nuestra tierra colombiana y particularmente en Antioquia.
En efecto, este libro contiene unas sencillas memorias de viaje, y no es la portentosa obra Hace tiempos de Tomás Carrasquilla, en la que nos dibuja al detalle aquellas épocas. Sin embargo, también nos da pistas interesantes de cómo pensaban nuestros abuelos y bisabuelos, y nos ayudan a descifrarnos a nosotros mismos. Por ejemplo, la escena de mi abuelo preguntando al director de un colegio en París sobre la clase de religión, nos ayuda a comprender lo importante que era el tema en esa época en Medellín. Y la mayor prueba fue que a la respuesta del profesor francés, laicizado tras un siglo de revueltas, sobre cuál religión se debía enseñar habiendo varias, el abuelo contestó rotundamente “pues: La Religión”.
Hay multitud de escenas que merecen comentario o actualización en las memorias, pero esto haría esta presentación tan extensa como el libro, así que, para concluir elijo una de ellas que tiene su gracia, porque explica en parte esa gran pregunta sobre la tradición viajera de la familia. Don Raúl tenía investigaciones genealógicas sobre los Vélez, las cuales continuó el tío Ramiro, quien me las entregó a mí junto con las memorias. En ella se afirmaba que el primer ancestro de apellido Vélez en venir a Antioquia y sembrar el apellido había sido el capitán Juan Vélez de Ribero, proveniente de un pueblo llamado Cabezón de la Sal, en el norte de España.
En estas memorias se cuenta cómo mi abuelo fue a dicho pueblo, entrevistó al párroco y trató de desentrañar algo sobre el viaje de ese primer familiar, y hasta intentó buscar los archivos de la fe de bautismo de nuestro ancestro, sin lograrlo. Años después de la publicación resumida de las memorias de ese viaje que se hizo en Cartagena, viajé a este pueblo, situado entre Oviedo y Santander, busqué a los Vélez que aún hay y me entrevisté con algunos, recopilé historias, e intenté terminar esa tarea de búsqueda del primer viajero de la familia, ochenta años después del intento del abuelo. Y en efecto, incluso ya sé dónde está oficialmente esa fe de bautismo del indiano Vélez, nuestro ancestro, aunque será labor de mi hija ir a tomarle la foto al viejo documento, ya para una próxima publicación, o de su hermano menor, mi hijo André.
Para más coincidencias, hablé con el párroco del pueblo, muy anciano y ya jubilado, quien recordaba al viejo sacerdote con el que se entrevistó mi abuelo, porque dijo haberle recibido la parroquia a él, siendo la diferencia de edad de los dos muy grande. Y quiso la casualidad también que este sacerdote hubiera dedicado su vida a estudiar la historia de su pueblo, y hasta había publicado de su propio bolsillo varios libros sobre ello, lo que resultó fascinante en mi búsqueda de información sobre los ancestros.
Él afirmaba que los Vélez éramos descendientes de los cantabros prehistóricos y de poblaciones que nunca terminaron de asentarse definitivamente en ningún lugar por diversos motivos. Me dijo que cuando por fin tenían cierta estabilidad en una zona esas familias de todos modos emigraban al poco tiempo hacia diferentes partes del mundo, como hizo el capitán Juan Vélez de Ribero, primero a Sevilla y luego a lo que es hoy Antioquia. Si bien esto parece explicar esta pulsión familiar del movimiento geográfico de don Juan Vélez, y de sus descendientes seguramente arrieros hasta mi propio bisabuelo, así como de los que de ahí en adelante en la familia nos obsesionamos con los viajes, puede haber otra razón que le dé cuerpo a la cuestión.
Como explica Enrique Serrano en su reciente libro, Colombia: historia de un olvido, muchos españoles vinieron a América y especialmente a lo que hoy es Colombia y, sobre todo, Antioquia, a buscar oportunidades que como descendientes de judíos no podían tener por no ser cristianos viejos, y construyeron con la arriería un mundo nuevo, pacífico, semisecreto y al mismo tiempo interconectado. Yo me identifico con esta teoría y veo en mi abuelo hipercatólico la huella de esa sangre semítica que llevó al pueblo judío a recorrer el mundo a fuer de exilios y empresas fundacionales, toda vez que Vélez es un apellido para algunos claramente Sefarad, o sea, perteneciente a los judíos que huyeron hacía España en el siglo I, tras la destrucción de su templo en Jerusalén por parte de los romanos.
Cualquiera que pueda ser la verdad de por qué mi abuelo le dio tanta importancia a un sencillo viaje de ocho meses por el Viejo Continente, o de por qué sus ancestros y descendientes valoraban y valoramos los viajes de un modo en exceso superlativo, lo cierto es que este texto personal se libró del olvido y es un nuevo libro de la colección justamente llamada Rescates, para el deleite del lector antioqueño y colombiano.
Disfrute el lector de este doble viaje, geográfico y en el tiempo, que nos habla del Viejo Mundo, pero también de quienes en el fondo somos y seguiremos siendo los antioqueños, a través del sencillo diario de anotaciones de mi abuelo, el profesor Raúl, hecho durante su recorrido por Europa y Medio Oriente, en 1929.
MEMORIAS DE VIAJE
(1929)

PRIMER CUADERNO
CONTIENE EL VIAJE HASTA EUROPA, HAMBURGO, BERLÍN, POTSDAM, COLONIA, BRUSELAS, WATERLOO, EL FRENTE DE BÉLGICA EN LA GRAN GUERRA, PARÍS
[1929 – Impresiones de un viaje]
Estas noticias están destinadas a mi mamacita y a una que otra persona interesada por mi suerte, y por, desde luego, íntimas y desnudas de toda pompa retórica. En ellas se leerán casi solamente fechas, nombres, algo de estadística y cosas prosaicas como precios de la fonda y del automóvil. Quiero, al escribirlas, dejar datos que indiquen algo a quien las lea y que me sirvan a mí para recordar.
[4 de marzo]
Salgo de Bolívar a las 5 de la mañana. Quisiera no recordarlo, el dolor de mi mamacita en los últimos momentos me hace desear no emprender ningún viaje. Me arranco por la fuerza y salgo en compañía de mi hermano que me llevará hasta Cauca y de O. Manuel Uribe, compañero que será en todo el viaje. A las 12 me separo de mi hermano y me parece que voy dejando la vida por momentos. El tren me conduce a Medellín.
[12 de marzo]
Por fin he salido de Medellín. ¡Qué afanes! El pasaporte, los consulados, las cartas de recomendación, las ropas de viaje, el banco, los amigos, la novia. Si no he perdido la cabeza, ya no la pierdo. Pero ya voy tren abajo. Tres fieles amigos me acompañan hasta las estaciones próximas. Samuel Vieira y Antonio Sierra, hasta Copacabana, Rodolfo Mejía, hasta Girardota. Cada amigo que me deja va arrancándome algo de mi ser. Quisiera no haber sido nunca ni hijo, ni hermano, ni novio, ni amigo.
Era tarde en Puerto Berrío. Al día siguiente, a las 3 p. m. tomé el vapor Atlántico y todavía allí tengo el dolor de despedirme de los queridísimos parientes que viven en ese puerto. Ya dejé a Antioquia, ya no veré caras conocidas. Mejor. Así ya no tendré más pesares de despedida.
De Barranca para abajo no conozco nada, pero allí todavía me atormenta el recuerdo de un paseo feliz que hice a ese puerto con mi incomparable primita […]. ¿No se acabará este vía crucis?
[16 de marzo]
Hemos llegado a Barranquilla. Estamos instalados en un hotel muy confortable, el Atlántico. Desde que arrimó el barco, fue invadido por una legión de agentes de hoteles, emboladores, vendedores de periódicos y de Chucherías, de choferes que ofrecen su carro a $3 diarios, un hotel, por el que nos pidieron $6, y más tarde, al dejar el hotel para irnos a Puerto Colombia, nos cobraron a $2. Vemos pues que hay necesidad de recatearlo todo.
El auto que nos conduce cobra $0.50 por persona: caro también, pero nosotros estamos acostumbrados a darles la bolsa y la vida a los choferes de Medellín por dos cuadras de recorrido y a quedarles debiendo el favor.
La ciudad es hermosa y muy comercial. Nunca me la figuré así. El barrio nuevo de El Prado, hacía honor a cualquier ciudad europea.
A los tres días, hechas todas nuestras diligencias y hartos de tanto calor y tanta bulla, nos vamos a Puerto Colombia a esperar una semana la llegada del Magdalena, el barco que nos ha de conducir a Europa. Todavía allí me despido de amigos que me han salido al encuentro y que me dan un placer y que dejo con pena: Arturo Arcila, Dr. Rivera Tamayo, Eduardo Arbeláez. Y ya no más conocidos. (El tren vale $0.80).
[19 de marzo]
Acabamos de llegar a Puerto Colombia. Desde el tren he visto el mar. Por la primera vez de mi vida contemplo tan magnífico espectáculo. Aunque el cine y las ilustraciones nos han mostrado muchas veces y muy claramente el mar, no dejo de encontrarlo mucho más hermoso. El puerto está en una pequeña y linda bahía donde el mar, como en un remanso, apenas lame la orilla; solamente la brisa de la tarde hace que las olas crezcan un poco. Tiene el mar un color verde típico, que solo he visto en unas esmeraldas que, por cierto, se llaman aguamar, y con las hermosas velitas blancas que se mueven en los alrededores del puerto, forma este color un bellísimo contraste. El muelle, ese enorme puente que emerge en el mar, tiene 1500 metros de largo y a su lado hay 6 u 8 vapores casi siempre. Aunque teníamos intenciones de volver a Barranquilla, nos retiene en este puerto el gusto de la brisa del mar, sus sabrosos baños, el hotel (que hemos contratado a $2.50) muy confortable, y la dulce pereza que en estos climas se acaricia.
[20 de marzo]
Hoy cumplo 36 años de edad. Ayer llegué a este puerto y hoy me doy el primer baño de mar. A los 36 años de vida llego a bautizarme en esta enorme pila de agua bendita.
[25 de marzo]
Hemos pasado aquí la semana, muy contentos. Anoche se destacaban en el horizonte las dos chimeneas del barco que esperamos. Como a las 8 atracó en el muelle y nos acaban de decir que a las 10 recibirán pasajeros. A las 9:30 nos alistamos y emprendimos para el embarcadero y entramos en el barco.
La primera impresión que se recibe al comenzar este viaje, es de aturdimiento. Me dejo conducir al camarote y me instalo allí con comodidad, después de haber entregado el pasaporte y el billete al mayordomo. Vuelvo a la cubierta y a poco (12m) el barco sale del puerto, majestuoso y haciendo gran ruido de maquinaria. Llaman para el almuerzo y entramos en el lujoso comedor. No tengo apetito y aunque procuro comer algo, no lo consigo bien. Me entretengo a través de los amplios ventanales, en ver el color del mar que se trocó ya en azul de Prusia casi negro; la espuma que levanta el barco forma enormes franjas que lo rodean sobre el azul intenso y sin límites. Pronto comienza el malestar del mareo, muy leve, pero inconfundible. No dudo de que es la terrible enfermedad del mar y procuro desechar el pensamiento y distraerme en otra cosa. Pero no hay remedio: ya tengo náuseas y apenas hace dos horas que salimos. Puedo, a fuerza de valor, tenerme en pie y no sé lo que me hablan. Voy a tientas al camarote, me acuesto, cierro los ojos y creo que llevo el barco sobre el estómago. Pero me duermo y a las 4 despierto muy mejorado. Subo a la cubierta y encuentro a varios compañeros de viaje, pálidos y postrados en las sillas. Aseguran que no están mareados y casi no pueden abrir la boca para decirlo. Es que el mareo se esconde, como una vergüenza, como la tisis; solo los que ya están desahuciados lo confiesan. Pero a poco van desfilando hacia el camarote los que se decían buenos. Van con la boca tapada y una mirada vidriosa. Llaman a comer y van los más fuertes. Yo me niego, aunque me aconsejan que coma algo: todo me repugna, y espero por ahí, andando algo. Poco después bajan del comedor algunos sin haber probado la sopa.
Toy malo, me dice un bogotanito que va dándose contra las barandas, y desaparece. Yo también vuelvo a sentirme malo y a las 8 ya no resisto. Me voy al camarote y duermo bastante bien, como si me mecieran en hamaca.
[26 de marzo]
No estoy tan malo como ayer, pero tampoco bueno; voy al comedor a las 8 y tomo café negro. A pesar de esta parquedad, creo que me he comido una ballena y que se me quedó atrancada en el esófago. No hay remedio: tengo que arrojarla, y me voy al reservado, donde me pongo en carácter: inclinado sobre la taza, agarrado a unas argollas y poniendo la cara muy fea, hago el esfuerzo, pero en vano; lo que logro es hacer unas arcadas con un ruido escandaloso, y otro y más; se me brotan los ojos, sudo frío, abro la boca en gesto agónico, y nada: definitivamente la ballena se siente bien en mi tubo digestivo y no quiere abandonarlo. Con el mismo malestar vuelvo a la cubierta, donde un zipaquireño pálido por el mareo, me dice:
—Ala, ¿ha devuelto usted el desayuno?
—Qué desayuno hombre; ¿quiere usted que lo devuelva si ni siquiera me lo han prestado?
Pero, cosa inesperada: voy, componiéndome hasta el punto de que a las 10 estoy completamente bien. La ballena, temerosa de que la devuelva, se ha aquietado; me deja almorzar. Hacia las 3 vemos tierra: son las estériles costas de la península de Coro. Y me figuro al Libertador, hace más de cien años, desembarcando son sus quinientos reclutas, para emprender la campaña más grande que vieran los siglos. Dejamos de ver las costas y poco antes de las 5 divisamos a Curazao, la estéril pero muy comercial colonia holandesa. El puerto, a donde llegamos antes de ocultarse el sol, es una entrada del mar, larga y estrecha, que se multiplica en infinidad de pintorescos canales. Por el mayor, entra sereno y majestuoso nuestro barco, y vemos a lado y lado del canal las hermosas casas de las orillas, todas de ladrillo rojo o de cemento, y todas comerciales: bancos, agencias, almacenes, factorías, etc. Pero andando el canal vemos un obstáculo insalvable. Es un puente que lo atraviesa de uno a otro lado de la ciudad, y tan bajito que no cabría por sus ojos ni una lancha. Seguramente vamos a una de la orillas antes de llegar al puente. Y estoy pensado en esto cuando, de repente, se abre imponente, sin ruido, sin aparato, dejando libre el canal y recostándose a un lado contra la orilla. Es una hermosa combinación de barcas, que apenas conocía yo por los libros. Las barcas están escalonadas a unos 20 metros una de otra; sobre ellas hay un tablado sucio, y todo el andamiaje está cogido por un lado con gigantes goznes, y por el otro, empalma con un pequeño muelle. La barca que está junto al muellecito está provista de un motor potente, y le basta echar a andar canal arriba para que todo el puente gire, describiendo un arco de círculo con centro en los goznes, para quedar todo el puente recostado a la orilla.
[27 de marzo]
Desde anoche hay al pie del barco una multitud de lanchas de gasolina ofreciéndose para llevarnos a la ciudad, pues el vapor atracó un poco distante. Presentan, estos barquitos que van y vienen por los canales, un cuadro fantástico y hermoso, con sus luces multicolores que vagan en la oscuridad de la noche. No quiero salir de noche. A las 8 de la mañana de hoy embarcamos en una lanchita. Hermosos almacenes y gran comercio de toda clase. Me doy cuenta de la importancia de este puerto al ver sobre los canales un verdadero bosque de chimeneas, de mástiles y de velas; pertenecientes a barcos de todos los tamaños y de todas las partes del mundo; no sabría calcular el número: ¿50? ¿80? ¿150? Tal vez más. Me aturde el gritar propio de las gentes de puertos. Y qué gritos, y con qué lenguas, ¡Dios mío! Hablan en este Curazao una revoltura incomprensible de holandés, español, inglés y hasta francés que se conoce con el nombre de papiamento. Nadie les entiende, pero se me dice que predominan las palabras españolas. Mas, si usted les habla en inglés, le contestan con toda corrección, y así con los demás idiomas, aunque el oficial es el holandés.
El mejor carro de la plaza, nos dice un negro simpático mostrándonos su automóvil a 8 florines la hora.
Al fin lo contratamos a 5 ($2) y nos lanzamos a buena velocidad hacia la hacienda de avestruces llamada Albertini, famosa en todas las Antillas. Llegamos en media hora y un criado muy atento nos abre la finca. Pero es holandés, y aunque habla papiamento, no entiende español. Rápidamente nos habla en alemán, en inglés y en francés; alcanzo a oír el francés y me enredo con el sirviente ese en charla amena e instructiva respecto de los avestruces. Se excusa de hablar mal el francés, pero yo le entiendo perfectamente. Al ver los animalejos esos me siento desconcentrado. En efecto son iguales a los que vemos en grabados, pero de pluma fea y sucia; yo que me los figuraba limpiecitos y de variados colores, encuentro con unos animales negros o grises. Pero poco después, en la casa de la hacienda, veo ya las plumas arregladas admirablemente y cambia mi opinión. Veo pollitos de avestruz de 40 y 60 días, del tamaño de un pizco, huevos como una toronja grande y aves de 45 años de edad. Vamos a la casa donde nos dan un fresco de limón, compramos plumas y postales y volvemos bien satisfechos a la ciudad.
En el camino vemos una iglesia de buen tamaño y muy limpia, dedicada a san José, dice el chofer que unos edificios que la rodean son escuelas de niños pobres, o sea un asilo. Yo quiero entrar, pero al querer traspasar la puerta del patio donde están los edificios, el chofer lee un aviso que hay sobre el muro, y detiene el carro. “Auto no por drenta”. Bien comprendemos que se prohíbe entrar en auto y dentramos a pie. Escuelita simpática. Se enseña el papiamento y el holandés; me acerco y no entiendo ni jota. La religiosa que enseña me invita a entrar, con una inclinación de cabeza.
A las 12 ya estoy de nuevo en el barco y no salgo más. A las 8 p.m. sale el barco hacia Puerto Cabello.
[28 de marzo]
Cuando despierto tengo la impresión de que marchamos con lentitud. Me asomo a la ventanilla y veo a lo lejos unas lucecitas diseminadas: es que hemos llegado a Puerto Cabello y el buque espera permiso del puerto para atracar. Atracamos a las 8 y en el desayuno nos anuncian que podemos disponer de 14 horas. Desembarcamos y echamos a andar calles. Es jueves santo; en una iglesia replican; yo me acerco y veo que está llena de fieles. Luego van saliendo las devotas con trajes parecidos a los de las devotas de mi pueblo, que creo estar en él. Solo que usan todas cachiruela negra sobre traje de cualquier color, y las damas de calidad llevan unas más grandes, a manera de mantas de encaje. Veo los ojos más grandes y más bonitos que jamás he visto, sobre los rostros morenos de estas devotas.
Como estamos por gastar el día, tomamos un auto a 15 bolívares la hora ($3), y nos vamos al balneario llamado el Palito, a tres kilómetros de distancia, por una hermosa carretera que atraviesa una hacienda toda de cocoteros. El resto del día lo pasamos en niñerías. Inclusive la de conseguir a novia por cabeza. La mía fue una ojona, más que morena, tímida y encogida. A las diez zarpó el barco.

[29 de marzo]
Hoy hemos tenido el día más agradable de toda la travesía que llevamos. Como ayer, al despertar, divisé tierra, fue que llegamos en la noche a la Guaira, puerto avanzado de Caracas. El mayordomo nos anuncia que tenemos tiempo hasta las 4 p. m. Hay diez horas libres y resolvemos emplearlas en un viaje a Caracas, distante 7 y ½ leguas. Contratamos un auto por 70 bolívares para ir, ver lo que queramos de la ciudad y regresar; somos 7 compañeros y el auto nos contiene con holgura. Emprendemos el ascenso de la cordillera, trasponiendo la cual está Caracas. La carretera tendrá muy pocas como iguales. Mejores y más atrevidas, es difícil encontrarlas. Subimos, pues, en poco más de una hora desde la orilla del mar hasta la cima de la montaña, cruzando vertiginosos abismos, trepando pendientes al desarrollo de atrevidas curvas que en elegantes caracoles van coronando la montaña. El mar va apareciendo cada vez más lejano; allá en lo hondo se divisa como un bosquecito cuyo límite lejano tuviera neblina. Llegados a la ciudad, recorremos las principales calles y nos dirigimos a la casa donde nació el Libertador. Un atento guardador de la casa, nos la muestra toda: allí la cama donde nació Bolívar, allá muchos de sus vestidos, su hamaca, su poncho peruano, una chinela de casa (la otra está en poder de una familia bogotana), etc. Nos quedamos atónitos ante tanto recuerdo histórico; tomamos fotografías, dejamos el autógrafo en el libro que hay al efecto, y salimos en dirección al Panteón Nacional. Sería obra de mucho espacio, hablar con detenimiento de este lugar. Es un templo, recubierto por dentro de mármol jaspeado y blanco; en el gran nicho central está la estatua del Libertador y al pie la urna que guarda sus restos; mil alegorías, inscripciones, coronas, diademas de oro con piedras preciosas, rodean el monumento.
A la derecha, Sucre, el más grande de los hombres de América, y a la izquierda Miranda, que tiene a los pies una urna entreabierta y una sentida inscripción que lamenta no poseer los restos del ilustre cuanto desgraciado precursor. Cuando estoy embelesado viendo estos monumentos, miro al suelo para contemplar las grandes baldosas que forman el pavimento, y quedo azorado al ver que cada una de esas losas cubre el sepulcro de algún héroe. Al frente de la estatua de Sucre estoy, y mis pies pisan el nombre de Páez; miro a mi derecha: Nariño; sigo mirando a mi alrededor: Torres, Salom, ¡Arismendi!, Infante, Rondón… Todas las losas cubren sepulcros venerados y me aparto temeroso de abrasarme los pies por profanar con ellos lo que queda en el mundo, de esos semidioses. Nuestro guía es una niñita de 7 años, simpática y bonita, a quien doy un bolívar y una caricia.
—Pero me da mucho, señor– me dice la chica mirando asombrada la peseta.
Quisiera decirle que la emoción que me proporciona vale más que mil monedas, le dedico algún halago y doy por terminada la visita, no sin dejar también allí la firma, en el álbum del Panteón. Regresamos a la Guaira y aún tenemos tiempo de visitar el famoso balneario de Macuto, montado a la europea y distante una legua. Pero yo ya no siento nada viendo paisajes porque mi cerebro está remarcando historia. Volvemos a la Guaira y a las 4 nos hacemos a la mar. Mañana, según parece, estaremos en Trinidad.
[6 de abril]
Hace ocho días que no pongo una sola nota en este cuaderno. Y hay motivo: el 30 de marzo a las 3 p.m. comenzamos a ver las bellas y escarpadas cimas de los innumerables islotes que preceden en el camino a la importante isla de Trinidad, posesión inglesa muy adelantada. Esperaba la salida del barco a alta mar para reseñar la visita a la isla, pero estuvo el mar tan agitado que volvimos a sentirnos molestos. Yo tengo otra vez la ballena en todo el tragadero y solo a fuerza de limonadas y de quietud, amén de ayuno, vuelve a calmarse. Ahora comienza a sentirse el frío. Hace 4 días que pasamos el trópico y navegamos en la zona templada. Temo que el frío me impida escribir.
Decía que al entrar a Trinidad se encuentran muchos islotes, los que forman la boca del Orinoco al caer en el golfo de Paria y que parecen servir de límite al golfo. Por entre unos y otros islotes todo el mar es navegable y por entre dos muy altos y provistos de hermosos faros, pasa nuestro buque. Llegamos a las 4 a Trinidad. El barco fondea a distancia porque no hay muelle, y un vaporcito nos lleva a Puerto España, capital de la Isla. Bonita ciudad: las calles asfaltadas, mucho parque, buenos bares, almacenes, avenidas, chalet, etc. Apenas disponemos de una hora y recorremos lo más importante, pusimos cartas al correo, compramos postales y volvemos al vaporcito que nos trae nuevamente al nuestro. Aunque corto, estuvo agradable el paseo. Al volver nos reímos de las peripecias de los compañeros bogotanos que tomaron en el puerto un auto, como nosotros; pero como no saben inglés, le dijeron al chofer, en castellano y por señas, que los llevará al correo para poner una correspondencia y los llevó a los telégrafos; volvieron a indicarle y en la misma forma los llevó sucesivamente a la Gobernación, a la policía, a una farmacia y al cementerio. Como ya fuera la hora, tuvieron que regresar con sus cartas en el bolsillo.
—Algo curioso me ocurrió en el puerto: un viejecito, casi un mendigo, me ofreció unos bastones que estaba vendiendo, pero hablaba inglés y al no entenderle me propuse reírme de él y le contesté en francés que no compraba, y el viejecito me dijo, en correcto francés, que perdonara, y luego, en español, bien pronunciado, me objetó que yo podía ser francés, pero que parecía sudamericano. Luego lo vi vendiéndoles sus bastones a unos alemanes, ¡probablemente en alemán!
Levamos anclas a las 8 p.m. y emprendimos la ruta francamente hacia Europa. No más pisar tierra hasta Ámsterdam. Al día siguiente vimos, como a una legua, la isla de Barbados, posesión inglesa. Nos quedamos viendo sus pobladas laderas, luego el verde de sus faldas, ya solamente el azul vago de sus montañitas, hasta que al fin se confundió con el azul del mar y del horizonte. Tenemos, pues, por delante, 12 días sin pisar tierra y 7 casi sin verla. Y digo casi, porque tal vez hoy si pasamos de día, veremos la isla de las Flores, del grupo de las Azores, pertenecientes a Portugal.
[La vida de a bordo]
Ahora que estoy completamente desocupado y que tengo aún 6 días de mar, procuraré consignar aquí algo de la vida que me llevo en este barco, grande como un distrito.
Al embarcar en Puerto Colombia, nos agrupó el mayordomo a 8 en una mesa, lo que desde luego nos agradó. Exceptuando a un italiano, todos somos colombianos, y todos desconocidos para mí, si exceptuamos a O. Manuel. Hoy ya la llevamos como si todos nos conociéramos desde niños; estamos muy contentos en nuestra mesa y congeniamos muy bien. Somos: Gabriel López, de Medellín, chisparoso y chancero, que todo se lo sabe y que domina la reunión con sus dichos crudos y graciosos; un italiano llamado Alfredo Squarcetta, profesor de música, amable y sonriente, que lee de continuo un romanzo: “Un cuore ferito”; Apolunio Granados, de Zipaquirá, hombre débil de salud, culto y agradable, que va siempre embalado en abrigos y bufandas; Antonio Robayo, también zipaquireño, serio y con esa cultura petulante de la altiplanicie: tiene un aire muy marcado de calavera aburrido; Bernardo García, bogotano, alharacoso, amigo de decir chistes y de figura infantil; Carlos Perdomo, de Girardot, muchacho serio y tratable, de aindiada figura; O. Manuel, y yo.
Nos hemos instalado al frente de esa mesa y comenzamos a ser servidos. La carta (15 o 20 platos) no dice nada: está en alemán y aunque la traducción se pone al frente, ¿qué puede uno entender donde dice “filetes a la Bismark” o “pechuga a la Kumiffmonanchifft con cervelas”? Todas las cosas saben a apio. Yo no puedo ver ni pintado el apio desde que me curaron con esa esencia unos cólicos que tenía cebados y para quitarme los cuales me daban aguardiente. Al principio le hice fuerza, pero me fue estragando de manera que hoy ya todo me huele, en el magnífico comedor, al maldito apio.
A veces dice en la carta: “Buey a la…”, cualquier cosa, y pido buey. Buey y papas son mi alimento. Todo lo demás tiene apio o le ponen el 50% de vinagre, hasta a las compotas. El café es malo, pero mi vicio desmedido por esta infusión me hace encharcarme el estómago del brebaje que me presentaron como tal. A pesar, pues, de la veintena de platos, indudablemente elegantes y ricos, mi paladar montañero y mi estómago selvático, sufren y echan de menos las simples mazamorras antioqueñas, los fríjoles, las doradas arepas, las carnitas al natural que me sirven en mi casa.
El criado que nos sirve, hombre gordo y con tipo de cónsul, habla algo de español; para indicar que una cosa es buena por lo fina o por lo agradable, usa un término aprendido tal vez en la Argentina: “Stá macanuto”. Y nosotros llamamos al criado Macanudo, aunque sabemos que se llama Federico. Nos cuenta que en la guerra sirvió como soldado en un submarino y que pasó año y medio sin saltar a tierra y casi sin verla. Es gracioso oírlo expresarse en español: quiere suprimir vocales y meter la k donde no cabe. En P. Cabello lo invitamos a saltar a tierra para dar una parranda. “No tenko platas”, contestó. “Yo tenko”, le dije, y nos acompañó. A pesar de nuestras platas y de que hacíamos nosotros los gastos, siempre se veía este hombre como el jefe de la cuadrilla.
Mal lo voy pasando en el comer, pero estoy contento en el viaje. El camarote, pequeño y coquetón, tiene todas las comodidades: cama (la mejor y más blanda que han pisado mis espaldas), agua corriente, lavabo, espejo de medio cuerpo, luz eléctrica, ventilador, timbre, armario, perchas, calefacción artificial, escritorio, ventana y un cuadro. Una magnífica biblioteca está contigua al salón de fumar, hay mesas de juego donde me paso los días enteros jugando dominó con un viejo que dice ser francés pero que revela su ser de judío en su nariz de lora, en sus ojos tristes y en los zarpazos con que se apodera de las moneditas cuando me gana. Se llama Elie Simón, es ateo, mujeriego, corrompido y avaro.
Salvo el comienzo de mareo del primer día y de la indisposición al dejar a Trinidad, he estado sano y me divierto como puedo. El domingo de Pascua tuvimos desayuno especial y sorpresas. Casi todos los días hay orquesta en el almuerzo y aseguro que no he oído nunca música más bien ejecutada; generalmente tocan los trozos más salientes de algunas óperas. Cada dos noches hay cine. Con frecuencia se baila, y el sábado hubo baile de máscaras con todo y reina. A estas parrandas no voy nunca; me chocan hasta en tierra. Todos los días, a las doce, aparece, sobre un mapa que está en sitio visible, una banderita que señala el punto donde estamos en el océano, y en un cartelito la longitud, la latitud y las millas recorridas durante las últimas 24 horas. Generalmente pasa de 120 leguas (hoy hicimos 133 por haber ya entrado el barco en el Golffs Treen o corriente del Golfo, que ayuda a la nave).
Poco antes de aparecer el aviso de las millas, un sirviente recoge una cantarilla o apuesta muy simpática: todo el que quiera señala un número de 0 a 9 y apuesta un marco a que el número de millas recorrido termina en el que señaló. El criado recibe los diez marcos y si el barco anduvo, por ejemplo 339 millas, el dueño del 9 gana la puesta, que es el total menos un marco que cobra el criado.
Como vamos de occidente a oriente, todos los días hay que recomponer el reloj, pues vamos perdiendo unos 15 o 20 minutos diariamente, unas siete horas en todo el viaje.
Con dificultad me he acostumbrado a ver un avisito que hay en la parte superior del lavabo, dice: “El salvavidas se halla debajo de la cabecera de la cama, formando parte del colchón”. Me horripiló el tal avisito porque yo siempre he leído con susto esos avisos que en carreteras y ferrocarriles dicen: “Peligro”, “despacio”, “cuidado”, etc. Y aunque salta a la vista que aquellos anuncian peligro y estos seguridad, es también cierto que aquellos hablan a la persona que está segura y tiene probabilidades de perderse, mientras que estas hablan para el tiempo en que la persona está perdida y tiene una pequeña probabilidad de salvarse. Le diré embustero al novicio que no haya sentido miedo en presencia del avisito.
El frío nos está entrando de plano; ya han cerrado las ventanas con fuertes cristales y pocos son los pasajeros que van a la cubierta. Y lo peor es que vamos muy atrás aún.
[8 de abril]
Nada notable sino que ya esperamos llegar mañana o pasado, a Plymouth (Inglaterra), donde dejará el barco unos 26 pasajeros de los 300 y tantos que lleva.
[10 de abril]
Son las seis de la mañana. Anoche hubo un gran baile para despedir a los pasajeros que hoy comenzarán a dejar el barco. El baile fue de máscaras a medias: los que menos, nos encasquetamos un gorro de papel de formas carnavalescas y de variados colores. Mi antipatía por las reuniones me hace concebir el propósito de recogerme temprano al camarote, pero los atentos ruegos de los compañeros y la influencia de una gran copa de coñac que ingiero sin gana, me lanzan al ruedo y estoy un buen rato aturdido y contento. Es graciosa la figura de O. Manuel, con un gorro de papel picado, de tres pisos, como entre Mefistófeles y Vulcano (más del primero), sobre sus gafas seculares. Hay gorros chinos, chambergos, cascos de Marte, boinas de grumete, alegorías de póker y dominó, mitras episcopales (la mía era algo mitra) y mil fantasías más. La orquesta, convertida en jazz, hace maravillas… y yo voy hartándome de tanta payasada y me escurro a mi camarote. Bien sé que esto va a terminar en alza grande.
A las tres de la mañana llega don Manuel perfectamente borracho, buscando a tientas la puerta y dándose contra todo lo que hay. Viene hablando bellezas del baile y echando pestes contra Antioquia donde no nos divertimos nunca. Siento por mi compañero una tolerante pena, porque veo que habla como quien ha pasado toda la vida entre el trabajo y una que otra calaverada de mal género, efectivamente sin divertirse nunca. Le llevo el humor un buen rato porque no quiero quitarle la ilusión de que verdaderamente está feliz. Es la única vez que lo veo animado, cuando la alza. Se acuesta casi vestido y pronto ronca. Yo soy el fastidiado porque se me espantó el sueño. Al cabo de algún tiempo de revolverme en la cama, principia a entrar por la ventanilla una claridad; como el reloj marca apenas las cuatro, debe ser la luna lo que alumbra. Pero la claridad se acentúa, me levanto, y mientras me visto y me baño son las cinco y cuarto; salgo a la cubierta y veo que el sol está alto. Entonces caigo en la cuenta de que está avanzada la primavera y que ya tenemos los días más largos en esta latitud (estamos a la altura del Labrador).
Aunque el frío sigue creciendo en intensidad, por la mañana no es tan punzante; es como el de nuestras tierras frías, el mismo que sentía en las mañanas de La Pola. Así es que puedo permanecer mucho tiempo en la cubierta, viendo el hermoso espectáculo de un mar de primavera, con la bandada de lindas gaviotas que siguen el barco, merodeando las migajas que caen al mar, de las cuales se apoderan con graciosa maniobra, en que cree uno que se sepultaron en las olas. Y lo singular es que estamos a más de cincuenta leguas de la costa más cercana y estos animales no se asientan. ¿Cómo pueden sostenerse tanto tiempo en el aire?
Hoy entramos francamente en el canal de Inglaterra y toparemos con muchos barcos. Ya diviso uno que parece muy grande y viene como de Francia. Hoy veré, Dios mediante, tierra europea, por la primera vez en mi vida.
[10 de abril]
8: 40 a. m. ¡Hurra! Acabo de ver tierra de Europa. La costa meridional de Inglaterra se muestra a la vista. Conozco, pues, a Europa, a los 36 años, 20 días y unas horas.
1: 30 a. m. Acabamos de llegar al puerto. El barco no arrima; fondea y una embarcación pequeña viene a tomar los pasajeros. Veo de cerca la costa inglesa. Los arbolitos de la orilla apenas comienzan a reverdecer, se ve un bosquecito de chamizos; los campos de prado, verdes ya, y la ciudad se ve a lo lejos, sin mayor importancia. Un buen número de barcos anclados en el puerto y la bahía muy hermosa.
2: 15 p m. Hemos salido hacia Francia. Antes del anochecer quizá veamos la tierra francesa.
9: 00 p. m. Efectivamente hemos visto tierra francesa antes de anochecer. Bien es cierto que anocheció a las 7:30. Hace un momento fondeó el vapor al frente de Cherburgo. Mañana seguiremos a las 8 a. m., hacia el norte. Había más frío, Dios nos ampare.
[11 de abril]
A las 7, una pequeña embarcación vino por los pasajeros de Francia. Salgo a despedirlos y me hielo. Es el verdadero frío, el que se va hasta la médula; no siento la nariz ni las orejas, no siento el apretón de manos con que despido a los amigos y al darle una palmadita en el hombro a uno de ellos, tengo la impresión de que le di con un mazo. Más o menos a las 8 salimos, dejando atrás a Cherburgo, puertecito como todos los mediocres, compuesto de una hilera de casas a lo largo de la playa.
Pintoresco por demás e interesante con sus fortines, sus malecones y sus rompeolas, todo de piedra vieja. En fin: ya vi tierra francesa y vamos navegando, con mar encrespado por el famoso canal de la Mancha. La niebla nos impide ver, en el paso de Calais, las dos costas (Inglaterra y Francia). Me dicen que se ve muy cerca Dover, pero nosotros no vemos más que humos. El mar está muy picado (como dicen los marineros), olas como montañas parecen querer sepultar el buque, suben y bajan y se estrellan unas con otras y contra los costados del buque; pero ya este no se mueve demasiado o yo me acostumbré al movimiento. Voy perdiéndole el miedo al mar. Tarde acordé porque nos faltan solo dos ratos para llegar, y eso, a lo largo de la costa.
Recuerdo que la primera noche que pasé en el mar no me pude dormir en mucho rato temblando al oír los bramidos de las olas y los golpes de estas al quebrarse contra la nave. Hoy miro esto como cosa familiar.
[13 de abril]
Ayer al amanecer me asomé a la ventanilla y vi la tierra a pocos pasos. Estamos en Holanda y la inmensa campiña se ve hasta muy lejos. Como estamos quietos, yo creo que hemos llegado a Ámsterdam y me preparo a salir, pero arriba me dicen que estamos apenas a la entrada del canal, en un pueblecito pesquero que no está en el mapa y cuyo nombre me dicen y es como Anailla o cosa parecida. Pueblecito, digo, y tiene casas de muchos pisos, fábricas, iglesias, de todo y grande. Allí entra al barco el práctico que ha de conducirlo a lo largo del canal. Es un viejo piloto que sabe cuál es el puntito por donde se puede pasar, en aquel caño de tres cuadras de ancho y unas tres millas de largo. Embarcamos el canal y me faltan ojos para mirarlo todo. Desde la cubierta contemplo el paisaje. Es el típico paisaje holandés sin que falten ni el molino de viento, ni la pila de heno de forma cónica, ni la granja con su establo, ni el campo partido en ajedrez, ni el pequeño y elegante cálete, ni el pescador serio y grave que en pequeña barquita viene, fumando su pipa, por una de las derivaciones del canal. Aquí y allá el canal se ramifica y las ramificaciones se extienden rectas hasta donde no alcanza la vista. Trenes pasan veloces al lado de nuestra ruta, atravesando los canales secundarios por sólidos puentes. Chimeneas por todas partes, muchas casas en el campo, carreteras que se cruzan con los canales y con otras carreteras bordeadas de álamos, y que forman una red complicadísima que la mancha del buque no me deja desenredar, y más adelante otra red y más granjas y más barquitos y más canales.
Por fin la ciudad: hemos llegado y otra vez me dispongo a salir; pero no: el muelle está en el centro. Llegaremos dentro de una hora. Más se complican los canales. ¿Cuál entra? ¿Cuál sale? ¿Aquel vuelve al caño principal encerrando una isla? No lo sé. Me desoriento de tal manera que no veo cuando el vapor da la vuelta y quedamos otra vez mirando hacia el mar. Pero como noto que, (para delante o para atrás) vamos viendo otra vez las mismas cosas que vi hace poco, pregunto a un alemán: “¿Y por qué nos devolvemos?”. “Porque no me ta la kana”, me contesta con su vozarrón brusco y ronco. Me ofende esta rudeza y volteo para manifestarle al grosero mi enojo, pero hallo que está sonriente y cortés, muy satisfecho de la contestación. Quiso decirme que el barco prefería arrimar más bien a este que a otro puerto y fue la manera que encontró para su explicación. Atracamos, se pone el puente, son las nueve, salto a tierra y una brisa me hiela perfectamente los huesos, me vence. Y yo sin abrigo y con interiores y medias de hilo. Mis pies no tocan el suelo, o mejor dicho, no tengo pies; estoy apoyado en una multitud de agujas que se me clavan hasta el cerebro. Llamamos un chofer, que por fortuna sabe francés y le digo que nos lleve volando hasta donde haya un almacén de ropas. Por el camino me explica todo amablemente: me muestra la estación central, la oficina de correos, la bolsa, el palacio real. Al frente hay un lujoso almacén. Entramos en él. Hablo en español y los dependientes se sonríen y se miran como si oyeran algo muy raro; hablo francés y uno parece entender algo. Le hago señas al mismo tiempo que le pregunto por un sobretodo. Cortés y diligente me conduce a un cuartito que resulta, sin yo esperarlo, ser un ascensor, que me lleva, todo asustado, a un piso muy alto donde encuentro un gran salón todo lleno de sobretodos y de espejos. Los empleados de arriba hablan francés y me siento como en mi casa. En este y otros departamentos del mismo piso me proveo de sobretodo, unos guantes tapizados por dentro con lana, medias y ropa interior también de lana y un chaleco de lo mismo con mangas. Me cuesta 110 florines (en holandés suena kulth el nombre de esta moneda). Son como 28 dólares. Voy a pagar a lo campesino y no me reciben; quiero tomar mi mercancía y no me la entregan, y cuando digo que no necesito más me bajan del piso de donde salí y en la caja, cerca de la puerta, me entregan el paquete y la cuenta. Salimos y como el chofer quedó citado para las 12, está ahí. Lo hacemos dar vueltas y aquí sí que acabo de desorientarme en este laberinto de canales, puentes que se abren para dar paso a grandes trasatlánticos, trenes que pasan por encima de nuestra calle con fragor infernal, calles de limpieza increíble, llenas de edificios monumentales y todo lo que no puedo ver. Volvemos al barco como quien vuelve a su casa después de compras, almorzamos, salimos otra vez a dar vueltas, regresamos y a las 10 de la noche emprendemos la marcha otra vez hacia el mar del Norte. He pisado por primera vez tierra europea; he visto el paisaje holandés; he visto la primera ciudad, pues hasta hoy nada sabía de lo que es ciudad (esta tiene 800.000 habitantes). Solo me quedé sin ver las vacas, porque todavía el frío no las deja salir de los establos. Este canal que hemos recorrido casi parte a Holanda en dos pedazos, pues le falta poco para llegar hasta el golfo de Zuiderzee2 y gracias a él es Ámsterdam un puerto, quedando como queda en el interior del territorio.
Entre las maravillas que vi en él debe contarse como principal un puente giratorio que dio su cuarto de vuelta para que pasara nuestro buque, sobre una fuerte torre de hierro y de cemento. Por encima de este puente pasan cuatro líneas de ferrocarril y una carretera; y ver la facilidad con que giró, como el fiel de una balanza.
Cuando me duermo estamos aún en el canal y hemos amanecido en alta mar, o al menos la bruma no deja ver costa por ninguna parte. Ayer hizo una tarde buena, sin frío, de primavera efectiva. Porque me dicen que, aunque ya llevamos un mes de primavera, el frío del invierno se ha prolongado en este año de manera excepcional.
He visto nieve en las orillas del canal. La temperatura de ayer en la mañana debió de estar casi en cero. Hoy no se aguanta el frío, y a pesar de mis abrigos no me atrevo a dejar la estufa de mi camarote que me da la impresión de estar en mi cuarto de Medellín. Esta noche, temprano, llegaremos a Hamburgo. Uno de los sirvientes dice: “Allí sí hace frío. Aquí todavía muy kalorg”.
[19 de abril]Hamburgo
Hace cinco días que estoy en Hamburgo, el puerto más importante del norte y tal vez de Europa continental. Mi admiración ha pasado los límites al ver tanta belleza. Pero no levantaré mucho el tono, porque en todo mi viaje veré ciudades más grandes y más hermosas, de manera que no debo gastar en estas mi escaso caudal de palabras laudatorias. Fiel a mi propósito, relataré sencillamente lo que he hecho y lo que he visto, con la parquedad con que lo he visto y hecho.
Desde las 3 p.m. del día 13, las aguas en que navegábamos comenzaron a ponerse de un color café sucio, así como tabaco, indicio de que hasta allí penetraba la corriente del Elba. A poco vimos costa y en seguida la pequeña y simpática población de Cuxhaven, situada a la derecha de la entrada al río y puerto antiguo, en los tiempos en que los grandes barcos no subían el Elba. Principiamos a subir el río, y el paisaje es encantador. Ese no es un río; es una calle donde las embarcaciones de todos los tamaños y clases se cruzan, se alcanzan, se quedan atrás, igual que automóviles en una calle concurrida. Bastará para darse idea del movimiento, la estadística que formé: más o menos nos encontramos un barco cada minuto y ¡gastamos cuatro horas! Y veo que aún me quedo corto en el cálculo. La llegada a Hamburgo, de noche (eran las 10) es un espectáculo sorprendente: los barcos que se cruzan, las torres y edificios de las orillas, las luces que dan a algunos edificios el aspecto de ascuas gigantescas al rojo blanco, los andamiajes de los potentes guías, las deslizaderas de los grandes astilleros. Claro que nada entiendo y lo miro todo como el salvaje en fiestas de pirotecnia. Y no otra cosa soy en este mar de cosas desconocidas. El barco atraca del lado opuesto de la ciudad propiamente dicha. Como la navegación de los grandes buques no permite puentes en gran número, tendremos que ir a la ciudad dando un rodeo, en automóviles de la compañía. Mejor. Pienso qué haré en la estación central con mis maletas y con O. Manuel casi ciego, cuando, al querer salir ya, sigo entre el tumulto de gentes del puerto que han entrado, que dicen: “¿El señor Vélez?”. Asombrado miro y encuentro un joven bien parecido y puesto con elegancia que pregunta al mayordomo. Me adelanto para saber de qué se trata. Es que un amigo de Barranquilla que allá dejamos y que reside aquí ordinariamente ha escrito a sus consocios que nos reciban bien. Es un hallazgo, y entre frases de cumplido hacemos el camino de la estación, donde nos dan los equipajes. Aunque traemos dirección para una pensión donde se habla español, tememos ir a buscarla a esas horas (las 12 de la noche) y nos instalamos en un lujoso hotel que está cerca y donde la sola cama cuesta dos pesos (ocho marcos) por noche. Es sorprendente el confort del hotel, pero al día siguiente, en vista de que nadie habla español ni francés en el hotel, nos vamos a la pensión donde la señora Stahl, la dueña, habla bastante bien el español, aunque hace siempre unas construcciones muy graciosas. Tiene algo de catarro y al día siguiente me dijo: “Esta noche no sano”. Nos hemos instalado muy bien. Nuestro cuarto tiene de todo, hasta teléfono particular, que maldita la falta que nos hace. La cama es lujosa, con colchones de pluma y de muelles; las cobijas siempre enfundadas en alemanisco y encima mullido edredón que acaricia; lavabos de mármol con agua fría y caliente, baño de pozuelo, seis focos de luz, tocador, estufa de calefacción, armario de espejo, dos mesas, tres espejos (uno de cuerpo entero), etc., etc.
Hamburgo, situado sobre el Elba, está atravesado por el río Alster, que tiene en su curso, dentro de la ciudad, dos lagos hermosísimos. Uno se llama Alster interior y está rodeado de soberbios edificios. El Alster exterior es mucho más grande y en él navegan barcos de buen tamaño, goleticas, barcas, botes, etc. y está rodeado de lindas avenidas. El comercio es complicadísimo. A mí me pareció que lo conocía ya el segundo día y luego vi el plano de la ciudad y me convencí de que no he visto la centésima parte.
Los taxis pasan por millares y los choferes son habilísimos; lo llevan a uno a una velocidad extrema por entre este gentío sin que tengan el menor accidente. La red de tranvía es interesante. Cada línea tiene un número y hoy el visto el 119. Van los carros acoplados de 3 en 3 y siempre repletos. Yo resolví montarme en un tranvía a ver hasta dónde me llevaba y a la hora y media aún iba andando: estaba en Altona, a varias leguas de Hamburgo y siempre atravesando calles con altos edificios. Nosotros vivimos en las inmediaciones del Alster exterior, como a una cuadra, y muy cerca de la estación central de ferrocarriles (unas 15 cuadras). Desde nuestra llegada emprendimos la busca de un médico, ayudados por el amigo que nos salió a la estación del barco. Fuimos el lunes a la clínica de enfermedades tropicales y allí, el especialista Dr. P. Miihlens examinó a O. Manuel y le dio el certificado de que tenía el organismo completamente sano, salvo una catarata en el ojo derecho y un estrabismo de nacimiento en el izquierdo. El oculista consultado luego declara que puede extirpar la catarata hoy, pero que bien puede demorarse tres o cuatro años. Hemos resuelto dejar la operación para cuando estemos en tierra de cristianos, es decir, donde hablan siquiera francés. Resolvemos quedarnos aquí la semana y yo consigo, con los corresponsales, muy atentos, de Guinffnstein Angel, permisos y autorizaciones para ver escuelas oficiales y parcelares. Un empleado que ha estado en Medellín y habla muy bien español, me acompaña. No encuentro mucho bueno ni nuevo en lo oficial. Veo una casa particular de menores, interesante por su historia, que no importa consignar aquí, sin otra importancia, y recibo una autorización para ver las escuelas de Berlín. El resto del tiempo lo pasamos vagando de lo bueno por todas partes, viendo los lindos restaurantes de Alster. Pero mi compañero es flojo de pies y quiere a todo trance ir en automóvil; no hay quien le haga ver que para conocer una ciudad, es el auto el peor de los medios.
El domingo, al siguiente día de nuestra llegada, comencé a realizar mi deseo acariciado tanto tiempo: el de ir por una ciudad desconocida, solo, con tiempo ilimitado y sin saber para dónde ni a qué voy. Dejé a O. Manuel en el hotel y me interné en la ciudad por unas calles muy limpias, muy anchas y formadas por negros edificios llenos de comercio. De pronto oí sonar campanas y como el caballo cuando le suenan maíz, paré la oreja y me fui derechito a donde me pareció que tocaban. Encontré una catedral gótica de verdadero estilo y me colé a oír misa. Me sorprendió ver al cura (que estaba leyendo quizá el evangelio) con un vestido como con cuello de encaje blanco. No veía los trastos de decir misa y tampoco se leía en latín sino en alemán. Por toda imagen, un Cristo en el altar mayor; la gente devotísima. Me estuve un rato a ver en qué paraba todo ello hasta que caí en la cuenta de que me había metido en una iglesia protestante y me escurrí bonitamente después de haber curioseado algo.
Pero no me quedaba yo sin levantar una iglesia católica y una de estas mañanas me fui a una que queda cerca de la pensión. Mi alegría fue grandísima al ver el sacerdote con ornamentos católicos diciendo la Santa Comunión a los fieles que llenaban la iglesia a pesar de ser día de semana. Al lado de la iglesia hay una escuela católica para niños pobres muy concurrida y manejada por hermanas de no sé qué comunidad. Una de ellas me dio datos sobre la escuela, valiéndose del francés, y quedé invitado para presenciar un día de estos la enseñanza.
A pesar de que Hamburgo no tiene mucho monumento antiguo, he visto cosas muy interesantes. En edificios merecen mención el Ayuntamiento, la Bolsa, la catedral de Santa Catalina, la Iglesia de San Miguel y la de Santa María (católica esta última). Los monumentos principales que he visto, son: la estatua de Bismarck, toda de piedra con un alto pedestal también de piedra y que mide casi media cuadra de altura. La estatua es monumental, pues la sola cabeza mide en redondo cinco metros; la estatua ecuestre de Guillermo Primero, de bronce, en uniforme de gran pasada, frente al Ayuntamiento; esta también es de tamaño colosal; la estatua de Lutero, la de Schiller, las que hay en el Ayuntamiento en nichos sobre las partes altas de los muros exteriores y que representan a todos los reyes de Alemania desde los merovingios, la de Carlomagno, fundador de la ciudad y multitud de monumentos alegóricos de la guerra, de la paz, del comercio, la navegación, la industria, etc. Se me quedaba en el tintero el monumento muy hermoso que hay en el centro con la estatua del alcalde, Johannes Peterson. No sé que haría el tal alcalde ni cuándo vivió, ni quién era y lo peor es que no quiero saberlo. Todas estas estatuas están exornadas por leones, por vírgenes llorando, por laureles, mirtos, etc. Apenas hace menos de una semana que llegué a Europa y ya tengo más de 150 postales. Si no dejo el vicio de comprarlas, para eso me alcanzarán los fondos.
[20 de abril]
Hemos resuelto salir hoy para Berlín. Ya nos sobra poco que hacer aquí, aunque no podemos decir que conocemos la ciudad; pero al menos hemos visto lo principal y nos hemos acostumbrado algo a la vida alemana.
[20 de abril]Berlín
Estoy en Berlín. Hace dos horas que he llegado y estoy en un cuarto de la pensión que me recomendaron en Hamburgo, y en que hablan español. Berlín me ha hecho la impresión de un monstruo que me tragó. El camino hasta aquí es de 290 kilómetros, que los hicimos en un tren rápido, con un costo de 24 marcos con 40f. El viaje es interesante para el que primera vez va a Alemania. Vemos los campos que ya se comienzan a cultivar, pasamos ciudades que miramos a vuelo de pájaro (el tren es rápido); la principal es Wittenberg, patria de Lutero.3 Entramos en Berlín a las cinco y luego salgo solo a dar un paseo a pie, poniendo señas en todas las esquinas para no perderme. Para comprar cigarrillos tengo que valerme de mi sistema: señalar con el dedo una cajetilla, sacar un lápiz y un papel, escribir mark, y esperar a que el vendedor escriba el precio. Si no entiende, saco un puñado de monedas y hago señas de que separe lo que vale, poniendo cuidado para que no me tiren mucha ventaja.
[22 de abril]
Hoy hemos pasado un día admirable. Nos fuimos a las doce y media a una excursión a la vecina ciudad de Potsdam, residencia apacible de los reyes de Prusia desde Federico Guillermo. Es una de las iglesias mismas de los sepulcros de este rey y de su hijo, Federico el Grande, sencillas e imponentes.
Seguimos a los palacios y por primera vez en mi vida veo la magnificencia no imaginada de una residencia imperial. No la describo, imposible; quedaría palidísima mi pobre descripción. Dos son los palacios. El llamado Sanssouci, sobre una colinita, y el palacio nuevo en la hondonada. La profusión de estatuas y alegorías en pórticos, plazas, torres, invernaderos, escalinatas y bosques es aplanadora; en una torrecita lateral llego a contar hasta veinte. En su mayor parte de mármol; las otras de bronce o de piedra; todas perfectamente desnudas.
Los estanques circundados de estatuas mitológicas, los senderitos llenos de monumentos y los jardines con pilas artísticas. Visto el palacio viejo, pasamos al nuevo, distante algunas cuadras por entre pintorescos pinares. Se entra primero a una plaza de unas dos cuadras, cerrada en semicírculo por una balaustrada de mármol y unas docenas de estatuas también de mármol; la fachada principal tiene, en alta cúpula una alegoría: las tres gracias, desnudas, sostienen la corona de Prusia, tamaña como una habitación común. Como este palacio lo construyó Federico el Grande después de una guerra victoriosa con varias naciones, nos dice el guía, que su intención fue dar trabajo al pueblo y mostrar al mundo que aún le sobraba dinero para hacer más guerras. Era Federico irónico y altanero, y en las tres gracias que sostienen su corona representó nada menos que las soberanas de Rusia, Austria y Francia; alguno le objetó que cómo las ponía desnudas y contestó: “¿Cómo quiere usted que gaste mi dinero en ropas para los enemigos en vez de gastarlo en mis amados soldados?”. Nos pusieron unas pantuflas de felpa y así recorrimos 58 salas, todas interesantes. Qué profusión de cuadros tan magnífica: mitología, historia judía, historia alemana. En todos predomina el desnudo. Son cuadros de grandes maestros, especialmente de Watteau. Hermoso el comedor, el despacho del rey, el salón de fiestas (como una iglesia); pero el que me dejó fascinado fue el salón de las fiestas de navidad, todo cuajado de conchas las más lindas. Las paredes y el cielorraso están perfectamente forrados en conchas primorosas, algunas con su perla todavía en el fondo; de piedras preciosas en bruto: topacios como cascajos de dos kilos, lapislázuli, etc. Las mesas de pórfido con incrustaciones de nácar y de cobre, biombos trabajados por las princesas reales, arañas monumentales de cristal de roca. No había soñado tanta magnificencia. Al frente del palacio hay un jardincito que fue el preferido de la Kaiserina, esposa del último Káiser; en el fondo hay un templete redondo donde quiso ella ser sepultada y allí está.
Pero me faltan dos cosas: el molino histórico, situado al pie de las verjas de Sanssouci. La historia está fresca: cuando Federico el Grande construyó el palacio, no contó con que el ruido del molino lo molestaría y solo vino a notarlo cuando habitó la suntuosa residencia. Fatigado por el ruido dio orden de que cesara y el molinero se negó a pasar el molino; el rey le propuso compra, porque en su magnanimidad no quería expropiarlo, y el campesino, picado, no quiso vendérselo a ningún precio; ya disgustado el rey, ordenó la expropiación, y el campesino se quejó a la municipalidad de Potsdam, que falló el pleito en favor del rey. Dicen que allí fue cuando el campesino dijo la famosa frase que ha pasado a la historia: “Aún hay jueces en Berlín”. Apeló a los jueces de Berlín y estos fallaron en favor del campesino, quien siguió trabajando en su molino, y el rey se acostumbró al ruido. Por orden del rey, el molino se conservó y hoy Alemania lo tiene como una joya que dice de la libertad que ha habido siempre en la nación para poseer propiedades.
Es la segunda una hermosa nevada que me tocó. Comenzó a caer antes de entrar al palacio y duró casi todo el día, de manera que nos cayó casi toda encima y parecíamos unos álamos andando por los jardines. Me divertí con el espectáculo, tan nuevo para mí. Gocé viendo caer esas a manera de maripositas blancas, del tamaño de un afrecho y en cantidad tan copiosa como una nube de langostas. Fue de los gustos más grandes y más inesperados que he tenido, pues ya llevamos un mes de primavera. Al regreso vimos muchas residencias de nobles antiguas. Recorrimos una calle que partiendo del palacio del Káiser en el centro de Berlín, va a los lugares donde se hacían las maniobras militares. Es una línea recta y tiene treinta y dos kilómetros. En su curso, ya dentro de la ciudad, hay un parque, el Tiergarten que tiene una legua de largo y casi el mismo ancho. Su nombre significa jardín de los animales y está cuajado de estatuas. Por la mañana he visto la avenida “Unter den linden” (Bajo los tilos), que está separada del Tiergarten por la puerta de Brandeburgo, que es algo así como el Arco del Triunfo de Berlín. Sobre dicha puerta está la Cuadriga, imponente grupo de caballos guiados por un Marte, todo en bronce, que se llevó Napoleón a París como trofeo y que luego, en 1815 recuperó el Gral. Blücher, sin que los franceses la hubieran aún desempacado (en treinta y seis cajas). La avenida es muy ancha y tiene una ruta central, que en tiempo del imperio solo pisaban los carruajes del Káiser. En el extremo está el palacio imperial en un lado y la catedral en otro y a lo largo la Universidad, el palacio del Kromprins, el edificio de la Guardia, las principales embajadas, los hoteles más lujosos y muchas cosas más de importancia histórica y artística. Pero lo sorprendente está en una de las avenidas del Tiergarten, la llamada Siegesallee, que tiene las estatuas, en mármol blanco, de todos los soberanos de Alemania desde antes de Carlomagno. Están alineados a lado y lado de la avenida y tienen detrás, cada una, a derecha y a izquierda, dos bustos de graves personajes, quizá ministros, muchos con mitras. Cada monumento está limitado por detrás por un semicírculo de balaustrada de mármol. Al extremo norte de la avenida está el monumento a la victoria, tan alto como una catedral, y siguiendo encuéntrase la estatua de Roon, organizador del ejército alemán; a la izquierda, la de Moltke y a la derecha el soberbio edificio del Reistacf (congreso). Frente a este edificio está la estatua de Bismarck, en bronce y rodeada de cuatro alegorías en el mismo metal y que representan todas a un gigante: matando un león, forjando una espada, escribiendo un libro y protegiendo no sé qué industrias; todo ello símbolos de la grandeza de esta nación y de su odio secular a Francia. Veré algo del inmenso Berlín que se extiende por todas partes en proporciones gigantescas, con suntuosos edificios, con sus elegantísimos teatros, sus restaurantes lujosos, etc. pero todo sin una importancia muy capital para mí. Lo último grande que quizá vea el martes, será el famoso almacén llamado Wertheim que tiene dieciocho mil dependientes y donde venden desde un diamante hasta un chorizo y una hoja de cal. Entonces saldrá para la “Vieja Colonia”.
No quiero terminar esta croniquita sin recordar atrás dos humoradas del gran Federico. Como el palacio que visité primero se llama Sanssouci, que significa en francés algo así como sin cuidados, sin preocupaciones, alguien felicitó al rey porque había hecho un retiro tranquilo y él respondió que como el nombre del palacio estaba en la fachada, quería decir que fuera podían todos estar sin cuidados ya que su rey estaba adentro devorándolas todas. La otra, que me hizo mucha gracia, fue que, como él protegió a Voltaire, le destinó una habitación en el palacio nuevo y se la decoró a su gusto. La habitación, que yo vi muy detenidamente, tiene mil dibujos de animales grotescos: loros, monos, ardillas, zorras, etc. los cuales el rey explicó al viejo renegado, traduciéndoselos por hablador, feo, inquieto, malicioso, etc.
[24 de abril]
Aún en Berlín. No quiero despedirme de la ciudad a pesar del idioma. Porque es un trabajo el tal idioma; en los almacenes grandes se habla francés, pero en las calles si uno quiere una información, se fregó. Sus razones, y muy poderosas, tendrían Dios para tirarse la parada aquella de la Torre de Babel, pero hoy por hoy, es lo cierto que me tiene tirado a mí con su paradita. No hay remedio: hay que salir de aquí y ya será mañana, para ver de estar al fin de la semana en Bruselas.
El día de ayer, como el de hoy, ha sido bueno. Conocí nada menos que el palacio del Káiser que ocupa una gran manzana y que tiene seis siglos. Al frente de la fachada principal está la estatua ecuestre de Guillermo primero, con mil alegorías bélicas y casi tan alta como el palacio. Muchas salas visité, pero es notable la sala de trabajo del emperador, donde firmó, en 1914 la declaratoria de guerra al mundo. Hay en el centro una mesa, regalo de la reina Victoria de Inglaterra, contraída con madera de la fragata Victoria en que iba Nelson en la batalla naval de Trafalgar, y donde perdió la vida. En el centro de la mesa hay una papelera que imita la fragata, con una banderita que representa, en el lenguaje naval, la frase de Nelson al comenzar la batalla, y que es la proclama más corta y más hermosa que han visto los siglos: “Soldados. Cada uno de vosotros es hoy Inglaterra”. Quisiera tener tiempo para descubrirlo todo. Qué riqueza en porcelanas, mármoles y pinturas, qué pavimentos, qué decorados, qué retratos, qué forma de alumbrado, donde no se ve un foco y la luz, al ser encendida, se filtra tenuemente al través de delgadas placas de mármol blanco, de manera que quedan las paredes dando luz sin que sepa uno de dónde viene. Y ya cierro el cuaderno. No escribiré más de Berlín, porque no acabaría. Hoy he tomado un auto y a toda velocidad no pude salir de la ciudad en casi una hora, pero encontré un enorme parque, siempre con el ídolo en bronce: Federico el Grande. Si voy esta noche al teatro, no quedará constancia. No escribo más.
[27 de abril]
Ya estoy en Bruselas y como el viaje fue rápido, con una pequeña demora en Colonia, no tuve tiempo de tomar mis notas. Todavía, antes de salir de Berlín, vi cosas dignas de apuntarse, como el jardín zoológico que tiene unos tres mil ejemplares de animales raros, desde el oso blanco de los polos hasta el león africano. El acuario parece un cuento de hadas. Qué variedad de peces, que viven en vitrinas iluminadas, qué elegancia y qué lujo en esa instalación. En el centro del edificio se encuentra uno como caño o laguna artificial que tiene vegetación tropical y está calentado el ambiente a una temperatura como la del Magdalena. Allí viven a su gusto toda clase de caimanes y cocodrilos. Y en fin, cuanto Dios hizo en materia de lagartos y culebras.
Salí de Berlín a las 8:24, y a las cuatro distinguí a lo lejos la enormísima catedral de Colonia, después de haber recorrido una gran parte del hermoso río Weser. Allá se divisa el Rin, tranquilo y torcido en elegantes curvas. Se pasa por un fuerte gigante y se llega a la estación que está al pie de la gran catedral. Bajamos y allí son los trabajos. Veo un individuo con una gorra que dice: “Dom Hotel”; le hago señas, carga con las maletas, busca un auto y nos lleva, para descargarnos a una cuadra, al otro costado de la catedral. En la puerta, un criado de frac, hace una cortesía hasta el suelo. Entramos en un vestíbulo como una iglesia, lleno de tapices y de cuadros. El portero parece un mariscal y solo conozco que es portero porque en la gorra tiene la palabra. Veo que nos metimos en la grande y que además de lo caro que será el tal hotel, el diablo que sepa vivir allí. Pero como tenemos intenciones de partir al día siguiente, me resuelvo a que nos desplumen. En efecto: el cuarto vale veinte marcos (U$5) por noche, sin alimentación. En el ascensor nos hacen mil cortesías. El cuarto es a todo taladro, como decimos en Antioquia. Aquí se tiene un respeto por los profesores, extraordinario, y como escribí esa palabra en la tarjeta para la policía, ya todo se volvió hacerme cortesías todo mundo y decirme “Herr profesor”.
[Colonia]
Poco diré de la ciudad, porque toda mi atención se la llevaron el río y la catedral. Inmediatamente dejamos las maletas en el cuarto, bajamos y derecho a la catedral. Puede uno hacer suposiciones y nunca llegará a imaginarse lo que es esta enorme fábrica, hecha en muchos siglos. Me quedé estático ante ese mundo de relieves, de estatuas de vidrieras, de torrecitas, de altares, de sepulcros de cardenales y de emperadores. Llevo conmigo algunas postales del edificio y su interior, y ellas me revelan del trabajo imposible a mi pluma, de describirla. Me remito los datos que me escribió el guía en un papel. La catedral tiene en su frente principal dos torres, de dos cuadras de altura; atrás tiene otra como cúpula y en todo su exterior ciento cuatro torrecitas de diversos tamaños. Las columnas que separan la nave central de las laterales tienen cincuenta metros de altura, veinticuatro penetran bajo el nivel del suelo y tienen veintiocho de circunferencia; el largo del edificio es de ciento cuarenta y cuatro metros. Tiene setecientos setenta y ocho de gran tamaño y cinco mil de inferior, que decoran muros y columnas por dentro y por fuera; y, en fin, caben cómodamente unas veinticuatro mil personas. Fue comenzada en 1248 y solo se terminó hace unos cincuenta años, en 1880. Vista desde muy lejos, parece un despoblado, porque los altos edificios que la rodean, de cinco pisos o más, apenas se distinguen al lado de esa mole.
Después de comer en un restaurante fuimos a dar un paseo a pie a lo largo de los bellos malecones del Rin. A lado y lado se ven todavía los bares de los viejos castillos, y yo cerraba los ojos al presente para ver en el lejano pasado las flotas normandas entrando a sangre y fuego por aquel río, hoy tan civilizado y tranquilo.
Recorriendo la ciudad encontré con una pila, viejo monumento romano. Según las inscripciones latinas que tiene y los bajorrelieves de finísima piedra, es este el monumento en que, Claudio dedicó la fundación de esta villa a su esposa Agripina, madre de Nerón, nacida allí cuando este era un pueblecito de pescadores. Para honor de la honrada mujer fundó esta colonia romana y por eso su nombre es Colonia.
Por la mañana, el veintiséis, hicimos un agradable paseo a Bonn, patria de Beethoven, el gran músico, y fuimos derecho a la casa donde nació y vivió mucho tiempo el genio de la música. La casa, aunque en el exterior está reformada, en su interior conserva su antigua humildad. El cuarto donde nació el hombre está en un balconcito y parece algo como un gallinero. Sus habitaciones son humildes en extremo y solo tienen la grandeza de los muchos objetos de pertenencia del músico: medallas y condecoraciones, retratos en todas sus edades, mascarillas en barro, vivo y muerto, sus violines, sus cornetas acústicas (¡él era sordo!), dos pianos que suenan muy duro, donde componía, el órgano de la iglesia donde fue organista durante dieciséis años, aparato viejo y ordinario, y para terminar, los originales de la Misa solemne y de la “novena sinfonía” fuera de otros menos conocidos. Salimos; otra vez rodamos hacia Colonia a lo largo del Rin; viendo más castillos y más piedra vieja en todas las formas; llegamos a la ciudad, y después de unas horas más, empleadas en curiosear el comercio, en comprar postales y algunas curiosidades de la vieja villa, tomamos el tren para Bruselas.
Pasamos muchos pueblos, de esos pueblos sin nombre para el viajero de otras regiones, de pronto una estación ostenta un nombre bien conocido, que me alboroza la memoria: Aix-lachapelle, ¡la vieja Aquisgrán de Carlomagno! Allá, a la derecha, sobre intrincadas colinitas se levantan los viejos muros de la viejísima metrópoli del más poderoso monarca que tuvieran estas tierras. Sobre un monte vecino, entre pinares, hay un castillo o algo así; quiero preguntar algo pero ¿a quién? Aún estoy en poder de los alemanes. Es tal el trabajo con esta maldita lengua, que cuando en Colonia vi letreros en latín fue como si viera cosa familiar: tanto, que los traduje si dificultad.
Voy pensando en estas cosas cuando para el tren y entran en nuestro departamento dos hombres de uniforme, que dicen con una educación y cultura exquisitas: “L’adouane. Degrez, messieurs ouvrir les baoulés, s’il vous plait”. Estamos en Bélgica. Se habla el francés, se nos trata con cultura… hemos dejado atrás a los bárbaros, ya puedo hablar, ya entiendo y me entienden. Casi canto el Tedeum.
Otra estación: Lieja, la bella y desgraciada ciudad que recibió el primer bautismo de sangre en 1914. Entra en nuestro departamento una anciana fuerte aún; le hago algunas atenciones y simpatizamos; aludo a la guerra y comienza a contarme con calma los horrores de esos días; va energizándose y acaba con los puños cerrados y llorando.
“Estaban, me dice, esos bárbaros disfrazados y con solo un puñado de hombres y por eso entraron en nuestra pobre tierra, tan rica en trabajo y en valor. Si hubiéramos estado avisados no se entran, por Dios; yo hubiera empuñado un fusil a pesar de mis años”. Y al hablar la vieja tiembla de odio contra el alemán. En estas pláticas llegamos a Lovaina, la que más sufrió de todas las ciudades. No podemos verla sino de la estación. Será lo mismo una cosa que otra pues teatros de guerra nos sobrarán en Bélgica.
Llegamos por fin. Son las ocho y treinta de la noche y está de día. Como ya sé hablar doy instrucciones al chofer para que nos lleve a un hotel barato y confortable. Nos trae al Hotel Pol. Veinte francos belgas vale el cuarto, está central y cómodo y a la altura de mis recursos.
[Bruselas]
Después de instalados, salgo solo por esas calles, porque mi compañero gusta más del reposo, después de cinco horas de tren. Por casualidad emboco el bulevar Adolfo Max, uno de los más hermosos de la ciudad, y me entretengo viendo los escaparates de los grandes almacenes, donde se nota la elegancia francesa, en contraposición con aquella rigidez y grandeza alemanas que acabamos de dejar. Paseo un buen rato entretenido y rehuyendo las propuestas dudosas que hacen con señas y con medias palabras, mujeres bien puestas, pobres criaturas que ofrecen al viajero un poco del honor que nunca tuvieron. Vuelvo al hotel y duermo.
Al día siguiente, sábado, me dedico a conocer un poco la ciudad y a buscar algunas personas que necesito. Encuentro una sola de ellas. Busco la rue de l’Ermitage por si doy con el Dr. Decroly, mi viejo amigo, y un agente de policía me dice que hace un año que murió. ¿Será verdad? Por mucho que busco al Dr. Agustín Govaerts, no doy con él. Tal vez la dirección está errada. Resuelvo informarme de todo en el consulado el lunes venidero.
[28 de abril]
Hoy he llenado otro de los grandes deseos de toda mi vida: ¡He estado en Waterloo! Por cuarenta y cinco francos (1,35 pesos), un auto, con guía y todo, nos he llevado al campo memorable, pasando por las carreteras más lindas, por bosques, lagos y castillos que son un edén. Como es domingo hay gran multitud de paseantes. Parece que Bruselas toda se hubiera dado cita en estos lugares encantados. Llegamos al campo de batalla. En todo el centro de la acción se levanta un monumento de tierra, un montículo cónico como un pan de azúcar algo achatado, de cincuenta metros de altura, y coronado por un león de hierro, según nos dicen, fabricado con cañones tomados a los franceses. El monte tiene unos dos o tres mil pies de base y se sube a la cima por una escala de piedra de doscientos seis escalones. Tanto allí encima como en el paseo que damos por el campo, el guía, viejo que asegura que su abuelo estuvo en la batalla, nos la describe con sobra de prosopopeya. Pienso que nos dirá doscientas mil mentiras, pero, en todo caso, nada ha dicho contrario a lo que yo he leído. Aunque hablaba en un francés muy flamenco, creo que no le perdí palabra, y esta es poco más o menos la descripción que nos hace:
Desde el 16 de junio de 1815, Napoleón, se aproximó al campo, rechazando a los enemigos. Los prusianos fueron perseguidos por Grouchy, mientras Napoleón se preparaba para atacar a los ingleses en sus fortificaciones de Waterloo. Llegó al campo histórico el 17 por la tarde y a caballo estuvo recorriéndolo toda la noche para ver cuál era el punto vulnerable del enemigo. Solo ya de día descansó un poco y a las 11: 35 del 18 dio el primer cañonazo. Su intento desde un principio fue tomar la granja de Hougoumont, principal valuarte de los ingleses, y después de siete asaltos logró la fuerza francesa (a la izquierda) tomar los patios de la granja-castillo, con una enorme pérdida de soldados. Mientras tanto Ney, al frente de la caballería intentaba tomar la fortificación de Mont. St. Jean, y fue rechazado en doce terribles ataques que le hizo. En estas, mientras los franceses esperaban a Grouchy, apareció por la llanura, a la derecha de Napoleón, la armada prusiana a órdenes de Blücher, compuesta de cincuenta mil hombres. Napoleón comprendió que estaba perdido y ya no hizo sino procurar un último esfuerzo, en forma de retirada en orden, que pronto se convirtió en derrota. Y el emperador, viéndose perdido, tuvo que abandonar su carroza y huir como y por donde pudo.
El ejército francés constaba de setenta y dos mil hombres y los aliados (Inglaterra, Holanda y Bélgica) tenían setenta mil, que fueron luego reforzados por los cincuenta mil prusianos. Los franceses tenían doscientos cincuenta y seis cañones, los ingleses ciento cincuenta y seis y los prusianos ciento cuatro. El frente francés ocupaba tres kilómetros, y todo el campo de batalla diez kilómetros cuadrados. Comenzó la acción a seiscientos metros de distancia y acabó a una blanca. En nueve horas de batalla cayeron heridos cuarenta y siete mil hombres. De mil ingleses que guardaban uno de los puntos importantes quedaron vivos cuarenta y dos y casi todos heridos. De manera, que el disgusto ese fue más bien serio.
Al pie del monumento del león, hay un edificio con la forma de una gran tina. Se entra en él y se sube a una plataforma central, cubierta por encima y con la luz exterior tan bien dispuesta que todo se ve iluminado. En la pared interior del edificio que es, naturalmente circular, está pintado admirablemente el panorama de la batalla, de manera que uno cree estar viendo verdaderamente el campo con sus soldados y sus fortificaciones. Y acaba de engañar al visitante la industria con que han arreglado entre la plataforma y la pared, un montón de deshechos de batalla tan bien imitados que parecen el límite del campo que se divisa. Hay allí sables quebrados y enteros, cascos prusianos, kepis ingleses y franceses, caballos caídos, jinetes que cayeron debajo del caballo y apenas asoman sus polainas negras y sus pies con espuelas, cadáveres con la expresión de la agonía en la cara; en fin, la hecatombe más bien imitada que se puede ver. O. Manuel, hasta que salimos, estuvo creyendo que era verdaderamente el campo de batalla lo que se veía. Después de la visita tomamos cerveza en el restaurante próximo, compramos recuerdos, vimos la casa donde Víctor Hugo escribió los últimos capítulos de Los Miserables, y volvimos a Bruselas contentos del famoso paseo.
[29 de abril]
Esta mañana fuimos a ver al cónsul. Es un viejecito que trabaja en el consulado desde tiempos de Núñez y habla algo bien el español. El nos da la dirección del Sr. Goovaerts y la noticia de que el Dr. Decroly vive todavía. Nos fuimos a ver al amigo Sr. Goovaerts, y este nos atiende divinamente y nos da magníficas indicaciones sobre todo lo que necesitamos. El día ha terminado bien con una visita al jardín botánico y otra al almacén Su Bon Marché, que tiene tres pisos y como una cuadra por lado. Las preciosidades que se ven allí son un capítulo de Las mil y una noches. Cuidado tiene uno que poner para no extraviarse en ese intrincado laberinto de galerías.
[1º de mayo]
Mientras resolvemos si es el caso de hacerse operar aquí, O. Manuel y yo hemos estado matando el tiempo como buenamente podemos. Él se cansa y la pasa casi siempre en el cuarto. Yo vago constantemente por la ciudad. Hoy fuimos a consultar a un oculista muy recomendado y nos declaró que la catarata no está aún de operar. Por tanto, estamos confusos y sin saber a qué […] quedarnos. O. Manuel quiere hacerse ver en todas partes y al primero que diga sí echársele a que lo opere.
Decir que se conoce una ciudad de estas en cinco días es una petulancia imperdonable, pero yo sí puedo decir, si no que la conozco, por lo menos que he visto todo lo más notable que tiene: sus monumentos más interesantes, sus almacenes más lujosos, sus palacios, sus templos, sus parques, sin contar con que en mis horas de largo vagar sin rumbo, me he metido por todas las viejas callejuelas de la parte antigua, por donde difícilmente pueden encontrarse dos transeúntes y pasar el uno al lado del otro sin tornar un poco el cuerpo. No quiero describir, repito. Solo dos nombres y alguna idea al vuelo.
La parte antigua de la ciudad es casi redonda y está circundada por una ancha avenida que tiene a trozos diversos nombres: Waterloo, Bellas artes, Regente, Mediodía, Jardín botánico, etc. Está en una llanura que se recuesta a una pequeña eminencia, donde se hallan el palacio real, el de justicia, la bella catedral de Santa Gudula y S. Miguel y otros grandes edificios. Hacia el oriente, detrás de la citada eminencia, ya el terreno es muy quebrado y la continuación de la ciudad está llena de colinas y hondonadas. Por los otros lados es la llanura extensa. La parte bien poblada de la ciudad puede tener dos leguas tanto de largo como de ancho. Como sucede siempre, la parte bonita de esta capital es la de afuera. La del centro, más comercial, pero de calles irregulares y estrechas.
Entre las cosas que llaman la atención está la catedral ya citada, admirable si no hubiera visto ya la de Colonia; el palacio real, nuevo todavía y de lindo exterior; la llamada “grande plaza”, pequeña, pero importante por sus edificios: allí está la casa del rey, antiguo palacio real, construido por Carlos V durante la dominación española; el ayuntamiento, con una soberbia torre central en su majestuosa fachada; otra casa construida por Felipe II y otros edificios viejísimos, levantados por archiduques, condestables, etc. y que ostentan en lo alto feroces guerreros a caballo con férreas armaduras y altos plumajes que quieren dar idea de la grandeza de individuos que ya ni la historia los conoce. Digno de admiración es el monumento levantado con motivo del cincuentenario de la independencia belga. Es una puerta monumental de dos ojos que tiene encima una cuadriga que imita la de Brandeburgo en Berlín; al frente y atrás hay hermosos jardines y a los lados los extensos pabellones del museo de armas, todo lleno de uniformes, cascos, fusiles, cañones, granadas, aeroplanos destrozados, retratos de héroes, banderas propias y enemigas y todo cuanto puede dar de sí el orgullo bélico de una nación digna, como esta, de tenerlo.
Pero el monumento notable sobre todos en esta Bruselas, es el de “Manneken Pis”. Es una historia muy charra: en 1647, un burgomaestre (alcalde) de la villa, tenía un niñito a quien adoraba. Cierto día el niño se perdió, y naturalmente el alcalde puso todo en movimiento para hallar a su Manneken (así se llamaba el chico). Al cabo del tiempo (nadie sabe cuánto) dieron con él cerca de una fuentecita, en el momento en que estaba pissand (que lo traduzca quien lea esto).
La alegría del cacique ese fue tal, que le hizo levantar una estatuita en el mismo punto y en la misma actitud irreverente en que lo hallaron. Es, nos dice el guía, el primer ciudadano de Bruselas. La estatua arroja un chorrito de agua de manera que la historia quede clara; y no hay vitrina en toda la ciudad donde no se exhiba en postales, en bronce, en cobre, grabado en cucharas, navajas, vasos, etc. al muchachito mostrando satisfecho su indecencia. En las postales lo ponen vestido de general, de rey, de policía, de mujer, etc. Yo, claro está, me lo procuré en todas las formas que pude. No sé donde leí, estando niño, esta historieta que creí fantástica y solamente invención para reír. Cuál no sería mi agrado al cotejarla aquí, en el lugar del acontecimiento.
[5 de mayo]
Ya mañana salgo para París. En los cinco días que hace que no escribo, he hecho lo que puede hacer un viajero desocupado y curioso. En primer lugar, he encontrado al Dr. Decroly y he visitado sus dos escuelas: la de Vossegat, para niños anormales y la del Ermitage para normales. Son admirables las escuelas esas, tan al aire libre, tan educadoras de la iniciativa; en fin, tan activas.
La señorita Nuri Lladó, catalana muy simpática, me condujo en la escuela de Vossegat; la otra me fue mostrada por la directora Mademoiselle Amaïde, autora de varios libros de pedagogía, y por una señorita Ibarbourou, uruguaya, que está en gira de estudio por estos mundos.
Todo muy bien, menos la ausencia absoluta de enseñanza religiosa en estas escuelas. No dejo de preguntar sobre el particular con gran tino y me contestan con naturalidad, que si el padre del niño lo desea, puede enviar un sacerdote o un profesor a enseñar la religión que le sea más de gusto. Para nosotros, católicos de tuerca y tornillo, es duro ver que no se inicie a aquellos niñitos, desde sus primeros pasos en el camino de la ciencia, en los bellos y sagrados preceptos de nuestra santa religión. El Dr. Decroly me recibió con la amable familiaridad del verdadero sabio y me invitó a comer a su casa o al menos a que tomara el té. Dios me libre de semejantes enredos. Me excusé como pude con mil pretextos y al fin tuve que quedar en que le avisaría. Le avisé que no, por una tarjeta en que me despedía.
He hecho muchas excursiones a los alrededores de la ciudad. La más interesante es la que hicimos al castillo de veraneo del rey. Tiene toda la magnificencia de la mansión de un rey y los alrededores son de una belleza incomparable: como siempre, inmensos bosques, jardines, estanques, estatuas. Frente a la puerta principal del castillo y como a cuatro cuadras, en un montículo, hay un monumento, estilo mixto (gótico y romano) a manera de quiosco que tiene en su centro la estatua monumental de Leopoldo I, primer rey de Bélgica (porque Bélgica, como nación independiente no existe sino desde 1830). Será bien decir que el actual rey es sobrino nieto del primer Leopoldo; y que este (Leopoldo) es tenido en la memoria de los belgas como Federico el Grande para la de los alemanes. Leopoldo II, hijo del anterior, fue magnífico y se empeñó en dotar a Bruselas de monumentos artísticos. Lo mejor que vimos fue el pabellón chino y la torre japonesa a su lado, verdaderas maravillas que imitan la construcción y el decorado del lejano oriente. Allí los muebles de laca y de marfil, allí la porcelana artísticamente decorada, allí las mesas y las sillas de finísimas maderas, talladas a mano, increíbles filigranas de arte y paciencia, con repujados de oro, marfil y nácar. Cree uno estar en la mansión de un rico mandarín.
De regreso entramos al cementerio, bellísima imitación del de Génova, según nos dicen. Es muy hermoso, en efecto, pero lo que allí llama la atención es la gran galería de los maestros en la guerra de manera heroica, con sencillas y uniformes lápidas, el retrato del soldado y una sentida inscripción. Casi todos voluntarios de catorce a veinte años. A la entrada está la tumba del soldado desconocido francés, bonito monumento lleno de altos relieves en piedra que figuran hombres agonizantes, viudas llorando y niños desconsolados. La tumba del soldado desconocido belga está en el interior de la ciudad, cerca al palacio real y tiene en el centro un pebetero que arde constantemente, y que quiere significar eterna memoria.
Otro día fuimos a ver el museo colonial. Un tranvía nos llevó a catorce kilómetros de distancia y apenas estábamos en las afueras de la ciudad. El museo tiene todos los productos tropicales del Congo, muy semejantes a los nuestros: animales embalsamados, flores, frutos, armas, vestidos, cerámica, etc. Nos llamaron la atención especialmente unos colmillos de elefante como de cuatro varas de largo, y gruesos como estantillos. Solo diré de más que la vida es verdaderamente barata: el desayuno, compuesto de café, mantequilla y pan, las cantidades que uno quiera, le cuesta 3,50 (10 centavos próximamente), y así lo demás. La correría de doce horas en auto, 175 ($5,25).
Hoy hicimos la gran excursión. Salimos a las 9 a.m. en un autocarro de turismo y visitamos, entre otras menos importantes, las ciudades antiquísimas de Gante, Brujas, Ypres y Ostende. En Gante, la catedral donde fue bautizado Carlos V, llena de recuerdos, donde vimos el cuadro más antiguo de los que pintó Van Dick; el Castillo de los Condes de Flandes, y las viejas y estrechísimas callejas. En Brujas, la misma vejez, con sus casas de piedra llena de la lama de los siglos: en sus almacenes se exhiben los bordados finísimos, especialidad de la vieja ciudad desde tiempos inmemoriales. Cuando recorría las callecitas más tortuosas y vetustas, me salió una gitana a decirle la buena ventura. Tal vez sea esta la última bruja, la que aún autoriza el nombre de la ciudad. De Brujas a Ostende, formando como un semicírculo irregular que toca en Ypres y en Nieuport, se extiende el campo de batalla, es decir, el frente donde fue más encarnizada la lucha en la gran guerra. Causa escalofrío ver, en una extensión de unos cien kilómetros, a un lado y a otro los cementerios extensísimos de alemanes y aliados; los monumentos merodean; las trincheras, aún con sus muros de sacos de arena ya vueltos piedra; los pequeños torreones para emplazamiento de los cañones monstruos; castillos hechos ruinas todavía; la catedral de Ypres, destruida hasta los cimientos, mostrando solo unos muros abrumados que se desmoronan, y en los que se ven todavía estatuas de santos en nichos agrietados y ruinosos, y en fin, los bosques vueltos hilachas y todo lo que puede indicar el refinamiento de la barbarie que poseyó a estos hombres.
Ostende es un bello puerto, pero solo muestra su esplendor en el verano, pues es la playa elegante de Bélgica. En el resto del año es como una tienda cerrada. A las nueve de la noche regresamos a Bruselas, después de haber recorrido en las doce horas cuatrocientos dos kilómetros. Mañana, a las nueve y un minuto saldremos para París. Me merece alguna mención el guía que nos acompañó a todas partes: es un muchacho simpático y parece honrado; fue a la guerra como voluntario, a los 16 ½ años y pronto una granada que le estalló en la mano cuando iba a arrojarla, le llevó tres dedos, le quebró la clavícula y el brazo por dos partes, y la pierna izquierda. Nos cuenta que le sacaron de la caja del cuerpo treinta y dos pedazos de metal y que aún le quedaron otros, los más pequeños. Está imposibilitado para todo trabajo lucrativo y se tiene que ganar la vida sirviendo de guía a los viajeros, cosa cansona y que produce poco. Es una de las mil y mil víctimas de la feroz tragedia cuyos restos hemos visto por doquier.
[7 de mayo]
Ayer a la una y media llegamos a París. Es un viaje pintoresco en extremo, sobre todo ahora que ya comienzan los campos a verdear y los plantíos de trigo y de hortalizas están naciendo. Hay menos frío y el tiempo es claro y sonriente. Una gran parte del recorrido se hace por la bella rivera del Oise, tan mentado en la guerra.
En la estación de S. Lazare, me encuentro en la perplejidad de siempre: ¿A dónde ir? Tengo en la cartera muchas direcciones de hoteles pero quién sabe dónde serán, en esta inmensidad de villa. Me decido a ensayar la dirección que me dio el viejo aquel del barco, y la doy al chofer. En efecto, resultó bien porque no está lejos de la estación y el hotel es confortable y de buen precio.
[París]
Si me consideré incapaz de describir pueblecitos como Bruselas y Hamburgo (y hasta Berlín), ¿qué podrá hacer que diga algo de París? Pero, como acabo de llegar, no es raro estar perfectamente atontado. Inmediatamente puse mis maletas en el cuarto me lancé a la calle. Anduve una cuadra llena de la multitud y desemboqué en el boulevard Montmartre. Allí, espantado, vi más o menos lo que es París: por las aceras va la gente en apretado grupo; y eso que son aceras tan anchas como las calles de nuestros pueblos. En la calle los autos forman un verdadero río, o más bien dos, en direcciones contrarias, a lado y lado. Un agente de tránsito dirige la circulación: es de ver cómo, al levantar el bolillo hacia una calle, los autos y coches que venían se detienen en la bocacalle y se forma una tapia apretada de unas o dos cuadras; luego les da paso el agente y se desbordan con el gran ruido de bocinas y ruedas; entonces, los de la calle perpendicular a esta están detenidos y forman otra tapia hasta que se descongestiona la otra calle. Después he sabido que si uno tiene afán de ir a alguna parte, no se puede ir en auto, debido a las demoras: es necesario irse a pie o tomar el Metro que luego trataré de describir. Desde luego he declarado que es más fácil ser presidente de Colombia que policía de tráfico en el boulevard.
Sigo boulevard arriba y encuentro que este se divide en dos: el de Haussmann y Los Italianos; tomo el de Los Italianos y dentro de poco estoy en Los Capuchinos; me encuentro de manos a boca, nada menos que con la Gran Ópera; sigo el boulevard y cambia de nombre: Magdalena se llama ya, y siguiendo mi errante paseo me meto de sopetón en la gran Iglesia de la Magdalena: miro a todas partes; nombres muy conocidos: “Rue Royal”, “Boulevard Malesherbes”. Atraído por toda esta grandeza y confiando en mi facilidad para orientarme, me meto a todas pares, por larguísimas calles, donde sigo leyendo nombres vistos en novelas: Calle de S. Honoré, 4 de septiembre, Rívoli, etc. Después de una gira de dos horas vuelvo sin dificultad al hotel. Salimos a comer en cualquier parte; en un café, leo: “Cocina española”, y me zampo. ¡Qué alegría! Un criado se presenta y nos ve el forro suramericano. Sin preguntar quiénes somos pronuncia en buen castellano: “¿Qué gustarían los señores?”. “Que nos muestre la carta, traducida”, le digo yo. Poco falta para que le dé un abrazo al mozo. Traduce y explica: “Arroz a la mayonesa”, “Costilla de becerro”, “Caldo rico”, “Frisolitos blancos y verdes”… Aunque es de Zaragoza, el mozo este tiene toda la cultura francesa. No tengo apetito y él me lo abre con su conferencia sobre las excelencias de los platos; encargamos mayonesa, chorizos, caldo, etc. Pedro (así se llama el criado) trae de todo. “Amigo Pedro, pienso yo, recemos tus parroquianos mientras estemos en París, porque tú nos das la comida traducida al español. Así sabe mejor”.
Hoy, con un plano de París en la mano, he extendido mi radio de operaciones. Subí los grandes bulevares y eché por la Rue Royal; alcancé a divisar una altísima columna y al acercarme creo que está en una enorme plaza: es el obelisco; de modo que estoy en la Concordia. Curioseándolo, miro el plano y me oriento: a la derecha, los Campos Elíseos; a la izquierda las Fullerías. Me decido por tomar a la derecha y voy viendo: el Gran Palacio, el Pequeño Palacio, las lujosas residencias de los ricos, hasta que llego al Arco del Triunfo. Allí, en medio de ostentosas decoraciones, los nombres de las batallas ganadas por Napoleón en todas partes, y en el pasaje, en todo el centro, una gran lápida en el suelo con un pebetero ardiendo y con esta inscripción: “Aquí yace un soldado francés, muerto por la Patria”. Como ya es tarde, vuelvo al hotel y después de reposar un poco voy a ver lo que me tiene Pedro para almorzar. Todo bueno. Además todos los comensales del restaurante hablan español y estoy como en familia. A mi lado se sienta un joven que devora todo con apetito feroz. Pide la cuenta a una camarera bonita pero que no entiende el español, quien lo mira sonriente. Entonces el joven saca un billete de cien francos y dice: “¡Olé tu mare! A ver si entiendes el lenguaje de la peseta y dejas de mirarme con esos ojos que me tienen como palomino atontado”, y por ahí sigue enjaretando galanteos y gracias que yo le celebro. Es un andaluz perfecto y nos divierte a todos un rato con su pintoresco lenguaje. “¿Cómo quieren que pague en gabacho una mardita sea cena de arroz a la valenciana?”, agrega el chulo con donaire, mirando a todo mundo.
En la tarde he paseado más: he ido al almacén del Louvre, el más grande de París, pero no he entrado; conocí el Sena y divisé de lejos la Torre Eiffel. He formado el propósito de no emprender visitas a museos, monumentos, teatros, etc. sin formarme antes una idea en globo de París y de la manera de andar en él. Así, pasaré la semana vagando.
[10 de mayo]
Lo que más he procurado saber pronto es la manera de viajar en París. A pie, anda uno dos horas y no avanza un centímetro en el mapa; pero es la forma más indicada para conocer la ciudad. Mas, si se quiere ir a un punto determinado y está lejos, los vehículos (autos, ómnibus, tranvías, etc.), no sirven porque en cada esquina se demoran esperando el turno para pasar. Por eso se ha construido el ferrocarril subterráneo, llamado Metropolitano, red que extiende sus líneas por todos los puntos de la ciudad abarcando las principales vías, y atravesando numerosas veces por debajo del Sena. Hay en servicio una extensión de algo más de cien kilómetros. En todas las líneas, más o menos a quinientos metros de distancia una de otra, hay estaciones, a donde se baja por escaleras amplias de cemento; complicados pasadizos y salones contienen ventas de tiquetes, planos del ferrocarril, indicaciones con nombres de las estaciones a donde se debe ir y flechas que indican al viajero cuál es la dirección que debe tomar. Luego se baja a un andén y allí está el tren, de cinco carros (cuatro de segunda y uno de primera), o llegará dentro de dos minutos. Al otro lado del andén, hay otro para los viajes en dirección opuesta. En cada estación, el tren demora unos pocos segundos y el viajero puede leer el nombre del lugar donde está, escrito en varios puntos de los muros en letras grandes; y como en lugar visible del carro lleva un croquis de la línea, puede muy bien saber qué le falta para llegar y prevenirse para bajar rápidamente en el lugar de su destino. Como muchas veces la línea no lo lleva directamente, hay lo que llaman “correspondencias”, esto es: que puede uno llegar por cierta línea a una estación y allí tomar otra en distinta dirección, y cuando le convenga bajarse y tomar otra. Así se puede andar a París por debajo de la tierra con un tiquete que le costó 0,60 francos, es decir, como dos centavos. Entre una estación y otra gasta el tren un minuto. Una mañana de estas tomé una línea y fui dieciocho minutos hasta la puerta de Saint Cloud; había andado dos leguas. Otras dos de regreso fueron cuatro… por dos centavos. El manejo del Metro, como le dicen aquí, es muy complicado, pero yo con mi mapa y gastándole tiempo, ya lo manejo regularmente. Hoy me di el lujo de hacer como cuatro correspondencias para ir hasta Bastilla. Me he pasado, pues, estos cinco días de París, haciendo ensayos y aprendiendo a vivir. Por el momento ya sé trasladarme con comodidad a cualquier parte, tengo buen restaurante y un cuarto situado a una cuadra de los grandes bulevares, es decir, en el corazón de la ciudad.
[11 de mayo]
Aunque, como dije, no me he puesto a ver nada de cerca, sí he visto mucho en globo: la plaza de la Concordia con su obelisco, traído desde Egipto en 1836 por Luis Felipe y erigido en el punto donde fueron guillotinados4 los reyes y algunos miles (3.000) de sus vasallos (entre ellos, Carlota Corday); los Jardines de las Tullerías, de indescriptible grandeza; allí mismo, la plaza del Carrusel que está abarcada por el palacio del Louvre, edificio soberbio que forma como una enorme U cuyos brazos tienen tal vez ocho o diez cuadras; la estatua de la República y el gran monumento de la Bastilla. También fui al pie de la Torre Eiffel el más alto y más famoso de todos los monumentos del mundo. No la describo porque, ¿quién no ha visto alguna estampa que la represente? Es toda de hierro y sus cuatro patas, que están distantes como una cuadra una de la otra, se apoyan en fortísimas columnas de cemento. Tiene trescientos metros de altura (casi cuatro cuadras) y se sube a ella por ascensores y escaleras.
Hoy, después de almorzar, comencé mis visitas en regla, por el cementerio del Pére La Chaise. Eso no parece un cementerio sino un pueblo cuyos habitantes viven encerrados; tiene barrios, calles y plazas. Ni riesgo de recorrerlo todo,5 pero en gran parte lo hice y sobre todo llené el antojo de conocer la tumba de Abelardo y Eloísa, historia cuya antigüedad la hace creer fantástica, y había leído ya tantos años hace. Las cenizas de los dos amantes reposan en una misma sepultura y sobre el mausoleo están sus estatuas yacentes y con las manos en actitud de adoración. Ambos visten hábito religioso. Una inscripción de un lado dice que Pedro Abelardo escribió una obra que fue condenada por un concilio, que él se retractó y manifestó públicamente su ortodoxia, en memoria de lo cual hizo tallar esa piedra con tres estrellas que representan las Tres Divinas Personas. En efecto, la piedra de la izquierda del mausoleo tiene esos emblemas.
Dando vueltas sin concierto encuentra uno de pronto tumbas célebres: Molière, Thiers, etc. cansado de ver tanta piedra vieja, salgo a la calle y regreso a comer. Por la noche voy al “Folies Bergère”, el famoso teatro de revistas. Este sí no lo describiría aunque pudiera, no vaya a ser que me prohíban estas notas de viaje.
[12 de mayo]
Hoy sí hay que contar. Pero ¿quién lo hará? Pasé el día en Versalles y en la Malmaison. El Palacio de Versalles, que fue en tiempo de Luis XIII una casita para sus cacerías, fue levantado por Luis XIV, el Rey Sol. Es inmenso y suntuoso con la suntuosidad de la Francia de aquella época. Todo allí respira lujo, galantería y opulencia. La fachada no más tiene siete cuadras y media y ciento cincuenta y cuatro ventanas enormes. Se llega por una avenida de estatuas de guerreros, comenzada por la de Bayardo a la derecha y la de Du Guesclin a la izquierda; en el centro, y mirando hacia París, está la estatua ecuestre del gran Luis. Luego, dentro del edificio, no se ve más que recuerdos del monarca con su emblema, el Sol, en tapices y cielorrasos, en espejos y chimeneas. Mucho hay de los otros Luises, de Napoleón y de sus esposas y demás adláteres, pero el Rey Sol lo llena casi todo.
Lo notable en este palacio son dos de sus salones: el llamado sala de los espejos, donde se firmó la paz de 1919, y la sala de las batallas que tiene en sus muros la historia en cuadros de todas las batallas gloriosas ganadas por Francia. Dichos cuadros son al óleo y ocupan toda la altura de la pared. La primera sola tiene ochenta y cinco metros de largo y la otra noventa. Pero el verdadero esplendor de Versalles está en los jardines, las fuentes y los bosques. Es difícil encontrar más bronce, más mármol y más aguas, tan artísticamente dispuestas. Y cómo cree ver uno por esas encantadoras avenidas, marchar los caballeros de empolvadas pelucas, conduciendo de la mano a aquellas damitas de cintura casi nulas ¡y de esponjado polizo!
Vuelvo a hablar de los palacios para recordar la sorpresa gratísima que recibí al ver entre los retratos que adornan la sala de la Revolución un retrato muy conocido, y al leer al pie: ¡“Francisco Miranda, lugarteniente general de la armada del Norte, jefe único de la octava división”! Y no acabaría: el lecho de Luis XIV, la sala donde nacieron todos los hijos de aquellos reyes, las habitaciones privadas de María Antonieta, la sala de guardia de los reyes, la sala donde el pueblo de París prendió a Luis XVI y a la reina, después de asesinar la guardia, la escalera por donde subió la turba furiosa, etc.
La Malmaison presenta un aspecto más pobre, más tranquilo, más íntimo. De un lujo serio y austero, esta casa la compró y la embelleció Napoleón6 para regalarla a su esposa y a ella se retiró la pobre Josefina después del divorcio. Allí están sus dormitorios, su tocador, su biblioteca. Allí mil recuerdos del Emperador, entre ellos la camisa que tenía cuando murió, la cama de compaña, aparato feo, de lona, parado en cuatro varillas de hierro, sus pistolas, su neceser, los muebles de su casa de Santa Elena. En la planta baja, frente al comedor unas habitaciones muy lujosas, donde dicen que estuvo los tres días siguientes a la batalla de Waterloo. En el jardín se cultivan las rosas predilectas de Josefina y aseguran que son las mismas que los van renovando a medida que envejecen. Hay en un pabelloncito vecino tres carrozas llenas de recuerdos muy lujosos y con mil emblemas: el coche en que Napoleón hizo la desastrosa campaña en que Josefina vino de París inmediatamente después del divorcio. Me entré por el jardín y recogí una piedrecita al pie de un tilo centenario y unas hojitas de rosa de las de Josefina. Las rosas son las suyas, y la piedrecita, ¿no podría haber estado cerca de la desgraciada exemperatriz cuando esta lloraba su pena bajo aquel árbol de su jardín?
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