Kitabı oku: «El verdadero significado de la pertenencia»

Título original: BELONGING
Traducido del inglés por Alicia Sánchez Millet
Maquetación: Toñi F. Castellón
© de la edición original
2017 de Toko-pa Turner, por acuerdo con The Cooke Agency International e International Editors Co. Publicado originalmente en inglés por Her Own Room Press.
© de ilustraciones de cubierta e interior
2017 de Molly Costello. Usadas con autorización.
© diseño de portada
Toko-Pa Turner
© fotografía de la autora
Morgaine Owens
© de la presente edición
EDITORIAL SIRIO, S.A.
C/ Rosa de los Vientos, 64
Pol. Ind. El Viso
29006-Málaga
España
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I.S.B.N.: 978-84-18000-98-0
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Contenido
Cubierta
Créditos
Dedicatoria
Agradecimientos
Dedicatoria
Algo más grande
Los puentes vivos
Soñar que estamos en casa
El origen del distanciamiento
El origen del distanciamiento
Estricto y estrecho
El arquetipo del marginado
La Madre Muerte
La escasez y el merecimiento
La cultura de la Madre Muerte
Curar la herida
La falsa pertenencia
La vida dividida
Virtuosa silenciosa
El matrimonio interior
La supresión de lo femenino
El gran olvido
El exilio como iniciación
El descenso al inframundo
La perseverancia y la renuncia
La rebelión necesaria
La vida simbólica
Cuidar del pozo
Caminar por la jungla de la creatividad
Dejar que se acerque el misterio
La originalidad creativa
El perfeccionismo y la comparación
La firma vibratoria
Los huéspedes oscuros
La ira
La decepción
La inquietud
La impaciencia
La vergüenza
El duelo
La casa se convierte en hogar
El dolor como aliado sagrado
Heridas ancestrales
El anhelo sagrado
Abandonar el cañaveral
Tú también eres la gota
El anhelo ancestral
Habilidades de la pertenencia
El compromiso: la ofrenda de la devoción
Una vida hecha a mano
Practicar la medicina de la belleza
Hacernos visibles
La vida como ofrenda
Soportar el placer
El músculo receptor
El merecimiento
La gratitud
La presencia invitadora
Encarnar la ambigüedad
El no-tiempo es ahora
Pozos de historia y trazos de la canción
Reescribir tu vida
Hechizar tu camino
Cuidar de una comunidad
La reciprocidad
Los valores compartidos
Los círculos y los rituales
La ancianidad
Ver y ser vistos
Conviértete en una tierra baja
Terminar bien
Ser el anhelo
Reciprocidad con la naturaleza
Recuperemos el temenos
Conclusión
Nota de la autora
La conversación sigue
Sobre la autora

Para Craig,
la tierra donde están las raíces de mi pertenencia
Agradecimientos
Quiero dar las gracias a Terri Kempton, mi amiga y editora, por acompañarme en cada paso de mi camino: ha sido la comadrona perfecta para dar a luz a este libro; a Angela Gygi por leer el manuscrito y regalarme sus rigurosos y valiosos comentarios; a Caoimhe Merrick por sus generosas páginas de entusiasmo; a Michelle Tocher por animarme a que le diera a mi historia la importancia que se merece; a Molly Costello, capaz de resumir en un grabado todo lo que quiero decir; a mi fallecida mentora Annie Jacobsen, quien, a pesar de mis reticencias, siguió insistiendo en que yo era escritora, y muy especialmente a Craig Paterson, mi amado esposo, por enseñarme todos los días cómo se crea el sentido de pertenencia, a través de su constante presencia, sus sabias reflexiones y la protectora generosidad de su ternura. Por último, quiero dar las gracias a Salt Spring Island, por apuntalar mis ramas místicas y prestar atención a mis palabras.

A los rebeldes e inadaptados, las ovejas negras y los forasteros. A los refugiados, los huérfanos, los que se convierten en chivos expiatorios y los bichos raros. A los desarraigados, los abandonados, los desterrados y los invisibles.
Que reconozcáis con creciente intensidad que sabéis lo que sabéis.
Que dejéis de ser fieles a las dudas sobre vosotros mismos, a la mansedumbre y a la indecisión.
Que estéis dispuestos a no agradar, y que en ese proceso seáis sumamente amados.
Que no os inmuten las proyecciones distorsionadas de los demás, y que sepáis transmitir vuestro desacuerdo con precisión y gracia.
Que veáis, con la claridad total de la naturaleza que obra a través de vosotros, que vuestra voz no solo es necesaria, sino imprescindible para sacarnos de este embrollo.
Que os sintáis fortalecidos, apoyados, conectados y reafirmados cuando ofrezcáis vuestros dones y vuestra persona al mundo.
Tened la certeza de que aunque os parezca que estáis solos, no lo estáis.
Con amor,
Toko-pa
Uno
Algo más grande


Perteneces a este mundo. Algo más grande te ha guiado hasta este momento y este lugar en el que te encuentras ahora. Estás vinculado al impulso de un largo linaje de supervivientes. Tu historia se ha tejido, a raíz de sus buenas muertes, de las nuevas vidas que las sucedieron y de los incidentes de amor que las sembraron. Estás conectado con el júbilo salvaje de la naturaleza. Tu vida ha sido moldeada por las condiciones de cada estación y la tendencia sagrada invisible.
Sin embargo, puede que sientas, como nos pasa a muchos, el sufrimiento de vivir en la orfandad de pertenencia.
Podemos convertirnos en huérfanos de muchas formas. Directamente, por un padre o una madre que no han sido capaces de cuidar de nosotros, o indirectamente, por aquellos que no quisieron entender nuestros dones, por el sistema que te exige lealtad, pero comercia con tu singularidad, o por la historia que, mediante la intolerancia y la guerra, nos ha convertido en refugiados.
Pero también nos quedamos en huérfanos cuando una cultura, encarnando ciertos valores y negando otros, nos fuerza a separarnos de las partes de nosotros mismos que ella rechaza. Quizás esto sea el peor acto de orfandad, porque es un abandono del que somos cómplices.
Con este pequeño rasguño, sin tan siquiera ser conscientes de todo lo que se nos ha perdido, hemos de emprender nuestro viaje. Empezaremos por la ausencia –un anhelo de algo que tal vez nunca se calme– y nos adentraremos en las entrañas del exilio, para averiguar qué podemos hacer con la nada, si es que se puede hacer algo. Para convertirnos en huérfanos de la vida huérfana.
A pesar de todas sus implicaciones, rara vez se habla abiertamente de la pertenencia. Al igual que sucede con el duelo, la muerte y la inadaptación, se nos induce a creer que el sentimiento de no pertenencia es vergonzoso y que hemos de ocultarlo. Lo más irónico es que nuestra sociedad moderna padece una epidemia de alienación; sin embargo, muchos nos sentimos solos en nuestro desarraigo, como si todo el mundo estuviera dentro de algo a lo que solo nosotros somos ajenos. Y el silencio sobre nuestra experiencia de distanciamiento es, en gran parte, la causa de su continuidad.
Vivimos en una era de fragmentación, en que el racismo, el sexismo, la xenofobia y otras formas sistémicas de «otredad» van en aumento. Nunca antes habíamos experimentado semejantes migraciones sísmicas de seres humanos a través de nuestras fronteras, como sucede hoy en día. Las dificultades de asentamiento e integración son inmensas y complejas, incluso al cabo de varias generaciones. Actualmente, nos encontramos en un punto crítico, divididos por fisuras políticas, sociales, raciales y de género. Tácitamente, la pertenencia es la principal conversación de nuestro tiempo.
No cabe duda de que el anhelo de pertenencia, una de las motivaciones que más me han influido en mi vida, me estaba moldeando de formas de las que ni siquiera era consciente, hasta que, al final, me agarró del pelo y me arrastró hacia el fondo de sus aterradores abismos. Este libro es un diario de viaje de mi largo proceso de años de iniciación y de las puertas aparentemente interminables que crucé, en cada una de las cuales tuve que renunciar a algo muy valioso para mí. Y por eso, no te escribo como experta en pertenencia, sino como una huérfana que necesitaba descubrir que todavía tenía más que perder, antes de poder ser encontrada.
Existen muchos tipos de pertenencia. Normalmente, lo primero que se nos ocurre es la pertenencia a una comunidad o a una zona geográfica. Pero para muchos de nosotros, el anhelo de pertenencia empieza en nuestra familia. Luego viene el anhelo de sentir la mutua pertenencia en el santuario de una relación, y la pertenencia que deseamos sentir cuando tenemos un propósito o una vocación. También está el anhelo espiritual de pertenecer a un conjunto de tradiciones, de conocer el conocimiento ancestral y participar de él. Y, aunque no seamos conscientes de cómo nos influye su separación, nos morimos por estar bien en nuestro propio cuerpo.
También existen otras formas más sutiles de pertenencia, como la que, al final, hemos de crear con nuestra propia historia, y los regalos que hemos recibido de ella. Y si adoptamos una visión más amplia, encontraremos la copertenencia * con la propia tierra, que todos sentimos (o no) en lo más profundo de nuestro ser. Por último, está la gran pertenencia, que puede ser la más ambigua y persistente de todas, el anhelo de pertenecer a ese «algo más grande» que dé sentido a nuestra vida.
Los puentes vivos
En el nordeste de la India, en la cima del conjunto montañoso de Meghalaya, las lluvias monzónicas estivales son tan fuertes que el caudal de los ríos que atraviesan sus valles aumenta extraordinariamente, se vuelven impredecibles y es imposible cruzarlos. Hace siglos los habitantes de las aldeas dieron con una ingeniosa solución. Plantaron higueras estranguladoras en las orillas y empezaron a orientar sus intricadas raíces para que estas consiguieran cruzar al otro lado y enraizarse.
Mediante un lento proceso de unir y entretejer raíces, los aldeanos crearon un sólido puente vivo capaz de resistir el volumen de las lluvias de verano. Puesto que es una labor que no se puede completar en una sola vida, el conocimiento de unir y cuidar las raíces se transmite de generación en generación para mantener viva esta práctica, contribuyendo de este modo a lo que ahora es una emocionante red de puentes vivos por los valles de Meghalaya. 1
Si vemos los puentes vivos como una metáfora del trabajo de pertenencia, podemos imaginarnos que estamos varados en una orilla del peligroso río, anhelando ser conectados con algo más grande que está fuera de nuestro alcance. Tanto si se trata del deseo de encontrar nuestro verdadero lugar como de encontrar a nuestra gente, o una relación que dé sentido a nuestra vida, el anhelo de pertenencia es la motivación silenciosa que se esconde tras muchas de nuestras otras ambiciones.
En todos los años que llevo trabajando con los sueños, he descubierto que el anhelo de pertenencia es la causa de muchas búsquedas personales. Es el anhelo de ser reconocidos por nuestras facultades, de ser aceptados en el amor y en la familia, de sentir que tenemos un propósito y somos necesarios para una comunidad. Pero también es el anhelo de abrirnos a la dimensión sagrada de nuestra vida, de saber que estamos al servicio de algo noble, de vivir la magia y el asombro.
Sin embargo, la alienación, la hermana oscura de la pertenencia, es tan ubicua que podríamos considerarla una epidemia. Gracias a la tecnología estamos más interconectados que nunca; no obstante, jamás nos habíamos sentido tan solos y distanciados. Somos las generaciones que no han recibido la herencia del conocimiento que nos devolvería a la pertenencia. Pero lo peor es que, en nuestro estado de amnesia, muchas veces no somos conscientes de qué es lo que nos falta.
Cada vez más, nuestras interacciones con los demás son suplantadas por máquinas. Tanto si es a través de la comunicación digital como de contestadores automáticos de atención al cliente o de máquinas dispensadoras, que nos ofrecen servicios que antes eran realizados por personas, nos estamos convirtiendo en esclavos de la era mecánica. De acuerdo con los intereses de las compañías, somos reducidos a meros consumidores, convertidos en un engranaje de la propia maquinaria con la que estamos comprometidos. Esta entidad más grande, que a menudo está oculta, es una parte sustancial de lo que contribuye a que nos sintamos deshumanizados, y nos hace sentir que somos prescindibles. No amamos a la máquina, ni esta nos ama a nosotros.
Intentamos seguir adelante con nuestra pequeña aportación a la coreografía mecánica de las cosas, pero nos invade la sensación de falta de sentido. Inconscientemente, sentimos que hay algo más grande a lo que deseamos pertenecer. Y aunque no seamos capaces de decir qué es, percibimos que otros pertenecen a ese algo más grande, mientras nosotros miramos desde fuera.
Deseamos desesperadamente que se note nuestra ausencia del círculo de la pertenencia. Este sentimiento nos envenena desde dentro. Aunque intentemos permanecer ocupados, rara vez conseguimos aplacar la soledad interna subyacente. Al primer soplo de silencio, se produce una erupción de alienación de tal magnitud que amenaza con engullirnos por completo. No importa cuánto acumulemos ni lo importantes que sean nuestros logros, la punzada de la no pertenencia sigue perforándonos desde dentro.
Y así, consideramos nuestra vida como un proyecto de mejora, un intento de ser útiles, admirados, inmunes e inteligentes. Nos esforzamos por erradicar cualquier aspecto que resulte inaceptable, que pudiera poner en peligro nuestra integración. Pero a medida que este «autodesarrollo» invade nuestro territorio salvaje interior, nuestros sueños y nuestra conexión con lo sagrado se resienten. Al utilizar todos y cada uno de los recursos al servicio del anhelo inconsciente de pertenencia, cada vez nos sentimos más alejados de casa.
Este es nuestro punto de partida: justo en la cruda fisura en la que estamos perdidos, en lo más hondo de nuestro vehemente deseo de encontrar nuestro sitio en la familia de las cosas. Antes de preguntarnos cómo vamos a curarnos de nuestro distanciamiento, hemos de profundizar en la propia herida y convertirnos en sus aprendices. Hemos de reflexionar sobre qué es lo que nos ha estado faltando. ¿Qué se nos está negando? Solo cuando somos capaces de doblegarnos a ese anhelo sacro podemos vislumbrar la majestuosidad que estamos destinados a alcanzar.
Soñar que estamos en casa
Los seres humanos tenemos una tendencia natural a adorar a ese «algo más grande» que nos une, pero, en la actualidad, vivimos en una especie de callejón sin salida, donde nuestros dones solo nos sirven a nosotros mismos. Los occidentales, a diferencia de muchas culturas chamánicas que practican la interpretación de los sueños, los rituales y el agradecimiento, hemos olvidado algo que los indígenas consideran primordial: que este mundo debe su existencia a lo invisible. Toda cacería y cosecha, muerte y nacimiento, se caracterizan por la creación de belleza y las ceremonias a aquello que no podemos ver, por alimentar a aquello que nos alimenta. Creo que nuestra alienación se debe a nuestra negligencia en sentir esa reciprocidad.
Aunque todas las culturas tienen su propia mitología, la visión animista del mundo se basa en saber que el espíritu está presente en todas las cosas. No solo en los seres humanos, sino en los seres con cuatro patas, en los grandes árboles, en las aves que podemos ver a lo lejos, en el silencioso y fuerte acantilado, en esas durmientes montañas soñadoras y en el pueblo río que siempre está dispuesto a conversar. A veces, hasta podemos percibirlo en la forma curva de una taza de cerámica.
Mientras las culturas animistas viven en la reciprocidad con lo que Martín Prechtel, autor y chamán maya, denomina lo «sagrado en la naturaleza», la nuestra se ha obsesionado con lo literal y lo racional. Divorciados del mito y de la vida simbólica, nuestras historias personales han dejado de tener sentido en el impulso colectivo global. En esta división también se está atrofiando nuestra capacidad para imaginar, asombrarnos y visualizar un camino para seguir adelante.
Pero todos tenemos nuestro propio camino para regresar a nuestro parentesco con el misterio: a través de nuestra vida onírica. La interpretación de los sueños es una forma poderosa de volver a tejer una relación íntima con lo que los sufíes llaman el Amado: la cohesión divina, lo sagrado en la naturaleza, de lo cual se originan todos los seres. Eso que nosotros recordamos también nos recuerda a nosotros. Nuestra conversación, como los puentes vivos entre las dos orillas, es la práctica de nuestra copertenencia. En este libro compartiré sueños, algunos míos y otros de las personas que amablemente me han dado permiso para hacerlo, que ilustran a la perfección las diferentes puertas en el camino hacia la pertenencia.
A mi entender, soñar es la naturaleza naturalizándose a través de nosotros. Igual que un árbol da frutos o una planta se manifiesta a través de las flores, los sueños son nuestros frutos. Generar símbolos e historias es una necesidad biológica. No podemos sobrevivir sin sueños. Y aunque podamos vivir sin recordarlos, una vida que se guía y se deja moldear por los sueños es una vida que sigue el conocimiento innato de la propia tierra. A la par que aprendemos a seguir los instintos de nuestra selva interior, respetando sus acuerdos y desacuerdos, también desarrollamos nuestra capacidad para la sutileza. Esta sensibilidad es lo que nos hace más permeables y políglotas, y nos acerca a conversar en los múltiples idiomas del mundo que nos rodea.
La sensibilidad es el privilegio y la responsabilidad de recordar. Tal como escribió Oscar Wilde: «Un soñador es aquel que solo puede encontrar su camino a la luz de la luna, y su castigo es que ve el amanecer antes que el resto del mundo». Cuando entendemos la simetría entre el paisaje exterior y nuestro mundo salvaje interior, no podemos más que lamentar la forma en que nuestra propia naturaleza ha sido alterada, denigrada, sometida y, en muchas ocasiones, hasta erradicada de nuestra memoria. Empezamos a afrontar las formas en que hemos sido cómplices de este lento apocalipsis, interno y externo. Solo cuando nos encontramos en ese lugar de pérdida y anhelo podemos empezar a recordar nuestro hogar.
Este libro es un intento de exaltar lo que a mi entender es la definición más amplia de trabajo de los sueños: la práctica de entrelazar un puente vivo entre lo visible y lo invisible, empresa que solo se puede lograr con paciencia, aptitud para el duelo y voluntad para asumir la responsabilidad sobre los resultados, aunque no vivamos lo suficiente para ver los beneficios. Esta es la práctica de la pertenencia.
Espero que a través de mis escritos pueda ahorrarte, aguerrido viajero, algunas de las confusiones de este camino iniciático. Te introduciré, tal como me introdujeron a mí, en las diferentes facetas de la pertenencia y te explicaré cómo hemos llegado a alejarnos de ellas. Veremos las influencias que pueden convertirnos en versiones reducidas de nosotros mismos, que es como se nos induce a establecernos en la «falsa pertenencia». Veremos el arquetipo del marginado y descenderemos a las dimensiones del exilio, un viaje agotador y doloroso, pero necesario, hacia la verdadera pertenencia. Allí, nos encontraremos con la otredad interior que quiere pertenecernos. Esta es la gran labor que a mí me gusta llamar «reintegración por recuerdo». La mayoría de nosotros pensamos en la pertenencia como un lugar mítico, que es posible que acabemos encontrando, si somos diligentes en nuestra búsqueda. Pero ¿y si la pertenencia no es un lugar, sino una habilidad: un conjunto de destrezas que hemos perdido u olvidado en nuestra vida moderna? Al igual que con los puentes vivos, estas habilidades son las formas en que podemos orientar, entrelazar y cuidar de las raíces de nuestra separación, y con ello, restauraremos nuestra membresía a la pertenencia.
* Este es un concepto que utiliza la autora a lo largo de todo el libro para indicar que es una pertenencia compartida, es decir, no hay un sujeto al cual pertenezca un objeto, sino que ambas partes son sujetos en igualdad de condiciones, y ambos se pertenecen el uno al otro. en este caso la tierra nos pertenece tanto como nosotros le pertenecemos a ella. (Nota de la T.)
1 Human Planet, «Rivers: friend and foe», 2011, BBC One.
Dos
El origen del
distanciamiento


Como les ha sucedido a muchas otras personas, mi búsqueda de la pertenencia tenía su origen en la alienación. Recuerdo una escena recurrente que se producía cuando estábamos sentados a la mesa, me decían algo que me hería, y yo subía corriendo a mi habitación a llorar, deseando desesperadamente que mi madre subiera a consolarme y volviera a permitirme pertenecer. Pero nunca lo hizo. Por el contrario, era yo la que bajaba a hurtadillas por la escalera que estaba junto a la cocina, y me ponía a escuchar lo que decía mi familia cuando yo no estaba delante, mientras mi estómago se quejaba de hambre.
Y aunque todos tenemos nuestra propia versión de esperar en la escalera, en el fondo, esto es lo que se siente cuando te excluyen. Es la atroz convicción de que nadie te necesita. De que la vida no te considera necesario. Cuando nadie te hace una invitación, supone la confirmación de tu peor temor y te adentra más en la región del exilio, incluso te acerca a la fría llamada de la muerte.
En un sentido simbólico, he pasado muchos años de mi vida en esa escalera de espera: sedienta de amor, muriéndome por que alguien notara mi ausencia, deseando que alguien me volviera a invitar a formar parte, me devolviera mi sentido de pertenencia. Y cuando abandonar la mesa ya no era suficiente para conseguir la atención de mi familia, empecé a huir a sitios cada vez más alejados y durante más tiempo, hasta que al final, llegó la huida definitiva.
A los nueve años, descubrí una casa maldita de la cual intenté adueñarme. Había un pequeño espacio entre las tablas que habían clavado para sellar la puerta trasera, que forcé para poder entrar. Estuve escarbando, durante semanas, para hallar algo que pudiera alegrar ese sucio y apestoso escondite. Encontré una escoba y barrí parte de los escombros, me llevaba tentempiés a escondidas e hice dibujos en las paredes. Algunos muebles rotos hicieron su servicio durante un tiempo, y jugaba a haberme marchado realmente de casa.
Este temprano impulso podría haber sido la primera señal de que algo en mí quería separarse, diferenciarse de su familia de origen. A pesar de su estado ruinoso y el peligro que encerraba aquella casa, me sentí arrastrada a crearme una nueva identidad, una vida propia. Era demasiado joven para valerme por mí misma, por supuesto, y cuando empezaba a oscurecer, regresaba a casa a regañadientes, sin que nadie se hubiera percatado de mi ausencia.
Cuando la gente se entera de que me crie en un ashram sufí, su rostro se ilumina. Imagino lo exótico que debe de ser para quienes han sido educados en un entorno más conservador. De pronto, es como si mi existencia tuviera más sentido para algunos de ellos, pues les recuerda a los derviches giróvagos y a la poesía de Rumi y de Gibran. Aunque es cierto que para mi joven corazón, vivir en una comunidad devocional, donde la música, la oración y la poesía formaban parte de la rutina cotidiana, supuso un breve periodo de pertenencia. Pero, como sucede en muchas comunidades espirituales, la nuestra también tenía sus sombras profundas.
En el ashram había dieciocho habitaciones, que ocupaban devotos de paso; sin embargo, a pesar de su creciente tamaño, distaba mucho de ser lujoso. Se trataba de un edificio antiguo situado en el barrio rojo de Montreal, con murciélagos que arañaban las paredes y prostitutas y traficantes de droga delante de nuestra puerta. Éramos muy pobres y nos las arreglábamos compartiendo recursos. Recuerdo el crudo invierno de Quebec que pasamos sin calefacción, porque nos cortaron los servicios y tuvimos que dormir apiñados alrededor de una chimenea. Pero de niña, nada de eso me importaba. Siempre había algún personaje que nos entretenía –músicos, artistas, gitanos e intelectuales– y cada verano nos íbamos de retiro a un ashram de yoga en las montañas Laurentian, donde recibíamos la visita de maestros, como el sufí Pir Vilayar Inayat Khan.
Lo que más recuerdo es la música. Los cánticos sufíes eran poemas devocionales dedicados al Amado, que se cantaban en una mezcla de hindi, sánscrito y árabe. Eran invocaciones para abrir el corazón y dar voz a nuestro anhelo de retornar al cañaveral del que las cañas humanas fuimos arrancadas. Siempre rezábamos y cantábamos zikr, * bailando hasta entrar en éxtasis.
Yo tenía ocho años cuando mi padrastro y mi madre engendraron a mi hermana; entonces, mi abuela sacó a nuestra familia de la comunidad y nos llevó a una casa pareada en las afueras. Quizás fuera por el repentino cambio de amplitud en la vivienda, el estrés de tener un bebé en la más absoluta pobreza, o porque ese barrio residencial nos era totalmente ajeno a todos nosotros, pero tenía la sensación de que acababa de conocer a mi familia. Aquella casa se convirtió en un lugar voluble, conflictivo y falto de atención.
Mi padrastro era considerado un líder espiritual dentro de la comunidad sufí, pero, a puerta cerrada, era frío en cuanto a sus emociones y violento físicamente. Y mi madre, como profesora de yoga y fitoterapeuta, era de esas personas que podían contagiarte su creatividad y entusiasmo, pero tan pronto estaba eufórica como alicaída. Era propensa a graves brotes de depresión y de rabia, para los cuales nunca buscó tratamiento, y sus cambios de humor causaban estragos en casa. Según el día o incluso la hora, podía pasar de la obsesión al decaimiento y la crueldad, así que todos aprendimos a ir con pies de plomo cuando estábamos con ella. En los momentos de depresión, tenía tendencias suicidas, estaba convencida de que nadie la quería o la valoraba y eso le afectaba profundamente.
Como personita de tan solo ocho años que era, mi corazón se rompía al ver así a mi madre. Solo veía su belleza y sentía que mi misión era consolarla y ayudarla a que se reafirmara, devolverla al amparo del amor. Pero, como sucede en una tormenta eléctrica, su cielo se oscurecía de pronto y arremetía contra mí en sus arranques de crueldad. Quizás fuera por su incapacidad para digerir su propio dolor, pero rechazaba cualquier muestra de emoción. Cuando me ponía a llorar, se mantenía a distancia y me decía que estaba exagerando o que me lo había buscado.
Los primeros sueños que recuerdo eran que mi madre me abandonaba. Soñaba que me dejaba en un peligroso callejón, porque la había ofendido sin querer. O que me había abandonado en manos de secuestradores que me ataban a una diana para tirarme dardos. En realidad, sentía que había dos versiones de mi madre: una de la cual me sentía responsable y otra en la cual me convertía en su blanco.
Cuanto más intentaba ser amada, más sola me encontraba en la creciente oscuridad. Pronto, empecé a practicar el aislamiento.
A los once años, tenía pensamientos de suicidio. Lo que no entendía es que estaba interiorizando el rechazo que sentía por parte de mi familia. El suicidio era el autorrechazo último, era una forma de «hacer realidad» el impulso letal que asediaba mi corazón. A los catorce años, a punto de cumplir los quince, me marché para siempre. Durante un tiempo, mendigué dinero, dormí en el suelo y tuve las peores amistades que uno pueda imaginar. Al final, me detuvo la policía y me llevó a un centro de detención, donde me remitieron a algo denominado System.
System era una organización dirigida por el gobierno, cuya irónica finalidad era supuestamente el «cuidado» de huérfanos. Algunos habíamos sido abandonados, otros habían sufrido abusos o negligencias, otros tenían cualidades demasiado extrañas como para que alguien pudiera controlarlos. Muchos huérfanos, al igual que yo, todavía tenían padres vivos, pero, por una serie de razones, habían cortado sus lazos con ellos y habían llegado a la indigencia, en distintas etapas de estar sin hogar física y espiritualmente. Aterrorizados y confusos, sin nadie en quien confiar que los pudiera guiar, la mayor parte de los internos acababan en bandas, practicando la violencia, consumiendo drogas y autolesionándose.
Los días siguientes fueron los peores de mi vida; sin embargo, pensaba que vivir en el exilio era mejor que vivir deseando morir. Al menos estaba en compañía de otros huérfanos, y compartíamos nuestro desarraigo.
Sanar las heridas del corazón provocadas por el desamor puede ser labor para toda una vida. Pero para muchos de los que hemos sufrido la fractura del espíritu, he de decir que hay una medicina para salir del exilio. Es un tipo de medicina, un tesoro perdido y reencontrado, que quizás no hubiéramos conocido de otro modo. Si eres capaz de soportar plenamente tu propio desarraigo y hacerte amigo de tu terror a la soledad y a la exclusión, tu vida dejará de estar bajo el yugo del intento de evitarlos. Es decir, estás en el camino de regreso a casa.
El origen del distanciamiento
Para reflexionar sobre el origen de nuestro distanciamiento hemos de empezar por nuestra historia personal. Aunque nuestras experiencias varían notablemente de una persona a otra, compartimos más similitudes que diferencias. En nuestra infancia tenemos la tendencia natural a asombrarnos, soñar y descubrir. Podemos vivir muchas horas haciendo ver que somos algo, consultando con la naturaleza, experimentando sensaciones e ideas, seguros de que estamos a salvo, confiando en lo imposible.
Como en el Jardín del Edén, es una etapa de armonía, abundancia y ausencia de culpa. Pero a todos nos llega un momento, a unos antes que a otros, en el que experimentamos un distanciamiento súbito o gradual de nuestra relación innata con la magia. Puede que nos digan que bajemos de las nubes, que solo es nuestra imaginación, o que no es más que un sueño. Nos piden que decidamos qué queremos ser cuando seamos mayores, nos explican cómo ha de comportarse una «dama», nos empujan a la vida pública en la escuela, y somos iniciados de golpe en los caminos de la realidad consensuada.
Para algunas personas, este primer distanciamiento puede producirse a raíz de un trauma, de abusos o de negligencias. Quizás te viste obligado a cuidar de otros, mientras tu vida interior perdía fuerza, era ridiculizada o ignorada. Quizás te hicieron sentir que eras necesario solo de una manera específica, mientras las verdaderas tendencias de tu pertenencia eran enviadas a las profundidades, cual fugitivas.
Quizás tú y cualquiera como tú habéis sido calumniados por vuestro entorno social. Quizás las exigencias de ese entorno te han obligado a ocultar tus dones, porque tenías que atender a algo más inmediato.
Sean cuales fueren los pormenores de tu primer distanciamiento, habrás notado la fisura entre tu verdadero yo y la persona en la que te has convertido para poder sobrevivir. Y de este modo empieza el trabajo de moldear nuestras cualidades para que se adapten a esta nueva versión más aceptable de nosotros mismos. Con el tiempo, este esfuerzo por «parecer» normal tiene tanto éxito que hasta empezamos a olvidarnos de nuestra verdadera naturaleza.
De pequeña, recuerdo que siempre me decían que hablaba demasiado, que gritaba demasiado y que era demasiado dramática, así que empecé a actuar con «pasotismo» o indiferencia. Este pasotismo es algo muy característico de los adolescentes urbanos. Aunque en su interior son una colorida explosión de hormonas y pasiones, desesperación y anhelo, hacen lo imposible por fingir que nada les importa. ¡Y les funciona!
Después de un poco de práctica en reprimir mi expresividad, recuerdo que me felicitaron por haberme «suavizado», como si mi anterior y auténtica versión de mí misma fuese molesta o embarazosa para los demás. Pero esta represión puede tener un precio muy alto cuando nos hacemos mayores.
Esas cualidades y habilidades que están prohibidas en nuestras familias, iglesias y otros medios sociales no dejan de existir por el mero hecho de que queramos ignorarlas. Más bien, en su afán de reconocimiento, tienden a volverse en contra de sus poseedores adoptando la forma de depresión o enfermedad, ira o rebeldía.
Considerar la rebeldía de nuestros adolescentes como una patología es uno de los grandes perjuicios que ocasionamos a nuestros menores. Existe una razón por la que en muchas culturas se realizan ritos de iniciación a la etapa adulta, pues los adolescentes son los que modificarán la sociedad en el futuro. Si a la rebeldía se la trata con el debido respeto, nos aportará la confrontación necesaria con la sociedad que garantizará nuestra sostenibilidad. Así como en toda relación se debe permitir que la tensión del conflicto refuerce nuestros vínculos, también hemos de invitar a la gente joven a contribuir con sus desacuerdos en nuestra vivacidad compartida. Este es el momento en su vida en que se invierte la dinámica entre mayores y jóvenes. El mayor ya no ocupa la posición de enseñar, sino la de escuchar. Después de todo lo que estos ancianos han impartido, directa e indirectamente a través de la cultura, ahora tienen la oportunidad de escuchar la opinión de los jóvenes sobre cómo lo han hecho.
Aquí es donde el dolor y la rabia del desarraigo son más necesarios. En la disconformidad de los jóvenes con la injusticia y en su voluntad de combatirla, existe un inmenso almacén de energía creativa en pleno desarrollo. Mientras otras culturas afrontan esta transición con un enorme respeto, nosotros la convertimos en una tragedia, y tratamos a nuestros jóvenes como si fueran seres aberrantes y rebeldes, a los que se ha de reformar y enseñar obediencia. En vez de invitar a los nuevos adultos a una posición de autoridad en nuestro círculo de pertenencia, y pedirles que renueven nuestras estructuras desfasadas, consideramos que su pasión es una vergüenza e intentamos reprimirla.
Este rechazo tiene sus consecuencias. Cuando ese poder emergente, fisiológico y psíquico, es rechazado abiertamente, nunca podrá cumplir su función, como pilar de la autoestima. Sin el ritual de bienvenida que afirma: «tu sangre es necesaria, tu ira es valiosa, tu dolor tiene sentido», el joven no encuentra lugar para canalizar su lealtad y navega perdido por los inmensos océanos de la alienación.
El día que abandoné mi casa lo hice descalza, solo con los calcetines puestos. Mi madre me había escondido todas mis botas y zapatos, antes de acostarse. A mis quince años, estaba totalmente decidida a marcharme, y lo hice de todos modos, salí corriendo por la calle en calcetines, con la esperanza de no pisar algo en la oscuridad con lo que pudiera hacerme daño. Al cabo de unos días, la policía me encontró en casa de mi novio, que era mayor que yo. Lo amenazaron con ponerle varias denuncias y a mí me llevaron de vuelta en el coche patrulla. Hubo un momento, que quedará siempre congelado en mi memoria, en que uno de los agentes se giró hacia mí y me preguntó si quería que me llevaran a casa. Y con toda la convicción de este mundo, le respondí: «No».
La alternativa, como después pude comprobar, fue un aterrador centro de detención para menores, donde me arrebatarían mis pertenencias. Por temor a que me ahorcara en la pequeña celda que solo tenía una ranura para que me dieran la comida y un botón rojo de emergencias, me sacaron hasta el cinturón. Me mandaron a ducharme con otras chicas, me dieron algunos productos de higiene diminutos, como jabón y pasta de dientes, y nos teníamos que secar con toallas que no eran lo bastante grandes para nosotras. Las cantidades eran para personas muy pequeñas, que no correspondían con la realidad de las que estábamos allí. Los grifos no tenían manija y el agua de la ducha salía a chorro de golpe y se paraba de repente, las puertas de hormigón ** se cerraban solas y la luz se apagaba automáticamente con programadores, por lo tanto no había interruptores.
Mi madre vino a visitarme una vez, pero lo único que recuerdo es que al verla al otro lado del plexiglás me sentí como un animal salvaje. Aunque solo deseaba que alguien me dijera cariñosamente que volviera a casa, creo que ella se sentía aliviada de que, por fin, estuviera controlada. Sin que tan siquiera me enterara, distintos organismos oficiales pusieron en marcha un proceso judicial por el cual me «comprometieron voluntariamente» con System.
No tenía muy claro por qué estaba allí. Puesto que mis padecimientos se debían a las carencias intangibles e innombrables de mi vida, viví durante años con la destructiva convicción de que mi traumática experiencia no era importante. Creía, como me decía mi madre, que estaba exagerando y que había destruido a nuestra familia. Tardé años en darme cuenta de que la pequeña simiente de mi destino necesitaba esa tierra yerma para hacerse fuerte. Tenía que conocer la verdadera tristeza y vivir mi soledad, para poder descubrir que el desamor era mejor que el amor a medias. Tenía que romper con aquello que, en nombre del amor, desprecia, envidia y ofende.
System me estuvo trasladando durante meses, desde centros para menores hasta pisos compartidos para jóvenes, haciendo que me fuera imposible replantearme mis dispersas y sedientas raíces. Cada vez que empezaba a apegarme a una trabajadora social saturada de trabajo, la cambiaban de puesto. Nunca se despedían. Sea como fuere, tuve que repetir el terrible ritual de deshacer la maleta con mis escasas y pequeñas pertenencias para volver a afrontar otro traslado al poco tiempo, generalmente, de noche. Así aprendí qué era la transitoriedad y a adaptarme para sobrevivir.
Podemos volvernos sumamente adaptables en nuestro intento de pertenecer a algún lugar, como un camaleón cambia sus tonalidades para mimetizarse con su entorno. Aprendí a sintonizar con los lugares a los que me destinaban, a fin de evitar cualquier amenaza sutil, me anticipaba a sus necesidades y era útil allá donde aterrizase. Enseguida me familiarizaba con los sitios, aprendía sus atajos y costumbres, para que pareciera que siempre había estado allí. Lo más irónico es que a pesar de mi capacidad de adaptación, nunca pude llegar a experimentar un verdadero sentido de pertenencia.
Aunque el marginado aprenda a mutar para encajar en cualquier hábitat, es más difícil conocer sus verdaderos colores. Puede que se sienta libre de restricciones imaginarias o reales, pero también anhela confiar lo bastante en un lugar, en unas personas o en una vocación como para echar raíces en su suelo. Y ese tipo de soledad, que no conoce hogar duradero, puede pasar factura con el paso del tiempo.
La alienación persigue a la persona que quema puentes tras de sí. Puede que dejes partes de ti mismo en esos lugares y momentos en los que has creado algún vínculo superficial. Cuanto más dejas atrás, más fragmentado te sientes. Si eres una de esas personas, puede que incluso hayas conseguido éxitos externos, pero notas que te falta una conexión profunda con la vida que has creado.
A raíz de haber expuesto tu verdadera naturaleza en alguna parte donde fue rechazada, te has vuelto receloso de esos lugares. No podrías soportar que te hirieran de nuevo, así que te niegas a volver a revelar quién eres realmente. Dejas de vivir desde tu propia verdad y, con el tiempo, la falta de voluntad se convierte en alienación de tu propia naturaleza.
Con el paso de los años, dejamos de sentir con tanta intensidad nuestra carencia. Entonces, es la propia carencia la que se vuelve maligna y se propaga en forma de depresión o ansiedad imperceptible. Dicho simple y llanamente, cuando nos sentimos marginados, es porque se están manifestando esos aspectos de nosotros mismos que hemos marginado.
Estricto y estrecho
Nuestros sueños son el primer lugar donde se manifestará nuestro yo alienado. La energía psíquica que ha sido desterrada puede asumir muchas formas en sus compulsivos intentos de volver a pertenecernos. Esta es la razón por la que siempre digo que los sueños oscuros son una confirmación, en y por sí mismos, porque significan que hay algo que está a punto de salir al plano de la conciencia. Las pesadillas solo son sueños que han aumentado de volumen, que intentan por todos los medios llamar nuestra atención hacia algo que está a punto de ser sanado. Pero si no les hacemos caso, esta energía rechazada puede adoptar la forma de síntomas psicológicos, como ansiedad, ataques de pánico, rabia o depresión.
Veamos el caso de Elaine, por ejemplo, una mujer de cincuenta y pocos años, que se crio en una familia cristiana tradicional. Gracias a una serie de tomas de conciencia de sus propios valores, recurrió a la terapia de la interpretación de los sueños para hacer las paces con su anhelo de tener otro tipo de vida. Puesto que dejar la iglesia implicaba romper con su comunidad, con su forma de ganarse la vida y con su fidelidad a la familia, fue un proceso muy difícil y gradual, en medio del cual tuvo el siguiente sueño:
Estricto y estrecho: sueño de Elaine
Estoy con mi hermana, que es una devota cristiana, entramos a comprar en un centro comercial cerrado. El pasillo de entrada es muy estrecho y cuando estamos a mitad de camino, una aterradora figura oscura, que viene a por mí a hacerme daño, empieza a agarrarme. Me caigo hacia atrás y me quedo atrapada allí, sin poder moverme y pidiendo socorro a gritos. Entonces, aparece una figura fantasmagórica y me pone una inyección para que «me calle». Me tranquilizo, pero sigo atrapada.
En nuestro análisis del sueño, Elaine describió el centro comercial como un lugar social, donde todo el mundo consumía bajo la presión de ser «siempre felices». Cuando dijo esas palabras, se dio cuenta de cuánto se parecía a la presión que sentía en la iglesia.
El centro comercial estaba cerrado, sin actividad, lo cual parecía reflejar que Elaine se había cerrado a muchas de esas influencias en su vida. Sin embargo, todavía quedaban algunos vínculos profundos, como su relación con su hermana, que hacía que ella siguiera «comprando» allí. A pesar de lo «estricto y estrecho» que le parecía ese mundo a su nueva visión expandida, no estaba dispuesta a abandonarlo por completo.
Le pregunté si recordaba la figura oscura que la agarraba, y lo único que podía recordar era que llevaba «guantes sin dedos, como los de un mendigo». Gracias a ese pequeño detalle empezamos a entender que esta figura, en la estrecha transición de dentro hacia fuera, era el arquetipo del marginado. Él simbolizaba el centro comercial-iglesia que estaba intentando evitar. Era un lobo solitario, rechazado por la sociedad, sin clase, dinero ni pertenencia. Y estaba agarrando a Elaine, como lo hace el peor temor de cualquier persona, con la convicción de que si no seguía esforzándose por seguir en ese mundo, podría acabar relegada de la sociedad.
Cuando le pregunté qué había sentido al recibir la inyección tranquilizante, me respondió que tuvo un efecto paralizador. Me llamó la atención el contraste entre que estuviera pidiendo socorro desesperadamente y que, de pronto, fuera anestesiada, y le pregunté si se había sentido deprimida. «Sí –me respondió sin dudarlo–. Hace unas pocas semanas, he estado sintiendo un torbellino de emociones y he entrado en una especie de estado depresivo».
Si considero todos los personajes de su sueño como aspectos de sí misma, podríamos pensar que el personaje del marginado es uno de sus aspectos que han sido rechazados y que vive en la no pertenencia. Por ejemplo, jamás menciona en su ámbito familiar o con sus amistades de la iglesia que está trabajando con sus sueños, a pesar de que es una de sus grandes pasiones. Pero esas partes marginadas de sí misma, en su desesperación por captar su atención, se volvieron posesivas y dañinas, como le sucedería a cualquier ser rechazado o calumniado.
El marginado, debido a sus diferencias, es desterrado a la no pertenencia o se marcha voluntariamente, cuando ya no puede seguir soportando las condiciones de la normalidad. De cualquier modo, se convierte en un vagabundo, en busca de un lugar al que pueda llamar hogar.
Como le sucedió a Elaine, el héroe o la heroína de las fábulas míticas ha de cruzar un umbral en el que rompe con la tradición, a fin de descubrir quién es fuera de las expectativas del reino. Pero sin la ayuda de los sueños y de los cuentos de hadas para navegar por estas huidas simbólicas, el marginado puede quedarse atrapado toda su vida identificándose con su arquetipo no redimido.
El arquetipo del marginado
Los seres humanos, al igual que otros cazadores en manada, están en guardia y desconfían de los que son diferentes. Tanto si has cometido un delito o eres de otro país como si posees habilidades, características u orientaciones diferentes –o incluso por ser pobre, estar enfermo o herido–, puede que acabes identificándote con el arquetipo del marginado: un huérfano, una oveja negra, un rebelde, un forastero, un disidente, un chivo expiatorio, un bicho raro, un sin techo, un mendigo, un inadaptado. No importa qué nombre reciba, el marginado desempeña un papel importante en la mitología y en la vida.
En todas las familias y en muchas leyendas populares, existe la figura de la oveja negra. Este forastero carga con la proyección de la sombra de todo el grupo. En ese rechazo colectivo hacia la oveja negra, esta última actúa como fuerza de unión. Es decir, se convierte en la portadora de las piezas rechazadas, encubiertas y olvidadas de la historia familiar, y al vivir la vida a su manera, esta oveja negra suele ser la responsable de concienciar a la familia.
Pero, por heroico que parezca, es un camino difícil y solitario. Ya sea por abandono o por voluntad propia, ser excluido de una familia o carecer de ella hace que el desarraigo se convierta en un factor fundamental de nuestra vida. El sentimiento de ser un sin techo puede suponer un estado mental crónico que influye en todo lo que hacemos.
En algunas culturas, ser huérfano significa que serás rechazado por la sociedad. En Zambia, por ejemplo, los huérfanos son humillados y se los llama «cabras», porque se considera que no pertenecen a ninguna cultura, ya que no han pasado por las iniciaciones correspondientes y las costumbres del colectivo. 1 Sin embargo, en otros lugares, se los considera los guardianes especiales de la tribu, se los protege e incluso venera. Los aka de Ghana tienen una antigua canción folclórica que se titula Sansa Kroma en la que «a los niños que cantan esta canción se les recuerda que si algo les sucediera a sus padres y se quedaran huérfanos... serían protegidos por el resto de la aldea». 2 Cuando revisamos las leyendas populares del mundo que nos rodea, descubrimos muchos de los mismos motivos recurrentes. «Los huérfanos son a la vez dignos de lástima y nobles –escribe Melanie Kimball, profesora de literatura infantil del Simmons College de Boston–. Son una manifestación de la soledad, pero también representan la posibilidad de que los humanos se reinventen a sí mismos». 3
Imaginemos por un momento que pudiéramos depurar nuestras distintas historias de exilio hasta llegar a su esencia básica, para descubrir qué es lo que compartimos con todas las personas que han experimentado algo similar. Este conjunto de patrones y redenciones es lo que denominamos «arquetipo».
Los arquetipos, palabra que proviene del griego archetypos, que significa ‘primer molde’, son el prototipo de nuestras experiencias innatas universales. El héroe, la anciana sabia y el embaucador son arquetipos habituales que se encuentran en los mitos y cuentos de hadas de todo el mundo, que, aparentemente, carecen de fronteras geográficas, son atemporales y sus patrones aparecen en nuestros sueños en las etapas de transición importantes de nuestra vida. Los arquetipos no solo nos revelan la insignificancia de nuestra vida tal como la estamos viviendo, sino que atraviesan las mismas puertas con valentía y desesperación, asombro y triunfo, como los héroes o heroínas, que hemos admirado desde nuestra infancia a través de nuestros libros de cuentos.
Ann Belford Ulanov, como analista junguiana, lo describe así: «Como los instintos son para el cuerpo, los arquetipos son para la psique». 4 Es decir, los arquetipos son reflejos innatos que se activan al propiciarse ciertas condiciones en nuestro entorno y, para bien o para mal, determinan nuestra forma de reaccionar y nuestra conducta.
Al estudiar cómo funcionan los sueños y los cuentos de hadas, podemos seguir sus mapas arquetípicos hacia lo desconocido con mayor eficacia, porque nos ayudan a ver la dimensión significativa de nuestra experiencia personal. Nos muestran cuándo estamos atravesando un rito de paso, como una iniciación, un exilio, una muerte simbólica y un renacimiento.
El arquetipo del Marginado/Huérfano aparece en cientos de fábulas populares, libros de ficción e incluso películas. Personajes de la literatura como Cenicienta, la cerillera, Jane Eyre, Frodo Bolsón y Harry Potter son algunos Marginados famosos. El Marginado suele ser un huérfano que vive fuera de la casta o clase social. Se lo considera diferente del resto o peligroso para las costumbres y normas sociales. Es el molesto otro, único e inconfundible en el mundo, que nos recuerda lo cerca que estamos todos de sufrir el mismo destino, de que nos retiren el apoyo. Pero desde los andrajos hasta las riquezas, también nos inspira a recordar que se pueden superar incluso las historias más trágicas de aislamiento.
Estos arquetipos no son solo imágenes o personajes, sino patrones de desarrollo. El huérfano o la huérfana de estas historias siempre sufre algún tipo de maltrato, abuso o negligencia en su lugar de origen. Entonces, tiene que emprender una búsqueda o viaje para hallar su verdadero lugar en el mundo. Sin embargo, para ello, deberá abandonar su hogar, romper con el grupo o familia establecidos y soportar un largo periodo de exilio.
Durante su deambular, habrá momentos en que se sentirá abrumado por las dificultades y estará a punto de tirar la toalla. Pero si consigue aunar la astucia y la virtud para defender su propia postura, los aliados mágicos vendrán en su ayuda. Al final, su triunfo consistirá en hallar un lugar en el mundo al que pertenecer, que sea intachable, no solo porque lo habrá forjado desde cero, sino porque será lo bastante grande como para albergar a otros.
* Palabra árabe que designa los actos devocionales islámicos, caracterizados por las repeticiones de los nombres de Dios, textos sagrados y cánticos. (Nota de la T.)
** Es un tipo de puerta hecho con un material que combina hormigón y textil, es ligero, robusto y resistente al agua. (Nota de la T.)
1 Agnes Ngubeni (Kabwe, Zambia), entrevistada por IRIN, http://www.irinnews.org/report/87056/zambia-orphansgrow-without-cultural-identity.
2 Abraham Adzenyah y otros, «Let Your Voice Be Heard! Songs from Ghana and Zimbabwe», World Music Press, 1997, p. 43.
3 Melanie A. Kimball, «From Folktalkes to Fiction: Orphan Characters in Children’s Literature», Library Trends 47 (3), 1999, p. 599.
4 Ann Belford Ulanov parafrasea a Carl Jung en The Feminine: In Jungian Psychology and in Christian Theology [Lo femenino: en la psicología junguiana y en la teología cristiana], Northwestern University Press, 1971, p. 48.
Tres
La Madre Muerte


Cuando tenía once años, mi abuela me regaló el anillo de bodas de mi abuelo, ya fallecido. Lo consideraba mi posesión más valiosa. Era de oro blanco, con elegantes grabados y, lo más importante de todo, tenía su nombre, Tadeusz, grabado en su cara interna. Un día, cometí el error de irme a nadar con el anillo puesto y se me salió del dedo. Estuve dos horas buceando para rastrear el fondo de la piscina, pero, todas las veces, salí agotada y con las manos vacías. Me sentía tan avergonzada que no era capaz de decírselo a nadie, pero cuando cenamos en casa de mi abuela el fin de semana siguiente, se dio cuenta de que no lo llevaba. Le dije que sentía mucho haberlo perdido. Mi madre se giró hacia mí y espetó con desprecio: «No se le puede confiar nada valioso a Toko».
Objetivamente, este hecho se podría considerar una actuación poco afortunada de una madre que, en un momento de debilidad, intenta educar a su hija, pero visto como el último de una larga cadena de crueles acontecimientos similares, supuso la gota que colmó el vaso en mi convicción de que no era una persona normal ni digna de confianza y que no merecía un lugar en la mesa familiar.
Si, como me ha pasado a mí, te has criado sintiéndote invisible, anulada o algo peor –con el mensaje tácito de que no eras deseada o que hubieran deseado tu muerte–, puede que seas hija de una mujer poseída por la Madre Muerte.
La Madre Muerte es un término para designar esta energía o arquetipo, que se ofende con su propio hijo, lo abandona o incluso desea destruirlo. Lo acuñó la analista junguiana Marie-Louise von Franz, 1 y posteriormente fue ampliado por la autora, maestra y analista junguiana Marion Woodman, en su entrevista con Daniela Sieff, «Confrontar a la Madre Muerte». 2 Como blanco de la Madre Muerte, el niño o la niña acaba desarrollando la convicción de que vive en un mundo peligroso y de que su vida corre peligro. 3 Pero mucho tiempo después de haber abandonado el hogar familiar, el objetivo seguirá siendo acechado por la Madre Muerte, que luchará contra él desde dentro.
Incluso antes de que se te ocurra pensar en hacer algo nuevo, utilizando tu creatividad, tu voz o dirigiéndote hacia el cambio, la Madre Muerte hará acto de presencia. Al igual que Medusa, no tiene más que levantar una sola ceja para que todo tu cuerpo quede petrificado. Es la energía paralizadora que reduce tu creatividad y te exige silencio. Se alimenta de tu vergüenza e impotencia, y cualquier muestra de emoción o autenticidad puede provocarla.
Incapaz de soportar el sufrimiento de ser rechazado, su blanco dejará de manifestar su chispa creativa. Se esconderá donde no pueda ser criticado, pues se le ha enseñado que no vale nada. Tal como dice Woodman: «Su esencia creativa propia sufrirá una división y será enterrada en un recoveco oculto de su psique inconsciente». 4
Entonces, el hijo o hija de la Madre Muerte hace lo imposible por sobrevivir. En su intento de comportarse de una manera que pueda fortalecer su frágil lugar dentro de la pertenencia, empieza a interpretar el papel que piensa que lo congraciará con ella. Esto se puede manifestar convirtiéndose en un perfeccionista para cumplir las exigencias imposibles de la Madre, independizándose violentamente de ella o siendo su defensor y cuidador –incluso, marido suplente–; sea como fuere, el niño intenta por todos los medios ser necesario para aliviar la hostilidad de su entorno.
Pero por más que intentemos ser más listos que ella, inevitablemente, acabamos interiorizándola y empezamos a confundir su voz con la nuestra. La Madre Muerte, con sus artimañas internas, termina arruinando la vida de una persona. Tal como escribe Woodman: «Si este bebé, cuando todavía estaba en el útero, hubiera sabido que no era del sexo que sus padres deseaban, que no había dinero para otro hijo, que no era un buen momento para el matrimonio o que se libraría de ser abortado por los pelos, este bebé habría sabido que no es bienvenido a la vida... No deseado. ¿Puede haber algo peor para un recién nacido indefenso que experimentar eso en su carne?». 5 Y a medida que el niño va creciendo, irá proyectando este no deseado en los demás, esperará el rechazo de sus amigos, de las figuras de autoridad, incluso de la propia vida. Lo peor de todo es que dirigirá esa gélida mirada hacia sí mismo.
Cuando descubrí a la Madre Muerte fue toda una revelación para mí, porque entendí la razón de mis instintos suicidas a tan corta edad. El suicidio o el «anhelo del olvido que conlleva la muerte» era una forma de dirigir la campaña de la Madre Muerte contra mí. El suicidio era la versión concreta del rechazo que sufría todos los días hacia mi persona.
Me di cuenta de que vivía en lo que Sieff denomina un «mundo-trauma», una realidad psicológica paralela que se caracteriza por el miedo, la desconexión y la vergüenza. La mayoría pensamos que los traumas se deben a algún hecho o hechos violentos, físicos o de índole sexual, pero ahora los investigadores están descubriendo que hay muchos tipos de traumas sutiles e insidiosos, que activan las mismas respuestas en el cuerpo y el sistema nervioso. Ser testigo de violencia, la inestabilidad crónica, el caos en el hogar de la infancia o la frialdad emocional y la falta de apego seguro con tu principal cuidador, porque siempre está deprimido, padece alguna enfermedad mental, es impredecible o suicida, puede crear las condiciones necesarias para que una persona joven padezca un trauma emocional.
Los traumas nos cambian radicalmente, no solo en el plano psicológico, sino también a nivel celular. La Madre Muerte interior se manifiesta como la renuncia a uno mismo, especialmente en lo que respecta al cuerpo. Según Woodman: «Cuando tengo hambre, no soy alimentado. Cuando estoy agotado, no se me permite descansar. Cuando necesito moverme, se me obliga a estar quieto». Sieff sigue explicando: «Como respuesta a esa experiencia abrumadora de sufrimiento y de miedo, se producen cambios biológicos que sensibilizan extraordinariamente a nuestro cuerpo y nuestra mente a peligros potenciales [...] vemos amenazas donde no las hay, y reaccionamos exageradamente a ellas de maneras que hacen que creemos las profecías que se cumplen a sí mismas».
Recuerdo que un día hice autostop para ir a un concierto, porque mi coche estaba estropeado, y me paró una bruja que llevaba un coche muy sucio. Al abrir la puerta vi un montón de pelo de perro y basura en el asiento, así que empecé a sacudirlo antes de sentarme con mi falda blanca. La conductora me dijo de malos modos: «¡Métete ya! ¡Esto no es un taxi!». De pronto, me quedé helada. Me pasé todo el trayecto sin abrir la boca, la rabia y la vergüenza me consumían por dentro. Y el destino dispuso que cuando llegamos al concierto, esa bruja se sentara a mi lado. Recuerdo que tuve pensamientos obsesivos de injusticia; luego, de pronto, pasaba a tener pensamientos opuestos, en los que me atacaba a mí misma por ser demasiado delicada. Era una repetición de las discusiones internas crónicas que tenía con mi madre, como si siempre tuviera que justificar la validez de mis sentimientos heridos... y de ser una perdedora. De pronto, me sobrevino la sensación de estar exiliada, como si todas las personas que asistieron al concierto estuvieran dentro de algo y yo estuviera fuera. Cuando terminó la velada, había entrado en una espiral de vergüenza de la cual tardé días en salir.
Parece increíble que ese insignificante detonante me produjera tal desesperación. Pero cuando vives en un «mundo-trauma», tus respuestas las genera un sistema nervioso afectado, que supone que siempre está bajo amenaza de ser atacado o abandonado, aunque no exista peligro real.
La Madre Muerte ataca tu cuerpo, te frena cuando estás a punto de despegar, te hace callar antes de abrir la boca. Es la energía paralizante que te impide participar en la vida. Es lo que Woodman llama «mentalidad de comadreja», donde «la vida se experimenta como si fuera un campo de minas en el que somos derribados por explosiones que los demás no pueden oír. Si existe una hostilidad inconsciente en el entorno, el cuerpo interior, en un acto reflejo, se retira y se hace el ‘‘muerto’’». 6
Para sanar la herida que deja la Madre Muerte en tu cuerpo, es útil comprender sus orígenes y cómo llegó a convertirse en semejante expresión terrible de la naturaleza. Si volvemos al mito de Medusa, veremos que esta no siempre fue un monstruo terrorífico con una cabeza llena de serpientes que convertían a las personas en piedra. Antes de transformarse en un ser que perseguía y cosificaba a otros, ella fue cosificada primero.
Medusa, la más bella de tres hermanas, era una hermosa doncella con rizos dorados. Aunque tenía muchos pretendientes que aspiraban a sus favores, Poseidón, al ser rechazado, la violó en el templo de Atenea. La diosa, furiosa por la profanación de su templo, maldijo a Medusa, convirtió su hermoso pelo en serpientes y la volvió tan horrible que todo aquel que la mirara se convertiría en piedra.
Para nuestro propósito, me centraré en dos aspectos de este mito: cómo Atenea persiguió a Medusa por profanar su templo y cómo la aterradora transformación de Medusa en gorgona fue a raíz de su propia violación.
Atenea nació de la cabeza de su padre, Zeus, con toda su armadura, lista para la batalla. Se podría decir que era la hija perfecta para el padre, totalmente identificada con sus valores patriarcales, como la razón, la fuerza y la victoria. Aunque al imaginar a Medusa pensamos en la encarnación de la rabia femenina, hubo un tiempo en que se la conocía por su sensual belleza y su buena relación con sus hermanas. En el aspecto simbólico, podríamos decir que las dos mujeres representan la división cultural de lo femenino, entre lo cívico y lo primario, logos y eros, la obediencia y la rebeldía. Es la misma división que vemos reflejada en otras partes, como la historia bíblica de María y María Magdalena. Atenea, como diosa virgen, quizás se sintió amenazada por la energía primaria y procreadora de Medusa, así que la maldijo y la convirtió en un monstruo. Pero no olvidemos que fue un acto de extrema violencia lo que provocó esta división.
Medusa, violada por Poseidón y, posteriormente, asesinada a manos de Perseo, es un símbolo de la subyugación cultural del aspecto salvaje e indomable de lo femenino, que ella representa. El nombre Medusa (Medha en sánscrito, Metis en griego y Maat en egipcio) significa ‘sabiduría femenina soberana’, de modo que su violación también se podría considerar la derrota de las religiones de las diosas por una cultura predominantemente masculina, encabezada por Zeus. Para sobrevivir a estas condiciones, las mujeres hemos tenido que convertirnos en lo que era Atenea, una incondicional de su padre, a fin de poder medrar. Pero la consecuencia de ser una «buena hija» o una «buena madre» es que la oscuridad que representa la furia desterrada de Medusa aparecerá de formas impredecibles.
¿Te has fijado alguna vez que, en los cuentos de hadas, la madre de la protagonista está muerta, ausente o es suplantada por una madrastra malvada? Por ejemplo, en Blancanieves, la malvada madrastra tiene tantos celos de la belleza de su hijastra que la echa de casa y envía a un cazador a que le arranque el corazón. En Hansel y Gretel, la esposa del leñador convence a su esposo para que mande a los gemelos al bosque con la esperanza de que no sepan volver a casa y mueran de hambre. Nos resulta tan inadmisible que una madre sea capaz de cometer semejantes actos macabros e incluso asesinos hacia sus propios hijos que la hemos sustituido por otra mujer que carece de apego emocional.
Lo cierto es que hay muchas madres que luchan contra sus sentimientos contradictorios respecto a sus hijos, hasta el extremo de desear que no hubieran nacido. A veces, nos enteramos de historias atroces de madres que matan a sus propios hijos. Y aunque la mayoría de las mujeres nunca llegaría a tal extremo, muchas sienten la rabia, la desesperación y el agotamiento que pueden provocar esa violencia.
Aunque no soy madre, tengo muchas amigas que sí lo son y veo lo duras que son con ellas mismas, cuando no tienen paciencia o se enfadan con sus hijos. Creo que es porque en nuestra sociedad se niega el aspecto oscuro de la maternidad. Tenemos el arquetipo idealizado de la Buena Madre, que encarna el amor incondicional, la compasión y la crianza. Pero el problema que plantea esta perspectiva parcial es que transmite, tanto a la madre como al hijo, que todo lo que no sea una buena madre es aberrante o antinatural.
La autora y antropóloga Daniela Sieff, en su fascinante ensayo La Madre Muerte como sombra de la naturaleza, 7 aborda el lado oscuro de la maternidad bajo un prisma evolutivo y analiza el modo en que la influencia de unos cuantos factores centrales, como la disponibilidad de calorías y el apoyo social, contribuye en gran manera a la tendencia (o no) de que una madre cree un vínculo con su hijo. Sieff señala que en algunas sociedades de subsistencia tradicionales no es tan raro abandonar o matar a un bebé, cuando no se dispone de ambas cosas. Por razones de subsistencia, «no se puede comprometer con sus bebés indiscriminadamente; por el contrario, ha de tener en cuenta sus propias circunstancias y las características del bebé, en el momento de decidir si lo cría (o los cría) o no». 8
En Occidente tenemos más recursos y, afortunadamente, el infanticidio no es habitual. No obstante, al estudiar estos principios evolutivos básicos, Sieff nos ayuda a comprender que los impulsos inquietantes y destructivos son una dimensión natural de la maternidad. Aunque no todas las mujeres llegarían al extremo de ser Madres Muerte, si no se sienten apoyadas o se consideran invisibles y sobrepasan sus propios límites, pueden ser susceptibles de caer bajo la influencia de su propia sombra. Mientras sigamos idolatrando a la Buena Madre y sin reconocer su aspecto oscuro, las mujeres estaremos destinadas a manifestarlo inconscientemente.
A menos que reconozcamos las barreras a las que se enfrentan las madres y encontremos fórmulas como comunidad para proporcionarles el apoyo que necesitan, la vergüenza oculta de la mujer que no se siente adecuada respecto a la imagen de la Buena Madre acabará volviéndose en su contra, como lo hacen las sombras no reconocidas, y empezará a expresarse de maneras destructivas, internamente y hacia todo aquel que se cruce en su camino. Los hijos de esas madres también sufrirán la negación cultural de la sombra de la maternidad. Puede hacer que se cuestionen la validez de su experiencia con la oscuridad de su progenitora, creando las condiciones necesarias para que se repita el ciclo de la Madre Muerte.
La escasez y el merecimiento
La escasez es la condición subyacente del arquetipo de la Madre Muerte. Nos hace creer que nunca tenemos bastante, que siempre hay cosas o lugares mejores que alcanzar, en lugar de crear pertenencia con lo que tenemos delante de nosotros. Cuando se habla de escasez, la mayoría pensamos en una falta física de abundancia, de afecto y de pertenencia. Y aunque es cierto que tener poco de estas cosas puede hacernos sufrir, lo peor de todo es la carencia interior.
Nosotros la aprendimos de nuestros padres, como estos la aprendieron de los suyos; por consiguiente, esta puede tener raíces profundas en nuestro linaje familiar. La carencia es la creencia de que por mucho (o por poco) que tengamos, nunca es suficiente. Tanto si somos adictas al trabajo y nunca nos conformamos con nada como si somos las típicas perfeccionistas que siempre tienen problemas para presentar algo a la sociedad, porque nunca está lo suficientemente bien, toda nuestra vida puede estar bajo la influencia de la insuficiencia.
Tienes algo de dinero, pero no es suficiente para hacer lo que realmente quieres. Puede que tengas uno o dos amigos, pero te falta una «comunidad». Tal vez tengas una oportunidad, pero haría falta un milagro para que se hiciera realidad. A lo mejor tienes un amante, pero no tienes una familia. Es como tener una hermosa vista desde tu ventana y fijarte solo en los defectos de la pintura de las paredes: nos centramos en lo que nos falta, en vez de deleitarnos en la belleza que tenemos delante. Eso es lo que pretende la Madre Muerte: reforzar la carencia hasta que nos parezca normal.
Mi madre me contó una vez que después de que yo naciera, mi hermano empezó a tener rabietas cada vez que ella se sentaba a darme de mamar. Me dejaba para atenderlo a él, pero al poco tiempo de estas interrupciones se le retiró la leche. Para mí, esto siempre supuso una representación literal y profundamente simbólica de la carencia que caracterizó nuestra relación y, posteriormente, mi falta de sentido de pertenencia en el mundo.
A partir de esta primera experiencia de sentir que mis necesidades eran menos importantes que las del resto, aprendí a hacerme valer en la familia cuidando a los demás, función para la cual, a las mujeres adultas y a las jóvenes, se nos suele hacer creer que es para lo único que servimos en el hogar y en nuestra cultura. Pero el descuido de mis propias necesidades me creó una sed insaciable de ser vista, amada y valorada. La Madre Muerte respalda el tipo de feminidad que proclama que no valemos nada, más allá de nuestro papel superficial en la familia o en la cultura. Cuando no hemos madurado nuestro sentimiento de autoestima, necesitamos la reafirmación constante de nuestra valía.
Esta necesidad es la herida que llamamos carencia. De hecho, el sentimiento de carestía afectaba a todas las áreas de mi vida: emocional, física y espiritual. Siempre me sentía impulsada a buscar el amor fuera de mí, a conseguir grandes cosas, como si eso fuera a aportarme aprobación. Pasé años disciplinándome para ser más consciente, generosa y buena, como si el amor de Dios y mi lugar en la Tierra dependieran de ello. Pero tuve que esperar a darme cuenta de cuál era el origen de la escasez, para empezar a contrarrestar sus perniciosas proyecciones y cambiar mi forma de ver el mundo.
Cuanto más alejados estamos de nuestros instintos y necesidades, más inconscientes se vuelven. Cuando no podemos ver o nombrar la miseria que sentimos, la proyectamos al mundo que nos rodea. La vida se convierte en la Madre Muerte y nosotros en su retoño eternamente dependiente.
Para entender cómo se forma la escasez, primero hemos de indagar sobre el merecimiento. Sentirse merecedor significa sentirse importante, valioso, apreciado y digno. Es el estado de plenitud. Si no fuéramos educados para sentir estas cualidades del merecimiento, posiblemente creeríamos que las cosas buenas no están a nuestro alcance.
Hay momentos en los que te identificas con la voz de la Madre Muerte y crees que sus comentarios negativos sobre ti son ciertos; puede que tengas sueños en los que deambulas por estas peligrosas zonas abandonadas de tu psique, donde acaban de derrumbarse las desvencijadas estructuras. La poca vida que hay en esos lugares intenta vivir a costa de las migajas o compite por conseguirlas, y el peligro acecha en cada esquina. Yo las llamo las zonas perdidas: debajo de los puentes, en los callejones traseros y en los edificios en ruinas, que simbólicamente corresponden con las partes de nuestra mente que han sufrido estragos, a causa de la carencia y la negligencia.
Estos lugares surgen por la falta de amor, y si no les prestamos atención para sanarlos, pueden volverse sistémicos. Como sucede en las zonas olvidadas o desatendidas de las ciudades, se acumula la desesperación en ellas hasta que se convierten en lugares donde la pérdida es un mal endémico. La psique, a su vez, va ganando impulso. Con el detonante adecuado, como ver que otros disfrutan del calor de la familia o de la amistad, podemos ser transportados al instante a esos distritos de desolación interior.
Entonces, ¿cómo podemos empezar a revitalizar nuestras zonas perdidas de una manera que no sea solo estética, sino integral? Para revitalizar estas zonas perdidas en nuestra psique hemos de mirar directamente la herida, como hacemos con la interpretación de los sueños, y coser, punto por punto, lo que se ha roto para recuperar el sentido de pertenencia.
Lo primero que hemos de hacer es descubrir quiénes somos realmente y qué valoramos. Me encanta la palabra valor, porque tiene dos significados: aquello que consideramos algo valioso y aquello que distingue nuestro carácter. Así que primero hemos de hacer una verdadera evaluación de nuestros dones y habilidades, y luego, hemos de aprender a defenderlos.
Alice Walker, en su maravilloso tratado The Gospel According to Shug [El evangelio según Shug], 9 escribió: «Reciben AYUDA aquellos que aman a los demás a pesar de sus faltas, a esas personas se les otorga el don de la visión clara». Estas palabras me parecen muy poderosas, porque sugieren que las faltas, aberraciones o rarezas de nuestra personalidad forman parte de nuestra integridad, y pretender obviarlas es hacerles un flaco favor a los demás y a nosotros mismos. Además, al reconectar con lo que yo llamo «las facetas refugiadas del yo», podemos reivindicar la capacidad de visualizar un camino que seguir, no solo en nuestras vidas, sino en nuestro futuro colectivo.
El hábito de infravalorarnos es una especie de división, que hace que vivamos a medias; la dignidad está directamente relacionada con nuestra capacidad para vivir una vida integrada. En lugar de desterrar las facetas que, una vez, fueron rechazadas, trabajamos para reivindicar esas partes de nuestra identidad que temen ser vistas, heridas u olvidadas. Las permitimos y las incluimos, momento a momento, reforzando nuestra capacidad de inclusión, de pertenencia. Es la práctica de integrar la plenitud de nuestra presencia en un momento dado, tanto si se trata de rabia como de un brote de tristeza, para decir: «Esto también pertenece».
Hace unos años, cuando estaba con unos amigos, aprendí una importante lección sobre cómo nuestro exilio voluntario también puede perjudicar a los demás. Me encontraba en una fase de transición, me había marchado de la ciudad en la que había estado viviendo, pero sin tener otro sitio al que poder llamar hogar, y una amiga mía y su esposo me ofrecieron quedarme en su habitación de invitados. Al principio, fue estupendo estar en la casa de esta encantadora y amable pareja, pero, al cabo de unas semanas, empecé a tener problemas con mi capacidad para recibir su generosidad. Aunque no habían dado abiertamente muestra alguna por su parte para que me preocupara, empecé a sentir que era una intrusa.
Intenté ser más servicial, pagaba la compra, hacía la comida y limpiaba cuando estaban fuera. Sin embargo, al final, ni siquiera eso me parecía suficiente. Empecé a ausentarme durante largos periodos o, literalmente, a esconderme en mi habitación, para que pudieran gozar de su privacidad y de sus ritmos. Pero lo cierto es que había vuelto a caer en esa espiral de vergüenza hacia la Zona Perdida. Tener que depender de unos amigos, en una casa que no era mía, reactivó mis viejos sentimientos de desarraigo. Pero, inconscientemente, estaba recreando el sentimiento de abandono, mientras observaba desde la famosa escalera, cómo transcurría la vida sin mí.
Un día, mi amiga me preguntó si me pasaba algo. Al principio, intenté disimular encogiéndome de hombros. Al cabo de unos momentos, escribí temblorosa algunas palabras en un trozo de papel, porque me resultaba demasiado difícil decirlo en voz alta: «Siento que soy un estorbo». Lo que vino a continuación fue una conversación entre lágrimas, en la que mi amiga, lejos de consolarme, me ayudó a confrontar mi conducta. Me dijo que al autoexcluirme de la vida en su hogar, era yo la que estaba provocando el abandono.
Esas palabras fueron como un jarro de agua fría. En un momento, me di cuenta de cuántas veces, en toda mi existencia, me había autoexcluido de la vida para librar a los demás de mi presencia, adelantándome a las situaciones, antes de que nadie pudiera dejarme atrás. Era una forma inconsciente de solicitar amor y atención. Igual que me había sucedido en la infancia, cuando mi ausencia estaba realmente motivada por mi deseo de ser echada en falta. Y aunque esa estrategia me ayudó a sobrevivir en mis primeros años de vida, se había quedado desfasada y, en realidad, revelaba una falta de valentía.
Mientras sigamos ocultando facetas de nosotros mismos, porque pensamos que solo será aceptada una versión corregida o formal de nuestra personalidad, nos estaremos privando de la pertenencia. Pero también –y esta es la parte que requiere más práctica para identificarla– estaremos privando a los demás de participar en una copertenencia con nosotros.
La cultura de la Madre Muerte
Para la mayoría, tanto si queremos admitirlo como si no, nuestros valores son los que nos han transmitido nuestra familia o cultura. Uno de los pasos más escalofriantes que hemos de dar en el camino de la pertenencia es aprender a diferenciar nuestra verdadera voz de la voz de la Madre Muerte, tanto en nuestra vida personal como en su manifestación en las normas culturales.
Cuando empezamos a comprender la gélida propagación de la Madre Muerte en nuestro inconsciente personal, simultáneamente, comenzamos a darnos cuenta de que es una emisaria de una cultura que denigra lo que los junguianos denominan lo «femenino». Hay muchas cosas en nuestra forma de vivir actualmente que son hostiles, incluso letales, para lo femenino. Es agotador seguir el ritmo de una sociedad obsesionada con el consumismo, el prestigio, la productividad, la riqueza y el poder. A pesar de que tengamos éxito en estas facetas, la meta siempre es conseguir más, porque la Madre Muerte es insaciable.
Mientras la Madre Devoradora se come lo bueno que hay en nosotros, dejando huecos de carencia en nuestro paisaje interior, también lo hace en el exterior. Se manifiesta en el impulso de saquear delicados ecosistemas, como el Ártico, en busca de petróleo. Es el hambre que tolera las granjas ganaderas y el negocio agrícola del monocultivo, aunque ello conlleve acabar con la biodiversidad. El crecimiento económico es como una célula cancerosa, que se reproduce incesantemente sin finalidad alguna, hasta acabar con su anfitrión. A la Madre Muerte no le importa qué o a quién pise en su camino, mientras ella pueda seguir creciendo.
Depende del aislamiento, porque siempre y cuando creamos que el valor es algo que podemos alcanzar por nosotros mismos, seguiremos trabajando duro, comprando cosas y luchando por esa noción hiperindividualista del éxito. Entretanto, aumenta el número de personas para las que el éxito es un espejismo lejano. La supervivencia es a lo máximo que puede aspirar la mayoría.
Pero ¿y si el mérito dependiera de nuestro sentido de pertenencia como colectivo? Decir mérito es otra forma de decir pleno. Es el estado de reposo de la abundancia. Es nuestro estado natural, cuando vivimos en solidaridad con los demás y en armonía con nuestro entorno. Cuando todos contribuimos al conjunto con nuestros dones y habilidades únicos, siempre tenemos más de lo que necesitamos. A la inversa, cuando las cosas van mal, nos ayudamos unos a otros, llevando la carga entre todos.
Solo desde un lugar de recursos combinados, podremos comenzar a vencer a la Madre Muerte en nuestra cultura. A medida que vayamos acabando con esos valores heredados de nuestra dignidad intrínseca, comenzaremos a conectar con una visión única para nosotros y para el mundo en que vivimos.
Curar la herida
La regeneración de la herida de la carencia creada por la cultura de la Madre Muerte es un trabajo lento e importante. El primer paso para la sanación es negarnos a seguir restándole valor al impacto que la negligencia y la denigración de lo femenino tiene en nuestras propias vidas y en el mundo en general. En el ámbito personal, podría ser como reivindicar esos aspectos de lo femenino que no tiene la Buena Madre: antipatía, impaciencia, ira, aislamiento y desesperación por sentirnos respaldadas. En estos aspectos se oculta un poder que, si lo manejamos conscientemente, puede convertirse en un aliado, en vez de en un impulso destructivo.
Cerca de cumplir los treinta, fui becaria durante algunos años en la Fundación Jung de Ontario, una organización por la que han pasado todos los grandes junguianos contemporáneos. Fue una etapa muy fructífera en la que no solo me relacioné con personas como Marion Woodman, James Hollis y muchos otros, sino que fueron mis mentores. Aunque era demasiado joven para que me admitieran en el programa de formación de psicoanálisis, cooperaba como voluntaria y, de este modo, pude aprovechar la beca al máximo. Sin embargo, llegó un momento en que me di cuenta de que, por sus prohibitivos precios y por los requisitos que exigían, era imposible que alguna vez llegara a tener el privilegio de realizar la formación. Siempre estaría fuera de ese círculo interno, a pesar de que tenía mucho que ofrecer.
Aunque aprendí mucha teoría sobre lo femenino, necesitaba encontrar a alguien que me hablara desde lo femenino. Empecé a sentir que la visión analítica de la interpretación de los sueños era demasiado limitada. Necesitaba contactar con prácticas indígenas más centradas en la tierra, que vuelven a poner los sueños en manos del pueblo.
Un día, a mitad de un taller de fin de semana, tuve el siguiente sueño:
La tumba de la bruja: sueño de Toko-pa
Soñé que algunos de los analistas masculinos de la Fundación Jung estaban en medio de un bosque construyendo una plataforma de madera. Pero no se daban cuenta de que la estaban construyendo sobre la tumba de una poderosa bruja, que se estaba despertando rabiosa. En lo que me pareció tan solo un instante, salió de su tumba y dio rienda suelta a su furia, asesinando a los hombres y a todo aquel que se cruzara en su camino. Fue un terrorífico baño de sangre.
Me desperté sobresaltada por este sueño, mojada por el sudor y con el corazón acelerado, supe que había algo que estaba intentando captar mi atención. Esa mañana, auné fuerzas para arrastrar a mi pálido y tembloroso cuerpo hasta el lugar donde se realizaba el taller e intenté estar atenta a las explicaciones, pero la furia de la bruja seguía recorriendo mis huesos. Estaba muy claro. ¡Estaba harta de que los junguianos construyeran una plataforma sobre su tumba! ¿Y si hubiera algún camino más antiguo, que se hubiera dado por muerto, un camino femenino para los sueños y la magia que fuera más veraz que el que estaba siguiendo? Ese día me marché y nunca he regresado.
El año siguiente, lo dediqué a profundizar sobre las prácticas indígenas y chamánicas. Pero lo más importante es que reconocí que mis sueños eran mis mejores maestros. Mis sueños eran la gran Madre unificada.
Aunque se nos induce a pensar lo contrario, creo que el yo es el macrocosmos a través del cual se forma la cultura externa. De modo que, en vez de considerar el trabajo interior como un acto egoísta, podemos considerarlo un servicio a la conciencia cultural. Para sanar la herida de la carencia –generada por la falta de atención por parte de nuestra familia y nuestra sociedad– hemos de aprender a ser la madre amorosa que nunca tuvimos con nosotras mismas. Esta «rematernización» es la práctica constante, infinitamente más sencilla con la ayuda de un mentor, de aprender a cuidar de nuestras necesidades corporales, de validar y expresar nuestros sentimientos (aunque no sean bien recibidos), de poner límites saludables a los demás, de apoyar nuestras decisiones y, lo más importante, de aceptar todo lo que todavía está por resolver en nuestro corazón.
La razón por la que me gusta trabajar con los sueños para sanar traumas es que estos proyectan nuestros problemas en imágenes comprensibles. Dan forma a nuestros patrones, de modo que podemos empezar a entenderlos como una psicodinámica. Como la manzana envenenada que expulsa Blancanieves de su garganta al recibir el beso del príncipe, el veneno deja de actuar desde dentro, y se convierte en algo con lo que podemos trabajar activamente desde fuera. Desde esta perspectiva tangible, no es tan terrible y es más asequible. Y aunque puede ser un proceso aterrador, cada vez que nos enfrentamos a él, pierde su poder sobre nosotros.
A tu rematernizado yo le ofrezco esta futura bendición:
A través de las pruebas y el fuego, contra todo pronóstico, has llegado a confiar en que el mundo puede ser un lugar seguro y que tienes todo el derecho a caminar sobre él. Has convertido en padres a tus instintos, intuición y sueños; has permitido que llegue el amor donde nunca había llegado antes; has creado vida donde antes era tierra yerma. La entrega de tus dones y de tu bondad es una bendición para todos nosotros. Te ha bastado encontrar unas pocas semillas de confianza para recoger la mayor cosecha de todas, tu humilde vida en la pertenencia.
1 Marie-Louise von Franz, El puer aeternus, Barcelona, Kairós, 2006.
2 Daniela F. Sieff, «Confronting the Death Mother. The Psychology of Violence», A Journal of Archetype and Culture, edición de primavera, 2009, p. 177.
3 Daniela F. Sieff, «Trauma-worlds and the wisdom of Marion Woodman», Psychological Perspectives, número 60 (2). En imprenta, 2017.
4 Marion Woodman entrevistada por Daniela F. Sieff, Understanding and Healing Emotional Trauma, Londres y Nueva York, Routledge, Taylor & Francis Group, 2015, p. 66.
5 Daniela F. Sieff, «Trauma-Worlds».
6 Ibíd.
7 Daniela F. Sieff, The Death Mother as Nature’s Shadow: Infanticide and the Deep History of Humankind [La madre muerte como sombra de la naturaleza: infanticidio y la historia profunda de la humanidad], manuscrito entregado para su publicación, 2017.
8 Ibíd.
9 Alice Walker, El templo de mis amigos, Barcelona, Plaza & Janés, 1992.
Cuatro
La falsa pertenencia


Andrew Harvey, en su audaz autobiografía, Sun at Midnight [Sol a medianoche], narra la historia de la decepción que sufrió con Madre Meera, su gurú, durante muchos años. Estaba convencido de que ella era un avatar del aspecto femenino de lo divino; a sus cuarenta y un años, había dedicado una década de su vida a seguir sus enseñanzas y a la captación de alumnos de todo el mundo. Pero cuando Harvey conoció al amor de su vida, un fotógrafo llamado Eryk Hanut, Meera empezó a ejercer presión sobre él para que se casara con una mujer. Durante un tiempo, intentó mantener sus dos vidas separadas, pero la gota que colmó el vaso fue que Meera le pidiera que escribiera un libro en el que explicara que su fuerza divina le había curado su homosexualidad.
Harvey no quiso renunciar a su sexualidad y esto provocó una dolorosa ruptura con su maestra, de la que ahora piensa que es una falsa gurú. Lo que le sucedió después lo considera «la aniquilación», porque no solo fue increpado por el grupo de discípulos de Meera, con amenazas de muerte incluidas y, literalmente, bombas incendiarias en su casa, sino que eso lo arrojó a la desesperación de una crisis espiritual, que lo condujo a cuestionarse todo lo que había aceptado como cierto.
Había dedicado diez años de su vida a lo que pensó que era su lugar de pertenencia. Como muchos de nosotros, estoy segura de que, si reflexionara sobre esa década de su vida, se daría cuenta de que hubo muchos momentos en que no hizo caso de las señales de aviso y que eludió aceptar su propia verdad. Pero al conocer a Eryk fue como si el amor le hubiera dado fuerzas para atreverse a ser él mismo. El precio de dar el paso hacia su grandeza fue alto, pero el que tenía que pagar por seguir siendo pequeño era intolerable.
En algunos casos, las personas pueden identificar claramente el momento concreto en el cual hicieron su voto interior de insignificancia. En otros, sin embargo, la contracción de su espíritu tiene su origen en las repetidas miradas de desaprobación, burlas o críticas de su talento particular. Hay veces que se debe a que viven bajo la eclipsadora sombra de la personalidad de otro individuo. Pero este acto de contracción siempre es aprendido. Aprendemos que si queremos encajar en un lugar, hemos de dividirnos, encogernos y silenciarnos o volvernos invisibles.
Aprendemos a vivir con la limitada paleta de colores considerados aceptables para ser expresados públicamente, mientras que los oscuros, las inclinaciones más vívidas de la condición humana, son eliminados de la conversación. Condenados a la reclusión, la tristeza reprimida, los defectos ocultos, los deseos indecorosos y las vulnerabilidades pueden sobrevivir toda una vida en el anonimato refugiándose de nosotros mismos. Pero al disociarnos de la plenitud de nuestra existencia, nos volvemos mucho más susceptibles a lo que el poeta John O’Donohue llama «la trampa de la falsa pertenencia». 1
Nuestro anhelo de tener una comunidad y un propósito es tan fuerte que puede conducirnos a que nos unamos a grupos establecidos, adoptemos sistemas de creencias o, incluso, tengamos empleos y relaciones, porque, de este modo, a nuestro menoscabado o fragmentado yo le parece que pertenece a algo más grande. Pero estos lugares, a menudo, tienen sus propios motivos y pactos secretos. Nos ofrecen una afiliación condicionada, nos piden que renunciemos a algunas de nuestras facetas para poder formar parte de su comunidad. En lugar de comprometernos con el lento y necesario proceso de ir acumulando confianza para tejer una vida de auténtica pertenencia, intentamos satisfacer nuestro anhelo viviendo en comunidades marginadoras.
Tal vez estos grupos nos inviten a entrar, pero esta afiliación es a cambio de que aceptemos sus normas u objetivos. Por ejemplo, quizás optemos por una carrera profesional que satisfaga nuestras necesidades de seguridad o clase social, pero a cambio de renunciar a nuestra creatividad y sentimientos. Tal vez sea a través de una relación que nos protege de la soledad, pero que no tolera nuestra rabia o depresión. Quizás se trate de un grupo espiritual o religioso que nos integra en un linaje, pero que a cambio espera nuestra obediencia a un gurú o a un líder. Los grupos patriarcales tradicionales tienen una jerarquía claramente delimitada, en la que toda la estructura está en manos de un solo líder o entidad, y nuestra pertenencia dependerá de nuestra conformidad con sus ideas.
Nacemos con el deseo de ser útiles a algo más grande que nosotros mismos. Por desgracia, esa cualidad devocional suele ser explotada por este tipo de organizaciones. Por ejemplo, el ejército utiliza nuestro anhelo de tener una familia y un propósito para reclutarnos para la guerra. No obstante, normalmente, tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que al grupo no le interesa nuestra individualidad, sino nuestra conformidad, a fin de poder manipularnos para alcanzar sus propias metas.
Sin embargo, todos nacemos con un conjunto de acuerdos sagrados con una autoridad superior que no es de este mundo. Como si de una estrella polar se tratase, hay un Sí-mismo divino que dirige nuestra vida y le da forma para que lleguemos a desarrollar lo que estamos destinados a ser. Tarde o temprano, tendremos que seguir la luz de nuestra propia estrella o correremos el riesgo de perdernos en la noche oscura del alma.
Muchas veces, cuando nuestra estrella polar empieza a manifestarse, nuestra familia o comunidad nos repudia, infravalora o critica, en ese momento tan crucial para nosotros. Uno de los típicos pactos de silencio de la falsa pertenencia es que sigas siendo un seguidor. Los problemas empiezan cuando intentas asumir el papel de líder. El grupo se siente amenazado por la sexualidad, el carisma, la inteligencia o la creatividad emergente, que altera el orden de las cosas. En cierto modo, la aparición de tu estrella podría ser interpretada como la degradación o la pérdida de protagonismo de otra persona. La propia existencia de tu estrella pone en peligro a las jerarquías. ¿Puede haber más de una estrella en la familia?
Y nuestra estrella se niega a emerger. Tal vez por miedo a perder la pertenencia; o por la falta de resiliencia a causa de haber sido menospreciados o no haber tenido ayuda en el pasado. Pero muchas veces somos nosotros mismos los que saboteamos la aparición de nuestro yo estelar. Y no lo hacemos una vez, sino continuamente, alejándonos de las oportunidades, de las conversaciones difíciles, de los desacuerdos, incluso de los atuendos llamativos, de las emociones fuertes, de la torpeza, y nos recluimos en nuestra inhibición por temor al conflicto.
La diferencia entre «encajar» y pertenecer es que la primera, por definición, implica recortar nuestra plenitud a cambio de la aceptación. Como sucede en la versión original del cuento de Cenicienta, de los hermanos Grimm, las hermanastras, literalmente, se cortan los dedos de los pies para que les entre el diminuto zapato. La falsa pertenencia prefiere que controlemos nuestra lengua, mantengamos alejado el caos y realicemos una tarea repetitiva que reprima nuestra tendencia natural a crecer.
Puede que vivamos un tiempo en esos lugares sin intentar cambiar nada para no empeorar las cosas, y que aceptemos sus beneficios sin pensar en lo que nos cuestan. El problema está cuando esos pactos ocultos reclaman su cumplimiento. Quizás siempre lo habíamos sabido y, sencillamente, ya no podemos seguir ignorándolo. Tal vez el precio empieza a ser demasiado alto. Quizás nuestro despertar se deba a algún conflicto, enfermedad o pérdida. Pero siempre llega un momento a partir del cual no podemos seguir comprometiéndonos. Aunque la falsa pertenencia puede ser útil e instructiva durante un tiempo, el alma se inquieta cuando llega a un techo de cristal, a una restricción que nos impide avanzar. Puede que reculemos durante algún tiempo ante esta limitación, pero a medida que vamos creciendo en nuestra verdad, la barrera invisible empieza a asfixiarnos y se debilita nuestra lealtad al pensamiento grupal.
La vida dividida
No es fácil señalar con precisión en qué momento algo muy valioso para nosotros pasa a ocupar un segundo plano, pero suele ser una estrategia de supervivencia en un mundo que es demasiado duro. En nuestro intento de salvaguardarnos de nuestra propia vulnerabilidad, enterramos nuestras facultades especiales. En una etapa más avanzada de la vida, esta separación se manifiesta en forma de crisis, apatía o depresión. Silenciar prolongadamente nuestro talento puede conducirnos a una parálisis creativa o espiritual. Puede que este exilio autoimpuesto nos protegiera durante algún tiempo, pero llega un momento en que la energía que requiere guardar silencio acaba agotándonos.
Hay muchos tipos de silencio, tantos como voces hay en el mundo: el silencio entre las notas musicales, que es una recopilación de tensión positiva; el que se produce súbitamente cuando quedamos cautivados por la belleza; el que nos invita a escuchar la historia de otra persona; el que espera la más mínima ocasión para revelarse. Pero el tipo de silencio que se hereda o que se debe a la vergüenza es un velo que oscurece la integridad de nuestra sinceridad.
Si ha quedado algo en el tintero, todo lo relacionado con ese tema tampoco se trata con sinceridad total. Algunas vidas se forjan intrincadamente en torno al silencio. Quizás hubo algún acto de crueldad, violencia o una situación volátil que nos aterrorizó hasta el extremo de hacernos enmudecer; tal vez el silencio se implantó a raíz de una decepción; o tal vez el lenguaje propio de las cosas nos parece demasiado sagrado para ser revelado. Cualquiera que sea el origen o razón colateral de nuestro silencio, con el tiempo, puede provocar el ambiente de aislamiento que sufrimos, pero del cual, paradójicamente, somos cómplices.
El silencio es una forma de poder, porque protege a lo tierno y vulnerable del escrutinio, la crítica, el rechazo, la interrupción y el exilio. El que guarda silencio tiene mucho poder. Lo que permanece sellado jamás podrá sufrir mientras siga oculto. El silencio es poder, sí, pero ¿cuándo se vuelve este en contra de su guardián y lo convierte en su prisionero? ¿Cuándo inhibe el impulso natural de hablar, la necesidad de cantar, el anhelo de contribuir? Muchas personas esperan la invitación expresa de hablar, a que se les conceda algún permiso, a que se los incite a contribuir. Pero ¿y si esa invitación no llega jamás?
¿Cuándo nos priva el silencio de lograr nuestro propósito o de conectar con los demás? ¿Cuándo el silencio impide un desacuerdo saludable, como el que denuncia una injusticia e invoca al cambio? ¿Cuándo se convierte en cómplice, en lugar de incitar a una revolución necesaria?
Virtuosa silenciosa
Una joven música, llamada Tziporah, vino a verme hace algunos años porque padecía una profunda depresión. Me dijo que se sentía paralizada creativamente, que era incapaz de utilizar sus instrumentos por la terrible falta de autoestima que sentía. Tenía una habitación en su casa destinada a sus instrumentos y a la creatividad, pero era incapaz de entrar en ella. Casi cada noche soñaba que sus instrumentos acababan en contenedores de basura, que se caían a las vías del metro, que estaban bajo la lluvia. No obstante, tuvo un sueño en particular que nos llevó a la esencia de su problema.
Virtuosa silenciosa: sueño de Tziporah
Sueño que no tengo casa, que vivo dentro de un piano. En vez del piano, toco una tabla de madera, escucho mi virtuosismo en mi imaginación, pero no emito ningún sonido real. Un día, llega alguien y toca torpemente algunas notas en el piano. Al final, a través del ensayo y el error, el desconocido acaba interpretando algunos acordes maravillosos y cargados de sensibilidad, y yo siento mucha envidia.
En este sueño, podemos intuir que Tziporah solo está viviendo el potencial de su creatividad, en lugar de su realidad. Mientras siga albergando expectativas de virtuosismo, no podrá tocar ni una sola nota. Es un tipo de silencio opresivo, a diferencia del desconocido, que se arriesga a ser torpe. Para Tziporah, que ha sido educada por unos padres muy exigentes, sonar «mediocre» (como ella dice) es aterrador, porque la expone al ridículo y a la crítica. Por consiguiente, se niega a intentarlo. Sin embargo, el sueño le está diciendo que solo cuando uno está dispuesto a cometer algunos errores puede descubrir algo hermoso.
El perfeccionismo es un virus muy extendido en la cultura occidental, que hace que nuestro «nunca es suficiente» nos mantenga corriendo sin movernos del sitio. Es intrínsecamente paralizante, pues a pesar del esfuerzo nunca se consigue el objetivo. El fracaso es inherente a su propia búsqueda, porque la humanidad nunca podrá ser homogénea. Sin embargo, siempre se nos está aleccionando para que seamos iguales, condición de la que dependerá nuestra inclusión.
Tziporah solo empezará a vislumbrar su camino a casa cuando esté dispuesta a compartir su música, incluso en su fase inicial, cuando es un mero apunte. Mientras siga abandonando sus instrumentos, permanecerá en el estado de marginalidad espiritual. Para empezar a construir nuestro refugio de pertenencia en el mundo, hemos de salir de la fase potencial y pasar a la acción en el mundo real.
Bajo esa envidia que siente en el sueño, se oculta el verdadero anhelo de sentirse incluida, de la aceptación de su «mente de principiante», que le permita jugar, equivocarse, probar creativamente hasta descubrir la magia. El único antídoto para el perfeccionismo es alejarnos de las apariencias y el glamour, y escuchar nuestra tristeza, perseguir nuestras imperfecciones y exagerar nuestras excentricidades hasta que aquello que, tiempo atrás, intentamos esconder se revele como nuestra propia grandeza.
Todos hemos vetado atributos en nuestra vida, cosas que hemos dejado al margen de la pertenencia y que se mueren por conseguir las migajas de nuestra atención. A fin de evitar las peculiaridades que nos diferencian, construimos toda nuestra vida y nuestro personaje en torno a aquellas cualidades que, consciente o inconscientemente, entendemos que son aceptables y deseables para nuestras familias, congregaciones y cultura.
Si observamos las camarillas que se forman en la escuela de primaria, en la que un grupo en particular ostenta el poder social sobre otro, veremos que existen ciertas cualidades que te harán apto para estar «dentro» y otras que te condenarán a estar «fuera». Las que están «en el grupo» suelen ser las que tienen privilegios, como riqueza, belleza, fuerza, y son heterosexuales y blancas. Son esos privilegios los que te mantienen en la seguridad numérica. * Si perteneces al grupo de las elegidas, serás invitada, incluida y evitarás que te ridiculicen y te hagan daño. Pero estar «dentro» también tiene un alto precio: se esperará que siempre estés lo más a la altura posible de las circunstancias, en cuanto a tu aspecto, tu lenguaje y los valores del colectivo. Es como estar encallada en las vías del tren, tienes muy poco margen de movimiento; por consiguiente, estás sometida a una presión constante para conservar tu puesto en la pertenencia.
Para los que no pudieron «encajar», si es que lo intentaron, la escuela puede ser una etapa traumática. Esos jóvenes «forasteros» que son sensibles, creativos o que poseen un conjunto de atributos y facultades diferentes suelen ser objeto de acoso, burlas y otros tipos de marginación. Los que cuentan con un sistema de apoyo que les recuerda y reafirma que son únicos son extraordinariamente afortunados. Pero hay muchas personas a las que estas influencias tempranas las conducen a buscar una falsa pertenencia o a desafiar las estrictas normas de la aceptabilidad.
Desafiar las convenciones para seguir tu propia estrella supone un enorme riesgo, porque todos sabemos, aunque sea a nivel inconsciente, que renunciar a la falsa pertenencia significa asumir la responsabilidad del liderazgo y la independencia. No podemos subestimar esto. Como sabe cualquier emprendedor o madre soltera, un desafío implica renunciar a los sistemas de apoyo habituales, a pesar de sus defectos, y hacerlo todo tú solo, al menos, una vez.
Como sucede cuando dejamos un puesto en una empresa y nos ponemos a trabajar por cuenta propia, hemos de hacer mucho más que ser creativos: hemos de generar toda la estructura en la que tendremos que presentar y entregar nuestra oferta, lo cual nos exigirá un buen número de habilidades, que quizás no nos resulten fáciles de adquirir. O como cuando rompemos un matrimonio en el que se había acabado el amor, pero que cubría nuestras necesidades básicas de seguridad y hogar, aunque no nos sintiéramos ni vistos ni oídos. Sacrificamos la ayuda externa para utilizar nuestros recursos internos, a pesar de que nos dé miedo hacerlo. El precio por abandonar la falsa pertenencia puede ser muy alto.
En mi trabajo, conozco a muchas mujeres que tienen ideas magníficas, pero a quienes les aterra darlas a conocer al mundo. Este terror es una combinación de cosas, pero en esencia es miedo a la crítica. Nuestro crítico interior, el portavoz de todas las voces peyorativas de nuestro pasado y de nuestra cultura, es el primer guardián de la puerta de la verdadera pertenencia. Nos bombardea con los peros. «Pero no tienes nada original que decir». «Pero no puedes demostrarlo». «Pero quedarás en ridículo por tu aspecto o por lo que dices». «Pero no tienes tanto talento como X», etcétera. Si analizamos estas críticas con más rigor, empezaremos a darnos cuenta de que todas ellas se basan en criterios externos, que hemos asociado con el pensamiento patriarcal. El reto que nos plantea esta puerta no es el de dar la talla, sino el de utilizar un barómetro diferente.
Después de más de una década de vida académica, Ariella, una mujer de unos cuarenta años, deseaba compartir sus escritos con el mundo. Cuando estaba en la escuela nunca tuvo problemas en escribir disertaciones o ensayos, pero escribir sus propios relatos no se le daba tan bien.
Coche robado: sueño de Ariella
Sueño que he de dar una clase, pero es de ocho horas, mucho más tiempo del que estoy acostumbrada. Normalmente, improvisaría, pero en este caso me he de preparar la clase para llenar el tiempo. Cuando llega el momento, no me siento preparada. Paso tanto rato con la introducción del material que no llego a darlo. Cuando vuelvo a buscar mi coche, que he aparcado delante de la casa de la hermandad, me doy cuenta de que me lo han robado. Discuto con un joven que no entiende lo que supone ser mujer en el judaísmo. Le digo que no quiero llevar kipá como los hombres, que ha de haber una forma de adoración diferente para las mujeres.
Mientras trabajábamos con esta imagen del kipá del sueño, Ariella recordó una poderosa historia sobre su bat mitzvá, la ceremonia judía de la mayoría de edad. Tradicionalmente, el padre de la joven es el que lee la Torá, pero Ariella quería hacerlo ella misma, algo que nunca se había hecho antes en su sinagoga. Por este hecho, muchas personas de su comunidad se negaron a asistir a la ceremonia. A la tierna y vivaz edad de trece años, se inició en las pérdidas que conlleva ser fiel a una misma.
Al analizar las imágenes del coche aparcado delante de la hermandad y, posteriormente, robado, Ariella lo asoció a su vida académica, que estaba impregnada de un estilo de escritura patriarcal, basado siempre en los hechos y en la «objetividad». Tras su doctorado, sintió que ya no había un lugar para ella dentro de ese mundo, y empezó a labrarse una profesión en el campo de la sanación energética.
Sin embargo, en este sueño descubrimos a una Ariella que no está preparada, que nunca pasa de las introducciones. De hecho, eso era lo que sentía con sus relatos, que eran ideas que nunca llegaban a materializarse. Su reto era dar forma a esa energía espontánea para que llegara a convertirse en un contenido que se pudiera transmitir. Pero a pesar de su gran experiencia en pensamiento organizativo, simbólicamente se encontraba aparcada delante de la hermandad, el logocéntrico club de los «chicos», cuyas exigencias de objetividad le estaban robando su vehículo para moverse.
Ariella discute con la voz que le dice que debe llevar el tradicional kipá masculino, porque en la sabiduría infinita de su yo onírico sabe que ha de haber una forma de adoración femenina. Ha de haber una manera de escribir y de participar en otras tareas creativas que no repita lo que han hecho los hombres hasta ahora, sino que beba de las fuentes de su propia autoridad erótica. La voz femenina procede del conocimiento corporal. Son los escritos del dolor, de la respiración entrecortada y de las uñas sucias de tanto escarbar para salir del infierno. Lo primario es la sonoridad de nuestras palabras, no su significado. Esta voz es el llanto desgarrador del bebé que llama a su madre, antes de aprender a hablar. No pretende ser objetiva, que es un estado donde no hay sentimiento, sino que nos hunde más en la miseria. Es la que se toma las cosas de modo personal, pero que a su vez las da de la misma manera. Cuando vives en un cuerpo no existe la imparcialidad, esa voz habla desde los ritmos de carne y hueso de esa primera pertenencia. Conoce la fisura secreta: no se puede discutir con la poesía.
Tal como sabía Ariella a sus trece años, y se estaba dando cuenta ahora, tenía que apoyar a su voz interior durante las primeras etapas. Esta autoayuda procede de la parte positiva del aspecto masculino interior. Sin la guía moderadora de la voz femenina, lo masculino puede desviarse hacia su faceta negativa. Pero cuando actúa en concordancia con ella, nos aporta firmeza interior. Estructura nuestras ideas. Es nuestra columna vertebral, nuestra capacidad para llevar a término algo cuando tenemos dudas. Nuestro aspecto masculino es nuestra habilidad para percibir una meta y trabajar fielmente para conseguirla. Al fin y al cabo, solo hay una forma de llegar hasta nuestro crítico interior, y es a través de la disciplina. Cuando oímos la palabra disciplina, inmediatamente, pensamos en trabajo duro, sudor y privación. Con el paso de los siglos, esta palabra, que antaño se consideraba hermosa, ha sido distorsionada y ha pasado a significar algo parecido a castigo. Pero en su origen, un discípulo es alguien que se dedica a algo que le apasiona.
Aunque apartarnos del grupo pueda parecernos una deslealtad, estamos respondiendo a una autoridad superior que, paradójicamente, quizás sea también la vida del grupo que desea crecer a través de ti. Aunque lo más normal es que las estructuras existentes no escuchen a sus seguidores, porque quieran que todo permanezca tal como está o que crezca en una única dirección insostenible. Pero los mejores líderes no son los que crean seguidores, sino innovadores. El círculo positivo de la pertenencia da la bienvenida al conflicto y a la disonancia, consciente de que son señales de advertencia tempranas que indican cambios y nos invitan a crecer. Tu rebeldía es una señal de buena salud. Es la forma que tiene la naturaleza de destruir y recomponer. Cualquier cosa o cualquiera que suponga un obstáculo para tu impulso de crecimiento ha de ser transformado para mejor o eliminado.
Como dice la famosa afirmación de Marianne Williamson: «Es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que más nos asusta». 2 En última instancia, creo que tenemos miedo de lo que le puede exigir a nuestra permisividad con nosotros mismos. La naturaleza siempre nos induce a realizar mayores proezas. Y cuando aceptamos esas invitaciones a superar nuestras limitaciones personales, perdemos nuestra capacidad para encogernos en la falsedad.
La práctica más importante es acabar con nuestro deseo inmaduro de estar al amparo de la falsa pertenencia y fomentar nuestra propia originalidad. Nuestros sueños siempre nos exigen liderazgo y que proyectemos nuestra visión de la vida en el mundo, paso a paso, con ternura y valentía.
* Se refiere a la hipótesis de que formar parte de un grupo grande te hace menos susceptible a ser víctima de un infortunio. (Nota de la T.)
1 John O’Donohue, Anam Cara, Málaga, Sirio, 2010.
2 Marianne Williamson, Volver al amor, Barcelona, Urano, 1998.
Cinco
El matrimonio interior


En lo más profundo de todo ser humano existe una angustia primordial, entre dos amantes interiores que no se corresponden, a los que llamaremos Eros y Logos. Estos contrarios divinos llevan separados tanto tiempo que apenas recuerdan que se pertenecen el uno al otro. Aunque cueste imaginarlo, porque son como el día y la noche, el mundo entero está esperando su sagrada unión. Si pudiéramos presentarlos, tal vez se recordarían. Tal vez se enamorarían, tal como pretendía el destino, y se produciría la sagrada unión de los opuestos en nuestro interior.
Eros te cautivará con su seductora belleza. Es cantante y soñadora, sus cualidades son el misterio, la magia y la tierra. Su voz no es bonita, ni dulce; la voz de la franqueza es áspera y seca. Y cuando canta, el dolor de estar viva repiquetea y resuena hasta en tu médula. Su salvaje pasión empuja a la sangre a convertirse en idea, y la invita a bailar. Su hogar es la jungla y su idioma el de todos los seres no domesticados. Es el cuerpo animal, feroz y grácil, que se mueve con el ritmo y el balanceo del alma.
Logos es el poderoso emperador del reino de los cielos, un lugar tan inmenso que nadie ha logrado verlo todo jamás. Es un brillante matemático, cuyos elementos son la razón, la ley y la materia. Ha dedicado su vida a la investigación lógica, en busca de la verdad absoluta, y es un maestro en crear orden de la nada. Construye complejos sistemas y los gobierna con una ley incontestable. Le gusta estar solo entre sus torres de libros, donde se pierde en sus teorías y planes. Prefiere que los demás sean racionales cuando hablan, si es que lo hacen, y que aporten pruebas de la validez de su postura.
Lo cierto es que Eros y Logos se pertenecen el uno al otro, pero han estado separados, desde la noche de los tiempos.
Todo empezó cuando Logos descubrió lo que denominó la «verdad irrefutable», un método de deducción que podía explicar la totalidad del universo. Impulsado por su poder de dominación sobre la naturaleza, comenzó a desmontar los misterios que le presentaba Eros, tratándolos como si fueran las piezas de un rompecabezas.
Todo el mundo cautivado por su carisma empezó a seguir las normas de Logos. Eros, junto con los magos, criaturas de la noche, poetas y parranderos, fueron enviados al inframundo, donde no pudieran influir en las personas con su oscuro y húmedo anhelo de hallar lo sagrado en la naturaleza.
Aunque la mayoría nos identificamos con un sexo, masculino o femenino, todos tenemos al otro en nuestro interior. En la cultura occidental, todavía estamos aprendiendo a no pensar según el modelo binario, mientras que numerosas culturas aceptaron hace mucho a aquellos que se identifican como seres con dos espíritus, trans o disconformes con su género. Las personas que encarnan la dualidad nos recuerdan que hemos de conectar con nuestro otro interior. A mí me gusta jugar con distintos nombres para estos contrarios, como Eros y Logos o yin y yang, porque los términos tradicionales de género pueden ser problemáticos debido a la carga cultural que conllevan. Un ejemplo, basta con oír las frases «sé un verdadero hombre» o «como una chica típica», y automáticamente habremos invocado un montón de asociaciones negativas a ambas.
Pero es importante recordar que cuando utilizo estos términos, no me estoy refiriendo al género en absoluto. Estoy hablando de los arquetipos de lo femenino y de lo masculino, como Eros y Logos, que cohabitan en nuestra mente. Las mujeres no son las únicas guardianas de Eros, ni los hombres los únicos guardianes de Logos. Somos lo que podríamos denominar híbridos psíquicos, que poseen el potencial para desarrollar el extenso abanico de las cualidades de ambos, pero la mayoría de nosotros desarrolla una tendencia, debido a las expectativas y proyecciones culturales sobre el género que nos han asignado al nacer. Independientemente de en qué parte del abanico nos encontremos, el mundo proyectará sobre nosotros las cualidades asociadas a lo femenino o lo masculino. Y sin ser totalmente conscientes de ello, puede que nos deshagamos de algunas de nuestras facetas para satisfacer las expectativas.
Quizás de joven se te haya permitido expresar tu naturaleza andrógina haciendo cosas, como trepar a los árboles o jugar a disfrazarte, cantar o construir algo con herramientas. Durante un breve periodo de tiempo, puede que no hayas sentido las limitaciones de lo que implica ser «chico» o «chica». Pero llega una edad en la que tu cuerpo comienza a cambiar, socializas con otros chicos o chicas y empiezas a ser consciente de lo que se espera de tu sexo.
A mi abuela, una inmigrante polaca que se estableció en Canadá, pero que era más británica que la propia reina, le encantaba empezar las frases diciendo: «Una dama correcta...». Algunos ejemplos clásicos son: «Una dama correcta actúa como si siempre estuviera siendo observada» o «Una dama correcta nunca fuma en público».
En el instituto, siempre me sentí más atraída a estar con chicos. Me resultaba más fácil relacionarme con ellos y les gustaban cosas interesantes, como los libros y los instrumentos. Las chicas, por otra parte, siempre hablaban de chicos, maquillaje y famosos. Recuerdo que me sentía como si fuera una impostora entre ellas, decía y aceptaba cosas que no sentía realmente, porque pensaba que eso me ayudaría a integrarme.
Cuando hacemos lo que podemos para satisfacer las expectativas de nuestro sexo, las cualidades interiores de género «opuestas» pueden atrofiarse o sentirse ajenas a nuestra vida. Entonces empezamos a buscar al «amante perfecto» para que encarne esas cualidades de las que nos hemos despojado. Esto explica, en parte, por qué la mitad de los matrimonios fracasan. La mayoría de la gente se precipita al pensar que han encontrado a su media naranja, pero al acabar su luna de miel, ya están decepcionadas y vuelven a sentir que solo son media persona.
El verdadero matrimonio es el que tiene lugar en nuestro interior. El matrimonio interior es un proceso lento, en el que primero intentamos entender las verdaderas cualidades de lo masculino y lo femenino; luego, cómo se manifiestan en nuestra vida y en nuestros sueños, y por último, iniciamos el cortejo de nuestro opuesto interior activando las cualidades que tenemos latentes en nuestro repertorio.
Para restar carga a las palabras femenino y masculino, también podemos verlas según el concepto chino del yin y el yang. Lo primero que observamos al ver el símbolo del yin y el yang es que las dos mitades, la blanca y la negra, son partes interdependientes de la totalidad. También cada una contiene un aspecto de la otra. Y tal vez lo más fascinante es que interactúan entre ellas, como el ciclo de flujo y reflujo de una marea.
Como experimentamos la mayoría, cuando trabajamos con los arquetipos de lo femenino y lo masculino en nuestros sueños, nunca podemos dar con una definición estable de ninguno de los dos: ambos, según el momento, adoptan roles del otro. Solo podemos aprovecharnos de la danza eterna que tiene lugar entre los opuestos en nuestro interior. Como se aprecia en el símbolo, hay una línea fluida entre el lado oscuro y el luminoso, que parece estar en constante movimiento.
Al yin se le suele identificar con lo pasivo, negativo y oscuro, mientras que el yang es su opuesto activo, positivo y soleado. Las palabras no son denigrantes ni grandilocuentes en sí mismas; nuestra interpretación, en un sentido u otro, dependerá de la visión de nuestra cultura. Puesto que el lenguaje es tan poderoso, es importante que encontremos la manera de reformular algunos de estos viejos conceptos que enfrentan a los opuestos entre sí. Por tanto, en lugar de referirnos al yin como pasivo, podríamos utilizar la palabra receptivo. ¿Has notado cómo cambia eso el dinamismo de la palabra? Cualquiera que practique la no acción sabrá hasta qué extremo la receptividad puede ser paradójicamente activa y comprometida.
En vez de referirnos al yin como negativo, podríamos considerarlo «magnético». Es el reino de la interiorización, de la contención, de la espera y de la invocación. En lugar de oscuro, podríamos decir «reflexivo», como la luna, o «gestacional», como la tierra. El yin es el lugar de refugio y descanso, de comedimiento y aceptación. La oscuridad es, al fin y al cabo, el útero primordial del que surgen los sueños. Es el origen de toda forma de vida, antes de que llegue a manifestarse. El yin es la fuerza interior receptiva, sentimental y compasiva. Conoce la sabiduría que conlleva rendirse y elige ceder, aunque todos los demás sigan avanzando. Para el yin, retirarse es entrar. Es donde refinamos nuestra intuición y donde hallamos un centro a través del cual nos interrelacionamos.
El yin es lo eterno, o lo que Rumi llama «el cañaveral». Es el lugar de donde han sido arrancados todos los seres y al cual todos regresaremos algún día. El yin, igual que un ecosistema, considera esenciales a todos sus componentes. Las ideas que surgen desde este nivel de imaginación sirven para algo más que para una causa individual: sirven a la gran totalidad de la que todos somos responsables.
El yang es nuestra dirección, centro y columna vertebral. El yang asume, con absoluta claridad, una postura y se aferra a ella. Es asertivo analítico y actúa de manera independiente. Sabe discriminar y reduce el exceso. Construye sistemas y los mantiene, cuando es necesario hacer algo. El yang es la flecha que se apresura a su meta, consiguiendo que nuestros sueños se hagan realidad.
Pero sin la equilibradora influencia del otro, tanto el yin como el yang tienen el potencial de desviarse hacia sus aspectos negativos.
Sin la objetividad discernidora y activa del yang, el yin puede quedarse estancado, sentirse perdido, paralizado y sobrepasado. Es entonces cuando puede que nos sintamos poseídos por nuestros temores y ansiedad, y que permitamos que nuestras emociones «saquen lo mejor de nosotros». Un desequilibrio del yin puede hacer que reaccionemos impulsivamente, nos volvamos indulgentes y seamos posesivos con los demás.
El brillo del yang, por extensión, puede llegar a quemar si carece de la atenuante sombra del yin. Se centra tanto en su objetivo que no tiene en cuenta a quién atropella por el camino, aunque la víctima sea su propio cuerpo. Sin la visión global del yin, los puntos de vista del yang pueden tornarse fundamentalistas y exclusivistas. Vemos esto en nuestra cultura, que sigue ciegamente el yang, construyendo hacia fuera y hacia arriba, sin considerar la relación con el todo, sin pensar en las necesidades de nuestras comunidades, nuestras necesidades humanas y de cualquier otra índole.
Tal vez, al leer estas descripciones, ya puedas sentir la tendencia yang de nuestra especie. Todos sufrimos por satisfacer las exigencias de esta cultura centrada en el yang, mientras que lo femenino ha sido denigrado, desacreditado y condenado al olvido.
La supresión de lo femenino
Las raíces históricas de la devaluación de lo femenino varían de una cultura a otra, pero la campaña europea y norteamericana más extendida para subyugar a las mujeres –y, por extensión, a lo femenino– fue un periodo que duró doscientos años y que comenzó en el siglo XV. Me refiero a lo que ahora llamamos la caza de brujas.
Según algunos informes, cientos de miles de mujeres fueron apresadas, torturadas y quemadas en la hoguera, solo por meras sospechas de que practicaban la llamada brujería, que incluía una extensa gama de actividades, desde el oficio de matrona, la herboristería y la adivinación hasta las artes de sanación. La Iglesia cristiana y el estado culpabilizaron despiadadamente a las mujeres de todos y cada uno de los problemas de la sociedad, como las enfermedades de los cultivos y del ganado, las inclemencias del tiempo e incluso la muerte. Lejos de ser la «locura» de una muchedumbre ignorante, el extendido exterminio de mujeres y la erradicación de las prácticas basadas en la naturaleza fue una cruzada metódica dirigida por la elite gobernante, para introducir por la fuerza un nuevo régimen patriarcal sobre el pueblo.
Silvia Federici, en su libro Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria, establece una conexión directa entre la persecución de las mujeres y la aparición del capitalismo. Explica que «la caza de brujas ocurrió simultáneamente a la colonización y exterminio de las poblaciones del Nuevo Mundo, los cercamientos ingleses * [y] el inicio de la trata de esclavos». 1
Anteriormente, las mujeres no solo gozaban de una importante independencia económica gracias al comercio y a sus prácticas, sino de poder y pertenencia en la comunidad femenina, pero, durante este espantoso periodo, fueron convertidas en «sirvientas de la fuerza laboral masculina [...] en la que sus cuerpos, su trabajo, su poder sexual y de reproducción fueron sometidos al control estatal y transformados en recursos económicos». 2 Durante siglos las consecuencias fueron físicas, por supuesto, y la caza de brujas dejó a cientos de miles de niños huérfanos y provocó enfrentamientos entre los aldeanos. Muchos lugareños fueron desahuciados de sus tierras comunales y privados de su sustento. Pero, más allá de lo físico, lo peor que trajo, para todas nosotras, fue la pérdida del antiguo legado femenino.
Esta red olvidada de sistemas femeninos de conocimiento y prácticas es de tal magnitud que podríamos decir que, sin ella, estamos viviendo solo media vida. Aunque este legado no reclamado cuenta con innumerables versiones, algunas de las cuales están volviendo a ser valoradas por nuestra cultura, como el oficio de comadrona y la medicina natural, en el fondo, tienen un origen común que las une: la naturaleza.
Lo femenino conversa directamente con aquello que nos une a todos los seres vivos. Es el camino místico que nos dirige hacia nuestros sentidos y hacia el mundo vivo que nos rodea, en busca de ayuda y colaboración. No necesitamos ninguna autoridad mediadora que nos dé permiso o nos diga cómo curar o traer vida al mundo, porque hay una autoridad mayor, un impulso vital, que fluye en todo momento, a través de cada una de nosotras. Y es nuestra red, la combinación de nuestra sabiduría y experiencia, nuestra dedicación a pertenecernos las unas a las otras, lo que supone nuestra verdadera fuente de poder.
Pero hasta la fecha, en el mejor de los casos, lo femenino es tolerado, y en el peor, negado. Digo en el peor de los casos, porque negar algo implica permanecer impasible ante su profanación. Esto es algo que experimentamos personalmente, en todas y cada una de las formas en que hemos sido reprimidas y desacreditadas. La pérdida de lo femenino a escala colectiva ha tenido consecuencias devastadoras, que trascienden el drama humano y afectan a toda la naturaleza.
La pérdida de lo femenino en nuestra vida privada puede manifestarse de muchas formas, pero la mayoría podemos vivir toda nuestra vida sin saber cuál es el origen de nuestra añoranza. Puede que la sintamos como un anhelo secreto por una forma de vida, un sentimiento de inclusión o un conjunto de prácticas, que actualmente son infravaloradas en nuestra cultura, porque se consideran absurdas, insustanciales o hasta peligrosas. Infravaloradas por generaciones de cultura patriarcal. A nuestras familias y culturas apenas les quedan recuerdos sobre cómo valorar y cultivar estas cualidades en nosotros mismos o en los demás.
Estas cualidades son lo que consideramos aptitudes del alma. Lo femenino valora la inteligencia emocional, reconoce la necesidad de las ceremonias y de los ritos de paso, enseña el poder de escuchar y de ser testigo, conoce el significado de la intuición y los sueños, es pura sensibilidad, vulnerabilidad y honra la sabiduría del cuerpo.
No obstante, tal vez, la más grave de estas pérdidas sea la habilidad general de reconocer y cuidar de nuestra copertenencia con los seres humanos y con la tierra. Thích Nhât Hanh acuñó el maravilloso término interser para describir que nada puede existir por sí solo. Todas las cosas existen en relación con todas las demás. De modo que lo que parece estar separado, en realidad, es una combinación de partes interrelacionadas.
Examinemos la forma física de este libro, por ejemplo, que es un fajo de papeles unidos. El papel se ha creado de la carne de los árboles, que una vez pertenecieron a una familia de otros seres a la que llamamos bosque. Ningún bosque existiría sin el suelo, el agua, la luz y los minerales que lo nutren. De hecho, podríamos explorar un número infinito de caminos que contribuyen a la vida en el bosque. O podríamos tomar otra ruta y explorar los orígenes centenarios del lenguaje en que están escritas estas páginas, muchas veces una historia oscura de poder y de exilio, o bien podríamos fijarnos en las ideas de la historia creada por mí, tu escritora, que son una extraña mezcla de influencias.
Esta forma de pensar creando conexiones es uno de los grandes atributos de lo femenino. Nos recuerda los elementos de los que estamos hechos y de los cuales dependemos. Como sucede con un tejado recíproco, una estructura que se sustenta a sí misma mediante su ensamblaje, nos apoyamos las unas en las otras por todos los lados. El centro está en todas partes y, si una de nosotras se cae de ese ensamblaje, al final, caeremos todas. Una de las grandes cualidades del yin es la introspección, que nos permite reconectar con la red global de la que somos un hilo más.
Logos y su mundo de orden, razonamiento y palabra no deberían ser menospreciados según nuestro criterio, sino más bien aconsejados por Eros, en vez de ser a la inversa. Puede ser difícil hablar directamente con Eros, porque a diferencia de Logos, ni es lógica, ni directa ni lineal. Es algo que sentimos indirectamente en nuestros encuentros con la naturaleza, en nuestra experiencia con los símbolos y los relatos, en la música y los rituales, en nuestra relación con los demás y con el cuerpo sintiente. Eros es nuestro deseo de conectar con la vida, de relacionarnos los unos con los otros, de compartir y sentir nuestra proximidad. Sí, es amor, pero también es una forma de encarnar nuestras experiencias y de experimentar la encarnación en los demás. Eros conlleva el sentimiento de seguridad y bienestar, la bienvenida y la aceptación del yo dividido. En el sentido más amplio, Eros es la cualidad de pertenencia que tanto anhelamos sentir en nuestra vida.
Cuando nos interiorizamos por la noche, recobramos la multiplicidad de nuestra coherencia. Es una especie de «intranet» donde se transmiten los sueños, las visiones y las introspecciones. Ahí es donde encontramos un verdadero centro desde el cual poder relacionarnos de manera significativa con el resto del mundo.
En nuestra cultura, utilizamos la palabra soñadora peyorativamente para referirnos a una persona que no es realista o que carece de ambición. Pero lo que más me emociona y sorprende de la interpretación de los sueños es la inestimable ayuda que nos brinda para conectarnos con la realidad. Una de las razones de esta afirmación es que los sueños son expresiones de un ecosistema superior del que todos formamos parte. Y tiene un diseño para nuestras vidas dentro de ese contexto mayor.
En lugar de tomar nuestras iniciativas desde la cultura del consenso, predominantemente egoica y centrada en el ser humano, escuchamos el misterio que nos congrega y nos une. Tal como dice Ann Belford Ulanov: «El Sí-mismo es [...] aquello que está en nuestro interior que conoce a Dios». 3 Cuando nos reunimos con otras personas para compartir los sueños, experimentamos esto con toda claridad, nuestros símbolos empiezan a curarnos los unos a los otros, a medida que nos adentramos en los territorios comunes de nuestras psiques.
Recordemos que lo femenino no actúa de manera lineal. Mientras muchos consultan impacientemente diccionarios de sueños para sacar una conclusión, la respuesta final, la clave para su liberación, rara vez encuentran algo consistente. Esto se debe a que está actuando una genialidad más grande, algo que jamás podríamos entender de pronto. Por el contrario, hemos de seguir un misterioso rastro de miguitas de pan que nos animan a dar saltos, cada vez mayores, hacia lo desconocido, para que vayamos desarrollando confianza en aquello que nos está sustentando. Llegará un día, quizás dentro de algunos años, en que por fin entenderemos cómo se resuelve la sinfonía.
Uno de mis ejemplos favoritos de esta genialidad sinuosa de lo femenino es la historia de una joven llamada Nicole, que vino a verme para comentar el siguiente sueño:
El vestido rojo: sueño de Nicole
Estoy haciendo de niñera en casa de mi jefa, donde soy responsable de muchos niños. También soy sirvienta y he de servir una comida a un gran grupo de personas, pero tengo muy pocos ingredientes. Es caótico y desmoralizador. Fuera, en el jardín, hay un hombre pintando y me siento atraída hacia él. Cuando llego hasta donde está, me doy cuenta de que ¡me está pintando a mí con un vestido rojo!
Impresionada por la vehemencia de esta imagen, le pedí a Nicole que pintara su sueño antes de que nos pusiéramos a analizarlo. En el acto de pintar de rojo el papel, recordó su pasión olvidada de dedicarse al arte visual y, en general, una necesidad de pintar su vida con colores más vívidos.
Nicole fue educada en una familia extremadamente tradicional, donde le enseñaron que la creatividad solo era cosa de niños y que, a cierta edad, tenía que comportarse de una manera más responsable. Así que escogió dedicarse a cuidar niños y trabajaba solo para mantenerse a flote. Con el paso de los años, su ansiedad y soledad fueron en aumento, se sentía estancada y sin vitalidad, pero no sabía qué hacer para seguir avanzando.
A medida que fuimos indagando en las sutilezas de los sentimientos que evocaba el cuadro, me describió su añoranza de su aspecto más salvaje y expresivo, que había sido reprimido durante toda su vida. Y sin nada más que el pequeño aliciente que le aportaba el rojo en el sueño, volvió a sentir ganas de pintar.
Trabajó durante meses hasta conseguir un pequeño portafolio de pinturas con las cuales estaba encantada y que a través de una serie de sincronicidades envió a una escuela de arte de su localidad. Loca de alegría cuando fue admitida, dejó su trabajo de cuidadora y empezó a estudiar pintura con todo su entusiasmo. Fue allí donde conoció al hombre que sería su esposo y se enamoró de él. Juntos viajarían por el mundo y se ganarían la vida combinando sus talentos.
Jamás hubiéramos podido imaginar todo lo que sucedería a raíz de un solo sueño, pero si prestas atención al contraste entre la agotadora llamada al deber frente a la vitalidad del color rojo, podrás sentir cómo se agolpa la energía en ese punto. Y cuando sigues esa energía de todas las maneras posibles, siempre aumenta su potencia y consistencia. Para recuperar lo femenino en nuestra vida hemos de seguir a la energía adonde quiera que vaya. Como si estuviéramos rebañando un frasco de helado, si seguimos la ola de caramelo, se ampliará y dulcificará la fuerza de nuestro recuerdo, a medida que vayamos profundizando.
El gran olvido
Al explorar lo femenino, nos encontramos con un inmenso almacén de talentos que han sido ignorados, rechazados y que han caído en desgracia. Soñar se considera improductivo, la comunicación con nuestro cuerpo se trata con medicamentos, los sentimientos no tienen cabida en las salas de juntas, los rituales han perdido sentido y los hemos desconectado de la naturaleza y, por supuesto, la tierra es tratada como un recurso para extraer beneficios. En el transcurso de muchas generaciones, hemos ido creando una compleja cultura en la que hemos denigrado tanto estas cosas que su ausencia en nuestras religiones y sistemas sociales ha llegado a parecernos normal, hasta el extremo de que haría falta un acontecimiento de despertar muy especial para que nos diéramos cuenta de que nos faltan.
Esto es lo que podríamos llamar el Gran Olvido. La ruptura que sentimos todos en nuestra vida, ese lugar herido donde ignoramos a nuestro cuerpo, hacemos caso omiso de nuestras intuiciones y sustituimos nuestro conocimiento interno con la «información de otras personas». Lo que llamamos soñar es considerado ilusorio, mientras que las falsas construcciones de la realidad consensuada se tienen por reales. En el caso de Nicole, abandonó su creatividad porque le dijeron que no era responsable. En el de Tziporah, su música se escondió para no afrontar las críticas en su casa. No obstante, en ambos casos, la verdadera herida está en su olvido.
Este olvido es una especie de autotraición, en la que aceptamos la traición de nuestra familia y cultura como si fuera nuestra, y seguimos defendiendo que se infravalore lo que tanto desea nuestro corazón. Se podría decir que estamos viviendo la historia de otra persona.
Hace años, conocí a un gurú que contó una historia sobre una cena. Todos los invitados llegaron de buen humor y les sirvieron un verdadero festín. En la mesa se inició una animada conversación, pero todos los participantes repetían silenciosamente el mismo mantra: «¿Y yo qué? ¿Y yo qué? ¿Y yo qué?».
El gurú utilizaba esta historia para ilustrar lo narcisistas que nos hemos vuelto, que estamos tan centrados en nosotros mismos que somos incapaces de escuchar o de importarnos lo que dicen los demás. Pero creo que hay otra forma de contemplar esto: como el reconocimiento de que hay una historia importante en todos nosotros que necesita salir a la luz. Anhelamos ser vistos, ser necesarios, pertenecer a una comunidad. Pero la única forma en que una comunidad puede sanarse a sí misma es ayudando a todas las personas a que descubran su propia historia. Solo cuando reconozcamos que lo que nos ha pasado en nuestra vida, y en la de los que vivieron antes que nosotros, nos está guiando en una dirección que tiene sentido, podremos retomar los hilos de nuestra historia en el presente y seguir tejiéndola con un propósito común.
Como este libro, que es más que un libro, es la culminación de la ofrenda de árboles y luz solar, minerales y lenguaje, tu historia es una pieza más que contribuye a otra gran culminación. Al rescatar todo lo que has ocultado en tu corazón, y devolverlo a su legítima pertenencia, te conviertes en uno de los gentiles.
* Se refiere a la privatización de los terrenos comunales, en favor de terratenientes, que pasaron a estar cercados para su explotación. Esto se produjo en Inglaterra entre los siglos XVIII y XIX. (Nota de la T.)
1 Silvia Federici, Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de sueños, 2010.
2 Ibíd.
3 Ann Belford Ulanov y Alvin Dueck parafrasean a Carl Jung en The Living God and Our Living Psyche: What Christians Can Learn from Carl Jung [El Dios vivo y nuestra psique viva: lo que la Navidad puede aprender de Carl Jung], Grand Rapids, Míchigan, William B. Eerdmans Pub., 2008, p. 98.
Seis
El exilio como iniciación



Aunque pensemos que la pertenencia es un logro estático, en realidad, es dinámico. Si alguna vez has visto algún documental en el que se haya utilizado la técnica de timelapse * para filmar el florecimiento de las flores, habrás podido observar que no se abren en un único movimiento continuado, sino que se contraen, justo antes de cada nueva expansión. La pertenencia también alterna con fases de contracción y de expansión, de separación y de unión. Incluso los tipos de pertenencia duraderos, como un buen matrimonio o una vocación que te apasiona, solo pueden medrar gracias a nuestra voluntad de dejarlos crecer y cambiar de forma. Los tipos de pertenencia más saludables permiten, incluso exigen, periodos de exilio o de separación, a fin de hacernos madurar y desarrollar nuestros talentos.
Cuando las necesidades del individuo se oponen a las de un grupo o a las de una relación, han de buscar nuevos horizontes, ya sea por elección o por intervención divina. La mayoría de las veces, ignoramos o rechazamos estas llamadas a la rectificación o nos resistimos a ellas. Dejamos nuestras raíces plantadas en el superficial terreno de la falsa pertenencia por los beneficios que esta nos proporciona. Pero si no hemos escuchado las primeras señales de aviso, que se manifiestan como inquietud, duda y anhelo, un día, una fuerte ráfaga del destino soplará por nuestra vida y arrancará nuestras frágiles raíces del suelo. Mediante un accidente, una enfermedad física, una pérdida repentina o una crisis, la vida se saldrá con la suya.
Se cerrará la puerta de tu vieja vida. Habrás perdido el camino de vuelta al hogar. Con «hogar» no me estoy refiriendo solo a un lugar geográfico o a una cultura, aunque esa sea una terrible forma de exilio que afrontan muchos millones de personas. Me refiero también a «las cosas tal como eran» en un sentido más amplio: una buena época, una relación entrañable, un papel que desempeñabas en tu comunidad o familia, una trayectoria profesional o, incluso, habilidades de tu propio cuerpo.
Esto es lo que llamo exilio como iniciación, porque tal como vemos en los mitos y en los cuentos de hadas, todo héroe o heroína ha de superar un período de prueba, en el que ha de vivir su propio exilio, si desea ser iniciado en la verdadera medicina que está destinado a practicar.
En mi caso, experimenté una de esas iniciaciones hace algunos años, cuando me fui a vivir a una ciudad cercana. Me estaba costando bastante hacer amigos y me sentía extraordinariamente sola hasta que un día conocí a una mujer que se llamaba Jenna. Compartíamos tantos valores e intereses que, aun sin conocernos demasiado bien, nos metimos de lleno en lo que podría llamarse una amistad romántica. Nuestro romance fue breve, pero intenso, lleno de gestos y promesas de dedicación. A las dos nos parecía que habíamos encontrado un profundo sentido de pertenencia en nuestra amistad.
Cuando me enteré de que era miembro de una comunidad espiritual, enseguida sentí que quería formar parte, aunque no supiera mucho sobre ella. Un fin de semana, Jenna me presentó a su grupo, en el que indiscutiblemente había muchas personas inteligentes y entrañables que me cayeron bien al momento. Pero este grupo también giraba en torno a un gurú con mucha labia que no me agradó. Había pasado tanto tiempo en el camino de lo femenino, donde se hace hincapié en el liderazgo circular, que la jerarquía implícita de este grupo no iba conmigo. Así que, con todo el dolor de mi corazón, decidí abandonar la reunión, decisión que mi amiga Jenna me advirtió que «tendría consecuencias».
Al salir de allí sentí una intensa ansiedad, hasta el extremo de empezar a hiperventilar y padecer una atroz migraña. En las semanas siguientes, mi amiga, que era muy devota de su gurú, dejó de responder a mis llamadas. Me hundí en una depresión, sentía que había perdido mi oportunidad en la comunidad. Pasaron los meses y empecé a tener una serie de misteriosos problemas físicos, que desembocaron en un estado de dolor generalizado grave, por el cual estuve aislada durante casi dos años. Aunque lo sucedido me hizo daño y me decepcionó, lo que más me sorprendió fue mi exagerada reacción.
Mientras trabajaba con mis sueños y los recuerdos que estos me despertaban, empecé a entender que al haber tomado la decisión de abandonar ese grupo cerrado, estaba siendo iniciada a través del exilio.
El camino cerrado: sueño de Toko-pa
Sueño que hay un sendero en un bosque mágico que se encuentra entre mi casa y la de Jenna. Lo encuentro cantando una canción, que los pájaros corean conmigo, y sigo sus cantos en la dirección correcta. Pero, de pronto, los pájaros dejan de cantar y el camino se cierra. Tomo un desvío equivocado y acabo en una zona marginal de la ciudad, donde solo viven personas sin techo y delincuentes. Siento que es un lugar peligroso. Tengo hambre, pero no hay más que una tienda de comestibles donde solo venden comida basura.
Cuando me desperté de este sueño, lo que más me llamó la atención fue que los pájaros me respondieran, como si esa llamada y esa respuesta abrieran numinosamente la puerta al camino secreto hacia la pertenencia. De hecho, en las etapas iniciales de mi amistad con Jenna, sentí que se estaba cumpliendo mi más profundo anhelo. ¿Y no nos sucede a todos? Cuando todo parece encajar, empezamos a sentir que formamos parte de una coherencia mayor, como si la propia naturaleza se estuviera comunicando con nosotros, conduciéndonos hacia sus propios ritmos. Pero cuando mis llamadas literales dejaron de recibir respuesta, también sentí como si mi relación con la naturaleza –o lo que algunas personas llaman Dios– se hubiera roto. Fue como si la magia hubiera desaparecido de la vida. Me encontraba en una de esas zonas perdidas, donde solo hay desesperanza y no podía hallar verdadero sustento.
Cualquiera que sea tu exilio, el dolor de la separación es como sentir que se cortan tus vínculos con todo lo que te resulta familiar, y las células de tu cuerpo se desconciertan. Este recuerda cómo eran las cosas antes, sus olores y texturas, sus vistas y estaciones. Y solo quiere regresar a ese «tal como eran» las cosas. Pero no hay vuelta atrás. Puedes intentarlo, incluso tener sueños nostálgicos durante años sobre tu vida anterior, pero cuando despiertas recuerdas que tu camino a casa está cerrado para ti. Para muchas personas, el exilio es definitivo. Reconciliarse con esta idea puede suponer una larga y ardua tarea. Los refugiados que han tenido que huir de sus países, o los nativos de las Naciones Originarias de Canadá, que todavía se están recuperando del diezmo que sufrió su población con la colonización, pueden tardar varias generaciones en encontrar un nuevo camino que seguir. Mi exilio era banal en comparación con ellos, así que no podía entender por qué fue tan traumático para mí.
Cuando analicé la intensidad de mi reacción a la pérdida de mi reciente relación con Jenna, me di cuenta de que este acontecimiento reabrió una herida mucho más vieja. Me recordó mi experiencia de huir de casa, decisión que «tuvo consecuencias». En realidad, alejarme de mi familia de origen cambió por completo el rumbo de mi vida. Cuando mis compañeras se estaban graduando en el instituto y empezaban a ir a la universidad, yo, a mis dieciséis años, tenía un trabajo a tiempo completo y era independiente económicamente. Jamás hice las cosas típicas que hacían las demás, como aprender a conducir, o hacerme revisiones médicas, y las vacaciones y los momentos importantes de mi vida pasaban sin pena ni gloria.
Una iniciación suele conectarnos con las heridas profundas de nuestro pasado, nos invita a resolver los viejos traumas de nuestra propia vida y los de nuestros antepasados, a través de un portal que nos conduce al presente. Cuando conocí a mi amiga Jenna, proyecté inconscientemente toda mi necesidad de apego hacia esta nueva «familia», pero había un contrato tácito implícito: para ser aceptada, tendría que ceder mi autoridad a esa figura paterna. Después de todo lo que había pasado para encontrar mi propia voz en el mundo, eso suponía un compromiso que sabía que no podría cumplir.
El compromiso que no puedes aceptar suele ser el que te conduce a la iniciación. Te dice: «¿Vas a aguantar esto? ¿Soportarás el proceso de desgaste? ¿Descubrirás la verdad en tu interior y prometerás protegerla? ¿Confiarás lo bastante en lo desconocido como para dejarte llevar hacia nuevas formas de pertenencia?».
El exilio puede ser voluntario, como el de Siddhartha, que abandonó su palacio para vivir entre los pobres; o forzado, como el del Patito Feo, que es rechazado por sus hermanos y hermanas, o como el de Quasimodo y todos aquellos a los que encierran en torres o condenan a vagar solos por el mundo, únicamente porque son diferentes. Sin embargo, el exilio es una separación importante y necesaria del grupo o sociedad, que sirve para poner a prueba nuestra resiliencia y singularidad. Por desgracia, en nuestra cultura occidental, no tenemos ritos de paso para ayudar a los jóvenes a que se sientan necesarios; por lo tanto, estos pueden recurrir a la violencia para expresar su poder no reconocido. Si no lo hacemos conscientemente, la vida encontrará otra manera de iniciarnos. Como dijo Jung elocuentemente: «Cuando no somos conscientes de una situación interna, esta se manifestará externamente como el destino». 1
Para mí, la iniciación fue larga y dolorosa, pues estaba desenterrando los diversos temas que habían hecho mella en mi infancia. Mi principal descubrimiento fue que había una parte de mí que se sentía culpable por haber abandonado a mi familia, estaba convencida de que todas mis vicisitudes se debieron a que yo me las había buscado. Había una parte de mí que pensaba que si me hubiera quedado y hubiera sido más tolerante, quizás mi vida habría sido más fácil y más normal. Pero esta desconfianza primordial en mis instintos se convirtió en el caldo de cultivo de constantes dudas internas hasta en las interacciones más simples. Tenía la tendencia inconsciente de dejar las relaciones, en las que me repetía el estribillo: «Ha sido culpa mía. Tenía que haber hecho más».
En cuanto a mi dolor físico, tardé unos cuantos años en descubrir que se trataba de una enfermedad degenerativa autoinmune conocida como artritis reumatoide. Puede estar latente durante muchos años y, por desgracia, desencadenarse a raíz de una situación de estrés. En la artritis reumatoide el sistema inmunitario se vuelve en contra del cuerpo y confunde los huesos y cartílagos con agentes patógenos; por consiguiente, los ataca hasta destruirlos. Como hacía mi comprometido sistema inmunitario, que trataba a su propio cuerpo como si fuera una amenaza, me había pasado toda la vida bajo la opresión constante de la contrición y el autocastigo. El dolor era la respuesta apropiada para esa persecución, así que mi cuerpo lo producía generosamente.
Lo que realmente tenía que hacer era estar de parte de esa muchacha joven e huidiza que sabía que había una forma mejor y más incondicional de amar y de ser amada. Tenía que liberarme de ese innecesario sentimiento de culpa que siempre me embaucaba para que me conformara con las migajas del afecto. Así que empecé a practicar lo contrario de la contrición crónica, que era permitirme todos los días manifestar mi desacuerdo. Comencé a trabajar con la afirmación de que aunque no estuviera de acuerdo con los demás seguía siendo encantadora. Como la oveja negra de mi familia, tenía que reconocer que mi disconformidad era poderosa y fatídica, para todos los implicados... y profundamente necesaria para mi propio liderazgo en el mundo.
Aunque, para el iniciado, el exilio puede suponer el fin de una forma de vida establecida, según la perspectiva de la mitología es un principio, un cambio de dirección hacia el alma. En muchas tradiciones chamánicas, los sanadores son iniciados a través de crisis y enfermedades extremas. La «crisis curativa» es considerada un rito de paso para los futuros chamanes. Para los iniciados más reticentes, es la llamada a la vida interior, al mundo de Eros, a los sueños y al misterio. Es un largo proceso, que implica una rigurosa serie de pruebas y la lenta recuperación de las partes perdidas o cautivas del alma del sanador herido. Pero si el iniciado entra voluntariamente en esta iniciación, él o ella conocerá bien el paisaje y se convertirá en un guía experto de estos umbrales para los demás.
Joan Halifax, en Shamanic Voices (voces chamánicas), dice: «Cuando una persona acepta la llamada y se convierte en chamana, su enfermedad suele desaparecer [...] El concepto del ‘‘sanador herido’’ se refiere a la necesidad de que el futuro chamán atraviese una profunda crisis personal para prepararse para su rol de sanador en la comunidad». 2
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