Kitabı oku: «Historia crítica de la literatura chilena»


© LOM ediciones Primera edición, octubre 2017 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN IMPRESO: 9789560009937 ISBN DIGITAL: 9789560012784 Coordinación general: Grínor Rojo / Carol Arcos Coordinación del volumen: Stefanie Massmann Edición de textos: Daniela Schröder Motivo de portada: «Virgen de la Merced orante», óleo sobre tela de José Gil de Castro, ca. 1814-1817 Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Registro N°: 309.017 Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile
Prefacio
Carol Arcos y Grínor Rojo
El presente volumen es el primero de los cinco que componen la colección Historia crítica de la literatura chilena, un proyecto cuyo propósito es reunir un corpus coherente de crítica contemporánea sobre el desarrollo de la literatura nacional. Para ello, hemos convocado a un colectivo de prestigiosos especialistas tanto chilenos como extranjeros. Además de este volumen, que se ocupa de las letras de la era colonial, publicaremos próximamente un segundo volumen dedicado a la literatura del siglo XIX, cubriendo el período de la independencia y formación del Estado nacional; un tercero sobre lo producido en el cambio de siglo, durante el primer proceso de modernización (1870-1920); un cuarto, que va desde la eclosión de las vanguardias hasta 1973, durante el segundo proceso de modernización; y un quinto, que cubre desde fines del siglo XX hasta la actualidad, tercer proceso de modernización. Cada uno de estos volúmenes ha estado a cargo de uno o dos coordinadores, en tanto que los coordinadores generales nos hemos preocupado de la supervisión global del proyecto.
Al contrario de lo que ocurre en otros países de América Latina (Argentina, México, Brasil o los países de Centroamérica), no existe hasta hoy en Chile una historia de la literatura nacional con las características de la nuestra. Existen historias de la literatura chilena, por supuesto, como la Historia de la literatura colonial de Chile (1878), de José Toribio Medina, en el siglo XIX, y en el XX Literatura chilena (1920), de Samuel Lillo; la Historia personal de la literatura chilena (desde don Alonso de Ercilla a Pablo Neruda) (1954), de Alone; la Historia de la literatura chilena (1955), de Hugo Montes y Julio Orlandi; o la Historia de la literatura chilena (1994), de Maximino Fernández, y algunas más, pero con objetivos, enfoques y dimensiones que por distintas razones son más limitados que los de nuestro proyecto, aun cuando la relevancia de esos esfuerzos no pueda ni deba desconocerse. La escritura de una historia crítica de la literatura chilena se nos apareció, en consecuencia, como una tarea imperiosa y urgente. No solo para remediar un descuido, el que no hubiera habido en nuestro país hasta hoy un proyecto con las características que nosotros estimábamos indispensables, sino también porque, aun cuando la problematización de la historiografía literaria, sus conceptualizaciones, clasificaciones y periodizaciones, venía siendo a nivel internacional objeto de discusiones y fuertes polémicas por parte de los cultivadores de la disciplina desde hacía treinta o más años, en Chile ello había pasado casi desapercibido. Era pues hora de renovar entre nosotros paradigmas historiográficos a los que el tiempo tornara obsoletos.
La conexión entre literatura y sociedad, conexión que no significa subsumir a la primera en la segunda o hacer de la primera un mero reflejo de la segunda, es la primera de las premisas críticas en que se basa este proyecto. Creemos que la literatura debe ser abordada en su especificidad, pero también consideramos que una historia de la literatura no es concebible sin que se establezcan las debidas conexiones con la cultura de la que forma parte y con la historia general.
Respecto del problema de la periodización, estimamos que las perspectivas con que se ha operado hasta la fecha son deficitarias. Entre ellas, la llamada «teoría de las generaciones», que como es sabido ordena el continuum temporal a partir de las fechas de nacimiento de los autores. Nuestra opinión es que esta perspectiva resulta de escasa utilidad en un proyecto como el que ahora presentamos. En cambio, aunque cuidándonos de no perder de vista las necesidades que son privativas del desarrollo de las letras en América Latina y en Chile, nos parece que la teoría de los «campos culturales», desarrollada por Pierre Bourdieu («El campo literario. Prerrequisitos críticos y principios de método», 1990; Campo de poder, campo intelectual. Itinerario de un concepto 2002, etc.), pudiera adecuarse mejor a nuestros fines.
Otro aspecto al que hemos dado relevancia es la necesidad de proceder a una enérgica reformulación del canon. Una historia actual, como queremos que sea la nuestra, nos obligó a considerar prácticas literarias que tradicionalmente habían sido ignoradas o, en el mejor de los casos, minimizadas. Entre ellas, la literatura de los pueblos indígenas, la de mujeres y la de la diversidad sexual cobran especial significación.
En cuanto a sus alcances, esta Historia crítica de la literatura chilena ha sido pensada para un público lector culto, pero amplio, nacional e internacional. Para ese público, este libro y los que lo seguirán debieran tener el valor de una fuente bibliográfica estándar o, con más precisión, el valor de una herramienta necesaria para el conocimiento de una rama importantísima de la cultura del país. De hecho, nos parece que tendría que constituirse en un ítem de bibliografía obligatoria para las clases de literatura en los últimos cursos de la Enseñanza Media y en los de la Educación Superior. Asimismo, consideramos que apreciarán esta publicación los investigadores en el campo.
Junto con los veintiséis investigadores que participaron en la redacción de este primer volumen sobre la literatura chilena de la era colonial, hay instituciones y personas que también fueron de importancia para que él viera finalmente la luz y a las que queremos agradecer en este prefacio. En primer lugar, a la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile que, desafiando la crónica penuria financiera que afecta a las universidades públicas de nuestro país, nos apoyó en la medida de sus posibilidades. Igualmente, necesitamos dejar constancia de nuestra gratitud para con el Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos (CECLA) de la misma Universidad y, en particular, para con su directora, la profesora Claudia Zapata Silva. El Consejo Nacional de la Cultura y las Artes nos favoreció en dos ocasiones a través de su Fondo del Libro, y en otras tres nos rechazó. LOM ediciones acogió, en cambio, nuestra propuesta con generosidad y entusiasmo.
La participación de Daniela Schröder en las faenas de edición del presente volumen fue medular y decisiva. También destacada fue la labor de Catalina Olea en su calidad de ayudante a lo largo de toda la ejecución del proyecto. Excepcional, por su eficiencia y por su excelente disposición, ha sido en todo momento la secretaria del CECLA, Marieta Alarcón.
Santiago, 15 de marzo de 2017
Introducción
Stefanie Massmann
Este libro trata fundamentalmente de la producción letrada del período colonial en el Reino de Chile, resultado de una praxis cultural inmersa en una sociedad determinada. La escritura es una práctica de una pequeña parte de la población y tiene objetivos muy específicos: dar cuenta de la hazaña de la conquista, solicitar mercedes y encomiendas, discutir políticas públicas en relación con la Guerra de Arauco, dar a conocer la patria al lector europeo, etc. La producción letrada da cuenta de las aspiraciones de una minoría europea o criolla y deja fuera, por ejemplo, a la población indígena –la más numerosa– y a la población africana. Esta última aparece de forma circunstancial en la producción letrada colonial, aunque formó parte importante de la vida de las ciudades en Chile1, y solo recientemente ha sido objeto de estudios historiográficos. Estos han determinado, por ejemplo, que en los años de 1630, la mano de obra africana era casi universal (Zúñiga 90), y aunque las cifras exactas son difíciles de determinar, en Santiago su número alrededor de esas fechas pudo haber llegado incluso a bordear el tercio de la población2. Las mujeres españolas o criollas, que fueron aumentando en número a medida que se asentaba la conquista, aparecen representadas solo de manera ocasional y su producción escrita está a la vez restringida a la carta privada o al ámbito conventual.
Si bien la población originaria de Chile aparece representada –en especial los «araucanos», que opusieron la mayor resistencia a la conquista–, los escritos coloniales no dan cuenta de la ruptura que significó para ellos la imposición de otra forma de vida como consecuencia de la conquista. En términos demográficos, el impacto fue considerable: la población mapuche anterior al momento de la invasión se calcula entre los 705.000 y 900.000 habitantes, y después de esta, en unos 100.000 a 150.000, cifra que se mantiene más o menos estable durante los siglos XVII, XVIII y XIX (Bengoa 157)3. Para la población mapuche, la conquista significó, además, cambios en las formas de producción y en los sistemas de convivencia y organización social, los que pueden describirse como el paso de una «sociedad ribereña» a una sociedad ganadera (Bengoa 2003). A ello debe agregarse el advenimiento del sincretismo religioso, la concentración y fijeza de estructuras sociales que antes se caracterizaban por la dispersión y, finalmente, los cambios en la identidad que acompañan al surgimiento de una conciencia política y étnica en la cual adquiere relevancia la oposición mapuche/huinca (Boccara 392 y ss.).
Dado que, a diferencia de lo que se observa en México y Perú, no tenemos conocimiento de producciones letradas indígenas en la época colonial, y sabiendo que su voz se encuentra excluida del relato europeo de la conquista, podemos y debemos leerla en los intersticios de los textos escritos por conquistadores y colonos, en relatos que tienen al escritor como mediador o intérprete de la voz indígena4, y también a través del estudio de sus objetos o materialidad, tarea de la arqueología. El apartado «Conquista, traducción y políticas de la lengua» intenta proporcionar una mirada sobre el proceso de conquista y colonización desde la perspectiva lingüística, como también testimoniar la diversidad lingüística, el rol de la traducción y las funciones y grados de legitimidad de las lenguas que se hablaban y escribían en el Reino de Chile.
La producción semiótica de este territorio no comienza, claro está, con la llegada del hombre europeo, y la producción letrada colonial no da cuenta mayormente de esos antecedentes ni tampoco de la forma en que las culturas indígenas lidiaron con una transformación cultural que les fue impuesta. La imagen del Chile colonial que aquí se dibuja está marcada, de esta manera, por grandes ausencias, pero al mismo tiempo puede entregarnos una idea de las preocupaciones, los valores y el particular modo en que se imbrica el cultivo de las letras con la formación de la sociedad colonial.
El corpus de lo que podría llamarse Letras del Reino de Chile comprende de forma muy amplia a cualquier producción lingüística perteneciente a los diversos tipos y géneros discursivos que se hayan escrito en Chile o traten sobre este territorio, sus habitantes, geografía o cultura (Goic 8). Se trata de un corpus de fronteras porosas que se ha ido moldeando en la práctica de una crítica literaria y cultural que está en constante cambio. Trabajos como los de Lucía Invernizzi en sus artículos de 1988, 1990 y 2000; Gilberto Triviños en La polilla de la guerra en el reino de Chile (1994) y como el de Cedomil Goic en Letras del Reino de Chile (2006) han ubicado las cartas de Pedro de Valdivia como inicio de este corpus, proceder que se sigue aquí, aunque la definición arriba declarada permitiría sin duda otros esquemas. Por ejemplo, podrían considerarse dentro del corpus las relaciones del descubrimiento del Estrecho de Magallanes en 15205 o la carta de Cristóbal de Molina, participante de la expedición de Diego de Almagro a Chile y redactor de una carta al rey fechada el año 1539, que José Toribio Medina pusiera en el segundo volumen de su Historia de la literatura colonial de Chile (1878). La insuficiencia de ediciones críticas y la gran cantidad de textos que aún permanecen manuscritos o inéditos en archivos o bibliotecas conventuales dan una especial movilidad a este corpus, que puede cambiar su configuración con el descubrimiento o publicación de nuevos textos. Así sucedió con la crónica de Jerónimo de Vivar, encontrada a mediados del siglo XX
y publicada por primera vez en 1966.
Si bien intentaremos demarcar algunas particularidades de la producción letrada de este territorio, es necesario advertir que no se trata de delimitar o definir esta producción aludiendo a un carácter nacional –lo que sería muy extemporáneo–, ni tampoco ignoraremos la vinculación de la elite letrada del Reino con Europa, la Península y con los centros culturales que fueron los virreinatos de México y, para el caso de Chile muy especialmente, de Perú. Como explica Mazín, «en una monarquía a escala planetaria las ideas, los textos y los objetos circulaban rápidamente» (55), y el desarrollo cultural en el Reino de Chile, si bien puede tener su especificidad, no estuvo desvinculado de un desarrollo que se desplegó a nivel imperial. Muchas de las obras que son fundamentales para el corpus de textos coloniales chilenos fueron escritas y/o impresas en Europa o en Lima, como es el caso de La Araucana de Alonso de Ercilla, publicada en Madrid en 1569-1578-1589; Arauco Domado de Pedro de Oña, compuesto y publicado en Lima en 1596 (con una segunda edición en Madrid en 1605); la Histórica relación del Reino de Chile de Alonso de Ovalle, publicada en Roma en 1646; Desengaño y reparo de la guerra del reino de Chile de Alonso González de Nájera, compuesto en España e Italia y finalizado en 1614; o Crónica del Reino de Chile, finalizada en Lima en 1595 por el Padre Bartolomé de Escobar a partir del texto del soldado Pedro Mariño de Lobera. Todo ello sin contar, naturalmente, las obras de los jesuitas expulsados de Chile en 1767.
Por otra parte, la educación recibida por nuestros escritores difícilmente puede restringirse al ámbito chileno. Los planes de estudio eran homogéneos en la América hispánica y seguían una tradición bien determinada, y era frecuente que la educación de los criollos se continuara fuera del Reino de Chile, como lo hicieran Alonso de Ovalle al trasladarse al noviciado de Córdoba, o Pedro de Oña a la Universidad de San Marcos en Lima. Por cierto, otros escritores del corpus son españoles, como Diego de Rosales, quien se instaló en Chile después de haber recibido su formación filosófica en la Universidad de Alcalá de Henares en Madrid6.
En el Reino de Chile se implementaron las mismas políticas culturales que en el resto de la América hispánica, aunque en una escala menor y con una mayor tardanza, pues los focos culturales más importantes se desarrollaron en los virreinatos. Al contrario de lo que sucede en Lusoamérica, la Corona española abogó por la implantación de imprentas y universidades en las principales ciudades (Myers 33), lo que redunda en el fenómeno de la translatio o actualización del pensamiento europeo en las Indias, cuyo agentes son los «letrados» (Rose 82). Como precisa Sonia V. Rose, en Hispanoamérica «es la participación en la cultura letrada la que permitirá a los distintos individuos ingresar a los círculos de poder y formar parte de las élites dominantes –o, al menos, codearse con ellos–. En el caso de las Indias hispanas, los medios institucionales de acceso a esa cultura han sido instalados en territorio americano por la Corona». Al contrario de otras colonias, «desde mediados del siglo XVI las Indias españolas solicitan y consiguen universidades, colegios e imprenta» (Rose 81).
Teodoro Hampe Martínez corrobora esta idea con la constatación de que las bibliotecas latinoamericanas muestran un importante nivel de correspondencia entre la América hispana y Europa, y que «los colonizadores españoles disfrutaron, mediante el comercio del libro, de una comunicación directa con los círculos intelectuales de Europa» (60). Este vínculo puede rastrearse no solo en el hecho de que la mayor parte de los libros de bibliotecas americanas proviene del Viejo Mundo (un 80 u 85% de los materiales identificados en las bibliotecas indianas fueron importados de Europa), sino también en la escasez de temas americanos en estas mismas bibliotecas (Hampe 61)7. Ya Irving Leonard había señalado que el 70% o más de los libros que circulaban en los siglos XVI y XVII en el Nuevo Mundo trataban de asuntos religiosos. Hampe concluye:
Los materiales impresos fueron utilizados mayormente para mantener contacto con la cultura e ideología europeas, no para acumular más conocimiento sobre una realidad que los colonizadores conocían bien y confrontaban en su vida cotidiana […] En otras palabras, los libros fueron percibidos esencialmente como un instrumento para asimilar y armonizar con las tendencias contemporáneas en tecnología, cultura, política y moral europeas. Hasta bien entrado el siglo XVIII los trabajos impresos no fueron tanto un medio de articulación de los intelectuales y burócratas locales con la realidad inmediata, sino más bien vínculos que los mantuvieron conectados con España y el resto de Europa (61-62).
Cabe notar que este conocimiento que se transmitía a través de los libros debe entenderse desde otros presupuestos que los actuales: como explica Anthony Grafton, hacia el 1500 los intelectuales manejan un conocimiento que no ha cambiado mucho desde la antigüedad, ven la historia y el cosmos como ordenados y estables, y trabajan con un saber que debe ser estudiado más que mejorado (13-19).
Los libros describen el mundo como un todo, de ahí que se afirme que en la época colonial «había un convencimiento sobre la unidad del saber: el pensamiento jurídico, filosófico y científico son diversas facetas de un mismo saber» (Mazin 53).
Si bien el desarrollo de las ciencias, el nuevo conocimiento geográfico y el descubrimiento del Nuevo Mundo tensionan este saber ya completo y ordenado, en muchos casos la novedad se intentaba acomodar más que contrastar con lo establecido, y los textos antiguos continuaron proveyendo un lenguaje e imágenes para dar cuenta de lo «nuevo» (Grafton 253 y ss.). Grafton interroga las formas en que el conocimiento tradicional mantuvo su vigencia e influencia hasta finales del siglo XVII y describe un proceso lleno de contradicciones y de traslapes más que un progreso en donde el nuevo conocimiento reemplaza al antiguo. En este contexto, la presencia de libros de tema religioso y la escasez de publicaciones sobre América en las bibliotecas de la metrópoli y de la Colonia apuntan precisamente al poder de la autoridad heredada y a las formas complejas y contradictorias en las que las experiencias y conocimiento del Nuevo Mundo se incorporan a este saber. Las universidades latinoamericanas más completas transmitían los conocimientos tradicionales y contribuían de esta forma a mantener su prestigio. De acuerdo a ello, las universidades se ordenaban en una estructura de cuatro facultades: teología, artes, derecho y medicina, y trabajaban con un programa de estudios estandarizado (Lafaye 239).
El ámbito cultural chileno en la Colonia no puede, pues, sino ser considerado como parte de este entramado. Las bibliotecas coloniales chilenas siguen, de hecho, la tendencia hacia los temas religiosos que existe en Hispanoamérica: el clásico estudio de Isabel Cruz determina que entre los años 1550-1650 predominaban los libros religiosos, los que fueron desplazados al segundo lugar por los de tema jurídico en el período de 1655-1750. Con todo, los libros jurídicos, aunque mayores en número, no tienen presencia en todas las bibliotecas, como sí ocurre con los religiosos (Cruz 110 y ss.)8. En Chile solo en el siglo XVIII se pueden encontrar bibliotecas considerables, como la del obispo Alday, la más grande, con más de 2.000 volúmenes, y la de José Valeriano de Ahumada, con 1.400 volúmenes (Millar y Larraín 176-7). En los siglos anteriores la presencia de bibliotecas es escasa: Cruz registra a ocho particulares que poseían libros entre 1655 y 1665, de los cuales solo tres tenían más de doce títulos; entre 1695 y 1705 registra a cuatro particulares con libros, de los cuales solo uno tenía una buena biblioteca (Cruz 110). Estas bibliotecas están muy lejos de las más grandes de ciudad de México, como la del obispo fray Juan de Zumárraga o, en el Perú, la del clérigo Francisco de Ávila, que contaba a su muerte en 1647 con 3.108 volúmenes. La escasez de libros sobre América también puede verse claramente en el estudio de Cruz: en los inventarios de 15 bibliotecas chilenas que corresponden al período de 1750-1820, solo pesquisa dos títulos sobre Chile: la Histórica relación del Reino de Chile de Alonso de Ovalle y el Compendio de la Historia geográfica, natural y civil del Reyno de Chile de Juan Ignacio Molina (173 y ss.).
Tal como en el resto de la América hispánica, los libros circulan en el estrato alto, es decir, entre clérigos, frailes, letrados de profesión civil –médicos, abogados, escribanos– y comerciantes (109).
Por otra parte, en Chile se consideran los mismos hitos que en el resto de Latinoamérica para dar cuenta de su desarrollo cultural: la fundación de la Universidad en San Felipe en 17479 y la llegada de la imprenta en 1811, recién después de la Independencia. Se ha señalado lo tardío de la incorporación de la universidad y de la imprenta en comparación con otras ciudades latinoamericanas: Lima y México tuvieron universidad en 1551, la imprenta se instaló en México el año 1540 y en Lima en 158110. Bernardo Subercaseaux muestra que la llegada de la imprenta a Chile no solo fue tardía en comparación con los virreinatos, sino también en relación al resto de Latinoamérica (11). Estos datos nos permiten articular, por tanto, algunas particularidades de la vida intelectual del Reino de Chile durante la colonia, y describir las condiciones en las que circulaba la producción letrada.
La importancia secundaria de Chile dentro de la administración colonial –un Reino dependiente del Virreinato del Perú–, su aislamiento geográfico y la guerra de Arauco dieron, pues, la impronta al desarrollo de las letras en el Reino. La configuración de un espacio propiamente letrado requiere de una institucionalidad que se desarrolla en la ciudad, en conjunto con la implantación de una burocracia estatal: «la historia del saber en las Indias no puede desvincularse de su red de ciudades, la más grande de la monarquía española […] Esa red requirió de unas mismas estructuras jurídicas y de gobierno, es decir de un aparato administrativo que uniera los territorios entre sí» (Calvo cit. en Mazín, 57). Es decir, está vinculado a las ciudades y, más incluso, a la instalación de un aparato burocrático y a una forma de hacer carrera funcionaria11.
En ese sentido, habrá que destacar que durante el siglo XVI el Reino de Chile no contaba con ninguna ciudad importante: si en 1575 la ciudad de México alcanzaba los 3.000 vecinos y Lima 2.000, Santiago de Chile tenía solo 375 vecinos y le seguía la ciudad de Valdivia, con 230 (Guarda 23). Jacques Lafaye enfatiza las diferencias entre diversas regiones latinoamericanas:
Solamente una cuarta parte de la población vivía en ciudades, que en su mayoría eran pequeñas. Es precisamente en ellas donde la cultura española se hizo provinciana y, muy pronto, arcaica, por falta de contacto con España. Sólo las capitales de los virreinatos, como Lima y Ciudad de México, y los grandes puertos de mar más próximos a Europa, como La Habana y Santo Domingo, prosiguieron bajo la influencia directa de España. Y, también, únicamente las cortes de los virreinatos, las audiencias y los conventos pudieron sostener una cultura escrita y estimular, al menos de forma episódica, una cierta actividad literaria (245).
A pesar de lo anterior, la conquista de Pedro de Valdivia había sido exitosa, lo que permite a Gabriel Guarda afirmar que «los habitantes de Chile habían procurado un desarrollo similar al de las demás regiones de América», el que se interrumpe con el alzamiento indígena de 1598: «a partir de 1600 deben resignarse a abandonar tal proyecto. El Reino adquiere fama de pobre y, fuera de Santiago, las antiguas ciudades –caso único en el continente– si no han desaparecido del todo, normalmente decrecen» (54). Armando de Ramón señala que hacia la segunda mitad del siglo XVII, Santiago fue abastecedora de alimentos, pertrechos y soldados de las ciudades del sur, «obligación que, según se dijo entonces, le impidió alcanzar siquiera un modesto grado de prosperidad» (34). Aunque la población fue aumentando en ese siglo, inundaciones, terremotos, el alzamiento indígena de 1655 y la crisis económica entre 1635 y 1685 –que implicó la baja de precios de productos chilenos, principalmente agropecuarios– determinaron que solo a comienzos del siglo siguiente pudiera completarse la consolidación urbana de Santiago:
[y]a durante la segunda mitad del siglo XVII parecía evidente que los burócratas y los mercaderes estaban alcanzando, tanto en Chile como en toda América española, los más altos lugares en la estructura social, desplazando a guerreros y encomenderos. La vieja sociedad señorial de la conquista se extinguía en un ocaso poco glorioso, mientras trepaban a los lugares de privilegio hombres nuevos, poseedores de una mentalidad mercantilista, frente a la cual nada pudieron hacer los descendientes de los primeros pobladores hispanos, la mayoría de ellos arruinados por la prolongada crisis económica, política y social de aquel siglo (Ramón 87).
Si para el Virreinato del Perú se afirma que «no será sino hacia las últimas décadas del siglo XVI que el número de letrados se incrementará y que la élite letrada se consolidará como tal» (Rose 85), es posible que debamos avanzar mucho más en el tiempo para hacer esa misma afirmación con respecto a Chile. Pero aunque no hubiese una clase letrada ni círculos letrados establecidos, había escritores o, al menos, gente que escribía. Hemos visto ya la estrecha relación entre el ejercicio de las letras y los círculos de poder, así como su función para el ascenso social y, por otra parte, el carácter conservador de la producción cultural, ya sea cuando observamos las funciones de la imprenta, las bibliotecas o los currículos de las universidades. Todas ellas abogaban principalmente por la transmisión de un conocimiento tradicional y vinculado a Europa como centro del poder y del conocimiento.
La precariedad general del Reino de Chile determina, así, un desarrollo cultural en cierto sentido modesto, pero que también puede pensarse como más lejano de la influencia de la vida cortesana y con una escritura más contingente, urgente, precaria. Ello no significa, por supuesto, considerar estas escrituras necesariamente resistentes al orden colonial, sino simplemente atender a las posibilidades que abre la posición marginal o semimarginal de su lugar de enunciación, que resulta, entre otras cosas, en que la producción textual del Reino de Chile se transmita mayoritariamente en manuscritos, producidos por escritores con un nivel de educación formalizada baja (Kordić 198).
Podemos reconocer en la producción letrada del Reino de Chile una primera etapa que va desde mediados del siglo XVI hasta principios del siglo XVII, en el que escriben soldados españoles que narran las conquistas a modo de testimonio12. Es el caso de todo el grupo de primeros cronistas, Jerónimo de Vivar, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro de Valdivia y Pedro Mariño de Lobera; el relato épico de Ercilla y sus continuadores, como Pedro de Oña, el primer escritor criollo de Chile que publica en 1596 su Arauco Domado; Diego Arias de Saavedra, autor de Purén indómito; y el poema anónimo La Guerra de Chile. Por esta época tuvieron estadía en Chile el dominico fray Reinaldo de Lizárraga13 y fray Diego de Ocaña14, quienes dedican una parte de sus obras a la descripción de estas regiones australes. En general, la conquista está relatada por sus propios actores, y si bien estos narran, como apuntó Lucía Invernizzi, los «trabajos de la guerra» («La conquista de Chile…» 9), estos implican generalmente un horizonte exitoso de conquista. Las características de este primer período –la idea de la propagación de la fe como fundamento salvacionista, el servicio al rey en forma de lealtad del vasallo y los anhelos señoriales de los conquistadores (Goicovich, «La Etapa de la Conquista (1536-1598)» 55)– son también reconocibles en los textos que utilizan, en el caso de la prosa, una retórica notarial (Invernizzi, «La conquista de Chile…» 7-8).
El desastre de Curalaba en 1599, la pérdida de las ciudades del sur y el establecimiento de la frontera en el Biobío producen un cambio relevante en los temas y en la perspectiva de las crónicas, aunque la guerra de Arauco siga siendo central. Ya adentrados en el siglo XVII, además de los soldados españoles Alonso González de Nájera, Santiago de Tesillo y Jerónimo de Quiroga15, escriben soldados criollos, como Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, miembros de órdenes religiosas como Diego de Rosales y el criollo Alonso de Ovalle, jesuitas, o el mercedario Juan de Barrenechea y Albis, también criollo. Salvo el breve texto de Santiago de Tesillo, Guerra de Chile (Madrid 1647) y la Histórica relación del Reino de Chile (Roma 1646) de Alonso de Ovalle, la mayor parte de estos textos siguen inéditos y circulan en manuscritos. En todos ellos predomina el relato histórico ya sea de conquista o de la guerra de Arauco, así como temas relacionados con la legitimidad de los medios para asegurar y completar la conquista o los modos de terminar con la guerra de Arauco, discutidos desde una perspectiva jurídica o teológica, lo que muchas veces se hace utilizando una retórica notarial y del sermón. La preeminencia de soldados y de miembros del clero es notoria, quedando fuera otro tipo de escritores, como funcionarios públicos o abogados, así como escritores indígenas o mestizos.
Las críticas a las políticas con respecto a la guerra, a la administración, pero también al comportamiento de soldados y encomenderos, otorga un carácter más amargo y pesimista a los debates. Surgen polémicas en torno a la esclavitud indígena y a la estrategia de la guerra defensiva respaldada por Luis de Valdivia, y durante todo el siglo XVII «la balanza de la política española se debatirá entre los extremos de la conciliación y la violencia excesiva» (Goicovich, «Entre la conquista y la consolidación fronteriza» 318)16. Estos temas siguen presentes en las crónicas coloniales durante todo el siglo (331), si bien son especialmente relevantes en su primera mitad, durante la cual se reconoce una mayor actividad bélica en comparación al período que sigue al levantamiento de 1655 (Villalobos 1985). Durante este siglo se ha descrito también un cambio en la orientación del discurso sobre el indígena, en relación con el fracaso de un sistema de conquista que se pensó posible hasta el desastre de Curalaba. Así, hacia finales de siglo XVI se reconoce el afianzamiento de un discurso que reaccionaba al hecho de que los españoles fracasaron en el intento por convertir al mapuche en un productor de excedentes, como se hiciera en México o en el área andina: «la convicción de los españoles del siglo XVI que en la Araucanía había abundante oro y que los mapuche debían recogerlo, los obligó a insistir en el control del territorio y de su población», lo que fue un factor que determinó que la conquista «en Chile se revistió de tanta violencia» (Pinto 15). Este fracaso llevó a articular la idea de un indígena bárbaro e incorregible que estorbaba al europeo, «al punto de ponerse en duda la conveniencia de su conservación»; se le califica de demoníaco y bárbaro, lo que justifica su exterminio (16-17).
Otro aspecto relevante de este segundo período es el afianzamiento de un discurso criollo. El primer autor criollo de Chile es Pedro de Oña, a quien le siguen insignes escritores del siglo XVII, como Alonso de Ovalle o Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, quienes problematizan desde diversas perspectivas su identificación con la patria y la lejanía respecto de la metrópoli. La identidad criolla comenzó a surgir tan pronto apareció la primera generación de nacidos en el Nuevo Mundo17, pero durante el siglo XVII tomó la forma de un «criollismo militante», pues este grupo social comenzó a tomar conciencia «de su originalidad, de su identidad y, por consiguiente, de sus derechos» (Lavallé 105). El ser criollo estaba más ligado «a una adhesión a intereses locales, que al nacimiento en tierra americana» (25), y por cierto, era una categoría que estaba lejos de responder a criterios puramente raciales18. Lo que determinaba al criollo era más que nada la adhesión a una ética colonial criolla (44) y la defensa de ciertos intereses locales que muchas veces chocaban con los peninsulares. David Brading destaca que la identidad criolla surgió de un fuerte ánimo de descontento y de un sentimiento de frustración y resentimiento. Para Brading, los primeros brotes de protesta –que surgieron alrededor de 1590– revelan:
el surgimiento de una identidad criolla, de una conciencia colectiva que separó a los españoles nacidos en el Nuevo Mundo de sus antepasados y primos europeos. Sin embargo, tal fue una identidad que encontró expresión en la angustia, la nostalgia y el resentimiento. Desde el principio, los criollos parecen haberse considerado como herederos desposeídos, robados de su patrimonio por una Corona injusta y por la usurpación de inmigrantes recientes, llegados de la Península (323).
Los autores criollos que hemos nombrado elaboran de diversa forma estas inquietudes, ya sea desde un desplazamiento geográfico, como es el caso de Pedro de Oña y Alonso de Ovalle, o bien configurando un espacio fronterizo en donde la figura del mapuche adquiere un nuevo cariz, como ocurre con Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán.
Finalmente, en el siglo XVIII se incorporan las voces femeninas a través de la narrativa conventual, ya sea en relatos autobiográficos, cartas o poemas; las primeras obras científicas producto de las ideas ilustradas, como la reconocida de Juan Ignacio Molina; así como poesías y obras de teatro de circunstancia asociadas a fiestas y celebraciones, o bien a las formas de sociabilidad de las capas más altas de la sociedad. Durante la primera mitad del siglo se puede observar las consecuencias de una disminución en la intensidad de los enfrentamientos bélicos y el afianzamiento de las relaciones fronterizas (Villalobos 15 y ss.). La abolición de la esclavitud de los indios captados en la guerra, decretada en 1683 (17), es un hito relevante que cambia las relaciones entre indígenas y colonos. El agotamiento de las minas de oro y la disminución de la población indígena, junto al surgimiento de Potosí y su consiguiente demanda por diversos productos, por otra parte, cambiaron el foco del desarrollo de Chile desde el sur hacia la zona central, desde donde se articularon circuitos comerciales que satisfacían los requerimientos del nuevo polo minero (Pinto 21).
Hacia mediados de siglo pueden distinguirse los efectos culturales de los cambios introducidos por las reformas borbónicas de Carlos III, principalmente en la elaboración de obras de carácter científico y en la literatura de viajes, las que muestran un cambio de actitud hacia el conocimiento, el que se seculariza paulatinamente. Sin embargo, hay que notar que este cambio es lento y está morigerado por la vigencia en Hispanoamérica de los dogmas de la Iglesia Católica, la filosofía escolástica y la fidelidad política a la monarquía (Chiaramonte XIV). La particular configuración de esta Ilustración hispanoamericana, en la que conviven rasgos ilustrados con formas tradicionales, explica también la diversidad de los textos que se encuentran en este período, pues las obras de orientación científica, cuyo mayor exponente es Juan Ignacio Molina, se desarrollan en conjunto con una literatura sagrada de gran vitalidad, que puede encontrarse tanto en la colosal obra de Manuel Lacunza como en la poesía y el teatro.
Finalmente, el presente tomo se estructura en tres apartados que siguen una lógica cronológica, aunque no responden a cortes temporales estrictos, sino que más bien al intento por presentar una correlación entre producciones letradas y acontecimientos históricos: «Épica y testimonios de la conquista», «Formación de una sociedad colonial» y «La austral “República de las Letras”». A estas tres secciones se agrega el ya mencionado apartado «Conquista, traducción y políticas de la lengua», que ordena artículos que se refieren a escritos de un vasto período de tiempo en torno a la diversidad lingüística de la colonia. También hay artículos de carácter panorámico o temático, especialmente «Espacio, sociedad, escritos y escritura en el Chile colonial» de Alejandra Araya y Alejandra Vega, «Letras latinas en Chile colonial» de María José Brañes, «Escrituras del yo» de Ximena
Azúa, Luz Ángela Martínez y Bernarda Urrejola y «Producciones estético-verbales mapuche durante la Colonia» de Fernanda Moraga-García. Al final del tomo, a modo de epílogo y de enlace con el siguiente tomo, el artículo de Allison Ramay explora las representaciones de la época colonial en testimonios mapuche del siglo XIX,
cuyas voces, como sabemos, no se encuentran representadas en la producción letrada colonial chilena.
Los tres siglos que corresponden a la época colonial se constituyen en un campo complejo, heterogéneo y en constante cambio. La producción verbal está determinada por condiciones materiales concretas, por un largo conflicto con los pueblos originarios y por la relación con la metrópolis y el resto de los dominios hispanos. También se encuentra en y participa de la encrucijada histórica en la que se desarrolla el capitalismo moderno y la idea de raza como forma de clasificación social de la población mundial, concepto que «tiene carácter colonial» pero que «ha probado ser más duradero y estable que el colonialismo en cuya matriz fue establecido» (Quijano 777). Los estudios coloniales no solamente indagan en las especificidades históricas o culturales del periodo previo a la emancipación, sino que pueden también develar, en su complejidad, de qué modo las representaciones, imaginarios y saberes de ese período construyen asimetrías y jerarquías que se reproducen hasta nuestros días. Como campo de estudios se encuentra en constante desarrollo: hay un vasto espacio inexplorado, autores que no han sido objeto de abordajes críticos, obras que no cuentan con ediciones críticas, y también manuscritos que permanecen en bibliotecas conventuales con un acceso restringido al lector e incluso al investigador. Investigaciones en curso prometen abrir nuevas perspectivas sobre las letras coloniales, las que sin duda enriquecerán el estado actual de los estudios coloniales chilenos que aquí presentamos.
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1 Jean Paul Zúñiga define a Chile como una sociedad con esclavitud (más que una sociedad esclavista, que supondría una economía basada en la mano de obra esclava), lo que finalmente determinó que su visibilidad se atenuara con el pasar del tiempo (82-83). En Chile, la mano de obra esclava no estaba asociada al complejo productivo de la plantación, sino que se utilizaba en una gran variedad de trabajos (84), muchos de ellos domésticos, y estaba muy dispersa. La situación más frecuente en la primera mitad del siglo XVII era la de un amo que tenía dos esclavos (90). «Para mediados de los años 1620, el recurso de la mano de obra africana se había generalizado, lo que concuerda con el testimonio coetáneo del Padre Alonso de Ovalle» (89).
2 En el análisis que realiza Jean Paul Zúñiga de las 720 partidas de bautismo entre 1633 y 1644, provenientes de las parroquias del Sagrario y Santa Ana de Santiago, se encuentra un 33% de bautizos negros y/o esclavos. Si compartimos con Zúñiga que la mayor parte de los que son solo nombrados como esclavos y no explícitamente como negros también lo eran, la población de origen africano durante la primera mitad del siglo XVII era sin duda numerosa. Ver también Ramón, 39, 80.
3 Armando de Ramón también entrega datos interesantes sobre la población de la ciudad de Santiago que permiten apreciar el patrón de conformación de la ciudades latinoamericanas. A comienzos del siglo XVII, según libros de bautizos de la parroquia de El Sagrario en Santiago, se contaba un 67,7% de población indígena. La mayor parte de esta no vivía en la ciudad misma, sino que en rancherías a su alrededor, y no provenía de la zona central sino que era desterrada, la mayor parte, desde los territorios en guerra en el sur, o bien desde Cuyo y Tucumán (Ramón, 39).
4 Los testamentos indígenas publicados hace no tanto constituyen valiosos documentos en este sentido. Dictados por indígenas a escribanos como manifestación de última voluntad, permiten conocer no solo los bienes, el origen, condición, estado civil o descendencia del testador, sino que muchas veces hacen relatos en forma de autobiografía (Retamal Ávila, 16). Ver también Kordić, Raïssa. Testamentos coloniales chilenos. Madrid/Frankfurt am Main: Iberoamericana/Vervuert, 2005. Jorge Cáceres me ha apuntado que otros textos de interés en este ámbito son los documentos que resultan de los Parlamentos. Una publicación relativamente reciente es Los Parlamentos hispano-mapuches, 1593-1803: textos fundamentales editado por José Manuel Zavala Cepeda (Temuco: Ediciones Universidad Católica de Temuco, 2015).
5 El relato más conocido es el de Antonio Pigafetta, pero hay documentos complementarios: las relaciones de Francisco Albo y de Ginés de Mafra, las cartas de Maximiliano de Transilvania, Antonio Brito y Juan Sebastián Elcano (Cabrero, 31-32).
6 Los desplazamientos de los criollos y la pregunta por el lugar de enunciación de sus discursos no solo se relaciona con la idea de un imperio interconectado, sino que también con la de una relación asimétrica entre la metrópoli y las colonias. Este aspecto ha sido puesto en discusión por Jaime Concha a propósito de Pedro de Oña, al notar en su escritura –desde Arauco domado (1596) y El temblor de Lima (1609) hasta sus obras de asuntos españoles: El Vasauro (r. hacia 1635) y San Ignacio de Cantabria (1639)– una «progresiva reorientación temática que lo lleva a alejar la mirada de su contorno inmediato para hundirla en el pasado metropolitano (prestigioso por pasado y por metropolitano) o en los cielos hagiográficos de la dominación espiritual» (112).
7 Esta característica ya había sido notada por Irving A. Leonard, cuando comenta a propósito del contenido de un embarque de libros hecho en 1583 en Lima que «la ausencia de estudios científicos e históricos sobre las Indias indica una desconcertante falta de interés de los limeños por su propio mundo» (187). Dadas así las cosas, no debiera sorprender que durante el Siglo de Oro la presencia de libros sobre temas americanos sea también escasa en las bibliotecas españolas. Es lo que indica el estudio de Trevor J. Dadson, quien estudió las bibliotecas particulares de 90 individuos cuyos inventarios datan desde 1504 hasta 1709. El estudio comprueba la escasez de libros de temas americanos tanto en el siglo XVI como en el XVII, aunque a medida que pasa el tiempo se percibe un aumento de interés por este tipo de obras. Los libros que más veces se encontraron en estas bibliotecas fueron la Historia de las Indias de López de Gómara y la Historia general de las Indias de Fernández de Oviedo, lo que hace pensar que «lo que un español culto del Siglo de Oro podría saber del Nuevo Mundo es probable que lo aprendiera de uno o de ambos de estos dos libros» (Dadson 10).
8 Cruz concluye para el primer período, que ella establece entre 1650 y 1750, que los libros «se mantienen aún dentro de lo que podría llamarse ‘la cultura escrita tradicional’, estrechamente ligada a la primacía de las interpretaciones de la doctrina y de la moral cristianas postridentinas y al ascendiente de la jurisprudencia del período Barroco. Solo a partir de 1750 esta cultura tradicionalista y conservadora comienza a ser penetrada por las nuevas ideas ilustradas provenientes de Europa y de la misma Metrópoli» (Cruz, 108). En el segundo período, entre 1750 y 1820, aumenta la importancia del libro, antes restringida, pues aumentan las bibliotecas privadas y conventuales. También se fundan las primeras bibliotecas públicas, como lo fue la biblioteca del Obispo de Santiago, Miguel de Alday y Aspeé, que contaba con 2.058 volúmenes al momento de su fallecimiento, los que fueron donados a la Catedral de Santiago para su uso público (Cruz 144).
9 Antes del establecimiento de esta Universidad se dictaban cursos en universidades conventuales o menores al alero de las órdenes religiosas, como ocurrió con dominicos y jesuitas. Estas universidades tenían, sin embargo, un estatuto limitado pues solo podían otorgar grados básicos de filosofía o artes y de teología (Ávila Martel, 176).
10 Puede ser muy interesante considerar cuál fue la función de estas imprentas. Teodoro Hampe Martínez explica que las imprentas en México y Lima tuvieron en un comienzo una importante labor en términos de la cristianización de las poblaciones autóctonas, lo que más adelante cambió hacia la función de educar y entretener a los colonos, y cubrir necesidades de la administración. Ello se ve reflejado en el número de impresos en idiomas nativos en Nueva España: desde 1539 a 1600 un 31,3% de los impresos son en idioma nativo, mientras que entre 1600 y 1700 solo lo son un 3% (56).
11 Sonia V. Rose apunta muy bien a esta relación al vincular la aparición de academias en el Virreinato del Perú con el desarrollo de la burocracia, pues esta se nutre de redes clientelares de los nobles que residían en la corte. El puesto burocrático exige un grado de erudición y de cortesanía cuya posesión parece garantizar la pertenencia a una academia (84-85).
12 Siguen siendo muy válidas las características de la situación de enunciación que Lucía Invernizzi («Antecedentes del discurso…») reconoció para el discurso testimonial chileno de los siglos XVI y XVII: la existencia del mandato de informar a la Corona acerca de la realidad del Nuevo Mundo y de los hechos de los que se es testigo o participante (son textos testimoniales); la calidad de súbdito del emisor, que convierte la relación de hechos en «defensa, acusación, reclamo, alegato, protesta, demanda» (58) dirigida al soberano con el fin de obtener premios o de influir en la aplicación de políticas impuestas a América desde España; la conciencia de la distancia geográfica con respecto a España, que los deja en una situación de marginalidad con respecto al centro del poder.
13 Su relato de viajes tuvo varias publicaciones, todas del siglo XX. Las primeras ediciones del texto redactado en 1605 fueron Descripción de Indias (Edición de Carlos A. Romero. Revista del Instituto Histórico del Perú. Lima, 1907) y Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (Edición de Manuel Serrano y Sanz. Historiadores de Indias. Tomo II. Madrid, 1909).
14 El relato de Ocaña se encuentra en forma de manuscrito con el título de Relación del viaje de fray Diego de Ocaña por el Nuevo Mundo (1599-1605) en el Fondo Antiguo de La Universidad de Oviedo. Ha sido publicado fragmentariamente como Relación de un viaje maravilloso por América del sur (Madrid, Studium, 1969), como A través de la América del sur (Madrid, Historia 16, 1987) y Viaje a Chile (Santiago: Universitaria, 1995).
15 De Jerónimo de Quiroga se han publicado Compendio histórico de los sucesos de la conquista del reino de Chile hasta el año 1656, sacado fielmente del manuscrito del maestre de campo Jerónimo de Quiroga (Madrid, Semanario erudito, 1789); y Memorias de los sucesos de la guerra de Chile, redactado h. 1692 (Santiago: Andrés Bello, 1979).
16 Francis Goicovich propone una periodización de los primeros siglos de la colonia chilena que distingue una primera etapa de conquista, entre 1536 y 1598 –teniendo como hitos la entrada de Diego de Almagro a Chile y el desastre de Curalaba–, y una segunda etapa de transición, que comienza en 1598 y termina en 1683, con la prohibición de la esclavitud de indígenas tomados en guerra, lo que significa la revitalización de una política misionera.
17 José Juan Arrom (1959) establece que el uso de la palabra «criollo» para referirse a los españoles nacidos en las Indias se remonta a la segunda mitad del siglo XVI (específicamente, entre 1571 y 1574). Bernard Lavallé (1993) adelanta esta fecha a 1563. En cualquiera de los dos casos, puede observarse el temprano uso del término para diferenciar a los recién llegados de España y a los nacidos en América.
18 Elisabeth Anne Kuznesof (1995) indica que la raza no era el criterio único para ser considerado criollo, pues otros factores influían en ello, como por ejemplo el género, el ser hijo(a) legítimo, el nombre y el origen del cónyuge. De esta manera, existía cierto margen que permitía negociar la categoría social del individuo, de modo que un gran número de mestizos pudo integrarse al mundo hispano. En efecto, según la autora, se calcula que desde un 20 a un 40% de los llamados criollos tenían sangre indígena o africana. Para Stuart B. Schwartz (1995) esta flexibilidad –que se mantuvo durante la primera mitad del siglo XVI– permitió no solo considerar como criollos a mestizos e incluso a mulatos, sino que también empañó la consideración que se profesaba a los españoles nacidos en América. Es decir, si bien la raza no fue en un principio determinante para ser considerado criollo, a principios del siglo XVI tanto los orígenes raciales como la supuesta influencia del ambiente americano y de la lactancia de nodrizas indias o negras sirvieron de argumento a los españoles peninsulares para afirmar la inferioridad y degradación de los criollos.
Índice
Espacio, sociedad, escritos y escritura en el Chile colonial
Épica y testimonios de la conquista
Formación de una sociedad colonial: identidades y fronteras
La austral «República de las Letras»: cultura y escritura hacia el siglo XVIII
Conquista, traducción y políticas de la lengua
Escrituras del yo
Teatrocracia y teatro en Chile colonial
La época colonial en relatos mapuche (siglos XIX y XX)
Espacio, sociedad, escritos y escritura en el Chile colonial
Espacio, sociedad, escritos y escritura en el Chile colonial
Alejandra Araya y Alejandra Vega
1. Introducción
Han sido tópicos recurrentes de la historiografía el destacar la guerra de Arauco y la condición marginal y de frontera del espacio colonial de Chile como ejes constitutivos de una experiencia histórica particular19. Enfatizando, según los casos, las especificidades del desarrollo institucional, de las dinámicas y jerarquías sociales o de las modalidades de ocupación del territorio, estos escritos han vuelto una y otra vez sobre la impronta de lo bélico y de la pobreza. Estas marcas se fijaron tempranamente, durante las primeras décadas del dominio hispano en estos territorios, en la propia cultura colonial en formación. Al decir del capitán Alonso González de Nájera (¿?-1614), esta condición se asentaba incluso en la naturaleza misma del territorio. En su Desengaño y reparo de la Guerra del Reino de Chile, escrito hacia 1614, podemos leer:
Si las provincias de Chile fueran llanas, por belicosos que fueran sus defensores, mil Chiles hubieran allanado a Su Magestad sus leales vasallos, a quien tanta sangre y vidas cuesta un solo Chile, por lo que su fortaleza favorece a sus naturales, los cuales son en aquella guerra, por causa de sus montes, como el mar de Flandes, que cuanta tierra le van ganando los industriosos flamencos muchos años a poder de diques, argines o reparos con increíble costa o trabajo, la torna a él a cobrar con mil daños en un día que sale de madre (32).
El diagnóstico de Nájera ponía al centro la ineficacia del ingenio desplegado por los conquistadores ante las características del territorio de Chile. Naturaleza, cultura y devenir histórico quedaban así íntimamente imbricados.
Visto desde este cariz, puede resultar comprensible la reiteración en la bibliografía crítica de otra idea: una que apunta al atraso intelectual y cultural de Chile. Máxima y elocuente expresión de este atraso sería la inexistencia de una imprenta en la gobernación colonial capaz de poner en contacto obras y lectores y de constituir, por esa vía, una opinión pública y una sociedad racional y letrada20.
Tensionando estos planteamientos, hemos abordado el desafío de escribir una introducción histórica al volumen colonial de esta Historia crítica de la literatura chilena a partir de la asunción –ampliamente reconocida en la bibliografía contemporánea que trata sobre textos, lectores y escrituras– de que impreso, ideas y cultura no son sinónimos y que los procesos de producción simbólica que involucran a la letra desbordan y resignifican dichos términos.
En esta introducción hemos propuesto una argumentación que articula espacios, actores y prácticas de escritura y lectura. Los tres ejes señalados permiten establecer un contexto que sitúa las coordenadas de la organización política, económica y social desde los sujetos que las encarnan, representan y ponen en práctica, y que las pone en diálogo con un marco espacial que no solo alude a las tradicionales cuestiones de fronteras político-geográficas o político-armadas, sino que pone el asunto del espacio construido como una clave fundamental de la comprensión de las acciones de los sujetos y como objeto que es sustancial a la conformación misma de eso que hoy llamamos Chile. Específicamente para el caso «chileno», este es un tema crucial en la definición de las relaciones con la metrópoli, los financiamientos y los apoyos por la inestabilidad que impone a la política imperial la llamada Guerra de Arauco. Dicho tópico cruza, como lo ha señalado Lucía Invernizzi, «los trabajos y los días» de los conquistadores y de sus descendientes, en sus experiencias y sus discursos (1990). De esta forma, podemos dar cuenta de la relación existente entre los temas que permiten organizar una lectura del periodo y del lugar, y las llamadas «fuentes», en su doble dimensión de «documentos» y de «textos» que pueden ser objetos de análisis e interpretaciones importantes sobre el periodo y sus actores.
Clave resulta, en tal sentido, una revisión de la inserción de Chile en un contexto mayor. Sometido a las reglas comunes de la cristiandad occidental y del dominio hispano en América, las experiencias históricas que marcan a sus habitantes están a la vez tensionadas por dinámicas mundializadas, regionales y locales que particularizan y otorgan características específicas a dichas experiencias. Chile fue un margen significativo, un borde que resultaba central al dominio colonial hispanoamericano.
En este contexto, la fijación y circulación de saberes, así como las relaciones de poder –incluyendo las que se organizan en torno a la cultura escrita– permiten identificar y situar a los sujetos en la compleja trama de la constitución de sus identidades.
Hemos articulado el argumento de este capítulo en dos grandes periodos que tienen como pivote los años en torno a 1655. Un hito central en este recorte lo constituye, evidentemente, el levantamiento general mapuche iniciado en 1655 durante el criticado gobierno de Antonio de Acuña y Cabrera (que se extendió de 1650 a 1666). Significativos en otros planos del proceso histórico son la ocupación holandesa de Valdivia en 1643 bajo el mando de Elías Herckmans; la publicación en Roma de la Histórica Relación del Reino de Chile del padre Alonso de Ovalle en 1646; el terremoto que destruyó la ciudad de Santiago en 1647; y el terremoto y salida de mar de 1657 que arruinó Concepción. Como se verá en el texto, este punto de inflexión también es desbordado por las dinámicas analizadas.
2. Primera parte: desde los inicios del siglo XVI hasta 1655
2.1. Espacios: el topónimo, la gobernación y el Chile histórico
La llegada de la hueste de Diego de Almagro (1475-1538) al valle de Copiapó en 1536 marca el comienzo del despliegue del dominio hispano en Chile y constituye el primer hito en la conformación de la sociedad colonial en estos territorios. Esta afirmación presenta una secuencia significativa de acontecimientos que puede resultar familiar y, por lo mismo, evidente. Contra esa primera impresión, estas ideas merecen ser revisadas.
Lo anterior por varias razones. Por una parte, porque la hueste que encabezó Almagro para la conquista de la gobernación que le había concedido el rey Carlos I (1500-1558) solo puede entenderse en el marco de dinámicas anteriores. Entre ellas, puede mencionarse la ampliación de los circuitos de navegación y comercio ibéricos a lo largo de todo el siglo XV; el ensayo y establecimiento de las primeras relaciones coloniales con territorios que se reconocerán como distantes y diferentes –que conectaron el Atlántico africano y americano, y luego, América con el Pacífico oriental–; la vertiginosa institucionalización del Imperio hispano y algunas de sus prácticas de conquista y organización espacial y social en contacto con las sociedades mesoamericanas; y el ciclo que conocemos como la conquista del Perú. Con este último nombre se recubre, a su vez, procesos diferentes, como la incorporación del territorio del Tawantinsuyu, y la declaración de la condición de vasallos hispanos de sus habitantes por efecto de acciones militares y de alianza y negociación con las élites gobernantes de dicho Imperio, en el marco de conflictos agudos entre inmigrantes cristianos –a los que con el tiempo conoceremos como españoles– y entre estos y la Corona.
Pero para comprender las características de la invasión hispana a Chile y del espacio y la sociedad colonial en formación hay que tener también en consideración otra dimensión: la de las sociedades indígenas que ocupaban, porque les era propio, el territorio «descubierto» por Almagro. Acá deben considerarse cuestiones claves, tales como el dominio inka que se impuso en estos territorios varias décadas antes del arribo de los españoles y el despliegue de sus prácticas de interacción con las sociedades que caían bajo su dominio. La incorporación al Tawantinsuyu
–organizada en torno a un núcleo central que se estableció en el valle del Mapocho– precedió la incorporación al Imperio hispano, y la concepción de los inkas acerca de las redes de circulación, las formas de asentamiento, las prácticas productivas agrícolas, mineras y de fabricación de bienes para el intercambio, modularon también la temprana organización colonial en la gobernación de Chile. Hacia el sur de la cuenca de Santiago, límite meridional del espacio de acción e influencia del Tawantinsuyu, habitaban sociedades mapuche que compartían una misma lengua con las del valle central, aunque se distinguían de estas por una ocupación dispersa del territorio que les era propio en base a unidades socio-políticas que podían ampliarse o fragmentarse según los contextos, en particular el de guerra, lo que marcó también las formas de la primera conquista y colonización. Al este y al sur de estos espacios habitaban otras sociedades, que quedarían durante varios siglos en las fronteras de la expansión y el dominio colonial, con excepción de unos pocos enclaves.
Algunas palabras sobre el topónimo. Chile, antes de ser Chile, fue la peligrosa y desconocida costa que avistaron en 1519 las naves que acompañaban a Hernando de Magallanes (1480-1521). Sus principales accidentes geográficos fueron bautizados, con evidentes motivaciones taumatúrgicas, como cabo Hermoso, cabo Deseado, cabo las Vírgenes, y puerto de la Concepción. Hoy podemos decir que se trataba de la travesía de un estrecho, posteriormente incorporado a la gobernación de Chile, que permitió cruzar desde el Atlántico al Pacífico y continuar la expedición que sería conocida como la primera circunnavegación del mundo. A la postre, este territorio se incorporó al dominio hispano como parte de la gobernación concedida a Pedro de Valdivia cuando esta se ampliara en 1554.
Entre ambas fechas –1519 y 1554– ha de ubicarse la gestación de la expedición encabezada por Diego de Almagro hacia el sur del Tawantinsuyu o Collasuyu. Al salir del Cuzco, en julio de 1535, Almagro no parte a «Chile», sino «hacia el Estrecho», a la conquista de la gobernación que el año anterior había recibido de parte del monarca al sur de la jurisdicción otorgada a Francisco Pizarro (Medina CDIHCh, Primera Serie, tomo IV).
Habrá que esperar el regreso al Perú de los despojos de la hueste de Almagro para que «Chile» aparezca en el relato hispano de la conquista. Almagro regresa de «Chile», y «Los de Chile» es la expresión que se acuña para referir a los españoles que lo acompañaron en su malograda expedición. «Los de Chile» combaten junto al Adelantado en la batalla de las Salinas, y muchos acompañan a su hijo Diego el Mozo (1522-1542) en su rebelión contra los Pizarro y la lejana monarquía, expresada en el virrey Cristóbal Cabeza de Vaca (1492-1566) (Bernand y Gruzinski 435-460). En la expresión «Los de Chile», «Chile» es antes una experiencia compartida por un grupo de personas que un lugar geográfico. Se trata de la hueste que había recibido el apelativo de «La Flor de las Indias» a su salida del Cuzco (Fernández de Oviedo tomo IV, 258), cuyos infortunios terminaron por traerla de vuelta pobre, harapienta, descorazonada. «Chile», como lugar en el orbe, estaba simplemente «hacia arriba» o «hacia el Estrecho», y era el escenario de los infortunios relatados, en particular en relación con la cordillera21.
Fruto de esa secuencia histórica, las expresiones «Chile» y «las provincias de Chile» se hacen frecuentes entre quienes volvieron a este territorio con Pedro de Valdivia (1497-1553) a partir de 1540. Dos cosas han de decirse al respecto: además de un topónimo que denota, la expresión evoca ideas, experiencias, expectativas, es decir, connota. Por otra parte, aquello que se nombra es cambiante, a veces difuso, a veces contradictorio (Vega 2014).
Un primer modo de acercamiento a este problema es por medio de la secuencia de definiciones abstractas contenidas en las jurisdicciones definidas por el Rey y sus representantes a ambos lados del Atlántico, con el fin de asentar el dominio de la Corona en la América meridional. En 1554 y 1555 se llegó a una delimitación de la Provincia de Chile o Gobernación de Nueva Extremadura, la cual se reconoció como una extensa franja norte-sur cuyo inicio se fijaba en Copiapó y que terminaba en el Estrecho. El límite oriental se definió en 100 leguas medidas desde la costa del mar Pacífico hacia el este. Como antecedente jurisdiccional quedaba la gobernación de Nueva Toledo, concedida por la Corona a Diego de Almagro en 1534, y la cédula concedida a Pizarro en 1537 para la conquista y población de «Nuevo Toledo e las provincias de Chili, de donde había vuelto Almagro», que había sido la base de la organización de la expedición de Valdivia22.
Siendo este el marco jurisdiccional, lo que uno puede reconocer como el espacio de Chile históricamente constituido en el transcurso del siglo XVI es en cambio algo diferente. No solo porque en la década de 1560 se creó la Gobernación de Tucumán que separó al norte una parte de los territorios transandinos, sino porque, a la larga, una constelación de procesos diferentes terminaron por alejar de las dinámicas de la sociedad colonial en formación a importantes territorios de este espacio abstracto. La Guerra de Arauco y el establecimiento de la frontera en el Biobío, las enormes distancias y las dificultades que el Pacífico sur imponía a la navegación, las prácticas que se fueron instituyendo para el cruce de la cordillera de los Andes, y la falta de incentivos para el poblamiento austral en relación con las dinámicas de la conquista americana23, terminaron por dejar en la trastienda del Chile colonial reconocible desde el centro político-administrativo fundado en Santiago los espacios al norte de la ciudad hispana de La Serena, considerada la puerta de Chile; los extensos territorios al sur de la línea de fuertes y presidios que se construyeron en torno al Biobío, con excepción de los asentamientos de Valdivia y Chiloé; y la extensa franja transandina que se proyectaba hacia el sur, desde los asentamientos de Mendoza y San Luis, en Cuyo, territorios prácticamente invisibles para muchos.
A este recorte particular se le ha dado el nombre de «Chile tradicional», apelativo que puede encontrarse tanto en la llamada historia social como en la historiografía de corte conservador24. Se identifica el Chile tradicional con una unidad espacial y social que habría gozado de cierta estabilidad en el tiempo, y que permitiría reconocer rasgos compartidos. Tensionando estas propuestas, importaría reconocer que el Chile tradicional es un proceso más que un resultado; un objeto de negociaciones y modulaciones en función de los interlocutores que interpelan o se reconocen en este territorio.
En continuidad con las prácticas de la cristiandad occidental que cruzan el Atlántico y ordenan el espacio colonial hispanoamericano, el territorio de Chile se fundó, organizó y reconoció a partir de sus asentamientos urbanos. La ciudad era mucho más que la urbs (un trazado, un conjunto de edificaciones civiles, religiosas y de particulares). La ciudad era también, y por sobre todo, la civitas, que expresaba y debía reproducir unos principios articuladores de lo social y político (Kagan 2000). Vivir en policía y cristiandad, de acuerdo a la expresión del periodo, apelaba al mismo tiempo a un discurso que declaraba el carácter universal del cristianismo, y como tal, de la pertenencia común de todos los hombres y mujeres a un mismo rebaño, mientras reconocía diferentes naturalezas o calidades que fijaban jerarquías y decidían el universo de lo posible para cada cual. Tal como ocurre con otras dimensiones de la organización social y política, la ciudad es –a la vez– actualización de viejos principios y producción de nuevas formas de experiencia, acorde con el contexto, colonial y capitalista, en el que se va desarrollando (Bauer 2002).
Para cuando la hueste de Pedro de Valdivia llegó al valle del Mapocho, estas ideas habían tenido tiempo para formalizarse por medio de una serie de prácticas que se ejecutaron tal como se habían ejecutado antes en otros territorios: la toma de posesión en nombre de la Corona hispana; la lectura del Requerimiento a las autoridades indígenas, que declaraba y establecía por efecto de ese acto unilateral su condición de vasallos de Castilla, o la esclavitud para los rebeldes; y la fundación de la ciudad. A comienzos de 1541, se repitió este acto al oeste del cerro Huelén, hoy Santa Lucía, con el nombramiento de vecinos, la asignación de solares, la constitución del Cabildo y la traza de la planta de la ciudad que se ubica sobre el emplazamiento del principal asentamiento inka del valle (De Ramón 17).
Si este primer escenario supuso prácticas de negociación y dominio militar sobre las poblaciones indígenas –lo que redundó en inestabilidad, resistencia y levantamientos–, la consolidación de la gobernación fue también fruto de otras negociaciones: unas que se desarrollaron entre los propios miembros de la hueste, otras que involucraron a las autoridades del Perú, devenido virreinato desde 1544 y otras aún ante el Rey y el Consejo de Indias.
A esta primera fundación, siguieron las de Valparaíso, La Serena, Concepción, las llamadas ciudades de arriba –La Imperial, Valdivia, Villarrica, Los Confines, luego Cañete y Osorno–, Castro y también Tucumán, Mendoza, San Juan y San Luis. No una sino diversas lógicas interrelacionadas movilizaban este despliegue fundacional. Entre ellas, destacamos el impulso hispano por tomar posesión de territorios que habían negociado con la corona portuguesa y el deseo de adelantados, gobernadores y otras autoridades americanas por materializar unas jurisdicciones que solo tenían existencia en el papel. A este grupo lo movilizaba el mandato regio y las prácticas instituidas para la identificación y explotación de metales preciosos y la organización de la población indígena americana en torno al trabajo, el tributo y el imperativo evangelizador. Igualmente importante era la red de obligaciones y derechos que ligaba a la Corona y a sus vasallos ibéricos en América y la expectativa de los integrantes de la hueste de obtener beneficios simbólicos y materiales derivados de su actuar en nombre del rey en estos territorios (ser declarado vecino, recibir un solar urbano, acceder a una encomienda o, más adelante en el tiempo, una merced de tierra). La articulación de bienes y personas tenía como horizonte general el envío de riquezas del llamado Nuevo Mundo a la metrópolis, lo que suponía que los asentamientos debían asimismo asegurar esta comunicación. En la intersección de estas fuerzas, la ciudad funciona como dispositivo, al ser expresión y vehículo del orden que debe regir el tejido social de la América colonial25.
Con principios similares a los que sustentaban la ciudad, el Imperio hispano instauró los llamados pueblos de indios. Estas unidades socio-territoriales debían regular la vida de las poblaciones indígenas, articulando la organización espacial –en particular, la identificación de los límites de sus tierras para permitir la adjudicación de las llamadas tierras vacantes a los inmigrantes cristianos– con las políticas e instituciones evangelizadoras (doctrinas) y aquellas que regulaban el trabajo y el tributo (principalmente, la encomienda). Se trata de una institución hispana que adapta las prácticas indígenas preexistentes para cumplir con nuevos propósitos.
Se ha insistido en la pobreza de las ciudades de la gobernación de Chile durante todo este periodo, en sus precarias condiciones materiales y, sobre todo, en el carácter eminentemente rural de la sociedad en formación26. Al mismo tiempo, se ha llamado la atención acerca del vaciamiento de los pueblos de indios cuya población es trasladada a haciendas y minas; o en su defecto, su nula constitución, al estar la población indígena dispersa en el espacio constreñido que el propio sistema colonial les reconoce como propio. Sin desconocer estos rasgos, conviene recordar que fue desde las ciudades que se organizó y dio sentido a la experiencia colonial de Chile: en ellas se asentaron las instituciones que organizarían la vida social y económica, y se validaron, reprodujeron y negociaron las jerarquías y posiciones entre grupos y personas. Lo mismo puede decirse de los pueblos de indios, espacios de articulación social, de organización política, de defensa de los recursos considerados como propios y los integrantes de dichas comunidades.
Por otra parte, importa destacar el hecho de que a lo largo del siglo XVI y de la primera mitad del siglo XVII, el territorio que se reconoce como gobernación de Chile fue, en realidad, un espacio que corresponde a diferentes territorios vividos según el punto de vista adoptado. En efecto, si la dimensión jurisdiccional apela a los límites establecidos por sucesivas cédulas reales, los procesos efectivos de dominio colonial permiten pensar en el territorio desde otras posiciones. La sociedad colonial en formación, sus prácticas de circulación y asentamiento, no se desplegaron de manera homogénea en el tiempo ni en el espacio. Al norte quedaba el Despoblado de Atacama, nombre de por sí elocuente de la visión que se impuso sobre dichos territorios27. Al este, la gran cordillera nevada, y por medio de unos pocos pasos cordilleranos, la provincia de Cuyo. Al sur, las provincias de Arauco, y más al sur aún, amplios espacios con los que la gobernación mantuvo contactos esporádicos por medio de unos pocos asentamientos hispanos que pretendían asegurar la continuidad del dominio en el litoral Pacífico (Eyzaguirre 1978).
Además, este territorio es expresión de subsistemas, y está integrado, a su vez, a otras redes. Más que un espacio unitario de circulación de bienes y personas, se han identificado tres mercados regionales, que a juicio de Marcelo Carmagnani tendrían características particulares: el de La Serena, el de Santiago, y el de Concepción, los que mantienen flujos específicos con el resto del continente y con la metrópolis (Carmagnani 2001).
2.2. La construcción del Imperio, los virreinatos y la frontera
El espacio constituido por medio de las prácticas a las que hemos hecho referencia no tiene sentido si no se piensa en el marco de un contexto mayor: el de la organización del Virreinato del Perú y el de la formación del Imperio en el cual este se inserta.
La organización político-administrativa del Imperio hispano se fue gestando, a lo largo del siglo XVI, por efecto de las sucesivas olas de exploración y conquista del territorio y como resultado directo de la organización socio-política indígena que preexiste a la invasión europea de América. Los virreinatos de Nueva España (1535)
y del Perú (1542) se crean literalmente sobre los cimientos materiales y las estructuras sociales y políticas azteca e inka. Son estas las que dan nacimiento a las llamadas áreas centrales, donde tienen su asiento las más importantes instituciones del gobierno colonial y de las estructuras de la iglesia secular y regular. Las ciudades de México-Tenochtitlan y Lima son cabeza de los reinos americanos, espacio ineludible de mediación entre la metrópolis y los diferentes territorios que dependen jurídicamente de ellos. Son, además, uno de los polos en torno a los cuales se organizan los mercados regionales que se van conformando en torno a la minería argentífera y a los circuitos del comercio marítimo.
De modo que es en el marco del Virreinato del Perú que debe pensarse el territorio de Chile: el puerto de Valparaíso, y luego Castro, Valdivia y Concepción, serán puntos o hitos en el gran itinerario del comercio del Pacífico, que vincula Acapulco con Panamá y el Callao. Si 20% del oro que se extrae con cierto éxito en los primeros años en la gobernación de Chile circula por estos puertos con destino a la metrópolis, la producción agrícola y ganadera tiene en cambio en Perú su destino de mayor provecho mercantil. En dirección contraria circulan hacia Chile telas finas, objetos labrados en metales preciosos, pinturas, libros impresos, papel, armamento, entre muchos otros.
En 1553-54 Bartolomé de las Casas (1484-1566) termina de redactar su Apologética Historia Sumaria. En ella el fraile dominico, para entonces asentado en Valladolid, escribe: «la grande y feliz tierra de Chile, que es la postrera provincia o reino del Perú» (RAE, CORDE). Queda así patente la asociación de Chile con el confín del Nuevo Mundo o Finis Terrae. En el polo opuesto al que define las zonas centrales, Chile se integra como zona secundaria o marginal al Imperio. Sin embargo, esta posición no debe llevar a equívoco, en el sentido de concebir un espacio que, por su posición y valor relativo, queda fuera de los intereses de la metrópolis. Por el contrario, por cuestiones que guardan relación con las políticas hacia la población indígena y la necesidad de asegurar el dominio hispano contra las acciones de otras coronas con pretensiones coloniales, se trata de territorios que en tanto bordes, son centrales. Las fronteras interiores y los límites del dominio territorial de la corona hispana –fueran estos de carácter minero, ganadero, militar, marítimo, de indígenas rebeldes, de cimarrones, misionales, o mezcla de alguna de las anteriores– se constituyeron en objeto de políticas específicas. Las instituciones desplegadas en las provincias de Arauco son elocuente expresión de lo anterior. Lo mismo puede decirse de las acciones tendientes a controlar el paso interoceánico que llevó el nombre de Magallanes y aquellas que buscaron limitar el impacto sobre el comercio y el control costero de la guerra intraeuropea, que trajo a corsarios y piratas a recorrer y atacar las costas y los puertos del Pacífico. En este escenario, la ruptura en el control territorial al sur de Concepción resulta fundamental.
En el proyecto político que había encarnado Pedro de Valdivia, las provincias de Arauco ocupaban un lugar central por tratarse de una zona altamente poblada con presencia de arenas auríferas significativas. Sin embargo, las sublevaciones indígenas y la propia muerte de Valdivia en 1553 en el marco de un levantamiento puso en entredicho esta visión territorial. Según sugieren Jara (1971) y De Ramón (2012),
ya en 1575 circula la idea de que la colonización en el sur resultaba inviable por la guerra. Estas ideas terminaron por hacerse carne al producirse el extraordinario levantamiento indígena luego de la derrota y muerte del gobernador de Chile Martín García Óñez de Loyola (1549-1598) en los llanos de Curalaba en 1598. Una vez estabilizadas las consecuencias de esta sublevación, perduraron las ciudades de Santiago, La Serena, Mendoza, San Luis, San Juan y Concepción como los anclajes urbanos del programa hispano colonial en Chile.
Como consecuencia de estos procesos, emerge también la frontera geográfica y política en el Biobío. Esta se formaliza por medio de la consolidación de una línea de fuertes y presidios y la instauración del Real Situado, provisión que en teoría debían aportar cada año las arcas reales para financiar un ejército permanente en Chile (Jara 1971). La línea de la frontera se fija también como correlato de las negociaciones entre autoridades hispanas y autoridades indígenas mapuche por medio de Parlamentos y del breve periodo en que se implementó la llamada guerra defensiva, como se verá más adelante. Esta línea se refuerza además mediante prácticas sociales y económicas que ponen en contacto a las sociedades a ambos lados del Biobío, tales como el comercio fronterizo y la esclavitud indígena, fuera esta de facto o legal.
2.3. Ciudad en movimiento y la formación de la sociedad colonial en Chile: hueste, sociedades indígenas y encomienda
Volvamos ahora al aserto con que iniciamos la sección previa: «La llegada de la hueste de Diego de Almagro (1475-1538) al valle de Copayapo en 1536 marca el comienzo del despliegue del dominio hispano en Chile y constituye el primer hito en la conformación de la sociedad colonial en estos territorios». ¿Qué pasa cuando se lee esta frase desde la pregunta por los actores que poblaron esos espacios que se fueron reorganizando y sus relaciones con la escritura?
En un mundo mayoritariamente analfabeto, escribir fue un imperativo para los inmigrantes: un mandato que se iría formalizando para todos quienes asumieron posiciones de privilegio en la naciente estructura del Estado en América por efecto de la delegación del poder regio (veedores, jueces visitadores, pero también adelantados y gobernadores). Significaba la posibilidad de intervenir en el debate acerca de la naturaleza de las «Indias nuevas» y el lugar de sus habitantes en el ordenamiento del mundo, así como en el reparto de bienes simbólicos y materiales para todos aquellos que denunciaban el mal actuar de otros o dejaban registro de su condición de vasallos merecedores de recompensa. Escribir fue consustancial a los actos de gobierno, y por ello con la fundación de las ciudades y la organización del Imperio los escritos se acumulan y circulan, vinculando los territorios americanos entre sí y estos con los espacios metropolitanos. Al igual que en el resto de la Europa cristiano-occidental, el reinado del impreso –que se amplía y consolida– no desplaza la circulación de manuscritos. Se trata de objetos diferentes, con trayectorias diversas e impactos diferenciados, que organizan de manera intricada e inseparable la experiencia de la lectura y la escritura.
Se puede reconocer, siguiendo a Góngora y Lockhart, que la hueste de conquista constituye el germen de la sociedad colonial en formación, al contener en ella las matrices de la organización social y la articulación institucional posterior. De ahí que se le considera una ciudad en movimiento: un capitán de conquista, portador del mandato y de la autoridad regia para la extensión del dominio hispano en los nuevos territorios; un grupo cercano a esta figura central, vinculado con él mediante redes de lealtad que se remontan ya sea a sus antecedentes ibéricos o a su experiencia americana, muchas veces llamados a ocupar posiciones claves en los procesos de institucionalización posterior; un grupo más amplio de mal llamados «soldados», que no son soldados de profesión sino inmigrantes de origen rural o urbano, hidalgos, artesanos, algunos incluso letrados, otros de oficio desconocido, que aspiran a convertirse en vecinos de un nuevo asentamiento, accediendo por esta vía a los beneficios materiales y simbólicos de la conquista; algunos esclavos de origen africano y un contingente de indígenas que acompañan a la hueste, procedente de los territorios desde los que se organiza la nueva expedición –un enorme contingente, incluyendo a importantes miembros de la élite cuzqueña, en el caso de Almagro; un contingente mucho menor y de menor relevancia política, en el caso de Valdivia– (Lokhart 1986).
Los desplazamientos asociados a la hueste de conquista no se dieron de una vez y para siempre y no operaron en una única dirección. No solo porque Almagro abandonó el territorio de Chile, como es bien sabido, y pasó casi un lustro antes de que se iniciara la expedición que encabeza Valdivia, sino porque la secuencia de la invasión y la conquista militar se prolongó en toda América a lo largo del siglo XVI por medio de ciclos de inestabilidad y movilidad, con características específicas según los espacios. En el caso de Chile, se ha sugerido que hacia 1580 desaparecieron los últimos protagonistas de la empresa de Pedro de Valdivia, y con ellos, una cierta experiencia vivida (Góngora 1970).
Pero esta inflexión no debe llevar a pensar en una clausura en el contacto y la circulación de personas entre los territorios de Chile y el resto de la América hispana, y más allá. Por el contrario, podemos reconocer un movimiento de migrantes asociados a los requerimientos de soldados de la Plaza de Arauco, al comercio del Pacífico, al aparato burocrático estatal, a las órdenes religiosas y la estructura de la Iglesia secular, sobre todo a sus altos cargos. Pero, además, resulta muy importante considerar a los inmigrantes forzosos provenientes del continente africano, principalmente esclavos y sus descendientes, esclavos y libres; así como los movimientos de las poblaciones indígenas, cuya condición arraigada a la tierra es un mandato legal, pero no una realidad absoluta.
Encarnando el imaginario señorial, en lo alto de la pirámide social quedaron los encomenderos y sus descendientes y un grupo intermedio de beneficiarios de mercedes de tierra. Integraron también la élite los mercaderes dedicados al comercio con el Perú. Las actividades agrícola-ganaderas, mineras, la vida urbana y el comercio interior dieron cabida a sectores subordinados a los anteriores, donde negocian su inserción todos aquellos inmigrantes que no habían accedido a los principales beneficios del reparto de la conquista28.
Como ha sido descrito para el conjunto del continente americano, las diferentes poblaciones indígenas, portadoras de formas diversas de reconocerse, organizarse y relacionarse con sociedades vecinas y con el espacio propio, fueron incorporadas al Imperio hispano como indios. El apelativo y las instituciones que lo perfilan –pueblo de indios, doctrina de indios, tributo, encomienda– crean un sujeto unitario, homogéneo, propio de América, llamado a ocupar un lugar subordinado en el orden mundializado de las relaciones coloniales (Quijano 201). La compleja trama de jerarquías, alianzas y antagonismos sociales de las sociedades indígenas queda reducida, desde el punto de vista de la autoridad colonial, a un esquema simple en el que se distinguen indios del común y caciques, palabra taína impuesta desde el Caribe al conjunto de las autoridades indígenas. Evidentemente, bajo estos esquemas unificadores operan negociaciones y adaptaciones, y el propio aparato colonial debe hacer espacio para la complejidad de las relaciones sociales.
Al igual que en el resto de la América colonial, la muerte de la población indígena –su brutal disminución durante la primera centuria de dominio hispano– se originó no solo por la guerra y la explotación, sino también por efecto de las epidemias y, en un sentido amplio, por la desestructuración de la vida familiar, comunitaria y las prácticas económicas que provocaron los desplazamientos que impusieron la guerra y el régimen de trabajo colonial. Entre 1540 y 1650, hubo por lo menos 15 años de epidemias mortíferas en que desapareció el 75% de esta población, por lo que el periodo ha sido denominado como el del «desastre demográfico» (Mellafe 1986).
Ciertas características propias del territorio de la gobernación deben, sin embargo, ser señaladas; características que guardan relación con las dinámicas sociopolíticas y espaciales ya consignadas.
La guerra como hecho social total y, por lo mismo, como una de las dimensiones de la articulación social marca, evidentemente, el devenir histórico de las relaciones entre sociedades indígenas y sociedad colonial (Jara 1971)29. Esta marca supone instituir modalidades específicas de vinculación económica, religiosa, social y política entre quienes viven a un lado y el otro de la línea de frontera, que afectan también al conjunto del territorio colonial de Chile. La pervivencia de la encomienda en lo que puede denominarse una encomienda «de fronteras» –tanto en Chile central como en Chiloé– y la recreación de formas de esclavitud indígena a lo largo de los siglos XVI y XVII son, entre otros, resultado de estas dinámicas. Estas se expresan, evidentemente, en una escritura referida a Chile que está marcada por las cuestiones de guerra y la esclavitud indígena, dando un cariz particular al debate sobre la guerra justa. Escritos como los del conquistador Valdivia, Gerónimo de Vivar (c. 1500-1553), Alonso de Góngora Marmolejo (1523-1575), Alonso de Ercilla (1533-1594) y Pedro de Oña (1570-1643) no se entienden fuera de este contexto, que configura los relatos que dan cuenta del periodo y que han dado pie a las sucesivas reinterpretaciones sobre el Chile de esos años.
Como efecto interpretativo de estos impactos, se ha tendido a reproducir la idea de una población indígena concentrada al sur de la frontera del Biobío, identificada por sus contemporáneos hispanos como araucanos, y de la constitución de un Chile tradicional marcado por el mestizaje y el vaciamiento de los pueblos de indios. En un horizonte aún más lejano, quedarían las poblaciones del extremo austral, con las cuales se tiene escaso contacto comercial o misional, mencionándoseles apenas como habitantes atemporales de tierras ignotas y salvajes.
Nuevas miradas sobre estos problemas permiten reconocer la presencia y continua rearticulación de sujetos indígenas en los diferentes espacios locales y regionales identificados, siendo claves en este periodo las transformaciones que afectan a las sociedades mapuche, la experiencia de grupos como los llamados indios cuzcos y guarpes en Santiago, y de aquellos identificados como chonos al sur de Chiloé, quienes quedan sometidos efectivamente a nuevas reglas del juego, en relación con las cuales se recrean sus identidades en formas que aún deben ser reconocidas y más estudiadas30.
De modo complementario a los énfasis en la desaparición de lo indígena, la historiografía del Chile colonial ha abundado en la afirmación de la rápida constitución de una sociedad mestiza en lo «biológico», aunque hispana en sus dimensiones sociales y culturales31, caracterizada por su desarraigo y, como tal, resistente al ideal de normalización de la ciudad y el cuerpo político cristiano. La idea de un mestizaje veloz, sobre la que volveremos más adelante, ha opacado el reconocimiento de una sociedad con amplios ámbitos de negociación y transculturación en la que los espacios habitados, los bienes consumidos, el léxico y el habla corriente, permitirían pensar en mecanismos de inscripción social a partir de elementos que provienen, también, de las poblaciones indígenas prehispánicas y coloniales. En este otro cuadro, y siguiendo una línea fructífera de la historiografía reciente, cabe también visibilizar la población afrodescendiente, en un amplio espectro que va desde los mayordomos y el servicio doméstico, a esclavos en minas, haciendas, estancias, y negros libres desempeñándose en diversos oficios y actividades, desde sastres y zapateros hasta amas de leche y curanderas32.
3. Segunda parte: desde 1655 hasta 1812
3.1. Para una lectura del siglo XVII en el Reino de Chile: espacios y vida cotidiana
El siglo XVII en Chile cuenta con pocas investigaciones, aunque las existentes han permitido hacer visible el llamado «siglo oscuro», imagen generada por la historiografía del XIX que posicionó al siglo XVI como el periodo de acción en tanto «conquista» y al XVIII como el de incubación de los elementos de una nueva gesta heroica llamada «independencia». Entre los autores que permiten nuevas miradas se cuentan Marcello Carmagnani (2001) desde las estructuras económicas, Jaime Valenzuela desde la cultura política, Isabel Cruz respecto a aspectos culturales y sociales, las propuestas de Ximena Azúa y Lucía Invernizzi, que desde los estudios literarios abren el mundo de los textos posibles, así como la publicación de valiosa documentación notarial por Julio Retamal, Cedomil Goic y Raïssa Kordic33.
La segunda mitad del siglo XVII merece ser revisitado pues, como planteamos en este texto, es una centuria en la que se cierran y definen los procesos más significativos de una sociedad marcada por la guerra, una centuria marcada por la legalización de la esclavitud de los indios por la cédula de Felipe III de 26 de mayo de 1608, que para Álvaro Jara (1971) fue tanto una reacción al gran levantamiento de 1598 como una respuesta a las presiones de los grupos hispanos para legitimar las acciones que de facto se habían ejecutado contra los indios, transformándolos en piezas cautivas y mano de obra esclava. La cédula, dice Jara, también fue una medida de fuerza que manifestaba la decisión imperial de quedarse en forma definitiva en estos territorios, pues llegó junto con los oidores de la nueva Real Audiencia de Chile, creada por Real Cédula de 17 de febrero de 160934. Ambos hitos definen una nueva jurisdicción para el llamado Reino de Chile asociada a un proyecto de conquista de reducción, pacificación y poblamiento: «todas las ciudades, villas, i lugares, i tierras que se incluyen en el gobierno de las dichas provincias de Chile, así lo que ahora está pacificado y poblado, como lo de aquí en adelante se redujere, pacificare y poblare» (Recopilación de leyes, ley XII, libro II, título XV, 191-192).
La Real Audiencia era un tribunal judicial colegiado (el más alto tribunal judicial de apelaciones de las Indias) integrado por el gobernador que lo presidía, cuatro oidores, un fiscal, un alguacil mayor, un teniente de Gran Canciller, un escribano de cámara, relatores, intérpretes, ejecutores y un portero. Al integrar al gobernador como presidente se intentaba tener mayor control sobre la guerra al no dividir los poderes políticos que, en definitiva, debían atender los intereses de la corona; sin embargo, esta misma intención hizo de esta institución un espacio de articulación del poder local en torno a los temas relevantes del control colonial, tal como puede verse en sus propios archivos: juicios por protección de naturales (esclavitud y mano de obra: juicios por encomienda y autos de libertad), juicios civiles (tensiones entre privados, como el cobro de pesos), juicios criminales, juicios de patronato (poder eclesiástico en tensión con el poder real) y juicios de hacienda (constitución de la propiedad: juicios de tierra por deslindes, remates, derechos de estancias, venta de chacras, mayor derecho a un pedazo de tierra, etc.) (Archivo Nacional de Chile 48-49).
La esclavitud como medio para generar riqueza personal, fuese por venta o como mano de obra, se encuentra en la base de la constitución de los grupos de poder local que se visibilizan como encomenderos, administradores de justicia y poseedores de oficios reales o soldados (pudiendo ser todas esas cosas a la vez). Esta situación encontró en los jesuitas a férreos opositores y denunciantes ante el Rey, quienes apelaron a una ética del buen gobierno y al deber de conciencia del monarca respecto de lo que se llamaba el buen trato a los súbditos y en especial a los indios. Este escenario ya se figuraba desde fines del siglo XVI, periodo marcado por la llegada de la Compañía de Jesús (1593) y por la presentación del memorial de Melchor Calderón, secretario de la Catedral de Santiago, conocido como Tratado de la importancia y utilidad que hay en dar por esclavos a los indios rebelados en Chile (1599). Este escrito fundamentó la cédula real de 1608, al mismo tiempo que presentaba propuestas alternativas de acercamiento y comprensión hacia los mapuche llevadas a cabo en particular por el Padre Luis de Valdivia (1561-1642)
–redactor de la primera gramática en lengua mapuche con fines confesionales y de evangelización, obra que en este contexto tiene un profundo sentido político–.
Ese mismo año se dio un importante debate respecto al curso de la Guerra de Arauco, en el cual el oidor de la Real Audiencia de Lima, Juan de Villela, en coincidencia con las ideas de Valdivia, propuso un sistema denominado Guerra Defensiva. El recién llegado virrey, el marqués de Montesclaros, también acogió los informes del jesuita sobre la guerra. Valdivia proponía eliminar los servicios personales, establecer una frontera firme en el río Biobío y sustentar una conquista religiosa por medio de la actividad misionera. El mismo año en que se instaló la Real Audiencia en Santiago, Valdivia viajó a España en busca de apoyo. Los «colonos» de Chile, en oposición a esta idea y al virrey, contaban con el gobernador Alonso García de Ramón (1552-1610) y enviaron a su propio representante a la corte, el capitán Lorenzo del Salto, con el objeto de desmentir y desvirtuar los fundamentos de las propuestas del jesuita. Ambos viajaron en el mismo barco a Europa.
Valdivia logró convencer a Felipe III de su plan, consiguió que se lo nombrara Visitador General de Chile y regresó en 1611 acompañado de otros diez misioneros jesuitas, dispuestos a solucionar el conflicto mapuche por medio de la prédica.
Pero tal proyecto terminó en 1612 con el asesinato de los misioneros en Elicura por el cacique Anganamón, uno de los grandes líderes de la sublevación de 1598 que se extendió hasta 1604. Valdivia insistió en su propuesta, pero finalmente en 1626 se restituyó el permiso para esclavizar indios capturados en guerra. En este contexto se producen las obras conocidas como crónicas e historias sobre Chile en manos de jesuitas como Diego de Rosales (1601-1677) y Alonso de Ovalle (1603-1651)35, como también el relato de Francisco Núñez de Pineda (1607-1682) como cautivo español en tierras mapuche36.
La mitad de la centuria está marcada, por un lado, por la muerte de los misioneros jesuitas mártires de Elicura, tras la que se pone fin al proyecto de la guerra defensiva en el año 1622, y por otro, por el alzamiento de 1655 o maloca de Paicaví, considerada ilegal luego de un largo juicio. La relación entre vida cotidiana y guerra puede leerse en la vida de los gobernadores y los tipos de gobierno; por ejemplo el de Martín de Mujica (1646-1649), durante el que se realiza el Parlamento de Quilín del año 1647; o el gobierno de Alonso de Figueroa de Córdoba, quien vive 59 años, 43 de los cuales fue soldado en la guerra de Arauco; o el de Antonio de Acuña y Cabrera, pésimo parlamentador con los indios, responsable del alzamiento de 1655 y merecedor del clamor de los vecinos: Viva el Rey, muera el mal gobernador.
La vida cotidiana en la segunda mitad del siglo XVII se construye en torno a la necesidad de establecer estrategias de relación con el «enemigo» mapuche, parlamentos, visitas y misiones van erigiendo los espacios y tópicos que articulan la historia personal y colectiva. Si consideramos que en el transcurso de los 210 años que van de 1593 a 1803 se realizaron 48 parlamentos hispano-mapuche37 en diferentes lugares del territorio, podremos imaginar la centralidad de la cuestión de la guerra en términos sociales, culturales y económicos. La guerra organizaba la vida cotidiana de todos los habitantes, sus posibilidades de proyección en el tiempo, sus decisiones vitales, su capacidad de reproducción.
El periodo 1650-1750 se abre con el gran hito del levantamiento general de «indios» de 1655. A la inestabilidad de la tierra se suma la del gobierno interino de Pedro Porter Casanate (1656-1662) y se le agrega el terremoto y salida del mar del
15 de marzo de 1657 que arruina Concepción, después del cual la frontera se trasladó desde el borde del río Biobío a las orillas del río Maule. Todos estos eventos fueron para el historiador Diego Barros Arana la demostración de la «ruina» de Chile (Tomo V, 18).
La gobernabilidad fue muy compleja en los gobiernos –también interinos– de González Montero y Ángel de Peredo (1662-1664). Los desesperados intentos del Rey por nombrar a un gobernador en propiedad fallaron nuevamente cuando los dos candidatos propuestos murieron (Juan de Balboa Mogrovejo y fray Dionisio Cimbrón). Finalmente, por cédula de 4 de febrero de 1664, se nombró a Francisco Meneses (1615-1672). Sin embargo, su figura encarnó la crisis interna y del Imperio, y fue destituido en 1667 por contar con 242 cargos en su contra relacionados con problemas éticos respecto a la administración de justicia y la conducción de la guerra. La indagación realizada por el visitador a cargo de investigar el caso fue muy minuciosa, pues recopiló información por medio de declaraciones de los actores claves de la política y la sociedad, y recorrió la frontera entre Penco, Arauco, Purén y Concepción averiguando sobre la maloca de Paicaví y la toma de indios como esclavos o «piezas» por parte del gobernador y sus agentes38.
3.2. Mano de obra, estratificación social y poder rural
Hasta fines del siglo XVII, la encomienda fue la parte sustancial y fundamental de la fuerza de trabajo activa, aunque su abolición definitiva no ocurrió sino hasta el año 1791, momento en el que ya representaba muy poco en la estructura económica colonial. Pero la encomienda no fue la única fuente de obtención de mano de obra, ya que tenía una serie de limitaciones que hacían de ella un sistema estable e inestable al mismo tiempo. La estabilidad radicaba en que su usufructo era unipersonal, gracioso y con tendencia a la perpetuidad expresada en una, dos y tres vidas; por tanto, quien gozaba de ella podía estar seguro, pero implicaba que algún sector de la economía tendría déficit de mano obra. Al mismo tiempo, dichas características producían inestabilidad, pues si el beneficio solo podía ser otorgado por el gobernador y el usufructo era unipersonal, nada aseguraba que al cambiar el titular del reino no se perdiese el otorgamiento, como
efectivamente pasó.
Evidentemente la Guerra de Arauco significó el factor de mayor inseguridad del sistema de encomienda, el más constante y temido, dado que por ella el indio de paz era considerado un potencial sublevado (Obregón 2010). Por otra parte, los embates mismos de la guerra y los desmanes de los soldados incidían en la desintegración de los repartimientos y en la aparición de «indios desarraigados», disminuyendo las posibilidades de mano de obra. El encomendero tampoco podía disponer a su libre voluntad de los indios que se le asignaban. Entonces, ya desde fines del siglo XVII se buscaron otras fuentes y sistemas de trabajo. A estos motivos se agregaba la disminución de la población del reino y la disminución de los indios de encomienda (Mellafe 1986, Jara 1971).
La formación temprana y muy intensa del mestizaje, la fuga de indios y el trasplante masivo patrocinado por la corona, también contribuyeron en el proceso de desintegración de la encomienda. Para enfrentar la situación se adoptaron soluciones parciales como la esclavitud indígena y los traslados de población desde otros puntos de América. Los asientos de trabajo permitieron utilizar a inmigrantes espontáneos y a la población mestiza libre. Por último, se recurrió a la esclavitud negra. Por tanto, a fines del siglo XVII, esta población libre y étnicamente heterogénea era indispensable para todas las actividades económicas.
La relación entre población y control efectivo de la fuerza productiva tiene un hito en un empadronamiento de 1647, que tuvo por objetivo registrar a los habitantes llamados «plebe» en la reconstrucción de la ciudad (Mellafe, La introducción 27).
La práctica del empadronamiento comienza a aparecer como una estrategia significativa para controlar a la población dentro de un territorio, como también funcionaba la estratificación social dividida entre los grupos descendientes de los llamados primeros pobladores y toda la pléyade de gentes sin posibilidad de inscribir su origen en dicho relato, marcados en particular por el color de su piel. Con esta práctica se daba un nuevo giro a las políticas instauradas desde comienzos del dominio colonial, tendientes a contabilizar a la población indígena tributaria o, en su defecto, a los llamados españoles que respondían a la categoría de vecinos de los asentamientos urbanos.
En 1693 se realiza un empadronamiento específico para «Los Indios, Mulatos y Zambaigos» que intentaba imponerles el pago de tributos39. Esta acción decía fundamentarse, como todo texto de tradición jurídica y escolástica, en la ley vigente, que en este caso correspondía a la Recopilación de Leyes de Indias publicada en el año 1681, en la que se encontraban variadas disposiciones que mandaban que negros y mulatos libres –hombres y mujeres– pagasen tributo al rey. El fiscal de Su Majestad, don Gonzalo Ramírez de Baquedano, fundamentó la medida en tres principios: buen gobierno y policía, la economía de recursos al Rey y suplir la disminución de mano de obra indígena:
1- el reino de Chile es uno de los que se debe a tender a su aumento con más cuidado [...] porque en mantenerlo en paz y buena defensa gasta y consume de su Real Hacienda más cantidad de 500.000 pesos y aún no le reditúan todos sus tributos (al Rey) y derechos a su real corona [...] 2.- porque pertenece al buen gobierno de el reino y esta ciudad que no haya tantas personas ociosas y vagamundas, las cuales no teniendo de qué vestirse y alimentarse es preciso que se apliquen a hurtos y robos salteamientos lujurias y todos los demás vicios y atrocidades que se originan de la ociosidad y necesidad como se ve por experiencia en los muchos y continuados delitos que se cometen [...] 3.- porque su ejecución redundará en su beneficio y utilidad de los vasallos [...] por ser así que ya por las pestes y otros accidentes se haya sin indios ni gente de servicio todo este reino y ciudad de Santiago de suerte que se ven destruidas las más haciendas y mayores del grave dispendio del cuerpo universal que mantiene en paz y quietud vuestra Real Corona y con fuerzas contra cualquiera invasión y con esta providencia se alivia en alguna parte (fojas 162-162v).
Las modalidades alternativas a la encomienda suplieron esta carencia de gente, pero legalmente nada obligaba a trabajar a la población libre del pago de tributo. Otra modalidad para conseguir mano de obra era el llamado asiento de trabajo, que se realizaba suponiendo libre voluntad entre las partes. Pero la crisis de población llevó al gobernador Joseph de Garro a dictar este bando de empadronamiento en el que también se proponía que, tanto en Santiago como en los otros partidos del reino, los corregidores se encargasen de:
obligar a todas la personas de sus referidos, a que trabajen en sus oficios, sirvan a sus amos, asentándolos a la voluntad de cualquiera que quisiese servirse de ellos, con calidad y condición del salario que devengasen estén obligados los amos a pagar el tributo [...] y que dichos sirvientes no puedan dejar dichos asientos por todo el tiempo de él ni mudarlos, sin voluntad de sus amos, sino fuere por malos tratamientos que les hagan, o no pagarles el salario (si así ocurriese) [sic] los asienten a otro cualquiera, y que las justicias tengan obligación de hacer cumplir dichos asientos a pedimento de los dichos y a recogérselos y restituírselos de todas las fugas y ausencias que hagan (ítem V, fojas 161).
Se pretendía establecer una especie de mercado de mano de obra libre, pero sin libre voluntad de concierto. Era una nueva modalidad del asiento de trabajo con rasgos de semi-esclavitud, ya que solo se podía huir por maltrato y ausencia de salario, para entrar inmediatamente en poder de otro amo; ni siquiera existía la posibilidad de deshacer el contrato. La mano de obra forzada, en estricto rigor, se destinaría a la actividad más afectada por la disminución de la población indígena: la minería. El tributo impuesto por este empadronamiento afectaba a todos los que «llegaren a 18 años y no pasaren de 50». Debía individualizarse calidad de casta o «especie», el oficio o ejercicio a que se aplicaban y si se tenía dueño o amo (ítem I, fojas 161). La Real Audiencia ratificó lo propuesto por el fiscal el 9 de julio de 1693. Los yanaconas y otros indios sin encomendero, excepto los reservados por reales ordenanzas, deberían pagar los diez pesos comunes a todos los indios tributarios.
Este procedimiento fue considerado ilegal por el rey Felipe V en una Real Cédula de 26 de abril de 1703, enviada a la Real Audiencia de Santiago, que trataba sobre los «Tributos que habían de pagar los indios yanaconas vagos y sin oficio y los negros, mulatos y mestizos». Señalaba que, después de analizar en el Consejo de Indias las medidas adoptadas en el empadronamiento, mandaba que a los yanaconas vagos y otros indios:
se les precise a vivir en sociedad y pueblos y aprender oficios, cuidando las justicias de que tengan reducciones por los medios prevenidos, obligándoles a ello, siendo los conciertos del servicio con libertad e igualdad en los tributos, dándome a mí lo mismo que al encomendero y tratándolos bien, agasajándolos y aliviándolos, porque si han pagado más hasta aquí ha sido corruptela, no ley ni costumbre, procurando se reduzcan a pueblos y se avecinen (cit. en Koneztke, Vol. III, tomo I, 86).
La corruptela de los «empresarios chilenos» consistió, en cuanto a los indios yanaconas, en no deducir del tributo cobrado lo que correspondía a doctrina, corregidor y protector. Se procedió de tal forma durante diez años, informando al rey sobre la situación solo en 1699 por medio del protector general de los indios don Juan del Corral Calvo Latorre, tiempo durante el que se mantiene también lo dispuesto sobre el asiento de trabajo.
La medida propuesta por la Real Audiencia, respecto de la captura de mano de obra libre, coincidía con el periodo crítico en que los productos pecuarios descendieron al 43,98% del valor de exportación a raíz de la apertura del mercado peruano al trigo chileno. 1694-1696 fue una etapa dura en que tanto los «cosecheros como los campos se estaban acomodando a esta nueva demanda» (De Ramón y Larraín 100). Todos estos elementos llevaron a una racionalización «hasta el extremo posible la producción y por primera vez un verdadero sentido de empresa y de rendimiento agrícola primó en las relaciones de producción agraria» (Mellafe, Historia social 278). En este asunto también se incluyó la mano de obra como recurso. Este proceso fue asumido, principalmente, por los latifundistas, es decir, por los propietarios de tierras que transformaron estas en una unidad económica, social y al mismo tiempo en un «foco de poder rural», lo que les permitió influir en el gobierno local (80-114).
El mismo año en que el monarca rechazaba el abuso en el cobro de tributos a los indios yanaconas vagos –recomendando su reducción a pueblos– y pedía respeto a la voluntad de los hombres libres para concertarse fuesen vagabundos o no, por medio de otra cédula suprimía los llamados «depósitos de indios». Sin embargo, ya sea por voz del gobernador o por la del Cabildo de Santiago, se le manifestó al monarca la impracticabilidad de la reducción, aduciendo las razones tantas veces expuestas contra la supresión del servicio de los indios a fines del siglo XVII: sublevaciones, fugas, peligro de la mezcla con los indios fronterizos y resistencia de los naturales a cambiar de costumbres, sobre todo su rasgo deambulatorio.
La presión sobre la mano de obra encomendada se devela asimismo como una cara de los conflictos derivados del uso de la tierra, dado que la reducción a pueblos significaba también redistribución de las tierras disponibles. Los indios encomendados no tenían libertad de residencia, arraigados a la estancia del encomendero por su vida y la de su sucesor hereditario, a la muerte de este todo entraba en redistribución. Si la encomienda cambiaba de beneficiario, este intentaba, inmediatamente, el traslado de los indios a sus tierras. Por otro lado, los indios de pueblos ya desde fines del siglo XVII no gozaban de una buena situación. Siguiendo la tónica de la perversión de los sistemas, esta Real Cédula no se cumplió y en 1699 el Protector General de los indios, Juan del Corral, fundamentaba la acción diciendo que si se señalase la legua del ejido «quedarían de los mas de los españoles sin tierras» (cit. en Góngora, «Notas» 47)40.
Agregaba también que, dado que había un exceso de tierras para tan pocos indios, si se efectuaban las reducciones, muchas de ellas quedarían baldías. Sugería, entonces, como solución «para evitar la dispersión de los indios, el que se redujeran definitivamente a las estancias de los encomenderos, con la condición legal de pueblos, con tierras suficientes, viviendas, capilla con capellán pagado, a semejanza de las reducciones de la recopilación» (cit. en Góngora, «Notas» 47)41. Esto significaba –en palabras de Mario Góngora– una especie de «territorialización de la encomienda, una fusión con la propiedad rural» («Notas» 49) en que el encomendero coincidiría con el estanciero y el pueblo sería inamovible. Pero la cédula citada (26 de abril de 1703) también desaprobaba esta práctica por considerarla contraria al derecho que prohibía que el encomendero tuviese estancias, ganados u obrajes en los pueblos o cerca de ellos. No obstante, en 1713 y 1717, nuevas cédulas insistieron en la prohibición de esta perversión. Gran parte de aquellos hombres sueltos sin bienes no engrosaron las filas del inquilinaje, aunque sí las del peonaje estacional y permanente. De hecho, ya desde fines del siglo XVII los asentados recibían el nombre de peones.
3.3. Mestizos, castas y plebe: un problema nodal de la sociedad colonial
Tal como ya se ha señalado, el énfasis de la historiografía en la desaparición de lo indígena se ha acompañado de la afirmación sobre la rápida constitución de una sociedad mestiza en lo «biológico». Sin embargo, la relación automática que se realiza entre la denominación de mestizo y el mestizaje merece algunas observaciones. El fenómeno del mestizo, esto es, la particular forma de denominar a los hijos de españoles e indias desde el siglo XVI, da cuenta de uno de los rasgos más característicos de la sociedad colonial en América: el producir nombres nuevos para una realidad que se entendió como diversa y particular respecto de la península. Esta denominación específica fue designando a la totalidad de las relaciones sociales entre grupos que se fueron clasificando con etiquetas que operaron como rótulos sociales: las castas. En dicho sistema, el mestizo continuó designando la particularidad de la mezcla entre español e india, pero ellos fueron integrados a un orden imaginario de los nuevos grupos resultado de las mezclas entre troncos o cepas diferenciadas: españoles, indios, mestizos, negros, mulatos y desde allí los distintos nombres nuevos que otrora no existían.
Tanto el término «casta» como «plebe» remiten a lo «mestizo» y a los «mestizos», abordados aquí desde la desnaturalización de los conceptos, que se ha resumido en un reciente trabajo bajo la expresión: «Los mestizos no nacen, se hacen»:
La migración y la mezcla entre pueblos y culturas forma parte de la historia humana, mientras que las identidades sociales son siempre creadas y, por lo tanto, históricas […] la categoría mestizo, al igual que cualquier término de clasificación sociocultural, no es producto de diferencias morales, culturales o «raciales» como tales, sino que está arraigada en los principios de carácter político e ideológico (Stolcke 20).
Sin embargo, esta afirmación no debe borrar la particularidad de la experiencia colonial. Como indicó Rolando Mellafe, el fenómeno del mestizaje casi no existió en Europa (Historia social 201), afirmación que debe entenderse no como la ausencia de contactos y cruces biológicos entre sujetos, sino atendiendo a que sus resultados no fueron objetivados como «mixtos», término al que remite el de «mestizo». Siendo un tema complejo y del cual existe amplia literatura, en este trabajo nos interesa en particular relevar la relación ineludible entre la práctica del registro y la rotulación en documentos que se sustentan en esa necesidad de clasificar a una población desde las mezclas, tales como los empadronamientos, matrículas y censos42. La preocupación por los mestizos y el mestizaje es central en las discusiones y reflexiones respecto de la identidad americana y ha tenido diversas actualizaciones y modulaciones hasta hoy. Retomando y repensando la cita de Stolcke, habría que decir que la cuestión de la clasificación sociocultural fue un problema político e ideológico para el dominio colonial. La existencia de un género pictórico hoy conocido como cuadros de castas es otro de los registros que dan cuenta de la centralidad del problema, como también de la conciencia que se tenía de dicha particularidad: «En América nacen gentes diversas en color, costumbres, genios y lenguas» (ca. 1770)43. La práctica social de nombrar es colonial cuando es reescritura, a ello alude el gesto de rotular presente tanto en los cuadros de castas como en los registros parroquiales y censales, que funcionan como protocolos de escrituras sobre la diferencia (Araya 2014, Araya 2015).
Las categorías de «calidad» y «condición» son conceptos que definen las lógicas de la clasificación social colonial (Anrup y Chávez 2005), en torno a los cuales se irá articulando la denominación de «plebe» a veces usado como sinónimo de calidad de casta, pero que desde fines del siglo XVII comienza a utilizarse en la documentación administrativa y judicial como condición del «común» en el sentido de vulgar, dentro de lo cual la condición de mezcla operaba como un signo negativo y peyorativo. En el siglo XVIII, el discurso sobre la plebe enfatiza la vulgaridad y rusticidad que caracterizaría a todos los sujetos de origen mezclado y sobre todo de padres desconocidos o con dificultad para trazar su origen, despojándolas de capacidades racionales e intelectuales y, por tanto, asociándolos al desorden y la indisciplina44.
La posición subordinada de la población mayoritaria se sustentaba en estos discursos, que funcionaban como naturalización de su condición y de su lugar social de dependencia y de mano de obra de servicio, tanto por origen indio como africano. La presencia de población esclava fue un elemento determinante en los imaginarios sociales sobre las castas y la plebe. Dicha población, junto a la de origen indio, sufrió un proceso de negación en las narrativas del origen que se rearticulan en el siglo XVIII en torno a la pureza y la actualización de códigos señoriales y de reinvención de la «nobleza» de las élites locales, narrativas registradas en las llamadas probanzas de méritos y servicios para acceder a los cargos vendibles o en los relatos de las llamadas familias fundadoras. Los códigos específicos con que cada sociedad se piensa y se imagina juegan un rol relevante en las problemáticas coloniales, al punto de oscurecer los amplios espacios de negociación e intercambio, en los que destaca la heterogeneidad de identidades y estrategias de identificación. La revisión de los diversos espacios habitados, los bienes consumidos, el léxico y el habla corriente permite reconocer una realidad móvil y dinámica dentro de los márgenes de lo posible en la sociedad colonial. Las nuevas investigaciones despliegan esta diversidad frente a nuestros ojos al ampliar también el espectro de las preguntas y de las escrituras disponibles: indios urbanos, negros libres, mujeres encomenderas, esclavas y esclavos autoliberados, escribanos mestizos, indios mercaderes, entre otros.
3.4. Consolidación de Santiago como capital
Si bien hemos dicho que el siglo XVII todavía requiere de profundización respecto de los siglos XVI y XVIII, los estudios sobre este último pecan de vaguedad por un lado y sobreinterpretación por el otro. Tenemos una primera mitad difusa, de «recuperación», luego de un siglo de catástrofes sobre el cual hay poca investigación, para abrir paso a una segunda mitad del siglo XVIII, que se ha leído siempre en relación con los procesos de independencia. Para el caso chileno, habría que considerar, aunque sea de modo general, algunas particularidades. En primer lugar, que es en el siglo XVIII cuando se producen las grandes transformaciones de la estructura económica del reino que trajeron consigo cambios en el mundo rural, lo que produjo una diferenciación entre aquellas regiones más ricas, integradas a la producción de tipo cerealística, comercializadas y administrativamente más organizadas, y aquellas más pobres que coincidían con la zona fronteriza. La relación entre tierra y población va configurando las relaciones de poder internas, en torno a lo que Rolando Mellafe y René Salinas (1987) denominaron latifundio y poder rural en Chile. Se fue consolidando el valle central (entre La Serena y Colchagua) como el espacio con el cual se identifica a «Chile», pero también se dio paso a cierta imagen de estabilización de la guerra por configuración de relaciones comerciales o fronterizas45 y de una lectura sobre el fenómeno del mestizaje como sinónimo de sociedad nueva, de fusión entre los otrora grupos en guerra.
Otra catástrofe, el terremoto de 1751, marca el inicio de la segunda mitad de la centuria. El gobierno de Domingo Ortiz de Rozas (1683-1756) implementa una nueva estrategia respecto al territorio mapuche, estableciendo relaciones fronterizas especialmente comerciales y estabilizando el territorio bajo dominio hispano en los bordes del río Biobío. Los temas de gobernabilidad se desplazan a la gran cuestión de la corrupción política, especialmente en el manejo de las finanzas y la llamada «política de poblaciones», tanto hacia Coquimbo como hacia el Maule, modelo de conquista por asentamientos urbanos, en el que la ciudad representaba un modelo civil y político: la vida en policía.
Coincidente con este movimiento, podemos identificar lo que Armando de Ramón (2000), en su historia sobre la ciudad de Santiago, denomina como «un proceso de consolidación de la capitalidad» que se iniciaría por 1730, culminando hacia 1850. Santiago se configuró como un centro urbano, concentrando los servicios, ofreciendo expectativas de vida –aunque estas fuesen más ilusorias que reales– y generando una corriente de inmigración que derivó en un aumento de los habitantes de la ciudad entre los años 1750 y 1850. Lo anterior, a juicio del historiador, se observó principalmente «en el desplazamiento de los bordes urbanos, con lo cual estaremos verificando sólo la expansión de los arrabales, es decir la vecindad de los pobres [...] ya entonces era incesante la llegada de gente venida de las regiones rurales» (Santiago de Chile 175).
Así, en la década de 1780, se hablaba de Santiago como de una ciudad populosa, emergiendo un claro discurso que resuena incluso hasta hoy: debía haber más preocupación por su limpieza y vigilancia; el aumento de la población iba de la mano con la inseguridad, pues «en la misma proporción estaban creciendo los homicidios, robos y otros delitos» (176). Esta opinión, que considera la ciudad cada vez más peligrosa por ser cada vez más populosa, se entroncaba también con el miedo a la plebe, discurso que continuó teniendo sustentadores, sobre todo en el famoso corregidor de Santiago Luis Manuel de Zañartu (1723-1782) (León 1998, Araya 1999, Azúa y Eltit 2012). Bajo su égida, se consolida un plan de obras públicas para Santiago capital que se desarrolló en el transcurso de dieciocho años (entre 1762 y 1780), y que comprendía la conducción del agua de la quebrada de San Ramón para el consumo de los habitantes, los nuevos tajamares del Mapocho, los refugios del camino de Uspallata y el puente de Calicanto.
4. Tercera parte: la letra ciudad letrada resignificada desde Chile
En Chile, al igual que en el resto del continente, la escritura alfabética llegó con la hueste de conquista y se asentó en la ciudad. Junto con los conquistadores y la letra viajó un conjunto de prácticas de registro y comunicación provenientes del viejo mundo cristiano occidental, las que se adaptaron a las nuevas circunstancias, desarrollándose de formas y con tiempos diversos.
Aunque los tipos discursivos son numerosísimos, no son infinitos, ya que responden a maneras de hacer instituidas y aceptadas socialmente. Entre los que predominan en el Chile colonial, podemos mencionar la carta de relación, escrita para informar al rey de las acciones desplegadas en su nombre y pedir a cambio la retribución esperada; la historia y la crónica, para registrar hechos considerados notables, dignos de memoria, presentes o que constituían una cierta genealogía del presente; la descripción de la tierra y sus habitantes conforme a modelos que se irían afinando con el paso de las décadas hasta cristalizar en cuestionarios detallados; así como también prédicas, confesionarios, catecismos, libros parroquiales, contratos, conciertos, testamentos, inventarios, cuentas, mapas, comunicaciones epistolares y, de manera creciente, todos los actos de gobierno. Si ampliamos aún más la mirada, junto con estos escritos podemos incorporar otras modalidades fundamentales mediante las cuales se fijaron y comunicaron significados: la pintura mural y de caballete, la escultura, la vestimenta, los estandartes, las prácticas rituales y performativas asociadas a la toma de posesión, a la imposición del dominio concreto sobre el territorio y sus habitantes, y a la práctica religiosa, entre muchas otras. Estas otras formas de registro o comunicación no deben ser olvidadas, ya que guardan con la letra estrechos vínculos en su producción y, sobre todo, en su circulación y recepción.
En torno al escrito quedan implicados, en un primer nivel, aquellos que integran el pequeño mundo de los conocedores de la lectura y la escritura. Sin embargo, la literacidad alfabética no es un estatuto unívoco, es decir, no todos quienes manejan la lecto-escritura lo hacen del mismo modo ni con la misma frecuencia, ni dominan tampoco todos los modelos y formatos de su despliegue histórico específico. Por el contrario, esta cercanía, habilidad o destreza se despliega en un amplio abanico de posibilidades. Allí están los letrados formados en las universidades, conocedores además de un corpus de saber normalizado que abarca disciplinas y autores; los escribanos, notarios y amanuenses que dominan –según su pericia y estatus al interior de la institución notarial– dimensiones diversas de los protocolos del registro comercial, testamentario, judicial, administrativo y, completan, copian y pasan en limpio los documentos legales; todos quienes han aprendido las primeras letras en las escuelas parroquiales, y que conservan diversos grados de familiaridad o cotidianidad con el registro escrito, sus autoridades y sus procedimientos; y también quienes únicamente han debido consignar una rúbrica o firma en un documento ocasional; o quienes pueden leer, porque la han memorizado, alguna consigna escrita en el muro de una iglesia. Sobre todo en las primeras décadas, se trata de habilidades adquiridas en las ciudades y pueblos de la península ibérica. Con el correr de los años, esta función se traslada mayoritariamente a las instituciones creadas en América.
Pero en un segundo nivel, la letra afecta a todos quienes quedan incorporados a la sociedad colonial en construcción. Ciertamente, implica al gobernador en su relación con el virrey y la corona, al gobernador y sus lugartenientes, a los miembros de la Audiencia que tiene jurisdicción sobre el territorio, y a los cabildos y sus diversos integrantes en relación con todos los actos de gobierno. Pero también a quienes dejan consignada ante notario su voluntad o algún acuerdo entre particulares, lo hagan una vez en la vida o recurrentemente en relación con sus actividades comerciales o productivas; a los párrocos que registran bautismos, matrimonios, defunciones, pero también los bienes de la Iglesia; a todos quienes apelan a la justicia y dejan constancia de su súplica, petición o testimonio por medio de la escritura de otros; a quienes escriben cartas o guardan anotaciones sobre su quehacer económico o sus obligaciones fiscales; a quienes poseen, entre sus bienes, unos pocos o muchos libros impresos o registros manuscritos.
4.1. Actores, espacios de enunciación y prácticas de escritura
La posibilidad de la escritura está dada, en los siglos coloniales, no solo por el hecho específico de saber escribir o de saber leer en sí mismo –restringido principalmente a hombres en tanto práctica para lo público–, sino por las reglas de dicha escritura y la autorización para hacerlo tanto por mandatos específicos de informar, recopilar, registrar y recoger. Esta autorización tampoco funciona en el marco de una relación voluntaria y libre de comunicación, sino que se autoriza tanto desde instituciones sociales formalizadas en estructuras públicas reconocibles en la forma de cargos o funciones, como de instituciones que articulan las relaciones de poder jerárquicas y desiguales por definición en una sociedad de antiguo régimen: el rey autoriza al vasallo; la Real Audiencia escucha y transcribe la voz del indio, la mujer, el esclavo o el niño; y el confesor el de la mujer devota. El uso libre de la pluma no es una metáfora del uso de la escritura en relación a la articulación de un individuo moderno y una subjetividad de igual tenor, es la operación de reglas y protocolos específicos para decir. No obstante, la posesión de la tecnología de la escritura y el acceso a papeles y tiempos propios para ejercer autónomamente dicha práctica es parte de un proceso que desborda lo colonial, pero que requiere de una operación de desmontaje de lugares comunes asociados a la cultura de la letra para poder comprender cómo se producen transformaciones sustantivas en las relaciones de poder que autoriza el saber escribir y el acceso al repertorio de libros circulantes.
Vale la pena preguntarse cómo inciden las ideas hasta ahora presentadas en la constitución social de ciertas autorías y el reconocimiento de ciertos tipos de textos. Una revisión general de este corpus –ampliamente desarrollado en este volumen– permite discernir un conjunto de figuras masculinas que se reconocen a sí mismos como españoles, nacidos en diversos rincones del Imperio hispano, una parte de cuya producción permaneció manuscrita46. Sin embargo, es necesario detenerse a pensar en esas figuras de autor, pues muchas veces bajo un nombre pueden reconocerse otras voces y otras manos que encargan, mandan, validan, censuran, copian, duplican, recortan, enuncian. Allí están el propio rey, las reglas de la escritura, también el confesor o provincial de orden, el editor o impresor, el secretario, el archivo: una red de instituciones, personas y papeles que hacen posibles los escritos que han llegado hasta nosotros. Sabemos, entonces, que las llamadas cartas de Valdivia son expresión de un scriptorium de la conquista, en el que intervienen diferentes tipos textuales y actores (Ferreccio 42, 47); que circularon versiones manuscritas de crónicas y relaciones, permitiendo diversos ejercicios de reapropiación en escritos posteriores, redactados en lugares distantes; que La Araucana, escrita siguiendo una codificación prestablecida, fue a su vez modelo para otras obras que recogieron sus temas y figuras; que la Histórica relación del Reino de Chile del padre Alonso de Ovalle (1603-1651), impresa en Roma en 1647, ha de entenderse como parte de la política de consolidación de la orden jesuita en un espacio mundializado; que los testamentos, aunque siguen las prescripciones del formato, incorporan en las cláusulas sagradas y profanas la voz de los testadores, mujeres, indios, negros libres, por citar solo algunos ejemplos47. También que las noticias de la tierra que presentan los funcionarios hispanos al rey son resultado del diálogo entre agentes coloniales y actores indígenas, un diálogo que, aunque asimétrico, permite indagar en la voz de los vencidos, quienes presentan, jerarquizan o invisibilizan sus propios conocimientos sobre su entorno mediante formas aún insuficientemente estudiadas.
Se ha destacado la novedad que comportan los escritos americanos de carácter histórico-narrativo, pues conceden protagonismo a los actores de la conquista y a las particulares cualidades del territorio de las Indias y no solamente a la figura del rey.
Para el caso chileno, resulta de gran relevancia la tradición épica iniciada por Alonso de Ercilla con La Araucana (Primera parte 1569), «el primer libro compuesto sobre Chile en un contexto en el cual la imagen fundamental y primera que se tenía de Chile es que constituía dentro del Imperio Español en las Indias una frontera y desconocida tierra de guerra» (Biotti 59)48.
Las órdenes religiosas cumplen en este contexto una función fundamental. A la gobernación de Chile llegaron mercedarios, dominicos, franciscanos, agustinos y jesuitas, quienes erigieron templos en Santiago y en otros espacios urbanos y de frontera. Cumpliendo con sus reglas y el mandato regio, crearon escuelas, colegios y misiones para que asistieran niños y jóvenes. En Santiago, la Universidad Pontificia de Santo Tomás de la Orden de los Predicadores registra sus primeros graduados en 1631; allí se imparten las cátedras de teología dogmática, teología moral y artes y se otorgan los grados de bachiller, licenciado y maestro en artes, y doctor en Teología (Ramírez 107).
En estas instituciones se forman los propios sacerdotes, aunque también miembros de la élite hispana, caciques o niños huérfanos, según el caso. Acá son particularmente importantes los conventos femeninos, pues aunque acogen un número acotado de religiosas en este periodo49, resultan de gran impacto cultural, visto porcentualmente respecto de las personas que podían escribir o leer. Los conventos femeninos en particular –en clausura y encierro obligado a diferencia de las variantes de vida religiosa para los hombres– constituyeron un espacio privilegiado para el ejercicio de la lectura y la escritura de mujeres, que involucra además de diversas maneras a novicias, sirvientes, esclavas y otras educandas. La escritura conventual, a diferencia de la administrativa, permitió el ejercicio personal, individual y subjetivo de la escritura, mostrando las particularidades de una sociedad colonial en la que la rigidez de la norma paradojalmente genera espacios de libertad custodiados pero posibles50.
Las órdenes religiosas tuvieron entre sus misiones prioritarias la evangelización de la población indígena, lo que pone la cuestión de la lengua y la comunicación de la doctrina cristiana en el centro de la atención. Como expresión de la política impulsada en América por medio de las diversas órdenes y de sucesivos concilios, los jesuitas se dan a la tarea de registrar y formalizar la llamada lengua general de Chile. Expresión de esta práctica de lingüística misionera es el Arte y Gramática general de la lengua que corre en todo el Reyno de Chile del padre Luis de Valdivia, obra impresa en Sevilla en 1684, con licencia de Lima en 1606. Este libro contiene un estudio de la gramática del mapudungun y un breve apartado sobre pronunciación y ortografía, seguido de un vocabulario del mapudungun al castellano. Tan importante como lo anterior, la obra presenta un compendio de la doctrina, un catecismo breve (llamada para los rudos) y un confesionario en la llamada lengua de Chile, distinguiendo aquella que se habla en Santiago y la Imperial51. Se trata de instrumentos fundamentales para la inculcación de los preceptos y prácticas religiosas que busca imponer el catolicismo, los cuales debían enseñarse en lengua de indios, según dictaba el III Concilio Limense.
Pero este libro es solo una huella de un proceso más amplio. La presencia del mapudungun en diferentes contextos sociales y territoriales, su relevancia en ámbitos comunicativos diversos como los Parlamentos, su relación con el castellano y con otras lenguas indígenas durante este periodo, son cuestiones aún insuficientemente estudiadas52.
Decir cultura escrita, prácticas de escritura y lectura remite tradicionalmente a la cultura del libro, esto es, a la relación que se ha establecido entre circulación del conocimiento, autoridades y bibliotecas. Esta relación tiene una materialización particular en el mundo cristiano, fundamentalmente en los espacios conventuales o en las bibliotecas privadas de dignatarios y funcionarios. En los breves ejemplos que hemos mostrado, esta relación también se evidencia en la diferencia entre autores agentes de la conquista y la colonización cuyos textos circularon manuscritos y fueron impresos fundamentalmente en el siglo XIX, como los llamados cronistas de Indias, y aquellos textos que sí vieron la luz en letras de molde en el propio momento, cuyos autores fueron religiosos. Incluso para el caso de la escasa relevancia que se les ha dado a los escritos de mujeres, esta premisa también se cumple, puesto que la única mujer publicada e impresa en Lima en 1784 fue una monja, Sor Tadea García de la Huerta, autora de la Relación de la inundación del río Mapocho. La noción de biblioteca, asociada a una colección o conjunto de libros reunidos en anaqueles que los resguardan y ordenados de acuerdo con criterios temáticos o de autor, se concretó en los conventos que arquitectónicamente destinaron espacios privilegiados y centrales en la organización de la vida cotidiana de las órdenes recoletas y los conventos femeninos. La oración se asocia a lecturas específicas, así como el estudio personal para una mayor perfección espiritual.
Aún son escasos para Chile los estudios sobre las bibliotecas coloniales, puesto que ellas son todavía de propiedad de las órdenes –en tanto aquí no se dieron los procesos de expropiación anexos a las independencias como en el caso de México– y el acceso sigue siendo restringido. Un caso particular es el de la biblioteca de la Recoleta Dominica, hoy en administración de la DIBAM y por tanto accesible para la investigación, y el del Convento Franciscano en el centro de Santiago –asociado al Museo Colonial, que se encuentra en sus dependencias–, cuya biblioteca tiene gran valor por sus más de quince mil volúmenes en estanterías originales del siglo XVII, modificadas por ampliación de los repertorios. La expulsión de los jesuitas en el año 1767 –orden de gran importancia para la educación colonial por su labor gramática ya señalada, la administración de colegios y labor misionera– permitió que su patrimonio libresco quedara en custodia de la orden dominica y accesible en la biblioteca referida, así como en las colecciones públicas de la Biblioteca Nacional, donde recientemente la historiadora del arte Constanza Acuña hizo visibles los ejemplares del destacado jesuita Athanasius Kircher (2012).
En el ámbito de los conventos femeninos, de los cuales no queda marca alguna en el trazado central de la ciudad donde se ubicaron, la huella de las bibliotecas sigue siendo un enigma. Las colecciones pictóricas han tenido una actualización reciente de la mano de proyectos de restauración que han permitido conocer este patrimonio enclaustrado en museos nacionales53. Sin embargo, el conocimiento de las bibliotecas es un desafío pendiente totalmente necesario para reconstruir el campo de la circulación del libro y la constitución de una comunidad lectora. El caso del convento de dominicas de Santa Rosa de Santiago representa la riqueza de esa posibilidad, pues es material fundamental para situar la escritura del segundo escrito de monja rescatado para el caso chileno: sor Josefa de los Dolores Peña y Lillo54. Los libros circulaban fuera del convento, como lo muestra la presencia de un ejemplar de las dominicas en la Universidad de Chile, las inscripciones que los propios textos portan: devuélvase este libro a tal convento, o las recomendaciones de lecturas que las propias monjas hacían a sus conocidos o los confesores a ellas.
El estudio de las bibliotecas coloniales es un amplio campo a recorrer para el caso de Chile, que permitirá ampliar el escaso repertorio de bibliografía publicada sobre el tema y que todavía tiene en el texto pionero de Isabel Cruz (1989) su único antecedente para las bibliotecas personales. Sabemos también que en el proceso de independencia, el gesto de donar libros de las bibliotecas privadas religiosas y laicas a los nuevos espacios públicos como el Instituto Nacional (1813), la Biblioteca Nacional (1813) y la Universidad de Chile (1842), fue central para configurar la república de las letras en torno a la constitución de una bibliografía y unas bibliotecas que también acogieron los restos de las instituciones religiosas tales como la Real Universidad de San Felipe y el Colegio de San Carlos (Araya, Biotti y Prado 2013).
4.2. Cultura escrita, imprenta y públicos: el tránsito de lo colonial a lo republicano 55
Si para los siglos anteriores los documentos manuscritos son los registros privilegiados para la reconstrucción historiográfica abordada bajo criterios contemporáneos –es decir, desde la década de 1950 en adelante–, esto no quiere decir que se haya dejado de interpretar los procesos de la segunda mitad del siglo XVIII en relación con la llamada Ilustración y la circulación de las ideas en nuevos formatos de escritura impresa. De hecho, se trata de un tema de investigación actual que se estudia desde las premisas de la nueva historia cultural, en particular del libro y la lectura. Hay que decir, en primer lugar, que el libro impreso no copaba las posibilidades de configuración de un campo de la cultura escrita, tal como lo ha demostrado Ariadna Biotti en una exhaustiva revisión de inventarios (que van de 1688 a 1888) que nos muestran una amplia variedad de papeles, autores y formatos de libros en colecciones de personajes de cultura letrada en diferentes escalas (2015). No obstante, la presencia del impreso y de la imprenta como herramienta para la producción local de «ideas» es un factor que tensionó la relación de dependencia con España, en tanto efectivamente abre paso a una escena de debates –restringidos o no– con convicción respecto al uso de la razón en público, lo que permitía explicitar de un modo nuevo la opinión que se podía tener respecto del poder, de los sujetos bajo ese poder y de los llamados a hacerse del poder.
En Chile, la imprenta propiamente tal no apareció sino hasta 1812, pero en cuanto se dispuso de ella, fue utilizada en forma práctica, rápida y eficaz para reaccionar a la inesperada situación desencadenada en 1808. Ejemplo de lo expuesto se encuentra en los llamados primeros impresos chilenos, en los cuales encontramos tanto una apelación abstracta al pueblo, como una generalizada opinión negativa respecto del llamado «bajo pueblo». Mientras unos planteaban abiertamente que concebían la sociedad desigual como natural, otros le hablaban a un público sin rostro pues necesitaban a la población para combatir. Leonardo León ha sostenido, para el caso chileno, que la actitud «antipopular de la elite» es elemento significativo en las guerras de independencia: «no se puede ignorar que el trasfondo del proceso histórico que tuvo lugar durante ese período fue teñido por el terror que inspiraban a los patricios la inmensa masa de hombres y mujeres de piel cobriza que desde el anonimato hacían sentir su presencia en la escena nacional» («Reclutas…» 251).
A diferencia de los centros virreinales americanos, en el «Reino de Chile» (nombre usado tanto en impresos patriotas como realistas) la aparición de los impresos sin permisos previos fue una «explosión» ante la casi total ausencia de impresos locales en el siglo precedente56. En dicha centuria ya existía la convicción respecto a que los papeles periódicos permitían «fijar la opinión». En 1810, cuando en Chile ya se sabía de la deposición del último representante del rey –Bernardo García Carrasco–, uno de los líderes patriotas, Bernardo O’Higgins, escribía a sus amigos ingleses para conseguir una imprenta y un tipógrafo «advirtiendo que no era fácil conducir la opinión, y que la palabra por muy enfervorizada y constante no era capaz de reducir la terquedad de tantos» (Villar 11). Juan Egaña, destacado intelectual de la llamada Patria Nueva, le pidió al presidente de la Primera Junta de Gobierno, don Mateo de Toro y Zambrano, que «convendría en las críticas circunstancias del día costear una imprenta, aunque sea del fondo más sagrado, para uniformar a la opinión pública a los principios del Gobierno» (11). A fines de 1811, bajo el gobierno de José Miguel Carrera, llegó la primera imprenta manejada por tipógrafos norteamericanos.
Nuestro primer periódico –La Aurora de Chile, que inició sus actividades el 13 de febrero de 1812– fue el único de «opinión» del periodo; opinión que en realidad era la de su fundador, Camilo Henríquez. La audacia de sus planteamientos causó temores entre sus propios partidarios, los que trataron de controlar la publicación creando un reglamento de imprenta libre en agosto de 1812. Henríquez por supuesto lo ignoró y replicó publicando un discurso de Milton –de su propia traducción– sobre la libertad de prensa (Villar 14). Mantuvo esta postura hasta el último número de La Aurora, de 1º de abril de 1813. A los cinco días, también bajo su dirección, apareció El Monitor Araucano, al cual se le impuso ser el órgano difusor del gobierno: resoluciones, estado del erario y noticias de importancia.
La libertad de imprenta fue un paso de suma importancia para la constitución de un espacio público político, porque supuso no solo el comienzo de la abierta crítica a la monarquía y los valores de una «sociedad tradicional», sino que también–como señala Renán Silva– modificó radicalmente la:
esfera de la comunicación, tal como la había conocido la sociedad colonial […] es decir que no se trataba ya de informar para que se cumpliera (la orden del soberano) sino de someter a debate racional para tratar de conseguir el apoyo de las mayorías y asegurar la representación legítima de la sociedad, tal como se postula en el modelo liberal de sociedades democráticas, con todo lo que ese modelo pueda tener de ‘representación imaginaria de la sociedad’ (46).
En el «modelo chileno» se hizo tempranamente una asociación entre la imprenta y la «fijación» de la opinión pública: se concebía más para uniformar que para generar debates. Incluso la imprenta como máquina, simbólicamente, ocupó el lugar de las prácticas mismas, como si su sola presencia las instalara, al menos así lo expresa el propio Henríquez:
Está ya en nuestro poder, el grande, el precioso instrumento de la ilustración universal, la Imprenta. Los sanos principios del conocimiento de nuestros eternos derechos, las verdades sólidas, y útiles van a difundirse entre las clases del Estado. Todos sus Pueblos van a consolarse con la frecuente noticia de las providencias paternales, y de las miras liberales, y Patrióticas de un Gobierno benéfico, pródigo, infatigable, y regenerador. La pureza y la justicia de sus intenciones, la invariable firmeza de su generosa resolución llegará, sin desfigurarse por la calumnia hasta las extremidades de la tierra. Empezará a desaparecer, nuestra nulidad política: se irá sintiendo nuestra existencia civil, y las maravillas de nuestra regeneración. La voz de la razón, y de la verdad se oirán entre nosotros después del triste, é insufrible silencio de siglos (Aurora de Chile 1812).
Ahora bien, respecto a los impresos volantes, en general se ha señalado que cumplieron la misma función que los papeles periódicos, esto es, un lenguaje «para el debate, para la discusión pública, producidos en función de proyectos políticos […]
y que buscaban afectar y movilizar, según la lógica particular del impreso revolucionario» (Silva 48). Aún más cortos y no solo rodantes, sino que volantes de mano en mano, estos papeles fueron un arma poderosa para direccionar la opinión pública en situación de guerra, especialmente si se considera que eran leídos colectivamente al igual que la prensa periódica. El material al que nos referimos proviene de una colección poco estudiada57 que reúne diversos impresos, como convocatorias a elecciones58, normas, reglamentos y formularios que nos muestran la estrecha relación entre la imprenta y la organización del Estado59. Las proclamas, bandos y relaciones eran usualmente una o dos hojas sueltas de pequeño formato o folletos de no más de 20 páginas de entre 10 x 20 cm60; fáciles de distribuir, baratos y rápidos de producir, cómodos de sostener y leer, estas características permiten adscribirlos a una forma de comunicación muy común hoy, usada normalmente para distribuir información en forma masiva y para una audiencia general: el panfleto. Su objetivo –además de informar de la «actualidad»– es conseguir el apoyo de las mayorías y asegurar la representación legítima de la sociedad. En contraposición a los valores políticos del antiguo Régimen –la concordia y la ausencia de conflicto61–, la agresividad del panfleto –en forma de opúsculo difamatorio o de arenga militar– es un rasgo de modernidad: la instalación de la guerra en el lenguaje de lo político o el hacer de la guerra una forma política moderna.
Estas formas impresas, consideradas como panfletos, permitirían pensar en la conformación de un espacio público moderno desde estrategias de comunicación «coloniales» que apelaban a la «multitud». Algunos de estos impresos se titulan «proclamas», declaraciones solemnes que debían ser publicadas en alta voz para que llegase la noticia a todos y que serían una nueva modalidad de «bandos». Una diferencia entre estos y las nuevas proclamas es que ellas recurrían a las estrategias discursivas de las arengas, por lo que debemos entender que su fin era enardecer los ánimos. Este tono de arenga estaba marcado por el uso recurrente de signos gráficos de exclamación, los que muchas veces inauguran el texto. En Chile, agreguemos, arenga también significa pendencia y disputa. Las proclamas tienen por sello dar voces a una multitud en un lenguaje que, si bien solemne, transmite señales inequívocas de afecto y pasión, un género adecuado para mover los ánimos en un ambiente revolucionario. La declamación también impregna los textos, género oral que apela a la acción e instala la ficción del presente que el ánimo revolucionario reclama: cambiante, rápidamente cambiante. Opera en ellos un imaginario del tiempo como un presente móvil, que permite que «lo colonial» se articule como un referente que se observa como estanco y del cual se toma distancia.
El llamado a reconocerse como hermanos por compartir el lugar de nacimiento encarna en el término «paysano»: los de un mismo «Pays». La defensa de ese terruño se traduce como honor en defensa de lo propio, lo que alimenta la noción de Patria. Una proclama del gobierno de mayo de 1813 llamando a repeler a las fuerzas españolas provenientes del Perú, se dirige a los «paisanos y compañeros»:
La vida, el honor, los intereses del precioso suelo en que nacisteis están en vuestras manos. Su libertad, su seguridad, su dominio penden de nuestro brazo. ¿Sufriréis que un pequeño y forzado montón de soldados mercenarios del Virrey de Lima vengan a ocupar serenamente al opulento Reino de Chile, y burlarse de nuestra energía? ¡Infelices piratas! Ellos conocerán muy en breve su temerario arrojo, y que la espada en mano de un Chileno no es menos honrada que en la de los Valientes de Buenos Aires nuestros hermanos […] volveremos cubiertos de gloria al seno de nuestros compatriotas a recibir las aclamaciones de los pueblos, el premio de nuestro esfuerzos y recompensa de nuestra virtud […] Compañeros, no dilatemos el momento de la victoria: marchemos a conseguirla, y entremos en acción con un VIVA LA PATRIA62.
Por medio de los impresos volantes o de fácil manipulación, esa audiencia se podía enterar de los acontecimientos, adherirse a ellos o sentir que formaba parte de una comunidad que se conformaba en la oralidad, en la lectura en voz alta al estilo de los bandos y proclamas reales, o leída en forma de cartel pegado en los muros de las iglesias. Convocados por un llamado a viva voz, reunidos con otros pasantes, esos oyentes podían comenzar a pensarse a sí mismos como «pueblo» en un sentido religioso, es decir, como una comunidad de hermanos, habitantes del mismo terruño y con una misma fe en la Patria. Una imagen poderosa parece gobernar la escritura de los textos enunciados por un pequeño grupo independentista: voltear el rostro y alzar la voz en un llamado general a la multitud que es redimida de sus características negativas solo si demuestra fidelidad como soldadesca63. Podría plantearse como hipótesis que articular el discurso de la Patria escogiendo el territorio y la fuerza guerrera como sus pilares, permitió «resolver» el problema de la multitud como sujeto político en el espacio público, aunque no en el nivel de lo doméstico y cotidiano, pues era imposible no ver a los mestizos, negros, y mulatos que la conformaban.
En el marco de las llamadas guerras de independencia, tenemos que este conjunto de representaciones sobre la plebe se enfrenta de manera conflictiva con la necesidad de soldados y de la organización de las elecciones para enviar a los representantes a las Cortes de Cádiz. En 1811, se propuso la idea de organizar un censo, pues no se disponía de ningún dato cierto sobre el número de habitantes a ser representados en el primer Congreso. El Censo de 1813, mandado a realizar en mayo de ese año, tenía objetivos políticos claros. El formulario que se entregó para recoger la información pedía que «Cada comisionado tendrá particular cuidado de instruir a los Individuos del distrito que estas diligencias solo se dirigen a dar su representación y derechos políticos a los pueblos, y a que el Gobierno tenga datos, y noticias sobre que arreglar los objetos de utilidad publica que esta necesitando, y no para servicios, ni contribuciones»64.
Se iniciaba con el registro de los «objetos públicos»65. Luego se pasaba a «cada individuo de cualquier clase que fuese en esta forma. Pedro Rodríguez, estado, Casado, Edad, de 30, a 50 años. calidad, español, Americano, profesión, chacarero propietario. Comerciante: es capaz de tomar, armas: es miliciano, etc.». Esto se recogería en listas, cuyos datos se pasarían a los «planos según las casillas el numero correspondiente a cada clase. Aunque un individuo se multiplique en varias casillas con relación al estado, y diversas profesiones que ejerce, debe hacerse así, pues el numero individual nunca se multiplica respecto a que hay su casilla particular de población». A la vuelta del plano de distritos se debía poner el número de artesanos por cada profesión y lo mismo en las provincias.
Se trataba de tener datos básicos para organizar ejército, economía, y proyectar las riquezas entre las cuales se incluía un valor nuevo: los oficios. Incluso en el formulario se olvidó a los artesanos (en el Censo ya impreso se agregaron en hoja aparte). En el ítem «origen y castas» se incluía a «españoles americanos, españoles europeos, españoles asiáticos, canarios y africanos, europeos extranjeros, indios, mestizos, mulatos y negros». «Origen y castas» traduce lo que en el formulario se llama «calidad» y sanciona la distinción entre los nacidos aquí (americanos) y los de allá (españoles).
El decreto de Bernardo O’Higgins de 3 de junio de 1818, apunta a borrar esa distinción en lo formal:
Después de la gloriosa proclamación de la independencia, sostenida con la sangre de sus defensores, sería vergonzoso permitir el uso de fórmulas inventadas por el sistema colonial. Una de ellas es denominar españoles a los que por su calidad no están mezclados con otras razas, que antiguamente se llamaban malas. Supuesto que ya no dependemos de España, no debemos llamarnos españoles sino Chilenos66.
Ordenó entonces que en toda la documentación judicial, parroquial y de «limpieza de sangre» se sustituyese «español» por «chileno», aunque «observándose en lo demás la fórmula que distingue las clases; entendiéndose que respecto de los indios, no debe hacerse diferencia alguna, sino denominarlos Chilenos». Si bien no existen estudios sistemáticos al respecto, solo en 1853 se decretó dejar de utilizar dichas diferencias en los registros parroquiales chilenos (Araya 2010)67.
Podemos finalmente plantear que la relación entre procesos históricos, huellas escritas de los mismos, y capacidad para imaginar y pensarse rompiendo las fronteras de lo posible –en la que interviene de modo central la literatura–, se encuentra en el centro de lo que podemos llamar sociedad colonial y periodo colonial, más allá de las cronologías que se abren y cierran con la presencia española en América.
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19 La extensa genealogía de estos planteamientos debiera consignar desde Barros Arana, Diego. Historia general de Chile [1884-1902]. 2da. edición. 16 volúmenes. Santiago: Universitaria/Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 1999; hasta Villalobos, Sergio. «Tres siglos y medio de vida fronteriza». En Villalobos, Sergio, Carlos Aldunate, Horacio Zapater, Luz María Méndez y Carlos Bascuñán. Relaciones fronterizas en la Araucanía. Santiago: Universidad Católica de Chile, 1982, por citar solo dos momentos de su formalización.
20 Alirio Carrasco utiliza la expresión «atraso intelectual», y agrega: «faltan, seguramente, los elementos indispensables a la vida cultural, que tan solo florece a la sombra serena de la paz» (211). Gonzalo Vial habla de «ambiente cultural, intenso aunque no muy extendido» (280). Bernardo Subercaseaux consigna el diagnóstico de oscuridad que hace Manuel de Salas en 1810 respecto de la situación de Chile, y comenta: «podría pensarse que [...] respondía [...], más que a una descripción objetiva del periodo, a la matriz ilustrada, y a un empeño preconcebido por juzgar negativamente al ‘ancien régime’ español. Así como hay evidencias de que el régimen colonial, sobre todo en su etapa borbónica, no tuvo el grado de oscurantismo que le atribuyó la leyenda negra [...] también hay, empero, múltiples testimonios y documentos que respaldan las opiniones de Manuel de Salas y que evidencian que en la Capitanía General de Chile predominó una valoración social más bien adversa a la cultura ilustrada y al libro […] En este contexto, la producción de pensamiento o discurso intelectual, amén de escasa fue irrelevante y en muchos casos permanece, por lo mismo, hasta el día de hoy, inédita» (10-11).
21 En relación con el lugar de los infortunios en los escritos del periodo, ver Carneiro, Sarissa. «Infortunio y virtud: Petrarca, Vives y el Inca Garcilaso de la Vega». Revista Chilena de Literatura. Nº 77. 2010, 217-234.
22 «Carta a sus apoderados en la Corte, Santiago [sic, es Concepción], 15 de octubre de 1550» y «Carta al Emperador Carlos V, Concepción, 15 de octubre de 1550» en Valdivia, Pedro de: 101 y 147. La cédula real otorgada a Francisco Pizarro en Monzón se encuentra transcrita en Bazán Dávila, 76.
23 Interés por espacios en los que hubiera concentración de población indígena susceptible de ser incorporada como mano de obra, presencia reconocida de metales preciosos, o ecosistemas propicios para el establecimiento de cultivos con alto valor mercantil.
24 Mellafe y Salinas, 1987; Sagredo y Gazmuri (directores), 2005. Ver también Cavieres, Eduardo. Amor, sexo y matrimonio en Chile tradicional. Valparaíso: Universidad Católica de Valparaíso, 1991; Varios Autores. Vida rural en Chile durante el siglo XIX. Santiago: Academia Chilena de la Historia, 2001.
25 Ver Rama, Ángel. La ciudad letrada. Santiago: Tajamar, 2004; y Durston, Alan. «Un régimen urbanístico en la América hispana colonial: el trazado de damero durante los siglos XVI y XVII». Historia. Vol. 28. 1994, 59-115.
26 Ver Góngora, Mario. Estudios sobre la historia colonial de Hispanoamérica. Santiago: Universitaria, 1998; Ramón, Armando de. Historia de Chile: desde la invasión incaica hasta nuestros días (1500-2000). Santiago: Catalonia, 2012; Goicovic, Igor. «Sociabilidad de los niños y jóvenes populares en el Chile tradicional». En Sagredo y Gazmuri (directores), 2005.
27 Ver Vicuña, Manuel. La imagen del desierto de Atacama (XVI-XIX): del espacio de la disuasión al territorio de los desafíos. Santiago: Universidad de Santiago de Chile, 1995.
28 En palabras de José Luis Romero, es una sociedad «escindida e integrada», pues por una parte «se divide en dos clases: patricios y rotos», y por otra «ambos grupos se reconocían como pertenecientes a un mismo ámbito sociocultural» (235).
29 Ver también Boccara, Guillaume. Los vencedores: historia del pueblo mapuche en la época colonial. Antofagasta: Universidad Católica del Norte/Fondo de Publicaciones Americanistas/Universidad de Chile, 2007.
30 Ver Valenzuela, Jaime. «La cordillera de los Andes como espacio de circulaciones y mestizajes: un expediente sobre Chile central y Cuyo a fines del siglo XVIII». Nuevo Mundo Mundos Nuevos. Débats. 2007. Fecha de consulta: 10/03/2016. Digital; y «Los indios cuzcos de Chile colonial: estrategias semánticas, usos de la memoria y gestión de identidades entre inmigrantes andinos (siglos XVI-XVII)». Nuevo Mundo Mundos Nuevos. Débats. 2010. Fecha de consulta: 10/03/2016. Digital; Contreras, Hugo. «‘Siendo mozeton o güeñi salio de su tierra a vivir entre los españoles’. Migración y asentamiento mapuche en Chile central durante el siglo XVIII, 1700-1750». Historia Indígena. N° 9. 2005-2006, 7-32; y «Aucas en la ciudad de Santiago. La rebelión mapuche de 1723 y el miedo al «otro» en Chile central». Anuario de Estudios Americanos. Vol. 70, N° 1. 2013, 67-98.
31 El Chile tradicional sería consecuencia de la conquista y de la formación de una sociedad «marcada por los valores de la cultura cristiana y occidental, de tono rural, crecientemente mestiza, y con predominio absoluto de la aristocracia» (Sagredo y Gazmuri, 5).
32 Ver Mellafe, 1959; Cussen, Celia (editora). Huellas de África en América: Perspectivas para Chile. Santiago: Universitaria/Fondo de Publicaciones Americanistas/Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, 2009; González, Carolina. Esclavos y esclavas demandando justicia. Chile 1740 - 1823. Documentación judicial por carta de libertad y papel de venta. Santiago: Universitaria, 2014.
33 Ver Valenzuela, Jaime. Las liturgias del poder. Celebraciones públicas y estrategias persuasivas en Chile colonial (1609-1709). Santiago: LOM, 2001; Cruz, Isabel. La fiesta: metamorfosis de lo cotidiano. Santiago: Universidad Católica de Chile, 1995; Azúa, Ximena. Las prácticas judiciales de la colonia siglos XVII-XVIII: historia de nuestras bisabuelas. Tesis para optar al grado de Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica. Universidad de Chile, 1995; Invernizzi, Lucía. «Imágenes de mujer en testamentos chilenos del siglo XVII». Revista Chilena de Literatura. Nº 61. 2002, 21-37; Retamal, Julio. Familias fundadoras de Chile, 1601-1655: el segundo contingente. Santiago: Universidad Católica de Chile, 2000; Kordic, Raïssa y Cedomil Goic (editores). Testamentos coloniales chilenos. Madrid: Iberoamericana. 2005.
34 La primera Real Audiencia había sido instalada en Concepción al borde del río Biobío, demostrando la clara intención de controlar desde ese lugar la zona indómita, pero la situación solo permitió su funcionamiento entre 1563 hasta 1573, casi sin huellas documentales de su presencia. En 1609 comenzó a funcionar en el Palacio de las Cajas Reales en Santiago, actualmente sede del Museo Histórico Nacional.
35 Ver Rosales, Diego de. Historia General del Reyno de Chile, Flandes Indiano, por el R. P. Diego de Rosales de la Compañía de Jesús. Edición crítica por Benjamín Vicuña Mackenna. Valparaíso: Imprenta del Mercurio, 1877; Ovalle, Alonso de. Histórica relación del Reyno de Chile. Santiago: El Mercurio/Santander, 2012.
36 Ver Núñez de Pineda y Bascuñán, Francisco. Cautiverio feliz. Edición crítica de Mario Ferreccio y Raïssa Kordic. Estudio preliminar de Cedomil Goic. Santiago: Universidad de Chile/RIL, 2001.
37 Celebramos la reciente publicación de José Manuel Zavala que permite disponer de los textos que dan cuenta de estos parlamentos –pactos y convenios de relación no solo aplicados al caso de Arauco–, a los que se suman detallados cuadros y mapas que permiten situar y conectar actores, espacios y pulso político. Zavala, José Manuel (editor). Los parlamentos hispano-mapuches, 1593-1803: textos fundamentales. Temuco: Universidad Católica de Temuco, 2015.
38 Para más detalles, ver Araya Espinoza, Alejandra. «Azotar. El cuerpo, prácticas de dominio colonial e imaginarios del Reino a la República de Chile». En Undurraga, Verónica y Rafael Gaune. Formas de control y disciplinamiento. Chile, América y Europa, siglos XVI-XIX. Santiago: Uqbar, 2014.
39 «Autos seguidos por el Sr. fiscal de su majestad, sobre el empadronamiento de los indios, mulatos y, zambaigos, y pago de tributos». 22 de junio de 1693-7 de marzo de 1704. Archivo Nacional de Chile. Fondo Real Audiencia. Volumen 1755, pieza 29.
40 Carta al rey fechada el 20 de marzo de 1699.
41 Carta al rey fechada el 11 de noviembre de 1699.
42 Ver Araya, Alejandra. «Registrar a la plebe o el color de las castas: ‘calidad’, ‘clase’ y ‘casta’ en la Matrícula de Alday (Chile, siglo XVIII)». En Araya, Alejandra y Jaime Valenzuela (editores), 2010.
43 La frase proviene de una serie de pinturas de castas de autoría del novohispano José Joaquín Magón. Este género pictórico, original de la América colonial, toma como motivo a la gente diversa, indicio en sí mismo de lo importante tanto de representar un nuevo tipo de gentes como de registrar el fenómeno. Para los cuadros de castas, ver García Saíz, María Concepción. Las castas mexicanas: un género pictórico americano. Milano, Olivetti, 1989, Katzew, Ilona. La pintura de castas. Madrid: Turner, 2004; Estenssoro, Juan Carlos. «Los colores de la plebe: razón y mestizaje en el Perú colonial». En Majluf, Natalia (editora). Los cuadros de mestizaje del Virrey Amat. La representación etnográfica en el Perú colonial. Lima: Museo Arte Lima, 2000; Romero de Tejada, Pilar. «Los cuadros del mestizaje del virrey Amat». En Majluf (editora), 2000.
44 En este tema se retoma la investigación plasmada con más detalles en Araya, 1999. Ver también Viqueira, Juan Pedro. ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México: Fondo de Cultura Económica, 1995; León, Leonardo. «‘De muy malas intenciones y de perversas entrañas…’ La imagen de la plebe en los preámbulos de la independencia de Chile, 1800-1810». Colonial Latin American Historical Review. Vol. 14, Nº 4. 2005, 337-368.
45 Ver Villalobos, Sergio. Vida fronteriza en la Araucanía. El mito de la Guerra de Arauco. Santiago: Andrés Bello, 1995; León, Leonardo. «‘Que la herida me la dio en buena, sin que interviniese traición alguna…’ El ordenamiento del espacio fronterizo mapuche, 1726-1760». Revista de Historia Social y de las Mentalidades. Vol. 5, Nº 1. 2001, 129-166 y «Parlamentos y renegados en la frontera mapuche, 1760-1780». Revista Fronteras de la Historia. Vol. 11. 2006, 87-119.
46 Las investigaciones de la escritura de mujeres en el periodo colonial tiene entre sus pioneras a Adriana Valdés y el rescate de la monja clarisa sor Úrsula Suárez, cuya relación autobiográfica fue editada en 1984. Ver Ferreccio Podestá, Mario. Úrsula Suárez (1666-1749): relación autobiográfica. Santiago: Universidad de Concepción, 1984. Para nuestro caso contamos con solo dos textos del llamado relato conventual: el mencionado y el de la monja dominica sor Josefa de los Dolores Peñailillo. Ver Kordic, Raïssa. «Introducción». En Peña y Lillo, Josefa de los Dolores, Sor. Epistolario de Sor Dolores de Peña y Lillo (Chile, 1763-1769). Prólogo y edición crítica de Raïssa Kordic. Navarra/Madrid/Frankfurt am Main: Universidad de Navarra/Iberoamericana/Vervuert, 2008.
47 Ver Invernizzi, Lucía, Ximena Azúa, Raïssa Kordic y Margarita Iglesias. «Testamentos de mujeres de Chile en el siglo XVII. Viejos documentos, nuevas miradas». Actas de 4tas jornadas de investigación en historia de la mujer. Santiago: LOM, 2001; Invernizzi, Lucía. «Imágenes de mujer en testamentos chilenos del siglo XVII». Revista Chilena de Literatura. Nº 61. 2002, 21-37; Azúa, Ximena. Testamentos de mujeres del siglo XVII en Chile: ¿discursos para la muerte? Tesis para optar al grado de Magíster en Estudios Latinoamericanos. Universidad de Chile, 2001.
48 Ver además Invernizzi, Lucía. «‘Los trabajos de la guerra’ y ‘Los trabajos del hambre’: dos ejes del discurso narrativo de la conquista de Chile (Valdivia, Vivar, Góngora Marmolejo)». Revista Chilena de Literatura. Nº 36. 1990, 7-15; Goic, Cedomil. «Estudio Preliminar. Testamentos chilenos de los siglos XVI y XVII y orden estamental». En Kordic, Raïssa y Cedomil Goic (editores). Testamentos coloniales chilenos. Madrid: Iberoamericana, 2005; Kordic, Raïssa. «Prólogo». En Kordic, Raïssa y Cedomil Goic (editores). Testamentos coloniales chilenos. Madrid: Iberoamericana, 2005.
49 Los conventos más grandes recibían entre ochenta y cien mujeres en el siglo XVII, y un número menor en el siglo XVIII (Millar y Duhart, 127-129).
50 Ver Invernizzi, Lucía. «‘Práctica ascética’ y ‘arte diabólico’: concepciones de escritura en el «Epistolario» de Sor Josefa de los Dolores Peña y Lillo». Anales de la Literatura chilena. Año 4, Nº 4. 2003, 13-34; y «El discurso confesional en Epistolario de Sor Josefa de los Dolores Peña y Lillo (siglo XVIII)». Revista Historia. Nº 36. 2003, 179-190; Araya Espinoza, Alejandra. «El cuerpo sufriente en la construcción del individuo moderno: el epistolario confesional de sor Josefa de los Dolores Peña y Lillo, monja del siglo XVIII». Finis Terrae. Nº ١٤. ٢٠٠٦, 80-93; Azúa, Ximena. «Abrir los cofres. La escritura como conocimiento de sí misma». En Guardia, Sara Beatriz. Mujeres que escriben en América Latina. Lima: Centro de Estudios de la Mujer en la Historia de América Latina, 2007; Urrejola, Bernarda. «‘Carísimo padre mío y toda mi estimación en nuestro señor’: obstinación y afecto por el confesor en el epistolario de Josefa de los Dolores Peñailillo (Chile, s. XVIII)». Atenea. Nº 494. 2006, 67-82; Valdés, Adriana. «Sor Úrsula Suárez (1666-1749). En torno a su cuerpo». Revista Chilena de Literatura. Nº62. 2003, 183-204.
51 Señala Luis de Valdivia en su proemio al lector que «aunque en diversas provincias destos indios ay algunos vocablos diferentes, pero no son todos los nombres, verbos y adverbios diversos y assi los preceptos y reglas desta arte son generales para todas las provincias» (s/p).
52 Ver Payàs, Gertrudis y José Manuel Zavala (editores). La mediación lingüístico-cultural en tiempos de guerra: cruce de miradas desde España y América. Temuco: Universidad Católica de Temuco, 2012; y «Expresión indígena y textualidad hispana en los Parlamentos hispano-mapuches del siglo XVIII: Negrete 1771-1803». En González, David (editor). Represión, tolerancia e integración en España y América: extranjeros, esclavos, indígenas y mestizos durante el siglo XVIII. Madrid: Doce Calles, 2014.
53 Ver Santa Rosa de Lima. El tesoro americano. Pintura y escultura del periodo colonial. Santiago: Corporación Cultural de las Condes, 2000. La serie de la vida de Santa Teresa de Jesús perteneciente al Convento de las Carmelitas de Santiago se expuso por primera vez al público en el Museo Nacional de Bellas Artes en la exposición Visiones develadas: pinturas coloniales de las Carmelitas descalzas (2009).
54 Ver Araya Espinoza, Alejandra. Cuerpo, sociedad colonial e individuo moderno en Chile: Sor Josefa de los Dolores Peña y Lillo (1739-1822). Tesis para optar al grado de Doctora en Historia. El Colegio de México, 2007. El equipo que estudió durante siete años el corpus estuvo compuesto por Raïssa Kordic, a quien debemos el conocimiento de las cartas; Lucía Invernizzi, directora del grupo; Ximena Azúa, Bernarda Urrejola y Alejandra Araya. El convento se cerró en enero del año 2015 y su patrimonio hoy se encuentra en una universidad privada con el objeto de ser digitalizado y, esperamos, accesible a la investigación.
55 La información de esta sección recoge lo medular del artículo Araya, 2011.
56 Se conoce de la existencia de cajas tipográficas de 1776 –fecha del primer impreso con esta técnica– que funcionó hasta 1783. Una segunda caja funcionó hasta 1800, pero sus tipos desaparecieron en 1802. Se siguió imprimiendo con tipos en mal estado, un ejemplar de ellos en la propia esquela de invitación al Cabildo abierto de 1810, hito que se escogió para conmemorar el inicio de la Independencia, aunque ella se firmó el 18 de febrero de 1818 (Villar, 11).
57 Colección Edwards, sección primeros impresos, Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile (AB).
58 Por ejemplo, una convocatoria a las elecciones de diputados para el Cabildo de 1811 que pide llevar los votos «por escrito» y que al dejar los votos se entregue esa «esquela para con ella acreditar el convite». AB, Colección Edwards, sección primeros impresos chilenos, tomo I, p.1. Doc: 2051/2, folio 12. Mutilado. 19 x 13 cm, aprox.
59 En el periodo estudiado, los papeles periódicos de mayor duración fueron La Aurora de Chile, El Monitor Araucano, la Gazeta del Gobierno de Chile y la Gazeta Ministerial de Chile Santiago. Al menos diecisiete títulos más se publicaron entre ١٨١٣ y ١٨٢٣, con uno o dos números, que merecerían un estudio más detallado.
60 Los folletos, de mayor extensión, son similares en tamaño: 10 x 25 cm en promedio. Hay volantes informativos sobre uniformes para utilizar en establecimientos, muchos de los cuales no figuran en los estudios bibliográficos de José Toribio Medina (1891) o Ramón Briseño (1862-1879).
61 Ver Peire, Jaime. La Iglesia que no miramos. El taller de los espejos. Iglesia e imaginario, 1767-1815. Buenos Aires: Claridad, 2000.
62 Proclama del Exmo. Gobierno. Paysanos y compañeros. Abril de 1813. El desembarco de Pareja en San Vicente fue el 13 de marzo de 1813. Firman Portales-Prado-Infante. Sin pie de imprenta. 18 x 25 cm. Archivo Central Andrés Bello, Colección Edwards, sección primeros impresos chilenos, tomo I, p.1. Doc: 2043/2, folio 18, p.7.
63 Igual estrategia ha sido descrita por Veronique Hébrard para el caso venezolano: la milicia como requisito para ser reconocido como ciudadano con derecho a voto, derecho que no tenían los jornaleros ni las personas sin renta (2002).
64 Formulario con que deben hacerse los apuntes de cada individuo para pasarlos después al plan general del distrito en el recenso de la población del reyno. Archivo Central Andrés Bello, Colección Edwards, sección primeros impresos chilenos, tomo I, p. 3: 2038/2.
65 Estos eran iglesias, conventos, casas de hospicio y de pobres, cárcel con presos y presas, hospitales, casa de expósitos y huérfanos, fábricas y molinos.
66 Gazeta Ministerial de Chile, Nº45, Santiago, sábado 20 de junio de 1818. Archivo Central Andrés Bello, Colección Edwards, sección primeros impresos chilenos.
67 En los libros de bautismos y matrimonios de la Parroquia de Pumanque, valle central de Chile, entre 1827 y 1891 aparecen estas distinciones. Sin embargo, en los expedientes matrimoniales, se hace distinción por ingresos en el pago de licencias (1ª, 2ª y 3ª clase), y se encuentran en algunos argumentos de oposición de los padres el que sean de diferente calidad, especialmente, jornaleros o «dependientes».
Épica y testimonios de la conquista
Épica
Introducción
Stefanie Massmann
La Araucana es, sin duda alguna, el texto sobre Chile más conocido de la época colonial. Las ediciones y traducciones que se sucedieron sin pausa desde su primera publicación hablan de su enorme popularidad y de su extendida influencia. Esta no fue solo inmediata, como lo muestra la serie de poemas épicos que le sucedieron y que son su imitación o respuesta; también se reconoce en su carácter referencial para la construcción de un sentimiento nacional una vez alcanzada la independencia, y en la atracción que ejerce hasta el día de hoy en las representaciones e imaginarios sobre el pueblo mapuche.
La fecunda producción de poemas épicos durante los siglos XVI y XVII (Pierce 11 y ss.) se ha atribuido, en primer lugar, a la expansión del Imperio Español, pues sería el género más apropiado para cantar la gesta hispana y los hechos heroicos de los conquistadores. También se ha destacado la difusión de los poemas épicos clásicos –una traducción al español de la Eneida fue impresa en Toledo en 1555, y otra de La Farsalia de Lucano, hacia 1530- y la publicación del Orlando furioso (1532) de Ludovico Ariosto, que apareció en español en 1549 (Lerner 9, Piñero Ramírez 165-66).
Del mismo modo, se ha repetido con frecuencia que el territorio del sur de Chile, golpeado por la incansable resistencia mapuche, es particularmente sensible a un cierto «carácter épico» a la vez que histórico: desde José Toribio Medina, siempre de gran influencia, y la conocida sentencia de Marcelino Menéndez Pelayo –«[t]oda primitiva literatura de Chile, así en los poetas como en los historiadores y los arbitristas, no existe más que por la guerra de Arauco, y no habla más que de los araucanos» (Menéndez Pelayo VI)–, hasta autores más recientes, como Gilberto Triviños (1994), se suele destacar esta dimensión épica no solo en los poemas, sino que también en crónicas y cartas.
Lo cierto es que durante el Renacimiento español la épica culta fue un género de gran prestigio, especialmente valorado por el público más culto y conocedor de los modelos clásicos. Se trata de poemas narrativos de estilo grave y sublime que buscan la imitatio de modelos célebres, que presentan las hazañas de un héroe y que, en el caso de los poemas de tema americano, privilegian el carácter histórico. Si bien Virgilio era el origen inevitable, las variaciones del género y la influencia de obras que innovaron en temas y estilos fueron cambiando su fisonomía. Los antecedentes más relevantes de la épica renacentista española son la Farsalia de Lucano, que relata hechos de un pasado reciente, y los modelos italianos: el contenido cristiano de la Gerusalemme liberata (1581) de Torquato Tasso y, más importante, el Orlando furioso de Ludovico Ariosto, que innova en la incorporación de temas amorosos y utiliza la octava real, estrofa indiscutida en la poesía épica española (Vila 2003, Piñero Ramírez 170).
Los tres artículos que siguen trabajan sobre el poema de Ercilla y lo que Avalle-Arce llamó el «ciclo épico de las guerras de Chile» (43-44). Este ciclo comparte con la épica de tema americano el relatar hechos del pasado reciente e incorporar sucesos, paisajes y personajes novedosos para el marco de la tradición europea. Tal como señala José Leandro Urbina, los poemas del ciclo épico chileno se caracterizan por reponer la centralidad del motivo religioso y del tema bélico histórico. En el caso de Ercilla, el autor había sido partícipe de algunos de los acontecimientos narrados y aparece representado en el poema, lo que constituye un hecho de gran relevancia. La falta de distancia temporal tiene como consecuencia, por un lado, la necesidad de representar fielmente los hechos históricos realizados por los españoles, de modo que la autoría se exponía a las críticas cuando ello no se cumplía a satisfacción de algún lector. También explica, al menos en parte, la representación idealizada del guerrero indígena, que no tiene una contraparte en los soldados españoles; se trata de una brecha que no es ni temporal ni geográfica pero sí cultural con respecto a los «araucanos».
Con frecuencia se destaca la impronta ideológica de los poemas épicos de tema americano: exaltan a un imperio (o a una familia), afirman su fidelidad al monarca y elogian a una nación. Asimismo, como señala José Leandro Urbina, los poemas contribuyen a la formación de la identidad peninsular imperial al equiparar al conquistador con las clases aristocráticas y heroicas de la tradición épica clásica. Ello no se realiza, sin embargo, sin fisuras, lo que da sustento a las lecturas que ponderan, por ejemplo, las críticas de Ercilla a la conquista y la idealización de los «araucanos» en su poema –como anota Cedomil Goic en su artículo sobre Ercilla– o destacan la expresión de una subjetividad criolla en Arauco domado (1596) de Pedro de Oña, como podemos leer en el artículo de José Antonio Mazzotti.
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La Araucana de Alonso de Ercilla
Cedomil Goic
Alonso de Ercilla es el poeta épico español más notable del Siglo de Oro. Nació en Madrid el 7 de agosto de 1533 y murió en la misma corte, el 29 de noviembre de 1594. Sirvió como paje del príncipe Felipe, se educó en la corte y más tarde acompañó al príncipe en sus viajes europeos y estuvo presente en la boda de Felipe y María Tudor en Londres, en 1554. Dos años después, obtuvo licencia para viajar a Indias acompañando al recién designado gobernador de Chile, Jerónimo de Alderete. Este murió en Nombre de Dios, y Ercilla continuó el viaje a la Ciudad de Los Reyes. Desde allí acompañó al gobernador García Hurtado de Mendoza –hijo del virrey del Perú– en su viaje a Chile. Con la expedición de don García llegó por mar en 1557, tocando en La Serena y Concepción. Ercilla permaneció en Chile entre 1557 y 1560. Durante este período inició la composición de su poema en medio de la agitada vida de campaña «escribiendo muchas veces en cuero por falta de papel, y en pedazos de cartas, algunos tan pequeños que apenas cabían seis versos, que no costó después poco trabajo juntarlos» («Prólogo del autor»).
Después del viaje a las nuevas tierras australes, en 1558, un incidente personal puso fin, con el destierro, a su estancia chilena. En 1560 llegó al Callao y obtuvo un puesto como gentilhombre de la compañía de lanzas y arcabuces en Lima. Viajó enseguida a Panamá con el deseo de sumarse a la expedición contra Lope de Aguirre, pero enfermó y debió permanecer allí hasta 1562, año en que regresó a España. Sirvió en varias embajadas de Felipe II en Europa, algunas importantes, otras odiosas. Murió en Madrid, a los 61 años de edad, en 1594 (Medina 1948). Publicó la primera parte de La Araucana en 1569 (Madrid: Pierres Cosin), que alcanzó tres ediciones antes de la publicación de la primera y segunda parte de La Araucana (Madrid: Pierres Cosin 1578). Al menos cinco ediciones de las dos primeras partes se publicaron antes de la tercera parte de La Araucana (Madrid: Pedro Madrigal 1589).
Algo después se publicará la edición que contiene la primera, segunda y tercera partes de La Araucana (Madrid: Pedro Madrigal 1589). En vida del autor se publicarán cinco ediciones de esta y una de la tercera parte, compuesta de treinta y cinco cantos. La edición póstuma de La Araucana (Madrid: Licenciado Castro 1597) es la primera en presentar los treinta y siete cantos con que se conoce el poema en las ediciones modernas. La crítica textual mantiene una cuestión abierta sobre la edición póstuma del poema. Entre las ediciones modernas debe destacarse la edición monumental (1910-1928) de José Toribio Medina, y las ediciones anotadas más recientes de Marcos A. Morínigo e I. Lerner (Madrid: Castalia 1979) y de Isaías Lerner (Madrid: Cátedra 1993).
La Araucana es el poema épico histórico español más importante del Siglo de Oro, cuyas raíces se asientan por un lado en la épica italiana de Ariosto y por otro en la historia de la conquista de Chile. Su impacto generó ciclos de poemas épicos en la literatura chilena colonial en las obras de Pedro de Oña, Arauco domado (Lima 1596); Diego de Arias Saavedra, Purén indómito (Leipzig: A. Frank’sche Verlag-Buchhandlung/Paris: A. Franck 1862), manuscrito de varias manos publicado por D. Barros Arana; y el anónimo, Las guerras de Chile (Santiago: Imprenta Ercilla 1888), manuscrito publicado por J.T. Medina. También generó un ciclo cortesano con los poemas épicos relacionados con la conquista de la Nueva España.
El poema comienza de un modo insólito diciendo no lo que va a cantar, sino lo que no va a cantar, y lo hace efectuando una clarísima conversión del exordio del Orlando Furioso de Ariosto. La obra de Ercilla canta, en el sentido clásico del género épico, las hazañas memorables de los españoles que sometieron a los indios en las guerras de Arauco; pero canta también la extrañeza singular y admirable del pueblo araucano. Lo hace, sin embargo, por una razón que beneficia su primer objetivo: «pues no es el vencedor más estimado / de aquello en que el vencido es reputado» (Canto I, segunda estrofa).
De entrada, tiene el poema una duplicación de sus objetivos. Satisface la necesidad épica de contar cosas nunca antes dichas y constituye, a la vez, una significativa ampliación del género, una innovación que proyectará su originalidad, como hemos dicho, sobre la poesía y la crónica hispanoamericanas. La innovación consiste en cantar atrayendo a la fama a representantes de un mundo bajo comprendido como de bárbaros e infieles. En los prólogos «Al lector» de la primera y de la segunda partes, Ercilla se siente movido a justificar esta modificación del género que no canta solo al vencedor sino también al vencido, no solamente al héroe cristiano sino al antihéroe bárbaro y extranjero. Estará claro que para hacerlo debe modificar los esquemas de oposiciones binarias, reducir la extrañeza y la extranjería y aproximar a los araucanos a sus semejantes y a la humanidad en general. Esta proposición épica en la cual se afirman los dos polos de la oposición, reduciendo la extrañeza del enemigo y acentuando lo admirable, es un modelo empleado por la literatura manerista en Hispanoamérica bajo la directa sugestión o incitación de Ercilla y su poema (así, por ejemplo, Garcilaso en sus Comentarios reales de los incas).
Las consecuencias derivadas de la doble proposición del poema son dos: por una parte dará lugar a la construcción narrativa de la guerra de Arauco en sus series de batallas y períodos diferentes hasta la recuperación de los territorios previamente conquistados; por otra, dará lugar a una amplificación etnográfica del pueblo araucano que comienza con la minuciosa descripción de la organización de los indios en el exordio del poema, e irá desenvolviéndose en la narración de elecciones, batallas, duelos, idilios, asambleas, juegos, muestras militares, mágicas visiones e historias fabulosas.
Las guerras de Chile constituyen la unidad de acción del poema, la de una acción que es una y de magnitud. Su desarrollo completo se desenvuelve en dos etapas que se ciñen a la forma de la crónica. Primero, la de Nueva Extremadura bajo el gobierno de Pedro de Valdivia, seguido del cambio de fortuna, la muerte, la ruina y sus consecuencias ulteriores, que abarcan toda la primera parte del poema; seguida de la transición de Francisco Villagra, con que se remata esa primera parte. La segunda etapa es la del gobierno de don García Hurtado de Mendoza, que abarca las dos últimas partes del poema. La variedad de los capitanes o gobernadores no afecta a la unidad de acción, sino a la significación de los cambios de Fortuna y de mundo.
La primera etapa, mezcla de epopeya, crónica y tratado moral, traza una curva completa con propósito, proceso para realizarlo y triunfo final. Lo hace, sin embargo, en los términos negativos de un mundo al revés. Las razón es que habiendo los españoles dominado a los araucanos –que nunca antes habían sido sometidos–, la falta de prudencia y la codicia del gobernador Valdivia y de los españoles en general produce como consecuencia la rebelión de los indios. La Providencia hace de los araucanos los verdugos o instrumentos del castigo que impone a los españoles. La serie de batallas que se desarrolla tiene entonces la forma de castigo cada vez más vergonzoso en cuidadosa graduación. Las batallas de Tucapel, Elicura, Andalicán y Concepción se suceden con agravada vergüenza de los españoles, marcada especialmente por la figura de un viejo y de doña Mencía de Nidos, quienes enrostran su cobardía a los fugitivos. Los indígenas, por su parte, ensoberbecidos por sus victorias, amenazan perseguir a los invasores hasta España: «entrar la España pienso fácilmente –dice Caupolicán– y al gran Emperador, invicto Carlo, / al dominio araucano sujetarlo» (VIII, 16). Cuando se va a producir el asalto de La Imperial, una aparición celeste marca el cambio de Fortuna; a la vez, un oráculo indígena confirma malos augurios. De aquí en adelante los españoles intentan tomar la iniciativa en Concepción, primero, y en Río Claro luego, para finalmente sorprender a Lautaro en Mataquito. Con la derrota y muerte de Lautaro se cierra esta parte.
El castigo divino está completo. La gracia ha retornado a los españoles. Con la restitución de la gracia se termina esta parte y queda corregida la inversión de los roles de los protagonistas. La curva de esta acción se somete a la concepción providencialista que ve a Dios como conductor de la historia, activa las relaciones entre víctimas y verdugos, y crea la atmósfera épica de cercanía entre los hombres y lo divino.
La segunda y tercera partes representan la guerra por la recuperación de las ciudades y los territorios perdidos y el restablecimiento del orden en el mundo. El operador de este acontecimiento es don García Hurtado de Mendoza. En su caracterización se dan todos los rasgos hagiográficos que van a distinguir los panegíricos futuros de don García en la literatura de la época, comenzando con el Arauco domado de Pedro de Oña. El arribo a Chile de don García está marcado por los signos celestes y por la perfección, sabiduría y éxito de sus acciones. A partir de este instante, la comprensión de las cosas se ciñe a la interpretación religiosa de la historia como campo de batalla de dos ejércitos: el divino y el infernal.
Desde el punto de vista de la crónica de los indios, el ciclo que comienza con la elección –para reemplazar al antiguo gobernante Ainavillo–, se completa con la muerte de Caupolicán. La narración del asunto araucano se suspende cuando se va a proceder a la elección de su sucesor.
Doblemente queda suspendida la acción por el abandono de la perspectiva escogida cuando un conflicto personal del poeta y don García cancela la imagen perfecta del gobernante virtuoso. El poeta no silenció realmente a don García (acusación de Pedro de Oña en el Arauco domado), pero dejó incompleta la crónica de su gobierno y lo denostó en términos de «mozo capitán acelerado». Será el estruendo de otra guerra –con metalepsis característica del poema– lo que, por tercera o cuarta vez, llevará al poeta a un nuevo asunto. Al concluir el poema, se establecen nuevas formas que confirman el carácter errático de la composición y la cierran con una narración autobiográfica del personaje narrador –cronista ajeno a los hechos en la primera parte; cronista de lo visto y lo vivido, memorialista, en las otras dos; autor de una confesión y de un declarado arrepentimiento en la conclusión–. Esta alteración final da lugar a la visión de la historia como terreno de prueba para la salvación del alma. La confesión conduce a la epifanía final reveladora del extravío personal del caballero cristiano y le lleva a dejar el canto por el llanto: Y yo que tan sin rienda al mundo he dado el tiempo de mi vida más florido, y siempre por camino despeñado mis vanas esperanzas he seguido, visto ya el poco fruto que he sacado, y lo mucho que a Dios tengo ofendido, conociendo mi error, de aquí adelante será razón que llore y que no cante (XXXVII, 76).
Este final reordena en el plano autobiográfico el sentido del poema entero, trazando coherentemente la curva de un extravío que desemboca en el caer en la cuenta del mismo y en la conversión ascética de su conducta.
Con buen tino, las versiones resumidas y de interés nacionalista del poema se reducen a la unidad de acción mencionada. Quedan fuera de ellas y de la simpatía de la crítica en general dos agregados de signo diferente pero relacionados. Uno es la ya mencionada antropografía de los araucanos: esta se ilustra en actos de valor y fortaleza desusados, duelos descomunales y consejos, fiestas y juegos, aspectos todos que completan la imagen cultural de los araucanos. Las más importantes e inesperadas ampliaciones de dimensión cultural la constituyen los diversos episodios de idilios indígenas que se despliegan: al final de la primera parte con las escenas de Lautaro y Guacolda, en la segunda con los idilios de Tegualda y Crepino y de Glaura y Cariolán, y en la tercera con la historia de Lauca, que dará pretexto –adición de un tema puramente poético– a la historia de la defensa de Dido que hace el poeta narrador para contestar a un soldado. Todas ellas representan una dimensión del pueblo araucano, la fidelidad de las mujeres, y su presentación se alaba con amplificación extremada de lugares comunes mediante el tópico del sobrepujamiento de mujeres bíblicas y de la antigüedad clásica.
En oposición, y para mostrar el orgullo bárbaro y la vergüenza de las mujeres de guerreros invictos, aparece Fresia haciendo desprecio del hijo de Caupolicán a la hora de su derrota. Esta acción, como las anteriores, tiene el propósito de trazar la fisiognomía del pueblo araucano. Pudiera parecer dudosa si se piensa que virtualmente ninguna otra crónica importante señala que las mujeres acompañaran a los guerreros como Ercilla hace en formas diversas, tanto en el prólogo «Al lector» de la primera parte, como en los mencionados idilios. Sin embargo, así era y alguna relación independiente lo consigna, dando por lo tanto plena verosimilitud a la representación de las mujeres araucanas:
Estas mujeres digo que estuvieron
en un monte escondidas esperando
de la batalla el fin, y cuando vieron
que iba de rota el castellano bando,
hiriendo el cielo a gritos descendieron,
el mujeril temor de sí lanzando;
y de ajeno valor y esfuerzo armadas,
toman de los ya muertos las espadas.
Y a vueltas del estruendo y muchedumbre
también en la vitoria embebecidas,
de medrosas y blandas de costumbre
se vuelven temerarias homicidas;
no sienten ni les daba pesadumbre
los pechos al correr, ni la crecidas
barrigas de ocho meses ocupadas,
antes corren mejor las más preñadas.
Llamábase infelice la postrera,
y con ruegos al cielo se volvía,
porque a tal coyuntura en la carrera
mover más presto el paso no podía.
Si las mujeres van desta manera,
la bárbara canalla ¿cuál iría?
De aquí tuvo principio en esta tierra
venir también mujeres a la guerra.
Vienen acompañando a sus maridos,
y en el dudoso trance están paradas;
pero si los contrarios son vencidos,
salen a perseguirlos esforzadas;
prueban la flaca fuerza en los rendidos
y si cortan en ellos sus espadas,
haciéndolos morir de mil maneras,
que la mujer cruel eslo de veras (X, 4-7).
Otra amplificación de carácter cultural la constituye el ejercicio de la magia. La hechicería indígena sirve para introducir dos momentos diferentes, con verosimilitud que en nada agravia las creencias y criterios de la época, desde la opinión vulgar hasta las relecciones de Francisco de Victoria.
Las visiones de la magia encuentran eco en las visiones oníricas del poeta que en sus desmayos alcanza la contemplación de la batalla de San Quintín, Francia –en la cual participa Felipe–, batalla que se da el mismo día que los araucanos les daban otra en Chile. Esta visión es justificación del poeta de un sincronismo revelador que simultánea dos instancias diversas de dos extremos distantes de un mismo imperio.
Dicha visión va seguida de la Profecía de España –tópico que Ercilla toma de Juan de Mena y que heredará Cervantes en la Numancia, vinculado al de la alabanza de los monarcas– y de otras profecías de interés proléptico, es decir, de consecuencia ulterior en la narración en las que se mezcla la familia real y el destino personal del poeta.
Estas amplificaciones –conocimiento y experiencia mágicas, revelación onírica– son todas de verosimilitud aceptada y no violentan en modo alguno la unidad de estilo de la obra, más bien confirman otra vez el clima épico del poema. El sueño y la magia se convierten en espacios que admiten la amplificación más significativa del poema y que responden a las dudas más graves que este ha planteado a la crítica moderna.
La pregunta, ahora, es si la narración de las batallas de San Quintín, de la batalla Naval de Lepanto –que el mago Fitón le ofrece para dar variedad a la narración de batallas, pues el poeta no tiene sino combates terrestres– y de la final guerra de sucesión de Portugal, no vienen a ser agregados impertinentes en relación al asunto araucano.
La relación no debe verse solamente en las indicaciones dadas por el poeta para motivar con consideraciones externas o internas del relato, sino más bien en las insinuadas en el exordio:
Quiero a señor tan alto dedicarlo
porque este atrevimiento lo sostenga,
tomando esta manera de ilustrarlo,
para que quien lo viere en más lo tenga:
y si esto no bastare a no tacharlo,
a lo menos confuso se detenga
pesando que pues va a Vos dirigido
que debe de llevar algo escondido (I, 4).
En la concepción del imperio cristiano y de la monarquía, el objetivo histórico y social de esta es guardar la paz. El buen gobernante, el gobernante virtuoso, debe regirse por la justicia. No hay otra guerra tolerable conforme a las normas jurídicas y morales elaboradas desde la Edad Media y que se renuevan en los tratados del siglo XVI, que no sea justa. La teoría de las virtudes del gobernante –que se expresa en los tratados de regimiento de príncipes– presta fundamento a la comprensión de la guerra tanto en este poema como en toda la crónica hispanoamericana. Desde un comienzo, las guerras de Chile son narradas, desde el punto de vista imperial, como guerras justas; la rebelión de los indios, como violencia a la fidelidad jurada al monarca, necesitada de justo castigo. La inclusión de los espacios de San Quintín, Lepanto y Portugal se hace en representación de la guerra justa como manifestación del imperio en todos los extremos del universo. La última, específicamente, da lugar en el extenso exordio del canto XXXVII, a una elaboración de los argumentos jurídicos que fundamentan los reclamos de Felipe a la sucesión del trono de Portugal. De esta manera, las guerras de Chile son puestas en el mismo contexto de las acciones y responsabilidades imperiales en Europa y Oriente e integradas en el conjunto de una visión política y moral armónica.
En suma, mediante la integración de estos episodios políticos se construye un mosaico de espacios semejantes cuya totalidad es el imperio. A esta luz, lo que finalmente canta el poeta es la grandeza del Imperio Español de Felipe II. Los tópicos de pauca e multi –de contar solo una mínima parte de un todo inabarcable, que deja mucha materia por cantar para que otros canten, ofrecidos en la conclusión del poema– se mezclan con los tópicos de lo inefable y de la excusatio propter infirmitatem, y, especialmente, con el tópico del cansancio. En su conjunto, nos convencen del intento del poeta y han convencido a los poetas que le siguieron y animaron tópicos semejantes en alabanza de los monarcas. Todo esto es de originalidad considerable y de larga repercusión en los poetas de ambos lados del mar. La disposición descrita equivale a la territorialización del imperio, define el centro y equipara la posición periférica de Arauco y del asunto de las guerras de Chile a los otros espacios importantes del imperio, reservándole a aquél la condición de su extrañeza y su carácter admirable.
Por último, por la vía de oraciones de caciques indígenas, y de Galvarino en particular, y mediante digresiones del poeta, se despliega a lo largo de toda la obra una exposición crítica de los vicios de conquistadores y gobernantes, y particularmente, dentro del espíritu lascasiano, de su insaciable codicia y extremada crueldad. El poema de Ercilla, no extraño a la agudización europea de la «leyenda negra» antiespañola bajo el reinado de Felipe II, salva la grandeza imperial y la justicia del rey, sin callar los vicios de los conquistadores ni dejar de repudiar los excesos de sus crueldades. Guarda entonces un rasgo moderno reconocible en el humanismo renacentista, mediante el cual la sociedad y la cultura vigentes son confrontadas por los principios superiores de la concordia, la racionalidad, la comunidad y la justicia, que ilustran las producciones más altas del humanismo europeo del siglo XVI. Es decir, de una sociedad que se refleja a sí misma e intenta corregirse.
Llevado por este procedimiento de agregación constante, el poema se extiende en la tercera parte en nuevas ampliaciones conducidas por la exploración de tierras nuevas. Esta exploración entrega dos espacios desconocidos: uno perteneciente al cacique Tunconabala, que representa el tipo de salvaje acreditado en la literatura, pero modificado porque, aparte de su aspecto velludo y fornido, no aparece caracterizado por la fuerza sino por la astucia. La función de este episodio no parece sino ofrecer el tránsito de una selva selvaggia como rito de pasaje para arribar a otro mundo, es decir, al descubrimiento de la Edad de Oro, donde los mansos y generosos chilotes compensan de su fatiga a los desastrados españoles. El poeta diluye la Edad de Hierro –que ha fatigado su pluma con su violencia monótona y sangrienta y manchado el verde de los prados con el rojo de la sangre y los miembros mutilados, sembrando de horror las estrofas del poema– en la Edad dorada que se revela como otro mundo:
La sincera bondad y la caricia
de la sencilla gente destas tierras
daban bien a entender que la cudicia
aún no había penetrado aquellas sierras;
ni la maldad, el robo y la injusticia
(alimento ordinario de las guerras)
entrada en esta parte habían hallado
ni la ley natural inficionado (XXXVI, 13).
Este descubrimiento lleva a decir al poeta: «digo que la verdad hallé en el suelo, / por más que afirmen que es subida al cielo» (XXXVI, 1). Como la descripción de los araucanos, la de los chilotes se ofrece para la crítica humanista de la guerra.
El señorío que guarda el poeta en relación a su poema ha llevado a Avalle Arce a hablar del mismo como de una divinidad de segundo grado, un deus occasionatus. Esta capacidad dominadora se devuelve en su expresión más espectacular en forma de inconsecuencias o contradicciones flagrantes del poeta, que dan al poema una disposición erráticamente cambiante y, a la vez, explícitamente consciente. No se manifiesta solo en las formas de la libertad épica con que rompe la perspectiva de la adtestatio rei visae o de los criterios de evaluación de la información ajena, cuando, por ejemplo, describe circunstancias en las que no solo no está presente, sino que está en la posición remota y contraria. Se manifiesta principalmente en la forma de cambios repentinos que presentan discontinuidades flagrantes en relación a propósitos previamente declarados.
Las inconsecuencias más notables y señaladas del poema tienen que ver con promesas incumplidas en la proposición introductoria. En el exordio se sostiene que el poema cantará de cosas verdaderas de las cuales el poeta es testigo o que, cuando no lo sea, evaluará la información ajena en la parte que no corresponde a su presencia en Chile. Para reforzar esto, obviamente, renuncia a la invocación de las Musas. Sin embargo, el poeta a continuación nos ofrecerá sueños de conocimiento portentoso, sueños proféticos, incluida una «profecía de España» en que los portavoces son la diosa Belona, diosa mitológica de la guerra, y la Razón, ficción personificada de la ley que rige los grandes destinos humanos. En otro momento presentará la visión del Apóstol Santiago, atestiguada por los indios. Más tarde, nos presentará mágicas revelaciones de lo distante y global en el espacio (Mapamundi) y en el espacio y el tiempo (el combate de Lepanto) en una visión de futuro, producidas ambas por el mago Fitón ante la mirada atónita del poeta.
Digamos aquí, una vez más, que sueños y milagros y mágicas revelaciones, introducidos en La Araucana, no rompen la verosimilitud de la narración para la tradición literaria ni para el lector del siglo XVI. Desde la Biblia a Freud, el sueño aparece cargado de fuerza reveladora abierta a la interpretación.
Los milagros e historias de casos fabulosos contados por el pueblo, vox pupuli, vox dei, que algunos han visto como un rasgo de medievalización de los poemas y crónicas hispanoamericanos, aparecen avalados como verdad del pueblo, dato no despreciado en la folklorización de la historiografía hispanoamericana colonial. La magia podía encontrar en Francisco de Victoria, por ejemplo, la distinción entre su efectividad como experiencia y poder que no se debía ignorar y su condena moral por ser conocimiento diabólico y por tanto repudiable. La introducción de esta variedad de formas de experiencia no rompe entonces la verosimilitud en la medida en que corresponde a las creencias ordinarias, y no desrealiza el conocimiento ni la experiencia personal.
Una inconsecuencia más aparente y de justificación poética y emblemática se da al caracterizar primeramente al pueblo araucano como un pueblo del que se dice: «Venus y Amón aquí no alcanzan parte / sólo domina el iracundo Marte»
(I, estrofa 10), mientras a continuación, antes de terminar la primera parte, aparece la materia de amor y más tarde la justificación tardía de su inclusión. Más aun, en la segunda parte de manera importante, y menos importante en la tercera, se narran series de episodios en que se representan personajes femeninos de esposas y viudas y fieles que expresan su desvelo o narran al poeta la historia de su amor o de sus vidas: Guacolda, Tegualda, Glaura, Lauca y Fresia, esta última como para recuperar la coherencia de la descripción etnográfica inicial. Esta serie describe una curva mediante la cual las mujeres araucanas son caracterizadas con manifiesto sobrepujamiento de las más grandes heroínas bíblicas o clásicas, para ponderar su fidelidad y amor. Estas historias pueden ser vistas como derivaciones secundarias de la caracterización del pueblo araucano hecha en el exordio y dispersas, luego, en otras instancias narrativas. Afirman la humanidad, la delicadeza y la racionalidad de las indias y, por extensión, del pueblo araucano.
Cuando el crítico biográfico ha sugerido la posible alusión a la frustración amorosa del poeta antes de venir a Chile –que habría causado su viaje–, está leyendo libremente estos signos étnicos con la misma actitud de Tácito en su Germania. La etnografía no se detiene en lo pintoresco o característico como haría el romántico, sino en el valor ejemplar que adquieren las virtudes del «otro» para fustigar los vicios o limitaciones de los propios. Esto es parte del tacitismo del poema. Por otra parte, la crítica no ha parado mientes, como hemos señalado, en el dato etnográfico que señala que los mapuche se hacían acompañar de mujeres en la guerra y que la frecuencia de la aparición de las figuras femeninas en las guerras de Chile se justifica de esta manera. El poeta lo señala así en el prólogo «Al lector» de la primera parte, y las representa persiguiendo a los españoles en fuga o viendo luchar y morir a sus maridos, como hemos visto. Es cierto que ello va en ocasiones acompañado del comentario cómico de que «por una viuda que lloraba diez saltaban de alegría», lo que, otra vez, resulta insólito en la epopeya y ofrece un caso más de contaminación con la épica burlesca de los italianos y tal vez la ruptura más violenta con el género épico tradicional.
Ahora bien, la contradicción fundamental que sostiene el poema y que es ideología del poeta por encima de toda otra cosa, se simboliza en la oposición del verde y el rojo. La representación de la guerra escoge episodios de brutal y sangriento desarrollo, en que la ferocidad de la lucha alcanza extremos de extraño horror. En ellos, las partes mutiladas de los cuerpos salen disparadas en todas direcciones y la sangre corre en arroyos que manchan la naturaleza indiferente. El espanto acumulado de estos hechos fatiga no solo al lector sino al poeta mismo. En esta fatiga y hastío justifica el poeta su distracción en historias de amor, de casos mágicos y prodigiosos.
Esta apoteosis de la Edad del Hierro es la que conduce al poeta a complacerse al final de haber encontrado la verdad en el suelo, el paraíso en la tierra. El poeta buscador del mito ha creído hallarlo encarnado en el mundo de los generosos chilotes. El acceso a este mundo está preparado por un rito de pasaje, por el cruce de una selva selvaggia por donde los arrojó la malicia de Tunconabala.
El abandono del paraíso encontrado devolverá nuevamente al poeta al mundo de la violencia y el rigor. Al incurrir en el desacato de D. García, es condenado a muerte, y cancelada esta condena, se le destierra; no encuentra satisfacción en el Perú; enferma en Panamá; sirve en Europa al rey sin gratificación o sin sentirse justamente remunerado. Todo ello hará desembocar la vertiente autobiográfica en la ascética decisión de dejar el canto por el llanto iluminado finalmente por la epifanía, que es revelación y transformación interior.
Tenemos en La Araucana de Ercilla un poema épico, un poema de estilo sublime. Pero un poema de estilo sublime que no excluye el estilo medio, dulce y amable de los idilios indígenas, mezclado con el serio, las más de las veces trágico; ni rehúye el estilo bajo correspondiente al tratamiento de indios bárbaros e infieles servidores del Demonio, enemigos de los españoles. En tal sentido, resultan equiparables si no peores que los franceses a que el español se opone en San Quintín, o que el turco que combate en Lepanto contra la alianza cristiana o que el portugués que disputa a Felipe su legítimo derecho a la sucesión del trono lusitano. El estilo bajo admite en el poema el tratamiento cómico de ciertos momentos de la participación de las mujeres araucanas en la guerra. Tal vez la modificación más insólita que se halla en el poema. Quedará claro que en la convergencia de los grados de seriedad y de comicidad en el tratamiento de los araucanos el mundo se hace ambiguo y la extrañeza se acentúa y se relativiza al mismo tiempo.
En atención a los géneros de decir retóricos, el poema concede marcada prioridad al discurso demostrativo como correspondiente a la alabanza y al vituperio y a un uso variado y extenso de los tópicos correspondientes. Da cabida no poco importante al discurso deliberativo en todo aquello que critica o disputa el comportamiento de los hombres y sus gobernantes. Tampoco deja de lado el discurso judicial que toma la causa del imperio y defiende el uso justo de la guerra para dirimir las situaciones en las cuales la razón no ha sido atendida. El exordio del canto XXXVII, que abre el último canto del poema, es por sí solo una exposición de los argumentos que legitiman los derechos de Felipe al trono portugués. Si nos atenemos ahora a los géneros y modos discursivos, tenemos epopeya, tragedia, comedia y sátira; biografía, autobiografía, memorias, confesión; historia, crónica, anales; etnografía; idilios, casos; hagiografía, panegírico; tratado de regimine principum, tratado político y tratado moral.
Desde el punto de vista de sus determinantes estilísticos, el poema se construye sobre la versificación única de la estrofa de octava real y del verso endecasílabo que la caracteriza. A dicho verso Ercilla introduce toda la variedad de sus cláusulas acentuales con indudable maestría, que mereció el elogio de sus contemporáneos casi exclusivamente, incapaces de comprender la novedad del poema. En un poema de la extensión de La Araucana, el esfuerzo constante del poeta consiste en barajar la monotonía de estas formas constantes con la variedad posible. Lo mismo acontece con los otros recursos estilísticos, el epíteto, la comparación, la descripción del paisaje, el retrato, los ingentes catálogos de guerreros españoles e indios, etcétera.
Para concluir, La Araucana es un poema épico singular cuya visión del mundo cristiana y providencialista sujeta a la historia y deja a los hombres a su libre albedrío, armonizando el destino social y personal e interpretando el sentido del universo en sus diversas facies.
La universalidad no excluye la particularidad, pero impone un orden y una jerarquía capaces al mismo tiempo de extranjerizar y de reconocer al otro como semejante, de rechazar y atraer. Esta ambigüedad marca y distingue al poeta y, por encima de todo, explica la percepción del otro en términos de lo extraño y admirable que le permiten coparticipar del aura heroica y sublime, y que no tiene comparación en la literatura de la época.
La Araucana es una epopeya, una obra de estilo sublime que no rehúye los otros niveles de estilo y que, más allá de esto, en una comprensión definida y singular del género sublime, que admite la inclusión de una enorme variedad de tipos de discurso y géneros de decir y toda la gama imaginable de recursos estilísticos propios de las formas más elevadas. Para quienes se envanecen con la conciencia de vivir hoy en día una época excepcional de la historia de las letras por la real o supuesta libertad con que se utilizan, cuando no se ignoran las formas preestablecidas y se rompen las aparentes normas de la literatura precedente, el conocimiento de la obra de Ercilla puede ser una lección edificante. La libertad y el genio con que Ercilla, o Cervantes, utilizaron el acervo literario heredado, culto o popular, clásico y vernáculo, debiera sacarlos del engaño. Y debiera llevarnos a todos a la convicción de que al lado de una visión estereotipada de la retórica y de la crítica, había ya en el siglo XVI, y aun mucho antes, una taxonomía razonable y un mirar con visión libre y refrescante, en particular, las admirables obras del género sublime en las cuales se admitía y a las que se caracterizaba por el empleo y la concurrencia de todos los medios literarios. Una temprana concepción, entonces, de la obra o del estilo total, en la que tradición e innovación se dan la mano. La Araucana de Ercilla lleva a cumplimiento singular esta posibilidad del género, se encierra en él y se escapa, nos trae y nos lleva, nos toma y nos deja, una y mil veces, para entregarnos, finalmente, lo que permanece y unifica lo diverso: la suprema libertad de su canto épico.
Bibliografía selecta
Ediciones
Ercilla, Alonso de. Madrid, 7 de agosto de 1533-1594, 29 de noviembre de 1594. La Araucana. Madrid: Pierres Cossin, 1569. Edición príncipe de la primera parte. La Araucana. Printed in facsímile at the Vine Press, from the copy in Library of Archer M. Huntington, 1902. Primera y segunda parte de la Araucana. Madrid: Pierres Cossin, 1578. Tercera parte de la Araucana. Madrid: Pedro Madrigal, 1589. Primera, segunda y tercera partes de la Araucana. Madrid: Pedro Madrigal, 1590.
Primera, segunda y tercera partes de la Araucana. Madrid: Licenciado Castro, 1597. Esta edición agrega los últimos dos cantos, XXXVI y XXXVII. La Araucana. 5 volúmenes. Edición del Centenario. Ilustrada con grabados, documentos, notas históricas y una biografía del autor. Editada por José Toribio Medina. Santiago: Imprenta Elzeviriana, 1910-1918. La Araucana. Salamanca: En casa de Domingo de Portonarijs impresor, 1574.
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Pedro de Oña y el criollismo poético
José Antonio Mazzotti
1. Introducción
El Arauco domado (Lima, 1596) de Pedro de Oña es un caso señero de discurso poético por la complejidad de su escritura y las posibilidades de interpretación y teorización que ofrece sobre el incipiente criollismo colonial. Se trata de la primera aparición impresa de Oña, nacido en Angol, en la frontera con la Araucanía, apenas 26 años antes. Sin embargo, Oña escribió también otros dos poemas mayores, el Ignacio de Cantabria, publicado en Sevilla en 1639, y el Vasauro, inédito hasta 1941. Entre todos, el Arauco domado sigue siendo el poema que más ricas y variadas perspectivas ofrece para analizar la dualidad criolla y el diálogo dialéctico con géneros menos prestigiosos, como la crónica, el discurso legislativo, y la temprana etnografía.
Del Arauco domado aludiré principalmente a aquellos cantos en que se expone una perspectiva criolla e inherentemente paradójica a través de tres temas. El primero es el conocimiento directo, proto-antropológico de Oña, en relación con los rituales religiosos de los araucanos, tal como se expone en el Canto II. El segundo, el de las reformas administrativas dentro del sistema de las encomiendas en el Canto III. Y el tercer tema es el episodio de la rebelión quiteña de las alcabalas de 1592-1593 en los cantos XIV a XVI. De este modo, el Arauco domado se nos revelará como formulación de una serie de perspectivas y lealtades dobles que marcan las señales de una subjetividad criolla específica y temprana.
Para comenzar, veremos que, por momentos, la voz poética se apropia de un saber sobre las moria de los nativos, lo cual implícitamente relativiza el lugar de enunciación de Ercilla en La Araucana. Este acercamiento –si bien condenatorio de las prácticas idólatras de los mapuche– le valió serias acusaciones teológicas en el juicio emprendido contra el poema y su autor en 1596.
Asimismo, además de los rasgos de historia moral que «veristamente» presenta el Arauco domado, se hará claro que Oña opina sobre la reorganización de la encomienda, la imposición tributaria del Estado metropolitano y las correspondientes protestas criollas. Es allí donde la voz poética muestra por momentos simpatías implícitas hacia personajes problemáticos, sin dejar de declarar enfáticamente su profunda lealtad a la Corona y al orden virreinal, sobre todo bajo el mando del virrey don García Hurtado de Mendoza, a quien veía como su protector y convierte en héroe supremo de la epopeya criolla.
Se recordará que la expedición de don García Hurtado de Mendoza a Chile, de 1557 a 1560, repuso el relativo orden militar perdido tras la derrota de Pedro de Valdivia y otros capitanes españoles en años inmediatamente anteriores. Don García era hijo segundo de don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey del Perú (1556-1560). En esa misma expedición participaría Alonso de Ercilla por año y medio entre 1557 y 1558. Asimismo, el padre de Oña, Gregorio de Oña, lucharía bajo el mando de don García, muriendo a manos de los araucanos años más tarde, en 1570, el mismo en que nacería el poeta. Don García Hurtado de Mendoza sería posteriormente virrey del Perú entre 1590 y 1596, tras heredar el título de marqués de Cañete al morir su hermano mayor. El Arauco domado de Oña está dedicado al primogénito de don García y es una versión heroica de la expedición de 1557, con prolongadas incursiones temáticas relativas a eventos dentro del término de mandato de don García a finales de siglo –como la ya mencionada rebelión quiteña de las alcabalas (1592-1593) y la llegada del corsario Richard Hawkins a las costas peruanas (1594)– en los seis últimos cantos del poema (XIV al XIX).
Es a partir de tales pasajes que me interesa plantear cómo –desde la perspectiva de esta voz criolla– la noción de caos cósmico corresponde a un ingrediente, entre otros, de su búsqueda identitaria. Me refiero a la visión centrada en su propia época con respecto a la transgresión y transformación del pactum subjectionis o pacto de sujeción de la neoescolástica, ejercidas por agentes metropolitanos en su implantación del sistema burocrático del proyecto imperial, aunque no sin marchas ni contramarchas de parte de la Corona y de algunos de sus oficiales de alto nivel.
Oña, como ya se dijo, era hijo de conquistador, y desarrolló dentro del Virreinato peruano su labor escrituraria inicial y la experiencia vital de la que parte para sus versiones de la situación y aspiraciones de su grupo. Es importante señalar esto, porque en el Arauco domado es visible una serie de focalizaciones ambiguas, conocimientos locales y posicionamientos duales sobre el ocaso de las encomiendas y sobre el tratamiento dado a los criollos que se atrevieron a protestar contra el avance del poder metropolitano, sin ser necesariamente el poeta uno de ellos.
Según se sabe, el Arauco domado fue concebido en parte como una reacción al mínimo reconocimiento que Alonso de Ercilla había tributado en La Araucana a don García Hurtado de Mendoza, durante su campaña en Chile. Ercilla le colgó al joven don García el baldón nada agradable de «mozo capitán acelerado», originalmente en el Canto XXXV en la edición de 1590, que luego pasaría a formar parte del final de los cantos añadidos en 1597 (XXXVII 70)68. La poco elogiosa referencia se debió a que en 1558 el entonces futuro autor de La Araucana estuvo a punto de ser ejecutado por orden del joven gobernador don García, por una pendencia en que desenvainó su espada durante la ceremonia de celebración por la subida al trono de Felipe II, aunque la pena fue conmutada faltando poco para su aplicación. Susto y motivos personales no le faltaban, pues, a Ercilla para opinar mal del joven gobernador.
El propio Oña se encarga de establecer una relación ambivalente con La Araucana, pues si por un lado llama a la obra «riquísima» y confiesa la dificultad de cantar las guerras del Arauco –así sea con «voz latina, hespérica o toscana» («Exordio» 20)– después del brillante ejemplo trazado por Ercilla, por el otro llama a este «apasionado», que al disminuir la figura de don García «pensó, callando así, dejar cerrada / de vuestra gloria y méritos la puerta […] dejando su pasión descerrajada» («Exordio» 18-19).
La Araucana, sin embargo, no deja de ser parte de un proyecto imperial y centralista, y no se puede decir algo muy diferente del Arauco domado, que como sabemos, es altamente lisonjero con la autoridad virreinal y, por lo tanto, con la razón y episteme dominantes. En tal sentido, la crítica de Rodríguez (1981) al poema como expresión de una «imaginación colonial» acierta en tanto a la posición política y pública de Oña, aunque reduce a una identidad plana sus alcances ambiguos y por momentos plurisignificativos en el desentrañamiento de una agencia criolla.
2. El Arauco ¿domado?: secretos desestabilizadores de la Araucanía
El Canto II del Arauco domado constituye un caso singular de diversificación de la épica. Si bien la «inalcanzable» –como el propio Oña expresa– Araucana de Ercilla ofrecía también excursos narrativos para insertar breves descripciones de rituales y costumbres nativas, muchas veces acuñadas según prestigiosos modelos textuales, el Arauco domado se explaya por esas zonas del discurso donde solo la experiencia prolongada en Indias y la interacción con la población indígena podían garantizar una información más vivaz y de mayores efectos retóricos, y por lo tanto una cierta y no indeseada credibilidad. A pesar de que Oña sigue una tradición de escritura de obvias raíces europeas, reafirmando un territorio simbólico de dominación como miembro ilustre –aunque indiano– de la república de españoles, se toma muchas libertades con el registro de la imitatio. Elabora constantemente intertextos con los poemas homéricos, la Eneida, la Farsalia, el Laberinto de Fortuna, el Orlando furioso, Os Lusíadas y la Jerusalén libertada, entre otras obras, sin olvidar la principalísima Araucana; pero es precisamente allí donde los demás autores no incursionan –especialmente donde sus bárbaros (musulmanes o indígenas en algunos de ellos) resultan imágenes arquetípicas de tradiciones reconocidas– que aparecen zonas de intersticio epistémico hábilmente explotadas por el sujeto de escritura merced a su mirada alternativa. En la sumilla del Canto II se anuncia: «algunos extraños ritos de que usan en sus invocaciones y diabólicas idolatrías». Es el único canto que está casi por completo dedicado a presentar las costumbres religiosas de los araucanos. Su inserción se justifica narrativamente porque contiene escenas de los presagios que anuncian a los nativos su próxima derrota gracias a la llegada a Chile de don García Hurtado de Mendoza liderando nuevas tropas. Sin embargo, el poema no desaprovecha la oportunidad para infiltrar sus focalizaciones localistas y reforzar el efecto de asombro producido por la pintura luciferina de los «bárbaros» antárticos.
Oña comienza su Canto II con una invocación a la Fortuna, la cual invertirá la suerte de los nativos luego de sus victorias sobre Valdivia y otros españoles. Según la voz poética, los araucanos, al no tener en cuenta los vaivenes de la arbitraria diosa, perdían la oportunidad de asimilar racionalmente los acontecimientos militares que se vislumbraban. La diosa Fortuna, tópico que alcanza una de sus expresiones máximas en el Laberinto de Fortuna (1444) de Juan de Mena, es superada por la buena vía de la Providencia en el poema castellano. Sin embargo, en el Arauco domado los nativos estaban condenados al fracaso por encontrarse en posición de «inferioridad» espiritual al no conocer los Evangelios y al prolongar el culto al demonio. Se repite así el tópico de la conquista identitaria, es decir, la salvación de las almas indígenas mediante el borramiento pleno de sus marcas de identidad, concebida como una manifestación oculta de la voluntad del demonio. El gesto es moneda corriente en los textos de la época y en distintos géneros. La autosuficiencia de los enemigos indígenas (soberbia a la que se reduce a los araucanos) motiva que Oña descargue contra ellos sus más oscuras tintas. Después de todo, los araucanos habían matado a su padre: «del que en ocio próspero sosiega / hace la diosa varia sus despojos» (II 2). La «Fortuna varia» es, pues, como la piedra de Sísifo, que no bien alcanza su cumbre cuando empieza su descenso (II 6).
En este contexto de resonancias medievalistas, la voz poética previene cualquier suspicacia sobre posibles simpatías o defensas de las creencias y prácticas religiosas de los araucanos. El desfile de casos de idolatría y «repudiable» moral que se da en el Canto II sirve para adelantar de alguna manera la propuesta de una administración más flexible y bondadosa con los indígenas convertidos (en contraste con los demonólatras) manteniendo el sistema de la encomienda, como se expresa en el Canto III. En tal sentido, la unidad temática y estructural de la obra pretende volver sobre un modelo estable, aunque, como pronto veremos, no siempre lo logra sin sinuosidades ni marcas contextuales criollistas.
Pero examinemos en qué punto la alteridad étnica le sirve al sujeto de escritura para sacar ventaja de su acceso a una información que hará no solo más verosímil su «verdad patente» (IV 14) o historia (en el sentido etimológico de histos o ‘ver’), sino también cargada de matices nuevos gracias a la heterogeneidad profunda de su medio, observado desde su cercanísimo y criollo mirador.
El Canto II continúa con la mención de algunas costumbres de agorería entre los araucanos, que practican, por ejemplo, la adivinación del futuro por el examen de animales: «hacen allá en ocultos agujeros / de torpes sabandijas escrutinio, / ministras del nefando vaticinio» (9). Esa costumbre, si era cierta, podía haber tenido correspondencia con la práctica aún frecuente en las alturas andinas de «pasar» el cuy o conejillo de Indias sobre el cuerpo de una persona enferma. Una vez abierto el animal, el curandero puede diagnosticar qué parte del cuerpo del paciente es la afectada según las marcas dejadas por la absorción del mal en las vísceras del roedor69. Si bien Oña no da más detalles ni alude a paciente alguno, la posible noticia de tal costumbre practicada por los indígenas peruanos podía haber servido de referente real a la hora de echar mano del viejo tópico de los sacrificios de animales u holocaustos, o de la adivinación por lectura de las entrañas de animales, en la épica clásica.
Al estar descontentos con el mal presagio, los araucanos ingresan a un bosque sin luz, cuya descripción recuerda la ercillesca «selva espesa / de matorrales y árboles cerrados» (30) antes de la choza del hechicero Guaticolo y la «selva de árboles horrenda» (46) como antesala de la cueva de Fitón, en el Canto XXIII de La Araucana. También recuerda la floresta cerca de Jerusalén de donde las tropas de Godofredo de Bullon no pudieron extraer más madera por estar infestada de demonios que espantaban a cualquier ser humano, según la Jerusalén libertada de Torquato Tasso (XIII y XVIII). En el bosque araucano de Oña encontramos, sin embargo, «una plácida floresta, / do nunca ofende el sol ni daña sombra» (II 11). En tal lugar, los araucanos se entregan a una fiesta en la que «con sus cantares, bailes y placeres / hicieron oblación a Baco y Ceres» (II 11), divinidades clásicas a las que más tarde se sumará Venus. La bacanal se presenta así con rasgos griegos, aunque no por eso la principal entidad invocada deja de ser nativa: «Pillán, espiritu malino» (13). Equiparado al demonio y ciertamente con los mismos rasgos del Eponamón de La Araucana, el dios local se hace propicio en tal atmósfera de abundante chicha, griterío y bailes. La presencia de tales prácticas en el poema demuestra el (interesado) conocimiento de Oña de la población nativa, conocimiento en el que, obviamente, excede a Ercilla.
Pasemos ahora a la mención de uno de los rituales más sorprendentes, que revelan la compenetración –ciertamente oblicua– del poeta con la cultura indígena. Se trata del pasaje del ibunché, ser maligno y cadáver viviente que sirve de intermediario entre un brujo y el «demonio». Así lo presenta el mirador criollo:
En esta gruta lóbrega y tremenda
do los piramidales del Titano
para poder entrar no tienen mano,
por más que por el sótano los tienda;
está sobre unas andas ¡cosa horrenda!
tendido un ya difunto cuerpo humano,
sin cosa de intestinos en el vientre,
porque su dios en él más fácil entre.
El nombre es ybunché del insepulto,
y cuando el dueño de él y de la cueva
quiere saber alguna cosa nueva
de mucha calidad y fin oculto,
con gran veneración, respeto y culto,
(que en esto el indio rudo nos las lleva)
entra por senda angosta y desmentida
para que no le sepan la guarida
(II 54-55).
Entre los críticos literarios, María Rosa Lida de Malkiel había notado –desde su magistral estudio sobre Juan de Mena en 1950– la larga tradición literaria detrás del pasaje sobre el ibunché en Oña, al que llama «la más singular reelaboración de este motivo [del cadáver hablante]». Su erudita lista de antecedentes y seguidores necrománticos se compone de Catulo y Mena, entre los primeros; Oña, Jacinto de Herrera (en su comedia Hazañas del Marqués de Cañete) y Antonio de Eslava (en su Noches de invierno), entre los segundos (505-507). Las genealogías de la estudiosa se limitan, sin embargo, a las fuentes literarias.
Poco después, en 1952, Salvador Dinamarca alude a las recopilaciones del folclore chileno hechas por Vicuña Cifuentes en su libro Mitos y supersticiones (publicado por primera vez en 1910 y sumamente ampliado en una tercera edición de 1947), pero no llega más lejos. Miguel Ángel Vega, en 1970, refiriéndose al ya citado Dinamarca, registra el pasaje del Arauco domado como el único caso de exactitud etnográfica (82). Pero como hemos visto, el conocimiento y acomodamiento de la cultura indígena parecen ser en Oña mucho más complejos de lo que la mayor parte de la crítica ha podido explorar.
Distintas versiones se refieren al ibunché como un ser deforme que habitaba encerrado por el brujo en una cueva, que tenía la cara mirando hacia atrás y le emergía un pie por la espalda (Vicuña Cifuentes 82). También, que era alimentado con carne humana y servía como instrumento para propinar daños a quien el brujo señalara. Lo más importante es quizá el hecho de que las etimologías que recoge Vicuña Cifuentes coinciden con el sentido de que el nombre ibunché se compone de ivún (‘pequeño ser’) y che (‘hombre’). Otra etimología es más específica: «ivum o ivùm, animales pequeños cuadrúpedos, o monstruos, y che, hombre, gente en general». Esta última es extraída del Diccionario araucano-español del Padre Andrés Febrés, compuesto en 1765, y apunta de manera más clara a un universo «maligno» en el que tanto el brujo como el ibunché se coaligan fuera de lo profano. El ibunché sería, por lo tanto, un «pequeño ser [humano] monstruoso», animalizado por oficio del brujo para servirse de él y ejercer su poder.
De ser cierto lo señalado por Vicuña Cifuentes en sus recopilaciones etnográficas, el ibunché de Oña puede ser el producto de un entrecruzamiento de distintas formas de rito funerario entre los antiguos nativos, sin dejar de mencionar las reminiscencias que despierta del Golem de la antigua mitología cabalística (Muñiz-Huberman 31-32). Asimismo, el pasaje recuerda las estrofas del Laberinto de fortuna (Mena, coplas 238-265) que se refieren a los hechizos de la maga de Valladolid para encontrar un cadáver que le sirviera de instrumento de transmisión de los designios infernales y las disposiciones de la Fortuna en relación con el condestable don Álvaro de Luna. Los pasajes de Mena sobre las pociones preparadas por la maga son a su vez transformaciones de la Bellum civile o Farsalia (Lucano, VI, versos 672-676), y la búsqueda del cadáver recuerda la análoga de Ericto en los campos de Tesalia para hallar «al desgraciado cadáver destinado a vivir», el cual «es colocado bajo un elevado peñasco de un hueco monte» (Lucano, versos 637-641). Como se ve, pues, el tópico del cadáver hablante en una cueva tiene también una larga tradición textual (Lida de Malkiel 505-507). De manera interesante, la estudiosa nos recuerda que el Fitón de Ercilla también tenía la capacidad de invocar a los muertos y hacerlos hablar, aunque no practicaba el ritual (XXXIII 41). Este detalle, sumamente ampliado e ilustrado por Oña con el ibunché, nos revela nuevamente la ansiedad de la voz poética por encontrar su propia autoridad discursiva mediante la autocomplacencia en la abundancia de detalles extraídos de su experiencia americana. En Oña tenemos el caso de un letrado de frontera que asume una posición de saber práctico de la tierra y de los vasallos indígenas de la Corona que indirectamente lo facultaría a un poder administrativo:
Helo sabido yo de muchos dellos,
por ser en su país, mi patria amada,
y conocer su frasis, lengua y modo,
que para darme crédito es el todo
(II 57).
3. El criollo opina sobre la encomienda
Pasando al Canto III, observemos que la alabanza de Oña sobre la moderación tributaria, el límite de edad, el alivio en las labores mineras y otras medidas en favor de los indios atribuidas a don García constituye, paradójicamente, una enumeración implícita de remedios posibles para la situación criolla. David Quint (173) observa también este punto, que sin duda aparta a Oña del latente lascasismo que se puede encontrar en algunos pasajes del poema de Ercilla70. La posición de Oña es coherente con lo que él entiende como la inmanente capacidad de los indios araucanos para convertirse en labradores súbditos bajo el control de los encomenderos «sin excesos» (Quint 174). En efecto, los abusos de los encomenderos fueron inmediatamente percibidos por don García y expresados por Oña:
¡Oh, qué desaforado desafuero
usado con los pobres naturales!
¡Oh, qué de imposiciones desiguales
en gente que era al fin de carne y cuero!
¡Oh, siempre viva hambre del dinero,
disimulada muerte de mortales,
polilla de las almas gastadora,
hinchada sanguijuela chupadora!
(III 21).
El maltrato a los indios como enfermedad social y como alimaña maligna constituye una de las metáforas más persistentes a lo largo de la obra. Es lógico, pues, que la calificación de don García como «médico tan sabio» en la estrofa siguiente –y «como sabio médico» en la estrofa 56 del Canto VIII– se convierta en la contraparte tropológica correspondiente. Vemos así que algunos de los rasgos del género arbitrista se introducen en el discurso épico, reconfigurándolo y convirtiéndose en elementos útiles para la heroificación del personaje central. Sin embargo, la condición de súbditos «rústicos» o «menores» –como catalogaba a los nativos la legislación de Indias (Ots Capdequí 24)– junto con la obligación de que se les otorgara tutela material y espiritual, favorecía a largo plazo la situación de los descendientes criollos de esos encomenderos que cumplirían con los mandatos «curadores» del médico político hispano. En este sentido, la lectura de Quint y la de otros críticos de Oña merece una discusión más contextualizada e histórica, que desentrañe la complejidad de la figura de don García a la luz de sus actitudes frente a los conquistadores viejos o baqueanos del Virreinato peruano, y en favor de sus propios colaboradores, así como a partir de un examen de la documentación legal de su momento.
Vayamos al texto. Desembarcada la expedición de don García en La Serena (también llamada Coquimbo) en abril de 1557, el gobernador evaluó la situación de los indios sometidos y encomendados, quizá como parte de una estrategia general cuyo objetivo último era atraer a los araucanos aún ajenos a la órbita cristiana y prevenir rebeliones de aquellos ya bautizados. Oña no duda en expresar sus elogios hacia don García por las reformas que aplica a la institución de la encomienda, sin abolirla. Así, el Canto III nos dice:
Mandó que de los indios que tuviese
el ávido vecino encomendero
para labrar el cóncavo minero,
el sesmo solamente se le diese;
y que éste de varones sólo fuese,
guardando al sexo tímido su fuero,
los cuales a sesenta no llegasen,
y que del sesto décimo pasasen.
Ordena juntamente que del fruto
de los veneros fértiles sacado,
también al indio el sesmo fuese dado
como en retribución de su tributo;
y que cualquier vecino al estatuto
fuese para los suyos obligado,
partiéndoles el sábado postrero
la dicha sesta parte del dinero.
(III 27-28).
Los encomenderos, entonces, no debían obligar a más de la sexta parte de sus encomendados a trabajar en las minas. Las mujeres quedaban excluidas y solo trabajarían los varones entre 16 y 60 años de edad (27). Asimismo, como compensación por su trabajo, los indios debían recibir cada último sábado del mes una sexta parte de la ganancia extraída de las minas (28). Más adelante se añade que en estas habría alcaldes para evitar abusos, y que la comida, a cargo de las mujeres, debía transportarse en mulas a fin de evitar esfuerzos e injusticias innecesarios (29). Asimismo, debía darse alimentación suficiente a los encomendados, incluyendo carne tres veces por semana (30). Como se ve, ni don García ni Oña adoptan la posición antiencomendera de Ercilla, sino todo lo contrario, tratan más bien de modificar la institución dentro de un marco de protección al indígena, pero sin socavar en lo fundamental los beneficios de los encomenderos.
Estas disposiciones no fueron en absoluto invención poética de Oña ni reparación discursiva a posteriori (casi cuarenta años después de los hechos narrados en el Canto III). Es muy posible que Oña tuviera acceso a las Tasas del licenciado Hernando de Santillán, que viajó con don García en la expedición como teniente general, cargo equivalente a lo que sería un vicegobernador. Si bien las medidas fueron anunciadas poco después de la llegada a Chile, según el poema, solo se decretaron oficialmente como ordenanzas el 20 de enero de 1559, cuando ya se habían dado las principales batallas y refriegas con los araucanos y muchos de estos se encontraban sometidos al poder español tras la muerte de Caupolicán.
4. El caos quiteño y la problematicidad del mirador criollo
La publicación del Arauco domado, sin aprobación arzobispal y con algunas acusaciones al clero y a determinados personajes quiteños en relación con la rebelión de las alcabalas, motivó el proceso emprendido por el Arzobispo Toribio de Mogrovejo. La alcabala era el impuesto a las ventas, que en algunos lugares de España subía hasta el 10% de la transacción comercial de ciertos productos. En México se había implantado desde 1574 y en otras ciudades del Perú, pese a la actitud resistente de sus habitantes, se aceptó su imposición a partir de 1592. En el caso de las ciudades peruanas, incluyendo Quito, el impuesto alcanzaba solo el 2% de las transacciones. No obstante, en Quito se produjeron incidentes serios contra la Audiencia y hubo que enviar una fuerza expedicionaria que aplacara la rebelión. La asonada era liderada por criollos notables a través de una masa de soldados y mestizos descontentos (Lavallé, «La rebelión…» 153).
Las críticas explícitas del Arauco domado a los quiteños y varios sacerdotes, sumadas al proceso iniciado contra su autor, causaron que las autoridades mandaran recoger la primera edición de la obra, lo que evidentemente impactó sobre su difusión. Contradictoriamente, las varias composiciones que preceden el largo poema, provenientes de algunas de las más notables plumas del momento en el Perú, eran testimonio del ánimo celebratorio con que se esperaba la impresión del poema en Lima por parte de letrados y partidarios del virrey don García. Del mismo modo, las aprobaciones del propio virrey, del jesuita Esteban de Ávila y del licenciado Juan de Villela se referían a la «limpieza de verdad [en] los hechos señalados», a «los hechos […] heroicos en defensa de la religión cristiana y de su rey y patria» y a las virtudes literarias («un no imitado estilo») en el poema, respectivamente (Oña 29, 32-33).
Pero no todo el público estaba de acuerdo con tales afirmaciones. Aunque el proceso no pasó a mayores, produjo la pérdida de casi toda la primera edición. Al parecer, fuera de tal censura Oña no sufrió ningún percance, pudiendo embarcarse con su flamante esposa a su nuevo corregimiento en Jaén de Bracamoros (al norte del Perú) a mediados de 1596, luego de haber aclarado que muchas de las afirmaciones en su poema se basaban en los informes y documentos que el mismo virrey don García le había enseñado, y que todo lo relacionado con eventos supernaturales entre los araucanos era producto de la «ficción poética».
En el proceso, el representante del Arzobispado y cinco vecinos de Lima y Quito esgrimieron numerosos cargos, muchos destinados a proclamar la poca veracidad de la obra, pero no solo en lo que respecta a los sucesos de Quito. Las acusaciones lindaban también con aspectos teológicos, mucho más graves aún. La miopía de los acusadores con respecto a las libertades de la poesía épica servía de buena excusa para tender el tabladillo contra las perspectivas emitidas en el poema de Oña sobre los quiteños y contra el clero. Pero ¿cuáles eran específicamente esas perspectivas? Para responder cabalmente la pregunta, es necesario referirnos al problema del cotejo entre ejemplares de la edición de 1596. Ya Salvador Dinamarca había advertido que algunos ejemplares de dicha edición princeps aparecían con versos diferentes en determinados pasajes. En lo que al parecer fue un intento de Oña de evitar el problema de las acusaciones antes de que surgieran, fue introduciendo al texto base pequeñas correcciones que derivarían en una nueva versión. Victoria Pehl Smith, en su propia edición, que aquí manejamos, encontró además otras diferencias y las consignó debidamente en su introducción. Por el carácter de los cambios, puede verse que Oña trató de prevenir las iras de la Iglesia, aunque sin resultados, ya que la enemistad entre el arzobispo y el virrey don García tenía largos antecedentes e iba más allá del problema específico de la rebelión en Quito y el tratamiento dado a los quiteños.
Algunos de los primeros síntomas del patriotismo criollo llegaban a matices de frontal enfrentamiento a la autoridad virreinal. El autodenominarse «hidalgos para siempre jamás» y el hablar de «nuestros reinos» en un panfleto contra las alcabalas («Carta del Virrey a Felipe II» cit. en Lavallé, «La rebelión…» 144) revela ese afán de señorío y de pertenencia a la tierra que ya había caracterizado el discurso de muchos conquistadores rebeldes en décadas anteriores. Más aun, para la generación de criollos como Pedro de Oña, el tema se complicaba, ya que el nuevo impuesto de la alcabala venía dentro de una secuela de cobros anteriores, como la reestructuración del almojarifazgo, la venta de los oficios o cargos administrativos, el impuesto a los mestizos que querían regularizar su situación ilegítima, el impuesto general a la sal y los donativos para cubrir los gastos de la Armada Invencible (Lavallé, «La rebelión…» 146-147). Añadamos el cuantioso donativo y los préstamos recogidos por el virrey don García al llegar al Perú, los cuales ascendieron a 1.544.950 ducados (Suárez de Figueroa 99-100), conseguidos en nombre del rey y por insistencia de don García. Dada la precaria situación del fisco en la Metrópoli, la enorme ayuda enviada por los vecinos y habitantes de los virreinatos les parecía a estos de por sí excesiva. El nuevo impuesto de la alcabala resultaba, pues, un aparente abuso desde el punto de vista de muchos criollos y baqueanos, que no encontraban en las medidas tributarias ninguna verdadera justificación o, al menos, ningún beneficio para su tierra, aunque el pretexto era resguardarla de piratas (Lavallé, Quito y la crisis 11-21).
No obstante, debemos tener presente que en todo momento Oña condena dichas actitudes quejosas y acomoda la información histórica en su poema de la manera que hemos visto, es decir, disminuyendo la capacidad moral de los rebeldes de Quito y la legitimidad de sus reclamos. Así, al menos, es como la mayor parte de la crítica sobre el Arauco domado ha leído estos pasajes de explícita adulonería al poder real. Sin embargo, como se puede ver en el poema, el mirador criollo permite captar ángulos de la subjetividad que muy sutilmente descentran los paradigmas absolutos de identidad y de estabilidad ontológica, al posicionarse de manera empática con los castigados criollos en la rebelión:
Con esto ¡qué clamores, qué gemidos
lanzaban de dolor mujeres bellas!
Parece que punzaban las estrellas
sus penetrantes voces y alaridos;
las bien casadas, ya por sus maridos,
ya por sus caros padres las doncellas,
al aire trenzas de oro repartían
y bellas manos cándidas torcían
(XVI 95).
El caos subjetivo expresado veladamente en la focalización del poema se expresa a través de una simpatía oculta hacia algunos de los encomenderos «beneméritos» o antiguos y sus descendientes criollos, que se vieron afectados por la violenta e indiscriminada represión del general Arana, enviado especial de don García Hurtado de Mendoza a Quito.
5. Conclusiones sumarias
La creación de ancestros ilustres es uno de los ingredientes fundamentales de la incipiente nacionalidad étnica criolla, que pasa por el generalmente más aceptado concepto de patriotismo criollo, entendido como apego a la ciudad o región de nacimiento o habitación. Asimismo, la elaboración de un espacio de prestigio simbólico, que generalmente coincide con una ciudad, lleva al desarrollo de una abundante literatura corográfica, algunas de cuyas muestras tempranas pueden verse en los elogios de Lima y su río en el poema de Diego de Hojeda que exalta al Arauco domado en sus preliminares. El propio Oña haría una alabanza semejante en su «Canción real panegírica» que sigue al Temblor de Lima de 1609, bajo el elogio general dirigido al virrey marqués de Montesclaros. No es casual que Hojeda, Oña y muchos otros miembros de la Academia se preocuparan por afirmar la centralidad de su espacio americano, ya en exuberancia paisajística y mineralógica como en idoneidad para el desarrollo de la musa humanística, lo cual otorgaba rango cultural irrefutable al reino antártico.
Sin embargo, nunca sobra recordar que en Oña no siempre se siguen de manera cercana las convenciones genéricas del momento. El tipo de épica disonante, «impedida» y «hespérica» u occidental, como él denomina a su propia poesía, es manifestación de variantes discursivas aun mayores. A través del trastrocamiento del orden celestial y las unificaciones abruptas del ámbito terrenal con los astros salidos de sus órbitas –según se describe en los pasajes sobre la represión de los rebeldes quiteños–, criollos como Oña establecen sus pautas de autodefinición sin necesariamente incurrir en el enfrentamiento directo con los peninsulares. Según esta perspectiva, el caos no fue causado por los propios criollos, sino por la práctica política de determinadas autoridades, a las que, sin embargo, se rinde la mayor de las reverencias. Este registro de niveles subjetivos –a veces contradictorios, aunque no siempre evidentes– y su reordenamiento en el discurso motivará el desarrollo de una tradición de letras que se irá enriqueciendo y retorciendo al compás del paulatino fortalecimiento real y simbólico de los grupos criollos durante las primeras décadas del XVII.
El saber criollo desde el mirador privilegiado de la prolongada permanencia en Indias facilita la irrupción de escenas y descripciones de carácter local, que hábilmente guardan correspondencia con los modelos europeos más canónicos. Un cotejo textual que subrayara las múltiples filiaciones y la continuidad de tópicos propios de la épica quedaría incompleto sin la exploración de las bases experienciales y las perspectivas grupales del sujeto de escritura, en este caso criollo. Esa misma manifestación de la singularidad americana, acomodada en los registros de la épica y la historia, volvería cargada a sus fuentes peninsulares, en las que otros poetas como Luis de Góngora beberían para el desarrollo de su propia expresión barroca (Iglesias 343-350). Pero bástenos por ahora la focalización criolla, mérito innegable del largo poema.
Obras citadas
Ercilla, Alonso de. La Araucana. Edición de Isaías Lerner. Madrid: Cátedra, 1998 [1569, 1578 y 1589].
Held, Barbara. Studien zur Araucana de Don Alonso de Ercilla. Vorstellungen zu Recht, Staat und Geschichte in epischer Form. Frankfurt: Haag & Herchen, 1983.
Iglesias, Augusto. Pedro de Oña. Ensayo de crítica e historia. Santiago: Andrés Bello, 1971.
Lavallé, Bernard. «La rebelión de las alcabalas (Quito, julio de 1592-abril de 1593). Ensayo de interpretación». Revista de Indias. Vol. XLIV, n˚ 173. 1984, 141-201.
--------------------------. Quito y la crisis de la alcabala. Quito: Banco Central de Ecuador, 2000.
Lida de Malkiel, María Rosa. Juan de Mena, poeta del prerrenacimiento español. Segunda edición adicionada por Yakov Malkiel. México: Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México, 1984 [1950].
Lucano, Marco Anneo. Farsalia. Edición de Dulce Estefanía. Madrid: Akal, 1989.
Mena, Juan de. Laberinto de fortuna y otros poemas. Edición de Carla de Nigris. Barcelona: Crítica, 1994 [1444].
Muñiz-Huberman, Angelina. Las raíces y las ramas. Fuentes y derivaciones de la Cábala hispano-hebrea. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1993.
Oña, Pedro de. Primera Parte del Arauco Domado. Facsímil de un ejemplar enmendado de la primera edición (Lima: Por Antonio Ricardo, 1596). Madrid: Cultura Hispánica, 1944.
--------------------------. «Arauco domado. A Study and Annotated Edition Based on the Princeps Edition». Editado por Victoria Pehl Smith. Tesis doctoral. Universidad de California, 1984.
Ots Capdequí, José María. El Estado español en Indias. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1993.
Quint, David. Epic and Empire: Politics and Generic Form from Virgil to Milton. Princeton: Princeton University, 1993.
Rodríguez, Mario. «Un caso de imaginación colonizada: Arauco domado de Pedro de Oña». Acta literaria. N˚ 6. 1981, 79-91.
Suárez de Figueroa, Cristóbal. «Hechos de Don García Hurtado de Mendoza, Cuarto Marqués de Cañete». En Colección de historiadores de Chile y documentos relativos a la historia nacional. Vol. V. Santiago: Imprenta del Ferrocarril, 1864 [1613].
Tasso, Torquato. Jerusalén libertada. Traducción al castellano de José María Claramunda. México D.F.: Porrúa, 1983.
Vega, Miguel Ángel. La obra poética de Pedro de Oña. Santiago: Orge, 1970.
Vicuña Cifuentes, Julio. Mitos y supersticiones. Estudios del folklore chileno recogidos de la tradición oral. Tercera edición. Santiago: Nascimento, 1947 [1910].
Continuadores de La Araucana
José Leandro Urbina
1. Antecedentes
Cinco son los poemas que continúan y desarrollan el universo épico iniciado por Alonso de Ercilla en La Araucana: el Arauco domado de Pedro de Oña (Lima 1596); la Cuarta y quinta parte de La Araucana, del poeta leonés Diego de Santistevan Osorio (Salamanca, España 1597); el Compendio historial del descubrimiento, conquista y guerra del reino de Chile, del capitán don Melchor Jufré del Águila (Lima 1630 y reimpreso en Chile 1887). A estos se sumaron en el siglo XIX, el Purén indómito de Diego Arias de Saavedra, rescatado en Madrid y hecho publicar en Leipzig en 1862 por Diego Barros Arana; y La Guerra de Chile, de autor anónimo, encontrado también por Barros Arana en la Biblioteca Nacional de Madrid y publicado en Santiago en 1888 por José Toribio Medina.
Reconociendo los valores poéticos de La Araucana y en un menor grado del Arauco domado, hay que señalar que algunos críticos consideran que debido a la estrecha relación con la historia inmediata, la posición de España como potencia mundial y el creciente espíritu nacionalista de los españoles, no se llegan a lograr poemas de un mayor vuelo literario. Lo que nosotros podemos afirmar es que, a partir de los nuevos modelos épicos, los españoles devuelven resueltamente al género tanto el motivo religioso como el vigoroso tema bélico histórico. Estos recuperan la centralidad que los italianos habían desplazado mayormente hacia las intrigas amorosas y las aventuras caballerescas renacentistas. Los españoles letrados del siglo XVI recuperan la tradición épica clásica –la de Homero, Virgilio, Lucano– y las obras de los poetas vinculados a la corte de Ferrara –Boiardo, Ariosto y Tasso– como el modelo formal de la nueva épica, revalorizado por las preceptivas y los debates sobre Orlando Furioso, que se publicó en la traducción al castellano de Jerónimo de Urrea en 1549.
Es importante recalcar que esta concentración en el tema bélico histórico fue posibilitada por el avance de la expansión militar europea encabezada por España y Portugal. El desarrollo de la conquista de América por los peninsulares, la percepción de superioridad cultural frente a los conquistados, y la singularidad de las hazañas llevadas adelante por sus huestes en el rápido avasallamiento de pueblos e imperios, demostraron el categórico respaldo divino y proporcionaron la materia adecuada que sirvió de base a la creación de la épica colonial.
2. El poema inaugural
La Araucana es considerado el producto más acabado de la literatura de este período y ha sido aclamado como el poema más importante de la épica novomundista española. Publicado en tres partes (1569, 1578 y 1589), también se considera como el poema fundacional de Chile. La guerra de Arauco, la tenazmente resistida ocupación de los territorios mapuche al sur del río Biobío, proveyó los episodios centrales que Ercilla trabajó por más de dos décadas.
Algunos comentaristas han criticado a don Alonso por apartarse de ciertas reglas del género, por tomar la historia inmediata como la materia del poema, por su decisión de desdeñar la figura del héroe en pro de un héroe colectivo, y por realzar la imagen del indio, creando así un cuadro de confusión moral. Pero es importante considerar también que el hecho de vulnerar las reglas tradicionales de la construcción épica más clásica, y la selectiva adquisición de técnicas italianas, terminaron por ser la expresión de la originalidad que alcanzó el poeta frente a las imposiciones de una poderosa materia experiencial que debía adquirir una forma literaria eficaz y, además, codificar una postura política acorde con la percepción de lo vivido, en las azarosas condiciones bajo las cuales dicha postura podía ser formulada.
Difícilmente podría haber sido de otra manera, cuando el poema se propone registrar la historia inmediata que, además, involucra a su autor como actor y testigo. Hay que considerar que el proceso de la conquista de Chile no fue para Ercilla del todo afortunado. En lo personal, un altercado con el capitán Juan de Pineda terminó con la intervención del gobernador García Hurtado de Mendoza, quien los condenó a muerte y posteriormente al destierro.
El malestar de Ercilla resulta evidente en el retrato falto de prominencia épica que hizo del gobernador. Se trata de un caso de selección de registro en que la historia afecta rotundamente la forma literaria. Cristóbal Suárez de Figueroa, uno de los tempranos críticos de Ercilla, escribió en su libro Hechos de Don García Hurtado de Mendoza: «El conveniente rigor con que don Alonso fue tratado, causó el silencio en que procuró sepultar las ínclitas hazañas de don García. Escribió en verso las guerras de Arauco, introduciendo siempre en ellas un cuerpo sin cabeza, esto es, un ejército sin memoria de General» (134). Cito a Suárez para ilustrar no solo su defensa de Hurtado de Mendoza, sino su denuncia de la vengativa eliminación del héroe épico.
También es criticada la postura que toma el cantor y su discutida reivindicación de los indígenas frente al trato que los conquistadores les daban. El valor de los españoles es contrastado con la valentía de los araucanos y su defensa irrestricta de la tierra, lo que revela, al menos, un sentir ambiguo respecto a la justicia de la guerra imperial.
El éxito y la admiración que produjo La Araucana en su época la convirtieron en el modelo que intentaron seguir otros poetas menos talentosos que Ercilla. El carácter de crónica en verso que se le asignaba, facilitó la forma inmejorable para el posterior registro de la historia de la conquista española. Aunque hay que consignar que las imitaciones sucesivas reflejaron tanto las diversas actitudes ante las reglas del género épico como los dispares propósitos políticos de sus intérpretes, con excepciones, la marca de malestar persistió en la obra de sus continuadores. Entre los puntos de conflicto podemos resaltar el de la restitución del héroe, que se evidencia en la elaboración de la figura de Hurtado de Mendoza hecha en el Arauco domado con el explícito propósito de contradecir la opción de héroe colectivo formulada por Ercilla.
Los textos principales de los continuadores de La Araucana constituyen un conjunto de obras escritas que intentan completar la narración histórica comenzada por Ercilla. Avalle-Arce considera que: «Los poemas que así se pueden agrupar alrededor de la epopeya de Ercilla forman parte del ciclo de las guerras de Arauco, o de Chile» (43). Hay que aclarar que no todos los autores participaron en el escenario histórico que es materia de estos poemas épico-cronísticos. Tal es el caso del joven imitador Diego Santistevan Osorio, quien nunca estuvo en Chile y se propuso finalizar la obra que Ercilla habría dejado inconclusa con una Cuarta y quinta parte de La Araucana.
Otros autores buscaron registrar momentos diversos de la guerra y proponer otras versiones de lo que fueron los alzamientos mapuche de 1553 y de 1598, que continuaron hasta el siglo XVII.
Para nuestros breves comentarios de los poemas utilizaremos la versión de La Guerra de Chile, publicada como Anónimo en la versión de la Biblioteca Antigua Chilena (BACH) de 1996; la del Purén indómito de Diego Arias Saavedra, en la BACH de 1984, y el Compendio historial del descubrimiento, conquista y guerra del reino de Chile del capitán don Melchor Jufré del Águila, reimpreso por la Universidad de Chile en 1887. Con dichas obras se completa el grupo que constituye la llamada historiografía en verso de la conquista de Chile.
El lector contemporáneo no puede dejar de percibir en estos textos –frutos sui generis de sus condiciones de producción– el aspecto propagandístico que en ellos subyace y la paralela búsqueda de prestigio de sus autores. El registro épico-cronístico de la campaña de invasión española del mundo americano es visto no solo como el legítimo canto a las hazañas y sufrimientos de los conquistadores –implicados en un mundo bárbaro y peligroso que recuerda el mundo de las caballerías–, sino también como el sostén fundamental de la construcción de una identidad de la clase conquistadora.
En este ingreso al universo cronístico-poético, el conquistador se equipara con las clases aristocráticas y heroicas de la tradición épica clásica, contribuyendo así a la formación de la identidad peninsular imperial y a lo que será su memoria cultural. Esta decisión formal será el factor constituyente del corpus que funda la literatura chilena de habla hispana.
Resumiendo, de los poemas épicos sobre la guerra de Arauco que continúan el poema de Ercilla, la crítica ha resaltado los siguientes aspectos generales:
1) Además de iniciar la épica hispanoamericana, Ercilla instaló un modelo que sus seguidores no pudieron superar. De hecho, se les niega el título de epopeyas y solo se les considera crónicas históricas en verso (J. T. Medina).
2) Todo el ciclo de poemas que le sigue a La Araucana es un ciclo de poemas de guerra (Avalle-Arce).
3) Si, técnicamente, parte de la escritura de La Araucana está marcada por los poemas italianos de Boiardo y sobre todo de Ariosto, Ercilla privilegia casi hasta el cansancio el tema de una guerra histórica, que es lo que sus seguidores replican. Realismo e historicidad son los dos pilares en que se apoyan los poemas de la guerra de Chile.
En la serie que compone el ciclo, los continuadores tomaron como modelo poético principal a Ercilla y posteriormente a Pedro de Oña, como es el caso del Purén indómito de Arias de Saavedra. Estos, como dijimos, potenciaron el tema de la fiera guerra contra los mapuche. Aun así, y como remedio contra la monotonía, no descartaron del todo la incorporación de estrategias tomadas del romance y las novelas de caballerías, explotando las posibilidades de hacer más atractiva la historia de los «esforzados» conquistadores y acomodarla al gusto de los lectores de la época.
3. Los poemas
Revisaremos, en primer lugar, algunas de las opiniones críticas más reputadas respecto a nuestros poemas. Estas provienen de estudiosos españoles y chilenos, y sus valoraciones mezclan el juicio histórico con apreciaciones de tipo estético.
Comencemos diciendo que, en un sentido estricto, Diego Santistevan Osorio, con su Cuarta y quinta parte de La Araucana, fue el único auténtico continuador del poema de Ercilla. No fue sobresaliente en su propósito, porque a pesar de que logró que sus dos partes fueran agregadas al poema de don Alonso en una edición de 1735, la posteridad no le perdonó nunca el atrevimiento.
Refiriéndose a «los otros poetas que intentaron reanudar el hilo de la narración de Ercilla», comenta don Marcelino Menéndez y Pelayo en su Historia de la poesía hispanoamericana:
Fue de los primeros, y sin duda de los más infelices, D. Diego de Santistevan y Osorio, ingenio leonés, que al año siguiente de la publicación del Arauco en Lima, y, por supuesto, sin tener noticia de él, publicó una Cuarta y quinta parte de La Araucana, en que se prosigue y acaba la historia de D. Alonso de Ercilla, hasta la reducción del valle.
La cuarta parte tiene trece cantos y la quinta veinte; el autor nos informa que tenía «pocos años» y confiesa, además, con loable y verídica modestia que le faltaban caudal y arte. Lo más singular del caso es que apenas hay una palabra de verdad histórica en todo lo que relata (252-253).
Y más adelante:
Para que nada falte en esta insípida rapsodia, hay conjuros y magia, y una descripción del mundo y una historia de la conquista del Perú que ocupa nada menos que cinco cantos, todo con intervención de la diosa Belona y del sabio Zoroastro, que viene de la laguna Estigia a contar la conquista de Orán por el Cardenal Cisneros. Al fin el poeta se cansa de amontonar disparates sin orden ni concierto, y acaba por hacer que se suicide el imaginario Caupolicán 2º, que le había dado pie para tantos desvaríos. Lo pedestre y desmañado del estilo y de la versificación corre a parejas con la insensatez del plan (254).
Otros han sumado insulto a la obra del joven poeta. Dice Juan Bautista de Avalle-Arce en La épica colonial:
Como continuaciones directas de Ercilla se anuncian la Cuarta y quinta parte de La Araucana, en la que prosigue y acaba la historia de D. Alonso de Ercilla hasta la reducción del valle (Salamanca, Juan y Andrés Renaut 1597),
del ingenio leonés don Diego de Santistevan Osorio, cuyas infelices invenciones no tenían merecidas, por cierto, los elogios de Cervantes en el Canto de Calíope de su Galatea (1585), ni de Lope de Vega en su Arcadia (1598), en el palacio de la sabia Polinesta (libro V 43-44).
Escribe Cervantes en la Galatea, sin duda exagerando seriamente:
A Homero iguala si a escrebir intenta
y a tanto llega de su pluma el vuelo,
cuanto es verdad que a todos es notorio
el alto ingenio de don DIEGO OSORIO (564-565).
Por su parte, en Arcadia, Lope cuelga el retrato de don Diego de Santistevan Osorio en la galería de retratos de los grandes poetas, que el pastor Anfriso descubre, junto a otros ingenios de su tiempo.
Lo cierto es que, además de la truculenta trama, las partes añadidas por Santistevan representan, como señalábamos, un documento publicitario y un nudo ideológico. Junto a las invocaciones a Dios y a la Virgen («Vos Sacrosanta Virgen, cuia planta / Pisa el Cielo, de ardiente luz vestida») (64), se elogia a España y a la valerosa «gente militar que has producido» (65). Numerosos son los españoles a quienes nombra (catálogo épico), junto a sus hazañas, en tediosas listas y decenas de versos:
Bustamante, Paredes, i Mexia
Venir luego a las manos deseaban
Para mostrar la fuerça, i valentía,
Que sus pesados braços alcançaban
Querer Yo aquí contar la biçarría,
Que los tres bravos jovenes mostraban
Fuera, Señor, hacer mui grande suma,
Y mas de lo que va, larga la pluma.
Don Miguel de Velasco, i Maldonado
En el robusto oficio se exercitan,
Y el pecho a las Batallas aplicado,
Ensanchan, engrandecen, i habilitan:
Pues Ayala, i Villegas el Soldado
A los amigos de palabra incitan (11).
Las convenciones más habituales de la épica y las crónicas de la época se distribuyen por todo el poema. Nótese la consiguiente dedicatoria a Don Fernando Ruiz de Castro y Andrade, octavo conde de Lemos, Andrade y de Villalva, a quien ofrece su libro; y la comparación con los romanos, a quienes el valor de los españoles supera. Comienza en el prólogo con: «Grande fue la gloria, que los Romanos antiguos por las Armas alcançaron, pues vive en nuestros tiempos su memoria» (s/p); y en cada canto, el sistemático uso de la mitología clásica decora versos, exhibe erudición y genera autoridad. Esta serie de estrategias discursivas define el escenario en que el poeta conversa, si bien desde una posición subordinada, con las instancias de poder a las que quiere halagar y contribuye además, con su relato de hazañas y héroes, al engrandecimiento de la nación conquistadora y sus gobernantes.
La representación del indígena se hace también de estricto acuerdo a las formas establecidas por la tradición, que imponía la creación de un enemigo digno de ser enfrentado, con la fuerza y el valor suficiente para realzar el acto de la victoria española. Históricamente, la persistencia y el coraje de los araucanos están más que comprobados, también las justificadas razones de su resistencia; sin embargo, en paralelo a estos reconocimientos, se los degrada culturalmente construyendo la imagen de bárbaros sanguinarios, arrogantes, crueles, iracundos, pérfidos. En consecuencia, emerge sin obstáculos la dimensión religiosa, demostrando la superioridad del Dios cristiano, y se acredita la condena moral como legitimadora del exterminio. El canto XIX de la Quinta parte –donde el demonio guerrero Eponamón se queja «rabiando de dolor» de la derrota de los araucanos– es una muestra clara de la referida construcción en que se mezclan «espíritus ardientes infernales» con personajes de la mitología clásica –Marte a la cabeza– y del panteón cristiano –ángeles caídos y demonios–, para establecer una estrecha asociación de los combatientes indígenas con las figuras malignas de la cultura europea.
Acatando las reglas del género, Santistevan Osorio nos ofrece el infaltable episodio amoroso, que tiene como personaje central y narradora a Brancolda, «la bella bárbara afligida», que cuenta al capitán Reinoso sus amores con Talcapay, enviado al campo de batalla por un rival celoso y ofendido. Muerto su esposo a manos de los españoles, el capitán autoriza su entierro y deja a la joven en libertad para que vuelva a su tierra. Más tarde, clamando venganza, esta morirá de un flechazo batallando junto a la «gente araucana» contra los españoles en La Imperial. El episodio, además de ilustrar la generosidad del capitán Reinoso y el carácter vengativo de Brancolda, parece inspirarse tanto en leyendas griegas como en el Antiguo Testamento.
También, en la parte quinta, como lo advertía Menéndez y Pelayo, se dan noticias de pasados triunfos españoles. Interrumpiendo la narración que la india Guarponda hace de sus desgraciados amores con don Juan de Zaragoza, el poeta dedica dos cantos –VIII y IX– a la victoria de Orán (1509). Luego, los cantos que van del XIII al XVII, los dedica al descubrimiento y conquista del Perú, siguiendo malamente los saltos temporales e intercalaciones de La Araucana. Tal vez para validar su intento de agregar la obligatoria dimensión cronística al poema, integra a Ercilla como personaje en estas dos partes.
José Toribio Medina supone que Santistevan «acometió la empresa de continuar en su imaginación las aventuras que se encuentran esbozadas en La Araucana» (121-22).
No tuvo demasiado éxito en su empeño de producir ficción. Según el mismo Santistevan confiesa, en su poema «la historia va desnuda de arte» (487). Desde el punto de vista del valor histórico de las dos partes agregadas por Santistevan, dice Diego Barros Arana en el volumen II de la Historia general de Chile: «El origen de los errores (históricos) de Molina y de Pérez García es el haber dado crédito de historia a la continuación de La Araucana por Santistevan Osorio, poema pobrísimo bajo el aspecto literario y en que no hay un solo hecho verdadero. Al hablar más adelante de los historiadores de este primer período, tendremos ocasión de volver sobre este punto» (144).
Hay que considerar seriamente la conclusión que, desde la perspectiva del historiador, saca Barros Arana de la obra aquí discutida:
Don Diego de Santistevan Osorio, éste era el nombre del poeta que pretendió completar a Ercilla, no había estado nunca en Chile ni tenía más noticias sobre la geografía y la historia de este país que las que había leído en la obra de su predecesor. Para continuarla y llevarla a término, inventó una serie de embrollados combates y de las más estrafalarias aventuras en que no se descubre ni sentimiento poético ni la menor noción histórica. Arma a los indios chilenos con corazas formadas de una concha de tortuga y con cascos hechos de la cabeza de una serpiente, pone en sus labios discursos con alusiones a la mitología griega y a la geografía de Asia, y puebla los bosques de Arauco de osos, tigres y panteras. Todo, excepto los largos y engorrosos episodios en que cuenta la historia de la conquista y de las guerras civiles del Perú, es allí contrario a la verdad y chocante al buen gusto. Es difícil hallar en los treinta y tres largos cantos de este libro algunos pasajes de cierto mérito literario.
El poema de Santistevan Osorio cayó en breve en el más completo olvido. (210)
4. La guerra de Chile
El texto de este poema habría sido escrito entre 1610 y 1625, y fue mandado copiar y traído al país por Diego Barros Arana, desde la Biblioteca Nacional de Madrid. La copia mecanografiada fue publicada recién en 1888 por cuenta de José Toribio Medina, con el título de Las guerras de Chile. La autoría se le atribuye a Juan de Mendoza Monteagudo.
Marcelino Menéndez y Pelayo, que parece considerar la autoría como cosa incuestionable, afirma que:
El sargento mayor Mendoza, a quien se atribuye un poema anónimo y acéfalo conocido con el título de Guerras de Chile, era un aventurero que desde la edad de quince años, en que pasó al Nuevo Mundo, había tomado parte en las más románticas y temerarias empresas por las regiones tropicales, ora buscando los soñados palacios del Dabaybe, donde debía de haber un ídolo del sol, todo de oro fino; ora arrojándose en un frágil madero al peligroso paso de Ancerma; ora remontándose en demanda de las fuentes del río de San Jorge, viaje que describe en estas octavas, las cuales pueden dar alguna idea de su estilo en los trozos en que es mejor (254).
Según la más confiable argumentación de Mario Ferreccio –quien estuvo a cargo con Raïssa Kordić de la edición crítica de 1996, y que escribió el prólogo para la edición de la Biblioteca Antigua Chilena–, las dificultades para el establecimiento del título y su autoría provienen de que «no contamos, desde luego, con la página titular, lo cual nos cela, no sólo el título de la obra, sino el nombre del autor; muy seguramente vendría también allí mismo el nombre del destinatario e incluso podría estar ya escrita la usual dedicatoria en un segundo folio» (12).
En este contexto, después de examinar a varios candidatos propuestos por previos estudiosos (Merlo de la Fuente, Juan de Mendoza, Antonio de Quiñones, etc.), Ferreccio opta por dejar al autor como anónimo y acorta el título a La guerra de Chile, para «aproximarlo más a las palabras iniciales del autor» (14).
Además de la consabida dedicatoria –en este caso a un «marqués invicto» cuyo nombre no tenemos–, las palabras iniciales con las que se abre el Canto I son las que dan el tono a gran parte del poema:
La guerra envejecida y larga canto,
tan grave, tan prolija y tan pesada,
que a un reino poderoso y rico tanto
le tiene la cerviz ya quebrantada;
y en el discurso de ella también cuánto
han hecho memorable por la espada
aquellos que, a despecho del estado,
el gran valor de Arauco han sustentado (Anónimo 95).
Sin duda, el entusiasmo por las hazañas de los «españoles esforzados» no es el de Ercilla, pues se ha tornado en agobio y en los XII cantos que lo componen, las posturas del poeta frente a la realidad de la guerra irán variando.
No solo resuena Ercilla en el poema y su materia, sino que además el poema contiene una descripción del país que comienza citando completa la octava real de Ercilla desde: «Es Chile norte sur de gran longura», para luego continuar, con las repeticiones conceptuales correspondientes, desplegando su versión del territorio y la gente vinculada a cada espacio de aquel. Por ejemplo:
Está luego adelante la famosa
provincia de Cautén intitulada
cuya gente, fiel y belicosa,
guardo siempre la fe a la nuestra dada; (100)
Esta aproximación, desde lo que sería una primitiva geografía política, le permitirá ingresar a través de la descripción territorial y de los pueblos que los habitan a la narración de los eventos bélicos, que es su preocupación más importante.
Dice la octava 24:
Pues de aquestas provincias figuradas
que en el descripto Chile se contienen,
son los pilares cuatro ya nombradas,
que’l peso de la guerra en sí sostienen,
con tal concierto y orden conjuradas
que nunca a la obidiencia todas vienen:
Arauco y Tucapel son las primeras,
Purén y Catiray las otras fieras (104).
Las habilidades guerreras, y luego la organización militar descrita en términos europeos, con conceptos de teoría política ajenos al universo mapuche, son notables en la octava 31:
Puede cada cacique de derecho qu’es señor de su gente soberano emprender a su arbitrio cualquier hecho y dar pública guerra de su mano; mas, siendo el fin privado a su provecho el efecto ha de ser republicano: no puede por razón, si desto excede, ni el patrio disponer se lo concede (106).
Pero lo central del poema es la batalla de Curalaba de 1598. Esta fue la emboscada tendida por el toqui Pelantaru y trecientos de sus hombres en la que muere el gobernador Martín García Óñez de Loyola. El episodio se transformó en el detonador de la rebelión de los mapuche, en la que fueron destruidas gran parte de las fundaciones impulsadas por el gobernador, ciudades y fuertes construidos por los españoles que seguían penetrando el territorio indígena, lo que era percibido por los mapuche como una permanente invasión a la que debían responder. A ello se suman los términos de la relación impuestos por los españoles, que se traducían en servidumbre, esclavitud, abuso, con condiciones de servicio a los conquistadores consideradas insufribles. La rebelión logró la destrucción de todas las ciudades al sur del río Bío-bío: Santa Cruz de Coya, Santa María la Blanca de Valdivia, San Andrés de Los Infantes, La Imperial, Santa María Magdalena de Villa Rica, San Mateo de Osorno, San Felipe de Arauco.
En once cantos y cerca de ocho mil versos se despliega el universo de La guerra de Chile. En ellos se narran los trágicos acontecimientos de la administración de Martín García Óñez de Loyola y de D. Francisco de Quiñones, y «las matanzas y rebatos hechos por los araucanos en las poblaciones españolas al finalizar aquella centuria» (256). Extrañamente, a mitad del canto once, el narrador cambia de tema a las expediciones holandesas en Chiloé y pasa a un canto doce la relación entablada de holandeses e indígenas, para terminar abruptamente con una queja contra los españoles, que han invadido el reino de Chile, cuya codicia es irrefrenable.
Dice de este poema Menéndez y Pelayo:
El primer canto puede considerarse como una introducción, y en él, según se expresa el autor, «decríbense las provincias que el reino de Chile en sí contiene; las que, por más belicosas, han sustentado las guerras; los modos que en gobernarse tienen, y algunas cosas no escritas hasta aquí de sus costumbres, y otras cosas memorables acontecidas en el discurso de varios gobernadores hasta el tiempo de Martín García Óñez de Loyola, que viajando de la Imperial, seguido de Pelantaro, se alojó en Coralaba». En el canto segundo prosíguese con la muerte del gobernador y la retirada de los suyos. La narración es fácil, y por lo general, noble y decorosa: el autor remeda bastante bien el tono de Ercilla, y como soldado de profesión, da a la pintura de las batallas una animación y un fuego que no tienen en la retórica pluma de Pedro de Oña. El episodio de la india Guaquimilla es tierno y agradable, y muy original el cuadro de una sequía en Chile. En la dicción se advierten pocos resabios del mal gusto del siglo XVII, y aunque la versificación no corra siempre sin tropiezo, ha de tenerse en cuenta que el autor no limó su obra ni la destinaba acaso a la publicidad, y que además la copia que tenemos es imperfecta, y aun incompleta en algunas partes (256).
5. El Purén indómito
Señalemos, primeramente, que respecto a la asignación de la autoría de este poema, los estudiosos españoles Marcelino Menéndez y Pelayo (Historia de la poesía hispanoamericana) y Juan Bautista de Avalle-Arce consideran a Hernando Álvarez de Toledo como el autor. En Chile, ya Aniceto Almeyda (1945) había demostrado que la paternidad del Purén indómito corresponde a Diego Arias Saavedra, y esa es la tesis que ha terminado por prevalecer entre los estudiosos actuales.
Aunque Menéndez y Pelayo considere La guerra de Chile como el tercero de los poemas en «mérito poético», después de La Araucana y el Arauco domado, algunos críticos consideran el Purén indómito más importante que el anterior. Escrito con antelación a La guerra, según José Promis: «Arias de Saavedra comenzó la redacción del Purén indómito después de la muerte de Óñez de Loyola y es probable que haya finalizado hacia 1603» (459). Los dos poemas comparten el acontecimiento histórico central de la muerte del gobernador Óñez de Loyola en Curalaba y lo que esta derrota española desata en el invadido territorio mapuche. La sublevación de 1598, encabezada por los purenes, supone una fractura momentánea del proyecto de conquista y desata el caos y el pánico en la zona. Pondrá fin a esta situación Francisco de Quiñones, militar de experiencia que se traslada a Chile en 1599 como gobernador interino, quien, sin poder proteger a las poblaciones de colonos de manera definitiva, logra algunos triunfos importantes en contra de los sublevados. Será entonces cantada su figura, concediéndole estatura de héroe, recuperando en cierta medida al personaje cuya presencia asegura una cierta unidad a los poemas, evitando la tendencia hacia la fragmentación episódica.
Es importante notar que la dimensión autobiográfica –el testimonio del dolor del conquistador, que señala Mario Rodríguez en el estudio preliminar a la edición de la BACH– intensifica la expresión crítica hacia el rumbo que tomaba la conquista. Dice el profesor Rodríguez:
La visión del narrador del Purén es profundamente desdichada sobre los sucesos del reino, especialmente en lo que atañe al gobierno político, a tal extremo que prefiere callar, arguyendo que no tiene tiempo ni tranquilidad:
Pudiera acerca desto decir tanto
aunque en estilo bajo y escabroso
que al mundo admiración fuera y espanto,
pero no tengo tiempo ni reposo (100).
Estos elementos no son materia de reflexión en la propuesta de Menéndez y Pelayo, ni el esfuerzo de creación del poema constituyó una empresa meritoria. Para él:
el Purén indómito, con sus veinticuatro cantos y más de quince mil versos, es ración muy suficiente para empalagar y rendir al más tolerante lector de crónicas rimadas. Si suponemos que La Araucana y el Purén segundo tenían próximamente la misma extensión, sólo Juan de Castellanos, o el fabuloso autor del Ramayana, excedieron en fecundidad épica al capitán Álvarez de Toledo. ¡Todo para contar unos cuantos años de monótona guerra contra salvajes medio desnudos, cantados además hasta la saciedad por un tan gran poeta como Ercilla, y por otro tan notable como Pedro de Oña!
(257-258)
Sin duda, desde la perspectiva de los críticos chilenos, el poema de Arias de Saavedra plantea desafíos a partir de su título. El hecho de que desmienta a ese Arauco domado de Pedro de Oña contraponiéndole su Purén indómito dice algo sobre el posicionamiento del poeta. A pesar de declarar que Oña es el modelo a seguir, Arias parece marchar por un rumbo contrario, tanto en la negación del domado como en el tono con que trata la guerra de conquista. Sin embargo, afirma:
No pasara tras de Oña la carrera
en un rocín tan flaco como el mio:
a grande liviandad se me tuviera
y aun fuera disparate o desvarío,
a quien delante va en tan buen caballo
pensar con otro lánguido alcanzallo (651).
También este homenaje a Oña parece singular si tenemos presente que el Arauco domado es considerado un poema defectuoso, que Menéndez y Pelayo etiqueta de «ejecución menuda y algo pueril, que derrama unas veces el color como a tientas, y otras se eterniza en accesorios infecundos, sin lograr casi nunca componer un cuadro, se tendrá idea de los defectos, en verdad no leves, del Arauco domado que, además, bajo el aspecto histórico vale poco, y nada de substancia añade a lo que consta por otros documentos» (246).
En cuanto a la confesión de inferioridad de Arias Saavedra, Menéndez y Pelayo la considera correcta y añade que:
el Purén indómito no tiene de poesía más que el metro, bien desaliñado por cierto, afeado por frecuentes consonancias homónimas y por dislocaciones de acentos. Del estilo dice el mismo autor (y no hay por qué contradecirle) que es «pobre, humilde, bajo y escaso de elegancia». Hay octavas llenas de nombres propios, y nunca se olvida de consignar la fecha exacta de los acontecimientos (258).
Esto lo lleva a concluir que no hay épica sino simple crónica en el caso del Purén. Añade a su argumentación el hecho de que Arias afirma que el poema es historia verdadera, que no hay romances y que reivindica su calidad de testigo presencial:
Que yo lo he visto bien, y soy testigo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Porque ha de ser de todo el coronista,
Testigo de gran crédito y de vista.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Por lo cual digo en esto haberme hallado,
Y en todo o en lo más que ha sucedido,
Y de lo que no he visto, me he informado
De gente de verdad y que lo vido (258-259)
El uso del tópico de «lo visto y lo vivido» le parece «prosaico» a Menéndez, pero reconoce que eso lo convierte en una especie de fuente documental para la historia de Chile del periodo colonial. Le molestan, sí, lo que llama «insulsas reflexiones morales, que acaban de hacer tediosa y aun imposible su lectura» (259). Avalle-Arce no le dedica más de tres líneas para decir que el poema «permaneció inédito hasta el siglo XIX, y siendo el doble de largo que el poema de Mendoza Monteagudo (tiene veinticinco cantos), no es ni la mitad de bueno» (44).
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