Kitabı oku: «La protohistoria en la península Ibérica»

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Istmo / 178

Historia de España Historia Antigua

Sebastián Celestino Pérez (coord.)

Xosé-Lois Armada

Xurxo M. Ayán Vila

Juan Francisco Blanco García

Eduardo Ferrer Albelda

César Parcero Oubiña

Fernando Quesada Sanz

Núria Rafel i Fontanals

Esther Rodríguez González

La Protohistoria en la península Ibérica


Los estudios sobre la Protohistoria de la península Ibérica están teniendo un auge inusitado en los últimos años debido, principalmente, al interés renovado por Tarteso y su estrecha relación con la colonización fenicia y púnica. Sobre estas sólidas raíces se desarrolló la Cultura ibérica, que alcanzó a buena parte de la mitad oriental de la península, si bien con particularidades asociadas a las diferentes áreas geográficas en las que se conformó. Más heterogéneas y complejas son las culturas del interior peninsular que llegaron a conformar un rosario de pueblos que, sin embargo, aquí se exponen con suma claridad. Por último, hemos querido dotar del protagonismo que se merece a la denominada Cultura de los castros, escasamente tratada en síntesis de esta naturaleza a pesar del enorme avance de la investigación en los últimos años.

Los trabajos que aquí se presentan han sido realizados por los mejores especialistas sobre esta etapa histórica: Sebastián Celestino Pérez (coord.), Xosé-Lois Armada, Xurxo M. Ayán Vila, Juan Francisco Blanco García, Eduardo Ferrer Albelda, César Parcero Oubiña, Fernando Quesada Sanz, Núria Rafel i Fontanals y Esther Rodríguez González.

Maqueta de portada

Sergio Ramírez

Diseño de cubierta

RAG

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Nota editorial:

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Imagen de cubierta: estatuilla de bronce del dios fenicio Reshef, procedente de Mérida, Nueva York, Hispanic Society of America

© Sebastián Celestino Pérez

Xosé-Lois Armada

Xurxo M. Ayán Vila

Juan Francisco Blanco García

Eduardo Ferrer Albelda

César Parcero Oubiña

Fernando Quesada Sanz

Núria Rafel i Fontanals

Esther Rodríguez González

© Ediciones Akal, S. A., 2017

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4956-2

Prólogo a la edición

Abordar una síntesis de la naturaleza que aquí presentamos siempre es una tarea compleja, alejada del quehacer habitual del investigador, más centrado en el detalle con el fin de aportar datos que sirvan para reconstruir un tramo de nuestro pasado; pero si además el manual se centra en un periodo previo a la Historia, como es el caso, las dificultades se multiplican por cuanto carecemos de documentos escritos contemporáneos a los hechos que se narran; por ello, el dato arqueológico cobra especial relevancia, pues sirve de guía y sustento del relato histórico. Así, el presente volumen, dedicado a la Protohistoria de la península Ibérica, cuenta con un elegido elenco de investigadores procedentes de diferentes universidades españolas y de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que tienen en común su relación directa con la arqueología, lo que no deja de ser un aval a la hora de contrastar las diferentes hipótesis que existen sobre un hecho histórico concreto.

El avance de la arqueología en la última década ha sido vertiginoso, no sólo por los numerosos e importantes hallazgos que han servido para completar sustancialmente la documentación que existía hasta ese momento, sino también por la aportación en el terreno de las ideas, básicas para partir de supuestos teóricos que han propiciado una visión global de los procesos acaecidos en los diferentes territorios culturales. En el primer caso es patente, pues se han producido reinterpretaciones de excavaciones antiguas o nuevos descubrimientos que han revolucionado o derribado paradigmas hasta entonces incuestionables. En cuanto al desarrollo teórico, huelga decir que ha servido para abrir nuevas perspectivas en los estudios de la Antigüedad, tanto por vincular zonas culturales tradicionalmente estudiadas de forma aislada con otras realidades culturales, como por aportar nuevas vías para la interpretación, hasta ese momento basadas exclusivamente en los elementos materiales.

Todos esos avances nos han enseñado que no se puede acometer un compendio histórico de este tipo de manera general para toda España, inviable hasta época moderna, como se hacía hasta mediados del siglo pasado, cuando la arqueología y la interpretación de las fuentes clásicas servían en muchos casos para fomentar una idea idílica de nación. Pero también nos han mostrado los problemas que supone afrontar la Protohistoria desde una visión puramente cultural, donde se entremezclan sociedades muy diferentes conectadas entre sí a través, exclusivamente, de elementos materiales comunes. Por ello, hemos creído más conveniente plantear este libro desde una perspectiva que podríamos definir como geocultural, donde se acotan amplias áreas geográficas que comparten elementos culturales comunes, pero incidiendo también en las peculiaridades de los territorios que las conforman.

Por lo tanto, hemos querido que prime la síntesis histórica a la arqueológica, pero amparándonos en los datos e interpretaciones de esta ciencia; así, hemos obviado las tipologías que caracterizaban los manuales de las últimas décadas del siglo anterior para hacer más asequible su lectura y comprensión. A su vez, hemos querido poner un mayor acento en cuestiones que están ligadas a asuntos de interés de nuestro mundo actual, y que siempre han sido deudoras del análisis histórico de cualquier época; por ello, en todos los capítulos se hace una especial referencia a las identidades, a las migraciones o a los modelos de intercambio en aquella época; pero también se atiende a las tendencias metodológicas ya consolidadas y que están dando grandes frutos en la percepción histórica, caso de los análisis espaciales para definir territorios o de conceptos como la «arqueología del paisaje». Todo ello, como es lógico, apoyado por las ciencias que auxilian a la arqueología en su labor, como las que se engloban dentro de la paleobotánica (palinología, la carpología o la antracología), o la arqueozoología, a las que se suma la arqueometría, que ha corregido sensiblemente en los últimos años sus métodos de análisis, lo que ha redundado en el mejor encuadre histórico del pasado.

Todos los capítulos arrancan con un panorama general del Bronce Final de los respectivos territorios estudiados con el fin de que el lector comprenda el alcance de los acontecimientos que propiciaron la inauguración de una etapa que en algunos territorios, sobre todo del sur y este peninsular, ya se pueden considerar cuanto menos como preestatales, y cuyo revulsivo hay que buscarlo en la colonización mediterránea protagonizada por fenicios y griegos y que, a la postre, sirvió para desencadenar los mecanismos comerciales que terminaron por afectar a toda la Península. El final de la Protohistoria peninsular coincide con la conquista de Roma, que aprovechó, en muchos casos, esas redes de intercambio para articular sus provincias más occidentales.

El libro, además, tiene como uno de sus principales objetivos la difusión científica, pues está orientado tanto para todo aquel interesado en la Historia en general como para los estudiantes de la materia que pueden encontrar en sus páginas una actualización de uno de los periodos más apasionantes del pasado. Pero además, la divulgación con base científica se antoja fundamental en estos tiempos en los que la indiscriminación de internet permite intromisiones que desvirtúan nuestra visión del pasado. En este sentido, debemos agradecer el esfuerzo de la editorial Istmo por promocionar y seguir fiel a la reconstrucción de la Historia a través de su magnífica colección Historia de España; pero también agradecer la infinita paciencia que han demostrado por la dilación que ha sufrido la edición por los compromisos ineludibles de algunos autores, a quienes agradezco sinceramente su disposición a participar en la obra. Por último, mostrar mi agradecimiento a Alfredo Alvar por haber confiado en quien suscribe estas líneas para coordinar este volumen.

Sebastián Celestino Pérez

Mérida, verano de 2016

TARTESO: UNA CULTURA ENTRE EL ATLÁNTICO Y EL MEDITERRÁNEO

Sebastián Celestino Pérez

y Esther Rodríguez González

Introducción

En los últimos años se han producido una serie de hallazgos arqueológicos y, especialmente, un sensible avance en la investigación en la Protohistoria del sudoeste peninsular que nos ha permitido rediseñar el espacio, la cronología y la adscripción cultural de las comunidades que vivían en un amplio territorio del sudoeste peninsular conocido en la Antigüedad como la Tartéside o Tartessos, nombre que le asignaron los griegos a partir del siglo VI a.C. y que, probablemente, ya se denominaba así o de un modo similar cuando llegaron los primeros colonizadores originarios del Mediterráneo oriental, fundamentalmente los fenicios. Por ello, cuando nos referimos a Tarteso como una entidad sociopolítica y cultural, estamos aludiendo a un territorio que se configura con elementos indígenas y fenicios, sólo entonces podemos hablar con propiedad de los tartesios, gentes que vivían en ese amplio espacio geográfico independientemente de su origen, cultura o estatus social.

Considerar como tartesios a los indígenas del Bronce Final o ampliar el área geográfica donde se desarrolló su cultura hasta límites exagerados sólo ha servido para crear una imagen falsa de Tarteso que ha propiciado que sea percibido por muchos como un estado legendario, cuando es una realidad histórica más dentro del contexto mediterráneo de la que tenemos un amplio conocimiento que, quizá, no hayamos sido capaces de transmitir. Por lo tanto, y para huir de discusiones banales que sólo han entorpecido la comprensión de esta cultura, utilizaremos la expresión Tarteso para referirnos al periodo histórico que abarca desde los primeros indicios de la colonización fenicia, a finales del siglo IX a.C., hasta su ocaso cultural, hacia el siglo VI a.C. No obstante, sabemos que los primeros contactos fenicios se produjeron al menos un siglo antes de la colonización, una fase que podemos considerar como «precolonial», a pesar de la controversia que conlleva el término, pero que define bien un espacio de tiempo en el que los habitantes de estos territorios, anclados culturalmente en el Bronce Final, comenzaron a relacionarse a través de tímidas redes comerciales con el mundo mediterráneo. Por último, y como es lógico, una cultura de esa enjundia terminó por irradiar su influencia por los territorios colindantes, de ahí que cuando se estudia Tarteso también se incluya su periferia geográfica, heredera además de su legado cultural tras la crisis sufrida en su núcleo geográfico, pero dotada de una fuerte personalidad cultural que se manifestó sin apenas alteraciones hasta los primeros años del siglo IV a.C.

En la bibliografía, y por cierta conformidad, se ha utilizado con mayor profusión el vocablo orientalizante para solventar los prejuicios y las contradicciones que acarrea el término tartésico; pero si nos fijamos en las numerosas publicaciones realizadas bajo ambas voces, vemos que en nada se diferencian las unas de las otras. El concepto «orientalizante», un préstamo lingüístico tomado de la historia del arte, fue introducido como término descriptivo para hacer alusión a un tipo de decoración en la que se detectaba un estilo de raíz puramente oriental. Su estandarización se atribuye al arqueólogo danés Frederik Poulsen, quien lo adoptó con la idea de definir aquella tendencia artística que se detectaba en la Grecia del siglo VII a.C., donde los objetos locales imitaban producciones originarias del arte del Próximo Oriente. Así, y aunque en origen el concepto se refería a un fenómeno exclusivo del Mediterráneo oriental y central, su utilización se propagó por el resto de la cuenca mediterránea, introduciéndose de este modo en la arqueología peninsular. La generalización del término «orientalizante» se reflejó rápidamente en la narrativa arqueológica, desvirtuando incluso su significado cultural y cronológico, lo que a la postre ha propiciado la confusión entre los propios estudiosos de este dilatado periodo histórico. Parece, pues, que ha llegado el momento de utilizar, sin ningún complejo, la denominación «cultura tartésica» en detrimento de la «orientalizante», que debería quedar restringida a cuestiones del ámbito artístico, y no para poner límites cronológicos, geográficos ni, mucho menos, etnológicos. En todo caso, parece más lógico hablar de una primera «fase oriental» para Tarteso, coincidente con los primeros momentos de la colonización, entre los siglos IX y VIII a.C.; sin embargo, lo que surge después es una cultura híbrida y de gran originalidad dentro del ámbito mediterráneo que debemos denominar tartésica para acentuar su indudable personalidad.

I. Una aproximación a la historia de la investigación de Tarteso

Hasta la segunda mitad del siglo XX, Tarteso fue concebida como una gran ciudad capaz de capitalizar un vasto territorio que habría ocupado buena parte del sur peninsular; sin embargo, no sólo no había ningún indicio de la existencia de una ciudad de esa naturaleza, sino que tampoco se asociaban a su cultura algunos hallazgos que se habían producido a comienzos de ese siglo, donde el tesoro de Aliseda es quizá el ejemplo más significativo. La búsqueda de la ciudad se convirtió en un objetivo único, alentada sin duda por los espectaculares hallazgos de lugares históricos recuperados, como Troya, Micenas o Tirinto, lo que dio alas a la interpretación de los textos clásicos para buscar una ciudad, Tarteso, reiteradamente mencionada por las fuentes griegas y romanas. No obstante, y de forma inconsciente, la primera aproximación a la cultura tartésica la desarrolló G. E. Bonsor, quien excavó varias necrópolis tartésicas en el entorno de Carmona y Lora del Río, en Sevilla. La conclusión que nos transmitió de sus intensas excavaciones llevadas a cabo entre la última década del siglo XIX y las tres primeras del XX, es el papel primordial que tuvieron los fenicios en la península Ibérica gracias a la introducción del hierro, el torno de alfarero y otras tecnologías asociadas a la explotación metalúrgica; pero también gracias a la colonización agrícola de las tierras del Bajo Guadalquivir, una circunstancia que permitiría a su vez el desarrollo urbano de la zona. Ante el desconocimiento que existía de una cultura material asociada a Tarteso, Bonsor siempre pensó que el ritual y los materiales de las tumbas que excavaba se debían a elementos foráneos procedentes del Mediterráneo oriental, si bien con un alto grado de singularidad; pero en realidad, lo que estaba excavando y estudiando eran las primeras pruebas claras de la cultura tartésica.

Las excavaciones de Bonsor en necrópolis tartésicas como Alcantarilla, Bencarrón, Acebuchal o la Cruz del Negro, además de la de Setefilla, supusieron un paso de gigante en la arqueología protohistórica del sur peninsular, en aquellos años muy influenciada por el dominio céltico gracias a las menciones de Plinio en su Historia Natural, y según la cual estos habrían invadido todo el sur peninsular coincidiendo con la conquista púnica, por lo que el arqueólogo británico adjudicó los enterramientos a elementos celtopúnicos, sin reconocer un sustrato indígena propio de la zona. Bonsor se adentró muy pronto en la búsqueda de la ciudad de Tarteso, elaborando mapas y realizando intensas prospecciones en la costa onubense siguiendo para ello el Periplo de Avieno, lo que le llevó a centrar sus investigaciones en el parque de Doñana, donde años más tarde realizaría excavaciones en el Cerro del Trigo, junto a A. Schulten, y cuyos resultados fueron negativos.

La entrada de Schulten en el panorama arqueológico del sur peninsular tenía también como objetivo la búsqueda de la ciudad, lo que llegó a convertirse en una auténtica obsesión. El filólogo alemán, también guiado por el Periplo de Avieno, defendía sin paliativos el origen griego e indoeuropeo de Tarteso, despreciando cualquier influencia fenicia. Así, con la financiación del káiser alemán Guillermo II y el libro de Avieno como guía, emprendió una búsqueda desesperada de la ciudad de Tarteso, pero con el inconveniente de carecer de conocimientos arqueológicos que le permitieran emprender excavaciones en los lugares que él creía más idóneos, por lo que tuvo que contar con la participación del propio Bonsor, a quien terminó por relegar de la investigación. Su contrariedad ante la imposibilidad de encontrar la ciudad le condujo a esbozar algunas ideas que han hecho mucho daño a la arqueología española y que, por el contrario, han servido para alentar la fábula de muchos aficionados; en concreto, y apoyándose en los Diálogos de Kritias y Timeo de Platón, lanzó la hipótesis de que Tarteso se debía identificar con la ciudad perdida de la Atlántida, todo un despropósito que aún hoy en día tiene seguidores fuera del ámbito científico.

En paralelo a estos trabajos, el ingeniero y geólogo Juan Gavala, realizó a finales de los años veinte del pasado siglo una intenso estudio sobre Doñana; la conclusión a la que llegó fue que había que descartar cualquier tipo de ocupación en época tartésica de la zona que ocupaba la desembocadura del Guadalquivir, donde se habría formado un gran estuario comunicado con el denominado Golfo Tartésico. Con el paso del tiempo, y siempre según Gavala, el golfo se habría ido rellenando por los sedimentos del Guadalquivir, formándose un cordón de dunas y flechas litorales que los romanos denominaron lago Ligustino, hoy ocupado por el actual parque de Doñana. No obstante, esta teoría, que aún se mantiene prácticamente inalterable entre los arqueólogos, está siendo revisada por los geomorfólogos toda vez que Gavala no pudo tener en cuenta ni las fluctuaciones climáticas del Holoceno ni la teoría de la Tectónica de Placas, surgida a comienzo de los años sesenta del pasado siglo. Según estas nuevas revisiones, se ha llegado a la conclusión de que sí fue posible que hubiera existido ocupación humana en Doñana en época tartésica, si bien en las zonas más elevadas. No obstante, los trabajos arqueológicos allí realizados en los últimos años solo han detectado ocupación humana en la Edad del Bronce y en época romana, si bien yacimientos como La Algaida abren la posibilidad de que existieran otros asentamientos tartésicos junto a la costa que complementarían los ya conocidos, donde destaca especialmente el de Mesas de Asta, elevado sobre la marisma actual y sobre el que nos detendremos más adelante.

La búsqueda de la ciudad de Tarteso no cesó hasta mediados de los años cincuenta del siglo XX, cuando Maluquer de Motes lo concibe como una cultura indígena enriquecida gracias a las aportaciones mediterráneas, principalmente griegas y, más concretamente, chipriotas. A partir de ese momento, los investigadores, sin dejar de lado las fuentes grecolatinas, comienzan a mirar a la arqueología como la disciplina capaz de despejar las incógnitas de una cultura que, paulatinamente, empieza a aportar algunas piezas para entender su estructura; de hecho, algunos objetos comienzan a ser adscritos a Tarteso, introduciéndose el término «orientalizante» para clasificarlas, un avance significativo que debemos a los trabajos de Blanco Freijeiro y García y Bellido. Pero el paso más significativo se produjo en 1958 con la aparición del tesoro de El Carambolo y las posteriores excavaciones en el cerro perteneciente a la ciudad de Camas, junto a Sevilla, de la mano de Juan de Mata Carriazo. Las evidencias constructivas exhumadas fueron interpretadas como fondos de cabañas del Bronce Final, mientras que los objetos documentados en las excavaciones dieron una dimensión material a Tarteso. Entre estos materiales destacan especialmente los vasos pintados con motivos geométricos que pasaron a denominarse «tipo Carambolo» y que aún hoy en día siguen siendo un referente de la cultura material tartésica y una guía para identificar sus yacimientos.

Tras el hallazgo de El Carambolo y la adscripción de otros descubrimientos a la cultura tartésica, se comenzó a configurar una base crítica sobre la formación de su cultura que ahora basculaba claramente hacia la arqueología, mientras que las fuentes escritas pasaron a segundo plano por la confusión que generaban. En este sentido, es fundamental el Simposio Internacional de Prehistoria Peninsular que Maluquer de Motes organizó en Jerez de la Frontera en 1968 bajo el título «Tarteso y sus problemas», donde se sentaron las bases para caracterizar la cultura tartésica. Es a partir de este momento cuando se comienzan a realizar un importante número de intervenciones arqueológicas en Andalucía que dieron como resultado un amplio conocimiento tanto de la colonización fenicia como del mundo indígena del sudoeste peninsular. Y ante la variedad de objetos que se recuperaban, ya fueran cerámicas, bronces, marfiles u objetos de orfebrería, se optó por el término «orientalizante» para definirlo ante las prevenciones que aún existían para decantarse por el término tartésico; de esta forma, y en muchos casos hasta nuestros días, el orientalizante se sigue utilizando como sinónimo de tartésico, lo que no deja de ser un error como se argumentará más adelante.

Por lo tanto, es a partir de los años setenta del pasado siglo, y especialmente en la década posterior, cuando comienza a sistematizarse la cultura tartésica a través de los objetos que la caracterizan, destacando las clasificaciones de sus cerámicas por parte de Ruiz Mata, o de sus bronces y otros objetos de prestigio de la mano de Blanco Freijeiro, García y Bellido o Blázquez; pero también de sus rituales funerarios gracias a las excavaciones en La Joya de Huelva, a las que se unen ahora las estudiadas por Bonsor en la zona de Carmona, ya consideradas como genuinamente tartésicas. Muy pronto, se implanta en la arqueología tartésica el determinismo tecnológico derivado del materialismo histórico, cuyo objetivo es justificar el cambio cultural de la sociedad que se estudia; de esta forma, surgen los trabajos de Aubet, quien a través de las excavaciones y análisis estratigráfico de los yacimientos hasta ese momento conocidos, logra exponer una nueva línea de trabajo que trata de dar explicación a la economía y a la estratificación social de la sociedad tartésica. Además, introduce el término «aculturación», con el que quiere justificar la influencia fenicia en las sociedades indígenas, mientras que emplea el término «orientalizante» para describir las manifestaciones culturales que solo afectarían a las clases dirigentes indígenas. Tarteso pasa a concebirse ahora en una sociedad protourbana de base aristocrática que estaba relativamente preparada para asumir la colonización fenicia.

El protagonismo de la arqueología en la interpretación de Tarteso se ve complementado por el auge de los historiadores de la Antigüedad en su estudio. Destaca en este sentido la hipótesis de González Wagner y Alvar, quienes a finales de los años ochenta, y basándose en las ideas de Bonsor, justifican la presencia de los fenicios en Tarteso no sólo por un objetivo meramente mercantil ligado a la explotación minera de la zona, sino también por un interés por colonizar íntegramente el territorio del valle del Guadalquivir, con un gran potencial agrícola. Este protagonismo de los fenicios a la hora de entender Tarteso contrasta con las hipótesis defendidas mayoritariamente por los arqueólogos de la época, que entendían Tarteso, alentados por las teorías autoctonistas de Renfrew en boga en esos momentos, como una cultura de base indígena.

Por último, antes del cambio de siglo calan entre los investigadores la teoría del «World systems» y la de «centro-periferia», ambas de origen anglosajón, que intentan explicar el complejo sistema de intercambio comercial entre el foco cultural y la periferia geográfica afectada. Por último, la incorporación de los estudios basados en la arqueología del territorio y del paisaje ha enriquecido sensiblemente nuestro conocimiento de Tarteso, pues a través de ellos se ha logrado diseñar un territorio que define muy bien el espacio y la cultura de Tarteso.

Veinticinco años después de la celebración del V Simposio Internacional de Prehistoria Peninsular, volvió a celebrarse en Jerez de la Frontera una nueva reunión bajo el título «Tartessos 25 años después. 1968-1993», cuya finalidad era intentar recopilar aquellos avances que se hubiesen realizado en torno al estudio de la cultura tartésica. Aunque el panorama había cambiado sensiblemente, pues la búsqueda de la ciudad había pasado a un segundo plano, el interés se centraba ahora en definir el papel del mundo indígena previo a la llegada de los fenicios, pues era en él en el que se hundían las raíces de Tarteso. Por su parte, el mundo fenicio quedaba ausente de esta discusión, quedando de ese modo patente el carácter autóctono de esta cultura.

En la última década han proliferado tanto las excavaciones arqueológicas como los encuentros científicos sobre Tarteso, lo que ha contribuido a su mejor conocimiento. Quizá la intervención arqueológica más significativa ha sido la llevada a cabo en El Carambolo, cuyos resultados ha permitido conocer su verdadero origen, sin duda fenicio, pero también su posterior desarrollo en las sucesivas etapas constructivas del santuario, ya de adscripción tartésica. Así, debemos entender Tarteso como una consecuencia de la hibridación cultural entre fenicios e indígenas; por ello, no debemos estudiarlo sólo a través de una serie de objetos y yacimientos significativos, sino que debemos incorporar y ahondar en el análisis integral del territorio donde se desarrolló para entender su base productiva y social, lo que a la postre configura su propia cultura.

En conclusión, y para entender mejor Tarteso, habría que asumir que las colonias fenicias del Mediterráneo peninsular responden a una dinámica muy diferente de la que se desarrolló en el área atlántica de la península Ibérica, que es donde se desenvuelve Tarteso. En esta zona aún hay investigadores que diferencian entre lo fenicio y lo tartésico, cuando en realidad la cultura tartésica no es sino el resultado de la convivencia continuada de dos culturas en un territorio bien definido. De este modo, deberíamos clasificar como fenicias u orientales las manifestaciones culturales de los primeros momentos de la colonización, entre los siglo IX y VIII a.C.; mientras que a partir de ese momento y hasta el siglo VI a.C., ya deberíamos hablar exclusivamente de cultura tartésica, pues es muy clara la aportación indígena.

En definitiva, Tarteso se concibe como un espacio geográfico donde conviven dos culturas muy diferentes que se van nutriendo recíprocamente con el transcurrir del tiempo hasta perder su característica original, dando lugar a esa nueva manifestación cultural que denominamos tartésica.

II. Los indígenas del sudoeste peninsular antes de la colonización

Uno de los mayores vacíos de la investigación arqueológica es el que tiene lugar entre el Bronce Medio o Pleno y la Primera Edad del Hierro (o Hierro I), medio milenio aproximadamente del que apenas conocemos algunos objetos como las cerámicas, las armas de bronce, algunos conjuntos áureos o las primeras estelas guerrero. Sin embargo, la percepción de las facetas determinantes en la vida de las gentes que poblaban ese territorio, es decir, los poblados, las creencias funerarias, los rituales religiosos o la organización social, nos son prácticamente desconocidos; una paradoja sin duda, porque estamos hablando de uno de los territorios, el sudoeste peninsular, más aptos para la explotación agropecuaria, minera y marina. Una época, pues, oscura, que dificulta la comprensión de la transición hacia la Edad del Hierro, momento en el que ya comenzamos a tener una información mucho más completa gracias al contacto de las comunidades indígenas con los primeros comerciantes procedentes del Mediterráneo.

Por otra parte, la llegada de los fenicios a la península Ibérica se adelanta cada día más a tenor de los últimos hallazgos que se han producido en la ciudad de Huelva, en El Carambolo y, especialmente en Cádiz, lo que a su vez restringe cada vez más las fechas en las que se estima que finalizaría el Bronce Final; consecuentemente, muchas manifestaciones que se consideraban genuinamente indígenas entran ahora dentro de una época protagonizada por los primeros contactos coloniales, lo que pone en duda la originalidad de algunas expresiones artísticas que hasta hace poco parecían exclusivas de las comunidades indígenas y que determinaron que a esta época «prefenicia» se la denominara como Bronce Final tartésico, un término que, como ya se ha dicho, no ayuda a entender el concepto cultural que aquí tratamos. Esos primeros contactos comerciales con gentes procedentes del Mediterráneo oriental impulsaron un profundo cambio en las sociedades del sudoeste peninsular, fundamentalmente en el área que hoy ocupan las provincias de Huelva, Cádiz y Sevilla, y que se ha venido denominando como foco o núcleo tartésico, pero tardó mucho tiempo en calar en las comunidades del interior que siguieron ancladas durante al menos un siglo en la cultura derivada de la Edad del Bronce.

Debió ser la colonización efectiva del territorio del foco tartésico, a partir del final del siglo IX a.C., la que desencadenó la reacción de las jefaturas que vivían en el entorno inmediato del que sería el foco tartésico, ávidas por entrar en un nuevo circuito comercial que les iba a procurar mejores beneficios que los que le procuraba el mercado atlántico. Hay tener en cuenta que las relaciones entre el interior y el sur peninsular ya serían fluidas desde fechas muy tempranas, o así parece demostrarlo al menos la presencia de cerámicas tipo Cogotas I en Andalucía o la existencia de objetos típicos del Bronce Atlántico, fundamentalmente armas, en buena parte de la Meseta. En efecto, durante el Bronce Final toda la fachada atlántica de la península Ibérica se hallaba inmersa en un circuito comercial muy activo que la comunicaba con zonas de la costa atlántica francesa y británica; un simple repaso a los tipos de armas, calderos, orfebrería o a algunos adornos personales de toda esa zona avala su homogeneidad técnica y artística. Es en esta época aún temprana cuando comienzan a aparecer objetos de claro origen mediterráneo en el interior del sudoeste peninsular, lo que puede llevarnos a pensar que esas primeras incursiones de productos mediterráneos pudieron haber sido realizadas por el interior de la península, desde su costa oriental, y no desde las costas de Huelva como se viene considerando; el hallazgo de numerosos objetos de tipo atlántico en el centro y este peninsular, así como en Baleares o Cerdeña no hace más que reivindicar esta vía por el interior previa a la apertura del comercio por el Estrecho que inauguraron los fenicios. No obstante, los argumentos aún son muy débiles como para certificar esta hipótesis.

Esa ausencia de poblados en el sudoeste peninsular durante el Bronce Final, que en cualquier caso estarían levantados con materiales poco consistentes, ha ocasionado una profunda división entre los prehistoriadores, pues mientras para unos se debe a un exiguo poblamiento de la zona que sólo se solucionaría gracias al impulso de la colonización mediterránea; para otros se debería simplemente a la escasa atención dedicada a esta época y, por lo tanto, a una falta de documentación que ayude a conocerla mejor. Es decir, el esplendor del Bronce Medio, con culturas como El Argar en el sudeste peninsular o el denominado Bronce del sudoeste, que nos ha dejado una completa información sobre las necrópolis de esta zona, habrían acaparado buena parte de la investigación arqueológica; al mismo tiempo, la irrupción de la colonización fenicia y griega habría centrado buena parte de los estudios históricos de la Prehistoria reciente, dejando de lado una fase larga y, para algunos incluso brillante, del sudoeste como es el Bronce Final. Por el contrario, el interés que siempre ha suscitado el Bronce Final es innegable, de hecho, fenómenos de enorme calado como la orfebrería, la metalistería o las estelas de guerrero han proporcionado una ingente bibliografía; sin embargo, la necesidad de hallar los poblados o las necrópolis para analizar aspectos fundamentales de la sociedad que produjo esas manifestaciones no se ha visto compensada arqueológicamente a pesar de las numerosas prospecciones arqueológicas emprendidas en todo el sudoeste peninsular en las dos últimas décadas, mientras que se seguían hallando yacimientos de importancia de otras épocas. Además, no parece que la escasez de poblamiento durante el Bronce Final sea exclusivo del sudoeste peninsular, pues un problema similar lo encontramos en la Meseta, donde apenas tenemos información sobre sus poblados y escasamente conocemos algún enterramiento bajo el suelo de las casas. Por lo tanto, deberíamos buscar las causas de esa parquedad en la documentación arqueológica y no achacar a la falta de investigación su insuficiente conocimiento.

La contradicción que existe entre la gran densidad de población que se detecta en los inicios de la Edad del Bronce en el sudoeste peninsular y la baja demografía en las últimas fases de este periodo histórico parece estar directamente relacionada con un cambio climático que afectó a toda la península, pero que, como es lógico, se deja notar con mayor intensidad en las zonas que estaban más pobladas, como el valle del Guadalquivir y Huelva. Según los diferentes estudios sobre el paleoclima de la península, después de la Edad del Bronce se produjo un largo periodo de estiaje que afectó gravemente a la economía agropecuaria, acabando así con los centros dedicados a la agricultura extensiva junto a los valles de los grandes ríos, principalmente el Guadalquivir y el Guadiana, y a las tierras de pastos, lo que pudo determinar una masiva emigración hacia las tierras del interior; un momento en el que no pocos investigadores hacen arrancar la trashumancia. El abandono de la agricultura a gran escala y la práctica de la trashumancia serían los responsables de la aparición de los asentamientos de carácter estacional en detrimento de los grandes núcleos de población estables. En consecuencia, el sistema sociopolítico sufriría un drástico cambio hacia sociedades más disgregadas que estarían sostenidas por jefaturas locales interrelacionadas por lazos de parentesco; muy diferente por lo tanto al sistema anterior, basado en la explotación minera a gran escala y en la agricultura extensiva que permitió una organización social que, en el caso de El Argar, ha sido incluso considerada como el germen del primer estado peninsular.

Parece que ese cambio climático, y no sabemos si algún otro tipo de catástrofe natural que pudo afectar directamente al valle del Guadalquivir como se está investigando en los últimos años, supuso el desplazamiento y la ocupación de las tierras más septentrionales y cercanas a la vertiente atlántica, donde surge el denominado Bronce Final Atlántico, un periodo de gran actividad económica como ya se ha aludido. Se da además la circunstancia de que los elementos más sobresalientes del Bronce Final son comunes al ámbito atlántico, caso de las armas de bronce, los oros o las estelas de guerrero, por poner los ejemplos más conocidos, elementos que, paradójicamente, son testimoniales en el valle del Guadalquivir durante el Bronce Final, lo que indica que el eje de la actividad comercial se había trasladado hacia las tierras del interior, donde surgen yacimientos de gran interés en los que ya se documentan objetos de importación procedentes del Mediterráneo. Además, la economía pecuaria predominante facilitó la movilidad de la población y, por consiguiente, el intercambio de productos, lo que justificaría la presencia de armas y otros objetos de prestigio de tipo atlántico en la Meseta. Por último, como veremos más adelante, un fenómeno como las estelas de guerrero, exclusivo en los primeros momentos de las zonas del interior de Portugal y del occidente extremeño, va a suponer una prueba más del comercio atlántico hacia el interior peninsular, pues exhiben objetos, principalmente armas, de evidente origen atlántico, como las espadas de lengua de carpa o el propio escudo escotado, todo un símbolo de estas estelas y de las intensas relaciones atlánticas a larga distancia.

Una economía que se basaba principalmente en la explotación ganadera debió generar una organización social basada en jefaturas que a su vez necesitarían rodearse de un grupo privilegiado a modo de aristocracia guerrera, dentro del ámbito familiar, para defenderse de las razias para robar el ganado, así como para controlar las vías de comunicación, algunas de las cuales vigilarían otros medios de producción de enorme importancia estratégica como la minería, especialmente la del oro y el estaño, este último muy demandado en esos momentos para la elaboración de las armas de bronce, mientras que el oro sería primordial para fomentar los vínculos sociales entre las jefaturas, ya sea como regalo, como tesoro de la comunidad o como dotes para fomentar los matrimonios mixtos.

En cuanto a los objetos que caracterizan a estas sociedades del Bronce Final, además de los torques, brazaletes y pendientes de oro macizos, o las armas de bronce (fig. 1), destacan especialmente las cerámicas, porque serán la guía para dibujar un territorio culturalmente homogéneo. Así, las cerámicas de la época se caracterizan por estar elaboradas a mano en hornos de cocción reductora, lo que hace que sus superficies sean de color oscuro. Las formas más comunes son los platos, las copas y, especialmente, las cazuelas, muy características de la época. Los acabados de estas cerámicas suelen ser lisos y muy bruñidos para darles un aspecto metálico que en ocasiones alcanzan calidades extraordinarias; destacan especialmente las decoradas con motivos geométricos en forma de red, las denominadas «retículas bruñidas», a veces decoradas por fuera, otras por el interior y, en alguna ocasión, por ambas superficies, lo que ha permitido crear grupos según su distribución geográfica. Otra característica de los conjuntos cerámicos del Bronce Final del sudoeste es la carencia de grandes contenedores para el transporte y el almacenamiento, lo que indica una escasa actividad comercial de productos alimenticios que demostraría la economía de subsistencia que prevalece en esos momentos. Por último, destacar que el mayor número de cerámicas decoradas con motivos geométricos se atestigua a partir de la colonización fenicia, por lo que no se puede descartar que su generalización se deba a un impulso derivado de las nuevas modas introducidas por los comerciantes mediterráneos, aunque este es un tema muy sensible que aún está en proceso de estudio.


Fig. 1. Tesoro de Sagrajas (Badajoz), Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Pero la raquítica documentación que tenemos sobre los poblados y las necrópolis del Bronce Final en el sudoeste no debe llevarnos a pensar en un paisaje desolado y aislado de los circuitos comerciales de la época. Parece que la población se concentró en algunos puntos que, desgraciadamente, están muy poco estudiados, pero sí hay indicios evidentes de población en Huelva, así como en otros puntos del valle del Guadalquivir, algunos de gran interés como Mesas de Asta, Carmona o Setefilla, todos ellos ubicados en sitios altos donde la defensa y el control del territorio son determinantes, pero estrechamente ligados, no obstante, a la explotación pecuaria. También existirían pequeños poblados distribuidos por los valles fluviales dependientes de esos lugares estratégicos ubicados en altura, pero su organización en cabañas redondas o de tendencia oval realizadas con materiales perecederos hace muy difícil detectarlos, destruidos por la intensa y continua labor de los campos en épocas posteriores, por lo que los conjuntos cerámicos son la única guía para detectar su presencia.

Más complicado aún es reconstruir el rito funerario de estas comunidades, de las que apenas podemos colegir algún dato muy aislado. Esta falta de documentación, que contrasta con los cementerios de cistas de la época anterior o con los túmulos funerarios de la Primera Edad del Hierro, ha disparado las conjeturas sobre el ritual que se llevaría a cabo; además, el desconocimiento que también tenemos de otras zonas de la península no ha ayudado a esclarecer este punto. De haberse practicado de forma sistematizada la inhumación, parece lógico que ya contaríamos con algunos conjuntos funerarios significativos, sin embargo sólo conocemos de forma muy parcial algunos resultados procedentes de la necrópolis de Mesas de Asta, donde se han realizado algunas prospecciones que parecen apuntar en este sentido; otros hallazgos aislados, como las tumbas de Roça do Casal do Meio, en Sesimbra (fig. 2), no ayudan a despejar la incógnita por la peculiaridad de la tumba, más moderna de lo que se pensaba hasta ahora gracias a los recientes análisis radiocarbónicos del conjunto. La idea más generalizada es que ya se practicaría la incineración, si bien, y siempre en función de la ausencia de documentación arqueológica, los restos cremados podrían haberse echado a los ríos, lagos o al mar, en línea con los rituales que más tarde se generalizan en el área atlántica. Pero no falta quienes atribuyen la introducción de la incineración a los fenicios, lo que justificaría la convivencia de ambos ritos en las necrópolis más antiguas de época tartésica.


Fig. 2. Tumba de Roça do Casal do Meio (según Spindler, Ferreira y Veiga, 1973).

Por último, subrayar que a pesar de este panorama algo desolador del Bronce Final, hay indicios de una actividad minera previa a la llegada de los colonizadores mediterráneos, lógica si tenemos en cuenta que la zona de Huelva debió jugar un papel primordial en los intercambios comerciales atlánticos como parece demostrar el impresionante depósito de armas y objetos de adorno de bronce hallado en la ría de Huelva, en concreto en la desembocadura del río Odiel (fig. 3). Por lo tanto, no se trata de otorgar a los fenicios todo el protagonismo del auge económico del sudoeste, sino que su papel fundamental consistió en potenciar las actividades productivas ya existentes, introduciendo los mecanismos y las herramientas más apropiadas para ampliar la explotación minera y agrícola, y, sobre todo, poniendo al servicio de los indígenas una red de distribución comercial que ampliaba sensiblemente su mercado; así, y en poco tiempo, los indígenas vieron las mayores ventajas que reportaba el comercio con el Mediterráneo, volcando toda su actividad hacia el núcleo de Tarteso en detrimento del eje atlántico que, no obstante, jamás abandonó, entre otras cosas porque buena parte de las materias primas que demandaban los fenicios eran originarias de la fachada atlántica peninsular.


Fig. 3. Depósito de la ría de Huelva, Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Primeros contactos comerciales con el Mediterráneo

A esta imprecisa fase se la ha venido denominando como «precolonial», un término que sirve para que todos tengamos una referencia cronológica del periodo que queremos abordar, entre los siglos XII y IX a.C., es decir, los tres siglos que anteceden a la colonización fenicia, si bien supone serios problemas interpretativos. En realidad se trata más de unos hallazgos arqueológicos singulares dentro del Bronce Final que de una fase cronológica. En síntesis, por «precolonial» entendemos la presencia de objetos de origen mediterráneo aparecidos en la península Ibérica antes de la colonización, lo que a su vez demostraría que con anterioridad a iniciarse los mecanismos para crear colonias en el sur peninsular, los fenicios ya conocerían las rutas y las posibilidades comerciales que le ofrecerían estas tierras gracias a contactos comerciales previos desarrollados por ellos o por otros agentes del Mediterráneo. Pero el término «precolonización» no es exclusivo del sur peninsular, si bien es verdad que cuando se utiliza para otras zonas de la cuenca mediterránea tiene connotaciones históricas diferentes, de tal manera que en el Mediterráneo central siempre se vincula con las navegaciones micénicas hacia Occidente, por lo tanto mucho antes de las fechas propuestas para nuestra península. Además, esos contactos micénicos con las zonas centrales del Mediterráneo van unidos a un proceso de aculturación que en ningún caso se detecta entre las comunidades indígenas del sudoeste peninsular, por lo que se trataría de un simple contacto comercial previo y necesario para la posterior colonización, circunstancia que, por otra parte, se ha venido repitiendo a lo largo de los diferentes procesos coloniales de la historia. Es cierto que algunas cerámicas de origen micénico en el curso medio del Guadalquivir y otras zonas del sudeste ha supuesto una nueva vía de investigación de la que aún poseemos pocos datos, pero que en ningún caso deben marcar el punto de inflexión a la hora de sistematizar los primeros contactos precoloniales; por otra parte, a nadie se le escapa que los contactos de la península con otras áreas del Mediterráneo, ya sean de forma directa o indirecta, se remontan a épocas muy antiguas.

El interés por esta etapa previa a la colonización se ha reactivado a la luz de los nuevos datos aportados por la arqueología, aunque desde posturas algo distintas en cuanto al área geográfica mediterránea que habría propiciado ese contacto con la península; el mundo egeo para unos o el sirio-palestino para otros. Pero también se ha concebido la precolonización como un hecho incesante desde las presuntas navegaciones micénicas a Occidente, bien con la intermediación directa de Sicilia y Cerdeña, o bien gracias a navegantes que organizarían ese trayecto comercial tanto desde el Atlántico como desde ambas zonas del Mediterráneo. Quizá lo más interesante de este fenómeno de la precolonización sea poder dilucidar de qué modo se llevaron a cabo esos primeros contactos y las circunstancias en que se desarrollaron. Por último, hay posiciones contrarias a considerar este momento como un incentivo definitivo para el desarrollo de las comunidades indígenas que, según los denominados indigenistas, ya tendrían el suficiente nivel de desarrollo socioeconómico y político como para asimilar sin traumas y en igualdad de condiciones la colonización. En cualquier caso, la existencia de una etapa previa de contactos mediterráneos antes de la colonización fenicia parece hoy indiscutible. También parece lógico pensar que esta etapa precolonial surtió un mayor efecto en las zonas que ofrecían mejores posibilidades comerciales, es decir, en el núcleo tartésico, un territorio en el que ya se debía explotar, aunque fuera de forma incipiente, los ricos recursos mineros y agropecuarios existentes; así, ese potencial económico suscitaría el interés suficiente como para que la zona fuera atractiva a los comerciantes mediterráneos que, seguramente, conocían esos recursos gracias a los contactos indirectos de Tarteso con otras zonas del Mediterráneo central, particularmente con Cerdeña y Sicilia.

Sin embargo, y paradójicamente, la mayor y mejor información sobre esa fase precolonial procede de las zonas geográficas limítrofes con el área tartésica, un territorio estrechamente vinculado con el mundo atlántico del Bronce Final y que, a pesar de ello, apenas sufrió cambios significativos hasta la Primera Edad del Hierro. De este modo, las zonas donde se han recogido los mejores indicios de esos contactos mediterráneos previos a la colonización se distribuyen por la actual Extremadura, la mitad sur de Portugal y la zona occidental de la Meseta Sur, que a su vez comparten claras analogías culturales con la fachada atlántica portuguesa. Quizá la zona más significativa y homogénea de esta etapa del Bronce Final sea la Beira portuguesa, con escasos poblados ubicados en puntos estratégicos y precariamente estructurados, con una total ausencia de necrópolis y una amplísima dispersión de restos que impide cualquier estudio territorial, situación que podríamos trasladar sin problemas a la zona del valle del Tajo en territorio español. A pesar de ello, hay claros signos de la existencia de jefaturas en todas estas zonas periféricas de Tarteso, donde se han documentado numerosos bienes de prestigio que las caracterizan, y donde, como se apuntaba anteriormente, destacan de manera especial las estelas diademadas o femeninas, las estelas de guerrero, la rica orfebrería y un alto porcentaje de armas de bronce. Estas manifestaciones arqueológicas se concentran en zonas estrechamente relacionadas con lugares ricos en pastos y en metales como el oro y el estaño, mientras que en las zonas de labrantío apenas se han localizado restos de esta época, salvo algunos hallazgos aislados junto a los pasos más importantes de los principales ríos, como por otra parte es lógico. Así, y en definitiva, la mayor parte de los hallazgos de objetos de origen mediterráneo anteriores a la colonización fenicia se han documentado en las Beiras y el Alentejo portugueses, en la sierra noroccidental y la penillanura cacereñas y en la comarca natural de La Serena y su prolongación hacia los Pedroches cordobeses y el extremo occidental de la Meseta Sur; zonas que se caracterizan por su bajo rendimiento agrícola y su alta productividad pastoril que aún sigue siendo una fuente de riqueza fundamental hoy en día. Y es precisamente en estas zonas donde se han hallado la mayor parte de las estelas de guerrero, de los tesoros áureos y de las armas y otros objetos de prestigio de bronce de la época.

La fuerte personalidad de las estelas, ausentes del foco tartésico hasta los primeros momentos de la colonización, o el enorme interés que suscitan los hallazgos de los carros rituales de bronce hallados en la localidad portuguesa de Baioes, entre otros objetos, impiden que debamos considerar estas zonas como «periféricas» puesto que aún no se ha configurado Tarteso; además, el concepto «periférico» conlleva una dependencia sociocultural de un foco que en absoluto se percibe en el sudoeste peninsular hasta que está bien asentada la colonización mediterránea.

Las estelas decoradas del oeste peninsular

No cabe duda de que uno de los temas más recurrentes de nuestra Prehistoria y Protohistoria es el de las estelas de guerrero y femeninas o diademadas, también denominadas «estelas del sudoeste» por ser esta la zona donde hasta hace unos años se distribuían; sin embargo, últimamente se han producido nuevos hallazgos al norte del Tajo e incluso del Duero que obligan a clasificarlas como «estelas del oeste» porque su distribución, al menos en sus primeros momentos, está muy ligada al mundo atlántico, mientras que sólo en las fases más recientes hacen su aparición en el núcleo tartésico, ya muy alteradas y con un significado renovado al que tenían en el Bronce Final. La fascinación y los innumerables trabajos dedicados a las estelas decoradas se debe, en primer lugar, a la ausencia de un contexto arqueológico claro en el entorno inmediato donde han sido halladas, lo que ha propiciado todo un rosario de interpretaciones sobre su funcionalidad; en segundo lugar, a la presencia de un buen número de objetos grabados originarios del Mediterráneo que han abierto la puerta a la especulación sobre rutas de comercio entre el Atlántico y el Mediterráneo en etapas previas a la colonización fenicia, lo que a su vez ha propiciado una intensa discusión sobre la cronología de esos objetos; y, en tercer lugar, a que estos monumentos son prácticamente el único argumento del que disponemos para esbozar un ensayo sobre la organización social de estas comunidades antes de la consolidación de Tarteso.

Ha pasado más de un siglo desde que se halló la primera estela de guerrero en Solana de Cabañas, en la sierra cacereña de las Villuercas, pero ya a mediados del siglo XX se pudo elaborar un primer repertorio gracias al rápido aumento de los ejemplares documentados. Los primeros estudios tipológicos fueron realizados entre los años sesenta y setenta del pasado siglo, en los que ya se emitían hipótesis elaboradas sobre su funcionalidad y cronología gracias al descubrimiento de medio centenar de estos monumentos. Por último, en las dos últimas décadas del pasado siglo se produjeron una gran cantidad de hallazgos dispersos por buena parte del sudoeste peninsular que propiciaron nuevas síntesis sobre las estelas, tanto de las diademadas o femeninas como las de guerrero, si bien se puso el acento en la distribución geográfica y territorial que ofrecían, además de indagar en las relaciones sociales y económicas con otros grupos. En estos últimos años asistimos a otro resurgir que de nuevo coincide con la concentración de hallazgos en un corto espacio de tiempo –un 12 por 100 del total de las estelas documentadas– lo que ha ayudado a avanzar sensiblemente en su interpretación, sobre todo gracias a los hallazgos del norte de Portugal, que amplían la zona geográfica donde se desarrolla el fenómeno, o las aportaciones de estelas con representaciones de mayor complejidad que han ayudado a despejar algunas incógnitas sobre su significado, como las estelas mixtas, en las que aparece representadas la figura del guerrero junto a la femenina. En total, contamos hoy en día con más de 120 estelas que nos permiten acercarnos a ellas con un mayor grado de conocimiento del que teníamos hace tan sólo una década, lo que a su vez nos obliga a profundizar en su análisis con un enfoque más social.

Otro de los problemas que presentan las estelas es su distribución geográfica, pues aparecen en territorios a veces restringidos que parecen estar relacionados con variables de carácter tanto social como cronológico (fig. 4). Si partimos de la base de que el paisaje es un producto de la vida social de sus habitantes, el problema en el caso de las estelas decoradas es que apenas conocemos la relación que mantienen con sus hábitats y, por lo tanto, ignoramos la actividad económica que desempeñaron, que sólo podemos intuir a través del análisis de los medios disponibles en su entorno inmediato. En un escenario ideal se podrían establecer los límites políticos de esta manifestación y su interrelación con los otros espacios donde se produce el mismo fenómeno; pero, desgraciadamente, estos presupuestos sólo son viables si estudiamos sociedades de base agrícola o industrial, pero son muy difíciles de aplicar si nos enfrentamos, como parece, con sociedades de base ganadera y claramente jerarquizadas.


Fig. 4. Mapa de distribución de estelas / Losa y estela.

Las estelas responden a un fenómeno indígena del área atlántica peninsular donde ya existía una tradición en la elaboración de losas y estelas de carácter guerrero junto a otras que aluden a personajes femeninos caracterizados por una gran diadema. Por ello, las primeras estelas, en realidad losas, circunscritas al interior de Portugal y norte de Extremadura, sólo presentan tres elementos en su composición: el escudo, la espada y la lanza, sendos objetos de innegable adscripción al mundo atlántico, donde el escudo y esas armas de bronce están bien documentadas hasta Irlanda. Pronto comenzaron a añadirse otros elementos exógenos de origen mediterráneo que, sin embargo, no aparecen hasta más tarde en el área tartésica. La explicación podría estar en la existencia de una ruta que conectaría el Mediterráneo oriental con la península Itálica y que a través del Languedoc-Rosellón se internaría por el interior de la península para buscar lugares de aprovisionamiento en el sudoeste en un momento donde aún habría serias dificultades para atravesar el estrecho de Gibraltar. Esta hipótesis justificaría la presencia de las estelas francesas del sudeste, las recientemente halladas en Italia o la zaragozana de Luna; pero también explicaría la presencia de espejos en las islas Baleares que sólo aparecen representados en las primeras estelas básicas o la temprana representación de los carros; además, abriría una vía para el comercio griego que se consolidaría mucho más tarde con la fundación de Massalia y Emporion.

A modo de síntesis, debemos destacar en primer lugar que las estelas se pueden dividir en dos grupos bien diferenciados, las lo­sas y las estelas propiamente dichas. Las primeras, denominadas estelas básicas, se caracterizan por aparecer principalmente en las zonas más septentrionales del cuadrante suroccidental, ocupando zonas de la Beira portuguesa, la sierra de Gata y el valle del Tajo; son lajas de piedra con un tamaño siempre similar al del cuerpo humano, en torno a 1,70 metros, en las que se grabó en su centro un escudo caracterizado por su escotadura en forma de «V»; el escudo aparece flanqueado, invariablemente, por una lanza en la zona superior y una espada en la inferior. Estas losas probablemente estaban destinadas a tapar cistas de inhumación como las que se han documentado en toda esta amplia zona, ritual que hunde sus raíces en el Bronce Pleno. La losa representaría, por lo tanto, el propio cuerpo del guerrero, con la espada a la cintura y la lanza en posición de ser proyectada; por último, las losas no están rebajadas en la zona inferior y reservan sin decorar ambos extremos de la losa, lo que demuestra que no fueron utilizadas como estelas.

Sin duda, el elemento más interesante para el estudio de estos monumentos es el escudo, tanto por su forma como por el gran detalle con que fue grabado en estos primeros monumentos. Su característica forma se ha documentado en Irlanda, como ya se ha aludido, pero también en el centro y norte de Europa, en Chipre y en Grecia, por lo que buena parte de los autores los han hecho derivar de algunos de estos lugares dependiendo de sus tendencias filoculturales; sin embargo, los escudos recuperados en las turberas irlandesas están bien datados entre los siglos VII y VI a.C., mientras que los escandinavos y centroeuropeos, atendiendo a su técnica y morfología, no son anteriores al VIII. Por último, los ejemplares chipriotas y griegos, todos hallados en lugares relacionados con zonas de culto, tampoco han sido fechados con anterioridad al siglo VIII a.C., en este caso con la garantía de haber aparecido junto a otros objetos de fácil datación. La conclusión, por lo tanto, es que los escudos escotados de las estelas son anteriores a los que se han documentado fuera de la península Ibérica, por lo que no parece que haya muchos problemas en situar su origen en la propia península.

El segundo grupo es el más numeroso y complejo en cuanto a su composición escénica. Ahora se trata de auténticas estelas apuntadas en su zona inferior para ir hincadas en el suelo. Su tamaño también es muy variado y supera sólo en contadas ocasiones el 1,50 metros. Estos monumentos sólo aparecen en las zonas del entorno del Guadiana, Algarve y Guadalquivir, es decir, en las zonas más meridionales de la península. Su característica más importante es la introducción de la figura del guerrero rodeado de sus armas de clara adscripción atlántica, pero también de una serie de objetos de prestigio de origen mediterráneo, como los carros de dos ruedas, los espejos, las fíbulas de codo, los peines, las pinzas o los instrumentos musicales, entre los que destacan las liras. También es importante observar cómo a medida que las estelas aparecen en la zona más meridional, es decir, hacia los límites con Tarteso, incorporan un mayor número objetos de prestigio en detrimento de las armas, que en ocasiones llegan a desaparecer para dar paso a escenas de alto valor social, como la caza o el ritual funerario, donde destaca la estela cordobesa de Ategua. A su vez, aparecen otros elementos claramente relacionados con el comercio, caso de los conjuntos de ponderales detectados en varias de estas estelas más meridionales. Por último, ya en un momento coetáneo con la colonización oriental, las estelas se extienden hasta el mismo foco tartésico, si bien su perduración no parece que vaya más allá de principios del siglo VII en esta zona, mientras que es posible que aún mantengan su vigor durante al menos un siglo más en las zonas del interior, donde se mantendría un sistema social diferente al que ya regiría en el núcleo tartésico.

Las estelas del sudoeste corroboran, pues, esos contactos previos con el Mediterráneo oriental, en un primer momento a través del interior peninsular, aunque pronto sería la zona tartésica la que protagonizaría estos contactos. La decadencia de estos monumentos significaría un cambio brusco no sólo en la escenificación de las jefaturas de estos territorios del interior, sino también en la organización social, ahora alentada definitivamente por la cultura tartésica. Así, un elemento de enorme importancia como es el antropomorfo tocado con cuernos, sólo presente en las estelas más complejas, parece conducirnos a representaciones inspiradas en divinidades de origen oriental, lo que podría significar que hay una divinización de los personajes grabados.


Fig. 5. Evolución formal de las estelas tartésicas.

En definitiva, la aparición en los últimos años de nuevas estelas en zonas del interior nos permite unir territorios que antes se dibujaban aislados, mientras que otros ejemplares como los recientemente hallados en Castrelo do Val (Orense) o Montalegre (Vila Real, Portugal), en el límite fronterizo con Orense, nos obligan a ampliar hacia toda la fachada occidental la zona donde se desarrolló el fenómeno de las estelas, pues rebasa con creces el área geográfica hasta ahora establecido y que se ceñía al cuadrante sudoccidental de la península Ibérica. Además, disponemos de un dato irrefutable para entender el origen y la evolución tipológica de las estelas, y es que entre los valles del Tajo y el Duero sólo existen «estelas básicas», es decir, sin la figura del guerrero, aunque algunas ya muestran algún elemento de importación como el carro, el espejo o el peine de marfil. Por otra parte, las estelas más conocidas por su número y complejidad compositiva son las que aparecen en el entorno del Guadiana, en concreto entre las comarcas de La Serena extremeña, los Pedroches cordobeses y la zona occidental de La Mancha, donde se han encontrado más del 50 por 100 de las estelas conocidas; una extensa área de enorme interés geográfico que domina el eje de comunicación sur-norte (Guadalquivir-Guadiana-Tajo) que tanta repercusión tuvo en el inicio del periodo tartésico y que justificaría la aparición de los primeros yacimientos tartésicos de la periferia, donde destaca especialmente Medellín, pero también otros sitios que jalonan tanto el Guadiana como el curso medio del Tajo. Estas estelas ya incorporan la figura del guerrero con las armas y los objetos de adorno que las caracterizan, mientras que pierde protagonismo el escudo, un auténtico símbolo gentilicio de las comunidades representadas en las estelas más antiguas, en favor de nuevos elementos de clara raigambre mediterránea que proceden del comercio cada vez más intenso con el foco tartésico. Además, la aparición de estelas con figuras femeninas o diademadas, ya sea de forma individualizada o compartiendo escena con el guerrero, la introducción de los cascos de cuernos en las estelas más meridionales, la atención a los objetos de claro significado económico como los ponderales o la profusión de escenas de caza o de rituales funerarios, suponen un giro revelador en el simbolismo de las estelas, ya muy alejadas de su significado e incluso de su función original.

Las primeras estelas, en forma de losa, debieron surgir en torno al siglo X a.C., manteniéndose su composición básica y su distribución geográfica por el interior de Portugal y norte de Extremadura hasta al menos el siglo VIII a.C. aproximadamente. Tras la colonización fenicia y el impacto que supuso para las estructuras socioeconómicas del sudoeste, las estelas alteraron significativamente su composición escénica, primero introduciendo la figura del guerrero, que se convierte en el protagonista absoluto de la composición decorativa, y, paulatinamente, añadiendo elementos exógenos de gran valor simbólico y de prestigio social para las jefaturas de estos territorios periféricos, quienes jugarían un papel primordial en la colonización fenicia como parece avalar la distribución geográfica de las estelas que, en los últimos momentos de su existencia, hacia mediados del siglo VII a.C., se hacen presentes en el mismo valle del Guadalquivir, cuando se las puede denominar como tartésicas. No obstante, como se apuntaba anteriormente, es posible que el fenómeno continúe de forma puntual en algunas zonas del interior, tal vez incluso hasta mediados del siglo VI a.C., momento que coincidiría con la aparición de las estelas con inscripción que, a su vez, marcan el final del periodo tartésico (fig. 5).

III. La llegada de los fenicios a la península Ibérica

Por lo general, Tarteso se ha entendido como una cultura indígena influida y transformada por la presencia de los fenicios, quienes inmediatamente crearían una corriente orientalizante en las formas de vida de las comunidades que habitaban el sudoeste peninsular. Estos indígenas del sur peninsular estaban imbuidos por la cultura atlántica, lo que significa que con la llegada de los fenicios el choque de mentalidades debió ser drástico, pues se enfrentaban dos concepciones del mundo muy diferentes. No hay duda de que la aventura iniciada por los fenicios tenía un alto componente económico, pero ¿qué les impulsó a recorrer todo el Mediterráneo para no sólo abastecerse de los productos de los que eran deficitarios, sino para instalarse en colonias que suponía, a la larga, desconectarse de sus lugares de origen? El establecimiento en tierras tan alejadas física y culturalmente de sus metrópolis obedeció también a componentes políticos y sociales que de otro modo no entenderíamos; como tampoco comprenderíamos la rápida adaptación de los fenicios al medio, la decisiva implicación en la dinámica indígena o la hibridación que se produjo con los indígenas en un corto espacio de tiempo y que, a la postre, configuró Tarteso. Debemos reparar pues, y aunque sea brevemente, en cuál era el panorama del Próximo Oriente antes de la colonización fenicia y cuáles fueron las causas que la propiciaron.

Una vez finalizada la Guerra de Troya, hacia el 1200 a.C., se produjeron profundas modificaciones en buena parte del Próximo Oriente, sobre todo en el levante, que repercutieron en todo el Mediterráneo. Mientras los dorios propiciaban la caída de Micenas y acababan con su dominio comercial, los continuos y contundentes ataques de los Pueblos del Mar lograron terminar con el poderoso Imperio hitita y destruir Ugarit, la ciudad-estado más importante del Mediterráneo oriental. A pesar de ello, las otras ciudades de la franja levantina, la denominada franja siriopalestina y conocida por los griegos como Fenicia, parece que resistieron la invasión o al menos no fueron objetivo de los conquistadores, probablemente por hallarse bajo la protección del poderoso Imperio asirio, lo que sin duda debió persuadir a los conquistadores. Algunos de estos Pueblos del Mar optaron por asentarse en la franja conquistada, como los arameos, otros prosiguieron sus razias hasta hacer tambalear el Imperio egipcio, aunque finalmente fueron rechazados, propiciando su dispersión por buena parte del Mediterráneo. Es el inicio de lo que conocemos como Época Oscura, una etapa de más de trescientos años que aún resulta complicado reconstruir históricamente. Así, no será hasta los inicios del siglo IX a.C. cuando volvamos a tener noticias fehacientes de la zona gracias a la documentación que conocemos del reinado de Asurbanipal II, por lo tanto, en los momentos previos a la colonización fenicia del Mediterráneo. Pero también disponemos de noticias a través de la Biblia, fechadas hacia mediados del siglo X, donde se nos habla de Hiram I de Tiro y de su contemporáneo el rey Salomón de Israel, quienes parece que compartieron intereses comerciales; el primero aportando mano de obra y madera de cedro procedente de los famosos bosques del Líbano para la construcción del templo de Jerusalén, mientras que los israelíes se ocuparían de abastecer de cereales a los tirios. Los fenicios, que seguían bajo la tutela de los asirios, tenían necesidad de acrecentar sus transacciones comerciales con otros reinos de la zona para aumentar sus beneficios para así contribuir a las arcas asirias, necesitadas de ingentes fondos para construir sus nuevas y opulentas ciudades, mantener la maquinaria de guerra y salvaguardar así su propia soberanía.

Cada ciudad fenicia era independiente, lo que favorecía su control por parte de los asirios, y aunque compartían una misma lengua y una estructura política similar, las ciudades fenicias tenían sus propios dioses y explotaban sus correspondientes rutas comerciales. Y en este sentido, fue Tiro la que desplegó una política sistemática de fundaciones de colonias por el Mediterráneo aprovechando el vacío que habían dejado Micenas y Ugarit. Por ello, es posible que Tiro se beneficiara de las rutas ya trazadas por los micénicos, que abarcaban al menos todo el Mediterráneo central, y que los fenicios fueron consolidando y ampliando a partir del siglo IX a.C. (fig. 6).


Fig. 6. El Mediterráneo en tiempos de la colonización fenicia.

Por lo tanto, la apertura de rutas comerciales de la mano de los fenicios comenzó hacia el siglo X a.C., primero hacia los puertos del mar Rojo e, inmediatamente después, hacia Chipre, Creta, Rodas y Eubea, donde algunos investigadores creen que surgió el alfabeto griego bajo la influencia del fenicio. Pero estas rutas comerciales nunca estuvieron orientadas a la colonización de los lugares visitados, una circunstancia que sólo se produjo años más tarde, hacia mediados del siglo IX, en la propia Chipre, siendo Kitión el primer emplazamiento que se considera como una auténtica colonia fenicia, en concreto de origen tirio, gracias al interés que despertaría tanto la abundancia de cobre de la isla como su posición estratégica en el Mediterráneo, una puerta ineludible hacia las islas del Mediterráneo central. Quizá, aunque es un tema de debate intenso, esta sea la justificación de la temprana presencia de los objetos chipriotas aparecidos en la península Ibérica, que no serían sino una consecuencia de los tanteos comerciales fenicios en nuestra península a través del interior. Sea como fuere, lo cierto es que a finales del siglo IX los fenicios se instalaron en Nora, al sudeste de Cerdeña, para poco después fundar la que sería su colonia más importante, Sulci. Pero probablemente anteriores son las fundaciones coloniales fenicias del Extremo Occidente, donde destacan especialmente Útica, Cartago y Gadir, gracias, en gran medida, a la navegación de cabotaje por el norte de África, más fácil que atravesar el Mediterráneo hasta recalar en los puertos del Mediterráneo central, donde hasta mediados del siglo VIII no se documentan colonias significativas como Mothia, en Sicilia, o Malta. Una vez consolidadas las colonias del Mediterráneo occidental, hacia principios del siglo VIII a.C., los fenicios afianzaron su presencia colonial al otro lado del estrecho de Gibraltar, aunque hoy sabemos que ya mantuvieron intensos contactos previos con esas zonas, fundando así Mogador, en Marruecos u Olissipo en la actual Lisboa. Reseñar en este sentido que estas fundaciones coinciden en el tiempo con la toma por parte de Senaquerib de las ciudades-estado fenicias, además de otras zonas del área sirio-palestina, como Babilonia o el propio Egipto, donde consigue conquistar su capital de entonces, Menfis. Por consiguiente, la intensificación de las fundaciones coloniales tenía como objetivo aportar la obligada tributación al imperio, pero también debió suponer una emigración masiva de gentes procedentes del Próximo Oriente hacia otros puntos del Mediterráneo para sacudirse el dominio asirio; de hecho, conocemos el exilio del propio rey de Tiro, Luli, y de toda su corte gracias a los relieves del palacio de Nínive, lo que a la vez hace pensar en que se trataría de una emigración dirigida por la nobleza tiria, capacitada e interesada en reproducir sus propias reglas y organización sociopolítica en las colonias levantadas.

El primer contacto de los fenicios con las comunidades indígenas parece que se limitó a intercambios comerciales que algunos han calificado como desiguales, aunque es difícil ponderar este asunto por cuanto no sabemos la capacidad de excedentes que manejaban los indígenas ni el esfuerzo económico que tuvieron que hacer los fenicios hasta fondear en los puertos del Extremo Occidente. Una vez regulado ese comercio, los fenicios procedieron a levantar pequeños templos y factorías en islas o pequeñas penínsulas junto al continente que servirían como referente en sus sucesivos viajes y como lugar de encuentro para los intercambios comerciales. Algunos de estos pequeños enclaves se convertirían a partir del siglo VIII en auténticas colonias desde las que se desarrollaría una política tendente a ocupar los territorios circundantes para asegurarse un área agrícola suficiente como para poder abastecerse de alimentos. El siguiente paso consistió en levantar ciudades amuralladas con templos, palacios y santuarios extraurbanos que servirían para marcar un territorio en el que ya estarían integrados los indígenas de la zona. El desarrollo urbano de estos lugares se completó con la construcción de puertos y caminos que favorecieran el transporte desde los lugares donde captaban las materias primas que necesitaban para su explotación comercial, por lo general ubicados en el interior. También se han podido documentar arqueológicamente zonas industriales de importancia, donde los alfares debieron jugar un papel significativo a tenor del elenco cerámico de tradición fenicia hallado en todo el sur peninsular; pero no menos importantes serían los talleres de orfebres, ebanistas, broncistas, etcétera.

Pero por muy fluida que fuera la emigración de gentes del Mediterráneo oriental hacia la península Ibérica, es difícil aceptar que fuera suficiente como para desarrollar la política colonial de buena parte de la costa occidental. La construcción de ciudades, puertos, caminos o industrias, así como el mantenimiento de un poder político y militar en tierra extraña, supondría un esfuerzo inversor de tal calibre que sólo con el apoyo y participación de los indígenas pudo haber sido viable. Además, el concurso de las comunidades indígenas debió ser vital para explotar los recursos mineros del interior y para proporcionar buena parte de los alimentos, al menos en las primeras fases de la colonización, por lo que el control de las vías de comunicación y de las comunidades afectadas debió estar en manos de una sociedad jerarquizada que, tal vez, es la que encontramos representada en las estelas decoradas del Bronce Final, que parece que siguieron ejerciendo ese control hasta el periodo tartésico, pues no olvidemos que siguen apareciendo incluso en el mismo núcleo geográfico, si bien con un significado ya alterado por las nuevas relaciones de poder. Al mismo tiempo, con el objetivo de organizar la intensa actividad comercial, debió existir una clase dirigente sobradamente legitimada como para desempeñar el poder político y religioso que necesitaba una empresa de esa envergadura. Es lógico pensar que los colonizadores importarían su modelo de ciudad-estado de Fenicia para organizar sus colonias; pero también parece obvio que los indígenas conservarían el control del territorio e incluso la representación del poder político bajo el sostén de los colonizadores, quienes pudieron propiciar los matrimonios mixtos entre sendas clases dirigentes para tener un mayor control político de Tarteso; así, quizá, podemos entender la figura de Argantonio. Una vez afianzadas las colonias fenicias y resueltos los mecanismos de reciprocidad con las comunidades indígenas, comenzaría una fase de expansión y de diversificación económica en la que ya participarían de forma activa los indígenas, lo que a su vez propiciaría una mayor integración en el territorio y la explotación activa de la agricultura, donde no parece haber dudas sobre la participación de ambas comunidades a tenor de los diferentes ritos que se aprecian en las necrópolis de la zona.

La riqueza de las colonias fenicias en la península se generaría, fundamentalmente, por la adquisición y comercialización de nuevos productos deficitarios en el resto del Mediterráneo, como el oro o el estaño, pero también por otros elementos que debieron salir de los talleres de las colonias, sin olvidar los elementos agropecuarios. Además, los fenicios de Occidente dejarían muy pronto de aportar los tributos que les exigía el Imperio asirio, por lo que revertirían esos gravámenes en las colonias, lo que supondría una sustanciosa inversión que propulsaría el desarrollo de las zonas afectadas y que redundaría en la mejora urbana de las ciudades y en la monumentalización de sus palacios y templos. A una distancia tan considerable y con el Mediterráneo de por medio, poco debían temer los fenicios de occidente del poder de los asirios, aunque es posible que les obligara a corregir algunas rutas comerciales, probablemente mediante un acuerdo con los foceos, quienes por esa época también habían comenzado una agresiva política de colonizaciones por buena parte del Mediterráneo; de ser así, se entendería perfectamente la ingente cantidad de productos griegos hallados en la península a partir del siglo VII a.C.

La presencia fenicia en la península Ibérica podría dividirse en tres espacios geográficos bien definidos: la costa mediterránea, donde hay claras diferencias entre los asentamientos de la costa andaluza, la levantina e Ibiza; la costa atlántica, donde se engloba el norte de Marruecos y el oeste de Portugal; y Tarteso. Pero también en tres etapas cronológicas diferenciadas, principalmente, por el modo de contacto detectado entre fenicios e indígenas. Como es lógico, el tipo de asentamiento que practicaron los fenicios en la península Ibérica estuvo directamente relacionado con el grado de permisibilidad de las comunidades indígenas que los recibían, pero también con los intereses comerciales de las zonas que querían explotar; por ello, quizá se ha utilizado con demasiada elasticidad el término de colonias, cuando en algunas ocasiones no se trata más que de factorías o asentamientos consentidos que en nada tiene que ver con auténticas colonias, donde deben entran en juego componentes estructurales básicos como el desarrollo urbano del asentamiento. También hay que tener en cuenta que algunos de los lugares elegidos por los fenicios para asentarse se hallaban más despoblados de indígenas que otros, lo que facilitó su arraigo, mientras que otros carecían de suficiente atractivo económico como para invertir en su desarrollo. Estas circunstancias justifican el rosario de asentamientos en la costa mediterránea, sin que se atisbe el dominio de un territorio amplio bajo su control; por el contrario, parece cada día más obvio que los fenicios encontraron un ambiente mucho más favorable en Tarteso que les invitó a establecerse e involucrarse definitivamente en su territorio.

El modelo de asentamiento fenicio presenta un desarrollo muy característico y homogéneo que reproduce el patrón de la metrópolis. De ese modo, los fenicios buscaron por todo el Mediterráneo lugares en alto o promontorios localizados junto a las desembocaduras de los ríos, ubicación que les permitía el abastecimiento de agua dulce, la rápida y más segura conexión con las tierras del interior, el control efectivo sobre el territorio circundante, así como la explotación de las fértiles tierras de vega que los ríos configuran junto a sus cauces. Así mismo, el lugar elegido para el establecimiento de sus necrópolis es característico de este patrón de asentamiento, pues en los casos que conocemos, los establecimientos aparecen situados al otro lado del cauce del río, a escasa distancia del lugar de ocupación, una circunstancia que también se documentan en la metrópolis de Tiro. A este modelo de ocupación podemos sumarle la construcción de barrios fenicios en asentamientos indígenas, pero también conocemos ciudades fenicias, caso de Doña Blanca, con población indígena, una relación que surge de un interés mutuo por la explotación de los recursos de la zona y que únicamente puede llevarse a cabo con el consentimiento de la población local.

Según la tradición recogida de los historiadores antiguos, la primera colonia fenicia fundada en el extremo occidental del mar Mediterráneo fue Gadir, la actual Cádiz, noticia que Estrabón, geógrafo griego del siglo I a.C. toma de Posidonio, y que nos la transmite en su libro III de la Geografía del siguiente modo:

Acerca de la fundación de Gádira recuerdan los gaditanos cierto oráculo que según ello les fue dado a los tirios ordenándoles enviar una colonia a las columnas de Heracles; los que fueron enviados para inspeccionar, cuando estuvieron en las proximidades del estrecho de Calpe, creyendo que los promontorios que forman el estrecho eran los límites de la tierra habitada y de la expedición de Heracles y que constituían lo que el oráculo había designado con el nombre de Columnas, se detuvieron en un lugar del lado de acá del estrecho, donde se encuentra ahora la ciudad de los exitanos; y como quiera que, realizando un sacrificio allí no les resultaran favorables las víctimas, se volvieron. Un tiempo después, los enviados avanzaron unos mil quinientos estadios más allá del estrecho hasta una isla consagrada a Heracles situada junto a la ciudad de Onoba en Iberia, y creyendo que estaban allí las Columnas hicieron un sacrificio al dios, pero como las víctimas volvieron a resultar desfavorables, regresaron a la patria. Los que llegaron en la tercera expedición fundaron Gádira, y levantaron el templo en la parte oriental de la isla y la ciudad en la parte occidental. Por esto creen unos que las Columnas son los promontorios del estrecho, otros que Gádira, y otros que están situadas aún más allá de Gádira. [Estrabón III, 5, 5]

A esta referencia transmitida por Estrabón se suma la creencia de que Gadir fue fundada hacia el 1100 a.C., ochenta años después de la Guerra de Troya, según recoge el historiador latino Veleyo Patérculo (Hist. Rom 1: 2, 3); sin embargo, la arqueología no ha sido capaz hasta la fecha de asegurar una cronología tan antigua para la fundación de este importante enclave. Este hecho resulta, en cierto modo, previsible, en tanto los relatos que nos transmiten la fundación de ciudades durante la Antigüedad tienden a estar cargados de un fuerte sentimiento legendario que sirve de revulsivo para elevar la importancia de la ciudad dentro del contexto histórico de su fundación.

Los recientes estudios geomorfológicos llevados a cabo en la actual localidad de Cádiz han permitido reconstruir su antigua paleogeografía, por lo que actualmente conocemos que, en torno al 1000 a.C., Cádiz era una isla, realidad que algunos autores romanos describieron. Según las fuentes, el archipiélago de Gadeira estaba conformado por tres islas (fig. 7): Erytheia, donde se localizaba el hábitat, Kotinoussa, la isla de mayor tamaño en cuyo extremo oriental se levantó el templo al Melkart (en la actual isla de Sancti Petri) y, por último, la isla de Antípolis, la actual San Fernando; pero además, al cambio de su morfología se suma la existencia de la actual ciudad de Cádiz sobre los restos de esta histórica fundación. Si bien hasta hace pocos años no podía fecharse la presencia oriental en Cádiz con anterioridad al siglo VIII a.C., las recientes intervenciones llevadas a cabo en el solar del Teatro Cómico permiten retrasar la cronología a finales del siglo IX a.C., momento al que pertenecen los restos constructivos de dos calles y varias casas documentadas en estas intervenciones.


Fig. 7. Mapa de las Gadeira.

La fundación de Gadir inaugura una primera etapa de contactos cuyos mecanismos apenas nos son conocidos. La única referencia recogida por las fuentes antiguas, concretamente por Heródoto (IV, 196, 1-3), autor griego del siglo V a.C., nos informa de un sistema denominado «comercio silencioso o invisible» en el que no existe ningún tipo de interacción, pues los comerciantes fenicios dejaban sus mercancías en la costa y los indígenas depositaban a cambio tanta cantidad de oro como considerasen por el valor de la mismas. Si los fenicios no consideraban que la cantidad era adecuada, se retiraban a sus naves a la espera de que los indígenas añadieran más cantidad de oro; así hasta quedar satisfechos.


Fig. 8. Planimetría del Periodo II – Fenicio A y distribución de los grupos estructurales y unidades domésticas del Teatro Cómico (Cádiz) (según Gener y otros, 2014).

Los cartagineses cuentan también la siguiente historia:

En Libia, allende de las Columnas de Heracles, hay cierto lugar que se encuentra bien habitado; cuando arriban a ese paraje, descargan sus mercancías, las dejan alineadas a lo largo de la playa y acto seguido se embarcan en sus naves y hacen señales de humo. Entonces los indígenas, al ver el humo, acuden a la orilla del mar y, sin pérdida de tiempo, dejan oro como pago de las mercancías y se alejan lo bastante de las mismas. Por su parte, los cartagineses desembarcan y examinan el oro; y si les parece un justo precio por las mercancías lo cogen y se van; en cambio, si no lo estiman justo, vuelven a embarcarse en sus naves y permanecen a la expectativa. Entonces los nativos, por lo general, se acercan y siguen añadiendo más oro, hasta que los dejan satisfechos. Y ni los unos ni los otros faltan a la justicia; pues ni los cartagineses tocan el oro hasta que, a su juicio, haya igualado el valor de la mercancía, ni los indígenas tocan las mercancías antes que los mercaderes hayan cogido el oro.

Otra referencia a estos contactos la encontramos en el Periplo conocido como del Pseudo-Escílax, en el que se refleja la existencia de unos contactos esporádicos, si bien más constantes que los reflejados por el comercio «silencioso», pues en este caso existe una relación directa entre ambas partes dentro de un territorio neutral, evitando de ese modo que una de las partes salga más beneficiada que otra:

Los comerciantes son fenicios. Cuando llegan a la isla de Cerne fondean sus barcos de carga y levantan sus tiendas en Cerne. Pero el cargamento, tras haberlo descargado de sus naves, lo transportan en barcas pequeñas hasta tierra firme. Los etíopes se encuentran en tierra firme. Con estos mismos etíopes es con los que se comercia. [Los fenicios] venden [sus mercancías] a cambio de pieles de gacela, leones y leopardos, así como de pieles y colmillos de elefante y de animales domésticos… Los comerciantes fenicios les traen ungüentos, piedra egipcia…, vajilla ática y coes… Estos etíopes se alimentan de carne, beben leche y el vino lo hacen en abundancia con sus propias viñas aunque también se lo traen los fenicios. [Los etíopes] tienen también una gran ciudad, hasta la que también navegan los comerciantes fenicios. [Periplo de Pseudo-Escílax, 112]

El tercer y último sistema de contacto estaría representado por la elección de un lugar específico para llevar a cabo las transacciones comerciales, lo que supondría la existencia de un contacto continuado y estable que debió efectuarse una vez afianzadas las relaciones entre indígenas y fenicios, momento que se corresponde con la fundación de los primeros asentamientos coloniales arcaicos, como así deja entrever la arqueología en casos como Toscanos, donde ha sido localizado un gran almacén destinado a la conservación de los excedentes. Estos centros reciben comúnmente el nombre de factorías y pueden estar representadas por un solo edificio, más o menos aislado, o estar dotado de viviendas, almacenes, espacios públicos, zonas portuarias, etc. Estos pequeños establecimientos habrían servido también para fomentar las relaciones sociales entre los fenicios y las jefaturas indígenas, culminadas seguramente en el establecimiento de matrimonios mixtos que servirían para afianzar los lazos de unión entre ambas comunidades; o al menos eso podemos deducir gracias a la presencia de algunos tesoros y materiales de factura mediterránea hallados en el interior de estos lugares. Esta fórmula, ensayada en otras zonas colonizadas del Mediterráneo, reportaría a los jefes indígenas privilegios en los intercambios comerciales, mientras que los fenicios se aseguraban la importación de materias primas de zonas donde les era difícil acceder, tanto por desconocer el territorio circundante y las comunidades que lo poblaban, como por la incapacidad para adentrarse en lejanas tierras para adquirir directamente esos productos. Por ello, el mutuo beneficio de indígenas y fenicios contribuiría al rápido desarrollo y a la consolidación de una sociedad mixta, al menos entre las jefaturas, que, con el tiempo, se convertiría en Tarteso.

Aunque la fundación de Gadir es considerada la más antigua de las colonias conocidas en el Extremo Occidente, es cierto que la huella fenicia es algo más antigua en el caso de Onuba, la actual Huelva, hecho que vendría a refutar el segundo viaje de los tirios recogido por Estrabón; sin embargo, aún no tenemos evidencias arqueológicas que permitan ratificar la existencia de un asentamiento colonial bajo la ciudad actual. La intervención arqueológica efectuada en el solar de Méndez Núñez-Plaza de las Monjas, permitió documentar un interesante lote de cerámicas entre las que se pueden destacar las producciones sardas, griegas e itálicas fechadas en el siglo IX a.C. Lamentablemente, este conjunto de cerámicas carece de un contexto arqueológico que permita conocer la secuencia estratigráfica y la funcionalidad del ámbito del que proceden; no obstante, su sola presencia ya habla en favor de la existencia de unos primeros contactos anteriores a la fundación de la primera colonia en el sur peninsular.

Una segunda etapa colonial, posterior a la fundación de Gadir, se corresponde con las denominadas fundaciones arcaicas, cuya proyección y subyacente localización responde a una doble exigencia: el comercio y la navegación, de ahí que se establecieran en islas o islotes, penínsulas y promontorios costeros, provistos de buenos fondeaderos naturales, bahías o ensenadas, al abrigo de los vientos y las corrientes. Eran por lo tanto lugares fáciles de defender frente a los eventuales peligros procedentes del mar o de tierra firme. Poco conocemos acerca de la iniciativa que propició la aparición de estos enclaves, pues desconocemos si su aparición se debe a la propia Gadir o, por el contrario, es fruto del interés de la metrópolis o de otros sitios del Mediterráneo. De este modo, a partir del siglo VIII se advierte un aumento de la presencia de población fenicia estable traducida en la multiplicación de asentamientos de carácter permanente en el territorio que se extiende desde el estrecho de Gibraltar hasta la actual provincia de Almería. La localización de estos enclaves al este de la colonia de Gadir y la escasa distancia a la que se localizan los unos de los otros, les otorga un papel como puntos estratégicos de apoyo a la navegación y control comercial, de tal modo que aprovecharían su posición junto a la desembocadura de los ríos para controlar los intercambios de mercancías con el área tartésica, lo que ratifica sin paliativos la finalidad económica de estas fundaciones (fig. 9).


Fig. 9. Mapa de localización de las colonias fenicias del sur peninsular.

Y es precisamente en ese momento cuando el santuario adopta un papel protagonista como legitimador de las transacciones. Así, los fenicios iniciaban su acercamiento a nuevos territorios mediante el contacto comercial y, una vez calibrado el interés que podía reportarles el territorio elegido, levantaban un pequeño templo como base para sus futuras transacciones que se llevarían así a cabo bajo la protección y supuesta neutralidad de la divinidad. De hecho, los primeros vestigios de la presencia fenicia en el Mediterráneo occidental pertenecen a edificios de claro carácter religioso, como los templos chipriotas de Melkart y Astarté en Bomboula, el de Astarté en Tas Sig, en la isla de Malta, o los de Melkart en Gadir o en Lixus. Y es precisamente el templo de Melkart en Gadir, que se corresponde con el Heracles griego y el Hércules romano, el que parece inaugurar la actividad colonial de los fenicios en la península, convirtiéndose además en todo un punto de referencia en la Antigüedad, como más adelante veremos al abordar con mayor profundidad el mundo de la religión en Tarteso.

Una de las colonias fenicias más importante es la del Cerro del Villar, junto a la desembocadura del Guadalhorce, perteneciente a la primera fase de la segunda etapa colonial, en torno pues al siglo VIII a.C., y cuyas excavaciones han permitido conocer su estrecha relación con la producción alfarera y las actividades marítimas como la pesca o las salazones. Otras colonias de importancia son Toscanos, junto al río Vélez, dotado de un gran almacén compartimentado en tres naves que estaría destinado a contener el excedente agrícola preparado para su posterior comercialización; Morro de Mezquitilla, junto a la desembocadura del Algarrobo, asentamiento en el que se localizó y excavó la necrópolis de Trayamar; o Chorreras, a poco más de un kilómetro de esta última. Posteriormente, ya en una segunda fase, se fundaron otros enclaves como Sexi (Almuñécar), del que cabe suponer una cronología más antigua, y que algunos historiadores relacionan con una de las colonias mencionadas en el texto de Estrabón; sin embargo, la arqueología no ha sido capaz por el momento de confirmar tal antigüedad. A este asentamiento pertenece la necrópolis de Laurita, fechada entre fines del siglo VIII e inicios del siglo VII a.C., una necrópolis de cremación en pozo cuya peculiaridad radica en que las urnas son vasos de alabastro de fabricación egipcia. A esta etapa corresponden también las fundaciones de Villaricos y Abdera, ambos en la provincia de Almería. A excepción de Chorreras, que se abandona a principios del siglo VII a.C., la mayoría de los enclaves fenicios arcaicos perduran hasta el siglo VI a.C., momento de inestabilidad que supondrá tanto el cese de las actividades comerciales que se llevaban a cabo en las colonias como la caída de Tarteso.

La tercera y última etapa dentro de la proyección fenicia se corresponde con la fundación de enclaves en la costa atlántica, desconocidos hasta la pasada década de los noventa, lo que ha provocado que su estudio se haya desligado del proceso de colonización mediterránea. Estos enclaves parecen responder a una doble intencionalidad: el control territorial y, por lo tanto, de los recursos naturales, principalmente metalúrgicos; y la expansión de los conocimientos adquiridos en el sudoeste de la península Ibérica. En lo que al sistema de control se refiere, sus mecanismos no variaron de los desplegados para los enclaves de las costas mediterráneas, si bien en este caso el interés principal se centraba en el control de las explotaciones de estaño, metal necesario para la copelación de la plata y abundante en la región atlántica. Resultado de estas incursiones atlánticas son los enclaves de Castro Marim, junto a la desembocadura del Guadiana (fig. 10), cuyas excavaciones han dejado entrever que se trata más de un centro indígena, vinculado al mundo tartésico y a las relaciones comerciales con agentes fenicios, que de una colonia fenicia propiamente dicha; Tavira, junto el antiguo estuario del río Gilao, dotado de una muralla de Casamatas, al igual que Doña Blanca; Abul, en la desembocadura del Sado, donde se ha excavado un edificio aislado de planta cuadrangular en el que probablemente se inspirasen los edificios bajo túmulo tipo Cancho Roano que analizaremos más adelante como fenómeno exclusivo del Guadiana (fig. 11); Olissipo, la actual Lisboa, considerada por los últimos hallazgos como una fundación fenicia; y, por último, Santa Olaia, junto al estuario del Mondego, el enclave más alejado de Gadir hasta la fecha.


Fig. 10. Planta de la estancia con el altar y detalle de los pavimentos de conchas de Castro Marim (según Arruda, Freitas y Oliveira, 2007).


Fig. 11. Plantas de Abul Fases I – II (según Mayet y Silva, 2000).

Probablemente, el mantenimiento y duración de los contactos entre indígenas y fenicios desde la fundación de Gadir y los siguientes enclaves coloniales, así como las diferentes modalidades de contacto puestas en práctica, provocarían que, lo que en un principio definimos como un proceso esporádico de carácter comercial, se terminaría convirtiendo en un sistema de control territorial que acabará irradiando su influencia a las tierras del interior, algo que puede observarse con claridad en las primeras fases constructivas de yacimientos como El Carambolo, Carmona o Montemolín. Será a partir del siglo VI a.C. cuando se detecte un cambio en la estrategia económica y comercial con el surgimiento del dominio cartaginés en la península Ibérica, que dará paso a la etapa púnica que veremos en el capítulo correspondiente.

IV. La organización del territorio en Tarteso

Uno de las principales cuestiones que plantea el estudio de Tarteso es su definición territorial, que parece que pudo corresponderse con el río Guadalquivir y, por extensión, con todo el vasto territorio que dibuja su valle, una definición que se ha impuesto a la hora de abordar su estudio. Así, con el nombre de Tartessos los griegos se refieren a un territorio ubicado al sudoeste de la península Ibérica y a un río homónimo que atraviesa dicho territorio. La mención de este espacio dentro de las fuentes clásicas ha llevado a suponer que los griegos tendrían un contacto directo con este territorio y con su rey, Argantonio. La referencia más antigua que alude a Tarteso la recoge Estesíocoro de Himera, quien hace referencia a él en su Gerioneida al referir: «Casi enfrente de la ilustre Eritia [una de las islas que conforman el archipiélago de las Gadeira], más allá de las aguas inagotables, de raíces de plata, del río Tarteso, le dio a luz, bajo el resguardo de una roca» (fr. p. 7). Poco tiempo después, Anacreonte de Teos recoge una alusión al legendario rey de Tarteso afirmando «Yo no querría ni el cuerno de Amaltea ni reinar en Tarteso durante ciento cincuenta años» (fr. 16), pues al parecer, según recoge Heródoto al citar los viajes de foceos a Tarteso, este rey habría vivido ciento veinte años y reinado ochenta. Por último, a estas referencias cabe añadir la cita recogida por Hecateo de Mileto, un historiador y geógrafo del siglo VI a.C., quien menciona una ciudad de Tarteso a la que llama Elibirge (FGrHist, I F 38).

Aunque las referencias no sean del todo claras, pues muchas carecen de un contexto en el que insertarlas, lo cierto es que lo que podemos extraer de ellas es que, a lo largo del siglo VI a.C., los griegos entraron en contacto con una región que hoy localizamos en el sudoeste de la península Ibérica a la que denominaron Tarteso; sin embargo, desconocemos si este término deriva del nombre que los griegos dieron a la región, si los indígenas que habitaban este territorio se definían culturalmente como tales o si realmente nos enfrentamos a un término exclusivamente geográfico o con connotaciones etnográficas; cuestiones todas ellas difíciles de resolver.

Los estudios lingüísticos parecen otorgar un origen autóctono a la raíz trt, que podría derivar tanto del nombre de Tarteso como de Tarshish, nombre con el que quizá denominaron a este territorio los fenicios. Igualmente, no debemos olvidar que los datos transmitidos por las fuentes griegas son algo tardíos, aunque se considera a Heródoto buen conocedor de la realidad que narra por cuanto sus fuentes proceden de ambientes foceos que habrían establecido contactos con Tarteso. En este contexto se entienden los pasajes que narran tanto las relaciones que los foceos establecieron con Argantonio, rey de Tarteso, quien incluso les ofreció territorio para asentarse en Iberia y plata suficiente para construir una muralla que rodease la ciudad de Focea, como el viaje de Coleos de Samos, quien llega a Tarteso de manera fortuita arrastrado por un viento del Mediterráneo cuando este emporio todavía no había sido frecuentado por los griegos, lo que le reportó grandes ganancias al marino samio:

Poco después, sin embargo, una nave samia –cuyo patrón era Coleo–, que navegaba con rumbo a Egipto, se desvió de su ruta y arribó a la citada Platea… Acto seguido, los samios partieron de la isla y se hicieron a la mar ansiosos por llegar a Egipto, pero se vieron desviados de su ruta por causa del viento de levante. Y como el aire no amainó, atravesaron las columnas de Heracles y, bajo el amparo divino, llegaron a Tarteso. Por aquel entonces ese emporio comercial estaba sin explotar, de manera que, a su regreso de la patria, los samios, con el producto de su flete, obtuvieron, que nosotros sepamos de cierto, muchos más beneficios que cualquier otro griego (después, eso sí, del egineta Sóstrato, hijo de Laodamante; pues con este último no puede rivalizar nadie). Los samios apartaron el diezmo de sus ganancias –seis talentos– y mandaron hacer una vasija de bronce, del tipo de las cráteras argólicas, alrededor de la cual hay unas cabezas de grifos en relieve. Esa vasija la consagraron en el Hereo sobre un pedestal compuesto por tres colosos de bronce de siete codos, hincados de hinojos. [Heródoto IV, 152]

Después de la información aportada por Heródoto, las fuentes acerca de Tarteso se vuelven más difusas e imprecisas, pues únicamente se recogen en ellas las noticias aportadas por autores anteriores pero que ya no disponen de un lenguaje directo que permita dar un sentido y un significado acertado a este término. Quizá el único que se acerca a una descripción lo más acertada posible sea Estrabón (fig. 12), quien busca en la descripción de la Bética la correspondencia con referencias más antiguas, de ahí que asegure que el río que antes se llamaba Tarteso se llame en su época Bétis y que el término Tartéside se corresponda en su época con el territorio de los túrdulos (Estrabón III, 2, 33). Por su parte, los autores romanos son quizá los que más errores comenten al no transmitir una historia que conocen, sino una leyenda que dan por cierta. Es en este contexto en el que se inserta la identificación de Tarteso primero con la ciudad de Carteia, como nos transmite Pomponio Mela (Mela II, 96, 2) y después con Gadir, noticia que nos transmite Plinio (Plinio, Historia Natural IV, 120).


Fig. 12. Mapa de Estrabón (según Cruz Andreotti, 2010)

Posteriormente, en la Ora Maritima, el poeta del siglo IV a.C., Rufo Festo Avieno, vuelve a identificar Tarteso con Gadir, si bien hay diferentes interpretaciones sobre esta cita, válida para algunos y rechazable para otros. Pero Gadir no atañería solo a una ciudad aislada, sino que abarcaría un extenso territorio donde se levantarían poblados de diferente importancia que conformarían un patrón de asentamiento que aún estamos lejos de configurar definitivamente. En este sentido, debemos recordar que tanto los griegos como los romanos se referían a Gadir en plural, Gadeira y Gades, respectivamente, lo que hace pensar que se trataría de una ciudad, a modo de capital, de todo un extenso territorio que los griegos denominaron Tarteso. Nunca se ha tomado en consideración la posibilidad de que la principal ciudad de Tarteso cambiase de ubicación con el transcurrir del tiempo, lo que podría justificar esa confusión. Gadir es el nombre que los púnicos de Cartago dieron a una ciudad ya floreciente que con anterioridad pudo haberse llamado Tarteso. No cabe duda de que es un tema espinoso. Es muy posible que los fenicios, como en la Antigüedad en general, debieron distinguir la urbe de la ciudad –algo que los romanos estructuraron perfectamente–, donde la primera se restringía al espacio intramuros, mientras que la ciudad abarcaría todo el territorio que la abastecía, con sus bosques, campos cultivables, canteras, puertos, etc. Así, podríamos entender el desarrollo del Castillo de Doña Blanca o la parquedad de hallazgos en la propia Cádiz. Por lo tanto, deberíamos entender Gadir ciudad como un territorio político que abarcaría más allá de la propia isla.

La diversidad de lecturas y significados a los que atiende el vocablo de Tarteso ha provocado la compleja interpretación de este fenómeno. La dimensión del territorio de Tarteso es una de las cuestiones más debatidas, pendiente en todo momento de las alusiones recogidas en las fuentes clásicas. Sin embargo, apenas se tiene en cuenta que Tarteso pudo haber modificado sus fronteras políticas o su territorio de influencia cultural a lo largo de su historia. De hecho, parece evidente que el espacio primigenio de Tarteso fue variando y ampliándose a medida que avanzaba la colonización. En una primera fase, coincidente con la colonización fenicia, Tarteso ocuparía la costa sudoccidental de la península Ibérica, entre los ríos Guadiana y Guadalete, con tres focos de asentamiento principales: Huelva, con población principalmente indígena centrada en la explotación metalúrgica; la desembocadura del Guadalquivir, con escasa población indígena y de vocación agrícola y ganadera; y Cádiz, entendida como un amplio territorio que no se restringiría a la actual isla, sino a las tierras bajas bañadas por el Guadalete. A estas tres zonas principales se las denomina comúnmente como «núcleo tartésico». Sin embargo, a partir del siglo VII a.C., una vez afianzada la colonización y asentadas las bases económicas y culturales de Tarteso, se detecta una paulatina ocupación de las tierras del interior, fundamentalmente en las riberas de sus ríos principales, que culminará con la implantación de la cultura tartésica en un amplio territorio cuyo límite septentrional es el valle del Tajo, si bien su mayor influencia se hace notar especialmente en su desembocadura y en la cuenca media del Guadiana (fig. 13).


Fig. 13. Mapa del territorio de Tarteso.

Otro dato a tener en cuenta es la profunda modificación geomorfológica que ha sufrido el paisaje en la costa sudoccidental, donde se han producido intensas aportaciones sedimentarias en los tres últimos milenios que han supuesto ganar un vasto espacio de terreno hoy ocupado por la marisma, pero que en aquella época conformaba lagos o estuarios. Así mismo, se han detectado subsidencias geológicas y catástrofes naturales que han borrado las huellas de algunos asentamientos costeros, circunstancias que nos obligan a considerar la importancia de algunos poblados que hoy se ubican alejados de la costa y que le otorgamos un valor espacial relativo, cuando en su momento debieron poseer un indudable alcance estratégico. Quizá los ejemplos más notables sean Coria del Río o El Carambolo, hoy varios kilómetros al interior del Guadalquivir, pero que en el momento de su fundación se hallaban junto a la costa. Al igual que el río Guadalquivir, el Guadalete desembocaba más al interior que donde lo hace en la actualidad, a la altura de la ciudad del Puerto de Santa María, otorgando al poblado fenicio del Castillo de Doña Blanca una importancia estratégica dentro de la bahía de Cádiz que, aunque aún no existen pruebas contundentes para asegurarlo, podría haberse correspondido con el Golfo Tartésico que nos mencionan las fuentes clásicas y que, tradicionalmente, se ha situado en la de­sembocadura del Guadalquivir. Por último, los ríos Tinto y Odiel, que hoy flanquean la ciudad de Huelva, también crearon una ensenada en su desembocadura que poco a poco se ha ido rellenando hasta formar la marisma donde se levanta la isla de Saltés, donde algunos historiadores han querido ver la ubicación de la legendaria ciudad de Tarteso siguiendo la descripción de Avieno.

Los trabajos sobre las modificaciones geológicas de la zona se han centrado en el Parque Natural de Doñana, muy condicionados, como ya se ha aludido anteriormente, por la hipótesis que Gavala defendió en los años veinte del pasado siglo y que han servido de base argumental para descartar el poblamiento de esta zona por la ocupación del denominado Golfo Tartésico. Sin embargo, en los últimos años la investigación sobre la dinámica costera en el Holoceno ha avanzado sensiblemente, lo que ha permitido rectificar esta hipótesis al detectarse episodios de gran importancia, entre los que destacan los movimientos sísmicos y tsunamis que afectaron en diferentes épocas históricas al sur del litoral atlántico. La evolución del nivel del mar, la aportación de aluviones, la colmatación de las desembocaduras de los ríos y de la propia ensenada hoy ocupada por la marisma de Doñana, así como la formación de las flechas litorales, se encargaron de dibujar el actual paisaje. Por lo tanto, el paisaje que encontraron los fenicios en el sur peninsular fue sensiblemente diferente al que hoy contemplamos, lo que ha podido causar contradicciones entre las descripciones geográficas que nos legaron los autores clásicos y las interpretaciones modernas. Además, en medio siglo se ha pasado de buscar una ciudad legendaria siguiendo esos textos antiguos, a escrutar todo un territorio donde situar los poblados indígenas y las colonias fenicias. Una tarea que aún tiene mucho recorrido, pero que sólo con una visión arqueológica del problema y una interpretación sosegada de las fuentes podemos ir dilucidando.

Como hemos visto en el apartado anterior, cuando los fenicios llegaron a la península Ibérica ocuparon puntos de la costa meridional cuyos intereses obedecían a diferentes causas; así, las factorías del litoral sudoriental mediterráneo, fundamentalmente el sur de Granada y Málaga, respondieron a intereses económicos que compartieron con los indígenas de la zona, bien establecidos y organizados desde la Edad del Bronce; mientras, en la zona más occidental, al otro lado del estrecho de Gibraltar, los fenicios se encontraron con zonas más despobladas que aprovecharon para llevar a cabo una colonización intensa. De ese modo, distinguiremos tres regiones a la hora de definir los territorios que configuran Tarteso, atendiendo para ello a la distancia de estas con respecto a los nuevos enclaves coloniales fenicios, pues es esta distancia la que marca el grado de influencia o hibridación entre la población fenicia y la sociedad indígena. Así, trataremos las regiones que comprenden el área en torno a Cádiz, Huelva y el interior del Guadalquivir, mientras que dejaremos para el último apartado del capítulo al valle medio del Guadiana, considerado tradicionalmente como la periferia geográfica de Tarteso, pero cuyo estudio debemos abordar de forma independiente en atención a la fuerte personalidad que presenta su territorio.

A pesar de los trabajos efectuados en las campiñas gaditanas en los últimos años, no son especialmente abundantes los datos acerca del poblamiento tartésico en este territorio, donde apenas contamos con los resultados de las excavaciones realizadas en la necrópolis de las Cumbres y los datos siempre escasos del importante asentamiento de Mesas de Asta, sin duda uno de los centros más importantes de este periodo. La necrópolis de las Cumbres se localiza al norte del yacimiento fenicio del Castillo de Doña Blanca y está compuesta por varias decenas de túmulos, aunque sólo uno de ellos, el Túmulo I, ha sido objeto de excavaciones. Los trabajos sacaron a la luz un total de 62 enterramientos fechados a lo largo del siglo VIII a.C., organizados según criterios de jerarquía y parentesco, y constituidos en torno a un ustrinum que ocupa la parte central del túmulo. Todos los enterramientos documentados son cremaciones depositadas en urna, las más antiguas de tipo à chardon, en vasos de tipología fenicia o en las denominadas urnas tipo «Cruz del Negro»; pero también en pequeñas oquedades en el suelo que, posteriormente, fueron tapadas mediante un encanchado. Los ajuares están compuestos por las pertenencias del difunto, entre los que se documentan broches de cinturón, cuchillos de hierro o fíbulas de doble resorte junto a cerámicas de tradición fenicia y producciones locales fabricadas a mano, así como quemaperfumes o vasos de alabastro.

El yacimiento de Mesas de Asta se localiza próximo al estuario del río Guadalete, en la margen izquierda del que pudo muy bien ser el antiguo Golfo Tartésico. Fue objeto de excavaciones arqueológicas en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, sin embargo, son muy escasos los datos acerca del hábitat que caracteriza a este enclave, pues desde las mencionadas labores arqueológicas no se han vuelto a efectuar tareas de documentación en el mismo, a excepción de unos trabajos de prospección efectuados en los años noventa gracias a los cuales fue parcialmente probada su necrópolis. La importancia estratégica de este enclave es evidente, tanto por su ubicación geográfica, que le permite controlar la actividad costera y la desarrollada en las tierras del interior, como por la importancia de los restos materiales recuperados, entre los que cabe citar las cerámicas de tradición local, pintadas tipo Carambolo o bruñidas; pero también productos fenicios como la cerámica de barniz rojo, las ánforas R1, los cuencos pintados a bandas o los quemaperfumes, a los que podemos añadir las tradicionales urnas tipo Cruz del Negro, algunos fragmentos de pithoi o diversos objetos de marfil sin decorar.

Por su parte, Huelva parece responder a un espacio independiente y de enorme significado para entender la formación y desarrollo de la cultura tartésica. No cabe duda de que el hallazgo del depósito de la ría de Huelva ya le confiere al sitio una gran relevancia como posible centro de intercambio comercial entre el Atlántico y el Mediterráneo durante el Bronce Final, lo que sin duda atrajo el temprano interés de los fenicios por la zona, donde no debemos olvidar que se han encontrado los restos fenicios más antiguos de la peninsular hasta el momento.

Localizada junto a la desembocadura de los río Tinto y Odiel, frente a un amplio golfo en el que se hallaba la isla de Saltés, la topografía de la ciudad de Huelva se caracteriza por su articulación en torno a una serie de «cabezos» o cerros testigos donde se han excavado las necrópolis más conocidas, pero también se ha documentado parte de su hábitat en el denominado Cabezo de San Pedro. Las excavaciones efectuadas en este último han dejado entrever la existencia de una ocupación anterior a la llegada del elemento fenicio que se deja sentir a partir de la primera mitad del siglo VIII a.C. gracias a la presencia de materiales fenicios y la aparición de un muro construido con una técnica fenicia en la ladera occidental del cabezo a modo de aterrazamiento para salvar la inestabilidad de la elevación. Poco es lo que se sabe de la organización indígena de este enclave anterior a la presencia fenicia, pues no es mucho lo que se ha excavado en el cabezo, así como por las alteraciones antrópicas que la elevación ha sufrido con el paso de los años. En cuanto a sus necrópolis, son varias las conocidas, aunque sin duda la más representativa es la de La Joya, a la que dedicamos un apartado en el epígrafe correspondiente con el mundo funerario.

La riqueza de Huelva, transmitida principalmente por la majestuosidad de sus necrópolis, le viene dada por el papel que juega en el control de la explotación metalúrgica, concretamente en lo que a la explotación de la plata se refiere, hecho por el cual debía poseer un intenso control sobre la zona portuaria donde se efectuarían los intercambios. Prueba de ello son los restos arqueológicos documentados en las excavaciones de la zona baja de la ciudad, donde se han documentado áreas de viviendas, almacenes y santuarios que nos hablan en favor de la existencia, en este enclave, de un importante emporio visitado por diferentes poblaciones llegadas de diversos puntos del Mediterráneo (fig. 14).


Fig. 14. Plano de Huelva de 1875. Archivo del Museo de Huelva.

Por consiguiente, Huelva ofrece los ingredientes necesarios para asumir la compleja organización que requerían los fenicios para su expansión comercial; y precisamente por ello, sería aquí donde la interacción y la hibridación entre ambas comunidades, oriental e indígena, sería más equitativa. En este contexto, Huelva puede entenderse como uno de los centros tartésicos de mayor importancia, donde sus jefaturas se encargarían del control tanto de la explotación de las minas como del desplazamiento del metal hasta el puerto de la ciudad, donde los fenicios esperarían para llevar a cabo las diversas transacciones bajo la protección de la divinidad, por las que las elites locales recibirían todo tipo de objetos de prestigio y productos de lujo.

Dentro del territorio controlado por Huelva y en estrecha relación con la explotación de los recursos mineros de la zona, como se verá en el epígrafe correspondiente a la economía tartésica, destacan los asentamientos de Niebla, San Bartolomé de Almonte y Tejada la Vieja, que durante la Primera Edad del Hierro mantienen una intensa actividad metalúrgica detectada por la presencia de escorias junto a materiales de origen fenicio, así como la adopción de técnicas constructivas orientales en la concepción de sus construcciones. De los tres enclaves citados, quizá sea Tejada la Vieja el más destacado de ellos, al aparecer dotado de una importante muralla que sigue el mismo modelo constructivo que el documentado en el caso de Doña Blanca. Dicha muralla está compuesta por un zócalo de piedras trabadas con barro que, formando dos caras, se rellena de piedras y tierra, a modo de Casamatas. Sobre el zócalo se levantaría un alzado de adobe o tapial que posteriormente se encalaría y se reforzaría con la construcción de pequeños bastiones semicirculares. Esta muralla rodearía una ocupación de unas 6,5 hectáreas de las que apenas conocemos sus restos constructivos de época tartésica, quizá por haberse tratado de cabañas o por haber sufrido importantes alteraciones en etapas posteriores. Tampoco son abundantes en este enclave los restos de escorias, lo que ha llevado a sugerir el papel de Tejada como centro para el control tanto de las extracciones mineras como del territorio, quedando el papel de transformación de esos metales vinculados a enclaves como San Bartolomé o la propia Huelva.

Tras estos primeros asentamientos tartésicos de marcado carácter minero y comercial, hacía finales del siglo VIII a.C., la mayor densidad de población tartésica se concentró en la desembocadura del Guadalquivir, en las elevaciones del relieve que dibujan los Alcores y el Aljarafe, en el sur de la provincia de Sevilla, región que destaca por la fertilidad de sus tierras. De todos los enclaves conocidos quizá Spal pueda considerarse el de mayor importancia al estar asociado al santuario extraurbano de El Carambolo, germen de la cultura tartésica autóctona en la década de los cincuenta del siglo XX, cuyo análisis ha sido recogido en el apartado dedicado a la religión tartésica. Aunque en la raíz de Spal siempre se ha buscado un origen fenicio, son constantes los debates que intentan relacionar su aparición con un horizonte tartésico, sin que la arqueología haya podido definir la filiación cultural de este enclave, pues son pocas las intervenciones llevadas a cabo en parte como consecuencia de que la actual ciudad de Sevilla cuenta con la superposición de varias fases constructivas que complican, en muchos casos, llegar a niveles tan antiguos.

Localizado en la Antigüedad sobre una isla o península en el estuario del Guadalquivir, constituía el punto más al interior al que podía accederse en barco, de ahí el interés que este enclave despertaría entre los comerciantes fenicios. Frente a él, al otro lado del río Guadalquivir, sobre una de las pequeñas elevaciones del Aljarafe se alza su santuario, El Carambolo, consagrado a los dioses Baal y Astarté. La aparición de un conjunto de objetos de oro en 1958 despertó el interés por este yacimiento, convertido desde aquel momento en el fósil guía para el estudio de Tarteso, pues el tesoro se consideró una genuina representación de su arte (fig. 15). Compuesto de dieciséis placas rectangulares, dos en forma de piel de toro, un collar y dos brazaletes, tiene un peso aproximado de tres kilos. Su aparición supuso el inicio de una serie de intervenciones arqueológicas en cuyo marco creyó haberse encontrado la esencia material y cultural de Tarteso que hundía sus raíces en la Prehistoria peninsular y cuyo mejor representante era la cerámica pintada tipo «Carambolo» o también conocida como Guadalquivir I. Se trata de una cerámica fabricada a mano y decorada mediante la plasmación de motivos geométricos con pintura rojiza sobre una superficie bruñida o engobada.


Fig. 15. Tesoro de El Carambolo, Museo Arqueológico de Sevilla.

Sin embargo, las constantes revisiones de los materiales extraídos por J. de Mata Carriazo, su primer excavador, y la definitiva ampliación de los trabajos arqueológicos hace aproximadamente una década, descartaban la existencia de un poblado de cabañas del Bronce Final, confirmando la presencia de un santuario de tipo fenicio en el área denominada como Carambolo Alto, cuya cronología se extiende entre mediados del siglo VIII y el siglo VI a.C. En este marco se insertan las cinco fases constructivas en las que se estructura el edificio, siendo la primera de ellas la que responde a un patrón puramente oriental, mientras que las siguientes se insertan ya en un horizonte tartésico en el que la influencia fenicia se hace notar.

Algo más al interior, sobre una Meseta que se alza en los Alcores, junto al paso del río Corbones, afluente del Guadalquivir, se localiza el asentamiento de Carmona. Del mismo modo que ocurre con el ejemplo anteriormente analizado de Spal, la ejecución de una serie de trabajos arqueológicos, la mayor parte intervenciones de prevención dentro de su casco urbano, han permitido documentar la existencia de una fase de ocupación durante el periodo tartésico. Quizá el hallazgo más significativo lo constituyan los restos constructivos hallados en las intervenciones de 1992 en la casa del marqués de Saltillo, donde se exhumaron varios ámbitos de planta rectangular compuestos por tres fases constructivas (fig. 16). La última fase constructiva es la mejor conocida de todas. Compuesta por un espacio abierto y tres habitaciones contiguas, está edificada a partir de un zócalo de piedra sobre el que se alza el paramento de adobes, con pavimentos de arcilla roja apisonada, contando una de las estancias con un hogar y un banco corrido. Entre sus materiales se documentaron restos de ánforas fenicias, urnas tipo Cruz del Negro, cerámicas de barniz rojo y manufacturas a mano; sin embargo, entre estos destacan los restos de tres pithoi de gran tamaño y con un excelente estado de conservación, decorados, uno de ellos con una procesión de grifos y los otros dos con motivos vegetales en los que se representan unas flores de loto abiertas y cerradas interpretadas como una alegoría al ciclo de la vida. Estos recipientes aparecieron insertos en tres de las esquinas del ámbito 6 donde había sido practicada una oquedad en el pavimento para depositarlos. Junto a ellos, restos de cerámicas grises, un plato de barniz rojo y cuatro cucharillas de marfil que representan los cuartos traseros y delanteros de un ciervo. Estos elementos, fechados entre finales del siglo VII y mediados del siglo VI a.C., han permitido otorgarle a la construcción un carácter cultual cuyos paralelos más cercanos se documentan en Montemolín.


Fig. 16. Estancia de marqués de Saltillo y tres pithoi (según Belén y otros, 1997).

El yacimiento de Montemolín se localiza sobre una pequeña elevación en la margen izquierda del río Corbones. Las intervenciones arqueológicas efectuadas desde la década de los ochenta del pasado siglo, han permitido conocer la existencia de una ocupación que arranca en el Bronce Final y se mantiene sin solución de continuidad hasta el siglo V a.C., momento en el que se abandona para volver a ser ocupado poco tiempo después. Junto a este enclave, en otra elevación situada más al norte, se ha localizado el asentamiento de Vico, cuya ocupación es mucho más prolongada, hecho que ha llevado a sus excavadores a considerar a Montemolín como la acrópolis del asentamiento. Los dos edificios exhumados constan de varias fases constructivas o remodelaciones, fechando su fase más antigua entre los siglos VIII y VII a.C. Todas sus fases están construidas a partir de un zócalo de piedra sobre el que se levanta el alzado de adobe; aunque la mayor particularidad se encuentra en que los edificios rectangulares fueron edificados sobre una cabaña anterior, fechada en el Bronce Final, que hoy en día nos permite conocer la evolución constructiva que estos enclaves sufrieron tras la adopción de las técnicas y los patrones constructivos orientales.

De todos los restos constructivos excavados, es el llamado edificio D el que cuenta con un estudio más pormenorizado en el que se incluye el análisis de los restos materiales que contenía. Entre ellos cabe destacar la aparición de cerámicas a mano que marcan la tradición con una etapa de ocupación anterior, cerámicas grises, urnas Cruz del Negro, vasos à chardon a torno, cuencos decorados o restos de varios pithoi, entre los que sobresale uno en el que se representa una procesión de bóvidos. Destaca también dentro de este edificio la existencia de un patio abierto donde se ha localizado una gran cantidad de carbones, cenizas y huesos de animal, junto a una plataforma de piedra ubicada en la zona de acceso al patio e interpretada como un altar de sacrificios. Todos estos elementos le han otorgado a esta construcción un carácter religioso (fig. 17).


Fig. 17. Planta de Montemolín y pithos (según Bandera y otros, 1995).

Otro de los enclaves considerado de origen tartésico es el yacimiento de Mesa de Setefilla, localizado en una elevación al norte de su necrópolis, mejor conocida que la zona de hábitat. Su ocupación arranca en el Bronce Pleno manteniéndose sin solución de continuidad hasta la época ibérica, circunstancias que han permitido también en este enclave analizar el momento de transición entre el Bronce Final y la llegada de los primeros elementos orientales, marcados por la aparición de las primeras cerámicas a torno y la construcción, sobre cabañas de planta circular, de nuevos edificios rectilíneos construidos a partir de zócalos de piedra y alzados de adobe posteriormente enlucidos. El aumento de los contactos con población de origen oriental conllevó la ampliación del asentamiento y la construcción de una muralla reforzada con bastiones. Pero lo que mejor se conoce de este yacimiento es su área funeraria, articulada a partir de una serie de túmulos de enterramiento de los que se conocen 15, excavados entre los años 1926 y 1927. Cada uno de estos túmulos alberga los enterramientos de grupos familiares que se distribuyen en el espacio atendiendo a su jerarquía y a sus diferencias económicas, lo que ha permitido extraer una radiografía de la organización social de Tarteso.

El último de los asentamientos tartésicos conocidos en el interior del Guadalquivir es Caura, la antigua Coria del Río. Localizada sobre el Cerro de San Juan, enclavado en pleno casco urbano, ocupa un lugar excelente en el paisaje como referente visual desde el que controlar un extenso territorio en el que se inserta el paso del río Guadalquivir, principal arteria comercial de este territorio. En las intervenciones efectuadas entre los años 1997 y 1998 se han sacado a la luz una serie de restos constructivos de planta rectangular construidos a partir de cimientos de piedra sobre los que se levantan alzados de adobe que dibujan estancias pavimentadas de arcilla roja apisonada sobre un fino lecho de cal. Entre estas construcciones se ha individualizado la existencia de un santuario que cuenta con cinco fases constructivas y cuya cronología abarca entre los siglos VIII-VI a.C. (fig. 18). En su denominada fase III quedó documentado un altar en forma de piel de toro, evidencia que pone este templo en relación con el culto a Baal. Al norte del santuario se documentaron varias viviendas construidas con la misma técnica aplicada en el edificio principal. La documentación de una fase de destrucción intencionada como consecuencia de un incendio en una de estas viviendas en torno al siglo VI a.C., ha puesto en relación el abandono de este enclave con la crisis que Tarteso sufre en esa misma fecha.


Fig. 18. Planta del santuario de Caura (según Escacena e Izquierdo, 2001).

Pero la documentación que podemos extraer de todos estos asentamientos va más allá del nivel cultural, pues nos hablan del desarrollo social e ideológico que experimenta Tarteso. A partir del siglo VIII a.C. se detecta en el poblamiento la aparición de espacios residenciales mejor estructurados que responden a un nuevo orden jerárquico. Un elemento a destacar a este respecto es la aparición de murallas, ausentes en las etapas anteriores a excepción de la muralla de Tejada la Vieja, cuya primera fase constructiva se fecha en el Bronce Final. Dichas murallas nos hablan tanto de la existencia de un interés por preservar los recursos económicos de la comunidad como de la existencia de una organización social más compleja capaz de proyectar una construcción de gran envergadura. Acerca de su construcción se ha debatido mucho, intentando discernir si son resultado de la influencia oriental o no. Lo cierto es que la única muralla de tipo fenicio conocida es la localizada en el Castillo de Doña Blanca, aunque las murallas tartésicas de Niebla, Tejada la Vieja, Carmona, Montemolín y, quizá, Setefilla, presentan muchos rasgos que remiten a las edificaciones fenicias, como son la aparición de bastiones o la construcción a partir del uso de dos paramentos que posteriormente se rellenan de tierra y barro.

Mucho queda todavía por conocer del modelo urbano tartésico. Si realizamos una recopilación y clasificación de los restos constructivos exhumados hasta la fecha a partir de los cuales hemos reconstruido el modelo constructivo de este periodo, observaremos que en la mayor parte de los casos se trata de áreas con un fuerte papel cultual que poco o nada nos transmiten de la sociedad encargada de la explotación de los recursos o el desarrollo del comercio. Así, somos expertos conocedores de una «arquitectura singular» cuya estructura social aparece muy bien representada en las necrópolis, lo que nos habla de una correspondencia entre ambos ámbitos; no obstante, la lectura de este tipo de construcciones cultuales o palaciales debe ir más allá de una mera funcionalidad religiosa derivada de la aparición de altares en algunas de sus estancias, pues el hecho de ser tan numerosas dentro del territorio de Tarteso nos hace otorgarles una pluralidad en su funcionalidad.

V. La economía tartésica

Aunque el interés por Tarteso parece que radicó fundamentalmente en su riqueza minera, o al menos así lo manifiestan las fuentes clásicas, no cabe duda de que también disponía de otros recursos que despertaron el interés de los fenicios por levantar colonias estables en el sur peninsular. La riqueza de sus filones de piritas con oro, plata y cobre de Riotinto y Sierra Morena, inaccesibles para los fenicios por hallarse en las tierras del interior, se complementaban con su amplia línea de costa con enormes recursos marinos y unas tierras bañadas por el Guadalquivir y los llanos de Huelva de especial feracidad para la explotación agrícola y ganadera, lo que les proporcionaría un rápido desarrollo que no debemos soslayar. Por último, no podemos olvidar la estratégica posición de Tarteso una vez que se regularizó el cruce del estrecho de Gibraltar, cuando adquirió un papel fundamental en el tránsito comercial entre el Atlántico y el Mediterráneo, con un fácil acceso a las tierras del interior a través de los ríos Tajo y Guadiana, de donde procedían las principales materias primas.

El amplio conocimiento arqueológico que hoy tenemos de esta zona gracias a los análisis del territorio, nos permite acometer y cotejar con ciertas garantías las alusiones que sobre el lugar nos brindan las fuentes filológicas clásicas. Los estudios territoriales no sólo nos están permitiendo conocer mejor la estructura sociopolítica de un espacio geográfico concreto, sino también sus relaciones económicas y culturales con áreas adyacentes, lo que en definitiva permite reconstruir un amplio territorio culturalmente uniforme. Pero como es lógico, Tarteso estaba conformado por diferentes regiones o zonas que tenían sus propias peculiaridades culturales fruto de la actividad económica que desarrollaban; así, se aprecian diferencias sensibles entre las poblaciones con una economía fundamentalmente agrícola de las que se orientaban a la explotación de los recursos marinos o de las que se agrupaban en torno a la explotación minera, pero especialmente de las que centraban su actividad en el comercio exterior, lugares donde además se aglutinaban marineros, comerciantes y artesanos que ofrecerían sus productos a una población de perfil cosmopolita, y donde el intercambio de ideas y la hibridación cultural conseguirían su mayor desarrollo. La definición de todas estas particularidades culturales son las que nos permiten configurar la cultura tartésica.

A pesar de que las fuentes nos narren la llegada de los primeros navegantes mediterráneos a Tarteso como fruto de la casualidad, lo cierto es que esas navegaciones debieron contar con el soporte y la anuencia de las respectivas metrópolis de donde partían los comerciantes, pues de otra forma es difícil entender una iniciativa privada de esa naturaleza que, con el tiempo, sí pudo desarrollarse una vez abierta la ruta comercial. Pero la elección y el levantamiento de las primeras colonias, así como la enorme inversión que ello supuso en capital económico y humano, debieron estar garantizadas y financia­das por Tiro en el caso de los fenicios, si bien con el tiempo estas colonias adquirirían un rol independiente a medida que se asentaban en el territorio. El primer objetivo de los fenicios, por lo tanto, consistió en entablar una estrecha relación comercial con Huelva como punto de conexión entre el Atlántico y el Mediterráneo, y seguramente con la intención de monopolizar el comercio de estaño hacia el Mediterráneo, lo que justificaría la temprana presencia de cerámicas sardas y sículas en Huelva, así como la presencia de objetos procedentes de Huelva en Sicilia y Cerdeña, donde los fenicios ya habían establecido sus primeras colonias; el siguiente paso fue la fundación de Gadir, cuya colonia pronto se convertiría en el foco y punto de encuentro comercial entre sendos mares.

Durante el Bronce Final, en los momentos previos a la llegada de los fenicios, la zona que luego ocupó Tarteso se caracterizaba por la elaboración de ostentosos objetos de oro que han sido hallados en buena parte del cuadrante sudoccidental y la fachada atlántica, lo que da una idea de la importancia de la explotación de las placeres de oro en esa época. Pero además, la ingente cantidad de armas y otros elementos de adorno de bronce con fuertes composiciones de estaño, debieron llamar poderosamente la atención de los comerciantes orientales que vieron en ese metal una oportunidad para extender sus redes comerciales por todo el Mediterráneo, donde era escaso y muy demandado. De hecho, conocemos citas en las fuentes griegas donde se pone de manifiesto la importancia del estaño, y donde los foceos tienen un especial protagonismo; en este sentido, son especialmente relevantes tres citas históricas: la primera se la debemos a Avieno, sin duda sorprendente, pues describe Tarteso como un río cuyo caudal desplaza el estaño hasta la muralla de la ciudad, cuando sabemos que en todo el valle del Guadalquivir no existen filones estanníferos. La segunda mención se la debemos a Hecateo de Mileto, del siglo V a.C.: «Tarteso, ciudad de Iberia nombrada por el río que fluye de la montaña de la plata, río que arrastra también estaño». Más reveladora es la tercera cita de Escimno de Quíos que recogió Éforo de Cime, del siglo IV a.C.: «Tarteso, ciudad ilustre, que trae el estaño arrastrado por el río desde la Céltica, así como oro y cobre en mayor abundancia», una alusión muy ilustrativa porque nos remite al interior peninsular para situar los yacimientos estanníferos. Sin embargo, no conocemos los lugares exactos de donde se extraería el estaño, como tampoco sabemos donde se producirían los productos de bronce, con formas y técnicas muy homogéneas que aparecen distribuidos por toda la fachada atlántica, lo que al menos nos indica que existía una uniformidad estilística en toda esa zona que podría corresponderse con una cierta identidad cultural. Es más, salvo alguna excepción que una vez más se localiza en la periferia septentrional de Tarteso, carecemos de cualquier prueba fehaciente de la existencia de algún yacimiento de esa época donde se pudiera haber centralizado la explotación minera y metalúrgica, lo que sin duda dificulta nuestra labor investigadora. Lo que sí parece seguro es que los fenicios dejaron en manos de las jefaturas locales la provisión de los metales, lo que les reportaría grandes beneficios en su papel de intermediarios, limitándose los comerciantes fenicios a su distribución exterior.

Carecemos de pruebas y de alusiones en las fuentes antiguas sobre el afán de fenicios y griegos por el oro, aunque no podemos descartar que también formara parte de sus intereses comerciales. Lo que es evidente es que los indígenas dejaron de realizar objetos en oro macizo poco tiempo después de la colonización, sustituyéndolos por otros realizados en hueco a los que además incorporaron las técnicas y decoraciones importadas por las modas mediterráneas. La mayor parte de los conjuntos de oro han sido hallados de forma casual, formando parte de ocultaciones que se encuentran, por lo tanto, fuera de cualquier contexto arqueológico, lo que sin duda es un argumento de peso para considerar este metal como un bien relativamente escaso y de gran importancia económica y social para los indígenas; además, no olvidemos que el oro apenas fue utilizado en los ajuares de las tumbas tartésicas de mayor rango social, por lo que su uso debió tener un marcado y restringido carácter ritual, además de servir como garantía económica para las diferentes comunidades que lo atesoraban. La distribución de estos tesoros áureos coincide con la distribución de las estelas básicas, es decir, en el interior del cuadrante sudoccidental de la península Ibérica, y alejados, por lo tanto, del núcleo de Tarteso; no es extraño, pues, que también sea en esta zona del interior donde ya en plena época tartésica aparezcan tesoros de la importancia de Aliseda, un conjunto de joyas de oro y de otros materiales nobles de enorme importancia porque aúna la tradición indígena de algunos objetos con una iconografía y una técnica de elaboración genuinamente mediterránea.

Cuando los fenicios llegaron a la península, los indígenas ya explotarían el cobre de las minas de Riotinto, cercanas a Huelva, así como de otras minas de la zona de Sierra Morena; igualmente, se abastecerían del estaño del interior peninsular para así elaborar sus armas y otros objetos de bronce cuyos tipos eran muy similares a los que se realizaban en el resto del litoral atlántico europeo. La obtención del estaño se convertiría así en uno de los objetivos principales de los comerciantes orientales, quizá incluso el verdadero origen de su interés por el sudoeste peninsular; sin embargo, y una vez asentados en la península, se darían cuenta del enorme potencial que ofrecían las minas de plata, escasa y muy solicitada en el Mediterráneo. Por lo tanto, la gran aportación de los fenicios a la cultura indígena fue la implantación de una tecnología que permitió en poco tiempo multiplicar, exponencialmente, la explotación de la plata al mejorar no sólo los métodos extractivos, sino también las nuevas técnicas del refinado y la copelación, y, por supuesto, facilitar su comercialización. A partir de ese momento, la extracción de la plata, en detrimento del cobre, y la obtención del estaño se convierten en el foco de interés de su presencia en Tarteso.

Como es natural, serían las jefaturas indígenas las responsables de llevar a cabo la explotación de las minas y de organizar su transporte hasta los puertos costeros del Atlántico, donde los fenicios se encargarían de su exportación. No cabe duda de que el beneficio para ambas partes debió ser extraordinario a tenor del fuerte impulso de la zona en tan solo medio siglo, pues pasamos de un práctico desconocimiento de la sociedad indígena hacia el siglo IX a.C. a un sensible aumento de población y de un importante aumento de objetos mediterráneos de diferentes procedencias ya a comienzos del siglo VIII a.C. Es en este punto donde debemos valorar el gran esfuerzo organizativo que debió desplegar la sociedad indígena, que tuvo que destinar una enorme cantidad de mano de obra para explotar sus recursos minerales, lo que obligaría a tender redes de cooperación con otras comunidades para incentivar a la vez la explotación agrícola que tenía que cubrir las necesidades alimenticias de esa nueva población que, en definitiva, pasó a formar parte de la sociedad tartésica. Así mismo, no debemos descartar, como algunos investigadores han apuntado, la posible existencia de mano de obra esclava para llevar a cabo la explotación de la minas, lo que representaría una enorme desigualdad social difícil de detectar arqueológicamente; o la existencia de mano de obra voluntaria ante las perspectivas económicas de futuro que se abrían en Tarteso y que, a la postre, repercutirían de forma positiva en las jefaturas del interior que, por otro parte y a medida que se afianza la colonización, se irían asentando cada vez más cerca del foco tartésico.

Así pues, fue a partir de la colonización fenicia cuando la explotación de las minas se convierte en uno de los objetivos preferentes de Tarteso, un hecho que además viene avalado por la aparición de un gran número de escorias en el entorno de Riotinto, zona donde la extracción de la plata está documentada a partir del siglo VIII a.C., así como por los estudios del paisaje, en los cuales se ha detectado una intensa deforestación en el entorno a los focos mineros, ejercicio imprescindible para generar el combustible necesario para alimentar los hornos destinados al beneficio del metal.

Localizar los centros de distribución del metal es otro de los objetivos de la investigación, hasta ahora limitados a yacimientos de cierta importancia como Peñalosa, San Bartolomé de Almonte o Tejada la Vieja, siendo este último el que mayor interés ha suscitado. La importancia de Tejada se debe fundamentalmente a su situación geográfica, pues se ubica entre las zonas mineras de Sevilla y Huelva, cuyos núcleos urbanos actuarían como los puertos principales de la vertiente atlántica junto a Cádiz; además, se encuentra próxima al poblado de Peñalosa, fechado en el Bronce Final, tal vez el antecedente indígena de la comercialización del metal; por último, Tejada presenta una muralla cuya construcción se fecha en el siglo VIII a.C., contemporánea por lo tanto a los momentos de la colonización (fig. 19). Del mismo modo, son también muy significativos los restos documentados en San Bartolomé de Almonte, tanto porque en el poblado se detecta una actividad metalúrgica desde el Bronce Final, como por su gran desarrollo a partir del siglo VIII a.C., momento en el que pasaría a convertirse en un centro de importante valor estratégico para la salida del metal a través de la desembocadura del Guadalquivir. Por último, cabe también reseñar la presencia de plomo en estos yacimientos, un elemento imprescindible para el copelado de la plata.


Fig. 19. Planta de Tejada la Vieja (según Fernández Jurado, 1987).

Como suele ser habitual en los poblados mineros de la Antigüedad, son muy escasos los restos constructivos que nos podrían servir para detallar sus trazados urbanos, seguramente por haber sido edificados con materiales perecederos. La pobreza de los poblados mineros detectados hasta el momento en el sudoeste de la península Ibérica, en concreto en la zona de Huelva, se justificaría así por la to­tal ausencia de agentes fenicios en este territorio, por lo que la presencia de algunos objetos aislados de origen mediterráneo se ha interpretado como compensaciones o regalos a los responsables de la explotación y gestión minera. No obstante, los fenicios sí intervinieron activamente en los centros encargados de la distribución del metal, caso de Tejada la Vieja, donde su muralla fue levantada usando técnicas de construcción oriental que sólo pudieron ser introducidas por los agentes fenicios, lo que denota su interés por que el metal llegara en condiciones de máxima seguridad a los principales puertos encargados de su exportación, primero Huelva y Sevilla y más tarde Cádiz; los primeros como nexo de unión entre ambos mares, mientras que el segundo acabó por concentrar todo el tráfico hacía el Mediterráneo, como así nos lo confirma el rápido e intenso desarrollo social y urbano detectado a partir del VII a.C.

El incremento de la actividad metalúrgica y los beneficios obtenidos por los fenicios en su ejercicio de intermediación en la explotación de las principales regiones mineras del sudoeste y su posterior comercialización, propiciaría la creación de nuevas colonias desde las que controlaría directamente el negocio, intensificando, de ese modo, su presencia en Tarteso. Esta circunstancia aparece unida a la inestabilidad que en esos momentos se vivía en el Mediterráneo oriental, donde el estado asirio presionaba sobre todo el Levante, lo que empujó a una buena parte de la población a emigrar a otros lugares donde ya existían colonias bien asentadas y donde cada día resultaba más necesario la llegada de mano de obra destinada a la explotación de los recursos de la zona, como era el caso de Tarteso. De ese modo, al contingente de artesanos y comerciantes llegados en los primeros momentos de la colonización, pronto se les uniría mano de obra especializada necesaria para el desarrollo urbano, el trabajo en los puertos, las transacciones comerciales o la explotación agrícola. Estos nuevos contingentes de población, entre los que destacarían foceos y samios en el caso de Huelva, se unirían a la población indígena existente, lo que justificaría la personalidad cultural de Tarteso con respecto a otros lugares del Mediterráneo donde también se habían asentado fenicios junto a poblaciones de otros lugares de su entorno.

La agricultura y la ganadería habían constituido la base económica del sudoeste peninsular durante el Bronce Final. No podemos olvidar cómo las denominadas estelas de guerrero se han puesto en sucesivas ocasiones en relación con la existencia de jefaturas ganaderas, una hipótesis que vendría avalada por la propia dispersión de los monumentos, así como por la escasez de restos funerarios. También las fuentes clásicas sobre el mito de Tarteso nos invitan a considerar la importancia que la ganadería tendría en este territorio, pues no olvidemos que uno de los Trabajos de Hércules consistió, precisamente, en robar los toros de Gerión. También a la agricultura hacen referencia expresa las fuentes, al menos a la expansiva y generadora de excedentes, la cual se comenzaría a desarrollar a partir del reinado del legendario Habis, el rey civilizador a quien se le atribuye la creación de las primeras ciudades tartésicas. Pero detrás del mito hay una realidad evidente que se ve reflejada en la riqueza en pastos y la fertilidad de los territorios que se extienden por la vega de los ríos, caso del Guadalquivir, densamente ocupada pocos años más tarde del comienzo de la colonización, seguramente con el objetivo de producir excedentes que abastecieran a la mano de obra encargada de la explotación de la minas y a los numerosos contingentes que iban llegando desde otras áreas del Mediterráneo oriental. Así, a partir del siglo VIII a.C. comienza a detectarse el establecimiento de grandes poblados asentados en los terrenos más productivos del valle del Guadalquivir, donde Carmona parece convertirse en su núcleo principal.

Como es lógico, los mayores problemas surgen a la hora de intentar detectar los poblados asociados a la explotación ganadera, donde Setefilla, en Lora del Río, se erige como el único ejemplo a partir del cual podemos interpretar este tipo de sociedad por lo general nómada y socialmente muy jerarquizada, como nos han legado las necrópolis bajo túmulo documentadas en este vasto yacimiento, donde es muy significativo cómo los rituales indígenas se combinan con los ajuares fenicios. La multiplicación de los asentamientos destinados a las actividades agrícolas propiciaron la estabulación ganadera, lo que supuso un sensible aumento de la productividad y la introducción de nuevas especies hasta ese momento menos valoradas o incluso desconocidas, como es el caso de la gallina. Aunque los análisis de fauna son todavía escasos en los poblados tartésicos excavados, se detecta un fuerte aumento de la explotación de cabras y ovejas en detrimento de los bóvidos, predominantes en la dieta de la época anterior y destinados ahora a las tareas agrícolas, aunque pronto serían sustituidos por los burros, que contribuyeron también de forma determinante en el desarrollo del transporte de mercancías. Cabe destacar también el aumento del empleo del cerdo en la alimentación en un momento en el que cabría pensar en el retroceso de su consumo por influencia de poblaciones de origen semita, lo que incide una vez más en la participación de las diferentes identidades a la hora de configurar una nueva cultura; así, los rituales documentados en el último edificio Montemolín son un claro ejemplo de ello.

Por último, una consecuencia directa de la multiplicación de los asentamientos destinados a la explotación agrícola de las fértiles tierras de la vega del Guadalquivir fue el cultivo intensivo de especies hasta ese momento desconocidas o explotadas de forma marginal, lo que sin duda contribuyó en la mejora de la dieta alimenticia de los habitantes de Tarteso. A este respecto, cabe reseñar un aumento del cultivo de leguminosas, la introducción de nuevas variedades de cereales y frutales y una intensificación de los productos hortícolas; aunque quizá el mayor desarrollo económico vino de la mano de la introducción de la vid y el olivo, que se extendió rápidamente por todo el sudoeste peninsular y que ha marcado, hasta nuestros días, la economía agrícola de todo este paisaje. La única evidencia acerca de la explotación de la vid en este territorio desde fechas tan antiguas ha sido detectada en Huelva, concretamente en las excavaciones arqueológicas del Seminario, donde según sus excavadores, parece haberse documentado un paleosuelo testigo del desarrollo de dicha actividad.

La implicación directa de población fenicia en la economía agrícola de Tarteso viene avalada por la introducción e intensificación de los nuevos cultivos, la importación y cría de nuevas especies de ganado pero, sobre todo, por la implantación de nuevas tecnologías para la producción agropecuaria. Esto ha empujado a algunos investigadores a considerar que la causa de la colonización fenicia del valle del Guadalquivir pudo haber sido, precisamente, la disponibilidad de tierras fértiles apenas ocupadas por los indígenas, quienes se sumarían posteriormente a su explotación a tenor de los beneficios que pudo producir en un momento en el que la demanda de alimentos era intensa en todo el Mediterráneo oriental, sumido en una inestabilidad política profunda que seguramente incidió en la emigración de parte de su población hacia las nuevas colonias fenicias de Occidente. No obstante, los ajuares documentados en las numerosas necrópolis del valle del Guadalquivir demuestran que la colonización del campo no estuvo de forma exclusiva en manos de los fenicios, sino que existió una intensa participación de contingentes indígenas que influyeron decididamente en la configuración cultural de Tarteso. Es más, es precisamente en el valle del Guadalquivir donde mejor se perfila la cultura tartésica gracias a la participación fenicia e indígena; sin embargo, en zonas como Cádiz se aprecia con claridad cómo la huella fenicia es más patente; mientras que en Huelva se observa una preponderancia indígena, por lo que el grado de aculturación es algo diferente en sendas zonas. Además, es precisamente la zona del Bajo Guadalquivir la que va a encabezar la verdadera revolución cultural y económica de Tarteso, tanto por su localización geográfica entre Huelva, Cádiz y los territorios del interior, como por presentar una economía diversificada, basada en la explotación agropecuaria y la comercialización del metal y la pesca, convertida en otro foco de inversión económica gracias a la captura del atún y al inicio de su distribución comercial por buena parte del Mediterráneo.

Como hemos visto, el auge de Tarteso se ha explicado abogando a la riqueza de los metales que guardaba, principalmente la plata, pero también el oro y el estaño. Aunque no cabe duda de que esa sería una de las causas principales que empujaron a los fenicios a llevar a cabo la colonización de la península Ibérica, es lógico también pensar que, una vez consolidada la colonización, los fenicios se vieran obligados a diversificar su economía para evitar los riesgos de una producción basada en un único producto. Así, cobra especial relevancia la explotación de la sal marina, pues debió suponer un incentivo de gran importancia para fomentar el comercio con el interior peninsular y activar así nuevas vías de intercambio. La producción y comercialización de sal marina debieron suponer una revolución dentro de los mecanismos de intercambio con los centros del interior, donde se concentraban precisamente los metales que más interesaban a los fenicios. Aunque la explotación de la sal marina es muy antigua, desconocemos la importancia que pudo tener durante el Bronce Final, pues apenas disponemos de algún dato que nos documente sobre el aprovechamiento de los recursos marinos en ese periodo más allá de una explotación basada en la subsistencia. Sin embargo, a partir de la colonización fenicia se documenta una paulatina actividad pesquera que culminará en época púnica, cuando los productos procedentes de la bahía de Cádiz ya eran bien conocidos en el resto del Mediterráneo. De ese modo, la explotación de la sal marina primero y la industria del salazón, posteriormente, acabaron convirtiéndose en uno de los sectores más pujantes de la economía tartésica, pues debemos tener presente que ni la pesca ni las salazones eran actividades destacadas de la economía fenicia, por lo que su incorporación al modelo económico se debió seguramente a la iniciativa indígena, de ahí que su desarrollo fuera más tardío. De hecho, no parece que su explotación generalizada y su posterior comercialización sea anterior al siglo VI a.C. en la bahía de Cádiz.

La escasez de restos arqueológicos asociados a la explotación de los recursos marinos durante los primeros momentos de la colonización no nos permite calibrar la verdadera importancia que esta tuvo en plena época tartésica; sin embargo, el fuerte impacto que tuvo en el entorno de Gadir a partir del siglo VI a.C. permite hacerse una idea de la importancia que ya debía poseer en fechas anteriores, al menos en la zona del Estrecho. Dicha zona era rica en fauna marina, en cuyas aguas se puede pescar un gran número de especies, especialmente escómbridos (atún y bonito) y escualos (tiburones o cazones), aunque al parecer lo que más predominaba era la pesca de la corvina. La posterior elaboración de las salazones era un proceso largo en el tiempo desde la obtención de la salmuera hasta el autodiálisis por exposición al sol o bien mediante el uso de hornos como los que se han detectado en la zona. Existen indicios suficientes para conocer que la fabricación de las salazones se realizaba artesanalmente, y no como una actividad exclusivamente doméstica, por lo que la producción estaba orientada a la explotación y, por lo tanto, a la obtención de beneficio. Sin embargo, cuando se detecta una producción a gran escala, parece que esos medios de producción estaban controlados por la propia ciudad de Gadir, quizá bajo el control de los templos, al igual que parece ocurrir con la explotación del vino. Este hecho queda atestiguado en los sellos de las ánforas destinadas a la explotación de las salazones, razón por la cual vinculamos a este sector de la producción la expansión de la industria alfarera encargada de elaborar los grandes envases para el almacenaje y la exportación de los productos, lo que al mismo tiempo justifica la existencia de importantes complejos alfareros en la bahía de Cádiz. No podemos olvidar que los sellos documentados en las ánforas eran una garantía más de la calidad del producto, lo que seguramente favorecía el ejercicio de las transacciones internacionales a nivel estatal.

Esta revolución económica, no sólo basada en la explotación minera como se ha venido defendiendo reiteradamente, benefició especialmente a los colonos fenicios, quienes controlaban la comercialización de las materias primas y los productos manufacturados, por los que conseguirían grandes beneficios. Así, el interés de los fenicios por el amplio territorio del interior peninsular estaría basado en los ricos recursos mineros y agropecuarios que ofrecía, pero también humanos, al mismo tiempo que las jefaturas guerreras representadas en las estelas se convertían en los intermediarios más idóneos para conseguir esos productos. Esta bonanza económica repercutió muy positivamente en dichas jefaturas indígenas, como así nos lo indica la elevada demanda de productos de lujo o prestigio, cada vez mejor documentados en lugares apartados del núcleo de Tarteso, caso del valle del Tajo. Los indígenas serían cada vez más conscientes de su esencial papel como intermediarios para hacer llegar esos productos a los puertos del atlántico peninsular, lo que reforzaría su autoridad política. La confluencia de intereses terminaría por forjar una fuerte alianza entre ambas comunidades a través de pactos políticos y sociales que han dado como resultado lo que algunos han definido como «aculturación», aunque parece más ajustado el término de hibridación, pues se trata de un proceso bidireccional en el que la sociedad tartésica se encuentra en plena expansión.

Como consecuencia de esta demanda de productos de prestigio para abastecer a las jerarquías tartésicas, se crearían talleres de artesanía en el sur peninsular, centros en los que se realizarían objetos siguiendo el estilo oriental, pero utilizando formas e incluyendo imágenes propias del mundo indígena, lo que le aporta a estas piezas una marcada personalidad. La orfebrería, la toréutica o trabajo en bronce, la eboraria o la artesanía del marfil, así como la alfarería para las vajillas de lujo, adquirieron un estilo oriental que, sin problemas, podemos calificar como tartésico, pues es el resultado de la fusión entre temas y tecnologías orientales e indígenas que los diferencian de otros ámbitos del Mediterráneo.

Más difícil nos resulta conocer cuáles fueron los mecanismos de hibridación e integración cultural de ambas comunidades, pero también es cierto que a partir del siglo VII a.C. se detecta una organización social mucho más compleja que se acercaría a un modelo de organización estatal, tal vez inspirado en los patrones orientales. Esta nueva organización social no estaría exenta de dificultades, adscritas principalmente a la existencia de conflictos sociales y raciales. Posiblemente, entre las jefaturas indígenas debieron producirse conflictos de intereses por el control de las vías de comunicación a través de las que se distribuirían las materias primas del interior; de igual modo, entre los fenicios existirían tensiones sociales, principalmente entre los primeros colonizadores, considerados ya plenamente indígenas, y aquellos que fueron llegando en generaciones posteriores, relegados a tareas menos lucrativas que las derivadas del comercio exterior; y, por último, existirían conflictos entre las distintas comunidades procedentes del interior, las cuales ocuparían el último estrato social, llegando algunas de ellas a subsistir, posiblemente, en régimen de esclavitud.

El desarrollo de la explotación metalúrgica, la especialización agrícola y el aprovechamiento de los recursos pesqueros traerían aparejada la adopción de un nuevo patrón urbano asociado al sensible aumento de la población en Tarteso que se vio traducido en el inmediato y rápido crecimiento de los poblados indígenas a partir del siglo VIII a.C., los cuales adaptaron el modelo urbano oriental para racionalizar sus espacios. Así mismo, los pequeños asentamientos coloniales fenicios se fueron haciendo más complejos para dar cabida tanto a los nuevos contingentes de población llegados desde el Mediterráneo, como a los indígenas que buscaban prosperar en los núcleos de población donde el desarrollo económico era más intenso. De ese modo, la demanda de manos de obra crecerá exponencialmente, lo que propiciará la entrada de un número muy elevado de población indígena que conformaría, con su integración, buena parte de la masa social de Tarteso.

Como ya apuntábamos con anterioridad, una de las actividades más destacadas, sin olvidar la gran variedad de trabajos relacionados con la artesanía, es la alfarería, imprescindible para llevar a cabo la comercialización de los productos susceptibles de ser exportados, caso de las salazones, el aceite o el vino. La elaboración de ánforas para el transporte marítimo, así como de otros recipientes destinados al almacenaje, se completaron con la fabricación de vajillas de mesa y cocina que sirvieron para abastecer las necesidades básicas de la población. Es curioso observar cómo la producción de ánforas indígenas comienza a ganarle paulatinamente el terreno a las genuinamente fenicias, mientras que en los poblados del interior se comienzan a imitar los tipos cerámicos fenicios gracias a la introducción y uso del torno de alfarero, hasta ese momento desconocido en la península.

Un claro reflejo del desarrollo económico de Tarteso es el aumento de sus poblados, así como la mayor complejidad que adquiere su sistema constructivo. Destaca especialmente la construcción de murallas, que al mismo tiempo que protegían los poblados, servían para adquirir el estatus de ciudad al modo mediterráneo, siguiendo así los cánones fenicios de la poliorcética. A ello se une la realización de obras de mayor envergadura técnica cuya finalidad no era otra que la de asentar los mecanismos de poder. Un ejemplo de ello lo constituyen los santuarios, edificados en los inicios del siglo VIII a.C. bajo una evidente influencia fenicia, pero amortizados para volver a levantar sobre sus restos nuevos santuarios que, a pesar de conservar el genuino estilo oriental, introducen variaciones en la articulación de sus plantas arquitectónicas que responden a la asimilación o inclusión de las creencias indígenas. Estaríamos hablando, por lo tanto, de los primeros santuarios tartésicos propiamente dichos, lugares donde no sólo se compartiría el culto, sino donde además se normalizarían los rituales y las advocaciones religiosas de las diferentes comunidades. La aparición de estos santuarios en áreas generalmente apartadas de los poblados ha favorecido su conservación al no haber estado supeditados a las constantes reformas que sufren los trazados urbanos de las ciudades modernas; y precisamente por este motivo desconocemos la planta de los palacios y santuarios tartésicos urbanos, cuyos materiales constructivos serían seguramente aprovechados para las reconstrucciones y remodelaciones de las nuevas ciudades que se fueron levantando sucesivamente en núcleos como Huelva, Sevilla o Carmona. Tampoco se tiene constancia de restos de edificios públicos de esa naturaleza en Cádiz o en el Castillo de Doña Blanca, donde habría grandes posibilidades de localizarlos, si bien apenas se ha excavado una pequeña parcela de esta última ciudad.

La adopción de este nuevo modelo tuvo una inmediata repercusión en los pequeños asentamientos del interior, donde se pasó de la cabaña redonda u ovalada característica del Bronce Final a la adopción de estructuras cuadrangulares que permitían gestionar de mejor manera el espacio al poder adosar unos edificios a otros. A estas obras debemos añadir el trazado y posterior pavimentado de las vías principales en los núcleos urbanos, la construcción de estructuras de desagüe y otras obras de infraestructura imprescindibles para el buen funcionamiento y mantenimiento de los poblados. No obstante, todavía no se han localizado grandes poblados amurallados de esta época en las tierras del interior peninsular, de donde se deduce que, a pesar de la influencia oriental detectada, los modelos de asentamiento siguieron manteniendo una estructura muy similar a la existente con anterioridad.

El aumento del tráfico marítimo, derivado del aumento de las actividades productivas mencionadas y, por ende, del comercio, trajo aparejada una intensa concentración de mano de obra en las áreas de costa, destinada a la construcción o ampliación de los principales puertos del litoral atlántico. El aumento de la actividad comercial supondría la construcción de nuevos muelles para facilitar las tareas de estibación y de almacenes en los que proteger las mercancías. Del mismo modo, parte de esta mano de obra encargada del funcionamiento de los puertos estaría destinada al mantenimiento de la industria naval, lo que supondría la especialización en trabajos relacionados con el empleo de la madera para la construcción de barcos o del tejido del lino para la fabricación de las velas. Es de suponer que toda esta actividad tendría una amplia repercusión ecológica, como la tala de árboles de los bosques cercanos a los puertos.

Lo que parece claro es que los enormes beneficios generados por el comercio entre el Atlántico y el Mediterráneo y la introducción de novedades tecnológicas fueron las circunstancias que permitieron una estabilidad social en Tarteso hasta su descomposición en el siglo VI a.C., momento en el que la irrupción del poder cartaginés causó el traslado de la estructura socioeconómica hacia la costa mediterránea peninsular, lo que convirtió a Gadir en una potencia renovada ahora de espaldas al antiguo territorio de Tarteso.

VI. Las manifestaciones artesanales

La infructuosa búsqueda de la ciudad de Tarteso a través de los textos clásicos durante la primera mitad del siglo XX, dejó de lado su identificación arqueológica; se daba así la paradoja de que se buscaba con ahínco una ciudad de la que se ignoraban los materiales arqueológicos que la caracterizaban. Fue a partir del hallazgo en 1956 de El Carambolo, identificado en un principio con Tarteso, cuando se asimilaron los objetos allí hallados como prototipos de la cultura material tartésica. A partir de ese momento, comenzaron a encajar otros materiales procedentes del sur peninsular hasta esa fecha poco definidos culturalmente, como los tesoros de oro, los jarros de bronce, algunos tipos de cerámicas decoradas, etc. Por último, como se aludirá más adelante, las necrópolis excavadas por Bonsor en el valle del Guadalquivir entre los años finales del siglo XIX y los iniciales del XX pasaron a representar la manifestación de la muerte en Tarteso, incorporándose así una serie de objetos hasta esa fecha poco definidos. A partir de ese momento comenzaron a elaborarse mapas de dispersión de hallazgos basados en los objetos que se definían ya como tartésicos, si bien la mayor parte de ellos eran descubrimientos producidos fuera de cualquier contexto arqueológico. De esta forma, en los mapas donde se intentaba dibujar la presencia de la cultura tartésica se utilizaban tanto las necrópolis como los fragmentos cerámicos dispersos, lo que distorsionaba gravemente la verdadera dimensión de su cultura. Del mismo modo, también se han utilizado esos materiales para configurar un territorio geográfico para Tarteso, sin discriminar los tipos de objetos, cuando sabemos que la capacidad de penetración de un objeto de lujo es muy superior al de los elementos de uso común, que por otra parte siempre son mucho más indicativos.

La llegada de los fenicios supuso un avance tecnológico en todos los campos que afectó directamente a las producciones artesanales; a partir de ese momento, la orfebrería, de gran tradición en las tierras del interior durante el Bronce Final, adopta nuevas técnicas de elaboración y decorativas (fig. 20). También se incorporan nuevas técnicas y tipos en la elaboración de los bronces, abandonándose paulatinamente la industria del batido de los vasos de bronce por la del fundido, que permite fabricar vasos mucho más sólidos y sofisticados en su decoración; en este sentido, es muy relevante la introducción del jarro de bronce, uno de los objetos más característico de esta época junto al denominado «braserillo», un conjunto que se ha venido utilizando hasta hace poco como base tipológica para construir una cronología para Tarteso, lo que no deja de ser un error toda vez que estos conjuntos, y fundamentalmente los «braserillos», se siguieron utilizando en época ibérica. También irrumpe con fuerza la eboraria, el trabajo del marfil, con motivos iconográficos de clara influencia mediterránea; es interesante observar cómo en el caso de Tarteso la técnica decorativa empleada en estas decoraciones es la incisión, mientras que en los marfiles del resto del Mediterráneo predomina la decoración en relieve, una muestra de la originalidad de estos marfiles peninsulares que, no obstante, mantienen los motivos orientales en sus ornamentos.


Fig. 20. Bronce Carriazo, Museo Arqueológico de Sevilla.

El avance más significativo en el ámbito artesanal se produce con la introducción del torno de alfarero, una innovación que va a permitir revolucionar la tipología cerámica indígena al poderse crear nuevas formas con pastas más finas y resistentes, además de potenciar su especialización, hasta ese momento restringida al ámbito doméstico o comunal; pero también incidirá en el desarrollo de hornos más potentes capaces de alcanzar altas temperaturas para elaborar estos nuevos productos de calidad; y por último, repercutirá en el fomento de las redes de intercambio, en muchos casos reconstruidas gracias a los vestigios cerámicos de esta época. No obstante, las comunidades indígenas elaboraban ciertos tipos cerámicos que se resistieron a la innovación tecnológica importada; así, por ejemplo, los objetos cerámicos realizados a mano y relacionados con el culto, resistieron hasta épocas más avanzadas, conviviendo con los nuevos vasos introducidos originariamente por los fenicios, por lo que el cambio no sería tan radical como algunos han propuesto. Otros tipos mantienen su formato original procedente del Bronce Final, si bien ya realizados a torno y con decoraciones más acordes con la nueva iconografía de raíz oriental.

El cambio que se produce en la cerámica es muy significativo, si bien se siguen manteniendo tipos de la época anterior, incluso realizados a mano, destinados principalmente a las tareas de cocina. Es muy revelador el hecho de que a la vez que se produce la colonización fenicia en el valle del Guadalquivir, hagan su aparición los dos tipos cerámicos más característicos vinculados a la cultura tartésica: los vasos con decoración bruñida y los pintados con decoración geométrica, asociados a las poblaciones indígenas y que progresivamente fueron sustituidos por los elaborados a torno. Pero si el primer tipo parece que tiene su raíz en las producciones indígenas del Bronce Final, la decoración geométrica se relaciona con los gustos del protogeométrico griego que se generalizó durante el siglo VIII a.C. en todo el Mediterráneo y que pudo introducirse en el sur peninsular a través de los primeros contactos fenicios antes de la colonización histórica. Pero las cerámicas tartésicas por excelencia son las grises realizadas a torno, continuadoras en las formas de los tipos que ya se elaboraban durante el Bronce Final y que tienen una amplia presencia en el sudoeste peninsular hasta incluso después de la crisis de Tarteso, por lo que han servido de base para sistematizar los estudios sobre el territorio y las relaciones culturales en esta época, pues están muy presente en la periferia geográfica de Tarteso e incluso en el sureste peninsular. Lo que parece lógico pensar es que ni los fenicios se trajeron a la península Ibérica todo el ajuar cerámico que necesitaban utilizar, ni que los indígenas prescindieron del suyo para aceptar los nuevos tipos; por ello, debemos ser muy cautos a la hora de sistematizar yacimientos y establecer cronologías en función del número de cerámicas de uno u otro origen.

En resumen, antes de la llegada de los fenicios, en el sur de la península Ibérica las cerámicas se realizaban en hornos sencillos de cocción reductora, lo que daban como resultado vasos negruzcos que se elaboraban en el entorno familiar. Sin embargo, y gracias a los diferentes tipos que se han podido documentar, ya había un estilo común en esta amplia zona del sudoeste peninsular, lo que significa que existía un rasgo cultural común o, si se quiere, una identidad cultural a través de las cerámicas. Esta consideración es de gran interés, pues si tenemos en cuenta que aún no existía una producción industrial de estas cerámicas precisamente por la poca capacidad de los hornos y las dificultades de distribución, se acentúa aún más la uniformidad cultural del territorio donde se van a asentar los colonizadores mediterráneos. En realidad no existe una gran variedad de formas ni de estilos decorativos, aunque sí se aprecia un sensible aumento de la producción a partir del siglo VIII a.C., en paralelo a la llegada de los primeros contactos comerciales mediterráneos, que concuerda con la elaboración de grandes recipientes para guardar excedentes. También coincide este momento con la sustitución paulatina de las decoraciones típicas del Bronce Final, realizada a base de bruñidos y donde destacan especialmente las denominadas «retículas bruñidas», por las pintadas con motivos geométricos. Pero no podemos olvidar que las cerámicas a mano se siguieron elaborando en el sur peninsular hasta bien entrado el I milenio, conviviendo con las cerámicas más sofisticadas de clara influencia mediterránea.

Pero no cabe duda de que el tipo cerámico más significativo de Tarteso, y que se ha convertido en una especie de «fósil-guía» de su cultura, es el denominado «tipo Carambolo», por ser en este yacimiento donde se hallaron con mayor profusión (fig. 21). Si en un principio no se dudaba de la adscripción de estas originales producciones al mundo indígena, la revisión cronológica de El Carambolo y de otros yacimientos tartésicos las han hecho coincidir con el momento de la colonización, lo que ha disparado las interpretaciones sobre su verdadero origen, sin olvidar que son cerámicas realizadas a mano, aunque con decoraciones geométricas en sintonía con el gusto mediterráneo que prima en ese momento. La decoración se basa en pinturas monocromas en rojo hasta cierto punto similares a las bruñidas del Bronce Final, aunque con mayores variantes temáticas. Las formas apenas cambian, destacando las cazuelas carenadas, pero también aparecen otras nuevas como los grandes vasos cerrados. Más significativa es su dispersión geográfica, circunscrita al núcleo tartésico, con algunas variantes en su periferia geográfica, que sin embargo gozan de una gran originalidad, lo que hace dudosa su derivación directa de aquellas.


Fig. 21. Cerámicas tipo Carambolo.

También son muy características de la cultura tartésica las cerámicas pintadas con motivos vegetales y zoomorfos, asociadas por norma general a recintos con clara funcionalidad cultual. Estas cerámicas irrumpen hacia el siglo VII a.C. y parece que sustituyeron a las «tipo Carambolo», que no vuelven a hacer acto de presencia en la zona. Estas cerámicas, pintadas por regla general en rojo y negro, presentan formas comunes como cuencos y copas, si bien las más características son los pithoi, ya que gracias a sus grandes dimensiones permiten realizar una decoración profusa y narraciones iconográficas significativas. Destacan las escenas de seres fantásticos marchando entre una abundante decoración floral o la sucesión de capullos y flores de loto, unas decoraciones muy similares a las que ofrecen los marfiles. Por último, destacar otro de los elementos cerámicos definidor de la cultura material tartésica: las urnas denominadas «Cruz del Negro», que ocupan prácticamente todo el periodo tartésico (fig. 22). Estas características urnas de cuerpo globular y asas geminadas tienen como función contener los huesos cremados de los difuntos y caracterizan así a las necrópolis tartésicas, no sólo en el núcleo cultural, sino en buena parte de su ámbito geográfico.


Fig. 22. Urna tipo Cruz del Negro, Hispanic Society of America, Nueva York.

Estas cerámicas tartésicas convivieron con las producciones fenicias de barniz rojo, primero importadas y poco después imitadas en la propia península, por lo que estos característicos ejemplares de origen fenicio, donde destacan los cuencos, los platos y los jarros de «boca de seta» y los trilobulados, las lucernas o los quemaperfumes, prolongaron su producción hasta el siglo VI a.C., es decir, hasta el final del periodo tartésico en el valle del Guadalquivir.

La forma que irrumpe con más fuerza por su importancia funcional es el ánfora, fundamental para fomentar el comercio marítimo a larga distancia y para el almacenamiento de excedentes agrícolas. La presencia de ánforas en la península es muy temprana, procedentes de los más variados puntos del Mediterráneo como consecuencia de los primeros contactos fenicios con las zonas de Huelva y Cádiz; muy pronto, estos contenedores comienzan a elaborarse en la península imitando los tipos fenicios y generalizándose por todo el área tartésica y su periferia geográfica. Con las ánforas, donde destacan las «tipo R-1» con una gran dispersión geográfica, y las «tipo Sagona-2», llegan productos como el vino o el aceite, pero también pronto se exportarán bienes elaborados en la península como las salazones, que adquirirán una significativa importancia económica hasta época romana. Las ánforas han servido, y siguen siendo un referente, para reconstruir la red comercial de Tarteso, así como para registrar la dieta practicada gracias a las analíticas que de su contenido se vienen realizando en los últimos años. Y no son menos importantes para conocer a fondo el comercio internacional que se llevaba a cabo desde Tarteso, gracias también en buena medida a las inscripciones que algunas guardan, donde entran en juego las ánforas «tipo SOS» procedentes del comercio griego, así como otras procedentes de Cerdeña y otros puntos del Mediterráneo a partir del siglo VIII, pero especialmente a partir del VII a.C.

Sin embargo, y como por otra parte es lógico, lo que más ha transcendido de la cultura tartésica han sido sus objetos de lujo y prestigio vinculados con el culto y el ritual, generalmente procedentes de los santuarios y las tumbas más significativas; si bien también conocemos un buen número de elementos de alto valor artístico hallados fuera de cualquier contexto arqueológico, lo que a veces ha distorsionado el ámbito geográfico y cultural de Tarteso. Los bronces han sido con diferencia los objetos a los que más atención se les ha prestado a la hora de sistematizar los materiales de adscripción tartésica, tanto por su cantidad como por la calidad de las producciones; además, su temprano estudio sirvió para introducir el término «orientalizante», empleado, como ya se ha dicho, para definir el arte de estilo oriental que transmitían principalmente los jarros, pero que poco a poco se fue extendiendo a todas las manifestaciones artísticas de la época, lo que a la postre ha provocado un abuso del término que no ayuda a definir correctamente el concepto cultural de lo tartésico. La artesanía en bronce de Tarteso no se caracteriza precisamente por su especial abundancia, aunque sí por su calidad, fruto quizá de la experiencia acumulada durante el Bronce Final. Por otra parte, y a pesar de lo que nos transmiten las fuentes clásicas sobre la riqueza en plata de Tarteso, los objetos realizados en este metal son muy poco significativos, por no decir marginales, cuando se supone que era uno de los elementos clave para entender el despegue y el desarrollo de la economía tartésica; es posible que la plata estuviese destinada en exclusiva a la exportación, lo que justificaría su escasa presencia en los objetos tartésicos.

Los primeros objetos de bronce son del más puro estilo mediterráneo, pues se corresponderían con las primeras importaciones realizadas por los fenicios para satisfacer la demanda de las jefaturas locales. Posteriormente, con la consolidación de la colonización, llegarían metalúrgicos y artesanos fenicios que poco a poco incorporarían mano de obra indígena para elaborar sus propios productos de inspiración oriental. Así, y a partir del siglo VII a.C., ya podemos hablar de una auténtica artesanía tartésica de estilo orientalizante, con una variedad de objetos que seguramente se corresponden con diferentes centros artesanales repartidos por buena parte del territorio tartésico, lo que justificaría las singularidades formales de cada zona. Como ya se ha mencionado, los objetos más destacados son los jarros, muchos de ellos hallados fuera de contexto arqueológico, si bien, cuando se han encontrado in situ, aparecen en tumbas de relevancia social o en santuarios, acompañados habitualmente por el «brasero» ritual también de bronce, otro de los elementos más característicos de la artesanía tartésica que perduró con éxito en la Cultura ibérica (fig. 23).


Fig. 23. Conjuntos de jarro y brasero tartésico (según Garrido y Orta, 1989).

También los quemaperfumes o thymateria representan uno de los elementos más significativos de la toréutica tartésica, asociados igualmente a la liturgia y procedentes de tumbas y santuarios. Por otra parte, la escultura antropomorfa no es muy abundante, si bien destacan los reshef, de clara influencia egipcia, que fueron introducidos por los fenicios en los primeros compases de la colonización, pues aparecen en el entorno donde debieron levantarse los santuarios de Melkart en Cádiz y en Huelva. A estas pequeñas esculturas bien conocidas por todo el ámbito mediterráneo y de claro origen sirio-palestino, se les une el sacerdote de Cádiz o la Astarté de El Carambolo, la única expresión escultórica que conocemos de esta época a pesar de la importancia que tuvo esta diosa en la religión tartésica. En definitiva, un pequeño número de ejemplares que expresan la escasa tradición que los fenicios tuvieron por la escultura antropomorfa y que continuó en época tartésica, donde apenas conocemos algunas pequeñas esculturas relacionadas con representaciones zoomorfas, si bien casi todas fuera de su contexto arqueológico y, por ello, con unas cronologías muy dispares.

Los objetos realizados en marfil son los que muestran una mayor riqueza iconográfica de indudable origen oriental. Los primeros marfiles fueron descubiertos en las distintas necrópolis excavadas en los Alcores sevillanos por Bonsor, adscritos entonces al mundo fenicio y a los que el arqueólogo dedicó buena parte de sus estudios. Pronto, estos marfiles fueron considerados «orientalizantes» por su estilo, pero tartésicos por la cultura a la que pertenecían. Aunque el elemento mejor conocido de este material es el peine, hay otros objetos que también tienen una presencia significativa como las placas decoradas, las cajas circulares o píxides o las paletas con cazoleta circular, todos ellos muy vinculados a la ritualidad de la religión tartésica y en su inmensa mayoría hallados en las tumbas y lugares de culto tanto del núcleo de Tarteso como de su periferia geográfica, y en distintas fases cronológicas, desde el siglo VII al V a.C., lo que incide una vez más en la singularidad de la artesanía tartésica y en su fuerte implantación tras la fase de colonización. Los motivos iconográficos de los peines son reiterativos, principalmente leones, ciervos, esfinges y grifos, además de motivos vegetales, normalmente enmarcados en frisos decorados con trenzados o motivos en forma de zigzag. En cuanto a las placas, destacan los motivos de guerreros grabados en las de Bencarrón (fig. 24). Fechadas en el siglo VII a.C., estas placas muestran una decoración inspirada en la mitología oriental, con animales ajenos al imaginario indígena, lo que demuestra la pervivencia de esta iconografía hasta bien entrado el periodo tartésico. Por último, destacar las paletas rectangulares con cazoleta circular en el centro que aunque tradicionalmente se han interpretado como paletas cosméticas, ningún análisis ha podido certificar esta función; estos singulares objetos ofrecen una iconografía muy rica con grifos y esfinges, figuras humanas, flores de loto o caballos tirando de un carro, destacando las de Alcantarilla, aunque recientemente se han descubierto varios ejemplares en la necrópolis de inhumación de la Angorrilla, en Alcalá del Río, que han servido para completar el análisis de estos objetos vinculados especialmente a las tumbas tartésicas.


Fig. 24. Marfil del Bencarrón (Carmona, Sevilla), Hispanic Society of America, Nueva York.

En definitiva, los marfiles son una expresión más del producto artesanal genuinamente tartésico, elaborados por lo tanto en la península desde los primeros momentos de su aparición, primero en la costa y más tarde en talleres de su periferia geográfica, donde irrumpen con fuerza a partir del siglo VI a.C. En estos momentos postreros de la cultura tartésica, los marfiles son sustituidos por huesos también decorados a base de incisiones, si bien los motivos iconográficos que ahora predominan son los geométricos en detrimento de las alusiones mitológicas. No obstante, en estas tierras del interior siguió circulando el marfil procedente del comercio marítimo como lo demuestra el trozo en bruto hallado en el santuario de Cancho Roano, preparado para ser cortado y decorado por artesanos que se acercarían al propio santuario.

Para finalizar, hemos de hacer una obligada alusión a los tesoros áureos y a la orfebrería en general procedente, principalmente, de ocultaciones, aunque también se ha recuperado algún conjunto de importancia en el interior de tumbas y santuarios, donde destacan sin duda los de El Carambolo y Cancho Roano. En el caso de la orfebrería, partimos de un escenario muy distinto al que hemos visto hasta ahora para otros elementos como los bronces o los marfiles, pues desde el Bronce Final existía en la península talleres de orfebre que nos han dejado una gran cantidad de objetos de oro y plata procedentes de ocultaciones, una práctica que parece que se mantuvo en época tartésica a tenor de los numerosos tesoros recuperados en estas circunstancias. No obstante, es muy significativo que esos tesoros del Bronce Final proceden en su inmensa mayoría de la zona del interior de Portugal y Extremadura, es decir, de las zonas que se convertirán en la periferia geográfica de Tarteso siglos más tarde, una circunstancia muy similar a la que ya ocurría con las estelas de guerrero. De este modo, sólo a partir del siglo VII a.C. comenzarán a aparecer tesoros orientalizantes en el núcleo tartésico, si bien conocemos algunas joyas de factura original fenicia en los primeros momentos de la colonización. Los grandes y pesados torques y otros objetos realizados en oro macizo elaborados durante el Bronce Final pudieron ser uno de los reclamos para los comerciantes fenicios y explicaría la rápida penetración de productos mediterráneos hacia el interior, donde se localizaban los más importantes ríos con oro aluvial.

La llegada de los fenicios va a suponer la introducción de nuevas técnicas de elaboración para la orfebrería, destacando en primer lugar el trabajo en hueco, cuyos objetos pronto sustituirán a las grandes piezas macizas del Bronce Final por otras de mayor ligereza y, por lo tanto, con un sustancial ahorro en materia prima. Las nuevas técnicas también permitieron a los orfebres indígenas conocer nuevas aleaciones y controlar mejor las temperaturas para producir mejores acabados de las piezas; y, por último, se propagaron técnicas decorativas hasta ese momento ignoradas como la filigrana o el granulado, decoraciones que ya se habían generalizado en todo el ámbito mediterráneo. El éxito de esta nueva forma de elaborar las joyas supuso el repentino abandono de la tradición anterior, si bien se mantuvieron ciertas formas tradicionales que confieren a la orfebrería tartésica una originalidad evidente con respecto a la del resto del Mediterráneo.

La temprana aparición del Tesoro de la Aliseda, en Cáceres, y por lo tanto en un lugar muy apartado del núcleo tartésico, supuso una enorme sorpresa dentro del panorama arqueológico de la época. Pocos se atrevieron a dudar de la factura oriental de estas piezas, si bien no se relacionaron en ese momento con Tarteso, que carecía por entonces de una cultura material identificable (fig 25). La aparición del tesoro de El Carambolo supuso el paso definitivo hacia la identificación de un tipo y una técnica propia de Tarteso, donde se mezclaban dos técnicas de elaboración del Bronce Final con las innovaciones traídas por los fenicios y que en definitiva sintetizaban la expresión de la orfebrería tartésica. Un caso similar es el de los candelabros de Lebrija, donde se utilizó una técnica de unión heredera del Bronce Final. Una vez sistematizada la tecnología empleada en los primeros compases de la colonización, la interpretación del tesoro de Aliseda tomó un nuevo impulso, justificándose su aparición en un lugar tan apartado del núcleo de Tarteso como una donación o dote de algún comerciante fenicio para facilitar el acceso hacia las tierras del interior, donde precisamente se hallaban los placeres de oro y otras materias primas como el estaño. Sin embargo, un examen de las piezas nos permite diferenciar claramente las producciones de origen fenicio de las de factura indígena, si bien todos los temas iconográficos son de inspiración mediterránea pero adaptados a las concepciones indígenas. De esta forma, las arracadas o pendientes amorcillados, la diadema con remates triangulares, el cinturón o el propio conjunto jarro/brasero, son la mejor expresión de un típico conjunto tartésico perteneciente probablemente a una ocultación o bien a un tesaurus de la comunidad, una interpretación que podría servir para entender el hallazgo de otros tesoros como el de El Carambolo o el de Ébora, en Cádiz.


Fig. 25. Tesoro de la Aliseda (Cáceres), Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Otros tesoros más recientes también parecen pertenecer a una ocultación junto a importantes poblados de la época; destacan especialmente los aparecidos nuevamente en tierras alejadas de Tarteso, en concreto en el valle del río Tajo, en Talaverilla (Cáceres), y en Villanueva de la Vera, más al norte aun, junto a la sierra de Gredos, fechados hacia los comienzos del siglo VI a.C. Por último, aludir al conjunto de joyas procedente del santuario de Cancho Roano, ya datado en el siglo V a.C., donde sin embargo aparecen arracadas de oro de tradición indígena junto a objetos decorados con filigrana y granulado; pero lo más llamativo de este conjunto es la existencia de dos arracadas geminadas elaboradas a la cera perdida aparecidas dentro de un vaso de plata que a su vez se hallaba dentro de una vasija cerámica en un hoyo bajo la escalera de acceso a la terraza del edificio, lo que sin duda se corresponde con un depósito de fundación para el que se utilizaron piezas realizadas con una técnica propia del Bronce Final.

En conclusión, podemos decir que a pesar de que hay una significativa presencia de piezas de origen mediterráneo entre los conjuntos de orfebrería tartésica (como los sellos de El Carambolo, los anillos giratorios de la Aliseda, los estuches para amuletos, etc.), la mayor parte de los objetos de oro y plata ofrecen una gran personalidad formal heredera de la tradición indígena, interpretada y enriquecida ahora con elementos iconográficos de origen oriental. Destaca, en este sentido, la diadema de extremos triangulares de claro origen indígena (como las de la Aliseda, Villanueva de la Vera o Ébora), como se pueden ver en las denominadas estelas femeninas o diademadas del Bronce Final; se trata de producciones exclusivas del ámbito tartésico, si bien ahora incorporan para su elaboración las nuevas técnicas introducidas por los fenicios; unas diademas que, por otra parte, perviven en la Cultura ibérica. También son exclusivas del ámbito tartésico las arracadas fusiformes, aunque ahora se adornan con una crestería donde se insertan motivos genuinamente orientales como las flores de loto, las palmetas o los halcones. Pero tampoco existen analogías formales fuera de la península de los brazaletes de El Carambolo o del magnífico cinturón de la Aliseda, un elemento que también aparece representado en las estelas del Bronce Final y al que, sin embargo, se le incorpora una decoración genuinamente oriental compuesta por grifos, palmetas invertidas y una lucha entre un hombre y un león rampante.

Por último, y a la luz de la importancia de la orfebrería en la periferia geográfica de Tarteso, de donde proceden un buen número de los tesoros localizados, se podría proponer la existencia de talleres de orfebres en el interior, además de los que sin duda existirían desde los primeros momentos de la colonización en las costas del sur. Estos talleres del entorno del Guadiana y del Tajo seguirían la tradición anterior, pero incorporando las nuevas técnicas introducidas por los fenicios hasta conseguir una orfebrería de gran originalidad que debemos clasificar sin ambages como tartésica.

VII. Tarteso a través de la muerte

La mejor documentación sobre Tarteso la encontramos a través del mundo de la muerte, la expresión social que nos sirve para valorar algunos comportamientos culturales, además de ser el mejor vehículo para analizar las manifestaciones artesanales de la época, aunque sin olvidar que se tratan de espacios cerrados vinculados con el poder y que, por lo tanto, en absoluto puede extrapolarse al resto de la población. Los rituales funerarios los conocemos exclusivamente por la arqueología, muy activa en este sentido desde que a finales del siglo XIX Bonsor iniciara sus trabajos en las necrópolis de los Alcores, en el valle del Guadalquivir, aunque el arqueólogo de Carmona nunca las relacionara con la cultura tartésica.

En contraste con la escasa información que tenemos de los rituales funerarios en el Bronce Final, con la colonización comienzan a detectarse un buen número de necrópolis fenicias en el sur peninsular que han servido para dibujar el mapa de la dispersión de las primeras colonias de origen mediterráneo. El impacto de la colonización fue de tal calibre que consiguió alterar las tradiciones locales, al menos entre las jefaturas y los personajes más destacados de esa sociedad, que incorporaron en sus rituales funerarios nuevas formas de enterramiento a imagen y semejanza de los que llevaban a cabo los fenicios; no obstante, las nuevas necrópolis que surgen a partir del siglo VIII a.C. gozan de una innegable originalidad como consecuencia de la conservación de sus propias tradiciones ancestrales. Por otra parte, y aunque en muchas ocasiones se mantiene el rito de la inhumación, se impone claramente la cremación y el sistema de ofrenda y ajuar de origen mediterráneo, una simbiosis que coincide con el final de las tumbas genuinamente fenicias para dar paso a una nueva expresión del ritual de la muerte que ya podemos definir como tartésico.

La escasa información que tenemos de las necrópolis fenicias del Levante mediterráneo perjudica el estudio comparativo del fenómeno con la península Ibérica; no obstante, de los datos disponibles de algunos lugares del Líbano e Israel se pueden extraer algunas conclusiones generales sobre el ritual que se llevó a cabo, que, por otra parte, es muy homogéneo. Aunque el rito generalizado es la cremación, también se han detectado algunas inhumaciones en cementerios como el de Achziv, en el norte de Israel. La información más completa procede de las excavaciones que M. E. Aubet realiza en la necrópolis de Tiro, donde parece detectarse un ritual funerario más complejo del que hasta ahora se atribuía a los fenicios. Las necrópolis fenicias se disponen junto al mar, alejadas del centro urbano; las urnas con los restos cremados seleccionados aparecen siempre tapadas generalmente con platos y enterradas en fosas, a veces señalizadas por estelas de piedra, aunque muchas otras pudieron estar igualmente señalizadas mediante estela de madera hoy desaparecidas. Las urnas suelen estar acompañadas de los típicos jarros de anillo junto al cuello, los de boca trilobulada y de los cuencos para beber, una vajilla que es muy común en todas las necrópolis fenicias de esa zona y que transcenderá a las necrópolis más antiguas de sus colonias occidentales.

La mayor parte de las necrópolis fenicias halladas en la península Ibérica se han localizado también junto al mar, en concreto en la costa sudoriental peninsular, en las provincias de Málaga y Granada, donde parece que comienzan a funcionar a partir del siglo VIII a.C. Los tipos de enterramientos son variados, aunque predominan las cremaciones guardadas en urna enterradas en pozos; si bien los más destacados son los que se disponen en cámaras o hipogeos como en la necrópolis de Trayamar. Suelen ser pequeñas concentraciones dispersas, de no más de veinte tumbas, que parecen responder a espacios familiares, mientras que los hipogeos funcionarían como verdaderos panteones de determinadas familias de colonos. A partir del siglo VII, buena parte de las cremaciones fueron depositadas en vasos de alabastro importados de Egipto, lo que da una idea de la fluidez de las relaciones comerciales de los fe­nicios de Occidente con el resto del Mediterráneo. También los ajuares de estas tumbas son muy homogéneos, destacando, además de las urnas de alabastro, los platos y los jarros de boca de seta o de bo­ca trilobulada de barniz rojo, pero también son comunes las ánforas de saco, los pithoi, los cuencos y determinadas joyas. A partir del siglo VII, la tipología de estas necrópolis varía sensiblemente como consecuencia de la incorporación de las comunidades indígenas, lo que dio lugar a rituales más complejos que terminarán por definir el ritual tartésico de la muerte. Además, las peculiaridades que presentan las diferentes necrópolis tartésicas, y a pesar de que compartan rasgos comunes en el ritual y en los materiales depositados en ellas, nos permiten delimitar territorios, pues los ritos funerarios son también uno de los mejores marcadores de la identidad de una comunidad.

La primera dificultad para realizar un análisis de la evolución del ritual funerario en Tarteso la encontramos, precisamente, en su origen. No son pocos los que defienden que el rito de la cremación, el más extendido en Tarteso, proviene de los Campos de Urnas del nordeste peninsular; mientras que otros defienden su introducción y rápida aceptación gracias a la colonización fenicia. Sin embargo, y a tenor de la rapidez con la que se extendió el rito por todo el sur peninsular a partir del siglo VIII a.C., y ante la ausencia de inhumaciones que se puedan datar con anterioridad a este siglo en el sudoeste, parece que la irrupción de la cremación, o al menos su generalización, se debió a los fenicios, que no sólo introducirían una nueva forma de tratar el cadáver, sino todo el ritual que lo acompañaba. La segunda cuestión no es menos importante y aún sigue teniendo un enorme peso en la bibliografía tartésica; la discusión se centra en la autoría de las necrópolis halladas en el valle del Guadalquivir: si pertenecen a colonos agrícolas fenicios o procedentes de otros puntos del Mediterráneo, o bien si son tumbas de indígenas fuertemente influenciados por la cultura oriental. La primera hipótesis, defendida en los años ochenta del pasado siglo por J. Alvar y C. Gonzalez Wagner, cada día tiene más adeptos, máxime cuando, como decíamos, las fechas de la presencia fenicia son cada vez más antiguas. No obstante, a medida que vamos conociendo más y mejor las necrópolis, nos vamos dando cuenta de que es difícil distinguir entre tumbas tartésicas o fenicias, pues en ambos casos comparten materiales y ritos que les son comunes; además, la diversidad de los rituales funerarios en una misma necrópolis es un síntoma inequívoco de la variedad de procedencias y clanes de los allí enterrados. Por todo ello, parece más idóneo catalogar estas necrópolis como tartésicas, al menos a partir del siglo VII a.C., cuando a pesar de la variedad formal de los rituales, se percibe una homogeneidad en los materiales utilizados en los ajuares funerarios.

Disponemos, en este sentido, de un ejemplo revelador en la necrópolis de Las Cumbres, junto al poblado de Doña Blanca, en el Puerto de Santa María (Cádiz) (fig. 26). La necrópolis es muy significativa por cuanto documenta la existencia de distintas prácticas rituales en el mismo cementerio. Aunque sólo conocemos un círculo funerario dentro de la extensa área dedicada a los muertos, se trata de una de las necrópolis más antiguas atestiguada hasta el momento, donde el rito de la cremación es exclusivo, y donde aparecieron ajuares cuyos materiales también se han documentado en el poblado. Sin embargo, la jerarquización del espacio funerario, así como la variedad de los rituales, parece que nos remite a la existencia de una sociedad mixta que habrá que estudiar con mayor detenimiento cuando se pueda ampliar la excavación de tan magnífico yacimiento. Lo cierto es que gracias al estudio de las necrópolis tartésicas podemos llevar a cabo, o al menos ensayar con ciertas garantías, la organización social de los vivos. En este sentido, la necrópolis que mejores datos nos ha proporcionado es la de Setefilla, en Lora del Río (Sevilla), fechada a partir del siglo VIII a.C. La necrópolis acoge una serie de túmulos cuya estructura es similar al de otras necrópolis tartésicas. En el centro de estos túmulos funerarios aparece excavado el ustrinum donde se depositaba el cadáver antes de ser cremado. Alrededor del ustrinum se abrían pequeñas fosas donde se colocaban las urnas que guardaban los huesos quemados seleccionados y lavados, así como los objetos de adorno que acompañaban al difunto. Junto a la urna se depositaba el ajuar funerario, compuesto tanto por elementos indígenas como por otros de importación mediterránea. Una vez que el espacio funerario se completó, se procedió a taparlo con piedras y tierra hasta formar el túmulo artificial que ha llegado a nosotros, alcanzando algunos hasta los tres metros de altura. En Setefilla se ha documentado una gran variedad de rituales, lo que incide una vez más en la variedad étnica, al menos en origen, de estas poblaciones; así, se han encontrado tumbas de cámara levantadas con mampuestos; fosas excavadas en la roca; tumbas o cistas limitadas por lajas de piedra que guardaban inhumaciones; y, por último, urnas con los restos de las cremaciones que pertenecen a los enterramientos más antiguos, coincidiendo así con la necrópolis de Las Cumbres, donde a pesar de su antigüedad no se ha detectado ninguna inhumación. Llama poderosamente la atención que los ajuares de estas tumbas están compuestos tanto por materiales típicos del Bronce Final indígena como por elementos de origen fenicio, un dato más para apuntalar la idea de la existencia de una sociedad mixta desde momentos muy tempranos de la colonización.


Fig. 26. Necrópolis de Las Cumbres, Puerto de Santa María, Cádiz (según Ruiz Mata y Pérez, 1995).

La necrópolis de Setefilla también nos ha proporcionado valiosos datos sobre la organización social de estas gentes; en concreto a partir del túmulo B de la necrópolis, donde se excavaron un importante número de cremaciones depositadas en urnas y distribuidas en el espacio de una manera jerárquica (fig. 27). Así, los enterramientos con los ajuares más ricos se ubicaban en el centro del túmulo, pertenecientes a hombres adultos, rodeados de otros enterramientos femeninos también con destacados ajuares. A medida que las tumbas se iban alejando del círculo funerario, los ajuares eran más modestos, algunos de ellos pertenecientes a nonatos. Esta jerarquización coincide con la estructura social de estas comunidades de base económica ganadera, consistente en jefaturas familiares que debieron ser preponderantes entre los indígenas antes de la colonización, cuando ya cobra más valor la agricultura y la explotación de los recursos mineros y marinos. Por último, gracias a los análisis realizados en varias tumbas, sabemos que la edad media de los habitantes de Setefilla no rebasaba los treinta años de edad, cuando tan solo tres generaciones después, y en zonas con economías de base agrícola como Medellín, la edad se elevó hasta casi los cuarenta, sin duda debido a la estabilización de los poblados tartesios en torno a la agricultura, la pesca o la explotación de la sal, pero también al consumo de nuevos productos alimenticios introducidos por los fenicios que consiguieron una dieta mucho más rica y variada.


Fig. 27. Túmulo B de Setefilla, Lora del Río, Sevilla, (según Aubet, 1978).

Pero el conjunto funerario más amplio se ha documentado dentro del paisaje eminentemente agrícola de Los Alcores, donde Carmona, en una excelente posición estratégica, se erige como el eje poblacional en torno al cual se organizaron un buen número de túmulos funerarios. La necrópolis más significativa es la de La Cruz del Negro, de la que conocemos más de un centenar de tumbas que nos permite analizar con ciertas garantías sobre la organización social de la zona, pero también sobre sus ritos funerarios. En sintonía con las necrópolis ya mencionadas de Las Cumbres y Setefilla, las tumbas más antiguas de La Cruz del Negro, del siglo VIII a.C., son también de cremación, siendo muy escasas las inhumaciones, ya a partir del siglo VII a.C. y relacionadas con mujeres y niños principalmente. De nuevo el ustrinum rectangular de tamaño humano es la estructura principal de estos túmulos donde se recogían algunos huesos calcinados para depositarlos en urnas cerámicas que se depositaban en huecos realizados en la roca. Las urnas, cuyo tipo característico, junto con las de cerámica gris, es el denominado «Cruz del Negro» por ser en esta necrópolis donde primero se documentaron, se han convertido en un símbolo de la identidad cultural de Tarteso, pues se extienden por todo el ámbito del sudoeste peninsular, pero también por las zonas periféricas de los valles del Tajo y Guadiana e incluso por el Levante peninsular e Ibiza, lo que ha servido para configurar el mapa de dispersión de la cultura tartésica y su capacidad de influencia. No obstante, este tipo de urna también se documenta por buena parte del Mediterráneo central y el norte de África, mientras que son escasas, curiosamente, en contextos puramente fenicios. Pero lo que nos interesa señalar es que la profusión de este tipo de urna coincide con el momento de mayor esplendor de la cultura tartésica, armonizando con la exposición de ajuares repletos de objetos de origen Mediterráneo o de estilo Orientalizante, ya realizados en talleres peninsulares, caso de los marfiles, los broches de cinturón, las fíbulas, la rica orfebrería, los vidrios o los jarros de bronce, por poner los ejemplos más conocidos.

Por último, recientemente se ha excavado una nueva necrópolis que ha ayudado a entender mejor el significado social y ritual de estos sitios. Se trata de la Angorrilla, en Lora del Río (Sevilla), junto al Guadalquivir, una necrópolis con más de sesenta tumbas cubiertas por un túmulo artificial hoy perdido. Las tumbas más antiguas datan del VIII a.C., pero sin duda lo más llamativo es que ya en esas fechas se practicaba también la inhumación, un hecho prácticamente inédito hasta ahora que nos invita a pensar que se podría tratar de un rito ya practicado con anterioridad por las poblaciones indígenas. Por su parte, la jerarquización del espacio y los rituales llevados a cabo no desentonan con el resto de las necrópolis tartésicas.

Uno de los focos más importantes de la cultura tartésica es sin duda la ciudad de Huelva, donde no se puede atestiguar de forma fehaciente la existencia de una colonia fenicia, aunque sí la de un importante asentamiento fenicio que estaría relacionado con el intercambio comercial entre el Atlántico y el Mediterráneo, seguramente vinculado a la explotación metalúrgica desde los momentos más antiguos de la colonización como demuestran los objetos recuperados en el solar Méndez Núñez-Plaza de las Monjas de la ciudad. De aquí deriva precisamente la enorme importancia de la necrópolis de la Joya, de cuyas ricas tumbas se pueden extraer sólidas hipótesis sobre la estructura social de Tarteso, pero sin olvidar que se tratan, una vez más, de tumbas pertenecientes a los personajes más destacados de esa sociedad. La población de Huelva estaría muy vinculada a la explotación minero-metalúrgica desde el Bronce Final, por lo que no responde a los cánones socioeconómicos y culturales que hemos visto en otras zonas más vinculadas con la economía agropecuaria; además, su posición estratégica como uno de los focos del comercio atlántico, habría permitido a sus jefaturas negociar con los comerciantes fenicios sobre bases muy diferentes. Esto explicaría la temprana llegada de los comerciantes fenicios a la zona, como también manifestaría la ausencia de una colonia en esta área. Por ello, las necrópolis de Huelva, y especialmente la de la Joya, ofrecen una mayor presencia de expresiones indígenas en sus tumbas, mientras que no se ha detectado ni un solo enterramiento genuinamente fenicio. A pesar de todo ello, la necrópolis de la Joya, de gran originalidad y riqueza, difiere en poco del resto de necrópolis tartésicas en cuanto al ritual y al ajuar recuperado; así, dominan las cremaciones sobre las inhumaciones; las urnas pertenecen en su mayor parte al tipo «Cruz del Negro»; hay una gran variedad de platos y vasos fenicios; o aparecen asociados los jarros y braserillos de bronce. Sin embargo, los ajuares están compuestos por un gran número de materiales indígenas que prevalecen sobre los productos exógenos. Destaca entre otras la tumba 17, una fosa de más de 10 m2 en la que se empleó leña y cal para acelerar el proceso de cremación del cadáver de un personaje especialmente destacado que se rodeó de un magnífico ajuar compuesto por el conjunto de jarro y braserillo de bronce, un espejo, un quemaperfumes, un cinturón y diferentes objetos de uso personal, pero entre los que destaca especialmente un carro y los atalajes de los caballos del tiro; así mismo, el difunto se rodeó de elementos de clara tradición fenicia como las ánforas tipo R-1, los platos de barniz rojo, los vasos de alabastro, etc., pero junto a otros vasos cerámicos indígenas hechos a mano. Las tumbas de la Joya, denominadas «principescas» por la riqueza de sus ajuares, no sobrepasan el siglo VII a.C., por lo que son algo más modernas que las procedentes del valle del Guadalquivir o Cádiz, lo que demostraría que la sociedad de Huelva, al no ser colonizada, tardó más tiempo en asimilar los rituales fenicios, reservados en todo caso a las jefaturas de la zona (fig. 28).


Fig. 28. 1. Tumba 9 de la Joya, Huelva (según Garrido, 1970); 2. Tumba 17 de la Joya (según Garrido y Orta, 1978).

Sin embargo, y a pesar de la riqueza de estas tumbas, seguimos sin poder resolver la cuestión del control de la sociedad por parte de estas jefaturas. En efecto –y sigue siendo uno de los puntos aún sin aclarar de la arqueología tartésica–, apenas se han podido recuperar algunas armas en las tumbas más destacadas de Huelva, mientras que son prácticamente inexistentes en el resto de necrópolis tartésicas, así como en poblados o santuarios. Esta circunstancia choca con la representación de los guerreros de las estelas del Bronce Final que, sin embargo, a medida que se adentran en época tartésica, abandonan paulatinamente las armas que los acompañan en favor de los objetos de prestigio llegados del Mediterráneo. Por lo tanto, parece que el control de la sociedad debió estar bien asegurado a través de un potente poder político y económico que dejaría el control militar en manos de grupos relacionados con el parentesco de estas jefaturas y cuyas tumbas no se han encontrado por el momento.

El ritual tartésico terminó por extenderse por toda su periferia geográfica, dejándonos ejemplos muy significativos en los valles del Guadiana y del Tajo. Entre las necrópolis destaca especialmente la de Medellín (Badajoz), que comienza a funcionar, como mucho, a principios del siglo VII a.C., y donde sólo se han documentado cremaciones acompañados por rituales muy similares a los del núcleo de Tarteso, si bien, y como es lógico, la influencia indígena aporta algunas novedades reseñables como las estructuras de guijarros que cubren algunas de sus tumbas. Una tumba de especial importancia por la riqueza de su material y por hallarse en la zona más septentrional hasta ahora localizada es la de Belvís de la Jara (Toledo), con materiales que conectan directamente con el área nuclear de Tarteso.

A partir del siglo VII a.C., los ajuares de las tumbas comienzan a incorporar de forma generalizada objetos ya realizados en la península, aunque de fuerte influencia orientalizante; se trataría de talleres, bien abiertos por los fenicios en las colonias y en los que participarían activamente los indígenas, o bien de talleres indígenas, duchos en la elaboración de algunos productos de orfebrería y metalistería desde el Bronce Final, que incorporarían las nuevas técnicas de elaboración mediterránea. Es a partir de este momento, sino antes, cuando podemos hablar con propiedad de necrópolis tartésicas, donde las tumbas contrastan con la austeridad del ritual fenicio y donde se acentúa la jerarquización de los espacios, una derivación de la estructura social indígena que se debió respetar en Tarteso hasta la desaparición de su cultura. Además, vemos cómo a partir de ese momento hay una profusión de elementos indígenas como los vasos à chardon, las cerámicas a mano bruñidas, las urnas bicónicas, las fíbulas de doble resorte o los típicos broches de cinturón; pero también se siguen depositando elementos de clara filiación fenicia como los platos y cuencos de barniz rojo, las lucernas de pico, las cáscaras decoradas de huevos de avestruz, los escarabeos, los marfiles decorados, etc.; mientras que ya están ausentes otros elementos típicos de las necrópolis fenicias más antiguas como los jarros de boca de seta o trilobulada.

VIII. Religión fenicia y santuarios tartésicos

Quizá la religión sea una de las principales características culturales de una sociedad, por lo que su adaptación o transformación a nuevas creencias y a los ritos que la representan tienen un desarrollo lento y complejo, máxime cuando no existe un escenario propicio que imponga dicha transformación. Así, lejos aún de conocer la organización social de Tarteso, la información aportada por las fuentes clásicas, la composición de sus necrópolis y la existencia de un buen número de edificios singulares que destacan en el paisaje o aparecen insertos en la estructura urbana, podemos esbozar algunos retazos de su compleja estructura, donde la religión juega un papel muy destacado.

Lamentablemente, partimos de un conocimiento muy parcial de la religiosidad fenicia, a lo que se suma el total desconocimiento acerca del culto indígena antes de la formación de la cultura tartésica, probablemente relacionado con un culto a la naturaleza con expresiones anicónicas. A ello se suman las escasas evidencias que poseemos para caracterizar los espacios de culto indígenas. Ciertamente, con el paso del tiempo se fue imponiendo, paulatinamente, el estilo oriental, representado en la erección de grandes edificios de marcada personalidad con respecto a otros santuarios conocidos en el resto del Mediterráneo, quizá como consecuencia de la hibridación religiosa entre los rituales y tradiciones fenicias e indígenas. Así, de las evidencias existentes únicamente podemos discernir acerca de la construcción de edificios de gran tamaño y de planta ovalada destinados al culto, aprovechados primero por los fenicios y, posteriormente, por los tartesios, para levantar santuarios cuadrangulares, como se documenta en ejemplos como Montemolín.

Debemos tener en cuenta que cuando hablamos de religión tartésica estamos haciendo referencia a los cultos y creencias de origen mediterráneo introducidos por los fenicios a su llegada en la península Ibérica tras la colonización, pero que se fueron transformando debido a las aportaciones indígenas existentes. Esta circunstancia es el resultado de un proceso de sincretismo religioso original que diferenciaría a la religión de Tarteso de otras desarrolladas por otras culturas de su entorno.

La sólida organización social y política de los fenicios peninsulares, avalada por el excelente funcionamiento de su sistema comercial, debió favorecer la rápida asimilación de sus creencias religiosas por parte de los indígenas, pues no debemos olvidar que eran los dioses los encargados de velar por la buena práctica de las transacciones comerciales, razón por la cual sabemos que en las fundaciones comerciales los fenicios erigían un templo o santuario dedicado a la divinidad de la ciudad de origen, actividad que no sólo pretendía convertirse en una muestra de la identidad ciudadana de los primeros comerciantes, sino también en un mecanismo de control de esas nuevas fundaciones por parte del poder estatal fenicio.

A pesar de que la religión, del mismo modo que ocurre con los ritos funerarios, constituye uno de los rasgos más representativos de las sociedades, parece lógico pensar que fueran las propias jefaturas quienes propiciaron esta asimilación, quizá como método para su integración en la nueva cultura que se estaba gestando. Así, parece que los indígenas asumieron y adaptaron los símbolos mediterráneos en aras de favorecer su integración y no minar su identidad. Es por ello que las manifestaciones artísticas documentadas en Tarteso, aunque de fuerte raíz orientalizante, muestran una originalidad formal y estilística que deriva de la adopción de la iconografía indígena que perdurará en los territorios limítrofes hasta el siglo V a.C. No obstante, como ocurre en el mundo indígena del Bronce Final, los fenicios tampoco eran muy proclives a representar a sus dioses, lo que justificaría la escasa presencia de representaciones de deidades en época tartésica, mientras que sí abundan los exvotos dedicados a las divinidades principales, Baal y Astarté.

La amplia variedad documentada en el panteón fenicio, donde un mismo dios responde a varias atribuciones y advocaciones, debió facilitar su identificación y acogida por parte de las comunidades indígenas. La divinidad principal de este panteón era el dios Baal, hijo de EL y esposo de Astarté, dios del trueno y de la regeneración de la vida, protector de los navegantes y, por lo tanto, de los colonizadores procedentes de las ciudades de fenicia. Dicha deidad siempre se ha puesto en relación con la figura del toro, un animal que seguramente tendría un fuerte peso alegórico en la península con anterioridad a la llegada de los fenicios, lo que justificaría la perduración de símbolos como los altares de piel de toro extendida en el sudoeste peninsular, lo que produciría su rápida asimilación por parte de las comunidades indígenas a partir de su asimilación como dios protector de la ciudad. Entre sus atributos se le designa también como dios de la fertilidad, razón por la cual contó con un fuerte arraigo entre los agricultores y ganaderos indígenas.

La advocación de Baal como dios de la guerra, representado en algunas estelas de piedra aparecidas en el área sirio-palestina, tocado con un yelmo rematado por cuernos, lo ha puesto en relación con los guerreros aparecidos en las estelas del sudoeste de la península Ibérica ataviados con un casco de cuernos, un fenómeno que se desarrolla en plena época tartésica y que sería una buena prueba tanto de la asimilación de la iconografía oriental por parte de los indígenas como de la divinización de sus jefaturas. A ello se suma la localización de los santuarios destinados al culto a Baal, aparecidos en ambos extremos del Mediterráneo en los denominados como «lugares altos», circunstancias que nos permiten detectar una ágil asimilación de los rasgos mediterráneos por parte de las sociedades indígenas y su rápida aceptación una vez introducido en Tarteso.

Las representaciones que actualmente conocemos de la divinidad masculina en la península Ibérica se han hallado en Cádiz y Huelva. Se trata de una serie de pequeñas estatuas de bronce identificadas con Reshef, versión egipcia de Baal, muy venerado durante el Imperio Nuevo como dios de la guerra. En el caso de Cádiz, las estatuillas fueron halladas en Sancti Petri, un enclave muy significativo donde tradicionalmente se ha ubicado el templo gaditano dedicado a Melkart, el dios de Tiro asimilado a Baal; mientras que las halladas en Huelva probablemente procedan de un templo de similares características pero de localización desconocida. No obstante, la identificación de Baal en los santuarios tartésicos ha tenido una gran proyección en los últimos años al haberse asimilado la aparición de los mencionados altares de piel de toro extendida, tanto en Tarteso como en las tierras del interior, a la presencia de esta divinidad.

Mayor conocimiento poseemos del culto a Astarté, diosa femenina relacionada con la esfera celeste, concretamente con las estrellas y el creciente lunar, pero que también se significa como diosa protectora de los navegantes, por lo que su vinculación a las navegaciones fenicias y a las transacciones comerciales de los fenicios en la península Ibérica parece ineludible. Así mismo, la diosa se vincula con los ciclos de la vida y la muerte, así como con la fertilidad, hecho por el cual aparece representada muchas veces a partir de motivos vegetales. Su identificación a partir del hallazgo de betilos y la amplia iconografía que la simboliza por medio de crecientes lunares, aves o el ciclo vegetal, hace que sea una de las deidades más representadas en el arte tartésico, presente en santuarios como El Carambolo, Cancho Roano o Carmona, por poner los ejemplos más evidentes (fig. 29).


Fig. 29. Astarté de El Carambolo, Museo Arqueológico de Sevilla.

La rápida integración de las creencias fenicias en la sociedad indígena parece verse reflejada en la aparición de una serie de edificios que supieron integrar a las diferentes comunidades que conformaban Tarteso. Una prueba de ello es la existencia de construcciones circulares y ovaladas del Bronce Final, de grandes dimensiones, debajo de los santuarios orientales, lo que evidencia una intencionada continuidad, representada en la elección de puntos de referencia indígenas para construir los santuarios fenicios en los primeros momentos de la colonización, perpetuando el culto en un lugar que ya tendría para los indígenas un alto grado de sacralidad, además de ser un punto de referencia venerado por sus antepasados. Una vez configurado Tarteso en el siglo VII a.C., se observa una proliferación en la construcción de estos santuarios que van transformando su estructura arquitectónica oriental en función del territorio donde se establecen, o lo que es lo mismo, según las raíces indígenas de las sociedades que habitan ese espacio. Es por esa razón por lo que se advierten claras diferencias entre los santuarios de factura fenicia y los construidos sobre ellos pero siempre deudores de la cultura tartésica, del mismo modo que se aprecia el contraste entre la arquitectura de los santuarios del núcleo de Tarteso, caso de El Carambolo, y los que se construyen en los territorios del interior, como Cancho Roano.

El santuario constituye de ese modo un lugar donde no sólo se rendía culto a la divinidad que amparaba el asentamiento en el que se ubicaba, sino que además servía como lugar neutral para realizar transacciones comerciales con los indígenas bajo la protección de la divinidad. Según recogen Estrabón (Geografía III, 5, 5), la fundación de Gadir trajo aparejada la erección de un templo a Melkart, dios protector de la ciudad de Tiro, en la parte oriental de la isla, mientras que la ciudad ocuparía el lado occidental. Gracias a las fuentes hoy sabemos que el templo se encontraba aislado en el paisaje, que poseía planta rectangular, organizado en torno a un gran patio central descubierto y orientado a la salida del sol, en cuyo centro se levantaría un altar; por último, al fondo, sobre una pequeña plataforma, estaría ubicado el adyton o espacio restringido al culto. Se trataría, por lo tanto, de una construcción muy similar a la de otros templos fenicios orientales consagrados a Baal, donde el mejor ejemplo lo constituye el santuario chipriota de Bambula en Kition, la actual Larnaca, fechado en el siglo IX a.C. Así, aunque resulta complejo reconstruir con más detalle la estructura del templo gaditano, podemos aproximarnos a su diseño a través de algunas monedas fenicias, donde estos templos aparecen precedidos por dos columnas rematadas por capiteles.

El templo de Gadir debió servir de inspiración para la planificación del resto de templos fenicios de la costa peninsular y para los santuarios tartésicos, posteriormente. En el área de influencia fenicia del sur peninsular se levantaron los primeros santuarios siguiendo un patrón marcadamente oriental, aunque con el tiempo estos se irían transformando para adaptarse al paisaje en el que se ubicaban, los recursos naturales disponibles y las necesidades cultuales de la sociedad que los erige. La variedad formal que hoy presentan los santuarios tartésicos conocidos se debe, por lo tanto, a esos factores, aunque en esencia, comparten buena parte de su organización arquitectónica y ritual.

Gracias a las excavaciones en extensión, los santuarios tartésicos mejor conocidos son los de El Carambolo (Camas), Caura (Coria del Río) y Montemolín, los tres en la provincia de Sevilla; aunque también contamos con otros ejemplos excavados de forma parcial, caso de Carmona (Sevilla) y Huelva, restos constructivos de carácter cultual que se integran dentro del trazado urbano de estas ciudades tartésicas que, en buena medida, todavía se ocultan bajo los restos de sendas ciudades modernas. Este tipo de santuario se reproducirá en los territorios del interior, donde a partir de mediados del siglo VII y fundamentalmente a comienzos del siglo VI a.C., se llevó a cabo la reestructuración territorial del área que se extiende desde las desembocaduras de los río Tajo y Guadiana hasta los tramos medios de los mismos. Así, emplazamientos como Castro Marim, Abul, Neves-Corvo o Espinhasço de Cao constituyen excelentes ejemplos de esas influencias en el territorio actualmente portugués. A ellos se suman ejemplos más al interior, entre los valles del Guadalquivir y del Guadiana, donde se emplaza el edificio de Cancho Roano, el santuario tartésico mejor conocido gracias al excelente estado de conservación en el que se encuentra, lo que le convierte en un modelo excepcional para conseguir entender la funcionalidad de estos edificios, y donde Cancho Roano ‘C’, su primera construcción, guarda una gran semejanza tanto en su planta como en su concepción arquitectónica, con los santuarios más antiguos del valle del Guadalquivir.

La mayor parte de estos santuarios fueron construidos sobre cabañas de planta oval pertenecientes al Bronce Final, la etapa precedente a la colonización, lo que confirma la estrategia de los fenicios por mantener lugares sacralizados con anterioridad, mecanismo para fomentar el sincretismo entre las diferentes comunidades. Estos edificios originales reproducen sencillas plantas cuadrangulares de innegable influencia fenicia, aunque con el paso del tiempo se irán haciendo más complejas hasta convertirse en auténticos centros de culto con una funcionalidad más diversificada. Habitualmente se localizan en pequeños promontorios desde donde controlaban la ciudad a la que estaban vinculados, aunque existen ejemplos, como Cancho Roano, aislado en el paisaje, que ejercerían de hitos fronterizos donde las diferentes comunidades acudirían a realizar transacciones comerciales. Esto dota al santuario de un protagonismo como lugar neutral donde se garantizaría la equidad en las acciones comerciales que se llevarían a cabo en su entorno. Su mantenimiento debía proceder del diezmo que obtendrían por la intermediación en las transacciones comerciales, algo que podemos deducir al observar cómo los santuarios van ganando espacio o enriqueciéndose a medida que transcurre el tiempo, prueba de la rentabilidad que conseguirían. Por último, su control vendría refrendado por el poder político, pero no serían ajenos al estamento religioso, pues no debemos olvidar que la separación entre ambos, en el mundo oriental, es muy sutil.

Los santuarios tartésicos presentan unas similitudes arquitectónicas y simbólicas que facilitan su análisis funcional. En su planta cuadrangular se integran elementos como los altares circulares de adobe y, especialmente, los que ofrecen una forma de piel de toro extendida, habitualmente localizados en el centro de las estancias. En los laterales suelen localizarse bancos corridos, construidos también en adobe y en ocasiones decorados. Dichas construcciones tienden a presentar también un marcado hermetismo, por lo que el acceso se realiza a través de una única entrada que suele caracterizarse por la presencia de pavimentos de piedras foráneas o conchas, mientras que los suelos del interior suelen ser de arcilla roja apisonada. Por último, cabe destacar el hecho de que todas estas construcciones están orientadas a la salida del sol, característica que se ha puesto en relación con el culto a Baal.

Aunque el templo más conocido sea el de Melkart en Gadir, no podemos olvidar la aparición, en la ciudad de Huelva, de los restos de un posible santuario anterior incluso al de Cádiz si nos atenemos a los recientes hallazgos cerámicos que se han producido en el solar de la calle Méndez Núñez-Plaza de las Monjas; sin embargo, los restos son escasos y no nos permiten sacar conclusiones acerca de la estructura y entidad de la construcción, aunque sí debemos tener en cuenta, como ya hemos hecho alusión en otro apartado, que Huelva no parece que fuera colonizada, por lo que el santuario cobra una espacial importancia al suponer un ejemplo claro de la convivencia de ambos cultos desde fechas muy tempranas.

Especial interés despiertan dos sitios indígenas localizados fuera del núcleo de Tarteso pero coetáneos a la fase de colonización fenicia e influidos por ella. El primero de esos sitios es el castro de Ratinhos (Moura, Portugal), junto a la margen izquierda del río Guadiana. Se trata de un asentamiento del Bronce Final caracterizado por la existencia de cabañas de planta oval, donde hacia finales del siglo VIII a.C. se construyó un edificio cuadrangular de planta y técnicas mediterráneas que certifica la temprana influencia de los fenicios en el interior peninsular. El segundo de los edificios es Alcorrín (Manilva, Málaga), el cual, al igual que Ratinhos, está rodeado por una potente muralla y un foso, ubicado sobre un promontorio muy próximo a la costa mediterránea, cuya fundación parece coincidir con la llegada de los fenicios a la península Ibérica en el siglo IX a.C. Actualmente conocemos dos edificios, A y B, de clara raigambre mediterránea, como así lo deja intuir la aparición de conchas marinas adheridas con barro al suelo del porche del edificio, a modo de temenos y con una misión apotropaica bien conocida en otros santuarios del mediterráneo que lo ponen en relación directa con otras construcciones cultuales de Tarteso como son El Carambolo o Castro Marim, este último junto a la desembocadura del Guadiana.

El santuario tartésico mejor conocido es El Carambolo, localizado en un promontorio junto a la ciudad de Sevilla, la Spal fenicia. Es, sin duda, el símbolo de la arqueología tartésica desde que fuera descubierto su tesoro e interpretados sus restos constructivos, a finales de los años cincuenta del pasado siglo, como parte de una poblado tartésico de cabañas circulares, hallazgo que hizo hundir las raíces de Tarteso en la Prehistoria peninsular. La revisión de las excavaciones más antiguas y el desarrollo de nuevos trabajos a principios de siglo, han permitido esclarecer que los restos documentado en el Cerro de El Carambolo se corresponden con una serie de santuarios superpuestos dedicados al culto a Baal y Astarté, una diosa que además aparece representada en la pequeña estatua de bronce hallada, al parecer, en las proximidades del santuario. Por su localización, en un promontorio sobre la antigua desembocadura del Guadalquivir que le permitiría tener un control sobre el comercio marítimo y fluvial de la zona, tendría un carácter extraurbano. En cuanto a su cronología, la construcción del santuario original, sin duda fenicio, vendría a coincidir con la fecha que se atribuye a la colonización fenicia del valle del Guadalquivir, en torno a los años finales del siglo IX; sin embargo, el santuario que mejor se conoce es el denominado ‘C’, perteneciente a la fase III del yacimiento y fechado en el siglo VII a.C., en pleno desarrollo de Tarteso. El santuario se estructura en torno a un gran patio descubierto alrededor del cual se organizan una serie de estancias y dos habitáculos paralelos a modo de capillas dotados de bancos corridos en su interior decorados con pintura blanca y roja. En el centro de ambas estancias se construyeron sendos altares de adobe, uno circular consagrado a Astarté y otro en forma de piel de toro extendida en alusión a Baal, siendo este último una de las expresiones más significativas de los santuarios tartésicos, pues se han documentado numerosos ejemplos en todo el territorio de Tarteso, caso de los santuarios de Caura, Cancho Roano o Neves, al mismo tiempo que se conoce su perduración en la Cultura ibérica, igualmente asociados a lugares de culto o de carácter funerario (fig. 30).


Fig. 30. Santuarios de El Carambolo (según Fernández Flores y Rodríguez Azogue, 2010).

El santuario de El Carambolo debió ejercer una fuerte influencia sobre las primeras construcciones tartésicas, pues el primer edificio presenta una planta puramente mediterránea que pasa a convertirse en un complejo arquitectónico de cierta originalidad en el que se asimilan los nuevos rasgos de Tarteso, lo que inspiraría la construcción de otros santuarios dispersos por todo el sudoeste peninsular. Esta influencia oriental detectada en el edificio original se rastrea a partir de la aparición de objetos de raíz genuinamente mediterránea dentro del santuario, como los huevos de avestruz decorados, los escarabeos egipcios, los vasos rituales o de ofrendas, etc. A estos hallazgos se suman la aparición de exvotos, uno de ellos en forma de barco fenicio que marca la importancia de este enclave con el comercio marítimo y la protección de los navegantes, así como el hallazgo de gran cantidad de huesos de animales que nos remiten a los sacrificios que se debieron de llevar a cabo en su interior, un ritual repetido en otros edificios similares como Montemolín o Cancho Roano.

El primer santuario tartésico excavado en su totalidad y, sin duda, el mejor conocido hasta la fecha, es el de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz). Inserto en el valle medio del Guadiana, alejado de las principales vías de comunicación de la época, así como de yacimientos coetáneos levantados en las orillas de este río, constituye un caso excepcional de estudio, tanto por su localización como por su estado de conservación. Se ubica en una vaguada junto a un pequeño arroyo de aguas permanentes inmerso en un bosque de encinas que le permite permanecer camuflado en el paisaje. Durante las excavaciones se documentaron tres edificios, el primero de ellos, de clara inspiración fenicia, aunque ya construido en plena época tartésica, hacia finales del siglo VII o inicios del VI a.C. Su importancia radica en que gracias a su estado de conservación podemos reconstruir los diversos momentos de su existencia, conocer sus diferentes fases constructivas y la técnica mediante la cual fue edificado.

Arquitectónicamente, Cancho Roano es un edificio de planta cuadrangular construido a partir de cimientos de piedra sobre los que se levantan alzados de abobe. Su estructura interna se ordena en torno a un patio enlosado con lajas de pizarra, herencia de los santuarios del Guadalquivir, en torno al cual se organizan el resto de estancias. La habitación principal de los tres santuarios, H-7, funciona como un adyton y se corresponde con un espacio amplio de similares dimensiones que se respeta en las tres construcciones documentadas, en cuyo centro y en el mismo eje vertical se levantaron sendos altares de adobe. El altar del edificio más antiguo, Cancho Roano ‘C’, es circular y está rematado por un triángulo en cuyo centro se localizó un vaso cerámico donde se verterían los líquidos de los sacrificios, una forma que recuerda al Schen egipcio; el del segundo santuario, o Cancho Roano ‘B’, tiene forma de piel de toro extendida y sobre su plataforma se llevaron a cabo rituales de incineración; por último, el altar del último edificio, o Cancho Roano ‘A’, consistía en un gran pilar cuadrangular de abobe enlucido de blanco cuyo remate superior se ha perdido, pero que seguramente se prolongaría hacia un piso superior también desaparecido. Los tres edificios están orientados al este y disponen de una sola entrada flanqueada por dos torres. El santuario se encuentra rodeado por un foso, al menos en los edificios ‘A’ y ‘B’, que aprovecha la vena de agua para alimentarse, la misma que surte a los dos profundos pozos, uno localizado en el centro del patio interior y otro al exterior, en uno de los extremos del foso. Entre el edificio principal y el foso se construyeron una serie de estancias perimetrales, a modo de «capillas», en las que se documentaron interesantes conjuntos de ofrendas junto a los restos de huesos de animales procedentes de los distintos rituales de sacrificio. Junto al material de las estancias perimetrales, en el interior del edificio principal se documentaron interesantes conjuntos de materiales suntuosos y otros relacionados con el culto, entre los que destaca la gran cantidad de cerámica griega o los objetos de origen itálico que demuestran la capacidad comercial del enclave (fig. 31).


Fig. 31. Santuarios de Cancho Roano (según Celestino, 2001).

Quizá uno de los datos más interesantes aportados por Cancho Roano es el de su destrucción intencionada a partir de un ritual en el que debieron participar las comunidades de su entorno. En la ceremonia se sacrificaron unos sesenta animales, principalmente ovejas, vacas y cerdos, cuyos restos fueron arrojados al foso con la cerámica utilizada para su ingesta; aunque lo que llama poderosamente la atención es el sacrificio de dieciséis équidos cuyas cabezas fueron cortadas y depositadas en un extremo del foso. Tras los rituales y la deposición de las ofrendas, el ritual finalizó con la destrucción e incendio del santuario, posteriormente tapado con una gruesa capa de tierra que ha permitido su excepcional conservación hasta nuestros días.

Cancho Roano fue clasificado por su primer excavador, Maluquer de Motes, como un palacio-santuario, denominación en la que se aunaba tanto la monumentalidad del edificio como su marcado carácter sacro. Al ser el primer edificio excavado de esta naturaleza, se buscó su origen por todo el Mediterráneo, de tal modo que mientras para algunos derivaba de los hilani de la región sirio-palestina, para otros mostraba mayores analogías con los enclaves comerciales griegos o los santuarios etruscos. Sin embargo, el hallazgo de nuevos edificios en el valle del Guadalquivir, caso de Coria del Río, El Carambolo o el ejemplo de Abul en la costa atlántica de Portugal, demostraron que su construcción y funcionalidad derivaba de estos santuarios tartésicos, centros con un importante papel dentro del sistema comercial cuya arquitectura, en origen, es marcadamente mediterránea.

No existen ya dudas para especular acerca de la funcionalidad de Cancho Roano, al que se le ha otorgado un papel sacro como así lo dejan entrever la aparición de una sucesión de tres altares en la estancia principal del edificio, diferentes materiales relacionados con las actividades cultuales o la abundante presencia de huesos de animales procedentes de los sacrificios. El sitio sirvió de centro de intercambio comercial en un terreno neutral alejado de los grandes centros de poder, aislado en un paisaje de dehesa que le hace pasar completamente desapercibido. De ese modo, las hipótesis que defienden su función palacial apenas se sostienen, pues ni ha sido construido en un núcleo urbano, ni cubre un amplio abanico de servicios ni se conocen ejemplos en los que los bienes de un palacio que iba a ser destruido hayan sido protegidos y ocultados con tal intencionalidad, un acto que sólo puede ir vinculado a un fuerte componente religioso.

En definitiva, la construcción de los primeros santuarios fenicios en los enclaves coloniales del sur peninsular, cuya finalidad era dar seguridad y ofrecer un lugar de intercambio comercial para los indígenas, abrió paso a la adaptación de estas construcciones al modelo tartésico, momento en el que el santuario ganará una importancia y un protagonismo muy relevante como integrador de ambas sociedades, así como intermediario en las relaciones entre fenicios e indígenas dentro de las transacciones comerciales, una importancia que paulatinamente se irá extendiendo hasta conseguir un papel preponderante y estratégico en el control del territorio colonizado. Así, el santuario se convierte en un elemento fundamental para conocer la formación y el sincretismo de Tarteso, al erigirse como objeto integrador de culturas.

La crisis del siglo VI a.C. y la configuración de una nueva realidad territorial para Tarteso

El esplendor de la cultura tartésica llega a su fin hacia finales del siglo VI a.C. Son varias las causas que se atribuyen a este proceso de transformación que dará como resultado el surgimiento de la cultura turdetana en el conocido como núcleo de Tarteso, al coincidir este episodio con acontecimientos de carácter internacional que condicionarían principalmente la economía de Tarteso y, con ello, su evolución cultural. Su final se ha establecido tradicionalmente en el año 535 a.C., coincidiendo con el final de la batalla de Alalia, momento en el que Tarteso desaparece de las fuentes escritas, apareciendo sólo de forma indirecta en algunos textos latinos. Otras de las causas aducidas para justificar su crisis es la que se refiere al cambio de estrategia económica y al exceso de mano de obra que se debió producir en todos los sectores económicos, principalmente en la agricultura y la minería, lo que explicaría el inicio y desarrollo de este proceso que culminaría con el traslado de la población de Tarteso hacia las regiones del interior, principalmente al valle medio del Guadiana, en busca de un lugar más estable y con ricos recursos para explotar. Así, se pasaría de una etapa de esplendor cultural en el núcleo de Tarteso a una fase de decadencia que es perceptible en el registro arqueológico, lo que recuerda al vacío de información que caracteriza al Bronce Final del sudoeste peninsular; no obstante, y aunque es evidente la crisis aguda del sistema que sufrió la zona a partir del siglo VI, tampoco podemos olvidar que en este territorio ocupado en su momento por el núcleo de Tarteso surgió la cultura turdetana, de la que se ocupan en otro capítulo de este volumen.

Tarteso parece ser una civilización truncada, pues su desarrollo no resulta equiparable a otras regiones del Mediterráneo que despuntan en estos momentos; el dominio cartaginés, la inestabilidad política de la cuenca mediterránea y el cambio de estrategia geopolítica, así como la posibilidad de que se produjese una catástrofe natural, frustraron su definitivo desarrollo. Por todo ello, podemos decir que la cultura tartésica se estancó en su periodo Arcaico, a punto de alcanzar su periodo clásico, un momento de gran desarrollo cultural que, sin embargo, sí está presente en otras culturas del Mediterráneo como la griega o la etrusca.

Pero la crisis de Tarteso no sólo trajo aparejado el inicio de una etapa de decadencia en su territorio nuclear, sino que al mismo tiempo asistimos al surgimiento de una nueva realidad territorial, independiente de Tarteso, caracterizada por la construcción de grandes edificios que posteriormente quedan ocultos bajo un túmulo de tierra artificial desde los que se ejercería un importante control de las amplias zonas agrícolas que los rodeaban. Este nuevo modelo territorial supondrá la etapa de mayor desarrollo socioeconómico del valle medio del Guadiana, considerado una «periferia» de Tarteso, heredero de las manifestaciones culturales de este, pero de marcada personalidad, pues nos enfrentamos al estudio de un mismo fenómeno dentro de dos regiones completamente distintas, con un sustrato y unas raíces indígenas que plantean amplias diferencias.

La absorción del excedente de población tartésica incidió positivamente en la extensión de las áreas de explotación agrícola, lo que a su vez quedará reflejado en la aparición de nuevos enclaves tanto en el valle del Tajo como en del Guadiana, donde el nuevo modelo de ocupación territorial nos es mejor conocido. Así, el Guadiana actuará de puente o nexo de unión con los yacimientos localizados en la cuenca del Tajo, aunque la orientación económica de ambos territorios será muy distinta, pues mientras el Guadiana centra sus intereses en las explotaciones agrícolas, el Tajo mantuvo una economía basada en la ganadería y la minería con poblados en altura desde los que ejercer un excelente control territorial. Así mismo, estas regiones del interior debieron mantener la estructura social de épocas anteriores a pesar de los avances económicos, como así ha quedado evidenciado en algunas zonas del valle del Guadiana, donde el sistema de ocupación del Bronce Final se vuelve a reproducir sin que se detecten grandes variaciones en la transición entre ambos periodos. Ello nos lleva a plantear la existencia de un modelo social lo suficientemente consolidado como para mantener los mecanismos de control e intercambio con el núcleo de Tarteso sin alterar la esencia cultural, deudora del Bronce Final atlántico.

De ese modo, a partir del siglo VI a.C. comienza a detectarse en las tierras del interior un cambio radical de estrategia que se inicia con la ocupación de las áreas agrícolas próximas a los valles fluviales en detrimento de las regiones de pastos anteriormente ocupadas. En este marco, se asiste a la fundación de nuevos enclaves localizados en altura, caso del Cerro del Tamborrio (Villanueva de la Serena, Badajoz), recientemente excavado, cuya localización geográfica en la confluencia entre los ríos Guadiana y Zújar le confiere una ubicación inmejorable desde la que controlar tanto el paso de ambos cursos fluviales como las extensas tierras de vega que lo rodean. Se trata de un poblado amurallado, de unas 5 hectáreas de extensión aproximadamente, dotado de una acrópolis que certifica su importancia territorial y cuya fundación se fecha entre finales del siglo VII e inicios del VI a.C. Su estratigrafía ha dejado entrever la existencia de un primer momento de abandono marcado por un nivel de incendio a finales del siglo V o principios del siglo IV a.C. que viene a coincidir con el ocultamiento de los conocidos como edificios tartésicos ocultos bajo túmulo. Tras su abandono y destrucción se detecta un momento de ocupación durante la Segunda Edad del Hierro (o Hierro II) hasta su paulatino abandono, sin niveles traumáticos, a finales del siglo III a.C.

Tradicionalmente, ha sido Medellín la que ha encabezado el modelo de ocupación de todo este territorio, convirtiéndose así en un referente para el estudio de la colonización tartésica del Guadiana a partir del siglo VII a.C. Este modelo contempla la existencia de un proceso de colonización que, iniciado en el valle del Guadalquivir, culminaría con el control del valle medio del Guadiana y la costa atlántica de Portugal por parte de la población tartésica, una hipótesis que se vería refrendada por la aparición de topónimos acabados en -ipo o por la distribución de las urnas tipo Cruz del Negro en las necrópolis de sendos territorios. Sin embargo, hoy en día resulta muy complicado sostener la existencia de dicho proceso colonial, del mismo modo que muy difícil considerar a Medellín como el centro o capital de este territorio, equiparándolo a los grandes núcleos que existieron en el foco de Tarteso, y menos aún identificarla con la Conisturgis de las fuentes clásicas, seguramente ubicada en el sur de Portugal. A día de hoy, no disponemos de evidencias constructivas en el denominado cerro del Castillo de Medellín, donde tradicionalmente se ha querido ubicar un oppidum de la Primera Edad del Hierro que, a pesar de las intensas excavaciones realizadas en el cerro incluso en la actualidad, no ha sido posible documentar; por lo tanto, la elección de Medellín como lugar central de Tarteso en el interior deriva más bien de su asociación con la famosa necrópolis junto al Guadiana, así como por tratarse de una pequeña elevación situada junto a un vado del río.

A este mismo grupo de enclaves tartésicos del interior junto al Guadiana se han sumado otros sitios como la Alcazaba de Badajoz, Dipo (Guadajira, Badajoz) o Lacimurgi (Navalvillar de Pela, Badajoz), considerados todos ellos puntos estratégicos de primer orden al estar localizados en una elevación junto a uno de los vados del Guadiana, ubicación desde la que podrían ejercer un efectivo control de un extenso territorio en el que se han localizado diversos asentamientos agrícolas, caso del Palomar (Olivar de Mérida, Badajoz) o Cerro Manzanillo (Villar de Rena, Badajoz), este último de menor entidad. Pero lamentablemente, las evidencias de trazado urbano en estos presuntos asentamientos en alto son escasas e incluso inexistentes, lo que impide caracterizarlos como modelos de poblamiento en época tartésica. Por lo tanto, tan solo contamos con el yacimiento de Tamborrío como ejemplo de asentamiento en alto, muy cerca de la necrópolis de Medellín, y con potentes murallas, la más antigua fechada en el siglo VII a.C.

Pero si por algo destaca este nuevo modelo de ocupación territorial es por la aparición de una serie de edificios que jalonan el paso del río Guadiana y algunos de sus principales afluentes. Se trata de grandes construcciones, normalmente aisladas en el paisaje, encargadas de controlar las tierras agrícolamente más ricas, rodeadas de pequeñas aldeas o granjas que se encargarían de la explotación de las mismas. Esta nueva etapa debió estar protagonizada por gentes procedentes del núcleo de Tarteso a partir, sobre todo, de la crisis que afectó a su núcleo geográfico; es decir, a partir del siglo VI a.C. Pero aunque el modelo importado está claramente inspirado en la cultura tartésica, también es cierto que presenta una serie de particularismos propios de las regiones del interior que prevalecerá hasta los inicios del siglo IV a.C., momento en el que se fecha su decadencia y la inauguración de una nueva etapa liderada por los castros localizados en altura que predominarán en este territorio hasta la conquista romana.

Los «túmulos tartésicos del Guadiana» son grandes edificios aislados en el paisaje y ocultados intencionadamente bajo tierra tras su destrucción, por lo que hoy se nos presentan como pequeñas elevaciones que despuntan en un paisaje completamente llano como resultado de la adaptación de este territorio a las actividades de regadío en los años cincuenta del pasado siglo. Los diferentes trabajos de prospección desarrollados a lo largo del cauce medio del Guadiana han permitido clasificar casi una veintena de estos túmulos, aunque sólo dos de ellos, Cancho Roano y la Mata, han sido excavados en su totalidad y de forma sistemática, lo que permite contar con dos excepcionales ejemplos para el estudio y caracterización de este fenómeno (fig. 32). A ellos se suman las excavaciones que desde el año 2008 se desarrollan en el Cerro Borreguero (Zalamea de la Serena, Badajoz), donde se ha localizado una gran cabaña de forma circular fechada en el siglo X a.C. sobre la que se organizaron dos edificios sucesivos de planta cuadrangular de los inicios de la Edad del Hierro. Cerro Borreguero fue abandonado hacia principios del siglo VI, considerándose así como el antecedente de Cancho Roano, a tan sólo 3 kilómetros de distancia y cuyo primer santuario fue construido precisamente en esas fechas, lo que lo convierte en un ejemplo excepcional para conocer el proceso evolutivo de las construcciones del Bronce Final hasta la adopción del patrón cuadrangular desarrollado en Tarteso. Por último, actualmente se están llevando a cabo trabajos arqueológicos en otro de estos túmulos, «Casas del Turuñuelo» (Guareña, Badajoz), cuyo tamaño y estado de conservación supera con creces al resto de los ejemplos hasta ahora conocidos y tiene perspectivas de convertirse en un yacimiento fundamental para entender la funcionalidad de estos edificios.


Fig. 32. Localización de los poblamientos tartésicos del valle medio del Guadiana.

El carácter hermético de estos edificios, el haber quedado protegidos de las inclemencias del tiempo y del saqueo de épocas posteriores gracias a su cobertura de tierra, ha permitido que lleguen hasta nosotros en un excelente estado de conservación, lo que los convierte en un excepcional ejemplo para el estudio de la arquitectura y la sociedad tartésica. Se trata de grandes construcciones de marcada influencia oriental, como así nos transmiten sus plantas cuadrangulares y su orientación hacía la salida del sol naciente. A medida que vamos alcanzando un mayor conocimiento de estas grandes construcciones de adobe, nos vamos dando cuenta de la diversidad de su funcionalidad, así como de su contemporaneidad.

Estos edificios han sido también definidos como «complejos monumentales», definición que puede distorsionar su verdadera función y estructura, pues un complejo hace alusión a la existencia de un conjunto de edificios o instalaciones destinadas a la realización de una actividad común; sin embargo, las construcciones conocidas hasta la fecha muestran la existencia de un único edificio, conformado por distintos ambientes, pero dentro de una estructura arquitectónica única, perfectamente delimitada y homogénea; hasta el punto de que en las inmediaciones de estas construcciones no se han detectado la existencia de otros edificios auxiliares que nos permitan hablar de complejos constructivos. También se los ha definido últimamente como «palacios-fortines», una definición de marcado carácter funcional que no refleja la realidad que estos edificios representan, pues ni todos hacen gala de un marcado carácter político como residencia de un personaje aristócrata, ni su estructura es la propia de un edificio eminentemente defensivo; tan sólo se conoce la muralla de Cancho Roano, donde no olvidemos que únicamente se construyó su lienzo oriental flanqueado por bastiones de claro carácter simbólico, nunca defensivo. Así, para la caracterización social de este nuevo territorio de Tarteso, y en función de la información que disponemos actualmente, podemos considerar estos edificios como residencias de personajes encargados del control de un espacio agrícola concreto, desde donde se comercializarían una serie de productos de forma directa. Esta novedosa estrategia de poblamiento no impide la existencia de un gran centro que actuaría como garante y protector de estos edificios, en caso de necesidad, pero parece que la base sobre la que se cimentaría este nuevo sistema radicaría en un orden comunitario que velaría por el buen funcionamiento de las transacciones comerciales a través de una red de intercambios protagonizada por estos grandes edificios.

La fuerte tradición cultural que presentan las regiones del interior muy vinculadas al comercio y los intercambios con el Atlántico es la que le aporta a esta región una fuerte personalidad, siendo también la responsable del sistema socioeconómico que impera en este territorio tras la crisis de Tarteso, donde los grandes edificios bajo túmulo representan su principal peculiaridad. No obstante, todavía queda mucho por conocer de estas grandes construcciones que dominan las fértiles tierras de cultivo de la vega del Guadiana, cimentadas, en buena medida, sobre un sustrato indígena cuyas raíces deben hundirse en las jefaturas de aquellos guerreros representados en las estelas, que cambiaron el modelo de explotación del territorio de la ganadería a la agricultura extensiva.

En definitiva, entre los siglos VI y V a.C. se creará en el entorno del Guadiana Medio un auténtico paisaje cultural caracterizado por la explotación de la tierra y el control de las vías de comunicación que daban paso al Tajo y a la Meseta. Ese paisaje estará definido por un sustrato cultural de raíz genuinamente tartésica que, sin embargo, gozará de una fuerte personalidad que hace que el Guadiana deba ser estudiado de manera independiente a pesar de los fuertes lazos que le unen a Tarteso.

Conclusión

En conclusión, hoy en día podemos estudiar Tarteso desde un punto de vista geográfico, filológico o arqueológico, ambivalencia que, en ocasiones, ha llevado a la construcción de una imagen difusa de esta cultura. Así, desde el punto de vista geográfico, Tarteso se ha considerado una región rica en metales conocida a través de las fuentes griegas; mientras que desde el punto de vista filológico nos resulta desconocido el origen del término, aunque es posible que ya sus habitantes se autodenominaran con un vocablo semejante con anterioridad a la llegada de la colonización.

Sin embargo, es desde el punto de vista arqueológico desde el que podemos abordar mejor su definición. Se podría considerar Tarteso como el resultado de la hibridación entre la población indígena y las gentes llegadas del Mediterráneo insertas en el marco de la colonización, donde destaca el sustrato fenicio. Aunque parezca una formación cultural cerrada, la dificultad que entraña conocer qué es realmente Tarteso deriva de la variedad cultural indígena. El sustrato cultural de las sociedades locales del Bronce Final difiere en cada una de las regiones geográficas que conforman el sudoeste peninsular, territorio donde se produce el desarrollo de Tarteso; y de ahí derivan precisamente las marcadas diferencias que existen entre los principales valles fluviales por donde se asienta su cultura –el Guadalquivir, el Guadiana y el Tajo–, por lo que debemos abordar su estudio atendiendo a la personalidad de cada región.

A la dificultad para comprender Tarteso se suman las diferentes definiciones que ha recibido a lo largo de décadas de investigación. Si en origen Tarteso fue imaginada sólo como una ciudad, a partir de mediados del siglo XX se consideraba como una cultura indígena dominante en el sudoeste peninsular cuando llegaron los colonizadores fenicios, cultura a la que se la dotó de un repertorio material que pudiera representarla, cerámicas, metales y yacimientos que, durante décadas hemos malinterpretado culturalmente. Los últimos avances en la arqueología de campo, ya sea la relectura del yacimiento de El Carambolo, punto de partida de aquel Tarteso indígena, o, especialmente, los nuevos estudios del territorio, han permitido avanzar sensiblemente en el conocimiento sobre la formación y desarrollo de esta cultura que, obviamente, ya no podemos comprender sin atender tanto a los factores indígenas como a los que enraizaron en el sur peninsular como consecuencia de las colonizaciones mediterráneas.

LAS COMUNIDADES PÚNICAS DE IBERIA

Eduardo Ferrer Albelda

Introducción: un acercamiento historiográfico al tema

Durante mucho tiempo, y prácticamente hasta los años ochenta del siglo XX, la historia de las comunidades púnicas de Iberia ha sido escrita, paradójicamente, con el bagaje histórico de otra ciudad de origen fenicio aunque ubicada en el norte de África: Cartago. Las razones no por obvias merecen ser señaladas: durante siglos las fuentes de información han sido únicamente los testimonios escritos griegos y latinos, que vinculaban estas poblaciones, directa o indirectamente, con Cartago, como seguidamente veremos; y tan sólo en los últimos cien años, el registro arqueológico se ha integrado en el discurso histórico, aunque habitualmente con un papel subsidiario.

A su vez, la historia de Cartago se ha ido construyendo sobre los relatos supervivientes del naufragio de la literatura grecolatina durante la Antigüedad Tardía y la Edad Media. Era una imagen creada desde una óptica no vernácula, de testigos ajenos étnica y culturalmente a la civilización fenicia, lo cual no significa que el estereotipo creado fuera necesariamente negativo y que el tono fuera siempre tendencioso, pues disponemos de testimonios de una valoración positiva, precisamente de algunos contemporáneos a la existencia de Cartago, como Aristóteles (Pol. II 11, 1272b-1273a), admirador de la constitución cartaginesa como ejemplo de equilibrio, comparable a la espartana y a la cretense.

Sin embargo, una vez destruida la ciudad (146 a.C.), ciertos autores griegos y latinos como Polibio, Diodoro de Sicilia, Tito Livio o Apiano, contribuyeron a ofrecer una imagen muy negativa de Cartago como estado bárbaro, enemigo de la civilización, enfrentado en diversas ocasiones a Grecia, sobre todo en Sicilia, donde la propaganda siracusana había ejercido un papel decisivo, y contra Roma, autoproclamada defensora de la civilización, heredera de la cultura griega y enemiga la barbarie. Ya en el siglo V a.C. se había establecido como no casual la coincidencia en el tiempo entre la batalla de Hímera, en Sicilia, y las guerras médicas (480 a.C.), un eslabón más de este enfrentamiento entre el orden y el caos, en una secuencia que se remontaría a la legendaria Guerra de Troya. Desde el siglo III a.C. este secular combate incumbiría a Roma, enfrentada a celtas, itálicos y cartagineses, forjándose una cadena artificial de episodios en esta sempiterna pugna entre civilización y barbarie.

La cosecha de esta literatura antipúnica dio como frutos la creación de una serie de tópicos culturales, étnicos e incluso raciales, que han perdurado hasta nuestros días: raza de comerciantes oportunistas, dedicados a la rapiña y a la piratería, impíos, crueles, sanguinarios. En la Antigüedad Tardía, como se aprecia en la obra de Paulo Orosio, se canonizó esta visión, posteriormente heredada por los autores medievales y modernos. No obstante, esta percepción general está llena de matices, y no todos compartieron la misma visión, ni todos los cartagineses gozaron de tan mala reputación, pues el genio militar de los generales de la familia Barca los exoneró de una consideración tan nefasta.

La figura de Aníbal ocupa un lugar singular y ambivalente en esta galería ya que siempre ha sido considerado uno de los grandes personajes de la historia universal. Por ejemplo, si nos remontamos a la Edad Media, Dante Alighieri (1265-1321) mencionó a Aníbal en los cantos del Infierno y el Paraíso, como antagonista de Roma, y en ninguno de los dos brilló el general cartaginés por sus virtudes. En la Divina Comedia, Dante curiosamente identifica a los cartagineses con los árabes, en alusión directa al enfrentamiento contemporáneo entre cristianos y musulmanes. Por su parte, Petrarca (1304-1374) legó una imagen distante, pasiva, de un Aníbal engañado y abandonado por la fortuna, frente a la existencia virtuosa de Escipión. El enfrentamiento entre la virtud de Escipión y la incapacidad de Aníbal será un tema recurrente, como modelo de príncipes y escuela de comportamiento, sobre todo en el Renacimiento. Maquiavelo (1469-1527), sin embargo, alabó a Aníbal como el mejor ejemplo del equilibrio entre temor, respeto y fidelidad; de él admiraba especialmente su capacidad de mantener un enorme y heterogéneo ejército unido fuera de su tierra durante un largo tiempo. Casi coetáneamente, el emperador Carlos V, conquistador de Túnez, asumiría el papel de Escipión, y se proclamaría Carolus Africanus, en clara alusión al general romano.

La España cartaginesa

La historiografía medieval española no fue ajena a esta tendencia, y aunque no prestó excesiva atención al tema cartaginés por no ser adecuado a las aspiraciones políticas y a las tendencias ideológicas de las monarquías hispánicas, sí generó un modelo secuencial que ha perdurado con pocas matizaciones hasta el siglo XX. Concretamente Alfonso X, en la Primera Crónica General, redactó una «Estoria del sennorio que los de Affrica quieron con Espanna», que comenzaba con la ayuda prestada por Cartago a Cádiz, acosada por la envidia de sus vecinos, según constaba en el epítome de Justino a la obra de Pompeyo Trogo (XLIV 5, 1-4). Las pautas y argumentos propuestos en esta obra prosperaron en la literatura histórica española posterior, y se pueden sintetizar en la adopción del modelo cronístico como estructura del relato, en la percepción negativa de la actuación cartaginesa y en el carácter apologético de las virtudes de los «españoles».

A grandes rasgos, la historiografía española de los siglos XVI y XVII, con autores como Francisco de Ocampo, Ambrosio de Morales, Esteban de Garibay o Juan de Mariana, valoró la dominación cartaginesa de forma muy negativa, como antes lo había sido la fenicia. El papel de potencia conquistadora y explotadora de los recursos hispanos, la crueldad de los sacrificios infantiles o la impiedad fueron los rasgos destacados frente a la bondad y simplicidad de los naturales. Ello no impidió que en ocasiones fueran elogiadas las expediciones oceánicas y la actuación de los militares cartagineses. La relación españoles-cartagineses fue a menudo ambigua, entre el desprecio por la dominación y explotación de un pueblo cruel y feroz, y la admiración por las hazañas militares de sus generales, la potencia de sus ejércitos y las aplaudidas alianzas con los naturales. Incluso se españolizó a la familia Barca, haciéndola descendiente de una noble española y de Saruco, originario de la ciudad norteafricana de Barce, y atribuyeron a Aníbal un origen español por su supuesto nacimiento en Tricada, isla del archipiélago balear (Conejera).

Una constante en estos relatos es que fenicios y púnicos, a pesar de colonizar parte de la península Ibérica desde la fundación de Cádiz a fines del II milenio a.C., eran considerados ajenos al componente racial español, representado por íberos y celtas, por lo que su contribución a la configuración de la cultura española fue mínima. Por otro lado, la necesidad de rellenar los vacíos de tiempo originados por la labilidad de los testimonios literarios, y la adaptación al género cronístico, obligaron a recurrir a fuentes apócrifas para estructurar el pasado de España. El ingenio y la imaginación de los falsarios, como Annio de Viterbo (1432-1502), pusieron en el gobierno de Andalucía y Baleares a personajes reales, aunque protagonistas de las guerras de Sicilia (Hanón, Magón, Aníbal), y a otros ficticios, como Boodes o Baucio Capeto.

En esta visión negativa y ambivalente de los cartagineses, hay un paréntesis muy interesante en la producción historiográfica hispana del siglo XVIII que supone una transformación radical del juicio histórico sobre la aportación cartaginesa a la cultura española. Las obras de los RR. PP. Rodríguez Mohedano y del jesuita Masdeu, con precedentes a fines del siglo XVII en Bernardo de Alderete, Nicolás Antonio o Gaspar Ibáñez de Segovia, consiguieron limpiar la historia de España de fábulas e historias falsas, y también eliminaron los prejuicios que lastraban la civilización púnica, juzgando tendencioso el retrato que hicieron de esta los historiadores romanos. Los ilustrados españoles alabaron las altas cotas de desarrollo científico y cultural de los púnicos, una valoración positiva que hizo reconocer a los hermanos Rodríguez Mohedano que la cultura cartaginesa fue origen de la española.

Los hechos históricos que destacaban fueron los reclutamientos de tropas españolas para las guerras de Sicilia y el establecimiento de colonias cartaginesas en Iberia, ambos determinantes de la prosperidad de Cartago. En las historias deciochescas se abogó por la relación de reciprocidad en las relaciones hispano-cartaginesas: España integraba a los púnicos y los hacía españoles, participando de una cultura superior a cambio de riquezas y soldados, que son los que originaron a su vez el engrandecimiento de Cartago. Hubo una recepción consentida de ideas foráneas y un enriquecimiento cultural y material recíproco: si los Barca enseñaron el arte militar a los españoles, los cartagineses aprendieron de los gaditanos la pesca del atún. De todas formas, la elección del ingrediente fenicio-púnico como germen de la cultura española no era en absoluto una elucubración desinteresada, pues con ello se pretendía establecer rasgos diferenciadores entre España y otras naciones europeas que no habían experimentado la colonización fenicio-púnica, en concreto con Francia, virada hacia el helenismo en la búsqueda de su origen cultural por la fundación de Massalia, la hodierna Marsella, en su solar patrio.

Pero la versión ilustrada no fue aceptada, ni siquiera minoritariamente, por sus contemporáneos ni por la historiografía romántica. De los esfuerzos del criticismo y de la erudición dieciochesca sólo se preservó la eliminación definitiva de los falsos cronicones y los pasajes míticos, pero se dejó la puerta abierta nuevamente a la valoración negativa de los cartagineses, invasores ávidos de explotar las riquezas naturales de España, sin aportación digna de mención a la cultura española e implantadores de un régimen tiránico. Tan sólo la figura de Aníbal admitía, como antaño, comentarios positivos por su genio militar.

La tendencia al presentismo y el gusto por los paralelismos históricos originó que Cartago fuese comparada con Gran Bretaña por el dominio de los mares y por concentrar en torno a sí un imperio marítimo. Es un momento en el que la arqueología no clásica daba sus primeros pasos y comenzaba a generar información para la reconstrucción histórica, aunque durante mucho tiempo los documentos arqueológicos no gozaron de autonomía como fuente potencial de conocimiento y se adaptaron al guion dictado por los testimonios literarios grecolatinos, siguiendo los postulados de la arqueología filológica. A fines del siglo XIX y principios del XX, las excavaciones en las necrópolis de Cádiz, Villaricos y Puig des Molins, a pesar de los miles de tumbas excavadas y de su potencialidad como fuentes de información, no modificaron esta sinopsis, todo lo más se convirtieron en un complemento etnográfico para ilustrar este discurso histórico sempiterno.

Destacan en este periodo J. R. Mélida y A. Vives y Escudero, el primero de ellos autor de un manual titulado Arqueología española en el que, siguiendo las pautas del historicismo cultural, hizo una primera síntesis de la cultura material púnica y propuso una periodización y una terminología que han perdurado hasta fechas recientes sin apenas modificaciones. Mélida distinguía dos fases en la colonización, una fenicia y otra cartaginesa, y de acuerdo a esto, realizó un interesante ensayo de clasificación de necrópolis fenicias (Cádiz, Carmona, Marchena) y cementerios cartagineses (Villaricos, Puig des Molins).

El cierre de este periodo lo representa la figura del hispanista alemán A. Schulten, quien dejó una impronta indeleble en la historiografía española hasta los años ochenta del siglo XX. No se ocupó en particular de los púnicos de Iberia ni de Cartago, sino como meros oponentes de dos naciones civilizadas, Tarteso y Roma; pero la trascendencia de dos de sus publicaciones, el Tarteso y las Fontes Hispaniae Antiquae, merece un comentario algo más detenido. En el primer título, los cartagineses aparecen revestidos con los calificativos que ya eran tradicionales en la historiografía española: avaros, codiciosos, falsos, crueles, pero Schulten los convierte también en responsables de la destrucción del reino de Tarteso y de colonias griegas en Iberia como Mainake. Integra a Cartago, como a Tarteso, reino de origen tirseno, es decir, de raza aria, y a los griegos foceos, en una dinámica de enfrentamientos entre bloques antagónicos que, por un lado, entronca con la disyuntiva civilización-barbarie de la tradición historiográfica clásica y, por otro, conecta con su presente, con las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, en el que Gran Bretaña asumía el papel de la pérfida Cartago.

La trascendencia de las Fontes Hispaniae Antiquae es, si cabe, mayor por cuanto Schulten llevó a cabo la titánica tarea de reunir en una colección todos los textos griegos y latinos referidos a Iberia-Hispania en la Antigüedad, recopilación que ha sido consultada por las generaciones posteriores hasta la redacción reciente de los Testimonia Hispaniae Antiqua. La excelencia de la empresa editorial supuso en contrapartida una cierta esclavitud a la traducción, a la ordenación cronológica de los textos, a las atribuciones de las fuentes originales y, en definitiva, a la interpretación propuesta por Schulten.

Con este autor se cierra simbólicamente un ciclo plurisecular en la historiografía española que estuvo caracterizado, entre otros, por tres aspectos: 1) el recurso casi exclusivo a los textos clásicos –única fuente de autoridad– en la construcción histórica; 2) la creación de un modelo secuencial en el cual los cartagineses sustituirían a los fenicios en la explotación de los recursos hispanos, repoblando las antiguas colonias fenicias e integrándose en el imperio cartaginés. La documentación arqueológica nunca modificó ni contradijo estos planteamientos pues no se disponían aún de recursos metodológicos ni de capacidad crítica; tan sólo pudo ejercer de complemento etnográfico del discurso historicista; 3) la heterogénea herencia clásica se integraría en una concepción sempiterna de España, como estado prístino habitado por naturales ingenuos y desunidos, hecho que favorecería las cíclicas invasiones, de las que la fenicia y la cartaginesa constituyeron dos episodios más en una larga lista de ocupaciones hasta la unión providencial bajo la monarquía unificadora de los Reyes Católicos. Consecuentemente, ni unos ni otros formaron nunca parte del componente racial y cultural español, salvo para el paréntesis ilustrado. Así, en palabras de J. Guichot, autor de fines del siglo XIX, Cartago «fue más extranjera en España que otro alguno de los pueblos que han dominado la península…»; y 4) las aspiraciones imperiales de Alfonso X, la construcción de la Monarquía Hispánica y del Estado moderno, las disputas con otras naciones europeas, la invasión napoleónica o la creación del Estado nacional, eran los contextos que determinaban los guiones de la historia patria, más atenta al presente que a una construcción histórica verosímil del pasado, en la que fenicios y cartagineses cumplieron siempre un papel secundario.

Fenicios y púnicos en la península Ibérica

La obra de García y Bellido Fenicios y cartagineses en Occidente, publicada en 1942, supuso un giro significativo en el desarrollo de los estudios, no tanto por el cambio en el discurso histórico, aún sujeto a la rigidez de la lectura literal de los textos clásicos, sino por la autonomía concedida a la documentación arqueológica como fuente de datos económicos, religiosos, demográficos y artísticos. De hecho, realizó un primer y completo corpus de la cultura material fenicio-púnica de Iberia y de Ibiza, ordenando todos los hallazgos registrados hasta la fecha, con estudios innovadores sobre la economía púnica, en particular sobre las salazones de pescado. Liberada del espíritu posromántico de la tradición decimonónica española y de Schulten, la imagen de los cartagineses se deshizo de los prejuicios racistas y del esencialismo y, en cierta manera, se desideologizó. El éxito de esta versión fue considerable y se puede medir por la pervivencia del esquema hasta los años ochenta del siglo XX y su influencia en autores como A. Blanco, J. M. Blázquez y M. Bendala.

En esta década y en las sucesivas se ha alcanzado la madurez metodológica, tanto en el análisis crítico de los testimonios literarios como en el estudio e interpretación del registro arqueológico, y lógicamente los avances han sido notables en casi todos los campos. Por un lado, los textos grecolatinos se han «desacralizado» como fuentes de autoridad en el sentido de que no se atiende a su literalidad sin una adecuada exégesis. También se han abandonado casi definitivamente los planteamientos de la arqueología filológica que establecían una jerarquía en la calidad de las fuentes de conocimiento, en la que los datos arqueológicos tenían un papel subsidiario, como mera comprobación de lo que apuntaban los textos.

Por otro lado, el incremento de la actividad arqueológica como consecuencia de los cambios de legislación sobre patrimonio, del traspaso de las competencias a las administraciones autonómicas y, sobre todo, de la expansión urbanística en estas cuatro últimas décadas y de la profesionalización de la actividad arqueológica, han sido factores coadyuvantes en el desarrollo experimentado por la arqueología fenicio-púnica, no sólo cuantitativo sino, sobre todo, cualitativo. Los avances han sido muchos y los iremos desgranando a lo largo de estos capítulos, pero en este apartado introductorio apuntaremos sólo las líneas generales de esta nueva etapa en la investigación.

Como comentamos antes, el espíritu posromántico en la conceptualizacón de España y de los españoles como sujetos transhistóricos, preexistentes a la propia conformación política de la nación, dentro de una visión étnica –e incluso racial– profundamente esencialista, ha ido perdiendo terreno hasta desaparecer en favor de una noción geográfica –la península Ibérica– como solar donde interactuaron comunidades de diverso origen geográfico y cultural. Por tanto, la consideración de los fenicios como pueblos ajenos al «componente racial hispano» ya no tiene sentido, y, una vez asentados en Iberia, ya no tienen por qué ser considerados colonizadores sino «indígenas», aunque esta dicotomía sigue presente en el subconsciente colectivo. Las ciudades púnicas, pasados los siglos arcaicos de dependencia metropolitana, no eran colonias, ni de Tiro ni de Cartago, sino ciudades-estado independientes, como así fue advertido por los testigos griegos y romanos.

Por tanto, el protagonismo de Cartago ha ido cediendo espacio al de las comunidades púnicas de Iberia como sujetos de su propia historia, independientemente de que las relaciones con la ciudad norteafricana sigan siendo objeto de polémica y de continuas revisiones. Es más, de acuerdo con las tendencias posmodernas, uno de los temas que más atención ha acaparado recientemente es el de la conciencia étnica de estas poblaciones, de los mecanismos de autorreconocimiento como tales y de su huella en el registro literario y arqueológico, particular sobre el que volveremos más adelante.

Donde más se han hecho notar los avances en la investigación es en la sistematización del registro arqueológico, aunque hay desi­gualdades notables entre áreas geográficas y yacimientos concretos. Esfuerzos individuales y colectivos han permitido que en la actualidad conozcamos mucho mejor el desarrollo y la evolución de los principales centros, Ebusus, Gadir, Malaca, Carteia, Abdera, Baria y Cartagena, los tradicionales en la nómina de ciudades púnicas, pero quizá el fenómeno más llamativo ha sido la extensión geográfica del objeto de estudio a áreas que hace quince o veinte años no se integraban en los límites de la influencia o de la actuación púnica: la costa atlántica de la península, desde el litoral onubense hasta Galicia, y la orilla mediterránea hasta el golfo de León.

I. Algunas precisiones conceptuales sobre metodología, terminología y cronología

La consideración de la cultura fenicio-púnica como protohistórica no es del todo correcta por cuanto este concepto engloba a aquellas comunidades ágrafas descritas por testigos ajenos a ellas, o bien a poblaciones con escritura no descifrada aún; en uno y otro caso no dispondríamos de informaciones escritas vernáculas. Sin embargo, la escritura fenicia y sus formas evolucionadas (púnica y neopúnica) son perfectamente legibles, aunque los testimonios, sobre todo los epigráficos, aun siendo abundantes, aportan una información muy limitada. Es conocida, además, la pérdida irrecuperable de fuentes escritas fenicias conservadas en bibliotecas y archivos, o transmitidas por autores de origen fenicio o griegos al servicio de Cartago, como Filino de Agrigento (Polibio I, 14), narrador de los acontecimientos de la Primera Guerra Púnica, Sileno de Calacte, autor de una historia de Cartago (Cicerón, Divinat. Lib. I), o Sósilo de Lacedemonia, profesor de griego e historiógrafo de Aníbal.

Así, hay referencias textuales de unos Libri Punici (Sal., Bell. Yug., XVII, 7), de una Historia Poenorum (Ps.-Arist., Mir. Ausc. 134) y de una Punica Historia (Serv., in Aen, I, 343), y de ciertos anales púnicos conservados al menos hasta el siglo IV (Avieno, Or. Mar., 414; Agustín de Hipona, Ep. XVII, 2). Las bibliotecas de Cartago debieron sobrevivir a la destrucción de la ciudad en 146 a.C. porque, según Plinio (Nat. XVIII, 22), el Senado romano había regalado los fondos a dinastas africanos, uno de cuyos descendientes, Juba II (ca. 52 a.C.-23 d.C.), aún los pudo consultar.

Son igualmente numerosos los testimonios directos e indirectos sobre archivos reales y de santuarios, sobre cuerpos de escribas en los templos de las principales ciudades fenicias de oriente y occidente, como tampoco son excepcionales las alusiones a autores de origen fenicio (Sancuniatón de Beritos, Filón de Biblos, Antípatros de Sidón, etc.), y a obras y a escritores de géneros literarios diversos: agronomía (Magón), geografía (en Amiano Marcelino XXII 15, 8; y Solino XXXII 2), filosofía, derecho público e internacional, poesía (Meleagro, Apolonio de Kition), épica y mitología, periplografía (Hanón, Himilcón) y cronística. Por último, y sin insistir más en ello, del extremo occidental sólo se conservan algunas referencias a archivos y registros de carácter histórico, geográfico y económico del templo de Melkart-Hércules de Gadir, y a un autor ya tardío, Moderato de Gades (siglo I d.C.), que lideraba una escuela filosófica.

Sobre metodología: las fuentes de información

Todos estos datos confirman la existencia de una cultura gráfica y de una tradición literaria centenaria en las comunidades fenicias de oriente y de la diáspora, pero también la pérdida irrecuperable de todo este acervo cultural. Este hecho condiciona lógicamente la metodología que empleemos en la construcción de la historia de estas poblaciones, al no disponer apenas de fuentes escritas vernáculas, sino tan sólo de una colección exigua de textos griegos y latinos –en su mayor parte inconexos y tardíos– y de un amplísimo caudal de datos arqueológicos, en algunos aspectos aún por sistematizar.

Hay que ser conscientes, por tanto, de la capacidad informativa de una y otra fuente, y de los límites de ambas. Los testimonios de autores griegos y latinos constituyen una visión etic (exógena, exoétnica) de las comunidades de origen fenicio, y por tanto deben ser analizadas teniendo en cuenta los conocimientos reales sobre otros pueblos de unos y otros, la evolución de la producción literaria clásica y de sus géneros a lo largo de más de un milenio, los intereses de los autores, sus prejuicios étnicos y, sobre todo, la condiciones de creación, transmisión y fosilización de noticias gestadas a lo largo de este extenso periodo, que podríamos acotar grosso modo entre el 500 a.C. y el 500 d.C. Los textos informan, centrándonos en Iberia, de hechos políticos y bélicos puntuales, como la Segunda Guerra Púnica, de aspectos geográficos y étnicos, de la onomástica, de fenómenos asombrosos, o de la evemerización de mitos clásicos en las tierras extremo-occidentales, que son, en definitiva, los conocimientos –reales o no– que los griegos acumularon desde el siglo VII hasta el III a.C., y, tras la conquista romana, recopilaron, o elaboraron como testigos directos, autores griegos y latinos de época tardohelenística e imperial romana. Salvo hallazgos muy ocasionales, como el del papiro de Artemidoro, se trata de un cuerpo de información cerrado, aunque admite continuas revisiones y exégesis.

El registro arqueológico es, al contrario, un corpus de datos emic, vernáculo, conformado por aquellos restos materiales producidos por estas comunidades y preservados una vez amortizados, que, de manera casual o sistemática, y a lo largo de los últimos cien años, se han ido integrando en el mismo. Al contrario que los textos, es un corpus (casi) ilimitado, dinámico, pues incorpora constantemente nuevos datos, aunque estos no están exentos de problemas de interpretación, entre ellos la propia consideración de los restos arqueológicos como púnicos, una categorización étnica y cultural que nosotros adjudicamos y de la que probablemente no eran conscientes las poblaciones analizadas.

La categoría «registro arqueológico» reúne datos de diversa naturaleza que tienen en común su documentación a través de la metodología arqueológica (excavación, prospección), su estudio mediante análisis privativos de la disciplina arqueológica (arqueometría, tipología, geoarqueología, estudio del territorio y del paisaje, etc.), y su interpretación a través de las tendencias epistemológicas existentes. La investigación arqueológica perfila otro tipo de historia, más atenta a los procesos históricos de larga duración que a los personajes y a los hechos históricos, por lo que es capaz de generar una imagen diferente de cualquier sociedad sin memoria escrita o sin memoria conservada, sobre todo de aquellos aspectos sin voz en la historia textual: costumbres funerarias y religiosas, tipos de asentamiento, distribución de la población y explotación económica del territorio, comercio, artesanía, datos demográficos, etcétera.

Entre los testimonios arqueológicos hay dos grupos que, por sus características y la especialización de sus estudios, merecen un tratamiento aparte: las monedas y los epígrafes. Las primeras se pueden analizar casi siempre como documentos epigráficos ya que suelen incorporar leyendas, normalmente topónimos y en ocasiones fórmulas sobre la autoridad de emisión, pero no son sólo soportes epigráficos sino también fuentes de información sobre la economía de estas comunidades, sus relaciones con otros estados (Cartago, Roma), sus símbolos identitarios, la metrología o los estudios de circulación monetaria. El único problema es que su adopción por las ciudades púnicas de Iberia es relativamente tardía, las más precoces (Gadir, Ebusus) a principios de siglo III a.C., aunque la mayoría acuñaron después de la Segunda Guerra Púnica y, por ende, bajo la administración romana.

En cuanto al segundo grupo, asumido que la mayoría de los soportes escriptorios utilizados por los fenicios, como el papiro, sólo se conservan en condiciones determinadas, queda la duda del volumen de documentación perdida, que debió ser notable como cultura con tradición gráfica que fue. De este conjunto, sólo han sobrevivido los epígrafes en soportes duros (piedra, cerámica, moneda) que, aunque numerosos desde el punto de vista cuantitativo, contienen informaciones limitadas habitualmente a iniciales, numerales, topónimos, teóforos o cortas fórmulas reiterativas.

Sobre terminología

¿Fenicios o púnicos?

La confusión terminológica a la hora de otorgar un etnónimo genérico a estas poblaciones es considerable porque, como veremos, fueron muchos los nombres con los que los escritores griegos y latinos designaron a estas poblaciones. La raíz del problema está en que las comunidades que nosotros denominamos fenicias y/o púnicas no se consideraban a sí mismas como tales, porque no eran étnicos autoasignados, sino los utilizados por los griegos (Phoïnix, phoenices), de los que derivarían posteriormente las palabras latinas Poenus (poeni en plural) y su adjetivación poenicus (o punicus). No sabemos en realidad cómo se denominaban a sí mismos, si es que llegaron a asignarse un étnico aglutinante, quizá cananeos (chanaani), porque así era como se denominaban a sí mismos los habitantes del Sahel tunecino para distinguirse de los cristianos en tiempos de Agustín de Hipona (Ep. ad Rom. 13), aunque la identificación entre cananeos y fenicios sea tardía y no haya una asimilación completa entre ambas nociones.

El problema se complica por el uso, a veces indiscriminado, que hacen helenos y romanos de estos etnónimos y de un tercero, cartagineses (karchedonioi), y de la utilización que hacemos de ellos los historiadores contemporáneos, confundiendo aspectos étnicos, políticos y cronológicos, y generando vocablos que no fueron utilizados ni por unos ni por otros, como «fenicios occidentales». Los grecoparlantes emplearon el término «fenicio» con un valor étnico, el de pueblo, y el de «cartagineses» con un valor político, como habitantes de la ciudad norteafricana, de manera que estos últimos se incluían entre los primeros, como, por ejemplo, los naturales de Tiro, de Sidón o de Ebuso (Diod., V, 16, 3).

Por su parte, los latinohablantes emplearon tres étnicos: Phoenix, Poenus y Karchedonioi. Poenus –y su derivación poenicus o punicus– es la forma más antigua, derivada del griego, y es sinónimo de fenicio. Sin embargo, cuando Roma entró en contacto con Cartago, recurrió a la palabra Phoenix para distinguir a los habitantes de Fenicia de los poeni, sus interlocutores norteafricanos. Esto, no obstante, no fue una norma estricta si nos atenemos a los testimonios de Varrón (De lengua latina VIII, 23 y 36), quien utiliza poenicum como equivalente de fenicios; o Cicerón, para el que poeni es también sinónimo de Phoenicum (Pro Scauro XIX). Griegos y latinos no dudaron de la identidad común entre unos y otros, como Estrabón (III, 2, 14), al establecer una continuidad étnica entre los colonos fenicios de Iberia y el imperio cartaginés; o Plinio (Nat. III, 8), quien transmite la idea de M. Agrippa de que la costa de Iberia fue en su origen de los púnicos.

Nosotros emplearemos indistintamente los étnicos «fenicio» y «púnico» como sinónimos, aunque dado el matiz cronológico y geográfico del segundo, asumido convencionalmente por muchos como equivalente a las comunidades fenicias de época poscolonial del Mediterráneo central y occidental, prefiramos utilizarlo de manera sistemática, siendo conscientes de que no es asimilable a cartaginés, gentilicio con el que nos referiremos exclusivamente a los habitantes de la ciudad norteafricana.

Los fenicios «invisibles»: mastienos, tartesios, cinetes, bástulos

El problema terminológico-étnico se complica aún más cuando constatamos que el etnónimo «fenicio» adscrito a Iberia fue empleado en muy contadas ocasiones (Heródoto, Pseudo-Escílax) antes de la conquista romana, siendo un fenómeno característico del tardohelenismo. Esta «invisibilidad» de los fenicios se puede explicar, no obstante, si valoramos la existencia de otros etnónimos utilizados para designar a las poblaciones del litoral meridional mediterráneo y atlántico de Iberia, el área colonizada y habitada por los fenicios desde el siglo IX a.C.

La frecuentación de las costas ibéricas por navegantes y comerciantes griegos durante los siglos VII y VI a.C. propició la elaboración un mapa geográfico y étnico de Iberia muy esquemático, fijado hacia 500 a.C. en la obra Descripción de la Tierra de Hecateo de Mileto (fig. 1). De esta periégesis han quedado algunos vestigios en obras tardías que pueden dar una idea aproximada de cuál era la imagen del Extremo Occidente al final de la época arcaica. Paradójicamente en ella no hay alusiones a fenicios, pero sí a pueblos y ciudades del litoral meridional y oriental de Iberia: tartesios, elbestios, mastienos e íberos. Este es el esquema étnico que perduró hasta la conquista romana, aunque quedaron huellas de él en obras tardías, como la Ora Maritima de Avieno (siglo IV d.C.). En el siguiente esquema sintetizamos esta información:



Fig. 1. Mapa de Hecateo de Mileto (ca. 500 a.C.) y reconstrucción etnogeográfica del litoral meridional de la península Ibérica.

¿Cuál es el criterio seguido en estas clasificaciones étnicas? Extraña sin duda la ausencia de los fenicios, sobre todo si nos cercioramos por la documentación arqueológica de que samios y foceos habían frecuentado los activos puertos fenicios del Extremo Occidente y conocían su realidad étnica. La explicación a este enigma podría estar en que, en la elaboración de esta etnografía sintética, no intervinieron criterios de clasificación antropológicos y culturales sino geográficos, de manera que los habitantes de esos parajes serían agrupados según el topónimo de la región donde residían, ya fuera este de origen autóctono (Tarteso, Mastia), o un préstamo procedente de otra parte de la ecúmene (Iberia).

El criterio seguido fue, por tanto, el habitual entre los marinos y comerciantes que divisaban, describían y sectorizaban la costa teniendo en cuenta grandes hitos geográficos que permitían identificar el recorrido. Así, el litoral meridional y oriental de la península se compartimentaría de oeste a este en cuatro grandes áreas: la de los cinesios o cinetes (Hdt. II 33; IV 49) –cuyo etnónimo evolucionado (conios, cunetes) Estrabón (III 1, 4) relacionaría etimológicamente siglos después con la forma de cuña de la región–, extendida desde el cabo de san Vicente hasta la desembocadura del río Guadiana; Tarteso, desde este punto hasta las Columnas de Heracles, es decir, el golfo de Cádiz; Mastia, desde el estrecho de Gibraltar hasta un punto indeterminado de la costa levantina (¿cabo de Palos?); e Iberia, hasta el golfo de León.

Esta división étnica no incumbiría, como hemos comentado, a los aspectos antropológicos y culturales de estas poblaciones, pero es posible valorar otras noticias literarias y el registro arqueológico para indagar sobre el componente étnico de ellas. Otros datos extraídos de la obra de Hecateo informan de ciertas ciudades mastienas cuyos nombres se conservaron hasta época romana y son fácilmente identificables con poblaciones actuales: Sualis-Suel-Fuengirola, Sixo-Sexi-Almuñécar y Menobora-Maenoba-Torre del Mar. En los tres casos se trata de fundaciones fenicias. Por otro lado, algunas tradiciones más tardías identifican Tarteso como uno de los nombres de Gades (entre otros, Sall., Hist. II, 5; Plin., Nat. IV, 120; Avieno, Or. Mar. 85), o con Carteia (Mela II, 96; Plin. III, 8, 17), ambas colonias fenicias de época arcaica, o bien apodan al tartesio Argantonio como gaditano (entre otros, Cic. De sen. XIX 69; Plin. Nat., VII 156). Si contrastamos estos datos con el registro arqueológico, testigo irrefutable de la colonización fenicia desde las costas portuguesas hasta la desembocadura del río Segura (Alicante), nos cercioraremos de que cinetes, tartesios y mastienos tenían un componente étnico fenicio o culturalmente mixto, dependiendo del proceso colonizador, de la región y del contexto (urbano o rural).

Tras la conquista romana hubo un cambio en la nomenclatura de los pueblos del litoral meridional de Hispania: conios o cunetes, turdetanos-túrdulos y bástulos, aunque sería más acertado hablar de evolución si valoramos las hipótesis que establecen un cambio fonético o de trascripción de los mismos etnónimos: de cinetes a cunetes, de tartesios a turdetanos y túrdulos, de mastienos a bástulos. En el caso de estos últimos no hay duda de que ambos constituyen un mismo ethnos porque las ciudades ahora bástulas son las que antes eran consideradas mastienas. Pero observamos una novedad en esta fase: hubo una identificación de los bástulos con las poblaciones fenicio-púnicas, como queda patente en la aparición de étnicos mixtos como blastofenicios (App. Iber. 6) o bástulo-púnicos (Marcian. II 9), o la asimilación expresa de Ptolomeo (II 4, 6) entre bástulos y púnicos. En el cuadro siguiente sintetizamos la etnonimia posterior a la conquista romana:


Los bástulos, sin embargo, no eran únicamente oriundos de la antigua región mastiena, ya que compartían con los túrdulos la habitación de la costa occidental de la Bética, la antigua Tarteso (Mela, Chor. II 3; Plin., Nat. III 8). Es más, en la nueva ordenación provincial romana, los bástulos no dispusieron de un territorio étnico administrativamente reconocido sino que se integraron en su mayor parte en Turdetania, en la provincia Ulterior y, tras la reorganización de Augusto, en la Bética y en el conuentus gaditano, aunque otro sector, el más oriental, quedó adscrito a la Citerior, y posteriormente a la provincia Tarraconense.

No obstante, los autores de época tardohelenística eran plenamente conscientes del peso demográfico y cultural de los fenicios en la configuración étnica de Turdetania-Bética, si atendemos a la cita de Estrabón (III 2, 13) referente a que los habitantes de Iberia «llegaron a estar tan sometidos a los fenicios que la mayor parte de Turdetania y de las regiones vecinas se hallan en la actualidad habitadas por aquellos». Esta es la conclusión a la que llegó el geógrafo de Amasía después de consultar fuentes autópticas (Polibio, Posidonio, Artemidoro) de mediados del siglo II y principios del I a.C., en un momento en el que se estaba produciendo una revalorización de «lo fenicio» en todo el Mediterráneo, y en concreto en Hispania, como un antecedente civilizado de la «romanización».

La etnonimia del área meridional de Iberia-Hispania es, por tanto, como un palimpsesto donde se pueden advertir estratificadas las fases y los criterios de asignación de étnicos (siempre externos a las poblaciones descritas) a lo largo de más de quinientos años. Cinetes, tartesios y mastienos recibieron sus respectivos etnónimos de las regiones que habitaban, aunque todos compartían en diverso grado un componente étnico y cultural fenicio. Tras la conquista romana, el criterio geográfico dejó paso al étnico, identificándose bástulos con fenicio-púnicos, a la vez que se elaboraba una genealogía y, en cierta manera, una apología de la colonización fenicia de Iberia. Fue entonces, y no antes, cuando los términos «fenicio» y «púnico», casi siempre sinónimos, empezaron a ser usados asiduamente, conscientes de la trascendencia de la colonización fenicia en la historia y en la configuración étnica de las poblaciones meridionales de Hispania.

En la Antigüedad Tardía (siglos IV-V d.C.) se produciría un fenómeno paradójico, atribuible a la capacidad retroalimentadora de la literatura grecolatina: Avieno resucitaba la clasificación étnica más arcaica, creada novecientos años antes de su época, al mismo tiempo que Marciano de Heraclea, consultando a Ptolomeo, rescribía un periplo, ya anacrónico, en el que se exponía la etnonimia de época tardohelenística.

Los libiofenicios

En este sintético esquema étnico hay, sin embargo, una anomalía: la comparecencia de libiofenicios, introducidos en el mapa paleoetnológico por dos autores de época romana, Pseudo-Escimno y Avieno, cuya trascendencia en la historiografía española ha sido inversamente proporcional a la calidad y fiabilidad como fuentes de conocimiento para la descripción étnica de Iberia. El problema de origen reside, como veremos, en la identificación desde el siglo XIX de estos libiofenicios con determinadas cecas neopúnicas del sur de Iberia y, por otro lado, en una lectura exenta de exégesis de estos testimonios literarios. Una y otra han propiciado interpretaciones tan dispares como las que conciben a estos libiofenicios como colonos de Cartago establecidos en el litoral mediterráneo andaluz desde fines del siglo VI a.C. para repoblar los antiguos asentamientos fenicios, explotar las riquezas del sur de Iberia o repeler la amenaza de pueblos íberos, identificándolos a veces con los bástulos y blastofenicios; o bien como poblaciones de origen norteafricano, sobre todo númidas, trasladadas a Iberia durante la Segunda Guerra Púnica y asentadas en zonas poco habitadas de Lusitania.

Los libiofenicios son, como su nombre indica, originarios de África, pero su identidad étnica no está bien definida en los textos griegos y latinos. Diodoro (XX, 55, 4) y Livio (XXI, 22; XXV, 4) señalaban que eran una mezcla de púnicos y africanos, y que tenían lazos de epigamia con los cartagineses (Diod. XX, 55, 4), es decir, que podían celebrar matrimonios mixtos. Polibio (VII, 9, 3), testigo y colaborador de la destrucción de Cartago en 146 a.C., refiere que eran dependientes de Cartago y que se regían por las mismas leyes. Autores posteriores, como Estrabón (XVII, 3, 19), Plinio (V, 24) y Ptolomeo (IV, 3, 6), los identifican con poblaciones establecidas en diversas regiones, entre el litoral y las montañas de Getulia, o al sur de Cartago, en la región de Buzakitis o Byzacium, respectivamente.

Hay, sin embargo, noticias sobre la política colonizadora con libiofenicios de Cartago: Aristóteles (Pol. II, 11, 1273b, 19), en el siglo IV a.C., informaba de que el estado cartaginés, mediante el asentamiento de libiofenicios en sus posesiones, pretendía aliviar la presión demográfica y las confrontaciones sociales; también, según consta en el periplo de Hanón (1, GGM I, 1), un controvertido texto griego de época helenística, el estado cartaginés envió con Hanón 60 barcos (pentecónteras) y unos 30.000 hombres y mujeres para repoblar el litoral entre la Columna de Heracles africana (Abila) y la ciudad fenicia de Lixus.

Lógicamente ni en uno ni en otro texto se hace mención alguna a Iberia, pero los espurios testimonios de Pseudo-Escimno y Avieno ofrecen la oportunidad de hacer partícipe a la península de esta política colonizadora. Una revisión de estos y de otros textos permitirá cerciorarnos de que se trata de una ficción. En primer lugar, los libiofenicios aparecen en otras dos ocasiones relacionados con Iberia, pero en su contexto original, es decir, durante la Segunda Guerra Púnica, dentro de la política anibálica de deportaciones y de traslados de tropas para evitar revueltas, manteniendo como rehenes a grupos socialmente significativos de uno y otro lado del Estrecho. Polibio (III, 33, 14-16) y Livio (XXI, 22, 2-3) aportan unas cifras similares, con variaciones poco significativas, de los contingentes multiétnicos de mercenarios trasladados de África y de otras partes del Mediterráneo occidental a la península, entre ellos 450 libiofenicios y africanos, reputados jinetes, una proporción ciertamente minoritaria en comparación con los 1.800 númidas y 11.800 infantes africanos, y más cercana a los 300 ilergetes, procedentes del nordeste de Iberia, y a los 500 baleares.

En segundo lugar, los mapas étnicos que aportan Pseudo-Escimno y Avieno no son el fruto de investigaciones o especulaciones geoetnográficas, ni de situaciones pasadas ni lógicamente del contexto coetáneo a sus respectivas fechas de redacción. Ambas obras tienen en común elementos formales y contextuales, como su inclusión en obras versificadas que adoptan en apariencia la estructura de un periplo, aunque los cambios de dirección en el recorrido y los repetidos excursos, entre otros criterios, impiden considerarlos como tales, y sí como poemas eruditos con fines pedagógicos y anticuaristas. A pesar de que ambas son fuentes tardías para los contextos que presumiblemente describen, la antigüedad atribuida a las noticias se basan única y exclusivamente en las supuestas fuentes de Pseudo-Escimno (Éforo) y de Avieno (periplo massaliota arcaico de autor anónimo), aunque en ninguno de los dos casos se reprodujo una cartografía verosímil, trufada con numerosas adulteraciones, si la contrastamos con las informaciones de Hecateo, Heródoro, Teopompo y Polibio.

La Orbis Descriptio de Pseudo-Escimno (ca. 90 a.C.) es un manual versificado en griego destinado a los escolares y carece de entidad como obra periegética o geográfica. Por ejemplo, la confusión en la dirección del recorrido hace situar la ciudad de Tarteso (un dato en sí de época romana) al este de Cádiz, y ubicar a orillas del mar Sardo, de oeste a este, a libiofenicios, «colonos de Cartago», tartesios, íberos, bébrices, ligies (ligures), seguidos de las colonias massaliotas de Emporion y Rodhe. Tartesios, íberos y ligures, aunque distribuidos arbitrariamente, son pueblos presentes en otras ordenaciones étnicas, pero los bébrices constituyen un ethnos mítico de Bitinia (norte de Asia Menor, a orillas del mar Negro) que aparece en la historia de los Argonautas.

Como señalábamos más arriba, para dotar de mayor antigüedad a la colonización libiofenicia en el litoral andaluz se ha recurrido a la supuesta fuente de la Orbis Descriptio, a Éforo de Cumas (siglo IV a.C.), sin advertir que esto redunda en el descrédito del propio texto, pues Éforo carecía de conocimientos sobre la realidad geoetnográfica de la península, y mostraba una evidente tendencia a la idealización propia de la escuela isocrática, utilizando los poemas homéricos como fuente de inspiración (por ejemplo, reproduce el mítico nombre de Eritea dado a Gades, en Plin., Nat. IV, 120). Además incurrió en errores conceptuales de bulto, como la idea de que los celtas poblaban todo el Extremo Occidente, dejando reducidos a los íberos al perímetro de una ciudad. En realidad, Éforo era un historiador de cultura libresca y reprodujo la idea extendida en su época de que la tierra era un paralelogramo cuyos extremos estaban habitados por pueblos bárbaros, celtas e indios, a oeste y este, y al norte y al sur, escitas y etíopes.

El de Avieno (Or. Mar., 419-424) es un caso similar por cuanto la atribución de una cronología arcaica (siglo VI a.C.) a una colonización libiofenicia en Iberia se debe exclusivamente a la supuesta fuente utilizada por el autor, casi mil años después de su hipotética redacción. En esta ocasión los «feroces» libiofenicios habitarían junto al río Criso, acompañados de tartesios, cilbicenos y masienos, en una composición que tiene evidentes rasgos arcaicos, pero no debidos a la utilización de un periplo-base massaliota como siempre se ha sostenido, sino a la mezcla indiscriminada de noticias antiguas y contemporáneas, con el rasgo común del gusto por lo arcaizante. En esta amalgama confusa de datos de diversas épocas y orígenes, un número importante de topónimos e hidrónimos son de origen griego arcaico, de la época de las colonizaciones milesia y focea, de manera que se aprecia en el poema un fenómeno curioso de repetición de topónimos gemelos localizados en el ámbito del mar Negro (Prepóntide, Helesponto, Bitinia), en el golfo de León y en la península Ibérica.

La Ora Maritima es, por tanto, un poema didáctico y erudito de breve extensión y escaso valor literario, apreciable como fuente de datos, algunos muy antiguos, pero no puede ser considerado un periplo por sus características compositivas, ajenas al género periplográfico, ni por las numerosas extrapolaciones y excursos de diversas épocas. Por el contrario, se integra perfectamente en el momento histórico de Avieno, el renacimiento constantino-teodosiano o renovatio imperii, un movimiento intelectual que pretendía la vuelta a las fuentes clásicas, revitalizando géneros y formas literarias ya caducas.

En el ámbito de la investigación histórico-arqueológica, el hecho más significativo en el estudio de los libiofenicios en Iberia, quizá haya sido la identificación por Zobel de Zangróniz en 1863 como libiofenicias de un conjunto de cecas del sur peninsular. No hay que perder de vista que en el siglo XIX y durante buena parte del XX, las fuentes literarias «clásicas» (en el sentido de canónicas) eran consideradas la única fuente de autoridad, y en pleno auge de la arqueología filológica, la cultura material tenía como objetivo confirmar y complementar aquello que los textos apuntaban. La prueba de la existencia de libiofenicios la halló Zobel en ciertos talleres monetales (Arsa, Asido, Bailo, Iptuci, Lascuta, Oba, Turrirecina y Vesci) que tenían en común el uso de un alfabeto neopúnico no normalizado, motivo por el que fueron segregadas artificialmente del resto de las cecas púnicas y neopúnicas. Suponemos que en este juego de atribuciones intervino también la identificación del río Criso (donde se asentaban los libiofenicios de Avieno) con el río Guadiaro, en la provincia de Cádiz, en un área geográfica cercana a donde se situaba la mayoría de las cecas.

Sin embargo, los estudios epigráficos, lingüísticos y arqueológicos han desmentido cualquier relación de estas cecas con una colonización libiofenicia, y las reintegra en el contexto de las acuñaciones púnicas y neopúnicas de la Ulterior, aunque, dada la localización de estos talleres en zonas más alejadas de la costa, y la fecha de las acuñaciones, entre la segunda mitad del siglo II y mediados del I a.C., se advierten síntomas de escasa normalización debidos precisamente a su aislamiento. Lógicamente, la destrucción de Cartago en 146 a.C. tuvo como consecuencia una descentralización lingüística que dio lugar a varias formas de escritura neopúnica, fenómeno que se advierte en estas cecas en formas aberrantes y síntomas de latinización, como la tendencia a la vocalización y a la escritura dextrógira.

Según su localización geográfica se han distinguido dos grupos de cecas: el de la trascosta gaditana, en las serranías de Cádiz y Málaga, y el de la Baeturia túrdula (Arsa, Turrirecina), en el sur de la provincia de Badajoz. La utilización del alfabeto neopúnico y de ciertos tipos monetales (cabeza de Melkart-Hércules, atunes, delfines) en estos talleres se ha interpretado como una expresión de la integración económica de estas ciudades en un circuito liderado por Gades, basado, en lo que se refiere a las cecas del grupo asidonense, en la explotación de minas de sal gema y de arroyos salados para suministrar sal a la «industria» de salazones, y, en el de la Baeturia túrdula, en el aprovechamiento de los recursos mineros de la zona.

Sobre cronología: criterios de periodización

En la historia de la colonización fenicia de Iberia está firmemente asentada la secuencia cronológica tripartita que establece un periodo «fenicio» o arcaico de la colonización (siglos VIII-VI a.C.), que se ha ido ensanchando en antigüedad hasta el siglo IX a.C. por nuevos hallazgos y dataciones absolutas (incluso se ha propuesto una fase previa de precolonización en los siglos XI-X a.C.), una etapa «púnica» (siglos V-III a.C.), y una tercera fase «tardopúnica» o «neopúnica» (siglos II-I a.C.), ya bajo la administración romana.

Esta división temporal es fruto de un proceso historiográfico alambicado de siglos y de tradiciones cruzadas que tiene como ingredientes, por un lado, la noción biologicista de surgimiento, auge y decadencia de las culturas; por otro, el paradigma invasionista que entiende los cambios culturales como consecuencias de la sustitución de unas poblaciones por otras; en tercer lugar, la exportación de experiencias históricas centro-mediterráneas a Iberia; y, por último, la búsqueda de hitos históricos que permitan establecer cesuras o fases en un periodo prolongado de tiempo. Estos hitos han sido, tradicionalmente, la conquista de Tiro por Nabuconodosor II en 572 a.C. y el inicio de la ocupación romana de Hispania en 206 a.C. El primero contribuiría definitivamente a deshacer los lazos entre la metrópoli y las colonias, momento que sería aprovechado por Cartago para sustituir a Tiro en el dominio de las antiguas colonias fenicias del Mediterráneo central y occidental, y repoblarlas con libiofenicios, de ahí que la fase «púnica» sea considerada equívocamente como sinónimo de fase «cartaginesa».

En ocasiones también se ha contemplado una fase corta entre el segundo y el tercer periodo, la de la conquista cartaginesa de los Barca (237-206 a.C.), para algunos un hito más dentro del periodo púnico protagonizado por la omnipresencia cartaginesa, mientras que para otros constituye una fase diferente, decisiva, de la evolución de estas poblaciones.

Este esquema cronológico recibió también la sanción de los estudios arqueológicos enmarcados en el historicismo cultural, siempre atento a que cualquier mutación en el registro arqueológico constituyese la evidencia de un cambio cultural provocado por la sustitución de una población por otra. Los tradicionales fósiles-guía, las estructuras y ajuares funerarios y la cerámica, sirvieron para constatar esta transición entre la colonización fenicia y la cartaginesa, pues en todas las necrópolis se advertían transformaciones en el ritual de enterramiento desde la cremación, característica de los fenicios, a la inhumación, costumbre funeraria atribuida a los cartagineses. Paralelamente, la evolución de las vajillas cerámicas, a partir de un repertorio fenicio en el que predominaba la diversidad de formas, la bicromía y el engobe rojo, hacia el elenco vascular monótono y monócromo de época púnica, de manera casi sincrónica en el Mediterráneo central y occidental, contribuyó, a pesar de las particularidades locales, a atribuir estos fenómenos a la actuación cartaginesa.

Esta secuencia definida con tales criterios no tiene hoy vigencia, aunque se siga contemplando como periodización útil, cuando ya nadie duda de la continuidad demográfica y cultural de las comunidades fenicias, independientemente de la influencia ejercida sobre ellas por Cartago o por Roma, que lógicamente habrá que definir y calibrar. Es preciso construir la historia de estas comunidades desde su propio devenir y a través de la información vernácula, y no mediante el recurso a la historia de terceros. Por tanto, la periodización sigue siendo válida mientras esté acreditada por unas transformaciones estructurales simbolizadas, primeramente, por la transición de una sociedad colonial a otra poscolonial y por la conformación de ciudades-estados independientes; y, en segundo término, por la integración a fines del siglo III a.C. de estos microestados en dos formaciones estatales en plena expansión territorial, primero Cartago y después Roma.

II. Las ciudades-estado púnicas de Iberia

La transición entre la etapa colonial, de dependencia metropolitana, y el periodo formativo de las ciudades-estado púnicas en Iberia no está bien definida cronológicamente ni tampoco desde el punto de vista sociopolítico. La historiografía tradicional española situaba el cambio en el siglo VI a.C., como consecuencia de la conquista de Tiro por Nabuconodosor en 572 a.C. y la sustitución de la metrópoli por Cartago, que repoblaría las mermadas ciudades fenicias con contigentes de libiofenicios, integrándose en el imperio cartaginés. La acción cartaginesa tendría como efecto colateral la toma de Tarteso y de Mainake en la versión schulteniana. Esta hipótesis ha sido convenientemente contestada y se ha buscado la explicación del cambio en la conjunción de factores externos (destrucción de Tiro, colonización focense, reacción cartaginesa) e internos, como la decadencia económica producida por la falta de la demanda de plata en los mercados orientales tras la caída de Tiro, o por la escasa rentabilidad de los filones y agotamiento de los recursos tecnológicos, y la consecuente desestructuración de las sociedades colonial e indígena, que precisaron de una reorientación de sus economías.

Ciertamente, como comentaremos más adelante, en la literatura griega de época clásica y helenística anterior a la conquista romana hubo una disminución de noticias sobre el Extremo Occidente, pero no un silencio absoluto. Frente a la visión schulteniana que responsabilizaba de esta insuficiencia informativa al monopolio comercial cartaginés y al consecuente «bloqueo» del estrecho de Gibraltar, este fenómeno ha sido explicado por la pérdida aleatoria de mucha información, pero sobre todo desde la propia evolución de la literatura griega, dedicada desde Tucídides a la descripción autóptica de los hechos históricos, renuente por tanto a utilizar la etnografía como fuente y a cultivarla como género literario, lo que pudo ocasionar tanto el desconocimiento como el desinterés de los griegos hacia el Extremo Occidente, donde no poseían colonias ni apenas intereses comerciales. No obstante, el hecho de que no haya evidencias literarias de la destrucción, ocaso o crisis de las colonias fenicias, no niega la existencia de convulsiones en su trayectoria histórica, pues las lecturas que se han hecho del registro arqueológico insisten en la aparición de estos síntomas durante el siglo VI a.C., aunque lógicamente no se pueden hacer generalizaciones en un territorio tan extenso.

Lo metodológicamente correcto sería alternar los análisis individualizados de cada yacimiento o cada región, con un estudio del contexto mediterráneo, donde se concatenaron diversos factores que hicieron del siglo VI a.C. un dilatado periodo de transición. Si analizamos la escala mediterránea, siempre se ha interpretado que la conquista de Tiro debió ser un acontecimiento trascendente en Iberia, ya que supondría el fin de la demanda de materias primas, especialmente de plata, y con ello la decadencia de los centros fenicios y tartesios implicados en el tráfico comercial; y generaría la necesidad de reorientar la economía hacia otros sectores como el agropecuario o el aprovechamiento de los recursos marinos con fines comerciales. No obstante, la cronología de la toma de Tiro no coincide con la de la crisis metalúrgica, retrasada hasta el último cuarto del siglo VI a.C., por lo que la explicación se ha atribuido al agotamiento de los filones y a la carencia de tecnologías para acceder a las vetas más profundas.

En contraposición, se ha argumentado con acierto que Tiro, a pesar de la conquista, siguió siendo un estado importante, si bien la agresiva política asiria pudo haber contribuido a relajar, e incluso hacer desaparecer, el control político tirio sobre la colonias occidentales durante el siglo VII a.C. Además, Tiro reorientaría sus intereses comerciales en Próximo Oriente hacia Arabia y Anatolia, de forma que en el siglo VII y en los primeros decenios del VI a.C. se configuró una esfera política y económica independiente de Oriente. Algunos autores han interpretado la decadencia tiria como la ruina del sistema estatal de las lejanas colonias fenicias occidentales, que se convirtieron en ciudades-estado independientes, una situación que provocaría la injerencia de los comerciantes foceos. Pero no se puede hacer depender este proceso histórico de la caída de Tiro, aunque este hecho favoreciera la tendencia autonomista de las colonias en la transición de los siglos VII y VI a.C.

Otros acontecimientos en el Mediterráneo central y occidental debieron provocar mayores repercusiones. A lo largo del siglo VI a.C. se percibe un proceso que hemos denominado «regionalización» del Mediterráneo o fraccionamiento político y definición de áreas de influencia originada por la decadencia de las metrópolis y por la emergencia de nuevos estados. Este es el marco político predominante hasta las guerras púnicas, sin que otros acontecimientos del Mediterráneo oriental repercutieran de manera directa en el Extremo Occidente. A mediados de esta centuria se puede hablar ya de unas formaciones estatales consolidadas como algunas ciudades-estado etruscas, ciertas colonias griegas como Siracusa o Massalia, y antiguas colonias fenicias como Cartago. Esta última había iniciado en el último tercio del siglo VI a.C. una política expansionista a costa de las antiguas fundaciones fenicias en Cerdeña, Sicilia e Ibiza, y protagonizado junto a etruscos y foceos una serie de episodios bélicos relacionados con la piratería y el comercio, conocidos en las fuentes como la «batalla de Alalia».

Los efectos que pudieron tener estos factores en las comunidades fenicias de Iberia serían, desde luego, indirectos. La participación del factor griego en esta transición queda desdibujada, pues tanto samios como foceos habían tenido relaciones lucrativas con Tarteso según las noticias de Heródoto, y los mercados occidentales seguirían estando surtidos de productos griegos hasta finales del siglo VI a.C., cuando muchos síntomas de la crisis ya se había manifestado tanto en los asentamientos fenicios como en los locales. Lo cierto es que no se advierte una sincronía entre los síntomas iniciales del cambio en algunos asentamientos fenicios durante el primer tercio del siglo VI a.C., la crisis metalúrgica del suroeste a fines del mismo siglo, y las profundas transformaciones en las comunidades indígenas a lo largo de la sexta centuria.

Por ejemplo, en el Bajo Guadalquivir se advirtieron transformaciones trascendentes en los patrones de asentamiento: desaparición generalizada del denominado «poblamiento rural», concentración de la población en oppida, destrucción o reducción del tamaño de muchos asentamientos, traslados de población, fortificación apresurada de algunos centros, etc. Pero quizá los fenómenos más llamativos fueron, por un lado, la destrucción o abandono más o menos sincrónico de los santuarios fenicios y edificios «singulares» de influencia fenicia, como el de El Carambolo, el santuario de Caura, el edificio de Saltillo o el complejo sacrificial de Montemolín; en segundo lugar, la desaparición de las necrópolis «orientalizantes» o «principescas» (Los Alcores, Setefilla, La Angorrilla, Cruz del Negro, etc.), aunque sería más exacto hablar de la desaparición generalizada de los enterramientos en toda la región durante la Segunda Edad del Hierro; un tercer fenómeno fue el de la decadencia y desaparición de las producciones artesanales «orientalizantes» (orfebrería, toreútica, eboraria, cerámica), que sin embargo se mantuvieron en Extremadura y en la Alta Andalucía.

A estos datos debemos añadir la evidencia de la guerra, confirmada en la proliferación de puntas de flecha (las conocidas como de arpón y doble filo), que aparecieron por miles en los principales asentamientos de Andalucía y Levante, con evidencias de uso violento, datadas en contextos arqueológicos de la segunda mitad del siglo VI a.C. Se registraron en los asentamientos de primer orden y se clasificaron dentro de los mismos tipos utilizados coetáneamente para el asaltar poblados en el golfo de León, como Pech Maho, o aquellos que usados para asediar antiguas colonias fenicias como Cuccureddus de Villasimius en Cerdeña o Motya en Sicilia.

Si analizamos este fenómeno por sus consecuencias, llegaríamos a la conclusión de que se pudo tratar de un movimiento antifenicio y/o antiaristocrático, porque las principales manifestaciones de este mundo, las llamadas necrópolis principescas, las producciones artesanales de lujo y la arquitectura de prestigio, desaparecieron. Desde mediados del siglo VI a.C. se asistió al epílogo de la cultura «orientalizante», que hasta entonces se había sustentado en la comunidad de intereses entre la aristocracia indígena y los fenicios, cuyos lazos parece que a partir de estas fechas se desvanecen.

En otras áreas de colonización fenicia se perciben fenómenos de traslados de asentamiento, como en la desembocadura del río Vélez, del Guadalhorce o en la del Segura, pero estos fenómenos se debieron a procesos naturales, a la búsqueda de lugares más aptos ante la sedimentación fluvial que hacían impracticables los puertos. Pero no serían estos casos los únicos: décadas antes el asentamiento en la desembocadura del río Guadiaro (Casa Montilla) se trasladó a otro enclave cercano (Barbesula), y siglos más tarde la población de Cerro del Prado se marchó a Carteia previsiblemente por los mismos motivos.

Parece evidente, no obstante, que el fin del periodo colonial conllevó una contracción del área de expansión comercial y demográfica fenicia, disminuyendo su presencia –o desapareciendo– en diversas áreas como Portugal, Bajo Guadalquivir y el litoral alicantino, que desarrollaron identidades individualizadas en las que el elemento fenicio parecía presente en ciertos aspectos tecnológicos pero no en los culturales (lengua, alfabeto, religiosidad). La herencia fenicia fue atesorada principalmente por aquellas comunidades que mantuvieron sus identidades a través de un mecanismo sociopolítico de raigambre oriental: la ciudad-estado. No obstante, después de este periodo de contracción, desde fines del siglo V a.C. las ciudades-estado más dinámicas, como Gadir y Ebusus, llevaron a cabo políticas comerciales, e incluso demográficas, que les permitieron recuperar e incrementar el radio de acción del comercio fenicio de época arcaica.

¿Póleis púnicas?: estructura política y territorial

Los análisis sobre la evolución política de las antiguas colonias fenicias, la configuración de estas como ciudades-estado, o la caracterización de sus estructuras sociopolíticas y territoriales, han ocupado pocas páginas de la bibliografía especializada porque existe una evidente insuficiencia de datos en la información literaria, y porque el registro arqueológico tiene limitaciones como fuente referencial. Estas carencias se han intentado solventar mediante fórmulas diversas; la tradicional, como ya hemos visto, ha sido considerar que, tras la conquista de Tiro por los babilonios en 572 a.C., todas las colonias se integraron en el Imperio cartaginés como parte de una provincia. No obstante, en los años sesenta del siglo XX, M. Tarradell ideó el concepto político-económico de «Círculo del Estrecho», que desligaba a las ciudades fenicias de Iberia y de la costa atlántica marroquí de la órbita cartaginesa (de ahí que se eliminara el término «púnico»), y que daba protagonismo a Gadir sobre el resto de las ciudades.

Más recientemente, asumida la independencia de estas y la supremacía gaditana, el hipotético liderazgo de Gadir ha sido sobredimensionado, y para ello se ha inspirado en fenómenos coetáneos de otras áreas del Mediterráneo, como la «Liga de Delos», generando neologismos como «Liga púnico-gaditana», «fenicios occidentales federados» o «circunscripción púnico-gaditana», que no tuvieron refrendo en los testimonios literarios antiguos y que anticiparon fenómenos en la época republicana romana. En un término medio se sitúan aquellos autores que contemplan la autonomía de las ciudades occidentales bajo la hegemonía de Cartago, que actuaría en Iberia mediante mecanismos de control indirecto como los tratados entre estados y el comercio administrado.

La disyuntiva entre la integración en un estado hegemónico como Cartago y la independencia política da una idea aproximada de la dificultad que entraña este análisis y la ambigüedad de los datos literarios y arqueológicos. En cuanto a los primeros, son pocas las referencias explícitas –y la mayoría de ellas tardías– a las formas de gobierno y a la dimensión territorial de estas comunidades, por lo que suele ser habitual buscar inspiración en otras experiencias culturalmente cercanas mejor documentadas literaria o epigráficamente, como la cartaginesa y la de otras ciudades púnicas del norte de África o de Cerdeña. El sistema político púnico fue básicamente heredero del fenicio en sus estructuras gubernativas e institucionales, salvo en el régimen monárquico, es decir, que eran repúblicas oligárquicas o aristocráticas, aunque con tendencias democratizadoras a lo largo de su evolución histórica. Senado, sufetes epónimos y asamblea popular eran las tres instituciones en las que las ciudades-estado equilibran el poder.

En Iberia no poseemos datos al respecto, pero algunos testimonios indirectos quizá puedan ayudarnos a definirlas. Desde el final de la época arcaica son relativamente frecuentes las referencias a póleis en Iberia con o sin adscripción étnica; por ejemplo, en los fragmentos conservados de la Periodos Gês de Hecateo de Mileto (ca. 500 a.C.) y en la obra de Esteban de Bizancio son citadas diez póleis de Iberia, cuatro mastienas (Sualis, Menobora, Sixo, Molibdine), dos tartesias (Elibirge, Ibila), una sin adscripción étnica pero cerca de las Columnas de Heracles (Calate), y tres iberas (Sicane, Crabasia e Hiope). El resto de las menciones a póleis prerromanas son ocasionales pero expresivas de que los griegos, antes y después de la conquista romana, utilizaban ese término –con toda su carga semántica– para definir las realidades sociopolíticas y físicas de las que eran testigos. En el siguiente cuadro exponemos estos datos:


La comparación entre un fenómeno netamente griego, el de la polis, y las realidades políticas fenicias del Extremo Occidente no es metodológicamente correcta dadas las diferencias culturales y de evolución histórica entre uno y otras. Sin embargo, los mismos griegos, como Aristóteles en su conocido comentario sobre la constitución cartaginesa, recurrieron a estas comparaciones porque eran conscientes de las diferencias, pero también de las concomitancias, entre ambas formaciones sociopolíticas. Tampoco podemos obviar que las ciudades fenicias de Oriente fueron el último eslabón evolutivo de la milenaria ciudad-estado próximo-oriental, y que, para algunos autores, estas habían transmitido a los griegos el modelo en bruto –como también el alfabeto–, que acomodaron a su idiosincrasia. Utilizaremos, pues, las características de la polis griega como camino indirecto para analizar algunos rasgos definitorios de las ciudades-estado púnicas.

No obstante, antes hay que advertir que no hubo un modelo único de polis griega y que, como formación política, evolucionó con el tiempo, por lo que no es operativo hacer comparaciones entre póleis tan distanciadas temporalmente como las mencionadas por Hecateo de Mileto y, por ejemplo, Estrabón, quinientos años posterior. Hasta el siglo VI a.C. el término polis fue sinónimo de hábitat protegido por una acrópolis (en Homero, por ejemplo), y después adoptaría en ático la acepción de sede de un gobierno. Según algunos autores, habría dos fases en la evolución de la polis, el periodo arcaico-clásico y el helenístico-romano; en la primera, se identificaría con aquellos asentamientos mediterráneos que a los ojos de los periégetas griegos, como Hecateo, respondían a un prototipo de ciudad-estado no exclusivamente heleno, singularizado por su localización en las principales rutas comerciales, por disponer de áreas de mercado, de un alto grado de autonomía política y por generar fenómenos de aculturación en las áreas tribales circundantes. Las póleis mencionadas por Hecateo, Éforo, Teopompo, Pseudo-Escílax y Timóstenes de Rodas pertenecerían a este primer periodo, y serían consideradas como tales por sus afinidades morfológicas y organizativas, similares a las de ciertas comunidades griegas coetáneas. En época helenístico-romana, en Estrabón nuevamente, el concepto de polis adquiere un significado más acorde con el de aglomeración urbana o ciudad, equivalente en cierta medida al oppidum latino.

Desde esta perspectiva, un acercamiento a las características de la polis griega podría aproximarnos, no sin cautela, a los rasgos que plausiblemente definirían a las ciudades-estado púnicas de Iberia. Utilizaremos dos conjuntos de criterios, el de R. Duthoy, que contempla seis rasgos («microdimensionalidad», comunidad de ciudadanos, soberanía, autonomía, hábitat mononuclear y comunidad agraria), y el consensuado por el Copenhagen Polis Centre para diferenciar a la polis de otras formas de organización sociopolítica: existencia de étnicos cívicos, de cecas cívicas, de relaciones interestatales, organización panhelénica, existencia de un territorio delimitado y evidencia arqueológica urbana.

Los «microestados»

Los datos literarios, epigráficos y arqueológicos sólo permiten aproximarnos al análisis de algunos de estos rasgos, aunque es preciso advertir la complejidad en reconocer a través de ellos la evolución diacrónica de estas comunidades, de las que, en la mayoría de los casos, sólo podemos apuntar su etapa final, ya bajo la administración romana. Las citas de Hecateo y la enumeración de póleis y oppida de época romana (Estrabón, Plinio, Mela, Ptolomeo) dan cuenta de la etapa formativa y del final del proceso, y en ambos se advierte una característica fragmentación política, la existencia de «microestados», de ciudades que dominan un pequeño territorio a las que les supone un alto grado de autonomía y, por ende, de soberanía. En el cuadro siguiente se enumeran las ciudades del periodo tardopúnico e imperial romano localizadas en el litoral bástulo y, en el caso de Ptolomeo, también túrdulo (entre paréntesis):


Gran parte de esta nómina de póleis-oppida bástulos de época tardopúnica puede ser una fosilización de la estructuración del territorio de época prerromana, aunque no podemos colegir automáticamente su existencia antes de la conquista ni su pervivencia, pues muchas de ellas surgieron, o se configuraron como entidades urbanas, como consecuencia de la intervención política y demográfica romana en territorios de interés estratégico. Algunos casos pueden servirnos de ejemplo.


Fig. 2. Oppida bástulos según Plinio (Nat. III, 8; III, 19).

En 171 a.C. Roma fundó la primera colonia latina fuera de Italia, la Colonia Libertinorum Carteia, en una ciudad púnica preexistente que fue repoblada con 4.000 hijos de soldados romanos y mujeres hispanas (Liv. XLIII, 3). La bahía de Algeciras era un espacio vital para el control del estrecho de Gibraltar, y por este motivo, más de un siglo después, volvería a ser objeto de una nueva fundación, esta vez ex novo, Iulia Traducta (probablemente la Iulia Ioza de Estrabón y la Tingentera de Mela), con contingentes de habitantes y veteranos romanos de dos ciudades de la orilla africana del Estrecho, Tingis y Iulia Constantia Zilis (Str. III, 1.8). Al parecer, la creación de una nueva ciudad en la bahía respondía a la desconfianza de Augusto hacia Carteia, centro urbano que había participado en la guerra civil en el bando pompeyano.

Un segundo ejemplo es el de Baelo. La ciudad romana está situada a orillas del mar y en llano, pero sólo desde época augustea. El oppidum prerromano, que acuñaría monedas con leyenda neopúnica entre la segunda mitad del siglo II y el siglo I a.C., se ubicaría presumiblemente tierra adentro, en la Silla del Papa (Tarifa, Cádiz), de acuerdo con un patrón de poblamiento característico del área del estrecho de Gibraltar. En este caso, la intervención romana cumplió con el objetivo de ubicar a la población en llano y de promover la economía pesquera y conservera en un marco geográfico privilegiado por la riqueza piscícola y por el movimiento migratorio de especies epipelágicas.

Un tercer caso incumbe a un ámbito geográfico diferente, el de los esteros del Baetis. La ciudad más importante del entorno era Hasta Regia, el centro político de un extenso territorio que dominaba a otras poblaciones, como Turris Lascutana, identificada –no sin dudas– con otro centro que amonedó con rótulos neopúnicos (Lascuta). La intervención romana en esta ocasión liberó de la servidumbre a los lascutanos por un decreto del procónsul Emilio Paulo, conservado en un epígrafe de bronce de 189 a.C. Se trata de una actuación ocurrida poco después de la expulsión de los cartagineses (206 a.C.), que alteró sustancialmente la situación jurídica de la ciudad y de su territorio, pues tanto el oppidum como su ager pasaron a manos del Senado y del pueblo romano.

Además de estos casos, el hecho de que la mayoría de las ciudades bástulo-púnicas, con la excepción de Gadir, fueran estipendiarias, es decir, que habían sido desposeídas de sus tierras y de sus bienes a través de una deditio, así como la política intervencionista romana en ciertas áreas, como la bahía de Algeciras, nos invita a ser prudentes a la hora de extrapolar datos de época romana a momentos anteriores. No obstante, la nómina de ciudades mastienas de Hecateo y las póleis citadas por autores anteriores a la Segunda Guerra Púnica, a la que se pueden añadir la documentación arqueológica, hacen presumible la existencia de, al menos, una decena de ciudades-estado en el litoral meridional en época prerromana.

Los étnicos y las cecas cívicas

Volviendo al tema de los criterios de definición de la polis griega que pueden ser contrastados con los de las ciudades-estado púnicas, algunos ni siquiera pueden plantearse por la falta de datos, mientras que otros son sólo identificables en época tardopúnica. Por ejemplo, los étnicos y las cecas cívicas son analizados en un mismo tipo de documento, las monedas, aunque sólo a partir de su aparición en el siglo III y, sobre todo, en los siglos II y I a.C. Solamente Gadir y Ebusus acuñaron monedas antes de la Segunda Guerra Púnica, y Malaca, Sexi, Abdera y Baria lo hicieron durante la contienda o una vez finalizada esta. Casi todas las cecas incluyeron el nombre de la ciudad en púnico o neopúnico junto a los emblemas cívicos e iconos antropomorfos que han sido identificados con las divinidades protectoras de la ciudad (Melkart, Baal Hammon, Astarté, Tinnit, Bes, Chusor, Shamash, etcétera).

Pero en algunas emisiones de determinadas cecas, como en Gadir, Seks y Tagilit, se inscribieron en los cuños topónimos y fórmulas de acuñación (mb’l o mp’l) traducidas, no sin problemas, como «de los ciudadanos de» o «acuñación de», quizá en alusión a la autoridad emisora. Algunos autores han planteado que estas fórmulas podrían referirse a las «asambleas de ciudadanos» tan características de las ciudades fenicias, y en particular de Cartago, o bien a magistrados epónimos que representan a la ciudad y autorizan la emisión. Unas u otros quizá puedan interpretarse en el contexto de las tensiones entre las tendencias «democratizadoras» y las oligarquías cívicas características de época tardopúnica, aunque no poseemos datos al respecto y tendríamos que recurrir como inspiración a la trayectoria seguida por Cartago. Pero lo que nos interesa testimoniar es que ambas, y las acuñaciones cívicas en general, son manifestaciones de formas de gobierno independientes y de un expreso deseo de dejar constancia de ello.

En el caso de Gadir disponemos además de dos testimonios adicionales que contribuyen a valorar la posible existencia de una «asamblea popular»: por un lado, una inscripción grabada en un anillo de oro hallado en Cádiz, datado en el siglo II a.C., que reza lo siguiente: «Al Señor, al poderoso Milk-Astart y a sus siervos, / al pueblo de Cádiz»; por otro, un texto de Estrabón (III 2, 2) informa sobre la localización en los esteros de la ciudad de Asta, «donde los gaditanos se reúnen en asamblea habitualmente, ya que está situada a menos de cien estadios del puerto de la isla».

La hipotética existencia de otras magistraturas e instituciones como el sufetado y un Senado o asamblea de ancianos se puede intuir por documentos literarios tardíos o mediante la comparación con casos análogos norteafricanos o sardos, pero lo que nos interesa destacar es que las formas de organización política y social de las ciudades-estado púnicas eran la culminación de una larga tradición cívica, diferenciada en su esencia de otras manifestaciones cercanas geográficamente como las íberas, de impronta netamente aristocrática, donde los lazos clientelares y de parentesco eran las fórmulas características de la convivencia social.

El territorio

Los criterios «territorio delimitado», «microdimensionalidad» y «hábitat mononuclear» se refieren a la proyección política de la comunidad en el territorio y precisan tanto de los datos literarios como de los arqueológicos para su descripción. Los primeros son escasos y poco aclaratorios, pues no hay ninguna referencia explícita, ni siquiera de Gadir, que aporte pormenores sobre la delimitación territorial de estos microestados, y, salvo el caso de Asta y la Turris Lascutana, de las capacidades expansivas de unas comunidades a costa de otras. Carecemos, por tanto, de mapas políticos diacrónicos y sincrónicos, y sólo las prospecciones arqueológicas superficiales permiten aproximarnos a la evolución del poblamiento y a la conformación de territorios políticos, a pesar de que sólo disponemos de una muestra mínima de territorios prospectados, como los de Baria y Baesippo. Analizaremos, más adelante, uno por uno los casos mejor documentados.

La ciudad

También analizaremos individualizadamente las evidencias literarias y arqueológicas que se refieren a la existencia de núcleos urbanos entre los púnicos de Iberia, pero ahora comentaremos sucintamente el criterio «evidencia arqueológica urbana» porque aporta argumentos positivos para la consideración de estas comunidades como póleis púnicas. Se trata, como veremos, de una tarea problemática porque la mayoría de las ciudades continuó su habitación en época romana y medieval (Carteia, Villaricos), o ininterrumpidamente hasta la actualidad, como Cádiz, Málaga, Adra, Almuñécar o Cartagena, de ahí que puedan ser documentadas sólo de manera muy fragmentaria. Disponemos, sin embargo, de excavaciones y prospecciones que nos permiten conocer aspectos concretos, como los perímetros de algunos centros (Altos de Reveque, Carteia), sistemas defensivos, viarios, casas (Carteia, Castillo de Doña Blanca, Abdera), e incluso barrios industriales extraurbanos (Gadir, Ebuso).

Otro indicio válido para conocer si un asentamiento puede ser considerado centro urbano es la existencia de necrópolis, de espacios organizados internamente y segregados de la ciudad, destinados a la custodia de los restos mortales de la población y a la celebración de los ritos fúnebres y conmemorativos. En época arcaica, las necrópolis fenicias apenas acogían algunas decenas de enterramientos, y en algunos casos, como los de Trayamar, Laurita o Lagos, a la aristocracia colonial, una parte proporcionalmente mínima de la población. Al contrario, los enterramientos de época púnica se cuentan por cientos en las necrópolis de Cádiz y Villaricos, y en menor medida se conocen los cementerios de Malaca, Sexi y Maenoba. Estas cifras sugieren, además de un aumento demográfico de la población, que un número mayor de habitantes, los ciudadanos, tenían derecho a ser enterrados en un espacio al que sólo podían acceder por una prerrogativa cívica, y que no poseían otros residentes (extranjeros, esclavos, sectores desfavorecidos, etc.). En Villaricos, por ejemplo, hubo un sector segregado de la necrópolis destinado al enterramiento de la población íbera, claramente diferenciada de la púnica. Este carácter urbano de las necrópolis se aprecia no sólo en el número de tumbas, sino también en su organización interna, muy diferente, por ejemplo, a la de las ibéricas de la Alta Andalucía, donde los enterramientos se disponen espacialmente según el esquema aristocrático de la sociedad y de las relaciones clientelares.

Autonomía, soberanía, relaciones interestatales

Estos tres criterios sólo pueden ser estudiados a partir de los testimonios literarios. Como antes vimos, la desintegración del sistema colonial favoreció la formación de ciudades-estado y su emancipación, sin que haya noticias, siquiera indirectas, de que formasen un anacrónico estado «nacional» fenicio, ni de que las antiguas colonias se agrupasen en ligas o confederaciones, ya fuera bajo el liderazgo de Gadir o el de cualquier otra ciudad. Se ha argumentado en alguna ocasión que los orígenes tirios de las colonias y el liderazgo político-religioso de Gadir, refrendado por el santuario gaditano de Melkart, serían los elementos catalizadores de la existencia de una única identidad «fenicia occidental», si bien se utilizan argumentos, entre ellos numismáticos, discutibles y de un periodo tardío, ya bajo la administración romana.

La evolución política interna y externa de estas comunidades es casi completamente desconocida, pero no hay datos, ni literarios ni arqueológicos, para argumentar que este extenso territorio conformase alguna vez una unidad política. Los argumentos en contra son, por el contrario, numerosos. El primero es el que hemos expuesto más arriba: las noticias de época prerromana y romana dejan constancia de la fragmentación del territorio en «microestados», identificados por los testigos griegos como póleis. En segundo lugar, ni durante el desarrollo de la Segunda Guerra Púnica, ni en las primeras décadas de la dominación romana, las ciudades púnicas actuaron unidas ni compartieron intereses como lo demuestran las diversas actitudes adoptadas durante la contienda y en las primeras décadas de la dominación romana.

En la guerra anibálica, Gadir abandonó su alianza con Cartago cuando vio perdida la guerra, y suscribió un ventajoso foedus con Roma que le permitiría posteriormente disfrutar de una posición de la que no gozaron el resto de las ciudades púnicas, pues la mayoría de ellas quedaron adscritas al estatuto de ciudad estipendiaria, es decir, desposeídas de sus bienes y tierras en diversas condiciones. En este sentido tenemos noticia de que Badeia (probablemente Baria-Villaricos), se mantuvo fiel a la alianza con Cartago después de la conquista de Cartagena, y sufrió el asedio y la conquista romana (Plu., Apophth. Scip. Mai., 3; Val. Max. III, 7, 1; Gell. VI, 1, 8). Pocos años después, en 197 a.C., un grupo de ciudades, entre las que se contaban Malaca y Sexi (Liv. XXXIII, 21, 6), se rebeló contra los abusos y arbitrariedades cometidos por la incipiente administración romana. Como vemos, en ningún caso hubo comunidad de intereses y las ciudades púnicas nunca actuaron al unísono ni compartieron necesariamente los mismos intereses.

En cuanto a las relaciones interestatales, los datos literarios tampoco son muy explícitos sobre los vínculos políticos entre las ciudades-estado púnicas, y entre estas y otras formaciones políticas ibéricas y turdetanas, aunque hay documentación arqueológica por lo que podemos atisbar algunos de estos fenómenos. Sí hay, por el contrario, evidencias textuales y arqueológicas de vínculos políticos con Cartago, en particular Gadir, que adquirieron la forma de alianzas desiguales a lo largo de un proceso de progresivo control y dependencia, que culminaría con la integración del territorio en el estado cartaginés en 218 a.C., si bien la autonomía e identidad de estas ciudades probablemente no sufrió merma alguna.

Por último, en cuanto al último criterio, está actualmente en debate la posible existencia de relaciones «panfenicias» basadas en los orígenes tirios de algunas de las ciudades y en el culto a Melkart de Tiro. La efigie del dios en monedas de cecas como las de Gadir, Sexi y otras ciudades del sudoeste de Iberia había ha dado pie a especulaciones sobre la importancia económica y política del santuario, bajo cuyo amparo se situaría la liga o confederación antes mencionada, y sobre su papel decisivo en la configuración de una identidad «fenicia occidental». Al respecto, recientemente M. Álvarez Martí-Aguilar ha realizado una relectura de un conocido texto de Justino (XLIV, 5) en el que se narra la orden oracular recibida por los gaditanos de trasladar a Hispania el culto de Hércules, donde construyeron una ciudad. Este evento siempre se había relacionado con la fundación de Gadir por Tiro, pero la alusión al papel de los gaditanos en el episodio permite contemplar otras posibilidades, como que Gadir, y no Tiro, sea la fundadora, pues en esta colonia tiria se custodiaban los sacra Herculis. La hipótesis señala a Carteia, también conocida como Heraclea, como la nueva fundación en el segundo cuarto del siglo IV a.C., en un contexto de expansión gaditana por el área atlántica que contaría con el apoyo de Cartago.

El Melkart de Tiro actuaría como archegetes, como fundador de nuevas colonias y como dios tutelar de una red de comunidades vinculadas por lazos de consanguinidad, entre las que se contabilizarían Tiro, Cartago, Gadir y Carteia. Una de las prerrogativas de este selecto grupo de ciudades congregadas en torno al culto de Melkart sería el de la ayuda en casos de ataques de terceros; y esas ocasiones se presentarían cuando, por ejemplo, Alejandro sitió Tiro en 332 a.C. y la ciudad fenicia solicitó la ayuda cartaginesa, o, como expone el mismo texto de Justino, cuando Cartago hubo de acudir en ayuda de los gaditanos ante la agresión de pueblos vecinos.

Gadir (Cádiz) y su territorio

La configuración de un mapa político bien definido de la bahía de Cádiz es una tarea muy compleja porque apenas disponemos de datos literarios, escasos y controvertidos, y los estudios arqueológicos sobre territorio presentan unas limitaciones evidentes a efectos interpretativos. Por ejemplo, no hay ninguna referencia grecolatina a la existencia de otros centros en la bahía, como el Castillo de Doña Blanca y el Cerro del Castillo de Chiclana de la Frontera, y a su vinculación con la ciudad insular. También hay dudas justificadas sobre el tipo de relación entre Gadir y una gran formación estatal del entorno, Hasta Regia, que debió tener una considerable proyección política y territorial en la zona, como su mismo nombre indica, ya que era la sede, como refiere Estrabón (III 2, 2), del sýnodos de los gaditanos. Desconocemos, en definitiva, la relación política de Gadir con otras ciudades púnicas de Iberia como Carteia –se baraja la hipótesis, como ya hemos comentado, de que sea una fundación gaditana–, y con aquellas ciudades situadas tanto al este del estrecho de Gibraltar (Malaca, Sexi, Abdera, Baria), como al oeste (Onuba, Baesuris, Balsa, Ossonoba).


Fig. 3. Principales yacimientos arqueológicos púnicos o de influencia púnica mencionados en el texto.

El concepto de «Círculo del Estrecho» creado por Tarradell puede responder a la dimensión económica de un fenómeno que es sin duda evidente: la koiné económica basada en la explotación de los recursos marinos y en el tráfico de materias primas (estaño, oro, marfil), que configuraría un espacio económico centralizado en la bahía de Cádiz con ramificaciones en la costa atlántica africana e ibérica, incluyendo las márgenes de la ensenada bética. Pero la formulación conceptual del «Círculo del Estrecho» no responde a la dimensión política del fenómeno al no definir claramente las características de las formaciones políticas integrantes ni las relaciones jerárquicas entre unas y otras, aunque el papel hegemónico de Gadir pareciera fuera de toda duda.

La dimensión política del «Círculo del Estrecho» sí ha sido abordada por O. Arteaga, artífice de un concepto con cierto éxito en la historiografía, el de la «Liga púnico-gaditana», que situaba a Gadir en el epicentro político del «Círculo del Estrecho» y que articulaba las relaciones políticas de las ciudades-estado púnicas mediante pactos bajo el liderazgo gadirita, desligado a su vez de Cartago, estado con el que mantendría relaciones de igualdad, no de subordinación. La «Liga de Gadir» sería un concepto económico, político y religioso surgido tras la ruptura de la soberanía de Tiro y como consecuencia de la consolidación de los emergentes poderes occidentales y la promoción de sus respectivos sistemas ciudadanos. Las póleis púnicas se integrarían en esta liga bajo el patrocinio del Heracleion gaditano con el objetivo de limar problemas territoriales (definición de fronteras ciudadanas) y marítimos (reparto de circuitos mercantiles), de manera que desde los siglos V y IV a.C. Gadir impondría una hegemonía que afectaría incluso al territorio turdetano.

No obstante, la utilización como modelos comparativos de manifestaciones políticas contemporáneas como la Liga ático-délica y los tratados concluidos entre Cartago y Roma no sólo no avalan esta hipótesis sino que la contradicen. Solamente las emisiones monetales, tardías por otro lado, con el tipo de Melkart y los atunes, podrían aludir a esta posible koiné política liderada por Gadir, aunque para otros autores sea una manifestación exclusivamente económica y/o religiosa. Hay, por el contrario, argumentos en contra de esta hipótesis. En primer lugar, creemos que el papel político de Gadir entre los siglos VI-III a.C. se ha sobredimensionado debido la distorsión provocada por los testimonios escritos tardorrepublicanos, por la sobrevaloración del peso de la «industria» de salazones de pescado en el conjunto de la economía gaditana y en las relaciones con Grecia, y por el prestigio del santuario de Melkart durante la Antigüedad clásica. No obstante, la importancia de Gadir fue más estratégica y económica que política, más simbólica que real, y su renombre se debió en gran parte a su situación geográfica, en los límites de la ecúmene y a las puertas del océano. Hubo un evidente interés científico en época helenística por determinados fenómenos naturales (ocultamiento del sol, mareas), por las distancias y referencias a la navegación y por la geografía de las islas, a la par que un proceso de mitificación del Extremo Occidente y de traslados de mitos a una región liminar como era el estrecho de Gibraltar; de ahí que floreciera una corriente especulativa basada en la identificación y ubicación de personajes y lugares descritos en los relatos homéricos y en obras mitológicas (Gerión, Eritia).

No debemos olvidar, sin embargo, que las referencias a Gadir en las obras anteriores a la conquista romana son escasas. Sin ánimo de ser exhaustivos, en las informaciones más antiguas, hasta el siglo V a.C., hay un predominio sintomático de las noticias relacionadas con la identificación o la cercanía entre Gadir y la mítica Eritia, a la que siguen en número la fama de sus productos piscícolas y discusiones sobre temas geográficos. En el siglo IV a.C., en el periplo del Pseudo-Escílax sólo se refiere la situación de Gadira en dos islas, en una de las cuales se ubicaba una polis. Del mismo modo, las referencias directas a la obra perdida de Timeo aluden a aspectos muy generales, como el nombre dado a la isla de Gadir, su fundación en una península por los fenicios, junto a las Columnas de Heracles, y la riqueza de su templo, o bien su integración en el mito, al vincular la ciudad con la expedición de los Argonautas. La noticia indirecta de Éforo (en Plin., Nat. IV, 120) sobre el nombre (Eritea) dado a Gades, se puede incluir en este grupo.

Podemos decir que la imagen de Gadir transmitida por la historiografía griega anterior a la conquista romana es paupérrima, fruto del desconocimiento y de su desinterés por los asuntos occidentales, y se puede resumir en la noción de una fundación tiria de carácter liminar por su proximidad a las Columnas de Heracles, y por lo tanto lugar de partida y meta de exploraciones y periplos (Eutímenes, Hannón, Himilcón, Piteas, Eudoxo), pero también medio idóneo para la acogida de mitos y de especulaciones evemeristas. No disponemos, pues, de datos literarios que permitan aseverar un papel político rector de Gadir sobre los territorios occidentales, lo cual no quiere decir que no lo tuviera, sino que los griegos contemporáneos no lo percibieron así. Por el contrario, sí apreciaron las afamadas salazones y salsas saladas de pescado gadiritas, pero en dos contextos muy determinados, el de la medicina y el caricaturizado en las comedias.

El contexto mediterráneo en el que se integró Gadir tampoco da pie a la consideración de un papel hegemónico en el Mediterráneo occidental. Como la Liga ático-délica, la púnico-gaditana, de existir, debió definirse contra una amenaza externa, no necesariamente venida del mar, y/o en defensa de los intereses económicos comunes a todos los estados miembros. La posición hegemónica de Gadir, como la de Atenas, tuvo que basarse, por tanto, no sólo en el prestigio del santuario de Melkart y en una cierta autoridad moral asumida por ser la fundación tiria más importante y probablemente más antigua, matriz de otras muchas colonias, sino también en aquellos medios económicos y militares que le posibilitarían mantener esa autoridad en el tiempo.

No hay noticias, empero, de que ni Gadir ni ninguna otra ciudad púnica de Iberia dispusiese de una flota de guerra, sino de hippoi, pequeños barcos de pesca, y de naves mercantes. En una hipotética «liga púnica» el papel hegemónico seguramente debió recaer, por lo menos desde mediados del siglo IV a.C., en Cartago y no en Gadir. La paridad política entre las dos ciudades es más ilusoria que real pues todos los acontecimientos relacionados con ambas indican lo contrario: el episodio de la ayuda cartaginesa y posterior conquista del territorio (Just., Ep. XLIV 5), el tratado firmado entre Roma y Cartago hacia 348 a.C. (Polib. III 22, 1-13), o el desembarco de Amílcar en Gadir y la posterior actuación de los Barca, constituyen los argumentos de más peso, pero no los únicos, para valorar la disimetría en las relaciones entre ambos estados. Como veremos más adelante, la noción que tenían los griegos coetáneos sobre las tierras y los mares extremo-occidentales fue transmitida principalmente a través de los cartagineses a partir del siglo V a.C., lo cual significaría que, aunque podría tratarse de una imagen elaborada interesadamente por estos, los griegos tenían un conocimiento superfluo de la realidad etnográfica y política de esta parte de Iberia pero concebían el Extremo Occidente como un espacio político bajo la hegemonía de Cartago. El liderazgo de Cartago en una hipotética «liga púnica» tendría una expresión difícilmente obviable en el tratado de 348 a.C., al tener Cartago la capacidad de legislar en su nombre y en el de sus aliados sobre la defensa de unos territorios situados más allá de Mastia y de Tarseion, es decir, más allá de la costa mediterránea y del estrecho de Gibraltar. La capacidad de respuesta de Cartago ante las agresiones a sus aliados se pondría de manifiesto en el oscuro episodio de la amenaza a Gadir transmitido por Justino, cuando la ayuda prestada constituyó una excusa para intervenir directamente en territorio hispano.

Las Gadeira: una ciudad polinuclear

La ciudad de Cádiz encierra no pocos enigmas bajo su casco histórico y en su bahía. La propia situación de la ciudad antigua ha sido objeto de discusión por su invisibilidad, a pesar del elevado número de actividades arqueológicas realizadas en su solar, lo que ha llevado a algunos autores a proponer que el núcleo urbano pudo ubicarse en tierra firme, en el asentamiento de Doña Blanca, junto a la desembocadura del río Guadalete, mientras que el archipiélago sería la sede de la necrópolis, de los santuarios y del barrio alfarero. Los recientes descubrimientos de la ciudad fenicia más antigua en el Teatro Cómico han disipado las dudas, pero los datos sobre la ciudad poscolonial son realmente escasos.

Este problema traciende el terreno estrictamente arqueológico para convertirse en un enigma en el que están implicados tres tipos de datos: las descripciones de los escritores grecolatinos, los estudios geoarqueológicos y la documentación arqueológica, no coincidentes en la configuración del archipiélago antiguo. Empezando por los más recientes, las investigaciones geoarqueológicas dan como resultado un aglomerado de antiguas islas que en época histórica formaban una sola por el cegamiento del canal Bahía-Caleta y la unión de la isla de León a la mayor de todas. Sin embargo, estos datos se contradicen con las descripciones de época romana, especialmente las de Estrabón y Plinio, pero también otras más antiguas de Ferécides y Pseudo-Escílax. Ferécides, autor ateniense de fines del siglo VI y principios del V a.C., identificaba las Gadeira con Erytheia, en la que el mito colocaba a los bueyes de Gerión, pero Estrabón (Str. III, 5, 4) expuso la versión de otros autores, que no menciona: «según otros, es la isla frente a la ciudad, de la que está separada por un canal de un estadio». Heródoto (IV, 8), por su parte, decía que Gerión habitaba fuera del mar y tenía su morada en la isla que los griegos llaman Eritea, que está situada frente a Gadira. Por último, Pseudo-Escílax, hacia 335 a.C., refieriéndose a las Columnas de Heracles, decía que «allí había dos islas cuyo nombre es Gadira. Una de ellas tiene una ciudad [polis] que dista una singladura de las Columnas de Heracles» (THA IIB, 61a). Los testimonios literarios más antiguos se refieren, por lo tanto, a dos islas.

En época helenística y romana, Estrabón (III, 5, 3), con la información de testigos visuales como Artemidoro, Posidonio y Asclepiades, describió la realidad de las Gadeira del siglo I a.C., en la que habría al menos dos islas, una mayor en la que se situaban la ciudad en el extremo occidental y los santuarios de Cronos, cerca de la ciudad, y el Heraclion en el extremo opuesto, una isla pequeña también habitada, que constituía una antípolis o «ciudad de enfrente» de la primera fundación. Balbo levantaría una «ciudad gemela» o Dídime, aunque Estrabón no especifica dónde, pero enfrente de la isla pequeña, por lo que es de suponer que fue en la isla mayor, lo que se puede corroborar con el registro arqueológico. Estrabón (III, 5, 5) volverá a insistir en la ubicación de la ciudad en la isla grande, en el extremo opuesto al Heracleion.

Un siglo después, Plinio (Nat. IV, 119-120) aportó destalles de extensión de la isla de Gades, donde había un oppidum (Augustana Urbs Iulia Gaditana), también llamada Cotinusa, Tarteso o Gadir, frente a la cual había otra isla de reducidas dimensiones (Eritea, Afrodisias o Insula Iunonis) a la que atribuye la ubicación del antiguo oppidum. Lógicamente Plinio, un gran compilador de datos pero sin espíritu crítico, yerra porque, según su propio testimonio, si los poeni llamaban a la isla grande Gadir, que según él significaba reducto, era porque allí se ubicaba la ciudad antigua. La descripción de Pomponio Mela (III, 46), de los años cuarenta del siglo I d.C., coincide básicamente con Estrabón, pues habla de una isla grande en cuyos extremos se sitúan una ciudad floreciente y el templo de Hércules Egipcio. Por el contrario, la isla de Eritia, la que fue mansión de los Geriones, se situaría en Lusitania.

La descripción más tardía es la de Avieno (siglo IV d.C.), que se acerca a la de Plinio cuando refiere la etimología de Gadir y su identificación con Tarteso (Or. Mar., 261-274), y se distancia de las demás cuando describe confusamente la isla de Eritia, una fortaleza y la isla consagrada a Venus Marina, con un templo, un profundo subterráneo y un oráculo. De todos estos relatos, los más fidedignos son los de Pseudo-Escílax y Estrabón por cuanto reflejan fielmente la descripción autóptica de testigos presenciales, aunque todos vienen a coincidir en la existencia de dos islas, la grande, donde si situó la ciudad y el santuario de Melkart-Heracles (también el de Cronos) y una isla pequeña consagrada a la diosa Astarté, aunque habitada ya en época romana.

La documentación arqueológica añade una complejidad mayor a medida que se va conociendo el poblamiento de la bahía, pues los testimonios grecolatinos guardan silencio sobre una tercera isla, la de León (actual San Fernando), quizá soldada a la isla mayor aunque no hay referencias de tales detalles, y la existencia de otros núcleos urbanos amurallados en la bahía, el Castillo de Doña Blanca y el Cerro del Castillo de Chiclana de la Frontera, recientemente incorporado a la nómina de fundaciones fenicias arcaicas. El segundo yacimiento ocupa un cerro junto a la desembocadura del río Iro, donde se ubicó una fortificación de casamatas construida en época arcaica que defendía una ciudad con continuidad hasta el periodo romano, según los datos preliminares aportados por los excavadores.

El asentamiento de Doña Blanca está llamado a solucionar muchas incógnitas cronológicas, urbanísticas e históricas que Cádiz y otras ciudades actuales, por motivos obvios, no pueden aportar. La secuencia estratigráfica del yacimiento comprende casi toda la historia de la colonización fenicia desde sus orígenes hasta la Segunda Guerra Púnica, en los últimos años del siglo III a.C. No obstante, a pesar de ser un yacimiento excavado intensamente, no disponemos de la suficiente documentación para aportar detalles sobre el desarrollo del centro en época poscolonial. Parece seguro que la primera fundación fenicia se amuralló, abarcando el recinto un área aproximada de 5 o 6 hectáreas, espacio que se correspondería con una población calculada en unos 1.500 habitantes. No se trataría, por tanto, de una factoría comercial sino de una ciudad, una polis en terminología griega arcaica o un oppidum en la latina.

En la primera mitad del siglo VI a.C. se advierten transformaciones significativas, como la aparición de importaciones griegas en cantidad significativa, aunque es un periodo mal conocido arqueológicamente; se trata en todo caso de una transformación gradual perceptible en la evolución de los recipientes cerámicos. Los rasgos característicos del siglo V a.C. son la adquisición de una fisonomía plenamente urbana, la construcción de una nueva muralla a mediados de la misma centuria aprovechando en parte la preexistente, que volvió a ser remodelada en la segunda mitad del IV a.C. La muralla de casamatas se ha excavado en un perímetro superior a los 200 metros, y se ha llegado a la conclusión de que el recinto de los siglos IV y III a.C. sería de menores dimensiones que el de la fase anterior porque la cimentación de las nuevas estructuras defensivas se hicieron sobre la fortificación y sobre algunas viviendas anteriores. El tramo de muralla excavada tenía un diseño zigzagueante o de «cremallera» y disponía de once tirantes entre los muros exterior e interior y dos torres de planta cuadrangular. Hubo posteriores remociones de la muralla a mediados del siglo III a.C., y de esta época se conocen viviendas y lagares.

El ocaso de la ciudad se data en el último decenio del siglo III a.C. y se ha relacionado con la presencia romana en Gadir, que no debió ser pacífica a juzgar por los estratos de incendio, las bolas de catapulta y la destrucción deliberada de tramos de murallas. Este momento está bien datado por la ocultación de un tesorillo de monedas de bronce hispanocartaginesas de la época de Asdrúbal o Aníbal.

No cabe duda, después de los datos expuestos, que la implantación fenicia en la bahía de Cádiz estuvo lejos de la imagen idealizada de una fundación comercial por la que, a través del santuario de Melkart, se entablarían relaciones cordiales con los habitantes del entorno. Desde los primeros momentos se pretendió –y se consiguió– una apropiación física del entorno de la bahía mediante la construcción de dos ciudades amuralladas en ambos extremos de la misma, una al norte, en la desembocadura del Guadalete, destinada a controlar el litoral y la campiña hasta la embocadura de la ensenada tartésica, y la otra al sur, frente al santuario de Melkart. La desaparición de los poblados cercanos, como el de Las Cumbres, puede entenderse de dos maneras: como la absorción de estas poblaciones indígenas en los centros urbanos, o como la huida, esclavización o exterminio de las mismas. Probablemente se dieron ambas posibilidades.

Lo que parece cierto es que este modelo de ocupación se mantuvo inmutable en sus líneas maestras. A fines del siglo VI a.C., el litoral septentrional de la bahía ya estaba integrado en el dominio gaditano y funcionando como área artesanal dedicada a la fabricación de salazones, y el santuario de La Algaida probablemente marcaba simbólicamente el control gaditano de la navegación por los esteros. Casi dos siglos después, parece probable que la ciudad programara con ayuda de Cartago una expansión territorial hacia el norte para la explotación agrícola de la campiña, dedicada al olivar y a los viñedos, entre otros cultivos.

La necrópolis

Conocemos mucho mejor la ciudad de los muertos que la de los vivos, porque la necrópolis de la Gadir poscolonial lleva excavándose casi ininterrumpidamente desde fines del siglo XIX, con cientos de tumbas exhumadas, aunque el estudio completo no se ha realizado aún. Los habitantes de la ciudad eligieron para su eterno descanso, al menos desde el siglo VI a.C., una amplia franja de tierra a la altura y al sur de Puerta de Tierra, en la misma isla donde se situaba la núcleo urbano y también, aunque con menor densidad, en la isla pequeña. Los enterramientos más antiguos se datan en el siglo VII a.C., eran de cremación primaria, con escaso ajuar compuesto básicamente por joyas y algún recipiente cerámico, similar a los de Villaricos, Carmona, La Angorrilla y Alcácer do Sal.

Sin embargo, a partir del siglo V a.C. Gadir conforma unas costumbres funerarias (estructura de las tumbas, disposición, ajuar y rituales desarrollados durante y después del enterramiento) sin parangón con el resto de las necrópolis púnicas de Iberia, ni con otras del Mediterráneo central. En lo único que hay cierta sintonía es en el cambio de rito funerario. En efecto, desde los inicios del siglo V a.C. se documenta la generalización de la inhumación en fosa o en cista de piedra, sola o en grupo, y con joyas como ajuar, que puede ser considerado el modelo estándar de enterramiento, aunque no el único. Esporádicamente, entre los siglos V y III a.C., hubo cremaciones en fosas e incluso en cajas de piedra. En los enterramientos de inhumación el cadáver se disponía en posición decúbito supino, en ocasiones en ataúd de madera, y en los casos mejor conservados se ha podido comprobar que algunos cadáveres se envolvían en sudarios, como la difunta enterrada en el sarcófago antropoide femenino, amortajada con cuatro túnicas diferentes. El ajuar consistía normalmente en adornos personales (anillos, colgantes, pendientes, amuletos) de oro y plata, y a partir del siglo IV y sobre todo en el siglo III a.C., se hicieron comunes los ungüentarios helenísticos.

Se han distinguido varios tipos de tumbas, desde fosas simples sin protección, a fosas cubiertas por sillares o lajas de piedra, tumbas de sillería y tumbas de sillería con sarcófago. Tampoco fue extraña la señalización de la tumba con estelas, betilos o simples piedras. Los estudios más recientes son esclarecedores sobre la existencia de determinadas estructuras como pozos, piletas, alineaciones de ánforas, hitos de piedra y fosas que informan de la parcelación de la necrópolis y de los rituales celebrados en ella, pues la mayoría de estas estructuras estaban rellenas con materia orgánica, sobre todo huesos de animales, y recipientes cerámicos estandarizados. La acumulación de materia orgánica se relaciona con la celebración de sacrificios, banquetes y ofrendas donde se consumían bóvidos, ovicápridos, suidos, équidos y cánidos, o se depositaban enteros animales de menor talla como cerdos y perros. El pozo más antiguo se data en el siglo VI a.C., pero no fue clausurado hasta el siglo IV a.C. después de 7 metros de relleno, si bien la mayoría se data entre el siglo IV y el I a.C., siendo especialmente abundantes en la segunda mitad del siglo III a.C. Las piletas suelen ser más tardías, del siglo II a.C.

La necrópolis de Cádiz, como la del resto de las ciudades púnicas, se diferencia de las necrópolis de época arcaica en que no son los cementerios de la aristocracia, de una parte proporcionalmente minoritaria de la población, sino de una parte considerable de la misma, los ciudadanos, aquellos miembros con derecho a ser enterrados en un espacio delimitado y de uso reglamentado. Todos los elementos que constituyen las costumbres funerarias de Gadir tienen un grado de estandarización notable, a pesar de las diferencias de riqueza entre unas tumbas, por ejemplo las de los sarcófagos antropoides, atribuidos a miembros de la alta aristocracia, quizá herederos de las primeras familias de colonos, lo que sugiere un sentido muy interiorizado de la identidad ciudadana, expresada en la repetición de formas y ritos que admitía escasas –y graduales– innovaciones.

Los santuarios urbanos

La base documental de los santuarios cívicos de Gadir son básicamente los textos literarios, por los que se presupone la existencia de, al menos, tres en época romana republicana con posibles antecedentes fenicios: el Kronion, un santuario de Astarté en su triple identificación con Afrodita, Juno y Venus Marina, y el de Melkart, el mejor conocido por la abundancia de testimonios literarios y la fama que adquirió en la Antigüedad, aunque realmente del santuario fenicio sólo conocemos hallazgos submarinos de época arcaica. De la información literaria, tras una labor de exégesis y de comparación con fenómenos religiosos mejor conocidos como el cartaginés y el próximo oriental, podemos reconstruir algunas de las funciones que se desempeñó el Heracleion como centro de sabiduría o como entidad religiosa con un destacado papel económico y político, y algunos aspectos de su culto, como el sacerdocio (Silio Itálico, Pun. III, 23-27).

Del presumible santuario de Astarté sólo disponemos de una exigua colección de textos inconexos de los que sólo podemos extraer la idea de que la isla pequeña (Afrodisias, Eritia, insula Iunonis: Plin., Nat. IV, 120) estaba consagrada a una diosa asimilable, con Astarté, y que, en un determinado momento, ya identificada como Venus Marina, tuvo un templo con una cripta y un oráculo, si damos como válida la noticia de Avieno (Or. Mar., 314-317). Por otro lado, la inscripción de un anillo hallado en Cádiz, datado por criterios epigráficos en el siglo II a.C., permite atisbar la riqueza y la complejidad de análisis de la religiosidad de la ciudad fenicia, pues en ella se constata el culto a una divinidad mixta, Milk-Astart, de remotas raíces próximo-orientales, cuyo culto también está atestiguado en Cartago. Pero el epígrafe plantea, entre otras cuestiones, un problema cronológico: si el culto fue introducido en la ciudad en los primeros tiempos de la colonización fenicia o es un fenómeno, como la veneración a Tinnit, más vinculado a la presencia cartaginesa de época bárquida.

Si la ciudad se ha mostrado parca hasta ahora en contextos arqueológicos sacros, la necrópolis sí ha ofrecido numerosos testimonios no sólo de ritos y cultos funerarios propios de un área funeraria, sino también de imágenes de culto, entre ellas una estatua de piedra de diosa entronizada con dispositivos para facilitar la articulación y el movimiento de las manos, valorada como imagen de culto quizá con función oracular; o una figura pétrea de un dios con casco cónico y túnica que alancea a una figura perdida, utilizada en la clausura ritual de un pozo (fines del siglo III a.C.). Como imágenes de culto también se han identificado cinco bustos de terracota que informan de la introducción en Gadir de determinadas iconografías de origen centro-mediterráneo y, plausiblemente, del culto a Tinnit en un momento avanzado del siglo III a.C. Y con el culto a la diosa protectora de Cartago también se han vinculado dos grupos de imágenes introducidas en Iberia sincrónicamente: las figuras «curóforas» (portadora de niño) y los pebeteros en forma de cabeza femenina. Ejemplares de ambos tipos han sido hallados en diversos contextos (funerarios, domésticos y sacros) de Gadir y de su entorno inmediato que confirman la recepción de originales y moldes en época bárquida, así como la fabricación local y la perduración de su uso hasta el siglo I d.C. No es este, en ningún caso, un fenómeno aislado ni extraordinario, pues los talleres de coroplastia de Gadir, en particular los dedicados a la fabricación de imágenes de culto y figuras votivas (prótomos, máscaras), se han revelado como unos activos centros de recepción de las principales corrientes estilísticas que circulaban por el Mediterráneo desde la época arcaica hasta la tardopúnica.

Volviendo al culto de Astarté en la ciudad, quizá el yacimiento submarino de la Punta del Nao, en el extremo noroccidental de la isla gaditana, sea una manifestación del mismo. Se trata de un espigón natural o escollera situado junto a La Caleta, en cuyas inmediaciones se han hallado sumergidos a unos 20 metros de profundidad una gran cantidad de objetos arqueológicos interpretados como ofrendas. La sacralidad del lugar no ofrece apenas dudas si valoramos aspectos como la continuidad de la deposición, entre los siglos VII-VI y II-I a.C., la propia composición del registro material (miniaturas de ánforas, pebeteros, soportes, discos figurados, jarritas, prótomos y figuras votivas), y la concentración de las ofrendas en un área determinada, alejando así la posibilidad de que fueran el resultado de diversos naufragios, lo que podría explicar la presencia de algunos materiales, quizá las ánforas de gran tamaño, pero no todos. Parece probable, por tanto, que la consagración de la isla a Astarté originara la costumbre, ya en el periodo arcaico, de ofrendar a la diosa libaciones, alimentos y perfumes arrojados al mar desde los barcos, como acción de gracias por el regreso o la primicia ante la partida.

El barrio alfarero

En esta distribución orgánica del espacio insular, un tercer sector, no sabemos si geográficamente independiente o entonces unido a la isla mayor, se dedicó desde época tardoarcaica (fines del siglo VI a.C.) hasta época tardopúnica (inicios del siglo I a.C.) a la producción alfarera. La isla de León, actual municipio de San Fernando (Cádiz), ha sido objeto en la última década de proyectos y estudios que han proporcionado una documentación arqueológica ingente y su sistematización e interpretación. De esta podemos extraer como principal conclusión que el territorio fue destinado durante más de cuatrocientos años a una producción alfarera que no sólo suministraba envases para la «industria» salazonera, sino también cubría las necesidades de los centros urbanos de la bahía de vajilla de mesa, de cocina y de almacenamiento, así como otras producciones dedicadas al culto (figuras, máscaras, pebeteros).

El mapa de hallazgos dibuja sobre el terreno una dispersión de alfares no aleatoria, sino aparentemente regular, repartidos por buena parte de la isla, donde los talleres se distribuyen de forma casi equidistantes, con perímetros teóricos de 300-500 metros de lado, repartidos en función de la accesibilidad a los recursos básicos (arcillas, combustibles, agua, etc.), manteniendo esta disposición en líneas generales desde el siglo VI al II a.C. Este patrón territorial no parece casual sino planificado por instancias superiores a una iniciativa espontánea de alfareros independientes, que remite a la oligarquía comercial y, en definitiva, a las instituciones políticas de la propia ciudad. Parece lógico, no obstante, que la gestión y el usufructo de los alfares estuvieran en manos de productores privados, porque si fuera una iniciativa exclusivamente institucional, hubiera generado una estructura concentrada de la producción, y no una dispersión de talleres dotados con un número variable de hornos, aunque con características técnicas, tecnológicas y de explotación homogéneas. Entre los alfares, los mejor conocidos son Camposoto (fines del siglo VI a.C.), Villa Maruja (fines del siglo V a inicios del III a.C.), Pery Junquera (siglos III-II a.C.) y Torre Alta (siglos III-II a.C.). En época tardopúnica también se activaron talleres alfareros en la isla grande en la calle Tolosa Latour (fines del siglo III y primera mitad del II a.C.), calle Troilo (siglos II y mediados del I a.C.) y avenida de Portugal (fines del siglo II a.C.).

Pero la importancia de las producciones cerámicas gadiritas no sólo se manifiesta en la abundancia de talleres y en la actividad de estos, sino también en la capacidad creativa y adaptativa de los alfares, capaces de satisfacer la demanda del «mercado» en situaciones muy diversas. Este dinamismo se percibe especialmente en la creación y evolución de formas anfóricas originales a partir de prototipos fenicios para el transporte de salazones, y en la adaptación de estas formas a los mecanismos de la «demanda» mediante la imitación o inspiración en la morfología de los contenedores púnicos centro-mediterráneos, griegos, greco-itálicos y romano-republicanos. Aun así, esta capacidad adaptativa no se limitaba exclusivamente a la fabricación de contenedores de transporte sino también a una vajilla de mesa de «gusto helenístico», la cerámica «tipo Kuass», quizá creada como respuesta a la falta de abastecimiento de cerámica ática a fines del siglo IV a.C., y como adaptación a los cambios estéticos que se operaban en el Mediterráneo.

En el último tercio del siglo VI a.C. hay indicios suficientes para hablar ya de recipientes destinados a un uso específico relacionado con las pesquerías, que son una evolución de las ánforas arcaicas hacia formas diseñadas para contener derivados de la pesca, como el grupo Mañá-Pascual A-4, plenamente configurado en esta cronología (T-11.2.1.3), que continúa en su particular evolución morfológica hasta la época republicana romana (T-12.1.2.1 y T-12.1.1.2). A estos hay que sumar otros tipos creados posteriormente que también se relacionan con los productos del mar (T-8.1.1.1, T-8.1.1.2 y T-9.1.1.1). Junto a la conformación de un envase-tipo, que podríamos denominar «con denominación de origen», hay una evolución paralela en la vajilla de mesa, un cambio morfológico en los platos de engobe rojo mediante el ensanchamiento interior del labio hasta crear un pocillo central, fenómeno que puede vincularse al consumo de salsas de pescado. Es un proceso que puede estudiarse sincrónicamente en Doña Blanca y en Morro de Mezquitilla. Asimismo, los platos áticos fueron adaptados por las alfarerías púnicas a los gustos locales, como los platos engobados en rojo «tipo Kuass», o los platos de pescado de cerámica común.

El territorio

La imagen sobredimensionada de Gadir como ciudad opulenta o «metrópolis» debe ser sometida a revisión. Era, en efecto, uno de los puertos comerciales más importantes de Mediterráneo occidental, pero no era una ciudad extensa ni dominaba un vasto territorio. Según Estrabón (III, 5, 3) los gaditanos vivían en un principio en una ciudad muy pequeña, pero Balbo les construyó otra que llamaron «Nueva». El mismo pasaje estraboniano hace alusión a los dominios de la ciudad fenicia cuando, refiriéndose a los habitantes de las Gadeira, dice que «puesto que no habitan una isla grande ni dominan extensas tierras en la parte opuesta de la costa firme, ni poseen otras islas, la mayoría viven en la mar, siendo pocos los que residen en sus casa o están en Roma». Ciertamente es un dato tardío, de la Gades tardorrepublicana, pero puede dar una idea del dominio sobre un territorio no muy extenso en tierra firme que probablemente sería respetado tras el foedus firmado con Roma en 206 a.C.

Una consideración restrictiva de los dominios de la Gadir prerromana incluiría hacia el norte la costa de la bahía, con el Castillo de Doña Blanca, el poblado de Las Cumbres y las factorías de salazones del litoral portuense hasta los límites territoriales indefinidos de Asta (en griego, Str. III, 1, 9: 2, 2; 2, 5; Ptol. II, 4, 4: 4, 10; Marcian. II, 9) o Hasta (en latín, Liv. XXXIX, 21; Mela II, 4), al norte; quizá el territorio de Asido, al este; el Castillo de Chiclana al sudeste, lindando con Baesippo. Hasta, titulada Regia (Plin., Nat. III, 11), como se infiere del decreto de Paulo Emilio (CIL II, 5041), era un estado a comienzos del siglo II a.C. que extendía su dominio sobre un territorio relativamente extenso apoyándose en una serie de turres, como la lascutana, y quizá también Seguntia, que le servían de defensa y desde las que se controlaba a una plebs servilis en condiciones de inferioridad respecto de la población dominante.

Por tanto, el territorio de Gadir quedaría reducido al archipiélago, el reborde septentrional de la bahía de Cádiz, incluida la paleodesembocadura del río Guadalete, probablemente parte de la campiña de El Puerto de Santa María y de Jerez, y el arco sudoriental de la bahía, con el Castillo de Chiclana como baluarte. Nos detendremos en dos áreas geográficas representativas de otras tantas actividades económicas que constituyeron sendas fuentes de riqueza y de desarrollo para Gadir: el litoral septentrional de la bahía, dedicado a la fabricación de salazones y salsas saladas de pescado, y la campiña, de explotación algo más tardía, dedicada al cultivo del olivo y de la vid.

El distrito «industrial» salazonero y la economía del mar

Gadir y casi todas las ciudades del litoral meridional de Iberia supieron aprovechar los recursos pesqueros que les ofrecía el mar para el autoconsumo y para su comercialización en mercados regionales e incluso muy lejanos. La razón última del desarrollo de una economía productiva y comercial es que el área del estrecho de Gibraltar es especialmente rica en estos recursos, dada la concentración en bancos muy densos de especies epipelágicas migradoras, como la caballa, el bonito, el atún, la albaroca, etcétera, que transitan por el estrecho en sus migraciones gaméticas anuales. La densidad de los cardúmenes desciende, con respecto al atún, a partir de la vertical Algeciras-Ceuta, porque los peces son dispersados por las turbulencias anticiclónicas del mar de Alborán, concentrándose en determinados sectores de las costas, como Adra. La dinámica local de corrientes y contracorrientes litorales favorecen en el Mediterráneo la subsidencia de aguas profundas cargadas de sales minerales y la concentración de especies en época de desove como la sardina y el boquerón, que atraen a su vez a predadores como la caballa, la melva y el estornino.

Para el estudio de la economía del mar en Gadir y en el resto de las ciudades púnicas disponemos de dos fuentes de datos: la arqueofauna hallada en los yacimientos arqueológicos, tanto de producción como de consumo, y los testimonios griegos referidos al comercio y al consumo de salazones occidentales. Con respecto a los segundos, los comediógrafos áticos y otros autores griegos mencionaron entre los productos de mayor calidad la tarijeía o tárijos gaditano, de atún o esturión, es decir, las rodajas saladas de grandes peces a los que habría que añadir la morena «tartésica» y el colias pescado frente a las costas de Sexi. Las salazones gadiritas conocidas en Grecia entre los siglos V-II a.C. fueron productos confeccionados con partes selectas de los peces, como el hipogastrion o ventresca de atún, o los hocicos y filetes de esturión y de atún. En el siguiente cuadro exponemos los testimonios que pueden ser atribuidos a las salazones ibéricas de época prerromana, su cronología y el producto:


Los escasos análisis de las faunas marinas en contextos de producción de salazones o en el interior de las ánforas empleadas para su transporte muestran la preponderancia de los trozos de atún salado (Cádiz, San Fernando, Corinto) y se datan en cronologías cercanas a las de los testimonios literarios más antiguos que citan el tárijos gadirita (primera mitad del siglo V a.C.). A los bocados de atún, esturión y morena mencionados por los autores clásicos o documentados en el interior de los contenedores, habría que añadir los de las corvinas, burros y pargos. Atunes y burros son prácticamente los únicos taxones en Doña Blanca y Huelva en los siglos VII y VI a.C., y en el siglo V a.C. el pargo es la única especie que se asocia al atún occidental en el almacén de ánforas púnicas de Corinto.

De la contrastación entre una fuente y otra podemos extraer varias conclusiones. La primera es la importancia del atún como ingrediente fundamental de las salazones púnicas del sur de Iberia a partir del momento de «industrialización» de estas, desde mediados del siglo VI a.C., si no antes. Los contextos de producción y consumo se caracterizan desde momentos imprecisos del siglo VII a.C. por la presencia de atún: restos en salazón hallados en el interior de un ánfora arcaica tipo R-1 en Acinipo (Ronda, Málaga), que permiten remontar las evidencias del tratamiento y exportación de los grandes escómbridos hasta el siglo VII a.C., o en las ánforas de Camposoto (San Fernando, Cádiz), del último cuarto del siglo VI a.C. La presencia en otros contextos productivos, como el de La Tiñosa (Lepe, Huelva), de escualos como el marrajo, habitualmente asociados a los bancos migratorios de atunes, supone un argumento más a favor del atún como base al menos de una parte sustancial de la «industria» de las salazones púnicas de Occidente.

La segunda conclusión es que, además del atún, había otras especies también consumidas en salazón, como la corvina, el pargo y el burro, de las que la primera constituía, bajo el nombre de korakînos, un pez apreciado entre los clientes atenienses, mientras que de la segunda existen evidencias de su exportación a Corinto para el siglo V a.C. Asimismo, se documenta un importante consumo en fresco de todas estas especies. En tercer lugar, se aprecian marcadas diferencias entre los litorales de un lado y otro del Estrecho con respecto a ictiofaunas dominantes, tanto en los centros de consumo como en los de producción. En las costas mediterráneas fue preponderante la pesca de pequeños peces como el boquerón, la sardina o la boga. El nombre de este último pez, denominado en griego máina (lat. maena), parece haber estado en el origen del topónimo de uno de los centros conserveros más importantes del poniente malagueño, Mainake, lo que permite conjeturar que fue esta la especie de mayor uso en la zona para las salazones, del mismo modo que lo fue en Sexi (Almuñécar, Granada) el colias, probablemente un escómbrido de mediano tamaño como la melva.

Se conoce relativamente bien el proceso de fabricación de las salazones y los lugares destinados a ello. En el caso de Cádiz, la urbanización de la costa de El Puerto de Santa María ofreció la posibilidad de excavar o prospectar más de una veintena de yacimientos entre factorías y saladeros, que debían constituir pequeñas unidades de producción más o menos aisladas que, por su estructura interna (Las Redes, Pinar Hondo), parecían ser autogestionadas y generar una pequeña producción de tipo artesanal dirigida fundamentalmente a la exportación a larga distancia y a la obtención de beneficios. El pequeño tamaño de los mismos, así como su ubicación relativamente alejada de las ciudades, ha sugerido el carácter doméstico de estas explotaciones, pero la diferenciación funcional y su ordenación espacial sugieren, como veremos, una participación activa de la ciudad en la gestión de todo el proceso productivo, desde las capturas hasta la distribución comercial de las salazones.

Las llamadas «factorías» constituirían al menos dos grupos de yacimientos diferenciados funcionalmente: las factorías propiamente dichas y los saladeros. Las primeras eran instalaciones permanentes, con edificios polifuncionales donde se procesaban, envasaban y almacenaban las capturas, y se reparaban y guardaban las redes y otros útiles de pesca; en el registro arqueológico, se caracterizan por la abundancia de contenedores de fabricación local para el envasado de los productos, pero también de ánforas de importación corintias, jonio-massaliotas y púnicas centromediterráneas, así como de vajilla de lujo de talleres áticos, y, cuando cesan estas importaciones, de imitaciones locales «tipo Kuass», ambas junto a un amplio repertorio de cerámica común, de mesa y de cocina. El carácter permanente de estas instalaciones, entre las cuales consideramos Las Redes, Pinar Hondo o La Manuela, se pone de manifiesto en las reformas de los edificios y su prolongada e interrumpida actividad desde el siglo V hasta principios del II a.C.

Los yacimientos que consideramos «saladeros» carecerían de estructuras permanentes; estaban ubicados sobre dunas a pie de playa donde las capturas recibirían una primera limpieza y envasado provisional, para ser trasladadas posteriormente a las factorías. Consecuentemente el registro arqueológico de estos yacimientos es menos diversificado, con ánforas exclusivamente locales, sin importaciones y posiblemente con un carácter estacional, siendo su actividad menos prolongada en el tiempo. La distribución espacial de saladeros y factorías en la bahía de Cádiz puede respaldar la idea de una organización de la producción desde la ciudad si examinamos el fenómeno de la reordenación del territorio costero, articulado desde fines del siglo VI o principios del V a.C. como una auténtica chora ciudadana y planificado en función de las actividades productivas. El patrón de asentamiento consistiría en una red ordenada y jerarquizada de asentamientos y establecimientos que incluiría no sólo las factorías y saladeros descritos sino también poblados de pescadores y trabajadores de las factorías y asentamientos de mayor rango, fortificados, como el Castillo de Doña Blanca, dependiente a su vez de un puerto como Gadir. Los saladeros gravitarían en torno a las factorías cuya población habitaba junto a las cuadrillas de pescadores en poblados, por ahora sólo intuidos por la existencia de necrópolis y otras construcciones en Chipiona, Puntilla del Salado y Castillo de Santa Catalina, todos en la provincia de Cádiz.

Un ámbito de producción planificado como el que describimos precisa también de otras «industrias» paralelas imprescindibles para la captura, elaboración y distribución de las conservas marinas; nos referimos a los cordajes, a la obtención de la sal y a las alfarerías respectivamente. La obtención de recursos salinos abundantes para la elaboración de las diversas clases de conservas prácticamente se limitó a la explotación de las salinas litorales, en las que se producía la evaporación del agua marina en tajos y pilas de diversas formas, favorecida por la alta insolación, la escasa nubosidad, el régimen de lluvias y el predominio de vientos secos y cálidos. Aunque históricamente las salinas han tenido un carácter estacional, restringido a la época estival, sin embargo, las regulares labores de reparación y mantenimiento implican una dedicación casi exclusiva del trabajo salinero y obligan a una rígida organización y colaboración entre los productores.

No contamos con datos concretos sobre la organización y gestión de las salinas en el Extremo Occidente, si exceptuamos la cita de Estrabón (III, 2, 6) sobre el uso de sal gema y de la obtenida en arroyos salados de interior de Turdetania para elaborar alimentos salados que dieron prosperidad y fama a la zona costera. Pero disponemos de paralelos mediterráneos, como los funcionarios estatales empleados en las salinas de Kition (Chipre), como el Eshmun-Adon mencionado en una inscripción del siglo IV a.C. o un personaje anónimo de Cartago autodefinido como mmlh (salarius). También se ha documentado el arrendamiento de salinas a compañías de publicanos ya en época tardopúnica, deducido a partir de una inscripción trilingüe de Cerdeña del siglo II a.C., en la cual se menciona a un salarius que se dice sociorum seruus, traducido del neopúnico como el «encargado de los recintos que están en las salinas».

Por último, las alfarerías constituyen un elemento indispensable para analizar la evolución de la industria salazonera pues son las proveedoras de los contenedores. Este es el ámbito mejor conocido pues son decenas los alfares detectados o excavados en el entorno de la bahía gaditana, sobre todo en la isla de León, y puede dar una idea bastante aproximada de lo que debió ser un «barrio industrial» con instalaciones portuarias próximo a Gadir, surgido en época tardoarcaica y en funcionamiento hasta época romana sin interrupción.

Todos estos factores que hemos destacado (marco sociopolítico, infraestructuras de producción, almacenamiento y distribución, y otras industrias complementarias como la sal o las alfarerías), parecen plenamente definidas en Gadir a fines del siglo VI a.C. Como antes mencionamos, se ha supuesto que las factorías de salazón eran pequeñas explotaciones familiares de tipo artesanal, pero la articulación espacial descrita, la internacionalización del comercio y la interrelación entre emisiones monetales, producción de salazones y comercio de la sal desde el siglo III a.C. hacen poco creíble un modo de producción doméstico y requiere la participación de la ciudad en todo el proceso económico, lo que no quiere decir que esta estuviera directamente implicada en la explotación, pues pudo basarse en pequeños arrendatarios que obtenían la concesión del templo o de la ciudad.

A fines del siglo VI a.C. el comercio adquirió un carácter institucional frente a la impronta aristocrática que tenía en tiempos anteriores. Este proceso estaba ligado a la emergencia de oligarquías, como en Gadir. La participación de las ciudades y los templos en el alquiler de las almadrabas, pesquerías y hornos cerámicos de su propiedad era habitual en las ciudades griegas de época clásica y helenística, por lo que no sería arriesgado pensar en una cierta función económica de los templos gaditanos en relación con la producción de salazones y de la sal. Algunos autores, sobre la base de la documentación numismática, proponen que en las ciudades púnicas occidentales como Gadir, Sexi, Tingi, Lixus o Solunto, las divinidades, y sobre todo Melkart, ejercieron una cierta tutela sobre las actividades económicas fundamentales para las comunidades que se ponen bajo su protección. Es posible que esta tutela se convirtiera en una gestión económica de las propiedades del santuario, y una posible manifestación de este fenómeno pudieron ser las marcas de alfar de fines del siglo III o principios del II a.C. Los signos de Tanit y las rosetas, símbolos de Astarté, y otros como losange, mano abierta, paloma, así como representaciones de personajes que manipulan recipientes y atunes, o parejas de atunes, como las monedas gaditanas, pueden ser indicios de la relación de las ánforas y sus contenidos con instancias ciudadanas, religiosas y/o civiles. Quizá haya que pensar en posesiones de los templos, gestionadas directa o indirectamente por ellos, o en encargos de envases destinados a los santuarios, mientras que la presencia de atunes en composición idéntica a la de las series monetales remiten a instancias políticas cuya actuación no excluiría necesariamente la de las instituciones religiosas.

En cuanto a la comercialización de las salazones gadiritas, no fue hasta fines del siglo VI a.C. cuando las salazones occidentales se convirtieron en un producto de lujo que, como el estaño, comenzó a transitar por los circuitos internacionales hacia el Mediterráneo central y oriental, fenómeno que debe ser insertado en un contexto mucho más articulado. La mención de las salazones púnicas, gaditanas casi siempre, junto a las bizantinas y pónticas, se da en un contexto literario muy concreto: el de la comedia. Se trata de un género literario con sus propias reglas y convenciones en el que el empleo de la comida como tema recurrente resultaba efectivo, no sólo porque la descripción de los regímenes alimenticios de los personajes permitía enfatizar su posición social, sino, sobre todo, porque el gusto excesivo de los ricos por las comidas lujosas, en especial el pescado, ofrecía incontables situaciones cómicas para ridiculizar sus ansias de tryphé (extravagancia, voluptuosidad).

El papel del pescado y de sus conservas como alimento de lujo no debe contemplarse tan sólo como un tópico literario, sino también como la realidad de unas transformaciones sociales que de­sembocaron en la aparición de una clase social con capacidad suficiente para demandar cantidades crecientes de productos caros, entre ellos el pescado. No cabe duda de que el surgimiento de esta demanda se vio favorecida por el desarrollo a partir del siglo VI a.C. de la institución del mercado, así como por la intensificación de los contactos comerciales entre Grecia y el resto del Mediterráneo. En Atenas, el objeto fundamental de este comercio fue el aprovisionamiento de grano para el sustento de la población. Sin embargo, el tráfico a gran escala de trigo propició la llegada de otras mercancías que no eran de sustento básico, entre las que se contaron las salazones de pescado.

La conexión entre los circuitos interior y exterior, que eran relativamente independientes, se hizo gracias a una creciente monetización de los intercambios, que propició la integración del tercer gran ámbito de la economía de la polis: la hacienda señorial. Los terratenientes debían recurrir al mercado para dar salida a sus excedentes y obtener liquidez con la que adquirir los objetos de lujo cuyo consumo subrayaba su estatus, pero tan sólo una ciudadanía relativamente próspera y surtida con especies monetales gracias al desempeño de los empleos públicos y al servicio en la marina, podían sostener de forma continua los mercados locales. El resultado de estos fenómenos, a los que debe sumarse durante el siglo V a.C. los beneficios económicos reportados a Atenas por su imperio, fue un incremento general del nivel de vida que sin duda repercutió en la transformación de los hábitos alimenticios de la población, y no sólo los de los ciudadanos más ricos. Sólo estos últimos, sin embargo, debieron tener acceso de forma habitual a la mayoría de los alimentos importados, entre los que los pescados de precio elevado parecen haber ocupado una posición destacada. La situación en el resto de las póleis griegas fue probablemente muy similar porque el nacimiento de una literatura gastronómica en el mundo griego occidental a partir del siglo V a.C. parece apuntar hacia un desarrollo temprano del mismo fenómeno en las ciudades de Sicilia y Magna Grecia.

En el Extremo Occidente, en tanto, la urbanización del litoral sudatlántico y mediterráneo de Iberia estaba creando una serie de «mercados» más cercanos para los comerciantes gaditanos, y, en general, para los púnicos occidentales. El mapa de distribución de las ánforas púnicas occidentales del tipo T-11.2.1.3 pone en evidencia la vigorosa exportación de las salazones occidentales hacia la costa levantina de Iberia y el archipiélago balear. Es decir, que la articulación comercial del llamado «Círculo del Estrecho» debe entenderse en relación con las áreas comerciales que a partir del siglo V a.C. se delinean en el Mediterráneo occidental. Dichas áreas comerciales, nucleadas en torno a Gadir, Ebusus y Massalia resultaron permeables entre sí en virtud, precisamente, de su carácter «institucional», de modo que más que dibujarse como círculos tangentes y aislados debamos tal vez representarlas como áreas superpuestas, resultado de una relación económica fluida entre ellas a propósito de determinadas mercancías de lujo y de primera necesidad.

La colonización agraria de la campiña gaditana

Hay datos arqueológicos para valorar una colonización agraria en la campiña gaditana, en los actuales términos de El Puerto de Santa María y Jerez de la Frontera, a fines del siglo IV o principios de siglo III a.C. El concepto de colonización agraria no conlleva la roturación de tierras sin cultivar o en barbecho, sino la habitación del terreno que se cultiva, fenómeno que genera la proliferación de asentamientos rurales tipo granja o factoría. Este patrón de poblamiento sólo se da en determinadas circunstancias políticas y sociales, cuando las condiciones de seguridad garanticen la protección de la vida y los bienes de los habitantes de estos asentamientos; y en el momento en que haya una iniciativa de un poder político centralizado que determine los modos y condiciones jurídicas del reparto de tierras.

Este fenómeno se ha detectado en la campiña gaditana con un margen cronológico que abarca, en líneas generales, el siglo III a.C. Algunos de estos asentamientos rurales han sido documentados en prospecciones superficiales, pero dos han sido excavados: Cerro Naranja (Jerez de la Frontera) y Las Cumbres (Puerto de Santa María). El primero se puede calificar como «granja fortificada», pues se trata de una construcción sólida de forma cuadrangular, rodeada por un muro de gran grosor con contrafuertes que delimita un espacio central, considerado patio, rodeado en dos de sus lados por habitaciones relacionadas con la habitación y el almacenamiento de sólidos y líquidos en ánforas y en cisternas. En el espacio abierto se documentó la base de un posible ingenio interpretado como prensa, quizá de aceite. La existencia de depósitos y la certidumbre de que algunas de las ánforas almacenadas contenían aceite, posibilita que fuera la almazara de una finca dedicada a la explotación del olivo. La cronología del yacimiento comprende todo el siglo III a.C. y su abandono se produjo a fines del mismo.

Por su parte, Las Cumbres es un núcleo de población situado en la sierra de San Cristóbal, cerca del Castillo de Doña Blanca, probablemente subsidiario de este centro, y ha sido considerado como un asentamiento «de carácter industrial». La superficie excavada, de unos 1.500 m2, documentó un conjunto de edificios adosados a un muro maestro, repartidos a ambos lados del mismo, abiertos al este y el oeste. Formaban conjuntos independientes con una o más habitaciones, y en dos de estos se registraron sendos lagares para la elaboración de vino. La datación del yacimiento es similar a Cerro Naranja, pero en este caso se ha documentado la clausura «ritual» del asentamiento, es decir, el abandono ordenado del hábitat con depósitos votivos, posiblemente relacionado con la Segunda Guerra Púnica o poco tiempo después.

La interpretación funcional y cronológica de estos sitios como establecimientos dedicados preferemente a la elaboración de aceite y vino –sin descartar otros productos agrícolas– no ofrece muchas dudas, pero sus implicaciones étnicas y políticas han generado una gran controversia. Se ha propuesto que fueron fruto de una colonización libiofenicia, o bien que eran villas turdetanas, es decir, explotaciones agrícolas de poblaciones autóctonas no semitas, o también factorías púnico-gaditanas. La cuestión política afectaría a la iniciativa colonizadora: si fue Gadir, Asta u otro centro del entorno el estado promotor de la colonización. En nuestra opinión, la relación de dependencia de Las Cumbres con Doña Blanca y de esta con Gadir es lo más plausible, por lo que la iniciativa partiría de la ciudad insular.

Cerro Naranja ofrece más dudas por su lejanía respecto de Gadir y su cercanía a un centro, Asta, territorialmente extenso y con capacidad política, aunque hay diversos aspectos que hacen pensar más en una iniciativa gaditana, posiblemente inspirada e impulsada por Cartago. Primeramente, el registro cerámico remite a los talleres alfareros de Gadir: cerámica común y pintada, ánforas, cerámica «tipo Kuass», y la utilización de piedra ostionera en la construcción del edificio invita a pensar en pobladores originarios del área «metropolitana» de Gadir. En segundo lugar, la dispersión de las ánforas oleícolas fabricadas en la campiña jerezana siguiendo el circuito de expansión del comercio gaditano, básicamente el litoral atlántico (Algarve y Huelva) y el Bajo Guadalquivir, confirma que el comercio del aceite estaba en manos de comerciantes gaditanos, como posiblemente su producción. En tercer lugar, el modelo arquitectónico (cisternas, articulación de los espacios) es mediterráneo, similar al de los establecimientos agrícolas que a partir del siglo IV a.C. empezaron a ser comunes en el ámbito púnico, sobre todo en Cartago, Cerdeña e Ibiza. Por último, la dedicación a la explotación intensiva del olivar podría estar relacionada con la difusión, como en Ibiza, de las técnicas agrícolas cartaginesas, como el injerto de olivo en acebuches.

El contexto en el que encuadramos esta iniciativa coincide cronológicamente con la aparición de tesorillos cartagineses en el área turdetana, como veremos más adelante, y quizá pueda relacionarse con el episodio narrado por Justino con la ayuda cartaginesa a Gades ante la presión de pueblos vecinos y la ulterior conquista de «parte de la provincia». El hallazgo de moneda cartaginesa antigua en La Algaida, Ébura y Mesas de Asta, las expediciones de Hanón e Himilcón, el tratado de Cartago con Roma en 348 a.C., el comercio gaditano con las costas gallegas o el espectacular desarrollo coetáneo del comercio ebusitano, son argumentos que contribuyen a cimentar la hipótesis de una expansión territorial de Gadir en su entorno inmediato que, como la de Ibiza en sus límites insulares, desencadenó un notable desarrollo demográfico y económico.

La expansión de Gadir en el ámbito atlántico

Ébura y el santuario de La Algaida

De Ébura sólo disponemos de las citas de autores de época imperial, que la denominan polis o castellum, y los datos publicados por Carriazo sobre el tesoro y las excavaciones realizadas después del hallazgo, de los que se puede deducir una población segura en el Hierro I, probablemente anterior, y su continuidad hasta época romana. Pero a efectos étnicos, poco es lo que se puede decir de la ciudad, salvo el hallazgo en la excavación de una moneda púnica de bronce de las series antiguas (siglo IV a.C.) y un registro cerámico concomitante con el Gadir.

Sin embargo, en este entorno de esteros y de navegaciones por la ensenada bética, los marineros fenicios fundaron un pequeño santuario, probablemente hacia el siglo VII o VI a.C., en una pequeña isla arenosa apenas elevada unos metros por encima de la superficie del mar, frente a Ébura y próxima a la antigua embocadura de la ensenada. El estrechamiento entre ambas orillas hizo que la visualización o la visita a la isla fuera casi obligada para aquellos marineros que pretendían navegar río Baetis arriba o para los que salían a mar abierto. El yacimiento de La Algaida no tiene una estratigrafía clara debido a la continua deposición de ofrendas y a su remoción, lo que originó un estrato de potencia variable (50-90 cm) compuesto por materia orgánica, arena y ofrendas (fíbulas, anillos, escarabeos y amuletos, vidrios y abalorios, monedas, bronces, cerámicas y terracotas). El culto tendría lugar en un espacio abierto sin pavimentar, donde se excavaron un pozo y tres construcciones interpretadas como thesauroi, a la manera griega, o como viviendas del personal del santuario. Los orígenes cronológicos del santuario no se conocen bien por las circunstancias estratigráficas antes comentadas, pero algunos materiales de cronología arcaica sugieren una sacralización del sitio al menos desde los siglos VII-VI a.C. No obstante, su auge tuvo lugar en los siglos IV y III a.C., si tenemos en cuenta la cronología de las cerámicas, que son los objetos cuantitativamente mejor representados. La fase de abandono se puede atribuir al horizonte romano republicano (siglos II-I a.C.), al que remite la vajilla cerámica característica de la alfarería gadirita y turdetana: contenedores de salazones de los tipos tradicionales púnico-gaditanos S-11, T-9.1.1.1 y T-7.4.3.3, ánforas de importación de vino Dr. 1, ánforas Pellicer D, miniaturas de ánforas y de cuencos-lucerna, ungüentarios globulares y fusiformes, cerámica «tipo Kuass» y campaniense. Este horizonte de fines del siglo III y del siglo II a.C. también está representado por las terracotas en forma de cabeza femenina y las figuras «curóforas». Las monedas, sin embargo, aportan un arco cronológico más amplio, entre la primera mitad del siglo IV a.C. y el siglo II d.C., y, tras un hiato, el siglo IV d.C. No obstante, hay que tener en cuenta que la construcción de una factoría de salazones romana en la isla pudo contribuir a la pérdida de moneda en el sitio en fechas posteriores a su abandono.

De ser cierta la amortización del santuario en los siglos II-I a.C., la sacralidad del lugar se mantuvo durante al menos un siglo más, lo que quizá también justifique la continuidad de la deposición de monedas hasta mediados del siglo II d.C. La noticia de Estrabón (III, 1, 9) de que a orillas del río Baetis se encontraba la ciudad de Ébura y el santuario de la diosa Fósforo, a la que llaman Lux Dubia, y la de Mela (III, 4) sobre un altar y un templo de Juno, hacen plausible la continuidad, si no del culto, sí al menos de la sacralidad del lugar. En cuanto a la deidad venerada, se ha atribuido a una diosa de la aurora y la crianza de los hijos, deidad que reúne las características de Astarté por su relación con el planeta Venus y sus rasgos marineros, aunque tampoco se puede descartar que se produjera con el tiempo una asimilación con Tinnit, fruto de la frecuentación del santuario por marinos del otro lado del estrecho de Gibraltar.

La expansión comercial de Gadir en la Tartéside

La Tartéside, como la definiría Eratóstenes en el siglo III a.C. (Str. III, 2, 11), era la región litoral situada más allá de las Columnas de Heracles, en la que podríamos incluir el litoral atlántico de las actuales provincias de Huelva y Cádiz, la ensenada bética y la paleodesembocadura de río Baetis, un área de especial significación en la colonización fenicia, sobre todo por el acceso fluvial a los distritos mineros de la Sierra Morena occidental a través de los ríos Tinto, Guadiamar y Guadalquivir. En este amplio territorio, la crisis de la minería y el periodo de inestabilidad de la primera mitad del siglo VI a.C. se saldó con la decadencia del emporio de Onuba y con la desaparición de los santuarios fenicios ribereños (El Carambolo, Coria) y de los edificios «singulares» del entorno (Saltillo, Montemolín), así como de las necrópolis «orientalizantes» y de cualquier vestigio de objetos de culto, ostentación y prestigio habituales hasta entonces. A pesar de las evidencias de destrucción o reestructuración en muchos de estos asentamientos, la mayoría de ellos continuaron su habitación, y por los datos de las prospecciones superficiales, se puede decir que durante la Segunda Edad del Hierro era una región densamente poblada, aunque las circunstancias no debieron ser las mismas que en el periodo anterior porque no se constatan relaciones fluidas con las ciudades púnicas, especialmente con Gadir, hasta la segunda mitad del siglo V a.C.

En el ámbito geográfico de la ensenada bética, la mayoría de los asentamientos de la Segunda Edad del Hierro se conocen por prospecciones superficiales o, a lo sumo, se han realizado en ellos sondeos estratigráficos que han proporcionado datos poco significativos para valorar aspectos como el urbanismo, aunque disponemos de algunas secuencias estratigráficas y excavaciones de urgencia que permiten marcar unas pautas. La margen sudoriental de la ensenada bética presenta un modelo de poblamiento polinuclear, con varios oppida situados a orillas de los esteros que se convertirían posteriormente en ciudades romanas como Conobaria, Nabrissa, Asta y, como ya hemos visto, Ébura. El estudio de la evolución del poblamiento indica la precocidad del fenómeno de urbanización y de la formación de ciudades-estado, más en consonancia con el patrón político fenicio-púnico, en el que probablemente se inspiraría, que en los modelos aristocráticos y gentilicios de otras áreas de Turdetania. Sin embargo, hay escasas investigaciones del registro arqueológico y poco podemos aportar a la investigación sobre la identidad étnica de estas ciudades, o sobre la posibilidad de poblaciones de origen púnico en ellas, salvo aspectos conjeturales como la hipótesis de que la ceca de Nabrissa emitiera en alfabeto púnico, que en Asta se reuniera un sýnodos de gaditanos (Str. III, 2, 2), que se halle en este último yacimiento (y en La Algaida y Ébura), moneda cartaginesa del siglo IV a.C., o que los habitantes de Turris Lascutana, núcleo que emitía moneda con alfabeto neopúnico, fueran serui de Asta antes del decreto de Emilio Paulo (CIL, 5041) en 189 a.C.

Nos centraremos, por tanto, en tres ciudades vinculadas con la navegación y el tráfico fluvial del Baetis en las que se han realizado estudios recientemente: Ilipa, Spal y Caura. Los datos arqueológicos aportados por las excavaciones en estas tres ciudades ofrecen ciertas garantías para analizar el flujo de productos alimenticios, de envases de transporte con contenido desconocido y de vajilla de mesa entre los siglos V y II a.C. En Cerro Macareno, un emporio a orillas del Baetis, el análisis de M. Pellicer realizado sobre envases anfóricos, estableció que a fines del siglo VI a.C. llegaban ánforas massaliotas, presentes hasta el tercer cuarto del siglo V a.C., que convivían con las ánforas «púnicas» B, C-1 y C-2. Entre el tercer cuarto del siglo V y principios del IV a.C. se detectaba una decadencia en la importación de ánforas que no sería superada hasta comienzos del siglo III a.C., cuando abundan las ánforas «púnicas» B y C-2 y B y C-3, y los envases grecoitálicos.

La lectura que hacemos de los registros cerámicos de los tres asentamientos seleccionados difiere de la de Cerro Macareno en la percepción y en la cronología de esta «decadencia». En líneas generales, podemos afirmar que en diacronía hay un punto de inflexión en el siglo IV a.C. Hasta entonces las importaciones mediterráneas, aunque presentes, eran escasas, y la circulación de productos alimenticios se hacía en envases anfóricos (Pellicer B-C) a los que se le supone una producción local, o en ánforas salazoneras del área del Estrecho en sentido amplio, incluyendo también las procedentes de la costa malacitana (Mañá-Pascual A4 o S-11). A partir del siglo IV a.C. la proporción de productos provenientes de los talleres gadiritas y de la campiña gaditana circundante aumentó exponencialmente, con un periodo de apogeo centrado en el siglo III a.C.

En líneas generales, una parte mayoritaria de las ánforas importadas registradas fueron fabricadas en los talleres de Gadir, ciudad que se constituyó en el primer –y casi único– interlocutor comercial de los centros ribereños del Baetis. Tan sólo durante la Segunda Guerra Púnica, y tras la conquista romana, llegaron productos de procedencias más lejanas, como los contenidos en los envases púnicos centromediterráneos T-5.2.3.1 y T-7.2.1.1, o las ánforas grecoitálicas de vino campano; pero aún estas arribaban al emporio fluvial teniendo a Gadir como escala intermedia. Por los productos transportados en los envases mejor conocidos sabemos que las producciones piscícolas fueron las más demandadas, en una secuencia ininterrumpida desde fines del siglo VI o principios de V a.C. hasta la Antigüedad Tardía. Así lo parece demostrar la presencia, siquiera residual, de los tipos T-11.2.1.3, T-11.2.1.4 y T-12.1.1.1, los típicos envases salazoneros fabricados en las costas del Estrecho desde fines del siglo VI hasta el III a.C. La continuidad de estas exportaciones está confirmada por las ánforas T-8.2.1.1, T-9.1.1.1, T-7.4.3.1 y T-7.4.3.3, que certifican el flujo constante de ánforas salsarias gaditanas desde el siglo IV al I a.C.

La función de Spal como centro de consumo, pero sobre todo, como redistribuidor de estos productos queda patente si analizamos los contextos de otros centros poblacionales de su entorno. No obstante, en el análisis de dicha función es preciso hacer una distinción cronológica, definida sintomáticamente por la conquista romana. A partir de los datos de dispersión actuales, las ánforas T-8.2.1.1, características de los siglos IV y III a.C., tienen una distribución en el área turdetana que no supera un radio de 50 kilómetros desde Spal, pues los lugares más alejados donde se han registrado son Carmona y Vico (Marchena, Sevilla). Sin embargo, los envases T-9.1.1.1, característicos del siglo II a.C., penetran por el valle del Guadalquivir, documentándose en Corduba, e incluso en un poblado ibérico tan recóndito como el Cerro de la Cruz (Almedinilla, Córdoba). Su dispersión es suprarregional, en un contexto presidido por las guerras de conquista romana, hasta el punto de que, teniendo un origen gaditano, se la ha denominado impropiamente «tipo Campamentos Numantinos». Después de las salazones y salsas saladas de pescado, otro producto que afluye a las instalaciones hispalenses y se redistribuye a otros centros cercanos, como Ilipa, es el aceite de oliva contenido en las ánforas T-8.1.1.2, habituales en los contextos del siglo III a.C. Sus alfares se ubicaban en la campiña de Cádiz y el contenido debió producirse en las factorías que, como Cerro Naranja, explotaban el territorio circundante.

Resulta evidente el carácter empórico de Spal, hipotético para tiempos anteriores al siglo IV a.C., aunque no deja de ser presumible dada su situación geográfica y su evolución posterior. El predominio de envases anfóricos sobre otras producciones cerámicas en todos los contextos revisados de los siglos IV al II a.C., ya es un dato significativo que parece evidenciar la proliferación de edificios y basureros relacionados con el almacenamiento y la amortización de recipientes comercializados. Por otro lado, el origen de una parte importante de los contenedores y de algunas vajillas, como la cerámica ática de barniz negro o la cerámica «tipo Kuass», evidencia la vinculación de Spal con Gadir, y su carácter de centro redistribuidor de productos propios y ajenos.

La dedicación de Spal y Cerro Macareno al almacenamiento e intercambio de productos, y también a la producción alfarera, y no tanto al consumo, podría haber dejado diferencias en los registros de estos centros y los de los hábitats como Caura e Ilipa. Sin embargo, no parece ser así, y los paralelismos del repertorio cerámico en unos y otros son obvios, si bien cada uno presenta alguna peculiaridad debida quizá más a la aleatoriedad de los hallazgos en los contextos excavados que a razones de funcionalidad de los asentamientos. Por ejemplo, se han registrado ánforas griegas en Cerro Macareno pero no en el resto de los sitios, o vajilla ática y cerámica «tipo Kuass» en mayor proporción en Ilipa que en Caura o Spal. La composición de los repertorios cerámicos no constituye una excepción si establecemos comparaciones con asentamientos del entorno regional. Las concomitancias con los elencos de otras áreas integradas en el «Círculo del Estrecho», como los de la ensenada bética, de la propia Gadir y de otros asentamientos de la bahía y de la campiña gaditana, así como de la costa onubense, del norte del Marruecos atlántico y del Algarve, permiten coincidir con M. Arruda y E. de Sousa en hablar de «gaditanización» de estos asentamientos, aunque en los del Bajo Guadalquivir probablemente no hubo una aportación demográfica tan significativa como en el litoral cinesio porque era ya una región densamente poblada.

En el litoral comprendido entre los ríos Baetis y Anas, los fenicios habían elegido tiempo atrás el estuario de los ríos Tinto y Odiel para fundar uno de los primeros emporios de Iberia, Onuba (Huelva). La crisis del siglo VI a.C. debió afectar a la población fenicia del emporio, como en el Bajo Guadalquivir, pero no sabemos si desapareció totalmente o, como en el Algarve, estos asentamientos fueron repoblados a partir del siglo IV a.C. por contingentes provenientes de Gadir y de su territorio. Lo cierto es que en época romana había poblaciones fenicias, en una cuantía tan numerosa como para que Estrabón (III, 1, 7) señalase que el litoral entre las desembocaduras de los ríos Guadiana y Guadalquivir estaba habitado por bástulos, al igual que la franja costera entre las Columnas de Heracles y Karchedón Néa –Cartagena– (Str. III, 4, 1). Mela (III, 3), autor originario de Tingentera, en la bahía de Algeciras, y supuestamente buen conocedor de lo que describía, especificó que la fachada bética entre el cabo de Trafalgar y la desembocadura del río Anas estaba habitada por túrdulos y bástulos. La misma noticia es transmitida por Plinio (Nat. II, 8).

El registro arqueológico de las ciudades del entorno, como Onuba, Ilipla o Tejada la Vieja, no desmiente la impresión de los testimonios escritos. En la primera, los contextos arqueológicos y el registro material asociados a ellos evidencian su conexión con la órbita gadirita, una vinculación que no se limitaría a la recepción de importaciones o a la similitud del registro cerámico, sino a la participación de Onuba en el proyecto político y económico coordinado por Gadir, al que contribuyó fundamentalmente en aspectos como la capacidad portuaria y de escala hacia el Extremo Occidente, la aportación de sus costas y de su población al desarrollo de las «industrias» salazoneras, así como las disminuidas, pero aún existentes, explotaciones mineras. En todas las fases distinguidas en el asentamiento la tendencia es similar, aunque la vinculación con el área del estrecho parece, si cabe, mayor en el periodo datado entre 375 y 225 a.C.

Enfrente de Onuba, en Aljaraque, se excavó en los años sesenta un yacimiento arqueológico identificado como «factoría», en sintomática alusión a los asentamientos fenicios que entonces se estaban descubriendo en el litoral mediterráneo. Las limitaciones que ocasiona la realización de una sola campaña de excavaciones y la antigüedad de esta, impiden valorar adecuadamente las características del yacimiento y su evolución, pero podemos avanzar algunas hipótesis. Parece que la vida de este sector del asentamiento se desarrolló en cuatro fases, la más antigua de las cuales se puede datar en los siglos VII-VI a.C. Este primer estrato está sellado por un suelo de tierra apisonada que, por los fragmentos cerámicos que se le asocian (cerámica ática) pueden fecharse a fines del siglo V o principios del IV a.C. La siguiente fase se ha datado en el siglo III a.C., aunque la revisión de los materiales (ánfora Mañá-Pascual A4a, cerámica gris), puede hacernos pensar en una antigüedad mayor o que su composición no responde a un solo momento de deposición. La última fase está definida por muros de guijarros y adobes y un pavimento de conchas, que ha hecho pensar en un santuario por paralelos con otros edificios sacros, como El Carambolo o Alcorrín. Los materiales asociados a estas estructuras son cronológicamente poco definidores, si exceptuamos los bordes de ánforas púnico-gaditanas del tipo T-8.1.1.2, datadas entre la segunda mitad del siglo IV y el siglo II a.C.

La explotación de los recursos marinos del litoral onubense en esta koiné liderada por Gadir tiene un ejemplo paradigmático en La Tiñosa (Lepe, Huelva), una factoría en la desembocadura del río Piedras. Salvo este yacimiento, no hay apenas datos sobre el poblamiento en este estratégico estuario, pero el topónimo de la población ribereña, Cartaya, de raíz fenicia (qrt, ciudad) y un pebetero en forma de cabeza femenina hallado en El Terrón, en la otra orilla del río, permiten tener una razonada sospecha de que existió un núcleo de población de raigambre fenicia en estos parajes. La Tiñosa presenta un evidente paralelismo cronológico, funcional y artefactual con los saladeros de las factorías gaditanas. La cerámica documentada no presenta ninguna divergencia con el repertorio cerámico púnico-gaditano de los siglos IV-II a.C., y las ánforas proceden de los talleres de Gadir o de la campiña gaditana: las más abundantes contenían aceite (T-8.1.1.2), pero están también representados envases salazoneros (T-12.1.1.1) y otros sin contenido conocido (Pellicer D).

Aguas arriba del río Tinto se ubicaba Ilipla (Niebla, Huelva) que, junto con Tejada la Vieja, constituyen dos ejemplos de ciudades con una cultura «mestiza» determinada por los sustratos locales y por la aportación fenicia en época arcaica, potenciada con el tiempo por la integración del asentamiento en la órbita de Gadir. Las excavaciones arqueológicas han generado la idea de una convivencia en el asentamiento entre la población turdetana y la fenicia, valorando las técnicas edilicias y el diseño de construcciones, como la muralla de casamatas posterior al siglo V a.C., con paralelos en la fortificación del Castillo de Doña Blanca. Asimismo, los estratos de incendio detectados en la zona del Desembarcadero y datados a fines del siglo III a.C. se han relacionado con la Segunda Guerra Púnica y con la ofensiva final romana sobre las ciudades aliadas de los cartagineses.

El caso de Tejada la Vieja es similar al de Ilipla. Independientemente de su origen precolonial o colonial, lo cierto es que a fines del siglo VIII a.C. el asentamiento se configuró como una ciudad amurallada, de unas 6,5 hectáreas, actuando como centro acumulador y redistribuidor del mineral obtenido en el área minera que controlaba. Esta urbanización, en cronologías tan elevadas, ha sido interpretada como un fenómeno directamente vinculado a la colonización fenicia, una relación que no cesaría tras la disminución de la actividad minera y metalúrgica. Aun siendo una ciudad del interior, su inclusión en el «Círculo del Estrecho» hasta el traslado de la población a Tejada la Nueva (Ituci), a mediados del siglo IV a.C., queda al margen de cualquier duda por la composición de la vajilla cerámica y, singularmente, los envases de transporte. Como parece ser la norma en el área onubense, los contenedores anfóricos se clasifican en los tipos T-10.2.2.1 y Pellicer D.

El carácter mestizo y culturalmente vinculado al mundo semita de la nueva fundación, Ituci, se pone nuevamente de manifiesto en otro tipo de documento arqueológico: las emisiones monetales de época romana. Ituci, junto con Olontigi (Aznalcázar, Sevilla), forman parte del grupo de cecas que emplearon la escritura púnica o neopúnica normalizada, constituido este por antiguas fundaciones fenicias como Gadir, Ebusus, Malaca, Sexi o Abdera. Esta evidencia no es casual ni carente de significación, sino que debe responder a un doble fenómeno económico y sociocultural: por un lado, la inclusión de la ciudad en la órbita económica de Gades y, por otro, el empleo de un alfabeto y de una lengua, la púnica, con el que se sentían identificadas comunidad cívica y entidad emisora, es decir, un medio de expresión y de comunicación de prestigio y, probablemente, de uso común.

Gadir y las ciudades de los cinetes

Como la Tartéside, la costa meridional portuguesa, habitada por cinesios, cinetes o conios, había sido un área de expansión de la colonización fenicia, aunque no disponemos de muchos datos para reconstruir la evolución posterior de estas fundaciones, si bien la continuidad de algunas, como Castro Marim (Baesuris), Tavira (Balsa) y Cerro da Rocha Branca (Silves), es segura. Siguiendo la tendencia ya vista en la costa onubense, los estudios más recientes son muy aclaratorios sobre la reactivación de estos centros y la creación de otros nuevos, como Faro (Ossonoba) o Monte Molião (Lagos), a partir de la segunda mitad del siglo IV a.C. por iniciativa de Gadir. A esta conclusión se ha llegado después de un riguroso estudio de los materiales cerámicos de tres yacimientos (Castro Marim, Faro y Monte Molião) realizado por A. M. Arruda y E. de Sousa, complementado con lo conocido de otros dos (Cerro da Rocha Branca y Tavira), que documenta no sólo la fluidez del tráfico comercial de estos centros con la bahía de Cádiz, sino también una significativa aportación demográfica, hasta el punto de denominar este proceso como una «gaditanización» de las comunidades cinesias.

En efecto, los estudios macroscópicos de pastas cerámicas de varios conjuntos cerámicos agrupados por características técnicas y funcionales (ánforas, cerámicas comunes, cerámicas «tipo Kuass» y cerámicas hechas a mano) han proporcionado unos datos ilustrativos sobre la procedencia de estas, no sólo de las ánforas, que son los envases tradicionales de transporte que pueden aparecer lejos de sus centros de producción, ni siquiera de la vajilla de mesa, de lógica distribución en los mercados regionales, sino también de la cerámica común. Así, las ánforas se clasifican en los tipos habituales fabricados en Gadir (S-12, T-8.2.1.1, Pellicer D) y en la campiña (T-8.1.1.2), contenedores de salazones y aceite respectivamente, siendo proporcionalmente mayoritarias (Castro Marim: 85 por 100; Faro: 57 por 100; Monte Molião: 94 por 100) respecto de las producciones locales (Pellicer B-C); y la cerámica común, de tipología netamente gaditana, procedía de los talleres gadiritas en un porcentaje superior al 70 por 100.

Otro contexto, en este caso de culto, remite a la vinculación con el «Círculo del Estrecho» y a la impronta cultural púnica en un aspecto tan sensible a las influencias exógenas como el religioso. Se trata del depósito de Garvão (Ourique, Beja), una favissa de forma oval de unos 50 m2 excavada en la ladera del Cerro do Castelo, donde se hallaría el santuario. El depósito se data a fines del siglo III a.C., y fueron hallados en él trece placas oculadas similares a las de La Algaida y Alhonoz y despojos de perros, en una proporción del 15 por 100 del total de los mamíferos consumidos. No hace falta insistir en la idea de que la comparecencia de cánidos en ámbitos de consumo doméstico y cultual, así como en necrópolis, constituye un indicio de hábitos culinarios y pautas religiosas de clara impronta fenicio-púnica tanto en Oriente como en Occidente, y que las placas oculadas metálicas se han puesto en relación con el culto a Tinnit, por lo se convierten en argumentos redundantes sobre la semitización de las comunidades cinesias.

Este horizonte, tan característico de los siglos IV y III a.C., da cuenta de la existencia de una comunidad de intereses en la que Gadir debió jugar el papel de puerto receptor de importaciones mediterráneas y difusor de sus propios productos, mientras que otros centros de rango menor como Onuba, Castro Marim o la propia Spal, ejercerían el papel de redistribuidores de sus respectivas áreas de influencia, y como consumidores de los productos de procedencia gadirita (aceite, vino, salazones). Estas analogías observadas en la procedencia y distribución de los envases de transporte son extensibles, aunque en menor medida, a la vajilla de lujo o semilujo, representada en la cerámica ática y en la vajilla «tipo Kuass», y a algunos recipientes de cocina y mesa, como los morteros, platos de pescado, cazuelas de borde ranurado y jarras monoansadas fabricadas en los alfares de Gadir.

La recuperación del tránsito comercial durante los siglos IV y III a.C. no debe interpretarse con un fenómeno aislado, sino como una manifestación de la reactivación económica y comercial del área atlántica que algunos autores atribuyen a la creciente presencia cartaginesa y a la subsiguiente implantación de colonos norteafricanos y reestructuración de la propiedad de la tierra, mientras que otros contemplan este fenómeno como los síntomas de un periodo de apogeo y de expansión económica y comercial de Gadir. No obstante, una vez revisados y contrastados los datos literarios y arqueológicos, no valoramos como incompatibles la creciente intervención cartaginesa en el Extremo Occidente con el desarrollo y expansión del comercio gaditano, en el sentido de que la primera pudo favorecer a la segunda.

Los periplos de Hanón e Himilcón, empresas estatales cartaginesas anteriores con seguridad al último tercio del siglo IV a.C., tuvieron como objetivo la exploración y el drenaje de materias primas de las que la ciudad era deficitaria, aunque dudamos de que constituyera una empresa de colonización agraria y de repoblación de las antiguas colonias fenicias. El registro arqueológico es discriminatorio en lo que se refiere a la iniciativa cartaginesa en la inauguración de asentamientos agrarios (tipo Cerro Naranja) y a la creación de nuevos asentamientos o refundación de enclaves portuarios en el Algarve y en la costa atlántica andaluza (La Tiñosa). Todas estas iniciativas que, como hemos señalado antes, han sido definidas como de «gaditanización» del área atlántica, responden a la transferencia de productos y poblaciones de la bahía gaditana hacia estas regiones receptoras.

La comparación con una ciudad cartaginesa fundada aproximadamente un siglo después, da buena cuenta de cómo una iniciativa estrictamente cartaginesa se refleja en el registro arqueológico, y especialmente en la composición de la vajilla cerámica. Si en Qart Hadast (Cartagena) las producciones cartaginesas, centromediterráneas e ibicencas son mayoritarias, y las del área del Estrecho son porcentualmente reducidas, en los yacimientos atlánticos portugueses, marroquíes y andaluces de los siglos IV y III a.C. los recipientes de origen cartaginés, o centromediterráneos en general, son poco significativos o inexistentes, mientras que las vajillas fabricadas en los talleres gadiritas, o inspiradas en estos, son mayoritarias.

No obstante ambos fenómenos no son incompatibles entre sí, ya que es probable que fuera la iniciativa cartaginesa la que diera impulso a esta expansión aportando el potencial militar terrestre y naval que garantizaría la seguridad de las nuevas fundaciones. Que sea en este momento cuando se acredite la expansión y colonización agraria según modelos mediterráneos en la campiña gaditana, en coincidencia con la expansión de las ánforas oleícolas por el Atlántico y el Bajo Guadalquivir, no debe ser casual; al igual que tampoco puede considerarse una mera coincidencia que a fines del siglo IV o principios del III a.C. se daten los primeros vestigios de ejércitos cartagineses en el valle de Guadalquivir. La ayuda cartaginesa a Gadir ante la presión de vecinos (Just. XLIV, 5, 1-4) y los periplos de Hanón e Himilcón pudieron ser dos de estas actuaciones que permitieron ensanchar los horizontes comerciales y políticos de Gadir, que a la larga, ya en época romano republicana, permitieron a la ciudad fenicia convertirse en una herramienta imprescindible de la política atlántica de Roma.

El comercio púnico en las Estrímnides

La cultura griega nunca tuvo un conocimiento exhaustivo de las tierras bañadas por el Océano, a pesar de que dos navegantes massaliotas habían surcado sus aguas, Eutímenes y Piteas, el primero al sur de las Columnas de Heracles y el segundo hacia las tierras más septentrionales de Europa. A Piteas se le atribuye, entre otros conocimientos, la comprobación de la peninsularidad de Iberia, pero el aventurero fue objeto de descrédito entre otros griegos, como Dicearco, Polibio y Estrabón (III, 4, 4), y sólo Eratóstenes parece que se hizo eco de sus descubrimientos. Poco son, por tanto, los datos conservados de época prerromana, y no parece muy probable que la cultura griega tuviera un extenso conocimiento de estas tierras, aunque la idea generalizada era la de riqueza metalífera, especialmente el estaño. Al contrario, el Atlántico era un mar fenicio, y la fachada peninsular bañada por el océano era un territorio explotado fundamentalmente por los gaditanos, como lo expresa Estrabón (III, 5, 11) en otro paso:

Así pues, los fenicios eran anteriormente los únicos que realizaban este comercio [a las islas Cassitérides] desde Gades: ocultaban a todos su ruta de navegación. Y cuando los romanos siguieron a un comerciante para conocer también ellos el lugar de intercambio, el comerciante, por celo, varó su nave voluntariamente en un bajío, y arrastró también a sus perseguidores a esta misma desgracia; él mismo se salvó del naufragio y obtuvo del erario público el precio de las mercancías que había perdido; sin embargo los romanos, después de lo que intentaron numerosas veces, consiguieron descubrir la ruta [trad. Gómez Espelosín 2007].

También Avieno (Or. Mar., 113-119), al final de la Antigüedad, se hizo eco de la riqueza metalífera, especialmente en plomo, de las islas Estrímnides, identificadas habitualmente con las Cassitérides de Estrabón, Plinio (Nat. IV, 119; VII, 197) y Diodoro (V, 38, 1-5). Su explotación comercial la asignó a tartesios, a los colonos de Cartago, entre ellos Himilcón, y a gentes del área de las Columnas de Heracles. El interés de los fenicios en las tierras septentrionales de Iberia se remonta a los tiempos más remotos de la colonización, de hecho habían establecido un emporio en la desembocadura del río Mondego, en el norte de Portugal, aunque sus mercancías se pueden encontrar más al norte, hasta Galicia. Se dice que la ventaja de la obtención del estaño, prácticamente en la costa, y la falta de interés de los fenicios en otros productos (agricultura, sal) no favoreció la instalación de factorías en el litoral gallego. Lo cierto es que hasta la fecha no hay evidencias de instalaciones empóricas en época arcaica.

Después de un periodo de escasas evidencias de comercio, a partir del siglo V a.C. se aprecia en el registro arqueológico del noroeste de Portugal y de las Rías Bajas un incremento notable de las importaciones de origen mediterráneo, con una mayor densidad en la desembocadura del río Duero y en las Rías Bajas, ya que esta parte de la costa ofrecía buenos puertos naturales y los depósitos de estaño estaban relativamente cercanos al litoral, a unos 30 kilómetros (Trás-os-Montes). Se han distinguido dos etapas en estas relaciones, la primera, entre 450 y 200 a.C., se caracteriza por la existencia en «emporios» púnicos en puntos de la costa (isla, rías), donde hay evidencias de santuarios, y en la segunda fase (siglos II-I a.C.), las formas de intercambio estarían menos ritualizadas, habría una mayor regularidad en los contactos, siendo el lugar de recepción habitual los oppida, como el de Santa Tecla, o los puertos autónomos o dependientes de los mismos.

Nos centraremos en la primera fase. El patrón espacial de distribución de las importaciones se caracteriza por su escasa incidencia tierra adentro, con la excepción de aquellos castros situados a orillas de ríos navegables como el Miño o el Ulla, y por su concentración en la desembocadura del Duero y en el norte de las Rías Bajas. Más al norte de Finisterre los hallazgos son más esporádicos, y se concentran en zonas portuarias importantes como el castro de Elviña (Brigantium-La Coruña) y Gijón. Como se ha señalado, se trata de una reproducción de los patrones de asentamiento característicos de los fenicios: concentración en la costa, en islas próximas al litoral, cabos que flanquean ensenadas, desembocaduras de ríos y puertos naturales. Los materiales importados que han dejado huella arqueológica eran básicamente alimentos contenidos en ánforas (salazones, vino) del área del Estrecho, Málaga e Ibiza, cerámicas comunes y objetos de lujo o con una simbología que le confería una singularidad, como la cerámica fina de talleres áticos, cerámicas zoomorfas (askoi), cuentas oculadas de pasta vítrea y frascos de perfumes de vidrio (aryballoi).

Entre los sitios de concentración de importaciones destacan los castros de A Lanzada, entre la ría de Pontevedra y la de Arosa, y el Castro Grande de Neixón, en una pequeña ría dentro de la gran ría de Arosa. El primer yacimiento se caracteriza por la ausencia de sistemas defensivos y una arquitectura en piedra, extraña en estos momentos, que le confieren un carácter singular, así como por la concentración de materiales púnicos de los siglos V al III a.C. El castro Grande de Neixón es un recinto complejo construido en la transición entre la Primera y la Segunda Edad del Hierro, protegido por un foso y una empalizada. En la entrada del recinto se dispuso un espacio no doméstico donde se excavaron 16 fosas para almacenamiento de cereal que fueron amortizadas ritualmente entre los siglos IV y II a.C. con cerámicas locales, restos de combustión, escorias, molinos, restos de moluscos y cerámica púnica. Junto a la entrada del recinto, y en los fosos contiguos, se hallaron también materiales similares y restos óseos de perro, cerdo y gaviota. La hipótesis que han barajado los excavadores es el carácter empórico del lugar, con funciones rituales y comerciales, donde se celebraban banquetes.

Pero los hallazgos más espectaculares han sido los de la ría de Vigo, donde se han excavado dos yacimientos que ejemplifican los modos de contacto y las características de las transacciones: Punta do Muiño do Vento y Toralla. El segundo se ubica en una isla a 3,5 kilómetros del primero y las excavaciones proporcionaron una gran cantidad de cerámicas importadas y un cipo de granito de 1,5 metros. En Punta do Muiño do Vento se documentó una estructura cuadrangular con tres betilos in situ asociados a una gran cantidad de cerámicas púnicas, datada a fines del siglo V o principios del IV a.C. En la fase siguiente se construyeron sobre el santuario casas castreñas, pero el lugar siguió desempeñando el papel de centro de intercambios hasta fines del siglo II a.C. Ambos espacios se han comparado con las funciones de los santuarios empóricos fenicios como centros de intercambio, como entornos neutrales, en los que la sacralización del lugar garantizaría la seguridad de las transacciones y donde era posible pedir amparo, ofrecer primicias ante un viaje y agradecer el regreso o los beneficios de un negocio.

Baesippo y su territorio

Las prospecciones arqueológicas sistemáticas de los términos municipales de Vejer de la Frontera y Barbate, y una excavación de urgencia en Vejer, además de algunos hallazgos descontextualizados, son las únicas fuentes de datos de las que disponemos para analizar el poblamiento en el entorno del río Barbate. Este emplazamiento reúne, al menos teóricamente, todas las condiciones que a priori pueden ser observadas para la ubicación de una colonia fenicia: proximidad a una vía natural hacia el interior, condiciones portuarias, defensas naturales, agua potable, tierras de gran valor agrológico, etc. Así, hay noticias de hallazgos fenicios de época arcaica en el entorno: dos urnas de alabastro, una con inscripciones jeroglíficas, extraídas en el dragado del río, y, aunque de dudosa procedencia, dos vasos cerámicos del Geométrico Chipriota II (950-850 a.C.).

En el paisaje actual, sin embargo, no se aprecian estas cualidades debido a la paulatina desecación de la laguna de la Janda y a los fenómenos de sedimentación en el estuario del Barbate, que hacen irreconocible lo que debió ser una profunda ensenada marítima y una laguna navegable tierra adentro. Las orillas de la ensenada presentaban diferentes condiciones de habitabilidad; la derecha, muy escarpada, no reunía requisitos para el asentamiento en casi todo su recorrido, salvo en su tramo final, en el actual núcleo urbano de Barbate, donde hay evidencias de poblamiento prerromano y romano, o bien en altura (Vejer de la Frontera). Sin embargo, en la orilla opuesta las condiciones debieron ser óptimas, según consta por el número de yacimientos catalogados en las llanuras, lomas y cerros que rodean el estuario por esta margen. Lo cierto es que la paleoensenada barbateña era el primer lugar con buenas condiciones portuarias tras la difícil travesía del Estrecho, además de ser el último puerto seguro antes de alcanzar la bahía de Cádiz y de doblar el cabo Trafalgar, un hito en la navegación antigua, como lo sugieren las referencias a un templo de Hera, o el nombre con el que era conocido entre los latinoparlantes, Promunturium Iunonis. Además, el curso del río facilitaba la penetración hacia el interior en barco, aunque también había una óptima comunicación terrestre hacia Gadir y Asido, dos sitios con especial significación en la colonización fenicia.

En el estado actual de la investigación sobre los patrones de asentamiento del área del estrecho de Gibraltar parece claro que la implantación fenicia no se limitó a la presencia testimonial con fines comerciales y de drenaje de recursos en las bahías de Algeciras y de Cádiz. Hubo una estrategia de ocupación del territorio que trasciende el difuso concepto de factoría comercial y de los tímidos contactos con las comunidades locales, para apuntar a una ocupación gradual, pero antigua, sistemática, planificada y, probablemente, no pacífica del territorio, como lo parece indicar la construcción de potentes fortificaciones (Doña Blanca, Chiclana). A partir del núcleo originario gaditano se programarían otras fundaciones, como la del Cerro del Prado, en la desembocadura del río Guadarranque, quizá en Tarifa en el siglo VI a.C., y probablemente en la desembocadura del Barbate en la fase más antigua. Este proceso de ocupación del territorio conllevó también una apropiación simbólica del litoral mediante la fundación de santuarios, o la conversión de puntos conspicuos de la costa en lugares sacralizados, como la cueva de Gorham, el Promonturium Iunonis, La Algaida, La Punta del Nao y el santuario insular de Melkart, el primero y los tres últimos con evidencias arcaicas de culto.

Las excavaciones en el núcleo urbano de Vejer han proporcionado datos indirectos de una posible muralla antigua, pero sobre todo una secuencia estratigráfica que documenta la inauguración del hábitat en la parte más elevada del cerro (220 ms.n.m.) a principios del siglo VII a.C. Por otro lado, las prospecciones superficiales han ofrecido una información escasa sobre la ocupación del territorio a lo largo de todo el I milenio a.C., y sólo a fines del siglo III o en la primera mitad del II a.C. se puede hablar de poblamiento rural propiamente dicho. Durante los primeros siglos del Hierro II (V-IV a.C.), las evidencias arqueológicas son escasas y no permiten documentar transformaciones perceptibles en el patrón de asentamiento. Los yacimientos de este periodo constatados arqueológicamente son Vejer (oppidum), Casa Altamira I (asentamiento rural) y Cerro del Hinojal-Benitos del Lomo (poblado costero y probable factoría de salazones). Sin embargo, esta atonía en el poblamiento rural experimentó un cambio radical en las últimas décadas del siglo III o a principios del II a.C., multiplicándose el número de yacimientos por cinco, la mayoría de ellos granjas o factorías agrícolas de pequeña extensión.

Con esta significativa muestra de poblamiento hemos propuesto un ensayo de clasificación de los asentamientos, teniendo como variables la ubicación topográfica del yacimiento, su extensión superficial, la presencia o ausencia de fortificaciones, la proximidad o lejanía de vías de comunicación y el registro arqueológico. El resultado ha sido la distinción de cuatro tipos: (1) oppida; (2) asentamientos «tipo atalaya»; (3) asentamientos de carácter productivo; y (4) santuario o lugar sacralizado.

Los oppida son dos, Vejer y Cerro Patría, los cuales responden a un tipo de asentamiento muy característico del área del Estrecho, determinado en parte por la fragmentación orográfica de la costa que hace imprescindible descentralizar los puntos de visibilidad para un control visual completo, tanto del litoral como del interior. Otros oppida del mismo tipo han sido identificados en los términos vecinos de Barbate y Tarifa: Los Algarbes, Peña del Aljibe y Silla del Papa. En todos se eligieron para la habitación cerros escarpados con cualidades defensivas, óptima visibilidad, secuencia de ocupación amplia, y cercanía a vías naturales de comunicación y a territorios de importancia económica. En el caso de Vejer y Cerro Patría, la orografía de este sector del litoral produce una compartimentación del territorio en unidades con escaso control visual, lo que puede hacer comprensible la ubicación relativamente cercana de los dos asentamientos. En este reparto de funciones, Vejer se ocuparía del control visual de la ensenada del río Barbate y de un sector del litoral, con una visibilidad que alcanza la costa africana, además de la supervisión de la «vía heraclea» y del cauce del río. Por su parte, desde Cerro Patría ejercería el control visual de la costa al noroeste del cabo Trafalgar y los caminos que se dirigían a Asido y a Gadir, al tiempo que desde su escarpe se dominaba una de las mejores zonas agrícolas del entorno. No obstante, Cerro Patría debió desarrollar un papel subsidiario y complementario con respecto a Vejer, el único de los dos que ha mantenido una secuencia de ocupación hasta la actualidad. En ambos, el registro arqueológico es diversificado, y en Cerro Patría se ha documentado una gran cantidad de numerario gaditano datado entre fines del siglo III a.C. y la primera mitad del siglo I a.C., así como monedas de otros talleres monetales de Hispania como Carteia, Salacia, Carmo, Cástulo, Ilipa, Roma, etc., y de Mauretania, como Zili y Semes, lo que pone de manifiesto su condición de área de mercado.

Los asentamientos «tipo atalaya» son también dos (Cortijo de Óscar y Sierra de la Atalaya), y se caracterizan por una ubicación topográfica con condiciones estratégico-defensivas, función que se potenciaría con la construcción de defensas artificiales. El primero conserva en superficie restos de un bastión y de otras estructuras, por lo que quizá se constituyese en baluarte defensivo de apoyo de Cerro Patría en la vigilancia del camino que conduce a Asido y la franja costera entre El Palmar y Conil. Sierra de la Atalaya ocupa un cerro en la cota 140 ms.n.m., y presenta evidencias de una muralla hecha con grandes bloques de piedra; su función fue probablemente la del control visual de la ensenada de Zahara y de la Sierra del Retín. La secuencia de ocupación en ambos es corta, y en Cortijo de Óscar no perdura después de época republicana (siglos III-II a.C.).

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