Kitabı oku: «Un príncipe en el desierto - La mujer más adecuada»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 225 - agosto 2020

© 2011 Rebecca Winters

Un príncipe en el desierto

Título original: Her Desert Prince

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

© 2006 Rebecca Winters

La mujer más adecuada

Título original: The Bride of Montefalco

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2011 y 2007

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1348-625-3

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Un príncipe en el desierto

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

La mujer más adecuada

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

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Capítulo 1

Montreux, Suiza. Día tres de junio

–NO PUEDO casarme contigo, Paul. Aunque te considero un hombre estupendo, no estoy enamorada de ti.

–Debido a la muerte de tu abuela, estás demasiado triste para saber cuáles son tus sentimientos.

–Pero lo sé. Un matrimonio entre nosotros no funcionaría.

–¿De veras vas a ir a ese viaje?

–Sí. Quiero seguir sus pasos durante una temporada. Es mi tributo hacia ella.

–No deberías ir allí sola, Lauren. Al menos deja que vaya contigo para protegerte.

–¿Protegerme? ¿De qué? No, Paul.

–¿Cuánto tiempo estarás fuera?

–No lo sé, pero no importa. Hemos de decirnos adiós.

El desierto de Nafud. Día cinco de junio

«Vagaron por el desierto, por lugar desolado.

Sedientos, su ánimo desfallecía en ellos».

Lauren Viret recordaba la cita de Los Salmos mientras bebía agua de su cantimplora, contemplando la indescriptible soledad del extenso desierto del norte de Arabia.

Desde que habían salido de la ciudad de El-Joktor, el calor abrasador se había apoderado del grupo de veinte que se adentraba en el corazón del desierto. Cuarenta, si se contaban los camellos.

Lauren era menos que un gránulo en aquella extensión interminable de arena donde uno podía morir en un instante. Antes de emprender ruta aquella mañana, su guía, Mustafa, le había sermoneado acerca de que su camello era más valioso que cualquier humano.

Ella había leído muchas historias reales sobre el desierto como para saber que era cierto. Los camellos, además de ser un medio de transporte, proporcionaban cobijo, protección, e incluso agua y comida en circunstancias extremas.

Mientras ella permanecía pensativa, Mustafa apremió a su animal para que avanzara junto a ella. Él habló con entusiasmo mientras señalaba las enormes dunas con forma de media luna que había en aquella zona del desierto de Nafud. Era cierto que ella nunca había visto algo parecido. No era de extrañar que su abuela no dejara nunca de hablar de aquel lugar.

Pero Mustafa no sabía que lo que muchos años atrás había cautivado a la abuela norteamericana de Lauren había sido algo de carne y hueso, mucho más atractivo que aquellas dunas.

–Malik era mejor que la vida, Lauren –le había dicho su abuela en una ocasión–. El jeque de su pueblo. Su palabra era ley. Su atractivo era como el de un dios. Yo no podía evitar amarlo, igual que tampoco podía evitar respirar.

Lauren no podía imaginar un amor como aquél.

Volvió la cabeza para mirar a los camelleros con las cabezas cubiertas. Hombres de desierto que se preguntaban qué era lo que la había llevado hasta allí, sola. Lauren sabía que estaba fuera de lugar, una mujer norteamericana, rubia, vestida con guthra y el kandura, típicamente masculino, igual que había hecho su abuela Celia Melrose Bancroft.

En su ciudad natal, todo el mundo había quedado maravillado con el parecido que Lauren tenía con su abuela. Era curioso cómo ciertos rasgos genéticos se saltaban una generación. La madre de Lauren había sido una bella mujer de cabello moreno. Celia le había puesto un nombre árabe a su hija. Lana, quería decir tierna, algo que añadía cierto aura a la madre de Lauren. Sus padres habían fallecido en el trágico accidente de un funicular mientras estaban esquiando, seis meses después de que Lauren naciera. Afortunadamente, Celia tenía cientos de fotografías que Lauren miraba a menudo para mantener con vida a sus padres en su corazón.

–Jolie-laide –había murmurado Paul en una ocasión, al ver una foto de Lana, pero Lauren lo había oído. En francés, eso significaba atractiva, interesante, pero sin ser guapa. Cuando ella le preguntó a Paul qué quería decir, él contestó–: Me temo que has heredado los genes buenos, petite. Sin ofender a tu querida madre.

Lauren sabía que Paul estaba coqueteando con ella en aquellos momentos. Por supuesto, él no se daba cuenta de que la madre de Lauren, mitad norteamericana, mitad árabe, se parecía a su padre, el jeque Malik Ghazi Shafeeq. Lauren había visto una foto de su abuelo que había sido publicada en un periódico árabe y que su abuela le había mostrado en una ocasión. Y seguía guardada con los tesoros de Celia.

El jeque iba vestido con una túnica y con un pañuelo que le cubría la cabeza, dejando al descubierto su nariz y su boca, que había heredado su hija. Lauren se preguntaba si su abuelo todavía estaría vivo. Probablemente no.

Una vez que Celia había muerto, nadie más conocía la relación entre Lauren y su abuelo árabe, y nunca la conocerían. Pero la curiosidad que ella sentía respecto a él era uno de los principales motivos por los que ella había realizado ese viaje al desierto.

Esa noche acamparía bajo las estrellas. Al día siguiente, la caravana continuaría hasta el oasis Al-Shafeeq, donde pasaría varias semanas confiando en encontrar más información acerca de aquel hombre.

Su abuela Celia habría dicho:

–Lo que demuestra que tienes sangre árabe en las venas es tu pasión por la vida. Sólo en ese aspecto he visto rasgos de Malik. Recuerda mis palabras… con el hombre adecuado, esa pasión será desatada.

Paul, un periodista de París, nunca habría llegado a ser ese hombre. A Lauren le gustaba Paul pero, en el fondo, esperaba el día en que pudiera experimentar la gran pasión de la que su abuela le había hablado a menudo.

Aunque Lauren había rechazado la oferta de matrimonio que le había hecho Paul, ella temía que él no hubiera perdido la esperanza de casarse con ella y que estuviera esperando a que regresara. Fue gracias a su personalidad incansable por lo que consiguió una entrevista con Celia.

Durante varios años, Paul había querido hacer una serie de artículos para su periódico acerca de la vida de Richard Bancroft, el esposo fallecido de Celia. Aunque Celia había sido una joven madre soltera, Richard se había casado con ella convirtiéndose en la figura paterna de la pequeña Lana. Más tarde se había convertido en el favorito de Lauren, sobre todo después de que sus padres murieran en el accidente. Al parecer, a Richard nunca le molestó que Celia no le dijera el nombre del que había sido su amante y el padre de Lana. Era suficiente el hecho de que ella amara a Richard.

Richard había sido un célebre antropólogo y aventurero y había organizado catorce expediciones diferentes a las partes más inhóspitas del planeta. Lauren y su abuela lo habían acompañado en alguna de las expediciones y se habían quedado asombradas de los paisajes que habían visto en sus viajes. Por algún motivo Richard nunca viajó al desierto de Arabia, y por tanto Lauren y su abuela tampoco se aventuraron a ir allí. Lauren nunca sabría si fue porque su abuela consideraba que aquel lugar era demasiado sagrado como para volver a visitarlo con otro hombre, o porque Richard estaba interesado en otros lugares.

Gracias a su insistencia, Paul había conseguido la oportunidad de entrevistar a Celia sobre su vida con Richard y sus diferentes viajes. Desde un principio él había intentado conocer a Lauren, que todavía vivía con su abuela en Montreux y la ayudaba a recopilar las notas y los diarios de Richard para publicar un libro sobre su vida.

Celia pensaba que Paul era encantador. Y Lauren también, pero su relación había sido estrictamente platónica, sin que el corazón entrara en el juego. Su abuela lo sabía, pero un día le confesó a Lauren que su mayor temor era dejar a su querida nieta sola, sin un compañero con el que compartir la vida.

–No siempre estaré sola –le había asegurado Celia–. Igual que has hecho tú, pienso viajar y hacer algo provechoso con mi vida. Aparecerá alguien en el momento adecuado –Lauren no quería inquietar innecesariamente a su abuela cuando estaba llegando a su fin, pero siempre había habido sinceridad entre ellas.

Después de que Celia falleciera, Lauren preparó su viaje hasta el oasis Al-Shafeeq. Necesitaba ir a ver el lugar donde su abuela había experimentado un profundo amor bajo la luna llena del desierto.

Lauren se llevó la mano al cuello de forma instintiva para tocar el colgante de oro que tenía grabado una media luna y que llevaba colgado con una cadena de oro bajo la ropa. Era el mayor tesoro de su abuela, y se lo había regalado su amante durante una visita romántica a Garden of the Moon.

Ella también le había hablado de otro jardín, Garden of Enchantment.

Los nombres habían encantado a Lauren y ella quería ir a verlos durante su visita. Consideraba el colgante como un talismán y confiaba en que un día le proporcionaría la misma magia que había unido a su abuela y su querido Malik, en cuerpo y alma.

Tras la muerte de su abuela, Lauren deseaba librarse de la intensa tristeza que sentía y había decidido comenzar aquella aventura. Su intención era realizar el mismo viaje que había hecho su abuela años atrás, y de la misma manera.

Celia había sido la única madre que Lauren había conocido. Y tras quedarse sola Lauren, su único interés era viajar al lugar que había cambiado la vida de Celia. Conocer el lugar en el que había tantos recuerdos preciados para su abuela.

Paul le había suplicado a Lauren que lo dejara acompañarla en su viaje. Ese mismo mes había conocido a un príncipe de un reino del norte de Arabia en una de las mesas de juego del casino de Montreux. Paul había aprovechado la oportunidad para conseguir una entrevista con él y sacar algunas fotos del príncipe y su comitiva para el periódico.

Durante su conversación, el príncipe le había hablado de la belleza de Nafud y de que la zona brindaba la oportunidad de tomar fotografías estupendas. También había alardeado acerca de que algún día él gobernaría todo el reino. Paul le había contado a Lauren que aunque sólo fueran los deseos del príncipe, era una buena historia.

Cuando él le mostró la información a Lauren, ella no quiso decepcionarlo, sobre todo porque se había portado muy bien con su abuela durante el final de su vida. Pero Lauren sabía que Paul sentía algo por ella y no quería que se equivocara. Era un hombre atractivo que merecía enamorarse de una mujer que también lo amara. Y Lauren no era esa persona.

Inmersa en su pensamiento tras haberse acostumbrado al extraño movimiento del camello, apenas se había percatado de que la topografía era diferente en el suroeste. Se veía una cadena montañosa de color marrón que aparecía de la nada. Frunció el ceño. El día anterior, durante el vuelo desde Ginebra, había estudiado el mapa de la zona y no había visto que hubiera ninguna montaña durante la ruta hasta el oasis. Estaba segura de ello.

De pronto, oyó unos gritos y se estremeció.

–¿Mustafa? –lo llamó, pero se percató de que él había retrocedido para hablar con los otros hombres–. ¿Mustafa? –lo llamó gritando–. ¿Qué sucede?

El camello de Mustafa se colocó al lado del suyo.

–¡Una tormenta de arena! Debemos refugiarnos. Tire de las riendas para que se siente su camello. ¡Rápido!

Una tormenta de arena. El fenómeno más temido del desierto. Una fuerza mayor que un huracán o un tornado. Días atrás había leído que hacía muchos años una caravana de dos mil personas y mil ochocientos camellos había sido alcanzada por una tormenta de arena. Toda la tribu había quedado atrapada por las enormes nubes de arena roja, y sólo un beduino había sobrevivido para contarlo.

El fuerte viento que él había descrito en su historia golpeaba contra su capa con brusquedad, como si estuviera decidido a quitársela. Una nube de color amarillo teñía el cielo azul y avanzaba hacia ellos deprisa, pero no se oía ningún sonido. Al sentir que le costaba respirar, el pánico se apoderó de ella.

De pronto, Mustafa la bajó del camello y la dejó a sotavento del animal.

–¡Agárrese, señorita! Cúbrase la cabeza y acurrúquese contra el animal.

–¿Pero dónde va? –gritó ella asustada.

–Me quedaré a su lado, señorita. Debe… –pero sus palabras quedaron camufladas cuando él se cubrió el rostro con el pañuelo.

¡Mustafa! –exclamó ella al percatarse de que ni siquiera podía verlo. Su garganta y sus fosas nasales se llenaron de arena. Se cubrió de nuevo, al sentir que empezaba a sofocarse. Se estaba ahogando en la arena.

«Vamos a morir», fue lo último que pensó antes de quedarse inconsciente.

El príncipe Rashad Rayhan Shafeeq, jeque en funciones del reino de Al-Shafeeq durante la enfermedad de su padre, sólo había experimentado dos momentos de júbilo en su vida. Y ambos habían ocurrido durante su adolescencia. El primero había sido cuando se subió en el semental que su padre le había regalado. Y el otro cuando su padre y el piloto de un pequeño avión habían sobrevivido a un accidente y habían permanecido en el desierto durante tres días.

Aquella tarde, en la ciudad minera de Raz, experimentaba otro tipo de euforia mezclada con satisfacción personal. Ese momento había tardado mucho en llegar. Tres años. El oro había mantenido la prosperidad de la familia real durante siglos y continuaría haciéndolo durante los miles de años siguientes. Su apuesta por hacer nuevas perforaciones, un secreto que había sido bien guardado por los implicados, había merecido la pena.

Rashad miró a los dirigentes de varios departamentos que estaban sentados alrededor de la mesa de conferencias.

–Caballeros, hoy me he reunido con el geólogo y el ingeniero y me han dado la noticia que estaba esperando. Los recientes descubrimientos de minería son tan extensos que mi idea de desarrollar una nueva industria para beneficiar el reino de mi padre se ha llevado a cabo. Aparte de los miles de empleos que se crearán, aportará grandes oportunidades de educación para nuestra tribu. Más hospitales y mejoras en el área de salud.

Las ovaciones resonaron contra las paredes de la sala.

Esas tierras habían pertenecido a su familia desde hacía siglos. Tenían derecho para explotar los metales y minerales que se encontraban en ellas. Durante años, varias tribus habían codiciado aquella zona rica en recursos naturales y se habían enfrentado contra el pueblo de Al-Shafeeq, derramando mucha sangre sin conseguir nada. Por fortuna, en los tiempos modernos no había ese tipo de conflictos. Los problemas surgían dentro de la propia familia del príncipe Shafeeq, pero él no tenía tiempo de pensar en ello en aquel momento.

–Esta noche, cuando regrese al palacio, informaré al rey. Sin duda, se alegrará –su padre estaba enfermo de diabetes y tenía que tener cuidado con lo que hacía y con lo que comía–. Estoy seguro de que declarará un día festivo para celebrarlo. Vuestro gran esfuerzo será recompensado con una gran bonificación por el excelente trabajo y vuestra lealtad a la familia real.

Debido a las voces de júbilo apenas oyó que alguien lo llamaba.

–Alteza –el encargado de la planta de oro lo llamaba desde la puerta.

Rashad vio su cara de preocupación y se excusó para salir a hablar con él al pasillo.

–Perdone que lo moleste, pero ha habido una tormenta de arena entre El-Joktor y Al-Shafeeq y ha pillado desprevenida a una caravana.

–¿Hay testigos?

–Un hombre que pasó por allí a caballo vio los restos de la caravana desde la distancia y se dirigió hasta aquí en busca de ayuda. Vio que había algunos camellos vagando por la zona, pero no tiene ni idea de cuántos hombres han sobrevivido o cuántos han muertos enterrados en la arena.

–¿A qué distancia ha sido?

–A diecinueve kilómetros.

–Reúna a un equipo de rescate para que se dirija hasta allí a caballo con víveres. Cargad mi helicóptero con agua. Volaré hasta allí para valorar los daños y buscar supervivientes. Si es necesario llevaré a los heridos más graves a Al-Shafeeq.

–Sí, Alteza.

Rashad se reunió de nuevo con los hombres en la sala de conferencias y les contó lo que había pasado. La noticia hizo que todo el mundo se pusiera en acción. Los hombres salieron corriendo detrás de Rashad para ayudar en el equipo de rescate.

–¿Tariq? ¡Ven conmigo! –Tariq era un colega de confianza y su ayuda sería muy valiosa.

Cargaron el helicóptero con agua y otros útiles de emergencia. Rashad se subió al asiento del piloto e hizo todas las comprobaciones necesarias para volar. Uno de sus guardaespaldas se sentó detrás de él. Y Tariq se sentó en el asiento del copiloto.

Siempre era peligroso acercarse a desconocidos en el desierto, pero consciente de que podría haber gente de su propia tribu entre los afectados, Rashad no podía quedarse sin hacer nada. En pocos segundos, el helicóptero había despegado.

Aquella zona del desierto era conocida porque los fuertes vientos comenzaban de repente y sin avisar. Las tormentas de arena no eran muy frecuentes en la zona pero, cuando se formaban, podían ser devastadoras.

Enseguida observaron un grupo de personas y camellos. Tariq le entregó los prismáticos para que los viera mejor. Todos estaban gesticulando para llamar la atención. La situación no parecía tan mala como se había imaginado. Rashad devolvió los prismáticos y descendió con el helicóptero manteniendo un margen de seguridad.

–Cuidado, Alteza –le advirtió Tariq–. Podrían ser bandidos. Quizá hayan planeado una emboscada y estén esperando a que caigamos en ella.

Rashad sabía que eso era posible, pero vio que un grupo de hombres se acercaba corriendo hacia ellos y reconoció a Mustafa Tahar antes de que saludaran con una reverencia.

–Está bien –les aseguró Rashad a sus acompañantes. Aunque las hélices seguían girando, Tariq comenzó a bajar parte de lo que habían llevado. Rashad apagó el motor y saltó del helicóptero para ayudar a llevar el agua, un elemento clave en esas circunstancias.

Mustafa, un camellero del oasis al que Rashad conocía desde hacía años, lo llevó hasta un lugar en el que había una persona tumbada en la arena y cubierta con mantas.

–Todavía está viva, pero si no la ve un médico o la rehidratamos, la mujer no sobrevivirá. He intentado darle el poco agua que me quedaba, pero se le escapaba de la boca.

–¿Una mujer?

–Así es, Alteza.

Rashad se acuclilló y retiró la manta, sorprendiéndose al ver a una mujer tumbada de lado y vestida con ropa de hombre. Le buscó el pulso en la muñeca y, aunque de manera débil, encontró que seguía latiendo. No llevaba joyas en sus delicadas manos, sólo un reloj de oro en la muñeca. Rashad notó que tenía fiebre.

La miró de nuevo y se sorprendió al ver su belleza. La tomó en brazos y experimentó una extraña sensación.

Aunque su pueblo creía en los presagios, él era más escéptico y se negaba a creer que lo que sentía era algo más que una respuesta ante una mujer atractiva. No había estado con ninguna desde hacía varias semanas. Los asuntos de Estado de su padre lo habían mantenido muy ocupado.

La tez pálida de aquella mujer no disimulaba su rostro de porcelana. Y de su cabello desprendía un ligero aroma frutal. Su olor femenino invadió sus sentidos, provocando que se debilitara de una manera que su mente se negaba a recordar.

Mustafa lo siguió hasta el helicóptero donde Tariq ayudó a colocarla en el asiento trasero.

–Ella viajaba hasta Al-Shafeeq.

–¿Sola? –Rashad no podía imaginar por qué.

–Sí –Mustafa se rascó la mejilla–. A mí también me pareció extraño. Aquí tiene su pasaporte.

Rashad puso una mueca y lo guardó en el bolsillo.

–¿Hay alguien más que necesite atención urgente?

–No, Alteza.

–Bien, entonces la llevaré al palacio para que reciba asistencia médica. La ayuda está en camino desde Raz, pronto recibiréis provisiones.

Mustafa asintió agradecido y Rashad arrancó el helicóptero para dirigirse a Al-Shafeeq. Empleó el teléfono satélite para llamar a Nazir. Su asistente personal se aseguraría de que el médico de la familia real estuviera en el palacio para recibirlos.

Tras un vuelo corto, Rashad aterrizó junto al palacio y esperó a que Tariq y el guardaespaldas bajaran a la mujer del aparato. Cuanto menos tuviera que ver con aquella atractiva mujer, mejor para él. Un equipo médico corrió hasta ellos y llevó a la mujer al interior.

Tras asegurarse de que ella recibiría el mejor tratamiento posible, Rashad les dijo a los hombres que subieran de nuevo al helicóptero para llevarlos otra vez a Raz. Rashad tenía asuntos pendientes de solucionar.

Durante el vuelo, Tariq permaneció extrañamente en silencio. Rashad lo miró de reojo y le preguntó:

–¿Qué piensas, Tariq? No has dicho ni una palabra.

–No es normal que una mujer esté aquí sola. Y menos alguien tan joven.

–Estoy de acuerdo, pero es extranjera y eso explica muchas cosas.

–Es muy bella. Algún hombre sufrirá mucho si se entera de que la arena ha podido con ella. Espero que el médico pueda salvarla.

Rashad no contestó porque las palabras de Tariq habían provocado que se le erizara el vello de la nuca y los brazos. Era la segunda vez en menos de una hora que se estremecía. No le gustaba. No le gustaba nada.

Ansioso por continuar trabajando en su nuevo plan, Rashad los dejó junto a la planta principal. En cuanto Tariq bajó del helicóptero, sonó el teléfono y Rashad vio que era el doctor del palacio.

Se puso tenso. Era probable que lo llamaran para decirle que la paciente había fallecido. ¿Y qué pasaba si así era? ¿Qué significaría para Rashad, excepto que sentiría lástima por ella igual que lo haría por cualquiera que perdiera la vida en esas circunstancias? Finalmente contestó la llamada.

–¿Doctor Tamam?

–Me alegro de que haya contestado enseguida.

–¿Le hemos llevado a la mujer norteamericana demasiado tarde?

–No. Se está recuperando despacio gracias al suero.

Rashad suspiró.

–Ha tenido mucha suerte. ¿Está consciente?

–No, pero eso es bueno.

Rashad asintió.

–Estará en shock mientras se recupera de la experiencia –esperó una respuesta, pero al oír las palabras del doctor se sorprendió.

–Esta mujer necesita total privacidad. Mantenerse alejada de todo el mudo. ¿Tiene alguna sugerencia, Alteza?

Aquélla no era una petición normal y Rashad reaccionó enseguida.

–La suite con terraza.

Estaba en la segunda planta del palacio y se llegaba a ella por un pasaje privado que salía del hall principal. Debido a que estaba aislado del resto del palacio, otros miembros de la familia la habían utilizado como suite nupcial al principio de la luna de miel.

Nadie la ocuparía hasta que llegara su propia noche de bodas, programada seis meses más tarde. Al pensar en ello, Rashad frunció el ceño.

–Bien. La enfermera y yo la llevaremos allí inmediatamente.

Al ver que el doctor no decía nada más, Rashad experimentó una sensación extraña.

–Iré enseguida, doctor.

–Lo esperaré –el doctor colgó el teléfono.

El médico que había cuidado a toda su familia durante años había finalizado la llamada antes de que Rashad pudiera hacer más preguntas. Eso significaba que el hombre guardaba cierta información que sólo quería compartir con Rashad.

Como el resto del personal del palacio el doctor estaba pendiente de cualquier cosa que pudiera resultar sospechosa. Toda precaución era poca cuando se trataba de la seguridad de la familia de Rashad.

Rashad entró en el despacho de la planta con la intención de ocuparse de unos detalles que requerían su atención, pero al ver que no era capaz de concentrarse decidió volar a Al-Shafeeq para averiguar qué sucedía. Se dio una ducha rápida y comió en su propia suite antes de dirigirse a la otra ala del palacio vestido con uno de sus batines informales.

Junto al patio de la suite había un jardín de flores exóticas. Su madre solía cuidarlo con los jardineros porque le encantaba. Rashad había decidido llevar allí a la mujer porque ella también era una especie exótica. Recordó el comentario de Tariq acerca de su belleza y pensó que sus palabras no reunían la manera en la que él la describiría.

Abrió la puerta y saludó a la enfermera que le dijo que el doctor continuaba dentro con la mujer norteamericana. Rashad atravesó el gran salón hasta la habitación. Desde la distancia vio que la paciente estaba en la cama con un gotero en el brazo. Se acercó a ella. El doctor estaba al otro lado comprobándole el pulso. Cuando vio a Rashad, soltó el brazo de la mujer y se acercó a él.

–¿Cómo está? –preguntó Rashad.

–Recuperándose. Le he puesto una medicación en el gotero para ayudarla a dormir. Mañana debería encontrarse mejor como para poder enfrentarse a lo sucedido. La enfermera se quedará a cuidarla por la noche y para darle oxígeno en caso de que lo necesite. Quería que viniera porque me gustaría que viera lo que he encontrado en el colgante que llevaba alrededor del cuello.

Rashad frunció el ceño y se acercó para ver de qué estaba hablando el doctor. La mujer tenía mejor aspecto y había recuperado el color del rostro. Le habían lavado el cabello y sus mechones brillaban con las alas de las mariposas que revoloteaban en el jardín. Sus pestañas oscuras contrastaban contra la tez de su rostro y hacían que pareciera aún más bella.

La enfermera la había vestido con un camisón de color blanco. Estaba cubierta con una sábana, pero se veía que llevaba una cadena de oro alrededor del cuello.

–¿Qué se supone que tengo que ver? –preguntó Rashad.

–Esto. Me tomé la libertad de quitárselo en la clínica antes de hacerle el reconocimiento.

Al mirar el objeto brillante que el doctor sostenía en la mano, Rashad suspiró hondo. Era una medalla de oro con una media luna grabada, el símbolo de la familia real de Shafeeq.

Sólo se acuñaban medallas así cuando nacía un varón en la familia. A Rashad le habían dado la suya cuando cumplió los dieciséis años. Normalmente las llevaban colgadas del cuello, pero Rashad había roto la tradición y había encargado que le hicieran un anillo con ella para poder sellar los documentos importantes. Lo tenía guardado en el escritorio de su despacho en el palacio.

¡Era imposible que aquella mujer de otro continente tuviera una! Sin embargo, era cierto que la tenía.

¿Cómo la había conseguido?

Sin dudarlo, se guardó la medalla en el bolsillo antes de volverse hacia la mujer. Con cuidado, le retiró la cadena del cuello y sintió la suavidad de su piel contra sus dedos. Una piel suave que las mujeres de su tribu no poseían.

La paciente emitió un suave gemido y volvió la cabeza hacia el otro lado, como si hubiera sentido la caricia de sus dedos. Él contuvo la respiración, confiando en que despertara pronto para poder mirarla a los ojos y descubrir los secretos que guardaba en el alma.

Al mismo tiempo, deseaba que continuara dormida para retrasar el momento en el que le dirían que había estado a punto de morir. Había un precio por disfrutar de la terrible belleza del desierto. A veces, el precio era demasiado alto pero aquella mujer había estado dispuesta a correr el riesgo. ¿Por qué?

Confuso, guardó la cadena junto a la medalla y se volvió hacia el doctor.

–Has hecho bien en informarme de esto, pero no se lo cuentes a nadie más.

–Mis labios están sellados, Alteza. La enfermera no desvistió a la paciente hasta después de que yo le retirara la medalla.

En el pasado, el doctor había salvado la vida de Rashad en más de una ocasión y Rashad se fiaba plenamente de él.

–Estoy en deuda contigo. Gracias por ocuparte de ella.

El doctor asintió.

–Me voy a casa. Llámeme si me necesita. Más tarde vendré a verla.

En cuanto se marchó, Rashad revisó las maletas que habían dejado las doncellas buscando una pista que explicara aquel misterio, pero no encontró nada.

Para su sorpresa, la ropa de la mujer era normal. Tenía dos vestidos de noche, uno negro y otro color crema. Un par de zapatos de tacón, unas sandalias y un jersey. El resto, ropa práctica para el desierto. Su ropa interior era sencilla. También llevaba un neceser con algunos cosméticos. Era la maleta de alguien que acostumbraba a viajar con poco equipaje.

Rashad sabía que no debía quedarse demasiado tiempo junto a la cama de aquella mujer. Su pensamiento vagaría por diferentes caminos, distrayéndolo de la misión que tenía.

Por el bien de la familia a la que había jurado proteger, esperaría a la mañana para averiguar cómo aquella mujer había conseguido la medalla.

Tras despedirse de la enfermera recorrió el pasillo que llevaba hasta su suite, situada en la segunda planta pero al otro lado del palacio. Una vez allí, les pidió a los sirvientes que se fueran. Necesitaba estar solo. Se sirvió un café y se dirigió al dormitorio. Sacó el pasaporte de la mujer y se sentó para mirarlo con detenimiento.

Lauren Viret. Veintiséis años. Pocas personas salían tan favorecidas en la foto de un pasaporte, pero aquella mujer no podía salir mal en ninguna foto. Incluso inconsciente, su belleza lo había dejado impactado.

Dirección: Montreux, Suiza.

Montreux. La ciudad donde la familia Shafeeq tenía sus finanzas. Había ido allí por asuntos de negocios y alguna vez había esquiado en Porte du Soleil, un lugar que estaba a media de hora de la ciudad suiza, conocido por su animada vida nocturna. Rashad no solía ir al casino ni salir de fiesta. Sin embargo, Faisal, su primo de cuarenta años, el hijo ambicioso de Sabeer, el hermano pequeño de su padre, frecuentaba aquel lugar de manera regular en viajes de placer.

A Rashad le gustaba la nieve, pero prefería volar a Montreux en verano. La imagen del lago de Ginebra que se veía desde la terraza de la casa familiar le encantaba. Tanta agua azul con barcos de vela y de vapor, cuando él había nacido en una tierra en la que apenas había el preciado elemento en la superficie. Bajo el desierto de Arabia había una gran cantidad de agua, más de la que la gente corriente podía imaginar.

Durante años, él había estado buscando la manera de canalizarla hasta la superficie para regar los cultivos. Una tierra fértil para la creciente población de su tribu. Ése sería el siguiente proyecto para los próximos años, pero hasta entonces mantendría su plan en secreto ante la familia de su tío que vivía en los alrededores. Ya había habido suficiente envidia entre ellos como para que durara toda una vida.

Rashad respiró hondo antes de mirar la calle que figuraba en el pasaporte. Estaba situada en una de las zonas más ricas de la ciudad, junto al lago. ¿Quién pagaba para que Lauren Viret viviera entre la realeza en Montreux?

¿Dónde y cómo había conseguido el medallón? Únicamente existían ocho iguales.

A punto de llegar al límite de su paciencia, Rashad cerró el pasaporte y lo tiró sobre la mesa cercana. Era tarde. No tenía respuesta para ese enigma y necesitaba dormir. Al día siguiente encontraría la solución hablando con ella. Era algo que deseaba hacer y esperaba el momento con inquietud.

Capítulo 2

–¿SE—ORITA? ¿Está despierta?

La misma voz, amable y femenina, que Lauren había oído durante la noche interrumpió su sueño. Notó que le retiraban algo de las vías respiratorias.

–¿Puede oírme, señorita?

Lauren intentaba comunicarse, pero le resultaba difícil porque tenía la garganta demasiado seca como para hablar. Cuando intentó sentarse notó que la cabeza le daba vueltas y se percató de que tenía algo en el dorso de la mano.

–Recuéstese y beba –le dijo la mujer en un inglés con fuerte acento.

Lauren sintió que le metían una pajita entre los labios y comenzó a beber. El agua fría acarició su garganta.

–Deliciosa –murmuró, y continuó bebiendo. De pronto, todo su cuerpo cobró vida.

Abrió los ojos y se percató de que le costaba enfocar la vista. Veía a tres mujeres con el mismo cabello y la misma ropa delante de ella.

–¿Es usted doctora? –preguntó.

–No. Soy la enfermera del doctor Tamam. ¿Cómo se encuentra?

Lauren comenzó a negar con la cabeza, pero se sintió peor.

–No lo sé –tartamudeó.

Mientras la enfermera le retiraba la vía de la mano, Lauren intentó situarse. La habitación no se parecía a la de ningún hospital que hubiera visto antes. Era enorme y estaba decorada de manera que recordaba a la habitación de un harén. Se percató de que todo podía ser un sueño y deseó despertar.

De pronto, recordó la sensación de ahogo y el pánico se apoderó de ella.

–Ayúdame… No puedo respirar… –se lamentó, incapaz de contener las lágrimas.

Oyó voces. Entre ellas, una voz grave y masculina que penetró sus oídos. La mano de un hombre agarró la suya.

–No temas. Estás a salvo –la tranquilizó hasta que se quedó dormida.

Cuando despertó, descubrió que seguían agarrándola de la mano. Abrió los ojos y vio a un hombre de unos treinta y tantos años junto a la cama. La enfermera había desaparecido.

Una camisa blanca cubría su torso y dejaba entrever una fina capa de vello oscuro. El color de la tela resaltaba su piel bronceada. Tenía los ojos y el cabello de color negro. Se fijó en que lo llevaba más largo que otros hombres y que sus rasgos aguileños le daban un aire de magnificencia. Ella nunca había conocido a un hombre atractivo de verdad, y aquél era mucho más que eso. Su corazón comenzó a retumbar en su pecho como si le hubieran dado una droga para devolverle la vida.

Aunque él la miraba como si fuera un depredador acechando a su presa, su mirada ardiente la hizo estremecer.

–¿Qué estoy haciendo aquí?

–¿No recuerda lo que le ha sucedido? –preguntó él en tono suave.

Con nerviosismo, ella se llevó la mano al cuello. De pronto, se percató de que no llevaba puesto el medallón de su abuela.

Se incorporó y movió la almohada para ver si se le había caído sobre la cama, pero no lo encontró. Tampoco tenía la cadena.

–¿Me lo ha quitado la enfermera? –preguntó sentada en la cama y mirando al hombre que estaba a su lado.

–¿El qué? –preguntó él con tono calmado.

Lauren se esforzó para no mostrar el pánico que se había apoderado de ella. La sábana se le había caído hasta la cintura y el hombre la miraba atentamente. El camisón que llevaba puesto era discreto, pero la mirada de aquellos ojos negros le quemaba la piel.

–Me falta mi medallón. Tengo que encontrarlo.

El hombre entrelazó las manos y la miró de nuevo.

Era como un dios. Así había descrito su abuela a su amante. Lauren había sonreído al oír la descripción de Celia pero, en esos momentos, no sonreía. Quizá había perdido la cabeza. El miedo se apoderó de ella una vez más. Cerró los ojos y se recostó de nuevo.

–Quizá si me hiciera una descripción, señorita.

Ella se mordió el labio inferior y notó que lo tenía reseco y agrietado. ¿Cuánto tiempo había estado en esas condiciones? Abrió los ojos de nuevo.

–Es un medallón de oro del tamaño de una moneda de veinticinco centavos de dólar americano. Quizá un poco más grueso.

No se atrevió a dar todos los detalles. La relación con su abuelo era un secreto y debía de permanecer como tal.

–¿Ha visto una moneda de veinticinco centavos alguna vez?

Él asintió despacio.

–Lo llevaba en una cadena de oro. No tiene gran valor, pero es mi pertenencia más preciada –las lágrimas se asomaron a sus ojos.

–Le pediré a los sirvientes que la busquen.

–Gracias –se secó las lágrimas de las mejillas–. ¿Estoy muy enferma?

–Le han retirado el oxígeno y la medicación intravenosa. Eso significa que se alimentará a base de zumo y de lo que le apetezca. Después podrá levantarse con ayuda y caminar un poco. Mañana se sentirá mucho mejor.

–¿Qué me ha pasado?

Él continuó mirándola con una expresión extraña. Ella tenía la sensación de que estaba tratando de decidir qué contarle. Respiró hondo y dijo:

–Sea lo que sea podré manejarlo.

–¿Segura? –preguntó casi en tono seductor.

–No soy una niña.

–No. No lo es.

Ella se estremeció al oír su voz. «No permitas que te cautive, Lauren». Después de todo, él era médico y le había hecho un reconocimiento. Sus ojos negros lo habían visto todo, así que no había nada que no supiera.

–Si no quiere decírmelo porque cree que podría desmayarme, se lo preguntaré a su enfermera. Estoy segura de que ella me contestará.

–Ha regresado a la clínica –dijo él con tono de satisfacción.

–He de admitir que está haciendo un buen trabajo a la hora de asustarme.

Él se encogió de hombros con elegancia. Ella se fijó en sus manos y vio que tenía las uñas inmaculadas.

–Mil perdones, señorita. Mi intención era impedir que recordara demasiadas cosas de golpe.

–¿Quiere decir que tengo amnesia? ¡Eso es ridículo!

El doctor ladeó la cabeza.

–Preferiría considerarlo un lapsus de memoria temporal. En estos momentos su mente la está protegiendo para que no se enfrente a una experiencia traumática.

–¿Traumática?

–Mucho –se puso en pie y agarró una capa de color blanco que estaba en una butaca–. ¿Reconoce esto?

Ella se fijó en lo que él le mostraba. Era un kandura. Lauren tenía uno como aquél. Había comprado su equipo para el desierto en El-Joktor, y le había dicho al tendero que quería una capa de hombre de su talla.

El tendero no había querido vendérsela porque decía que eso no se hacía en su país. Pero ella le ofreció más dinero y finalmente consiguió que se la vendiera.

–Mustafa…

El nombre del camellero escapó de sus labios.

–¿Lo ve? Está recobrando la memoria. Demasiado deprisa, por desgracia.

–Era como si las montañas tuvieran vida. Lo cubrían todo… Mustafa me dijo que era una tormenta de arena. No podía verlo… No podía respirar… ¿Qué le ha pasado a él?

El silencio del doctor la sorprendió. Ella retiró la sábana y se levantó. Sin pensarlo, le agarró los antebrazos.

–Dígame ¿ha muerto por mi culpa?

–No, señorita. La muerte no fue a visitarlo porque no era su momento. De hecho, fue él quien le salvó la vida. Si él no hubiera reaccionado con rapidez, habría sido enterrada viva.

Ella se estremeció.

–¿Qué pasó con los demás miembros de la caravana?

–Sobrevivieron.

–Menos mal que no ha fallecido nadie. Fue algo aterrador.

Él murmuró algo que ella no comprendió y la estrechó entre sus brazos, consolándola mientras lloraba y meciéndola para calmarla. Ella no tenía ni idea de cuánto tiempo pasaron abrazados.

Ella dejó de llorar y se separó de él, consciente de no querer hacerlo. Debía de haberse vuelto loca.

–Perdóneme por haberme derrumbado así.

–Es el shock de la experiencia, señorita.

–Sí –se sentó en el borde de la cama y se cubrió el rostro con las manos–. Si no le importa, me gustaría quedarme a solas.

–Como desee. Pediré que le traigan una bandeja. Necesita comer.

–No creo que pueda comer todavía.

–Es el deber de los vivos.

Lauren echó la cabeza hacia atrás y se mareó. Pero él ya estaba saliendo por la puerta. Al instante, una doncella entró en la habitación para ayudarla a levantarse. Tras una ducha, se vistió con unos pantalones vaqueros y un top de color azul claro. La tormenta de arena no había arrancado las maletas de los camellos, pero casi había terminado con su vida.

¿No era eso lo que Richard le había dicho una vez? Un hombre que sale en una expedición ha de saber que corre el riesgo de no volver. Él había perdido hombres en muchas de sus expediciones, pero continuaba yendo en ellas. Si Richard estuviera vivo le habría dicho; conocías el riesgo, Lauren, y lo corriste.

A su manera, el doctor le había dicho lo mismo.

Lauren no podría ser tan simplista sobre el destino, pero cuando la doncella regresó con unas brochetas de cordero y ensalada de frutas, ella no lo rechazó.

Un poco más tarde el doctor entró de nuevo en la habitación sin que ella se diera cuenta. Se acercó a la mesa donde ella estaba terminándose la comida.

–¿Se encuentra mejor, señorita?

Su presencia la hizo sobresaltar. Ella se limpió con la servilleta y lo miró. Iba vestido con una camisa de lino y unos pantalones. Llevara lo que llevara, ella se quedaba sin respiración al verlo. Sin ropa debía ser espectacular.

–Me siento con más fuerza, gracias.

–Eso está bien, pero queda mucho camino hasta que esté completamente recuperada. Su cuerpo ha sufrido mucho tanto física como emocionalmente. Debe quedarse aquí y recuperarse.

Él llevaba una bandeja de comida en la mano y se sentó frente a ella. Lauren se mordió el labio inferior.

–Dígame una cosa, ¿dónde estamos exactamente?

–Suponía que lo sabía –murmuró él después de comerse un trozo de melocotón–. En el oasis de Al-Shafeeq. Ése era su primer destino después de marcharse de El-Joktor, ¿no es así?

Su único destino.

–Sí –susurró ella, sorprendida por haber llegado al lugar que fue gobernado por el amante de su abuela–. ¿Cómo sabe que vengo de El-Joktor?

–Debo saber todo lo que sucede por aquí. En realidad no soy el doctor Tamam, pero permití que lo creyera hasta asegurarme de que estaba en el camino de una completa recuperación.

–Entonces, ¿quién es?

Él esbozó una sonrisa al oír la pregunta. Estaba tan atractivo que ella sintió que su corazón la iba a traicionar.

–Soy el jefe de seguridad del palacio.

Ella lo miró con incredulidad.

–Con razón esta habitación es tan exquisita –susurró ella–. No podía imaginar que un hotel tuviera este aspecto.

–El palacio tiene siglos de antigüedad –le explicó él–. Cuando me notificaron que una tormenta de arena había atrapado a una caravana, volé hasta el lugar con el helicóptero. Mustafa me contó lo que había pasado y decidí traerla aquí para que el doctor Tamam se ocupara de usted.

¿Era el jefe de seguridad del equipo del rey?

Encajaba más con la imagen que ella tenía de un rey. Más grande que la vida, tal y como su abuela había descrito al rey Malik.

Lauren tragó saliva.

–Así que es a usted a quien debo agradecerle que me dieran asistencia médica con tanta rapidez. Estoy en deuda con usted –tartamudeó ella. Le resultaba difícil creer que estaba dentro del palacio en lugar de mirarlo desde el exterior como una turista cualquiera.

Él sonrió y dijo:

–¿Está lo bastante agradecida como para permitirme que la llame Lauren?

–Por supuesto.

–Lo vi en su pasaporte y, por cierto, lo tengo en mi poder –la miró de arriba abajo–. Lauren es un nombre muy bonito, casi tan bonito como su dueña.

Lauren sintió que una ola de calor recorría su cuerpo.

–¿Y cómo debo llamarlo yo? –preguntó.

–Rafi. Es más fácil que el resto de mi nombre. Es demasiado largo y difícil de pronunciar para una extranjera.

Ella esbozó una sonrisa.

–Me gusta la versión corta. Me recuerda al spaniel que tuve una vez.

–¿Y por qué?

–Se llamaba Taffy –contestó, antes de darse cuenta de que era probable que pensara que estaba coqueteando con él. «Estás coqueteando con él, Lauren». Verse tan cerca de la muerte la había convertido en alguien irreconocible. Aquello seguía pareciéndole un sueño–. ¿Alguna vez has criado una mascota?

–Varias, pero quizá no del tipo que imaginas.

–Suena intrigante.

Sus ojos brillaron a la luz de la vela antes de hacerle otra pregunta.

–¿Dónde pensabas alojarte cuando llegaras aquí?

–Es cierto… Mi reserva… No recuerdo el nombre. Los documentos de la agencia de viaje de Montreux están en mi maleta pequeña. Me temo que todavía no pienso con claridad.

–Eso es porque has estado en una tormenta de arena y has salido de ella con la vida cambiada de forma irrevocable.

Irrevocable. A causa de aquel hombre.

–Estaré encantado de explicarle la situación al conserje si me das la información. Los sirvientes han dejado las maletas en tu dormitorio. ¿Quieres que vaya a buscarla?

–No, gracias. Iré yo –se puso en pie, pero seguía débil–. Un momento, por favor.

Lauren sintió su mirada sobre la espalda mientras se dirigía a la habitación y se arrodillaba para abrir la maleta pequeña. Buscó el sobre donde había guardado su plan de viaje y la cerró antes de regresar a la otra habitación.

Sin decir palabra, él agarró el sobre de su mano. Sus dedos se rozaron, y ella se estremeció. Él abrió el sobre y, tras encontrar lo que buscaba, sacó su teléfono e hizo una llamada. Ella no sabía árabe, excepto por algunas palabras. La conversación duró unos minutos y después él la miró de manera enigmática.

–¿Hay alguien a quien tengas que informar de lo que ha pasado? ¿Alguien que deba saber dónde estás?

–No –tras la muerte de su abuela estaba sola.

–No me digas que no hay ningún hombre en tu vida que te esté echando de menos porque no te creería.

–No hay nadie importante en mi vida. Sólo Paul, un amigo, y probablemente esté fuera trabajando en un nuevo encargo para un periódico francés.

–¿Y Paul no querrá saber que has salido indemne? –su ton de voz era autoritario.

–De hecho, preferiría que Paul no se enterara de lo que me ha pasado. Me propuso matrimonio antes de venir aquí, pero lo rechacé. No estoy enamorada de él y me parecería mal pedirle que venga en mi ayuda ahora. Creo que es mejor que continúe con su vida y encuentre a una mujer que lo ame.

Rafi la miró por encima del borde de la taza de café.

–Después de conocerte me atrevería a decir que dudo que llegue a olvidarte.

–Eso es muy halagador, pero por supuesto que lo hará.

–No trataba de halagarte –su comentario la hizo estremecer–. ¿Y qué hay de otros amigos?

–No esperan tener noticias mías en este viaje.

–¿Por qué no?

–Porque he venido para intentar superar mi dolor tras perder a mi abuela. Ellos lo saben –murmuró, tratando de que no le temblara la voz.

–¿Estabais muy unidas?

Había algo en aquel hombre que hacía que ella confiara en él. Quizá fuera porque le había salvado la vida al llamar al doctor a tiempo. Fuera cual fuera el motivo, ella no quería contenerse.

–Mucho. Mis padres murieron cuando yo tenía seis meses. Ella fue la única madre que he conocido. La echo muchísimo de menos.

–Comprendo que quisieras alejarte de allí durante un tiempo pero, ¿por qué aquí en el desierto? Esta parte del Nafud es especialmente dura.

–Supongo que será porque nunca había visitado este lugar y no tiene recuerdos para mí –«sólo los de Celia».

–¿Eres una viajera?

–Sí, desde que era una niña.

–Dadas las circunstancias, te dejaré a solas para calmar tu dolor. El silencio es la medicación para la pena. Si necesitas algo sólo tienes que descolgar el teléfono que hay junto a tu cama. Nazir, uno de mis asistentes, se ocupará de ti y avisará al doctor o a mí en caso de que nos necesites.

–Gracias –agachó la cabeza–. Sería muy maleducada si no te dijera lo agradecida que estoy porque me salvaras la vida.

–Sólo agilicé la situación para que pudieras recuperarte en manos del doctor Tamam.

–Sigo agradecida –insistió ella–. Te aseguro que os compensaré por vuestros servicios.

Sin contestar, él comenzó a marcharse. Puesto que era el jefe de seguridad, ella suponía que tenía muchas cosas que hacer como para que se quedara haciéndole compañía, pero deseaba que no tuviera que marcharse.

–¿Rafi?

Él se volvió para mirarla.

–¿Necesitas algo más?

Había descubierto que necesitaba muchas cosas.

–No, pero es evidente que tienes una relación muy cercana con el rey. Por favor, hazle saber lo agradecida que estoy por todo. La habitación es preciosa.

–Es parte de la suite con jardín.

Lauren respiró hondo. El rey Malik había hospedado a su abuela en una parte privada del palacio que tenía jardín propio. ¿Era posible que fuera aquella habitación? Al pensarlo se le erizó el vello de la nuca.

–¿Estás bien, Lauren?

–Sí.

–Necesitas descansar mucho más antes de que me lo crea. Cuando te apetezca, estás bienvenida a salir por ese pórtico para pasear y disfrutar de las flores. Hay algunas exóticas. Y a veces, la reina cuida el jardín en persona.

Ella se llevó la mano al cuello.

–No sé por qué soy tan afortunada.

Tras una pausa, él dijo:

–Cuando el rey Umar se enteró de la tragedia insistió en que te quedaras como su invitada en esta suite, durante el tiempo que quisieras.

Su invitada…

Lauren tenía el corazón acelerado. ¿El rey Umar sería un hijo, un nieto, o incluso un sobrino nieto del rey Malik? Lauren estaba más cerca de lo que creía de conseguir la información sobre su abuelo.

–Es muy generoso por su parte.

–Espero que mientras te estés recuperando, la belleza del jardín alivie la tristeza que sientes en el corazón tras la muerte de tu abuela.

Afectada por sus palabras, ella le dio las gracias con un susurro. Una vez que él se marchó, Lauren sólo pudo moverse hasta el sofá porque la debilidad se había apoderado de ella, también debido a su cercanía y a su potente masculinidad.

Se sentó y descansó contra uno de los cojines de raso. Comenzó a pensar en su abuela, una mujer que había viajado por el mundo desde temprana edad. Celia había ido a Al-Shafeeq porque un alto cargo del gobierno, amigo de la familia, le había dicho que aquel oasis del desierto florecía como una rosa. A ella le había parecido algo tan romántico que había decidido ir a verlo.

Mientras paseaba por los jardines del palacio, el rey Malik se había fijado en su melena rubia que le llegaba hasta la cintura. Lo que sucedió después se parecía a una historia de las Mil y una noches y Celia había quedado apresada por un amor tan poderoso que había tenido a Lana, la madre de Lauren, como resultado.

Lauren pensó en las flores del patio, pero estaba demasiado cansada como para salir a verlas. En el fondo, tenía el presentimiento de que si salía a mirar las flores podría repetirse la historia. Lauren podría imaginar llegar a estar tan enamorada de Rafi como para no querer marcharse de Al-Shafeeq.

Su imagen poderosa permaneció ante sus ojos hasta que los cerró y se quedó dormida.

Rashad permaneció fuera de la suite y llamó al doctor Tamam para contarle las novedades.

–Hoy la paciente se encontraba lo bastante bien como para darse una ducha y comer algo sólido.

–Muy bien. ¿Qué ha descubierto sobre el medallón?

–Todavía nada.

–¿Ah? –la sorpresa del hombre mayor era evidente–. Entonces debe ser que considera que ella no está lo bastante recuperada como para someterla a un interrogatorio.

El médico estaba leyendo la mente de Rashad. Lauren había palidecido una pizca antes de que él saliera de la habitación. Todo lo que había dicho parecía sincero, sobre todo el alivio que había sentido al enterarse de que Mustafa no había muerto.

Él todavía podía sentir la huella que había dejado su cuerpo al estar entre sus brazos mientras la consolaba.

Y respecto a la muerte de su abuela había diferentes grados de sinceridad. Al despertarse, en lo primero que había pensado había sido en el medallón que había perdido. Rashad se había percatado de que ella había tenido cuidado para no darle la descripción completa del medallón.

Su instinto nunca se equivocaba. Ella guardaba un secreto.

Lo primero que Rashad tenía que hacer era asegurarse de si el medallón era real o falso. De los ocho varones que había vivos en la familia, ninguno había informado acerca de la desaparición de su medallón. Tenía que ser falso, pero no podría estar seguro de ello hasta que no hablara con el experto en joyas de oro.

Después llamó al mecánico para asegurarse de que el helicóptero estaba revisado y preparado para volar y se dirigió hasta la pista donde estaba situado el aparato.

Acompañado por su guardaespaldas, voló hasta Raz. Una vez allí, se dirigió a hablar con el orfebre que había montado el anillo de Rashad.

–Entra, Rashad. Tienes cara de pocos amigos. ¡Ayer todo el mundo estaba lleno de júbilo!

–Eso fue ayer –dijo él, mientras se sentaba frente al hombre en la mesa de trabajo. Sacó el medallón del bolsillo y lo dejó frente a él.

Hasan lo miró asombrado.

–¿De quién es ese medallón?

–Eso es lo que necesito saber.

–¿Quieres decir que lo ha perdido alguien de la familia real?

–Puede ser. Lo encontré de manera accidental. ¿Podría ser falso?

–¿Por qué no vas a hacer alguna cosa y vienes dentro de un rato para que te conteste?

Rashad pasó la siguiente hora comentando los planos de la nueva planta de procesamiento con los ingenieros. Como ingeniero que era, dejó clara su opinión antes de regresar al laboratorio de Hasan. El orfebre lo miró y dijo:

–El medallón es de oro de veinticuatro kilates, pero la técnica de acuñado y el estilo indica que se fabricó entre 1890 y 1930, quince años arriba o abajo. Yo no podría replicar lo que se hacía en aquella época –negó con la cabeza–. Todo me hace pensar que no es falso, ni la cadena tampoco.

–Entonces, a menos que alguien perdiera su medallón en aquella época, la única explicación alternativa que se me ocurre es que el orfebre de entonces hubiera hecho uno extra en caso de pérdida.

–Pero eso siempre ha estado prohibido –le recordó Hasan.

–Es cierto.

Rashad recordó mentalmente a cada uno de varones que habían nacido en la familia en aquel periodo de tiempo. Nunca había oído nada acerca de que alguno de ellos hubiera perdido su medallón.

Rashad sabía que ningún miembro de la familia se separaría voluntariamente de su medallón, y que los llevaban con ellos a la tumba. La única explicación que encontraba era que el medallón hubiera sido robado a algún muerto a la hora del entierro. Sólo los familiares asistían a esas ceremonias, y eso significaba que un miembro de la familia lo había estado guardando durante todo ese tiempo…

¿Con qué propósito? ¿Y cómo había aparecido en el cuello de aquella bella norteamericana? ¿Había ido hasta allí especialmente para llamar la atención de Rashad e infiltrarse en su círculo privado? ¡Sin duda, lo había conseguido!

Un plan tan elaborado para conseguir información sólo podía haber sido ideado por la familia de su tío, que estaba desesperada por descubrir cualquier información que pudiera emplear en contra de la familia de Rashad. Curiosamente se había vuelto en su contra debido a una tragedia que nadie había podido controlar.

Sin embargo, Lauren había conseguido entrar en su fortaleza mediante un método que nunca había sido empleado por un enemigo. Alguien la había entrenado bien ya que si no, ¿por qué se había contenido a la hora de describir el medallón?

Además, era posible que ella tuviera una foto de Rashad y lo hubiera reconocido desde un principio. Si eso era cierto, la mujer que habían enviado para espiarlo era una gran actriz a la hora de fingir que se creía que él era el jefe de seguridad.

A Rashad no le gustaba lo que estaba pensando. La atracción que sentía por ella provocaba que se le formara un nudo en el estómago. Echó la cabeza hacia atrás con frustración.

–Has hecho un gran trabajo, Hasan. No lo olvidaré.

–Es un placer ayudarte, Alteza.

Al terminar, Rashad voló de regreso al palacio. Nada más llegar, escuchó a un confidente que había hecho algunas investigaciones para él.

–¿De qué te has enterado?

–Ella voló a El-Joktor antes de ayer.

El sello de entrada que habían puesto en su pasaporte lo demostraba. Lauren sólo había pasado un día en el desierto. Mustafa le había asegurado que no se habían encontrado con otras caravanas durante el trayecto, ni habían tenido contacto con nadie.

–Cuando llegó a El-Joktor se alojó en The Casbah sola.

¿En The Casbah? ¿Por qué había elegido un hotel de dos estrellas en la parte pobre de la ciudad cuando había otros hoteles más modernos con todo tipo de comodidades?

–Sus papeles están en orden. No tiene ocupación conocida, pero ha estado viviendo en Montreux, en un apartamento que pertenecía a Celia Melrose Bancroft, una mujer de setenta y cinco años recientemente fallecida.

¿Habría mentido Lauren Viret respecto a que era la nieta de aquella mujer? Quizá había sido una acompañante muy bien pagada. Tras la muerte de la mujer, ¿quizá había salido en busca de otro tipo de benefactor? Un hombre, tal vez. ¿O quizá cierto hombre la había encontrado a ella? ¿Era posible?

–¿Desea que investigue más en profundidad, Alteza?

–Todavía no. Has hecho un buen trabajo.

¿Qué era lo que el padre de Rashad le había enseñado cuando era pequeño? Si el camello mete el hocico en la tienda, su cuerpo entrará después. Con la ayuda de las circunstancias, la señorita Viret había entrado en su tienda y caído en sus manos.

Cenaría con ella a solas. Tenía que descubrirlo todo acerca de ella. A pesar de todo lo que sabía, o sospechaba, necesitaba estar a solas con ella.

Capítulo 3

DESPUÉS de organizar una comida en el patio que había junto al jardín de flores, Rashad se duchó y se vistió con otros pantalones y otra camisa. Cuando estaba de camino hacia la otra ala del palacio, Nazir lo llamó por teléfono:

–¿Alteza? La extranjera me ha pedido hacer una llamada desde el palacio. ¿Se lo permito?

–Sí –el centro de control del palacio empleaba un sistema de seguimiento por satélite. Más tarde, Rashad comprobaría el número al que había llamado. Subió las escaleras y continuó por el pasillo hasta llegar a la suite. Después de llamar a la puerta, entró en la habitación y vio que Lauren estaba sentada en el escritorio del salón. Ella estaba hablando por teléfono en francés.

Al verlo, Lauren terminó la conversación y colgó el auricular.

–Buenas tardes, Rafi –dijo con un tono que denotaba que se alegraba de verlo, aunque no quisiera que se enterara de su conversación telefónica.

Él se sorprendió al ver que, aunque antes de que ella partiera hacia Al-Shafeeq en misión especial hubiesen hecho unos elaborados preparativos, la atracción entre ellos era real y extraña.

–Me alegra ver que estás más descansada.

Ella asintió.

–Dormí una siesta después de que te marcharas.

Rashad pensó que su aspecto era muy apetecible. Iba vestida con la misma ropa de antes.

–¿Tienes hambre?

–Sí.

Si era mentira, no le importaba porque Rashad tenía la sensación de que ella deseaba pasar la velada con él. Esa atracción inmediata era algo que nunca había sentido y que lo había pillado desprevenido.

–Lo he organizado todo para que cenemos juntos. ¿Qué te parece?

–Sí no estás ocupado, me encantaría…

–Está servida en el patio.

El rostro de Lauren se alegró de pronto.

–Todavía no he visto las flores –se levantó y él se fijó en su silueta.

Daba igual que estuviera vestida con ropa occidental o con un camisón de hospital, las curvas de su cuerpo hacían que fuera imposible mirar hacia otro lado.

–¿Esto significa que no tienes que trabajar? –preguntó con la respiración acelerada, como si tampoco pudiera controlarse a sí misma.

–Más o menos.

–En otras palabras, eres como el doctor Tamam, ¿siempre disponible si te necesitan?

–Es una manera de decirlo –contestó él con una sonrisa.

–El doctor vino hace un rato para ver cómo estaba.

–¿Qué te ha dicho?

–Que descanse un día más para recuperar mis fuerzas. Después podré volver a ser turista.

–Es un doctor estupendo. No te arrepentirás de seguir sus consejos.

–Es mi intención. ¿Tú también tienes hambre?

–Un hambre voraz –todo su cuerpo había reaccionado al verla.

–¿Eso significa que has tenido que ir otra vez a salvar a alguien atrapado en una tormenta de arena? –bromeó ella.

–No suceden tan a menudo. Y te diré una cosa, en los últimos cien años, tienes el honor de ser la única extranjera que ha sobrevivido a una.

Ella se estremeció.

–He sido afortunada. Gracias a Mustafa y a ti.

–Fue él quien te bajó del camello a tiempo.

–Sí –ella se volvió–. Tengo que darle las gracias en persona. Por eso he llamado por teléfono. He hablado con la agencia de viajes en Montreux para pedirles que contacten con él de mi parte.

–Supongo que habrá salido con otra caravana. Cuando tu caravana te lleve de regreso a El-Joktor, podrás darle las gracias. Ahora, si me acompañas, el patio está por aquí.

La agarró del brazo y la guió hasta la azotea. Había anochecido y las antorchas del patio estaban encendidas.

Lauren suspiró al ver la vista del desierto. Él lo comprendía. Desde allí se veía el oasis con sus numerosas antorchas y la arena extendiéndose en todas las direcciones. La brisa perfumada de la noche era cada vez más fresca. Las estrellas empezaban a asomar en el cielo. Aquél era su lugar preferido en el palacio.

–Nunca había visto un paisaje así en mi vida.

–Yo tampoco –susurró Rashad, mirando su perfil. Si se movía una pizca hacia ella no podría evitar tocarla y no sería capaz de detenerse.

–Es mágico y hace que tenga ganas de llorar.

–A veces, cuando me agobia el trabajo, siento la necesidad de escapar de mi despacho y vengo aquí a contemplar la noche.

–Es como si se pudiera tocar –dijo ella, y se volvió hacia él. La luz de la antorcha más cercana iluminó sus ojos.

Cuando él la miró, se quedó estupefacto por su color cautivador. Eran de color verde claro y tenían un brillo especial, mucho más atractivo que el de la estrella más brillante del cielo

¿Cómo podían pertenecer aquellos ojos a una mujer que había ido hasta allí para hacer daño a su familia?

–¿Tienes frío? –deseaba tener un motivo para abrazarla.

–Todavía no –contestó ella con voz temblorosa.

–Entonces, cenemos.

Rashad había pedido que les prepararan una mesa junto a la celosía cubierta de flore para que Lauren pudiera disfrutar de su aroma. La luz de las velas provocaba que la sombra de las flores quedara reflejada a gran tamaño sobre la pared.

Rashad retiró una silla y ella se sentó mientras él le apoyaba las manos sobre sus hombros un instante.

–Qué bonito –susurró ella.

–La familia real lo llama Garden of Enchantment.

–Comprendo por qué. Hay una intensa sensación de paz. Es maravilloso.

–Estoy de acuerdo en que es un lugar perfecto.

* * *

Lauren sintió que se le erizaba el vello de los brazos. ¡Aquél era el jardín del que le había hablado su abuela!

Lauren había ido al desierto para ver el lugar que había visitado Celia, pero no imaginaba que fuera a llegar hasta ese mismo lugar.

Al sentir que Rashad la miraba fijamente, no se atrevió a mirarlo a los ojos. Era demasiado poderoso. Su masculinidad no necesitaba una noche como aquélla para provocar que a ella se le acelerara el corazón. Sin permitir que él descubriera cómo le afectaba su cercanía, ella se concentró en el plato de comida que tenía delante.

Había pedazos de melón, helado de frutas y varios pedazos de cordero con patatas. Ella había estado tan concentrada en él que ni siquiera se había dado cuenta de que los habían servido y de que él ya estaba comiendo.

Bebió un sorbo de café y preguntó:

–Trabajas hasta muy tarde, Rafi. ¿No tienes una mujer esperándote en casa?

–Una tinaja necesita la tapa adecuada. Yo todavía no he encontrado la mía.

Sus palabras hicieron que le diera un vuelco el corazón.

–En otras palabras, me estás diciendo que me meta en mis asuntos –Lauren se rió.

–Me alegra ver que he conseguido una sonrisa en tus labios. Deberías hacerlo más a menudo.

–No he podido evitarlo. Tu comentario sobre la tinaja me ha hecho recordar la historia de Ali Baba. Esos pobres ladrones metidos en aceite hirviendo dentro de las tinajas. Vaya sirvienta más astuta –dijo ella.

–Lo era –murmuró él, antes de soltar una carcajada.

–Me cuesta creer que seas soltero –comentó Lauren, mirándolo de reojo.

–No lo soy –dijo él–. Cuando llegue mi día, no tendré el tipo de matrimonio que imaginas –bebió un poco de café–. No está escrito en mis estrellas.

–Si yo no me hubiera conocido tan bien, habría tomado una decisión equivocada y ahora estaría casada. Sin duda, uno controla su destino.

–Hasta ahora sí –dijo él.

–¿Tienes familia en el oasis?

–Tengo padres y hermanos.

–Eres muy afortunado. ¿Has vivido en el oasis toda tu vida?

–Aparte de cuando estudié en Inglaterra y en Francia, ésta ha sido mi casa. ¿Y tú siempre has vivido en Suiza?

–Sí, pero a veces iba a Nueva York donde nació Celia.

–Háblame de tu abuela. ¿Estuvo mucho tiempo enferma antes de morir?

–No. Pilló una bronquitis y se convirtió en neumonía. La mayor parte de la gente de esa edad se recupera, pero ella no. Como era una intrépida aventurera siempre imaginé que viviría hasta los noventa.

–En otras palabras, no estabas preparada para su muerte.

Los ojos de Lauren se llenaron de lágrimas.

–Creo que nunca se está preparado para ello, aunque uno se pase meses o años junto a la cama de un ser querido. Se marchó de mi lado demasiado pronto.

–El sol siempre acaba poniéndose –dijo él–. Tu abuela falleció antes de lo que a ti te hubiera gustado. Si os hicisteis felices mutuamente no deberías sentirte culpable.

–Si crees que tengo remordimientos, estás equivocado.

Él la miró como si pudiera ver su alma a través de los ojos.

–Entonces, ¿por qué pareces rota cuando hablas de ella?

–Así es exactamente como me siento, sin duda debido a su muerte inesperada y a mi cercana experiencia con ella.

–Sin duda –murmuró Rafi–, pero me alegra ver que tienes apetito. Aunque estés de luto, es una buena señal de que estás recuperando la normalidad.

Desde que había conocido a Rafi, Lauren ya no sabía lo que era la normalidad. Tenía la sensación de que él estaba preparándose para darle las buenas noches, pero no quería que la velada terminara. Mientras buscaba la manera de retenerlo un rato más, él dijo:

–Por mucho que me apetezca pasar el resto de la noche contemplando tus preciosos ojos, empieza a hacer frío aquí fuera. Entremos y juguemos una partida de cartas. De otro modo, tendré que explicarle al doctor Tamam por qué su paciente ha sufrido una recaída en mis manos.

Ella todavía podía sentir el roce de sus manos sobre los hombros. Cada vez que él hacía un comentario personal, ella sentía que se ponía colorada. De camino hacia el interior, sus cuerpos se rozaron y ella se sintió como un cohete a punto de estallar.

–Te advierto que sólo sé jugar a la canasta.

–¿A eso es a lo que juegan en el casino de Montreux? –preguntó él arqueando una ceja.

–Lo dudo, pero no estoy segura –contestó ella con una sonrisa–. Sólo entré una vez con mi abuela cuando era una niña. Ella me dijo que me fijara bien en la gente y recordara lo desesperados que algunos parecían. Después no me permitió volver a entrar nunca. Decía que el juego era una de las maneras más fáciles de destrozar gente.

–¿Y nunca volviste? –preguntó Rashad–. ¿Ni siquiera como un gesto de desafío?

–No. Ella era tan estupenda que no quería decepcionarla.

–La decepción –murmuró él–. El más doloroso de los castigos.

–Sí –susurró ella.

–Estoy de acuerdo contigo.

Ella tenía la sensación de que él estaba pensando en algo que le provocaba dolor.

–Vamos a jugar aquí –señaló una mesa bajita que había en una esquina del salón.

Lauren se sentó en los cojines que había alrededor. Rafi se sentó también, con las piernas estiradas. Ella se arrodilló y, al moverse, rozó el hombro de Rafi con el brazo. Ninguno de los dos se retiró.

Él la miró y comentó:

–Enséñame a jugar a la canasta.

Lauren se emocionó al ver que él había llevado una baraja de cartas para pasar más tiempo con ella. Rafi la sacó del bolsillo trasero del pantalón y la dejó sobre la mesa.

–Ya están barajadas.

–Bien. Odio tener que esperar.

Él soltó una carcajada.

–Reparte quince cartas a cada uno.

Rafi obedeció y repartió despacio, mirándola con una sonrisa misteriosa.

Lauren le explicó el juego tratando de ignorar su aura de masculinidad.

–¿Quién te enseñó a jugar?

–Richard, el marido de mi abuela.

Empezaron la partida y ella contestó algunas preguntas más durante el juego. Estuvieron jugando hasta la medianoche y, finalmente, ganó ella por unos pocos puntos.

–Quiero la revancha –dijo él–, pero se te están cerrando los ojos así que te daré las buenas noches y jugaremos mañana.

Ella no sabía si podría sobrevivir hasta entonces.

Él dejó las cartas sobre la mesa y se puso en pie. Ella aceptó la mano que él le ofreció:

–Uy… –comentó al levantarse y chocar contra él–. Lo siento.

–Yo no –le acarició los brazos de arriba abajo–. Llevo toda la noche esperando este momento. Un pequeño premio de consolación.

Al instante la besó en la base del cuello provocando que le temblaran las piernas.

Al levantar la mirada, vio un brillo intenso en el fondo de sus ojos negros.

–Vendré a buscarte a las siete. Si te apetece, hay algo que me gustaría enseñarte. Desayunaremos después –sin decir nada más, se marchó de la habitación.

Lauren miró el reloj.

Ya era de madrugada.

Quizá estuviera soñando. Y si así era, no quería despertar.

Se preparó para acostarse y puso el despertador a las seis y media. En algún momento, se quedó dormida, pero despertó media hora antes de que sonara la alarma porque estaba deseosa de volver a ver a Rafi.

Se dio una ducha, se lavó el cabello y se vistió con unos pantalones oscuros y una blusa blanca. A las siete menos diez oyó que Rafi llamaba a la puerta antes de entrar en la habitación. Llegaba temprano. Él la miró de arriba abajo y dijo:

–Me gustan las mujeres puntuales.

–Lo mismo digo –dijo ella y lo siguió por el pasillo–. ¿Dónde vamos?

–Estoy deseando mostrarte las caballerizas que hay detrás del palacio donde se posan los halcones reales. El mío está guardado allí. A Johara le encanta cazar por la mañana. Tengo la sensación de que te gustará verla.

–¿Te dedicas a la cetrería?

–Cuando era joven era uno de mis pasatiempos favoritos. Hoy en día apenas tengo tiempo para ello –bajaron por una escalera y recorrieron otro pasillo hasta una habitación en la que había tres halcones.

Lauren observó como él se acercaba a uno de los pájaros y comenzaba a hablarle en árabe. El animal ladeó la cabeza hacia él. Rafi agarró un guante especial que había sobre una mesa. Se lo puso y, cuando estiró el brazo, el animal se subió a él.

Ella se acercó a ellos.

–Así que eres una de las mascotas de Rafi. Eres magnífico –«igual que tu dueño», pensó–. Ahora lo comprendo –el halcón ladeó la cabeza y miró a Lauren con sus ojos brillantes.

Rafi esbozó una sonrisa.

–Acompáñanos, Lauren.

Salieron al jardín donde ya calentaba el sol. Había un Jeep aparcado cerca. Rafi soltó al halcón y el ave subió al cielo a toda velocidad.

–¡Tiene una envergadura enorme!

–Noventa centímetros para ser exactos. La seguiremos.

Lauren se subió al Jeep con él y se dirigieron por una pista hasta el desierto.

–Johara dará vueltas en busca de comida. Si no encuentra nada, regresará a mí.

–¿Y después qué pasará?

–La llevaremos de nuevo a la caballeriza para darle de comer. Cuando yo no puedo, alguien se encarga de que los halcones vuelen al menos dos horas al día.

–¿Alguna vez no ha regresado a tu lado y has tenido que ir a buscarla?

–Siempre regresa, pero gracias a que de adolescente me pasé horas y horas entrenándola.

–Entonces, es mayor.

–Sí. No espero que viva mucho más que esta temporada.

–¿Entrenarás a otro halcón después de que muera?

–No. Nunca volveré a tener tanto tiempo.

–¿A lo mejor si algún día tienes un hijo? ¿Un hijo o una hija que le guste tanto la cetrería como a ti?

Al instante, Rafi cambió la expresión de su rostro. Una expresión feroz invadió sus ojos negros y ella se estremeció. Deseaba no haber sacado un tema tan personal.

–Perdona si te he disgustado.

Él la miró fijamente.

–No has hecho nada. Todos tenemos que enfrentarnos a nuestros fantasmas de vez en cuando. ¿Qué te parece si disfrutamos del resto de la mañana y vemos si la edad de Johara ha interferido con su capacidad para perseguir una presa? Cuando era joven podía verlas desde muy lejos.

Pisó el acelerador y se adentraron en el desierto. Diez minutos más tarde llegaron a una especie de refugio formado por cuatro palos y una lona. Bajo la lona había una mesa y unas sillas.

–Pararemos a desayunar mientras esperamos a Johara.

Lauren bajó del coche y se asombró al ver dos termos de café y una variedad de sándwiches y dátiles. Al parecer, a Rafi le gustaban especialmente.

Comieron mientras él contestaba a sus preguntas sobre cetrería con admirable paciencia. Ella le contó todo lo que él quería saber sobre sus viajes con Richard y su abuela. No importaba de qué hablaran. La mirada oscura había desaparecido de los ojos de Rafi y Lauren sabía que conservaría para siempre aquel momento en su memoria.

El sol estaba casi en lo alto cuando ella vio una mancha en el cielo. Rafi también la había visto porque se estaba poniendo el guante y salía para recibir a Johara.

El halcón sobrevoló en círculos y fue aminorando la velocidad hasta aterrizar en el brazo de Rafi.

Mientras él hablaba a su pájaro con suavidad, Lauren permaneció de pie junto a uno de los postes.

–¿No ha habido suerte?

Rafi negó con la cabeza.

–No, pero siempre queda mañana. Eso era lo que le estaba diciendo.

La ternura que mostraba hacia el animal hacía que Lauren pudiera imaginarse bien qué clase de hombre era. Sabía que no había nadie en el mundo como él.

Rafi se dirigió al Jeep. Acomodó al pájaro en el asiento de atrás y le cubrió la cabeza.

–Así se siente más segura –le comentó a Lauren–. ¿Nos vamos? Alguno de los sirvientes recogerá nuestro desayuno.

Lauren se sentó en el asiento del copiloto.

–He comido en muchos restaurantes en mi vida, pero siempre consideraré éste mi favorito –no le importó que su tono fuera cargado de emoción. Quería que él supiera lo que aquella mañana había significado para ella.

Rafi le agarró la mano.

–Aunque no sea cierto, he decidido que quiero creerte.

Lauren reflexionó sobre el extraño comentario durante el trayecto de vuelta. Cuando llegaron a las caballerizas, él llevó al halcón al interior y, después de darle de comer, regresaron al palacio por el pasillo y las escaleras.

Al cabo de un rato llegaron a la suite de Lauren. Ella temía ese momento porque sabía que él tendría trabajo por hacer y que no podría pasar todo el día con ella.

Abrió la puerta y se volvió hacia él:

–Gracias por esa maravillosa excursión. No la olvidaré.

Él la miró con los ojos entrecerrados.

–Yo tampoco. Descansa un poco y vendré a recogerte a las seis.

Rashad se dirigió a su habitación, sorprendido por lo que le estaba sucediendo. Nada más llegar, llamó a Farah, su hermana gemela, y le pidió que fuera a su suite en cuanto pudiera. Sus tres hermanas estaban casadas, pero era Farah la que tenía más corazón.

No tuvo que esperar mucho para que ella apareciera en su salón.

–¿Rashad? –iba vestida con un caftán de color rosa.

–Perdona que te moleste, Farah.

–Nunca molestas.

–Gracias por venir.

–Sabes que haría cualquier cosa por ti –se sentó en una silla frente a él–. ¿Se trata de nuestro padre? ¿Está peor? –sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas.

Aquellos ojos eran diferentes de los que había contemplado poco antes en el desierto.

–No. Hay una invitada en el palacio que hace dos días quedó atrapada en una tormenta de arena. Estuvo a punto de morir.

Farah se llevó la mano a la boca horrorizada.

–La ha visto el doctor Tamam y dice que se está recuperando bien, pero creo que le vendría bien tener una amiga mientras esté aquí, para que no se sienta muy sola. Su abuela murió hace poco. Tú eres la persona ideal para ayudarla a superar este difícil momento. ¿Podrías pasar un rato con ella esta tarde?

–Encantada. Haré todo lo que pueda para animarla. ¿Dónde está alojada?

–En la suite del jardín.

Su hermana se puso en pie.

–¿Tú la llevaste allí? –preguntó incrédula. Era conocida como la suite de la luna de miel entre los miembros de la familia real.

–Le pedí al doctor Tamam que la llevaran allí después del reconocimiento. Tras su horrible experiencia pensé que debía estar rodeada de belleza. ¿No estás de acuerdo?

–Oh, sí, ¡por supuesto! Sólo tú pensarías en eso. ¿Quién es?

–Es una mujer joven que vive en Suiza y se llama Lauren Viret. Vino aquí confiando en superar la pérdida de la mujer que la había criado. Quizá te cuente qué era lo que esperaba hacer durante su visita al oasis. Es fácil hablar contigo, Farah.

–Lo intentaré. Tienes razón, no debería estar sola después de haber sufrido esa tormenta de arena.

–Gracias. Te agradezco en el alma que me hagas este favor personal. Una cosa más, le he dicho que soy el jefe de seguridad del palacio.

Ella sonrió.

–Bueno, suponía que no le habrías dicho que eres el príncipe.

–No. Pensé que decírselo sería demasiado para ella y que se sentiría incómoda quedándose aquí. Le he dicho que me llame Rafi.

–Hace años que no oigo a alguien llamarte así –le guiñó un ojo antes de salir al pasillo.

–Mantenme informado, Farah. Si te dice algo que creas que debo saber, ven a contármelo –la siguió.

Ella lo besó en la mejilla.

–Lo prometo.

Él sabía lo que su hermana estaba pensando. Rashad iba a casarse seis meses más tarde. Tenía que llegar el día en que obedeciera a su padre y celebrara la ceremonia que pondría fin a su libertad.

Pero puesto que seguía soltero, su hermana sospechaba que tenía más interés por la chica norteamericana, al margen de su preocupación por que se recuperara después de su mala experiencia. Eso era exactamente lo que Rashad quería que Farah pensara. Si ella pensaba que podía servir para que se desencadenara una situación romántica, mucho mejor. Con su inocencia, Farah era la espía perfecta.

Durante la siesta, Lauren oyó que la doncella la llamaba.

–¿Sí? –preguntó sentándose en la cama.

–Tiene visita, señorita.

Lauren miró el reloj. Sólo eran las cuatro. Se le aceleró el corazón. ¿Rafi se había adelantado porque no podía esperar para verla?

–¿Quién es? –preguntó mientras bajaba de la cama.

–La princesa Farah.

Lauren se cubrió la boca con la mano para ocultar su sorpresa. No podía creer la suerte que tenía. Había ido hasta allí para conseguir información acerca de su abuelo. Hasta ese momento no se había atrevido a preguntarle a Rafi nada acerca de la familia real. Puesto que era el jefe de seguridad podría sospechar de sus motivos. Pero ¿la princesa? Seguro que ella disfrutaba hablando de su familia.

–¿La has hecho pasar al salón?

–Sí, señorita.

–Entonces, por favor, dile que saldré enseguida.

Se dirigió al baño para retocarse la pintura de labios y cepillarse el cabello. Sin perder un instante, fue hacia el salón. La princesa estaba de pie junto al escritorio. Iba vestida con unos pantalones color crema y una blusa de color rojo sangre. Con una figura voluptuosa y su melena negra, era la mujer más guapa que Lauren había visto nunca.

–Perdone por haberla hecho esperar, Alteza.

–No se preocupe, señorita –dijo Farah en inglés–. Me llamo Farah. Rafi me dijo su nombre. ¿Puedo llamarte Lauren? Es un nombre precioso.

–Por favor –dijo Lauren–. Usted también tiene un nombre muy bonito.

–¿Nos sentamos a la mesa? He pedido que nos sirvan un té de menta.

–Gracias. Esto es un verdadero honor para mí –Lauren se acercó a la mesa y se sentó frente a Farah.

–La familia se ha enterado de lo que te pasó durante la tormenta de arena. No puedes imaginarte lo horrorizada que me quedé cuando me lo contaron –las lágrimas brillaban en sus ojos–. Ha debido de ser terrible.

–Lo fue, pero ya ha pasado y me alegro de estar viva.

–Mi esposo, Abdul, quedó atrapado en una cuando era niño. A veces pienso que quizá sea bueno que no hayamos podido tener hijos. Si les pasara algo así… –no pudo terminar la frase.

–Debe de amar mucho a su marido. Quizá algún día os bendigan con un hijo.

–Abdul es el hombre más tierno y amable que conozco, pero yo ya he sufrido dos abortos. Los especialistas no pueden prometerme nada así que sólo podemos esperar que algún día…

–Lo siento.

Ella negó con la cabeza.

–Dejemos de hablar de cosas tristes. Celebremos que estás viva. Según el doctor, estuviste a punto de morir. Él habría tenido que responder ante mi padre si no hubiese podido salvarte.

–Estoy muy agradecida por todo lo que el doctor Tamam y Rafi han hecho por mí. Si pudiera pagar por el tiempo que el doctor ha empleado conmigo y por el hecho de que Rafi fuera al lugar del accidente en helicóptero y me trasladara a tiempo a la clínica…

–No quieren tu dinero, Lauren. Lo importante es que estás bien.

–Pero ser la invitada del rey…

–Mi padre recibe a todos los visitantes si vienen de forma pacífica

Si el rey descubriera quién era Lauren en realidad, ella no estaba tan segura de que la recibiría tan bien.

–¿Es su única hija?

–No. Tengo dos hermanas mayores y un hermano. Somos gemelos.

Lauren se terminó la taza de té.

–A mí me habría encantado tener hermanos o hermanas. Por favor, transmítales mi agradecimiento a su madre y a su padre. Nunca he visto un apartamento tan bonito en mi vida. Las flores del patio son como un milagro.

–A mi madre le encanta ese jardín.

–Y a mí también.

–Si no crees que te cansarás demasiado, mañana me encantaría enseñarte los alrededores del palacio. Es un jardín enorme.

–¡Me encantaría! –quizá fuera la única oportunidad que tuviera para aprender cosas acerca de la familia de Farah y de su abuelo antes de marcharse del palacio.

–Dime todo lo que te apetezca hacer mientras estés aquí en el palacio y yo lo organizaré.

–Es muy amable. Mustafa mencionó algo sobre Garden of the Moon. ¿Cree que es un lugar que debo visitar? –dadas las circunstancias confiaba en que la mentira sobre Mustafa no se le tuviera en cuenta.

La princesa la miró sorprendida.

–Me temo que no está permitido.

«Oh, no. Rápido. Piensa en algo, Lauren».

–Entre mi incapacidad para comprender el árabe y su intento de hablar inglés, es evidente que no lo entendí bien. No importa.

–Quizá se refería a una de las tiendas del zoco. A los turistas les encanta.

–Seguro que a mí también.

–Mañana te llamaré antes de pasar a buscarte.

Capítulo 4

MÁS tarde, Lauren salió de la habitación vestida con unos vaqueros de color crema y una blusa de color verde claro. Cuando entró en el salón oyó que Rafi llamaba a la puerta y entraba vestido con una camisa de seda oscura y unos pantalones oscuros. Era la viva imagen de la virilidad. Ella no pudo evitar susurrar su nombre.

–Buenas noches, Lauren. ¿Qué tal te ha ido el día?

Ella sonrió.

–Como si no lo supieras. He recibido la visita de la princesa Farah. Ha sido cosa tuya, así que no lo niegues.

–No iba a negarlo –sonrió él–. Los días pueden ser largos cuando uno se recupera a solas.

–El mío ha pasado muy rápido. Ella es encantadora. Hemos tomado té con pastas. Mañana va a hacerme un recorrido por los alrededores del palacio –mientras hablaba él no dejaba de mirarla de arriba abajo, provocando que experimentara una sensación de ahogo en el pecho.

–Hablando de recorridos, ahora estoy libre y se me ha ocurrido que a lo mejor te gustaría visitar las habitaciones principales del palacio. Después cenaremos en tu habitación.

Lauren cerró los ojos con fuerza para recuperar la respiración antes de abrirlos otra vez.

–Confiaba en poder verlo durante mi visita.

–Entonces, me alegro de poder concederte tu deseo. Quizá tu agencia de viajes no lo sabía, pero tuve que ordenar que prohibieran la entrada al público al interior del palacio. En estos tiempos modernos hay demasiados peligros como para correr el riesgo.

Ella pestañeó.

–No lo sabía. Si no me hubiera pillado la tormenta de arena…

–Entonces no nos habríamos conocido nunca a menos que el destino lo tuviera preparado de otra manera. ¿Nos vamos?

Durante la hora siguiente Lauren visitó con él las diferentes estancias del palacio. El lugar parecía un museo. Los baldosines del suelo y las paredes, los tapices, las enormes escaleras y todo lo perteneciente a un gran imperio.

En una de las salas, Rafi señaló las fotos de la dinastía Shafeeq. En las paredes colgaban otras de los jeques. Todos tenían le nombre puesto en una placa, pero Lauren no podía leerlas.

–¿Cómo se llamaban?

–¿De veras quieres saberlo?

–Sí. El árabe me parece un idioma precioso. Los nombres me parecen muy diferentes.

El comentario pareció convencerlo. Rafi se dirigió al retrato más lejano y empezó a contarle la historia de cada uno de ellos.

–Y éste es el jeque Malik Ghazi. La familia real lo llama el Grande.

Lauren notó que su corazón latía con fuerza. Le resultaba increíble estar delante de la foto de su abuelo cuando tenía unos treinta años. Su abuela le había hecho una descripción de él, y la foto del periódico no le hacía justicia. Él era todo lo que Celia le había dicho que era, y mucho más.

Moreno y espléndido… Como Rafi, que tenía el mismo aire autoritario, el de un guerrero temible que inspiraba a sus seguidores y aterrorizaba a sus enemigos. Lauren estaba furiosa consigo misma por no ser capaz de dejar de pensar en ese enigmático hombre.

Desde un principio, él le había hecho saber que estaba soltero. Pronto, ella tendría que marcharse del oasis. Por su propio bien, no debía llegar más lejos.

–¿Y por qué lo llamaban así?

–Su padre murió joven. El rey Malik tuvo que asumir el cargo a los diecinueve años.

–Era demasiado joven para asumir tantas responsabilidades, ¿no crees? –le parecía un milagro que tuviera tiempo para su abuela.

–Es lo que hay.

Lauren tuvo que sonreír ante otro de esos comentarios fatalistas que escapaban de sus labios.

–No puedo imaginarlo.

–Es él quien unió a muchas tribus vecinas y convirtió a nuestra nación en un reino más grande que antes.

–¿Sigue vivo? –Lauren tuvo que esforzarse para hablar.

–No. Murió de repente hace cuatro meses. El doctor Tamam dijo que su corazón había dejado de latir sin más.

«Celia murió hace apenas dos meses».

El hecho de que ambos hubieran muerto casi a la vez hizo que Lauren se estremeciera.

–¿Cuántos años tenía cuando murió?

–Ochenta y uno.

–Entonces, había tenido una vida larga y plena, como Johara.

–Un astuto comentario –dijo él, tras un breve silencio.

–¿Es así como morirá ella?

–Puede. Esperó que cuando suceda esté volando. Los pájaros no están hechos para ser domesticados.

–Es un extraño comentario, viniendo de ti.

Él la miró de manera enigmática.

–Últimamente soy un cúmulo de contradicciones.

Lauren se percató de que él no quería hablar de ello y avanzó hasta el siguiente retrato.

–Supongo que éste es el rey con quien estoy en deuda. El rey Umar Jalal Shafeeq –dijo en voz alta–. Siento mi mala pronunciación. Su nombre y su imagen aparecen en el sello que pusieron en mi pasaporte.

–Lo has dicho bien –dijo él.

–Sé que tiene buen corazón. Si no, no sería su invitada. ¿También es un buen rey? No tienes que contestarme si no puedes, o no quieres.

–El mundo podría aprender muchas cosas de un hombre como él.

La madre de Lauren había sido hermanastra del rey… Era una lástima que nunca llegaran a conocerse.

–Entonces, debe de ser el mejor y tú siempre querrás trabajar para él –Lauren respiró hondo–. Gracias por mostrarme este fabuloso palacio y por dedicarme tanto tiempo –se mordió el labio inferior–. Es evidente que eres una de las manos derechas del rey, pero no tienes que pasar más tiempo conmigo.

Él ladeó la cabeza.

–Lauren, ¿noto que tienes miedo a que te gane a las cartas esta noche?

–Sí –mintió, porque pasar más tiempo con él significaba que quizá actuara como una estúpida e hiciera algo de lo que podría arrepentirse.

–No te preocupes –dio él–. Si gano, sólo te robaré algunos besos más.

Ella todavía sentía sus labios contra su cuello y el recuerdo hizo que se le acelerara el corazón.

Cuando llegaron a la suite la cena estaba servida en una mesa baja y redonda, donde podrían comer y jugar a las cartas al mismo tiempo. Rafi había pensado en todo.

Se sentaron y comenzaron la partida, disfrutando de la comida entre jugada y jugada. Al final, ella ganó de nuevo. Y por un margen mucho mayor. Lauren decidió que él había permitido que ganara, pero no le importaba. Le bastaba con estar con él y tenía la sensación de que podría continuar a su lado para siempre.

Rafi colocó las cartas en un montón y las empujó al centro de la mesa.

–En vista de que has ganado, ¿qué premio quieres que te dé? –le agarró la mano y le besó la punta de los dedos–. Dímelo y te lo daré.

Ella se estremeció.

–¿Crees que antes de que me marche del oasis podría visitar el lugar donde la tormenta de arena atrapó a la caravana?

Él frunció el ceño.

–Dime, Lauren, ¿por qué quieres regresar a un lugar que sólo te traerá un recuerdo devastador?

–La doncella no ha encontrado mi medallón. El doctor Tamam dijo que habían buscado en la clínica, pero que no estaba allí. Creo que debió romperse la cadena cuando Mustafa me bajó del camello y debe de estar enterrada en la arena. Daría cualquier cosa por recuperarlo.

–¿No te das cuenta de que si el medallón está en el desierto estará enterrado bajo un montón de arena?

–Estoy segura de que tienes razón –dijo ella.

–Pareces cansada –dijo él, y la ayudó a ponerse en pie–. Voy a darte las buenas noches y te veré mañana –la besó en la frente y desapareció antes de que ella pudiera decir algo.

No debería haber comentando nada sobre el medallón. Él había hecho todo lo posible por hacerla feliz desde el accidente y ella se lo había agradecido pidiéndole otro favor. No podía culparlo si opinaba que era la mujer más egoísta del mundo.

Se sentó junto al escritorio y escribió una carta agradeciéndole al rey su hospitalidad y la atención que el médico y el jefe de seguridad le habían prestado. Después, le escribió una nota a Rafi.

Cuando terminó, las dejó por fuera de la puerta de la suite y después agarró el teléfono y marcó el número uno. Una voz de hombre contestó.

–Nazir al habla. ¿Cómo puedo ayudarla, señorita?

–Perdóneme por molestarlo tan tarde, pero me gustaría marcharme del palacio por la mañana y necesito que alguien me lleve a un hotel. ¿Podría organizarlo para mí?

–Por supuesto. Enviaré a alguien a su habitación después de que le hayan servido el desayuno.

–Muchas gracias. Una cosa más. He dejado dos cartas en la puerta de mi habitación. ¿Podría asegurarse de que son entregadas?

–Por supuesto.

Lauren colgó el teléfono deseando que la agencia de viajes de Montreux le devolviera la llamada que les había hecho. Le habían prometido que le conseguirían un vuelo en helicóptero para trasladarla desde Al-Shafeeq hasta El-Joktor y que la llamarían con los detalles.

Lauren había ido hasta allí con varias preguntas sobre su abuela y el romance que había tenido con Malik. Sin embargo, había descubierto lo cautivador que era aquel reino del desierto. Quizá no tuviera la respuesta a muchas de sus preguntas, pero estaba segura de una cosa. Necesitaba alejarse del hombre que le había cautivado el corazón. Necesitaba alejarse de Rafi.

Rashad acababa de colgar el teléfono después de hablar con Farah cuando Nazir llegó a su habitación con dos sobres y le informó de que la señorita Viret deseaba dejar el palacio por la mañana. La noticia no lo sorprendió.

Le dijo a Nazir que él se ocuparía de ello. Cuando se marchó, Rashad se detuvo en medio del salón y abrió la carta que iba dirigida a su padre. Después de leerla, abrió la que era para él.

Querido Rafi,

La princesa Farah me dijo que ni el doctor Tamam ni tú querríais que os pagara por vuestra ayuda durante la tormenta de arena. No me queda otra opción que agradeceros sin más que me salvarais la vida. Nunca os olvidaré.

Lauren.

Su sentimiento era mutuo. Rashad la había deseado tanto aquellas noches que sentía que podía morir. Nunca había sentido algo así. Iba más allá de lo físico y provocaba que se estremeciera como la primera vez que la tomó en brazos.

Ambos habían sentido la misma química. Recordaba el momento en que ella había despertado para descubrir que él estaba agarrándola de la mano. No había hablado en mucho tiempo. Y era debido a que un calor intenso se había apoderado de ellos y cuanto más luchaban en su contra mayor era el deseo que sentían.

A pesar de que él creía que ella tenía un plan, ninguna persona podía simular la química que había entre ellos. Esa noche, sus ojos verdes lo habían seducido pidiéndole que hiciera el amor con ella.

Durante toda su vida había sentido tentaciones y había sido capaz de resistirse a ellas porque era el hijo de su padre y tenía un deber con el que cumplir. Si no hubiese tenido cuidado durante todos esos años, a esas alturas ya habría muerto. Su padre no solía confiar en nadie, y él tampoco, y mucho menos en aquella bella criatura de cabello rubio que habían enviado para debilitar sus defensas.

Él sabía que la habían enviado.

Esa noche, Farah lo había llamado y le había dado la prueba. Al principio él creía que no le había dicho nada que pudiera ayudarlo. Por el tono de Farah, Rashad creía que Lauren se había ganado a su hermana por completo. Justo cuando había decidido que Farah no había averiguado nada que pudiera ayudarlo, ella mencionó el Garden of the Moon.

Ésa era la pista que estaba esperando. Había saltado la alarma. Había encontrado algo relacionado con el medallón y estaba más cerca de la respuesta.

Sin perder el tiempo llamó a Mustafa y éste le prometió que nunca había mencionado nada acerca del Garden of the Moon a la señorita Viret. Según él, la extranjera había hecho todo el viaje casi en silencio e inmersa en su pensamiento.

Rashad lo creía.

Finalmente, se fue a la cama convencido de que durante los siguientes días conseguiría su confesión, pero primero le daría lo que ella deseaba.

–Buenos días, señorita. Soy Nazir –un hombre de unos cuarenta años esperaba en su puerta vestido con ropa tradicional–. Anoche hablamos por teléfono, pero no nos hemos conocido todavía –sonrió–. Me han ordenado que la acompañe a la puerta oeste.

–Gracias por venir. ¿Ha recogido las cartas?

–Sí. Ya han sido entregadas.

–Estupendo. Bueno, estoy lista –comenzó a recoger las maletas.

–Déjelas aquí.

Lauren frunció el ceño.

–¿Dejarlas? No comprendo.

–Se lo explicarán todo si me acompaña.

Eso significaba que Rafi había recibido su nota y conocía sus planes.

–Muy bien.

Una vez fuera de la habitación siguió a Nazir por el pasillo y después por otro que no conocía. El palacio era como una ciudad pequeña. Finalmente llegaron a un pórtico y él la guió hasta un precioso jardín de palmeras y plantas del desierto.

Nazir gesticuló con las manos.

–Por aquí, por favor.

En la distancia, ella vio un helicóptero brillando bajo el sol. Se acercó a él con curiosidad. Dentro había tres hombres. Uno estaba a los mandos. Y otro se bajó del aparato y ella vio que llevaba unas botas altas de cuero.

Rafi era inconfundible. Iba vestido con una camisa y unos pantalones de color caqui. Tan sólo con verlo, su cuerpo reaccionó. No era justo que un hombre pudiera ser tan atractivo. Esperaba poner distancia entre ellos, pero no iba a ser así.

–¿Cómo te encuentras esta mañana, Lauren?

–Estoy bien, gracias.

–Veamos –se acercó a ella y colocó el dorso de la mano sobre su frente y las mejillas. Después de haber leído su nota, tenía excusa para preguntarse por qué tenía planeado marcharse del palacio sin decírselo la noche anterior.

–No tengo fiebre –dijo ella con voz temblorosa.

–Deja que sea yo quien lo juzgue –respondió él. No se refería a su estado de salud. Con un comentario así, Lauren no estaba segura de si le sostendrían las piernas.

–¿Satisfecho?

–Supongo que tendré que estarlo –murmuró él–. Si todavía tienes intención de visitar el lugar de la tormenta de arena, el rey ha puesto un piloto a tu disposición.

–No debería haberte dicho nada anoche. Ya has hecho suficiente por mí.

–No llevará mucho tiempo. ¿Has volado antes en helicóptero?

–Sí. Muchas veces, de hecho.

–Entonces, vamos. Recuerda que va a hacer mucho calor. Unos cincuenta grados o más.

Tras ese comentario la ayudó a subir. Sus manos se posaron en sus caderas más tiempo del necesario antes de que ella se sentara en la parte de atrás y se pusiera el cinturón. Tuvo que contenerse para no darse la vuelta y lanzarse a sus brazos.

El hombre que estaba a su lado sonrió. Debía de haber notado lo que había sucedido mientras Rafi la estaba ayudando.

Aquello era una locura. Cuando despegaron, Lauren permaneció mirando hacia el desierto para no mirar a Rafi que estaba sentado delante.

Miró por la ventana hasta que el oasis desapareció. Resultaba casi aterrador no ver nada más que arena alrededor.

Era como si estuvieran en un mundo diferente, lleno de dunas onduladas, acariciadas únicamente por el aire y el sol.

–¿Lauren? Ya hemos llegado.

Al oír su voz, ella lo miró sorprendida. Había estado tan centrada en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que habían aterrizado.

–Si no te encuentras bien regresamos al palacio.

¿Qué le hacía pensar que algo iba mal? No comprendía nada.

Él abrió la puerta y salió. Cuando ella se asomó a la puerta él la agarró del brazo para ayudarla a saltar y volvió a experimentar una especie de corriente eléctrica. El piloto se quedó a los mandos. El otro hombre se bajó también y caminó a cierta distancia de ellos.

Sintiéndose un pequeño grano de arena, Lauren miró a su alrededor antes de mirar a Rafi.

–¿Dónde sucedió exactamente?

–Según el piloto, bajo ese montículo de enfrente tuyo. Llevé tu cuerpo desde aquí al palacio, confiando en que pudieras revivir.

Lauren se quedó boquiabierta al ver la enorme duna que tenía delante. Ella dio varios pasos, pero sus pies se hundían en la arena y le costaba mucho sacarlos.

¡Qué idiota había sido al pensar que podría encontrar el medallón allí! Había quedado enterrado para siempre. Era como el fin de una era para Lauren.

Su abuela, su abuelo, el medallón… Todos se habían marchado. ¿El final del principio o el principio del fin? Fuera lo que fuera, estaba escrito sobre la arena.

Empezaron a temblarle los hombros mientras las lágrimas manaban de sus ojos. Necesitaba salir de allí y comenzar una nueva vida. En cualquier sitio alejado de todo lo que le recordara al pasado. Alejado de él.

Se percató de que él se acercaba a su lado. Su cuerpo reaccionaba cada vez que él estaba cerca y las sensaciones eran dan diferentes que la disgustaban. Ya no sabía qué hacer con lo que sentía por él.

–Me lo advertiste, Rafi, pero por favor no digas nada. Sólo necesito cinco minutos más.

El aire era tan caliente que las lágrimas se secaban antes de caer por su barbilla. Aunque él obedeció, no se marchó de su lado. La rodeó desde atrás y apoyó la barbilla en su cabeza, abrazándola de manera protectora.

Por un instante, estuvo consolándola como si fuera un niño. Por desgracia, el calor de su cuerpo musculoso provocó que ella ardiera de deseo. Ella sabía que ese deseo existía porque se lo había oído contar a su abuela, pero nunca había sentido su poder hasta entonces.

Aquella atracción era una especie de tortura. Lauren no pudo controlar las lágrimas y no tenía ni idea de cuánto tiempo estuvo llorando. Era la segunda vez que se había desmoronado entre sus brazos.

Ella no podía asumir que tendría que marcharse de su lado, y de aquel lugar donde la vida y la muerte habían adquirido un significado completamente distinto. Su abuela había tenido que enfrentarse a la misma decisión pero de alguna manera había conseguido alejarse del rey Malik.

¿Cómo lo había hecho?

Lauren no tenía la misma voluntad que Celia. No volver a ver a Rafi nunca más…

Avergonzada por estar montando un numerito, se separó de Rafi y se dirigió hacia el helicóptero. Esa vez fue el otro hombre quien la ayudó a subir. Lauren mostró su agradecimiento al piloto y al hombre antes de que Rafi subiera al helicóptero y cerrara la puerta.

Una vez más, atravesaron el cielo azul. No había nada más que el reflejo del sol sobre la arena y el perfil cautivador de un hombre que era más grande que la propia vida. Durante el resto de sus días, Lauren recordaría aquella imagen con toda nitidez.

Los hombres hablaban sin parar. Ella se fijó que Rafi hablaba por unos auriculares. Ella suponía que tendrían muchas más cosas que hacer aparte de mostrarle los alrededores a una norteamericana que debía de parecerles una niña mimada, pero puesto que era la invitada del rey, tenían que cumplir sus órdenes. Cuando regresaron al palacio, Lauren decidió que se quedaría en su habitación el resto del día.

Rafi le tendió la mano para ayudarla a bajar del helicóptero.

–Disfruta de la tarde. Hablaremos después –le dijo, antes de marcharse en la otra dirección llevándose su corazón con él. Nazir esperó para acompañarla al palacio.

Después de haber cumplido con su deber, Rafi debía continuar con su trabajo como jefe de seguridad. Así era como debía de ser. Pero el dolor que experimentó al verlo marchar no desapareció mientras seguía a Nazir por los pasillos del palacio.

Lauren tenía la sensación de que eran diferentes a los de otras veces. Antes de que pudiera preguntárselo, la princesa Farah apareció por una puerta vestida con ropa de montar. Ella sonrió a Lauren.

–Me alegro de que hayas regresado. Acabo de venir de montar a caballo con mi marido, entra y date un baño conmigo. Comeremos junto a la piscina.

–Suena bien, pero no tengo bañador.

–Yo tengo muchos que nunca me he puesto –miró a Nazir–. Gracias por traerla hasta aquí.

Él contestó algo en árabe y se marchó.

Entraron en una sala con forma octogonal en la que había una piscina redonda.

–¿Me estabas buscando?

–Sí. Pensé que te gustaría salir a montar conmigo, pero ya te habías marchado de la suite.

–Tu padre lo organizó todo para que me llevaran al lugar donde nos atrapó la tormenta de arena.

La princesa la miró sorprendida.

–¿Y para qué querías ir allí?

–Sé que es una tontería. Perdí un colgante que me había regalado mi abuela el día de la tormenta y pensé que podría encontrarlo en la arena. Rafi me dijo que estaría enterrado. Por supuesto, tenía razón.

Farah la miró con compasión.

–Los siento, pero comparado con tu vida un colgante no es tan importante.

–Tienes razón.

La princesa sonrió y le mostró a Lauren dónde podía cambiarse de ropa. Cuando salió de nuevo, vestida con un bikini de color amarillo, descubrió que tenían compañía. Farah hizo las presentaciones.

De las tres hermanas de cabello oscuro, Lauren miró a Samira, la mayor. Tenía cierto parecido a la madre de Lauren. Ella tenía cuarenta y un años y cinco hijos. Había llevado a los dos pequeños a la piscina, un hijo de ocho años y una hija de cinco.

Por supuesto, era mayor de lo que la madre de Lauren había llegado a ser. Sin embargo, Samira le recordaba a la imagen de algunas de las fotos de Lana que ella llevaba en la cartera, y sintió que se le encogía el corazón.

Basmah tenía treinta y nueve años y cuatro hijos. Había llevado consigo a las dos hijas más pequeñas, unas gemelas que acababan de cumplir cuatro años.

Farah le explicó que Rashad, su hermano mellizo, y ella, tenían treinta y cuatro años. Lauren vio el amor que había en los ojos de Farah cuando miraba a sus sobrinos. Todos eran encantadores y se metieron en la piscina con Lauren sin dudarlo.

Tras jugar con ellos un buen rato, salió del agua y se reunió con las demás. Estaban en unas tumbonas junto a la piscina para poder vigilar a los niños. Lauren bebió un poco de zumo de frutas. Como princesas que eran, las tres mujeres habían recibido una educación formal y hablaban un excelente inglés. Lauren descubrió que todas habían viajado y que tenían una visión avanzada del futuro del país.

Su conversación se centró casi todo el rato en su hermano Rashad, un ingeniero químico que había hecho un trabajo estupendo a la hora de crear nuevas industrias. Basmah y Samira estaban ayudando a su madre a organizar el treinta y cinco cumpleaños de Farah y su hermano mellizo que celebrarían la semana siguiente. Todos le pidieron a Farah que pensara un regalo de cumpleaños para él. Algo excepcional.

–¿Tú qué opinas, Lauren?

–Si yo tuviera un hermano buscaría algo que le guste hacer para relajarse.

Basmah negó con la cabeza.

–Él no sabe relajarse.

–¡Tiene razón! –dijo Samira–. Está demasiado ocupado trabajando.

–También tiene momentos de inactividad.

–Si no está trabajando, está montando a caballo –intervino Farah.

–Le gustan más que las mujeres –añadió Basmah–. Al menos eso es lo que dicen todas sus novias.

Todas se rieron.

–En ese caso, ¿por qué no le compráis una manta para la silla del caballo?

–¿O una silla nueva?

Lauren miró a Samira.

–Podéis regalarle una silla, pero probablemente no la use.

Ella frunció el ceño.

–¿Por qué no?

–Porque tiene que venirle como un guante. Ningún guante queda en varias manos de la misma manera, y tampoco un hombre en un caballo. Estoy segura de que vuestro hermano tardó mucho tiempo en decidirse por la silla que está utilizando ahora.

Farah asintió.

–Tienes razón. Abdul diría lo mismo.

–¿Le gustan las joyas? A lo mejor podríais regalarle un anillo entre todas vosotras con tres piedras preciosas.

–Es una buena idea, Lauren, pero no le gustan los anillos. Dice que le molestan cuando trabaja.

–Pues tendrá que acostumbrarse a llevar uno cuando se case –comentó Basmah.

–Está temiendo que llegue ese día.

Lauren miró a Farah.

–¿En esta época todavía no puede elegir con quién se quiere casar?

Ella negó con la cabeza.

–No. Es una ley tribal que sea nuestro padre quien elija a las esposas y los esposos. Yo me alegro de que escogiera a Abdul para mí. Lo quiero. Pero para ti es diferente al ser norteamericana.

–Es verdad. Aunque mi padre estuviera vivo, yo como mujer podría elegir al hombre con el que deseo casarme.

Lauren notó que Basmah la miraba.

–Eres la mujer norteamericana más bella que he visto en mi vida. Cuando regreses a tu país tendrás muchas oportunidades para casarte con quien elijas.

–Gracias por el cumplido, pero lo cierto es que no tengo intención de casarme.

–¿No quieres tener hijos? –preguntó Farah.

Lauren se fijó en cómo estaban jugando los gemelos. Eran tan lindos.

–No sin el hombre adecuado.

–Está en algún sitio –dijo Farah–. Has de creer en ello.

–Y lo hago –dijo Lauren con una sonrisa–, pero eso no significa que el destino haga que nos encontremos –la imagen de Rafi estaría grabada en su corazón para siempre.

–Eso es verdad –murmuró Samira–. Pareces muy sensata.

Lauren negó con la cabeza. Si hubiese sido sensata no habría ido al desierto, pero entonces no habría conocido a esas encantadoras mujeres que eran las nietas del rey Malik. Y tampoco habría conocido a Rafi.

–No sabes la suerte que tienes –comentó Farah–. Me preocupa que mi hermano tenga que vivir con una mujer a la que no ama. Se casarán a finales de año.

–Dales tiempo –contestó Samira.

–El tiempo no le servirá de nada a Rashad –soltó Farah–. Conozco a mi hermano demasiado bien. Nunca será feliz. Los temores de nuestra madre se han hecho realidad, él ha estado demasiado consentido.

–¿Qué quieres decir? –preguntó Lauren.

–Le han dado todos los regalos que puede tener un hombre. Nuestra madre teme que eso le haga pagar un precio.

–¿Un precio?

–Sí. El cielo está celoso de él.

–Nuestra madre se preocupa demasiado –dijo Basmah.

Farah parecía triste.

–Estoy de acuerdo con ella. Rashad encontrará algo que desee más que nada en la vida y debido a que es como un dios, no podrá disfrutar de ello.

Aquellas palabras le recordaron a Lauren a las palabras de Celia.

Con las voces de los niños de fondo, las mujeres quedaron en silencio. Algo indicaba que Farah había dicho la verdad. Qué lástima que su hermano tuviera que sufrirlo.

Al cabo de un rato los niños empezaron a estar cansados y todos se marcharon de la piscina excepto Farah.

–Quizá, esta semana podrías venir a mi suite y cenar conmigo.

–¿Y tu marido?

–Está en viaje de negocios y no volverá hasta la semana que viene.

–Entonces, me encantaría.

–A mí también. Te llamaré.

Lauren se marchó de la piscina y se dirigió a su habitación. Al llegar vio que le habían llevado una bandeja con la cena y oyó que sonaba el teléfono. Se le aceleró el corazón pensando en que pudiera ser Rafi. Contestó tratando de no parecer nerviosa.

–¿Señorita Viret? Soy Louis, de la agencia de viajes de Montreux.

–Oh, gracias por devolverme la llamada –dijo ella–. ¿Ha hecho algún cambio para mí? –estaba decidida a marcharse del oasis antes de que no fuera capaz de hacerlo.

–Desolé, mademoiselle. Siento decirle que no podrá marcharse de Al-Shafeeq hasta la fecha original que tenía para regresar a El-Joktor.

–Pero le dije que estaba dispuesta a pagar más dinero.

–Me temo que no es cuestión de dinero. Los hombres que están a cargo de las caravanas no operan con las mismas reglas que la mayoría de nosotros. Acuerdan un precio y una fecha cerrada para marchar. Puede probar en otra agencia, pero no puedo asegurarle que vaya a tener más suerte con ellos.

–Lo creo. Entonces, reservaré un helicóptero.

–No hay servicio de helicóptero al oasis excepto en caso de emergencia, y tiene que gestionarse ene el palacio. El precio será prohibitivo.

Eso significaba que tendría que pedírselo a Rafi. No podía pedirle otro favor en el que tuviera que implicar al rey.

–Lo comprendo. Merci, Louis.

Ella colgó el teléfono. No podría salir de allí hasta que Mustafa la llevara de regreso a El-Joktor. Puesto que era la invitada del rey, no podía marcharse a un hotel. Eso sería una ofensa para él. Pero si pasaba otra semana con Rafi, no sería capaz de mantener su decisión de no implicarse más con él.

Se comió parte de la cena preguntándose si él la llamaría o pasaría a verla. Decidió que vería un rato la televisión y se sentó en el sofá. Con el mando, pasó por varios canales, todos ellos en árabe. Todo le recordaba a Rafi. Apagó el televisor y apoyó la cabeza en un almohadón mientras las lágrimas escapaban de sus ojos.

¿Qué otro hombre podría hacer que ardiera de deseo como había hecho él? Él hacía que se sintiera viva de una manera que la asustaba porque sabía que ningún otro hombre podría hacer que se sintiera de esa manera otra vez. Esa mañana había estado entre sus brazos y había sentido la esencia de su alma fundiéndose con la suya. Durante un instante habían permanecido sobre las dunas como si fuera uno.

Lauren no podía aceptar la idea de no volver a verlo y, en ese momento, supo que estaba enamorada de él…

Rashad regresó de Raz a la hora de cenar. Estaba confuso. El hecho de haber llevado a Lauren al desierto aquella mañana no le había servido para averiguar nada nuevo sobre su secreto. Además, sus lágrimas habían provocado que aflorara su instinto protector. Él había estado a punto de romper sus propias reglas y de besarla de manera apasionada delante del piloto y del guardaespaldas.

Nunca había creído en los hechizos, pero ella era una fuerte tentación, una belleza que parecía no saber que lo era, una espía que no espiaba, una seductora que no hacía nada para seducir. Y él estaba dispuesto a dejarse llevar y olvidarse del resto del mundo.

Para su sorpresa, ella había centrado su atención durante los últimos tres días. Durante ese tiempo él ni siquiera había ido a hablar con su padre, a quien le gustaba que lo tuviera informado sobre cómo iban los negocios.

Rashad tenía que pasar a verlo antes de ir a la habitación de Lauren.

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