Kitabı oku: «En busca del amor perdido»
En busca del amor perdido
Verdades eternas del Padrenuestro
Ricardo Bentancur

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Dedicatoria
Agradecimiento
Prólogo
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
En busca del amor perdido
Verdades eternas del Padrenuestro
Ricardo Bentancur
Dirección: Alfredo Campechano (PPPA)
Diseño del interior: Giannina Osorio
Diseño de tapa: Gerald Monks (PPPA)
Ilustración: © iStockphoto.com
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e-book
MMXXI
Es propiedad. © 2015 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados.
© 2015, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana. Esta edición se publica con permiso del dueño del Copyright.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-342-5
| Bentancur, RicardoEn busca del amor perdido : Verdades eternas del Padrenuestro / Ricardo Bentancur / Dirigido por Alfredo Campechano. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: onlineISBN 978-987-798-342-51. Cristianismo. I. Campechano, Alfredo, dir. II. Título.CDD 242.08 |
Publicado el 20 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
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Dedicatoria
A mi esposa, Florencia;
a mis hijas, Liliana y Mariela;
a mis yernos, Pablo y Miguel.
Y a mi hermano, Orlando.
Agradecimiento
A los doctores Mario Pereyra y Ángel Garrido Maturano por los diálogos filosóficos y teológicos que leudaron las reflexiones que transitan este libro.
A los colegas Mónica Díaz, Edwin López y Francisco Altamirano por sus sabias sugerencias en el trabajo de edición.
Padre nuestro
que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad,
como en el cielo, así también en la tierra.
El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos
a nuestros deudores.
Y no nos metas en tentación,
mas líbranos del mal;
porque tuyo es el reino,
y el poder, y la gloria,
por todos los siglos.
Amén.
Mateo 6:9-13
Prólogo
Tal vez tendría yo unos seis años de edad cuando me hicieron memorizar el Padrenuestro. ¡Qué preciosa oración! La enseñó el propio Señor Jesús a sus discípulos en el Sermón de la Montaña.
Los discípulos no sabían orar. Contagiados por el formalismo de la cultura en que vivían, invertían los valores. Se perdían en la maraña de las insignificancias, en los detalles minúsculos de una religión formal.
Los fariseos, hombres muy religiosos, tenían horarios fijos durante el día para orar. Cuando la hora llegaba, se dirigían a la calle, a propósito, y se paraban en las esquinas, en las plazas y en las reuniones religiosas para orar a la vista de la gente. Querían que todos pensaran que ellos eran muy piadosos. Por eso dijo el Señor: “Cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres” (Mat. 6:5).
En esas circunstancias, Jesús les dijo a sus discípulos que la verdadera oración no consistía en repetir palabras sin sentido ni en formalismos baratos y desprovistos de vida, sino en una actitud del corazón. “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mat. 6:7).
Luego de esta advertencia, los discípulos le rogaron: “Señor, enséñanos a orar” (Luc. 11:1). Y el Maestro les enseñó la famosa oración del Padrenuestro.
Claro que, al hacerlo, Jesús no pretendía que sus oyentes se pusieran a memorizar la oración y la repitieran sin pensar, cual si fuera una fórmula mágica con que solucionar los problemas de la vida. Eso sería caer en el mismo formalismo de los fariseos. Y sin embargo, fue lo que sucedió con el tiempo.
La oración maestra de Jesucristo perdió significado con el paso de los siglos. Se volvió formal y, al repetir las frases enseñadas por el Maestro, ya casi nadie piensa en el poderoso mensaje que hay detrás de las palabras.
Esta es la razón por la que acepté escribir el prólogo del libro de mi amigo Ricardo Bentancur. Él se atreve a rescatar el significado de esta oración, y lo hace de un modo extraordinario.
Ricardo es un orfebre del idioma. Toma la palabra como si fuera tinta multicolor y pinta los más bellos cuadros. Conduce al lector por paisajes deslumbrantes; hace soñar.
Es imposible no deleitarse con la lectura de este libro. El autor no se pierde en los complicados meandros de la teología. Esta obra no es un comentario exegético de la oración maestra. Tampoco es una interpretación. Es más bien una aplicación práctica de cada frase a los dramas de la vida cotidiana. Porque la vida es con frecuencia cruel, y golpea sin piedad. Te deja a veces sin oxígeno y te sientes morir. Miras a todos lados y no ves salida en el plano horizontal. Puedes ser el más mordaz de los incrédulos, pero lo único que entonces te queda es levantar los ojos al cielo y reconocer que necesitas ayuda.
En este libro, Ricardo habla de los embates de la vida. Y sabe por experiencia propia lo que es el sufrimiento y la aflicción. Cuenta su historia. Expone sus dolores de ser humano. Sus carencias de niño que no tuvo el beneficio de crecer al lado de un padre, y toca asuntos de la vida cotidiana: las incertidumbres del hombre natural, la insensatez del rencor, las injusticias de la paternidad irresponsable. Él dice, por ejemplo, que “un niño no tiene por qué cargar el odio que desata el divorcio de sus padres, porque jamás tendrá una deuda con ellos. De adulto, él pagará sus deudas con sus hijos. No hay derecho en el mundo que justifique quitarle al niño la inocencia, que es la savia que le permitirá crecer con un mínimo de confianza en sí mismo y en los demás. Pero así es la vida, y cuando dos adultos no se ponen de acuerdo para proteger a sus hijos el daño puede ser irreparable”.
Me conmueve el estilo con que Ricardo escribe. Aborda la teología, pero lo hace de manera sutil, tenue y sublime. Como cuando se refiere a la expresión “Que estás en los cielos”, y relata que “en la pared posterior del departamento que daba al patio común, alguien había construido unos peldaños de hierro que hacían de escalera para subir a la azotea. Cuando la cosa se ponía fea en la ‘tierra’, yo subía aquellos escalones y me refugiaba en ese espacio de cielo abierto. Pasaba horas en la azotea del departamento mirando el cielo… Especialmente en las noches, la majestuosidad de los cielos me inspiraba un temor reverente. ‘Padre nuestro que estás en los cielos’ expresa que más allá de los movimientos de tu vida hay un Dios infinito a quien no lo toca el tiempo ni la enfermedad ni la decrepitud ni la muerte. Es tu castillo fuerte y tu refugio en tiempo de prueba”.
Esa manera simple y bella de describir el refugio divino a partir de figuras terrenas es la gran virtud de esta pequeña obra.
La noche en que escribí este prólogo, me encontraba en Lima, la capital del Perú, dictando una serie de conferencias televisivas. Debía ser un poco más de la medianoche. Yo estaba embebido en la lectura del manuscrito, cuando me avisaron desde la recepción que una persona deseaba hablar conmigo. Era un amigo de la juventud. Nos habíamos conocido en la escuela secundaria y ahora él estaba atribulado por los golpes de la vida. Su esposa acababa de decirle que ya no lo amaba y que deseaba el divorcio. Esa noche, desesperado, él salió de la casa y se puso a caminar por las calles somnolientas de la capital peruana. Hacía frío. Había neblina. De pronto, se acordó de que yo estaba en la ciudad. Entonces entró en un café y desde allí hizo innumerables llamadas telefónicas hasta que descubrió dónde me hospedaba, y vino a mi hotel. Necesitaba un consejo.
–He ayudado a mucha gente, aconsejándola en momentos difíciles –me dijo–, y en este momento no sé qué hacer.
Aquel hombre era el reflejo del dolor y la impotencia humanos. ¿Qué haces cuando, después de 36 años de casado, tu hogar se deshace como un castillo de arena? Te preguntas en qué fallaste, te culpas, racionalizas y por más que buscas en el baúl de tus recuerdos alguna respuesta, esta no aparece por ningún lado. Te dan ganas de gritar, de llorar, pero te sientes como anestesiado, y caminas como un autómata por las oscuras avenidas de tu propia existencia. El hombre que se hallaba ante mí estaba viviendo esa pesadilla.
Hay momentos en que las palabras no ayudan. Lo mejor que puedes hacer para aliviar el dolor de una persona es escucharla. Y fue lo que hice. Lo escuché. En la mesa de trabajo de mi cuarto estaba la computadora abierta, y luego de haber escuchado a mi amigo me puse a leerle algunos fragmentos del libro de Ricardo.
A medida que leía, mi amigo de juventud se fue acercando lentamente a la mesa y acompañándome en la lectura. Sus ojos brillaban. Al principio intensos, cargados de dolor. Los tenía clavados en la pantalla, siguiendo la lectura línea tras línea. Había un párrafo que decía: “La fe… no pretende explicar todo. A veces los hechos son inexplicables. La fe no es la rueda auxiliar de la razón que usamos cuando se agota la lógica. ¿Cómo explicar la muerte de un hijo joven? ¿Quién está preparado para morir a los veinte o treinta años? Buscamos razones para aliviar la incertidumbre: una enfermedad terminal, un accidente, la imprudencia de un conductor ebrio. Pero la razón se queda corta. La pregunta persiste: ¿Por qué Dios permitió que los hechos ocurrieran de ese modo?”
Mi amigo sentía que su matrimonio había muerto, pero la lectura de aquel párrafo pareció abrirle una ventana por donde la luz empezó a iluminar las penumbras de su dolor. Enjugó una lágrima indiscreta, alzó la mirada y me dijo:
–Gracias.
Después, más tranquilo, me preguntó:
–¿Es el último libro que estás escribiendo?
Le respondí que no; que era el manuscrito de otro escritor. Me preguntó quién era el autor.
–Ricardo Bentancur –le dije.
–No sé quién es –respondió, y enseguida quiso saber dónde podría encontrar el libro.
En ese momento entendí que este libro será de gran beneficio para el lector. Porque es un libro que emociona, que responde las inquietudes del alma. Te arrastra por la propia historia del autor, te hace reír y llorar, y te consuela trayéndote la esperanza y la paz que solo Jesús puede proporcionar en medio de la tormenta. Te conduce paso a paso por el camino de la fe. Te habla de un Dios que está atento al dolor de sus hijos. Porque la verdad es que hay momentos en la vida en que, ante la adversidad, tu mente disciplinada se esfuerza por confiar, pero tu traicionero corazón te lleva a dudar. Quisieras creer, pero los sinsabores de la realidad son tan crueles que caminas peligrosamente al filo de la incredulidad.
En esos momentos, lo que escribe Ricardo es un bálsamo sanador. Él dice: “El Padre celestial es quien da sentido y dirección a tus pasos en este mundo. Y, aunque tú no tengas noticia de él, o estés alejado de sus caminos, no dejará de buscarte para que tengas un encuentro con él. Entonces mirarás hacia atrás y verás que todos los puntos inconexos de tu vida se unen para conformar un cuadro con sentido… Detrás del escenario de tu propia existencia, donde se suceden hechos de los que ni siquiera tienes conciencia, también está Dios. El Padre celestial tiene la llave que guarda el secreto de tu vida. Él abre y cierra, de acuerdo a si aceptas o no su invitación de vivir en ti”.
Y, hablando del odio y del rencor, Ricardo describe con maestría la irracionalidad de permitir que el ácido del rencor destruya el corazón que debería ser fuente de agua cristalina para saciar la sed del prójimo. No recurre a eufemismos ni sutilezas. Es severo al decir que “a veces el rencor emerge del amor defraudado. Otras veces surge de la envidia, de la cobardía, de sentirse degradado o humillado, de la disconformidad con uno mismo y de muchas otras cosas… El rencor es una trampa urdida por las desgracias”.
Confieso que pocas veces el Padrenuestro había tenido tanto significado para mí. Cada frase, cada expresión, cada consejo presentado por Cristo en la Oración Maestra, encierra un universo de ideas amalgamadas que se relacionan con la vida que vivimos en lo cotidiano de la existencia. No creo que haya sido sin un propósito divino que el autor me haya pedido que escribiera el prólogo.
Deseo terminar mis palabras refiriéndome al modo en que el autor relata la historia de su nacimiento. Lo hace de una forma bella y elocuente.
“En el departamento 2 de la calle Pedro Campbell vivía una partera, doña Margarita, a la que mi madre acudió una madrugada de otoño para que la ayudara a darme a luz. Sola y con dolores de parto, mi madre solo pudo atinar a golpear la pared contigua a fin de que alguien la ayudara. No había tiempo para llegar al hospital, y a las tres de la madrugada se oyó un llanto que hizo eco en el corredor de aquel viejo departamento de la calle Campbell. Contaba mi madre que pegué un grito de sorpresa cuando amanecí a la vida. La vida no me ha dejado de sorprender hasta ahora”.
La verdad es que quien no ha dejado de sorprenderme es Ricardo. Este libro es una de esas bellas sorpresas. Tengo la plena convicción de que los lectores sentirán curadas muchas de sus heridas, mientras sus ojos se deslizan por estas líneas.
¡Bienvenido sea este libro!
Alejandro Bullón
Introducción
¿Cómo nace un libro? ¿Por qué se escribe? ¿Cómo puede uno saberlo? Es como la vida. A veces el origen de un libro puede ser tan imprevisto como aquel primer amor que nos sacó de la infancia. O puede ser planificado, pensado y esperado como la llegada de un hijo al mundo. Este libro nació espontáneamente. Aparentemente por una circunstancia casual. Pero su origen está en un clamor de toda la humanidad.
En una tarde de verano de 2014 aquí en el hemisferio norte, invierno en el sur, encontré un cuento breve, de solo dos párrafos, del escritor uruguayo Eduardo Galeano. Con ese cuento comienza el capítulo uno. Su lectura laceró mi corazón. Me golpeó el clamor del niño de Managua. Y esta obra entonces se convirtió en una especie de respuesta a ese niño, cuyo ruego es el clamor de toda la humanidad. Todos estamos necesitados de una mirada paternal. Esto es válido tanto para el orden natural como para el orden sobrenatural. Psicológica y espiritualmente.
Y qué mejor que el Padrenuestro como respuesta a la necesidad que tú y yo tenemos de ese cuidado paternal. Todos necesitamos el amor de Dios y del prójimo. Y así nació este libro, entrelazando las verdades cardinales del Padrenuestro con un testimonio de vida. No es un tratado teológico ni filosófico. Aunque todo el recorrido sea bíblico. Es una obra testimonial. Como lo es la fe. Cada creyente es un testigo de un juicio universal, donde hay un condenado, un juez y un abogado. En este sentido, la Teología y el Derecho son hermanos.
Son nueve capítulos de relatos, reflexión y poesía, donde el ansia por Dios esconde la búsqueda de un padre ausente. Y la búsqueda de un padre ausente hace necesario el encuentro con el Padre celestial. Con ese eje de transmisión, el libro se convierte en una exposición de las doctrinas cardinales del cristianismo que expresan el espíritu y la vida de un Padre celestial que nos ama.
El Padrenuestro es de todos. Como la lluvia y el sol. Como lo son las tormentas y las sequías. Como son los días claros y los oscuros. El Padre lo sabe todo. Y de él provienen todos los dones. Para disfrutar en tiempos de bonanza, para aprender en tiempos de prueba. Porque los días soleados son para gozar y los oscuros para aprender. No se aprende del placer sino del dolor. Y todo lo que nos ocurre lo sabe el Señor.
El libro sigue la secuencia de la oración de Jesús. Se deja llevar por sus palabras. El Padrenuestro tiene la forma de la Ley de Dios, que expresa la esencia de su carácter: el amor. Dios es amor. Así pensó Jesús su oración. Porque su pensamiento estaba estructurado sobre la ley del amor.
Así como el Decálogo se divide en dos partes, también el Padrenuestro expresa la verticalidad y la horizontalidad del alma humana: Dios y el prójimo.
El primer grupo de peticiones nos lleva hacia él, y para él: ¡tu Nombre, tu reino, tu voluntad! El amor encuentra su origen en aquel que amamos “porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Estas súplicas se escucharán nuevamente en la cruz del Calvario. Y están orientadas hacia la esperanza del cumplimiento final del plan de salvación (ver 1 Cor. 15:28).
Las últimas cuatro peticiones ofrecen nuestras miserias a su gracia: “Un abismo llama a otro abismo a la voz de tus cascadas” (Sal. 42:7). Son la ofrenda de nuestra esperanza, que atrae la mirada del Padre de las misericordias.
Es mi deseo más profundo que este libro sea palabra de vida para tu corazón. Todo el libro tiene que ver contigo. Porque todos estamos necesitados del Padre celestial.
La búsqueda
Señor, me cansa la vida,
tengo la garganta ronca
de gritar sobre los mares,
la voz de la mar me asorda.
Señor, me cansa la vida
y el universo me ahoga.
Señor, me dejaste solo,
solo, con el mar a solas.
O tú y yo jugando estamos
al escondite, Señor,
o la voz con que te llamo
es tu voz.
Por todas partes te busco
sin encontrarte jamás,
y en todas partes te encuentro
solo por irte a buscar.
Antonio Machado, poeta español, 1875 – 1939.
Capítulo 1
Padre nuestro que estás en los cielos
Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió irse. En casa lo esperaban para festejar. Hizo un último recorrido por las salas. En eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón. Se volvió, y descubrió que era uno de los enfermitos. Fernando lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá permiso. Fernando se acercó, y el niño lo rozó con la mano y le dijo con débil voz:
–Dile a… dile a alguien, que yo estoy aquí. 1
La soledad de este niño vencido por la enfermedad y sentenciado por la muerte retrata la soledad del hombre que se muere condenado en este rincón del universo. Este es el drama de la humanidad.2 El clamor del niño de Managua es el clamor de la humanidad. Es el tuyo y el mío: “Díganle a alguien que estamos aquí”.
El niño de Managua plantea la gran necesidad humana: todos estamos necesitados de una mirada paternal. Esto es válido tanto para el orden natural como para el orden sobrenatural. Psicológica y espiritualmente.
La figura del padre es vital en la historia de cada hombre y mujer. La resolución del conflicto que plantea la relación con el progenitor define nuestro destino. Padre no es meramente el ser que nos da la vida, sino aquel que nos protege y nos da seguridad. Ser padre no es meramente un acto biológico, sino fundamentalmente afectivo. Muchos hombres tienen hijos, pero no son padres. De hecho, cuando el hombre que nos dio la vida desaparece, se le hace imperioso al corazón la búsqueda de un adulto que lo releve, alguien que transmita valores. Porque un padre ausente siempre engendra un hijo vacío de sí mismo. Se cría y crece con una constante sensación de vulnerabilidad y desamparo. Se siente responsable y culpable por el abandono de su padre; y se pasa la infancia y la juventud luchando por ser lo suficientemente bueno como para conseguir la aceptación y el amor de quien lo abandonó. Luego traslada este mecanismo al resto de sus relaciones. La vida se le hace cuesta arriba. Pero, en el mismo lugar donde un hijo de padre ausente permanece caído, otro se levanta.
Mi padre abandonó la casa cuando yo tenía cinco años. Bien podría decir que mi infancia fue de algún modo consumida por la búsqueda de un modelo paterno, de un adulto que operara con la fuerza de la ley. Recuerdo haber conversado aún de niño esto con mi madre. Un par de veces le sugerí algún hombre que me parecía simpático. La quería convencer de que se casara, que trajera a alguien bueno a la casa, porque lo necesitábamos. Ella jamás volvió a casarse.
En esa orfandad, mi barrio fue mi familia, el lugar más cercano a mis afectos. Lejos de los tíos y los primos, los vecinos eran mis “seres queridos”. Sus casas eran el espacio donde consumí la mayor parte de mis horas infantiles. Mi barrio está en el origen de mis sentimientos más profundos. Ese fue mi mundo y mi punto de sostén en la Tierra. Porque la comunidad que nos rodea es, con nuestra familia, el horizonte originario donde comienzan a entrelazarse los hilos de nuestra historia. Y allí, muy cerca de mí, en aquel barrio, estaba la semilla que germinaría en la fe cristiana de mi madre, y a su vez determinaría mi destino.
Enfrente de mi casa vivía el doctor Landoni, un médico de cabello cano, elegante, y de mirada serena. Su esposa, una mujer regordeta y simpática, se dedicaba solo a su familia. Tenían dos hijos, un varón y una niña, que era de mi edad. Verla salir cada mañana a la escuela era para mí un estreno. Su cabello rubio que caía inocentemente hasta la cintura, sus ojos azules y humildes, su paso de gacela, despertaban en mí un rugir de fuerzas interiores, el brío de la hormona tempranera. Pero era una princesa inalcanzable.
El vecino de la izquierda contigua a mi casa era un tal Demarco, un italiano que cuando faltaba durante un tiempo a los lugares donde se lo solía ver, la esposa decía que estaba de vacaciones. Aunque los vecinos decían que estaba preso.
Un par de casas más abajo, en la misma calle Pedro Campbell, había una pensión donde vivían dos prostitutas, Betty y Gloria, una especie de estigma para ese barrio de clase media. Los hijos de Betty y de Gloria eran mis amigos: Enrique y Boby, a quien, en nuestra hispana vocación desvalorizadora, le decíamos Bobo. Ambos eran buenos y solidarios.
Más arriba de la calle, hacia la avenida Rivera, estaban los Bojorge, la familia de Guillermo, un amigo con el que aún tengo relación. Su padre era el director del British School. Guillermo jugaba al rugby con los Old Boys, el equipo del British, clásicos adversarios de los Old Christian, quienes protagonizaron “la tragedia de los Andes”. El 13 de octubre de 1972, el avión que los transportaba a Santiago de Chile cayó en plena montaña. De aquel equipo solo sobrevieron 16 chicos, que fueron rescatados el 23 de diciembre del mismo año. Fue un regalo de Navidad para las familias que esperaban un milagro, especialmente para el famoso pintor Carlos Páez Vilaró, que jamás abandonó la búsqueda de su hijo. Después de más de dos meses, toda la prensa los daba por muertos. Pero no Páez Vilaró. Aún recuerdo el rostro de ese padre cuando se estrechó en un abrazo con su hijo rescatado.
Pegado a mi casa había un club deportivo, el famoso “Club de bochas Campbell”, que tenía en el fondo un pequeño departamento cuyas paredes lindaban con el mío. Era una especie de “aguantadero” adonde iban a pernoctar ciertos delincuentes que la policía andaba buscando. Allí pasó la noche antes de que lo mataran el “célebre” Mincho Martincorena, un criminal que asoló Montevideo en aquellos años. Los vecinos decían, no sin cierta ironía rimada, que a “Martincorena lo dejaron que daba pena”. Como un colador.
Justo enfrente del departamento vivía Amanda, la profesora de piano. No sé si era realmente fea o si mi frustración con aquel instrumento hacía que la viera fea. El recuerdo tiene a veces algo de apócrifo. Pero era buena y de infinita paciencia. Allí pasé las horas más torturadoras de mi infancia. Odiaba sus clases, que mi madre pagaba con sueldo de empleada doméstica. Mi madre decía que la educación era la única manera de salir de la pobreza, que para entonces, luego de que mi padre abandonara la casa, ya se había instalado sin fecha de desalojo. Ella compraba libros con mucho esfuerzo y sacrificio. Solía decirnos que un niño que lee es un adulto que piensa.
Se me va el recuerdo al departamento 2, contiguo al mío, con el que compartíamos un corredor común que iba a dar a un patio a cielo abierto de unos cinco metros de largo por cuatro de ancho. Una especie de cuadrado, de tierra, y con muros de ladrillos de unos tres metros de altura que nos separaban de las casas vecinas. En ese espacio había un pino, que vi crecer. Siempre hacia arriba, elegante, buscando la luz del sol. La naturaleza esconde siempre un mensaje esperanzador. Y había lugar suficiente como para que mi madre criara algunas gallinas cuyos huevos aportaban lo suyo en la economía familiar. Pero no me voy a detener ahora en la familia que vivía en el departamento 2. Quiero contarte otra cosa.
“Que estás en los cielos”
En la pared posterior del departamento que daba al patio común, alguien había construido unos peldaños de hierro que hacían de escalera para subir a la azotea. Cuando la cosa se ponía fea en la “tierra”, yo subía aquellos escalones y me refugiaba en ese espacio de cielo abierto. Pasaba horas en la azotea del departamento mirando el cielo. En las tardes azules, surcadas por las nubes que parecían moverse de acuerdo a un curso prefijado, y especialmente en las noches de verano tachonadas de estrellas.
La tierra es nuestro lugar en el universo. Es nuestro punto de apoyo y sostén. Todo lo que se mueve sobre este planeta tiene como referencia la tierra: así como el fluido del río depende del relieve de la tierra, que le da cauce y dirección, todos nuestros movimientos los podemos hacer gracias a la firmeza y el apoyo del suelo donde pisamos. Además, la tierra es nutricia. El Creador dispuso que de ella mane la vida (ver Gén. 3:17), y que a ella volvamos en la muerte, “porque polvo eres y al polvo volverás” (vers. 19).
Pero a veces se comporta de un modo extraño: se mueve debajo de nuestros pies para aterrorizarnos. Y esto es válido tanto literal como metafóricamente. Los terremotos no solo se dan en la geografía física, sino también humana. Y entonces nos percatamos de que el suelo donde pisamos no era tan firme como creíamos.
En esos días cuando la tierra “se movía” debajo de mis pies, yo acudía al cielo, ese lugar que jamás se mueve. La “tierra” solía moverse bajo mis pies cuando se intensificaba “la guerra de los sexos”, los conflictos entre mi madre y mi padre. Y el cielo era una gran vía de escape.
El cielo es el fundamento último de la tierra: en su lejanía y lontananza infinitas nos envuelve, y sus astros “fijos” nos guían hacia la gloria del Creador. Así como los astros guiaron a los magos de Oriente camino a Belén, el cielo también te guía cuando “te pierdes” en la tierra. Así en el orden natural como en el orden espiritual. El cielo es un mapa. En los días de angustia, la azotea de mi casa era mi refugio. En ese momento, la tierra no era más que una nave que se movía en el espacio, y el cielo un “lugar” infinito y seguro.
La Biblia dice que “los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1). La profundidad abismal de una noche tachonada de estrellas revela la infinitud en la que nuestro mundo pareciera perderse. En su profundidad, el cielo nos arranca del encierro de la limitada existencia humana, y nos permite a su vez liberarnos de la atadura de la ansiedad de la vida. Para captar la huella del Eterno. ¡Cuando la ansiedad y la angustia del diario vivir te ahoguen, contempla el cielo tachonado de estrellas! Volverás renovado a tu mundo cotidiano.
Hay a su vez otra característica esencial del cielo: de él dimana el tiempo como dimensión dentro de la cual ocurre nuestro pasado, presente y futuro. Mientras la tierra es el dónde ocurren las cosas, el cielo determina cuándo ocurren estas cosas, pues de él provienen los ciclos que demarcan el curso del tiempo. Al cielo pertenecen el día y la noche, la luz y las tinieblas, y el curso de las estaciones y de los años. El movimiento de rotación de la Tierra sobre su propio eje determina el ciclo del día, y el movimiento de traslación de nuestro planeta en torno del sol determina el ciclo anual. De este modo, el cielo marca el tiempo de nuestra existencia, y consecuentemente señala nuestra finitud y condición de seres mortales.
Los cielos de los cielos
Pero el Padre celestial está más allá y más acá del cielo que yo veía desde la azotea. “Nuestro” cielo fue creado en la primera semana de la Creación (ver Gén. 1). El relato del Génesis de la semana de la Creación no incluyó el cielo en el que Dios ha morado desde la eternidad: “Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono; sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres” (Sal. 11:4). A ese “tercer cielo” se refirió el apóstol Pablo cuando escribió: “Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo” (2 Cor.12:2).
Haciendo referencia al Creador, el salmista escribe: “Al que cabalga sobre los cielos de los cielos, que son desde la antigüedad; he aquí dará su voz, poderosa voz” (Sal. 68:33). “Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra” (Sal. 135:6). Porque para Dios no hay diferencia entre el cielo y la Tierra. Nada lo puede contener. Él está más allá de toda la creación, y más allá del espacio y del tiempo, pero entra con soberanía en nuestra historia.
La búsqueda de un Padre
Dijimos que el niño de Managua plantea la gran necesidad humana: todos estamos necesitados de una mirada paternal. Y esto es válido tanto para el orden natural como para el orden sobrenatural.
No creo que la ausencia de mi padre terrenal haya sido la causa de mi búsqueda de un Padre celestial. Pero fue la condición que permitió el encuentro con el Eterno. Causa y condición son términos diferentes. La causa de que el agua hierva es el fuego; la condición, el recipiente donde hierve el agua. Fueron aquellas circunstancias en el mismo origen de mi vida lo que me fue llevando, como de la mano, al encuentro con Dios.
¿No te ocurre a veces que cuando entras de la mano del recuerdo en los pasillos de tu historia ves en las paredes cuadros que se suceden unos a otros correlativamente, como si alguien los hubiera puesto allí intencionalmente? ¿No crees acaso que haya una Inteligencia superior que se anuncia en la majestuosidad de la naturaleza y en el modo en que se han dado ciertos hechos de tu vida?
En el departamento 2 de la calle Pedro Campbell vivía una partera, doña Margarita, a la que mi madre acudió una madrugada de otoño para que la ayudara a darme a luz. Sola y con dolores de parto, mi madre solo pudo atinar a golpear la pared contigua a fin de que alguien la ayudara. No había tiempo para llegar al hospital, y a las tres de la madrugada se oyó un llanto que hizo eco en el corredor de aquel viejo departamento de la calle Campbell. Contaba mi madre que pegué un grito de sorpresa cuando amanecí a la vida. La vida no me ha dejado de sorprender desde entonces.
Doña Margarita tenía un esposo que era capitán del ejército, hombre parco, de pocas palabras, pero con un corazón enorme y generoso. Mi hermano prontamente le inventó un sobrenombre: Papá Flores. Con esta familia mi hermano vivió gran parte de su niñez. Papá Flores llegó a ser por obra y gracia de los acontecimientos una especie de padre sustituto para mi hermano. Y Pocho y Mima, los hijos de Papá Flores, sus hermanos.
Pero Dios se guardaba lo mejor: doña Margarita era una creyente con una fe sencilla y práctica. Su espíritu de servicio, su amor por las personas que no se expresaba en palabras sino en hechos, ganó prontamente el corazón de mi madre, y sembró en ella la semilla del evangelio que con los años germinaría en su corazón.
Un Padre celestial
Cuando elevamos nuestro corazón a Dios, no nos dirigimos a “algo”, no nos sumergimos en la “energía cósmica”, como postula la filosofía oriental, ni nos fundimos con la “totalidad misteriosa del universo”. Nos dirigimos a “Alguien”, a una persona. Porque el Dios del universo es un ser personal que quiere relacionarse con nosotros cara a cara. Él está atento a los deseos y necesidades de nuestro corazón. La oración nos remite a ese Ser que es nuestro origen y destino. El Padrenuestro comienza con una invocación y termina con una alabanza al mismo Padre: el Alfa y la Omega. El principio y el fin de todo. San Agustín, en su comentario al Salmo 138, escribió: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en ti”. Cuando pronunciamos la palabra Padre, orientamos todo nuestro ser hacia el único que nos ama, comprende y perdona, pues somos sus hijos. En él encontramos el origen y el fin de nuestra vida. En el Padrenuestro, Jesús usa el término arameo Abba, una forma cercana e íntima para referirse al Padre. Significa “papá” o “papito”. La palabra “Padre” puede hasta inspirar cierto miedo. Pero Abba es un Ser personal y cercano.
“Padre nuestro que estás en los cielos” apunta al fundamento último de esta Tierra, a Alguien que está más allá de los avatares del mundo. Expresa que más allá de los movimientos de tu vida hay un Dios infinito al que no lo toca el tiempo, ni la enfermedad, ni la decrepitud ni la muerte. Es tu castillo fuerte y tu refugio en tiempo de prueba. Puedes decir con el salmista: “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio” (Sal. 18:2).
El Padre celestial es quien da sentido y dirección a tus pasos en este mundo: “El Señor dice: Yo te instruiré, yo te mostraré el camino que debes seguir; yo te daré consejos y velaré por ti” (Sal. 32:8, NVI). Y, aunque tú no tengas noticia de él, o estés alejado de sus caminos, no dejará de buscarte para que tengas un encuentro con él. Entonces mirarás hacia atrás y verás que todos los puntos inconexos de tu vida se unen para conformar un cuadro con sentido.
Detrás del ir y venir de los acontecimientos de este mundo, del ascenso y la caída de los reinos de esta Tierra, hay un Dios que controla el universo. No tenemos nada que temer, porque “muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos” (Dan. 2:21).
Y, detrás del escenario de tu propia existencia, donde se suceden hechos de los que ni siquiera tienes conciencia, también está Dios: “Yo tomé en mis brazos a Efraín y le enseñé a caminar, pero él nunca reconoció que era yo quien lo cuidaba. Yo los atraje a mí con cuerdas humanas, ¡con cuerdas de amor!” (Ose. 11:3, 4, RVC). El Padre celestial tiene la llave que guarda el secreto de tu vida. Él abre y cierra, de acuerdo a si aceptas o no su invitación de vivir en ti.
“Romperse puede todo lazo humano,
separarse el hermano del hermano,
olvidarse la madre de sus hijos,
variar los astros sus senderos fijos;
mas ciertamente nunca cambiará
el amor providente de Jehová”
(Elena de White, El camino a Cristo, p. 16).
PARA REFLEXIONAR
1 ¿Qué significa para ti la expresión “Padre nuestro que estás en los cielos”?
2 ¿Puede la ausencia de un padre terrenal ser la condición para buscar al Padre celestial?
3 ¿Cómo es el Padre de Jesucristo? Descríbelo con tus palabras.
4 ¿A quién nos dirigimos cuando elevamos una oración a Dios?
1 Eduardo Galeano, El libro de los abrazos (Buenos Aires: Ed. Siglo XXI, 1989).
2 Para el creyente, la vida es un drama y no una tragedia. Porque en el drama, la historia de los personajes puede cambiar, mientras que en la tragedia los personajes están signados y determinados por el destino. Por eso, el drama tiene siempre una resolución final, mientras que la tragedia no la tiene. En la tragedia, los personajes siempre mueren. La diferencia entre estos géneros de la literatura y del teatro es el final de la obra. El drama tiene resolución ante la muerte; la tragedia, no.
Oh mi Señor,
Si yo te adoro
por temor al infierno,
quémame en el infierno.
Si te adoro
por la esperanza del paraíso,
impídeme alcanzar sus puertas.
Pero si te adoro
solo por ti mismo, otórgame entonces
la belleza de tu rostro.
Rabi`a al `Adawiyya, poetisa musulmana, 717-801.
Capítulo 2
Santificado sea tu nombre
Hay por lo menos dos cosas que despiertan en nosotros el asombro en este mundo: la belleza y la armonía en la Tierra, y la majestad de los cielos. La belleza la gozamos; la grandeza de los cielos nos inspira un temor reverente. Nada impacta más el alma humana que el misterio que esconde una noche tachonada de estrellas. El espíritu del ser humano es sensible al mensaje elusivo pero real de la naturaleza. Tanto es así que damos por sentado que no es humana la persona que no tiene ojos para ver en la belleza de la Tierra y en la majestad de los cielos, aunque solo sea en forma vaga, la sublime presencia de Dios.
Aquí y allá estamos rodeados de misterio y asombro. Cuando se trata de sobrevivir, las flores muestran todos los rasgos de un animal: cazan para alimentarse y se exhiben para reproducirse. Atraen a abejas, chinches y escarabajos para que transporten sus esporas, y les pagan con el polen. Y no solo seducen a los insectos, sino también a animales: murciélagos, pájaros y zarigüeyas hacen la voluntad de las flores. Y por estas asociaciones existen el pico del colibrí, el silbido del abejorro, la lengua de la zarigüeya, las artimañas de las plantas carnívoras y el suave aroma de la madreselva. Todo es una gran sinfonía.
Pero, acaso esta armonía ¿no es una prueba de la existencia de una Inteligencia providente e infinita? Sí, pero no basta con las huellas de Dios en la naturaleza para conocer al Eterno.
Entonces, ¿por qué nos exponemos a la provocación inquietante de Alguien que parece estar más allá de nuestra posibilidad de conocer, que incluso puede embargarnos de temor o resignación? La respuesta es clara: no nos resignamos a la soledad. Clamamos, como el niño de Managua: “Dile a alguien que estamos aquí”, porque guardamos en el secreto del corazón la convicción de que alguien nos puede mirar. Necesitamos esa mirada. Necesitamos no solo saber que hay Dios, sino además sentirlo a nuestro lado. Saber que nos ve y que nos ama.
El sentido común nos dice que las criaturas no nacen con impulsos y deseos a menos que exista la posibilidad de satisfacer esos deseos o realizar esos impulsos. Si tenemos hambre, existe algo que llamamos comida. Si el pato quiere nadar, existe el agua. Si el ave tiene el impulso de volar, cuenta con alas y el firmamento. Si encuentro en mí mismo un deseo que me dirige hacia arriba y nada puede satisfacerlo, la explicación más razonable es que quizá fui creado para otro mundo.
¿Dónde estás, Dios?
Cuando mi madre se enojaba, escuchábamos con mi hermano los dichos más sabios de la lengua de Cervantes, como por ejemplo: “Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe”. Cuando decía “rompe”, era el momento de salir corriendo hacia la azotea. A veces mi madre se hacía “hombre” para imponer la ley en la casa. No era fácil para ella ser padre y madre. Subíamos como gatos aquellos peldaños de hierro que conducían a la azotea, y desde la claraboya, que daba a un patio común a todas las habitaciones, espiábamos sus movimientos. Cuando pasaba la tormenta, volvíamos al llano. Siempre disfrutábamos el reencuentro.
Pero la azotea no era solo un lugar de refugio, sino también un laboratorio de fantasías intergalácticas. Desde allí me subía a las nubes y navegaba por el cielo. Especialmente en las noches, la majestuosidad de los cielos me inspiraba un temor reverente. Y, aunque estas reflexiones que siguen surgieron con claridad conceptual en mis años adultos, mi corazón de niño ya intuía que una Inteligencia había creado todas las cosas que me rodeaban. Quería conocer a aquel Ser que estaba “más allá de las estrellas”.
Pero ¿de qué me servía percatarme de la existencia de un Ser superior para cambiar mi suerte en este mundo? Captar la existencia de un Creador expresado en la majestad de los cielos no cumple ninguna función social ni biológica. Pareciera no tener un sentido útil para el desarrollo de nuestra vida en este planeta. Los seres humanos tenemos un límite: no podemos transmitir a los demás la captación de lo sublime ni incorporar esa percepción al conocimiento científico. Y menos a la vida práctica. Por eso, el gran científico inglés Stephen Hawkings se declara ateo. Él mira la naturaleza, pero no ve signo alguno de una inteligencia infinita detrás de aquella mirada.
Se requiere algo más
Cuando llegué a los Estados Unidos me sentí como la Francesa cuando llegó a mi barrio. Expresé mi confusión con el inglés en un largo poema que sintetizo en estos pocos versos:
Me es ajeno el inglés al oído No fue Shakespeare Sino Cervantes Quien determinó Mi destino
Me son ajenas las palabras Y en el exilio D e mi lengua castellana Me refugio Como soldado En retirada
No sé que es Un book Ni una star Ni un kiss Gutural sonido metálico Que traducen por Beso
Cuando todos bien sabemos Que son los labios Quienes cargan Con el peso.
Sin embargo no obstante
Descubriendo mi dolor
En la mirada
Te acercaste a decirme
Algo que entendí como
En mi lengua
Castellana
When words say nothing
My heart
Will speak to you
In silence
La necesidad de comunicación es esencial al ser humano. La última estrofa es esperanzadora: Cuando las palabras callen, mi corazón te hablará en silencio. El corazón siempre busca la forma de comunicarse, aun sin palabras.
A la casa contigua a la de los Landoni había llegado una familia francesa proveniente de París, huyendo de la civilización. Esa familia, compuesta por una anciana (en mi lectura infantil, una cabeza emblanquecida por el tiempo podía tener entre 39 y 79 años), una hija de unos treinta y pico, y un perro. Sabían muy poco español. Pero la sonrisa en el semblante aristocrático de la Francesa (así habíamos apodado en casa a la “anciana”) hacía más fácil la comunicación. Recuerdo el esfuerzo de esa mujer para decir mínimas cosas como: “Hola, buenos días, Ricardo”. Su parálisis lingüística producía una suerte de espasmo emocional en mí. Quería hablar por ella. Quizá por eso nos hicimos amigos. Y por lo menos un par de veces por semana cruzaba la vieja calle de adoquines para “enseñarle” castellano. A cambio, ella me enseñaba francés. En su casa conocí a Maurice Chevallier, y aprendí mis primeras letras en la lengua de Baudelaire. Como deseaba comunicarse y era una gran lectora, una mujer culta, la Francesa aprendió castellano bastante rápido. Aunque pronunciaba ciertas palabras con un acento que ruborizaba los oídos, en poco tiempo pudo llegar a dar información, y aun comunicar ideas y sentimientos. Una tarde plomiza de octubre de 1967, vi llorar a la hija de la Francesa porque habían matado al Che Guevara en Bolivia. De mi barrio salieron muchos jóvenes que conformaron las filas de los tupamaros, un movimiento revolucionario de izquierda, la primera guerrilla urbana de América Latina.
La necesidad y capacidad de comunicación no es patrimonio solo del ser humano. En alguna medida también los animales son capaces de expresarse y comunicarse. Pero lo que nos caracteriza como humanos no es solo la capacidad de expresarnos en palabras y en símbolos, sino vernos forzados a trazar una distinción entre lo expresable y lo inexpresable. Solo la criatura humana es abrumada por el desconcierto de percibir algo que no puede expresar en palabras. Lo que nos golpea con un asombro sin límites no es lo que entendemos y somos capaces de comunicar, sino lo que, estando a nuestro alcance, escapa a nuestra comprensión. El intento de transmitir lo que intuimos y no podemos decir es el tema sempiterno de la sinfonía inconclusa de la humanidad. Intuimos que hay un Dios. Tanto que si Dios no existiera sería necesario inventarlo, como dijo François Marie Arouet, más conocido como Voltaire. Pero no poseemos la facultad de llegar a la cumbre más alta del pensamiento para expresar a Dios en un concepto, ni tenemos alas que nos permitan elevarnos y dejar atrás toda nuestra imperfección humana. Parafraseando al filósofo alemán Immanuel Kant, quien habla de los límites de la razón para alcanzar al Eterno, bien podríamos decir que “el ave que surca el aire, cuya resistencia siente, cree que volaría mejor en el vacío”. La razón solo puede volar en la atmósfera de esta Tierra. No podemos avanzar más allá de nuestros sentidos.
Por esta razón, nada podemos decir de Dios con los datos que obtenemos del mundo exterior. Hay vislumbres de la existencia de Dios en cada rasgo de la historia humana y de la naturaleza. El sol, la lluvia a tiempo, las colinas nevadas, los ríos cristalinos declaran el amor del Creador. Hay evidencias de los atributos de Dios en las relaciones de amor filial y fraternal: el cariño dispensado entre amigos, familiares, cónyuges, padres e hijos: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Sal. 103:13). Sin embargo, el mismo Sol que testifica del amante Creador puede volver la Tierra en un desierto que cause hambre. La misma lluvia puede crear torrentes que aneguen pueblos enteros. La montaña elegante y bella puede eructar fuego que destruya aldeas y ciudades. Y las relaciones humanas a menudo envuelven celos, envidia, ira, y hasta odio que conduce al asesinato.
Los datos que nos ofrece el mundo exterior acerca de Dios nos confunden. Y nos angustian. ¿Qué sentido tiene nuestra existencia si finalmente hemos de morir, tarde o temprano, sin saber si hay algo “más allá de las estrellas”?
Dice el sabio Salomón: “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene… No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después” (Ecl. 1:3, 4, 11).
Todo es olvido. ¿Lo dudas? Solo haz el esfuerzo de recordar los nombres y los apellidos de tus bisabuelos. Si los recordaste, ahora inténtalo con tus tatarabuelos.
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