Kitabı oku: «Un corresponsal en el frío»

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RICARDO ESTARRIOL

UN CORRESPONSAL EN EL FRÍO

Memorias de 40 años entre España y el Este de Europa

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2021 by Ricardo Estarriol

© 2021 by EDICIONES RIALP, S. A.

Manuel Uribe, 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

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Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-6008-0

ISBN (versión digital): 978-84-321-6009-7

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

ÍNDICE

5 DE MAYO DE 1982 PLAN DE PROCEDIMIENTO OPERATIVO EN EL CASO “SEP”[BUITRE]

PRESENTACIÓN

1. NACIDO EN LA REBELIÓN

FAMILIA

ESCUELA

MINYONS ESCOLTES

ENCUENTRO CON EL OPUS DEI

EL TIMÓN EN LAS MANOS DE JESÚS

UNIVERSIDAD

REBELDE COMO SIEMPRE

UNA LLAMADA DE SAN JOSEMARÍA

DISOLVERSE COMO LA SAL, SIN QUE SE NOTE

2. HUELLAS DE ESCRIVÁ EN VIENA

LA PREHISTORIA DE UNA AVENTURA

FINALMENTE EN VIENA

ENTRE DOS MUNDOS

TESTIGO DE PRIMERA HORA

ASENTAMIENTO PROFESIONAL

LOS PRIMEROS AUSTRÍACOS DE LA OBRA

3. LAS GRIETAS DEL MONOLITO

EL TRASFONDO DE LA GUERRA FRÍA

MÁS ALLÁ DE LA FRONTERA

INESPERADA INVITACIÓN DE BARCELONA

APRENDIENDO A SER COMUNICADOR

TRANSPARENCIA EN EL MOMENTO DE COMUNICAR

EL ASUNTO URS VON BALTHASAR

CÓMO SE PROTESTA EN MOSCÚ

EN UNA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

4. AL OTRO LADO DEL TELÓN DE ACERO

TODO EMPEZÓ CON UN TÍMIDO DIÁLOGO DE FILÓSOFOS

PRIMERAS GRIETAS DEL MONOLITO

AL OTRO LADO DEL TELÓN

“CONSULTAS IMPERATIVAS”

RUMANOS Y RUSOS SE PELEAN

POR VEZ PRIMERA EN BULGARIA

5. LA PRIMAVERA DE PRAGA

EL SUBSUELO SE TAMBALEA

PRUEBA DE FUEGO EN LA PRIMAVERA DE 1968

EUROPA CENTRAL, DISTINTA DE LOS BALCANES

SUDTIROL: EL DIÁLOGO VENCE AL TERRORISMO

LA CARTA DE VARSOVIA

CARROS DE COMBATE EN LAS CALLES DE PRAGA

DE LA SZALÁMITAKTIKA HÚNGARA A LA NORMALICE CHECA

6. SIETE AÑOS DE NORMALIZACIÓN Y HELSINKI

LA PISTA DE LOS CANTOS DE SIRENA

DEFINITIVA ROTURA CON CHINA

AYUDA INTERESADA

SOMOS LO QUE USTEDES LLAMAN «PROGRESISTAS»

LEYENDO EL “PRAVDA” A ORILLAS DEL AMUR

LOS AÑOS DEL ESTANCAMIENTO

EL DISCRETO DESHIELO A ESPALDAS DEL PARTIDO COMUNISTA ESPAÑOL

HELSINKI FUE EL PUNTO DE INFLEXIÓN

7. ANTES Y DESPUÉS DE HELSINKI

«EL PADRE HA MUERTO»

LOS PROBLEMAS DE LA IGLESIA

POLONIA ES DISTINTA

MOVIMIENTOS ACÍCLICOS

POLONIA Y LA CUESTIÓN ALEMANA

CEAUȘESCU, ENFANT TERRIBLE

UN AUTÉNTICO PROBLEMA DE SEGURIDAD MILITAR

8. DE HELSINKI AL PAPA POLACO

EL MURO DE BERLÍN SE DERRUMBÓ EN VARSOVIA

LA DISIDENCIA SE PONE EN MOVIMIENTO

SÁJAROV Y SOLZHENITSYN

CARRILLO, «PERSEGUIDO COMO LOS CRISTIANOS»

CEAUȘESCU HIZO CASO A DON JUAN CARLOS

LOS EFECTOS DEL ACTA DE HELSINKI

ENTREVISTA CON DJILAS

LA CIA COMPRA EL CONTRA-ESPIONAJE RUMANO

CONFERENCIA DE CONTINUIDAD

EL OCCIDENTE NO SE ENTERA

CHECOSLOVAQUIA: ENTRE EL VALOR Y EL DESÁNIMO

9. DOS CARDENALES HÚNGAROS

MI PRIMER VIAJE AL FRÍO

LA PRIMERA MISA DE ANIVERSARIO EN BUDAPEST

LOS AUSTRÍACOS SONDEAN EL TERRENO

ÁLVARO DEL PORTILLO VIAJA A PRAGA Y BUDAPEST

LAS PRIMERAS IMPRESIONES Y LOS CONTRASTES

LA PRIMERA OBRA CORPORATIVA

EL PAPEL DE LA VIRGEN

10. EL MUNDO DE LOS ESPÍAS

CÓMO ERES CONTROLADO

CONFIDENTES ENTRE LOS COLEGAS

VIGILANCIA DE LAS COMUNICACIONES

EL JEFE DEL DEPARTAMENTO DE CIFRA, ESPÍA

LOS ESPÍAS COMPRAN SU ASILO

UN ESPÍA REINCIDENTE

IVAN GUNDARIEV

11. LA OSTPOLITIK DEL VATICANO

LA COEXISTENCIA PACÍFICA Y LA OSTPOLITIK DEL VATICANO

LA IGLESIA DEL SILENCIO EN HUNGRÍA

LA IGLESIA ESCONDIDA EN CHECOSLOVAQUIA

NINGÚN OBISPO SECRETO EN RUMANÍA

BULGARIA

REPÚBLICA DEMOCRÁTICA ALEMANA

12. ¿POR QUÉ PRECISAMENTE EN POLONIA?

POLONIA, DIFERENTE DE CHECOSLOVAQUIA

INSEGURIDAD EN MOSCÚ

TOMANDO EL PULSO A UNA NACIÓN

OREJA Y MICHNIK

NADIE SE LO ESPERABA

APOSTOLADO EN POLONIA

13. EL PAPA POLACO LEVANTÓ LA TAPADERA

EL PAPA WOJTYŁA EN POLONIA

UNA CIUDAD QUE SE TRANSFORMA EN POCAS HORAS

JUAN PABLO II Y LOS JÓVENES

WOJTYŁA REGRESA A CASA

EL LENGUAJE DE LAS ARMAS

COMUNISTAS ESPAÑOLES EN EL EXILIO

SERVICIO DEL OPUS DEI EN AUSTRIA

ÁLVARO DEL PORTILLO EN POLONIA Y EN VIENA

ENCAJAR EL OPUS DEI EN UNA ESTRUCTURA ECLESIAL ADECUADA

EN EL OJO DE LA TORMENTA

EL AGRADECIMIENTO DE LOS NIÑOS AUSTRÍACOS

AFGANISTÁN, REPRESIÓN Y COHETES

YUGOSLAVIA: UNA TRAMOYA DE CARTONPIEDRA

PERÍODO DE ESTANCAMIENTO

14. LOS LÍDERES DE LA HUELGA TENÍAN 23-24 años

UNA HUELGA RÁPIDA

LA PERSONALIDAD DE WAŁĘSA

EL PROTAGONISTA FUE EL PUEBLO

RUIDO DE SABLES

TRINEOS DE NAVIDAD EN LOS MONTES TATRA

EL LENTO ASCENSO DE JARUZELSKI

INCERTIDUMBRE SOVIÉTICA

EL PARTIDO EMPIEZA A DUDAR

PRIMER Y ÚLTIMO CONGRESO DE SOLIDARNOŚĆ

15. MINORÍAS NACIONALES

LOS ALEMANES DE POLONIA

UCRANIANOS

BIELORRUSOS

TÁRTAROS

16. EL MURO CAYÓ EN VARSOVIA

LA PRIMERA “PALOMA MENSAJERA“

«LO HACEMOS NOSOTROS..., A NUESTRO MODO»

LA SINGULAR BIOGRAFÍA DE JARUZELSKI

ESTA CRÓNICA HA PASADO POR LA CENSURA

¿QUIÉNES ERAN LOS EXTREMISTAS?

LA CATÁSTROFE DE LA MINERÍA

NOMBRE DE CÓDIGO: BUITRE

MOSCÚ OPTA POR JARUZELSKI

INICIATIVA DE DEFENSA ESTRATÉGICA

17. ABRIENDO CAMINO EN POLONIA

VOLUNTARIOS EUROPEOS TRABAJAN COMO OBREROS EN SILESIA

MONTAÑISMO VIGILADO EN LOS TATRA

LOS LIBROS DE SAN JOSEMARÍA

CÓMO LLEGÓ EL OPUS DEI A POLONIA

LAS CONTRADICCIONES

AUMENTA EL FLUJO DE PEREGRINOS

ÁLVARO DEL PORTILLO PREPARA EL TERRENO

DÓNDE ESTABAN LAS FUENTES DE LOS RUMORES

EL DICTAMEN DE OCÁRIZ FUNCIONÓ

GALIZIA, UN CRISOL DE NACIONES

JUAN PABLO II EN LA POLONIA DEMOCRÁTICA

18. LA PENÚLTIMA CARRERA

LA LEY MARCIAL NO FRENÓ LA PROTESTA EN POLONIA

EL BEATO MÁRTIR POPIEŁUSZKO

LOS SERVICIOS DE DESINFORMACIÓN AL SERVICIO DEL ASESINO

CRECE EL MALESTAR SOCIAL

¿CARRERA DE ARMAMENTOS O DESARME?

PROBLEMAS DOMÉSTICOS DE GORBACHOV

LA PERESTROIKA EN LOS PAÍSES SATÉLITES

EL CAMINO DE LAS REFORMAS SE ENSANCHA

DESMONTAJE DE LA COMUNIDAD SOCIALISTA

«LOS QUE PUSIERON LA NUCA BAJO LA YUNTA»

LA MESA REDONDA EN VARSOVIA

19. LOS NACIONALISMOS

PREVISIBLE DESINTEGRACIÓN EN EL SURESTE

¿DE DÓNDE SALIERON LOS MUSULMANES DE BOSNIA?

PREHISTORIA DE LA DESINTEGRACIÓN

EL GUION DE UN NACIONALISMO RADICAL

ESLOVENIA ABRIÓ LA ESPITA

ENTIERRO DEL COMUNISMO AUTOGESTIONARIO

ELECCIONES LIBRES EN CROACIA

REFERÉNDUM EN ESLOVENIA

LA PIEL DE TIGRE EN BOSNIA Y HERZEGOVINA

KARADŽIĆ EN BOSNIA

MILOŠEVIĆ QUEMA ETAPAS

20. EL EJÉRCITO YUGOSLAVO SE HACE SERBIO

MARZO DE 1991

ABRIL DE 1991

MAYO DE 1991

JUNIO DE 1991

ANTES DE LA INDEPENDENCIA

PROCLAMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA

DESPUÉS DE LA INDEPENDENCIA DE ESLOVENIA

DESPUÉS DE LA INDEPENDENCIA EN CROACIA

ACUERDO DE BRIONI

BRIONI

GENSCHER MUEVE EL FIEL DE LA BALANZA

LAS FRONTERAS DEJAN DE SER INTOCABLES

LIMPIEZA ÉTNICA

UN JARDÍN PARA LOS MERCENARIOS

AGRESIÓN CONCERTADA EN NOVIEMBRE Y DICIEMBRE DE 1991

LA CEE PIDE AYUDA A LA ONU

LO PEOR ESTABA POR LLEGAR

ARENAS MOVEDIZAS

21. LOS MUDOS TESTIGOS DE OCCIDENTE

1992

1993

1994

UN PROTAGONISTA: FRANJO TUDJMAN

OTROS ACTORES: HRVOJE SARINIĆ

OTROS ACTORES: JOSIP MANOLIĆ

EL SEPARATISTA MATE BOBAN

EL PROTAGONISTA SERBIO EN BOSNIA: RADOVAN KARADŽIĆ

UNA BOSNIA MULTINACIONAL, UN SUEÑO IMPOSIBLE

EMPIEZA EL ASEDIO

ASESORES MILITARES

LOS CROATAS ABREN UN NUEVO FRENTE CONTRA LOS MUSULMANES

22. LAS MASACRES SERBIAS COHESIONAN CROATAS Y MUSULMANES

EL FRENTE EN BANJA LUKA Y BIHAC

PROGRESIVA RADICALIZACIÓN

YELTSIN INTENTA FRENAR LA EXPANSIÓN DE LA OTAN

LA RECONQUISTA DE ESLAVONIA

EL EXTRAÑO PAPEL DE UN LORD BRITÁNICO

EL GENOCIDIO DE SREBRENICA Y LA CAÍDA DE LA KRAJINA

HOLBROOKE: SIN MUSULMANES, NO HABRÁ PAZ

23. EL MUNDO DE LOS PRIMEROS CROATAS DEL OPUS DEI

EL MUNDO DE VLADIMIR VINCE, EL PRIMER CROATA

ENCUENTRO CON EL OPUS DEI EN ROMA

FACT FINDUNG MISSION EN CROACIA Y BOSNIA Y HERZEGOVINA

LA SANTA SEDE Y LA EMIGRACIÓN

LA OSTPOLITIK Y YUGOSLAVIA

EL ACCIDENTE: FIAT, ADIMPLEATUR!

UNA “FALTA INEXCUSABLE” DE AIR FRANCE

FRUTO DE UN VIAJE ORGANIZADO POR VINCE

LAS OBRAS DE ESCRIVÁ EN LA YUGOSLAVIA COMUNISTA

LA GUERRA NO INTERRUMPIÓ EL APOSTOLADO

24. MÁS GUERRA

OLÉ, OLÉ, ILIESCU NU MAI E

LOS PARCHES QUE FALTABAN EN LOS BALCANES

TRAMPAS PARA LOS PACIFICADORES

PRESIÓN AMERICANA

REGRESO A BELGRADO

LA SEGUNDA RETIRADA SERBIA

EL FIN DE MILOŠEVIĆ

RUSIA LLEGA TARDE

EL NACIONALISMO EN LA PERIFERIA

TRES TESTIMONIOS DISPARES

UNA REFLEXIÓN FILOSÓFICA

DIOS ME PEDIRÁ CUENTAS

AUTOR

5 DE MAYO DE 1982 PLAN DE PROCEDIMIENTO OPERATIVO EN EL CASO “SEP”[BUITRE]

Es un hábil periodista, que se interesa por una amplia variedad de problemas. Sus convencimientos filosóficos están estrechamente relacionados con la doctrina cristiana, a través de la cual valora muchas cuestiones. Es miembro de la organización Opus Dei. Políticamente es socialdemócrata. Sus opiniones políticas le permitieron establecer rápidamente contactos con los disidentes, especialmente polacos y soviéticos. Estos círculos podían y fueron para él una fuente de información sobre los países socialistas. Esto ha contribuido a su perfecta comprensión de muchos matices de los juegos políticos que han tenido y tienen lugar en Polonia. Está bien enterado de las relaciones de poder y enfrentamientos dentro de nuestro Partido, sobre el cual sabe más que muchos de sus miembros.

Sus artículos no están del todo privados de elementos sensacionalistas, aunque son equilibrados. Obtiene información de los círculos de disidentes, los exmiembros de KSS KOR, KPN, y de los exconsejeros de Solidarność. Como activista y miembro de la organización Opus Dei mantiene muchos contactos con activistas católicos y representantes del clero polaco. Estos círculos constituyen una inmensa fuente de información, además de tener acceso a los círculos de oposición.

Es característico que Estarriol verifica toda la información recibida, de una forma exagerada. A veces busca la confirmación de los hechos en el lado opuesto. Dado que no todo lo que consigue llega a ser publicado en la prensa, hay que sospechar que una parte de los materiales no publicados es aprovechada de otra manera, enviándola a los servicios de espionaje (servicios secretos).

En este papel, un alto funcionario (Jan Streszewski), que leyó el informe anotó en los márgenes: ¿Hay otros datos que confirman que Sęp transmite información a servicios secretos? Por lo visto Streszewski era más inteligente que los autores del informe.

El principal objetivo de nuestra actividad será conseguir material comprometido, lo que podría servir de base para empezar un diálogo operativo.

En el lenguaje profesional «material comprometido» serían hechos que pudieran servir para chantajear al objetivo (drogas, líos amorosos, tráfico de divisas), y «diálogo operativo» sería una amenaza que terminaría en la firma de un documento de compromiso por mi parte de trabajar para el contraespionaje polaco. Sin embargo, el autor del documento señalaba posibles dificultades para conseguir este tipo de material, puesto que Estarriol es un activista católico, casi fanático. Menos mal.

Se especificaron asimismo las tareas de los agentes, por ejemplo, el mencionado jefe Jan Streszewski pedía a sus subordinados que, puesto que Sęp trabaja asimismo en la URSS, pregunten a los camaradas soviéticos lo que ellos saben.

Streszewski no supo que, mientras él ponía sus anotaciones en el dossier de Estarriol, el periodista español estaba precisamente en Moscú ocupándose de descubrir quién iba a suceder a Brézhnev (que moriría el siguiente 10 de noviembre). Entonces Estarriol estaba descubriendo la clave de un proceso político que sería decisivo para el futuro polaco, y para el futuro del comunismo de Estado en el este de Europa.

¿Cómo fue eso?

PRESENTACIÓN

EL DISIDENTE QUE SOBREVIVIÓ al frío es Ricardo Estarriol, que fue corresponsal de La Vanguardia en Europa central y oriental entre 1964 y 2002. Llevaba unos años trabajando como freelancer en Viena, concretamente desde que en 1958 Josemaría Escrivá de Balaguer le había invitado a participar en la difusión del espíritu del Opus Dei en Austria y en aquella zona de Europa que entonces formaba parte del pacto de Varsovia y estaba bajo el control directo de la Unión Soviética.

Si para un joven periodista español, sujeto de una dictadura de corte fascista, ya era difícil cruzar el telón de Acero, mucho más era propagar las ideas cristianas del Opus Dei en unos países comunistas donde la religión estaba prohibida.

El informe del servicio de contraespionaje que figura más arriba define algo así como la transparencia de la trenza vital de Estarriol durante los 38 años que trabajó para el periódico de Barcelona. Como todos los fieles de la prelatura Opus Dei intento buscar la imitación de Cristo en el trabajo ordinario.

Su trabajo no fue fácil, porque el trabajo ordinario de Estarriol se movía en sectores que las autoridades comunistas consideraban peligrosas: actividades apostólicas, reportajes sobre las minorías nacionales, contactos con la disidencia y cosas por el estilo.

Ricardo Estarriol, en gran medida, también era un disidente, en su calidad de periodista comprometido con la libertad y los derechos humanos. Siendo español, no podía viajar a los países del Este y, aún así, lo hacía, y siendo periodista no podía escribir nada desde uno de esos países y, aún así, lo hacía. Durante muchos años fue el único corresponsal español al otro lado del telón de Acero.

El resultado es este libro que, ante todo, es un libro de historia, escrito con la prosa periodística que siempre le ha distinguido. Ricardo pertenece a la escuela de periodismo consagrada a los hechos en lugar de a las descripciones. Su periodismo tiene mucho más de germánico y anglosajón que de latino y mediterráneo. Nada hay más importante para él que los datos y los hechos. La descripción literaria de lugares y personas debe estar sometida a la jerarquía de los acontecimientos.

Ricardo, por ejemplo, nos explica que durante la guerra fría se tardaba cuatro horas de tren en cubrir los 60 kilómetros que separan Viena de Bratislava. Hoy es un recorrido de menos de una hora por carretera. Los datos nos explican la historia y el periodismo bien hecho nos los sirve en bandeja.

Hay una regla muy sencilla en el periodismo que, sin embargo, no es fácil de cumplir y, todavía menos, durante la guerra fría: estar, ver y contar.

Muchas veces se cuenta sin estar, o se está y se ve pero no se cuenta o no se cuenta bien. Para poder contar lo que pasa, hay que saber ver y para saber ver, además de pisar el terreno, hay que conocerlo.

Durante la guerra fría, había muy pocas personas que supieran de verdad lo que sucedía en Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia, Yugoslavia y la Unión Soviética, el mundo que Ricardo pisaba sin cesar.

Para saber qué dirigente subía y cual bajaba, para conocer el estado de ánimo en las fábricas y colas de las tiendas de alimentación, había que superar el incesante bombardeo de los aparatos de propaganda comunista, así como la red de espías y escuchas que los servicios de inteligencia tejían alrededor del corresponsal. Instalarse, por ejemplo, en una habitación del hotel Yalta de la plaza Wenceslao de Praga para explicar las negociaciones entre el régimen comunista y Václav Havel era colocarse en la diana de un sistema de escuchas al que no se le escapaba nada.

Ricardo, gracias que había estudiado Derecho además de Periodismo, sabía separar el grano de la paja, gracias a que era un disidente in pectore, sabía identificar a los protagonistas de la noticia y gracias a su bondad sabía ponerse en el lugar de los demás. Gracias a su empatía podía conseguir la ayuda de un colega de la agencia soviética Novosti y la amistad de un obrero comunista polaco, situados ambos en las antípodas de su ideología y espiritualidad.

Las crónicas de Ricardo contenían los nombres, las fechas y los datos que permitían leer el presente con gran precisión. A pesar de ello, nunca quiso anticipar el futuro. Su empirismo informativo estaba reñido con las bolas de cristal. No creía mucho en los periodistas que se dedicaban a especular.

De ahí que su quehacer informativo llamara tanto la atención de los servicios diplomáticos occidentales y comunistas, que le hicieron varias propuestas para que les pasara información. Él declinaba a unos y otros con un argumento inapelable: todo lo que sabía lo publicaba en La Vanguardia.

Siempre he pensado que el mejor periodismo es una especie de sacerdocio, con sus principios y liturgias para alcanzar la verdad. Claro que es una misión diaria e imposible, pero aún así no renunciamos a ella. Creemos que alguien ha de explicar las cosas que el mundo necesita saber.

No hay duda de que Ricardo trabajó con este afán, y un día de octubre de 1977, al subir al séptimo piso del número 48 de la calle Chkalowa de Moscú, se encontró cara a cara con esta verdad que no es solo la verdad de los hechos sino también la de nuestro compromiso profesional.

Andréi Sájarov ocupaba allí un pequeño apartamento con su esposa. Hacía dos años que había recibido el Nobel de la Paz y tenía la esperanza de que la Unión Soviética pudiera seguir los pasos que España había empezado a dar hacia la libertad y la democracia.

Durante la entrevista, Ricardo, acostumbrado a hablar con gente perseguida, quedó impresionado por “la sencillez y el valor” de Sájarov. El padre de la bomba de hidrógeno, dijo con total sencillez, que los disidentes soviéticos como él debían «explicar las cosas terribles que han sucedido aquí. No sabremos lo que saldrá de ello… Lo hacemos así porque no podemos hacerlo de otra forma».

Ricardo Estarriol, el disidente que sobrevivió al frío, tampoco tenía otra forma de buscar la verdad bajo el telón de Acero.

XAVIER MAS DE XAXÀS

Corresponsal diplomàtic

La Vanguardia

1.

NACIDO EN LA REBELIÓN

EL MÁS ANTIGUO RECUERDO QUE POSEO es el de mi “segundo” bautismo. El primero y auténtico lo había recibido el mismo día de mi nacimiento, el 27 de febrero de 1937, en plena guerra civil española.

Mis padres se habían mudado poco años antes de Figueres a Girona, antes de que empezara la guerra (1936-1939). Cuando a mi madre le llegaron los dolores de parto, mi abuela paterna estaba en casa. No sé dónde estaba mi hermano, que había nacido casi cuatro años antes en Figueres, pero me imagino que en casa de unos tíos nuestros que vivían en Girona. Mi padre corrió a buscar a la comadrona que había seguido la gestación de mi madre, pero la comadrona no pudo llegar a tiempo porque los ocupantes del convento de las Adoratrices, que estaba a 100 metros de mi casa y que había sido convertido en cárcel para los militares (franquistas) rebeldes, disparaban hacia el cuartel de la Caballería, a 400 metros de mi hogar, que estaba en manos de los anarquistas, y los anarquistas respondían al fuego, claro. O a lo mejor era al revés.

Lo que era evidente es que allí no eran las fuerzas del gobierno las que luchaban contra las fuerzas rebeldes de los militares de Franco. Eran prácticamente milicias de diversos grupos republicanos que luchaban por el poder en el caos revolucionario de aquellos años. De una parte, estaban la CNT (una confederación de anarcosindicalistas), la FAI (Federación Anarquista Ibérica) y el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). En el lado opuesto estaban la Policía, el PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) y la Esquerra Republicana.

En mi infancia y juventud se habló muy poco de todo aquello: solo más tarde (cuando empecé a trabajar como periodista) supe que el POUM había sido una explosiva combinación de milicias de dos disidencias del estalinismo: de los partidarios de Nikolai I. Bujarin (ejecutado por Stalin en 1938; se podría decir que era la disidencia de la derecha) y de Leo Trotski (asesinado por orden de Stalin; preconizaba “la revolución permanente”).

Cuando yo tenía cuatro años (1940) Trotski fue asesinado en México por el comunista catalán Ramón Mercader). Ironía de la historia: un año después de mi primer viaje a Moscú (1969) como enviado especial de La Vanguardia, Ramón Mercader llegaría secretamente y con pasaporte y nombres falsos a la Unión Soviética (URSS).

Finalmente fue mi abuela (que había tenido siete hijos) la que asistió mi parto, mientras mi padre y la comadrona, tendidos en el suelo de una huerta, no podían ni levantar la cabeza.

En un alto el fuego ambos llegaron a casa, pero ya había pasado todo. Me imagino la atmósfera que debía existir: el gozo de un bebé recién nacido mezclado con la angustia de un frente caliente y un futuro frío. Fue la señora Cruz (la comadrona) la que, como quien no quiere la cosa, preguntó: «¿Quieren que le bautice ahora mismo?». Y así ocurrió. No era un simple rito sino una manifestación de la fe de una mujer que no tenía miedo a hacer algo que podía haberle costado la vida en aquellos momentos de una desenfrenada persecución religiosa.

La Iglesia, después de la guerra, tuvo que recomponer en las parroquias muchos libros de registro de bautismos. Esto explica que después de 1939 se realizaran bastantes bautismos sub conditione cuando no era posible o fácil verificar la validez de bautismos realizados en condiciones de emergencia. En mi caso aquella segunda ceremonia tuvo lugar en una parroquia provisional que se organizó después de la guerra en Girona y tengo ciertos retazos de recuerdos: que vinieron mis primos de Figueres, que la iglesia estaba llena de gente, que después del almuerzo me encontré mal y tuve que acostarme en un sofá en el pasillo.

Por lo visto fui bastante rebelde y creo que todavía lo soy. Mi padre solía decirme que yo era tan revoltoso, porque nací en el fragor de la batalla.

FAMILIA

Mis abuelos paternos eran campesinos, y los maternos, burgueses de Figueres, la capital del Empordà, la zona de un duro viento cortante llamado tramontana. Los padres de mi padre residían al norte de Figueres, en Cistella. Pero no toda la rama paterna vivía en el campo. Un tío-bisabuelo era Narcís Monturiol i Estarriol (*1885), al que por cierto dedicaron un monumento en la Rambla de su ciudad natal, Figueres; fue un ingeniero, intelectual, político, revolucionario e inventor español. Construyó el primer submarino en España propulsado por vapor. Los antepasados de los Estarriol procedían muy probablemente de la cuenca del rio Aragón, en el que, cerca de Jaca, desemboca un afluente llamado Estarrún. En vasco Estarri significa “garganta” (tanto anatómica como geográficamente) y la desinencia “ol” debe ser el resto del demostrativo latino aglutinando de ille, illa, illud aplicado a nombres que iban siendo latinizados. Nunca he sabido si mi construcción teórica tenía alguna posibilidad de ser cierta. Lo del riachuelo “Estarriola” me lo diría en 1974 José Manuel Casas Torres, profesor de Geografía en las Universidades de Zaragoza y Complutense de Madrid. Lo de ille, illa, illud me lo dijo uno de los numerosos directores que he tenido en la redacción de La Vanguardia, Francesc Noy i Ferré, un romanista reconocido.

Desgraciadamente nunca fui a ver el río, pero me dicen que su cuenca recorre una bellísima parte de la ladera sur de los Pirineos a partir del Valle de Aísa para desembocar en el río Aragón, a diez kilómetros al oeste de Jaca.

En Figueres, mi abuelo materno, que había estudiado Ingeniería industrial sin terminarla, trabajaba de oficial en la notaría del padre de Dalí. Mi madre jugaba de pequeña con Salvador Dalí. Pero era muy amiga sobre todo de Anna Dalí, la hermana. Recuerdo un comentario de mi madre para describir la personalidad del pintor: «Le mandaron a Madrid para estudiar en la escuela de arte y al cabo del año regresó y dijo: “Esos, de arte, no saben nada”».

Mi madre fue al Colegio de las Francesas de Figueres, donde la segunda lengua era el francés. Al dejar el colegio trabajó en una farmacia. Fue el párroco de Cistella quien seguramente aconsejó a mi abuela paterna, que se había quedado viuda, que llevara a uno de los hijos del segundo matrimonio, Ricardo, al seminario menor de Girona. No todos los escolares de entonces pasaban al seminario mayor: uno de los que no quiso continuar fue mi padre, que de Girona regresó a Figueres para vender coches y conocer a mi madre.

Mi padre tenía un recuerdo muy positivo de aquellos primeros años gerundenses: allí debió aprender música, porque tenía buena voz y cantaba bien, y allí conoció a bastantes estudiantes que luego serían párrocos o canónigos de Girona. Debió estudiar retórica, porque fue él quien, cuando yo preparaba alguna redacción para el colegio, me explicaba cómo tenía que escribir “el exordio, la exposición y la peroración”. Entonces, en la Iglesia católica toda la liturgia era en latín. Él, sin afán pedagógico y con paciencia, me corregía la pronunciación de las oraciones en latín, que en catalán era distinta de la española y prácticamente la misma que la italiana.

La modestia y la laboriosidad eran los rasgos más señalados de mi padre: nunca se dio importancia, y trabajaba mucho para sacar la familia adelante en condiciones adversas. Fue él quien vendió los primeros Ford y los primeros Chevrolet en las estribaciones de los bajos Pirineos, en la provincia de Girona. Muchas veces me contaba el asombro que solía provocar cuando aparecía con su coche en los pueblos de la provincia. Gracias a ello, cuando estalló la guerra consiguió que le enrolaran en la vigilancia de un garaje que había sido militarizado, por lo cual se ahorró tener que ir al frente. Después de la guerra fue corredor de comercio. Primero trabajó en una empresa de servicios eléctricos y luego en otra de sistemas de control para la contabilidad. Viajaba continuamente por la provincia.

Mi madre llevaba la casa. Era normal y paciente. Se preocupaba por nosotros, y vigilaba sin dar la impresión de que vigilaba. En esos primeros años, mi hermano Norbert, evidentemente inspirado por nuestra madre, me premiaba con sellos para mi colección filatélica cuando yo cumplía puntualmente con los deberes escolares.

Sé que mis padres lo pasaron muy mal durante la guerra. Ella contaba repetidamente el hambre que pasamos yo cuando era bebé. Vivíamos en la planta baja de una pequeña casa con un jardincito.

Mis padres se conocieron como corresponde en el Empordà: bailando sardanas en Figueres, donde nació mi hermano mayor. Luego se trasladaron a Girona. Pero seguían visitando a los parientes de la capital del Empordà. Era emocionante para mí subir todos los años en Girona al tren con locomotora a vapor, del que solía bajar sucio de hollín en Figueres. Solíamos ir al cementerio para rezar y poner flores en la tumba de mis abuelos maternos y de mi tía, que había muerto joven.

ESCUELA

La escolarización empezó en el Col.legi Vert de Girona, a cinco minutos de mi casa. Era una institución pública, un parvulario.

Allí empecé a aprender castellano, porque hasta entonces no había hablado prácticamente ni una palabra en tal lengua. Recuerdo que, al regresar del colegio, le iba contando a mi madre cómo se llamaban las cosas en castellano. De allí pasé al colegio de La Salle, donde hice la primera comunión y conocí a algunos de los que serían compañeros de clase, que pasaron, como yo, a cursar el bachillerato de siete años de entonces en el colegio de los Maristas. En Girona podía hacerse también el bachillerato en el instituto público, que era mixto, o en el colegio femenino de las Escolapias. Ahora sé que el nivel de enseñanza del instituto era muy bueno, quizás mejor que el nuestro.

Tardaba unos quince minutos en llegar al colegio caminando. Nosotros vivíamos en la parte “moderna” sur del casco de Girona, entre los ríos Ter y Onyar, pero todos los colegios estaban en la parte vieja, como arracimados alrededor de la catedral.

Aquel trayecto entonces me parecía normal. Con el tiempo fui dándome cuenta de que pasaba por una historia escrita en piedra, extraordinariamente bella. Atravesaba el Onyar de aguas escasas, pasaba por debajo de pórticos de piedra noble, por estrechas calles jalonadas en parte por palacios avejentados, dejando la judería a un lado y los baños árabes al otro, subiendo escaleras y escalinatas enchinadas, puertas que eran brechas abiertas en la vieja muralla de la ciudad. Iglesias aquí y allá: una de ellas, por cierto, había sido bellísima, la de los Dominicos, construida en 1254 en estilo gótico catalán primitivo, desamortizada después, y profanada en 1822; desde entonces había servido como establo de caballos del ejército español. Lo que más me molestaba era el hedor de caballeriza que no armonizaba con la elegante y severa línea de la piedra gótica de la iglesia. Hoy, por lo menos, es sede de la facultad de humanidades de la Universidad de Girona.

El colegio estaba muy cerca de la catedral. En aquella zona elevada de la ciudad me sentí siempre muy bien. En el colegio había internado y externado. Y yo agradecía ser externo: es más, me daban mucha pena los internos. Me doy cuenta ahora de lo que significaba para ellos aquella vida de relativa severidad. A mediodía los externos íbamos a casa, y en casa se comía y se hablaba de las cosas normales. Casi siempre almorzábamos todos juntos, a no ser que mi padre estuviera de viaje. Además, al regresar por la tarde al colegio, atravesábamos la Rambla, por la cual transitaban también las chicas de las Escolapias, con sus hermosos uniformes azules de faldas plisadas. Y uno se sentía a gusto.

De la época de los Maristas me han quedado recuerdos deshilvanados. Las clases de educación física eran miserables. Pero teníamos un instructor de gimnasia que era seguramente un oficial militar de reenganche que se tomó la molestia de formar un equipo de atletismo escolar, tal vez para mejorar su presupuesto familiar. No sé cómo, allí acabé yo. Fue él quien me aconsejó como especialidad la carrera de fondo. Iba a entrenar con frecuencia a un estadio entre el río Ter y el río Galligans y llegué a ser nada menos que campeón escolar de la provincia.

Recuerdo en especial las clases de filosofía del sacerdote Andreu Bachs. Cuando teníamos 13 o 14 años mossèn Andreu nos explicó el “voluntario indirecto” con una claridad que me ha quedado para toda la vida. Y lo que más lamento es no haber aprovechado los dos años de clases y exámenes de griego, que nunca nos tomábamos en serio.

Jamás fui un buen jugador de fútbol, pero sí me sentí atraído por un deporte algo minoritario, pero bastante conocido en Catalunya: el hockey sobre ruedas. Mis padres tenían una posición económica modesta y no podían comprarme materiales deportivos caros. En mi caso se hubieran necesitado patines, sticks, guantes, casco, espinilleras, coderas, coquilla y rodilleras. Había una tienda que alquilaba lo más importante, que eran los patines, y de vez en cuando podía permitírmelo. Alguien me dijo que el Frente de Juventudes (organización de la Falange) facilitaba patines gratis. Quise aprovecharme de aquello. Pero mi padre no consintió ni tan solo que fuera a pedir los patines, porque temía, con razón, que tarde o temprano intentaran que me entusiasmara con los “flechas” (jóvenes falangistas). Pronunció un ¡no! de esos que no te dejan más espacio para discutir, y que los niños saben calibrar.

Poco a poco me encontré inmerso en una banda de muchachos algo inquietos. La mayoría eran amigos de clase, pero no todos. Mi hermano Norbert no estaba en ese grupo, porque tenía tres años y medio más que yo, y a esa edad semejante diferencia pesaba mucho. Además, él no había nacido durante la guerra: tenía un temperamento tranquilo de investigador, muy trabajador. En mi pandilla estaban el hijo de un arquitecto, el hijo de una maestra, el hijo de un suboficial “inmigrante”, el hijo del jefe de un taller de mecánica, el hijo de un funcionario de la Diputación provincial… La familia de otro tenía una tienda de juguetes, y otro era hijo del comisario de la Policía de Girona.

No había problemas de integración a pesar de que ya entonces se notaba la llegada de inmigrantes del resto de España a Catalunya. Por lo general eran “españoles del sur”. Para nosotros, los que no hablaban catalán eran simplemente “castellanos”, sin más, aunque la mayoría no vinieran de Castilla. Uno de mi clase era de Ciudad Real y su padre era suboficial de reenganche. Nosotros, los nativos, no nos considerábamos mejores que los “castellanos”, sino que convivíamos con toda naturalidad.

Y con ese grupo de amigos empecé a descubrir lo que poco a poco sería mi mundo. Paralelamente tuve conciencia de que existía también otro mundo en mi ciudad, con el que apenas tenía contacto: ahora yo lo llamaría “la nomenclatura”. Cerca de mi casa, en un hotelito, vivía un médico militar soltero y con dos sirvientas, que de vez en cuando venía a ser recogido por un guripa (soldado raso) con dos caballos: esperaba delante de la puerta de la villa hasta que el doctor salía bien pertrechado, con las brillantes botas puestas y una fina fusta en la mano. El guripa le sostenía el estribo para montarse. El médico era catalán, pero hablaba siempre en castellano. También me sentía incómodo cuando, al salir yo —sucio y sudado del estadio de deportes— tropezaba con las elegantes hijas del general jefe militar de Girona, paseando como bellas amazonas en potros militares por los jardines de la Dehesa. Su padre era un general de Cádiz que en 1945 había sido enviado con la 123.ª División al Empordà para luchar contra los maquis (guerrilleros antifranquistas comunistas) en los Pirineos, y que continuó hasta 1954 en Girona al frente de la 41.ª División. Aquello era una ventana al mundo de una nomenclatura que nada tenía que ver con el mundo en el que había crecido y vivido.

Porque claro: yo había crecido en un colegio donde la enseñanza era en castellano, con los libros de la editorial Luis Vives; iba al cine donde proyectaban películas dobladas al castellano, a iglesias en las que solo se predicaba en castellano. En las oficinas de correos y en los ambientes militares se hablaba en castellano. Mi hermano, que solía ir al peluquero cuando sabía que había mucha cola para tener más tiempo para leer las revistas durante la espera, tenía ante sí revistas solo en castellano. Únicamente en casa, con los amigos, y en la calle, hablábamos la lengua que habíamos aprendido de nuestros padres. Yo crecí así, y debo decir que me acostumbré sin problemas ni tensiones al mundo bilingüe...

En mi casa apenas se hablaba de política. En cierta ocasión Franco vino a Girona. Debía ser en 1942 o 1945. Hubo un gran desfile militar por la Gran Vía en el que figuraron también grupos de niños que estrenaban el uniforme de camisa azul de la Falange. Mi hermano, que por entonces debía tener once años, apareció un día en casa con la camisa de marras diciendo que tenía que participar en el desfile. Era mucho más pacífico que yo, y acudió al desfile. Creo recordar que lo vi desde el balcón de casa de mis tíos. Lo que recordaba muy bien mi madre es que me negué en redondo a ir a ver a Franco en la concentración convocada en plaça del Vi (plaza del ayuntamiento). Mi madre dice que no quise ir «porque tenía miedo a las masas». Más tarde vi en el diario local la foto de su entrada en nuestra catedral, yendo él y su mujer bajo el mismo palio que se utilizaba todos los años en la tradicional y solemne procesión de Corpus Christi. No dije nada, porque no quería líos, pero aquello no me gustó.

Solo una o dos veces vi a mi padre muy enfadado por el asunto Franco. En una ocasión rompió irritado unos papeles oficiales que acababa de recibir por correo. Yo no entendí bien de qué se trataba, y mi padre tampoco se esforzó mucho por explicármelo, pero tuve claro que debería enterarme. Lo hice más tarde recomponiendo sencillamente como un puzle los retazos que rescaté de la papelera. Se trataba de un referéndum en favor del régimen. Los cabezas de familia eran los que tenían derecho a votar. A mi padre no le gustó ni lo de los cabezas de familia ni lo de votar un referéndum que prolongaba el bloqueo internacional. Esta fue una de las veces en que vi a mi padre contrariado con Franco, que para un niño de mi edad era, sencillamente, “el de los sellos”.

Pasé algunas temporadas de verano en Roses, en la Costa Brava, cuando apenas había turistas extranjeros. Mi padre había heredado unas pequeñas viñas cerca de allí. Mi abuelo materno (el que había sido oficial del notario Dalí y al que nunca conocí), había sido el propietario de las aguas potables de Roses, es decir, del suministro de agua. Me alojaba en la casa de una tía, hermana de mi padre, que regentaba un hotel allí. Recuerdo que —tendría yo once o doce años— me molestaba bastante encontrar a gente de Roses que, en la playa, la iglesia, el mercado, el autobús, me preguntaban quién era yo, y cuando intentaba explicarlo empezaban a “colocarme” como el sobrino de fulanito de tal, el primo o nieto de cual, etc. Me gustaba en cambio ir con mi primo a la subasta de pescado poco después de que hubieran atracado los bous (embarcación tradicional para la pesca de arrastre). Mi tío había construido barcas de pesca en unos talleres detrás del hotel y recuerdo vagamente cómo los carpinteros calentaban “a fuego lento” las tablas para darles la curvatura necesaria. Pero mi tío enfermó, y ya nadie construyó más embarcaciones en Roses. Algunos años mi estancia terminaba con una escapada a la vendimia: allí vi por vez primera como el masovero, (campesino que cultiva adicionalmente tierras de otros, anejas a las suyas), agarrado a un lazo que colgaba del techo, pisaba las uvas en el lagar de su bodega.

MINYONS ESCOLTES

Eso era en verano. Pienso que fue a través de la Acción Católica como conocí en Girona a Ramón Canals, un activo estudiante de filosofía que había decidido fundar una agrupación de boy scouts. Aquello me fascinó. Era algo atractivo para un adolescente, y además semi clandestino. En Barcelona y en Vic existían ya grupos semejantes que se llamaban minyons escoltes.

Oficialmente sólo existía en España el Frente de Juventudes, y el Gobierno monopolizaba todas las organizaciones juveniles de carácter extraescolar, excepto las de la Iglesia. Además, existían rumores de que Baden-Powell, el fundador de los boy scouts, había sido masón, movimiento que estaba prohibido por el régimen. Pero Ramón Canals consiguió que el obispo nombrara a un sacerdote como consiliario de la incipiente agrupación, mossèn Eduard Puigbert, de manera que los minyons escoltes entraron así a formar parte, en teoría, de la acción católica diocesana.

Mossèn Puigbert era profesor del seminario y una suerte de director espiritual de nuestro grupo de inquietos teenagers. Era una persona culta y prudente que nos acompañaba en las excursiones y campamentos, y celebraba la misa para nosotros. Era educado en el trato. Para el primer campamento tuvimos que buscar tiendas de campaña: si mal no recuerdo algunas procedían del depósito del Frente de Juventudes, pero la mayoría eran de la Asociación Alpina de Girona. Como eran pesadas, aprendimos a repartir el peso entre todos. Me impresionó ver cómo mossèn Puigbert apareció con su mochila y una flamante tienda de campaña individual.

Alguien nos facilitó un local en la planta baja de un caserón en la Plaza del Ayuntamiento, donde pasamos los atardeceres haciendo planes y decorando el recinto: aquello era nuestro cau (madriguera) al estilo de los boy scouts. Cantábamos mucho. Empezamos a tomar contacto con los scouts franceses que nos enviaban sus libros y canciones, y también con los nuevos grupos de Catalunya. Recuerdo una marcha desde Girona a Vic para encontrarnos con los minyons escoltes de aquella comarca.

Cuando volví a practicar activamente el alpinismo en Austria, a partir de 1959/1960, descubrí que dos de las canciones que con más frecuencia cantábamos en los Pirineos eran nada menos que la música y el texto en catalán del himno de la Estiria austríaca (Hoch vom Dachstein an, wo der Aar noch haust // Des del Dachstein alt, on viu el voltor) y un canto popular también de la Estiria, traducido igualmente al catalán (I‘ bin a Steirabua und hab‘ a Kernnatur // Estirià jo sóc i tinc de roca el pit).

Estábamos en un campamento de los minyons escoltes en un collado de los Pirineos, todo según los esquemas de Baden Powell: plaza central, mástil con la bandera, tiendas de campaña agrupadas por patrullas, cocina preparada con pedruscos, leña cortada como combustible, una zanja para las letrinas al lado contrario al viento reinante en la zona, el lugar para la hoguera o “foc del campament”. Estábamos entretenidos con canciones y juegos, cuando uno de los nuestros avisó: «Alguien está subiendo por la otra ladera». Poco antes de que llegaran los visitantes, oímos un “clic, clic”, y de repente aparecieron dos guardias civiles con tricornio, y armados con subfusiles.

Uno de ellos, con el arma en ristre, se detuvo a diez pasos cubriendo a su compañero, que se acercó a nosotros para saber qué hacíamos allí. Aquello no les cuadraba, empezando por los uniformes que llevábamos y terminando con el mástil en el que ondeaba una bandera que no era la que solía estar en los campamentos de la Falange o en los edificios oficiales, y que ellos no identificaban. Era la bandera de Sant Jordi, patrón de los boy scouts… y de Catalunya. El doctor Puigbert, que era efectivamente doctor en Teología, pero al que solo llamábamos doctor en presencia de extraños (para nosotros era el mossèn), se acercó a los guardias civiles y les mostró su documentación y una especie de salvoconducto que le había dado el obispo. El papel confirmaba que aquel grupo formaba parte de la Acción Católica juvenil y que sus actividades eran conocidas por las autoridades civiles y eclesiásticas. En aquella época la firma y el sello de un obispo tenían mucho valor, de manera que los visitantes pudieron poner de nuevo el seguro en sus armas y continuar su camino por la cresta del monte.

Nuestra pandilla de minyons escoltes fue el mundo de mi adolescencia. Fui descubriendo el olor de la tierra, las sardanas, los edificios griegos de Empúries, el trasfondo de tradiciones e instituciones de derecho (como el hereu y la pubilla), la escasa literatura catalana que estaba a nuestra disposición y —¿por qué no decirlo?— el valor de determinados comportamientos, por ejemplo, la amistad, entendida como la búsqueda del bienestar ajeno, o el sentido de responsabilidad por nuestros actos, la relación entre la verdad y la libertad, etc.

Uno de los primeros libros en catalán que encontré en la librería de mi padre era L‘art de ben menjar, un clásico de la cocina catalana editado en la época de la Renaixença (movimiento cultural y literario catalán del siglo xix). Casi todos los libros de la biblioteca de mis padres estaban en castellano. Allí encontré una cuidada edición de Cervantes que leía con gusto y otros libros, entre ellos clásicos rusos en castellano (siendo adolescente leí Las tres hermanas de Chejov): nunca supe de dónde procedían. Recuerdo todavía la traducción de un libro de Èmil Zola que dejé de leer porque no entendía nada. El primer libro de Josep Pla que leí era una traducción al castellano de Ciudades del mar. Me lo regaló mi padre un día de Navidad (editorial Argos, Barcelona 1942). Me hizo entender mejor el mar que ya conocía, que la Costa Brava era más que una costa, y que el Mediterráneo era “nuestro mar”, aquel que decenios más tarde yo reconocería en Dubrovnik (Croacia) o en Tesalónica (Grecia) o en Dürres (Albania) siguiendo la pista de los sefardíes expulsados de España.

ENCUENTRO CON EL OPUS DEI

Un día estaba con algunos minyons dos o tres años menores que yo, trabajando en el arreglo de nuestro cau (compuesto de unas pocas habitaciones donde nos reuníamos). Tendría yo unos 15 años y ellos 11 o 12. Uno de los pequeños me dijo:

—Ricard, el meu germá et vol coneixer (Ricard, mi hermano quiere conocerte). —Molt be —dije—. ¿Quién es tu hermano?

—Pep. Trabaja en la central de telégrafos y me ha dicho que vengas a merendar a casa un día.

Llegué a su casa y allí conocí al resto de la familia: su padre trabajaba en un taller de mecánica y su madre tenía en los sótanos de la casa un taller de plisado con unas máquinas que despedían sin cesar un molesto y siseante vapor. Al principio no acababa de darme cuenta de dónde procedía el interés familiar por conocerme. Más tarde, percibí que los focos de interés eran dos: la madre quería saber quién era aquel jovenzuelo que era cap de patrulla de su hijo menor y Pep quería hablarme de lo que muy poco antes había cambiado toda su vida y que llevaba en su corazón: su conversión personal después de haber conocido el espíritu del Opus Dei. Pep y yo hablamos aquel día de todo: de su moto, de nuestros campamentos, de una organización católica llamada Opus Dei, de cómo funciona una oficina de correos y telégrafos y de dos libritos que llevaba siempre en el bolsillo de su guerrera de cuero.

Merendamos, hablamos, y Pep me dijo que quería presentarme a un estudiante de Barcelona que había venido a hacer las prácticas del servicio militar a Girona. El estudiante me pidió que le ayudara a conocer la ciudad y los alrededores. Se trataba de Pep Arquer, que no era en realidad de Barcelona, sino de Badalona, una persona tan vivaz como de poca estatura que ostentaba el grado de alférez. Recuerdo que con frecuencia tenía que vestir de uniforme. Cuando estaba de servicio de vigilancia, llevaba una pistola y le acompañaban dos guripas, también armados.

Era una persona muy interesante, culta, que me daba una envidia tremenda, porque había aprendido el catalán literario y que, además, escribía poesías. Había terminado la carrera de Arqueología y quería visitar poblados ibéricos en la zona de Girona. Alguna vez le acompañé y yo regresaba a casa con un pedrusco ibérico que terminaba en algún lugar del local de los boy scouts.

Arquer fue más tarde a Roma para estudiar Teología y prepararse para el sacerdocio. Lo perdí de vista durante algunos años. De repente, en 1952 supe que san Josemaría le había pedido —siendo ya sacerdote— que fuera a Alemania para empezar allí el apostolado del Opus Dei. Sé que aprendió rápidamente el alemán. Su talento literario le llevó a convertirse en traductor de los escritos de Escrivá al alemán. Redactaba con un estilo literario igual o superior al de muchos nativos.

Pero esto es otro asunto. Seguramente fue a finales de 1952 o a principios de 1953 cuando el consiliario de la Acción Católica de Girona (el mismo que llevaba consigo el salvoconducto del obispo en el asunto de los Pirineos), nos aconsejó a los minyons escoltes que hiciéramos ejercicios espirituales, y nos dijo: «Pero no os los quiero dar yo, porque ya paso demasiado tiempo con vosotros: el doctor Pèlach ha dicho que está dispuesto a hacerlo».

Mossèn Enric Pèlach tuvo también un papel decisivo en mi biografía. Era profesor del seminario, buen teólogo, y siempre había querido ir a las misiones. Hicimos los ejercicios durante las vacaciones, alojándonos en la enfermería del seminario, ¡que tenía nada menos que una docena de camas!

Durante aquellos pocos días aprendí a rezar mejor, a dialogar con Jesús ante el Sagrario, a intentar a limar asperezas de mi carácter, a pedir perdón y a perdonar, a estimar la presencia de Dios en mi corazón… Hablé largo con él y, después, continué confesándome con él. Pèlach tenía veinte años más que yo. Más tarde supe que había sido uno de los primeros sacerdotes diocesanos en pedir la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, una asociación sacerdotal inseparablemente unida al Opus Dei.

Ha muerto ya, y ha dejado en su diócesis un clero indígena muy apreciado. Cuando yo estudiaba en la universidad de Barcelona, mossèn Pèlach fue a Perú para trabajar como vicario general de una prelatura cuyo territorio estaba en buena parte a 4.000 metros de altura (Yauyos). Pablo VI le nombró en 1968 obispo de una diócesis pobre y difícil (Abancay), en una época muy conflictiva (aquel mismo año una junta militar perpetró un golpe de estado). Se adaptó a las condiciones y a la gente del lugar. Aprendió la lengua de los indios peruanos, el quechua, y tradujo incluso algunas partes de la Biblia a dicha lengua. Realizó una extraordinaria labor de servicio también entre los leprosos y enfermos de la diócesis. Cuando terminó su mandato como obispo de esta diócesis, había ya varias generaciones de nuevos sacerdotes bien formados. Murió con fama de santidad.

Por entonces el Opus Dei solo contaba con 25 años de vida. Un día, visitando los restos del poblado ibérico de La Creueta, Arquer me preguntó si yo estaría dispuesto a ser numerario del Opus Dei. Es decir, una de esas personas que deciden seguir una llamada de Dios para dedicar toda su vida (incluido el celibato) a convertir su trabajo en medio de santificación y de apostolado, sin cambiar de estado y, por lo general, viviendo en centros de lo que hoy es una Prelatura.

En aquel momento no había ningún centro de la Obra en Girona, ni ningún numerario; pero sí existía un pequeño grupo de supernumerarios y supernumerarias (fieles corrientes que se comprometían a seguir la misma vocación que yo sentí, pero con el propósito de formar una familia) y cuatro agregados (laicos del Opus Dei que viven su vocación también en el celibato, sin vivir en centros de la prelatura), que solían reunirse en un pisito de la plaza de la Independencia. La pregunta no me sorprendió, porque la veía venir, y con el empujón de la gracia de Dios no puse ninguna pega. Era el 24 de abril de 1953.

EL TIMÓN EN LAS MANOS DE JESÚS

No me planteé entonces si aquello me iba a costar mucho o poco. Siempre he sido optimista, aunque algunas veces fuera insensato. Quizás una comparación lo explique mejor: decir que sí a una vocación de este tipo significó en mi caso que a partir de aquel momento yo ponía de forma definitiva el timón de mi vida en manos de Jesús, aunque fuera de un modo distinto al de un sacerdote o religioso, pues la vocación al Opus Dei no cambia la situación civil o profesional de nadie: uno sigue siendo el mismo de antes. Además, pensé: «Si lo hacen otros, también lo podré hacer yo». No me intranquilizaba que el Opus Dei fuera algo reciente en la Iglesia; por el contrario, la novedad fue precisamente uno de los factores humanos que me hizo atractiva la Obra. Sabía que la institución estaba reconocida por la Iglesia, y aquello me bastaba.

Dije que sí, que quería. Pero después pregunté: «Y ahora, ¿qué pasa?». Respuesta: «Pues nada, continúa tratando de convertir tu trabajo y estudio en un lugar de encuentro con Dios, pero sabiendo que, si mañana te proponen ir a Japón te lías la manta a la cabeza, te vas a Japón, y no pasa nada». De momento lo que sí me surgió de forma natural fue comunicar a mis amigos de curso la decisión que había tomado, y llevar a muchos de ellos a las clases de formación religiosa que organizábamos en aquel pisito. Mucho éxito no tuve, entre otras cosas porque mi pandilla estaba ya muy bien servida con las actividades formativas y espirituales de los boy scouts. Pero poco a poco se fue consolidando otro grupo de amigos que asistían a uno de esos círculos de formación. Cuando empecé mi vida de universitario en Santiago de Compostela varios de estos amigos de Girona habían pedido la admisión en la Obra: casi todos eran de la competencia, es decir, del instituto público de Girona.

Evidentemente aquello era el resultado de la gracia de Dios y de las oraciones de muchos. En buena parte, de los cuatro agregados de la Obra que habían pedido la admisión unos años antes. Tres de ellos trabajaban como empleados en la central de telégrafos. Con ellos aprendí a hacer oración mental. Íbamos a la Dehesa (un gran parque de plátanos a orillas del río Ter) nos sentábamos en un banco y —después de una oración introductoria— cada uno por su cuenta intentaba convertir las palabras del rezo inicial en un silencioso diálogo personal con Dios. A veces, uno de nosotros leía en voz alta unos puntos de Camino, que Josemaría Escrivá había escrito en los inicios del Opus Dei, para favorecer nuestro diálogo interior con Dios.

Entonces yo no sabía cómo era Escrivá. Sólo sabía que los puntos de este primer libro revelaban que el autor poseía un carácter fuerte y abierto. Pero no tenía ni idea ni siquiera de su fisonomía. Recuerdo que un día le dieron alguna condecoración oficial y salió un suelto sobre el asunto en el diario Los Sitios de Girona o en La Vanguardia: lo recorté y lo puse como marcador en el ejemplar de Camino que yo tenía en mi mesilla de noche. Fue entonces cuando le puse cara.

En Girona existía una iglesia y una residencia de los jesuitas, que luego cerraron. Uno de mis amigos frecuentaba sus actividades. Simplificando, yo tenía la impresión de que los que iban a los jesuitas eran de la alta burguesía, mientras que el resto éramos más bien de la burguesía baja. En ningún momento se me planteó el problema de la ortodoxia del Opus Dei y siempre tuve un gran respeto por los jesuitas.

Una buena dosis de presunción tuvo que haber, además de un acto de fe. Me sentía humanamente capaz: había participado activamente en el nacimiento de los boy scouts, que estaban prohibidos, a veces los Hermanos Maristas me encargaban que diera algún tipo de clases a los más pequeños, y pensaba: «Si he salido adelante hasta ahora, ¿por qué no voy a poder seguir esta vocación?». Tenía un cierto talento para organizar, decidir, convencer, ayudar, buscar, llamar…

Mi presunción no impidió que me diera cuenta de que se trataba de una entrega profunda. Todo esto lo sabía: que los numerarios disponíamos de nuestro sueldo como un padre de familia lo hace con los suyos, que debía vivir el desprendimiento de los medios materiales y tomarme en serio los consejos de la dirección espiritual.

Muchos me han preguntado si no me dio miedo el celibato. Les respondía que sí, pero que al mismo tiempo tenía conciencia de que la castidad era una virtud cristiana para célibes y casados. Quizás el asunto no me preocupó tanto, porque por entonces no tenía amistad muy especial con ninguna chica, a pesar de que conocía a dos o tres con las que me sentía bien, especialmente con una: paseando o tomando una horchata en la Dehesa o durante el corso por la Rambla después de las clases, o cuando ellas venían de espectadoras a las competiciones escolares de fútbol o atletismo en las que yo participaba.

Mi vocación al Opus Dei corrió paralela a mi primer trabajo periodístico.

Los de la Obra que me acompañaban espiritualmente me aconsejaron que acudiera en verano a uno de los cursos de formación “para los nuevos”, que iban a tener lugar en Granada o en Valencia. Después de Arquer fueron otros los que venían a atendernos desde Barcelona: uno de ellos fue Florencio Sánchez Bella, que luego sería la cabeza del Opus Dei en España durante casi 25 años.

Lo del curso en Valencia no iba a ser fácil. Mi padre no tenía dinero, y yo, menos. Entonces dije en casa que me gustaría poder ganar algo ese verano. «¿Y qué te gustaría?», me preguntó mi padre. Sin grandes esperanzas comenté: «Me gustaría hacer algo que me sirviera para ser periodista…». Mi padre, que también se llamaba Ricard, sabía que a su segundo hijo le gustaba hacer diarios en el colegio o en los minyons escoltes.

Ricard Estarriol senior solía asistir a una tertulia de café, de la que formaban parte algunos amigos y conocidos, entre ellos el director de Los Sitios de Gerona, que era el único diario de la ciudad. La Falange lo había incautado después de la guerra, había cambiado el nombre, y lo había incluido en un holding de la prensa falangista de alcance nacional. El contertulio de mi padre se llamaba Fulgencio Miñano, y era un simpático falangista murciano. Mi padre le preguntó a Miñano si yo podría hacer prácticas en la redacción y un día, al regresar mi padre del trabajo, me dijo: «El señor Miñano dice que vayas a verle».

Y Estarriol junior no se podía creer la suerte que había tenido.

En Los Sitios de Gerona realicé mis primeros trabajos periodísticos. El factor juventud me facilitó el aprecio del ya mencionado director Miñano, periodista procedente de Molina del Segura (Murcia). Yo no sabía entonces que el periódico había sido incautado por el régimen de Franco después de la guerra y por lo tanto no se me ocurrió pensar que mi primer director había sido nombrado por los que habían secuestrado el anterior periódico, que se llamaba El Pirineo. Me entendí muy bien con él y con todos. Miñano debió de ser muy apreciado porqué después de su muerte en Girona (1968), se le dedicó una calle en su ciudad natal.

Uno de los primeros encargos que me dieron en aquella redacción, en la que solo una de las personas no fumaba, fue acompañar en coche al presidente de la Diputación de Girona a Ripoll para inaugurar no sé qué institución; escribí una reseña sobre aquello. Otro fue la crónica sobre una corrida de toros. Fue horrible, porque casi nunca había asistido a tal espectáculo. No sé cómo, pero entre los tendidos encontré a un entendido taurino al que debí darle pena, porque con mucha paciencia iba soplándome lo que pasaba en la arena: chicuelinas, quites de muleta, verónicas, manoletinas, volapiés, revoleras, etc. También recuerdo que tuve que ir una vez a la comisaría para saber qué había pasado con la detención de un homosexual inglés al que la guardia civil había detenido en la Costa Brava.

De ese verano como becario recuerdo el olor de la tinta de las galeradas, el sonido del aparato Hell, que emitía una cinta con noticias de las agencias Cifra (nacional) y Efe (extranjero), como en una oficina de telégrafos. Todo me resultaba fascinante. Y luego, estar en una redacción con señores bien asentados en la sociedad, que me trataban con el afecto con que se trata a un imberbe colega. Me sentía realizado. Llegaba a las 12 de la noche a casa, alguna vez después de haber tomado un coñac con el director, cansado y feliz; a veces, menos feliz, por ejemplo, cuando al hacer mi examen de conciencia antes de acostarme me daba cuenta de que aquel día había sido poco consciente de la presencia de Dios en mi vida.

En la enseñanza secundaria fui conejillo de indias de la primera reforma escolar de la posguerra civil. En diciembre de 1953 tuve que terminar, después de tres meses, el último curso de un bachillerato de siete años, para dar paso a seis meses de un curso de selección preuniversitaria (el Preu) que nadie sabía muy bien qué era. Uno de los objetivos de la reforma educativa consistía en crear dos tipos de enseñanza secundaria: ciencias y letras. Yo quería estudiar Derecho y ser periodista. Pero, puesto que el colegio de los Maristas no estuvo en condiciones de duplicar las ramas del Preu, tuve que trasladarme a un instituto público para cursar letras. Lo más asombroso es que, de una clase de unas dos docenas de alumnos, todos escogieron “ciencias” y continuaron en los Maristas: fui el único “disidente”. Aquello me vino bien, porque las clases de literatura y de historia del instituto eran excelentes.

El desarrollo del apostolado del Opus Dei era dinámico. En aquella época hubo numerosas vocaciones de todo tipo, también en Cataluña, incluso quizás más que en otras partes. Pienso que el caso de Girona era paradigmático.

Me vienen tres ejemplos a la cabeza. El primero es Pep Serra (agregado de la Obra, hermano del mencionado minyó escolta), que dejó la oficina de telégrafos y se marchó a Venezuela, donde el Opus Dei había empezado su labor en 1951. Estudió una carrera universitaria y creó una empresa de textiles en Caracas.

El segundo era Carlos Cardona, otro agregado de Girona, procedente de Jaén, que “emigró” en 1954 a Roma para estudiar Filosofía y Teología y ordenarse sacerdote. Era, además, un poeta, pero dejó sobre todo huella con importantes obras de metafísica. Durante 16 años (desde 1961 hasta 1977) fue, como director espiritual del Opus Dei, un estrecho colaborador de san Josemaría Escrivá.

El tercer ejemplo es Mossèn Enric Pèlach, ya mencionado antes.

UNIVERSIDAD

En vista de lo poco que había visto y vivido, me extrañó que los directores de la Obra me preguntaran si quería ir a Santiago de Compostela para comenzar en 1954 los estudios de Derecho. Allí había un nuevo colegio mayor y me imaginé que necesitaban “refuerzos”. Pero los que no contaban con ello eran mis padres.

Ellos sabían que yo era de la Obra, pero no se imaginaban que mi vocación pudiera tener semejante proyección en mi vida personal y familiar. Mi hermano, que no era de la Obra, estaba estudiando Química en Barcelona, donde vivía en el piso de un tío nuestro; yo tenía muy claro que la familia no podría financiar mis estudios fuera de Barcelona.

Fue entonces (era el verano de 1954) cuando descubrí de un modo nuevo la compañía del ángel de la guarda. Era un aspecto que el fundador del Opus Dei aconsejaba a las personas de la Obra, y más o menos yo hacía el propósito de invocar de vez en cuando a los ángeles custodios. En aquella ocasión lo hice de modo especial porque veía el asunto muy negro. No quería disgustar a mis padres, y se me hacía difícil encontrar el modo de explicarles que deseaba irme a Santiago. Finalmente, un día, en un momento de la cena, se me ocurrió decir, como quien no quiere la cosa: «Bueno, tendríamos que empezar a pensar dónde me convendría empezar la carrera». No pude continuar: mi madre levantó los ojos del plato y miró a mi padre —que no acababa de entender en qué lío pretendía yo involucrarles— diciendo: «Tu hijo es capaz de querer estudiar en Santiago…».

Vi el cielo abierto, “confesé” mi deseo y finalmente conseguimos una solución aceptable. Pienso que pronto entendí de dónde procedía la inspiración de mi madre: además del ángel custodio, teníamos en casa una muy conocida novela romántica de principios siglo xx llamada La Casa de la Troya que describía con gran viveza el día a día de los estudiantes de Santiago de Compostela.

Era la primera vez que salía de Cataluña, pero no me costó nada adaptarme al entorno. Llegue a Santiago de Compostela en octubre de 1954. Fui capaz de entender la lengua gallega antes y mejor que otros estudiantes castellanos o andaluces. Tampoco me costó acostumbrarme al vino de Ribeiro, y disfrutaba con el pescado. Tuve la fortuna de tener a Álvaro d’Ors, un prestigioso romanista, como profesor de Derecho Romano. Aquello me ayudó a entrar en el mundo de la justicia.

La pesadilla de entonces fue una extraña asignatura llamada Derecho Político, para la que disponíamos de un mazacote escrito por un jesuita erudito, dedicado a demostrar que el régimen político español de entonces era el de un estado de derecho. Estando ya en Santiago recibí en marzo de 1955 una carta de mi hermano Norbert en la que me decía que acababa de pedir la admisión en el Opus Dei, también como numerario.

Pasé dos veranos en el Colegio Mayor de La Estila, de Santiago de Compostela, en un periodo de especial formación espiritual y académica (Filosofía y Teología) que realizan todos los numerarios en la primera años de formación.

Aquellos veranos fueron inolvidables. La casa estaba llena de jóvenes universitarios, y disponíamos de muy buenos profesores. Allí conocí a varios de los primeros numerarios de otros países, como Alemania y Suiza. Entre otros, estaba Pedro Rodríguez, que luego ha sido un famoso teólogo y profesor. También vivía con nosotros el más tarde célebre filósofo Leonardo Polo, que nos enseñaba metafísica. Recuerdo cómo Polo dibujaba una mesa en la pizarra, preguntaba, y él mismo se contestaba: «¿Dónde está esta mesa? … No está en ningún sitio, eso es sólo el concepto de mesa». Estaba también, entre otros, Ángel López Amo, quien más adelante tendría la amabilidad y paciencia de leer mi trabajo de graduación en la Escuela de Periodismo; Julián Urbistondo, que enseñaba Liturgia; Laureano López Rodó, entonces profesor de Derecho en Santiago. Tuvimos clases de redacción y estilo, que para mí fueron muy útiles. Y también tuve que redactar por vez primera en mi vida una narración en latín. Fue una época gloriosa, alegre, llena de ilusiones y proyectos.

Lo que no me gustó tanto fue la poca afición de la gente de mi entorno por el monte. Mis jóvenes compañeros preferían los barcos de Marín y las playas del Atlántico a las montañas de Lugo. Mis intentos por organizar excursiones al macizo galaico-leonés, con cimas de más de 2200 metros, rebotaban como la pelota en un frontón vasco. Debo reconocer que los 250 kilómetros que hubiera sido preciso recorrer para llegar a los picos eran, en las condiciones viarias de aquellos años, un argumento importante. Algunos de ellos habían vivido como yo la experiencia de los viajes en tren de ida y de vuelta a Galicia. Existía un expreso que tardaba 36 horas en cubrir la distancia de Barcelona a Santiago de Compostela (1100 kilómetros). Era conocido como el Shanghái-Express.

Durante mi estancia en Santiago, el consiliario de la Obra en España había recibido una carta de san Josemaría en la que le decía:

Me siento muy seguro al afirmar que Dios Nuestro Señor nos va a dar medios abundantes —facilidades, personal— para que trabajemos por Él cada día mejor en la parte oriental de Europa, hasta que se nos abran —que se abrirán— las puertas de Rusia.

Y más adelante:

Haz que digan muchas veces la jaculatoria: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! (¡Santa María, Estrella de Oriente, ayuda a tus hijos!); hijos míos, hacéis falta por el mundo.

Recuerdo que el mensaje me llegó entonces y me impresionó. Pero nada más. Solo años más tarde empezaría a comparar fechas: el 7 de mayo de 1955 Escrivá había cruzado la línea de demarcación por delante de un soldado soviético que montaba guardia en el puente sobre el río Enns (era la segunda vez que viajaba a Austria). El 15 de mayo los aliados firmaron el Tratado de Estado que restauraba la soberanía de Austria. Meses después, el 3 de diciembre, san Josemaría cruzaba de nuevo el río Enns (ya sin soldados), y al día siguiente, 4 de diciembre, en la Catedral de San Esteban de Viena tuvo la inspiración de encomendar el futuro apostolado del Opus Dei a la Virgen representada en el icono de Maria Pócs. El lunes 9 de diciembre, ya en el camino de regreso a Roma, escribiría a Madrid la carta mencionada.

Mi curriculum de estudiante fue bastante agitado, debido a mi interés por conseguir el título de graduado en Periodismo y de hacer prácticas sin dejar de estudiar Derecho. En aquella época sólo existía en España una Escuela de Periodismo, que había sido creada por el gobierno con el fin de formar periodistas “dóciles” a la doctrina del partido de la Falange. La Escuela tenía una “filial” en Barcelona. Yo no tenía ninguna intención de ser dócil, pero quería ser periodista. Sólo los egresados de aquella Escuela podían ejercer legalmente la profesión de periodista. Total, que de Santiago regresé a Barcelona, para continuar Derecho y comenzar Periodismo. Primero residí en el Colegio Mayor Monterols, y de ahí pasé a un nuevo centro del Opus Dei, recién inaugurado, junto a la Universidad, donde conocí a alguien que resultó de una importancia fundamental en mi vida: Javier Sellés, por entonces un joven sonriente, de buen humor, que tocaba el acordeón.

REBELDE COMO SIEMPRE

Barcelona era una ciudad cosmopolita, muy diferente del núcleo catalán de mi primera adolescencia en Girona, y tenía además una Universidad en rebelión. El curso 1956-57 fue una época de huelgas en Barcelona y de demostraciones de solidaridad de los estudiantes. Yo me impliqué en la rebelión estudiantil y llegué incluso a pedir una cita con el rector para explicarle por qué protestábamos. Dos días después me llamaron de la Universidad diciendo: «¿Usted ha pedido una cita? Pues venga mañana a las 12:00 al Rectorado». Allí nos recibió el célebre Torcuato Fernández-Miranda (enero de 1957) entonces director general de universidades: lo único que recuerdo es que nos echó una descomunal bronca.

En la Escuela de Periodismo, en la Rambla de Santa Mónica, también secundé la protesta. Fue entonces cuando me di cuenta de que ese tipo de escuelas son precisamente los nidos de la disidencia en los regímenes dictatoriales. Es decir, un régimen que pretende formar a una élite para la propaganda tiene que facilitar a esta élite una formación e información, que tarde o temprano la convierte en oposición. Recuerdo un viaje a Cataluña del ministro de Propaganda de Franco, Arias Salgado: visitó la escuela y almorzó con los alumnos en un buen restaurante de la Costa Brava: entonces tuve conciencia de lo que implicaba aquel codearse de los periodistas con los círculos del poder. De todas formas, de casi todos mis compañeros, ninguno o casi ninguno salió falangista. El resultado fue el opuesto.

Uno de los profesores, Horacio Sáez Guerrero, sería años más tarde director de La Vanguardia. La enseñanza periodística era práctica: nos contaban cómo funcionaba la prensa americana y el trasfondo de las agencias internacionales de noticias. Había campeonatos de redacción. Es decir, nos contaban una historia, había que redactarla y ganaba el que menos palabras utilizaba. «28», «¿Tú, cuántas?», «¡24!», «¡25!», «A ver, léelo. No vale, te falta esto». Eran parte de los diálogos que se producían. Esos campeonatos los promovía el profesor Colomé Marqués.

Yo quería ser periodista, y el estudio de la carrera de Derecho era algo que me ayudaba a entender el mundo. Un profesor de Civil de Barcelona nos explicó todo el derecho de obligaciones partiendo de un solo contrato: la compraventa. Era Francisco Fernández de Villavicencio. En el curso de mi trabajo como periodista político la mentalidad jurídica ha sido siempre una ayuda importantísima: me permitía separar la paja del grano, por decirlo de forma sencilla. Eso me facilitaría, años más tarde, entender racionalmente el complicado mecanismo de la Unión Europea y distinguir entre el auténtico poder legislativo (el Consejo de Europa) del Parlamento Europeo (con un papel más semejante al de un senado que al de una cámara legislativa).

Los tres cursos de que constaba la carrera de Periodismo tenían que cursarse en Madrid o (los dos primeros) en Barcelona. Para complicar las cosas, hice dos años de prácticas en un pequeño diario de Valladolid (Diario Regional).

Aquella época me resultó muy instructiva. En España continuaba existiendo la censura de prensa, pero los instrumentos de censura iban perdiendo rigor. Concretamente, se había suprimido la censura previa para la prensa escrita pero continuaba el “régimen de consignas”. Por algún motivo relacionado con alguna indisciplina anterior a mi llegada, el Diario Regional continuaba sometido aún a la censura previa: un botones del periódico tenía que llevar todos los días las galeradas al delegado provincial del Ministerio para que diera el visto bueno: algunas veces él no estaba en su despacho y había que llevárselas a la tasca donde tomaba su cuba libre. Además, solían llegar de Madrid las llamadas “consignas telegráficas” con órdenes imperativas sobre temas políticos. Recuerdo una en la que se ordenaba que no se publicara ninguna foto del príncipe Juan Carlos que tuviera un tamaño mayor al de una tarjeta postal…

En aquella fase redacté mi trabajo de grado, titulado “Las noticias del extranjero en un periódico tabloide para una ciudad de más de 500.000 habitantes”.

En verano de 1958, tras cursar cuarto de Derecho en Valladolid y tercero de Periodismo en Madrid, tuve que iniciar el servicio militar en una unidad especial para la formación de oficiales de reserva. Pasé tres meses en un campamento militar en la seca meseta castellana, en Monte la Reina. Mi tendencia a complicar las cosas me llevó a pedir permiso al coronel jefe del campamento para escribir un reportaje sobre las primeras maniobras que iban a tener lugar en la zona. Le pedí además permiso para disponer de un caballo para moverme más fácilmente (la zona de maniobras era bastante extensa). Respuesta: reportaje, afirmativo (con censura militar, se entiende), y el caballo, negativo (no hace falta).

UNA LLAMADA DE SAN JOSEMARÍA

En uno de los primeros fines de semana libres fuera del campamento, al regresar al centro de la Obra donde vivía en Valladolid, uno de los residentes me recibió con cierta agitación mostrándome un papelito y diciéndome: «¡Ricardo!, ¡Ricardo!, mira: el Padre pregunta si quieres irte a Austria».

El “padre” era Josemaría Escrivá de Balaguer, hoy san Josemaría, fundador del Opus Dei. Yo tenía entonces 21 años, y nunca me lo había encontrado personalmente.

Tengo que retroceder en mi narración para que pueda comprenderse el efecto que mi vocación y la de mi hermano tuvieron en mi familia.

He mencionado ya que, cuando yo estaba comenzando la carrera en Santiago de Compostela, mi hermano Norbert pidió también la admisión como numerario del Opus Dei en Barcelona. Terminó pronto la difícil carrera de química, hizo el servicio militar en Zaragoza y empezó a trabajar como profesor en el Colegio Gaztelueta de Bilbao… hasta que san Josemaría le preguntó si quería estudiar teología en el Colegio Romano de la Santa Cruz, en Roma.

La partida de Norbert a Roma en 1957 fue un momento duro para el matrimonio Estarriol Seseras. Mi padre tenía entonces 54 años y mamá había cumplido los 52. En la primera ocasión que pude hablar con ellos en Girona me di cuenta de lo que les costaba aceptar la ausencia de ambos hijos. A mamá, que disfrutaba enormemente cuando aparecían en casa los sobrinos y sobrinas de Figueres y de Barcelona con sus hijos, le era difícil aceptar que no iba a tener nietos.

En todo caso mis padres esperaban que los estudios de teología de Norbert en Roma terminarían después de unos años y tenían bastante claro que aquello podía desembocar en su ordenación sacerdotal. En todo caso consideraban la perspectiva de tener un hijo sacerdote como un privilegio.

Terminado el campamento militar tuve que ir a Madrid para el examen de reválida de la Escuela de Periodismo. Allí hablé del asunto con uno de los directores de la Obra en España. Me dijo que tenía completa libertad para responder afirmativa o negativamente, y que además disponía de tiempo para pensarlo. Me sugirió que reflexionara por lo menos durante dos semanas y que después yo mismo escribiera al Padre para darle mi respuesta. No esperé ese plazo, y escribí respondiendo que sí, sabiendo que todavía me quedaba algún examen del último curso de Derecho y que no había terminado el servicio militar.

Entonces me di cuenta de que tenía que acudir de nuevo a la ayuda de los ángeles custodios: del mío, pero sobre todo de los de mis padres, que estaban haciendo grandes esfuerzos para sacarnos adelante, pero que nunca habían contado con la posibilidad de que uno de nosotros marchara al extranjero al finalizar sus estudios.

Mi hermano estaba en Roma y la noticia que les di en verano de 1958 sobre mi intención de establecerme en Austria no fue inicialmente considerada como un privilegio.

Para mí aquello fue una lección: no entendían por qué precisamente su hijo menor (el revoltoso) había sido escogido para participar en el comienzo del apostolado de la Obra en Austria. No me lo dijeron así: pero pienso que al mismo tiempo daban gracias a Dios porque comprendían que aquello no era un capricho de nadie, sino una llamada de Dios, aunque les costase aceptarlo. Entendían además mi disposición personal y mi entusiasmo por responder a la invitación de san Josemaría.

Yo hice lo que pude: les escribía con mucha frecuencia desde Austria, les contaba cosas de mi nuevo país, les enviaba recortes de mis artículos y sobre todo pedía al Señor y a la Virgen que les premiara su sacrificio. Cuando fue posible, les visité en Girona.

Finalmente llegó la noticia que esperaban: mi hermano Norbert iba a ser ordenado sacerdote en agosto de 1962 y celebraría su primera solemne en Girona. Yo no estuve presente, pero sé que fue un enorme alivio y alegría para mis padres. Más tarde supe que mi padre había empezado a asistir a los retiros espirituales que se celebraban entonces en Girona.

Pero un año más tarde otra noticia estuvo a punto de turbar aquella nueva situación. Mi hermano, que llevaba ya más de un año ejerciendo su ministerio en España, comunicó a mis padres que el Padre (san Josemaría) le había preguntado si estaría dispuesto a ir a Sydney, donde el Opus Dei estaba empezando su labor apostólica. Me parece que fue entonces cuando mamá hizo un irónico comentario que pienso reflejaba un poco el seco temperamento de los ampurdaneses: fill meu: sembla que al Opus Dei tot es fa amb molt d’ordre, com si seguissin les lletres del alfabet: a un Estarriol l’envien a Àustria i al altre a Austràlia… («hijo mío, me parece que en el Opus Dei todo se hace con mucho orden, como siguiendo las letras del alfabeto: a un Estarriol lo mandan a Austria y al otro, a Australia…»). Mi padre, que llevaba tiempo siendo cooperador de la Obra, había pedido ya la admisión como supernumerario del Opus Dei. Cada vez ambos eran más felices.

Cuando Norbert se había adaptado ya a la lengua y al entorno del sexto país en tamaño del mundo y cuando yo acababa de ser contratado por La Vanguardia como corresponsal en Viena, la salud de mi padre empeoró. Los médicos le diagnosticaron un cáncer del que no se recuperó. Pude estar con él las últimas dos semanas. Estaba tranquilo como siempre y me dijo que deseaba incorporarse definitivamente a la Obra, y así fue. El sacerdote que le atendía era mossèn Bachs (el mismo que en los años 50 nos explicaba “voluntario indirecto” en las clases de religión). Murió santamente el 7 de mayo de 1964.

Cuatro años más tarde y con el fin de que pudiera estar cerca de mi madre, el fundador propuso a Norbert que regresara de Sídney a Girona, cosa que hizo en 1967. Ella no tardó en ser admitida como supernumeraria. Aquello la rejuveneció y la impulsó a reunir a sus amigas en su piso para tener algún círculo o escuchar una meditación. El Señor le concedió la gracia de vivir hasta 1992.

Pero regresemos al año 1958, tras ser invitado a ir a Austria. Yo no tenía especial conocimiento del país. Acudí a la enciclopedia Espasa y al archivo del diario y leí todo lo que encontré sobre la tierra que pronto se convertiría en mi nueva residencia: era un país interesante, que tres años antes se había librado de la ocupación aliada, con unos Alpes semejantes a los Pirineos, pero más verdes, de lengua alemana, con una historia vinculada a la de España… El nombre de algunos políticos que encontré era algo difícil de pronunciar, con varias consonantes seguidas (como Figl, Schuschnigg, Gschnitzer…). En Girona, siendo escolar, había intentado por mi cuenta aprender alemán en la biblioteca de la Caja de Ahorros, donde iba a leer novelas. Encontré una gramática alemana, memoricé cuatro palabras y no seguí.

DISOLVERSE COMO LA SAL, SIN QUE SE NOTE

Lo que yo había experimentado sobre el periodismo político en España no era muy atrayente y, por lo tanto, la posibilidad de ejercer mi profesión en otros ambientes con más libertad de prensa se convirtió en un elemento adicional y favorable a la invitación de san Josemaría. Mi entusiasmo no me impedía darme cuenta de que las cosas no iban a ser fáciles: no conocía la lengua, no había terminado del todo los estudios, no tenía empleo y solo mi trabajo me iba a financiar la estancia. Mis intentos de conseguir una beca fracasaron. Un representante de la agencia Europa Press, de la que el Diario Regional era cliente, me dijo en una de sus visitas que ellos estarían dispuestos a tener un corresponsal en Viena con un sueldo a tiempo parcial. Lo acepté, a pesar de que se trataba de un sueldo miserable.

Con cierto nerviosismo presenté los “certificados de buena conducta” habituales en aquella época, pedí un pasaporte provisto de un “visado de salida” (necesario entonces para los ciudadanos españoles), un permiso de estudios por un año en el extranjero, y permiso militar. Más tarde supe que el Padre nos había invitado a Roma a unos quince o veinte numerarios que estaban dispuestos a marchar a otros países. Uno de ellos era precisamente Xavier Sellés, jurista al que yo había conocido en Barcelona uno o dos años antes. Su ventaja residía en que él había cursado la escuela primaria en el colegio alemán de Barcelona. En octubre, antes de salir para Roma, me matriculé en Valladolid de todas las asignaturas de quinto de Derecho con el propósito de regresar en junio a España para presentarme a los exámenes y terminar así la carrera.

Unos quince o veinte jóvenes profesionales asistimos a aquella especial “reunión de familia” en Roma. Íbamos a reforzar la presencia de la Obra en diez países diferentes: Gran Bretaña, Francia, Chile, Venezuela, Guatemala, Perú, Ecuador, Uruguay, Canadá y Austria. El Opus Dei, que estaba trabajando ya en 24 países, había empezado en Londres doce años antes, y en Canadá y Austria sólo un año antes. Durante aquellos días en la casa central de la Obra tuvimos un programa relajado: a través de reflexiones, conferencias o encuentros familiares informales, estudiamos aspectos importantes del espíritu y de la historia de la Obra, con el fundador, o con otras personas que residían con él. Esencialmente, se trataba de fortalecer nuestro amor por Dios, nuestra vida de oración y nuestro espíritu laical. Todo esto iba a ser para mí una gran ayuda en los años venideros.

Mi primer encuentro con Escrivá fue genial: a punto estuve de chocar con él y derribarle. Fue así: en un momento determinado me dijeron que quería vernos en un soggiorno (sala de estar) de Villa Tevere, sede central del Opus Dei en Roma. La casa era grande y bastante complicada para un recién llegado. Para no llegar tarde, fui corriendo por un pasillo que conducía a un cavalcavia, en el que de repente apareció el Padre acompañado de Álvaro del Portillo y Javier Echevarría. Evidentemente se dirigían al mismo soggiorno que yo estaba buscando. «¿Adónde vas corriendo tanto…?», me dijo el Padre sonriendo. No se me ocurrió nada más que decirle algo así como: «Bueno, ahora ya no corro más, porque ya estoy».

Cuando en 2007 presenté en la Peterskirche de Viena una documentada exposición titulada “50 años del Opus Dei en Austria” a personas procedentes de Croacia, Hungría, Polonia, República Checa y otros países, recordé cómo el fundador nos había mostrado a nosotros en 1958 varias capillas y salas de Villa Tevere en una memorable visita guiada. En un oratorio llamado de “Pentecostés”, nos enseñó una inscripción grabada en el estrecho friso de un hermoso tabernáculo: Consummati in unum (que seamos completamente uno). Esta expresión, extraída del Evangelio de San Juan, era y es una invitación a conservar la unidad y a seguir latiendo con un solo corazón. Como alguna vez dijo, era lo mejor que podía dar a aquellos hijos suyos que marchaban a otros países y que tal vez no volverían a verle en la tierra.

No tomé notas de lo que oí entonces, pero muy profundo es el recuerdo que tengo de lo que nos dijo respecto a lo que había calificado de trasplante: el secreto de su eficacia residiría en no enquistarse en la nación distinta de la de origen. Uno de los presentes le preguntó cómo era eso posible, y él nos habló de amar el país al que íbamos, de fundirnos con esa nueva tierra, sin mirar sus defectos y pasando inadvertidos, «siendo apóstoles desconocidos que llevan el buen olor de Cristo a todos los ambientes». Lo que más grabado me quedó fue que yo no tenía que ser un cuerpo extraño, que tenía que disolverme como la sal que condimenta un alimento, sin alardes. Que no hiciera comparaciones, y que pasara por alto las críticas que se hicieran a mi país. Que aprendiera a tener comprensión con los demás. En una ocasión me mostró sucesivamente el dorso y la palma de su mano media cerrada. «¿Es cóncava o convexa?». Y, antes de que yo pudiera abrir la boca, me dijo: «Depende del punto de vista desde donde miras».

A algunos de nosotros se dirigió en particular hablándonos del apostolado de la opinión pública que tendríamos que desarrollar e impulsar en los distintos lugares. Constituíamos un grupo no muy homogéneo con destinos bastante distintos, a algunos países de Europa y a siete países de América.

Antes de despedirnos, san Josemaría nos regaló a cada uno un pequeño burrito de loza. Era el símbolo de toda una serie de virtudes que él veía representadas en este animal tan bíblico, para que nos acordáramos de lo importante que era ser humildes, austeros, trabajadores, alegres, “como un jumento delante de Dios” (Salmo 73, 22).

2.

HUELLAS DE ESCRIVÁ EN VIENA

DESCRIBIR EL TRAYECTO DE MI VIDA en Viena y desde Viena, solo puedo hacerlo con algo que se parece a una dramaturgia de peripecia triple.

Por una parte, ese trayecto ha sido el marco de mi maduración humana y profesional en condiciones verdaderamente excepcionales: siendo todavía un chaval aprendí a ser corresponsal del periódico que durante decenios había tenido la mejor sección internacional de España, aprendí a insertarme en una cultura muy distinta de la de mi origen, y experimenté la metamorfosis de la comunicación escrita a nivel mundial.

La segunda peripecia fue haber sido testigo de excepción de una transformación social y política europea que empezó con la guerra fría y terminó con la caída del telón de acero y de los regímenes comunistas en Europa.

La tercera parte de la dramaturgia ha sido la más hermosa y quizás la menos ruidosa de mi vida: haber podido contribuir a extender el mensaje de Cristo, a través de participar de alguna forma en el desarrollo de la labor apostólica del Opus Dei en la Europa Central y del Este.

Tengo plena conciencia de que mis recuerdos personales podrán parecer en algunos momentos un entresijo en el que se mezclan relatos sobre el ejercicio de una profesión absorbente, narraciones sobre el lento desmoronamiento del comunismo y alusiones a mi familia espiritual: el Opus Dei, que ha sido el trasfondo espiritual de toda mi vida. Para los que me han conocido personalmente es evidente que no se trataba de “materias mixtas”, sino de diversos niveles de una misma realidad que de alguna forma eran siempre un desafío para mi vida de cristiano, un reto al que hay que sumar mis naturales debilidades personales.

Yo no hubiera venido a Viena, si san Josemaría no me lo hubiera propuesto. Aquí continué mi vida profesional.

LA PREHISTORIA DE UNA AVENTURA

Viena había sido hasta 1918 la capital de Austria-Hungría y centro político y cultural de un gran imperio multinacional y multiétnico. Viena atrajo siempre a Escrivá. Yo me atrevo a decir que esta metrópoli tenía para él, respecto a la Europa Central y del Este, un significado en cierto modo semejante al que tuvo Londres, para todo el British Empire. El Opus Dei estaba presente en la capital británica ya desde 1946. Una perspectiva semejante debió de ver en 1949 en la antigua capital de imperio de los Habsburgo, que había sido la puerta a Europa central y oriental, a Rusia y a Asia.

Escrivá pisó por ver primera el suelo austríaco en noviembre de 1949. Lo hizo desde Italia, porque ya en 1947 había fijado su residencia en Roma. Entonces el Opus Dei estaba en plena expansión. La Obra se había asentado ya en Gran Bretaña (1946), Francia e Irlanda (1947), México y los Estados Unidos (1949), sin que el fundador hubiera tenido la oportunidad de conocer estos países personalmente. En cambio, Austria fue el tercer país que visitó (después de Portugal e Italia), y Alemania el cuarto, excepto por un desvío forzoso a Andorra y Francia (cuando huyó de la zona republicana en 1937).

El principal motivo que llevó a Escrivá a viajar al norte de Italia, a Austria y a Alemania a finales de 1949 era, lógicamente, su apostólico deseo de difundir el espíritu del Opus Dei en Centroeuropa y Europa del Este. Así lo indican unas líneas que envió desde Milán a los de la Obra que estaban ya en Portugal, fechadas el 25 de noviembre de 1949: «Cuando puse por primera vez el pie en suelo austriaco y alemán, pienso con emoción en mi primer viaje a Portugal. Rezad fervientemente para que Dios no mire nuestros errores sino nuestra fe y que pronto podamos empezar a trabajar en Europa Central».

En aquel viaje le acompañaban Álvaro del Portillo y un joven químico catalán, Ignacio Sallent, que conducía un Lancia-Aprilia negro y desvencijado, que les causó problemas en el camino. Sallent me ayudó a reconstruir algunos detalles de aquel trayecto.

Los viajeros llegaron el jueves por la noche a Bozen/Bolzano. Era el primer contacto de san Josemaría con el mundo germánico. Cuando alguien, en esta ciudad bilingüe, le preguntó si quería un hotel de ambiente alemán o italiano, Escrivá «se decidió por lo primero, como para prepararnos a esa segunda fase del viaje», cuenta Sallent.

Después de recorrer los 130 kilómetros que separan la capital del Sudtirol de Austria, el coche cruzó los Alpes por el puerto del Benner. El trazado de la frontera entre los dos países que divide el Tirol histórico era el mismo que después de la segunda guerra mundial: no se observaban pruebas de irredentismo, pero estaba en el aire que el tema de la provincia de Bolzano (por lo menos por la parte austríaca) no estaba definitivamente resuelto (se resolvió con el segundo estatuto de autonomía de enero de 1972). Habían transcurrido solo cuatro años desde el fin de la guerra y tanto Italia como Austria estaban relanzando sus economías. El tráfico no era muy intenso.

La iglesia local del Tirol estaba intentando restañar las heridas morales de la guerra. En primer lugar, el dolor de los perseguidos durante el régimen nazi: una quinta parte del medio centenar de sacerdotes tiroleses fue detenido por lo menos una vez. Una docena de católicos sufrieron el martirio por su fe (dos de ellos serían más tarde beatificados por Juan Pablo II: Otto Neururer y Jackob Gapp). Pero también había otra cara de la medalla: hubo también defecciones de católicos (unos 10 000) que habían abandonado formalmente la Iglesia. Innsbruck era entonces una administración apostólica, cuyo territorio correspondía desde 1921 a la parte austríaca de la diócesis de Bressanone/Brixen de la monaquía. El prelado de Innsbruck era el popular obispo Paulus Rusch.

Pero también había otros daños: el período 1939-1945 había sido un capítulo sombrío en la historia del Tirol. La guerra había causado 20 000 muertos, miles de soldados eran todavía prisioneros de guerra o figuraban como desaparecidos. La región tenía alrededor de 6000 inválidos por culpa de las contiendas, 2600 viudas de guerra y alrededor de un centenar de huérfanos de padre y madre. A partir de 1943, los bombardeos aliados causaron considerables daños especialmente en Innsbruck y sus alrededores. La capital del Tirol había sido la segunda ciudad austríaca más castigada por las bombas después de Wiener Neustadt. En 1945 vivían en el Tirol del Norte 480 000 personas, de las cuales entre 250 000 y 180 000 eran forasteros, porque después de la guerra el Tirol se había convertido en el refugio de familias sudtirolesas “optantes” (personas que en 1939 habían decidido emigrar al Tirol del Norte), fugitivos y personas desplazadas (austríacos y alemanes), excondenados a trabajos forzados, presos de guerra de los aliados y cerca de 20 000 soldados franceses de las tropas de ocupación. Cuando Escrivá entró en el Tirol, la población se había reducido a 384 000 personas, pero el trauma era visible.

Llegaron a Innsbruck a la hora del almuerzo. Después de haberse asentado en el Hotel Maria Theresia en el centro de la ciudad, Sallent recuerda que ya aquella tarde, en el cercano pueblecito de Igls, Álvaro del Portillo quería visitar a un catedrático de la Universidad de Innsbruck, amigo del profesor José María Albareda. Al día siguiente visitarían además al rector de la Universidad. Para san Josemaría fue una sorpresa encontrase con que aquel año precisamente el rector de la Universidad de Innsbruck era un jesuita llamado Hugo Rahner, hermano mayor de Karl Rahner. En una conversación, el prelado Echevarría me dijo que, cuando los viajeros pidieron la entrevista, lo más probable es que no supieran quién era el rector.

Las visitas hechas por el fundador en el Tirol muestran con claridad que estaba ya preparando de forma muy concreta la expansión de la Obra en Austria. Su biógrafo Vázquez de Prada se refiere expresamente a la situación política de Europa que ha sido descrita más arriba para destacar que «el fundador tomó sobre sí la responsabilidad de preparar los comienzos en Alemania, Austria y Suiza», una tarea previa a lo que Vázquez de Prada llama “trasplante”, es decir a la migración apostólica y profesional que suele acompañar el comienzo de la labor del Opus Dei en un país. Estos preparativos tenían dos vertientes: una menos importante, lo que hoy llamaríamos fact findung misión, y otra fundamental que Del Portillo describiría muy plásticamente dos meses después de la muerte de san Josemaría: «Muchas veces le he oído hablar de la prehistoria de la labor en un determinado país. La prehistoria consistía en que, mucho antes de que se estableciera el primer centro de la Obra en las distintas naciones, nuestro Padre, con muchísima anticipación —yo he sido testigo—, había fertilizado aquel terreno con rezos y mortificaciones; había cruzado ciudades, rogado en iglesias, tratado a la jerarquía, visitado tantos sagrarios y santuarios marianos, para que, al cabo del tiempo, sus hijas e hijos encontraran roturado el terreno en aquel nuevo país. Roturado y sembrado, porque, como solía decir, había lanzado a manos llenas por tantas y tantas carreteras y caminos de esa nación la semilla de sus avemarías, de sus cantos de amor humano que convertía en oración, de sus jaculatorias, de su penitencia alegre y confiada»[1].

El mismo san Josemaría dejó testimonio de su propósito en una carta enviada desde Milán a los de la Obra de México el 25 de noviembre: «Estamos (…) camino de Austria y Alemania, donde vamos a echar una ojeada con vistas a abrir un par de casas también, cuanto antes, con la ayuda de Dios. No dejéis de encomendar las cosas que ahora llevamos entre manos, porque importan mucho para toda la Obra»[2]. El mismo día escribía algo semejante a sus hijos en Portugal: «Rezad para que el Señor no vea nuestras miserias, sino nuestra fe, para que pronto podamos emprender definitivamente el apostolado en el centro de Europa»[3]. La intensidad de su deseo se pone de relieve al descubrir que escribió en los mismos términos a otras regiones. Por ejemplo, al día siguiente se dirigía en los mismos términos a los miembros de la Obra en Irlanda escribiéndoles ya desde Milán: «El lunes próximo vamos a Austria y luego a Alemania: encomendad esta labor que se inicia».

Los documentos de viaje de que disponían les autorizaban teóricamente a viajar por las cinco zonas de ocupación (de las cuatro potencias y la zona cuatripartita del distrito central de Viena) sin necesidad de ningún otro documento especial. Pero, según me dijo Javier Echevarría, Escrivá renuncio aquella vez a viajar a Viena «no por miedo, ni por una advertencia de otras personas, sino por la prudencia sobrenatural y humana con que siempre actuó».

En el acuerdo de control interaliado de junio de 1946 se permitía al Gobierno austríaco hacerse cargo de la administración de las fronteras (control de aduanas y viajeros). Puesto que Austria, a diferencia de Alemania (cuyo gobierno no ejercía el control de sus fronteras) podía ejercer ciertas funciones soberanas (siempre bajo la vigilancia de los aliados), el visado austríaco autorizaba, en principio, a los extranjeros a entrar en el país y acceder a todas las zonas de ocupación. Pero podía suceder que los soldados soviéticos de los puestos de control de la zona de ocupación consideraran insuficiente el visado austríaco y exigieran al viajero un permiso soviético de entrada. Hasta 1955 todos los ministerios austríacos estaban sometidos al control de los correspondientes departamentos del aparato de supervisión aliado (por ejemplo: el Ministerio del Interior estaba controlado por el departamento de Interior de la Comisión Interaliada). Por lo tanto, los soviéticos tenían siempre la posibilidad de saber a tiempo qué visados estaban siendo expedidos. La Cancillería Federal, los ministerios de Asuntos Exteriores y del Interior, así como la policía, estaban, por lo menos en teoría, obligados a hacer llegar estas informaciones a los órganos de control aliados.

Me he detenido aquí con detalle porque la investigación histórica de esta cuestión demuestra, a mi modo de ver, que san Josemaría no basaba la ejecución de las tareas apostólicas que Dios le había encomendado en complicadas estrategias o recursos humanos, sino fundamentalmente en los recursos sobrenaturales (intensificando su oración y ofreciendo sin resistencia y gustosamente su trabajo ordinario como fundador). Quería ir a Viena, pero en algún momento aceptó la situación de hecho y decidió que iría cuando el Señor quisiera[4].

A pesar de que tanto en el recorrido de ida como en el de vuelta, el tiempo era desapacible, la impresión que tuvo del país fue muy positiva. La gran cantidad de cuidados cruceros, capillitas y humilladeros que vio a lo largo del camino dejaron una agradable huella en su memoria. De la Spitalskirche le gustó la limpieza y el orden, a pesar de que eran todavía visibles las huellas de la guerra. También le gustaron las casas tirolesas que había visto en la ciudad y en el camino, bastantes de ellas decoradas con pinturas murales o grafitti de motivos religiosos. Quería visitar también Múnich, capital de Baviera, la región con más católicos de Alemania.

Los periódicos de aquellos días no registran temperaturas extremas. En cambio, sí reflejan un poco la atmósfera que debía reinar entonces, cuatro años después de la guerra. Pueden leerse anuncios para vender casas, con «daños causados por las bombas». En un periódico de Innsbruck se relata la llegada de prisioneros de guerra procedentes de la Unión Soviética.

El camino más corto para llegar a Múnich era una carretera que pasa por Garmisch-Partenkirchen y no es muy largo: 150 kilómetros en total, pero con una subida de 1110 metros. Todo un desafío para un coche italiano sin neumáticos de invierno y sobre una pista medio nevada.

En Reith bei Seefeld vieron, después de un recodo y junto a la carretera, la Rotes Kreuz (cruz roja), un crucero de madera de casi tres metros de altura con un bellísimo crucifijo tallado al estilo de la escultura tradicional del Tirol. La cruz estaba protegida por un techo y paredes laterales formando casi un rombo: una composición muy típica de la región, donde hay unas diez mil cruces que dan testimonio de la religiosidad del país. Las cruces que se encuentren en otras regiones de Austria están menos protegidas.

Como el tiempo no apremiaba, el fundador quiso rezar unos momentos delante del crucificado.

Sallent y don Álvaro sacaron unas cuantas fotos. Se encontraban en Reith, en los aledaños de Seefeld, un centro turístico importante. Reith había sido una de las localidades que más sufrieron durante los bombardeos aliados. Estos querían interrumpir la circulación ferroviaria de la que era una de las pocas vías de comunicación norte-sur todavía intactas. En marzo y abril de 1944, en el espacio de seis días cayeron sobre Reith 300 bombas que destruyeron casi totalmente la aldea, incluida la iglesia.

Muchos me han preguntado por qué el Opus Dei comenzó su apostolado en Austria y no directamente en los países comunistas, donde ser cristiano era bastante difícil. La respuesta a esta pregunta la dio san Josemaría en 1968 al austríaco Werner Litzka: «Iremos cuando haya un mínimo de libertad. Nuestro oficio no es ser mártires, sino confesores: ¿qué hago yo mandando a mis hijos para que les hagan un lavado de cerebro? A mí me han querido matar dos veces los comunistas, y don Álvaro estuvo otras dos veces en prisión; y don José María fue condenado a muerte solo por ser católico»[5].

Él hubiera querido llegar a Viena ya en 1949, pero se abstuvo por razones de prudencia: durante la ocupación aliada de Austria, varios centenares de viajeros que habían intentado cruzar la demarcación entre la zona americana y la rusa en el río Enns terminaron su viaje en Siberia. En aquella ocasión Escrivá estuvo solo en el Tirol.

A Viena vino por vez primera en mayo de 1955, cuando ya se sabía que en Austria se firmaría el Tratado de Estado que pondría fin a la ocupación aliada. En ese viaje recogió las primeras informaciones necesarias para empezar el apostolado del Opus Dei en el país.

FINALMENTE EN VIENA

El mismo año, durante un viaje más largo, vino de nuevo acompañado por Álvaro del Portillo y Javier Echevarría, que serían sus dos primeros sucesores al frente de la Obra.

San Josemaría visitó al arzobispo coadjutor de Viena, Franz Jachym —que administraba la diócesis en ausencia del enfermo cardenal arzobispo Theodor Innitzer— y al nuncio Giovanni Dellepiane. Las conversaciones se centraron en el futuro trabajo del Opus Dei en Austria. En una ocasión, san Josemaría me contó el enfado de Dellepiane contra los rusos, porque habían cerrado una parte de la Theresianumgasse (donde está la sede de la nunciatura), de forma que la sede diplomática de la Santa Sede estaba en un callejón sin salida frente a unos potentes altavoces que emitían constantemente canciones revolucionarias y eslóganes políticos.

El domingo 4 de diciembre de 1955 san Josemaría “descubrió” el icono de Mariapócs bajo un baldaquino de la catedral de San Esteban, donde él acababa de celebrar la misa, y allí compuso una jaculatoria que años más tarde repetiría mucha gente en todo el mundo: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! (Santa María, Estrella de Oriente, ¡ayuda a tus hijos!). En ese periodo yo estaba estudiando Historia de la Filosofía en un curso de estudios en Santiago de Compostela, y me había llegado la noticia de que el fundador nos pedía que todos repitiéramos aquella jaculatoria para rezar «por la labor en Austria y en el Este de Europa». No tenía entonces el menor presentimiento de que aquello pudiera tener algo que ver conmigo.

San Josemaría viajó a muchos países por razones pastorales, pero no hacía propiamente turismo. Solía patear las ciudades que visitaba rezando por la gente y entrando en las principales iglesias y santuarios. Algunos de los monumentos históricos se le quedaron grabados, como la columna/monumento dedicada a la Santísima Trinidad en el Graben de Viena, muy cerca de la catedral. Aquello, que era en realidad un exvoto para agradecer el fin de una epidemia de la peste, le impresionó porque nunca había visto un monumento de semejantes dimensiones dedicado a la Trinidad en medio de la calle. Pero lo que más le admiró no fue tanto la exuberante arquitectura del barroco obelisco de Fischer von Erlach cuanto el programa teológico del monumento, que era una profesión de fe con una dedicatoria que dice: Deo Patri Creatori, Deo Filio Redemptori, Deo Spiritui Sanctificatori, con la que el emperador daba las gracias a Dios trino creador, redentor y santificador. Allí, ante la columna, Escrivá quedó sumido en oración y apuntó en su agenda las palabras de la dedicatoria. Cuando regresó a Roma, encargó que se esculpieran en el retablo destinado al oratorio de la Santísima Trinidad, donde solía celebrar cotidianamente la misa, en la sede central del Opus Dei en Roma.

En algún momento Escrivá pudo comprobar que el trasfondo histórico de lo que estaba viendo no era tan solo un testimonio de fe de un pueblo, sino algo que de alguna forma tenía que ver con sus antecesores en Aragón. El emperador que hizo el monumento era Leopoldo I, el padre del archiduque Carlos que había sido pretendiente a la corona española antes de ser elegido emperador de Alemania, para ser más exacto, emperador del Heiliges Römisches Reich Deutscher Nation (Sacro Imperio Romano Germánico).

Más tarde, al preparar un estudio histórico sobre la “prehistoria” del Opus Dei en Austria me di cuenta de que muchos de los antecesores de la familia Escrivá habían sido “austriacistas”, es decir, eran familias que en la guerra de Sucesión española (1701-1714) habían apoyado al archiduque Carlos de Habsburgo. En el Österreichisches Staatsarchiv encontré más tarde documentos de once apellidos de emigrantes austriacistas españoles de principios del siglo xviii que también aparecen en el árbol genealógico de los antepasados directos de Escrivá. Eran nombres de personas que, por haber sido leales al archiduque Carlos de Austria, tuvieron que exiliarse cuando el ejército de los Borbones ganó la guerra en 1714. Entre estos apellidos encontré Bardaxí, Blanc, Copons, Corzán, De Vega, Escrivá, Minguet, Miró, Moragues, Navarro y Peralta. El propio Escrivá, que casi nunca hablaba de su familia, mencionó en una ocasión ante una persona de Viena que un antepasado suyo había formado parte de la hermandad que había construido la Peterskirche (iglesia de San Pedro). Lo dijo después de que el cardenal König confiara aquella colegiata a los sacerdotes del Opus Dei.

Estoy casi seguro de que Escrivá entonces no sabía que la construcción de la columna de la Santísima Trinidad (1693) había sido ordenada por el mismo emperador que había decidido trasladar a Viena (1697) el milagroso icono de Maria Pócs que acababa de inspirar en 1955 el celo apostólico de san Josemaría.

Escrivá tenía el don de descubrir testimonios de la piedad mariana en todas partes: sus hallazgos eran cruceros, fachadas, fuentes, tejados, ventanas, muebles, libros, celdillas, puentes y muros de las casas, con elementos que alentaban su devoción. La carretera nacional que utilizó en 1949 cuando entró en el Tirol pasa por la ciudad de Matrei, un lugar conocido por las vistosas fachadas de casas con pinturas murales y grafitti, semejantes a los muros de una catedral. Hace muy poco quise saber si aquellas casas habían quedado destruidas después de la guerra, fui a Matrei y me enteré de que, efectivamente, así había sido. Quise asegurarme y pregunté por el propietario de una de las fachadas más vistosas. Allí me confirmaron que aquella casa había sido destruida, pero que había sido reconstruida y restaurada en 1948… un año antes del viaje de Escrivá al Tirol. Esas carreteras y las calles de Viena en especial debieron constituir para él un filón de oraciones, pues el casco antiguo de la capital austríaca está repleto de representaciones de la Virgen. Pienso que una buena parte de las alabanzas que hizo de esta ciudad tenían este trasfondo.

Cuando en diciembre de 1955 regresó a Roma, calificó a Viena como “puerta de Oriente” y pidió al alemán Klaus Martin Becker que decorara una pared del oratorio llamado Stella Orientis con una gran panorámica mural de la capital austríaca.

ENTRE DOS MUNDOS

Después de haber llegado a Viena, en noviembre de 1958, no tardé en darme cuenta de que lo del apostolado “en los países del Este” iba para largo. Me bastó mi primera visita a un tramo de la frontera entre Austria y Hungría en Schattendorf, donde eran muy visibles las finezas técnicas del llamado “telón de acero”: una alambrada de doble filo con un hilo electrificado adicional fijado con soportes aisladores de porcelana, y a continuación una zona de tierra bien labrada para registrar las huellas, minas personales que funcionaban al pisarlas o al romper algún cable invisible de alarma a la altura de la rodilla; más allá, otra alambrada, una zona libre de vegetación para facilitar la vigilancia y torres de observación con potentes focos en las que los soldados montaban guardia día y noche. Además, perros adiestrados para perseguir eventuales fugitivos. Cuando me visitaban incrédulos de la generación del 68, yo solía llevarlos a Schattendorf…

Pero también me venía a la cabeza el futuro: ¿Cómo íbamos a difundir el espíritu del Opus Dei en los países donde la Iglesia y los cristianos eran perseguidos por su fe?

Todos conocíamos el ardiente deseo de san Josemaría de llevar el carisma fundacional a todo el continente y de forma especial —en la época de guerra fría en que nos encontrábamos— a los que sufrían una persecución tan cruel como la que él había padecido durante la guerra civil española. Este deseo se sentía reforzado por el interés de Pío XII por lo que pronto se llamó “la Iglesia del silencio”. El intento de la Santa Sede de consagrar obispos que pudieran sustituir a los ordinarios encarcelados no había funcionado.

El diálogo con los regímenes comunistas era entonces imposible y la comunicación de la Santa Sede con la Iglesia local no existía o era problemática. Escrivá sufría ante el padecimiento de los perseguidos (como lo manifiesta un telegrama suyo de 1949 dirigido al Papa a propósito del proceso contra el cardenal Mindszenty). Sabía que el Opus Dei solo podría establecerse en un país que gozara de un mínimo de libertad y que, por lo tanto, el tiempo de espera debería ser también un tiempo de preparación y de oración. A esto había que añadir las peticiones, recomendaciones y consejos que recibía de muchas partes. Según relata Álvaro del Portillo en su declaración para el proceso de beatificación del fundador, la actitud de Escrivá fue seguir «con vivo interés la situación de la Iglesia en los países de Europa Oriental, progresivamente subyugados por el dominio marxista, y desde el principio procuró que los católicos de otros países fueran conscientes de las dificultades con las que se enfrentaban sus hermanos en la fe y les ayudaran con sus oraciones». Josemaría no quería que sus hijos espirituales fueran mártires. Así lo escribió en los años treinta: «Quieres ser mártir. —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!» (Camino, 848). En el decreto de aprobación del Opus Dei de 1950 (Primum Inter) podía leerse sin embargo que los miembros estarían siempre dispuestos y preparados «para ir a las regiones en las que la Iglesia padezca persecución» o cuando la Iglesia solicite maternalmente en cualquier modo sus servicios o su trabajo. Al preparar el mencionado estudio histórico encontré un casi profético comentario de Escrivá en noviembre de 1956, es decir durante la represión soviética del levantamiento popular en Hungría, que decía: «Donde haya persecución, de la que sea, empezarán a entrar por todas las fronteras hombres y mujeres, profesores y periodistas y obreros y diplomáticos… a hacer un buen servicio».

En los últimos años de la década de los cincuenta, Antonio Samoré, entonces secretario de la Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios de la Santa Sede, y más tarde cardenal, había pedido a san Josemaría que algunos estudiantes fueran a Moscú, para seguir los cursos en la universidad. Según me contó en 2008 en Roma el entonces prelado Javier Echevarría, Escrivá preguntó a Samoré si podría acompañarlos algún sacerdote. Ante la negativa de Samoré el fundador declinó aquella invitación, añadiendo que —puesto que la policía soviética estaría perfectamente informada de quienes eran esos hombres del Opus Dei— quizá les pusiesen trabas de todo orden, también moral, y por lo tanto no podía exponerlos al riesgo de no poder acudir a quien les atendiera sacerdotalmente.

Según Echevarría, san Josemaría no se habría opuesto a que hijos suyos fueran a los países en los que la Iglesia padeciera alguna persecución, pero «no programó una labor estable de los fieles de la Obra en esos países». No le importaba que hombres y mujeres del Opus Dei —con motivo de su trabajo profesional— fueran o permanecieran en países en los que se perseguía a la Iglesia, y él rezaba siempre por quienes se encontraban en esas circunstancias. Esto es lo que me sucedió a mí.

TESTIGO DE PRIMERA HORA

El grupo de los primeros de la Obra que vinieron a Austria en 1957 y 1958 era variopinto. Cuando yo llegué a Viena (1958) éramos cinco numerarios: tres sacerdotes ordenados poco antes (1956 y 1958) y dos laicos que habíamos estudiado Derecho. Solo dos (Joaquín Francés y Xavier Sellés) hablaban alemán.

El primer testigo austríaco contemporáneo es el Dr. Wolfgang Küng de Vorarlberg, hijo de un médico de Feldkirch. Wolfgang había venido a Viena en 1952 para estudiar Derecho. Tres años más tarde viajó con una beca a París, donde estudió en la École des Sciences Politiques durante dos semestres. Después, quiso permitirse una estancia lingüística en Inglaterra. A finales de junio de 1956, fue a Londres con una lista de direcciones que le había enviado su futuro cuñado de Múnich. Entre ellas figuraba una residencia de estudiantes llamada Netherhall House. Fue allí, pidió plaza, le gustó la residencia y se alegró aún más cuando le dijeron que podía hacer su curso de inglés directamente en casa. No podría haber sido mejor. Küng nunca había oído hablar del Opus Dei y el hecho de que la atención religiosa de la casa de estudiantes estuviera confiada a esta institución católica no le decía nada especial. Pero en el curso de las semanas fue dándose cuenta de que aquello no era un dormitory (residencia de estudiantes) cualquiera, sino una casa cristiana de estilo familiar y con ambiente de estudio. Según lo que Wolfgang me ha contado más tarde, allí se hizo amigo de un español llamado Gonzalo González, que se había especializado en «traducir palabrotas al inglés». Al final del curso (en 1956), un tal Smith (que más tarde se trasladaría a Nairobi) le anunció que el Opus Dei iba comenzar pronto el apostolado en Austria. Y le preguntó si podrían contar con su ayuda. Wolfgang estuvo de acuerdo.

En mayo de 1957 Wolfgang se alojaba en el Thomas-Kolleg de Viena, una pequeña residencia de estudiantes, en la calle Habsburgergasse, 7, en el primer distrito.

El hecho de que Wolfgang haya escrito regularmente extensas cartas a sus padres, y el hecho favorable de que esas cartas todavía se conservan, me ha permitido conocer varios detalles de aquellos primeros tiempos. En una de estas cartas informa de que, el 22 de mayo de 1957, la portera le avisó de que un clérigo español del Opus Dei había llamado desde la Estación de Ferrocarril del Oeste e iba a llegar pronto con otros dos. Y así fue.

Küng dio la bienvenida a los recién llegados y pudo asegurarles provisionalmente alojamiento en las habitaciones de huéspedes de la residencia. «Los recién llegados tenían grandes planes», recuerda Wolfgang. Entre otras cosas, le dijeron que querían levantar una residencia de estudiantes en Viena... Pero por el momento había algo inmediato que resolver, como encontrar un apartamento. «Son unos muchachos excelentes», escribió Wolfgang con entusiasmo a sus padres el mismo día. Y les dice que se hará cargo de la tarea de introducirlos en los círculos estudiantiles vieneses.

En verano de 1957 Escrivá tuvo que pedir a Josep Arquer (“mi” Pep Arquer de Girona), uno de los tres jóvenes sacerdotes españoles de la Obra que había ido a Alemania a principios de los años cincuenta, que se trasladara a Viena hasta nuevo aviso para que Joaquim Francés no estuviera solo, puesto que su acompañante, Remigio Abad, se había puesto enfermo.

Arquer llegó a finales de septiembre de 1957 a Viena y estuvo prácticamente un año, hasta que llegaron otros dos sacerdotes, así como Xavier Sellés y yo. Arquer y Francés habían decidido dejar cuanto antes la pequeña habitación subarrendada en la que estaban, y que por sus dimensiones habían bautizado como “Wagonlit”, y decidieron alquilar un piso de mayores dimensiones.

En Pascua de 1958 Joaquín pudo viajar a Roma con un grupo de estudiantes católicos y san Josemaría le regaló prácticamente todo el ajuar del oratorio de San Nicolás de Villa Tevere (casa central del Opus Dei), para que pudieran celebrar dignamente la misa en el nuevo centro. En septiembre y noviembre llegamos los demás a Viena. A los que iban a Austria, san Josemaría les hablaba de la unidad y de la necesidad de hacerse todo para todos, de no ser cuerpo extraño en el nuevo país y de deshacerse de la cáscara nacional. Muy pronto, en mayo de 1959, Austria era ya una circunscripción propia dependiente del Consejo General del Opus Dei de Roma y «en vista de estas circunstancias, nos pusimos a buscar un apartamento», escribió Arquer en el diario que llevaba.

El éxito no tardó en llegar: el futuro domicilio fue encontrado en el primer piso de la Favoritenstrasse, 24, lugar que hasta el año 2000 fue la sede de la comisión regional (así se llama uno de los dos consejos que asesoran al vicario regional en un país: las mujeres disponen de una asesoría regional). Arquer me describiría más tarde sus recuerdos de entonces: «Asocio la búsqueda de alojamiento con tres fechas distintivas que tenían algo simbólico: el 7 de octubre visitamos el apartamento, firmamos el contrato el 24 de octubre, nos mudamos y nos quedamos allí la noche del 1 de noviembre. También me pareció simbólico que la iglesia parroquial (la Paulanerkirche) delante de la que pasamos de camino para visitar el posible apartamento, estuviera consagrada a los santos ángeles custodios». La naturaleza “simbólica” de estos datos y hechos puede no ser igualmente clara para todos. He aquí la explicación: el 7 de octubre se celebra en la Iglesia la fiesta del Rosario, el 24 de octubre la fiesta de San Rafael (a quien san Josemaría había nombrado uno de los patronos de la Obra), el primero de noviembre, la fiesta de Todos los Santos. Por último, los Ángeles Custodios tienen un papel especial en la historia del Opus Dei, ya que el día de su fundación coincide con su fiesta, el 2 de octubre. No obstante, hay que señalar una pequeña incoherencia. Al escribir esto por vez primera descubrí que el contrato de arrendamiento tiene fecha del 26 de octubre (no del 24 de octubre), aunque para Arquer eso no era ninguna incoherencia, puesto que llegaron a un acuerdo con el administrador de la propiedad el 24 de octubre.

«Aquella primera noche —hoy hace cuarenta y nueve años— me sentí un poco mareado», dice Arquer al recordar sus primeras horas en su nuevo hogar. «Pálida luz de luna, largas sombras en las paredes, crujiente carpintería, inquietante vacío...». Solo tenían dos sofás y algunas mantas que les había regalado Mons. Ungar, el jefe de la Cáritas y buen amigo. «Frente a nosotros estaba el famoso Theresianum dañado por la guerra y ventanas en parte condenadas y aún en un estado bastante ruinoso, así que no nos importaba no tener cortinas en las ventanas».

Un año después de que los de Austria hubiéramos pasado a depender directamente del Consejo General de Roma, llegaron por su cuenta las primeras mujeres de la Obra, que yo no conocía de nada. Más tarde supe que era una psicóloga diplomada de Bonn, Käthe Retz, que llegó en mayo de 1960 a Viena en compañía de Josefina Elejalde, de Bilbao, y Marga Schramel, de Constanza. San Josemaría había pedido a uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, José María Hernández Garnica, que las ayudara con su aliento y consejo. En pocos meses las tres mujeres consiguieron convertir una villa semiabandonada en la zona residencial de Viena, en una agradable residencia de estudiantes que recibió el nombre de Währing. Como en la Obra hay separación entre la labor apostólica llevada a cabo por hombres y mujeres, supe que habían llegado cuando algunos de nuestros sacerdotes empezaron a atenderlas. Lo de la residencia Wahring lo supe porque en verano el principal diario austríaco le dedicó un reportaje de toda una página del dominical, titulado: Weltlich, aber nicht mondän (seculares, pero no mundanas).

ASENTAMIENTO PROFESIONAL

Los que íbamos llegando, hicimos desde el primer momento todo lo posible para salvar la barrera lingüística y asentarnos profesionalmente. Éramos jóvenes y procuramos entablar contacto con estudiantes que pudieran entender el mensaje espiritual del Opus Dei. El primer anfitrión de 1957, Wolfgang Küng, era un activo miembro de una de las tradicionales asociaciones estudiantiles, y se empeñó en que Xavier Sellés y yo le acompañáramos a las celebraciones y fiestas que organizaban. Entre nuestros primeros amigos figuraban también algunos austríacos que habían conocido la Obra en España o en otros países (como Wolfgang) y personas que conocimos con ocasión de las actividades profesionales de Xavier y mías. También aparecían parientes de los “niños austríacos”: así se llamaban a sí mismos aquellos jóvenes que, por mediación de Cáritas, habían sido acogidos siendo niños.

Xavier probó varios trabajos temporales hasta que consiguió un puesto estable en la embajada española. Lo primero que hice yo fue acreditarme como corresponsal de Europa Press en la cancillería federal y empezar una fase de freelance ofreciendo mis servicios a medios de lengua española. Monté lo que en alemán es conocido como Bauchladen (buhonero), es decir un periodista freelance que ofrece sus artículos en el mercado de los medios. Otra parte de mis ingresos procedían de las clases de castellano que daba a emigrantes procedentes de Yugoslavia en un campo de tránsito financiado por una agencia humanitaria de Estados Unidos. Hacía además traducciones al castellano, y lo pasaba bastante mal cuando no entendía el texto original en alemán.

Un sector que nunca cultivé intensamente fue el del periodismo deportivo, si bien publiqué declaraciones del campeón olímpico de esquí, el austríaco Toni Sailer (cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Cortina d’Ampezzo en 1956: “Mi novia es la nieve”). Entre mis primicias vienesas figuraba un poco de todo: crónicas “de sociedad” (los amoríos de la actriz austríaca Romy Schneider), la búsqueda de supuestos tesoros nazis hundidos en el Danubio o en el lago Toplitz, y cosas por el estilo. El interés de mis potenciales clientes por la política austriaca era limitado, pero había aspectos interesantes, aparte de las elecciones políticas, como por ejemplo los esfuerzos del gobierno por participar en un mercado europeo sin aduanas y sin violar la neutralidad impuesta por los aliados, o los intentos del archiduque Otto de Habsburgo (hijo del último emperador austríaco, expulsado por los aliados) de regresar al país donde nació. La recuperación económica del país también fue objeto de una de mis primeras crónicas. Entre otras cosas curiosas, cubrí el caso de una genial diseñadora austríaca condenada en Francia por haber cometido espionaje en el sector de la alta costura: tenía, por lo visto, una memoria fenomenal y reprodujo fraudulentamente por su cuenta 84 modelos presentados durante una semana de alta costura de París.

Los temas de interés humano eran bien recibidos por los clientes de Europa Press, incluso los más anodinos, como la desenfrenada afición de los austríacos por las condecoraciones de todo tipo y el rito de títulos y ceremonias que ello implicaba. No era infrecuente que tratara temas culturales, como la representación en Viena de Don Quijote de Jean Anouilh, o la presencia del Teatro Nacional Popular Francés con Jean Vilar (diálogo de los actores con el público), la crisis del cine austríaco y las actividades de la Orquesta Filarmónica de Viena (“la más cara del mundo”). En una época en que la enseñanza superior española era monopolio de Estado, yo intentaba modestamente aportar ejemplos de signo contrario, como el proyecto de reabrir la universidad no estatal de Salzburgo y el ejemplo de la KUL, la universidad católica de Lublin en la comunista Polonia.

Mis aficiones personales me llevaban a veces a buscar temas poco adecuados para periódicos de información general, como un largo artículo sobre el genial y entonces poco conocido arquitecto del modernismo anti ornamental austríaco Adolf Loos y otro sobre el portavoz europeo del iusnaturalismo, el profesor Johannes Messner.

Más fáciles resultaban otros temas generales como la aparición de Walt Disney en Viena para rodar una película sobre Beethoven. En 1962 escribí sobre el derribo de una iglesia prioral de la Abadía de Montserrat que había sido levantada en Viena en el siglo xvii por deseo de la emperatriz, la infanta española María Ana, hija de Felipe III y esposa del emperador Fernando III. Recuerdo que nadie (ni en Barcelona, ni en Viena, y mucho menos en Madrid) dijo entonces esta boca es mía, a pesar de que se trataba de una barbarie cultural de primer orden. Los arquitectos de la Comisión de Monumentos austríaca dejaron una fachada de tres metros de fondo y permitieron que se construyera detrás un horrible edificio moderno.

Años más tarde escribiría un largo reportaje sobre la asombrosa difusión que tuvo la devoción a la Virgen de Montserrat en la Europa Central, visitando todos los lugares en los que había una imagen de la Virgen morena (barroquizada de tal forma que era difícil descubrir en ella el modelo del siglo noveno que hay en la Montaña Santa). Esto tuvo lugar en una época en que Montserrat había sido muy castellanizada, y no precisamente por los Borbones. Había sido el Rey de Aragón, Fernando el Católico, quien había poblado el monasterio con monjes castellanos y la había sometido a la jurisdicción de la congregación benedictina de Valladolid. Esto explica que el difusor de la devoción a la Virgen de Montserrat fuera un tal Peñalosa, un trotamundos: procedente de Mondragón, había hecho su profesión religiosa en Nájera (Logroño), estudiado en Sevilla e incorporado finalmente a los benedictinos de Montserrat.

En aquella época trabajaba en la recién reabierta Embajada española de Viena (que durante el III Reich había sido degradada al rango de consulado) un flamante consejero de información y prensa llamado Ismael Herráiz. Había sido uno de los más brillantes periodistas españoles de los años cuarenta. Furibundo falangista, fue enviado especial del diario del partido Arriba en Berlín desde 1940. El momento decisivo de su carrera fue, sin lugar a dudas, su estancia en Roma, ciudad a la que se mudó en la primavera de 1942: desde la privilegiada posición de corresponsal en la capital fascista, Herráiz pudo testimoniar personalmente el declive y el derrumbamiento de la construcción mussoliniana, ofreciendo a sus lectores aquella visión de los dramáticos acontecimientos italianos que luego narró en el libro Italia fuera de combate (Ismael Herráiz, Madrid, Atlas, 1944), un best seller en la España de 1944. Era un libro escandalosamente italianófobo que recogía las experiencias vividas y le permitió desahogar libremente toda su amarga decepción y su frustración por el desastre del fascismo, sin tener en cuenta la censura romana. Herráiz vino seguramente a Viena para mejorar su presupuesto familiar, haciendo además lo que evidentemente no hubiera debido hacer un diplomático acreditado: continuaba escribiendo con pseudónimo para Arriba y con su nombre y apellido para La Vanguardia de Barcelona.

Durante la segunda guerra mundial Herráiz había escrito ya para La Vanguardia, pero con seudónimo. Al principio de los años sesenta entré en relación con él en Viena, aunque me llevaba 25 años; había perdido ya el gusanillo del periodista inquieto y no hablaba alemán. Como era lógico, Herráiz se convirtió pronto en un buen cliente de mi Bauchladen. Cada vez con más frecuencia me pedía ayuda para preparar sus crónicas, hasta el punto de que en muchas ocasiones él enviaba La Vanguardia y con su firma las crónicas que yo le escribía. Al mismo tiempo, ya en 1962 la redacción de Barcelona había empezado a comprar mis crónicas de Europa Press, que también suministraba al diario de la competencia de Barcelona, el Correo Catalán.

LOS PRIMEROS AUSTRÍACOS DE LA OBRA

Nuestra presencia secular (laicos con un trabajo profesional) y la actividad pastoral de los tres sacerdotes del Opus Dei no pasaron inadvertidas en el mundo eclesiástico de Viena. El cardenal Franz König, que tenía 49 años cuando en 1956 le nombraron arzobispo de una archidiócesis que no conocía, acababa de asentarse en Viena. Conocía y apreciaba a los sacerdotes de la Obra. No nos extrañó que muy pronto quisiera ver lo que estábamos haciendo en aquel piso alquilado del distrito cuatro, donde dábamos cursos sobre la fe católica, retiros espirituales, charlas de formación y actividades por el estilo. Y además habíamos empezado varias actividades culturales con conferenciantes invitados. Cuando fijamos la fecha para su visita invitamos a bastantes de nuestros nuevos amigos.

La visita del cardenal fue muy agradable. Acostumbrado al rígido estilo español que entonces se solía mantener en la relación con los obispos, me sorprendió que König fuera estrechando la mano y hablando con todos y cada uno de los asistentes. Cada apretón de manos se prolongaba en una animada conversación más personal: König quería saber simplemente quiénes eran los muchachos que venían a nuestro centro y de dónde procedían. Añadió que no quería dar ningún sermón, sino hacer una pregunta a los asistentes: «Acabo de darme cuenta de que venís de muchos lugares, ambientes, escuelas diversas. Conozco lo que es el Opus Dei, pero yo quiero que me lo digáis ahora vosotros. Decidme: ¿qué es lo que os atrae aquí, a esta casa del Opus Dei?». Yo sabía que nuestras invitaciones habían tenido un audaz “trasfondo evangélico”, porque los días anteriores habíamos salido «por los caminos y por los vallados (…) para que se llene mi casa» (Lucas 14, 23) y sabía que algunos de los presentes habían tenido poca relación con nosotros. Me sorprendió por tanto que precisamente uno de ellos diera un paso adelante y dijera al cardenal: «Eminencia, pienso que hablo en nombre de todos si le digo que lo que nos ha traído a este centro es que aquí hemos aprendido a rezar haciendo oración meditada».

A medida que fui conociendo el país comprendí mejor la pregunta del cardenal, porque Austria es no tan solo un país magnífico, sino que es un país con estamentos, regiones y grupos sociales bastante estructurados. En nuestra casa aquel joven prelado se dio cuenta de que los bachilleres, estudiantes y jóvenes profesionales con los que había hablado tenían procedencias bastante distintas: había algunos del tradicional distrito obrero de Favoriten, otros eran miembros de las tradicionales asociaciones católicas surgidas del Kulturkampf de mediados del siglo XIX; uno era hijo de un comerciante vienés que importaba corcho catalán; había estudiantes de facultades dispares (Medicina, Técnica, Música, Educación Física), incluso un aristócrata cuyo apellido le delataba. Era lógico, porque eran gente que habíamos conocido, por decirlo de alguna forma, en la calle.

Procediendo de un país no democrático y bastante clerical, yo no tenía clara conciencia del peso social e histórico que tuvo el período de entreguerras en toda Europa. Solo poco a poco fui comprendiendo muchas cosas. Después de la primera guerra mundial el catolicismo político había florecido en Europa. No solo en España. Austria había sido gobernada durante años por un prelado que había sido profesor de Teología Moral en Salzburgo (Ignaz Seipel). Después de él, el canciller Engelbert Dollfuss estableció un estado católico sin democracia parlamentaria. En Portugal, con el general Carmona y el profesor Oliveira Salazar, se estableció el Estado Novo, una dictadura conservadora y autoritaria. En Polonia surgió el Partido Democrático Nacional de Roman Dmowski, en Croacia se creó el Estado Independiente de Ante Pavelic, aliado con Hitler; en la desvalida Eslovaquia personalidades como Mons. Andrej Hlinka y el prelado Josef Tiso iban en la misma dirección. Un caso muy especial y extraño fue el de Eslovenia, donde el jesuita Anton Korosec no solo fue presidente del Partido Popular Esloveno, sino que —como representante de Eslovenia— también participó en el gobierno de Belgrado del “Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos”, recién creado en 1918. En 1928 y 1929 fue incluso el jefe del gobierno de Yugoslavia. También hubo movimientos integristas de inspiración religiosa en países sin tradición católica, como la “Legión del Arcángel Miguel”, de Corneliu Z. Codreanu en Rumanía.

Era lógico que los primeros de la Obra en Austria fueran jóvenes que reflejaban el ambiente multicultural de la Viena moderna, con horizontes abiertos y sin el corsé de ideologías superadas, como las que he enumerado antes. El segundo miembro austríaco era un joven estudiante de Medicina procedente de la ciudad de Krems, a orillas del Danubio, que luego se convirtió en un prestigioso neumólogo en Viena, el profesor Friedrich Kummer. Entre sus exámenes de Anatomía I y Anatomía II cultivaba su afición musical, cantando composiciones dodecafónicas de Arnold Schönberg. He escrito segundo, porque poco tiempo después de nuestra llegada a Viena, supimos que el “primer austríaco” había pedido ya la admisión a la Obra en Madrid. Se trataba de Hans Spalek, representante en Madrid de la Cámara de Comercio austríaca para desempeñar el cargo de consejero comercial anejo a la embajada.

Werner Litzka era un estudiante de ingeniería que fue ascendido muy pronto a asistente en la Universidad. Se encontraba muy bien entre nosotros y entró a formar parte de la Obra como numerario. Se especializó en cemento armado (que en alemán se llama Beton), y por eso le llamábamos Beton-Litzka.

Robert Bek, otro de los primeros numerarios, químico de profesión, era el típico vienés del distrito veinte de la capital (Brigittenau), territorio obrero. Hay una isla entre el canal del Danubio que rodea la parte vieja de Viena y el Danubio de verdad, que abarca la judería vienesa de la época de antes de Hitler, y una zona obrera con fábricas llamada Brigittenau, de donde proviene Robert. Xavier Sellés y yo íbamos a ese distrito a hacer deporte con Robert y sus amigos. Robert Bek era un caso muy típico de Viena: su padre de origen checo cayó durante la guerra y su madre procedía de Bohemia. En su casa, él y su hermana hablaban indistintamente en alemán o en checo con su madre.

Wolfgang Küng, al que he mencionado antes, señaló el 31 de noviembre de 1958 en una de sus cartas familiares que «uno de los periodistas españoles toca el acordeón». Se refería a Xavier Sellés, que también trabajó como periodista al principio, y que se había traído a Viena el acordeón Hohner que había venido usando en la tuna de Barcelona.

Wolfgang no perdió ninguna oportunidad de introducirnos en ambientes estudiantiles. Fuimos invitados a finales de 1958 por Wolfgang y un estudiante de economía Albert Slateff (que también acudía a las meditaciones semanales del Doktor Francés) a la celebración de la fiesta conmemorativa de la fundación de la asociación estudiantil Marco-Danubia. Aquellos fue una experiencia inolvidable. No tenía ni idea de lo que eran esas asociaciones y me sorprendió bastante el inesperado ceremonial: desde llevar banderas, botas y gorras de cuero (en una habitación cerrada) hasta usar indicaciones en lengua latina (Silentium!, etc.).

Xavier, que siempre había tenido debilidad por el séptimo arte, se inscribió en la Academia de Cine, y todavía recuerdo cómo nos habló de un director llamado Walter Kolm-Veltee, que después de la guerra tuvo un éxito asombroso con el filme Eroica (sobre Ludwig van Beethoven). Yo iba a trabajar a la asociación de la prensa extranjera (Presseclub Concordia), donde pude conocer a algunos colegas jóvenes. El cuerpo de prensa italiano en Viena era numeroso. Algunos de estos colegas podrían haber escrito las informaciones sobre Austria que san Josemaría leyó en la prensa italiana antes de visitar Viena dos veces en 1955.

El espectro de nuestros contactos era bastante colorido. Yo había sido un entusiasta montañero en los Pirineos catalanes, así que no me fue difícil encontrar compañeros alpinistas en Viena, a pesar de las dificultades lingüísticas iniciales. Una vez estaba en la antigua Matrashaus en el pico del Hochkönig (2941 metros) y pedí algo para comer a la casera. Cuando ella regresó a la cocina le oí como decía a su marido: «Anton, ahí fuera hay un español que parece uno de los nuestros» (er schaut aus wie die Unsrigen). Me imagino que era la primera vez que veía a un español con pantalones de montaña y sombrero tirolés.

Xavier se sintió atraído por otro deporte: empezó a jugar al fútbol en el parque Augarten de Viena los sábados, a través de amigos comunes. El campo de deporte estaba en uno de los más bellos parques de Viena, de 52 hectáreas. Xavier era un delantero bastante agresivo y temido.

He mencionado a Friedrich Kummer y a Wolfgang Küng. Movido por los beneficios que le proporcionaba la atención espiritual que él recibía de laicos y sacerdotes en aquel piso, Kummer invitó a un sobrino suyo, que estaba terminando el bachillerato. Se llamaba Ernst Burkhart. Sus padres eran músicos y él tocaba el violín. Fue otro de los primeros. Estudió Derecho, trabajó brevemente en un bufete de abogados y fue periodista hasta que se trasladó a Roma, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1973. A principios de los años sesenta, Wolfgang me dijo que un hermano menor, que estaba estudiando Medicina en Innsbruck, había decidido pasar un “semestre cultural” en Viena: “kümmere Dich um ihn, bitte” (hazte cargo de él) me dijo. Así lo hice: se trataba de Klaus Küng que decidió entonces no regresar a Innsbruck, pidió la admisión como numerario, terminó Medicina y fue el primer director de la residencia universitaria Birkbrunn. Luego se trasladó también a Roma para prepararse al sacerdocio, y fue ordenado en 1970. Wolfgang Küng nunca fue del Opus Dei, pero es el patriarca de una gran familia de la que han salido vocaciones de hombres y mujeres del Opus Dei.

Tanto Klaus Küng como Ernst Burkhart serían sucesivamente vicarios regionales de la Obra en Austria y en los países que dependieron durante un tiempo del vicario en Austria. Küng fue, además, a partir de 1989, obispo de Feldkirch y después, de Sankt Pölten.

Los jóvenes profesionales que fueron pidiendo entonces la admisión como supernumerarios empezaron pronto a superar a los numerarios. Había de todo: médicos, impresores, juristas, campesinos, ingenieros, comerciantes, arquitectos, músicos, fontaneros, historiadores, militares, geógrafos, economistas… Otra vocación de la primera época fue la de un joven suboficial del ejército americano que había estado en Austria durante la época de la ocupación aliada. Se llamaba Bob T. Biddle. Cuando terminó la ocupación en 1955, Bob regresó con su unidad (que estaba en el campo de aviación militar americana de Langenlebarn) a los EE. UU. Pero muy poco después estaba de nuevo a Viena: había regresado por su cuenta a Austria, donde se estableció como comprador para una gran cadena de almacenes americanos. Cuando vino era miembro de una pequeña comunidad presbiteriana de Pennsilvania, pero se hizo católico en Viena. Hasta que un día apareció en casa diciendo: «Vengo de confesarme en la catedral y el sacerdote me he dicho que viniera al Opus Dei, porque seguramente este podría ser mi camino… y aquí estoy».

Un día un colega suizo/austríaco me llamó para preguntarme si tenía periódicos españoles para un estudiante de secundaria eslovaco, que había venido de Bratislava a Viena como autoestopista: el joven había cursado le enseñanza media en una escuela secundaria bilingüe (eslovaco/castellano) en Bratislava y deseaba leer prensa española. Nos conocimos, le di los periódicos y pronto nos hicimos amigos. No recuerdo cuántas semanas estuvo en Viena. Más tarde, solíamos encontrarnos cuando yo viajaba por razones profesionales a Bratislava o él se las arreglaba para conseguir un visado de turista. Hablamos de todo, y por supuesto de Dios. Pasó algún tiempo antes de que mi nuevo amigo descubriera su vocación al sacerdocio: ya era un profesional y había trabajado como matemático en los programas para la preparación de los planes anuales del gobierno eslovaco.

A petición suya, le ayudé a trasladarse a Austria para recibir aquí la formación sacerdotal adecuada. Para ello fue necesaria una operación complicada: primero fue a Yugoslavia, un país para el que los ciudadanos de Checoslovaquia no necesitaban permiso de salida. Pedí a un amigo austríaco si podía recoger al joven matemático en Yugoslavia y llevarle discretamente en su coche a Austria. No fue fácil, pero la operación funcionó. Mi amigo eslovaco se hizo sacerdote y más tarde fue el primer sacerdote diocesano de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz en Austria.

[1] Álvaro del PORTILLO, carta pastoral del 30 de octubre de 1975, Nr. 9, citada en C. ORTIZ en Josemaría Escrivá – Profil einer Gründergestalt, p. 18, Adamas Verlag, Colonia 2002.

[2] Carta en EF-491125-3, citada en Vázquez de PRADA, El Fundador del Opus Dei, tomo 3, Rialp, Madrid 2003, pág 332, nota 59.

[3] Carta a sus hijos de Portugal, desde Milán, en EF-491125-4.

[4] Javier ECHEVARRÍA, Auf Europas Straßen, en César Ortiz (ed.), Josemaría Escrivá – Profile einer Gründergestalt, Colonia, Adamas, 2002, p. 20

[5] Crónica de mayo de 1968, p. 545.

3.

LAS GRIETAS DEL MONOLITO

EN 1962 LLEVABA YA CUATRO AÑOS EN VIENA. Había aprendido alemán con bastante facilidad y me di cuenta de que, si quería transmitir a los medios españoles una imagen de la realidad en los países que habían quedado al otro lado del telón de acero, tendría que viajar a esos países.

Y todo surgió de una forma bastante lógica. Muy pronto tuve la suerte de conocer a un periodista austríaco de primera fila, Otto Schulmeister, redactor jefe del diario Die Presse. Yo le había invitado a dar una charla a los estudiantes que Xavier Sellés y yo habíamos empezado a reunir en nuestro centro. Y ya en 1959, él me invitó a colaborar en una especie de ofensiva ideológica al Festival Mundial de la Juventud (comunista), que se iba a celebrar en Viena.

«Queremos contrarrestar esa campaña de propaganda ante una juventud que a lo mejor puede dejarse seducir por los cantos de sirena del comunismo», me dijo —así, de repente— Schulmeister. Yo creo que no lo dijo por la juventud austríaca, sino porque a semejantes congresos acudían jóvenes de todos los países en desarrollo, que por vez primera eran reunidos en un país neutral. Es decir, y sin querer ofender a nadie, venían sobre todo jóvenes de Asia, África y Latinoamérica, poco familiarizados con la civilización europea, que habían conseguido que les pagaran el vuelo y la estancia en Austria.

Para tratar de minimizar los efectos que podía tener la propaganda ideológica y la desinformación organizada sobre aquellos jóvenes que habían crecido en buena parte bajo regímenes coloniales, los Estados Unidos, el gobierno austríaco, organizaciones eclesiásticas y otras instituciones decidieron publicar durante el Festival un diario de noticias en siete lenguas: yo tenía que ser el segundo redactor de la edición española. Acepté la invitación, entre otras cosas, por curiosidad. Personalmente me consideraba simpatizante de la izquierda, pero no de los comunistas. Trabajé por lo tanto en la edición del diario en castellano, que se llamaba Noticias de Viena. Recuerdo que me sentí de nuevo como si estuviera en la redacción de Los Sitios de Girona, pero esta vez con un compañero alemán, von Prellwitz, ex piloto de la segunda guerra mundial que vivía en Argentina, y trabajando en los austeros pasillos de la redacción de Die Presse, sita en un típico edificio en Jugendstil austríaco, en el Fleischmarkt.

Hacíamos el periódico por nuestra cuenta y en un lenguaje familiar para los lectores. Hasta que von Prellwitz me avisó, yo no sabía que el verbo “coger” no debía utilizarse en Argentina. Publicábamos noticias normales de las agencias internacionales, y reportajes del Festival escritos por nuestros colaboradores, y, naturalmente, también noticias de deportes que podían interesar a los jóvenes. Fastidiábamos a los organizadores de los festejos, porque nuestro periódico suministraba las noticias diarias normales de las agencias mundiales, y además reportajes sobre las manipulaciones de la secretaría del Festival. Durante esos días hubo enfrentamientos, boicoteos y palizas.

Además, jóvenes activistas del partido comunista austríaco iban contra los que hacíamos el periódico. Uno de los barrios en lucha era el de la casa en la que yo vivía, en el distrito cuarto. Durante la ocupación, los rusos habían confiscado bastantes edificios en los alrededores de lo que iba a ser mi primer domicilio en Austria. A dos pasos, en la Brahmsplatz, tenía su sede la agencia soviética de noticias Tass, junto con una serie de instituciones de la URSS, y en otra plaza cercana el “Instituto Internacional por la Paz”. En un momento muy crítico tuve que pedir a un policía que me acompañara a casa.

Los organizadores de la contrapropaganda habían traído al hermano del Dalai Lama, que describía la brutalidad de los comunistas chinos en el Tíbet, y a una disidente húngara cuyo nombre he olvidado. También fue invitada la socialdemócrata Anna Kéthly, que había sido la vice jefe del gobierno húngaro de Imre Nagy después del levantamiento anticomunista de 1956 en Budapest. Aquel gobierno duró solo dos semanas, hasta que los carros de combate soviéticos aplastaron la protesta.

EL TRASFONDO DE LA GUERRA FRÍA

Gracias a aquel congreso pude penetrar en el trasfondo de la guerra fría. Quise saber quién estaba de una parte y quién de la otra en el asunto del Festival.

El propietario del diario Die Presse era Fritz Molden, un burgués austríaco antinazi casado con Joan Dulles, hija del jefe de la CIA, Allen W. Dulles, y sobrina de John Foster Dulles, por entonces secretario de Estado de los Estados Unidos. Otro de los que apoyaron la iniciativa anticomunista era un joven sacerdote austríaco, Leopold Ungar, judío converso antes de la guerra, que tuvo que huir de los nazis y regresó en 1957 de la emigración en Francia, siendo ya sacerdote. Una de sus primeras actividades caritativas en Viena había sido organizar —a través de Cáritas— vacaciones para niños austríacos afectados por la penuria de la postguerra (envió entonces 6000 niños y niñas a España). Aquel trasfondo me bastó para entender a los que querían contrarrestar la propaganda comunista.

Pero lo que quizá me enriqueció más fue ir descubriendo el engranaje de las organizaciones comunistas a ambos lados del telón de acero. Aquel Festival era la continuación de una serie de festivales de la juventud que se celebraron después de la guerra cada dos años en las capitales de los países comunistas. Entonces aprendí mucho.

No puedo continuar mi narración sin describir la génesis del horizonte político en que me encontraba. El germen de aquellos encuentros había sido el séptimo congreso de la II Internacional y el I Congreso de la Juventud Socialista (agosto de 1907, en Stuttgart), en los que participó el propio Lenin. En vísperas de la primera guerra mundial, el movimiento se había escindido. Leyendo la documentación que encontré entonces, empecé a adentrarme en la terminología del partido (familiarizándome con palabras como “oportunistas”, “revisionistas”, “centristas”, etc.) y me di cuenta de que todo tenía su razón de ser, de la misma forma que habían tenido su razón de ser las milicias que se mataban delante de la casa donde nací.

Dicho de forma sencilla, vi que la historia del movimiento comunista mundial (y el de la juventud en especial) se movía alrededor de los fallidos intentos de integración de socialistas democráticos en un mismo bloque con los bolcheviques que habían tomado el poder en Rusia en octubre de 1917, y creado la llamada III Internacional (abreviado: Komintern) en marzo de 1919, de la que dependía la Internacional Comunista de la Juventud.

Especialmente después de la Gran Depresión de 1929, el movimiento comunista de la juventud a nivel mundial siguió el camino de las sectas que pierden el contacto con las masas. La organización comunista juvenil fue aislándose socialmente y perdió el entusiasmo revolucionario de los años 20. La presión del Komintern para que los jóvenes participaran en actividades de espionaje en favor de la URSS completó el resto.

En 1935 el Komintern puso en marcha un nuevo proyecto político: olvidar el internacionalismo y propagar la consigna del Frente Popular en diversos países: el proyecto triunfó en las elecciones de 1936 en España, y terminó con la caída de la República en 1939. En Francia la idea del Frente Popular logró conquistar importantes sectores intelectuales, pero no tuvo éxito, y cayó en 1938.

Todo aquello terminó durante la segunda guerra mundial con la liquidación del Komintern en 1943, decidida por Stalin para no perder el apoyo de los aliados occidentales (Estados Unidos y Gran Bretaña). Después de la guerra, Stalin fomentó la creación de la Federación Mundial de la Juventud Democrática (FMJD), fundada en Londres en 1945 y reconocida por la ONU. Pero, cuando empezó la guerra fría, las organizaciones de los países occidentales se retiraron de la federación en el momento en que la URSS intentó utilizarla como cobertura de propaganda y subversión política.

Gracias al Festival de Viena pude estudiar los métodos de manipulación. Teóricamente una comisión de una quincena de funcionarios de la FMDJ y una secretaría (ambos en manos de comunistas) habían elaborado las listas de los participantes. De hecho, el Festival estaba al servicio de la política soviética. Tenía el objetivo de profundizar contactos internacionales, infiltrar organizaciones no comunistas, y propagar el papel dirigente de la URSS.

Todo estaba muy bien organizado, en tres etapas a lo largo de cinco o diez meses. Se trataba de aumentar la influencia comunista en los países occidentales, coloniales y semi-coloniales, y de impresionar a la juventud y a la población de los países comunistas con una presunta superioridad del comunismo y de la URSS. Al mismo tiempo, era un instrumento de la política exterior soviética (descolonización).

Guardé algunas consignas dadas por los organizadores a los activistas de Checoslovaquia: «Oponerse a cualquier signo de tendencias burguesas (...), a la falsa admiración por el estilo de vida occidental, a la influencia del oscurantismo religioso». En una instrucción del comité organizador (comunista) de Montevideo figuraba lo siguiente: «Durante las reuniones se tomaron varias medidas relacionadas con el próximo festival de la juventud. Se anunció que la propaganda anticlerical y antirreligiosa más o menos directa desempeñaría un papel importante durante el festival. Los expertos rusos enseñarán a los jóvenes comunistas cómo pueden intensificar la campaña antirreligiosa en sus respectivos países». La última fase, pensada para después del festival propiamente dicho, consistía en trabajar los contactos y evaluar las informaciones obtenidas por activistas y por agentes disfrazados de activistas. Aquella evaluación fue utilizada después por los correspondientes servicios de la KGB para seleccionar a los jóvenes a los que se les ofrecería becas de estudio en la URSS o en algunos de los países del bloque soviético. La KGB era el potente “Comité para la Seguridad del Estado”, una de cuyas misiones era la de reclutar agentes en países extranjeros para el propio servicio de inteligencia soviético con fines de subversión.

Una parte de los jóvenes del tercer mundo reclutados en Viena fueron los primeros alumnos de una nueva universidad fundada en 1960 en Moscú: la “Universidad de la Amistad de los Pueblos”, que un año más tarde sería rebautizada con el nombre del líder nacional del Congo asesinado en 1961, Patrice Lumumba. Aquella fundación formaba parte de una campaña cultural y diplomática de la Unión Soviética relacionada con el proceso de descolonización, que dio paso a docenas de nuevos estados. Durante la guerra fría, la URSS se esforzó por explotar los sentimientos antioccidentales de las colonias y excolonias.

Moscú aplicó un cierto pragmatismo en sus contactos con regímenes muy distintos del suyo para conseguir que las élites de los países en fase de descolonización formaran una nueva nomenclatura local más afecta a la URSS. Por ejemplo, a diferencia de las demás universidades soviéticas, en la Universidad Lumumba no se cursaban las asignaturas de marxismo-leninismo ni de la historia del partido comunista soviético, ni Economía Política o Filosofía. En cambio, se acentuaban las materias que tenían más interés para los países de origen de los estudiantes.

El objetivo era que los jóvenes académicos regresaran a sus países con una imagen positiva de la URSS. Para “socializar” a los huéspedes, era admitido un diez por ciento de estudiantes de la Unión Soviética, y eran invitados conferenciantes de prestigio del extranjero como el chileno Pablo Neruda, Paul Robeson (cantante americano), Sarvepalli Radhakrishnan (presidente de la India), Sirimavo Bandaranaike (primer ministro de Sri Lanka) o el presidente cubano, Osvaldo Dorticos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que en aquel momento subestimé la importancia que aquello podía tener para el tercer mundo. Una somera búsqueda en internet revela que en la Universidad Lumumba se formaron muchas personas que posteriormente han desempeñado importantes papeles en el mundo actual: uno de los casos más llamativos es el del terrorista Carlos (Ilich Ramírez Sánchez), así como el líder del movimiento de liberación SWAPO de Namibia, Hifikepunye Pohamba. Otro de los exalumnos fue el líder revolucionario sandinista de Nicaragua Henry Ruiz, alias Modesto. En su época de estudiante de la Lumumba, otro de sus alumnos era el cofundador del PLO y del movimiento Fatah, Mahmud Abbas, actual presidente del Estado de Palestina.

MÁS ALLÁ DE LA FRONTERA

Los medios de la capital austríaca seguían con gran interés los acontecimientos al otro lado de la frontera. Era lógico porque, durante la monarquía, Viena había sido meca de la población de los países vecinos y menos vecinos al este. El listín de teléfonos de la capital austríaca era un asombroso registro de nombres checos, eslovacos, polacos, ucranianos, húngaros, rumanos, búlgaros, croatas, serbios, etc.

En uno de los diarios de Viena leí con bastante detalle la narración de la liquidación política de un tal Rudolf Barák, que había sido el fiscal que por orden de Stalin organizó el juicio y la ejecución del secretario general del Partido Comunista Checoslovaco, Rudolf Slansky. Lleno del entusiasmo del que yo era capaz a mis 25 años, pensé que aquello podría ser una tímida señal del deshielo político, idea de la que dejé constancia en una crónica para Europa Press en 1962. El mosaico de movimientos en lo que hasta entonces era un monolito intocable fue lo que me impulsó a escribir una serie de artículos sobre las posibilidades de una liberalización del comunismo. No he buscado la serie, pero estoy seguro de que la escribí, y de que, por lo menos, uno de los capítulos fue publicado en Barcelona.

Años más tarde conocí a una funcionaria catalana de la embajada española, casada en Varsovia con un economista polaco, y nos hicimos muy amigos. Me contaron que, antes de la boda, aquella serie les había causado serios problemas, porque el padre de la novia era suscriptor de La Vanguardia y, cuando apareció el pretendiente polaco en Barcelona para pedir la mano, el padre —enarbolando el periódico— pretendió convencer al futuro marido de que no era conveniente que el nuevo matrimonio se asentara en Polonia.

INESPERADA INVITACIÓN DE BARCELONA

Durante la primera mitad de los años sesenta continué orientándome profesionalmente, y a la vez me esforcé por entender mejor el mundo en el que iba a moverme, con el fin de ser lo que nos había recomendado san Josemaría: como la sal, que nadie ve, pero que condimenta los ambientes en que nos encontramos. Es decir, ayudar a los demás sin que se note, renunciando a la alabanza, nada fácil para un periodista… Un pensamiento de san Josemaría que en su momento me ayudó mucho a enfrentarme a este difícil desafío fue el que leí en 1987, cuando se publicó la primera edición póstuma de su libro Forja: «Te ha de urgir la caridad de Cristo y, al sentirte y saberte otro Cristo desde el momento en que le has dicho que le sigues, no te separarás de tus iguales —tus parientes, tus amigos, tus colegas—, lo mismo que no se separa la sal del alimento que condimenta» (n. 450).

En mi caso tuve que ampliar mis actividades para «mejorar el presupuesto familiar», como comentaría con una cierta socarronería en una ocasión mi inolvidable compañero y amigo Francisco Eguiagaray (falangista desilusionado, sucesivamente corresponsal de PYRESA, EFE, ABC y RTVE).

Una importante fuente de ingresos que tuve fue la de… mecanógrafo. El Organismo Internacional de la Energía Atómica necesitaba mecanógrafos para reproducir los textos internos en español, que es una de las lenguas oficiales de esa agencia de la ONU, y pagaba con “sueldos internacionales”. Cuando aquello terminó, empecé a traducir textos por escrito. Uno de mis más importantes clientes fue la Organización Internacional de Entidades Fiscalizadoras Superiores (INTOSAI), otra agencia internacional con sede en Viena. Haber estudiado Derecho me facilitó el trabajo. Fue más tarde una de las traductoras de INTOSAI quien me introdujo en otra profesión tan exclusiva y exigente como bien pagada: la de los intérpretes simultáneos. Antes, había aprendido a hacer lo que se conoce como traducción o interpretación consecutiva, cuando el orador hacía una pausa en su discurso. Pero el factor que me permitió pasar de la “consecutiva” a la “simultánea” pienso que fue el hecho de haber crecido en un mundo bilingüe, lo que me permitía interpretar simultáneamente con cierta facilidad.

Y yo continuaba vendiendo crónicas, artículos y comentarios a quien quería comprarlos. Uno de los clientes de mis crónicas distribuidas por Europa Press era el Correo Catalán de Barcelona. Pero también las compraba La Vanguardia, que, sin saberlo, publicaba de vez en cuando crónicas de Ismael Herráiz, que yo había escrito por encargo suyo como su ghostwriter, con la ventaja de que los honorarios eran para mí. Cuando él fue destinado como Consejero de Información a Lisboa y dejó Viena, yo tenía claro que aquello se había acabado…

Hasta que, de forma inesperada, recibí en 1964 una carta del director de La Vanguardia Española, Javier Echarri. Por lo visto Herráiz, sin que yo lo supiera, me había recomendado a su amigo el falangista Echarri para que ocupara la plaza vacante.

Y hete aquí que un día recibí una carta del director del periódico, con membrete repujado y muy bellamente mecanografiada, en la que me preguntaba si me interesaba trabajar de corresponsal para ellos: Tengo el gusto de preguntarle si a usted le interesaría ser nuestro corresponsal en Viena. Yo tenía 27 años, y la redacción de información internacional de La Vanguardia era la mejor o una de las mejores de España. Me imagino que lo que me facilitó la entrada en el periódico fue el hecho de que después del fracasado y sangriento levantamiento de 1956 en Budapest, la neutral Viena se había convertido no solo en un observatorio sobre el Este de Europa, sino también en un canal y fuente de noticias.

No es fácil entender todo esto a la distancia de tantos años. La Vanguardia era y es un diario de la burguesía liberal de Catalunya, era el diario que yo estudiaba todos los días cuando iba a la Escuela Oficial de Periodismo. Fue fundado al margen de lo que sería el catalanismo político en el siglo XIX, en un momento en que en España gobernaban “los partidos de turno”. Gaziel, el mejor director que tuvo La Vanguardia en toda su historia, describiría en 1971 desde el exilio de París el ambiente político de 1881, año en el que dos hermanos, comerciantes de yute de Igualada, fundaron La Vanguardia como «diario político y de avisos y noticias, órgano del partido constitucional de la provincia». Cito a Gaziel: «Los partidos de turno procuraban imitar o parodiar la majestuosa rotación de los tories y los whigs, piezas fundamentales del sistema británico durante el esplendor de la época victoriana. Los tories o conservadores españoles tenían como jefe al político más inteligente del país, Cánovas del Castillo, verdadero autor de la restauración monárquica (…), y los whigs o liberales eran liderados por una especie de bondadoso y astuto pastor llamado Práxedes Mateo Sagasta (…). Para mantener su asombroso equilibrio, los dos partidos gubernamentales habían extendido por toda España una acreditada red de representantes exclusivos (…)».

Gaziel describe cómo en Barcelona los conservadores solían durar más porque eran más ricos y bien organizados, y disponían de lo mejor de la prensa local: el Diario de Barcelona, que, para los burgueses y el artesanado, y en general para toda la gente bien situada en Catalunya, era como una edición del Evangelio del día.

Los liberales de Barcelona no sabían cómo oponerse, hasta que dos hermanos mencionados, Carlos y Bartolomé Godó, decidieron fundar un nuevo diario, que fuera el órgano del partido liberal y canal de propaganda… y de acceso a las influencias políticas. Los Godó se habían establecido en Barcelona procedentes de Igualada, y se habían hecho ricos explotando una fábrica de textiles de cáñamo en Poble Sec, que gracias a influencias políticas se convirtió de hecho casi en un monopolio del yute. Seis meses después de la fundación del periódico en Barcelona, los liberales de Práxedes Sagasta ganaron las elecciones con una mayoría del 76,52 %.

El día de las elecciones el editorialista de La Vanguardia estaba exultante: «El día de hoy, 21 de agosto de 1881, será una efeméride notable en los fastos españoles. Hoy la nación, en uso de su libérrima y espontánea voluntad, declarará que entra gozosa en el camino del progreso. Al propio tiempo inferirá mortal herida al ultramontanismo, quedando consolidada la libertad en nuestro país».

El periódico había tenido déficit desde el principio, como todos los diarios de partidos políticos, hasta que dejó de ser un órgano de los liberales. Gaziel narra que los Godó habían superado aquella etapa compensando las pérdidas editoriales con la influencia política del partido liberal y gracias al control que ejercían sobre el feudo del distrito de Igualada.

La historia del periódico es un reflejo de la historia de Catalunya y de España al compás de los cambios políticos, todo ello enmarcado en la trayectoria de cuatro generaciones de la familia que lo fundó. Ya en 1888, un periodista andaluz que debió ganarse el favor de la familia hizo de él un diario de nuevo tipo, bien escrito, vivo e independiente, a saber, que no dependía de nadie más que del propietario. La familia propietaria, que ostenta los títulos de Grandes de España y Condes de Godó, era rica, no apoyaba el catalanismo, era monárquica y abierta al progreso tecnológico. Pero la redacción había seguido siendo más o menos liberal.

Antes de la guerra civil, el diario se llamaba simplemente La Vanguardia. Pero el sábado 28 de enero de 1939, un día después de la entrada de las tropas nacionales en Barcelona, pasó a llamarse La Vanguardia Española. La siguiente “reconversión” del título tardó años en llegar: fue el 16 de agosto de 1978. Yo estaba entonces en Bucarest cubriendo la visita oficial del jefe del partido comunista chino Hua Kuo Feng a Rumanía. Nadie lo comentó y yo mismo, que recibía el diario de papel por correo, no me di cuenta del cambio hasta más tarde.

Cuando fui nombrado corresponsal, el director del diario era un falangista, y el “calzador” que me metió era otro falangista, pero el periódico lo hacía la redacción. Nunca supe cómo fue la operación: en todo caso mi tarjeta de visita profesional mostraba entonces a las claras que mi familia ideológica estaba muy lejos del régimen. Además, las cosas habían cambiado mucho: después de una protesta pública provocada por la desfachatez de un director impuesto entonces por el gobierno, el propietario (de la tercera generación de los Godó) tuvo que pedir en Madrid el cese del interfecto… cuando el diario había perdido en pocos días 20 000 suscriptores. La nueva dirección reanudó la tradición liberal, se abrió a las corrientes catalanistas moderadas, y demostró gran sensibilidad ante todo tipo de tendencias políticas.

Allí yo me sentía como en casa.

APRENDIENDO A SER COMUNICADOR

Aquello me obligó a cambiar algo mi forma de vida. Alquilé un despachito en un viejo palacio reconvertido en una especie de centro de prensa, en el que los corresponsales podíamos tomar oficinas en subarriendo. Hasta entonces era un freelance bastante capaz de organizar mi propia vida familiar sin estar condicionado por cierres de redacción.

En mi caso, puesto que no estaba casado, mi vida familiar consistía en hacer la vida más agradable a quienes vivían conmigo y con mis mismos ideales. Otro aspecto era fomentar todo tipo de iniciativas formativas para jóvenes y mayores interesados por cuestiones de la fe, y en conocer y dar a conocer el espíritu de san Josemaría entre mis compañeros. Una de las experiencias más interesantes que hice entonces fue observar la simpatía con que se recibía el mensaje de la santidad en la vida cotidiana en todos los ambientes.

Para ilustrar lo de todos los ambientes, quiero aportar un botón de muestra.

Al escribir estos recuerdos he intentado repasar mi libro de direcciones: allí he encontrado por ejemplo los nombres de tres prominentes comunistas austríacos con los que tuve algún tipo de contacto relacionado con la Obra.

Uno de ellos es Hans Maršálek (miembro de la resistencia en Bohemia, superviviente del campo de concentración de Mauthausen en Austria, y presidente del Comité Austríaco Mauthausen). Xavier Sellés, siendo funcionario de la Embajada española, había hecho todo lo posible en la época de Franco por reconstruir la memoria de los casi 6000 exiliados españoles que habían sido asesinados por los nazis en aquel campo de concentración. Fue entonces cuando debió conocer a Maršálek. Después de que Sellés sufriera una embolia cerebral, recibí la llamada de un amigo común diciéndome que Maršálek, que estaba ya ciego, quería visitarle. Nunca olvidaré aquella visita en la habitación del sanatorio: el veterano comunista, que no podía ya ver, rindiendo un emocionado homenaje de amistad y respeto a un amigo, cristiano del Opus Dei, que solo podía hablarle con los ojos.

Otro de ellos fue Heinrich Dürmayer (combatiente de las brigadas internacionales en España, internado en el campo de concentración de Mauthausen, y abogado del Partido Comunista Austríaco) con el que tuve bastante contacto cuando yo editaba la revista Analyse.

Y, finalmente, Gerhard Hoffmann, un comunista austríaco que había estado en la resistencia checa, en las brigadas internacionales, y en la resistencia francesa. Nuestra amistad empezó en un debate público en el Instituto Cervantes de Viena, pero continuó y se fortaleció durante años hasta su muerte. Yo le llevaba Camino, el libro de espiritualidad cristiana escrito por Josemaría Escrivá, y él me entregaba a cambio algún polémico artículo suyo de historia contemporánea. Nos pasábamos horas hablando de todo. Junto a su esposa visitó conmigo la casa de retiros de la Obra en Hohewand y era divertido oírle a él cómo explicaba a su mujer (no creyente) lo que era el sagrario, esa “cajita” que había encima del altar, en el oratorio.

Un grupo de recién ingresados en la universidad que solían acudir al centro de la Obra para recibir formación quiso les impartiera algunas charlas sobre Periodismo a algunos de sus amigos. No sé cómo me las arreglé: hice un programa siguiendo los consejos de un profesor de Filosofía sevillano (Jesús Arellano) que había pasado un verano en Austria. Él no sabía mucho de periodismo, pero era filósofo y tenía un gran sentido común.

La verdad es que el que más se benefició fui yo mismo, porque aprendí de aquellos muchachos, por ejemplo, una cultura del debate y del diálogo que no había conocido en España. En aquella época fundamos un informal Arbeitskreis für Publizistik (grupo de trabajo para publicistas). Teníamos sesiones en las que estudiábamos un libro muy completo sobre la Zeitungslehre (doctrina del periodismo) de un profesor bávaro, y luego, por turno, uno de los asistentes resumía un capítulo de “Derecho Natural”, del profesor austriaco Johannes Messner. Yo solía analizar con ellos noticias de la prensa cotidiana o de las agencias, que traía de mi despacho. Les hacía ver, por ejemplo, la diferencia entre el valor de una fuente original y una “noticia refrito”, es decir, una noticia copiada de otro lugar y aderezada para que parezca original. Recuerdo que una de nuestras reuniones tuvo lugar el mismo día en que fue asesinado el presidente americano John F. Kennedy (un viernes, el 22 de noviembre de 1963). Más tarde aquel Arbeitskreis sería la base de una revista mensual que fundaríamos en 1965. Que yo recuerde, uno de los participantes llegó a ser un conocido corresponsal de la Televisión austríaca, y otro terminó sus estudios de Derecho y se hizo jesuita.

TRANSPARENCIA EN EL MOMENTO DE COMUNICAR

También me ocupaba de atender las peticiones de información sobre el Opus Dei que venían de los medios. Esto me permitió conocer a muchos periodistas y apreciar la importancia de la transparencia informativa. Una editorial que había sido fundada por algunos fieles de la Obra que habían llegado a Alemania cinco años antes que nosotros a Austria, fue publicando las obras de san Josemaría en lengua alemana, que naturalmente eran leídas también en Austria. Me alegraba mucho siempre que conseguía una buena recensión en un medio austríaco.

Aprendí, por ejemplo, que las simples apologías solo solían convencer a los que ya estaban de acuerdo con el apologeta, o que la acumulación de adjetivos positivos no mejora para nada la calidad del producto. También aprendí a escuchar para entender mejor la motivación y el trasfondo del que preguntaba.

En varios momentos de mi vida me encargué también de los asuntos de comunicación del Opus Dei en Austria. Este trabajo no era precisamente mi oficio, porque lo que yo había aprendido era buscar y recoger información, pero no darla.

Con el tiempo fui aprendiendo. El principio fue algo duro, porque no era un trabajo de periodista, sino que se trataba más bien de responder a peticiones de información de los medios, contestar a preguntas, facilitar la comunicación con obras de apostolado colectivo del Opus Dei o con personas determinadas, explicar aquella Obra fundada 23 años antes en la lejana España… y con frecuencia responder a preguntas impertinentes.

Uno de los problemas que tenía que desbrozar era la maleza informativa que surgía a consecuencia de la tendencia que tenían inicialmente algunos de mis compañeros a identificar el Opus Dei con una institución semejante a las fundaciones de grandes santos españoles como Ignacio de Loyola, Domingo de Guzmán, Teresa de Jesús… Más trabajoso era explicar además que el asombroso crecimiento del Opus Dei en la España de la década de los cuarenta y cincuenta no tenía nada que ver con la dictadura de Franco.

Otra de las dificultades era presentar un diseño informativo del Opus Dei que respondiera tanto a su auténtica naturaleza pastoral como al marco jurídico eclesiástico que tenía entonces (instituto secular). Si en castellano ya era difícil de explicar lo que significaban las palabras “instituto secular”, en alemán el término Säkularinstitut no decía nada o casi nada al público en general. Hasta que, en una ocasión, hablando en Roma con periodistas de la Obra de varios países, san Josemaría nos dio este consejo: «No os metáis en precisiones jurídicas, que de poco servirá, y describid en cambio con garbo la realidad que veis en todo el mundo: el fenómeno pastoral de la Obra que se traduce en apostolado personal y la santificación del trabajo ordinario de sus miembros».

Quiso que empezara a publicarse una detallada documentación sobre el largo camino jurídico que tuvo que recorrer el Opus Dei en el seno de la Iglesia. Ahora hay muchísimos estudios, pero entonces todo eso no existía: algunas veces, después de haber pasado mucho tiempo describiendo la Obra a periodistas, el rostro de mi interlocutor se iluminaba y me decía: «Ahora lo entiendo: sois como monjes, ¡pero con corbata!». Y yo tenía que empezar de nuevo: «No, no, tan monjes como tú». Al mismo tiempo era necesario hablar del afecto que san Josemaría tenía a los religiosos. San Josemaría explicaba que el Opus Dei no era un eslabón más de una evolución del estado religioso, que empezaba con los padres del desierto y recorría toda la gama de órdenes y congregaciones religiosas a lo largo del tiempo hasta el siglo XX. «No, no es eso», y continuaba explicando que habíamos salvado un paréntesis de siglos, inexplicable y muy largo, que empezaba con las primeras comunidades cristianas de la iglesia primitiva. También decía que en el momento de la fundación «no había nada» y esperaba que el derecho de la Iglesia se reformara de tal forma que cupieran los miembros del Opus Dei sin dejar de ser fieles normales como todos los demás.

Pero a san Josemaría le pasó lo que a Moisés: murió antes de entrar en la tierra prometida. Sería su fiel sucesor, el beato Álvaro del Portillo quien lo conseguiría después de que el Concilio Vaticano II abriera la posibilidad que luego se promulgó un nuevo código de derecho canónico, en el que figuraba la institución de las prelaturas personales.

EL ASUNTO URS VON BALTHASAR

Uno de mis primeros asuntos “serios” en la oficina de comunicación del Opus Dei fue un largo artículo del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, dedicado al tema del “integralismo religioso”, en que dicho sacerdote había dedicado párrafos muy negativos a la Obra y a su fundador. El artículo fue publicado en diciembre de 1963 en una prestigiosa revista mensual de Viena llamada Wort und Wahrheit. Luego me enteré de que el artículo había aparecido poco antes en una revista de poca relevancia en Suiza. El director de la revista vienesa, Otto Schulmeister, vino a decirme que «tuvimos que publicarlo» para compensar el descontento que había provocado entre los jesuitas —así me lo dijo entonces él— un crítico artículo del ex jesuita Balthasar en la misma revista sobre Teilhard de Chardin, otro jesuita que intentaba sintetizar la teoría de la evolución con la historia de la salvación, y estaba bastante mal visto en la Congregación del Santo Oficio.

Von Balthasar venía a decir que el Opus Dei quería restaurar una unión del poder civil y religioso (“trono y altar”). La peripecia y las repercusiones del asunto eran teológicamente muy importantes, pero finalmente todo terminó bien… aunque algo más tarde: la revista publicó enseguida una declaración oficial de Álvaro del Portillo y un sólido artículo de un conocido periodista bávaro especializado en integralismo, rebatiendo a von Balthasar. Cinco años más tarde el mismo Urs von Balthasar calificaría las críticas al Opus Dei —en una carta dirigida al Neue Zürcher Zeitung— en general de «falsas y escritas en el estilo del Kulturkampf». Finalmente, en un largo artículo póstumo del autor sobre “Integralismo, hoy”, Urs von Balthasar no mencionaba ni directa ni indirectamente el Opus Dei.

Hoy día esto es historia, pero entonces tuve que trabajar bastante. El director de la revista era un muy conocido periodista austríaco con el que yo había trabado una desigual amistad (yo tenía un par de años más que uno de sus hijos). Pero hubo que explicar todo al cardenal de Viena, calmar a los amigos, etc. Sonrío cuando pienso que muchas de las personas con las que tratábamos pensaban que éramos una organización muy extendida en Austria, siendo así que el número de los miembros de la Obra sería entonces de dos o tres docenas… y que la “oficina de comunicación” la llevaba un periodista de 26 años que al escribir en alemán tenía que luchar con los dativos y acusativos...

No es este libro el lugar más adecuado para repetir las cosas que llegó a escribir Urs von Balthasar sobre san Josemaría y sobre la Obra. Fue entonces cuando aprendí del fundador cómo había que reaccionar ante tales contradicciones. Lo primero que nos dijo fue que «la única pena es que haya personas así, que se obstinan sobe todo en hacerse daño a sí mismas». Nos recomendó que «siguiéramos trabajando, como hasta ahora, con mucha ilusión y cariño, con mucha comprensión para todos», y nos pidió que dijéramos al causante que él «le disculpa, le perdona y reza por él». También aprendí de él a exigir una rectificación con la delicadeza que requiere el amor al prójimo. Álvaro del Portillo escribió —como antes me refería— una aclaración de treinta líneas corrigiendo con exquisita cortesía las incongruencias del autor suizo, que fueron publicadas en el número siguiente. El manuscrito de quince o veinte páginas que otros y yo habíamos preparado durante largas veladas de trabajo quedó en la nevera.

Von Balthasar se había preguntado entonces cuál era el mensaje teológico del Opus Dei, porque «el manualito para boy-scouts de rango superior» como Camino no podía bastar «para alimentar espiritualmente a una elite tan numerosa». Un año más tarde me encontré de nuevo con san Josemaría en Roma. En una charla con numerosos profesionales de la información de la Obra y hablando de los medios en general dio una clave para la respuesta: «El mensaje teológico vendrá después. Ahora hay un fenómeno pastoral».

Y efectivamente vino… y además de la pluma de un coautor vienés. Se trata del libro Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, un tratado de teología de tres volúmenes, que ha escrito en 2010 el mismo Ernst Burkhart que vino a la Obra en 1963, junto con el teólogo madrileño Javier López Díaz. Es respuesta detallada a la antigua pregunta de Hans Urs von Balthasar, que había fallecido en 1988 y no pudo ya leerlo.

Hoy, en el momento que escribo estas líneas es más fácil de entender el trasfondo del asunto Balthasar.

En la extensísima biografía de Peter Seewald sobre Ratzinger (¡1149 páginas!) se describe muy detalladamente cómo un grupo de obispos, sobre todo alemanes, consiguieron que en la primera sesión del Concilio (clausurada el 8 de diciembre de 1962) se rechazara un ya existente proyecto de documento sobre las Fuentes de la Revelación, para sustituirlo con otro proyecto de documento sobre el mismo tema preparado fundamentalmente por Ratzinger.

Ratzinger es quien dice ahora en el libro de Seewald que aquello fue el «punto de inflexión» del Concilio Vaticano y que en la rebelión «contra la continuación unilateral de la espiritualidad antimodernista» los padres conciliares «optaron por un nuevo camino de pensamiento y de palabra» (JRGS, Obras Completas de Josef Ratzinger en alemán, tomo 7/1).

En el mismo libro se cita una carta del teólogo Karl Rahner a su hermano en la que le cuenta como él y Ratzinger «en un panfleto de integralistas franceses» estaban siendo duramente insultados y acusados de «herejía, de negar la existencia del infierno y de ser peores que Teilhard y los modernistas».

Pienso que estas citas de Seewald sobre los integralistas y Teilhard de Chardin indican que los dos artículos de Wort und Wahrheit eran un reflejo del trasfondo real de los debates conciliares, y que los integralistas que supuestamente atacaban a Ratzinger y a Rahner no tenían nada que ver con el Opus Dei. Lo que pasó es que Balthasar no lo sabía.

Después de la aventura de Wort und Wahrheit empecé a comentar con más precisión algunas de las críticas de carácter superficial que alguien me planteaba. Quiero mencionar aquí los términos usados por Escrivá en Camino, como la “santa intransigencia”, la “santa coacción” y la “santa desvergüenza”. Antes, yo me limitaba a decir que se trataba de una metáfora o de una alegoría. Hasta que un famoso actor de teatro alemán, con el que hablé sobre la posibilidad de suavizar la traducción alemana de estos términos, me abrió los ojos diciendo: «¿Por qué te preocupas? No toques nada: empobrecerías el riquísimo lenguaje del autor. Lo que está escrito son tres magníficos oxímoron, es decir, palabras juntas de significado opuesto que se utilizan para designar una idea nueva, muy típico de autores clásicos». Algo así sucede cuando se habla de un “elocuente silencio”. Más tarde mi amigo dramaturgo me trajo una larga lista de oxímoron utilizados por Ovidio, Lukas von Hildebrand, san Jerónimo, san Juan de Ávila, Goethe, Ignacio de Loyola, Paul Celan, san Juan de la Cruz…

CÓMO SE PROTESTA EN MOSCÚ

Otro caso de emergencia lo tuve en Moscú. Por lo general por la mañana yo solía dar junto con mi intérprete un vistazo a la prensa diaria. Un día descubrí en el semanario que editaba el Ministerio de Asuntos Exteriores, Novoye Vremia, un artículo difamatorio sobre el Opus Dei. Poco antes yo había participado en una excursión al norte de Rusia organizada por el Consejo gubernamental para Asuntos Religiosos. Visitamos el monasterio ortodoxo Snetogorski y la catedral de la Natividad en la ciudad de Pskov, donde empezó la cristianización del norte de Rusia en el siglo X. Pienso que la intención de los organizadores era mostrarnos un ejemplo de libertad religiosa en la URSS. Uno de los acompañantes oficiales era un joven funcionario llamado Anatoly T. Bondar, con quien mantuve más tarde una relación cordial.

Cuando vi el artículo de Novoye Vremia pensé que no tenía mucho sentido protestar en la redacción. El semanario se editaba en varias lenguas. Al autor no le conocía nadie. Yo quería sin embargo que quedara documentado que el responsable en la redacción había metido la pata empeñándose en una lucha supuestamente ideológica contra un fantasma inventado por ellos. De repente me acordé de Anatoly y pensé: a fin de cuentas, el Consejo para Asuntos Religiosos debería ser el lugar competente para depositar una protesta. Llamé a Anatoly, que se alegró de que yo quisiera verle y me dio una cita para el mismo día. Me recibió con la habitual hospitalidad (un vaso de vodka) de quien tiene el encargo de ser amable. En realidad, lo que yo quería era no tan sólo que él transmitiera mi protesta, sino que quedara grabada en los aparatos de escucha que con seguridad existían en semejantes oficinas. La conversación debió de ser más o menos así:

—¿Como estás, Ricardo?

—Fatal, estoy hecho polvo.

—¿Qué te ha pasado?

—Tengo miedo de salir a la calle en Moscú.

—Pero ¿por qué?

—Porque, si la gente que va conmigo en el metro descubre que yo soy uno de los peligrosos conspiradores agentes fascistas del Opus Dei que describe Novoye Vremia, a lo mejor me linchan… Tú sabes muy bien que yo soy del Opus Dei.

—Pero ¿qué escribe Novoye Vremia?

Yo llevaba el semanario en la mano y se lo mostré. Hicimos una pausa para que él mismo lo leyera.

Después de la lectura, me di cuenta de que estaba algo desconcertado y me dijo «Dime: ¿qué es lo que no te gusta del artículo?».

Con calma le fui enumerando una por una las burdas falsedades que contenía, hablando con la claridad suficiente para que quedara bien registrado. En un momento dije algo así como: «Lo que más me ha irritado es la falta de profesionalidad de mis colegas en la redacción de Novoye Vremia, no se han tomado ni la molestia de buscar fuentes propias. Todo son malos refritos de cosas falsas y además mal ensambladas. Si uno quiere calumniar, tendría que hacerlo más profesionalmente».

La entrevista con Anatoly terminó con la cordialidad de siempre.

Pero yo no estaba del todo satisfecho: llamé a la redacción del semanario preguntado por el señor L. Velikovic. No le conocían…, me dijeron. Insistí explicando que en la página 29 del número 13 de marzo de 1982 figuraba un artículo de ese señor. Tuve que hacer varias llamadas hasta que me dijeron que se trataba de un colaborador que no trabajaba en la redacción y que no tenía teléfono. Insistí, hasta que me dieron su dirección postal. Y allí fui. No fue fácil, porque las calles tenían montones de nieve y yo iba con un Lada (un todoterreno licencia Fiat) cuya batería se descargaba cuando la temperatura bajaba de -2º: Velikovic vivía en uno de los silos prefabricados muy lejos del centro y le encontré en casa. Era una persona de 72 años y quedó muy sorprendido cuando me vio. Tardó bastante en comprender quién era y qué quería. Finalmente, el veterano periodista me dijo que había recibido el encargo de escribir un artículo sobre el tema con una documentación ya escrita que alguien le había proporcionado. Pero él no sabía quién había hecho aquella documentación. Le pregunté qué más sabía del Opus Dei: «Sólo lo que he escrito». A la pregunta de si había leído alguna obra de Escrivá me dijo: «No, nunca». Pienso que quedó muy aliviado cuando salí del modesto apartamento.

Otro asunto del que me ocupé en 1984 tenía que ver con una increíble emisión de una de las televisiones estatales alemanas en las que se afirmaba que el Opus Dei se dedicaba al comercio de armas, y se sugería que se hacía para financiar sus actividades.

Ruthard von Frankenberg, el jefe de la Oficina de Información del Opus Dei en Alemania, no podía creer lo que veía y oía en el programa Monitor del WDR (West Deutsche Rundfunk) el 13 de noviembre este 1984. Un supuesto príncipe francés llamado Borbón declaraba ante las cámaras con convicción que él «había servido al Opus Dei», que «ayudó al Opus Dei a cumplir ciertas tareas» comerciando con armas, y cosas por el estilo. El moderador Klaus Bednarz y el editor Volker Happe, que presentaron al Príncipe como «uno de los mayores traficantes de armas de Europa», le calificaron cinco veces de miembro del Opus Dei.

Al papa Francisco le gusta crear neologismos, como por ejemplo primerear: una palabra-metáfora que significa enfocar algo de la periferia para situarlo en el centro. En otra ocasión utilizó el termino snakenews, es decir una mentira como la de la serpiente del Génesis, para caracterizar enfáticamente lo que hoy se llama fakenews.

Pues aquello fue un snakenews germánico. Después de la emisión, el diario Die Welt me pidió que les escribiera un artículo sobre el asuntillo de las armas. Me pasé una semana entera en Colonia para demostrar que el Opus Dei no estaba llevando a cabo negocios de armas con fines siniestros.

Las afirmaciones hechas en el pasado por el cardenal Höffner de Colonia, según las cuales en el Opus Dei no se puede encontrar ningún punto de vista contrario a la fe cristiana, no se podían aplicar a «a las actividades prácticas del Opus Dei», afirmaba Bednarz, porque «después de meses de investigación por parte de Monitor parece claro que los miembros del Opus Dei están incluso involucrados en negocios de armas». Según los redactores, su periodismo de investigación ya había tenido consecuencias trágicas: uno de los traficantes de armas murió dos días antes de la entrevista acordada de manera inexplicable.

Estas cosas no son nada fáciles, porque demostrar que uno es algo es fácil, pero demostrar que uno no es algo es más difícil.

No quiero juzgar la intención de los periodistas que hicieron aquel programa, diseñado para probar que el Opus Dei participaba en el comercio de armas. Parecía como si quisieran demostrar que la misma institución que tanto promovía Juan Pablo II estaba haciendo negocios particularmente sucios.

No era el Príncipe de Borbón, “el traficante de armas de Dios”, quien, en el programa, afirmaba ser miembro del Opus Dei, sino la redacción: de esto me di cuenta cuando en el vídeo escuché el tono original francés sobre el que se había superpuesto una traducción falsa. Tardé algo, pero finalmente pude encontrar la pista del testigo principal del WDR, un tal Michel da Moreira, alias Principe Miguel de Bourbon Conde de Ipanema Moreira, condenado en Francia por delitos comunes.

Más tarde intenté estudiar la supuesta licencia española para el comercio de armas del “Príncipe”, presentada por los productores del programa. Aquello era en realidad el documento autenticado de un “Cronista de Armas”, es decir, de un heráldico licenciado, un especialista en genealogía y heráldica, no de un comerciante de armamento.

Y así todo el resto.

Die Welt publicó el 14 de diciembre de 1984 un extenso análisis de todas las falsedades y me consta que finalmente el Opus Dei presentó una denuncia y un tribunal alemán o bávaro dio la razón al demandante.

En enero de 1992, poco antes de la beatificación de Josemaría Escrivá (el 17 de mayo del mismo año), la revista norteamericana Newsweek publicó unas declaraciones de Vladimir Felzman bajo el título A Questionable Saint. En ellas, este explicaba que le había quedado muy marcado en su mente un comentario escuchado a Escrivá, de que Hitler había sido acusado injustamente de matar a seis millones de judíos, cuando en realidad había matado a cuatro. (Literalmente, Felzmann afirmaba: ‘He told me that Hitler had been unjustly accused of killing 6 million Jews,’ Feltzman says. ‘In fact, he had killed only 4 million’. That stuck in my mind).

Felzmann fue miembro del Opus Dei y conoció a Escrivá en 1965. Fue ordenado sacerdote en 1969. Dejó de pertenecer al Opus Dei en 1982: en ese momento, Vladimir Felzmann no tenía nada contra el fundador de la Obra, a quien admiraba, aunque mostraba distancia con su sucesor, pues consideraba que había fosilizado el espíritu original. Solo algún tiempo después afirmaría que Josemaría Escrivá minimizaba el holocausto.

Aunque aquello no tuvo un gran eco en los medios de comunicación, algunas veces tuve que ocuparme de lo qué pensaba san Josemaría sobre Hitler y el nazismo. Los testimonios de personas que habían convivido san Josemaría en los años setenta revelan el juicio negativo de san Josemaría sobre Hitler y el holocausto. Uno de ellos recuerda haberle oído decir a Escrivá, con un vocabulario muy crudo que consideraba que el pueblo alemán tenía la gran desgracia de haber sido gobernado durante unos años por “el mayor bastardo que la tierra haya conocido”. (pie de página: el link a Temes d‘Avui: https://www.temesdavui.org/node/6985?lang=es&

EN UNA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

Otro de los “asuntos familiares” que me (y nos) ocuparon en aquella época era conseguir en Austria una residencia de estudiantes o un centro académico de mayores dimensiones que el piso alquilado en la Favoritenstrasse, es decir, algo semejante a los colegios mayores que yo había conocido en Barcelona (Monterols), en Santiago (La Estila), y en Madrid (Moncloa). Aquello facilitaría la labor de formación tanto de las primeras vocaciones como de los jóvenes que se sentían atraídos por la actividad de una institución entonces poco conocida.

Pero, como siempre, se nos adelantaron las mujeres con el Studentinnenheim Währing, que he mencionado en el capítulo anterior.

Aquí debo dejar constancia de que tanto aquello como nuestro proyecto de residencia/colegio mayor, sin el empeño de don José María Hernández Garnica, no hubieran salido tan pronto.

Hernández Garnica era uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, muy estrechamente ligado a Escrivá. Conviví con él en total durante algo menos de un año, entre 1960 y 1964: como delegado formaba parte simultáneamente del Consejo General del Opus Dei y de nuestra Comisión Regional en Austria.

Tardamos bastante tiempo en comprender la urgencia que tenía san Josemaría para que ampliáramos la labor en Austria. De forma más o menos consciente, esperábamos a que nos llegara un regalo del cielo que nos permitiera abrir una residencia de estudiantes: recuerdo que habíamos puesto muchas esperanzas en la ayuda de un determinado sacerdote, bien conocido en la archidiócesis de Viena, que había mencionado varias veces la posibilidad de obtener un terreno en buenas condiciones.

Aquello no salía, pero llevábamos el resto de las gestiones con cierta lentitud. Con paciencia y constancia ejemplares, Hernández Garnica venía una y otra vez a Viena con el recado de nuestro Padre de que abriéramos cuanto antes una residencia de estudiantes. Revisando el epistolario, en enero, abril, junio, agosto, octubre y diciembre de 1962, estuvo en Viena con la misma intención. Hay que darse cuenta de la situación de entonces para valorar la fe de don José María: tenía que animar al reducidísimo equipo de numerarios y supernumerarios (todos los austríacos eran todavía estudiantes) para que tuvieran la suficiente confianza en el Señor y pusieran los medios humanos con el fin de poder abrir una nueva residencia, a pesar de la evidente falta de medios materiales.

El primer domingo de junio de 1964 Hernández Garnica apareció en Viena con un encargo muy concreto del fundador: «El Padre quiere que la sección de varones en Viena tenga una residencia que pueda empezar a funcionar en octubre». Venía de Colonia, Londres y Dublín, y tenía el propósito de quedarse solamente una semana. Lo que entonces no sabíamos es que su madre estaba gravemente enferma.

A pesar de ello, en aquella ocasión estuvo en total casi cien días seguidos en Austria. Lo primero que hicimos con él fue pasar revista a las ofertas de terrenos que habíamos estudiado. Con su ayuda y más visión sobrenatural que antes, con prudencia y audacia, conseguimos escoger un edificio adecuado y poner las cosas en marcha: la búsqueda de la financiación, la forma de llevar a cabo las adaptaciones necesarias, la convocatoria para llenar las plazas de estudiantes, y los trabajos materiales. Nos repartimos los encargos de forma adecuada a las capacidades de cada uno. Cuando regresé de un curso de formación en Graz, me fue confiada la tarea de dirigir las obras de adaptación. Durante muchas semanas hacíamos todos los días él y yo la oración de la mañana, y le ayudaba después a celebrar la Santa Misa en casa, para salir ambos disparados en tranvía hacia Birkbrunn —así llamamos a la nueva residencia— con el fin de organizar, planear, distribuir, y coordinar los trabajos de adaptación. A pesar de que él tenía entonces 50 años y una salud precaria, no dudó ni un momento en acometer personalmente todo tipo de tareas, aun las más duras y pesadas.

El contrato de compra se firmó a mediados de agosto, de forma que nos quedaban seis semanas escasas hasta que se abriera la residencia. Con la garantía de un fondo en el que había depositado su patrimonio uno de los que habían venido a Viena, fue posible asumir el crédito necesario para la compra. Nunca se me olvidará la imagen de don José María con pantalones de deporte, bajo un calor infernal, descargando materiales de construcción de un camión: sacos de cemento, ladrillos, maderas, paneles prensados.

Lo hacía con tanta naturalidad, que de momento no me admiré, hasta que poco a poco me fui dando cuenta del esfuerzo que estaba haciendo sin quejarse nunca. Al contrario, procuraba dar la impresión de que estábamos haciendo la cosa más divertida del mundo. Es muy posible que la gente que nos conocía, viendo aquel espectáculo, pensara que estábamos locos: reformar una casa como aquella en el plazo de un mes y medio sin disponer de una empresa adecuada era una aventura. Para colmo de males, descubrimos que en los sótanos había una plaga de hongos: un especialista un poco raro al que llamamos nos aconsejó que rascáramos todas las fugas de los ladrillos y las impregnáramos de una determinada sustancia química. Y el ingeniero, teólogo y doctor don José María se pasaba las horas rascando cemento.

Algunos días él no acudía a Birkbrunn, pero esto solo sucedía cuando se dedicaba a comprar muebles viejos, a restaurar otros, o a preparar objetos de decoración en casa. Recuerdo que un día empezó a buscar entre los escombros de Birkbrunn hasta que encontró dos maderos que yo había tirado. Se los llevó a Favoritenstrasse y allí los limpió, serró, ensambló, pulió, pintó y doró, hasta convertirlos en una magnifica cruz. Aquella cruz, con una imagen de Jesús crucificado, ha presidido durante muchos años el altar del oratorio de estilo modernista de Birkbrunn.

La madrugada del jueves al viernes (era un 2 de octubre, aniversario de la fundación de la Obra) me pilló barriendo la acera de las dos calles que delimitan el edificio: la casa estaba dispuesta. Mientras hacíamos las adaptaciones necesarias, Klaus Küng, que aquel semestre iba a terminar la carrera de Medicina, había anunciado por todas partes la apertura de la nueva residencia, y había recibido y examinado las solicitudes de los candidatos: todas las plazas estaban ocupadas. Él fue el primer director de la residencia, que hoy día, después de una ampliación, continúa siendo un punto de referencia de la vida universitaria en Viena.

Durante las obras, algunos días tenía que dejar antes el trabajo y quitarme el yeso de encima para asistir a alguna conferencia de prensa…

En cuanto a La Vanguardia, no recuerdo cuándo entré por vez primera en aquella redacción de la Calle Pelayo. Primero los departamentos o “jaulas” (gàbies, separadas por muros de cristal transparente). Más tarde aquello se convirtió en una sala común con las diversas redacciones agrupadas en mesas vecinas. Muy pronto congenié con los sucesivos jefes de redacción de internacional, empezando por la generación de los Nadal (Santiago y Carlos). Entonces hice algo que muchos recuerdan: de entrada, explicaba a mis compañeros no solo que yo era de Girona, sino también cuál era mi familia espiritual. Aquello cayó muy bien, especialmente a Myriam Josa, una redactora de la sección de internacional con ideas muy distintas de las mías. Nos hicimos muy amigos y varias veces hemos trabajado juntos.

Al terminar aquella primera mitad de la década de los sesenta, empezó para mí una nueva época que me colocaría en el punto de inflexión del mundo bipolar de la guerra fría.

4.

AL OTRO LADO DEL TELÓN DE ACERO

CASI SIEMPRE QUE HABLO DE MIS primeros años como corresponsal suelo desconcertar a los que me oyen, porque en aquella época (la segunda mitad de los años sesenta), en mi vida había demasiadas cosas entrelazadas.

Cuando empecé, tenía que demostrar a una redacción de gente excelente que era capaz de mantener el nivel que esperaban de mí. Al mismo tiempo, el apostolado del Opus Dei en Austria iba creciendo en personas y extensión. Además, durante aquellos años, el subsuelo social y político de los países del bloque soviético empezó a traquetear, y en occidente empezó a adivinarse una desazón que desembocó en la revolución del 68. Por si fuera poco, el mundo mayoritariamente católico en el que yo me movía estaba empezando a digerir con dificultades el “Post Concilio Vaticano II”, mientras originales y atractivos filósofos del neo marxismo fascinaban a la juventud de Europa y del mundo. Por si fuera poco, en 1965 inicié, con la colaboración de unos pocos estudiantes y jóvenes profesionales, la publicación de una revista mensual llamada Analyse, que iba a tener un perfil de temas políticos, económicos y culturales. Y, paralelamente a todo aquello, empecé a viajar con bastante frecuencia al otro lado del telón de acero.

Debo explicar que en aquella época y en ciertas circunstancias el hecho de ser español podía ser conflictivo, por ejemplo, cuando tenía que explicar a algunos de mis interlocutores que un periódico español tan importante como La Vanguardia no era ni fascista, ni de extrema derecha. De todas formas, empecé a ser invitado a las recepciones oficiales de algunas embajadas de países comunistas, que evidentemente querían pulir su imagen. En verano, cuando se pasaba delante de una de aquellas embajadas con las ventanas abiertas, el olor al aguardiente correspondiente (Țuică, Palincă, Becherovka, Slivovice, Rakia, Wodka…) y el creciente volumen de las voces que llegaba al exterior era llamativo. Allí empecé a estar yo.

El centro de prensa Concordia, donde trabajaba, estaba junto a la antigua cancillería húngara de la monarquía, que después de las dos grandes guerras había sido convertida en embajada de Hungría. Mis primeros contactos con ese país los tuve a través de los colegas de la prensa oficial: alguno de ellos formaba parte de la presidencia de la asociación de prensa extranjera, de la que entré a formar parte, seguramente porque fui considerado como un “exótico”.

TODO EMPEZÓ CON UN TÍMIDO DIÁLOGO DE FILÓSOFOS

Pero mi primer acercamiento al muro que separaba dos mundos fue algo ingenuo y muy especial. Yo había leído un relato de un encuentro del profesor Kelsen con prominentes partidarios del Derecho natural que tuvo lugar en Salzburgo en 1962. Me acordé entonces de que el profesor Legaz Lacambra nos había hablado en Santiago de Compostela del positivismo del jurista austríaco Hans Kelsen, que fue, por cierto, uno de los coautores de la actual constitución austríaca. Era la primera vez que el judío emigrado Kelsen, que estaba enseñando en la universidad de Berkley, regresaba a Austria. En aquel seminario de Salzburgo, Kelsen revisó algunas de sus tesis sobre la ley natural, y yo escribí una crónica para mi Bauchladen de freelance. Era un rollo filosófico y nadie me lo compró, pero sí apareció en una revista de Buenos Aires llamada Vida Universitaria. De todas formas, no debía ir yo entonces muy descaminado, porque una de las tesis que el agnóstico Kelsen formuló en 1962 sería mencionada casi cincuenta años más tarde por Benedicto XVI en su famoso discurso en el Bundestag alemán en septiembre de 2011.

Otra reunión de filósofos me llevó de nuevo a Salzburgo en 1965: 250 filósofos y teólogos iban a debatir sobre “Cristianismo y marxismo hoy en día” y, aunque a mí me interesaba más el Derecho que la Filosofía, aquello me pareció atractivo. Hacía pocas semanas que Pablo VI había nombrado al cardenal König de Viena presidente del Secretariado para los no Creyentes, y aquel tipo de diálogo, en el que muchos cifraban sus esperanzas de paz y coexistencia, no existía.

Era ya el segundo viaje profesional que hice para La Vanguardia. El primero había sido bastante distinto: informar sobre los preparativos de los Juegos Olímpicos de Invierno en Innsbruck en enero de 1964. Participó en ellos un equipo español, y entre los huéspedes de honor estaba Juan Antonio Samaranch, por entonces secretario de Estado de Deportes en el Gobierno de Franco. No pude encontrarle de nuevo hasta 1977 como embajador español en Moscú, tres años antes de que —con el apoyo de la URSS— fuera elegido presidente del Comité Olímpico Internacional. El hecho de que 14 húngaros, 12 checos y 2 polacos pidieran asilo político en Austria después de la Olimpiada de Invierno y no quisieran regresar a sus países era un claro reflejo de la división de Europa.

Pero los deportes no fueron nunca mi especialidad periodística. En cambio, sí lo fue todo lo relacionado con las ideologías, la política y la guerra fría. Los filósofos convocados en la mencionada reunión 1965 en la Rittersaal del antiguo palacio del príncipe-arzobispo de Salzburgo venían del Este y del Oeste… pero los del bloque soviético eran de la segunda división. Varios de los que figuraban en la lista de participantes no vinieron, como Adam Schaff (Polonia) y Georg Lukács (Hungría). Del occidente acudieron marxistas conocidos como Roger Garaudy, Lucio Lombardo-Radice y otros. Estuvieron presentes teólogos católicos como Gustav Wetter, Johann Baptist Metz y Marcel Reding.

En diciembre de aquel año se clausuró el Concilio Vaticano II. Aquello lo seguíamos todos, católicos y no católicos. Para mí fue un gran acicate en mi vida espiritual y en mi afán apostólico personal. Además, en algunos de los más importantes documentos se encontraban mensajes que, desde el momento de la fundación del Opus Dei, yo había aprendido de san Josemaría, como la vocación universal a la santidad, el papel de los laicos en la Iglesia y en el mundo, y el trabajo como camino hacia la santidad. Algunas indicaciones sobre el desarrollo del Concilio las escuché directamente en Viena de boca del cardenal König, que, durante los tres años de sesiones, se reunió tres veces en Roma con san Josemaría.

El diálogo con los filósofos marxistas continuó en 1966 en Chiemsee/Baviera. La tercera reunión se celebraría en Mariánské Lázně (Marienbad) en 1967, cuando estaba despuntando la llamada Primavera de Praga.

Pero no habría una cuarta edición de los encuentros, porque en agosto de 1968 los tanques soviéticos y los de sus aliados terminaron con los devaneos “contrarrevolucionarios” del Partido Comunista Checoslovaco, que había aceptado aquel diálogo.

PRIMERAS GRIETAS DEL MONOLITO

En mayo de 1966 supe por algún canal subterráneo que el Gobierno rumano había desafiado al Pacto de Varsovia, pidiendo a todos los estados miembros que se pronunciaran en favor de la retirada de todas las unidades militares soviéticas de territorios extranjeros. Entonces eran ocho los países miembros, porque Albania se retiraría en 1968.

Con la llegada de los comunistas después de la segunda guerra mundial, el ejército rumano se había reorganizado según el modelo soviético. Después del octubre polaco y la revolución popular húngara (1956), se había firmado un “estatuto de las Fuerzas Armadas”, que regulaba la situación de las tropas soviéticas estacionadas en territorio rumano: en mayo de 1958 fueron retiradas. Por lo que respecta al ejército rumano, hasta 1960 debió de reinar un cierto equilibrio entre los oficiales profesionales “convertidos” y los comunistas. Muchos de ellos eran antiguos prisioneros de guerra regresados de la URSS, como el simpático obispo de la Iglesia evangélica Albert Klein, que había sido enviado como oficial de reserva al frente del este, y al que yo conocería años más tarde en Brașov/Kronstadt.

¿Qué había pasado?

El 22 de abril de 1966 Ceaușescu recibió en Bucarest una visita del presidente Tito, en el curso de la cual ambos coincidieron en que la división del mundo en bloques militares impedía un desarrollo positivo de las relaciones internacionales (Yugoslavia no pertenecía a ninguna alianza militar). En un mitin público y en presencia de Tito, su anfitrión sugirió además una acción común, independiente de los bloques, de todos los estados balcánicos. Tito ni siquiera dijo esta boca es mía.

Dos semanas más tarde (el 7 de mayo) el conducator rumano volvió a las andadas, esa vez delante de las habituales masas disciplinadamente reunidas en la plaza de la república, criticando de forma abierta el estacionamiento de tropas de un estado en el territorio de otros estados. Él no se refería evidentemente a Rumanía, puesto que, como se he escrito antes, no había tropas soviéticas en Rumanía.

Tres días más tarde se presentó en Bucarest el secretario general del Partido Comunista de la URSS, Leonid Brézhnev. En realidad, iba a ser un encuentro secreto en la Moldavia rumana, pero el día antes de la llegada de Brézhnev a Bucarest alguien de la embajada rumana en Moscú cometió una “indiscreción”, que obligó al protocolo ruso y rumano a calificar aquel viaje de “visita no oficial”. Brézhnev regresó a Moscú el 13 de mayo.

Uno o dos días después el Gobierno rumano hizo llegar a los otros países miembros del Pacto una especie de circular reservada de contenido explosivo: había que retirar las tropas extranjeras del territorio de los estados miembros; no estaba dispuesto a continuar pagando en proporción los costes de tales estacionamientos; la jefatura militar del Pacto no debería estar en manos del ejército soviético, sino adjudicarse por turno a los demás miembros; y el recurso a las armas nucleares por parte de algún miembro (¡!) debería ser objeto de acuerdo previo con los demás. Las informaciones que circularon entonces sobre aquel papel hacen suponer que su difusión procedía de una fuite (indiscreción intencionada) de funcionarios rumanos. Por lo tanto, los medios solo podían calificarlas de rumores, para no delatar la fuente. En especial, lo de las armas nucleares era como poner una guinda amarga al pastel de los rusos.

En aquel momento había todavía tropas soviéticas en tres países (Alemania oriental, Polonia y Hungría). Después de que Austria se declarara estado neutral (mayo de 1955) el ejército soviético había retirado por razones tácticas sus tropas de Bulgaria, Checoslovaquia y Rumanía. Se hizo por orden del entonces primer secretario del Partido Comunista Nikita Jrushchov.

Pero el asunto rumano continuó siendo actual: dos días después (el 18 de mayo) el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores rumano calificó aquellos rumores de “productos de fantasía”, de malentendidos y de una interpretación inadecuada de la posición rumana a este respecto. Al día siguiente lo publiqué en La Vanguardia.

El ritmo de aquella crisis política era casi semanal. El siguiente acto tuvo lugar entre el 6 y el 15 de junio en Moscú, y fue gracias a los despachos de la agencia UPI, que tenía un contrato especial con mi periódico, como pude seguirlo. Era una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores del Pacto. El ministro rumano, Corneliu Manescu, tuvo un encontronazo retórico con su colega de la República Democrática Alemana, que obligó a interrumpir la sesión. Durante aquella pausa el líder soviético Brézhnev tuvo que recibir a Manescu y escuchar de su boca el mensaje de Ceaușescu: en el futuro Rumanía solo estaba dispuesta a llevar a cabo encuentros de ministros de Exteriores de modo bilateral.

Todo era una fachada en la que los rumanos, entre otros, habían ido abriendo grietas. Lo habían hecho ya en la época del estalinista antecesor de Ceaușescu, Gherghiu-Dej, después de unas maniobras conjuntas que habían tenido lugar en Bulgaria en junio de 1963. Estaba acordada de antemano una visita oficial del ministro de Defensa rumano, Leontin Salajan, a Moscú. Pero Salajan (que por cierto era un ciudadano rumano de la “nacionalidad cohabitante” húngara) se negó a ir a Moscú mientras no hubieran regresado a la URSS todos los contingentes militares soviéticos que habían tenido que atravesar Rumanía para hacer unos ejercicios militares en Bulgaria.

Es posible que esta prolija narración canse a quien lea mis recuerdos. A pesar de que no pretendo escribir un libro de historia, relato algunos detalles que son una ilustración de cómo teníamos que trabajar para desbrozar la impenetrable maleza que tapaba la realidad. Muy pronto descubrí que el Ministerio de Defensa austríaco publicaba en edición limitada unos manuales muy completos sobre los ejércitos de los países del este de Europa: desde el tipo y cantidad de armas, hasta el número de soldados, detalles sobre la organización interna, y cosas por el estilo. Era evidente que esos manuales estaban destinados a los oficiales, pero no eran ningún documento secreto. Más tarde me llevé una sorpresa, cuando me enteré de que era posible comprar a la CIA documentos “no clasificados” de la URSS: por ejemplo, unos mapas muy útiles del territorio de los 22 402 223 km² del Estado soviético. Aquellos mapas eran una representación cartográfica hecha por los especialistas de la CIA a partir de las diversas y farragosas notas verbales que el Ministerio de Asuntos Exteriores enviaba a las embajadas acreditadas en Moscú, en las que se describían por escrito las zonas de acceso restringido a los extranjeros. De esta forma me enteré años más tarde de que la iglesia católica de Kiev en la que asistí a misa estaba fuera del perímetro permitido. En otras palabras, poco a poco me di cuenta de que tenía que dedicar tiempo y paciencia para ir colocando determinadas informaciones en un puzzle difícil de descifrar.

AL OTRO LADO DEL TELÓN

Mis primeros contactos directos con el mundo comunista al otro lado del telón de acero fueron decisivos, porque, de entrada, a mediados de los años 60 fui espectador de algo que no se asemejaba a lo que hubiera tenido que ser la unidad monolítica de la clase obrera. Muchas veces tuve la impresión de que estaba cerca de un nido de serpientes venenosas y no frente a una fortaleza monolítica.

En noviembre de 1966 fui al Congreso del Partido Comunista Húngaro. Lo de “ir” a un congreso es una forma eufemística de hablar, porque los periodistas sólo podíamos coleccionar las migajas informativas oficiales e intentar contactar con algunos participantes (sobre todo con los huéspedes extranjeros).

Era mi primer viaje a un país comunista. En una de las miles de consignas que enviaba el Ministerio de Información y Turismo (el ministro era Manuel Fraga Iribarne) a los directores de los medios españoles, figuraba la prohibición expresa de publicar informaciones de propia cosecha fechadas en países comunistas, y la de enviar periodistas al otro lado del telón. Naturalmente podían publicarse en los medios las noticias que distribuía la agencia gubernamental EFE. Había una excepción: la de los periodistas deportivos que acompañaban a una selección nacional de algún deporte a un país comunista. Pero, por la razón que fuere, nadie se quejó en Madrid cuando La Vanguardia, durante años, fue el único medio español que tuvo un redactor viajando por lo que Pérez Reverte llamaría “territorio comanche”.

Yo viajaba con un pasaporte español inválido para un país comunista (lo decía un sello cuidadosamente estampado por la Policía española en la contraportada), me alojaba en el desvencijado antiguo hotel Duna, de cortinas con flecos que olían a monarquía, y trabajaba en la otra orilla del Danubio, en un centro de prensa situado en un gran hotel-balneario llamado Gellert, donde la piscina de aguas minerales estaba reservada a la nomenclatura, es decir a los dirigentes comunistas de nivel superior escogidos por un bizantino y exacto sistema de selección. El primer mensaje político que capté me sorprendió bastante. Lo oí de boca de un comunista, ex obispo protestante, Janos Peter, que desempeñaba entonces el cargo de ministro de Exteriores húngaro: «Si no sabéis adaptaros, si no sabéis andar panza abajo, arrastrándoos por el fango, entonces no seréis revolucionarios, sino unos charlatanes». Era una cita de Lenín.

Un par de años más tarde cometí la idiotez de comprar las obras completas de Lenín, cuando podía encontrarlas en la Biblioteca Nacional: entonces descubrí la sibilina distinción que hacía entre “terrorismo de Estado” y “terrorismo individual”.

El segundo mensaje que me llegó fue la lucha abierta de los soviéticos contra la “bestia negra” del comunismo internacional (China) y la lucha subterránea contra la “bestia gris” (Rumania y otros rebeldes). El que más se despachó en el asunto chino fue el exgeneral Enrique Lister que, en representación del Partido Comunista Español, calificó el programa chino de «plan monstruoso y demencial», y descalificó «los feroces y calumniosos ataques chinos». Aprovechó la ocasión para hacer un llamamiento contra el referéndum popular sobre una Ley Orgánica del Estado en España (un amago de Constitución franquista, menos severa que lo que había hasta entonces).

El tercer mensaje fue quizás el más importante para mí, aunque no lo entendí entonces. Era una propuesta del mencionado obispo/ministro para crear un alambicado sistema de seguridad en Europa basado en la formación de tres grupos de estados europeos. Años más tarde comprendí que aquella iniciativa formaba parte de la ofensiva diplomática de la URSS para conseguir, de alguna forma, un sucedáneo de reconocimiento internacional para las fronteras surgidas de la segunda guerra mundial, sin tener que aceptar la reunificación de Alemania.

El mes de abril de 1967 fue impactante. En aquel momento los “defensores de las esencias” de Moscú continuaban ignorando los cantos de sirena que venían de Occidente (los filósofos y teólogos), y de algunos intelectuales del Este, que a su vez eran eco de la propaganda de la “coexistencia pacífica” de Nikita Jrushchov, el jefe del partido y del Gobierno soviéticos.

Pero el sector de los “duros” en la cúspide del poder soviético, que en 1964 habían ya eliminado a Jrushchov, quiso dejar claro quién mandaba en la casa. El Partido Comunista soviético convocó con urgencia para finales de abril de 1967 a los partidos comunistas europeos para meterles en cintura. La cita tuvo lugar en Karlovy Vari (Karlsbad, en alemán).

Yo estuve presente, si por estar presente se entiende pasarme todo el día buscando en la bella y decadente ciudad-balneario a alguien que supiera lo que estaban haciendo los más altos representantes del comunismo europeo. La redacción de La Vanguardia tenía plena consciencia de que algo se estaba moviendo, e inició mis primeras crónicas desde Checoslovaquia con una entradilla explicando las divergencias que se detectaban dentro del bloque soviético. Yo había destacado en crónicas anteriores las manifestaciones de nerviosismo soviéticas, plasmadas en inesperados encuentros de alto nivel para calmar a los disimuladamente insumisos polacos, húngaros y especialmente rumanos, que habían tenido la osadía de normalizar sus relaciones de Estado con la República Federal de Alemania.

Casi doscientos corresponsales extranjeros acudimos a la estación de ferrocarril para presenciar la llegada del primer secretario del partido comunista de la Unión Soviética, Leonid Brézhnev. Los cordones de policía montados alrededor del dirigente soviético que acababa de llegar de Berlín no evitaron que los responsables de la seguridad del visitante notaran nuestra presencia. El resultado fue fulminante: dos horas más tarde un representante del Departamento de Prensa de la conferencia declaró que la estación y el aeropuerto de Karlovy Vary eran zonas prohibidas para la prensa. Y a las siete de la tarde, fueron cerradas todas las comunicaciones de teléfono y télex.

El Partido Comunista Español en el exilio estuvo representado por su presidenta, Dolores Ibárruri, que vino de Moscú, y Santiago Carrillo, que portaba un mensaje de Tito. No recuerdo ya cómo, pero dos días después de la inauguración tenía yo en mis manos el proyecto de documento preparado por los organizadores soviéticos: dos de los cuatro puntos centrales se referían a la cuestión alemana: reconocer y aceptar las fronteras actuales de las dos Alemanias y de Polonia, y el reconocimiento de dos estados alemanes soberanos. La conferencia terminó como el rosario de la aurora: 32 horas antes de lo previsto, y con nada nuevo. Pude encontrarme con Santiago Carrillo, pero de nada me sirvió, porque en aquel momento se cerró como una ostra.

Pero, ya en plan de balnearios, continué el viaje hacia otro balneario bohemio, Mariánské Lázně (Marienbad, en alemán), donde iba a tener lugar el mencionado tercer diálogo entre teóricos marxistas de Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Alemania oriental, y teólogos enviados desde Roma por el Secretariado para los no Creyentes (es decir, por el cardenal de Viena Franz König, que era el presidente). El contraste no podía ser mayor. Nada era secreto, todo era bastante caótico, y uno podía hablar con quien quisiera. Tenía un cierto ambiente oficial, puesto que entre los organizadores figuraba la Academia de Ciencias de Checoslovaquia.

Tropecé con una mesa redonda en la que dos jesuitas españoles y Manuel Azcárate, miembro del Comité Ejecutivo del Partido Comunista Español, conversaban sobre cristianismo y comunismo, y naturalmente, sobre España. Creo que Azcárate acababa de llegar entonces, como yo, desde Karlovy Vari. Por su trayectoria humana era ya considerado como un “reformista” en la cúspide del partido, pero allí defendió unas extrañas tesis sobre un pluralismo político compatible con el papel directivo del partido comunista, una posición poco adecuada para dialogar con no-comunistas.

Un año más tarde sería él uno de los abanderados del eurocomunismo, lo que le enfrentó con Carrillo, quien le expulsaría del partido en 1982. Yo había conocido al comunista francés Roger Garaudy un año antes en Salzburgo. Garaudy la emprendió contra los que intentaban «abrir una brecha entre Marx y aquellos estados que hoy reivindican su realización histórica» (el “realismo socialista”). Nunca hubiera pensado entonces que un ideólogo como él iba a cambiar tantas veces de camisa: en 1968 defendería el eurocomunismo, en 1970 sería expulsado del partido, y en 1982, después de casarse con una palestina, se convertiría al islam. Allí, en Marienbad, estaban Lombardo Radice (un matemático comunista italiano), Gustav Wetter (jesuita austríaco en Roma, especializado en filosofía comunista), Roger Garaudy (ideólogo del partido comunista francés), Josef Hromadka (teólogo protestante checo), Milan Machovec (filósofo marxista checo), Adam Schaff (filósofo polaco), y otros 170 conferenciantes, hablando y debatiendo como si se encontraran en la acrópolis griega. Era la época de los contrastes: mientras sucedía esto, el jefe del estado mayor de las fuerzas del Pacto de Varsovia, el mariscal Ivan Yakubovski, preparaba el teatro de eventuales operaciones de las fuerzas armadas del Pacto para defender “las conquistas del socialismo” en Europa oriental.

“CONSULTAS IMPERATIVAS”

Mi trabajo en Hungría y en Checoslovaquia me había puesto a tono.

En Viena, en los momentos que mi trabajo para La Vanguardia y mi dedicación a asuntos del Opus Dei me dejaban libre, hice una locura que he mencionado ya al principio de este capítulo: editar con un pequeño grupo de estudiantes y de jóvenes profesionales una revista que se llamó Analyse y era, por así decirlo, un fruto de aquel Arbeitskreis für Publizistik que yo había iniciado años antes. En 1964 había estado con otros periodistas de la Obra en Roma, donde san Josemaría nos habló de la responsabilidad que teníamos frente a la sociedad y de la oportunidad de llevar a cabo lo que él llamó “apostolado de la opinión pública”, es decir, ahogar el mal informativamente en abundancia de bien. También insistió mucho en el respeto a la libertad de opinión de los católicos en materias políticas. Desgraciadamente, no tomé entonces apuntes, pero las cosas que él dijo allí están en algunas de sus entrevistas publicadas en el libro del Rialp Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer. Él tenía además una gran facilidad para utilizar metáforas, y una de las que se me quedó grabada decía más o menos así: «Tenéis que envolver el mundo en papel de periódico».

El papel de los ejemplares de Analyse no hubiera servido ni para envolver la Ópera de Viena, pero al principio tuvimos éxito. Yo era el editor, pero no el director de la revista, un cometido que fue rotando dentro de la redacción, según las necesidades. Teníamos socios muy pintorescos, incluso algún sinvergüenza que nos causó problemas. Yo sabía que no todo serían flores y que el clima de la prensa era áspero y desabrido. En los momentos duros, cuando yo regresaba del trabajo a medianoche a casa con Ernst Burkhart, cenábamos lo que había, tomábamos una cerveza, reíamos, y rezábamos. El núcleo de la joven redacción estaba formado entre otros por Robert Bek, Ernst Burkhart, Juan Bautista Torelló, Wilfried Rott, Josef Richter, Christian Hauer... Burkhart tenía una pluma fantástica, escribía muy bien, muy tranquilo, muy suelto, muy agudo. Entrevistó a Herbert von Karajan, asistió a un ensayo para un concierto de Otto Klemperer. Robert Bek tuvo grandes éxitos, como su entrevista a Bruno Kreisky y a un disidente del partido socialista, Franz Olah, que había sido presidente de la federación de sindicatos y ministro del Interior. Realizó entrevistas telefónicas en condiciones adversas con disidentes de la URSS. Wilfried Rott cubrió magistralmente sobre el terreno las semanas que siguieron a la intervención militar del Pacto de Varsovia en agosto de 1968 en Checoslovaquia, así como la información sobre los actos de terrorismo de irrendentistas tiroleses en el Tirol del Sur. Christian Hauer, que ha sido hasta el año pasado senior de uno de los mayores bufetes de abogados en Austria, escribía fantásticas críticas de cine.

Torelló, fallecido en 2011, había llegado a Viena en 1964, y era uno de los “veteranos” del Opus Dei en Barcelona, cuya biografía está todavía por escribir. Médico psiquiatra, sacerdote desde 1948 y poeta desde siempre, había sido enviado por san Josemaría a Palermo, Zürich y Milán, antes de llegar en 1964 a Viena. El cardenal König le llamaba como consejero teológico y Torelló muy pronto se hizo amigo de personalidades fuertes en Austria, como del profesor Viktor E. Frankl, del director de orquesta Argeo Quadri, del director de Cáritas, Leopold Ungar, por citar sólo tres. Torelló nos escribía todos los meses un ensayo para la revista sobre temas atrayentes (“coraje”, “confianza”, “risa y sonrisa”), que eran muy apreciados.

El profesor Viktor Frankl, que había fundado la logoterapia y estaba abierto a la vida del espíritu, congenió muy bien con Torelló. Frankl era judío, había sobrevivido al campo de concentración de Auschwitz, y había ayudado a otros a sobrevivir con su terapia sobre el sentido de la vida. Le visité algunas veces en su casa. Vivía en la Mariannengasse, muy cerca del Allgemeines Krankenhaus, una zona donde residían muchos médicos y que todavía hoy día rebosa de consultorios. Se hizo célebre una conferencia que pronunció en la plaza del Ayuntamiento de Viena en 1988, cuando dijo que no podía existir una culpa colectiva de una nación precisando que «en realidad sólo hay dos razas de hombres, la raza de las personas decentes y la raza de las personas indecentes. Y la línea de segregación cruza todas las naciones, y dentro de las naciones, a través de cada uno de los partidos».

Gracias a aquellos contactos pudimos publicar toda una serie sobre las memorias de Frankl en el campo de concentración de Auschwitz. Un gran éxito fue conseguir que el famoso pintor vienés Friedensreich Hundertwaser diseñara una portada original para uno de los números.

Yo, que un año antes había sido nombrado corresponsal de La Vanguardia, ayudaba a los que dirigían la revista, y redactaba también artículos sobre la evolución de la política en la Europa del Este, en concreto por la esperanza que supuso la revolución en Checoslovaquia (1968). Desde Analyse se impulsaban entrevistas por teléfono a disidentes de la Europa del Este. Para ello contaban con una colaboradora rusa que les ayudó a entrevistar a los disidentes rusos Andrei Sinyavsky y Yuli Daniel antes de que fueran condenados a duras penas de prisión por haber llevado a cabo “propaganda y agitación antisoviética”.

Aquella locura profesional duró hasta 1969, cuando yo mismo y los redactores nos dimos cuenta de que para dotar a la revista de una sólida base económica hubiera sido necesario convertirla en un semanario. Una agencia demoscópica nos había hecho un estudio muy completo y optimista del que se desprendía que con el mismo estilo y en aquel mercado, la revista tendría suficientes ventas para asegurar la necesaria publicidad si se convertía en semanario. Para ello no disponíamos de recursos: y además nadie de los directamente implicados podía dejar las otras tareas que llevaba entre manos para dedicarse solo a Analyse.

Ernst Burkhart se fue a Roma para estudiar Teología, Rott se trasladó a Berlín, Bek se hizo catedrático de Química en un instituto de Viena, Hauer se dedicó con éxito a la abogacía. El redactor de economía, Josef Richter, no sólo se casó con la secretaria, que era la hermana de Robert Bek, sino que además fue fichado como “cerebro” por la Cámara Federal de Comercio. Y yo continué mi vida nómada allí donde hacía frío.

El último número de Analyse fue un número doble (abril/mayo de 1969).

Ese era el mundo en el que yo me movía cuando llegaron lo que llamé “consultas imperativas” al otro lado de la frontera. Ceaușescu se había lanzado al ruedo en Rumanía, y en Praga un lobby de reformadores había eliminado del poder al estalinista Antonin Novotny, y colocado al frente del poder a una mayoría de renovadores pragmáticos. Ceaușescu lo había hecho ya en una asamblea pública en la que acusó en mayo de 1966 a la Unión Soviética de intentar minar el partido comunista rumano. En Praga la cólera de muchos funcionarios comunistas hizo posible la destitución de Novotny en una tumultuosa reunión del comité central durante las vacaciones de año nuevo de 1967/68. Brézhnev, que había sido llamado a Praga por sus fieles para evitar lo peor, no pudo hacer nada; después de decir a sus camaradas checos y eslovacos «eso es asunto vuestro», regresó a Moscú con las manos vacías, y dejó en Praga un partido dirigido por comunistas ávidos de libertad y democracia.

La escalada estaba ya programada y la llamada “conferencia consultiva de partidos comunistas de todo el mundo” celebrada en Sofia en marzo de 1968 terminó, después de varios “plantones” de unos para otros y viceversa, sin comunicado final.

Con el tiempo yo había empezado a adquirir una cierta rutina para ir atando cabos.

RUMANOS Y RUSOS SE PELEAN

Regresemos a los cabos sueltos y a la conferencia consultiva. A finales de febrero fui testigo indirecto de la crisis rumano-soviética. En la conferencia consultiva de Budapest, el jefe de la delegación rumana, Paul Niculescu-Mizil, que era en Rumanía el político más importante después de Ceausescu, se mostró contrario a la reactivación de un centro directivo del comunismo mundial. Exigió que cesaran las críticas a otros partidos (como el chino), se quejó de que no hubiera sido invitado a la conferencia el partido comunista de Israel, y defendió la posición rumana favorable a Israel. Aquello provocó una violenta reacción de la delegación siria, cuyo jefe, Khaled Bagdas, calificó a Niculescu-Mizil de “chauvinista”, “lacayo imperialista” y “marioneta del capitalismo”.

Lo que sucedió en aquellos pocos días en Budapest merecería ser tratado en un film. Después de 48 horas, el ambiente del Centro de Prensa de Budapest dejó de parecerse al que estábamos acostumbrados los periodistas en reuniones de este tipo. Si bien durante los primeros días las fuentes oficiales de información eran escasísimas, con el transcurso del tiempo se fue creando un determinado estilo de trabajo, que no dejaba de tener interés. La secretaría de la conferencia no publicaba los discursos de las diversas delegaciones. En cambio, cada una de estas —por lo menos las que tenían interés en que su punto de vista fuera conocido— se las arreglaba para que sus informaciones nos llegaran de una forma más o menos abierta. Las conferencias de prensa de las delegaciones contribuyeron a precisar los matices de las diversas posturas. Especialmente interesantes eran nuestros encuentros con el joven Enrico Berlinguer (46 años) que aún no era jefe del Partido Comunista Italiano (lo sería en 1972) pero era ya el representante clásico del eurocomunismo. Se trataba de una ideología reformista que incluía una posible colaboración con partidos burgueses en plataformas políticas en las que no rigieran posiciones básicas del marxismo-leninismo, como por ejemplo la “dictadura del proletariado”. Era lo que en la política nacional de Italia se llamó el Compromesso storico entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista.

El Partido Comunista Español, bajo la dirección de Santiago Carrillo empezó a llamarse eurocomunista, pero apenas hizo más que publicar declaraciones sin repercusión reformadora en el partido, mientras que bajo la dirección de Berlinguer y durante diez años, el eurocomunismo fue la corriente dominante del comunismo italiano.

La delegación rumana exigió al comunista sirio que pidiera disculpas. Gracias a las declaraciones de un alto funcionario húngaro, que estuvo presente en la conferencia, a las manifestaciones de los periodistas húngaros acreditados en el centro de prensa y a las conferencias de prensa de las delegaciones canadiense, finlandesa y checa, pude reconstruir con bastante exactitud los acontecimientos que precedieron al éxodo rumano de la noche anterior. El origen de las divergencias que impulsaron a los rumanos a tomar una decisión de tanta gravedad fueron las declaraciones hechas en la conferencia por el jefe de la delegación siria, Khaled Bagdas. Según la versión del comunicado oficial del miércoles, Bagdas «quitó la máscara al sionismo internacional, que es uno de los movimientos que sirven los intereses del imperialismo norteamericano». Esta versión no reproduce, sin embargo, más que una mínima parte de las referencias del secretario general del partido comunista sirio, quien hizo una crítica integral de la política exterior rumana, que mantenía por entonces una postura prudentemente neutral en el enjuiciamiento de la crisis de Oriente Medio.

Como he escrito, Niculescu-Misil había pedido al sirio que retirara sus palabras. Bagdas contestó diciendo que él suprimiría las declaraciones anti rumanas del acta «porque no correspondían al tema del orden del día», pero nada más. Niculescu contestó diciendo: «Acepto esta respuesta e interpreto este gesto como una manifestación de que el delegado sirio ha retirado sus palabras».

Después de aquel incidente terminó la sesión “dura”, y los delegados se retiraron a sus habitaciones, convencidos de que el incidente había sido eliminado definitivamente.

Yo había dedicado bastantes horas a comparar textos y sabía que las divergencias no eran bizantinas. Por ejemplo, comparé un artículo del responsable húngaro Zoltan Komócsin aparecido en el diario soviético Pravda con el original húngaro del mismo artículo, publicado posteriormente en el diario oficial de Budapest Népszabadság. El artículo había sido censurado y manipulado.

Además, la ausencia de los yugoslavos era llamativa.

Unos días antes de que terminara, toda la delegación rumana abandonó la conferencia con armas y bagajes. El día de su salida, el diario oficial de Bucarest Scinteia escribía que «en la familia de los partidos comunistas y obreros no pueden existir partidos superiores y partidos subordinados, y que es inadmisible cualquier tentativa de resucitar, bajo cualquier forma, la idea de un centro dirigente».

Lo que había sucedido antes en Bucarest no era menos dramático. Después de una larga reunión con altos funcionarios del partido en la capital rumana, Ceausescu transmitió por teléfono un ultimátum a Niculescu-Mizil para que fuera tratado en la sesión del jueves, e hizo sacar de sus camas a todos los embajadores de los países socialistas cuyas delegaciones participaban en la conferencia de Budapest para informarles sobre el ultimátum. Una ulterior disculpa del sirio tampoco fue aceptada.

El portavoz de la delegación soviética en aquella reunión era Mijail Suslov, el mismo que había organizado en 1948 la expulsión de Tito del Kominform. El representante del partido comunista español, Santiago Álvarez, era un gallego exiliado en Cuba, persona de bajo rango en el partido, que había asistido ya a la conferencia de Karlovy en abril del año anterior. Hasta aquel momento la posición oficial del PCE permitía adivinar una cierta neutralidad en el conflicto. Pienso que Álvarez, que había salido de la cárcel de Logroño en 1951, no debía sentirse muy a gusto allí. Si habló, no hubo constancia.

Aunque Carrillo había hecho lo posible para colocarse a la sombra del prestigio de los eurocomunistas, en realidad su posición no acababa de encajar en la trifulca comunista de los años sesenta. Todos los que habían sido comunistas activos en 1948 recordaban muy bien el papel del partido español en la crisis del Kominform, cuando Stalin expulsó en junio de 1948 a los comunistas de Yugoslavia: los términos usados por Carrillo, la Pasionaria y otros dirigentes del partido para descalificar el comunismo yugoslavo los tenían todos presentes, en especial Tito. A nadie le gusta que le llamen traidor, y a un comunista tampoco le gusta que le digan que ha traicionado a la clase obrera.

Ceausescu estaba diseñando una orientación propia de su política con respecto a Israel. Fue el único país del bloque comunista que no rompió las relaciones con Israel después de la guerra de los seis días. Tras aquella guerra (junio de 1967) se cerraron las embajadas de Israel en los demás países del Pacto de Varsovia, incluida la URSS. Un detalle al margen: cuando llegaron los primeros diplomáticos estables de España a Moscú, el protocolo soviético les adjudicó un número de orden para las matrículas de los coches. Cuando lo vi por vez primera en Moscú, me di cuenta de que era un número muy bajo y me extrañó, hasta que alguien me aclaró que nos habían adjudicado el número de orden que había tenido Israel hasta entonces.

POR VEZ PRIMERA EN BULGARIA

La crisis dentro del bloque comunista aumentaba día a día. En Praga la cúspide del partido había caído en manos de comunistas reformistas. Dos días después de Budapest se reunió en Sofia la cumbre del Pacto de Varsovia, convocada para tratar sobre la crisis en Checoslovaquia y poner un bozal a los rumanos. Tuve la posibilidad de aprovechar la oportunidad de “cubrir” informativamente la cumbre del Pacto de Varsovia (celebrada en marzo de 1968) para visitar por vez primera Bulgaria. El Pacto de Varsovia era la organización militar creada en 1955 por la URSS con sus aliados para responder de alguna forma a la OTAN, que existía ya desde 1949.

Era evidente que el rebelde continuaba siendo Rumanía. Como todo era a puerta cerrada, para aprovechar el tiempo hice aquellos días un estudio comparativo (siempre con fuentes abiertas) de los gastos de defensa de los miembros del Pacto, y me di cuenta de que el país que menos había aumentado en 1968 las partidas en su presupuesto de defensa había sido Rumanía (en un 4,5 %), mientras que el crecimiento del presupuesto militar en los demás países era bastante mayor: un 15 % en la Unión Soviética y un 10 % en Polonia, por citar sólo dos países.

Como siempre, las únicas fuentes de que disponía eran los farragosos comunicados oficiales y las fuites intencionadas o no intencionadas de algún compañero de los medios de los siete países participantes. También eran útiles los contactos con las embajadas occidentales, que conocían los entresijos locales mejor que nosotros.

Pienso que la mejor forma de ilustrar el trabajo que yo estaba haciendo entonces son dos párrafos con carácter de anécdota de mis crónicas de entonces. Uno de ellos fue escrito el mismo día en que terminó la conferencia:

Por ello los sesenta corresponsales acreditados estos días en Sofía hemos interpretado en un principio como una señal de alarma el hecho de que el ministro búlgaro de Asuntos Exteriores, Ivan Bascheff, haya tenido que esperar una hora y media a sus colegas en el hotel Bulgaria para almorzar con ellos, tal como estaba previsto. Este sentimiento de que algo raro sucedía se ha visto confirmado por la efectiva ausencia del ministro rumano de Asuntos Exteriores, Manescu, en este almuerzo. Hasta este momento no se ha dado ninguna explicación plausible a esta ausencia. (La Vanguardia, 08.03.1968)

Al día siguiente escribí:

El comunicado final de la reunión del Comité Político consultivo del Pacto de Varsovia, publicado el 8 de julio de 1966, constaba de una larga enumeración de cuestiones (que iba desde la coexistencia pacífica hasta la reunión de una conferencia para la seguridad europea); el comunicado que ha sido publicado esta tarde simultáneamente en todas las capitales del bloque del Este europeo, menos Albania y Yugoslavia, consta exactamente, en su versión francesa, de 34 líneas. Aparte del comunicado, se ha publicado una lista de los 39 delegados que han asistido a la reunión que terminó ayer por la tarde y una declaración de ocho páginas «sobre la amenaza para la paz surgida a consecuencia de la escalada de la agresión militar en el Vietnam». (La Vanguardia, 09.03.1968)

No recuerdo ya dónde, pero lo que sí recuerdo es que, en una ocasión, con dos compañeros italianos (uno de ellos, por cierto, del diario del partido comunista L’Unità), durante una de aquellas conferencias pasamos mucho tiempo contando la frecuencia con que los oradores habían utilizado al término “internacionalismo proletario” y haciendo una lista de los que no lo hicieron. Aquello nos permitía valorar las dimensiones del conflicto político que existía dentro de la alianza soviética.

Todo aquello era tan fascinante que yo apenas notaba el cansancio. Una anécdota ilustrativa sobre aquella conferencia. El agregado de prensa búlgaro en Viena, con el que yo mantenía una relación levemente amistosa, me ayudó a conseguir el visado. También lo obtuvo mi compañero español Francisco Eguiagaray, que entonces trabajaba para la agencia del Movimiento llamada PYRESA. Con un primitivo aparato de hélice de la compañía búlgara TABSO (compañía mixta búlgaro-soviética que volaba de Budapest a Sofia), en el que los pasajeros tenían que sujetarse el cinturón de seguridad con un nudo, conseguí llegar al aeropuerto de Vrazhdebna. En el mismo aparato volaba un americano, enviado especial de la agencia AP, al que esperaba un stringer búlgaro. Éramos pocos pasajeros.

Después del control de aduanas me di cuenta de que había desaparecido mi cartera de mano. En mi inocencia no se me ocurrió otra cosa más que denunciar el robo en la comisaría de la policía del aeropuerto. Eguiagaray, por solidaridad y amistad, me acompañó. El comisario del aeropuerto vino a decirnos que él podía poner su mano en el fuego de que en la zona de aduanas de aquel aeropuerto no había nadie que robara algo sin que él se enterara. Lo que al principio parecía un simple incidente sin problemas fue convirtiéndose en una situación desagradable: el comisario del aeropuerto, que estaba ya cerrando su tenderete, llamó a la central de la policía política de Sofia, que vino a recogernos en un Mercedes para llevarnos a la dirección general de la policía.

Estábamos por decirlo así en la “Puerta del Sol” de Sofía. En el momento de escribir la denuncia por la pérdida de la cartera, me di cuenta de mi imprudencia: cuando yo iba enumerando los objetos que llevaba en la cartera, Eguiagaray se puso progresivamente pálido y me decía por lo bajo: ¿estás loco o qué? El primer susto lo tuvo cuando dije que en la carpeta llevaba un estudio de una universidad americana que comparaba la estructura militar de la OTAN y del Pacto de Varsovia; el siguiente fue cuando mencioné que también llevaba un ejemplar personal del Nuevo Testamento (¿o sea, una Biblia? dijo el funcionario que tomaba la declaración con un tono de voz que no anunciaba nada bueno).

El asombro de Eguiagaray no tenía límites cuando mencioné que además yo llevaba en la cartera de mano un transistor para escuchar emisiones en onda corta, así como un ejemplar de un manifiesto de los escritores rebeldes checoslovacos. Por si fuera poco, el estudio americano que llevaba conmigo tenía en la cubierta un vistoso sello de la Embajada Americana en Viena…

No sé cuántas horas estuvimos allí, pero lo que sé es que llegamos casi a la media noche al hotel Bulgaria, donde se había instalado un centro de prensa para los extranjeros, y donde un inquieto funcionario del departamento de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores estaba esperándonos porque no sabía por qué habíamos desaparecido. Consejo de Eguiagaray: la próxima vez que viajemos juntos avísame y te daré un ejemplar del “Capital” de Marx para que lo metas en tu cartera y así compensas. Unos días más tarde un funcionario del gobierno me buscó para decirme que mi cartera había sido encontrada y que podía ir a recogerla al aeropuerto: el capitán de la policía que me devolvió la cartera en un envoltorio sellado quiso revisar conmigo uno a uno los objetos que figuraban en la cartera, con el inventario de mi denuncia en la mano, para cerciorarse de que no faltaba nada.

Poco después fue el propio Eguiagaray quien tuvo problemas: él había estado unos días antes en Hungría y al llegar al aeropuerto para volar a Sofia llevaba consigo una cantidad relativamente grande de florines húngaros que le habían sobrado: a pesar de que compró mil inútiles chucherías en el miserable duty free shop del aeropuerto de Budapest, le había quedado dinero. Todos los días iba a una oficina de cambio de Sofia, donde —después de mostrar el visado húngaro en su pasaporte— le permitían cambiar una módica cantidad diaria. Cuando fue por segunda o tercera vez a la oficina de cambio, la funcionaria adivinó la situación y preguntó a mi amigo cuántos florines tenía en total por cambiar: al decirle la cantidad, la funcionaria le dijo que escribiera varios recibos para toda la moneda húngara que tenía. Era conmovedor verle firmar, uno tras otro, recibos con nombres de famosos músicos y literatos húngaros, como Bela Bartok, Sandor Petoefi, Ferenc Kossuth… En aquella época no había ni tarjetas de crédito, ni cheques cruzados, ni cosas por el estilo.

En abril hubo otra reunión consultiva en Budapest, pero a un nivel más bajo. A partir de entonces el centro de tensión dentro del bloque comunista era ya Checoslovaquia. Allí, en Checoslovaquia, fue donde conocí a quien sería a mi mejor amigo en Rumanía, y que moriría en un trágico accidente de circulación el 1 de enero de 2003. Era Dumitru Tinu, que había sido enviado por su periódico de Bucarest para cubrir toda la aventura de la Primavera de Praga.

5.

LA PRIMAVERA DE PRAGA

COMO YA HABÍA HECHO DESDE QUE LLEGUÉ a Austria, en la primera mitad de 1968 quise dedicarme un poco al montañismo. Con amigos, jóvenes profesionales y estudiantes, solíamos hacer alguna que otra ascensión a un macizo alpino o pre alpino. Uno, dos o tres días, según las posibilidades. A diferencia de los “nativos”, que por decirlo de alguna forma, en Austria nacen con los esquíes puestos, yo nunca había esquiado antes de llegar a Viena. La primera vez que lo hice (en una ladera del Dachstein) me fracturé algo en la rodilla y en los siguientes intentos me di cuenta de que aquello no era para mí.

Con el mismo entusiasmo con que aprendí a organizar excursiones con los minyons escoltes en Girona, en Austria recorría valles, hacía caminatas, subía a cualquier cosa que estuviera por encima de dos mil metros de altura, e incluso hacía alguna escalada con mis amigos. Mis compañeros de montaña, por lo general, eran personas lejanas a la fe, pero también había algunos que participaban en las actividades formativas del Opus Dei. La estación de ferrocarriles del sur de Viena era muchas veces el punto de partida: los domingos a las cinco y media de la mañana había una misa para excursionistas, que se celebraba en una sala de espera fuera de servicio; el horario nos permitía tomar un tren hacia el sur que nos dejaba, por ejemplo, muy cerca de la base del Schneeberg (2076 m) o del Rax (2007 m) a una hora adecuada para comenzar la ascensión.

Los abundantes hayedos alpinos de la zona eran el punto de partida de nuestras excursiones. Durante las travesías por las mesetas de altura solía charlar con mis acompañantes: allí fue donde, casi sin darme cuenta, aprendí a conocer el trasfondo social, humano, histórico, político y cultural del país donde me encontraba. Fue algo así como una tardía pero eficaz escolarización peripatética y amistosa.

Y allí forjé bastantes amistades, al calor de la estufa de un refugio, o en el pedregal de la base de un glaciar. Por otra parte, mis conocidos querían saber quién era aquel español exótico que no tocaba la guitarra, pero que se movía con bastante naturalidad por la cresta de una sierra como si fuera uno de los nuestros… aunque de vez en cuando yo confundiera el dativo con el acusativo. Muchos, que conocían mi estilo de vida, querían saber más sobre mí.

En algunas ocasiones aquellas conversaciones terminaban poniendo en práctica lo que yo había aprendido quince años antes bajo los plátanos de la dehesa de Gerona: nos sentábamos en un claro de un hayedo para hacer sencillamente un rato de oración, reflexionando sobre algún breve pasaje del Evangelio o sobre algunos puntos de Camino, librito que yo solía llevar en la mochila. O nos sentábamos junto a uno de los hermosos cruceros de camino que hay en Austria, o entrábamos en una iglesia de aldea para rezar un rosario.

Todo esto es lo que me perdí en el año 1968.

EL SUBSUELO SE TAMBALEA

En los años 1967 y 1968, el sector duro del Politburó soviético había venido desgañitándose para asegurar de alguna forma la unidad de los partidos comunistas europeos mediante conferencias, viajes, reuniones consultivas, sesiones de la cumbre del Pacto de Varsovia y cosas por el estilo.

Y, por su parte, en la primera mitad de 1968, los comunistas checos y eslovacos habían empezado a preparar en serio una reforma que debería desembocar en un “socialismo de rostro humano”. Los periodistas que trabajábamos en países comunistas sabíamos que aquello “no iba” con los dogmas del marxismo-leninismo ni del posestalinismo. Además, los estudiantes polacos creaban continuamente problemas con prolongadas huelgas.

Reconozco que estaba desconcertado. Al principio no sabía quién era exactamente aquel Alexander Dubček, un incoloro funcionario eslovaco que los reformistas habían colocado el 5 de enero de 1968 al frente del Partido Comunista de Checoslovaquia. Sabía que antes de la Navidad de 1967 Brézhnev había visitado a Dubček en la capital eslovaca, Bratislava.

Los especialistas en desinformación habían puesto en circulación la leyenda de que el dirigente soviético Brézhnev mantenía relaciones de amistad con Dubček desde la época en que el eslovaco cursaba estudios en la escuela del partido comunista de Moscú (desde 1955 hasta 1958). Brézhnev, decía la leyenda, demostró entonces una abierta simpatía por los comunistas eslovacos, simpatía justificada en parte por el levantamiento eslovaco de 1944 contra el régimen de Hitler. Pero todo aquello cojeaba, en primer lugar, porque Brézhnev, que era 15 años mayor que Dubček, no tenía amigos. Además, cuando Dubček llegó a la academia del partido de Moscú, Brézhnev estaba muy ocupado en su carrera política (fue sucesivamente primer secretario del partido en Kazajstán, miembro del comité central y finalmente del Politburó).

Mis dudas se veían reforzadas además por el hecho de que el alzamiento nacional eslovaco (que sólo había durado dos meses, hasta que los alemanes lo aplastaron) había sido desfigurado e idealizado por la historiografía oficial checoslovaca. Fueron generales soviéticos quienes tuvieron que liberar Eslovaquia de los nazis en abril de 1945.

En aquella época (1967 y 1968) visité algunas veces al administrador apostólico de Praga, monseñor František Tomášek. Era una personalidad fascinante. Después de los golpes de estado comunistas de 1948 en los países de influencia soviética, el papa Pío XII había dispuesto que se llevaran a cabo consagraciones episcopales secretas para mantener de alguna forma una discreta atención pastoral en los países comunistas. Sabemos ahora que aquello apenas mejoró la cura de almas, llevó a muchos obispos y sacerdotes a la cárcel, y dejó ejemplares modelos de lealtad hasta el martirio. Tomášek, que había sido consagrado en secreto en 1949, fue detenido en 1951 y obligado a realizar trabajos forzados. En 1954 (un año después de la muerte de Stalin) fue liberado y pudo ejercer el ministerio sacerdotal e incluso asistir a las sesiones del Concilio Vaticano II (1962-1965) junto al entonces arzobispo de Praga, Monseñor Josef Beran. Tomášek pudo regresar de Roma a Praga, pero Beran no.

Tomášek fue nombrado administrador apostólico de Praga, pero no quiso aceptar el nombramiento de arzobispo hasta después del fallecimiento de Beran (en el exilio romano).

No sé hasta qué punto funcionaron las precauciones que yo adoptaba entonces. Sabía que, si anunciaba mi visita por teléfono o por escrito, tanto el arzobispo como yo tendríamos problemas. Lo que solía hacer era ir a la residencia de la embajada austríaca (que estaba muy cerca del palacio arzobispal) o a la catedral de San Vito, todavía más cerca. Al pasar por delante de la puerta del palacio, entraba de golpe. Siempre encontraba en la portería a la misma persona: el señor Blaha, el factótum de la casa, discreto, fiel y eficaz, vestido con una bata blanca.

No hablábamos más que por señas, para evitar que la conversación fuera registrada. Normalmente, Blaha me hacía esperar en una sala de visitas, subía al despacho del arzobispo, y a los pocos minutos bajaba indicándome con una divertida expresión de complicidad que le siguiera. Tomášek me esperaba, y era evidente que le alegraba recibir una visita “del otro lado”. Tenía el don de hablar con prudencia, franqueza y confianza. Pienso que entendió enseguida que yo no pretendía abusar de su confianza. Yo había aprendido a distinguir lo que podía perjudicar a la Iglesia y lo que podía ser útil para que se enteraran los políticos occidentales… y también algunas personalidades del Vaticano. Aquella confianza aumentó cuando le dije que yo era del Opus Dei.

PRUEBA DE FUEGO EN LA PRIMAVERA DE 1968

En el capítulo anterior he hablado de Joan Baptista Torelló. En la primavera de 1968, Torelló, después de haberse informado en la curia vienesa del cardenal König y antes de la intervención soviética, decidió visitar a Tomášek, quien le pidió que transmitiera a Escrivá su deseo que el Opus Dei se estableciera en Praga: «Alquilen una casa aquí y empiecen su labor apostólica», le dijo. Entonces no fue posible.

Unos años más tarde, con el divertido tono de campechanía y seriedad que saben poner los checos cuando quieren, Tomášek me dijo: «¡A ver cuándo me traen más ejemplares de Cesta! (Camino en checo): el que yo tenía está siempre en el sótano, porque viene gente a copiarlo como manuscrito». No me extrañó que conociera el libro de Escrivá: había sido traducido en el exilio checo de Londres y editado en Milán en 1969. Los libros entraban después clandestinamente en Checoslovaquia sobre todo desde Austria, donde yo conocí a diversas personas discretas y responsables que se ocupaban del “transporte” de libros religiosos, de formación teológica para los seminaristas, y sabía que entre ellos se encontraba Cesta.

Lo que no había sido posible en 1968 lo sería en 1990. Después de la “Revolución de Terciopelo” se abriría el primer centro de la Obra en un piso de la calle Jungmanova, siendo todavía arzobispo el cardenal Tomášek. Y Torelló iría con frecuencia a la República Checa para impartir cursos y charlas de teología espiritual a sacerdotes.

La primavera de 1968 fue mi “prueba de fuego” en el complicado mosaico del bloque soviético. Aquello, que hasta entonces parecía un monolito sin fisuras, empezaba a tambalearse. Y lo más complejo, para los que teníamos que entenderlo, es que se tambaleaba de forma distinta según los lugares. Desbrozar aquello no era fácil. Por ejemplo: tuvo que pasar bastante tiempo hasta que me di cuenta de que utilizábamos las mismas palabras con distinto contenido. Durante la crisis checoslovaca hubo numerosas reuniones del comité central del partido comunista checoslovaco y del comité central del partido comunista eslovaco. Sólo después de una lectura atenta de los estatutos me di cuenta de que la “simetría de las naciones checa y eslovaca” en la estructura del partido era una teoría, porque el comité central del partido checo no existía como tal, mejor dicho, era idéntico al del comité central checoslovaco. En otras palabras, el comité central eslovaco era lo que Marx y Lenin hubieran llamado «un adorno del poder».

Un año más tarde, al visitar por vez primera la URSS, haría un descubrimiento semejante: el partido comunista soviético tenía politburós y comités centrales en todas las repúblicas de la URSS… excepto en la república rusa, donde dependía directamente de las autoridades centrales del partido. Algo parecido podía decirse de los comunistas españoles y catalanes en aquella época. Problemas semejantes ofrecían términos como “socialismo democrático” o “socialismo real”.

En todas partes había tensiones. Aparte de las endémicas protestas de estudiantes polacos, también había problemas en los Balcanes. Un día, de repente me encontré en Viena con un alto funcionario del gobierno búlgaro, Dimitroff Groshkin (nunca más supe de él) que se tomó bastante tiempo para explicarme la desazón del gobierno búlgaro ante la política del gobierno yugoslavo en Macedonia, una de las cinco repúblicas de que se componía Yugoslavia. El malestar se debía a que Yugoslavia «falsificaba la historia», me contó Groshkin.

En esos casos no me quedaba más remedio que estudiar el pasado, la historia. El problema macedonio en su versión moderna podría fijarse en 1872, cuando el imperio otomano permitió la fundación de un exarcado búlgaro por decreto del sultán, y los búlgaros obtuvieron su propia Iglesia, en un momento en que la política eclesiástica serbia era mucho más débil. En 1877, después de la guerra entre Rusia y el Imperio Otomano, Rusia ocupó prácticamente todo el territorio otomano en Europa, excepto Constantinopla.

Por el Tratado de San Stefano entre Rusia y el Imperio Otomano, se creó el principado semi soberano de la Gran Bulgaria, que ocupaba desde el Mar Negro hasta casi el Mediterráneo (incluyendo Macedonia y partes de Serbia). Entonces aprendí un término de derecho internacional llamado suzeraineté o suzeranía (forma de soberanía limitada), que me sería muy útil en el curso de toda mi carrera periodística en muchas regiones del Este europeo.

Lo más notable es que La Vanguardia tenía lectores que se interesaban por semejantes temas y lo agradecían. Y leían con interés mis explicaciones sobre los antecedentes, como las que incluía en las crónicas sobre el tratado de Berlín de 1878, que desmontó el Tratado de San Stefano concluido un año antes, y sobre la creación de nuevos estados en el sureste de Europa, que redujeron la Gran Bulgaria a una cuarta parte del territorio que había llegado a tener. Tan extraño no era esto, puesto que se trataba de lectores cuyos padres y madres habían leído las impactantes crónicas del Gaziel sobre el éxodo de los serbios asentados en Macedonia, que en febrero de 1916 huían de las tropas búlgaras en dirección al oeste. Gaziel, que más tarde sería director de La Vanguardia, hablaba de «las pequeñas nacionalidades arrebatadas, por fuerza, entre los giros del torbellino que está desquiciando los cimientos de Europa, trágica y abatidísima» (edición del domingo, 13 de febrero de 1916, página 15).

Volviendo al tema búlgaro, mientras el señor Groshkin me aseguraba que el gobierno de Bulgaria no tenía sentimientos irredentistas frente a Yugoslavia, el jefe del partido comunista de la república macedonia Kristo Crvenkovski declaraba en Skopje que Macedonia no podía permanecer indiferente «cuando se intenta falsificar y mistificar el pasado nacional del pueblo macedonio». En realidad, lo que estaba en discusión eran las fronteras creadas por las grandes potencias en el Congreso de Berlín de 1878, que no había tenido en cuenta la nacionalidad de la población de la región, sino los intereses de los imperios de Alemania, Austria-Hungría y Rusia, de Francia, Gran Bretaña e Italia.

EUROPA CENTRAL, DISTINTA DE LOS BALCANES

En aquel momento (primera mitad de 1968) parecía como si los problemas de los Balcanes tuvieran que ser resueltos por los historiadores, cosa que cambiaría en los años noventa con seis guerras sucesivas. No fue así en Europa Central, donde el subsuelo político y social del bloque socialista empezaba a presentar grietas, veinte años después de la segunda guerra mundial. Refiriéndome a Checoslovaquia, en febrero de 1968 escribí que en un solo día se registran actualmente en la República Socialista Checoslovaca más acontecimientos que en los veinte últimos años del régimen comunista checoslovaco. Aquella frase no era un recurso literario, sino un reflejo del sentimiento de impotencia que me embargaba en el momento de relatar de forma coherente lo que estaba sucediendo en una parte de Europa de la que desde 1945 mis lectores apenas sabían nada.

El hecho de que el general de división checoslovaco Jan Šejna huyera del país para pedir asilo en un consulado americano en Italia, y de que un teniente general (Vladimir Janko), que hubiera tenido que evitarlo, se suicidara en febrero de 1968; o que Josef Brestanský (vicepresidente del Tribunal Supremo que investigaba los crímenes judiciales del estalinismo) apareciera ahorcado en un bosque de Moravia del Sur, podía pasar en las mejores familias comunistas; pero la aparición de unidades acorazadas del ejército soviético estacionadas en Hungría y en la República Democrática Alemana respectivamente, en la frontera eslovaca y en la frontera con Bohemia del Norte, despertaba recelos en muchas partes. El recuerdo de la brutal intervención soviética en Hungría en octubre de 1956 estaba todavía fresco en muchas memorias.

Era simplemente un tira y afloja. La URSS intentaba remendar la comunidad socialista con las reuniones que he intentado describir en el capítulo anterior (conferencia consultiva de partidos comunistas en Budapest, cumbre del Pacto de Varsovia en Sofia y reunión preparatoria para una cumbre de todos los partidos comunistas), y Dubček repetía que en Checoslovaquia la democracia debía ser una “democracia socialista”, a la vez que yo escuchaba en Budapest cómo al jefe de gobierno Fock se le escapaba alguna referencia a “las exigencias del mercado” en una economía socialista.

A cincuenta años de distancia no puedo añadir nada a lo escrito sobre aquella época, pero pienso que quien lea estas líneas entenderá mejor el ambiente que reinaba entonces recogiendo las declaraciones del entonces nuevo ministro del Interior checoslovaco, Josef Pavel, que publiqué en mayo de 1968. Muchos funcionarios de la policía que habían intervenido en los procesos estalinistas de los años cincuenta abandonaron el servicio, y otros eran objeto de investigación. Aquello provocó una racha de suicidios o aparentes suicidios. Uno de los muertos era un médico llamado Josef Sommer.

En unas declaraciones públicas, el ministro Pavel declaró que él mismo había sido “paciente” del Dr. Sommer, que se había quitado la vida la semana anterior. Sommer no pertenecía a la policía, sino que había sido el médico de la cárcel de Ruzyne: «Yo también fui tratado por el doctor Sommer —especificó entonces Pavel— y no tengo ningún buen recuerdo de él. Pero creo que, en este caso, un procedimiento más humano hubiera evitado la solución extrema. En ningún caso los servicios de seguridad han tenido algo que ver con la muerte de Sommer». Tres meses después sería el propio Pavel quien perdiera su puesto en la primera ola de depuraciones.

La sombra de una intervención militar era cada vez más densa. Era muy difícil deslindar la información y la desinformación sobre la crisis. Los servicios de propaganda soviéticos y occidentales dominaban el arte de crear rumores, y de crear también antídotos frente a los rumores del enemigo, con lo que se llamó rumors clinics. Algunas cosas que sucedían entonces las entendí mejor hace unos pocos años leyendo Rumors en guerra, de Marc Argemí.

Sólo un ejemplo: en mayo de 1968, un moderador de la televisión checoslovaca sentenció: «El supuesto anuncio hecho por el general soviético Alexei A. Yepichev en el pleno del Comité Central soviético, de que se registraría una intervención soviética en el caso de que Checoslovaquia constituyera una amenaza para el socialismo, es una noticia inventada y una provocación». Lo hizo comentando una noticia publicada poco antes en Le Monde, añadiendo que se esperaba que la Unión Soviética «reaccionara ante tal provocación» (en otras palabras, que dijera que el general Yepichev no había anunciado ninguna intervención militar soviética).

Y así continuamente, todo ello adobado con visitas de Kosyguin (jefe del gobierno soviético) y de altos militares a Praga, con informaciones evidentemente falsas sobre la revisión de 70 000 sentencias dictadas en la época del estalinismo, y con la publicación del reformista “Manifiesto de las dos mil palabras” de Ludvik Vaculik, que fue un revulsivo para todos los dirigentes soviéticos.

Muy posiblemente solo algunos servicios de información occidentales sabían cuántas tropas soviéticas habían entrado, estaban entrando o iban a entrar en Checoslovaquia en junio de 1968. Me temo que quizás tampoco lo sabían ellos. Un general checo “nos vendió” el anuncio de unas maniobras militares diciendo que servirían para mejorar la intervención de los mandos conjuntos en operaciones realizadas según criterios de una “guerra moderna” para perfeccionar la colaboración entre los Estados Mayores de cada uno de los Ejércitos nacionales, y para aumentar la “seguridad externa” de los países del Pacto de Varsovia.

En junio de 1968 fui al Tirol del Sur con el fin de hacer algo de montañismo, mejor dicho, fui al Trentino, donde mi compañero Ettore Petta, corresponsal del Corriere della Sera en Viena, tenía una casa. El objetivo era subir a la Cima Brenta (2960 m). Antes, visité con Ettore la redacción de un conocido periódico de Trento, L’Adige.

SUDTIROL: EL DIÁLOGO VENCE AL TERRORISMO

No resistí a la tentación de escribir desde allí una crónica para La Vanguardia con un análisis de la crisis italo-austríaca a propósito del estatuto del Tirol del Sur (Alto Adige, en italiano), en concreto sobre la autonomía de la población de lengua alemana. Yo sabía que mis lectores en Catalunya seguían con interés el asunto. En uno de los viajes que hice en tren desde Roma a Viena, había ya advertido que se trataba de un asunto muy serio. Al comprar en la Stazione Termini el billete de tren hasta la capital del Tirol del Sur, Bozen (Bolzano en italiano), me equivoqué y pedí un biglietto per Bozen, frase que desencadenó un discurso patriótico del vendedor en la taquilla. Para disculparme, le dije que era español, pero este detalle le irritó todavía más y provocó un aumento de tono de la filípica. Poco faltó para que llamara a los carabinieri. Pero aquello me sirvió mucho.

Más tarde tuve que escribir bastante sobre el tema. Intentaré resumir la crisis austro-italiana de entonces como si se tratara de lo que llamábamos “despiece” en el periódico (en este caso un despiece de 2200 caracteres):

Italia se había comprometido después de la segunda guerra mundial a respetar la autonomía administrativa y cultural de la población alemana en la región Trentino-Alto Adige, pero solo lo hizo cosméticamente, dando autonomía a una región en la que los italianos de lengua italiana superaban a los italianos de lengua alemana. Austria protestó ante la ONU, y en 1961 la Asamblea General recomendó negociaciones bilaterales entre ambos países.

No pasó casi nada hasta que en 1964 el ministro de Asuntos Exteriores austríaco Bruno Kreisky se entrevistó secretamente con su colega italiano Giuseppe Saragat (ambos socialistas) en París y acordaron un nuevo diálogo. Las conversaciones no progresaron, debido a diversos actos de terrorismo irredentista anti italiano al sur de los Alpes. Italia acusó a Austria de apoyar el terrorismo, y vetó las negociaciones de asociación de Austria con la Comunidad Europea.

En aquella fase yo estaba con mis amigos en Trento, precisamente el mismo día en que se reanudaba en la capital del Tirol del Norte, Innsbruck, el difícil diálogo entre el gobierno de Viena, el gobierno regional del Tirol austríaco y el partido popular (de los germanohablantes) de la provincia italiana de Bolzano (Tirol del Sur). Aquello fue muy interesante porque entonces aprendí a apreciar el valor del diálogo, del entendimiento, del esfuerzo para comprender el punto de vista y las motivaciones del otro cuando todas las puertas parecen cerradas. Recuerdo con admiración la fantasía de los negociadores cuando Aldo Moro y Kurt Waldheim presentaron en 1969 el llamado Operationskalender, cuya filosofía era bastante sencilla: tú primero haces esto, luego yo haré aquello, más tarde te toca a ti hacer otra cosa y luego seré yo… De esta forma iba siendo posible desvanecer el fantasma y los temores italianos (y no sólo italianos) ante una posible rebelión nacionalista en Bozen/Bolzano para anexionarse al Tirol del Norte. Después de las dos guerras europeas, los tratados de paz habían fijado claramente la frontera entre las dos partes del Tirol, y la razón venció: en 1972 pudo sellarse un acuerdo conocido como el Südtirol-Paket gracias al cual la provincia de Bolzano/Bozen dejó de ser una simple división administrativa del poder político central, y se convirtió en un auténtico cuerpo capaz de auto administrarse. A nadie le quedaron ganas de cambiar la frontera.

LA CARTA DE VARSOVIA

Mientras hablaba de todas estas cosas en Trento con mis compañeros italianos, llegó al teletipo de la redacción de L’Adige una noticia con el texto de la “carta de Varsovia”. Era una enérgica advertencia soviética a los comunistas checoslovacos para que regresaran al redil de la disciplina de bloque. Antes de salir de Viena, y gracias a un desliz de la agencia nacional polaca PAP, había sospechado que iba a celebrarse en Varsovia una cumbre de los “cinco” (URSS, RDA, Hungría, Polonia y Bulgaria), es decir, sin Checoslovaquia. En un despacho, la PAP había escrito que una delegación soviética había llegado a la capital polaca con el objetivo de participar en un encuentro de los estados soviéticos. A los pocos minutos la agencia pasaba una corrección aclarando a sus abonados que allí donde decía państwa radzieckie (estados soviéticos) debía decir państwa socjalistyczne (estados socialistas). El encuentro tuvo lugar, y los cinco firmaron una carta-ultimátum dirigida a los comunistas de Bohemia, Moravia y Eslovaquia. La carta empezaba con un afectuoso «queridos camaradas» pero el resto era inequívoco y amenazador: «Las fronteras del mundo socialista se han extendido hasta el corazón de Europa, el Elba y la selva de Bohemia. Y nunca estaremos de acuerdo en que estos logros históricos del socialismo, la independencia y la seguridad de todos nuestros pueblos, se pongan en peligro. Jamás permitiremos que el imperialismo rompa el sistema socialista por medios pacíficos o no pacíficos, desde dentro o desde fuera, cambiando el equilibrio de poder en Europa a su favor». Lo único que no se decía es que los cinco estados mayores estaban preparando la documentación para una intervención militar.

Total: tuve que renunciar a la ansiada escalada de la Cima Brenta y regresar al trabajo.

En julio y agosto viajé tres veces a Checoslovaquia. El apoyo de los comunistas occidentales a la reforma checoslovaca iba creciendo. Incluso el fiel seguidor de la línea dura soviética, Santiago Carrillo, se sumó a las declaraciones de solidaridad con el nuevo régimen de Praga… después de que lo hubieran hecho los comunistas franceses, italianos, noruegos, austríacos y portugueses. Los comunistas checoslovacos no daban su brazo a torcer, y toda su política se encaminaba a recuperar poco a poco la soberanía que el estado checoslovaco había perdido dos veces: primero durante la ocupación alemana, y después, cuando el país quedó al este del Telón de Acero. Yo había escrito en Analyse una larga serie sobre las consecuencias de la Conferencia de Yalta, en la que los aliados occidentales habían dejado el destino de siete estados en manos de Stalin, por decirlo de forma brutal, porque esto es lo que sucedió. Mi serie llevaba por título “Los mudos testigos del Occidente”.

Lo que estaba sucediendo en Checoslovaquia era un intento de dar un giro al timón.

A finales de julio y principios de agosto, en una estación ferroviaria de la frontera de Eslovaquia con Ucrania (Čierna nad Tisou), y a bordo de un coche-salón ruso, tuvo lugar una extraña cumbre de todo el Politburó soviético con todo el Presidium checoslovaco. El vagón había entrado por las vías de ancho especial ruso y estaba protegido por soldados paracaidistas soviéticos de élite armados hasta los dientes.

Aquella vía había sido construida para transportar carbón ucraniano a una gran siderúrgica eslovaca en Košice (que luego compró una empresa de los Estados Unidos). Algunas cosas me hicieron suponer que después de la conferencia habría un respiro, porque se tenía la impresión de que los checoslovacos habían presentado resistencia a las presiones soviéticas y no cedieron. Hoy no recuerdo ya quién era la persona que me tenía al corriente de las negociaciones que estaban teniendo lugar en el lúgubre vagón de tren de vía ancha: estaba evidentemente bien informado y era muy optimista.

Me contaba que la experiencia de Dubček y su conocimiento sobre la mentalidad rusa, había permitido a la delegación checa mantener la postura inicial, a pesar de la presión ejercida por los soviéticos a todos los niveles (especialmente con las maniobras militares alrededor de Checoslovaquia y los inexplicables movimientos de las unidades que todavía se encontraban dentro del país). En el diario escribí: «Esta vez no les ha bastado a los soviets exponer un punto de vista y hacer una serie de críticas basadas en la defensa del marxismo-leninismo, porque cada una de las críticas soviéticas ha sido contestada con todo detalle en la mesa de conferencia por los representantes checos. El Politburó soviético no ha encontrado ninguna brecha por donde pudiera meter la cuña».

Después de Čierna hubo una reunión de todos los miembros del Pacto de Varsovia (menos Rumanía) en Bratislava, la capital eslovaca, que yo interpreté como un aplazamiento de la crisis. No daba crédito a mis ojos y oídos cuando vi y oí en la capital eslovaca los abucheos del público contra el dirigente comunista de la República Democrática Alemana, Walter Ulbricht. Desde la plaza se coreaban insultos hacia los dirigentes reunidos en el balcón del ayuntamiento de Bratislava. El aturdido anfitrión Alexander Dubček no sabía dónde mirar ni qué hacer.

Para apreciar las dificultades con que nos enfrentábamos los que seguíamos los encuentros de Bratislava, baste decir que el texto de la declaración de diez páginas de “los cinco” más Checoslovaquia fue publicado no en Bratislava, sino… en Budapest (esos eran los secretos del mundo comunista). El supuesto acuerdo de Bratislava no era ningún acuerdo, sino la tapadera del desacuerdo: una colección de tópicos como “respeto a las particularidades nacionales”, a las “leyes generales del socialismo”, y al “papel dirigente del partido comunista”.

Me daba cuenta de que después de Čierna y Bratislava el partido checoslovaco había acelerado la marcha, hasta el punto de que incluso el presidente yugoslavo Tito acudió a Praga intentando moderar a sus camaradas checoslovacos, que querían celebrar un congreso para reformar los estatutos y liquidar el llamado “centralismo democrático” instituido por Lenin. El ritmo de visitas, conferencias y negociaciones era agotador para todos. Después de Tito, fue Walter Ulbricht, y después de Ulbricht apareció Ceaușescu en Praga.

De repente llegó a Praga el general del ejército republicano español emigrado a la URSS Enrique Líster con una misión que nunca llegué a saber, a pesar de que más tarde iba a tener muchas ocasiones de hablarle y de verle.

Era todavía la época en que el telón de acero era un verdadero telón con todos sus elementos: zona de seguridad, una barrera de alambres de púas, una franja de tierra fresca removida y aplanada en la que se hundían los zapatos dejando profundas huellas, otra franja con minas personales, un hilo metálico casi invisible a veinte centímetros del suelo que detectaba eléctricamente al potencial fugitivo, otra barrera con alambres de púas electrificados y sujetos con aislantes de porcelana, torretas de observación, potentes reflectores, perros adiestrados y patrullas móviles constantes. Un detalle que no he olvidado: los aduaneros checos o eslovacos que nos controlaban, apreciaban que “olvidáramos” en el departamento del tren algún ejemplar de fin de semana de algún periodico de bulevar austríaco... porque allí figuraba el programa de la television austríaca para toda la semana, y cerca de la frontera, tanto en Chequia como en Eslovaquia, era posible recibirla: de esta forma se enteraban de lo que estaba sucediendo en su propio país.

Para recorrer los 60 kilómetros que separan Bratislava de Viena necesitaba entonces unas cuatro horas en ferrocarril. Después de otros quince días de estancia en Praga, empecé a pensar que lo peor había pasado y que la URSS no iba a recurrir a la fuerza militar. Total: el 18 de agosto de 1968 regresé a Viena, escribí a mi redacción diciendo que necesitaba descanso, y me retiré a un plácido pueblecito al norte del valle del Danubio llamado Albrechtsberg…

CARROS DE COMBATE EN LAS CALLES DE PRAGA

…Hasta que el 2l de agosto, al ir a desayunar a la fonda del pueblo, vi a través de las pantallas de la televisión austríaca los tanques soviéticos en las calles de Praga. Era una retransmisión en directo facilitada por la televisión checoslovaca, antes de caer en manos del ejército soviético, que acababa de invadir el país junto con unidades de otros países del Pacto de Varsovia.

Mucho me ayudaron en esa época el ya mencionado freelance austríaco Wilfried Rott (redactor de Analyse) y un compañero italiano llamado Demetrio Volcic, que trabajaba para la televisión italiana y que pudo quedarse en Praga.

Se sabía que las aduanas checas no permitían ya la entrada a los periodistas extranjeros, pero una cosa es lo que se dice y otra es la realidad. Con toda la rapidez que pude, reuní el equipaje que solía utilizar en tales casos, a pesar de que no tenía ni idea de cómo se trabajaría en un país que estaba siendo invadido por las tropas de sus vecinos. Hablé con Rott, que enseguida aceptó mi propuesta. Fuimos con su coche hasta la frontera, y allí sucedió lo que ya me imaginaba: Rott era un austríaco “que iba a visitar a su novia”, y podría pasar, pero yo no, “porque ya tenemos bastantes periodistas”. No tenía mucho sentido discutir.

Total, que le di todo lo que llevaba conmigo: tarjetas de crédito para las comunicaciones, dinero, material de archivo, direcciones, contactos, y regresé con la maleta en la mano al pueblo fronterizo, que en pocas horas había sido invadido por una nube de periodistas, cámaras de televisión, fotógrafos, y otras personas que simulaban ser periodistas. Los ocupantes de los pocos coches que entraban en Austria desde Checoslovaquia eran literalmente asediados por la turbamulta.

Semanas más tarde, alguien me hizo llegar un ejemplar suelto de un diario argentino (creo que era La Nación) en el que un enviado especial desenmascaraba para mi asombro la cooperación secreta de dos grandes organizaciones internacionales: la Internacional Comunista y el Opus Dei. El periodista argentino «había visto con sus propios ojos cómo Estarriol acababa de introducir a uno de sus agentes por un puesto fronterizo entre Austria y Checoslovaquia». La mayor parte de los compañeros de Viena me conocían a mí y a La Vanguardia; y los que me conocían mejor sabían que yo era de la Obra. Me imagino así la situación: cuando yo regresaba a pie de la aduana, el argentino debió preguntar a otros compañeros quién era yo, y alguien debió decirle: «Es Estarriol, de La Vanguardia, y además es del Opus…». El aspecto cómico de todas las realidades.

Regresé inmediatamente a Viena, y desde allí pude cubrir, gracias a Rott y a Volcic, la información para La Vanguardia. Rott había aprendido a trabajar en Analyse, y apenas llegado a Praga, hizo una labor fantástica. No sé cómo, consiguió instalarse en la redacción clandestina de un diario que acababa de ser prohibido, y siguió al pie de la letra el tercer principio de todo corresponsal: el primer principio era enterarse, el segundo escribirlo, y el tercero transmitirlo a la redacción.

Habían llegado a Austria enviados especiales de algunos periódicos españoles, que andaban bastante perdidos. Recuerdo uno de ellos que desde una fonda austríaca junto a la frontera mandaba espeluznantes crónicas sobre los acontecimientos en Checoslovaquia para un diario de los sindicatos verticales de Madrid. Mi compañero Eguiagaray, que conocía mejor que yo al colega, comentó en cierta ocasión: «Muy sencillo: tiene fantasía y escucha la BBC».

En aquella época tuve bastante contacto con los enviados especiales italianos. Uno de ellos alquiló con otros periodistas una avioneta comercial y convenció al piloto para que sobrevolara tierra adentro la parte fronteriza de Austria con Checoslovaquia. En un momento determinado, el piloto —a petición del cliente— estableció comunicación con el aeropuerto de Bratislava, se identificó, y pidió permiso a la torre de control para aterrizar, debido a algún problema en una de las turbinas o motores del avión. La respuesta de la torre de Bratislava fue seca: «Usted se encuentra ahora mucho más cerca del aeropuerto Schwechat de Viena que del nuestro: intente aterrizar allí».

No sé cómo se llamaba mi compañero, pero sí recuerdo que era enviado especial del diario Il Resto del Carlino de Bolonia, un diario cuyo nombre me llamó la atención porque no yo entendía el significado del título. El diario debía ser muy rico, puesto que alquilar un avión así, sin más, no lo aceptaría la administración de un simple diario de provincia. Cuando, después del vuelo abortado, hablé con él y le pregunté cuál era su especialidad, me dijo sonriendo que venía de África: sono tuttologo.

Después de la invasión, casi todo el Presidium del partido checoslovaco fue arrestado y transportado a Moscú para “negociar” con las autoridades rusas. Mientras tanto, los dirigentes que quedaron en Praga convocaron un congreso extraordinario del partido comunista que se celebró secretamente en una fábrica de la capital: Volcic hizo en aquella ocasión de mensajero entre el comité central municipal y la presidencia del improvisado congreso.

En aquella época el cansancio era tal, que recuerdo que un día me quedé dormido ante el aparato de télex mientras estaba tecleando y traduciendo la última crónica de Rott. Me desperté cuando el operador de La Vanguardia empezó a pulsar por su parte el timbre, al darse cuenta de que desde hacía un minuto yo no hacía más que pulsar la tecla de la letra mmmmmmmmm… sobre la que estaba descansando plácidamente mi dedo índice.

DE LA SZALÁMITAKTIKA HÚNGARA A LA NORMALICE CHECA

Los corresponsales “malos” fuimos sancionados por las nuevas autoridades checoslovacas durante bastante tiempo. Desde agosto de 1968 hasta febrero de 1970 no se me permitió regresar a Checoslovaquia y, cuando pude hacerlo, fue para visitar un hospital o algo parecido en la ciudad fronteriza de Znojmo.

Procuré cubrir desde fuera las consecuencias de aquella intervención militar: con entrevistas a los emigrantes forzados, como Ota Sik (que había aceptado una cátedra en la universidad de élite de Sankt Gallen, Suiza) y a muchos otros que aterrizaron en Austria o Italia, como el ex director de la televisión checoslovaca Jiří Pelikán.

Fui a Rumanía para ver cómo estaba el patio. Era mi primera visita al país. Los gobiernos occidentales estaban bastante desconcertados por los vaivenes de Ceaușescu. El día siguiente a la invasión (era un miércoles), Ceaușescu pronunció un fogoso discurso público, y varios testigos me contaron después que el dictador daba señales evidentes de emotividad y nerviosismo. El viernes —que era la fiesta nacional rumana— desfilaron por primera vez las recién formadas milicias populares creadas por Ceaușescu “para defender la integridad y la soberanía del país”. En el desfile se escucharon gritos de “¡Ceaușescu-Dubček!”. En la recepción al cuerpo diplomático ofrecida por Ceaușescu aquel mismo día, los observadores pudieron notar el esfuerzo desarrollado por el jefe de protocolo para facilitar conversaciones personales de Ceaușescu (que normalmente en otras recepciones solía hacer gala de una llamativa reserva) con los jefes de misión de los países occidentales. El sábado, Ceaușescu y el embajador soviético se encontraron finalmente en Brașov a petición de este último.

Después cambió la política de información del partido rumano o, como me decía un destacado periodista local, hubo un cambio en la “forma de expresarse”. La información sobre Checoslovaquia en la prensa rumana perdió espacio, y en los discursos oficiales se insistía más en la unidad de los países socialistas y menos en la gravedad de la invasión soviética.

En esos momentos (era el lunes siguiente a la invasión) apareció nada menos que Santiago Carrillo en Bucarest… precisamente mientras su camarada Enrique Líster se encontraba en Praga, al parecer para visitar a su familia, cuando los carros de combate controlaban las calles (supe entonces en qué hotel residía). Carrillo, que había sido un feroz defensor del estalinismo (por ejemplo, cuando Tito rompió sus relaciones con Stalin) hasta pocos meses antes de la intervención militar soviética en Checoslovaquia, fue recibido con grandes honores, supongo que procedente de Moscú, donde había tenido lugar una reunión del Comité ejecutivo del partido comunista español en el exilio.

El propio ministro de Asuntos Exteriores Niculescu-Mizil salió a recibirle al aeropuerto. El correspondiente número del Scînteia —periódico oficial del Partido— que informaba sobre su visita, contenía tanto texto que un diplomático occidental me comentó: «Como usted puede ver, es casi un número monográfico».

Quise saber más y fui a la redacción de Scînteia. Me recibió el jefe de la sección internacional, llamado Campeanu. Le pregunté si de la visita de Carrillo se esperaban resultados relacionados con los problemas existentes entre los partidos de los países socialistas del Este de Europa. Me dijo que no, y yo le pregunté si podía ayudarme a comprender por qué había sido invitado Carrillo precisamente en estas fechas a visitar Bucarest. Campeanu me dijo sencillamente que el Partido Comunista Español había condenado la invasión en Checoslovaquia y que «esa visita fortalecía nuestro punto de vista».

En otras palabras, no resultaba difícil suponer el objeto y los resultados del viaje a lo largo de nuestro diálogo, que estuvo lleno de bizantinismos, porque yo no quería que me echaran, y Campeanu quería salvar su piel, por ejemplo, cuando me dijo algo así como: «Me alegra poder decirle que su labor informativa aquí no encontrará un futuro de sensaciones políticas... o militares, aunque quizás usted esperaba otra cosa». Con esta paradójica, pero clarísima, alusión al hecho de que el peligro grave de una invasión militar pertenecía al pasado, mi compañero rumano no hizo más que proseguir la línea oficial. Pero yo insistí con menos bizantinismo diciéndole que los checos y los eslovacos, que habían visto acercarse progresivamente el peligro de una invasión, habían preparado una cierta resistencia, un mínimo de medios para garantizar la información de la población. Le conté cómo con la ayuda de las emisoras clandestinas fue posible montar el Congreso Extraordinario, que seguramente salvó la vida de los dirigentes checos o, por lo menos, dio otro giro a las negociaciones con Moscú. Quise saber si los rumanos estarían en condiciones de montar un aparato semejante en caso de necesidad. Respuesta: «No tendremos necesidad de montar un aparato semejante». Nueva pregunta: «¿Y en el caso de una invasión real?». Respuesta: «No existe ningún peligro de una invasión».

Mi trabajo en Bucarest debió pisar callos, porque a continuación la dirección de correos y teléfonos informó que las comunicaciones por télex con España estaban interrumpidas por razones técnicas… pero pude pasar mis manuscritos con un intermediario a través de Viena.

Estuve por entonces también en Yugoslavia, un país cuyos corresponsales en Moscú gozaban de un estatuto muy especial y tenían acceso a informaciones reservadas, beneficios que no podían tener allí los corresponsales occidentales. Al leer las crónicas desde Moscú en los medios yugoslavos, me di cuenta de las grandes dimensiones de la irritación, la ira, y la furia de los “defensores de las esencias” en Moscú. Así se desprendía del tono utilizado por el diario del gobierno de la Federación Rusa dentro de la URSS. El corresponsal del diario de Belgrado Politika había escrito que en la prensa soviética persistían «informaciones tendenciosas, incorrectas e insultantes» sobre Yugoslavia y Tito, y sobre su punto de vista con respecto a la crisis checoslovaca.

Sovietskaya Rossia de Moscú acusaba abiertamente a Yugoslavia de apoyar la contrarrevolución. «Es de lamentar —se decía en aquel artículo, que era uno de los más duros que se habían escrito en Moscú contra Yugoslavia— que se perciban voces de Belgrado que juzgan con falta de realismo las negociaciones de Moscú. La prensa yugoslava, incluyendo el órgano de la Liga de los Comunistas (es decir, el periódico Borba) ha desencadenado una campaña para condenar las acciones de los países socialistas hermanos».

El periodista de Belgrado había escrito que el acuerdo firmado durante el secuestro de los dirigentes checoslovacos en Moscú era una “acuerdo desigual”, a lo que Sovietskaya Rossia recordaba a los dirigentes de Belgrado que el desarrollo independiente de Yugoslavia estaba garantizado, a fin de cuentas, por «la fuerza de los países del socialismo, que detiene la agresividad del bloque occidental», y se preguntaba: «¿No se han dado cuenta en Belgrado de que el acuerdo de Moscú sólo tiene una alternativa, que es la aventura de una guerra fratricida?».

La intervención en Checoslovaquia había bloqueado, o por lo menos frenado, dos grandes proyectos soviéticos de entonces: la convocatoria de una conferencia mundial de todos los partidos comunistas, y el intento de perpetuar la división de Alemania con fronteras internacionalmente reconocidas. Era lógico, por lo tanto, que una reunión preparatoria convocada para el primero de octubre en Budapest terminara a los diez minutos de haber comenzado. Y los cantos de sirena de Moscú sobre iniciativas de paz y seguridad en Europa habían cesado para dar paso a todo lo contrario: durante el Congreso del Partido Obrero Unificado de Polonia (noviembre de 1968) Brézhnev formuló claramente lo que a partir de entonces sería conocido como la doctrina de la soberanía limitada de los estados socialistas en los siguientes términos: «Cuando las fuerzas interiores y exteriores al socialismo tratan de orientar la evolución de un país socialista empujándolo hacia la restauración del capitalismo, esto no supone sólo un problema para el pueblo de ese país, sino que también es objeto de preocupación para todos los Estados socialistas».

La szalámitaktika (táctica del salami) es una expresión húngara acuñada por el dictador del comunismo estalinista húngaro Mátyás Rákosi (jefe del partido desde 1949 hasta 1956). Rákosi había definido esta táctica como el método de ir eliminando poco a poco a los partidos no comunistas «cortándoles rebanada tras rebanada como si fueran salchichón», es decir, removiendo poco a poco a los anticomunistas de sus posiciones, después a la izquierda no comunista, y después a los comunistas disidentes, hasta que los partidos de la oposición desaparecieran.

Esta táctica fue empleada muy consecuentemente en Checoslovaquia a partir del infausto agosto de 1968. Puesto que la “salchicha” del aparato del poder era muy grande, fue necesario cortar muchas “rodajas” durante varios años. Allí, en Checoslovaquia, recibió el nombre de “normalización”.

En 1974 continuaban aún las depuraciones (en noviembre fueron prematuramente jubilados diez generales). Pero para entonces estaba ya en marcha el segundo gran proyecto de la Unión Soviética de una conferencia de la paz, que desembocaría en la Conferencia de Seguridad de Helsinki de 1975.

Nunca pude imaginarme entonces que los siguientes decenios iban a ser para mí una intensa época de viajes nada fáciles. Después de la instalación de la residencia de estudiantes y de un centro para bachilleres, la Obra fue desarrollándose en Viena y fuera de Viena. Al principio yo había atendido regularmente a un grupo de estudiantes en la segunda ciudad de Austria y capital de la Estiria, Graz, algunos de los cuales habían entrado a formar parte de la Obra como supernumerarios (las personas del Opus Dei que ordinariamente se casan). Luego fueron otros los que viajaron a Graz hasta que llegó el momento en que fue posible abrir un centro del Opus Dei en la capital de Estiria, en otoño de 1968. Gracias a Dios había requerimientos desde muchos lugares, y personas que deseaban incorporarse, pero apenas dábamos abasto para atenderlas.

Fue entonces cuando un día le dije al delegado de Roma, José María Hernández-Garnica, que le dijera al Padre (como llamábamos familiarmente a nuestro fundador) que yo estaba dispuesto a dejar el periodismo, si era necesario, para dedicarme full time al trabajo de formación de la Obra, que estaba troceando cada vez más. Cuando regresó de su siguiente viaje a Roma, Hernández-Garnica me trajo una contestación clara: «El Padre me ha dicho que, si tú quieres, no hace falta que renuncies a tu trabajo profesional». Entonces empezó una vida multitarea que me llevaría a visitar 36 países con un total de 530 viajes de tres años de duración si se sumaran…

6.

SIETE AÑOS DE NORMALIZACIÓN Y HELSINKI

DEPRIMENTE Y TRISTE: ESAS SON LAS PALABRAS que mejor reflejan la impresión que tuve en febrero de 1970, cuando —después de que se me hubiera negado el visado varias veces— pude entrar de nuevo en Checoslovaquia. A diferencia de la depresión social que provocó la intervención militar de la URSS en uno de los “estados hermanos” (Checoslovaquia), y de la que entonces fui testigo, yo había podido encontrar en otros países de la “familia socialista” fenómenos claros de resistencia, por lo menos de resistencia pasiva, como en Polonia, o en forma de un “comunismo de gulasch”, como en Hungría.

Lo que más se parecía entonces a la tristeza de la depresión de Checoslovaquia era el clima social que yo detectaba simultáneamente en la población de Rumanía, y que perduró hasta que Ceaușescu fue ejecutado en 1989.

Lo más deprimente fue descubrir el abismo que había surgido entre los políticos o los que trabajaban en los medios, y el “pueblo raso”. El realismo con que los “mudos testigos de occidente” aceptaron la derrota de la reforma democrática irritaba a una buena parte de los intelectuales, que se sentían incomprendidos. Un periodista de Praga con el que yo tenía una relación de confianza me mostraba los titulares de los periódicos más difundidos de Europa diciendo: «A mi modo de ver, nuestros compañeros occidentales se equivocan: en Checoslovaquia no está todo perdido». Aquello era llamativo: los hombres que trabajaban en la opinión pública se resistían a creer que el sueño de 1968 fue eso, sólo un sueño.

La defenestración (o la dimisión) de Dubček no había sido abrupta, pero fue consecuente: ocho meses después de la intervención soviética, en abril de 1969, tuvo que dimitir de su puesto de primer secretario del partido. Le nombraron presidente de la Asamblea Nacional, pero a los seis meses fue enviado como embajador a Turquía; entre enero y junio de 1970 perdía sucesivamente su puesto en el Comité Central del partido y su mandato en la Asamblea Nacional, hasta que finalmente fue expulsado del partido.

Muchos vivían todavía en la ilusión de que Husák continuaría la misma política que se realizó en la época de Dubček, únicamente que con otros medios. Y cada vez que desaparecía una rebanada de la salchicha reformista, pensaban que no había sido Husák el responsable, sino otros. Yo mismo debo confesar que fui durante un tiempo víctima de este engaño.

Las tristes autoinmolaciones a lo “bonzo” en Praga y los excesos registrados en Checoslovaquia cuando el equipo nacional de hockey sobre hielo derrotó en Estocolmo a la selección nacional soviética en el campeonato de 1968, revelaron la frustración e impotencia del pueblo. Los eslóganes de protesta de entonces eran tan ingeniosos como inútiles: «No tenemos carros blindados, pero marcamos goles», «la inteligencia vence a la fuerza bruta» y cosas por el estilo. Pero hubo uno que me llamó la atención: la pancarta decía «¡Ussuri, Ussuri, ja, ja…!».

Aquella pancarta fue la causa de que yo decidiera ir cuanto antes al Ussuri, un río entonces desconocido para mí, que desemboca en el Amur en la frontera ruso-china. No sé cuántos manifestantes de Praga sabían entonces lo qué significaba el Ussuri, pero lo que estaba claro era el mensaje de los autores: «No sois capaces de defender ni siquiera vuestras fronteras con la China comunista».

En marzo de 1969 se había registrado un conflicto armado en la confluencia del Ussuri y el Amur, dos ríos que discurren a lo largo de las fronteras entre Siberia oriental y Manchuria. El objeto en disputa era una isla de 0,74 km2, y en aquellas batallas perdieron la vida soldados soviéticos y chinos. La URSS tuvo que poner unidades del ejército del aire y de la marina fluvial en estado de alarma. A Evgeny Evtushenko, un conocido poeta ruso semi disidente que estaba entonces en desgracia, se le permitió publicar en Literaturnaya Gazeta una poesía en la que daba a entender que soldados rusos habían sido matados y cruelmente mutilados por los chinos.

La mencionada pancarta sobre Ussuri en Praga era una referencia a la ruptura de los comunistas chinos con Moscú, que evidentemente significaba un importante revés para la cohesión del movimiento comunista internacional, tan amenazada ya desde dentro de la “comunidad socialista” como desde algunos partidos comunistas occidentales.

Los fideicomisarios soviéticos en Praga tenían que continuar poniendo law and order en el país, y lo hacían a conciencia, porque la intervención había costado a la URSS un alto precio político en sus relaciones internacionales, y no querían más experimentos. Pero las grietas continuaban en otros lugares. Por ejemplo, en Polonia. Sin saberlo, en marzo de 1968 relataba yo en La Vanguardia los problemas de unos estudiantes rebeldes con las autoridades polacas, entre los que figuraba un joven de 23 años llamado Adam Michnik. No podía imaginarme entonces que aquel muchacho llegaría ser uno de los protagonistas de la transición en Polonia y con el que mantendría excelentes relaciones de amistad.

LA PISTA DE LOS CANTOS DE SIRENA

¿Qué es lo que hacía yo entonces? Continué siguiendo sencillamente la pista de lo que más arriba he llamado “cantos de sirena” de la propaganda soviética. Cuando era boy scout aprendí a seguir la pista de los animales en el bosque. Para ello sacábamos moldes de yeso de las huellas dejadas por el animal. Y de la forma del molde intentábamos deducir si el animal había dejado la huella cuando andaba o cuando corría.

Eso era más o menos lo que hacía a partir de los años sesenta cuando observaba la política soviética. En marzo de 1969 el Pacto de Varsovia hizo un llamamiento a todos los estados europeos para asegurar la paz y la seguridad, y para solucionar los problemas internacionales «mediante el reconocimiento de las realidades en el continente». Reconocer las realidades significaba sencillamente reconocer que los límites de la República Democrática Alemana con la República Federal de Alemania eran una auténtica frontera internacionalmente reconocida o, en otras palabras, perpetuar la división de Alemania.

No hubo apenas reacciones. Sólo la neutral Finlandia empezó a realizar consultas con otros gobiernos. En cambio, de repente aparecían personas poco o nada conocidas que organizaban informalmente reuniones internacionales sobre la seguridad europea. En junio de 1969 tuvo lugar una de ellas en Viena. La organizó un periodista belga llamado Maurice Lambillotte, que se comportaba como suelen comportarse los que no son lo que son.

Entonces yo estaba mosca, nada más, pero en el año 2000 un historiador alemán documentaría con mucho detalle el tráfago de contactos y dinero entre Lambillotte, Albert De Coninck (comunista belga que había luchado en España) y Hermann Axen (secretario del SED, el partido socialista unificado —comunista— de Alemania oriental). En la conferencia de Viena participaban 80 personas (de siete países comunistas y de once países occidentales). Los occidentales no sabían con quién trataban. Ellos eran simplemente una tapadera más o menos vistosa y no representaban a nadie.

Muchas cosas en aquella conferencia me habían llamado la atención. Los participantes estaban alojados, en su gran mayoría, en el Hotel Stefanie, de Viena, que pertenecía al partido comunista austríaco. Aunque los idiomas oficiales de la conferencia eran el francés, el inglés y el alemán, el idioma que más se oía en los pasillos era el ruso, y el grupo más numeroso era el de la URSS. Las cinco organizaciones internacionales que enviaron representantes eran todas ellas de inspiración comunista.

Teóricamente el objeto de aquella reunión era fijar el orden del día y la fecha de una definitiva conferencia paneuropea. Pero en unos papeles que encontré en los pasillos de la sede de la conferencia figuraban ya las fechas y el orden del día, que evidentemente habían sido decididos de antemano. El programa previsto se parecía mucho a los temas de la declaración de los países de Pacto de Varsovia publicado un mes antes en Budapest: el reconocimiento de las realidades territoriales actuales en Europa (problema alemán), la liquidación de los bloques militares, y la cooperación europea. Un pequeño detalle al margen: los organizadores escogieron una buena cobertura: la conferencia tenía lugar en el Neuer Seitenstettnerhof, un edificio junto al canal del Danubio propiedad urbana del monasterio benedictino de Seitenstetten, que naturalmente no tenía ni idea de quienes eran exactamente los que habían alquilado la sala de conferencias.

DEFINITIVA ROTURA CON CHINA

Paralelamente, la Unión Soviética hacía lo posible para disciplinar a los partidos comunistas que estaban fuera de la órbita de la “comunidad socialista”. Durante doce días los jefes de 75 partidos comunistas de todo el mundo, que habían aceptado la invitación a participar en la conferencia mundial que se celebró en Moscú, escucharon sobre todo las tesis del “internacionalismo proletario”, pero también las críticas de bastantes partidos disidentes.

Yo había ido entonces por vez primera a la Unión Soviética. Gracias a la conferencia mundial, pude obtener un visado válido para todo un mes. Las sesiones no eran públicas, de manera que dediqué el tiempo a visitar el mayor número posible de las repúblicas de la Unión. Al regresar de Moscú yo tenía el convencimiento de que, con la conferencia, la URSS había conseguido limpiar algunas de las asperezas más importantes de la disidencia comunista internacional y dar una impresión de unidad, a pesar de que 16 partidos comunistas habían boicoteado la reunión; algunos de ellos eran muy importantes, como los partidos de China, de Vietnam del Norte, de Yugoslavia y de Corea del Norte.

Ahora yo diría que a los responsables de aquella conferencia les salió el tiro por la culata. Contrariamente a lo que había sido habitual hasta entonces, la prensa soviética y la mayoría de los medios de los países participantes publicaron diariamente detalladas informaciones sobre el diálogo que estaba teniendo lugar, así como la mayor parte de los discursos pronunciados.

Nadie me lo dijo, pero yo estaba convencido de que, si se hizo así, es porque aquello había sido apalabrado con los eurocomunistas y otros partidos disidentes. Muchas de las cosas que entonces se publicaron eran totalmente nuevas para la mayor parte de los ciudadanos soviéticos. Los comunistas españoles —con Carrillo al frente— se habían pasado ya con armas y bagajes al grupo de los críticos a la URSS. “Radio España Independiente” difundió el mensaje de la delegación española desde los nuevos estudios que Ceaușescu les había facilitado en Bucarest cuando dejaron o tuvieron que dejar Praga, donde habían trabajado hasta entonces. «No es posible imaginarse que la conferencia restablecerá la unidad del movimiento comunista, y por ello el documento final no puede ser un programa común de todos los partidos comunistas», se decía en el despacho de la emisora. Así de sencillo.

La conferencia de Moscú no cambió el curso de la historia, pero fue un hito en una evolución que terminaría en 1989. Quisiera contar aquí mi testimonio de entonces.

Yo era una “bestia negra” en Checoslovaquia, pero por lo visto lo era menos en la URSS. Después de un estudio concienzudo de mi persona, del periódico al que representaba, y de la situación política de entonces, las autoridades soviéticas me autorizaron un viaje como periodista a través de la Unión Soviética, cosa que según me dijeron varios corresponsales occidentales acreditados en Moscú era una excepción.

Las facilidades que se me dieron fueron extraordinarias, como un insólito viaje a Jabárovsk en un momento en que la ciudad estaba herméticamente cerrada para los periodistas, o como el hecho de que me acreditaran como periodista durante la Conferencia Comunista Mundial en Moscú, siendo así que me consta que muchos expertos occidentales, como por ejemplo Michel Tatú de Le Monde o una serie de periodistas italianos, no consiguieron siquiera el visado de entrada.

También era insólito que un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores soviético me facilitara en cuestión de pocas horas una entrevista con la delegación española en la Conferencia Mundial, en un momento en que a los periodistas no comunistas les era extraordinariamente difícil tomar contacto con las delegaciones. Todavía recuerdo la cara de sorpresa de Carrillo, Líster, Álvarez y de los demás comunistas españoles cuando, al regresar ellos al hotel “Sovietskaya” después de una de las sesiones, me encontraron esperándoles en el vestíbulo de dicho hotel, cuya entrada estaba severamente vigilada por la policía. El intérprete ruso de la delegación española, que era quien había organizado este encuentro, no había tenido ni siquiera tiempo de avisarles sobre mi llegada.

AYUDA INTERESADA

La ayuda que me prestó una agencia de Prensa dedicada no a noticias, sino a reportajes, me fue muy útil. Era la agencia Novosti y era un secreto a voces que estaba relacionada con el servicio de espionaje (KGB), pero yo tenía que comer en el plato que me daban. Ya en Viena había pedido al corresponsal de Novosti en Austria que me facilitara algunos contactos con sus compañeros de Moscú, con el fin de que yo pudiera recurrir a ellos en cuestiones técnicas. Yo no sé lo que pasó desde aquel momento hasta que llegué a Moscú. Lo cierto es que en el aeropuerto se me acercó un joven de veinticuatro años, quien en un castellano correcto me anunció: «Me llamo Viktor Bieloschapko y soy redactor de la agencia Novosti. Voy a acompañarle durante todo su viaje por la Unión Soviética». El jefe de la redacción en castellano de la Novosti (por cierto, un armenio) me aclaró al día siguiente la situación: por propia iniciativa la agencia Novosti, una de cuyas principales tareas es hacer auténticas “relaciones públicas” para la URSS, había decidido ayudarme de esta forma. Yo no conozco naturalmente las instrucciones que recibió el señor Bieloschapko antes de emprender nuestro viaje. Lo único que puedo decir es que me ayudó con tenacidad y sentido común…Y yo oía a través de las paredes de los hoteles donde nos albergábamos cómo por la noche pasaba un informe oral telefónico a sus superiores sobre lo que habíamos hecho o íbamos a hacer.

Yo diría que Bieloschapko era un clásico cadete aspirante a la nomenclatura. Su padre era abogado, miembro del partido comunista. Su madre era fiscal, ídem. Él era moscovita, pasó primero por las filas de los pioneros, cursó después la escuela de diez años (enseñanza elemental y media) e ingresó en las filas del Komsomol. Estudió más tarde geografía y lenguas modernas en la Universidad de Moscú y un año antes empezó a trabajar en la plantilla de la agencia Novosti. Tenía una gran simpatía por España («porque no es un país corriente») y grandes deseos de visitar nuestro país; sentía un sordo desprecio por el dinero y un admirable desprendimiento de la comodidad material. Tenía novia, leía regularmente la revista América (editada en ruso por los Estados Unidos, en el marco de un acuerdo cultural entre ambos países: la URSS vendía en los EE.UU. la revista Estrella Roja, editada en inglés), prefería pasar los fines de semana con sus amigos y amigas (en vez de ir a la dacha de sus padres o de apuntarse a alguna excursión de los sindicatos...). Le desilusionó que no me gustara el “kvas” (la bebida nacional rusa, confeccionada mediante la fermentación de unos cereales extraños, pan, manzanas y otras cosas).

Para mí aquel viaje fue muy revelador. Me pasé alrededor de cuarenta y ocho horas sentado en los aviones de la Aeroflot y a pesar de ello visité solo una parte mínima de ese gigantesco país.

Quisiera recoger aquí solo dos relatos que quizás ilustren mi trabajo de entonces.

SOMOS LO QUE USTEDES LLAMAN «PROGRESISTAS»

El primer relato se refiere a una conversación en San Petersburgo, que entonces se llamaba Leningrado. Estuve en la universidad estatal, y hablé allí con profesores y alumnos. Como en otras ocasiones, pude comprobar el escaso interés de mis interlocutores por los temas políticos. Por lo menos esta era la impresión que tuve al principio en una cena con estudiantes. Pero aquella misma noche tuve que corregir mi primera impresión. Fueron los estudiantes quienes, después de la cena, me invitaron a visitar su propia residencia. Esta vez sin llamadas previas, sin guías y sin entrevistas oficiales. Me llevaron a una de las habitaciones suyas: tenía el espacio justo para cuatro camas, una mesa de estudio algo desvencijada y un armario. Guitarras, máscaras, banderines, letreros y fotos cubrían las paredes. Un aparato de radio-tocadiscos-magnetofón de fabricación casera entorpecía el paso con cables y antenas que cruzaban la habitación en las direcciones más insospechadas. Allí conocí a otros estudiantes, para quienes la visita de un periodista español era tan inesperada como bienvenida. Fue una larga conversación, que se prolongó por las calles de Leningrado hasta la madrugada durante una de las bellísimas “noches blancas de Leningrado” (los reflejos de la aurora boreal). Se habló, como siempre, de los viajes. Uno de los estudiantes había estado varias veces en el extranjero, incluso en París (estudiaba francés en la Universidad). También me dijo que había estado el año anterior en Praga con un grupo de intercambio de estudiantes soviéticos. Yo le dije que yo también había estado entonces en Praga.

—¿Cuándo? —me preguntó a bocajarro.

—Estuve en Praga antes y durante la conferencia de Čierna nad Tisou, y en Bratislava, durante la reunión subsiguiente. Y un colaborador mío estuvo en Praga después del 21 de agosto.

—¿Qué opina usted sobre la situación en Checoslovaquia? —fue la siguiente pregunta que hizo.

—Creo que si usted, como dice, estuvo allí en aquellos momentos tendremos la misma opinión...

—Sí, creo que sí...

—¿Y cuál es concretamente su opinión? —pregunté.

—Ha sido un duro golpe para Checoslovaquia.

—¿Cree usted que la población ha aceptado y reconocido la necesidad de la intervención militar?

—No, en absoluto —respondió—. Estoy seguro de que la abrumadora mayoría de la población checoslovaca desaprobó entonces la intervención... y continúa desaprobándola ahora. La población estaba toda detrás de Svoboda y Dubček, como ahora, aunque no pueden decirlo como antes.

—¿Cuáles fueron sus impresiones, como ciudadano soviético, en un país extraño al ver la intervención de sus tropas nacionales?

—Aquello fue muy triste. Mire —dijo—, para mí este es un tema muy difícil... pero debo decir que no estoy seguro de que la intervención hubiera sido necesaria. Yo hablé entonces con algunos de nuestros soldados que patrullaban por las calles de Praga. Fíjese usted, algunos estaban convencidos de que se encontraban todavía en Alemania oriental. Cuando yo les decía que estaban en territorio checoslovaco al principio no querían creerme.

Mi interlocutor se mostraba sincero y a sus anchas. Proseguí mi batería de preguntas.

—¿Cuál es la solución más eficaz, a su modo de ver, para resolver la situación creada?

—Sólo veo una solución posible: que las tropas soviéticas... se retiren —dijo, circunspecto.

—Pero ¿usted cree que esto será posible?

—Se trata de un “estacionamiento provisional”, aunque no sé... realmente no parece muy fácil. Ahora han empezado a purgar a los periodistas, a Ota Sik y a otros dirigentes. Los soldados continúan allí, pero ya no están en las calles, sino en cuarteles; por eso no se les ve. Ahora, por ejemplo, ya no puedo ir a Checoslovaquia como estudiante, los intercambios han cesado. Solo puedo ir como turista...

—El actual presidente de la Cámara del Pueblo checoslovaca, Smrkovský, ha dicho varias veces que la intervención militar fue un error, un malentendido. ¿Cree usted que son exactos estos calificativos?

—Es posible que después se reconozca que aquello fue un error soviético. Pero, dígame, usted: estuvo también allí, conoce seguramente los problemas políticos checoslovacos mejor que yo. Yo me doy cuenta de que lo que pretendían hacer los reformistas era un proceso de democratización en todo el país, un proceso necesario después de la época de Novotný. Pero ¿cuáles eran las ideas de este grupo? ¿Qué querían? ¿Cómo pensaban que iba a terminar todo? Ustedes no se dan cuenta de nuestro problema: no es nada fácil encontrar un camino nuevo.

—Creo que los únicos capaces de responder a sus preguntas son ustedes mismos —le dije con franqueza—. A mí ya me parece muy significativo que haya personas en la Unión Soviética que piensen como usted. ¿Hay muchos entre sus compañeros que piensan así? ¿O más bien se trata de una minoría?

—Sí, somos una minoría. La mayor parte de mis compañeros siguen la corriente... Nosotros somos aquí lo que ustedes llaman los “progresistas”...

—¿Es usted miembro del Komsomol?

—Casi todos lo somos.

—¿Y no puede discutir esos temas en sus reuniones, discusiones públicas, en seminarios, etcétera?

—Yo no diría esto en una reunión pública.

—Porque este punto de vista no coincide con el del partido, ¿no es así?

—Mejor que cambiemos de tema.

No fue el único ciudadano soviético que me habló así.

LEYENDO EL “PRAVDA” A ORILLAS DEL AMUR

El segundo relato se refiere a mi visita a Siberia oriental.

Yo había pedido permiso para poder visitar Vladivostok, el puerto más oriental de la URSS. Pero solo me dejaron llegar hasta Jabárovsk, que está a 350 kilómetros de la costa pero a 780 de Vladivostok, una de las bases más importantes de la marina de guerra soviética.

Fui afortunado en cierto sentido, porque en Jabárovsk la guerra fría entre la URSS y China se había convertido en una guerra caliente. La noche antes de salir de Moscú cené con un corresponsal soviético en Roma. Fue, como casi siempre en aquel viaje, una cena generosa, especialmente por lo que se refiere a la bebida. En un momento en el que mi huésped se sentía animado después de algún brindis, me preguntó qué día iba a estar en Jabárovsk. Se lo dije y él me contestó en voz muy baja: «Ese día comenzarán las negociaciones con los chinos». Y brindó con otro vasito de vodka. Y nada más, sólo miradas de inteligencia mutua…

Antes de llegar a Moscú yo había tenido que comunicar todo el recorrido que deseaba hacer, y algunos de los lugares (por ejemplo, el cosmódromo de Bajkonur y el puerto de Vladivostok) me habían sido denegados.

Cuando recibí el visado con los permisos, vi que Jabárovsk, la ciudad a orillas del Amur muy cerca de la confluencia de este río con el Ussuri, continuaba siendo para mí “ciudad abierta”. Pero durante los primeros días de la Conferencia de Moscú pude darme cuenta de que se había convertido en una ciudad cerrada. A pesar de que su nombre figuraba en la lista del centenar de ciudades de la URSS que ofrecía la Intourist, no se concedían autorizaciones, ni se reservaban pasajes u hoteles para Jabárovsk.

Mi visita a Jabárovsk formaba parte de un largo recorrido de 18 000 kilómetros que me dejó un jueves, 19, en Novosibirsk. Desde allí —después de visitar la ciudad de los científicos, Akademkgorodok—, debía tomar un avión de la Aeroflot que en seis horas me llevaría a Jabárovsk. Hubiera tenido que salir un mediodía de Novosibirsk, pero el hecho es que salí al anochecer del aeropuerto siberiano. Volaba en un aparato “lluschin 18”, muy sólido y frecuente en las líneas interiores de la URSS. Casi todos los asientos estaban ocupados. Delante de mí estaban un instructor de gimnasia y cuatro alumnos suyos, que regresaban a Magadan después de haber participado en unos campeonatos escolares de natación en algún lugar de la URSS. Al otro lado del pasillo estaba sentado un comandante de Infantería que regresaba, con su mujer y su hijo, de unas vacaciones en Crimea, para incorporarse a su destacamento en el Extremo Oriente. Aunque el vuelo fue nocturno, nunca desapareció del todo la luz del firmamento. Hacia la madrugada, el avión, que tenía que describir una generosa curva para no sobrevolar territorio chino, seguía un trayecto paralelo al trazado del Amur. Fue allí cuando pude darme cuenta del impacto del asunto de los chinos. Bastó que alguien señalara el río a través del ojo de buey con el índice, diciendo «¡los chinos!», para que todos los pasajeros se agolparan a las ventanas. Aquella escena fue impresionante para mí: la atmósfera de la cabina cambió inmediatamente. Con rostros lívidos, la mirada fija, y comentarios entrecortados, los pasajeros no cesaban de mirar obsesivamente el pacífico discurrir de las aguas del Amur. La esposa del comandante me hizo sitio para que pudiera mirar por una de las ventanas repitiendo: smotri kitaytsi! («mire: los chinos»).

Al poco rato el avión empezó a descender; la azafata anunció que haríamos escala en Blagoveschensk, precisamente en un aeropuerto que había estado cerrado. La ciudad está prácticamente dividida por el río, y al lado chino también hay aglomeración urbana. Lo primero que me sorprendió fue el anuncio dado por los altavoces de que tuviéramos preparado el pasaporte y el billete. Cuando íbamos a empezar a descender por la escalerilla, en vez de las medianamente sonrientes azafatas de la Inturist, nos esperaban dos soldados con el subfusil en la mano que paraban a todos los pasajeros en la plataforma superior de la escalerilla para examinar cuidadosamente documentación y billetes. La sorpresa de los jóvenes y serios soldados al ver mi pasaporte español en aquel recóndito lugar de la URSS fue todavía mayor que la mía al verlos. Estuvieron unos minutos pasándose el pasaporte de uno al otro hasta que me permitieron descender. Hay que hacerse una composición de lugar; eran las cuatro de la madrugada y en el aeropuerto no se veía un alma. En las pistas había sólo aviones de pocas plazas, empleados para asegurar el suministro en invierno entre las aldeas siberianas. Mientras que en el aeropuerto de Novosibirsk había visto varias escuadrillas de “Migs” alineados en las pistas laterales, en Blagoveschensk no se divisaba ningún aparato militar. Los soldados nos acompañaron en un autobús al edificio del aeropuerto, de donde no nos pudimos mover hasta que avisaron de nuevo la partida del avión. Poco antes de las siete de la mañana hora local, el avión tomaba tierra en el aeropuerto de Jabárovsk, el mayor y más importante aeropuerto soviético en el Extremo Oriente.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
880 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788432160097
Telif hakkı:
Bookwire
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