Kitabı oku: «Historia de la locura en Colombia»



Historia de la locura en Colombia
© 2019, Ricardo Silva Romero
© 2019, Intermedio Editores SAS
Primera edición: agosto de 2019
Edición, diseño y diagramación
Equipo editorial Intermedio Editores
Diseño de portada
Beiman Pinilla
Imagen de portada
Alexánder Cuéllar Burgos
Intermedio Editores SAS
Avda. Jiménez # 6A-29, piso sexto
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN
978-958-757-860-7
Impresión y encuadernación
A B C D E F G H I J
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
CONTENIDO
Cronología
Prólogo Historia de la locura en Colombia
Primera parte Historia de la locura colombiana
I. Dígame usted si no es muy raro
II. Tenía que ser Colombia
III. Las mil y una guerras
IV. En busca de la nación perdida
V. La república inevitable e invivible
VI. Corte de corbata
VII. Desde los artesanos hasta los mamertos
VIII. La guerra para las drogas
IX. Refundación de la patria o catástrofe
X. Un país en medio de la guerra
Segunda parte Historia de la terapia colombiana
I. Historia de la locura en la Nueva Granada
II. El síndrome de Colombia
III. Manchas de la tierra
IV. Todo nos llegaba tarde
V. Todos los dioses de los otros pueblos eran demonios
VI. Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia
VII. Algo mayor que el mal rige estos mundos
VIII. Yo quiero pegar un grito y no me dejan
IX. Aquí también se da la belleza
X. Aquí está pasando algo muy raro
«Marcha fúnebre» Diez años de columnas en El Tiempo
Tapabocas
361
Obama
Niñitos
Arias
Dignos
Rencor
U
Cómplices
Paisa
Duelo
Mockus
Reverso
Presidente:
Dios
Estilo
Memoria
Droga
Siempreviva
Ola
Resignación
Octubre
Misterio
Escalofrío
Mezquindad
Impunidad
Tumaco
Petro
Protesta
Timochenko
Iglesia
Poder
Transmilenio
Fiasco
1987
Otro
Voz
Mal
Mujica
Evangelio
Interrogatorio
Procurador
Millonarios
Obituario
Elenco
Fin
Chávez
Luto
Trancón
Expresidentes
Estómago
Matrimonio
Calderón
Provincianismo
UP
Mitomanía
Viacrucis
Adopción
Fantasma
Paro
Arrogancia
Abogados
Uribismo
Rectificación
Destitución
Corruptos
Mermelada
Retiro
Capital
Constituyente
Continuará
Infierno
Nadie
Uribe
Elección
Ojo
Ejemplo
Debate
Odio
Mundial
Aniversario
Pánico
Sindicato
Familia
Primos
Imperio
Coronell
Pendejos
Cliente
Escoltas
Pero
¡2014!
Alá
Hurtado
Navarro
Salud
Alocución
Contraataque
¡Mamerto!
Fiscal
Radicales
Posconflicto
Farc
Fracaso
Nairo
Trump
Maduro
Reparación
Aplomo
Desaparecidos
Izquierda
Chequera
Apagón
Honorabilidad
25º
Lapidaciones
Independientes
Venezolanización
Oración
Abrazos
Clima
Carcajada
Tonito
YouTubers
Papá
Alivio
Teatro
Jurgo
Inmarcesible
Intolerancia
Sí
Comandante
Fuera
Víctimas
No
Mentiras
Hillary
2016
¡Sorpresa!
Escrúpulos
Coscorrón
Trumplandia
Sordidez
Balance
Histeria
Trizas
Subsecretario
Desintoxicación
Anticorrupción
Advertencia
Reguero
Mancha
Chuzadas
Catástrofe
Fútbol
Repugnancia
Desconfianza
Consulta
¡Calma!
Máscaras
Unión
Empatía
Manada
Personaje
Crispación
Encuestas
Gavirismo
Jotajota
Bajeza
Chisperos
Convivir
Centro
Quiebre
Descanso
Sabotaje
Sistemático
Pésame
Posesión
Corrupción
Broma
Silva
Tendencia
Perdonavidas
Público
Sanidad
Conejo
IVA
Retrovisor
Censura
Mañas
Contramonumento
Unidad
Paranoias
Trastornados
Futbolistas
JEP
Contexto
Curulario
Diplomacia
«Incertidumbre»
CRONOLOGÍA
Mi abuelo paterno, don Antonio Silva Hernández, trabaja y trabaja como linotipista de El Tiempo en los años treinta: tengo a la mano una misteriosa fotografía de él que mi papá siempre tenía a la mano en su escritorio de maestro.
Mi abuelo materno, el senador liberal Alfonso Romero Aguirre, escribe y publica el libro ¿Por qué me duele que no me haya dolido la clausura de El Tiempo? a finales de los años cincuenta: pasa que el periódico de su propio partido ha dejado de tenerlo en cuenta.
Vengo yo. Me siento a leer el periódico, de las noticias a las columnas, de los deportes a los crucigramas, desde que tengo uso de razón: vivo, de los setentas a los noventas, en una familia de profesores y de abogados en la que hay que saber qué está pasando en el país.
Me dedico a escribir ficciones en el siglo nuevo, pero leo y releo, en las páginas políticas de El Tiempo, las reseñas de los debates de mi abuelo, las luchas de mi tío y las conquistas de mi mamá.
A mi amigo Daniel Samper Ospina, que lo vi por primera vez cuando yo tenía cinco años y él tenía seis, le da en mayo de 2001 porque yo sea el columnista de la última página de SoHo, una revista que va a dirigir: «Claro que puede hacerlo», me jura.
En abril de 2009, luego de una serie de eventos providenciales, termino sentado en la oficina del nuevo director de El Tiempo: Roberto Pombo Holguín. El editor de opinión, Ricardo Ávila Pinto, ha tenido la sensación de que sí puedo mudarme a las páginas del periódico.
Salgo agradecido –y se me va una década así porque no termino de acostumbrarme a semejante suerte– de haber dado con ese par de periodistas tan agudos y tan generosos.
Comienzo a escribir mi columna, que llamo «Marcha fúnebre» porque eso ha sido la vida aquí en Colombia, en mayo de 2009: decido titular cada texto con una sola palabra, viernes tras viernes, porque tengo la sospecha –de escritor más que de periodista– de que una sola palabra es más que suficiente.
Cada semana escribo mi columna con la misma taquicardia del principio porque no es fácil decir lo que uno piensa tal como uno lo piensa, pero sé que mis nobles amigos y compañeros de El Tiempo, Federico Arango, Carlos Bonilla, Juan Esteban Constaín y Luis Noé Ochoa, me dirán sin sutilezas si esta vez le estoy faltando a la gramática o a la verdad.
Cada semana cuento con las sensateces de Daniel, de mi mamá y de mi esposa, Carolina, que de verdad es la mejor lectora que hay, para no caer en las trampas en las que se puede caer cuando se escribe sobre lo que está sucediendo ahora.
Pasan, de golpe, diez años de columnas. Y para celebrarlos, Leonardo Archila, el noble editor de Intermedio –que se llama Intermedio en honor al periódico que publicó El Tiempo cuando fue cerrado por la dictadura–, me propone hacer esta selección de doscientas: le encuentro un titular a cada una para que el lector no se pierda y vuelva a la semana en la que fue escrita.
Y le escribo un prólogo muy personal que al final, en el espíritu de darles a las columnas su contexto –el país en el que sucedieron y en el que suceden–, resulta ser un libro en dos partes.
La primera es sobre esta república siempre partida en dos bandos, los que sea, que suelen tener en común la vocación religiosa a erradicar la diferencia.
La segunda es una reseña de los relatos que se ha estado contando esta sociedad para recobrar algo de cordura: de las terapias a los gritos, de las novelas a las telenovelas.
Y, en el peor de los casos, queda claro que lo mío ha sido tomármelo todo demasiado a pecho.
Por ejemplo: cada semana, cuando voy al consejo de las páginas editoriales del periódico, me conmueve pasar enfrente de un linotipo que parece un monumento a la paciencia y me alegra que me alegre que nada haya sido capaz de clausurar El Tiempo.
Viernes 31 de mayo de 2019
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE HISTORIA DE LA LOCURA COLOMBIANA
QUE TRATA DE LA CONDICIÓN Y EJERCICIO DE ESTA REPÚBLICA BICENTENARIA CONSTRUIDA Y DESTRUIDA ALREDEDOR DE DOS BANDOS MUTANTES QUE HAN TENIDO EN COMÚN EL TRASTORNO DEL DEPREDADOR Y LA VOCACIÓN RELIGIOSA DE ERRADICAR AL OTRO.
Y A SU MANERA CUENTA E INTERPRETA LA HISTORIA DE LA NACIÓN DELIRANTE A LA QUE SE REFIERE ESTE LIBRO, QUE ES LA SUMA DE DOSCIENTAS COLUMNAS PUBLICADAS EN UN DIARIO QUE HA SIDO TESTIGO E INVENTOR DE COLOMBIA.
I. DÍGAME USTED SI NO ES MUY RARO
Quien tenga dudas de que el hombre es su propio depredador hará bien en fijarse en el caso de Colombia. Nacer aquí, en Colombia, es nacer en un manicomio tomado por los locos: por los ilusos, por los violentos, por los sanguinarios, por los fundamentalistas, por los patrioteros, por los sapos, por los lagartos, por los lambones, por los nazarenos, por los farsantes que gritan «usted no sabe quién soy yo» cuando les piden que cumplan la ley o que hagan la fila, por los falsos embajadores de la India, por los paranoicos y sus persecutores, por los señores feudales y las policías políticas y los siervos sin tierra, por los politicastros que creen que es más rentable una Alcaldía que un embarque, por los sociópatas con don de gentes, por los machos, por los hijos negados, por las madres abandonadas, por los «doctores» entre comillas, por los acomplejados que esgrimen su apellido o su cultura o su gramática para darse su propia importancia.
Sólo aquí en Colombia –solamente en esta tierra accidentada e inexpugnable en la que hubo 725 heridos y 82 muertos durante la celebración macabra de aquel partido de fútbol de 1993 en el que la selección colombiana le ganó cinco a cero a la selección argentina– el Día de la Madre suele ser la fecha más violenta del año: el Día de la Madre del año pasado, domingo 13 de mayo de 2018, ciertas Alcaldías se vieron obligadas a decretar la ley seca y a lanzar agresivas campañas para evitar el horror de siempre, pero, de acuerdo con las cifras del Instituto de Medicina Legal, al final de la jornada maldita se contaron 5782 riñas, 479 personas violentadas en sus propias casas por sus propios familiares y 53 hijos asesinados por sus propios prójimos.
Dígame usted si esto no es muy raro. Dígame si no hay acá algo inexplicable, si no es más bien una pandemia esta cultura trastornada en la que las salvajes redes sociales son todavía más infames, si esta violencia de viacrucis, que no se da en países igual de desiguales y de educados en el maltrato y de confesionales y de abandonados por Dios, no tiene una razón de fondo que se le escapa a nuestra comprensión: dígame si, así como en estos últimos años nos hemos visto forzados a desminar los pastizales de la guerra, no tendremos un día que pedirle a un ejército de videntes que recorran este mapa en busca de los entierros de brujería –de los atados de azufre y de pelos y de fotografías y de huesos quemados de la magia negra– que nos tienen varados en los ritos de la barbarie.
Fue en la Colombia de estos últimos setenta años en donde sucedieron los desmanes del Bogotazo, la época de la Violencia en la que los púlpitos y los altares se pusieron al servicio de una impensable manera de matar llamada «el corte de corbata», el fusilamiento de los estudiantes a unos pasos de la Plaza de Bolívar, la matanza de los enruanados que osaron abuchear a la hija del dictador en la Plaza de Toros de la Santamaría, las torturas amparadas por los estados de emergencia, la toma y la retoma del Palacio de Justicia, la campaña presidencial en la que cuatro candidatos fueron ejecutados a sangre fría, la era de las bombas en los centros comerciales y en las esquinas de los colegios y en aquel Avianca 203 en pleno vuelo, el asesinato de un jugador de la selección de fútbol por cometer un autogol en un Mundial, el collar que estalló en el cuello de una madre.
Fue en este escenario, en el que crecen y crecen y crecen los fantasmas, en donde alguna vez se dijo: «La única diferencia entre nuestros partidos consiste en que los conservadores son más ladrones que los liberales y los liberales más asesinos que los conservadores», «El indio es de la índole de los animales débiles recargada de malicia humana», «El país era mucho mejor cuando sólo robaban los ladrones», «El liberalismo es esencialmente malo», «¡Mataron a Gaitán!», «A este país lo pacificamos a sangre y fuego», «Acá todo el mundo es doctor hasta que nadie le demuestra lo contrario», «¡Lleras sí, Rojas no!», «A las nueve de la noche no debe haber gente en las calles», «Reivindicamos como justa la lucha armada y estamos también en la vía que llaman pacífica», «Todos somos iguales pero unos somos más iguales que otros», «Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones», «Aquí defendiendo la democracia, maestro», «Por Colombia, siempre adelante, ni un paso atrás y lo que fuera menester sea», «Mátalo, Pablo», «¡Mataron a Galán!», «Que la vida no sea asesinada en primavera», «¡Autogol, autogol, autogol!», «Fue a mis espaldas», «Que no maten a la gente», «El salario mínimo en Colombia es ridículamente alto», «De seguro, esos muchachos no andaban recogiendo café», «¡La vida es sagrada!».
Colombia es el país de las guerras civiles, el país de las 1989 masacres, el país de las guerrillas y los grupos paramilitares y las bandas criminales, el país de los panfletos ensangrentados por debajo de las puertas, el país de los sicarios que se santiguan, el país de los 1437 feminicidios y los 702 líderes sociales y 135 excombatientes asesinados desde la firma del acuerdo de paz con las Farc en 2016. Es aquí donde ha estado sucediendo el conflicto armado interno más largo del mundo: el Registro Único de Víctimas y el Centro Nacional de Memoria Histórica cuentan 8 074 272 víctimas, 5 712 000 desplazamientos forzados, 218 094 asesinados, 27 023 secuestrados, 25 007 desaparecidos, 10 189 víctimas de minas antipersonas, 716 acciones bélicas, 95 atentados terroristas en apenas medio siglo, pero ninguna cifra de esas cabe en la cabeza.
Colombia es, según Amnistía Internacional, uno de los diez países más violentos del mundo; es, según Save the Children, el tercer país en donde matan a más niños; es, según el Banco Mundial, el país más desigual de América Latina y el cuarto país más desigual del mundo; es, según el esquizofrénico Gobierno de Trump, uno de los países más peligrosos para viajar; es, según la firma Ipsos Mori, el sexto país más ignorante del mundo y el sexto país más ignorante sobre sí mismo. Resulta profundamente conmovedor –o al menos digno de estudio– que siga doliéndonos y desilusionándonos como nos duele y nos desilusiona. Algo sigue llamándonos a la resistencia y a la alegría. Algo, que quizás sea la sombra y la costumbre de la muerte, sigue empujándonos a vivir y a seguir viviendo.
Dígame usted si no es muy raro. Dígame usted si no es digno de estudio o digno de un tríptico del Bosco. Dígame si esto no ha sido al mismo tiempo una Semana Santa eterna y un carnaval interminable.
Colombia no sólo ha sido el primero o el segundo o el tercero entre los países más felices del mundo, sino la cultura contrahecha –avergonzada de sí misma y acomplejada hasta el paroxismo y el delirio de grandeza– que se inventó la mamadera de gallo y el ataque de risa en los funerales. Ha sido una nación de solemnes y de pomposos, «Excelentísimo Señor Don Gabriel Foción Sanz de Santamaría…», «Resulta, pasa y acontece que…», como si el clima fuera propicio para sentir nostalgia por una época señorial que jamás llegó a darse del todo, pero también ha sido, desde el principio de la vorágine, tierra de expertos en sátiras y refugio de parodiadores. Aquí hemos estado riéndonos y contándonos cuentos porque no queda más mientras vuelve la cordura. Aquí nada es serio para bien y para mal.
De qué hablamos cuando hablamos de la República de Colombia: de un país hecho de países, de una cultura hecha de culturas, cuyo territorio sigue siendo un misterio.
Más de la mitad del mapa colombiano es selva, enigma. Ni siquiera hoy, cuando las comunicaciones y las redes tendrían que habernos reunido, hemos logrado que esto deje de ser el archipiélago del que hablaba mi abuelo el senador en sus textos liberales, el suelo tan partido y tan sitiado y tan negado que hace que la existencia de un Estado fuerte sea una hazaña. Puede ser que Colombia sea el infierno. Puede ser que sea un karma y un trastorno. Y que hasta hoy estemos pagando que no sólo empezamos por el desprecio y por la aniquilación de lo que había aquí antes de la Historia, sino, como los niños perdidos de El señor de las moscas, sobre la sospecha endiablada y enloquecedora de que nadie está mirando.
II. TENÍA QUE SER COLOMBIA
Colombia se llama Colombia porque comenzó por su exterminio: por su demolición de lo que había. Colombia se bautizó a sí misma Colombia porque fue a partir de la llegada de la expedición de Cristóbal Colón –o sea, desde la llegada de la lengua castellana y del imperio del catolicismo y de una violencia endiablada y con sevicia que sólo se permiten quienes creen que Dios no ve de lejos y no es neutral– cuando se vio obligada a pasar del mito a la Historia. Todo parece indicar que aquel viernes 12 de octubre de 1492, cuando Colón, según su propio diario, puso el pie izquierdo en tierra firme, había en estos parajes alegóricos unos tres millones de indígenas habituados a los designios de la naturaleza. Suele discutirse el tamaño de la catástrofe demográfica que siguió. Pero es claro que vino un genocidio de perros bravos y una sucesión de enfermedades y una aculturación oficiada por ángeles y por demonios.
Y no sobra creerle a nuestra literatura, que al menos se ha preocupado por dar forma y dar belleza, y que algo de sanidad mental nos ha devuelto en estos siglos, que entonces la Historia despojó y desplazó y sepultó al mito: que el pensamiento católico marginó y ocultó al pensamiento mágico sin piedad. Y Colombia, como cualquier tierra de espanto plagada de campanarios, fue levantada sobre un cementerio indígena.
Fue el prodigioso Francisco de Miranda, que también dio con los tres colores de nuestra bandera, quien regresó –de su odisea por las revoluciones de la Tierra del siglo XVIII– con semejante nombre sin rima: Colombia. La verdad es que había sido pronunciado de hemisferio a hemisferio desde el siglo XVI, «Columbia», «Colonia», «Colombiada», para bautizar ciudades, universidades, poemas, ríos, en el continente barroco con el que se encontró el ejército de Colón. Pero fue Miranda, el caraqueño universal que estuvo en el parto de las naciones en las que estamos viviendo, quien en el empeño refundador empezó a preferir la palabra «Colombia» a la palabra «América», la práctica a la teoría: el territorio exuberante e infinito hallado por el formidable navegante Cristóbal Colón al mapa fabuloso relatado por el razonable cartógrafo Américo Vespucio.
El libertador Simón Bolívar, que hasta el día de su muerte fue un semidiós, de los de su tiempo, en busca de un poema épico para la eternidad, daba por hecho ese nombre mucho antes de que fuera el nombre nuestro: «¿Habrá un solo hombre en Colombia tan indigno de este nombre que no corra a engrosar nuestras olas?», le preguntó a su ejército en 1813. Bolívar fue un quijote premeditado: el solitario errante e imperioso sobre el mar de las nubes, del óleo de Friedrich, que no sólo nació para protagonizar la reinvención de un continente, sino que se lo creyó. Bolívar fue un héroe romántico de aquellos, megalómano e hipocondríaco, bilioso e igualado con las fuerzas de la naturaleza, obsesionado hasta el delirio con ser irrepetible, pero también fue un héroe trágico condenado a dejar su obra sin terminar.
Y liberó de España a estos pueblos tan españoles, pero no logró convencerlos de su libertad, ni mucho menos consiguió poner en marcha su transformación.
Ese sueño suyo y sobre todo suyo, que no pudo alinear a los personajes secundarios, a los figurantes y a los extras que iba dejando regados por el camino, está claro en aquella Carta de Jamaica del miércoles 6 de septiembre de 1815: si finalmente los criollos patriotas consiguen la independencia de esa España represora que ha ido de «madre patria» a «madrastra», si finalmente se logra la unión de la Confederación Venezolana y de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, dos sumas de villas coloniales en dos tierras inabarcables, entonces «esta nación se llamaría Colombia», escribe, «como un tributo de justicia y gratitud al criador de nuestro hemisferio». Seis años después, a las once de la mañana del miércoles 3 de octubre de 1821, en el Congreso de la Villa del Rosario de Cúcuta que se llevó a cabo para conseguir aquella nación, Bolívar toma posesión como el primer presidente de la República de la Gran Colombia.
«El juramento que acabo de prestar en calidad de Presidente de Colombia es para mí un pacto de conciencia que multiplica mis deberes de sumisión a la ley y a la patria», les dijo a los cincuenta y ocho miembros del Congreso, mirándolos a los ojos, en el salón de la iglesia de piedra de la villa.
«La espada que ha gobernado a Colombia no es la balanza de Astrea: es un azote del genio del mal que algunas veces el cielo deja caer a la tierra para el castigo de los tiranos y escarmiento de los pueblos», les vaticinó. «Esta espada no puede servir de nada el día de paz, y éste debe ser el último de mi poder, porque así lo he jurado para mí, porque se lo he prometido a Colombia y porque no puede haber república donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus propias facultades», les recordó. «Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un Gobierno popular: una amenaza inmediata a la soberanía nacional», les reconoció. «Prefiero el título de ciudadano al de Libertador porque éste emana de la guerra y aquél emana de las leyes», les confesó antes de terminar su discurso, «yo quiero ser ciudadano para ser libre y para que todos lo sean».
Y entonces lanzó a la Historia una plegaria que resultó ser una condena: «Cambiadme, Señor, todos mis dictados por el de buen ciudadano», oró, ante todos, a un Dios que no lo oyó.
Y el día de diciembre de 1830 en el que murió, que predijo el fin del Romanticismo y la llegada del realismo bestial, muy poco quedaba de la tal Gran Colombia. Quedaba el Estado de Ecuador. Quedaba el Estado de Venezuela. Y un país sin nombre y en guerra civil, con una bandera tricolor de bandas verticales que parecía el vestigio de una civilización, semejante en los pulsos y en los reveses a este país trastornado que ha sido un país a duras penas.
III. LAS MIL Y UNA GUERRAS
Ese país tan parecido a este hizo todo lo que pudo, durante un poco más de medio siglo, para no llamarse Colombia. Primero, y en busca de la identidad perdida en las guerras y los monólogos románticos de los héroes de la Independencia, revivió el nombre que le había dado la monarquía española: se puso República de la Nueva Granada. El caballeresco y cortés y enamorado Gonzalo Jiménez de Quesada había bautizado así la tierra tomada, el Nuevo Reino de Granada, en conmemoración del Estado musulmán que el reino católico de Castilla y Aragón había reconquistado –y había expulsado a los judíos y había convertido a los moros en moriscos– en los últimos veintipico de años. Recuperar semejante nombre era recuperar un mundo gobernado y negado desde Santa Fe de Bogotá.
El mapa de diecinueve provincias de la República de la Nueva Granada se parece al mapa de Colombia. En el afán de conseguir una nación, una comunidad con una historia y una cultura y una lengua, se promulgó una nueva Constitución –la neogranadina de 1832– para un Estado centralista y presidencialista con un congreso que representaba un poco mejor a las regiones. Se habló de departamentos y de asambleas y de gobernadores. Se volvió tradición, cuando Márquez se propuso desmontar la obra de Gobierno de Santander, aquello de construir sobre lo destruido: «Nada que huela a…». Se fueron reagrupando los criollos, barajando y rebarajando según los reveses, hasta darles vida al Partido Liberal y al Partido Conservador: fueron federalistas y centralistas, y progresistas y retrógrados, hasta convertirse en liberales y conservadores.
Por supuesto, nada es exacto, ningún gesto humano es preciso. ¿Ha visto usted a estos políticos de ahora que van cambiando de doctrinas y se van refugiando en estos borrosos partidos de ahora a la sombra del caudillo que tenga hipnotizada a una manada? Así era entonces. Podría decirse, en procura del árbol genealógico de nuestros dos partidos, que comenzaron a ser llamados «liberales» muchos santanderistas y federalistas y progresistas y masones que abogaban por una nación libre con un Estado limitado. Y que fueron apodados «conservadores» muchos bolivarianos y centralistas y retrógrados y eclesiásticos que perseguían una nación católica con un Estado vigilante. Pero habría que agregar que tenían en común el intento de sacudirse las estructuras y las mañas coloniales.
Y tenían en común la sangre en la punta de la lengua y los miembros amputados y el salvajismo providencial que es ley en tiempos de guerra: vivieron y sobrevivieron y murieron pensando que ya vendrían tiempos mejores.
Fue en la República de la Nueva Granada en la que se volvieron frecuentes los pretextos para las guerras civiles. Por convertir los colegios en conventos en 1838. Por negar a las regiones y a sus caciques en 1839. Por aplazar en 1840 y por seguir aplazando en 1850 todo lo que tuviera que ver con Panamá. Por imponer en la Constitución de 1853 medidas demasiado liberales –fue en el Gobierno del cejijunto José Hilario López– como la abolición de la esclavitud, la expulsión de los jesuitas, el fin de la pena de muerte, el juicio por jurados, el voto popular, la libertad religiosa y la libertad de la prensa. Por darle un golpe de Estado al presidente caucano y liberal y perseguido José María Obando, hijo ilegítimo de Iragorri y enemigo del dictatorial Bolívar, en 1854: 4000 neogranadinos murieron en ese país habituado al desangre e inauguraron las estadísticas de este genocidio.
La República de la Nueva Granada fue remplazada por la Confederación Granadina en el eterno intento de contener los desmanes que habían traído tanto el pulso entre el federalismo y el centralismo como la pregunta de hasta qué habitación debía intervenir la Iglesia en la sociedad neogranadina. La Confederación logró, aunque «logró» quizás no sea la palabra, que las guerras civiles fueran guerras localizadas, pero no siempre consiguió que los conservadores derrotaran a los liberales. Y, cuando el presidente conservador Mariano Ospina Rodríguez quiso que el Gobierno central recuperara algo del poder cedido, el gobernador caucano Tomás Cipriano de Mosquera lideró un levantamiento liberal que condujo a una guerra general –«por las soberanías», se ha dicho– que duró un poco más de dos años y miles y miles de muertos.
Con la victoria de los liberales vino un país en plural, sí, un archipiélago: los Estados Unidos de Colombia.
Desde su propio nombre aseguraba que era una suma de países que no había comenzado por la Conquista sino por el Descubrimiento. En un giro típico de estos parajes, en los que se habla del horror en pasado a ver si deja de pasar, fue de la bandera tricolor de bandas verticales de las revoluciones a la bandera tricolor de bandas horizontales de los estados apaciguados, que es la bandera de Colombia: el amarillo es el tesoro de la tierra, el azul es la riqueza de los mares y el rojo es la sangre de los héroes y de los villanos. Y se expidió desde Rionegro, Antioquia, una nueva Constitución –sí– que dio origen a una era de liberales implacables que suele llamarse la era del Olimpo Radical: veinte años de estados soberanos, de libertades individuales, de educaciones laicas, de autoridad parlamentaria, de curas echados a patadas.
Puede ser que este pulso cruento, entre clericales y anticlericales, se encuentre en la base de nuestra locura. Caudillos lúcidos y demenciales como Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López y José María Obando, que en las últimas décadas habían estado comandando las batallas para imponer el liberalismo en los Estados Unidos de Colombia, pertenecían a la federalista e irreligiosa logia masónica. Y, sin embargo, el poder mundano de los jerarcas de la Iglesia católica y de los godos –que así fueron llamados los españoles por los musulmanes en el Siglo de Oro y así fueron llamados los defensores de España por liberales e independentistas– seguía dando caciques políticos y seguía produciendo una fuerza popular que no se podía tapar con un dedo.
En los Estados Unidos de Colombia hubo leyes liberales para un mundo que, habitado por 2 951 323 almas de Dios y cientos de miles de fantasmas, a duras penas salía del feudalismo. Se creó la Universidad Nacional de Colombia y se expandieron las comunicaciones. Pero también sucedieron un reguero de elecciones presidenciales y una cadena de cuarenta guerras civiles que fueron a dar –en 1876– a una confrontación dantesca entre las fuerzas liberales y un alzamiento de clérigos y oficiales y guerrilleros conservadores. Triunfaron al final las fuerzas gubernamentales. Y el general Julián Trujillo Largacha, que llegó a la presidencia como un popularísimo héroe de guerra, desterró a los obispos de Medellín, de Pasto, de Popayán y de Santa Fe de Antioquia por haber empujado e incendiado el levantamiento godo.
Fue en la posesión del liberal moderado Trujillo, el lunes 1º de abril de 1878, cuando el presidente del Congreso pronunció una sentencia con vocación de profecía que hasta hoy sigue siendo una estrategia digna de El príncipe: «El país se promete de vos, señor, una política diferente, porque hemos llegado a un punto en que estamos confrontando este preciso dilema –dijo el enfermizo e hipocondríaco Rafael Núñez, otro liberal moderado en ese entonces, antes de tomarse el poder–: regeneración administrativa fundamental o catástrofe». Se trataba de declarar oficialmente el desastre, que basta echar una mirada para verlo, en busca de la refundación de la patria. Se trataba de señalar el incendio para ofrecerse de bombero. Era ahora o nunca si la idea era evitar el regreso a la presidencia del Olimpo Radical.
Y así, en los dos años que vinieron, el liberalismo moderado terminó convertido en el movimiento regenerador. Y el pálido e incontinente de Núñez fue, en 1880, el presidente que siguió.
IV. EN BUSCA DE LA NACIÓN PERDIDA
Fue la Regeneración liderada por Rafael Núñez la que consiguió que este país se llamara Colombia, la República de Colombia, por siempre y para siempre. Tanto en Ecuador como en Venezuela muchos patriotas de buena memoria sintieron –y además lo dijeron– que era una afrenta y una bajeza quedarse definitivamente con un nombre que había querido ser el nombre de todo un continente, pero el debate se fue desvaneciendo en las pesadillas diarias de la región. Núñez se fue encorvando y empequeñeciendo y exasperando, por culpa de todos sus males, en el par de décadas que gobernó estas tierras. Su proyecto regenerador, que volvió a una nación de naciones cosidas por la fe, resultó ser el único remedio que le hizo efecto.
La Regeneración de Núñez recreó el Estado centralista, proteccionista, todopoderoso, confesional, que los liberales radicales habían tratado de desterrar, pero que era una cultura que estaba cumpliendo siglos y siglos. Vino otra guerra civil reticente al principio y siniestra al final, de 1884 a 1885, pues los estados soberanos del liberalismo se negaban a quedarse mudos y a encoger los hombros mientras el Gobierno acababa con años de luchas por las libertades. Sin embargo, tras la apocalíptica batalla de La Humareda, en El Banco, Magdalena, y con el apoyo de los conservadores y de los gobiernistas de turno –que el gobiernista ha sido, en realidad, el partido más sólido de la democracia colombiana–, el proyecto de Núñez se convirtió en la realidad del país.
Espantado igual que siempre por las ovaciones de su pueblo, forzado por las voces que lo aclamaban y lo beatificaban desde la calle, el presidente Núñez salió al balcón del palacio de Gobierno a pronunciar una sentencia de muerte: «La Constitución de Rionegro ha dejado de existir –le dijo a aquella multitud–: sus páginas manchadas han sido quemadas entre las llamas de la Humareda».
Colombia ya no iba a ser el experimento de los liberales, sino la sociedad de Dios, espeluznante y monárquica, que había sido desde antes de los embelecos románticos e independentistas. Desde ese momento sería el presidente de la república quien los nombraría a todos, a los alcaldes y a los gobernadores, desde las lejanas y frías lomas de Bogotá. A partir de esa victoria sería «evidente el predominio de las creencias católicas en el pueblo colombiano», advirtió. Luego lanzó una maldición: «Toda acción del Gobierno que pretenda contradecir ese hecho elemental, encallará», vaticinó. Y muy pronto se le devolvieron a la Iglesia sus privilegios y sus tierras y su dominio absoluto sobre la educación –y la vida íntima y la doble moral– de los colombianos.
Resultó ser el hispánico y católico y gramático Miguel Antonio Caro, que fue vicepresidente en 1892 y presidente en 1894 en nombre del Partido Nacional de Núñez, quien despojó de sus libertades al Estado fuerte que perseguía el movimiento regenerador. En la Constitución Política de la República de Colombia de 1886, que él mismo redactó, no sólo se advierte que «la nación colombiana se reconstituye en forma de república unitaria», sino que lo hace «en nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad», porque sólo el catolicismo y la lengua española –según repetía Caro, pues lo creía, en las salas bogotanas– podía convertir a todas esas culturas en una única cultura y a todos esos países en un único país.
El presidente Caro refundó el país como si «Colombia» ya no significara «la tierra que entró a la Historia de Occidente por obra y gracia de Colón» sino «la nación fundada por el catolicismo en español». Su Constitución de 1886 dio paso al estado de sitio como modo de Gobierno, a la represión, a la censura, a la sociedad silenciosa, de campanarios, obligada a vivir de puertas para adentro hasta padecer su propio trastorno de identidad disociativo. Su Gobierno exacerbó el miedo patológico que el establecimiento –y sus agradecidos siervos– les tenían a las manifestaciones socialistas desde las protestas de los artesanos a mediados del siglo XIX: «El ideal comunista es un ideal falso y absurdo, como hijo, al fin, de la envidia», declaró Caro, «el socialismo cristiano, que procura ensanchar la esfera de la propiedad gratuita, es un ideal generoso y científico, hijo de la caridad».
Así fue. La Regeneración, temerosa de la lucha creciente de las clases, estableció un imperio solemne y grave que remplazó el criterio de la solidaridad por el criterio de la caridad. Y, harto de las revoluciones fallidas de las últimas décadas, hizo regresar al país a un hispanismo que sin embargo no renegaba de la independencia ni de la figura mesiánica de Simón Bolívar: «¡Libertador! Delante / de esa efigie de bronce nadie pudo / pasar sin que a otra esfera se levante, / y te llore, y te cante, / con pasmo religioso, en himno mudo», escribió el señor Caro, en su oda «A la estatua del Libertador», como si quisiera dejar en claro que su República de Colombia era también la nación hispánica que Dios le había susurrado a Bolívar. El país fue asumiendo esa visión que exacerbaba el delirio y el abuso religioso, y que los aliviaba al mismo tiempo, pero no sucedió sin violencia.
El martes 22 de enero de 1895, unas semanas después de la muerte del Regenerador Núñez, el jefe francés de la nueva Policía Nacional –el cándido monsieur Gilibert– frustró un golpe de Estado contra esa presidencia que se había conferido la facultad de detener a sus enemigos sin juicio previo. El viernes 15 de marzo los ejércitos del Gobierno liderados por el general Rafael Reyes derrotaron a las tropas liberales en una nueva guerra civil que duró un poco más de dos meses y que dejó un río de cadáveres. Hubo entonces unos pocos días de tregua. Pero cuatro años después, luego de escarceos y de conspiraciones para tumbar al Partido Nacional antes de que se lo tomara todo e impusiera su centralismo anacrónico, empezó esa brutal Guerra de los Mil Días que fue una pesadilla enfrente de todos.
Las guerrillas liberales, lideradas por caudillos como Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, apoyadas por combatientes venezolanos que no soportaban las ínfulas de los nacionalistas colombianos, se alzaron contra los déspotas persecutores en Santander, en Cauca, en Tolima, en Panamá. Y, tras un año de enfrentamientos descarnados y feroces, el partido de Gobierno no soportó más los embates de la guerra civil. Y los conservadores implacables, que no se sentían del todo cómodos con los postulados de la Regeneración, pues eran un problema para los negocios, pero que apoyaban sin titubeos al ejército nacional, no sólo se tomaron la presidencia con argucias –con José Manuel Marroquín a la cabeza–, sino que se lanzaron a la defensa del país hasta quedárselo.
Cuando se firmó la paz en el acorazado USS Wisconsin, realmente la derrota de las desquiciadas filas liberales a manos de los monolíticos ejércitos conservadores, la República de Colombia era un camposanto: doscientos mil muertos, doscientos mil huérfanos, doscientas mil familias atragantadas e insomnes en un país de –por mucho– unos cuatro millones de personas. Empezaba, además, el siglo XX.
V. LA REPÚBLICA INEVITABLE E INVIVIBLE
El siglo XX fue el siglo de la decadencia de la razón, el siglo de la vergüenza humana, el siglo que dejó en claro, por si acaso quedaba alguna duda, que el hombre es el único ser de la creación que no le ha servido de nada a la naturaleza. Este país, que desde su nombre estaba poniendo en claro que ya no tenía que ser España pero que sentía una profunda nostalgia de los días en los que era una colonia, comenzó su siglo XX el martes 3 de noviembre de 1903. Quizás lo empezó a vivir el viernes 6, pues fue sólo hasta entonces cuando se supo en Bogotá la noticia de que un puñado de líderes panameños cansados del infierno –y apoyados por aquel Gobierno gringo, perdonavidas e impaciente, que necesitaba construir un canal interoceánico– habían constituido una República de Panamá independiente de la República de Colombia. De nada habían valido las misiones diplomáticas del Gobierno ni las bravuconadas del Congreso colombiano.
Dos semanas después, diecisiete países de la Tierra que no imaginaba el siglo XX, empezando por Estados Unidos de América y por Francia, reconocieron la soberanía de Panamá.
Y Colombia se replegó aún más, como cualquier archipiélago que se respete, en esa hegemonía de presidentes conservadores que tal vez había empezado por los mandatarios del movimiento regenerador, pero que se fue consolidando con el paso de los Gobiernos. El general Rafael Reyes montó un Gobierno autoritario pero amable con los dos partidos, y progresista en ciertos sentidos, que resultó un alivio de posguerra hasta que empezó a tomar cara de dictadura. El estadista Carlos Eugenio Restrepo, una rareza y una tregua, cumplió con su promesa de gobernar para todos los departamentos, para todas las religiones y para las dos ideologías.
Y no obstante, a su salida, aunque habría que reconocer que la guerra paró, empezaron a darse con cuentagotas las señales de la locura colombiana y los signos del resquebrajamiento de la hegemonía: del Gobierno godo de Concha al Gobierno godo de Abadía Méndez.
Desde el martes 28 de julio de 1914 se dio la Primera Guerra Mundial para dejarle en claro a quien le correspondiera que, tal como se ve en la película La gran ilusión, habían llegado a su fin el honor y el heroísmo en el campo de batalla: aquel horror, sepia y negro y rojo, era el rito del fracaso humano. El jueves 15 de octubre de ese mismo año, Rafael Uribe Uribe, el veterano general de la Guerra de los Mil Días que era el único liberal en el Congreso y que sospechaba que de algo podían servirle al país las ideas socialistas, fue asesinado a hachazos por un par de artesanos en la Plaza de Bolívar de Bogotá. El martes 6 de noviembre de 1917 sucedió la revolución bolchevique que empujó a una nueva generación de liberales a incorporar a sus programas las reivindicaciones socialistas tan temidas en Colombia. En marzo de 1923, el presidente Pedro Nel Ospina, el primer delfín al poder que creía firmemente que lo mejor que podía pasarnos era que «Colombia» significara «colonia de los Estados Unidos», pidió los consejos de la llamada Misión Kemmerer que había estado poniendo en orden las finanzas de varios Estados Latinoamericanos. El lunes 2 de enero de 1928 murió el jefe resuelto e inquebrantable que prohibía las divisiones del Partido Conservador: el todopoderoso monseñor Perdomo. El martes 30 de octubre de ese mismo año se expidió la Ley 69, «La Heroica», que prohibía la lucha de clases, las huelgas, los ataques a la propiedad privada: los jefes conservadores y los curas les tenían pánico –y estigmatizaban con el grito de «¡comunistas!»– a los miembros de ese creciente movimiento obrero que estaba encontrando su lugar en el renovado Partido Liberal. Y el miércoles y el jueves 6 de diciembre de semejante bisiesto sucedió aquella matanza nauseabunda, la masacre de las bananeras, que recordó y predijo una cultura de la mortandad, de la aniquilación, del exterminio como resolución de los conflictos: «Y los fusiles quedaron impregnados de mierda», se lee en La casa grande de Cepeda Zamudio.
Fue en la plaza de Ciénaga: unos tres mil huelguistas, de los veinticinco mil que en las últimas tres semanas se habían enfrentado a una United Fruit Company agrandada y envilecida por aquella «Ley Heroica» que legitimaba la explotación, escucharon tres toques fúnebres de corneta y escucharon un «¡Viva Colombia libre!» y un «¡Viva el ejército!» antes de ser masacrados por trescientos soldados. El editorial de El Tiempo dijo: «Pero resta averiguar si no hay medidas preferibles y más eficaces que las de dedicar la mitad del ejército de la República a la matanza de trabajadores colombianos…». Y el representante liberal Jorge Eliécer Gaitán, de veinticinco años, subió al escenario colombiano a probar en un gigantesco y estudiado debate en el Congreso que los corruptos represores estaban detrás de la masacre de por lo menos trescientos trabajadores: «Y que no hable el presidente de la república de hechos políticos aquí donde sólo hubo por parte de los militares pecados contra los artículos del Código Penal», reclamó el valeroso Gaitán en su discurso.
La violencia es la corrupción del poder y el fin de la autoridad: el conservatismo estaba prohibiendo lo último que podía prohibirles a los colombianos, que seguían siendo piadosos y temerosos del cielo, porque –después de medio siglo de arañar posiciones en los Gobiernos de turno– era el momento de que llegara a la presidencia ese nuevo Partido Liberal con vocación al desagravio y a la redención social: el momento de que empezara ese capítulo desafiante e impulsivo, el de la República Liberal, que le impuso la modernidad a la Colombia confesional y feudal de siempre como metiéndole un sistema operativo revolucionario a una ominosa computadora vieja. Las presidencias decorosas de Olaya Herrera, López Pumarejo y Santos Montejo, miembros de aquella generación del Centenario que se había tomado el liberalismo y se había tomado El Tiempo, quisieron imponer la reivindicación de los trabajadores, la redistribución de las tierras, el reconocimiento de las mujeres, la libertad de cultos, pero, por medio de Gobiernos en los que se tenía en cuenta a los líderes godos, también trataron de alcanzar cierta estabilidad en medio de la típica zozobra.
Hasta el domingo 8 de enero de 1939: fue esa mañana cuando un mitin del Partido Conservador en Gachetá, Cundinamarca, terminó en una serie de disparos a los nervios y en una gritería entre rojos y azules y en una matanza de nueve muertos y diecisiete heridos. El líder del conservatismo Laureano Gómez Castro, el opositor inclemente que fue creciéndose y ensombreciéndose hasta ser apodado el Monstruo por hacedores de prejuicios, asumió de inmediato que el Gobierno de su excompañero de luchas Santos Montejo estaba detrás de la masacre y prometió en los altares del senado que a fuerza de aniquilamientos y atentados –ya lo había escrito en el diario El País– haría «invivible la República». Dígame usted si no era claro desde entonces que esta no era una nacionalidad sino un trastorno.
El bolcheviquismo conquistaba a un puñado de ilusos y el fascismo conquistaba a la derecha ciega a los términos medios. Pero, como lo que de verdad entretenía y abrumaba a los líderes colombianos era lo que había estado sucediendo en España, empezaba a simularse aquí una versión inverosímil –una versión al revés– de la catastrófica y traumática Guerra Civil española. Y era notorio que los liberales se veían a sí mismos como el bando republicano que servía de refugio a los rojos de todos los tonos: el Frente Popular de acá. Y era claro que los conservadores se arrogaban la representación del bando nacionalista que reunía a los más monárquicos y a los más católicos y los más asqueados por la «revolución del proletariado».
Del viernes 1º de septiembre de 1939 al domingo 2 de septiembre de 1945 ocurrió la miserable Segunda Guerra Mundial: una parodia impía e inhumana e irreversible de la Primera –una suma de conflictos a medio resolver, nacionalismos, megalomanías, racismos, sin ningún rezago de romanticismo– que dejó llenos de ruinas a los países colonizadores del mundo más viejo y dejó por lo menos cincuenta millones de fantasmas en los dos hemisferios y dejó en claro a quienes aún tenían fe en el alma que el hombre había sido desde el principio –repito– el único animal que era su propio depredador. Colombia rompió relaciones con las potencias del Eje, la Alemania Nazi, el Reino de Japón y el Reino de Italia, el viernes 18 de diciembre de 1941: sus estrechas relaciones con los Estados Unidos, de colonia, la llevaron a indignarse por el ataque a Pearl Harbor, a perseguir y a expulsar y a encerrar a los alemanes, a declararse en estado de beligerancia luego del hundimiento de tres de sus buques.
El señor López Pumarejo, como un personaje trágico que se niega a oír los vaticinios del resto del mundo, se dejó tentar por la reelección en 1942. Y su regreso al poder, luego de un primer mandato valeroso que emparentó al liberalismo con el socialismo, no trajo las reformas de fondo que esperaban los 673 169 que votaron por él, sino el Gobierno lánguido y decadente y escandaloso y resignado al sino de Colombia que vaticinaron propios y extraños desde la campaña presidencial. El Partido Liberal se partió en dos desde esas elecciones: los incapaces de juntarse con el conservatismo hasta permitirse esta violencia hecha en Colombia y los que insistían en que nunca había salido bien un Gobierno colombiano que despreciara la colaboración del partido opuesto.
Esa esquizofrenia liberal, sumada a las acciones domingueras de aquella Iglesia católica repugnada por las veleidades comunistas de los Gobiernos rojos, y a las jugadas del Partido Conservador, liderado por el altavoz inescrupuloso del señor Gómez Castro, de verdad hicieron invivible e irrespirable la república.
Fue invivible e irrespirable, salvo durante un par de treguas breves, en los quince, dieciséis, diecisiete años que siguieron: habrá gente que diga «durante las siete décadas que vinieron» o «por siempre y para siempre». Pero lo que es seguro es que el Partido Liberal perdió las elecciones de 1946 porque el caudillo Jorge Eliécer Gaitán, de cuarenta y tres años, se negó a apoyar al candidato Gabriel Turbay y se lanzó a encabezar una disidencia que también sirvió para convertirlo en un mito, en un pueblo, en un héroe que quería obligar al «país político» a servirle al «país nacional». Ese domingo 5 de mayo el disidente Gaitán consiguió 358 957 votos, el liberal Turbay logró 441 199, y el conservador Mariano Ospina Pérez, el nieto del dirigente conservador Mariano Ospina Rodríguez que daba mucho menos miedo que Gómez Castro, sacó 565 939.
Y esas eran las cifras de lo que vendría: una embravecida y descontrolada mayoría liberal, a punto de pegar un grito y desatar el fin del mundo, pacificada a sangre y fuego por una policía conservadora.
VI. CORTE DE CORBATA
El sábado 7 de febrero de 1948, Gaitán, que a los cuarenta y cinco se había vuelto el jefe absoluto del liberalismo porque le habían dado la razón tanto las bajezas de los oligarcas de su colectividad como las puñaladas traperas de ciertos conservadores, lideró del Parque Nacional a la Plaza de Bolívar la llamada Marcha del Silencio. Fue en aquella Bogotá de cuatrocientos mil habitantes, ante una multitud de cien mil ciudadanos con crespones negros en las solapas, cuando el caudillo denunció sin vacilaciones las persecuciones de aquella policía política que quería asegurarse de que los conservadores no perdieran el poder que tanto les había costado recuperar. Se estaban azuzando los odios –y las ganas de matarse a machetazos– entre godos y cachiporros. Se querían echar para atrás los avances en la redistribución de tierras. Se empuñaban los crucifijos para armar una guerra santa del diablo en los campos colombianos.
Y Gaitán lo dijo y fue lo único que se escuchó en la disciplinada y estremecedora Marcha del Silencio: «Señor presidente: os pedimos cosa sencilla para la cual están de más los discursos», gritó e hizo una pausa de actor en el centro del escenario en el que suele inaugurarse el desastre en esta tierra. «Os pedimos que cese la persecución de las autoridades y así os lo pide esta inmensa muchedumbre. Os pedimos pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por cauces de constitucionalidad. Os pedimos que no creáis que nuestra tranquilidad, esta impresionante tranquilidad, es cobardía. Nosotros, señor presidente, no somos cobardes: somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este piso sagrado. Pero somos capaces, señor presidente, de sacrificar nuestras vidas para salvar la tranquilidad y la paz y la libertad de Colombia…».
En la Semana Santa de ese año bisiesto una multitud se lanzó a la arena sangrante de la Plaza de la Santamaría de Bogotá a despedazar con sus propias manos y sus propios dientes a un toro cansado y sudoroso que se negaba a seguir dando la batalla: «¡Carajo!», exclamó el poeta Gómez Valderrama con el índice alzado. Quince días después el grito que se fue tomando la capital fue «¡Mataron a Gaitán!». Sucedió al mediodía del viernes 9 de abril de ese 1948. Un gaitanista frustrado le pegó cuatro tiros en la carrera Séptima con la Avenida Jiménez. Y, ya que el caudillo en verdad encarnaba a su pueblo y era obvio que el conservatismo se estaba tomando en serio esa «guerra civil no declarada», los dolidos liberales saltaron a las calles para –este fue el orden del día– protestar, hacer la revolución, vengarse, emborracharse, matar, hacerse matar, incendiar, saquear la ciudad.
Se le llamó el Bogotazo a ese estallido de ira colectiva, a ese trastorno psicótico compartido, a esa psicopatía de las masas, a esa locura de manada, a ese amago de revolución que terminó en borrachera y en vergüenza. La embajada alemana reportó quinientos muertos al final de la larga jornada de desquite, pero se dice que, luego de los destrozos y las balaceras y las quemas y los linchamientos y las violaciones de aquellas horas, quedaron en el piso unos tres mil. Y es seguro que 142 edificios incendiados se vinieron abajo con todo lo que alguna vez pasó allá adentro. Que horas después del holocausto el humo era el cielo de la ciudad y –hay fotografías espeluznantes que lo prueban– parecía como si hubiera pasado un bombardero nazi por encima. Y que el pavor y la crueldad no terminaron sino diez años después.
El día del Bogotazo, que el novelista Osorio Lizarazo llamó «el día del odio», es el día al que va a dar y el día del que viene la Historia de Colombia. Fue el primero de una época que se ha llamado la época de la Violencia, con V mayúscula, como si no hubieran sido los colombianos los que se degollaron, sino un monstruo engendrado por la nada –ese trastorno, esa plaga, ese demonio– lo que se tomó sus cuerpos. En la década de la Violencia, que fue otra guerra civil a voces entre liberales y conservadores, entre rojos y azules de nacimiento, se ensayaron las más crueles maneras de matar, fueron asesinadas unas trescientas mil personas sin ninguna clase de piedad, y fue despojada y desplazada una quinta parte de la población: dígame usted si no hay algo extraño en esta sangre.
Pasó que el Partido Liberal recobró las mayorías en las elecciones parlamentarias del domingo 5 de junio de 1949, 69 de los 132 representantes a la Cámara, en nombre del caudillo inmolado. Fue a pesar de la propaganda goda que se regodeaba en la barbarie roja del Bogotazo. Y a pesar de los sermones virulentos de los curas del país: en su constante afán por demostrar que el liberalismo era el gran enemigo del catolicismo porque ya era indistinguible del comunismo, el incendiario monseñor Builes, de Santa Rosa de Osos, gritó en su pastoral de cuaresma «¡la revolución del 9 de abril de 1948 dejó los campos políticos colombianos perfectamente alineados con nuevos y definitivos mojones: el comunismo y el orden cristiano!».
El Partido Liberal obtuvo el 53,5 por ciento de los votos contra el 46,1 del Partido Conservador en aquellas elecciones parlamentarias: apenas 132 056 votos de más, pero una mayoría a fin de cuentas en ese país supuestamente cortado en dos. El Congreso de la República fue entonces el punto de partida y el escenario de la guerra. El severo Laureano Gómez, jefe del conservatismo y aspirante presidencial, la declaró hasta el punto de acusar al liberalismo –un basilisco «con un inmenso estómago oligárquico, con pecho de ira, con brazos masónicos y con una pequeña cabeza comunista», dijo– de haber expedido 1 800 000 cédulas falsas para ganar elecciones. Los legisladores liberales consiguieron que las votaciones presidenciales se adelantaran para noviembre de 1949, pero, cuando quisieron y se dispusieron a hacerle un juicio político por traidor, el presidente Ospina cerró el Congreso e implantó el estado de sitio como cualquier dictador acorralado: el extrañado Darío Echandía, candidato del liberalismo, se retiró de la campaña porque el asesinato de su propio hermano –y el del representante Jiménez en una balacera en pleno capitolio– le probó que la Violencia se lo había tomado todo y que la democracia colombiana era una farsa.
Vino la purga de funcionarios y de maestros que pertenecieran al Partido Liberal. En muchas tierras contrariadas, en Boyacá, en Cundinamarca, en los Llanos Orientales, en Santander, en Tolima, se alzaron las guerrillas liberales «nueveabrileñas» con furia y con saña: «Si me matan», había vaticinado, incrédulo, Gaitán, «aquí no queda piedra sobre piedra». Y entonces la policía nacional se redujo a policía conservadora. Y se les dio fuerza y dinero a las bandas paramilitares azules que se sentían ungidas por los buenos y a bordo de una misión por el bien del país. Los «chulavitas» boyacenses se inventaron un modo de torturar y de matar llamado el «corte de corbata»: les rajaban las gargantas a los liberales y les sacaban las lenguas por las heridas como si fueran las corbatas rojas que usaban con orgullo. Los «pájaros» del Valle del Cauca, que se santiguaban antes de matar liberales, masones, comunistas y ateos, pasaron a la historia de esta marcha fúnebre por sus masacres en nombre de su patria católica.
El domingo 27 de noviembre de 1949, Laureano Gómez fue elegido con el 39,8 por ciento de los votos: tuvo el apoyo irrestricto de 1 140 646 colombianos, ni más ni menos, en un país de once millones de ciudadanos con estrés postraumático e histeria.
Era claro que la sevicia de los unos y los otros se había tomado el mapa del país. Que el inconsciente colectivo y el método de resolución de conflictos y la lengua de los colombianos era la violencia sin mayúsculas ni glorias. Que, como anota la historiadora Viviana Quintero, seguían dándose en los campos modos de someter y de aniquilar al otro que protocolos internacionales de la tortura reconocidos por la ONU, como el de Estambul o el de Minnesota, todavía no han sido capaces de imaginar. Hasta hoy ha sido usual encontrar señales de suplicio en las exhumaciones de los pueblos masacrados y desaparecidos en este territorio inabarcable: cuerpos desmembrados, maniatados, vendados, desdentados, empalados. Como si se tratara de confirmar que esta violencia ha sido un rito, siguen hallándose cadáveres sometidos –de maneras que aún no tienen nombre– a una crueldad nunca vista.
Si los sobrevivientes de estas últimas décadas han estado hablando de los huesos taladrados, de los descuartizamientos con motosierras, de las casas de pique, los sobrevivientes de la guerra bipartidista de los años cincuenta hablaban de modos de matar repugnantes e inimaginables que hacían innecesarios los mitos y las leyendas espeluznantes que se cuentan los jóvenes en la oscuridad. Se hablaba de «corte de franela» cuando se decapitaba y se tajaban los tendones y los músculos, de «corte de florero» cuando se enterraban los brazos y las piernas en los troncos, de «picar para tamal» cuando se descuartizaba y se partían los miembros en pedazos, de «corte de mica» cuando se ponía la cabeza cortada en el pubis: dígame usted si no ha estado ocurriendo aquí una ceremonia de sangre y una pesadilla macabra de la que pocos han conseguido despertar.
Fue en esa larga década que parece un siglo, desde 1946 hasta 1958, cuando Colombia se convirtió en un país urbano y encorbatado porque las bandas conservadoras y las guerrillas liberales despojaron de sus tierras y desplazaron a más de dos millones de ciudadanos del campo: «¡Arriba el Partido Conservador!, ¡arriba!, ¡abajo los cachiporros!, ¡mátenlos!», se oía por ahí, «¡arriba el Partido Liberal!, ¡arriba!, ¡abajo los godos!, ¡destácenlos!». Quizás titulamos esos días así, la Violencia, porque no sólo son un mito sino también un rito. Acaso entonces fue obvio que no éramos liberales ni conservadores, sino violentos. Quizás allí fue más clara que nunca nuestra manía de contar nuestra barbarie antes de que se termine porque no hemos hallado otra manera de acabarla. Tal vez Colombia haya estado contando su historia con el deseo.
El Gobierno de Laureano Gómez, lleno de ideas para el desarrollo, imaginó un nacionalismo católico semejante al del franquismo. Se trató de refundar la patria, por medio, claro, de otra redundante Asamblea Constituyente, pero sólo se logró que se agravara la violencia. Gómez tuvo que dejar la presidencia porque, en un giro típico de esta tragedia repleta de chistes sepulcrales, se enfermó del corazón y se retiró para curarse. Y el sábado 6 de septiembre de 1952, durante el Gobierno transitorio del exministro Urdaneta Arbeláez, la guerra se les vino encima una vez más a los líderes que jugaban con ella: fueron incendiados los diarios y las casas de los caudillos liberales, y los dirigentes conservadores se enfrentaron entre sí de tal modo que su dictadura terminó siendo remplazada por otra.
El sábado 13 de junio de 1953, Gómez, apenas recuperado de sus males cardiacos, trató de deshacerse definitivamente de su desleal y popular comandante del Ejército Nacional –el general Rojas Pinilla–, y le quitó la presidencia de las manos a Urdaneta, su remplazo, antes de que todo se pusiera peor, pero el plan le salió al revés. Con el paso de las horas, los jefes de los dos partidos políticos fueron dejándolo solo y volviéndolo el chivo expiatorio, el protagonista y la encarnación de la Violencia, y fueron sumándose a una conspiración bipartidista que terminó en un sorprendente golpe de Estado y de opinión liderado – ante las negativas de Urdaneta– por el reticente Rojas Pinilla: «No más sangre, no más depredaciones en nombre de ningún partido político», dijo en su primera alocución presidencial, «paz, justicia y libertad».
El del general Rojas Pinilla fue un Gobierno conservador con ministros conservadores y fue una tregua y un saqueo hasta que resultó ser otra dictadura en aquella Guerra Fría que la Colombia antisoviética se sentía peleando al lado de los Estados Unidos de América. Hubo amnistías para las guerrillas y hubo desbandadas de las policías políticas. Ciertos exiliados regresaron. Ciertas familias sintieron verdadero alivio. Pero un año después ya era clarísimo que el país estaba en manos de una tiranía. El miércoles 9 de junio de 1954 fueron asesinados, ni más ni menos que por el Batallón Colombia, trece de los cientos de estudiantes que protestaban por el crimen de un compañero que protestaba el día anterior. El Siglo, El Espectador y El Tiempo fueron hostigados desde el principio, censurados el sábado 6 de marzo de 1954 y clausurados el miércoles 3 de agosto de 1955. Se persiguió a los protestantes y a los protestadores. Se persiguió a los comunistas.
Empezó a hablarse de reelección y a ensalzarse «el binomio» del pueblo y las fuerzas militares.
Y en la tarde bogotana del domingo 5 de febrero de aquel 1955, en las gradas de la Plaza de Toros de la Santamaría, un montón de agentes del servicio de inteligencia del Gobierno –disfrazados de taurófilos enruanados y de cachacos de bota– se dedicaron a patear y a desnucar y a dispararles a todos los que se habían atrevido a abuchear y a chiflar a la hija del dictador en la corrida del domingo anterior: era, una vez más, el espectáculo brutal de Colombia.
Diecisiete meses después, Santos Montejo, López Pumarejo, Gómez Castro, Lleras Camargo y Ospina Pérez, estaban plenamente de acuerdo en que Rojas Pinilla tenía que irse por usurpador y por refundador y por déspota. El martes 24 de julio de 1956 firmaron en la España franquista, frente al mar Mediterráneo, un pacto de paz que luego –con el apoyo de los curas, los comerciantes, los banqueros, los estudiantes y los militares– terminó llamándose el Frente Nacional: después de un siglo de dantescas guerras civiles, convertidas la sangre y la tortura en ritos de la Colombia confesional, el Partido Liberal y el Partido Conservador pactaban un Gobierno conjunto y equitativo durante cuatro periodos. Era una buena noticia y era demasiado tarde.
VII. DESDE LOS ARTESANOS HASTA LOS MAMERTOS
La reflexión sobre la Historia, entendida como el relato de los cuerpos que se hacen conscientes de los espíritus hasta el punto de narrarlos, o como el desarrollo social que tarde o temprano conduce a la lucha de clases, o como la perenne puesta en escena de la tragedia humana que guarda la ilusión de que algún día sea la comedia, condujo a las teorías y a las prácticas comunistas a mediados del siglo XIX: la superación de la propiedad privada y de las clases y del Estado, señales de una ley de la selva que no cesa, que tarde o temprano acaba bajo la vigilancia implacable de los fanáticos y de los vivos de turno. Se habló en todo el mundo del colectivismo primitivo, del «todo es común entre amigos» que imaginaba Platón, de la igualdad espartana, de la «Conspiración de los iguales» perdida en la Revolución francesa, del socialismo utópico de 1835, del anarquismo, pero sobre todo, desde 1847, se habló de comunismo.
De Marx y de Engels. De las cuatro Internacionales Comunistas que, de 1866 a 1963, reunieron a millones de sindicalistas y de partidarios de la clase trabajadora. De cómo la primera revolución marxista que consiguió llevarse a cabo, la Revolución rusa de 1917, había tenido que darse en un país campesino que no conseguía dejar atrás el feudalismo. De cómo el viejo territorio de los zares, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se convirtió en una potencia mundial burocratizada e industrializada después de la Segunda Guerra Mundial. De cómo en plena Guerra Fría, en pleno pulso de los soviéticos con los gringos por el dominio del globo, fueron fortaleciéndose los partidos comunistas en Europa del Este, en China, en Corea del Norte, en Vietnam, en Cuba.
En Colombia siempre se le temió a la palabra como a un aullido: «Comunismo…». Desde los primeros tiempos de la república, los artesanos se enfrentaron a los librecambistas –y fallaron– en el empeño de conseguir una industria que abasteciera el mercado interno sin asistencia extranjera. Cuando se creó la Sociedad Democrática de Artesanos, en 1847, más como un cuerpo de apoyo leal a la Nueva Granada que como una agremiación con conciencia revolucionaria, de inmediato se les recibió en ciertos despachos de las oligarquías de los dos partidos como un caballo de Troya que los judíos querían entrar en la patria católica. Pronto, cuando contaba ya con cuatro mil miembros, la Sociedad Democrática fue clave para la llegada de José Hilario López a la presidencia.
Y desde esos días quedó clarísimo que en estas tierras virulentas, jerarquizadas desde la cuna hasta la tumba, las batallas políticas entre los jefes liberales y los jefes conservadores serían aplazadas siempre que el artesanado –«la chusma», se decía– se atreviera a anhelar un poder que reivindicara las luchas de los trabajadores. Ciertos periódicos enemigos del primer lopismo, como El Día o La Civilización, se dedicaron a convertir la palabra «comunismo» en sinónimo de «delincuencia»: El Día llegó a referirse a un robo como «una sesión práctica de socialismo». Y es evidente que se eligió al doctor José Raimundo Russi, uno de los jefes del movimiento popular, como el chivo expiatorio a sepultar enfrente de todos: La Civilización llegó a llamarlo «uno de los más ardientes apóstoles del socialismo i a cuya elocuencia se debe en parte la propagación de esta doctrina».
En apenas unas semanas, desde finales de abril hasta finales de julio de 1851, el doctor Russi fue perseguido, acusado, juzgado en un juicio exprés conducido por un tribunal inventado para la ocasión, condenado y fusilado enfrente de todos en la Plaza de Bolívar por un asesinato que no habría podido cometer: desde entonces se ha hablado, en las callecitas de La Candelaria, de un fantasma que va por ahí reclamando justicia en un país que se traga vivos a todos los que se atrevan a inclinarse a la izquierda.
Las sociedades artesanales del país, apenas escuchadas por los políticos en los días de las elecciones, se pasaron las décadas que siguieron de protesta reprimida en protesta reprimida, de desilusión en desilusión. Los Estados Unidos de Colombia no fueron capaces de cambiar. Y –tal como lo denunció en 1866, en el periódico La Prensa, el escritor artesano Manuel Barrera– se volvió lo común que los aristócratas supuestos apodaran «enruanados», «manetas», «guaches», «talabarteros», «indios», «zambos», con un desprecio que muchas veces era su único poder, a «las personas del pueblo» que no consideraran de su nivel. Vino una era en voz baja. Tanto el imperio de la Regeneración, como las guerras civiles que abordaron los ricos y los pobres en el paso del siglo XIX al siglo XX, consiguieron que poco se escuchara la palabra «comunismo».
Por un rato se temió menos al color rojo. El viernes 21 de diciembre de 1917 los maquinistas de La Dorada entraron en una huelga que el diario El Tiempo elogió por haberse llevado a cabo «sin un solo acto de violencia, sin una sombra de amotinamiento, con la serenidad que hubiera precedido al más culto de los pueblos». Pero, aunque a los dueños de siempre les disgustara tanto, la industrialización del país trajo consigo a una clase obrera que empezó a pedir mejores tratos. Y desde entonces, a la caza siempre de revoluciones que jamás iban a darse, hubo cientos de persecuciones estatales a supuestos anarquistas y cientos de manifestaciones aplacadas por ejércitos al servicio de empresarios sin piedad. Fue en ese clima adverso en donde apareció, en diciembre de 1926, el Partido Socialista Revolucionario que cargó a cuestas la primera líder colombiana: la corajuda María Cano. Pero muy pronto la masacre de las bananeras volvió a dejar en claro, en 1928, cuál era el precio de la protesta social aquí en Colombia.
Nunca cesó el esfuerzo de esa minoría ilustrada de convencer a un pueblo lleno de renegados e hijos ilegítimos de la necesidad de buscarse una sociedad que no le temiera al socialismo como a un monstruo de la infancia. El estudiante Gonzalo Bravo fue asesinado en aquella primera manifestación estudiantil, del sábado 8 de junio de 1929, que quería impedir e impidió el nombramiento de uno de los asesinos de las bananeras en la jefatura de la policía. El Partido Comunista Colombiano, fundado en 1930, se lanzó desde el principio a la tarea de cuestionarle el poder al bipartidismo. Jorge Eliécer Gaitán estuvo al frente durante un par de años, de 1933 a 1935, de la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria. Poco consiguieron, claro, porque los dos viejos partidos supieron sumar a sus filas a los sindicatos y a los movimientos agrarios.
El Partido Liberal, en sus respetados Gobiernos de 1930 a 1946, desarrolló un sexto sentido para recibir en su casa a los socialismos y a los populismos de esos tiempos antes de que se le convirtieran en un problema peor.
El viernes 9 de abril de 1948, cuando el crimen de Gaitán dio paso a una simulación del fin del mundo y abrió la caja que contenía todos los males de Colombia, ciertos socialistas vieron en el acabose una oportunidad para una revolución inesperada, pero todo lo humano fracasó ese día. El poeta Luis Vidales, primer secretario del Partido Comunista, fue uno de los líderes de izquierda «con fama de organizador» que hicieron todo lo que pudieron para conducir a la masa de la rabia a la insurrección: «Yo intenté hablarles en el Parque de Santander, pero nadie me oyó, e intenté hablar en el alto del Palacio de Correos y nadie me puso bolas, y gritaba y seguía la gente allá gritando y ya estaban borrachos», dice Vidales en las inagotables páginas de El Bogotazo de Arturo Alape.
Durante la Violencia, esa guerra civil salvaje que no hemos querido firmar al pie, sino que hemos nombrado y vuelto a nombrar como una enfermedad que no va a volver, el Partido Conservador y la Iglesia católica se enfrentaron contra todo lo que fuera rojo: el liberalismo no era más que un refugio y un aliado y una máscara del comunismo. De 1948 a 1958 se dieron tanto las guerrillas liberales como las guerrillas comunistas. Hay quienes dicen que en 1952 llegó a haber miles de hombres armados que habrían podido poner en jaque al régimen. Y que fue entonces cuando los Estados Unidos de la Guerra Fría decidieron reclamar nuestro territorio. Y sin «¡yanquis: go home!», y sin debates, se asumieron como propias las políticas anticomunistas de los gringos.
El general Rojas Pinilla amnistió a cerca de cinco mil guerrilleros, que dejaron las armas, y condujo a su Asamblea Constituyente de bolsillo a prohibir «la actividad política del comunismo» –se cuenta, además, que los comunistas que no se entregaron fueron atacados con napalm en la provincia de Sumapaz–, pero los Gobiernos del Frente Nacional, que en verdad pacificaron al pueblo bipartidista, encontraron un país en el que empezaban a darse lo que el congresista Gómez Hurtado –el hijo mayor de Gómez Castro– llamó «repúblicas independientes» pues había que pedirles permiso a los guerrilleros para moverse por esos territorios. Y al principio de los sesenta, llenos de pruebas de que los comandantes amnistiados por la dictadura seguían siendo sitiados y asesinados, el contrariado Tirofijo se escondió en un corregimiento del Tolima para fundar las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) e inauguró así esta nueva república de alias.
Era demasiado tarde para la paz. Mientras los liberales y los conservadores libraban su pulso sangriento, y enfrentaban a los campesinos por siempre y para siempre, la población del país había ido de los cuatro millones de colombianos a los diecisiete. La Revolución Cubana no sólo probaba a los paranoicos Gobiernos norteamericanos que el comunismo ya no era el fantasma de sus pesadillas, sino que demostraba a los opositores y a los movimientos estudiantiles y a las guerrillas marxistas de acá –a las Farc se sumaron el Ejercito de Liberación Nacional, el Ejército Popular de Liberación, el M-19– que la toma del poder no era una locura. Se decía despectivamente que Colombia estaba llenándose de «mamertos» porque el Partido Comunista Colombiano (PCC) estaba repleto de dirigentes terminados en «berto», Gilberto, Filiberto, Alberto, que eran demasiado mesurados, demasiado «mamones», demasiado dados a «mamarse».
Hasta hoy, pues hasta hoy sigue usándose a la izquierda como un coco, como un espantajo, la palabra «mamerto» suele ser un estigma.
Sea como fuere, en los sesenta era claro que la clase política había hecho las paces por su bien y el de sus fieles, que no era poco, pero empezaba a verse que la Violencia tenía vida propia y que la guerra seguía.
El Frente Nacional, dieciséis años de Gobiernos bipartidistas buenos, malos y peligrosos, se mantuvo en el poder a punta de reformas de verdad, de reformas para que todo siguiera igual, de gestos populistas que aplazaron la desazón, de estados de sitio y de toques de queda. Se sostuvo a punta de política y a punta de fuerza. El liberal Lleras Restrepo, que presidió una administración reformista e inteligente que no obstante persiguió a los revolucionarios y a los estudiantes como si fuera una dictadura, resolvió las sospechosísimas elecciones del domingo 19 de abril de 1970 –en las que el general Rojas Pinilla le ganó al frentenacionalista Misael Pastrana hasta que el Gobierno suspendió las transmisiones de los resultados electorales– con una alocución televisada en la que lanzó la célebre advertencia «a las nueve de la noche no debe haber gente en las calles: el toque de queda se hará cumplir de manera rigurosa y quien salga a la calle lo hará por su cuenta y riesgo».
El Frente Nacional se terminó, cansado e iracundo, el día que dijo que terminaría: el miércoles 7 de agosto de 1974. Y, por haberse pasado dos décadas con los ojos puestos en el desarrollo de las ciudades y en las maniobras de inteligencia para tener a raya a los movimientos alternativos, les dejó a los Gobiernos siguientes un país acostumbrado – para bien y para mal– a seguir adelante como si no estuviera en guerra.
VIII. LA GUERRA PARA LAS DROGAS
No fueron los Gobiernos siguientes los que consiguieron exorcizarles el comunismo a las guerrillas: desde los días del Frente Nacional, acostumbrados al método turbio del estado de sitio, los Gobiernos tuvieron en común que persiguieron y estigmatizaron y criminalizaron y torturaron y aniquilaron a todo aquel que encajara en su amplia definición de «subversivo». Las guerrillas colombianas no se desdibujaron y se envilecieron aún más por culpa de las autodefensas perversas que empezaron a combatirlas, ni por culpa de la perestroika que acabó con la cuarteada Unión Soviética, ni por culpa de la caída del muro que durante veintiocho años pretendió proteger a la Alemania comunista de las garras de la Alemania occidental. El paso del tiempo a sus espaldas y el negocio de la droga: eso fue.
Podría decirse, sin ambages, que la Violencia siguió, que la Violencia sigue. Que, empujada por la Guerra Fría y el bipartidismo ciego y el estado de sitio permanente, la Violencia se convirtió en el «conflicto armado interno» que creció como un infierno en las tres últimas décadas del siglo XX.
El liberal López Michelsen, el hijo del presidente López Pumarejo que les ganó las elecciones de 1974 al hijo de Gómez Castro y a la hija de Rojas Pinilla, terminó su mandato con un paro cívico que acabó en un sangriento toque de queda. El liberal Turbay Ayala, que empezó su carrera política como concejal de Usme en 1936 y desde entonces estuvo presente en cada evento de la Historia del país, enfrentó a las guerrillas por medio de un Estatuto de Seguridad que produjo torturas y desapariciones y exilios y que terminó ensombreciendo su periodo: su lapsus «hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones», que pretendía ser un llamado a la cordura en lo público, sigue usándose como ejemplo del fracaso de la política. El conservador Betancur Cuartas, que consagró su Gobierno a la paz, soportó los primeros embates del narcoterrorismo y el miércoles 6 de noviembre de 1985 fue testigo del peor holocausto colombiano desde el Bogotazo: la toma a sangre y fuego del Palacio de Justicia en la que, en medio de la desquiciada confrontación entre enajenados guerrilleros del M-19 y delirantes soldados del ejército, hubo 98 asesinados y once desaparecidos.
Dígame usted si para ese entonces no era claro que este era un país salvaje plagado de sociópatas. Dígame si la degradación que vino luego no fue una infame redundancia.
Fue el negocio de las drogas, atizado por la prohibición de acá y promovido por la prohibición de Estados Unidos, lo que acabó de enloquecer a la sociedad colombiana y la sumió en el horror y en la indiferencia ante su conflicto armado interno. A finales de los sesenta se dio, en la costa, la llamada «bonanza marimbera»: los colonialistas Cuerpos de Paz de los norteamericanos, impulsados por la presidencia de Kennedy, estuvieron aquí cuando allá creció la demanda de aquellas «sustancias», cuando los primeros narcos, «los mágicos», empezaron a caer, y fue tomando forma, en la administración de Turbay, la guerra perversa e inútil contra las drogas. A finales de los setenta, en Antioquia, en Armenia, en la costa Atlántica, en Cundinamarca, en el Valle del Cauca, una violenta y demencial generación de mafiosos criollos no sólo se adueñó de la industria subterránea de la cocaína que se les mandaba a los mafiosos gringos, sino que se tomó la sociedad colombiana de los pies a la cabeza.
Entraron a escena narcos megalómanos e implacables, como emperadores romanos parodiados en las calles colombianas, de la calaña del Patrón Escobar, el Mexicano Rodríguez Gacha, el Ajedrecista Rodríguez Orejuela, el Señor Rodríguez Orejuela. Y muy pronto, empeñados en conseguir el reconocimiento de una sociedad jerarquizada hasta los tuétanos, mirados de reojo por los agentes de la guerra contra las drogas, obligados, por la prohibición, a la ilegalidad que era su principal fuente de riqueza, se pusieron en la tarea de quedarse con todo: con el capital, con la política, con la justicia, con el fútbol, con la fama, con la guerrilla, con el paramilitarismo, con el miedo. Y, siempre que les dijeron que no, consiguieron un sí a la fuerza. El narcotráfico empobreció a Colombia, la degradó y la envileció de punta a punta, cuando todo el mundo pensaba que caer más bajo era imposible. Posibilitó, a su perverso modo, la movilidad social tan elusiva y tan negada desde el principio de esta sociedad, pero dejó dicho que para hacerlo había que doblegar a las élites despiadadas de este país y apelar a lo peor de esta cultura.
Había que empezar con palmadas en la espalda: «Mucho gusto, doctor, yo soy Pablo». Y, si no servían de nada los elogios, había que continuar con los regalos. Y, si seguía todo igual, con los sobornos. Y, si no, con los chantajes. Y, si no, con las amenazas. Y, si no, con los atentados. Y, si no, con las bombas.
De 1986 a 1990, el liberal Virgilio Barco hizo un Gobierno serio, y preocupado por desmontar los vicios del Frente Nacional, que a fin de cuentas consiguió la desmovilización del M-19 y el EPL y le abrió las puertas a una nueva Constitución que pusiera de manifiesto las realidades del país, pero se vio obligado a enfrentar a los mafiosos más sanguinarios de la historia de los mafiosos sanguinarios –que se llamaban a sí mismos «los Extraditables» porque preferían «una tumba en Colombia que una cárcel en los Estados Unidos»–, e hizo lo que pudo para encarar a sus cómplices y a las «fuerzas oscuras» de la ultraderecha agazapadas en todas las esquinas de la sociedad, en una guerra atroz que convirtió a esta en una nación con estrés postraumático; que dejó periodistas, jueces, policías, profesores y políticos asesinados por abrir la boca; que vio cómo cuatro candidatos presidenciales, Galán, Pizarro, Jaramillo y Pardo, eran ejecutados sin piedad, y supo demasiado tarde que un partido político de izquierda, la UP, había sido exterminado mientras se creía que el único problema eran los narcos.
En medio de esa guerra perdida contras las drogas, el liberal César Gaviria, que no estaba en los cálculos de nadie pues no había hecho la fila para la presidencia, recogió las banderas del candidato que iba a ganar, pero que fue asesinado en agosto de 1989 por enfrentárseles a las mafias sin eufemismos: el entrañable Luis Carlos Galán. Dijo Gaviria el día de su posesión: «Bienvenidos al futuro». Y tuvo algo de cierta su sentencia –y fue una sentencia en todos los sentidos– porque con su Gobierno llegó al poder una generación que fue joven en los años sesenta, porque con su administración se implantó esta arrogante tecnocracia washingtoniana que al final resultó ser otro modo de nuestra ceguera al país, porque con su mandato se dio la Constitución progresista y garantista de 1991 que supo reconocer que Colombia ya no era la tierra perversa en la que, en palabras del escritor Eduardo Santa, se era de un color desde la cuna hasta la tumba.
Dijo el profesor Santa en un texto de 1960 sobre la crisis de los partidos: «En Colombia se nace liberal o conservador. Se es una u otra cosa por tradición. Es ésta una posición más sentimental que intelectual, más de impulso que de conocimiento, frente al problema de los partidos políticos. Casi pudiéramos decir que en Colombia el individuo nace con el carnet político atado al cordón umbilical». Pero la Constitución de 1991 fue el reconocimiento, tres décadas después, de que el país era mucho más grande y mucho más complejo y mucho más diverso y mucho más lleno de derechos de lo que se había querido ver en un principio: no había una gran zanja que nos partiera en dos, este lugar no era en blanco y negro y mudo como las películas de comienzos del siglo XX, y no era en azul y rojo como se nos había dicho desde el parto, sino en todos los colores.
Y el ejercicio inquisitorio de ponerlo en cintura, como quiso hacerlo el padre inflexible y devoto de la Regeneración, sólo lo había vuelto más violento.
Tres símbolos presidieron la Asamblea Nacional Constituyente: el liberal Horacio Serpa Uribe, exalcalde, exrepresentante, exprocurador, exministro, exsenador, encarnó los últimos días del llamado «traporojo»; el conservador Álvaro Gómez Hurtado, hijo del jefe conservador de los años de la Violencia, dedicó las últimas décadas de su vida a ganarse a pulso su fama de demócrata; el izquierdista Antonio Navarro Wolff, exguerrillero del mismo M-19 que tuvo secuestrado a Gómez Hurtado, dejó en claro su talante pacifista cuando consiguió que el asesinato del excomandante Carlos Pizarro –el popularísimo líder de la guerrilla que acababa de desmovilizarse– no desatara otro Bogotazo: «Vamos a enterrar a Carlos en paz», ordenó Navarro.
Colombia sí era –y sí es– tan compleja y tan múltiple como la pintó y la pinta la Constitución laica de 1991: un archipiélago, sí, un mapa que no da cuenta de su territorio. Pero, a pesar de ese gran pacto de paz y ese reconocimiento de la diversidad y esa redistribución del poder que fue la Asamblea Constituyente, seguía en manos de unos pocos dueños y unos cuantos señores feudales: de los magnates de siempre a los narcotraficantes, de los caciques políticos regionales a los guerrilleros, de los apellidos atávicos a las bandas paramilitares, de las multinacionales a los fanáticos que creen que el destino es la guerra, de los curas a los peligrosos nostálgicos que siguen temiéndose una conspiración masónica, de los terratenientes con arma en el cinto a las manos negras de la ultraderecha.
Y fue así, bajo la mirada de los amos de la vieja Colombia y en medio de esa vocación progresista en un país reaccionario, que se dieron los dos últimos Gobiernos del siglo XX, los dos últimos Gobiernos de los dos partidos que nos llevaron hasta allí.
El liberal Ernesto Samper se empeñó en devolverle a su partido el énfasis en lo social, pero su Gobierno turbulento pagó plenamente por una clase política que se había resignado al conflicto armado con tal de que sucediera allá lejos, por una clase política que se había dejado ocupar por el narcotráfico: desde que se empezó a investigar la campaña presidencial bajo la acusación de haber sido financiada por el Cartel de Cali, hasta que el Gobierno de los Estados Unidos, siempre encima, decidió quitarle la visa a Samper, fue un mandato tenso y una especie de milagro. Dígame usted si no fue milagroso sobrevivir a esa época. El Patrón Escobar, que le declaró la guerra al Estado colombiano en tiempos de Barco y que como un rey enloquecido puso en marcha la máquina despiadada del narcoterrorismo, fue asesinado en 1993. Pero el líbero Andrés Escobar fue asesinado por cometer un autogol en el trágico Mundial de 1994 y el respetado Gómez Hurtado fue asesinado por negarse a jugar los juegos del leviatán corrupto que él llamaba «el Régimen».
Y era claro que las repúblicas independientes, que el propio Gómez Hurtado había señalado treinta años atrás, ya no eran la excepción sino la regla: que esto funcionaba porque le tocaba y que al tiempo era el reino de la mafia.
El conservador Andrés Pastrana, hijo de aquel último presidente «elegido» –de madrugada– durante el Frente Nacional, fue testigo mudo de una de las peores crisis económicas que recuerden las últimas generaciones, emprendió la tarea de limpiar el nombre de este país que estaba cumpliendo dos décadas de ser asociado con la droga y se jugó su Gobierno por un valiente proceso de paz con las salvajes Farc que después de tres años de diálogos terminó siendo un fiasco y una trampa. Fue durante esos últimos Gobiernos del siglo XX, del cuarentón Gaviria al cuarentón Pastrana, cuando se expandió como una mancha el infierno del conflicto, pero también cuando estalló en pedazos el bipartidismo, cuando la izquierda consiguió separarse de la lucha armada, cuando encontraron su lugar políticos empeñados en representar a una ciudadanía que poco a poco dejaba de temerles a los jerarcas de las generaciones anteriores.
Era un país de víctimas presidido por víctimas: Gaviria recogió las banderas de un candidato asesinado, Samper recibió trece disparos en el cuerpo, en un atentado contra el líder de la UP José Antequera, antes de llegar a la presidencia, y Pastrana fue secuestrado por la gente de Escobar diez años antes de ganar las elecciones presidenciales. Pero los colombianos que dejaron las armas antes de que fuera demasiado tarde, gente como Antonio Navarro o Gustavo Petro, consiguieron hacer una carrera brillante en lo público. Y, mientras miles de políticos saltaban de los barcos de los partidos tradicionales y montaban sus propios partidos para no ser asociados con la corrupción, ni con la guerra, ni con el narcotráfico, crecía y crecía aquella ciudadanía independiente.
Gracias a la Constitución de 1991, que llamaba a la democracia participativa antes de que esto se fuera por el despeñadero, se dieron movimientos políticos que un colombiano de los cincuenta no habría osado imaginar. Gracias a la Constitución de 1991 los colombianos se libraron de la esclavitud del bipartidismo: aquí ya no se nacía liberal o conservador, y ya no se era una u otra cosa por tradición, y el individuo no venía al mundo con el carné político atado al cordón umbilical. Aquella ciudadanía podía hallar al fin políticos irrepetibles e imaginativos que sólo le rindieran cuentas a sus conciencias. Y fue así como los bogotanos eligieron de alcalde a un descendiente de lituanos, exrector de la Universidad Nacional, llamado Antanas Mockus.
Y fue así, en 1994, como Mockus empezó esa forma de hacer política como la haría un ciudadano.
IX. REFUNDACIÓN DE LA PATRIA O CATÁSTROFE
Después de todo pacto de paz ocurre una pequeña guerra. Pero luego de la Constitución de 1991, que fue un acuerdo lleno de coraje, el conflicto armado interno dejó de ser una tormenta para ser un vendaval. Los que habían quedado por fuera de la constituyente, las Farc, el ELN, las autodefensas, los terratenientes reaccionarios, los poderes regionales que veían amenazados sus feudos, las manos negras que sentían la muerte cuando veían a la izquierda sacudirse su pasado, siguieron haciendo todo lo posible para que el campo colombiano –que ya no era cafetero, sino cocalero– siguiera pareciendo el Lejano Oeste. Era una reacción, claro que sí, pero sobre todo una realidad que siempre había estado allí. Cuando una democracia se juega su suerte por abrirse, para que entren sus renegados y sus viejos enemigos, viene la furia de los que se han venido sintiendo sus dueños. Pero lo cierto es que, fuera como fuere, la mancha de la guerra venía expandiéndose y tomándose el mapa colombiano.
Si en algo podemos ponernos de acuerdo es que una guerrilla de sesenta años sólo puede prosperar en una sociedad que no ha conseguido serlo.
Y en que si a finales de los ochenta había habido un recrudecimiento de la violencia por culpa del narcoterrorismo, que llevó la Violencia a las ciudades, y de las manos negras que exterminaron a la Unión Patriótica, en los noventa esto fue el infierno.
Según la investigación del Centro Nacional de Memoria Histórica, titulada, con el grito atragantado, ¡Basta ya!, en las últimas décadas los frentes guerrilleros llevaron a cabo 24 482 secuestros, 3900 asesinatos, 343 masacres, 4000 reclutamientos de niños, 854 ataques a poblaciones; los bloques paramilitares llevaron a cabo 8902 asesinatos, 1166 masacres, mil reclutamientos de niños, 371 torturas; las tropas del ejército llevaron a cabo 2399 asesinatos, 182 ataques a bienes civiles y 158 masacres. Se ha dicho que las víctimas son muchas más. Se ha estado insistiendo, desde los medios, en una espeluznante cifra de muertos que no para de crecer: de 218 094 a 262 197. Se ha llegado a asegurar, desde la Fiscalía, que las autodefensas dejaron más de 400 000 víctimas. Se ha retratado el horror: los abortos forzados por los guerrilleros, las 31 modalidades de tortura de las autodefensas, los degollados pudriéndose al sol en la cancha de básquet de El Salado, las 875 437 víctimas de violencia sexual que a duras penas se han atrevido a ir a la justicia, los paramilitares que jugaron fútbol con las cabezas de sus víctimas, las mujeres subyugadas, los campos de concentración en los que las Farc encerraban a las personas que llegaron a tener secuestradas durante dieciséis o diecisiete o dieciocho años.
Dígame si usted recuerda, en la historia de la crueldad humana, una tortura semejante.
Fue el presidente Pastrana quien desde el principio de su Gobierno, mientras llevaba a cabo sus bienintencionadas y fallidas negociaciones de paz con las Farc, acudió a los Estados Unidos del presidente Clinton para proponerles un Plan Marshall –aquel plan para la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra– para la reparación de Colombia: «Un conjunto de proyectos de desarrollo alternativo que canalizarían los esfuerzos de las organizaciones multilaterales y Gobiernos extranjeros hacia la sociedad colombiana…». De 2001 a 2016, Estados Unidos invirtió 9940 millones de dólares «en asistencia militar e institucional». Y el plan resultó ser, fundamentalmente, una estrategia para reducir la guerra contra las drogas «a sus justas proporciones».
Para evitar que las guerrillas y las autodefensas y las bandas criminales, que financiaban sus reivindicaciones del pueblo y sus refundaciones de la patria con hectáreas de coca, terminaran quedándose con todo.
Era un nombre cabal «el Plan Colombia»: quedaba claro de una buena vez que este país se llama Colombia porque tiene pretensiones de continente pero manías de colonia.
Y, sin embargo, habría que decir que pronunciarlo produce escalofríos porque –a cambio de contener la Violencia que seguía creciendo como una bola de sangre– abrió un nuevo capítulo del horror nacional. La sociedad entera, que a regañadientes le estaba dando una última oportunidad a las negociaciones de paz que habían empezado y terminado y empezado y terminado durante los últimos veinte años, tuvo en común el odio contra las obtusas Farc cuando Pastrana se cansó de los engaños de sus interlocutores y rompió los diálogos de paz en la recta final de su Gobierno: fue ese hartazgo por los secuestros, por las extorsiones, por las intimidaciones, por las versiones de la guerrilla, lo que en agosto de 2002 llevó al poder al vaticinado Álvaro Uribe Vélez.
La desilusionada, descorazonada, desolada Colombia, en ese entonces un país de unos cuarenta millones de personas, no daba más. Y, como suele suceder cuando una sociedad es traicionada una y otra vez por sus políticos hasta que ya no se cree el cuento aquel de que «tenemos los líderes que nos merecemos», el electorado terminó decidiéndose por el populismo reaccionario. Según las encuestas, en enero de 2002 era clarísimo que el liberal Horacio Serpa le iba a ganar la presidencia a la conservadora Noemí Sanín por un buen margen, pero, apenas se dio la noticia de la ruptura del diálogo con las Farc, miles, cientos de miles, millones de personas empezaron a seguir al astuto e inclemente Uribe Vélez de tal modo que el domingo 26 de mayo –avalado por el movimiento Primero Colombia y con una altísima votación de 5 862 655– se quedó con la presidencia en la primera vuelta. Y se selló, así, el fin del bipartidismo.
No es que el exliberal Uribe Vélez fuera un aparecido en la escena política, no, su disciplina de trabajo, su vehemencia y su impaciencia con las formas democráticas habían dejado un rastro de controversias en la Alcaldía de Medellín, en la Aeronáutica Civil, en el Congreso de la República y en la Gobernación de Antioquia. Pero la verdad es que la gente votó por él porque se resistía a jugarles el juego a los desprestigiados partidos, porque era el candidato que señalaba a las Farc, porque parecía un hombre nuevo que se negaba a hablar con eufemismos. Podría decirse que, aun cuando varios de los caciques de siempre se fueron subiendo al bus de la victoria, Uribe derrotó a las aceitadas maquinarias del liberalismo y el conservatismo gracias a la ayuda de un abrumador «voto de opinión».
Hubo normalidades y buenas intenciones en su Gobierno como ha sucedido en todos –hubo ministros serios, leyes importantes, territorios recobrados, programas inteligentes– porque esta sociedad brava y cínica se ha acostumbrado a funcionar entre fantasmas. Y, sin embargo, muy pronto fue claro que el país había caído en la trampa en la que había querido caer: en la presidencia de un caudillo todopoderoso, como un padrastro de voz queda, que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de cumplir su promesa de pacificar a Colombia –estaba dispuesto a hacer un pacto de paz con los paramilitares, a devolver al país a ese centralismo paternalista que desdibuja las regiones, a estigmatizar a sus críticos y a nombrar jefes de inteligencia que terminaron siguiendo periodistas–, pero también fue evidente desde temprano que no quería irse.
Y que el uribismo se había quedado, de rebote, con los corazones despechados de quienes habían dado la vida por esos dos partidos de siempre, que sobreaguaban, pero que se habían dividido y se seguirían dividiendo sin remedio en partidos más duraderos de lo que parecían en un primer momento: el Partido Liberal y el Partido Conservador siguieron siendo determinantes de una u otra manera, pero partidos como el Polo Democrático, la Alianza Verde, el Partido de la U, Cambio Radical y el Centro Democrático, de izquierda a derecha, soportaron el paso de las despiadadas elecciones colombianas –que suelen ser verdaderas batallas campales sin Dios ni ley– y de las componendas políticas de las dos primeras décadas del siglo XXI.
En un gesto típico de los países injustos y característico de los días del dictador venezolano Hugo Chávez, pero atípico en la Colombia de los últimos cincuenta años, Uribe Vélez se mandó reformar la Constitución para que fuera posible su reelección y se hizo reelegir por 7 397 835 colombianos en la aplastante primera vuelta del domingo 28 de mayo de 2006. Fue una victoria irrefutable: 62,35 por ciento de los votos. Pero, como la enmienda se consiguió con un par de votos dudosos y la oposición tenía claro ya que aquel Gobierno tenía talante de régimen autoritario y demasiado pronto empezó a hablarse de otra corrección constitucional para permitirle una segunda reelección, fueron cuatro años con menos normalidades y menos buenas intenciones y con más desmanes y más afrentas contra la democracia.
Este compendio de columnas comienza en el momento justo en el que la mitad del país seguía pidiéndole a Uribe que se quedara a terminar la pacificación de la llamada «Seguridad Democrática» y la otra mitad rogaba para que se fuera.
Quedaban probados escándalos como el del soborno a una representante para que votara a favor el artículo que permitía la reelección del presidente, el de las escuchas ilegales del salido de madre Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), el de los pactos secretos para «refundar la patria» entre los grupos paramilitares y los políticos cercanos al Gobierno. Se usaba la expresión «falsos positivos», en vez de hablar de «ejecuciones extrajudiciales» o de «crímenes sistemáticos», para referirse a los 2248 civiles inocentes que fueron asesinados y disfrazados de guerrilleros por ciertos miembros del ejército empujados por los afanes e incentivos del Gobierno. Pero una buena parte del país, que quizás veía estos gestos con la lógica de la guerra, habría querido que Uribe se lanzara de nuevo.
Uribe había sabido, a fin de cuentas, hacer el papel del forastero que pone en su lugar a los políticos, encarnar al colombiano piadoso, de rodillas, que se negaba a que le decretaran el progresismo, y desperdigar a esas guerrillas que habían agotado la paciencia y abusado y secuestrado al pueblo que pretendían liberar.
Eran días de prueba para la democracia: bueno, siempre lo son. El teniente coronel Hugo Chávez, el golpista de 1992 que había sido elegido presidente en 1998, trataba de poner en escena en Venezuela lo que se había llamado «el socialismo del siglo XXI»: la alianza entre el socialismo y el liberalismo para librarse de los yugos del estatismo y el capitalismo. Amado por buena parte de su pueblo, protegido por la bonanza petrolera de la primera década del siglo XXI, Chávez trajo a Bolívar de vuelta como el doctor Frankenstein a su monstruo. Se llamó a sí mismo «marxista» y animó el regreso de los Gobiernos de izquierda a Latinoamérica –en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Uruguay–, y encaró a los voraces Estados Unidos de Bush padre y Bush hijo, que desde aquel 11 de septiembre de 2001, luego de los atentados de la organización Al Qaeda, se habían dedicado en cuerpo y alma a la caza del terrorismo.
Desde noviembre de 2007, por cuenta de la cercanía de Chávez con las guerrillas colombianas y de la incapacidad tanto del chavismo como del uribismo de compartir el poder, Colombia y Venezuela se enfrascaron en una relación plagada de tensiones. Se agravó hasta fondos nunca vistos el sábado 1 de marzo de 2008, cuando el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos Calderón, dio la noticia de que Colombia –asistida, según The Washington Post, por los Estados Unidos– había bombardeado la selva de Ecuador para acabar con el campamento de un importante comandante de las Farc: semejante violación de la soberanía desató una crisis que sólo se alivió un poco en la xx Reunión Cumbre del Grupo de Río, con un apretón de manos entre populistas reaccionarios e irredentos –Uribe por Colombia, Chávez por Venezuela, Correa por Ecuador– perfecto para explicarle a Bolívar el fracaso de su sueño.
El miércoles 26 de marzo de ese 2008 murió de viejo el máximo comandante de las Farc: el histórico Tirofijo.
Pero fue otra jugada secreta de las fuerzas militares –la Operación Jaque del miércoles 2 de julio de 2008, que acabó en el rescate de quince secuestrados por la guerrilla, entre ellos la exsenadora Ingrid Betancourt– la que le dejó en claro a los sobrevivientes de las Farc que en la Colombia de este nuevo siglo era imposible tomarse el poder por las armas. Santos Calderón, sobrino nieto del expresidente Santos Montejo, heredero de El Tiempo, exministro de Comercio Exterior y de Hacienda, quedó posicionado entonces como un posible reemplazo de Uribe Vélez. El viernes 26 de febrero de 2010 la Corte Constitucional no sólo declaró inconstitucional, por vicios de forma y de fondo, el referendo que buscaba una segunda reelección de Uribe, sino que advirtió que perpetuarse en el poder iba en contra de la Constitución de 1991.
Y así, con el reticente aval del uribismo, Santos Calderón empezó la campaña que lo llevó a la presidencia.
X. UN PAÍS EN MEDIO DE LA GUERRA
Repito: es en ese capítulo de estas mil y una noches, cuando una mitad de Colombia cantaba «oh, gloria inmarcesible» y la otra mitad cantaba «cesó la horrible noche» porque parecía el fin del uribismo, donde comienza este compendio de columnas. Santos se enfrentó al exalcalde de Bogotá Antanas Mockus, para ese momento el símbolo de una política que defendía la vida y lo público desde la experiencia ciudadana, en una campaña llena de bajezas que sin embargo despertó a una nueva generación de electores. Mockus, extraño en el mejor sentido de la palabra y reconocido en el mundo entero por su transformación de la cultura bogotana, punteó en las encuestas hasta que la gran mayoría del establecimiento se puso de acuerdo para encarar y enrarecer su atípica candidatura: la campaña de Santos, el candidato que unía a las viejas y a las nuevas élites, supo exacerbar los típicos temores colombianos –a Dios, a la guerrilla, al comunismo– y conducir a un país que apenas salía del unanimismo para arrasar en las elecciones.
El presidente Santos consiguió hacer un Gobierno liberal e inesperado, de acuerdo con la Constitución de 1991, que tristemente contó con el apoyo de clientelistas y politiqueros de la peor calaña, pero muy pronto, cuando empezó a reconciliarse con los rivales de su predecesor y reparó las relaciones con Ecuador y con Venezuela y dejó en claro que iba a hacer su propio Gobierno, se convirtió en el enemigo jurado de Uribe y del uribismo. No sólo defendía los derechos de las minorías, los derechos de las mujeres y los derechos de la comunidad LGBTI. No sólo reconocía la existencia del conflicto armado interno de Colombia y aceptaba la imposibilidad de vencer a unas Farc que luego del contraataque del Estado habían vuelto a las estrategias de la guerra de guerrillas. Estaba listo a buscar un acuerdo de paz.
Si algo ha redefinido la palabra Colombia en esta segunda década del siglo XXI, si algo la ha hecho significar «un país que empezó por la guerra», ha sido el perseguido y milagroso acuerdo de paz con las Farc.
Ayudados por la aparición del socialismo del siglo XXI, y por los desmanes inocultables de la dictadura que el demencial Chávez le entregó en su lecho de muerte al nefasto Maduro, los líderes uribistas –educados por la Violencia y por la Guerra Fría– han rescatado de entre los muertos el odio patológico a la izquierda: «¡Castrochavismo!», han estado gritando estos años. Y han conseguido que en las redes sociales, que llaman a la solidaridad pero potencian el pensamiento de manada, «izquierda» signifique «liberalismo», «antiuribismo», «cómplice de las guerrillas» una vez más. Y han tratado de usar el acuerdo con las Farc, un serio trabajo de seis años, para volver a partir e hipnotizar a la sociedad en dos.
Para devolver al país a los tiempos en los que los temas de salud pública o los dramas sociales eran resueltos por una moral falsa e implacable.
De la mano de un equipo de humanistas liderados por el exministro Humberto de la Calle y el filólogo Sergio Jaramillo, a pesar de una oposición virulenta y fatal encarnada por el expresidente Uribe desde el Senado de la República y desde la red social Twitter, a pesar de la pequeña pero terrible derrota de los acuerdos en el plebiscito del domingo 2 de octubre del bisiesto 2016, Santos consiguió la inconseguible paz con las viejísimas Farc y dejó una obra de Gobierno –con sus logros y sus errores– en medio de la gritería colombiana. Y, sin embargo, el uribismo regresó al poder, con sus vicios y sus venganzas a flor de piel, sobre la ola de la derechización del mundo y las heridas abiertas por los diálogos con los obtusos herederos de Tirofijo.
Dígame usted si no hay aquí un misterio que no ha podido descifrarse. Dígame si en este país el miedo y el odio no han alcanzado el tamaño de las patologías.
El expresidente Uribe hizo una alianza insólita con el expresidente Pastrana –insólita puesto que se echaban la culpa del Apocalipsis y el legado de Pastrana iba a ser la búsqueda de la paz– para defender el «no» a los acuerdos de paz en el plebiscito de 2016, que terminó convertida en una alianza para elegir al primer presidente de la llamada generación equis: el exsenador y exburócrata de Washington y exsantista Iván Duque Márquez, hijo del exministro y exgobernador y exregistrador nacional Iván Duque Escobar, que dotado de las buenas maneras de las que carecían sus copartidarios más banderizos supo quedarse con los votos uribistas y los votos de todos los hastiados del Gobierno de la paz.
De la mano del expresidente Uribe, que lo ungió entre sus discípulos, Duque derrotó a cuatro candidatos muchísimo más preparados para el cargo que él: al exalcalde de Bogotá Gustavo Petro, al exgobernador de Antioquia Sergio Fajardo, al exnegociador de paz Humberto de la Calle, al exvicepresidente Germán Vargas Lleras. Venció al curtido Petro, que consiguió reunir a un par de nuevas generaciones que se niegan a servirle a lo peor de esta Historia, en una segunda vuelta en la que el pavor al uribismo fue derrotado por el miedo a la izquierda. Y llegó a la presidencia de un país ajeno a aquel bipartidismo que lo enloqueció, lleno de movimientos sociales que se han tomado en serio su papel, asediado por la megalomanía y por la violencia que se dan en las redes sociales. Heredó la violencia que viene después de un acuerdo de paz: más de trescientos líderes sociales han sido asesinados en los últimos tres años.
Heredó, sobre todo, el desasosiego y la desconfianza y la indignación y la ira que el propio uribismo –él incluido– avivó durante los ocho años en los que fue la oposición a todo lo que tuviera que ver con Santos.
Su inevitable dependencia del uribismo, que no estaba dispuesto a que otro candidato designado por el caudillo condujera su propio Gobierno, volvió su primer año de mandato un verdadero infierno: Duque aplazó una y otra vez su clara vocación a conseguir la reconciliación en beneficio de una fuerza política retardataria que, como si no se hubiera dado cuenta de que ni el poder ni las jerarquías son lo que eran, en vano ha pretendido sabotear la implementación de los acuerdos con las Farc, plegarse a los Estados Unidos del demencial Donald Trump, alzarse como la gran salvadora de la arruinada y sometida Venezuela, y amordazar a sus opositores como en los días de la Violencia. Hoy Colombia quiere decir «la parodia de un país en guerra» porque empiezan a llegar noticias de tiempos peores y la expresión «tiempos peores» es un chiste.
El sábado 18 de mayo de 2019 el diario The New York Times, emblemático, más que nunca, en estos días de posverdades y de populistas y de redes, se atrevió a publicar un artículo revelador bajo el título de Las órdenes de letalidad del ejército colombiano ponen en riesgo a los civiles: reseñaba el regreso de una política de seguridad que, como resistiéndose a reconocer que la pesadilla de los «falsos positivos» sucedió en la realidad, una vez más se reducía a pedir resultados, a señalar el qué sin importar el cómo, a procurarnos una paz de camposanto sin haberse ganado primero el apoyo de los pueblos renegados, ni imaginarse siquiera la reconstrucción de las zonas de conflicto.
Días antes, el lunes 22 de abril, se encontró el cadáver de un exmiliciano de las Farc –a unos pasos de la fosa que le habían cavado para volverlo un desaparecido más– en un municipio de Norte de Santander que fue llamado Convención en honor de aquella asamblea constituyente de abril de 1828 que salió tan mal que acabó en la dictadura de Bolívar. Su nombre era Dimar Torres. Pero era un cuerpo torturado y ejecutado por miembros de las fuerzas militares. Otra vez. Yo no sé cómo hacemos para no rendirnos y sentarnos a perder la cabeza. Quizás sea que no hay otra opción. Pero dígame usted si no es la pregunta de fondo cómo diablos hemos hecho para vivir en un país en el que un hombre que ha entregado las armas es desfigurado y asesinado el día en el que iba a enterarse de que él y su mujer estaban esperando un hijo.
SEGUNDA PARTE HISTORIA DE LA TERAPIA COLOMBIANA
DONDE SE RECONOCE QUE LOS COLOMBIANOS HAN SOBREVIVIDO POR POCO A SU PATRIA LOCA –A SU CULTURA DE APLASTAR LA DIFERENCIA– PORQUE CIERTOS CIUDADANOS HAN ESTADO CONTANDO SU HISTORIA DE TODOS LOS MODOS POSIBLES, HAN ESTADO PONIENDO EN EVIDENCIA ESTA VIOLENCIA CON MAYÚSCULA Y RIÉNDOSE DE SÍ MISMOS PARA NO MORIRSE DE ANGUSTIA.
Y SE HACE UN RECUENTO DE VALEROSAS OBRAS DE ESTOS ÚLTIMOS SIGLOS, DE NOVELAS A TELENOVELAS, QUE MERECEN SER CONSIDERADAS «NOVEDADES».
I. HISTORIA DE LA LOCURA EN LA NUEVA GRANADA
Sí hubo un exterminio en este camposanto. Sí se evangelizó y se aculturó y se enfermó y se ejecutó a las comunidades indígenas de esta tierra escabrosa, a pesar de la protectoría de indios dispuesta por la colonización española, en nombre de la vieja guerra contra la impiedad y la herejía. Pero los conquistadores no consiguieron borrar del mapa a las culturas precolombinas sino poner en escena un mosaico de culturas. Quiero decir que los métodos ancestrales con los que los nativos enfrentaban la enajenación de sus gentes sobrevivieron al desembarco de los «descubridores» y de sus esbirros, y a la locura que vino de España y del choque con España. Y que hasta hoy nos han llegado las danzas y las ceremonias y las matas milagrosas –la belladona, la coca, el chamico– a las que se acudía en los siglos XV y XVI para curar las enfermedades nerviosas.
Quiero decir que podría y debería decirse que en la Colombia de hoy se ha abierto paso la ciencia, pero que sigue confiándose más en lo invisible que en lo visible, más en lo mágico que en lo verificable, a la hora de encarar los dramas de la salud.
Se le debe al doctor Humberto Rosselli la reconstrucción, a finales de los años sesenta, de la Historia de la psiquiatría en Colombia. Se trata de un libro fascinante –y libre de correcciones políticas y de descontextualizaciones de la Historia– que, a la pregunta tácita de cómo hemos hecho para sobrevivir a las ceremonias macabras de este manicomio y cómo hemos hecho para conservar algo de cordura, responde con un recorrido que empieza por los chamanes y termina con la publicación de Cien años de soledad. Habla el doctor Rosselli de «brujos, adivinos y hechiceros en los bajos fondos sociales» de aquella época, 1968, para explicar que la costumbre de la magia viene de las culturas indígenas que los españoles narraron en su lengua dramática. Habla de locos amarrados, del padrejón y la madrejón que se suben a la cabeza, del alma robada y el cuerpo poseído que sólo pueden curarse con el chamanismo.
Entiende uno mucho de Colombia cuando se entera de que aquí sólo hubo hospitales psiquiátricos –y médicos pendientes de la salud mental– hacia mediados del siglo XIX. De ahí que en nuestra cultura popular, que trasciende las clases sociales, se hayan arraigado los agüeros y las magias: no sólo llevamos adentro la fe de las culturas precolombinas en que los menjurjes y los videntes nos librarán de las pesadillas, sino que heredamos de los españoles, que trajeron a la Nueva Granada el concepto de «locura», el temor al sereno, a la Luna, a las propiedades secretas de los números; la pasión por los purgantes; la costumbre de los curanderos populares, los rezadores y los ensalmadores que entre nosotros alcanzan el estatus de los médicos. Creo que sigue siendo así. Creo que un enfermo nuestro empieza por acudir a la ciencia, pero tarde o temprano termina en las manos de la magia.
Los koguis usan la confesión para el alivio de la mente, sí, podríamos haber tomado esa senda hasta llegar a la pasión por los psiquiatras que ostentan los argentinos, pero nosotros, con razón o sin ella, seguimos encendiendo velas y bañándonos en amasijos para librarnos del mal.
De España vinieron los botánicos y los médicos y los boticarios que rechazaban a los hechiceros y los curanderos y los charlatanes. Pero también vinieron las rajas de pepino que salvaban del frenesí, las hiedras que aliviaban las borracheras, los sanadores que remediaban las fantasías de las personas metiéndoles las cabezas en alambiques. Y también vino la locura, decía, pues era en la España de los Reyes Católicos, no en la América verde y apabullante, donde los médicos encerraban a los locos en centros especializados, los curas inquisidores seguían señalando a los poseídos por el demonio y las novelas paródicas de Miguel de Cervantes eran protagonizadas por trastornados de comedia que se libraban de los yugos y decían la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Como bien lo señala el profesor Esteban Estupiñán en su texto Entre bárbaros y locos, el sacerdote Juan de Castellanos comienza su crónica gigantesca Elegías de varones ilustres de Indias, de 1589, reconociendo que se trata de una empresa de la locura. Es esa la palabra que usa: la palabra «locura». Y vale pensar que el letrado, que hacia 1560 se convirtió en el párroco de la iglesia de Tunja, quería decirles a sus lectores de todos los siglos que sólo un «hombre que ha perdido su juicio» –que así define Covarrubias «loco» en su diccionario de 1611– habría caído en la tentación de narrar el larguísimo siglo de los conquistadores, pero también quería dejar por sentado que sólo un puñado de navegantes e hidalgos que han perdido el seso, empezando por el necio de Cristóbal Colón, se habría atrevido a dar el salto desde Europa hasta América.
Hubo locura en esta tierra, pues, desde que los españoles la trajeron en sus sacos. Y, según sugieren los versos del cronista Juan de Castellanos, estaban locos los conquistadores que fueron tercos, sanguinarios e injustos, pero también los indios que, en vez de resignarse a ser súbditos de la Corona y a reconocer que los ojos del cielo eran los ojos de Dios, sintieron el afán de la venganza. Podría decirse que el choque de esos dos mundos detonó todas las locuras. Que los españoles redujeron a los indios a bárbaros, y a poseídos por el mal, para convertirse en sus jueces y en sus verdugos. Y que los indios, que tan pocas veces fueron tratados como iguales, como otros hombres, se enloquecieron por el dolor y por la furia que les produjo el hecho de verse despojados y sometidos.
La Historia está llena de noticias de la locura criolla desde mucho antes de que el país se llamara Colombia: en los textos del pasado, como asegura el doctor Rosselli, se encuentran las leyendas de la llegada de los españoles como castigo por la borrachera permanente de los indios, los abusos de la coca y el yagé, las alucinaciones y el delirio, la depresión por culpa de la chicha, el asilo dantesco del San Juan de Dios, la noticia de que el virrey Solís donó treinta mil fuertes para el primer servicio de enajenados, las falsas convulsiones en las prédicas, el desenfreno del trópico, el fanatismo religioso, la persecución del Santo Oficio a los videntes, la Expedición Botánica que a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX quiso darle su lugar a la medicina en tierras mágicas, la teoría del Sabio Caldas sobre cómo el clima puede afectar la moral, la convicción de que el cuerpo enturbia el alma y la megalomanía de los próceres de la Independencia.
Y en los archivos está claro que se dio el instinto de narrarlo todo, con la intención de exorcizarlo y de digerirlo, y en la búsqueda de la cordura perdida, desde que los españoles pisaron este continente barroco.
El diario del navegante Cristóbal Colón, de 1492, es el regreso de una alucinación. El peregrino del soldado Juan de Orozco cuenta como una hazaña, hacia 1540, el sometimiento de los indios de la provincia de Cartagena. Elegías de varones ilustres de Indias del párroco Juan de Castellanos es un poema épico con vocación de novela de caballería que narra, en 1589, las hazañas de los conquistadores en una tierra selvática y fantástica. El carnero del neogranadino Juan Rodríguez Freyle, evangelista de los conquistadores, es el recuento histórico –una suma de relatos de 1636– de la ocupación de los principales cacicazgos. El desierto prodigioso y prodigio del desierto del sacerdote santafereño Pedro de Solís y Valenzuela, la primera novela hispanoamericana hasta nueva orden, a mediados del siglo XVII se vale de todos los recursos del género para recrear no sólo el maltrato a los indígenas, sino la vocación religiosa de cuatro muchachos caballerescos de aquellos tiempos.
El escritor e historiador José María Vergara y Vergara, que en cuarenta años de vida lo hizo todo, pinta en su extraordinaria Historia de la literatura en Nueva Granada (1867) una literatura de acá que empieza en la literatura española del Siglo de Oro, recrea el exterminio de la poesía indígena a manos de la poesía hispana, retrata al cura Castellanos como el autor del gran poema nacional, describe la fundación de los colegios religiosos que sirvieron a las letras de América y educaron a los autores que vendrían y fueron «depositarios de la civilización», lleva a cabo un catálogo de obras de los escritores frailes del siglo XVII desde Guerra y conquista de los indios pijaos hasta El carnero, «llena de naturalidad y expresión», y revive los primeros días de la imprenta en este mundo dentro del mundo, y los primeros periódicos que engendraron más y más plumas brillantes, hasta dejar en claro que en esos tres primeros siglos esa cultura fue de la imitación a la originalidad, de la apología a la crítica, de la opinión a la revolución intelectual que fue a dar al grito de Independencia de 1810.
Gracias al trabajo minucioso de Vergara y Vergara, de 508 páginas ni más ni menos, puede hablarse de las odas a los místicos neogranadinos como modos de desentrañar la experiencia del Dios católico en el continente hallado. Y puede hablarse de los textos románticos de los próceres de la Independencia como modos de sobrellevar la experiencia romántica en América.
Y también puede decirse que en el siglo XIX –cuando las posesiones demoniacas resultaron ser enfermedades mentales– empieza este manicomio a dar psiquiatras y a dar obras de arte como remedios y contravenenos.
II. EL SÍNDROME DE COLOMBIA
Quizás la primera respuesta literaria al síndrome de Colombia, que es este empeño maldito de que no se dé entre nosotros la solidaridad, sino apenas la caridad –y que engendró una sociedad en la que es común reclamar, por las buenas o por las malas, el derecho inexistente a mirar a los demás hacia abajo–, haya sido el sainete de Luis Vargas Tejada que se estrenó en el Teatro Coliseo el martes 8 de julio de 1828: Las convulsiones. España había sido expulsada de América. Estaba a punto de fracasar el propósito de una Gran Colombia. Eran los días de la histeria en los países occidentales. Eran los comienzos de los hablamierda, de los buchiplumas, de los vagos que lo consiguen todo con su cháchara. Se habían vuelto costumbre los ataques nerviosos, ciertos o falsos, de las muchachas caprichosas de la alta sociedad bogotana.
Y Vargas Tejada, que fue secretario de Santander y testigo inmejorable del tortuoso arranque del país, parodia semejante simulacro con el oído del Siglo de Oro que tuvieron los poetas colombianos durante tanto, tanto tiempo:
Unas veces sin tiento ni decoro
a los hombres embiste como un toro;
otras, no me creerás lo que te digo,
toca con las narices el ombligo,
luego se tuerce, luego se acurruca,
pone los calcañales en la nuca,
dá volantines, vueltas de carnero,
con más agilidad que un maromero,
y hasta ha llegado a dar en la simpleza,
del alzarse el camisón a la cabeza.
Reseña Vargas Tejada los remedios que proponían «los falsos Hipócrates» que querían tomar provecho de las convulsiones de las jóvenes aristócratas. Habla de un sedante hipnótico llamado Jarabe Diacodón. Habla de la melisa contra los espasmos, del opobálsamo contra la ciática, del asbesto y el oxígeno contra la histeria. Y en su parodia de la farsa santafereña queda clara esa élite amanerada –afrancesada y nostálgica de España– que le había dado la espalda a un pueblo que apenas sobrevivía y que había puesto en escena el Romanticismo melodramático en las salas de sus casas. Y queda claro ese primer país obligado a ser un país por los ímpetus de los venezolanos y los intereses de los neogranadinos y los abandonos de los españoles.
El señor Vargas Tejada satiriza las primeras discusiones sobre la salud mental en esta tierra, pero lo cierto es que sólo hasta 1837 se llevó a cabo el primer peritazgo psiquiátrico, en Antioquia, a un cura de apellido Botero que promovía una revolución contra el Gobierno y contra el utilitarismo: una junta clínica conformada por cinco doctores dictaminó, en tiempos en los que ya se hablaba de psicosis, de demencias, de manías furiosas e idiotismos, que el sacerdote era un hijo de aberrados mentales atacado por «polimanía razonante intermitente». Cuenta Rosselli que uno de los peritos, venezolano, ponía el oído en la tierra y daba alaridos «porque creía oír la trompeta del juicio» desde el terremoto de Caracas de 1812, pero asegura que el peritazgo fue serio e imparcial.
El doctor Rosselli recopila una serie de documentos para demostrar cómo era el trato que se les daba a los locos colombianos en el siglo XIX. En el decreto de sanidad que expidió el gobernador Rufino Cuervo, de 1835, nota que los locos no sólo eran considerados enfermos contagiosos, sino que eran encerrados y azotados y sepultados en vida en calabozos como del infierno: el carruaje enrejado del hospital San Juan de Dios, que recogía a los locos bogotanos, era llamado «la jaula». En la Recopilación de Leyes de la Nueva Granada de Lino de Pombo, de 1844, encuentra el artículo en el que se obliga a los policías a mandar a «hospitales u otros establecimientos de caridad» a «locos o personas furiosas» que anden por ahí.
Por supuesto, no sólo en la Nueva Granada, no sólo en la República de Colombia, se trataba a los locos como a bestias del demonio: a pesar de la ilustración, a pesar de la industrialización, el mundo entero seguía siendo un lugar sombrío y plagado de monstruos dormidos. Pero durante el siglo XIX este no fue un país sino un campo de batalla, y un camposanto, educado y vigilado por la Iglesia con una severidad que venía de los días de la Conquista. Y era común ver hombres y mujeres traumatizados, hechos de pavor, incapaces de pensar, de hablar, de caminar, de dormir. Y puede decirse que el catolicismo y el miedo a los duendes de la noche y la neurosis de la guerra, que entonces se llamaba así al trastorno por estrés postraumático, eran las columnas de la nación.
El idolatrado doctor José Félix Merizalde, recompensado por Bolívar y celebrado por Santander, fundó en 1812 la cátedra de Medicina del colegio de San Bartolomé, pasó la juventud asistiendo a los heridos de las guerras de la Independencia y estudió a fondo la higiene mental y la higiene corporal, pero también, como si no bastara con semejante legado, escribió una serie de folletos satíricos –de El Noticiosote a El Chasqui– en los que puede notarse de una vez que la palabra y el humor han sido los vomitivos que tantas veces han salvado a los colombianos de la intoxicación: «Si no le temes a Dios, témele a la sífilis», podía leerse en la sala de espera de su consultorio. Su influencia fue clara tanto en los periódicos satíricos que vinieron, como en los programas de estudio de las cátedras de Medicina que empezaron a aparecer.
Los siete números del periódico satírico El Alacrán, de 1849, revolvieron el estómago de las fantasiosas y cínicas élites bogotanas que empezaban a unirse contra el artesanado: «La reforma de las costumbres es uno de los objetos que llevamos en mira», anunciaron en la primera página del primer número. Vinieron muchos más en las décadas que siguieron, El Duende, La Jeringa, El Trovador, La Bruja, El Chino, El Mochuelo, El Zancudo, como pruebas de que en adelante el humor –la crítica, el enjuiciamiento, la catarsis, la risa en la cara del horror– iba a ser una de las respuestas favoritas al yugo de los explotadores de esta esquina de la Tierra. En el último libro del ingeniero parisino Joseph Klatzmann, El humor judío, se recobra una frase que podría estar en el escudo de Colombia en vez de «Libertad y Orden»: «Reír para no llorar».
Habría que reconocer al doctor Merizalde, pues, como un eslabón fundamental –o como un ejemplo contundente, al menos– de esa búsqueda de la higiene mental por los atajos de la sátira, por las trochas de los textos literarios y por los pasillos de los hospitales.
En 1834 la Facultad de Bogotá –según cuenta Pedro María Ibáñez– «se ocupó del estudio de la susceptibilidad nerviosa de los habitantes de nuestros climas cálidos». En 1844 el doctor Jorge Vargas redactó para las universidades de la república un «Programa de higiene» en el que se proponía estudiar la influencia de las pasiones, las afecciones mentales de nacimiento, las afecciones mentales en que el ser ha perdido la consciencia de sí mismo y de sus actos, la embriaguez, el delirio, la epilepsia, el sonambulismo, la simulación de locura. Pero en 1858, como si se tratara de dejar en claro que aquí siempre se acudiría a la magia, circuló el libro de «jórmulas» El médico en casa o la medicina sin médico: se propone allí tostar cuervos, beber la propia orina, echarse ceniza de cabello en la nariz, tomar sesos de urogallo, para escapar de la enajenación.
Siguen siendo célebres los locos que empezaron a tomarse Bogotá desde los días de aquel periodo que tampoco ha terminado del todo, la Patria Boba, y que podría llamarse también la Patria Loca sin ningún problema. En los volúmenes de historia de la ciudad han quedado reseñados personajes como Porquesí, Gonzalón, Runcho, el Loco Cacanegra y el Loco Perjuicios, que andaban por las calles como protagonistas de la ciudad. El pintor José María Espinosa, que cargó la bandera en tantas batallas por la independencia, fundó el arte nacional y volvió ícono a Bolívar cuando los sueños bolivarianos se fueron al demonio, y desde mediados del siglo XIX se dedicó a dibujar a los orates bogotanos con la misma pasión con la que recreó a los próceres: también la pintura y la caricatura le sirvieron a aquella sociedad –a esta– para no extraviarse, del todo, en la locura.
Si fue común encontrarse locos de fábula por las calles bogotanas, fue porque por esos años, 1858 en adelante, los hospitales pusieron miles de condiciones para recibirlos. Es cierto que hacia 1847 hubo en Bogotá un manicomio para varones que llegó a refugiar 31 locos y 79 indigentes. Pero la verdad es que sólo hasta el lunes 11 de julio de 1870, cuando fue fundado el Asilo de Bogotá, se tomó en serio la suerte de los enajenados de la sociedad: «El número de personas asistidas en el establecimiento en este periodo ha sido de 342, de los cuales 159 hombres y 194 mujeres», se lee en un informe de 1885, «las bajas han sido de 202, de ellas 19 por fuga, 61 por muerte y 122 curados o repuestos».
Vino el Asilo de San Diego, en Bogotá, en 1888. Y mientras el país iba cambiando de nombre en medio del pulso entre el centralismo y el federalismo, mientras el país se volvía el resultado del pulso entre los conservadores y los liberales, en Medellín fueron sucediéndose la casa de alienados, el hospital para locos y el manicomio departamental. Y en los demás rincones del país fueron hallándose soluciones para los rezagados de aquella sociedad extraviada en la chicha y en la guerra.
Varias publicaciones médicas aparecieron en esa segunda mitad del siglo XIX. En los archivos de las bibliotecas es posible consultar textos viejísimos sobre la afasia, sobre la epilepsia, sobre los tumores en el cráneo, sobre el magnetismo animal, sobre el chichismo. Pero quizás lo más sorprendente, en el contexto de la proliferación de publicaciones de esos días, sean las 48 entregas del periódico satírico El Loco: era claro –lo es– que los locos eran personajes importantes para aquella sociedad que insistía e insistía en la desigualdad, pero también, como en la literatura barroca e irónica del Siglo de Oro, que el humor es una arma política que devuelve el mango de la sartén, reivindica lo humano antes de que sea aplastado por lo humano y hace imposible que el sometimiento sea total.
La Historia de Colombia ha sido y es un drama protagonizado por caudillos –liberales o conservadores: qué más da– que ha ido y que va enloqueciendo a todo el que se encuentra a su paso. La Historia de Colombia ha pasado por encima de su pueblo como una conquista española o una guerra civil o un Bogotazo o un fusilamiento de la dictadura o un incendio del Palacio de Justicia o una toma guerrillera o una masacre paramilitar. Podría decirse, sin temor a exagerar, que aquí no ha habido colombianos sino daños colaterales. Y que, sin embargo, desde Las convulsiones hasta hoy hemos tenido suficientes narradores del horror como para no acabar sepultados por el delirio y por el trauma.
A falta de justicia, a falta de solidaridad, ha habido resistencia y ha habido coraje. Y desde el siglo XIX los periodistas, los dramaturgos, los médicos, los retratistas, los caricaturistas, los poetas, los novelistas, los cineastas, los músicos, los artistas, los libretistas, los directores de televisión, los actores, los curadores han estado pronunciando la desmedida vida colombiana con la ilusión de conjurar su violencia.
III. MANCHAS DE LA TIERRA
Sucede igual en todas las literaturas de Hispanoamérica. Comienzan con la búsqueda de un poema nacional que, en procura del olimpo de cada tierra y en procura del héroe de la nación, ensalce los días precolombinos o las gestas conquistadoras o los apacibles tiempos de la Colonia o las batallas de la Independencia. Y empiezan así porque empiezan en pleno Romanticismo. Se va a la caza de una Ilíada o de un Cid Campeador que retraten de una buena vez el alma nacional. Siguen el realismo y el costumbrismo y el naturalismo que tratan de darle forma a lo que no lo tiene y sugieren –pero pocos lo notan– que los protagonistas del drama de una sociedad son sus personajes secundarios y sus paisajes. Después viene la ruptura: el simbolismo, el modernismo, el vanguardismo, que aquí parecen realismos pues aquí el Guernica de Picasso es la pintura de todos los días.
En la literatura colombiana, como en tantas otras, se ha librado el pulso fascinante que suele darse adentro de cada escritor. Por un lado está la ficción dramática, que trata de hallarle forma al desconcierto con la esperanza de conjurarlo. Y, por el otro, la ficción del pensamiento que trata de describir el caos como es. Pero, por supuesto, en Colombia tanto lo primero como lo segundo –que, repito, vienen y van muchas veces dentro de una misma persona– responde a una cultura conducida por la violencia y termina volviéndose prueba de que este ha sido un país en medio de la guerra: la primera novela colombiana, Yngermina o la hija de Calamar del cartagenero Juan José Nieto, de 1844, cuenta el pasado de Cartagena con la esperanza de que por fin lo sea.
De tanto en tanto pienso que El señor de las moscas, la novela de 1954 del inglés William Golding, podría ser el poema nacional de Colombia: a fin de cuentas, es la historia de un grupo de niños, perdidos en una isla, que fracasan estrepitosamente en el intento de convivir y de gobernarse a sí mismos. Pero hay que decir que, en la búsqueda de esa identidad huidiza, Yngermina, un triángulo amoroso caballeresco, quiso al mismo tiempo enaltecer la figura del buen salvaje y contar la conquista como una épica. Y que en la exploración de ese relato en común el boyacense Felipe Pérez, que recreó las tramas incaicas y retrató la revolución de 1860 que llevó a los liberales al poder, narró en Los gigantes –su novela de 1875– cómo los chibchas fueron despojados por los sórdidos descubridores españoles.
El señor Pérez es el autor de El caballero de Rauzán, de 1887, una novela romántica con una trama ingeniosísima –mitad Dumas, mitad Poe– que no por nada se ha convertido en telenovela un par de veces: su protagonista catatónico, que se desprende de lo romántico y desprecia la idea de nación, es una señal de que en medio del conflicto los escritores con frecuencia se ven obligados moralmente a emprender un viaje que empieza en la plegaria por la identidad del costumbrismo y que con suerte termina en la pasión por narrar y narrar más allá de las tramas de la propia tierra. Si algo se ve en esas primeras novelas románticas e históricas hechas aquí, si algo es claro en El oidor (1850) de José Antonio de Plaza, en Don Álvaro (1871) de José Caicedo Rojas, en El alférez real (1886) de Eustaquio Palacios, es una vocación innegable a la recreación del drama social que nos quedó tras la ida de España: ese pulso entre hijos legítimos e ilegítimos.
En efecto, muchos de los males típicamente colombianos están descritos en las novelas que digo y en las muchas novelas más que vinieron en ese primer siglo de la república: en esas páginas pueden rastrearse el machismo brutal que en un principio y durante siglos fue apenas una costumbre más; las conductas pesadillescas de tiempos de confrontación sangrienta; la fobia que le tienen las élites clasistas al pueblo enruanado; la «mancha de la tierra» con la que nacía aquel que nacía en este hallazgo español; el empeño delirante de que gobernar no sea la preservación de convivencia sino un acto de misericordia; la sospecha de Bolívar, el venezolano, de que «cada colombiano es un país enemigo», y la sensación de que en una nación sin justicia lo único que queda es contar la Historia.
Se dedicó a ello, a narrar y a historiar y a definir el papel de la mujer en esta tambaleante sociedad llena de trampas, la escritora bogotana Soledad Acosta de Samper.
Durante su larga vida, de 1833 a 1913, Acosta consiguió hacerse lugar en los campos vedados a las mujeres. Escribió veintiún novelas, veintiún tratados de Historia, cuarenta y tres estudios sociales, cuarenta y ocho cuentos. Dirigió cinco periódicos. Y quizás deba ser reconocida como una precursora del feminismo. Pero quizás convenga aclarar que, como sus colegas hombres, se le fue una buena parte de su carrera en la crítica de «las tiranías liberales» y de «la pretendida emancipación de las mujeres» y de los valores de la Revolución francesa que –decía– estaban animando el comunismo. Habría que leer María, la narración clásica de Jorge Isaacs de 1867, para dar con una novela con todas las de la ley que sólo podría suceder en este lugar y en esta versión del castellano.
Suele hablarse del costumbrismo, en la acomplejada Colombia, como se habla de un género menor, de un crimen, de una artesanía: el desprecio del costumbrismo, típicamente colombiano, no ha sido una señal de cordura. Pero lo cierto, que no se reconoce lo suficiente porque reconocerlo condena a ser de acá, es que esa primera literatura neogranadina les respondió a aquellas guerras civiles del infierno, y a esas élites que se portaban como extranjeras, y a esos desclasados que cargaban su cruz bajo la vigilancia de los campanarios, con textos brillantes e iluminadores –que no todo lo que brilla le sirve al lector– de prosistas tan finos como José María Vergara y Vergara, Eugenio Díaz Castro, Luis Segundo de Silvestre, José María Rivas Groot, José Manuel Marroquín, Tomás Carrasquilla, Ricardo Silva y Clímaco Soto Borda.
Se ve a las claras, en todos ellos, la vocación a la ficción: a fingir el mundo una y otra vez hasta que revele su secreto. De sus plumas vienen una serie de relatos costumbristas, románticos, realistas –llenos de humor y de riqueza y de crítica y de amor propio y de vocación a la modernidad en una sociedad ciega a sí misma–, que se han menospreciado como si no fueran literatura, pero que conviene leer antes de descartar: Manuela (1858), de Díaz Castro, es una novela magnífica que consigue poner a andar dramas puramente neogranadinos en los vaivenes de esa primera república que seguía persiguiendo la utopía violenta de una nación unificada y unánime; Las tres tazas (1863), de Vergara y Vergara, es una pieza nostálgica pero también el reconocimiento de una sociedad que siempre está tratando de empezar; El moro (1897), del expresidente Marroquín, es la castellana autobiografía de un caballo más humano que los bogotanos, hombre, quién no; Diana cazadora (1915), de Soto Borda, es una sátira despiadada de la aristocracia santafereña encarnada en un muchacho extraviado en los bajos fondos de Bogotá por culpa de su amor por una mujer de provincia; La marquesa de Yolombó (1928), de Carrasquilla, es un retrato inmejorable de una mujer que se atreve a enfrentarse, una por una, a las esclavitudes colombianas.
Y sí: la María no sólo prueba que en estas tierras también sucedió la tragedia del edén perdido, y no nos queda más sino recorrer el Antiguo Testamento a ver si algún día llega el Nuevo, sino también que esa primera Colombia –que se negaba a ser sometida por la Bogotá piadosa y lúgubre de los campanarios– en todas sus regiones dio narradores como contravenenos a aquella sociedad sometida por un puñado de líderes que, repito, solían portarse como extranjeros. Y, para más demostraciones de lo que digo, para más demostraciones de que ha habido aquí desde el principio una raza de hacedores de ficciones que nos han librado de los síntomas mientras llega el día en que la justicia nos libre de la enfermedad, podría hacerse un álbum de los personajes literarios y de héroes y de caricaturas que han llegado a nuestro tiempo como mitos, como arquetipos, como alegorías que iluminan alguna parte de lo que somos.
Repito los personajes que ya he reseñado: la María, su Efraín, el Moro, Manuela, los locos bogotanos que pintó Espinosa, la Marquesa de Yolombó que se hizo a sí misma. Pero en los relatos de don Tomás Carrasquilla, el gran observador y el gran fabulador de los parajes antioqueños, están el envanecido Agustín Alzate, el corajudo Chichí, la bruja Frutos, el abnegado Peralta. Y en Pax (1907), la novela total y desaforada de Lorenzo Marroquín, el hijo del expresidente, y de José María Rivas Groot, una serie de personajes arquetípicos –de las ruinas de la Guerra de los Mil Días– encarnan el desmadre político, la violencia que aún no se escribía con mayúscula y la sumisión de los colombianos ante los extranjeros: ahí están el poderoso Sánchez Méndez, el afortunado Montellano, el conde Bellegarde.
Y para subrayar la idea de que en el intento de dar con un cantar de gesta nacional –como el del Rolando francés o el del Sigfrido germánico o el del Beowulf sajón– sí se escribió aquí una extraordinaria serie de héroes y de antihéroes nacionales, quizás lo mejor sea hablar del complejo e inagotable Rafael Pombo: que dejó poemas graves para siempre, pero que en 1855, a partir del encargo de traducir del inglés al castellano una serie de canciones tradicionales, se sacó de la manga enorme que tenía a personajes tan colombianos y tan humanos como Rinrín Renacuajo, El gato bandido, Mirringa Mirronga, Simón el bobito, Juan Matachín y La pobre viejecita «sin nadita que comer / sino carnes, frutas, dulces / tortas, huevos, pan y pez».
No sólo en la literatura, sino también en las memorias nostálgicas de la Colonia y en las crónicas de viaje y en las caricaturas y en las publicaciones fugaces escritas por las mismas plumas, se retrató a los neogranadinos y a los colombianos decimonónicos.
En Reminiscencias de Santafé y Bogotá de José María Cordovez Moure, de 1893, están retratados el montaje de toda una cultura y la consiguiente lucha por la cordura en el dilatado arranque de la república. Se habla allí, en las Reminiscencias, de asesinatos escandalosos, de crímenes, de asaltos, de saqueos, de robos, de envenenamientos, de episodios sangrientos. Se cuenta el juicio delirante y la ejecución del inocente doctor José Raimundo Russi, la primera señal del miedo y el odio ante la izquierda. Se narran los pormenores de aquel escandaloso crimen, contra los antepasados del poeta Silva, en la finca de Hatogrande. Pero sobre todo queda clara la vocación de esta cultura a narrarse como si sospechara que hay algo muy raro en ella, como si repitiera a diestra y siniestra «dígame si esto no es un experimento salvaje».
Sintió lo mismo la gente de afuera. Está claro en los maravillosos diarios que, desde 1822 hasta 1884, escribieron viajeros como el periodista estadounidense William Duane, el industrial escocés John Steuart, el diplomático brasilero Miguel Lisboa y el botánico francés Charles Saffray. Hay que leer el libro estupendo e irónico del escritor argentino Miguel Cané, que dibuja con cariño a los fanáticos, a los poetas, a los aristócratas que soltaban sus chismes en el altozano de la catedral, para constatar que aquí había «mucha preocupación de casta», para creerle a un extraño que se daba «una cultura intelectual incomparable», para escuchar que si no fuera por la chicha el pueblo colombiano «se elevaría rápidamente en la escala de la civilización». Hay que leer el recuento del geógrafo alemán Alfred Hettner para ver con ojos precisos, de allá, el clasismo de siempre: «Como indio generalmente se califica, de manera despreciativa, al campesino pobre», escribe en 1884.
En estos parajes siempre se pensó que «hay jerarquías hasta en el cielo» y siempre estuvo el antídoto del humor, sí. Estuvo Espinosa, el primero de todos nuestros caricaturistas, pero, como recuerda la pintora Beatriz González en sus textos curatoriales a la exposición «La caricatura en Colombia desde la Independencia», es claro que el arte precolombino está plagado de muecas, que los españoles trajeron la risa que según la Biblia «es locura», que en el Nuevo Reino de Granada fueron comunes los impresos satíricos, que de la Convención de Ocaña en adelante, o sea desde 1828, se volvió usual encontrarse en los periódicos con dibujos burlescos contra los políticos de entonces, y que muy pronto llegó el humor gráfico colombiano a una edad de oro.
Ciertas caricaturas de la segunda mitad del siglo XIX, de Urdaneta, de Presas, de Greñas, de Gaitán, de Gómez, son verdaderas piezas maestras.
Y son vestigios de una civilización que quiso conjurar la locura de la violencia con la locura del ingenio.
IV. TODO NOS LLEGABA TARDE
Hay dos cosas para aclarar. La primera, que la lectura que se dio en el siglo XIX colombiano, como lo señala la profesora Carmen Elisa Acosta en su ensayo Lectura y nación, fue «un acto colectivo», pues tuvo que ver tanto con la consolidación de la prensa neogranadina como con la construcción nacional: la poesía, el cuadro de costumbres, la caricatura, la crítica política y la novela por entregas hallaron, en especial desde 1840, la función social de darle forma y contenido a una comunidad. Y la segunda, que la literatura que se dio en aquella proliferación de publicaciones, dado el analfabetismo que campeaba en esa nación en ciernes, sirvió sobre todo a unas élites brillantes y obtusas que –como se ve, por ejemplo, en las páginas de la Manuela– concluyeron que el mejor modo de lograr una nación era cambiar la diversidad por la unidad, la multiplicidad por la homogeneidad, la exuberancia por la pequeñez.
No era una conspiración, no, era simplemente un resabio transmitido de generación en generación por un pueblo hecho de predicadores. Podría decirse que, así como existe la deformación profesional, existen la deformación nacional y la deformación de clase. Y el colombiano, que es sobre todo un evangelizado, tiende a prevalecer, a pacificar, a convertir a los otros en la búsqueda obstinada –y quizás innecesaria– de una unidad que suele relacionarse con la paz. La solución al desmadre, se pensó desde el país letrado y dominante, es la compasión con ese pueblo de enruanados e indios en su largo viacrucis a la iluminación: a la higiene y al catolicismo y al castellano, y al mestizaje que celebre lo blanco, y a la sumisión al varón. La solución es, según se ha creído, uniformarnos: asumir una misma identidad. Y reducir al otro a lo que uno es suele servirle a la Violencia.
Repito: no fue de mala fe. Y me anticipo a algo que voy a decir: no por nada hemos buscado en los uniformes, de los curas, de los gramáticos, de los militares, de los deportistas, nuestra igualdad. Pero es claro que los mejores escritores colombianos del siglo XIX, que son muchos más de los que se dice, vivieron, caricaturizaron, maldijeron, retrataron, novelaron una era violenta y bella en la que parecía urgente pensar qué diablos podía hacerse con esta tierra. Podríamos graduarlos de elitistas e indolentes si cayéramos en la trampa cada vez más común de juzgar el pasado con las reglas del presente, pero quizás sea más útil verlos como extranjeros, como conquistadores y colonizadores y evangelizadores, en su propio mundo.
Sus obras se discutieron en el altozano de la catedral como las obras de hoy se debaten en la plaza de las redes sociales. Y, aunque recrearon con compasión suma el país que vivieron y la gente que vieron para subrayar la pregunta por cómo convertir esto en lo que debería ser, en el peor de los casos cumplieron de modo brillante la tarea de mostrarlo todo como era.
Pienso en El Mosaico, en la tertulia y en la publicación, cuando escribo sobre esto. Empezó en 1858 sobre la base de una sospecha: que, aun cuando hubiera creado una serie de sociedades, academias e instituciones para estimular la creación de comunidades, no iba a ser el Estado el que supliera la necesidad de que se encontraran las principales voces de la época. Duró catorce años. Se cuidó de ser de los liberales y de los conservadores. Fue un ejemplo y fue un alivio en medio de guerras civiles y de los odios partidistas y de las politiquerías. El profesor Andrés Gordillo lo llama, desde la Sorbona, «una suerte de frente cultural levantado por la élite social bogotana» en el momento justo en el que el artesanado ganaba terreno y la prensa se popularizaba.
Quería reivindicar los usos y las costumbres de ese lugar negado por propios y extraños: «Nuestra patria es totalmente desconocida en su parte material y moral no sólo de los extranjeros que a causa de la ignorancia nos desprecian como a una turba de bárbaros, sino lo que es más triste, es desconocida de sus mismos moradores», escribió el conservador Vergara y Vergara, uno de los líderes del grupo, en el primer número de la revista. Sirvió de refugio a Rafael Santander, a José María Samper, a Salvador Camacho, a José Joaquín Borda, a José Manuel Marroquín, a Manuel Pombo, a Ricardo Silva, a Gregorio Gutiérrez, a José Manuel Groot, a Eugenio Díaz Castro, a Jorge Isaacs, entre otros. Y fue testigo del estallido de la poesía colombiana.
En las páginas y en los salones de El Mosaico no sólo creían que los colombianos no estaban condenados al horror, pues había sucedido allí tanta belleza, sino que tenían fe en la palabra que disuade la violencia. Pero eran, al mismo tiempo, un puñado de elegidos.
Muestra el profesor Gordillo, en un minucioso artículo sobre el tema, que lo que más publicó El Mosaico fue poesía. Hubo cuadros de costumbres, relatos de viajes, traducciones. Pero sobre todo hubo poesía en una época en la que fueron poetas hombres tan disímiles como Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro o Candelario Obeso, porque dominar la lengua era un deber moral. Rescata el escritor Juan Manuel Roca, en su Galería de espejos de 2012, la figura de Rafael Pombo como un autor que fue varios autores, pero habla de José Asunción Silva como la puerta por la que entra al mundo la poesía colombiana. Fue Silva quien terminó de digerir la herencia del Siglo de Oro y el espíritu del Romanticismo. Fue Silva quien probó que el humor y la poesía requieren el mismo oído.
Confío plenamente en ese retrato de Silva, de mil páginas, que Enrique Santos Molano tituló El corazón del poeta. No se encuentra allí al supuesto poeta llorón, enamorado de su hermana, que deambulaba entre los muertos mientras tomaba fuerzas para pegarse un tiro en el corazón, sino un buen hijo de un buen padre que en 1896 fue asesinado por conspiradores –en el momento justo en el que había saldado todas sus cuentas pendientes y había recobrado el control de sus asuntos– en una ciudad que desde siempre le había tenido envidia a su talento de visionario: «Compadécete, Señor, de tu siervo y concédele la dulce paz de la infancia, por la que tanto suspiró en los cantos que tú le inspiraste», pide Miguel de Unamuno al final de su prólogo a las obras completas de Silva.
Se ve allí, en El corazón del poeta de Santos Molano, a un hombre político enterado de los vaivenes de su tiempo, extraviado en un pasado que no estaba a la altura de sus ideas modernistas y propias, dispuesto a sobreaguar en la Regeneración y a investigar la identidad trágica de su pueblo –el regodeo en su propio fracaso, por ejemplo– en sus cuadernos de versos, en sus cartas a los grandes protagonistas de su Colombia, en las páginas a punto de ser terminadas de su novela De sobremesa. Se ve allí a un poeta enorme y libre, el del «Nocturno» y «Los maderos de San Juan» y Gotas amargas, consciente del dolor y ocupado por la ironía: versos como «El verso es vaso santo: poned en él tan sólo un pensamiento puro», «Las soledades hondas del olvido», «Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas», «Cayó gritando “¡Adiós, mamá!” el pobre recluta muerto», «Lázaro estaba sollozando a solas y envidiando a los muertos», «Sufre este mal: pensar», «¡Lo que usted tiene es hambre!» vienen a la cabeza en el momento justo.
El poeta maldito Julio Flórez declamó una serie de sonetos fúnebres para Silva el día en que lo enterraron en el cementerio de los suicidas. El liberalísimo Flórez, de sombrero flojo, de gabán negro, de bigotes levantados tanto en los camposantos como en las orgías, fue odiado por los inquisidores y despreciado por ciertos espíritus finos de su época –y ha pasado a la Historia, entre los críticos que lo sacan de contexto, como un versificador sensiblero que le hablaba a su madre y a su patria–, pero lo cierto es que fue la voz de los bogotanos de fin de siglo: «Oye: bajo la ruina de mis pasiones», «Todo nos llega tarde… hasta la muerte», «Si un muerto soy que sueña que está vivo o un vivo soy que sueña que está muerto», escribió. Y la gente lo paraba en la calle a pedirle versos redentores.
Y antes de que se le vinieran encima los años tristes, la persecución y el exilio y la resignación a ser condecorado por los conservadores en Usiacurí, reunió en el primer año del siglo XX a esa estupenda resistencia humorística, a esa descarada parodia que se llamó «La gruta simbólica».
Flórez era un alicaído perdido «en la agüita de toronjil de Hennessy», pero también un repentista. Y de 1900 a 1903 estuvo yendo a las salvajes reuniones de La gruta en la casa 203 de la Carrera Quinta, en La Candelaria, a parodiar las tertulias europeas y las tertulias de El Mosaico en plena Guerra de los Mil Días. Eran carnavales de puertas para adentro, carnavales clandestinos y desenfrenados en aquella casa o en algún restaurante que se sumara a la locura, en los que se reivindicaban los retruécanos del Siglo de Oro, se morían de la risa en la cara del himno nacional que había escrito el presidente Núñez, se remedaban los movimientos literarios conscientes de su trascendencia, se ridiculizaba a muerte al filipichín santafereño, se aplaudía a la rebelión liberal en la madrugada y se despotricaba de la dictadura regeneradora que iba a entregar a Panamá.
Recitó el cachaco Eduardo Ortega, en la décima sesión de esa secta de liberales, una mamadera de gallo que muestra que el veneno de la violencia se ha resuelto aquí con el contraveneno del humor: «Pienso cuando estoy fumando / que todos vamos al trote, / que la vida es un chicote / que se nos está acabando. / Si en el momento nefando / Dios me llega a preguntar: / –¿Quiere usted resucitar?, / le diré echándole el humo: / –Mil gracias, Señor, no fumo / porque acabo de botar», declamó Ortega. Y es una lástima que sólo lo hayan escuchado aquellos. Y es una lástima, mejor dicho, que semejante catarata de ficciones no le llegara sino a una de las élites de aquella sociedad. Y que faltara tanto tiempo para que, como Julio Flórez, los artistas fueran todavía más populares.
La primera madrugada en la que se reunió La gruta, la ronda de la policía conservadora que vigilaba el toque de queda de las callejuelas bogotanas estuvo a punto de llevarse a Flórez por borracho, pero el agente que tenía que encerrarlo prefirió dejarlo seguir e irse con él a la fiesta porque nadie en ese pueblo –dijo– era capaz de dañar al poeta que escribió «La araña».
V. TODOS LOS DIOSES DE LOS OTROS PUEBLOS ERAN DEMONIOS
Se ha dicho de mil maneras que es sana la persona que es capaz de narrar su propia historia. Puede decirse también que un pueblo sale del espanto –y que es viable– si consigue contarse. Que la locura del siglo XX en Colombia, la fobia a la izquierda, la guerra civil de la Violencia, los fusilamientos, las torturas, las bombas, los magnicidios, los secuestros, las masacres, fue encarada por los artistas y los periodistas y los historiadores. Y que en el siglo XX y en el siglo XXI nuestros creadores, animados por las nuevas tecnologías y por las nuevas libertades, han sabido poner en contexto y en escena el viaje colombiano. Y esa labor valerosa e ininterrumpida, que ha dado poemarios, dramas, novelas, telenovelas, películas, pinturas, reportajes entre la guerra, no ha sido reconocida como se lo merece.
Hacer ficción es tener a raya la locura, y, como es un ir y venir, no todo el mundo regresa de aquel extravío.
Se habla de las crueles depresiones de Epifanio Mejía: «“Todos estamos locos”, / grita la loca. / Qué verdad tan amarga / dice su boca», escribió unos años antes de acabar en el manicomio. Nadie niega las rarezas infantiles de Rafael Pombo. Es sabido que, en su desbarajustado lecho de suicida, Candelario Obeso se negó a fingir que se había disparado por accidente: «Sí, tiré al blanco y le pegué al negro», exhaló ante el cura. Se insiste en la «depresión melancólica», en la necrofilia, en la ansiedad en la obra de José Asunción Silva. Se citan la traducción de El siglo de los nervios de Baldomero Sanín Cano, el tormento de Porfirio Barba-Jacob, el desequilibrio de José María Vargas Vila, para advertir sobre los riesgos que se corren cuando el oficio de uno es dar un pulso con su mente.
Pues bien, en el demencial siglo XX, que fue una parodia feroz de la Historia, muchos se jugaron la vida por descifrarlo todo, por exorcizarlo todo, por contarlo todo.
Se hizo lo que se pudo para sobreaguar. Se hizo lo que se pudo para recobrar la cordura. Aparecieron los precursores de los estudios de la mente y los primeros maestros de psicoterapia. Se humanizaron los asilos de locos y de locas del país hasta llamarlos «casas de salud». Se determinaron las enfermedades mentales tratadas en los refugios: entre otras, el delirio de persecución, la locura genital, la dipsomanía, el alcoholismo, la locura puerperal, la neurastenia, la demencia consecutiva, el idiotismo, el cretinismo, la degeneración mental. Se insistió hasta el absurdo, de la mano del doctor López de Mesa, en la controversia sobre la degeneración de la raza. Se luchó contra el alcoholismo nacional: «La maldita chicha», se dijo. De 1968 en adelante, tal como lo demuestra el profesor Jairo Gutiérrez en su Historiografía de la locura y de la psiquiatría en Colombia, se siguió investigando no sólo el trato que se le ha dado a la locura en este país, sino el cada vez más sofisticado acercamiento a las enfermedades mentales.
Y una y otra vez se estudió a la familia colombiana, que para bien y para mal es el refugio de este pueblo, en los congresos nacionales de psiquiatría.
Pero poco se ha hecho –recalca el profesor Gutiérrez– por investigar los efectos del conflicto en la salud mental de las víctimas, por profundizar en la historia de la locura en los días de la Violencia, por indagar sobre el daño psíquico que ha sufrido esta sociedad desde las últimas décadas del siglo XX hasta las primeras del siglo XXI.
A comienzos del XX, el doctor Carlos Putnam, jefe de la ambulancia del Gobierno en la Guerra de los Mil Días, reseñó con el deseo –pues seguimos confiando en la magia como seguimos confiando en Dios– el paso del espiritualismo al organicismo en la sociedad colombiana: soñaba, entre las pesadillas de aquella guerra, con un pueblo que se librara por fin de la irracionalidad. El doctor Laurentino Muñoz describió en La tragedia biológica del pueblo colombiano (1935) y en Un informe de nacionalidad (1965) un país varado en sus manías en el que «se desprecia la vida» y un pueblo que «permanece vencido por las enfermedades y por los vicios» porque se niega a superar su machismo: «Si la sociedad está en crisis –escribió–, la causa aparece a la vista de todo el que quiera verla: en la pereza e incapacidad del sexo masculino para el trabajo».
«Si no fuera por el esfuerzo sorprendente y colosal que se impone la mujer, la familia y la sociedad estarían más desquiciadas de lo que están, pues viven tambaleándose por la inseguridad del varón y su ausencia del trabajo, del amor y del sacrificio –agregó–: busca siempre el placer y huye del deber y del dolor que deben sublimarse para engrandecimiento de la especie». De eso se trata: de sublimar –o sea, de elevar o de resolver– el dolor, la ira, la violencia. Se trata de remediar, de conjurar el machismo: el varón derrotado por su fracaso a la hora de expresar su propia furia. Y, aun cuando los narradores y los terapeutas y los violentólogos del país han hecho lo mejor que han podido para denunciar y rectificar la pesadilla de las mujeres y los niños en Colombia, es cierto que sus textos han tardado demasiado en llegarles a todos los lugares de la sociedad.
A finales del año pasado, 2018, seguía hablándose de que más de doce millones de colombianas –seis de cada diez, ni más ni menos– son madres solteras. Y para aquellos que se resisten a pensar que la violencia está en el ADN de la raza colombiana, pues suena a agüero y a sino apenas uno lo dice, es claro que en esta cultura no hemos conseguido que el sexo masculino sea capaz de convertir su frustración en compasión, en creatividad, en arte, en ciencia.
Desde que estuvo claro el siglo XX, que fue el siglo de la ansiedad, se escribieron textos estupendos sobre nuestra Historia que eran verdaderas vacunas contra la pandemia colombiana.
La Historia de Colombia de Henao y Arrubla, que desde el primer centenario de la Independencia, y durante décadas, fue la Historia oficial del país de la Regeneración, hizo lo posible para contar las cosas como fueron y para hacer viable el presente. Vinieron después las historias y los ensayos de espíritu liberal que –en medio de la lucha bipartidista, y después– se negaron a contar el país como una suma de gestas militares. Se fueron sucediendo, entre muchos, muchos otros, los textos lúcidos de Laureano García, Germán Arciniegas, Germán Colmenares, Indalecio Liévano, Eduardo Caballero, Jaime Jaramillo, Eduardo Lemaitre, Gerardo Molina, Fernando Guillén, Javier Ocampo, Alfredo Iriarte, Álvaro Tirado, Jorge Orlando Melo, Enrique Santos Molano, Marco Palacios, Gonzalo Sánchez, Mauricio Archila, Malcolm Deas, David Bushnell, Alfredo Molano, Eduardo Posada, Miriam Jimeno, Margarita Garrido, Marina Lamus, Alonso Salazar, Antonio Caballero.
En 1983 el escritor caleño Arturo Alape, que dejó la guerrilla cuando se enfermó de paludismo, le presentó su obra maestra El Bogotazo: memorias del olvido a una nación que no acababa de entender la ceremonia de sangre que siguió al crimen de Gaitán. La violencia en Colombia, el libro pionero en dos tomos que Eduardo Umaña, Germán Guzmán y Orlando Fals Borda publicaron en 1962, es un texto esclarecedor y político en el sentido serio de la palabra, que redondea el retrato del infierno: en su momento, entre las cenizas de la época de la Violencia, dio a la sociedad colombiana la noticia de que sus dos partidos históricos habían patrocinado una pesadilla y un desangre en el que fue costumbre violar a las mujeres, sacrificar a los niños, decapitar a los hombres.
Valga decir que los sociólogos Umaña Luna y Fals Borda, asqueados por los conflictos como heridas que el bipartidismo había dejado abiertas, fundaron en 1959 la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional con –entre otras voces más– el capellán Camilo Torres Restrepo. Fals Borda participó luego en la revista política Alternativa, fue constituyente en 1991 por la Alianza Democrática M-19 e hizo parte de la izquierda hasta convertirse en el presidente honorario del Polo Democrático. Umaña Luna trabajó en todo, de la Radio Nacional a la Biblioteca Nacional, hasta volverse una figura fundamental de la intelectualidad nacional: su hijo, el defensor de los derechos humanos Umaña Mendoza, que buscó justicia en el crimen de Gaitán, el genocidio de la Unión Patriótica y la masacre de Trujillo, fue asesinado por los paramilitares en 1998.
El cura Torres, por su parte, siguió y siguió llamados –vocaciones– desde que tuvo uso de razón: siguió a su madre en la separación con su padre, siguió a su novia en medio de sus arrebatos religiosos, siguió a Dios hasta volverse cura, siguió su indignación ante las injusticias sociales hasta Lovaina, siguió la Teología de la Liberación de la que había estado hablando la Iglesia hasta fundar el Frente Unido del Pueblo en contra de la democracia monárquica del Frente Nacional y siguió al ELN hasta morir en el combate de Patio Cemento el martes 15 de febrero de 1966. Y su destino trágico, y el hecho de que el cura Guzmán sea autor de varios de los textos de La violencia en Colombia, fueron señales –lo son– de que la relación entre barbarie y religiosidad ha sido particular acá en Colombia.
El cura Guzmán es el alma de La violencia en Colombia porque fue el alma de la Comisión Gubernamental Investigadora de las Causas de la Violencia que el presidente Lleras Camargo nombró en 1958. Durante cuatro años, luego de recorrer el país en busca de una respuesta a la debacle, Guzmán conoció de primera mano y documentó el horror de la guerra bipartidista. Tanto Lleras Camargo como la gente de la recién fundada Facultad de Sociología de la Universidad Nacional le pidieron que escribiera un libro sobre todo lo que había visto en esos años. Y era curioso, por decir lo menos, que fuera precisamente un sacerdote el encargado de dar la noticia de aquella Violencia con V mayúscula que tanto azuzó la sombría Iglesia católica.
Dígame usted si no tienen mucho que ver con nuestra fascinación y nuestra ceguera a la violencia –que sólo notamos en los otros– el dogmatismo y el fanatismo del catolicismo traído desde España. En la Conquista, en la Colonia, en la Independencia, en las Nuevas Granadas, en las Repúblicas de Colombia, en la Regeneración se transmitieron a la sociedad la indiferencia ante la barbarie ejercida contra los supuestos bárbaros y –en las palabras siempre precisas de Jorge Orlando Melo– la necesidad de «erradicar de la cultura colombiana las formas de pensamiento contrarias a la tradición católica e hispánica». Y como consecuencia, escribe Melo, he aquí una sociedad en la que no se interioriza la democracia y «la violencia política tiene un alto nivel de justificación».
El padre italiano Ambrogio Adamoli hizo notar en 1996, en su ensayo Violencia y religiosidad, que «lo que en otras partes es violencia, entre nosotros es la violencia» porque al volverla persona «lo que se intenta en forma ilusoria es expulsarla de nosotros y garantizar nuestra inocencia». Hemos estado haciendo lo que hicieron los cristianos con el demonio: lograr que el asunto de fondo sea «el mal» de allá afuera, que la violencia no sea un problema de nosotros sino para nosotros, que haya una «época de la Violencia» como un «tiempo del ruido» para que nuestra crueldad quede por encima de la Historia, que se vaya imponiendo la tiranía del mito, y que, como la verdad religiosa, cualquier verdad tenga que ser la verdad para todos.
Dice Adamoli que hemos estado padeciendo la violencia «necesaria» e «invisible» de lo sagrado: que esa violencia engendra –o al menos justifica– todas las expresiones violentas de una sociedad que discute y discute para encubrir su ira santa. «Todos los dioses de los otros pueblos son demonios», dice el salmo citado por el padre italiano, todas las creencias y las verdades ajenas son magias negras. «¿No es esta la situación del país?», se pregunta Adamoli. «¿Todo el mundo violando las libertades de los demás en nombre de la verdad, de la causa, de una u otra bandera? Y todos preocupados por definir el color de la violencia sin querer aceptar que en el fondo es del mismo tipo, engendrada por esa actitud religiosa que nadie se atreve a llamar por su nombre».
Temo que es así. Digo que «temo» porque he querido a la Iglesia como a una era del arte, como a ese mecenas y ese criador de tanta belleza, como a la puesta en escena de un drama hondamente humano, pero creo firmemente que somos tan violentos porque somos tan religiosos, tan sectarios, tan tajantes. Y que nos ha costado librarnos de semejante viacrucis, de semejante padecimiento, porque esta cultura no ha sido educada para librarse del dolor –que de deshacerse del dolor se trata el budismo, por ejemplo– sino para soportarlo hasta nueva orden. No nos hemos encogido de hombros. Hemos pegado gritos. Lo hemos cantado. Lo hemos narrado. Lo hemos señalado. Pero nos hemos resignado a que todo ese coraje no llegue a ser justicia porque para esas cosas está el cielo.
VI. JUGUÉ MI CORAZÓN AL AZAR Y ME LO GANÓ LA VIOLENCIA
Quizás el poema épico de este país sea La vorágine, la novela de José Eustasio Rivera de 1924. Ya hablé de libros que aparecieron en el siglo XX pero que son novelas sagaces del siglo XIX: de De sobremesa, de Pax, de Diana la cazadora, de La marquesa de Yolombó. Ya hablé de relatos como suelos sobre los cuales podría empezar la literatura colombiana: de María y de Manuela. Ha sido claro que desde la aparición de los primeros cronistas está la vocación a narrar la ceremonia imparable que es este mundo nuevo. Y que otra sería la vida acá si se supiera que entre los viejos libros hay tantas obras fundamentales. Pero es que La vorágine cuenta la violencia con violencia. Sí, el desquiciado Cova, el protagonista, lanza la sentencia «jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia» –como si fuera, en palabras de Adamoli, un católico hablando del demonio–, pero allí no sólo está reconociendo que hay un monstruo que se lo toma todo en esta tierra, sino que, a diferencia de tantos personajes colombianos, está aceptando que él no está por encima del horror y que ha sido poseído por la misma barbarie.
La vorágine es la crónica rabiosa del descenso a un infierno verde y asfixiante, el estómago de las tinieblas, que al final resulta ser Colombia: la República de la Vorágine. Cova, el hombre cueva, el hombre antro, es un intelectual dramático que se define a sí mismo como un amigo de los débiles, como cualquier héroe, pero que en realidad es un antagonista. Viaja al abismo de la espesura cauchera igual que los protagonistas de los viejos poemas nacionales, igual que Eneas, pero no vuelve con la rama dorada, sino con el testimonio de su propia violencia, con el testimonio de la violencia de una sociedad de patrones voraces y de hombres esclavizados sometida a la ley del Talión y a la ley de la selva. «Vorágine» es sinónimo de manga, de espiral, de turbulencia, de este país barroco que sólo parece tener forma en la ficción. Y Rivera, el novelista expedicionario, lo vio con sus propios ojos.
También Cuatro años a bordo de mí mismo, la revolucionaria novela de 1934 de Eduardo Zalamea Borda, es sobre la escritura y es la autobiografía de una consciencia y es la crónica insaciable de la expedición de un bogotano del siglo XX a un infierno salvaje del siglo XIX. Está allí, asimismo, aunque esta vez suceda en el desierto de La Guajira, la definición de Colombia como una sociedad de explotadores y explotados, como una modernidad que jamás se da del todo. Es estremecedor notar en sus páginas, como en las páginas de De sobremesa y en las de La vorágine, la vocación a poner en escena, a cuestionar, a hacer responsable al interior de lo que sucede allá afuera: Colombia ya no es sólo un paisaje asolado por una cultura, sino la pesadilla de cada quien.
De sobremesa, La vorágine y Cuatro años a bordo de mí mismo son tres voces interiores que buscan a sus lectores, en un país vasto y habituado al avasallamiento, pues el gran drama colombiano es esta incapacidad de establecer contacto.
Allá arriba, en el pico de la pirámide social, se oficia una y otra vez el rito de la superioridad que se vuelve el rito de la violencia: el padre Adamoli muestra en su texto cómo una buena parte de los caudillos condescendientes y altruistas y cínicos de estos doscientos años, educados como los curas en la búsqueda de una única cultura, de una única lengua, de una única verdad, simulan tolerancia a las ideas ajenas hasta que se vuelven críticas, sugieren que ser crítico es serle fiel a otra patria, lamentan la polarización de la sociedad y llaman a la unidad antes de resignarse a la solución de la violencia. Acá abajo, en este enorme sótano del país en donde a duras penas los padres les han dado a sus hijos su apellido, llega la noticia de que hay que temer y odiar y aniquilar a los agentes del mal.
Es por eso, porque la conducta religiosa de los colombianos, monolítica e inexorable, trasciende las capas sociales y las ideologías, que puede hablarse del género de la novela de la Violencia. Primero que todo están, como las ha descrito la escritora María Mercedes Andrade, aquellas fascinantes novelas del Bogotazo publicadas poco después de los hechos: relatos como El 9 de abril (1951) del conservador Pedro Gómez Corena y El monstruo (1955) del liberal Carlos Pareja, que cuentan la debacle tras el crimen de Gaitán como una conspiración de los comunistas o como un complot de los conservadores, son ficciones fundacionales «donde el amor de la pareja heterosexual se convierte en el emblema de nación», pero narraciones como Viernes 9 (1953) del conservador Ignacio Gómez Dávila y Los elegidos (1953) del liberal Alfonso López Michelsen, que también recrean el desastre de ese día e inventan parejas que lo encarnan, muestran la ruptura irreparable de la nación.
El día del odio (1952) de José Antonio Osorio Lizarazo, un alegato contra la injusticia social, sigue a una campesina llamada Tránsito que llega a la Bogotá del Bogotazo luego de escapar una y otra vez de la Violencia: habla Andrade, entonces, de «la utilización del cuerpo femenino humillado como símbolo del sufrimiento de la nación». Y es claro, así, que cuando hablamos de la Violencia hablamos de la bestialidad de los hombres, de cómo toda esa educación en un solo Dios y una sola verdad y un solo sexo –esa educación que invita a la unidad, decía, para luego resignarse a castigar a quienes no se parezcan ni se sometan a ella– ha excluido a las mujeres del proyecto de nación y las ha convertido en la principal víctima de la guerra colombiana.
Se ve el anhelo de sacudirse el mal que corre cuerpo adentro –y se ve el coraje– en las obras maestras de las novelas de la Violencia. En El Cristo de espaldas (1952), Siervo sin tierra (1954) y Manuel Pacho (1962) de Eduardo Caballero Calderón está pintada con buen oído y dolor por lo humano la tragedia colombiana como el esfuerzo inútil de llegar a la tierra prometida antes de la muerte y de alcanzar la redención antes de ser crucificado. En la compilación de relatos Cenizas para el viento (1950) de Hernando Téllez se encuentra un inventario de la crueldad colombiana. En la satírica El gran Burundún Burundá ha muerto (1952) de Jorge Zalamea Borda va la procesión nacional detrás del caudillo que le ha prohibido hablar. En la contenida, amenazante e incómoda Marea de ratas (1960) de Arturo Echeverri Mejía está la calma de antes de la violencia.
Y en las 120 extraordinarias páginas de La casa grande (1962), el collage de diálogos y voces y notas y arquetipos de Álvaro Cepeda Samudio, está la masacre de las bananeras de 1928, ni más ni menos, el monumento macabro a la explotación, a la costumbre de las matanzas, a la violencia que no es violencia cuando es la violencia de uno.
El periodista Gabriel García Márquez la llamó «una novela hermosa» y «un experimento arriesgado» y «una invitación a meditar sobre los recursos imprevistos, arbitrarios y espantosos de la creación poética». García Márquez había escrito, en 1959, un ensayo sobre lo presionados y obligados que se sienten los escritores colombianos a narrar el horror, pero, en especial, sobre la sospecha de que todas las novelas de la Violencia son malas: «La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas», escribió. Y quizás no había leído Marea de ratas ni Manuel Pacho, que son como él quería y como él escribía.
Pero está clarísimo que todo cambió –en él y en los demás pocos lectores– cuando apareció La casa grande.
García Márquez conoció bien aquella Colombia ensombrerada de la primera mitad del siglo XX, cuya capital era, según decían, «la Atenas suramericana», y a la que le gustaba llamarse «un país de poetas». Es que hubo unos muy buenos. Siguieron el sonidito benigno del Siglo de Oro hasta la trascendencia, o el ritmo irónico de Silva hasta la lucidez, o, como el propio García Márquez, el vaivén cargado de hallazgos de tantos parajes que no perseguían la modernidad. Porfirio Barba-Jacob escribió «He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos, y voy al olvido…». Luis Carlos «el Tuerto» López aceptó «Y yo por mi sendero / cabalgo en rocinante sin humos de chofer». Vinieron, en los años veinte, los poetas que también eran prosistas de prensa que también eran funcionarios: Arciniegas, Lleras, Téllez. Luis Vidales rezó «Señor, / nos aburren tus auroras / y nos tienen fastidiados / tus escandalosos crepúsculos». León de Greiff reconoció «Juego mi vida, cambio mi vida. / De todos modos / la llevo perdida…». Aurelio Arturo señaló «las grandes lunas llenas de silencio y de espanto». Vinieron, en los años cuarenta, los piedracielistas a desempolvar la tradición española de la poesía colombiana en plena República Liberal: Carranza, Rojas, Camacho. Fernando Charry Lara fue testigo del «subterráneo final de los trenes sin nadie». Héctor Rojas Herazo le predijo «tu nómina de huesos buscándote como un perro enlutado» a un burócrata. Álvaro Mutis deseó «Que te acoja la muerte / con todos tus sueños intactos». Eduardo Cote Lamus rogó «Deja por última vez que mi tacto te sepa». Jorge Gaitán Durán lamentó «Todo se va de mí, se fuga de mi vida». Rogelio Echavarría susurró «Todas las calles que conozco / son un largo monólogo mío».
Y, en las ruinas de la dictadura de Rojas Pinilla, los autodenominados nadaístas –Arango, Escobar, Jaramillo, Arbeláez– no sólo lanzaron poemas brillantes contra la cultura jerárquica y patriarcal del país, sino que fueron precursores de esta época en la que cada quien se presenta y se inventa a sí mismo.
Fue así –cuando los poetas de la revista Mito se negaban a ser relevados por los poetas del nadaísmo, cuando el humo de la «guerra civil no declarada» empezaba a aclararse, cuando el Frente Nacional entre liberales y conservadores comprobaba la sospecha de que éramos incapaces de concebir una sociedad que no fuera monolítica como la Iglesia o el Ejército, cuando la prensa ya no era sólo el refugio de nuestros grandes prosistas sino que empezaba a ser el despacho de verdaderos fiscalizadores del poder– como se fue dando la obra de Gabriel García Márquez. Que, mientras iba dejando atrás el periodismo, escribió una bella e involuntaria trilogía sobre lo que sucede antes y después de la Violencia: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1963).
Y, de lectura en lectura, de artículo en artículo, de cuento en cuento, de novela en novela, fue llegando al mundo paródico, sublime e irrepetible de Cien años de soledad (1967).
En su magnífica Historia de la psiquiatría en Colombia, el doctor Rosselli lee la novela de García Márquez, un año después de publicada, como rastreando patologías. Y sí, hay que decir que es un drama nuestro narrado por nuestra poesía, por el oído barroco y por la cadencia caribeña y por el vaivén del horror y la belleza, capaz de llevarnos de una orilla a la otra como si cada página fuera un prodigio. Y sí, puede verse, en su relato lleno de milagros y de bromas, el canto nacional que la literatura colombiana ha estado persiguiendo –y ha estado alcanzando de tanto en tanto– como parte de la búsqueda de un padre que no va a llegar: el espejo en el que estamos todos. Pero la reseña fascinada del doctor Rosselli habla de «amnesia», «psicosis», «demencia senil», «oligofrenia» e «incesto» porque sospecha que Cien años de soledad resume nuestra locura.
Porque su protagonista es una familia, la familia Buendía, que enfrascada en sus miedos fracasa en el esfuerzo de ser la nación y el Estado que no se ve venir allá en la lejanía.
Porque la familia, en su acepción de «refugio», nos ha salvado de la desesperación y nos ha hecho felices, pero, en su acepción de «mafia», nos ha hecho lejana la solidaridad.
Porque la novela sucede en aquel infierno contemporáneo, Macondo, cuyo castigo inapelable es la soledad: la orfandad y la inconexión y la violencia desde la cuna hasta la tumba.
García Márquez, heredero del realismo y del esteticismo colombianos, siguió escribiendo obras maestras sobre este aislamiento, sobre este país en duermevela, y escribió El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985) y Del amor y otros demonios (1994) en una sola vida, como deshaciéndose poco a poco de la ficción en el viacrucis a la no ficción, como recorriendo el camino que va desde el mito hasta la Historia. Podría decirse que su obra empieza y termina en el periodismo. Podría decirse que su periodismo sospecha, hacia el final, que su destino es volverse la Historia: El general en su laberinto (1989) retrata el fracaso de Bolívar, Noticia de un secuestro (1996) cuenta el papel de los narcos en la tragedia y Vivir para contarla (2002) ata los cabos y recuerda que la ficción es un método, un modo.
Dígame usted si no dice mucho de nuestra sociedad, de nuestra vocación a lo monolítico y a lo uniforme, que esa obra extraordinaria no haya iluminado, sino aplazado la lectura de esta catarata de novelas brillantes que sirvieron –y sirven– a la cordura de un puñado de colombianos.
VII. ALGO MAYOR QUE EL MAL RIGE ESTOS MUNDOS
Siguieron los tiempos oscuros hasta que llamarlos «tiempos oscuros» fue una tontería. Siguieron la paz bipartidista y la represión y la tortura a la diferencia del Frente Nacional, la Violencia oficiada por los ejércitos financiados por la coca, el terrorismo que negó el conflicto armado.
Y, mientras crecían las poblaciones y crecían los males del país, abundaron los novelistas y las novelas de todas las índoles que mostraron la nueva sociedad volcada a las capitales y recrearon el pasado para darle alguna forma al presente: Catalina (1962), de Elisa Mújica, recrea en el contexto de la Guerra de los Mil Días el papel protagónico de un sexo condenado a interpretar personajes secundarios; El hostigante verano de los dioses (1963), de Fanny Buitrago, parodia de modo magistral al mismo tiempo una región bananera de machos en la que «los dioses están viejos» y una vida urbana en la que se despilfarra la juventud; Cóndores no entierran todos los días (1971), de Gustavo Álvarez Gardeazábal, se mete en el cuerpo de los victimarios para retratar el absurdo como es; Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), de Albalucía Ángel, trae a la mesa el hecho de que la mujer es y fue la primera de las víctimas de la Violencia; Los parientes de Ester (1978), de Luis Fayad, revisa a la ensimismada familia colombiana en las turbulentas ciudades de los setenta; ¡Que viva la música! (1978), de Andrés Caicedo, retrata una nueva sociedad con un pie en el mundo y el otro pie en Colombia; La tejedora de coronas (1982), de Germán Espinosa, va hasta los días de la Inquisición como descubriendo que esto de aniquilar la diferencia empezó por «las brujas»; Primero estaba el mar (1983), de Tomás González, ve cómo se va poniendo en escena un mundo espeluznante y dolido en una tierra que no tiene la culpa de nada; Sin remedio (1984), de Antonio Caballero, precisamente parodia en lengua bogotana el empeño constante de dar con un poema épico en estos parajes; En diciembre llegaban las brisas (1987), de Marvel Moreno, pone de manifiesto cómo han lidiado las mujeres el imperio de los hombres en una Barranquilla que resume esta cultura; Un beso de Dick (1992), de Fernando Molano Vargas, es la bella historia de amor entre dos muchachos en un país que encerraba con llave los amores «diferentes»; las siete novelas de las Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero (1993), de Álvaro Mutis, crean el arquetipo del colombiano que termina volviéndose extranjero para soportar el mundo; Cartas cruzadas (1995), de Darío Jaramillo Agudelo, pinta la decadencia de una cultura piadosa rebarajada por el tráfico de drogas; La marca de España (1998), de Enrique Serrano, no deja olvidar en dónde empezó esta tragicomedia que tiene más de tragedia que de comedia; Rosario Tijeras (1999), de Jorge Franco, consigue encarnar –en una sicaria de los tiempos de Pablo Escobar– la apoteosis de este fracaso de la humanidad; El desbarrancadero (2001), de Fernando Vallejo, lanza el monólogo al que se ve obligado el hombre que se rinde a estos parajes y a estas costumbres y a estos horrores; Delirio (2004), de Laura Restrepo, da en el blanco porque cuenta la historia de una mujer a la que ha enloquecido Colombia y parte de la idea de que «tenemos que estar muy locos para adaptarnos a esta convulsión brutal»; Los informantes (2004), de Juan Gabriel Vásquez, comienza una honda indagación sobre cómo pagan los hijos por las guerras de los padres; El olvido que seremos (2006), de Héctor Abad Faciolince, recrea con un colombianísimo amor por la familia el cuándo, el cómo, el dónde y el por qué mataron a su padre; El crimen del siglo (2006), de Miguel Torres, revisa el asesinato de Gaitán desde lo puramente humano; Los ejércitos (2007), de Evelio Rosero, retoma la novela de la Violencia en la figura de un viejo profesor para dejar en claro que el suspenso que acaba en terror aún no ha querido irse.
Podría uno hablar, con la misma fascinación, de las búsquedas en las obras de Pedro Gómez Valderrama o de Manuel Zapata Olivella o de Fernando Soto Aparicio o de Roberto Burgos Cantor o de R. H. Moreno-Durán o de Álvaro Miranda o de Silvia Galvis o de Jaime Manrique o de Ricardo Cano Gaviria o de Rafael Chaparro Madiedo o de William Ospina o de María Cristina Restrepo o de Piedad Bonnett o de Rafael Baena o de Julio Paredes o de Santiago Gamboa o de Mario Mendoza. Y, para probar que también en la experimentación, en la fragmentación y en el fluir de la consciencia se ha buscado el retrato de Colombia, podría invitar a la lectura postergada de los valientes juegos novelísticos de Julio Olaciregui o José Luis Díaz Granados o Rodrigo Parra Sandoval o Álvaro Pineda o Nicolás Suescún: podría uno decir, además, que quizás el verdadero realismo sea esa imitación de las paradojas y de los desvaríos de la realidad.
Por otra parte, es lo mínimo mencionar, pues merecen, como pocos, la reivindicación que poco llega en Colombia, a una serie de poetas desafiantes e incisivos que desde los años sesenta –desde los días paranoicos del Frente Nacional– se empeñaron en dejar atrás las manías formales de su tradición. Mario Rivero confesó «A veces me pregunto qué fue de los amigos…». José Manuel Arango retrató a «Aquel que esperaba y esperaba /pero no sabía lo que esperaba / y era la muerte». Jaime Jaramillo o X-504 advirtió «Os preocupáis demasiado de que vuestra casa esté limpia». Giovanni Quessep vaticinó «Todo está a tu favor, el cielo, la lejanía que se abre». Jotamario Arbeláez concluyó que «El aire de familia que nos une lo tomamos sin duda del mismo pozo». Raúl Gómez Jattin aceptó que «La poesía es la única compañera / Acostúmbrate a sus cuchillos / que es la única». Darío Jaramillo Agudelo reconoció que «Uno debería aprovechar la poesía. Pero no».Ángel Marcel soltó el endecasílabo «sólo podemos dar lo que es ajeno». Piedad Bonnett precisó que «No hay cicatriz, por brutal que parezca, / que no encierre belleza». William Ospina comprendió que «Algo mayor que el mal rige estos mundos». Juan Manuel Roca reveló todo lo que se puede revelar: «Mis luchas con el ego ocurren en un estadio abandonado», escribió.
Habría que hablar de muchos más poetas vivos y muchos más poetas muertos, aunque esté claro ya que lo que ha habido aquí han sido voces, pero quizás sea bueno cerrar este catálogo de versificadores con El canto de las moscas (1998) de María Mercedes Carranza: veinticuatro poemas brevísimos para veinticuatro masacres, «Mapiripán es ya una fecha», «Esta es la boca que hubo», «La vida sabe a mar», «La muerte: carne de la tierra», «Un pájaro / negro husmea / las sobras de / la vida», «El viento / ríe en las mandíbulas / de los muertos», «Puede ser Dios / o el asesino: / da lo mismo ya», como lápidas mínimas sobre pueblos enterrados por esta locura, sobre pueblos que se vuelven pueblos fantasma y que aparecen en el mapa de Colombia cuando sucede una tragedia.
Hablo de las ficciones hechas de palabras porque las palabras son lo contrario a los actos violentos y porque las palabras violentas son modos de aplazar el desmadre.
Y, sin embargo, es claro que también se han dado en las artes plásticas un pulso con el horror y una celebración de la vida y una parodia del montaje social colombiano: una edición extraordinaria de la revista Arcadia de 2014, la edición número 100, reconoce como lecturas únicas de Colombia a obras tan conscientes de la enajenación nacional y tan perturbadoras como Horizontes (1913) de Francisco Antonio Cano, Bachué (1925) de Rómulo Rozo, Masacre del 9 de abril (1948) y La República (1958) de Débora Arango, Los obispos muertos (1958) de Fernando Botero, Violencia (1962) de Alejandro Obregón, Los suicidas del Sisga (1965) y Decoración de interiores (1981) y Auras anónimas (2010) de Beatriz González, Primera lección (1970) de Bernardo Salcedo, Aquí no cabe el arte (1972) y Colombia (1976) de Antonio Caro, Agresión al imperialismo (1972) de Taller 4 Rojo, Alacena con zapatos (1978) de El Sindicato, Amarrados (1980) de Fernell Franco, Yumbo (1981) de Alicia Barney, Caín y Abel (1992) de Jesús Abad, Musa paradisíaca (1993) y Variaciones sobre el purgatorio No. 4 (2011) de José Alejandro Restrepo, Cajas fucsia y Anexo 273 (1996) de Juan Fernando Herrán, La bandeja de Bolívar (1998) y Guerra y pa (2001) y Bocas de ceniza (2002) de Juan Manuel Echavarría, Noviembre 6 y 7 (2002) y Shibboleth (2007) y Plegaria muda (2008-2010) de Doris Salcedo, Color que soy (2002) de Delcy Morelos, Re/trato (2003) de Óscar Muñoz, David (2006) de Miguel Ángel Rojas y Treno (2007) de Clemencia Echeverri.
Si uno pasa frente a cada una de ellas, una por una por una como recorriendo un museo de las plegarias y de las catarsis y de los exorcismos que han buscado algo de alivio, es testigo de esa lucidez desgarradora que suele alcanzarse en las posguerras pero que acá ha tenido que darse en los márgenes de la barbarie. El contramonumento Fragmentos (2018) de Doris Salcedo, ese piso ceniciento y rugoso hecho de las armas entregadas por las Farc, y encajado a una cuadra del Archivo General de la Nación, es un ejemplo de la precisión –de la agudeza redoblada– con la que se ha estado lamentando y repugnando esta guerra desde el arte sin caer en la trampa de conmemorarla. Es una guerra sin glorias, ni traumas ni cicatrices porque siempre se está librando. Es, sobre todas las cosas, una fábrica de huérfanos.
Está empezando a hablarse seriamente de las cicatrices que ha dejado la guerra en la salud mental de millones de colombianos. Está empezando a decirse –lo ha dicho la investigadora Martha Bello– que de tanto sobrevivir aquí no ha habido tiempo para la tristeza: de tanto lidiar desapariciones, violaciones, reclutamientos, estallidos de minas, secuestros, no ha habido tiempo para el alivio. Luego de entrevistar a más de cuatro mil pacientes, la organización Médicos Sin Fronteras concluyó que el 67 por ciento sufre trastornos relacionados con el conflicto, que el 34 por ciento vive con ansiedad, que el 38 por ciento lidia la melancolía: se sospecha que el día remoto en el que por fin pasa el peligro millones de víctimas viven entre la desconfianza, la incomunicación y la incertidumbre. Luego de entrevistar a más de doscientos habitantes de los Montes de María, un estudio hecho en la Universidad de los Andes determinó que el noventa por ciento padece de depresión. Pero quizás la cifra más dolorosa entre las dolorosas cifras sea esta: que, según un informe del Centro de Memoria Histórica, dos millones de niños han sido afectados directamente por la guerra. Y de acuerdo con un estudio de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), la Unicef y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), hecho con más de mil seiscientos niños que fueron testigos de lo peor entre lo peor, el resultado es una generación ahogada por profundos problemas de identidad, pero que, en un gesto típico del coraje colombiano, se resiste a ser definida enteramente por su dolor.
Hay que decir que hubo un tiempo en el que la infancia no fue objeto de estudio, ni en la paz ni en la guerra. Hay que reconocer que las proezas de la literatura infantil colombiana son pruebas de la profunda transformación de una sociedad que durante mucho tiempo dejó a los niños para cuando ya estuvieran grandes.
En un completísimo ensayo sobre el tema, publicado en 1996, la escritora e investigadora Beatriz Helena Robledo, experta en la obra de Rafael Pombo, hace el recorrido de los relatos infantiles desde los años veinte del siglo XX hasta hoy. Recuerda que sólo al final de la Regeneración, pero sobre todo en los años de la modernización de la República Liberal, la sociedad colombiana empezó a pensar en los menores de edad de manera específica: por esos años, de los veinte a los cuarenta, la revista especializada Chanchito se convirtió en una gran divulgadora de ficciones para la infancia y aparecieron una serie de recreaciones de la Historia del país –como la Historia en cuentos de Eduardo Caballero Calderón– en clave de relato para niños. Desde finales de los sesenta hasta hoy, como probando una transformación de fondo, llegaron la Ley de Paternidad Responsable, el ICBF, el Cerlalc, el Premio Enka, Fundalectura, la Fundación Rafael Pombo y el Taller Espantapájaros. Y entonces, con el trabajo clásico de Jairo Aníbal Niño, Celso Román, Luis Darío Bernal y Triunfo Arciniegas, empezó a tomar forma una literatura infantil colombiana con sus propios hallazgos y sus propios límites.
En los años ochenta y los años noventa, por obra y gracia de la aparición de editoras especializadas y la consolidación de nuevos proyectos editoriales, los textos llenos de humor e irreverencias de Gloria Cecilia Díaz, Ivar Da Coll, Irene Vasco, Pilar Lozano, Evelio Rosero y Yolanda Reyes –que siguen teniendo en mente a los niños mientras escriben– no sólo removieron el panorama hasta convertir esa región de nuestra literatura en un territorio ideal para el juego y para la crítica del mundo, sino que, de paso, le abrieron las puertas a una generación entera de escritores e ilustradores que hasta hoy han estado contándoles a los niños lo que nadie quiso ni se atrevió a contarles en los primeros dos siglos de la república: ni más ni menos que la incertidumbre.
Sí, en Colombia la incertidumbre se ha transmitido de generación en generación. Y, si asumimos como una tesis la hipótesis de que los tres grandes géneros son el resultado de una investigación del tiempo –la narrativa investiga el pasado, la poesía investiga el presente y el drama investiga el futuro–, tiene sentido que el teatro nos haya puesto en escena la tragedia de la incomunicación en este sitio y nos haya servido tantas veces para articular nuestra perplejidad: «¿Y ahora qué…?». Tuvo que ser esa la razón por la que el dramaturgo e historiador Carlos José Reyes presentó hace unos años esa exploración monumental –en tres tomos– que deja las cosas claras desde su título: Teatro y Violencia en dos siglos de historia de Colombia.
En una entrevista con El Tiempo, con motivo de la presentación de su enorme inventario, Reyes señala a Sugamuxi (1826) de Luis Vargas Tejada, Las víctimas de la guerra (1884) de Soledad Acosta de Samper, El monte calvo (1966) de Jairo Aníbal Niño, Los papeles del infierno (1968) de Enrique Buenaventura, I took Panama (1974) de Luis Alberto García y el TPB, Guadalupe años sin cuenta (1975) y El paso (1988) de Santiago García y el Teatro La Candelaria, La agonía del difunto (1977) de Esteban Navajas, Los tiempos del ruido (1985) de Eddy Armando y La siempreviva (1994) de Miguel Torres como diez obras fundamentales que han puesto en escena con urgencia y con dolor los reveses de la Historia colombiana: la llegada de los españoles, las guerras civiles, la pérdida de Panamá, la Violencia, el fracaso en Corea, el nacimiento de las guerrillas, el desplazamiento, la toma del Palacio de Justicia, el narcotráfico. Pero su recuento completo reúne a los grandes autores teatrales de estos doscientos años, desde Luis Vargas Tejada hasta Carolina Vivas, desde José Manuel Freidel hasta Rolf y Heidi Abderhalden, desde Luis Enrique Osorio hasta Víctor Viviescas.
Reyes se abstiene de nombrar su estupenda versión de la masacre de las bananeras: Soldados (1966). Alcanza a mencionar el trabajo de Fabio Rubiano y del Teatro Petra, eso sí, pero no sobra reseñar aquí Labio de liebre (2016) o Cuando estallan las paredes (2018) como dos pruebas recientes de que el teatro colombiano no ha desfallecido en la tarea de encarnar la vida entre la costumbre de la muerte. Si algo extraordinario han conseguido los dramaturgos nacionales en este par de siglos, ello ha sido, como Reyes lo demuestra, ponerles enfrente a sus espectadores –en carne y hueso– a los fantasmas olvidados y negados del conflicto armado: «¡Julieta está viva!», grita la madre de La Siempreviva a unos pasos del espectro de su hija desaparecida, y uno llega a creer que ahí está dicho todo.
Sin embargo, la locura aún nos ronda y la terapia aún es cuestión de vida o muerte.
Y estas primeras décadas del siglo XXI hay que contar, maravillado, el triunfo de una nueva generación de escritores y de artistas hecha de varias generaciones de escritores y de artistas que –amparada por la industria editorial y promocionada desde las redes sociales– ha encontrado a sus propios lectores como no se veía desde hacía mucho tiempo. No diré nombres ni dejaré caer títulos porque, como ha sido en este siglo, sobre todo, que yo he estado haciendo parte de ese grupo, corro el riesgo de arruinar el recorrido con una lista de mentores y de amigos. Diré que cuento 139 voces lúcidas, entre novelistas, cuentistas, poetas, artistas plásticos, editores, narradores para niños, ilustradores y dramaturgos nacidos desde los sesenta, que han estado jugándose el sistema nervioso por reinterpretar y rescribir el mundo empezando por Colombia.
Quizás lo más diciente e importante, lo más atípico y lo más esperanzador en un país tan dado a aniquilar la diferencia en su búsqueda de una nación, es que más de la mitad de esas voces sean voces irrepetibles de mujeres. Tal vez lo más significativo es que, aun cuando nuestro complejo de inferioridad se siga dando mañas para ser ciego a nuestros talentos y para despreciar nuestros logros literarios, todas esas voces hayan encontrado sus lectores, sus espectadores, sus públicos. El analfabetismo se redujo, por fin, en la segunda mitad del siglo XX. La industria editorial del país, la cuarta más grande de América Latina, crece año a año. Gracias a las redes sociales, cada día se crean más canales, como clubes de lectura, que consiguen que escritores y lectores se encuentren como lo hacían en las calles del siglo XIX.
Puede ser que lo que se ha dicho y se ha contado de Colombia ya no esté en manos de una élite, sino de todo el que quiera leerlo: pueda ser… Y ojalá que esto que escribo –esta reseña de nuestro arte que siempre ha sido hecho y visto en medio de la beligerancia– sirva de recuento de novedades que contienen el secreto de este «lugar sin límites».
Y que el descenso a los infiernos de esos personajes con vocación de arquetipos, de Fernández, Cova, Zalamea, Siervo, Catalina, Manuel Pacho, los obispos muertos, el Transeúnte, el Padre, la Forastera, Guadalupe el guerrillero, el Coronel, el Cóndor, Úrsula, María del Carmen Huerta, Santiago Nasar, Maqroll, Genoveva Alcocer, Florentino Ariza, Fermina Daza, Jota, Zoro, Ignacio Escobar, la Siempreviva, Felipe el adolescente, Cuchilla, el terror de Sexto B, Rosario Tijeras, Vallejo, Santoro, Aguilar, Abad, Roa, Ismael el profesor, Salvo Castello –y de los demás protagonistas y personajes secundarios de las obras de amigos que no menciono para no enrarecer el álbum–, sean cicatrices y conjuros y expiaciones para todos los que necesiten y todos los que quieran.
VIII. YO QUIERO PEGAR UN GRITO Y NO ME DEJAN
El hombre es el animal que se cuenta a sí mismo. El hombre es el cuerpo que deja constancia de su paso por la vida aunque esté solo. Pero, desde finales del siglo XIX, las telecomunicaciones le multiplicaron su vocación a narrarse, su necesidad de ser recibido por los otros. En Colombia hubo líneas telegráficas a partir de 1855 y el Estado fue errático luego de la destrucción de las redes en la Guerra de los Mil Días, pero pronto las compañías telefónicas empezaron a crecer hasta dejar de ser un problema: el número de teléfono de don Cupertino Salgado, el editor del Directorio General de Bogotá de 1893, era el 496; el número de teléfono de don Fabio Restrepo, el administrador de El Tiempo en 1925, era el 1246; el número de teléfono del restaurante La Posada del Mar en 1968, «exclusivamente altas calidades», era el 493 656.
La Empresa Nacional de Telecomunicaciones, Telecom, puso orden al asunto desde los años cincuenta. La Universidad de los Andes puso en marcha el servicio de internet desde los años noventa: al día de hoy, cerca del 65 por ciento de los hogares colombianos han caído en la red.
Y, sin embargo, antes de hablar de esta época en la que quince millones de colombianos están en las redes sociales retratándose en vivo y en directo día por día por día, hay que señalar que el pueblo colombiano fue salvado por la radio. Fue, de cierto modo, una hazaña. Que un país rural, mitad selva, mitad incertidumbre, consiguiera conectarse por fin de alguna manera: que el silencio de la guerra encontrara algún alivio, que las narraciones de las capas de la sociedad dejaran de pertenecerles a las élites letradas, que la educación, que ya no era un monopolio de la Iglesia católica, se les saliera de las manos a los poderosos. El miércoles 7 de agosto de 1929, bajo la dirección de la Biblioteca Nacional, empezó a funcionar la HJN. Siguieron, en las dos décadas siguientes, La Voz de Barranquilla, La Voz de la Víctor, Nueva Granada, Radio Santa Fe, Radio Nacional, La Voz de Antioquia, Radio Sutatenza, Caracol, Todelar y RCN.
Fueron escuchándose, así, las voces que narraron a toda Colombia e hicieron valer la menospreciada oralidad: entre cientos de cientos de voces, se fueron quedando las de Fernando Gutiérrez, María Emma Rebollo, Blanquita Bernal, Víctor Mallarino, Julio Nieto Bernal, Carlos Arturo Rueda, Otto Greiffenstein, Hilda Strauss, Luisa Mahé de Bernal, Jorge Antonio Vega, Humberto Martínez Salcedo, Teresa Gutiérrez, Juan Harvey Caicedo y Alberto Piedrahita.
Sirvió la radio para darles herramientas al amor propio, a la educación, a la cultura, a la información, a la reflexión del país. Presentó nuevas maneras de contar la vida, con los pianos traganíqueles y los estudios de grabación, en el llamado «país de los 1025 ritmos folclóricos»: desde entonces, canciones magistrales como La guaneña de Nicanor Díaz, Prende la vela de Lucho Bermúdez, La gota fría de Emiliano Zuleta, Grito vagabundo de Guillermo Buitrago, Se va el caimán de José María Peñaranda, Señora María Rosa de Efraín Orozco, La múcura y El año viejo de Crescencio Salcedo, La piragua de José Barros, Ay cosita linda de Pacho Galán, Bésame morenita de Álvaro Dalmar, Alicia adorada de Alejo Durán, La casa en el aire de Rafael Escalona, La pollera colorá de Wilson Choperena, Los cucaracheros de Jorge Áñez, Mi Buenaventura de Petronio Álvarez, Ay mi llanura de Arnulfo Briceño, Llamarada y Me llevarás en ti de Jorge Villamil, Yo me llamo cumbia de Mario Gareña, La cucharita de Jorge Velosa, Rebelión de Joe Arroyo, La creciente de Hernando Marín, La tierra del olvido de Carlos Vives e Iván Benavides o Bolero falaz de Aterciopelados dieron un país y una tristeza y una alegría y una lengua común a los colombianos.
Quizás haya sido la propagación de la cultura popular a través de la radio y a través de las grabaciones, que relativizó la alta cultura y desempolvó el derecho a cantar al pueblo desde el pueblo, lo que obligó a la gran prensa a afinar sus modos y a reconsiderar a sus lectores.
Hubo periódicos críticos con los desmanes españoles, como los de Manuel del Socorro Rodríguez o Antonio Nariño, en las últimas décadas de la Colonia. Durante el siglo XIX, y durante la primera mitad del siglo XX, los periódicos sirvieron a los hombres de letras para ensayar sus poemas, sus cuadros de costumbres, sus disquisiciones pedagógicas, sus traducciones, sus parodias, sus sátiras, sus declaraciones de principios, sus llamados de auxilio, pero sobre todo fueron un vehículo de los caudillos de turno y de sus ideologías. Superada la larga década de la Violencia, si es que asumimos que aquella época acabó, la prensa insistió en librarse de su vocación –de su manía más bien– a cerrar filas no sólo con uno de los dos partidos, sino, sobre todo, contra el bando enemigo.
Fue en los años sesenta, pues, cuando la prensa colombiana pasó definitivamente de corregir la realidad a plegársele a ella. En consonancia con el Frente Nacional, que quiso enterrar, en todos los sentidos, los horrores de los cincuenta, la prensa de acá fue del compromiso con una ideología partidista al compromiso con los propósitos democráticos. El periodismo radial reunió a las clases populares con las clases altas. Y el periodismo escrito, temeroso de una nueva ruptura del establecimiento, se convirtió entonces en una institución más del Estado que le proponía debates a la clase política –y así, como el Estado, perdió de vista al país–, pero también se dedicó seriamente a la tarea de modernizarse: de hallar las historias de la sociedad colombiana e informar.
El Tiempo y El Espectador dieron la batalla por la libertad de expresión durante la Violencia y durante la dictadura de Rojas Pinilla. El Tiempo, bajo la dirección de Roberto García-Peña, fue clausurado el miércoles 3 de agosto de 1955 por denunciar el asesinato del periodista liberal Emilio Correa. Se convirtió a partir de ese momento en un diario que llevaba un vaticinio en su título, Intermedio, para seguir en la labor de fiscalizar a los saboteadores de la democracia. Y, sin embargo, tendría que caerse el régimen militar y suceder el Frente Nacional con sus logros y sus vicios, para que en el periodismo colombiano –empezando por sus viejos periódicos liberales– se les encontrara un lugar a los investigadores de los secretos y las conspiraciones del poder.
Se les debe a periodistas como Enrique Santos Calderón, Daniel Samper Pizano y Antonio Caballero Holguín, nacidos, los tres, en 1945, la consciencia de un periodismo irreverente, fiscalizador, obligado moralmente a pronunciar la verdad sin eufemismos. Crecieron, los tres, en el establecimiento puro: los Santos, los Samper, los Caballero. Pero tuvieron, los tres, el coraje para negarse a ser evangelistas del bipartidismo. Junto con voces fundamentales como las de Gabriel García Márquez, Jorge Orlando Melo, Álvaro Tirado Mejía, Orlando Fals Borda, Carlos Duplat, Jorge Restrepo, Cristina de la Torre, Bernardo García, Joe Broderick y Roberto Pombo, hicieron parte de la revista de izquierda Alternativa en los años setenta. Se convirtieron luego, los tres, en los principales columnistas de Colombia.
Samper Pizano y Santos Calderón hicieron sus brillantes carreras en El Tiempo y sobrevivieron a la tragedia de tener hermanos presidentes. En 1972 Samper Pizano se inventó con el estupendo Alberto Donadío –y luego con el excelente Gerardo Reyes– la pionera Unidad Investigativa de El Tiempo, que sigue revelando los desmanes del poder. Coincidió en la sala de redacción con el gran autor colombiano de libros periodísticos, Germán Castro Caycedo, que en medio siglo de carrera ha escrito clásicos del género como Colombia amarga (1976), Mi alma se la dejo al diablo (1982), La bruja (1994) y El palacio sin máscara (2008). Gracias a todos estos nombres, el valiente, vilipendiado e incomprendido periodismo colombiano, que sigue arrastrando tanto su fama de gobiernista como su vocación a hacer parte de las instituciones –y a apagar sus incendios–, ha seguido dando muchos investigadores más en las salas de redacción del país.
Desde los setenta y hasta hoy, ese espíritu investigativo, vigilante de los poderosos y vigilado por el poder, se ha dado en los medios del establecimiento –en revistas como Semana o Cambio, en estaciones radiales de Caracol o de RCN, en noticieros de televisión como 24 Horas o el Noticiero de las 7 o QAP o CM& o Noticias Uno– y en los medios alternativos que han prosperado en tiempos de internet: de Verdad abierta a La Silla Vacía.
Luego del remezón de los setenta y ochenta en los periódicos, las salas de redacción de las revistas, los noticieros de televisión, los programas radiales, fueron apareciendo periodistas incisivos e incansables como José Salgar, Alberto Aguirre, Juan Gossain, Yamid Amat, Javier Darío Restrepo, Felipe López, Darío Arizmendi, Alberto Casas, Heriberto Fiorillo, Andrés Salcedo, Hernán Peláez, José Clopatofsky, Margarita Vidal, María Teresa Herrán, Alfredo Molano, Juan José Hoyos, Fernando Garavito, Darío Restrepo, Diego Martínez, Amparo Peláez, Amparo Pérez, Laura Restrepo, Patricia Lara, Silvia Duzán, Cecilia Orozco, Judith Sarmiento, Olga Behar, María Elvira Bonilla, María Elvira Samper, María Isabel Rueda, María Jimena Duzán, María Teresa Ronderos, Consuelo Cepeda, Germán Santamaría, Álvaro Sierra, Julio Sánchez, Mauricio Gómez, Antonio Morales, Antonio José Caballero, Héctor Rincón, Ana María Cano, Gloria Congote, Mauricio Vargas, Roberto Pombo, Ricardo Ávila, Jorge Lesmes, Édgar Téllez, Rodrigo Pardo, Roberto Posada, Luis Cañón, Héctor Fabio Cardona, José Luis Ramírez, Pastor Virviescas, Alfonso Cuéllar, Silvia Hoyos, Ernesto McCausland, Alberto Salcedo, Daniel Coronell, Ángela Patricia Janiot, Yolanda Ruiz, Juan Manuel Ruiz, Félix de Bedout, Óscar Montes, Fernando Araújo, Darío Fernando Patiño, Álvaro García, Juan Carlos Iragorri, Martha Soto, Jesús Abad, Pirry, María Elvira Arango, Diana Calderón, Marta Ruiz, Norbey Quevedo, Juan Guillermo Cano, Fernando Cano, Fidel Cano, Ricardo Calderón, Ignacio Gómez, Claudia Morales, Ana Cristina Restrepo, Gustavo Gómez, Juanita León.
Puedo oír, desde ya, las reacciones. Pero si me pongo en la tarea de hacer semejante lista farragosa e insuficiente al mismo tiempo, de la que excluyo a la gente brillante de mi generación y a la gente brillante de las generaciones que siguen para no enrarecer –como dije– el ejercicio, es sólo porque la sociedad colombiana suele olvidar que este país ha requerido de un verdadero ejército de periodistas –de todas las clases de talentos, de opiniones, de indignaciones– para que esto sea un infierno, pero no un apocalipsis. Existe el síndrome de «este país…» con puntos suspensivos en todas las áreas laborales, pero en lo público, en el Estado y en el periodismo, es común encontrarse viejos que se preguntan para qué han dado la vida por esta cadena de horrores.
Y es una tragedia, claro, una señal de que en demasiadas ocasiones Colombia es un amor no correspondido, porque ha sido gracias a esos funcionarios y esos profesores y esas voces que esto no sólo no ha sido peor, sino que también ha resultado ser algo parecido a una celebración de la vida. Me gusta probarles a estos viejos, cuando me los encuentro, que nada ha sido en vano. Creo en el optimismo sobre la base del horror. Y para mí es claro que se ha requerido esa multitud de periodistas combativos, vengan de donde vengan, porque esta es una democracia en el borde del precipicio. Y quién sabe en dónde andaríamos si el periodismo de estas cinco décadas no hubiera revelado pasados ocultos, negocios turbios, tomas, sobornos, financiaciones dudosas, secuestros, masacres, crímenes, falsos positivos, cohechos, carteles.
Desde los setenta hasta hoy, según la FLIP, en toda Colombia han sido asesinados 158 periodistas por causas asociadas a su oficio. Quizás el símbolo de ese martirio, que también han vivido los jueces y los agentes de la ley, sea don Guillermo Cano Isaza. El miércoles 17 de diciembre de 1986 fue asesinado a la salida de El Espectador, el periódico de su familia que era además el periódico que dirigía en medio del asedio de los brutales carteles del narcotráfico, sin haber cedido en sus principios ni una sola vez. Todos los medios de comunicación del país, en especial los regionales, han estado funcionando en medio de la Violencia con la ilusión de que contarla la detenga. Y recordar a don Guillermo Cano, recobrarlo como un símbolo de la tarea periodística en tierra minada, es recordar por qué en este país es fundamental ponerse del lado del periodismo.
Dígame usted en qué otro lugar del planeta «los libros de secuestrados» son un género literario. Dígame en qué otro país se ha dado el humor político como se ha dado en este. Se cuenta hoy con el valor salvaje de periodistas humorísticos como Daniel Samper Ospina, Vladdo y Matador, incrustados en las salas de redacción de la revista Semana y El Tiempo como encargados de la sanidad mental del grupo, pero ellos – que, dicho sea de paso, han tenido que andar con escoltas– son los últimos eslabones de una cadena de escritores satíricos y de caricaturistas en la que han estado en los últimos cincuenta años Santiago Moure, Martín de Francisco, la gente del programa radial La Luciérnaga, Tola y Maruja, Antonio Morales, Diego León Hoyos, Jaime Garzón, Eduardo Arias, Karl Troller, Daniel Samper Pizano, Antonio Caballero, Alfredo Iriarte, Héctor Osuna, Lucas Caballero Calderón y Ricardo Rendón.
Soy escritor. No merezco el título de periodista porque sólo pongo en riesgo mi sistema nervioso. Pero sí he estado asistiendo a salas de redacción, como parte de equipos extraordinarios, en los últimos veinte años. Y sé bien que las presiones de los poderosos siguen en pie, y tengo claro que los políticos inescrupulosos detestan a los mismos medios que los incautos consideran cómplices de esta trama macabra, pero, teniendo en mente siempre ese pasado en el que el periodismo servía a unos cuantos nomás, puedo dar fe de que una gran parte de los periodistas de hoy –mal pagos y entregados a su labor como los profesores– tienden a aprovechar cada oportunidad que tienen para revelar la verdad, para evitar que esta tierra tenga unos pocos dueños, para impedir que la democracia sea apenas la mejor farsa que puede montar una sociedad.
Vivo agradecido por haber sido testigo de esos cubículos y de esos cierres y de esos ataques de risa.
Si no, andaría por ahí pensando que todo este horror se está fraguando en un cuartito sórdido y penumbroso, bajo una lámpara de billar, por una serie de calvos y de calvas que acarician gatos de angora sin siquiera bajar la mirada.
IX. AQUÍ TAMBIÉN SE DA LA BELLEZA
Fue en la noche del domingo 13 de junio de 1954 cuando llegó a Colombia, por obra y gracia de la dictadura de Rojas Pinilla, el medio de comunicación que le daría una lengua y una memoria y una cultura y una clase social en común a este archipiélago de culturas: la televisión. Fue en un principio un milagro técnico asistido por alemanes, por gringos y por cubanos. Empezó siendo una caja mágica para la educación de un poco más de mil familias: el primer día de emisión hubo recitales, documentales, adaptaciones de cuentos, ballets. Y así fue, una serie de programas serios y de improvisaciones en vivo, hasta que el Gobierno –consciente de lo difícil que era llevar a cabo producciones diarias– comenzó a arrendar los espacios televisivos.
Así llegaron las principales programadoras de producciones nacionales, en orden de aparición, en los veinte años siguientes: Punch, RTI, RCN, Caracol, Promec, Producciones JES, Jorge Barón, Coestrellas, Tevecine. Con el paso de las décadas, se fueron ampliando el número de canales nacionales y regionales. Y entonces, con el empuje de esas compañías dirigidas por personas apasionadas y por ejecutivos sensatos y por artistas cultísimos con vocación a lo popular, empezaron las comedias costumbristas, las telenovelas, los dramatizados, los programas de concurso, los noticieros, los comerciales llenos de frases célebres que –de la mano de los profesionales de la radio y el teatro y el deporte– les dieron a los pueblos colombianos las historias y los personajes que estaban necesitando para entenderse un poco mejor y para reírse tristemente de sí mismos.
Pronto ya no hubo miles, sino cientos de miles de televisores. Se vieron, en los cincuenta, las grandes producciones de teleteatro dirigidas por Bernardo Romero Lozano: de obras de Wilde a obras de Gogol. Se hicieron populares, en los sesenta, los melodramas venidos de las novelas de folletín, de los libretos de radioteatro, de los documentales sobre las regiones colombianas y de las narraciones decimonónicas que corregían las desigualdades y alcanzaban la justicia social a punta de finales felices. Luego, en los setenta y los ochenta, fue más claro que nunca que las telenovelas colombianas no sólo se diferenciaban de las telenovelas de otros países por su necesidad de contar los hondos dramas del país, sino por un sentido del humor que las convertía en lamento y celebración de la vida al mismo tiempo.
Durante treinta años gloriosos –antes de que, en 1998, los televidentes colombianos se vieran obligados a ver la televisión que tanto les gustaba en alguno de los dos canales privados–, hubo una suma de talentos irrepetibles y de relatos maravillosos que sólo se dan de tanto en tanto en las culturas del mundo. Hubo presentadores imborrables: de Fernando González Pacheco a Gloria Valencia de Castaño. Hubo autores que tendrían que estar en la lista de los grandes escritores de esta historia: Bernardo Romero Pereiro, Julio Jiménez, Pepe Sánchez, Jorge Alí Triana, Martha Bossio, Fernando Gaitán, Mauricio Navas, Mauricio Miranda, Mónica Agudelo, Juana Uribe, Dago García. Hubo estupendas adaptaciones de novelas colombianas, y de novelas escritas en otros lugares, que mostraron la trasescena de la Historia y pusieron en evidencia la riqueza de los relatos de estas tierras: de El alférez real (1974), de Manuela (1975), de La mala hora (1977), de La marquesa de Yolombó (1978), de El caballero de Rauzán (1978), de La tregua (1980), de La tía Julia y el escribidor (1981), de La dama de las camelias (1981), de El gallo de oro (1982), de El Cristo de espaldas (1987), de Los pecados de Inés de Hinojosa (1988), de Maten al león (1989), de La vorágine (1990), de Castigo divino (1990), de Cuando quiero llorar no lloro (1991), de La otra raya del tigre (1993). Hubo series literarias e históricas, como Revivamos nuestra historia (1979 a 1987), El cuento del domingo (de 1984 a 1988) y Crónicas de una generación trágica (1993), que documentaron e hicieron ver a los televidentes los cuentos del país que echaban los viejos. Hubo dramatizados geniales: La abuela (1979), Los cuervos (1984), El ángel de piedra (1986), Amar y vivir (1988), Azúcar (1989), ¿Por qué mataron a Betty si era tan buena muchacha? (1989), Escalona (1991), La alternativa del escorpión (1992) y Hombres (1996), entre tantos más, supieron recrear la vida como sólo sucede acá. Hubo telenovelas que nadie quiso que se acabaran: La pezuña del diablo (1983), Pero sigo siendo el rey (1984), Gallito Ramírez (1986), Lola calamidades (1987), San Tropel (1988), Caballo viejo (1988), ¡Quieta, Margarita! (1988), Café (1994) y Yo soy Betty, la fea (1999) hubieran podido seguir y seguir porque vivir en Colombia fue vivir en los mundos que sus realizadores consiguieron montar.
De cada título de estos podría escribirse un libro. Pero quizás lo más práctico sea destacar tres comedias geniales que consiguieron recrear las particularidades de las familias colombianas: Yo y tú (de 1956 a 1976) de Alicia del Carpio, Don Chinche (de 1982 a 1989) de Pepe Sánchez y Dejémonos de vainas (de 1984 a 1998) de Bernardo Romero Pereiro y Daniel Samper Pizano. En los peores tiempos del siglo XX, cuando el narcotráfico desató los torniquetes que se le habían puesto a la Violencia, cuando el campo colombiano volvió a ser el campo de batalla por cuenta de los cultivos de coca, cuando Colombia empezó a ser reducida a tierra de narcos y de asesinos, estas comedias sirvieron de recordatorio de que aquí sucedía el amor y la vida y la familia y la risa.
En otras palabras, aquí no había monstruos ni extraterrestres, sino seres humanos, simples y extraordinarios seres humanos, obligados a vivir y a ser felices y a levantar una historia propia –y a contarla para recobrar el espíritu, que es el alma que razona– en un país en el que torturan a tantas y matan a tantos por cualquier cosa. Aquí había un diccionario particular, una suma de arquetipos, una belleza propia.
Tanto la radio como la televisión fueron fundamentales para hacer notar y transmitir esas mismas virtudes –los pies en la tierra y el coraje y las ganas de reírse y el amor por la familia, que no tiene por qué salir mal– encarnadas en los deportistas del país. La Vuelta a Colombia empezó a darse en pleno Gobierno de Laureano Gómez, en plena guerra civil y en pleno 1951, para hacerle creer al pueblo que sí era posible recorrer este mapa movedizo, pero lo que consiguió fue convertirse en su alivio y en un poema épico –el evasivo e inasible poema nacional– protagonizado por los primeros héroes de la Historia de la nación que eran héroes indiscutibles para los dos, tres, cuatro bandos de siempre: las hazañas del Zipa Forero, Cochise Rodríguez y el Jardinerito Lucho Herrera, entre tantos otros, probaron que los colombianos podían vivir calvarios con finales felices, ni más ni menos.
También la radio y la televisión narraron las gestas de nuestros futbolistas como si la suerte de este pueblo mirado de reojo dependiera del Guajiro Iguarán o del Pibe Valderrama o del Loco Higuita. En los ochenta y en los noventa, Colombia era presentada, en las películas de Hollywood, como un infierno lleno de machos cubanos con bigotes mexicanos: «¡Agáchese: está en El Dorado!», le gritan al personaje de Harrison Ford en Peligro inminente. Y todo, desde las estadísticas hasta las malas noticias, parece indicar que esta sociedad se tomaba los pases al fondo y los goles de la selección colombiana como las pruebas reina que necesitaba el tribunal del planeta para declararla inocente. Aquí también se gana. Aquí también se da la belleza.
El sábado 28 de octubre de 1972 el boxeador palenquero Antonio Cervantes, Kid Pambelé, venció a Peppermint Frazer para probar que aquí sí se puede salir de la pobreza. El miércoles 22 y el jueves 23 de mayo de 1991 el matador bogotano César Rincón salió por la puerta grande de la plaza de Las Ventas, de Madrid, para demostrar que aquí sí hay segundas oportunidades sobre la tierra: «¡El sueño se repite!», gritaba el narrador de Radio Caracol, «¡Apoteósico!». El miércoles 20 de septiembre del 2000 la pesista vallecaucana María Isabel Urrutia se ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Sídney, tras levantar 245 kilogramos, para dejar en claro que aquí sí se dan las hazañas y aquí sí se puede surgir.
Pobre Colombia: desde esos días empezó a reaccionar con la ira santa de los impostores atrapados con las manos en la masa, y a pedir rectificaciones y a armar líos diplomáticos y a citar su café y su paisaje, cada vez que un extranjero la reduce a tierra de traficantes o de corte de gallote.
Solamente a los hijos les está permitido renegar y despotricar de sus madres. Y solamente a los hijos acomplejados se les revuelve el estómago, «¡usted no sabe quién soy yo!», cada vez que se ríen de ellos.
Sea como fuere, Colombia halló en la radio, en la televisión y en el deporte una identidad –«una narrativa», como dicen ahora–, que nos reunió a todos más allá de aquella violencia política que poco a poco se fue volviendo violencia porque sí. Su cine, en cambio, fue sobre todo medio de denuncia.
La primera película colombiana, El drama del 15 de octubre (1915) de los hermanos italianos Di Doménico, fue un abucheado documental sobre el asesinato del general Uribe Uribe protagonizado por sus asesinos. Garras de oro, de 1926, es una sátira de la pérdida de Panamá de la que sólo quedan cincuenta minutos. En las décadas de los treinta, los cuarenta y los cincuenta se hicieron unos veinte largometrajes rudimentarios con la sensación de que jamás se alcanzaría la calidad de las producciones de Hollywood que se tomaron los teatros del país. Durante mucho tiempo este no fue un lugar apto para cineastas, sino, acaso, para cinéfilos. Y, sin embargo, después de esos largos años de documentales sobre paisajes, y de retratos de la burguesía criolla, y de adaptaciones literarias fallidas, poco a poco se fue asomando nuestro cine.
Y, quizás porque hasta la Ley del Cine de 2003 fue una proeza hacer una película y fue realmente difícil que además saliera buena, se tendió a la denuncia de la explotación y la barbarie: qué haría usted si tuviera una sola oportunidad para decirlo todo.
Fue claro, desde los años setenta, el empeño de filmar comedias criollas que al mismo tiempo se rieran y se enorgullecieran de esta idiosincrasia. El taxista millonario (1979) de Gustavo Nieto Roa, La pena máxima (2001) de Jorge Echeverri, Como el gato y el ratón (2002) y Soñar no cuesta nada (2006) de Rodrigo Triana, La gente de La Universal (1993) y El colombian dream (2006) de Felipe Aljure son retratos certeros –y más o menos compasivos– de las glorias y las miserias de la llamada «malicia indígena». Si uno lo piensa dos veces, El embajador de la India (1986) de Mario Ribero tiene algo de poema nacional porque ve un símbolo de lo que somos en la figura de aquel seminarista de Garzón que dejó creer a toda la ciudad de Neiva que era un marajá digno de honores.
Y la taquillerísima La estrategia del caracol (1993) de Sergio Cabrera, filmada y estrenada y ovacionada una década antes de que la Ley del Cine le abriera paso a la pequeña industria que se ha dado en el siglo XXI, parece sintetizar las dos principales corrientes de la cinematografía colombiana: por un lado es, como ha anotado el curador caleño Alejandro Martín, la cumbre de la comedia costumbrista que hizo de la televisión nuestra cultura en común, pero, por el otro, en su representación de un inquilinato en el que están juntos los arquetipos, los modos de ser colombianos, también resulta una denuncia de la estafa y del clasismo y del abandono estatal que han sido síntomas de nuestra enfermedad.
Sí, la verdad es que hemos hecho, sobre todo, películas que se niegan a que quede impune esta cultura de la venganza y la pobreza y la explotación y el ensimismamiento: El río de las tumbas (1964) de Julio Luzardo, Chircales (1972) de Marta Rodríguez y Jorge Silva, Canaguaro (1982) de Dunav Kuzmanich, Carne de tu carne (1983) de Carlos Mayolo, Cóndores no entierran todos los días (1984) de Francisco Norden, Tiempo de morir (1985) de Jorge Alí Triana, Técnicas de duelo (1988) de Sergio Cabrera, Confesión a Laura (1990) de Jaime Osorio, Rodrigo D. No futuro (1990), La vendedora de rosas (1998) y Sumas y restas (2005) de Víctor Gaviria, La cerca (2004) de Rubén Mendoza, La sirga (2012) de William Vega, La tierra y la sombra (2015) de César Acevedo y El abrazo de la serpiente (2015) de Ciro Guerra, dan a pensar que nuestro arte es principalmente un llamado de auxilio.
Sigue criticándosele al cine colombiano aquella vocación a narrar la miseria de su sociedad que Carlos Mayolo y Luis Ospina parodiaron cuando filmaron Agarrando pueblo (1977). Sigue pidiéndosele, con los titulares sangrientos a las espaldas y con la popularidad de la televisión como referente, que cuente algo más que el fanatismo y el salvajismo de cada quien. Sigue reclamándosele que no se acerque a las historias de esta cultura con el aturdimiento y el espanto de un extranjero. Pero la verdad es que nuestras películas, como el resto del arte aquí en Colombia, sólo dejarán de mostrar las patologías de esta sociedad –el dogmatismo, el machismo, el clasismo, el racismo, el ombliguismo– cuando mostrarlas deje de ser cuestión de vida o muerte.
Dígame usted si esto no está lleno de síntomas físicos y afectivos y cognitivos de trastornos mentales: de dolores y de insomnios, de miedos y de ansiedades, de anarquías y de olvidos. Dígame qué más podemos hacer, aparte de narrarlo y narrarlo y narrarlo otra vez, hasta que un día se nos ocurra una terapia mejor.
X. AQUÍ ESTÁ PASANDO ALGO MUY RARO
Propongo, con un poco de solemnidad, crear una Psiquiatría General de la Nación. Propongo una pequeña reforma constitucional de esas que nunca prosperan. A partir de ahora tendrán que pasar por allí, por ese diván oficial, todos los políticos colombianos que pretendan llegar a los altos cargos de su Estado. Creo que en nuestra democracia se ha venido dando, al tiempo con sus logros que pocos quieren ver, lo que el ponerólogo polaco Andrzej Łobaczewski llamó una «patocracia»: «Un sistema de Gobierno creado por una pequeña minoría patológica que toma el control de una sociedad de personas normales». De verdad pienso que, como prueban sus héroes y sus relatos, el pueblo colombiano ha sido más sano que su dirigencia. Y que se nos ha venido encima la hora de tomarnos en serio la salud mental de quienes nos lideran.
Quizás se trate, en este punto, de un círculo vicioso: nuestros líderes de hoy son hijos de la locura de la patria, de las evangelizaciones y de las regeneraciones, de las violencias y de los caudillismos, de las polarizaciones y de los dogmas, de las frustraciones y de las incertidumbres, y entonces se portan así. Nuestra violencia sin comillas ni mayúsculas, nuestra tendencia a despedazar y a someter porque se puede, no viaja por nuestra sangre, pero sí es una educación, una cultura. Y demasiados dirigentes nuestros, pues demasiados carecen del principio de realidad que suele evitarnos tantos males, han hecho muy poco para que su sociedad supere un pasado doloroso: «Los dirigentes abren a sus sociedades la posibilidad de decir lo que no puede decirse, de pensar lo que no puede pensarse, de realizar gestos de reconciliación que la gente sola no sabe imaginar», explicaba, hace unos años, el ensayista canadiense Michael Ignatieff.
Aquí sigue pasando todo lo contrario. Que hay, sí, líderes que emprenden el camino de los pactos por la convivencia, pero que en todas las regiones sigue habiendo demasiados caciques psicopáticos enquistados en las instituciones: cargan con la doble moral de la guerra, y se portan como esos villanos que no saben que lo son, porque nacieron y crecieron y se abrieron paso en un clima en el que no estar a favor siempre ha significado estar en contra y no ser un amigo ha sido sin falta ser un enemigo. Han sido un «Yo» en mayúsculas, un «Yo» mesiánico, definido por un «otro» en minúsculas. Han insistido en un «nosotros» en el que no se da la igualdad social sino el deseo exasperado e iluso de someter a un «ellos».
Se ha estado dando la patocracia, como se han dado la plutocracia y la corruptocracia, en medio de nuestra democracia. Łobaczewski advierte que la sociedad vive entre valores patológicos cuando el poder está en manos de una clase política enloquecida. Y que se encoge de hombros ante el quietismo y el entorpecimiento de lo público porque este fracaso «es lo normal». Y, no obstante, Colombia tendría que pegar un grito vagabundo porque están allí, aquí, las principales señales de una patocracia: porque con demasiada frecuencia el ventajismo prima sobre la solidaridad, porque la corrupción no es un fenómeno sino una lengua, porque se gobierna por debajo de la mesa, porque sólo se representa a los ciudadanos en tiempos de campaña, porque se administra el país con las polarizaciones artificiales de las segundas vueltas de las elecciones, porque las desigualdades crecen en medio del discurso contra las desigualdades, porque el periodismo quiere ser reducido a propaganda, porque se siguen violando día por día por día los derechos humanos más básicos.
Tengo en mente la teoría de la terapia primal, del psicólogo norteamericano Arthur Janov, cuando digo que esta sociedad tendría que pegar un grito vagabundo: pienso que nuestros traumas profundos requieren relatos rotundos, símbolos brutales al alcance de todos, versos con estatus de dichos populares.
Pienso que hemos estado cantándolo todo desde que sentimos la locura respirándonos en la nuca, «Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia», «Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida», «Yo quiero pegar un grito y no me dejan», «¡Gol!», «¡Colombia, Colombia, Colombia!», pero que este es el momento preciso para redoblar esfuerzos. A finales de los noventa fue común escuchar, en las facultades de Literatura, que la novela había muerto, que la posmodernidad había descubierto el realismo extremo de la fragmentación y había decretado el fin de las tramas y de los personajes con psicologías. Pero si algo nos han probado estos últimos años es que nada puede darse por sentado, que la novela, por ejemplo, sigue siendo una herramienta contra la psicopatía, y que hay que seguir diciendo y gritando lo que se ve.
Me puse en la tarea de escribir este ensayo maniacodepresivo para darles un contexto a las columnas que he hecho en los últimos años para El Tiempo, el periódico en el que mi abuelo Silva fue linotipista y mi abuelo Romero fue incómodo, pero pronto me di cuenta de que también quería dejar por escrito una plegaria para que no permitamos que, por cuenta de los populismos psicopáticos y de las patocracias, se nos vengan abajo los progresos que habíamos considerado irreversibles.
Es que son días de prueba para la democracia estos de 2019. Son días de prueba para la salud mental de los padres y los hijos de este país. Según la ONG Latinobarómetro, sólo el dieciséis por ciento de los colombianos cree que el Gobierno trabaja para todos. Según la evaluación internacional ICCS, el 73 por ciento de los adolescentes del país aprobaría una dictadura si no se metiera con ellos: ja. Según la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) y la Universidad Externado, el 31 por ciento de los excombatientes del conflicto armado, 8370 exguerrilleros o exparamilitares, sufre de estrés postraumático: ansiedad, descontrol, psicosis. Según la Organización Mundial de la Salud, el promedio de los colombianos deprimidos, 4,7 por ciento de la población, es más alto que el promedio mundial.
Sí, en efecto, las redes sociales pueden servirles a los quince millones de usuarios de este país para convertir la solidaridad en un criterio, para insistir en los valores de la democracia, para hablar y hablar y hablar hasta librarse de la locura. Pero, en medio de una cultura en la que sigue heredándose la violencia, las redes también pueden propagar el pensamiento de manada, darle al populismo reaccionario la oportunidad para fabricar sus enemigos, permitirles a los frustrados la posibilidad de aniquilar a los demás de un brochazo, contagiarles a los arrinconados el comportamiento de alguna barra brava –como un mecanismo de supervivencia o un remedio peor que la alienación– y revivirles a los incautos, a modo de trastorno, la megalomanía de la infancia: la ceguera al otro.
Repito: ciertas conquistas mínimas, como los derechos reproductivos de las mujeres o los derechos de la comunidad LGBTI, como la libertad de expresión o la separación de poderes, como la igualdad y la vida, están en riesgo en todo el mundo de este siglo XXI. Y aquí en Colombia tiende a estar en juego, una vez más, el país diverso e incluyente que se pactó en la Constitución de 1991. Se ha vuelto a hablar de «la unidad», de «un pacto nacional», de una «paz política», como proponiendo esa nación temerosa de Dios que –a la espera de un pueblo que se sume a su causa e impaciente con una ciudadanía que ejerce su derecho a la crítica sin pedir permisos– tarde o temprano se ve forzada a justificar la violencia.
¿Vamos a insistir en ser ese archipiélago que persigue la unidad de Dios sea como fuere o seremos capaces de ser la nación a partir de la diversidad de la Constitución de 1991? ¿Podremos dejar atrás definitivamente ese populismo reaccionario, católico e ingenioso, que ha podido incumplirle al pueblo colombiano sus propuestas porque la verdadera promesa del catolicismo es el viacrucis y el cielo? ¿Seremos capaces de sobreponernos al negacionismo, al maniqueísmo, al aniquilamiento y a la agonía perpetua de esta cultura bicentenaria? ¿Seremos capaces de transformar nuestra actitud religiosa, dogmática, violenta, en la convicción de que una Iglesia es sobre todo una asamblea, una reunión, un refugio para la convivencia?
¿Seguiremos empeñados en ser lo uno a costa de lo otro?: ¿podremos encontrar en la rendición a la vida, por ejemplo, un acuerdo mínimo, un piadoso punto en común?
Colombia no es un país, sino muchos. En sus Notas de viaje tomadas hacia 1882, antes, mejor dicho, del imperio del proyecto regenerador, el diplomático argentino Miguel Cané habla de un país con una constitución «idealmente generosa», capaz de tolerar los insultos en los muros, preparado para que los combates sean de oratorias, liberado del caudillaje militar y hecho a que los dictadores «gocen comúnmente de mala salud»: «Colombia, como la Argentina, se regirá siempre por el sistema federal, porque así lo exige la naturaleza de las cosas; pero sus esfuerzos deben tender sin descanso á combatir los excesos del sistema, á habituar á sus hijos, para dar una forma concreta á mi pensamiento, á decir Colombia, en vez de Los Estados Unidos de Colombia», escribe en la página 121 de sus diarios.
El señor Cané, privilegiado, claro, porque en 1882 tiene enfrente una versión del país de tres millones y pico de habitantes, piensa con sensatez que este país no tiene alternativa a un federalismo coordinado desde una capital que se haga digna de llamarse así. Donde dice «sistema federal» podría decir «pluralismo». Pero Colombia tomó otro rumbo apenas él se fue.
Cané habla, páginas adelante, sobre una población colombiana más bien conservadora, pero ve muy lejos el regreso de los reaccionarios al poder «porque el exceso mismo de sus ideas, que envuelven la negación más absoluta del progreso, les quita esa fuerza»: «fanáticos, intransigentes en materia de religión, no ocultan en política su preferencia por la monarquía y aun creo que no son muy ardientes partidarios de aquellas que tienen por base el régimen parlamentario». Habla Cané de líderes retrógrados para los que «la palabra pública es una sentencia que no puede ni debe cambiar el tiempo: “fuera de la Iglesia no hay salvación”». Insiste, con el filósofo francés Joseph Ernest Renán, en que «se lee mal cuando se lee de rodillas». Y, sin embargo, se pregunta si en esta tierra varada en el pasado el conservatismo podrá superar su absolutismo y el liberalismo su anarquía.
Sigue siendo una buena pregunta: «Empujados por la gravitación conservadora que se hunde en el pasado, los liberales se lanzan al porvenir con una vehemencia terrible», advierte y predice el diplomático Cané. Y luego deja claro que esos mismos liberales, obsesionados con ser el polo opuesto de los reaccionarios e incapaces de percatarse de que los mueve la misma actitud religiosa degenerada en actitud fundamentalista, llegan al extremo de enseñar la idea de «que el asesinato político es, en ciertos casos, una acción legítima… ¡una vez más, no!». Ay, Dios: los curas que se fueron a la guerrilla, los unos y los otros que se tomaron el Palacio de Justicia, los ángeles vengadores que pusieron bombas en los parques de todos para probar su punto.
Deja constancia el señor Cané de un comportamiento que, 137 años después, ha ido creciendo y es un hecho político: «En el centro de ese campo donde combaten huestes tan opuestas, los independientes, antiguos liberales, se han segregado de la masa, procurando encontrar, al abrigo de la moderación en las ideas, un modus vivendi razonable para la colectividad», escribe. «De un liberalismo templado, manifiestan públicamente un serio respeto por la religión, y en materia política trabajan por introducir cierta reglamentación indispensable para hacer fecundas las libertades y derechos garantizados por la Constitución, pero por el momento el partido independiente no sólo es poco numeroso en Colombia, sino que carece de autoridad moral…».
Creo que esa independencia, que no le arrebata a nadie sus matices ni sus contextos, hoy más que nunca es señal de cordura. Creo que ha crecido. No es fácil ver el plano general en un país de primerísimos primeros planos: mientras termino este ensayo, me entero de que en el Día de la Madre que acaba de pasar hubo 464 casos de violencia intrafamiliar; The New York Times ha revelado una nueva directriz del ejército como la que terminó en los «falsos positivos», que podría poner en riesgo a la población, y el partido de Gobierno sigue haciendo lo que puede para acabar con la justicia especial para la paz. No obstante, me parece claro que, a pesar de las manadas delirantes que reúnen las redes, a pesar de ese Gobierno de las muchedumbres –de esa oclocracia– que pretenden unos cuantos, cada día hay más ciudadanos independientes de las viejas jerarquías.
Sigue y sigue la locura. Han vuelto las amenazas por debajo de la puerta, los asedios, los desplazamientos, los asesinatos de los defensores de los derechos humanos. Pero cada día hay más electores sin dueños, más proyectos políticos que se niegan a la aniquilación del otro típica de los reaccionarios, a la vehemencia terrible contra los tradicionalistas y al desprecio de lo religioso cuando la religión no es una trinchera sino apenas un refugio. Ya la Iglesia católica no pone candidatos presidenciales. Ya nadie tiene la última palabra y ya no hay hijos ilegítimos y ya no se entera uno del horror y del desangre una década después. Será esa generación de generaciones de independientes, creo, la que derrote las alteraciones de nuestra democracia: la plutocracia, la oclocracia, la patocracia.
Sigue el miedo y sigue la intimidación en las zonas de la guerra. Y, sin embargo, cada día hay más electores, más espectadores, más ciudadanos, más lectores que no se resignan a ser extras de una gesta protagonizada por los peores: son hechos verificables que la protesta social y el interés por el pasado del país han crecido en los diez años que cuentan las columnas de este libro.
Creo que el grito vagabundo de la sociedad, que a duras penas reclama el derecho a dormir en paz en la noche, todavía no ha sido oído por la mayoría. Creo que hay que seguir presentando, como novedad, toda la ficción que se ha hecho aquí para digerir la realidad. Creo que hay que seguir escribiendo y reseñando y leyendo lo que pase acá. No hay demasiadas novelas, ni demasiadas películas, ni demasiadas series de televisión, ni demasiadas canciones, ni demasiados ensayos, ni demasiados poemas, ni demasiadas obras de teatro, ni demasiados textos de Historia, ni demasiados documentales, ni demasiadas columnas en un país que sobre todo requiere terapia. No hay mal que dure doscientos años, ni cultura que no pueda volver del infierno. Basta escuchar, por fin, el grito.
Viernes 24 de mayo de 2019
«MARCHA FÚNEBRE» DIEZ AÑOS DE COLUMNAS EN EL TIEMPO
TAPABOCAS
TITULAR: GRUPO DE ACTIVISTAS AYUNA EN SOLIDARIDAD CON EL GENOCIDIO EN DARFUR
Mayo 29 de 2009
Creo que el futuro del mundo son los viejos. Y las escenas que estoy viendo en mi computador, una procesión de imágenes que obtuvo la prensa la semana pasada, han venido a probármelo. Esa anciana palestina sostiene una llave oxidada, símbolo de los horrores que su pueblo ha tenido que soportar desde mayo de 1948, para que la cámara del fotógrafo de Reuters sea testigo de su protesta. La actriz Mia Farrow, el multimillonario Richard Branson y el compositor Peter Gabriel, de 64, sesenta y 59 años, se relevan en una peligrosa huelga de hambre en nombre de los cinco millones de personas que ahora mismo mueren de inanición en Darfur. Mil quinientos viejos inconformes marchan, en Ciudad de Guatemala, dispuestos a exigirle la renuncia a un presidente sospechoso de asesinato. Y el cantante Leonard Cohen, de 75, les pide a los espectadores de su concierto en Nueva York que agradezcan ese momento como un paréntesis al infierno que estamos viviendo: «Perdón por no morirme», dice.
Y mientras tanto Colombia, que también queda en el mundo, es una suma de huelgas pendientes. Los estómagos deberían vivir revueltos por cuenta de la cacería a los que piensan diferente, el desempleo y los crímenes que cometen los ejércitos que andan sueltos por ahí. La protesta tendría que haberse vuelto parte de nuestra rutina. Pero el tiempo se nos va, como a un pueblito amedrentado, como a los cerdos mezquinos de Rebelión en la granja, en un oficio que prueba que estamos sometidos: el oficio de estar a favor o en contra de este señor que se ha empeñado en reelegirse.
No me importa que se hayan quedado mudas aquellas damas que agitaron las relucientes ollas que no usaban para condenar los hechos del proceso 8000. Me tiene sin cuidado que los políticos de oposición sean incapaces de explicar qué país es el que quieren. Ya me acostumbré a que la gente, enseñada a que se vive a pesar del Gobierno, se encoja de hombros ante los peores escándalos.
Todavía me deprime, sin embargo, que los jóvenes se queden quietos. Porque ¿qué clase de engendro es un joven gobiernista?, ¿qué tipo de monstruo es un joven conservador?, ¿qué variedad de bicho es un estudiante que defiende el derecho de los hijos del presidente a hacer negocios? Y ¿qué tiene que pasar para que un universitario se rinda antes de tiempo?, ¿que no sepa lo que nos ha costado llegar hasta acá?, ¿que no tenga claro que nos hemos desviado porque nadie le dijo nunca a dónde íbamos? Qué triste esa manada de jóvenes encorbatados, hipnotizados y digeridos por el pragmatismo. Su activismo se reduce a frases como «man: qué tal la cara de demente de este mancito en la entrevista con el argentino de la BBC»; «marica: tenaz lo de los falsos positivos»; «güevón: ¿vio a José Obdulio hablando en eltiempo.com como un Cantinflas en saco de rombos?». Su beligerancia se limita a ser hinchas de equipos que jamás han visto ganar, a armar grupos en Facebook, a escribir en los comentarios de internet las canalladas anónimas que antes se escribían en los baños públicos.
Miren ese rebaño patético: es una marcha de zombis con un tapabocas que les sirve para todo.
Y ahora díganme si no tenemos que agradecerles a los viejos que no mueran. Pues viejos son los columnistas que se han embravecido, los caricaturistas que se han agrandado, los magistrados que piden la presencia de la ONU para que el país entienda que el planeta está mirando. De pronto es lo que decía Pablo Picasso: «Se necesita mucho tiempo para volverse joven». Tal vez los famosos estudiantes del 68, que cargan la vergüenza de no haber hecho la revolución, se habían estado preparando, sin saber, para este momento. Y, como los abuelos que corrigen el rumbo de los nietos, tengan que sacar la cara por todos –ayunar, reírse a carcajadas, dar la vida– hasta que quede claro que el mundo es una empresa corrupta e ineficiente que resuelve las crisis echando a las señoras de los tintos.
361
TITULAR: EL PRESIDENTE URIBE INSTALÓ LAS SESIONES ORDINARIAS DEL CONGRESO
Julio 24 de 2009
No hay sino un problema filosófico realmente serio: la educación. Y todo apunta a ello esta semana. El profesor Frank McCourt, autor de ese libro magistral titulado Las cenizas de Ángela, murió en Nueva York hace unos días: dejó dicho, ante de irse, que un buen educador es un gran narrador. El escritor Daniel Pennac, aquel instructor de secundaria que se hizo un lugar en todas las librerías gracias al ensayo Como una novela, acaba de publicar en español un estupendo texto sobre sus días como «pedagogo de zoquetes»: enseñar es, en las 255 páginas de Mal de escuela, «sacar del coma a una sarta de golondrinas estrelladas». Y mientras tanto en Colombia, en su discurso frente a los congresistas que no se han ido a la cárcel, el presidente dio una serie de buenas noticias sobre el futuro de la enseñanza en el país.
La cobertura de educación básica se aproxima al cien por ciento porque, entre otros aciertos, el programa de gratuidad educativa ha apoyado a cinco millones de niños. Cada año las escuelas graduarán 650 mil bachilleres, las facultades fabricarán un millón setecientos mil universitarios y el Sena preparará seis millones de trabajadores. Y, como a los maestros se les pagará mejor, y a los estudiantes se les evaluará con más cuidado, muy pronto tendremos instituciones educativas de gran calidad.
De verdad que son buenas noticias: la educación es el refugio, el sentido de la vida y «el alma de una sociedad que», decía Chesterton, «encarna de generación en generación».
Y un Gobierno que no lo invierta todo en educar a sus ciudadanos no pasa de ser un negocio redondo.
Son buenas noticias. Y más en estos días en los que tan pocos colegios enseñan a leer el mundo. Y más en estos años en los que tantas universidades, reducidas a la vergonzosa labor de prometerles lo imposible –un futuro laboral– a los incautos que reúnen el dinero de la matrícula, han tallado en sus puertas el eslogan «el cliente tiene siempre la razón», se han convertido en el sótano en el que se castiga la creatividad que se premia en el kínder y se han resignado ante los horrores de los últimos años porque no es rentable criticar la barbarie: que no tendría nada de malo, ni más faltaba, si tuvieran la decencia de no llamarse «universidades».
Son buenas noticias: significan que la era de la mala educación está por terminarse. Y que podemos esperar que la academia enfrente el año que comienza, el que va de aquí al siguiente 20 de julio, como es: un año definitivo en la Historia de Colombia.
Quedan 361 días, 361 días de votaciones de vida o muerte, de viajes relámpago a Estados Unidos, de amagos de guerras con los patéticos Gobiernos vecinos, para definir en qué clase de país estamos. Faltan 361 días de lecciones de Historia para que se cumplan los doscientos años de nuestra independencia. Y les corresponde a nuestros maestros transmitir la civilización por la que tantos han entregado la vida, narrar la aventura fascinante de esta cultura que empezó por su decadencia, sacar del coma a un pueblo traumatizado que se ha resignado, como Sísifo, a empujar una roca inhumana que se rueda unos segundos antes de alcanzar la cima, para probarnos que no sólo nos unen los triunfos, las telenovelas y los miedos.
Lo dijo César Augusto Londoño el día en que mataron a Jaime Garzón: «Y hasta aquí los deportes, país de mierda…». Es hora de dar el paso siguiente. Si todo sale como el presidente ha anunciado, si el sistema educativo se vuelve nuestro fuerte, pronto graduaremos personas libres e independientes que sabrán leer entre líneas, que podrán oír las «inconcebibles» opiniones ajenas sin perder la cordura, que no se sentirán ni orgullosas ni avergonzadas de ser colombianas, respetarán las reglas del juego y no se dejarán tentar por la violencia de nadie. Si todo sale como el Gobierno dice, si las estadísticas no son una triste estrategia de campaña, ningún alumno volverá a soportar a un Gobierno como este.
OBAMA
TITULAR: BARACK OBAMA GANA EL PREMIO NOBEL DE LA PAZ
Octubre 16 de 2009
El mundo giró a la derecha sin precaución hace mucho, mucho tiempo. O tal vez haya sido así, esta brutal cadena alimenticia en la que no tenemos voz ni voto, desde el principio de los tiempos. Y quizás eso que hemos querido llamar «izquierda» no sea más que el gesto de reclamar nuestros derechos. Lo digo porque en los últimos días, con la excusa de que no merecía el premio Nobel de la paz que le dieron, ¡por Dios!, el valiente Barack Obama se ha convertido en el chivo expiatorio de la humanidad: el hombre que no cambió el planeta en nueve meses. Y así ha quedado claro que los pocos dueños de las cosas no están dispuestos a ceder un ápice, que seguimos esperando el regreso de nuestro señor Jesucristo, y que hemos perdido la fe en las palabras y el hábito de interpretar los hechos.
Vivimos bajo el maniqueísmo de los pragmáticos: o se es un idiota o se es un villano. Y Obama, por tonto o por malvado, tiene la culpa de todo. Obama es soviético: sólo a un comunista recalcitrante, dice la cadena Fox, podría habérsele metido en la cabeza que todos tienen derecho a la salud. Obama es sionista: ciertos palestinos aseguran que «se ha evaporado toda esperanza» en sus gestiones para lograr la paz en el Medio Oriente. Obama es pequinés: se le critica haber dejado una cita con el Dalai Lama para después de hablar con el Gobierno chino. Obama es guerrerista: los veteranos lo acusan de prolongar el infierno en Afganistán con el envío de 16 000 soldados nuevos. Obama es débil: los republicanos no le perdonan que se empeñe en la eliminación de las armas nucleares e insista en la salida de Irak. Obama es nazi: un vándalo puso su nombre al lado de una esvástica en el hoyo dieciocho del Country Club de Lakeville, Massachusetts.
¿Y estos señores suecos, con su actitud de ONG primermundista, se atreven a premiarlo con el Nobel?, ¿querían obligarlo a ser el redentor que parecía?, ¿querían forzarlo a hacer lo que no ha hecho?
No. El presidente del panel, Thorbjørn Jagland, lo dijo el martes que pasó: «Obama ganó el premio por lo que ha hecho».
Ya tenemos la edad para saberlo: los salvadores no existen. Pero si alguien se ha jugado su pellejo por todos nosotros, si alguien ha pronunciado las frases que ofenden a los déspotas, ese es Barack Obama: el primer presidente negro del país que reinventó el racismo, que le ha dado la vuelta al mundo en nueve meses, entiende bien que las palabras son hechos: para borrar de un brochazo la era nefasta de George Doblebush, anunció que nunca más enfrentará los problemas de fondo sin contar con las demás naciones; rechazó sin ambigüedades las torturas de los tiempos de Cheney; le dijo al mundo islámico, mirándolo a los ojos en su propio territorio, que les extendía la mano que se extiende a los aliados; le pareció obvio, en voz alta, el reconocimiento del Estado palestino; y les recordó a los demás líderes que, ya que el planeta es uno solo, la prioridad de todos es enfrentar el cambio climático.
Al tiempo, como en los días de las guerras de independencia, ha dado ejemplo al mundo entero por medio de las luchas que ha librado en su propio país: ha impulsado una nueva legislación para cortar las emisiones de dióxido de carbón, ha invitado a las 564 tribus de nativos americanos a resolver los problemas en una reunión de trabajo en la Casa Blanca, ha condenado «las prácticas depredadoras de la industria financiera», ha lanzado programas de billones de dólares para arruinar la crisis, ha apostado su imagen a una arriesgada reforma del sistema de salud que persigue asegurar a 46 millones de personas que hoy no pueden enfermarse, y de pie, frente a los defensores de los derechos civiles de los homosexuales, ha sido capaz de decir «estoy con ustedes en esta pelea».
Y los poderosos de siempre lo han odiado a muerte, claro, porque su mensaje ha sido: «La era del miedo ha terminado». ¿Y cómo se gobierna a un pueblo que no teme?
NIÑITOS
TITULAR: CALLE 13 LLAMA PARAMILITAR A URIBE Y SE BURLA DE CHÁVEZ EN LOS MTV
Octubre 30 de 2009
Colombia es pasión, pero en el sentido de viacrucis. Colombia es pasión porque pasión es la «acción de padecer». Soportamos, como un destino, las peores primeras planas del planeta: un concejal cristiano de Bogotá es acusado de ordenar, bajo la mirada fija del Señor, el salvaje asesinato de su esposa; otro más jura por el Concejo y por sus hijos que no le pegó a su cuñada; un sicario le concede a un líder de la izquierda un último deseo, llevar a su hija de tres años hasta el paradero, antes de dispararle a sangre fría en una calle de Barranquilla; poco a poco los medios de comunicación descubren que se ha estado llevando a cabo una reforma agraria silenciosa que nos condena a seguir siendo un país de «siervos sin tierra»; y un Congreso fantasmal, plagado, por fin, de sillas vacías, pierde el tiempo en el esfuerzo por restablecer la muy rentable prohibición de la dosis personal.
Descomposición, intimidación, corrupción desvergonzada: dentro de muy poco todos seremos condenados a la casa por cárcel por palabra, obra u omisión.
Pero, como niñitos que cierran los ojos para que no los vean, le exigimos al mundo que niegue con nosotros nuestra crisis.
Que Carla Bruni no cante «eres más peligroso que la blanca colombiana» porque «es una afirmación muy dolorosa para el país». Que esos progresistas desinformados, que trabajan en El País de España, no escriban más artículos que nos hagan quedar como una dictadura por fuera de la ley. Y que el señor Residente, cantante del grupo puertorriqueño Calle 13, no se ponga en vivo y en directo camisetas que acusen al señor presidente de paramilitar. «Constituye un agravio para su buen nombre e investidura y un irrespeto a la dignidad de nuestros connacionales», aseguró el Canciller que tenemos. «¿Qué tal yo opinando de música?», argumentó el alcalde de Manizales, Juan Manuel Llano, tras vetar la entrada de la agrupación en su ciudad porque «se ultrajó a todos los colombianos».
Las pasiones colombianas más oscuras –el arribismo, la envidia, el patrioterismo– son manifestaciones de un complejo de inferioridad que no se vence de la noche a la mañana. Por eso, porque en el fondo nos creemos menos, tenemos esta extraña relación de amor y odio con el resto del planeta: esta incapacidad para soportar las críticas, esta indignación ante lo menos grave, esta obsesión por la buena imagen que nos pone de rodillas ante todo lo de afuera y que padecen quienes tienen mucho qué ocultar. En estos siete años todo se ha agravado. Pues en un país que ha perdido la sana costumbre de no creer en su Gobierno, en un país en el que no hay lugar para el debate porque el presidente es el jefe de la oposición («hay que devolver esa platica», «nadie debe perpetuarse en el poder»), todo aquel que critica el estado de las cosas es considerado un extranjero: un personaje que vive fuera del país real.
Yo me niego a irme del país en el que vivo. Sí, el procurador confunde la moral con la salud, los políticos inescrupulosos se portan como quinceañeros ofendidos cuando los investigan (y ninguno lo es) y los indígenas awá tiritan de miedo. Sí, es un país desbaratado. Pero no es el país de ellos, de los que intimidan. Y yo no me dejo sacar. Y me niego a callarme que no estoy de acuerdo con tantas bajezas. Me gusta una idea de «Colombia es pasión»: «La percepción sobre Colombia comienza por la actitud que adoptemos». Pero creo que esa «actitud» debe ser brutalmente crítica, que debemos reconocer que los demás países tienen derecho a cuestionarnos, que nuestro primer paso hacia la verdadera dignidad debe ser reconocer que esta patria tiene mucho de desastre. Me gusta que en la página web del Ministerio de Relaciones, cuando se hace clic en la sección «Artículos positivos sobre Colombia», aparezca la frase lapidaria «no hay elementos que mostrar».
Seguro que es un error. Que no salga de acá. Pero es, aquí entre nos, un buen comienzo.
ARIAS
TITULAR: ANDRÉS FELIPE ARIAS ASUME LA LÍNEA DURA DEL CONSERVATISMO EN SU CAMPAÑA A LA PRESIDENCIA
Noviembre 13 de 2009
Se llama Andrés Felipe Arias. Hasta hoy, da más mal genio que miedo. Nació en Medellín el 4 de mayo de 1973. Sus profesores del colegio lo recuerdan como un alumno ambicioso que hablaba de tomarse el mundo. Sus compañeros de estudios superiores le reconocen una extraordinaria capacidad de trabajo. Fue investigador del Banco de la República, obtuvo el título de Doctor en Economía en la Universidad de California en el 2002, hizo una breve pasantía en el Fondo Monetario Internacional. Y de regreso al país, con semejante hoja de vida, se convirtió en el funcionario estrella de este Gobierno de nunca acabar. Ahora mismo lo veo, en las páginas de la revista Semana, en el centro de una foto inquietante que le han tomado con el equipo de su campaña a la presidencia. A su derecha, Enrique Gómez Hurtado. A su izquierda, Fernando Londoño Hoyos.
¿Qué tuvo que pasar para que un tipo de mi generación llegara a posar, sonriente, junto a alguien que se niega a aceptar la Constitución de 1991? ¿Cómo se pasa de ser un rozagante joven ochentero a ser el muñeco de ventrílocuo de la derecha? ¿Qué clase de niño era este Arias?: ¿iba por Gargamel cuando veía Los pitufos?
Arias ha ido armando, en los últimos años, un álbum de imágenes delirantes. Acá está, cuando era ministro de Agricultura, haciendo esa innecesaria campaña contra un despeje que ni siquiera era una opción. Acá se ve defendiéndose con el Método Uribe de Control Mental («eludir», «culpar», «prender alarmas») de los senadores que lo acusan de entregarles a los latifundistas las diecisiete mil hectáreas de la hacienda Carimagua que se les habían prometido a las familias desplazadas. Mírenlo ahora, en plan de precandidato, enviando mensajitos cínicos desde su Blackberry en el vergonzoso debate sobre el referendo. Y ahora obsérvenlo haciéndose el perseguido, por Dios, como si no tuviera todo el poder de su lado: vocifera, setenta por ciento culebrero, treinta por ciento yuppie, porque han vuelto a acusarlo de repartir el campo colombiano entre los terratenientes de siempre.
¿Qué tuvo que suceder para que aquel estudioso hombre de veintinueve años se prestara para ser este candidato pendenciero y retardatario de 36 que agita los regionalismos, enloda cada vez que puede a una competidora de su propio partido que podría ser su madre y les grita «cobardes» a todos los que no piensan como él? ¿Fue así desde siempre?: ¿de niño pensaba, mientras veía La guerra de las galaxias, que Darth Vader tenía toda la razón?
Por lo pronto, sabemos que, a pesar de los escándalos, no va a renunciar a su candidatura. Primero, porque aquí nadie renuncia a nada. Segundo, porque si algo le queda, de estos siete años de mal ejemplo, es que la clave para reinar es dividir y hacer cara de frentero. Tercero, porque su nueva cruzada es sólo una pose, una pantomima de telonero mientras aparece el verdadero candidato, una campaña más en un país que suele quedarse en las campañas. Sí, la suya, como tantas, es una candidatura «por si acaso». ¿Alguien aquí ha leído su plan de Gobierno? Si la respuesta es sí, ¿podrían explicarme qué clase de propuesta es «liquidación de toda entidad corrupta»?, ¿significa que va a acabar con todo?
Acaba de empezar, como una forma de decir «no todos estamos dormidos», «este país es de todos», una Alianza Ciudadana por la Democracia que busca defender, de los inescrupulosos de turno, la democracia, las reglas del juego, la arquitectura, el pluralismo y los derechos que protege la Constitución de 1991. Es una buena señal. Pero a Arias, metido hasta el cuello en el negocio opuesto, todo eso le tiene sin cuidado. Sabe, por los libros de historia, lo que otros países han tardado en recuperarse de los meses que ahora se nos vienen a nosotros, que una vez pase el referendo no va a ser fácil reparar esa Constitución que tanto nos costó, pero se ha extraviado, como tantos, en la lógica retorcida del poder. Y más temprano que tarde tendremos que encararlo.
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