Kitabı oku: «La primera revolución popular en América»
Sobre este libro
Este libro es el producto de cinco años de laboriosas investigaciones en repositorios documentales de Argentina, Brasil, España y Paraguay. Su autor, un distinguido estudioso norteamericano, ha producido el más completo y desapasionado estudio hasta hoy publicado sobre el Paraguay gobernado por José Gaspar Rodríguez de Francia.
Índice
Sobre este libro
La primera revolución popular en América
Richard Alan White
Agradecimientos
Introducción
Parte 1
La tradición colonial
I. La dependencia colonial clásica
II. La incorporación de las misiones
Parte 2
El proceso revolucionario
III. Enfrentando a las metrópolis
IV. De la colonia a la República
V. El establecimiento de la dictadura popular
VI. La consolidación del primer régimen popular de América Latina
VII. El Paraguay popular
Parte 3
La lucha por la autonomía
VIII. La válvula de escape comercial
IX. La economía de la independencia
Conclusión
Cronología
Abreviaciones
Apéndice A
Apéndice B
Apéndice C
Apéndice D
Apéndice E
Apéndice F
Apéndice G
Apéndice H
Apéndice I
Bibliografía
| White, Richard Alan La primera revolución popular en América : Paraguay 1810-1840 / Richard Alan White. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Punto de Encuentro, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4465-45-01. Historia de América del Sur. 2. Paraguay. 3. Revoluciones. I. Título. CDD 989.2 |
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Richard Alan White
La primera revolución popular en América
Paraguay (1810-1840)

Al pueblo paraguayo de entonces, de hoy y de siempre...
Richard Alan White
El libro que usted, lector, tiene en sus manos, es el producto de cinco años de laboriosas investigaciones en repositorios documentales de Argentina, Brasil, España y Paraguay. Su autor, un distinguido estudioso norteamericano, ha producido el más completo y desapasionado estudio hasta hoy publicado sobre el Paraguay gobernado por José Gaspar Rodríguez de Francia.
Gran parte de la historiografía disponible toma posición en contra o a favor de Francia, con profusión de adjetivos que acarrean denigración o elogio. A muchos años de desaparecido, el personaje continúa despertando pasiones que no comulgan con una elemental objetividad. Richard ha tenido que introducirse en un verdadero campo minado y lo ha hecho con las mejores artes del historiador, dando voz y elaborando una multitud de documentos pacientemente recogidos, transcribiendo y elaborando cuadros, estadísticas y todo aquello que eche luces más objetivas sobre un tiempo fundacional del país guaraní.
La historia del Paraguay no es ajena al interés de los argentinos preocupados por entender su propio país, al que el Paraguay estuvo y sigue estando vinculado, hoy en los marcos del Mercosur. Ejemplo de nuestro interés pueden ser las razones de las derrotas sufridas por el general Belgrano en los días inaugurales del proceso independentista de las colonias españolas, y el cambio de actitud del prócer cuando entró en contacto con aquella realidad, así como el temprano autonomismo del país guaraní y la tragedia conocida como la Guerra del Paraguay o de la Triple Alianza. Este acontecimiento, que condujo al casi exterminio del pueblo paraguayo, canceló brutalmente la revolución francista mediante una drástica reformulación en todas las estructuras del país. Esa que llamaré de revolución negativa, proyecta sus resonancias hasta los días actuales, y está estrechamente vinculada a un momento capital de la historia argentina, como lo fue la formación del Estado nacional.
No son escasos los motivos para leer atentamente este libro, ya que pone en escena la gestación y el desarrollo de una autonomía, notable singularidad en el marco de un ex imperio en el que la norma fue lo opuesto, y porque sugiere una serie de problemas de notable relevancia para el estudioso y para el público que aspira a algo más sustancioso que un mero relato de hechos acontecidos.
Partiendo de la herencia colonial, el Paraguay gobernado por Francia sufrió una revolucionaria reformulación en todos los ámbitos de la economía, de la estructura social, de la política y de la cultura. El que Francia haya encabezado ese conjunto de transformaciones radicales supone el encuentro de un complejo de condiciones objetivas y subjetivas –en términos populares– aun no lo suficientemente esclarecidas, con el talento, la voluntad política y el ideario de un personaje memorable.
La revolución que surge del libro de Richard no es un mero cambio cosmético de gobierno o una de las divulgadas acepciones utilizadas por dictaduras, que bastardean el significado de la palabra. La revolución paraguaya, radicalmente transformadora como la francesa y la rusa, fue muy distinta de aquellas. Y es en lo distinto –que no me apresuro a calificar de burgués o algo por el estilo– donde radica lo que considero un apasionante problema histórico.
A diferencia de las citadas, con la salvedad de lo que puedan revelar ulteriores y más minuciosas investigaciones, la gran transformación se produce en el país guaraní sin una vanguardia revolucionaria, sin una previa teoría o preparación cultural a cargo de una elite intelectual, sin una intensa y ruidosa demanda popular. El que un individuo haya podido realizar lo que relata Richard, a favor de condiciones sin duda existentes que deberán ser puntualmente estudiadas, más las que su acción previa y durante el proceso revolucionario supieron potenciar, desafía las imágenes de revolución que nos han legado las arriba mencionadas.
Agréguese la absoluta y celosa voluntad autonómica –otra relevante singularidad– en relación con las potencias rectoras en el orden mundial y los vecinos del que fuera virreinato del Río de la Plata y Brasil. Y en tercer lugar, en congruencia con los rasgos anteriores, otro elemento distintivo de aquella historia es la construcción de un Estado nacional basado en la identidad histórica y cultural del pueblo; construcción absolutamente original por las fuerzas actuantes, por la ausencia de una clase burguesa presente en mayor o menor medida en los procesos europeos.
Acrecentaré que aquel Estado asumió un papel protagónico en todos los órdenes de la vida del país que el liberalismo de la época consideró una aberración y calificó de barbarie, prefiguración de los denuestos del hoy llamado neoliberalismo.
De lo anterior se sigue que el libro de Richard propone un conjunto de problemas que dignifican la tarea del estudioso y la elevan a un nivel que si no prescinde del conocimiento fáctico, que debe ser ahondado, se eleva cualitativamente. La historia deviene un conjunto de problemas específicos, renuentes a esquemas preconcebidos y a juicios apresurados; quebradero de cabeza, si se quiere, que pide una conceptualización original cuando es comparada con la utilizada –aunque no exenta de reparos– en el estudio de las otras regiones del antiguo imperio español. El abordaje del período de que Richard da cuenta exige desprejuicio e imaginación. Y no en último término, una vasta reflexión sobre la creatividad de los pueblos y su enfrentarse con un linaje de intereses radicalmente antagónicos.
León Pomer
Agradecimientos
En reconocimiento de mi gratitud a las personas e instituciones que han contribuido con su apoyo moral, académico, técnico y financiero durante los cinco años insumidos en la preparación de esta obra, debo especial gratitud a Lewis Hanke, quien me hizo conocer la trayectoria del Dr. Gaspar Rodríguez De Francia; a Robert N. Burr por sus muchos años de tolerante guía y apoyo incondicional; al personal del archivo de Indias (Sevilla, España), del Archivo General de la Nación y Museo Mitre (Buenos Aires, Argentina), del Archivo General de la Provincia de Corrientes (Argentina) y a la Biblioteca Nacional (Río de Janeiro, Brasil), por su asistencia profesional y amistosa; a la Comisión Fulbright, University of California Regents Patent Fund, el Departamento de Historia, a la Biblioteca de Investigación y a la Sección de Becas de Graduación y Asistencia de la Universidad de California, por los años de apoyo financiero, técnico y moral que me proporcionaron generosamente; a Hipólito Sánchez Quell quien, durante 1972 y 1973, gentilmente me abrió el Archivo Nacional de Asunción, aun cuando estaba oficialmente cerrado por extensas refacciones, y a Vicente Laguardia y Rubén Pérez, junto a los demás miembros del personal del archivo, quienes, con paciencia profesional y cordialidad extraordinaria, facilitaron la investigación; a María Cristina Montano, por su asistencia en la investigación del archivo y su firme camaradería; a Efraím Cardozo, Víctor Chamorro N., Julio César Chávez, Adriano Irala Burgos, R. Antonio Ramos y José Antonio Vázquez, por sus muchas horas de consulta profesional; a Roberto S. Thompson por su asistencia técnica y cesión de oficina en el edificio del diario abc (Asunción); a John Michon y Robert D. Poitras por su amplia asistencia técnica durante todas las fases de esta obra; a Juan Andrés Cardozo, Kenneth Cloke, Waldo Mazelis, Mario Savio, Alexander Saxton, Allyn Sindenbrand, y James Wilkie por sus extremadamente útiles críticas y sugerencias; a Johnatan Cobb por la corrección del manuscrito; a Michele Burgess por el tipeado del manuscrito; a Celso Aurelio Brizuela por la preparación de los mapas y gráficos; a Joel Filártiga, por contribuir con la ilustración; a Domingo Laíno por sus años de asesoría profesional y asistencia técnica; a E. Bradford Burns por su estímulo y asistencia en la publicación de la obra; y a Henri J. M. Nouwen por su amistad y confianza.
Sin tener en cuenta estas enormes contribuciones, sin las cuales esta obra ciertamente no habría podido concluirse, el autor acepta plena responsabilidad por todas las traducciones y cualquier defecto conceptual o histórico.

Mapa 1. América del Sur
Introducción
Las instituciones políticas y económicas que gobernaron la América española durante la era colonial, fueron establecidas para enriquecer a España, no para promover la prosperidad de América. El oro y la plata del Nuevo Mundo, así como otros productos americanos, solventaron siglos de participación española en las luchas por el poder en Europa. La España propiamente dicha, sin embargo, era una colonia económica de los países más industrializados de Europa. En consecuencia, para cubrir su déficit crónico en la balanza de pagos, gastó la mayoría de sus riquezas provenientes del Nuevo Mundo en artículos manufacturados importados. De este modo, la riqueza de la América española sirvió en último término para financiar la industrialización de las naciones europeas del Norte. Al lograr la independencia y romper sus vínculos políticos y económicos con España, las nacientes naciones latinoamericanas desplazaron su dependencia económica hacia otras naciones de Europa más industrializadas, iniciando con ello la era neocolonial.
Con su nuevo status político y económico, la estructura social de América también sufrió un cambio. Sin alterar la tradicional estructura de poder de la sociedad de clases de las anteriores colonias, la oligarquía criolla nativa asumió la posición dominante, reemplazando a los españoles en la cúspide de la pirámide social. Este cambio en el lugar de privilegio y poder fue la principal modificación generada por las guerras de independencia. No obstante, las condiciones básicas de vida para la vasta mayoría de los latinoamericanos permanecieron iguales: solo cambiaron los amos.
Esta transferencia de poder no fue un cambio ordenado o pasivo de la guardia social, y en ningún lugar de toda América Latina tuvo un curso tan sangriento, complejo y prolongado como en la región del Río de la Plata (mapa 2). Durante casi setenta años (1811-80), el área que abarcaba el antiguo Virreinato español –actualmente Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay– fue escenario de intermitentes conflictos armados entre grupos americanos rivales. Tras la derrota relativamente rápida de los españoles en la región, la solidaridad criolla se quebró. A pesar que el resultado de la lucha contra los españoles no se decidiría de forma concluyente hasta pasada una década, el conflicto de poder entre las facciones criollas rivales en el Río de la Plata fue vigoroso, incluso en el período inicial, y estalló en guerra civil después de 1814.
Las raíces del conflicto radicaban en la geografía del área y en la economía política del imperio colonial español. Al desembocar en el Río de la Plata y encontrarse allí con el océano Atlántico, los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay forman un solo puerto de entrada, que ejerce el dominio de todo el sistema fluvial y, por consiguiente, del acceso a lo que entonces eran las provincias españolas y portuguesas del interior. Desde la Conquista hasta el siglo XIX, los dos imperios confrontaban de forma periódica y violenta sobre el dominio del puerto. Hasta que la Guerra Cisplatina (1825-28), que dio por resultado la creación del estado neutral del Uruguay, puso término a los reclamos brasileños.
La dominación del puerto, en detrimento de las provincias río arriba, también fue el punto principal de conflicto entre los habitantes españoles de la región. Para garantizar el acceso del interior al mar, una expedición desde Asunción fundó nuevamente en 1580 el puerto abandonado de Buenos Aires. Sin embargo, después de solo cuatro décadas la Corona Española ordenó su cierre, y se cedió a la presión de la poderosa corporación que caracterizó la historia nacional de Argentina de la primera época.
El Paraguay constituye la única excepción en este período plagado de conflictos en la historia de la región (mapa 3). Bajo el liderazgo del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, este país no solo mantuvo neutralidad absoluta en la sangrienta lucha por el poder en el Río de la Plata, sino que, aferrándose a la independencia política y económica puso en práctica una verdadera revolución social radical. Los notables logros del régimen popular no deberían ser considerados como anécdotas de la vida de este ‘gran hombre’ histórico, pero sin duda Francia desempeñó un papel central en la profunda transformación del Paraguay.
Nacido el 6 de enero de 1766, Francia comenzó su educación en su hogar. Luego fue a la Universidad de Córdoba, graduándose en 1785 como Licenciado en Filosofía y Doctor en Teología. Mientras estuvo en la Universidad, dirigida por franciscanos tolerantes desde la expulsión de los jesuitas en 1767, no solo estudió a filósofos y teólogos tradicionales, sino que también se familiarizó con las corrientes ideológicas revolucionarias europeas y norteamericanas de la época. La educación de Francia abarcó los conceptos ontológicos de San Anselmo y el ‘contrato social’ de Rousseau, el moralismo de Santo Tomás de Aquino y el pragmatismo de Benjamín Franklin. Sus estudios universitarios y la profunda influencia de la Ilustración, la Revolución norteamericana y la revuelta popular de Túpac Amaru II en Perú, contribuyeron a la formación de su filosofía radical. Como buen idealista, Francia consideraba el mundo a su alrededor en términos absolutos, juzgando situaciones y personas como correctas o equivocadas, buenas o malas.
A su regreso al Paraguay poco después de la graduación, el joven doctor en Teología comenzó a enseñar Latín en el Seminario de San Carlos, pero fue obligado a renunciar años más tarde, luego de una agria discusión sobre sus ideas religiosas y políticas radicales. Después de enseñar Derecho español, Francia se embarcó en una carrera jurídica que le ganó respeto en toda Asunción. Hablaba guaraní con fluidez y se hizo amigo de los peones paraguayos, para quienes se convirtió en protector y héroe. A los más pobres les pedía honorarios reducidos, o nada, mientras que recibía considerables sumas de sus clientes solventes, como bien observó John Parish Robertson. “Su integridad sin temores le ganó el respeto de todas las partes. Jamás defendía una causa injusta, estando siempre dispuesto a tomar la parte del pobre y el débil contra el rico y el poderoso”.1
A pesar de haber sido electo Dictador por los enormes congresos representativos de 1814 y 1816, durante sus años en el poder Francia evitó el personalismo típico de a las dictaduras. Con la única excepción de Villa Franca –fundada a mediados de la década de 1820 con ayuda de Francia, después que las inundaciones obligaran a los habitantes de Villa de Remolinos a abandonar sus hogares–,2 no permitió que una sola población, barrio, calle, edificio, estatua o moneda fuera dedicada a su honor. De modo similar, rompiendo una tradición de larga data, se rehusó a aceptar obsequios de ningún tipo.3 Esta política tuvo un impacto tan vigoroso sobre el pueblo, que más de veinte años después de la muerte de Francia, un número de ancianos la recordaba vívidamente:
El 6 de enero de 1817, con motivo del cumpleaños del Dictador, se le ofreció una recepción [que fue] obviamente más importante que en cualquier otro año. Sin embargo, él no aceptó ningún obsequio, sosteniendo que era necesario abolir esa corrupta práctica española, que conducía a imponer una obligación al pobre, que a menudo debía hacer un sacrificio para seguir la misma.4
Otro contemporáneo resumió este aspecto del carácter de Francia: “su fortuna privada no se incrementó por su elevación, jamás aceptó un obsequio y su sueldo siempre está atrasado, sus mayores enemigos le hacen justicia sobre estos puntos”.5
La incorruptible honestidad de Francia, en particular durante su mando como dictador se hizo proverbial. Evitando la acumulación de cualquier riqueza o bienes personales substanciales, vivió una vida modesta y semiretraída de soltero, con una fracción del sueldo que le fue establecido por los congresos populares. Además, como Francia no dejó herederos, a su muerte el 20 de septiembre de 1840, la totalidad de sus pertenencias, de acuerdo a las leyes que él mismo había promulgado, fueron automáticamente confiscadas por el Estado.6
No sorprende que la política radical, popular y nacionalista se enfrentara con una creciente oposición interna y externa. Los ataques combinados de unitarios y federales devastaron el comercio paraguayo, sirviendo como catalizadores para la desastrosa Gran Conspiración de 1820 que derrocó el régimen popular por las élites paraguayas, cuya posición privilegiada descansaba sobre la economía de exportación de monocultivos de la nación. En efecto, la revolución paraguaya sustrajo a toda la clase superior, tanto española como criolla, sus tradicionales bases sociales, políticas y económicas de poder. Al designar a nuevos funcionarios de entre la gente común, Francia no permitió a las élites ejercer cargos gubernamentales o militares impidiéndoles tener poder directo, y usó un sistema de multas y confiscaciones para negarles el poder menos directo, aunque eficaz, que otorga el dinero.
Junto con la abolición del Consejo Gobernante Municipal de la élite (Cabildo), el régimen revolucionario controló a la iglesia y sus instituciones auxiliares. Proscribió las fraternidades eclesiásticas, cerró sus monasterios y confiscó sus bienes raíces. Al anular las donaciones reales de tierras y confiscar la propiedad de los conspiradores de las clases sociales altas, Francia promulgó una profunda reforma agraria que abolió el tradicional sistema de tenencia latifundista de la tierra. Para la fecha del fallecimiento del Dictador en 1840, más de la mitad de la rica región central del Paraguay había sido nacionalizada, se habían creado numerosas estancias estatales y decenas de millares de personas tenían granjas arrendadas del Estado. El sector privado de la economía tuvo que competir con el gobierno que, al reducir los impuestos a un mínimo, recibía la mayor parte de sus ingresos de la venta de artículos importados, ganado y productos manufacturados por el Estado. Además, el Estado controlaba en forma completa el comercio internacional a través de su masiva participación y un sistema estrictamente aplicado de permisos de comercio.
Debido a que Francia atacó los intereses de las élites nacionales e internacionales –la clase que escribió la historia del Paraguay–, se lo consideró tradicionalmente el prototipo del tirano despótico. Como el más infame de los dictadores latinoamericanos, Francia fue descripto como un potentado adusto y sombrío, un déspota cruel con una avidez insaciable por el poder, o bien como un monstruo vil; los años de su gobierno se conocen comúnmente como el ‘Reino del Terror de Francia’. Al buscar una explicación racional para los actos al parecer irracionales de este ‘Nerón moderno’, los historiadores tradicionales raramente han omitido cuestionar su salud mental; algunos solo lo consideraron insano, mientras que otros, en la búsqueda de explicaciones más específicas, alegaron que el viento del norte –el viento caluroso y húmedo que sopla del Mato Grosso durante los meses de verano de diciembre, enero y febrero– ejercieron profunda influencia sobre el Dictador. Presentado como un déspota sádico y arbitrario, sin preocupación por los dinámicos movimientos libertarios que barrían a América Latina, Francia es acusada de haber aislado herméticamente al Paraguay para imponer mejor su tiranía sobre una nación intimidada.
Estas interpretaciones tradicionales provienen de varias fuentes contemporáneas, que sirven como base de la totalidad de obras secundarias y proceden de la intensa campaña de propaganda conducida por los decepcionados oponentes de las clases altas paraguayas y argentinas al nacionalismo radical y a la política de neutralidad de Francia. El primero de estos relatos, The Reign of Doctor Joseph Gaspar Roderick de Francia, de Johann Rudolph Rengger, aparte de su desprecio por Francia y las masas de paraguayos que lo apoyaban, es tan objetivo como puede serlo un extranjero de clase alta atrapado en el medio de una revolución popular. Este médico suizo y su asociada, Marceline Longchamps, investigaron de 1819 a 1825 la historia natural del Paraguay. Durante los últimos cuatro años de su residencia, un período de crisis nacional, Francia se rehusó a permitirles que abandonaran el país.
Otra fuente primaria principal es la obra de John Parish Robertson y suhermano William Parish Robertson, Four years in Paraguay: Comprising an Account of that Republic under the government of the Dictador Francia, volúmenes I y II, y el volumen III “Francia’s Reign of Terror: Being the Continuation of Letters on Paraguay”. Estos dos comerciantes aventureros escoceses llegaron al Paraguay en 1812 con planes de hacer fortuna, creando una compañía de comercio entre Asunción y Buenos Aires. La introducción de artículos manufacturados británicos y el entusiasta apoyo de los movimientos de independencia de América Latina por parte de Inglaterra, en gran medida con intención de asumir la herencia de las antiguas colonias ibéricas en calidad de dependencias económicas, fue en general atractiva para los paraguayos anticolonialistas. En consecuencia, los primeros gobiernos del Paraguay, esperando poder utilizar el prestigio y el poderío naval británico para garantizar la libre navegación del Río de la Plata, otorgaron tratamiento preferencial a los Robertson. Sin embargo, en 1815, después de un incidente que afectó la representación de los comerciantes escoceses ante el gobierno porteño, el cual puso de manifiesto que Inglaterra no garantizaría el libre paso de buques por el río controlado por Buenos Aires, Francia los expulsó, poniendo fin a su lucrativo negocio.
Es típico de la propaganda anti-Francia que se lanzaba sin pausa desde Buenos Aires durante los años del Dictador como jefe de estado, el panfleto de Fray Mariano Velazco, Proclamation of a Paraguayan to His Countrymen (Proclama de un Paraguayo a sus Paisanos). Esta publicación del gobierno de Buenos Aires caracterizó a Francia por su “genio hipocóndrico y atrabiliado, corazón lleno de amargura y de hiel, espíritu egoísta, pensamientos caníbales, ideas tortuosas, engreimiento sin ejemplar, audacia insufrible [y] operaciones maquiavelísticas”.7
De mayor significación en la formación de la opinión pública anti-Francia que estos pocos panfletos, fue la campaña emprendida en diarios de Buenos Aires, tales como El Tribuno, de donde se toma la siguiente cita del 15 de octubre de 1826:
Si el Dictador Francia merece algún perdón, es por la vigilancia con que tiene encerrado al Protector Don José Artigas –el anterior líder de la causa federal contra los porteños–. Sin embargo, la humanidad ganaría mucho, si algún ángel exterminador purgase la tierra, libertándola de estos dos monstruos.8
Además, periódicamente corrían por Europa las más increíbles e infundadas versiones concernientes a Francia. El primer libro publicado sobre los eventos de la revolución paraguaya, de acuerdo a su título, fue escrito “por una persona que fue testigo de muchos de ellos y obtuvo información auténtica con respecto al resto”. Este informe ‘auténtico’ omitía incluso indicar correctamente el nombre de Francia, refiriéndose al Dictador como “Dr. Tomás Francia”.9 La prensa europea gustaba de entretener a sus lectores con relatos sensacionalistas sobre Francia y el exótico Paraguay. En un ejemplo típico de 1835, periódicos en todo el continente, incluyendo el Memorial Bordelais y L’Echo du Midi, publicaron este artículo falso:
“La joven Reina del Paraguay”: El muy conocido Dr. Francia, a la edad de 65 [en realidad, Francia en esta época tenía 69 años], el excéntrico anciano que ha gobernado despóticamente el Paraguay desde la emancipación de América, acaba de casarse con una joven francesa, la hija de Monsieur Durand, un comerciante de Bayona. Se estipula en el contrato matrimonial que la joven esposa sería la sucesora de la autoridad política de su marido en caso de muerte de este, sin dejar un heredero directo o legítimo. Es muy probable, por consiguiente, que una francesa algún día llegara a gobernar una de las provincias más ricas y hermosas de América del Sur.10
Hacia fines de la década de 1830, Francia se había vuelto tan conocido para el público lector europeo que Charles Darwin, en sus comentarios sobre la historia geológica y natural del Río de la Plata, se sintió obligado a censurar al villano. Pese a que jamás había visitado el Paraguay, el joven Darwin no pudo resistir la oportunidad de incluir medio párrafo en su obra The Voyage of the Beagle, prediciendo sin acierto que “cuando el viejo tirano sanguinario se haya ido después de su larga trayectoria, el Paraguay se desgarrará en revoluciones, violentas en proporción a la calma innatural anterior”.11
Debe señalarse que incluso los volúmenes mejor substanciados de Rengger y los hermanos Robertson, no son obras históricas propiamente dichas; más bien son relatos personales, orientados sobre todo a captar el interés del público lector europeo.12 Lamentablemente, los historiadores han aceptado sin críticas estas obras como fuentes primarias de la historia paraguaya. No obstante, si se leen con precaución Rengger y los Robertson proporcionan un gran volumen de información valiosa.
La obra de Enrique Wisner de Morgenstern, El Dictador del Paraguay: Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia,13 también merece mención como fuente importante de información. Comisionado por el Presidente Francisco Solano López en 1863 para escribir una historia de la era de Francia, Wisner realizó extensas entrevistas y completó un borrador al año siguiente. Sin embargo, debido a su muerte y al caos de la Guerra de la Triple Alianza (1864-70), el manuscrito no fue corregido hasta 1876 y no fue publicado sino en 1923. A pesar de que la de Wisner es con creces la más objetiva de las primeras obras, contiene errores de hecho de menor cuantía y refleja la airada polémica que estalló poco después de la muerte de Francia.
Reflejando el masivo apoyo a Francia, poemas populares, canciones y escritos alababan al Dictador y su régimen.14 La obra de más amplia circulación de la literatura francista, la oración fúnebre del Padre Manuel Antonio Pérez,15 fue publicada en todos los diarios del Plata y traducida para lectores europeos. Mientras los francistas alababan al Dictador como “el salvador que suscitó el Señor para liberar al pueblo paraguayo de sus enemigos”,16no igualó en intensidad o eficacia la campaña anti-francista conducida por la vieja oligarquía paraguaya. En apariencia, algunos miembros de la oligarquía no estaban contentos con los ataques histéricos a la memoria de su archienemigo; algunos meses después de la muerte de Francia, su cuerpo fue robado de la Catedral de Asunción y desde entonces no ha sido encontrado.17
Los enemigos de Francia creyeron incluso necesario anotar sus ataques en registros oficiales universitarios. En una letra desconocida, sin fecha ni firma, los siguientes comentarios fueron agregados a su asiento:
Francia: fue después presidente de la República del Paraguay y muy atroz tirano que ha ensangrentado la historia de aquel país con escándalo del mundo entero. Ha sido un monstruo que ha desgarrado las entrañas de su patria.18
El odio de la oligarquía a Francia pasó a través de las generaciones y permanece siendo el objeto de encendidas discusiones emocionales. Hasta la fecha es imposible sostener un debate racional sobre Francia con muchos de los descendientes de la antigua clase superior del Paraguay.
Una figura tan dinámica como la de Francia también atrajo a algunos defensores. En un ensayo escrito a mediados de la década de 1840, Thomas Carlyle lo alabó como hombre fuerte y determinado de América Latina, que impuso orden a una era tumultuosa, repleta de violentas contradicciones sociales.19 En la siguiente década, Auguste Comte, colocándolo junto a otros grandes revolucionarios americanos como Benjamín Franklin, Bolívar y Toussaint-L’Ouverture, dedicó un día en su calendario positivista a Francia.20
En nuestro siglo, a pesar de la aparición ocasional de obras que tratan de reivindicar a Francia,21 la corriente francista permanece como interpretación minoritaria. Incluso la voluminosa obra estudiosa de Julio César Chaves, y el compendio de centenares de documentos de fuente primaria, brillantemente presentado con una narración entrelazada de José Antonio Vázquez, ha tenido poco efecto para hacer mella en la odiosa reputación de Francia. Los mitos sobre Francia se han aceptado tan ampliamente, que incluso el progresivo Pablo Neruda se sintió obligado a denunciarlo como ‘rey leproso’ en su corto poema El Doctor Francia.22 Desde libros de texto básicos de historia latinoamericana a obras literarias, los historiadores aún propagan la imagen tradicionalmente aceptada de Francia.23 Típico de esta actitud es el siguiente pasaje de la introducción de Wayne G. Broehl de 1967 a la novela clásica de Edward Lucas White, El Supremo:
Un hombre cuyo nombre ni siquiera debía ser pronunciado; cuyos espías estaban en todas partes, aún dentro de las familias; quien enviaba a los hombres a la mazmorra o a la ‘Cámara de la Verdad’ donde la tortura extraía una confesión y luego la víctima era sumariamente ejecutada por el escuadrón de fusilamiento o ahorcada –tal hombre era ‘El Supremo’. Este no es un personaje salido de una novela de terror, sino una persona real, un Jefe de Estado Sudamericano. Su nombre era José Gaspar Rodríguez de Francia.24
Adicionalmente a la tradición histórica personalista de América Latina, la historiografía de este período se complica todavía más por una confusión entre la forma retórica y el contenido histórico. Tratando de desacreditar el régimen de Francia y, con ello, de apoyar su propia posición, sus enemigos han usado el medio retórico de atacar su carácter. Dado que los historiadores han aceptado estos ataques demagógicos como historia en vez de reconocerlos como diatribas, incluso las obras posteriores atacan o defienden a Francia, en lugar de proporcionar un análisis objetivo de la historia de la época. Es significativo que las razones originales de la disputa –la política de Francia– sean relegadas a un plano secundario.
El objeto de esta obra no es Francia propiamente, ni reivindicar al Dictador. Se trata, más bien, de restaurar el contexto histórico de este período de la historia paraguaya –un capítulo de singular importancia en la historia de las Américas, directamente relevante para los problemas que confrontan sus habitantes en la actualidad.
Cinco años de estudio e investigación en los archivos del Paraguay, España, Argentina y Brasil han descubierto nueva documentación y permitido el desarrollo de información estadística, antes descuidada, mediante la reconstrucción de los presupuestos nacionales, la compilación de recibos de recaudación, el examen de datos referentes a industrias estatales y el análisis de los registros comerciales del Estado.
Mediante la incorporación de este nuevo material, y de una reevaluación de la documentación existente, ha sido posible definir con claridad la política de Francia y colocarla en su contexto histórico –las fuerzas políticas y económicas que imperaban en la sociedad paraguaya de comienzos del siglo VXIII y en la región del Río de la Plata. Externamente, los conflictos entre los grupos de intereses españoles, portugueses y europeos, brasileños, unitarios, federales y paraguayos, se combinaron para forjar las cambiantes estructuras políticas y económicas de la región. En el ámbito interno, los conflictos entre españoles, criollos, extranjeros, Francia y el pueblo paraguayo, influenciados por los eventos internacionales en rápida evolución, reflejaron las condiciones de la sociedad de clases del Paraguay. Aunque en extremo compleja, esta confusión de interrelaciones se hace comprensible una vez que se identifican con claridad las bases políticas y económicas fundamentales de las fuerzas contendientes. El análisis de estas fuerzas es la historia de la primera revolución autónoma de América.

Mapa 2. Río de la Plata, 1810

Mapa 3. Paraguay
1 John Parish Robertson y William Parish Robertson, Four Years in Paraguay, 2:189.
2 José Antonio Vázquez, El doctor Francia, visto y oído por sus contemporáneos, p. 43.
3 Debido a que la palabra dictador en la actualidad es fuertemente peyorativa, debe enfatizarse que a principios del siglo XIX no llevaba dicha connotación. El título se usaba en su sentido romano –un magistrado con suprema autoridad, electo en períodos de emergencia– y se otorgó a varios de los nuevos jefes de estado latinoamericanos, incluyendo a José de San Martín y Simón Bolívar. Esta obra emplea la frase El Dictador, no solo porque era el título formal de Francia y refleja el enorme poder conferido por los congresos populares masivos, sino también porque a menudo así lo designaba el pueblo paraguayo y él incluso firmaba los documentos oficiales como ‘El Dictador’.
4 Francisco Wisner de Morgenstern, El Dictador del Paraguay, p. 88.
5 Johann R. Rengger, The Reign of doctor Joseph Gaspar Roderick de Francia in Paraguay, p. 205.
6 Ver cuadro 2. Para una biografía de Francia, ver Justo Pastor Benítez, La vida solitaria del Dr. José Gaspar de Francia, o Julio César Chaves, El Supremo Dictador, obras en las que se presenta la mayoría de los detalles que se conocen de su vida.
7 Fray Mariano Velazco, Proclama de un paraguayo a sus paysanos, como se cita en Chaves, El Supremo Dictador, p. 185. De acuerdo a Atilio García Mellid, Proceso a los falsificadores de la historia del Paraguay, 1:235n, una copia de Proclama… puede encontrarse en la Biblioteca Nacional, Buenos Aires, N° 245.071R, pero en diversas oportunidades en el curso de 1973 le fue imposible al staff localizarla. Ver también extractos hallados en José Antonio Vázquez, El doctor Francia, pp. 266-68.
8 Citado en José Antonio Vázquez, El doctor Francia, p. 596.
9 Vicente Pazos Kanki, A Narrative of Facts connected with the Change Effected in the Policial Condition and Relations of Paraguay under the Direction of Dr. Thomas Francia by an Individual who Witnessed many of them, and Obtained Authentic Information Respecting the Rest.
10 Citado en Antonio Zinny, Historia de los Gobernantes del Paraguay, 1553-1887, p. 386.
11 Charles Darwin, The Voyage of the Beagle, p. 119.
12 El mismo Francia ingresó en la polémica cuando su artículo “Notas hechas en el Paraguay por el Dictador Francia sobre el volumen de John Rengger” apareció en la edición del 21 de agosto de 1830 en el diario El Lucero de Buenos Aires. Insistiendo en que la obra de Rengger debería haber sido intitulada “Un ensayo de mentiras”, Francia la denunciaba como “Historias no solo acomodadas al gusto de los europeos, sino inventadas por ellos, en venganza por la frustración de sus repetidas conspiraciones, maquinaciones y complots”. Una contestación al artículo de Francia, escrito por un paisano de Rengger, César Hipólito Bacle, apareció a la semana siguiente. Reimpresiones del artículo de Francia se encuentran en Zinny, Los gobernantes, pp. 311-15, y en John Parish Robertson y William Parish Robertson, Francia’s Reign of Terror, pp. 372-80. La refutación de Bacle está reimpresa en Zinny, pp. 315-18.
13 Wisner de Morgenstern, El Dictador, p. 88.
14 Para ejemplos de los poemas, canciones y folletos francistas, ver Blas Garay, ed., Descripción de las honras fúnebres que se hicieron al Excmo. Señor Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay, primera de la América del Sud. Ver también la reproducción de varios versos populares, testimonios y extractos de documentos oficiales y artículos periodísticos, hallados en José Antonio Vázquez, El doctor Francia, pp. 783-922, y Chaves, El Supremo Dictador, pp. 464-77.
15 Manuel Antonio Pérez, “Oración”, gm, 22 de julio de 1846. “Oración” fue reimpresa como parte de la constante polémica alrededor de Francia, que experimentó una dramática reactivación a mediados de 1846. Para una lista de los artículos periodísticos y sus ubicaciones, ver Chaves, El Supremo Dictador, p. 414. Para un extracto prolongado de “Oración”, ver José Antonio Vázquez, El doctor Francia, pp. 810-17.
16 Pérez “Oración”, como se reproduce en Garay, Descripción, p. 51.
17 Wisner de Morgenstern, El Dictador, p. 170. Después de examinar varios relatos del robo que circulaban en esa época, Wisner llegó a la conclusión de que, con gran probabilidad la familia Machaín había contratado a varias personas para robar el cuerpo y arrojarlo al Río Paraguay. También es probable que, contrario a la idea frecuentemente aceptada de que Francia quemó sus papeles personales antes de su muerte (ver Chaves, El supremo Dictador, p. 460), los miembros de la oligarquía sean responsables por su desaparición.
18 Libro que contiene las condiciones patria de los Colegiales, 1772-1810, Archivo del Colegio Nacional de Monserrat, Córdoba después del asiento de 1783.
19 Thomas Carlyle, Doctor Francia, en la obra de Carlyle Critical and Miscellaneous Essays, 4:205-63.
20 Auguste Comte, Appelaux conservateurs; el Calendrier Positiviste se encuentra entre las pp. 114-115.
21 García Mellid, Proceso, vol. 1.
22 Pablo Neruda, “El Doctor Francia”, en Obras Completas, pp. 430-31.
23 La única excepción destacable es la fascinante novela histórica de Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo (1975).
24 Edward Lucas White, El Supremo, p. vii. Como parte de la imagen que se ha creado alrededor de Francia, debe tenerse en cuenta que el título informal de ‘El Supremo’, usado por primera vez por Edward Lucas White en su novela de 1916 y luego adoptado por muchos historiadores, no fue jamás usado por Francia ni por sus contemporáneos.
Parte 1
I. La dependencia colonial clásica
Situado en la periferia del imperio español, el Paraguay era un componente del imperio, geográficamente marginal, pero política y económicamente integrante del mismo. Debido a que constituían un estado tapón entre la colonia portuguesa rival del Brasil y las naciones indígenas hostiles, los paraguayos estuvieron obligados a prestar prolongado servicio militar, lo que contribuyó a la severa escasez de mano de obra en la provincia durante los fines del período colonial. De consecuencia aun mayor fueron los efectos combinados de la economía de exportación del Paraguay y su dependencia del sistema comercial imperial. Su estructura, similar a una cadena, que empezaba oficialmente en España y se extendía a la remota provincia vía Panamá, Lima y Buenos Aires, sirvió para deprimir la economía de la provincia y privarla de una gran porción de sus riquezas, dejando a la mayoría del pueblo paraguayo en la extrema pobreza.
Debido a que el Paraguay era una provincia satélite del Virreinato del Perú, y más tarde del Virreinato de La Plata –después de la creación de este último en 1776–, sus principales decisiones políticas y reglamentaciones comerciales dependían de estos centros metropolitanos que, a su vez, servían a los intereses de España. Por consiguiente, la economía política del Paraguay no estaba estructurada para beneficiar a la Provincia; sus estructuras políticas y económicas promocionaban los intereses de las metrópolis de América y Europa. No hay nada desusado en esta relación de dependencia, por supuesto, dado que la función de un imperio es beneficiar a la metrópolis a través de la explotación de sus colonias satélites. Lo que causaba la severidad de la pobreza del Paraguay era el infortunio de estar situado en el extremo de la cadena de satélites.
A fines del siglo XVIII, la economía paraguaya se centraba alrededor de la exportación de diversos productos comerciales, incluyendo tabaco, maderas duras, azúcar, miel, otros dulces y cuero. Sin embargo, el producto que con creces era el más importante y rentable para fines de comercialización, era el té paraguayo, la yerba mate. Enfatizando que la región gozaba de un monopolio natural sobre la yerba, el gobernador de la provincia, Agustín Fernando Pinedo, explicaba a la colonia española en 1777:
La yerba es el fruto más apetecido, de más estimación, de que se coge más cantidad, y cuyo comercio se extiende a todo el Perú y Chile. Su uso es común en ricos y pobres; tómase su substancia en agua caliente, y es un equivalente al chocolate pero mucho más usado que lo es este género en España: ni se guarda en su uso la moderación que en el chocolate el cual cuando más se acostumbra a tomar dos veces al día, pero la yerba que condimentada llaman Mate, toman tres, cuatro y más veces por la mañana y otras tantas a la tarde, y no solo las gentes de conveniencia sino también los más pobres, a lo cual se acostumbran también todos los europeos, de que resulta un gran comercio, y hay personas tan enviciadas en su uso que prefieren el mate a otros más sólidos sustentos y aplican en primer lugar el dinero que tienen a esa apetecible especie.25
En el mismo informe, Pinedo también destaca la importancia del comercio de la yerba en la economía paraguaya, expresando que, junto con la agricultura, las ocupaciones principales “de todos los habitantes de esta provincia, por inclinación o por necesidad [son] la recolección de la yerba en los montes donde crecen [y] su transporte por río en naves comerciales a Buenos Aires”. En un informe anterior (1773), el gobernador había calculado que casi la mitad de los hombres de la colonia encontraban trabajo en la recolección, preparación y transporte de yerba.26 Félix de Azara, el famoso brigadier, naturalista y observador real español, fue más específico cuando informó que del comercio paraguayo total de 395.108 pesos para los años 1788 a 1792, la yerba representaba casi las tres cuartas partes (292.653 pesos).27 Los permisos de comercio paraguayos para 1800 documentan la exportación de 2.700 toneladas de yerba, un vívido testimonio de la economía de monocultivo de la provincia.28
Paradójicamente, la gran demanda de yerba y el consecuente comercio sirvieron para empobrecer al pueblo paraguayo. Como es típico de las economías de monocultivo, la extrema concentración de recursos humanos, naturales y de capital en la producción del producto de rentas, condujo a la desatención de industrias menos rentables. El efecto más marcado de esta distribución desequilibrada de recursos fue una escasez crónica de productos de primera necesidad y, como resultado, los altos precios para sus substitutos importados. Como lo observa el gobernador Pinedo:
[...] es negado el cultivo e inconseguible, no hay establecimientos de abasto en lo más notable de alimentos, como pan, carnes y legumbres, a que se agrega no darse vino, aceite ni lo demás que a costa de excesivos precios necesita el que los consume –que son todos– hacerlos conducir de Buenos Aires intermediando en su viaje tres o cuatro meses.29
La seria escasez de mano de obra, que resultaba en gran medida de las demandas al papel político de la colonia como amortiguadora entre el Brasil y las naciones indígenas circundantes, constituyó un agregado a los problemas del Paraguay. Al mantener la provincia en constante estado de alerta militar, en lugar de establecer guarniciones regulares para su protección, la corona exigía que los ciudadanos de sexo masculino sirvieran en los fuertes distantes. Incluyendo el tiempo insumido en viajar a y de estos alejados fortines, esta obligación militar daba como resultado un período de servicio activo de cuatro a seis meses por año. Además, los ciudadanos-soldados estaban obligados a equiparse ellos mismos con lo esencial: vestimenta, caballos, armas y subsistencia.30
Dado que la mayor parte de la actividad industrial estaba prohibida por ley imperial, muchos de estos artículos militares debían ser importados. Con el comercio estrictamente regulado por la estructura monopolista, sin tener en cuenta la considerable actividad del contrabando, cuando los artículos importados llegaban al Paraguay los precios eran exorbitantes. El gobernador Pinedo demostró la dependencia del Paraguay de esta estructura del comercio cuando se quejaba: “armas, pólvora y municiones les cuesta muy caro como que todos estos pertrechos son condiciones de Europa por los mercaderes, y que cuando llegan a esta remota provincia han tenido ocho y diez ventas y reventas, aumentándose el precio en cada una los costos de la producción y la ganancia a que el mercader aspira”.31 También aquí el Paraguay sufría las consecuencias de su situación de satélite subalterno en el imperio colonial.
Plagadas de reglamentaciones y pesada tributación, las exportaciones de la colonia también estaban deprimidas. El caso de la yerba constituye un claro ejemplo de la situación subalterna del Paraguay. Enviada en primer término a Santa Fe y luego reembarcada a Buenos Aires, que servía como centro de distribución para Tucumán, Potosí, Chile, Lima y Quito, la yerba estaba sujeta a impuestos tanto provinciales como a la alcabala –impuesto a las ventas– en cada punto de la ruta.32
Incluso las reglamentaciones de Libre Comercio de 1777-78, promulgadas supuestamente para facilitar el comercio interprovincial, ofrecieron escaso alivio para el Paraguay. Pese a estas reformas, la estructura de dependencia como satélite de la metrópolis permitió la constante apropiación de las riquezas de la provincia, aunque de forma encubierta a través de una serie de relaciones de crédito perjudiciales. Refiriéndose al comercio de la yerba, el gobernador Pinedo informaba:
Las causas de la quiebra y atrasos del comercio de este género y de lo demás de esta provincia, consisten lo primero, en que por su pobreza no hay ni un mercader que comercie con caudal propio. Las facturas, que tienen, les fían en Buenos Aires y les dan muy caras, y con la obligación de pagar un 8 por ciento de rédito todo lo que demorare la paga en el plazo que les ponen, que puede ser de un año o año y medio, por la experiencia que tienen de que los habilitados al Paraguay no han de acabar de pagarles en seis, ocho, diez o más años. Llegan aquí con esta carga tan pesada, y al considerar sobre sus experiencias las pérdidas a que se arriesgan, fían sus géneros a un beneficiador de yerba, que nada tiene suyo, y con la mira de subsanar su pérdida, la ganancia a que aspira y los cargados que traen los géneros desde Buenos Aires le pone unos precios exorbitantes, llévalos al beneficiador, procura venderlos, ¿y a quién? A unos miserables peones, a quienes la desnudez y suma desdicha obliga a ofrecer lo que no pueden pagar; en suma, ellos no tienen qué comer, ni instrumentos y herramientas con que trabajar en el beneficio de la yerba y todo compran o alquilan al beneficiador para quien trabajan, y este les da a un precio exorbitante de que resulta que estos miserables no pueden pagar ni aún la mitad –mejor diré la tercia parte– de aquello en que se empeñan: porque a estos no se les paga jornal diario, ni salario mensual, compran ellos la ropa y la comida y alquilan los instrumentos con que trabajan y todo fiado, y no alcanzándoles el tiempo para poder pagar con su trabajo personal se ven otra vez desnudos y empeñados, y en la necesidad de empeñarse de nuevo.33
De la descripción del gobernador, se destaca nítida la cadena de la dependencia económica. Los peones, sin medios propios de producción, dependían de los comerciantes de yerba para herramientas, ropa y subsistencia. Los comerciantes de yerba, al servir como ‘metrópolis’ para los peones, funcionaban como ‘satélites’ en relación con los comerciantes paraguayos, de quienes recibían mercaderías a crédito. De igual manera, los comerciantes paraguayos funcionaban como satélites dependientes de los comerciantes de Buenos Aires, quienes les prestaban capital operativo. Y esta cadena de dependencia de explotación no terminaba en la metrópolis americana de Buenos Aires.
En una inútil tentativa de convencer a la corona que sería en el interés de todos los afectados corregir las condiciones que devastaban su provincia, primero analizaba la cadena económica y advertía que:
De estas quiebras que padecen los beneficiadores en los peones resultan las de los comerciantes que trafican en estas provincias; de las de estos las de los de Buenos Aires que les fíe. De las de los de Buenos Aires, las de Cádiz cuyo comercio los surte, y en las quiebras de los de Cádiz pierden su dinero infinitas personas de ese Dominio, que ponen a giro sus caudales en aquel comercio, de modo que la quiebra que causa por necesidad el miserable peón desnudo de los yerbales del Paraguay va a resultar al primero que puso su caudal a giro en Cádiz, de donde emanan los géneros que recibió y no pudo pagar.34
De esta manera, continuaba la estructura económica satélite-metrópolis. Los comerciantes de Buenos Aires, a fin de adquirir las mercaderías que vendían a los comerciantes paraguayos, dependían de sus metrópolis, los comerciantes de Cádiz y sus financiadores.
Comprensiblemente, el gobernador Pinedo, observando este fenómeno desde la periferia más explotada del imperio, proyectaba de forma equivocada la pobreza que veía a su alrededor a la estructura entera. Si él hubiera optado por el concepto de ganancia, en lugar del de pérdida en su análisis, hubiera presentado una relación más exacta del funcionamiento del sistema comercial –porque no solo cada satélite era explotado por su metrópolis en cada eslabón de la cadena, sino que a su vez el mismo funcionaba como metrópolis que se beneficiaba de la explotación de su respectivo satélite–.35
La excepción a este mecanismo en la cadena de aprovechamiento era el peón paraguayo, cuyo trabajo inicialmente producía la riqueza y, por consiguiente, no tenía satélite que explotar. La duplicidad comenzaba con los acopiadores de yerba, puesto que incluso sujetos a las condiciones explotadoras de crédito de sus metrópolis –los comerciantes paraguayos–, obtenían utilidad de la explotación de sus satélites –los peones–. Lo mismo se aplicaba a los comerciantes paraguayos explotados por las tasas usurarias de intereses y altos precios que estaban obligados a pagar por las mercaderías que recibían de su metrópolis –los comerciantes de Buenos Aires–, puesto que si no aceptaban los términos de estos comerciantes los paraguayos no hubieran estado en situación de beneficiarse de la explotación de sus propios satélites –los acopiadores de yerba–. La misma relación se aplicaba al próximo eslabón de la cadena. Los comerciantes de Buenos Aires obtenían ganancias de su posición metropolitana frente a los comerciantes paraguayos, sirviendo al mismo tiempo como fuentes de ganancias para los comerciantes de Cádiz. De esta manera, cada metrópolis extraía una utilidad de la explotación de sus respectivos satélites. Esto era algo necesario, puesto que si no actuaban de este modo, no hubieran podido seguir en este negocio.
La economía de monocultivo del Paraguay, y su resultante comercio, dependía de este sistema mundial de mercado. Junto con los gastos de cumplimiento de las obligaciones militares impuestas por su papel de estado tapón, las ganancias obtenidas en cada eslabón de la cadena de dependencia económica consumían la riqueza de la provincia. Aun cuando el gobernador Pinedo no retrató correctamente el capitalismo comercial de la época, sin duda comprendió sus efectos sobre la provincia cuando expresaba de modo profético, “el sistema que empiezan a observar al presente los mercaderes, al mismo tiempo que es menos perjudicial para ellos, causa y causará en lo sucesivo más desdichas y desnudez”.36
Más de veinte años después, el nuevo gobernador del Paraguay informaba a la Corona que, de una población de casi 100.000 habitantes, “más de 50.000 almas viven en una indigencia total, sufriendo con paciencia los efectos terribles de la desnudez, de la miseria y de la opresión”.37
Claramente, mientras la política económica del Paraguay permanecía en relación de dependencia, la tétrica predicción del gobernador Pinedo estuvo destinada a ser verdadera.
25 AGI, ABA, leg. 322, Pinedo al Rey, 29 de enero de 1777.
26 AGI, ABA, leg. 202, Pinedo al Rey, 14 de junio de 1773.
27 Félix de Azara, Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata, pp. 204-5.
28 ANA, NE, leg. 3360, Libro de Asiento de Guías para el año de 1800.
29 AGI, ABA, leg. 202, Pinedo al Rey, 14 de junio de 1773.
30 AGI, ABA, leg. 322, Rivera al Rey, 19 de mayo de 1798.
31 AGI, ABA, leg. 322, Pinedo al Rey, 29 de enero de 1777.
32 Ibid.
33 Ibid.
34 Ibid.
35 Para fines de sencillez, no se examinarán los vínculos de los capitalistas comerciales españoles con los capitalistas industriales de otras naciones europeas, aunque funcionalmente eran una continuación de la cadena de dependencia. Para un estudio y ensayo bibliográfico sobre este tema, ver Barbara H. Stein y Stanley J. Stein, The Colonial Heritage of Latin America.
36 AGI, ABA, Leg. 322, Pinedo al Rey, 29 de enero de 1777.
37 AGI, ABA, leg. 322, Rivera al Rey, 19 de mayo de 1798.
II. La incorporación de las misiones
Durante ciento sesenta años, los jesuitas administraron las Misiones guaraníes del Paraguay. Las primeras de ellas –también llamadas reducciones o pueblos de Misiones– creadas en 1607, tenían solo unos pocos centenares de habitantes. Para 1767, año en que el monarca español expulsó a los jesuitas de los dominios españoles, las colonias habían proliferado y florecían treinta pueblos estables y prósperos que alojaban a aproximadamente cien mil guaraníes. Sin embargo, al cabo de unas pocas décadas de administración civil y como consecuencia de la incorporación de las Misiones a la economía política del Paraguay, los pueblos fueron reducidos a pálidas sombras de su situación anterior. La mayoría de la gente huyó y la producción cayó verticalmente, y sus construcciones abandonadas yacían en deterioro.
Durante la administración de los jesuitas, las Misiones escaparon a la aplastante pobreza del resto del Paraguay. También funcionaron como zona de tapón con sus consecuentes obligaciones militares, pero la carga sobre los habitantes de sus era considerablemente más liviana. La distribución geográfica más amplia de los pueblos reducía el tiempo de viaje, dado que muchos de los habitantes vivían más cerca de los fortines distantes. Además, las misiones gozaban de un permiso real especial para fabricar sus propias armas y municiones, que minimizaban sus gastos para suministros militares.
Con el fin de pagar el tributo real anual, continuar con las contribuciones normales a la tesorería central de los jesuitas en España e importar los pocos artículos que no podían producir ellas mismas, las Misiones cultivaban yerba y tabaco para exportación. En efecto, habían logrado cultivar el arbusto de la yerba, de modo que en lugar de recolectar las hojas en arduas extensiones con alto insumo de tiempo en el hinterland, como se hacía normalmente, cosechaban sus propios cultivos.38 Además, los jesuitas poseían suficientes recursos para financiar sus propias operaciones comerciales y, en virtud de ello, evitaban los gastos y dependencia adicionales de tener que recurrir al crédito de los acopiadores.

A diferencia del resto del Paraguay, los recursos humanos, naturales y de capital de las Misiones no estaban excesivamente concentrados en el sector de exportación de la economía. Al igual que la mayoría de los grupos dirigidos por misioneros, los guaraníes producían una variedad equilibrada de productos y animales para satisfacer las necesidades de productos básicos de sus comunidades semi aisladas. Esta política no solo satisfacía las necesidades inmediatas del pueblo, sino que en la misma medida eliminaba la necesidad de recurrir a costosos substitutos importados. Las prioridades y la política comercial de las Misiones jesuíticas mantenían una unidad socioeconómica casi autónoma, afectada en mínima medida por las fuerzas políticas y económicas del Paraguay dependiente.
Las relaciones tradicionalmente hostiles entre colonizadores y misioneros son importantes para comprender la historia de las Misiones después de la expulsión de los jesuitas. Frustrados en sus tentativas de explotar la mano de obra de los guaraníes, los colonizadores no habían olvidado que las autoridades reales habían usado soldados guaraníes para aplastar la sangrienta revolución de los Comuneros Paraguayos en la década de 1720. La liberación tributaria parcial de las Misiones en el comercio de la yerba aumentó el resentimiento colonial. Por lo que no es sorprendente que los colonizadores españoles hicieran todo lo que pudieron para desacreditar a los jesuitas, diseminando rumores de minas de oro ocultas y de una conspiración para crear un Estado independiente en las selvas de América del Sur.
Pese a que este tipo de agitación local ofrecía un pretexto para la expulsión, fue el absolutismo del siglo XVIII lo que proporcionó la justificación política. La expulsión de los jesuitas de las colonias portuguesas (1759), francesas (1763) y españolas (1767) refleja la filosofía política del despotismo ilustrado. La eliminación de las comunidades semiautónomas jesuitas fortaleció a las administraciones coloniales y centralizó más aun el poder político en manos de monarcas europeos. Además, permitió la confiscación de la considerable riqueza jesuita en tierras, esclavos y medios de producción, que se necesitaban desesperadamente para financiar las vastas reformas del absolutismo ‘ilustrado’. Confrontado por una oposición poderosa, sin aliados que defendieran su causa, el último jesuita abandonó América en 1768.
A fin de proseguir con la recaudación del tributo anual más el diezmo –impuesto del diez por ciento–, la corona designó al gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucareli, para que organizara una nueva administración para las misiones. Sin embargo, a pesar de sus complejas medidas, el nuevo sistema no funcionó.39 En marcado contraste con el sostenido crecimiento de las misiones durante la administración jesuita, las primeras décadas de la administración civil se caracterizaron por su rápida despoblación. La magnitud del éxodo puede observarse en el cuadro 1, que indica las estadísticas para las trece poblaciones paraguayas.40
Bajo la administración civil, en lugar de continuar constituyendo una fuente de ingreso para la Corona, las Misiones se convirtieron en una carga. El gobernador de Buenos Aires, Juan José de Vertiz, en su informe del 21 de marzo de 1784, le decía al rey que el tesoro de la Misión arrojaba un déficit de 60.000 pesos.41 Para 1795, debido a la falta de pago del tributo anual y del diezmo, las Misiones “se hallan con el enorme atraso y deuda de 247.189 pesos a favor de la Real Hacienda”.42
En una tentativa de evaluar y detener esta degeneración durante las décadas que siguieron a la expulsión, la Corona solicitó con insistencia informes de diferentes funcionarios. Como parte de sus esfuerzos por reunir datos, los intendentes fueron inicialmente instruidos de efectuar visitas y presentar estos partes anuales sobre las Misiones.43 El siguiente resumen del exhaustivo informe del intendente del Paraguay, Joaquín de Alós, compilado en 1788 después de una minuciosa gira de inspección de las Misiones, revela las condiciones que constató.
Los libros hallé desordenados y confusos. Los almacenes sin efectos de primera necesidad, los ramos de agricultura casi abandonados; nada activa la fábrica de tabaco. La industria y artes en muchos sin maestros ni directores. Los tratos perjudiciales a las comunidades. Los arrendamientos bajos. Las crías de ganado decadentes. El vestuario decadente general ninguno desde el año de 1768. Los tributarios más de la mitad menos desde el año de 1772. La población de los pueblos mínima. La educación de la juventud desatendida y los edificios deteriorados y ruinosos.44
En el texto y apéndices de su informe, Alós extendía sus observaciones. Debido a la práctica de los nuevos administradores, de vender ilegalmente gran parte del ganado de las Misiones a las estancias vecinas en el Paraguay, Corrientes y Entre Ríos, durante el primer año de la administración civil, los rebaños de ganado disminuyeron en 20 por ciento (de 516.371 a 412.169), y para 1768 en más del 50 (a 243.906).45 Al mismo tiempo, la arbitraria distribución de las tierras comunitarias a españoles privilegiados con arrendamiento simbólico, desplazó a muchos habitantes de las Misiones.
Refiriéndose a este robo de la riqueza comunitaria, el Virrey Avilés informaba en 1799 que “los administradores en nada menos han pensado que en hacerles trabajar a los guaraníes con pretexto de que los productos son para la comunidad pero no los visten”.46 Después de llevar a cabo una inspección completa de las Misiones a principios del mismo año, Félix de Azara explicaba la situación más explícitamente aun, indicando que “muchos administradores roban, apuntando en sus cuentas que han cosechado, por ejemplo, 1.000 arrobas de yerba o algodón cuando son mil y quinientas, lo que le es fácil, pues no interviene”.47
Alós inspeccionó la totalidad de los treinta pueblos, y en cada uno encontró la vestimenta de la población en estado miserable; en muchos casos los habitantes tenían ni ropa. En un largo apéndice incluyó observaciones específicas sobre cada pueblo. Un informe típico decía: “Estoy cerciorando que estos naturales no han tomado vestuario general desde la expulsión de los extinguidos Regulados y que esta continuada falta los conserva indigentes”.48 Al final de cada informe, Alós ordenaba al administrador encargado que entregara de inmediato ropa a los habitantes. Sin duda, las órdenes no fueron tomadas en serio, puesto que, escribiendo once años después, Azara informaba: “Por lo que he visto y examinado creo poder decir positivamente que no se ha dado vestuario al completo de ningún pueblo ni una sola vez desde que se fueron los jesuitas y sí digo que no exagero”.49
No hace falta decir que los guaraníes no participaron de buen grado en su propia explotación. Según el Virrey Avilés, solo “su hábito de someterse, su natural mansedumbre y el temor al azote los hace trabajar pero a costa de mucha vigilancia”.50 Practicando una forma de resistencia tradicionalmente interpretada como ‘haraganería’, los habitantes de las Misiones se tornaron “muy hábiles en eludir sus obligaciones [mediante] las mentiras, engaños, maniobras, conspiraciones, fingiendo enfermedad y escondiéndose”.51
El sistema administrativo civil convirtió la economía equilibrada de las Misiones en una réplica de la economía de monocultivo paraguaya, donde la escasez de productos de primera necesidad podía atribuirse a la concentración desproporcionada de recursos en la producción de yerba. La desatención a la agricultura en las Misiones, y el resultante agotamiento de existencias de cereales fue tan severa, que Alós expresaba que “más parecen reservadas para las siembras que para el abasto común”.52 En palabras del Intendente:
Este abandono de la agricultura consiste en que los administradores han mirado este ramo como el menos proporcionado a un tráfico y comercio, que mal diferido se han propuesto seguir con el de la yerba, sin considerar el quebranto que reciben las comunidades...53
Esta reorientación de la economía es la clave del empobrecimiento de las Misiones. Los administradores civiles y los comerciantes, motivados por la ceguera de los intereses propios, confiscaron gran parte de las riquezas acumuladas de las Misiones y, respondiendo a las oportunidades del mercado, redirigieron sus recursos a enfatizar la producción máxima de la yerba, convirtiendo en monocultivo a una economía equilibrada. Las Misiones fueron sometidas bajo la administración civil, y pronto dominadas por las mismas fuerzas económicas y prioridades responsables del empobrecimiento del resto del Paraguay.
Debe admitirse que la culpabilidad no puede ser atribuida a los explotadores individuales solamente, puesto que sus actos fueron más sintomáticos que causales. Es decir, aunque los administradores fueron los agentes manifiestos de la opresión y de este modo responsables directos de gran parte de las calamidades de las Misiones, sus actos fueron posibles en el contexto de la economía política global del Imperio colonial español, y, por consiguiente, deben comprenderse como efectos de dicha estructura general. En efecto, el empobrecimiento de las Misiones es solo atribuible de modo superficial a los actos corruptos de algunas personas; la causa esencial radica en la incorporación de las Misiones como apéndice superexplotado del Paraguay dependiente.
38 AGI, ABA, leg. 85, Azara a Avilés, 8 de mayo de 1799.
39 Para un estudio detallado de los decretos de Bucareli, ver Pablo P. Hernández, Organización social de las doctrinas Guaraníes de la Compañía de Jesús, 2:174-89.
40 Las cifras para 1750 fueron proporcionadas por el jesuita P. Manuel Querini en cumplimiento de la cédula real del 17 de junio de 1747, como se cita en C.E. Corona Baratech, “Notas para un estudio de la sociedad en el Río de la Plata durante el virreinato”, Anuario de Estudios Americanos 6(1953):144. Las cifras para 1774 fueron presentados por el padre Juan Francisco Carrio a su superior, Padre Fulgencio José González, AGI, ABA; leg. 21 Carrio a González, 17 de diciembre de 1765. Las cifras para 1767, 1784 y 1801 se han tomado de Branislava Susnik, El indio colonial del Paraguay, gráficos en el volumen 2, entre pp. 172-173. Susnik se basa en varias fuentes primarias (ver su capítulo 2, pp. 107-72 para detalles).
41 Como se cita por Cárdiff G. Fúrlong, “Las Misiones Jesuíticas”, Historia de la Nación Argentina 3(1939):420.
42 AGI, ABA, leg. 323, Oficio Real a Avilés, 30 de noviembre de 1798.
43 Dado que estas medidas demostraban ser poco prácticas, al poco tiempo dejaron de ser implementadas.
44 AGI, ABA, leg. 142, Alós al Rey, 20 de octubre de 1788.
45 Ibid., Apéndice 5, “Estado de los ganados… que quedaron el año de 1768… 1769… y en este año de 1788”.
46 AGI, ABA, leg. 85, Avilés al Rey, 8 de junio de 1799.
47 AGI, ABA, leg. 85, Azara a Avilés, 8 de mayo de 1799.
48 AGI, ABA, leg. 142, Alós al Rey, 20 de octubre de 1788, Apéndice 6, “Pueblo de Jesús”, 11 de julio de 1788.
49 AGI, ABA, leg. 85, Azara a Avilés, 8 de mayo de 1799.
50 AGI, ABA, leg. 142, Avilés al Rey, 8 de junio de 1800.
51 Ibid.
52 AGI, ABA, leg. 142, Alós al Rey, 20 de octubre de 1788.
53 Ibid.
Parte 2
III. Enfrentando a las metrópolis
Reflejando el deterioro del imperio español, el control y la protección ibéricos del Río de la Plata se había debilitado para 1810 de modo drástico. Ya en 1806 una expedición británica, bajo el mando de Sir Home Popham, había forzado su ingreso a Buenos Aires. Lo significativo es que fueron los criollos, no los españoles, los que expulsaron a los invasores. El Virrey español, Rafael de Sobremonte, huyó al interior, dejando la milicia colonial de la ciudad en manos del oficial criollo, Santiago Liniers. Después de la derrota de los ingleses, el Cabildo porteño depuso a Sobremonte y eligió a Liniers en su lugar. El año siguiente, una segunda expedición de diez mil soldados ingleses, esta vez bajo el mando del General John Whitelocke, ocupó Montevideo y atacó Buenos Aires. Y una vez más fue el criollo Liniers quien defendió la ciudad obligando a los ingleses a retirarse.
Aun cuando los británicos sufrieron dos derrotas militares, estimularon con éxito las crecientes demandas de los porteños por el libre intercambio comercial fuera de los confines del imperio español. Durante los meses de ocupación británica, los habitantes del Río de la Plata experimentaron los beneficios del comercio directo con Inglaterra. Los comerciantes británicos de buen grado pagaron el doble del precio acostumbrado por las exportaciones principales de la región, cueros y sebo, vendiendo al mismo tiempo ponchos de lana fabricados en Manchester por un tercio del precio de los productos originarios de Tucumán.54
Los eventos en Europa minaron más aun la autoridad española en América. En 1808, los ejércitos de Napoleón invadieron la Península Ibérica, capturando al monarca español, Fernando VII. En una tentativa de poner fin a la dinastía de los Borbones pero no a la monarquía española, Napoleón nombró a su hermano, José Bonaparte, como nuevo Rey de España. Pero una insurrección popular quebró este plan, y condujo a la creación de juntas locales leales a Fernando. A su vez, los Cabildos de Buenos Aires y Asunción votaron el reconocimiento de la autoridad de la más prestigiosa de estas juntas –la Junta Superior de España e Indias, Sevilla– y juraron lealtad al monarca Borbón prisionero, pero la disolución de la Junta Superior el año siguiente cortó los vínculos de América con la corona de los Borbones. El Cabildo de Buenos Aires, estimulado quizás por las recientes victorias sobre los soldados ingleses, aprovechó esta oportunidad para zafarse del monopolio comercial de España y asumió la dirección de sus propias operaciones. El 25 de mayo de 1810, el Cabildo porteño depuso al Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, que había sido designado por la Junta Superior el año anterior, y estableció la Junta Provisoria del Río de la Plata para ‘gobernar en nombre de Fernando VII’.
En la tentativa de mantener su posición dominante en la economía de la región, los porteños anunciaron su intención de conservar la estructura política del Virreinato. La Junta Provisoria de inmediato emitió una proclamación de su autoridad “a las provincias todas de nuestra independencia, y ahí más allá, si puede ser, hasta los últimos términos de la tierra”.55 El Cabildo de Buenos Aires envió una circular similar a todas las provincias del Virreinato del Río de la Plata.56
Al comprender que los realistas paraguayos presentarían una fuerte oposición, la Junta de Buenos Aires, en lo que resultó una decisión desastrosa, envió al Coronel José Espínola a entregar la declaración del Cabildo y explicar con detalle los objetivos de la revuelta porteña. Espínola, “el viviente más odiado por los paraguayos” por haber sido el “instrumento principal de las violencias del anterior gobernador Don Lázaro de Rivera”,57 rápidamente se ganó la animosidad tanto de la élite española como de la criolla. Después de asumir el título de Comandante de Armas del Paraguay, se detuvo en la ciudad fronteriza sureña de Pilar el tiempo suficiente para obligar al Cabildo local a jurar lealtad a la junta porteña.58 Prosiguiendo hacia Asunción, recibió un trato cordial del gobernador Bernardo de Velazco hasta que llegaron noticias de Pilar, después de lo cual fue exiliado al Norte. Sin embargo, en lugar de viajar a Concepción Espínola logró escapar y regresó a Buenos Aires, donde exageró el tamaño y poder de la facción porteñista en el Paraguay.
En el momento de la revuelta de 1810 en Buenos Aires, Paraguay se encontraba bajo el firme control de los españoles, que ocupaban las posiciones políticas y militares más altas, “y el comercio del Paraguay se halla principalmente en manos de los españoles”.59 Sin embargo, debido a la tradicional animosidad paraguaya contra Buenos Aires, fue fácil para el gobernador Velazco y el ultrarrealista Cabildo de Asunción, ganar el apoyo paraguayo contra los porteños. La asociación del odiado Espínola con estos últimos y el temor de nuevos reclutamientos militares60 también sirvieron para solidificar el apoyo paraguayo contra los porteños y su descarada expresión de dominación. Pero la razón principal de la oposición unificada a las pretensiones porteñas era que el Paraguay, que ocupaba una posición periférica en el imperio español, estaba político y económicamente en un callejón sin salida. Y como no había clase criolla poderosa o bien atrincherada, cuya posición socioeconómica estuviera basada ventajosamente o vinculada a la estructura colonial,61 dado el momento histórico los antagonismos entre criollos y españoles fueron temporalmente olvidados por su posición común contra los porteños.
Aun cuando el enemigo estaba claramente definido, no todos los paraguayos estaban de acuerdo sobre el curso de la acción que debía seguirse. En la reunión del Cabildo abierto –un encuentro ‘abierto’ de personalidades locales–, convocado por el gobernador Velazco y el cabildo realista para deliberar sobre los recientes sucesos, un criollo radical, doctor en teología y abogado, sorprendió a las élites de Asunción declarando irrelevante cualquier debate sobre quién debía ser reconocido como soberano del Paraguay. José Gaspar Rodríguez de Francia, con su marcada influencia de la filosofía ‘ilustrada’, argumentó que, dado que España ya no poseía poder para gobernar, la soberanía retornaba naturalmente al pueblo; por consiguiente, el Paraguay debía declarar su independencia en lugar de continuar dependiendo de un gobierno central controlado por porteños.62 En su discurso ante la asamblea, Francia insistió:
La única cuestión que debe discutirse en esta asamblea y decidirse por mayoría de votos es: cómo debemos defender y mantener nuestra independencia contra España, contra Lima, contra Buenos Aires y contra Brasil; cómo debemos mantener la paz interna; cómo debemos fomentar la pública prosperidad y el bienestar de todos los habitantes del Paraguay; en suma, qué forma de gobierno debemos adoptar para el Paraguay.63
No fue sorprendente que los doscientos ‘notables’ locales españoles y criollos rechazaran una propuesta tan radical. En lugar de ello, desairaron a los porteños, aprobando las resoluciones realistas más conservadoras, de reconocer la autoridad del Consejo Supremo de Regencia de España, asegurando al mismo tiempo relaciones fraternas con el gobierno de Buenos Aires y las demás provincias del Virreinato. Lo más importante fue que el Cabildo abierto resolvió crear un ejército para la defensa, observando que Portugal estaba esperando una oportunidad “de tragarse esta preciosa y codiciada provincia”, y ya tenía sus tropas en las riberas del río Uruguay.64 Para coordinar los preparativos militares, el Cabildo abierto creó una Junta de Guerra con oficiales realistas seleccionados, comandados por el oficial español de mayor rango, Coronel Pedro Gracia.65
Esta resolución claramente reflejaba los intereses conservadores de la élite española, pues, como al cabo demostraron los sucesos, el nuevo ejército podía usarse tanto para resistir la dominación porteña como la portuguesa. No obstante, el plan español de defender su posición privilegiada entraba en contradicción con lo que pronto daría por resultado el derrumbe de esta unidad inicial. La constante participación de España en las guerras europeas durante el siglo XVIII había hecho casi imposible el envío de ejércitos españoles para defender sus posesiones en América, que cada vez más se convertían en objetivo de aventuras militares inglesas, al irse acercando a su término la era colonial. Los monarcas Borbones habían adoptado, por consiguiente, la política de fortalecer las milicias locales, en primer término para aumentar y luego, en particular durante las Guerras napoleónicas, para reemplazar las tropas españolas en muchas colonias americanas. Así, cualquier fuerza militar creada para defender el Paraguay amenazaba caer bajo el comando de los criollos.
Cuando los porteños supieron que su declaración de autoridad había sido rechazada por la Asamblea del 24 de julio, resolvieron una serie de medidas punitivas que incluían aislar la provincia mediante bloqueo del comercio fluvial y envío de emisarios secretos para provocar un levantamiento.66 Desde septiembre de 1810 comenzaron a descubrirse pequeñas conspiraciones porteñas, primero en Asunción y poco después en Concepción, Itá y Yaguarón.67 Al mismo tiempo, Buenos Aires prosiguió en el campo militar su ambición de perpetuar el virreinato como una unidad bajo su control. En una tentativa de asegurarse la Banda Oriental (Uruguay), los porteños atacaron el bastión español en Montevideo; a fin de enfrentar a los ejércitos realistas enviados desde el virreinato del Perú, despacharon un ejército a las provincias norteñas del interior. Creyendo todavía en el informe de Espínola de un vigoroso apoyo porteñista en el Paraguay, aun cuando la esperada revuelta criolla había dejado de materializarse, confiadamente enviaron al General Manuel Belgrano con un pequeño ejército para forzar a la provincia a la sumisión.
A principios de diciembre, el ejército de ‘liberación’ porteña, consistente de mil cien soldados bien armados y disciplinados, cruzaron el río Paraná para entrar en el Paraguay –meramente para encontrar desierta la región–.68 Los informes de un gran elemento porteñista habían demostrado ser falsos, y Belgrano se vio obligado a admitir que su proclama a los paraguayos, que “el ejército de Buenos Aires no ha tenido otro objetivo en su venida que el de liberaros de la opresión en que estáis no había tenido efecto alguno”.69
Desplazándose hacia el Norte, el ejército porteño finalmente se encontró con las fuerzas paraguayas en Paraguarí; el 19 de enero de 1811, Belgrano lanzó un ataque de punta de lanza, que inicialmente dispersó la división central de las defensas paraguayas. Creyendo perdida la batalla, el gobernador Velazco, el Coronel Gracia y la mayoría del Cuartel General español, huyeron del campo de batalla hacia Asunción. En un contraataque, sin embargo, los oficiales criollos, comandados por Daniel Cavañas, Fulgencio Yegros y otros, lograron girar el curso del combate y derrotaron al ejército invasor.70 Los oficiales criollos, muchos de quienes habían servido en la defensa de Buenos Aires cuatro años antes, cuando el Virrey Sobremonte había huido prematuramente del campo de batalla,71 una vez más vieron a sus superiores españoles abandonar sus comandos.
Cuando los primeros oficiales españoles llegaron a Asunción con las noticias de la ‘victoria’ de los porteños, los realistas ricos de la ciudad subieron con sus posesiones en diecisiete grandes buques fluviales preparados para una huida río abajo hacia el baluarte español de Montevideo. Más tarde, el gobernador Velazco, al saber que en realidad los porteños habían sido derrotados, regresó a su cuartel general de Yaguarón, en una tentativa de reasumir el comando de las operaciones militares.72
Entretanto, las fuerzas paraguayas, ahora bajo el comando en el terreno de los oficiales criollos, cautamente persiguieron al ejército porteño en lenta retirada, y el 9 de marzo de 1811 vencieron una vez más a las fuerzas de Belgrano en la batalla de Tacuarí. Al conocer la nueva victoria, Velazco se puso en camino para conducir la capitulación de los porteños, pero para su decepción, para cuando llegó a Tacuarí no hubo capitulación que conducir.
Durante los meses de retirada, los oficiales de los dos ejércitos habían estado intercambiando constantes notas amistosas. Después de la batalla de Tacuarí, muchos de los oficiales, algunos de ellos conocidos personales de las campañas en Buenos Aires y Montevideo contra los ingleses, fraternizaron abiertamente y estudiaron los objetivos de la revuelta antiespañola de los porteños. Por estas conversaciones, los criollos paraguayos comprendieron que el dominio español estaba llegando a su fin, y que ellos, no los españoles, tenían el poder real en su provincia. En un notable gesto de simpatía hacia sus interlocutores, los paraguayos permitieron a Belgrano, después de haber prometido no volver a emprender hostilidades contra el Paraguay, que abandonara la provincia con sus tropas y armas intactas.73 En lugar de alejarse de inmediato, el general porteño entregó obsequios y dinero a los paraguayos y prosiguió las conversaciones hasta que el inminente arribo de Velazco obligó su retiro a través del río Paraná, donde levantó campamento en las Misiones.74 Entonces tomó forma por primera vez el complot de los oficiales criollos para arrancar el poder de los españoles. Como detalle significativo, los oficiales paraguayos, que representaban a muchas de las familias criollas más antiguas y prestigiosas de la provincia, planearon levantamientos simultáneos el 25 de Mayo, aniversario de la revuelta porteña.75
A fines de 1807, el Príncipe Regente Joáo y la corte portuguesa, huyó a América del ejército de Napoleón, que se acercaba a Lisboa, transportada por la flota británica. Deteniéndose en Salvador de Bahía, el Regente lusitano abolió las restricciones comerciales coloniales y abrió los puertos brasileños al comercio mundial. Esto permitió a Inglaterra dominar el creciente comercio exterior, reemplazando así a Portugal como metrópolis económica. La nueva dependencia, formalizada por los tratados de 1810, estableció en forma tan completa la dominación británica que, en opinión del embajador sueco residente, el Brasil se convirtió en su colonia.76 Rodeado por ministros e instituciones portuguesas, Joao administró el imperio desde Río de Janeiro.
Dado que la esposa de Joao, Carlota Joaquina de Borbón, era la hermana del destronado monarca español Fernando VII, la pareja real asumió el papel de defender los intereses, tanto de la monarquía española como de la portuguesa en las Américas. Sin embargo, estas pretensiones reales sirvieron principalmente para promover los designios históricos portugueses –antes que los españoles– sobre la región fronteriza de ambigua definición de la Banda Oriental.77 Comprendiendo la importancia estratégica de esta región, los portugueses establecieron en 1680 la Colonia do Sacramento en la margen izquierda del Río de la Plata, en una tentativa de abrir y proteger sus provincias interiores del sur. Insistiendo en mantener el control sobre la red fluvial, la única ruta acuática interna a sus ricas minas de plata del Perú, España hizo todos los esfuerzos para expulsar a los portugueses. Para comienzos del siglo XIX, la Banda Oriental, después de pasar alternativamente de la dominación española a la portuguesa, seguía siendo un área en disputa. Con el estallido de la revuelta criolla contra los españoles en el río de la Plata, el Brasil una vez más trató de asegurar que el río permaneciera abierto para sus buques, garantizando su comercio y comunicaciones con la enorme provincia de Mato Grosso, situada en las fuentes del río Paraguay al Norte de Asunción. Alarmado por las expediciones militares porteñas a la Banda Oriental y al Paraguay, el Brasil aprovechó la confusión y redobló sus esfuerzos para penetrar en el Río de la Plata. Bajo el comando del capitán general de la vecina provincia de Río Grande do Sul, Diego de Souza, tropas portuguesas invadieron la Banda Oriental.
Entretanto, los españoles en Asunción, tras comprender que la autoridad real estaba al borde del colapso, tomaron medidas para asegurar su posición en deterioro. Cuando supieron de la cordialidad dispensada a Belgrano, lo que desde el punto de vista realista estaba próximo a la traición, Velazco y el Cabildo comprendieron que no se podía confiar en los criollos paraguayos, que ahora parecían amenazar el dominio español sobre la provincia. Por consiguiente, aun cuando Belgrano se encontraba al otro lado del río con su ejército intacto, Velazco dispersó a los oficiales criollos y envió a su casa a la mayoría de los soldados sin pagarles por sus ocho meses de servicio.78
Los realistas, enfrentados a la creciente insatisfacción de los criollos paraguayos, así como a la posibilidad de otra invasión del ejército porteño, aceleraron sus esfuerzos frenéticos para ganar refuerzos leales. Asediado por las fuerzas porteñas, el Virrey español en Montevideo, Francisco Xavier Elio, fue incapaz de enviar ayuda. En un desvergonzado llamado a la solidaridad de la clase gobernante contra los insurgentes, los realistas paraguayos apelaron a las fuerzas portuguesas para los necesarios refuerzos. En el Norte, desde Mato Grosso, sus misivas no obtuvieron siquiera una contestación, pero de la ciudad sureña de Sao Borja, Diego de Souza despachó a su enviado personal, el teniente José de Abreu, para negociar los términos de la ayuda militar imperial portuguesa.79
Después de quedar detenido por tres semanas en Itapúa por Fulgencio Yegros, quien en esa época ocupaba el cargo de Teniente Gobernador de las Misiones, Abreu arribó a Asunción ante el regocijo de los realistas. Luego de varios días de conversaciones con el gobernador Velazco, quien aseguró al emisario portugués que estaba ansioso de “ponerse a los pies de la Serenísima Señora Doña Carlota, pues que no se reconocía otro sucesor a la corona y dominio de España”.80 Abreu se dirigió al Cabildo el 11 de mayo de 1811. Informó a los realistas que el precio de la ayuda militar portuguesa sería el reconocimiento formal de las pretensiones de la reina portuguesa al trono español.81 Dos días después, el Cabildo accedió por unanimidad a estas condiciones, aceptando con gratitud la protección del General Souza, que, profetizaron, “hará que los insurgentes y sus infames satélites tiemblen, viéndonos bajo una protección que con su fuerza y poder volvería inútiles sus traicioneras sugestiones y seducciones, las que son sus armas más temibles”.82
Lejos de mejorar su precaria posición, la aceptación de los realistas de la ayuda militar portuguesa sirvió para precipitar su caída.83 La noche después de la resolución del Cabildo, los oficiales criollos, exasperados por este nuevo ejemplo de dominación extranjera y temiendo el descubrimiento de los planes originales del golpe, decidieron tomar la situación en sus manos. Conducidos por el capitán Pedro Juan Cavallero y el Teniente Vicente Ignacio Iturbe, los oficiales de Asunción adelantaron el complot y llevaron a cabo su propio golpe.
La actividad en los cuarteles alarmó a los realistas, muchos de quienes –incluyendo la mayoría de los miembros del Cabildo, el Obispo y otros clérigos y civiles– buscaron refugio en la casa del Gobernador. La única resistencia de Velazco al golpe consistió en enviar una pequeña tropa de la milicia española para rodear los cuarteles. Sin embargo, la misma fue rápidamente dispersada por el fuego de la fusilería criolla.84
A pesar de que este golpe incruento es conocido en la historia paraguaya como la Revolución de la Independencia del 14 y 15 de Mayo, sus objetivos fueron escasamente revolucionarios. Los oficiales criollos no querían deponer al gobernador Velazco ni declarar la independencia, solo querían atemperar las acciones de los realistas, impedir la intervención militar portuguesa y poner a la provincia en una relación más amistosa con Buenos Aires.85 Como primer acto, los oficiales criollos liberaron a los que habían sido apresados por el Cabildo por participar de las diferentes conspiraciones porteñas.86 En una nota a Velazco, que enfatizaba que el Paraguay no sería entregado a los portugueses, los cuarteles exigieron que Velazco entregara todas las armas, juntamente con las llaves del Tesoro y el edificio del Cabildo; además, los oficiales declararon “que el Señor Gobernador siga con su gobierno pero asociado con dos diputados de ese cuartel”.87 Velazco, rodeado por cañones que apuntaban a su casa, comprendió la falta de esperanza de la situación. Después de quemar sus papeles confidenciales, capituló ante las demandas criollas.88
A la mañana del 15 de Mayo, los oficiales, junto con algunos civiles participantes, se reunieron para seleccionar a los dos diputados. Como representante militar, eligieron al Teniente Coronel Juan Valeriano de Zeballos, quien, a pesar de ser español de nacimiento, había sido un participante elocuente y activo en la revuelta antiespañola.89 Para representar a los civiles, eligieron al criollo más experimentado, calificado y respetado –el Dr. Francia–. Notificado sobre su selección en su chacra, Francia inmediatamente se dirigió al cuartel y en las escasas primeras horas modificó la orientación de las relaciones del nuevo gobierno con Buenos Aires. Vetando el plan del principal conspirador civil porteño, Pedro Somellera, quien quería enviar a un emisario inmediatamente a Buenos Aires, Francia limitó las comunicaciones a un resumen escrito de los recientes sucesos, demorando hasta una fecha futura el envío de un emisario especial que trataría con los porteños como diplomáticos de igual rango.90 Demostrando la dirección autónoma y el liderazgo de Francia en el nuevo gobierno, el Bando del Triunvirato del 17 de mayo expresó sin inequívoco que la provincia no sería dejada “al mando, autoridad o disposición de la de Buenos Aires ni de otra alguna, y mucho menos el sujetarla a ninguna potencia extraña”.91
El nuevo gobierno, ansioso de evitar una reacción hostil de sus superpotencias vecinas –Buenos Aires y Brasil– liberó a todos los prisioneros capturados en la batalla de Paraguarí y Tacuarí y evacuó sus tropas de Corrientes, que había sido ocupada el mes anterior.92 De modo similar, se permitió a José de Abreu que abandonara el Paraguay después de haberle confiado una carta para el General Souza. Apelando a la política portuguesa de impedir la unificación, bajo el control de Buenos Aires, del Virreinato en lento desmoronamiento, el Triunvirato solicitaba armas y municiones para su propia defensa contra los designios porteños de absorber la provincia.93 Souza contestó con diplomacia que se encontraba en la embarazosa situación de ser incapaz de satisfacer la solicitud sin previa autorización de la corte portuguesa, aunque esperaba poder ofrecer en breve el apoyo, no solo de su propia provincia sino también de Mato Grosso.94
Sin embargo, dado que la autoridad política española se derrumbó rápidamente en el Paraguay, no podía esperarse ayuda de los portugueses. Velazco, considerando inevitable el final del poder español en América, siguió conspirando con agentes de la corte portuguesa para establecer su autoridad en el Paraguay. Cuando los criollos descubrieron la conspiración expulsaron al ex gobernador del Triunvirato, y para solidificar más aun su poder, relevaron a todos los oficiales españoles de sus comandos –excepto a Zevallos– y suspendieron el Cabildo realista.95
La reacción portuguesa a los eventos en el Paraguay estuvo determinada por consideraciones regionales. La prioridad de las fuerzas imperiales portuguesas en el Río de la Plata era garantizar el control de la Banda Oriental, impidiendo la hegemonía porteña sobre el área. Por consiguiente, el imperio portugués adoptó una posición relativamente blanda hacia el Paraguay en los años siguientes. A su vez, ni siquiera las incursiones indígenas con ayuda de los portugueses desde la provincia semiautónoma de Mato Grosso en el Norte,96 ni los conflictos esporádicos entre paraguayos y portugueses en las Misiones –por ejemplo el bombardeo del pueblo de Santo Tomé en mayo de 1312–,97 fueron suficientes para provocar al Paraguay a una declaración de guerra. Mientras el Paraguay mantenía su política de neutralidad y no intervención, Brasil reconocía las ventajas de evitar hostilidades abiertas que podrían forzar al Paraguay a una alianza con Buenos Aires.
El problema principal entre los criollos paraguayos se centraba en las relaciones de la provincia con Buenos Aires. Muchos criollos deseaban cierta unión inmediata, pero temían que la constante resistencia a las exigencias de la metrópolis precipitaría otro bloqueo porteño que, a su vez, causaría un estancamiento económico o incluso otra invasión. Sin embargo, todos compartían una animosidad y desconfianza hacia Buenos Aires, que les hacía simpatizar con la posición minoritaria liderada por Francia. Este insistía que si el Paraguay establecía una unión con los porteños, debía ser sobre la base de una confederación –una unión de provincias iguales–. Para solucionar este y otros problemas importantes –las relaciones de la provincia con Buenos Aires, el destino del Cabildo realista y la forma de gobierno para regir el Paraguay–,98 se llamó a una asamblea general para el 17 de junio de 1811.
Antes de reunirse la asamblea, el nuevo gobierno demostró que, pese a que no trataría de adoptar una posición antagónica a Buenos Aires en asuntos exteriores, no toleraría la interferencia en los asuntos internos del Paraguay. Apenas dos semanas antes de la asamblea, Francia y Zeballos, en lo que se convertiría en un procedimiento común, socavaron las fuerzas de la facción porteña, arrestando a Somellera y a varios otros líderes porteñistas.99
Aunque Francia había tratado de incluir representantes de los pueblos distantes y del interior, la mayoría de los doscientos cincuenta y un delegados a la primera asamblea general del Paraguay fueron miembros de la élite criolla de Asunción.100 Francia, basándose nuevamente en su ideología ‘ilustrada’, estableció el ambiente para la asamblea en su discurso de inauguración:
La provincia del Paraguay, volviendo del letargo de la esclavitud, ha reconocido y recobrado sus derechos, y se halla hoy en plena libertad para cuidar y disponer de sí misma y de su propia felicidad. Las armas y las fuerzas pueden muy bien sofocar y tener ahogados estos derechos, pero no extinguirlos, porque los derechos naturales no son prescribibles. Todo hombre nace libre.101
Al día siguiente, Mariano Antonio Molas presentó una resolución que llevaba señales evidentes de la influencia de Francia, la cual fue aceptada por la asamblea. Velazco fue depuesto y se desbandó el cabildo realista “por haber abandonado la ciudad, embarcándose con el armamento y dejándola enteramente indefensa al tiempo del combate de Paraguarí”.102 Para gobernar la provincia, la asamblea creó una junta de cinco miembros, autorizándola a mantener un ejército adecuado y designar un nuevo cabildo, compuesto exclusivamente de criollos.
Los designados para integrar la nueva junta procedían de todos los sectores de la élite criolla. Representando a los militares y a los principales propietarios de inmuebles, estaban Fulgencio Yegros como Presidente y Comandante General de Armas y Pedro Juan Cavallero; representando al clero estaba Fray Francisco Javier Bogarín; y representando a la élite social criolla de Asunción estaba Fernando de la Mora. Francia fue elegido representante general en virtud de sus méritos y reputación popular.
La asamblea suspendió el reconocimiento de la regencia en España –mientras continuaba sin reconocer otro soberano que a Fernando VII– hasta que pudiera ser alcanzada una relación de “amistad, buena armonía y correspondencia con la ciudad de Buenos Aires y demás provincias confederadas”. Nombrando a Francia para conducir estas negociaciones en el próximo congreso general convocado por Buenos Aires, la asamblea enfatizó que una unión de dicho tipo era recomendable para “una sociedad fundada en principios de justicia y equidad y de la igualdad”. Reflejando la vigorosa influencia de Francia, la resolución detallaba las condiciones bajo las cuales el Paraguay participaría en una confederación de estados del Plata. En la primera expresión auténtica de federalismo en América Latina, el Paraguay insistía en que se gobernaría a sí misma hasta que pudiera convocarse el congreso general en Buenos Aires; que los porteños cesaran de cobrar el derecho de exportación sobre la yerba paraguaya –aunque consintiendo en un pequeño impuesto temporal por los inusuales costos de la defensa del puerto–; que el monopolio del tabaco fuera abolido para permitir el comercio irrestricto del producto; y, finalmente, que las decisiones adoptadas por el congreso general “no deberán obligar a esta provincia hasta tanto se ratifique en junta plena y general de sus habitantes y moradores”.103
Al asumir la posición de líder en la junta paraguaya, Francia presentó estas exigencias a la junta de Buenos Aires en una nota del 20 de Julio de 1811. Para evitar que los porteños pasaran por alto la importancia de principios como ‘equidad e igualdad’, Francia manifestaba enfáticamente:
No es dudable que abolida y desecha la representación del Poder Supremo, recae este y queda refundido naturalmente en toda la Nación. Cada pueblo se considera entonces en cierto modo participante del atributo de la Soberanía que, resumiendo los pueblos sus derechos primitivos, se hallan todos en igual caso.
Justificando la resistencia paraguaya al ejército de Belgrano, Francia explicaba que la provincia solo se había defendido contra “el rigor de una nueva esclavitud de que se sentía amenazada”. Sería tonto, continuaba, pensar que el Paraguay fuera a “entregarse al arbitrio ajeno y a ser dependiente de otra voluntad. En tal caso nada más había adelantado, ni reportado otro fruto de su sacrificio, que el cambiar unas cadenas por otras y mudar de amo”.104
El curso de los sucesos que condujeron al 20 de Julio demuestra la astuta conducción política de Francia. Al no forzar en ese momento la cuestión de la independencia formal de la provincia, la solución ‘transaccional’ de Francia, es decir una unión condicional entre Paraguay y Buenos Aires, evitó una polarización de los sentimientos porteñistas y nacionalistas de la élite criolla de la provincia. A diferencia de cualquier otra provincia del viejo virreinato, el Paraguay había cortado en apenas unos meses los lazos con sus dos metrópolis.
54 James R. Scobie, Argentina, p. 75.
55 ANA, SH, leg. 211, La junta provisional gobernativa de la capital del Río de la Plata a los habitantes de ella y de las provincias de su superior mando, 26 de mayo de 1810.
56 John H. Williams, “Dr. Francia and the Creation of the Republic of Paraguay: 1810-1814”, Ph. D diss., Universidad de Florida (Gainesville), pp. 118-119.
57 Pedro Somellera, “Notas a la Introducción que ha puesto el Dr. Rengger a su Ensayo Histórico”, en Documentos del Archivo de Belgrano, vol. 3, p. 316n.
58 Mariano Antonio Molas, Descripción histórica de la antigua provincia del Paraguay, p. 97.
59 John Parish Robertson y William Parish Robertson, Francia’s Reign of Terror, p. 21.
60 Durante la defensa de Buenos Aires y Montevideo contra los ingleses, los paraguayos habían sido reclutados en número importante para combatir en los ejércitos porteños.
61 En general, cuanto más alejada estaba una colonia del centro del imperio, tanto más era explotada. El progreso de los movimientos de liberación sudamericanos, comenzando en las periferias del imperio y prosiguiendo gradualmente hacia el centro militar y administrativo (Perú), ilustra este principio de forma dramática. En el Sur, fue el Paraguay que declaró en primer término su independencia de España, así como de su metrópolis americana, Buenos Aires, proclamándose República en 1813. A continuación vinieron las Provincias Unidas del Río de la Plata (1816), y con la derrota de los españoles en la región José de San Martín cruzó los Andes a Chile (1817), por donde más tarde se dirigió hacia el Norte para atacar el último reducto fortificado español, el Perú (1820). De igual modo, Venezuela comenzó en el Norte declarando su independencia (1811). Durante casi una década, los ejércitos de Simón Bolívar combatieron para liberar a Nueva Granada (1820), después de lo cual se dirigieron hacia el Sur, al Perú (1823).
62 El texto del discurso se encuentra en Cecilio Báez, Historia Colonial del Paraguay y Río de la Plata, p.173.
63 Ibid.
64 BNRJ, CRB, Acto del Congreso del 24 de julio de 1810, citado en Julio César Chaves, El Supremo Dictador, p. 94.
65 ANA, SH, leg. 212, Bando del Gobernador Velazco, l de agosto de 1810, como se cita en Williams, “Dr. Francia”, p. 54. La movilización demostró ser muy eficaz, activando a aproximadamente seis mil soldados a caballo; sin embargo, debido a la falta de armas en la provincia, solo quinientos tenían rifles, estando armado el resto con lanzas, sables, machetes y garrotes (BNRJ, CRB, 1-29, 22, leg. 9, Acuerdo del Cabildo de Asunción, 18 de febrero de 1811, como se cita en Williams, “Dr. Francia”, p. 50. Ver también Somellera, “Notas”, p. 139).
66 Julio César Chaves, Historia de las Relaciones entre Buenos Aires y el Paraguay: 1810-1813, p. 59.
67 Williams, “Dr. Francia”, pp. 78-80.
68 ANA, SH, leg. 184, Pablo Thompson al Gobernador Velasco, 21 de diciembre de 1810, como se cita en Williams, “Dr. Francia”, p. 62.
69 Proclama de Belgrano, publicada en el GBA,12 de febrero de 1811; Belgrano a la Junta Provisional de Buenos Aires, 24 de enero de 1811, publicada en el GBA,12 de febrero de 1811.
70 Williams, “Dr. Francia”, p. 65.
71 Ibid, p. 27.
72 Julio César Chaves, El Supremo Dictador, p. 98.
73 AGN, 10-3, 2, leg. 4, Cavañas a Belgrano, 14 de marzo de 1811, como se cita en Williams, “Dr. Francia”, p. 69.
74 AGPC, CO, EA, leg. 1, Belgrano a Galván, 18 de marzo de 1811, como se cita en Williams, “Dr. Francia”, p. 69.
75 Somellera, “Notas”, pp. 319-320.
76 E. Bradford Burns, A History of Brazil, pp. 101-102.
77 La Banda Oriental, reclamada por ambos imperios, era denominada la Provincia Cisplatina por los portugueses.
78 Somellera, “Notas”, pp. 319-320.
79 ANA, SH, leg. 215, Velasco al Comandante de Coimbra, 6 de febrero de 1811, l de mayo, 8 y 9 de mayo de 1811.
80 Informes de José de Abreu sobre el suceso del 14 de Mayo, 7 de junio de 1811, como se encuentra en Cecilio Báez, Historia Diplomática del Paraguay, 2:139.
81 Efraim Cardozo, Afinidades entre el Paraguay y la Banda Oriental en 1811, pp. 27-28, como se cita en Williams, “Dr. Francia”, p. 103.
82 BNRJ, crb, 1-29, 22, leg. 9, Acuerdo el Cabildo de Asunción, 13 de mayo de 1811.
83 Somellera, “Notas”, pp. 321-27.
84 Williams, “Dr. Francia”, p. 106.
85 Julio César Chaves, La Revolución del 14 y 15 de mayo, p. 28 como se cita por Williams, “Dr. Francia”, p. 106.
86 Williams, “Dr. Francia”, p. 107.
87 ANA, SH, leg. 213-A, Caballero a Velasco, 15 de mayo de 1811.
88 Williams, “Dr. Francia”, p. 110; ANA, SH leg. 213, Velasco a Caballero, 15 de mayo de 1811.
89 Williams, “Dr. Francia”, p. 113.
90 Somellera, “Notas”, p. 329.
91 ANA, SH, leg. 213, Bando del 17 de mayo de 1811.
92 ANA, SH, leg. 214, Bando del 30 de mayo de 1811.
93 Velasco, Francia y Zeballos al Capitán General Diego de Souza, 20 de mayo de 1811, como se encuentra en Báez, Historia Diplomática, 2:144-145.
94 Diego de Souza a Velasco, Francia y Zeballos, 18 de junio de 1811, como se encuentra en Báez, Historia Diplomática, 2:146.
95 Williams, “Dr. Francia”, pp. 118-119; Informe de José de Abreu sobre el suceso del 14 de mayo, 7 de junio de 1811, como se encuentra en Báez, Historia Diplomática, 2:143; ANA, SH leg. 214, Bando del Comandante y Oficiales del Cuartel General... 9 de junio de 1811.
96 Para un estudio de las relaciones con el Brasil, ver R. Antonio Ramos, La Política del Brasil en el Paraguay.
97 La Junta del Paraguay al Triunvirato de Buenos Aires, 19 de mayo de 1812, como se encuentra en Benjamín Vargas Peña, Paraguay-Argentina.
98 Williams, “Dr. Francia”, p. 121.
99 ANA, SH, leg. 214, Bando del 30 de mayo de 1811.
100 ANA, SH leg. 213, Francia y Zeballos al Comandante de Concepción, 28 de mayo de 1811; Williams, “Dr. Francia”, p. 134.
101 ANA, SH leg. 213, Francia al Congreso General, 17 de junio de 1811.
102 ANA, SH leg. 213, Resolución de Mariano Antonio Molas, 18 de junio de 1811.
103 Ibid.
104 ANA, SH leg. 214, La Junta del Paraguay a los Excelentísimos Señores Presidente y Vocales de la Junta Gubernativa de Buenos Aires, 20 de julio de 1811.
IV. De la colonia a la República
Aun cuando los paraguayos dieron muestras de notable solidaridad al oponerse a la dominación externa, durante los veintisiete meses que la Junta gobernó la provincia –de Julio de 1811a octubre de 1813– no escaparon a la lucha de poder entre los diversos sectores de la élite criolla. En el tiempo que siguió a la deposición del gobierno español, la composición interna de la política provincial aún estaba en perturbación. Sin embargo, dado que durante todo el período colonial el comercio había estado sobre todo en manos de los españoles, que ahora estaban excluidos en la práctica del proceso político, la ausencia de un elemento comercial criollo firmemente establecido simplificó el proceso de solidificación política en el Paraguay.
En la mayoría de los demás aspectos, la lucha por el poder en el Paraguay se asemejaba a la de sus contrapartes en toda América Latina. Mientras la iglesia era una de las facciones que buscaban el poder, el conflicto principal se centró alrededor de los papeles que los militares y el gobierno civil ocuparían en el nuevo orden. Durante este período inicial de gobierno autónomo criollo, los militares, ejerciendo el monopolio sobre la fuerza de coerción, poseían el incuestionable poder real. Por ejemplo, fue Fulgencio Yegros, el más prestigioso de los oficiales del ejército, quien oficialmente encabezó la nueva Junta; de igual manera, al designar al nuevo cabildo de Asunción, la Junta asignó los dos cargos superiores a oficiales militares.105
El 1 de agosto de 1811 Francia renunció a la Junta en protesta contra el dominio militar de los asuntos gubernamentales.106 El retiro de su miembro más popular y activo, del hombre totalmente a cargo de las relaciones exteriores y delegado electo para el próximo congreso general en Buenos Aires, causó una disrupción completa del funcionamiento del nuevo gobierno. A la luz de los complejos eventos internacionales que afrontaba el Paraguay, los miembros de la Junta –con excepción de Fray Bogarín, con quien Francia tenía las discrepancias políticas más serias–107 le rogaron que regresara.108 Varios días después, el Comandante del Cuartel, Antonio Tomás Yegros, también solicitó el retorno de Francia, “viendo que sin Usted, no ha de haber cosa con cosa en gobierno en menos”.109 Desde su chacra en Ybyray, Francia aprovechó esta oportunidad para atacar al elemento más débil y más conservador de la élite criolla, la iglesia, a través de su representante en el gobierno, Fray Bogarín. Francia anunció que retornaría a condición que Bogarín fuera expulsado de la Junta.110
En una vívida demostración de dónde se hallaba el asiento real del poder, el Cuartel, no la Junta ni el Cabildo, tomó la crucial decisión política de acceder a la exigencia de Francia. El 2 de septiembre de 1811, el comandante le informó al Cabildo que Bogarín sería removido de inmediato del cargo, a fin de evitarle al pueblo del Paraguay la ruina que lo amenazaba con la “separación del miembro más útil de la Junta de Gobierno [porque] aún en la campaña se sabe hay disgusto o poca satisfacción”.111 El Cabildo informó ese mismo día por escrito a Francia la decisión y, observando el clamor del cuartel general y el pueblo, le rogó que retornara: “Este cuerpo del Cabildo suplícale con las mayores veras del afecto porque cree firmemente que en la presente angustia y tormenta que amenaza usted será el iris que todo lo serene y aplaque”.112
Al día siguiente, 3 de septiembre, Francia accedió a reasumir su cargo, pero no sin advertir en primer término al Cabildo sobre los peligros de la intervención militar: “Los Señores oficiales del Cuartel no son el pueblo ni la provincia... qué sería de la Junta y de la provincia si a cada instante los oficiales prevalidos de las armas... podrán ustedes asegurar que en adelante no levantarán la mano”. Para concluir, Francia indicó “es preciso que ustedes vean modo de que los señores oficiales, conteniéndose en su deber, se reduzcan a una exacta subordinación, cual exigen la tranquilidad, la unión, el buen régimen y defensa de la provincia”.113
Francia retornó al gobierno a principios de septiembre, aumentando su poder y prestigio. Había forzado a todos los sectores a reconocer que su participación en la compleja y rápida evolución de la política paraguaya era de urgente necesidad. Como aspecto significativo, tanto los militares como el Cabildo reconocieron no solo su importancia en el gobierno, sino también el amplio apoyo popular del que Francia gozaba, que en los años venideros demostraría ser mayor aun. A pesar de que Francia no había ganado una victoria decisiva sobre los militares, había dado el primer paso y demostrado a la Junta que era indispensable, eliminando al más conservador de sus miembros.
La Junta, que incluía ahora a Francia, estuvo obligada a dejar a un lado sus divisiones internas por un tiempo, a fin de enfrentar lo que amenazaba su existencia y prepararse para las próximas negociaciones con Buenos Aires. Varias semanas antes, los realistas habían comenzado a difundir el rumor de que la provincia sería entregada a Buenos Aires, que tenía la intención de reclutar a los paraguayos para sus ejércitos y apropiarse de dinero para su Tesoro; que debido a que las fuerzas realistas habían obtenido una victoria decisiva en el Alto Perú, el colapso del movimiento antiespañol en toda América del Sur era inminente, y el constante bloqueo español del comercio paraguayo daría por resultado un prolongado estancamiento que sería la ruina de la economía.114 En efecto, habían pasado casi dieciséis meses desde que un embarque de yerba saliera de Asunción.115 Para mediados de septiembre, la actividad de los realistas había crecido de tal modo que incluía un complot para derrocar a la Junta y reinstalar a Velazco como gobernador. El gobierno, sin embargo, advertido de la conspiración por filtraciones y rumores, descubrió la complicidad de varios miembros del ejército –junto a un miembro del cabildo ‘patriótico’– y arrestó a muchos comprometidos.116
Buenos Aires había sufrido, en efecto, una serie de reveses militares: el ejército porteño había sido derrotado por tropas realistas en el Alto Perú; tropas portuguesas habían ocupado parte de la Banda Oriental; y el virrey Elio, en Montevideo, había usado la marina española para imponer un exitoso bloqueo al Río de la Plata. En esas circunstancias, el gobierno de Buenos Aires necesitaba más que nunca una alianza con el Paraguay y aceptó la totalidad de las condiciones detalladas en la nota del 20 de julio –excepto la cláusula de ratificación– para la participación paraguaya en la confederación de los estados del Plata.117 Tratando de lograr con la diplomacia lo que no se había logrado militarmente, el general Belgrano y el Dr. Vicente Anastacio Echevarría fueron a Asunción para formalizar el acuerdo.
Actuando como principal negociador, Francia frustró las instrucciones de los emisarios porteños sobre “que la provincia del Paraguay permanezca sujeta al gobierno de Buenos Aires”.118 Sin embargo, mientras acordaban el Tratado del 12 de octubre de 1811, en el cual los porteños aceptaban todas las exigencias paraguayas –incluso la disposición de ratificación– los miembros restantes de la Junta aprobaron, a pesar de las objeciones de Francia, un pacto militar recíproco de texto ambiguo entre las dos provincias.119 No obstante, el tratado de octubre representaba una clara victoria diplomática para los paraguayos. Su implícito reconocimiento de la independencia paraguaya no dejaba duda de que los constantes esfuerzos para reafirmar la autoridad porteña, incluso en nombre de la ‘causa común’, era poco más que un pretexto para volver a subyugar la provincia.
Siguiendo ese breve período de relativa cooperación, Francia planteó de nuevo la cuestión de la interferencia militar en los asuntos del gobierno. La fuente directa del conflicto fue la liberación de varios presos encarcelados por órdenes directas de Francia, por parte de los miembros militares de la Junta.120 Denunciando “la amargura de la extorsión y violencia de unos pocos prevalidos de las armas”, Francia se retiró una vez más del gobierno el 15 de diciembre de 1811.121 En su larga carta al Cabildo, pedía la convocación de un nuevo congreso, razonando que solo frecuentes congresos podrían proteger al gobierno de la provincia contra la dominación de un puñado de hombres ambiciosos. Manifestó de forma implícita que ese era el caso, señalando que “es inevitable la celebración de un congreso que tiene por base la voluntad libre y general de toda la provincia, de la que nadie puede recelarle porque solo temen los congresos los que temen ser juzgados”.122
Al día siguiente, los tres miembros restantes de la Junta contestaron a los cargos de Francia, acusándole de crear un “clamor público” mediante el uso de “novedades y divisiones”, como su exigencia de un nuevo congreso. “Tendrá usted entendido que desde este momento se le hace especialmente responsable de los daños que sigan”.123 Francia, presionando todavía en su exigencia, alegó: “Se me contesta que es introducir novedades y divisiones, fulminando amenazas a este pretexto, sin advertir que la libre comunicación de ideas es un derecho natural de los hombres”. Descartando el lenguaje caballeresco, Francia exigió con rudeza saber si la Junta tenía miedo de lo que podrían ser las decisiones de un nuevo congreso.124 Sin duda era así, puesto que en lugar de consentirlo, la Junta aceptó su renuncia y designó en su lugar a Gregorio de la Cerda, administrador oportunista y sin principios.125
Con su polémica batalla Francia ganó cierto apoyo en el Cabildo y entre el público, pero este no alcanzó para frenar el poder de los militares o de la Junta paraguaya que ellos dominaban.126 Al dejar el gobierno, Francia estableció su residencia en su chacra, desde donde dirigió una campaña para ampliar su base popular y autoridad personal. Durante casi un año –del 15 de diciembre de 1811 al 12 de noviembre de 1812– continuó estructurando una base de poder en el pueblo paraguayo. En ese lapso, gran número de agricultores, pequeños ganaderos, campesinos, peones, el clero menor y habitantes de los pueblos del interior fueron invitados a Ibyray para discutir sobre el curso y la naturaleza del nuevo gobierno. Las constantes disputas de la gente y las prolongadas discusiones, en último término condujeron a las asambleas masivas de 1813, 1814 y 1816, y sirvieron para desplazar el centro de gravedad política desde la capital al interior.127 El mensaje desde Ybyray que esta gente traía de retorno, era de carácter subversivo: en los términos más claros, Francia les decía que el pueblo del Paraguay había sido traicionado por su revolución; que el único cambio había sido el reemplazo de la élite española por la élite criolla; que, en resumen, solo habían cambiado los amos. En las cínicas palabras de John Parish Robertson:
Él era todo mansedumbre y condescendencia con las clases más bajas, todo arrogancia para las más altas de la sociedad. Su plan era imbuir a la gente del pueblo con su sentimiento de que se hallaba mal gobernado por unos pocos hombres ignorantes sin ningún mérito, e insinuaba que si él volvía al poder diferente sería todo. Él les mostraba que el objeto de la revolución fue tirar abajo las pretensiones aristocráticas de la Vieja España; de modo que ahora era aparente que tales pretensiones habían sido creadas por hombres de quienes ellos sabían que eran sino sus iguales, algunos de ellos sus inferiores.128
Motivados en gran medida por la campaña de educación política de Francia, el pueblo paraguayo pronto ejercería sus ‘derechos naturales’ en los asuntos políticos de la sociedad. Y, por fuerza, una participación popular efectiva de esa índole significaría el comienzo del fin del dominio criollo elitista en el Paraguay.
A fines de 1812, los sucesos internos y externos habían llevado una vez más al Paraguay a una situación de crisis, que exigía el retorno de Francia al gobierno. Las élites criollas se estaban polarizando según los delineamientos del conflicto unitario-federal, que estaba llegando a su climax en la región general del Río de la Plata. Dos veces había intervenido el Cabildo para impedir a la Junta que se desviara de la política de no intervención del Paraguay, fuertemente identificada con Francia.129 Para complicar más las cosas, porteñistas paraguayos y agentes porteños, como Díaz de Bedoya en Asunción y Ramón Duarte en Concepción, habían incrementado su agitación para lograr unión con el puerto.130 A mediados de 1812, la actividad porteña alcanzaba el punto en que la Junta creyó necesario expulsar a los descontentos de la provincia. Sin embargo, incluso la Junta estaba dividida sobre estas cuestiones: los representantes militares, Yegros y Cavallero, tendían hacia la posición autonomista o federal, mientras que los dos civiles, de la Mora y de la Cerda, considerados en general porteñistas, en realidad preparaban un plan para establecer relaciones más estrechas con Buenos Aires.131
Externamente, la provincia aún estaba rodeada de fuerzas hostiles. En el norte, los portugueses y sus aliados indígenas, en constante incursión en colonias y fortines paraguayos, amenazaban irrumpir por la frontera norte. En el sur, en adición al constante hostigamiento del tránsito fluvial por la flota española, los ejércitos portugueses continuaban ocupando la Banda Oriental y enviaban destacamentos al distrito de las Misiones, donde a veces chocaban con fuerzas paraguayas.
Además, en lo que se convertiría en una exigencia perpetua, el Triunvirato de Buenos Aires había presionado a principios de 1812 por un contingente de mil hombres para su ejército de la Banda Oriental, que comenzaba una campaña contra los portugueses. “En cambio –prometían los porteños–, este gobierno auxiliará a v.e. con dinero, municiones y cuanto esté en la esfera de sus facultades, y en caso que los portugueses amenacen esa Provincia allá irán nuestras divisiones a defenderla”.132 La Junta paraguaya se rehusó a satisfacer el pedido, mencionando la inminente amenaza de los portugueses que acababan de ocupar el fuerte paraguayo de Borbón en la frontera norte, y en una clara demostración de su ineficacia en la conducción de las relaciones exteriores, irritó innecesariamente a los porteños, expresando dudas sobre su compromiso con la lucha por la liberación. Despachó oportunista a un emisario, el Capitán de la flota española en el Río Paraná, en una inútil tentativa de negociar el levantamiento del bloqueo de Asunción, que había deteriorado el comercio de la provincia.133
Estos eventos reflejan varios aspectos fundamentales del conflicto inicial en el Río de la Plata. Buenos Aires, en desesperada necesidad de tropas para sus diversos frentes con españoles y portugueses, mantenía el control sobre el comercio internacional de armas para forzar la unidad y la participación en la ‘causa común’. Buenos Aires esperaba que mediante el control del transporte de armas y municiones a las provincias podría mantenerlas tan débiles que serían incapaces de defenderse contra los designios centralistas porteños; en esta posición debilitada, razonaban los porteños, el temor de las provincias a los realistas las obligaría a permanecer vinculadas a Buenos Aires. Sin embargo, no fue tan fácil obligarlas. Estas buscaban la independencia, no solo de España sino también de la dominación porteña. El Paraguay, confrontado con el peligro adicional de una invasión portuguesa, se rehusó a debilitarse más aun, desplegando tropas fuera de sus fronteras. Cuando Buenos Aires supo del rechazo paraguayo a proporcionarle ayuda, acusó a la provincia de indiferencia a la lucha contra los realistas y comenzó a aplicar medidas punitivas. La Junta paraguaya solicitó en vano la devolución de varias embarcaciones paraguayas que los porteños habían recapturado de los españoles en Montevideo.134 Un incidente en este sentido, que contribuyó al deterioro de las relaciones, se produjo cuando la Junta paraguaya vendió un cargamento de productos paraguayos en Santa Fe. En su viaje de retorno, el buque paraguayo cayó presa de los españoles, para ser retomado por una cañonera porteña que capturó al buque español algunos días después. Sin embargo, cuando el Paraguay reclamó la devolución de su buque y los 53.000 pesos que transportaba, Buenos Aires se negó de plano a ello.135
Finalmente, el Triunvirato de Buenos Aires abandonó su política de negociaciones con las provincias y retornó a una de sanciones. Duplicó el impuesto sobre “tabacos extranjeros o de provincias separadas de la jurisdicción de este superior gobierno”.136 Este regreso a medidas coercitivas fue la chispa que desencadenó la guerra civil en el Río de la Plata, que tuvo como resultado la caída del Triunvirato porteño conservador. Sin embargo, para el comercio paraguayo el cambio de gobierno porteño proporcionó poco alivio, debido a que los caudillos y gobernadores de las otras provincias del litoral imponían de forma intermitente impuestos de importación, exportación, registro, puerto de escala, tránsito, estampillas y permisos, siempre que tenían poder para proceder de ese modo. Por ejemplo, Santa Fe solo aplicaba un impuesto de 4.465 pesos sobre un embarque del gobierno paraguayo valuado en 36.687 pesos, cobrando casi un octavo del valor total del cargamento.137
Complicando la situación ya en deterioro, el nuevo gobierno porteño anuló todos los acuerdos anteriores y convocó a un congreso general de las antiguas provincias para establecer un gobierno central en el Río de la Plata; además, anunció que antes de la asamblea enviaría a un emisario especial a Asunción para estudiar el futuro del Paraguay.138 Pese a admitir las ventajas de la cooperación en asuntos concernientes a relaciones exteriores, defensa y comercio, las provincias comprendieron el peligro de que un congreso de esta índole fuera dominado por porteños, que tratarían de imponer un gobierno centralista bajo su control. Estos temores demostraron estar debidamente fundados. Todos los gobiernos porteños, unitarios o federales, insistían en mantener la supremacía política y económica de Buenos Aires. En las décadas venideras, las provincias rechazaron los gobiernos centralistas, por los cuales sus representantes habían votado en las diversas asambleas constituyentes.
En una evaluación realista de su propia incapacidad para conducir las próximas negociaciones con los porteños, y bajo creciente presión pública, los militares y sus representantes en la Junta solicitaron una vez más el liderazgo de Francia. El 12 de noviembre de 1812, Yegros y Caballero escribieron: “Con la variación de circunstancias y urgencias en que actualmente se ve, imperiosamente nosotros necesitamos la pronta reunión e incorporación de Usted [a la Junta]”.139 Francia aceptó retornar, pero esta vez, debido a la inseguridad de la élite criolla, a la fuerza de su apoyo secular y a la necesidad de su capacidad probada, las condiciones que ahora podía imponer podían considerarse un golpe tanto contra los porteños como contra los militares.
El convenio, formalizado por el acuerdo del 16 de noviembre fue suscripto solo por Francia, Yegros y Caballero. Estipulaba que todas las órdenes futuras del gobierno debían ser firmadas por los tres, dándole así facultad de veto sobre la Junta entera y prohibiendo con ello en la práctica a los dos miembros civiles porteñistas restantes adoptar cualquier acción independiente. Francia, en lo que es de mayor importancia, habiendo ganado experiencia en la política de poder paraguaya de sus confrontaciones del año anterior con los militares, forzó la creación de un segundo batallón del ejército que, junto con la mitad de las municiones de la provincia, fue puesto bajo su comando directo y exclusivo. El acuerdo especificaba:
Será comandante de este nuevo cuerpo el mencionado vocal decano Dr. Francia, quien consiguientemente correrá con su arreglo, disciplina y régimen y sin su consentimiento no se podría disponer de dicho segundo batallón, darle destino ni disolverlo. […] Los despachos de los empleados del Segundo Batallón se librarán también por la junta, propuesta y elección de su citado comandante, a quien se entregarán para su custodia la mitad del armamento de toda especie, así como la mitad de las municiones existentes en los Parques y almacenes.140
No inclinado a repetir el mismo error, Francia, que ahora comandaba la mitad de las fuerzas armadas de la provincia, no solo había consolidado su propia posición política sino que había dado un paso importante en la eliminación de los militares de la política paraguaya.
La Junta paraguaya, ahora bajo la virtual dirección de Francia, al fin estuvo lista para responder a la invitación porteña de asistir al congreso constitucional de 1813 de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Después de un prolongado examen de las quejas del Paraguay contra Buenos Aires, la misiva de la Junta concluía retóricamente: “Si en el concepto de veya no subsisten los Tratados, ya no hay unión, alianza ni confederación, ¿cómo, o con qué intento o idea, se invita al Paraguay a este congreso?”141
En una tentativa de calmar las sospechas paraguayas y fomentar las ventajas de la anexión, los porteños enviaron al secretario de gobierno de Buenos Aires a Asunción. Arribando a mediados de 1813, Nicolás de Herrera se enfrentó a una oposición inesperadamente vigorosa. No solo el enviado extraordinario fracasó en obtener apoyo para la anexión, sino que su tentativa de convencer a la Junta a enviar delegados al congreso constitucional propició que el Paraguay declarara formalmente su independencia. La Junta, reflejando los deseos de Francia, manifestó a Herrera que no poseía la autoridad de enviar diputados paraguayos al Congreso. Una decisión de tal magnitud, declararon, podría ser resuelta únicamente por un congreso general del pueblo paraguayo, cuya preparación demandaría varios meses. En el ínterin, la Junta alojó a Herrera en la antigua aduana y lo puso bajo estrecha vigilancia.
En los meses siguientes, Herrera, frustrado por la posición independiente del Paraguay y constatando que sus amenazas y argumentos eran nulos, recurrió a medidas más extremas. En julio comunicó al gobierno paraguayo que “quizás en tales circunstancias sería ventajoso para Su Excelencia prohibir absolutamente el comercio de esta provincia, y la introducción de nuestro ganado, con el cual ellos subsisten”.142 Luego, recurrió al soborno de funcionarios del gobierno que simpatizaban con su misión. En agosto informó a sus superiores que “algo de las 100 monedas habían sido distribuidas entre individuos de este gobierno, y fueron recibidas con demostración de gran placer”, y que estaba “reservando el resto para dividirlo entre las más importantes personas del congreso y otras”.143
Mientras el enviado porteño se dedicaba activamente a su extraordinaria labor diplomática, Francia intensificó su campaña contra Buenos Aires. Tomando acción directa contra la facción porteñista en el gobierno paraguayo, forzó el retiro de la Mora y de la Cerda.144 Un mes más tarde, acusando formalmente a ambos de intriga y subversión, la Junta los expulsó del Paraguay, privando a la facción porteñista de sus principales abogados.145 Solo unas pocas semanas antes del congreso popular convocado, Herrera, sin oportunidad de sobornar a “las más importantes personas del congreso” dado que se le había prohibido incluso circular entre los delegados que llegaban, se puso a trabajar frenético en la preparación de una presentación escrita de la posición porteña, que pensaba someter a la asamblea. Sin embargo, sus esfuerzos serían infructuosos, puesto que al mismo tiempo, como observa John Parish Robertson, Buenos Aires “comenzó a ser considerada no solo como una potencia extranjera, sino una cuyas políticas estaban en directa contradicción con los intereses del Paraguay”.146
A diferencia de las asambleas anteriores, que habían sido dominadas por los ‘notables’ de Asunción, el congreso de 1813, del mismo modo que los de 1814 y 1816, representaba proporcionalmente la distribución geográfica de la población paraguaya. A fines de agosto, la Junta dio instrucciones detalladas a los cabildos locales en toda la provincia, explicando los procedimientos de elección. Definiendo el sufragio como “libre uso y ejercicio de los Derechos Naturales y Libres inherentes a todos los ciudadanos de cualquier estado, clase o condición que sean”, el congreso debía consistir de “1000 sufragantes de las villas, poblaciones, partidos y departamentos de su comprensión, a proporción de sus respectivas poblaciones”.147 Poblaciones pequeñas, tales como Pilar, tenían asignados a quince delegados, mientras que ciudades más importantes como San Isidro de Curuguaty y Villarrica tenían cuarenta y cinco y cincuenta y cinco, respectivamente.148 Las instrucciones de la Junta enfatizaban que los diputados debían ser elegidos por “elecciones populares y libres, por todos, o la mayoría de sus respectivos habitantes”.149 Además, todos los hombres casados y los solteros mayores de veintitrés, sin distinción de calificaciones en cuanto a bienes o alfabetización, debían votar en las elecciones locales.150
A principios de septiembre, los delegados comenzaron a arribar a Asunción, para lo que sería el primer congreso popular de América Latina. Durante estas semanas previas, los representantes –pequeños agricultores, ganaderos, peones de estancia, recolectores de yerba, navegantes, obrajeros, almaceneros de pueblo, comerciantes, alcaldes, indígenas, así como “el comerciante y el hacendado medianos”– tuvieron oportunidad de conversar prolongado con el hombre sobre quien habían escuchado tanto. Francia, la figura política más renombrada y respetada del Paraguay, “se presentaba personal y familiarmente para conocer al más humilde diputado que hubiera llegado a la ciudad”.151
En sus conversaciones con los diputados, Francia, como explicó John Parish Robertson, enfatizaba la naturaleza antiimperialista del nacionalismo paraguayo: “Imbuyó a las clases más bajas –que compondrían siete octavos de los diputados al congreso– con una sospecha, profunda y fuerte, de que el único objetivo de Buenos Aires al enviar un Embajador al Paraguay, era el de sujetarlo a sus propias visiones ambiciosas, y de envolverlo en sus propios principios revolucionarios, para la promoción de sus propias traicioneras finalidades”.152
El 30 de septiembre de 1813, la Junta –ahora un triunvirato– congregó a más de mil cien delegados en el Templo de Nuestra Señora de la Merced.153 A pesar que Pedro Juan Cavallero oficialmente presidía la asamblea, el liderazgo efectivo correspondió a Francia, quien “había formulado las políticas, establecido la agenda, preparado el material y convenido a las masas”.154 Con los españoles sin privilegios y los porteñistas virtualmente fuera del proceso, el consenso nacionalista favoreció de forma arrolladora la política extranjera antiimperialista de Francia, que fue adoptada en su totalidad. En el día de la apertura, los delegados trataron las relaciones del Paraguay con Buenos Aires. Se negaron incluso a considerar la moción de que se permitiera a Herrera asistir al Congreso,155 y con el voto casi unánime decidieron que Buenos Aires había violado de mala fe el tratado de octubre de 1811. El tratado, y su alianza militar implícita, fue declarado nulo y sin valor.156 En una segunda votación, los diputados rechazaron en su totalidad el plan centralista de los porteños, rehusándose a enviar delegados al congreso constitucional del Río de la Plata.157
En los días siguientes, la asamblea popular trató los demás problemas principales y se dividió en comisiones para elaborar un borrador de sus decisiones. En una sesión general en su día final, 12 de octubre, el congreso ratificó oficialmente “el plan de gobierno propuesto por el Dr. Francia”.158 Como se publicó en el Bando del 21 de octubre de 1813, la primera asamblea auténticamente popular en América Latina, facultada a establecer su propia forma de gobierno, anunció orgullosala creación de la primera nación autónoma en América Latina: la República del Paraguay.159
Los diecisiete artículos del Bando, la primera Constitución del Paraguay, eran una obra maestra que refleja y equilibra las facciones dominantes de poder en la nueva nación. Los dos primeros artículos reafirmaban la decisión de no participar en el próximo congreso del Río de la Plata y, proclamando con énfasis la soberanía e independencia del Paraguay de sus metrópolis, anulaban la calidad provincial proclamando al Paraguay como República. Con la precaución de no provocar una reacción de los militares, la asamblea popular no insistió en instalar a Francia como único jefe de estado. Más bien resolvió establecer un poder ejecutivo consular para dirigir la nueva nación. Jamás se pensó que esta sería la forma definitiva de gobierno –puesto que el Bando explícitamente disponía que se convocara otro congreso popular al cabo de un año– y la forma consular de gobierno sirvió como medida para medir las dos facciones antiimperialistas predominantes del Paraguay –la élite militar criolla, representada por Fulgencio Yegros, y las masas de paraguayos politizadas nacionalistas representadas por Francia–. Los cónsules, compartiendo oficialmente la misma autoridad y cada uno en comando de la mitad de las tropas y armamentos de la nación, tenían asignados cuatro meses alternativos de gobierno activo. Sin embargo, dentro de ese régimen la asamblea eligió a Francia para actuar como jefe de estado durante el primer y último período. Así, sería Francia quien ocuparía el cargo prominente. Asimismo, los artículos 12 y 13 establecían un Tribunal Superior de Apelaciones que actuaría como intérprete definitivo de las leyes.160
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