Kitabı oku: «Política internacional a principios del siglo XXI: poder, cooperación y conflicto»

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Política internacional a principios del siglo xxi: poder, cooperación y conflicto

International Politics at the Beginning of the xxi Century: Power, Cooperation, and Conflict


¿Cómo citar este libro? / How to cite this book?Giacalone, R. (2021). Política internacional a principios del siglo xxi: poder, cooperación y conflicto. Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia. https://doi.org/10.16925/9789587603347


Política internacional a principios del siglo xxi: poder, cooperación y conflicto

Rita Giacalone


Colección de bolsillo Acontecer Mundial - Tomo 11

Centro de Pensamiento Global (Cepeg)



La autora

Rita Giacalone

Historiadora graduada en el Universidad Nacional de Buenos Aires (Argentina). Obtuvo su Ph. D. y M. A. en Historia en Indiana University (Estados Unidos). Se desempeñó como profesora de Análisis Político en Escuela y Posgrado de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, y como profesora de Historia Económica en el Departamento de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, ambas de la Universidad de Los Andes (Venezuela). Fue Directora de la Escuela de Ciencia Política y coordinadora de la Sección Investigación y la Sección Documentación del Centro de Estudios Políticos y Sociales de América Latina, así como profesora visitante en la Universidad Autónoma de México (unam), Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (itesm), Universidad Cooperativa de Colombia, Université de Toulouse-Le Mirail (Francia), Essex University (uk), Stockholmn University (Suecia) y University of Pennsylvania (Estados Unidos). Actualmente, es profesora de Política Internacional en el Posgrado de Integración Regional (Instituto de Integración Regional de América Latina, Universidad de La Plata, Argentina) y profesora visitante del Centro de Estudios Latinoamericanos (University of Calgary, Canadá). Ha publicado libros y artículos sobre temas de integración regional, regionalismo, relaciones internacionales y relaciones empresarios-Estado.

Correo electrónico:

ritagiacalone@yahoo.com; ritagiacalone@hotmail.com

ResUmen

A principios del siglo xxi, la política internacional necesita ser analizada con herramientas metodológicas de la geopolítica y geoeconomía, con las cuales geografía, historia económica y política se entrecruzan para permitirnos entender los cambios actuales. De acuerdo con ese análisis, se interpreta de qué forma está siendo cuestionado el orden internacional, posterior a la Segunda Guerra Mundial. Para ello, se plantea como eje central del libro el surgimiento de nuevos actores y formas de cooperación y la reaparición de conflictos latentes durante la Guerra Fría. De esa manera, la atención se concentra en los actores, los procesos y sus consecuencias. Se enfatiza el dinamismo interactivo de la política internacional para argumentar que, aunque el aceleramiento del tiempo histórico en los últimos años hace que muchos procesos se perciban como divergentes, atropellados e inesperados, poseen algunos rasgos comunes. Entre ellos, se encuentra que la tecnología facilita desarrollar nuevos instrumentos tanto de cooperación como de conflicto, la lucha por el poder reincorpora dimensiones culturales y geográficas olvidadas, el poder se vuelve difuso, pero es más cuestionado por quienes no lo tienen y la agencia de los Estados naciones sigue teniendo valor, aunque esté siendo impugnada por otras fuerzas. Este libro incluye en la primera parte estudios de política internacional del siglo xxi, en cada uno de los cuales se analiza qué sucedió, dónde y cuándo; en la segunda parte, se plantean las posiciones y las perspectivas de cada uno de los que intervinieron o resultaron afectados por el proceso; la última sección presenta la interpretación de la autora, pero el lector puede elegir una visión diferente. Para hacerlo posible, el primer capítulo destaca características de distintos enfoques teóricos de Relaciones Internacionales para mostrar que la interpretación de la política internacional incluye aristas epistemológicas y ontológicas; aunque, por ser un libro orientado a lectores no especializados, no se expliciten en él.

Palabras clave: actores, consecuencias, política internacional, procesos, siglo xxi.

Abstract

In this century, international politics complexity begs the incorporation of analytical tools from geopolitics and geo-economics, in which geography, economic history and politics intersect, an analysis that becomes important because its consequences affect all of us. Accelerated changes since the fall of the Berlin Wall and the Soviet Union are challenging the international order built at the end of the second world war. We witness simultaneously an excess of confidence on the continuity of the new global order and unsatisfied social demands that have developed into transnational movements with the capacity to transform the international system. The decompression of the post-cold war has facilitated the emergence of new actors and forms of cooperation, while conflicts that remained latent during the open rivalry between the United States and the Soviet Union have recovered centrality. Their abrupt emergence makes them to be perceived as a succession of hasty and ill-conceived events with unexpected international consequences. They share, however, some common factors – technology provides the opportunity of building new instruments of cooperation or conflict, the fight for power reincorporates forgotten dimensions, and while power is becoming more diffused it is more questioned. This book includes studies of international politics in the xxi century, each of them divided into three sections: in the first, we analyze what happened, where and when; the second one presents the positions and perspectives of those who participated in the process or were affected by it; and the third section incorporates the author’s interpretation, but the reader can choose an alternative view. To make this possible, the first chapter summarizes different theoretical approaches of International Relations with the aim to demonstrate that interpretations of international politics encompass epistemological and ontological problems, even if they are not discussed in this book due to its orientation toward non-specialized readers.

Keywords: actors, consequences, international politics, processes, xxi century.

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia


Giacalone, RitaPolítica internacional a principios del siglo XXI: poder, cooperación y conflicto / Rita Giacalone. -- Bogotá: Universidad Cooperativa de Colombia: Centro de Pensamiento Global, 2021.p. -- (Colección Acontecer mundial, ISSN 2500-7696; 11)Incluye datos de la autora. -- Contiene referencias bibliográficas.ISBN 978-958-760-332-3 -- 978-958-760-333-0 (pdf) -- 978-958-760-334-7 (digital)1. Política internacional - Siglo XXI 2. Relaciones internacionales - Siglo XXI I. Título II. SerieCDD: 327.1 ed. 23CO-BoBN– a1077926


Política internacional a principios del siglo xxi: poder, cooperación y conflicto

© Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, Bogotá, agosto de 2021

© Rita Giacalone

isbn (impreso): 978-958-760-332-3

isbn (epub): 978-958-760-334-7

isbn (pdf): 978-958-760-333-0

doi: https://doi.org/10.16925/9789587603347

issn Colección Acontecer Mundial

Proceso de arbitraje doble ciego

Recepción: 13 de enero de 2021

Evaluación divulgación: 9 de febrero de 2021

Corrección de autor: 28 de febrero de 2021

Aprobación: 2 de marzo de 2021

Centro de Pensamiento Global (cepeg)

Edgar Vieira Posada

Director

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Especialista

Fondo Editorial

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Director Nacional Editorial

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Especialista en Producción Editorial (Libros)

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Contenido

Introducción

Capítulo 1 Revisión de enfoques teóricos

Capítulo 2 Tensiones entre Unión Europea, Federación Rusa y Ucrania en la anexión rusa de Crimea

Capítulo 3 Integración (y ¿desintegración?) europea desde el Brexit (salida del Reino Unido de la Unión Europea)

Capítulo 4 Ascenso de China e impacto en sus vecinos de Eurasia, Asia Pacífico y América

Capítulo 5 Estados Unidos después de la crisis financiera: cambios de política exterior y megaproyectos regionales

Capítulo 6 La pandemia de covid-19 como ejercicio de cooperación y conflicto internacional

Capítulo 7 Conclusiones

Referencias

Anexo (mapas)

Introducción

El siglo xxi llegó acompañado de cambios acelerados en política internacional que nos tomaron por sorpresa, porque sacudieron estructuras y profundizaron la búsqueda de poder de grandes actores (y de otros que habíamos olvidado), quienes reactivaron motivaciones tradicionales o desarrollaron algunas nuevas. En conjunto, esos cambios cuestionan actualmente el orden internacional contemporáneo, que se gestó a partir de reacomodos del orden de la segunda posguerra producidos luego de la caída del muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética (1991). En ese clima, el Acuerdo General de Aranceles Aduaneros y Comercio (gatt, en su sigla en inglés) se convirtió en la Organización Mundial de Comercio (omc), surgió la Unión Europea (ue) y hubo cambios cuantitativos y cualitativos en agenda y actores internacionales. Si ellos transformaron la naturaleza del sistema internacional, su interpretación también incorporó dimensiones antes relegadas (religiosas, ambientales, identitarias), reformuladas como instrumentos teóricos para explicar la política internacional.

Los cambios adquirieron dinamismo después de la desaparición del enemigo ideológico y político del orden internacional occidental estructurado en torno a Estados Unidos. Al mismo tiempo, hubo un exceso de confianza acerca de la permanencia de ese orden facilitó visibles demandas insatisfechas de países o grupos de países. A partir de ellas y apoyados en nuevas tecnologías de comunicación, surgieron movimientos transnacionales (redes) con capacidad de afectar el sistema internacional que los había hecho posibles.

En la posguerra fría, el mundo experimentó un proceso de descompresión1 en el que asumieron relieve nuevos actores (como las regiones) y formas de cooperación interestatal y reaparecieron conflictos que habían quedado latentes durante la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Su reaparición simultánea en los últimos treinta años lleva a percibirlos como procesos divergentes, que se atropellan entre ellos y precipitan sucesos internacionales inesperados. Existe, sin embargo, una línea común, mientras la tecnología facilita nuevos instrumentos de cooperación y conflicto internacional, la lucha por el poder incorpora dimensiones que parecían olvidadas y el poder mismo es ahora difuso y puede ser cuestionado por quienes no lo tienen.

En ese contexto, se vuelve necesario analizar ejemplos de cooperación geoeconómica y conflicto geopolítico en la política internacional del siglo xxi, para mostrar que poder, cooperación y conflicto siguen siendo las bases del sistema internacional en este siglo, pero el primero ha cambiado y los otros dos se buscan por mecanismos nuevos. Por razones de brevedad, el libro se concentra en las relaciones entre grandes actores estatales del sistema por considerar que los cambios en sus relaciones tienen efectos importantes sobre el resto de los países que lo constituyen.

La política internacional se define como el sistema formado por el conjunto de relaciones entre Estados; esta concepción se ha ampliado para incorporar actores no estatales (organizaciones no gubernamentales, partidos políticos, movimientos sociales en torno a problemas globales, etcétera) y enfatizar la interdependencia entre ellos. En esas relaciones predominan intereses e influencias geoeconómicas y geopolíticas o una combinación de ambos, lo que obliga a prestar atención a los procesos que explican su surgimiento, a los actores que participan y a las consecuencias que se derivan de ellos y afectan a otros actores y procesos.

Aunque en política internacional se mantiene la vigencia de analizar los reacomodos de bloques de poder, la transformación de las relaciones estratégicas y la mutación de la economía mundial, esos conceptos se interpretan ahora desde perspectivas más variadas y amplias que las tradicionales. Entre los aportes del campo de las relaciones internacionales, se distingue el cuestionamiento de la visión Estado-céntrica de la política internacional y la aparición de enfoques nuevos (capítulo 1) que muestran la variedad de perspectivas desde las cuales puede entenderse esa política.

Desde la Paz de Westfalia (1648), cada Estado-nación tiene potestad para crear ejércitos, cobrar impuestos e imponer su religión a sus súbditos. En relaciones internacionales, significó que ellos tenían soberanía sobre su territorio, eran iguales y no debían intervenir en asuntos internos de otros Estados, lo cual constituyó un primer intento de ordenar las relaciones interestatales en Europa. Hasta el siglo xviii, la soberanía estatal era potestad del monarca que consideraba el Estado su propiedad privada y asociaba la fortuna estatal a la fortuna de su casa reinante. Desde entonces, los Gobiernos pueden ser impersonales —proceso iniciado en Inglaterra al convertir a la monarquía absoluta en constitucional— y la responsabilidad de ejercer y mantener la soberanía pasa de uno a otro. Los Estados se reconocen mutuamente independientes y jurídicamente iguales, lo cual no impide que luchen entre ellos, porque la igualdad jurídica no implica igualdad en poder económico o político (Giacalone, 2016).

Antes del siglo xviii, la riqueza del Estado derivaba de controlar mercados (monopolio comercial español basado en mercantilismo) o de poseer abundante cantidad de tierra para el cultivo (fisiocracia francesa). Desde la publicación de La riqueza de las naciones (Adam Smith, 1776), el interés propio que aumenta la eficiencia económica pasó a determinar que cada Estado se especialice en aquello que puede hacer mejor (división del trabajo). De esas ideas surgió el liberalismo económico, asociado también a movilidad de capital y trabajo, como también a avances tecnológicos, a partir de interpretar el proceso de intercambio y acumulación generado por las relaciones interestatales.

La asociación Estado-nación-liberalismo económico produjo el nacimiento del Estado moderno inglés, con autoridades impersonales, separación de recursos de monarquía y sociedad y obligación del Gobierno de rendir cuentas a quienes pagan impuestos. Aunque otros Estados europeos no adoptaron esos conceptos al mismo tiempo (Giacalone, 2016), reafirmaron a Europa como centro del mundo en el sistema internacional moderno. Desde entonces, las relaciones entre sus miembros determinaron los principales periodos de conflicto o paz. En el siglo xx, las guerras mundiales fueron entre Estados europeos, pero requirieron de presencia militar y ayuda económica estadounidense para finalizarse. Con esa presencia, que se extendió en la segunda posguerra para dar apoyo militar y económico frente al nuevo enemigo ideológico (Unión Soviética), Europa mantuvo centralidad en el sistema internacional, pero asociada a Estados Unidos en el Atlántico norte. Con el fin de la Guerra Fría, esa asociación se debilitó frente a nuevas prioridades de la política exterior estadounidense y la reaparición internacional de actores marginados del sistema.

Con ese trasfondo, este libro analiza procesos centrales de la política internacional del siglo xxi, aplicándoles enfoques teóricos de geoeconomía y geopolítica, por considerarlos filtros que mediatizan la interpretación de esa política. A ese objetivo se agrega hacer la comprensión de esos procesos accesible al lector interesado en ellos que no se especializa en la disciplina de Relaciones Internacionales. En cada estudio de caso se analiza el proceso, los actores y las consecuencias en política internacional, lo cual significa que cada capítulo puede leerse independientemente de los otros. A pesar de ello, el libro es una unidad orientada a explicar las transformaciones de las relaciones internacionales a partir de la influencia de procesos históricos internos y procesos contemporáneos externos sobre las decisiones de actores estatales. Una premisa del libro es que los actores eligen otorgar importancia a procesos históricos, enraizados en el propio Estado o a los provenientes del sistema internacional, y otra premisa es que las consecuencias de sus acciones u omisiones afectan al resto del sistema, cuando esos actores son grandes poderes.

Desde el final de la Guerra Fría, se asiste a una etapa de transición acelerada del sistema internacional. Cuando los sucesos parecen precipitarse en cascada, acelerarse y volverse inesperados, es necesario analizar en especial las motivaciones de los actores que los originan, la utilidad de los enfoques teóricos que los interpretan y sus consecuencias para el futuro de nuestras sociedades. De esa forma, este libro continúa algunos temas desarrollados en el tomo 2 de la colección de bolsillo Acontecer Mundial, titulado Geoeconomía y geopolítica del proceso globalizador (2016), que abordaba la historia económica del proceso que llevó a la globalización desde el siglo xvii, usando como ejes interpretativos los aspectos económicos y políticos derivados de la ubicación geográfica de los Estados-naciones.

La importancia de emplear la geoeconomía y la geopolítica como variables explicativas del proceso histórico y del contemporáneo exige previamente su definición. La geopolítica nació a partir de la geografía política, que estudia la división del mundo en Estados-naciones y sus capacidades materiales (fuerzas militares, población, etcétera), y analiza las estrategias de sus Gobiernos y sus causas y consecuencias internacionales cuando la geografía juega un rol en ellas. La geoeconomía surgió de la geografía económica, pero al análisis de capacidades y recursos económicos de los Estados se le agrega el de las preferencias gubernamentales por modelos de desarrollo, luchas comerciales, etcétera (Baru, 2012). Se la define como el análisis de las consecuencias políticas de procesos económicos y de las consecuencias económicas de procesos políticos, si se relacionan con territorio o ubicación geográfica.

Mientras la geopolítica suele generar una lógica suma cero centrada en la lucha por el poder, la geoeconomía puede producir una lógica positiva, porque la búsqueda de riqueza (desarrollo y bienestar social) admite la cooperación con otros para alcanzarla (Blackwill y Harris, 2016, p. 24). Aunque Blackwill y Harris (2016) titularon su libro sobre geoeconomía La guerra por otros medios (War By Other Means), con lo cual el mensaje que transmiten es que la geoeconomía es un instrumento para el conflicto, este libro no comparte esa visión ni tampoco la fórmula según la cual la geopolítica equivale a una relación binaria en la cual la política es la variable dependiente de la geografía, lo que por extensión haría de la economía la variable dependiente de la geografía en la geoeconomía (Cuéllar, 2012, p. 62).

En el siglo xxi, hay una revaloración positiva de la geoeconomía. El movimiento del eje del comercio global del océano Atlántico al Pacífico y los efectos de la crisis financiera del 2008, más el aceleramiento del proceso globalizador desde fines del siglo xx profundizaron la interacción y la interdependencia entre distintos tipos de capitalismo. El capitalismo del mercado y del estado de bienestar social de las naciones desarrolladas de Occidente se entrelazó en cadenas productivas y financieras con formas asiáticas de capitalismo con intervención estatal, por lo cual ahora la participación en política internacional de países desarrollados, emergentes y en desarrollo se les asocia más con factores económicos. Esa tendencia parece reforzarse cuando, como ahora, la estructura institucional del sistema internacional (Organización de Naciones Unidas, onu, omc) está siendo cuestionada en términos de legitimidad y poder (Okano-Heijmas, 2013, p. 3), mientras la prosperidad económica sigue considerándose instrumento de estabilidad política y seguridad de los Estados, ya sea que se busque mediante la cooperación o el conflicto.

Desde finales del siglo xx, se insiste en que la geoeconomía es más importante que la geopolítica porque los intereses nacionales de poderes grandes y emergentes están cambiando. En los enfrentamientos geoeconómicos, en lugar de armas militares, se emplean aranceles, tasas de cambio e interés, inversiones y otros instrumentos para ganar aliados o perjudicar a competidores. Blackwill y Harris (2016) lo ejemplifican con China, que prefiere aumentar su influencia por medios económicos antes que, de otra forma, porque reconoce que no puede desafiar el poder militar estadounidense. Otro factor que otorga importancia a la geoeconomía es que algunos poderes emergentes (China) tienen formas de capitalismo estatal que les permiten a sus Gobiernos centralizar decisiones económicas y políticas y asegurarse de que sean aplicadas porque las empresas que van a ejecutarlas son estatales. Los Estados Unidos y la ue no pueden obligar a sus compañías a ejecutar un acuerdo comercial, por ejemplo, si no produce ganancias efectivas. El conflicto surge de la necesidad de evitar que el otro se beneficie de esa u otra forma.

En cuanto a la reflexión sobre enfoques teóricos, Good-man y Khanna (2013, pp. 64-65) proponen la geotecnología como subdisciplina que complementa el análisis geopolítico y geoeconómico, al concentrarse en el impacto de la innovación tecnológica sobre comercio internacional y conflictos militares. Según ellos, la geopolítica ignora a los actores no estatales y la geoeconomía, los trata marginalmente, mientras la geotecnología reconoce la influencia internacional de actores que no dependen de un territorio ni poseen grandes capitales, pero controlan tecnologías de punta (Google, Facebook , entre otros).

Aunque la tecnología sea factor central de los cálculos de poder entre actores internacionales, su sustentación como subdisciplina es débil porque: 1) varios enfoques teóricos incorporan la innovación tecnológica entre las causas del cambio geopolítico y geoeconómico, o analizan sus consecuencias (North, 1993; Al-Rodhan, 2012, 2015); 2) para la geoeconomía, las empresas multinacionales resultan centrales y muchas de ellas generan nuevas tecnologías; 3) la no territorialidad de la nueva tecnología, que Goodman y Khanna (2013) destacan, no es compatible con el término geotecnología que proponen. Por ello, en este libro, la tecnología se incorpora al análisis como factor causal o consecuencia de eventos y estrategias de política internacional.

Autores como Thakur (2013) y Okano-Heijmans (2013, pp. 7-8) desarrollan el concepto de “balance de intereses” para sustituir el concepto según el cual los Estados guían su política internacional por el objetivo de alcanzar su “interés nacional” (único, monolítico y relativamente permanente). El balance de intereses es amplio y puede cambiar con rapidez, según influencias externas e internas, lo cual implica que el Gobierno puede elegir un curso de acción entre varios y cambiarlo a lo largo del tiempo, abriendo la posibilidad de cometer errores o corregirlos. Enfatiza los procesos internos que inspiran la política internacional de un Estado y la agencia de sus decisores políticos, sin alterar el hecho de que su objetivo último es mantener o lograr poder internacional.

En resumen, invito a los lectores a encarar este libro con una visión abierta a la comprensión de los sucesos internacionales que se producen día a día. En él posiblemente encontrarán más preguntas que respuestas, que quizás sea lo mejor que puede hacer un libro en esta etapa de cambios acelerados y divergentes que profundizan la incertidumbre de la política internacional.

Para concluir, les agradezco a los estudiantes del Pro-grama de Maestría y Especialización del Instituto de In-tegración Latinoamericana de la Universidad de La Plata (Argentina), porque sus preguntas y comentarios durante las clases me ayudaron a reflexionar sobre algunos temas de este libro. Asimismo, mi agradecimiento a la directora del Instituto, Dra. Noemi Mellado, y a todo su personal, por su constante amistad; al Dr. Edgar Vieira Posada, director del Centro de Pensamiento Global, de la Universidad Cooperativa de Colombia, por su confianza; a Ediciones Universidad Cooperativa de Colombia, por su labor eficiente, y al personal de la Taylor Family Digital Library (University of Calgary), por su apoyo. Por último, a Julia, Marcelo, Andrés, Reina, Matías, Paulo, Marcos, Juliana, Juana, Mary y Aquiles, un gran abrazo, por permitirme ser parte de la familia.


1 Según Mackinder (1904), el mundo a principios del siglo xx había alcanzado sus límites y era una cápsula cerrada, semejante a una cámara de compresión dominada por conflictos europeos.

Capítulo 1

Revisión de enfoques teóricos

Tanto para los actores políticos —que deben tomar decisiones y asumir posiciones en situaciones concretas y rápidas— como para los que quieren entender lo que ocurre en política internacional, el conocimiento empírico puede no ser suficiente. En ese caso, los enfoques teóricos de relaciones internacionales ofrecen la posibilidad de formular comparaciones o generalizaciones sobre el comportamiento político. Sirven como hojas de ruta para desentrañar procesos en los que cada vez intervienen más actores y se incorporan más dimensiones (tecnológicas, ambientales, etcétera). De esa forma, para los actores políticos y los lectores interesados en comprender la política internacional, es necesario el conocimiento adicional que brindan los enfoques teóricos.

Este capítulo presenta, primero, el surgimiento histórico de distintos enfoques teóricos de relaciones internacionales y, luego, los sitúa en una clasificación que busca simplificar su ubicación posterior por los lectores interesados en profundizar el tema. Al final, destaca los enfoques geopolíticos y geoeconómicos y plantea las razones para la selección de los estudios de caso. Los lectores no interesados en aspectos teóricos, sino en comprender los procesos de política internacional del siglo xxi pueden omitir la lectura del capítulo sin perder el hilo interpretativo de los casos de estudio, que se resume en las conclusiones. Si alguno de los temas despierta más adelante su interés por comprender esos planteamientos teóricos siempre será posible volver a este capítulo.

Surgimiento histórico de enfoques teóricos

Hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las relaciones entre Estados naciones se estudiaban en historia diplomática y derecho internacional. El balance de poder era una construcción surgida del sentido común antes que de la teoría y la economía y la política estaban separadas (por ejemplo, el imperialismo se consideraba un proceso económico y no, político). Existía un solo sistema internacional, considerado inalterable, mientras la división del mundo en Estados soberanos era necesaria y natural (Dougherty y Pfaltzgraff, 1993).

Para los imperios europeos, las colonias seguían teniendo la función de proveer de materias primas (azúcar, algodón, entre otros) y mercados a sus metrópolis que habían desarrollado desde el descubrimiento de América, pero contradecían los principios de libre comercio de Adam Smith, porque se basaban en relaciones privilegiadas. Esas relaciones, sin embargo, aparecían oscurecidas o minimizadas por ideas del darwinismo social que justificaban el colonialismo por la necesidad de civilizar a pueblos primitivos que no podían gobernarse por sí mismos. Esa justificación y la de mantener la paz en Europa produjeron el reparto de África entre Gobiernos europeos en el Congreso de Berlín (1885). Aunque no todas las colonias africanas justificaron su expectativa económica, se mantuvieron por razones de prestigio político de sus metrópolis.

El imperialismo de finales del siglo xix aprovechó los desarrollos tecnológicos de la segunda revolución industrial (trenes, barcos de vapor, canales interoceánicos, etcétera) y el nacionalismo prevalente en la opinión pública europea. El contexto internacional fue un acicate adicional porque existía la percepción de que Gran Bretaña perdía hegemonía económica frente a Alemania y Estados Unidos, de manera que los Gobiernos europeos buscaban posicionarse para aprovechar las nuevas circunstancias o no ser desplazados (Giacalone, 2016, pp. 69-70).

Los países que en esos años construyeron imperios fuera de Europa aceptaban las guerras porque ocurrían en otros continentes. Así, Weber apoyaba la guerra porque Alemania no había logrado todavía conformar un imperio colonial y debía hacerlo para alcanzar modernidad y balancear el poder de Rusia y del mundo anglosajón (Gran Bretaña y Estados Unidos). Existía, sin embargo, un sustrato optimista acerca de que la “modernidad” (nivel superior de civilización) eliminaría las guerras; en sus palabras, “debemos ser un poder mundial y tener algo que decir en el futuro del mundo” y “una vez que Alemania haya alcanzado el lugar bajo el sol que le corresponde por derecho, se alcanzará un nivel superior de civilización y las guerras declinarán” (Weber, 1988, pp. 60-61, en Mann, 2018, p. 39).

La mejor interpretación geopolítica de la situación que llevó a la Primera Guerra Mundial fue hecha por Mackinder (1904, p. 422): el mundo a principios del siglo xx era un “territorio políticamente apropiado” y cualquier intento por ajustar el poder en él equivaldría a una explosión en una cámara cerrada, cuyos efectos destruirían a los elementos “débiles del organismo político”. El enfrentamiento era entre naciones no oceánicas, no industrializadas y sin colonias (Austria-Hungría, Serbia, elementos débiles del sistema, junto con la Rusia zarista) y naciones oceánicas, industrializadas y con colonias.

Al final de la guerra, la negociación de la Paz de Versalles (1918) mostró dos corrientes de pensamiento sobre cómo entender y explicar las relaciones entre Estados-naciones, realismo y liberalismo. En el primero predominaban los conceptos de poder y anarquía, como también las capacidades materiales de las naciones (territorio, fuerza militar, población, recursos naturales) que determinaban su actuación internacional. Según esa corriente, la situación normal del sistema internacional es el conflicto real o potencial entre Estados para adquirir o mantener poder. Para entender la política internacional con base en el realismo, es necesario tener en cuenta dos factores son básicos: las condiciones materiales de cada nación determinan su poder y el conflicto entre naciones es suma-cero (lo que una gana, otra lo pierde). Aunque los Estados sean jurídicamente iguales, tienen distintas bases políticas y económicas que les otorgan o no poder con respecto a otros. Los Estados persiguen sus intereses nacionales, que varían, pero solo alcanzan seguridad cuando adquieren poder (Morgenthau, 1951).

En oposición, los Catorce Puntos publicados por el presidente estadounidense Woodrow Wilson, en 1918, ejemplifican conceptos básicos del liberalismo: para prevenir conflictos internacionales, debían incorporarse medidas al derecho internacional, como libertad de navegación, paz mundial, no alianzas secretas, supresión de barreras económicas, independencia política y soberanía territorial sin distinción entre Estados grandes y pequeños; asimismo, reconocimiento de minorías nacionales, autodeterminación de pueblos civilizados y prohibición de guerras de agresión. Además, era necesario crear una organización que velara por su cumplimiento y sancionara a quienes no los acataran (la Sociedad o Liga de Naciones). Aceptados esos criterios en la paz de Versalles, como la Primera Guerra había surgido, en parte, de choques entre imperios europeos por colonias africanas y asiáticas, se las puso bajo la administración directa de la nueva organización.

Para la Liga de Naciones, el concepto básico del sistema internacional era la seguridad colectiva porque, si un Estado agrede a otro, los demás tienen derecho a imponer el derecho internacional mediante acciones colectivas. La Liga no consiguió contener las agresiones alemanas, italianas y japonesas que llevaron a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), pero tampoco era fácil hacerlo porque Estados Unidos, Rusia y Alemania no participaban de ella (Viotti y Kaupi, 2007, pp. 74-75)1.

Detrás de la división realismo-liberalismo hay dos posiciones con respecto al sistema internacional y la naturaleza social del hombre: en una predomina la anarquía, porque el ser humano lucha por imponerse a otros; en la segunda, el ser humano (“civilizado”) aspira a vivir en armonía con otros hombres, pero necesita reglas de juego claras y organizaciones que las hagan cumplir. Ambas corrientes consideran que los Gobiernos se comportan en el sistema internacional como actores racionales. El liberalismo representa la continuidad de tendencias de los siglos xviii y xix, cuando se planteaba que las monarquías tendían a iniciar más guerras que las repúblicas, de forma que al predominar las últimas el mundo sería más pacífico. Otra noción acerca de que las guerras disminuirían se vinculó con el predominio del capitalismo —el comercio producía más beneficios económicos que las guerras y costaba menos— y del socialismo —una sociedad igualitaria eliminaría las guerras (Mann, 2018, p. 38).

La crisis de 1929 y la depresión económica que le siguió pusieron en jaque al liberalismo en Estados Unidos y Europa occidental, mientras Alemania y Rusia se movían en distintas direcciones ideológicas. En la primera, el fascismo y, en la segunda, el marxismo, constituyeron interpretaciones con pretensiones teóricas e ideologías que combinaban un proceso de búsqueda epistemológica e interpretación identitaria que pasó luego a convertirse en cosmovisión totalizante (Manheinn, 1936).

El rearme de Alemania y la formación del Eje (Alemania-Italia-Japón) se basaron en la geopolítica desarrollada por Ratzel (1844-1904) y Haushofer (1869-1946). El primero destacaba la existencia de un determinismo geográfico, porque los mismos pueblos establecidos en entornos geográficos distintos difieren en las características que asumen con el tiempo; esto origina grupos étnicos (razas) con rasgos específicos. La relación tierra-clima-raza e historia lleva a los Estados a actuar como organismos vivos que, cuando crecen, deben expandirse para cumplir su destino histórico. Según Haushofer, la necesidad de expandirse como un organismo biológico es vital porque, si el Estado-nación no lo hace, declina o muere. Haushofer planteó, además, una alianza euroasiática (Japón, esfera de influencia asiática y Alemania, esfera europea, asociados a Rusia) contra Inglaterra y Estados Unidos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los miembros mayores de la Alianza triunfante sobre el Eje (Estados Unidos, Francia, Unión Soviética, China, Reino Unido) establecieron las bases del sistema internacional de posguerra. Entre 1945 y 1948 crearon una serie de organizaciones internacionales (onu, gatt, Banco Mundial [bm], Fondo Monetario Internacional [fmi]), que dominaron el panorama de la Guerra Fría entre Occidente y la Unión Soviética, en la cual se enfrentaron el liberalismo de Europa occidental y Estados Unidos y el comunismo de la Unión Soviética.

Hasta el fin de la Guerra Fría (1989-1991), el sistema internacional se ajustó en términos generales al neorrealismo, que se diferencia del realismo porque, aunque estudia las capacidades materiales de los Estados, entiende que es más importante la ubicación de un Estado en el sistema. Esa ubicación depende de su poder relativo, de forma que la estructura del sistema internacional afecta lo que los Estados pueden hacer con sus capacidades y esas posibilidades se captan encontrando comportamientos repetitivos en la historia del sistema (como el balance de poder; Waltz, 2002).

Realistas y neorrealistas aceptan que la anarquía fuerza a los Estados a buscar poder para maximizar su seguridad, pero si un Estado se vuelve demasiado poderoso (hegemon o poder dominante) corre el riesgo de que otros se asocien para balancearlo (Drezner, 2015) y amenacen su seguridad. Dentro del realismo/neorrealismo, la teoría de la transición de poder analiza las relaciones entre el hegemon y sus rivales, que se caracterizan por la incertidumbre acerca de que se produzca una guerra. Si el poder aspirante busca reescribir las reglas del sistema internacional (es revisionista), la guerra es inevitable (Drezner, 2015, pp. 38-40).

El neorrealismo (Waltz, 2002) cuestiona el enfoque de adentro del Estado hacia afuera (influencia de sus capacidades materiales en el sistema internacional) y plantea que la lucha por el poder cambia cuando hay cambios en la estructura del sistema (influencia de afuera hacia adentro). Reivindica que existe una situación de conflicto potencial, porque todos los Estados intentan garantizar su supervivencia. El concepto de balance o equilibrio de poder es central, porque las alianzas les sirven a los Estados para sobrevivir o dominar a otros. Mearsheimer (1995) contradice, sin embargo, que las instituciones internacionales puedan influir en el comportamiento de los Estados porque ellas solo reflejan la distribución de poder existente.

En la década de los años ochenta, se inició un diálogo entre neorrealismo y neoliberalismo, diferente a la etapa anterior a la Segunda Guerra Mundial cuando no hubo casi intercambio de ideas entre realismo y liberalismo (Salomon, 2001). Keohane y Nye (1977) cuestionaron la ubicación central del Estado-nación en el realismo, porque no explicaba la creciente interdependencia del mundo, que llamaron interdependencia compleja por ser multidimensional, no distinguir entre temas de “alta y baja política” (políticos y económicos, respectivamente) y considerar que decisiones internacionales previas condicionan otras posteriores. La interdependencia implica dependencia mutua y, si bien el sistema internacional es anárquico y se centra en el Estado, incorpora asuntos económicos y admite la cooperación entre actores. La interdependencia se da en múltiples áreas y no hay un orden fijo, unos temas concentran la atención de los Estados en un momento y pierden importancia luego. El interés nacional (concepto central del realismo) se define entonces según de qué dimensión se trate (Keohane, 2009).

Keohane (2009) acepta que el Estado es un actor racional del sistema internacional, pero está más interesado en los efectos que tienen sobre él las reglas y las instituciones internacionales. Keohane y Axelrod (1985) plantearon que la cooperación era posible aun entre Estados que tenían “una mezcla de intereses conflictivos y complementarios” y que esa cooperación se expresaba en instituciones internacionales. Esa noción provenía del liberalismo por lo que su enfoque se llama “institucionalismo liberal” o “institucionalismo neoliberal”. Salomon (2002, p. 15) resume la diferencia básica entre neorrealistas y neoliberales en que los primeros son pesimistas acerca de que las instituciones internacionales compensen los efectos de la anarquía, mientras los neoliberales son optimistas.

En 1993, David Baldwin (1993) resumió diferencias entre neorrealismo y neoliberalismo institucional, según la siguiente tabla 1. Los puntos comunes de ambos enfoques son que aceptan la anarquía del sistema internacional, consideran al Estado-nación el actor central y reconocen la posibilidad del conflicto.

Otro enfoque de esos años es el sistema mundo, asociado al marxismo, que organiza a los Estados en centro, semiperiferia y periferia, según una jerarquía nacida del capitalismo, porque ubica a los países en un sistema similar a clases sociales. Se diferencia de neorrealismo e institucionalismo liberal porque los Estados no son los actores principales, sino el sistema internacional, cuya estructura capitalista limita lo que pueden hacer los Estados. Plantea que el mundo puede formar una comunidad internacional de valores si se sustituye el capitalismo por el socialismo a escala global y no, en uno o dos Estados (Wallerstein, 1979). El estructuralismo, que promueve la industrialización como mecanismo para que los Estados de la periferia salgan del subdesarrollo, y la teoría de la dependencia (transición al socialismo) adoptan su énfasis en la estructura del sistema internacional.

Tabla 1. Diferencias entre neorrealismo y neoliberalismo institucional


NeorrealismoNeoliberalismo institucional
EjeAnarquíaCooperación
GananciasRelativas en poder políticoAbsolutas en poder económico
PrioridadSeguridadEconomía
Determinantes de acción internacionalCapacidades materialesPercepciones
Rol de normas y organizaciones internacionalesNo pueden mitigar el conflictoMitigan el conflicto

Fuente: tomado de Baldwin (1993).

El institucionalismo liberal influyó en el estudio de la integración regional europea (intergubernamentalismo institucional, Keohane y Hoffmann, 1991), porque desplazó como enfoque dominante al funcionalismo/neofuncionalismo (Haas) —según el cual la integración de una función o sector se derrama a otras a medida que avanza— al establecer la negociación entre Estados como requisito para que la integración económica se derramara a otros sectores. Fuera de Europa, el institucionalismo liberal se interesó por los regímenes políticos, en los cuales los actores pasan de ser individuales a colectivos y sus acciones ocurren en una trama de relaciones institucionales. En el nuevo institucionalismo, se aprecia la influencia de la teoría de las organizaciones y la historia, ya que las instituciones pueden representar un rol autónomo, aunque el contexto ejerza poder sobre ellas. En el neoinstitucionalismo económico (North), los actores obedecen a las instituciones, porque existen amenazas de sanción (mostrando que son actores racionales).

En los años noventa, surgieron enfoques que rechazan que los actores internacionales sean racionales. Se los llama reflectivistas, porque, además de negar la racionalidad, enfatizan variables subjetivas e históricas del comportamiento internacional (discurso, identidad, etcétera), mientras otros denominan teoría crítica a esos enfoques (Salomon, 2001); en general, consideran que las relaciones internacionales están socialmente construidas (constructivismo social, Wendt, 1992). La diferencia se observa en el análisis de la integración europea, mientras el debate previo buscaba definir qué actores, instituciones y Estados tenían poder en la integración (dimensión empírica), el debate crítico cuestiona si esos actores son racionales (Dur y Mateo González, 2004). La teoría crítica también distingue entre enfoques orientados a resolver problemas de relaciones internacionales y enfoques que cumplen una función “emancipatoria” del conocimiento, por lo cual se destacan “discursos silenciados” (feminismo, posmodernismo). En campos como la economía política internacional, esos enfoques se difundieron asociados al neomarxismo (Salomon, 2001, pp. 26-29).

El mayor aporte del reflectivismo es el constructivismo social (Wendt, 1992), que plantea que los enfoques tradicionales no prestan suficiente atención a las identidades e intereses de sus participantes. Para el constructivismo, un factor central son las percepciones de los actores al tomar decisiones de política internacional y la interacción creada a partir de esas decisiones, porque pueden generar o modificar instituciones y regímenes; de esta forma, el proceso puede imponerse sobre las estructuras. Más aún, las identidades y los intereses de los actores no existen antes de esa interacción, sino que surgen de ella. Sin embargo, una vez constituidas, las identidades y los intereses pueden sufrir un proceso de reificación que resulta difícil alterar (Salomon, 2001, pp. 39-42). Wendt se aleja de la mayor parte del reflectivismo porque acepta que los actores siguen siendo racionales y, por ello, Salomon considera que el constructivismo es un intento por acercar entre sí a racionalistas y reflectivistas.

El panorama actual de los enfoques teóricos

La tabla 2 agrupa los enfoques en grandes campos teóricos, según ciertas características, y destaca sus conceptos subyacentes básicos (anarquía/hegemonía, legalidad institucional y cooperación y percepciones mutuas e interacción) y variables.

Tabla 2. Conceptos y variables de grandes enfoques teóricos


RealismoLiberalismoReflectivismo/Constructivismo
Conceptos básicosAnarquía y hegemoníaInstitucionesIdeas
VariablesCapacidades y materialesLegalidad y cooperaciónPercepciones mutuas

Fuente: tomado de Salomon (2001).

Aunque se ubiquen en categorías separadas, las interpretaciones más acertadas de la política internacional suelen ser de autores que cabalgan entre dos o más de esos grupos. Es así como Mackinder, geopolítico realista de principios del siglo xx, sostenía la necesidad de preservar el imperio británico, constituyendo una liga de democracias basada en la protección arancelaria entre metrópolis y colonias, así como una política exterior y flota común. En la competencia de los imperios coloniales para dominar las relaciones internacionales, los factores materiales no alcanzaban a propiciar la unidad del Imperio británico si no se agregaban cultura e historia común y sus relaciones con Estados Unidos (Venier, 2004). Esa solidaridad anglosajona de facto entre los dos imperios marítimos podía contener la expansión de imperios continentales (Rusia y Alemania) e impedir una alianza entre ellos. Por otra parte, la dimensión constructivista de Mackinder (1905, p. 140, en O’Tuathail, 1992) aparece cuando afirma que Canadá, Australia y Sudáfrica, colonias blancas del Imperio británico, formaban una media luna con capacidad de actuar de forma defensiva u ofensiva para defender el imperio, metáfora visual que equivale a un esfuerzo de construcción identitaria de Gran Bretaña.

Morgenthau (1951, 1967, 1982), otro realista clásico, consideraba que los Estados deben guiarse por el derecho internacional y la ética pública. Según este autor, el poder político “es una relación psicológica entre el que lo ejerce y aquellos sobre quienes se ejerce. Le da al primero control sobre algunas acciones del segundo mediante la influencia que el primero ejerce en las mentes de los otros” (Morgenthau, 1967, p. 27, en Luke, 2013, p. 890). Otros Estados pueden sufrir su influencia debido a “la expectativa de beneficios, el miedo a las desventajas, el respeto o amor de los hombres y las instituciones” (en Luke, 2013, p. 890), lo que implica un poder blando. Aunque los Estados estén motivados por la búsqueda de poder, la política internacional se basa en la moralidad y el derecho internacional y no en la anarquía; toda interpretación es histórica porque parte del contexto político donde se genera (Behr y Heath, 2009).

Con respecto a la posibilidad de interpretar la política internacional, los enfoques teóricos tienen una base deductiva, porque resultan de la observación orientada desde un esquema interpretativo. Pero, en este siglo, acontecimientos como la crisis financiera del 2008, la primavera árabe (2011) y la anexión de Crimea por Rusia (2014) tomaron por sorpresa a Gobiernos y analistas (Drezner, 2015). Esos acontecimientos no anticipados y con gran impacto internacional deben estudiarse tanto como los sucesos normales o probables de las relaciones internacionales (Taleb, 2010). Sin embargo, según Drezner (2015, p. 19), las teorías existentes no consiguen ajustarse a una “realidad” internacional en la cual, a medida que aumenta el número y la complejidad de los actores no estatales que participan, aumenta la entropía del sistema. Para Drezner, un levantamiento de los zombis sería ejemplo de un suceso inesperado con gran repercusión internacional que los analistas de Relaciones Internacionales no podrían entender ni interpretar, porque los zombis poseen capa- cidades versátiles y representan una amenaza transnacional a Estados y sistema internacional (capítulo 6).

Frente a las preguntas ¿qué toman la geopolítica y la geoeconomía de los enfoques de Relaciones Internacionales?, y ¿qué le agregan?, la respuesta a la primera es la racionalidad de los actores y la supervivencia del Estado-nación, como principal motor de dinamismo internacional, el concepto de poder, la importancia de la interacción y la existencia de un sistema. La geopolítica se interesa, además, por variables como independencia, soberanía, interdependencia, estabilidad política, integridad territorial, prestigio y seguridad (Dallanegra, 2010).

En relación con qué agrega, complementa la lucha por el poder en el sistema internacional con la lucha por el espacio geográfico; por otra parte, la geoeconomía considera que el eje de la lucha son los flujos de comercio, las inversiones y la población, sobre todo por la influencia que tienen en la soberanía de los Estados y su estructura. La contribución de la geopolítica y la geoeconomía consiste en interpretar el gran cuadro del sistema internacional y relacionarlo con dinámicas regionales y locales, como también estas últimas a aquel. Ubica a actores, procesos y territorios en un tablero semejante al del ajedrez que, complementado con mapas, permite mayor comprensión visual y el planteamiento de escenarios futuros (O’Tuathail, 1998, p. 1).

Si hasta finales de los años ochenta la lucha por el poder se concentraba en Estados Unidos y Unión Soviética, dos sistemas político-económicos enfrentados en la Guerra Fría, desde entonces esa bipolaridad ha dado lugar a enfrentamientos en los que tienen relevancia aspectos nuevos (ambientales, sociales, civilizatorios, entre otros; O’Tuathail y Dalby, 1998) y la rivalidad se ha desplazado a Estados Unidos y China.

Un enfoque asociado a la posibilidad de un enfrentamiento Estados Unidos y China es la teoría de la transición hegemónica, surgido en la Guerra Fría para explicar que el sistema internacional es más jerárquico que anárquico, porque siempre hay un poder dominante (hegemon). El hegemon sostiene el orden internacional, apoyado en su poder —porque construye ese orden de forma que lo beneficie junto a sus aliados—, aunque tasas de crecimiento desigual y otros factores promueven que surjan nuevos poderes. La posibilidad de una guerra entre ellos crece cuando un nuevo poder está insatisfecho con el orden internacional, ha alcanzado paridad con el hegemon y cuestiona la supremacía de este último (Organski, 1958). Se considera una versión actualizada de la “trampa de Tucídides”, historiador griego, quien en el siglo v a. C. manifestó que había sido “el ascenso de Atenas y el miedo que instiló en Esparta lo que hizo la guerra [del Peloponeso] inevitable”.

Si el nuevo poder está satisfecho con el orden internacional, la transición de un hegemon a otro puede ser pacífica. Kupchan (2010) explora casos en que rivales geopolíticos construyeron una paz estable a partir de negociaciones diplomáticas y no debido a mayor democracia (Lemke y Reed, 1996) o interdependencia económica (McMillan, 1997). El fin de la Guerra Fría es un ejemplo de transición hegemónica pacífica, porque se pasó de bipolaridad a unipolaridad sin guerra, ya que el proceso derivó de la defección de Gobiernos satélites de la Unión Soviética. Otro ejemplo de transición pacífica fue a finales del siglo xix y principios del xx cuando Gran Bretaña cedió a Estados Unidos su hegemonía en América Latina (Kupchan, 2010, p. 22).

Los pasos para una paz estable son: 1) acomodo unilateral: un país con varias amenazas externas elige acercarse a un rival; 2) restricción mutua: ambos se hacen concesiones; 3) integración social (por aumento de contactos), y 4) desarrollo de nuevas narrativas e identidades que abarcan a ambos. Los requisitos para alcanzar esa situación son restricción institucionalizada (ambos Gobiernos aceptan límites a su poder en su esfera nacional), órdenes sociales compatibles (similares grupos en el poder, principios económicos, etcétera) y comunidad cultural (similares prácticas y símbolos relacionados con raza, etnicidad, religión, idioma; Kupchan, 2010). Es posible, entonces, una transición hegemónica pacífica que combine racionalidad con construcción social de identidades y la noción de que el poder es importante, pero la diplomacia puede negociarlo.

Al-Rodhan (2012) presenta otra objeción a la teoría de la transición hegemónica y es que la interdependencia hace que las relaciones interestatales se basen en un realismo simbiótico, en el cual la dependencia mutua promueve que un Estado pueda ganar poder sin afectar negativamente a otros. Si las ganancias no son suma cero, otros Estados no se aliarán contra el hegemon y este podrá ejercer su poder mediante el consentimiento, si reconoce aspectos cognitivos y normativos de otros Estados. Los avances tecnológicos que conectan a la gente y la creciente movilidad humana que pone en contacto identidades colectivas lleva a que ellas se perciban como amenazantes, pero también refuerzan la noción de que el bienestar humano depende de aceptar a otros para ser aceptado por ellos, tarea que la tecnología facilita. Los elementos del realismo simbiótico serían los sustratos neurobiológicos de la naturaleza humana, la anarquía global, la interdependencia y la conectividad instantánea mediante nuevas tecnologías.

Otra perspectiva reciente es la geopolítica del caos, desarrollada por el grupo académico The New Inquiry (Estados Unidos). Su tesis es que la situación global actual es inestable y la estabilidad no se logrará hasta que emerja un nuevo orden global. Elementos de inestabilidad actual serían la crisis de Ucrania, la falta de solución del conflicto israelí-palestino, amenazas a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan) y la ue y la crisis financiera, económica y bancaria del 2008. Esa situación se asimila a la de los años treinta que derivó en la Segunda Guerra Mundial o a la que desembocó en la Primera Guerra Mundial (McKillop, 2014).

Para mirar la política internacional desde el punto de vista de la geopolítica es fundamental incorporar la ilustración gráfica (mapas, caricaturas, cine, fotografías). Esa iconografía geopolítica se desarrolla en forma contemporánea con los procesos internacionales y expresa prejuicios o estereotipos de la imaginación popular o visiones alternativas a las gubernamentales (Dodds, 1998), pero el elemento central son mapas que sintetizan posiciones encontradas, tendencias de expansión o contención de Estados-naciones, desarrollos ambientales y sus impactos políticos y económicos, movimientos poblacionales, entre otros. Para la geopolítica crítica —que ve la geopolítica como práctica cultural y política antes que manifestación de política internacional—, el mapa es una forma de discurso que expresa relaciones de poder de un momento histórico, porque el cartógrafo está inmerso en su sociedad y su tiempo. Los mapas provocan también pérdida de diversidad cultural y geográfica; por ejemplo, cuando Mackinder identifica regiones como “pivotes”, centrales, periféricas, media luna marginal o media luna insular marginal (O’Tuathail, 1998, p. 17). Pero si el lector está consciente de esas limitaciones, la cartografía y la iconografía geopolítica pueden representar una visión histórica, pero ayudan a entender lo que sucede y pueden complementarse con las visiones y las perspectivas que el lector elija.

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23 ocak 2025
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