Kitabı oku: «El caso extraño del Doctor Jekyll»

Yazı tipi:

Robert Louis Stevenson

El caso extraño del Doctor Jekyll


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4064066061524

Índice

SOBRE LA PRESENTE OBRA.

HISTORIA DE LA PUERTA.

EN BUSCA DEL SR. HYDE.

EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO.

EL CASO DEL ASESINO DE CAREW.

INCIDENTE DE LA CARTA.

NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN.

INCIDENTE DE LA VENTANA.

LA ÚLTIMA NOCHE.

RELACIÓN DEL DOCTOR LANYÓN.

EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO DEL DR. ENRIQUE JEKYLL.

SOBRE LA PRESENTE OBRA.

Índice

El Caso extraño del Dr. Jekyll, ó sea del Dr. Jekyll y de Mister Hyde, es, después de La Isla del Tesoro, la obra más afamada de Stevenson y no será dudoso el que la primera sea aún más conocida que la segunda en los países anglosajones. Débese esto indudablemente á que además de haber sido y ser constantemente leída por casi todo el mundo, fué dramatizada y obtuvo tan buen éxito que se ha representado centenares de veces. Recientemente se publicó también una versión francesa: Le Cas Étrange du Docteur Jekyll, hecha con no poco gusto y tino por Mme. B. J. Low, esposa del reputado artista de este nombre, y ahora aparece la española, que estamos seguros ha de ser tan bien recibida como aquélla.

La novela posee ya de por sí un interés dramático poco común, y en toda ella se revela ese arte peculiar y característico de su autor en el relato, que desde el principio atrae la curiosidad del que la lee. En este trabajo psicológico ó psico-fisiológico, Stevenson ha logrado sacar, del misterio de la dualidad humana, efectos irresistibles, uniendo discretamente lo maravilloso con lo científico y la enseñanza moral con la narración más interesante de ese combate entre dos naturalezas distintamente opuestas, que luchan sin cesar entre sí, revelando el imperio que ejerce la más ruin sobre la más noble, cuando á tiempo no se logran dominar sus exigencias y caprichos.

La historia del Dr. Jekyll, despojada de ciertos atavíos, de todo adorno maravilloso y de la parte fantástica, es la historia de muchos que acaso todos conocemos y tratamos diariamente, sólo que en el presente caso está trazada por la mano maestra del reputado autor escocés.

Los Editores.

Nueva York, Abril, 1891.

EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL.

HISTORIA DE LA PUERTA.

Índice

El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual no brillaba jamás una sonrisa; frío, lacónico y confuso en su modo de hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y sin embargo, capaz no sé por qué, de inspirar afecto. En las reuniones de amigos, y cuando el vino era de su gusto, había en todo su ser algo eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no sé qué, nunca se traducía en palabras; sólo lo manifestaba por medio de esos síntomas mudos que aparecen en el rostro después de la comida, y de un modo más ostensible, por los actos de su vida. Era rígido y severo para consigo mismo; bebía ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse por su afición al vino; y, aunque le agradaba el teatro, hacía veinte años que no había penetrado por la puerta de ninguno. Pero tenía para con los demás una tolerancia particular; á veces se sorprendía, no sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas á hombres inteligentes, complicados ó envueltos en sus propias maldades, y siempre procuraba más bien ayudar que censurar. "Me inclino,—tenía por costumbre decir, no sin cierta agudeza—hacia la herejía de Caín; dejo que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carácter, resultaba á menudo, que era el último conocido honrado y la última influencia buena para aquellos cuya vida iba á mal fin; y aún á esos, durante todo el tiempo que andaban á su alrededor, jamás llegaba á demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser.

Sin duda era fácil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente impasible, y hasta sus amistades parecían fundadas en sentimientos similares de natural bondad. Es característico en un hombre modesto el aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que había hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes ó aquellos á quienes había conocido desde hacía mucho tiempo; sus afecciones, como la hiedra, crecían con el tiempo, pero no procedían de ninguna inclinación especial. De ahí, sin duda, provenía la amistad que le unía á Ricardo Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho la sociedad. Para algunos había en ello un enigma; ¿qué podrían hallar uno en otro, y qué podía haber de común entre ambos? Los que los encontraban en sus paseos del domingo, referían que no se hablaban, que parecían sombríos, y que la aparición ó la llegada de algún amigo era acogida por ellos con evidentes signos de satisfacción y hasta de consuelo.

Á pesar de todo, ambos daban gran importancia á aquellos paseos, que eran como el principal placer para ellos, y no sólo rechazaban todas las demás distracciones, sino que prescindían en absoluto de los negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos.

La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente tranquila, pero en los días de trabajo había en ella un comercio activo. Sus habitantes hacían todos buenos negocios, esperaban hacerlos mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas de las tiendas alineadas á lo largo de la calle parecían invitarlo á uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras. Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y la calle parecía relativamente desierta, ofrecía marcado contraste con las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego brillante en medio de un bosque sombrío; no cabe duda de que aquellas persianas recién pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota de limpieza y de alegría sorprendían y agradaban á los transeuntes.

Á dos casas de distancia de la esquina de la calle, á mano izquierda yendo hacia el Este, la línea se hallaba cortada por la entrada de un callejón sin salida, en el que se levantaba un edificio de aspecto triste, cuyos aleros se extendían sobre la calle. Tenía dos pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo demostraba aquella construcción largo tiempo de abandono y descuido. La puerta, en la cual no había ni campanilla ni picaporte, estaba deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escalón de ella, y la utilizaban para encender fósforos; los muchachos de las escuelas habían probado sus cuchillas en las molduras; y durante muchísimo tiempo nadie se había preocupado de rechazar á aquellos visitantes, ó de reparar sus daños.

El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela, y al llegar frente á aquel edificio, el primero señaló á la puerta con su bastón.

—¿Habéis observado alguna vez esta puerta?—preguntó; y cuando su amigo le hubo contestado afirmativamente, añadió:—se halla enlazada en mi memoria con una historia harto singular.

—¿De veras?—dijo Utterson, con una ligera alteración en la voz—¿qué historia es esa?

—Hela aquí—replicó el Sr. Enfield.—Regresaba á mi casa desde un punto lejano, á eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de invierno, y mis pasos me llevaron á una parte de la ciudad en donde no se veía más que los faroles. Todo el mundo dormía; las calles se hallaban iluminadas como para una procesión y completamente desiertas; mi ánimo había llegado á hallarse en aquel estado en que se desea ardientemente ver á un agente de policía. De pronto vi dos personas: una de ellas era un hombrecillo que caminaba á buen paso hacia el Este, y la otra una niña de ocho á diez años que corría tanto como le era dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la intersección de las dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisoteó con la mayor calma el cuerpo de la niña, dejándola tendida en el suelo y continuando su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino más bien el del diablo indio Juggernaut. Lancé un grito, eché á correr, cogí á mi hombre por el cuello, y lo llevé al punto en donde ya, alrededor de la criatura, que se quejaba lastimosamente, había varias personas. Estaba enteramente tranquilo, y además, no opuso la menor resistencia, pero me lanzó una mirada que me infundió verdadero terror. Las personas que habían salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la niña, y poco después llegó el médico, á quien habían ido á buscar. En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino más bien asustada, según dijo el facultativo; y tal vez podríais suponer que las cosas no pasaron de ahí; pero había una circunstancia curiosa. Desde el primer golpe de vista había experimentado yo odio contra el agresor, así como la familia de la niña, lo cual era muy natural. Lo que más me sorprendió fué la conducta del médico. Era un tipo ordinario, sin nada de particular, con un marcado acento escocés, y de aspecto tranquilo y pacífico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmoción que nosotros; cada vez que miraba á mi prisionero, veía yo que el doctor palidecía y contenía el deseo de arrojarse sobre él. Yo comprendía lo que pensaba, y él á su vez, también comprendía mi pensamiento; y como no era posible asesinar á aquel hombre, optamos por lo mejor. Le dijimos que nos proponíamos hacer tanto ruido respecto de aquel asunto, que su nombre sería maldecido de un extremo á otro de Londres. Mientras le decíamos esto, nos vimos obligados á defenderlo contra las mujeres, que parecían tan exaltadas como harpías. En mi vida he visto una reunión de caras que demostrasen el odio que aquéllas; y en medio de todos, nuestro hombre, parecía hacer alarde de una presencia de espíritu brutal, sarcástica—como desafiando á todos, aunque en el fondo yo veía que estaba asustado.

—Si lo que deseáis—dijo—es sacar dinero á costa de este incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el escándalo—añadió;—decidme la suma que pretendeis.

La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia de la niña; se comprendía que hubiera querido resistir, pero había en todas nuestras fisonomías algo que debió asustarle, y concluyó por acceder. Después fué preciso obtener el dinero; y ¿adónde creéis que nos llevó? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta; sacó rápidamente una llave, entró, y volvió á salir con diez libras en oro y un vale por el resto, á cargo del Banco de Coutt, pagadero al portador y á la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir; era un nombre muy conocido y más de una vez publicado en caracteres de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma valía mucho más, si realmente era auténtica. Me tomé la libertad de hacer notar á nuestro personaje, que todo aquel negocio parecía fantástico, y que no era común que un hombre entrase á las cuatro de la madrugada por la puerta de una cueva para salir con un vale perteneciente á otra persona, por un valor de cerca de cien libras; pero acogió mi indicación con una tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcástico:

—Tranquilizaos; voy á permanecer con ustedes hasta que se abra el despacho del Banco, y cobraré el vale yo mismo.—Partimos todos; el doctor, el padre de la niña, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la noche en mi casa. Por la mañana, después de haber almorzado, fuimos juntos al Banco. Presenté el vale, dudando si sería falso; pero nada de eso; era bueno.

—Vaya, vaya—exclamó Utterson.

—Veo que experimentais igual duda que yo—repuso Enfield;—sí, es verdaderamente una historia original. En cuanto á mi hombre, era un ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible y peligroso; y la persona que firmó el vale pertenece á la flor de la alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar á mayores sospechas es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y á quienes se llama así. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que pagar á peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de su juventud; así es que á esa casa de la puerta le llamo yo la casa de la difamación, aunque, como lo podéis comprender, todo esto se halla lejos de explicar las cosas—añadió; y después continuó pensativo, sumido al parecer en profunda meditación; pero no tardó en salir de ella, por la siguiente pregunta que le dirigió Utterson:

—¿Y no sabéis si el firmante del vale vive aquí?

—¡Ah! ¡sería verdaderamente una hermosa residencia para él!—repuso Enfield—pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas á sus señas; no vive aquí.

—¿Y jamás habéis preguntado nada respecto del sitio en que está la puerta?—volvió á decir el Sr. Utterson.

—No señor, he tenido esa delicadeza—añadió Enfield.—Tengo viva repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado á lo que se hará el día del Juicio final. Lanzáis una pregunta, y es como si tiráseis una piedra; estáis tranquilamente sentado en la cima de una colina, y la piedra desciende arrastrando á otras consigo; y resulta que un viejo pájaro cualquiera (el último de quien os acordáis), queda herido por la piedra en su propio jardín, en su misma casa, y la familia se ve obligada á cambiar de nombre á causa del escándalo. No, señor, he llegado á hacer de ello una regla de conducta; cuanto más sospechosa me parece una cosa, menos pregunto.

—Es, verdaderamente, un buen método—dijo el abogado.

—Pero he estudiado el paraje yo mismo—siguió diciendo Enfield;—la construcción no se parece apenas á una casa. No tiene ninguna otra puerta, y nadie ha entrado ó salido por esa en un largo espacio de tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista al callejón sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna; los postigos están siempre cerrados, pero se ven limpios. Además, tiene una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir allí. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejón sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difícil decir dónde concluye una y comienza otra.

Caminaron durante algún tiempo sin decir una palabra.

—Enfield—exclamó el Sr. Utterson—tenéis una excelente regla de conducta.

—Así lo creo—repuso Enfield.

—Pero, á pesar de todo—continuó el jurisconsulto—hay una cosa que quisiera preguntaros; desearía saber el nombre del hombre que pisoteó á la niña.

—Bien—contestó Enfield—no veo ningún mal en ello. Era un individuo llamado Hyde.

—¡Hum!—dijo Utterson—¿qué clase de hombre es?

—No es fácil de describir. Se observa en todo su exterior cierta falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jamás he visto un hombre que me agrade menos, y casi no sé por qué. Debe haber en él algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin embargo, nada puedo especificar que se salga de lo común y ordinario. No, señor, no me es posible llegar á una conclusión, ni tampoco describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este mismo instante.

El Sr. Utterson anduvo algunos pasos más sin interrumpir el silencio, y luego preguntó, como obligado por sus reflexiones:

—¿Estáis seguro que hizo uso de una llave?

—Querido señor...—dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella pregunta.

—Sí, ya sé,—continuó Utterson—ya sé que eso debe parecer extraño. El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relación ha dado en el blanco. Si en algún punto habéis sido inexacto, haríais bien en rectificar.

—Creo que hubiérais podido avisarme—replicó Enfield, con algo de mal humor—pero he sido completamente exacto. El hombre tenía una llave; y lo que es más, la tiene todavía. Lo vi usarla no hace aún una semana.

Utterson lanzó un profundo suspiro, pero no volvió á hablar; y el joven, reanudando entonces la conversación, añadió:

—Hé aquí para mí una nueva lección y otro motivo para callar. Me avergüenzo de haber tenido la lengua demasiado larga, y convengamos en no volver á tratar ese asunto.

—De todo corazón—respondió el abogado—os doy mi palabra y un apretón de manos, Ricardo.

EN BUSCA DEL SR. HYDE.

Índice

Aquella noche, el Sr. Utterson volvió á su habitación de soltero, con el ánimo sombrío, y se sentó sin placer ante la mesa en donde se hallaba servida la comida. Tenía costumbre, el domingo, cuando concluía de comer, de ir á sentarse junto al fuego, con un tomo de cualquier teólogo árido sobre su pupitre, permaneciendo así hasta que el reloj de la vecina iglesia tocaba doce campanadas, y entonces iba tranquilamente á acostarse. Sin embargo, la noche aquella, así que quitaron el mantel, tomó una bujía y fué á su gabinete. Allí abrió su cofre y sacó del sitio más secreto un documento envuelto en un sobre, en el cual estaba escrito lo siguiente: "Testamento del Doctor Jekyll," y se sentó melancólicamente para estudiar su contenido. El testamento era ológrafo, pues aunque Utterson se había encargado de guardarlo una vez hecho, no quiso intervenir en su redacción. Aquel testamento declaraba, que no sólo en el caso del fallecimiento de Enrique Jekyll, Doctor en Medicina, etc., etc., todos sus bienes deberían pasar á manos de su amigo y bienhechor Eduardo Hyde, sino que por la desaparición ó una ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, ausencia que excediese de un período de tres meses, el referido Eduardo Hyde debería tomar posesión de los bienes de dicho Enrique Jekyll, sin ningún otro plazo, y libre de toda carga ú obligación, salvo algunas pequeñas sumas que pagar á los criados de la casa del doctor. Hacía ya mucho tiempo que aquel documento desagradaba al abogado. Le molestaba á la vez en su calidad de jurisconsulto, y en el concepto de partidario de los usos sensatos y ordinarios de la vida, y de enemigo de todo lo extravagante. Además, su desconocimiento de la persona del Sr. Hyde era lo que había aumentado su indignación; y ahora, gracias á un acontecimiento inesperado, le conocía. Ya era bastante malo que tuviese un nombre respecto del cual nada podía saber, que nada decía, y era mucho peor cuando aquel nombre fué revestido con detestables imputaciones; y el espeso y nebuloso velo que había cubierto sus ojos durante tanto tiempo se rasgó de golpe para dejarle ver á un verdadero demonio.

Después de esto, apagó la bujía, se puso un gabán, y salió. Encaminóse hacia la plaza Cavendish, ciudadela de la Medicina, en donde su amigo, el gran doctor Lanyón, tenía su casa, y recibía á sus numerosos clientes. "Si alguien sabe, será Lanyón," se dijo á sí mismo el jurisconsulto.

El solemne ayuda de cámara le conocía, y le saludó; como no se le sometía á las interminables antesalas de las visitas ordinarias, fué directamente desde la puerta hasta el comedor, en donde se hallaba el doctor Lanyón.

El doctor era un caballero que vivía bien, excelente compañero, saludable, bien portado y de rostro algo encendido; su cabello había encanecido antes de tiempo, y lo llevaba desordenado. Sus ademanes eran bruscos y alborotados. Al ver á Utterson, dejó la silla y corrió á su encuentro, tendiéndole ambas manos. Aquella efusión, que era uno de sus hábitos, tenía algo de teatral, pero se hallaba cimentada sobre verdaderos sentimientos de amistad, pues ambos eran antiguos camaradas y condiscípulos de la escuela y la Universidad, que se guardaban mutua consideración, y aunque no sea consecuencia de ello, les agradaba hallarse juntos.

Después de una corta y trivial conversación, el abogado llegó al asunto que le aguijoneaba penosamente el espíritu.

—Supongo, Lanyón—dijo—que vos y yo debemos ser los dos amigos más viejos que tiene Enrique Jekyll.

—Yo quisiera que los amigos fuesen más jóvenes—contestó riéndose el Dr. Lanyón;—pero creo que así es. ¿Y qué más? Lo veo tan poco á menudo ahora...

—¿Cómo?—exclamó Utterson—yo creía que teníais intereses comunes.

—Los hemos tenido—repuso el doctor—pero desde hace diez años, el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantástico para mí. Comenzaba á emprender un mal camino, mal camino desde el punto de vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesándome por él, á causa de nuestro antiguo y buen compañerismo, he visto y veo muy rara vez á nuestro hombre en estos últimos tiempos. Sus extravagantes ideas—añadió el doctor poniéndose encarnado—hubieran hecho reñir á Damón y Pythias.

Ese pequeño estallido de cólera llevó un poco de calma y algo de alivio al ánimo de Utterson. "Habrán diferido únicamente de opinión en alguna cuestión científica," pensó para sí, y no siendo hombre capaz de tener pasiones científicas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de su oficio) añadió, hablando consigo mismo: "no será cosa grave." Dejó algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanzó la pregunta objeto de su visita:

—¿Habéis visto alguna vez á uno de sus protegidos, un tal Hyde?

—¿Hyde?—repitió Lanyón.—No, jamás he oído nada de él. Su amistad debe ser posterior á nuestras pequeñas diferencias.

Esos eran los únicos informes que llevaba el abogado al regresar á su gran lecho sombrío, sobre el cual se agitó en todos sentidos hasta las primeras horas de la mañana. Fué una noche aquella de poco descanso para su atormentado espíritu, envuelto en obscuridades y asediado por la duda.

Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto á la habitación del Sr. Utterson, y éste continuaba soñando en su problema.

Hasta entonces sólo le había considerado desde el punto de vista intelectual; pero en aquel momento estaba dominado por las diferencias, por los saltos de su imaginación; y aunque acostado, y volviéndose de un lado para otro, en medio de la sombría obscuridad del cuarto, conservada por espesas colgaduras, la historia del Sr. Enfield se iba desenvolviendo delante de él, y todos los detalles se le presentaban como cuadros luminosos de un panorama.

Veía primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por faroles; luego la forma de un hombre caminando rápidamente; después la de una criatura que volvía corriendo de la casa del médico, y en fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana, pisoteando á la niña y marchándose sin que le detuviesen sus gritos. Su visión continuaba: veía un cuarto, en una hermosa casa, en donde dormía su amigo, soñando y sonriendo á sus sueños, abrirse la puerta del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente á él presentarse una forma que tenía el poder, aun en aquella hora indebida, de hacerle levantar y darle órdenes. Aquella forma con dos rostros tan distintos persiguió el espíritu del abogado toda la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, seguía viendo la forma deslizarse disimuladamente á lo largo de las casas cerradas, ó caminando rápidamente, más rápidamente aún, hasta caer desvanecida, á través del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la esquina de cada calle, pisotear á una criatura y abandonarla á pesar de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tenía jamás un rostro que permitiese reconocerla; hasta en sueños no tenía una cara conocida, ó la que tenía se ocultaba y desvanecía cuando quería mirarla; y así fué, gracias á ese sueño, como creció y creció en el ánimo del abogado aquella curiosidad verdaderamente extraña, casi extravagante, de conocer la fisonomía del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si alguna vez llegaba á fijar sus ojos en él, se aclararía el misterio, desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando se examina de cerca. Hallaría sin duda alguna razón para explicar la extraña preferencia ó esa esclavitud de su amigo (llámesele como se quiera), y también las cláusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo que fuere, no cabe duda de que el rostro valía la pena de ser visto; ese rostro de un hombre cuyas entrañas no tenían compasión ni piedad ninguna, era rostro que sólo con presentarse había logrado inspirar en el ánimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo.

Desde aquel instante, Utterson se puso á examinar frecuentemente la puerta de la callejuela de las tiendas. Por la mañana antes de la hora del escritorio, al mediodía cuando los negocios estaban en plena actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche á la luz de una luna velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y á todas horas, solo ó en medio del gentío, podía verse el abogado en aquel sitio.

Al fin, su paciencia se vió recompensada. Era una noche hermosa y apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un salón de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el más ligero soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida.

Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la callejuela quedó desierta y silenciosa, sin oirse más que el ruido sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se percibían los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas, distinguiéndose los pasos de los transeuntes mucho antes de verlos. Hacía algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llamó su atención un paso ligero y extraño que se aproximaba. En el curso de sus nocturnas peregrinaciones había llegado á acostumbrarse á distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos más diferentes de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos aún, y que venía bruscamente á él, pero nunca se había sentido su atención tan excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y poseído de un presentimiento absoluto y supersticioso de un buen éxito, se ocultó en la entrada del callejón.

Los pasos se acercaban rápidamente, haciéndose más y más distintos en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no tardó en ver con qué clase de hombre se las tenía que haber. Éste era pequeño, vestido con sencillez; su exterior, aun á aquella distancia, no fué enteramente del agrado del observador. El hombre fué derecho á la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de andar, sacó una llave del bolsillo, como quien llega á su casa.

El Sr. Utterson atravesó la calle y le tocó el hombro cuando pasaba, diciendo:

—¿El Sr. Hyde, si no me equivoco?

Hyde retrocedió vivamente, y su respiración pareció cambiarse en un silvido. Pero su temor sólo fué momentáneo, y aunque no podía ver el rostro del abogado, contestó con sequedad:

—Ese es mi nombre. ¿Qué me queréis?

—Veo que vais á entrar—repuso el abogado.—Soy un antiguo amigo del Dr. Jekyll;—Utterson, de la calle Gaunt.—Debéis haber oído mi nombre, y encontrándoos tan á propósito, he pensado que tendríais la bondad de recibirme.

—No hallaréis al Dr. Jekyll; no está en su casa—replicó Hyde soplando en el cañón de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado, añadió:—¿Cómo me habéis conocido?

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Litres'teki yayın tarihi:
16 ocak 2025
Hacim:
100 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
4064066061524
Yayıncı:
Telif hakkı:
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