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LA AVENTURA DE LOS CABRIOLÉS


EL TENIENTE BRACKENBURY RICH se distinguió de modo notable en la guerra de guerrillas en la India. Capturó con sus propias manos al jefe de una partida rebelde y todo el mundo aplaudió su valor, por lo que, cuando volvió a Inglaterra postrado por una grave herida de sable y unas persistentes fiebres palúdicas, la sociedad se dispuso a recibirlo como a una celebridad menor. No obstante, el suyo era un carácter notable por una sincera modestia: amaba la aventura, pero no las adulaciones, y se demoró en balnearios extranjeros y en Argel hasta que pasó la fama de sus hazañas y empezó a caer en el olvido. Llegó por fin a Londres un día de primavera y pasó tan inadvertido como quería. Y como era huérfano y no tenía más que unos parientes lejanos que vivían en la provincia, se instaló casi como un extranjero en la capital del país por el que vertió su sangre.

Al día siguiente de su llegada, cenó solo en un club militar. Estrechó la mano de unos cuantos viejos camaradas y recibió sus calurosas felicitaciones; sin embargo, quien más quien menos tenía algún compromiso aquella noche y no tardó en quedarse a solas. Iba vestido de etiqueta, pues tenía la intención de asistir a algún teatro. La gran ciudad era nueva para él, que había pasado de una escuela de provincia a la academia militar y de ahí, directo a Oriente, y aquel mundo por explorar parecía prometer un sinfín de deleites. Balanceando el bastón, empezó a andar hacia el oeste. Había oscurecido y hacía una noche agradable, aunque de cuando en cuando amenazaba lluvia. El desfile de rostros iluminados por la luz de los faroles avivó la imaginación del teniente, que sintió que podría pasarse la vida deambulando inmerso en el ambiente estimulante de la ciudad, rodeado del misterio de cuatro millones de vidas. Miraba las casas y se maravillaba de lo que ocurría detrás de aquellas ventanas iluminadas con calidez; escrutaba los rostros uno tras otro y veía en ellos algún propósito desconocido, criminal o benévolo.

“Hablan de la guerra”, pensó, “pero éste es el gran campo de batalla de la humanidad”.

Luego empezó a extrañarse de llevar tanto tiempo paseando por aquel complejo escenario sin que le ocurriera ninguna aventura.

“Todo a su tiempo”, se dijo. “Todavía soy un forastero y mi aspecto tal vez parezca extraño, pero no tardará en arrastrarme el remolino.”

Era ya noche cerrada cuando un chubasco de lluvia fría cayó de pronto de la oscuridad. Brackenbury se refugió debajo de unos árboles y vio al cochero de un cabriolé que le hacía señas para indicarle que estaba libre. La circunstancia se ajustaba tanto a la ocasión que levantó el bastón en respuesta y no tardó en hallarse instalado en el carruaje londinense.

—¿A dónde lo llevo, señor? —preguntó el cochero.

—A donde usted guste —respondió Brackenbury.

Y enseguida, a un paso sorprendentemente ligero, el cabriolé se internó bajo la lluvia en un laberinto de casas. Los edificios con sus jardines se parecían tanto unos a otros y las calles y las plazas desiertas por donde pasó el carruaje eran tan indistinguibles a la luz de los faroles que Brackenbury no tardó en perder el sentido de la orientación. Al principio se sintió tentado de creer que el cochero se entretenía dándole vueltas y vueltas por el mismo barrio, pero la velocidad a la que viajaban tenía algo de metódico que lo convenció de lo contrario. Aquel hombre tenía prisa por llegar a algún lugar concreto y Brackenbury se sintió a la vez sorprendido por la habilidad de aquel tipo para abrirse paso en ese laberinto y un tanto inquieto al imaginar los motivos de su apresuramiento. Había oído hablar de forasteros que caían en manos de indeseables en Londres. ¿Pertenecería aquel cochero a alguna sociedad sanguinaria y traicionera? ¿Estaría conduciéndolo a una muerte cruel?

Acababa de ocurrírsele la idea cuando el cabriolé giró con brusquedad en una esquina y se detuvo frente al jardín de una casa en una calle larga y ancha. La casa estaba iluminada. Otro cabriolé acababa de marcharse y Brackenbury pudo ver a un caballero al que recibían en la puerta principal varios criados con librea. Le sorprendió que el cochero se hubiera detenido justo enfrente de una casa donde se celebraba una recepción, pero se convenció de que debía de tratarse de una casualidad y se quedó fumando con tranquilidad hasta que oyó que abrían la trampilla de arriba.

—Ya llegamos, señor —dijo el cochero.

—¿Llegamos? —repitió Brackenbury—. ¿A dónde?

—Usted me pidió que lo llevara a donde gustara —replicó el hombre con una risita—, y aquí estamos.

A Brackenbury le pareció que tenía una voz extraordinariamente suave y cortés para tratarse de un hombre de posición tan inferior, recordó la velocidad a la que lo había llevado y de pronto se le ocurrió que el cabriolé estaba acondicionado de un modo más lujoso que la mayoría de los vehículos públicos.

—Debo pedirle que se explique —dijo—. ¿Pretende dejarme aquí, bajo la lluvia? Amigo mío, me parece que esa decisión debo tomarla yo.

—La decisión es suya, desde luego —respondió el cochero—, pero, una vez que se lo explique, me parece saber qué decidirá un caballero como usted. En esa casa se celebra una reunión de caballeros. No sé si el dueño es forastero en Londres y no tiene amigos o si se trata de alguien con aficiones un tanto excéntricas. Lo que sí sé es que me encargaron recoger a cualquier caballero que paseara solo en traje de etiqueta, a tantos como quisiera, pero de preferencia militares. No necesita más que entrar y decir que lo invitó el señor Morris.

—¿Usted es el señor Morris? —preguntó el teniente.

—¡Oh, no! —replicó el cochero—. El señor Morris es el dueño de la casa.

—No es un modo muy habitual de invitar a la gente —dijo Brackenbury—, aunque, si se trata de un excéntrico, puede haberse permitido el capricho sin la intención de ser ofensivo. Y en caso de que me negara a aceptar la invitación del señor Morris —prosiguió—, ¿qué ocurriría?

—Mis órdenes son llevarlo de vuelta a donde lo recogí —replicó el hombre— y seguir buscando a otros hasta la medianoche. El señor Morris dijo que no quiere invitados que no se encuentren interesados en esta aventura.

Sus palabras acabaron de decidir al teniente.

“Después de todo”, pensó, mientras se bajaba del cabriolé, “no debí esperar tanto a que apareciera mi aventura”.

Apenas había puesto el pie en la banqueta, y aún se hurgaba el bolsillo para pagar el viaje, cuando el cabriolé dio la vuelta y se fue a toda prisa por donde llegó. Brackenbury le gritó al cochero, que no prestó atención y siguió su camino; sin embargo, en la casa sí lo oyeron y volvieron a abrir la puerta: un chorro de luz iluminó el jardín y un criado corrió a recibirlo con un paraguas.

—Ya le pagamos al cochero —observó el sirviente en tono muy educado y procedió a acompañar a Brackenbury por el sendero y escalones arriba.

En el vestíbulo, otros criados le recibieron el sombrero, el bastón y el abrigo, le dieron un comprobante y lo llevaron, con mucha educación y apresuramiento, por unas escaleras adornadas con flores tropicales hasta la puerta de un departamento en el primer piso. Ahí, un solemne mayordomo le preguntó su nombre y, tras anunciar al “teniente Brackenbury Rich”, lo hizo pasar al salón de la casa.

Un joven esbelto y muy bien parecido se adelantó y lo saludó con aire a la vez cortés y afectuoso. Cientos de velas, de la mejor cera, iluminaban una habitación que estaba perfumada, como la escalera, con una profusión de raras y hermosas plantas con flores. De un lado había una mesa cubierta de viandas tentadoras. Varios sirvientes iban y venían con frutas y copas de champaña. El grupo estaba formado por unas dieciséis personas, todos hombres, muy pocos de los cuales habían pasado de la edad madura; todos de aspecto elegante y decidido. Se dividían en dos grupos: uno en torno a una ruleta y otro alrededor de una mesa en la que uno de ellos dirigía una partida de bacará.

“Ahora comprendo”, pensó Brackenbury. “Esto es un salón de juego y el cochero debió de ser el gancho.”

Su mirada reparó en los detalles y su imaginación llegó a aquella conclusión mientras su anfitrión le estrechaba la mano; concluida tan rápida inspección, Brackenbury volvió a fijarse en él: al contemplarlo por segunda vez, el señor Morris resultaba aún más sorprendente que al principio. La sencilla elegancia de sus modales, la distinción, la amabilidad y el valor que traslucían sus rasgos, casaban muy mal con los prejuicios del teniente respecto al propietario de un garito; por si fuera poco, el tono de su conversación parecía propio de un hombre cultivado y de buena posición. Brackenbury descubrió que sentía una simpatía casi instintiva por su anfitrión y, aunque se reprochó su debilidad, fue incapaz de resistirse a una especie de atracción amistosa por el carácter y la persona del señor Morris.

—He oído hablar de usted, teniente Rich —dijo el señor Morris, bajando la voz—, y crea que me alegra conocerlo. Su aspecto concuerda con la reputación que lo precede desde la India. Y si tiene la bondad de olvidar por un momento lo irregular de la invitación a mi casa, me sentiré no sólo honrado, sino también agradecido. A un hombre capaz de tragarse de un bocado a esos bárbaros —añadió con una carcajada— no debería acobardarlo la falta de etiqueta, por muy grave que sea.

Lo llevó hasta la mesa y lo animó a comer algo.

“Palabra”, pensó el teniente, “que es uno de los hombres más amables y, no me cabe duda, una de las reuniones más agradables de Londres.”

Probó un poco de champaña, que le pareció excelente, y al ver que varios de los presentes fumaban, encendió uno de sus puros filipinos y se acercó a la mesa de la ruleta, donde hizo alguna que otra apuesta y contempló, sonriente, la fortuna de los otros. Mientras mataba el tiempo de aquel modo, advirtió el intenso escrutinio al que eran sometidos los invitados. El señor Morris iba de aquí para allá, muy ocupado con sus obligaciones de anfitrión, sin dejar de observarlos con agudeza: ni uno solo de los ahí reunidos escapaba a sus miradas súbitas e interrogantes; observaba la actitud de quienes perdían, calculaba el valor de las apuestas, se paraba detrás de los que conversaban y, en suma, apenas había rasgo de los presentes que no pareciera percibir y anotar en su memoria. Brackenbury empezó a preguntarse si aquello sería en realidad un garito o más bien una indagación personal. Siguió los movimientos del señor Morris y, aunque el hombre tenía una sonrisa siempre dispuesta, le pareció notar, como por debajo de una máscara, un espíritu preocupado, cansado y demacrado. Quienes lo rodeaban se reían y hacían sus apuestas, aunque Brackenbury había perdido el interés por los demás invitados.

“Este tal Morris”, pensó, “no está aquí para divertirse. Lo mueve algún propósito oculto. Necesito averiguar de qué se trata.”

De vez en cuando, el señor Morris llamaba aparte a alguno de sus invitados y, tras un breve coloquio en una antesala, regresaba a solas sin que volviera a verse a su acompañante. Luego de varias repeticiones, aquella forma de actuar despertó sobremanera la curiosidad de Brackenbury, que decidió llegar al fondo de aquel pequeño misterio cuanto antes y, como quien no quiere la cosa, se coló en la antecámara, donde descubrió el hueco de una ventana oculto por unas cortinas de color verde muy a la moda y se escondió ahí a toda prisa. No requirió esperar mucho antes de que se acercaran el ruido de unos pasos y unas voces procedentes del salón principal. Escudriñando entre las cortinas, vio al señor Morris en compañía de un personaje grueso y rubicundo, con aire de viajante de comercio, en quien Brackenbury había reparado ya por su risa vulgar y su comportamiento inconveniente a la mesa. Ambos se detuvieron justo frente a la ventana, de modo que Brackenbury no perdió detalle de la siguiente conversación:

—¡Le pido mil perdones! —empezó el señor Morris, en tono conciliador—. Y, si le parezco brusco, estoy seguro de que sabrá disculparme. En un sitio tan grande como Londres es normal que se produzcan malentendidos, y sólo podemos aspirar a ponerles remedio lo antes posible. No negaré que temo que usted haya cometido un error y haya honrado mi humilde casa por equivocación ya que, para hablar abiertamente, no recuerdo cuándo llegó usted. Permítame plantearlo sin circunloquios innecesarios, pues entre caballeros basta con una palabra: ¿en casa de quién cree usted que se encuentra?

—En casa del señor Morris —replicó el otro, que daba grandes muestras de una confusión, la cual había aumentado de modo visible con sus últimas palabras.

—¿John Morris o James Morris? —inquirió el anfitrión.

—La verdad, no sabría decirle —replicó el ofuscado visitante—. Lo conozco tanto como a usted.

—Comprendo —dijo el señor Morris—. Hay otra persona que se llama igual al final de esta misma calle, y no me cabe duda de que el sereno podrá facilitarle el número. Crea usted que celebro el malentendido que me ha procurado el placer de su compañía todo este tiempo, y deje que le diga que me encantaría volver a verlo en circunstancias más normales. Ahora, por nada en el mundo querría apartarlo ni un minuto más de sus amigos. John —añadió, levantando la voz—, ¿quieres ayudar a este caballero a encontrar su abrigo?

Y con aire muy solícito, el señor Morris acompañó a su visitante hasta la puerta de la antesala, donde lo dejó a cargo del mayordomo. Al pasar por delante de la ventana, de regreso al salón, Brackenbury lo oyó exhalar un profundo suspiro, como si pesara sobre su imaginación una enorme angustia y sus nervios estuvieran exhaustos por su tarea.

Durante cerca de una hora siguieron llegando cabriolés con tanta frecuencia que el señor Morris tuvo que recibir a un nuevo invitado por cada uno al que despedía, y el número de los presentes continuó siendo el mismo. Sin embargo, después las llegadas se fueron espaciando y terminaron por cesar, mientras el proceso de eliminación proseguía invariable. El salón empezó a quedarse vacío; la partida de bacará se interrumpió por falta de alguien que hiciera de banca; más de uno se despidió por voluntad propia y se le dejó partir sin que nadie lo impidiera, y entretanto el señor Morris duplicó sus atenciones con los que quedaban. Iba de grupo en grupo y de persona en persona con enorme simpatía y una plática apropiada y agradable; parecía más una anfitriona que un anfitrión, y había cierta coquetería y condescendencia femenina en sus modales que cautivaba el corazón de todos.

Cuando el número de los presentes se volvió más reducido, Rich salió un momento del salón al vestíbulo en busca de aire fresco. No obstante, nada más cruzar el umbral de la antecámara, lo dejó pasmado un asombroso descubrimiento: las macetas con flores habían desaparecido de la escalera, tres grandes carretas de mudanzas esperaban junto a la valla del jardín, los sirvientes se ocupaban desmontando la casa y algunos ya se habían puesto el abrigo y se disponían a partir. Era como el final de un baile en el campo, donde todo se dispone por contrato. Brackenbury tuvo mucho en qué pensar. En primer lugar, habían despedido a los invitados, los cuales ni siquiera eran verdaderos invitados, y ahora los sirvientes, que al fin y al cabo no podían ser auténticos sirvientes, también se iban.

“¿Será este sitio un engaño?”, se preguntó. “¿Flor de una noche que desaparece antes de que amanezca?” Aprovechando una oportunidad, Brackenbury subió corriendo las escaleras hasta el piso de arriba. Resultó como imaginaba. Deambuló de habitación en habitación y no vio un solo mueble y ni siquiera un cuadro en las paredes. Aunque habían pintado y empapelado la casa, ahora no sólo estaba deshabitada, sino que además era evidente que lo había estado siempre. El joven oficial recordó con sorpresa el aspecto definitivo, hospitalario e ilusorio que había tenido a su llegada. Aquella impostura nada más podía haberse representado a tan gran escala a un costo extraordinario.

¿Quién era, entonces, el señor Morris? ¿Cuál era su intención al representar el papel de propietario una sola noche en el remoto oeste de Londres? ¿Y por qué escogía a sus invitados al azar y a media calle?

Brackenbury recordó que ya se había entretenido demasiado y se apresuró a volver con sus compañeros. Muchos se habían ido durante su ausencia y, contando al teniente y a su anfitrión, quedaban cinco personas en el salón, hasta hacía poco tan concurrido. El señor Morris lo saludó con una sonrisa al verlo entrar en la sala y no tardó en ponerse de pie.

—Ya es hora, caballeros —dijo—, de que les aclare mis intenciones al apartarlos de sus ocupaciones. Confío en que la noche no se les haya hecho demasiado aburrida, pero mi propósito, lo confieso, no era entretenerlos, sino ayudarme a mí mismo en un desdichado compromiso. Todos ustedes son caballeros —prosiguió—; su aspecto los delata y para mí es suficiente garantía. Por lo tanto, les hablaré sin rodeos: debo pedirles que me presten un peligroso y delicado servicio; peligroso porque es posible que sus vidas estén en riesgo, y delicado porque debo pedirles una discreción absoluta respecto a cuanto vean u oigan. Estoy muy consciente de que, al provenir de un completo desconocido, mi propuesta resulta extravagantemente cómica, y añadiré que, si alguno de los presentes cree haber oído suficiente, si a alguno de ustedes lo acobarda una confidencia peligrosa y un poco de devoción quijotesca por un desconocido, le tenderé mi mano, le daré las buenas noches y me despediré de él con toda la sinceridad del mundo.

Un hombre alto y moreno que caminaba muy encorvado respondió en el acto a sus palabras:

—Alabo su franqueza, señor —dijo—, y me voy. No haré comentarios, aunque no puedo negar que usted despierta en mí muchas sospechas. Me voy, digo, y tal vez piense que no tengo derecho a añadir palabras a mis actos.

—Al contrario —replicó el señor Morris—, le quedo muy agradecido por cuanto ha dicho. Sería imposible exagerar la gravedad de mi propuesta.

—En fin, caballeros, ¿qué dicen ustedes? —preguntó el hombre alto a los demás—. Ya tuvimos suficiente diversión por esta noche. ¿Les parece que nos retiremos todos juntos de manera pacífica? Me estarán agradecidos por la mañana, cuando vuelvan a ver el sol con seguridad y la conciencia tranquila.

El hombre pronunció esas últimas palabras en un tono que les imprimió mucha fuerza, y su semblante adoptó una expresión peculiar, llena de gravedad y significado. Otro miembro del grupo se levantó deprisa y se dispuso a partir con aire asustado. Nada más faltaban dos por echarse atrás, Brackenbury y un anciano, comandante de caballería, de nariz colorada, pero ambos adoptaron una actitud relajada y, aparte de una mirada de complicidad que intercambiaron con rapidez, daban la impresión de que la discusión a la que acababan de asistir no fuera con ellos.

El señor Morris acompañó a los desertores hasta la puerta, que se cerró a su salida; luego se volvió con una expresión que era una mezcla de alivio y animación, y se dirigió a los dos oficiales:

—Elegí a mis hombres como Josué en la Biblia —dijo el señor Morris—, y ahora estoy convencido de contar con lo más selecto de Londres. Primero su aspecto agradó a mis cocheros; después me cautivó; he observado su manera de comportarse entre desconocidos y en circunstancias muy poco habituales; he estudiado cómo jugaban y sobrellevaban sus pérdidas; por último, los sometí a la prueba de un temible anuncio y se lo tomaron como si fuera una invitación a cenar. No en vano —afirmó— he sido tantos años compañero y alumno del más valiente y sabio potentado de Europa.

—En la batalla de Bunderchang —observó el comandante— pedí doce voluntarios y todos los soldados respondieron a mi petición. Sin embargo, un grupo de jugadores no es lo mismo que un regimiento bajo el fuego. Supongo que puede alegrarse de haber dado con dos que no lo dejarán tirado a las primeras de cambio. En cuanto a esos dos que acaban de escurrir el bulto, los tengo por los cobardes más rastreros que he conocido. Teniente Rich —añadió, dirigiéndose a Brackenbury—, he oído hablar mucho de usted en los últimos tiempos, y no me cabe duda de que usted también habrá oído hablar de mí. Soy el comandante O’Rooke.

Y el veterano le tendió la mano trémula y rubicunda al joven teniente.

—¿Y quién no? —respondió Brackenbury.

—Cuando se solucione este asunto —dijo el señor Morris—, verán que los he recompensado de sobra, pues no se me ocurre mejor favor que haber mediado para que se conozcan.

—Y bien —inquirió el comandante O’Rooke—, ¿se trata de un duelo?

—De una especie de duelo —replicó el señor Morris—, un duelo con enemigos peligrosos y desconocidos, y mucho me temo que a muerte. Debo pedirles —prosiguió— que dejen de llamarme Morris; si no les importa, llámenme Hammersmith; les agradeceré que no traten de averiguar mi verdadero nombre ni el de otra persona a quien espero presentarles pronto. Hace tres días, la persona de quien les hablo desapareció de pronto de su casa y, hasta esta mañana, no he tenido la menor noticia acerca de su paradero. Comprenderán mi preocupación si les digo que está obligado a tomarse la justicia por su mano. Atado por un desdichado juramento, pronunciado demasiado a la ligera, considera necesario librar al mundo de un criminal sanguinario e insidioso. Dos de nuestros amigos, uno de ellos mi propio hermano, perecieron ya en el intento. O mucho me equivoco o él cayó también en sus malignas redes. Sin embargo, al menos todavía vive y conserva la esperanza, tal como demuestra esta nota.

Y quien hablaba, que no era otro que el coronel Geraldine, les mostró una carta redactada en los siguientes términos:

Comandante Hammersmith:

El miércoles, a las tres de la madrugada, le abrirá la puerta trasera de los jardines de Rochester House, en Regent’s Park, un hombre que goza de mi más absoluta confianza. Debo pedirle que no se retrase usted un segundo. Por favor, traiga el estuche de mis espadas y, si puede hallarlos, a uno o dos caballeros discretos y valientes que no hayan oído hablar de mí. Mi nombre no debe salir a relucir en este asunto.

T. Godall

—Aunque sólo sea por su prudencia, e incluso si no poseyera otras cualidades —prosiguió el coronel Geraldine cuando los demás terminaron de satisfacer su curiosidad—, las órdenes de mi amigo deben cumplirse al pie de la letra. De modo que no necesito decirles que ni siquiera me he acercado a Rochester House y que me encuentro tan a ciegas como lo están ustedes respecto a la naturaleza del dilema que preocupa a mi amigo. En cuanto recibí esta orden, me puse en contacto con una casa de renta de muebles, y en pocas horas el inmueble donde estamos había adoptado un aire festivo. Al menos mi plan era original y no lamento haberlo puesto en práctica, ya que me procuró los servicios del comandante O’Rooke y el teniente Brackenbury. Sin embargo, los sirvientes de las casas vecinas se llevarán una extraña sorpresa. La casa que esta noche estaba llena de luces y visitantes, mañana por la mañana se encontrará deshabitada y en venta. Ya ven —añadió el coronel— que incluso los asuntos más serios tienen su lado cómico.

—Añadámosle también un final feliz —dijo Brackenbury.

El coronel consultó su reloj.

—Son casi las dos —dijo—. Tenemos una hora por delante y un cabriolé esperando en la puerta. Díganme si puedo contar con su ayuda.

—En mi larga vida —replicó el comandante O’Rooke— jamás me he echado atrás en nada y ni siquiera he dudado al hacer una apuesta.

Brackenbury le indicó con una corrección exquisita que podía contar con él, por lo que, tras ofrecerles una o dos copas de vino, el coronel le entregó a cada uno un revólver cargado, los tres subieron al cabriolé y partieron hacia la dirección indicada.

Rochester House era una magnífica residencia a orillas del canal. La enorme extensión del jardín la aislaba de modo excepcional de las molestias de la vecindad. Parecía el parc aux cerfs de algún gran aristócrata o millonario. Por lo que se veía desde la calle, no había ni el menor resplandor de luz en ninguna de las muchas ventanas de la mansión, y el lugar parecía descuidado, como si el dueño llevara fuera una larga temporada.

Despidieron al cabriolé y los tres caballeros no tardaron en localizar la puerta trasera, que era una especie de poterna en un callejón entre dos de los muros del jardín. Aún faltaban diez o quince minutos hasta la hora acordada; llovía mucho y los aventureros se refugiaron debajo de una hiedra colgante, donde conferenciaron en voz baja acerca de la inminencia de la prueba.

De pronto, Geraldine levantó el dedo para pedir silencio y los tres aguzaron el oído al máximo. Entre el ruido constante de la lluvia, se oyeron las voces y los pasos de dos hombres al otro lado del muro; a medida que se acercaban, Brackenbury, que tenía el oído muy agudo, incluso distinguió fragmentos de su conversación.

—¿Está cavada la tumba? —preguntó uno.

—Sí —respondió el otro—, detrás del seto de laurel. Una vez que hayamos terminado, podemos taparla con una pila de leños.

El que había hablado primero se echó a reír y el sonido de su risa estremeció a quienes lo escuchaban al otro lado.

—Sólo falta una hora —dijo.

Y por el sonido de sus pasos se hizo evidente que los dos se habían separado e iban en direcciones diferentes.

Casi de inmediato, abrieron la poterna con cautela, un rostro lívido se asomó al callejón y una mano les hizo una seña a los que esperaban. En absoluto silencio, los tres entraron por la puerta, que se cerró en el acto a sus espaldas, y siguieron a su guía por varios caminos del jardín hasta la puerta de la cocina de la casa. En la gran cocina pavimentada, desprovista de los muebles habituales, ardía una única vela, y mientras el grupo subía por la escalera de caracol, el ruido que hacían las ratas atestiguó de manera aún más clara el estado de abandono en que se encontraba el edificio.

Su guía los precedía sosteniendo la vela. Era un hombre delgado, muy encorvado, pero todavía ágil, y de vez en cuando se volvía y les pedía con gestos que guardaran silencio y tuvieran cuidado. El coronel Geraldine lo seguía con el estuche de las espadas debajo de un brazo y una pistola dispuesta en la otra mano. A Brackenbury le latía el corazón a toda velocidad. Reparó en que aún tenían tiempo, pero dedujo, por la prisa que se daba el viejo, que la hora decisiva debía de estar próxima; las circunstancias de aquella aventura eran tan oscuras y amenazadoras, y el lugar parecía tan bien elegido para cometer actos de la más siniestra naturaleza, que incluso a un hombre mayor que Brackenbury podría habérsele disculpado la emoción que sintió el teniente mientras cerraba la marcha por la escalera de caracol.

Una vez arriba, el guía abrió una puerta e hizo pasar a los tres oficiales a una pequeña habitación iluminada por una lámpara humeante y el resplandor de un fuego modesto. En el rincón de la chimenea se encontraba sentado un hombre fornido apenas entrado en la edad madura, aunque de aspecto cortés y autoritario. Su actitud y su expresión afectaban una compostura impasible: fumaba un puro con sumo placer y cuidado, y en la mesita a su lado había un vaso alto con una bebida efervescente que difundía un agradable olor por la habitación.

—Bienvenidos —dijo, mientras le tendía la mano al coronel Geraldine—. Sabía que podía contar con su puntualidad.

—Y con mi devoción —replicó el coronel con una reverencia.

—Presénteme a sus amigos —continuó el primero y, una vez que tal ceremonia fue realizada, añadió con la más exquisita afabilidad—: Ojalá, caballeros, pudiera ofrecerles un programa más alegre. Resulta muy descortés inaugurar una amistad con asuntos tan serios, pero la fuerza de los acontecimientos es mayor que las obligaciones de la buena camaradería. Espero y confío en que sepan perdonarme esta tarde tan desagradable, aunque a hombres de su valía les bastará con saber que me están haciendo un enorme favor.

—Su alteza —dijo el comandante—, deberá perdonar mi falta de tacto. No puedo ocultar lo que sé. Hace un rato que sospecho del comandante Hammersmith, pero el señor Godall es inconfundible. Encontrar a dos personas en Londres que no conocieran al príncipe Florizel de Bohemia era pedirle demasiado a la diosa Fortuna.

—¡El príncipe Florizel! —exclamó Brackenbury, perplejo, y examinó con el mayor interés los rasgos del famoso personaje que tenía delante.

—No lamentaré la pérdida del incógnito —observó el príncipe—, ya que me permite darles las gracias con una mayor autoridad. No me cabe duda de que habrían hecho lo mismo por el señor Godall que por el príncipe de Bohemia, aunque tal vez éste pueda hacer más por ustedes. El gusto es mío —añadió con un gesto cortés.

Y un instante después conversaba con los dos oficiales acerca del ejército de la India y las tropas nativas, un asunto en el que, como en todos los demás, estaba muy bien informado y tenía opiniones muy sensatas.

Había algo tan sorprendente en la actitud de aquel hombre en un momento de peligro mortal que a Brackenbury lo embargó una admiración respetuosa, aparte de que lo cautivó el encanto de su conversación y la sorprendente naturalidad de sus modales. Hasta sus más mínimos gestos y entonaciones eran no sólo nobles en sí mismos, sino que parecían ennoblecer al afortunado mortal al que iban dirigidos, y Brackenbury tuvo que admitir con entusiasmo que era un soberano por quien cualquier hombre valiente daría su vida agradecido.

Habían pasado muchos minutos cuando la persona que los había guiado hasta la casa, y que desde entonces se hallaba sentada en un rincón con el reloj en la mano, se puso de pie y le susurró al príncipe una palabra al oído.

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