Kitabı oku: «La subversiva Simone Weil»

Título original: The Subversive Simone Weil. A Life In Five Ideas
Licensed by The University of Chicago Press, Chicago, Illinois, U.S.A.,
by arrangement with International Editors’ Co.
© 2021 by Robert Zaretsky
© Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
© De la traducción del inglés: Carlos Pott
Primera edición: abril de 2022
Edición digital: marzo de 2022
Ilustración y diseño de cubierta: Juan García
Corrección de galeradas: Samuel Alonso Omeñaca
Reservados todos los derechos de esta edición.
eisbn: 978-84-18403-54-5
Contenido
Contenido
Prefacio
Introducción
Capítulo 1. El poder de la desdicha
Capítulo 2. Prestar atención
Capítulo 3. Las distintas formas de la Resistencia
Capítulo 4. Encontrar las raíces
Capítulo 5. El bueno, el malo y el divino
Epílogo
Agradecimientos
Para Louisa
Prefacio
Hace tres meses envié a mis editores de la University of Chicago Press el manuscrito definitivo de este libro. Tras el impacto de la pandemia del coronavirus, el mundo en el que lo había escrito parecía tan antiguo como el de la Grecia que tanto amó Simone Weil. Muchos hechos y costumbres, ocupaciones y preocupaciones que pensaba inamovibles se han desdibujado o desaparecido por completo.
Cuando este libro llegue a tus manos, que quizás acabes de desinfectar, estas palabras te parecerán igual de antiguas. El mundo está cambiando a un ritmo que sorprendería a Heráclito. Para recordarnos que el cambio determina el mundo, Heráclito escribió que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Pero el coronavirus nos ha enseñado una nueva verdad: no podemos bañarnos en el mismo río ni una sola vez.
Como todos, trato de mantenerme a flote, y mantener conmigo a quienes quiero, en las aguas bravas de la historia. Pero en un mundo que cambia constantemente, un mundo que ahora dividimos entre bienes esenciales y no esenciales, sé que la obra de Simone Weil estará siempre en la primera categoría. Fuerza y libertad, aflicción y atención, comunidad y cuidado son ideas que encajan perfectamente en una época de plagas microbiológicas e ideológicas.
Estas ideas son el origen de al menos una de las ideas centrales de la obra de Weil. En uno de sus últimos libros, Echar raíces, escribió: «Existe una obligación hacia cualquier ser humano, solo por el hecho de serlo, sin necesidad de que se cumpla ninguna otra condición e incluso sin necesidad de que ese individuo reconozca a su vez esa obligación». Se me ocurren pocas afirmaciones más importantes en mi época y la vuestra. Y solo el tiempo nos dirá si somos capaces de cumplirla.
Houston
21 de abril de 2020
Introducción
¿Cuánto tiempo al día dedicas a pensar?
Simone Weil
Hace más de tres cuartos de siglo, el 26 de agosto de 1943, en el sanatorio de Grosvenor, un inmenso edificio victoriano en Ashford a unos cincuenta kilómetros al sureste de Londres, el forense terminó el examen de una paciente que había muerto dos días antes. La causa de la muerte, escribió, fue «un paro cardíaco por la degeneración muscular del miocardio como consecuencia de la inanición y una tuberculosis pulmonar». Pero la evaluación clínica pasa entonces a lo que parece ser un juicio moral: «La fallecida se provocó la muerte dejando de comer mientras perdía el equilibrio mental».1
Enterraron el cuerpo en un cementerio de Ashford. En una sencilla placa sobre la tumba se puede leer su nombre y dos fechas:
Simone Weil
3 de febrero de 1909 - 24 de agosto de 1943
Desde entonces, la tumba de Weil, cuya ubicación aparece destacada en el mapa del cementerio, ha sido uno de los lugares más visitados en Ashford por los turistas. Una segunda losa de mármol recibe a los visitantes y explica que Weil se había «unido al gobierno provisional de Francia en Londres» y que su «obra la sitúa como una de las filósofas contemporáneas más importantes».
Solo una tumba puede ser tan concisa y el mejor ejemplo es la de Simone Weil. Entre sus biógrafos es todo un ritual explicar su vida a través un puñado de contradicciones: una anarquista que abrazó ideas conservadoras, una pacifista que luchó en la Guerra civil española, una santa que rechazó ser bautizada, una mística que participó en los movimientos obreros, una judía francesa que fue enterrada en la zona católica de un cementerio inglés, una profesora que no creía en las respuestas y el más voluntarioso de los individuos que abogaba por la disolución del yo. Son algunas de las paradojas que encarnó Weil, pero conviene verlas, no tanto como inconsistencias en su vida y en su obra, aunque a veces no sean otra cosa, sino como invitaciones a reflexionar desde dos lugares al mismo tiempo. En sus cuadernos, escribió que «el método filosófico consiste en abordar problemas irresolubles aceptando que no tienen solución y después limitarse a contemplarlos, fijamente y sin descanso, año tras año, sin esperanza, pacientemente».2
En este sentido, Weil concluye: «Filósofos hay pocos. Y aun esos pocos son difíciles de reconocer».3 No es sorprendente que tuviera una visión tan rigurosa de cuál es la tarea del filósofo. Se trata, declaró, «de una mera cuestión de acción y práctica».4 Esa es la razón, pensaba, de que sea tan difícil escribir sobre filosofía (que era parecido, dijo, a escribir «un tratado sobre jugar al tenis o correr»), pero es también la razón por la que las contradicciones definieron su vida. Estas demuestran las tensiones ineludibles de alguien que dedicó tanto esfuerzo en armonizar las ideas y la praxis: un esfuerzo que tenía que fracasar tarde o temprano. Pero, a la vez, es el esfuerzo que hizo para vencer sus contradicciones tanto como la naturaleza de las ideas que inspiraron sus acciones, lo que sigue siendo hoy digno de nuestra atención. De hecho, su insistencia en aceptar las consecuencias de una verdad dada no era menos que su insistencia en adecuar sus ideas a sus actos. Sus alumnos la escucharon a menudo afirmar que no podía comprometerse ni consigo misma ni con los demás.5 De ahí que no podamos estar mucho tiempo en su severa compañía sin sentir un agudo desasosiego. Es tal y como debería ser. De una forma muy poco común en nuestra época (y, en realidad, en cualquiera) Simone Weil habitó plenamente su filosofía.
Simone Weil sigue siendo un «caso dudoso», en palabras tomadas del informe forense sobre la muerte de un sacerdote jesuita en la novela de Albert Camus, La peste. Para Weil, la muerte no era ni el medio ni el fin de la filosofía, sino una de las consecuencias posibles de hacerla; al menos, cuando entendemos la filosofía como una forma de vida y no como una disciplina académica. Como señaló el filósofo contemporáneo Costica Bradatan: «Filosofar no consiste en pensar, hablar o escribir… sino en poner tu cuerpo en juego».6
Como Sócrates y Séneca, Baruch Spinoza y Jan Patocka, Weil nos obliga a recordar no solo el precio de la vida filosófica, sino también su objetivo. Sé que pocos de entre nosotros podrían exigirse tanto. Como escribió Stanley Cavell, Weil fue un caso excepcional en su rechazo a ser «desviada» de la realidad de la vida, pero esa incapacidad para ser «desviado» es un don, o una maldición, que la mayoría rechazaría con gusto. Así es y quizás así es como debe ser.
*
Este libro examina cinco conceptos centrales del pensamiento de Weil. Aunque me refiero a varios episodios de su vida, no trato la cronología con el rigor que hubiera deseado el historiador que hay en mí. Por ello, permítanme delinear en las próximas páginas el arco temporal de su biografía.
Simone Weil nació en 1909 en París cinco años antes del estallido de la Primera Guerra mundial, hija de Bernard y Salomea (Selma) Weil. Sus padres eran judíos acomodados y no practicantes, que disfrutaban de la vida cultural y literaria de la ciudad. Nacida en Rusia en una próspera familia de comerciantes, Salomea Reinherz —que simplificó su nombre al de Selma— migró con sus padres a Bélgica, y después a Francia, huyendo de una serie de pogromos en 1882. Su familia estaba llena de músicos y poetas, y la propia Selma era una pianista y cantante muy dotada. Bernard Weil era el hijo de una familia de Estrasburgo con varios negocios de éxito que optaron por la ciudadanía francesa cuando en 1871 Alemania anexionó Alsacia al final de la Guerra franco-prusiana. Aunque sus padres eran judíos practicantes, Bernard se sintió atraído de joven por el anarquismo y el ateísmo. Un año después de casarse en 1905, nació su hijo André; tres años más tarde, llegó Simone. Poco después del nacimiento de su hija, Bernard decidió mudarse con su familia a un apartamento imponente en el distinguido Boulevard Saint Michel, donde él y Selma atendieron a todas las necesidades de sus hijos, cumplieron todas las aspiraciones y disfrutaron de todos los privilegios que se le suponían a una familia de la alta burguesía francesa durante la Belle Époque.
De pequeña, Weil asumió los valores de sus padres, pero también los desafió. Ella y André conversaban sobre música y literatura durante las comidas familiares, en las que, además de francés, se hablaba alemán e inglés. Antes de aprender a leer, memorizaba poemas que aprendía de su madre y recitaba ante los invitados a la cena. A los cinco años, leía y representaba con su hermano fragmentos de Cyrano de Bergerac, la obra de Edmond Rostand. Según el testimonio de su madre, una de sus melodramáticas interpretaciones hizo que la familia llorara de risa. Otras actuaciones no resultaron tan divertidas a los padres, como un día en que los niños fueron puerta por puerta rogando algo de comida a sus alarmados vecinos porque, decían, sus padres les estaban dejando morir de hambre.7
El ímpetu rebelde de Weil apareció muy pronto en su vida y nunca se debilitó. Durante la guerra, enviaba su ración de azúcar y chocolate a los poilus, los soldados franceses que luchaban en el frente.8 Un tiempo después, a los diez años, Weil se escapó del lujoso apartamento familiar para unirse a los trabajadores en huelga que, entonando La Internacional, marchaban bajo su balcón por el Boulevard Saint Michel. Como era de esperar, cuando se enteró de la miseria que pagaban a los trabajadores de un complejo vacacional en el que se alojaba con su familia, Weil intentó convencerles de que formaran un sindicato.9 En el colegio, cuando un compañero la acusó de ser comunista, ella respondió con soberbia: «Pas du tout! ¡Soy bolchevique!».10
Mientras Weil empezaba a involucrarse en política, su hermano mayor estaba adentrándose en el mundo de las matemáticas. André Weil pronto se reveló como un prodigio en la materia al que su hermana comparó, no sin razón, con el filósofo del siglo xvii Blaise Pascal. En una carta que escribió años después, confesó que el genio de su hermano despertaba en ella tanto asombro como tristeza. Al comparar sus perspectivas con las de André, el ánimo de Weil se doblaba hasta casi quebrarse. «A los catorce años», confesó, «caí en la desesperación sin fondo de la adolescencia y pensé seriamente en morirme por la mediocridad de mis facultades naturales. […] No me molestaba el éxito de cara a los demás, sino no poder aspirar a acceder al reino trascendente al que solo pueden entrar los hombres verdaderamente grandes y donde habita la verdad».11
Esta búsqueda de la verdad fue la cuerda a la que se agarró Weil para no hundirse en el pozo de la desesperación y, aunque no sin flaquezas o escalofríos, pudo mantenerse a salvo hasta su muerte, dos décadas después. La ayudó a sostenerse varios años el prestigioso Lycée Henri IV, y después su ingreso en la escuela de enseñanza superior más prestigiosa de toda Francia: la École Normale Supérieure (ens). Sus compañeros de clase, maravillados e irritados por su severidad kantiana, hablaban de ella como de «un imperativo categórico en falda». El director de la escuela, Célestin Bouglé, usaba en privado apelativos más crueles. Irritado por esta brillante estudiante que quería organizar protestas contra el reclutamiento forzoso y llevaba los bolsillos de su abrigo verde oliva repletos de copias en rollo de la anarquista La révolution prolétarienne y la satírica Le canard enchaîné, Bouglé la apodó «la virgen roja». Después de graduarse, a Weil le asignaron un puesto de profesora en Le Puy, una pequeña ciudad remota en la región de Auvergne. Quizá Bouglé tenía la esperanza de no volver a oír hablar de ella, pero Weil tendría la última palabra. Poco después de que empezara el curso escolar, Bouglé recibió una postal con la foto de una enorme estatua de bronce de la Virgen María sobre el risco que preside Le Puy. Weil no necesitó firmar la postal: bajo la foto escribió lo siguiente: «La Virgen Roja de Le Puy».12
Para el director del colegio de Le Puy, la militancia de Weil fue una prueba tan dura como lo había sido para Bouglé. Cuando no estaba dando clase sobre Descartes o Kant a sus estudiantes de secundaria (quince alumnas admiradas y seducidas por la combinación de intensidad y dulzura de su nueva profesora), Weil estrechaba lazos con los trabajadores locales. En un gesto más humillante que compasivo, el ayuntamiento había ofrecido un sueldo mísero a los desempleados para que picaran piedra en la mina. Cuando Weil supo de la suerte miserable de aquellos trabajadores, se unió a sus protestas y manifestaciones. Verla en compañía de los obreros, con quienes incluso se juntaba a tomar vino en el bar, escandalizó a los notables de Le Puy. Uno de los periódicos locales añadió un giro antisemita al mote que le había puesto Bouglé: «La señora Weill [sic], la virgen roja de la Tribu de Leví, mensajera de los evangelios de Moscú, les ha lavado el cerebro a esos infelices».13 Cuando el director del instituto citó a Weil para interrogarla, sus colegas y estudiantes se congregaron fuera para apoyarla, mientras ella arremetía contra la dirección por reforzar «una sociedad de castas» y tratar a los trabajadores «con desprecio».14 El director transigió, como hizo el ayuntamiento, que acabó por conceder a los trabajadores el aumento salarial que pedían.
Aunque se había ganado el respeto de sus alumnas y había salido victoriosa en su enfrentamiento con las autoridades, Weil se sentía encarcelada en aquella ciudad pequeña y aislada. Al terminar el curso, dejó Le Puy por un lycée en Auxerre y se volvería a mudar al año siguiente a un puesto en Roanne. Las dos ciudades eran tan pequeñas y provincianas como Le Puy, sin sombra de los recursos intelectuales y materiales de los que podía presumir París. Weil se tomaba muy en serio sus responsabilidades, pero las encontraba demasiado constreñidas, elitistas, ajenas al mundo de los trabajadores y trabajadoras. «El mayor error humano», señaló una vez, «es razonar en lugar de descubrir». Para descubrir hace falta salir del aula (o del laboratorio, la biblioteca o la cafetería). La filosofía es acción y la acción está siempre ligada a la verdad. Y respecto a la verdad, Weil advertía a sus alumnas de que tenía que ser «siempre la verdad sobre algo», algo vivido, experimentado. De hecho, por influencia de los trágicos griegos de la Antigüedad, sobre todo Esquilo y Sófocles, Weil creía que la verdad la llevábamos inscrita en los huesos y citaba en sus diarios y cartas una frase de Esquilo que le era tan natural como respirar: tô pathei mathos («el conocimiento llega a través del sufrimiento»).
Esta forma de buscar el conocimiento fue lo que la llevó a pescar en una trainera y a trabajar en granjas y fábricas. Después del curso en Roanne en 1934, Weil se tomó una excedencia y pasó un año trabajando en tres plantas de producción en la región de París. Quizá lo único que sorprenda aún más que el hecho de que Weil buscara trabajo en una fábrica es que pudiera encontrarlo, no una vez, sino tres veces seguidas; una detrás de otra. La Gran Depresión sacudió Francia después que la mayoría de países y todavía estaba luchando por recuperarse cuando Gran Bretaña y Francia, hacia 1935, ya empezaban a recuperarse. Entre 1929 y 1935, el paro se multiplicó por cuatro; cuando despidieron a Weil de su último trabajo, más de dos millones del total de los doce millones de hombres en activo habían sido despedidos, así como más de la mitad de las 350.000 mujeres empleadas en fábricas.15
Fue entre aquellos muros sombríos y ensordecedores, esclavizada por máquinas que la condenaban a repetir los mismos movimientos infinitas veces, donde Weil concibió una de sus ideas más perturbadoras: le malheur. Este estado inhumano, tanto físico como psicológico, se ha traducido a menudo como «aflicción». Cuando una tarea física incesante y repetitiva rebaja la vida del trabajador a una existencia propia de una máquina, este apenas podrá pensar en resistir o rebelarse. Y fue su propia inmersión en la alienación de las fábricas lo que la llevó a concluir que allí era inconcebible el pensamiento mismo.
Pero la maldición de Weil era, precisamente, no poder dejar de pensar, aun en las circunstancias más adversas. ¿Cómo iba a hacerlo? Si hubiera renunciado a pensar, habría dejado de ser Simone Weil. Con su cigarrillo perenne, con los ojos bien abiertos detrás de sus gafas de montura metálica y siempre con el vestido del día anterior (que era el que llevaría al día siguiente), Weil les recordaba a sus alumnas una verdad muy simple: «Cuando dejamos de pensar en lo que nos rodea, nos hacemos cómplices de lo que ocurre. Hay que hacer todo lo contrario: asumir nuestro lugar en el estado de cosas y hacer algo al respecto». Si la filosofía no nos sirviera para sacar una conclusión como esta, no valdría ni el papel en el que está escrita; quizá solo alguien al margen de la Academia, como ella, podría asegurar que la filosofía no era ni teoría ni reflexión, sino práctica. Es por eso, apuntó poco antes de morir, que «es tan difícil escribir» sobre la actividad de filosofar. Incluso más difícil, concluía (sin asomo de ironía), que escribir sobre cómo jugar al tenis o cómo correr.16
En 1936, el imperativo de «hacer algo al respecto» llevó a Weil a España, donde había estallado una guerra civil tras el golpe militar liderado por el General Francisco Franco. Como George Orwell, un contemporáneo con el que compartía varios rasgos inesperados (una apreciación que, sin duda, habría incomodado a Orwell), Weil se enroló en un batallón internacional de anarquistas en defensa de la República. Aunque era totalmente incapaz de manejar un fusil o leer una brújula, se empeñó, para consternación de sus responsables al mando, en combatir al enemigo. Consiguió sobrevivir a un par de misiones, pero tuvo menos suerte en el frente de batalla: pocas semanas después de llegar, metió el pie en un barreño con aceite hirviendo y se abrasó el pie. La enviaron a Barcelona, pero allí no encontró el tratamiento médico que necesitaba y no tardó en ceder al ruego de sus padres de que volviera a París para curarse. Aunque quedó marcado para siempre, su pie finalmente se salvó, aunque no pueda decirse lo mismo de sus convicciones políticas. Lo que Simone Weil vio de los hombres y de las mujeres en el frente de batalla dejó una marca profunda y duradera en su pensamiento.
Quizás la experiencia en España no fue un cambio tan decisivo para ella como podría parecer a simple vista, pero sin duda aumentó su distancia del compromiso político. Hacia el final de la década de los 30, Weil había virado hacia una especie de compromiso espiritual o religioso. Sin embargo, este no se dio en el judaísmo, en cuyo seno se había criado; varias experiencias místicas —en un pueblo pesquero en Portugal, en una iglesia en la Toscana o en una abadía benedictina en Francia— la empujaron al cristianismo. En 1940, la ocupación de Francia por los nazis aceleró la atracción de Simone Weil por el catolicismo romano y a la vez hizo cada vez más confusa su actitud ante sus instituciones. Esto se hizo más evidente al llegar junto a sus padres a Marsella en un éxodo de civiles franceses (y sobre todo soldados franceses). Mientras los Weil incoaban el largo proceso para obtener los visados a Estados Unidos, su hija empezó una serie igualmente larga de conversaciones con Josep-Marie Perrin, un sacerdote intelectual y piadoso vinculado al convento dominico de la ciudad. Aunque Perrin no consiguió que Weil se convirtiera al catolicismo —porque ella jamás habría pertenecido a ningún club, ni a ninguna iglesia, que la aceptara entre sus miembros—, sí recibió de ella una serie de cartas excepcionales que publicaría poco después de la guerra con el título A la espera de Dios.
En Marsella, Weil también conoció a Gustave Thibon. Como Perrin, Thibon era católico; pero Perrin no era cura, sino granjero. Fue Perrin, presionado por Weil para que le encontrara un trabajo en una granja, quien había contactado con Thibon por ver si la aceptaría. Thibon accedió, aunque no inmediatamente; era seguidor, no solo del mariscal Pétain y su régimen, sino también del movimiento de extrema-derecha Acción Francesa, fundado por el intelectual virulentamente antisemita Charles Maurras. (La hostilidad de Thibon ante el judaísmo, aunque menos ideológica que religiosa, sin duda influyó en su decisión de incluir los comentarios antisemitas de Weil en la edición que hizo de algunos de sus pensamientos tras la guerra, La gravedad y la gracia). A pesar de un comienzo difícil —Weil no quiso dormir en la misma casa que los Thibon y prefirió hacerlo sobre la paja en una cabaña ruinosa en la misma finca—, y abiertamente enfrentados en asuntos seculares y religiosos, el respeto entre Thibon y Weil llegó a ser sincero durante los meses que ella pasó en la granja. En el caso de Thibon, el respeto lindaba con la fascinación, y Weil llegó a confiar tanto en él como para dejarle una docena de sus cuadernos.
Los cuadernos, escritos en su mayoría después de 1940, revelan que los últimos tres años de su vida fueron, al menos desde el punto de vista de la escritura, los más productivos de su corta vida. Cuando no estaba repartiendo diarios clandestinos de la Resistencia o siendo interrogada una y otra vez por la policía durante su estancia en Marsella, Weil escribía para la revista literaria Cahiers du Sud bajo seudónimo (lo que era imprescindible, pues el régimen de Vichy prohibió a los judíos cualquier trabajo cualificado). Weil siguió escribiendo (recuperando su nombre) cuando llegó a Nueva York en 1942, aunque el grueso de su trabajo lo dedicaba a la correspondencia, con la que intentaba convencer a amigos íntimos, conocidos casuales y completos desconocidos de que difundieran su controvertido «Plan para enfermeras» —una propuesta para lanzar en paracaídas en medio de la batalla a enfermeras uniformadas de blanco de las que Weil lideraría el primer destacamento— o para ayudarla a regresar a Francia y unirse a la Resistencia.
Ninguna de estas propuestas se llevó a término, pero Weil sí consiguió llegar a Londres. A finales de 1942, la Francia Libre, la Resistencia con base en Londres organizada en torno a Charles de Gaulle, que la había creado en 1940, la hizo viajar desde Nueva York para analizar los informes enviados por los diferentes movimientos internos de la Resistencia en los que estos exponían el camino hacia una Francia liberada y republicana. En los pocos meses que pasó trabajando en las oficinas de Hill Street —los famosos Jardines Carlton servían de cuartel general para el propio de Gaulle— Weil escribió con furia y determinación: no hay ni una palabra ni una frase tachada en estos centenares de páginas, que oscilan entre propuestas escuetas y el larguísimo «Preludio a una declaración de deberes hacia el ser humano», que después se publicaría con el título de Echar raíces.
La sola cantidad de propuestas y documentos que Weil enviaba a sus superiores los abrumaba y aturdía. Según uno de los colaboradores más cercanos a de Gaulle, André Philip, Weil hacía planteamientos que difícilmente ofrecían respuestas a los desafíos reales a los que se enfrentaba la Francia Libre. Cuando Philip le pidió que pensara en los infinitos problemas, políticos y sociales, que Francia tendría que afrontar tras su liberación, Weil se mostró incapaz de centrarse en ellos. ¿Por qué no puede, le decía Philip a un compañero, «abordar temas concretos, como los que ocupan a los sindicatos, en lugar de dedicar su tiempo a generalidades»? Para Weil era mejor dejar esos temas a quienes «supieran escribir brillantemente sobre cosas de las que no saben nada».17
Para ella, nada de lo que escribió en ese tiempo, a pesar de sus muchas reflexiones convincentes y, a menudo, perturbadoras, equivalía a estar haciendo algo al respecto: escribir no era suficiente. Como le dijo a su amigo Maurice Schumman: «El sufrimiento en todo el mundo me obsesiona y oprime hasta anular mis facultades y la única forma en la que puedo recuperarlas y sobreponerme a la obsesión es entregándome de alguna forma al peligro y a la adversidad».18 Su propuesta de lanzar enfermeras en paracaídas en los campos de batalla fue desestimada por de Gaulle, al que, como es sabido, se le pudo escuchar llamándola folle, «loca».19 Su empeño en convencer a las autoridades de la Francia Libre de que la enviaran a la Francia Ocupada para trabajar en los movimientos de la Resistencia tuvieron el mismo resultado. A finales de la primavera de 1973, Weil dejó de colaborar con la Francia Libre alegando que no se sentía capaz de dar nada más.
Tampoco su cuerpo daba para más. Las migrañas, que la asediaban desde principios de los años 30, se habían vuelto implacables, como implacable fue su decisión de no ingerir un número mayor calorías de aquel al que tuvieran acceso sus conciudadanos en la Francia ocupada, que sobrevivían gracias a un régimen espartano de racionamiento y al mercado negro. El 15 de abril, un amigo encontró a Weil, exhausta y cadavérica, tirada en el suelo de la habitación que tenía alquilada en Portland Street. La ingresaron en el Hospital Middlesex de Londres, donde pasó cuatro meses leyendo y escribiendo sin descanso, además de rechazar cualquier tratamiento para sus pulmones, muy afectados por la tuberculosis, y de negarse a comer. A mediados de agosto trasladaron a la obstinada paciente al sanatorio de Grosvenor, en el que moriría pocos días después.
*
Lo que quiero con este libro no es ofrecer el relato detallado de una vida excepcional. De eso ya se encargó una amiga de Weil, Simone Pétrement, y un número creciente de autores después de ella.20 Mi intención es explorar algunas ideas centrales de su pensamiento que siguen siendo relevantes hoy; por ejemplo, su idea de atención. En un best seller de reciente publicación, Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención, Jenny Odell reflexiona sobre la llamada «economía de la atención», un término perfecto para describir un mundo empapelado con pantallas planas y dominado por las redes sociales y los medios de comunicación de masas. Como promete el subtítulo, Odell propone formas de resistencia a una fuerza de seducción todopoderosa. En uno de los capítulos, «Ejercicios de atención», Odell habla de las visitas a museos y habla de varios artistas, como David Hockney, que para ella promueve lo que llama «prótesis atencional».21 La propia Odell es artista, así que es natural que se fije en Hockney y otros compañeros de profesión para definir su idea de atención.
En otro libro contemporáneo de gran éxito, Con las manos o con la mente. Sobre el valor de los trabajos manuales e intelectuales, también el filósofo Matthew B. Crawford se detiene en el valor fundamental que tiene la atención. Pero él no acude a los museos para definirla, sino al taller mecánico: «La relevancia moral del trabajo que trata con las cosas materiales reside en el simple hecho de que tales cosas son externas al yo».22 Cuando uno objeto no funciona, ya sea una lavadora o una caldera, su valor fundamental es que es capaz de defraudar nuestras fantasías sobre cómo debería comportarse y frustrarnos cuando se niegan a obedecer. La reparación del motor de una motocicleta es equivalente a una relación auténtica con el mundo.
Aunque Odell y Crawford hacen apreciaciones muy elocuentes sobre la idea de atención —razonamientos necesarios en un mundo que se define por su déficit—, ninguno de los dos menciona a Simone Weil. Un error que no es menos grave que si, por ejemplo, se omitiera toda mención a David Hume al hablar del escepticismo. Si todo libro sobre el escepticismo corre el riesgo de reescribir los argumentos de Hume —y de forma mucho menos convincente—, lo mismo ocurre con un libro sobre la atención que ignora a Simone Weil. Pocos pensadores han prestado tanto interés a la atención como Weil, en tantos libros y de forma tan brillante, y aún menos han podido defender de forma tan persuasiva y paradójica que hacer nada es la forma más eficaz de hacer algo relevante y memorable.
Lo mismo podríamos decir de otras tantas ideas de las se ocupó Simone Weil durante su corta vida. También quisiera detenerme en algunas de ellas. Cada uno de los siguientes cinco capítulos está dedicado a una idea diferente de entre las que Weil abordó en sus obras y experimentó en su vida: aflicción, atención, raíces, resistencia y bondad. Inevitablemente, estos conceptos se mezclan y confunden. No es posible, por ejemplo, hablar de resistencia sin mencionar los medios de llegar a ella (que, por su parte, requieren de la atención), o su objetivo, que depende de la bondad. Además, la aflicción está normalmente ligada a nuestras raíces. Simone Weil dedicó los últimos años de su vida a esfuerzos cada vez más desesperados por unirse a la Resistencia, pero este fue el concepto del que menos escribió y el único de todos los mencionados que no supo cómo hacer suyo y del que menos escribió. Es, de hecho, una palabra que rara vez aparece en sus textos; pero creo que, como valor, condiciona gran parte de su obra y merece un capítulo propio.
Confío en que el lector sabrá disculpar aquellos pasajes en que pueda incurrir en alguna imprecisión o confusión al tratar los diferentes conceptos. Y espero también que encuentre que he logrado trasladar esas ideas haciendo justicia a la mente única que las articuló por primera vez. Creo que pocos pensadores han llegado a ser, a la vez, tan convincente y subversivos, tan elocuentes e incómodos, tan etéreos y a la vez tan rotundos. Hace más de medio siglo, la filósofa y novelista Iris Murdoch dijo que leer a Weil suponía enfrentarse a «un sistema de valores».23 Quisiera demostrar que esto es hoy más cierto que nunca.
1. Gray, Francine du Plessix. Simone Weil, Nueva York: Viking, 2001.
2. Weil, Simone. Cuadernos, Madrid: Trotta, 2001.
3. Weil, op. cit.
4. Weil, op. cit.
5. Gray, op. cit.
6. Bradatan, Costica. Dying for Ideas: The Dangerous Lives of the Philosophers, London: Bloomsbury, 2015.
7. Pétrement, Simone. Vida de Simone Weil, Madrid: Trotta, 1997.
8. Pétrement, op. cit.
9. Pétrement, op. cit.
10. Gray, op. cit.
11. Weil, Simone. A la espera de Dios, Madrid: Trotta, 2009.
12. Gray, op. cit.
13. Pétrement, op. cit.
14. Gabellieri, Emmanuel/L’Yvonnet, François (eds.). Simone Weil, París: L’Herne, 2014.
15. Weber, Eugen. The Hollow Years, Nueva York: W.W. Norton, 1996.
16. David, Pascal. «Avec toute l’âme: Simone Weil et la philosophie», en Gabellieri/L’Yvonnet, op. cit.
17. Pétrement, op. cit.
18. Weil, Simone. Escritos de Londres y últimas cartas, Madrid: Trotta, 2000.
19. Pétrement, op. cit.
20. La biografía de Pétrement sigue siendo la principal referencia sobre la vida de Simone Weil. Además de filósofa de profesión, Pétrement era íntima amiga de Weil. Pero aunque su ambicioso relato se esfuerza por entenderla, de ningún modo lima los aspectos más ásperos del carácter de Weil. Por desgracia para quien no lea francés, la traducción inglesa está fuertemente recortada. Hay varias biografías suyas más en inglés, muchas de las cuales tienden a lo hagiográfico. La narración breve y sobria de Francine du Plessix Gray es una excepción admirable, a pesar de su insistencia en el diagnóstico de anorexia para Simone Weil.
21. Odell, Jenny. Cómo no hacer nada. Resistirse a la economía de la atención, Barcelona: Ariel, 2021.
22. Crawford, Matthew. Con las manos o con la mente. Sobre el valor de los trabajos manuales e intelectuales, Madrid: Empresa Activa, 2010.
23. Murdoch, Iris. Existentialists and Mystics, Nueva York: Penguin, 1996 [hay traducción al español de los ensayos reunidos en este libro, pero en distintos volúmenes de la editorial Siruela: El fuego y el sol. Por qué Platón desterró a los artistas (2016), La salvación por las palabras (Siruela, 2018), Nostalgia por lo particular (2019) y Descubrir el existencialismo (2020)].
Capítulo 1. El poder de la desdicha
¡Aullad, aullad, aullad!
El rey Lear, William Shakespeare
El pensamiento huye de la tristeza tan rápida
e inexorablemente como un animal huye de la muerte.
Simone Weil
En diciembre de 1934, Auguste Detoeuf entrevistó a una candidata que quería trabajar en una de sus fábricas. No era habitual que Detoeuf tomara decisiones sobre los contratos; él era el director de Alsthom, la mayor industria de productos eléctricos de Francia. Licenciado en la universidad de ingeniería más destacada de Francia, la École Polytechnique, Detoeuf no encajaba, ni en sus ideas ni en sus formas, con el resto de empresarios industriales de Francia. Vestía, recordaba un amigo suyo, como un virtuoso del violín, y se tenía a sí mismo por un intelectual manqué.1
Detoeuf no se sentía menos extraño ante esa mesa de despacho que la candidata que tenía enfrente. No por su edad, pues legiones de mujeres de todas las edades trabajaban en las fábricas francesas, sino porque aquella joven se había graduado en otra escuela de élite, la École Normale Supérieure —que, como la Polytechnique, había sido fundada por Napoleón—, y, hasta hacía muy poco, había trabajado como profesora de filosofía. Pero la candidata estaba empecinada en encontrar trabajo en una fábrica, con o sin la ayuda de Detoeuf. Cuando supo de sus problemas de vista, de las migrañas que la incapacitaban y de su escasa destreza manual, decidió que sería mejor ayudarla.
En la gélida mañana del 4 de diciembre de 1934, Simone Weil empezó a trabajar en la fábrica Alsthom de la calle Lecourbe, en la que el ruido metálico de la prensa mecánica alimentaba el estruendo de un barrio industrial del suroeste de París. Esa noche, Weil escribió dos entradas en la primera página de su «diario de fábrica». La primera son palabras suyas: «El hombre no debe únicamente saber lo que está fabricando, sino que, si es posible, debe ver cómo se usa —ver cómo es capaz de cambiar la naturaleza. El trabajo de todo hombre debería ser también un objeto de contemplación para él». La segunda, en griego, es de Homero: «muy a pesar suyo, a pesar de la dura necesidad».2
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A las alumnas que habían asistido a sus clases el año anterior en Roanne, una pequeña ciudad del sudeste de Francia, no les habría sorprendido el cambio de profesión de su profesora. Weil impartía su clase al aire libre ante media docena de chicas —que, irónicamente, habían inscrito sobre la puerta de la recepción: «Prohibido el acceso a quien no sepa geometría»—, cubiertas por un techado del parque bajo el que intentaban resolver problemas de geometría y filosofía. Anne Reynaud, una de sus alumnas, contaba que la directora interrumpía a menudo sus conversaciones «para pedirle las notas que Simone Weil se negaba a poner». Reynaud, que publicó los apuntes que tomó en las clases de Weil, recordaba el «ambiente familiar» que había en ellas y el profundo vínculo que las unía a su profesora. Según Reynaud, el método de enseñanza siempre fue el reflejo de «su disciplina interna, su búsqueda de la verdad».3
Pero la búsqueda de la verdad de Simone Weil no acababa en los confines de la escuela o el parque contiguo. Una vez a la semana iba a la cercana ciudad industrial de Saint Étienne e impartía cursos nocturnos de literatura francesa en una cooperativa de trabajadores. Pero la enseñanza de la literatura no era para ella una forma de refinamiento social, sino una herramienta para la revolución. Si el trabajador tomaba el control del lenguaje, podría tomar también el control de su lugar en el mundo. En lugar de despreciar la cultura como un lujo burgués, los sindicatos debían abrazarla como una necesidad universal. Los trabajadores, decía, tienen que estar dispuestos para apropiarse de nuestra cultura, «como deben prepararse para apoderarse de toda nuestra tradición. Esta toma de posesión es la Revolución en sí misma».4
Weil creía que la revolución era posible, pero también que tenía que evitar los «errores criminales» de la Revolución rusa, que para ella habían conducido directamente al terror del régimen estalinista. Los trabajadores no solo tenían que tomar posesión de los medios de producción, sino también de los medios para su autoliberación. Weil admiraba los análisis marxistas del capitalismo, pero también le parecían «mitológicos», una escatología milenarista que anunciaba un paraíso sin clases que seguiría al infierno capitalista igual que el día sigue a la noche.5 De ahí su atracción por el anarcosindicalismo, un movimiento ideológico que llamaba a la acción directa de los trabajadores como forma de alcanzar el poder y que tenía como fin alcanzar la democracia directa a través de las cooperativas de trabajadores. Weil fue una firma habitual del periódico más importante del movimiento, La Révolution prolétarienne y, en un gesto sentimental y extravagante, suplicó a sus padres que financiaran su lucha: «Dejadme deciros», les escribió, «que en caso de que no sepáis qué hacer con vuestro dinero, La Révolution prolétarienne está arruinada».6
Sin embargo, en 1934, después de haberse entregado en cuerpo y alma a la política revolucionaria y abandonarla desengañada y sin esperanza, dudaba de que la revolución fuera deseable, o incluso posible. Las violentas disputas entre los comunistas y los socialistas, y las crecientes fracturas del movimiento obrero, ayudaron a convencerla de que la revolución era un espejismo. En un ensayo deslumbrante que escribió ese mismo año, «Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social», Weil compara las batallas entre los revolucionarios a las de los troyanos y los griegos por Helena después de que esta se hubiera marchado de Troya hacía años dejando tras de sí solo una sombra.7 Igual que los guerreros homéricos fueron a la guerra por el recuerdo de Helena, los trabajadores franceses tomaron las calles en nombre del fantasma de la revolución. Lo expresó con su habitual aridez: «En nombre de la “revolución” se mata, se muere y se envía a las masas populares a la muerte, pero no significa nada».8
Pero el problema iba mucho más allá de la confusión y de los conflictos en la izquierda que vaciaban la idea de revolución de todo contenido. El problema es que toda revolución, como indica el propio término, recorre siempre un círculo completo y termina donde empezó. Aunque el lenguaje y las leyes, las jerarquías y las tradiciones lleguen a cambiar, la opresión sigue siendo la misma. No podría ser de otra forma, dice Weil, pues la opresión no se da como consecuencia de una determinada división del trabajo o de las clases sociales, sino que surge de la puissance, «el poder», que es una fuerza tan omnipresente e inevitable como la gravedad. Para Weil, el poder es un hecho esencial de la existencia humana. Ya lo ejerza la naturaleza, como ocurría en las primeras etapas de la humanidad, o los propios seres humanos, como ocurre cada vez más desde entonces, el poder destruye, tarde o temprano, todo lo que entra en contacto con él. En un sombrío comentario sobre la naturaleza humana, Weil decía que «conservar el poder es una necesidad vital de los poderosos, puesto que es de su poder de lo que se alimentan».9
Pero la clave es que quienes ostentan el poder nunca se sienten seguros, pues se tienen que enfrentar a los rivales que aspiran a disputárselo y a los oprimidos que intentan resistirse a él: los poderosos viven en un estado de constante inseguridad. Quien ostenta el poder es susceptible de perderlo de un día para otro, porque el poder es un fenómeno voluble, elusivo e inexorable. Aunque, en último término, no es el poder en sí sino quienes buscan el poder los que oprimen a la humanidad; una raza infernal que no tiene reglas, límites ni proporción y de la que no quedan testigos.10 Esta profunda reflexión es lo que explica que Weil se sintiera atraída por las fábricas por una fuerza gravitacional superior a la de la materia oscura.
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En la planta de Alsthom asignaron a Weil una prensa mecánica en la que nunca consiguió alcanzar los objetivos ni satisfacer a los capataces, pero donde entendió que también estos últimos eran esclavos del poder. Uno de ellos, un hombre irascible que se llamaba Mouquet, era tan recio como una bobina de hilo de acero. «Solo le vi contento una vez», escribió Weil. Y Mouquet no era el único: los gerentes que estaban por encima de él no eran más que «máquinas de asumir responsabilidades». Tampoco los propietarios eran ajenos a esta dialéctica terrible: en el momento en el que uno modernizaba su fábrica, el resto estaba obligado a superarle. Al reflexionar sobre la naturaleza despiadada del capitalismo, Weil lamentó la «ingenuidad de un hombre que nunca ha sufrido».11 Esta ingenuidad se agudiza por la incapacidad de comprender que el peor sufrimiento no es físico, sino psicológico; un sufrimiento que se expande convirtiéndose en aflicción y haciendo que tanto los opresores como los oprimidos sean sus objetos. Los hombres tanto como las mujeres, los jefes tanto como los trabajadores, los empleados tanto como sus empleadores están todos sujetos a la misma fuerza. La opresión nos da a todos las mismas oportunidades.
Lo que descubrió Weil es que el acto de pensar es el primer damnificado cuando se trabaja en una fábrica. Tras unos pocos días en su puesto, apenas era capaz de mantenerse en pie por el cansancio. En ocasiones, el ritmo implacable la hacía llorar. En una entrada banal y cotidiana escribió: «Terrible dolor de cabeza, he acabado mi trabajo sin dejar de llorar (al volver a casa, crisis interminable)».12 La angustia de Weil no venía únicamente de las exigencias físicas de su trabajo, también de los rígidos objetivos de producción que le marcaban: solo era capaz de pensar en el número de arandelas que tendría que haber perforado al final del día. Aunque «pensar» no sea el verbo adecuado. La imposibilidad para el pensamiento no solo era ya para Weil una carencia en quienes son libres para pensar, sino una suspensión forzosa en aquellos que han sido esclavizados por las máquinas. Ella misma sufrió las consecuencias («Siento profundamente la humillación de este vacío que le han impuesto a mis pensamientos»), pero se sometió a ellas. «El agotamiento me ha hecho olvidar las razones por las que estoy en la fábrica, ha hecho irresistible la tentación más fuerte que conlleva una vida como esta: la de dejar de pensar, que es la única forma de dejar de sufrir».13
Pero ni las migrañas constantes ni el agotamiento absoluto podían hacer que Weil renunciara a pensar. Cuando observaba a sus compañeros y a sus jefes, no podía evitar reflexionar sobre la naturaleza de la fuerza y las formas en que en la fábrica se reflejaban las terribles desigualdades de la sociedad francesa. Muchas de sus compañeras eran mujeres; entre ellas, algunas tenían nombres (como Mme. Forestier, que impresionó a Weil con su comportamiento arrogante) y otras solo apodos: estaba la «admiradora de Tolstoi», «la mujer que me dio un panecillo» y la «madre del niño quemado».14 Sus vidas estaban casi siempre dominadas por el trabajo; como la de la operadora del martillo percutor que llevaba al trabajo a su hijo de nueve años. Cuando Weil lo encontró solo en el vestuario, le preguntó a su madre si también trabajaba allí. «Ojalá fuera ya mayor para eso», fue su respuesta dura y realista. También estaba la esquiladora de metal que, aunque sufría de salpingitis, no consiguió que la trasladaran a las prensas, de modo que «su vientre quedó completa y definitivamente destrozado».15
Las mujeres estaban sometidas a los antojos de los «peces gordos»; principalmente, los capataces. En una ocasión, incapaz de dominar una prensa giratoria diseñada para pulir superficies metálicas, Weil estropeó una partida completa de piezas. Cuando Mouquet le ordenó que volviera a repetir todo el trabajo, le indicó que tenía que adoptar una postura que la obligaba a agachar la cabeza una y otra vez para que no la golpeara el pesado contrapeso de la máquina. Cuando dejó vacía la caja de piezas, también ella se sentía vacía. «Tenía el sentimiento estúpido de que no merecía la pena protegerme a mí misma».16 Las compañeras de Weil, horrorizadas por la orden de Mouquet, mostraron su «pena e indignación mudas» por lo que le habían hecho. En otra ocasión, trabajando en un horno en el que las llamas y el aire abrasador «le golpeaban en plena cara», Weil se quemaba constantemente. Uno de sus compañeros le enseñó a bajar la temperatura y otra le dirigió una «sonrisa triste, llena de simpatía fraternal» cuando la vio vencida por el regulador. Al rememorar estos sencillos gestos, escribió en su diario: «¡Qué gratitud se siente en momentos así!».17
Pero lo más habitual era que las condiciones laborales alimentaran el recelo y la desesperanza. Weil se dio cuenta de que «en esta vida, los que sufren no pueden quejarse. El resto no les comprenderán: quienes no sufren se burlarán de ellos y a quienes sufren les parecerán insoportables, pues ya tienen más que suficiente con su propio sufrimiento». La queja de una obrera ante un capataz era el primer paso para una posterior degradación. «Es humillante, ya que no tiene ningún derecho en absoluto y está a la merced de la voluntad de los jefes, que deciden en función del valor de la obrera y, en muchas ocasiones, en función de su capricho».18
Estas condiciones, entendió Weil, engendraban algo peor y mucho más sombrío que el mero sufrimiento. Y es que el capataz juzgaba la calidad de Weil no solo como trabajadora, sino también como ser humano, así que la desdicha provenía no tanto del sufrimiento físico como de la degradación psicológica. El asedio de los capataces inflexibles y la forma en que los objetivos de producción controlaban a los trabajadores, los despojaban de su dignidad humana. En apenas unos días, Weil ya señaló con horror que la fábrica «me hace olvidar las verdaderas razones por las que estoy en la fábrica».19
Incapaz, por una vez, de encontrar las palabras exactas, Weil tuvo que esforzarse para explicarles a sus amigos el estado mental en el que se encontraba. En sus cartas se limitaba a describir su experiencia como «inhumana»; en su diario describía a los trabajadores como «esclavos». Vas muriendo, dijo, «sin obtener nada a cambio… que pueda compararse a todo lo que pierdes con tu esfuerzo. En una situación así, te sientes un auténtico esclavo, humillado hasta en lo más profundo de tu ser». Antes de entrar en la fábrica, el Imperativo Categórico con falda habría escuchado con incredulidad una frase como esa. Cuando se fue de allí, aquella mujer abatida con indumentaria de obrera consideraba la servidumbre una condición prácticamente universal, una presión que aplasta a los trabajadores y a sus superiores por igual.
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Simone Weil no fue la única escritora de su tiempo que describió a los trabajadores manuales como esclavos contemporáneos. Un año antes de que Weil empezara a trabajar en Alsthom, otro profesor de educación secundaria tuberculoso y con los dedos amarillos por el tabaco publicó un reportaje sobre la vida de la clase trabajadora de París. En 1933, el editor de izquierdas Victor Gollacz publicó el primer libro de George Orwell, Sin blanca en París y Londres. Después, el joven Eric Blair, que ya había elegido el que pronto iba a ser el seudónimo con el que se haría famoso, explicó que «no sabía nada sobre las condiciones de la clase obrera» y quiso aprenderlo todo de primera mano. «Quería sumergirme personalmente, llegar al lugar de los oprimidos; ser uno de ellos y situarme en su lado frente a los tiranos».20
Orwell se había marchado a París en 1929 para dedicarse a escribir y se arruinó. En lugar de regresar a Inglaterra, donde podría haber trabajado como director de un colegio, decidió sumirse en el mundo de los plongeurs de París: los buceadores, que pasaban día y noche limpiando las ollas y los platos en los restaurantes de la ciudad. Las obligaciones diarias lo consumían. A las 6 de la mañana ya estaba corriendo hacia el metro y no regresaba a casa, en el último tren, hasta después de medianoche. Pasaba diecisiete horas, o incluso más, esquivando platos apilados en el suelo y restregando sartenes de cobre con arena y metal; sobrevivía a base de té y cigarrillos. El pequeño espacio en el que pasaba todo el día estaba rasgado por los silbidos de los fogones de gas, el estruendo de la cubertería y los insultos del cocinero. Fétido y mugriento, el lugar era, en palabras de Orwell, «perfecto como pocilga».21
La experiencia en el restaurante hizo que Orwell descubriera hasta qué punto la existencia de trabajos como aquel era desconocida para la mayoría de la gente. «Cuando uno se para a pensar en ello, resulta extraño que miles de personas en una gran ciudad moderna tengan que pasar todas las horas del día lavando platos en antros subterráneos asfixiantes». Quizá aún más extraño darse cuenta de que esos lugares impiden pensar. Así, la cocina del restaurante fue para Orwell lo que la fábrica de Alsthom para Weil: un lugar de esclavitud. «El plongeur es uno de los esclavos del mundo actual. No es que tengamos que llorar por él, pues su situación es mejor que la de muchos trabajadores manuales, pero aun así, no es más libre que si hubiera sido comprado y vendido… Si los plongeurs pudieran pensar, habrían organizado un sindicato y declarado una huelga para exigir mejores condiciones. Pero no pueden pensar porque no tienen tiempo para ello; su vida les ha esclavizado».22
Como tal vez podría esperarse viniendo de un escritor inglés, Orwell arremete contra el trato que se les daba a estos hombres y mujeres pero no se preocupa por el significado espiritual de la esclavitud. Weil, por su parte, solo ve esa dimensión, la de una fuerza ciega e implacable, y la tristeza que deja a su paso. Al igual que Orwell, creía que quien no ha vivido la desdicha no puede intentar entenderla, pero a diferencia de él, insiste en el carácter terrible y abrumador de esta desdicha. Supera nuestra capacidad de comprensión, escribe; es tan imposible hacérsela entender a otra persona como lo es describirle «los sonidos […] a un sordomudo».23 No es extraño que suframos de una u otra forma (después de todo, es lo que les corresponde a todas las cosas vivas), pero sí es admirable que también podamos llegar a conocer la desdicha. Para Weil «Es sorprendente que Dios le haya concedido a la desdicha el poder de apresar el alma de los inocentes e imponer sobre ella su soberanía».24
Pero olvidemos el caso del plongeur y abordemos, en su lugar, el de Job. Un hombre que, siendo totalmente inocente, es abandonado por Dios sobre un montón de ceniza, rascando los abscesos de todo su cuerpo, privado de todo y de todos a quienes alguna vez quiso. Cuando tres amigos encuentran a Job, pasa siete días en silencio junto a ellos y, después sintetiza la esencia de la desdicha: «Perezca el día en que nací» (Job: 3-3). El deseo de eliminar, no solo tu vida, sino también tu nacimiento, sirve para definir la naturaleza de le malheur. Job se pregunta: «¿A qué dar luz al desdichado/dar la vida al amargado del alma,/a los que esperan la muerte y no les llega» (Job: 3-20).25 Para Weil, el Libro de Job: «es un milagro porque muestra a la perfección cosas que una mente humana solo puede pensar y concebir cuando está sometida a un sufrimiento intolerable, pero que son informes en ese instante y se desvanecen y son irrecuperables cuando el sufrimiento se mitiga».26
Aunque sus amigos permanecieron sentados junto a Job en silencio durante toda la semana, estaban a mundos de distancia, y en su esfuerzo por explicar y justificar el destino de Job, dieron la espalda a su auténtico significado. Podían soportar ver sus forúnculos supurantes y los campos arrasados, pero no podían llegar al fondo de la desdicha que representaba todo aquello. La verdadera desdicha, insiste Weil, es tan poderosa, que no puede más que estremecernos. Solo «aparece si la miramos a cierta distancia».27 Por eso Weil creía que el Libro de Job era: «de principio a fin, una pura maravilla de verdad y autenticidad. Respecto a la desdicha, todo lo que se aparte de este modelo está, de una manera u otro, tocado por la mentira».28
Pero es posible que Weil no se refiera exactamente al principio y al final. Si lo hiciera, eso incluiría la historia-marco: los dos primeros capítulos con la descripción del carácter de Job y su posición social y la posterior apuesta entre Dios y su Adversario para poner a prueba la fe de Job; y el capítulo final, en el que, con evidente alivio, se cuentan las recompensas que concedió Dios al leal Job por su sufrimiento. A diferencia del poema que está en su centro, la historia-marco se remonta varios siglos y sus raíces están vinculadas al folclore. Y es aún más importante porque, si no fuera por el final feliz, quizá rechazáramos el poema en su totalidad.
Ocurre lo mismo con otra obra literaria que Simone Weil admiraba por cómo representaba la aflicción: El rey Lear. El gran crítico de Shakespeare, Samuel Johnson, habló en nombre de generaciones de lectores y de espectadores cuando dijo que «me impresionó tanto la muerte de Cordelia, que no sé si alguna vez soportaré volver a leer las últimas escenas de la obra». De ahí que prefiriera la versión de la tragedia que escribió Nahum Tate, en la que Cordelia sobrevive y Lear prospera. Resultó que también el público la prefería: durante un siglo y medio, la versión hollywoodiense de Tate desplazó al texto original.
Tenía mucho sentido que Simone Weil prefiriera la oscura versión original de Shakespeare. Se lo explicó en una carta a un joven inglés al que había conocido en 1937 en la abadía benedictina de Solesmes. Acababa de releer la obra, le decía, y su admiración ante la forma en que representaba la idea de tragedia era aun mayor. «Lear es un hombre abandonado por el cielo y por la tierra, indefenso y golpeado por la tristeza y la vergüenza. Hay algo grandioso en su sufrimiento, pues está roto, pero no doblado [sic]». Comparaba la lúgubre grandeza de Lear con la de los héroes de Sófocles citando varios pasajes que contienen «la esencia misma de la tragedia». culmina en la última intervención de Lear mientras mira el cuerpo sin vida de su hija: «¿Por qué está vivo un perro, un caballo o una rata y tú ni siquiera respiras?». Nada puede ser más desolador que este fragmento ni tampoco más definitivo, concluye Weil. Esta amargura «es mejor para el alma que el triunfo y el poder, porque hay verdad en ella».29
Pero Weil no es del todo fiel al texto. Por alguna extraña razón, omitió parte de las últimas frases de Lear: «¡No volverás nunca más, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca!». Y Lear, a punto de morir, mira a Edgar y le ruega: «Por favor, desabrochadme este botón. Gracias, señor. ¿Veis esto? ¡Miradla aquí…, mirad… sus labios…, mirad aquí…, mirad aquí!». En este momento de desesperación absoluta, Lear no está solo. Como Job, el rey caído tiene a tres amigos a su lado: Edgar, Kent y Albany, pero a diferencia de aquel, sus amigos asumen plenamente la devastadora tarea de compartir su aflicción, como se puede ver en las frases finales de Edgar, en las que echa a sus espaldas el peso de la situación: «… decir lo que sentimos, no lo que deberíamos decir. El anciano ha sufrido muchísimo; nosotros, que somos jóvenes, no veremos tantas cosas ni viviremos tantos años».
La verdad de Edgar es prácticamente inasumible e impronunciable, pero a él, al final, no le queda más remedio que asumirla y pronunciarla. Esa condición de testigo es la carga que Weil quería asumir. En su carta, toma la desdicha de Lear como punto de partida para abordar la de tantos otros: «¿Se dan cuenta de que hay millones y millones de personas que sufren prácticamente a cada instante, desde que nacen hasta que mueren? Es terrible que no haya aprendido a expresarse; dirían la verdad sobre el dolor».30 No contó que si esta verdad estaba inscrita en su ser era por su experiencia en una fábrica.
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El 10 de mayo de 1940, la llamada drôle de guerre («guerra de broma»), que enfrentaba a la Alemania nazi contra Francia y el Reino Unido y había comenzado el septiembre anterior, se recrudeció. Las fuerzas aéreas y terrestres de Alemania atravesaron las fronteras de Holanda y Bélgica, cambiando el rumbo de los ejércitos de ambos países y desplazando a su población hacia el sur. Pero Francia no era un buen refugio: cuando las divisiones Panzer, dirigidas por el general Hans Guderain, sorprendieron al mando militar francés adentrándose en las espesas Ardenas el 13 de mayo, el destino de Francia ya estaba escrito. Poco más de un mes después del avance de Guderain, el gobierno de Francia, que se había recuperado en muy poco tiempo, liderado por el líder de la Primera Guerra mundial, el mariscal Philippe Pétain, ya octogenario, propuso un acuerdo de paz. Pero cuando el 22 de junio los representantes de Francia y Alemania firmaron finalmente el armisticio, cientos de miles de ciudadanos franceses ya se habían unido a la oleada de refugiados belgas y holandeses. En su lento viaje hacia el sur, 10 millones de hombres, mujeres y niños fueron despojados de las leyes y apartados de las instituciones que los habían amparado hasta entonces y saturaron las carreteras del país a merced de las bombas de los Stukas y los discursos de odio.
El 10 de junio París fue declarada ciudad abierta, pero quedaban pocos parisinos para celebrarlo. De una población de 3 millones, París quedó reducida a 700.000 habitantes después de la guerra.31 Un informe policial del 13 de junio decía que París era «prácticamente un desierto».32 Pero un desierto en el que permanecían Simone Weil y sus padres. Fue Weil, convencida de que llegaría otro «milagro del Marne» (el resultado de un esfuerzo agónico con el que el ejército francés consiguió detener el avance alemán sobre París), la que insistió en quedarse, hasta que el 13 de junio asumió que era inútil esperar otro milagro. Ese día salieron apresuradamente hacia la Gare de Lyon, inmersos en una muchedumbre aterrorizada, y consiguieron subirse al último tren para huir de París. Cuando aquel tren abarrotado empezó a avanzar temblorosamente, Weil miró a sus padres y les dijo: «Prefiero que penséis que nunca vamos a volver a París».33 Sus padres acabarían regresando, pero la advertencia fue válida para ella misma: nunca volvió a ver la ciudad en la que había nacido.
Cuando el tren llegó a Nevers, una ciudad a 260 kilómetros al sur de París, los Weil creían que ya estaban a una distancia lo suficientemente segura entre ellos y el ejército alemán. Se bajaron del tren y consiguieron alojamiento en un molino abandonado por un milagro, esta vez más humilde, encarnado en Auguste Detoeuf, que casualmente estaba también en Nevers. Cuando se despertaron a la mañana siguiente, supieron que no se habían alejado lo suficiente: los soldados alemanes habían entrado durante la noche en la ciudad desarmada. Los Weil, junto a otros miles de refugiados, continuaron avanzando hasta Vichy y después hasta Marsella. En apenas unas semanas, habían visto cómo se desbarataban sus certitudes pasadas y se desvanecían sus planes futuros; su mundo estaba patas arriba y la fuerza de los soldados alemanes, que entonces parecía incontestable, había arrancado sus raíces.
Esta es la época en la que Simone Weil escribió su conocidísimo ensayo «La Ilíada o el poema de la fuerza». Para Weil, dijo René Girard, el auténtico Antiguo Testamento era la épica homérica.34 Este ensayo es una rareza, señala su amiga y biógrafa Simone Pétrement, porque es uno de los pocos de entre los suyos que no aborda directamente asuntos políticos y sociales contemporáneos.35 Su tema es la épica de Homero y el método es en cierta forma filológico: ella misma había traducido el poema tratando de ser todo lo fiel que fuera capaz al orden de palabras original, pero en su lectura de la Ilíada resuena el fragor de los tanques y los silbidos de los Stukas, la confusión en las estaciones de tren y el caos en las carreteras, las declaraciones de rendición y el rumor creciente de la resistencia. La tragedia que tuvo lugar al otro lado de los muros de Troya se revelaba en ese momento como poco más que un ensayo para la tragedia que transcurría al otro lado de los muros de París. Aunque varios milenios separaban las dos, en ambas se evidenciaba lo mismo: que la fuerza es irresistible y que es capaz de hacer cualquier cosa con los humanos.
En las primeras líneas del ensayo, Weil adelanta que el verdadero héroe de la Ilíada no es ningún guerrero —ni Héctor, ni Patroclo, ni siquiera Aquiles—, sino la propia fuerza, tan constante en los asuntos humanos como lo es la gravedad en relación al movimiento de los objetos físicos. Es la fuerza la que «esclaviza al hombre», «ante lo que el hombre da un paso atrás» y lo que «modifica el espíritu humano». Weil comprime el vasto periodo de tiempo que media entre la época de Homero y la suya para los lectores que no hubieran sido capaces de asumir la magnitud de los acontecimientos que les eran contemporáneos: «Quienes sueñen con que la fuerza es ya, gracias al proceso, cosa del pasado, tienen en este poema un documento; quienes saben que reconocer la fuerza, hoy como entonces, en el centro de toda historia humana, encuentran aquí el más bello y puro de los espejos».36
Era imposible que ese espejo no reflejara el caos y la confusión que se vivía en 1940. Cuando Simone Weil cita las palabras de Homero en las que Héctor, muerto a manos de Aquiles, muere lejos de los «baños calientes» que Andrómaca está preparando para él en Troya, conjura las imágenes de los civiles franceses que dormían a ambos lados de carreteras destrozadas por las bombas, ajenos al destino de sus hijos en el frente de batalla. Héctor no es el único que estaba lejos de esos baños: «Casi cualquier vida humana ha transcurrido siempre lejos de los baños calientes».37 Homero no permite que ninguna «ficción que reconforte» intervenga en su visión nítida de la fuerza, y Weil insiste en que los franceses vivieron una situación parecida a aquella entre la caída de las instituciones republicanas y la imposición de las instituciones autoritarias: durante este corto lapso de tiempo no cabían las ficciones reconfortantes. Aunque los ciudadanos no estuvieran interesados en la guerra —el caso, sin duda, de los compañeros pacifistas de Weil—, la guerra estaba interesada en ellos. Después de haber visto París vacía ante la proximidad de los alemanes y ahora que sabía que estos habían ocupado la ciudad, Weil asumía la magnitud del acontecimiento. Todo el poema, dice, «está cubierto por la sombra de la mayor desgracia (malheur) que se puede dar entre los hombres: la destrucción de una ciudad».38
Claro que París no estaba literalmente destruida. El chapitel de Notre-Dame y la Torre Eiffel se elevaban todavía sobre la ciudad, el Pont Neuf y el Pont des Arts cruzaban todavía el Sena y los grandes bulevares conectaban los grandes monumentos, como el Arco del Triunfo y la Plaza de la República. Pero los monumentos y edificios, ahora adornados con esvásticas nazis y residencia de funcionarios nazis, reflejaban el implacable barrido de la fuerza. Tanto como el colapso del ejército francés y el caos del gobierno, estos cambios en la superficie de la ciudad reflejaban lo ineluctable e inhumano de la fuerza. Este fenómeno, según Weil, «convierte en cosa a cualquiera que se someta a él. Cuando llega hasta el final, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues lo convierte en cadáver».39
La fuerza puede arrasar no solo a los hombres, sino también a aquellos que son algo más que hombres, como le ocurrió Aquiles. Enloquecido tras la muerte de su amigo Patroclo, un Aquiles furibundo regresa a la guerra. Con la ayuda de la diosa Atenea y ataviado con una armadura recién forjada, penetra sin piedad en las fuerzas troyanas. Cuando una de sus víctimas, Licaón, ruega por su vida, Aquiles le contesta con una serenidad aterradora:
Por esa razón, amigo, vas a morir. ¿Por qué te lamentas así?
También Patroclo ha muerto, y eso que era mucho mejor que tú.
¿No ves cómo soy yo también de bello y de alto?
Soy de padre noble, y la madre que me alumbró es una diosa.
Más también sobre mí penden la muerte y el imperioso destino.40
Al acabar este día teñido de rojo,41 la sed de venganza de Aquiles sigue viva. Ante la pira funeral de Patroclo, nos recuerda Weil, el héroe griego «degüella a doce jóvenes troyanos […] con la naturalidad con que se cortan doce flores para llevar a una tumba».42
Pero este acto retrocederá sin fin en el tiempo, dando lugar a las reacciones que destruirán a quienes las toman. Weil cree que Homero nos revela lo que no podían ver ni Aquiles ni sus compañeros: «Las consecuencias de sus actos acabarán también por doblegarles».43 No se trata de justicia, o no en el sentido sentimental del término. Al contrario, la ley que rige este fenómeno es tan impersonal como las leyes de la termodinámica. «La fuerza aparece en su fría dureza, siempre acompañada de efectos funestos a los que no puede escapar ni quien la ejerce ni quien la sufre».44 Esta es una verdad que ya había golpeado a Weil en Alsthom: este poder compete a la totalidad de los asuntos humanos, pero ningún humano lo controla, y «contiene una especie de fatalidad cuyo peso cae con la impiedad sobre los que mandan y sobre los que obedecen».45
Podría parecernos irónico que el poder retórico con el que Weil habla de la influencia de la fuerza sobre los asuntos humanos oculte cierta debilidad lógica. Su experiencia en Alsthom, por ejemplo, era bastante más compleja que la de llegar siendo un ser humano y marcharse siendo un objeto, después de haber sido tratada, tal y como ella insistía, como una esclava. Simone Weil sabía lo mismo que Orwell sobre su paso por los bajos fondos: que podía dejar ese mundo cuando quisiera. Pero los compañeros de Weil no disfrutaban de la misma libertan y no se quedaron quietos. Después de todo, las huelgas clamorosas de 1936, que paralizaron el país y dieron el poder al Frente Popular, sirvieron como muestra del carácter profundo y decisivo de la agencia humana. Además, las agotadoras exigencias de la fábrica, una fuerza que controla a los capataces y a los obreros con la misma crueldad, facilitaba que fueran transgredidos todos los mínimos exigibles de la decencia humana. Cuando asistimos a transgresiones como esas, señala Peter Winch, solemos decir: «No se comportan como seres humanos». Pero eso no significa que hayan dejado de ser «seres humanos». El significado es mucho menos trascendente, aunque quizá no más comprensible: que nuestros congéneres han quedado atrás de nuestra idea común de lo que es humano.46
Sin embargo, Weil se lanza tan rápidamente a exponer su tesis principal que llega a deformar la letra y el espíritu del poema de Homero. En su descripción de la escena entre Aquiles y Licaón, nos tranquiliza al contar que el héroe griego está apuntando con su lanza al troyano vencido. Pero si consultamos el poema, veremos que esa lanza está, en realidad, clavada en la tierra detrás de Licaón, arrojada apenas unos momentos antes por el propio Aquiles. Otro ejemplo es la escena, casi insoportable, en la que Príamo se presenta en la tienda de Aquiles para rogar que le devuelva el cuerpo masacrado de su hijo Héctor. Cuando el rey troyano se arrodilló ante Aquiles y se abrazó a sus rodillas, Aquiles, dice Weil, agarró del brazo al anciano y lo «empujó». No fue por insensibilidad, nos cuenta, por lo que Aquiles hizo lo que hizo. Por el contrario, fue «para liberar su postura y movimientos, como si, aferrado a sus piernas, no estuviera un hombre suplicando, sino un objeto inerte». El error de este comentario es, sin embargo, que la propia Weil dejara de lado una palabra esencial (que sí recuperó el profesor Robert Fagles en su traducción del poema): «Le tocó la mano y retiró con suavidad al anciano».47
Aunque por momentos, en efecto, violenta el texto, lo hace para captar mejor lo que ocurre cuando ejercemos violencia contra los demás. Esto es especialmente valioso en lo que respecta a las formas de violencia que vieron la luz gracias a la incubadora infernal del siglo xx. Simone Weil entendió con lucidez premonitoria las consecuencias del totalitarismo, tanto en la Rusia de Stalin como en la Alemania de Hitler. No hay dos naciones, advirtió, «con estructuras más parecidas»; el estado totalitario «ejerce control sobre casi cada aspecto de la vida individual y social; en todos ellos impone la misma militarización enloquecida y la misma uniformidad artificial a través de la coerción». Aun más, en ambas sociedades los verdaderos creyentes están «decididos a morir, y sobre todo a matar» al otro bando, y a cualquier otro grupo al que identifique como una amenaza.48
Al igual que Orwell y Camus, Weil fue una voz aislada en la izquierda que denunció el comunismo con la misma convicción con la que denunció el fascismo. Fue implacable con aquellos que insistían en defender que el estalinismo era una perversión del marxismo: «Descartes decía que un reloj averiado no es ajeno a las leyes de los relojes, sino un mecanismo diferente que obedece sus propias leyes; de igual forma, no debemos concebir el régimen estalinista como un Estado obrero averiado, sino como un mecanismo social diferente, definido por los engranajes que lo conforman y cuyo funcionamiento depende de esos mismos engranajes».49 Se podría decir, igualmente, que el racismo es una perversión del etnonacionalismo, o que el trumpismo es una perversión del populismo. En todos estos casos, la línea de la causalidad es directa y evidente.
*
«La aflicción fuerza al hombre a preguntarse constantemente “¿Por qué?”; una pregunta para la que no hay ninguna respuesta».50 La apreciación de Weil anticipa de forma asombrosa la experiencia de un escritor superviviente de Auschwitz: Primo Levi. En una ocasión, Levi consiguió alcanzar y romper un témpano de hielo sacando su mano por la ventana de su celda y un guardia se lo arrancó de las manos. Cuando preguntó al guardia por qué lo había hecho, este contestó: «Hier ist kein warum [Aquí no hay porqués]».
Si Simone Weil hubiera vivido lo suficiente para descubrir la naturaleza y la magnitud de la Solución final, no le habría sorprendido. Aunque la metódica deliberación y los medios técnicos hacen de Auschwitz algo único, la decisión de un Estado de exterminar pueblos enteros no lo es. La Historia avanza soportando el peso de actos premeditados de terrible inhumanidad. Para Weil, la Cruzada albigense era un ejemplo de esa conducta. Durante la guerra, Weil escribió dos ensayos sobre la civilización medieval de Languedoc, cuna de una brillante tradición literaria (sintetizada en las canciones de los trovadores) y hogar de una fascinante secta religiosa: los cátaros. Tras rechazar la autoridad del papa, los cátaros pusieron en práctica una forma purificada y severa del cristianismo. Convencidos del peligro que suponían los cátaros, la Iglesia de Roma y la monarquía francesa iniciaron la llamada Cruzada albigense, que consiguió que sus responsables se enriquecieran y que los cátaros fueran exterminados, dejando como legado tras la masacre «unas cuantas canciones de trovador, un puñado de textos sobre los cátaros y varias iglesias magníficas».51 Otra escritora, Zoe Oldenbourg, captó la naturaleza de esta cruzada en la descripción de la muerte de cientos de cátaros en la quema de la fortaleza de Montségur: «En apenas unas horas doscientas antorchas humanas amontonadas en el interior de la empalizada, una masa de carne ennegrecida y sangrienta, quedaron reducidas a un montón de cenizas que desprendían un espantoso hedor a carne quemada que descendía por el valle venciendo los muros de la fortaleza».52
La revista Cahiers du sud publicó los ensayos de Simone Weil sobre los cátaros durante el verano de 1942 con el seudónimo de Emile Novis. Usó este subterfugio por la misma razón por la que se había marchado de Francia a Estados Unidos: para proteger a sus padres, judíos como ella. Aunque, en una ironía que es una fuente de amarga controversia entre los lectores de Weil, ella no se consideraba judía; algo que puntualizaba cada vez que tenía ocasión, con ejemplos tan significativos como una carta al ministro de Educación, Jérôme Carcopina. Vetada como profesora en la educación pública por las leyes antisemitas de Vichy, Weil le explica detenidamente que no es judía ni en términos religioso ni raciales, y que se veía incapaz de encontrar ningún vínculo racial con «la gente que vivió en Palestina hace dos mil años». De hecho, decía, si «hay una tradición religiosa que tengo por mi patrimonio, es la tradición católica».53
No es ninguna sorpresa que no obtuviera nunca una respuesta, pero sí sorprende que Simone Weil no solo llegara a asumir el catolicismo como parte de su patrimonio francés, sino que también hiciera de él la sustancia y el andamiaje de su visión del mundo. Por supuesto, esto no siempre fue así. Cuando todavía era una estudiante, Weil escribió: «Creo que el problema de Dios es un problema para el que nos faltan datos aquí abajo y para el que el único método que se me ocurre si no se quiere resolver en falso, que es para mí es el peor de los errores, es no plantearlo».54 Pero el problema, si esta es la palabra adecuada, no la dejaría en paz fácilmente. Poco después de resurgir, exhausta y vacía, de su experiencia fabril en 1935, acompañó a sus padres en un viaje a Portugal. Una tarde, en un pueblo costero «miserable», vio a las mujeres de los pescadores un ritual religioso: iban de barco en barco mientras entonaban «cánticos muy antiguos, de una desoladora tristeza». En ese lugar y en ese momento, dijo «De pronto tuve la certeza de que el cristianismo es la religión de los esclavos por excelencia y de que los esclavos no pueden no adherirse a ella, yo entre ellos».55
En poco tiempo, esta lúgubre epifanía condujo a otras dos. La más relevante fue una experiencia en la abadía de Solesmes, al norte de Francia, en 1938. Asediada por las migrañas, pasó diez días atendiendo a todos los servicios litúrgicos y se dejó hundir en los cánticos. A pesar de esto, o quizá por ello, «sentía cada ruido como un golpe; y un esfuerzo de atención extremo me permitía salir de esta carne miserable, dejarla sufrir sola, aislada en su rincón, y encontrar una alegría pura y perfecta en la belleza inaudita del canto y de las palabras». Solesmes fue para ella un camino de incursión en la naturaleza del amor cristiano; un camino que Weil terminó con «el pensamiento de que la Pasión de Cristo había entrado en mí de una vez por todas».56 Después le confesaría a Joseph-Marie Perrin que «nunca había pensado en la posibilidad de un… contacto real, en persona, aquí abajo, entre un ser humano y Dios».
Para muchos lectores, este «contacto» supuso una ruptura en el pensamiento de Simone Weil que fue capaz de abrir una frontera entre sus visiones filosófica y teológica de la humanidad. Para otros, no fue tanto una ruptura como una vía para enriquecer las preocupaciones que habían guiado hasta entonces su filosofía. Este parece ser el caso, por ejemplo, de su idea de malheur. Para Weil, lo que alimentó las llamas de su auto de fe en Montségur, no fueron, o dejaron de ser, los seres humanos, porque los invasores extranjeros, al igual que hizo Aquiles con los troyanos, los habían reducido a objetos. Así es como funciona la aflicción: «despoja a quien toma de su personalidad y los convierte en cosas».57 No hay ningún contenido metafísico en esta idea y eso quizás haga que sea aun más difícil de entender. La aflicción, como el fuego, puede llegar a consumir completamente nuestro ente físico, pero, a diferente del fuego, comienza por destruirnos como seres sociales y psicológicos. En su peor momento, nos reduce, si no a la cáscara muerta de lo que alguna vez fuimos, a algo igualmente espantoso: a un ser guiado únicamente por el instinto de supervivencia, alguien que «se aferra ciegamente a todo aquello que pueda servirle de apoyo, como una planta se aferra a sus zarcillos». Insatisfecha con esta comparación, Weil va más lejos para expresar el horror de este estado. Un ser humano aplastado por le malheur siempre es «horrendo como lo es la vida al desnudo, como un muñón o una plaga de insectos».58
Esta imagen puede parecer extrema de por sí, pero lo es aun más si la ponemos bajo el prisma de la fe religiosa. Mientras se «deje de lado» el tema de Dios, como había hecho Weil durante la mayor parte de su vida, la presencia de la aflicción en nuestras vidas es desgarradora, pero no particularmente enigmática. Es la consecuencia inevitable de un mundo gobernado por fuerzas que están mucho más allá de nuestra comprensión, por no hablar de nuestro control. Cuando añadimos a Dios a esta ecuación, hacemos de un estado de cosas funesto, pero comprensible, uno funesto y confuso. Esta fue, entendemos con Weil, la verdadera tragedia de Job. ¿Qué nos queda hacer o pensar si el estado de necesidad y la preponderancia de la desdicha es obra de Dios?
*
No voy a abordar esta pregunta, y si lo hiciera no podría dar ninguna respuesta, porque no la hay. De momento, me centraré en la postura oscura y contradictoria de Simone Weil sobre le malheur. Por un lado, Weil nos dice que no se puede decir nada para describir la aflicción; insiste en que es el grado cero de la miseria humana: no hay un estado más devastador para un ser humano ni un estado que niegue más completamente nuestra humanidad y destruya más nuestro sentido mismo del yo. «Nada en el mundo nos puede arrebatar el poder de decir “yo”. Nada excepto la aflicción».59 Es el signo de la esclavitud, demasiado abominable para quienes han escapado de ella como para sean capaces de echar la vista atrás. La única reacción que despierta es «asco, odio y horror».60 O, sencillamente, espanta y ahuyenta a los demás de la persona afligida: «La visión de un hombre afligido ahuyenta cualquier tipo de atención».61 Para Weil solo hay un observador capaz de mirar cara a cara a la miseria: «La contemplación de la miseria humana te arrebata hacia Dios y únicamente cabe contemplarla en el prójimo a quien se ama como a uno mismo».62
Pero hay otro aspecto perturbador, porque Weil sí creía que se podían decir cosas de le malheur: dedica, de hecho. una cantidad de atención inquietante a esta condición y a veces parece extremadamente apegada al concepto y la realidad que busca describir. Como a Víctor Frankenstein, su creación le horroriza tanto como le obsesiona. En su descripción de la aflicción, apunta Mary Dietz, hay algo mórbido que le hace correr el riesgo de convertirla en un fetiche.63
Auguste Detoeuf conocía bien la atracción de Simone Weil por las posturas extremas. En 1936, dos años después de su paso por la fábrica, Weil le contó a su antiguo jefe una conversación entre dos empresarios que escuchó en un tren. Aquellos dos hombres «bien vestidos y alimentados» se quejaban de las huelgas que se extendían por toda Francia y con las que, creían, tenían mucho perder en caso de que tuvieran éxito. A Weil le admiró que aquellos empresarios potentados y corpulentos consideraran que el hecho de que los obreros reivindicaran sus derechos no era más que una «monstruosa injusticia». Detoeuf le contestó que, en efecto, muchos empresarios carecían de cualquier sentido cívico o compromiso social. Pero también le sugirió que se equivocaba al prestar la misma atención a aquellos empresarios que a los obreros. La instó a olvidarse de «lo que haya de grotesco y odioso en el hecho de ser corpulento y estar bien alimentado». Si ella se pusiera en su lugar, descubriría que «a menos que estos hombres fueran algo más que humanos, difícilmente podrían pensar y sentir de otra forma». Estaban convencidos de que su bienestar material estaba en riesgo y respondían como lo hubiera hecho la propia Weil si hubiera visto amenazado su bienestar mental. Creían de verdad que el final de su mundo, que era el único que conocían, estaba cerca. «Tienes que usar tu propia imaginación para intentar entender que esos hombres no tienen tanta imaginación como les supones. Para ellos, no tener algo que puedan perder significa renunciar a todo lo que constituye su existencia».64
Detoeuf tenía razón. Paradójicamente, la limitación de la imaginación de Weil es que parece ilimitada. Su astucia para sondar la condición humana llega tan profundo que corre el riesgo de olvidar a aquellos que se quedan en la superficie de las cosas. En un texto inédito, Weil deja claro que era consciente de este problema. «Sentimos nuestra personalidad», escribió, «como una especie de límite… pero también está ahí para darnos un sostén, y necesitamos creer que hay cosas que nunca seríamos capaces de hacer, decir o pensar porque no encajan con nuestro carácter». Esto, concluye de forma escueta, «a menudo no es cierto».65 Como hemos visto, la fuerza de la necesidad puede fulminar nuestras expectativas, igual que nuestras personalidades, de un día para otro.
Tras su lacónica conclusión se esconde una cruda verdad. Podríamos debatir si Simone Weil se preocupó demasiado o dedicó demasiado tiempo al tema de la aflicción; lo que es menos discutible es que consigue apuntalar a una incómoda verdad. Aunque adopta muchas formas, podemos estar tan seguros de que existe le malheur, como las muchas estrategias que usamos para negarla o no prestarle atención. Weil insiste en que le malheur no tiene un valor per se, sino que depende de cómo nos enfrentemos a ella: si puede llegar a acercarnos a algo tan elevado como la sabiduría, dependerá de qué pensamos que es la sabiduría. Si consideramos que virtudes como la empatía, la compasión, la tolerancia y la moderación constituyen parte de la sabiduría, no será una mala herramienta.
1. Kuisel, Richard. «August Detoeuf, Conscience of French Industry: 1926-1947», International Review of Social History 20, 1975.
2. Weil, Simone. La condición obrera, Madrid: Trotta, 2014.
3. Reynaud, Anne. Leçons de philosophie: De Simone Weil, Roanne, 1933-1934, París: Plon, 1959.
4. Pétrement, op. cit.
5. Weil, Simone. Opresión y libertad. Ensayos de crítica social y política, Página Indómita: 2020.
6. Pétrement, op. cit.
7. Opresión y libertad, cit. ant.
8. Opresión y libertad, cit. ant.
9. Opresión y libertad, cit. ant.
10.Opresión y libertad, cit. ant.
11. La condición obrera, cit. ant.
12. La condición obrera, cit. ant.
13. La condición obrera, cit. ant.
14. La condición obrera, cit. ant.
15. La condición obrera, cit. ant.
16. La condición obrera, cit. ant.
17. La condición obrera, cit. ant.
18. La condición obrera, cit. ant.
19. La condición obrera, cit. ant.
20. Citado en Crick, Bernard. George Orwell: la biografía, Madrid: Ediciones El Salmón, 2020.
21. Orwell, George. Sin blanca en París y Londres, Madrid: Debate, 2015.
22. Sin blanca en París y Londres, cit. ant.
23. A la espera de Dios, cit. ant.
24. A la espera de Dios, cit. ant.
25. Sagrada Biblia, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1985.
26. Oeuvres complètes VI. Cahiers, cit. ant.
27. A la espera de Dios, cit. ant.
28. A la espera de Dios, cit. ant.
29. Oeuvres complètes V. Écrits de New York et de Londres, cit. ant.
30. Oeuvres complètes V. Écrits de New York et de Londres, cit. ant.
31. Kedward, H.R. France and the French, Nueva York: Abrams, 2006.
32. Vinen, Richard. The Unfree French, New Haven, CT. Yale University Press, 2007.
33. Pétrement, op. cit.
34. Gabellieri/L’Yvonnet, op. cit.
35. Gabelliei/L’Yvonnet, op. cit.
36. «La Ilíada o el poema de la fuerza», en La fuente griega, Madrid: Trotta, 2005.
37. «La Ilíada o el poema de la fuerza», cit. ant.
38. «La Ilíada o el poema de la fuerza», cit. ant.
39. «La Ilíada o el poema de la fuerza», cit. ant.
40. Homero. Ilíada, Canto XXI: 105-110, Madrid: Gredos, 2020.
41. Esta frase está tomada del título del poeta Christopher Logue, All Day Permanent Red, uno de los libros en los que «adapta» la Ilíada al inglés moderno.
42. «La Ilíada o el poema de la fuerza», cit. ant.
43. «La Ilíada o el poema de la fuerza», cit. ant.
44. «La Ilíada o el poema de la fuerza», cit. ant.
45. Opresión y libertad, cit. ant.
46. Winch, Peter. Simone Weil: The Just Balance, Cambridge: Cambridge University Press, 1989.
47. Homero, op. cit., Canto XXIV: 508.
48. Weil, Simone. «Le pouvoir des mots», en Oeuvres complètes, París: Gallimard, 1988.
49. Opresión y libertad, cit. ant.
50. Oeuvres complètes VI. Cahiers, cit. ant.
51. «La agonía de una civilización vista a través de un poema épico», Escritos históricos y políticos, Madrid: Trotta, 2007.
52. Winch, op. cit.
53. Pétrement, op. cit.
54. A la espera de Dios, cit. ant.
55. A la espera de Dios, cit. ant.
56. A la espera de Dios, cit. ant.
57. A la espera de Dios, cit. ant.
58. Weil, Simone. La gravedad y la gracia, Madrid: Trotta, 2007.
59. La gravedad y la gracia, cit. ant.
60. La gravedad y la gracia, cit. ant.
61. La gravedad y la gracia, cit. ant.
62. La gravedad y la gracia, cit. ant.
63. Dietz, Mary. Between the Human and the Divine: The Political Thought of Simone Weil, London: Rowman & Littlefield, 1988.
64. Kuisel, Alfred, op. cit.
65. Citado en Nevin, Thomas. Simone Weil: Portrait of a Self-Exiled Jew, Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1991.
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