Kitabı oku: «El último año en Hipona»


EL ÚLTIMO AÑO
EN HIPONA

EL ÚLTIMO AÑO EN HIPONA
© Roberto Carrasco Calvente
© de la imagen de cubiertas: Martha R. Barilari
Diseño de portada: Martha R. Barilari
Iª edición
© Editorial La Calle, 2015.
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ISBN: 978-84-16164-37-0
Nota de la editorial: Editorial La Calle pertenece a Innovación y cualificación S. L.
ROBERTO CARRASCO CALVENTE

EL ÚLTIMO AÑO
EN HIPONA

Editorial La Calle
ANTEQUERA 2015
Índice
Portada
Título
Copyright
Índice
PRÓLOGO LA VALENTÍA DE SER
PRIMERA PARTE EL ÚLTIMO AÑO EN HIPONA
1
CAPÍTULO PRIMERO: LOS IMPULSOS DE JULIO DURÁN
2
CAPÍTULO SEGUNDO: EL TRAIDOR ROBIN DE LOS BOSQUES
3
CAPÍTULO TERCERO: CUANDO EL CUCO NO DEJA DORMIR A ELÍAS TERENCIO
4
CAPÍTULO CUATRO: LA ÚNICA EXPLICACIÓN POSIBLE
CAPÍTULO QUINTO: «…»
5
CAPÍTULO QUINTO (CONTINUACIÓN)
6
7
CAPÍTULO SEXTO: EL COCHINO DEL VERANO
8
EVA
9
SEGUNDA PARTE LOS CHICOS DEL HIPONA
ÓSCAR Y EMILIO
SILVERIO CAMPOS
MICHI
ENTREACTO
CORNADA
ELÍAS TERENCIO
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
PRÓLOGO
LA VALENTÍA DE SER
No es sencillo mirar atrás. Pasamos demasiados años construyéndonos a nosotros mismos como para que resulte fácil adentrarnos en los recuerdos de cuando aún no sabíamos quiénes éramos. O de cuando empezábamos a serlo.
En El último año en Hipona se aborda esa mirada hacia el ayer y el dolor —en forma de catarsis— que provoca. En sus páginas, asistimos a la creación de una novela que pretende ser un ajuste de cuentas de su atormentado creador, Mario, con su ayer. Un juego metaliterario de raigambre cervantina —el libro que se escribe a sí mismo— que no se plantea como un simple capricho intelectual, sino que permite a su autor, Roberto Carrasco, indagar en la capacidad sanadora de la literatura, en la posibilidad de convertir el hecho creativo en un exorcismo que nos lleva a dar forma a nuestros fantasmas, miedos y frustraciones.
Sombras que siempre nacen en un lugar y en un tiempo muy concretos. Igual que aquí. En este caso, el espacio donde habita la memoria es un internado que alberga una historia de amor y de misterio, una trama en la que se combinan motivos de la novela gótica con necesarios guiños a la novela histórica. En ella, más allá de la ficción —llena de acción y giros inesperados—, late la voluntad de dar voz a quienes, solo unas décadas atrás, vieron su vida, su sexualidad y su libertad condenadas y amputadas durante los años de la Dictadura. Hombres y mujeres que, como los niños y adolescentes del Hipona, sabían que ser implicaba arriesgarse, porque no había forma de conjugar ese sencillo verbo (soy, eres, somos) sin jugarse la vida en un tiempo donde la diferencia era objeto de condena y escarnio. Un tiempo que no acabó en 1975, sino que pervivió en nuevas batallas a favor de la consecución de unos derechos que, aún hoy, siguen necesitando de la acción y del compromiso, no solo de la comunidad LGTB, sino de toda la sociedad. Las heridas, tal y como se cuenta en esta novela, no solo pertenecen a quienes lo sufren, sino también a cuantos son testigos —y cómplices mudos— de cada una de ellas.
Construido en dos tiempos y espacios que coinciden lenta e inexorablemente en uno solo, este juego de espejos nos invita a conocer la historia de amor de Julio y de Damián pero, sobre todo, a buscar en sus miedos y en sus dudas un reflejo de las que también nosotros —sea cual sea nuestra orientación— sentimos en algún momento. Porque nada hay tan complejo ni tan laborioso como construir la identidad y, aunque el tiempo parezca camuflar esas cicatrices, alguna queda en el yo que somos de aquel yo que fuimos. De esa infancia y de esa adolescencia en la que, seguramente, no tuvimos que abordar los peligros que acechan a los protagonistas en este cruel internado, pero donde sí nos tocó recorrer nuestros propios recodos oscuros y dolorosos. Somos aquello que fuimos, igual que Mario es —en cada página−todos los personajes que recuerda —¿inventa?— en esta historia. Por eso lo acompañamos en su viaje, porque entendemos cómo le atormenta cuanto calla y recordamos, a través de su periplo, que también nosotros guardamos una secreta novela, una historia que quizá aún no hemos escrito y que esconde sus palabras y personajes en nuestro interior.
Son muchos los nombres —y las vidas−que habitan en estas páginas. Historias y biografías que orbitan en torno a la pareja protagonista y que, aunque a veces son simplemente esbozadas, consiguen hacerse visibles y rotundas a través de las pinceladas con las que las construye su autor. Roberto Carrasco nos ofrece un mosaico de vidas envueltas en una atmósfera de pesadilla y elabora con todas ellas la memoria de un tiempo que sus protagonistas intentan no olvidar para evitar que el dolor haya sido en vano. El recuerdo amargo de unos años que, quizá, no queden tan lejos como nos gustaría.
Porque si hay algo que se percibe con claridad en estas páginas es su beligerancia. Su firme compromiso a favor de los derechos LGTB, de la visibilidad y de la igualdad real. Una defensa que late tanto en las palabras del doble narrador —el autor intradiegético y el autor extradiegético— como en las de sus personajes. En todos ellos vive el recordatorio de que solo se puede vencer a los monstruos de Hipona —en el ayer, en el hoy y en el mañana— mediante la memoria y la lucha. Porque aunque sean muchos los pasos que se hayan avanzado, aún son muchos otros los que nos quedan por recorrer.
Adentrarse en los pasillos del Hipona y desentrañar los misterios que en él se ocultan es un modo de conocer hasta qué punto los límites externos y las convenciones sociales pueden llegar a truncar una vida. Un descenso a los infiernos de la sinrazón y de la intransigencia que solo los más valientes se atreven a desafiar. Héroes improvisados que, como los que habitan estas páginas, solo persiguen una meta: su identidad.
Construida como un thriller emocional con firme voluntad crítica, El último año en Hipona oscila entre la ternura y la sensualidad, el terror y el intimismo, la reflexión y la vivencia. Una historia escrita en esa ambigua frontera que componen el recuerdo y la ficción, obligando al lector a recomponer por sí mismo el rompecabezas y situar en él sus personajes y sus historias. Solo entonces habremos descubierto qué sucedió ese último año. Y qué hay de sus personajes en cada uno de nosotros.
Fernando J. López
PRIMERA PARTE EL ÚLTIMO AÑO EN HIPONA
1

La separación entre las dos camas es un abismo. Hace años que Mario no duerme junto a su esposa, él sabe cuánto tiempo exactamente, cuántos días, cuántas horas y minutos. Imagina que ella también calcula lo que dura aquella edad de hielo y que, al igual que él, actúa como si no pasara nada. Mario se ha despertado a las siete, cada noche duerme menos. Le duele la cabeza y la espalda, le duele el alma y lo que hay por debajo del alma. Contempla el rostro de Marga, que aún conserva su belleza, su encanto. Mario piensa en la injusticia que planea sobre sus vidas y no puede evitar sentirse culpable, quizá sea él el responsable de que se hayan convertido en un par de sombras tristes habitando una casa fría, gris y antigua. Esa voz que a veces le aconseja, que bien puede ser la voz de la conciencia o la de una musa fiel, susurra un nombre. No es la primera vez que lo hace, es el mismo nombre que enterró cuarenta años atrás, pero que, desde el atentado, sale a flote cada mañana, como si la memoria fuese un lago sin fondo y aquel recuerdo, un trozo de corcho rebelde. «Hipona», murmura Mario. Y entonces, Marga abre los ojos y siente que su matrimonio no es más que un alga frente a un glaciar.
—Buenos días, cariño —dice ella con voz acaramelada y fingida. No es así como le gustaría dar los buenos días, como si pretendiese ser una princesa cuyo colchón no esconde guisantes.
—Buenos días.
—¿Quieres que te alcance la pierna, cariño?
—No, ya puedo yo solo.
Mario se incorpora y coge la pierna ortopédica que descansa junto a su cama. Le pone nervioso que Marga lo vea como un minusválido, como una víctima, y prefiere obviar que, algún tiempo atrás, lo primero que hacía por las mañanas era calzarse sus zapatillas y que, ahora, es una pierna lo que ha de ponerse. Mario sabe cuánto tiempo lleva obviando ese hecho. Es el mismo tiempo que lleva sin dormir junto a Marga. Exactamente, los mismos días, las mismas horas y los mismos minutos. Puede ser que el 11M fuera, al fin y al cabo, la excusa perfecta para no tener que abrazarla más.
—¿Quién es Hipona, cariño?
Mario contempla la tostada quemada y la nata que flota sobre la superficie del café. No sabe cuánto tiempo espera antes de responder la pregunta que le hace su esposa.
—El lugar donde transcurre mi nueva novela —dice finalmente.
Marga es invadida por un repentino ataque de buen humor. Se pone de pie, se acerca a su marido y lo besa en la mejilla.
—¡Sabía que llegaría este día! ¡Eres el mejor, cariño!
Mario también sabía que este día llegaría. Esboza una sonrisa cansada y le devuelve el beso a su mujer.
—Me gustaría hacer un viaje para documentarme.
—¿No será un nuevo libro de Escuela de magos?
—No, este es diferente. Es también sobre un colegio, pero no tiene nada que ver con los magos.
—¡Mario! ¡No sabes la alegría que me das!
Y, de tanta que es la alegría, Marga llora y ríe y abraza a Mario y lo besa y le dice que claro que sí, que pedirá unos días en la galería, que pueden hacer un viaje y dos y tres si hace falta. Los ojos de Mario no pierden el poso de tristeza, de ser testigos de una vida demasiado feliz y brillante a la que ya no pertenecen. Su mujer sabe que es la marca de todos los que sobrevivieron en aquel tren y de todos los familiares de aquellos que no sobrevivieron.
—Vamos a un pueblo que se llama Hoyoseco. Está en el sur, pasando Despeñaperros.
—Me dejas sin palabras, en serio. No sabes lo mucho que me gusta verte en activo otra vez, que tengas una nueva historia que contar.
Mario termina el café, no le dice a Marga que quizá no sea una nueva historia, que de hecho se trata de una historia vieja, apolillada y olvidada. De una historia que decidió no contar nunca y que ha decidido liberar de su prisión, empujado por la ira, por la decepción y la melancolía. Puede que haya más motivos para revivir el cuento sobre ese viejo colegio, un colegio donde no estudian magos ni niños felices, pero por el momento, su mente los mantiene en el fondo del lago.
—Voy a empezar a escribir hoy mismo. —Es lo siguiente que dice Mario.
Marga sabe entonces qué hacer, dejar solo a su marido en su despacho, sin ruidos, sin molestias, durante horas. Sabe que la mejor compañera del escritor es aquella a la que no le importa desaparecer cuando este se encuentra en pleno proceso creativo. Se hizo invisible durante los cinco primeros libros de Escuela de magos y lo hará también en este. Cuando llegue el momento de partir para Hoyoseco, ella lo llevará, será la asistente incondicional, la conductora discreta, la esposa enamorada. Intentará olvidar los resquicios de insatisfacción y los reproches caducados que guarda en su interior.
El reloj del ordenador dice que son las nueve en punto. Mario enciende el procesador de textos, pero, hasta las nueve y veinte, no escribe nada. ¿Por dónde debe empezar? ¿Por la última vez que vio a sus padres? ¿Por el día que llegó al colegio? No, sabe que debe empezar por el día que fue castigado. Aquella noche lo cambió todo. Mario teclea rápidamente el título de la novela. Tras años, él sabe cuántos años, claro que lo sabe, sin intención de retomar su carrera literaria, ha llegado el título de su nueva obra. Como le ha pasado desde que comenzó a interesarse por la escritura, los títulos, las historias, las palabras adecuadas y el orden en el que han de colocarse le vienen de una manera intuitiva, casi divina, como si fuera poseído por algún tipo de espíritu o fuerza que tomase el control de sus dedos y de su mente. «Es un gran título», piensa Mario. Pero, al mismo tiempo, le da miedo enfrentarse a la historia que sobreviene y, aún más, enfrentarse al día en el que la gente lea la historia y sepa lo que ocurrió en el San Agustín de Hipona. El último año en Hipona. A continuación, se dispone a relatar lo que aconteció tras aquel castigo.
CAPÍTULO PRIMERO:
LOS IMPULSOS DE JULIO DURÁN

Una gruesa capa de niebla cubría el campo de fútbol y, en la oscuridad, era lo único que Julio Durán podía distinguir. A lo lejos, don Manolo los amenazaba con pisarles el hígado si no seguían corriendo. Ni siquiera había luna. El frío se le pegaba en la piel como un doloroso compañero de castigo. Por un momento, se preguntó quiénes serían los demás. Ralentizó el paso para que alguno de ellos pudiese alcanzarlo. En circunstancias normales, no lo hubiese hecho, estaba acostumbrado a ser siempre el primero y le gustaba ganar. Pero aquello no era una carrera, era un dar vueltas y más vueltas y más vueltas a medianoche, sin un objetivo ni una meta. Don Manolo le gritó que fuera más rápido. ¿Cómo era posible que viera en una noche como aquella? «Los profesores siempre lo ven todo —pensó—. Lo saben todo». Por eso había acabado en el grupo de los castigados nocturnos. Porque se habían enterado de lo ocurrido en las duchas.
Unos pasos arrastrados se acercaron tras él. Julio esperó a que pasara a su lado. No fue una gran sorpresa descubrir que se trataba de Damián. Era un llorica de la clase B, siempre intentando escaquearse a la hora de Gimnasia, siempre perdiendo el recreo leyendo novelas y las tardes escribiendo cuentos o cartas o solo Dios sabía qué. Era un rarito. Y todos sabían lo que pasaba con los raritos, que no se graduaban. Aceleró el paso para alcanzarlo de nuevo, lo que no le supuso trabajo alguno, y, arriesgándose a que el profesor cumpliera sus amenazas si lo oía, le habló.
—¿Por qué te han castigado? —susurró.
Damián no le contestó. No le llegaba suficiente aire a los pulmones como para correr y hablar al mismo tiempo. Su pecho subía y bajaba a un ritmo vertiginoso bajo el pijama gris. A él tampoco le había dado tiempo a vestirse, lo había despertado el profesor a medianoche dando gritos y zarandeándolo de un brazo. Así eran los castigos en el San Agustín de Hipona, inesperados. Detrás, se oían los lamentos y llantos de otros que, sin resuello, daban asimismo vueltas alrededor del campo de fútbol. No había duda de que se trataba de un grupo de pequeños. ¿Qué habrían hecho tan malo aquellos niños para acabar en su misma situación?
—¡A los cuartos! ¡Se acabó la fiesta!
Don Manolo los trataba como ganado. Era normal considerando que tenía el tamaño de un cíclope y que para él no eran más que ovejas. Estaba seguro de que, desde arriba, a don Manolo, todos los niños le parecían iguales. Había sido militar, al menos eso decían, y había matado a muchos rojos en la guerra. El caudillo en persona había alabado su buen hacer. Julio no se explicaba por qué, si era tan importante para la nación, había acabado enseñando Gimnasia en el colegio, pero tampoco se atrevía a preguntar.
Ni siquiera se despidió de Damián, era demasiado tarde para conversaciones y hacía demasiado frío. Atravesó la pista de tierra en la que, durante el día, jugaban a la pelota y cruzó el patio hasta llegar a la residencia. Era un edificio cuadrado y siniestro. Y de noche lo era aún más. Pero a él nada le daba miedo, era el mejor de su promoción o, al menos, lo había sido hasta aquel momento. Esperaba que aquel incidente no manchara su expediente, que sus pecados hubieran quedado absueltos gracias a correr bajo el relente de enero. No podía evitar que una pequeña sombra parpadeara ahí donde debía haber luz y esperanza por finalizar el último curso y comenzar una nueva vida más allá de esos muros. ¿Y si algo evitaba que todo saliera bien? La pequeña sombra volvió a parpadear porque sabía una posible respuesta. Julio la ignoró y entró en la residencia. A oscuras, intentando no tropezar, subió las escaleras y entró en su habitación. Los chicos habían vuelto a quedarse dormidos. Esperaba que cumplieran el juramento. Siempre habían dicho que si algún día castigaban a alguno de ellos, nadie lo sabría, que el secreto no saldría del cuarto que los cinco compartían. Nunca hubiesen imaginado que tendrían que tapar al alumno aventajado, al capitán del equipo de fútbol, al chico más popular de la clase A.
A la mañana siguiente, justo después del desayuno, cuando los alumnos del San Agustín de Hipona abandonaban el comedor y se dividían en grupos para acudir a clase, Tomás se acercó a Julio. Tenía un mensaje que darle. Julio se puso nervioso, nunca lo había admitido, pero de temer a alguien le temería a él. No le gustaría encontrarse en una pelea contra aquel grandullón. Le sacaba dos cabezas, tenía los brazos anchos y peludos, así como las piernas, musculosas como las de una escultura griega. Lo odiaba y no había duda de que el sentimiento era mutuo. Además, y esto era un secreto que pretendía guardar bien en el fondo, donde los mil ojos de los profesores no eran capaces de llegar, todo lo sucedido había sido por su culpa. Desde pequeños, habían sido esa clase de enemigos naturales, como Caín y Abel, como Edmond Dantès y el barón Danglars, y, si nunca habían llegado a las manos, había sido por un pacto tácito en el que cada uno respetaba el territorio del otro y a sus aliados. Una confrontación entre Julio y Tomás habría sido la confrontación de dos planetas, de dos titanes igual de poderosos. Tomás no se metía con la clase A y Julio respetaba a los chicos del coro, a los que Tomás dirigía. Este tratado de paz en el colegio era tan antiguo como ellos y así debía permanecer. Eso sí, algo estaba claro. Al ser su archienemigo el responsable de los cánticos en misa y de deleitar a las visitas del exterior que solían pasar la Navidad en el colegio, normalmente militares, religiosos o doctores, este era el preferido de gran parte del profesorado, si bien Julio lo superaba con creces en inteligencia, belleza y agilidad.
—Don Raimundo quiere que subas a su despacho.
Tomás tenía la voz más ronca de entre todos los estudiantes. La había tenido así desde hacía años, cuando había empezado a salirle pelo donde ningún otro tenía.
Julio asintió y le dio las gracias sin llegar a ser cordial. Tomás murmuró algo a sus espaldas y, como si en lugar de palabras le hubiera lanzado un dardo anestesiante, dejó de caminar y sintió que su corazón dejaba de latir por una milésima de segundo. Se dio media vuelta, sin saber muy bien por qué ni qué sucedería a continuación.
—¿Qué es lo que has dicho? Repítelo si tienes huevos.
—Que sé lo que pasó. Estás metido en un buen lío.
Julio se vio tentado a lanzarse sobre él, a cerrar el puño y a golpearlo hasta hacerle perder la consciencia. A escupir sobre su rostro magullado y dejarle claro que, a pesar del incidente, no dejaría de ser el que mandaba en la clase A y que haría papilla a quien hiciera falta para que nadie se enterara de lo sucedido... Pero no lo hizo. Corrió escaleras arriba, huyendo no solo del enfrentamiento, sino de lo que acaba de oír. ¿Tan amigo era de los profesores? ¿Ellos le habían contado lo que había pasado el día anterior en las duchas? ¿Lo sabría alguien más? Y lo que es peor... ¿sabrían lo que pasaba por su cabeza cuando ocurrió?
Perdido entre interrogantes, Julio llamó a la puerta del director.
—Pase —dijo carraspeando desde el interior.
Julio abrió y, con las piernas temblando, entró.
—Siéntese, muchacho. Por favor.
Don Raimundo tenía aspecto bonachón. Era un anciano regordete, con barba blanca, labios gruesos que siempre enmarcaban una sonrisa y ojillos pequeños y brillantes. Nunca jamás alguien lo había visto enfadado, pero, por ese mismo motivo, todos lo respetaban. Sabían que, si él estaba ahí y no don Manolo, con su fuerza bruta, ni don Nicolás, con sus gafitas, su nariz aguileña y sus cientos de teoremas matemáticos, ni siquiera el padre Sermones, como llamaban al de Latín, era porque debía ser, entre los malos, el peor. Don Raimundo tenía sobre su mesa una botella de un líquido oscuro. Se sirvió en un pequeño vaso de cristal sin ofrecer al muchacho. Estaba claro cuáles eran las diferencias entre profesores y alumnos. Ellos podían beber después del desayuno, incluso fumar. De hecho, podían hacer lo que quisieran. Eran los amos de todo, ya que pertenecían a la estirpe que se había adueñado del país.
—Diecisiete años ya, ¿verdad? —Fue lo primero que dijo tras dar un sorbo de aquel mejunje negruzco.
—En agosto, don Raimundo.
—Conque en agosto, ¿eh? Muy buena edad la suya. Está floreciendo aún, como quien dice. Estoy seguro de que su cuerpo está experimentando cambios.
—Si se refiere a caracteres sexuales primarios y secundarios, señor, hace tiempo ya que...
—Lo sé, lo sé. Soy el director, tengo los expedientes de todos los alumnos.
—¿Entonces, señor? No lo entiendo.
—No todo es vello, nuez y manos gigantes, Julio. Ni siquiera la cosa termina cuando uno se hace hombre. Hay algo más.
—¿Algo más?
—Algo más. La dignidad, el honor, el hacer bien las cosas. El escoger el camino correcto.
—No lo entiendo, señor.
—Por supuesto que me entiende. ¿Qué pasó ayer en las duchas? Quiero oírlo de su boca. Supongo que no querrá que obligue al padre Mesones a que rompa el secreto de confesión...
—¿En las duchas? Ya fui castigado por ello. No pude evitarlo. Es natural en los chicos de mi edad, lo he leído.
—¿Ha leído que Dios creó sus órganos genitales para algo que no fuera procrear? Espero que no sea eso lo que enseña don Cristóbal.
—No, señor.
—Entonces, estará de acuerdo conmigo en que esta vergonzosa situación no volverá a repetirse, ¿cierto?
Don Raimundo dio otro sorbo a su copita y se la acabó, relamiéndose unas cuantas gotas que se le habían quedado colgadas del bigote.
Julio permaneció en silencio, cabizbajo. No sabía si podía cumplir tal promesa.
—Lo intentaré, señor. ¿Ahora puedo irme? Estoy perdiendo la clase de Historia.
—Estaré observándolo muy de cerca, muchacho. No me gustaría que, después de tantos años, no pudiera graduarse debido a su lascivia incontrolable.
—¿Qué les ocurre a los que no se gradúan, señor?
—Mejor no quiera saberlo.
Julio imaginaba que sería el exilio y el desierto, la humillación pública, lo que esperaba a los malos estudiantes. Despojos humanos que no llegarían al servicio militar ni a honrar a la patria. Niños que no habían sido lo suficientemente fuertes como para convertirse en hombres dignos de besar la bandera.
—Por cierto, a partir de ahora, se acabaron las duchas a solas.
—Pero, señor, es un privilegio inherente al cargo de capitán de la clase.
—Se acabaron los privilegios, jovencito. La tentación será menor si se ducha entre compañeros.
Pero don Raimundo se equivocaba. Precisamente, era en la desnudez de sus compañeros donde residía la tentación. Julio pensó que llorar tan solo empeoraría la situación, no eran lágrimas lo que se esperaba de un hombre de verdad, así que aguantó las ganas con todas sus fuerzas, mordiéndose el interior de los carrillos y apaciguando con pensamientos positivos el nudo que le oprimía la garganta: en cinco meses sería libre, apto para regresar al mundo real. Haría carrera en el Ejército, honraría a sus padres y estos, orgullosos, lo abrazarían y lo besarían por primera vez en muchos años. Trece ya. Llevaba trece años internado en el San Agustín de Hipona y no iba a permitir que, al final, la vida disciplinar no hubiera servido para nada. Lo pensó mejor. Si hacía falta, no volvería a tocarse en su vida, ni siquiera para limpiarse el prepucio. Y los pensamientos… Ya encontraría la manera de deshacerse de ellos. Lo importante era que nadie lo supiera. Si encontraban la manera de salir de su cabeza, estaba perdido.
—No volverá a suceder, señor. Se lo aseguro.
—Así me gusta. Esa es la actitud. Estoy seguro de que llegará muy lejos. Los grandes hombres saben admitir cuándo se han equivocado y, sobre todo, rectificar a tiempo.
—Sí, señor.
—Tome —le dijo el director, alargándole una de las estampitas que amontonaba sobre la mesa—. Rece a san Agustín. Él era uno de vosotros.
El solemne carillón de roble que se erguía junto a la biblioteca de don Raimundo dio las nueve.
—¡Bueno, ahora márchese! —exclamó, recuperando la jovialidad con la que lo había recibido—. ¡Aún está a tiempo de entrar en esa clase de Historia! Don Francisco estará contando un episodio apasionante.
—Siempre lo hace —respondió Julio.
Don Raimundo sonrió mientras destapaba de nuevo su preciada botella azabache y lo dejó marcharse.
«Se acabaron los privilegios», había dicho el director. Ante él, se abrían meses de duchas comunes, raciones más pequeñas y domingos de uniforme. Sabía que no por ello iba a perder el respeto de sus compañeros, pero sí que generaría multitud de preguntas entre ellos. Imaginaba el revuelo, similar al que montó Galileo cuando se atrevió a decir que el Sol no giraba alrededor de la Tierra. El Sol ya no giraba alrededor de Julio Durán, el capitán de la clase A. Una desafortunada ducha caliente había empañado, no de vapor, sino de vergüenza, su último año en el Hipona. Sintiendo que sus pasos recorrían la cuerda floja y que más allá no había red, sino soledad y rechazo, entró en clase.
—Pase, Durán —dijo don Francisco—. Ha llegado justo a tiempo para el desenlace de la batalla del Ebro.
Julio tomó asiento, pero, a pesar de que aquel era uno de sus momentos históricos favoritos, no pudo prestar atención.
A las doce, las campanas dieron aviso de que la batalla, fuera por donde fuera, había llegado a su fin. Los chicos de cada clase formaron filas, salieron de las aulas y se dirigieron sin apenas hacer ruido hasta la capilla. Julio no tenía ganas de acudir a misa. Sabía que aquella desidia podía ser pecado mortal, pero qué más daba cuando tenía claro que, con o sin misa, su alma iba directa hacia la perdición. No sabía si era peor escaquearse y faltar a la cita con Dios o contemplar cómo Tomás, desde el coro, cantaba con voz de tenor alabanzas a Cristo y abría con su timbre, con su pose y su prominente nuez las puertas de la lujuria.
Debería habérselo dicho a don Raimundo, que, de haber un culpable de su caída en la tentación, ese era Tomás y no él. Que, si bien las manos habían sido las suyas, era Tomás el que se había colado en sus pensamientos y lo había provocado, lo había llevado a darse placer bajo la ducha. Pero no lo habría creído, puesto que estaba claro que Tomás no tenía interés en el pecado de la carne. Se lo había escuchado decir a don Cristóbal tras el examen de fin de curso, el pasado junio. Al principio, el profesor de Ciencias había pensado que el medidor óptico había dejado de funcionar. Finalmente, tuvo que admitir que la pupila de Tomás no se movía ante el cambio de estímulos.
—O lo que es lo mismo, no tiene ni el más mínimo interés por el sexo —le había dicho entre susurros a don Raimundo.
Le pusieron, por primera vez en su vida, un diez. Julio sacó un siete. No estaba mal. Pero eso había sido antes del verano. Estaba seguro de que, si le hacían la prueba ahora, no solo no la pasaría, sino que sería expulsado.
Atormentado por aquel pensamiento y por la idea de volver a ver el objeto de su pasión y, al mismo tiempo de su odio, decidió perderse en uno de los pasillos que se cruzaban en su camino hacia la capilla. Sabía que, tarde o temprano, alguno se chivaría, así que echó a correr. No paró hasta sentirse a salvo tras los setos del jardín trasero y, una vez allí, rompió a llorar.
El cielo nublado cobijaba su pena y, por un momento, deseó convertirse en el jirón de una nube oscura y perderse entre las borrascas. Una mano se posó, tímida, sobre su hombro. Bien podía ser una pálida mariposa sobreviviendo al gélido invierno, pero no, era la mano huesuda de Damián, aquel chico del que, apenas unas horas antes, había pensado que era un llorica y un rarito.
—Tranquilo —le susurró Damián—. Yo me siento así muchas veces. Es bueno desahogarse. También aprovecho la misa de las doce, nadie tiene en cuenta quién falta y quién no.
—¿Te escaqueas para llorar? —le preguntó Julio, cortándose de súbito sus lágrimas.
—Sí. Te parecerá raro, ¿no? Pero es lo que estás haciendo tú hoy, al fin y al cabo.
—¿Por qué no lloras en tu habitación?
—¿De noche? No quiero despertar a mis compañeros y que piensen que soy un…
—Ya.
—¿Y tú? ¿Por qué no lloraste anoche? ¿Por qué te lo has guardado hasta ahora?
—No sé, me ha venido así, de golpe.
—¿Qué te ha dicho don Raimundo?
Damián se había sentado a su lado y, rebuscando en su abrigo, sacó un par de cigarrillos y le ofreció uno a Julio.
—No soy tan bueno como parezco, ¿sabes?
—Ni yo tan malo —respondió Julio.
Ambos chicos esbozaron una sonrisa.
—Pues me han quitado los privilegios de capitán.
—Toma ya. ¿Has matado a alguien o algo así? Primero el castigo y ahora esto… A mí ni siquiera me ha echado la charla el director. Ha sido don Manolo. Sobre lo saludable que es el deporte y todo eso.
—¿Por qué te castigaron anoche?
—Me pillaron escaqueándome de la clase de Gimnasia.
—¿Faltas a misa y también a Gimnasia? Te gusta ir por el lado peligroso de la vida, ¿verdad? Pensaba que eras un ratón de biblioteca.
—Y lo soy. Leer libros no quiere decir que sea idiota.
—Ser el capitán del equipo de fútbol no significa que no lea libros.
Los rasgos de Damián eran misteriosos y femeninos: sus ojos verdes y felinos, sus labios finos y de color púrpura. Su cabello era lo único masculino en él, áspero y negro como el alquitrán. Incluso sus movimientos y sus formas eran más propios de una chiquilla. Julio lo miraba embelesado, era muy diferente a Tomás, pero, al mismo tiempo, le provocaba una fascinación similar.
—¿Qué hiciste entonces? ¿No vas a contármelo? —preguntó mientras encendía su cigarrillo con un mechero plateado.
—Ese mechero es del padre Sermones, tiene la esvástica. Va a matarte como se entere de que lo tienes.
—Me lo ha regalado. No pasa nada. También me da el tabaco.
—¿Y eso?
—Cuéntame tú primero por qué te han castigado y, encima, te han quitado todos tus privilegios.
Si un año atrás le hubieran dicho que estaría hablando con Damián, y no solo hablando, sino a punto de confesarle sus más íntimos secretos, no lo habría creído. Pero aquellos ojos lo invitaban a acurrucarse en ellos, a hacerlo sonreír, a convertirse en su persona favorita en todo el mundo. Al contrario que Tomás, Damián no le daba miedo.
—Me masturbé en las duchas y me pillaron.
—Normal que te pillaran. Ahí tienen cámaras.
—¿Cámaras?
—Claro, todo está controlado por un sistema muy moderno de vigilancia. Eso sí, tiene sus puntos ciegos.
—¿Puntos ciegos?
—¿Quieres que te cuente una cosa?
Damián intentaba deslumbrar al capitán de la clase A y al capitán de la clase A le gustaba la sensación que le provocaba tener un admirador. Primero, con cigarrillos; después, con la pose lánguida y despreocupada, con el aura de misterio que rodeaba el mechero del profesor de Latín y su conocimiento de los secretos del colegio. Intentaba alejarse lo máximo posible de la imagen de niño debilucho y perdedor que todos tenían de él y, con tan solo unos minutos de conversación y unas cuantas caladas, estaba consiguiéndolo.
Julio asintió.
—Yo también suelo masturbarme. Pero en puntos ciegos. Así no me ven.
¿En serio? A pesar de que había intuido —le había dicho a don Raimundo que lo había leído, pero realmente no lo sabía a ciencia cierta— que todos lo hacían, nunca había conocido a ninguno que lo admitiese abiertamente. Durante las últimas horas, había vivido sumido en el tormento de ser el estudiante que no llegaría a graduarse por no saber controlar sus impulsos, pero no, a su lado había otro. Uno que no era como él, que no era corpulento ni de piel morena, que aún movía las caderas con la cadencia del vaivén de un paseo en barco, pero que, al mismo tiempo, compartía con él aquellos impulsos secretos y la necesidad de llorar de vez en cuando. Y sus ojos inquietos le decían que compartían algo más. Pero ¿cómo preguntárselo? Julio se mantuvo callado durante un momento. Le daba vergüenza levantar la vista del suelo y que Damián fuera capaz de analizar su mirada y de darse de cuenta de lo que estaba pensando.
—¿Quieres que te enseñe dónde están?
—¿Cómo?
—Que si quieres que te enseñe dónde puedes masturbarte sin peligro a que te pillen.
Julio dudó un par de segundos. La idea de compartir un rincón del placer con Damián lo excitaba, pero, al mismo tiempo, lo aterrorizaba. ¿Y si los descubrían? O, lo que era aún peor, que una cosa llevara a la otra y sus manos acabaran sujetando un pene que no fuera el suyo...
—Ni de broma. Paso de meterme en líos.
Damián sonrió y no dijo nada más. Se puso en pie y se despidió levantando el puño y guiñando un ojo.
—¡Tú te lo pierdes!
Tras la comida, Julio tuvo clase de Latín. Debían aprender bien la lengua, decían que era muy importante para que, una vez fuera del colegio, encontraran un buen trabajo o pudiesen ir a la universidad. Damián era un chico listo, seguro que acababa estudiando alguna carrera como Medicina o Derecho. Una vez más, por enésima vez desde el mediodía, su pensamiento regresó al mechero nazi. El hecho de que perteneciera al padre Sermones le ponía la piel de gallina, pero aún lo inquietaba más saber que este había compartido con un estudiante no solo eso, sino la verdad sobre el sistema de ojos secretos que ocultaba el San Agustín de Hipona tras las paredes. No podía evitar sentir celos cuando su imaginación flotaba hacia posibilidades perversas y retorcidas en las que Damián era una concubina y el padre Sermones, un amo implacable.
—Durán, salga a la pizarra.
Cada vez que el padre Sermones lo llamaba, un saco de truenos caía sobre la cabeza de Julio y lo aturdía, lo convertía en una marioneta sin voluntad y era incapaz de llevarle la contraria en nada. Imaginaba que era la misma técnica que utilizaba con Damián cuando quería someterlo a su antojo. De nuevo, lo imaginó pegándole en las nalgas con una vara y, sin saber muy bien por qué, se excitó.
—Durán, ¿me oye?
—Sí, padre Mesones.
—¿Quiere salir a la pizarra?
—No puedo, padre Mesones.
—¿Cómo que no puede? ¡Póngase firme ahora mismo, Durán!
¡Ni en sus peores pesadillas hubiera imaginado vérselas en una situación así! Su pene se había revelado a las normas de conducta y abultaba visiblemente en su entrepierna. Palpitaba por sí solo, había cobrado vida y no encontraba la manera de hacerlo bajar en cuestión de segundos. El padre Sermones hizo intención de gritarle, pero Julio, asustado, se puso en pie confiando en que nadie se diera cuenta de su estado. Quizá nadie lo hizo, pues cierto es que nadie dejó escapar risitas ni exclamaciones. El único que dijo algo fue el profesor de Latín.
—Siéntese, Durán. Y venga a verme a mi despacho después de clase.
Julio hizo lo que el padre Sermones le ordenó, añadiéndose otro motivo a su estado de nerviosismo. Sabía lo que el profesor pretendía. Le había gustado su erección y quería convertirlo en parte de su harén. ¿Habría más estudiantes en él, aparte de Damián? El pene, siempre fantasioso, pensó que no era tan mala idea, que tenía su encanto servir a un cura nazi y dominante. Pero la cabeza, y el corazón, se opusieron, algo no muy habitual, al miembro viril. No, aquello no estaba bien y nada bueno podía ocurrir si iba al despacho. Pero ¿cómo iba a escaquearse de aquello?
Cuando el timbre dio la una, los alumnos de la clase A se pusieron en pie con el orden y la calma que los caracterizaba y se dirigieron hacia el comedor. No tenían permitido verbalizar su hambre, así que daban las gracias en voz baja al cocinero cuando este les servía en la escudilla y ocupaban sus mesas sin montar el revuelo que era de esperar en unos jovenzuelos saludables y con buen apetito. Julio, por segunda vez en aquel extraño día, rompió la fila. El sacerdote se acercó a él y lo agarró del brazo. Subieron a la segunda planta sin dirigirse la palabra. Sentía sus dedos clavándose en su aún tierna carne, pero prefería no quejarse no fuera a llevarse alguna regañina más. El despacho del padre Sermones estaba cubierto de una gran alfombra del color de las uvas pasas. De las paredes, colgaban numerosas condecoraciones y no menos fotografías, algunas suyas, vestido de uniforme, y otras de militares que no conocía. En una muy grande, que tenía enmarcada sobre todas las demás, aparecía dándose la mano con el mismísimo Hitler. Había escuchado hablar de la existencia de aquella fotografía por algunos de los chicos que habían tenido la suerte de visitar «el museo de los nazis del padre Sermones», como lo llamaban, pero era la primera vez que la veía. Así que todo lo que se decía sobre él era cierto… En lugar de dejarse llevar por el pánico, lo que lo sobrecogió fue de nuevo la envidia. Envidia por no poder ser él el nazi que sometiera a Damián. Fue un pensamiento efímero que, inmediatamente, lo hizo sentirse culpable.
A solas con el padre Sermones, Julio pudo comprobar que el profesor olía muy bien. A colonia de hombre, que le despertaba ganas de gritar y de desgarrarse el chaleco del uniforme.
—Debe jurar solemnemente que lo que le diga dentro de este despacho será un secreto. Si no es capaz de guardar uno, dígamelo y habremos terminado.
El padre Sermones se acercó y lo agarró de los hombros. El pecho de aquel hombre era amplio como la cordillera de los montes Urales cortando de mar a mar el mapa de Europa. ¡Eran demasiadas excitaciones en una sola mañana! En ninguna asignatura, les explicaban lo difícil que era la vida llegada una determinada edad, su pene parecía cobrar vida propia y pensar en lugar de su vieja amiga la mente.
—Lo juro. Soy una tumba.
—Más le vale, Durán. Porque, si no, acabará en una. Sé que es un joven sensato y que hará lo que más le conviene.
Julio esperó sin decir nada a que le explicara a qué venía tanto secretismo.
—Una vez al mes, me reúno con algunos estudiantes selectos del Hipona. Formamos un club muy exclusivo. A partir de este mismo viernes, está usted invitado, Durán.
¿Un club exclusivo para buenos estudiantes? ¿Y cómo es que no había tenido noticia de ello antes si él siempre había sido el mejor? Optó por no preguntar.
—Es para mí un honor, padre Mesones.
—A las doce de la noche en este mismo despacho, Durán. El viernes. Está de enhorabuena, va a entrar en un nuevo nivel.
—Muchas gracias, padre Mesones. Aquí estaré.
—¡Muy bien, joven! ¡Y ahora vaya a comer! ¡No querrá coger anemia!
Salió del despacho aturdido, con un montón de piezas de un rompecabezas esparcidas por la cabeza. ¿De qué iba aquello del club? ¿Quiénes serían los demás estudiantes? De su habitación, no, desde luego, hubiera notado la ausencia. ¿De la clase B? ¿Acaso era posible que el padre Sermones considerara que los mejores estudiantes estaban en la clase B? ¡Si todos los de la B eran unos zopencos! Y los del coro ni a zopencos llegaban... Lo único que sabían hacer era cantar y poner cara de no haber roto un plato, pero, a la hora de redactar, calcular, aprender idiomas o practicar deporte, eran unos inútiles. Confiaba en el criterio del padre Sermones, al fin y al cabo, era uno de los profesores bendecidos por Dios y por Franco. Quedaba solo un año y dos meses para la mayoría de edad, para convertirse en un ciudadano y hacer algo bueno por su país. No debía estropearlo ni con pajas ni con tonterías. Debía dejar de pensar en Damián y, si unirse al club nocturno del padre Sermones, era una buena manera de asegurarse un puesto de excelencia el día de la graduación, sería el primero en acudir el viernes a medianoche.
2

A través de la ventanilla, los campos parecen alegres, los animales despreocupados y las personas ajenas al dolor. Mario sabe que la vida es un espejismo, que el mundo es una batalla entre las especies. Pero su pierna no se la llevó otra especie, fueron humanos, tan humanos como él o Marga, que conduce tarareando la canción que suena en la radio. Al principio, dijeron que había sido ETA y, después, Al Qaeda. Los que dijeron una cosa se pelearon con los que dijeron la otra. La gente salió a la calle, se manifestó, cambió su intención de voto, se eligió nuevo presidente y Mario tuvo que dar gracias a Dios por estar vivo y aprender a ponerse una pierna ortopédica cada mañana. A través de la ventanilla, los campos parecen alegres, pero no lo son. Siempre hay alguna tragedia oculta, algún cadáver enterrado, algún niño llorando, escondido para que nadie lo vea. Siempre hay personas que sufren y personas que hacen daño.
Son seis horas de viaje, en el que apenas habla con su mujer. Ella respeta su silencio, sabe que, cuando está callado, es porque se ha agobiado y que lo mejor es no forzar la conversación. Mario se queda dormido y, cuando despierta, está empapado en sudor y en esa sensación de que el mundo es demasiado grande y él, tan solo un viejo. En ocasiones, se ha preguntado qué habrá sido de los demás chicos del Hipona, de Silverio Campos, de Óscar Clos, de Emilio Ropero y de Michi. Si ellos también habrán encontrado una buena mujer como Marga, si habrán formado una familia. Él no pudo tener hijos, menudas ironías que tiene la vida. Tras muchas pruebas, muchos médicos y mucho gasto de dinero, la conclusión siempre había sido la misma: que las entrañas de su esposa eran tierra yerma. Se resignaron a vivir solos, incluso se convencieron de que la vida así era mejor. Viajaron mucho, leyeron aún más, triunfaron en sus respectivas carreras —él como escritor y Marga como fotógrafa—, fueron habituales de coctelerías y de fiestas y, finalmente, entraron en la edad madura de la mano, como fieles amigos. El 11 de marzo del año 2004, Julio se despertó cuando aún era de madrugada. Tuvo miedo, mucho miedo, supo que algo grande y trágico estaba a punto de ocurrir. Salió de la cama y se vistió. Miró a su mujer, que ya no se despertaba cuando a medianoche a él le entraban ganas de salir a caminar, de huir, de convertirse en un alma errante por la ciudad. Las primeras veces que lo había hecho, Marga se había preocupado, había pensado que estaba viendo a otra. Él le dijo que no se encontraba bien, que necesitaba salir, que le diera el aire. «Quizá te convendría ver a un especialista», le había aconsejado ella. Pero Mario no había hecho caso, no era tan grave querer alejarse de casa si, al final, siempre volvía antes del amanecer. El 11 de marzo del año 2004, Mario no volvió.
—Hoyoseco —dice Marga cuando, a lo lejos, pueden vislumbrar un pueblecito entre las montañas, una mota blanca y reluciente como un copo de nieve entre hojas muertas—. ¿Por qué te ha dado por escribir sobre él?
Para responder esa pregunta, Mario debe dar a su mujer algunas explicaciones. Para empezar, debe contarle que gran parte de lo que ella sabe de él es mentira. Por eso no dice nada. Marga no se molesta, el aura de misterio es parte del encanto de su marido, el escritor.
CAPÍTULO SEGUNDO:
EL TRAIDOR ROBIN DE LOS BOSQUES

En el dormitorio común de la clase A de los bachilleres, comenzaban a sospechar del comportamiento de su capitán, Julio Durán. Llevaba unos días más callado de lo normal, menos sonriente. Había empezado a formar parte de las duchas comunes y se enjuagaba sin participar de las bromas de los demás, sin ni siquiera mirar al resto. Solía salir el primero, secarse rápidamente y vestirse como si se avergonzara de haber perdido sus privilegios. El viernes por la noche, se había escabullido en plena madrugada para regresar horas después. Óscar sabía que, aunque no lo habían comentado entre ellos, era un tema que preocupaba a los cinco por igual. Habían estado juntos desde la infancia, superando cada prueba física y cada examen de Lengua, Matemáticas e Historia. Habían ganado el torneo de fútbol a la clase B cada año en la preparación básica. Y una vez en el bachillerato, habían sido elogiados una y otra vez por ser la mejor promoción que había pasado por el San Agustín de Hipona desde la apertura de sus puertas. Estaba claro que todos tenían miedo de que Julio la fastidiara y acabara por impedir que la clase se graduara con honores. ¿En qué lío podía estar metido?
Efectivamente, Julio se había deslizado sigiloso a través de la habitación cuando faltaban minutos para las doce. Incluso había aguantado la respiración para no despertar a sus compañeros. Y había cumplido su propósito porque, exceptuando a Óscar Clos, todos dormían con la respiración pausada con la que sueñan los que, a pesar de lo que digan los expedientes académicos, aún son niños. Óscar solía dormir poco. Lo atormentaban las pesadillas, saber qué les pasaba a los malos estudiantes cuando no se graduaban. Los exámenes finales solían provocar tensión, pero, a Óscar Clos, le provocaban pánico. No quería acabar en el ático. Aún recordaba los aullidos de dolor de Eladio Martos. Era un secreto tan oscuro y espeso que, como una masa de babas y alquitrán, se pegaba a su estómago y, de ahí, no había podido salir. Le hubiera gustado contárselo a Julio, que para eso era el capitán, o a Emilio Ropero, que para eso había sido su mejor amigo desde primero. Pero, siempre que lo había intentado, había sido una tarea infructuosa y había acabado por vomitar bilis.
El San Agustín de Hipona había conocido tiempos bien diferentes, que no mejores. Hacía trescientos años, había sido la residencia de verano de un marqués huraño que nunca se casó ni tuvo hijos. Hastiado por la soledad, la incendió y acabó escribiendo poemas, borracho de taberna en taberna. La remodelación vino algún tiempo después, cuando una de las hijas de su único sobrino, escritora de éxito, pues era una época en la que la novela romántica causaba estragos entre las jóvenes, decidió habitar la casona para escribir una obra magna que la alejara del género folletinesco en el que estaba encasillada y que, en secreto, profundamente odiaba. La escritura de esta obra, que nunca vio la luz y que, de haberla visto, quién sabe si se hubiera convertido en un clásico del realismo español a la altura de las novelas de don Leopoldo Alas, Clarín, se vio interrumpida por una guerra. Dicha guerra apareció en los libros de Historia como la Guerra Fantástica, pues, a pesar de causar revuelo entre los habitantes más cercanos al país vecino y enemigo, Portugal, no se llegó a las manos, ni a las armas, y quedó en una falsa alarma. Sea como sea, doña Felisa Campillo, hija del único sobrino del marqués de Campillo, pasó de ser una escritora para espíritus sensibles a convertirse en un alma caritativa. Habiendo estado, como estuvo, a punto de vivir los horrores de un país en guerra y sintiendo que su vida, dedicada a la literatura de consumo fácil, había carecido de sentido alguno, convirtió la mansión heredada en un hospital para posibles víctimas de una posible guerra. Dicho hospital, el Centro para Heridos Potenciales de Futuros Conflictos Bélicos, nunca llegó a ser de utilidad, pero ella dedicó el resto de su vida a adecentarlo y a comprar el mobiliario, las camillas, el material quirúrgico e incluso los uniformes de las enfermeras. No se convirtió en colegio, tal y como todos los alumnos sabían de memoria, hasta 1939. Se estudiaba mucha Historia en educación básica porque no podía llegarse a la adolescencia sin conocer el que había sido el hecho más decisivo en la historia de la humanidad: la Guerra Civil Española.
Debido a la concepción original del edificio, este tenía cuatro plantas. En la primera, se encontraban las ocho aulas, el comedor, la cocina y la capilla en el ala este, las ocho habitaciones en la oeste, cuatro en cada pasillo, y, al fondo de cada pasillo, un baño. En la segunda planta, los despachos de los profesores; en la tercera, sus respectivos dormitorios, y, arriba del todo, estaba el ático, que tanto aterrorizaba a Óscar Clos.
Julio recorrió el pasillo principal y subió de puntillas las escaleras alfombradas. La luna estaba haciéndole el favor de iluminar su camino a través de los ventanales, pero asimismo era susceptible de ser sorprendido por algún vigilante. Sabía que los profesores se turnaban para supervisar las noches, era de dominio público, aunque también era cierto que, en más de alguna ocasión, se le había pasado por la cabeza que aquello no fuera más que un cuento para meterles miedo. Al llegar a la puerta del despacho del profesor de Latín, tomó aire y llamó con dos golpes leves. Dentro, se oían algunas voces que no pudo reconocer. El padre Sermones abrió. No llevaba la habitual sotana de cuervo, sino una camisa blanca y un pantalón gris. El sacerdote esbozó una sonrisa, era la primera vez que Julio lo veía sonreír y tenía que admitir que, estando de buen humor, se veía mucho más atractivo. La luz era tenue y, bajo la aguja de un tocadiscos, giraba y giraba un vinilo de música alegre. Desde siempre, la música alegre había estado prohibida en el Hipona.

CANCIONES PROHIBIDAS EN EL HIPONA:
ALL DRESSED UP FOR SCHOOL, DE LOS BEACH BOYS
Todos fumaban, eran tres o cuatro, y, a medida que sus ojos se fueron acostumbrando al humo, pudo reconocer sus rostros.
—Bienvenido al club —dijo Damián, alzando su copa.
Lo acompañaban dos alumnos de la clase B de bachilleres, un prepúber de la clase A y uno de los chicos del coro.
—¡Los mejores del colegio! —exclamó el prepúber, visiblemente borracho.
—Sírvete tú mismo, Durán. ¿Te gusta el whisky? ¿Cigarrillos franceses?
Julio no sabía si salir corriendo de allí y denunciar al padre Sermones por corrupción de estudiantes o dejarse llevar.
—Pensé que se trataba de un grupo de estudio, padre.
—Mejor será que bebas —le aconsejó Damián.
—Morir joven es muy romántico —susurró uno de sus compañeros.
Era alto y delgado, de cabello rubio y ondulado y orejas grandes, tras las que los rizos se colaban como riachuelos dorados.
—Sí, como tu querido Rimbaud —le contestó el otro de la clase B.
Este tenía gafas y la cara llena de granos. Julio lo había visto en varias ocasiones solo, en el patio, leyendo libros en lugar de correr tras la pelota.
—A Rimbaud, le hubiera encantado pertenecer a este club —le contestó el rubio.
Julio se sirvió un whisky y dio dos tragos apresurados. Notó que le quemaba el estómago y, después, que su cuerpo se templaba y calmaba.
—El ser humano no aprende, Durán. Derrama sangre de hermanos, derrama sangre de vecinos. Bajo la tierra que pisamos, corren ríos de sangre. He visto la muerte de cerca, Durán, y créame, si me hubiera llevado con ella a vuestra edad, me hubiera ahorrado contemplar los horrores que me deparaba la vida.
—Creo que debería volver a mi cuarto, padre. No os preocupéis, no hablaré a nadie de esta reunión. Os guardo el secreto.
—No te enteras, ¿verdad? ¡No tienes ni idea! —le gritó el prepúber.
—Por lo visto, no. Pensaba que los de su clase eran más espabilados, pero ya veo que no. Va a ser verdad lo de los musculitos, que no tienen cerebro —murmuró el de las gafas.
—¿Me deja que me lo lleve de paseo y le cuente de qué va todo esto, padre Mesones? Me da la impresión de que estamos intimidando al pobre chaval.
El sacerdote asintió. Julio miró a Damián, desconcertado, se le habían roto todos los esquemas y no entendía en qué se había convertido su noche del viernes.
—No te preocupes por las cámaras —le susurró—. El último viernes del mes, el vigilante descansa.
Dejando tras de sí la nube en la que se perdían los chicos del club, salieron al pasillo gélido y plateado.
—¿Qué ocurre, Damián? ¿Qué es todo esto?
—No les hagas caso, solo están borrachos. No saben beber.
—Pero ¿qué clase de club es este? ¿Qué clase de profesor es el padre Sermones, que permite este comportamiento?
—Tampoco está tan mal divertirse de vez en cuando, ¿no?
La música, el tabaco, el alcohol... Esos chicos, ninguno de la clase A... Había puesto un pie en un mundo desconocido, sacado de una novela de Julio Verne. El padre Sermones era el capitán Nemo y su despacho, la noche del último viernes de cada mes, se convertía en el Nautilus.
—No te chivarás, ¿verdad? Al fin y al cabo, tú también has bebido. Y has oído la música.
—Pero ¿por qué nosotros? ¿Por qué nos ha elegido a nosotros para ser parte de esta locura?
Damián observaba a Julio, nervioso, con el rostro henchido por la rabia y por tantas preguntas sin responder. Sus ojos acuosos querían llorar, sus labios apretados querían gritar, pero, de sobra, sabía que, como a él le había pasado la primera vez, su corazón rebelde quería unirse a las borracheras clandestinas, a los bailes a medianoche, al agrio olor que desprendía la ropa a la mañana siguiente...
—Prométeme que no se lo contarás a nadie.
Julio no respondió de inmediato y la reacción de Damián fue la de un gato herido por sorpresa. Se llevó una mano a la mejilla, como si, en ella, hubiese recibido un golpe que, recientemente, comenzara a sangrar. Algo se movió en el interior del capitán de la clase A. No, no quería ver aquella sombra de decepción. No quería que la aventura acabara ahí, que la noche no deparara más sorpresas. Comenzaba a licuarse el miedo y, gota a gota, impregnando sus calzoncillos, se convertía en temeridad. Con la luna como único testigo y cientos de latidos embistiendo su pecho como una bandada de pájaros asustados por un súbito disparo, cogió la mano de Damián. Estaba fría, era delgada y frágil.
—Te lo prometo.
—¿Vendrás el próximo día?
No obtuvo respuesta alguna, pero sus dedos cálidos y gruesos, entrelazados con los suyos, hechos de copos de nieve, palpitaron de forma alegre e irregular como las alas de un ruiseñor en libertad.
Julio Durán regresó a la planta de abajo pensando que, por aquella noche, ya no habría más sobresaltos, pero se equivocaba. En los baños de los pequeños, había alguien. Primero, le pareció que alguien reía y recordó aquella historia sobre fantasmas que atormentaba a Silverio Campos, que, aunque de día era el mejor portero que jamás había tenido el San Agustín de Hipona y no temía a balón alguno por muy fuerte que hubiese sido chutado, de noche, creía en los espíritus de los sirvientes achicharrados por el marqués de Campillo. En cuanto su oído se acostumbró al débil gemido, se dio cuenta de que se trataba de un niño llorando.
—¿Te pasa algo? —preguntó Julio, dudando, por un momento, de que los cuentos de Silverio fueran simplemente cuentos.
El llanto cesó. La calma volvió al San Agustín de Hipona y Julio lo agradeció. Tan solo deseaba regresar a su cama, envolverse con la manta, rasposa pero caliente en las noches de invierno, soñar con un futuro en el Ejército, alejado de problemas, de malos estudiantes que fumaban, de aquel chico con ojos de gato que le provocaba algo parecido a eso que, en los libros, llamaban amor.
Con el mes de febrero, llegaron los exámenes del primer cuatrimestre. Julio metió diez goles de diez en el examen de tiro a portería. Sacó, como siempre, un sobresaliente en subir la cuerda y otro en Historia de la Tauromaquia. No solía tener problemas en pasar airoso cada una de las pruebas para las que había sido preparado durante el curso, pero, en aquella ocasión, tenía miedo de una en concreto. Los chicos eran citados por orden alfabético e iban entrando en el despacho del director. Una vez allí, se sentaban ante el medidor óptico, un armatoste que se colocaba en la cabeza como un yelmo. Julio conocía el sistema. Simplemente, tenía que mirar al otro lado de las lentes mientras, ante sus ojos, pasaban las señoritas. Algunas eran delgadas y otras, entradas en carnes, pero la mayoría de ellas tenía en común la escasez de vestimenta. De vez en cuando, se colaba entre las fotografías, alguna de un futbolista, de un gimnasta o de un galán de cine. Dicen que, en una ocasión, a uno de educación básica se le coló la fotografía del actor Vicente Parra. Sabía por qué lo hacían. Las pupilas se abrían ante los estímulos. Era una manera de valorar la hombría. Al fin y al cabo, solo se graduaban los hombres. Julio había estado intentando dominar sus impulsos desde aquella visita al club nocturno del padre Sermones. Se forzaba a pensar en mujeres antes de dormir, a imaginarse tocando unos pechos, pero no solía tener el mismo efecto arrollador que tenía, por ejemplo, evocar la grácil silueta de Damián. ¡Maldito Damián! Por momentos, lo odiaba, aunque cierto era que estaba deseando que el mes pasara lo más rápido posible para encontrarse de nuevo a su lado en una noche sin cámaras.
Don Raimundo, sin perder su sonrisa de padre que quiere lo mejor para sus hijos, le pidió muy amablemente que se sentara ante el medidor. Julio así lo hizo. Antes de que don Cristóbal se le acercara y le pusiera el casco, respiró profundamente y contó hasta cinco. Una vez que estuvo ante las lentes iluminadas, se sintió como si tuviera que rendir cuentas a Dios. Apareció una fotografía de una chica muy guapa, de cabello rojizo, piel pálida y el pecho salpicado de pecas. Sus pezones eran dos gotas de miel resbalando por colinas nevadas. La segunda era una morena, gorda y lasciva. Mostraba su trasero sin pudor, como si aquella visión pudiera excitar a algún chico de dieciséis años. Julio lo dudaba, le dio mucho asco. Entonces, ocurrió lo que había esperado que no llegase a ocurrir: la foto de un hombre. Y no era un hombre cualquiera. Era Robin de los Bosques, el ejemplo de americano homosexual del que todos los sanos jóvenes del San Agustín de Hipona debían alejarse como si del propio diablo se tratara. Era Errol Flynn, el protagonista no solo de esta película, sino de su primer sueño húmedo.
Ocurrió después del examen de junio. Para celebrar el comienzo de las vacaciones, don Nicolás proyectaba una película en la capilla. Solía ser una película con valores, como Raza, basada en la novela del buen caudillo y mejor escritor don Francisco Franco, o alguna de grandes estrellas patrias, como Carmen Sevilla. En aquella ocasión, el profesor se había decantado por una americana. Esto causó gran revuelo entre los estudiantes. Era por todos sabido que en América no había más que un desierto poblado por ratas, borrachos y maleantes. Y todo lo que había sido antes de la guerra no era más que un reflejo de una época de derroche y vanidad, virtudes, desde luego, no muy cristianas.
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