Kitabı oku: «Un nuevo comienzo»

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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
Un nuevo comienzo
Título original: Shelter Mountain
© 2007, Robyn Carr
© 2021, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
© Traductor: Ana Peralta de Andrés
Publicada originalmente en español en 2009 con el título Un lugar para amar
Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.
Diseño de cubierta: Harlequin Enterprises, Ltd.
Imágenes de cubierta: Shutterstock
I.S.B.N.: 978-84-18623-28-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Si te ha gustado este libro…
Dedicatoria
A Karen Garris, otra preciosa hija, con amor.
Capítulo 1
Un violento e intempestivo viento de septiembre azotaba la lluvia contra las ventanas mientras Predicador limpiaba la barra del bar. Solo eran las siete y media, pero ya había anochecido. Ningún vecino de Virgin River saldría en una noche como aquella. Después de cenar, la gente solía quedarse en casa en las noches frías y húmedas del otoño. Los campistas y los pescadores también se habrían puesto a refugio de la tormenta. Estaban en temporada de caza, pero no era probable que con aquel tiempo se acercara ningún cazador a aquella hora. Jack, su compañero y el propietario del bar, sabiendo que no habría mucho trabajo había vuelto a la cabaña en la que vivía junto a su esposa, y Predicador también había enviado a casa a Rick, el joven de diecisiete años que los ayudaba en el bar. En cuanto comenzara a apagarse el fuego de la chimenea, pondría el cartel de «cerrado» en la puerta.
Se sirvió un whisky, se sentó a la mesa más próxima a la chimenea, colocó una silla frente a él y subió los pies. Aquellas noches tranquilas le gustaban. Siempre había sido un hombre solitario.
Pero la tranquilidad no duró mucho. Alguien empujó suavemente la puerta, haciéndole fruncir el ceño. El viento terminó de abrirla bruscamente y levantó a Predicador de un salto. Se volvió y vio que acababa de entrar una joven con un niño en brazos. Llevaba una gorra de béisbol en la cabeza y una bolsa al hombro. Predicador se dirigió inmediatamente hacia ella. La recién llegada se volvió, alzó la mirada hacia él y los dos parecieron asustarse.
Ella porque Predicador tenía un aspecto que resultaba intimidante: era un hombre alto y extremadamente fuerte, llevaba el pelo rapado y tenía unas cejas densamente pobladas.
Él, porque bajo aquella gorra de béisbol había visto un bonito rostro con un moratón en la mejilla y un corte en el labio.
–Eh, lo siento… he visto que estaba abierto y…
–Adelante, pasa. No esperaba a nadie esta noche.
–¿Ibas a cerrar? –preguntó ella mientras alzaba al niño en sus brazos.
El pequeño debía de tener más de tres años y dormía con la cabeza apoyada en su hombro.
–Pasa –respondió Predicador, retrocediendo para que pudiera entrar–. No hay otro lugar al que ir. Siéntate al lado del fuego.
–Gracias –contestó la recién llegada con docilidad–. ¿Pero no estabas tú allí sentado?
–No importa. Me estaba tomando una copa antes de cerrar, pero no tengo prisa. Normalmente no cerramos tan pronto, pero con esta lluvia…
–¿Estabas pensando en irte a tu casa?
Predicador sonrió.
–Vivo aquí. Eso me permite una mayor flexibilidad con los horarios.
–Bueno, si estás seguro de que no te importa…
–Claro que estoy seguro. Cuando hace buen tiempo, abrimos hasta las nueve.
La joven se sentó frente al fuego con el niño en el regazo. Dejó caer la bolsa al suelo, se colocó al niño de nuevo y lo abrazó con fuerza.
Predicador desapareció en la parte trasera del bar, dejando que entrara en calor. Regresó con un par de cojines y una manta. Colocó los cojines en una mesa y dijo:
–Puedes tumbar ahí al niño. Seguro que pesa mucho.
Ella lo miró con una expresión que indicaba que estaba a punto de llorar. Predicador deseó que no lo hiciera. Odiaba que las mujeres lloraran porque no sabía cómo reaccionar. Jack era capaz de manejar ese tipo de situaciones: era todo un caballero, sabía cómo tratar a una mujer en cualquier circunstancia. Pero él se sentía incómodo con las mujeres, por lo menos hasta que entraba en confianza. Entre otras cosas, porque no tenía mucha experiencia con ellas. Aunque no era esa su intención, su aspecto solía asustar tanto a mujeres como a niños. Pero lo que no sabían ellos era que, bajo aquel semblante muchas veces sombrío, se escondía un hombre tímido.
–Gracias –volvió a decirle la joven.
Dejó al niño sobre los cojines y este se acurrucó inmediatamente y se metió el pulgar en la boca. Predicador permaneció frente a él, sosteniendo torpemente la manta. Ella no se la quitó, así que fue él quien terminó arropando al niño. Mientras lo hacía, se fijó en las mejillas sonrojadas del pequeño.
La madre del niño volvió a sentarse y miró a su alrededor. Al ver la cabeza de ciervo que colgaba sobre la puerta de la entrada pareció encogerse. Continuó recorriendo el bar con la mirada, prestando especial atención a la piel de oso y al esturión disecado que decoraban la pared de detrás de la barra.
–¿Esto es un refugio de cazadores o algo parecido?
–En realidad no, pero la verdad es que vienen muchos pescadores y cazadores por aquí. Mi socio mató ese oso en defensa propia, pero el esturión lo pescó intencionadamente. Es uno de los más grandes que se han pescado en el río. El ciervo lo cacé yo, pero prefiero la pesca. Me gusta la tranquilidad –se encogió de hombros–. Soy el cocinero del bar. Si mato algo, es para que podamos comérnoslo. A lo mejor deberías tomar una copa –sugirió, procurando que su tono no pareciera amenazador.
–Antes tengo que encontrar un lugar para dormir. Por cierto, ¿dónde estoy exactamente?
–En Virgin River, un pueblo bastante apartado. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
–Yo… –soltó una risa nerviosa–. He salido de la autopista para buscar un pueblo en el que hubiera un hotel…
–Estamos muy lejos de la autopista.
–Y tampoco hay muchos pueblos por los alrededores. El caso es que he visto el bar y también que estaba abierto. Mi hijo… creo que tiene fiebre, así que no debería seguir conduciendo.
Predicador sabía que no era posible encontrar ningún hotel por la zona. Y también que aquella era una mujer con problemas; no hacía falta mucha imaginación para intuirlo.
–Ya te encontraré algo –le dijo–. Pero antes, ¿no quieres tomar nada? Esta noche he preparado una sopa exquisita. Y tengo también judías con jamón y pan recién hecho. Me gusta hacer pan cuando llueve. ¿Pero quieres antes un brandy para entrar en calor?
–¿Un brandy?
–O lo que te apetezca.
–Sí, un brandy estaría bien. Y un plato de sopa. Hace horas que no como nada, gracias.
Predicador se metió detrás de la barra y le sirvió el brandy en una de sus mejores copas. Apenas las usaba con sus clientes habituales, pero quería hacer algo por aquella mujer que, estaba seguro, se encontraba en una situación difícil. Le llevó la copa y regresó después a la cocina.
Sacó la sopa del frigorífico, sirvió un cuenco y lo metió en el microondas. Mientras se calentaba, llevó la servilleta y los cubiertos. Para cuando volvió a la cocina, la sopa ya estaba lista. Tomó un trozo de pan y lo calentó durante unos segundos. Lo colocó después con un poco de mantequilla en un plato. Al salir de la cocina, vio que la recién llegada estaba quitándose la cazadora; por los gestos que hacía, parecía estar dolorida. Su manera de actuar lo hizo detenerse un instante con el ceño fruncido; la mujer miraba por encima del hombro, como si temiera que la sorprendieran haciendo algo malo.
Mientras le dejaba la sopa en la mesa, Predicador pensaba a toda velocidad. Aquella joven debía de medir un metro sesenta y era muy delgada. El pelo, oscuro y rizado, lo llevaba recogido en una cola de caballo debajo de la gorra. Parecía una niña, pero se imaginó que debía de tener más de veinte años. A lo mejor había tenido un accidente de coche, pero era más probable que alguien le hubiera pegado. La mera idea lo hizo temblar por dentro de rabia.
–Tiene muy buen aspecto –comentó agradecida.
Mientras ella comía, Predicador permaneció detrás de la barra. La vio remover la sopa, untar la mantequilla en el pan y comerlo con hambre. Cuando ya había dado cuenta de la mitad de la cena, lo miró con una sonrisa casi de disculpa. A Predicador le desgarraba el corazón ver su rostro herido, verla tan hambrienta.
Cuando advirtió que estaba terminando la sopa con el último trozo de pan, regresó a la mesa.
–Te serviré un poco más.
–No, no hace falta. Creo que ahora sí me tomaré ese brandy que me has ofrecido. Me sentará bien. Después continuaré buscando…
–Relájate –la interrumpió Predicador, e inmediatamente deseó no haber parecido excesivamente duro. A la gente le costaba acostumbrarse a él. Llevó los platos a la barra y limpió la mesa–. Por aquí no hay ningún lugar en el que puedas conseguir habitación. Y las carreteras no son muy buenas, sobre todo con esta lluvia. La verdad es que me temo que no vas a poder ir a ninguna parte.
–¡Oh, no! Escucha, solo tienes que decirme el lugar más cercano en el que puedo… Dios mío, tengo que encontrar algo…
–Tranquilízate. Yo tengo una habitación de sobra. Puedes quedarte aquí. Hace una noche terrible –como era de prever, la chica lo miró con los ojos abiertos como platos–. No te va a pasar nada, y la habitación tiene cerrojo.
–No pretendía…
–No te preocupes. Ya sé que tengo un aspecto que suele asustar a la gente.
–No, es solo que…
–Tranquila, de verdad. Sé cómo soy. Funciona estupendamente con los hombres. Puedo espantar a cualquiera –sonrió.
–No tienes por qué hacer esto. Tengo un coche…
–Dios mío, ¡no sería capaz de dejarte dormir en un coche! –exclamó, e inmediatamente se arrepintió–. Lo siento, a veces hablo en un tono tan amenazador como mi aspecto. Pero lo digo en serio, es mejor que te quedes si el niño no se encuentra bien…
–No puedo. No te conozco.
–Sí, lo sé, y probablemente te genero muchas dudas. Pero soy mucho menos peligroso de lo que parezco. Estarás bien en mi casa, mejor que en cualquier hotel de la autopista, de eso puedes estar segura. Y mucho mejor que intentando conducir por estas carreteras en medio de una tormenta.
La joven se lo quedó mirando durante un largo minuto.
–No. Tengo que marcharme. Si me dices cuánto te…
–Tienes una buena herida –la interrumpió Predicador–. ¿No quieres que te traiga nada para el labio? Tengo un botiquín en la cocina.
–Estoy bien –respondió ella, sacudiendo la cabeza–. ¿Por qué no me dices lo que te debo y…?
–No tengo nada para la fiebre del niño, salvo una habitación con un cerrojo en la que te podrás sentir segura. No puedes rechazar un ofrecimiento así con un niño con fiebre. Sé que doy miedo, pero te aseguro que conmigo estarás completamente segura –le sonrió.
–No me das miedo –respondió con timidez.
–Hay muchas mujeres y niños que se ponen nerviosos al verme, y te aseguro que es algo que odio. ¿Estás huyendo? –le preguntó de pronto.
Su interlocutora bajó la mirada.
–¿Qué crees? ¿Que voy a llamar a la policía? ¿Quién te ha hecho eso?
La chica comenzó a llorar.
–Eh, no, no llores –le suplicó.
Pero ella cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó en ellos la cabeza y continuó sollozando.
–No, por favor, no hagas eso. Nunca sé qué hacer cuando llora una mujer –comenzó a acariciarle la espalda y ella se irguió bruscamente. Predicador alargó entonces la mano hacia la suya para rozársela levemente–. Vamos, no llores. A lo mejor puedo ayudarte.
–No, no puedes.
–Eso nunca se sabe.
–Lo siento –se disculpó ella mientras se secaba la cara–. Supongo que estoy agotada. Ha sido un accidente. Te parecerá una estupidez, pero estaba intentando meter a Chris… –se interrumpió de golpe y miró nerviosa a su alrededor, como si temiera que pudiera haberla oído alguien. Se humedeció los labios–. Estaba intentando meter a Christopher en el coche y he chocado con la puerta. Hay cosas que es mejor hacerlas con calma, ¿verdad? Solo ha sido un accidente, estoy bien.
–Sí, claro. Pero seguro que te duele.
–Me pondré bien.
–Claro que sí. ¿Cómo te llamas? –al comprender que no estaba dispuesta a contestar, añadió–: No tienes por qué tener miedo, no voy a decírselo a nadie. Si alguien viene preguntando por ti, ni siquiera le diré que te he visto –ella lo miraba boquiabierta–. Maldita sea, no debería haber dicho eso, ¿verdad? Bueno, lo único que pretendía decirte es que si estás huyendo de algo o escondiéndote, no pasa nada. Puedes esconderte aquí. No te delataré. ¿Cómo te llamas?
La joven alargó la mano lentamente para acariciarle la cabeza a su hijo. Y continuó en silencio.
Predicador se levantó, quitó el cartel de la puerta y echó el cerrojo.
–Ya está –se sentó al lado de la chica–. Intenta tranquilizarte –le dijo suavemente–. Nadie va a hacerte daño. Puedo ser tu amigo. Y te aseguro que no me da ningún miedo el cobarde que ha sido capaz de hacerle eso a una mujer.
Ella bajó la mirada, como si quisiera evitar cualquier contacto visual.
–Me lo he hecho con la puerta del coche…
–Tampoco me dan miedo los coches viejos –la interrumpió.
La chica emitió un sonido parecido a una risa, pero continuaba evitando su mirada. Alzó la copa de brandy con la mano ligeramente temblorosa y se la llevó a los labios.
–Además, si crees que el niño necesita un médico, tienes uno justo enfrente. Podemos llamarlo, o puedo acompañarte a verlo.
–Creo que solo tiene un catarro.
–Pero si necesita algún medicamento o cualquier otra cosa…
–Creo que está bien, de verdad.
–Mi amigo, el propietario del bar, está casado con una enfermera. Una enfermera especializada. Está capacitada para examinar pacientes, recetar medicinas… Es comadrona y se ocupa de las mujeres de la zona. Podría estar aquí en menos de diez minutos. Si hay una mujer que realmente puede atenderte en estas circunstancias es…
–¿Qué circunstancias? –lo interrumpió ella. El pánico se reflejaba en todas y cada una de sus facciones.
–Me refiero a lo de la puerta del coche y todo lo demás…
–No, de verdad. No hace falta que venga. Mi único problema es que he tenido un día muy largo.
–Sí, me lo imagino. Y la última hora que has pasado conduciendo fuera de la autopista tiene que haber sido horrible si no estás acostumbrada a estas carreteras.
–La verdad es que estaba un poco asustada –admitió suavemente–. Y al no saber siquiera dónde estaba…
–Ahora estás en Virgin River y eso es lo único que importa. Las carreteras son terribles, pero la gente de por aquí es buena. Nos ayudamos en todo lo que podemos, ¿sabes?
Su interlocutora esbozó una sonrisa, pero continuaba sin mirarlo a los ojos.
–¿Cómo te llamas? –insistió Predicador. Ella apretó los labios y sacudió la cabeza–. No te va a pasar nada –añadió suavemente–, de verdad.
–Paige –susurró. Una lágrima se deslizó por su mejilla–. Paige –repitió con un hilo de voz.
–Tienes un nombre muy bonito. Y aquí puedes decirlo sin miedo.
–¿Y tú cómo te llamas?
–John –contestó él, e inmediatamente se preguntó por qué–, John Middleton. Pero nadie me llama así. Todo el mundo me llama «Predicador».
–¿Eres predicador?
–No –replicó él medio riendo–. Para nada. Creo que la última persona que me llamó John fue mi madre.
–¿Y cómo te llamaba tu padre?
–Chaval –contestó con una sonrisa–. «Eh, chaval», solía decirme.
–¿Y por qué todo el mundo te llama «Predicador»?
–Bueno –inclinó la cabeza avergonzado–, no lo sé. Me pusieron ese apodo hace años, cuando estaba en los marines. Mis compañeros decían que era un puritano.
–¿Y lo eras?
–No, qué va. Pero no me gustaba ser un malhablado e iba a misa cuando se celebraba. Crecí rodeado de curas y monjas. Mi madre era una mujer muy devota. Ninguno de los otros soldados iba nunca a misa, por lo menos que yo recuerde. Y cuando iban a emborracharse o en busca de mujeres, yo no los acompañaba. No sé, nunca me he sentido cómodo haciendo ese tipo de cosas. Y las mujeres no se me dan bien –sonrió de pronto–. Aunque supongo que eso es bastante obvio, ¿verdad? Y lo de emborracharme nunca me ha parecido especialmente apetecible.
–Pero tienes un bar.
–El bar es de Jack, pero él cuida de todo el mundo. No deja que nadie salga del establecimiento si no está en perfectas condiciones, ¿sabes? A mí me gusta tomarme una copa al final del día, pero no entiendo qué placer puede encontrar nadie en despertarse con resaca –le sonrió.
–¿Cómo quieres que te llame, «John» o «Predicador»?
–Llámame como quieras.
–John –contestó ella–, ¿te parece bien?
–Sí, si tú quieres… Sí, claro que me gusta. Además, hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así.
Paige bajó la mirada un instante antes de volver a alzarla hacia él.
–Te agradezco mucho lo que estás haciendo por mí. Que hayas dejado el bar abierto y todo lo demás.
–No es para tanto. La mayor parte de las noches el bar está abierto hasta más tarde –inclinó la cabeza hacia el niño–. ¿No se despertará con hambre?
–A lo mejor. Tenía un poco de mantequilla de cacahuete y mermelada en el coche y se lo ha comido casi todo.
–Muy bien. La habitación que te ofrezco está justo encima de la cocina. Puedes bajar para lo que quieras, te dejaré la luz encendida. En la nevera hay leche y zumo de naranja. Y también tienes cereales, pan, mantequilla de cacahuete y sopa, ¿de acuerdo?
–Eres muy amable, pero….
–Paige, creo que necesitas descansar y si el niño está enfermo supongo que no querrás que salga con este frío.
Paige pensó en ello durante algunos segundos y preguntó:
–¿Cuánto me va a costar?
Predicador soltó una carcajada, pero se puso serio inmediatamente.
–Lo siento, no pretendía reírme. Es solo que… en realidad voy a dejarte mi antigua habitación. Esto no es un hotel ni nada parecido. Durante dos años, estuve viviendo en esa habitación, pero después Jack se casó con Mel y me dejó su apartamento. Como ya te he dicho, la habitación está justo encima de la cocina. Huele un poco a café y a beicon por las mañanas, pero es grande y tiene cuarto de baño. Para una noche no está nada mal –se encogió de hombros–. Solo estoy comportándome como un buen vecino.
–Eres muy generoso.
–No es para tanto; al fin y al cabo, nadie va a utilizar esa habitación, y me alegro de poder ayudarte –se aclaró la garganta–. ¿Tienes una maleta o algo que quieras sacar del coche?
–Solo una maleta. Está en el asiento de atrás.
–Iré a buscarla. La botella de brandy está allí –le dijo–. Si te apetece, sírvete un poco más. Y yo creo que me apetecería si estuviera en tu lugar, después de haber cruzado todas estas montañas bajo la lluvia –se levantó–. Tráete la copa y te enseñaré la habitación. Está en el piso de arriba. Eh… ¿quieres que suba yo al niño?
Paige también se levantó.
–Gracias –estiró los hombros, como si los tuviera tensos después de haber conducido durante horas–, si no te importa…
–En absoluto. Y escucha, para que no te preocupes, tu habitación y mi apartamento ni siquiera están conectados. Estaremos separados por las escaleras y la cocina. Así que cierra la puerta y descansa.
Levantó al niño en brazos y le gustó sentir su cabeza apoyada en el hombro. Predicador no tenía mucha experiencia en llevar a niños en brazos, pero le gustó aquella sensación.
–Por aquí.
La condujo hacia las escaleras a través de la cocina y abrió la puerta de su antiguo dormitorio.
–Lo siento –se disculpó–, está un poco desordenado. Dejé aquí parte de mis cosas, como las pesas, pero las sábanas están limpias.
–Está perfectamente. Además, me iré mañana a primera hora.
–No tienes por qué irte tan rápido. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. Ya te he dicho que la habitación está siempre vacía. Así que, si el niño sigue teniendo fiebre…
Dejó al niño en la cama, casi con desgana. El calor de aquel niño contra su pecho le resultaba reconfortante. Apenas podía resistir las ganas de acariciarle el pelo.
–¿Por qué no me dejas las llaves del coche? Así podré subirte la maleta.
Paige metió la mano en su bolsa y le tendió las llaves.
–Ahora mismo vengo.
Predicador fue rápidamente al coche. Era un turismo pequeño, tuvo que echar el asiento completamente hacia atrás y aun así, las rodillas continuaban tocando el volante. Lo llevó a la parte de atrás del bar y lo aparcó al lado de su camioneta, de manera que nadie pudiera verlo desde la calle principal en el caso de que estuviera buscándola. No estaba seguro de por qué, pero no quería que Paige tuviera miedo.
Sacó después la maleta, una maleta demasiado pequeña para alguien que pensaba hacer un viaje.
Cuando regresó a la habitación, encontró a Paige sentada en el borde de la cama, al lado de su hijo, y evidentemente tensa. Predicador dejó la maleta en el suelo y las llaves encima de la cómoda que había al lado de la puerta. Paige se levantó y se volvió hacia él.
–Mira –le explicó Predicador–, te he aparcado el coche justo detrás de mi camioneta. Ahora no se puede ver desde la calle principal. Así que si no lo ves donde lo has dejado, no te asustes, está detrás del bar. Yo te recomiendo que descanses, que esperes a que deje de llover y no salgas de viaje hasta que sea de día. Pero si por cualquier cosa te pones nerviosa, el bar puede abrirse desde dentro y aquí tienes las llaves del coche. En el caso de que… en el caso de que quieras marcharte, puedes dejar la puerta abierta. Estamos en un lugar seguro, de hecho a veces hasta nos olvidamos de cerrar la puerta. Pero esta noche que estáis aquí el niño y tú, me aseguraré de cerrar con llave. Eh… Paige, no tienes por qué preocuparte de nada. Soy un hombre en el que se puede confiar. Si no fuera así, Jack no me dejaría a cargo del bar, ¿de acuerdo? Ahora, intenta descansar.
–Gracias –susurró Paige.
Predicador cerró la puerta y oyó que ella echaba el cerrojo, intentando protegerse.
Permaneció allí durante un largo minuto. Y tardó aproximadamente cinco segundos en concluir que alguien, probablemente su marido o su novio, le había pegado y ella había decidido huir con su hijo. Por supuesto, él sabía que esa clase de cosas ocurrían constantemente. Pero jamás había conseguido comprender qué satisfacción podía obtener un hombre al pegar a una mujer. Para él no tenía sentido. Si uno tenía una mujer, tenía que tratarla bien. Tenía que hacerla sentirse segura, estaba obligado a protegerla.
Bajó al bar, apagó las luces, revisó la cocina y, después de encender la luz de la escalera por si Paige quería bajar, fue al apartamento que había detrás de la cocina. Llevaba solo unos minutos allí cuando se acordó de que no había toallas limpias en el cuarto de baño de Paige. Se metió en el baño, sacó un juego de toallas limpias del armario y las subió al dormitorio.
La puerta estaba ligeramente abierta, así que pensó que a lo mejor Paige ya había bajado a la cocina. Vio un vaso de zumo de naranja encima de la cómoda y se alegró de que se lo hubiera servido ella misma. A través de la rendija, pudo ver su reflejo en el espejo de la cómoda. Paige estaba de espaldas al espejo, se había quitado la sudadera y estaba intentando verse la parte superior de los brazos: los tenía cubiertos de moratones. Tenía cardenales en la espalda, en un hombro y en la parte superior de los brazos.
Predicador no daba crédito a lo que estaba viendo. Durante unos instantes, fue incapaz de apartar la mirada.
–Dios mío –susurró casi sin aliento.
Retrocedió rápidamente y se apoyó contra la pared, evitando aquella imagen. Estaba sobrecogido, horrorizado, y solo era capaz de pensar en qué clase de animal era capaz de hacer una salvajada como aquella. Jamás en su vida había imaginado nada igual. Él había sido soldado, lo habían preparado para luchar, y aun así, estaba convencido de que jamás había infligido tanto daño a un hombre que lo igualara en peso y tamaño.
Algo muy dentro de él le decía que no debería decirle a Paige que había sido testigo de aquella monstruosidad. Ella tenía miedo de todo. Pero aquella chica había recibido una paliza brutal. Y él, que apenas la conocía, estaba deseando matar al hijo de perra que había sido capaz de hacerle una cosa así.
Ella no tenía que saber lo que estaba sintiendo. Eso solo serviría para asustarla todavía más. De modo que Predicador tomó aire, intentó recuperar la compostura y llamó a la puerta.
–¿Sí? –oyó decir a Paige. Parecía sobresaltada.
–Te he traído toallas.
–Espera un momento, ¿quieres?
–Tómate todo el tiempo que quieras.
Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió un poco más. Paige había vuelto a ponerse la sudadera.
–Había olvidado que no había dejado nada en el cuarto de baño. Supongo que necesitarás una toalla. No volveré a molestarte.
–Gracias, John.
–De nada, Paige. Que duermas bien.
Paige corrió la cómoda, intentando no hacer ruido, hasta ponerla delante de la puerta. Esperaba que John no lo hubiera oído, pero por lo que hasta ese momento había podido ver, la cocina estaba justo debajo de esa habitación. Y si aquel hombre pretendía hacerles a ella o a Christopher algún daño, ya podría habérselo hecho, por no mencionar que un simple cerrojo y una cómoda vacía no bastarían para detenerlo.
Por mucho que le apeteciera disfrutar de un baño caliente en la bañera, se habría sentido demasiado vulnerable estando desnuda. Desde el cuarto de baño no podría oír a Christopher si la llamaba, y tampoco si alguien intentaba abrir la puerta, por lo que optó por lavarse rápidamente y cambiarse de ropa. Salió y sin apagar la luz del cuarto de baño se tumbó en la cama, encima de la colcha. Sabía que no podría dormir, pero al cabo de un rato consiguió tranquilizarse. Fijó la mirada en las vigas de aquel techo abuhardillado. Y recordó otros momentos de su vida en los que se había encontrado en una situación parecida.
La primera vez había sido en la casa en la que había crecido. Era una casa pequeña, de solo dos dormitorios, y ya era vieja cuando sus padres se habían mudado, pero el barrio era limpio y tranquilo en aquella época, veinte años atrás. Cuando ella tenía nueve años, su madre le había preparado una habitación en el ático. Era también una habitación abuhardillada, con las vigas al descubierto; tenía que compartirla con las cajas que se apilaban contra una de las paredes, pero aquel era su espacio, su refugio. Desde la cama oía con frecuencia las discusiones de sus padres. Y tras la muerte de su padre, que había fallecido cuando ella tenía once años, las discusiones de Bud, su hermano mayor, con su madre.
Por lo que había aprendido sobre violencia doméstica durante los últimos años, debería haberse imaginado que terminaría con un maltratador, aunque su padre jamás les hubiera puesto la mano encima ni a ella ni a su madre y a lo máximo que se había atrevido su hermano había sido a darles un empujón. Pero desde luego, si algo sabían hacer los hombres de su familia, era gritar. Gritaban tan alto y con tanta furia, que muchas veces le extrañaba que hubieran sobrevivido los cristales de las ventanas. Exigencias, menosprecio, acusaciones, enfados e insultos. Era solo una cuestión de grado: un maltrato era un maltrato.
La segunda vez que se había descubierto en una cama, con la mirada clavada en las vigas del techo, había sido poco después de marcharse de casa. Al salir del instituto, había estudiado peluquería y había continuado viviendo con su madre hasta los veintiún años. Después, había alquilado una casa junto a dos amigas. Paige se había quedado con el dormitorio del ático. Le encantaba aquella habitación, aunque no era más grande que la de su infancia y tenía que agacharse para no golpearse la cabeza con el techo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, porque los dos años que había pasado con Pat y Jeannie habían sido los más felices de su vida. A veces las echaba tanto de menos, que le dolía. Tres peluqueras que tenían apenas lo justo para pagar el alquiler, la ropa y la comida, y sin embargo, aquello les parecía la gloria. Cuando no tenían dinero para salir, compraban palomitas y vino barato y organizaban una fiesta en casa. Hablaban de las mujeres a las que habían peinado, de chicos y de sexo, y se morían de risa.
Y entonces había aparecido Wes en su vida, un ejecutivo seis años mayor que ella. Le sorprendió pensar que en aquel entonces Wes tenía los años que tenía ella en aquel momento; veintinueve. A Paige le había parecido un hombre maduro y con mucha experiencia. Solo llevaba un par de meses siendo su peluquera cuando Wes la había invitado a salir. La había llevado a un restaurante tan caro que hasta las camareras iban más elegantes que ella. Wes conducía un deportivo con asientos de cuero y los cristales ahumados; y conducía siempre a toda velocidad, algo que a los veintitrés años a Paige no le había parecido peligroso. Al contrario, era emocionante. Y cuando lo oía gritar a los otros conductores, siempre pensaba que tenía razón. Era un hombre poderoso y, según los parámetros de Paige, también rico.
Tenía una casa propia y era agente de bolsa, tenía un trabajo que requería inteligencia y grandes dosis de energía. Estaba dispuesto a salir todas las noches y le compraba de todo. Sacaba la cartera del bolsillo y le decía:
–No sé lo que quieres, pero como sé que cualquier cosa te gusta, cómprate lo que te apetezca. Porque lo único que realmente me importa es verte feliz.
Ni a Pat ni a Jeannie les gustaba, pero era lógico. Con ellas no era nada amable. Las trataba como si fueran solamente elementos decorativos. Contestaba a sus preguntas con monosílabos. De hecho, Paige ni siquiera recordaba lo que sus amigas le decían cuando habían intentado prevenirla contra él.
Después, había comenzado la locura y ella había perdido completamente el control sobre su vida. Wes había empezado a pegarle antes de la boda, pero aun así, ella se había casado con él.
La primera vez había sido estando en el coche, a partir de una discusión sobre el lugar en el que ella debía vivir. Wes pensaba que estaría mejor con su madre que en una casa vieja, en un barrio más que cuestionable y «con un par de tortilleras», había dicho exactamente. Había sido de lo más desagradable. Pero ella también le había soltado su ración de lindezas.
Wes había dicho algo así como:
–Quiero que te vayas a casa de tu madre, y no que sigas viviendo en un prostíbulo.
–¿Pero quién demonios te has creído que eres para decirme que vivo en un prostíbulo?
–¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono?
–¿Insultas a mis mejores amigas y te quejas del tono en el que te hablo?
–Yo solo estoy pensando en tu seguridad. Dices que quieres casarte conmigo y me gustaría que continuaras siendo la que eres cuando eso suceda.
–Pues lo siento, porque me encanta vivir donde vivo y no pienso dejar que me digas lo que tengo que hacer. Además, no pienso casarme con nadie que hable así de mis mejores amigas.
Había habido más. Mucho más. Paige recordaba vagamente que la había insultado. Él le había dicho que era una perra. El caso era que los dos habían contribuido a elevar el nivel de los insultos.
Y al final Wes le había dado una bofetada. Se había derrumbado inmediatamente, se había puesto a llorar como un bebé y le había dicho que no sabía lo que le había pasado, que a lo mejor todo era porque nunca había estado enamorado. Había reconocido que estaba mal lo que había hecho, le había dicho que estaba avergonzado, pero que quería pasar con ella el resto de su vida, que no quería perderla. Por supuesto, se había disculpado por lo que había dicho de sus compañeras de piso e incluso había llegado a admitir que a lo mejor estaba celoso de su lealtad hacia ellas. La quería tanto que se estaba volviendo loco, le decía. Era la primera persona por la que había sentido algo así. ¡Sin ella no era nada!
Paige lo había creído, pero jamás había vuelto a pronunciar un insulto delante de él.
No les había contado ni a Pat ni a Jeannie nada de lo ocurrido para no arriesgarse a oír su desaprobación. Solo había tardado un par de días en superar lo de la bofetada. Al fin y al cabo, no era para tanto. Y no le había llevado más de un mes olvidar casi por completo aquel incidente y volver a confiar en él. Lo veía como un hombre enérgico y seguro. Inteligente. Los hombres pasivos no podían tener tanto éxito como él. Y a ella nunca le habían gustado los hombres pasivos.
Y un buen día, Wes le había dicho que ya no quería seguir esperando.
–Quiero que nos casemos cuanto antes. Que celebremos una boda espectacular. Y después no tendrás que volver a trabajar.
Dedicarse a cortar el pelo y a peinar durante seis días a la semana no era un trabajo fácil, por mucho que a Paige le gustara. Por las noches le dolían las piernas y estaban empezando a salirle juanetes. Muchas veces pensaba que le gustaría mucho más si solo trabajara seis horas cuatro días a la semana, pero aquel era un sueño imposible. Apenas llegaba a final de mes trabajando lo que trabajaba, y desde que su padre había muerto su madre tenía dos trabajos. Al verla, Paige imaginaba su futuro. Se veía sola, débil y trabajando hasta el día de su muerte. La imagen de sus compañeras de piso llevando la cola de su vestido de novia y sonriendo con sana envidia ante su buena suerte y la relajada vida de la que disfrutaría estando casada había bastado para darle el empujón definitivo. Y había dicho que sí.
Wes había vuelto a pegarle durante la luna de miel.
Durante los seis años siguientes, Paige lo había intentado todo: psicólogos, denuncias, huidas. Pero las pocas veces que la policía había llegado a detenerlo, cuando había salido de la comisaría, la situación había sido mucho peor. Ni siquiera el embarazo había detenido los malos tratos. Paige había descubierto de forma casual que podía haber un poco más en aquella ecuación, cierta sustancia química que le daba a Wes la energía para trabajar durante horas y horas. ¿Cocaína, quizá? Sabía también que él tomaba algo que le daba su entrenador personal, aunque juraba que no eran esteroides. Paige era consciente de que muchos agentes de bolsa tomaban cocaína y de que un régimen a base de esteroides y cocaína podía haberlo hecho enloquecer. No sabía cuánto podía durar aquella situación, pero sabía que Wes estaba loco.
Aquella era su última oportunidad. A través de un refugio para mujeres maltratadas había conocido a una mujer que le había dicho que podía ayudarla a huir, a cambiar de identidad y escapar. Había toda una red dispuesta a ayudar a mujeres en su situación. Si Christopher y ella conseguían llegar hasta el primer contacto, podrían ir desplazándose de lugar en lugar bajo falsas identidades. El lado bueno de aquella solución era que realmente funcionaba. Si la mujer en cuestión seguía las instrucciones que le daban, era un método casi infalible. El lado malo era que era ilegal y, además, una solución para toda la vida. Pero solo tenía dos opciones: seguir viviendo como hasta entonces, cubierta siempre de moratones, temiendo que la mataran cualquier día, o convertirse en otra persona, asumir la identidad de otra mujer y evitar así que volvieran a maltratarla.
Llevaba un tiempo ahorrando parte del dinero que tenía asignado para las compras de la casa y había preparado una maleta que le había escondido el contacto que había hecho en el refugio. Había conseguido casi quinientos dólares y estaba dispuesta a escapar con Christopher antes de que estallara un nuevo episodio de violencia. Después de la última paliza, tenía la certeza de que pronto sería demasiado tarde.
De modo que allí estaba, con la mirada clavada en un techo abuhardillado y ante una nueva encrucijada. Estaba segura de que no podría dormir. Apenas había podido dormir durante aquellos seis años. Las preocupaciones no se lo permitían.
Sin embargo, se despertó por la mañana en una habitación iluminada por el sol, oyendo los chasquidos regulares de un hacha sobre la leña. Alguien estaba cortando leña para la chimenea. Se sentó lentamente y llegó hasta ella el olor del café. Así que al final había dormido, pensó. Y también Christopher.
La cómoda continuaba apoyada contra la puerta.
Capítulo 2
Predicador no había dormido apenas. Se había pasado gran parte de la noche delante del ordenador. Era como si aquella pequeña máquina la hubieran inventado para él, le encantaba aquel artilugio. Llevaba tiempo intentando convencer a Jack de que informatizara el inventario, pero Jack prefería un sujetapapeles que era como una extensión de su brazo y no quería saber nada de las nuevas tecnologías. La conexión de Internet era lenta en el pueblo, pero Predicador tenía paciencia y había conseguido encontrar la información que necesitaba.
El resto de la noche lo había pasado intentando conciliar el sueño, que parecía eludirlo constantemente. Se había levantado varias veces de la cama y se había asomado a la ventana para ver si seguía allí el coche de Paige. Al final, se había levantado definitivamente a las cinco, cuando todavía no había amanecido. Había ido a la cocina para hacer café y había encendido la chimenea. En el piso de arriba no se oía nada.
La lluvia había cesado, pero el cielo continuaba cubierto y hacía frío. Le habría gustado salir a partir la leña para desahogar parte de su agresividad, pero era Jack el que hacía habitualmente aquel trabajo. A las seis y media, Jack había llegado al bar, todo sonrisas. Desde que se había casado, parecía el hombre más feliz de Virgin River. Era como si no pudiera dejar de sonreír.
Predicador, que permanecía detrás de la barra, alzó la taza de café para saludar a su amigo.
–Cómo ha llovido, ¿eh? –dijo Jack.
–Jack, escucha, ayer hice algo…
Jack se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero de la puerta.
–¿Se te quemó la sopa, Predicador?
–Tengo a una mujer en el piso de arriba.
Jack se quedó completamente estupefacto. Predicador no solía salir con mujeres. Jamás coqueteaba con ellas. Por supuesto, Jack no sabía cómo vivía él aquella situación, pero, al fin y al cabo, se trataba de Predicador. Cuando los marines que Jack tenía a sus órdenes en el ejército iban en busca de mujeres con las que pasar la noche, Predicador nunca los acompañaba. Sus compañeros, burlándose de él, le llamaban «el Gran Eunuco».
–¿Ah, sí?
Predicador sacó otra taza y le sirvió un café a Jack.
–Vino ayer por la noche, durante la tormenta, con un niño enfermo. Los he dejado dormir en mi antigua habitación, porque no hay otro lugar en el que alojarse en esta zona.
–Bueno –contestó Jack, tomando la taza–, me parece un gesto muy amable por tu parte. ¿Ha robado la cubertería de plata o algo así?
Predicador esbozó una mueca. No tenían cubertería de plata ni nada que se le pareciera; lo único de valor que había en el bar era el dinero de la caja.
–Parece una mujer con problemas –le explicó a Jack–. Tengo la sensación de que está huyendo de algo.
–¿Ah, sí? –repitió Jack, mostrando nuevamente su perplejidad.
Predicador lo miró entonces a los ojos.
–Creo que necesita ayuda. Tiene un moratón en la cara.
–Vaya –musitó Jack.
–¿Mel vendrá hoy a la consulta?
–Por supuesto.
–Creo que debería echarle un vistazo al niño. Y Paige, la chica, dice que está bien, pero quizá… Bueno, a lo mejor Mel puede… No estoy seguro, pero…
Jack bebió un sorbo de café.
–Muy bien, ¿y después qué?
Predicador se encogió de hombros.
–Creo que quiere marcharse. Está muy nerviosa y parece asustada, pero me gustaría que por lo menos pudiera verla Mel.
–Probablemente sea una buena idea.
–Sí, eso es lo que haré. Le pediré a Mel que la vea. Pero no sé si seré capaz de convencerla a la chica. Creo que deberías ser tú el que lo hiciera. Podrías sugerirle que…
–No, Predicador, tú puedes manejar perfectamente esta situación. De hecho, eres tú el que tiene que hacerlo. Yo ni siquiera la he visto. Intenta hablar con ella tranquilamente, sin asustarla.
–Ya está asustada, por eso creo que puede tener algún problema. El niño todavía no me ha visto porque ayer estaba dormido, pero probablemente en cuanto abra los ojos y me vea se pondrá a gritar.
A las siete y media, Predicador preparó una bandeja con cereales, tostadas, café, zumo de naranja y leche. Fue al piso de arriba y llamó suavemente a la puerta. Esta se abrió inmediatamente. Paige ya estaba duchada y vestida. Llevaba los mismos vaqueros de la noche anterior y una camisa azul de manga larga. Por el cuello de la camisa asomaba un moratón. Al verlo, Predicador se ruborizó inmediatamente, pero intentó disimularlo. Se concentró entonces en su mirada, en aquellos ojos de color verde esmeralda, y en el pelo húmedo, que le caía rizado sobre los hombros.
–Buenos días –la saludó, en un tono suave y tranquilo, como habría hecho Jack en su lugar.
–Vaya, has madrugado.
–Llevo ya horas levantado.
–¿Mamá? –dijo una vocecita detrás de ella.
Predicador miró por encima de Paige y vio a Christopher sentado con las piernas cruzadas en medio de la cama.
Paige abrió la puerta para que Predicador pudiera pasar. Este dejó la bandeja encima de la cómoda y saludó al niño con un movimiento de cabeza. Intentó relajar sus facciones, pero no estaba seguro de haber tenido mucho éxito.
–Hola, muchachito, ¿quieres desayunar?
El niño se encogió de hombros, pero tenía los ojos fijos en Predicador.
–No se relaciona muy bien con los hombres –susurró Paige–. Es muy vergonzoso.
–¿Sí? Yo también. Pero no te preocupes, ahora mismo me voy.
Miró al niño e intentó sonreír. Entonces, el niño le señaló la cabeza y preguntó:
–¿Te la has afeitado?
Aquella pregunta hizo reír a Predicador.
–Sí, ¿quieres tocarla? –se acercó lentamente a la cama e inclinó la cabeza. Pronto sintió una manita sobre la cabeza–. Te gusta, ¿verdad?
El niño asintió.
Predicador se acercó de nuevo a Paige.
–La mujer de mi amigo, Melinda, estará esta mañana en la consulta del médico y quiero que vayas a verla. Puede echarle un vistazo al niño.
–Me dijiste que es enfermera, ¿verdad?
–Sí, enfermera especialista y comadrona. Ayuda a traer niños al mundo y ese tipo de cosas.
–Ah –contestó Paige, algo más interesada–, probablemente sea una buena idea. Pero no tengo mucho dinero…
Predicador se echó a reír.
–Aquí no nos preocupamos por el dinero cuando alguien necesita ayuda. No pasa nada.
–Si estás seguro…
–Claro que sí. Cuando estés lista, baja al bar. Mel suele llegar a la consulta a las ocho, pero tómate el tiempo que quieras. No suele haber muchos enfermos por la zona y ni el médico ni ella tienen mucho trabajo.
–De acuerdo, y después nos iremos.
–Eh… si lo necesitas, puedes quedarte un par de días. Si el niño no se encuentra bien o si estás cansada de conducir, puedes…
–Creo que saldré hoy mismo.
–¿Hacia dónde te diriges? Ayer no me lo dijiste.
–A un pueblo que está un poco más lejos de aquí… Tengo una amiga en… Vamos a visitarla…
–Ah. Bueno, de todas formas, piensa en ello. La oferta sigue en pie.
Mientras Christopher daba cuenta del cuenco de cereales en la cama, Paige se maquillaba mirándose en el espejo de la cómoda, intentando ocultar el moratón de la mejilla. Y por lo menos consiguió aclararlo. Lo que no podía disimular de ninguna de las maneras era el corte del labio. Christopher se lo había tocado y había dicho: «Mami, pupa».
Revivió entonces la última paliza. Lo que más le desconcertaba era que ni siquiera era capaz de recordar cómo había empezado. Había sido algo sobre los juguetes de Christopher, que estaban extendidos por todo el cuarto de estar, y después había habido algún problema con un traje de Wes. Recordaba también que a Wes no le había gustado la cena que le había preparado. ¿O habría sido lo que ella había dicho sobre los juguetes lo que había desencadenado la discusión?
–Dios mío, Wes, claro que están los juguetes en el cuarto de estar. El niño juega con ellos. Dame un minuto y…
¿Había sido entonces cuando le había dado una bofetada? No, había sido justo después, cuando le había pedido que no se pusiera nervioso, que ya se encargaría ella de recogerlos.
¿Cómo era posible que no se hubiera imaginado que iba a reaccionar así? A lo mejor porque nunca sabía cómo iba a reaccionar. Llevaban varios meses tranquilos. Pero aquella tarde, cuando Wes había vuelto de la oficina, lo había visto en sus ojos. Tenía aquella mirada que le decía que iba a pegarle sin que ninguno de ellos supiera exactamente por qué. Y como ocurría siempre, para cuando se había dado cuenta de que se estaba adentrando en un terreno peligroso, ya era demasiado tarde.
Después de aquella paliza, había puesto en funcionamiento su plan, consciente de que corría peligro de perder al bebé que llevaba en el vientre, un bebé del que le había hablado a Wes no mucho tiempo atrás. Pero eso no había impedido que él le pateara el vientre. Así que al día siguiente, se había levantado de la cama y había ido a buscar a Christopher a la guardería. Debbie, la chica que atendía la recepción, se había quedado de piedra al verle la cara.
–El señor… El señor Lassiter nos ha pedido que lo llamáramos si venía a buscar a Christopher –le había dicho.
–Mírame, Debbie. A lo mejor, aunque solo sea por una vez, podrías olvidarte de llamarlo.
–Yo, no sé…
–A ti no va a hacerte nada.
–Señora Lassiter, debería llamar a la policía.
Paige se había reído con amargura al oírla.
–Supongo que crees que hasta ahora no lo he hecho…
Al final, habían conseguido salir de la ciudad con una maleta, quinientos dólares en el bolsillo y una dirección.
Y allí estaba, de nuevo bajo un techo abuhardillado, terriblemente asustada, pero, al menos de momento, aparentemente a salvo.
Mientras Christopher comía, estuvo curioseando la habitación sin tocar nada. No era una habitación demasiado grande, pero en ella había suficiente espacio para las pesas y los aparatos de gimnasia de Predicador. Había una estantería en una de las paredes y también una pila de libros en el suelo. Mientras los miraba, Paige permanecía con las manos en la espalda; la fuerza de la costumbre, ya que a Wes no le gustaba que tocara sus cosas, solo podía tocar libremente la ropa que tenía que llevarle a la lavadora. Los títulos le resultaron escalofriantes: la biografía de Napoleón, otro sobre la Segunda Guerra Mundial, otro sobre Hitler… No había ningún libro de ficción, todos eran libros sobre el ejército o sobre política, la mayor parte ejemplares antiguos.
Cuando Chris terminó el desayuno, Paige le puso la cazadora, se puso después ella la suya y se colgó el bolso al hombro. Dejó la maleta cerrada encima de la cama y bajó la bandeja del desayuno. Encontró a John en la cocina, con un delantal, dando la vuelta a una hamburguesa y pendiente también de una tortilla.
–Adelante, deja la bandeja en el mostrador y ahora te atiendo.
–Puedo lavar yo esto si quieres…
–No, ya lo haré yo.
Paige le observó presionar las hamburguesas con la espumadera y salpicar la tortilla con queso rallado. Cuando salieron las tostadas del tostador, las colocó en una fuente junto a la mantequilla, las hamburguesas y la tortilla, se quitó el delantal y lo colgó en una percha. Aquel día iba vestido con unos vaqueros y una camiseta negra que marcaba sus músculos. Los bíceps de aquel hombre eran como melones. Si en vez de una camiseta negra la hubiera llevado blanca, se habría parecido a Don Limpio.
Predicador descolgó una cazadora del perchero, se la puso, agarró la bandeja y le dijo a Paige:
–Vamos –salió hacia el bar y volvió a llenarle la taza de café a uno de los clientes–. Ahora mismo vuelvo. Te dejo aquí la jarra del café. Si necesitas algo, Jack está fuera.
Paige miró de reojo hacia la ventana y vio a un hombre vestido con vaqueros y camisa de franela cortando un tronco de leña. Había sido eso lo que la había despertado. Se fijó en la potente musculatura de aquel hombre, no tan marcada como la de John, pero también impresionante.
Wes no tenía un físico como el de aquellos hombres; era alto y fibroso, pero en cuanto a musculatura, no había comparación, ni siquiera con la ayuda de la química. Si John pegara a una mujer como lo hacía Wes, la mujer en cuestión no viviría para contarlo. Se estremeció al pensar en ello.
–Mira, mamá –dijo Chris, señalando la cabeza de ciervo que había sobre la puerta.
–Ya la veo, hijo –aquel lugar parecía un refugio de cazadores.
John asomó la cabeza por la puerta de atrás y gritó:
–¡Jack! Voy a la casa del médico. Ahora mismo vuelvo.
Se volvió después hacia Paige y le hizo un gesto con la cabeza para que lo precediera. Le abrió la puerta y la siguió hasta la calle.
–¿Cómo se encuentra esta mañana? –le preguntó.
–Ha desayunado. Por lo menos eso es una buena señal.
–Sí, desde luego. ¿Y la fiebre? –susurró.
–No tengo termómetro, así que no estoy segura, pero creo que todavía está bastante caliente.
–Entonces será mejor que Mel le eche un vistazo –dijo Predicador.
Caminaba a su lado, pero tenía mucho cuidado de no acercarse demasiado. Miró al niño de reojo. Este los miraba alternativamente a su madre y a él con expresión de recelo.
–Mel es la mejor –le dijo Predicador–. No te pasará nada, ya lo verás.
Paige alzó la mirada hacia Predicador y le dirigió una sonrisa tan dulce, que aquel hombretón se derritió por dentro. Tenía una mirada tan triste, y parecía tan asustada… No podía evitarlo y Predicador la comprendía. De hecho, si no hubiera sido porque no quería asustarla, le habría dado la mano para infundirle valor. Pero Paige no solo tenía miedo de quienquiera que fuera de quien estuviera huyendo. Tenía miedo de todo, y, por lo tanto, también de él.
–No tienes por qué ponerte nerviosa –le dijo a ella–. Es una mujer muy amable.
–No estoy nerviosa.
–En cuanto os presente, volveré al bar, a no ser que prefieras que me quede.
–Estaré bien, gracias.
Melinda estaba sentada en los escalones del porche de la casa del médico, disfrutando de un café y oyendo los hachazos de Jack. Jack la había llamado al poco tiempo de llegar al bar para decirle que se fuera preparando porque Predicador tenía una paciente para ella.
–¿Ah, sí? –había respondido Mel.
–Por lo visto, llegó una mujer ayer por la noche al bar, durante la tormenta, y él le ofreció que se quedara a pasar la noche en su antigua habitación. Dice que tiene un niño con fiebre, y también que parece una mujer con problemas.
–¿Qué clase de problemas?
–Ni idea. Todavía no la he visto.
–Muy bien, me ocuparé de ello.
Por pura intuición, había metido la cámara fotográfica en el bolso. Y en aquel momento, mientras observaba la puerta del bar desde los escalones del porche, vio algo con lo que nunca había esperado encontrarse. Predicador le sostenía la puerta a la mujer y al niño y cruzaba la calle con ellos. Parecía estar hablándole con una gran delicadeza y la preocupación se reflejaba en todas sus facciones. Era sorprendente, porque Predicador siempre había sido un hombre parco en palabras. A ella le había costado casi un mes oírle pronunciar diez palabras seguidas. Que estuviera hablando así con una desconocida era algo completamente inaudito.
Cuando se acercaron, Mel se levantó. La mujer parecía tener unos veinticinco años; inmediatamente se fijó en el moratón que había intentado disimular con el maquillaje. Sin embargo, el corte del labio no había podido ocultarlo. Aquel era el problema que Predicador había visto. Mel se encogió por dentro, pero sonrió mientras se presentaba.
–Hola, soy Mel Sheridan.
–Paige –susurró Paige tras unos segundos de vacilación.
Inmediatamente después, miró asustada hacia atrás.
–Tranquilízate, Paige –le dijo Predicador–. Con Mel estás completamente a salvo. Toda la información que le des será confidencial. En eso resulta casi ridícula.
Mel se echó a reír, como si le hubiera parecido gracioso el comentario de Predicador.
–No, no soy en absoluto ridícula. Esto es la consulta de un médico y toda la información que recibimos aquí es absolutamente confidencial, eso es todo –le tendió la mano a Paige–. Encantada de conocerte.
Paige le estrechó la mano que le ofrecía y miró a Predicador
–Gracias, John.
–¿John? –preguntó Mel, y se rio suavemente–. Creo que es la primera vez que oigo que alguien te llama así. John –inclinó ligeramente la cabeza–. Ven conmigo, Paige –y se dirigió hacia el interior de la casa.
Dentro encontraron al doctor. Estaba sentado detrás del ordenador del escritorio de recepción. Alzó ligeramente la cabeza, asintió y continuó trabajando.
–Este es el doctor Mullins –le explicó Mel a Paige–. Por aquí.
Abrió la puerta de la sala de reconocimientos y dejó que Paige la precediera. Cerró después la puerta y dijo:
–Soy enfermera especialista y comadrona, Paige. Si quieres, puedo examinar a tu hijo. Tengo entendido que crees que tiene fiebre.
–Está muy caliente y lo veo muy débil.
–Vamos a ver –dijo Mel en tono animado, tomando las riendas de la situación.
Se inclinó y le preguntó al niño si había ido antes al médico. Lo sentó después en la camilla, le enseñó el termómetro digital y le preguntó si sabía lo que había que hacer con él. El niño se señaló la oreja y Mel se rio encantada.
–Eres todo un experto –lo felicitó. Tomó entonces el estetoscopio–. ¿Te importa que escuche los latidos de tu corazón?
El niño negó con la cabeza.
–Intentaré no hacerte cosquillas, aunque me va a resultar difícil, porque me divierte mucho. Me encanta oír a la gente reír.
El niño se rio entonces suavemente. Mel le dejó escuchar su corazón y después lo auscultó. Le palpó los nódulos linfáticos mientras le exploraba el pecho, y después la pierna y la mano. Le examinó los oídos y la garganta y, para cuando terminó, Christopher ya se sentía cómodo con ella.
–Creo que es un virus, no parece nada demasiado serio. Solo tiene treinta y siete y medio de fiebre. ¿Ha tomado algo?
–Ayer por la noche le di Tylenol infantil.
–Ah, entonces está bastante bien. Tiene un poco irritada la garganta. Continúa dándole el Tylenol y asegúrate de que beba mucho líquido. No creo que tengas que preocuparte. Por supuesto, si empeora, puedes venir a vernos.
–Entonces, ¿está en condiciones de viajar?
Mel se encogió de hombros.
–No lo sé, Paige. ¿Quieres que hablemos ahora de ti? Estoy aquí para ayudarte.
Paige bajó inmediatamente la mirada. Mel comprendía perfectamente lo que estaba pasando. Había trabajado durante muchos años como enfermera de urgencias en el hospital de una gran ciudad y había visto a muchas víctimas de malos tratos. El moratón de la cara, la herida del labio y la necesidad de huir eran síntomas inequívocos de lo que estaba pasando.
Al cabo de unos segundos, Paige volvió a alzar la mirada.
–Estoy embarazada. Y tengo pérdidas.
–Además de algunos moratones.
Paige desvió la mirada y asintió.
–De acuerdo. ¿Quieres que te examine?
–Sí, por favor. ¿Pero qué hacemos con Chris?
–Oh, por eso no te preocupes –se inclinó hacia Chris con una sonrisa–. ¿Te gusta pintar, muchachito? Porque tengo montones de cuadernos y pinturas –el niño asintió con timidez–. Estupendo, ven conmigo.
Bajó al niño de la camilla, después sacó una bata del armario y se la tendió a Paige.
–Ve poniéndote esto, volveré dentro de unos minutos. Y no tengas miedo. Lo haré todo muy despacio.
–¿Se va a quedar el niño solo? –preguntó Paige.
–Más o menos –Mel se echó a reír–. Voy a dejarlo con el doctor.
–Christopher es muy tímido con los hombres…
–No le pasará nada. Al doctor se le dan muy bien los niños, sobre todo los tímidos.
–Si está segura….
–Lo hacemos continuamente, Paige. Tú procura tranquilizarte.
Mel se llevó a Christopher a la cocina y después de dejarlo sentado a la mesa con los cuadernos y las pinturas, preparó una cafetera de café. Descafeinado. Después se acercó a la recepción y tomó uno de los formularios para los pacientes. Teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba, prefería examinar a Paige antes de hacerla enfrentarse a todo aquel papeleo. Con el sujetapapeles en la mano, le pidió al médico que le echara un vistazo al niño mientras ella examinaba a la paciente.
Al estar ella misma embarazada, a Mel le enfermaba pensar que alguien pudiera haber pegado a una mujer en su estado. Nunca dejaba de sorprenderle que pudiera seguir soportándose a un hombre después de algo así. Con el formulario en el sujetapapeles, la cámara fotográfica en la mano, una taza de café en la otra y el estetoscopio al cuello, llamó suavemente a la puerta de la sala de reconocimientos.
–Ya puede pasar –contestó Paige suavemente.
–Muy bien, y puedes tutearme, ¿de acuerdo? –comenzó a decir Mel mientras dejaba el formulario encima del mostrador–. Lo primero que haremos será ver cómo tienes la tensión.
Le agarró el brazo a Paige para tomarle la tensión y se quedó helada al ver el enorme moratón que lo cubría en gran parte.
Mel dejó el aparato de la presión y le subió la bata con delicadeza. Tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar una exclamación. Le revisó lentamente las heridas de la espalda, el pecho y el brazo. Después le levantó la bata para verle las piernas. También estaban llenas de moratones. Miró el rostro de aquella joven. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas.
–Paige –dijo Mel en un susurro–, Dios mío…
Paige se cubrió el rostro con las manos, avergonzada por haber consentido aquella situación.
–¿Te han violado? –preguntó Mel con delicadeza.
–No.
–¿Quién te ha hecho esto? –Paige se limitó a cerrar los ojos y negó con la cabeza–. No importa, ahora estás a salvo.
–Mi marido –contestó entonces Paige con un suspiro.
–¿Y estás huyendo de él?
Asintió.
–Ahora, déjame ayudarte a tumbarte. Despacio. ¿Te encuentras bien?
Paige asintió evitando mirarla a los ojos. Mel le apartó la bata dejando al descubierto los senos, las piernas y los brazos cubiertos de moratones. Le palpó el abdomen y Paige hizo una mueca de dolor.
–¿Te duele aquí?¿Aquí? –cuando Paige asentía o negaba con la cabeza, Mel continuaba la exploración–. ¿Tienes sangre en la orina? –preguntó.
Paige se encogió de hombros.
–La única forma de conseguir una muestra de orina limpia si tienes pérdidas es con un catéter, ¿te importa que te tome una muestra? Es solo para saber de dónde procede la sangre.
–Oh, Dios mío, ¿de verdad tienes que hacerlo?
–Tranquila, quizá podamos hacer antes otras cosas. ¿Tienes alguna ecografía de este embarazo?
–Todavía no había ido al médico.
«Otro síntoma», pensó Mel. Las mujeres maltratadas no cuidaban de sí mismas ni de sus embarazos. Solían tener demasiado miedo.
Paige se mordió el labio inferior y fijó la mirada en el pecho mientras Mel continuaba examinándola.
–Muy bien, ahora déjame ayudarte a levantarte. Despacio –escuchó después el corazón de Paige, le revisó los oídos y le examinó la cabeza, en busca de heridas–. Bueno, Paige, no parece que tengas ningún hueso roto, por lo menos ninguno que yo haya podido detectar. No vendría mal hacerte una radiografía de las costillas para asegurarnos, pero estando embarazada… Francamente, Paige, si dependiera de mí, te enviaría a un hospital.
–No, no quiero saber nada de hospitales. No quiero tener informes ni nada que…
–Lo comprendo, pero la situación es muy preocupante. ¿Cómo son las pérdidas?
–No muy abundantes, yo diría que como si tuviera la regla.
–Muy bien, ahora vuelve a tumbarte. Seré todo lo delicada que pueda.
Mientras Paige se tumbaba, Mel se puso los guantes y se sentó en un taburete para examinarla.
–No voy a utilizar el espéculo para este examen, Paige. Será solamente una revisión pélvica para calcular el tamaño del útero. En cuanto te moleste algo, dímelo, por favor –introdujo dos dedos y le presionó el abdomen con la otra mano–. ¿Sabes de cuánto tiempo estás embarazada?
–Solo de ocho semanas.
–Muy bien. Cuando terminemos aquí, tendrás que hacerte una prueba de embarazo. Si el feto todavía está vivo, o si lo estaba hasta hace veinticuatro horas, saldrá positivo. Me temo que no puede darnos más información sobre lo que ha ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Aquí no tenemos aparatos para hacer ecografías, pero a dos pueblos de aquí hay uno que utilizamos cuando lo necesitamos. De todas formas, cada cosa a su tiempo. De momento, puedo decirte que el tamaño del útero es el habitual para un embarazo de ocho semanas. Paige, parece que has pasado por un infierno –se quitó los guantes y le tendió la mano–. ¿Te importa sentarte?
Paige se sentó y Mel la miró a los ojos.
–¿Cuántos años tienes?
–Veintinueve.
–Sé lo difícil que es recibir ayuda en situaciones como la tuya, pero ¿has intentado denunciar tu situación a la policía?
–Sí –contestó con un hilo de voz–. Lo he intentado todo: denuncias, órdenes de alejamiento, psicólogos, casas de acogida –se rio con amargura–. Consiguió enamorar a la psicóloga a los cinco minutos de haber entrado en la consulta. Y las cosas no mejoraron desde entonces. De hecho, sé que ahora mismo está dispuesto a matarme.
–¿Te amenazó con matarte alguna vez?
–Sí –bajó la mirada–. Claro que sí –repitió.
–¿Cómo encontraste Virgin River? –le preguntó Mel.
–Yo… me perdí. Salí de la autopista buscando un lugar en el que comer algo y dormir y terminé perdiéndome. Estaba a punto de dar la vuelta cuando descubrí el bar.
Mel tomó aire. Había llegado el momento de enfrentarse a la realidad. Para una víctima de malos tratos no solo era muy difícil presentar una denuncia, a menos que la policía apareciera en el momento en el que estaba siendo maltratada, sino que la mitad de las víctimas terminaban pagando las fianzas de sus verdugos por miedo a que estos decidieran matarlas.
–Paige, antes de venir aquí, trabajaba en un hospital de Los Ángeles y, desgraciadamente, tengo experiencia con situaciones como la tuya. Hay maneras de conseguir ayuda.
–Estaba intentando huir –respondió Paige con un sollozo–, pero me perdí. Chris no se encontraba bien y yo estoy tan dolorida que apenas puedo conducir…
–¿Hacia dónde te dirigías?
Paige sacudió la cabeza.
–A ver a una amiga que él no conoce.
–Quédate aquí unos días. Es mejor que veamos cómo estás antes de…
Paige la miró entonces a los ojos.
–¡No puedo! ¡Tengo muchísima prisa! Ahora mismo ya voy con retraso. Tengo que… –se interrumpió bruscamente. Después, pareció hacer un esfuerzo por recobrar la compostura–. Tengo que llegar a mi destino antes de que denuncie mi desaparición y de que localicen mi coche…
–Tranquila, Paige, intenta tranquilizarte. El coche puedes dejarlo detrás del bar, para que no lo vean. Y cuando llegue el momento de irte, con un cuchillo de cocina puedes aflojar los tornillos que sostienen la matrícula e intercambiar la matrícula con la de otro coche. Si no traspasas los límites de velocidad o te ves envuelta en un accidente, no hay ningún motivo para que la policía intente comprobar la matrícula –se encogió de hombros–. Estoy segura de que aquí nadie se dará cuenta.
Mientras Mel hablaba, Paige iba abriendo los ojos cada vez más.
–¿Estás sugiriendo que le robe la matrícula a alguien?
Mel sonrió.
–Vaya, ¿estaba hablando en voz alta? Tendré que tener más cuidado.
–Te comportas como si supieras…
–Hace tiempo estuve trabajando en un refugio para mujeres maltratadas. Aquello me desgarraba por dentro, pero aprendí alguna que otra cosa. Y déjame decirte que lo peor de todo en estos casos es precipitarse. Lo mejor que puedes hacer es tomarte unos cuantos días para recuperarte y para que mejore el niño.
–¿Y si me encuentra aquí?
–Dios mío, si te encuentra aquí no me gustaría estar en su pellejo. Ahora, con tu permiso, me gustaría hacerte unas fotografías.
–¡No!
Mel alargó la mano hacia su brazo.
–Es solo un informe, Paige. Te prometo que estas fotografías quedarán entre tú y yo, pero tenemos que hacer un informe por si lo necesitas en algún momento. No voy a preguntarte tu apellido, ni quiero saber de dónde vienes. Prepararé el informe sin poner tu nombre, pero indicando la fecha. Después te haré unas fotografías con la cámara digital. Y si puedo convencerte de que te quedes aquí un par de días, me gustaría llevarte a Grace Valley para hacerte una ecografía y ver cómo está evolucionando el bebé. Quédate aunque solo sea el tiempo suficiente como para asegurarte de que tus heridas no son más serias de lo que puedo decirte después de esta revisión. En cualquier caso, mientras estés a cargo de Predicador, nadie podrá hacerte ningún daño.
–John ha dicho que podía quedarme un par de días. Pero él me resulta un poco…
–¿Un poco qué?
–Amenazador.
Mel se echó a reír.
–No tienes por qué tener ningún miedo. Es pura apariencia. La primera vez que lo vi ni siquiera me atrevía a moverme. Pero es el mejor amigo de mi marido desde hace quince años y su socio en el bar desde hace dos. Es tan bueno como un corderito. Cuesta un poco acostumbrarse a él, pero tiene un gran corazón. Un corazón tan grande como él.
–No sé…
–También podrías venir a nuestra casa –le ofreció Mel–. Podemos buscarte otra cama. O quedarte en la clínica. En el piso de arriba tenemos dos camas para los pacientes. Pero Predicador te protegerá mejor que cualquiera de nosotros. En cualquier caso, eres tú la que tiene que tomar la decisión. Y ahora, voy a bajarte un poco la bata –dijo Mel mientras sacaba la cámara del bolsillo de la falda–. Haremos esto de la manera menos molesta posible y después podrás marcharte.
Le hizo una fotografía y volvió a colocarle la bata. Después, le fotografió el otro hombro. Una a una, fue retratando todas las partes de su cuerpo: la espalda, los muslos, el brazo, el pecho… La última fotografía fue del rostro.
Una vez terminadas las fotografías, completó el informe médico.
–Pero no pondré tu apellido. Es solo por cuestiones médicas, para que recibas el tratamiento que necesites en el caso de que ocurra algo. Y cuando terminemos, deberías ir a descansar un rato.
–¿Y Christopher?
–A lo mejor también él quiere dormir un poco. Si no, podemos cuidarlo entre todos nosotros. Entre mi marido, Predicador, el doctor y yo, lo tendremos entretenido. Paige, no sabes la suerte que has tenido de terminar en Virgin River. En este pueblo no encontrarás muchas tiendas ni los últimos avances tecnológicos, pero es difícil encontrar un lugar más hospitalario –sonrió–. O en el que se coma mejor.
–No quiero convertirme en una carga para este pueblo –susurró Paige con tristeza.
–Bueno –respondió Mel, acariciándole delicadamente la mano–, no serías la primera.
Capítulo 3
Jack estaba detrás de la barra, tomando un café y atendiendo a uno de los clientes del bar, cuando entraron Paige y Christopher. Paige se detuvo en la puerta y miró vacilante alrededor. Jack le hizo un gesto con la cabeza y sonrió.
–Predicador está en la cocina –le dijo.
Paige bajó la mirada y se dirigió hacia allí. Jack le dio unos minutos, volvió a llenarle a Harv la taza de café y fue a la cocina. Allí encontró a Predicador. Acababa de sacar una bandeja de vasos del lavavajillas.
–Si te parece bien, va a quedarse un par de días. El niño ya se encuentra mejor –le explicó Predicador.
–¿Tiene algún problema en particular?
Predicador se encogió de hombros y dejó la bandeja en el mostrador.
–No la conoces, Predicador. No sabes quién le ha hecho eso en la cara.
–Y te aseguro que no me preocupa. Dios mío, de hecho, me gustaría encontrarme con él.
–Si quieres que se quede, por mí no hay ningún problema. Solo estoy diciendo que…
–Esta es tu casa.
–¿Eso es lo que te hago sentir? ¿Que esta casa no es tuya? Porque si es así…
–Claro que no. Es solo que no quiero que los hagas sentirse mal por estar aquí.
–Jamás haría una cosa así, no me fastidies. Sabes que siempre te he tratado como si fueras mi socio. Esta casa también es tuya.
–De acuerdo entonces –dijo Predicador mientras llevaba la bandeja con los vasos hacia la barra.
Jack lo siguió.
–Si no te importa, voy a salir un momento.
–Claro.
–Ahora mismo vuelvo.
Jack cruzó la calle. No había pacientes en la consulta, pero estaban el médico y Mel detrás del mostrador de recepción. El médico con la mirada fija en el ordenador. Mel permanecía tras él, apoyando la mano en su hombro. Cuando vio entrar a Jack, le hizo un gesto para que se pusiera también detrás del mostrador. Parecía tan preocupada y enfadada que Jack corrió inmediatamente hacia ella. Mel miró de nuevo hacia la pantalla y Jack la imitó.
Nunca se había encontrado en una situación como aquella: Mel nunca compartía con él los problemas que surgían en la consulta, pese a que sabía que con él la confidencialidad estaba garantizada. No hablaba de asuntos médicos con su marido porque tenía un compromiso ético con su trabajo al que no estaba dispuesta a renunciar.
En la pantalla estaban las fotografías digitales del maltratado cuerpo de Paige. Las heridas eran terribles. Si alguien le hubiera hecho algo así a Mel, Jack lo habría matado con sus propias manos.
–Dios mío –exclamó.
Se preguntó si Predicador sabría que su aquella joven tenía algo más que una herida en la mejilla.
Mel alzó la mirada hacia su marido y vio la tensión con la que apretaba la mandíbula. Lo miró con los ojos entrecerrados.
–No vamos a permitir que esto vaya más lejos.
–Por supuesto que no.
–¿Entiendes por qué quiero que veas esto con nosotros?
–Creo que sí. Ahora mismo está en el bar. Predicador quiere que se quede.
–Bueno, supongo que deberías saber que le he dicho que si quiere puede quedarse en casa con nosotros. Pero creo que se siente bien en el bar, sobre todo desde que le he hablado bien de Predicador. Ahora tenemos que conseguir ayuda para evitar que esa bestia acabe con ella.
–Por supuesto. ¿Crees que Predicador es consciente de la gravedad de la situación?
–No tengo la menor idea. Esto no voy a enseñárselo a él, pero creo que si va a quedarse en tu casa, deberías estar informado de lo que está ocurriendo.
–En nuestra casa –repuso Jack–. ¿Sabes algo de ella? Porque no me gustaría que estuviera utilizando a Predicador. O que por su culpa terminaran haciéndole daño.
Mel se encogió de hombros.
–Ni siquiera sé de dónde es. Pero no creo que sea de Predicador de quien tengas que preocuparte en este momento.
–Ya está metido hasta el cuello en todo este asunto.
–Y me alegro. Esa mujer necesita a alguien en quien apoyarse. Y Predicador puede cuidar de sí mismo.
–Sí, eso ya lo ha demostrado.
Mel se reclinó contra Jack y él le pasó el brazo por los hombros.
–Jamás había visto nada parecido, y te aseguro que he visto de todo –musitó Mel casi sin aliento–. Este hombre es especialmente peligroso.
–Tampoco me gusta verte a ti metida en todo esto.
–Puedes ahorrarte el discurso, tengo un trabajo que hacer.
–Es una situación particularmente arriesgada.
–Razón de más para que intente hacer bien mi trabajo.
A Predicador le sorprendió que después de ir a ver a Mel, Paige decidiera quedarse un par de días, después de las ganas que parecía tener por marcharse el día anterior. Había subido con Christopher a su habitación al regresar de la consulta y no había vuelto a salir de allí. Ninguno de ellos había almorzado. Pero, razonó, si el niño no se encontraba bien a lo mejor había pasado la mañana durmiendo, y eso le habría dado a su madre oportunidad de descansar.
Normalmente, él dedicaba las primeras horas de la tarde a hacer la cena, pero aquel día quería preparar una de las recetas de sus antiguos libros de cocina. Era un gran admirador de Martha Stewart, aunque la mayor parte de sus recetas fueran demasiado complicadas para hacerlas en el bar. Pero la que de verdad le gustaba era la cocina casera, recetas como las de Betty Crocker y Julia Child, anteriores a la época en la que todo el mundo había comenzado a preocuparse por el colesterol.
Buscó recetas para hacer galletas.
No sabía mucho de niños y tampoco solía ofrecer galletas en el bar, pero recordaba a su madre horneando galletas. Su madre era una mujer muy pequeña, de principios nobles, maneras amables y aun así, muy firme. También era una mujer muy tímida, un rasgo que probablemente él había heredado. El padre de Predicador había muerto siendo este muy pequeño, pero tampoco era un hombre especialmente grande. Y, sin embargo, allí estaba él, que había pesado más de cuatro kilos al nacer y a los diez años ya medía un metro sesenta.
No tenía galletas en el bar, pero sí harina, mantequilla y mantequilla de cacahuete, los ingredientes imprescindibles para preparar unas galletas bien dulces y sabrosas. Mientras mezclaba la masa y la extendía después con el rodillo, se descubrió recordando a su madre en la cocina, con el vestido abrochado hasta el cuello y el pelo recogido en un moño en la nuca. Él la ayudaba desde muy pequeño, presionando las bolas de masa con un tenedor. Se rio para sí al recordar el día que su madre había intentado enseñarle a conducir. Aquella había sido una de las pocas ocasiones en las que le había oído elevar la voz. Él tenía los pies tan grandes que tenía problemas con el freno y el acelerador.
–¡Jesús, María y José! ¡Tienes que ser más delicado! Haz las cosas con suavidad. ¡Debería haberte obligado a asistir a clases de ballet para que tuvieras un poco más de elegancia!
Era increíble que su madre no hubiera muerto de un ataque al corazón aquel día.
Pero sí había muerto de un ataque al corazón tiempo después, cuando él estaba en el último año de instituto.
Estaba haciendo ya la segunda bandeja de galletas cuando alzó la mirada y vio una cabecita rubia mirándolo desde el final de la escalera.
–Hola –lo saludó Predicador–. ¿Has dormido bien? –Christopher asintió–. Me alegro. ¿Ahora te encuentras mejor? –Chris volvió a asentir.
Sin apartar la mirada del pequeño, empujó con un dedo una de las galletas recién hechas hasta el borde del mostrador. Pasó un minuto largo hasta que Chris se atrevió a dar un paso hasta la galleta e hizo falta otro minuto para que se atreviera a tocarla, solo a tocarla, alzando la mirada hacia Predicador.
–Adelante, dime si está rica.
Chris agarró la galleta y le dio un bocado minúsculo.
–¿Está buena?
El niño asintió. Entonces, Predicador le sirvió un vaso de leche que dejó en el mismo lugar en el que había dejado antes la galleta. El niño comía tan despacio que para cuando terminó la galleta, Predicador ya había sacado la segunda bandeja del horno. Al otro lado del mostrador, justo al lado del vaso de leche, había un taburete. Chris intentó subirse a él, pero tenía un oso de felpa en la mano que le dificultaba el ascenso, así que Predicador lo levantó en brazos y lo sentó. Regresó donde estaba antes y le tendió otra galleta.
–No la comas todavía, está muy caliente. Prueba antes la leche.
Predicador siguió preparando la masa.
–¿Qué tienes ahí? –le preguntó a Chris, señalando el juguete.
–Es Oso –contestó Christopher, y alargó la mano hacia la galleta.
–Asegúrate de que no se la coma toda… ¿Y se llama así, Oso? –Christopher asintió–. Parece que le falta una pierna.
El niño asintió.
–Pero no le duele –le explicó a Predicador.
–Se le ha roto. Deberíamos conseguirle una de todas maneras. A lo mejor no es igual que la de antes, pero podría ayudarlo a caminar.
Christopher se echó a reír.
–Oso no anda.
–¿Ah, no? En ese caso, a lo mejor deberíamos llevarlo al médico, ¿no te parece?
Christopher levantó el oso con expresión pensativa.
–Mmm –respondió.
Mordió un segundo bocado e inmediatamente abrió la boca y escupió el trozo de galleta en el mostrador. Por un momento, pareció aterrado.
–Estaba caliente, ¿eh? –preguntó Predicador. Tomó una toalla de papel y limpió aquel pequeño desastre–. Deberías esperar un poco más. Bebe un poco de leche, eso te ayudará a enfriarte la boca.
Permanecieron en silencio durante un rato, Predicador, Chris y el oso de tres patas. Cuando Predicador terminó de preparar todas las bolas para las galletas, comenzó a aplastarlas con el tenedor.
–¿Qué haces? –quiso saber el niño.
–Preparar las galletas para meterlas en el horno. Primero haces la masa, después la divides en bolas y aplastas las bolas con el tenedor antes de meterlas en el horno. Seguro que lo de aplastarlas podrías hacerlo tú si tienes cuidado.
–Seguro que puedo.
–Tendrías que ponerte aquí. Déjame levantarte.
El niño dejó al oso en el mostrador, bajó del taburete y se acercó a Predicador.
Predicador lo sentó en el borde del mostrador y, ayudándolo con el tenedor, le enseñó cómo tenía que aplastar las galletas. El primer intento en solitario fue un pequeño desastre, así que volvió a ayudarlo hasta que comenzó a hacerlo de forma decente. Predicador le dejó terminar la bandeja y la metió en el horno.
–¿Cuántas vamos a hacer? –preguntó Chris.
Predicador sonrió.
–Te diré una cosa, socio, haremos las que tú quieras.
–¡Sí! –contestó Christopher con una gran sonrisa.
Paige se despertó lentamente. Lo primero de lo que fue consciente fue de que había dormido profundamente. Con un gesto somnoliento, se volvió hacia Chris, pero descubrió que la cama estaba vacía. Se sentó tan repentinamente que le dolió todo el cuerpo. Miró rápidamente a su alrededor, pero Chris no estaba allí. Bajó las escaleras sin calzarse siquiera, pero al llegar al final, se paró en seco.
Chris estaba sentado en el mostrador de la cocina, al lado de John, haciendo galletas. Paige se cruzó de brazos y los observó en silencio. John, que fue el primero en percatarse de su presencia, alzó la mirada y le sonrió. Le dio a Chris un codazo y miró de nuevo a Paige para que Chris se volviera.
–Mamá –dijo el niño–, estamos haciendo galletas.
–Ya lo veo.
–John dice que Oso necesita una pata.
–Yo creo que se las está arreglando bastante bien.
–Eso parece –contestó Christopher.
Paige pensó que Oso llevaba mucho tiempo teniendo aquel horrible aspecto, pero por primera vez desde hacía meses Christopher parecía estar contento.
Cuando Rick llegó a trabajar después de haber salido del instituto, encontró a Predicador en la cocina, preparando la cena. Rick, que había cumplido ya diecisiete años, se había convertido en la sombra de Jack desde que este había llegado al pueblo. Predicador no había llegado mucho tiempo después y prácticamente se habían convertido en un equipo. Rick vivía con su abuela; sus padres habían muerto años atrás, y Predicador y Jack habían dejado que los ayudara en el bar, le habían enseñado a cazar y a pescar e incluso le habían comprado su primer rifle.
–Rick, tengo que darte alguna información –le dijo Predicador.
–¿Sí? ¿Qué ha pasado?
–Hay una mujer y un niño en mi antigua habitación. Estoy ocupándome de ellos. El niño ya no parece tener tanta fiebre, pero podría recaer. Van a quedarse varios días con nosotros. Y parece que quizá… Bueno –intentó buscar las palabras más adecuadas–, la mujer tiene un moratón en la cara y un corte en el labio. Creo que está intentando huir de una situación problemática, así que no vamos a decirle su nombre a nadie, por si acaso alguien está buscándola. Ella se llama Paige y el niño Christopher, pero no se lo digas a nadie. Se quedarán aquí hasta que se encuentren mejor, ¿de acuerdo?
–Dios mío, Predicador, ¿qué estás haciendo?
–Ya te lo he dicho. Me estoy haciendo cargo de ellos.
Predicador no tenía experiencia con niños y jamás había pensado en tener hijos. Tenía treinta y dos años y hasta entonces no había tenido una relación seria con ninguna mujer. Salía con Jack a pescar, llevaba el bar, cazaba de vez en cuando y se reunía regularmente con sus antiguos compañeros, y no creía que su vida fuera a cambiar mucho. El hecho de que Jack se hubiera enamorado y se hubiera casado no le había decepcionado en absoluto porque creía que Mel era la mejor. Y tampoco aquella boda había cambiado su vida. Una de las razones por las que le gustaba vivir en Virgin River era que allí era menos evidente su soledad.
Sin embargo, su vida había comenzado a cambiar en cuestión de días. En realidad, de horas.
Christopher bajó corriendo las escaleras antes de que su madre pudiera agarrarlo. Al niño le gustaba desayunar en la cocina y observar a Predicador mientras este cortaba las verduras, rallaba el queso y batía los huevos para las tortillas. Después barría el bar, y a Chris le gustaba ayudarlo con su propia escoba. Habían llevado al bar algunos de los cuadernos y las pinturas que Mel tenía en la consulta para que el niño tuviera algo que hacer mientras Predicador se encargaba de los almuerzos y las cenas. Y horneaban más galletas de las que eran capaces de comer. Desgraciadamente, las galletas no tenían mucha salida en el bar. Para sorpresa de Predicador, Paige había comenzado a ayudarlo a limpiar la cocina, probablemente para estar cerca de Chris, que no parecía dispuesto a separarse de Predicador, y quizá también para agradecerle el alojamiento. A Predicador no solo le venía bien aquella ayuda, sino que le gustaba estar cerca de Paige.
Paige necesitaba descansar, aunque al principio se mostraba reacia a dejar al niño al cuidado de John, pero parecía haber superado sus temores iniciales, probablemente porque el propio Chris parecía muy contento. Al cuarto día de su estancia en el pueblo, Mel la había convencido de que dejara al niño con Predicador para poder ir a hacerle la ecografía. Predicador ni siquiera había especulado sobre su posible destino. Sencillamente, se sentía halagado por el hecho de que Paige confiara en él lo suficiente como para dejarle a su hijo.
Pero aun así, había utilizado ese tiempo a su favor.
Predicador había buscado información en Internet sobre los malos tratos y la legislación de California sobre aquel tema. Necesitaba información sobre la situación en la que se encontraba Paige. Para empezar, no le importaba si había sido un novio o un marido el que le había infligido aquel daño; en ambos casos era igualmente peligroso. En segundo lugar, estaba el problema de que podían acusarla de secuestro por haberse llevado a ese niño sin el permiso del padre.
Había estado leyendo también información sobre la situación en la que se encontraban aquellas mujeres que vivían aterradas y descubrían de pronto que estaban a punto de perder la vida. Era habitual que sus parejas las amenazaran con matarlas si decían algo, si huían o si se resistían a su violencia y, aunque se mantuvieran a su lado, muchas veces terminaban muriendo. Aquella información lo había dejado helado.
De modo que, mientras Chris dormía y Paige estaba en alguna otra parte con Mel, Predicador llamó a uno de los mejores amigos que tenía en la policía, un tipo que iba regularmente por Virgin River para pescar, cazar y jugar al póquer. Mike Valenzuela pertenecía al Departamento de Policía de Los Ángeles, era un sargento que trabajaba en el departamento de bandas callejeras. Era una pena que no se ocupara de casos de violencia doméstica. Predicador lo llamó y le habló del caso de Paige.
–Ella no sabe todo lo que he visto –le explicó–. La puerta estaba entreabierta y la vi mirándose al espejo. Dios mío, con una paliza como esa me sorprende que no hayan acabado con ella. Está huyendo para salvar su vida y para sacar a un niño de tres años de ese infierno. ¿Cómo es posible que puedan acusarla de secuestro y obligarla a volver?
–Es una figura legal, pero lo importante es saber si hay alguna prueba de que su pareja le ha pegado. Si ese hombre ha sido denunciado, ella tendrá que volver y enfrentarse a la denuncia por secuestro, pero probablemente se archivará, teniendo en cuenta la situación. También puede conseguir la custodia temporal, un divorcio o una orden de alejamiento, lo que sea para que pueda estar a salvo.
–Pero tendría que volver –replicó Predicador con un deje de desesperación.
–Predicador, no tiene por qué volver sola. Dime, ¿hasta qué punto estás involucrado con esa mujer?
–No es nada de eso, Mike, solo estoy intentando ayudarla. Ese niño es un encanto… si puedo ayudarlos, aunque sea solo un poco, sentiré que por lo menos estoy haciendo algo importante por una vez en mi vida.
–Predicador –respondió Mike riendo–, ¡estuve contigo en Irak! Hacías cosas importantes cada día, por el amor de Dios. Por cierto, ¿desde cuándo sabes tantas cosas sobre mujeres maltratadas?
–Tengo un ordenador –contestó Predicador–, como todo el mundo, salvo Jack.
–Supongo que sí –respondió Mike entre risas.
–Lo único que no puedo averiguar por Internet es quién es ella exactamente, quién es el responsable de lo que le ha pasado y cómo puedo localizarlo. Lo único que sé es que la matrícula del coche es de California.
–Predicador, se supone que yo no puedo hacer una cosa así.
–Pero ¿no sientes curiosidad? Porque, por lo que sabemos, hay un delincuente suelto en alguna parte. Lo único que tienes que hacer es mirar en un ordenador, Mike.
–¿Y si resulta que no consigo buenas noticias?
–Por lo menos sabríamos la verdad, que creo que es lo único que importa en este momento.
–Sí, es posible.
Predicador tragó saliva. Esperaba que su amigo estuviera dispuesto a colaborar.
–Gracias –le dijo–. Y procura darte prisa, ¿de acuerdo?
Paige había ido con Mel a Grace Valley. Allí, el doctor John Stone la examinó y le hizo una ecografía que le permitió mostrarle un corazón que latía en medio de una masa diminuta que no se parecía en nada a un bebé. Pero le dio esperanzas. Había conseguido huir a tiempo.
Por supuesto, el embarazo había sido accidental. Wes no quería hijos. No había deseado el embarazo de Christopher, que, al fin y al cabo, interfería en lo que a él realmente le importaba: su trabajo y sus posesiones, Paige entre ellas. A lo mejor había sido aquel embarazo el que había precipitado la última paliza. Paige le había dado la noticia dos días antes. De hecho, le aterraba decírselo. Pero si no quería tener un hijo, ¿por qué no le había sugerido directamente que abortara?
En cualquier caso, la pregunta era por qué se sentía tan aliviada al saber que el bebé estaba bien cuando la más ligera caricia de Wes le repugnaba. Quizá no hubiera respuesta; sencillamente, se sentía aliviada. Pensó después en Chris, que era lo único bueno que había salido del que había sido el mayor error de su vida. Mel le había preguntado si la habían violado, y no, por supuesto que no. Sencillamente, jamás se habría atrevido a negarle algo a Wes.
Cuando regresó a Virgin River, encontró a Chris haciendo pan con John. Estaban los dos golpeando la masa entre risas.
La sencillez de aquella escena la conmovió. Habían sido muchas las veces que, cuando Wes llegaba a casa deprimido por el trabajo y las presiones económicas que exigía su nivel de vida, Paige le había dicho que se conformaría con una vida mucho más sencilla. Por supuesto, tampoco ella quería ser pobre de solemnidad, pero habría estado más que satisfecha con una casa más pequeña y un marido feliz. Poco después del nacimiento de Christopher, Wes había comprado una casa en un exclusivo barrio de Los Ángeles y los pagos de la hipoteca los estaban hundiendo.
El caso era que allí estaba, sola y esperando de nuevo un bebé. Tenía que llegar cuanto antes a la dirección de Spokane que le habían dado; aquel era el primer paso en la huida. No había vuelto a poner la cómoda contra la puerta después de la primera noche y posiblemente se daría otras veinticuatro horas de descanso, pero después se marcharía, aprovechando el silencio de la noche. Si no llovía, las carreteras no serían tan peligrosas, y por la noche, estando Chris dormido, el viaje sería más tranquilo.
Se había encerrado ya en la habitación aquella noche cuando llamaron suavemente a la puerta. Por costumbre, preguntó quién era, pero solo había una posibilidad. Abrió la puerta y vio a John con expresión nerviosa. A pesar de su altura y su envergadura, parecía un adolescente. Incluso estaba ligeramente sonrojado.
–Ya he cerrado el bar. Estaba pensando en tomar una copa antes de dormir, ¿te apetece bajar un rato?
–¿A tomar una copa?
–O lo que quieras –miró por encima de ella–. ¿Está dormido?
–Sí, a pesar de la luz y de la sobredosis de galletas.
–Supongo que no debería haberle dado tantas.
–No te preocupes. Le encantan. Sobre todo, cuando las hace él. La diversión a veces es más importante que la nutrición.
–Lo que le gusta sobre todo es morderlas cuando todavía están ardiendo. No tiene mucha paciencia.
–Sí, lo sé –respondió Paige con una sonrisa–. ¿Tienes infusiones o té?
–Claro. Además de deportistas, la mayor parte de mis clientes son mujeres mayores –al ver la mirada de asombro de Paige comenzó a retractarse–: No pretendía decir que…
–Una taza de té estará bien, gracias.
–Genial –dijo Predicador y se dio la vuelta.
Parecía casi aliviado de poder alejarse.
Mientras él preparaba el té en la cocina, Paige fue al bar y se sentó al lado de la chimenea. Predicador apareció finalmente con la taza y le preguntó:
–¿Lo habéis pasado bien Mel y tú?
–Sí. ¿Christopher te ha causado problemas?
–En absoluto. Es un encanto. Me pregunta por todo. Creo que tiene alma de científico.
Paige pensó que Chris nunca se habría atrevido a hacerle una pregunta a su padre. Wes nunca había tenido paciencia para contestarle.
–John, ¿tú tienes familia?
–Ya no. Era hijo único y mis padres eran tan mayores cuando me tuvieron que ya ni siquiera esperaban tener hijos. Por lo visto fui una sorpresa para ellos. Mi padre murió cuando yo tenía seis años, en un accidente laboral. Y mi madre justo antes de que empezara el último año de instituto, cuando tenía diecisiete.
–Lo siento mucho.
–Gracias. Pero no te preocupes, no he tenido una vida muy dura.
–¿Qué hiciste cuando perdiste a tu madre? ¿Te fuiste a vivir con una tía o algo así?
–No tengo tías. El entrenador del equipo de fútbol se hizo cargo de mí. Era un hombre bueno, y también lo era su esposa. Tenían varios hijos y no les importó que me quedara a vivir con ellos. En realidad, durante los partidos me trataba como si fuera propiedad suya –dijo entre risas–. No, en serio, era un buen tipo. Antes solíamos escribirnos, ahora nos mantenemos en contacto por correo electrónico.
–¿Y qué le ocurrió a tu madre?
–Tuvo un ataque al corazón –al cabo de unos segundos de respetuoso silencio, se rio suavemente–, supongo que no te lo creerás, pero murió confesándose. Al principio, aquello me destrozó. Pensaba que mi madre tenía un oscuro secreto que le había provocado aquel ataque. Pero yo estaba muy unido al sacerdote con el que ella se confesaba y al final, terminó diciéndome que las confesiones de mi madre eran tan aburridas que solía cabecear mientras ella hablaba. Aquel día, al principio pensó que mi madre se había dormido, pero estaba muerta –arqueó las cejas–. La verdad es que mi pobre madre no tuvo una vida muy emocionante. Vivía para trabajar y adoraba la iglesia. Habría sido una magnífica monja. Pero, ¿sabes?, era una mujer feliz. Creo que en ningún momento habría considerado su vida aburrida.
–La echarás mucho de menos –comentó Paige.
Disfrutaba del té frente al fuego, intentando recordar cuándo había tenido una conversación como aquella por última vez.
–Sí. Sé que suena estúpido, sobre todo teniendo los años que tengo, pero a veces me imagino que está de nuevo en la casa en la que vivíamos y que estoy a punto de ir a verla.
–No me parece ninguna tontería.
–¿Hay alguien a quien eches de menos?
La pregunta la pilló tan de sorpresa que se quedó paralizada con la taza a medio camino de los labios. No echaba de menos a su padre, un hombre de mal carácter. Y tampoco a su madre, que sin pretenderlo la había preparado para convertirse en una mujer maltratada. Bud, su hermano, ni siquiera había querido ayudarla en los momentos más difíciles.
–Tenía un par de amigas íntimas. Estuve viviendo con ellas, pero hace mucho que perdimos el contacto. Sí, a veces las echo de menos.
–¿Y sabes dónde están?
–No, las dos se casaron y se mudaron de casa. Les escribí un par de veces, pero me devolvieron las cartas.
No había querido ponerse en contacto con ellas; sabía que odiaban a Wes y Wes las odiaba a ellas. Las dos habían intentado ayudarla durante algún tiempo, pero ella había rechazado su ayuda por pura vergüenza. Pensaba que no podían hacer nada frente a un hombre como Wes.
–¿Cómo conociste a Jack? –le preguntó a Predicador, intentando cambiar de tema.
–En los marines –contestó él.
–¿Hicisteis juntos la instrucción militar?
–No –se echó a reír–. Jack es mayor que yo, me lleva ocho años. Yo siempre he parecido mayor de lo que soy, incluso cuando tenía doce años. Y Jack, bueno, seguro que él siempre ha parecido más joven. Fue mi primer sargento en el combate, durante la operación Tormenta del Desierto.
Por un momento, Predicador regresó de nuevo al campo de batalla. Estaba cambiando la rueda de una camioneta cuando explotó una granada y lo tiró hacia atrás con tanta fuerza que no era capaz de levantarse. Lo recordaba como si hubiera ocurrido el día anterior. Él, que siempre había sido grande y duro como una roca, no podía moverse. Debió de perder el conocimiento durante algunos segundos porque recordaba haber visto a su madre inclinándose sobre él, mirándolo a los ojos y pidiéndole que se levantara.
Pero él no podía moverse y finalmente, había comenzado a gritar. Y a llorar.
–¡Mamá! –había gritado.
–¿Te duele mucho? –había preguntado Jack inclinándose sobre él.
–Es mi madre. Quiero estar con mi madre, la echo mucho de menos.
–Pues vamos a llevarte con ella, colega. Intenta respirar despacio.
–Está muerta, mi madre está muerta –había sido la respuesta de Predicador.
Uno de sus compañeros había informado a Jack de que la madre de Predicador había muerto ocho años atrás.
–Lo siento, sargento, no he podido evitarlo. Nunca había hecho nada parecido, jamás había llorado así. Se supone que no tenía que llorar. Y le juro que no lo había hecho nunca –pero continuaba llorando mientras lo decía.
–Es normal que lloremos por la gente que perdemos. No te preocupes.
–El padre Damián dice que mi madre está con Dios, que ahora es feliz y que no debería ensuciar con lágrimas su recuerdo.
–Predicador, creo que eres un hombre lo suficientemente inteligente como para no creerte esa tontería –había respondido Jack con un sonido de desaprobación–. Las lágrimas no pueden hacerte ningún daño, es bueno llorar.
–Lo siento…
–Tienes que sacarlo, si no, será peor. Llámala, grita su nombre, intenta reclamar su atención, llora por ella.
Y Predicador lo había hecho. Había llorado como un bebé. Jack le había rodeado los hombros con el brazo y él había seguido llorando la pérdida de su madre.
Jack había permanecido a su lado, instándolo a hablar de su madre, y Predicador le había hablado de la dureza de su último año de instituto. Cuando había terminado los estudios, había decidido alistarse al ejército. Así podría tener hermanos, como los tenía en aquel momento, pero aquella fraternidad no había bastado para borrar la nostalgia de su madre. Esa maldita granada había estado a punto de partirlo en dos y había sido así como se había desbordado su sufrimiento. Le resultaba humillante llorar como un niño llamando a su mamá, pero Jack le había dicho que no se preocupara, que era eso lo que necesitaba.
Al cabo de un rato, Jack lo había ayudado a levantarse y lo había llevado hasta su convoy.
–Sácalo todo. Y cuando termines de desahogarte, pégate a mí. A partir de ahora, yo soy tu madre.
–Es duro perder a personas que significan mucho para uno –dijo Predicador, volviendo bruscamente al presente–. ¿Has pensado alguna vez en volver a encontrar a tus amigas?
–La verdad es que hace mucho tiempo que no pienso en ellas.
–Si alguna vez quieres intentar localizarlas, yo podría ayudarte.
–¿Y cómo vas a poder ayudarme?
–A través de Internet. Me gusta buscar información con el ordenador. Va despacio, pero funciona. Tenlo en cuenta si quieres volver a saber algo de ellas.
Paige le dijo que lo haría. Después, con la excusa de que estaba terriblemente cansada, puso fin a la conversación. Subió las escaleras y Predicador se retiró a su apartamento.
Fue entonces cuando Paige decidió que era mejor marcharse. No podía permitirse el lujo de acomodarse a aquel lugar. No quería más conversaciones íntimas, más preguntas. Las ataduras emocionales estaban completamente descartadas en su situación.
Capítulo 4
Paige ya tenía la maleta preparada. Apartó las mantas de la cama en la que dormía su hijo para buscar a Oso, pero no lo encontró allí. Prácticamente quitó las sábanas buscándolo sin ningún éxito. Después se arrodilló para mirar debajo de la cama. Buscó también en el cuarto de baño y en todos los cajones de la cómoda. Y nada. Buscaría también en la cocina, pero si Oso no estaba allí, tendrían que marcharse sin él.
Sacó doscientos dólares de la cartera y los dejó en la cómoda. Después se sentó al borde de la cama con las manos apretadas entre las rodillas y esperó. A medianoche, se puso la cazadora y bajó las escaleras.
Predicador le había dejado la luz encendida. Aquella era la primera vez que bajaba a la cocina en medio de la noche desde que había llegado, pero tenía la sospecha de que John le había dejado la luz encendida todas las noches. Caminó de puntillas hasta la puerta de su habitación y escuchó. No se oía nada y tampoco se veía luz por debajo de la puerta.
Mientras limpiaba la cocina, había localizado una linterna. Un golpe de suerte. Hasta ese momento, la mejor idea que se le había ocurrido había sido la de encender una cerilla mientras intentaba cambiar la matrícula de su coche. En cuanto la cambiara, metería la maleta en el coche y después iría a buscar a Chris.
Sacó un cuchillo de mantequilla de uno de los cajones de la cocina para utilizarlo como destornillador y salió sigilosa por la puerta de atrás.
Una vez detrás del bar, suspiró aliviada al no ver luz en el pequeño apartamento de John. Se agachó para quitar la matrícula de su coche, y no le resultó difícil, a pesar de lo mucho que le temblaban las manos. Después se acercó a la camioneta de John, quitó la matrícula y le colocó la suya. Regresó nuevamente a su coche y se agachó para fijar la otra matrícula.
–¿Ya te vas, Paige? –le preguntó de pronto Predicador.
Paige pegó un bote, dejó caer la matrícula, la linterna y el cuchillo y se levantó con el corazón latiéndole con fuerza. Predicador dio un par de pasos hacia ella.
–No iba a servirte de nada –dijo, señalando con la cabeza hacia el coche–. Es una matrícula de camioneta. Cualquier sheriff que la viera la identificaría como una matrícula falsa.
Paige sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Jamás se le habría ocurrido pensar en ello. Se estremeció en medio de la noche. Le temblaban las manos y tenía el estómago hecho un nudo.
–No te asustes. No creo que necesites cambiar de matrícula, todavía no, pero si se diera el caso podemos hacerlo. Connie tiene un coche justo en la calle de enfrente. Seguro que ni siquiera se enteraría.
Una lágrima rodó por la mejilla de Paige mientras se agachaba para recuperar la linterna.
–Yo… Te he dejado dinero en la habitación para pagarte el alojamiento y la comida. No es mucho, pero…
–Paige, no me hagas sentir mal. Sabes que nunca he pensado en el dinero.
Paige hipó mientras se tragaba las lágrimas.
–¿Entonces en qué pensabas?
–Vamos –dijo Predicador, alargando la mano hacia ella–. Está haciendo frío. Te prepararé un café para que no te duermas en la carretera y después te cambiaré yo mismo la matrícula, si eso te hace sentirte más segura, aunque no creo que lo vayas a necesitar.
Paige no aceptó su mano, pero comenzó a caminar a su lado.
–¿Por qué dices eso? ¿Por qué crees que no necesito cambiar de matrícula?
–No hay nadie buscándote. Por lo menos oficialmente, así que de momento puedes estar tranquila.
–¿Cómo lo sabes? –le preguntó Paige, que estaba a punto de deshacerse en lágrimas.
–Ahora mismo te lo explicaré. Voy a echar un leño al fuego para que entres en calor y hablaremos de todo esto. Después, si quieres, cambiaré la matrícula. Pero probablemente, cuando terminemos de hablar, lo que querrás es volver a tu habitación y dormir tranquilamente hasta mañana. Es mejor que conduzcas de día. Además –añadió, sosteniéndole la puerta–, tengo al oso, y no puedes irte sin él.
Paige comenzó a llorar mientras entraba en la cocina. Se sentía como si la hubieran atrapado cometiendo un grave delito. Y el hecho de que Predicador fuera tan amable con ella le hacía sentirse incluso peor.
–He estado buscando ese maldito oso por todas partes –dijo llorosa.
Predicador se volvió hacia ella y muy lentamente, le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia él. Paige se derrumbó entonces y comenzó a llorar contra su pecho, sin preocuparse ya por contener las lágrimas.
–Llevabas mucho tiempo aguantando, ¿verdad? Estaba todo dentro. Pero no te preocupes, Paige. Sé que estás asustada y preocupada, pero todo va a salir bien.
Paige lo dudaba muy seriamente, pero en aquel momento se sentía completamente impotente. Lo único que podía hacer era llorar y negar con la cabeza. Intentaba recordar la última vez que alguien la había abrazado con tanta delicadeza, haciéndola sentirse a salvo. Había pasado tanto tiempo que ni siquiera lo recordaba. Ni siquiera Wes al principio de su relación, cuando más la manipulaba. No, siempre era él el que lloraba; le pegaba, lloraba y era ella la que tenía que consolarlo.
Predicador estuvo meciéndola en medio de la tenue luz de la cocina durante largo rato, hasta que se tranquilizó. Después la presionó ligeramente en la espalda para que se dirigieran hacia el bar. La hizo sentarse en la silla más cercana a la chimenea, removió el fuego, echó un tronco y se acercó a la barra para servirle un brandy. Cuando se lo tendió, Paige le dijo:
–Tengo que conducir.
–Si no te tranquilizas, no podrás conducir. Bebe un poco; después, si quieres un café, te lo haré –se sentó a su lado, con los codos apoyados en las rodillas, y se inclinó hacia ella–. Cuando llegaste aquí, no tenía la menor idea de lo que te había pasado, pero sabía que no era nada bueno, y también que no tenía que ver con la puerta del coche. Tu coche tiene matrícula de California, así que llamé a un buen amigo mío, una persona en la que confío plenamente. Él ha comprobado la matrícula del coche, que está a nombre de tu marido, quien, por cierto, ya ha sido detenido en otras ocasiones por violencia doméstica –Predicador se encogió de hombros–. No necesito saber mucho más, ¿verdad?
Paige cerró los ojos; después, los abrió lentamente y los fijó en su rostro. Se llevó el brandy a los labios y bebió un sorbo, sin negar ni confirmar nada.
Predicador continuó.
–No ha denunciado tu desaparición, así que la policía no está buscándote. No sé qué plan tienes, Paige, pero si sacas a Christopher del Estado, estarías violando la ley y eso podría crearte dificultades a la hora de conseguir su custodia. Supongo que esa era tu intención, puesto que vienes de Los Ángeles y ya estás prácticamente fuera del Estado. Si estás pensando en huir por tu cuenta y desaparecer, bueno, no creo que sea una buena idea. No creo que te desenvuelvas bien en ese tipo de vida y terminarás cometiendo algún error. Ni siquiera sabes la diferencia que hay entre la matrícula de una camioneta y la de un coche. Me temo que no eres suficientemente taimada.
Paige se rio con pesar. A lo mejor ese había sido el problema: no era suficientemente retorcida.
–A lo mejor tienes un lugar al que ir en el que puedas mantenerte oculta y a salvo. Si ese es el caso, espero solamente que a donde quiera que vayas haya tipos fuertes y con cierta agresividad, como Jack y yo, dispuestos a cualquier cosa en el caso de que ese hijo de perra consiga localizarte.
–No tengo muchas opciones –susurró–. Tengo que marcharme.
–Claro que tienes que marcharte, pero ¿eres consciente de que hay más de una forma de hacerlo? No tendrías ningún problema para conseguir la custodia de Chris teniendo en cuenta los antecedentes de su padre, incluso en el caso de que no termine siendo acusado. En este Estado no necesitas su conformidad para conseguir el divorcio –Paige había vuelto a cerrar los ojos y sacudía la cabeza mientras lloraba, pero Predicador continuó–. Hay órdenes de alejamiento, e incluso en el caso de que las ignore, tienes la ley de tu parte. ¿Has pensado alguna vez en todas esas cosas, Paige?
–¿Cómo sabes todo esto? ¿Te lo ha contado tu amigo?
–Quería averiguar cuál era tu situación y he estado investigando.
–Entonces, ¿eres consciente de que ese hombre quiere matarme? Es malo y está completamente loco. Estoy segura de que acabará conmigo.
–No, si te quedas aquí.
Paige permaneció en un desconcertado silencio durante varios segundos. Después le explicó:
–No puedo quedarme aquí, John. Estoy embarazada.
Entonces fue Predicador el que se quedó estupefacto. Se levantó, se acercó a la barra y se sirvió un whisky. Cuando volvió a sentarse, le preguntó a Paige:
–¿Él sabía que estabas embarazada cuando te pegó?
Paige asintió en silencio y desvió la mirada con los labios apretados. Racionalmente, sabía que nada de aquello era culpa suya, pero había una parte de sí que le decía que había sido ella la que se había casado con él, la que había tenido un hijo con él y había vuelto a quedarse embarazada, la que no había sido capaz de comprender desde un primer momento algo que estaba tan claro como el agua.
–¿Has estado alguna vez en un refugio para mujeres maltratadas? –le preguntó Predicador. Paige asintió–. Estas son tus opciones: puedes quedarte aquí e intentar organizar tu vida de manera que, cuando decidas marcharte, no tengas que vivir escondida o bajo una identidad falsa. Creo que este es un lugar perfecto para quedarte: puedes recibir atención médica; si quieres, puedes ayudarme en la cocina, para que no tengas la sensación de que te estás aprovechando de mí, y si por casualidad tuvieras que enfrentarte a ese canalla, estaríamos dispuestos a ayudarte. Considéralo como un refugio. O, si lo prefieres, puedes continuar con tu plan, sea el que sea. En cualquier caso, no tienes por qué conducir de noche. Es mucho más seguro hacerlo a la luz del día, ¿de acuerdo?
Se levantó y continuó aconsejándole:
–Ahora, quédate un rato aquí sentada mientras yo me ocupo de lo de las matrículas y voy a buscar ese osito de felpa. Decidas lo que decidas hacer, no puedes marcharte sin Oso.
La dejó sola en el bar y se dirigió a su apartamento. Paige lo oyó salir por la puerta de atrás. Seguramente había encontrado a Oso en la cocina y había decidido ponerlo en un lugar seguro. Uno de los troncos de la chimenea se partió y Paige se cerró la cazadora con fuerza mientras bebía un sorbo de brandy. El licor descendió por su garganta y, milagrosamente, consiguió asentarle el estómago y calmarle los nervios. O quizá fuera el saber que Wes no la había denunciado lo que había conseguido tranquilizarla. Poco después, John regresó de su apartamento con la cazadora puesta y el oso en la mano.
–Connie no se dará cuenta de que le he cambiado la matrícula –le dijo, tendiéndole el muñeco–. Además, si supiera lo que está pasando aquí, ella misma se ofrecería a cambiártela.
Paige miró el oso con el ceño fruncido. Estaba diferente, tenía una pata nueva, de una tela escocesa con cuadros grises y azules. No era exactamente de la misma forma que la otra, pero por lo menos el oso había recuperado su simetría.
–¿Lo has hecho tú? –preguntó.
Predicador se encogió de hombros.
–Le dije a Chris que lo intentaría. Supongo que ahora parece una tontería, pero entonces me pareció una buena idea –se metió las manos en los bolsillos–. ¿Crees que podrás descansar un poco esta noche? ¿Todavía sigues pensando que tienes que marcharte ahora mismo? Si prefieres irte ahora, puedo prepararte un café. Creo que incluso tengo un termo que…
Paige se levantó, dejó la copa de brandy en la mesa y estrechó a Oso contra su pecho.
–Voy a acostarme –respondió–. Me iré mañana por la mañana, en cuanto Chris desayune.
–Si eso es lo que quieres…
A Paige la despertaron la tenue luz de la mañana que se filtraba por la ventana del dormitorio y el sonido del hacha contra la madera. Dio media vuelta en la cama y vio que Chris continuaba durmiendo plácidamente, abrazado a su oso, y supo que debía pensar serenamente en la situación. Le asustaba tomar una decisión como aquella, pero no más que conducir hacia una dirección desconocida y entregarse a una forma de vida de la que no sabía nada y que quizá no bastara para mantener a Wes alejado de ella.
Le habría gustado pensar que había aprendido algo de su dolorosa experiencia. Por lo menos el hecho de sentirse amenazada le hacía estar siempre en alerta.
Tenía que pensar también en el sentimiento de culpabilidad: no quería que aquella gente tuviera que cruzarse en el camino de Wes, no quería ponerlos en peligro. Pero la verdad era que, fuera a donde fuera, pondría en riesgo a todos los que la ayudaran. A veces se le hacía insoportable pensar en ello.
Se vistió lentamente, sin despertar a Chris, y bajó a la cocina. Predicador estaba en el mostrador, cortando la verdura para las tortillas. Cuando la vio al final de la escalera, dejó de cortar y esperó.
–Voy a tener que utilizar tu lavadora y tu secadora. No hemos traído mucha ropa.
–Claro.
–Supongo que tiene más sentido quedarse aquí, por lo menos durante algún tiempo. Y si estás seguro de lo que me ofreciste, estaría encantada de ayudarte en la cocina.
Predicador continuó cortando la verdura.
–Podemos llegar a un acuerdo para dejar las cosas claras. ¿Qué te parece el salario mínimo más el alojamiento y la comida? Lleva tú la cuenta de las horas que trabajas y Jack te pagará cuando tú decidas: al día, a la semana o al mes.
–Pero eso es demasiado, John. Me bastaría con el alojamiento y la comida.
–Abrimos a las seis y cerramos a las nueve. Trabajamos dos personas y Rick nos ayuda cuando viene del instituto. Estoy seguro de que dentro de dos días estarás quejándote de que trabajas como una esclava.
Paige sonrió y sacudió la cabeza.
–Tampoco estoy en condiciones de descansar. La orden de alejamiento, el problema de la custodia… En cuanto ponga en marcha todo eso, tendré que revelar dónde estoy, y no sé si estoy preparada para hacerlo.
–Es comprensible.
–De aquí a algún tiempo, mi marido intentará localizarme. Me denunciará, contratará a un detective, hará cualquier cosa, pero estoy segura de que intentará encontrarme. No va a dejarme marchar.
–Cada cosa a su tiempo, Paige –dijo Predicador.
–Pero tienes que saberlo…
–No me preocupa que venga. Estaré preparado para cualquier cosa.
Paige tomó aire.
–De acuerdo. ¿Dónde está la lavadora?
–En mi apartamento. Nunca cierro la puerta –dejó de cortar verdura y la miró–. ¿Qué te ha hecho decidirte a quedarte?
–La pata que le has puesto a Oso. Esa vieja tela escocesa…
–¿Vieja? –preguntó Predicador con una sonrisa–. Esa camisa era nueva.
* * *
Predicador les sirvió el desayuno a Ron y a Harv y, al volver a la cocina, miró por la ventana y vio a Jack cortando leña. Oyó después el sonido de la lavadora en su apartamento. Sirvió dos tazas de café y salió por la puerta de atrás.
Cuando lo vio llegar, Jack dejó caer el hacha sobre un tronco. Predicador le tendió la taza.
–Servicio a domicilio –dijo Jack–. Supongo que tienes algo que decirme –bebió un sorbo de café mirando a Predicador por encima del borde de la taza.
–Estaba pensando que podríamos necesitar ayuda en el bar.
–¿Tú crees?
–Paige me ha comentado que está buscando trabajo. Y el niño es muy tranquilo.
–Mmm.
–A mí me parece una buena idea. Al fin y al cabo, ahora mismo nadie está utilizando el dormitorio de encima de la cocina. Y puedes descontarme parte del sueldo para pagarle a ella.
–Ahora mismo el bar da suficiente dinero, Predicador. Puedo contratar a otra empleada. Porque supongo que no pide medio millón de dólares al mes, ¿verdad?
Predicador esbozó una mueca. Seguramente Jack se creía gracioso.
–Será algo temporal.
–Mis responsabilidades están cambiando –dijo Jack–, creciendo –añadió con una sonrisa de orgullo–. Creo que nos vendría bien tener ayuda en el bar, para cuando tenga otras cosas que hacer.
–En ese caso, se lo haré saber –se volvió, dispuesto a marcharse.
–Ah, Predicador –dijo Jack, y Predicador se volvió–, en realidad ya se lo habías dicho, ¿verdad?
–Es posible que le haya dejado caer que no nos vendría mal contar con su ayuda.
–Sí, claro. Otra pregunta, ¿sabe alguien que Paige está aquí?
–No, no lo sabe nadie. Pero no creo que sea asunto tuyo.
–No pretendo entrometerme, Predicador, solo quiero estar preparado.
–Estupendo –respondió Predicador–. Eso es bueno, y me alegro. Si se produce algún cambio, te avisaré.
Había muchas cosas en Virgin River que le infundían a Paige una gran tranquilidad. Eran pequeños detalles, como el hecho de que su coche estuviera escondido entre dos camionetas en la parte trasera del bar; o el sonido del corte de la leña en las primeras horas de la mañana, que coincidía con el olor del café. Y el trabajo, le gustaba el trabajo. Había empezado ocupándose de las mesas y de recoger la cocina, pero en cuanto habían pasado un par de días, John había decidido enseñarle a preparar tartas, sopas y pan.
–El verdadero desafío es saber utilizar los ingredientes de los que disponemos –le explicó–. Una de las razones por las que el bar es rentable es que cocinamos lo que nosotros mismos pescamos y cazamos. Utilizamos también los regalos que les llevan los pacientes al doctor y a Mel y nos concentramos en asegurarnos de que nuestra gente se sienta bien en el bar. Como Jack dice, si primero pensamos en cuidar al pueblo, todo saldrá bien. Y así es.
–¿Y cómo cuidáis del pueblo? –preguntó Paige confundida.
–Oh, en realidad es muy fácil. Preparamos tres comidas al día buenas y baratas y los vecinos del pueblo que tienen más dificultades saben que pueden contar con lo que sobre. Cuando vamos a comprar, como tenemos que acercarnos a las ciudades de la costa y a grandes centros comerciales, vamos siempre en camioneta, así que avisamos a la gente del pueblo que no está en condiciones de conducir para ver si quieren que les traigamos algo. Como muestra de agradecimiento, terminan comiendo alguna vez en el bar. Para las ocasiones especiales, abrimos el bar, las mujeres traen la comida y solo servimos bebidas. Dejamos una hucha para que se hagan donaciones a cambio de la cesión del espacio y siempre sacamos más de lo que puedas imaginar. Tenemos bebidas buenas, sobre todo para los cazadores y los pescadores que se acercan por aquí, y, aunque les pedimos los mismos precios que a la gente de aquí, con ellos ganamos bastante dinero –al advertir la perplejidad de Paige, le explicó–: Lo compensan con las propinas. Ellos saben lo que cuesta un Johnny Walker etiqueta negra.
–Brillante.
–No, Jack y yo también hemos sido cazadores y pescadores. Es bueno cuidar de la gente que te mantiene. Y lo más importante es recordarles que son bienvenidos en nuestro bar. A Jack se le da muy bien hacer eso. Y también está la comida… Es un lugar pequeño y no tenemos mucha experiencia, pero poco a poco nuestra comida se está labrando una gran reputación.
–Sí, engorda, pero está muy buena.
Paige tenía la sensación de que quedarse en aquel bar era como estar encerrada en un capullo de seda, escondida del mundo. Rick y Jack habían sido muy amables con ella, los dos le daban siempre cosas que hacer. Había clientes que iban todos los días al bar, algunos días incluso más de una vez y todos la trataban como si llevara años atendiéndolos.
–Desde luego, últimamente se hornean muchas más galletas –comentó Connie–. Hace falta una mujer en la cocina para que se hagan las cosas bien.
Paige no se molestó en explicarle que era John el que las hacía para Christopher, no para que sus clientes las disfrutaran con el café.
–¿Qué tenemos para cenar esta noche, Paige? –preguntó el médico.
–Sopa de pescado. Está riquísima.
–Odio esa porquería –el doctor se inclinó hacia ella–. ¿No quedará alguna trucha de las que comimos ayer por la cocina?
–Iré a ver –respondió Paige con una sonrisa, sintiéndose ya como si formara parte de aquel mundo.
Mel se acercaba por el bar dos o tres veces al día. Cuando el bar estaba tranquilo y no había clientes, se sentaban a charlar las dos un rato. Mel sabía más sobre las circunstancias en las que se encontraba Paige que cualquiera, y era ella la que más se interesaba por su recuperación.
–Ya estoy mejor –le explicó Paige–, y he dejado de tener pérdidas.
–Así que parece que tuviste una gran idea al quedarte aquí –dijo Mel, mirando a su alrededor.
–En realidad no fue idea mía. John me dijo que podía quedarme y que les vendría bien que echara una mano en el bar.
–Y da la sensación de que te está gustando. Casi siempre estás sonriendo.
–Es verdad –contestó Paige ligeramente sorprendida–. ¿Quién lo iba a decir? Todo esto está siendo un agradable… –se interrumpió– descanso –dijo finalmente–. Supongo que puedo hacer que esto funcione, por lo menos durante una temporada. Hasta que comience a… notarse –bajó la mirada hacia su vientre.
–¿John lo sabe? –preguntó Mel.
Paige asintió.
–Es lo único decente que he hecho: contárselo cuando me ofreció el trabajo.
–Bueno, aunque no creo que nadie sepa las circunstancias que te han traído hasta aquí, creo que no me equivoco al decir que todo el mundo sabe que tenías otra vida antes de llegar a Virgin River. Al fin y al cabo, tienes un hijo.
–Sí, eso es cierto.
–Además –dijo Mel, deslizando las manos por su vientre–, no vas a ser la única a la que se le va a notar. ¿Sabes que estoy embarazada de cuatro meses? En el pueblo solo llevo siete y hace uno que me casé con Jack. Antes de conocerlo a él estuve casada. Era viuda y, según los expertos, absolutamente incapaz de concebir un hijo –Paige la miró con los ojos abiertos como platos y Mel se echó a reír–. Evidentemente, tendría que haber consultado con expertos mucho mejores. Así que no creas que eres la única que ha llegado a este pueblo sin que fuera esa su intención.
–Supongo que tienes mucho más que contarme –dijo Paige, arqueando una ceja.
–Pero ya entraremos más adelante en detalles. Tenemos mucho tiempo para hablar –respondió Mel entre risas.
Paige llevaba ya diez días alojada en la habitación que había encima de la cocina y Predicador le decía que las cosas estaban yendo bastante bien. Habían conseguido marcar una agradable rutina. Justo después de que Chris desayunara, Paige se duchaba, se arreglaba y recogía la cocina. Mientras Chris estaba con John, pintando, jugando o barriendo, ella aprovechaba para ordenar el dormitorio. Además, como no tenía mucha ropa, era frecuente que hiciera la colada. De modo que mientras la lavadora estaba en funcionamiento, aprovechaba para ayudar a John limpiando el baño, quitando el polvo de su apartamento o haciéndole la cama.
–¿Quieres que te ponga una lavadora? –le preguntó a John.
–Yo me ocuparé de eso. Escucha, no tienes por qué recoger mis cosas.
Paige se echó a reír.
–Predicador, me paso el día en la cocina, recogiendo los platos, las sartenes y las cazuelas que utilizas. Se está convirtiendo en una costumbre –al ver su expresión de desconcierto volvió a reír–. Te pasas el día cuidando a mi hijo, y no puedes hacer nada para evitarlo porque no te deja en paz en ningún momento. Lo menos que puedo hacer es ayudarte con tus cosas.
–No lo cuido –replicó John–, somos amigos.
–Sí, claro –respondió Paige, pero pensó que era cierto, que, realmente, John y Chris eran amigos.
Durante la hora del almuerzo se acumulaba el trabajo, Paige atendía las mesas, pero la hora de las cenas era la más ajetreada del día. Las cenas terminaban de servirse a las ocho y, a partir de esa hora, solo quedaban los clientes que decidían quedarse a tomar una cerveza o una copa, pero la cocina continuaba abierta durante toda la noche. Cuando terminaban de servir las cenas, Paige llevaba a Chris al dormitorio, lo bañaba, lo metía en la cama y bajaba de nuevo al bar por si acaso necesitaban que hiciera algo antes de retirarse.
A Predicador le gustaba particularmente aquella hora de la noche, cuando no tenían que servir más cenas, la cocina estaba limpia y oía a Paige en el piso de arriba. A veces, le oía cantar canciones a su hijo. Antes de servirse una copa para terminar el día, consultaba algún libro de cocina y planeaba las comidas del día siguiente, o quizá de toda la semana. Predicador siempre había sido una persona muy organizada.
Eran cerca de las ocho y media y había pocos clientes en el bar. Jack atendía la barra. Buck Anderson le había llevado a Mel un par de piernas de cordero que habían ido a parar directamente a Predicador. Este estaba leyendo una receta cuando algo le hizo levantar la cabeza y descubrió a Christopher al pie de la escalera, completamente desnudo, con un libro bajo un brazo y a Oso en el otro.
Predicador arqueó una de sus pobladas cejas.
–¿Se te ha olvidado algo? –le preguntó.
Chris inclinó la cabeza hacia el libro.
–¿Me lees el cuento?
–¿No tienes que bañarte antes? –le preguntó Predicador. El niño negó con la cabeza–. Porque parece que estuvieras a punto de entrar en el baño.
Chris asintió y volvió a repetir:
–¿Me lo lees?
–Ven aquí –dijo Predicador.
Chris rodeó el mostrador encantado y alzó los brazos hacia él.
–Espera un momento. No quiero ver el trasero de un niño encima de mi mostrador.
Sacó un trapo de cocina, lo extendió sobre el mostrador y sentó a Chris encima. Bajó la mirada hacia el niño, frunció ligeramente el ceño, sacó otro trapo y se lo colocó en el regazo.
–Así está mejor. Y ahora, dime, ¿qué tienes ahí?
–Un cuento de Horton.
–Es muy probable que a tu madre esto no le haga ninguna gracia –le advirtió.
Aun así, abrió el libro y comenzó a leer. No habían avanzado mucho cuando el agua del cuarto de baño dejó de correr y se oyeron pasos en el piso de arriba.
–¡Christopher!
–Será mejor que dejemos el cuento –le dijo Predicador al niño.
Inmediatamente se oyeron los pasos en la escalera. Cuando llegó al final, Paige se detuvo en seco.
–Se ha escapado cuando le estaba preparando la bañera –le explicó a Predicador.
–Sí, por como va vestido, no es difícil imaginarlo.
–Lo siento, John. Christopher, ven aquí ahora mismo. Leeremos el cuento después del baño.
Chris comenzó a protestar.
–¡Quiero que venga John!
Paige levantó al niño en brazos.
–Quiero que venga John –insistió Christopher.
–John está ocupado, Chris. Ahora tienes que portarte bien.
–Paige, en realidad no tengo nada que hacer. Si le dices a Jack que voy a salir un momento de la cocina, puedo ocuparme del baño. Pero díselo a Jack para que se encargue él de cerrar el bar cuando se vaya todo el mundo.
–¿Sabes bañar a un niño?
–Bueno, en realidad no lo he hecho nunca, pero no creo que sea más difícil que fregar una parrilla.
Paige no pudo evitar echarse a reír. Dejó a Chris en el suelo.
–Supongo que es incluso más fácil. No hace falta rascar ni utilizar un estropajo metálico. Pero si puedes evitarlo, procura que no le caiga jabón en los ojos.
–Creo que lo conseguiré –respondió Predicador–. ¿Cuántas veces tengo que hundirlo? –Paige lo miró asustada y Predicador sonrió–. Era broma. Ya sé que solo tengo que hundirlo un par de veces.
Paige esbozó una mueca.
–Iré a ver si Jack necesita algo y después subiré a supervisar el baño.
Paige estaba pelando y cortando manzanas y Predicador estirando la masa cuando entró Jack en la cocina.
–Mel va a ir al centro comercial de Eureka, Paige, ya no le cabe ningún pantalón y quiere comprarse algo. Ha dicho que si necesitas ir de compras, puedes acompañarla.
Paige miró a John y arqueó las cejas.
–Vete con ella, Paige –le dijo–. Chris no se levantará hasta dentro de una hora y yo puedo encargarme de la cocina. Seguro que necesitas toda clase de cosas.
–Sí, gracias –respondió Paige.
–Escucha –dijo Predicador mientras se limpiaba las manos en un trapo de cocina–. Ni siquiera sé si tienes tarjeta de crédito, pero tienes que tener mucho cuidado con eso. Compra todo en efectivo, ¿de acuerdo?
Sacó la cartera, buscó en su interior un fajo de billetes y comenzó a contar.
Paige palideció y lo miró con los ojos desorbitados. Comenzó a mover la cabeza y a retroceder.
–Dile… dile a Mel que tengo cosas que hacer, ¿de acuerdo?
Jack inclinó la cabeza y frunció el ceño.
–¿Paige?
Paige retrocedió hasta que la pared le impidió seguir haciéndolo. Tenía las manos en la espalda y el rostro blanco como el alabastro. Al ver que comenzaba a descender una lágrima por su mejilla, Predicador dejó la cartera en el mostrador y caminó hacia ella. Cuando llegó a su lado, Paige se dejó caer al suelo y se cubrió el rostro con las manos.
Predicador se arrodilló delante de ella y le apartó las manos de la cara con suma delicadeza.
–Paige, mírame, ¿qué te ha pasado?
Paige estaba aterrada. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas y su voz era apenas un susurro.
–Él hacía eso… al principio –musitó–. Sacaba dinero del bolsillo y me decía que me comprara cosas bonitas. Después, con el paso del tiempo, me tiraba el dinero y me decía que no podía permitirse el lujo de tener una esposa con el aspecto de una vagabunda.
Predicador se sentó a su lado en el suelo.
–Pero yo no he dicho nada parecido, ¿verdad? Lo único que te he dicho ha sido que tenías que tener cuidado, que no utilizaras la tarjeta de crédito.
–Ya lo he oído –contestó Paige–. ¿Te he contado que me casé con él porque me dolían las piernas?
–No me has hablado de él –respondió Predicador–. No me has contado nada en absoluto. Pero no te preocupes, no tienes que contarme nada si no quieres.
–Yo era peluquera. Tenía un salario tan bajo que a veces trabajaba doce horas al día, y era un trabajo particularmente duro. Nunca tenía dinero suficiente para pagar el alquiler y mis compañeras de piso y yo compartíamos una casa miserable. Me gustaba vivir con ellas, pero también estaba cansada. Me dolían las piernas… –repitió–. Sabía que Wes no era el mejor hombre para mí, mis amigas lo odiaban, pero una de las razones por las que me casé con él fue que me dijo que ya no tendría que volver a trabajar –comenzó a llorar y a reír a la vez–. Me casé con él porque no tenía nada, porque nunca había tenido nada…
–Los hombres como él utilizan ese tipo de cebos.
–¿Cómo lo sabes?
–He leído algunas cosas sobre ello –Predicador le secó una lágrima–. Tú no tienes la culpa de lo que te pasó. Nada de esto es culpa tuya. Te engañaron.
–Ahora vuelvo a estar sin nada. Solo tengo una maleta, un coche con una matrícula robada, un hijo y otro en camino…
–Lo tienes todo –replicó Predicador–. Tienes un coche con la matrícula robada, un hijo, otro que está en camino, amigos…
–También antes tenía amigas. Pero consiguió asustarlas, se alejaron de mí y las perdí para siempre.
–¿Te parezco un hombre al que tu marido podría asustar? –le hizo apoyar la cabeza en su pecho.
–No sé por qué me ha entrado tanto miedo –susurró Paige–. Ahora no está cerca de aquí. Jamás podrá encontrar este lugar, pero el caso es que estoy asustada.
–Esas cosas pasan.
–Tú nunca tienes miedo.
Predicador se rio suavemente mientras le acariciaba la espalda. Eran muchas las cosas que le daban miedo y la primera era que llegara el día en el que Paige resolviera todos sus problemas y se fuera de allí con Christopher.
–En los marines, se decía que todo el mundo tiene miedo, pero que hay que aprender a utilizarlo en beneficio propio. Pero si alguna vez llegas a descubrir cómo se hace eso, no te olvides de decírmelo.
–¿Qué haces tú cuando estás asustado?
–Tengo dos opciones: o me entran ganas de orinar, o me enfado.
Paige alzó la cabeza hacia él y consiguió esbozar una sonrisa.
–Esa es mi chica –dijo Predicador, secándole las lágrimas–. Creo que necesitas salir un poco de Virgin River, pero quizá hoy no sea el mejor día para ir de compras.
–Siento haber montado una escena.
–Estamos en un bar de pueblo, Paige. Vivimos para eso –sonrió, pero se puso repentinamente serio–. También solían decirnos que nos fingiéramos valientes. Nos enseñaron a parecer amenazadores –vio que Paige se estremecía–. Pero ahora eso no importa. Mañana iré yo a la compra en vez de Jack. Aunque sea por una vez en su vida, creo que será capaz de encargarse de los almuerzos. Os llevaré a Chris y a ti fuera del pueblo. Si quieres, puedes comprar unas cuantas cosas. Pero yo no voy a comprarte nada. Utilizaré la tarjeta de crédito del bar para que podamos conseguir los puntos anuales, tú te quedarás los recibos y me pagarás dentro de un par de días las compras –le dio un golpecito en la nariz con el dedo–. Y también habrá que comprarle algo de ropa a Chris para que deje de correr desnudo por todas partes.
Jack había salido de la cocina cuando Predicador se lo había pedido. Pero lo había hecho lentamente, porque allí estaba pasando algo muy especial y no quería perdérselo. Cuando regresó al bar, Mel estaba esperando, sentada en uno de los taburetes de la barra.
–¿Qué pasa?
Jack se llevó un dedo a los labios y le susurró:
–Está pasando algo muy especial.
–¿Ah, sí?
Jack volvió de nuevo la cabeza hacia la puerta y aguzó el oído.
–¡Jack! –exclamó Mel furiosa.
Jack volvió a llevarse un dedo a los labios. Después, frunció el ceño y miró a su esposa.
–Paige estaba llorando, acaba de derrumbarse…
–¿Predicador necesita ayuda?
Jack negó con la cabeza.
–Me ha pedido que saliera. He oído un par de cosas, pero por casualidad.
–Yo he visto…
–¿Paige tiene un coche con la matrícula robada?
Mel se enderezó de pronto en el taburete y lo miró con los ojos abiertos como platos.
–¿Lo dices en serio? Tendré que comprobar la matrícula de mi coche, a ver si me la ha robado a mí –dijo con una sonrisa.
–¿Y sabías que estaba embarazada?
–¿De verdad?
–No me engañas. Tú sabes mucho más que yo sobre todo este asunto.
Mel hizo una mueca, como si quisiera decirle que, evidentemente, sabía mucho más que él. Tenía información sobre su paciente, pero no iba a decirle nada. Bajó del taburete y se acercó a la cocina. Allí vio a Predicador sentado en el suelo, con Paige en el regazo. Seguramente, eso era lo que necesitaba Paige en aquel momento. Las caricias eran mejor que un sedante.
Mel regresó detrás de la barra y se puso de puntillas para darle un beso a Jack.
–No creo que le apetezca ir de compras. Dile que me he ido. Tengo que ir a comprarme algo de ropa… Eh, Jack… No sé cómo explicarte esto. Tú y yo hemos tenido experiencias muy diferentes con esta clase de cosas.
–En primer lugar, yo jamás he pegado a una mujer.
–Por supuesto, pero no me refería a eso –miró a Jack–. Creo que entenderías mejor la situación si vieras a Paige como una prisionera de guerra.
–¿Como una prisionera de guerra?
–Es lo más parecido que se me ocurre con lo que puedas relacionarlo. Bueno, volveré en cuanto haya conseguido unos cuantos pantalones con cinta elástica.
–Muy bien, nos veremos entonces.
Un par de horas más tarde, cuando todavía quedaba tiempo más que de sobra para organizar la comida, Jack estaba en el porche preparando las moscas para la pesca. Paige salió con un trozo de tarta de manzana recién hecha en un plato y se lo tendió.
–Mmm. Todavía está caliente. Gracias –dijo él, tomando la tarta.
–Lamento lo que ha pasado antes. Me siento un poco avergonzada.
Jack alzó la mirada hacia ella y vio su rostro dulce y sumiso. Era el rostro de una joven madre, de una mujer embarazada que huía para defender a sus hijos. Y, como Mel le había sugerido que hiciera, la imaginó encerrada, privada de libertad y siendo víctima del miedo durante años. No solo era difícil imaginar a una mujer tan delicada como Paige sufriendo aquella tortura, sino que le resultaba imposible imaginar qué clase de hombre podía llegar a hacer algo así.
–No te preocupes por lo que ha pasado, ¿de acuerdo? Todos tenemos malos momentos.
–No, todos no. Solo yo…
Jack la interrumpió entre risas.
–Será mejor que no sigas por ahí. Te aseguro que no eres la única que tiene un pasado complicado. Pregúntale a Mel. No mucho antes de casarme con ella, yo también estuve hundido. Y ahora que pienso en ello, también Mel se derrumbó un día delante de mí –frunció ligeramente el ceño–, pero no le digas que yo te he contado nada.
Paige inclinó la cabeza.
–¿Seguro que no le importaría que le preguntara por ello?
–No, no creo que le importe. Es solo que me fastidia que nunca cuente nada, y yo acabo de soltarlo todo. No sé cómo se las arregla para mantener tanta información en secreto.
–No te preocupes, Jack –Paige se echó a reír–. No preguntaré nada. Sin embargo, sí que quiero pedirte disculpas por lo de antes.
–No tienes por qué hacerlo, Paige. Solo espero que te encuentres mejor.
John tomó la lista de la compra y se llevó a Chris y a Paige a Eureka. Pasaron primero por Target, para que Paige pudiera comprarse ropa interior, unas cuantas camisas y unos vaqueros. Mientras ella se probaba la ropa, Chris y John la esperaban fuera del probador. Pararon también en una librería. John estuvo un buen rato en la sección de Historia y eligió un par de libros, del mismo tipo de los que Paige había visto en el dormitorio. Después pasaron por la sección infantil y cuando llegó el momento de irse, Paige volvió a colocar en la estantería los cuentos que Chris había estado hojeando.
–Podríamos comprarle un par de libros nuevos –sugirió Predicador.
–Los que tiene en casa son sus favoritos.
–Pero no le vendrían mal un par de libros nuevos –insistió Predicador–. ¿Te parecen bien estos? –señaló un par de cuentos.
–Claro.
Seguramente, la mejor parte de la excursión fue el viaje en coche. Paige había llegado a Virgin River en medio de la noche, y excepto por el día que había ido con Mel a Grace Valley, apenas conocía aquella zona. John la llevó hasta los acantilados de la costa del Pacífico y le mostró un bosque de secuoyas. Después se dirigieron de nuevo hacia Virgin River.
Paige se volvió hacia Predicador mientras este conducía. Iba sonriendo.
–¿Por qué sonríes? –le preguntó.
Predicador la miró.
–Es la primera vez en mi vida que voy de compras con una mujer. Y no me ha parecido horrible.
Capítulo 5
Al principio de su estancia en Virgin River, Paige apenas salía del dormitorio. Después, había comenzado a adentrarse en la cocina y en el bar, donde terminaba la jornada hablando con John delante de la chimenea. Con el tiempo, había comenzado a trabajar en el bar y a conocer a la gente del pueblo. Poco a poco, el círculo de amistades se había ido ampliando e incluso había salido a la única tienda del pueblo en un par de ocasiones y se había acercado a la biblioteca, que solo abría los miércoles, para buscar cuentos para Chris y alguna novela para ella.
Llevaba solo tres semanas allí y ya había dejado de sentirse como una forastera. Era una recién llegada, por supuesto, pero por primera vez desde hacía años, estaba tranquila y feliz. Los días eran largos y el trabajo no era fácil. Volvían a dolerle las piernas, pero agradecía aquella oportunidad para dar rienda suelta a su energía. Era mil veces preferible a vivir encerrada y bajo una tensión constante. Comía y cenaba en la cocina con Rick y John, en medio de un trasiego de comidas y platos, y, sin embargo, le encantaba.
Cuando Chris se dormía por las noches, ella leía durante un par de horas y se concentraba realmente en la novela, algo que no le ocurría desde hacía años. Después, dejaba al niño en la cama y bajaba a la cocina a por un vaso de leche. Bajaba las escaleras sonriendo, porque siempre había luz en la cocina, dándole la bienvenida.
Aquella noche, vio un resplandor en el bar y asomó la cabeza. John estaba sentado frente a la chimenea. Al verlo, Paige caminó hacia él.
–¿No es muy tarde para ti?
Sobresaltado, Predicador se enderezó en la silla.
–¡Paige! No te he oído llegar.
–He bajado a por un vaso de leche. ¿Qué te pasa? ¿No puedes dormir?
–Sí, la verdad es que no tenía mucho sueño, pero ahora me acostaré.
–¿Quieres que te haga compañía? –vio que él tenía una expresión extraña–. O a lo mejor prefieres estar solo…
–No, quédate.
–Si quieres estar solo, lo comprenderé, Predicador. Llevas mucho tiempo viviendo solo y ahora siempre estás rodeado de gente. Hasta mañana.
–Siéntate, Paige –le pidió Predicador en tono sombrío.
–¿Va todo bien? –le preguntó, mientras sacaba una silla.
Predicador negó con la cabeza.
–Esto no me gusta. No quería contártelo esta noche. Prefería dejarlo hasta mañana.
–¿He hecho algo malo? –preguntó Paige con el ceño fruncido–. ¿Hay algo que necesite saber…?
–No, tú eres perfecta. El problema no eres tú. Acaban de darme una mala noticia. Wes al final ha hecho lo que esperabas que hiciera. Ha denunciado vuestra desaparición. Por lo visto, puso la denuncia hace dos semanas.
Fue tal el asombro de Paige, que se quedó sin habla. Se sentó lentamente en la silla. Mientras ella iba aclimatándose a aquel lugar, a sus nuevos amigos, pensaba a menudo en su marido. A veces miraba por encima del hombro como si temiera encontrárselo tras ella. Otras veces, el miedo le aceleraba el corazón y tenía que concentrar toda su energía en controlar la respiración y recordarse que Wes estaba lejos.
Cerró los ojos un instante.
–En ese caso, será mejor que me vaya. Tengo que recuperar mi plan original.
–No hagas las maletas todavía. Hablemos de lo que ha pasado.
Paige negó con la cabeza.
–Ya no hay nada que hablar, John. Viene a por mí y tenemos que marcharnos. No puedo correr ningún riesgo.
–Si huyes, estarás corriendo un riesgo mucho mayor. Si te encuentran, se quedarán con Chris y a ti te meterán en la cárcel. Tienes que hacerlo, Paige, tienes que enfrentarte a él. Yo te ayudaré. Encontraré la manera de ayudarte a superar este infierno.
–Solo tengo una manera de solucionar todo esto y es marcharme cuanto antes de aquí. Tú mismo dijiste que conseguiría localizarme.
–Yo nunca he dicho nada parecido. Lo único que dije fue que no eres suficientemente taimada. Pero puedes ganarle. Conozco a un par de personas que podrían ayudarnos. Una es mi amigo el policía y la otra un juez de Grace Valley con el que voy a veces a pescar. Sé que si puede, nos ayudará. Brie, la hermana pequeña de Jack, es abogada, una abogada importante, y tiene muchos contactos. Además es tan inteligente que da miedo. Tenemos que pedirle a toda esa gente que nos explique cómo puedes salir de este infierno y volver a disfrutar de una vida real. Y no pienso separarme de tu lado hasta que estés completamente a salvo.
Paige se inclinó hacia delante.
–¿Por qué estás haciendo esto, Predicador? ¿Qué crees que puedes sacar de todo este asunto?
–¿Yo? Dormir tranquilo, eso es lo que puedo sacar de este asunto. Cuando todo esto termine, podré dormir a pierna suelta sabiendo que nadie te va a pegar, sabiendo que Chris no está creciendo en un ambiente sórdido y aprendiendo a pegar a una mujer. Paige, lo vi con mis propios ojos. La primera noche, cuando fui a llevaros las toallas, la puerta estaba abierta y tú te habías levantado la camisa… –bajó la cabeza, la levantó de nuevo y la miró fijamente a los ojos–. Eso no fue solo una bofetada. Allí había pasado algo más que una simple discusión.
Paige bajó la mirada. Le resultaba insoportable pensar que Predicador había visto los moratones que cubrían su cuerpo semanas atrás.
–Escucha –le dijo él, levantándole la barbilla con el dedo–, yo estaba completamente satisfecho con mi vida hasta que cruzaste esa puerta aquella noche. Me gustaba salir a pescar, cocinar y limpiar, y nunca me había importado estar solo. Sé que nunca voy a casarme ni a tener hijos, pero si puedo hacer algo por ti…
–¡Esto no es asunto tuyo!
–¡Ahora lo es! Aunque tú no quieras contar conmigo, ese niño lo hace día tras día. Cuenta conmigo desde que baja corriendo las escaleras por las mañanas hasta que se acuesta y se queda dormido. Cuando Chris y tú os vayáis de aquí, quiero saber que hice todo lo que estuvo en mi mano para que ese canalla no volviera a haceros nada –tomó aire–. Lo siento. Supongo que parezco muy amenazador, pero es porque estoy asustado.
–No me resultas amenazador –respondió Paige, pero tan suavemente que Predicador apenas la oyó–. ¿Y si no funciona?
Predicador se enderezó.
–Entonces te ayudaré a buscar un lugar en el que puedas estar a salvo. Haré todo lo que haga falta. Dios mío, Paige, si no hago esto, ¿qué voy a hacer con mi vida? Si se me presenta algo así de pronto y lo ignoro, es que no valgo nada.
Paige miró su expresión suplicante y sacudió la cabeza casi con tristeza.
–¿Cómo sabes que nunca vas a casarte y tener hijos? –le preguntó.
–Vamos, Paige.
–En serio.
–Para empezar, en el pueblo no hay una sola mujer soltera de más de dieciocho años y menos de sesenta.
–Pero hay muchos otros pueblos.
–Dios mío, ¿de verdad tengo que explicártelo? Maldita sea, tu hijo es el único niño que se ha atrevido a acercarse a mí. Los demás se esconden detrás de sus madres cuando me ven. Paige, sé que estás asustada, pero ¿te atreverías a mirar a ese sinvergüenza a los ojos si te juro que estaré en todo momento junto a ti, o si sabes que siempre podrás contar con ayuda? –tomó aire.
»¿Sabes que cuando uno se enfrenta a un oso, lo último que tiene que hacer es salir huyendo? Tienes que intentar parecer todo lo alto que puedas, hinchar los carrillos e intentar parecer más grande. Hacer mucho ruido y fingirte valiente y duro aunque no lo seas –sacudió la cabeza–. Siendo tan pequeña como eres, supongo que te costaría hacerlo, pero deberías pensar en la teoría. Si actúas como si no estuvieras asustada y puedes conseguir ayuda, es posible que dejes todo esto en el pasado. Todos nosotros te ayudaremos: el juez, Mel, Jack, Brie y Mike.
–¿Mike? –preguntó ella.
–Mi amigo el policía. Mike –tragó saliva–. Él dice que lo que tienes que hacer ahora es buscar ayuda; quizá no en la policía, pero sí puedes pedírsela a alguna persona que esté relacionada con la ley y esté dispuesta a escuchar tu historia. Yo estoy pensando en un abogado o un juez.
–De acuerdo.
–¿De acuerdo? –repitió Predicador sorprendido.
–Sí, de acuerdo. Estoy muy asustada, pero me parece bien –se estremeció–. O hacemos las cosas a tu manera, o la otra opción es seguir huyendo y esconderme, y el peligro sigue siendo el mismo: Wes –y añadió con voz queda–: Gracias por ofrecerme tu ayuda.
–Me siento bien ayudándote. Y también quiero hacer esto por Chris. Tenemos que ayudarlo a salir de este desastre.
–Sí, lo intentaré –dijo Paige, pero le temblaba la voz.
Predicador no parecía la clase de hombre que pudiera necesitar que alguien lo vigilara de cerca o cuidara de él, pero eso era precisamente lo que hacía Jack. En parte porque se había convertido en un hábito: había estado al lado de aquel hombretón desde que combatían en los marines. Predicador había estado a sus órdenes en dos ocasiones, en la primera y la segunda guerra de Irak.
Había otra razón por la que Jack no le quitaba el ojo de encima, y era que Predicador estaba cambiando. Jack se había dado cuenta inmediatamente porque no hacía mucho tiempo que él había experimentado unos cambios similares, aunque él había sido consciente en todo momento de lo que le estaba pasando y sospechaba que Predicador no tenía la menor idea de lo que le ocurría.
Después de haber pasado veinte años en los marines y tres en Virgin River, Jack nunca había sido capaz de sentirse particularmente unido a una mujer. Jamás había pensado en sentar la cabeza o adquirir un compromiso serio. Sin embargo, menos de una semana después de que Mel llegara al pueblo para trabajar con el doctor Mullins, ya estaba loco por ella. Había llegado la mujer adecuada, en el momento adecuado y en las circunstancias adecuadas. Y aunque le había sorprendido sentir lo que sentía, siempre había tenido claro lo que era. Se había enamorado de tal manera que le sorprendía que la tierra no se hubiera abierto bajo sus pies.
Le había pasado casi tan rápido como a Predicador. Paige había aparecido una noche de lluvia tres semanas atrás y Jack se había dado cuenta de que algo había cambiado en Predicador casi desde ese mismo momento. Al principio solo parecía una firme necesidad de protegerla, algo normal en Predicador. Era el típico hombre blando por dentro y duro por fuera. La justicia y la lealtad lo eran todo para él. Pero a medida que había ido pasando el tiempo, Jack había sido testigo de cómo habían ido evolucionando sus sentimientos. Predicador cuidaba de Paige con una dedicación que hablaba a leguas de algo más que un corazón generoso. Le bastaba mirar a Paige para que su semblante resplandeciera. Enseguida desviaba la mirada y fruncía el ceño, como si estuviera intentando encontrar sentido a aquellos sentimientos que hasta entonces nunca había experimentado.
Jack y Predicador habían tenido experiencias muy distintas con las mujeres. A Jack nunca se le había dado bien la abstinencia y siempre había habido alguna mujer en su vida. Se dejaba llevar por aquella necesidad. Pero Predicador era un solitario. Y aunque fuera una persona reservada, no era un hombre de secretos. De hecho, podría ser descrito como un hombre cándido, transparente. Jack estaba seguro de que si hubiera habido alguna mujer en su vida, él se habría enterado. No, estaba convencido de que aquella era la primera vez que Predicador se había enamorado. Se sentía fuertemente atraído por aquella joven y no tenía la menor idea de qué hacer al respecto.
Jack también vigilaba de cerca a Paige, porque apreciaba mucho a su amigo. Sabía que era una mujer de buen corazón, una mujer vulnerable y que apreciaba a Predicador. Pero era más que posible que ese sentimiento no fuera más que gratitud. Probablemente, cuando se liberara de las amenazas que la acechaban, se iría. Volvería con su familia o empezaría una nueva vida en un lugar diferente.
De momento, parecían inseparables. Los tres. Predicador había tomado a Paige y a Christopher bajo su ala, como si temiera que el peligro que los acechaba pudiera golpearlos en cualquier momento. Cuando no había clientes en el bar, Predicador y Paige se sentaban a charlar o a jugar a las cartas. Cuando no estaba dormido, era habitual que Christopher estuviera en brazos de Predicador. Y cuando el bar estaba lleno y los pescadores se dejaban caer por allí para tomar una copa o cenar después de un largo día en el río, Paige y su hijo solían estar en la cocina con Predicador, ayudándolo o, sencillamente, haciéndole compañía.
Era evidente que Predicador estaba empezando a sentir algo, pero los sentimientos de Paige no eran tan obvios. Y Jack no había encontrado ningún momento para hablar con su amigo en privado. Por supuesto, ni siquiera estaba seguro de lo que le diría, pero había oído algo que consideraba importante: aquellas situaciones de malos tratos en la pareja podían ser más peligrosas que una guerra. Eran situaciones imprevisibles, letales. Muchos policías decían que preferían ocuparse de un atraco que de un caso de violencia de género. Él no quería que le ocurriera nada malo a aquella mujer, le gustaba. Pero tampoco quería que le ocurriera nada malo a Predicador.
Con todo eso en la cabeza, decidió ir a hablar con su esposa.
–Voy a salir un momento –le dijo a Predicador–. ¿Puedes ocuparte del bar?
–Sí, claro.
Jack cruzó la calle para dirigirse a la consulta del médico. Encontró a Mel y al doctor Mullins en la cocina, jugando a las cartas. Mel tenía un montoncito de peniques justo delante de ella. Cuando vio a Jack, sus ojos resplandecieron.
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