Kitabı oku: «Una reunión familiar»

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© 2018 Robyn Carr
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una reunión familiar, n.º 270 - marzo 2021
Título original: The Family Gathering
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
Traducido por Ángeles Aragón López
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-180-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Para la doctora Kochy Tang, con mi agradecimiento
por sus afectuosos cuidados y su amistad especial
En nuestra familia no escondemos la locura…
La sentamos en el porche y le damos un cóctel.
ANÓNIMO
Capítulo 1
Dakota Jones llevó el coche hasta el granero que su hermano había reconvertido en vivienda y aparcó al lado de la camioneta de este. Dejó su bolsa de viaje en el Jeep SUV y se acercó a la puerta. Permaneció un momento indeciso, pues su hermano tenía una niña de seis meses. Llamó con los nudillos para no tocar el timbre, por si la niña dormía. Un momento después volvió a llamar. A la tercera vez, se abrió la puerta.
—¡Dakota! —Cal sonrió—. ¿Qué haces aquí?
—He venido vía Australia. Es una larga historia.
—Estoy deseando oírla —repuso Cal—. ¿Quieres entrar o prefieres seguir ahí de pie un rato más?
—No quiero despertar a la niña.
—La niña está en Denver con Maggie. Volverán esta noche.
—Parece un arreglo interesante —murmuró Dakota.
—Esto es un tiro y afloja, amigo mío. ¿Quieres beber algo? —le ofreció Cal—. ¿Tienes hambre?
—Una cerveza fría estaría bien —repuso Dakota.
Miró a su alrededor. El lugar era hermoso, pero eso no era ninguna sorpresa. La casa de Cal con su primera esposa había sido un lugar increíble. Teniendo en cuenta cómo se habían criado los hermanos Jones, una buena casa sólida de la que pudieran estar orgullosos cubría una necesidad que no habían visto cubierta de niños.
Cal le puso una botella de cerveza en la mano.
—Tu casa es genial —comentó Dakota.
Cal no respondió a eso.
—¿Qué hacías en Australia? —preguntó.
—No conocía aquello —contestó Dakota—. Quería hacer un ambulado. Es un…
—Sé lo que es un ambulado —lo interrumpió Cal con una carcajada—. Un rito aborigen, una vuelta temporal a su estilo de vida —inclinó su cerveza en dirección a la de su hermano a modo de brindis—. Nunca te había visto con tanto pelo. En la cara y en todas partes.
Dakota se acarició la barba.
—Probablemente debería recortarla.
—¿Por qué no me cuentas lo que ocurre, antes de que Maggie y Elizabeth vuelvan a casa?
—Bueno, en Australia visité a un ranger con el que estuve hace años en los militares y luego fuimos juntos a ver a otro. Después, con la información que me dieron ellos, estuve viajando un mes, viendo parte del país, acampando, pescando, pasando tiempo conmigo mismo y esquivando serpientes y cocodrilos…
—Me refiero al Ejército. ¿Te has salido? Sabía que ya no estabas contento. Dijiste que hablaríamos de eso algún día.
—No estaba seguro de dónde acabaría, pero sabía que vendría aquí de visita. Como Sierra y tú estáis aquí y, además, tengo una sobrina, quería pasar a veros.
Cal suspiró.
—Dakota. El Ejército.
—Bueno, me sorprende haber aguantado tanto tiempo. Jamás pretendí hacer carrera militar. Quería aprovechar su oferta de viajar y estudiar gratis.
Cal enarcó una ceja.
—¿Viajar gratis? ¿A las zonas en guerra?
Dakota sonrió.
—Tuve un pequeño desencuentro con un coronel. No nos entendimos. Al parecer, lo mío fue insubordinación. Y llegó el momento de pensar en hacer algo diferente.
—¿Te han licenciado con honores? —preguntó Cal, presionando por saber.
Dakota negó con la cabeza.
—Pero no me han licenciado con deshonor.
Simplemente lo habían licenciado, pero eso ya decía algo. Había que meter mucho la pata para no ser licenciado con honores.
—¿Qué hiciste? —preguntó Cal.
—Me mostré en desacuerdo con una orden suya y le dije que si la cumplíamos moriría gente. Rangers. Que morirían rangers. Yo tenía diez, no, cien veces más experiencia que él, pero creo que buscaba competir conmigo o algo así porque estaba empeñado en llevar a cinco de nuestros mejores rangers a un conocido lugar de entrenamiento del ISIS y alguien moriría. Creo que a ese imbécil lo sacaron del parque de vehículos y lo pusieron al mando de una unidad. Yo anulé sus órdenes y me amenazó con el calabozo. Pensé que era un buen momento para cambiar de carrera.
—¿Te enviaron a casa? —preguntó Cal—. Tuviste que hacer algo peor que mostrarte en desacuerdo con ellos para que te enviaran a casa.
Dakota bajó la vista.
—Lo que hice lo hice por el bien de mis hombres.
—¿Qué hiciste?
Dakota no contestó.
—¿Lo golpeaste o algo así?
—No. Mis hombres no me lo permitieron —Dakota hundió los hombros—. Desinflé las ruedas hasta que pude ponerme en contacto con otro coronel que conozco y que podía interceder con las órdenes que nos ponían directamente en peligro.
—¿De los Jeeps? —preguntó Cal.
—No. De los MRAP.
—¿MRAP?
—Vehículos resistentes al ataque de minas. Los grandes.
—¿Esas bestias del desierto mastodónticas con neumáticos más altos que yo? ¿Cómo demonios conseguiste desinflar eso?
—Con una 45 —repuso Dakota—. O un M16.
—¿Disparaste a los neumáticos? ¿Y cómo es que no estás en la cárcel?
—Estuve. Salí por buen comportamiento —repuso Dakota—. Y se demostró que el coronel era incompetente y había hecho cosas aún peores antes. Cal, estaba loco. Era un homicida. No sabía lo que hacía. No era un ranger. Tenía muy poca experiencia en combate. No le iba a dejar que matara a más personas.
Los dos hermanos permanecieron un rato sentados en silencio, bebiendo de sus cervezas. Dakota fue el primero en hablar.
—Oye, a veces en el Ejército pasa eso. Pillan a un tío que acaba de ascender y le dan una unidad de mando para la que no está preparado. Tengo un amigo, un doctor, cuyo jefe no tenía experiencia en los cuerpos médicos. Era piloto. Y tomaba decisiones para médicos y hospitales que eran peligrosas para los pacientes, pero no aceptaba consejos, no se avenía a razones, no quería preguntar nada. Según mi amigo, había gente que sufría o no recibía el tratamiento adecuado. Se amotinó una unidad entera de doctores y el coronel los represalió. Esas cosas no ocurren muy a menudo, normalmente hay al menos una cabeza razonable en el juego.
Dakota respiró hondo.
—Creo que al mío lo sacaron del batallón de hacer calceta. He trabajado a las órdenes de algunos imbéciles, pero ese se llevaba la palma.
—Pero tú estás fuera. Cuando te faltaban tres años para retirarte.
—Sí. Tengo mucho tiempo para pensar en mi próximo trabajo —Dakota sonrió—. Todavía soy un crío.
—O sea que te fuiste a deambular por ahí —Cal soltó una carcajada—. ¿Para probar que eres como el resto de nosotros?
—Tú lo hiciste después de la muerte de Lynne. Y te funcionó. Pero ¿por qué? Esa es mi pregunta. ¿Por qué lo hacemos? Deambular es lo que más odiaba de nuestra infancia.
Los padres de Dakota se consideraban vagabundos. O hippies. O pensadores de la New Age, lo que fuera. En realidad eran un padre esquizofrénico, a menudo paranoico y con alucinaciones, y una madre que era su guardiana y protectora. Recorrían el país con sus cuatro hijos en una furgoneta y después en un autobús escolar reconvertido en autocaravana. Paraban de vez en cuando en la granja de los abuelos de los niños en Iowa y al final acabaron viviendo allí cuando Dakota tenía doce años, Cal, el mayor, dieciséis, y las dos hermanas, Sedona y Sierra, catorce y diez años respectivamente.
Cal seguía siendo paciente y comprensivo con sus padres, con el padre que no quería tomar una medicación que podía ayudarle a funcionar normalmente, o, al menos, con algo más de normalidad. Hasta se mostraba cariñoso con ellos. Sedona hacía gala de responsabilidad con ellos, de un modo amable pero eficaz, iba a verlos con regularidad y procuraba que no pasaran privaciones ni se metieran en líos. Sierra, la benjamina de la familia, se sentía más que nada confusa por el modo en que sus padres elegían vivir. Y Dakota… Había pasado la mayor parte de su infancia sin ir al colegio, dando clase en un autobús con su madre. Toda la familia trabajaba cuando había trabajo, casi siempre recolectando verduras con otros jornaleros migrantes. Cuando se instalaron en Iowa, en la granja de sus abuelos, empezó a ir al colegio de forma normal. Tuvo que soportar acoso escolar en el instituto porque sus padres, Jed y Marissa, eran muy raros. Dakota se avergonzaba de ellos. No los entendía. Él era una persona de decisiones y de acción y habría obligado a Jed a tomar la medicación o lo habría echado a patadas, pero su madre, en cambio, lo mimaba, lo protegía, dejaba que se saliera con la suya aunque estuviera loco. Y Dakota había sido un chico solitario, con muy pocos amigos.
En cuanto pudo, se marchó de casa, justo después de graduarse en el instituto a los diecisiete años. Se alistó en el Ejército y desde entonces había visto a sus padres unas cuatro veces. Cada vez que iba a la granja de Iowa, le parecían más raros que antes. No telefoneaba casi nunca, pero no parecía que ellos se dieran cuenta.
También se protegía y no permitía que nadie se acercara mucho mientras esperaba a ver si él también se volvería loco. Con treinta y cinco años, todavía no estaba seguro de que no fuera a ocurrir. Y después de tanto tiempo, sus hermanos habían acabado por aceptar su comportamiento independiente y distante.
En el Ejército era fácil no atarse demasiado. Tenía amigos cuya compañía disfrutaba, pero había muy pocos con los que sintiera un vínculo especial y ese vínculo era de compañeros militares. Iban juntos a tomar cerveza y lo incluían en las actividades sociales del grupo, en fiestas, salidas al lago o excursiones a esquiar. Como decían sus amigos: «Ya sabes, Dakota, el soltero».
Había también mujeres, por supuesto. A Dakota le gustaban las mujeres, pero no era de comprometerse a largo plazo con nadie, y menos con novias. Aunque salía a veces un tiempo con la misma mujer, no era hombre de estar en pareja. Había tenido una, pero por un periodo corto, y había terminado de un modo tan trágico, que le había recordado que era mejor no involucrarse demasiado. No era de los que se casaban. Estaba mejor a su aire. Nunca se sentía solo ni se aburría. Tal y como vivía, no tenía que explicar de dónde procedía, cómo había crecido ni lo rara que era su familia. En diecisiete años en el Ejército, nunca había conocido a nadie que se hubiera criado como él, básicamente sin techo, en un autobús y con un par de pirados por padres.
Pero últimamente había cambiado algo para él. Había sido un cambio lento y sutil. Cal había perdido a su esposa y, dos años después, había vuelto a casarse. Maggie, de profesión neurocirujana, era una mujer fabulosa. Ahora tenían una niña, eran una familia. Cal nunca había rehuido el compromiso, como si estuviera seguro de que sería mejor padre de familia de lo que había sido su progenitor. Su hermana pequeña se había reunido con él en Timberlake y también se hallaba en proceso de asentarse. Sierra había conocido a un bombero, un hombre fantástico. Connie, el diminutivo de Conrad, era listo, fuerte, leal y el tipo de hombre que admiraba Dakota. Le habían bastado cinco minutos para saber que Connie era un hombre íntegro. Y, al ver cómo se sentía Sierra con él, Dakota casi anhelaba algo parecido. Sedona se había casado al salir de la universidad, tenía dos hijos y, aparentemente, llevaba una vida normal. Hasta el momento, ninguno de ellos había decidido vivir en un autobús como sus padres. Poco a poco, Dakota había empezado a pensar que quizá él pudiera llevar una vida de adulto normal. Tal vez pudiera tener amigos y familia y no fuera necesario que se protegiera de sí mismo.
Pero una cosa que sí haría sería ir muy despacio.
Cal llamó a los demás. Sierra y Connie no tardaron en llegar con Molly, su golden retriever. Sully, el padre de Maggie, llegó después de cerrar la tienda de su camping, Sullivan's Crossing. Cuando llegó Maggie con la niña, se encontró con una atmósfera de fiesta.
Como Dakota había llegado sin avisar y Cal no estaba preparado, todo el mundo llevó algo de comer. Sierra apareció con una bandeja de pechugas de pollo nadando en salsa barbacoa y una gran ensalada de siete capas. Connie aportó cerveza y el té verde frío favorito de Sierra. Sully contribuyó con brócoli sellado en papel de aluminio con ajo, aceite de oliva, cebollas, champiñones y granos de pimienta. Lo colocaron en la parrilla con el pollo. Cal suministró patatas asadas.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —quiso saber Sierra.
—No lo sé —contestó Dakota—. Estos últimos meses estoy explorando.
—Desgraciadamente, por aquí no hay mucho que explorar —intervino Sully.
—¡Ah, Cody! —dijo Sierra, llamando a su hermano por el mote de cuando eran niños—. No le hagas caso. Yo creo que recuperé mi cerebro caminando por los senderos de aquí. Cal recorrió el CDT durante un mes.
Dakota enarcó las cejas.
—¿Me contasteis eso? —preguntó.
—No lo recuerdo. Pero sí, seguí el Continental Divide Trail en dirección al norte desde casa de Sully. Pasé dos semanas caminando y acampando y después di media vuelta y volví.
—Porque yo estaba aquí —informó Maggie con una sonrisa. Alzó la barbilla—. Y me quería mucho.
—Me gustaría hacer eso —declaró Connie—. Lo máximo que he estado en ese sendero han sido cuatro días. Sierra, tenemos que hacerlo. Irnos un par de meses.
—No sé —repuso ella—. Soy muy adicta a la ducha diaria.
—Tengo que decidir dónde voy a deja de explorar —aclaró Dakota.
—¿Te refieres a asentarte? —preguntó Cal.
—No sé si eso es posible —respondió su hermano—. Después del Ejército, tal vez mi temperamento no me permita estar quieto en un sitio.
—Pero ¿te vas a quedar al menos un tiempo? —preguntó Sierra, esperanzada.
—Eso sí. Me quedo un tiempo. A lo mejor puedo ayudar en algo.
—Puedes hacer de canguro —propuso Cal.
—Estoy seguro de que no puedo hacer eso —contestó Dakota—. Se me dan bien las niñas, pero es mejor que hayan salido ya de la universidad.
Los demás respondieron con risas y gemidos.
A las nueve, Sully había vuelto al Crossing, Maggie y Elizabeth se habían ido a la cama y solo quedaban Sierra, Connie, Cal y Dakota. Los hombres abrieron unas cervezas más. Sierra, que llevaba un año y medio sobria, bebía té verde.
—Mañana tendré que ir a dos reuniones después de pasar la velada con bebedores como vosotros —dijo.
Cal rio.
—Nosotros tres hemos tomado ocho cervezas en seis horas. Para ser una celebración, yo diría que hemos sido bastante comedidos.
—Si te molesta… —empezó a decir Dakota.
—No —contestó ella—. Pero mañana por la mañana estaré mucho mejor que vosotros.
—Ya que vas a estar tan bien, ¿quieres llevarme al sendero mañana? —preguntó Dakota. Molly se levantó de donde dormía, se sacudió y se apoyó en su muslo, esperando—. ¿Esta sale a andar?
—A veces me llevo a Molly y a Beau, el labrador de Sully. Pero, si me los llevo, solo puedo estar un par de horas como máximo fuera—. Sierra se levantó—. Vendré a buscarte a las ocho y veinte. Vamos, Connie. Es hora de acostar a la niña.
Dakota y Cal la miraron con interés.
—A Molly —dijo ella—. Me refería a Molly.
—Menos mal —repuso Dakota—. Si hubiera otra, yo saldría corriendo.
—Solo está Elizabeth —repuso Sierra—. Y no quieren decir si van a ir a por otro. Y definitivamente, yo no lo voy a hacer.
—¿No? ¿Y eso por qué?
—Pues, para empezar, por la locura de nuestro padre y su código genético. Vamos, Connie. Me muero de sueño.
Dakota miró su reloj.
—Sois un grupo muy entretenido —dijo. Se levantó para despedirse y besó a su hermana en la mejilla—. Te veo por la mañana. Y, por cierto, tienes muy buen aspecto.
—Gracias —contestó ella, sonriente—. Tú también. Un poco greñudo pero bien.
Dakota le dedicó una sonrisa resplandeciente detrás de su barba oscura.
Sierra le puso los dedos en las mejillas y le peinó la barba con ellos.
—Empieza a haber canas ahí, Cody.
—Me las he ganado —respondió él. La besó en la frente—. Nos vemos por la mañana.
En los diecisiete años que hacía que Dakota había dejado a su familia para alistarse en el Ejército, el tiempo pasado con ellos había sido infrecuente y breve. Cal y Sedona se esforzaban por no perder el contacto y él los visitaba en acontecimientos importantes. En la boda de Cal con Lynne, y después en la boda con Maggie. Había ido a conocer a los hijos de Sedona, pero nunca se había quedado mucho tiempo. Sierra, quien era muy especial para él, había sido bastante impredecible hasta que se había vuelto sobria. Él había ido a verla un par de días de vez en cuando y nada más. No había querido encariñarse demasiado con sus hermanos.
Esa vez era distinto. Pasaron dos días, tres y cuatro. Caminó primero con Sierra, luego con Cal y después solo con los perros. Cavó el huerto de Sully para las plantaciones de primavera, arregló las parrillas y las mesas de pícnic y habló bastante. Sully era un hombre mayor muy interesante. Le contó que había vuelto de Vietnam con trastorno de estrés postraumático y le preguntó cómo le había ido a él en ese terreno.
—Tengo TEPT, sí —contestó Dakota—. Probablemente más por mi vida personal que por mi experiencia militar.
—En ese caso, tú no eres uno de los afortunados —comentó Sully.
Dakota limpió los canalones de la casa y la tienda y lanzó pelotas a los perros. Luego tuvo que bañarlos porque había llovido y se habían metido en la tierra recién removida y fertilizada del huerto. En el Crossing conoció a Tom Canaday, el hombre que había ayudado a Cal a remodelar el granero y convertirlo en una casa espectacular. Tom era muy amigo de Sully, un manitas a tiempo parcial y padre soltero con dos hijos en la universidad y dos en el instituto. Cuando Tom le habló de todos los trabajos que había tenido mientras criaba a sus hijos, Dakota tuvo una inspiración.
Tal vez no fuera necesario que tomara grandes decisiones permanentes sobre su trabajo o dónde se iba a instalar. Quizá pudiera hacer distintas cosas por un tiempo.
—¿Crees que un hombre como yo puede trabajar en una cuadrilla de mantenimiento de caminos? —le preguntó a Tom—. ¿O llevar un camión de basura?
Tom se echó a reír.
—¿Un veterano que ha servido en el Ejército y tiene vínculos con el pueblo? ¡Demonios, Dakota! A ti te contrataría cualquiera. Te daré una recomendación. Solo tienes que decidir lo que quieres hacer. Yo llevo casi veinte años trabajando para el condado.
—Creo que debería recoger basura. En penitencia por todas mis fechorías.
—¿Fechorías? —preguntó Tom, riendo—. Cal me dijo que eres un soldado condecorado.
—Pero me descondecoré antes de terminar —repuso Dakota. Se rascó la barba—. Creo que debería cortarme el pelo. ¿Necesito afeitarme también?
Tom se echó a reír.
—Esto es Colorado, tío. Pareces uno de los nuestros.
—Mejor. Le he tomado cariño —Dakota sonrió—. Por así decir.
—Averiguaré para qué están contratando y te traeré un formulario de solicitud.
Cuando Dakota volvió a casa desde del Crossing después de un día productivo, encontró a Cal en su despacho, colgando el teléfono.
—O sea que sigues aquí —dijo—. Llevas ya cinco días. Creo que eso es un récord.
—¿Molesto? —preguntó Dakota.
—Casi no sé que estás —contestó Cal—. ¿Tú tienes la sensación de molestar?
Dakota negó con la cabeza, apoyado en la jamba de la puerta.
—¿Te molesta la niña? —preguntó Cal.
—La niña es fantástica —repuso su hermano—. Pero no voy a hacer de canguro.
Cal se echó a reír.
—Nos hemos arreglado antes de que llegaras y seguiremos arreglándonos.
—¿Y qué pasa si me quedo?
—¿Qué pasa? —le devolvió Cal la pelota.
—¿Eso te resultaría raro?
—No. Me caes bien. Más o menos —Cal se puso serio—. Eres bienvenido aquí, Dakota. Y gracias por ayudar a Sully. Te lo agradecemos.
—Todos lo hemos ayudado a preparar la tierra, pero creo que ahora va a llover durante días.
—Eso he oído. En marzo llega siempre la lluvia y Sully prepara la zona del camping para el verano. Bueno, para la primavera y el verano. Todos ayudamos. Tú no tenías por qué hacerlo, así que gracias. ¿Y ahora qué?
—Bueno —Dakota se rascó la barbilla—. Me voy a cortar el pelo, recortarme un poco la barba, buscar trabajo, un lugar para vivir…
—Yo no te echo —dijo Cal—. Si puedes soportar a Elizabeth, puedes quedarte aquí. El alquiler es barato.
—Elizabeth es una maravilla, pero creo que alquilaré algo porque eso va más conmigo. Lo que no significa que no pase tiempo con vosotros.
—Eso suena un poco a largo plazo —dijo Cal.
—Dentro de lo que es largo plazo para mí —clarificó Dakota—. Unos meses por lo menos. Me gusta el Crossing, los senderos, el lago y la gente. Parece un buen lugar para ordenar mis pensamientos.
—Nos encantará tenerte cerca —declaró Cal—. Oye, ¿crees que estarás bien aquí solo unos días? Maggie tiene que irse otra vez a Denver. Opera y ve pacientes tres o cuatro días a la semana. Tiene una niñera allí, pero esta semana no tengo clientes ni juicios y me voy a ir con ellas. Solo volveré si me llama alguien porque me necesita.
Dakota rio y se pasó una mano por la cabeza.
—Tanta flexibilidad me va a producir un sarpullido. Estoy acostumbrado a una rutina estricta.
—Muy bien —dijo Cal—. Crea una rutina estricta. A nadie le importará eso. Pero Maggie y yo tenemos a Elizabeth y nuestras carreras. Por no mencionar a Sully y el camping. Solo tienes que decirme si vas a venir a comer, eso es lo único que necesito. Bueno, eso y si vas a llegar tambaleándote a las tres de la mañana y me vas a obligar a sacar el rifle porque creo que han entrado a robar. Eso implicaría comunicación, Dakota. Algo en lo que no has destacado mucho.
—Eso me han dicho. Tienes mi número de móvil, ¿verdad?
—¿Tienes dinero para alquilar algo? Porque puedo…
—Tengo —respondió Dakota—. Y te llamaré antes para que añadas otra patata a la sopa.
Cal guardó silencio un momento.
—Me ha gustado tenerte aquí —dijo al fin.
—Haré todo lo posible por no cargarme eso —contestó su hermano.
Cal, Maggie y Elizabeth salieron a la mañana siguiente temprano para Denver. Si Dakota no había entendido mal, Maggie iba directamente al trabajo, donde pasaría la mañana viendo pacientes y la tarde operando. Después repetiría ese ciclo una y otra vez. Una semana hacía eso durante tres días y, a la siguiente, cuatro días. Una vez al mes tenía que estar de guardia en Urgencias, lo que añadía un quinto día a su ciclo. Y Cal, un abogado penalista, recibía clientes en su despacho de casa o en otros lugares, como la cafetería, el porche de Sully en el Crossing o la biblioteca, y las consultas podían ser desde para redactar un testamento a sacar a alguien de la cárcel. Dakota archivó esa información por si la necesitaba.
De momento, iba a estar solo unos cuantos días. Y, como Sully había previsto, llovía.
Pasó por una agencia inmobiliaria, recogió un folleto de propiedades de alquiler en la zona y después fue a cortarse el pelo. Miró calle arriba y calle abajo y, como vio que la barbería estaba cerrada, entró en la peluquería Fancy Cuts. Cuando cruzó la puerta, vio seis sillas y tres clientes con peluqueras. Mostró su sonrisa más radiante.
—No busco nada del otro mundo —dijo—, pero ¿pueden arreglar un pelo y una barba que llevan un tiempo abandonados?
Pasó un momento. Una joven muy guapa dio un paso hacia él.
—Yo me encargo —dijo a las otras dos, ambas mujeres más mayores—. Deme cinco minutos. Tome asiento.
Volvió a su clienta, una mujer mayor cuyo cabello parecía una masa de salchichas rosas.
—No puedes terminar en cinco minutos —dijo la clienta, en voz más alta de lo necesario.
—Oh, sí terminaré —repuso la peluquera guapa—. Y te encantará.
—Pues espero que no…
La peluquera acercó un cepillo al pelo y conectó el secador de mano. Ahuecó el cabello de la mujer, lo peinó hacia atrás y terminó poniéndole laca.
Dakota tomó una revista y comenzó a hojearla. Leyó un anuncio sobre higiene bucal y, cinco minutos después, estaba en una silla con la hermosa Alyssa pasándole un peine por el cabello moreno.
—¿Qué quiere hacerse? —preguntó esta.
Dakota se dio cuenta de pronto de la cantidad de tiempo que hacía que no se acostaba con una mujer.
—Nada especial —contestó. «¿Te gusta contra la pared?»—, solo recortar. ¿Y puede recortar la barba también? No al estilo Hollywood, basta con que no parezca salido de la serie Duck Dinasty.
—Entendido —respondió ella, con una sonrisa también brillante—. Empecemos con un buen champú. Venga por aquí.
Él no mencionó que se había lavado el pelo esa mañana en la ducha, sino que la siguió a la parte de atrás. Mientras ella le masajeaba el cuero cabelludo y le hacía preguntas, él cerró los ojos con gentileza. Le contó que tenía un hermano cerca de allí, que acababa de salir del Ejército y planeaba explorar el país, empezando por allí. Que le gustaba pescar y hacer senderismo y no pensaba hacer planes durante una temporada. Se mostró vago deliberadamente. Aquello era un pueblo y no quería hacer ni decir nada que pudiera tener consecuencias negativas para Cal o Sierra y la gente que estaba con ellos. Se mostraría un poco misterioso hasta que conociera el terreno que pisaba.
Pero la sensación de los dedos de ella en su pelo era espectacular.
—¿Estás casada, Alyssa? —preguntó con voz suave y ronca.
—Sigo esperando al hombre indicado, Dakota —susurró ella—. ¿Tienes muchos amigos por aquí? —preguntó, cuando terminó de secarle el pelo con una toalla y lo guio de vuelta hacia las sillas de cortar.
—Los amigos de mi hermano —él se encogió de hombros—. Gente agradable.
—¿Novia no?
Él la miró a los ojos a través del espejo.
—Novia no.
—¿Asumo que eso implica que tampoco hay esposa o prometida? —preguntó ella.
Dakota negó con la cabeza, con la sensación de que podía estar a minutos de un buen polvo. Era solo una sensación, no algo que pensara buscar adrede. Ese era el pueblo de Sierra y Cal. Allí no podía haber seducciones con fuga posterior. Las repercusiones podían afectar a la vida de personas a las que quería y él no se arriesgaría a eso. Pero Alyssa tenía piernas largas, era hermosa, simpática y parecía dispuesta. Eso prometía. Tal vez hubiera encontrado una mujer con la que pasar el rato. Valía la pena considerarlo. Y también valía la pena frenar e ir con cautela.
—Sabes manejar bien las tijeras —dijo, mirando el espejo. El corte de pelo era excelente y la barba tenía buena pinta.
—¿Te molestan las canas? —preguntó ella—. Porque si es así…
—No me molestan —contestó él—. Me las he ganado todas.
—Me alegro, porque a mí me gustan. Resultan muy atractivas.
—¿Me estás haciendo la pelota para que te dé propina? —se burló él.
—Estás de broma, ¿verdad? Puesto que eres nuevo por aquí, ¿te vendría bien tener a alguien que te enseñara esto?
—Eso podría resultar útil —contestó él—. Ahora tengo que ir a un sitio, ¿crees que me confiarías tu número de teléfono?
—Claro que sí —ella esperó a que sacara el teléfono y le dio su número—. Para mí sería un placer. Este pueblo es magnífico. Está lleno de posibilidades.
—Ya lo veo —dijo él—. Muy bien, Alyssa, gracias por un buen trabajo. Estoy seguro de que volveremos a vernos.
Pagó en metálico y dejó buena propina. Se puso el anorak, se subió el cuello y salió a la lluvia. Bajó una manzana y cruzó la calle para entrar en el café. Sierra trabajaba ese día. Almorzaría allí y le mostraría el folleto de propiedades para alquilar.
Se sentó en una mesa y se dejó servir por su hermana. Pidió un bol de sopa, medio sándwich y café. Poco después, Sierra se sentó con él con un trozo de tarta de arándanos.
—¿Eso es para mí? —preguntó él.
Ella miró la tarta un momento.
—Sí —volvió detrás del mostrador y sacó otro trozo de tarta. Dakota se echó a reír.
—Eres muy considerada —dijo.
—Eso es verdad. A principios del verano tenemos tarta y pasteles de ruibarbo. Creo que este año voy a aprender repostería.
—¿Y cuándo vas a aprender a casarte? —preguntó él—. Creo que fue hace seis meses cuando Connie nos preguntó si daríamos nuestro consentimiento y yo pensé…
—¡Vaya! ¡Qué carcamal! —ella sonrió—. Ya planearemos algo. Oye, Cal está fuera, ¿verdad? Connie tiene la noche libre. Hará frío y lloverá. En casa habrá fuego en la chimenea y sopa. ¿Quieres venir?
—No sé. ¿En este pueblo no hay vida nocturna?
—Sí. En nuestra casa. Chimenea y sopa. Cocina Connie. Es fantástico. Los bomberos son cocineros excelentes. Y, si te portas bien, quizá pongamos una película. O saquemos algún juego de mesa.
Él la miró a los ojos.
—Creo que no voy a tardar mucho en aburrirme.
—¿Vas a venir?
—Sí —dijo él, encogiéndose de hombros.
La sangre es más espesa que el agua.
PROVERBIO ALEMÁN
Capítulo 2
Después del almuerzo, Dakota visitó tres propiedades en alquiler. Todas estaban bien, pero eran un poco grandes para un hombre solo y ninguna le pareció la apropiada. Fijó una cita para el día siguiente con el encargado de otra propiedad y luego fue a ver otras cuatro más. La última estaba en el campo, a dieciséis kilómetros del pueblo. Una cabaña con un porche grande. Estaba situada en una colina y al lado pasaba un arroyo. Había un puente pequeño que cruzaba el arroyo.
—El arroyo baja crecido en primavera y a comienzos del verano —dijo la agente inmobiliaria—. Se construyó como cabaña de vacaciones. Al dueño le gusta pescar. Decía que había buena pesca en ese arroyo.
Dakota entró a verla. Tenía un tamaño decente, probablemente unos ochenta metros cuadrados. Había dos dormitorios, un cuarto de baño de tamaño mediano, una cocina pequeña y una sala de estar con una mesa grande, un sofá y un sillón. No había televisión, pero sí un escritorio.
—¿Se alquila amueblada? —preguntó.
—Sí —repuso la agente—. El propietario ha muerto y los herederos no le prestan mucha atención. Nuestra agencia se encarga de todo. Podemos retirar lo que no quiera y dejar lo que le resulte útil. No hay lavadora ni secadora.
—Odio hacer la colada —dijo Dakota con una sonrisa. Tenía un hermano y una hermana cuyas lavadoras podía usar. Y siempre quedaba la lavandería de pago—. ¿Cuánto cuesta?
—Es cara —contestó ella. Y era cierto, costaba más que las casas más grandes que había visto antes. Era pintoresca. Rústica. Había una chimenea de piedra. Los electrodomésticos parecían bastante nuevos, quizá de un par de años—. Está bastante aislada. El calentador de agua es nuevo, el tejado está en buen estado y todos los electrodomésticos funcionan. Incluso la heladera.
Él no contestó. Caminó por la casa, tocó el sofá de cuero y abrió los armarios de la cocina. Se tumbó en la cama. El colchón no le convenció del todo, quizá habría que cambiarlo. Había ido a Colorado solo con algo de ropa y sus documentos importantes. La cabaña parecía bien provista. Por lo que veía, podía freír un huevo, usar el microondas y secarse después de una ducha. Podía comprarse un grill pequeño y quizá comprar sábanas nuevas, pero en conjunto, como alojamiento no estaba mal. Mejor que algunos lugares en los que había estado con el Ejército.
A continuación salió de nuevo al porche. Y allí, al otro lado del arroyo, vio ciervos. Un macho, un par de hembras y un cervatillo muy joven. Una de las hembras parecía a punto de parir. Miró a su alrededor.
—Aquí hace falta una buena silla.
—No la hay, pero puede comprar una por poco dinero.
—Me la quedo —dijo él.
Había que firmar un contrato de alquiler y la agencia tenía que investigar su historial de crédito para ver su solvencia. Por suerte, sabía que su crédito era excelente, y aunque había estado en el calabozo y le habían hecho un consejo de guerra, al comprar el Jeep había descubierto que su encarcelamiento militar no aparecía en sus registros civiles.
—Avíseme cuando pueda ir a firmar los papeles —dijo—. Ya tiene mi número de móvil.
Se sentía extrañamente eufórico con esa cabaña del bosque. Allí podía sentarse tranquilamente en el porche a mirar la naturaleza, observar la vida salvaje. Suponía que, en la oscuridad de la noche, oiría animales salvajes y por la mañana, pájaros. Estaría ocupado, porque le gustaba estarlo, pero disfrutaría mucho relajándose en aquella cabaña aislada. Le gustaría dormir allí y le gustaría escuchar la lluvia allí.
No había imaginado ese escenario, que iría a Colorado, alquilaría una casa y viviría cerca de su familia. Su familia de verdad. Pensaba que iría de visita, vería cómo estaban, se quedaría quizá algo más que de costumbre y después seguiría su camino. Pero, por otra parte, quizá aquello no fuera tan sorprendente. Había dejado a su familia del Ejército. ¿Adónde más iba a ir? Aunque era independiente, le gustaba tener gente en su vida. Siempre habían sido soldados. Él los cuidaba bien y ellos lo cuidaban a él.
Y algo había cambiado con sus hermanos. O con él. Por primera vez los consideraba amigos, no solo la familia que le había tocado en suerte. Nunca se le había dado bien mantener el contacto y el Ejército le había ofrecido muchas excusas para no hacerlo. Si no le apetecía ir a verlos, podía decir que el Ejército tenía otros planes para él y no podía esquivarlos. En aquel momento, sin embargo, fuera por lo que fuera, quería estar cerca de ellos. ¿Era posible que hubiera madurado por fin?
Fue a almorzar al bar asador y pub del pueblo. La camarera parecía que acabara de entrar de servicio. Se estaba atando el delantal y hablando con otro empleado. Asentía vigorosamente con la cabeza y sonreía. El hombre le puso una mano en el hombro cuando ella terminaba de atarse el delantal. Después ella se lavó las manos y se colocó detrás de la barra.
—¿Qué desea? —preguntó amablemente.
—¿Qué tal una hamburguesa, patatas fritas y una cola?
Ella le pasó la carta.
—Hay siete hamburguesas para elegir. Somos famosos por ellas.
—¿Cuál es su favorita? —preguntó él.
Ella señaló una.
—La Juicy Lucy con beicon, pepinillos y nada de cebolla. El queso va por dentro. Esa es mi predilecta.
—Gracias… —él miró la placa con el nombre de ella—. ¿Sid?
—Sid —confirmó ella—. Diminutivo de Sidney. ¿Y cómo le gusta la hamburguesa?
—En su punto.
—Excelente —ella se acercó a la zona de cobrar a introducir el pedido en el ordenador.
Era la primera vez que Dakota iba a ese pub. Era de madera oscura, con taburetes y apartados de cuero rojo y sillas con asientos de cuero rojo en las mesas. No era muy grande, pero suponía que estaría lleno en la «hora feliz». Tomó la carta y le echó un vistazo. El bar abría de once de la mañana a once de la noche y no servía desayunos. Probablemente aquello empezara a vaciarse a las nueve. En la carta no había nada del otro mundo. Hamburguesas, pizzas de pan sin levadura, costillas y comida surtida de bar. Tenían un menú infantil y chile con carne.
La decoración era hermosa, con tallas elaboradas en la pared de atrás y un espejo en el que podía admirarse. Soltó una risita y tomó un trago de cola, pero observaba a Sid, que saludaba a todos los que entraban. Entró una pareja mayor, de unos setenta y tantos años y ella se inclinó sobre la barra para darles un abrazo a cada uno y rio con ellos. Parecía que la conocía todo el mundo. Y presidía el local, era su dominio. La observó reír y hablar mientras preparaba dos Bloody Marys para sus amigos mayores. Los puso en una bandeja y salió de detrás de la barra para servírselos en su mesa. Charló un momento con ellos.
Dakota se preguntó si serían familia.
Ella le llevó su almuerzo.
—Estará caliente —dijo—. Disfrútelo.
Y a él lo decepcionó que se alejara tan pronto.
Mordió la hamburguesa y se quemó la boca, pero no lo dio a entender. Cerró los ojos, masticó despacio y tragó saliva. Cuando abrió los ojos, Sid estaba de pie ante él, sonriéndole.
—Te has quemado la boca, ¿verdad?
Él asintió torpemente.
—¿Cómo lo has sabido?
—Por los ojos. Las lágrimas. Frena un poco. No te la voy a quitar —dijo ella.
Y volvió a alejarse. Sirvió un par de refrescos, dos cervezas y un vaso de vino. Pero regresó.
—¿Y bien? ¿Qué tal está?
—Espectacular —repuso él—. Como tú ya sabes. Pero yo le habría puesto un par de jalapeños.
Ella ladeó la cabeza, pensativa.
—No es mala idea. Me salto la cebolla para no espantar el negocio.
—Este sitio es popular —comentó él, con ganas de conversación.
—Es casi el único del pueblo. No competimos con el café. Ellos son mejores para el desayuno, en empanadas, sopas, comidas calientes como ternera asada, empanada de pollo con verduras… Comida casera.
—Pues tienes razón en lo de la hamburguesa. Casi me abraso la lengua —comentó él, riendo—. Parece que conoces a todo el mundo.
Ella limpió la barra.
—Aquí conoces a todo el mundo en tres días. Y tú no eres de por aquí.
—Estoy de visita. Tengo familia aquí, pero hoy era un buen día para echar un vistazo. ¿Has vivido siempre aquí?
—A diferencia de la mayoría de la población, no. No soy de aquí. Nací y crecí en Dakota del Sur, trabajé unos años en California y ahora paso una temporada aquí.
—Tenemos eso en común —dijo él—. ¿Cuánto es una «temporada» para ti?
Ella movió la cabeza con aire ausente.
—Ya llevo algo más de un año, pero no lo había planeado así.
—¿Qué te retiene?
—¿Aparte del aire limpio, las vistas, el clima y la gente? —preguntó ella, enarcando las cejas—. Este sitio es de mi hermano. Mi intención era ayudarle un tiempo, pero… —se encogió de hombros.
Dakota la entendía muy bien. Sus planes de futuro también estaban llenos de encogimientos de hombros.
—Tu hermano tiene un buen local —dijo.
—¿Y de dónde vienes tú? —preguntó ella.
Dakota se esforzó por no crisparse. Tendría que preguntarle a Sierra y Cal si allí sabía todo el mundo que se habían criado en un autobús.
—Acabo de salir del Ejército. Me voy a tomar un tiempo para decidir qué hacer a continuación. Voy a ver si hay algún trabajo por aquí que me mantenga mientras lo pienso. Como tú has dicho, aquí hay muchas cosas agradables.
—¿Ejército? Eso es un gran compromiso.
—Entré muy joven —respondió él. Y tomó su hamburguesa para evitar darle más explicaciones a aquella camarera tan agradable.
—Pues si te gusta el aire libre, te gustará estar aquí —contestó ella.
Una mujer se sentó en la barra, dejando solo un taburete en medio.
—¿Me pones una ensalada César con pollo? —preguntó a Sid, antes de que esta tuviera ocasión de saludarla.
—Claro que sí. ¿Algo de beber?
—Agua —contestó la mujer. Y se puso a enviar mensajes por el teléfono móvil.
Dakota no se giró a mirarla, pero mientras comía la hamburguesa, la vio en el espejo que había detrás de la barra. Era muy hermosa y el cabello de color caoba le caía hacia delante mientras se concentraba en el teléfono. Él mordió, masticó y movió los ojos un poco a la izquierda, donde se encontraron con los de Sid, quien apartó rápidamente la vista. Eso le hizo sonreír. Ella los observaba a él y al resto del mundo. Seguramente quería saber cómo reaccionaba ante la mujer sentada a su lado.
Él observó a Sid. Adivinó que estaría en la treintena. De cabello largo rubio, o rubio rojizo. Tenía la piel clara pecosa de una chica irlandesa. Era rápida, física y verbalmente. Y no coqueteaba, pero era amable. O quizá «amistosa» la definiera mejor. Lo trataba igual que a todos los demás del bar.
Cuando le puso la ensalada a la mujer de la barra, él ya casi había terminado la hamburguesa. La mujer sacudió su servilleta, se la puso en el regazo y tomó el tenedor. Luego lo miró y sonrió.
—Hola. Perdona, tendría que haber sido más educada y haberte saludado cuando me he sentado.
—No tiene importancia —Dakota tomó un par de patatas fritas—. Estabas ocupada. Mensajes, supongo. La gran herramienta de comunicación de nuestro mundo.
Ella soltó una risita.
—Estaba revisando las redes sociales. Es un modo cómodo de estar al día con amigos, eventos y demás.
Dakota asintió y masticó. Había conseguido evitar entrar en el gran circuito de las redes sociales, aunque sí se comunicaba mediante mensajes de texto y correos electrónicos.
—Creo que no te había visto antes por aquí —dijo ella—. Me llamo Neely.
—Dakota —repuso él con una sonrisa.
—¿De paso?
Él ladeó la cabeza y se encogió de hombros.
—De visita —respondió—. Tengo un hermano cerca de aquí. ¿Y tú?
—¿Yo? Soy una residente nueva. Tengo un par de intereses de negocios en el pueblo, pero vivo en Aurora, no lejos de aquí.
—¿Aurora es un buen lugar para vivir? —preguntó Dakota, para alejar el tema de conversación de su persona.
—Lo es —ella se limpió los labios con la servilleta, dejando una mancha de pintalabios rojo en la tela blanca. Él miró a Sid y la sorprendió de nuevo observándolos—. No encontré nada que me gustara aquí, y allí hay más para elegir. Y también más cosas que hacer, más restaurantes, más tiendas… Hay más actividad cultural, más de todo. Timberlake es más para deportistas, rancheros y turistas. Claro que Aurora tiene muchos más habitantes. ¿Y tú? —ella pinchó algo de ensalada—. ¿Estás casado?
Dakota soltó una risita. Aquello era muy directo.
—No —contestó—. Y no le devolvió la pregunta.
—¿Y cómo te ganas la vida, Dakota?
—Acabo de salir del Ejército. Tengo una entrevista con el condado. Estoy pensando en recoger basura. Me han dicho que pagan bastante bien.
Hubo un sonido procedente de detrás de la barra, pero Neely no pareció oírlo. Dakota sabía de dónde procedía. A Sid le había hecho gracia. Había reído disimuladamente.
—Parece un trabajo sucio —comentó Neely.
—Creo que te dan guantes —respondió él. Se preguntó por qué hacía aquello. Ella era atrevida. Más incluso que Alyssa. Quizá era que emitía algún tipo de olor que indicaba que era un hombre libre y necesitado—. El sueldo es bueno —repitió—. Y para eso están las duchas.
—Y seguro que será algo temporal —respondió ella.
—¿Y cómo te ganas tú la vida? —preguntó él. Y se arrepintió de inmediato.
—Ando metida en distintas cosas. He tenido suerte. He invertido en algunos negocios y propiedades. Y eso, amigo mío, resulta que me ocupa todo el día.
—Seguro que sí.
—¿Verdad que este bar es genial? —preguntó ella.
Dakota asintió y ella comentó entonces que esa era la mejor época del año. Le preguntó si le gustaba cazar o pescar y él contestó que esperaba hacer algo de eso. Ella le dijo, entre bocados de ensalada, que estaba leyendo un libro maravilloso sobre la pesca con mosca en Montana y que tenía unas ganas increíbles de probarla. Él contestaba a sus preguntas superficiales sin dar demasiada información personal. No se ofreció a enseñarle a pescar con mosca y no dijo gran cosa de sus parientes de allí. Hasta que no supiera lo que ocurría a su alrededor, no quería desperdiciar información.
Pero sí tomó nota de algunas cosas. Ella llevaba ropa cara. Botas hasta la rodilla y una falda de cuero. Un suéter rojo que modelaba su cuerpo. Un chal en lugar de chaquetón. Su reloj parecía caro, pero él no era experto en joyas de mujeres. El maquillaje era de calidad. Y las uñas…
Si aquella mujer hubiera entrado en el club de oficiales, él se habría colocado el primero de la fila para invitarla a una copa. Pero allí no lo hizo.
Tuvieron una conversación agradable y superficial. Sid retiró el plato de él, le rellenó el vaso de cola y le dejó la cuenta en la barra. Neely tomó unos bocados de ensalada más y a continuación se limpió los labios, miró su reloj y dijo:
—Me marcho. Ya llego tarde otra vez —se puso el chal sobre los hombros y se levantó del taburete—. Tengo una idea. Esta noche he reservado mesa para cenar en un restaurante muy interesante y acogedor de Aurora que se llama Henry’s. Sería un placer ampliar la reserva a dos personas. Déjame invitarte a cenar como un gesto de bienvenida a Colorado. Y quizá podamos conocernos mejor.
—Es muy amable por tu parte —repuso él, sin levantarse—. Me temo que esta noche tengo planes. Pero gracias.
Ella sacó un bolígrafo del bolso y anotó algo en la parte de atrás de su cuenta del bar. El nombre del restaurante y su número de teléfono. También las siete de la tarde.
—A veces los planes cambian —dijo. Y le guiñó un ojo.
Aquel guiño de ojo suponía un dilema moral. Ella ofrecía sexo. Y él no tenía por qué rechazar eso.
Sid apareció de pronto delante de él.
—¿Deseas algo más?
—Tenías razón con lo de la hamburguesa. Espectacular.
—O sea que ha sido un buen almuerzo —comentó ella. No era una pregunta.
—El más interesante que he tenido hasta ahora en Timberlake.
—¿Ah, sí? —ella enarcó las cejas rubio oscuro.
—A mí no me engañas —dijo él—. Has oído cada palabra.
—Por supuesto que no —contestó ella—. Nunca oigo nada.
—Mientes, Sid —él sonrió. Dejó unos billetes en la barra y le dijo que se quedara el cambio. Y dejó adrede el papel de la cuenta de Neely en la barra.
Tuvo una tarde muy productiva. Visitó a Sully, le ayudó a colocar mercancía en la tienda, tomó café con el viejo Frank, quien era un mueble más de la tienda, y vio a Sierra cuando ella pasó por el Crossing a preguntar si la necesitaban para algo.
—¿Quieres venir a cenar esta noche? —preguntó—. Estamos Molly y yo solas. He pensado en queso fundido con ensalada y una película romántica.
—¡Madre mía! ¡Qué difícil es rechazar eso! —respondió él—. Creo que me voy a arriesgar a la pantalla grande de Cal. Tiene que haber algo mejor en la tele. O puedo leer.
Sully resopló.
—¡Eh! —protestó Dakota—. Sé leer.
—Estoy seguro de que sabes —respondió Sully.
—Supongo que eso ha sido una negativa —intervino Sierra.
—Si quieres que vaya, iré —contestó su hermano.
—La verdad es que me gustan mis veladas a solas con la perra —contestó ella—. Lo he dicho por cuidar de ti.
—La verdad es que a mí también me gusta estar solo —contestó él. Pero le dio un beso en la frente, al estilo hermano mayor cariñoso.
A las seis y media entró en el bar asador y pub de Timberlake y se sentó a la barra. Sid tardó muy poco en verlo y lo recibió con una media sonrisa tímida. Le puso una servilleta delante.
—Vas a llegar tarde —dijo.
—¿A qué? —preguntó él, con su sonrisa más deslumbradora.
—Cenar en el restaurante repipi, que, por cierto, no se llama Henry’s, se llama Hank’s. Y es caro. Invitaba ella, idiota.
—Me guiñó un ojo —contestó él—. Eso me aterrorizó.
Ella echó atrás la cabeza y su coleta de pelo rubio fresa osciló al ritmo de su carcajada.
—Apuesto a que estabas dividido —dijo, cuando paró de reír.
—De acuerdo, es verdad. Lo pensé un segundo. Pero mi experiencia es que eso no es buena señal. Si es tan osada, llega cargada de problemas.
Sid se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. No sé nada de ella.
La sonrisa de él fue completamente genuina.
—Eres una mentirosa.
—¿Y qué quieres que te ponga?
—Una cerveza. Cualquiera de grifo.
—¿Vas a comer algo con eso?
—No. Pensaré en comida en la cerveza siguiente. Estoy seguro de que aquí ves y oyes bastantes cosas.
—¡Oh, no! De eso nada —ella le sirvió una cerveza—. Tuve que firmar un acuerdo de confidencialidad para trabajar aquí. Tu sacerdote hablaría más que yo.
—Siempre tienes la última palabra, ¿eh? —contestó él—. Oyes muchos chistes, ¿verdad?
—Sí. Y hasta he aprendido a contar unos cuantos. Tengo que practicarlos delante del espejo.
—Seguro que no —contestó él, riendo—. Tengo mucha experiencia hablando con camareros y tú no eres lo que pareces.
—Te puedo asegurar que soy exactamente lo que ves —contestó ella.
—¿Qué hacías antes de trabajar de camarera?
—¿No crees que eso es una pregunta personal?
—No —Dakota negó con la cabeza—. A menos que estuvieras en el Servicio Secreto o algo así.
—Si hubiera estado, no podría decírtelo.
—Si hubieras estado, tendrías una tapadera —contestó él. La desarmó con su sonrisa.
—Trabajaba en informática —dijo ella—. Muy aburrido. En una habitación sin ventanas. Creando programas y esas cosas. Es lo que hace todo el mundo en California hoy en día. ¿Qué hacías tú en el Ejército?
Dakota se echó hacia atrás, casi satisfecho.
—Principalmente entrenaba para ir a la guerra y luego iba a la guerra. Mi último destino fue en Afganistán. Y entonces decidí que prefería recoger basura.
—¿En serio? Parece un cambio muy drástico.
—Tal vez. ¿Conoces a un hombre llamado Tom Canaday?
—Sí. Conozco a Tom. Todo el mundo lo conoce.
—Yo también. Es una persona increíble. Ha tenido todo tipo de trabajos, puesto que es padre soltero y todo eso. Me dijo que arreglar carreteras, recoger basura y quitar la nieve se pagan muy bien en invierno y tienen muchos beneficios extra. Dijo que él sigue trabajando para el condado media jornada.
—O sea que lo de la basura iba en serio —dijo ella. Y a continuación se sonrojó.
Dakota rio.
—¡Ajá! ¡Lo sabía! No se te escapa nada.
—¿De qué conoces a Tom? —preguntó Sid.
—Si te lo digo, ¿prometes no decírselo a tus demás clientes? —ella puso los brazos en jarras y lo miró de hito en hito—. Hizo algunos trabajos con mi hermano. Mi hermano quería hacer una reforma y Tom le ayudó.
—Eso tiene sentido —contestó ella—. Tom ha trabajado por todo este valle. Incluso hizo algunos trabajos en el bar.
Dakota miró a su alrededor.
—No sé lo que hizo, pero el bar está muy bien. Volvamos a ti. ¿Por qué cambiaste los ordenadores por ser camarera?
Ella suspiró.
—Rob, mi hermano, también es padre soltero. Su esposa murió y sus hijos eran muy pequeños. Así que cambió de vida y se mudó aquí con los chicos, compró este bar y le salió bien. Tiene buenos empleados, por lo que puede permitirse un horario flexible. Puede dejar a alguien al cargo y estar disponible para los chicos. Ahora tienen catorce y dieciséis años y son muy activos. Pero su encargado se despidió de pronto y necesitaba ayuda justo en el momento en el que yo quería un cambio. ¿Quién mejor que la tía Sid? Y resulta que esto me gusta —ella señaló el bar—. Ahora tengo ventanas y todo.
—Pero es totalmente diferente, ¿no? —preguntó él.
—Tan diferente como recoger basura de ir a la guerra.
Dakota tomó un trago de cerveza.
—Ahí me has pillado. En mi caso, eso podría ser un cambio agradable.
—¿Alguna vez te has descubierto casado? —preguntó ella.
Él la miró perplejo.
—¿En el sentido de si me he despertado una mañana y he descubierto que estaba casado? —preguntó—. No, eso no me ha pasado nunca. ¿Tú te encontraste casada de pronto?
—Estoy divorciada —contestó ella—. Hace más de un año.
—Lo siento.
Ella lo miró con una sonrisa un poco triste, o tímida. Asintió con la cabeza.
—¡Voy! —dijo. Y se fue a atender a otra persona.
—¡Vaya! ¡Qué coincidencia! —exclamó Alyssa. Dakota vio su imagen en el espejo y se volvió hacia ella, que puso la mano en el taburete que había a su lado—. ¿Esperas a alguien?
A Dakota le admiró la rapidez con la que podía escabullirse Sid, quien estaba ya en el otro extremo de la barra.
—No —repuso.
—¿Te importa que me siente aquí?
—Claro que no. ¿Puedo invitarte a una copa?
—Eso sería muy amable por tu parte —contestó ella, ahuecándose el pelo—. ¿Qué has hecho estos días?
—Poca cosa. Dar vueltas por aquí. ¿Y tú?
Ella rio con ganas y él supo que lo había buscado. Debía de haber una gran escasez de hombres en el pueblo. Aquello, que se le insinuaran las mujeres, no era algo que le ocurriera con regularidad. Le pasaba alguna vez, pero no con frecuencia. Era más normal que las persiguiera él. Desde luego, no podía quejarse del aspecto de las dos mujeres que se le habían insinuado desde que llegara al pueblo. Alyssa era espectacular. Probablemente medía casi un metro ochenta y su pelo sedoso pedía a gritos las manos de un hombre. Y sus piernas… Había muchas posibilidades allí.
Ella empezó a contar su día en la peluquería, riéndose de sus propias historias.
—Hola, Alyssa —dijo Sid—. ¿Qué te pongo?
—¿Una copa de merlot? De cualquier marca que tengas.
—Marchando enseguida.
Sid se alejó, lo cual decepcionó a Dakota. Le gustaba intercambiar bromas con una mujer que era capaz de seguir el juego. Alyssa era amable y encantadora, no tenía nada que pudiera espantarlo. Le preguntó qué hacía para divertirse y le contestó que iba de compras. Le preguntó también si esquiaba en invierno.
—Claro —contestó—. Todo el mundo esquía. ¿Y tú? ¿Has venido a Colorado por eso?
—A decir verdad, sí que esquío, pero no soy un experto. ¿Qué otras cosas haces para divertirte?
Alyssa dijo que le gustaba salir con amigas, que a veces iban a Denver de discotecas. Tres de ellas habían ido varios días a Las Vegas. Eso había sido muy divertido. Una resaca continua.
Entraron un par de policías estatales de uniforme, se sentaron en un extremo de la barra y Sid les llevó café sin que se lo pidieran. Un momento después reía como una loca con ellos. Pasó sus pedidos para cenar y volvió con ellos. Parecía tener mucho que decirles. Reía y gesticulaba con las manos. Les rellenó la taza de café.
—¿Me has oído? —preguntó Alyssa.
—Perdona —dijo él—. Estaba distraído con los policías.
—He dicho que quizá podamos salir algún día. ¿Qué te gusta hacer?
«Mierda», pensó él.
—Espera que me asiente un poco. Soy nuevo aquí, ¿recuerdas?
—Yo podría ayudarte con eso.
—Y yo te lo agradezco, Alyssa.
Un hombre con camisa de cuadros sacó un par de platos de la cocina y entró detrás de la barra para llevárselos a los policías. Le puso una mano en el hombro a Sid y rieron todos juntos. «El hermano», pensó Dakota. Le recordaban un poco a Sierra y a él. El vínculo entre ellos era palpable.
—¿Estás huyendo o algo así? —preguntó Alyssa.
—¿Qué?
—Te pregunto si huyes de la justicia. ¿Tienes cuentas pendientes? Porque no pierdes de vista a la policía.
—Perdona —él se pasó una mano por la cara, por encima de la barba—. Estaba pensando qué se necesitará para entrar en la policía. En una patrulla de carreteras, quizá. Muchos militares acaban en departamentos de policía o de bomberos. Puede que yo no sea muy inteligente, pero estoy en forma.
—Oh, estoy segura de que eres muy inteligente.
—Dime cómo elegiste tú tu profesión —preguntó él.
Se encogió por dentro. En realidad quería salir huyendo. Era una mala persona. Ella solo se mostraba amable y tendría que haberse sentido halagado, pero quería que se fuera para poder hablar con Sid.
—¿Listo para otra cerveza? —preguntó esta, acercándose.
—Gracias, pero… —Dakota miró su reloj—. Tengo que irme.
—¿Sin cenar? —preguntó ella con una sonrisa diabólica.
—Me temo que esta noche sí —él se levantó y buscó en su cartera—. Tú cuida bien de la policía —comentó.
—Claro que sí. Ellos nos cuidan a nosotros.
—Cóbrate lo mío y lo de Alyssa. ¿Tú te quedas? —preguntó a esta última.
—No, salgo también —contestó ella.
Él le puso una mano en el codo para acompañarla fuera y le preguntó dónde estaba su coche. En la peluquería, claro. Dakota rezó para que ella no intentara nada. ¿Aquello no era muy raro? ¿Los hombres normales no querían que las mujeres guapas intentaran algo? ¿Lo que fuera? Pero estaban en un pueblo y él no tenía intención de iniciar nada con ella. Le tomó las llaves del coche, abrió las puertas y le faltó poco para empujarla al interior del vehículo.
—Eso es —dijo, despidiéndola—. Nos veremos muy pronto, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —musitó ella, claramente decepcionada.
—Conduce con cuidado.
Dakota se metió las manos en los bolsillos y volvió hacia el bar en busca de su vehículo. Entonces se dio cuenta de que así era como lo había encontrado Alyssa. El bar se veía desde la peluquería y había visto su Jeep. Subió y puso el motor en marcha. Después se quedó un minuto allí sentado. Pensó en dar un par de vueltas a la manzana y después volver. Pensó en pasar un rato allí sentado esperando a que Sid terminara de trabajar. ¿Para hacer qué? ¿Seguirla a casa? Gruñó con disgusto.
Y a continuación se hizo dos preguntas. La primera, ¿qué tenía Sid que hacía que quisiera acecharla? Y la segunda, ¿tendría Cal algo de comer en el frigorífico?
Los momentos más felices de mi vida han sido
los pocos que he pasado en casa
en el seno de mi familia.
THOMAS JEFFERSON
Capítulo 3
A Sid le gustaba ir andando a casa desde el bar. Eran las nueve, hacía una noche fresca de primavera y había trabajado un día completo. Casi nunca se quedaba hasta la hora de cerrar. Una de las otras camareras y Rob se arreglaban perfectamente cuando la clientela empezaba a disminuir. Los fines de semana se los dejaba a los hombres y a las mujeres más enérgicas. Normalmente trabajaba de lunes a jueves, pero estaba dispuesta a cubrir a alguien de vez en cuando si era necesario. Y, por supuesto, como su hermano era el dueño, tenía buen sueldo.
El bar le había salvado la vida. Mejor dicho, Rob la había salvado a ella. Y ahora servía comida y bebida y era amiga de todos. De matemática introvertida a camarera gregaria. Antes no sabía que podía ser tan feliz.
El tipo nuevo, Dakota, era un poco engreído. Sabía que era guapo. Ella había conocido a hombres como él y se había mantenido alejada. Él se hacía el sueco aunque las mujeres se le echaban encima. ¿Por qué? ¿Para hacerse el difícil? ¿Para dejar que las mujeres se pusieran en ridículo mientras él disfrutaba con sus atenciones? Si fuera capaz de confiar en algún hombre, tal vez se hubiera tomado tiempo para entenderlo. Pero de Dakota conocería solo lo que pudiera conocer con una barra grande separándolos.
Solo confiaba en un hombre: su hermano. Rob era el hombre más fuerte y genuino que había conocido. Cuando ella estuvo a punto de morir con el corazón roto, había ido a buscarla.
Había sido una época oscura y desolada. Su esposo la había dejado por otra mujer de la noche a la mañana. Habían estado juntos siete años. Ella le había pagado los estudios de Medicina y lo había mantenido durante la residencia y, al terminar esta, él la había dejado. Le había dicho que llevaba dos años con la otra mujer. Sid no había sospechado nada.
Eso no tenía que haber pasado. Tenían planes. Después de la residencia, él estudiaría para optar a una plaza fija y, después de eso, tendrían un hijo. Querían tener tres. Ella creía que estaban enamorados, pero, mientras se acostaba con ella, le hacía promesas a otra mujer. Sid sabía que no hacían el amor muy a menudo, pero ¿acaso el matrimonio y la rutina no eran así? Hablaban de su familia futura. ¿O los recuerdos de ella no eran reales? Con el cerebro plagado continuamente de ecuaciones, a menudo no detectaba cosas que ocurrían delante de sus narices. Sus amigos la llamaban «la profesora ensimismada». Cuando David la dejó, no tenía deudas pendientes con la Facultad de Medicina, no tenía deudas de ninguna clase. Eso era algo que sucedía lo bastante a menudo como para que se pudiera catalogar como una vieja historia. Uno de los cónyuges mantiene al otro mientras estudia una carrera y luego se divorcian. Era un tópico.
Pero Sid no tenía ni idea. Debería haber sabido que él no la quería. Tendría que haberlo percibido. Pero trabajaba mucho, pasaba muchas horas en el laboratorio, analizando y sorteando datos. Solo llevaban siete años casados y ya se sentía agradecida cuando David la dejaba en paz para que pudiera trabajar o descansar.
Pasó unos meses en shock. Paralizada por la incredulidad. Su única familia era Rob, y estaba criando a sus dos hijos solo. Se las arreglaban bien y estaba orgullosa de ellos. Hasta donde sabía, Rob no tenía novia, pero tenía a los chicos. Ella no tenía a nadie.
No se lo contó a nadie del trabajo, pero sus colegas no eran amigos de relacionarse socialmente. Algunas noches iban a tomar una copa, después de una semana especialmente agotadora. A veces se juntaban a desayunar o almorzar. No tenía ninguna amiga a la que llamar para llorarle. Sus compañeros eran un grupo de cerebritos, en su mayor parte introvertidos. Sid era de las pocas cuya personalidad tenía una ligera faceta social, pero también podía estar satisfecha concentrándose en su trabajo y dando rienda suelta a su imaginación. Su esposo estaba tan ocupado con la residencia médica, que ella no esperaba hacer mucha vida social. Cuando él la dejó, ella se percató de que casi nunca salían con amigos y, cuando lo hacían, solían ser doctores o personal del hospital.
Ella vivía como en una nube. Iba a trabajar, daba conferencias sobre computación cuántica y supervisaba un equipo especialmente entrenado en análisis computacional de ADN en la UCLA. Parecía que siempre estaban al borde de un descubrimiento. No había tiempo para relajarse ni para distraerse. Un ordenador cuántico que clasificaba y analizaba ADN en una décima de segundo y hacía proyecciones cromosómicas podía cambiar el mundo, eliminar defectos de nacimiento, curar enfermedades… Trabajaban con varias becas enormes del Gobierno y contribuciones de fundaciones y benefactores. Trabajaban con un plazo límite tras otro.
Ella estaba bastante arriba en la pirámide, en el escalón superior de un famoso equipo de investigación, con solo dos doctores por encima de ella. La gente acudía a ella con sus problemas, pero ella no podía ir al doctor Faraday, derrumbarse y pedir consejos personales. Él preparaba su trabajo para el Premio Nobel.
Por supuesto, le pagaban bien. Había ganado dinero suficiente para pagar su casa de tamaño medio en Los Ángeles, la Facultad de Medicina de David, cinco años de residencia, sus estudios avanzados, los gastos de los dos y dos vacaciones en siete años.
No hablaba de su matrimonio, o mejor dicho, de su divorcio. Cuando un grupo de programadores y analistas informáticos estaban juntos en una habitación, no solían hablar de sus sentimientos.
Una de las becarias notó que Sid perdía peso y parecía cansada. El doctor Faraday le preguntó si estaba enferma. «Porque no podemos permitirnos que enfermes», añadió. Ella le dijo que tenía problemas personales con su matrimonio, pero no especificó más y él soltó el tema como si fuera una patata caliente.
Sid empezó a sospechar que David no la había querido nunca, nunca había sido fiel y ella había estado demasiado ocupada y era demasiado inexperta en temas de amor y relaciones para darse cuenta. Recordaba la primera frase que él le había dirigido. «He visto un artículo sobre ti en LA Times, joven física que se abre paso en la computación cuántica». Probablemente pensó que había encontrado quien lo mantuviera.
David había iniciado el procedimiento de divorcio inmediatamente. Después de que ella lo hubiera mantenido, quería la mitad de todo lo que habían reunido. La mitad de los ahorros, de la casa y de la pensión de ella. Él se iba a quedar con todo lo que tenía y ella se vería obligada a empezar de cero. Sabía que debía buscarse un abogado, pero no podía moverse. No podía funcionar. No podía salir de la cama. Sus alumnos y compañeros de trabajo le escribían emails, pero ella no abría el ordenador. La llamaban y no contestaba al teléfono. No abría la puerta. Hasta que una vecina mayor, que le había cuidado la casa en una ocasión en la que había ido a visitar a Rob, había llamado a su hermano.
—¿Sidney está allí contigo? —le había preguntado.
—¿Conmigo? No. Le he dejado un par de mensajes y no me ha llamado, pero Sidney es así a veces. Cuando está muy atareada en la universidad, no presta atención a nada.
—Desde que la dejó David…
—¿Qué? —había gritado Rob.
—¿No lo sabías? Ella no quiere hablar de eso, pero ahora estoy preocupada. Está muy delgada y parece estar sufriendo. Hace días que no la veo y no abre la puerta. Tengo miedo de que se haya hecho algo. Su esposo no ha vuelto por aquí y ella no me dijo que pensara irse.
—¡Santo cielo! Llame a la policía. Que echen la puerta abajo, pero, por favor, asegúrense de que está allí y está bien. Tomaré el primer avión.
Cuando llegó Rob, a Sid se la habían llevado al hospital en una ambulancia. Le metieron suero por una vía para hidratarla y la medicaron. Pero estaba destrozada mental y emocionalmente. Rob se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano.
—Sid, ¿qué intentabas hacer? —preguntó.
Ella tardó mucho en contestar.
—No sé —dijo al fin—. No sabía qué hacer.
Tenía la sensación de haber fracasado de un modo tan absoluto que no podía moverse. No era solo que su matrimonio no funcionara. Era también que podía tener mucho éxito en su trabajo y no darse cuenta de que el matrimonio no funcionaba.
Rob la tomó en sus brazos y lloraron juntos.
Los doctores querían dejarla en el hospital, en la planta de psiquiatría. Pero Rob negoció con ella para buscar una buena clínica en Colorado. Ella necesitaba medicación y terapia. Rob la llevó a su casa, después de una estancia breve en el hospital, y le buscó un psiquiatra. Contrató a un abogado que la defendiera y la ayudara durante el divorcio. Ella empezó a recuperarse día a día y hora a hora. No fue ni fácil ni rápido.
Sid nunca había sido muy emotiva y, desde luego, no era una romántica. Era una científica, una mujer pragmática que vivía en un mundo de ecuaciones y computaciones. Pero había aprendido lo peligroso que podía ser un corazón roto. Y también lo horrible que era no tener familia, carecer de vínculos emocionales fuertes.
Había tenido un colapso emocional y lo que había aprendido era tan ridículamente sencillo que se había sentido aún más tonta. No llevaba una vida equilibrada. Había estado completamente absorta en un trabajo difícil, cansada físicamente, sin tener amor en su vida, se había aislado y se había quedado sin defensas.
Y se había desmoronado.
Rob la llevó al bar, al principio para que echara una mano o comiera con los chicos. Con el tiempo, ella fue entrando en el trabajo, conociendo a los clientes, haciéndose amiga de los demás empleados, aprendiendo a conocer a la gente del pueblo. Eso se había convertido en su vida.
Seguía viviendo con su hermano y sus sobrinos. Rob y ella trabajaban juntos para procurar que los chicos tuvieran todo lo que necesitaban y el apoyo completo de figuras materna y paterna. Sean y Finn eran listos, atléticos y divertidos. No les faltaba mucho para ir a la universidad.
—Nos vamos a convertir en una de esas parejas raras de hermanos a los que nadie entiende y que viven juntos hasta que son viejos sin cambiar nada —bromeaba Sid.
En el pueblo no sabían todo lo que había sufrido. Estaba divorciada, como mucha otra gente. Solo sabían una pequeña parte de lo que había tenido que pasar Rob enterrando a una esposa joven cuando sus hijos solo tenían seis y ocho años.
Había algo que seguía atormentándola. ¿Cómo podía su exmarido haberla tratado con una crueldad tan egoísta, haberla utilizado, haberla abandonado y seguir durmiendo por la noche? Intentaba no pensar mucho en eso, porque le entristecía. No pasaba por una persona triste. Caía bien y la consideraban inteligente, divertida y servicial.
En Timberlake había bastantes hombres atractivos y agradables. Y la invitaban a salir a veces. Pero ¿podía volver a ser amiga de un hombre? Probablemente no.
Aunque se había jurado una cosa. Jamás volvería a permitirse volver a estar tan aislada y a trabajar tanto. Pensaba rodearse de familia y amigos. Amigos, no amantes.
Cuando Cal volvió de Denver, Dakota había firmado el contrato de alquiler, se había llevado sus pocas pertenencias y había firmado un contrato con el condado para recoger basura a media jornada, empezaría diez días después. Antes tenía que hacer unos días de entrenamiento, aunque no sabía qué había que entrenar para recoger basura y confiaba en que le dejaran conducir el camión grande.
—¡Caray! —exclamó Cal—. Esto casi suena a que te vas a quedar una temporada.
—Una temporada —repuso Dakota, sin comprometerse.
—¿Me vas a enseñar tu casa?
—Claro que sí. Cuando tú quieras.
—Pues vamos.
Cal saltó al Jeep y tardaron quince minutos en llegar a la cabaña del bosque. Dakota cruzó el puente despacio.
—Me han dicho que este arroyo crece en primavera. Si las cosas se ponen muy feas, supongo que tendré que saltar con pértiga para volver a casa.
—Esto es muy mono —comentó Cal.
—Cuidado con lo que dices. Esto es muy viril.
—Eso también —asintió Cal.
—Acabo de comprar dos tumbonas de lona. Podemos sentarnos en el porche, tomar una cerveza y observar a los ciervos y los conejos.
Entraron y Cal admiró los suelos de madera, los electrodomésticos, la mesa grande y la chimenea de piedra.
—No está nada mal —declaró.
—Me gusta —repuso Dakota.
—Un poco solitario, ¿no crees?
—Eso es lo que más me gusta —contestó Dakota—. Pero resulta que tengo WiFi. No sé si funcionará bien, pero, si no lo hace, pasaré mucho tiempo en tu casa. O la de Sully. O la de Sierra. ¡Eh!, ¿cuándo se casa Sierra?
Cal lo miró sorprendido.
—¿Te preocupa eso?
—No, pero quiero estar seguro de que cuidan de ella, ¿sabes?
Cal puso los brazos en jarras.
—No, no lo sé. No te has comunicado casi nunca, ¿y ahora te preocupas de la gente?
—Para ser sincero, nunca pensé que viviría cerca de la familia. Y no me disgusta —declaró Dakota con una sonrisa.
—¿Por qué no se te había ocurrido antes? —preguntó Cal.
—¿En serio? Vamos a ver. No solo era que yo estaba en el Ejército, sino que tú estabas en Michigan. ¿Qué pasa? ¿El Polo Norte estaba lleno? Papá estaba en la zona oscura, mamá estaba básicamente allí con él y Sierra era una alcohólica. ¿Estás sugiriendo que podía haber ido a vivir cerca de Sedona para que pudiera dirigir mi vida?
—Tienes algo de razón —comentó Cal.
—¿Cómo iba a saber que Sierra y tú os instalaríais en un lugar tan agradable?
—Yo tampoco lo había previsto. Vine a hacer senderismo. Era la época y buscaba el lugar apropiado para esparcir las cenizas de Lynne…
—¿Y acabaste en el camping de un hombre mayor, que tenía una hija guapísima que encima era neurocirujana? ¿Esas cosas pasan?
—Supongo que hice algo bien —repuso Cal—. ¿Necesitas algo? ¿Podrás vivir aquí?
—No necesito nada.
—Aún no has empezado a trabajar y solo es media jornada. Si necesitas algo, solo tienes que decirlo.
Dakota alzó una mano.
—Me fui de casa hace diecisiete años. He sobrevivido sin ayuda, ¿no?
—Supongo que siempre di por supuesto que el Ejército se ocupaba de ti —respondió Cal—. La verdad es que no nos criamos entre algodones, ¿verdad? Y si hay algo que descubrimos pronto es que no había mucha ayuda disponible. Un buen entrenamiento para buscarte la vida.
—Eso me recuerda algo. ¿Aquí todo el mundo sabe dónde crecimos?
—¿Todo el mundo? No creo que todo el mundo conozca los detalles. Las personas próximas lo saben. Llevé a Maggie a la granja a conocer a nuestros padres antes de casarnos, para darle una última oportunidad de salir corriendo.
—¿Y no huyó?
—No. La tolerancia y la compasión de Maggie sobrepasan todo lo que he conocido. Es una de las cosas que amo de ella.
Dakota no miraba a su hermano, pero sí sentía los ojos de Cal fijos en él.
—Desperdicias mucha energía alimentando todavía tu enfado con ellos —dijo este.
—No fueron unos padres maravillosos exactamente —repuso Dakota—. Y no es porque fuéramos pobres. Ser pobres y mantenerse unidos es algo honorable. Ellos eran negligentes. Jed tendría que haberse medicado. Marissa debería haber insistido en ello.
—¿Sabes lo que dijo Maggie de eso? Que ha visto a mucha gente rehusar tratamiento médico por distintas razones. A veces el tratamiento les resulta peor que la enfermedad, a veces tienen miedo, a veces se han reconciliado con su disfunción y saben vivir con ella. Quizá no fuera el mejor padre, pero Jed es un alma gentil. Loco, pero tierno. Asustado de su propia sombra, pero amable. Siempre ha sido muy bueno de corazón.
—Mientras hablaba de su diseño del Apolo 13, de su nominación para el Nobel o de cualquier otra alucinación.
—Mi favorita era cuando se preparaba para un informe de seguridad —contestó Cal con una risita.
—Yo todavía no quiero reírme de eso —declaró Dakota.
—Vamos a probar tus sillas del porche y ver si podemos hablar de cosas que te resulten más agradables.
Se sentaron y charlaron un rato de temas generales. Del pueblo, del camping de Sully… Cal le contó que este había tenido un infarto un par de años atrás y, desde entonces, la gente que lo quería, Maggie, Sierra, Connie o él mismo iban a verlo regularmente y a ayudar en los trabajos del Crossing. Dakota se había unido al grupo y pasaba a menudo por allí a ayudar.
Al caer la tarde, llevó a su hermano a su casa y se dirigió al pueblo. Aparcó calle abajo y fue andando al pub. Se sentó en la barra y no tardó en acercarse Rob. Charlaron un momento mientras este le servía una cerveza, pero no había ni rastro de Sid. Dakota empezó a beber despacio y al final oyó que otro cliente le preguntaba a Rob:
—¿Sid tiene el día libre?
—Normalmente no. Los chicos tenían pruebas de béisbol y alguien tenía que llevarlos, así que su tía Sid se ofreció. Le dije que se tomara el día libre, puesto que de todos modos se iba a ir pronto.
Dakota entonces recordó que ella dejaba los fines de semana al otro barman y la camarera, porque había mucho ajetreo. Le agradó saber eso, porque a él tampoco le gustaban los bares llenos y ruidosos. Pero tendría que esperar hasta el lunes para volver a verla. Podía probar el domingo, pero estaba casi seguro de que le había dicho que su horario habitual era de lunes a jueves.
Pasó el fin de semana con su familia. Cal y Maggie ofrecieron una gran cena el sábado por la noche en su casa porque Connie no trabajaba y estaban todos libres. Era finales de marzo. La tienda del camping todavía cerraba temprano y solo había una pareja de intrépidos campistas. A Sully le gustaba acostarse antes de las nueve, así que se marchó pronto, pero los demás jugaron al póquer hasta medianoche.
Y por fin llegó el lunes. Dakota hizo sus cálculos y se presentó en el bar entre el almuerzo y la hora feliz. Se sentó en su sitio de siempre. El lugar estaba desierto. Esperó a que apareciera Sid por la puerta giratoria de la cocina. Le sonrió. Y ella le devolvió la sonrisa de un modo inconfundible y le puso una servilleta delante.
—¿Y qué vas a tomar hoy? —preguntó.
—Una cerveza —contestó él—. ¿Cómo te ha ido?
—¿A mí? Bien —ella estiró el cuello para mirar por las ventanas—. ¿Esperas compañía hoy?
—No. He aparcado detrás del café y he venido andando. Estoy de infiltrado.
Eso la hizo reír. Le llenó un vaso de cerveza.
—No sé por qué te rebelas. Alyssa es simpática. Y la otra es muy guapa y está dispuesta a invitarte a cenar. Y supongo que a otras cosas.
—Ya te lo expliqué —dijo él—. Problemas. Y Alyssa parece muy joven.
—No es tan joven —contestó Sid—. Piénsalo bien. ¿Y tú qué? ¿Cómo te ha ido?
—Bien. Creo que podríamos celebrar mi nuevo empleo.
A ella se le iluminó el rostro.
—Felicidades. ¿Y qué vas a hacer?
Él levantó su cerveza y tomó un trago.
—Recoger la basura.
Sid se echó a reír, y a Dakota le pareció un sonido maravilloso.
—Justo lo que planeabas.
—Pagan bien. Primero tengo que pasar un programa de entrenamiento. Al parecer hay que aprender cosas sobre la basura. Espero que me dejen conducir ese camión grande.
Ella se apoyó en la barra.
—Eso probablemente sea para un puesto más alto.
—Tengo experiencia. He conducido MRAP enormes. Son esos vehículos militares gigantescos resistentes a las minas y a las balas que transportan tropas por el desierto. Seguro que puedo aparcar un camión de la basura en paralelo.
Sid volvió a reír. Dakota podía hacerla reír. Eso era un comienzo.
—Puede que acabe siendo su camionero estrella.
—Después del entrenamiento —le recordó ella.
—Apuesto a que soy el primero de la clase —él sonrió—. No creo que haya que tener una beca Rhodes para pasarlo.
Ella pareció ponerse alerta.
—¿Por qué dices eso? —preguntó.
—Era una broma. Y tú has tenido una reacción extraña.
—¿Qué es una beca Rhodes exactamente?
—Es una beca que incluye un par de años en Oxford —contestó él. Miró la cara de ella y se echó a reír—. ¡Eh!, que sea barrendero no…
—¡Ah! —ella limpió la barra—. El Ejército ha debido de educarte muy bien.
—En cierto modo sí. Tienen programas educativos para soldados. Cuando estaba en Estados Unidos, los aprovechaba.
Sid tardó un momento en hablar.
—Me parece que estás demasiado cualificado para recoger basura.
Él enarcó una ceja.
—¿Y tú? ¿Fuiste a la universidad?
Ella sonrió.
—¿Para qué? Me encanta este trabajo —dijo—. En serio, puede que sea el mejor trabajo que he tenido nunca. Excepto una vez que trabajé de canguro para una pareja rica que se llevó a la familia a Francia y me llevaron con ellos para cuidar de los niños. Eso estuvo muy bien.
—¿Cuándo sales de trabajar? —preguntó él.
—¿Por qué?
—Porque me gustaría invitarte a una copa, un café o algo. Porque no me interesan Alyssa ni Neely con su cena en Hank’s o en Henry’s o como se llame, pero creo que me gustaría conocerte mejor.
Alyssa miró a su alrededor.
—Pues mientras haya poca gente y termino mis tareas detrás de la barra, podemos conocernos. Yo no tengo citas. Y, sobre todo, no salgo con clientes.
—No tenemos por qué considerarlo una cita.
—Me caes bien, Dakota, pero no. La respuesta es no. No me interesa salir con nadie. Ni siquiera a tomar un café.
—Podría contarte todas las veces que me metí en líos en el Ejército. Y tú me contarías tus historias de canguro. Podrías hablarme del pueblo y yo a ti de la basura.
—En serio —insistió ella—. ¿Voy a tener que llamar a mi hermano mayor?
Él se dio un puñetazo en el pecho.
—¡Dios mío! ¡El hermano mayor no!
—No seas listillo.
Dakota soltó una risita.
—Está bien. ¿Me pones una Juicy Lucy con jalapeños?
—¿En su punto?
—Sí, por favor.
—Eso está mejor. Disfruta de la cerveza y no me causes problemas.
—No se me ocurriría. ¿Qué has hecho el fin de semana? Tus días libres.
Sid no contestó, sino que tecleó el pedido. Dakota notó que no estaba segura de que fuera buena idea hablar de cosas personales. Luego ella regresó.
—Hice la colada, llevé a los chicos a la tienda a comprar material deportivo, fuimos a caminar, preparé su cena de sábado favorita, vi dos películas y leí un libro.
—¿Un libro entero? —preguntó él.
Ella hizo una mueca.
—¿Qué has hecho tú?
—Tuvimos una cena familiar. Tengo familia aquí. ¿Te lo había dicho?
—Un hermano, dijiste.
—Un hermano, una hermana, una cuñada y su padre, un cuñado en potencia y una sobrina de seis meses. Cenamos y, cuando Sully se fue a casa, jugamos al póquer hasta medianoche.
Sid lo miró sorprendida. «¡Bingo!», pensó él. Su intención era no hablar de su vida privada en el pueblo por el momento, pero había sido problemático conseguir la atención de ella.
—¿Eres pariente de Sully? —preguntó Sid.
—¿Lo conoces?
—Todo el mundo conoce a Sully.
—Entonces seguramente conocerás a Cal, a Maggie, a Sierra y a Connie. Son mi familia.
—No me lo habías dicho. Los considero a todos amigos. No socializamos, pero nos vemos de vez en cuando. A Sierra la veo más, porque las dos trabajamos en el pueblo. Umm.
Él sonrió.
—¿Ahora puedo invitarte a un café?
—No.
—¡Pero mi familia te cae bien!
—Cierto. Y tú eres muy simpático, pero buscas una mujer, no una amiga.
—Eso no puedes saberlo.
—Lo sé.
—¿Y si te doy mi palabra de que podemos ser amigos?
—Voy a buscar a Rob —ella se volvió como para salir.
—Está bien, me rindo —declaró él—. Dime dónde hay lugares buenos para caminar por aquí.
—¿No has tenido bastante de eso en el Ejército? La casa de Sully está en medio de algunos de los mejores senderos. Cuando te canses de esos, vete a Boulder. Hay unas vistas increíbles.
—¿Tus sobrinos hacen senderismo?
—Necesito esposas y grilletes para conseguir que se limiten a andar. Quieren correr, escalar y colgarse de acantilados. Hacer más ejercicio. Son atléticos y a su edad las hormonas están empezando a hacer efecto. Tienen mucha energía.
—¿Y cómo van con los estudios? Ya sabes, en el tema académico.
—Muy bien. Mientras vayan bien, no les sermoneamos. Son críos. Los dos ayudan aquí y en casa. Son buenos chicos.
—O sea que toda la familia trabaja en el bar —dijo él.
—Los chicos no pueden estar en la barra, son menores. Pero hay muchas otras cosas que hacer por aquí. ¿Y tu familia? Sé lo que hace Sierra. Y Connie. Los policías y los bomberos vienen mucho por aquí.
—Todos ayudamos a Sully, sobre todo en primavera. Se está preparando para el verano, cuando el camping estará siempre lleno. Y, después de un largo invierno, hay mucho que hacer. Cal trabaja como abogado y tiene algunos clientes y Maggie trabaja en Denver tres o cuatro días a la semana. Y está también Elizabeth, que es muy lista. Intentan convencerme de que haga de canguro solo para ver lo que hago por librarme.
—¿No te gustan los niños?
—Los niños son geniales, pero no cambio pañales. Y, si me dejan solo con ella, sé que tendré que acabar haciéndolo.
—Quizá algún día tengas hijos propios. ¿Y entonces qué?
—No cuento con eso, pero, si ocurre, la mamá del bebé tendrá que entrenarme. Yo no tengo experiencia.
—O sea que sois tres hermanos.
—Somos cuatro —corrigió Dakota—. Cal es el mayor. Luego viene una hermana y Sierra es la pequeña.
—¿Tienes una hermana mayor que tú?
—Sí. Sedona. Dos años menor que Cal y dos años mayor que yo. Cal en realidad se llama California Jones.
—Es bastante sorprendente —comentó ella—. ¿Había algún significado en esos lugares? ¿Algo especial?
—Creo que no. Nunca he estado ni en Dakota del Norte ni en Dakota del Sur. Pasamos algún tiempo en California. Mis padres eran… ¿cuál es la palabra amable? Bastante hippies, a falta de una descripción mejor. Nos pusieron nombres de dos estados, una ciudad y una cordillera.
—Eso es muy interesante.
—Pasé la mayoría de mi infancia en una granja de Iowa —dijo él—. Los chicos de esa zona no lo encontraban interesante, lo encontraban raro.
—Supongo que en Iowa no tienen imaginación —repuso ella—. A mí me parece encantador. Interesante y encantador.
Dakota pensó que era una persona muy amable. Y extremadamente sexi con aquellos vaqueros. Él iba a tener que ser paciente, pues sospechaba que a ella le atormentaba algo.
—Deja que te pregunte una cosa —dijo—. ¿Por qué tienes esa aversión a las citas, incluso las más inocentes?
—¿Vas a empezar otra vez con eso?
—No quiero discutir. Pero, en serio, ¿por qué una decisión tan firme? ¿Hay alguna razón concreta? Si me lo dices, eso podría ayudarme a entenderlo y a no tomármelo como algo personal.
Sid suspiró.
—Un divorcio desagradable. Cicatrices del divorcio. ¿Lo entiendes ahora?
Dakota se encogió de hombros.
—Claro que sí. Pero nunca he oído hablar de un divorcio agradable. Ni tampoco he oído a nadie cantar de alegría después de uno.
—Tú eres afortunado. No has tenido esa experiencia.
—No me he divorciado, no. He tenido un par de rupturas y estoy de acuerdo en que son muy duras. Pasé mucho tiempo pensando cómo podría haberme dado cuenta de que iban a terminar mal. Al final, acababa por pasar página —dijo él. Tomó un trago de cerveza—. Supongo que todavía no estás en ese punto.
Rob salió de la cocina con su almuerzo.
—Hola, Dakota. ¿Cómo te va?
—Muy bien, Rob. ¿Y a ti?
Antes de que pudiera contestar, se adelantó Sid.
—Rob, ¿sabías que Dakota es uno más de la familia Jones? Cal, Maggie, Sierra y, por asociación, Sully, Connie, y puede que haya más.
—Sí —respondió su hermano—. ¿Tú no lo sabías?
—¿Y sabías que los Jones tienen nombres de estados, ciudades y montañas?
—No sé si me había dado cuenta —contestó Rob—. Disfruta la hamburguesa, es la favorita de Sid —dio media vuelta y se alejó.
Dakota tomó un mordisco grande, masticó y tragó.
—A tu hermano le caigo bien —dijo.
—Eso no te va a servir de mucho —contestó ella.
Dakota entró en una rutina tranquila y satisfactoria. Trabajaba tres días a la semana y tenía libre de domingo a miércoles. Empezaba al amanecer, fichaba a las cinco de la mañana y salía a las tres de la tarde. Le dijeron que durante el verano quizá podría trabajar un día más y tener más beneficios, pero eso no le preocupaba. Tenía su seguro de veteranos y una cuñada doctora. Tenía tiempo de sobra para ayudar a Sully y se las arreglaba para cenar en el pub asador al menos dos noches por semana. Veía a Cal y a Sierra de vez en cuando, hacía compañía a Sully en ocasiones y, aunque Tom no tenía mucho tiempo libre, se las arreglaron para tomar una cerveza en casa de Sully un par de veces.
Con abril llegaron las primeras flores y los primeros campistas, y el florecimiento de su amistad con Sully. Primero Sierra y después Dakota habían encontrado en él al padre cuerdo, filosófico y cómico que no habían tenido. En el caso de Dakota, eso empezó el día que le dijo a Sully:
—Supongo que sabes que nos criamos recolectando verduras con inmigrantes, viviendo en un autobús y sin ir al colegio como es debido.
—Por Dios que no consigo averiguar cómo pudo salir bien eso —contestó Sully, rascándose la cabeza casi calva.
—No salió bien. Fue horrible.
—Y, sin embargo, mira cómo habéis acabado —respondió Sully—. Todos habéis terminado bien. No solo sobrevivisteis, sino que lo bordasteis. Pero si hubiera un manual de educación de niños que sugiriera que ese tipo de crianza podría ser un éxito… —Sully movió la cabeza.
—Es bien conocido que siempre habrá un bastardo con suerte que superará la pobreza y la ignorancia y, a pesar de tenerlo todo en contra, acabará bien —declaró Dakota.
—Eso lo sé. De vez en cuando, un chico escapa de la pobreza y de una familia sin estudios y le va bien. Pero ¿el clan Jones? Hasta donde puedo ver, sois cuatro y los cuatro, no solo habéis sobrevivido, sino que habéis sobresalido.
—Pura suerte, supongo.
—Ahí también hubo educación —comentó Sully—. Tu madre, quizá tu padre en sus días buenos, o ellos entre sí. De algún modo pasó. Yo no podría haberlo hecho.
Dakota rio.
—No, no podrías. ¡Tu hija es Maggie!
—Oh, yo no tengo mérito en eso —respondió Sully—. La criaron su madre y su padrastro. La madre de Maggie me dejó cuando ella era pequeña y se la llevó. Yo les había fallado, ¿sabes? Aunque Phoebe, mi exmujer, no era ningún tesoro, ¿eh? Ahora nos mostramos cordiales por Maggie, pero no es ningún secreto que preferiríamos vivir en planetas distintos. Esa mujer es insoportable. Su esposo, Walter, un verdadero señor, no solo la soporta, sino que lo hace de un modo muy generoso. Es un santo.
Dakota soltó una risita. Tanto Maggie como Cal le habían dicho que la tal Phoebe era bastante irritante.
—¿Y tú no volviste a casarte? —preguntó.
—¿Para qué tentar al destino? —contestó Sully—. Ya demostré la primera vez que carecía de criterio en lo relativo a las mujeres. La conocí y me casé con ella en menos tiempo del que tarda en secarse la pintura. Eso te dará una pista.
—Pero ¿no te sientes a veces un poco solo?
—¿He dicho que nunca haya estado con una mujer? Hasta yo te puedo decir que a veces estar con una mujer hace que ciertas cosas sean mejores. No le digas a Maggie que te he dicho esto. Intentará imaginárselo y eso la alterará. Pero he tenido amigas a lo largo de los años. Un hombre sabio conoce sus limitaciones, hijo. Recuérdalo.
—Lo haré —dijo Dakota. Pero no pudo evitar echarse a reír.
Se juró recordar eso, pero siguió yendo a cenar al pub dos o tres veces por semana. Cuando Sid lo veía llegar, sonreía un poco y movía la cabeza. Se daba cuenta de que él era incansable. Ella le gustaba. Y notaba que uno de los problemas que tenía ella en ese momento era que él también le gustaba. Aunque quizá eso fuera decir demasiado. Se divertía con él. Fuera lo que fuera lo que le había hecho su esposo, debía de ser tan taimado que ella temía que, bajo la superficie de todos los hombres buenos, hubiera un monstruo. ¿Por qué, si no, le iba a resultar tan terrible la idea de tomar un café?
Pero Dakota era un hombre paciente. Pasó el mes de abril adaptándose al mundo de recoger basura. El primer par de semanas iba subido en el lateral del camión y recogía la basura esparcida mientras un hombre llamado Lawrence conducía y volcaba los cubos. Lawrence tenía cuarenta y siete años, pero parecía mucho mayor. Tenía muchas canas, una esposa y seis hijos. Cuando hablaba de su esposa, siempre lo hacía con una risita de apreciación y moviendo la cabeza «Oh, Benita ha hecho los mejores tacos que he comido jamás». O «Maldición, esa mujer les enseña el puño a los chicos y ninguno se atreve a responderle a su madre». En resumen, Lawrence tenía una buena vida, normal y feliz, con los problemas habituales. Dakota quería trabajar siempre con él. Pero también quería conducir el camión.
—Eso lo harás muy pronto —le decía Lawrence.
Abril estuvo lleno de lluvia y flores. Recoger basura con lluvia era igual que sin ella, pero más húmedo. Y, a medida que pasaban los días, a Dakota le parecía que Sid empezaba a ablandarse un poco con él.
Lo más extraordinario del mundo
son un hombre corriente y una mujer corriente
con unos hijos corrientes.
GILBERT K. CHESTERTON
Capítulo 4
Tom Canaday era un hombre feliz en general, siempre optimista y positivo incluso en los momentos duros. Esa era su naturaleza. Su padre era igual y su madre podía preocuparse a veces, pero también era positiva y servicial. Últimamente, su felicidad había subido varios grados porque tenía a una buena mujer en su vida.
Tom se había casado muy joven con su amor del instituto. Habían tenido cuatro hijos, lo cual habría sido difícil para cualquiera. Zach, el más joven, estaba todavía en pañales cuando Becky los dejó y Tom se convirtió en padre soltero y trabajador. Si no hubiera sido porque sus padres, su hermano y su cuñada le echaban una mano de vez en cuando, no habría podido arreglárselas. Habían pasado diez años desde que se fuera Becky y Tom era el primero en admitir que le había costado mucho pasar página, pero ya se consideraba libre a nivel sentimental. Había cortado por completo su vínculo emocional con Becky.
Y al cortar ese vínculo, se había fijado en Lola. Fijado en ella en un sentido diferente, pues en realidad la conocía desde siempre. Los dos habían crecido cerca de Timberlake y habían ido a los mismos colegios. Los dos se habían casado y divorciado jóvenes. Y se veían continuamente por el pueblo. Lola trabajaba a jornada completa en Home Depot, donde Tom compraba muchos suministros de construcción, y además también media jornada de camarera en el café, adonde él iba de vez en cuando.
Llevaba más de seis meses cortejándola, aunque era muy difícil que dos padres solteros encontraran tiempo para salir. Pero, cada vez que la besaba, quería más. Lola le parecía la más hermosa de las mujeres. Era fuerte e independiente, pero su fuerza y su independencia no la habían vuelto amargada. Era amable y compasiva. Cuando él conseguía abrazarla y olía su piel dulce, se excitaba. Ella llenaba sus brazos con suavidad y a él le encantaba sentirla contra sí.
Pero sus horarios eran imposibles. Tenían que conformarse con el tiempo, poco, que podían conseguir de vez en cuando, a veces para ir a ver una casa en venta. A los dos les encantaban las reformas. De hecho, habían descubierto que tenían muchas cosas en común, pero querían llevarse bien y todavía no habían encontrado la oportunidad de pasar muchos ratos juntos.
Tom Canaday llamó a la puerta de Lola el jueves a las diez de la mañana. Cuando ella abrió con una gran sonrisa, él le dio una cajita envuelta como regalo.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, aceptándola.
—Ábrelo.
—¡Ay, Tom! Tú siempre eres muy considerado —ella retiró la cinta—. Y siempre estás pensando en otros.
—¡Ah, sí! Yo soy así.
Lola abrió la caja y frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Ya sabes lo que es.
Ella sacó el objeto de la caja.
—¿Un pestillo? —preguntó Lola, confusa.
—Para la puerta de tu dormitorio —explicó él—. Y he instalado uno igual en la del mío.
—No creo que hoy nos sorprenda ninguno de los chicos —contestó ella, riendo—. Los dos están en clase. Cole en la universidad y Trace en el instituto.
—No pienso correr riesgos.
—Nunca abren la puerta de mi dormitorio —dijo ella—. Les da terror verme en ropa interior.
—Esto va a ser diferente —contestó él—. No habrá ropa interior. Y puede que oigan ruidos y los confundan con gritos de dolor —sonrió—. No será dolor.
Ella dejó la caja, puso las manos en las mejillas de él y le dio dos besos sonoros. Él la abrazó y la besó con precisión. Le separó los labios con los suyos y profundizó el beso, gimiendo cuando sus lenguas empezaron a jugar. Deslizó la mano sobre el trasero de ella y la estrechó contra sí. El beso siguió y siguió durante mucho tiempo. Tom tuvo que esforzarse para apartarse.
—Lola, rápido, dame tu caja de herramientas.
—Tú sí que sabes enamorar a una mujer —comentó ella.
No pudo evitar reír mientras iba a buscar la caja. Había hecho muchas reparaciones y reformas por sí misma, así que sabía bien lo que necesitaban. Cuando volvió, él había sacado el pestillo del paquete y ella empezó a pasarle las herramientas. Primero el destornillador para retirar el picaporte antiguo, luego el cincel y el martillo para alargar el agujero en la puerta.
—¡Ojalá hubiera hecho esto antes del beso! —gruñó él—. Debo decir que es la primera vez que coloco un pestillo empalmado.
—¿Cuánto tiempo hace? —preguntó ella.
—Dos minutos más o menos —contestó él.
—Eso no —repuso ella con una carcajada.
—¿Te refieres a desde que he estado con una mujer? —quiso saber él.
—¡Ah, vaya! Quizá deberíamos hablar de con quién más lo haces.
Él la miró por encima del hombro y enarcó una ceja.
—Mi mano izquierda —dijo—. Créeme, no tienes motivos para estar celosa.
—Tom —lo riñó ella.
—Hace mucho tiempo —repuso él, empezando con los tornillos.
Ella dejó la caja de herramientas donde él pudiera alcanzarla y se apartó. Él gruñó un poco con un tornillo testarudo, pero trabajó con rapidez. Cerró la puerta, giró el pestillo y lo probó, intentando abrirlo.
—Todo un éxito —dijo.
Pero cuando se volvió, ella no estaba allí.
—¿Lola?
Ella salió al umbral del cuarto de baño ataviada con una bata negra de satén. Él se quedó sin aliento.
—¡Huy! —exclamó. Se pasó una mano por la cabeza.
¡Era tan voluptuosa! No era delgada ni bajita. Medía casi un metro ochenta y era una mujer grande. Cuando empezaron a salir, ella le había confesado que se avergonzaba un poco de su figura y se consideraba gorda. Tom la había convencido de que le encantaba su figura, le gustaba su suavidad y que podía llenarse los brazos con ella. Era prieta de carnes, rosada y olía divinamente. Quería acariciarla desde el pelo moreno rizado hasta los dedos de los pies.
—¡Dios santo! —exclamó.
Y empezó a quitarse la ropa con frenesí. En el último segundo, viendo que ella seguía con aquella preciosa bata negra, él se dejó los boxers. Pero, antes de ir a la ferretería a comprar el pestillo, los había elegido cuidadosamente. Eran sus mejores calzoncillos.
—¡Eres preciosa! —exclamó. Le alzó la barbilla para besarla al tiempo que le desataba la bata con la otra mano y se la abría—. ¡Madre mía!
Ella rodó los hombros hacia atrás y la bata cayó fácilmente al suelo. Y quedó desnuda.
—Llevaban seis meses saliendo y, aunque todavía no habían hecho el amor, sí habían hablado mucho y se habían acariciado. Estaban preparados en todos los sentidos menos en uno. No habían estado tumbados juntos sin ropa.
—¿Por qué llevas esto? —preguntó ella, tirando de la cinturilla de los boxers.
—¿Para qué me voy a molestar en quitármelos? —preguntó él, estrechándola en sus brazos—. Puedo atravesarlos sin problemas.
Ella le tomó la mano y cayeron sobre la cama, tumbados lado a lado, abrazados y besándose como adolescentes, recorriendo con las manos el cuerpo del otro. Lola suspiraba, Tom gemía y los labios de ambos se movían. Él le besó los hombros, los pechos y el vientre. Ella le acarició el trasero y los muslos y se las arregló para quitarle los calzoncillos. Luego él se puso encima, le abrió las piernas con una rodilla y se fue acercando más y más. Se inclinó sobre ella y sonrió contra sus labios.
—Puede que quede en mal lugar —dijo—. Estoy un poco tenso.
Ella negó con la cabeza.
—No te preocupes por hacerlo perfecto, ¿de acuerdo? Hemos tenido que esperar mucho.
—Conozco a gente que ha esperado más —repuso él.
—Pero nosotros tenemos cuarenta años —le recordó ella—. Y somos cada día más viejos.
—Tienes razón —susurró él, antes de penetrarla—. ¡Santo cielo! Tengo la sensación de que estás hecha para mí.
Lola suspiró y le cubrió el rostro de besos.
Tom se movió y después ambos se movieron juntos, la cama chirrió, ellos se abrazaron y todo fue muy rápido. Los dos llegaron juntos al orgasmo, gimiendo y luchando por tomar aire, y después volvieron lenta y suavemente a la tierra. Él no podía apartar los labios de los de ella, ni siquiera se le pasó por la mente apartarse, simplemente se apoyó en los codos para no cargarle todo su peso a ella.
—Tienes los labios más suaves de toda la creación —le susurró—. Tienes el cuerpo más dulce y las pestañas oscuras más hermosas.
—¿Cómo lo haces? —preguntó ella—. ¿Cómo te las arreglas para hacer que siempre me sienta tan guapa?
—Porque lo eres —susurró él—. Eres la mujer más guapa que conozco. Y te quiero —volvió a besarla—. Espero que esto haya estado bien para ti, porque yo estoy en el paraíso.
Ella rio con suavidad.
—Ha estado bien. Mejor dicho, ha sido maravilloso.
—Para mí ha sido perfecto —Tom se movió un poco—. No me voy.
—Está bien así. Ahora mismo me siento muy segura. Segura y satisfecha.
—Me alegra mucho oír eso.
—Ese pestillo te ha excitado mucho.
—No ha sido el pestillo —él se acercó más a ella—. Por favor, no dejes que me duerma.
—Tom, deberíamos hablar de algo.
—¿Qué? —preguntó él, alzando la cabeza del hombro de ella.
—El pestillo es una buena idea. Pero sería mejor idea decirles a los chicos que somos algo más que amigos. Ya son bastante mayores y merecen saberlo.
—No sé. Tú tienes chicos. Yo todavía tengo una niña. Brenda tiene dieciséis años.
—No es distinto con los chicos —contestó ella—. Todos saben cómo funcionan las parejas, conocen los peligros, las responsabilidades y las alegrías. A los dos nos dejaron nuestras parejas y hemos formado buenas familias sin estar con nadie, pero también tenemos derecho a ser felices. ¿Te preocupa que tus hijos sigan esperando que te reconcilies con Becky? Porque mis chicos no quieren eso para mí, para nosotros. Probablemente ya han adivinado que nos queremos.
Tom sonrió y se movió un poco. Y a continuación un poco más.
—No puedes estar ya dispuesto otra vez —dijo ella—. Eso es inhumano.
—Es porque tú me excitas.
Ella se abrazó a su cuello.
—Está bien. Hablaremos cuando estemos vestidos.
—Muy buena idea.
El jueves por la noche, Dakota fue a cenar al bar de Rob. Llevaba varias semanas haciéndolo y ese hábito suyo no había pasado desapercibido. Al verlo, Sid movió levemente la cabeza, sonrió un poco y le puso una servilleta delante.
—Veo que has vuelto —dijo.
—Yo también me alegro de verte —contestó él con su mejor sonrisa—. ¿Cómo te ha ido?
—Muy bien. ¿Lo de siempre?
—Cerveza y luego pienso en la cena.
—¿Y, si aparece Alyssa, te largas?
—Me temo que he sido una gran decepción para Alyssa. Ella quiere un novio y yo no lo soy.
Ella le puso una cerveza en la barra.
—Alyssa parece más tenaz de lo que yo creía.
—En ese caso, será más decepción todavía, porque yo también soy tenaz.
—Empiezo a darme cuenta.
—¿Y qué planes tienes para este fin de semana? —preguntó él.
—Se me da muy bien relajarme. Tengo un par de cosas planeadas. Nada muy emocionante.
—Yo estoy libre el domingo —dijo él—. El sábado por la noche también. ¿Qué tengo que hacer para entrar en tu agenda?
—Ya hemos hablado de eso.
—Puedo pedir un certificado de buen comportamiento —sugirió él con una sonrisa.
—Ríndete, Dakota.
En ese momento, él notó movimiento a su lado.
—¡Qué agradable sorpresa! —dijo una voz de mujer.
Sid, de inmediato, se alejó por la barra a preguntar a otras personas si querían tomar algo.
Neely. Dakota hacía semanas que no la veía.
—Hola —dijo—. ¿Cómo te va?
—Muy bien. ¿Y a ti?
—Bien —él alzó su cerveza.
—Soy Neely —le recordó ella.
—¡Ah, sí! —contestó él, como si lo hubiera olvidado—. Dakota.
—Ya lo recuerdo —ella chasqueó los dedos y Sid volvió. Dakota frunció el ceño—. ¿Me pones una ensalada César con pollo y una soda con lima?
—Por supuesto —dijo Sid—. ¿Dakota?
—No quiero nada —contestó él.
—O sea que ya llevas más de un mes en Timberlake —comentó Neely—. ¿Eso significa que te gusta el pueblo?
—Es un pueblo agradable.
—¿Y te vas a quedar mucho tiempo? —preguntó Neely, justo cuando Sid le servía la bebida.
A Dakota no le apetecía hablar de sus planes con ella, pero optó por decir la verdad por si lo oía Sid.
—Tengo trabajo aquí y he alquilado una casita, pero «mucho tiempo» es un concepto que puede variar mucho de una persona a otra.
—Dime lo que has visto y hecho desde la última vez que nos vimos —pidió ella, sorbiendo su bebida.
—Nada muy interesante —contestó él.
Le habló de su trabajo, con la esperanza de espantarla con su nueva profesión de barrendero.
A continuación ella le dijo que había ido a un concierto a Denver y había comprado cosas para su casa, alfombras, cojines, cuadros… Sugirió que tendría que enseñársela algún día.
Dakota frunció el ceño. ¿Acababa de invitarlo a su casa? No lo conocía. Hasta donde sabía, no tenían conocidos en común. Lo único que sabía de él era su nombre de pila y que recogía basura. Esa prisa por intimar siempre lo volvía receloso.
Ella siguió hablando. Hacía pocas preguntas y él, si podía, las contestaba con monosílabos. Pensaba que tendría que saltarse la cena si ella seguía allí, pero, cuando Neely terminó la ensalada, dejó dinero sobre la barra.
—Me marcho —dijo—. Espero que volvamos a coincidir pronto.
Él estaba tan contento de que se fuera, que contestó:
—Seguro que sí.
Y, cuando ella salió por la puerta, suspiró.
—¿Qué se siente siendo un imán para las chicas? —preguntó Sid con voz risueña.
—No te burles —contestó él—. Hay algo en ella que da miedo.
—Parece muy amable —dijo Sid—. ¿Quieres pedir ya la cena?
—Un momento —él tomó la carta—. Dame un par de minutos. Creo que hoy voy a probar algo diferente.
—Me ha parecido que estabas a punto de hacer eso, pero ella se ha largado —repuso Sid. Se alejó riendo.
Dakota estudió la carta mientras ella servía a otros clientes y preparaba bebidas para que los camareros las llevaran a las mesas. Se detuvo un momento para reír con el joven Trace, un ayudante de diecisiete años. Dakota estaba considerando pedir alitas y patatas fritas cuando lo sobresaltó la aparición repentina de Neely.
—Siento molestarte —dijo ella—. Tengo una rueda pinchada. Puedo llamar a Asistencia en Carretera, pero he pensado que quizá no te importe ayudarme. Te compensaré uno de estos días invitándote a cenar.
Él pensó decirle que llamara a su seguro, pero no fue capaz. Para él era cuestión de honor ayudar a las mujeres.
—De acuerdo —dijo—. Sid, enseguida vuelvo. Voy a ayudar con un problema mecánico. Guárdame el sitio, por favor.
—Claro que sí —contestó ella.
Él abrió la puerta para que pasara Neely e intentó echar a andar detrás, pero ella se tomó de su brazo.
—Es por aquí —dijo. Doblaron la esquina a la parte de atrás del restaurante—. El mío es el BMW.
Su lujoso automóvil estaba en el callejón oscuro, a solo dos espacios de distancia del Jeep de él. Dakota se preguntó de inmediato si eso podría ser coincidencia. Se dobló por la cintura para mirar las ruedas.
—¿Cuál es? —preguntó.
Neely se apretó contra él y lo besó en los labios con tal rapidez, que él no lo vio venir. Había tenido muchas experiencias interesantes con mujeres, pero era la primera vez que sufría una agresión así. La agarró por los antebrazos e intentó apartarla, pero era difícil, pues ella estaba decidida. Al fin consiguió poner espacio entre los dos.
—¿Pero qué…? ¿Una rueda pinchada?
Ella sonrió y se encogió de hombros.
—He pensado que podíamos conocernos un poco mejor. Lejos de la camarera cotilla.
Dakota no sabía qué lo enfurecía más, si que lo hubiera sacado del bar con engaños para un encuentro amoroso en potencia o que calificara a Sid de «camarera cotilla».
—No vuelvas a hacer esto nunca más. Es una mala idea —dijo.
—Estás un poco tenso, ¿no es así, Dakota? —preguntó ella, pasándole una mano por el pecho.
Él retrocedió fuera de su alcance. Hervía por dentro, pero mantuvo la calma.
—Te voy a dar una clase sobre buena educación. Si quieres conocer a alguien, le preguntas. Si te dicen que no, lo aceptas. Nunca engañas a la gente. Eso da grima. Ahora vete a casa.
—Vamos, tú ya eres mayorcito.
—Buenas noches —dijo él, alejándose.
Regresó al bar, intentando olvidar lo que había ocurrido. Volvió a su taburete favorito y vio que Sid le había puesto un vaso de agua fría allí. Agradecido, tomó un trago.
Y dejó pintalabios en el vaso.
—¡Mierda! —murmuró. Tomó una servilleta y limpió el borde del vaso y sus labios. Neely le había jugado una mala pasada.
—¿Cerveza? —preguntó Sid, colocándole una servilleta limpia delante.
—Ah, sí. Y la hamburguesa Julicy Lucy con aros de cebolla en lugar de patatas fritas.
Ella le miró la cara y se señaló el labio superior.
—Te has dejado un poco aquí —dijo.
—Yo no la he besado —repuso él, con voz quizá demasiado alta.
—¿Te ha atacado un pintalabios fugitivo?
—Más o menos.
—Creía que esta noche ibas a probar algo diferente.
—He cambiado de idea. Me gusta lo que como aquí. Lo espero con impaciencia. Lo disfruto.
—No digas bobadas. Ya te la pido.
Él volvió a limpiarse los labios. Suspiró. No era de extrañar que quisiera conocer mejor a Sid y no a Neely. Le gustaba Sid. Era una mujer increíblemente cuerda y obviamente inteligente. De instintos afilados. Él la encontraba guapa. Le hacía reír y lo retaba haciéndose la difícil, salvo porque él sabía que no se lo hacía. Era difícil de conseguir.
Llegó la hamburguesa y, mientras la comía, se dio cuenta de que no estaba contento. Siempre que iba allí cuando trabajaba Sid, tenía la esperanza de que ella se fuera ablandando, y siempre que aparecían Alyssa o Neely, se producían tensiones. De acuerdo, Sid había vivido una experiencia dolorosa y no quería precipitarse. Pero él tampoco. No buscaba gran cosa, solo una mujer amable con la que pasar tiempo, no una chica loca que siempre estaba atacando.
—¿Estás bien? —le preguntó Sid.
—No.
—Oye, solo es una chica que quiere estar con un hombre y…
—No tenía una rueda pinchada —dijo él—. Me ha alejado de mi cerveza y de mi cena para tenerme a solas en la oscuridad y echarse encima de mí. He tenido que apartarla a la fuerza. Ha sido terrible. Sé que algunos hombres aprovecharían una oportunidad así, pero hay algo muy malo en eso. Si un hombre le hiciera eso a una mujer, lo arrestarían. No sé cómo dejarlo más claro. No me interesa conocer mejor a Neely, ni tampoco a Alyssa. Las dos me dan grima. Y me ponen de mal humor.
Sid lo miró, embelesada por un momento.
—¡Caray! —exclamó.
—Ha sido horrible —dijo él, tomando un aro de cebolla—. Yo jamás le haría eso a una persona. Hay una cosa que se llama modales y espacio personal, ¿sabes?
—Lo sé.
—Perdona —contestó él, masticando el aro de cebolla—. Me ha cabreado.
—Lo entiendo perfectamente —ella tomó la cerveza de él y la tiró—. Se ha calentado contigo echando fuego por la boca —dijo. Le puso una jarra de cerveza fresca—. Toma.
—Gracias —dijo Dakota.
Bebió despacio, harto de coqueteos por esa noche. De hecho, tal vez para siempre. Lo sucedido le sorprendía también un poco. No era la primera vez en su vida que se le insinuaban con descaro, pero normalmente conseguía disuadirlas sin lastimar ni enfurecer a nadie.
Terminó la cerveza y se levantó para sacar la cartera.
Sid se acercó con la cuenta.
—Dos cervezas y una hamburguesa —dijo ella, con su tono profesional de costumbre—. Y el sábado por la noche estaré aquí, si todavía quieres tomar un café —le tendió un papel con una dirección escrita y él la miró a los ojos—. Estarás seguro. Además, ese tono de rojo no me favorece nada —sonrió.
—No quiero tu compasión —contestó él. Pero lo dijo con tono humorístico.
—Mejor. A las siete.
Dakota se dirigió a su coche pensando que ella sí se había compadecido de él. Se había sentido insultado y furioso por el modo en que habían jugado con él, pero no importaba. Aunque no había sido una estrategia por su parte, estaba dispuesto a aprovecharse de la situación. Y, mientras tomaban café, podía conquistarla y hacerla reír. Con esa sensación esperanzadora y alentadora, llegó a su Jeep.
Y encontró las cuatro ruedas pinchadas.
Miró a su alrededor para ver si había alguien. El coche de Neely había desaparecido y el pequeño aparcamiento detrás del bar estaba tranquilo. Miró los demás automóviles. Todas las ruedas estaban bien. Volvió a la acera, donde había bastante luz, sacó el teléfono y llamó a Cal.
—Hola.
—Hola. Nunca había hecho esto. Llamar a mi hermano mayor cuando me ocurre algo.
—Umm. ¿Qué te ha pasado?
—Estoy en el pueblo. He tomado una hamburguesa en el bar de Rob, dos puertas más abajo del café. Una mujer me ha pedido que la ayudara con una rueda pinchada y, cuando he salido con ella, no había rueda pinchada, solo una mujer con muchas ganas de guerra. He conseguido liberarme, pero ha sido muy incómodo. Y creo que la he ofendido porque ahora tengo todas las ruedas pinchadas —Dakota respiró hondo—. Supongo que tendré que llamar a una grúa.
—¡Maldición! —exclamó Cal. Su voz sonaba más alerta—. ¿Conoces a esa mujer?
Solo su nombre de pila. Pensaba que era una mujer maja, aunque tiene que pulir un poco su manera de ligar.
—¿Crees que ha sido ella?
—¿Eso no parece un poco exagerado?
—Tienes que llamar a la policía antes de llamar a la grúa. Y yo iré a recogerte.
—Puedo ocuparme de esto solo.
—¿Quieres que le pinchen las cuatro ruedas al próximo hombre que no quiera ligar con ella?
—No estamos seguros de que haya sido ella —protestó Dakota.
—Yo creo que sí, pero no podemos probar quién ha sido. Llama a la policía, diles lo que ha pasado y pídeles que te recomienden un servicio de grúas.
—¡Ah! —gruñó Dakota.
—Esto es Timberlake —contestó Cal—. Aquí no pasan muchas cosas de esas. Si no dices nada, le puede pasar a otra persona. O puede que ella intente algo más peligroso contigo.
—Creo que preferiría ocuparme de esto…
—Ahora hablas como una mujer —repuso Cal—. Quiero que pienses en eso. Estaré allí en veinte minutos.
A Dakota se le había pasado brevemente por la cabeza la idea de que las mujeres no denuncian los delitos porque tienen miedo o porque solo quieren olvidar lo que ha pasado y confiar en que no vuelva a ocurrir, pero la había apartado de su mente. También había una cierta humillación en el hecho de ser una víctima. En la victimización y la acusación.
Había llamado a Cal porque buscaba a alguien que lo sacara de esas tonterías. Por supuesto que había sido Neely. Y por supuesto que esa mujer no debería hacer esas cosas. Luego pensó algo más. No quería que Sid lo supiera. No quería parecer débil.
¿Igual que una mujer no quería que su novio o su esposo supieran que la habían agredido porque no quería que pensara que estaba sucia, o peor, que ella se lo había buscado?
Cal llegó antes que el ayudante del sheriff.
—Mostradme los daños —dijo. Y procedió a revisar el coche—. Esto ha requerido mucho esfuerzo —comentó—. Ten cuidado con esa mujer. Es cruel.
Para alivio de Dakota, solo había un neumático rajado, los demás estaban desinflados. Resultaba extraño que tuviera eso en común con Neely, desinflar ruedas para enfatizar su punto de vista. Y no lo tranquilizaba saber que ella iba por ahí con algún objeto puntiagudo peligroso. Pensó en ese incidente mucho más de lo que quería. El vandalismo probablemente sería solo una falta. Intentó imaginarla acurrucada en la oscuridad con su ropa elegante y sus botas caras y sacando el aire de los neumáticos.
Su compañía de seguros cubrió la grúa, pero Cal tuvo que llevarlo al trabajo a la mañana siguiente. En conjunto, estaba bastante enfadado por todo el asunto.
El sábado, sin embargo, estaba deseando ver a Sid. Después del trabajo, metió en el GPS la dirección que le había dado ella. No pensó en su experiencia desagradable con Neely, sino más bien en ir a una cafetería en Colorado Springs donde podría concentrarse en demostrar lo deseable que era. Descubriría más cosas sobre Sid, la distraería con historias de sus viajes por el mundo y, si hacía falta, explotaría sus acciones como soldado y héroe. Nunca empezaba haciendo eso, siempre lo guardaba como último recurso.
Miró a su alrededor, pero no encontró la dirección que le había dado. Las indicaciones estaban claras, pero le costaba creer que fueran correctas. Era la primera vez que iba a Colorado Springs, pero no le resultaba fácil imaginar a Sid invitándolo a una parte mala del pueblo. «Por favor, Señor, no dejes que Sid también esté loca. Con una es suficiente».
Dio la vuelta a la manzana con el coche, pero no vio ninguna cafetería. Ni siquiera una parada de coches o camiones. Al fin sacó el papel que ella le había dado y, después de cerrar el coche, se dirigió al único lugar de la manzana que parecía estar abierto. Era bastante viejo, tenía una cruz grande en la puerta y un cartel, que casi no se veía en la oscuridad y que decía: «Cena gratis».
Pensó que sería la parte frontal de algún tipo de iglesia y que al menos conocerían el barrio. Entró y descubrió que era un comedor de beneficencia. Tuvo que abrirse paso entre la gente que esperaba en la cola para llegar hasta la persona que estuviera al cargo y preguntarle. Y entonces la vio.
Estaba de pie detrás de un mostrador de servir, sonriendo como si nunca hubiera sido tan feliz. Llevaba un delantal verde, un pañuelo en la cabeza y guantes de goma, y blandía un cucharón. Dakota soltó una risita y movió la cabeza. Se saltó la cola para acercarse a ella.
—¿Café? —preguntó con su mejor sonrisa.
—Me alegra que hayas venido —contestó ella—. Clay, dale un delantal a este hombre y enséñale lo que hay que hacer.
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