Kitabı oku: «Pensar y sentir la naturaleza»




Ocampo Giraldo, Rodrigo Jesús
Pensar y sentir la naturaleza: ética ambiental y humanismo ecológico / Rodrigo Jesús Ocampo Giraldo.-- Primera edición.-- Cali: Programa Editorial Universidad Autónoma de Occidente, 2020. 160 páginas, ilustraciones.
Contiene referencias bibliográficas.
ISBN: 978-958-619-036-7
1. Ética del medio ambiente. 2. Humanismo ecológico. 3. Naturaleza. I. Universidad Autónoma de Occidente.
179.1- dc23
PENSAR Y SENTIR LA NATURALEZA
Ética Ambiental y Humanismo Ecológico
ISBN impreso: 978-958-619-036-7
ISBN epub: 978-958-619-037-4
ISBN pdf: 978-958-619-038-1
Primera edición, 2020
© Universidad Autónoma de Occidente
Km. 2 vía Cali-Jamundí, A.A. 2790, Cali,
Valle del Cauca, Colombia
Imagen de cubierta y guardas:
Beach at Cabasson (Baigne-Cul), 1891-1892
Henri Edmond Cross
© Public Domain Designation
Imágenes de entrada de capítulos:
Poppy Field (Giverny), 1890-1891
Claude Monet
© Public Domain Designation
The Poet’s Garden, 1888
Vincent van Gogh
© Public Domain Designation
Bordighera, 1884
Claude Monet
© Public Domain Designation
Pueden consultarse en:
https://www.artic.edu/collection
El contenido de esta publicación no compromete el pensamiento de la Institución, es responsabilidad absoluta de sus autores. Este libro no podrá ser reproducido por ningún medio impreso o de reproducción sin permiso escrito de los titulares del copyright.
Autores
© Rodrigo Jesús Ocampo Giraldo
Gestión Editorial
Director de Investigaciones y Desarrollo Tecnológico
Alexander García Dávalos
Jefe Programa Editorial
José Julián Serrano Q.
Coordinación Editorial
Pamela Montealegre Londoño
Corrección de Estilo
Luis Miguel Gallegol
Diagramación y Diseño
Claudia Patricia Rodríguez Ávila
Elaborado en Colombia
Made in Colombia
Personería jurídica, Res. No. 0618, de la Gobernación del Valle del Cauca, del 20 de febrero de 1970. Universidad Autónoma de Occidente, Res. No. 2766, del Ministerio de Educación Nacional, del 13 de noviembre de 2003. Acreditación Institucional de Alta Calidad, Res. No. 16740, del 24 de agosto de 2017, con vigencia hasta el 2021. Vigilada MinEducación.
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
CONTENIDO
Introducción
CAPÍTULO I. Concepciones biocéntricas de la naturaleza: el respeto por lo viviente
CAPÍTULO II. Ética de la tierra y ética ecosistémica: reconocer la interdependencia
CAPÍTULO III. Emociones morales y virtudes ecológicas
CAPÍTULO IV. Ecología profunda y comunidad biótica
CAPÍTULO V. Ecologismo espiritualista y ética del encuentro
CAPÍTULO VI. Lógicas del cuidado y cultura ecológica
CAPÍTULO VII. Capacidades empáticas y pluralismo ético-ecológico
CAPÍTULO VIII. Comunidad moral y responsabilidad con seres no humanos
CAPÍTULO IX. Hacia un humanismo ecológico
ADENDA. Humanismo ecológico y disposiciones ético-afectivas
Bibliografía
Notas al pie
A mi esposa, Sandra Milena.
INTRODUCCIÓN
Un reto importante para el pensamiento ético, durante las últimas décadas, ha sido cómo justificar la inclusión de organismos y especies no humanas es la esfera de la consideración moral. Son múltiples los trabajos centrados en definir argumentos para dar cuenta de deberes, responsabilidades o compromisos hacia animales, bosques, ríos, mares y ecosistemas. Estos trabajos representan un grupo de concepciones ético-ambientales desde las cuales sustentar un sentido de la obligación ética en un ámbito de relaciones carentes de intersubjetividad y/o simetría. En este libro, a la par que se presentan algunas concepciones ético-ambientales, se intenta desarrollar un marco de comprensión posibilitador de encuentros y diálogos entre dichas concepciones.
Ante la contraposición de enfoques teóricos, se propone atender como puente comunicante la perspectiva de un humanismo ecológico, el cual se postula como una concepción mediadora frente a las tensiones entre posiciones antropocéntricas, biocéntricas y ecocéntricas. Tal humanismo es soportado en tres proposiciones: a) el interés moral por la naturaleza se asocia al despliegue del sentimiento moral, en tanto disposición del ánimo importante para explicar la motivación para atender el deber, el bienestar de otros y el cultivo de virtudes; b) este interés por un mundo no humano sigue un patrón analógico: el interés moral por atender las necesidades de florecimiento y la vulnerabilidad de plantas, animales y ecosistemas es análogo al interés moral por cuidar y velar por el desarrollo del animal humano y su comunidad ética; c) la consideración moral entre humanos y hacia organismos no humanos desborda una cuestión representacional de la asignación de estatus moral, fines, interdependencias o capacidades. En consecuencia, el humanismo ecológico implica una ética del encuentro, de lo relacional, cuyos contenidos son explicados en la confluencia del juicio y la intuición con la imaginación, y de los sentimientos de simpatía y benevolencia con los de justicia.
Frente a las éticas extensionistas que buscan adaptar concepciones éticas tradicionales, la ética del encuentro se configura desde una mirada humanista que parte del reconocimiento de disposiciones ético-afectivas para dar cuenta de la relación con organismos y macroorganismos no humanos, en un escenario global y pluricultural; construye una normatividad basada en el encuentro con animales no humanos y con la naturaleza; y reacciona al intento de elaborar éticas no antropocéntricas, basadas en nociones como las del valor intrínseco (absolutista) de la naturaleza y el igualitarismo biótico. Por su parte, la ética del encuentro es contextualista, crítico-social y afectivo-cognitiva. Valora el legado de las éticas modernas basadas en los sentimientos y los aportes de teísmos ecológicos, ecofeminismos y concepciones biocentristas en tanto que enuncian, de uno u otro modo, que toda ética es relacional y cobra sentido a partir del comportamiento y actitud asumidos en el encuentro con un otro.
Un escenario relacional asimétrico plantea el reto de ampliar los límites tradicionales de la consideración moral, no solo desarrollando razones por las cuales se aceptan deberes directos o indirectos hacia la naturaleza y los múltiples organismos, también explica los contenidos subjetivos presentes en el encuentro objetivable con lo diverso. El reconocimiento de los sentimientos y emociones contribuye, por ende, a dar cuenta de la autenticidad del cultivo de virtudes del cuidado y a explicar móviles moralmente vinculantes en la adopción de compromisos y responsabilidades. De esta manera, el humanismo ecológico parte de reconocer cómo los sentimientos de benevolencia y justicia dirigidos hacia expresiones de vida no humana, involucran experiencias ético-afectivas maduras y un amplio panorama emocional, desplegado primordialmente de forma contextual y relacional por el uso de la imaginación y del juicio analógico. Estos sentimientos constituyen, además, un terreno conceptual fértil para nutrir teorías éticas interesadas en extender las fronteras de la consideración moral y para aproximar, en un escenario de diálogo, concepciones distantes o contra-dictorias en términos de su fundamentación normativa o de sus intereses prácticos.
En síntesis, la consideración moral asociada a la experiencia ético-afectiva1, implica aceptar su extensión hacia la atención de animales, plantas y ecosistemas. En este sentido el animalismo2 y el ecologismo parten de un humanismo. La lectura de los organismos no humanos en clave de su vulnerabilidad y sus capacidades permite interpretar los biocentrismos de Goodpaster, Rolston y Taylor, y la ética de la Tierra de Leopold, rastreando dinámicas emocionales y sentimientos asociados a una consideración moral enfocada en interdependencias, en el equilibrio entre micro y macrosistemas, y en la relevancia de organismos en particular atendiendo a sus funciones vitales.
Lo anterior conduce a adoptar un juicio prudencial frente a la ecología profunda de Naess y el ecocentrismo sistémico de Callicott, ambos orientados por el valor central de los macrosistemas y la biosfera. En contraste, se argumenta a favor de la experiencia del encuentro con la naturaleza y se asume la relevancia de la vida de cada ser participante de un hábitat. El sentimiento de respeto se vincula aquí con la intuición de valorar las cualidades de cada organismo, en tanto parte de su constitución biológica para el florecimiento. Es por ello que se tata de conciliar las concepciones holistas de la naturaleza reconociendo la unidad y el equilibrio biótico planetario, junto con una ecología de la biodiversidad traducida en pluralidad de necesidades e intereses de organismos muchas veces en conflicto.
En los últimos capítulos se tienen en cuenta las lógicas de la consideración moral encaminadas a articular la ética del cuidado con el pensamiento ecologista. Se parte de pensar el cultivo de la sensibilidad ético-ecológica por medio del uso de narrativas tejidas en alusión a encuentros con un otro ajeno a la condición humana. Se perfilan, además, contrastes conceptuales y elementos de análisis cercanos entre enfoques ecofeministas y la perspectiva de un humanismo ecológico. Cuenta especialmente el intento de trazar un horizonte de diálogo entre concepciones ecológicas crítico-sociales interesadas en recuperar las capacidades empáticas y las emociones morales en la construcción de inclusión, justicia y solidaridad en el contexto de una comunidad biótica.
Finalmente se defiende la idea de un humanismo ecológico, basado en la recuperación de los sentimientos morales y estados emocionales, para pensar la ampliación de las fronteras de la consideración moral, buscando superar con ello una concepción restrictiva de su dinámica y objeto de interés dentro de los límites de la comunidad de agentes autónomos y racionales. También se anexa una adenda con el propósito de presentar de forma sintética los principales argumentos en contra de los alcances de la tradición de los sentimientos para pensar la consideración moral más allá de la comunidad ético-política. Se sostiene, frente a tales críticas, la perspectiva de las disposiciones ético-afectivas, al ser una concepción adecuada para asumir una ética del encuentro con la naturaleza.
Este trabajo tiene su germen en cursos de pregrado como “Desarrollo humano desde la sensibilidad ética y ecológica” y “Ética ambiental”, diseñados y ofertados en la Universidad Autónoma de Occidente a partir de los años 2005 y 2007 respectivamente. Elaboraciones conceptuales posteriores condujeron a elaborar un apartado sobre “Ética y cuidado de la vida” en el libro Aproximación a la Ética, publicado en 2012. Desde esta trayectoria reflexiva se presentó el proyecto “Fronteras de la consideración moral: disposiciones ético-afectivas y encuentro con la naturaleza”, en el marco del Doctorado en Filosofía de la Universidad de Antioquia. El presente libro recoge algunos apartados revisados y ajustados, resultado de dicha investigación, con el propósito de presentarlos de manera fluida a un público amplio.
Poppy Field (Giverny), 1890-1891
Claude Monet
© Public Domain Designation
Una manera de asumir estima y respeto por la naturaleza consiste en adoptar perspectivas biocéntricas inspiradas en una concepción teleológica de los organismos. En este capítulo se pretende mostrar cómo las concepciones biocéntricas pueden articularse con el cultivo de virtudes y de disposiciones ético-afectivas vinculantes en el contexto de una comunidad ecológica. Esta comunidad está configurada por una multiplicidad de organismos con bienes y fines particulares interdependientes. Se trata de bienes y fines que se significan moralmente al dinamizar en el ser humano disposiciones empáticas y sentidos de la responsabilidad, incluso hacia seres con características más allá de la animalidad.
De este modo, se apuesta por un marco de comprensión de la consideración moral hacia los animales no humanos, las plantas y los ecosistemas, articulado al despliegue de disposiciones ético-afectivas en función de la valoración de necesidades, intereses, bienes y capacidades sin limitarse a la cercanía cognitiva, biológica o social con la condición humana. Tal concepción ética, con un horizonte amplio de aplicación, parte de asumir positivamente el potencial humano para identificar un abanico de cualidades dignas de estima. A su vez, esto contribuye con el cultivo de virtudes pasivas (evitación de daño y maltrato) y activas (cuidado y protección) del carácter vinculadas con sentimientos de simpatía, benevolencia y justicia hacia organismos no humanos.
La perspectiva de Goodpaster
La consideración moral en función del cultivo de disposiciones empáticas y de virtudes del carácter se centra en atender el florecimiento, la vulnerabilidad y la necesidad. Esto se traduce en la valoración del despliegue de la vida de los organismos y en aceptar en ellos cualidades dignas de estima y respeto. Los enfoques biocéntricos coinciden con esta perspectiva al concebir la responsabilidad a partir de la estima de las variadas propiedades de un ser, sin restringirla a la expresión de elaborados procesos cognitivos o de experiencias de agrado y desagrado propios de los animales no humanos más evolucionados. No obstante, si el interés por cada organismo se adopta por su calidad de ser viviente, resulta imprescindible introducir un criterio diferenciador para discernir sobre cualidades específicas dignas de mayor o menor consideración, en caso, de conflictos asociados al desarrollo y bienestar de cada ser. De esta manera, una concepción amplia de la aplicabilidad de los sentimientos morales podría articularse con tales enfoques, presuponiendo la relevancia de disposiciones afectivas y emociones ético-ecológicas para rechazar abusos y actos desconsiderados hacia cualquier organismo habitante del planeta. Una perspectiva de análisis para extender la consideración moral hacia animales no humanos, plantas y árboles la presenta Goodpaster al reconocer en ellos centros teleológicos de vida3.
El biocentrismo de Goodpaster retoma las preguntas formuladas por Warnock en lo que concierne a la condición a cumplir para asignar relevancia moral a un ser, y para que este tenga derecho a ser considerado por los agentes racionales (Goodpaster, 2004, p. 147). Para intentar responder a estos cuestionamientos, Goodpaster señala que el criterio de la consideración moral hacia seres no humanos no es la sensibilidad (la capacidad de experimentar placer o dolor), como pretende el utilitarismo, o el tener real o potencialmente ciertos intereses, sino que el principal criterio de la consideración moral es reconocer el principio de la vida, esto es, la condición de estar vivo4. Aceptar este punto de partida no implica asumir la defensa de derechos en todo ser viviente, pero sí conduce a valorar actitudes y exigencias orientadas a respetar en sentido práctico diversas manifestaciones de vida. En otras palabras, considerar moralmente a organismos no humanos significa asumir variadas maneras básicas de respeto práctico, sin necesidad de aceptar siempre derechos en el agente o el ente de la consideración (Goodpaster, 2004, p. 148).
A partir de esta propuesta resulta claro apreciar cómo es posible distinguir varios grados de importancia moral en cada forma de vida y, no obstante, aceptar en todas ellas un merecimiento de consideración en sentido ético5. Es decir, pueden existir seres con mayor o menor relevancia moral, pero todos ellos merecen ciertos mínimos de respeto por la vida misma que sustentan. Este aspecto sensible de la argumentación será usado, precisamente por Callicott (1998), para criticar el enfoque biocéntrico por cuanto podría conducir a una ética tradicionalista centrada en dar mayor relevancia moral al agente racional y, por ende, prioridad a sus intereses. Pero Goodpaster está lejos de pretender fundamentar una jerarquización de valor en las formas vivientes, intenta justificar diversas maneras de consideración sin pretender el desarrollo de un modelo reflexivo orientado a evaluar variados intereses en seres vivientes en caso de conflictos, su punto de partida es aceptar situaciones adversas en la relación entre humanos y organismos no humanos, es decir, dilemas en contextos específicos en los cuales se recrea la acción ética.
En su propósito de elaborar un marco de referencia de carácter normativo para justificar distintas formas de consideración moral, Goodpaster distingue la consideración moral operativa de la regulativa. La primera está restringida por la sensibilidad del agente racional para apreciar necesidades e intereses, es condicional; a diferencia de la segunda, la cual se justifica en los siguientes términos: “Si se puede defender en todos los terrenos independientes de la operatividad que X sea digno de consideración moral, diremos que esta dignidad es regulativa.” (Goodpaster, 2004, pp. 153-154). Según esto, la condición de tener vida es una razón necesaria y suficiente para expresar consideración moral hacia un ser. Manifestar vida resulta un criterio normativo al imponer límites en la relación con cualquier organismo no humano, de manera análoga a como el reconocimiento de la dignidad humana exige un accionar consecuente con dicha estimación. La paradoja de esta concepción se revela cuando la pretensión de una consideración categórica entra en conflicto con sus posibilidades de aplicación. Goodpaster deja de prestar atención a las innumerables gradaciones de la complejidad de los organismos vivientes y a la idea de una dinámica evolutiva establecida en el domino y aprovechamiento de unos organismos sobre otros.
Goodpaster dirá que el problema de aceptar sus postulados no obedece a la falta de fundamentación, se explica más bien por la ausencia de nuevos valores de referencia de la sociedad: “[…] existe una afinidad no accidental entre la concepción que una persona o una sociedad tiene del valor y su concepción de lo que es digno de consideración moral” (Goodpaster, 2004, p. 163). Si los valores predominantes en una sociedad son de naturaleza hedonista, no resulta extraña la dificultad para apreciar valores más allá de lo instrumental o con fines de utilidad. Se requiere una revolución en la conciencia ética de buena parte de los miembros de las sociedades actuales para esperar un interés generalizado en ampliar la esfera de la consideración moral hacia seres no humanos, con sus implicaciones inherentes en el terreno de la legalidad y, sobre todo, en el de los hábitos, actitudes y formas de reconocimiento de las expresiones de la vida.
En este modelo de biocentrismo, la consideración moral por un organismo se traduce en el respeto por el potencial de la vida autorregulada. También se vincula con la comprensión de la complejidad de la organización de lo viviente en función de su integración y reacciones al medio ante la presión hacia una mayor entropía. De este modo, reconocer un ser vivo, entender la vida objeto de consideración, pasa por identificar características centrales en su funcionalidad:
[…] la marca típica de un sistema vivo […] parece ser su estado persistente de baja entropía, sostenido mediante procesos metabólicos de acumulación de energía, y mantenido en equilibrio con su ambiente por medio de procesos de retroalimentación homeostática. (Goodpaster, 2004, p. 165)
Desde este punto de vista, la consideración moral se podría extender hasta los biosistemas mismos, si se logra demostrar que son organismos vivos en el sentido antes señalado. Un aspecto importante en el biocentrismo de Goodpaster será entonces la elaboración de una ética ambiental centrada en el cuidado y sostenimiento de la vida, aceptando por un lado diversos conflictos de intereses y, por el otro, la posibilidad de apostar por la búsqueda de equilibrios atendiendo a la interdependencia de todo sistema biótico.
Ante la cuestión de si la naturaleza tiene intereses, Goodpaster señala que toda criatura expresa sus necesidades con diversos fenómenos verificables, lo cual permite tomar decisiones en interés de otros o en nombre de otros6. Un césped requiere agua cuando sus pastos y el suelo revelan sequedad. La práctica de una ética biocéntrica implica, por tanto, cultivar sensibilidad y conciencia ecológica e intentar adoptar actitudes de cuidado y protección, además de prácticas nutricionales, científicas y médicas orientadas al respeto por la vida, tal como lo exige la consideración moral regulativa.
Goodpaster indica además, frente al argumento de la inevitabilidad de sacrificar vidas no humanas por razones de subsistencia o de los modelos de desarrollo imperantes, la importancia de dilucidar cuáles son realmente las necesidades humanas básicas en tanto existen incluso límites en la consideración operativa de los seres vivos. Matar gratuitamente es poco común en la naturaleza, el ser humano rompe este orden al hacerlo indiscriminadamente y niega con ello el valor de su propia vida, aunque su condición de organismo funcional no lo aleja mucho de la situación de dependencia y fragilidad de otros seres.
Así, la cuestión de los límites en la relación con lo viviente apela al uso de la racionalidad ética en su doble aspecto: el prudencial y el categórico. El primero se refleja al momento de medir afectaciones individuales y sociales al establecerse una relación instrumental con organismos no humanos y con el entorno natural. El segundo se manifiesta en la exigencia de compromisos y responsabilidades por parte de todo agente moral, atendiendo al valor inherente -no intrínseco-7 de cualquier ser viviente.
El enfoque de Goodpaster promueve la estima por las funciones vitales de cada organismo. Estas se entienden en relación con la satisfacción de necesidades básicas, aunque no exista una mediación consciente de su persecución, son asumidas por el ser humano en términos del interés de cada organismo por florecer. Se trata de una extrapolación de nociones morales significadas por la interacción humana a la condición de organismos no humanos. De esta manera, la identificación de demandas y bienes en ellos lleva aparejada la exigencia de respuestas. Esto vincula moralmente al agente racional al verse responsable de asumir actitudes y acciones de interés o indiferencia ante la suerte del ser demandante.
Los enfoques de Rolston y Taylor
El planteamiento de Goodpaster sobre lo inaplazable de precisar la concepción de lo viviente para superar al menos teóricamente lo difuso de sus márgenes distintivas con lo abiótico es compartido por Rolston. Este último enfatiza en la importancia de una ética ambiental reconocedora del respeto por toda expresión de vida, sentiente o no, para superar con ello la frontera divisoria entre la zoología y la botánica (Rolston, 2003). En este sentido, interpreta la vida en términos de sus posibilidades de apertura al mundo circundante8:
Un organismo es un sistema espontáneo y automantenido que se sostiene y se reproduce, ejecuta su programa, se abre un camino a través del mundo, verifica su desempeño mediante capacidades de respuesta con las que mide su éxito. Puede habérselas con las vicisitudes, oportunidades y adversidades que el mundo le presenta. Dentro de todos los organismos opera algo más que causas físicas –aun cuando no lleguen a tener la experiencia de sentir-. Hay información que dirige las causas; sin ella, el organismo se desplomaría. Esta información es un equivalente moderno de lo que Aristóteles llamó causas formales y finales; da al organismo un telos o fin, una especie de meta (no consciente). Los organismos tienen fines, aunque no siempre se propongan fines. (Rolston, 2004, p. 77)
Desde una ética apoyada en la biología es posible justificar la consideración moral hacia seres no sentientes. Esto permite entender a los organismos como centros teleológicos de vida9, con intereses no conscientes de desplegar y perpetuar sus propios procesos vitales. Para intentar explicar la idea de intereses no conscientes por parte de organismos no sentientes, comparados con el grado superior de sensibilidad experimentado por los mamíferos, Rolston recurre a un argumento apoyado en el modus operandi del organismo como entidad biológica:
[…] el organismo es un sistema axiológico y evaluativo. Así, el roble crece, se reproduce, repara sus heridas, y se resiste a la muerte. El estado físico que el organismo busca, idealizado en su forma programática, es un estado que él mismo valora. El valor está presente en el mero hecho de lograr alcanzarlo. Vital parece, en este caso, una palabra más adecuada que biológico. No nos estamos refiriendo simplemente a un individuo que defiende su vida solitaria sino a un individuo que ha logrado adaptarse en el ecosistema en que se ubica. Sin embargo, queremos afirmar que el individuo vivo, tomado como un punto-experiencia en la red de vida interconectada es, per se, un valor intrínseco. (Rolston, 2004, p. 78)
El valor intrínseco de cada organismo parte de reconocer su capacidad de desplegar su propia realización. El bien particular de los organismos se asocia, a su vez, al desarrollo de la propia especie y a la interacción con el medio que lo sustenta. La interacción es entendida por esto en términos de la retribución del organismo al entorno en forma de beneficios directos o indirectos para el medio. Por ende, puede entenderse cómo los organismos son entidades normativas (reguladas por sistemas de interacción vitales), de cierta manera independientes en el desarrollo de sus potencialidades y, por lo tanto, moralmente importantes.
Taylor sostendrá igualmente la idea de obligaciones morales hacia plantas y animales a partir de la valoración de sus capacidades vitales. Justifica esta concepción proponiendo una ética centrada en el respeto por el desarrollo de las potencialidades biológicas de cada organismo. Este despliegue vital constituirá su bien propio, su interés, así no sea consciente de ello (Taylor, 2006, p. 271). La idea de un interés por parte de un árbol solo puede pensarse antropomórficamente aceptando un curso natural de actividad en cada ser, tendiente a su pleno florecimiento. Pero no se trata de una falsa antropomorfización buscando en plantas y animales características humanas (Taylor, 2006, p. 277), sino de una valoración de capacidades en el mundo natural, de manera análoga a la forma como se asigna relevancia a cualidades dignas de estima respecto a cualquier individuo activo.
Taylor concibe las actitudes de respeto por la naturaleza como la expresión de disposiciones a proteger organismos y comunidades de vida, a adoptar compromisos en consideración a los fines de cada organismo y a “experimentar sentimientos positivos y/o negativos hacia los estados de cosas del mundo, en tanto sean favorables y/o desfavorables al bienestar de los organismos y comunidades de vida” (Sosa, 1990, p. 107). También rechaza la posibilidad de un argumento a favor de la superioridad de los humanos en comparación con otras especies (Taylor, 2006, pp. 273, 278-286). Su apelación a la distinción entre mérito y valor inherente le permite afirmar la imposibilidad de justificar una jerarquización a partir del valor inherente. El ser humano no es inherentemente superior a otros seres, su realidad ontológica está asociada a la permanencia de la propia integridad biológica como en cualquier otro organismo. Por el contrario, el mérito permite la asignación de grados y niveles según un criterio previo, de ello resulta un reconocimiento a partir de la estima (Taylor, 2006, p. 281).
Según lo anterior, los grandes simios y animales altamente inteligentes que desarrollan distintas destrezas, pueden ostentar méritos y virtudes a partir de actividades orientadas por fines conscientes o por algún grado de autoconsciencia. En contraste, las plantas y los árboles solo logran revelar por sus actividades vitales un valor inherente, no obstante, este es análogo al de cualquier animal (humano o no), en cuanto todos son organismos orientados por la persecución de un bien natural como es la autoconservación.
La distinción entre biocentrismo y holismo o entre éticas biocéntricas y ecocéntricas, se traduce en Taylor por el referente de partida al cual se le asigna propiamente valor inherente. Autodenomina a su concepción biocentrista en tanto asigna valor inherente solo al desarrollo de cada organismo. Sin embargo, nunca separa tal desarrollo de la pertenencia a un nicho biótico o de la compleja red de interacciones ecosistémicas:
Aceptar el punto de vista biocéntrico y considerarnos a nosotros mismos y a nuestro lugar en el mundo desde su perspectiva es ver la totalidad del orden natural de la biosfera terrestre como una red compleja pero unificada de organismos, objetos y acontecimientos interconectados. […] En lo que toca al bienestar de los animales y las plantas silvestres, no debe destruirse este equilibrio ecológico. Lo mismo vale para el bienestar de los humanos. (Taylor, 2006, p. 276)
Por el contrario, cuando el punto de partida es el valor inherente asignado a la totalidad del ecosistema o a la biosfera por sí misma se está ante una concepción holista. Este enfoque se traduce en un interés por los organismos en cuanto configuran la biosfera y de ellos depende el equilibrio o desequilibrio ecosistémico. La relevancia moral la tienen propiamente los ecosistemas y los organismos en tanto son parte de ellos. Una perspectiva humanista-ecológica da preeminencia a marcos explicativos desde una posición biocéntrica moderada, ya que implica comprender a los animales y a los seres con variadas manifestaciones de vida como agentes pasivos beneficiarios del cuidado y protección cuyos intereses cuentan moralmente de manera directa10. Manifestar mayor o menor vida significará atribuirle a un organismo determinado nivel de posibilidades de realización. En este sentido, las plantas no solo son seres sensibles a estímulos, son objeto de consideración moral en tanto que poseen, además de una sensibilidad pasiva, actividad y autogobierno. Se trata de cierta autonomía asociada a las facultades de germinación, plasticidad, adaptación, desarrollo e intencionalidad (Hall, 2009, pp. 173-179)11.
Según lo anterior, si bien la existencia tanto de los animales humanos como de los no humanos se sustenta en el consumo de las plantas y que, en ocasiones, es justificable erradicar plantas invasivas para asegurar la supervivencia de diversas especies y la estabilidad de un ecosistema, es posible evitar muchos actos desconsiderados de violación de la autonomía de plantas no usadas para la alimentación u otras necesidades primordiales (Hall, 2009, p. 180). Considerar la autonomía de las plantas se traduce en velar por su integridad acatando márgenes de acción restringidos, incluso respecto a su uso ineludible en orden a la responsabilidad también por la sobrevivencia humana, la de especies animales, o el equilibrio de un sistema ecológico. El reconocimiento de la vida en cada organismo amerita, en síntesis, diversas maneras de consideración de cara a sus necesidades y bienestar definidas por el criterio de la comprensión sobre lo constitutivo de su florecimiento y direccionalidad12. De esta manera, la respuesta a la pregunta por qué es vivir puede ser relevante para definir a quiénes se dirige la consideración moral, además de ser importante para asignar valor inherente a seres estimados como vivientes.
Esto abre la vía para aceptar responsabilidad y acciones prudenciales en el encuentro con organismos complejos distintos a los animales no humanos, ya que las dinámicas vitales y sensaciones de cada organismo representan capacidades de desarrollo inherentes y también basadas en interacciones y dependencias. Estas capacidades ameritan ser atendidas y protegidas en la medida que su sostenimiento representa la integridad de cada organismo y la de aquellos con los cuales se relaciona, hasta involucrar la estabilidad misma de un ecosistema.
El universo de la consideración moral aceptada aquí incluye minerales, suelos y formas incipientes de vida microorgánica y vegetal, ya que son necesarios para el sustento de plantas muy organizadas y de animales humanos y no humanos13. Se enfoca básicamente hacia la expresión de vida semicompleja o compleja caracterizada por el despliegue de actividades vitales. La fuerza pulsional de individuos desarrollados se manifiesta en múltiples formas de sensibilidad y/o consciencia. Aunque estas son cualidades susceptibles de consideración, cabe aceptar con Rolston que cualquier intento de justificar la ética ambiental asumiendo una concepción biocéntrica involucra al menos dos tipos de riesgo: el primero consiste en explorar terrenos desconocidos con intuiciones difíciles de fundamentar y suscitadoras de escepticismo en humanistas conservadores, reacios a los intentos teóricos de reevaluar el campo tradicional de la consideración moral; el segundo es el reto de posicionarse frente a los paradigmas de la biología o la ecología. Ello exige disposición para incluir en la reflexión moral juicios valorativos surgidos de la comprensión del trabajo de la naturaleza para sostener la vida por millones de años y conducirla hacia formas de expresión cada vez más complejas.
En las concepciones biocéntricas resulta infortunada la ausencia de articulación entre la consideración moral y las disposiciones afectivas. Si la sanción moral interna o externa respecto a la relación con los animales y las plantas depende de concebir en ellos cualidades dignas de estima, esta sanción contribuye con la expresión de emociones de indignación, ira, alegría o esperanza; y de sentimientos de benevolencia, respeto, empatía y justicia referidos a su situación. Los intentos por justificar consideración moral hacia organismos no humanos y, por su mediación, a comunidades bióticas, se han centrado en defender la relevancia de cualidades dignas de estima, dejando en un lugar olvidado la función de emociones ético-ecológicas para configurar el universo de la consideración.
En adelante se sostendrá cómo los biocéntrismos de Goodpaster, Taylor y Rolston14 pueden dialogar con la ética de la Tierra propuesta por Leopold, involucrando el papel de sentimientos morales y disposiciones afectivas en el encuentro con la naturaleza y su articulación con el cultivo de virtudes ecológicas del carácter. Algo diferente se dirá sobre la ética ecosistémica de Callicott, ya que si bien se interesa en los sentimientos morales, con su pretensión holista desvirtúa en cierto modo el legado de Leopold. Uno de los retos epistémicos frente a este último escenario, consiste en cuestionar si la apreciación de un valor intrínseco en especies animales y ecosistemas representa un paso realmente indispensable para manifestarles consideración moral.
Poppy Field (Giverny), 1890-1891
Claude Monet
© Public Domain Designation
Asumir la consideración moral hacia la naturaleza introduce la relevancia del encuentro para nutrir con contenido valorativo contextual la ampliación de las fronteras de la ética; lo que suele denominarse el interés extensionista. Callicott usará dicha expresión para criticar enfoques con pretensiones de dar cuenta de exigencias morales hacia animales no humanos y plantas, atendiendo una tradición ética pensada para asumir los retos de la interacción humana. En contraste, apela a la noción de comunidad ecológica para pensar la normatividad ética en un escenario de interdependencia de animales humanos y no humanos, bosques, ríos y ecosistemas, tal como lo entendía Leopold.
En efecto, la ética de la Tierra de Leopold se traduce en un escenario de relaciones asimétricas donde operan sentimientos de respeto ante el encuentro con organismos y macroorganismos frágiles, dependientes y demandantes de atención. Pero a diferencia de lo señalado por Callicott, en este capítulo se intenta mostrar lo contradictorio de asumir la consideración moral hacia la naturaleza en función de un holismo ecológico. Igualmente, se argumenta sobre el contrasentido de una nueva ética basada en los denominados intereses de los ecosistemas y en valores no antropocéntricos. En cambio, se defiende la recuperación del vínculo entre juicio, sentimiento y actitud como concepción humanista. Esto conduce a pensar la ética ecológica15 distinguiendo el antropocentrismo del humanismo, señalando cómo este último exige atender las condiciones de bienestar de grupos y especies no humanas.
Comunidad biótica y disposiciones afectivas
En las propuestas biocéntricas, el criterio para la consideración moral es la expresión en cada organismo de actividades vitales propias de su autoconservación y florecimiento. Se perjudica directamente a árboles o plantas cuando se les priva del proceso de sostener su vida, así carezcan de experiencias emocionales y deseos. Lo anterior sustenta la exigencia de consideración moral hacia todos los seres vivos, una condición de inclusión basada en la responsabilidad y el deber hacia ellos. En las perspectivas de Rolston y Taylor, el desarrollo de cada ser viviente se relaciona con perpetuar su especie y con la interacción16 o dependencia entre individuos y grupos con su hábitat. De este modo, pensar en términos de un despliegue teleológico de la vida exige valorar y atender los suelos, valles, ríos y mares en los que se desarrolla cada organismo y su especie17. Esta concepción de la interdependencia biótica tiene sus raíces en el legado de Leopold al cuestionar la tradición ética, caracterizada por dar cuenta solamente de las relaciones interpersonales y de la estabilidad social18. Este autor contribuye a pensar una ética ineludible para la época actual al descentrarla del individuo y de la sociedad, y articularla con la idea de obligaciones hacia la tierra, las plantas y los animales buscando superar una racionalidad estrictamente económica con el mundo natural (Bellver, 1997, p. 255)19.
Leopold entiende la ética desde la ecología relacionándola con “una limitación de la libertad de acción en la lucha por la existencia” (Leopold, 2004, p. 25). Se introduce una categoría cultural normativa frente al orden natural del derecho del más fuerte y apto. La restricción de la libertad conduce a la exigencia de evaluar los efectos del propio comportamiento sobre otros, de lo que resulta un mayor campo de actividad para el carácter y el cultivo de virtudes al extenderse la frontera de la consideración moral hacia un amplio universo de posibles afectados o beneficiados con la acción. Históricamente, el criterio ético para limitar la libertad de acción sobre otros se ha extendido desde privilegiar la competencia para el logro del bienestar individual, hasta ir abarcando una esfera de atención y responsabilidad centrada en individuos ajenos a la propia comunidad. El sentido moral de la cooperación deja de circunscribirse a la familia, al clan y a la nación para abrazar ideales cosmopolitas y deberes hacia organismos no humanos.
Leopold interpreta la extensión de la consideración moral como producto de la evolución biológica y social. Por lo tanto, le resulta ineludible la conquista de la siguiente frontera, la inclusión de seres no humanos en una estructura social ética basada en el cuidado y la responsabilidad: “La ética de la tierra simplemente amplía los límites de la comunidad para incluir suelos, aguas, plantas y animales, o colectivamente: la tierra” (Leopold, 2004, p. 27). Dicha ampliación responde a una dinámica de cooperación de forma asimétrica por cuanto la reciprocidad no se da en un mismo nivel ni entre iguales: descansa en la interdependencia de la comunidad biótica, lo que Leopold llama simbiosis. Los suelos, las aguas, las plantas y los animales tendrían derecho a seguir existiendo aunque en muchos casos sea imposible evitar su uso, manejo o alteración. Este derecho parte de la concepción naturalista de la especie humana: el Homo sapiens es un simple miembro de la tierra-comunidad, de tal manera que le debe respeto a sus compañeros-miembros y a la comunidad misma (Leopold, 2004, p. 27). Asumir socialmente y con coherencia esta realidad se logra con la transformación interna de un gran número de personas, cambio promovido por un saber humanista orientado hacia el desarrollo de conciencia ecológica en cada individuo:
Nunca se ha logrado un cambio importante en la ética sin un cambio interno en nuestras prioridades, lealtades, afectos y convicciones intelectuales. La prueba de que la conservación todavía no ha tocado estos fundamentos de la conducta radica en el hecho de que la filosofía y la religión todavía no se han ocupado de ella. (Leopold, 2004, pp. 31–32)
Leopold es claro al enfatizar que “la evolución de una ética de la tierra es un proceso tanto intelectual como emocional” (Leopold, 2004, p. 44), pues depende del desarrollo de la conciencia ecológica de individuos y de comunidades (su acogida en forma de aprobación social), así como del ensanchamiento de la frontera de la ética entendida desde su evolución ecológica, es decir, como resultado de la regulación de una libertad natural inclinada a la competencia. A la ausencia de una racionalidad ambiental en la cultura occidental se le suma la subvaloración de la sensibilidad en el desarrollo de habilidades morales. Leopold intentará recuperar una relación entre racionalidad ecológica y sentimientos partiendo de una idea intuitiva: “Solo alcanzamos a ser éticos en relación con algo que podamos ver, sentir, entender, amar, algo en lo que tengamos fe de alguna forma” (Leopold, 2005, p. 145).
Leopold no se pregunta por la posibilidad de reconocer un valor intrínseco en organismos no humanos. No obstante, rechaza la idea de asignarles un mero valor instrumental por cuanto son miembros de la comunidad biótica. El derecho a la existencia por parte de ríos, árboles y animales se explica por su papel en el funcionamiento correcto de la biota20; por el reconocimiento de la interdependencia entre los miembros de la comunidad biótica, sus simbiosis; así como por la diversidad y belleza que manifiestan, más allá de su utilidad para fines específicos establecidos por el ser humano21. La ética de la tierra expresa el espíritu del conservacionismo al sostener como imperativo moral la responsabilidad individual por la salud de la tierra, es decir, por asegurar su capacidad de renovarse por sí misma (Leopold, 2004, p. 40)22.
La tierra posee un valor superior al económico y es digna de respeto, amor y admiración (Leopold, 2004, pp. 42-43) ya que es condición de posibilidad de toda actividad humana y no humana. Una ética de la relación adecuada con la tierra se orienta por el siguiente principio: “Algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biótica; es incorrecto cuando tiende a lo contrario” (Leopold, 2004, p. 43). El individuo humano es un habitante más de la Tierra pero está obligado, por su condición de agente moral, a velar por animales, plantas, aguas y suelos. Su inserción en una comunidad ecológica le exige igualmente atender los intereses de cada organismo en función de su pertenencia a una especie y a un ecosistema. La noción de interdependencia es necesaria para comprender el desarrollo de la conciencia ecológica anclada a la idea de que las especies y pobladores de la tierra ocupan un lugar en el mantenimiento de un sistema ecológico piramidal, dinámico y equilibrado. Muchos de los elementos de este sistema no tienen un valor económico ni de uso, simplemente deben ser respetados y apreciados por lo que representan para el sistema mismo:
La falta de valor económico es, muchas veces, una característica no solo de ciertas especies o grupos, sino de enteras comunidades bióticas: pantanos, ciénagas, dunas y “desiertos” […] Si el propietario privado tuviese una mentalidad ecológica, se sentiría orgulloso de custodiar una razonable proporción de esas zonas, que añaden belleza y diversidad a su granja y a su comunidad. (Leopold, 2005, p. 143)
La pirámide biótica representada por Leopold identifica las necesidades y los hábitos de consumo de cada miembro de la comunidad biótica. Existen complejas cadenas de dependencia alimentaria sustentadas en la competición y en la cooperación en algunos niveles de la pirámide. Así, de los suelos, las plantas y los insectos depende la subsistencia de organismos más complejos como los pájaros, roedores, ardillas, mapaches, osos, seres humanos y grandes carnívoros (Leopold, 2005, pp. 145-146). Cada especie de la pirámide biótica es un eslabón en la cadena de flujo de energía y por ello la disminución o extinción de una de ellas afectará a las demás. El interés conservacionista se entiende, de este modo, en términos de evaluar la intervención sobre algunos organismos o especies para garantizar el sostenimiento de los demás miembros de la pirámide en cualquier nivel de dependencia. La práctica de la caza puede ser moralmente justificable atendiendo la estabilidad de la pirámide biótica y la supervivencia de grupos humanos y no humanos en un contexto específico. Ella es legítima en ciertas épocas del año, usando métodos adecuados y prudenciales para minimizar el sufrimiento de la víctima y los efectos colaterales en los miembros de su familia o comunidad.
La ética de la tierra se dirige a garantizar un continuo flujo de la energía a través de toda la cadena biótica. La atención y asistencia hacia un grupo de organismos no solo se basa en la búsqueda de su beneficio, la adopción de acciones pretende repercutir de forma indirecta en el bienestar de otros seres. Leopold concibe un propósito en cada organismo y especie, por ello, la cuestión de si existe o no un valor inherente en los pobladores no humanos de la tierra es, en últimas, irrelevante. La consideración moral hacia la naturaleza se basa centralmente en comprenderla como un circuito de energía (Leopold, 2005, p. 151), una cadena de interdependencia energética en todo proceso individual y colectivo de nacimiento, crecimiento y muerte:
La tierra, entonces, no es únicamente suelo; es una fuente de energía que fluye a través de un circuito de suelos, plantas y animales. Las cadenas alimentarias son los canales vivos que conducen la energía hacia arriba; la muerte y la putrefacción la devuelven al suelo. El circuito no está cerrado; algo de energía se pierde en la pudrición, algo se añade del aire por absorción, algo se almacena en los suelos, las turbas y los bosques de larga vida; pero es un circuito continuo, como un fondo de vida giratorio, que aumenta con lentitud. (Leopold, 2005, pp. 146-147)
La irrupción desconsiderada sobre los procesos vitales de la tierra se traduce actualmente en el extractivismo industrializado y en el uso de transgénicos a favor del monocultivo, violentando la estrecha relación entre suelos, ríos, bosques y especies animales. Superar el déficit de reacción social frente a las consecuencias negativas de modelos de desarrollo como estos involucra el cultivo de virtudes ciudadanas y emociones ético-ecológicas, reflejo de la capacidad de los individuos para comprender y sentir moralmente la interdependencia. En otros términos, la ausencia de reacción ante el debilitamiento y los desequilibrios de la biocenosis son expresión de un incipiente desarrollo colectivo de conciencia ético-ecológica23, caracterizada por comprender el valor de cada organismo en función de su interdependencia con otros. Es por ello que no se trata de una conciencia holista según la interpretan la ética ecosistémica de Callicott y la ecología profunda de Naess, ya que el flujo de energía a sostener en la comunidad biótica se dirige finalmente a garantizar el bienestar de individuos estrechamente ligados.
El despliegue de sentimientos morales y disposiciones afectivas solo puede pensarse a partir del encuentro con organismos en particular. El sentimiento de respeto por la tierra es realmente una consideración de las redes tejidas entre individuos de grupos y especies. La valoración moral de suelos, ríos, mares y bosques se da en relación con su papel para mantener los equilibrios de la vida y para mediar en los dinamismos de los flujos de energía entre miembros de un ecosistema. En este sentido, el desarrollo de sentimientos morales y de virtudes ecológicas del cuidado es una cuestión relacional. Por ello, un humanismo ecológico toma distancia de los holismos de Callicott y Naess, asumiendo el potencial de las perspectivas biocéntricas para desplegar una ética del encuentro.
Ética ecosistémica y sentimientos morales
Para Callicott, los biocentrismos dificultan la aplicación de la teoría ético-ambiental al pretender asumir compromisos y responsabilidades hacia un vasto universo de organismos. Si cada ser viviente es objeto de consideración moral, se diluye la idea de una categoría moral universal para limitar el accionar humano frente a la naturaleza en su conjunto; según esto, habría también ausencia de criterios para otorgar mayor consideración a unos individuos en detrimento de otros; es decir, los intereses de todo organismo resultan válidos y en caso de conflictos se desatiende el valor superior del equilibrio del ecosistema o de la biosfera, en tanto se resalta el valor intrínseco de cada ser viviente.
La pretensión biocéntrica de jerarquizar cada organismo por su nivel de complejidad, funcional o psicológica, y por sus intereses vitales puede contribuir, en algunos casos, a tomar decisiones cuando se da la intervención humana en un hábitat. Este criterio de jerarquización no funciona cuando se sopesa entre reducir la población de un grupo de organismos y favorecer una especie en vía de extinción. En estas situaciones le resulta difícil al biocentrismo precisar el tipo de interés a favorecer y el criterio de la subordinación (Callicott, 1998, p. 134), pues cada individuo cuenta.
Callicott critica las perspectivas biocéntricas por carecer teóricamente de criterios de aplicabilidad y adecuación para afrontar crisis ambientales24. Contrasta las propuestas de Goodpaster y Rolston basadas en la atención de seres vivientes individuales, con los intereses ambientalistas centrados en las poblaciones, las especies y los ecosistemas. Lo moralmente relevante es la comunidad vital, el conjunto de los ecosistemas, la biosfera. En bosques, montañas, lagos, valles, llanuras y mares existen relaciones de dependencia entre multiplicidad de especies de fauna y flora, las cuales en su conjunto merecen consideración moral.
Los biocentrismos aceptan el valor de especies y ecosistemas en función del despliegue de vida de los organismos que los configuran. Para Callicott, estas perspectivas resultan inapropiadas para una concepción ético-ambientalista y propone por ende un enfoque ético-ecosistémico que se centra en el valor de las especies y los ecosistemas por sí mismos y asume un paradigma ecocéntrico heredero, a su parecer, de la ética de la tierra. Parte de preguntar por la pertinencia del legado de Leopold, en tanto este responde a los retos del contexto en el cual se desarrolló (Callicott, 2004a), y analiza si continúa siendo una concepción normativa adecuada para hacer frente a las crisis ambientales actuales. Su balance de la ética de la tierra es positivo por asumirla como un enfoque teórico apropiado al introducir las nociones de interdependencia y comunidad ecológica para dar cuenta de la consideración moral hacia organismos, especies y la biota. No obstante, Callicott interpreta esta mirada en términos de un holismo subordinante respecto a los intereses de cada organismo y presenta su ecocentrismo sistémico como un desarrollo de la perspectiva de Leopold.
Callicott busca asumir de forma holista la ética ambiental, expone una tensión entre el reconocimiento del valor de cada individuo y el intento de bosquejar una ética no antropocéntica, para centrarse finalmente en una teoría del valor ecocéntrica. Propone una ética ambiental moldeada por la ecología y basada en la estructura y organización de la comunidad biótica, con ello busca desprenderse de los criterios de una ética para la comunidad humana, en donde la relación con otros seres se da asumiendo una mera extensión del interés humano (Callicott, 1998, pp. 137-138). Desde su propuesta reconoce estatus moral tanto a los individuos como a la naturaleza en su totalidad, ya que si bien el ser humano es quien valora moralmente, eso no implica que solo él tenga valor moral. Si el planeta Tierra es una comunidad ecológica conformada por todos sus habitantes, le corresponde al animal humano conservarlo atendiendo a los intereses de todas las especies y ecosistemas. La mirada del valor moral de la totalidad de los seres conformadores de la biosfera conduce a un holismo ecológico en tanto son moralmente relevantes los grandes ecosistemas y la expresión integrada de la vida en el planeta. La ética ecocéntrica se debate entre el holismo ambiental, reconocedor del valor intrínseco de organismos y ecosistemas, y la importancia de definir criterios éticos para el uso diferenciado de las aguas, los suelos, las plantas y los animales. Por consiguiente, el holismo ambiental de Callicott acoge una ética de restricciones y deberes al preguntarse por las normas reguladoras de la relación cultura-naturaleza:
Una ética ambiental ecosistémica no prohíbe el uso humano del entorno; antes bien, dispone que tal uso se sujete a dos restricciones éticas: que sea, en primer lugar, holista y, en segundo lugar, individualista. Lo primero exige que el uso humano del entorno, en la medida de lo posible, acreciente la diversidad, integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. […] La segunda restricción ética (la individualista) al uso humano del entorno demanda que los árboles que se cortan para construir casas o crear tierras laborables, el sacrificio de animales para obtener alimento o vestido, etc., se seleccionen con sumo cuidado, se maten con pericia y humanitarismo, y se usen con prudencia a modo de no exterminarlos ni degradarlos. Las plantas, animales, y aun las piedras y ríos individuales que los humanos consumen o transforman merecen ser usados con respeto. (Callicott, 1998, p. 152)
Se reconoce aquí la distinción entre el orden ecosistémico y el mundo de las necesidades e intereses humanos, aunque ello no implica la legitimación de abusos y de toda suerte de relaciones impropias con la naturaleza. En otras palabras, una ética ambiental debería pensar en valores e ideales para saber transformar la naturaleza, en vez de centrarlos únicamente en la conservación (Ángel-Maya, 2001, pp. 244-245).
Una ética ecosistémica que pretende retomar las nociones morales clásicas del deber y el respeto aceptando su uso hacia organismos no humanos, ecosistemas y la comunidad biótica, postula que la naturaleza responde con reciprocidad25 a la forma como se la trata y deja de explicar la manera de incluir las nociones de respeto, deber y reciprocidad en un escenario de relaciones asimétricas mediadas por el dominio de unas especies sobre otras.
La concepción de Callicott resulta ambigua al aceptar valores intrínsecos en la naturaleza y, a la vez, adoptar una posición alejada del igualitarismo biótico26. Al aceptar compromisos morales diferenciados enmarcados en el valor de la tierra en cuanto organismo ecosistémico, reconoce variados tipos de organización y de cercanía respecto a la responsabilidad humana:
[…] en vez de anular las éticas sociales familiares, la ética de la tierra crea nuevas y menos urgentes obligaciones con nuevos seres que guardan con nosotros una relación menos estrecha. En consecuencia, están en primer lugar las obligaciones que tenemos con nuestra familia y nuestros amigos (así como los derechos humanos y el bienestar humano en general); nada de esto se ve cuestionado ni socavado por una ética ambiental ecocéntrica. La ética de la tierra nos obliga a vigilar la salud y la integridad, la diversidad y estabilidad de la naturaleza en una forma consonante con estos deberes previos para con los seres humanos y las aspiraciones humanas. (Callicott, 1998, p. 158)
Callicott propone superar el antropocentrismo y, sin embargo, reconoce la prioridad de las obligaciones morales inherentes a la interacción humana y, a la vez, indica cómo “[…] una ética ecosistémica, una ética de la tierra, no solo debería abarcar a toda la comunidad biótica, sino que sus preceptos morales también tendrían que reflejar y promover la peculiar estructura o forma de organización de la comunidad biótica.” (Callicott, 1998, p. 149). Callicott pretende una ética naturalista desconociendo conflictos morales ineludibles entre la autonomía humana, las dinámicas productivas propias de la cultura y las leyes del orden ecológico sustentadoras del equilibrio y desarrollo de organismos carentes de autoconsciencia.
La perspectiva de una ética naturalista identifica el bien de la comunidad humana con el de la naturaleza. Se trata de una racionalidad holista basada en la conservación ecológica: “[…] las propiedades formales de los sistemas naturales –orden, parsimonia, armonía y variedad- son valores objetivos e intrínsecos […]” (Callicott, 2004, p. 110), frente a los cuales toda actividad humana debiera adaptarse27. Pero una ética centrada en la adaptación socava el valor de la cultura, la creatividad y las virtudes del carácter autónomo. La insistencia de Callicott por intentar concebir valores no determinados por la condición humana, deriva en una teoría moral no antropocéntrica. Una ética fundamentada en una intuición básica: reconocer en la naturaleza un valor más allá de los intereses o gustos humanos, un valor intrínseco en todos los organismos y especies incluyendo a la humanidad (Callicott, 2004, p. 112).
Mientras la ética de la tierra concibe una pirámide biótica de dependencias para regular la consideración moral hacia individuos y especies en cada nivel, la ética ambiental ecosistémica se debate en la paradoja de atender el valor intrínseco de organismos, especies y ecosistemas y aceptar un criterio para diferenciar tal valor en caso de conflicto o de la necesidad de la intervención humana:
Una teoría del valor adecuada para una ética ambiental no antropocéntrica tendrá que dar cabida a la idea de que tanto los organismos individuales como una jerarquía de entidades supraorgánicas –poblaciones, especies, biocenosis, biomas y la biosfera- poseen valor intrínseco. Deberá otorgar un valor intrínseco diferenciado a los organismos y especies domésticas y silvestres. Tendrá que ser compatible conceptualmente con la biología moderna evolutiva y ecológica. Y tendrá que otorgar un valor intrínseco a nuestro ecosistema global actual, a sus partes componentes y dotación de especies, y no otorgar un valor igual a cualquier ecosistema. (Callicott, 2004, p. 113)
Esta concepción resulta contradictoria al defender el valor intrínseco de individuos y entidades supraorgánicas y, paralelamente, reconocerles niveles jerárquicos, lo cual impide otorgar igual valor a organismos, especies y ecosistemas. Aceptar un valor intrínseco en organismos y ecosistemas significa reconocerles igualdad en la consideración por cuanto se atribuye un estatus moral no instrumental en todos ellos. De esta manera pierde coherencia la idea de valores intrínsecos diferenciados por resultar un contrasentido. Cuando se introduce la idea del uso de animales, árboles y suelos para atender intereses humanos se desdibuja la pretensión de asignarles una categoría moral que exige respeto incondicional. Callicott expone un panorama teórico poco claro al atribuirle un valor intrínseco a la biosfera y a los ecosistemas y, a su vez, postular una jerarquización de valores intrínsecos en función de las necesidades y bienestar de organismos y especies. Por un lado, apuesta por una regulación de las acciones humanas atendiendo los intereses superiores de florecimiento, belleza y equilibrio de la tierra; y, por el otro, plantea la prioridad del bienestar del ser humano cuyo logro, casi siempre, involucra afectaciones directas e indirectas hacia el orden natural, difíciles de regular o controlar.
En síntesis, Callicott no logra desarrollar y sustentar claramente una teoría del valor no antropocéntrica por al menos cuatro razones: a) deja de abordar la cuestión de la asignación de valor como una acción específicamente humana; b) subordina la ética a la ciencia ecológica, desvaneciéndola en las márgenes del determinismo natural; c) acepta valores intrínsecos diferenciados en los organismos y en los ecosistemas, sin precisar el criterio para privilegiar unos en vez de otros; y d) desatiende los conflictos por la supervivencia, sobre todo cuando entran en escena los intereses de la sociedad, de grupos humanos en contextos distintos, o de personas en particular frente al daño de organismos o especies no humanas. Callicott tiene serias dificultades para desarrollar coherentemente una teoría no antropocéntrica del valor; sin embargo, tampoco es indispensable reconocer valores intrínsecos en la naturaleza para expresar consideración moral hacia ella. Su principal aporte para justificar consideración moral hacia la naturaleza obedece a poder vislumbrar otra perspectiva de análisis, la cual deja sin desarrollo. Se trata de la cuestión de explicar una ética ambiental asumiendo la recuperación de la tradición filosófica de los sentimientos morales (Callicott, 1999).
En efecto, Callicott menciona un enfoque de justificación de la ética ambiental no solo compatible con la biología evolutiva y la ecología, sino además con la concepción de los sentimientos de Hume retomada por Darwin. Atendiendo a la historia natural, Callicott asume el legado de la psicología moral humeana por cuanto las pasiones y emociones son capacidades animales más primitivas y universales que la razón y, por ende, representan fenómenos más plausibles para intentar explicar los orígenes de la conducta moral (Callicott, 2004, p. 114). A partir de sentimientos morales producto de la evolución biopsicosocial humana, cabe esperar en cada individuo la extensión de “sus instintos sociales y disposiciones favorables a todos los miembros de la misma comunidad (biótica) aunque difieran de él en términos de especie” (Callicott, 2004, p. 115). En otras palabras, el paso de un escenario tribal y nacional hasta alcanzar la comunidad biótica, se explica por una gradual ampliación de la consideración moral. Esto como producto de la evolución de sentimientos naturales iniciales de sobrevivencia, los cuales devienen en sentimientos morales al constituirse en factores indispensables para sostener relaciones con individuos de la misma especie, y posteriormente, con especies diferentes.
Los sentimientos morales tienen, por definición, una orientación hacia los demás; y son intencionales, esto es, no son ellos mismos valorados, ni son experimentados en ausencia de algún objeto que los excite y sobre el cual, por decirlo así, se proyectan. Sus objetos naturales no están limitados, excepto por convención, a otros seres humanos. Más bien son naturalmente despertados por nuestros semejantes que viven en sociedad (y por la sociedad misma), entre los que se pueden hallar, como en el pensamiento ecológico contemporáneo y en la representación tribal, seres no humanos y un orden social más vasto que el humano. (Callicott, 2004, pp. 116-117)
Si bien Callicott no logra fundamentar el reconocimiento de valor intrínseco en entidades naturales no humanas28, aboga por una ética ambiental basada en el evolucionismo de Darwin y en la axiología de Hume. De esta manera, intuye otra forma de sustentar el interés por extender la consideración moral hacia seres no humanos. Esto es, reconoce el papel mediador de los sentimientos morales entendidos como afecciones originariamente arraigadas en la condición humana y susceptibles de irse desarrollando en cada individuo como resultado de una evolución biopsicosocial.
Callicott dirá que la cuestión de los valores intrínsecos y su relación con la perspectiva de los sentimientos morales resulta fundamental en el desarrollo de una epistemología de la filosofía ambiental, en tanto permite superar miradas de carácter antropocéntrico cuando se abordan las relaciones con la naturaleza. Pero si bien acepta la mediación de tales sentimientos en la consideración moral hacia especies y ecosistemas, deja de caracterizarlos y de vincularlos con una racionalidad práctica con contenidos reguladores de la acción. Tales exigencias son importantes para evitar el subjetivismo moral y relegar la consideración al desarrollo espontáneo de la sensibilidad ética en individuos y sociedades. Callicott deja de lado una elaboración de la perspectiva de los sentimientos29 y al buscar recuperar el legado de la ética de la tierra, se centra en interpretarla desde la ciencia ecológica y en introducir la cuestión del valor intrínseco, lo cual le impide rastrear cómo la filosofía ecológica de Leopold involucra el despliegue de sentimientos y disposiciones afectivas básicas. Efectivamente serán estas, junto con el conocimiento ecológico, las encargadas de atender el sentido de la responsabilidad y del compromiso moral con la comunidad biótica, entendida desde el reconocimiento de las cualidades inherentes e interdependencias de los organismos que la configuran.
Poppy Field (Giverny), 1890-1891
Claude Monet
© Public Domain Designation
Las sensaciones de agrado y desagrado, junto con las afecciones de asombro e incertidumbre (generadoras de variados sentimientos frente a lo percibido como bello y sublime), pueden constituir factores importantes para asumir deberes y responsabilidades hacia animales, bosques, montañas y ríos. De esta manera, en este capítulo se argumenta a favor de la relación entre el cultivo de virtudes bióticas, entendidas como prácticas y actuaciones encaminadas al cuidado y sostenimiento de la vida planetaria, y estados emocionales surgidos de la contemplación de la diversidad, belleza y complejidad en el mundo natural. Además, se enfatiza en cómo el desarrollo de actitudes y hábitos configuradores del carácter ecológico son posibles en la medida que se afianzan, en grupos y sociedades, disposiciones afectivas de estima y aprecio hacia la naturaleza. Con relación a esto último, se destaca el pensamiento de Sandler al proponer el cultivo de la virtud en función del encuentro con una naturaleza digna de respeto. En este sentido, se sostendrá cómo el despliegue de las virtudes del carácter logra vincularse a hábitos de atención y formas de respuesta ante la identificación de fragilidades y dependencias en animales, plantas y ecosistemas.
Encuentro con la naturaleza y dinámica de los sentimientos
Callicott retoma el papel de los sentimientos morales en relación con la ética ambiental, no obstante, pretende un holismo ecológico diferente al concebido por Leopold, de ahí sus dificultades para articular ambas perspectivas. En este sentido, Callicott tampoco es coherente con su concepción del valor intrínseco y no antropocéntrico al reconocer la prioridad de los deberes familiares y sociales, propios de la condición moral humana, y al aceptar distintos niveles de obligación en la atención a los intereses de individuos, grupos y especies no humanos. Este no es el caso de la ética de la tierra en tanto la cuestión del valor intrínseco es matizada en otros términos.
Leopold piensa básicamente en función de valores inherentes en los organismos, esto es, valores vitales propios de su condición biológica. Estos están vinculados con la autoconservación, el florecimiento y el despliegue de funciones en un hábitat. Lo relevante para el pensamiento ecologista se da en el logro de una perspectiva integracionista en esta concepción: todos los organismos humanos y no humanos configuran una simbiosis, una red de dependencias dentro de un flujo de asimilación y liberación de energía, posibilitador del equilibrio de ecosistemas y de la tierra. Esta comprensión dota a la ética de la tierra de un contenido moral emocional.
Los sentimientos de respeto, admiración y benevolencia hacia la naturaleza se dirigen concretamente a las interconexiones entre organismos y especies, son ineludibles con el desarrollo de conciencia ecológica. Las virtudes bióticas o ecológicas son, entonces, las virtudes del cuidado y la conservación pensando en términos del bienestar humano y de organismos no humanos. Luchar por evitar la intervención humana con fines recreativos, científicos o industriales en amplias zonas de naturaleza virgen (aún existentes en la época de Leopold) para proteger, por ejemplo, al oso negro, constituye un compromiso moral no solo en función de la supervivencia de una subespecie, sino a favor del bienestar de múltiples seres afectados directa o indirectamente con su extinción. Se trata de una consideración moral multidimensional, enmarcada en la pirámide de la vida, pero centrada en atender organismos en situaciones específicas de necesidad o dependencia.
La articulación de disposiciones ético-afectivas con el pensamiento y activismo ecologista se ve generalmente obstaculizado por la forma en que estas son concebidas. Hargrove lo evidencia cuando tacha de metafísico el intento de retomar la concepción de los sentimientos morales de Hume para aplicarla a la ética ambiental sirviéndose del evolucionismo de Darwin. El enfoque de las virtudes le resulta una concepción más plausible para evitar cuestiones metafísicas y para explicar, a su vez, una ética ambiental a partir de sentimientos naturales y sociales íntimamente ligados al comportamiento ético (Hargrove, 2002, pp. 141-144). Fisher, por su parte, aboga por recuperar el móvil de la simpatía sin referenciarla a una concepción filosófica en particular. Simplemente es deseable desenvolverla internamente a partir de un conocimiento serio de los animales silvestres y de la naturaleza, conocimiento provisto principalmente por la etología y la biología (Fisher, 1987). De esta manera, la comprensión empática de la vida de los animales y de las interacciones entre organismos y especies resulta consecuente con la apertura hacia la ética de la tierra, sin necesidad de remitirla a una perspectiva moral específica de los sentimientos.
La ausencia de referentes conceptuales de índole moral, definidos en torno a una perspectiva de los sentimientos aplicada a la ética ambiental, impide concebir el despliegue de disposiciones afectivas según un horizonte normativo. Tal horizonte está ligado al cultivo de virtudes del carácter en función de atender la vulnerabilidad y las necesidades de individuos humanos y no humanos en el contexto de la vida social o de una comunidad ecológica. La cuestión se expresa ahora en determinar si es favorable partir de una concepción moderna de los sentimientos morales o, por el contrario, asumir otros referentes de partida acordes con la investigación contemporánea en las ciencias sociales y de la naturaleza.
Para Partridge, el enfoque de los sentimientos morales heredado de Hume y centrado en la simpatía y la benevolencia es inapropiado para una ética ambiental por cuanto este se circunscribe a la comunidad moral, esto es, a la interacción humana (Partridge, 2002, p. 23). Así, el enfoque de los sentimientos puede aplicarse a la ética ambiental pero desde una interpretación distinta.
Partridge propone recuperar una psicología no-moral capaz de dar cuenta de sentimientos naturales de asombro, tranquilidad y deleite en el encuentro con la naturaleza, propios de una dotación biológica neuronal y cognitiva (Partridge, 2002, pp. 28-30). Se centra en los sentimientos naturales en tanto le permiten explicar la motivación ética para el cuidado del medio ambiente a partir de la propia constitución física y neuronal humana, esta vincula a la especie Homo sapiens con el entorno natural del cual ha dependido por miles de años, un entorno con el que ha interactuado en un largo desarrollo evolutivo (Partridge, 2002). Partridge coincide de este modo con Hargrove cuando privilegia el pensar en términos de sentimientos naturales. Sin embargo, mientras Partridge evita la cuestión de los sentimientos morales por tener una carga valorativa asociada al encuentro entre seres humanos, Hargrove reconoce el papel de los sentimientos sociales al posibilitar la madurez de estados emocionales de consideración moral aplicables a una ética del encuentro con los animales y con la naturaleza en general. Una perspectiva de los sentimientos morales aplicable a la ética ecológica no desplaza ni pretende negar el papel de los sentimientos naturales según los entiende Partridge; por el contrario, tal mirada es coherente con la interpretación evolutiva de los sentimientos presentada por De Waal (2007): los sentimientos morales son estados emocionales ligados a juicios y a procesos de abstracción cuyo origen evolutivo se encuentra en las relaciones empáticas de cooperación y reciprocidad observadas entre los mamíferos sociales.
Barkdull es otro de los críticos del intento de asociar la tradición de los sentimientos morales con la ética ecológica, cuestiona la ética ambiental de Callicott al preguntar si los sentimientos morales, entendidos como primeras percepciones sobre lo correcto y lo incorrecto, incluyen aversión al daño de la integridad, estabilidad y belleza de la tierra, incluso sirviendo este daño a los fines del desarrollo económico (Barkdull, 2002, p. 43). Para responder a este interrogante, interpreta el ejercicio de la simpatía en dos direcciones: además de implicar buenas motivaciones, requiere de aplicación activa en el logro de resultados consecuentes con la motivación simpática. En este sentido, concluye, el promedio de las personas tendría dificultades para trasladar por analogía los sentimientos morales generados desde la interacción social hacia la comunidad biótica, en tanto las pasiones morales se suscitan especialmente a partir de la interacción y la reciprocidad. Barkdull soporta su postura tomando un referente conceptual clásico: la filosofía de los sentimientos morales de Smith, dice, es inapropiada para desarrollar incluso una moral de la compasión en tanto esta se reduce realmente al encuentro con amigos y parientes y, en casos extremos, se acepta dirigirla hacia los extranjeros en una situación calamitosa. De hecho, afirma, sus deberes de benevolencia no estaban pensados desde la concepción de una comunidad universal del género humano (Barkdull, 2002, pp. 47-48).
La dificultad para extender la simpatía natural y social de Smith hacia desconocidos y extranjeros conduce, para Barkdull, a replantear cualquier intento de justificar su manifestación respecto a la condición de animales silvestres y ecosistemas. La expresión de sentimientos morales orientados por juicios analógicos en el encuentro con animales y ecosistemas solo puede ser producto de un desarrollo histórico de disposiciones individuales y colectivas aportado por la educación, el conocimiento científico y los cambios culturales sensibles al mundo natural (Barkdull, 2002, pp. 50-51).
Barkdull y Partridge no precisan en sus análisis el criterio para catalogar un sentimiento como moral. La compasión es un sentimiento moral cuando se interpreta como disposición a participar del dolor de otro ser y a contribuir con su mitigación. Es irrelevante si el objeto de la compasión es un animal humano o no humano por cuanto el detonante central es una condición de sufrimiento reconocida en cualquier ser sentiente. La compasión también se puede dirigir hacia especies o grupos de animales no humanos cuando se identifica vulnerabilidad o un riesgo colectivo en perjuicio de su integridad y bienestar. La benevolencia, a su vez, es un sentimiento moral cuando se asocia a un juicio de consideración hacia cualidades dignas de estima. La benevolencia busca favorecer o beneficiar a cualquier organismo con un cuidado amoroso basado en la gratuidad. Lo anterior significa que el despliegue de sentimientos morales de compasión y benevolencia no depende de relaciones de simetría y reciprocidad, sino que está ligado al cultivo de virtudes del carácter en el contexto de una comunidad ético-política atravesada por una conciencia individual y social ecológica.
También cobra sentido pensar en términos de emociones y virtudes ecológicas desprendidas de la apreciación estética de la naturaleza y del respeto que ello infunde. De hecho, Smith establece cierta relación entre el juicio ético y el estético, lo que abre la vía para el cultivo de sentimientos y emociones atentas a los intereses y necesidades de animales próximos a la vida social humana. Ciertamente, la teoría de los sentimientos morales de Smith se enmarca en un escenario de convivencia y de regulación recíproca de actitudes y comportamientos. Pero Barkdull se apresura al concluir sobre la inoperancia de tales sentimientos, al menos en la relación con los animales, desconociendo la habitual interacción social con muchas especies domésticas. Algo similar ocurre en la perspectiva de Hume (2005) cuando por medio del juicio analógico identifica cualidades dignas de estima incluso en animales silvestres. Hume reconoce una estrecha semejanza entre los procesos cognitivos de humanos y animales, por ello interpreta el comportamiento de algunos animales en términos de virtudes análogas a las expresadas por el ser humano. La simpatía humeana es una inclinación natural reguladora del comportamiento social, pero con potencial para operar en el encuentro con los animales, deviene en un sentimiento normativo exigente de respeto y consideración en función de la admiración y sensibilidad hacia seres muy similares a los humanos.
Extender la consideración hacia seres no humanos con base en sentimientos morales también parte de comprender los nexos vinculantes entre todos los organismos habitantes del planeta. En la comunidad ecológica de Leopold la ampliación de la responsabilidad ética es resultado de la evolución biológica y social de la razón y los sentimientos. La cuestión de la reciprocidad y del valor intrínseco es irrelevante al momento de tejer una comunidad entendida desde relaciones asimétricas. En esta, seres y especies no humanas son incluidos en el universo de la consideración moral con la mediación de sentimientos básicos susceptibles de ser desplegados y cultivados para acoger variadas manifestaciones de vida. Callicott así lo entendió cuando concibe los sentimientos morales como un producto natural de la interacción social, pero dirigibles hacia seres no humanos al suscitar algún interés. Infortunadamente, Callicott se aleja de la mirada de Leopold introduciendo la cuestión del valor intrínseco en términos holistas, de ahí su dificultad para articular su concepción de los sentimientos morales con su ética ecosistémica.
La simpatía moral está lejos de basarse en un holismo o en contenidos de valor establecidos a priori, parte del encuentro con los organismos y se liga a juicios de valor formulados atendiendo a un contexto y a condiciones de existencia específicas. La posibilidad de una ética de la tierra, ligada a la simpatía y a una teoría general de los sentimientos morales, implica considerar la dificultad para adaptar una concepción empírica del desarrollo de tales sentimientos con una concepción ética ecológica con pretensión de ser objetiva y normativa. También reta a estimar el desenvolvimiento de la conciencia subjetiva de una ética de la tierra, pues resulta un logro por alcanzar en la mayoría de las personas y sociedades. El conocimiento ecológico y la educación ético-ambiental juegan por ello un rol importante.
Con la apelación a los sentimientos naturales, Partridge pretende separar el tejido social de los sentimientos morales de su potencial para constituir vínculos de atención y cuidado presentes en la noción de comunidad ecológica. Esta representación niega la permeabilidad entre ambos escenarios y asume la ética ecológica desde un determinismo naturalista. No obstante, las inclinaciones naturales encargadas de favorecer la evolución de los animales humanos y no humanos y su adaptación a distintos ambientes son, por sí mismas, insuficientes para dar cuenta de la consideración en sentido moral.
La ética de la tierra plantea un sentido de la protección y el cuidado hacia plantas, ríos, suelos, mares y ecosistemas por ser la base para el desarrollo y bienestar de organismos y especies asociados por sus dependencias en términos de intercambios de energía. La representación de un individuo o grupo de organismos, en función de su dependencia hacia otros y de su vulnerabilidad, plantea exigencias de índole moral no resueltas con la mera apelación a sentimientos naturales de empatía y cuidado.
En el contexto de una ética de la tierra, los dilemas morales del conservacionismo exigen conocimiento y sensibilidad junto a un profundo sentido de la responsabilidad respecto a la incidencia de unos organismos y especies en otros, en un hábitat específico alterado por el accionar humano. Los sentimientos morales vinculados al juicio ético, al cultivo de virtudes ecológicas y a la comprensión del funcionamiento de los ecosistemas y de las necesidades del animal humano y no humano contribuyen a constituir, por ende, una perspectiva ecológico-humanista de la responsabilidad y la acción prudencial. Esta es una postura contrapuesta a la idea de disolver la moralidad de las acciones bajo el criterio del naturalismo pretendido por Partridge. Este humanismo se despliega a partir de una ética afectiva y por ello postula un escenario de encuentro cordial con los animales y la naturaleza, igualmente dialoga con concepciones animalistas y con perspectivas ecofeministas, asume una reflexión sobre los sentimientos morales vinculando enfoques de análisis sin desconocer el pluralismo y el antagonismo de algunas filosofías ecológicas y, por último, valora en general el universo ético-emocional de múltiples narrativas del encuentro con la naturaleza pero tomando una distancia prudente frente a ecologismos radicales.
Virtudes bióticas y disposiciones ético-afectivas
Identificar capacidades y necesidades en los animales no humanos, plantas y ecosistemas exige al menos atenderlas por medio de virtudes concretas. Pensar las virtudes en función del encuentro con los animales y la naturaleza representa un problema para la tradición filosófica. Esta plantea una restricción al ejercicio de las virtudes, debido a la consideración de una racionalidad dirigida al cultivo de los hábitos y del carácter en función de la comunidad ético-política. De igual manera, hay una despreocupación por el papel de los sentimientos morales, aunque Sandler intenta recuperar la perspectiva de las virtudes para aplicarla a los problemas de una ética incluyente de todos los miembros de la comunidad biótica. Con todo, resulta escasa la referencia a las dinámicas afectivas y a las disposiciones empáticas para articularlas con las virtudes a desplegar en el encuentro con el mundo natural. Para el caso de Sandler, la amistad, la lealtad, la gratitud y la benevolencia con la naturaleza pueden defenderse como virtudes ecológicas atendiendo algunas precisiones.
Por ejemplo, la amistad con la tierra resulta incomprensible si se entiende como una extensión de la amistad interpersonal, entre iguales y en términos de reciprocidad; pero cobra sentido cuando se comprende en términos de una relación afectiva de mutuo beneficio, con ciertos individuos no humanos con altas capacidades psicológicas (Sandler, 2008, pp. 11-12). Igualmente, el cultivo de virtudes se basa en una variedad de capacidades de respuesta para atender diversas demandas, según el tipo de entidades con las cuales se establece una relación, ya sea organismos individuales, ecosistemas o paisajes naturales (Sandler, 2008, p. 41).
Bajo este esquema, la generosidad y la gratitud se constituyen como virtudes del carácter ligadas a disposiciones y afecciones del agente, no como dependientes de una obligatoriedad exigida por la racionalidad en función de la retribución. Aquí, la relación y la distinción entre virtudes y sentimientos resultan confusas. Sandler se refiere a la compasión como una virtud (2008, p. 41) sin precisar la diferencia cuando se la entiende también como sentimiento. El carácter compasivo es una virtud entendida como práctica y hábito de atender el dolor y sufrimiento de otros seres, se supone que en este debe estar presente el sentimiento de la compasión, una disposición del ánimo para colocarse y sentir en el lugar de otro, junto con un interés afectivo por aliviar su dolor. La gratitud hacia la naturaleza como virtud del carácter se entiende como la expresión de hábitos y prácticas orientadas hacia la retribución por el bienestar que dispensa, manteniendo su integridad y salud. Por su parte, el sentimiento de gratitud envuelve un estado emocional de complacencia por los frutos de la tierra y la vida que permiten, este es consecuente cuando está ligado a la práctica del cuidado y a los hábitos de vida favorecedores del equilibrio de la naturaleza. Esta idea de la gratitud también se hace patente en la perspectiva de una agroética, pues al menos “deberíamos agradecer siempre el exceso de generosidad de las plantas verdes, esa nutritiva gratuidad gracias a la cual vivimos todos los seres heterótrofos que poblamos el planeta” (Riechmann, 2004, p. 199).
La gratitud puede reflejarse por medio de actitudes y virtudes del cuidado tanto negativas como positivas. El cuidado hacia organismos no humanos se expresa de forma negativa en disposiciones de no matar, no impedir su funcionamiento biológico o no socavar las condiciones necesarias para su florecimiento (Sandler, 2008, p. 73). Estas disposiciones son negativas cuando están orientadas a dejar de impedir u obstaculizar el potencial o fines de cada organismo. El enfoque de los sentimientos morales opera principalmente con el cuidado en sentido positivo. Este se manifiesta atendiendo las condiciones necesarias para el despliegue de las fuerzas vitales de cada organismo. El cuidado positivo vela por la situación específica de cada organismo según su especie y hábitat, por ende se apoya en un interés orientado hacia el sostenimiento de la vida. En el cuidado positivo operan disposiciones empáticas asociadas a actitudes comprometidas con la atención y el ocuparse de otros seres sin esperar con ello retribución o reciprocidad.
Sandler clasifica las virtudes ambientales en seis grupos, donde cada uno involucra virtudes específicas del carácter. Están las Virtudes de la Tierra (amor, consideración, armonización, sensibilidad ecológica y gratitud), las Virtudes de la Sustentabilidad (temperancia, frugalidad, previsión, armonización y humildad), las Virtudes de Comunión con la Naturaleza (asombro, apertura, sensibilidad estética, atención y amor), las Virtudes de Respeto por la Naturaleza (cuidado, compasión, justicia restitutiva, no maleficencia y sensibilidad ecológica), las Virtudes del Activismo Ambiental (cooperatividad, perseverancia, compromiso, optimismo y creatividad) y las Virtudes de la Custodia Ambiental (benevolencia, lealtad, justicia, honestidad y diligencia) (Sandler, 2008, p. 82).
Estas virtudes también pueden diferenciarse por su propósito. Por ejemplo, las virtudes ambientales de la compasión y el cuidado tienen un objetivo productivo al encaminarse hacia la protección y atención de las demandas de los organismos; las virtudes de la gratitud, la apreciación y el maravillarse poseen un propósito expresivo o experiencial al orientarse hacia la valoración positiva en la contemplación de realidades ajenas a la propia condición o la alteridad (Sandler, 2008, p. 106). La justificación de estas virtudes puede variar ya que dependen de una consideración particular de la naturaleza (si esta posee un valor inherente, o si es importante como recurso, o si atiende a las capacidades de las especies para sentir, florecer o relacionarse con los humanos). Estas consideraciones cobran significado moral cuando su adopción tiene como propósito superar el antropocentrismo radical.
Pensar las virtudes desde una racionalidad preservacionista implica el desarrollo de un carácter moral orientado a atender necesidades e intereses de múltiples organismos y ecosistemas por el valor de sus capacidades y fines. Si bien asociar la protección de organismos y ecosistemas a las condiciones de bienestar y sostenibilidad de la especie humana logra motivar el desarrollo de virtudes ecológicas, cabe reconocer con Schopenhauer la índole del carácter moral en función de la superación de las inclinaciones egoístas por medio de un móvil afectivo auténticamente interesado en la situación de un otro por su condición misma.
Si la naturaleza debe cuidarse por cuanto ello garantiza el florecimiento de los agentes morales autónomos y racionales, se asume de nuevo la noción de los deberes indirectos. La mediación de las virtudes entra a contravenir capacidades empáticas de compasión y benevolencia disociadas de la persecución de un fin estratégico. Las virtudes ambientalistas son plurales y se orientan al desarrollo de un carácter moral atento al florecimiento, salud e integridad de humanos, de organismos no humanos y de ecosistemas. El cultivo de tales virtudes se encuadra en el ecologismo moderado frente a uno radical, con el que se desfigura la agencia moral de la humanidad al concebirse en el mismo nivel de especies no humanas. Se centra, por ello, en la confianza de una humanidad dispuesta a indignarse y a tomar acción frente a la explotación indiscriminada de la naturaleza y la desconsideración hacia el bienestar de organismos y especies no humanos. Las relaciones entre la acción ética y la motivación afectiva pueden expresarse en los siguientes términos:
Lo que mueve al ser humano son los sentimientos, más que las razones, aunque ciertamente la ética fundada en razonamientos es indispensable para contener y atemperar los desbordamientos de las emociones. La razón hace más humana la emoción, pero no la suplanta como móvil de la acción. La ética parte del sentimiento para convertirse en razón. […] El ser ético se piensa, pero sobre todo se siente. La ética ambiental debe pues llegar a transformar en sentimientos profundos sus principios y valores. Los comportamientos deben estar dictados desde la pulsión y la repulsión, más que por una lógica y la razón. (Leff, 2002, pp. 307-308)
La responsabilidad ética se desprende precisamente de la consideración del florecimiento y de la vulnerabilidad, en vez de requerir la sustentación de un estatus moral metafísico. Se vincula con la actitud y la habilidad para sentir o verse emocionalmente afectado y para atender necesidades y fragilidades específicas por medio del cultivo de virtudes. Las dinámicas de los sentimientos suelen relacionarse a la facultad afectiva, independiente de la racionalidad. El sentimiento puede interpretarse como principio autónomo y fuente de las emociones, asociado “con el reconocimiento de la subjetividad humana como algo irreducible a un conjunto de elementos objetivos u objetivables, o modificaciones pasivas producidas por tales elementos” (Abbagnano, 1996, pp. 1041-1042). El desarrollo del análisis de la categoría sentimiento se vincula al surgimiento de la modernidad. En particular, la experiencia subjetiva del sentimiento moral se matiza en la tradición moderna, diferenciándolo de un variado elenco de vivencias anímicas, atendiendo sus características y causas: pulsiones, pasiones, inclinaciones, deseos y emociones.
En la expresión de juicios morales juega un papel relevante el encuentro de la razón con la emoción. El agente moral se interpreta a partir de esta confluencia reconociendo la complementariedad de las perspectivas humeana y kantiana. El sentimiento moral viene a mediar entre el ejercicio de la razón y lo intuitivo-emocional, ambos necesarios para la toma de decisiones desde juicios morales. Así, el juicio moral deja de descansar solamente en disposiciones inconscientes o predeterminadas por emociones evolutivamente logradas, también deja de restringirse al ejercicio calculador de una racionalidad con pretensión de motivar el comportamiento a partir de principios normativos culturalmente logrados30. En efecto, se trata de asumir una comprensión del planeta desde la empatía, una actitud en la cual, sin desconocer la individualidad del agente moral, se extiende el sentido de lo contextual. Por ejemplo, en un contexto de cambio climático urge pensar como un planeta (Hirsch & Norton, 2012) para poder abrazar las montañas, los ríos y bosques, con un compromiso por cultivar virtudes locales para afrontar crisis ecológicas a gran escala.
The Poet’s Garden, 1888
Vincent van Gogh
© Public Domain Designation
El movimiento de la ecología profunda se interesa por comprender de forma holista la consideración moral de la naturaleza y por asumir un principio afectivo vinculante desde el cual el individuo puede integrar la totalidad de la vida. No obstante, cuando se trata de asumir con coherencia una posición ecocéntrica determinada, como sucede con la ecosofía T de Naess, se revela una empresa arriesgada. Posturas de esta índole enfatizan en el igualitarismo biótico y simultáneamente niegan la relevancia de cada organismo a favor del equilibrio ecológico; igualmente, proponen la subordinación de los asuntos humanos a los denominados intereses de la comunidad biótica. Este panorama conceptual es ajeno a la adopción de una ética ecológica centrada en el valor humano de las dinámicas morales afectivas y las virtudes del carácter, orientadas por la atención a las demandas de animales no humanos, plantas y especies por sus cualidades inherentes en particular. La idea de valores intrínsecos en la naturaleza es refutada por Sprigge y Regan. La concepción de la persecución de fines por parte de los ecosistemas, a su vez, es replicada por Cahen.
Consideración moral y ecología profunda
La aceptación de un valor moral en la totalidad de los seres integrantes de la biosfera conduce al holismo ecológico por cuanto se consideran moralmente relevantes a los grandes ecosistemas y al conjunto de la vida en la tierra. Este enfoque holista es uno de los rasgos característicos de la deep ecology. De la defensa del igualitarismo biótico y la importancia moral de los macroorganismos se desprende una ética ecocéntrica, basada en reconocer la interdependencia de todo lo viviente y en la crítica hacia concepciones de desarrollo causantes de las actuales crisis sociales, económicas y ambientales.
Los principios de la ecología profunda se sustentan en observar la complejidad de la interacción de todos los habitantes del planeta en tanto especies o sistemas ecológicos, asumiendo el valor en sí del conjunto de la biosfera y de los seres que la conforman. Una ética desplegada desde la ecología profunda es ecocéntrica al asignar relevancia moral a un todo natural interdependiente, por ello rechaza su instrumentalización y explotación defendiendo el valor de los entornos naturales, plantas y animales como íntimamente ligados31.
Para Naess, lo importante para reconocer consideración moral es observar y comprender la función de la interdependencia en el entramado de la expresión de la vida, con lo que la consciencia del individuo puede lograr identificarse con una unidad ecológica. Por esto, ofrece una crítica al ambientalismo superficial en sus intentos de justificar la conservación de especies y recursos naturales atendiendo a una racionalidad estratégica centrada en el logro del bienestar pensado antropocéntricamente. Si bien los intereses humanos cuentan, señala, resulta importante apostar principalmente por una ética ecológica práctica que reconozca los valores intrínsecos en la naturaleza y capaz de orientar la educación ambiental atendiendo un genuino compromiso con la conservación, esto es, sin apelar al criterio utilitario de la supervivencia humana (Naess, 2006, p. 22).
Estos elementos de análisis son importantes para la ecología profunda, entendida como una filosofía orientadora de un movimiento para la transformación social. Lejos de apostar su definición, Naess apunta a identificar junto con Sessions un núcleo de principios alrededor del cual enmarcar distintas representaciones ecológicas. Para evitar reduccionismos y modelos de pensamiento homogéneos, el trasfondo filosófico de esta plataforma es variado en perspectivas y está abierto al diálogo con la religión, la cultura y las diversas cosmovisiones.
La ecología profunda puede verse entonces desde un sistema derivacional: los ocho puntos de la plataforma corresponden a un nivel 2, en el cual pueden concordar los partidarios del movimiento; mientras que las verdades o premisas profundas, últimas, que los sustentan representan un nivel 1 y pueden ser variadas, dependiendo del enfoque filosófico o religioso asumido. También puede pensarse en un nivel 3, correspondiente a las consecuencias normativas de los ocho enunciados; y en un nivel 4, el cual hace referencia a decisiones particulares para casos concretos (Naess, 2006, pp. 34-36; 2008, p. 107).
Tabla 1. Plataforma de la ecología profunda y niveles derivados
| Nivel 1: premisas fundamentales | Creencias religiosas, ideologías ético-políticas, cosmovisiones culturales, concepciones filosóficas, nociones de bien particulares, convicciones profundas. |
| Nivel 2: enunciados básicos compartidos (Plataforma del movimiento de la ecología profunda) | 1) El florecimiento de la vida humana y no humana en la tierra tiene un valor intrínseco. El valor de las formas de vida no humanas es independiente de la utilidad que pudieran tener para propósitos humanos estrictos; 2) la riqueza y diversidad de formas de vida son valores en sí mismos y contribuyen al florecimiento de la vida humana y no humana en la tierra; 3) los humanos no tienen ningún derecho a reducir esa riqueza y diversidad, excepto para satisfacer necesidades vitales; 4) actualmente la interferencia humana con el mundo no humano es excesiva y la situación está empeorando rápidamente; 5) el florecimiento de la vida y de las culturas humanas es compatible con una disminución sustancial de la población humana. El florecimiento de vida no humana requiere dicha disminución; 6) para que haya un mejoramiento importante en las condiciones de vida se necesita un cambio en las políticas, ya que estas afectan estructuras económicas, tecnológicas e ideológicas básicas; 7) el cambio ideológico consiste principalmente en la apreciación de la calidad de la vida (que reside en situaciones que tienen un valor intrínseco) más que en el apego a un alto nivel de vida, entonces habrá una conciencia profunda de la diferencia entre lo grande y lo grandioso; 8) quienes estén de acuerdo con los puntos anteriores tienen la obligación de participar directa o indirectamente en la tarea de llevar a la práctica los cambios necesarios (Naess, 2004, pp. 220-221; 2008, pp. 111, 112). |
| Nivel 3: consecuencias normativas | Incidencias de los enunciados en la política, el derecho, la epistemología, las instituciones sociales, la ética y la educación ambiental. |
| Nivel 4: contextos y toma de decisiones | Criterios derivados de los postulados para asumir rumbos de acción individuales o colectivos frente a crisis ecológicas específicas en un escenario local, regional, nacional o mundial. |
Fuente: Elaboración propia.
Aceptar valores intrínsecos en la naturaleza es una premisa de común acuerdo en el nivel 2, si bien puede descansar en concepciones filosóficas o religiosas muy distintas por parte de quienes la asumen. La idea de la igualdad biótica está ligada al enunciado 1 de la plataforma al defender el valor intrínseco de toda forma de vida. Para Naess este enunciado se encuentra en el nivel 2 al derivarse de un conjunto de premisas propias de doctrinas comprehensivas de la realidad. De forma similar, los demás principios de la ecología profunda son presentados como proposiciones provenientes de convicciones racionales de personas y grupos.
Sin embargo, en un trabajo posterior, Naess reconocerá que la primera parte de la quinta proposición de la plataforma no es la mejor expresión para lo que se quiere indicar y por ello propone: “El florecimiento de la vida humana y de las culturas es compatible con una sustancialmente más pequeña población humana” o “El florecimiento de la vida humana y de las culturas requiere que la población humana sea sustancialmente más pequeña que su actual número” (Naess, 2008, pp. 302-303). Con ello pretende dirigir con más claridad la atención a la problemática de la sobrepoblación mundial y a sus consecuencias negativas para la sostenibilidad de la vida humana y para el desarrollo de diversos organismos, especies y ecosistemas. Sigue resultando moralmente censurable concebir la reducción de la población humana como salida para hacer viable el principio de un bien superior, como es el caso de garantizar la integridad, belleza y estabilidad de la comunidad biótica (Kheel, 2007, p. 47).
En el nivel 1 se encuentra la ecosofía de Naess, término usado para dar cuenta de su doctrina comprehensiva del mundo, desde donde asume el compromiso con las ocho premisas de la plataforma. Su denominada ecosofía T, su convicción filosófica íntima, se basa en una norma última a la cual denomina autorrealización (Naess, 2006, p. 37), un despliegue de la propia consciencia con capacidad de identificarse con la unidad de la vida, Naess remite este concepto al legado de Spinoza (Naess, 2008, pp. 246-248), consistente en un panteísmo desde el cual se integra la realidad humana con la Naturaleza y el Alma Universal.
La autorrealización pretende articularse con la ecología profunda a partir de la distinción entre un Yo general, que se manifiesta en la unidad de diversas expresiones de la vida, y un yo individual y separatista. Desde esta mirada, Naess apuesta por maximizar todas las manifestaciones de la vida hasta el punto de trazar una tenue frontera de la individualidad a favor de la colectividad; su ecosofía concibe el encuentro con animales, bosques y ríos como parte de una unidad fundamental con la vida de la biosfera; apuesta por el amor intelectual activo hacia todos los seres vivientes, una experiencia inspirada, según él, en la doctrina de la inmanencia de Spinoza (Naess, 2008, p. 239). A medida que aumenta la propia autorrealización se amplía la identificación con otros seres, de tal manera que la realización de las potencialidades en los demás organismos y el logro de condiciones para evitar la coerción de otras vidas, se convierte en un curso natural de acción (Naess, 2006, p. 38).
Esta autorrealización es interpretada por Sessions y Devall en términos de una ampliación de la consciencia por medio de la cual el yo, concebido como un ego aislado y competitivo, logra madurar a un grado en el que se identifica con las necesidades e intereses de otros seres humanos y se reconoce en estrecha relación con un todo orgánico, con la unidad de la vida expresada en la diversidad de la fauna, la flora, y los ecosistemas (Devall & Sessions, 2004, p. 228). Esto resulta problemático en la medida que conduce a la idea de un gran yo ecosistémico al que incluso cada individuo humano debería subordinarse32. Si esto es así, la ecología profunda concluye en diluir la idea de comunidad moral reemplazándola por la noción de comunidad ecológica33. Resulta un contrasentido pretender adaptar el cultivo de sí y las manifestaciones de la cultura, del poder creativo y transformador humano, a las leyes de la ecología. La noción de pertenencia a una comunidad ecológica en tales términos resulta inapropiada por cuanto la ruptura que implica la aparición de lo humano ante el orden natural es simplemente irreversible atendiendo a una lógica evolutiva. En este sentido, dicha noción solo podría entenderse según algunas concepciones del bien, como las soportadas en la sacralización de la naturaleza34.
Otro es el caso de la comunidad ecológica sustentada en concepciones biocéntricas o en la ética de la tierra, ya que lejos de concebir sentimientos románticos y de unificación afectiva con un todo indefinido, favorecen disposiciones ético-afectivas específicas y virtudes contextualizadas articuladas a una racionalidad ética del encuentro, reconocedora de la alteridad y la distancia respecto a la condición biológica de muchos organismos y especies no humanos. En la pirámide de la vida de Leopold, por ejemplo, unos seres dependen claramente del sacrifico de la vida de otros, pero ello está lejos de conducir a una concepción dominante hacia otras especies o a una mirada saqueadora de la tierra. Comprender las interdependencias entre organismos y especies contribuye a atender a la expresión vital de cada organismo en una comunidad biótica cuya estabilidad ya no dependerá solo de las leyes de la ecología35 sino de la responsabilidad humana.
El intento de traslapar la comunidad ecológica en términos de una comunidad moral, aceptando en todos los organismos un valor intrínseco análogo al representado por la condición humana, también es objetable. La idea de una comunidad moral implica asumir un principio de igualdad y correspondencia imposible de esperar en la relación con muchos animales no humanos y con las plantas. Es preferible pensar en términos de consideración moral hacia ellos, ya que la inexistencia de la reciprocidad de deberes no impide constituir tejido ético vinculante basado en identificar dependencias. Igualmente, resulta irrelevante la ausencia de estatus moral o valor intrínseco en los animales y en la naturaleza cuando se busca configurar un sentido de la consideración moral basado en vínculos y responsabilidades aceptados ante situaciones de necesidad y vulnerabilidad.
Antes de poner a prueba lo anterior es necesario retomar los dos primeros enunciados de la plataforma de la ecología profunda, básicos en la sustentación filosófica de las otras proposiciones. El primero se refiere a lo deseable del florecimiento de las formas de vida humanas y no humanas, mientras el segundo acentúa la importancia de comprender la diversidad y la riqueza de las formas de vida en términos de valores intrínsecos. Las cuestiones de la autorrealización, por medio de la fusión con un todo ecológico y del valor intrínseco conducente a sostener el principio de la igualdad biocéntrica, permiten entender el respeto por la vida de cada ser y la apuesta por el florecimiento de todos los organismos y seres en la ecosfera, siendo partes de un todo interrelacionado (Devall & Sessions, 2004, pp. 228-229). Estas concepciones son centrales en el marco teórico del ecologismo radical, por ello es importante abordarlas con detenimiento para precisar si la consideración moral depende de aceptar valores intrínsecos y la persecución de fines en los ecosistemas o en la comunidad biótica.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.