Kitabı oku: «Fénix», sayfa 3
El silencio infinito solo se rasgaba con el doble tic, toc, tic, toc de dos relojes de pared con péndulo que no coordinaban el segundero entre sí.
Se sintió incómoda e instintivamente se revolvió el cabello enrulado y rubio a fuerza de químicos, desviando la vista a los relojes en pugna.
—¿Están descompuestos? –preguntó meneando la cabeza en dirección a ellos.
—No –respondió lacónico Spadafora–. En tal caso uno al menos estaría en lo correcto, ¿no lo cree?
—O ambos podrían no tener nada que ver con el tiempo. “En tal caso” la medición es una convención caprichosa. No existe tal cosa –aseveró, solo espero que ahora no se le ocurra darme rompecabezas o estúpidas manchas de tinta para interpretar. Ya tuve suficiente de ello.
Spadafora simuló ignorar su comentario, pero tomó nota mental de cada palabra.
—He leído su legajo completo. Mi colega ha informado situaciones inquietantes –mientras lo decía se empujó los lentes con el dedo índice apoyado sobre el marco, y abrió una carpeta de cartulina de la que sacó una hoja impresa.
Ahora su dedo dibujaba círculos sobre el borde exterior de los labios finos y casi azulados, que revelaban algún tipo de enfermedad coronaria o pulmonar.
—Si bien respeto mucho la opinión del Dr. Mosqueira…
Mae se sobresaltó cuando Spadafora rasgó la hoja y la tiró al cesto de papeles.
—Confío más en mi propio criterio –continuó diciendo– y creo que arrancaremos por la foja cero. –La volvió a mirar por sobre los cristales.
—Claro, sí, como usted disponga –dijo aún sorprendida.
Lo que usted diga, Dr. Strange, usted es el extraño, yo solo quiero dejar el pasado donde pertenece, bien atrás. Para eso estoy aquí, ¿no? Para reescribir “mi legajo”.
—Sin embargo –ahora su voz adquirió un tono marcial mientras se quitaba los lentes y se recostaba sobre el respaldo– que quede claro que esta es su última oportunidad. No se tolerarán dentro de la fuerza actitudes como las informadas por sus superiores. Está a prueba, señorita Silva, y bajo mi estricta supervisión y responsabilidad. Tendremos una charla semanal, indeclinable.
—Pero…
Spadafora interrumpió.
—La única razón para que nuestra cita no se concrete es que uno de nosotros o ambos estemos muertos. ¿Está claro?
—No creo necesario que de momento nadie muera, es un poco extremo, ¿no le parece? –Y expuso una sonrisa torva que se esfumó al instante.
—Miércoles a las 10:30, agente Silva. Deje la puerta abierta al salir, por favor.
4
Liam, sentado en el pequeño sofá del dormitorio, con los codos apoyados sobre las piernas, y las palmas de las manos enmarcando su mentón, observaba desde la penumbra el rostro de su esposa que dormía.
A la luz de la luna nueva que entraba omnipresente por la ventana cuya cortina nunca se cerraba, a pedido de ella, su rostro se veía maravillosamente pálido. Le vino a la mente un poema de García Lorca que siempre le recitaba: “en el aire conmovido mueve la luna sus brazos, y enseña lúbrica y pura sus senos de duro estaño”. Y así yacía, lívida y casi ingrávida, como si se hubiera ido de su cuerpo, como si la luna se la hubiera llevado junto con el niño de la fragua.
La ama. De eso no tiene dudas.
Para él, un hombre pedestre y pragmático, acostumbrado quizá a causa de su trabajo a hundirse en el lodo, a ver el lado oscuro y malvado del ser humano, Sarah ha sido como ese haz de luz blanca en medio de las tinieblas de una noche interminable.
No le dio alas; él no puede volar; pero lo tomó entre las suyas y lo llevó a lugares que jamás hubiera imaginado.
Y aun así, aquí estaba, como tantas otras noches, insomne, sintiéndose que algo faltaba, que algo en sus vidas no cuadraba. Como si su cuerpo se hubiera vuelto repentinamente demasiado pesado, convirtiéndose en un lastre que los arrastraba a ambos en espirales descendentes.
Ni siquiera sabría decir cuándo empezó. En principio parecía contenta con su trabajo en la Biblioteca de Shut Bay. ¿Qué más podría pedir una amante de la poesía y de la literatura? Pero siendo honesto consigo mismo, no había sido su primera opción. De hecho, él la había convencido de tomar ese puesto de técnico responsable de Colección que quedó vacante cuando la octogenaria Matty Mendelson se olvidó un día de respirar, así como venía olvidando otras cosas como tomar los medicamentos, o el camino de regreso a casa.
Quizá él se convenció a sí mismo de que Sarah era feliz allí. Quizá ella lo convenció de que así era.
Sentado en la penumbra, estancado como un hombre hecho de barro que se ha secado, no podía definir si era él quien no encajaba, o simplemente lo era todo el resto.
—Vida… ¿qué sucede?, ¿por qué estás despierto? –preguntó estirando los brazos por sobre su cabeza y volviendo a refugiarse bajo el acolchado al sentir el frío argénteo de la escarcha que atravesaba los vidrios de la ventana.
—¿Recuerdas cuándo nos conocimos?–Liam se incorporó y se metió en la cama acurrucándose como un ovillo nariz con nariz.
—¡Claro que sí! –dijo con una sonrisa cómplice–. Entré en el primer bar del pueblo, y allí estabas, como buen irlandés, haciendo derroche de tus encantos con tu extraño acento de “cantito”.–Ahora lo acariciaba con la yema del dedo índice siguiendo el perfil de su nariz.
—Dijiste… que no sabías de qué lado estar, si del bien o del mal…
—No, no fue así exactamente, pero no puedes negar que tenía toda la atención de un bar de pueblo típicamente lleno de policías… (ahora era Liam quien esbozaba una sonrisa). Tú me preguntaste si era una recluta nueva, y yo dije que lo estaba considerando, porque no estaba segura de qué lado estar. Me refería a civil o uniformada. Pensé que la habías captado.
—Ahhh, ya lo recuerdo bien. “¿Acaso eres una delincuente?, porque si es así, estoy técnicamente de franco”.
—No te lo dije con palabras pero creo que mis ojos decían “por favor arréstame y espósame”.
Liam le besó delicadamente la frente, y luego la miró a los ojos oscuros donde centelleaban hilos de plata.
—¿Te hago feliz?, ¿eres feliz con tu vida?
—¡Claro que sí!, ¿por qué me preguntas eso?
—Esa vez dijiste que querías ayudar, que te gustaba la idea de los malos pagando sus fechorías.
—Todos queremos justicia, ¿no es así?, pero lo cierto es que no estaba segura de si la policía era para mí.
—¿Lo sigues creyendo?… Es que siento que te manipulé inconscientemente para que no lo fueras. Quería algo mejor para ti. Eres tan dulce... cariñosa, frágil y sensible.
—Bueno, tampoco soy un algodón de azúcar…
—Claro que lo eres, ¡déjame lamerte! –Liam le empezó a pasar compulsivamente la lengua por el cuello y el mentón, entre risas estrepitosas y gritos ahogados de Sarah suplicando…
—¡Liam, por Dios! ¡Me haces cosquillas con la barba!
Las risas se apagaron, y les dieron paso a ojos somnolientos y bostezos por repetición.
Sarah se dio la vuelta y se ovilló junto al cuerpo siempre caliente de su esposo.
—En serio, amor. Me gusta mi trabajo. Tú ve por los malos, que alguien tiene que hacerlo.
La rodeó con sus brazos por sobre el busto y suspiró haciendo que el perfume de su champú se elevara hasta aspirarlo por completo, como una droga que lo dejó en estado de éxtasis.
Quisiera creerte, realmente quisiera…
5
—¡Mc Douuu!
Era demasiado temprano para arrancar, y de hecho por ello intentaba deslizarse casi invisiblemente, delante de la oficina del jefe Giovanni. El grito deformando su apellido alargando una letra inexistente, lo anotició de que había fracasado estrepitosamente.
Como si fuera un mimo en plena rutina, se volvió marcha atrás dos pasos y estiró el cuello hacia el lugar de donde salió el ouuu que todavía flotaba en el aire.
Odio que lo pronuncie así.
Resignado manoteó la manija de la puerta transparente, y asomó apenas la cabeza.
—Buenos días, jefe… ¿me llamó?
—Así es. Entra y toma asiento por favor.
El jefe Lito Giovanni tenía por costumbre expresarse con dichos. Él decía que el saber y el ingenio popular nunca le erraban, y que la imagen mental que creaban valía más que cualquier explicación detallada, por más científica que fuera.
Se había hecho un stock bastante importante, y los sacaba como comodines a veces, incluso, en los momentos menos oportunos. Eran como su bagaje cultural, y solía jactarse de ellos. Lo cierto es que el interlocutor, la mayor parte de las veces, no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
Hoy no era la excepción.
—Espero que hayas dormido como un lirón Macdou, porque tenemos mucho trabajo.
—Tenemosss… me suena a equipo, y yo trabajo solo, jefe, ya lo sabe.
—¡Justamente!, y como lo bueno, si breve, dos veces bueno, vamos al grano. Te he asignado una recluta.
—Y la buena noticia es queee…. está bromeando, ¿verdad?
—¿Por qué alaargasss todas las letras?, ¿acaso te volviste campesino? O ¿estás dormido? Si es así despégate la almohada de la cara y ponte las pilas. –Y frunció el ceño levantando las espesas cejas recortadas a mano con una tijera aparentemente desafilada, ensayando su cara de molesto sobreactuada.
—Usted sabe que no entreno reclutas, jefe.
—¡Precisamente!, no es una recluta. Viene de pase de otra jurisdicción. Sabe trabajar, pero tiene que ajustar algunas cuestiones. Ahí entras tú. ¡Ojo! No lo digo literal, sino figurado de hecho…Recuerda que donde se come no se caga, Macdou. –Y lo señaló amenazante–. Tu conducta ha sido impecable, muchacho, pero no es de ti de quien dudo.
Estaba tratando de procesar lo último que el jefe había dicho y que le sonó desagradable e innecesario, cuando este continuó leyendo de su monitor a toda velocidad: problemas con la autoridad, algunas situaciones que podrían rayar en el acoso u hostigamiento, denuncias de violencia, bla, bla, bla. Yo diría más loca que una cabra. Pero estoy seguro de que lo solucionarás y podrás enfilarle los patitos.
—Jefe, ¡por qué yo! –protestó aun sabiendo que era inútil.
—¿Y qué quieres? ¿Que se la asigne a Bermejo?, ese idiota vive alzado como primer nieto, y en cuanto a Nielsen… bueno, ya sabes, no le puedes pedir peras al olmo. Por otro lado, la cosa se está poniendo fea, ya sabes, como bailar con tu hermana, y lo cierto es que no te va a venir nada mal alguien que te cuide las espaldas.
—¿Tendré alguna compensación? Me refiero a francos extras, o mejor paga…
—¡Qué más quieres, Macdou! La chancha, los veinte ¿¿y la máquina de hacer chorizos??
El jefe miró por sobre su hombro, y cuando Liam estaba a punto de darse la vuelta para ver el origen de su distracción, Giovanni, el coleccionista de dichos, arremetió con otro más.
—Hablando de Roma… –mientras hacía un ademán con la mano para que ingresara a la oficina vidriada.
La puerta se abrió y la pecera se inundó de los sonidos de papeles, dedos que picoteaban teclados, murmullos y alguna carcajada explosiva más allá.
—Jefe Giovanni…
—Sí, sí, entra por favor –dijo asintiendo con la cabeza e insistiendo con el ademán de la mano derecha–. Te presento a tu compañero, el inspector…
¡¡Ay, no!! Ahí va de nuevo.
—Liam Mc Dow –se apresuró este en decir antes que la mujer registrara la mala pronunciación de su nombre por parte del jefe.
—Soy la agente Mae Silva. –Mientras le estrechaba la mano con firmeza y seguridad, y sin más se sentó en la silla junto a él que permaneció de pie.
El silencio se volvió incómodo, y Liam finalmente se sentó ante la mirada persistente del jefe Giovanni sobre él con un ojo más abierto que el otro.
—Bueno, ahora que hemos hecho las presentaciones de rigor, corta la bocha. Se les asignará un área de patrullaje durante el día, para que Silva conozca la jurisdicción y noche por medio se abocarán a tareas de seguimiento de los casos que les asigne Bermejo.
El verborrágico se puso de pie con un resorte en el trasero.
—Bueno, supongo que no hay preguntas, así que andando que cocodrilo que se duerme es cartera.
Liam se levantó y como buen caballero abrió la puerta para que Mae saliera primero. Al cerrarla desde fuera, pegó una última mirada enfurruñada para constatar que el jefe ya había pasado del asunto y se encontraba de espaldas regando un potus imposiblemente largo que imploraba por luz, enlazado hacia arriba por el marco de la ventana y el barral de la cortina.
6
Sarah se había quedado absolutamente sola, luego de que Liam se fuera a la jefatura.
En la casa vacía y silenciosa de cualquier sábado ordinario, pensó por un momento en poner música mientras realizaba los quehaceres domésticos, pero se detuvo por intuición.
Mejor no, tendré que apagarla a los pocos minutos de todas formas. Ya hace muchos días que no hablamos, estoy segura de que en cualquier momento…
El ringtone del teléfono la sobresaltó aun cuando lo esperaba.
—¿Sarah?…
—Hola, mamá, no esperaba que llamaran hoy… –bueno, a decir verdad…
—Te extrañamos, hijita, ya sabes, no nos acostumbramos aún a que estés tan lejos…
—Mamááá…
—Lo siento, cariño, no es un reproche, pero si tuvieras hijos lo entenderías…
—¡Mamááá!... por favor no empieces… –no lo hagas, te lo suplico.
—Te paso con tu padre que me está haciendo caras de desaprobación.
Sarah y Liam se habían casado hacía cinco años, pero aún no pensaban en hijos. El mundo tenía demasiado niños no queridos, y por eso el suyo vendría exactamente en el momento oportuno. Cuando lo deseemos con todo nuestro corazón.
De todas formas su matrimonio no había sido el motivo para alejarse de su hogar. Esa decisión ya estaba tomada desde antes. Liam vino después.
No hubo ninguna razón específica para irse, solo creció y siguió las leyes naturales. Su madre no lo entendía así. Si fuera por ella, hasta no haberse casado, nunca debería haber dejado el hogar paterno. Sarah de alguna forma entendía ese sentimiento maternal de sobreprotección, incluso sentía pena por ella. Lo que no sentía, sin embargo, era culpa.
En cuanto a su padre, él era muy especial en muchas formas. Salía de cualquier molde.
Jamás le había reprochado nada de lo que había hecho, o dejado de hacer, y aun así Sarah pensaba que lo estaba defraudando. Podía percibir a la distancia sus palabras azuladas por la tristeza y la nostalgia.
—Hijita…
—Papucho… ¿cómo estás?
—Bien, lidiando con tu madre, no le prestes atención. Sus reclamos son simbólicos, ella sabe que uno les enseña a volar a sus pichones justamente para que abandonen el nido y vean otros cielos…
(–¡Tampoco tenía que ser en el culo del mundo! –oyó protestar de fondo a su madre).
—Y formen su propio nido. Lo sé. ¿Tú también quieres ser abuelo ya?
—Oh, no, no. No estoy preocupado por eso. Solo quiero saber si está todo bien y qué has estado haciendo.
Su padre, desde que tenía uso de razón, era profesor universitario de la cátedra de Filosofía y Letras. Había escrito varios ensayos, recibido varios premios y menciones, y hasta hoy era llamado constantemente a dar conferencias.
Como todo padre que ve un don en su hijo, había hecho todo lo posible por alimentar a Sarah con la savia de las letras.
Hasta ahora solo había conseguido que fuera una lectora voraz; que inventara un cuento corto para el Día de la Madre a los 12 años, y que obtuviera en Literatura las mejores notas de la preparatoria.
—Bueno, ya sabes, las letras del mundo me rodean… creo que estoy en el cielo de los lectores.
—Ja, ja, sí, creo que ese sería el mejor lugar. Al menos ahora no gasto fortunas en comprarte libros. ¿Recuerdas cómo los devorabas?
—Sí, lo siento, papá, no te daba tiempo a ganarte el sueldo que ya quería otro. Y eso que leía al menos cinco veces cada uno cuando me aburría.
—¿Y qué tal…?
—Aún no encuentro la inspiración –lo interrumpió evitándole el gasto de palabras–. Sé que podría escribir de lo que fuera, pero no es lo que quiero. No lo sé, es como que me falta un disparador. No puedo explicarlo.
—Yo iba a decir “el irlandés”…
Tras el momento incómodo Sarah reaccionó con una risita nerviosa.
—Está muy bien. Siempre pregunta cuándo vendrán a visitarnos. Nosotros no podríamos, ya sabes, por su trabajo.
—Claro, lo entiendo. Es que… es un vuelo largo, y ya no somos jóvenes. Las várices me tienen loco y a tu madre la columna.
—Y tú, ¿en qué andas? –Sarah trató de desviarse del tema de los achaques con una falsa esperanza.
—No he estado haciendo mucho últimamente. Mis amigos dicen que sufro de depresión jubilatoria, pero no creo que sea eso. Aún me convocan de la universidad para preparar charlas y escribir sobre tal o cual tema. Pero… no sé… me siento desganado. Estoy “fiacoso”… ¡Ah! Te dejo hablando con tu madre, voy a buscar un artículo que salió en un periódico donde me mencionan, así te lo leo. Voy al estudio y vuelvo.
La madre hizo una pausa larga, que Sarah interpretó de inmediato adrede.
Luego siguió en voz queda:
—Me preocupa, Sarah; se queda largos períodos sentado mirando la nada, como ido. Creo que ni se da cuenta. Es como si se quedara paralizado, y luego arranca como si nada. Le he preguntado si estaba bien, y ni parece registrar esos episodios.
—Madre, ya sabes que siempre fue un poco particular…
—Querrás decir excéntrico… lo sé… pero esto es distinto. Le dije de hacerse un chequeo completo…
—¿Y?...
—No quiere saber nada; dice que está perfecto, y que solo es desgano de viejo. Creo que también te extraña un poco… extraña los momentos felices.
—Ma…
—Lo sé; lo sé… no estoy reprochando nada. Solo digo lo que pienso.
Justamente… me estás tirando la culpa y la responsabilidad de lo que pase, pero es solo un pensamiento… ahora yo tengo que lidiar con eso…
—Claro… –en un tono conciliador demasiado falso para ser creído aún del otro lado de la línea.
—¡¡Aquí viene con su artículo!!
Sarah sintió alivio de salir de terreno pantanoso, y escuchó con placer y admiración las dos hojas que le dedicaban a su padre en un medio local especializado.
Su tono era casi monótono, si bien complacido, no dejaba entrever exaltación. Siempre había sido un hombre simple, que no alardeaba de sus logros. Pero demostraba su alegría en el brillo de sus ojos, en la sonrisa ladeada.
Ahora, escuchándolo con atención, Sarah notó la falta de resonancia en su voz, y se lo imaginó a través de la distancia, opaco y aletargado.
—¡Me encantó, papá! De veras… –Esta vez era totalmente honesta.
—Volviendo al tema de la inspiración….
—De la falta… querrás decir.
—Sarah, sé que tienes dónde buscar, no hace falta esperarla…
—Papá, no te estaría entendiendo…
—Ya sabes lo que dicen de los escritores, y el dolor, y el sufrimiento… Tienes mucha imaginación, tienes el tiempo, tienes el don. Sé que la vida a veces nos juega malas pasadas, pero tú no necesitas que todo eso llegue a tu vida para movilizarte…
—Papá… no espero que pase nada trágico para arrancar, si eso es lo que dices… Pero sí, también he oído que el dolor puede ser una epifanía, aunque no lo creo indispensable. En cualquier momento arranco. Te lo prometo. Solo estoy esperando… ese Je ne sais quoi… que está a la vuelta de la esquina. Serás el primero en saberlo.
Te lo prometo…
7
Liam y Mae atravesaron en silencio la pecera vidriada, el pasillo de los retratos y el escritorio de recepción hasta llegar al umbral de la entrada.
Como buen caballero, por segunda vez, él abrió la puerta y esperó que la mujer saliera.
Su nueva compañera de pronto cortó la incomodidad compartida.
—¿Qué rayos le pasa a ese sujeto?
Liam se rascó la cabeza desordenándose el cabello que ya debería haber cortado.
—Es que… no le llega agua al tanque…
Mae lo miró en principio atónita hasta que cayó en la cuenta de que estaba bromeando, y ambos estallaron en carcajadas.
—Lo siento, ya te acostumbrarás. Es un buen tipo, y un buen jefe. Un tanto chiflado nomás. No es él el que me preocupa. Quiero ponerte al tanto de algunas cosas…
—Okey, ¿tu casa o mi casa? –dijo con tal franqueza que lo dejó descolocado.
—¿Perdón?
—Que dónde quieres hablar… –Eres lindo pero un poco lento.
—En mi casa no. Estoy casado.
Mae se encogió de hombros no entendiendo el punto.
—Y supongo que tu mujer estará esperando con un hacha tras la puerta o me envenenará con un té de bienvenida.
Liam se sintió tonto.
—No es eso lo que quise decir…
—Igualmente tengo cosas que ordenar en mi casa. Podemos hablar y hasta incluso puedes serme útil para algunos arreglos, así no tendré que contratar un electricista, ¿eh, compa? –pasando rápidamente de tema, mientras se acomodaba un mechón ondulado rebelde tras la oreja.
Tras recorrer el patio trasero del edificio por una angosta vereda con álamos que no se decidían si deshacerse del follaje o no, llegaron al estacionamiento oficial donde Liam le hizo un gesto con la mano para indicarle el móvil al que subirían.
Mae se abrochó el cinturón y lo observó un tanto molesto.
—¿Sabes que es una broma, verdad?
—¿Qué cosa, Mae?
—Lo de los arreglos en la casa. No necesito a nadie. Puedo arreglármelas sola. Fui criada así, prácticamente sin padres.
—Está bien, no estaba ofendido ni nada.
Sí, claro, amigo. Pero tu cara de culo dice todo lo contario. Apuesto en serio que te cuidas de las apariencias, mientras tu adorable mujercita se acuesta con todos en el pueblo durante tus guardias.
—Gira aquí y toma la 3.
—¿Susanpeak?
–Sí, al menos me he aprendido el camino de mi casa a la jefatura. El resto aún me falta. Me pierdo un poco en la zona de los valles. Las casas están muy dispersas aquí… pocos vecinos. Pero me gusta así.
El largo silencio que zigzagueaba entre los valles fue interrumpido por Liam que disparó a quemarropa.
—¿Por qué pediste el pase, Mae?
—No lo pedí –respondió lacónica sin dejar de mirar al frente, y sin dejar lugar para repreguntas.
Liam se sintió sumamente extraño frente a su nueva compañera. En primer lugar incómodo. Le gustaba trabajar solo. Preferiría que se la hubieran asignado a algún otro. En segundo lugar, no estaba acostumbrado a las formas de mujeres avasalladoras, que lo dejaran como un tonto. Siempre se sintió seguro con Sarah. Con ella, él era el protector, el aplomado y seguro de sí mismo. Su esposa había sido siempre comprensiva y respetuosa. Nunca se sintió, en palabras del jefe Giovanni, como el pavo de la fiesta.
Y aun así, estar cerca de Mae le producía una secreta e inconfesable atracción, como cuando fumas tu primer porro y sabes que está mal, y estás entre el placer, la culpa, y el miedo a volverte adicto hasta las narices.
Sé que detrás de esa actitud altanera y de mujer superada, hay algo de tristeza y oscuridad. Sé que eres voluble, y está bien que alces muros para protegerte. El mundo es una verdadera mierda y se devora a los débiles e indefensos. ¿Me mostrarás esas sombras tuyas, Mae?, ¿realmente quiero verlas? Me asustan… pero me intrigan también.
La pequeña y sencilla casa, como todas en esa parte de la ciudad, estaba aislada. Los vecinos más cercanos se asentaban a unos doscientos metros o más, y entre la frondosa arboleda aun verde, era difícil verlos.
—¿Café o té?
—Da igual, lo que tengas a mano. –Liam notó que la mayor parte de las cosas aún estaban en cajas sin desembalar con carteles escritos a mano con un rotulador azul.
Mae se perdió de vista tras una media pared que daba a la cocina, donde se escuchó un segundo después el leve chasquido de una hornalla que se encendía, y luego el rugido del agua de la canilla al llenar la pava.
Liam trató de quitarse la imagen de hacía unos minutos cuando Mae se alejaba dándole la espalda. Esos jeans apretados le sentaban realmente bien.
Me pregunto por qué Sarah no los usa así. Estoy seguro de que le quedarían hermosos también. Es muy bella y tiene un cuerpo que me enloquece. Ahora que lo pienso tampoco se maquilla. Siempre se ve tan natural. Cielos, en qué estoy pensando.
—¿Dijiste algo? –Mae asomó la cabeza cuando la pava empezaba a silbar.
—¿Eh?, ¡no! –Liam empezó a caminar hacia las cajas en un intento de ocultar que se había puesto colorado.
La mujer apoyó dos tazas sobre la mesa, donde había preparado un café bastante decente. Luego corrió de lugar un par de cuadernillos con mandalas dibujados y una caja de lápices de 36 colores.
—¿Y eso? –preguntó Liam gatillando la cabeza hacia atrás.
—Son mandalas. Según Spadafora me servirán para “respetar los límites”. –Liam seguía con cara de no entender–. Ya sabes –continuó ella–, debo pintar, ser original, elegir los colores, etc., pero dentro de los límites del dibujo, ¿entiendes?
—Ajá –murmuró y se perdió tras un sorbo humeante de café.
—De qué querías hablar…
—Es más bien una advertencia. El trabajo es fácil y ya lo conoces. A lo sumo te adaptarás a las formas de aquí, y los muchachos son en general bastante buenos y respetuosos. Excepto…
—¿Excepto?... –Mae lo miró impasible, como si no le preocupara que fuera el mismísimo diablo en persona.
Alcides Bermejo era un completo y certificado idiota. Todos en la fuerza lo aborrecían, pero había un pequeño problema. Había, por orden de vaya a saber uno quién, llegado a la más alta jerarquía después del jefe Giovanni. Era por así decirlo, el jefe operativo. Todo pasaba por sus manos, y era quien decidía qué y con quién se investigaba.
Liam ya había tenido con él varios cruces laborales, pero el que le había dejado la sangre en el ojo era el de la noche de la fiesta de la policía de un año atrás.
Sarah estaba particularmente hermosa esa noche. No es porque fuera su esposa, pero estaba seguro de que era la mujer más hermosa del lugar. Llevaba un vestido entallado de encaje negro, se había recogido el cabello castaño elegantemente, y su rouge era mortalmente rojo.
Ahora que lo pienso, quizás por eso no volvió a pintarse ni a vestirse tan atractiva…
Bermejo, para variar, estaba borracho desde antes que empezara la jornada, y le echó el ojo en cuanto la vio. Era tan evidente y grosero que debía haber supuesto que la encararía no bien la descuidara.
Debí suponerlo.
Por un momento se distrajo con otros camaradas hablando de temas de los que hablan los policías cuando están en un ambiente distendido, de trabajo.
Pero la dejé segura, estaban otras esposas charlando amenamente. No entiendo por qué se quedó sola.
Cuando Sarah salía del tocador en la planta alta del edificio de convenciones, él la estaba esperando acechándola como a una presa.
—Estoy tan duro que creo que me van a reventar los pantalones, cariño. Qué te parece si no desperdiciamos ni esto –dijo tocándose la entrepierna– ni tu hermoso culo… tu maridito está entretenido con los otros maricones como él…
Cuando Liam llegó sin aliento escaleras arriba, Sarah había pasado de la palidez absoluta al rojo incendiario. Solo alcanzó a escucharle decir: “no me toques, hijo de re mil puta”, cuando se abalanzó enceguecido sobre el balbuceante Bermejo que terminó en el piso con el feroz strike que le asestó.
La cosa no terminó muy bien para Liam, que estuvo a punto de ser sumariado, si no fuera por el jefe Giovanni.
En cuanto a Bermejo…
—Es un hijo de puta…
—¿Perdón? –preguntó Mae confundida.
—Lo siento, pensé que lo había mencionado. Bueno, el jefe a quien debemos reportar, Bermejo. Es un hijo de puta y debes cuidarte de él.
—Te agradezco la preocupación, pero ¿realmente crees que hubiera llegado hasta donde llegué si no supiera cuidarme sola? –Mae no estaba ofendida, sino más bien enternecida por el gesto sobreprotector de Liam. Lo apreciaba, pero sabía que era totalmente innecesario.
De hecho, yo soy quien te cuidaré a ti de ahora en más. Eres frágil, todos los hombres lo son, y aunque les cueste admitirlo, ustedes son el verdadero sexo débil.
Tras coordinar horarios, tareas, y algunos pormenores sobre investigaciones en curso, Liam se levantó mirando su reloj.
—Es tarde… debo irme.
Al llegar al hall de entrada, reparó en un pequeño cuadro vidriado colgado junto a un perchero.
Parecían dibujadas, pero al acercarse…
—¡¡¡Qué demonios!!!
—Son mariposas…
—Lo sé, pero por qué comprarías algo de tan mal gusto…
—No las compré. Las atrapé yo.
Liam hizo nuevamente ese gesto de tirar la cabeza hacia atrás en forma instintiva, que le salía cuando estaba perplejo.
—¿Y cómooo…?
—Las tomo delicadamente para no romperles las alas ni arruinarles el polvillo que les da color, y una vez que las tengo inmovilizadas, les aplasto la cabeza entre el dedo índice y el pulgar.
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