Kitabı oku: «Más allá del ayer»

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Más allá del ayer

Misioneros en África para Jesús

Dr. Ronald K. Noltze


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Prólogo

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Nota del editor

Más allá del ayer

Misioneros en África para Jesús

Ronald K. Noltze

Dirección: Natalia Jonas

Diseño del interior: Giannina Osorio

Diseño de la tapa: Mauro Perasso

Ilustración de tapa: Propiedad de Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición e - Book

MMXXI

Es propiedad. © 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-541-2


Noltze, Ronald K.Más allá del ayer : Misioneros en África para Jesús / Ronald K. Noltze / Director Natalia Jonas. - 1ª ed - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineISBN 978-987-798-541-21. Misiones Cristianas. I. Jonas, Natalia, dir. II. Título.CDD 230

Publicado el 30 de diciembre de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicado al recuerdo de mis padres...

Con admiración por su labor misionera...

Y como un agradecido reconocimiento por su inspiración para mi vida.


Gbon, gbon kua lii

kua kelee kua lii

kua lii yala po tai

kua kelee kua lii

(Traducción de la dedicatoria en lengua kpelle)

A mi esposa, Noemí.

A mis hijos y sus familias.

Prólogo

“No tenemos nada que temer en el futuro,

a menos que olvidemos la manera

como el Señor nos ha guiado en el pasado”

Elena de White, Notas biográficas

(Buenos Aires: ACES, 2013), p. 193.

Quien logra hacer un alto en la estresante vida moderna para echar un vistazo a su propio pasado descubre, con sorpresa, que esa mirada retrospectiva enriquece sensiblemente. Inspira a comprender muchos de los enfoques que ha dado a su vida y permite interpretar una serie de decisiones que inconscientemente ha tomado.

El pasado no puede borrarse de nuestra mente, sino permanece resguardado en ella en el subconsciente. Y, desde allí, trabaja generando nuestro carácter y plasmando nuestra personalidad. Se trata de un proceso continuo: mientras más años dejamos atrás, más vivencias se acumulan. Con el correr del tiempo nos alcanzan nuevas impresiones que desplazan –inadvertidamente– experiencias anteriores al infinito del subconsciente.

Suponemos que dichas experiencias se han perdido, pero no es así. Están almacenadas y de ninguna manera inactivas. Se encuentran depositadas en una red sofisticada de archivos de la mente, están permanentemente a disposición para influenciar nuestras decisiones. El pasado dispone las herramientas para que estructuremos el presente.

Fue Salomón quién dijo: “Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6).1 Hacemos bien en prestar atención a los eventos del ayer: estos nos ayudan a entender el presente.

En el pasado, las experiencias de misioneros enviados a tierras lejanas ha sido un tema que ha cautivado, como pocos, a creyentes cristianos de distintos lugares y denominaciones. En línea con esto, en las primeras décadas del siglo XX una serie de sociedades misioneras del centro y del norte de Europa enviaron voluntarios a países de ultramar. Una de ellas fue la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Liberia, un país de África Occidental, fue el destino señalado para uno de los barcos que partió desde el puerto de Hamburgo. Aquella nave llevaba a personas jóvenes de habla alemana que habían aceptado el desafío de proclamar el evangelio a hombres y mujeres de otras culturas. Los registros cuentan de nombres como Rudolf Helbig y su esposa, Elisabeth –tras cuya muerte, el misionero se casó con Erna, con quien continuó la labor–, Ernst Fla­mmer y su cónyuge Hanny, Rudi Reiter y el matrimonio conformado por Karl Noltze y Clärle.

Claro que ellos no estaban solos: las oraciones de sus iglesias los acompañaban. Es que los proyectos en los campos misioneros distantes fueron considerados, al mismo tiempo, proyectos de las iglesias que enviaban a los voluntarios. Todos y cada uno de los miembros se sentían parte del cometido. De hecho, había en el calendario eclesiástico un momento culminante: las visitas de estos misioneros a su país de origen y el relato de sus experiencias. Aquello significaba un impulso espiritual para las iglesias.

Hoy en día los tiempos han cambiado. Las culturas han evolucionado. El hombre mismo se ha ido transformando.

Actualmente, el evangelio no resulta atractivo para el europeo promedio, un individuo secularizado que difícilmente reconoce la existencia de Dios. Sin embargo, no fue en vano lo que se hizo en el pasado: “Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás” (Ecl. 11:1).

El crecimiento espiritual de aquellos países donde se esparció la semilla es palpable. La cosecha está madura. Las pequeñas capillas de la selva se han transformado en iglesias. Y de las estaciones misioneras resultaron escuelas, academias e instituciones médicas.

Los frutos, claro, también incluyen vidas transformadas: no son pocos los predicadores religiosos que han surgido de esos campos misioneros tan distantes de nuestras latitudes. Así, se continúa un círculo virtuoso: los mismos predicadores traen a la memoria de los europeos los valores cristianos que décadas atrás les fueron enseñados.

El libro que está en tus manos tiene la intención de volver a iluminar el pasado. Lleva el deseo de trasmitir a la generación actual las experiencias de aquella época, con el fin de que estas vivencias sirvan como un impulso para la iglesia. Así, los creyentes actuales podrán nutrirse del legado de los misioneros. Estas páginas también abrigan la esperanza de que los jóvenes encuentren, en los desafíos y las vivencias de los pioneros, sentido e inspiración para sus propias vidas. Finalmente, pero no menos importante, este libro busca servir como motivación para ti y para mí, para que podamos mantener una fe firme y sólidamente fundamentada.

Fue Dios mismo quien señaló la necesidad de conservar recuerdos. Según el relato de la Biblia, al finalizar el Éxodo, fue él quien ordenó a Josué, el líder de Israel, la erección de dos monumentos como recordatorios de la travesía milagrosa por el río Jordán. Mientras las aguas de este aún eran detenidas por Dios, doce rocas debían ser apiladas como recordatorio perpetuo en medio del lugar. Un segundo monumento –también con doce rocas– debía ser construido en la orilla, lejos de las aguas del río.

“Y habló a los hijos de Israel, diciendo: Cuando mañana preguntaren vuestros hijos a sus padres, y dijeren: ¿Qué significan estas piedras?, declararéis a vuestros hijos, diciendo: Israel pasó en seco por este Jordán. Porque Jehová vuestro Dios secó las aguas del Jordán delante de vosotros, hasta que habíais pasado, a la manera que Jehová vuestro Dios lo había hecho en el Mar Rojo, el cual secó delante de nosotros hasta que pasamos” (Jos. 4:21-23).

Los valores divinos son inmutables. Las culturas cambian y se adaptan. Las sociedades se modifican. Los objetivos de movimientos religiosos pueden incluso descarrilar. Pero, a pesar de todo, el amor de Dios hacia el ser humano se mantiene inamovible. Las aspiraciones humanas y las obras son limitadas, tanto por las estructuras como por el tiempo. El Eterno es permanente. Por ello es valioso trasmitir lo vivido junto con Dios: porque estas experiencias se mantienen vigentes independientemente del tiempo y del lugar.

La descripción de los comienzos de la misión en la inhóspita selva de Liberia es impresionante. La búsqueda de contactos con los aborígenes llevaba a los misioneros muchas veces hasta los límites mismos de lo que era aceptable. Barreras lingüísticas y diferencias culturales se levantaban como muros insuperables para aquellos voluntarios en tierra remota. Los malentendidos y una total falta de comprensión de parte del pueblo local los acompañaban constantemente. Los nativos no estaban en condiciones de aceptar los aparentes errores de los extranjeros en relación con sus costumbres.

Por el contrario, preocupados por la pérdida de su poder, los brujos, los “diablos del pueblo” y las sociedades secretas incitaron los ánimos de los locales en contra de los misioneros. Estos “blancos” eran para ellos, en realidad, ¡las almas resucitadas de sus antepasados muertos! Aquel era un obstáculo místico severo, el cual exigía no poco tacto para ser enfrentado y desarraigado.

Resulta inspirador observar cómo, a pesar de todo, estos hombres y mujeres paganos de la selva, apegados de manera ingenua y ciega a la superstición de su cultura, abrían paulatinamente sus corazones. Humildemente y tocados por el mensaje de salvación, cientos de ellos encontraron el camino a la fe cristiana y al bautismo.

Una vez que el africano se decidía por el evangelio de Cristo, se convertía en un discípulo fiel hasta la última consecuencia. Este hecho ayudó a la expansión del evangelio una vez que los misioneros dejaron Liberia, ya que los conversos locales, quienes previamente habían sido capacitados, continuaron con la obra en los pueblos vecinos.

Además de la resistencia de muchos locales al mensaje del evangelio, Liberia presentaba desafíos propios de su geografía. Los peligros de la selva, emboscadas, el calor constante, las enfermedades y privaciones de todo tipo a las que fueron sometidos los pioneros son motivos suficientes para valorar su tarea. ¡Qué tremenda dedicación mostraron, sin vacilar, con el único fin de predicar el evangelio! ¡Qué manera de poner en un segundo plano su bienestar físico y sus necesidades personales! La alimentación era desequilibrada, la higiene mínima y su salud, muchas veces, estuvo severamente comprometida. Los diarios que con tanto esmero escribieron están colmados de situaciones que reflejan cómo solo con la oración y tomados de la mano de Dios lograron sobrellevar los constantes imprevistos. Así, ellos crecieron espiritualmente y se convirtieron en verdaderos pilares de fe de la nueva comunidad de creyentes.

Como hijo de estos misioneros, muchas de las experiencias mencionadas han sido parte de mi propia vida. Liberia, donde nací, está íntimamente entrelazada con mi infancia. La selva, el idioma y sobre todo el alma africana, que fueron parte de mis primeros años, han dejado sus huellas.

Hace algunos años tuve que viajar desde Buenos Aires, la capital de Argentina, hacia Europa. Y por aquellas marcas que Liberia había dejado en mi infancia, decidí aprovechar la escala en suelo africano y pasar un tiempo en mi tierra natal. Aquel fue un viaje sorpresivo, improvisado, sin ningún tipo de planificación a un lugar que por mucho tiempo no había pisado.

No tuve que esforzarme demasiado para evocar los recuerdos de mi infancia. Y no solo por lo que fluía naturalmente de mis pensamientos, sino también por una particular costumbre que encontré en la escuela primaria local de Liiwa, la estación misionera en la que nací. Allí, los domingos por la mañana todos los alumnos de la escuela asistían a una clase de enseñanza religiosa. Antes de esto, sin embargo, se seguía fielmente una rutina: relatar de memoria la historia de los misioneros adventistas en Liiwa y en el resto del país. Cada uno de los alumnos repetía una parte, comenzando con la llegada de los primeros misioneros a la costa de Liberia y siguiendo progresivamente hasta el presente.

Evidentemente, estaba en presencia de una transmisión oral fiel –palabra por palabra– de todos los detalles del pasado. Con visible satisfacción, el director de la escuela me presentó este logro didáctico de sus alumnos.

Esta experiencia tan singular generó un impacto en mí. El tipo de impacto que lleva a la acción: decidí conservar también –en este caso por escrito– el desarrollo histórico de las misiones de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Liberia.

Los hechos reales que relata este libro son extraídos de un sinnúmero de páginas de diarios personales, notas informales, manuscritos y registros, como así también de artículos y otras publicaciones en revistas de la Iglesia Adventista, tanto en Alemania como en los Estados Unidos. También fueron empleados otros documentos complementarios, como informaciones oficiales enviadas a la Sociedad Misionera en Hamburgo y a la sede de la Asociación General en los Estados Unidos, cartas a iglesias, a los amigos y a la familia.

Por último, hay una gran cantidad de fotos y un reciente documental audiovisual que retratan gráficamente los eventos descritos en el libro.

Quiero expresar una palabra de sentido agradecimiento a Noemí, mi esposa. Ella no solo apoyó sin reservas mis horas de ausencia, empleadas en la selección de los documentos, sino que también me acompañó durante el proceso de lectura y la estructuración de los manuscritos.

Igualmente agradezco a mis dos hijos por su apoyo: a Eroll, por su bien lograda filmación de los comentarios de su abuelo Karl; y a Ariel, por los oportunos consejos en la configuración del libro.

Gracias también a Franz Mössner, editor del Top Life Center Vienna (casa publicadora situada en Austria), por su apoyo profesional para facilitar la publicación de este libro.

Pero, por sobre todo, gracias al Señor del cielo, que permitió que las vivencias excepcionales de nuestros misioneros puedan revivir una vez más y sean accesibles al lector.

Ronald K. Noltze, marzo de 2016.

1 Los versículos bíblicos citados en el libro corresponden a la versión Reina–Valera 1960.

Introducción
En busca de mi pasado

El monótono ruido de las turbinas me estaba dando sueño. Poco a poco se habían silenciado las conversaciones de los demás pasajeros y mi vecino de asiento daba la impresión de dormir. Noté que había total tranquilidad en el avión. Estaba cómodamente reclinado en mi asiento del gran Jumbo Jet en el que me encontraba. En mi mente miles de recuerdos se entretejían con el desafío de aquello desconocido que me esperaba en los próximos días.

Aquel día de 1978 me encontraba en un vuelo intercontinental entre Sudamérica y Europa. El avión despegó mientras los últimos rayos del sol se escondían en Buenos Aires. La máquina comenzó a volar sobre el Atlántico y a acercarse, cada vez más, a la costa de África. Para la 1:00 de la mañana estaba programada la única escala en los 14.000 kilómetros de travesía.

En mi entresueño, registré de pronto que el ruido de las turbinas había cambiado su frecuencia. “¿Será acaso la hora del aterrizaje en África?”, me pregunté. En ese mismo instante se oyó también la voz de una azafata por el parlante de a bordo, anunciando:

–Señoras y señores, hemos abandonado la altura de vuelo y comenzamos el descenso al aeropuerto de Monrovia.

¡Monrovia! Ese era el nombre esperado. ¡Estábamos llegando! Monrovia es la capital de Liberia, asentada en la costa occidental del continente. Me encontraba muy cerca de la tierra donde, como hijo de misioneros alemanes, había nacido. Entonces, recuerdos de mi infancia, que por mucho tiempo habían sido desplazados, comenzaron a surgir ante mí. Porque en aquel país, más de cuarenta años atrás, había vivido una niñez llena de felicidad. Ese lugar era un paraíso de selva tropical y un pueblo amalgamado con esa naturaleza. Una nación políticamente orientada y dispuesta como nueva patria para centenares de los liberados de la esclavitud en los Estados Unidos.

En aquel tiempo en el cual me prestaba a reencontrarme con mi tierra natal, estaba trabajando como médico-misionero en Argentina y el viaje me llevaba a Alemania, donde iba a encontrarme con mi familia. Una agencia de viajes en Buenos Aires me había ofrecido un vuelo con la aerolínea KLM.

–Desafortunadamente no es un vuelo directo, señor. El avión hace una escala en Liberia –me dijo el hombre en el mostrador.

En realidad, esa parada no era parte de mi plan. El vuelo se alargaría por varias horas. Reflexioné por un momento. Y mientras lo hacía, sentí subir ante mis ojos un aluvión de recuerdos, los cuales pintaban la estación misionera de mi niñez. Fue algo completamente inesperado. ¿Debía aprovechar la oportunidad y correr el riesgo de la aventura? ¿Sería acaso esta la única oportunidad de mi vida para buscar las huellas de mi infancia en la frondosa selva africana?

Tomé coraje para decidir rápidamente, miré al empleado y le dije:

–Reservé el vuelo para mí, pero por favor con una variante: quiero interrumpir el viaje en Monrovia por cuatro días y recién entonces continuar hacia Alemania.

El empleado quedó sin habla. “¿Qué querría hacer este hombre con esos días en África?”, se habrá preguntado, en una época donde los destinos exóticos estaban lejos de considerarse opciones turísticas.

El hombre miró y estudió sus papeles y luego me dijo:

–La interrupción es posible, incluso sin recargo adicional.

Preferí no darle ninguna aclaración de lo que iba hacer con esos cuatro días: dudaba sobre si sería capaz de creer mi explicación.

No sabía mucho acerca de la situación en Liberia. La Segunda Guerra Mundial había dificultado los contactos, ya que el país se había aliado con los Estados Unidos, y todos los misioneros europeos emigraron o fueron encarcelados. Tenía, sin embargo, una referencia para comenzar a buscar mis raíces: recordaba muy bien que vivíamos en una estación misionera llamada Konola. Con el transcurso de los años, esta se había transformado en una gran escuela con internado: Konola Academy. En alguna parte, a unos 80 kilómetros de la capital, en dirección al interior del país, debía estar ubicada esta institución.

Claro, aquella información no era demasiado. Desde luego, no tenía su dirección a mano, ya que no estaba preparado para este viaje. Pero, de alguna manera, tenía que encontrar esta escuela, organizar mi visita y encontrar un razonable alojamiento.

A partir de los relatos que mis padres me contaban, sabía que los habitantes nativos de las aldeas solían llamar al misionero, mi padre, “Massa Noltze”. Pensé que este detalle, por más débil y por más lejano que estuviera en el tiempo, podría ayudarme para contactar al director de la escuela de Konola.

El tiempo era escaso. Decidí enviar desde Buenos Aires un telegrama en inglés. Por aquel momento, a fines de la década de 1970, los telegramas eran la manera habitual para enviar mensajes internacionales urgentes:

“Al señor director – Konola Academy – Liberia”.

“Hijo del misionero Massa Noltze viene de visita”.

“Llegada 18 de mayo – 1:00 a.m.”

“Aeropuerto Monrovia – KLM”.

“Por favor, tome contacto”.

Ahora no quedaba más que orar por la ayuda de Dios, y así lo hice fervientemente. Estaba dispuesto correr el riesgo de la incertidumbre: tenía la esperanza de que alguien, en alguna parte en Liberia, estuviese en condiciones de interpretar debidamente este extraño telegrama y dispuesto a hacerlo llegar a su destinatario real. La inesperada posibilidad de interrumpir mi vuelo en Liberia era un desafío a mi pasado.

El aterrizaje de la gran Boeing 747 fue notablemente suave: apenas una sacudida y la máquina fue rodando por la pista hasta detenerse del todo. Un tanto preocupada, una azafata vino hasta mi asiento y me habló en voz baja:

–¿Es usted el Señor Noltze? Piensa dejar aquí el avión, ¿verdad? Monrovia es una ciudad muy peligrosa, señor, ¡y mucho más a estas horas de la madrugada! ¿Cuenta usted con atención aquí? ¿Necesita nuestra ayuda?

En ese momento comencé a darme cabalmente cuenta de en qué aventura me había metido. Sentí cómo el calor subía hasta mi cuello y mi garganta. Con sorpresa, escuché mi voz decir en tono sereno y con plena convicción:

–Sí, sí... interrumpo aquí el vuelo. No se preocupe... ¡yo nací aquí!

La mujer, sorprendida, se retiró cortésmente. Y entonces llegó el momento... ¡Era, evidentemente, mi momento! De hecho, el único pasajero que dejaba el avión era yo. Sentí cómo todos los ojos se posaban en mí, el personaje exótico. El equipo de tierra arrimó una escalera móvil a la puerta de salida del avión. Con un paso subí hasta la plataforma de esa escalera, me tomé de la barandilla. Estaba húmeda. Y, entonces, me sentí de pronto rodeado de la noche africana... Un cielo estrellado se extendía sobre mí. El aire era cálido... Más que cálido: caliente y denso, impregnado del aroma mohoso-húmedo tan propio de la selva tropical.

Al llegar al edificio del aeropuerto, leí un cartel. Decía “Pasaportes”. El funcionario echó una mirada de sorpresa al documento, luego a mi cara, a mis ojos y otra vez posó su asombro sobre el pasaporte.

–Míster Noltze? –me preguntó en inglés.

–Sí, señor –respondí.

–¿Nació aquí, en Liberia?

–Sí, señor.

–¡Bienvenido! –exclamó mientras estampaba en mi pasaporte el sello rojo que me permitía ingresar al país.

¡Listo! El primer obstáculo estaba superado.

Un empleado uniformado me entregó mi maleta. Me percaté entonces de que me encontraba en una gigantesca sala de admisión, intensamente iluminada. Por donde miraba, había soldados uniformados, quienes se mantenían estáticos, pero atentos, ante cada movimiento de este único pasajero que llegaba al país.

Recién ahora estaba en condiciones de concentrarme en la nueva fase de mi aventura: el posible encuentro con un completo desconocido, en quien, desde hacía días, tenía puesta la esperanza de que me buscara.

Llevaba en mi mano derecha, a modo de identificación, una Review & Herald, la mundialmente conocida revista de la Iglesia Adventista en inglés. Mi pulso iba rápido. Lo sentía latir en el cuello. Estaba tenso. “¿Estaría alguien esperándome?”, me preguntaba. Concentrado, recorría con mis ojos cada rincón de la sala en busca de algo llamativo. Caminaba lentamente y solo.

De pronto, me detuve... ¡Allí había algo extraño!... Noté que, en esas tempranas horas de la madrugada, había una única persona no militar. Se encontraba en el otro extremo del salón, esperando debajo de un cartel verde que indicaba la salida. Vi que era un hombre de raza blanca. Aparentemente despreocupado, estaba apoyado contra un pilar con sus brazos cruzados sobre el pecho.

Lentamente encaminé mis pasos hacia esa persona. Y, mientras me acercaba, casi no podía creer lo que mis ojos veían: ¡En sus manos sostenía una revista! Al acercarme más, reconocí las letras. ¡Era una Review & Herald!

A miles de kilómetros de distancia, ambos nos habíamos decidido por la misma señal de identificación. Antes de pronunciar una sola palabra, lo sabíamos: ¡Nos habíamos encontrado!

–¿Es usted el director de Konola Academy? –pregunté.

–¿Es usted el hijo del misionero Massa Noltze? –respondió él, con otra pregunta.

Espontáneamente nos abrazamos, como si hubiésemos sido viejos conocidos de tiempos pasados, dos amigos que se habían encontrado de nuevo, después de un largo, muy largo viaje. No hizo falta explicar nada más en aquel momento. ¡Todo estaba aclarado! Lo anhelado se había hecho realidad... La Providencia había permitido lo humanamente imposible.

Por vías muy inusuales, y luego de que pasara por diversas manos, Bruce A. Roberts había recibido, como director de la escuela de Konola, el extraño telegrama que yo había mandado. Entonces, lo evaluó. Una y otra vez –me contó– había leído el mensaje, había analizado el contenido y, finalmente, había logrado darle al texto su correcta interpretación. ¡Se había arriesgado a conducir de noche, cien kilómetros por rutas de selva, hasta el aeropuerto, para esperar allí a un absoluto desconocido!

A través de las oscuras y desiertas calles de Monrovia, tomamos finalmente la ruta hacia el interior, el camino a Konola.


Entrada principal de la Konola Academy.

Gatai, la niñera

Me desperté demasiado temprano. Una mirada al reloj me confirmó lo que mi cuerpo me decía: no había dormido muchas horas. Eran a penas las seis de la mañana.

Me sentía incómodo y hacía demasiado calor. Noté que estaba bañado en sudor. Mi ropa, inusualmente húmeda, estaba pegada a mi cuerpo (y eso que eran las primeras horas del día). En el aire, denso, se percibía un constante aroma húmedo y mohoso, propio de la selva tropical.

La señora Roberts me invitó a desayunar.

–Hace ya varios años que estamos en África y nos sentimos bastante cómodos aquí –me dijo la joven estadounidense–. Los muchos alumnos y alumnas, junto con el personal docente, son tarea suficiente para llenar nuestros días. Es gente maravillosa. Los amamos sinceramente –agregó.

Luego, Bruce me explicó:

–Konola Academy es una de las cuatro mejores escuelas del país. Pertenece a la Misión de Liberia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, cuya sede central se encuentra en Monrovia. En el país, quienes se consideran personas de elevado rango social o de un nombre importante, envían a sus hijos a nuestro internado. Realmente tiene una muy buena reputación.

Justo en ese momento, cuando mis anfitriones se aprestaban a escucharme para saber algo más de mí, fuimos sorprendidos por unos extraños golpes en la puerta. Venían de la entrada principal de la casa, y, a juzgar por la reacción de los Roberts, no eran habituales. En realidad, habían sido golpes muy vacilantes, tan tímidos, que personalmente no los había escuchado. Roberts se levantó de un salto, empujó su silla hacia atrás y se fue hacia la puerta.

–¿Quién está ahí? –preguntó.

Pero no hubo respuesta. Un rayo de sol resplandeciente entró cuando abrió la puerta. Protegiendo sus ojos con la mano, comenzó un fluido intercambio de palabras. No alcanzaba a ver a la persona con la que hablaba, pero, por su voz, me di cuenta de que era una mujer. De todas maneras, no podía entender ninguna palabra del dialecto nativo en el que hablaban. Siempre con su mano en el picaporte de la puerta, Bruce giró lentamente la cabeza y clavó sobre mí una mirada larga, inquisitiva. Mientras lo hacía, se mantenía en silencio. Aquello era vergonzoso. Y, aunque no había entendido lo que hablaban, era evidente que el asunto tenía que ver conmigo.

Para complicar la situación aún más, la señora Roberts también se levantó y se sumó a la agitada conversación. Esto continuó por unos instantes. De pronto, el dueño de casa regresó a la mesa visiblemente consternado y, aferrando con ambas manos el respaldo de su silla, me dijo:

–Mi estimado amigo, allí afuera hay una mujer. Yo la he visto muchas veces por aquí, porque es una de las cocineras del internado. O esta mujer está desorientada y confusa, hablando disparates, o en lo que dice hay algo de verdad. A toda costa quiere hablar con usted. Asevera que lo conoce desde hace mucho tiempo. Asegura haber sido la niñera que trabajaba para la Sra. Noltze, su madre. Insiste en haberlo cuidado cuando era pequeño... Su nombre es Gatai.

G - A - T - A - I.

Esta palabra desencadenó una cascada de recuerdos en mi mente. En una fracción de segundo aparecieron ante mi retina imágenes que por un largo tiempo habían estado almacenadas en la profundidad de mi subconsciente. De repente, estas imágenes tomaron forma. Estaba sensiblemente conmovido, y a la vez turbado. Gatai: esa era una imagen amorfa en mi mente a la cual debía dar nuevamente estructura y vida.

–Sí, ¡este nombre tiene significado para mí! –respondí.

Un tanto cohibido por todo ese contexto me levanté y murmuré a mis anfitriones:

–Gatai... Gatai... sí, sí... este nombre me resulta familiar. Mis padres muchas veces han hablado de una muchacha llamada Gatai, ese nombre me suena. He visto más de una foto de Gatai. De alguna manera ella ha estado muy ligada a la vida de nuestra familia y la de la estación misionera. Creo que lo que esta mujer dice puede ser real. Me gustaría hablar personalmente con ella.

Afuera, a pocos metros de la casa, me encontré con una mujer morena, de baja estatura y festivamente vestida. Un elevado turbante amarillo y rojo adornaba su cabeza: aquello era una demostración de que ese encuentro era algo muy especial para ella. Un paño de tela multicolor envolvía su cuerpo desde el cuello, pasando por la cintura y llegando hasta cubrir los tobillos. No había joyas en el cuello. No vi pendientes. Estaba descalza. La expresión de su rostro reflejaba la tensión de su alma. Estaba sola. No había otra persona cerca.

Por supuesto, no la reconocí... Era totalmente imposible que así fuera. Fue ella quien rompió la tensión del momento y logró articular las primeras palabras:

–¿Es usted Míster Bubele? –la escuché decir con el acento típico del inglés de Liberia.

Ahora sí, mi sorpresa llegó al extremo. ¡Su frase logró desconcertarme del todo! Solo con dificultad pude mantener la compostura... ¿Cómo era posible que, a miles de kilómetros de Alemania, en lo más recóndito de África, rodeado por selva virgen y animales salvajes, escuchara de la boca de una mujer no blanca y totalmente desconocida mi apodo de niño en alemán: “Bubele”?

Solamente mi padre y mi madre solían llamarme cariñosamente Bubele en mi niñez. Esto sí que eran aires de antaño, de tiempos muy lejanos.

Muchos años habían transcurrido, y las costumbres habían cambiado. Para cuando nos encontramos con Gatai, ya no se usaba de ninguna manera este diminutivo para referirse a un adulto. Solamente el dialecto suabo, del sur de Alemania, transforma un Bübchen (“muchachito”) en un Bubele.


Gatai y Ronald, Konola (1978).

Sentí que se me escapaban las palabras:

–Sí... efectivamente... ¡Yo soy el Bubele!

–Dígame, por favor, ¿es usted Gatai? –pregunté, aunque la respuesta estuviera implícita.

–Sí, señor, soy yo... yo soy Gatai.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, sin poder –o sin querer– evitarlo, abracé emotivamente a esta pequeña y, en realidad, totalmente desconocida mujer. Gatai respondió sin ninguna timidez: estaba eufórica.

Pero lo que a continuación me esperaba era aun de mayor calibre. En forma totalmente inesperada, Gatai me tomó con ambas manos por la cintura y, sujetándose firmemente, comenzó a pisar el suelo, levantando alternativamente sus pies con un ritmo rápido. Al mismo tiempo, emitía un sonido alto y muy agudo, interrumpido por los labios o la lengua. Sonaba como: “¡Bi... bi... bi... bi... bi... bi...!”

¡Qué extraña situación! ¿Qué podría significar esto? ¿Cómo debía reaccionar? ¿Se trataba acaso de un ritual de alegría? ¿O, tal vez, tenía un significado vergonzoso para mí? ¿Era acaso un homenaje a mi persona?

Por encima del hombro, eché una mirada a Bruce. Pero solo le vi una sonrisa radiante y relajada. Aún más divertida parecía estar su esposa. De modo que de allí no podía esperar gran ayuda para detenerme y entender qué era lo que pasaba.

Mientras tanto, Gatai no cesaba con su baile. Todo este asunto, de alguna manera, se extendía demasiado para mi gusto. Para colmo de males, mientras ella bailaba, venían corriendo desde distintos lugares estudiantes de la escuela. Muy pronto estábamos rodeados por docenas de muchachos y chicas que gesticulaban alegremente y se esforzaban por emitir el mismo chirrido estridente y tan singular: “¡Bi... bi... bi... bi...!” ¡El mundo parecía fuera de control!


Danza: expresión de alegría y bienvenida.

Finalmente, las fuerzas de Gatai se agotaron. Sus manos soltaron lentamente mis caderas y ella se desplomó exhausta en el pasto.

Más tarde supe de qué se trataba aquello. El pataleo rítmico, acompañado por la imitación del grito de un conocido pájaro de la selva, era el más alto homenaje y cordial saludo que su tribu conocía. Era el mensaje de bienvenida bailado de la mujer de la selva; la expresión máxima de su afecto.

¡Liberia me había dado la bienvenida! El director quería mostrarme el campus y las instalaciones de la escuela. Invitó a Gatai a que nos acompañara. La entrada principal del edificio llevaba con letras blancas en relieve la inscripción: “Konola Academy – Seventh-day Adventist Church”. Altas palmeras de la época de los pioneros marcaban todo el trayecto de las calles y, desde el campanario, la vieja campana donada por iglesias alemanas en los años treinta seguía llamando para todos los servicios religiosos.

No muy lejos de allí, se encontraba sobre un pedestal el tambor de 2 metros de altura, un regalo de los nativos de Liiwa –una de las estaciones misioneras fundadas por europeos– a los pioneros. Los recuerdos seguían aflorando en mi mente.

Una gran capilla de arenisca blanca atestiguaba el crecimiento de la iglesia. Los hogares estudiantiles y las aulas constituían el centro neurálgico de la escuela, y la bandera de Liberia ondeaba en un mástil central.

En todas partes nos encontramos con jóvenes bien vestidos con uniforme de estudiante: una camisa de color gris claro con falda o pantalón azul. La disciplina y el orden entre los más de trescientos estudiantes era evidente. En la cocina estaba, como en los viejos tiempos, la olla de hierro negro sobre el fuego abierto, con el almuerzo para los alumnos.


Alumnas con el uniforme de la Konola Academy.

Además de la recorrida por la escuela de Konola, Gatai reservó una visita muy especial para mí: a la casa en la que habíamos vivido junto con mi familia, un lugar en el cual había quedado parte de mi historia y también de la suya. Los recuerdos que me apuntó Gatai resucitaron en mi mente una infinidad de anécdotas que hicieron revivir el pasado y más de una experiencia olvidada volvió a tomar forma. No solo era “mi día”, también era el “día de Gatai”.


Estación misionera Konola: la casa de los misioneros, edificada por pioneros en 1936.

Viaje a Liiwa

–Mañana tenemos que visitar sin falta Liiwa, tu lugar de nacimiento –dijo Roberts.

Liiwa había sido la segunda estación misionera fundada en el país.

–Para cubrir esta distancia antes los misioneros necesitaban unas dos semanas –nos dijo Gatai, en relación con el trayecto que íbamos a emprender–. Solía ser una caravana de hasta treinta hombres de carga. La señora, tu madre, generalmente viajaba en una hamaca. Yo siempre los acompañaba, ya que conozco esa región –explicó.

Ahora, con auto, podían cubrirse en solo dos horas los 110 kilómetros hasta la ciudad de Gbarnga, la capital de la provincia. Allí tuvimos que dejar el vehículo, porque solo por senderos de densa selva se podía llegar hasta la antigua estación misionera: Liiwa. Gatai era de esta zona. Para mi gran sorpresa y consternación, se quitó súbitamente toda la ropa y se quedó solo con un taparrabos –llamado lappa entre los nativos–, la vestimenta natural de su tribu.

–No me entenderían de otra manera –fue su comentario, ingenuo y seco, al notar mi sorpresa.


Estación misionera Liiwa (1935).

La agotadora caminata, cuesta arriba y en el calor del mediodía, me exigía al máximo. Gatai, por su parte, caminaba ágil y liviana a mi lado, entreteniéndome con recuerdos, a la vez que se empeñaba con solicitud en ayudarme, cuando mi calzado quería resbalarse en los húmedos puentes, llenos de moho, construidos con troncos de un árbol.

Inesperadamente, el bosque se abrió y salimos a un claro, una plataforma que permitía la vista sobre un vasto valle. Sobre una colina cercana se veía una alargada choza de barro, con techo de paja.

–Esa es nuestra escuela, la escuela de la Misión –dijo Gatai con orgullo.

Tres docenas de alumnos formaban una fila ordenada junto a su maestro y sobre ellos flameaba la bandera de Liberia. Era evidente que nos habían estado esperando. Cada uno vestía camisa y pantaloncito, y todos ellos tenían una Biblia en la mano.

–¿Cómo sabían ustedes que vendríamos hoy? –le pregunté al maestro.

–Oh, Míster Bubele, Recibimos la noticia con un mensaje del tambor que nos enviaron desde Konola –me explicó.

Giré y miré a los ojos de Gatai buscando comprender aquella respuesta. Mientras me miraba, murmuró con algo de vergüenza:

–Sí, Míster Bubele, fui yo.

Evidentemente había sido ella la que, sin consultar a Míster Roberts, hizo los arreglos para pasar el mensaje de aviso a su tribu mediante un código basado en el tambor.

El maestro de la escuela resultó sorprendentemente bien informado sobre el desarrollo histórico de las misiones adventistas en el país.

–Como parte de la enseñanza para los niños repetimos cada semana la historia de los pioneros. Cada niño sabe de memoria en qué forma se establecieron las diferentes estaciones misioneras. ¿Quiere escucharlo? –me preguntó.

Con visible satisfacción, llamó a un alumno de entre las filas y este repitió con voz clara cómo había sido la llegada del misionero Massa Noltze, en una barcaza, a la costa de Liberia. Era evidente: la trasmisión oral consecuente había logrado conservar cada uno de los detalles del pasado.

¡Impresionante! Escuchar de labios de un niño liberiano el relato de cómo mis padres habían arribado a su país fue algo conmovedor. ¡Estaba fascinado!

La casa principal de los misioneros en Liiwa ya no existía. Había sido incendiada y destruida por los hechiceros de la tribu de los Kpelle –un grupo étnico de la zona– a mediados de los años treinta. Pregunté a Gatai por el sitio.

–Conozco perfectamente el lugar donde ha estado ubicada la “gran casa blanca”, pero ahora está todo invadido y cubierto por los matorrales de la selva –me respondió.

De todas maneras, no me rendí e insistí:

–Quisiera ir a ese lugar, vayamos a esas ruinas, por favor.

Con machetes, algunos hombres de la zona nos abrieron laboriosamente el camino. Cuando llegamos, comprobé que Gatai estaba bien informada. Me encontré parado frente a los restos carbonizados de lo que alguna vez había sido mi lugar de nacimiento: allí estaban los hierros retorcidos y oxidados de la cama de mis padres, una cocina de hierro fundido con una todavía legible inscripción de “Stuttgart” y un pequeño montículo más alto y extendido de cenizas de lo que había sido una gran casa hecha de troncos.

¡Había llegado a la meta de mi viaje! Este había sido el desafío: las expectativas se habían cumplido. No sé durante cuánto tiempo permanecí en cuclillas, ensimismado, recordando lo que había sido y lo que ya no era más...

–No estés triste... –dijo Gatai con voz suave.

–Gracias –fue lo único que logré musitar.

Estaba emocionado ante estos mudos testigos. Ellos me hacían recordar a los intrépidos pioneros, quienes habían venido a este país para traer al pueblo liberiano el mensaje de un Redentor que los ama. Entre ellos estaban mis propios padres. Su confianza en Dios había sido más fuerte que el temor a los nativos incivilizados; más fuerte que el miedo a la selva, los animales salvajes y al calor tropical. Habían puesto fundamentos, con la certeza de que, con la ayuda de Dios, otros se encargarían de la cosecha.

Con el tiempo, las estaciones misioneras –sencillas, aunque bien organizadas– se desarrollaron. Seminaristas nativos, hijos de la misma tierra, fueron entrenados como pastores y continuaron con la labor. De los vacilantes comienzos resultaron escuelas reconocidas, una universidad, un hospital y una gran cantidad de iglesias adventistas en todo el país.

Mirada retrospectiva

¿Cuál fue la estructura social desde la cual Europa tomó la decisión de enviar misioneros a la costa atlántica de África? ¿Qué motivó a los pioneros para enfrentar semejante desafío de llevar el evangelio de Cristo a estos países tropicales? ¿Cómo fueron realmente las experiencias que vivieron estos hombres y mujeres junto a Dios?

Esta visita improvisada me permitió dirigir una mirada retrospectiva hacia una época prácticamente olvidada de Liberia. Y, al hacerlo, las preguntas sobre aquel pasado comenzaron a brotar en mi mente.

Las vivencias del viaje me impulsaron a reconstruir –pa­ra ti, apreciado lector– los años llenos de sacrificios y ricas experiencias de los primeros intrépidos misioneros en la costa occidental de África. De ello se tratan las próximas páginas.


Ronald Noltze de visita en Monorvia (1978). Pastor Harding, Secretario de la Misión de Liberia de la IASD. Bruce Roberts, Director de la Konola Academy.

Capítulo 1
Liberia, el campo misionero virgen en la costa atlántica de África

La Primera Guerra Mundial había terminado. Europa trató de recuperar su vida normal, pero los tiempos de la posguerra resultaron ser años por demás turbulentos.

Por un lado, hubo diversos conflictos políticos, pero fue la crisis económica la principal responsable de que se paralizaran los Estados del centro de Europa. Cinco años después de la rendición, Alemania se confrontó en 1923 con una hiperinflación nunca imaginada, la cual quitó a la gente hasta sus últimas posesiones. El desorden financiero se extendió paulatinamente a otros países y terminó, finalmente, en la crisis económica mundial que comenzó en 1928 (la cual estallaría al año siguiente y recibiría el nombre de La Gran Depresión).

Paralelamente, se notaba un cambio en la mentalidad del pueblo. Conceptos religiosos cristianos, que antes nunca habían sido puestos en tela de juicio, comenzaban a ser cuestionados. El proceso era complejo: mientras unos lo incitaban, otros lo veían con malos ojos. Paulatinamente, se llegó a una incertidumbre generalizada.

La escala de valores del cristianismo había sufrido una incisión notable, con la cual la mayoría tenía serios problemas. Una búsqueda por el retorno a las viejas raíces de estabilidad, nobleza y confianza se palpaba en todos los niveles y la gente encontraba estos postulados en la religión y en la fe cristiana. Las iglesias comenzaron a ser frecuentadas otra vez, las casas de oración se llenaron y los diferentes credos experimentaron un crecimiento repentino.

También los adventistas del séptimo día, cuyas raíces provienen de la Reforma y de los movimientos de reavivamiento del siglo XIX, se beneficiaron con este despertar religioso. Un intenso deseo por la actividad misionera impregnó sus filas. Los miembros de las iglesias tuvieron el anhelo de trasmitir a otros el mensaje del evangelio. Y esto involucraba tanto actividades en los propios países europeos como también esfuerzos misioneros extendidos a países lejanos, los cuales fueron apoyados e incentivados con mucho entusiasmo.

En 1926, la dirección general de la Iglesia Adventista en Europa Central decidió iniciar un programa de “campos misioneros nuevos”.

Desde hacía muchos años existían misioneros alemanes en África del este. Cerca del monte Kilimanjaro, en las montañas de Pare de Tanzania, se había establecido en 1903 la estación misionera Friedenstal. Otras instituciones la siguieron. Misioneros del norte de Europa y otros de los Estados Unidos fueron enviados a los más diversos países del globo. Aquella fue una época floreciente para las misiones en ultramar. Ahora, las miradas se dirigían a África occidental.

En una empresa mancomunada de Europa del Norte y Europa Central se acordó enviar voluntarios con el fin de establecer estaciones misioneras en Liberia. El secretario de las misiones inglesas, J. Read, y el alemán Walter K. Ising fueron los encargados del proyecto. Ante todo, tomaron contacto con el Gobierno de Liberia y lograron que este donara, generosamente, dos grandes terrenos a la iglesia. Estaban localizados no muy lejos de la costa, en la provincia de Grand Bassa. La primera condición básica para poder iniciar el proyecto había sido alcanzada. La siguiente tarea, un tanto más delicada, consistía en la búsqueda de jóvenes ministros, adecuados y capacitados para enfrentar el desafío de la misión.

En el transcurso de los siguientes catorce años, la iglesia extendió invitaciones para el “servicio como misionero en Liberia” a varios pastores. Ernst Flammer y Rudolf Helbig, de Alemania, fueron dos de los primeros en responder afirmativamente al llamado. Los siguieron Karl Noltze y Rudi Reiter. Más tarde, el teólogo Toivo Ketola se integró al grupo. Entre 1927 y 1941, estos hombres, junto con sus familias, pusieron los fundamentos para la iglesia en el país. Establecieron en la impenetrable selva liberiana tres estaciones misioneras: Palmberg, Liiwa, Konola y una sede central en la capital nacional, Monrovia.

Enviado como misionero a Liberia

Cada vez que misioneros venían de sus campos en ultramar y contaban sus vivencias y experiencias, los corazones de sus oyentes latían más rápido. Países lejanos, pueblos desconocidos y, sobre todo, la vida de un misionero en el frente de batalla escuchada de primera mano abría los corazones. El efecto no fue diferente entre los estudiantes del Seminario Teológico Marienhöhe, en Alemania. Más de un candidato al ministerio pastoral soñaba con ser también uno de estos intrépidos misioneros.

Para algunos de ellos, el deseo se convertiría en el desafío de sus vidas. Cada vez que se aproximaba el final del año de estudios, la dirección del seminario ofrecía a los alumnos dos alternativas: un llamado como pastor asistente en una iglesia en Alemania o tareas en algún campo misionero.

Los dos primeros que eligieron un llamado al extranjero fueron los antes mencionados Flammer y Helbig, quienes viajaron a Liberia en la primavera de 1927. Los informes que enviaban eran alentadores. Sin embargo, se podía leer entre líneas que la tarea encomendada era casi imposible de abarcar. Los líderes de la Iglesia se convencieron muy pronto de que hacían falta más manos. Al aproximarse el fin de los estudios, el director Schubert hizo llamar al seminarista Karl, de 23 años, a su oficina. El joven se preocupó, y no poco: una cita con el director siempre tenía una connotación especial. Karl, quien admiraba al director, no podía imaginarse que aquella charla derivaría en el cumplimiento de sus deseos más profundos.

–¡Noltze, la dirección de la Iglesia tiene un llamado especial para ti!

El mensaje de recepción para el estudiante de Teología fue corto, preciso y al punto.

–Hemos pensado en ti porque ha surgido la necesidad de enviar, todavía en este año, un misionero más a Liberia. Estamos convencidos de que eres el hombre para esta tarea. Puedes meditarlo y darnos el aviso de tu decisión –agregó el director, quien esperaba, con aquella sorpresiva oferta, dar la charla por cerrada.


Karl F. Noltze, graduado de teología (1927).

La idea de ser eventualmente un misionero había rondado durante bastante tiempo por su mente. Más de una vez había abierto su corazón a Dios y presentado en sus oraciones este deseo. Por eso, aunque el ofrecimiento que acababa de recibir era completamente inesperado en aquel momento, Karl estaba interiormente preparado para hacer frente a los desafíos que demandaba llevar el evangelio a una tierra remota.

El joven seminarista se puso en pie y, antes de dar un paso, dejó perplejo al director:

–Pastor Schubert, gracias por escogerme: ¡acepto el llamado! No necesito tiempo para meditar al respecto –respondió.

–¿Estás realmente seguro de lo que me dices, Noltze? –indagó, algo escéptico, Schubert–. ¿Te parece prudente esta rapidez? ¿No quieres tomarte algún tiempo?

–Sí, pastor, estoy absolutamente decidido. Estoy listo y acepto –reiteró su respuesta.

Tiempo después, en el certificado de graduación de Karl se leería: “Llamado como misionero a Liberia, África occidental”.

Era mayo y el viaje estaba previsto para el fin de año. Después de su graduación, el joven teólogo debía cumplir todavía con una práctica como pastor asistente durante seis meses y dedicarse al mismo tiempo, tanto como le fuera posible, a aprender el idioma inglés. A su vez, en el Instituto Tropical de Hamburgo se esmeraron por introducir al inexperto teólogo en las reglas básicas de la vida y la cultura en los trópicos. También era tarea del instituto impartir conocimientos rudimentarios en cuanto al diagnóstico y tratamiento de enfermedades tropicales, la protección del sol en dicha región, el uso del calzado adecuado para la prevención de mordeduras de serpientes, pulgas de arena y lesiones por escorpiones. La profilaxis del paludismo, el manejo del agua potable y recomendaciones para el trato con los nativos complementaban aquel programa de formación acelerada. Esos meses corrieron a una velocidad superior a la habitual.

Desde la sede central se le informó a Karl que durante parte del viaje estaría acompañado. Los secretarios de Misión, Read e Ising, se sumarían a bordo en Freetown (la capital de Sierra Leona). Juntos continuarían el resto del viaje hasta Liberia y, ya por tierra, hasta la estación misionera Palmberg.


SS-Wadai, línea Hamburgo-Africa Occidental.

Con un ticket para el Africa-liner SS-Wadai en el bolsillo, Karl estaba ahora listo para iniciar el viaje.

El calendario marcaba diciembre de 1927. Había llegado la hora de cumplir aquel sueño por el cual tanto había orado.

Un misionero se despide

La figura de Karl, erguida con firmeza en la cubierta superior del SS-Wadai, podía divisarse con claridad. Con ambas manos sostenía la blanca barandilla de cubierta. El barco estaba listo para zarpar. Por tercera y por última vez, se escuchó la ronca bocina del barco en señal de despedida para las personas que se habían acercado al puerto de Hamburgo. Las vibraciones de esta bocina de niebla parecieron atravesar las entrañas de Karl y llevaron a su estado de ánimo, de por sí inestable, al límite de lo tolerable. En realidad, él no era una persona muy sentimental. Pero las vivencias de las últimas horas, tantas palabras sentidas de despedida y los obligados abrazos que las acompañaban habían afectado notablemente su equilibrio emocional.

Sigilosamente, su mano buscó el pañuelo que, con sabia precaución, había colocado en su bolsillo. “Nunca se sabe”, había pensado. Y, aunque esperaba no tener que usarlo, lo tranquilizó saber que aún estaba allí, quizá para, en caso de ser necesario, esconder cualquier emoción que le brotara por los ojos. Hubiese sentido vergüenza ante los demás pasajeros que estaban en cubierta si lo veían llorar. No se percataba de que ellos también batían pañuelos y secaban disimuladamente lágrimas.

Abajo, en el muelle, se veían los pañuelos agitados por un grupo mixto de jóvenes. Conocía personalmente a casi todos ellos. Allí se encontraba su mentor, el Pastor Drangmeister, rodeado de hombres y mujeres jóvenes de los grupos juveniles de las iglesias adventistas de Hamburgo. También estaban allí los empleados de la casa publicadora de la iglesia junto con otros amigos que agitaban sus pañuelos. Todos se habían acercado al puerto, porque de corazón se sentían ligados a él. Querían despedirse, al fin y al cabo, no era algo de todos los días que un joven pastor partiese como misionero al extranjero.

“Qué bueno es no estar solo”, pensó Karl. Qué bien hacía, justo en esta hora, sentir el apoyo de tantas personas cercanas. ¡Qué bien le hacía a su castigada alma! Y qué bueno, claro, poder recurrir al pañuelo que estaba en su bolsillo.

Cuando el personal del puerto sacó los grandes calabrotes de los amarraderos y el casco del barco comenzó a distanciarse casi imperceptiblemente del muelle, se derrumbó hasta el último recurso de estoicismo en Karl. Lenta y sigilosamente, las lágrimas comenzaron a deslizarse, una tras otra, por sus mejillas, mientras las figuras de sus seres amados que se encontraban en el muelle se volvían cada vez más borrosas. Karl llegó a la conclusión de que lo mejor sería, tal vez, darle rienda suelta a esa emoción. Después de todo, nadie lo miraba; todos y cada uno a bordo estaban ocupados consigo mismos.

Los que estaban saludando en el muelle con sus pañuelos, lo veían parado fornido, rubio e inmóvil contra la barandilla, hasta que el cielo y el barco comenzaron a confundirse en la bruma. También para Karl las figuras de los amados se perdían cada vez más, hasta que se desvaneció el contorno del puerto de Hamburgo, ya lejos.

Como si fuese una película, el recuerdo de las vivencias de las últimas semanas y meses pasó por su mente. Aquello había sido una mezcla de estrés y mucha bendición. De seminarista había pasado a misionero, y con esto sus más secretos sueños se habían cumplido. Estaba dispuesto a dar lo mejor de sí. Y estaba convencido de que, con la ayuda del Cielo, iba a cumplir la misión a la cual había sido llamado.

Echó una última mirada a la nebulosa distancia, soltó las manos de la barandilla y caminó lentamente por la cubierta hasta la escalera que lo llevaría a su cabina. No compartía el recinto con nadie, por lo que podía acomodar sus cosas a gusto. Había dos camas. Se decidió por la del lado interno, el opuesto a la ventanilla, que le permitiría tener una libre vista al mar. “Por ahora, todo es muy agradable y cómodo”, pensó el misionero. Entonces, se arrodilló en su pequeña cabina y oró: “Eterno y omnipotente Dios, entrego mi vida en tus manos. Una vez más, quiero dedicarme enteramente a ti y al desafío que me espera. Dame la fuerza y la prudencia para realizar la tarea asignada. Amén”.

Luego, buscó su pequeña Biblia negra y leyó las palabras del Salmo 32:8, aquellas que tantas veces le habían dado fuerza y coraje en momentos difíciles:

“Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos”.

El Africa-liner SS-Wadai

El SS Wadai era un vapor a carbón de la compañía naviera alemana Woermann, de Hamburgo. Construido en 1922, en el momento en el que partió Karl era un barco relativamente nuevo. Tenía espacio para unos cien pasajeros, distribuidos en cincuenta cabinas. Con apenas 110 metros de largo y solo 15 metros de ancho, era todo menos un barco grande, y el flamante pastor Nolze tenía, con mucha razón, la impresión de que la navegación no era muy serena en el movido mar de invierno.

El viaje de Hamburgo a Monrovia duraría tres semanas. Habiendo relativamente pocos viajeros a bordo, los contactos entre los pasajeros se hacían muy rápido. Algunos se presentaban espontáneamente, mientras que otros eran introducidos por algún conocido en común. Después de pocas horas, todos se conocían. A esto se sumó que, durante su discurso de bienvenida en la primera cena a bordo, el capitán del barco calificó a todos los tripulantes como una “gran familia”. El ambiente resultó ser muy agradable en ese círculo.

Para aquella comida, Karl se había puesto su traje bueno, el negro. El capital saludaba en la entrada del comedor. A su lado, un oficial armado con una lista de pasajeros mencionaba el nombre de los que entraban:

–Bienvenido, pastor Noltze. De modo que usted es el misionero –señaló el capitán mientras recibía a Karl con una amplia sonrisa.

El apretón de manos fue agradablemente firme.

–Es siempre especial para nosotros tener un religioso a bordo –agregó.

A su lado, estaba el primer oficial, quien también saludó en forma amable:

–Es un gran honor.

Aquello fue todo muy formal. Al menos así le pareció a Karl, quien por un momento se preguntó: “¿Habrá habido algo de ironía en las palabras del capitán o fueron estas realmente sinceras?” Tras meditarlo por una fracción de segundo, se decantó por creer en la honestidad de su anfitrión de aquella noche.

–¡Gracias por la bienvenida, capitán! –señaló enérgico.

Sin embargo, notó que, de algún modo, hacía falta algo más, de modo que agregó con una amplia sonrisa:

–Espero que mi presencia sea para bendición de la nave.

Aquella acotación fue bien recibida. Karl había dado en la frecuencia justa. Ambos se miraron directamente a los ojos: fue el comienzo de una amistad que iba a durar por muy muchos años.

El maitre le asignó una mesa para seis en la que solo había hombres. Todos estaban vestidos formalmente, de modo que Karl se sintió a gusto. Estrechó la mano y se presentó con cada uno.

Algunos de aquellos señores habían estado durante largos años en los trópicos. Cada cierto tiempo, tenían derecho a un período de vacaciones en su país natal. Ahora, retornaban a sus puestos en ultramar.

De acuerdo con las reglas de la medicina de la época, un europeo no debía sobrepasar un máximo de dos años en el calor tropical. Se sospechaba que una serie de síntomas, cuyo origen se desconocía, y se denominaba “crisis tropical”, aparecía en quienes permanecían por demasiado tiempo en ese clima. La alimentación desequilibrada, el constante e intenso calor, la sudoración permanente y, especialmente, el sol fuerte parecían afectar la salud del hombre blanco.

–Pastor Noltze, de modo que usted está viajando con un mandato de una sociedad misionera –indagó el señor que estaba sentado frente a él.

Todos los ojos giraron expectantes hacia el joven vestido de negro.

–Así es. Sin embargo, debo reconocer que nunca he viajado a los trópicos. De hecho, es mi primera experiencia en el extranjero.

La respuesta agradó a los caballeros. El religioso demostraba estar seguro de sí mismo, pero sin ser arrogante. A partir del buen clima que se generó en el inicio de la conversación, los comensales se sintieron motivados a hablar sobre sus experiencias personales. Algunos de ellos eran más bien reservados y prudentes, mientras que otros tendían a exagerar sus papeles; cada una según su estilo. Karl disfrutaba de escuchar sus historias. Aquella cena resultó un momento agradable, de esos en los que el tiempo corre sin que uno lo note. Fue, también el preludio de una bonita convivencia, un contraste con las dificultades que le esperaban a Karl en tierras africanas.

El variado grupo de damas y caballeros comerciantes, diplomáticos, agregados consulares, militares y también algunos trotamundos a bordo estaban siempre empeñados en no permitir que el aburrimiento invadiera el barco. Como la compañía naviera Woermann trabajaba principalmente con barcos de carga, el número de pasajeros se mantenía siempre reducido. La comida era sabrosa, sumamente variada, y los platos, tan abundantes que había que medirse constantemente para no caer en excesos.

Como en la cubierta y sobre todo en la proa soplaba el viento helado del invierno, todas las actividades se realizaban en los amplios salones. Largas charlas se sucedieron en aquellos espacios donde nacían nuevas amistades y donde tampoco faltaban los juegos de mesa y un gramófono de la época, con el cual los tripulantes escuchaban nostálgicas melodías de la lejana patria.

El resto del día, Karl se dedicaba a escribir en su diario de viaje y a practicar inglés.

El hecho de tener un teólogo y misionero a bordo despertaba la curiosidad de más de uno de los pasajeros. Para muchos de ellos, la de Karl era una actividad completamente desconocida. Es que la mayoría de quienes viajaban en el barco eran comerciantes o empleados de embajadas europeas en África; poco o nada sabían de la vida y de las actividades de un misionero. Y esta situación abrió las puertas a varias conversaciones.

Claro que también Karl ignoraba mucho sobre el mundo en el cual se movían sus compañeros de a bordo. Aquellos días en el barco le permitieron sumergirse en el tema de las colonias extranjeras.

En aquel tiempo, al hombre blanco se le adjudicaba en ultramar una posición de privilegio, pero también llena de desafíos. El comportamiento de los nativos era completamente diferente al que se acostumbraba en Europa, y la selva planteaba muchos peligros. Sobre todo, resultaba vital para un extranjero saber tratar a los nativos con tacto. A medida que escuchaba relatos de sus compañeros, Karl reconoció muy pronto que aquella sería la clave entre el éxito y el fracaso de su misión. A menudo, en detalles relacionados con el trato con los habitantes locales dependería su supervivencia en la selva liberiana.

Mientras Karl aprendía valiosas lecciones, el SS-Wadai se balanceaba en un mar agitado. Las bodegas estaban muy cargadas de carbón, y la nave se movía pesadamente en las aguas del mar. Era diciembre y el capitán, incitado por el contexto, contaba con entusiasmo anécdotas sobre impresionantes tormentas de otoño y de invierno en el Atlán­tico Norte.

Tormentas como las de aquellas historias del capitán alcanzaron esta vez al SS-Wadai en el Canal de la Mancha. Cuando la proa se hundía profundamente en el valle de alguna gigantesca ola, masas de agua se precipitaban sobre la cubierta, salpicaban hasta el puente y se derramaban a lo largo de las cubiertas laterales. Nadie podía estar allí afuera sin correr riesgo de ser arrastrado al mar. Al principio, aquello pareció novedoso y exótico. Al cabo de unos instantes, pasó a incomodar. Pronto, las amenazas de un mar embravecido se habían convertido en una tortura. Las subidas y bajadas de las crestas a los valles del oleaje eran acompañadas por un balanceo lateral de la nave, de estribor a babor. A excepción de los marineros, ninguna persona del barco podía mantenerse en pie. Aquellos que instantes antes disfrutaban de la comodidad y de amenas charlas, cambiaron de aspecto –ahora lívido, verde pálido y calamitoso– al compás de la tempestad. En aquellos momentos, Karl mismo no se podía mantener más en pie y se encontraba tirado en su cabina, donde había buscado refugio. Amargamente, el joven tuvo que aprender qué significaba un mareo en altamar. Fueron momentos en los que la angustia llegó a sus límites, al punto de que muchos desearon la muerte. Y por ninguna parte había tierra a la vista.

Recién a la altura de las Islas Canarias la turbulencia del océano se calmó. Poco a poco, el mar se tranquilizó y ya casi no se notaban olas. Lentamente aparecieron de nuevo pasajeros en cubierta para disfrutar no solo de la cálida brisa de a bordo, sino también de la paz propia de quien deja atrás una turbulencia. El mar azul y un cielo despejado daban un marco imponente al resto del viaje.

Las Palmas fue el primer puerto que avistaron. Apenas colocada la pasarela al muelle, Karl y sus nuevos amigos bajaron a tierra. Tener otra vez un suelo firme debajo de los pies era una sensación especial. Tanto como la vida subtropical de la isla. Por aquellos días, Karl escribió en su diario: “Cuán agradecido estoy de poder ver y experimentar todo esto y, sobre todo, de haber dejado atrás esas espantosas tormentas de invierno”. Inmediatamente siguen sus primeras palabras aprendidas en castellano: “Buenos días. ¿Cuánto cuesta...?” A pesar de que el de la isla era un ambiente muy diferente de aquel al que estaba habituado, aún se trataba de una cultura europea. Esto cambiaría muy pronto.


Barcazas, lanchones y botes llegan hasta el barco.

Solo pocos días después, el SS-Wadai tomó contacto con África. El “continente olvidado” se presentó en el puerto de Dakar, la capital de Senegal. Aquello era como un puente a otro mundo. Extraño y fascinante a la vez: gente de piel morena, con curiosa vestimenta africana, y muchas mujeres vestidas solo de la cintura hacia abajo. Los niños durmiendo atados a la espalda de sus madres y las cargas llevadas sobre la cabeza. Los vendedores generalmente sentados en cuclillas, ofreciendo sus mercaderías en la calle. A Karl le impresionaba particularmente el descontrolado colorido de vendedores que gritaban para ofrecer pájaros enjaulados, otros animales atados y una enorme variedad de frutas.

A pesar del aparente desorden, esa gente mostraba una singular calma: eran sonrientes y su trato era amigable.

–¿Que más nos esperará? –le dijo Karl a su compañero, el Sr. Moltke, agregado consular en Nigeria.

Él le respondió desde su propia experiencia:

–Oh, mi querido pastor, se acostumbrará muy pronto a este mundo. Estos africanos viven despreocupados, sin hacerse problemas por la vida. Uno realmente extraña esto cuando regresa a la cultura de Europa.

Karl consideró aquella idea un tanto exagerada, pero Moltke agregó:

–¿Sabe?, en mi primer viaje también tuve mis dificultades; es más, me preocupé. Pero cuando usted llega a comprender la mentalidad de esta gente y logra adentrarse en su filosofía de vida, nota con qué relajada tranquilidad enfrentan la vida. Esta gente africana es así. Los relojes de África, definitivamente, marchan a un ritmo diferente que los nuestros. Y la mayoría de ellos no tiene un reloj.

Esa noche, Karl escribió en su diario: “En realidad, esto no lo esperaba así. El enfoque de la vida de estas personas es totalmente diferente al mío. Pero estoy seguro de que los llegaré a entender mejor. Quiero entenderlos y comunicarme con ellos. Tal vez pueda ganar algo de esa serenidad para mí”.

¡La puerta a África se había abierto!

Capítulo 2
África, el continente desconocido

Karl paseaba en la proa del barco, observando el mar, cuando el capitán lo vio, se acercó y le dijo:

–Estimado pastor, lo invito a mi puente de comando. El mar está muy calmo, no hay barcos cerca, es probable que sea una jornada tranquila. Tal vez me puede contar un poco acerca de sus planes en la selva; me atraen sus convicciones y su valor para seguirlas. Me fascina saber que todo lo hace solo para trasmitir a estos nativos de la selva la esperanza del cristianismo, de un Salvador que los ama y que vendrá a rescatarlos.

Y luego agregó, como para ofrecer algo a cambio, como contraprestación a sus preguntas:

–Por mi parte, si le parece bien, yo puedo mostrarle el puesto de comando y cómo se conduce esta nave.

“Esto sí que es una buena oportunidad”, pensó Karl. Ya había tenido varias ocasiones para conversar con este capitán, pero siempre en un grupo grande de personas. Aquellas charlas, ante la presencia de tantos, eran siempre superficiales y de asuntos generales. Ahora podría tener un intercambio más personal con el capitán. Karl también pensó que no podría detallar demasiado sobre su misión, ya que ni siquiera él sabía muy bien lo que le esperaba en Liberia. Sin embargo, podría hablar sobre su vocación, sus convicciones y su fe. De alguna manera, el joven sentía un afecto especial por este marino bronceado, quien tenía ojos azules honestos, una muy cuidada y recortada barba y buenos modales. Le impresionaba la conducta estoica con que llevaba la enorme responsabilidad por este barco. En silencio, Karl lo admiraba.

–Por supuesto; con mucho gusto, capitán –respondió, finalmente. Y agregó:

–Me resulta un privilegio especial.

Karl siguió al uniformado mientras ambos subían por la estrecha escalera de hierro hacia el puente. Luego, inició el diálogo apenas entraron a la sala desde donde se comandaba el barco:

–Honestamente, yo mismo tengo curiosidad de saber todo lo que me espera en Liberia.

Más tarde, dio algunas de las pocas precisiones que tenía sobre sus planes en el país africano:

–De acuerdo con los informes que tengo, una vez de­sem­barcados, seguiremos directamente con una caravana de hombres de carga por 40 kilómetros al interior, hasta la estación misionera. Dos de mis colegas han iniciado esta misión recién hace ocho meses en plena selva virgen. La estación se llama Palmberg y, como dije, está en sus comienzos. A propósito, dos de mis superiores vendrán a bordo en el puerto de Freetown y me acompañarán por el resto del viaje. Me gustaría poder presentarle a los dos secretarios de Misión. Uno es inglés, proveniente de Londres, el otro entiendo que viene de Hamburgo. Yo tampoco los he conocido personalmente –añadió Karl, distendido ante el interés del capitán.

–Por supuesto; y desde ya lo invito para una cena junto con los dos caballeros –contestó el marino.

Esa fue buena noticia. Karl pensó en que a los líderes de la Misión les gustaría tener ese encuentro privado con el capitán del barco y se alegró por la invitación.

Con el correr de los días y de la navegación, el clima se había vuelto realmente cálido y el sol era implacablemente fuerte. Tanto los pasajeros como el personal sacaron la ropa blanca de sus maletas. La tripulación instaló una piscina hecha de lona en la cubierta superior. Había una cantidad de tumbonas donde se podía leer y cada tanto tomar un refrescante baño en la piscina. ¡Aquello era, simplemente, una vida fantástica! Karl había hecho ya varios amigos muy agradables, entre ellos algunos que solo hablaban inglés, lo cual lo obligaba a practicar la lengua que había estudiado en forma intensiva durante los últimos meses. Otros habían estado ya por varios períodos en África y sabían dar consejos muy útiles.

En el barco, Karl dedicaba mucho de su tiempo al estudio del idioma, sobre todo porque se imaginaba que el secretario de misiones, Read –y quizás alguna otra persona con quien le tocara trabajar–, le hablaría exclusivamente en inglés.

Cuanto más se iban alejando de Europa, tanto más exóticos resultaban los puertos y su población. La pregunta que crecía cada vez más en su mente era: “¿En qué forma se podría trasmitir a estos nativos el evangelio de Cristo si tienen una cultura tan diferente?” Ni el seminario de Marienhöhe, ni el Instituto Tropical de Hamburgo le habían dado la más mínima orientación en este sentido.

El mundo de estos aborígenes, su enfoque de la vida, su pensamiento y comprensión se movían en un nivel totalmente diferente al de su mentalidad europea. Poco a poco tomó consciencia de que este sería un obstáculo de no poca envergadura.

Una mañana, el SS-Wadai llegó a la altura de Freetown. Aquí debían subir a bordo los secretarios de la Misión. El sol era abrazador y brillaba verticalmente desde el cenit; el aire era denso y sofocante. Al no existir instalaciones portuarias, el barco había echado anclas lejos de tierra firme. En la bruma se divisaba, a la distancia, la costa y se dibujaban los contornos de una ciudad. Un tanto ansioso, Karl se aproximó a la barandilla y trató de identificar la barcaza que debía traer a sus dos colegas. Con sabia precaución había anotado en Hamburgo los nombres de ambos. Los dos caballeros estaban completando un viaje administrativo, visitando varias instituciones de la Iglesia Adventista en África. No muy lejos de Freetown estaba la estación misionera “Waterloo”. La Misión Adventista operaba allí una escuela de comercio, que gozaba de envidiable popularidad. Un matrimonio de Dinamarca, ambos enfermeros del Sanatorio Skodsborg, de Copenhague, y el profesor Henricksen dirigían aquella organización educativa. Read debía visitar la estación misionera, entregar los saludos de la patria, motivar a los misioneros para sus tareas y consolidar las buenas relaciones con el Gobierno de Sierra Leona. Estas visitas de los secretarios de Misión solían ser una experiencia refrescante para los misioneros entre los retornos a sus bases europeas. Un aire a patria y de civilización propia recorría entonces sus cabañas rodeadas de selva y daba una inyección de motivación para seguir adelante en medio de los desafíos diarios.

El clima, las condiciones sanitarias y las enfermedades tropicales pedían mucho sacrificio a los misioneros. África cobraba su tributo de vidas humanas, ya sea entre los comerciantes, empleados de gobierno o los clérigos. Paludismo, fiebre amarilla, la fiebre de las “aguas negras”, el cólera, disentería amebiana y el constante calor acompañado por una alimentación desequilibrada debilitaban la salud de los extranjeros. Aquello explicaba las licencias regulares a sus países de origen en intervalos prefijados.

El mar estaba tranquilo, apenas se veía alguna ola. Abajo, al pie de la nave, un enjambre de canoas, botes a remo y algunas barcazas más grandes competían entre sí. Mientras los primeros trataban de ofrecer a los gritos sus mercancías, las barcazas traían provisiones y equipaje para los grandes barcos. También había barcazas que llevaban hacia SS-Wadai a pasajeros bien vestidos, quienes debían abordar la nave. Algunos de ellos exhibían ropas de múltiples colores: estos eran los africanos. Los otros, con vestidos y trajes blancos, eran los extranjeros.

Al comienzo mismo del viaje, el capitán había prevenido a sus pasajeros de los ladrones en los puertos. De hecho, muchachos de estos, ágiles, intentaban subir a las cubiertas superiores por sitios casi inaccesibles en el casco de la nave. Esto ameritaba mucho cuidado por parte de los tripulantes en medio del tumultuoso espectáculo que se desarrollaba alrededor del barco.

–¡Allí! –dijo Karl, quien había quedado absorto observando el caos, al punto que había olvidado seguir buscando a los secretarios de la Misión que debían sumarse al barco–. ¡Tienen que ser ellos! –exclamó al divisar a dos hombres vestidos de blanco y con cascos tropicales que estaban parados en la popa de una barcaza.

Remeros musculosos empujaban aquel bote. El hombre del timón dirigió hábilmente su embarcación para que esta bordeara la pared del barco y llegara hasta una larga escalera que colgaba por la borda y cuyos peldaños bajaban hasta tocar el agua. El último escalón era algo más ancho. En esta plataforma se habían ubicado dos marineros fornidos con el propósito de ayudar a los que iban a saltar desde la barcaza.

A pesar del mar aparentemente tranquilo, el suave oleaje hacía bajar y subir el bote unos dos metros. Era imprescindible aguardar el momento oportuno para dar el salto desde el borde de la barcaza a la plataforma de la escalera. O esta maniobra resultaba con éxito o el pasajero terminaba en el agua. Titubeos no eran bienvenidos.

Los dos hombres vestidos de blanco se ubicaron en el borde de su bote, donde uno de los remeros los sostenía de las caderas. En la plataforma de la escalera del barco esperaban atentos los dos marineros. Para el caso de que la maniobra fallase y el nuevo tripulante cayese al agua, se le dio a cada uno de ellos una soga que, en su otro extremo, estaba atada a la escalera.

“Este traslado tiene un sistema aceitado, y necesitan ser muy metódicos”, pensó Karl mientras notaba cómo una sensación incómoda se instalaba en la boca del estómago. Claro, la idea de su desembarco próximo en Monrovia había comenzado a rondar por su mente.

Una, dos, tres veces... La barcaza subía paulatinamente, para hundirse inmediatamente, otra vez, dos metros debajo de la plataforma. Varias veces se escucharon órdenes de los marineros, pero los hombres no saltaban. Hasta que llegó el momento oportuno y, con un rápido movimiento, el primero de ellos logró subirse a la escalera.

“¡Qué alivio!”, pensó Karl, quien luego contempló cómo la maniobra se repetía con el segundo de los nuevos tripulantes. Aquella práctica, acaso tan rutinaria en los viajes del barco, le pareció toda una hazaña y una práctica riesgosa. Una que, no obstante, funcionó.

Karl había presenciado toda esta maniobra junto a la escalera, desde donde esperaba con la vista hacia abajo. Estaba vestido de blanco al igual que sus dos superiores: casco tropical blanco, camisa blanca, pantalón blanco, zapatos blancos. Aquella claridad solo contrastaba con el bronceado que el sol de varios días en altamar había dejado en su piel.

El primero de sus superiores llegó escalera arriba. Karl estimó que tendría unos cincuenta años. Lucía robusto, pulcramente afeitado y con una cautivante sonrisa en el rostro.

–¡Bienvenido, Mr. Read! –saludó, enérgico, Karl.

¡Aquí estamos! –se escuchó la alegre respuesta del experimentado pastor. Detrás de él subía su colega alemán: delgado y alto, alrededor de 45 años, con barba rubia y ojos azules.

–Bienvenido, señor Ising! –dijo Karl a su compatriota.

–¿Eres el misionero Karl Noltze? –preguntó quien acababa de subirse al barco.

–Sí señor, lo soy. Estoy contento de que hayan llegado y me alegro de que todo haya ido bien.

Aquella experiencia, aunque simple, resultó grandiosa para un Karl que comenzaba a experimentar, aún sin haber llegado a Liberia, los primeros niveles de desarraigo. Aquel saludo, el cual comenzó con un apretón de manos propio de europeos, pero que siguió con un espontáneo y caluroso abrazo, le dio a Karl una sensación de protección. De repente, ya no estaba solo. ¡Qué momento tranquilizador, incluso tan lejos de casa!

Karl lo había sospechado. La conversación fue totalmente en inglés. Eso sí que significó para él esforzarse al máximo. Qué sabio le parecía ahora haber utilizado cada minuto libre durante el viaje para mejorar su nivel en la lengua anglosajona.

Una y otra vez, el misionero había practicado en su cabina en voz alta y había buscado el contacto con pasajeros de habla inglesa. Pero ahora enfrentaba una prueba de fuego en la materia. Read no entendía ni una sola palabra en alemán y le pareció totalmente natural conversar en inglés. Tampoco daba la impresión de que estuviera haciendo esfuerzo alguno para hablar algo más lento.

Pero, aun así, Karl estuvo a la altura. “¡Funciona! Me entienden y yo los entiendo a ellos”, dijo para sí mismo. Y aquello, también, lo llenó de alivio: la barrera lingüística estaba siendo vencida. Y la sensación le resultó sublime: “¡Hablo inglés!”, gritó en su interior mientras su rostro lucía una sonrisa de indisimulable satisfacción.

Los dos caballeros tenían un trato agradable y sencillo. De todos modos, Karl se manejaba de manera formal y muy respetuosa con ellos: al fin y al cabo, se trataba de sus jefes.

“Estos dos eran hombres con experiencia, tenían cargos de alta responsabilidad. Estaban llamados a representar los intereses de la iglesia en el extranjero”, reflexionaba Karl. Al mismo tiempo era consciente de que, como joven principiante, era observado por sus superiores, quienes analizarían sus convicciones, su fidelidad para con la iglesia y su capacidad de enfrentar problemas.

Después de un paseo juntos por la cubierta siguió la prometida cena con el capitán y su primer oficial. Una que, más tarde, Karl calificaría como “todo un éxito”.

Entre tanto, el barco ya había levado anclas y se encontraba navegando otra vez en altamar. Apenas se divisaba la costa a la luz de la luna.

Tras la cena, los tres hombres hicieron un recorrido más por la cubierta. La fresca brisa de la noche les resultaba por demás agradable. Ising se esmeró en explicar a Karl cómo se imaginaba el resto del viaje hasta Palmberg.


Misioneros: E. Flammer, R. Helbig, K.Noltze. Secretario de misiones: J. Read.

Con semanas de anticipación, los secretarios de la Misión habían enviado por correo postal un mensaje al pastor Helbig, quien se encontraba en Palmberg, pidiendo que contratara, para la fecha de su arribo a Monrovia, una barcaza con un equipo de remeros que les permitiera seguir con el viaje a lo largo de la costa hasta Grand Bassa.

–Esperamos que nuestros mensajes hayan llegado y todo pueda hacerse como está previsto –comentó Ising.

–Helbig nos recogerá directamente del barco y entonces continuaremos el viaje de inmediato, sin tocar tierra. En un previamente acordado sector de la costa de Grand Bassa nos esperará una caravana de hombres de carga de la estación misionera Palmberg. Allí iremos a tierra. Los 40 kilómetros restantes al interior tendremos que hacerlos a pie –completó. Luego, ambos secretarios se despidieron con un apretón de manos y se marcharon hacia sus cabinas.

Karl permaneció durante un buen tiempo más en la barandilla, mirando al mar y repasando en su mente todo lo que había vivido durante aquel largo día. Solo el rítmico golpe de las olas contra el casco del barco interrumpía el silencio de esa estrellada noche tropical.

Monrovia

El triple sonido ronco de la bocina lo hizo sobresaltar de su profundo sueño. Era la señal de llegada del SS-Wadai a Liberia. Lejos de la costa, en aguas profundas, habían lanzado las anclas. A unos 5 kilómetros de distancia, recostada sobre una bahía, se encontraba la ciudad Monrovia.

No existían instalaciones portuarias. Como los grandes barcos de ultramar no se atrevían a entrar en las aguas rocosas y sembradas de bancos de arena de la bahía, se anclaba a gran distancia. El transporte de personas y mercancías se efectuaba con embarcaciones especialmente diseñadas.

El triple aviso de la bocina del barco era la forma habitual con que los vapores informaban de su llegada. Todo el mundo distinguía aquella señal. Y eso solía desencadenar de inmediato una dinámica actividad en las habitualmente somnolientas calles de la ciudad. Aquella mañana no fue la excepción.

Karl había solicitado al camarero que lo despertara, porque no quería perderse por nada el momento de la llegada. De todos modos, no hubiese sido necesario: el traqueteo de las cadenas del ancla al caer y la sirena de niebla lo habían sacudido lo suficiente. Se encontraba en la cubierta superior, solo y muy contento de que nadie más intentara compartir ese momento con él.

Todavía era de noche, pero en el horizonte se notaban los primeros rayos del amanecer. El cielo sin nubes hacía suponer que sería un día más tropical y caluroso que los anteriores. Todavía a esta hora temprana se notaba una leve brisa que soplaba desde el mar. De cualquier manera, el aire era denso y húmedo, y el termómetro subiría paulatinamente hasta alcanzar los 35º e incluso los 40º centígrados. Karl liberó sus pensamientos mientras sus ojos distinguían, cada vez más de cerca, los contornos de la costa.

Algo más tarde aparecieron los dos secretarios de la Misión, quienes se sumaron a Karl en la contemplación del espectáculo desde la barandilla. Tostados por el sol y vestidos de impecable blanco, los tres hombres daban un cuadro espléndido. Una imagen que se condecía con su buen humor.

Los tres eran los únicos pasajeros que figuraban en la lista de desembarque del oficial de turno.

Hacia la costa se veía una multitud de pequeños puntos negros. Eran las múltiples embarcaciones que venían en dirección a la nave. Algunos de los botes ya estaban llegando al barco. El cuadro se había animado poco a poco. Karl sentía latir su pulso hasta el cuello: estaba nervioso. Se esforzó para dar la impresión de calma y serenidad. No era un momento para preguntas innecesarias o comentarios inapropiados. Al contrario, la tensión flotaba en el aire.

“Por favor, Señor, haz que esto vaya bien...”, musitó en silencio una oración. “Hasta aquí me has guiado, ¡pero ahora esto se pone serio!”, agregó para sí. Finalmente, se dijo con seguridad: “De alguna manera tendré que salir bien de esta”.

Sus dos secretarios observaban concentrados a la pequeña armada de botes para detectar la embarcación que esperaban. Conscientes de que en África los relojes marchan un tanto diferentes, estaban ansiosos de saber si lo planeado con tanto detalle se iba a cumplir y si podrían seguir el viaje todavía esa mañana.

“¿Habían llegado los correos? ¿Había podido arrendar Helbig la barcaza, tal como se le había indicado? ¿Habrá sido posible contratar una tripulación experimentada de remeros?” Las preguntas se sucedían en la mente de los líderes.

Mientras seguían mirando tensos, Ising comentó a Karl, en alemán:

–También hubiese sido posible tomar el camino por tierra, a través de la selva. No estamos en época de lluvia. Pero, por seguridad, hemos preferido hacer el trayecto por el mar.

Inmediatamente, se explicó:

–Sabemos que traes mucho equipaje con equipamiento necesario para la misión y es muy difícil encontrar en Monrovia hombres honestos para las cargas. En un trayecto largo, de varios días de caminata por la selva, desaparecería más de una carga junto con sus encargados de transportarlas. Será tanto más sencillo y relajado con los hombres que vendrán a buscarnos desde Palmberg.

A la luz de aquel contexto, parecía una decisión sensata. Los marineros bajaron la ya conocida escalera de cuerdas por el casco de estribor. El mar seguía sorprendentemente tranquilo y la superficie del agua se mantenía casi lisa. Entre tanto, había salido el sol y estaba ya bastante alto en el horizonte. Los tres miraban concentrados el hormiguero humano que se había formado al nivel del agua.

–¡Allí!

Los tres misioneros reaccionaron casi al mismo tiempo. Habían divisado entre la maraña de embarcaciones una barcaza algo más grande. Del lado de la popa podía verse a un hombre de pie, delgado y que definidamente se diferenciaba por su vestimenta blanca y el casco tropical de los morenos remeros. Con gafas que lo protegían contra el sol brillante, recorría las cubiertas del barco en busca de los hombres que debía recoger. A su lado estaba el timonel de la embarcación, buscando un camino hacía el barco. Con voz alta de comando, que se escuchaba hasta la cubierta, ordenó replegar los remos y, aprovechando el empuje de la velocidad, hizo deslizar el bote a lo largo del casco directamente hasta la escalera. “Aquí sí que hay una mezcla de habilidad y práctica”, pensó Karl.

El hombre blanco en la barcaza había reconocido ahora también a sus colegas misioneros en la barandilla y agitaba su casco tropical como saludo:

–¡Hola! ¡Hola...!

Recién entonces los tres misioneros que observaban desde la barandilla del SS-Wadai comenzaron a moverse: aquel movimiento con el casco era la señal pautada. Esa era su embarcación. Ese era su hombre. El encuentro había resultado. La tranquilidad los embargó. Y, espontáneamente, se abrazaron entre ellos, con la seguridad de que aquel hombre de blanco era el misionero Helbig, quien venía a buscarlos.

Con mucho cuidado, cruzaron la barandilla y bajaron por la escalera. Primero bajó el mayor del grupo, el inglés, Read, mientras que Karl fue el último.

Al bajar, recordaron una lección que era recurrente en la vida: muchas cosas dependen de la perspectiva desde la cual se las mire. Es que lo que desde arriba aparentaba ser sencillo se convirtió en algo desagradable al comenzar a bajar: la escalera de cuerda se balanceaba de un lado al otro a lo largo del casco. Karl se dio cuenta de que era muy fácil que sus pies zafasen de alguno de esos débiles peldaños. Se sujetaba desesperadamente firme de la soga que hacía de barandilla, y registraba con preocupación cuántos peldaños faltaban todavía hasta llagar a la plataforma. Finalmente, los tres lograron llegar a la plataforma.

“El balanceo del barco es casi imperceptible hoy, no debiera ser tan difícil saltar a la barcaza”, pensó Karl. Esta vez, a diferencia de lo que había presenciado en Freetown, la maniobra fue rápida y, con la ayuda de los musculosos brazos de los marineros, pronto estuvo dentro de la barcaza.

–¡Lo hemos logrado! –se le escapó con evidente alivio.

Apenas después de que subieron al bote, comenzaron a llegar sus pertenencias. Sobre sus cabezas, con la grúa del barco, bajaba una gran red con parte de su equipaje. La misma descendió hasta ser delicadamente depositada junto a ellos, en el medio del bote. Luego, siguieron otras tandas. Maletas de acero, baúles, cajones y bolsas de lona; una carga tras otra bajaban sin contratiempo alguno. Esto también era un motivo para agradecer: no habría sido la primera vez que la carga completa de una red terminara en el agua. Sin embargo, un recuento rápido comprobó que la carga estaba completa. Acto seguido, los remeros guardaron y aseguraron cada una de las piezas en diferentes sectores del gran bote.

Ahora podían relejarse. Una nueva etapa había sido completada y los suspiros de alivio volvieron a escucharse.

Recién entonces comenzaron los saludos, los abrazos y las presentaciones. Karl no conocía a Rudi Helbig.

–Así que tú eres Karl. Te hemos estado esperando ansiosamente. Ernst me ha contado mucho sobre ti –dijo el misionero que los había esperado en Liberia.

–Es genial que todo haya funcionado tan bien y que hayas conseguido esta barcaza. Puedes imaginarte con cuánta curiosidad estoy esperando el encuentro con ustedes dos en Palmberg –respondió Karl.

–¿Has podido traer todas las cosas que habíamos pedido?

–Pienso que sí, ya ves que todo llegó bien.

Rudi y su esposa, Elisabeth, habían llegado apenas ocho meses antes a Liberia. Todavía, muchos aspectos del mundo en suelo africano le resultaban nuevos. Recién más adelante, durante la travesía a Grand Bassa, querría hablar sobre el curso dramático de sus primeros meses en África.

–Estamos listos –le dijo Rudi al timonel.

Los remeros tomaron sus posiciones, y el ritmo constante de los remos surcando el agua comenzó a oírse. La barcaza tomó velocidad y el gran barco donde Karl había pasado sus últimas tres semanas comenzaba a quedar lejano.

El joven dio una última mirada al SS-Wadai, sus pasajeros en las cubiertas y los pañuelos que se agitaban en despedida. Con más de uno de ellos Karl había logrado una sentida amistad. “¿Volveremos a vernos?”, se preguntó. Luego, realizó un nostálgico saludo con las manos y una silenciosa oración: “Eterno Dios, gracias por el largo viaje en barco sin ningún incidente negativo. Sigue acompañándonos ahora, por favor, en esta pequeña barcaza”.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
322 s. 55 illüstrasyon
ISBN:
9789877985412
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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