Kitabı oku: «El frágil aleteo de la inocencia»

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EL FRÁGIL ALETEO

DE LA INOCENCIA

Rosa Castilla Díaz-Maroto

Primera edición: noviembre de 2016

© Copyright de la obra: Rosa Castilla Díaz-Maroto

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

ISBN: 978-84-945182-5-6

Depósito Legal: B-23966-2016

Corrección: puntoyaparte - info@puntoyaparte.net

Diseño e imagen de portada: Celia Valero

Maquetación: Celia Valero

Edición a cargo de Mª Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions

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Printed in Spain - Impreso en España

Impreso por: Servinform S.L.

PRÓLOGO

—Marian, ¿te sucede algo?

¡Dios! Vuelvo en mí de golpe. Estoy tan abstraída en mis pensamientos y recuerdos que no estaba siendo consciente de dónde me encontraba.

El señor Carson está sentado justo al otro lado del pasillo del jet.

—No, señor Carson.

—¿Tiene frío?

—No —digo con voz despistada.

—¿Está bien? —sonríe.

—Sí, señor Carson. No se preocupe, estoy bien.

—¿Nerviosa?

—Le he de confesar que sí. Estoy algo nerviosa y… bueno, solo estaba recordando a mi gente.

—Comprendo... Marian, te recuerdo que no vas a estar sola en ningún momento. No somos tu familia, pero te puedo asegurar que cuidaremos de ti como si fueras parte de la nuestra.

—Gracias.

Sus palabras no me tranquilizan. No soy de su familia, soy una extraña. No tan extraña para el señor Carson, pero sí para el resto de su familia; por decirlo de alguna manera… de su mundo.

Noto un tintineo sobre mi escote. Mi medio mundo. Ese medio mundo donde se encuentra Carlos, me hace volver a sumergirme en los recuerdos, en los últimos recuerdos…

—¡No olvides que te espero a este lado del mundo! —me dice mientras sujeta con sus dedos mi parte del medio mundo antes de que no quisiera verme, antes de salir de mi habitación destrozado y dolido por mi marcha.

—No me podría olvidar porque siempre estará colgado de mi cuello. Es mi condena —le miro con cara traviesa.

—Yo sí que estoy condenado.

Muevo un poco la cabeza hacia atrás y frunzo el entrecejo mientras le miro con recelo a la vez que entorno los ojos.

Finalmente pregunto:

—¿Soy yo tu condena?

—Estoy condenado a no tenerte.

Le sonrío levemente mientras meneo la cabeza de un lado a otro.

—Sabes muy bien que me tienes, que soy tuya —le recuerdo.

—Solo eres mía cuando te tengo en mis brazos —me contempla con amargura a la vez que acaricia con el dorso de la mano mi escote.

—Soy tuya en el momento en que me tienes en tus pensamientos y a partir de ahí en donde tú quieras que esté —le dije.

—Te quiero mía —reclamaba con sus manos apretando mi desnudo trasero.

¿Cuántas veces…? Perdí la cuenta de cuantas veces hicimos ese día… casi no quiero recordar… La pasión y el deseo más desesperado se apoderaban de nuestros cuerpos una y otra vez casi sin descanso.

Dijo que me iría dolorida para que así le recordara durante todo el viaje. ¡Qué loco! Ya hubiese querido yo estar dolorida. He tenido que tragarme las ganas, Carlos… desaparecido para mí. Prometió que nos veríamos antes de que me marchara. Los días siguientes a nuestro último encuentro han resultado ser emocionalmente dolorosos para mí, ¡si al menos hubiésemos hablado…! Andrea me asegura que se le pasará, que es necesario que le dé tiempo para asimilar mi marcha. No está siendo sencillo para él tener que estar alejado de mí de nuevo. Después de todo lo que ha pasado entre nosotros desde que retomamos la relación… debo darle un voto de confianza y esperar, esperar a llegar a mi destino.

—¡Seguro que cuando estés en Washington te llama! —dice mi amiga.

Supongo que reaccionará en algún momento. Lo nuestro no puede quedar de la manera que ha quedado. Tiene que reaccionar. Poco puedo hacer yo desde aquí…

Me quedo dormida durante un rato. Los pensamientos se agolpan de nuevo en mi mente al despertar. Ha sido un corto paréntesis de tiempo en el que mi cabeza ha descansado.

Miro el reloj de mi muñeca, quedan aún casi tres horas para llegar al aeropuerto Washington-Dulles en el estado de Virginia a unas 30 millas de Washington D.C.

Independientemente de lo que Carlos piense, quiera o sienta en cuanto pise tierra le voy a llamar. Tengo que dejar de atormentarme, nada puedo hacer, solo desear que vuelva la cordura a su cabeza y decida, como bien había asegurado, mantener lo nuestro a distancia.

Él… me lo prometió, dijo… que nos despediríamos antes de mi marcha.

Intento cambiar de pensamientos… pero cuesta. La mente se me va a Carlos sí o sí.

Pensar y pensar es lo único que sabe hacer mi cabeza.

Me pregunto cómo será mi vida en Washington.

El señor Carson me ha informado que la primera semana viviré en un hotel de la ciudad hasta que todo esté preparado en el apartamento en el que voy a vivir definitivamente y del que no tendré que pagar nada de nada. Me asignarán a una persona que estará pendiente de mí para todo aquello que necesite: me enseñará la ciudad, los lugares donde ir de compras, etc. También me asignarán otra persona para el tema de protocolo y costumbres como ya hicieron en Madrid. Me puedo imaginar que todo allí será muy diferente. Debo tratar de adaptarme lo antes posible a las costumbres y a la forma de vida. Sola, muy sola me voy a sentir. Estoy deseando llegar a la habitación del hotel para conectarme a Skype y hablar con los míos y, si es posible,… con Carlos.

CAPÍTULO 1

Siempre he tenido ilusión de viajar algún día a New York, Washington o Los Ángeles; ¡pues mira por donde se va a cumplir uno de mis sueños! Algunas veces cuando lo pienso tengo la sensación de estar soñando. Ahora mismo me encuentro como si estuviera en el limbo. La sensación no puede ser más real, es como estar en ninguna parte, estoy en el aire, sobre un inmenso océano entre dos continentes… es… como un paréntesis de unas horas en mi vida que quedan en blanco. ¡Oh! ¡Déjate de extraños pensamientos, Marian! —me auto recrimino.

Apenas he sido capaz de comer algo. El señor Carson trata de distraerme contándome, entre otras, cosas sobre sus hijos y sus padres. Su padre era un inmigrante español, nada menos que asturiano, que inmigró muy joven, con apenas diecisiete años. Se fue en un barco dirección a las Américas. Por circunstancias de la vida llegó hasta el estado de Virginia, aunque su destino original fuese Cuba. Conoció dos años después a su madre, una virginiana, según él, de armas tomar. Alta, muy guapa, con unos enormes ojos verdes que tanto él como su hijo Alan han heredado.

El señor Carson me observa desde su asiento y me sonríe.

—Denota preocupación señorita Álvarez, pero… si me lo permites… Marian… prefiero llamarte por tu nombre, sobre todo cuando no estemos en el trabajo. No necesitamos tanto formalismo fuera de él. Así nos resultará más natural a los dos el trato, pero sobre todo a ti.

—¡Oh! Yo… señor Carson…—titubeo—, me resulta muy difícil llamarle por su nombre de pila, aunque sea extraoficialmente. Yo… preferiría llamarle por su apellido señor; me sentiría más a gusto en todo momento.

No me veo llamándole por su nombre de pila “Donald”.

—¿También vas a tratar siempre de usted a Alan? No creo que le guste, es joven y… viniendo de ti, le va a hacer sentirse mayor de lo que en realidad es —ríe abiertamente. Tengo ganas de ver la cara que va a poner cuando te dirijas a él —no deja de reír, la idea le divierte.

—Yo… no lo sé, señor —contesto con timidez.

—No tengas reparo pequeña.

—La verdad es que me da miedo meter la pata en una reunión importante, tratarles de tú en el momento más inoportuno, delante de gente muy importante… solo de pensarlo…

—Ahora te sientes insegura, pero ya verás cómo te va resultar fácil. Eres una gran profesional.

Se me escapa, sin querer, una carcajada.

—Lo siento señor —sigo riendo—. Creo que es usted muy optimista. Me queda mucho para ser esa gran profesional.

El ríe también. Arquea las cejas con gesto de sorpresa.

—He visto y oído como has tratado, defendido y expuesto importantes proyectos de los cuales has salido airosa. Te queda que aprender, sí, pero tienes una buena base. Estos meses de rodaje te han venido bien. El mercado americano es otra historia está claro, pero por eso no te preocupes, tienes a dos buenos maestros a tu servicio, sobre todo al mejor, Alan.

—Confía mucho en su hijo.

Me muestra una generosa sonrisa rebosante de orgullo.

—Es innovador. Ha regenerado la empresa en muy poco tiempo. La ha proyectado a lo más alto. Para mí es un orgullo.

—Usted es el fundador y tengo entendido que su compañía siempre ha sido puntera.

—Cierto, Alan —le brilla la mirada al pronunciar su nombre—, es un chico inteligente y emprendedor. En tres años le ha dado un nuevo impulso. Creo en él y en su proyecto de mejorar día a día. Producir, trabajar duro, repercutir beneficios en los empleados para mejorar su calidad de trabajo y porque no, también sus vidas. Es importante el rendimiento de nuestra gente. Es primordial para crecer, competir, para ser mejor como empresa y como personas.

—Bonita filosofía, señor Carson.

Frunce levemente el entrecejo a la vez que ladea la cabeza, mientras me mira con cierta curiosidad, como si quisiera adivinar lo que pienso.

—Te puedo asegurar que por ahora es un rotundo éxito.

—Ya me lo habían comentado.

—¿Trabajadores de la filial?

—Sí señor, con los pocos que he llegado a tener relación. También he leído artículos en las más prestigiosas publicaciones sobre economía.

No puedo evitar sentirme incómoda por la manera en que me mira. Hay momentos en que se aprecia cierta amargura en sus ojos.

—Ya veo —titubea.

—Me han contado… permítame que se lo pregunte, señor, me han contado que sabe el nombre prácticamente de todos los empleados de la filial. Desde el director financiero hasta el que distribuye la correspondencia. ¿Es eso cierto, señor?

—Cierto —asiente ligeramente con la cabeza—. Solo se me escapa alguno que otro, tal vez porque son trabajadores que se han incorporado recientemente a la empresa o porque no he coincidido con ellos en ningún momento.

—¿Casi todos los días pasa usted por los departamentos?

Sonríe a la vez que pone cara de sorprendido.

—Eres muy tenaz.

—Quería saber si solo eran leyendas —me pongo colorada a la vez que me reprocho ser tan cotilla.

—No son leyendas. Me gusta saber que necesidades tienen mis empleados. Y aunque para ello hay un departamento, me gusta saberlo de primera mano. No quiero conflictos que afecten al rendimiento de la empresa. No quiero malos entendidos. Me gusta saber qué es lo que se cuece en todo momento.

—Pero… y en las demás filiales y empresas adheridas a su compañía ¿cómo pueden controlarlas si no están en ellas?

—Vaya. Me estás dejando perplejo, Marian. Me estás haciendo toda una interviú. Es una buena pregunta —sonríe con orgullo.

—El trato ya no es tan personal —elevo levemente las cejas a modo de ¿qué me responde a eso?

—Marian. ¡No dejas de sorprenderme! Esta charla está siendo muy entretenida, se nos va hacer corto lo que queda de viaje.

—¡Oh! Le vuelvo a pedir disculpas, señor —tomo aire y lo suelto lentamente—. Soy demasiado curiosa.

—No, está bien —asiente con la cabeza—. Me gusta que seas tenaz… y me encanta que seas curiosa. No tiene por qué ser cierto el dicho “la curiosidad mató al gato”. Gracias a personas con curiosidad desmedida, se ha logrado progresar, mejorar, inventar y descubrir. No siempre en beneficio de la humanidad, pero sí en gran parte —estira su brazo y me da una palmada sobre la mano que reposa en el apoyabrazos de mi asiento a modo de: “tranquilízate, Marian, no me molestan tus preguntas impertinentes”—. Te lo voy a explicar: periódicamente tanto Alan como varias personas de toda confianza e incluso yo hacemos visitas inesperadas a lo largo del año a nuestras filiales. Nos reunimos con los responsables de cada una de ellas y a continuación con los responsables de recursos humanos. Posteriormente escojo un porcentaje más o menos del personal al azar, nos reunimos con ellos y tras esa reunión, les entrevisto uno a uno en privado. Quiero saber firmemente cuales son las inquietudes de mis trabajadores. No me gusta que me maquillen o me disfracen la realidad. Es algo que odio.

Vaya, al igual que a su hijo Alan, a él también le gusta saber los pormenores de primera mano.

—Me deja asombrada. Pero puede que esas personas no se atrevan a contar la realidad por miedo a represalias. ¿Y tienen tiempo para ello? —me sorprendo por seguir preguntando, me fluye un torrente de preguntas que hacer por la cabeza y no soy capaz de detenerlas.

Sonríe de nuevo. Su mirada es especial. Sus ojos recorren mi cara como si en mí viera a otra persona y… no a mí, ¿qué extraño? Se toma su tiempo para contestar.

—Hay tiempo para todo. Si hay tiempo para jugar al golf o navegar, hay tiempo para ocuparse de tus propios trabajadores, son mi responsabilidad. Yo los contrato y me ocupo de ellos, así ellos, se ocuparán de mi empresa. Y con gente responsable como la que trabaja en mis empresas puedo estar tranquilo de que todo funciona y funcionará a las mil maravillas, sin sobresaltos. Así se garantiza su futuro, el mío y el de mis hijos. Y referente a tu duda sobre si los empleados son capaces o no de contar la verdad por miedo a represalias… eso se ve y se nota, son muchos años de experiencia tratando con todo tipo de personas, ahí es donde se ve de verdad si los directivos llevan a cabo la filosofía de la compañía.

Es una filosofía extraordinaria, tiene mucho sentido, suena a demagogia. ¡Pero quién soy yo para dudar sobre ella!

—Becas, asistencia médica, asistencia jurídica y un largo etcétera. Todo a disposición de mis empleados.

—Bueno, yo puedo dar fe de ello. Me he sentido arropada cuando he necesitado ayuda. Isabel siempre se ha ocupado de mí.

—Cierto. Aparte de su trabajo habitual, tenía el añadido de procurar asistirte ante cualquier necesidad. Ha hecho un gran trabajo contigo. En Washington vas a estar igual de protegida o más.

Veo en sus ojos aparecer de nuevo la amargura, hace que el corazón se me encoja. Hay algo en él que me intriga, es como si… ocultara algo y ese algo pugnase por salir contra su voluntad.

—Me he sentido muy cómoda realizando mi trabajo. La seguridad en uno mismo es importante, saber que te apoyan, que te ayudan… es fundamental. El enfrentarte sola a cuatro ejecutivos hambrientos por sacar el mejor beneficio para ellos, la mejor tajada… tener que lidiar con ellos sola… Recuerdo los consejos que uno mis profesores me dio cuando me licencié: “Mucha calma, no muestres tus sentimientos, tus emociones, fría y calculadora, rostro impasible, mira a los ojos directamente sin pudor, sin miedo; muéstrate segura e implacable. ¡Ya tendrás tiempo más tarde de desatar los nervios!”

—Buenos consejos. Y efectivos, diría yo.

—Cierto —bajo la mirada a mi regazo.

Una azafata de la tripulación se acerca al señor Carson y le comenta algo al oído. Este sonríe.

—Bien, Marian. Queda algo más de una hora para aterrizar. Me encantaría seguir hablando, pero tengo que hacer algunas llamadas para cerciorarme de que está todo a punto para nuestra llegada, así que si me disculpas… voy al despacho.

—Señor. ¿Necesita que le ayude? —le pregunto muy dispuesta.

—No jovencita, no es necesario. Disfruta ahora de las vistas desde las alturas, lo tengo todo controlado.

—Como quiera, señor.

CAPÍTULO 2

El señor Carson se encierra en el despacho que se encuentra en la cola del jet. Mientras, decido coger una revista de viajes que hay en una especie de expositor colocado debajo de una de las ventanillas que tengo delante. Me ayudará a pasar un buen rato. Hojeo un poco por encima una publicación, observo que son lugares privilegiados del norte de América donde solo unos pocos tienen acceso.

Cuando termino de ver esos lugares magníficos, observo cómo el personal de la tripulación se afana por dejar todo a punto para el aterrizaje. Una de las azafatas, Claudia, me ofrece algo de beber antes de que aterricemos.

—No gracias, Claudia. No te molestes.

—No es ninguna molestia —me dedica una imponente sonrisa—, aún hay tiempo si desea tomar algo.

—No es necesario.

—Como quiera.

Se retira.

La verdad es que no se me está haciendo largo el viaje. Todavía queda más de media hora para llegar a mi destino. Dejo la revista de viajes y la cambio por otra de sociedad, la hojeo sin ganas dejándola de nuevo en su sitio. Me acomodo en el asiento y me limito a disfrutar de las vistas como me ha recomendado el señor Carson. No me da miedo volar, me resulta una experiencia interesante. El cielo está totalmente despejado, sobrevolamos tierra, sobrevolamos el estado de Virginia. Su paisaje es extenso y verde. El aeropuerto Washington-Dulles se encuentra en ese estado y es nuestro destino.

La verdad es que estoy emocionada. Cierto ronroneo recorre mi estómago haciéndome presa de los nervios y de la intriga más arrolladora. Me queda muy poco para pisar “el nuevo mundo“. Me dan ganas de patalear de exaltación por mi eminente aventura, pero debo tranquilizarme y respirar hondo.

—Marian —oigo la voz del señor Carson tras de mí—. ¿Preparada?

—Creo que sí, señor —giro la cabeza hacia él, le recibo con una sonrisa al llegar a mi lado.

—¿Alguna pregunta o duda?

—De momento no, señor.

Me guiña un ojo mientras toma asiento.

—Ya está todo dispuesto para tu aventura americana.

No puedo reprimir una ahogada carcajada.

—¿Aventura americana?

—¡No me digas, Marian que no es toda una aventura la que vas a vivir!

—Desde luego, señor —no puedo detener una ilusionada risa—. Va a ser toda una aventura.

—¿Lista? —me insiste con su mirada divertida.

—Lista —digo segura de mí misma con una sonrisa.

—Será cuestión de pocos minutos que tomemos tierra.

Me doy cuenta de que la tripulación se prepara para el aterrizaje. Claudia se acerca a nosotros y se asegura de que estemos bien abrochados a nuestros asientos y de que todo esté donde debe de estar. Seguidamente ella toma asiento en su puesto y nos sonríe mientras lo hace.

El aterrizaje ha sido perfecto. Al acercarme a la puerta de desembarque diviso tres todoterreno negros alineados en la pista con los cristales tintados. Tres chóferes se encuentran junto a ellos a la espera. Al pisar el suelo del “nuevo mundo” una chispeante y ligera euforia empieza a recorrerme el cuerpo.

—Señorita. Aquí comienza su aventura americana. —me dice el señor Carson que se encuentra ya a los pies de la escalerilla del jet.

Piso con mis dos pies suelo americano.

—Ya lo creo —respiro profundamente. Huele diferente, el aire es ligeramente cálido y hace una temperatura muy agradable. Es primavera, la mejor época del año.

—Irás en el tercer coche. Bryan te conducirá al hotel. Quiero que descanses. Estaré en contacto permanente contigo —se acerca a nosotros el chófer del todoterreno que está situado entre los otros dos. Me entrega un móvil y un portafolio—. Este será el teléfono con el que estaremos en contacto —me lo ofrece.

Me doy cuenta que es ultra moderno, de color negro, muy fino, extraplano. Tiene un tamaño aproximado al Samsung Galaxy S4. Solo dispone de un botón lateral. El señor Carson se da cuenta de que me he quedado pasmada al verlo.

—Alan diseña móviles. Es un muchacho inquieto. Le atraen las nuevas tecnologías, de hecho hacemos cuantiosas inversiones en ese sector.

—¿Es un diseño suyo?

—Un prototipo —dice orgulloso—. Ya te contaré, nos tiene a todos surtidos de sus grandes genialidades. Tienes que apretar el botón lateral.

Lo aprieto.

Se ilumina rápidamente la pantalla y aparece la imagen del edificio Carson & Carson en Washington.

—Es táctil, funciona por reconocimiento de voz o de huella dactilar. Puede medir tu temperatura corporal e incluso el ritmo cardíaco entre otras de sus muchas prestaciones.

—Vaya... Interesante —me sorprendo.

—Ya te irás familiarizando con él. Alan te puede poner al tanto de todas sus posibilidades. Tienes grabados los teléfonos de la policía, urgencias y demás. También los de nuestros chóferes, el de mi hija Rachel, el de Alan y el mío. El de nuestras residencias también. Bueno Marian, mañana nos veremos. Te esperaré a las nueve de la mañana para desayunar en tu hotel. Tengo que presentarte a alguien. Sobre todo descansa. Esta tarjeta American Express sustituye a la que tenías en España para los gastos extras de empresa y no se te olvide, que si necesitas cualquier cosa o tienes alguna duda, no dudes en llamarme.

—Muy bien, señor —cojo de entre sus dedos la tarjeta—. Entonces hasta mañana a las nueve en punto que estaré con usted —le sonrío.

Me dirijo al tercer coche.

CAPÍTULO 3

Bryan se apresura a abrirme la puerta.

—Señorita Álvarez —sujeta la puerta a la vez que hace una ligera inclinación con la cabeza a modo de saludo. Me sorprende que me hable en español.

—Muchas gracias, Bryan —le contesto también en español.

Bryan es un armario de cuatro puertas y debe de tener unos cuarenta años. Mide casi dos metros por lo menos. Pelo rapado, su rostro es alargado con la mandíbula cuadrada y tiene la tez bronceada. Sus ojos son redondos y marrones, algo hundidos. Vamos, brutote total.

Me acomodo en los amplios y deportivos asientos de piel negra del todoterreno. Atino a ver el logotipo Dodge en sus llantas antes de acceder al interior del vehículo. El tacto de la piel es suave. El interior es imponente, moderno, con un panel de navegación táctil en el centro del salpicadero. No hay ni un solo botón. Dispone de mampara de cristal entre el conductor y los ocupantes. El salpicadero y las puertas son de color negro con detalles en acero y aplicaciones en piel de color gris muy clarito, el techo del vehículo es del mismo color gris que los detalles. Veo delante, en el respaldo del asiento del conductor y del copiloto dos pantallas pequeñas también táctiles con lucecitas de colores rojo, verde, amarilla y azul. ¡Guau, nunca había visto nada igual! Parece futurista. Me imagino que se podrá ver la televisión o conectarse a Internet.

—Discúlpeme, Bryan. —le hablo en español.

—Señorita —responde también en español.

—¿Es usted latino?

—Soy de Panamá. Concretamente de Aguadulce. Allí cursé mis estudios primarios en un colegio español.

—Ya se va notando el acento —sonrío. Él me observa a través del retrovisor.

—Por mucho que quiera evitarlo el acento de mi tierra… me delata. ¿Quiere que suba el cristal? —me pregunta.

—No, por favor. —digo con aire de… ¡Cómo va hacer eso! No soy una “diva”.

—¿Quiere escuchar música?

—No, gracias.

—Como desee señorita.

El trayecto discurre en silencio. Observo con curiosidad cada kilómetro. El paisaje es tan distinto al de España: el bosque, las casas, los coches, las señales de tráfico; la gente. Me parece increíble estar aquí, es todo tan típicamente americano, parece que estoy metida en una de sus películas es… tal cual, como lo vemos en ellas, es extraordinario.

Tardamos unos cincuenta minutos en llegar al hotel.

—Señorita Álvarez, ya hemos llegado.

Se apresura a bajar del coche y seguidamente me abre la puerta. Bajo del vehículo y me doy cuenta de que hay una persona a mi lado, una mujer.

—Señorita Álvarez. Soy Donna Jones, de protocolo. —me extiende la mano con una blanca y enorme sonrisa.

¡Madre mía! Esto es como en una de esas películas americanas en la que parece una agente de la CIA o del FBI por sorpresa. Me quedo pasmada y ella actúa con sorpresa al ver mi reacción.

Se dirige a mí en inglés.

Lleva media melena rizada de color caoba; su tez es morena. Los ojos los tiene rasgados y son de color verde esmeralda, sus labios están perfectamente dibujados y tienen forma de corazón, su nariz está bien ajustada a las dimensiones de su rostro y su barbilla es afilada. Es… unos diez centímetros más baja que yo y viste un traje chaqueta azul marino con raya diplomática y camisa también del mismo color en seda.

—Mucho gusto —le digo mientras le estrecho la mano.

—Todo está dispuesto señorita Álvarez, sígame.

Cojo el bolso del asiento del coche y la sigo rodeando el Dodge en dirección a la entrada del hotel. Mientras, un botones acude a recoger mi equipaje que se encuentra en el todoterreno.

Entramos en el hall del Hotel Donovan House. Es un hotel de diseño tipo boutique. La recepción es de estilo retro. El color gris perlado del suelo y el techo juega con el tono rojizo de la madera y con el verde, rojo guinda y blanco de las tapicerías de los sofás y sillones repartidos por todo el hall.

—El señor Carson ha escogido este hotel. Espera que sea de su agrado. Es uno de los más modernos y actuales de la ciudad, ya que aquí suelen ser bastante clásicos —pone énfasis en lo de “clásicos”.

Subimos en silencio hasta la penúltima planta.

Saca del bolsillo una tarjeta llave y abre la puerta. Entra en la estancia y sujeta la puerta para que pase.

—El botones subirá el equipaje enseguida. Una camarera colocará el equipaje en el armario. No tiene que preocuparse de nada.

Entro con reparo en la estancia. Es una Premier Suite. Me gusta el estilo, es mejor que una de esas suites rancias y clásicas. Esta tiene un aire fresco con una combinación de toques asiáticos y retro a la vez. Quien la diseñó ha combinado con gusto ambos estilos. Consigo atisbar a través de los grandes ventanales unas vistas interesantes de la ciudad. El dormitorio está separado de la zona de estar. La estancia me resulta cómoda y funcional: televisión, sofá, sillón de lectura, etc.

—Esperamos que sea de su agrado, señorita Álvarez —oigo su voz tras de mí.

—Lo es —respondo con voz distraída.

—Cualquier cosa que necesite hágalo saber en recepción. Tienen orden de atender cualquier necesidad que usted requiera sin excepción. Tiene mi número grabado en el teléfono. Si necesita algo de mí no dude en llamar.

—De acuerdo —respondo con voz dócil.

—Le subirán algo de comer a la habitación si así lo desea, o bien… puede bajar al restaurante. Le prepararán lo que usted guste, tienen una amplia carta. Mientras tanto… la camarera lo tendrá todo dispuesto. La dejo descansar —me sonríe con condescendencia—. Mañana la volveré a ver. Aquí tiene la llave de la habitación.

—Gracias por todo, Donna —me atrevo a tutearla.

—Gracias a usted —se despide con una alegre sonrisa mientras cierra la puerta de la habitación.

CAPÍTULO 4

Miro alrededor con cierto sopor. Soplo y resoplo mientras hago un exhaustivo reconocimiento a la estancia. La nostalgia comienza a invadir de sensaciones dolorosas mi cuerpo y mi mente. Sola y desamparada.

Llaman a la puerta de la habitación.

El botones, pienso. Voy hacia la puerta y abro.

—Buenos días, señorita. Traigo su equipaje.

—Buenos días —le dejo entrar. Le acompaña una camarera.

—Señorita, voy a ocuparme de colocar su equipaje. ¿Hay algo del equipaje que no quiera que coloque? —se dirige a mí la camarera.

Lo pienso unos instantes. Solo he traído dos maletas grandes y una mediana con recuerdos y cosas personales.

—Coloque solo las dos maletas grandes. Gracias.

—Como guste.

Decido bajar a comer al restaurante mientras la camarera se ocupa de mi ropa. Cojo el bolso y me encamino hacia el ascensor.

Al llegar a la planta baja me dirijo al hall.

Me acerco al mostrador.

Un caballero de unos treinta años, afroamericano, me sonríe con sus grandes dientes blancos. Lleva una chapita en el bolsillo de la chaqueta con su nombre: Peter Harris.

—Buenos días. Quisiera comer algo. Pero acabo de llegar y no sé dónde está el restaurante.

—Buenos días, señorita Álvarez, tenemos a su disposición al RRPP del hotel. Él le mostrará el restaurante y si lo desea el resto del hotel. Esperamos que la estancia entre nosotros sea de su agrado.

—Gracias, Peter.

Intuyo que alguien se acerca por mi derecha. Es un hombre rubio de ojos castaños, con cierto aire afeminado, viste con un traje de línea moderna que le sienta de maravilla.

Al llegar a mi lado…

—Señorita Álvarez. Soy Jim Foster, relaciones públicas del hotel y estoy a su servicio. —me ofrece la mano para estrechar la mía.

—Hola, Jim Foster —sonrío—. Quiero comer —digo con tono vergonzoso mientras se la estrecho.

—Estupendo —dice con entusiasmo—. Le mostraré el restaurante y si lo desea, después de que descanse en su habitación, estaré dispuesto a enseñarle el resto del hotel.

Me indica con la mano la dirección en la que debemos caminar.

Camino a su lado.

—Tengo entendido que es usted española.

—Así es —le miro de reojo.

—Tendrá ocasión de disfrutar de varios platos de su país que se incluyen en nuestra carta. Nuestro chef es español, concretamente de Bilbao.

—¡Vaya, es toda una sorpresa! ¡Qué casualidad!

—Como él dice: criado entre fogones vascos.

—Muy de la tierra.

—Exactamente, también esa es una de sus variadas expresiones.

Llegamos a la puerta del restaurante, dos grandes hojas de cristal nos franquean el paso. Tira del pomo de una de las puertas hacia nosotros y me invita a pasar.

Noto una agradable temperatura al entrar, quizá el resto de las zonas nobles del hotel son algo más frescas. La decoración del restaurante me resulta austera y fría, lo único que aporta algo de calidez son las vistas de la ciudad a través de los grandes ventanales. El mobiliario es oscuro y de líneas simples. Hay varias mesas ocupadas, los comensales parecen ejecutivos.

—La llevaré a la mejor mesa del restaurante donde podrá contemplar la avenida.

—Gracias, Jim.

Llegamos a una mesa para cuatro comensales. ¡Desde luego las vistas no están nada mal! Retira la silla para que me siente.

—Por favor —me pide que tome asiento.

—Gracias de nuevo, Jim.

—Voy a avisar a nuestro chef. Él la aconsejará con mucho gusto.

Asiento con un leve movimiento de cabeza.

Miro alrededor, me siento extraña, como si estuviera vacía de emociones. Paso una mano por mi mejilla, la tengo helada al igual que mis manos. Junto ambas manos y las froto entre sí tratando que se calienten o no podré coger ni los cubiertos.

Observo nerviosa a las personas que allí se encuentran. Un camarero lleva una bandeja con cinco vasos de combinados a una de las mesas; al darse la vuelta me mira por un instante.

—Señorita Álvarez.

¡Señorita Álvarez!, ¡Señorita Álvarez! ¡Me van a borrar el apellido entre todos!

—Hola —me levanto rápidamente de la silla. Me giro para poder ver a la persona que reclama mi atención. Se dirige a mí en español e inmediatamente reconozco su acento vasco.

—No señorita por favor, no se levante.

Un hombre de pelo negro de unos cuarenta años y algo gruesecito me mira con sus grandes ojos negros; unas largas y espesas pestañas negras los rodean. Lleva puesto el típico gorro de cocinero, ese gorro largo de color blanco impoluto.

—Bienvenida.

—Gracias, señor.

—Es usted muy joven —observa—. Me llamo Gaizka Rotaeche; soy natural de Bilbao.

—Yo soy Marian Álvarez, natural de Madrid.

Me tiende la mano y se la estrecho.

—Mucho gusto. Me imagino que tiene hambre y que está muy cansada del viaje. La insto a que se deje agasajar por este modesto cocinero —me obsequia con una bonachona sonrisa mientras me hace una graciosa reverencia.

—Para mí será todo un placer, señor.

—Por favor, llámeme Gaizka.

—Le insisto Gaizka, será todo un placer —le sonrío esta vez con timidez.

—Me habían avisado de que iba a tener una comensal especial; sabía de su llegada. La he preparado una pequeña degustación de platos entre ellos platos de la tierra.

Jim se encuentra tras el cocinero.

—Bien, pues empecemos a agasajar a nuestra invitada —me dice con ojos chispeantes y divertidos.

Gaizka se retira a la cocina y Jim se acerca a mí.

—La dejo en buenas manos. En cuanto esté dispuesta le enseñaré el resto del hotel.

—Muy bien, Jim. —le digo y este se despide con una sonrisa.

Son todos demasiado complacientes, me siento agasajada en exceso. Un camarero se acerca a mi mesa.

—El sommelier la atenderá con mucho gusto.

—Gracias.

A los pocos segundos un hombre de unos treinta y cinco años, espigado y con ligera elegancia se aproxima a mi mesa. Lleva entre las manos la carta de vinos.

—Señorita. Aquí le traigo la carta de vinos. Si me deja que la aconseje…

Le corto enseguida.

—Yo no bebo. No suelo tomar vino —le miro con reparo.

—Como guste señorita. Traeré la carta de agua.

—Solo quiero agua mineral sin gas; por favor.

—Perfecto.

Se retira.

En pocos segundos un camarero aparece con una botella de agua y una copa. Su formato llama mi atención: una botella elegante de liso cristal con la palabra Voss grabada. Me sirve en la copa.

—Espero que disfrute de la comida.

—Gracias —contesto.

Tengo mucha sed, no creo que me dure mucho la botella. Estoy más seca que un rastrojo. Un par de minutos después empiezan a servir esa degustación de platos con la que me van a agasajar.

Pruebo un poco de cada plato. Algunos son pequeñas exquisiteces. Me lleno rápido.

Me siento satisfecha pero cansada.

Gaizka vuelve al comedor. Se dirige a mí con una amplia sonrisa:

—¿Está todo a su gusto señorita?

—Sí, Gaizka. Está todo delicioso pero ya no puedo más; estoy muy llena.

—Le queda el postre.

—Ahora no me entra nada más. Hágame un favor… guárdemelo para la cena.

—Como prefiera.

Suspiro.

—Necesito descansar.

—Creo que lo necesita, tiene cara de cansada—sonríe pícaro.

—Ya lo creo. Así que… si no le importa, me voy a retirar.

—La prepararé algo ligero para la noche… ¿si es que piensa cenar en el hotel?

—Se lo agradeceré. Hasta la noche Gaizka y muchas gracias por todo. Ha sido un placer para mí disfrutar de tan deliciosos platos.

Cojo mi bolso y me dirijo a la habitación.

CAPÍTULO 5

¡Dios! ¡Ni siquiera he llamado a la familia! Estarán todos preocupados. Ahora no tengo ganas de hablar, estoy agotada. Les mandaré un mensaje a todos y más tarde hablaré con ellos; cuando haya descansado. Carlos asalta mi mente apoderándose de todo pensamiento e intención de desconectar de él. Poderoso hombre que me tiene sumida en la más profunda inquietud.

Suspiro pensando en qué hacer con Carlos. Si llamarle o dejar que sea él el que dé el paso… Lo cortés no quita lo valiente, le llamaré pese a todo. No puedo aguantar tanta incertidumbre… Necesito solucionar lo nuestro como sea. O estamos juntos… o queda zanjado donde él lo dejó. Sea lo que sea… dudo en quedar conforme con facilidad.

Al entrar en la habitación observo que las maletas están colocadas en el sitio destinado para ellas. Toda mi ropa colocada y ordenada en el armario y cajones. ¡Qué placer no tener que preocuparme de deshacer y hacer el equipaje! Me quito los zapatos y el vestido. La cama la han abierto pensando seguramente que necesitaría descansar. Perfecto. Mando los mensajes, incluso a Carlos y me acurruco en la cómoda cama con la esperanza de recibir alguna respuesta suya.

No entra luz por las ventanas, es de noche. Miro la hora en el reloj digital que hay sobre la mesilla, son las diez de la noche. ¡Uff, he dormido como una manta! Tengo ganas de bajar a cenar pero tal vez ya es tarde y han cerrado el restaurante… como tienen un horario tan distinto al nuestro…

Llamo a recepción:

—Hola soy la señorita Álvarez.

—Dígame —una voz femenina resuena en el auricular— ¿Qué desea?

—Me he quedado dormida y es muy tarde ¿Hay posibilidad de poder cenar algo? —mi voz suena soñolienta.

—No se preocupe. Nuestro chef ha dejado orden de que le suban la cena en cuanto usted lo desee.

—Gracias. Pero que sea dentro de media hora, por favor.

—No se preocupe. Dentro de media hora la cena estará en su habitación.

—Gracias.

Me encuentro aturdida. Cuelgo el auricular con torpeza. Me froto la cara y los ojos.

Me dirijo al baño tambaleándome. Me miro al espejo. Tengo ojeras… mi aspecto es un poco desastroso. Me sentará bien una ducha. Su cabina es circular con dos albornoces blancos colgados a su entrada. Me quito la ropa y me introduzco en la ducha. Pienso que me hace falta más un buen baño que una ducha pero… es lo que hay.

Me envuelvo en el albornoz para secarme, cojo una toalla para que absorba exceso de agua de mi cabello mientras lo froto con la toalla. Veo en una estantería las zapatillas a juego con el albornoz, me las coloco en los pies mientras me ciño el cinturón de este a la cintura. Busco en los cajones del armario algo de ropa interior.

Me aproximo al escritorio y veo la clave para conectarme a Internet. Es tarde, así que mañana calcularé bien las horas en las que puedo llamar a España ya que ahora estarán todos durmiendo. Cojo el móvil personal de mi bolso. Veo que tengo varios mensajes: mamá, Andrea… ninguno de Carlos. Los leo y les contesto. No puedo creer que… no sea capaz de…

Suena en el móvil una nueva entrada de mensaje.

Respiro hondo.

Me duele pensar… ¡Es él!

Con la mano izquierda cojo mi medio mundo y lo aprieto con fuerza entre mis dedos. Me da miedo leer su mensaje, me produce dolor saber que no le voy a ver en mucho tiempo. Me saltan las lágrimas, trato de detenerlas pero se apresuran a recorrer mi cara. El corazón me late a cien por hora.

Llaman a la puerta.

¡Vaya casualidad, qué inoportuno! ¡No podían esperar unos minutos más!

Es la cena.

—Gracias. —Trato de disimular mi llanto.

Un jovencísimo camarero con un carrito de comida espera que le deje pasar.

—¿Dónde lo quiere?

—En la zona de estar —le indico impaciente mientras busco un pañuelo de papel en mi bolso.

Rápidamente sale de la habitación tras dejar la cena donde le he indicado.

—Que le aproveche. Si lo desea puede llamar para que se lo retiremos.

—Gracias.

Cierro la puerta tras él y mientras pienso que será mejor dejar el mensaje de Carlos para después de la cena. Me quema la curiosidad… No quiero que después de las molestias que se ha tomado Gaizka preparando mi cena la deje sin tocar. Estoy segura de que si leo el mensaje… no quiero ni pensar que su mensaje no sea lo que espero… ¡Mi cabeza no deja de atormentarme!

Gaizka me ha sorprendido con unas excelentes verduras al vapor de primero y de segundo unos finos escalopes de ternera con una salsa ligera y unas pequeñas patatas hervidas. De postre arroz con leche. Todo delicioso ¡cómo no! Picoteo un poco la comida sin tan siquiera tomar asiento. La sensación de hambre desaparece en cuanto pruebo algo. Miro el móvil una y otra vez tentada por la necesidad de saber que contiene el mensaje. No puedo con la incertidumbre, no puedo esperar más. Sea lo que sea necesito saber de él.

Desisto en seguir comiendo. Totalmente decidida me siento en el sillón de lectura. No pierdo ni un segundo más y abro el mensaje:

“Me alegro de que el viaje se haya dado bien, Volvoreta. Espero verte pronto a través de Skype o por lo menos escuchar tu voz”

La emoción y saber de él conquista fugazmente mi triste corazón y reconforta livianamente mis inquietudes. Su hiriente lejanía es despiadada con mis sentimientos; ahora noto en mi interior cierta paz. Al menos… ya tengo una respuesta suya. Unas sencillas palabras tras ignorar cualquier intento por mi parte de llegar hasta él. De tratar de limar emocionalmente nuestras posturas. Como si se lo hubiese tragado la tierra, igual. Ninguna noticia suya, ningún intento por apaciguar la incertidumbre en la que estábamos sumidos los dos… —suspiro.

Llamo a recepción para que recojan el carro de comida casi sin tocar. En cuanto se lo llevan me dirijo al baño. Cojo un cepillo de dientes de la bandeja que se encuentra sobre la encimera del lavabo con Bath amenities y me cepillo los dientes.

Sumida en un mar de pensamientos camino hacia el sillón de lectura donde me siento de nuevo con aire cansino. Miro a través de la ventana el ir y venir de los coches sin mucho interés, no hay mucho tráfico. Cojo de nuevo el móvil y abro por segunda vez el mensaje de Carlos; como si tratara de hallar entre sus líneas algo más

Tendido el puente entre los dos, solo queda dar los pasos correspondientes para unir de nuevo nuestros corazones. ¡Al menos eso espero!

Enciendo el televisor para distraerme un poco. Es pronto para dormir. A los pocos minutos noto como se cierran mis ojos ganándome el sueño y el cansancio…

CAPÍTULO 6

Me he quedado dormida en el sofá entre pensamientos y sentimientos hacia Carlos. La televisión está encendida con el volumen muy bajito. Cojo el mando y la apago. Perezosa… introduzco los dedos entre mi pelo. Lo tengo aún un poco húmedo. Miro el reloj de mi muñeca: son las siete de la mañana, tengo tiempo suficiente para hablar con mi gente y arreglarme para desayunar con el señor Carson.

Es toda una inyección de energía la que he sentido al hablar con mi madre y con Andrea. Necesito hablar con Carlos, me late fuerte el corazón en el pecho solo de pensar que voy a escuchar su voz. Tan solo deseo que esté receptivo y no me bombardee con su más que lacerante frialdad.

Me tiemblan las manos al pensar que voy a hablar por fin con él. Me da miedo pensar… No sé cómo va a reaccionar o cómo voy a reaccionar yo en cuanto crucemos las primeras palabras.

¿Serán de reproche esas palabras?...

Estamos tan dolidos los dos…

Claro que sí. Cada uno por su parte siente dolor. Él por… ¡sí, es cierto! Se siente abandonado por mí, desplazado, apartado de mi vida. No es fácil reconocer… que es legítimo por su parte sentirse así.

Percibo cierto dolor en el corazón, como si miles de alfileres me pincharan alrededor. Cada vez que respiro, parecen clavarse más y más profundos.

“Te prometo que nos veremos antes de que te vayas” —dijo.

No cumplió su promesa, le pudo más la decepción que sus sentimientos hacia mí. Le perdono… No puedo guardarle rencor.

Casi no puedo sostener el móvil en mis manos para marcar. ¡Qué manera de temblar!

—Hola Carlos —tiembla hasta mi voz.

—Marian.

Su fría voz resuena en mi mente, para perderse en la frágil alegría que siento al escucharle.

Sonrío y pienso en esa palabra “Volvoreta” que tanto le gusta decirme.

—¿Cómo estás? —pregunto.

—Bien ¿y tú?

Se hace un largo silencio.

Sinceramente… mal.

Dudo sobre si es el momento de hacer reproches o de intentar cruzar el puente confiando en que su disposición a un acercamiento sea verosímil y de que no sea un espejismo de lo que quiero, sino de lo que queremos los dos. No deseo que la oportunidad se esfume sin más, simplemente, por culpa de una desmedida soberbia por mi parte; no quiero caer en ese error.

—No te despediste de mí y me lo prometiste —le digo con voz suave, sin ánimo de reproche.

Otro largo e inquietante silencio se cierne sobre nosotros.

—Te vi marchar —dice con voz apagada.

¡Me vio!

¡Qué sorpresa! ¡¿Cómo me vio?!

Me late acelerado el corazón.

¡¿Y no me dijo nada?! ¡¿Nada?!

—¿Dónde estabas? —le pregunto un tanto escéptica.

—Te vi montar en el coche que la empresa mandó para llevarte al aeropuerto.

Me vio montar…

¿Por qué no me detuvo?

—¿Y por qué no te acercaste a mí y…? —no puedo seguir, se me quiebra la voz.

—Llevaba más de una hora esperando en el coche a que salieras para… mira… no sé que me detuvo —hace una pausa.

—¿Qué pasó para que no te acercaras?… Necesitaba verte, hablar contigo. No me gustó cómo quedó lo nuestro —le digo con voz rotunda—. Es muy doloroso para los dos, no debimos dejar lo nuestro en el aire.

—Asumo mi culpa. Creí volverme loco, estaba hundido. A mí tampoco me gustó, te lo aseguro. No lo he llevado bien estos días, aunque a ti te parezca lo contrario.

—Carlos, soy consciente de ello. Nos conocemos bien.

—Sí, demasiado bien.

—No lo entiendo Carlos. Estabas a unos pasos de mí, a unos pasos de que… esta amargura que siento… —elevo un poco el tono de mi voz—no existiera. Podías…

Se me llenan los ojos de lágrimas. Mi voz parece haberse quebrado. Sólo de pensar que… mi marcha podría haber sido más llevadera, más liviana. Me castiga.

Quiere castigarme.

—Marian. Ha sido duro para mí mantenerme alejado de ti. Ignorar tus llamadas… Tenía que curarme ¡¿Lo entiendes?! —dice desesperado.

—Es… es mucho el daño que te he hecho ¿verdad?

Suspira.

—Sí —confirma mi sospecha—. No… no supe qué hacer cuando te vi salir del portal y montarte en el coche. Estuve… debatiendo toda esa hora conmigo mismo sobre qué hacer. No supe decidirme a subir y hablar unos minutos contigo y… dejé escapar la oportunidad. Me frenó el miedo a que me rechazaras y te marcharas en medio de una discusión poniendo en peligro más aún, nuestra malograda relación.

—Dejaste escapar esa oportunidad, sí, pero yo no me he escapado de ti. Sigo queriendo estar contigo. Hay más oportunidades y formas… de estar juntos.

—He sido cruel al no darte una oportunidad para hablar como pretendías.

—No. No pienses eso ahora. Respeto tus sentimientos… son las circunstancias, nada más.

La mente me juega una mala pasada, los recuerdos parecen atravesar mi cuerpo como si fuesen dagas impregnadas de sensaciones y momentos vividos por los dos. Me distraen de la conversación.

—Me vi atrapado por el miedo. Miedo a perderte, miedo a sentirte lejos para siempre.

—Hemos abierto una cisura en nuestra relación. Y digo “hemos” porque los dos tenemos parte activa, tenemos culpa de ello; para mí no se trata de algo insalvable.

—¡Vale! —inesperadamente eleva la voz. ¿Qué puedo hacer? Estoy a miles de kilómetros. He cometido el mayor error de mi vida y ahora… ¿Qué quieres que haga, Marian? —dice con la voz tomada por la impotencia.

Se me seca la boca y mi respiración parece ahogarse en un mar de nervios e inseguridad.

—Lo hecho… hecho está. Hay un vacío entre los dos, ese espacio de tiempo… ese tiempo que te tomaste y que ya no volverá… Pero escucha, no te lo reprocho —murmuro—. Quiero que vuelva el Carlos de siempre, el chico seguro de sí mismo que conozco y que adoro. Te necesito fuerte.

El silencio habla unos instantes por los dos.

Los sentimientos afloran libres por mi ser. No debo ahuyentar al hombre que me reclama y que se siente arrepentido, perdido. Si lo hago… me volveré loca. Le apartaré definitivamente de mí, no estoy dispuesta a ello, no estoy dispuesta a perderle.

—Tú decides, Marian. Seguimos o… aparcamos lo nuestro.

—Sinceramente… veo que te rindes fácilmente.

—¡No me jodas, Marian! —exclama elevando la voz.

Me descoloca por completo su aptitud.

—Carlos… ¿por qué me hablas así?

—Perdona, Marian… me pones en una posición… —dice sin perder el tono autoritario de su voz— ¿Quieres que me presente allí? ¿Quieres que te demuestre que me perteneces y que no te voy a dejar por nada ni por nadie? ¡Ay Marian, no me pongas al límite! No me hagas ir a por ti y traerte de vuelta.

Su actitud me alarma. No debería desafiarle. Es capaz de presentarse aquí y… no quiero ni pensar lo que haría en estas circunstancias. Si viniese a por mí… me temo que me iría con él sin rechistar. Así que si no quiero decepcionar al señor Carson, mejor será andarme con cuidado con Carlos.

—Perdóname tú a mí. Estoy agobiada con todo esto.

—Quiero que estés tranquila y que no le des más vueltas a lo ocurrido. Tendremos oportunidad de dejar todo claro entre nosotros en cuanto te visite en Washington. Por mi parte todo sigue como siempre.

—Por mi parte también, Carlos.

—Mi pequeña… ¡Dios! No podía esperar menos de ti —murmura.

Evitar que sonría… es imposible. Hablar con él… es el mejor ungüento para mi desecho corazón.

—Lamento tener que dejarte Carlos. Tengo una reunión dentro de media hora con el señor Carson aquí en el hotel y tengo que vestirme.

—Está bien, Volvoreta. Cuídate mucho.

—Lo mismo digo. Te quiero Carlos.

—No pienso vivir sin ti, Volvoreta. Yo también te quiero mucho. Hablamos.

Después de hablar con Carlos vuelvo a sentir un inmenso vacío en mi interior. Le extraño, le extraño mucho. Después de dejar mis penas en segundo plano y tras arreglarme, me dirijo a la cita con el señor Carson.

CAPÍTULO 7

Al entrar en el comedor uno de los camareros se apresura a acompañarme a la mesa donde tres personas me están esperando; en cuanto se percatan de mi presencia se ponen en pie.

—Buenos días, Marian.

—Buenos días, señor Carson —dirijo mi mirada a la persona que le acompaña a su derecha y después le dirijo una sonrisa a Donna que se encuentra a su vez a la derecha de esta.

—Marian. Esta es la señorita Anne Stuart.

Nos estrechamos la mano.

—Encantada.

—Lo mismo digo —contesto.

—Bueno, ya conoces a Donna Jones.

Afirmo con un leve gesto.

Anne es una mujer de unos treinta años, de sencilla apariencia. Sus rasgos son algo exóticos, me recuerdan… bueno me recuerda a las mujeres hawaianas… exótica, dulce y risueña. En fin esa es mi primera impresión a simple vista.

—Sentémonos —El señor Carson nos señala con una mano las sillas que rodean la mesa. ¿Qué tal has descansado?—me mira con una sonrisa.

—He descansado bien, gracias. He tenido la oportunidad de hablar con mi familia en cuanto me he levantado. Les mandé un mensaje cuando pude para que se quedaran tranquilos, ya que allí dormían.

—¿Están bien? ¿Están tranquilos?

—Sí. Están tranquilos y bien. Gracias.

Sonríe satisfecho.

—¿Tú te encuentras bien?

—Sí señor. Estoy muy bien —le sonrío con dulzura.

—Estupendo. Entonces te diré que la señorita Anne, es la persona que se va a encargar de enseñarte la ciudad y los lugares que pueden ser de interés para tu día a día. Te acompañará y aconsejará siempre que lo precises. —Mientras hablamos, dos camareros nos sirven el desayuno—Hace un día magnífico para conocer un poco la ciudad.

—Cierto. Me encantará conocer la ciudad y sus lugares —Miro a Anne que me observa con atención a la vez que afirma con la cabeza.

—El lunes podrás ver el apartamento. Anne te llevará a comprar todas las cosas que necesites. Corren de mi cuenta.

—Señor. No hace falta que me pague nada, ya está haciendo bastante por mí.

—No quiero que te falte de nada ¿me oyes? —me mira con insistencia. Sus ojos de repente se velan por un halo de tristeza.

Entiendo, que en cierta manera se sienta responsable de mí, pero de ahí a costearme aquellas cosas que precise para estar cómoda en mi nueva residencia… me cuesta aceptarlo. Lo que no entiendo es la tristeza que se refleja en sus ojos, me deja confusa.

—Como usted diga, señor.

Su mano coge mi mano que está posada sobre el mantel y la aprieta por un segundo con inquietud; me conmueve el gesto y a la vez me aturde su cercanía.

Anne es una mujer estupenda muy cercana y divertida, es una loca de las compras. Me ha mostrado las mejores tiendas de ropa, muebles, restaurantes, gimnasios, museos, etc. Lo he pasado fenomenal. No he hecho compras ya que no sé lo que voy a necesitar hasta que no vea y viva en el apartamento. Ha sido una buena manera de presentarme la ciudad y de recomendarme los mejores lugares. No hemos entrado en ellos pero sí en alguna tienda que otra.

El señor Carson ha estado pendiente de nosotras dos llamando en varias ocasiones para saber que tal nos iba. Bryan también ha estado pendiente constantemente de nosotras, aguardando paciente a que saliéramos de las tiendas. En algunos momentos me he llegado a sentir incómoda porque más que un chófer parecía nuestro guardaespaldas.

Tengo los pies destrozados. Me quito los zapatos en la habitación y me los masajeo durante unos segundos. Saco el portátil de la maleta donde guardo todas mis cosas personales y lo enciendo; me conecto a Internet y dejo abierto Skype. Cojo algo de ropa interior y me dirijo a deleitarme con una buena ducha.

Al salir de la ducha miro la hora. Son las cinco y cuarenta y dos, buena hora para conectarme con mi madre y con Carlos.

—Hola mamá.

—Hola hija.

—¿Me ves, mamá?

—Si hija, te veo—sonríe, pero se la nota preocupada. No me puedo creer que te esté viendo hija, es increíble esto de Internet; creo que el poder verte me va a tranquilizar mucho.

—¿Cómo estás, mamá?

—Bien. ¿Y tú cielo?

—Bien. Acabo de ducharme. He estado conociendo un poco la ciudad.

—¿Tú sola? —frunce el entrecejo, no le gusta lo que ha escuchado.

—No, mamá. Tengo una persona a mi disposición como ya te dije, me va a enseñar y a aconsejar sobre los sitios por los que puedo moverme sin problemas; además, llevamos un chófer que hace las veces de guardaespaldas.

—Me da miedo que salgas tu sola por ahí, es una ciudad extraña para ti.

—No temas, es una gran ciudad mamá, de momento me siento cómoda y segura.

—¿Tienes el trabajo lejos de donde vas a vivir?

—No lo sé, me han dicho que está como mucho a quince minutos de distancia en coche. Me van a asignar un vehículo.

—Te veo bien, hija.

—Yo a ti también. No debes preocuparte.

—¿Qué has comido?

—Sabes. Resulta que el chef del hotel es vasco.

—¡No me digas!

—Sí, es discípulo de un famoso cocinero.

—¡Qué casualidad! Me imagino que te pondrá bien de comer.

—Síííí, mamá.

—¿Qué has comido hoy?

—Una ensalada y pescado al horno. Nada de comida basura. Aquí también se puede comer bien, hay buenos restaurantes aparte de los de comida rápida. Hay donde elegir, no te preocupes.

—¿Hay buenos sitios donde comprar comida?

—Pues claro… además, tienen de todo: fruta, verdura, carne, pescado… tienen buena calidad. Es como allí, pero eso sí, tienen productos diferentes que desde luego pienso probar.

—Ten cuidado con lo que comes y con el agua.

—Bebo mineral.

—¿Hay hospitales cerca?

—Sí. Y muy buenos. Ya sabes que el tema de los médicos lo tengo cubierto ¿verdad?

—Eso es algo que me preocupa mucho.

—Espero que no me haga falta.

—Eso es lo principal… que no te haga falta, hija.

—Si puedo te volveré a ver cuándo me levante por la mañana; quiero conectarme con Carlos y Andrea antes de que sea más tarde.

—Muy bien, hija. Un millón de besos y abrazos.

Veo como su rostro se vuelve triste y comienzan a resbalar las lágrimas por él.

—Mamá. No te pongas triste, por favor —se me llenan los ojos de lágrimas a mí también al ver como recorren sus mejillas, le cuesta digerir que su pequeña haya levantado el vuelo y que se haya ido tan lejos de su protección.

—Estás lejos, hija.

—Lo sé. Iré en cuanto pueda, ya lo sabes.

—Lo sé.

—Anda, no llores —se me hace un nudo en el estómago—. ¡Vaya ánimos que me das!

—Perdóname, hija.

—Cuídate.

—Lo mismo te digo.

—Hasta mañana, mamá.

Finalizo la conversación y me tomo algo de tiempo antes de decidir si llamar primero a Andrea o a Carlos. La emoción de ver a mi madre a través de Skype me supera, necesito tomar aire antes de continuar.

Tras pensármelo unos segundos… me decido por Carlos; dejo para más tarde a Andrea ya que si quedo con sensación de desánimo… ella me ayudará a levantarlo con sus ocurrencias y su energía positiva.

Carlos llama a través de Skype. Se ha dado cuenta de que estoy conectada.

Le doy paso.

Le observo. Estamos conectados pero él no se ha dado cuenta todavía. Se mueve en su asiento buscando algo sobre la mesa de trabajo, veo al fondo la ventana que justo hay detrás de la mesa. Se para por fin delante de la pantalla. Está serio. La imagen no es buena y sin embargo cuando he hablado con mi madre si lo era. Tiene el cabello despeinado y lleva puesta una camiseta azul sin mangas con lo que… veo sus fuertes hombros. La imagen parece mejorar bastante y aprovecho para recorrer con mis ojos su rostro… hasta llegar a sus perfectos labios que se encuentran entreabiertos. Finalmente se percata de que estamos en línea.

—Estas ahí. No has dicho nada —sonríe.

—¿Estabas buscando algo?

—Sí, unas anotaciones. Ya las he encontrado.

—Te veo bien. Estás guapísimo. —Gira la cabeza de un lado a otro riendo mientras se muerde el labio inferior. ¡Quién pudiera morderlo y saborearlo! ¡Se me eriza la piel solo de pensarlo!

—Me miras con buenos ojos. ¿Acabas de ducharte?

—Sí.

—¿Llevas puesto solo el albornoz? —me pregunta en tono jocoso. Parece relajado y confiado.

—No —arqueo las cejas—. Llevo ropa interior. ¡Pero bueno Carlos, esta conversación… no me gusta a través de Internet!

—Lo sé. Solo quería ponerme en situación.

—¿En situación? —me irrita su comentario.

—Es una broma mujer. Estás… preciosa —baja la mirada y unos instantes después la levanta hacia mí—.Tenía muchas ganas de verte.

—Yo también —me emociono, cómo no.

—No tanto como yo —dice con tristeza.

Esa mirada de Carlos… es una mirada culpable. Sigue sintiéndose responsable del distanciamiento que ha habido entre los dos.

—Tú… tú no sabes cuánto te extraño yo.

—Dejémonos de si tú más o yo más, es una tontería.

—Desde luego, esto parece una conversación de tontos.

—Tienes razón, perdóname —se acerca un poco más a la pantalla de su ordenador—. No he tenido un buen día. Discúlpame. —dice mirando fijo a la cámara.

—¿Problemas en el trabajo?

—No, problemas emocionales —llego a apreciar como sus ojos se envuelven en una profunda tristeza.

Me observa.

Me quedo sin palabras mirando a la pantalla del ordenador.

Cojo entre los dedos mi medio mundo.

—Me duele verte así, me minas —se da cuenta que tengo cogido entre los dedos mi medio mundo y él hace lo mismo con el suyo—. Ya… no puedo volver atrás Carlos, dame fuerzas y no me hundas —mis ojos se llenan de lágrimas—. Esta angustia que sentimos los dos… irá remitiendo poco a poco, debemos tener paciencia.

—Lo sé, Volvoreta —dice con pena.

—Entonces… anímate, hazlo por mí, me quedo hecha polvo si te veo así… No tengo donde buscar consuelo ¿entiendes? —No puedo contener las lágrimas— No tengo a nadie a quién agarrarme o en quién apoyarme… Tengo los sentimientos a flor de piel al igual que tú —observo a duras penas como me mira, ya que las lágrimas no me permiten ver con claridad su rostro.

—Es el primer contacto visual… Me ha impactado verte. Perdóname. Sé de sobras que se irá apaciguando esta sensación de vacío, sé que me voy a acostumbrar. Lamento hacerte llorar —su mirada suplica que le comprenda—. ¿Has contactado con tu madre?

—Eso me parece bien, me gusta que cambies de tema —digo entre sollozos—. Sí, pero ya sabes… no paraba de preguntarme: si he comido, lo que he comido… que tenga cuidado con esto y con aquello…

—Me lo imagino.

—Hoy he tenido oportunidad de conocer un poco la ciudad, los sitios que pueden ser de interés para mí día a día. Ya sabes… tiendas, etc.

—¿Y qué te parece la ciudad?

—No está mal, ya le iré cogiendo el aire a todo. Acostumbrada a Madrid todo me parece diferente. Cuando tenga que buscar algo en concreto… no voy a saber muy bien donde buscarlo. No me preocupa mucho, ya que Anne, ya sabes… una especie a asistente o personal shopper, me lo solucionará rápido, me asistirá durante un tiempo.

—Eso está bien, y… ¿qué tal la comida?

—Buena. Ya sabes… hay de todo. Mi madre piensa que solo se come aquí comida rápida, pero nada más lejos de la realidad. El lunes me van a mostrar el apartamento donde voy a vivir.

—Ya me contarás.

—¡Y lo veras! Grabaré un video para que veáis donde voy a vivir para que os quedéis tranquilos.

—Estoy tranquilo y deseando ver y saber dónde vas a vivir. ¿Has ido a la oficina?

—No. El señor Carson me ha dicho que me recogerá el miércoles para ir a la sede. Alan está de viaje y regresa el martes por la noche. Quiere presentarme a sus hijos y al resto de la cúpula de la empresa. Todavía no me ha dicho cuando me voy a incorporar al trabajo.

—Querrá que te instales primero.

—Eso es lo que quiere.

—¿Has hablado con Andrea?

—No, lo he dejado para más tarde.

—A lo mejor no ha llegado a casa todavía.

—Lo intentaré. ¡Ahí está!… disponible.

—Sí. Se dará cuenta de que estamos hablando al ver que estamos conectados los dos.

—Carlos.

Me pongo de repente sentimental.

—¿Si? —le llama la atención el tono de mi voz al pronunciar su nombre.

—Te quiero.

Me mira con una sugerente y risueña sonrisa dibujada en su cara.

—Eres la luz de mi alma, nena.

—¡Guau! —Le miro un instante antes de seguir hablando—Te estás poniendo romántico. Vamos a dejarnos por el momento de ñoñerías o acabaremos con los ánimos por el suelo otra vez.

—Sí, será mejor dejarnos de sentimentalismos por un tiempo o caeremos en brazos de la desolación.

—Mañana por la mañana me conectaré de nuevo, pero no tan temprano, ya que es domingo y aprovecharé un poco más para dormir. El cambio de hora me está matando, son muchas horas de diferencia y me va a costar adaptarme. Supongo que para cuando tenga que incorporarme al trabajo ya estaré acoplada a la diferencia horaria.

—Puedes estar segura de que voy a estar pendiente. No tengo planes para el domingo; mi único plan es trabajar en un nuevo proyecto.

—Seguro que es interesante, me lo tienes que contar.

—Solo es un proyecto, nada más. Tenemos… bueno, lo tengo que desarrollar ya que es una iniciativa mía y ha gustado a los jefazos.

—¡Eso es estupendo!

—Ya lo creo. Desgraciadamente tendré mucho tiempo libre para desarrollar el proyecto —dice con tristeza.

Observo sus facciones, sus gestos… ¡Dios! No se puede ser más atractivo. Me lo comería; pero me parece que eso no va a poder ser más que en mi imaginación. No hay nada peor que quedarse con las ganas…

—Me cuesta decir adiós —le digo nostálgica—tengo que hablar con la loca de Andrea.

—A mí también me cuesta —dice torciendo el gesto.

—Cuídate Carlos. —Le mando un beso que deposito en la palma de la mano y lo soplo para hacérselo llegar a mi chico— ¡Espero que te llegue!

Cierra los ojos y entreabre los labios. ¡Qué mono!

—Recibido —susurra.

—Parecemos dos críos —río con ganas.

—Desde luego. Dos críos ñoños.

—Te veo mañana.

—Hasta maña.

¡Uuuf!

Trato de no pensar en Carlos, no ha sido lo que esperaba pero el verle me ha recargado las pilas y a la vez me ha dejado triste y lánguida. Voy a ver si mi querida amiga Andrea me levanta mi malparado ánimo.

Ahí está Andrea, mi querida pelirroja y peligrosa amiga, su enorme sonrisa me levanta el ánimo.

—¡Loca!

—¡Marian! ¡Hola aventurera!

Veo como hace pucheros.

—Andrea, no hagas pucheros, por favor… ¡Qué cansina eres!

—Solo quería saber si te conmuevo, ¿no te da pena dejar a tu amiga sola? —abanica las pestañas rápidamente mientras pone cara de niña buena.

Me exaspero. Están todos empeñados en que lo pase mal.

—¡Síííí… me conmueves! Sabes que me gustaría muchísimo que estuvieras aquí.

—¿Has hablado con Carlos?

—Sí y… ¡uff!… Me duele estar lejos de él —recuerdo su mirada mientras cierro unos instantes los ojos—, esto va a ser duro Andrea. Nuestra despedida… no fue una despedida normal, no esperaba esa ausencia suya. Se negó totalmente a responder a mis mensajes, ni siquiera fue a despedirse de mí al aeropuerto. Me lo prometió. Dijo que nos veríamos antes de mi marcha. ¿Sabes lo que eso ha supuesto para mí?

—Vamos amiga, Carlos… bueno ya sabes… no se lo tomó muy bien pese a todos tus esfuerzos por amortiguar el duro golpe que iba a recibir. No puedes culparle. Entiendo que debió hablar contigo antes de tu marcha. Poner… simplemente las cosas claras entre los dos y no dejar en el aire vuestra relación. De todos modos… tú sabes tan bien como yo que no va a renunciar a ti. No. Él te adora, debes darle una oportunidad.

—Sabes que soy sensata. Por supuesto que le comprendo. Comprendo su rabia y su dolor. No puedo olvidarme de él, no puedo dar carpetazo a lo nuestro.

—Me alegro por los dos, me tranquiliza oír tus palabras. Me reconforta saber que su reacción no ha despertado en ti ningún tipo de rencor.

—No puedo ser rencorosa con él.

—Pero bueno chica, anímate. Con todas las cosas que te esperan… ¡Si fuera yo… estaría encantada de la vida! Claro que yo… no cerraría ninguna puerta a nada, ya me entiendes… sin ataduras, libre y dispuesta a todo lo que se me ponga por delante. Sobre todo a los retos… tu jefe… Alan.

—Andrea… ya sé que tú no cierras las puertas a nada, hace falta que te recuerde a Luis…

Infla los mofletes de aire y lo suelta de golpe.

—Vale. Tocada y hundida.

No deja de hacer gestos raros con la cara, está pensando cómo justificarse; seguro.

—No me voy a justificar por lo de Luis… no tengo manera alguna de hacerlo. ¡Está bien! Cometí un nefasto error, lo reconozco. Después de hablar contigo sobre lo que pasó entre vosotros… fui poco sensible respecto a ti y me equivoqué.

—Menudo error amiga.

—Desde que estuvo en casa… no he querido hablar contigo del tema.

—Soy consciente de ello, Andrea. Lo dejé a tu criterio. Ya sabes lo que Carlos y yo opinamos de ese tipo. Bien es cierto que llevaba mucho tiempo sin molestarme directamente. Siempre llegaba a mis oídos algún que otro comentario que hacia él a gente de mi entorno, ya sabes, gente conocida de la universidad.

—A mí también me han llegado rumores, pensaba que solo eran eso, rumores.

—Los rumores crecieron cuando Carlos y yo comenzamos a salir por primera vez. En ocasiones, compañeros de la facultad le advirtieron de que no se le ocurriese hacerme nada malo y, sobre todo, que no se entrometiera en la relación.

—Menos mal que hizo caso ¿no?, porque Carlos no le iba a dejar pasar ni una.

—Carlos sabía de sus tonterías y como no se atrevía a acercarse a mí, estaba tranquilo. En cuanto lo dejamos, dejó de soltar tonterías y pareció pasar de los dos.

—Hasta que volvisteis… y para colmo aparezco con él.

—Andrea, eres mayorcita para saber con quién estás o con quién debes estar. Siempre te digo abiertamente que eres un tanto ligera. Luis fue un fallo garrafal. ¿Qué viste en él?

—Sigo sin entender que se me pudo pasar por la cabeza. Sí te puedo decir que me pareció cambiado, su físico por ejemplo: su aspecto parece más cuidado, ha mejorado en ese sentido. Me resultó diferente a lo que pensaba cuando, tomando un café, se sentó delante de mí y me invitó a un segundo café. Su trato fue exquisito, pese a mi reticencia a querer mantener una conversación con él. No entiendo cómo me supo convencer y llevarme a su terreno, porque mira que tengo tablas, aunque de nada me sirvieron… Me dejé engañar por su aparente amabilidad y sensatez.

—Tiene muchas tablas, más que tú.

—Ya, ya… no me recuerdes que soy una ingenua.

—¿Sigues viéndole?

—Para nada. Dos largos meses comiéndome la oreja ese granuja, creyendo que el muchacho había cambiado. ¡Estúpida! Él sabía que habíais vuelto, seguro y quería bombardear vuestra relación.

—No puede hacerlo. Ya no.

—Ignoré tus sentimientos, Marian.

—Déjalo estar. Olvídalo.

—No lo puedo olvidar.

—Hazlo entonces por mí.

—Ok. Y… cambiando de tema… —dice con voz sugerente y a la vez cargada de notable curiosidad— Alan Carson. No has contestado.

—No puedo contigo —río sin poder escapar de su perseverante curiosidad— ¿Qué pasa con él? ¿Qué pasa con mi jefe? —frunzo el entrecejo. ¡Siempre está pensando en lo mismo! Se alegra que Carlos y yo nos hayamos reconciliado por decirlo de alguna manera y ahora lo de mi jefe…

Su mirada es perversa y pícara a la vez y espera una contestación por mi parte.

—¿Ya le conoces en persona? —su voz se tiñe de sinuosa y explícita curiosidad.

—No —digo con rotundidad—. Aún no le conozco. Supuestamente querida amiga… quiero informarte de que no le veré hasta el próximo miércoles —le contesto con áspera ironía.

—Vaya. Quería que me pusieras al día sobre él. Tiene que ser un tipo muy interesante.

—Puede —contesto sin darle importancia.

—¿Cómo es aquello?

—Igual que en las películas. Clavadito. Los policías, las ambulancias, las tiendas, sus calles, la gente. Todo. Ya lo verás cuando vengas a visitarme. Te da la sensación de haber estado antes aquí.

—Lo estoy deseando.

—¡Y yo! —contesto con emoción— Todo llegará.

—¿Qué tal el hotel?

—Bastante bien. La gente es muy amable, ¡claro qué tratándose de un cliente como el señor Carson!… Ya te puedes imaginar… lo que no pueda hacer el poder y el dinero… ¡estos magnates…! Tú ya me entiendes.

—Sí, claro, resulta que te vas a codear con la crème de la crème de Estados Unidos. Con el máximo poder mundial y sus conspiraciones. ¡Qué privilegio!

—Pero, ¿qué te crees? ¿Qué esta gente es como esos magnates de las series televisivas como Dallas o como tantas otras series o películas que hemos visto cargadas de conspiraciones y traiciones?

—Amiga… No andas mal encaminada.

—¡Anda ya! ¡Tú estás loca! No veo en absoluto al señor Carson como me lo quieres pintar.

—¡Eso es lo que tú no sabes! —dice con reticencia.

—Puedes estar segura de que no es así. Tienes una imaginación…

—Ya lo verás por ti misma.

—¡Vamos a dejarnos de tonterías, anda guapa!

—Sabes que me encantan ese tipo de series.

—Y también sé que te gusta muchísimo fantasear —le reprocho.

—Solo trato de ponerle algo de salsa a nuestra conversación y desviarnos un poco de la nostalgia que sentimos las dos ¿o no es así?

—Eres increíble —río resignada.

—Ánimo chica, disfruta de tu momento. A ver si dentro de poco tiempo te veo en las publicaciones más importantes de economía.

—Sí claro, ¡cómo que me voy a hacer famosa!… “Joven promesa de las finanzas arrasa en los mercados americanos con su arrollador y rutilante ascenso en el mundo financiero”. ¡¿Tú estás loca?!

—Hija mía, que poca fe tienes en ti misma.

—Soy realista.

—Pero chica… ¡No pierdas la ilusión! Tú misma me has comentado que el señor Carson está muy orgulloso de cómo has progresado en tan poco tiempo.

—¿Y qué? —me estoy empezando a cansar de tanta fantasía.

—Pues…—veo como encoge los hombros y pone esa cara que suele poner cuando algo o alguien le produce buenas vibraciones. —Puedes llegar a ser alguien importante para ellos y su conglomerado de empresas.

—Para llegar a lo que tú dices… estoy a años luz chiquilla. ¡Anda, anda, déjate de absurdeces!

Suspira

—¡Es tan bonito soñar!

—Y barato… no te digo.

—Vale, voy a dejar por ahora de fantasear.

—Estoy deseando ver el apartamento donde voy a vivir —cambio de tema.

—Ya me contarás como es.

—Tengo ganas de estar instalada en él y comenzar mi vida con normalidad.

—Ya me imagino. ¿Qué tienes previsto para el domingo?

—Ni idea. Aún no he pensado lo que voy hacer —digo apesadumbrada—. Puede que me dé un paseo por la mañana y vaya a ver los monumentos principales de la ciudad, ya sabes: Lincoln, monumento a Washington, United States Holocaust Memorial Museum, etc. Hará buen día y seguramente esté lleno de familias con sus hijos y perros disfrutando del cálido sol jugando, comiendo perritos calientes o hamburguesas con grandes y jugosos pepinillos, o crujientes aros de cebolla o patatas fritas bañado todo ello con kétchup y mostaza chorreando por las manos o las comisuras de sus bocas… ¡Es tan típicamente americano… que hasta me conmueve!

—¡Seguro!

—Eso es lo que haré, dar una vuelta para ir reconociendo el terreno. Tomaré fotos que luego te mandaré por e-mail. Disfrutaré de uno de esos grasientos perritos calientes sentada en el césped o en algún escalón de uno de sus monumentos como hacen ellos. Tengo que integrarme —le recuerdo.

—Claro… mimetizarte.

—¡Exacto! —suelto una carcajada.

—Sí señor, buen comienzo.

—Pero eso sí; no le comentes a mi madre lo del perrito… me armaría la de San Quintín. ¡No veas que pesada se ha puesto con el tema de la comida!

—Ella piensa que allí solo comen pizza, hamburguesas, perritos calientes o comida china, ¿no?

—Ya la conoces —asiento con la cabeza.

—Ok, entendido.

Suspiro a la vez que mis pensamientos vuelan hacia la soledad que voy a sentir en cuanto finalice la conversación con Andrea.

—Ya hablaremos mañana y te cuento mi primera excursión, sola, a esta gran ciudad.

—Perfecto, no se te olvide tomar fotos y mandarlas.

—Descuida.

—Hasta mañana, amiga.

—Hasta mañana, Andrea. Un beso muy fuerte.

—Otro para ti —dice con tristeza.

Se nota que me echa de menos. Trata de disimular para que no me sienta peor de lo que ya me siento. No tengo a mano a mis seres queridos y eso se hace difícil de llevar.

—Desconecto.

—Vale. Pero recuerda que si necesitas hablar… puedes llamarme a cualquier hora.

—Lo sé, Andrea.

Desconecto Skype y empiezo a buscar información en Google sobre la zona que quiero visitar y sus monumentos. Pronto doy con diferentes páginas, recopilo todo lo necesario y guardo lo que me parece interesante en la memoria de la tablet.

Busco en la maleta la cámara fotográfica y pongo a recargar la batería. No soy una experta pero me defiendo. Tengo fotos geniales con mis amigos en acampadas, viajes y excursiones que tanto y tanto hemos disfrutado juntos.

CAPÍTULO 8

Después de hablar a primera hora de la mañana con los míos y de tomar un delicioso desayuno… me apresuro a disfrutar de la mañana del domingo. Hace un día estupendo, no hace mucho calor lo que voy a agradecer ya que voy a tener que andar bastante. Una chaqueta finita de punto me vendrá bien.

Ando bien de ánimo. Me siento como una niña pequeña con zapatos nuevos, deseosa de descubrir con mis propios ojos todo aquello que tantas veces he visto en los programas de televisión sobre las experiencias de otros españoles en esta ciudad y de conocidos que han tenido la suerte de poder viajar hasta aquí en sus merecidas vacaciones.

Encantada, me paso el día caminando por la ciudad.

Ha sido un día estupendo, soleado y alegre.

Exhausta, suelto el bolso, la chaqueta y la cámara fotográfica sobre el sofá. Me acerco al mueble bar a coger una botella de agua mineral y un vaso. Estoy sedienta y cansada.

Son las siete menos cuarto de la tarde.

Me preparo una merecida ducha. Pienso que me sentará genial quitarme de encima el cansancio. Rememoro cada instante que he pasado visitando, observando y fotografiando todo aquello que despertaba mi curiosa mirada. Me sentía bien observando a aquellas familias, parejas, grupos de amigos, solitarios y solitarias disfrutando de una buena lectura a la sombra de un árbol o escuchando música o simplemente observando a los demás… ¡al menos no era yo la única que observaba! Se respiraba tranquilidad y despreocupación por todas partes, hasta yo me he sentido como en casa. Grandes y pequeños disfrutaban de los titiriteros, malabaristas y estáticas figuras que al acercarte cobraban vida, asustando algunas veces y otras veces haciendo reír a inocentes y curiosos niños. Todo esto me ha recordado a los largos paseos que dábamos Carlos y yo por El Retiro. Las mismas escenas en escenarios diferentes.

Conmovedor.

Aún siendo de diferentes culturas… no somos tan diferentes.

Después de la reconfortante ducha me siento ante el portátil y conecto Skype por si acaso se le ocurre a alguien conectarse y charlar unos minutos. Saco la tarjeta SD de la cámara fotográfica, la inserto en la ranura del portátil y comienzo a cargar las fotografías. Preparo la presentación. Ciento setenta y tres imágenes recopiladas. ¡No están nada mal! La luz era estupenda.

He conseguido captar con muchas de las fotografías momentos entrañables e increíbles: a niños con cara de sorpresa o de susto al ver como se movían las diferentes figuras estáticas, o correteando tras sus padres, o comiendo un perrito caliente entre sus dos pequeñas manos por las que resbala la salsa, o con la nariz untada de kétchup… o… como acaba la hamburguesa de un inocente pequeño en la boca de un perro con más hambre que el propio niño. También son buenas las fotos que he hecho a un pequeño grupo de adolescentes haciendo piruetas y arriesgados saltos con los patinetes y patines aunque… a algunos transeúntes les hacía poca gracia el verse casi atropellados por ellos. Su falta de control y la falta de percepción ante el peligro que causaban irritaba a más de uno.

Después de revisar y borrar las fotos defectuosas decido bajar al restaurante a cenar. Ya voy tarde, espero que a Gaizka no se le ocurra dejarme sin cenar. Tengo que hacer un esfuerzo y adaptarme a los horarios de comidas o me tocará comer o cenar más de una vez comida rápida.

Amanece el lunes, 13 de mayo.

Tengo curiosidad por conocer el lugar donde voy a vivir. Estoy preparada media hora antes de la hora concretada con Anne. Puntual como nadie, Anne, me espera en el hall del hotel.

—Buenos días, Anne. Me dirijo a ella por su nombre, pienso que como voy a pasar mucho tiempo con ella, prefiero sentirme a gusto y que ella también lo esté.

—Buenos días, señorita Álvarez. Bryan nos espera en el coche.

Caminamos la una junto a la otra hacia el vehículo que está estacionado justo ante la puerta del hotel.

—Perfecto, Anne —hago una pausa—, preferiría que nos tuteásemos por favor, me hace sentir más cómoda.

—No debo… pero si así te sientes más cómoda… por mí no hay inconveniente —me guiña un ojo a la vez que sonríe.

Bryan, al ver que salimos del hotel abre la puerta del coche y al llegar junto a él me recibe con una sonrisa.

—Buenos días, señorita Álvarez —hace un gesto con la cabeza.

—Bryan, por favor. Te agradecería que me llamaras por mi nombre.

—Sí, señorita Marian.

—¡Por favor, dejar de llamarme también señorita! —es imposible con ellos.

—¡Está bien! —contestan los dos al unísono.

Bryan se pone en marcha en cuanto ve que ya estamos acomodadas en nuestros asientos. Anne gira su cuerpo hacia su izquierda para mirarme y a su vez yo hago lo mismo pero hacia mi derecha.

—Tengo entendido que estuvo ayer visitando algunos de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.

—Sí —digo con entusiasmo—. Pasé un día estupendo. El señor Carson me llamó nada más y nada menos que en seis ocasiones para saber cómo me iba el día —le confieso con extrañeza.

—¿Es algo que te extraña? Lo noto en tu respuesta —dice muy seria.

—Pues sí. No estoy acostumbrada a que estén tan pendientes de mí —pongo cara de fastidio.

—Permíteme —dice riendo—, es algo a lo que debes acostumbrarte.

—¿Qué es lo que tiene tanta gracia, Anne?

—Si me lo permites… la cara que has puesto.

—¿Cómo? —la miro con cara de no entender nada.

—Bien, entiendo que… según referencias que el señor Carson me ha facilitado sobre ti y siguiendo tu recomendación de que te tutee… te voy a ser franca: me ha puesto al día sobre las costumbres de tu país y en concreto sobre las tuyas, para de alguna manera facilitarnos a las dos tu adaptación. El señor Carson en todo momento está informado de tu situación tanto si estás en el hotel, como haciendo turismo por la ciudad o en este caso de camino a tu apartamento. Es normal que esté tan pendiente de ti ya que no conoces la ciudad. No creas que has estado sola cómo crees, varias personas de seguridad te han estado siguiendo. El señor Carson… te llamó para cerciorarse de que te encontrabas bien y de que de verdad estabas disfrutando de tu paseo por la ciudad. No sé si sabrás que referente a lo que le importa… prefiere enterarse por sí mismo.

La miro asombrada sin saber que decir. Me he quedado anonadada al saber que varias personas estaban velando por mi seguridad, pero… ¿quién soy yo para que tenga que ir con guardaespaldas? ¡Esto es delirante!… En mi vida me he visto en una situación así. Ahora mismo estoy que hecho humo por las orejas. Tomo aire, respiro profundamente y…

—Creo que no es necesario tomar tales medidas de seguridad conmigo —digo ceñuda.

Anne me mira con cara de resignación mientras aprieta sus labios intentado reprimir algo que parece ser… no prudente decir por su parte.

—Anne contéstame, por favor. ¿Han tomado alguna vez estas medidas tan desproporcionadas con otras personas en circunstancias similares a la mía?

Sonríe a la vez que piensa unos segundos su respuesta.

—No.

—¡¿No?! Rotundamente… ¿no? —me extraña.

—Exacto.

—Y…—trato de pensar pero no se me ocurre otra cosa que preguntar qué… ¿por qué?

Anne mira de repente a Bryan y veo como este le devuelve la mirada a Anne a través del retrovisor con gesto serio.

Entiendo por la expresión de la cara de Anne que no puede hablar delante de Bryan.

—Bien…—cierro los ojos y los vuelvo a abrir consternada y algo mosqueada. Será que debe de ser así… No pregunto más para que Anne no se vea comprometida por mi incisiva curiosidad—. Estoy sola y el señor Carson solo quiere velar por mi tranquilidad.

—Eso es, Marian. Cuanto antes lo aceptes… mejor.

Me coloco bien en el asiento y vuelvo la cabeza hacia la ventanilla del coche zanjando así la conversación. Observo el resto del trayecto sin volver a pronunciar palabra recordando la conversación con Anne y cabreada por sentirme espiada.

Bryan abre con un mando a distancia el portón del garaje de un edificio de apartamentos y aparca el coche en la plaza nº 22. Anne desabrocha su cinturón de seguridad y baja del vehículo. Después, tras cerrar la puerta, decido hacer lo mismo; desabrocho con parsimonia mi cinturón y bajo del vehículo. Anne me espera a dos metros, llego a su altura, está seria y algo molesta. Comienza a andar hasta uno de los dos ascensores del edificio, yo la sigo sin mediar palabra. Parece que hay algo que le ha molestado por parte de Bryan en ese cruce de miradas silenciosas que solo ellos pueden entender.

Entramos en el ascensor y pulsa el botón del ático.

Al llegar se abren las puertas y salimos a un pasillo.

Este es largo y tiene el suelo enmoquetado en color chocolate. Las paredes están pintadas en liso en un color blanco roto. Todo el pasillo está iluminado con luces led situadas en el techo. Los dos ascensores quedan justo en medio del largo pasillo.

—Esta es la última planta. Como puedes comprobar el edificio es muy largo pero con poca altura, solo cuatro plantas. Esta dispone de cuatro grandes áticos. El tuyo es el ático 1ª, está a nuestra derecha hacia el final del pasillo.

Anne camina hacia el ático y yo la sigo sin pronunciar palabra.

Se ve que el edificio está bien cuidado y limpio. Me pregunto qué tal serán mis nuevos vecinos. Observo una cámara de vigilancia en el pasillo, enfocando la entrada a los áticos. En cuanto a la pregunta que me estaba haciendo a mí misma… espero caerles bien a mis vecinos.

Tras haber avanzado unos metros por el pasillo llegamos a la puerta del ático 1ª. La puerta es de madera lacada en el mismo color que las paredes y con una cerradura bastante rara; nunca había visto algo parecido. Mete una llave plana con una especie de chip en su punta. Escucho un extraño ruido metálico e inmediatamente la puerta se abre. Anne entra en la vivienda mientras observo que justo detrás de mí hay otra puerta; el ático 2ª. Me invita a entrar en mi nuevo apartamento.

Intrigada, cruzo el umbral de mi nuevo hogar.

Me sorprende ver que no hay una entrada previa a la vivienda a modo de hall y que directamente entramos al salón. Un enorme y luminoso salón. ¡Vaya!, me quedo literalmente con la boca abierta al ver sus dimensiones. Dos ventanales enormes de cristal y entre estos una puerta de dos hojas se encuentra frente a mí, al fondo del gran salón. El suelo es de madera de castaño envejecido y las paredes son de color blanco al igual que la carpintería de la vivienda. Los techos son altos. Delante de los ventanales hay dos sofás de color hueso, uno frente al otro y en el medio una moderna mesa de cristal con un soporte de diseño en acero. Observo que el mobiliario es nuevo, sin estrenar. Son los únicos muebles que hay en el salón.

Miro hacia mi izquierda y ahí está la típica cocina americana. Muebles de moderno diseño en color gris grafito, con isla y barra con cuatro taburetes en acero y asiento en piel. Sobre la barra y sujetas al techo, tres vitrinas de cristal.

A mi derecha un largo pasillo.

—Esto es demasiado —digo asombrada—. Es muy grande.

—No te lo esperabas ¿verdad? —me mira con una sonrisa.

Me encojo de hombros.

—No me esperaba algo así. Yo… pensaba que iba a vivir en un apartamento más pequeño y modesto. Es demasiado lujoso para mí.

—Todavía no has visto el resto. —Parece divertirse con mi reacción.

Me acerco despacio hacia uno de los ventanales del salón y al llegar… una gran terraza se abre ante mí con todo el mobiliario necesario para disfrutar de ella, hasta una barbacoa, todo ello de moderno diseño; ideal para dar fiestas.

—¡Madre mía, esto es demasiado! Si lo viera mi amiga Andrea alucinaría —digo en voz alta olvidando que Anne me escucha.

—¿Cómo?

Me doy la vuelta y miro a Anne que me observa sonriente ante mi descuidado comentario.

—Es más de lo que podía imaginar —no encuentro las palabras adecuadas para expresar lo que siento—esto… es un sueño. Es demasiado.

—Queda por ver el resto de la casa.

Anne se dirige por el pasillo y yo la sigo.

—El apartamento cuenta con dos dormitorios tipo suite con vestidor, un despacho y un aseo —me informa.

Los dormitorios están amueblados con mobiliario de diseño minimalista al igual que los baños.

El despacho dispone de mesa y sillón de diseño más dos grandes estanterías para libros en dos de las paredes.

Anne, entusiasmada, me enseña los armarios del pasillo donde están escrupulosamente ordenadas: toallas, sábanas y todo aquello que se puede necesitar para vestir los dormitorios y los baños.

A la cocina tampoco le falta detalle. Solo hay que llenar la nevera y de eso me voy a ocupar yo.

—Anne, como me temía… no hay lavadora en la cocina.

—No, el edificio dispone en el sótano de un cuarto de lavado con lavadoras y secadoras. Una asistenta de confianza se hará cargo de la limpieza diaria del apartamento, la colada y si fuese necesario, cocinaría para ti si así lo quisieras.

—Ya —no me gusta la idea de que haya una persona ocupándose de mi colada, eso está por ver.

Anne amablemente me ayuda a hacer una lista de las cosas que necesito mientras nos sentamos en los taburetes de la cocina.

—Todavía faltan algunos detalles y mejoras en el apartamento. No podrás instalarte hasta el próximo lunes o martes. No te preocupes, para entonces estará todo perfecto. Si no te importa me haré cargo de todas las cosas de la lista que hemos hecho.

—Pero… ¿qué mejoras hay que hacer? Todo está perfecto —pregunto asombrada.

—Sistema de seguridad, muebles, decoración en general.

—No es necesario —me molesta de nuevo el tema de mi seguridad, van a hacer que me vuelva paranoica e insegura. Y más muebles… yo no necesito más muebles, no es necesario.

—Hay un diseñador que se está ocupando de decorar el apartamento. Lo dejará perfecto.

—No lo dudo pero… sigo pensando que es demasiado.

—Déjate mimar, mujer… y ahora vamos a conocer al conserje del edificio y a recorrer el barrio a pie para que lo conozcas. Además, haremos el recorrido hasta el edificio Carson & Carson.

—Me parece bien.

Anne es un cielo, es muy dispuesta. No deja de animarme a cada momento. Ella también tuvo que abandonar San Francisco, su tierra natal para buscarse la vida en Washington y casualmente entre los múltiples trabajos que ejerció… conoció al señor Carson. Fue en una convención donde ella hacía de traductora para una delegación árabe. Ella misma tiene sangre árabe, sus abuelos maternos eran inmigrantes, en concreto de Arabia Saudita. Anne y yo hacemos buenas migas, algunas veces su exceso de seriedad y saber estar me confunde, contrasta con su energía y ganas de disfrutar con su trabajo, con todo lo que hace e incluso parece que disfruta de mi compañía.

Caminamos por los alrededores del edificio de apartamentos, no encontramos tiendas o restaurantes cercanos, se trata de una zona residencial, pero eso sí, hay varios hoteles en la zona.

Después de hacer el recorrido en coche hasta el edificio Carson & Carson nos fuimos los tres a comer. Bryan no accedía ni por activa ni por pasiva a comer con nosotras. Después de amenazarle y chantajearle con que le contaríamos al señor Carson que no había cumplido correctamente con sus funciones y después de ponerme farruca… conseguimos que accediera a comer con nosotras. Es duro de mollera. No está en sus funciones comer con las personas que ha de transportar, no mezcla el placer con el trabajo. Eso le ha costado durante la comida alguna que otra incomodidad y repentinos sudores que le han hecho pasar algún que otro mal rato. Pero al final, durante el café… se ha relajado y nos ha hablado de su tierra, Aguadulce, de sus costumbres y de su gente.

CAPÍTULO 9

Tras la sobremesa con un estupendo café y una entretenida conversación… Bryan nos lleva hacer alguna que otra compra que necesitaba.

Regresamos al hotel.

Después de descansar un rato en la habitación decido meterme en Internet y buscar las revistas de moda y negocios que aquí publican: Vogue, Elle… Me preocupa dar buena impresión en la empresa y sobre todo al gran jefe Alan Carson.

Me pongo nerviosa solo de pensar que por fin voy a conocer al todo poderoso Alan Carson, a un triunfador de las altas finanzas, a un hombre… supuestamente con un fuerte carácter, líder carismático. Un hombre de grandes ambiciones más allá de las que pudiera tener su padre. Un hombre enérgico y cultivado aunque joven y experimentado. Alguien que ambiciona todo lo que puede y lo que no puede tener… alguien también temperamental… pero con un leve punto de… sensibilidad. Hombre firme, duro e implacable. Alguien acostumbrado a obtener lo que quiere y en el momento que lo quiere. Frío, calculador, inamovible, seductor a todos los niveles. Me lo imagino… vamos, como en las películas y ¡menuda película me estoy fabricando yo sola en la cabeza! Rechazo mis locos pensamientos y me pongo en busca de las publicaciones donde aparezca moda para ejecutivas e incluso perfiles más demandados de estas. Así paso toda la tarde y parte de la mañana del martes, leyendo artículos y buscando en las revistas de moda.

¡Dios que fatalidad!

No me puedo creer la comedura de tarro que tengo con la dichosa presentación. No he podido pegar ojo en toda la noche y me siento agotada. Sigo sin tener claro qué es lo que me voy a poner ni cómo me voy a peinar. Siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras y ese efecto es el que quiero conseguir y no tengo ni idea de cómo voy a conseguirlo…

¡Ya lo tengo! Andrea, mi infalible amiga seguro que está dispuesta a ayudarme.

—No tengo ni idea de lo que me voy a poner.

—Vale, relájate un poco, Marian. Todo va a salir bien ¿de acuerdo?

Suspiro.

—Eso espero.

—Ante todo, debes ser tú misma, eso es primordial y no te debe dar miedo.

—Pero me da miedo.

—Si has conquistado al señor Carson puedes estar segura que vas a conquistar a Alan.

—Quizá sea muy diferente a su padre.

—Si ese hombre se siente tan orgulloso de su hijo como me cuentas… no puede ser tan diferente a él.

—Eso es lo que pienso… pero…

—No hay peros, Marian. Eres una profesional como la copa de un pino y así es como debes comportarte.

—Tienes razón pero los nervios me carcomen, es importante para mí dar buena impresión.

—Y lo conseguirás.

Respiro profundamente varias veces antes de proseguir con la conversación.

—Sí, respira, respira, es la mejor manera de calmar los nervios —ríe al observar como tomo aire.

—¿Te ríes de mí, mala amiga?

—No mujer… pero si me viera en tu misma situación… —se mofa.

—Tú mófate.

—Anda tonta… ¿Qué tienes pensado ponerte para la presentación?

—He pensado en un vestido con levita, ese que tengo en color café con leche.

—No, te veo mejor con dos piezas. Ese vestido realza demasiado tu figura y no debes centrar la atención en tu cuerpo, la atención debe de estar centrada en tu personalidad. ¿Qué trajes te has llevado?

—Tengo dos trajes con pantalón, tres con falda y cinco vestidos.

—Debes mostrar que eres una mujer de verdad. Un traje pantalón… —pone cara de estar buscando las palabras adecuadas en su mente—, es demasiado informal, es mejor falda, pero una falda discreta justo por debajo de las rodillas y no muy ajustada; tampoco debe ser un traje de color oscuro y tampoco de color vivo.

—Me lo pones difícil. He traído el traje en color crudo que me regalaste, ese que tiene el tejido tan suave y que lleva algo de Lycra.

—Ok, genial. Se adapta a la perfección a tu cuerpo sin marcar demasiado tus formas. La chaqueta es lo suficientemente larga para que tape tu bonito trasero… puedes estar segura de que te echarán más de un vistazo.

—Tú siempre tan perspicaz.

—Sabes que estoy en todo —presume.

—Ya.

—¿Te llevaste la camiseta de punto de seda de color marrón? Esa que es de tirantes anchos.

—Sí.

—Es perfecta. Te pondrás tan nerviosa que pasarás calor en algunos momentos… Ya sabes que no debes quitarte la chaqueta bajo ninguna circunstancia, solo debes permitirte desabrochar los botones cuando el momento lo requiera. No muestres tus brazos ni tus maravillosas protuberancias.

—¡Qué graciosa!

—Tía, tienes un señor cuerpazo, pero es algo que a él no le tiene que llamar la atención; le tiene que interesar tu sencillez y tu saber estar.

Resoplo agotada de escuchar tanta exigencia.

—No te pongas zapatos con tacón muy alto, ponte unos que sean cómodos. Te vas a poner nerviosa, ¡madre mía!, parece que te estoy viendo y no me gustaría que te tambalearas sobre ellos al andar.

—¡Graciosilla, eso ya lo había pensado! —asiento con la cabeza.

—Perfecto. Y ahora tu peinado, un sencillo recogido con algunas puntas sueltas dándole un aire relajado a tu rostro ya que bastante tensa vas a estar.

—Desde luego voy a estar tensa, más que los cables de acero de un puente.

—Y como siempre… maquíllate como sueles hacerlo, natural.

—Gracias, Andrea. ¡No sabes cuánto me estás ayudando!

—Solo tienes que ser tú misma, es la mejor tarjeta de presentación que puedes tener. Todo lo demás… sobra.

Después de los sabios consejos de Andrea hablo con Carlos y por último con mi madre. Todos me desean lo mejor en mi presentación en Carson & Carson.

CAPÍTULO 10

El señor Carson y Bryan acuden puntuales a recogerme en el hotel.

Bendito miércoles, espero caer bien a todos y en especial al jefazo.

El señor Carson pone cara de satisfacción al verme montar en el todoterreno. Bryan me guiña disimuladamente un ojo a través del retrovisor interior. Sé positivamente que me desea lo mejor.

—Buenos días, señorita Álvarez. Está usted encantadora esta mañana —me muestra una de sus mejores sonrisas.

Yo no puedo evitar sonrosarme ante su comentario. Sé que no espera menos de mí. Tengo la impresión de que los acertados consejos de Andrea van a causar el efecto deseado.

—Buenos días, señor Carson. Bryan.

—Buenos días, señorita —rápidamente le lanzo a través del retrovisor una mirada inquisitiva. Bryan ha captado al vuelo su significado.

—Marian. Ha llegado tu momento.

Bryan pone en marcha el vehículo hacia la oficina.

—Sí, señor.

—¿Nerviosa?

—Confieso que un poco.

—Caerás bien, puedes estar tranquila. Tienes aptitudes para seducir en poco tiempo a toda la compañía. No te subestimes, hazme ese favor. Estás a la altura para continuar aquí tu labor de asistente y quien sabe… si se abre a tus pies un gran futuro.

—Lo estoy deseando —contesto con timidez.

El trayecto hasta la empresa se me hace eterno y los nervios me tienen atenazada, me cuesta respirar. Todo mi cuerpo se tensa y mi cabeza no para de darle vueltas a mi ineludible presentación. El señor Carson no es tonto, percibe mi estado de nervios y no para de animarme durante el camino.

En escasos minutos nos encontramos en el 1004 de 14th Street North West. Observo resignada mi destino. El edificio de cristal se alza imponente a mi derecha. Esta vez no lo voy a ver por fuera como hice con Anne hace dos días. Esta vez voy a estar dentro de sus entrañas.

Bryan entra en el garaje del edificio y aparca en una de las ocho plazas donde pone “reservado“. No hay ningún vehículo aparcado en las restantes plazas reservadas y si en el resto de plazas del aparcamiento; eso me hace suponer que Alan no se encuentra aún en el edificio, pero, lejos de tranquilizarme me altera.

Bajamos del todoterreno.

Las piernas me tiemblan y también las manos. ¡Ni que estuviera viviendo una pesadilla! Mi inseguridad me está volviendo loca.

Caminamos hacia el ascensor, Bryan se queda dentro del vehículo.

Subimos hasta la planta 11. Observo que dentro del ascensor hay una cámara de vigilancia.

—Este ascensor es solo para personal autorizado. Hay otros tres ascensores para el resto de personal. Tú accederás por este; te asignarán una plaza de aparcamiento en la zona reservada. Cuando te instales en el apartamento te entregarán un utilitario. Hasta entonces Bryan se encargará de llevarte donde necesites.

Antes de decir algo se abren las puertas del ascensor.

Salimos a un luminoso y amplio hall que se abre a ambos lados del ascensor. Frente a nosotros hay un gran mostrador, tras él, una chica más o menos de mi edad atiende una llamada. Nos hace un gesto con la cabeza a modo de saludo y el señor Carson se lo devuelve. Observo que hay unos cómodos sillones a la derecha y a la izquierda frente al mostrador donde seguramente hagan esperar a las visitas. A nuestra derecha y a nuestra izquierda hay un largo pasillo. Todo él está iluminado con luz natural que entra a través de la vidriera exterior del edificio y del techo abovedado de cristal.

—Marian, sígueme.

Nerviosa, le sigo por nuestra derecha.

Entramos en un amplio despacho donde una mujer pelirroja de ojos verdes, barbilla afilada, de unos treinta y cinco años de edad está tomando nota a alguien que tiene al otro lado del teléfono. Pronto advierte nuestra presencia y enseguida nos dedica una emocionada sonrisa. El señor Carson se para frente a la mesa devolviéndole una sonrisa igual o casi más emocionada que la de la propia pelirroja. Yo espero unos pasos más atrás del señor Carson. La pelirroja se despide de la persona con la que está hablando y le comunica que más tarde se volverá a poner en contacto con ella.

La chica se pone en pie sin abandonar la sonrisa que ilumina su cara.

—Buenos días, señor Carson.

—Buenos días, Allison, te presento a Marian Álvarez, mi asistente.

—Encantada de conocerla —alarga su mano para que se la estreche—, ya tenía ganas de conocerla.

Me aproximo a la mesa y se la estrecho.

—He oído hablar mucho de usted, sobre todo estos últimos días.

—Espero que bien —intento ser simpática pese a los nervios.

—Puede apostar a que así es. El señor Carson está muy orgulloso de usted y eso es algo que no oculta a nadie.

Ella no deja de sonreír y de mirarme de arriba abajo.

—Allison lleva trabajando con nosotros siete años, es mi secretaria y la persona que te ayudará en todo lo que necesites al igual que lo hacía Isabel en Madrid.

—Muchas gracias. Espero aprender mucho de usted —le dedico una sonrisa.

—Yo también espero aprender de usted —contesta Allison.

—Marian, tu despacho se encuentra tras esa puerta —el señor Carson me indica la puerta que está a mi izquierda, se encamina hacia ella y la abre para que yo entre—. Puedes echar un vistazo.

¡Guau!

Un despacho de estilo minimalista diferente al que tenía en Madrid.

El suelo es de cemento pulido en color negro pizarra, las paredes están revestidas con paneles de color blanco. La mesa de despacho es de diseño, en acero y cristal, hay un sillón negro con forma anatómica en piel y con detalles en acero. Al otro lado del despacho una enorme televisión extraplana pende de la pared y bajo esta un mueble en acero y cristal con cajones y puertas. Dos sillones pequeños con ruedas a juego se encuentran a un lado de la estancia, acompañados también de una mesa baja y redonda de cristal.

—Vaya, es un despacho enorme y muy luminoso.

—Es importante aprovechar la luz natural.

Echo un vistazo tan rápido al despacho que casi no me doy cuenta de que hay una puerta más justo al otro lado de los sillones.

—¿Esa puerta adónde da?

—Tras esa puerta hay un vestidor y un baño. Siempre tienes que estar preparada para cualquier eventualidad o improvisto. Debes dejar parte de tu vestuario aquí ya que nunca se sabe dónde vamos a acabar. Ya te irás dando cuenta que el día nunca comienza como uno quiere ni tampoco acaba como uno espera. El ritmo de trabajo es distinto al de Europa. A veces tenemos compromisos y visitas inesperadas que no podemos eludir.

—Es bueno saberlo. No me imagino corriendo como una loca hacia el apartamento en busca de ropa adecuada para una reunión, cena o evento.

Después de cotillear mi despacho y el del señor Carson y de intercambiar impresiones con Allison, nos dirigimos a una planta inferior donde algunos de los responsables nos esperan en una sala de juntas.

La presentación no ha podido ir mejor; no se encontraban todos los responsables de los diferentes departamentos ya que algunos de ellos tenían compromisos que no podían eludir. Ya habrá tiempo de conocerlos.

Mi primer asalto lo he salvado sin problemas. Todos parecen encantados con mi llegada y con la del señor Carson. Piensan que es bueno para la empresa la llegada de savia nueva y joven. He podido comprobar a simple vista que existe un buen clima entre todos ellos. Espero que ese buen clima también se traslade a mi relación con ellos.

Todo parece ir bien de momento pero no dejo de fustigarme con mis miedos e inseguridades. ¡Para qué variar! Pánico, siento pánico solo de pensar en el momento de conocer a Alan Carson. Noto un bulle bulle por todo el cuerpo, la ansiedad está comenzando a apoderarse de mí y la mente es un ir y venir de preguntas que me hago a mí misma sobre… ¿cómo será ese hombre al que tanto admira su propio padre? Lo normal sería que el hijo admirase a su progenitor y no al contrario. Su mérito tiene que tener, no lo dudo.

Volvemos al despacho del señor Carson. Me detengo a mirar las fotografías enmarcadas que hay colgadas en las paredes, desde sus primeros inicios hasta la actualidad. Observo con detenimiento las fotografías más antiguas. Llama la atención una en concreto, una en la que aparece un edificio antiguo de ladrillo de seis plantas, con pequeñas ventanas y una escalera exterior metálica en zigzag en un lateral del edificio. Por entonces, debieron utilizarlo como almacén, tiene toda la pinta. En la segunda planta hay un cartel que pone: Carson Imports.

¿Carson?

Si su padre era descendiente de padre español… su apellido debería ser…

Tendrá su explicación —me digo a mí misma.

—Señor Carson… su apellido debería ser español —digo sin apartar la mirada de la fotografía— ya que desciende de españoles por parte de padre.

—Lo es. Esa es la primera empresa que fundé en 1970. Contaba con veintidós años y estaba a punto de pedir matrimonio a mi mujer, Cristina. Ella en realidad se llamaba Christine, pero yo siempre la llamaba Cristina y eso le gustaba.

Vuelvo la vista hacia él, la nostalgia se cierne en su mirada. Avanza hacia mí y se detiene a mi lado, mira con melancolía la misma foto que yo estoy observando.

—Menéndez resultaba poco comercial entonces… y decidí cambiar el apellido de mi padre por el apellido de soltera de mi madre.

—Me imaginaba que habría un por qué.

—Para entonces ya hacia un año y medio que conocía a mi mujer. En dos meses estábamos locos el uno por el otro y en seis meses estábamos dispuestos a casarnos a toda costa, pero… los padres de Cristina no estaban dispuestos a que su hija se casara con el hijo de un inmigrante; sobre todo… mi suegra. Ella no aceptaría de modo alguno que se desposara con un simple asalariado, quería algo mejor para su pequeña ya que era hija única. Por entonces trabajaba en una compañía de distribución como conductor de camión transportando todo tipo de mercancía a diversos estados. Mi suegra no quería que su hija criara a sus nietos sola. Ni que pasara los días y las noches esperando a que su esposo llegara no se sabía cuándo. Quería un hombre amante de su familia, que la cuidara y adorara. Lo mismo podía estar una semana fuera como casi un mes ya que la compañía tenía varios puntos estratégicos donde había implantado bases de distribución. En numerosas ocasiones empalmaba un viaje tras otro casi sin descanso. Nos mandaban de un estado a otro según las necesidades y así ahorraban en personal. En realidad era explotado como uno de tantos por la compañía.

De repente suspira y eleva los hombros con gesto de pena.

—Parece mentira… pero gracias a Jacky, esa testaruda mujer que me abrió los ojos, me di cuenta que ese no era futuro para Cristina ni para mí. Cristina era maestra en una escuela local, su sueldo era pequeño y el mío no era mucho más. Demasiado esfuerzo para tan poca recompensa.

—¿Entonces decidió montar Carson Imports?

—Era una idea que me llevaba rondando meses por la cabeza, antes incluso de conocer a mi esposa. Mis padres me dejaron de herencia un dinero, no mucho, pero con ese dinero, lo que llegué a ahorrar durante tres años y unos buenos contactos… monté mi primera empresa.

—Su suegra era de armas tomar.

—Sí —suspira.

—¿Sus padres murieron jóvenes? —pregunto apenada.

—Ambos tenían cuarenta y tres años. Fue en un accidente ferroviario; por entonces yo tenía diecinueve años.

Le miro a los ojos. Se ve en ellos reflejado que la vida le ha golpeado con crueldad, primero sus padres siendo tan joven y después lo que más quería en la vida… su mujer y su hija pequeña. Mis sentimientos se revelan ante tanta crueldad. ¡Qué injusto para un hombre con tanta bondad! Esta vida es una paradoja, pero ahí sigue, trabajando sin descanso. No deja de luchar por los dos hijos que aún le quedan. Su pasión hacia ellos es casi desmesurada, sobre todo por Alan.

—¿Se ve reflejado en su hijo? —menuda preguntita se me ocurre hacer.

—Me veo reflejado —asiente a su vez con la cabeza.

—Sus padres se sentirían orgullosos de ver cómo ha creado una familia y este imperio —sonrío con dulzura al volver a dirigir mis ojos a los suyos.

—Solo he conocido a una persona…—detiene sus palabras, veo como sus ojos se llenan de emoción—tan dulce, sincera y atrevida como tú.

Me deja sin palabras, desconozco a quien se refiere, pero creo intuirlo…

—Señor Carson, su hijo Alan ya está en su despacho

Se escucha la voz de Allison a través del interfono rompiendo el silencio en mil pedazos.

El señor Carson va hacia su mesa y contesta a Allison, mientras, saltan todas las alarmas en mi cuerpo y en mi cerebro. Literalmente “me quiero morir”.

No entiendo cómo puedo ponerme en segundos en este estado de nervios… me desbordan. Todo el cuerpo me tiembla como un flan, una leve capa de sudor comienza a brotar por mi piel. La boca se me queda seca y me cuesta respirar, mi cuerpo se está revelando.

¡¡Qué zozobra!!

—Marian, ya ha llegado el momento. Alan nos está esperando.

Madre mía… noto en milésimas de segundo como mi cara palidece y se queda rígida. ¡Me voy a volver loca y seguro que no es para tanto! A ver Marian, es solo una presentación, me digo a mí misma intentando calmar estos impertinentes nervios que me hacen pasar tantos malos ratos, solo le vas a conocer. Ya has tenido oportunidad de hablar con él por teléfono, además, parece agradable. ¡Maldita sea… no logro quitarme de encima los nervios ni a tiros!

Su despacho se encuentra al otro lado del pasillo, justo a la izquierda del ascensor. Nos encaminamos hacia él. Me cuesta un montón avanzar por el pasillo, camino dos pasos por detrás del señor Carson con la mirada perdida, absorta en mis temerosos pensamientos. No sé si podré aguantar el tipo, me da una inmensa vergüenza sentir tanta inseguridad y que él se dé cuenta de ello.

CAPÍTULO 11

Durante el larguísimo y a la vez escaso medio minuto que tardamos en llegar al despacho me da tiempo de rezar hasta en arameo. Soplo y resoplo una y otra vez tratando sin éxito de dejar escapar parte de la presión que fustiga todo mi cuerpo.

Nos recibe su secretaria.

¡¡Caramba!! Pedazo de mujer exuberante. Increíble morenaza de rasgos latinos y de sonrisa blanca. Todita recauchutada por lo que puedo ver. Vestido rojo de tubo bien ceñido al cuerpo con escote cuadrado realzando sus grandes y llamativas prótesis mamarias, por no llamarlas vulgarmente “tetas de silicona”. Parece sacada de una telenovela venezolana.

¡Jolín con Alan Carson junior! Le van las mujeres con curvas y bien dotadas, vamos, seguro que le gusta rodearse de ellas. ¿A qué hombre de su posición no le gusta llevar a su lado una secretaria como esa?

Desconozco si Alan tiene novia o está casado, es algo a lo que nunca se ha referido el señor Carson, claro está que no tiene que contarme algo así, si no es necesario. Pero si yo fuese su novia, no dudaría en hacer que la despidiera y contratara a otra secretaria más discreta y de apariencia poco interesante, porque la tentación… ya se sabe; cuanto más lejos mejor. La mujer se encuentra de pie ordenando unas carpetas sobre la mesa. Su sonrisa desvela gran seguridad en sí misma. Rodea la mesa, se acerca al señor Carson y le planta dos besos en la cara, este a su vez la sujeta por los hombros con familiaridad.

—¡Qué alegría señor Carson! ¡Cuánto tiempo sin verle! Le encuentro estupendo, hasta más joven y eso me alegra.

—Marcia, eres un encanto, como siempre tan alegre y tan elocuente —veo como se emociona al verla—. Te veo estupenda. ¿Y tú marido y tu hija? —Ella le mira y le da unas palmaditas sobre una de las manos que el señor Carson tiene posada sobre sus hombros, agacha la cabeza y la levanta de nuevo para dedicarle una sonrisa agradecida.

—Gracias a Dios están bien —suspira—, ya están muy recuperados los dos. Alan ha estado muy pendiente de todo —se le saltan las lágrimas al nombrarle—, ya sabe… los mejores medios han estado a nuestra disposición. Es algo que les agradeceré infinitamente.

—No tienes nada que agradecer. Eres importante para nosotros, ya lo sabes… una persona especial, te mereces lo mejor. Has ayudado y ayudas mucho a Alan, a Rachel y a mí. Hemos vivido momentos difíciles y hemos contado con tu ayuda sin reservas; nosotros no podemos hacer menos por ti.

De repente el silencio se cierne sobre ellos. Sus miradas rememoran esos sentimientos y momentos vividos que yo desconozco. Entiendo que esa mujer es importante. Que es una persona excepcional a la que debo respetar. Su marido y su hija han debido sufrir algún percance y… parece ser que ella también les ha ayudado, de alguna manera, cuando sufrieron la perdida de Cristina y Jessica. Los tres estamos quietos. Ellos no apartan sus miradas, me siento ignorada, reconozco que me molesta sentirme de ese modo. De repente el señor Carson da dos pasos atrás soltando y separándose de Marcia. Los dos vuelven a sonreír, se dan cuenta de que estoy en la misma estancia y que durante unos instantes me habían ignorado.

—Marian, perdona —se vuelve hacia mí el señor Carson—nos hemos olvidado que estas aquí.

La morenaza se aproxima con paso firme hasta mi posición. Su sonrisa se alarga a cada paso que da y cuando me quiero dar cuenta, me estampa un beso en la mejilla; así, sin más, cogiéndome por sorpresa por los antebrazos. Me extraña un montón que me bese, los americanos no lo tienen por costumbre a no ser que se trate de alguien de la familia o una gran amistad.

—Bienvenida, Marian. Es un placer conocerte. Ya teníamos ganas de tenerte aquí. El señor Carson e incluso…—hace una corta pausa— Alan, han hablado maravillas de ti.

¡¿Qué Alan le ha hablado de mí?! No puede ser.

Claro que… el episodio que sufrió su padre en la oficina y el que yo le encontrara… medio moribundo… seguro que se lo contó a Marcia. También hablarían de mi corta trayectoria en la filial… vaya, entiendo que le ha tenido que poner al corriente sobre mí; es normal.

No me salen las palabras del cuerpo así que solo soy capaz decir un simple “gracias”. Acojonada, es la palabra exacta que diría mi amiga Andrea. Estoy acojonada.

—Marcia es la secretaria de Alan, es la persona en la que más confía y en la que tú debes también confiar. Cuenta con ella, te ayudará en todo lo que sea necesario —dice satisfecho.

He de confesar que la arrolladora personalidad de Marcia me supera, me siento inferior ante ella y eso me molesta. No me siento tan especial como en algunos momentos me he querido creer o el señor Carson me ha querido hacer ver, me siento desilusionada, sufro repentinamente un bajón. Esa mujer irradia seguridad, profesionalidad, aptitud y madurez.

Creo que cuento con esas cualidades, pero no irradio su seguridad… y de la madurez… es algo que me sigo cuestionando.

—¿Ya conoces a Allison? —me pregunta Marcia sin soltar mis antebrazos—. ¡Vamos que me vas a coger cariño!

—Sí, he tenido el gusto de conocerla.

—Estupendo, ya sabes que cualquiera de las dos te podemos ayudar en lo que necesites.

—Es gratificante y de gran ayuda saber que voy a tener tantas facilidades para trabajar. Es algo que les tengo que agradecer a todos.

—Pequeña… tendrás ocasión de demostrar tu valía, vas a aportar mucho a esta empresa. Eres…—el señor Carson rebusca en su mente—valga la redundancia: un diamante en bruto.

Su comentario me parece exagerado y me hace reír.

Marcia me observa. Ella ronda los treinta y ocho años. Me mira como he visto mirar a las hermanas mayores de mis amigas a mis amigas; esa mirada de complicidad y de cariño que se le tiene a la hermana pequeña.

Por fin me suelta y se aparta unos pasos de mí.

¡Uff! ¡Por favor, acabemos con esto de una vez, quiero morirme!

—¿Alan está en su despacho? —pregunta finalmente el señor Carson.

—Claro, por eso avisé a Allison.

—Estupendo. Ya tendremos tiempo de charlar y de ponernos al día. Después de tanto tiempo tenemos muchas cosas que contarnos.

—Claro que sí y eso que hemos hablado a menudo por teléfono y por Skype —sonríe ella.

—Sabes que no podía dejar de estar al tanto de la recuperación de Tom y de Amy.

—Lo sé y se lo agradezco infinitamente.

¡¡Vale ya!! ¡Vamos al grano que me va a dar algo!

Tanto preliminar me está mermando la paciencia y la capacidad de contención nerviosa.

El señor Carson se dirige a la puerta que se encuentra tras él. Ni siquiera me he fijado en la decoración de la oficina ni en el más mínimo de los detalles. Estoy tan nerviosa y bloqueada que solo he tenido los sentidos concentrados en Marcia y en el señor Carson.

¡Quiero morir!

Lentamente y con el paso más firme posible que soy capaz de dar, me coloco tras el señor Carson. Él llama a la puerta con los nudillos, la abre y cruza su umbral. No se escucha nada, ni una palabra, el señor Carson me hace un ademán para que le siga. El corazón me late a mil por hora. Sigo sin escuchar ni una palabra, no oigo que Alan se dirija a su padre ni viceversa. Sigo caminando con notoria inquietud. Cruzo el umbral a la vez que veo a un hombre de pie al fondo del despacho, mirando a través de la enorme cristalera que ilumina toda la estancia. Es Alan Carson. En ese mismo instante se gira mientras habla por el móvil. Su mirada se dirige a su padre y rápidamente la traslada a mis ojos, deteniéndose en ellos un instante. El instante más largo e inquietante de mi vida.

Serio, muy serio.

Sus grandes ojos verdes me atrapan al instante, me retienen, me apresan, me bloquean, se apoderan de mi voluntad. No soy capaz de parpadear. Controla mi respiración. Sí… es un controlador nato, es como si me quitara el oxígeno y me dejara los pulmones secos, me deja tan solo el aire justo para no desvanecer. En una palabra: ¡increíble!

¡Qué manera de dominar! ¡Ja! ¡Qué esto me esté pasando es surrealista! ¿Cómo puede bloquearme de esta manera? Quizá es lo que creo que me está sucediendo y en realidad no es así, es tan solo… sugestión.

Bello.

Hermoso.

Seductor.

Atractivo.

Cautivador.

Viril.

Dominante.

Consigo parpadear a la vez que corto de raíz ese torrente de sinónimos que brotan en mi cerebro. Alan a su vez parece volver en sí y finaliza la llamada con…

—Tengo que dejarte, ya te llamaré.

Pero no deja de mirarme. Me cohibe.

Su rostro serio, su mirada penetrante, su cuerpo erguido y la firmeza de sus lentos movimientos me están volviendo loca.

¡Menudo hombre!

Sugestión, seguro que lo mío es pura sugestión y nada más.

Veo asomar una leve sonrisa en sus labios cuando dirige de nuevo la mirada a su padre. Este sigue parado a mi lado y veo como le sonríe a la vez que se encamina hacia su hijo, abriendo los brazos de par en par para abrazarle. Alan hace lo mismo. Al caminar hacia su padre es como si me liberara, como si me diera permiso para seguir respirando sin su control. Mi cuerpo se relaja tras tanta tensión mientras mis pulmones parecen volver a la normalidad. Observo su cara mientras se encamina a los brazos de su padre. Su sonrisa es generosa y sus dientes blancos como el nácar. Me paro a recordar el instante en que nuestras miradas se encuentran. Me ha parecido algo más mayor de los treinta y dos años que tiene, pero al ver como su rostro cambia a cada instante mientras avanza hacia su padre, me hace ver todo lo contrario, me hace ver a un niño desvalido que necesita de su padre y cuando se fusionan en tan deseado y esperado abrazo, el corazón me da un vuelco. El abrazo es tan efusivo y tan íntimo que me veo obligada a desviar la mirada. Es un momento entrañable. Bajo la cabeza mientras mis nerviosas manos se juntan, miro la punta de mis pies, recuerdo el buen consejo de Andrea:

“No te pongas zapatos con tacón muy alto, ponte unos cómodos“.

Menos mal que le he hecho caso; me está pasando factura tanta tensión.

Me siento incomoda. Trato de no escuchar las palabras de cariño que se dedican padre e hijo.

¡Qué momento señor y yo aquí en medio!

—Marian.

Me sobresalto.

—Señor.

Levanto la cabeza lentamente. Les miro. Mi cuerpo parece ralentizarse, que traicionero… y vuelta a empezar… no entiendo que me sucede pero se me corta la respiración cuando miro a Alan. Los dos se vuelven hacia mí mientras uno de sus brazos pasa por detrás de la espalda del otro para no separarse. Alan parece otro. Su rostro parece más relajado y la sonrisa no ha desaparecido de sus labios, sus ojos se muestran alegres… ese rostro serio de hace unos instantes ha desaparecido.

¡Qué guapo!

Viste traje azul oscuro con una casi imperceptible raya diplomática de color más claro, camisa azul cielo y corbata de rayas en diferentes tonalidades de azul. Su pelo es castaño, ligeramente ondulado y peinado hacia un lado al estilo de Matt Bomer. Sus almendrados ojos verdes, sus espesas pestañas y sus cejas perfectas hacen de él un hombre muy interesante. Su boca… ¡Qué boca, madre! Sus labios carnosos, rosados y sensuales son capaces de arrebatar el aliento a cualquier fémina. Su nariz es recta y su mentón ligeramente cuadrado. ¡Gracias a Dios que no va a poner sus ojos en mí! Por ese lado puedo estar tranquila. No creo en absoluto que yo sea su tipo. Además, lo mismo está casado e imagino que lo último que desea es tener problemas con el personal que trabaja para él.

De todos modos… ¡Cuántas tonterías se me pasan por la cabeza!

—Marian. Este es Alan, el motor de Carson & Carson.

Me quedo inmóvil sin saber qué hacer.

Con soltura y elegancia felina, Alan camina hacia mí ofreciéndome su mano. Noto como palidezco y como las manos se me quedan heladas. Miro su mano, pero no soy capaz de reaccionar, no soy capaz de estrechársela.

Le miro a los ojos; su mirada es limpia y serena.

Tras unos tortuosos y agobiantes segundos consigo reaccionar. Le estrecho la mano con timidez. La calidez de su mano me hace esbozar una pequeña sonrisa, menuda tontería pero así es. Noto como las mejillas se me encienden al tenerle tan cerca. Su olor delicado y sutil invade mi cerebro. No es de los tipos que se bañan en perfume; con solo unas gotas en su piel es capaz de atraer a docenas de mujeres como si de un afrodisíaco se tratara. Creo que se me han puesto los ojos como platos y que además, Alan se ha dado cuenta de ello. El tenerle tan cerca me seduce de manera extraña.

—Gracias por aceptar venir a trabajar con nosotros —murmura mientras retiene mi mano entre sus dos manos haciendo que mis ojos se abran aún más al sentir las caricias de estas sobre mi piel.

Seguimos con las miradas enfrentadas.

—Es una buena oportunidad —contesto escuetamente no sin mostrar timidez.

—Haremos todo lo posible para que no te arrepientas de esta decisión.

—Estoy segura de que no me voy a arrepentir—afirmo con rotundidad.

Suelta mi mano y retrocede dos pasos. Le miro atenta, procuro mantener el tipo y no arrugarme.

—Ya teníamos ganas de conocerte —sonríe a la vez que sus manos apartan hacia los lados la americana hasta posarlas en sus caderas con aire despreocupado.

Tiene todo un tipazo, cero michelines. Si lo viera Andrea… vamos, le asaltaría sin contemplaciones.

—Eres de mucha ayuda para mi padre —gira la cabeza para mirarle—, le aportas mucho… y espero que los dos… sigáis aportando lo mismo con la misma intensidad a esta empresa.

Que pose tiene este hombre, le sale tan natural… es un hombre con mucho estilo, parece un modelo de Armani.

—Sí que eres exigente hijo —ríe el señor Carson con ganas mientras se acerca a Alan—. Eres increíble, siempre tratando de sacar el mayor rendimiento al personal.

—He aprendido de un buen maestro —hace un guiño a su padre y este pasa el brazo para rodear los hombros de su hijo.

—Vas a asustar a Marian, va a pensar que eres un explotador —le dice al oído.

Alan deja tímidamente asomar una sonrisa ladeada al oír el comentario que le hace su padre. Parecen divertirse los dos a mi costa. Me observan a la espera de que haga algún comentario. Me mata la vergüenza y no soy capaz de soltar palabra.

—Estoy preparada para aportar todo lo mejor de mí, ya lo estoy deseando —afirmo.

Intento ser lo más firme posible en mis respuestas pero… me traicionan los nervios. Me muerdo el labio sin darme cuenta. Alan se fija en mi boca y me lanza una mirada fría y penetrante a mis tímidos y asustados ojos. Estoy pasando por unos instantes bastante duros. Me he pasado tanto tiempo imaginando cómo sería mi presentación y como sería Alan que… el momento me supera y hago malabarismos para poder resistir sin tambalearme sobre los tacones.

Me siento observada por padre e hijo.

El silencio envuelve el momento.

No sé qué más esperan que haga o que diga… Una gran confusión se cierne sobre mí. En este preciso instante en que trato de darme una respuesta oigo abrirse la puerta tras de mí. Marcia la había cerrado después de que yo entrara en el despacho.

CAPÍTULO 12

Me percato de que una persona pasa por mi lado como una exhalación. Se dirige al señor Carson. La veo de espaldas: una mujer más alta que yo, cabello largo rubio platino, taconazos de infarto… un traje de falda y chaqueta color verde botella y un ancho cinturón negro ceñido a su cintura a juego con los zapatos.

—Dios mío. ¡Cuántas ganas tenía de tenerte aquí, te he echado tanto de menos! —dice esta con la voz tomada por la emoción.

Acto seguido se funde en un caluroso pero corto abrazo con el señor Carson.

—Rachel, hija. ¡Cuántas ganas tenía de verte!

Esta contesta con aire despreocupado:

—Bueno papá ya sabes, he estado viajando de aquí para allá. No he tenido tiempo ni de descansar pero ahora, por fin, ya he aterrizado en Washington. Tantas entrevistas y reuniones me han dejado agotada. Pero ya estoy aquí —la oigo reír mientras le da a su padre unos golpecitos con la palma de las manos a ambos lados de los hombros.

—Espero que se te dieran bien los asuntos que tuvieras que tratar —dice el señor Carson.

Vuelvo a sentirme ignorada, ¿o es que me estoy volviendo un poco… quisquillosa? No puedo ser siempre el centro de atención.

—Alan, hermano.

Rachel suelta a su padre y se va hacia su hermano, le coge por los hombros y le planta un beso rápido en la mejilla mientras este la coge por los antebrazos.

Rápidamente Rachel se vuelve hacia mí.

Ese traje verde que viste, hace perfecto juego con el verde de sus ojos.

Lleva puesto en su rostro una ligera base de maquillaje. Sus grandes y brillantes ojos verdes solo están maquillados con máscara de pestañas negra. En sus mejillas lleva un sutil toque de colorete en tono coral y sus labios finos están perfectamente maquillados con un lápiz de labios rojo terciopelo. Dos mechones ondulados caen a ambos lados de su rostro, su mandíbula es cuadrada, su nariz fina y recta; en sí es una mujer muy atractiva al igual que su hermano, de hecho se parecen mucho. Apoya el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda y la derecha la estira hacia el lado, coloca las manos a ambos lados de su estrecha cintura como si de una modelo se tratara. Su pose algo chulesca y desafiante me enerva. Sus ojos recorren mi cuerpo con descaro: una, dos, tres y hasta cuatro veces. Sin embargo yo no soy capaz de mirarla con la misma desfachatez con la que ella me mira. Es una descarada mal criada.

Me siento intimidada por esa mujer. Es desagradable la forma en la que me mira, como si fuese un bicho extraño. Lo siguiente… es ladear su bonita cabeza a un lado mientras pone en su boca una mueca de aprobación mientras asiente con la cabeza. El tono de su voz cambia. Antes tenía un tono despreocupado y ahora se ha convertido en un tanto burlón.

—Vaya… ya te tenemos aquí. La nueva adquisición de Carson & Carson —dice mientras gira la cabeza para mirar a Alan y acto seguido le guiña un ojo mostrando una sonrisita pícara. Parece estar diciéndole: ¡hermanito, menudo bombón acaba de traerte papá!

Procuro mantener las formas, me resulta ofensivo su comentario y el gesto que acaba de hacer a su hermano. Estoy empezando a cabrearme, pero pienso que a lo mejor exagero aunque no me gusta nada la manera en la que me trata esa rubia de bote.

¡¡Dios santo, parece que estoy a la defensiva todo el tiempo!!

Respiro hondo. Vale, tú siempre eres prudente y normalmente no te tomas a pecho comentarios o acciones que la gente tiene contigo nada más conocerte, les das tiempo y te das tiempo a ti para conocerlos.

Alan dirige una mirada de desaprobación a Rachel. Esta encoge los hombros como diciendo: ¡no he dicho nada, no me mires así!

El tiempo pasa pero parece que ninguno: padre e hijo piensa mediar entre la rubia y yo.

—Tú eres Marian, la tan esperada Marian —me vuelve a mirar con curiosidad de arriba abajo.

Cruza los brazos por delante de su cintura con aire de superioridad.

—Vaya… no te suponía tan joven —dice seria —y tan bonita.

—Rachel, estás intimidando a Marian —le reprocha su padre—. Anda, no seas traviesa y pórtate como una señorita educada.

Alan no aparta su mirada de mí. Me mira serio, parece estar esperando a que reaccione ante el ataque de Rachel.

Decido mantenerme inalterable, solo observándola y sin dar pie a que siga atacándome. No le voy a dar ese gusto.

—Esperaba que fueras más mayor y más… fea. Eres más llamativa de lo que imaginaba —me mira con ojos de pillina—, vaya, eres hermosa y delicada, si señor… Una delicia para cualquier hombre que se precie.

—Por favor, Rachel.

Se escucha por fin la autoritaria y firme voz de Alan.

—Para de una vez, estás molestando a Marian.

Esta se gira sobre sus pies y mira a Alan.

—¿Qué pasa hermanito…? ¿No es cierto lo que digo?

—Aquí lo único cierto es que estás diciendo un montón de tonterías y que Marian no se merece que le hables de esa manera.

Alan me mira con gesto de preocupación por encima del hombro de su hermana. El señor Carson se muestra claramente molesto.

—Marian, perdona a Rachel. No sé qué mosca la ha picado, no se lo tengas en cuenta—me pide el señor Carson.

Yo les miro a los tres sin entender nada. No entiendo el comportamiento que están teniendo conmigo. El señor Carson no parece ni el mismo, ¿quizá Rachel es capaz de influir sobre los dos varones de forma negativa? ¿Es capaz de anular a Alan y al señor Carson?

—Está bien… —se vuelve hacia mí—, solo estaba bromeando, te estaba tomando el pulso.

Su cara se ilumina y una enorme sonrisa se extiende por su rostro, sus ojos se vuelven chispeantes, llenos de energía; una transformación total.

—Perdóname, Marian —suspira—, tenía ganas de conocerte y de ponerte a prueba. La has superado con creces, ni te has alterado un poco. Esperaba que saltaras como un resorte. Como ya sabes soy Rachel y te doy mi más sincera bienvenida.

Veo como se me acerca con la mano extendida.

Yo… miro a ambos, padre e hijo. Mi rostro, estoy segura, muestra desconfianza y decepción.

Finalmente Rachel se detiene a una corta distancia de mí y sigue ofreciéndome su mano. Yo dudo, esto me parece una broma pesada y peor me parece… que el señor Carson no haya puesto antes punto y final a la parodia de esta mujer. Decido estrechar su mano brevemente no sin antes lanzarle una mirada de desaprobación. Ella entiende a la perfección mi malestar y me pide con un gesto que la perdone.

—Marian, Rachel, mi hija… es muy peculiar. Ambos —se refiere a Alan y a él— la conocemos muy bien. Temíamos que no te aprobara pero por su extraña forma de comportarse sabemos que le has caído de maravilla; aunque a ti no te lo parezca.

Vaya… menudo consuelo y menuda forma de aprobarme… Estoy descolocada y confusa, pero bueno… ¿esta es manera de recibir a una persona? ¿La educación de esta gente dónde está? Y lo que me parece aún peor… ¿cómo el señor Carson permite que su hija tenga ese comportamiento conmigo? ¿Están locos o qué?

—Rachel es muy peculiar —dice Alan— hay que dejarla, es un encanto te lo aseguro —me trata de tú a tú con una risueña e inocente sonrisa que aún no había descubierto en él—. Ahora puedes estar segura de que le gustas.

—Sí, perdóname Marian. Creo que nos vamos a llevar bien pese a este primer encuentro.

Tomo aire. Todos mis sentidos están en alerta. Me parece todo muy extraño y desconfío.

—No entiendo la broma y menos la manera de dirigirse a mí, señorita o señora.

Los tres se quedan extrañados ante mi reprimenda, utilizo un tono suave pero contundente a la hora de reprender.

—Tienes razón —Rachel se apresura a dirigirse a mí conteniendo el avance de su padre, supuestamente dispuesto a mediar entre su hija y yo—. Sin duda no son maneras… pero… así soy yo… te pido disculpas. Te aclaro que soy señorita ya que no estoy casada —suspira después de aclararme su estado civil—. He de confesar que tengo un extraño sentido del humor, pero eso ya lo saben aquí los presentes —dirige la mirada a su padre y a su hermano—, cuando alguien me gusta… aunque la acabe de conocer, me gusta saber cómo respira. Vas a pasar mucho tiempo con dos de las personas que más quiero en este mundo y aunque pueda parecerte una loca te aseguro que estoy muy cuerda— su mirada delata la sinceridad de sus palabras.

Sus argumentos siguen sin convencerme del todo. Para ella es un juego pero para mí…

—Acepto sus disculpas.

—Confío en que este hecho no empañe nuestra relación.

Respiro hondo, suelto todo el aire de los pulmones y…

—Seguro que no —respondo finalmente.

—Está bien chicas, ¿qué tal si corremos un tupido velo y nos vamos a comer? —nos sugiere el señor Carson con entusiasmo.

—Me encanta la idea papá —dice Rachel— Tenemos muchas cosas que contarnos.

Acto seguido me busca con la mirada esperando que le diga algo.

—La verdad es que tengo hambre —afirmo con una media sonrisa.

Alan nos observa a los tres con una pose distante, como si la proposición no tuviera nada que ver con él.

—Siento no poder acompañaros, tengo trabajo que hacer —me lanza una mirada llena de intenciones. Parece lamentar no poder acompañarnos.

—Hijo…

Alan pone el cuerpo tenso y el gesto grave.

—Lo siento papá, pero es muy importante que deje zanjados algunos asuntos —su cara delata cierta preocupación. Apoya las manos a ambos lados de sus caderas y baja la mirada al suelo con gesto de verdadero fastidio. Parece ser que es primordial que atienda algunos asuntos sin demora.

—Como quieras. Luego te veré.

—De acuerdo —zanja la conversación.

La verdad es que me da cierta tranquilidad saber que Alan no va a venir a comer con nosotros, bastante voy a tener con su hermanita… Espero que no me dé la comida.

Mientras estoy reflexionando… padre e hija se dirigen a la puerta del despacho mientras yo me quedo paralizada mirando a Alan Carson. Su mirada perdida se encuentra en estos momentos buscándome y al fin sus cautivadores ojos verdes capturan los míos. Un delicado y suave escalofrío recorre mi espalda haciendo que mi cuerpo se yerga. Su forma de mirar… creo que estoy magnificándolo todo, cada gesto suyo, cada palabra, cada mirada, cada atención que tiene hacia mí creo exagerarla en la medida que la intimidad de mis pensamientos me permiten. Su mirada me retiene de manera extraña e incomprensible, pero ahí me tiene, en la intimidad de un tú a tú privado. Solos, él y yo, en un tortuoso y agónico silencio.

CAPÍTULO 13

¡Malditos nervios!

Aparto la mirada de Alan y mis ojos se pierden en la estancia sin mirar a nada en particular. Sigo paralizada ante él. Me mira como si me quisiera decir algo y no se atreviera; lo medita, se da su tiempo y…

—Gracias —murmura

¿Gracias? ¿Por qué?

—No entiendo.

—Por cuidar de mi padre —sus sinceras palabras me conmueven.

Respiro hondo, estoy bastante inquieta y sé que se me nota.

—Solo hice lo que debía hacer en ese momento —respondo en un resuello.

—Lo sé y me siento agradecido por ello. Tu determinación fue crucial a la hora de la rápida recuperación de mi padre, si no fuese por ti… ¡quién sabe cómo estaría él ahora!

—No piense en eso, él está aquí y fuera de peligro.

—Pero pienso que sin tu ayuda todo hubiera sido diferente.

—Marian, ¿vienes a comer o piensas quedarte a charlar con Alan? —me pregunta el señor Carson con cierta reticencia. Vuelvo mi cabeza hacia él y veo que no parece gustarle lo que estamos hablando y trata de cortar la conversación.

—Ya hablaremos —dice Alan ante el reclamo que me hace su padre. Acto seguido se da la vuelta y se sitúa detrás de la mesa.

Le observo… sigo sin ser capaz de moverme… creo intuir que nuestra conversación no acaba así, sino que queda algo más que decir por su parte… pero eso tendrá que esperar.

Alan apoya las manos sobre la mesa e inclina su cuerpo sobre esta con la cabeza baja, de repente la levanta y me mira… su mirada oscura… me arroya como un tren de mercancías. Estoy convencida de que queda una conversación pendiente entre él y yo… y… esa idea me inquieta.

¡Dios, no sé qué hacer! No sé qué me quiere decir con esa forma de mirarme tan extraña. Decido poner fin al cruce de miradas que estamos sosteniendo y me doy la vuelta sin decir palabra. Me encamino hacia Rachel y el señor Carson que me esperan al otro lado de la puerta.

La ducha me ha sentado de maravilla. Seco mi cuerpo con cuidado y me aplico una loción corporal con olor a vainilla.

Retiro con la mano el vaho del espejo. Observo que tengo los ojos cansados, todavía no tengo bien regulado el sueño y me temo que esta noche no va a ser diferente, seguro que le voy a dar mil vueltas a todo lo ocurrido hoy. Menos mal que Rachel se ha comportado durante la comida, su padre me avisa entre risas de que tiene mucho peligro pero que esté tranquila que se va a portar bien conmigo. Lo cierto es que hemos conversado los tres muy animados. Rachel me ha hecho innumerables preguntas sobre las costumbres de los españoles. Es la única que no ha estado en España, Alan ha estado en varias ocasiones por trabajo. Parece que en el fondo nos hemos caído bien y ese hecho me satisface gratamente.

Carlos.

¡Dios santo! No he tenido tiempo de pensar en él, ni siquiera le he llamado… necesito escuchar su voz. Sé que estará esperando ansioso a que le cuente mi desembarco en Carson & Carson.

Me fijo en mi pelo mojado y pienso que será mejor secarlo un poco aunque esté cansada y sin ganas, así que peino con cuidado cada mechón. Cojo el secador de pelo que está en uno de los cajones de la encimera de los lavabos y comienzo a secarlo. Solo le quitaré un poco de humedad, no voy a perder más tiempo, tengo que hablar con los míos para contarles las nuevas novedades antes de que sea más tarde ya que aquí son las cinco de la tarde y en España más o menos las once de la noche.

En la soledad de mi habitación medito sobre lo que me está cambiando la vida. No he tenido casi tiempo de reflexionar sobre ello… bueno… sí, alguna que otra noche de insomnio… pero muy por encima. Me lo tomo como si estuviera de vacaciones e intento disfrutar de lo diferente que es el día a día en esta ciudad. Tengo ganas de empezar a trabajar, pero eso debe de esperar por ahora, hasta nueva orden. Sonrío al recordar las palabras del señor Carson durante la comida: “estás de vacaciones hasta nueva orden, así qué disfruta de ello y no pienses más en el trabajo”.

Durante la comida el señor Carson se ha referido al rancho que tiene en el estado de Virginia. Debe de ser, por lo que han descrito padre e hija, un lugar muy hermoso donde descansar y desconectar de todo. Me ha invitado a pasar el fin de semana allí junto a Rachel y quizá Alan. No ha aceptado un “no” por respuesta… así qué… no me ha quedado otra que aceptar. Pasar tres días con ellos en plan familiar no es algo que me entusiasme pero… no he tenido otra opción. He traído poca ropa cómoda para ponerme. He avisado a Bryan de que mañana iríamos a hacer algunas compras para el fin de semana.

De repente, en la intimidad de mi habitación, se mezclan en mi mente las imágenes de Carlos y de Alan. Noto como el corazón se me encoge.

¡¡Carlos, Carlos, Carlos!! Resuena su nombre en lo más íntimo de mis pensamientos.

Dentro de mí… es como si le estuviera traicionando… le recuerdo cálido y cercano… suave y ligero como el viento al rozar mis mejillas. Suspiro, cierro los ojos y le veo… Su sonrisa, sus enormes ojos negros, esa mirada penetrante y… sensual… su olor… Respiro hondo, mi pecho se hincha al respirar con vehemencia. Me siento culpable por pensar en… ¡No puedo dejar de pensar! La imagen de Alan… aparece perturbando mi pensamiento, se muestra cautivador, enigmático, frío, denso, controlador… tentador. Diferente, pero no sé hasta qué punto es diferente y lo que ello conlleva.

¿Quién me iba a decir a mí que algún día estaría dando vueltas a mi cabeza pensando en estos dos hombres?

Si Andrea supiera la de cosas que se me pasan por la mente diría que no soy su amiga, que se la han cambiado. No soy capaz de pensar en uno así que… ¡¿cómo voy a ser capaz de pensar en dos?! Vamos, que no se lo iba a creer ni en broma, es algo que no es característico en mí sino todo lo contrario. No me atrevo a confiar mis pensamientos a Andrea por muy amigas que seamos. Estoy segura de que me soltaría un sermón de narices y por supuesto defendería a Carlos con uñas y dientes. Andrea es una cabeza loca… pero también sé que tiene los pies en la tierra aunque no lo parezca.

Me siento en el sofá envuelta todavía en el albornoz.

Sola.

Me encojo de hombros y miro a mi alrededor, sola, en una ciudad extraña… en fin…. suspiro y relajo los hombros, a lo hecho pecho y a tirar para adelante, ¡no queda otra, Marian!

CAPÍTULO 14

Hace un tiempo magnífico. He comprado todo lo que me hacía falta para el fin de semana. Bryan ha sido una buena compañía, ha aceptado a regañadientes entrar conmigo en las tiendas y hasta hemos tomado café juntos, eso sí, no ha permitido que pagara. Es un caballero dentro de lo rudo que pueda parecer a simple vista, hay que conocerle… voy descubriendo día a día… a una gran persona. Está soltero y parece ser que sin compromiso. Me he permitido la impertinencia de preguntar por su familia… sobre si tiene esposa e hijos… ¡solterito!, qué pena… Parece un buen hombre, pero a lo mejor él está la mar de bien.

Bryan es puntual como siempre.

Son las nueve y cuarto de la mañana del viernes, llevo una maleta pequeña para pasar el fin de semana en el rancho. El señor Carson y yo vamos juntos en el coche. Me confirma que en dos horas y media más o menos estaremos en el rancho disfrutando del sol y de la tranquilidad del lugar.

Me pone al corriente de que una familia cuida del rancho en su ausencia. Ellos viven allí y lo mantienen en perfecto estado.

A lo largo del trayecto hablamos de lo bien que he caído a los diferentes responsables de la empresa, de cómo Alan ha alabado mi sencillez y saber estar, al igual que Rachel.

El señor Carson aprovecha a atender algunas llamadas, mientras, yo disfruto del paisaje. Bryan me va contando en voz baja los diferentes sitios por los que pasamos a modo de guía; un detalle por su parte.

Alan, posiblemente, llegará por la tarde al igual que Rachel.

El señor Carson está impaciente por llegar al rancho. No quiere desvelarme cómo es, quiere enseñármelo él mismo.

—Ya estamos llegando a Providence Forge. Providence es una localidad del condado de New Kent —dice el señor Carson volviéndose hacia mí.

—El paisaje es precioso—aprecio.

—Lo es todo el estado de Virginia, de norte a sur y de este a oeste. Es de una gran belleza, amo la tierra de mis antepasados—dice con rotunda determinación.

—Su padre era asturiano —hago alusión a sus raíces españolas.

—¿Y piensas que no adoro también esa tierra… y a España entera? —veo como frunce el ceño y me lanza una seria mirada.

—Ya, hay un rinconcito en su corazón donde anida la tierra de su padre —sonrío mirándole a los ojos.

—Sí señorita y que no se te olvide —me da unas palmaditas sobre mi mano derecha que descansa sobre el asiento. —Dentro de mí hay también un español.

Nos sonreímos unos instantes cómplices de nuestras raíces.

—Queda poco para llegar al rancho.

—¿Cómo se llama el rancho? —pregunto.

—Cristina.

—¿Rancho Cristina? —vaya nombrecito para un rancho. Muy femenino diría yo.

—Tal cual, es… tan hermoso como hermosa era Cristina —dice con profundo orgullo.

—Estoy segura de que tiene que ser un lugar muy bello. Estoy deseando descubrir sus virtudes —le digo con emoción.

Bryan se desvía de la vía principal por la 155 dirección a Charles City. Transcurridos unos cuatro kilómetros se vuelve a desviar por un camino de tierra que está situado a nuestra derecha. Pocos minutos después nos encontramos frente a una enorme verja de forja. En lo más alto de ella, una herradura dividida en dos, en una mitad pone Rancho y en la otra mitad Cristina. Alguien desde el interior del rancho ha accionado las puertas para darnos paso. Me imagino que tienen cámaras de vigilancia a la entrada, pero no me he percatado de ellas.

No cabe duda de que el estado de Virginia es un bello lugar por sus extensos bosques, su vegetación, su fauna y su flora… Me ha hecho recordar a mi querida sierra de Madrid, sus tan apreciados bosques, sus riachuelos, sus valles, sus embalses, esas sendas que recorren la sierra llevándote hacia lugares y paisajes inimaginables, como inimaginable es su belleza.

Suspiro.

La añoranza me fustiga el corazón de tal manera que noto perfectamente cómo se encoge en mi interior produciendo dolor, un intenso dolor.

Vuelven a mí los recuerdos de las acampadas con los amigos y las fiestas que nos hemos corrido por los distintos pueblos de la sierra madrileña.

Late tan fuerte mi corazón al recordar… que llega a molestar.

No quiero perderme detalle del rancho así que fijo mi atención en él. Árboles por doquier: castaños, robles, nogales y algún que otro árbol más que no puedo reconocer. La vegetación es exuberante, el agua hace acto de presencia a lo largo del camino, a ambos lados de él… Lagunas de diferentes tamaños salpican el terreno. Está claro que es un lugar rico en vegetación. Tras dos kilómetros más o menos comienza a abrirse el bosque y aparece un hermoso claro a ambos lados del camino. Ante mis ojos se extiende con majestuosa elegancia a ambos lados del camino una enorme pradera de un verdor intenso y brillante. La presencia de abundante agua en el rancho hace del lugar un paraíso. Finalmente alcanzo a ver al fondo del camino el tejado de una casa.

Según nos vamos aproximando voy descubriendo lo grande y hermosa que es. De estilo sureño, muy parecida a las que aparecen en las películas donde los esclavos pasaban verdaderas penurias en las plantaciones de algodón. Noto como se me pone la piel de gallina solo de pensarlo, pero he de reconocer que me parece encantadora. Por lo que puedo observar, la casa es de reciente construcción con lo que siento un gran alivio. Solo de pensar que allí podían haber tenido esclavos en su época… me entran escalofríos.

Delante de la vivienda hay una enorme rotonda ajardinada con una fuente. La fuente es una reproducción de la diosa Venus.

—¿Qué te parece?

La simple pregunta me saca de mi embobamiento.

Vuelvo la cabeza hacia el señor Carson.

—Es sin duda… impresionante. Sinceramente, permítame que le diga… alucino viendo todo lo que tantas veces he visto por televisión… nunca me imaginé que conocería este país y menos tan pronto. ¿Le parecerá infantil por mi parte que diga esto?

—Desde luego que no—sonríe. Te entiendo perfectamente, yo he alucinado también con España, créeme. Tan diferente, con innumerables vestigios de siglos pasados… Nuestra historia es más reciente —frunce el ceño a la vez que me mira de reojo— la edad media tiene su encanto… y los romanos… ¿Ya me contarás?

—Es cierto, hay un contraste enorme entre un país y otro.

—Todo aquí es muy nuevo, nuestra historia es muy corta pero también es rica.

—No lo dudo.

Cuando me quiero dar cuenta Bryan ya se ha detenido frente a la puerta de la casa.

Observo como las dos blancas y enormes hojas de la puerta principal de la casa se abren de par en par. Aparecen dos personas de rasgos latinos: un hombre y una mujer. Tras ellos dos, siguiéndoles, una jovencita también de rasgos latinos y dos hombres altos y robustos como robles. Los dos hombres son los típicos trabajadores fornidos y rudos que tantas veces he visto en las películas, clavaditos.

—Ya hemos llegado —dice el señor Carson.

La casa es espectacular por fuera. La construcción es de ladrillo rojo, los ventanales que hay a ambos lados de la puerta y también los de la segunda planta son enormes; la carpintería es blanca y están enmarcados con piedra del mismo color.

Bryan abre la puerta del coche para que descienda del vehículo.

—Gracias, Bryan —este asiente con la cabeza.

El hombre de rasgos latinos se apresura abrir la puerta del coche para que el señor Carson haga lo mismo.

Me da cierta vergüenza e inseguridad conocer a esa gente. Trato de hacerme la distraída cogiendo el bolso. Respiro hondo varias veces. Esas personas son por decirlo de alguna manera… son sus sirvientes y yo… no sé si me voy a sentir cómoda como invitada… eso de que me sirvan… no estoy acostumbrada.

Al ver que tardo en incorporarme al grupo que con tanto ánimo y alegría se saludan, el señor Carson rodea el vehículo y se acerca a mí.

—Vamos, Marian hay alguien que tiene muchas ganas de conocerte —me dice con gran entusiasmo.

¿De conocerme? ¿A mí? ¿Quién va a querer conocerme con tantas ganas?

Me ofrece su brazo y yo como una tonta avergonzada me cuelgo de él. Me encuentro delante de las cinco personas que tantas ganas tienen de conocerme…

—¡Virgen santa! —grita la mujer.

Yo me quedo de piedra con los ojos como platos.

La mujer tapa con ambas manos su boca ahogando el grito. El hombre, supuestamente su marido levanta la cabeza para mirar al cielo y la jovencita, porque es bastante más joven que yo, me mira con curiosidad y los dos hombres fornidos miran al suelo.

No entiendo su reacción, no dejo de mirarles mientras flipo en colores.

—María, vamos mujer, ni que hubieras visto un fantasma.

—Perdóneme, señor—dice esta con acento mexicano. La mujer es un manojo de nervios.

—Marian. Quiero que conozcas a estas grandísimas personas.

Yo intento dibujar una sonrisa en mi boca pero me es casi imposible. Me siento extraña, incómoda y con unas ganas enormes de salir corriendo de allí y volver en el primer avión disponible a Madrid…

María es una mujer de unos cincuenta años, mide no más de uno sesenta, su pelo es negro y sus vivaces ojos son de color marrón. Su cantarina sonrisa es de una mujer feliz y risueña.

—Marian, como puedes ver esta es la familia de la que te he hablado. Esta es María —se acerca a ella y le rodea los hombros con el brazo izquierdo— y este es Antonio —lo rodea también con el brazo libre— y esta jovencita —le toca el hombro con la mano izquierda— es Inés.

El señor Carson rebosa de alegría por los cuatro costados, se le nota muy feliz de estar entre ellos.

—Ellos son la familia Mendoza. Como puedes ver son mexicanos pero llevan viviendo en Virginia desde niños. Inés nació aquí, en el rancho, hace dieciocho años. Mis queridos amigos son los culpables de que el rancho luzca espléndido con la ayuda inestimable de Edgar y Zas.

Les miro a todos en silencio. Me abruma la atención que prestan sobre mí todos ellos. Necesito un respiro.

María me mira muy atenta y tras pensar unos segundos abre los brazos en cruz y se acerca a mí para abrazarme. Cuando quiero darme cuenta estoy siendo abrazada por una desconocida que me suelta dos besos sonoros en ambas mejillas. Con timidez acerco mis manos a su espalda para abrazarla también.

—Niña te he asustado —se separa de mí unos centímetros para mirarme a los ojos pero no me suelta— eres un orgullo para el señor Carson. Nos ha hablado maravillas de ti —sus entrañables ojos me tranquilizan, su forma de mirarme traen hacia mí el recuerdo de mi madre y ese pensamiento… me entristece.

—Encantada de conocerla —murmuro.

—Vamos niña —coge mi rostro entre sus manos— te he asustado y lo siento. Es solo… —baja la mirada al suelo— bueno… —parece estar alterada por mi presencia— es que me recordaste a alguien.

Vuelve a mirarme a los ojos esta vez con cierta nostalgia.

—María —la voz firme del señor Carson hace que María recobre la cordura. Acto seguido María se separa de mí.

—Bueno, me imagino que están cansados del viaje, les vendrá bien un poco de limonada helada, hoy hace calor —dice entusiasmada María.

De repente me veo ante una enorme escalera de mármol blanco flanqueada a ambos lados por unos elegantes y esbeltos balaustres de madera en color blanco también, unidos por un grueso pasamanos de madera de castaño, barnizado en su color.

—Ya está preparada su habitación—dice Inés.

—¿Me vas a tratar de usted? —le pregunto con cara de resignación.

Sus labios muestran una tímida sonrisa.

—Lo siento, es la costumbre, pero no te preocupes intentaré que no vuelva a suceder.

Sus ojos marrones son vivos y rebosan alegría. Tiene el pelo largo y negro como su madre, lo lleva recogido en una coleta alta, sus rasgos son algo más suaves que los de sus padres. Su rostro es angelical y ese ligero rubor en sus mejillas lo hacen aún más. Es de constitución delgada y unos centímetros más alta que su madre.

—Marian, como puedes ver estás en buenas manos —dice el señor Carson.

Me vuelvo hacia él y le miro con dulzura.

—Ya lo creo —muevo mi cabeza aceptando su observación.

El señor Carson se encuentra flanqueado por el matrimonio. Los dos robustos hombres han desaparecido de mi vista.

—Inés estaba impaciente por conocerte.

Miro a Inés y sonrío. Me sorprende tanto el interés que muestran todos por mí que es difícil buscar las palabras apropiadas para agradecerles la bienvenida.

—Me siento halagada. Espero que podamos tener una bonita amistad —digo mirándole a los ojos con ternura.

Me sorprende todo tanto….

—Jovencitas, continúen con lo que iban hacer.

Las dos asentimos con la cabeza y comenzamos a ascender una al lado de la otra. La escalera gira hacia mi izquierda, las vistas del hall son espectaculares. Una elegante lámpara de forja con motivos florales cuelga desde el centro del tragaluz, la escalera la rodea y a su vez bordea el hall. Numerosas puertas blancas de cuarterones alargados aparecen ante mí al ascender el último escalón.

Observo, por la decoración del distribuidor de la primera planta, que Cristina debió de ser una mujer de gusto sencillo y refinado. El tono tierra suave de las paredes y la madera de castaño del suelo le da una calidez especial a la casa. El toque de color lo dan las rosas repartidas en diferentes jarrones en distintas mesas de estilo colonial situadas estratégicamente entre las habitaciones.

—Espero que la habitación que he elegido te guste.

Me sorprende saber que ella misma se ha ocupado de elegir la habitación donde voy a dormir.

—Vaya, ¿tú has elegido mi dormitorio? —le pregunto elevando las cejas sorprendida.

—Sí, el señor Carson me lo pidió. Creo que es la más bonita.

—Muchas gracias, Inés. Es todo un detalle.

Miro a mi derecha y a mi izquierda, veo que la casa cuenta con al menos diez habitaciones.

—¿Continuamos?

—Claro.

Me pregunto cuál será la habitación de Rachel y la de Alan.

Nos dirigimos hacia la derecha. Entre puerta y puerta hay un gran espacio, las habitaciones deben de ser grandes. Nos detenemos en la tercera puerta. Inés la abre y me invita a pasar.

—Mi padre subirá tu equipaje.

Se me había olvidado por completo coger mi pequeña maleta.

CAPÍTULO 15

Luz, mucha luz.

La luz del sol ilumina la habitación. Justo frente a mí, al fondo de la habitación, hay dos puertas grandes con dos hojas acristaladas, unos vaporosos visillos de color crudo las cubren dejando pasar la brillante e intensa luz del sol.

Una cama con dosel, un precioso tocador con espejo y delante una silla con reposabrazos tapizada con un tejido oriental en tonos suaves. Un baúl muy antiguo a los pies de la cama. Junto a las puertas acristaladas que dan al exterior, un confortable sillón con reposapiés, tapizado también con un tejido parecido a la silla que está junto al tocador. Una cómoda con enormes cajones y un armario con motivos orientales completan el mobiliario. Todo ello en madera de nogal americano excepto el armario, la silla y la cómoda que se limitan a imitar el color y cuya madera no soy capaz de reconocer.

La cama resulta muy confortable y grande. Está vestida con unos tejidos que a la vista parecen ser suaves y agradables e incluso su colorido, que pese a ser también de estilo oriental, no da sensación de recargado. Mullidos cojines la completan, dan ganas de tirarte en ella en plancha.

—¿Te gusta? —me pregunta con cierto recelo.

—Es preciosa —vuelvo la cabeza hacia ella, —gracias.

—Espero que te encuentres cómoda en ella —me dice con timidez.

—Claro que sí.

—Aquella puerta —me indica a mi derecha. —es el baño.

—Perfecto.

—¿Querrás refrescarte un poco?

—Seguro jovencita, pero primero tomarán una limonada bien fresquita que ha preparado tu madre. Nos esperan en el porche —la voz de Antonio suena a nuestras espaldas— ¿Dónde dejo el equipaje?

—Por favor, no se preocupe… ya lo dejo yo. Muchas gracias.

Me da tanto apuro que el hombre me suba el equipaje…

—Señorita, no hay de qué. Estamos para esto.

Sé que es su trabajo pero…

Antonio es un hombre de constitución media, entrado en algunos kilos de más. Ojos redondos y pequeños de color negro, nariz pequeña pero ancha. Un abundante bigote puebla su labio superior, debe de tener unos cincuenta y tres años pero, pese a esa edad, no tiene prácticamente canas. Se le ve un hombre bonachón y sencillo.

—De acuerdo, tomaré esa limonada. —Pongo la mejor de mis sonrisas mientras miro a ambos.

Antonio se apresura a dejar la maleta delante del baúl.

La casa es enorme, el salón inmenso. Tiene varios ambientes y el mobiliario también es de estilo colonial mezclado con estilo francés e inglés. Inés está impaciente porque pruebe la deliciosa limonada que prepara su madre, insiste en que me dé prisa.

Todo el salón da al gran porche que rodea casi toda la casa, excepto la fachada principal.

Desde luego la limonada estaba deliciosa. Todos son muy amables conmigo.

Necesito estar un rato a solas, es mejor que suba al cuarto y coloque la ropa de mi maleta en el armario.

María me colma de atenciones constantemente.

Necesito hablar con Carlos, le extraño. La verdad es que tengo poco tiempo para hablar con él, tanta diferencia horaria lo complica. El rancho dispone de Internet, en cuanto tenga un momento hablaremos, al ser fin de semana es más fácil hacerlo. Tengo que arreglar lo de mi móvil privado con urgencia.

Un pantalón pirata, una blusa fresquita, unas sandalias y un recogido informal para estar más cómoda… y listo.

Han vuelto a abrir la puerta principal de la casa de par en par. Alcanzo a ver un vehículo deportivo de color negro delante de ella. Veo a Antonio montarse en él, seguramente va a aparcarlo.

¿De quién será?

Una repentina ráfaga de aire fresco acaricia mis mejillas. Miro hacia el salón, las puertas que dan salida hacia el porche están abiertas y el fino visillo vuela. Cuando estábamos tomando la limonada no corría casi el aire, daba sensación de bochorno, el aire ha cambiado de dirección.

Veo a contraluz acercarse la silueta de un hombre. Una misteriosa sensación se apodera de mí.

¡¡ Por Dios, qué no sea él!!

Mi cuerpo tiembla como una hoja, hasta mi barbilla tiembla tan solo de pensarlo.

Sea el que sea me está viendo y yo no sé hacia dónde ir, desconozco la casa. Me quedo petrificada sin saber qué hacer.

Lleva las manos en los bolsillos del pantalón mientras camina hacia mí con un ligero balanceo. Se le ve relajado, no tiene prisa por cruzar el umbral y adentrarse en el salón. Él me ve a mí al igual que yo a él, a contra luz pero en cambio yo no me muevo. Parezco una tonta pavisosa ¡será posible!

Poco a poco se adentra en el salón, pero sigo sin ver su rostro.

¡Maldita sea, qué aparezca alguien o me va a dar un soponcio!

Nada de nada.

Nadie.

Es él.

El corazón me late a mil por hora. No quiero que centre su atención en mí… pero ya es tarde. La luz va descubriendo su fisonomía poco a poco y paso a paso. La luz es caprichosa y me lo muestra como si fuese… un conquistador en busca de su conquista.

Unos cómodos pantalones de color café con leche, una camisa de lino blanco arremangada hasta debajo del codo, calzado deportivo, cabello despeinado y un reloj deportivo de grandes dimensiones ceñido en su muñeca izquierda y todo un despliegue de… sensualidad camina hacia mí.

Confirmado.

Está lejos aún de mí… pero ya me tiene donde él quiere. O eso es lo que yo pienso… y estoy equivocada.

¿Acaso piensas qué ese hombre se ha fijado en ti?

¿Acaso piensas qué busca algo en ti?

¡Tú no eres nadie para él!

Soy insignificante para él. Con la de mujeres que ese hombre debe de tener a su alrededor esté casado o no, o prometido o no, o soltero…

Mi cabeza… me dice que sea sensata, que actúe con cordura y me deje de fantasías.

¿Cómo puedes pensar en él de esa manera?

¿Acaso Carlos no es suficiente para mí?

Claro que lo es. Me vuelvo a sentir como una traidora, tengo que borrar de mi mente todos esos pensamientos… que lo único que pueden hacerme es… daño.

La boca se me seca al ver cómo se va acortando la distancia entre los dos.

¿Es un Dios divino o un demonio perverso y cruel?

Es provocador y encima lo sabe. Sé muy poco de hombres pero me la juego a que le encanta seducir a las mujeres, extraer de ellas lo mejor, disfrutarlas y después arrojarlas al infierno para que se consuma lo poco que queda de ellas. ¡¡Esta cabecita tuya te va a traer más de un disgusto!! —se burla mi conciencia.

¡¡ Céntrate!!

El no saber cómo son y no conocer a las personas, nos hace crear un mundo inventado alrededor de ellas; a sabiendas de que probablemente estemos equivocados.

La soledad hace… que piense en todas estas tonterías. El no poder hablar… con amigos, con gente de mi confianza hace que invente, que magnifique, que saque de contesto palabras, gestos, miradas y que se yo… ¡qué más tonterías!

CAPÍTULO 16

Alguien me arroya por detrás.

Alguien con mucha prisa hace que me tambalee y que dé un paso hacia adelante, perdiendo casi el equilibrio.

Una mujer de cabello rubio cobrizo casi tirando a pelirrojo camina a buen paso contoneando a buen ritmo sus caderas. Alan me mira con preocupación al ver que me tambaleo, es testigo directo de cómo esa mujer me arroya sin contemplaciones.

—Alan, querido.

Menudos modales tiene la muy estúpida. Si llega a ser a Andrea a la que arroya… la coge por los pelos y tira de ella y si es necesario la arrastra. Menuda es mi amiga, ella sí que le enseñaría modales.

—Alan, amor ¡Cuánto tiempo sin verte!

¡¿Amor?!

La pelicobriza atrapa a Alan en un muy pero que muy estrecho abrazo. Se cuelga de su cuello obligándole a bajar la cabeza para poder estampar sus morros en los de él. Alan la coge por la cintura para no perder el equilibrio.

Por fin, después de saciar su sed separa sus labios de los de él y esconde su rostro en el cuello de este mientras con una de sus manos le acaricia la mejilla.

Yo no sé para donde mirar, para donde ir… —respiro agobiada, cortada. Junto mis manos y dirijo la mirada hacia ellos. Decido dar media vuelta y salir por la puerta principal que está a mis espaldas. Un paseo me vendrá bien. Necesito tomar el aire. Detesto estar en medio de escenitas de contenido amoroso y detesto ser arrollada por personas que tratan de ignorarme como si yo fuese un mueble viejo.

¿Eso es lo que parezco a toda esta gente?

¿Tan insignificante parezco?

—¡Marian!

Me detengo. Es la voz de Alan. Me reclama.

Pero continúo mi marcha.

—Marian, por favor —insiste.

Esa mujer parece mucha mujer. Viste informal pero elegante. Pantalón pitillo color rosa empolvado y una blusa blanca sin mangas con botones cuidadosamente desabrochados para que sus abundantes razones, muestren toda su tersura y esplendor a los ojos del hombre que ella llama “amor”

¿Yo?

Parezco una pueblerina. Y en realidad es lo que prefiero parecer, no quiero llamar la atención.

Le tengo justo detrás de mí. Muy cerca de mí.

Me giro para mirarle.

Necesito tomar aire al tenerle tan cerca y ver… lo increíblemente interesante que resulta verle fuera del escenario empresarial. Lo diferente que se muestra al estar relajado y no estar presionado por el vertiginoso ritmo de trabajo.

Sus pupilas verdes me miran con atención y… cierta curiosidad a la vez, creo… que hasta parecen sonreírme sus ojos al encontrarse con los míos.

Es…, me cuesta hasta tragar saliva, endemoniadamente encantador, su cara lo dice todo… está encantado por no sé qué y a la vez… preocupado.

—¿Estás bien?

Observo como titubea. Sus manos se muestran nerviosas… es como si quisiera tocarme… como si quisiera coger mi cara entre sus manos y mirarme a los ojos aún más cerca.

Bajo la mirada a mis manos.

—Sí, estoy bien.

¿Por qué lo pregunta? ¿Acaso no lo parece?

—Vamos Alan, nos tenemos que poner al día —dice la pelicobriza mientras se sitúa tras él.

—Rose, debes de pedir disculpas a Marian.

Levanto la mirada.

—No tiene importancia.

Él me mira con insistencia.

—Sí que la tiene —sus palabras suenan tan rotundas que hasta la pelicobriza cambia de careto. Su mirada parece oscurecerse ante la tardanza de su amiga.

—Te pido disculpas. Ya está, no perdamos más el tiempo.

—Rose, esta es Marian. Es la persona de confianza de mi padre y su mano derecha y aunque no fuese así le debes respeto —su gesto se ha vuelto grave y su voz ronca y rotunda.

¡Jope!

Hasta yo me he puesto firme y nada que decir de la pelicobriza, a la que se le ha quedado una cara de espanto.

La pelicobriza no me dirige la mirada en ningún momento, no aparta la mirada de él, me ignora completamente. Pero el argumento que le ha dado Alan ha servido para que se digne a mirarme no sin desplegar irascible ironía a través de sus pupilas.

Un ramalazo de odio asoma en sus ojos por unos instantes.

—Marian, encantada de conocerte.

¡Falsa!

—Lo mismo digo Rose.

—Bien, ya hemos hecho las presentaciones. ¿Ahora podemos tomar una limonada antes de comer? Por cierto, hoy parece que vamos a comer tarde —dice Rose con cierta insolencia.

—Rose, por favor, espérame en el porche —le pide con tajante insistencia a la pelicobriza a la vez que sus ojos se centran, más si cabe, en los míos.

No aparta su mirada de mis ojos y eso me hace sentir “frágil” y no sé hacia dónde mirar porque está tan cerca de mí que me tapa cualquier vía de escape.

Rose, viendo que no tiene nada que hacer, se dirige al porche de mala gana.

—Lo siento —suspira agobiado mientras apoya una de sus manos en la cadera y la otra la lleva al rostro frontándose los párpados. Creo que no estás teniendo suerte con las féminas —dice.

Brota de mis labios una sonrisa espontánea.

—Ya lo creo, pero con María y con Inés sí.

Él también consigue que se le escape una sonrisa.

Sigue sonriendo. Aparta la mano del rostro y la coloca en la otra cadera que le queda libre.

Rompemos a reír los dos sin saber el porqué. No me lo puedo creer, yo compartiendo un momento así con un hombre como él. Increíble pero cierto.

—Me alegro de verte, Marian.

Me quedo con cara de tonta y dejo de reír cuando oigo sus palabras.

¡¿Se alegra?!

El rostro se me tensa y un escalofrío me recorre la espalda sorprendiéndome.

—Le están esperando —le recuerdo con voz firme.

Veo como se pone más serio y más tieso que una vela.

—No tienes que dirigirte a mí de ese modo. No estamos trabajando. En este momento no te debes a la empresa. Trátame de tú a tú. Yo… así lo haré.

—No sé si podré —le miro con cara de circunstancias e inmediatamente bajo la mirada.

Su mano derecha hace intento de acercarse a mi rostro con timidez. Noto que me quedo sin resuello cuando sus dedos se colocan bajo mi mentón y me obliga a que le mire a los ojos. Me aguanta la barbilla.

¿Me toca?

—Inténtalo —dice dando un paso más hacia mí e intimidándome con su cercanía. La firmeza de su mirada y de sus palabras me pone la piel de gallina y para colmo de mis males, él… se da cuenta.

Asiento con la cabeza deseando que de una vez por todas me libere, pero continúa sin soltar mi barbilla. Su cara está muy cerca de la mía… sus labios entreabiertos me resultan sugerentes y apetecibles por un instante.

Por fin me libera. Doy rápidamente un paso atrás escabulléndome de su persuasivo control.

—Le vuelvo a recordar… que le están esperando, no quiero ser objeto de su tardanza —de inmediato, con paso firme, me dirijo a la escalera dejando a Alan a mi espalda.

No me puedo creer que me sienta tentada, hay momentos en los que no me reconozco… ¿Qué me está pasando?

—Marian.

Me paro unos instantes al oír de nuevo mi nombre y le miro por encima de mi hombro. Es difícil que salga de mí tutearle.

—Lo intentaré.

Por fin me refugio en la habitación escogida con tanto cariño para mí. Trato de apaciguar mis nervios y el cabreo que siento después de ser arrollada sin contemplaciones por esa insolente pelicobriza.

Me consuela saber que al menos a María y a Inés las caigo bien.

Tomo asiento en el confortable sillón de mi cuarto, cierro los ojos y apoyo la cabeza en el respaldo intentando no pensar más de lo debido… pero es inútil.

Alan.

¡Claro que no le intereso!

Solo trata de ser amable y de alguna manera… quiere protegerme, es… tan solo eso y yo… quiero continuamente ver cosas donde no las hay.

Me ahoga, me supera todo esto.

Necesito un tiempo prudente de adaptación, no debo tirar la toalla antes de tiempo.

No me apetece nada sentarme a la mesa con esa “Rose”.

Esa mujer debe de ser una de las conquistas de Alan. Tiene toda la pinta de ser una de esas mujeres que se resiste a que un hombre las diga “no”. Y menos si en algún momento de sus vidas han tenido una historia aunque esa historia haya sido corta e insignificante para él. Puede que ella no pasara página o no quiera pasarla. Sigue enamorada de él y he de confesar… que no me extraña.

CAPÍTULO 17

—Marian.

Me parece escuchar mi nombre en la lejanía.

Abro los ojos y miro hacia la puerta.

—Perdóname, he llamado antes… pero no me has oído.

—No te preocupes Inés —le sonrío mientras me pongo en pie.

—¿Te encuentras bien?

—Por supuesto, ¿por qué lo preguntas? —le pregunto extrañada.

—Rose.

Camino hacia Inés con gesto de no estar entendiendo nada.

—¿Qué pasa con Rose? —me encojo de hombros.

—No la caes bien.

Esbozo una sonrisa cómplice. Ella nos ha estado observando.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto riendo.

—No para de preguntar por ti a Alan. Está muy celosa.

—¿Celosa? ¿Por qué? —me paro frente a ella.

Esta chica me sorprende. Parece ser que voy a tener una buena aliada en la casa.

—Eres muy guapa, eso salta a la vista. Pero ella ve más cualidades que te hacen interesante a los ojos de los demás… y cree que…

Respiro profundo, necesito saber todo lo que Inés pueda contarme sobre esa conversación.

Me impaciento.

—¿Qué es lo que ella cree? —le pregunto con impaciencia.

—Te ve como una adversaria… como… una rival.

Suelto una suave y entrecortada carcajada.

—¡Oh… sí! ¿Cómo puede pensar eso… si ni tan siquiera le conozco y él a mi tampoco? Es absurdo, es más… no puedo creer que ella piense sin más… que pueda yo… vamos Inés… eso no tiene ni pies ni cabeza.

—No es tan descabellado, ¿no?

—Anda Inés, no quieras tú hacer de celestina. Pertenecemos a mundos diferentes.

—Ya, creo que últimamente veo muchas telenovelas.

La observo. Es… dulce e inocente y desde luego que debe de ver demasiadas telenovelas.

—Creo seriamente que deberías pasar una temporadita sin verlas.

Reímos las dos a la vez. Es encantadora y desde luego algo fantástica.

—Sí, algo tendré que hacer al respecto.

No puedo evitar reír. Qué cosas tiene esta chica… pero… por alguna razón… me siento a gusto con su compañía, es… como una hermana pequeña; entrometida y perspicaz.

—Ya se va a servir la comida en el comedor.

—Bien, pero no sé dónde está el comedor —le digo con cara de circunstancias.

—Por eso he venido. Te acompaño a él.

—Te lo agradezco Inés.

Bajamos en silencio las escaleras sin hacer más alusión sobre el tema. Pero está claro que me interesa saber todo lo que Inés me pueda contar de esa mujer, ya que la voy a tener que ver a mi pesar en más de una ocasión.

Entramos en el salón.

—Está a tu izquierda.

Miro en la dirección que me indica. Al final del salón hay dos puertas correderas a medio abrir. Diviso a varias personas esperando de pie tras las sillas que rodean la mesa.

Me detengo en el umbral del comedor junto a Inés.

—Marian —el señor Carson requiere mi atención, — siéntate aquí, —me indica con la mirada una silla que está a su derecha y que a su vez está frente a Alan. El señor Carson se encuentra presidiendo la mesa. Camino despacio hacia el sitio que me ha indicado cuando oigo que entra alguien más en el comedor. Me da tiempo a ver como Inés se coloca a mi lado tras la silla contigua a la mía. Rose se sienta junto a Alan, a su lado hay una silla libre, en la siguiente está Antonio pero no veo a María.

—Por fin, doctor Martin —oigo decir al señor Carson.

El doctor Martin se acerca al señor Carson y se funden los dos en un afectuoso abrazo.

—Viejo lobo, me tienes abandonado. Disculpa mi tardanza, pero unos asuntillos me han tenido ocupado más de la cuenta. Tenemos mucho de qué hablar, espero que aún te quede alguno de esos puritos que tanto me gustan —le propina unas buenas palmadas en la espalda del señor Carson.

—Por supuesto, amigo. Pero permíteme que te presente a alguien —el señor Carson me dirige una mirada cargada de orgullo—. Doctor Martin, esta es Marian, mi mano derecha, una joven con sobrado talento y ambición, siempre claro está… sana ambición —ríen los dos—. Marian, este es el doctor Martin, mi gran amigo, confidente y el médico de la familia. Es el padre de Rose, ya tengo entendido que os habéis presentado.

—Sí, —contesto arqueando una ceja a la vez que resoplo algo mosqueada—. Él me conoce bien, sabe de sobra que estoy molesta.

El doctor gira la cabeza para mirarme.

Me sorprende ver con qué profundidad mira a mis ojos y como con ellos recorre mi rostro.

—Señorita —coge mi mano entre las suyas y deposita en ellas un escueto y rápido beso. Todo un caballero—. Es usted una mujer… tremendamente encantadora y bella. Tiene usted unos ojos y una mirada… cautivadora. Hija… tenga mucho cuidado con los hombres de estas tierras, les atrae lo diferente.

—Lo tendré en cuenta, señor. Encantada de conocerle.

¿De qué me quiere advertir este hombre?

—Bien, tomemos asiento —nos indica el anfitrión—. Ahora que estamos todos, podemos hablar en español, así Rose podrá practicar el idioma y como deferencia también a Marian.

Es un detalle por su parte que le agradezco con la mirada.

Al sentarme en la silla observo lo bien servida que está la mesa. Las copas son de finísimo cristal tallado, la cubertería deslumbra por su brillo y la vajilla es de lo más elegante. La mantelería es de hilo fino y los pequeños centros de mesa dan un toque especial de color, están compuestos por flores frescas.

Me doy cuenta de que Inés no está a mi lado. El doctor Martin rodea la mesa para sentarse en la silla que está vacía no sin antes saludar a Antonio, después a Rose, que resulta ser su hija y por último a Alan.

Hoy es un día especial para el señor Carson. Ha pedido a los Mendoza que se sienten con nosotros a comer y por supuesto también a cenar. Ha pasado más tiempo del que hubiera querido lejos de su familia y amigos y necesita sentirse rodeado de la gente que le quiere.

Inés hace aparición con dos fuentes: una de verduras cocidas al vapor y otra con puré de patatas con pasas; las deja sobre la mesa. A continuación María aparece con una sopera. Inés toma asiento mientras su madre reparte la sopa empezando por el anfitrión.

—Sopa fría de puerros y calabacín. Señor Carson, esta sopa es su favorita, no crea que se me ha olvidado.

María cocina de maravilla, el capón asado estaba delicioso, hasta las verduras y nada que reprochar al puré de patatas con pasas. El postre espectacular. Nada menos que arroz con leche espolvoreado con canela. El señor Carson se ha pasado la comida alabando las buenas manos que tiene María para cocinar y lo mucho que ha echado de menos sus platos favoritos; entre ellos la sopa fría.

Como típica española que soy, después de comer copiosamente… me entra una flojera…

El primero en retirarse de la mesa es Alan, excusándose diciendo que tiene que realizar algunas llamadas; su padre le reprocha con cariño que no desconecte del agobiante trabajo y que disfrute de la compañía de los allí presentes. Pero él no cede y pide disculpas asegurando que pronto volverá de nuevo con nosotros.

María e Inés comienzan a retirar los platos. Yo hago intención de ayudarlas cuando el señor Carson me coge por el codo reclamando mi atención.

—Marian, estás aquí en calidad de invitada. No tienes que hacer nada.

Acepto sin discutir.

Rose me mira con desprecio, se levanta enfadada de la mesa y sale del comedor.

No me ha quitado ojo durante la comida y a Alan tampoco.

Ha sido divertido observar a los dos, Alan intentando no mirarme demasiado pero… era inevitable, yo estaba sentada justo enfrente de él. También he tenido que hacer un gran esfuerzo para no cruzar demasiadas veces mi mirada con la suya ¡qué porras! Si fuese otra persona la que estuviera al otro lado no haría ninguna interpretación, ni pondría excusas por mirarle.

Durante la comida el señor Carson me ha reconocido que los Mendoza se portaron de maravilla cuando su esposa e hija enfermaron. María y Cristina, incluso antes de su enfermedad eran casi uña y carne. Cristina pasaba muchas horas cocinando con María y esta a su vez con Cristina cultivando rosas.

Rosas. La gran afición de Cristina.

María sigue ocupándose de las rosas y allí, entre los rosales… la añora y la recuerda. Llegaron a ser grandes amigas.

—Si me lo permiten, voy a retirarme.

—Tranquila, Marian. Ve a descansar —dice el doctor Martin.

Me imagino que el doctor y el señor Carson tienen muchas cosas que contarse delante de una buena copa y de uno de esos puritos que tanto les gustan. Seguramente le contará el episodio que sufrió en la oficina de Madrid.

Rachel no llegará hasta la hora de la cena. Alan no ha comentado durante la comida que tenía algunos asuntos que resolver.

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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2025
Hacim:
500 s.
ISBN:
9788494968334
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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