Kitabı oku: «Volarás a través del corazón»

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Volarás a través del corazón

Rosa Castilla Díaz-Maroto

¿Quién podía imaginar que algún día iba a ser capaz de escribir una novela? Nadie. Ni mi familia, ni mis amigos, ni mis conocidos, ni siquiera yo misma. Nada hacía sospechar que algo así pudiera suceder.

Parece ser que desperté y a la vez hice despertar a Volvoreta, mi primera novela y todo un reto para mí. Sin preparación, sin vocación, ni siquiera la más mínima intención, al final lo he conseguido y he concluido y completado mi obra salida de la nada más absoluta. Para colmo de los colmos…, ¡no soy lectora! Es cierto que a lo largo de mi vida alguna novela ha caído en mis manos, pero no las suficientes; es algo que he de reconocer.

El despertar de Volvoreta fue la novela que me abrió el camino hacia el mundo de la literatura y de las letras y que me retó a seguir escribiendo. En mi cabeza aún quedaba suficiente argumento en la historia de Marian y Carlos, y el lector debía conocerlo. Tuve claro desde el principio que iba ser una trilogía.

El frágil aleteo de la inocencia me confirmó que había mucho más que contar aún y que merecía la pena seguir descubriendo más personajes y lugares idílicos para culminar este juego a tres entre Marian, Carlos y Alan, tres protagonistas muy diferentes y a la vez muy intensos.

No ha sido fácil decidir el final y acabar esta historia. Ahora el resultado está entre tus manos.

Volarás a través del corazón es la culminación de la trilogía El despertar de Volvoreta. Con esta novela cierro un ciclo y doy paso a otro. Ahora, voy a darme un tiempo y voy a prepararme para poder ofreceros todavía más.

Querido lector que tienes entre tus manos el trabajo de varios años. Al final, no solo he sido capaz de escribir una novela, sino tres, y todo gracias a vosotros que habéis confiado en mí, una autora que tan solo aspira a crear para que otros disfruten leyendo. Este es mi mayor logro y también mi mayor recompensa.

Siempre agradecida.

Volvoreta

PASIÓN DESALMADA

Me aferré a tu boca

como quien se aferra a su almohada,

haciendo que su sombra

quedara en la nada.

Me aferré a tu cuerpo

al oír su llegada,

tanto temía su regreso

que me adentré en tu alma.

Navegué en el deseo,

en la pasión desalmada,

esquivando un amor maltrecho

que enamorarme evitaba.

Busqué tu cuerpo

Para cubrir mis ganas,

para disfrazar de anhelos

mi vida en llamas.

Troté por un valle

como caballo sin dueño,

mas mi montura de antes

me venía siguiendo.

Y así me cansaba,

entre su alma y tu cuerpo,

bordeando tu cama

como quien sobrevuela un recuerdo.

Mas su aroma volvía

para calmar tu fuego,

el que tu piel desprendía

cuando invadía el deseo.

Y regresé a su cama,

la que visitaba en los sueños,

la que aniquiló mi esperanza,

nunca existiendo.

Meritxell Camats Fernández

La ventana de mis ojos

Es burlesco, ya lo sé, pero me pregunto si Alan se va a mantener al margen al saber que Carlos está aquí. No es un hombre que se rinda ante un desafío y, la verdad, no creo que lo haga. La tentación es muy atractiva y se pasea incesante por mi cabeza retándome constantemente. No sé cómo voy a salir de esta y tampoco sé si seré capaz de mantener a Alan a raya. Es tanta la atracción que ejerce sobre mí… El corazón me late desbocado cuando me pregunto si estoy enamorada de él… ¿Será cierto que lo estoy?

PRÓLOGO

Un remolino de gente comienza a agolparse a mi alrededor al comprobar que los viajeros salen por la puerta de llegadas internacionales. Todos están impacientes y nerviosos por ver a sus seres queridos. Los familiares se amontonan, según van apareciendo, al final de la cinta que marca el pasillo por donde caminan los viajeros con sus equipajes.

El corazón me va a mil por hora. Andrea y Carlos caminan juntos. Les he visto durante un instante, antes de que el tumulto de gente y los demás viajeros que iban más deprisa que ellos me impidieran seguir viéndoles. “¡Dios mío! ¡Qué voy a hacer cuando los tenga delante! ¡Me muero por verles y por abrazarles!”, pienso mientras intento hacerme hueco entre la gente inútilmente para ver por dónde van. Empiezo a desesperarme, cada vez hay más gente entorpeciéndome la visión.

Me da miedo la reacción que podamos tener los dos al vernos después de tanto tiempo. Me tiembla hasta el espíritu. Me atormenta pensar en Alan y en el momento en el que… casi me hace suya. Es extraño como en poco tiempo puede cambiar la vida, como los sentimientos te pueden sorprender sin pretenderlo, sin realmente quererlo. Alan está en mis pensamientos y casi en la necesidad de… Sujeto fuertemente entre los dedos mi medio mundo, ese donde me espera Carlos y desde el que viaja para que podamos estar juntos como tanto deseamos. Por más que intento acercarme a la cinta que nos separa de los viajeros, cada vez lo tengo peor. Necesito ver por dónde van. La ansiedad, los nervios y las ganas que tengo de verles me tienen acelerada al máximo. Entre los empujones que me dan y los que yo doy consigo acercarme un poco más.

¡Al fin! Me quedo petrificada cuando consigo verles. Andrea no deja de reír y de hablar con Carlos, que camina con la cabeza gacha y el gesto serio. Ella está preciosa con un minivestido estampado que enseña más que tapa. Él lleva unos vaqueros desgastados, una camiseta blanca con tres botones en el cuello desabrochados y unas deportivas New Balance de color gris oscuro. Estoy observándole cuando levanta la mirada al frente y veo la intensidad de esta y, a la vez, la preocupación que asoma en ella. En cambio, Andrea es toda felicidad. Sin dejar de reírse y de hablar, le da un codazo a Carlos y él, con una tímida sonrisa, asiente sin quejarse a lo que le dice mi amiga.

¡Madre mía! ¡Mi chico está para comérselo!, pero tan tenso y preocupado como lo estoy yo. Estoy segura de que a él también le inquieta nuestra primera reacción cuando nos tengamos el uno frente al otro.

Por fin, dos personas que tengo delante se apartan y dejan un hueco grande por el que puedo ver a Carlos y a Andrea sin ningún problema. Ellos me descubren enseguida. Les saludo efusivamente con la mano mientras mi alegría se desborda por completo y mis lágrimas de felicidad también lo hacen. Observar por un breve instante cómo la mirada de Carlos cambia al verme… no tiene precio.

Les indico con la mano que les espero al final del pasillo y ellos asienten con un ligero movimiento de cabeza, después de que Andrea casi chilla de júbilo al verme.

Lo más rápido que puedo, me introduzco en la corriente humana que se dirige al mismo sitio que yo. Es una locura. Son varios vuelos a la vez los que desembarcan por la misma puerta, así que el trasiego de personas es arrollador. Es imposible volver a verles.

Si me adentro en el gentío, mal, y si me desmarco de la gente y me retiro un poco, peor. ¡Joder! Estoy tan ansiosa por verles que ya no sé qué hacer ni dónde ponerme. Finalmente, decido alejarme un poco de la muchedumbre y esperar a que se desvanezca la nube humana que me imposibilita verles de nuevo. Saco un pañuelo de mi bolsito y me seco inútilmente las lágrimas. “Menuda llorona me estoy volviendo. Seré paciente y esperaré”, me digo resignada. Introduzco el clínex en el pequeño bolsito y al alzar la mirada veo como se han detenido delante de mí dos de las personas que más quiero en este mundo. No sé qué hacer, si seguir llorando o si tirarme al suelo de la emoción… Lo cierto es que las piernas ya casi ni me sostienen. No soy capaz de moverme y ante mi impotencia bajo la cabeza y me llevo la mano a la boca para tratar de contener por completo ese nudo que tengo en mi garganta. Finalmente, son ellos los que comienzan a caminar.

Yo ya no puedo más y me abalanzo sobre mi amiga Andrea. Ella suelta de golpe todo lo que lleva en las manos: bolso, maleta, revistas… y nos abrazamos olvidándonos de todo lo que nos rodea durante largos minutos, para luego besarnos y con cómplices miradas contarnos lo mucho que nos hemos echado de menos.

Cuando nuestro llanto y nuestros abrazos dejan de ser tan efusivos, Carlos nos rodea con sus cálidos brazos haciéndose partícipe del encuentro entre las dos. Nos deleita con besos en el pelo y en las mejillas. Un emocionante encuentro entre amigos en el que al final nos abrazamos las dos a él.

Pero soy consciente y él también de que aún nos queda un asunto pendiente por saldar.

—¿Estás bien? —me pregunta Andrea.

—Sí —afirmo entre lágrimas.

Andrea coge mi rostro entre sus manos y secándome las lágrimas con sus dedos me dice:

—Os dejo solos, ¿ok?

Asiento con un movimiento de cabeza.

Instintivamente, Carlos nos suelta a las dos y ella coge las maletas y el bolso que están en el suelo junto a las revistas y se aparta unos cuantos metros mientras nosotros buscamos, con timidez y con cierto miedo, un contacto íntimo con nuestras miradas, conscientes del momento que nos toca vivir. Noto como el dolor aparece espontáneamente en mi rostro sin darme un segundo de tregua. A Carlos le sucede lo mismo algo después, tal vez sobrecogido al verme así. No he sido capaz de imaginar, por mucho que lo he pensado en todo este tiempo, qué reacción iba a tener al verle. Tras unos angustiosos y eternos segundos, me abraza con todo el amor y a la vez con todo el dolor de su corazón. Sé que es así. Le conozco muy bien.

Me sumerjo en su abrazo y me agarro a él como si en ello me fuese la vida. En ese momento, le oigo murmullar:

—Tengo el alma partida en dos, Volvoreta. Necesito tu perdón, saber que me perteneces, volar a tu lado. Dime qué he de hacer para merecerlo y haré lo que me pidas. Iré al infierno si es necesario y volveré para estar de nuevo contigo. Volvoreta, duele ver el dolor que sientes, duele esa mirada tuya, duele… —me dice mientras casi se le quiebra la voz.

Yo también me rompo literalmente en dos.

A pesar del gran bullicio que nos rodea, estoy segura de que los dos sentimos el mismo frío y reparamos en el penetrante y extraño silencio que nos envuelve.

Pese a su intenso y efusivo abrazo, estoy totalmente destemplada. La sensación que recorre todo mi cuerpo es como si no tuviera ni una gota de sangre, como si el corazón se me hubiese parado y me faltara la respiración. No puedo hablar. Estoy ida, trastornada.

—Sé que me escuchas, pequeña. Sé que entiendes lo que te digo. Necesito que me hables para poder seguir respirando, Marian. Tu silencio…

Sigo abrazada, aferrada a él como si fuese la única manera de salvarme de esta acuciante sensación de dolor que me invade. Veo pasar el mundo ante mí sin pestañear, sin reaccionar. Necesito fortaleza para volverle a mirar a los ojos sin poner en ellos, de nuevo, el dolor que siento. Necesito que desaparezca este sentimiento de culpabilidad o me voy a morir de pena. Trato de aflojar su abrazo con suaves y lentos movimientos hasta que me libero un poco y consigo lentamente levantar la cabeza y mirarle. Paseo sin prisa mis ojos por su cuello y me detengo al ver el colgante con su medio mundo. A continuación, alzo la cabeza y contemplo su mentón… y al final me detengo en su boca. Esa boca por la que tantas veces he muerto y he resucitado al besarla. Nos miramos con la misma intensidad que un animal mira a su presa más valiosa antes de devorarla. Al final, nuestros ojos se encuentran de nuevo y se hablan de manera diferente. Ya no existe el dolor. Los sentimientos más profundos se manifiestan traspasando todo aquello que nos duele y que nos ha hecho daño. En nuestras miradas aparece lo que en el fondo de nuestros corazones sentimos el uno por el otro. Es el efecto puro, limpio y cristalino de nuestras almas.

Por fin nos vamos encontrando y recomponiendo pedacito a pedacito.

Nuestras miradas se vuelven algo más serenas, pero sin perder ni un ápice de emotividad; conscientes de que necesitamos desahogarnos y aclarar nuestra situación.

La línea de sus largas y negras pestañas retiene la excesiva humedad que sus ojos guardan. Las lágrimas están a punto de derramarse. Ver sus vidriosos ojos me hace sentir… frágil ante su debilidad.

Hago acopio de las pocas fuerzas que tengo y decido hablar. Intento tomar aire llenando mis pulmones. Necesito oxigenarme para poder decir… Necesito unos instantes más. La barbilla me tiembla y no hago carrera de ella.

—Has venido —digo finalmente en un susurro apenas audible.

Nuestros ojos siguen contemplándose inquietos e inseguros. Las emociones están a flor de piel y muestran la necesidad por romper el hielo que mi miedo interpone entre los dos.

—Eres la razón por la que estoy aquí, Marian, la razón de mi vida, casi de mi… existencia. Lamento tanto haberte hecho daño…

Cierro por un instante los ojos, consternada e impotente al no ser capaz de responder, al no poder contestarle con palabras que le alienten y que alivien su dolor. No puedo recompensar ni gratificar con un certero sentimiento su dolido corazón. No asimilo. Me cuesta mostrarle mis sentimientos, aunque sé que lo necesita. Sé que tengo que subsanar esta situación dejando caer las barreras de defensa que he levantado. La desazón y la ansiedad siguen apoderándose de mi voluntad.

Quiero despejar mi mente de una puñetera vez y dejarme llevar por los verdaderos sentimientos que se ocultan tras mi miedo. “¿Acaso temo estar con él?”, medito durante unos instantes. “Sí”, me digo súbitamente. Siento temor de enfrentarme a la realidad de su presencia y a lo que ello va a conllevar durante unos días. No puedo olvidar, no puedo eludir ciertos temas que, sin poder evitarlo, aparecen sigilosamente en mi mente recordándome que tengo que dar más de una explicación a este hombre que muere por amor y que me entrega lo más valioso de su alma: su humildad. Soy yo la que debe pedir perdón por no contar con él cuando debí hacerlo, por no explicarle la primera cena en casa de Alex con sus amigos, por desear y pensar en otro hombre, por permitir que me besara, por dejar que otras manos y otros labios recorrieran mi cuerpo y por no haber sido sincera con él.

Le miro una y otra vez. Estoy fascinada, embelesada porque me doy cuenta de que tengo delante de mí al hombre perfecto, al hombre que toda mujer desearía. Y yo muda.

Consigo esbozar una sonrisa alentada por la suya.

—Te he echado tanto de menos… —consigo decir.

—Ya estoy aquí, Volvoreta. Eso es lo único que ahora importa —me dice apartando con delicadeza un mechón de pelo que cae sobre mi rostro.

Nos miramos durante un momento más antes de seguir hablando.

—Estás preciosa —dice pasando su mano por mi cabello mientras enreda por unos instantes sus dedos en él para seguir jugando a continuación con su mirada, esa mirada tan especial que consigue ponerme el vello de punta, cuando tumbadas mis defensas comienza a sacar sus armas de seducción—. Deja que te mire.

Se aparta lo suficiente para poder observarme con detenimiento sin soltarme. Yo aprovecho y hago lo mismo.

—Te sienta de maravilla este vestido —dice con una pícara sonrisa.

—Me alegra que te guste —me atrevo a coquetear con un ligero contoneo de mis caderas.

—No sabes lo dulce y sensual que te hace este vestido.

“¡Ay madre…! ¡Ya le he puesto! Mejor será cambiar de tercio o se va a envalentonar…”, me digo.

—Temía no reconocer tu voz, ni tus gestos, ni tus palabras —le digo mirando atentamente a sus ojos—. Temía no reconocerte al verte, no sentirte mío, que no fueras el Carlos que conocí y que… abandoné sin ni siquiera decir… —los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas— te amo. Te amo pese a todo —repito con rotundidad.

Veo como se conmueve notablemente al escuchar mis sinceras palabras. Su mano abandona mi cabello para acariciar con dulzura mi mejilla.

—Nada puede hacer que cambie, ni siquiera la distancia. Nada ni nadie me quitará de la cabeza a mi Volvoreta. No pienso perder fácilmente lo que tanto me ha costado conseguir.

—Lo sé, pero las dudas son las dudas y es inevitable sentir desconfianza.

La distancia entre los dos se va acortando sin darnos cuenta. Los pensamientos positivos dejan paso a las caricias y a las confesiones. Eso hace que sea más fácil acercarme al hombre de mi vida y favorece que tenga la necesidad de sentirle más cerca de mí. Quiero besarle, quiero acariciarle y quiero hacerle mío.

Carlos me conoce muy bien. Sabe lo que quiero y me lo confirma con una de sus seductoras miradas.

Necesito tomar un poquito de oxígeno ante lo inevitable.

Él comienza con su particular seducción poniéndome especialmente nerviosa. Deja de abrazarme para coger mi rostro entre sus manos. Pongo las mías sobre las suyas cuando el roce de sus labios, su primer tanteo o tonteo…, acaba en un dulce, entregado y apasionado beso. Me tiembla todo el cuerpo y más cuando percibo su sabor, ese sabor que mi paladar casi había olvidado. ¡Riquísimo!

CAPÍTULO 1

Olvidamos por completo donde nos encontramos mientras disfrutamos de nuestro primer beso después de nuestra “no despedida”. Parece no haber pasado el tiempo. Me encuentro sumergida en la más deliciosa situación en la que una mujer enamorada se puede encontrar. Sus expertas y controladas caricias me recuerdan todo lo que me he perdido durante estos casi dos meses. Son caricias inocentes, pero en las que plasma toda su intención y acuciante necesidad de algo más.

Me mantiene cautiva entre besos y abrazos. No quiero poner punto final a este momento, pero vamos a acabar por montar el numerito como no paremos…

Finalmente, tras recibir varios besos cortos y suaves en mis labios, es él el que decide calmar sus encendidos ánimos.

—Es mejor que no sigamos, Volvoreta —dice con su arrolladora sonrisa.

—Estoy de acuerdo. No es ni el lugar ni el momento. Además, imagino que estaréis cansados.

—No creas —dice poniendo una maliciosa mirada—. Hay cosas para las que nunca se está lo suficientemente cansado —dice haciéndome un guiño.

“¡Ya!, no está dispuesto a dejar para mañana lo que pueda hacer hoy”, pienso.

Miro el reloj de mi muñeca, aquel que Andrea me regaló por mi cumpleaños. Son las once y cinco. En ese momento, ella aprovecha para acercarse a nosotros con las maletas. Con tanto arrumaco la teníamos abandonada. Al llegar nos abraza.

—Me alegra ver que todo está bien, chicos.

—Todavía tenemos que hablar largo y tendido —digo alzando la mirada hacia Carlos mientras él asiente con un leve movimiento de cabeza.

Después de unos cuantos besos, abrazos y muestras de cariño emprendemos camino hacia la salida. Carlos no me suelta ni un segundo. Su brazo derecho rodea mi cintura sujetándome bien por si a última hora decido escaparme, mientras que con su otra mano sujeta la maleta. Andrea está feliz. No deja de hablar y de contarme cosas que le han pasado desde mi marcha. Está deseosa de conocer Washington, “una ciudad fascinante”, según ella. Le molesta haberse perdido la fiesta del Día de la Independencia. Aprovecho para preguntarles por mi madre y por mi abuela. Mi amiga me confirma que están bien, pero que me echan de menos y me cuenta que mi madre le pidió que fuera a verla para que me trajera algunos regalitos de esos que tanto me gustan: jamón Ibérico, lomo, chorizo… Por suerte, no les han hecho abrir las maletas al llegar aquí.

Antes de llegar a la salida, les comento que un chófer de la empresa nos está esperando.

—¡Qué nivel! —dice Andrea.

—Es Bryan, un buen hombre. Mi jefe, el señor Carson…

—Especifica —me interrumpe mi amiga—, ¿padre o hijo?

—Padre —puntualizo—. No quería que viniera sola y me propuso que Bryan me acompañase. Es fantástico porque así podremos charlar tranquilamente mientras nos lleva a casa.

—Buena idea —afirma Carlos.

—Sí —sentencia mi amiga.

Al traspasar las puertas y salir a la calle, miro a un lado y a otro de la acera donde taxistas y pasajeros se ponen de acuerdo para ser transportados. Al final de la larga fila de taxis veo el todoterreno negro y a Bryan de pie junto al vehículo.

—Vamos por la derecha. Bryan nos espera.

Caminamos por la acera hasta llegar a su lado. Él nos saluda con un leve movimiento de cabeza.

—Bien, chicos. Él es Bryan. Además de chófer, es un buen amigo al que le tengo que agradecer que esté hoy conmigo y que me haya cuidado después de sufrir un leve desmayo en la terminal.

—¡¿Cómo?! —pregunta Carlos consternado.

Andrea me mira boquiabierta.

—¿Estás bien? —me preguntan los dos a la vez preocupados.

—Sí, tranquilos. Ya me veis. Los nervios me han jugado una mala pasada mientras os esperaba y Bryan evitó que cayera al suelo.

—¡Vaya! Gracias por cuidar de ella, Bryan. Permítame que me presente. Soy Carlos.

El chófer le tiende su mano inmediatamente y Carlos se la estrecha con mucho gusto.

—Bienvenidos. Espero que la estancia en el país sea de su agrado.

—Estoy seguro de que así será —dice totalmente convencido Carlos.

—Y esta pelirroja es mi amiga Andrea.

—Encantado de conocerla, señorita —le dice mientras le ofrece la mano para estrechársela.

Pero mi querida amiga pasa de tantas formalidades y le da dos besos marcándole cada mejilla con carmín rojo. Yo me apresuro a sacar un clínex de mi pequeño bolso y se lo ofrezco a Bryan.

—No sé si tendrás pareja o no, Bryan. Pero… Andrea te ha dejado buena huella en las mejillas —le digo mientras sonrío.

Bryan acepta el pañuelo que le ofrezco a la vez que esboza una ligera sonrisa. No suelta prenda así que… me quedaré con la duda de si tiene pareja o no. Lo cierto es que nunca me he atrevido a preguntárselo. Pienso que no procede por mucho que yo pretenda tener una cierta amistad con él.

Tras limpiarse ambas marcas de carmín, Bryan abre el maletero y coloca el equipaje en el fondo mientras nosotros accedemos al interior del coche. Andrea se sienta junto a la ventanilla derecha, Carlos junto a la izquierda y yo en el centro para poder conversar con los dos. El cristal que nos separa de la parte delantera del vehículo está subido y nos da cierta privacidad para hablar de nuestras cosas.

—Este hombre es un bombonazo. Es atractivo, alto, fuerte… Vamos, como a mí me gustan —confirma mi amiga—. ¿Cuántos años tiene?

No puedo evitar reír.

—No lo sé, Andrea, nunca se lo he preguntado. Tendrá unos cuarenta…

—Un hombre experimentado como él puede hacer maravillas con una mujer como yo.

—¡Andrea, por Dios! ¡Te puede oír!

—¿Y qué? —dice sin ningún reparo mientras mira por la ventanilla—. Habla un español perfecto.

—¡Madre mía…, la que me espera contigo! Bryan es de Panamá —le confirmo a mi querida e indiscreta amiga.

Carlos ríe a sus anchas mientras yo me ruborizo ante la posibilidad de que Bryan pueda escuchar nuestra conversación.

—Te lo pido por favor, contrólate, ¿vale?

—Haré lo que pueda —dice con total indiferencia.

Miro a Carlos que no deja de reír.

—Pero ¿la estás escuchando? Tú ríe…

—¿Qué quieres que haga? Ya sabes cómo es. Si supieras las cosas que decía que iba a hacer en cuanto pisara tierra americana… — me dice mientras los dos se parten de risa.

—Tú, como siempre, riéndole las gracias.

—¿Qué otra cosa puedo hacer? Es mayorcita para saber lo que puede o no puede hacer. ¿Quién soy yo para obligarle a nada?

—Tienes razón. Esta loquilla no tiene arreglo.

—¡Claro que no! Anda, ven aquí.

Carlos pasa su brazo por detrás de mi cintura para atraerme hacia él y darme un beso en los labios.

—¿Están todos acomodados? —pregunta Bryan a través de los altavoces del coche.

Una luz parpadeante aparece en las pantallas que están en los respaldos de los asientos delanteros. Nunca las había utilizado, así que deduzco que si pulso el botón táctil podré responder. Compruebo que los tres tengamos puestos los cinturones de seguridad y contesto:

—Sí, Bryan. Ya estamos preparados.

Un par de segundos después, el todoterreno emprende camino a casa.

Andrea comienza de nuevo a contar que si Carlos lo ha pasado fatal en mi ausencia, que menudo viaje le ha dado, que si ha tenido que aguantar sus lamentos, etc.

¡Pobre Carlos! Él calladito, sin pronunciarse y sin defenderse. Cada vez que le observo me ofrece una mirada diferente, a cuál más conmovedora, mientras escuchamos a la papagayo de Andrea que está de los más nerviosa y no puede parar de hablar. Me quiere contar en un momento todo lo que ha pasado en estos dos meses. ¡Qué loquilla! No dejo de reír con ella. Está emocionada. Es un encanto, pero me estoy cansando un poco de escucharla.

—Por favor, Andrea. Cuéntame algo más sobre mi madre y sobre mi abuela —le digo para ver si cambiamos un poco de tema.

—Están genial. Ya sabes que tu abuela tiene una salud de hierro y tu madre sigue tan activa como siempre, pese a que tiene muy presente tu ausencia… Ella me ha pedido que te diga que no te preocupes, que están bien. Que sigas con tu sueño, que no te rindas y que vivas la experiencia. No quiere que renuncies a nada como hizo ella.

—Ya, cierto… —digo con tristeza—. Hablo con ellas todos los días un par de veces… La diferencia horaria es una locura. Nos dejamos mensajes y los leemos cuando podemos…, igual que hago con vosotros.

—Y también me ha dicho que te diga que comas bien… —dice apartando mi pelo de la cara para darme un beso en la mejilla.

Me doy cuenta de que Carlos reclama un poco de atención. Su mano ha descendido hacia mi cadera y tira de mí hacia él. Andrea sigue y sigue hablando sin darme tregua. Carlos enfatiza su llamada con la incursión de su otra mano en mi escote hasta llegar a coger entre sus dedos mi medio mundo. En ese momento, desvío mi atención a su sinuosa mano. La apoya en mi pecho mientras juguetea con el colgante. Le miro de reojo. El escote de mi vestido no es generoso, al contrario del que lleva puesto mi amiga, pero a Carlos sé que le llama mucho más la atención lo que no se ve que lo que es evidente. Giro la cabeza para mirarle de nuevo y veo claramente en su rostro que quiere que esté por él. Me quedo literalmente con la boca abierta cuando veo su expresión. Demanda complicidad. Abandona mi medio mundo para pasar rozando mi pecho con la yema de los dedos y seguir descendiendo por mi cintura hasta llegar a mi muslo y acabar acariciándolo por encima del vestido. En ese instante, me doy cuenta de que el vestido se me ha subido más de la cuenta al sentarme y de que mis piernas están expuestas, cosa a la que no daría importancia si no es por lo que veo en su cara. Me inquieta pensar que cuando lleguemos a casa… Me doy cuenta de lo que quiere, pero mi timidez me hace pasar un mal trago. Andrea sigue hablando sin parar. No se da cuenta de que ya casi no presto atención a sus palabras. Todo mi interés se ha centrado en el hombre que me tiene cautivada. Sus dedos respetan a duras penas el borde de mi vestido, aunque sus ojos negros me lo dicen todo. Trato de no acelerarme, de mantener tranquila mi respiración, pero estoy… nerviosa.

Es una pena que ya sea de noche y que Andrea no se entretenga un rato mirando el paisaje.

—¡Ey! ¡Vosotros dos! ¿Me estáis escuchando?

Al ver que no contestamos…

—¿Queréis dejar de miraros de esa forma y prestarme un momento de atención? ¡¡Joder!! —levanta la voz.

Los dos la miramos al escuchar que eleva el tono.

—Vamos a ver, Carlos. ¡¿Puedes esperar un poco más y cuando estéis a solas os contáis con todo lujo de detalle lo mucho que os echáis de menos…?! ¿Y tú, Marian? —dice enfadada.

—Es que no paras de hablar, Andrea —le digo.

—No… si encima me voy a tener que callar. Me he tirado ocho horas hablando… Bueno, mejor dicho —dice arrugando la nariz y poniendo cara de fastidio—, escuchando a Carlos como se lamentaba y ahora no puedo hablar contigo. Es lo que estaba deseando hacer desde que he pisado tierra firme… ¡Un poquito de “por favor”, ¿no?!

—No me lamentaba, Andrea —puntualiza Carlos.

—Vale, de acuerdo. Estabas preocupado por la reacción de Marian, pero ya la ves. Es toda tuya como ya te he dicho en tantas y tantas ocasiones.

Le miro un instante de reojo para confirmar con la expresión de su cara lo que está apuntando mi amiga y, a continuación, miro de nuevo a Andrea con una escueta sonrisa en los labios.

—No quiero que discutáis, chicos —digo tratando de mediar entre los dos–. Estamos todos cansados. Hoy está siendo un día muy largo. Tenemos muchas cosas que contarnos y habrá tiempo de sobra para hacerlo.

—Tienes razón, Marian —confirma Andrea—. Estoy excitada y emocionada por estar aquí y… me estoy excediendo. Hablo sin ton ni son.

—Ya era hora de que te dieras cuenta, amiga. Yo no quería decírtelo, pero… sí, hablas hasta por los codos.

Los tres reímos al unísono. Parece que mi amiga entiende por fin que necesitamos que nos dé un respiro.

—Bueno, me voy a poner un poco de música y os dejo que habléis de vuestras cosas. Cuidadito con lo que hacéis o con lo que habláis… que estoy aquí, ¿ok? Y esto va por mi amigo Carlos: ¡las manos quietas! —le advierte con un movimiento de dedo.

Volvemos a reír de nuevo.

Oímos un leve sonido en el silencio del habitáculo cuando Andrea se coloca los auriculares de su iPhone y cierra los ojos. En ese momento, dirijo toda mi atención hacia Carlos.

En la intimidad de la noche y con la poca luz que tenemos, el brillo de nuestras miradas nos delata. Se me detiene el corazón al sentir sus oscuros ojos que me atrapan en un instante. Estoy a su merced. Ya tenemos ese momento de intimidad que Carlos reclamaba, pero, no contento con tenerme pegadita a él, consigue aflojar la presión del cinturón de seguridad que me sujeta y logra con destreza subir mis piernas y apoyarlas sobre su muslo derecho. Todo mi cuerpo se gira hacia él y buena parte de mi fisonomía atenta contra su pobre voluntad.

No puedo evitar desear sentir el calor de su mano sobre mi piel. Sé que es ineludible que ansíe ese contacto al tenerme solo para él. El fuego que desprenden sus dedos me calienta y alienta a su vez mi lujuria. Su mano se mantiene quieta por encima de mi rodilla mientras su brazo derecho sigue rodeando mi cintura, pero en pocos segundos la fuerza de su mirada hace que me retraiga y que mi corazón y mi respiración se aceleren… Aparto mis ojos de los suyos tratando de recomponerme. Sé que le encanta verme así: inquieta, sofocada…, sedienta por un beso suyo.

—Aún no puedo creer que te esté viendo aquí y no a través de la pantalla del ordenador. Una imagen animada da muy poco juego comparado con tenerte en carne y hueso. Tocarte es una locura, Volvoreta.

Mi mirada cambia de objetivo al escuchar su argumento. Los anhelantes ojos de Carlos son de nuevo el centro de mi atención.

—Sí, es muy diferente la perspectiva.

¡Dios mío, la boca se me seca al mirarle! Lo auténtico, lo real, supera cualquier emoción que se pueda expresar a través de una pantalla.

—He llegado a pensar que eras un sueño, una ilusión…, que ya no eras real.

La humedad y el brillo de sus ojos delata la tristeza que le envuelve.

—Como ves…, soy real, existo y me puedes sentir —le contesto mientras se quiebra mi voz al pronunciar la última palabra.

Carlos me mira inquieto lentamente de arriba abajo a la vez que con sus dedos trata de estirar las pocas arrugas de mi vestido. Se palpa la tensión sexual que los dos callamos. No es lugar ni momento para…, pero parece ser que Carlos no está dispuesto a no probar un pedacito de su realidad. Sus ojos siguen el lento movimiento de su mano, de ese descenso pausado e intranquilo hacia el borde de mi vestido. No se atreve a rebasar la línea que delimita y que le da de nuevo acceso a mi piel. Ver como se retiene ante la posibilidad de intimar con mi cuerpo, con mi deseo, me está volviendo loca. Los dos podemos escuchar perfectamente nuestras respiraciones en el censurado silencio que compartimos con Andrea. Ansío encontrarme de nuevo con su mirada, sí, esos ojos negros que tanto avivan mi pasión y que me confunden con facilidad, esa mirada que pide y que es paciente ante la respuesta que espera.

Decididamente, Carlos no está dispuesto a perdonar.

Se pega aún más a mí, haciendo que mis piernas se doblen un poco más y nuestros cuerpos tengan un mayor contacto. Sí, sí, sí… Nos devoramos literalmente con la mirada. Decidimos…, mejor dicho, decide traspasar la frontera y tocar y deleitarse con mi piel.

Resuelto. Conduce su instinto y su ambición a través de sus manos a la vez que en su boca se hace latente el deseo de rozar mis labios. Ni en un millón de años alejada de él se me olvidaría jugar a su juego, ese que me muero por jugar.

El silencio alberga todo tipo de emociones, sentimientos y anhelos por conjugar. Sus manos deciden comenzar a intercambiar deseo por sensaciones, un juego ardiente que provoca que me estremezca entre sus manos, sí. Comienzan esas caricias esperadas y anheladas por los dos. Mis piernas son el refugio de su deseo, confidentes de sus pretensiones al deslizarse con suma ternura por ellas, despertando uno a uno todos mis instintos. Sabe que hay algo más bajo ese tejido rosa que cubre la mitad de mis muslos, sabe que encontrará esa parte sensible y delicada que abre paso al “infinito”. Decidido, lo llamaré así porque ahí, en ese lugar, confluyen una infinidad de sensaciones difíciles de controlar y que deseo disfrutar con intensidad.

No, Carlos no pierde el tiempo.

Sabe que pronto llegaremos a casa y está dispuesto a desafiar al tiempo y robarle lo que haga falta para sentir algo más de mí. Pero el tiempo no se puede robar, no se puede parar y él tampoco puede echar freno a sus pretensiones. Ya está decidido.

Pese a que los dos somos conscientes de que no estamos solos y de que yo me muero de vergüenza si Andrea se da cuenta de que las caricias de Carlos son, como poco, carnales, él no se detiene y me envuelve en su magia, esa magia poco inocente y persuasiva que me arrastra a “pecar”. Esa mano que antes era capaz de respetar la línea fronteriza entre lo inocente y lo libidinoso ahora ya no atiende a razones. Lentamente, desaparece bajo la falda de mi vestido conquistando cada sensación y cada deseo encendido que mi cuerpo le va descubriendo a su paso. Roza con la punta de sus dedos la parte baja de mis glúteos activando nuevas sensaciones. Me ofrece su boca, esa boca jugosa que todavía no ha entrado en juego. Dirijo un instante la mirada a la traviesa mano y de ahí, de nuevo a sus ardientes ojos. Es una locura seguirle el juego, pero… me muero por seguir jugando. Me muerdo los labios, deseosa de probar uno de sus morbosos y carnosos besos. Tensión, mucha tensión sexual se respira en el ambiente y más cuando él no aguanta más y me aborda con su melosa y provocativa boca, esa boca que hace mil maravillas con mi voluntad y me aísla de la realidad. Pero esa mano decide descender de nuevo hacia mis rodillas mientras seguimos entregándonos a ese beso. Trata de separar mis piernas. Me temo que no podré soportar más asedio, así que aprieto todo lo que puedo la una contra la otra para no dejar ni una fisura por la que pueda avanzar. Mi mano atrapa su muñeca intentando detenerle.

—Por favor —susurra en mi boca cuando comprueba que me niego a ceder.

Casi me derrito al escuchar su ruego. Abro lentamente mis ojos para ver los suyos sin abandonar su boca. Todavía los tiene cerrados e insiste con sus caricias. Quiere debilitarme.

—Solo un poco —vuelve a susurrar.

Intento separarme lentamente de su boca, pero esta tampoco me permite abandonar. Si no cedo, él se las apaña para no dejarme ir. Al final, sucumbe ante la imposibilidad de no poder seguir besándome por culpa del cinturón. Apoyo la cabeza contra el respaldo mientras le miro y recobro a su vez el aliento.

—No estamos solos —murmuro sin soltar su muñeca.

Carlos parpadea varias veces antes de hablar.

—Estás preciosa bajo esta luz, Volvoreta —dice mientras me acaricia de arriba abajo con la mirada—. Solo quiero tocar tu piel, sentir su suavidad… —Cierra por un momento los ojos—. Déjame sentir, Volvoreta.

¡Madre mía! No sé si tengo ante mí a un ángel o a un demonio, pero me encanta en sus dos versiones. Abre los ojos por fin y volvemos a encontrarnos en la oscuridad.

—Por el brillo de tus ojos, me atrevería a decir que deseas tanto como yo que te acaricie.

Su mano, en dos intentos, abandona mis rodillas para acariciar con la yema de sus dedos mis labios y a continuación rozar mi óvalo facial. Decido seguirle y le acaricio también mientras leo en sus ojos su súplica.

—¿No dices nada, Volvoreta?

No contesto.

Mis piernas hablan por sí solas al separarse ligeramente, dando respuesta a su pregunta. Veo asomar una seductora sonrisa en su boca al notar que ya no hay resistencia alguna por mi parte.

Observo la fascinación en sus ojos cuando retira la mano de mi mejilla y la coloca sobre mis rodillas. Sigo acariciando su mano e intentando retener, postergar… lo inevitable. Casi puedo escuchar el latido de mi corazón en el silencio que nos envuelve. Hace tanto tiempo que no he estado con él... Mi pulso se acelera y se pone a mil por hora.

Entregada sin remedio, me rindo en su boca y permito que su ambición dé paso a esas caricias que ambos esperamos gozar perdiendo así la cordura, la razón —o la sinrazón, ya no lo sé—, y esas caricias vuelven a despertar, a alimentar, el fuego que hay en mí.

Síííí… Sentir como su mano avanza lentamente entre mis muslos… me provoca. Su boca persigue y devora la mía con una pasión contenida mientras mis piernas, tímidamente, se separan un poco más anhelando y suplicando que esas caricias sean más profundas y ardientes. El calor de su mano traspasa mi piel calentando mi sangre más de lo que soy capaz de soportar. El roce de sus dedos me vuelve loca, y más cuando rozan una y otra vez mi braguita comprometiéndome con su juego, un juego peligroso al que he cedido en jugar llevada por la acuciante necesidad de sentirle. Mis caderas comienzan a participar, se mueven lentamente. La respiración de los dos se vuelve lenta y ahogada al saber que estamos haciendo algo…, todo hay que decirlo, poco apropiado en esos momentos. ¡Pero sus caricias son tan ricas…!

Los dos sentimos el temor de que Andrea se dé cuenta de lo que estamos haciendo cuando los dedos de Carlos perciben la humedad de mi braguita y yo noto que la cosa se pone complicada. Él detiene su mano sin apartarse de mi humedad. Nuestras bocas se paralizan y nuestras miradas se encuentran en la oscuridad. Definitivamente debemos parar, pero ya es tarde y Andrea se ha percatado de lo que estamos haciendo.

—¡Pero bueno! ¡¿Se puede saber que estáis haciendo?!

¡Oh, Dios mío! Me quiero morir.

Los dos abandonamos nuestra posición apremiados por mi nerviosismo al ser descubierta. Realmente, ella no ha visto nada. La mano de Carlos estaba oculta bajo la falda de mi vestido. Andrea no tiene un pelo de tonta y ya imaginaba lo que iba a suceder en cuanto ella cerrase los ojos y se pusiera a escuchar música.

—Andrea…

—No, Marian. No vayas de mosquita muerta que no me lo trago. No cuela.

Carlos ríe mientras se recuesta contra la ventanilla del coche observándonos a las dos.

—Mira, Andrea, no tengo que justificarme. Y por favor, habla más bajo que Bryan puede oírnos.

—Ya, muy bien. Y no te preocupa que yo pueda veros…

—Andrea, no ha pasado nada. ¿Qué ha pasado? —le pregunto.

Ella no deja de hacer aspavientos con las manos.

—No, si encima me vas a decir que tengo alucinaciones.

—Andrea…, sabes de sobra que no ha pasado nada de lo que te puedas estar imaginando —le digo sofocada.

—Entonces, ¿por qué estás tan colorada? Menudo sofoco tienes, guapa.

—Vale… ¡Ya está bien! —digo elevando la voz.

—Tranquila, Marian —dice Andrea riéndose—. Solo estoy bromeando. Me gusta ver cómo te alteras cuando se trata de sexo. Entiendo que los dos os dejéis llevar… —Coloca su mano sobre la mía que descansa sobre mi regazo—. Tranquila, tú no harías nada que se excediera de lo normal delante de nadie y Carlos tampoco. Es muy cuidadoso para eso.

Miro a Carlos un instante. Me fastidia que se muestre impasible ante el ataque de Andrea. Ella siempre intentando sacarme de mis casillas y él pasando del tema.

—Eres un pasota, Carlos —le recrimino.

—Vamos, Marian —dice incorporándose para abrazarme—. Ya la conoces. No va a cambiar. Le encanta picarte.

—Claro que sí, tonta —dice ella también uniéndose al abrazo—. Sabes que me gusta chincharte. Carlos porque es comedido, pero si yo fuera él…, con lo buena que estás no te dejaría ni respirar.

—¡Joder, Andrea! —dice Carlos sin poder evitar sonreír.

Los tres acabamos riéndonos. Mi querida amiga no cambia.

Las risas no dejan de sucederse durante el resto del camino. Carlos sigue igual de pasota, Andrea igual de desquiciante y yo igual de suspicaz… Los tres, sin remedio alguno, disfrutamos del cuarto de hora que nos separa aún de mi apartamento.

Por fin llegamos y Bryan entra en el garaje. En cuanto detiene el vehículo, bajamos del coche y cogemos el equipaje del maletero. Él insiste en subir las maletas y por supuesto los tres nos negamos rotundamente.

—Es muy tarde y todavía tienes que llegar a casa, Bryan. Muchas gracias por acompañarme y por traernos a casa. Descansa, que el día ha sido largo. Buenas noches.

Él acepta, nos despedimos y, como era de esperar, Andrea le vuelve a manchar las mejillas de carmín. Con un gesto le digo que se las limpie. Él sonríe mientras comprueba que mi querida amiga ha vuelto a marcarle.

Ya en el ascensor, Andrea no deja de rememorar lo guapo y atractivo que le parece el chófer y a largar lo que más le fastidia: que va a tener que pasar la noche sola mientras que yo…

¡Qué cruz de mujer! Ya no recordaba lo pesada que es cuando está falta de sexo.

CAPÍTULO 2

Por fin entramos en casa y dejamos el equipaje en el salón mientras les enseño orgullosa el apartamento. Los dos se quedan fascinados.

—Es muy grande —dice Andrea.

—Ya lo creo —añade Carlos.

—¡Es una pasada! ¿Este pedazo de apartamento solo para ti? ¡Qué suerte tienes, amiga!

—Bueno… Ya veis que vivo cómodamente y que no me falta de nada.

—Ya lo creo. ¿Y el sueldo aquí? —pregunta la indiscreta de mi amiga mientras lo inspecciona todo.

—Ya os lo dije. Es bastante cuantioso. Merece la pena.

—¡Vaya, vaya!… —apunta ella.

—Este edificio pertenece a la compañía. Estas viviendas por lo visto son de alquiler y en el ático de enfrente vive Alex.

—¿El vecino gay? —pregunta Andrea.

—Sí —contesto riéndome—. Él trabaja también para una empresa del grupo. —Omito decir que es íntimo de Alan.

—Es bueno que entables amistad con alguien que esté próximo a ti —dice Carlos con poco ánimo.

—Por lo menos tienes con quién contar —añade Andrea.

—Ya os lo dije. Cuento con los Carson e incluso con Bryan. Es cierto que es bueno que haya alguien cerca y… —centro mi mirada en Carlos—lamento que sea un chico y no una chica. A ti no te hace ninguna gracia.

Carlos hace un gesto de desaprobación.

—¡Pero si es gay! —dice riendo Andrea.

—Eso no quiere decir nada, Andrea. Tiene lo que tiene entre las piernas y mientras tenga lo mismo que yo… permíteme que me preocupe —dice todo serio.

—¡Ey…! —Me acerco a él y le rodeo el cuello con mi brazo—. Tranquilo.

Él rodea mi cintura acercándome a su cuerpo.

—No me fío.

—No tienes de qué preocuparte. De todos modos, nada tendría que hacer conmigo. Mi corazón ya está ocupado.

Carlos sube una de sus manos al escuchar mis palabras y la coloca en mi cabeza llevándola hacia su hombro mientras me dedica tiernos besos en el pelo. Yo me dejo llevar y mecer entre sus fuertes brazos.

—Eres un dulce caramelo, preciosa.

—Soy dulce en tus manos, no en otras. No lo olvides.

—¡Eh, eh, eh…! Iros a la habitación de una vez… No quiero más escenitas, ¿vale?, que yo esta noche voy a estar a palo seco. No quiero sentir más envidia de la que ya estoy sintiendo. Menos mal que he traído mi vibrador. ¡Vamos! Cada mochuelo a su olivo.

Carlos y yo nos partimos de risa y más cuando escuchamos que se ha traído el vibrador.

—Andad, mochuelos, a vuestra habitación. Y no quiero oír ni ruidos, ni gritos, ni gemidos… que estoy muy sensible después de ver a Bryan…

—Pero ¿sigues con eso? —le pregunto con mofa.

—¡No te fastidia…! Tú crees que me puedes presentar a un tipo tan estupendo… ¡Ay madre mía! Si solo le faltaba la gorra. ¡Qué fuerte…! No quiero ni imaginar lo que haría con él y con su gorra.

—Estás desvariando, Andrea —le digo preocupada.

—Tranquila. Es el viaje que me ha trastornado.

—Bueno, sí es solo eso… Ya comenzaba a pensar que Bryan te había impactado.

—Hay que reconocer que está estupendo y todo eso. Ya sabes…, al final soy toda mecha y poca dinamita. Me gusta bromear. —Los tres reímos y como siempre Carlos se mantiene impasible ante los delirios de mi amiga—. Vamos, que tenéis todavía cosas que contaros antes de dormir —acaba diciendo en tono jocoso.

—Mañana tengo que trabajar.

—Entonces, no perdáis el tiempo —nos recomienda.

Carlos tira de mi mano, no quiere perder más tiempo. Necesita tenerme a solas.

Cogidos por la cintura caminamos por el pasillo en dirección a mi habitación. Suelto el bolsito sobre la cama y me giro para mirarle. Él cierra la puerta que da al pasillo y a continuación la que da al vestidor para que Andrea no nos escuche.

Se queda apoyado en la puerta mientras observa en silencio como enciendo una pequeña lamparita. La tenue luz caldea el ambiente sin pretenderlo. Las oscuras pupilas del que me mira desprenden extrañas y excitantes miradas. Tibios escalofríos comienzan a sembrar mi piel de incertidumbre y soy consciente de lo que entre estas cuatro paredes va a suceder.

—Te tengo delante y se me hace duro recordar, ver y reconocer lo estúpido que he sido al dejarte marchar sin darnos la oportunidad de hablar.

—No pienses en ello ahora, Carlos. Ya estás aquí, estamos juntos y eso es lo que importa. Ya curaremos mutuamente nuestras heridas.

—Te veo tan… cambiada.

—Soy la misma, ya lo ves. Sigo sintiendo lo mismo por ti —le digo llevando mis manos al pecho—. Sigo igual de enamorada o más.

—Al mirarte intuyo algo diferente…, Marian.

Me apresuro a hablar.

—Son tus miedos, la inseguridad que sientes. Ya lo has visto en el coche. Soy la misma, la que teme tus caricias, la que desea que tumbes mis miedos para dejarse llevar por tus deseos. Tenemos que hablar, sí, pero no ahora.

—Existe otro lenguaje con el que negociar —dice en tono susurrante y provocador.

—Negociemos, entonces —digo mientras avanzo unos pasos hacia el hombre que deseo con cierto aire incitador.

—Te estás volviendo peligrosa, Volvoreta.

Sonrío convencida de lo que quiero, de lo que necesito…

—No lo suficiente.

Me detengo ante él esperándole en el umbral de la prudencia. No se hace esperar. Esa mirada suya, perturbadora, se ensaña conmigo. Me desnuda por completo y me envuelve en el delicioso temor de lo impredecible. Un simple paso nos separa de esa negociación que ambos deseamos.

Espero ardiente la llegada acuciante de ese primer abrazo sin censuras, ese que me transporte a las profundidades de la pasión y de la entrega. Él sabe muy bien hacerse esperar, hacerse desear. Cuanto más nerviosa me ve, más disfruta. Lo noto en su mirada y en su mal disimulada sonrisa.

Como un peligroso animal, tienta y calcula la medida de mis emociones arrebatándome la voluntad. No sé cómo, pero cuando quiero darme cuenta, sus brazos y sus labios ya son dueños de mi cuerpo. Se apresura a saciar su sed en mi piel. Envueltos en ardientes abrazos la negociación comienza a consumarse. Sin tregua, sus dedos avanzan hacia la cremallera del vestido para deslizarla con premura hasta el final. Mis manos buscan desesperadas la cálida piel del hombre que asedia con provocativos movimientos de caderas mi cuerpo. La sensualidad de sus movimientos y el roce de sus dedos sobre mi piel me impulsan hacia las más altas cotas del deseo, de la necesidad…

—Te necesito —murmuro.

—Vamos por buen camino —me susurra al oído—. Sigamos negociando. ¿Qué necesitas?

—Te necesito a ti. Necesito que me des lo que me has negado.

Supongo que la negociación también pasa por arrancarle literalmente la camiseta.

Su torso desnudo provoca una intensa ausencia de oxígeno en mi sangre, en mi cuerpo. Le gusta, sííí… Los dos nos miramos sonrientes, entrelazados en la necesidad de calmar el ansia de nuestros cuerpos. El abandono de mi inocente vestidura da paso a la escasez de ropa. Liberadora sensación es la que siento. El conjunto de suave encaje color champán da rienda suelta a la traviesa mirada de Carlos. Pego ansiosa mi cuerpo al suyo apoderándome del cinturón y del botón que sujeta el pantalón a sus caderas. Los mimos y las caricias se suceden con ansia. Mis temblorosos dedos desgarran lentamente esa cremallera. Saber que su caliente virilidad se esconde tras aquel tejido…

Los suspiros se suceden uno tras otro arrancando cada necesidad, cada súplica. Sus manos recorren el contorno de mi cuerpo, el contorno de mis emociones, respetando por poco tiempo la ligereza de la ropa que oculta y que esconde adrede el tesoro más valioso que un hombre puede desear poseer, aquello que nos hace poderosamente femeninas entre las manos del hombre deseado.

Un ligero brote de culpabilidad me hace un triste guiño. Me recuerda que no es el único hombre que desea mi cuerpo. Por un instante reparo en que deseo dos mundos diferentes, a dos hombres.

Un velo helador recorre mi rostro, recordándome que no debo iniciar un doble juego. No debo permitir que lo prohibido me atormente y me persiga. Tengo que apartar de mi mente y de mi vida ese sentimiento tentador. El sabor de lo prohibido es más intenso y adictivo de lo que jamás podría llegar a pensar. Lo desconocía, pero es difícil rechazar esa tentación cuando está tan cerca de mí todos los días, casi sin descanso.

No más tormento. No más pensamientos ajenos a nosotros dos. Ahora estoy con el hombre que he anhelado durante todo este tiempo.

Un arrebatado impulso de Carlos, a través de sus exigentes caricias y de sus incandescentes labios, evita que siga perdida en esos recuerdos. Su boca recorre mi cuello a la vez que sus manos hacen contundente posesión de mis glúteos provocando que mi cuerpo se arquee hacia atrás y que mi pelvis se apreté contra su duro y transgresor sexo. Toda la inflexión de mi espalda es recorrida por una de sus manos despertando cada poro de mi piel. Un rápido y conciso movimiento de sus dedos desabrocha mi delicado y sugerente sujetador. Mis manos resbalan por todo su cuerpo para que mis dedos rodeen la cinturilla de su pantalón y pueda arrastrarlo hacia mí. Carlos aprovecha a sacarse las deportivas y a continuación se deshace de los vaqueros y de mi sujetador.

El hambre es una necesidad muy poderosa y ambos lo sabemos muy bien.

No cede. No permite que continúe con mi objetivo. No me deja acariciar su erección.

—Chica mala —me dice con voz ronca debido a su excitación.

Yo rio morbosa. Quiero participar activamente y él no me deja, no permite que avance. Quiero tocarle ahí, donde mueren todos los suspiros. Quiero acariciar esa zona prohibida, que sin aún tocarla ni sentirla ya le está dando vida a mi cuerpo.

Largos suspiros se escapan de mi garganta al sentir el roce de sus dedos sobre uno de mis pezones mientras me come la boca con deliciosa lujuria. Mis manos son un no parar de recorrer su espalda hasta enredar mis dedos en su corto cabello. Tiro despacio de él imitando lo que él solía hacerme. Al sentir la tirantez de su pelo entre mis dedos me hace girar y me empuja contra la puerta del vestidor. Todo un alocado juego de manos se inicia cuando trato de conseguir mi objetivo. Está juguetón y no me consiente. Atrapa mis manos con las suyas mientras su cadera me bloquea contra la puerta.

—No vas a tocar nada hasta que yo no haya probado tu humedad ¯dice desafiándome con sus palabras y su penetrante mirada.

¡Madre mía!

Mirar su rostro, contemplar esa mirada penetrante y única que ya casi no recordaba, propicia y enciende la llama candente de la excitación.

Mi cuerpo se encuentra semidesnudo pegado a la fría puerta, el torso de su cuerpo unido a mi espalda y su boca que me vuelve del revés cada vez que la disfruto, que la miro…

—Me vas a volver loca —protesto.

—No tan loco como estoy yo ahora mismo, Marian. Tú no sabes… de mi locura. No sabes de mis noches en vela.

—No, no lo sé.

Esas palabras suyas y la forma en que me las dice al oído hacen que me haga una ligera idea de lo que ha estado sintiendo todo ese tiempo que ha estado sin mí.

—No sabes de mi dolor. No sabes la de veces que me he preguntado si no era suficiente para ti y por ello no te podía retener a mi lado.

No era consciente. Ahora comienzo a serlo…

Me vienen a la mente numerosas razones y muchos momentos por los que haría lo que estuviera en mi mano para recuperar el tiempo perdido, recobrar esos instantes en los que su dulzura y sus sentimientos me han hecho sentir y vivir.

Aparta con cuidado el pelo de mi rostro colocando un estratégico mechón entre sus dedos para jugar con él. El lento roce de sus labios en mi cara, en mi boca, y la cálida fricción de sus dedos paseándose por mi cintura hasta llegar a la curvatura de mi espalda, justo ahí, donde pierde su nombre… me exasperan.

Su mirada me quema. El roce de su cuerpo, ese contoneo arrogante que su figura realiza llenándome de caricias, me excita locamente.

—¡¡Quiero tocarte!!

—No, Marian.

—¿Por qué? —le pregunto casi suplicando.

—No voy a dejar que lo hagas, al igual que tú has hecho conmigo. Aun teniéndote… me has despojado de ti. Me has privado de tu cuerpo, de la mujer que amo.

—No, Carlos. No era esa mi intención… —le digo extenuada por la excitación.

—¿Recuerdas lo que te dije?… —murmura a media voz junto a mi boca—. ¿Que me quedan muchos momentos por hacerte sentir y que uno a uno los he guardado en mi memoria?

—Síííí… —Mi voz es un leve suspiro que se escapa de mi garganta cargado de un deseo irrefrenable.

—Ten por seguro que te los voy a hacer disfrutar todos y cada uno de ellos… —dice con voz sugerente y sensual.

Al terminar sus sugestivas palabras y sin más dilación, comienza a acosar mi tembloroso cuerpo. Siento escalofríos de excitación provocados por sus palabras y por esas caricias latentes que me regala. Insatisfecho todavía y sin darme opción a poder acariciar su cuerpo con mis manos, marca el rumbo y el ritmo que deben llevar nuestros cuerpos.

Ya no hay freno que nos detenga, y menos a él.

Eleva mis brazos para acariciarlos y colocar la palma de mis manos en la puerta, luego rodea mi cintura con suavidad con uno de sus brazos para arquear todo mi cuerpo mientras ronronea en mi oreja:

—No te muevas, Volvoreta.

—No lo haré.

—Déjate llevar… —sugiere mientras sus manos se apoderan con delicadeza de mis pechos y su erecto miembro presiona entre mis glúteos.

Tan solo el tejido de nuestra ropa interior nos separa de un contacto más carnal.

Notar como sus manos juegan con mi deseo, con mis ganas de sentir, provoca que mi cuerpo tiemble.

¡Cómo juega…!

Juega con mis pezones entre sus dedos, tira de ellos con suavidad para acabar acariciándolos con mimo. El contorno de mi cuerpo es su siguiente objetivo. Sus manos me acarician haciendo que se tense. La humedad de mi sexo me recuerda el momento que estoy disfrutando. Pasea su lengua y sus labios, sin ningún tipo de recato, por mis hombros otorgándome algún que otro mordisquito que incentiva más el fuego que propaga por cada poro de mi piel. La sensualidad de sus movimientos, su respiración agitada… me calientan aún más. Necesito que sus caricias sean más profundas, necesito palpitar de deseo, necesito sentirle dentro de mis entrañas.

¡Sentirle! ¡Sentirle! ¡Sentirle!

Parece haber escuchado mis pensamientos cuando, con total impunidad, una de sus manos se desliza por mi vientre hasta cruzar la barrera de mi ropa interior. Sus dedos acarician mi sexo, juega con mi clítoris, mientras yo, entre jadeos y suspiros, me debato ante un inminente orgasmo.

—Tocarte hace que mi mente se convierta en una continua corriente delirante de sensaciones, Volvoreta —dice con la voz contenida por la excitación.

Sin pensárselo dos veces, su otra mano se desliza por mi espalda hasta acariciar por fuera mis glúteos. No puedo evitar mover mis caderas lenta, pero incesantemente. Esas caricias que al sentirlas se multiplican por mil… hacen que pierda la cabeza.

He maldecido una y otra vez no poder sentirlas y ahora estoy decidida a no dejar ni una sola por disfrutar.

Sus manos deslizan mi ropa interior hasta quitármela, a la vez que sitúan mi cadera un poco más atrás. Me invita a que separe las piernas. Lo hago. Estoy desnuda, expuesta y decidida a someterme a sus deseos más ardientes y profundos, sin poner condiciones.

Espero sin moverme, impaciente y ardiente su próximo movimiento, sin dejar de pensar lo que mi cuerpo va a disfrutar.

CAPÍTULO 3

La lentitud de sus movimientos hace que me inquiete aún más. Desespero por sentir una sola caricia, un roce inesperado, la humedad del deseo acariciado por sus labios.

¡Uf…! ¡Qué fuerte!

Cierro los ojos al sentir un rico escalofrío recorrer mi espalda.

—Volvoreta… —murmura junto a mi oído mientras observo puro deseo en sus ojos—. Cierra los ojos —susurra.

Hago lo que me pide sin moverme y comienzo a sentir una dulce desesperación que empieza a instalarse entre mis piernas haciendo que tiemblen por un instante. Permanezco allí, con los ojos cerrados y el cuerpo desnudo, expuesta a sus deseos y a sus esperadas caricias.

De pronto, noto como algo cubre mis ojos, un pañuelo tal vez. Hago intento de tocarlo con la mano, pero él me detiene y me obliga de nuevo a colocarla en la puerta. Lo anuda con cuidado, lentamente y decide otorgarme tiernas caricias sobre los hombros, arrastrando sus manos con suavidad por todo el contorno de mi cuerpo, despertando aún más mi piel, deseosa de sentir. Sus manos siguen el recorrido que él desea. Se detiene donde la espalda pierde su nombre para mordisquearme con lentitud. Es una delicia, un capricho inesperado que me alborota por completo, pero nada comparado a cuando decide pasar su lengua por el inicio de la unión de mis glúteos, una combinación de caricias que me ponen al borde del desenfreno. No puedo estarme quieta. Mis caderas se mueven al compás de su lengua y de los sugerentes mordisquitos que reparte estratégicamente. Me encanta tener los ojos cubiertos porque sus caricias se acentúan más volviéndose el doble de placenteras, además del morbo que supone no saber qué nuevo paso va a dar. Son alicientes un tanto crueles, pero que me ponen a mil por hora. En ese momento, sujeta mis caderas con sus manos para que no siga moviéndome. Quiere que me quede quieta. Oigo como respira. Está disfrutando con mi sufrimiento…

Esa dulce tortura se acentúa con más crueldad cuando inesperadamente separa mis nalgas para acariciar y humedecer con su lengua mi ano. La sensación es brutal. Me sorprendo gratamente y a la vez siento cierto temor. Es uno de sus deseos, uno de tantos que me susurraba más de una vez al oído antes de mi partida.

Lentos son los movimientos de su lengua sobre su deseado objetivo. Estimula con pasión esa zona erógena que tantas veces llegó a reclamarme. No puedo parar quieta ni dejar de jadear incitada, estimulada por esas inesperadas y ardientes caricias. Abandona su objetivo lentamente para dejarme con la sensación de vivir una experiencia inacabada. Rota de excitación le reclamo:

—¡No puedes hacerme esto!… —consigo decir pese a mi extenuada necesidad.

Se inclina sobre mi cuerpo agarrándome con contundencia por la cintura. El calor que desprende es devorado vorazmente por mi piel. Noto como sus labios rozan el lóbulo de mi oreja. Me sorprendo cuando, preso de la excitación, me dice:

—Me voy a resarcir de todos los deseos que he tenido que reprimir, de todo lo que no he podido sentir, de todo lo que me has privado…, Marian. Vas a pagármelo y va a ser un inmenso placer para los dos. Te voy a demostrar todo lo que te has estado perdiendo durante este tiempo.

Al terminar de hablar, se apodera de nuevo de mis glúteos con sus manos de manera contundente, para recrearse entonces con candentes caricias que con verdadera veneración reparte por esa zona antes incitada y provocada por su lengua. No pierde el tiempo. Tiene claro lo que quiere. Noto como sus dedos se clavan con dulzura en mi carne. Es una locura. Deseo tanto que me haga estremecer y me conduzca inexorablemente hacia el desenfreno más absoluto, hacia la perdición más excitante. Excitada…, tensa…, mi respiración parece ahogarse, parece detenerse impaciente por recibir esas caricias húmedas que tanto anhelo. Sus manos atrapan mi cadera tratando de inmovilizar ese ritmo estimulante que busca con desespero una caricia rica donde gozar lentamente y degustar con pasión.

—No quiero que te muevas, solo déjame hacer… No quiero alargarlo más. Lo deseas tanto como yo. Deseas con desespero que te toque ahí, donde un leve roce sería tu inmediata rendición. Quieres que acaricie tu deseo, que acaricie tu humedad… y todo aquello que me negabas hasta ahora. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? —dice con voz autoritaria alargando las palabras e imprimiendo a su vez un lascivo siseo tras cada una de ellas.

Sugestionada y dolorida por la necesidad de dar rienda suelta a mi cuerpo, intento moverme para buscar un nuevo contacto con su cuerpo.

—No me castigues más, Carlos. Estoy tensa y dolorida —digo intentando controlar la desesperación. No quiero que prolongues más mi agonía.

—Tranquila, todo a su debido tiempo y ahora… ¡Shhhh! No despiertes nuevas ideas en mí. No despiertes más las ganas de seguir castigándote…

Las piernas comienzan a temblarme cuando una de sus manos se desliza y penetra de nuevo en mis glúteos. La locura se desata en mí a pasos agigantados. El corazón me golpea el pecho cada vez con más fuerza, con más excitación. El suave roce de sus dedos alrededor de mi sexo me está volviendo loca. Me incita, me provoca. Busco sus caricias con exasperación. Manosea levemente mi húmeda vulva provocando que mi cuerpo se contraiga bruscamente. Ese leve roce me produce angustia por sentir otro más. No se hace esperar… Me roza una y otra vez y mi cuerpo reacciona, no deja de moverse. Él se coloca entre mis piernas, tratando de inmovilizarme y ofreciéndome excitantes caricias con su sexo. Una provocación perversa y tortuosa que hace que todo mi cuerpo tiemble de placer. Noto como nos empapamos con mis fluidos, como la lascivia comienza a ser incontrolable. No puedo aguantar mucho más en esta posición. Mi cuerpo se derrite de gozo, apenas me sostengo en pie y mis brazos casi no aguantan más esa tensión. Se separa lentamente de mí. Su sexo empapado abandona el cálido lugar que más tarde ocupará. Esta vez… ¡¡Aaahhh!! —se escapa un jadeo de mi garganta.

Enorme es la sacudida de placer que siente mi cuerpo cuando sus dedos resbalan por mi vulva hasta perderse en el interior. Mi cuerpo se estremece a la vez que el sudor nace de cada poro de mi piel, advirtiéndome del momento álgido en el que me encuentro.

Imposible no moverse, imposible callar cada suspiro de gozo que sale de mi cuerpo sin contemplaciones. El placer comienza su lento recorrido hasta estallar cuando su otra mano comienza a jugar con mis pezones. La locura se desata y el desmadre se adueña de todos mis sentidos cada vez que sus dedos se deslizan en mi interior para seguir proporcionándome excitantes réplicas de placer. Aún con los ojos vendados, mis tremendas ganas de saciarme y el deseo de verle desnudo y tocar su erección… me vuelven loca. Quiero acariciarle también, sentir el calor de su cuerpo, el tacto de su piel, recuperar cada anhelo perdido.

Me derrito…

—Déjame tocarte, Carlos.

—No, aún no. Queda lo mejor.

—Necesito sentir tu cuerpo.

—Tranquila… ¡Shhhh! Lo sentirás en profundidad. No hemos terminado. Esto no ha hecho más que empezar.

Mi cuerpo parece no tolerar más tensión. Sufre el acoso libidinoso de los caprichos de Carlos.

Noto como él abandona mi interior y se separa de mi cuerpo. La tensión me consume. Ha sido un profundo orgasmo el que he podido disfrutar y estoy deseosa de sentir más…

Un silencioso movimiento me alerta de que Carlos está bajo mi cuerpo.

Largos suspiros comienzan a brotar de nuevo de mi garganta.

Anhelante, espero ese cálido roce de su lengua ahí donde la suavidad y la humedad hacen una sabrosa mezcla. Reparte delicados besos y finas caricias por mi entrepierna. Pronto entran en juego esos jugosos y pequeños mordiscos que aceleran mi pulso y provocan que mi cuerpo vuelva a estar sudoroso y agitado. Una delicia de sensaciones se dispara de nuevo por todo mi ser. Esa travesura suya que tanto me gusta, esas ganas suyas de devorarme con su boca, me tiene loca. Loca por sentir de una vez su boca entre mis piernas. Agitada y desesperada por cada latido frenético que se produce en mi interior, llevo mi mano hacia su cabeza para acercar de una vez su boca a mi sexo, pero me detiene y me ordena que la apoye en la puerta.

—Eres muy impaciente —dice sin dejar de mordisquear y acariciar con su lengua alrededor de mi sexo.

Fastidiada y dolorida, afronto como puedo su castigo. Estoy sufriendo más de lo que desearía. Una manera de liberar tanta tensión sería quitarme el pañuelo que cubre mis ojos, pero me gusta sentir cómo se multiplican las sensaciones al tener los ojos tapados.

Inesperadamente, mi cuerpo sufre una fuerte sacudida cuando un leve roce de su boca acaricia mi vulva. Mi respiración se agita incitada por la sensación disfrutada y por las ansias de sentir más.

—No voy a aguantar mucho más tiempo así, Carlos. Me tiembla el cuerpo.

—Tranquila, si es necesario te sostendré —dice con convicción.

Parece que por fin decide no hacerme esperar más y deslizar sus suaves caricias ahí donde las sensaciones se convierten en verdaderas tempestades de placer. El resbalar de su lengua y su cálido aliento excitan hábilmente esa zona erógena y hacen temblar todo mi cuerpo. Ya imparable, introduce sus dedos en mi interior con suavidad, entrando y saliendo con lentitud a la vez que su lengua tortura mi clítoris. Me sorprende cuando abandona mi interior para acariciar mi perineo, quiere provocarme, quiere que sea yo la que le pida lo que él tanto desea. Esas caricias llaman con reiteración a otras caricias más profundas. Increíble sensación que me envuelve como un violento huracán. Ya no soy dueña de mi cuerpo, no soy dueña de mi voluntad, y me abandono en manos de la más estimulante debilidad… Mi cabeza descuida todo pensamiento posible para seguir el hilo conductor que me llevará a degustar el más rico de los placeres. Una vez más, mis entrañas arden de pasión y excitación cuando uno de sus dedos abandona ese estratégico lugar para volver a acariciar y a humedecer mi ano. Su boca sigue torturándome y concediéndome todo tipo de deleites. Mi cabeza comienza a sentir los efectos de tanta tensión. La desesperación es angustiosa, casi insoportable. Comienzo a perder la cordura cuando uno de sus juguetones dedos se introduce lentamente en mi ano, provocando en mí un fuertísimo estallido de placer.

Bendita sacudida, bendita explosión de sensaciones que inundan todo mi cuerpo. No puedo sostenerme más en esa posición y me dejo caer debilitada por las masivas réplicas. Carlos me coge entre sus brazos, sin dudarlo un instante, para llevarme a la cama. Deja que mi cuerpo laxo descanse sobre la cama tras apartar la ropa con un solo movimiento. Me quita los zapatos con cuidado. Mi respiración continúa agitada y nerviosa al igual que todo mi cuerpo. Tiemblo como una hoja sacudida por el viento.

Carlos se tumba a mi lado.

Intenta quitarme la venda de los ojos, pero le detengo como puedo.

—No me la quites… —Mi voz parece un resuello.

—Estás temblorosa —dice mientras arropa mi cuerpo con el suyo—. Tienes que tranquilizarte.

Nos cubre para evitar que me enfríe, ya que mi cuerpo yace cubierto de un perlado sudor, una sudoración provocada por la tensión y la enervada excitación.

Con sumo cuidado me acaricia el rostro y me besa tratando de calmar mis temblores.

Ahora sí… Ahora me toca a mí. Ahora sí voy a poder tocarle. Él insiste en quitarme la venda de los ojos, pero le repito que me la deje puesta.

—¿Te gusta?

—Sí. Me gusta.

—Me encanta verte disfrutar. Me gusta ver cómo me suplicas y cómo me pides más.

—Sí, pero no te voy a suplicar más. Ahora voy a tener lo que tanto deseo.

Cuando intento acariciar su cuerpo, llegar hasta el deseo que me mantiene vibrante y viva, Carlos vuelve a detener mis manos colocándolas a la altura de mi cabeza.

Hiriente es la sensación de deseo que se frustra una vez más ante la impotencia.

—Déjame tocar tu cuerpo. Necesito sentir lo que tú sientes cuando me acaricias… —murmuro.

—No, Marian —dice a mi oído—. No voy a dejar que me toques aún. Este es tu castigo por privarme de ti. Ahora, soy yo el que te priva de mí. Y solo yo voy a proporcionar placer a nuestros cuerpos. Únicamente yo, ¿lo entiendes?

A continuación, su cálido aliento acaricia mi cuello haciendo que me estremezca. El eco de su voz resuena en mi mente provocando que mis pensamientos deriven por el camino del morbo, de la expectación, del deseo más acuciante. Mi cuerpo se agita bajo el suyo reclamando todo aquello que me queda por sentir. Un ligero suspiro se escucha en el silencio de la habitación cuando finalmente sus labios rozan con dulzura mi cuello. Leve es el movimiento de su cadera que me alerta del comienzo de su morboso juego.

Sin soltar mis manos, sus labios y su traviesa lengua hacen posesión de mi piel. Mi respuesta es contundente ante sus exigentes caricias. Mi piel se vuelve más sensible y vulnerable ante ellas al seguir con los ojos tapados. Es increíble la sensación que se siente al no saber qué es lo que va a suceder, qué es lo que expresan sus ojos, su rostro.

Sentir su cuerpo torturando el mío es una delicia y más aún… sentir su calor. Alimenta mi deseo con sus suspiros, alentando y despertando de nuevo nuestra lujuria. Incansables e inagotables son mis deseos de sentir. Sujeta con una de sus manos mis muñecas; no me resisto. Estoy dispuesta a dejarme hacer. Está claro que no piensa ceder a mis súplicas. Su otra mano acaricia el contorno de mi pecho, lo estruja entre sus dedos pellizcando con picardía mi pezón, para que este se yerga tieso y duro. Juega con él antes de dar paso a su húmeda y hambrienta boca, que lo succiona una y otra vez con verdadera veneración. El movimiento de mis caderas y de todo mi cuerpo parece enfadarle un poco. Quiere que disfrute, pero no quiere dar rienda suelta a mis deseos, sino a los suyos.

—Tus deseos serán complacidos, Volvoreta —murmura mientras sigue besando mis pezones—. Por eso no debes preocuparte.

Le necesito dentro de mí. Necesito sentir como mi cuerpo se estremece cuando…

Me muerdo con rabia los labios. Mi frustración al ver que no cede me enerva la sangre, pero a la vez me mantiene en una febril tensión que por otro lado… ¡me encanta! Es así, he de reconocerlo. Mi cuerpo lucha por sentir y mi mente por controlar mis ansias de poseerle. El fluir de sus caricias y el descenso ardiente de su lengua por mi vientre desata tempestades imposibles de apaciguar. Tiene que soltar mis manos… Síííí. Quiere vencer la distancia que le separa del delicioso néctar que fluye donde su sedienta necesidad quiere aliviar su sed.

Mis brazos junto a los suyos van descendiendo a ambos lados de mi cuerpo, entrelazando nuestras manos. De este modo, evita soltarme para poder llegar a su objetivo y seguir manteniéndome donde él quiere. La cercanía de su boca, el roce de su cuello en esa parte tan sensible, incita a sentir desesperación... Su lengua continúa descendiendo por mi pubis hasta encontrar el principio de mi hendidura, donde se detiene a jugar. Poco a poco, su boca conquista de nuevo su deseo, ese que tanto anhela y que comienza a disfrutar complaciéndome en todo momento. Doblo mis piernas para que tenga mejor acceso a mi sexo, facilitando el juego excitante de su lengua, que recorre sin pausa cada recoveco y cada pliegue de mi vagina. Disfruto como una loca cada vez que succiona y pervierte a mi sobrestimulado clítoris. El placer es brutal. Los jadeos y suspiros que nacen de nuestras gargantas, y sobre todo de la garganta de Carlos, me confirman que está disfrutando tanto como yo. No puede estarse quieto, no para de moverse entre mis piernas.

Cuando quiero darme cuenta, me suelta las manos y empuja hacia un lado mis piernas que están flexionadas para que me dé la vuelta. Boca abajo y con los brazos colocados sobre la almohada, se tumba sobre mí entrelazando de nuevo nuestras manos. Su erección me mantiene desconcertada. El calor ardiente que desprende su cuerpo, su olor y su boca pegada a la mía… Deseo de una vez por todas sentirle dentro.

—Todo tiene su momento, Marian. Me gusta ver lo agitada que estás. Te excita tanto como a mí.

—Carlos, por favor. Acaba con este tormento. Quiero sentirte dentro, que me hagas tuya, que me poseas… —digo casi extenuada por la elevada excitación a la que me tiene sometida.

—Esto es un juego, Marian. Te lo recuerdo. Me voy a cobrar con creces lo que me has negado —dice con voz sensual y penetrante, alarmándome.

Sin esperar un segundo más, una de sus manos recorre mi espalda hasta llegar a mis redondeados glúteos. Se detiene a jugar, a clavar suavemente sus dedos en la turgente carne, continuando por el pliegue y perdiéndose entre mis piernas, suave caricia que me hace estremecer y desear que estas se vuelvan más intensas. Sin demorarse, sus dedos se deslizan en mi interior acelerando, aún más si cabe, mi respiración, agitando mi cuerpo y enardeciendo el deseo. No puedo evitar elevar ligeramente mis caderas facilitándole el acceso a todo lo que quiera de mí. Una dolorosa sensación de deseo tensa todo mi cuerpo obligándome casi a gritar. Hundo mi boca en la almohada intentando sin éxito silenciar un afligido alarido. La sangre bulle por mi cuerpo sin descanso, no hay tregua. Saca sus dedos y los desliza con lentitud por toda la hendidura, de arriba abajo y de abajo arriba. Mi cuerpo tiembla sin parar, a la vez que escucho como respira con dificultad. Es una sensación muy excitante y un deseo tremendamente poderoso. Él tiene el poder y es consciente de que posee la llave del paraíso al que me quiere llevar.

—Por favor… Por favor…

—Lo sé, Volvoreta. Lo sé…

—No puedo más. Quiero tocarte, abrazarte, tenerte dentro de mí ¯suplico.

Tras mis palabras solo se escuchan nuestras turbadoras respiraciones. Sin pensárselo dos veces vuelve a penetrarme con sus dedos, haciendo que mis caderas se eleven agitadas por la inesperada invasión. No puedo parar de moverme. Mi cuerpo busca y busca ser resarcido de una vez por todas. Si no me da lo que quiero lo voy a buscar con mi cuerpo. Mis caderas siguen moviéndose al ritmo que él marca, pero no me importa, voy a buscar de una vez por todas mi placer.

Al notar que mi cuerpo comienza a temblar saca los dedos de mi interior sin ningún tipo de contemplación, dejándome al borde del abismo, dejándome al borde de la frustración. Me rebelo e intento darme la vuelta, pero él, muy hábil, se tumba sobre mí obligándome a permanecer quieta.

—Ya está, Marian… —murmura en un tono más que provocador.

Sin más demora, busca con su sexo la entrada a mi cuerpo, al templo de su deseo…

La unión se hace firme y resiste, pese a que mis caderas se mueven con furia. Trata de calmarme.

—Shhhh. Tranquila…

Su boca busca mi nuca y se pasea por ella dejando un reguero de atenciones que azotan con contundencia mi afán por culminar, pero me queda la frustración de no poder abrazarle, de no tocarle con mis manos y de acariciarle con mi boca…

De nuevo, nuestros cuerpos empapados en sudor tiemblan al unísono. Sin más, su calor vuelve a alimentarme de sensaciones divinas y ante lo que evidentemente se avecina… decide parar, darme la vuelta y colocarse sobre mí. La emoción es brutal y más cuando vuelve a penetrarme. Poder abrazarle, tocarle, besarle… No soy capaz de explicarlo con palabras, solo se puede sentir. Nuestros cuerpos se fusionan y se mueven al mismo ritmo. Él entra y sale de mí haciéndome arder en su infierno, en su deseo. Las caricias no cesan y los suspiros acaban siendo gritos ahogados por nuestras bocas al juntarse. El estallido de placer es bestial. Y bárbara es la última envestida en la que culminamos el juego.

Envueltos en sudor, jadeantes y extenuados, yacemos en la cama.

Carlos levanta la venda de mis ojos y las lágrimas comienzan a brotar sin remedio. Nuestras miradas se buscan y se encuentran.

—No quiero que llores, Marian.

—No lo entiendes… —le digo con voz débil.

—Lo que no entiendo es cómo te he podido hacer llorar —dice con mirada triste.

—Lloro por amor, Carlos. Porque necesitaba sentirte, sentirme tuya. Necesitaba ver que seguimos siendo… los mismos.

—Lo entiendo. Yo… —dice mientras aparta la mirada sin poder sostener la mía—. Quería demostrarte que somos los mismos, que venero tu cuerpo, tu piel, tus labios, tus ojos… ¡Dios! Me es más fácil demostrarte lo que siento hacia ti con caricias y besos que con palabras.

Se me escapa una sonrisa al escuchar sus palabras y más cuando nuestros ojos se vuelven a encontrar.

—Ya lo veo. Estabas loco por…

—Loco por tenerte entre mis brazos, por sentirte y hacerte sentir lo que nunca habías sentido. Te he encontrado más relajada y dispuesta.

—Había necesidad, Carlos.

—Los dos necesitábamos que nuestros cuerpos hablaran por nosotros.

—¡Ja, ja, ja! Tú has hablado perfectamente por los dos. Cogiste el mando y… solo existía tu voluntad.

Reímos de nuevo.

—La verdad es que… no había negociación posible. A muerte con hacer que tu cuerpo saltase en mil pedazos de placer.

—Gracias. Lo conseguiste.

—Me alegro —dice profundizando con su mirada en mi timidez—. Te entregaste al juego sin reservas.

Avergonzada vuelvo hacia un lado la cabeza.

—No estoy en condiciones de negarte nada.

Al escuchar mis palabras su cara se transforma. El morbo más absoluto aparece en su rostro. Sus manos buscan entrelazarse con las mías. Las besa con dulzura y las lleva a la altura de mi cabeza.

—Me gustaría tomarme esa licencia. Esa en la que dices que no estás en condiciones de negarte y sí de…

No puede continuar. Sus labios se estiran levemente al pensar. Sí, tiene licencia para hacer conmigo lo que quiera.

—Te conozco bien. Una cosa es lo que quieres y otra bien distinta hasta dónde eres capaz de llegar. Al fin y al cabo, sabes que soy tuyo, que mi entrega no pone condiciones, no pone límites, tan solo los que tú pongas.

—Estoy segura de ello, Carlos.

—Hablas bajo el efecto de la euforia del momento que hemos disfrutado. Tu mente se abre y está predispuesta a cosas que… No serías capaz de dejarte llevar fácilmente, Volvoreta.

Me muerdo el labio inferior reconociendo sus palabras y suspirando por lo que siento y por lo que me hace sentir. Ante mi silencio, él me besa en la boca y yo le recibo agradecida por humedecerla. Sus besos son intensos y profundos y mi cuerpo comienza a calentarse de nuevo y más cuando suelta mis manos y le vuelvo a abrazar.

—Ey, quietecita… que tienes que dormir.

—No puedo estarme quieta. Me apetece hacerte travesuras.

—Veamos… Mañana trabajas y tienes que descansar un poco.

—No quiero —digo enfurruñada.

—Venga, quieta —dice sujetándome las manos.

Comenzamos una pelea. Quiero enredar y él no quiere. Nos reímos sin parar. Quiero tocarle, ver cómo se excita de nuevo, pero no me consiente. Le muerdo en el cuello y después en las manos para que me suelte, pero no puedo con él. No dejamos de reír y forcejear.

—Quieta, Marian… Tienes que dormir.

CAPÍTULO 4

Suena el despertador y lo apago de un manotazo.

Los brazos que rodean mi cuerpo me hacen recordar una realidad. Él está aquí, conmigo. Por fin juntos.

Realmente, no he podido dormir nada. Mi cuerpo no ha sido capaz de serenarse, aún está activo y más al ser consciente de que Carlos me rodea. Noto como mi espalda arde al estar en contacto con su pecho. Sin más remedio le despertaré, despacio. Trato de retirar con pena su abrazo. Se remueve y vuelve a agarrarme con contundencia, apretando más su cuerpo contra el mío, como si le fuese la vida en ello. Percibo y siento toda su erección y mi cuerpo se altera ante semejante tentación. Pero no, no puedo caer en ella, tengo que ir a trabajar. Necesito una ducha tonificante y un buen desayuno. Estoy muerta de hambre y necesito recuperarme. La noche ha sido muy productiva en cuanto a orgasmos, con lo que… el apetito…

¡Caramba! ¡Ja, ja, ja! ¡Quién me ha visto y quién me ve…!

No son pensamientos impropios, son muy propios. Toda una realidad. Impresionante sentirle y sentir todo lo que su voluntad proponía, un descarado “yo juego y tú eres mi baza y hago lo quiero contigo”. Está claro que estaba dispuesto a dominar la situación y a controlar mis ganas y mi deseo.

Ya no puedo demorarme más, tengo que levantarme.

En cuanto noto que afloja la presión que ejerce alrededor de mi cuerpo, aprovecho para zafarme con sumo cuidado de entre sus brazos.

Cuando estoy de pie y totalmente desnuda junto a la cama, giro la cabeza para mirarle. Verle tranquilo, con la serenidad que siempre le caracteriza después de una larga noche… resulta gratificante. Verle por fin y tenerle junto a mí me resulta increíble. Casi no me lo creo. No puedo dejar de contemplarle. ¡Dios! Todavía noto latir en mi cuerpo sus besos y sus caricias.

No me queda otra. Una buena ducha y al trabajo. Hoy me espera una jornada larga y, no sé por qué, me temo que complicada.

Cojo algo de ropa interior de la cómoda y me dirijo al baño. Vuelvo de nuevo a mirar hacia la cama. Sigue quieto e inalterable entre las sábanas impregnadas de dulce deseo.

Me miro al espejo. Contemplo mi cuerpo en él mientras me viene a la mente...

Un suspiro casi ahogado se escapa de mi garganta al recordar. Se me altera el pulso y me pongo nerviosa. Él ha visto mi cuerpo y lo ha tocado. Ha sentido el tacto de mi piel. A cambio, yo he sentido sus labios, su lengua, sus manos que navegaban y abrasaban mi piel a su paso, encendiendo el lado oculto y prohibido del deseo. “¡Qué fuerte!”, pienso.

Hoy hay una reunión importante en la empresa y tengo que asistir a Alan. “No sé qué voy a hacer, no sé cómo voy a reaccionar. Después de lo sucedido entre nosotros y la llegada de Carlos… ¡Uf!”, cavilo mientras me dirijo a la ducha.

Comienza a entrarme una zozobra por el cuerpo. Abro el grifo de la ducha y me preparo para entrar en ella. Dejo que resbale el agua por mi cuerpo, entregándome a su delicado encanto, sin dejar de pensar que voy a tener que enfrentarme a él, que le voy a tener delante, y ahora… Carlos está aquí.

La angustia me invade solo de pensar que… “¡¡Dios!! ¡¡¡Deja de pensar, Marian!!!”, me regaño a mí misma agarrándome la cabeza con fuerza entre ambas manos.

Es inútil… Sé lo que sentí cuando Alan me tuvo entre sus brazos y besé sus labios. Vi el oscuro brillo de su mirada cuando trataba de hacerme suya. Mi cuerpo todavía arde al recordar aquel momento, al rememorar el rico sabor de lo prohibido y mi necesidad de rendirme ante la esencia clandestina de esa sensación nueva y diferente. Aún no sé cómo pude sacar la fuerza necesaria para detener lo que parecía inevitable, detenerle cuando estaba a punto de hacerme suya… Si se hubiese consumado el acto con Alan, dudo que anoche hubiese reaccionado con Carlos de igual manera.

Tengo tantas cosas que poner en orden en mi cabeza… He de hablar con Carlos y contarle los rumores infundados, he de hacerlo antes de que se entere por casualidad y eso le haga daño.

Me sobresalto al sentir unas manos en mi cintura. Por supuesto…, Carlos. Quiero darme la vuelta, pero me lo impide.

—Volvoreta —susurra a mi oído apretándose contra mi cuerpo.

—Buenos días, Carlos.

—¿Conseguiste dormir? —ronronea.

—¿Acaso… podía? —le digo con una bobalicona sonrisa en los labios.

—¿Acaso… no te he dejado?

—¿Acaso diste tregua?

—Un par de horas no son suficientes…

Sus brazos me rodean hábilmente entregándose por completo a la incesante lluvia de agua que cae sobre nosotros. Sus labios comienzan a besar mi nuca, pasando por el cuello y llegando por el mentón a mi boca. Nuestras bocas se fusionan obligándome a girar el cuerpo para quedar frente a él. Candentes besos vuelven a encender la hoguera de la pasión. Su boca succiona mi lengua con hambre, con necesidad…

Me lleva contra la pared de la ducha. Allí encuentra el dosificador de jabón. Llena su mano con el envolvente producto. Comienza a esparcirlo por mi cuello, por mis hombros y seguidamente por mis brazos…, masajeando a la vez que se deleita con mi predisposición a ser pulcramente lavada por sus manos. La espuma comienza a ser generosa. Sigue cogiendo más jabón y cubre con él mis pechos, bajando por mi vientre lentamente hasta llegar a…

Sin palabras…

Me hace dar la vuelta para seguir enjabonándome a placer. Sigue caldeando mi cuerpo, mi voluntad. Vuelve a avivar los rescoldos de la pasada noche. Comienzo a ambicionar tenerle de nuevo dentro de mí, sentir su fogosidad latiendo a fuego lento en mis entrañas. Noto que sus manos abandonan mi cuerpo para coger más jabón. Me doy cuenta de que ese jabón ya no es para mí, sino para él. Me doy la vuelta y veo como se enjabona el cuerpo mientras me hace un guiño.

—Yo que tú terminaría de ducharme o llegarás tarde al trabajo.

De mi garganta se escapa un jadeo de decepción.

—¡¡¿Me vas a dejar así?!!

—Dolorida, te refieres… Sí.

—No me lo puedo creer.

—Termina con la ducha tranquilamente. Mientras, voy a preparar el desayuno —dice tras terminar de quitarse la espuma bajo el agua. Cuando acaba, se enrolla una toalla a la cintura y desaparece del baño.

Me quedo como una boba mirando hacia la puerta. “¡Joder, no me lo puedo creer! Está decidido a no ponérmelo fácil. Quiere seguir con el castigo…”, me digo.

Con la frustración recorriéndome el cuerpo, me coloco bajo el agua de la ducha para terminar de quitarme el jabón. “¿Cómo puede hacerme esto? ¿Y quiere que sellemos la paz? ¿Así? ¡Joder, está jugando conmigo!”, pienso.

Ya vestida y con el maletín en la mano, me dirijo a la cocina.

Es curioso verle desenvolverse con soltura en ella. Hace que recuerde aquella mañana en su casa. La noche anterior intentábamos arreglar la pelea que tuvimos por mi decisión de venir a trabajar aquí. Pretendía quedarme sola en su cama, pero terminé en el sofá con él. A la mañana siguiente, me preparó un desayuno… memorable.

Casualmente, parece repetirse aquella situación, pero sin discusión de por medio.

¡Guau! Solo de recordarlo se me eriza la piel.

—Vaya desayuno me estás preparando.

Sus sagaces ojos negros se detienen en mí.

—Quiero que te alimentes bien. La noche ha sido intensa y has dormido poco. Te vendrá bien reponer fuerzas —dice mientras me da un vaso de zumo.

—Está delicioso.

—Siéntate… Ya lo tengo todo listo.

—Has hecho tortitas…

—Sí. Aprendí a hacerlas antes de venir. Está todo controlado. Y los huevos revueltos, también.

—¡No me lo puedo creer! —le digo mientras me río—. Muchas gracias, pero yo… Sabes que no desayuno todo esto.

—Tú prueba y después me dices si no es lo que necesitas después de una noche como la de ayer —dice con una sonrisa picarona.

—Ya. Está bien, probaré —le digo con una mueca.

—Así me gusta. Después de una noche intensa el cuerpo necesita reponerse.

Me siento en un taburete mientras él me sirve el generoso desayuno.

Tras probar el primer bocado, me doy cuenta de que estoy hambrienta y de que sí lo necesitaba.

Carlos se sienta a mi lado para desayunar también.

—Está delicioso, Carlos. Tenías razón, es lo que necesito.

—Claro que la tengo —me dice pasando sus dedos por mi mejilla. Sus negros ojos me miran con una expresión tan dulce… que me estremezco—. Deseo lo mejor para ti, Marian. —Su mirada se detiene en mis ojos—. No puedo creer que estemos de nuevo juntos, que hayamos pasado una noche… —Intenta llenar sus pulmones de aire, inspira casi con ansia ante el aturdido pensamiento que le recorre la mente—. Necesitaba sentirte, Marian. Necesitaba saber que me echas de menos, que me necesitas.

—Es evidente que te necesito, Carlos. Hay momentos que me vuelvo loca con todo esto… —le digo sin poder evitar que se me salten las lágrimas.

—Tenemos que aclarar todo lo pasado, nuestra situación. Pero no te preocupes, Marian, habrá tiempo suficiente para hablar —dice mientras detiene con la yema de su dedo pulgar una de mis lágrimas—. Estás preciosa y se te va a estropear el maquillaje. No llores.

Con especial ternura se acerca a mi mejilla para depositar en ella un tierno beso seguido de pequeños roces de sus labios hasta llegar a mi boca, donde se detiene a disfrutar con su lengua del sabor de mis labios.

—Me encanta el sabor del café en tus labios. Tu boca le da un toque tan especial… —dice sin apartarse de ella, acariciando con sus labios los míos a cada palabra.

¡Uf! Que me caliento de nuevo…

—No sigas…

“No sigas” no está dentro de su vocabulario.

El beso se vuelve tan prolongado y denso que no soy capaz de renunciar a él.

En cuanto me deja recobrar el aliento, le comento que tengo reserva para esta noche en un restaurante de moda de la ciudad y que, si después les apetece tanto a él como a Andrea, podríamos ir a una fiesta que Allison me ha sugerido y para la que me ha proporcionado entradas. Estoy segura de que a Andrea le apetecerá darle un poco de movimiento al cuerpo. Noche de viernes a tope.

—Lo que tú quieras, Marian. Ya sabes que Andrea está impaciente por conocer la ciudad y, sobre todo, la noche.

—Síííí. Ya lo sé. Por eso no he querido perder el tiempo y me he dejado aconsejar.

—Perfecto. Ahora termina el desayuno o llegarás tarde.

—Tienes razón.

—En cuanto Andrea sea persona y esté preparada iremos a patear la ciudad.

—Muy bien. En cuanto pueda os llamaré para saber que tal estáis. Si tenéis algún problema no dudéis en llamarme, ¿vale?

—No te preocupes. Todo estará bien.

—Perfecto. He reservado mesa para las nueve. Espero que hoy no se alargue la jornada.

—Tranquila, lo primero es el trabajo.

—Sí, pero ya estoy ansiosa por volver y eso que aún no me he ido ¯digo poniendo cara de fastidio—. Estoy deseando estar con vosotros. Os añoro tanto…

—Vamos anda…, no lo pienses. Hazte a la idea de que aún no estamos aquí.

—Después de lo de anoche creo que eso va a ser imposible.

Ante el gesto que pongo y la expresión de Carlos, los dos echamos a reír.

CAPÍTULO 5

Ha sido montar en el coche y comenzar a transformarse mi carácter, mi pesar…

Volver al trabajo hoy no me está resultando fácil. Cierro un instante los ojos para abrirlos llenos de tristeza… y no entiendo el porqué…

Conduzco por las calles de la ciudad por inercia…

Quizá es por todo lo que llevo dentro. Todo lo vivido en el tiempo que llevo aquí. El distanciamiento con Carlos. Noches y días preguntándome que sucedería finalmente entre los dos. Si seríamos capaces de superar la distancia… ¡Uf! ¡¡Dios!! Me trago las lágrimas una tras otra. Me cuesta hasta respirar.

A pesar de todo sigo pensando en Alan. No puedo borrarle de mi mente.

Comienzo a sentir un fuerte dolor de cabeza. No tengo paz. No me encuentro bien. Pensar que estoy traicionando a Carlos con mis pensamientos, con mi actitud…

Río amargamente al recordar que Alan Carson es…

“¡No! No puedo reconocerlo, no puedo decirme a mí misma lo que siento por él. No, no puedo involucrarme con él. No puedo pensar… Pensar… ¡Ja…! ¡Ni que eso fuese posible! Hay una realidad y lo sabes, Marian. Ese hombre ha encendido tu cuerpo, ha encendido tu mente, ha encendido tu corazón y tu razonamiento. ¡¡Ya está en ti!! ¿Y ahora qué hago?”, me repito una y otra vez completamente confundida.

Suspiro angustiada ante mi propia pregunta.

“¿Cómo voy a afrontar el día de hoy? ¡Dios! ¡No puedo con esto! Tengo tantas explicaciones que dar a Carlos…”, me digo finalmente.

Ya tengo todo listo para la reunión.

Agrupo las carpetas cuando Marcia hace acto de presencia en mi despacho. Con su enorme sonrisa me da los buenos días.

—Buenos días, Marian. ¿Estás preparada?

—Sí. Buenos días. Ya lo tengo todo.

—Bien. Te ayudo a prepararlo todo en la sala de reuniones.

—Perfecto. Gracias —le digo con una sonrisa cómplice.

Mientras caminamos hacia la sala de juntas mi cuerpo comienza a hervir como una olla a presión. Tengo que asistir a Alan.

El recuerdo de lo que pasó en el apartamento… Cierro un instante los ojos y recuerdo su cuerpo desnudo. Casi se me escapa un fuerte suspiro al abrirlos. Recordar su boca recorrer mi cuerpo…

¡¡Santo Dios bendito!!

Me ha tenido entre sus brazos, entre sus besos, entre sus caricias. No quiero verlo, no quiero aceptarlo, pero quiera o no ya ha dejado huella.

Entre lo excitada e inquieta que aún estoy por el reencuentro, la pasada noche en los brazos de Carlos y el recuerdo latente y vivo de lo prohibido… estoy como una moto.

Entramos en la sala de juntas y comenzamos a repartir los dosieres por la mesa cuando Alan hace acto de presencia por mi espalda. Inmediatamente, Marcia se da cuenta y sale de la sala sin decir nada. Me pongo recta, ya que me encontraba inclinada sobre la mesa repartiendo parte del material. No me atrevo ni a mirar. Al ver que no dice nada, doy media vuelta y le saludo con la voz quebrada por la inquietud.

—Buenos días, señor Carson.

Le miro con cautela, pero con la sensación de que me ahogo en mis propias palabras, en mi propia respiración.

—Buenos días, señorita Álvarez —dice mientras cierra la puerta tras él.

En un principio, tratamos de no mirarnos a los ojos. Con el resto de carpetas en las manos y ante el evidente temblor que me recorre el cuerpo, decido darme la vuelta y dejar sobre la mesa el resto de dosieres.

—¿Llegaron bien su novio y su amiga?

Lógicamente, mantiene las distancias tratándome de usted.

Vuelvo a girarme para dirigirme a él.

—Sí, gracias —le digo mientras con una fugaz mirada observo sus oscuros ojos.

No sé hacia dónde mirar ni qué hacer. Se muestra tan serio y firme que me da miedo.

—Me imagino que se dedicarán a conocer la ciudad.

—Sí, claro —le digo con timidez.

—Tenerlos aquí debe de ser una inyección de felicidad.

—Sí.

Sí, sí, sí… Monosílabos salidos de la vergüenza que siento al tenerle delante.

Mi nerviosismo es perfectamente visible desde el edificio de enfrente y él está claro que lo percibe.

Mirándole bien, sus facciones y su forma de mirarme se han suavizado. No sé qué hacer. Estoy paralizada.

—Hoy hay trabajo que hacer —dice.

—Ya. La reunión puede alargarse.

—Conseguir que el consejo respalde esta iniciativa no va a ser fácil.

—Supongo que, aun así, la decisión en este caso es solo suya.

—Cierto… —dice acercándose peligrosamente a mí—, pero prefiero contar con el respaldo del consejo. Es esencial escuchar opiniones. No cierro las puertas a un cambio de iniciativa. Tengo que valorar.

Sus palabras se detienen al pararse a escasos centímetros de mí. Provocándome, incitándome.

—Valoro mucho lo que quiero —sentencia con voz firme y mirada desafiante.

Trato de ganar espacio entre los dos tropezando con la mesa al retroceder.

—No me cabe duda, señor.

—Bien… Quiero que sea usted la que esta vez convenza al consejo. Ha estudiado a conciencia la inversión. Quién mejor que usted para exponer y vender este producto.

—Es una responsabilidad muy importante. No sé si seré capaz de convencerles. Son muy estrictos y concienzudos.

—No se infravalore. Está cualificada para culminar cualquier proyecto. Esta es otra oportunidad de demostrarse a sí misma que vale para esto.

Poco a poco dejo de pensar en él y también en mí y me centro en el trabajo. Consigo aislar lo personal pese a que me siento muy cerca del peligro. No dejo de sentir su amenaza.

—Es cierto. No tengo que asustarme ante la responsabilidad.

—Exacto. Conoce muy bien en qué consiste la evaluación de esta adquisición. Se han calculado al milímetro los pros y los contras. Sabemos el rendimiento de la inversión y lo que eso beneficiará y aportará a la empresa en un futuro.

—He analizado y comprobado todos los pormenores como unas cincuenta veces.

—Lo tengo claro si usted también lo tiene claro.

—Por supuesto, señor.

Sin darme cuenta, mientras me hacía a la idea de presentar el proyecto de inversión, Alan me ha ido ganando terreno hasta llegar a acariciar mi brazo con el dorso de su mano.

Su mirada busca lentamente la mía a la vez que un suspiro se escapa inconscientemente de mi garganta.

—Son todo tuyos. Quiero participar en el desarrollo y distribución de la energía cinética. Es un recurso inagotable. Quiero estar ahí. Necesito sentir el respaldo y la aprobación del consejo.

Esa leve caricia me ha puesto la piel de gallina y ha hecho que por un instante mi mente se traslade al momento en que… él y yo nos tuvimos el uno al otro ardiendo en puro deseo.

La forma en que nos miramos durante un segundo me corta la respiración. Mientras se aleja de mí, observo su mirada. Entiendo perfectamente su lenguaje. Me mira y sabe que Carlos ha obtenido lo que él ansía tener… o al menos ansiaba, porque la frialdad se ha instalado en su mirada de repente. Se detiene en un extremo de la mesa de reuniones mientras golpetea con la yema de los dedos sobre su superficie. Mira a través de la vidriera, distrayendo así sus pensamientos para evitar un nuevo contacto visual entre nosotros.

Como era de suponer, la reunión se ha prolongado más de lo esperado. El consejo ha resultado duro de pelar, pero pese a que ha costado no les ha quedado más remedio que rendirse a nuestros pies y aceptar cada argumento y cada cifra debidamente justificada. Los números han hablado por sí solos. Se han hecho los duros, aunque al final se han rendido ante la evidencia.

Como evidente ha resultado el apoyo de Alan a todo lo que con meticulosa prudencia he ido exponiendo a los allí presentes. He observado en él miradas de satisfacción y de cuando en cuando hemos compartido alguna que otra sonrisa. La conexión entre ambos ha resultado perfecta. Parecía conocer cada uno de mis pensamientos y la respuesta que iba a dar en cada momento. Es cierto que alguna vez ha dicho que es un paciente observador con una habilidad sorprendente a la hora de encauzar y llevar el tema hacia donde él quiere. No te das cuenta de que te está manipulando. Es inteligente y tiene un poder de convicción inconmensurable.

En algunos momentos, he sentido sobre mí esa mirada que le caracteriza y que hace que me ponga algo inquieta y nerviosa. He notado como se elevaba la temperatura de mi cuerpo al tenerle sentado tan cerca. Su fragancia, sus elegantes movimientos, refinados y templados, han hecho subir los registros de mi casi perceptible ansiedad. Creo que nuestras miradas se encontraban adrede entre pausa y pausa, atraídas como dos imanes imposibles de separar. Mi respiración se hacía profunda y lenta al sentirme especialmente atraída por él. Quizá… peligrosamente vencida. Vencida por el recuerdo de sus labios. El recuerdo del deseo instalado en sus verdes pupilas, el tacto de sus manos sobre mi cuerpo…

“¡¡Uf!! La braguita mojada… Mejor será que recoja mis cosas y me vaya a casa”, cavilo.

Carlos y Andrea me estarán esperando ansiosos por contarme cómo han pasado el día. No he podido hablar con ellos. Se complicó la reunión y tan solo les pude mandar un par de mensajes que contestaron con prontitud.

Todavía está el coche de Alan en el aparcamiento.

Monto en mi BMW y me voy a casa.

—¡Hola chicos! —digo al abrir la puerta mientras doy buena cuenta de lo humedecida que está mi braguita.

A simple vista parece que no están, pero enseguida aparecen los dos por el pasillo que conduce a las habitaciones.

—¡Ey! ¡Ya estás aquí! ¡Ja, ja, ja! —dice Andrea al verme.

—Sí… —sonrío—. Ya soy toda vuestra.

Andrea me da un fuerte abrazo dejando enseguida paso a Carlos.

Él me agarra por la cintura e inmediatamente acabo abrazada y devorada por sus labios.

—Te he echado de menos, Volvoreta.

—Y yo a ti, Carlos.

—Andrea y yo lo hemos pasado genial.

—Ya veo… —le digo embobada ante una de sus más seductoras sonrisas.

—Hubiera estado mejor si nos hubieras acompañado.

—Lo sé, pero no podía ser. He tenido una reunión de vital importancia para los intereses de la compañía. Era imprescindible mi presencia.

—¿Tan indispensable eres para ellos? —Me mira expectante ante mi respuesta mientras rodea mi cintura con sus brazos.

—No se trata de eso, Carlos. Consiste en que me he currado como una loca posesa ese proyecto. Conozco todos los pormenores, las cifras, todo. La compañía cuenta con un consejo un tanto escéptico y había que convencerles con precisos argumentos para que aceptaran la inversión.

—Eres una mujer inteligente y con mucho talento. Entiendo que les guste tu forma de trabajar.

—¿Sabes una cosa? Estoy aprendiendo más de lo que nunca imaginé. Es una fantástica oportunidad la que estoy teniendo.

—Te veo muy contenta.

—No lo voy a negar. Lo estoy por varios motivos, pero principalmente por uno.

En ese momento un pensamiento pasa fugazmente por mi mente: “uno de ellos es por mi empapada braguita”. Me ruborizo.

—¿Cuál?

—Vosotros. Necesitaba teneros aquí, conmigo. Que vierais que estoy bien, que esto es lo que me gusta y lo que quiero en mi vida. También quiero que sepas que te necesito a ti, Carlos, más que todo lo que me rodea en este momento. Sin ti, todo esto no tiene sentido para mí. Ya sé que muchas veces he hablado como si quisiese tirar la toalla y regresar a casa. Sé que es cuestión de tiempo que termine adaptándome a todo esto.

—Marian… —dice con tristeza alejándose de mí.

Andrea se retira a su habitación al ver que la cosa se pone un poco difícil.

—Ahora no es el momento. Mañana hablaremos sobre lo nuestro.

Se vuelve para mirarme.

—Tienes razón… Ahora no es momento de hablar. Lo haremos mañana. Vamos a disfrutar de la velada que nos tienes preparada —dice con una escueta sonrisa.

Estamos dispuestos a vivir la noche. Andrea se ha enfundado un bonito y ajustado vestido de corte asimétrico en color verde esmeralda, dejando suelta su abundante melena pelirroja. Una preciosidad de mujer. Carlos lleva unos vaqueros ajustados y una bonita camisa blanca, rematando el conjunto con una americana negra. Y yo me he puesto un bonito vestido ajustado en color negro con una especie de corpiño bien ceñido al cuerpo que realza mis pechos. Las cintas cruzadas de la parte delantera le dan un aire sexi al look. Y cómo no, unos preciosos zapatos que acentúan mi estilizada y algo más delgada figura. Remato el conjunto con una larga trenza despeinada cayendo sobre mi hombro. Voy totalmente diferente a lo que acostumbro. Algo llamativa para mi gusto, pero Tania fue la artífice de este look que por otro lado me resulta algo gótico y me gusta. Mis labios llaman poderosamente la atención por el toque de rojo rubí aterciopelado.

Esta vez, mi maquillaje es un poco más atrevido que otras veces, pero me apetece. Quiero sorprender a Carlos y creo que lo he conseguido al acentuar mi sonrisa.

—Estás muy sexi —me dice al oído al mismo tiempo que su juguetona mano resbala por la curvatura de mi trasero—. No te pienso perder de vista en toda la noche. Eres pura tentación, Volvoreta. Me vas a tener toda la velada babeando.

Le miro un instante con una sonrisa boba hasta que suena el timbre de la casa.

“¡Qué raro!”, pienso.

Abandono los brazos de Carlos para ir a abrir la puerta. Miro por la mirilla y veo a mi querido vecino Alex delante de mi puerta.

“¿Qué querrá?”, me pregunto un tanto extrañada.

Al abrir, me veo sorprendida por su arrolladora entrada y más sorprendida aún cuando veo que mueve las caderas de forma exagerada a cada paso internándose en mi salón y haciéndose dueño de la situación.

—¡¡Hooooola, chicos!! ¡Ja, ja, ja! Soy el vecino de Marian. Me llamo Alex —dice proclamando como un loco.

“¡¡Madre de mi alma!! ¡¡Se ha vuelto loco!! ¡¡Dios!! ¡Parece haberse comido toda la producción anual de plumas! Menudo exagerado…”, digo para mis adentros.

Alex se va directo hacia Carlos intimidándole con su forma de expresarse y sus ademanes afeminados. Él intenta guardar las distancias, pero Alex no está dispuesto a ceder. Pretende tocarle el trasero a mi chico. ¡Ja, ja, ja! Y Carlos pone una cara de mosqueo de aquí te espero.

—Alex… —intento llamar su atención—. Estos son Carlos y Andrea.

—Sí, sí, sí. Ya lo creo, vecinita… ¡Ja, ja, ja! Menos mal que se me ha ocurrido presentarme sin más, sino ya veo que no me hubieras presentado a este diamante en bruto… —dice acariciando el brazo de Carlos y poniendo cara de viciosillo.

¡¡Señor!! ¡Ja, ja, ja! ¡¡Se ha vuelto loco!!

Veo como Andrea disfruta con la situación y como Carlos intenta en todo momento alejarse de las garras de aquel personaje. Porque lo tengo clarísimo, Alex está actuando de esa forma para que Carlos no se moleste porque yo tenga un vecino como amigo. Sabe muy bien que todos los hombres piensan igual: mientras él tenga entre las piernas lo mismo que ellos no se pueden fiar de él. Me parto de risa al verles. Todo un espectáculo… A Carlos comienzan a entrarle los sudores y yo no sé qué hacer con Alex para que le deje tranquilo.

—Alex, por favor. Te quiero presentar a mi mejor amiga, mi hermana, mi todo. Esta es Andrea.

Gira la cabeza para mirarla sin soltar a Carlos que lo tiene sujeto por los antebrazos. Se la está jugando. Va a terminar con su paciencia y no quiero ni imaginar cómo puede terminar el asunto. ¡Ja, ja, ja!

Opto por separarles. Cojo a Alex por el brazo y me lo llevo con Andrea que disfruta del momento con mofa. Él cede ante mi imposición, pero eso sí, sin dejar de lanzar besos y lengüetazos al aire, dedicados exclusivamente a mi chico.

No puedo contener la risa. Le presento a Andrea y Alex le propina un beso en cada mejilla.

—Vaya…, pelirroja. Uf… No me gustan las pelirrojas. De morena estarías más mona —dice sin dejar de aletear sus manos por delante de su cara.

Andrea no deja de reír, aunque parece estar mordiéndose la lengua para no soltar alguna burrada que yo más tarde pueda recriminarle.

—Encantada, Alex —dice mi amiga apenas sin fuerzas por culpa de la risa.

—Vamos, Alex. Tenemos que irnos. Tenemos mesa reservada. Ya te veremos y tomaremos algo juntos antes de que regresen a España.

—Eso espero, mona —dice aleteando de nuevo sus manos esta vez por delante de mi cara.

Yo estoy que me muero por reír a mis anchas. Si lo hago… estoy segura de que Carlos se molestará.

—Hmmm… Diamante en bruto… Te pulía a base de lametazos y de… ¡Guapetón! Vaya fichaje que ha hecho mi queridísima amiga —remata cogiendo mi mano entre las suyas para darme un beso en el dorso mientras me guiña un ojo—. Ya me voy. Dejo que os divirtáis. Pasadlo bien, pero devolvedme a mi amiga en perfecto estado. Es la mejor amiga que tengo.

Es un loco. Se la estaba jugando con Carlos. No sé ni cómo ha podido aguantar sin darle un puñetazo. Con lo mal que lleva que un gay le diga algo.

Mi vecino decide irse no sin antes volver a provocar al pobre. Tras marcharse, por fin reina la paz.

—¡Dios! ¿Cómo puedes aguantar a un personaje así? —profiere Carlos con cierta pincelada de desagrado en el tono de su voz.

—¡Ja, ja, ja! No siempre se alborota de esta manera. Le has gustado, eso es todo. Ya le dije que eras guapíííííísimo y que seguro que le gustarías a él también.

—¡¿Cómo?! —dice un tanto irritado por mi confesión.

—Vale, vale… Vamos, déjalo ya. No creo que te vuelva a molestar de esa manera. Ya sabes… estaba emocionado.

—¡Sííí, claro! ¡O emocionada! Vaya plumaje que se gasta el pieza ¯dice Andrea—. Anda… que a este le quitaba yo la pluma con lo bueno que está.

¡Ja, ja, ja! —reímos los tres.

Parece que mi vecino ha conseguido su objetivo. Los dos piensan que es una loca. Para mí es un alivio. El pobre Alex se ha empleado a fondo. Seguramente, ha pensado que cuanto más inoportuno fuera y más plumas hubiera comido, más convencidos quedarían ambos del poco peligro que representa.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2025
Hacim:
330 s.
ISBN:
9788494968341
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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