Kitabı oku: «Nos quitaron la miel»
NOS QUITARON LA MIEL
MEMORIAS DE UNA LUCHADORA
ANTIFRANQUISTA
NOS QUITARON LA MIEL
MEMORIAS DE UNA LUCHADORA
ANTIFRANQUISTA
Rosalía Sender Begué
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
2004
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© Rosalía Sender Begué, 2004
© De esta edición: Universitat de València, 2004
© Foto cubierta: Mitin de clausura del IX Congreso del PCE en la plaza de toros de Vistalegre (Madrid), 23 de abril de 1978 (Foto de Rosalía Sender Begué)
http://puv.uv.es publicacions@uv.es Maquetación: Maria Casanova Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera Producción editorial: Juli Capilla
Impresión: GUADA Impressors, SL
ISBN: 978-84-370-9420-5
Depósito legal: V-4745-2004
A mis hijos, Antonio y Lidia,que han sido lo mejor de mi vida
A mi nieto Adrián,para que conozca mejorlos acontecimientos y vivenciasde sus raíces
Una vida como miles de otras,la de una abeja más de la colmena
ÍNDICE
A MODO DE INTRODUCCIÓN
LOS AÑOS DE AÑORANZA, ILUSIÓN Y ESPERANZA
Infancia
Juventud
Matrimonio
Misiones esporádicas
Los hijos
REGRESO A ESPAÑA Y LUCHA ANTIFRANQUISTA
Valencia, 1967
Encarcelamiento de Antonio y lucha contra la tortura
Nuevo trabajo y viajes a África
Militancia activa. Trabajo unitario y lucha por la democracia
Miembro de la Dirección del PCPV
La matanza de Atocha
Legalización del PCE y pacto constitucional
Campaña electoral y primeras elecciones generales
Secretaría de Finanzas
LA DEMOCRACIA
Cuestionamientos. Dedicación plena al partido
Separación
Proceso preautonómico
Enfrentamientos nacionalistas y otros
23 de febrero de 1981. Intento de golpe de estado
Congresos y campaña Anti OTAN
Elecciones generales de 1982
Dimisión de la Secretaría de Finanzas
Promociones Culturales del País Valenciano
Nuestras relaciones con el Partido
ALGUNAS REFLEXIONES
ÍNDICE ONOMÁSTICO
APÉNDICE GRÁFICO
SIGLAS
| AP | Alianza Popular |
| BR | Bandera Roja |
| CCOO | Comisiones Obreras |
| CEOE | Confederación Española de Organizaciones Empresariales |
| CNT | Confederación Nacional del Trabajo |
| EE | Euskadiko Ezkerra |
| EPK | Euskadiko Partidu Komunista (Partido Comunista de Euskadi) |
| FRAP | Frente Revolucionario Antifascista y Patriota |
| HOAC | Hermandad Obrera de Acción Católica |
| JOC | Juventud Obrera Católica |
| LCR | Liga Comunista Revolucionaria |
| MC | Movimiento Comunista de España |
| MDM | Movimiento Democrático de Mujeres |
| OCE | Organización Comunista de España |
| ONU | Organización de Naciones Unidas |
| ORT | Organización Revolucionaria de Trabajadores |
| PCE | Partido Comunista de España |
| PCE-ML | Partido Comunista de España Marxista-Leninista |
| PCE (R) | Partido Comunista de España Reconstituído |
| PCPV | Partido Comunista del País Valenciano |
| PDLPV | Partido Demócrata Liberal del País Valenciano |
| PNV | Partido Nacionalista Vasco |
| PSAN | Partit Socialista d’Alliberament Nacional dels Països Catalans |
| PSD | Partido Socialista Democrático |
| PSOE | Partido Socialista Obrero Español |
| PSP | Partido Socialista Popular |
| PSPV | Partido Socialista del País Valenciano |
| PSV | Partit Socialista Valencià |
| PTE | Partido de los Trabajadores de España |
| UCD | Unión de Centro Democrático |
| UCE | Unificación Comunista de España |
| UDC | Unión Democrática Cristiana |
| UDPV | Unió Democràtica del País Valencià |
| UGT | Unión General de Trabajadores |
| UML | Unión Marxista-Leninista |
| URV | Unión Regional Valenciana |
| USO | Unión Sindical Obrera |
| UV | Unión Valenciana |
A MODO DE INTRODUCCIÓN
La historia la forjan millones de hombres y mujeres con su trabajo y su lucha, pero siempre la cuentan los que detentan el poder. Desde 1976 se nos muestra una «Santa Transición» que tiene poco que ver con la realidad. Se silencian los hechos que provocaron las decisiones que se tomaban, no por una «voluntad democrática» de hombres que siempre habían sido franquistas y que se resistieron al cambio, sino por la presión y la fuerza ejercida en su contra por la oposición y, en gran medida, por la organización del PCE. En la primera etapa de la democracia resultaba comprensible que no se rescatara inmediatamente la memoria histórica de lo que había ocurrido en la Guerra Civil y en los cuarenta años de franquismo. La presencia de elementos antidemocráticos lo dificultaba y no convenía encender nuevamente el fuego. Pero ya no era así cuando, por aplastante mayoría, el PSOE ganó el poder. Esta ocultación no sólo fue un error histórico, sino que constituyó una inmensa injusticia con los fusilados, los torturados, los encarcelados, los exiliados y todos los que luchamos por una sociedad más justa y más libre.
Los comunistas españoles defendimos la reconciliación nacional y fuimos los primeros en lanzar esa consigna, pero no para que los crímenes se olvidasen, no para que continuaran en las cercanías del poder los vencedores enorgulleciéndose de su pasado, ofreciendo lecciones de democracia quienes nunca la practicaron. Hemos tenido que esperar veinticinco años para ver por televisión una serie que describe un poco aquellos años o para contemplar algunas películas que tocan parcialmente el tema. ¡Pero todo de forma tan tímida!
La generación nacida con la democracia sabe poco de nuestra historia; continúa creyendo la versión de la Santa Cruzada; no conoce qué atrocidades se cometieron a lo largo de los cuarenta años de franquismo. Con lo sencillo que hubiese sido realizar series cuando ganó el PSOE, entrevistar a los supervivientes por la televisión, enseñar los documentales que duermen en los archivos estatales, realizar películas sobre las diversas facetas humanas del conflicto con testimonios vivos de los que padecieron los larguísimos años de cárcel, de los que vivimos en el exilio o hablar de los miles de desaparecidos. Sin afán de revancha, con la convicción de que conocer nuestra historia nos previene para que no se repita otra vez y resurja el fascismo que encandila con sus hazañas nazis a muchos jóvenes desinformados. No fue así. El PSOE mantuvo silencio con sus diez millones de votos, diez millones de personas de izquierdas que creyeron en su socialismo, y ello continuó a lo largo de sus trece años en el poder, sus trece años de mayoría absoluta. De haber actuado de otra forma, tal vez seguiría gobernando, tal vez se hubiera ganado a toda la izquierda.
No hace mucho –en octubre de 2002- la televisión programó dos domingos seguidos un interesante reportaje sobre el exilio dirigido por Alfonso Guerra. ¡Ya era hora! Eso es justo lo que eché de menos en su época de gobierno. Sin embargo, en esta serie el silencio sobre el PCE se mantuvo, y con el mutismo, la manipulación de la historia. En la serie aparecían algunos socialistas: debajo se señalaban sus nombres y su militancia, pero cuando lo hacían los comunistas no se referían a eUo. «Republicanos españoles», se indicaba nada más. En el documental se habló, sí, de la resistencia organizada dentro del campo de exterminio de Mauthausen, pero sin decir una palabra del partido que la dirigía. Incluso cuando hablaron de Francisco Boix y del proceso de Nuremberg, presentaron al fotógrafo como republicano español. ¡Claro que era republicano! Pero también era comunista. Manipulación y silencio. Nada de los miles de comunistas que lucharon en la Resistencia francesa de forma organizada, denominados ahora «valientes republicanos españoles». Cuando se habló de las guerrillas en España, se obvió el papel de los comunistas en ellas, sólo se mencionó al Partido cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, entraron nuevos destacamentos por los Pirineos con la esperanza de que los aliados apoyaran su acción. Lo presentaron como un fracaso. A lo largo del documental hablaron de muchos hombres y de sus gestas pero, de forma diabólica, silenciaron que eran comunistas y que justamente actuaron así por el hecho de serlo. Nos borraron de la historia, que es en definitiva otra forma de matar.
He redactado estos hechos vividos por mí con la visión acertada o errónea que en cada momento tenía de los mismos, para dar a conocer una parte de esa etapa oculta de nuestra historia. Me han empujado a ello mis hijos y mis amigos. Agradezco su insistencia, creo que sin ella no hubiera terminado. Ha sido un trabajo laborioso y en solitario. Agradezco a mi hija y a mi nuera que suprimieran algunos galicismos del texto y, muy especialmente, las orientaciones y ayuda de mi hija a lo largo de siete años de tarea.
Los camaradas, mujeres u hombres, que cito a lo largo de mis años de militancia, son un ejemplo del trabajo realizado con entusiasmo, ya fuera en las actividades de mi agrupación, en el feminismo, o en los órganos de dirección. Ignoro qué fue de buena parte de ellos. De otros sé que discreparon por una razón u por otra y abandonaron la militancia, no siempre de forma correcta, incluso algunos de manera dañina para la lucha. Si bien no comparto su actuación, ello no anula los momentos de ilusión que pasamos trabajando juntos, y valoro su trabajo positivo cuando dieron fuerza al Partido y lo impulsaron. En mi recuerdo sólo perduran los momentos en los que compartimos las esperanzas en nuestra lucha. Otras personas me perjudicaron personalmente tanto en el feminismo, como en las tareas de la dirección, pero considero que, pese a ello, el conjunto de su trabajo fue necesario para el funcionamiento del Partido. También debo suponer que no siempre mis formas de actuar fueron del agrado de todos. Estas memorias son testimonio de lucha, no ajuste de cuentas.
***
Desde que acabé de redactar estas memorias en octubre de 2002, han aparecido una serie de libros sobre la Guerra Civil, las matanzas, las cárceles, la represión y el exilio. Lo celebro. Más recientemente, tras unos días intensos de participación ciudadana, no sólo de las fuerzas progresistas organizadas en partidos o sindicatos, sino colectivos muy variados: pacifistas, ecologistas, feministas, así como un elevado número de jóvenes que han sacudido su pasividad, han logrado democrática y masivamente barrer a un gobierno que les ignoraba. Han sido días de ilusión y alegría. Es de esperar que el PSOE sepa dialogar y colaborar con todos ellos. No militan en sus filas, no están del todo de acuerdo con su política, pero le han votado respondiendo a su llamada al voto útil. Esperemos que, extrayendo las lecciones de nuestra historia reciente, el PSOE no vuelva a practicar el rodillo, ni a ningunear a quienes, sacrificando sus intereses de partido, han votado para hacer posible el cambio.
Octubre de 2004
MESÓN FUEN LA REINA. ALCALÁ DE LA SELVA (TERUEL) AGOSTO 1995
Sentada en un pedrusco me quedo quieta, inmóvil, fascinada ante este mundo multicolor y maravilloso. Agitándose en torno a mí hay decenas de bellas mariposas. Cada una es una obra de arte de la naturaleza y el conjunto constituye un cuadro cambiante, lleno de vida, un verdadero espectáculo. Círculos amarillos, rojos, negros, colores puros, luminosos, vivos y preciosos. Un Miró en miniatura posado sobre el fondo blanco de una margarita o en una amapola vecina otra mariposa más pequeñita, casi toda negra con manchas blancas: ésta es más bien un Tàpies. Ahora pasa delante de mí una con el naranja dominante y tonos verdes formando círculos, un minúsculo Robert Delaunay que se posa suavemente sobre el amarillo de un cardo. ¡Voy a fotografiarla! Ésta no se me escapa. Despacio, intentando no moverme mucho saco la cámara de la bolsa pero, adiós mariposa. En la piedra de al lado, una lagartija inmóvil. Sospecho que sólo dormita en apariencia: está a la espera de que algún insecto incauto se le acerque para zampárselo. Le importa un rábano la sinfonía de colores de estas flores silvestres que bordean el camino con el bullicio de las mariposas, que tanto me encandilan a mí.
No sé cuánto tiempo transcurre, ¡estoy tan a gusto! Ha sido un acierto venir aquí. Descanso total, no mirar el reloj, no tener que hacer nada, ninguna obligación, dormir lo que quiera, leer hasta que me canso, y patearme los contornos con pasión, ¡sí, pasión! Voy todos los días a pie a Alcalá de la Selva, el pueblo más cercano, a por la prensa, son tres kilómetros y medio de ida y otros tantos de vuelta y no me canso nada, seguiría muchos más, es un regalo para los sentidos. Voy bordeando trigales dorados sin cosechar. Se les ve bulbosos con sus granos maduros, listos para ser cortados, triturados y transformados en alimentos. Más allá son campos de avena, con otro matiz de amarillo, o bien cebada. La madre naturaleza ha dado a luz como cada año sus frutos. Todo eso bajo un sol de plomo, brilla y resplandece. A lo lejos tintinean los cencerros de las vacas que están desparramadas por la ladera de un monte, motitas negras y blancas sobre el verde. De vez en cuando, por los caminos se oye el chapoteo del agua, aquí hay manantiales y fuentes naturales por todas partes, el agua surge a borbotones de la tierra, se une, forma un hilo que reluce al sol, corre alegremente, va engrosándose; cuando salta alguna piedra forma una pequeña cascada cantarina que al final desemboca en el río Alcalá. Estamos al pie de la Sierra de Gúdar, y toda esta región es rica en agua. Así está de frondosa y bella.
Estoy en el Mesón Fuen de la Reina, de mi amiga Pilar Calvo, en la Virgen de la Vega, Teruel. Desde mi ventana, en el segundo piso, veo en primer plano los prados de un verde pálido, partidos en dos por una cinta siena, es el camino que lleva al pueblo. Al borde, Luis Miguel Galíndez, su hijo, ha plantado con mucho acierto una hilera de chopos, tiernos todavía, pimpollos con sólo dos o tres ramitas, pero orgullosamente tiesos, moviendo con alegría sus hojas al menor soplo de aire. Los prados están separados por muretes de piedras y arbustos, resultando, desde lo alto, unos dibujos geométricos en el tapiz verde de la hierba que me recuerdan a Kandinsky. Más allá hay choperas de diferentes tamaños formando una gama de verdes de diversos matices según su altura. A la izquierda no son muy frondosas todavía, parecen un ejército de soldados alineados con sus trajes verdes. Al fondo las montañas, masas verde oscuro, por los bellos pinares que las cubren. De vez en cuando emerge entre los pinos algún tejado, motitas rojas que le dan alegría al conjunto.
¡Quépaz! ¡Qué silencio! ¡Cuánta belleza! Este valle me suena a paraíso terrenal. El ambiente bucólico que me rodea me transporta a un tiempo remoto, casi olvidado. Como nada me apremia, me abandono al recuerdo, horas y horas en medio de esta paz, meditando y, de repente, tomo conciencia plenamente que estoy en el tramo final. La vida se va agotando, no me había hecho a la idea de que estoy en la tercera edad, pero así es. He llevado una vida tan intensa, tan activa, tan dura. No me quedaba tiempo ni para soñar, los ratos de calma eran para organizar, pensar en las cosas pendientes, preparar el día siguiente. Al final del día leer, leer lo imprescindible, pilas de periódicos, revistas, informes, libros. Todo robándolo al sueño. Y ahora, con las 24 horas a mi disposición, reviso en mi mente la película de mi vida. ¡Tantos proyectos, tantos sacrificios, tantos esfuerzos, tantas penas y tantas penurias! Y también, ¡cuántos momentos de alegría, esperanza, amistad, hermandad, calor humano, tantas ilusiones compartidas!
LOS AÑOS DE AÑORANZA,
ILUSIÓN Y ESPERANZA
INFANCIA
Mis recuerdos más remotos se asocian a los sonidos estridentes de las sirenas y el pánico que inspiraban. Alguien me toma de la mano, seguramente mi hermana y me conduce al refugio. Todos los vecinos juntos, apretujados en el sótano. Gritos, lloros, «¡la pava, la pava!» gritábamos. Los bombarderos nos lanzaban sus mortíferos huevos. Explosiones, estruendo, más gritos, o bien silencios aterradores. Luego, el hambre. Mi hermana Vida y yo vivíamos entonces en Barcelona, en casa de una prima de papá. Él estaba en el frente, mamá lejos, en Olesa de Montserrat, en una fábrica que construía obuses para la guerra. Rememoro como en un sueño dorado el hecho de mirar desde la estatura de mis tres años y medio un par de palosantos inalcanzables que mi tía había puesto a madurar en un clavo en el balcón. Aquellos dos frutos que cada día adquirían un tono más anaranjado eran el paraíso prohibido. No sé quien se los comió, pero no fuimos nosotras, que estábamos allí de prestado y gracias.
A veces los recuerdos maravillosos se sobreponen al horror y surge como una gota de alegría, un pequeño consuelo. Un día viene papá a vernos. Estamos sentados los tres en la cama y papá extrae un tesoro de debajo de su cazadora. No es más que un chusco de pan, redondito y blanco, un manjar memorable. Papá nos mira comer con ternura y emoción, el pobre se había privado de sus raciones para traer pan a las nenas en uno de sus permisos. Pero después, más tarde, me invade el color rojo y la remembranza de un enorme griterío de gente alocada y aterrorizada: «¡Han tocado la CAMPSA, han tocado la CAMPSA!» El fin del mundo. La aviación alemana bombardeó los depósitos de gasolina de la CAMPSA en el puerto y el combustible se desparramó por el mar. Todo ardía, todo era rojo. Barcelona tenía el color del fuego. Y Barcelona despareció de mi memoria tras la llamas.
Desde Barcelona mamá nos llevó a la casa de mi tía Pilar, una de sus hermanas, que estaba cerca de Olesa de Montserrat. El único recuerdo que tengo de esos días, pero muy vivo, sucedió en el lavadero. Las mujeres estaban lavando la ropa y los chavales jugaban cerca; mi hermana y los otros más mayores intentaban ver quien lanzaba la paleta de lavar más lejos. Yo quise hacer lo mismo, cogí la paleta de mi tía, la lancé y… la seguí. Me pescaron, me vaciaron el agua que había tragado, me reanimaron y, tras el susto, mi tía Pilar me suministró una tremenda paliza.
Hasta ese día mi memoria resulta borrosa pero se vuelve nítida y refulgente como la nieve que pisé cuando me observo caminar con dificultad, los pies helados, atravesando la frontera. Fue el 6 de febrero de 1939. Mi madre no podía tomarme en brazos porque iba muy cargada, mi hermana igual y yo, con mis cinco añitos, transportaba tan sólo una manta cruzada en los hombros. Estábamos obligados a cruzar la frontera con lo que pudiésemos llevar a mano, nada de carros, ni coches, ni animales, así que miles de personas finalmente abandonaban sus pertenencias. Los campesinos catalanes que no se marcharon hicieron su agosto recogiendo los enseres de los exiliados. Aquel episodio fue espantoso porque además del frío y del cansancio, los fascistas, con sus aviones, nos bombardeaban. ¡Criminales! ¡Nazis inhumanos! ¿Qué objetivo militar éramos nosotros? Hileras de mujeres, ancianos y niños indefensos huyendo de la guerra, anhelando llegar a un país en paz. Siempre que veo la película de Frederic Rossif, Mourir à Madrid, no puedo evitar llorar, me veo entre toda esa pobre gente. ¡Qué gran reportero! Y qué poco han difundido esa película. Hubiera sido muy aleccionador pasarla y repasarla por la tele, en vez de las mamarrachadas americanas, pero no, ni ésa ni otras. Hemos llegado a la democracia y rápidamente se ha tratado de silenciar al máximo lo que pasó. Oficialmente se trataba de alcanzar la reconciliación entre todos los españoles, tapar heridas y evitar nuevamente el enfrentamiento de las dos Españas pero, ¿qué ha pasado? Tras cuarenta años de franquismo, de tergiversación de los hechos, pocos sabían la verdad de la Guerra Civil transformada en cruzada. Sólo los supervivientes de aquellos años, los prisioneros dentro de las cárceles y sus familias. Dos generaciones de españoles han sido educados con la versión franquista de los hechos: los rojos criminales destruyeron España, y el caudillo Franco, al frente de la Santa Cruzada, fue quien la salvó de la barbarie.
Era necesario llegar a la democracia sin afán de revanchismo, pero también lo era enderezar la verdad histórica. No se hizo porque no interesó despertar la simpatía de las nuevas generaciones hacia unos ideales de justicia, de solidaridad, de compañerismo y de hermandad, sentimientos muy peligrosos para el poder. Al contrario, les interesaba continuar manejando a un país muy despolitizado. Las fechorías cometidas por los franquistas y los alemanes se escamotearon y los malos continuaron siendo los «rojos», agrupando bajo ese término a socialistas, anarquistas y comunistas. Y ahora, cuando por fin, tras más de veinticinco años de democracia se estrena alguna película sobre el tema, se ensalza a los socialistas, anarquistas, incluso a los trotskistas, pero para los comunistas se reservan las palabras menos halagüeñas. Los grandes poderes no se sienten particularmente incómodos con los anarquistas. La historia ha demostrado que el anarquismo es una utopía que no lleva a ninguna parte. Si algún país pudo demostrar que el anarquismo era un arma eficaz para terminar con la explotación del hombre por el hombre, ese fue España. En esos años los anarquistas eran mayoría, ¡y mira lo que pasó! No obstante tengo un gran respeto por todos aquellos que lucharon con sinceridad por esos ideales. Mis padres fueron anarquistas, pero rápidamente se apercibieron de que mientras ellos hacían su revolución libertaria en Aragón, Franco ganaba la guerra. Los dos participaron activamente en la defensa de la República. Mi madre organizó la UGT y la nombraron enlace sindical en su fábrica de obuses. Mi padre se opuso a los abusos de muchos miembros de la FAI. Años más tarde nos repetía: «Ojo con el anarquismo, hijas mías, es un ideal muy bonito, pero es un sueño irrealizable por el momento, se necesitan hombres y mujeres nuevos, puros, hay que cambiar la sociedad primero para dar educación y cultura a todos.» Nos ponía en guardia porque él lo había vivido, había luchado con pasión y entrega por esos ideales sufriendo encarcelamientos y represión, y todo se había venido abajo.
Mi padre fue campesino hasta que cumplió el servicio militar y en 1917, con 22 años, se fue a Barcelona. Trabajaba en una fábrica de Olesa de Montserrat como ayudante electricista, pero tras participar en una huelga lo despidieron. En 1924 transportaba la cosecha de aceitunas hasta Barbastro, pero por otra huelga, esta vez de transportistas, lo encarcelaron. Militó en la CNT entre 1919 y 1931 y en una reunión conoció a mi madre, que había llegado a Barcelona a los 13 años como niñera, después fue doncella y más tarde cocinera. Se casaron en junio de 1925. Tras la boda vivieron dos años con los padres y hermanos de mi padre en La Torre, una masía de Las Pueblas, Aragón, trabajando las tierras y cuidando animales. Marcharon después a trabajar a Cataluña y regresaron al pueblo en 1930. Fueron años de vida azarosa debido a los avatares de su lucha militante, primero en la CNT, después en Izquierda Republicana. Ambos nos educaron a mi hermana y a mí en los ideales de justicia y libertad.
Una vez cruzada la frontera y ya en Francia, nos amontonaron donde pudieron y fue así como florecieron enfermedades olvidadas a pesar de las vacunas. La sarna y el tifus estaban a la orden del día. A los hombres los aparcaron sin más en las playas catalanas francesas, y los pobres, con mantas y palos, se fabricaron tiendas de fortuna para luchar contra el frío. Eran prisioneros vigilados y muchos murieron de frío y de enfermedades tras haberse salvado de las balas fascistas. Entre los miles de anónimos se encontraba la figura señera de nuestra poesía, don Antonio Machado, que concluyó sus días en Collioure. A un grupo de mujeres y niños nos enviaron a un centro de vacaciones infantiles a la ciudad francesa de la Vendée, en Les Sables d’Olonne, maravillosa y famosísima playa de la baja Bretaña francesa. Lo perdimos todo, incluida la documentación y las fotos, que desaparecieron con el bolso de mamá, pero a pesar de nuestra situación desesperada y de desconocer el paradero de papá, tuvimos mucha suerte, pues se hicieron cargo de nosotras las organizaciones de ayuda a los refugiados. Hubo un gran movimiento de solidaridad entre la población democrática y de izquierdas de toda Europa.
Tras tres años de guerra civil contra el fascismo sin apenas armas, toda la izquierda europea y de muchos otros países se sensibilizó en la defensa de la República, conscientes de lo que en España se estaba jugando. Desinteresadamente, por miles, acudieron a defender la libertad contra la tiranía en nuestro país, constituyendo las legendarias Brigadas Internacionales. Desconocían nuestra lengua pero hablaban el lenguaje de la solidaridad. Conocían la explotación, sabían de la represión fascista, de las injusticias y la miseria y en España lucharon codo con codo con nosotros. Aportaron su solidaridad, su bravura, su entrega, pero no eran un ejército formado y armado como lo era el de Franco, ayudado por Alemania e Italia. Ambos países pusieron a disposición de los franquistas el material más moderno y destructor y con él arrasaron ciudades enteras. Guernica fue el fatídico ejemplo.
Les Sables d’Olonne fueron para nosotras como una colonia de recreo de grandes y pequeños. Recuerdo como en un sueño los carritos de dulces y helados del paseo marítimo, los colores maravillosos de los sucre d’orge, que son unos palillos gruesos de caramelo, largos como un lápiz, pero con uno o dos centímetros de diámetro, o las sucettes, que son unos chupa-chups chatos en forma lanceolada. Yo miraba las inalcanzables golosinas con ojitos de deseo: los amarillos, los naranjas, los rojos, los verdes, parecían joyas que brillaban al sol. A veces el dueño de algún tenderete, al percatarse que era una niña refugiada, me regalaba uno, y todavía experimento una oleada de placer al recordarlo. La alegría que me invadía ante un manjar que hacía durar al máximo.
Entretanto mamá escribía constantemente a la Cruz Roja y a los organismos que ayudaban a los refugiados españoles para encontrar a papá. A él le tocó el campo de concentración de Bram, en el sur de Francia. Construyeron a toda prisa barracones de madera para diecisiete mil personas, cercados por alambradas y vigilados por gendarmes. Muchos, para poder salir de allí, se apuntaron a la Legión. Otros, como mi padre, se ofrecieron para trabajar en lo que fuese. No en vano, aunque de origen campesino, tenía mucha experiencia en otros oficios. Era un hombre muy mañoso y ocurrente. En el campo de Bram se dedicó a realizar trabajos artesanales que luego vendía. Era capaz de confeccionar unas sandalias preciosas sirviéndose de cualquier bolso viejo y trozos de cuero. Con cuerdas hacía unas alpargatas ligeras, con tablas viejas lijadas y pulidas fabricaba unos muebles muy airosos, y un sinfín de cosas más. Toda la vida me ha extrañado contemplar esas manos cortas de dedos regordetes que, sin embargo, obraban maravillas. Después de Bram fue trasladado como peón de labranza a una casa de la Beauce, a un pueblecito llamado Bois de Mivoie. Francia ya estaba en guerra.
La Beauce es el granero de Francia y abarca varios departamentos. Se trata de una inmensa llanura al sur de París de tierras fértiles, situadas por debajo el nivel del mar. En el centro está la capital de la región, Chartres, con su maravillosa catedral de los siglos XII y XIII. Como la Beauce es realmente tan llana, los picos de la catedral se divisan desde muchísimos kilómetros. Es una joya del arte gótico y contiene, junto a la Sainte Chapelle de París y a la catedral de Reims, las mejores vidrieras de Francia; sólo las de Chartres cuentan con dos mil metros cuadrados de cristal. Los Beaucerons, o sea sus habitantes, son los clásicos campesinos que tan magistralmente describió Émile Zola en La terre: encerrados, cazurros, ahorrativos, laboriosos, atados a su tierra. El mariscal Philippe Pétain, héroe de la guerra de 1914, que luego colaboró tan vergonzosamente con los nazis en la Segunda Guerra Mundial, era oriundo de la región.
En la pequeña ferme en la que trabajaba papá nos adjudicaron una casita vieja que sólo tenía una sala, sin luz ni agua, pero con chimenea. Allí estuvimos los cuatro durmiendo en la misma cama porque no había espacio para más. Papá y mamá dormían en la cabecera y nosotras a los pies. Sólo vivimos allí unos cuantos meses pero fue en el invierno 1940, que batió el récord de frío. Pagaban una miseria y le proporcionaban un poco de comida para él. Sobrevivimos gracias a los caldos que hacíamos con los huesos que nos regalaba la carnicera del pueblo.
En los pueblos cercanos al nuestro trabajaban otros españoles también salidos de los campos de concentración, y no todos tenían la suerte de contar con la familia unida como nos sucedía a nosotros. Para poder adquirir alimentos de primera necesidad, mamá lavaba la ropa a catorce refugiados, españoles como nosotros que trabajaban en los pueblos cercanos. El trabajo se hacía en el lavadero público y, como estábamos en pleno invierno, había que romper primero el hielo para poder lavar la ropa. Luego la secábamos frente a la chimenea de casa, y para ello debíamos recoger leña del bosque cercano. Mi hermana, la pobre, sufría horrores de los sabañones y a veces no podía salir pero yo, un renacuajo de seis añitos, aprendí a apañármelas removiendo nieve y recogiendo ramas muertas con mamá.
Recuerdo que las dueñas que empleaban a papá, una señora mayor que parecía una urraca y su hija solterona, me llamaban para recoger huevos. Como las gallinas son unas caprichosas y no entienden de órdenes, buscan los sitios más dispares para poner sus huevos y hay que seguirles el rastro, cosa nada difícil porque se delatan cacareando. Como yo era menudita me hacían subir a los pajares e introducirme por agujeros para recoger los huevos, pero las muy rácanas me registraban siempre por si me guardaba alguno. Nunca hubo premio. También recuerdo que el 11 de septiembre de aquel año, que era el cumpleaños de papá, éste nos dio una sorpresa: trajo a casa una caja redondita de madera que resultó ser un camembert entero. Mi hermana y yo formamos una rueda bailando de alegría en torno al queso. ¡Menudo festín!
Después de la invasión, finalmente llegaron hasta nuestro pueblo los alemanes y otra vez nos tuvimos que enfrentar al éxodo, aunque esta vez los cuatro juntos y contando con un carrito de mano con el que se había hecho papá, que él arrastraba, así que de tanto en tanto me subía a él. Pero no caminamos muchos días, porque, ¿a dónde íbamos a ir? No estábamos en nuestra tierra, en todas partes éramos refugiados, unos parias. No conocíamos a nadie, no podíamos acudir a casa de ningún familiar como hacían los franceses que huían, así es que mis padres decidieron no seguir y detenernos donde encontráramos alguna casa para buscar trabajo.
Llegamos a un pueblo que ya había recibido la visita de los alemanes. Encontramos un patio abierto y entramos. La casa también permanecía abierta, con las puertas y ventanas rotas. Nos metimos dentro para pasar la noche. Era una casa bastante grande y nueva, con un gran patio-corral y varias dependencias: granero, establo, gallinero, caballerizas y otra casita dentro del patio, más vieja pero con una gran bodega. Estaba llena de paja por todas partes pero carecía completamente de enseres, ni muebles ni nada. Parecía abandonada. Los vecinos nos dijeron mediante gestos que podíamos quedarnos y después nos explicaron que los dueños vivían en la capital. Para instalarnos, mis padres se pusieron manos a la obra; recogimos toda la paja, la amontonamos en el granero y en el pajar hasta el techo. Papá buscó troncos de madera y tela metálica y fabricó dos camas muy rústicas. Ya no dormiríamos en el suelo. Mamá hizo con tela de sacos y paja dos colchones y, afortunadamente, contábamos con mantas y sábanas. Para calentarnos y para guisar hacíamos con la paja unos hatillos muy prietos para que durasen más.
Aquella casa tan grande para nosotros solos nos pareció una maravilla. La vivienda propiamente dicha la formaban dos grandes salas. Los primeros tiempos ocupamos sólo la primera, con las dos camas al fondo. En el centro estaba la chimenea que también servía de cocina. Guisábamos con un trébede de hierro o con la crémaillère y la olla colgando entre sus dientes. Frente a la ventana que papá arregló, se situaba la gran mesa fabricada por él y en el otro rincón de la gran sala había un grifo. ¡Qué ilusión, agua corriente en casa! La vivienda tenía en el patio unas escaleras de piedra que conducían al granero, el cual cubría toda la casa; en el hueco de las escaleras se encontraba la caseta del perro. Al otro lado se levantaba la casa pequeñita, que debió ser la primera construcción de la masía y que poseía una fresquísima bodega. El patio se cerraba con una verja grande para los carros y una pequeña para las personas. Supongo que en otros tiempos la granja albergaría caballos, vacas, cerdos, gallinas y otros animales, pero nosotros no encontramos rastro de ninguno. Lo que más ilusionó a mis padres fue el huerto, muy grande, con árboles frutales y vallado. Comparado con lo que había sido nuestra vida en los últimos años aquello nos pareció un pequeño paraíso. Y así Guillonville, un lugar situado en el departamento del Eure-et-Loire, en plena Beauce, a unos 80 kilómetros de la anterior población donde lo pasamos tan mal, se convirtió en nuestro hogar durante cuatro años.
Guillonville no era muy grande. La carretera lo dividía en dos. Tendría dos o tres centenares de casas y la casi totalidad de sus vecinos vivían de la tierra. Algunas masías contaban con muchos jornaleros, otras eran más modestas, pero todas tenían animales y huertos. En la plaza se erguía la iglesia con su campanario puntiagudo desde el que se gozaba de las mejores vistas. Sólo existía una tienda antiquísima para adquirir lo más imprescindible y que el campo no ofrecía. También servían vino. En la plaza se instalaba un zapatero remendón, tan necesario en esos años de penuria en los que los zapatos escaseaban y las malas botas tenían que durar años y servir para varios hermanos. Guillonville contaba igualmente con un herrero y asimismo disponía de una modista, muy buena y capaz. En su taller trabajó mi hermana como aprendiza un año después de instalarnos en el pueblo. Para cualquier otra necesidad, médico, farmacia, mercado, o lo que fuera, había que usar la bicicleta hasta Patay, a diez kilómetros. La escuela se encontraba adosada al ayuntamiento, al final del pueblo y era de construcción más reciente que el resto de edificios de la población. Se componía de una única aula en la que todos estudiábamos juntos, grandes y pequeños. Las separaciones se establecían mediante las hileras de los pupitres: los principiantes, los medianos y los mayores, chicos y chicas mezclados. Mi hermana y yo fuimos a clase y rápidamente dominamos el francés.
Recuerdo al primer maestro que tuvimos como a una mala bestia. Se trataba de un hombre muy mayor que se jubiló fiel a la máxima: «¡La letra con sangre entra!» Nos golpeaba en las yemas de los dedos cerrados en capullo con una regla de madera, cuando no nos obligaba a arrodillarnos en una esquina de la clase con los brazos en cruz, cargados con libros. Pronto tuvimos otro profesor más joven que se desesperaba al ver lo ceporros y obtusos que eran algunos chicos. El último maestro que tuve fue buenísimo, guardo un gran recuerdo de ese pedagogo. Al notar mi interés por las clases y satisfecho con mis resultados, insistió a mis padres para que siguiera estudiando.
Mi padre continuó trabajando en varias casas de campesinos que necesitaban sus brazos hasta conseguir que le pagasen un sueldo como a cualquier trabajador francés. Durante los inviernos se adentraba en bicicleta en el bosque para trabajar donde lo necesitaran. De vez en cuando traía a casa una mantequilla salada riquísima que no se fabricaba en el pueblo y que él conseguía de alguna masía del bosque. Mi hermana y yo nos abalanzábamos sobre ella y con las tostadas que nos hacíamos en la estufa, nos preparábamos unos auténticos banquetes. No había café, pero teníamos leche y malta. Mi madre, por su parte, hacía tejidos de punto por encargo y durante los veranos recogía patatas, o lo que fuera, con mi hermana. Todos nos comportábamos como hormigas que no paraban para que no faltara lo esencial y para ir mejorando. A pesar de ser muy pequeña yo ayudaba en el cuidado de los animales con los que mis padres habían poblado las dependencias de la casa. Teníamos gallinas, conejos y un cerdo, que no paraban de engullir. Las gallinas no dan demasiado trabajo, en gran parte se las apañan solas, pero los conejos no se cansaban nunca de comer y había que ir a recoger hierba fresca para ellos por los bordes de los caminos y las cunetas. Yo llenaba un saco por las mañanas antes de ir a la escuela y luego otro por la tarde al volver. Los otros niños jugaban y se divertían pero yo no podía hacerlo. Al contrario, en verano, cuando no había escuela, debía espigar y al principio, lo hacía como las pocas francesas que lo practicaban, formando gavillas. Pero pronto mamá se las ingenió para ponerme una bolsa grande en plan delantal, con una abertura superior para meter las espigas desechando la paja, pero a medida que la bolsa se llenaba tirando de mí con su peso los ríñones me dolían mucho. Sospecho que todos los trastornos que he tenido toda mi vida en la columna vertebral vienen de aquellos años. Mi madre fue una persona muy dura y autoritaria, sin grandes contemplaciones ni mimos hacia mi hermana o hacia mí. Fue ejemplar para que no nos faltara lo esencial, y se cuidaba de que fuésemos siempre muy limpias y bien educadas. Se sacrificaba cuando estábamos enfermas pero no recuerdo que jamás jugara con nosotras, o que bromeara, ni que nos diese besos. Así que para mí la escuela constituía mi gran evasión: podía jugar en el patio durante el recreo con mis compañeras, cantar con ellas, reír, correr y hacer las diabluras de mi edad. En clase un mundo mágico se abría ante mí, una vida desconocida; me apasionaba todo, pero especialmente la Historia y la Geografía. Al compartir aula escuchaba las explicaciones que el maestro proporcionaba a los mayores y como lo asimilaba todo con voracidad, era la primera de la clase y concluí el ciclo primario con dos años de antelación, algo de lo que me sentía muy orgullosa. Fue así como a lo largo de todo el ciclo primario, «la pauvre petite espagnole»1 se permitió el lujo de echar una mano a sus compañeras francesas cuando la necesitaban.
Recuerdo un episodio que me marcó bastante. En clase siempre me asignaban un sitio en el pupitre al lado de un chico que, como yo, tampoco tenía piojos. Éramos los únicos. Además también iba limpio y era educado. Nos hicimos amigos y le ayudaba en sus deberes. Una tarde volvía de un encargo que me había dado mi madre y vi un grupo de chicos que jugaban. Entre ellos estaba mi compañero y me llamó: «¡Ven. Arriba hemos hecho con las pacas una caseta!» Llamábamos pacas a la paja prensada que hacían las cosechadoras. Yo subí confiada porque Gerard estaba con ellos pero, cuando llegué arriba, tiraron la escalera y se echaron a reír a grandes risotadas: «¡Ja ja! ¡Ahora te vamos a quitar las bragas y vas a ver lo que es bueno!» No me lo pensé ni dos segundos: me tiré desde allá arriba. Debajo afortunadamente había un poco de paja, pero me dolió todo el cuerpo del golpe y aunque no me rompí nada, no sé como pude llegar a casa. Ellos no habían previsto eso y no supieron bajar tan rápido como yo sin escalera, por eso me pude escapar. Ni que decir tiene que dejé de hablarle al tal Gerard y de ayudarle. Y como comenzó a empeorar en sus notas su madre se quejó a la mía, diciéndole que yo me había vuelto muy orgullosa. El muy canalla se guardó de confesar sus fechorías a su madre y a partir de ese momento me he mantenido siempre en guardia con los chicos. Fue una traición que me afectó mucho. Yo tenía entonces unos once añitos y la banda de gamberros entre once y catorce.
En el pueblo había una iglesia católica, pero parte de sus habitantes eran protestantes que debían de ir al templo del pueblo cercano para asistir a sus oficios. Lo mismo les ocurría a los católicos de allá que venían al nuestro. Nuestros vecinos más cercanos eran protestantes, unas personas estupendas; cuando llegamos al pueblo nos dijeron que aunque ellos eran protestantes nos aconsejaban que fuésemos a misa, porque así, pensaban, el resto del pueblo nos aceptaría mejor. A mis padres, de ideales anarquistas, la perspectiva les parecía algo semejante a una patada en el hígado. Pero ocurrió que, al principio, cuando dormíamos todavía en colchones de paja yo estuve enferma. Apareció entonces el cura en casa con un colchón de lana a cuestas, para que «la petite malade»2 no durmiese en la paja. Aquel detalle les ablandó bastante y así asistí incluso a la catequesis. Hice la primera comunión, la confirmación y la segunda comunión que entonces se estilaba en Francia y también el examen de Instrucción Religiosa que se celebraba para todo el cantón. Para orgullo del cura quedé la primera: no en vano yo era hija de unos rojos a quién él había rescatado. Precisamente debía ser por eso por lo que mi padre no estaba muy tranquilo. En casa me suministraba el contra veneno, como él decía. Me obligaba a juzgar y analizar lo que decían los curas y lo que realmente aplicaba la Iglesia en todas partes. En menudos aprietos metí al pobre cura, interrogándole sobre la virginidad de una mujer que había tenido un hijo y preguntándole cómo era posible que ante el quinto mandamiento la Iglesia apoyara las matanzas de Franco en España.
De mi época «religiosa» me queda como recuerdo maravilloso mi primera comunión porque tuve como regalo mi primer reloj, algo que significó un gran esfuerzo para mis padres. Todavía lo conservo. Fue mi fiel compañero durante diez años, soportando golpes, caídas, inmersiones involuntarias en piscinas y olvidos nocturnos a la hora de darle cuerda. Me acompañó en todos los exámenes, nunca me falló y le tengo cariño. Ahora está el pobre feúcho, con la correa rota, ennegrecido, apenas si se ven las horas, duerme en su cajita en un cajón de mi mesita de noche, pero cuando lo saco y le doy cuerda, lo acerco a mi oído, su corazón vuelve a latir con alegría, y yo me veo con mi traje de comunión haciendo el mismo gesto. Funciona de maravilla y para mí es una joya muy preciada. Como éramos pobres, ni soñar poder comprar un traje blanco, nos lo prestó justamente la madre del famoso Gerard. Yo estaba emocionadísima al verme con un vestido tan lindo porque, al ser ellos pudientes, el traje era precioso. Pero lo mejor de la ocasión fue que treinta y cinco españoles de todos los contornos asistieron a mi fiesta. Se mató un cordero y aquello fue el no va más. ¡Qué alegría, qué día de amistad tan bonito! Sin embargo no le perdoné al cura que no me escogiera para enseñarme el armónium, siendo yo una de sus mejores alumnas. Él pensaba que tarde o temprano regresaríamos a España y que yo no le ayudaría para tocar en misa más adelante, por lo que no tenía sentido invertir tiempo en mí. No tuve así ocasión de pequeña de estudiar música y saber tocar un instrumento.
Otra de las cosas que nos mejoró mucho la vida fue comprar una radio cuando yo tenía unos diez años. ¡Qué alegría en casa, oír música española! Éramos, claro está, forofos de Radio Andorra y mi padre, que en su juventud había sido muy aficionado al baile, nos enseñó a mi hermana y a mí a bailar el pasodoble, el vals, el tango. Pero fundamentalmente la radio se compró para escuchar Radio España Independiente y tener noticias de España. Estábamos en guerra y papá, por las noches, con la oreja pegada a la radio, intentaba captar las palabras entre todos los ruidos infernales que los franquistas introducían para impedir la recepción.
Guardo muy buenos recuerdos de los animales: pollitos, conejos, patos, el cerdo. Tuve un perro, Boby, totalmente blanco, que sabía leer en el reloj las seis de la tarde y cuando se acercaba la hora y la puerta continuaba cerrada, gemía y rascaba para que mi madre le abriese. Se encaramaba en lo alto de la escalera de piedra que llevaba al granero y espiaba mi regreso del colegio. Nada más doblar yo la esquina de mi calle, se ponía a ladrar como un loco de alegría. Era mi mejor amigo. íbamos juntos a comprar la leche a una masía cercana, mi primera tarea al llegar de la escuela; luego salíamos los dos a recoger hierba para los conejos. Él disfrutaba persiguiendo y matando saltamontes, haciéndose el bravucón cuando pasaba otro animal y ladraba ferozmente si alguien se acercaba a mí. A veces los domingos jugábamos los tres a escondite, él, yo y el gato; claro que por el olfato siempre me encontraban. A mi Boby lo atropelló un coche. ¡Cuánto lloré! Tuve otros, pero él fue mi mejor recuerdo. No obstante con los gatitos también me divertía mucho, son muy juguetones. A veces los disfrazaba como si fueran muñecas y los animales lo soportaban sin rechistar. Me hipnotizaba presenciar las enseñanzas de la gata a sus gatitos. ¡Increíble! La madre cazaba un ratoncito y le rompía el pescuezo para dejarlo medio muerto. El ratoncillo se escapaba y los gatitos corrían tras él; a veces cuando no se atrevían a atacar y el ratoncito se escapaba, la madre saltaba y lo volvía a traer, una y otra vez, hasta que sus gatitos se decidían a rematar la tarea.
El huerto de Guillonville era bastante grande, una parte de él incluso era arboleda, con unos tilos altísimos. En el resto, como mis padres de eso entendían mucho, cultivaban de todo para nuestro sustento y con las frutas sobrantes mamá hacía confituras. Pero sobre todo recuerdo las flores. Papá nos dejó «a las mujeres» un trozo del huerto para las flores y aquello era una maravilla. Mamá sentía por las flores debilidad. Las sembraba, las transplantaba, las podaba, las injertaba, las cuidaba, era una gran entendida. Toda la vida, en todas partes sus flores han sido la envidia de sus vecinas y ella gustosamente regalaba esquejes a quien se los pidiera. En Guillonville teníamos muchísimos rosales pequeños, en arbustos, trepadores y de varios colores, claveles reventones preciosos, o clavelinas olorosas, dalias, alhelíes, margaritas, crisantemos, pensamientos, violetas, ¡imposible citarlas todas! Incluso teníamos dos árboles de lilas, una blanca y otra lila. Aquel rincón era nuestro paraíso, todos los colores, todos los perfumes. Como si se tratara de un juguete, me dejaron un trocito pequeño para mí, dos metros por uno, y en ese minúsculo espacio yo jugaba a jardinera. Sembraba, regaba, arrancaba las malas hierbas, hasta tuve dos pies de fresas que dieron frutos, ¡qué ilusión! Cuando vi la primera un poco roja me la comí, pero no estaba todavía madura y resultó un poco ácida. «¡Tienes que esperar a que estén totalmente rojas!», me decía papá. Esperé más para las otras, pero los pájaros las picaron y se las zamparon, ¡qué berrinche me tomé! «¡Hay que protegerlas! ¿Ves? Igual que hacemos para las uvas de la parra», me decía papá que me iba enseñando la naturaleza y sus leyes.
Debió ser Guillonville, con nuestro huerto y sus flores y los cuatro años de vida en el campo, lo que prendió en mí el gusto por los colores. Años más tarde en la galería, contemplando las obras, me decanté siempre más por las que tenían colores bonitos y vivos. Cuando los pintores insistían en sus obras favoritas pero no apreciaban en mi cara mucho entusiasmo, me espetaban: «¡claro, a ti, si no lleva colorines no te gusta!» No siempre, pero es que mis ojos de niña guardaron en la retina toda esa sinfonía de colores. Los colores marcan la transformación de los elementos de la naturaleza que nos rodea, según las estaciones del año, y según las horas. La naturaleza posee todos los tonos en infinitos matices. Los trigales en primavera son un tapiz verde claro y, en agosto, ondulante dorado que brilla al sol salpicado por las luminosas manchas rojas de las amapolas. Los árboles ofrecen una multitud de tonalidades y texturas; unos son frágiles y temblorosos ante el viento que los doblega, otros altos, sólidos, acogedores, ¡cuántas veces me he protegido debajo de ellos del sol y de la lluvia! Otros nos tienden sus brazos para columpiarnos. Me encantaba trepar por ellos, lo más alto que podía. Así podía ver bien el cielo, el cielo y su cambio constante guiado por el sol. Por la mañana, cuando apunta en el horizonte, nos lo muestra con unos preciosos morados o lilas, para luego adentrarse en toda la gama de azules, alguno a veces tan pálido que parece blanco cegado por sus rayos. A menudo se confunde con el mar. Cuando el sol se despide incendiando el cielo de rojos, naranjas, amarillos, es apoteósico y ya por la noche, se convierte en un paño de un azul tan intenso que apenas lo perfora el brillo de las estrellas. Otras veces, son las nubes las que actúan de pintoras de ese inmenso lienzo que es nuestra bóveda. De niña, muchas veces sentada en la escalera del granero, me quedaba mirando las imágenes cambiantes de las nubes, recorriendo la gama del blanco al gris perla o plomizo.
La época que más me impresionaba era el otoño, observar como toda esa paleta de verdes se transformaba en un lujo de colores ocres, dorados, amarillos, rojos y siena. Después la lluvia de colores en forma de hojas caía al suelo formando otro tapiz, hasta que la tierra la hacía suyas. Son los colores los que indican que la naturaleza está viva, los colores son la vida en perpetuo movimiento y yo los necesito en mi entorno, me dan alegría y dinamismo.
En invierno surgía otra paleta. Los mantos blancos cubriéndolo todo. La nieve transforma unas casuchas viejas y negras en un paraje de cuento de hada. Hacíamos muñecos, que eso era gratis, nos peleábamos con las bolas de nieve y patinábamos en la balsa del pueblo que en verano servía para que los animales bebiesen y para que nosotros nos remojáramos. Mi madre me había prohibido patinar, por lo tanto yo me conformaba mirando disfrutar a los demás. Ella temía que me cayese y acabara en el hospital: «¿y si tenemos que volver a España y tú en el hospital, como haríamos?» Pero yo no siempre la obedecía y cruzaba la balsa patinando como los demás. Sin embargo era realmente peligroso, no llevábamos calzado adecuado sino botas de suela de madera y las caídas eran muy frecuentes. Lo habitual de aquellos días para mí era morirme de envidia viendo jugar a los otros. La famosa balsa estaba situada en el camino de regreso de la escuela y mi madre, que lo tenía todo muy controlado, preguntaba «¿por qué has tardado tanto? ¿No habrás cruzado la balsa?» Y paliza al canto. Debo reiterar que mi madre en su lucha perseverante, tanto por nosotras como por sus convicciones, afrontó las penurias de manera admirable pero era una persona de ordeno y mando, con una moral rígida y mano muy ligera. Recuerdo bien los golpes que nos daba con el mango de la escoba en la cabeza. Cuando la emprendía con mi hermana y yo lloraba por ello, se enfadaba más: «¿Por qué lloras?», decía, «¡Toma, así llorarás con razón!» Y me propinaba una bofetada. Ahora cuando repaso nuestra niñez y veo lo trabajadoras que hemos sido, lo serias, lo obedientes, me cuesta entender el por qué de tantos azotes. En una ocasión, al quejarme del peso del saco de hierba para los malditos conejos, mamá me dijo: «cuando te parezca que no puedes hacer algo, llama a la señora Necesidad y ella te ayudará». Yo tenía unos diez años. Para facilitar mi trabajo, papá me construyó un carrito con cinco planchas de madera y dos ruedas de una bicicleta vieja; para guiarlo me hizo, con una rama tierna de un árbol, un arco. El carrito quedó muy chulo y yo iba la mar de ufana con él, todos los crios me lo envidiaban. Un día el saco de hierba estaba tan cargado que no tenía fuerzas para subirlo al carro. Me acordé de doña Necesidad pero no me atreví a llamarla en voz alta, así que lo hice bajito. Esperé un buen rato la ayuda, repetí la petición y no ocurrió nada. Así que como se hacía de noche, vacié la mitad del saco, lo subí de nuevo al carro y después lo volví a llenar con la hierba que había sacado. Cuando se lo conté a mamá me espetó: «¿Ves como la señora Necesidad te ha ayudado?» Muchas veces a lo largo de mi vida, cuando me ha tocado enfrentarme a un problema espinoso y duro, me he acordado de la dichosa frasecita, y mentalmente me he dicho: «¡Bueno, voy a tener que llamar a la señora Necesidad!».
La vida en Guillonville transcurría de esta manera: el trabajo, la escuela, los animales, las fiestas campesinas marcadas por rituales como la matanza del cerdo, o las enfermedades como la difteria que padecí con once años, con el médico más próximo a 10 kilómetros de distancia. El doctor pudo atenderme gracias a la solidaridad que entre todos nos prestábamos. Un compatriota fue a buscarlo en bicicleta bajo la nieve. Seguíamos con inquietud los avatares de la guerra, discutíamos con mis padres las razones de nuestra Guerra Civil y las de todas las guerras y de esta manera mi hermana y yo nos fuimos politizando. Escuchábamos juntos Radio Londres y nos manteníamos informados sobre la lucha en los diversos frentes contra los alemanes y en la Resistencia francesa, donde luchaban muchísimos españoles. Asistimos con angustia a la larga defensa de Stalingrado hasta que llegó la gran alegría de la derrota alemana. Recuerdo que mi padre, eufórico, comentó: «Ahora ya no pueden esperar más, tienen que desembarcar los aliados, ¿por qué esperan tanto?». Claro, años más tarde hemos conocido por qué: esperaban a que los alemanes machacaran a los rusos, y sólo después de ver que los soviéticos avanzaban imparables hacia Berlín se dieron prisa a desembarcar en Normandía.
Mis padres pensaban, como lo hacían todos los españoles refugiados, que los aliados liberarían Francia y luego España. Habían pasado ya por casa algunos españoles que habían traído prensa clandestina antifranquista. Mis padres se sentían muy animados. Se hablaba de la Unión Nacional y se organizaron guerrillas para ayudar al derrocamiento de Franco. En esas guerrillas se incorporó con sus padres, él con 16 años, el que luego sería mi marido. Los tres estuvieron en el Valle de Arán. En casa no me comentaban cosas concretas ya que tenía sólo 12 años, pero mi hermana ya había cumplido los 17. Un día vi que mi madre cosía dos mochilas. A mí me entró un temor enorme ante la perspectiva de quedarme sin mi hermana. Me llevaba más de cinco años y siempre se ocupaba de mí cuando era más pequeñita y a menudo estábamos solas. Ella era mi dios, nos sentíamos muy unidas, así que se marchara la «Tata» no me hacía ninguna gracia. En casa llamábamos a Vida, Vidita, pero desde que comencé a hablar yo la llamé Tata, y así continuó siendo. Observaba que en mi entorno se desataba una actividad febril. Todos parecían contentos, todos pensaban que aquello iba a durar pocos meses. Franco, tras la caída de Hitler y Mussolini que habían sido los artífices de su victoria, duraría cuatro días, luego nuestra separación sería corta, había que arrimar el hombro, todo era poco para recuperar nuestra patria.
Pero entretanto fue en Guillonville donde asistimos al final de la Segunda Guerra Mundial. Por allí pasaron los americanos con sus jeeps. ¡Qué alegría! ¡Qué fiesta! Nos apretujábamos por las calles para verlos pasar. Ellos paraban sus camiones, los besábamos, les ofrecíamos flores, licores, frutas, ellos reían, nos tiraban galletas deliciosas, café en polvo, y la gran novedad para nosotros los chicos: chicle. Los chavales nos tirábamos como locos ante aquellas delicias y, sobre todo, nos abalanzábamos a por el chocolate, ¡chocolate verdadero! no como el que a duras penas lográbamos conseguir y que sabía a tierra. ¡Qué bonito fue todo aquello! La gente riendo, cantando, bailando. Se acabaron de pronto las caras largas, las frentes ceñudas, el recogerse rápidamente en casa. Descubrimos con sorpresa que algunos vecinos pertenecían a la Resistencia. Se organizaron fiestas en la que al fin, todos en pie y a pleno pulmón, pudimos cantar la Marsellesa, ese himno que pone la piel de gallina, y que aprendimos clandestinamente en la larga noche de la ocupación alemana. El himno que compuso en Estrasburgo el capitán Rouget de Lisie en 1792, en el curso de una noche de guerra contra los prusianos que invadían Francia, para aplastar la joven República que se proclamó tras la Revolución de 1789. Ese himno llegó hasta París en las voces de los voluntarios de Marsella, que vinieron a la capital para ayudar a los parisinos en su defensa, convirtiéndose desde entonces en el himno nacional francés. Cosimos con los paños y telas que pudimos encontrar la bandera tricolor francesa para decorar las ventanas. Las chicas nos fabricábamos ramos con las flores silvestres que simbolizaban los colores de la República: margaritas blancas, amapolas rojas y bleuets azules. De repente todos éramos amigos. Para celebrarlo fui a Patay con mi hermana en bicicleta a la primera feria de mi vida y me monté en el tiovivo que había estado parado durante la guerra. Fue mágico subir y bajar dando vueltas, con tantos colores y mucha música sonando. Probamos los Berlingots, unos caramelos de diferentes colores y sabores que los feriantes fabrican a la vista del público con una pasta de goma, guimauve, se llama. La pasta se trabaja y estira para formar una especie de cordel grueso como el dedo pulgar. Luego este cordel se cuelga en una barra y se va cortando con unas tijeras a petición del público con dos cortes opuestos, dándoles así su típica forma triangular. Esa tarde se me quedó grabada, nunca he vuelto a gozar en una feria con tanta ilusión como en aquella.
El último año de guerra había llegado al pueblo, huyendo de los bombardeos de París, una familia que, casualmente, pese a ser franceses, eran de origen español. Todos hablaban nuestra lengua y tenían dos hijas más o menos de la edad de mi hermana y un hijo mayor, guapo y simpático, Toni, que se enamoró de Tata. Era lógico, mi hermana era una morenaza de grandes ojos negros, sonrisa preciosa, buen tipo, simpática y alegre. Cantaba y bailaba muy bien, por lo que siempre arrastró un montón de enamorados detrás. Así que a nadie sorprendió cuando se comprometieron. Los parisinos convencieron a mis padres para que mi hermana se trasladara con ellos a París con la promesa de que ellos la cuidarían. Nosotros tres nos quedamos unos meses más en Guillonville, hasta que mi hermana encontró un sitio donde cobijarnos, cosa harto difícil tras cuatro años de guerra, con gran parte de París arrasado por los bombardeos. Para mí fue un alegrón porque, de otro modo, me hubiese visto obligada a marcharme a un pueblo situado a más de 60 kilómetros para continuar mis estudios, concluido ya el ciclo primario. La perspectiva de vivir sola entre desconocidos me aterraba, así que reunimos de nuevo los cuatro era lo mejor que me podía ocurrir.
Liquidamos la casa de Guillonville, y en camión, ya de forma civilizada y sin sobresaltos, nos mudamos a París, o mejor dicho a las afueras, un pueblo, que ahora es una barriada. Se llamaba Choisy-Le-Roy y el majestuoso río Sena la atravesaba. La vida allí era tranquila y agradable. Había un castillo rodeado de un parque, que Luis XV, el «Rey Bienamado», hizo construir para su favorita, la famosa marquise de Pompadour.
En lugar de castillo, nosotros obtuvimos, como un enorme favor, una habitación grande situada en el semisótano de la vivienda de una tía de Toni, el novio de mi hermana. Tenía, eso sí, luz y agua, pero solamente había espacio para colocar la estufa, la mesa y la cama de mis padres. Nosotras teníamos derecho a una habitación para dormir arriba. El 13 rue du Bel Air lo formaban las diferentes casitas de las tías de Toni y de sus padres, formando una especie de U con un patio común en el medio, y al igual que el resto de las viviendas de la calle, estaba rodeado de huertos y jardines. Los franceses llaman esas casitas «villas» y son el encanto que rodea París, con jardines floreados y arbolados que constituyen un remanso de paz. El sueño de todos los parisinos es poseer «une villa en banlieue»3. Pero aquel chalet no era un sueño. Para nosotras era bastante incómodo tener que salir fuera para ir a dormir, pero tuvimos suerte de encontrarlo. Además aquello parecía un rincón de España, porque toda la numerosa familia hablaba español, cosa estupenda para mis padres quienes tenían muchas dificultades con el francés. Siempre les he servido de intérprete. Por aquella casa fueron pasando muchos refugiados de la Guerra Civil, conocidos del pueblo y compañeros de lucha, cuyos temas de conversación interesaban más a mis padres, ya que los vecinos, familiares de Toni, estaban completamente inmersos en la cultura y problemática francesa y para ellos España era algo lejano.
Mi padre rápidamente encontró trabajo en la construcción, y se especializó en el montaje de las estructuras metálicas de los grandes edificios. Mi hermana trabajaba en un taller de alta costura y mi madre realizaba trabajos de modista a domicilio, muy mal pagados, sin seguro y sin defensa alguna ante los dueños que explotan a las pobres mujeres en sus casas. Yo fui al colegio y me impresionó de lo grande y bonito que era. Sólo éramos chicas y todas de la misma edad y yo era la única española de la clase. Ya había terminado el ciclo primario, pero no había pasado el examen de ingreso en la Secundaria, por una cuestión de fechas, así que me tocó repetir el último curso del ciclo. Esto me resultó fácil y fui la primera de la clase todo el año. Al ser nueva y no conocer a nadie, me quedaba en el patio de recreo apoyada en la pared mirando jugar a las otras que se conocían desde pequeñas. Yo allí era una refugiada española pobre y vestida como tal. La maestra, mujer de izquierdas, al observar mi seriedad y los buenos resultados que obtenía en clase, comenzó a apreciarme y muy pronto el resto de la clase me adoptó plenamente cuando antes me había mirado de reojo.
Sin embargo, un acontecimiento vino a recordarme que seguía siendo una paria. A finales de año, el presidente de la República Francesa, monsieur Vincent Oriol, organizó una fiesta en el palacio del Elíseo para todos los primeros de la clase de todas las escuelas primarias de París. Pusieron en palacio un pino enorme ricamente decorado. Cuando supimos la noticia me puse muy contenta: ya me veía yo en el palacio. Pero la alegría duró poco. Enviaron a la fiesta a la segunda, puesto que yo era extranjera. Así tomé muy joven conciencia que no siempre eso de «Liberté, Egalité, Fraternité» era verdad porque lo aplicaban según su conveniencia. Para mí fue una gran desilusión y un trago amargo comprobar que Francia no era mi país, ni mi tierra, ni mi gente. Continuaba siendo una refugiada. Pensaba en España como en un paraíso lejano, idealizando todo lo español, todos los tópicos me parecían reales, y todavía recuerdo cómo soñaba con nuestra patria y cómo le componía versos con la ilusión de una enamorada.
La primera vez en mi vida que fui de vacaciones escolares me alojé en el castillo de Montrem, en la provincia de la Dordoña. Curiosamente, veinte años más tarde, mi hijo Antonio fue también de vacaciones a ese mismo castillo desde Gennevilliers, donde vivíamos entonces. Choisy-Le-Roy tenía en aquel entonces municipalidad comunista, como en todo el cinturón rojo de París, y los respectivos ayuntamientos se esmeraban por ofrecer a los chavales vacaciones en el campo. El castillo se adquirió con tal fin. En aquella época todo me apasionaba: el volley-ball, bajar con una plancha sobre la hierba reseca de una ladera con mucha pendiente, bañarnos en el río, hacer trabajos manuales, pintura, música, linograbado y fabricar juguetes de trapo y aserrín; participar en las expediciones con los monitores por el bosque, y reunimos en torno a las divertidas hogueras encendidas en el prado, cantando y bailando. También me gustaba participar por la noche, en el dormitorio, en acaloradas batailles aux polochons, esto es, guerra campal a base de almohadas. En una ocasión la dirección del campamento preparó un día una excursión para toda la colonia. Salimos en dos autocares a las famosas grutas Les Eysies. Fue sensacional. Para mí resultaba algo nuevo bajar a las entrañas de la tierra, observar las estalactitas y estalagmitas, pasear en barca por un lago subterráneo mientras recibíamos explicaciones de los guías. Hubiera querido que ese mes durara siempre. Por fin era como una niña cualquiera, despreocupada y feliz, jugando como todos los demás. Es el mejor recuerdo de mi niñez.
También me gustaba mucho que fuésemos al cine los sábados por la noche, aunque no lo hacíamos tantas veces como yo hubiese querido. No obstante, cuando ocurría, se me antojaba que me asomaba al mundo por una ventana. Vimos las películas que alimentaron mis sueños: El Zorro, El libro de la selva, Tarzán, Los tres mosqueteros. Todo eso cuadraba con nuestra forma de ser: defender a los oprimidos, la naturaleza y la justicia. Por aquel entonces mi ídolo era Tyrone Power, el guaperas que vestido de zorro, de corsario, o de lo que fuera, siempre salvaba a la chica y vencía a los malos.
Por Choisy-le-Roy pasaban muchos españoles. Los familiares y amigos se iban dando direcciones los unos a los otros y nos íbamos localizando todos, los conocidos y los desconocidos también. Recuerdo que me impresionaron muchísimo los relatos de algunos españoles que habían podido sobrevivir en los campos de la muerte en Alemania. Los nombres del horror, Mauthausen, Büchenwald, Auschwitz, entraron en mi vida mediante el relato realizado por los compatriotas que visitaban a mis padres. A través de su militancia mi hermana conoció a un superviviente histórico, el joven fotógrafo catalán Francisco Boix, quien tras participar en nuestra Guerra Civil como corresponsal en el frente, estuvo en primera línea luchando con los franceses contra los invasores alemanes. Lo atraparon y fue deportado con otros miles y miles de españoles, franceses, rusos, polacos y judíos de varias nacionalidades, al campo de exterminio de Mauthausen. Como era buen fotógrafo los nazis lo emplearon como tal, para que hiciese el reportaje de sus atrocidades, de las matanzas sistemáticas que practicaban, entre ellas, las de 6.500 españoles sólo en ese campo. Este fue otro servicio más que los alemanes le prestaron a Franco: eliminar a miles de republicanos que no consiguieron matar en el transcurso de la Guerra Civil. Pero el Partido siguió organizado dentro y Francisco continuó siendo comunista. Arriesgó su vida junto a otros camaradas pero logró esconder muchos negativos y, años más tarde, fotografió al fin la liberación del campo. Sus fotos dan testimonio del estado en el que se encontraban los esqueléticos prisioneros al huir los nazis. Y fueron sus fotos las que se convirtieron en pieza fundamental en el proceso de Nuremberg para condenar a los verdugos quienes, cínicamente, negaban la existencia de los campos de exterminio.
Resulta difícil aceptar que se cometieran semejantes actos, esa horrible carnicería humillante que torturaba de mil maneras a pobres hambrientos, indefensos seres reducidos a nada, tenidos por sus guardianes en mucho menos que los lustrosos y bien comidos perros que les servían para perseguir a los prisioneros. Por las noches soñaba con los relatos oídos y me despertaba toda sudorosa, temblando de frío. Relatos espeluznantes que hemos escuchado en multitud de versiones, fotos, películas, libros, como el de Jorge Semprún sobre su estancia en Buchenwald. Aquí en España todavía se habla poco de aquello, la joven generación no sabe nada de toda esa monstruosidad, de esos millones de muertos y de los millones de muertos en vida porque, en los supervivientes, perseveran las marcas físicas y psíquicas de esos tormentos y de esos años atroces.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los libros escolares que a lo largo de la contienda fueron censurados por el gobierno fascista del mariscal Pétain, dejaron de tergiversar los hechos históricos. Fue entonces cuando descubrí realmente la Revolución francesa de 1789, y me apasioné con todo lo que se relacionaba con ella. Me suscribí a una revista mensual de temas históricos y en la biblioteca del barrio buscaba relatos y memorias de personajes de esa época. Soñaba con esa fabulosa gesta del pueblo francés que se sacudió una monarquía corrupta y un orden aristocrático y clerical que les oprimía. Incluso recuerdo que escribí una historia de una banda de niños que participan en París en todos los acontecimientos, desde 1789 a 1792, y llené con sus hazañas dos cuadernos. Mi historia se leyó en clase y tuvo un éxito enorme. Años más tarde busqué por todas partes esos dos cuadernos para leérselos a mis hijos pero no los encontré. Me llevé un gran disgusto. Guardo meticulosamente un montón de cosas que no tienen valor de cambio alguno, pero que para mí son pequeños tesoros: cartas de mis amigas del colegio, mis cuadernos de geografía con sus mapas coloreados con esmero, mis poesías de niña y adolescente, los primeros mechones de pelo de mis hijos, rubio dorado de Antoñito y negro el de Lidia, sus primeros dientes y, por supuesto, todos sus dibujos de parvulario, sus cuadernos de notas ya mayores y sus deliciosas cartas casi ilegibles desde las colonias de vacaciones cuando eran chiquitines y apenas se descifraba lo que querían decir. O sea, que aquellos dos cuadernos fruto de mi exaltación revolucionaria, alguien se los llevó.
Yo me sentía completamente identificada con aquellos ideales de 1789, con ese pueblo llano que supo rápidamente hacer suyas las consignas del Tiers Etat, la nueva burguesía que exigía cambios. Identificada con su empuje para ir más allá, hombres y mujeres analfabetos, hambrientos, explotados y pisoteados por todos, se levantaron, no para el pillaje, sino para exigir una constitución justa, y luego, tras la traición del rey, una República.
En aquel periodo se realizaron cosas grandiosas en Francia, entre ellas, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que ha servido de modelo a las declaraciones de derechos y obligaciones de las posteriores constituciones adoptadas por el mundo. También se acuñó un nuevo término: «ciudadano», no «súbdito del rey» como antes, lo que implicaba dependencia y obediencia absolutas a la Corona. Ciudadano, titular de derechos y obligaciones, sometido como todos por igual ante la ley. Se impuso la escolarización pública para todos. Esos revolucionarios que luego cometieron errores, supieron ver pronto que lo primero era educar al pueblo, que cuando se pone en marcha nada detiene ni nadie lo engaña. Fue Danton quien lo supo resumir: «Après le pain, l’Instruction est le premier besoin du peuple»4 ¡Cuánta razón tenía!
JUVENTUD
Un compañero de trabajo de papá estaba muy enfermo de tuberculosis y finalmente hubo de ingresar en el hospital. Estaba casado con una joven francesa que le había abandonado dejándolo solo con su hija. Papá le había ayudado mucho en su trabajo para que no le echaran a causa de su salud. Cuando su estado empeoró, ambos arreglaron hacernos cargo de su hija a cambio de instalamos en su piso. El hombre entró así tranquilo al hospital sabiendo que dejaba su hija en buenas manos. De esta forma nos mudamos una vez más de piso, en esta ocasión al 19ème arrondissement de París, en el número 51 de la rue Riquet, justo al lado de la inmensa fábrica azucarera, François. El cambio le vino muy bien a mi hermana, que había roto con su novio y tenía ganas de perderle de vista. El piso era mejor, ya que además de luz y agua, contaba con un comedor, una habitación, una cocina y un trastero. Nos hicimos cargo de Anita, la hija del enfermo, quién pronto se convirtió en una joyita rubia, con las mejillas coloradas y simpatiquísima. Cuando su padre murió su abuela materna nos la quitó y no pudimos hacer nada. La ley la respaldaba y nunca más supimos de ella.
El 19ème arrondissement de París tiene por vecino el famoso Montmartre, a su izquierda. Una de las líneas de metro que me llevaban a casa discurre en un tramo aéreo. Yo tenía que bajar en la estación Stalingrad, bautizada así en recuerdo de la famosa batalla, y desde ese tramo aéreo se veía el Sacré Coeur, emergiendo con su blancura en lo alto de la colina sobre el cielo de París. Por el este el distrito linda con la Porte de la Villette, que ahora es la mundialmente conocida Ciudad de las Ciencias y por su Géode, pero antes se encontraban allí los abbattoirs de la Villette, los mataderos que abastecían la capital. Allí entraban las reses vivas y salían dispuestas para ser vendidas en Les Halles. Aquello era un hormiguero de hombres trabajando cuyo aspecto me parecía entonces inquietante, grandotes y forzudos, vestidos con delantales y blusones blancos manchados de sangre. Los franceses aman su capital, no regatean nada para su grandeur. En vez de especular con el suelo del matadero, lo aprovecharon para levantar la Ciudad de las Ciencias que ahora copian otras ciudades. También utilizaron los terrenos públicos surgidos del desalojo de Les Halles para construir el Centro Cultural El Forum y el Centre Beaubourg, más conocido como Centro Pompidou, cuyo funcionamiento es también copiado por otras capitales. A derecha se encuentra el 20ème arrondissement, con sus famosos barrios obreros de Belleville y Menilmontant, objeto de atención en canciones como las de Maurice Chevalier. Allí los chavales, los populares gavroches, se criaban en la calle mientras sus padres trabajaban y aprendían rápidamente a espabilarse, volviéndose contestones, batalladores y un poco chulos. De mayores se transformaban en hombres sin miedo que no se dejaban intimidar y que organizaban grandes huelgas por la conquista de sus derechos.
El distrito 19° es variado y entre sus encantos se encuentra el canal Saint Martin que discurre abierto por el barrio. Su mayor atractivo residía en la esclusa. Me quedaba embobada cuando pasaba una chalana con vivienda incluida. Era todo un espectáculo ver abrirse y cerrarse las compuertas para regular nivel hasta conseguir que el agua convertida en ascensor, subiera la barcaza. Cruzaba el canal una calle de gran tránsito, así que cuando venía una chalana, se cerraba el puente para los coches mientras que los peatones podíamos pasar por otro de piedra con escaleras en forma de arco. El puente de hierro se abría y dejaba pasar el barco a ritmo lento y se formaban largas colas de coches. Si teníamos prisa por llegar al instituto subíamos y bajábamos por el de piedra pero si no, nos quedábamos para observar la maniobra de aquellas viviendas flotantes. Entretanto los mariniers, de espaldas a nuestra curiosidad, se afanaban en su tarea, gobernando la barcaza y su carga. Sus mujeres tendían las coladas, arreglaban las plantas, se sentaban en las sillas y cosían, mientras los perros jugueteaban en torno a ellos y yo al verlos pasar soñaba con países lejanos. Después desaparecían bajo el suelo. París es un enorme queso gruyère, agujereado no sólo por las múltiples líneas de metro que forman una densa y útil tela de araña, sino por la red de canales de transporte de mercancías, además de la red de colectores. Otro de los encantos del barrio es el maravilloso parque de Buttes Chaumont. A lo largo de muchos siglos fue un lugar siniestro. Allí estaba el Gibet de Montfaucon, los patíbulos en donde colgaban a los reos que servían de pasto de los buitres. Ese lugar ha salido en muchas novelas. En la Edad Media el poeta francés François Villon, que fue bastante truhán, le dedicó su famosa «Ballade des pendus»5, cuando estaba condenado a muerte por sus muchas fechorías, lo que le valió un indulto. Como París se fue ensanchando y civilizando, el lugar se transformó y surgió un parque muy al estilo francés: zonas de árboles, otras de césped, maravillosos parterres de flores, canales y estanques navegables, grutas, rocas como montañas con escaleras en su interior, cascadas que surgían de las rocas y puentes colgantes. Los domingos miles de familias van allí para pasar horas de tranquilidad. Yo le tengo mucho cariño a ese parque que está cerca de lo que fue mi instituto, he pasado en él muchas horas agradables en mi época de estudiante. Después me casé en su ayuntamiento, que está justo delante del parque, y allí llevé a mis hijos los domingos cuando eran pequeñines para que respiraran aire sano. Con las amigas nos gustaba pasear por la rue de Flandres, hacia el centro, hasta llegar al faubourg Saint Martin, y los Grands Boulevards disfrutando del bullicio callejero. Recorríamos los famosísimos Saint Denis, Bonne Nouvelle, Poissonnière, Montmartre, Italiens y Capucines, hasta llegar a la Ópera, para ir al cine, o a escuchar música y otras veces, para hacer lo que los parisinos llaman «faire une partie de lèche vitrine», mirar los escaparates. Eso era gratis.
También nos gustaba recorrer los Quais de la Seine, especialmente en la punta de la isla de la Cité. Nos cruzábamos con parejas de enamorados abrazados, o bien con chicos o chicas solitarios leyendo, sentados en el suelo con los pies colgando hacia el río, viejos pescando y contemplando los bateaux-mouches. Cuándo pasábamos debajo de un puente nos topábamos con los famosos clochards, que allí viven amparados de la lluvia por el puente. Se les veía durmiendo sobre cartones por el suelo, o a veces cantando jovialmente y gritando, «¡Vive la France, et vive la Republique!». Es curioso, a mí los borrachos me disgustan pero los clochards no. Practican una filosofía muy peculiar, tienen buen humor, no lanzan invectivas amargas sobre la vida sino apreciaciones chistosas sobre quienes les miran; además son muy patrioteros, van dando tumbos, pero gritan, «¡et vive la France!» con su botella en el bolsillo. Aquí los sin techo despotrican contra «¡este jodido país!», y todo el que pasa es un enemigo en potencia.
El 51 de la rue Riquet, que ahora ya no existe, era un vestigio del viejo París. Estaba formado entonces por un inmenso patio rodeado de casas viejas de planta baja y un piso. Nadie hubiera adivinado desde fuera que tras el alto edificio y su enorme portalón de madera se encontraba una pequeña ciudad a la que se accedía por una especie de calle estrecha, con un muro de un lado y del otro casitas. Nosotros vivíamos en la parte estrecha, en el primer piso. En el siglo xix se la conocía por «la cour des miracles»6. Allí pernoctaban maleantes pero afortunadamente ya no era así. Los vecinos eran todos trabajadores, gente seria y honrada.
A veces entraban chanteurs des rues7, gente muy típica de las calles de París de principio de siglo. Muchos pobres hambrientos todavía se ganaban así el sustento para los suyos. Podían ser hombres o mujeres, a veces parejas, con o sin acordeón, cantaban y tocaban un rato bajo las ventanas y nos endulzaban un poco la vida. Gritaban: «A vo’t bon coeur M’sieu-Daaames»8, con el inconfundible acento parisino y les arrojábamos por la ventana algunas monedas. De todo eso me ha quedado un amor nostálgico por el acordeón, cuando lo oigo, esté donde esté, surgen en mi mente las calles de París.
Estudié Empresariales en el Lycee Technique de la rue Tandou, con un duro plan que redujo los estudios de cinco a tres años pero con las mismas asignaturas y nivel. Ya no fui siempre la primera como antes, sino que competía con otras tres alumnas por el primer puesto. Muy rápidamente nos volvimos inseparables, y nos apodaron «los tres mosqueteros». Las cuatro teníamos rasgos semejantes a los héroes de Alexandre Dumas. La más brillante de nosotras, Esther, o sea D’Artagnan, era judía. Sus padres tenían una tienda de peletería y, tras mil vicisitudes, sobrevivieron al holocausto. Simone, Porthos, era hija de un inmigrante polaco, Monique, Aramis, era totalmente francesa. Yo era Athos, la española que se llevaba bien con todas y mediaba entre las riñas. Al revivir esos años me embarga una gran nostalgia y me pregunto qué habrá sido de mis amigas. Recuerdo que al finalizar la secundaria celebramos una comida y luego dimos un paseo por el parque de Buttes Chaumont. Allí nos juramentamos para volvemos a ver veinte años después, como los héroes de Dumas. Pero a ninguna se nos ocurrió fijar fecha concreta.
Fueron los años donde más conviví con franceses y me sentí totalmente integrada. No podía salir a menudo porque los estudios eran duros y me los seguía tomando muy en serio. Era un ratón de biblioteca y como no teníamos medios para comprar muchos libros, me hice socia-lectora de la del barrio. Así fue como leí montones de libros de literatura francesa. Incluso recuerdo que cuando tuve oportunidad de ir de vacaciones al campo a casa de una tía, la biblioteca me prestó una maleta entera de libros cuando sólo se permitía sacar dos a la vez. Cuando los devolví los había leído todos.
Desde los primeros años en la rue Riquet, mi hermana entró en contacto con la Juventud Socialista Unificada (JSU), organización surgida de la fusión, en plena Guerra Civil, de las Juventudes Socialistas y Comunistas. Fue miembro destacado y activo. En aquel entonces muchos de los hombres militantes eran los jóvenes que ingresaron en la JSU en España, que participaron en la Guerra Civil activamente y que luego lucharon otros cuatro años de guerra en Francia, bastantes en el maquis. Había una gran mayoría de solteros con edades de veinticinco a treinta años. No habían tenido una juventud normal, no habían disfrutado, y lo anhelaban. En la JSU se organizaban fiestas entre españoles y para españoles en el recuerdo romántico de nuestra tierra. Cada quince días, en salas que nos prestaba la Central General de Trabajadores (CGT), organizábamos fiestas españolas seguidas de baile. Nuestras fiestas duraban hasta las cinco de la mañana, hora en la que se inicia el servicio del metro en París. Asistían familias enteras y mis padres se quedaban al baile. Papá bailaba pasodobles con mamá, ya que ella no sabía seguir otro ritmo y, luego ella, sentada, desaparecía detrás de una montaña de bolsos y abrigos: «Señora Felisa ¿me quiere guardar el bolso?» Y mi madre, siempre gallina clueca, cuidaba de todos. Papá me hacía bailar y yo me moría de vergüenza porque, en casa bien, pero allí con tanta gente, no me sentía cómoda.
Vidita comenzó a ser llamada Vida, a medida que se hacía más bonita y popular. Así la llamaban en la JSU. Yo estaba orgullosa de ser «la hermana de Vida». Nadie conocía mi nombre, pues era una chiquilla, y en cambio ella se encontraba en el apogeo de su belleza y frescura. Todos los chicos suspiraban por Vida. Cuando formaron un grupo de teatro quisieron interpretar «La zapatera prodigiosa», de Federico García Lorca, y claro, la zapatera no fue otra que ella. En una ocasión el Ministerio de Deportes organizó unas jomadas deportivas con los jóvenes estudiantes de los centros de enseñanza pública. De mi instituto fuimos un grupo que participó en el desfile y en una demostración de baile rítmico. Francisco Boix era entonces reportero en el periódico L’Humanité, y le dijo a Vida: «Dime en qué ejercicio participa tu hermana y estaré pendiente cuando entren al campo. La sacaré en primer plano para el periódico». Luego no fue posible y tuvimos que conformarnos con una foto de conjunto, pero sigo recordando su simpatía, su gran risa, su entusiasmo juvenil. Era hermoso ver como disfrutaba nuevamente de la vida tras su paso por el campo de exterminio. Desgraciadamente a los pocos meses enfermó y murió unos años más tarde, pero su heroica gesta es hoy parte de nuestra historia. En verano, los domingos, se organizaban excursiones campestres. París está rodeado por unas cercanías llenas de encanto, bañadas por el majestuoso Sena y sus afluentes: la Mame y el Oise, formando isletas frondosas. Es una larga tradición salir a pasar un día al campo, bañarse en los ríos, pasear en barca y luego comer en la hierba, o en una «guinguette au bord de l’eau»9, donde luego se bailaba al son del acordeón. La costumbre se incrementó con la conquista alcanzada durante el Frente Popular, los anhelados congés payés, o sea los quince días de descanso pagado. Los militantes de la JSU salíamos, familias enteras, todos juntos. Muy a menudo íbamos a un lugar encantador en Neuilly-sur-Marne, cargados de bultos y nos instalábamos en la pradera y los bosquecillos junto al río. Nos bañábamos, organizábamos juegos colectivos y grandes comilonas sobre la hierba. Siempre entre españoles. Mi madre preparaba bocadillos como si fuéramos un regimiento, porque siempre había jóvenes en paro que no tenían ni un franco, vivían solos y estaban muertos de hambre. Toda mi juventud me he movido entre españoles en París, entrando a las tantas de la noche tras trabajo y reuniones, y mis padres nunca me pusieron la menor objeción: estaban seguros de quiénes me rodeaban, éramos todos militantes, éramos todos como hermanos; cuando un chico tenía ganas de ligar lo hacía con las francesas, luego se casaba con una española. En ese ambiente de camaradería y de militancia mi hermana conoció a un camarada estupendo, Patricio Azcárate, hombre culto, muy correcto y bellísima persona, con quien se casó en el ayuntamiento del 19ème arrondissement, frente al parque de Buttes Chaumont.
Las excursiones más lejanas me permitían conocer mejor el país. Fue así como volví a ver el mar, en Caen, Normandía, casi olvidado tras mi estancia en Les Sables d’Olonne. Un mar bravio cuyas olas altas y poderosas me impresionaron. Siempre he preferido la tierra firme. Me quedé maravillada ante el espectáculo de espuma blanca, tan pronto alta, potente y amenazadora estrellándose contra las rocas, como suave y lenta cuando acariciaba nuestros pies en la arena. Un vaivén tumultuoso que me hacía recordar los mil y un relatos de náufragos y los maravillosos versos de Victor Hugo:
¡Oh combien de marins, combien de capitaines,
Qui sont partís joyeux pour des courses lointaines,
Dans ce mome horizon se sont évanouis!
Combien ont disparus, dure et triste fortune!
Dans une mer sans fond, par une nuit sans lune,
Sous l’aveugle océan à jamais enfouis!10
Pero no todo eran diversiones en la JSU. Mi hermana asistía a reuniones, cursillos, visitaba a otros españoles. Vendíamos nuestra prensa, se recogía dinero para ayudar a los presos en España y a la lucha en nuestro país y se participaba activamente en las de los franceses: huelgas obreras, mítines, manifestaciones, las famosas convocatorias «de la Bastille à la Nation», donde miles y miles de parisinos se echaban a la calle para protestar y, entre ellos, la colonia española concienciada, marchábamos juntos, con nuestras banderas republicanas. También recogíamos firmas contra la bomba atómica. En el mundo entero se hacía lo mismo para evitar que nuevamente los americanos repitieran el genocidio cometido el 6 de agosto en Hiroshima y luego en Nagasaki, una monstruosidad para la que no cabía justificación, puesto que la guerra estaba ganada. Los americanos conocían bien las consecuencias de esa bomba porque habían hecho ya un ensayo en su propio país el 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México: en un círculo de dos kilómetros la vida se extinguió. Pero ellos quisieron comprobar el impacto que causaría en el mundo su armamento, demostrar su poderío militar y atemorizar a todas las naciones.
Mientras viví en París participé siempre en las luchas sociales y en las grandes manifestaciones que convocaban los sindicatos, el Movimiento por la Paz o el Partido Comunista Francés. Constituían acontecimientos estremecedores y alegres, también ordenados; se sentía el calor y la emoción de estar acompañada. Es en momentos como estos cuando se percibe el verdadero sentido de la frase «¡Quand París gronde, les bourgeois tremblent!» ¡Cuando París ruge, los burgueses tiemblan! Se comprende que París fuese el escenario de la Revolución de 1789, el de la Comuna de 1871 y del Mayo de 1968, que yo ya no presencié porque en el 67 ya estábamos en Valencia. Unas veces reclamábamos nuestros derechos laborales, otras protestábamos contra las atrocidades de los yanquis en Vietnam, o contra la guerra que el gobierno francés mantenía en Argelia que luchaba por su independencia. Lo hacíamos pacíficamente, no éramos terroristas. El terror lo sembraron más de una vez los CRS que eran allí lo que fueron los grises aquí. Ellos causaron con sus cargas los «morts de Charonne», los muertos del metro Charonne, que se atropellaron en las escaleras en su huida.
También recuerdo los múltiples telegramas de protesta, mítines y manifestaciones que realizamos para exigir la libertad del matrimonio Ethel y Julius Rosenberg, encarcelados hacía tres años, y que los Estados Unidos, en el contexto de la caza de brujas que desencadenó el senador McCarthy, habían condenado a la silla eléctrica. El proceso fue un montaje basado en burdas pruebas y falsos testigos. La derecha del mundo entero cerró los ojos ante las actuaciones de un país que pretendía ser el adalid de la democracia. También lo hizo la mayoría despolitizada norteamericana, manipulada por los medios de comunicación. En fin, ya tenían experiencia en crímenes: el Ku Klux Klan, lo ocurrido con los mártires de Chicago, Sacco y Vanzetti, los miles de quemados por el napalm en Vietnam los «avalaban». Las protestas tuvieron lugar en el mundo entero incluyendo personalidades como el papa, Albert Einstein o Picasso. Pero Eisenhower no quiso oponerse al montaje de su policía, y ese «héroe» de la Segunda Guerra Mundial demostró qué tipo de democracia era la americana. El 19 de junio de 1953 fueron electrocutados. Los Rosenberg eran científicos judíos antifascistas que habían luchado a favor de nuestra República, recogiendo dinero para los huérfanos de la Guerra Civil. Guardaron como recuerdo una de las huchas que emplearon y ello se convirtió en una prueba de «su subversión». El 18 de junio, en su última carta, Ethel escribió: «Somos las primeras víctimas del fascismo norteamericano». Tras el Watergate de Nixon, los dos hijos de los Rosenberg, Michael y Robert, pidieron la reapertura del caso y pese a estar obligado por la ley de libertad de información, el FBI no les permitió acceder más que a una pequeña parte de la documentación, alegando que el resto se había perdido o quemado. Estados Unidos sigue sin revisar el juicio y sin rehabilitar a sus padres.
Las grandes huelgas de la RATP, la red de transportes parisinos, eran jomadas de alegría. Todo quedaba paralizado pero existía un movimiento solidario del resto de la población. Cuando se anunciaba una huelga todos nos levantábamos más temprano para ir a pie, o se organizaban recogidas con coches. Había una gran algarabía feliz por las calles, ríos de trabajadores andando y contentos porque la huelga era un éxito y que los trabajadores de la RATP lograran sus reivindicaciones constituía una victoria de todos. Hasta en las empresas existía comprensión por los retrasos. Me llamó mucho la atención aquí cuando surgieron las primeras huelgas, advertir el malhumor de los que las padecen. El sentimiento de apoyo a otros compañeros trabajadores que luchan por mejorar sus condiciones laborales no existe, ni la solidaridad de clase que yo conocí en París.
La dirección de la JSU nombró a mi hermana delegada a un congreso de la Juventud Democrática que se celebró en Polonia. Ella fue entusiasmada y vino encantada de allí y de esa experiencia. En aquellos primeros años, por la JSU todavía aparecían Santiago Carrillo, Ignacio Gallego, Federico Melchor, todos ellos solteros todavía o recién casados. Luego el gobierno francés, olvidando los servicios prestados por los españoles en la Resistencia contra los alemanes, prohibió la militancia en el PCE y pasamos a ser clandestinos, por lo que dejamos de ver libremente entre nosotros a todos esos camaradas. Por aquel entonces en casa vivía con nosotros mi prima María, cuyos padres seguían en el pueblo en donde recalaron desde los campos de concentración. Trabajaba de modista como mi hermana, así que en el sofá del comedor dormíamos las tres. Cada noche estirábamos el mueble que era antiquísimo y muy pesado y hacíamos la cama. Como yo era la pequeña dormía en medio sobre la madera de separación, y mis ríñones todavía se acuerdan de ese famoso sofá. Luego María encontró una habitación en un hotel con derecho a cocina. Así vivían muchísimas personas en París tras la guerra. Muy pronto otros primos se reunieron en habitaciones cercanas a la de María, con virtiendo el hotel en un hervidero de españoles. Pasaban muchos ratos con nosotros en casa y venían a las fiestas que organizábamos. Mi madre los acogía a todos. Cuando llegaba a París algún familiar o conocido nuevo, hacíamos de guías turísticos y les llevábamos a ver espectáculos, tarea que para mí era diversión; años más tarde, igualmente, fui anfitriona de los camaradas de España que nos visitaban y que querían echarle una miradita al famoso París. Soy una enamorada de París y procuraba transmitirlo a quienes nos visitaban. Me gustaba conocer los lugares en donde se desarrollaron las acciones que había estudiado en la escuela.
Pocas capitales reúnen las características de París, es el corazón y cerebro de Francia. Todos los acontecimientos que han sacudido y transformado a lo largo de los siglos el país, muy a menudo se han desarrollado en su capital. Todos sus barrios, sus calles, sus monumentos, sus bosques, su río, han sido testigos de algún acontecimiento trascendental. En el año 451 los parisinos se encerraron dentro de las murallas de la isla de la Cité para luchar contra las hordas de Atila que la cercaban sin que jamás pudiesen penetrar. Más tarde lucharon contra los invasores que venían navegando por el Sena cuyo caudal permitía a los potentes barcos normandos sitiar la ciudad. A lo largo de los siglos París ha sido golosina de romanos, prusianos y germanos. En la última guerra mundial, Hitler mandó quemar la ciudad antes que sus tropas la abandonaran. Aquello era una monstruosidad y sus generales no le obedecieron. He subido a la torre Eiffel no sé cuántas veces, pero siempre gocé con la vista espectacular que ofrece. Tampoco sé cuántas he paseado por los Campos Elíseos, de día y de noche. Para mí es la avenida más bonita y elegante del mundo. La comparo con las que he tenido ocasión de conocer en ciudades importantes como Madrid y Barcelona, Lisboa, Roma, Milán, Londres, Edimburgo, Dublín, Amsterdam, Viena, Praga, Sofía, Bucarest, Belgrado, Moscú, Leningrado, Lima, México, La Habana, Río de Janeiro, Nueva York, San Francisco y Washington y continúa siendo mi favorita. Todas tienen avenidas estupendas, con un sinfín de cosas que me han encantado e interesado, pero ninguna ha reunido los atractivos de los Campos Elíseos.
Cuando hacía de guía me gustaba hacer vivir a mis invitados lo que veíamos, explicándoles qué había ocurrido allí en tal año, y qué acontecimientos habían visto aquellas piedras. Todos querían ver el Sacré Coeur, pero yo además les hacía recorrer las callejuelas de la Butte, cuyas escaleras impiden la circulación de los coches, la rue des Saúles, la rue Saint Vincent, o la rue Cortot, donde Renoir pintó su Moulin de la Galette. Les enseñaba el pequeño restaurante Le Lapin Agile, donde comían los pintores que habitaban la Butte y, en la plaza Émile Gaudeau, el bateau-lavoir donde residían y trabajaban Picasso y Juan Gris. Ahora ya no existe, un incendio lo destruyó en 1970. También les enseñaba el muro que protegía la viña de Montmartre de los cazadores de recuerdos, gracias al cual cada año podía realizarse la vendimia. Poca gente conoce el dato de que existe un vino de París. Ahora en Valencia, cuando paseo algunas calles y plazoletas del barrio del Carmen que guardan el sabor de las ciudades tranquilas de siglos pasados, recuerdo lugares similares de la Butte Montmartre que conservan el mismo encanto, fuera del tiempo y de la civilización del ruido.
Visitábamos Notre-Dame y sus impresionantes vidrieras y llevaba a los camaradas al Quartier du Marais, que continúa guardando el aspecto que tenía en los tiempos de Luis XIII y XIV. El barrio está lleno de palacetes. Muchos ahora son museos, como el Hotel Carnavalet, Museo de la Ciudad, o el Hotel Cluny, Museo de la Edad Media. En el Hotel de Bourgogne estrenó su obra El Cid, el gran Corneille. Pero la joya del barrio es la place des Vosges, cerrada y señorial, rodeada de palacetes del color rosado de sus ladrillos del siglo XVII. Allí se celebraban fiestas y torneos y, tras las ventanas de un edificio en un ángulo, vivió quince años Victor Hugo. Si pasábamos por la rue Mazarine, les informaba de que antes era el famoso Pré-aux-Clercs, descampado donde tenían lugar los duelos y batallaban con la espada los mosqueteros. Cuando admirábamos el Hotel de Ville, les provocaba un escalofrío al recordarles que era allí, en la famosa place de Grève, donde quemaban o, descuartizaban a los reos ante la vista de los parisinos que acudían en masa. Si caminábamos delante de la iglesia Saint Germain l’Auxerrois, les informaba que desde su bellísimo campanario, la noche del 23 de agosto de 1572, fueron sus campanas las que lanzaron la señal del inicio de la monstruosa matanza de San Bartolomé contra los protestantes, que hizo correr ríos de sangre por París. Cuando nos adentrábamos en el Quartier Latin, parada obligada era el Café de Flore, en el boulevard Saint Germain, donde tomaban su café Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. En el barrio Montparnasse nos parábamos en La Coupole o La Rotonde, donde solían refrescarse Modigliani, Chagall, Bretón o Hemingway. Y mis compañeros miraban con ojos soñadores esperando ver surgir a la pobre Jeanne Hébuterne llevando a rastras a su guapo pero borracho Modigliani en algún momento. Además de estas visitas era obligado llevarlos a algún espectáculo, razón por la cual me ha sido fácil ver casi todos los que se han montado en Les Folies Bergères. Eran espectáculos suntuosos, muy cuidados, con gran riqueza de trajes y efectos especiales de luz y sonido. Todos los que visitaban París querían verlo y se quedaban encandilados ante tanto colorido, tanta luz, tantas plumas y lentejuelas. El espectáculo que más me gustó fue el de Josephine Baker, «La diosa negra», aunque ya no era la jovencita que escandalizó París en 1925 vestida con un cinturón de plátanos como falda, continuaba gozando de una voz preciosa y de una simpatía arrolladora. Nunca estuve en el Lido, sin embargo y sólo en una ocasión, fuimos al Moulin Rouge, unos establecimientos que ya entonces estaban desnaturalizados por el masivo turismo. Y como los restaurantes famosos eran muy caros, mirábamos desde fuera alguno como Chez Maxim’s. Solíamos comprar en cualquier esquina un «Cornet de frites avec une saucisse»11, o bien una deliciosa crêpe con mantequilla. Alguna vez, en plan locura, cenábamos con algunos amigos una choucroute en una brasserie Alsacienne. De las visitas más emotivas que recibimos en París quiero resaltar la que nos hizo el tío José con su hijo Jazmín. Es el menor de los hermanos de papá. La Guerra Civil lo pilló muy joven y, tras la derrota, del frente pasó a la cárcel como tantos otros miles que no cruzaron la frontera. El niño nació cuando él estaba prisionero y para su amargura, además de no verle, su esposa se casó al cabo de los años con un militar. Como en guerra las bodas eran civiles, en la posguerra se anularon. Cuando tras catorce años recuperó su libertad recogió a su hijo, cruzaron la frontera y se vinieron a casa. Papá se lo llevó con él a trabajar fuera de París y nosotras nos quedamos con Jazmín, que dormía en una cama plegable en la habitación de mis padres.
Tras terminar con dieciocho años el primer ciclo de Estudios Empresariales continué los superiores en nocturno. Fue divertido pero incómodo porque, según la asignatura, teníamos que cambiar diariamente de centro de enseñanza. Uno de los centros a los que acudía era el Lycèe Chaptal que se encontraba en el barrio Pigalle. Iba siempre sola y aterrorizada porque era de noche. Las calles eran una continua oferta de cuerpos. En las puertas de los establecimientos, hombres con trajes de lentejuelas y sombreros de copa, invitaban a los transeúntes a pasar. En las vitrinas, resaltadas por potentes neones, fotos de las señoritas en paños menores y desnudas. Yo corría por aquellos lugares cargada con la cartera atiborrada de libros temiendo que me raptaran. Pero aquella gente se daba cuenta que yo no era más que una infeliz que iba a clase. Nadie se permitió la menor ofensa, ni se propasó, incluso me reconocían y lo demostraban con una sonrisa algunas de las chicas o chicos disfrazados, ¡vete tú a saber! con los que me cruzaba: «¡Cours pas si vite ma mignonne, tu vas t’casser la gueule!».12
Mi primer trabajo fue de secretaria-contable en Bernard Scherchneider, empresa al por mayor de prèt-à-porter para mujer, cuyos dueños eran judíos de origen polaco que llevaban mucho años en Francia. Durante los cuatro años que estuve con ellos tuve la oportunidad de conocer de cerca la forma de pensar y vivir de los judíos, ya que además gran parte de la clientela también lo era. Mi apellido Sender y el color verde de mis ojos les inducía a pensar que mi ascendencia era judía. Me adoptaron como uno de los suyos y me convertí de Rosita en Rosette; todas las tardes la dueña preparaba para su marido el té y me traía otra taza con limón para mí. Los siglos de opresión y matanzas han convertido a los judíos en personas muy solidarias entre ellas; en cambio con los gentiles son bastante despectivos. Los llaman goy en tono de desprecio y así, ellos que tanto han padecido el racismo, también lo manifiestan. Lo que sucede ahora en Israel es una buena prueba. Para mí fue una novedad, mis amigas del instituto, D’Artagnan y Porthos eran judías y nunca vi en ellas el menor signo de desprecio y tras conocer el horror del holocausto les tenía mucha simpatía, me caían muy bien, así que constituyó una desagradable sorpresa comprobar su particular racismo.
Al tiempo que continuaba mi trabajo y me implicaba cada vez más en la vida empresarial —incluso llegué a lucir como modelo las colecciones que fabricaba la casa—, me iba incorporando activamente a la militancia. A los 17 años participaba mucho en la JSU y pertenecía al Club de las 13 Rosas. Los clubs tenían nombres como, Trifón Medrano, en recuerdo del dirigente de la Juventud Comunista que en 1936 se fusionó con los socialistas formando la JSU, muerto en la Guerra Civil, Lina Òdena, dirigente de las Juventudes Comunistas catalanas que luchó como miliciana. Defendiendo Granada, Lina Òdena empleó su última bala para quitarse la vida antes de que los moros la capturaran. Otros recibían el nombre de Federico García Lorca, Antonio Machado o Miguel Hernández, los poetas que apoyaron nuestra causa. A nosotras nos emocionaba la triste historia de las jóvenes madrileñas que fusilaron tras la Guerra Civil, saber que el día de la ejecución se maquillaron y se pusieron sus mejores prendas para ir como trece rosas a la muerte.
Me viene ahora a la mente un artículo de Rosa Montero en El País donde, tras leer el libro de Fernanda Romeu Alfaro, El silencio roto y conocer la historia de las «13 rosas», lanza una requisitoria contra los dirigentes del Partido Comunista que olvidaron y silenciaron este drama. ¡Pues no fue así! Nosotros, los refugiados españoles de París y de otros lugares de la emigración honrábamos su memoria y conocíamos su gesta; y si en España no fue posible el reconocimiento, se debió a la feroz represión franquista, pero no a los que lucharon contra ella. Incluso recuerdo que en el local de nuestro club que, por cierto, se situaba en un bajo de la place du Tertre, lugar famosísimo de Montmartre, pusimos a modo de bandera, un gran cuadrado de tela de seda, y Francisco Rabaneda, que pertenecía a nuestro club pintó en él 13 rosas rojas. Él era estudiante de Arquitectura y se le daba bien el dibujo y la pintura. Luego se convirtió en el famoso modisto Paco Rabanne. Quién me iba a decir entonces que, años más tarde, en Valencia, tendría el honor de conocer a Mari-Carmen Cuesta Rodríguez, una de las compañeras supervivientes que encarcelaron con las 13 rosas de Madrid y que por ser demasiado joven entonces no fusilaron. Tras la cárcel, se casó, y estando en Valencia, con la misma fe que en sus años juveniles, se incorporó a la lucha. En la JSU yo era miembro del coro y del grupo de bailes y conocí a Paco Semprún, el pianista que nos acompañaba. Alto, tímido y muy delgado, hermano del que años más tarde fue Ministro de Cultura con el PSOE, así como a su hermano Carlos, que era muy simpático y parlanchín.
Las fiestas en los locales de la CGT de la rue Jean-Pierre Thimbaud continuaron, así como los mítines por la paz en la sala Pleyel. En uno de ellos vi por primera vez a Pasionaria. Su figura alta, vestida de negro me impresionó muchísimo y recuerdo a toda la sala puesta en pie de un solo golpe, aplaudiendo a rabiar. En la sala Pleyel nos juntábamos más de seis mil españoles. En unos de esos mítines fue donde conocí a Picasso. Él era militante del Partido Comunista Francés pero guardaba buena relación con todo lo español. Como estaba en la presidencia del Movimiento Mundial por la Paz, asistía a muchos actos. Dibujó y donó la famosa paloma que encabezaba el Llamamiento de Estocolmo contra la bomba atómica, reproducida por millones en hojas que servían para recoger firmas en el mundo entero contra la bomba. Picasso tenía unos ojos abrasadores, puro carbón ardiendo, difíciles de olvidar. Nos sentíamos muy orgullosos de que el famosísimo Picasso fuese español y además comunista. Otro del que nos sentíamos muy orgullosos era Rafael Alberti. Todavía recuerdo el homenaje que se le tributó en la sala Mutualité de París cuando regresó de América.
Por aquella época me abría apasionadamente a nuestros ideales, pero también a la literatura, y tras haber sido una adicta a la literatura francesa me adentré en la rusa. En una de las sedes de la CGT, rue Jean-Pierre Thimbaud, existía una librería del sindicato donde se podían adquirir a precio de risa libros soviéticos con estupenda encuademación, tanto en francés como en castellano. Descubrí a Pushkin, Turgueniev, Gogol, Dostoievski, Chejov, Tolstoi, Gorki, a Makarenko y su fabuloso Poema pedagógico, a Ilya Ehrenburg con La novena ola o al Nobel Mijaíl Sholojov, que tan magistralmente describe la vida de los cosacos en su obra El Don apacible. También a un montón de otros escritores que relataban las hazañas de la lucha contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, tanto en guerrillas, como en el frente o en los campos de la muerte nazis. Yo vibraba con los relatos de las acciones reales de la heroína Olga Kosmodemienskaya a la que torturaron, violaron y mataron los alemanes, o con los de la Joven Guardia, un grupo de jóvenes guerrilleros que también fueron torturados salvajemente por los nazis. Una de las torturas sufridas por una chica del grupo se me quedó marcada en la mente, y al recordarla me causa siempre el mismo escalofrío: tras muchos intentos para hacerla hablar, le marcaron con un cuchillo una estrella en la espalda y le arrancaron la piel, luego le pusieron sal en la herida, pero no delató a nadie. Esos jóvenes como muchos otros héroes similares murieron por la libertad de su patria y su recuerdo estaba vivo en la URSS ¡Bueno, ignoro como será eso ahora! La gesta que relata el libro Un hombre de verdad fue también un hecho real muy conocido, incluso realizaron una película sobre ella y su héroe, Alexis Maressief, piloto de caza soviético, quien tras ser abatido en combate pasó diecinueve días en la nieve, herido, alimentándose de raíces y animalillos. Unos campesinos lo encontraron medio muerto, lo escondieron y pudieron evacuarlo a un hospital en donde le amputaron los pies y parte de las piernas completamente gangrenados. Con una voluntad de hierro, fijándose como meta volver a volar, le fabricaron dos prótesis metálicas y tras esfuerzos y dolores increíbles, volvió a pilotar un avión. Años más tarde, en un congreso en Moscú, Antonio tuvo ocasión de conocer a Alexis Maressief y le pidió su firma para mí y con mucha simpatía, este hombre fuera de lo común, estampó su firma al dorso de una foto donde estoy con mi hija. La guardo como un tesoro. Yo me identificaba totalmente con esos héroes, con su lucha que también era la nuestra. Sentía y sentíamos todos, una gran admiración hacia la Unión Soviética, la patria de los proletarios. Ni se nos pasaba por la mente que se habían cometido y se cometían crímenes, errores y abusos. Eso no trascendía, era inimaginable. En marzo de 1953 cuando murió Stalin, nos conmovió un dolor inmenso. Para nosotros había sido el hombre que simbolizó la lucha del pueblo ruso contra el invasor, el hombre de las conversaciones de Yalta, donde se reveló como un gran jefe de Estado. Lo considerábamos un genio y fue muy traumático descubrir el lado siniestro de su personalidad y los atropellos cometidos junto a los grandes avances que se realizaron en su tiempo.
En agosto de ese mismo año me delegaron al IV Festival Mundial de la Juventud Democrática que se celebró en Bucarest. Allí nos concentramos más de treinta mil jóvenes de todos los países y razas. Nosotros salimos desde París en uno de los «Trenes de la Amistad» en la Gare de l’Est, directamente a Bucarest, totalmente pintado con consignas, decorado y lleno de banderas. La mitad de los delegados de ese tren eran franceses, pero los había también de países africanos que estudiaban en París, un numeroso contingente de italianos y once españoles de otras ciudades francesas. Francisco Rabaneda y yo de París. Debo decir que Paco y yo éramos muy amigos. Era muy tímido y callado, muy amante de la moda como yo, y se vestía de forma fantasiosa para el criterio de los serios y sectarios chicos de la JSU, que lo llamaban el Zazou. Su madre y su hermana y hermano mayores trabajaban mucho para que él y su hermana pequeña estudiaran. Nos perdimos de vista cuando regresamos a España en 1967. El viaje duró tres días y tres noches. Cruzamos media Europa. Paramos una noche en Viena donde dormimos, lo que me permitió visitar a mi hermana que por aquel entonces vivía allí con su marido y pude conocer entonces a mi segundo sobrino, Rubén, que acababa de nacer. En el transcurso del viaje vimos el famoso Danubio, no sólo en Viena sino en Budapest, y nos desilusionó porque… ¡de azul nada!
Éramos todos jóvenes y todos militantes de diversas organizaciones juveniles democráticas, algunas cristianas. Dominaba la camaradería, la alegría y las diversiones. Los componentes de los diversos vagones nos visitábamos y recorríamos el inmenso tren en plan excursión. Aquí unos senegaleses tocaban el tam-tam, más allá un grupo de italianos cantaban el Bella Ciao; en otro vagón un grupo de Auvergnats bailaba la bourrée. Pero la palma nos la llevábamos los españoles: había cola para ver nuestro espectáculo «de primera». Entre los once españoles había una muchacha andaluza que cantaba divinamente, además de ser salerosa y simpática; los demás tocábamos palmas y bailábamos en el pasillo. Recuerdo que para mayor comodidad, yo vestía un conjunto de pantalón y cazadora de tela roja, y si los camaradas veían que alguno se me acercaba demasiado decían: «¡fais gaffe elle griffe!»13 y como siempre he llevado las uñas muy largas rápidamente me apodaron en el tren «la tigresa roja». Al llegar a Bucarest nos encontramos con el resto de la delegación española, unos treinta y cinco procedentes de varios países. Apenas necesitábamos intérpretes puesto que había españoles delegados que venían de Inglaterra, Francia, Italia, Polonia, Alemania, URSS y también de Argentina y México. Entre nosotros estaba Roberto Carrillo, el hermano de Santiago, alto, guapo y ligón. Carecía de la seriedad de su hermano. De México llegó Vicente Rojo, que más tarde se convertiría en un pintor de gran prestigio. Todavía guardo uno de sus dibujos que me dedicó en Bucarest. Al año siguiente pasó por París y estuvo durmiendo en mi casa varios días. ¡Quién nos iba a decir que la vez siguiente que nos encontrásemos sería en Madrid, 42 años después, en ARCO, él como pintor vedette de una galería mexicana, y yo como galerista de Valencia!
En todas partes nos recibían con muestras de cariño y apoyo al enterarse de que éramos españoles. Siempre me ha llamado la atención el gran afecto que toda la gente progresista manifiesta hacia España, debido en gran parte a las Brigadas Internacionales que vinieron a luchar codo con codo con los republicanos en defensa de la libertad. Ellos han seguido hablando desde entonces en su entorno de esa gesta, de ese idealismo romántico, de ese auténtico internacionalismo proletario, creando simpatía hacia nuestra lucha.
La vuelta a París la hicimos en avión, lo que constituyó mi bautismo aéreo y al regreso, me vi inmersa de nuevo en otro montón de actividades de nuestra organización. No teníamos muchos recursos y no podíamos alojar a los camaradas que nos visitaban en hoteles. Cuando surgían reuniones, congresos o festivales los distribuíamos por las casas, pero no eran muchas, la mayoría de los camaradas vivía en hoteles de barrio o en chambres de bonnes14, amontonados, por lo que, muy a menudo, teníamos invitadas en casa y a veces en el famoso sofá dormíamos cuatro. La ayuda al Partido de mis padres fue constante. Por casa han pasado muchísimos camaradas, de algunos no recuerdo sus nombres, pero de otros sí, como los inolvidables Julián Grimau, o Manuel Azcárate. También recuerdo al simpático Agustín Sánchez, que estuvo en varias ocasiones. ¡Quién podía prever que en septiembre 1981, como dirigente del Partido en Murcia, tras regresar en autocar con otros camaradas desde la fiesta del PCE en Madrid, el vehículo chocara con otro y murieran 24 camaradas, entre ellos Agustín! Con su seriedad característica había estado dando conversación al conductor para que no se durmiera. Pero, desgraciadamente aquello no bastó. Los camaradas a veces se quedaban quince días o un mes en casa, porque venían de España tras salir de la cárcel y precisaban ir a alguna democracia popular para cuidar de su salud. Otros habían salido clandestinamente huyendo de la policía y mientras les arreglaban los papeles permanecían alojados en nuestro domicilio. Y no éramos los únicos. Formábamos una gran familia, éramos como una colmena.
Las tareas de los militantes del PCE en Francia eran penosas, ya que a las horas de fábrica, taller, oficina o campo, añadían las visitas que realizaban para ver a otros españoles del barrio y llevarles Mundo Obrero, comentarlo con ellos, explicarles nuestra lucha, nuestros objetivos, nuestro programa, recoger sus opiniones y tratar de convencerles para organizar reuniones, cursillos y recoger dinero para la lucha. Ello sin dejar de participar en las luchas y huelgas junto a los trabajadores franceses. Estas tareas se incrementaron muchísimo cuando llegaron los temporeros a partir de los años cincuenta. Españoles que salían de España en busca de trabajo: miles de jóvenes chachas por un lado y miles de peones en la construcción y fábricas, sin contar los que acudían a la vendimia. Llegaban a Francia sin conocimiento alguno de lo que es conciencia de clase, en plan rompe huelgas, pero poco a poco cambiaban. Algunos camaradas incluso tomaban sus vacaciones en septiembre para ir al sur, a los lugares de la vendimia, para hablar y concienciar compatriotas que venían por miles. El Partido se iba desarrollando rápidamente y regresaban a España convertidos en militantes. No era tarea de uno o dos, sino todos los camaradas trabajábamos como abejas, siempre a favor de España, siempre para lograr la democracia y terminar con el franquismo. Los temporeros adquirían conciencia y se incorporaban a las luchas en sus centros de trabajo, una rica experiencia que luego resultó importantísima para el desarrollo de Comisiones Obreras en España.
Una de las actividades de los franceses en donde los camaradas españoles nos implicábamos mucho, era la fiesta de L’Humanité. Se realizaba en un principio en el Bois de Vincennes, uno de los maravillosos bosques que rodean París. En su inmensa pradera se realizaba el mitin final y el desarrollo del programa central. Acudían centenares de miles de franceses, no sólo de París, sino de toda Francia. Nos traían sus productos y las especialidades de cada región para degustarlas en sus casetas. Además contábamos con las de los partidos hermanos, y entre ellos el nuestro que, modestia aparte, era una de las más concurridas. Siempre despertábamos el afecto de los visitantes progresistas de forma particular. Nuestra causa era apoyada siempre sin reservas. Centenares de camaradas trabajaban para la caseta de España, comprando las mercancías, haciendo las paellas, sirviéndolas, limpiando luego todo y siempre de forma voluntaria, para recoger dinero y ayudar en la lucha en España. Y éramos los jóvenes los encargados, hucha en mano y banderitas en ristre, de recoger dinero recorriendo todos los rincones del inmenso recinto. Nos tragábamos la vergüenza pensando que ayudaríamos a alguna familia cuyo padre estaba en las cárceles franquistas, o haciendo posible la adquisición de una multicopista para una organización en España.
En el escenario central de las fiestas de L’Humanité pasaron a lo largo de los años los mejores artistas del mundo de la canción, de la música y de la danza. Cantar allí era un reto para ellos, nadie movía a tanta gente como los comunistas. Cuando cantaba Yves Montand en la época en la que la radio estatal lo vetaba por comunista, aquello se venía abajo. Yo le adoraba y me continúa gustando. Cuando hizo su famoso recital en el Théátre de l’Etoile aux Champs Elysées yo, con un grupo de la JUS estaba allí. Su espectáculo duraba dos horas y media, con él solo en el escenario. Esa fue la noche en que lo grabaron para la casa discogràfica. Ahora, cuando escuchamos la cinta de la grabación y los gritos y aplausos, les digo a mis hijos: «¿Oís eso? Ahí está mamá gritando como una loca con todos ellos». Tenía veinte años, luchábamos por un mundo nuevo, estábamos convencidos que la razón estaba con nosotros, íbamos a terminar con las guerras y las injusticias, con la opresión de los regímenes militaristas y capitalistas, a terminar con el racismo. Nos sentíamos ciudadanos del mundo.
En diciembre de 1951, con dieciocho años recién cumplidos, ingresé en las filas del PCE. Gracias a mi actividad y compromiso los camaradas de la dirección me eligieron para trabajos especiales dentro del Partido, esto es, clandestina dentro de los clandestinos. Se trataba de tareas de enlace, nada del otro mundo, sencillamente pasar por toda una serie de casas de camaradas franceses y recoger semanalmente el correo que venía de España y entregarlo a un camarada responsable y nada más; o sea, que era cartera con muchas casas a mi cargo. Se trataba fundamentalmente de informes sobre la lucha en España, a veces, anuncios de visitas de camaradas o bien datos urgentes de primera importancia. No se podía encomendar la tarea a alguien que, por aburrimiento, se saltara las visitas, ya que la mayor parte estas eran infructuosas y no había nada que recoger. Yo me desesperaba, pero los camaradas me decían: «Olga tranquila, eso quiere decir que todo va bien». Todos nos conocíamos en ese aparato con nombres falsos. Cuando el camarada Aurelio me explicó mi trabajo me dijo: «Aquí no vas a llevar tu nombre, ¿cuál te quieres poner?» Yo me quedé muda, no había pensado en eso «¿Te gusta Olga?» Y Olga fui cinco años. A los pocos meses Aurelio fue sustituido por otro camarada, pero no se podían hacer preguntas, esa era una regla fundamental. Un montón de años más tarde, al leer Mundo Obrero me enteré que el camarada Francisco Romero Marín había sido detenido en Madrid donde desde hacía veinte años dirigía la lucha clandestina como miembro del Comité Ejecutivo del PCE. Después ya en Madrid y en democracia, tuve ocasión de verlo para compartir otras tareas.
Mi trabajo de cartera no era el único. Compaginaba mi actividad de correo con otras de la JSU y con las reuniones de mi célula de barrio, pero de tanto en tanto. Cuando los responsables de la célula mandaron informes a la dirección quejándose que no participaba suficientemente, les contestaron en varias ocasiones que me dejaran tranquila. Tenía absolutamente prohibido comentar mis tareas, sobre todo porque estaban relacionadas con lo que llamábamos el Interior.
En aquellos años el Partido debatía el asunto de «La reconciliación nacional», que había planteado nuestro Comité Central. Para muchos camaradas no fue fácil, les parecía una traición a los miles de muertos y encarcelados. Mi padre en esos años ya había pedido su ingreso en las filas del PCE y lo hizo después de sus dos hijas, pese a que él fuera, con su ejemplo, quien nos orientara para hacerlo. Recuerdo que me decía: «Hija es duro para mí, tras saber cómo mataron a mis padres, pero tienen razón los camaradas de la dirección, hay que partir con otro pie, ¡no más muertos, la sangre llama a la sangre, tenemos que evitar una nueva guerra civil!». Él lo asimiló rápidamente. Mi padre pese a no haber podido estudiar tras la Primaria, se formó con sus lecturas y adquirió una gran cultura política; explicaba muy bien las cosas, tenía costumbre de argumentar con paciencia, y convencer. En cambio, fuera del contexto político, ya no hacía gala de tanto cuidado.
Durante cinco años mi vida de militante fue un tanto anómala. Militaba en el Partido, mis tareas eran de Partido, pero solitarias, las reuniones de mi célula de barrio eran con camaradas veteranos, las intervenciones a veces, puros ladrillos, los unos repetían con otras palabras lo que acababa de decir el camarada anterior y cuando llegaba mi tumo, me ponía toda colorada y no podía hablar, sólo atinaba a farfullar que estaba de acuerdo con ellos. Mi soledad militante me impedía evolucionar en el aspecto teórico y como mis compañeros de la JSU sabían que estaba dedicada a tareas del Partido, no me exigían nada, pero tampoco participaba en reuniones, ni cursillos, ni nada que me ofreciera formación teórica para aprender a intervenir y expresar mis opiniones.
Así pues, sin formación política seria me formaba como mi padre sola, contrastando lo leído en prensa y libros con la realidad y participando en todos los actos, mítines, concentraciones, manifestaciones o huelgas del pueblo francés. Muchas veces he oído en mi entorno comentarios elogiosos sobre la valía de tal o cual camarada, lo bien que hablaba. Sin embargo a mí no me lo parecía. Los talentos residían más bien en sus capacidades de comunicación, en la claridad con la que exponían sus ideas que, por otro lado, se me antojaban simplonas. En aquellos días nadie podía saber si yo tenía o no ideas, además no les preocupaba. Yo no estaba integrada en el circuito del ámbito orgánico, estaba aparcada en otra vía, olvidada. Interiormente me sentía frustrada pero no me atrevía a rebelarme, porque me habían escogido por ser una camarada firme y sacrificada. ¡No podía fallarles!
En el mes de junio de 1952, la JSU organizó la primera salida campestre del año en un sitio muy bonito al borde de la Mame. Mi amiga Enriqueta Roca y yo llegamos el domingo por la mañana y nos reunimos con quienes habían llegado la noche anterior. Habían formado un gran círculo y el del medio lanzaba el balón a cualquiera. Si éste fallaba al recoger la pelota tenía que ocupar el centro. Me incorporé al círculo. El chico que estaba en el centro me vio y me tiró el balón. Lo paré y me lo devolvió con más fuerza. De nuevo lo recogí y volvió a intentarlo con furia aunque logré pararlo por tercera vez. Los otros comenzaron a protestar para que abriese el juego. Cuando lo sustituyeron en el centro vino a mi lado y ya no nos separamos en todo el día. Para mí fue un flechazo, o como dicen los franceses, «le coup de foudre»15, que ilustra mejor lo que me pasó.
Toda mi infancia y formación había sido de españolismo militante, así que desde siempre el hombre ideal para mí tenía que ser español, de tez morena, de ojos negros y pelo rizado o ondulado. Ni renacuajo, ni gigantón, ni gordinflón y, por supuesto, tenía que ser comunista. Cuando iba al cine con las amigas y al ver que se pasmaban ante cualquier galán rubio de ojos azules, yo les decía con cara de asco: «¡Bah, es un rostro pálido!» Las amigas me tomaban el pelo: «¡Seguro que Rosalía se nos casa con un senegalès!». Y de pronto, la imagen que me había forjado en mis sueños se hacía presente en carne y hueso, andando, riendo y hablándome. Era el que estaba esperando y me volví tonta perdida. Supe por las amigas que formaba parte de nuestro club. Era un camarada con mucha experiencia y acababa de llegar a París desde Toulouse donde había vivido hasta entonces. Por la situación ambigua en que me encontraba, organizada pero sin participar en todo, no lo podía ver muy a menudo, sólo en las fiestas o salidas al campo. Pero en cuanto él me veía me sacaba a bailar en las fiestas y en el mes de agosto, en el camping que organizamos en el parque del castillo de Baillet que pertenecía a la CGT, comprendí que no le era indiferente. Por suerte para mí, los camaradas de la dirección solicitaron a mis padres ayuda para a un joven que vivía solo, porque sus padres estaban deportados. Tengo que señalar que el gobierno francés, cada vez más de derechas, había expulsado de Francia a muchos camaradas destacados del PCE, a unos los acogieron las repúblicas populares y a sus padres les tocó ir a Argelia. El joven en cuestión era Antonio Palomares, así que lo veía para cenar cada noche. Estaba que no cabía en mí, andaba flotando.
A los pocos meses ya fuimos novios pero yo era una chica muy romántica, atiborrada de literatura, sin ninguna experiencia de nada. Mi madre nos había inculcado una moral muy rígida, nada de ligues ni cosas parecidas y así de alelada andaba yo, que no sabía qué decir ni qué hacer. El por el contrario era un guaperas de tipo latino con mucho éxito. Además de otras novias españolas había tenido ligues con francesas. Sus formas me desconcertaban y nuestros gustos eran diferentes. A mí me encantaba el teatro, la música clásica, los conciertos, unas veces iba con mis amigas francesas del instituto, otras con las amigas y camaradas de la JSU que compartían los mismos gustos. Él no estaba acostumbrado ni a teatros, ni conciertos, hablaba poco, devoraba cualquier periódico y si íbamos al cine no hacía el menor comentario. Aquello no marchaba bien y antes de los tres meses me dijo: «No estamos hechos el uno para el otro, así que mejor dejarlo».
Fue terrible, no comía, no reía, lloraba por todos los rincones. A pesar de ello mi madre insistió en que acudiese a la fiesta de fin de año que estaba prevista con centenares de españoles, para comer juntos las uvas al ritmo de las campanadas de la Puerta del Sol retransmitidas desde Madrid. «¿Cómo que no quieres ir?» Gritó mi madre: «¡Ahora mismo estrenas la falda y la blusa que te habías comprado y te tomas esto!». Un gran tazón de café con una yema de huevo y un vaso de coñac, una pócima que me producía arcadas: «¡Estaría bueno que se riera el Palomo!», refunfuñaba ella. Y estrené una falda estilo Christian Dior que me habían hecho para la fiesta, de tafetán negro, en forma de capa, con enorme vuelo y la blusa de seda blanca con mangas anchas cerradas en el puño y cuello mosquetero. El conjunto resultaba airoso además, a causa del tazón que mi madre como un sargento me obligó a tragar hasta la última gota, mis mejillas ardían. Llegué a la fiesta antes que él y los amigos, al verme sola preguntaban: «¿Dónde está tu costilla?» «No sé», decía yo, «vendrá luego». Informé a mis allegados y primos de lo ocurrido y estuvieron toda la noche pendientes de que lo pasara bien. Cuando él llegó yo estaba radiante, riendo y bailando y él se puso taciturno y con mala cara toda la noche.
Fue el sistema que luego empleé: tragarme los disgustos y no enseñar mi pena. Tuve otros jóvenes interesados, pero no me hacía tilín ninguno, ni me sentía capaz de dar esperanzas a nadie sólo para darle en las narices a Antonio, tal y como me aconsejaban las amigas. No sé si hice bien, porque hubo chicos que sinceramente me querían y eran realmente buenas personas, pero como se dice: el amor es ciego.
A la vuelta del Festival de Verano de Bucarest, me percaté de que Antonio quería volver, pero me daba miedo porque, en efecto, éramos muy diferentes. Esperaba que la atracción que sentía por él se disipara pero no ocurrió. La última jugada que hice para hacerlo rabiar un poco fue en mi veinte cumpleaños. Di una fiesta en la que hubo veinte invitados a comer. Éramos todos jóvenes de la JSU, los que habitualmente también rodeaban a Antonio. A él no lo invité y se quedó solo pero supo lo bien que lo pasamos, porque todo el mundo lo comentó después. A la semana siguiente vino a esperarme a la salida de mi trabajo, y cinco meses después nos casamos.
MATRIMONIO
Él fue mi primer y único amor y yo muy romántica, muy pura en todos los sentidos. Me eduqué en Francia, pero entre españoles y entre camaradas, rodeada de una sana hermandad. Luchábamos contra la injusticia y deseábamos formas de vida nuevas que excluyesen la explotación del hombre por el hombre, sin racismo, sin mentiras. También las parejas debían ser distintas, basadas en la confianza, la igualdad y el respeto mutuo.
Antonio tenía veinticuatro años y yo veinte, entre los dos cuarenta y cuatro. Nos casamos el 24 de abril de 1954. Toda una serie de cuatros. El ayuntamiento franquista que debía enviamos su partida de nacimiento no lo hizo y no pudimos formalizar nuestra unión ese mismo día. Represalias, porque su padre ya era comunista en guerra. El cura nos envió la fe de bautismo tres años más tarde y ese papel bastó para casamos legalmente, esta vez el 25 de abril cuando yo estaba encinta de ocho meses de mi hijo. Pero aquel formalismo no fue algo que nos importara demasiado, así que para nosotros la boda fue el día 24 y fue esa noche cuando celebramos una fiesta en casa, una fiesta en la que no cabía una aguja. Mis padres guardaron el secreto de nuestra dirección para que mis primos no tuvieran ocasión de gastamos las bromas al uso, claro que, un mes más tarde, durante una visita a los tíos a Mignières, se vengaron bien, con las mil perrerías que en los pueblos dedican a los recién casados.
Nuestro primer nido estuvo en el Square du Laonnais, en el 20ème arrondissement, pero muy alejado del centro. Se reducía a una sola habitación amueblada, con luz y agua dentro y el aseo colectivo en el pasillo. Dividimos la estancia con cortinas para aislar el espacio de la cocina. Se trataba de una planta baja que lindaba con el parque La Butte Rouge, la colina regada con la sangre de los últimos communards, los resistentes defensores de la Comuna de París. A nosotros ese recuerdo nos emocionaba como lo hacía la canción de Yves Montand que rememoraba la gesta:
La Butte Rouge c’est son nom, l’bathème s’fit un matin,
Où tous ceux qui montaient, roulaient dans le ravin,
Aujourd’hui y’a des vignes, on y plante du raisin,
Qui boira ce vin là, boira Psang d’mes copains.16
Allí perdí mi virginidad. Nada de viajes exóticos a Canarias o Venecia, no teníamos dinero, sólo disfrutamos de los cuatro días reglamentarios y a trabajar, yo en Bernard Scherschneider y Antonio como fresador en una fábrica. Ambos militábamos, yo en mis tareas de «correo» y él en la dirección nacional de la JSU. Por seguridad y responsabilidad nunca hablábamos de nuestro trabajo.
Nos veíamos poco. A la seis de la mañana preparaba el desayuno y su bocadillo para el almuerzo. Al poco se levantaba él, desayunaba y se iba; yo arreglaba la casa, compraba lo indispensable para la cena y luego salía pitando para mi oficina. Antonio comía en la fábrica y yo en casa de mis padres, que estaba cerca de mi oficina y, después de cada jornada, nos ocupábamos de las tareas de militante. Difícilmente regresábamos a casa antes de las once y él aún más tarde. Los fines de semana Antonio se ocupaba de tareas de control o participaba en reuniones fuera de París y yo me quedaba sola con frecuencia.
Pero a pesar del rigor en el que vivíamos, la entrega a nuestros ideales era absoluta. Jamás dijimos que no. El Partido era lo primero, una misión sagrada. Hemos tenido que renunciar a muchas cosas y hemos dedicado nuestro trabajo, no a ganar dinero para vivir mejor, sino a la lucha, a las reuniones, a organizar el Partido, a formar nuevos militantes, a elevar su nivel político y ayudar a la lucha del Interior. Hemos sido marido y mujer pero también dos camaradas. Por eso he asumido la vida que me ha tocado vivir: un marido a ratos, entre dos reuniones, entre dos viajes. Cualquier problema que surgiera debía resolverlo sola y afortunadamente he tenido temple para ello, pero la soledad ha sido amarga. Ni siquiera las vacaciones lo eran del todo. En Dives-Sur-Mer, Normandía cerca de la playa de Cabourg, se organizaban los campamentos de verano de la JSU, en las escuelas que el ayuntamiento nos cedía. Eran campamentos de veraneo pero sobre todo de formación. Antonio era el responsable del campamento y yo del economato. No obstante guardo un grato recuerdo del pueblo, de sus gentes, de su alcalde, comunista, como la mayoría de la corporación. Organizábamos fiestas de todo tipo pero, la que más gustaba, era la corrida que celebrábamos el último domingo del campamento con un toro de madera. Contábamos con picadores, banderillas, torero con traje de luces, majas, mantillas, todo confeccionado con papel rizo de colores. Formábamos un círculo con sillas y bancos y acudían el alcalde, concejales y camaradas del pueblo con sus mujeres. Todos tenían mucho cariño a España y algunos de ellos habían sido brigadistas en nuestra guerra. Dirigimos varios años el campamento de Dives-Sur-mer, la última vez con Antoñín de quince meses. Ese verano fue el juguete de todos.
Si bien el ambiente en que vivíamos era duro, al mismo tiempo nos sentíamos alegres y esperanzados. Los acontecimientos nos daban la razón. Para nosotros no existían dudas sobre la validez de nuestros ideales. En cincuenta años la URSS había pasado de ser un país atrasado, con el noventa y siete por ciento de analfabetos a situarse como la segunda potencia del mundo. En China, el país más poblado de la tierra, ocurría otro tanto. Iban vestidos todos igual, sí, ¡pero todos iban vestidos! Recuerdo artículos nostálgicos en la prensa burguesa hablando con añoranza de la delicadísima y selecta comida china de Cantón y Shangai. Cierto que ahora tal vez no disfrutaban de variedad de platos pero todos comían. Habían desterrado la hambruna de donde, para sobrevivir, habían comido hasta moscas.
En todas las esferas de la vida nos parecía que las democracias populares destacaban de forma espectacular. Desde la carrera espacial, ¡menuda alegría fue para nosotros el lanzamiento del primer Sputnik en 1957!, pasando por los deportes, las artes -el Bolchoi o el Kirov, el Circo de Moscú, el conjunto Moïseyef, las marionetas de Obrazov, los coros del Ejército Rojo, o bien el conjunto Mazowse de Polonia—, avanzábamos arrolladores. Estas compañías eran tan famosas como las colas en las librerías de Moscú que tanto llamaban la atención a los periodistas. ¿Cuándo se ven largas colas en nuestros países para comprar libros?
Tras la Revolución de Octubre, en la URSS, la ópera y el ballet se transformaron de meras diversiones exclusivas de los poderosos, en una afición o una profesión al alcance de todos. Cualquiera que tuviese talento podía desarrollar sus gustos artísticos en cualquier disciplina, en las casas de cultura de los pioneros y konsomoles existentes en todos los barrios y pueblos como aficionados y perfeccionarse en las escuelas especiales, como sucedió con Rudolf Nureiev, hijo de campesino pero apasionado del ballet. Él recibió gratuitamente del Estado todas las clases y las mayores facilidades hasta alcanzar el Bolchoi. También era gratis el resto de la enseñanza en las dieciséis repúblicas.
Los artistas estaban bien pagados pero no tanto como en Occidente. La diferencia de ingresos en la URSS entre sus grandes del cine, del deporte o de las artes en general y el resto de la población no era tan enorme como en nuestros países. Constituía una verdadera obsesión para Occidente «capturar» una estrella refulgente del firmamento socialista en cuanto sus compañías salían de gira. Algunos caían y entonces se montaba una campaña política enorme: «¡Ha escogido la libertad!», decían.
Me encontraba en París cuando Nuréiev nos encandiló con aquellos saltos prodigiosos con los que atravesaba el escenario volando majestuoso, elegante, grácil y con una técnica perfecta. Cuando se quedó en Francia, me dio mucha rabia, la verdad. Supongo que a Nureiev nunca se le pasaría por la cabeza que, de haber nacido en Inglaterra o Francia, nunca hubiera sido bailarín estrella. Más bien continuaría siendo campesino, porque nadie le hubiese ofrecido la educación que él pudo recibir. Eso demuestra que en la URSS y en el resto de países comunistas, no se supo transmitir a las nuevas generaciones el hecho de que si bien toda la plusvalía del trabajo de los ciudadanos iba al Estado, éste a su vez la devolvía en forma de sanidad, enseñanza y demás servicios totalmente gratuitos. Hasta los estudiantes universitarios recibían un salario durante la carrera si superaban unos muy duros exámenes. Muchos podían casarse, incluso tener hijos y continuar estudiando. Sin embargo, como hemos visto después, no siempre los funcionarios se comportaron como debían. Pero, ¿quién nos iba a quitar la alegría con la que contemplábamos entonces a Gagarín dando una vuelta a la tierra, o a Valentina Tereshkova, la simpática Alondra, que conocí en 1978, sonriéndonos desde el espacio mientras los americanos seguían en tierra? Éramos felices. ¿Cómo podíamos sospechar todo lo que luego pasó en la URSS?
En cuanto a nuestro compromiso en la lucha, la entrega no decaía. Y crecíamos constantemente. Cuando los trabajadores españoles temporeros nos conocían en Francia, admiraban nuestra camaradería y el ambiente sano en que vivíamos. Admiraban nuestra solidaridad, nuestra rectitud. Inmersos en el sistema de chapuzas y desconfianza necesarios para sobrevivir en los años negros de los cuarenta y cincuenta en España, para ellos no había duda: nosotros representábamos el hombre y la mujer del mañana.
Antes de nacer los chicos, los fines de semana que podíamos pasar juntos, disfrutábamos de las diversiones que ofrece París. Además del cine, logré llevar varias veces a Antonio al teatro y lo pasamos muy bien. Vimos, entre otras, Les sorcières de Salem de Arthur Miller y nos divertimos mucho con las comedias de André Roussin y Marcel Achard: La petite hutte, Patate, Lorsque l’enfant paraît. Tampoco faltábamos a ningún espectáculo procedente de la URSS o de las democracias populares. Como a ninguno de los que venían de España. Todavía recuerdo cómo me dolían las manos de tanto aplaudir a la gran Carmen Amaya. Y menos aún a los actos culturales solidarios con la España antifranquista. Conservo la carpetilla-programa de la interesante exposición, Espagne-Mai 1965, que tuvo lugar en la Galerie Peintres du Monde, 43 rue Vivienne de París, con obras de José Ortega, Antonio Saura, Manolo Millares y Mariano Hernández. El texto de presentación era de José María Moreno Galván. En esos años nuestros artistas tenían que salir fuera para poder expresar su arte en libertad y conocer las nuevas tendencias. París les abría sus puertas generosamente y contaban con nuestro apoyo, especialmente con la ayuda de la comisión que dirigía el camarada José Ortega, quien además de ser un pintor de prestigio, era miembro del Comité Central del PCE.
Muchas de nuestras salidas eran en grupo. El mismo año que nosotros se casaron varias parejas y además de camaradas, éramos amigos. Para Luis Bachiller, un gran amigo de Antonio, y para Dolores Sánchez, su mujer, pasé a ser la soeurette, hermanita, puesto que, siendo Antonio hijo único, entre ellos bromeaban diciendo ambos eran hermanos. Como Luis era un forofo del fútbol, asistí, sin entender nada, a un partido de la selección española cuando vino a París. Eso sí, apoyé a tope a nuestros compatriotas. Otra vez fui yo quien los llevó a la famosa Ópera de París y pasamos los cuatro una noche inolvidable. Fueron otra pareja entregada a la causa. Regresaron a España pocos meses después que nosotros, a Madrid, puesto que ambos eran madrileños. Y en Madrid siguieron participando en todas las luchas con el mismo entusiasmo. Hace unos años Luis murió pero la larga amistad con Lolita continúa, un afecto forjado en tantos acontecimientos vividos juntos y tantas esperanzas compartidas.
Tras largas búsquedas y a cambio de un traspaso encontramos otro piso más cerca de mis padres en la rue d’Aubervilliers. Contaba con una habitación, un comedor y un rincón que hacía de minicocina y aunque significaba el doble de espacio del anterior y estaba mejor situado, desgraciadamente no tenía ni agua ni desagüe. Lo decoramos con mucha ilusión con objetos españoles, abanicos, guitarra y quedó precioso. Pero dos años y medio de tanto acarrear agua resultó demoledor para mí. Allí pasé la gestación de Antoñito y sus primeros once meses de pañales. No sé cuántos cubos y jarras subí y bajé, incontables. Durante todo el embarazo tuve que llevar un corsé con hierro sujetándome la maltrecha columna vertebral, pero todo eso lo hice sin malas caras, sin protestas. Como lo más normal del mundo, cumpliendo todo con alegría y buen humor.
En 1959 dejamos al niño al cuidado de mi madre y fuimos a España. Era la primera vez que ambos regresábamos. Estábamos emocionadísimos. Nos fuimos en Vespa. Enviamos la moto a Perpignan en tren y desde allí nos dirigimos hacia Barcelona. Visitamos a mi tía Inés, hermana de mi madre, en Olesa de Monserrat. Ella era el ama de llaves del párroco. El sacerdote nos atendió muy bien y mi tía se llevó la sorpresa del siglo al verme ya que, según dicen, soy idéntica a ella, y la mujer no me había vuelto a ver desde mis cinco años.
Visitamos en Tarrasa a la tía Pilar, otra hermana de mi madre pero a tía Carmen, la tercera, no nos fue posible verla porque se había convertido en monja de clausura. De las cuatro hermanas, dos son de izquierdas y las otras dos muy beatas. Para ellas lo que digan los curas es lo que vale. En casa de tía Pilar nos sentíamos como en la nuestra; su marido, Vicente Ortas estuvo preso en las cárceles franquistas catorce años, durante los que mi tía Pilar pasó todo tipo de apuros para sacar adelante a su hijo recién nacido. Nos habíamos carteado siempre desde Francia con ellos y cuando podíamos les enviábamos ayuda. Ella se ocupaba de mi abuela Francisca y reencontrarnos fue muy emocionante.
Vivían en el barrio Can Anglada, poblado por aragoneses, murcianos y andaluces, charnegos que venían a Cataluña huyendo de la miseria. Mi tío se mostró muy ansioso por saber cómo se vivía fuera, qué perspectivas veíamos nosotros para España; estaba al tanto de la lucha ya que escuchaba Radio España Independiente. No se cansaba de hablar con Antonio y a su vez, él nos explicaba cómo marchaban las cosas en las fábricas.
Aprovechamos el viaje para conocer nuestros respectivos pueblos de nacimiento. Pasamos un día en Albalate de Cinca, donde nací y la gente nos saludaba: «¿Chiqueta cómo está tu padre?». «Muy bien, gracias». «Me alegro chiqueta, dale recuerdos, ¡cuánto me gustaría verle aquí!». Desgraciadamente no quedaba en el pueblo familia cercana y no pudimos quedarnos más tiempo. Recorrí sus calles y aparecieron ante mis ojos los decorados de tantos relatos de mis padres: la calle de la Sartén, donde tenían la casa mis abuelos paternos, la era, donde se situaba la casa de mis abuelos maternos. Conmovida, contemplé la gran higuera que tanto añoraba mi madre y que se erguía delante de la puerta de la casa, el molino, el ayuntamiento, el torreón, el puente y el caudaloso Cinca, que da riqueza a todo el valle. Pero lo que más me emocionó fue ver los restos de nuestra casa.
¡La famosa casa nueva que tantas fatigas causara a mis padres! En 1934 mis padres compraron un terreno al Sindicato en las afueras del pueblo y levantaron una bonita casa con patio para los animales. Ellos vivían trabajando parte de las parcelas que se compraron al Duque, y papá pagó las acequias y la puesta en valor de las tierras de secano. Una epopeya cuyos pormenores, relatados por mis padres, había oído una y otra vez. Leyendo Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, me di cuenta de que se inspiraba en lo ocurrido, puesto que relata la recuperación y parcelación de las tierras del duque. Aunque él modifica un poco los hechos para adaptarlos a su novela.
En los años treinta se adquirieron legalmente las tierras de caza del duque de Solferino, que él visitaba de tarde en tarde. El Banco Hipotecario adelantó el ochenta por ciento del importe que se pagó al conde de Centelles, heredero del duque. Del veinte por ciento restante, una parte, ciento sesenta mil pesetas amortizables en dieciocho meses prorrogables, la proporcionó el Banco de la Pequeña Propiedad y el resto, cien mil pesetas, correspondía a los socios que eran unos doscientos cincuenta. El Sindicato vendió unas fincas urbanas, y con lo que aportaron los socios, se hizo frente a esas cien mil pesetas. Mi padre era por elección secretario del Sindicato para la distribución de las tierras que, naturalmente, habían despertado la voracidad de los tres o cuatro grandes propietarios de la zona. Los socios en Asamblea General del Sindicato Agrícola consideraron que las cuentas anteriores no eran conformes y votaron por una Comisión Revisora de Cuentas cuyo presidente fue papá. La Comisión pidió explicaciones por una partida que no estaba clara y provocó la dimisión de la Junta y al elegir una nueva, papá obtuvo más votos que nadie y fue nombrado su presidente.
El reparto de las tierras del duque se hizo en 1932, proporcionalmente, según las tierras que tenían los socios, reservando una parte para socios venideros. Así obtuvieron parcelas quienes no tenían tierras o quienes tenían muy pocas, pero el reparto se detuvo en los socios. Los terratenientes, que no eran socios del Sindicato, quedaron fuera. Para efectuar el reparto vino un ingeniero de Madrid y a cada socio se le asignó tres o cuatro hectáreas de secano y huerta. Una vez hechas las parcelas se iniciaron las tareas de irrigación.
En 1933 había grandes dificultades para sacar producción de la tierra que continuaba siendo de secano. Los socios no tenían dinero y debían amortizar cada año la deuda contraída con el Gobierno. En diciembre de ese año, los anarquistas salieron a la calle, metieron en la cárcel a los burgueses y proclamaron el Comunismo Libertario. Aquello duró treinta y cinco horas, hasta que llegó la tropa de Barbastro. Después encarcelaron a muchos y a papá el primero, pero no por lo del Comunismo Libertario, él ya no militaba en la CNT, sino porque los terratenientes le guardaban rencor por el reparto de las tierras que el Sindicato había hecho en beneficio de los pobres. Estuvo en prisión cuatro meses.
Papá continuó siendo presidente del Sindicato Agrícola hasta 1935 pero una vez solventadas parte de las deudas y estando asegurado el resto, dimitió porque creyó que era momento de cambio. Mi padre fue un gran luchador entregado en cuerpo y alma a la causa de los pobres. En las elecciones de 1936 fue elegido concejal de Izquierda Republicana, Sección de Abastos. Papá fue anarquista de 1919 a 1931, y después, junto con mi madre, militó en Izquierda Republicana. Muchas veces le oí criticar las actuaciones «de los pistoleros de la FAI», aunque, el ideal anarquista, a pesar de reconocer que era una utopía irrealizable en el contexto actual, siempre le cautivó.
En plena Guerra Civil alguien quemó la casa que con tanta ilusión y esfuerzo habían levantado mis padres con sus propias manos. Los fachas del pueblo se apropiaron de sus tierras y del corral que emplearon como aparcamiento de sus herramientas y maquinaria. Y de esa casa tantas veces evocada en los relatos de mi niñez que ahora tenía ante mí, sólo restaba la chimenea que contemplaba con un nudo en la garganta, recta en el medio del patio, sola, como un monumento de protesta contra las barbaries cometidas.
Tras la ocupación, los nacionales se apropiaron de nuestras tierras, pero eso fue lo de menos. Lo verdaderamente criminal e injusto fue asesinar a mis abuelos, Hilaria Castro, de setenta años y Gabriel Sender de setenta y dos, el 19 de mayo de 1938, en la carretera de Albalate a Belver, en el sitio conocido por Las Viñas. ¿Por qué los mataron los fascistas? ¿Qué habían hecho esos pobres inocentes viejos trabajadores del campo? Se cebaron con ellos al no haber podido coger a sus hijos. Los primeros años de la victoria franquista España se convirtió en un gran charco de sangre, las atrocidades se sucedían dentro y fuera de las cárceles. En Albalate fueron treinta y una las personas torturadas y fusiladas. Mis padres no quisieron volver al pueblo jamás, no podían olvidar. Mis padres nos educaron sin ánimo vengativo, pero nunca quisieron cruzarse por la calle con los que mataron injusta y salvajemente a sus padres. En 1968, viviendo ya nosotros en Valencia, se instalaron en Llíria, cerca de la Font de Sant Vicent; allí vivieron diez años los dos, muy felices y nunca quisieron regresar a Albalate de Cinca.
Desde Barcelona con nuestra Vespa llegamos hasta Valencia por la costa para visitar a los tíos y primos de Antonio, que procedían de La Mancha y que entonces vivían en una de las cuevas de Benimàmet. Valencia me gustó mucho desde el primer día, me encantaron sus palmeras, su mar, sus playas, sus naranjos, su huerta y la diversidad de su paisaje.
Después fuimos a Los Chospes, lugar de nacimiento de Antonio, una pequeña aldea dependiente de El Robledo en la provincia de Albacete en donde todavía conservaba familia. Antes nos dirigimos al Ayuntamiento de El Robledo para pedir la partida de nacimiento que nunca nos enviaban a París y a pesar del malestar del secretario, no pudieron denegarla más. Cuando llegamos a la aldea fue apoteósico. Corrió la voz de que había llegado el «hijo de Antoñete», y pese a ser agosto, el mes con más trabajo del año, todo el mundo paró. Por la noche se organizó una gran fiesta, se bebió cantidad de palomita, anís con agua dentro de una inmensa palangana de la que se sacaban cazos para llenar los vasos. Se habló mucho, se cantó, se bailó, y como no creían que fuese verdaderamente aragonesa les bailé una jota.
Por último Madrid nos deslumhró. Lo mirábamos con ojos de emigrantes soñadores: la calle de Alcalá, la Gran Vía, la Cibeles, El Retiro, visitar El Prado…, nos quedamos embobados ante las Majas de Goya y las Meninas de Velázquez. Volvimos de ese viaje más decididos que nunca a seguir luchando para recuperar la libertad para nuestro pueblo.
Mi siguiente trabajo fue en Maple, casa de muebles y decoración de alto estanding, cerca de la plaza de la Ópera, tras cerrarse mi empresa de prèt-à-porter. La casa madre estaba en Londres y eran proveedores de la Casa Real. Fue gracioso aquel trabajo: los libros contables donde tenía que asentar operaciones, eran enormes, no se movían de la mesa, estaban fijos, era yo quien tenía que cambiar la silla según con el libro que trabajara. Sus primeras páginas habían sido rellenadas mucho antes de nacer yo. Todo era antiquísimo, incluido el personal, con gestos mesurados, siempre los mismos, muy ingleses ellos, a pesar de ser franceses, muy tiesos. Tenía la impresión de estar en la oficina que tan magistralmente describe Gógol en su novela El capote y que vi interpretado por el genial mimo Marcel Marceau. Estuve poco tiempo porque me asfixiaba allí dentro. Después me fui unos meses a una oficina de turismo, pocos ya que, al estar encinta y con problemas de columna, me dieron de baja.
Necesitábamos un piso con agua. Mis padres invirtieron todos sus ahorros en uno muy modesto cerca de ellos. Era planta baja y daba a un pequeño patio. No se veía el cielo y todo el día estábamos con la luz encendida pero, ¡oh maravilla! disponía de agua y aseo. Se componía de un dormitorio, un gran comedor, una pequeña biblioteca, una cocina, un aseo, donde instalamos una ducha, y el pasillo. Hoy en día se consideraría un pequeño apartamento, pero para nosotros, en aquellos años en París, era un palacio. Nos pusimos de nuevo manos a la obra. Tiramos un tabique y construimos un arco, uniendo la biblioteca y el comedor. Antonio fabricó una estantería para los montones de libros, yo la pinté de colores. Quedó una casa muy moderna, con cortinas de dibujos psicodélicos que entonces se habían puesto de moda. Todos nos felicitaban por lo bonito que lo habíamos dejado. Para nosotros aquello era un sueño, ¡cocina con agua caliente, aseo y ducha en casa! Fueron meses de entusiasmo arreglando a ratos nuestro nido, porque la vida y el trabajo seguían.
Encontré cerca de casa un trabajo de contable en una auditoría, lo que me permitía ocuparme de mi nene, llevarlo a la guardería, salir zumbando a la oficina, volverlo a recuperar, darle de comer, volverlo a llevar, regresar a la oficina para volver otra vez a por él corriendo al final de la tarde. Casi siempre llegaba la última. A pesar de eso yo me sentía feliz porque lo tenía todo en el barrio, no precisaba coger el metro y podía atender a mi hijo y estar más ratos con él, pero eso sí, volando todo el día. No tenía ni nevera ni lavadora, todo lo lavaba a mano, por lo que no paraba de trajinar por casa después de regresar de la oficina, hasta las tantas.
El trabajo en la auditoría era rutinario, aunque ciertos días del mes me desplazaba a las empresas de algunos de nuestros clientes para revisar sus libros, y hacer el cálculo de sus impuestos y seguridad social. Peleteros, joyeros, tiendas de moda y pequeños comercios, empresas que llevábamos en el despacho. Eso me proporcionaba una visión distinta del mundo; charlaba con gente diversa y ese aspecto de mi trabajo me agradaba, lo hacía con mucha seriedad y rapidez. Me apreciaban, se fiaban totalmente de mí, me recibían con gran simpatía, y al final del año me obsequiaban con cosas de sus empresas. Todavía conservo un gorro de piel de esos regalos.
Nuevamente encinta, de Lidia, mi salud se resintió y estuve un año de baja. Al reincorporarme, el jefe me permitió ir sólo por las mañanas porque el ritmo que llevaba era de locura con dos niños pequeños, trabajando y ocupándome yo sola de ellos.
Antonio continuaba en la dirección de la Juventud y viajaba a España a menudo. Pero pronto se integró en el trabajo del Partido en el Interior. Hizo un trabajo serio y eficaz en Canarias, en Murcia, en Madrid, en Valencia y otros lugares. Los camaradas de la dirección le propusieron dejar la fábrica y convertirse en liberado para el Partido. Ni se le pasó por la mente consultarme, ni pensar si yo estaba en estado de poder apechugar con más cosas. Dijo sí inmediatamente y yo tuve que trabajar también por las tardes, ya que el sueldo de un permanente era un mínimo testimonial.
Si teníamos vacaciones eran modestas: casas de camaradas de provincias que vivían cerca del mar, o en el campo, y que generosamente las ofrecían para que otros camaradas de las grandes ciudades pudieran descansar gozando de aire puro. Todavía recuerdo el mes que pasé en Pamiers con mis hijos, Lidia todavía no andaba. Consuelo y Wilfredo Guillén nos atendieron como a unos hermanos más en su casa. De la misma forma que nosotros ofrecíamos la nuestra cuando el Partido la necesitaba, y al igual que nosotros acogíamos cualquier camarada desconocido como un miembro de la familia, ellos compartieron lo que tenían con nosotros.
Me sentía agotada. Además de la jomada de oficina, estaban los niños, las compras diarias que la falta de nevera exigían, la limpieza de la casa, las comidas, la colada, la plancha. Por si fuera poco, me encargaron un trabajo para el Partido, que ya no era el de enlace, sino de documentación. Hacía el seguimiento de varios periódicos españoles recortando lo que podía ser interesante y entregándolo a un camarada. También hice algún viaje a España pero eso lo veremos más adelante.
Mi estado de salud nunca había sido bueno. Casi desde la boda estuve en manos de ginecólogos, porque tenía una malformación de mis órganos y tuvieron que sanear y arreglar: ovarios, trompas, útero y vagina. Era una cosa corriente para mí dirigirme desde el trabajo a la policlínica des Bleuets, y desde allí, tras media hora de lo que fuera, salir zumbando a mi tarea de militante y luego a casa. Fue un calvario que duró seis años al que acompañaban los tratamientos de la columna vertebral, ya que desde los 17 años he padecido de lumbago. Corrientes eléctricas de varios tipos, inyecciones, masajes, gimnasia correctiva, estiramientos: puro suplicio de la Inquisición. Me arrodillaban sobre un taburete, poniéndome en las piernas plegadas un rodillo de madera que sujetaban de ambos lados para que no me levantase, luego aplastada en una mesa de metal partida en dos, me hacían lo mismo con los brazos, total que no podía moverme. Entonces abrían la mesa, cada día un poco más, mientras el fisioterapeuta iba manipulando mi pobre columna para estirarla. Para colmo en 1961, sufrí una apendicitis y también me operaron de anginas, que de mayor duele lo suyo. Me quedé con cuarenta y siete kilos. Debo subrayar que todo eso sin dejar de trabajar, haciendo frente a lo que fuera como si no pasara nada, disimulando, intentando no dar la lata en mi entorno incluso bromeando con mis dolencias cuando eran demasiado visibles. Procuraba ser una persona alegre. Padecí toda mi vida una madre hipocondríaca que nos amargó la vida con sus dolencias, la mayor parte de las veces imaginarias, y no deseaba por nada del mundo parecerme a ella.
En esos momentos de tan mala salud los camaradas del Konsomol Soviético, invitaron a Antonio y a su mujer para descansar un mes en Sotchi, que es la perla del mar Negro y donde el Konsomol tenía sus casas de descanso. A mí eso me venía de perlas para recomponerme, pero lo que de verdad me ilusionaba era conocer la URSS, la casa grande como la llamábamos entre nosotros. Antonio ya la conocía pero yo no.
Cuando pisamos la Plaza Roja yo estaba emocionadísima, la famosa Plaza Roja, el Kremlin, el mausoleo Lenin, la iglesia San Basilio, aquello era como un peregrinaje. Nos llevaron a visitar todo lo que nos apetecía ver; yo insistí en bajar al metro, que por las lecturas y reportajes sabía que era el más bonito del mundo, pero Volodia, el intérprete-guía me decía: «¿Para qué si tenemos el coche?» «¡Pero yo quiero ver como es!», protestaba. Y como quien cede ante el capricho de un crío, nos llevó a ver varias estaciones. ¡Impresionante! Eran verdaderos palacios; limpios, pulcros, con mármoles y esculturas.
También tuvimos que pasar revisión médica, y si bien Antonio estaba como un tren, ante los análisis y placas míos, la doctora dijo: «¡Niet Sotchi!», y eso no precisaba traducción. Al ver mi columna consideraron que Sotchi era muy húmedo y no me convenía. Acordaron finalmente enviamos a Yalta en Crimea, donde el PCUS tenía varios centros de veraneo para ellos y los invitados internacionales. Pero como nuestra llegada no estaba prevista, no pudimos ir a la Casa de Descanso donde recibían a los invitados, porque ya estaba completa, así que fuimos a Nijni Orienda, donde residían los miembros del Gobierno y altos dirigentes del PCUS con sus familias. Allí estuvimos un mes, dos españoles sencillos en medio de altos dignatarios rusos, todos muy agradables y simpáticos con nosotros.
Era un lugar precioso en medio de un inmenso bosque frondoso, cerca del mar, pero situado en un alto rocoso y seco, que para mí era lo mejor. El ascensor que conducía a la playa se tomaba tras atravesar la rosaleda. A lo largo de los siglos había sido lugar de recreo de los zares. Habitaban en el cercano palacio Livadia incluido en la inmensa propiedad. A nosotros nos maravillaba encontrarnos en esos lugares paradisíacos que antes nos estaban vedados. Gracias a la Revolución rusa, gracias al comunismo; éramos conscientes que ello no sucedía por nosotros como individuos, sino en cuanto representantes del pueblo español. Los soviéticos ayudaban así a la lucha de nuestro pueblo, procurando reparar la salud de dos camaradas cuya vida estaba totalmente entregada a la causa.
Dábamos paseos estupendos; un día atravesamos el inmenso bosque del recinto hasta otra residencia de verano donde se alojaba el camarada Ignacio Gallego para pasar un rato con él. Al regreso, para acortar, tomamos la carretera, pero, ¡oh sorpresa! Al llegar a la puerta del parque de nuestra residencia, los dos guardias cruzaron sus fusiles y nos impidieron el paso. Nosotros todo era decir: «Tovarich spanski» o algo parecido, palabras acompañadas con mucha mímica que pretendían hacerles comprender que vivíamos allí esos días, pero ellos, imperturbables. «¡Niet!» No pasábamos. Vestidos para un paseo de verano no llevábamos ni un triste documento encima. Aquello se ponía feo. De repente en un bolsillo encontré el cartoncito con los horarios de las sesiones de hidroterapia que tenía todas las mañanas, con el nombre del centro impreso. Fue milagroso: aquellas dos moles al comprobar que éramos residentes del lugar donde estaba su Gobierno, dieron un estruendoso taconazo y se cuadraron en un saludo. Más tarde no pudimos reprimir una carcajada.
Fuimos desde allí en excursión a visitar el palacio Livadia. Allí tuvieron lugar los históricos encuentro de Yalta entre Roosvelt, Churchill y Stalin. También nos llevaron a visitar Sebastopol y Odesa, y claro, bajamos las famosísimas escaleras que tantas veces habíamos visto en la película El acorazado Potemkin. Esta estancia de un mes en Crimea nos fue de cine.
Al regresar a Moscú, los camaradas del Konsomol nos preguntaron si nos apetecía ver algo más, y yo rápidamente pedí ir al Bolchoi y a Leningrado. Antonio se moría de vergüenza pero yo no iba a renunciar. Había visto en París El lago de los cisnes, pero quería ver su teatro y otra representación. Y además quería admirar el Ermitage y los lugares de la Revolución de Octubre en lo que había sido la capital de los zares. Así que una tarde, tras regresar de visitar la exposición permanente de las Repúblicas, sin tiempo para cambiamos, el intérprete nos explicó que el Bolchoi estaba en gira, pero que nos habían programado ir a la Opera para ver Boris Godunov, y que ya llegábamos tarde. En efecto, entramos a un palco en la penumbra porque habían iniciado la representación. Cuando llegó el entreacto toda la sala nos miraba, la mayoría con prismáticos: «Volodia, ¿qué pasa?» Pregunté a nuestro guía-intérprete. «¡Nada! es normal, siempre quieren ver quien está en el palco de honor». Yo, muerta de vergüenza salí pitando, iba de calle, de lo más sencillo, allí en el palco de los zares que ahora servía a los jefes de Estado y demás personalidades. Los rusos se toman muy en serio la ópera, el ballet y el teatro y se visten con sus mejores galas, muchas mujeres ese día vestían de largo. Antonio me reñía: «Oye Rosa, esto no es París, estamos en la URSS patria de los proletarios, ya se enterarán mañana que éramos dos camaradas españoles invitados, y que nosotros todavía no hemos hecho nuestra revolución».
Los camaradas del Konsomol se portaron fantásticamente y nos organizaron un viaje a Leningrado. Nos pareció una capital muy europea, muy señorial. Paseamos por la perspectiva Nevski, visitamos el palacio de Invierno, las salas del Ermitage dedicadas a España, puesto que no había tiempo para verlo todo, y como no, el crucero Aurora, cuyos cañones dieron la señal de la Revolución de Octubre. Todo muy emocionante. Asimismo fuimos al prestigioso Teatro Kirov, de cuya escuela salen las primeras figuras del ballet, que luego se lleva el Bolchoi de Moscú, como me decía con pena el guía. Allí vimos El amor de las tres naranjas, de Prokofief. También nos llevaron a visitar el Palacio de Petrodvorets y sus preciosos jardines, y el sitio donde está la choza donde Lenin se refugió al regreso de Finlandia y escribió El Estado y la Revolución.
Sin embargo me llamaba la atención que en todas partes se cruzaba uno con gente comiendo yogures o lo que fuera, todos sanotes, y trabajando poco. A ritmo lento. Habituados a París su calma nos extrañaba. Algo más también resultó revelador. A París habían venido varios conjuntos y espectáculos soviéticos: El Bolchoi, el circo de Moscú, el conjunto Moïseyef y los Coros del Ejército Rojo. Los habíamos visto todos y quise comprar un disco del grupo Moíseyef. Volodia nos llevó al GUM, que era algo así como Galerías Preciados en la Plaza Roja. En el mostrador una sola chica atendiendo, lentísima. Cuando por fin nos tocó, dijo que no había. Le sugerimos que buscase en la trastienda, o en el almacén, le preguntamos si recibirían. Pero ni se movía. «¡Niet!» Volodia le pidió por favor que lo intentara. Le explicó que éramos delegados españoles y regresábamos pronto, pero la chica sólo repetía: «¡Niet!», con malas caras. Acostumbrada a la gran simpatía de las dependientas de las Galeries Lafayette o de cualquier tienda de París, a su diligencia y a su esfuerzo por complacer al cliente, saqué la conclusión que aquello no marchaba: «Volodia, esta chica no vale, da muy mala imagen, hay que echarla». Pero Volodia, acomodado a la situación, me contestó: «Falta personal, son todas igual». Si en vez de tener el mismo sueldo trabajaran bien o no, hubieran tenido incentivos sobre sus ventas, se hubieran movido un poco más.
Siempre que he tenido ocasión de visitar una república popular lo he hecho con los ojos muy abiertos y espíritu muy crítico. No me extraña que se hayan derrumbado. El sistema de producción no sirve, sólo es válido los primeros tiempos cuando los que han luchado por la transformación del país ponen todo su entusiasmo para cambiarlo, y lo logran; eso se vio en la URSS, el país abandonó atraso, analfabetismo y miseria; se vio en China donde acabaron con la hambruna de siglos; se vio en Cuba donde terminaron con la explotación de los terratenientes ofreciendo cultura y sanidad para todos. ¿Pero qué pasa luego? Al ser todos funcionarios ganan igual los que se matan que los que no, los que llegan tarde o los que son puntuales y poco a poco se van cansando. Las nuevas generaciones ya no tienen el impulso que empujó a sus padres, ellos han nacido con el nuevo sistema, no saben lo anterior, carecen de incentivos para producir. Cuando en la URSS algunos economistas intentaron hacer reformas para incentivar la producción, los tacharon de reformistas aburguesados y los fusilaron. Se trabajaba poco y mal, no había sistema de control, nadie se preocupaba de mejorar las cosas. ¿Por el mismo sueldo? La economía se hundía, pero se falsificaban los resultados, se tapaban y todo continuaba empeorando.
MISIONES ESPORÁDICAS
Antonio se dedicaba cada vez más al Partido orientado al Interior. Por mi parte continuaba con el ritmo agotador de mi día a día, así que ayudaba con los recortes de prensa, y asistía muy de tarde en tarde a las soporíficas reuniones de mi célula de barrio. También realizaba algunas misiones que me encomendaban los camaradas de la Dirección del Partido, cosas muy urgentes, de máxima confianza, o precisas porque les fallaba alguien. Si las misiones eran de varios días fuera de París, mamá tenía que cuidar de los niños y pasaba mucho miedo por si me ocurría algo. A la vuelta siempre me la encontraba enferma. Imaginaciones, pero empleaba esta argucia para crearme mala conciencia y que rechazara salir fuera, algo que no lograba. Lo que conseguía era enfadarme con sus artimañas.
En uno de los primeros viajes, todavía sin hijos, acompañé a Soledad Real, una camarada madrileña que había pasado dieciséis años en las cárceles franquistas y padecía de los oídos a Rumania. Recién llegada de España, la dirección del Partido la envió allí para operarse y reponerse. Como no oía bien no podía viajar sola. Para colmo viajaba con papeles falsos. Fuimos en avión, para ella era la primera vez y estaba atemorizada. Para tranquilizarla yo me las di de acostumbrada pero no las tenía todas conmigo. La única vez que había subido en avión había sido en el de hélices a la vuelta de Rumania. Afortunadamente tuvimos un reactor Iluchin ultramoderno estupendo. La acompañé hasta Praga, su primera etapa. En el viaje fue contando sus padecimientos y los de las diversas compañeras que tuvo en la cárcel; se me ponían los pelos de punta de las barbaridades cometidas por los franquistas. Por eso, aunque mi vida ha ido siempre dura, creo que al lado de las de ellas ha sido de rosas y claveles.
Praga me gustó muchísimo. Los palacios, el majestuoso Hradcany que domina toda la ciudad desde su colina, sus múltiples torres, el puente de Carlos, auténtico corazón de Praga, y su casco viejo. Nos llevaron a una cervecería del barrio Mala Strana que según nos informaron era la cuna de la cerveza. Fue muy simpático. En el patio interior, sentados en bancos de madera frente a unas enormes mesas también de madera maciza, unos junto a otros, todos con una jarra de un litro en la mano, que tuvimos que bebemos, cantaban sus canciones populares. En aquella época había pocos turistas, por lo que nuestro pequeño grupo de españoles no pasó desapercibido y dimos buena cuenta de la cerveza. Diré que a mí me costó una barbaridad, porque no me agrada la cerveza, nunca bebo, pero, ¿quién era el guapo que le decía a aquella gente, enamorada de su bebida, que no me gustaba? Así que en plan «misión de Partido» me la terminé poco a poco.
No fue el único apuro, a la vuelta lo pasé peor. Los camaradas aprovecharon mi retomo para encomendarme una máquina de escribir, pero ¡ojo! de las de oficina, enorme, con el rodillo muy grande, que pesaba una barbaridad. Se necesitaban en París, porque se trabajaba en la clandestinidad con vejestorios antiquísimos, y las máquinas checas eran las mejores, además aquella tenía el teclado con caracteres muy pequeñitos, especiales para que cupieran más en un folio. Me dijeron: «Entra ahí que un camarada te va explicar lo que tienes que llevar». Me senté y cuando vi al camarada que me preguntaba si estaba de acuerdo de llevarla, lo miré con los ojos como platos y la boca abierta: tenía ante mí nada menos que al general Juan Modesto, héroe del 5° Regimiento, al obrero sevillano transformado en prestigioso y brillante militar para defender la República en nuestra Guerra Civil, al valiente luchador en tantas batallas: la defensa de Madrid, el Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite, Teruel… No escuchaba lo que me estaba diciendo, de repente pasaron por mi mente imágenes de libros y reportajes cinematográficos de la famosa batalla del Ebro, comentarios elogiosos de compatriotas que habían luchado bajo sus órdenes y participado en la grandiosa gesta de cruzar el río por sorpresa con puentes de fortuna formados por barcas, pontones y lo que pudieron encontrar. ¡Lo habíamos cantado tantas veces en nuestras fiestas!
¡El Ejército del Ebro, Rumba la Rumba la Rumbababa!
¡Una noche el río pasó ay Carmela, ay Carmela!…»
Y lo tenía delante. «¿Qué pasa? ¿Es que no estás de acuerdo?». De golpe regresé a tierra. «¡Sí, sí, claro que la llevaré, no te preocupes!» Y la máquina llegó hasta París en una grandísima bolsa de viaje sin facturar, como si fuesen souvenirs sin importancia, disimulando su peso, sin doblarme y sin emplear las dos manos. Pero, ¿qué era aquello comparado con todas las hazañas del hombre que me pidió que la llevase?
Afortunadamente los de la aduana no investigaron qué había en aquel bolsón tan grande.
A Madrid me enviaron varias veces con propaganda, o informes clandestinos en maletas especiales, u ocultos de la forma más variopinta. En Madrid, encuentro y contraseña. Nunca hubo problemas. Me emocionaba aceptar estas tareas, me sentía más cerca de la lucha de mis camaradas del interior, volvía a Madrid y compraba cosas típicamente españolas.
En el verano de 1962 me reservaron una sorpresa. Me pidieron que realizara un viaje a Madrid en agosto. Antoñito estaba en colonias, y mi madre, que había ido a ver a su hermana a Tarrasa se llevó a Lidia. Estaba sola y libre para quedarme unos días más en Madrid, en lugar del clásico ida y vuelta. Antonio llevaba ya dos meses allí, así que, muy tímidamente, le sugerí al camarada del ejecutivo la posibilidad de ver a Antonio. «Llevo dos meses sin verle». Me contestó que no sería imposible y les puso una nota a los camaradas de Madrid. El camarada que vino a recoger las cosas y a quién tenía que decir la contraseña era Antonio. Al cabo de un rato, tras mil vueltas y asegurarse que no nos seguían me dijo: «Vamos a tomar un refresco en una terraza, vas a ver alguien que quiere saludarte, pero por favor tú házlo con toda tranquilidad, como si acabaras de dejarlo». Al cabo de un rato vi a Julián Grimau leyendo un periódico tan tranquilo en la terraza de un café. Supe frenarme y no le salté al cuello con sonoros besotes. Él, con los ojos chispeantes, me recibió muy divertido al ver en los míos mi alegría. Lo había conocido en París muchos años antes, y su mujer, Ángela Martínez, estupenda camarada, aragonesa como nosotras, había sido una buena amiga de mi hermana y después mía.
Julián me preguntó por los niños y rápidamente saqué sus fotos, muy orgullosa de nuestros retoños. Él a su vez nos enseñó la de sus hijas. Al decirle que estaban los dos de vacaciones me dijo:
—¿Entonces dispones de algunos días?
—Sí, claro, hasta final de agosto si es necesario —contesté pensando que querían que hiciese más viajes.
—¡Mujer! Tanto no se puede, pero le vamos a dar a tu marido dos semanitas de vacaciones; así que, pareja de tortolitos, id por ahí a ver las maravillas que rodean Madrid.
Y recorrimos así La Granja, Aranjuez, Segòvia, Toledo y rincones de Madrid como turistas, como dos recién casados, tirando fotos, enamorados de las riquezas arquitectónicas y artísticas de nuestras ciudades, del bello paisaje, de la simpatía de la gente, del sol, en fin de nuestra tierra: ESPAÑA.
¡Cuantas veces he recordado esa entrañable charla en la terraza madrileña con Julián! A los pocos meses alguien lo delató, lo arrestaron, y quedó claro para todos los observadores que fue torturado. Luego, para encubrir este hecho, lo arrojaron por la ventana alegando que había intentado suicidarse. Sin embargo no permitieron que tres prestigiosos médicos franceses llegados a Madrid para verlo y hacerle un reconocimiento sobre el origen de sus heridas, lo hicieran.
Al proceso acudieron periodistas de todo el mundo, grandes reporteros y analistas, entre ellos José Antonio Nováis, cuyas crónicas seguíamos con tanto interés en los periódicos franceses, así como muchos abogados, entre ellos, el inglés Freeman, el francés Lederman o el italiano Capistrano, quienes presenciaron el juicio, así como su abogado madrileño don Amandino Rodríguez Armada, quien se entregó sin descanso a su defensa.
Se organizaron grandiosas manifestaciones de protesta en todas partes: París, Bruselas, Roma, Milán, Copenhague o Amsterdam. En la de París estuvimos entre miles y miles de franceses, españoles o de otras nacionalidades, demócratas que pedían la libertad de Julián. En un momento de la manifestación coincidimos y charlamos con Jorge Semprún, entonces todavía camarada de la dirección del Partido. El simulacro de proceso tuvo eco en todo el mundo. Muchísimas personalidades de los más diversos sectores enviaron sus protestas, por ejemplo, la reina madre Isabel de Bélgica, Harold Wilson que fue primer ministro del Reino Unido, monseñor Feltin, arzobispo primado de Francia, también cardenales italianos. Fueron miles y miles las voces que de todos los rincones del mundo pidieron justicia. Pero todo fue inútil. Se le acusó de crímenes cometidos en la Guerra Civil, y los «testigos» lo recordaron como «un hombre pequeñito», cuando a la vista estaba, Julián era un hombre bastante alto. Pero dieron por buenos los «testimonios», por bueno al ponente de aquel Consejo de Guerra, un tal comandante Manuel Fernández Martín que, se descubrió después, no era licenciado en Derecho, sólo había aprobado una asignatura del primer año de curso. ¡Una verdadera vergüenza y escándalo que ilustra el nivel y ética de la justicia franquista! A los pocos meses del juicio, ellos mismos expulsaron del cuerpo al comandante y fue condenado a cárcel por su impostura. ¡Sin embargo sí que sirvió para condenar a Julián a ser fusilado el 20 de abril de 1963! En el Consejo de Ministros se sentaba Fraga Iribarne, que apoyó el fusilamiento.
Otro tipo de tareas que me encomendaban en mis viajes a España era pasar camaradas clandestinos a Francia, y eso era ya más delicado; los datos que me proporcionaban eran de lo más escueto por razones de clandestinidad. Cuánto más se sabe, más se puede decir si te atrapa la policía. Una vez tuve un camarada que había sufrido un montón de años en la cárcel de Burgos, y estaba muy mal de un brazo por las palizas sufridas, aunque yo no sabía que lo tenía casi inútil. Cruzamos la frontera en tren de noche, y como a mí me gustan las literas de arriba ya que uno se puede sentar y leer, reservé dos de arriba. El pobre hombre no atinaba a subir con su brazo inútil y le costó un enorme esfuerzo escalar y acostarse y como no quería que me diese cuenta, bromeaba como si tal cosa. Yo estaba muerta de vergüenza por haberle hecho pasar ese calvario.
En otro viaje tuve que pasar a otro camarada por la frontera de Irún en autocar. La víspera, en San Sebastián, repasaba la lección en francés: cómo se llamaba, dónde vivía, en qué trabajaba… Para no llamar la atención en la playa, le tomé del brazo como si fuéramos dos novios. De repente lo vi muy apurado, no atinaba a nada, pero yo dale que te pego haciéndole repetir los datos que tenía que decir con soltura y sin titubeos. No había forma, para colmo la calle era la rue Quincampoix, que en francés se pronuncia completamente diferente a como se escribe. Pasó la tarde sin avances notorios y yo estaba preocupadísima, todo era rogar, ¡qué no tengamos sorpresas! ¡Que no haya controles! Pero sí los hubo. En la frontera subió un policía al autocar y al único que le pidió los datos fue a él. Cómo le vería la cara. No atinaba a contestar. «Creo que este señor le pregunta a usted dónde vive», intervine yo como un pasajero cualquiera que ayuda a un vecino de asiento, y él lo soltó con todo el acento español de que era capaz. «¡Tierra trágame!» Pero el policía ni le escuchó, afortunadamente alguien le preguntaba en ese mismo momento algo. Llevaba un montón de pasaportes en las manos y los fue entregando y ya no volvió a mirarle. Cuando ya estábamos en Francia a varios kilómetros de la frontera, totalmente relajado y tranquilo me confesó: «Es que en San Sebastián vive mi cuñado y yo estaba muy preocupado por si nos veía, como íbamos en plan pareja en la playa, ¡menudo follón si se lo cuenta a mi mujer!».
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