Kitabı oku: «El secreto del bosque de los sueños»
EL SECRETO DEL BOSQUE DE LOS SUEÑOS

ROSARIO JIMÉNEZ ROQUE
EL SECRETO DEL BOSQUE DE LOS SUEÑOS
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2018
EL SECRETO DEL BOSQUE DE LOS SUEÑOS
© Rosario Jiménez Roque
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2018.
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ISBN: 978-84-17334-04-8
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
ROSARIO JIMÉNEZ ROQUE
EL SECRETO DEL BOSQUE DE LOS SUEÑOS
Índice de contenido
Portada
Título
Copyright
Índice
Dedicatoria
Capítulo 1 PRIMER CONTACTO
Capítulo 02 EL VIAJERO DE LA PIERNA ROTA
Capítulo 03 LA MISIÓN DEL CABALLERO
Capítulo 04 EL SEGUNDO MURO
Capítulo 05 EL GOLPE DE ESTADO
Capítulo 06 LA SOMBRA DEL VIAJERO
Capítulo 07 UN TRAIDOR EN EL GRUPO
Capítulo 08 TELAS PARA UN VESTIDO
Capítulo 09 PREPARANDO EL VIAJE A LAS RAÍCES
Capítulo 10 EL PRISIONERO DE LOS OJOS VENDADOS
Capítulo 11 EL DESCONOCIDO REMITENTE
Capítulo 12 LOS OTROS
Capítulo 13 LA PICADURA DE UN HADA
Capítulo 14 DÍAS DE PAZ
Capítulo 15 EL JABARDILLO
Capítulo 16 EL OJO DE DRAGÓN
Capítulo 17 EL CAMINO DEL BOSQUE DE LOS SUEÑOS
Capítulo 18 EL VERDADERO KIRO
Capítulo 19 LOS GUARDIANES DEL BOSQUE
Capítulo 20 A PASOS DE GIGANTE
Capítulo 21 EL HECHIZO DEL CIERVO BLANCO
Capítulo 22 EL OBJETIVO DEL ENEMIGO
Anexos DESCRIPCIÓN DE LUGARES
GUÍA DE PERSONAJES
TIPOS DE MAGOS
Biografía
A mi abuela,
sin cuya ayuda este libro
nunca habría visto la luz.
Capítulo 1
PRIMER CONTACTO
Parecía mentira que hiciera dos semanas que había salido de la academia. Y es que, después de doce años sin salir de aquella prisión, lo raro era que no se hubiera quedado perdida en algún lugar cercano a donde estaba situada la entrada, sin saber muy bien qué hacer o a dónde dirigirse. Eso era, al menos, lo que solía ocurrirle a la mayoría de los magos que salían de Taj Mahal después de tantos largos años de estudio, pero Manyou siempre había sido muy decidida. Ella supo que quería estudiar magia en el mismo momento en el que se le reveló el don, y no solo porque casi incinerara vivo a su mejor amigo por accidente. Con apenas diez años de edad emprendió sola el camino hacia la ciudad oculta de Taj Mahal, el único lugar del mundo donde enseñaban magia, con las canciones y leyendas sobre su ubicación como única pista para encontrarlo.
Dejó escapar un suspiro. Tal vez debería haberse quedado en la ciudad de los magos, donde habría tenido asegurado su futuro como profesora aunque la sola idea se le antojaba aburrida. Añoraba el exterior. No es que Taj Mahal no tuviese cielo, sin embargo, al contrario que en el resto del mundo, este parecía estar delimitado por las murallas de la ciudad al igual que lo estaba su tierra. Para alguien nacido en el campo, la bóveda celeste en aquel lugar era casi tan oscura durante el día como lo era de noche, y aunque esto no era verdad muchos así lo habrían jurado.
Mientras meditaba acerca de su próximo destino, entró en el interior de una taberna del pueblo de Ptiaid, cuyo nombre era ese mismo. Para viajar se las había apañado con un viejo mapa de caminos roído por el tiempo, sacado de uno de los libros de la biblioteca de su profesor cuando este no miraba, y se había valido de un hechizo de nivel medio para trasladarse, con lo que carecía de cualquier medio de transporte. Además no llevaba consigo más ropa que la puesta, con lo que sus ropajes tenían los escudos y gravados propios de la orden mágica, y esto provocaba más de una mirada indiscreta en su dirección.
Y es que la magia no era algo muy bien visto en la sociedad.
El dinero era su verdadero problema en aquellos momentos, porque apenas le quedaba nada, y aunque no tenía ganas de ponerse a buscar un trabajo y mucho menos de trabajar, tampoco quería engañar a nadie con un truco ilusorio.
Buscó un sitio vacío en la taberna, una mesa tal vez alrededor de la cual sentarse, sin embargo no encontró nada parecido. Al final optó por acercarse a la barra, en la que le dio tiempo de calcular el precio de una habitación, así como los años que tardarían en atenderla pues su presencia parecía pasar inadvertida para el tabernero. Era un problema que solía suceder cuando se era mago. Al menos hasta que lanzase un hechizo y todos huyeran despavoridos, pero si lo hacía jamás lograría que la atendieran, más bien todo lo contrario.
—¿Eres Manyou?
No pudo evitar sorprenderse. Lo primero que se hacía nada más llegar a la academia era olvidar tu nombre y todo cuanto antes habías sido o hecho. Por supuesto se trataba de algo metafórico, ya que uno no se olvidaba realmente del nombre que le habían puesto sus padres, o dónde había vivido, en qué condiciones ni con quién. Lo que sí era cierto es que, en el momento en que un maestro se hacía cargo de ti, cambiaba tu nombre como rito de iniciación, y a partir de entonces dejaban de ser lo que antes habías sido. Allí no importaba tu estatus o donde hubieras nacido, eras simplemente un alumno más que se había ganado un nombre por llegar hasta allí, nada más. Por todo ello, y más por el poco tiempo que llevaba fuera, lo que contrarió a Manyou no fue que alguien pronunciara su nombre, sino que el que lo hiciera no tuviese relación alguna con su mundo.
—Sí, soy yo. —Sonrió, tratando de mostrarse cordial y para nada sorprendida.
El desconocido, corpulento pero sin llegar a lo excesivo, se presentó con el nombre de Jorad y trató de venderle un trabajo que estaba seguro que a ella le interesaría. El problema era que en ningún momento le dijo en qué consistiría ni como le pagaría, y la verdad es que a ella poco le importaba pues tenía la mente en cuestiones más… interesantes.
—¿Cómo ha dado conmigo? —Era esta la cuestión que más importaba a la maga, después de todo, aun cuando alguien allí fuera supiera de su existencia, ella había estado viajando con magia.
El bajó el tono hasta que su voz fue apenas audible con el ruido de fondo. Fuera lo que fuese que iba a decirle, no quería que nadie más lo oyera.
—En Taj Mahal te recomendaron —Le entregó un papel y luego apartó la mirada—. Ellos me trajeron —luego retomó su tono normal y volvió a mirarla—. ¿Acepta el trabajo?
Aquello era realmente extraordinario, e interesante. Una persona sin capacidad alguna para la magia, algo que Manyou había sabido nada más verle, había sido capaz de encontrar la ciudad. Hasta donde ella sabía, tan solo los magos, o en su defecto aquellos destinados a serlo, podían llegar a Taj Mahal, y sin embargo aquel hombre lo había conseguido. Por supuesto en ningún momento la maga se planteó que pudiera estar mintiéndola, pues el papel que le había entregado llevaba la firma del gran maestro, el líder supremo de todos los magos.
Para su desgracia negarse no era una opción. No porque los ancianos la hubieran recomendado para el supuesto trabajo, ni tampoco porque el mismísimo gran maestro le hubiese escrito ordenándole que acompañara a aquel hombre hasta una ciudad de extraño nombre, sino por su curiosidad. Aquel había sido siempre su punto débil y es que si algo la intrigaba necesitaba llegar hasta el fondo de la cuestión sin demora, y quería saber cuál era la relación de ese tal Jorad con la ciudad de los magos.
—¿Por qué habría de hacerlo? Este trozo de papel no significa nada. —No pudo romperlo, porque un hechizo lo protegía, pero quería ver hasta qué punto estaba aquel desconocido interesado en contratarla.
—¿Qué le pongo? —Se acercó por fin el tabernero.
—¡Por fin! ¿Cuánto me lleva por una habitación? —Pero el sudoroso gordinflón no se dirigía a ella, de hecho parecía no verla siquiera—. ¡Oh, venga ya!
Aquello pareció divertir al tal Jorad.
—¿Acepta el trabajo? —repitió la pregunta, como si ella no tuviera mejor opción, y por desgracia era cierto.
Sus opciones eran dos: continuar su viaje sin rumbo fijo mientras aletos como el tabernero la despreciaba por lo que era, o aceptar el trabajo y tratar de averiguar algo más sobre ese Jorad. La decisión fue casi inmediata.
—Está bien. —Sonrió amistosamente mientras su mente la avisaba de que acababa de meterse en un embrollo, que en su opinión todos los trabajos lo eran, incluso cuando uno escogía hacerlo por motu propio.
Dejó escapar un nuevo suspiro, sin dejar de pensar que ahora sí que necesitaba una copa. Bueno, al menos su compañero era bien parecido y no tenía pinta de que fuera a darle demasiados problemas de cabeza.
—Partiremos de inmediato.
Lo miró extrañada pues por su aspecto habría jurado que su compañero no era de los que hacían bromas, y estaba en lo cierto.
—¿Por qué tanta prisa?
Si tenía pocas ganas de ponerse a trabajar, fuera cual fuese el tipo de trabajo para el que acabaran de contratarla, menos ganas tenía aún de ponerse a viajar.
—No tenemos tiempo que perder.
La maga ojeó su viejo y roído mapa con disimulo. La geografía no era lo suyo, afortunadamente la ciudad de Eren Joo, lugar al que Jorad quería ir, sí aparecía en el mismo, pero cuando comprobó la distancia entre su destino y su posición actual se negó rotundamente a emprender la marcha.
—En mi estado actual no podría transportarnos esa distancia —Aquello era mentira en cierto modo, ya que podría haberlos transportado esa distancia de haber estado alguna vez en Eren Joo, y sobre todo de haber estado dispuesta a usar su magia para ello—, estoy cansada y ese hechizo precisa de mucha concentración, más aún si se trata de varias personas.
Aquello último sí era cierto, aunque lo estaba usando como excusa.
—No me dejaría transportar de nuevo ni aunque mi vida dependiera de ello —declaró—. Iremos a caballo.
De aquel modo Manyou descubrió que, al igual que el resto del mundo, Jorad sentía un profundo desprecio por la magia y todo lo que estuviera relacionado con ella. Aquello no hizo sino aumentar aún más su curiosidad acerca del modo en que aquel hombre habría logrado encontrar Taj Mahal y convencer al gran maestro para que escribiese aquella carta en la que casi ordenaba a la maga acompañarlo.
Siguió a su nuevo compañero fuera de la taberna, esperando el momento oportuno para anunciar algo importante dada la situación.
—Debo advertirte de que no sé montar.
Cuando Manyou vio a las bestias de monta, que seguramente habían hecho el mismo camino que Jorad, la maga comprendió que aquel hombre se habría llevado un mago consigo aunque hubiera tenido que atarlo y cargarlo sobre sus hombros hasta Eren Joo. Y es que tenía todo lo necesario para un viaje de dos a través el continente.
Él se agachó al lado de uno de los caballos, el más bajo y gordo, y juntó las manos a modo de escalón para ella. No había posibilidad de que el animal escapara porque al igual que el otro estaba atado.
—Pon tus manos en la silla y apoya tu rodilla izquierda aquí.
No era tan cateta como para no darse cuenta de que aquel hombre iba a subirla al animal. Siguió las instrucciones de él al pie de la letra, y maldijo mentalmente las ganas que tenía de
recorrer los caminos subida en esa cosa peluda y maloliente. Una vez estuvo ella arriba, Jorad le entregó las riendas de su caballo y se alejó para subirse a su propio corcel, pues en nada tenía que ver con la bestia de Manyou. La pobre maga se resbalaba en aquella silla de cuero, y con cada paso que daban tenía que hacer un gran esfuerzo para mantenerse sentada y no dejarse caer, ya que tirarla parecía ser el único propósito de su montura. Era en situaciones como esa que la muchacha desearía ser de tipo Controlador y no Bélica, como era ella, de esa forma habría pasado la noche durmiendo en la mejor cama de la taberna y no tratando de sobrevivir sobre aquella cosa.
Suspiró, con amargura y resignación.
A duras penas lograba mantener el ritmo de su compañero, y eso que se suponían que estaban en un camino fácil: la ruta de comercio hacia Eren Joo. Estaban, además, escoltados por dos importantes sistemas montañosos del continente, a su derecha tenían el Cacio, famoso por ser el hogar de los reinos Salodeitas, y la izquierda la Rohana, antiguo muro de defensa natural contra las invasiones de los habitantes de las Islas Umanemses. ¡Qué manera de desperdiciar un buen paisaje, viajando cuando la luz no alcanzaba a iluminar apenas el camino!
Antes de que acabara la noche alcanzaron a un grupo de caravanas que descansaban después de una dura jornada de viaje, algo que a Manyou le habría gustado hacer, y durmieron allí lo que restaba de tiempo hasta el amanecer. Cuando el Sol empezó a alzarse, horas intempestivas en opinión de la maga, se unieron al grupo de carretas. De esta forma la joven contempló el amanecer en el exterior después de casi doce años sin verlo.
Se incorporó despacio y dolorida. La mayoría de los comerciantes ya estaban desayunando y preparando el que sería un nuevo día de marcha, cuando ella aún se quitaba las lagañas de los ojos.
La maga no había pegado ojo. Le dolían demasiado las piernas y apestaba a caballo lo suficiente como para atraer a todas las moscas del continente. No entendía por qué la habían recomendado específicamente a ella para ese trabajo cuando detestaba tantísimo ese tipo de actividad… Aunque bien pensado, Jorad aún no le había contado en qué consistiría el trabajo. ¿Para qué necesitaría alguien que despreciaba el mundo de la magia a una maga de tipo Bélico? ¿Protección? Si era eso, desde luego no era para él, pues no tenía pinta de ser de los que se dejaban defender durante una pelea, pero a Manyou no se le ocurría qué otra cosa podría ser.
Se acercó a Jorad, aunque su pregunta se perdió en algún lugar entre su mente y su boca en cuanto vio que este estaba preparando el desayuno. Desgraciadamente no fue ni de lejos tan… La maga no tuvo muy claro cómo describir aquello, pero el caso es que no se parecía en nada al que habían disfrutado los comerciantes, que por ciertos los miraban sin discreción alguna. Sin embargo, en esta ocasión las miradas de desconfianza no estaban puestas en ella, sino en su compañero. A Manyou la trataban como a una clienta más, haciéndole ofertas de telas, hilos… ¡si hasta le pidieron que hiciera alguna que otra demostración de magia!
—Disculpa, ¿qué tiene mi amigo que deja mudo al resto?
Su caballo, que para su vergüenza era el que dirigía su rumbo, iba detrás de una caravana en la que había una muchacha de espaldas al horizonte inmersa en un libro. Pocas personas sabían leer, y no era frecuente encontrar a una de ellas entre mercaderes, así que la maga decidió entablar conversación con ella.
—Seguramente se deba a su armadura —respondió sin apartar los ojos de las páginas de su libro.
A esa conclusión también había llegado Manyou, aunque supuso que la joven no se refería al hecho de que Jorad la llevase puesta como si estuviesen en guerra.
—¿Qué tiene de especial?
Tras una segunda ojeada a la desconocida, se fijó en las vendas que cubrían su pierna y en las varas puestas para mantenérsela recta.
—Su color —Cerró el libro y miró a la maga a los ojos—, indica que pertenece a las Hojas Doradas de Eren Joo —Era sorprendente la seriedad e intensidad de su mirada, y al mismo tiempo la carencia de sentimiento en ella—, y ese símbolo en su hombro izquierdo —Manyou se volvió para ver lo que estaba comentando la muchacha—, significa que es el segundo al mando.
Volvió a abrir el libro, pero la hechicera no estaba dispuesta a permitirle leer.
—¿Qué son las Hojas Doradas?
Jorad iba bastante alejado de ellas, de modo que no había peligro de que pudiera oír la conversación entre las dos mujeres. Pero aunque llegara a sus oídos, solo estaban comentando el extraño aspecto de aquella armadura plateada con detalles en dorado, incluido el extraño símbolo del hombro que parecía una madeja y en el que la maga no se había fijado antes.
—Es la élite militar de Eren Joo. Como los Hombres de Agua de las Islas Umanemses, o los Morel de la tribu Divi del norte.
Aquello era fascinante… y sorprendente. ¿Cómo era posible que aquella joven supiera todo eso? La maga, en comparación, no sabía nada de todo aquello: casi necesitaba ojear su viejo mapa para entender dónde estaba o de los lugares de los que hablaban.
—Me sorprende que alguien dedicado al comercio sepa tanto sobre este tema.
Fue bajando el tono poco a poco debido a la mirada que le dedicó la muchacha. Algo en su enunciado había sido incorrecto.
—No es oro todo lo que reluce. —Manyou creyó ver lo que parecía una sonrisa—. El dueño de esta caravana me ofreció transporte hasta que sanara mi herida y fuera capaz de moverme sola —explicó.
Era evidente por su aspecto que no pertenecía a aquel grupo, pero aun así la maga había preferido que se lo confirmara la propia muchacha.
—¿Qué te pasó?
—Mala suerte. —Se encogió de hombros—. Hace dos días hubo un desprendimiento de tierra, y yo estaba debajo cuando ocurrió.
No debió ser una experiencia muy agradable si la rotura de la pierna se produjo durante aquello. Claro que teniendo en cuenta que podría haber muerto por el derrumbamiento, lo cierto es que había sido afortunada por solo romperse una extremidad. ¿Habría salido sola o la tierra la habría dejado medio enterrada hasta que los mercaderes la encontraron? Aunque había algo en su historia que… ¿acaso había estado viajando sola hasta que el grupo de caravanas le prestó su ayuda?
—¿A dónde ibas?
Como hacer preguntas indirectas le había funcionado hasta el momento, decidió seguir investigando de ese modo.
—Cualquier lugar es bueno.
Aquella era la típica respuesta de alguien que estaba huyendo, claro que Manyou no dijo nada de esto porque además de descortés sería indiscreto hasta para ella.
—Espero que la pierna te sane pronto.
No era muy común encontrar a alguien que supiera leer y no fuera ni mago ni noble, aunque a lo mejor la muchacha sí que era esto último y estaba huyendo porque…
—¿De verdad eres maga?
Con aquella pregunta la muchacha trajo a Manyou de vuelta al mundo real.
—Eso dicen. —Sonrió.
La muchacha de brillantes ojos azules asintió para seguidamente retomar su libro. Quedó claro que al menos una de las partes había dado la conversación por terminada, hecho que la otra hubo de aceptar mientras pensaba que la portada de la encuadernación le era vagamente familiar.
La maga estaba aburrida del viaje, harta del estúpido caballo que no avanzaba, y cansada del compañero que la ignoraba y dejaba atrás. Decidió que si aquella masa fofa de carne con patas sobre la que iba montada no se movía, ella lo haría en su lugar, y efectivamente en un abrir y cerrar de ojos apareció al lado de Jorad, sorprendiendo a este, y a los dos animales.
—¿¡No te dije que no hicieras eso!?
—Contigo, no conmigo —respondió tranquila y serena, y ciertamente algo contenta de haberlo sorprendido—. Dime una cosa, si tanta prisa tienes por llegar a E… a tu destino —No recordaba bien el nombre—, ¿por qué vamos con los comerciantes?
Era una pregunta que se le había ocurrido en uno de sus muchos momentos de silencioso aburrimiento, aunque el dolor causado por las agujetas y la ira hacia su compañero, último responsable de las mismas, habían contribuido a que fueran preguntas de este tipo las que cruzaran la mente de Manyou.
—Ellos también van al noroeste.
—¡Pero a ritmo de caracol! —Miró a su alrededor preocupada de lo que pudieran pensar de su comentario. Por suerte si alguien lo oyó, decidió ignorarlo.
—Deberías aprender a contener tu lengua —le regañó él.
Aquella fue la gota que colmó el vaso. Algo había que le estaba ocultando, empezando por el motivo por el que la había contratado.
—Aún no me has dicho en qué consiste el trabajo —le recordó.
Jorad extrajo algo de una de las bolsas que llevaba atadas a la silla de montar y extendió el brazo con ello hacia la maga.
—Toma. —A simple vista no podía verse de qué se trataba, pues lo ocultaba el trozo de tela en el que estaba envuelto lo que quiera que le estaba ofreciendo.
—¿Qué significa esto? —Lo cogió con reticencia.
—Es tu pago por los servicios que prestarás.
La curiosidad le pudo de nuevo, y empezó a desenvolver la tela para dejar al descubierto una gema lisa de color ambarino. Percibía magia procedente de la misma con lo que al principio evitó entrar en contacto con su superficie, pero pronto sus dedos empezaron a deslizarse por ella, tratando de adivinar de qué se trataba. Nada más hizo contacto con la piedra esta le mostró una serie de imágenes a modo de película, una que solo ella podía ver, y que le mostraron aquello que más deseaba en el mundo.
—¿Sabes qué es esta joya? —preguntó, tratando de disimular una lágrima que se le había escapado.
La emoción la había embargado, pero aún seguía siendo ella misma y ahora su prioridad era saber cómo aquel precioso objeto había llegado a manos de alguien sin el don de la magia.
—En una visión me mostró que para alcanzar mi objetivo necesitaría la ayuda de un mago que lucha porque teme curar y de alguien que, muerto por dentro, vive creyendo saberlo todo.
No solo había sido capaz de encontrar Taj Majal, sino que además podía utilizar un objeto mágico. Una historia de lo más interesante, si se omitía el hecho de que aquella gema no mostraba lo que se necesitaba sino lo que se deseaba. Jorad le estaba ocultando algo, aunque de momento tal vez sería mejor obviarlo.
—Supongo que en Taj Mahal me identificaron como la maga que estabas buscando.
En su día Manyou rechazó la oportunidad de convertirse en una maga de tipo Sanador, aun cuando su carácter y predisposición la señalaban como la candidata idónea, y en su lugar decidió tomar el camino opuesto. Se requerían de habilidades parecidas para ser de tipo Bélico después de todo, así que el cambio no fue demasiado brusco aunque sí inesperado hasta para su propio mentor.
—Es tal y como dices.
Suponiendo que le había dicho la verdad, y que estaba siguiendo las instrucciones de una visión en la que se le había mostrado lo que necesitaba para lo que quiera que estuviese pensando hacer, la maga solo era capaz de imaginar un motivo que justificase que su compañero estuviese dispuesto a viajar junto a los carromatos. Sobre todo dada la prisa que había demostrado tener. En pocas palabras, Jorad debía tener algún motivo para sospechar que la otra persona a la que estaba buscando estaba entre aquellas gentes.
—Se precisa de mucho más que autocontrol para que esta joya te muestre una predicción segura —comentó, pensando en la gemela de aquella piedra y en la posibilidad de que también estuviese en manos de aquel guerrero, aunque era muy improbable, casi imposible—. ¿Qué piensas hacer para encontrar a esa otra persona? —Cambió de tema mientras guardaba el pago por sus servicios futuros.
El Ojo de Dragón, nombre que recibía la joya ambarina que tan alegremente había aceptado, solo mostraba los deseos de su poseedor. Alguien con hambre solo vería visiones de manjares, un enamorado sus más ocultos deseos cumplidos con la persona escogida, etc. Para ver el futuro había que desear contemplarlo sin pensar en nada más, ni las ambiciones, los sueños o las necesidades del cuerpo. Algo imposible a menos que se tuviese el segundo Ojo cuya existencia en sí era una leyenda. Manyou ni siquiera estaba segura de que fuese una gemela exacta de la piedra que ahora llevaba en uno de sus bolsillos.
—Me he entrevistado con varios mercaderes, pero es difícil saber si conocen o no a quien busco.
Ya había aceptado el trabajo, de modo que acompañaría a Jorad hasta Eren-como-se-llamase. Tal vez allí su compañero tendría la amabilidad de explicarle lo que se esperaba de ella, mientras la maga trataba de averiguar cómo había llegado el Ojo de Dragón a sus manos, por supuesto.
—Buscamos —lo corrigió ella.
—Buscamos —asintió él.
Así que alguien muerto en vida que cree saberlo todo… No iba a ser una búsqueda fácil. Una persona con grandes conocimientos era difícil de encontrar, aunque no de descubrir, sin embargo alguien muerto por dentro… ¿Qué significaba eso? Tal vez se tratase de alguien enfermo, o de un anciano. Esto último tendría sentido, porque sería una persona con una gran
experiencia sobre la vida y cuyos días estaban ya contados. ¿Pero un sabio entre comerciantes?
¿Y si se trataba de alguien ajeno al grupo de caravanas? Alguien que estuviese viajando con ellos en ese momento pero que normalmente no fuese así. Alguien capaz de responder preguntas que son un misterio para el resto. Alguien que…
—No creo. —Se rió de su propia idea.
—¿Cómo?
No pudo evitar contemplar con satisfacción la confusión de Jorad, que no entendía sus palabras.
—Resulta que hace un momento he estado hablando con alguien que… pero no puede ser —se corrigió—. Es una muchacha, más joven que nosotros diría yo, no creo que sea ella la persona a la que estamos buscando.
Sin embargo sabía leer y en los libros podía encontrarse todo tipo de conocimientos. Además, buscaban a alguien que creía saberlo todo, no que lo supiese realmente, así que podía ser ella. ¿Pero y eso de muerto por dentro?
Dejó escapar un suspiro, pues con darle vueltas al asunto solo iba a conseguir que le doliese la cabeza. Si tenía que aparecer un personaje así aparecería, y si la visión de Jorad era correcta lo haría… ¿Era correcta? ¿Cómo había llegado hasta sus manos el Ojo del Dragón, y cómo había conseguido que le mostrase lo que necesitaría? Había algo muy raro en toda aquella historia: ¿por qué, si tanto odiaba la magia, había terminado usándola? Mucha gente acababa contratando magos para uno u otro trabajo, incluso despreciando el oficio, pues había cosas que solo ellos podían hacer. ¿Pero quién en su sano juicio se desprendía de un tesoro tan valioso como el Ojo del Dragón si, además, sabía cómo usarlo?
A su mente vino una loca respuesta: Jorad poseía un tesoro mucho mayor. Y era lógico, pues alguien con mucho dinero apenas nota la ausencia de un puñado de monedas.
¿Podía ser que de verdad aquel hombre tuviera en su poder el segundo Ojo de Dragón? Eso explicaría muchas cosas, pero Manyou descartó la idea casi antes de que tomara forma en su cabeza. Ambas joyas eran famosas en el mundo de la magia, pese a que lo normal era que se les tuviera perdida la pista. Dada la popularidad de los objetos mágicos entre el gremio de no-magos, que temían a los que sí lo eran pero no dudaban en usar sus artilugios si ello les beneficiaba, siempre había algún rumor sobre el paradero de tal o cual reliquia mágica. Sin embargo el caso del segundo Ojo de Dragón era muy especial, y es que nadie sabía ni siquiera cómo era, solo que mostraba el futuro y, junto como el primero, enseñaba a su portador qué debía hacer para que sucediese su futuro deseado.
Sí, aquella teoría explicaba la visión de Jorad y el cómo había dado con Taj Mahal, aunque era del todo imposible. Él no podía usar magia ni quería saber nada de ella. Debía haber otra explicación, ¿pero cuál?
Extrajo la joya que ya era suya para volver a tener la visión que se le había aparecido anteriormente. Reconocía la habitación con su ventana, y la casa con sus gentes. Mientras recorría la superficie de la gema con la punta de los dedos casi pudo oler la tierra recién mojada por la lluvia y sentir la brisa que entraba por la ventana. Hasta ese momento jamás habría imaginado que lo que más deseaba era volver a la casa donde nació
Guardó de nuevo la joya antes de que la imagen y su recuerdo fuesen demasiado fuertes para abandonarlos, e intentó incrementar la velocidad de su caballo, pues el muy estúpido había vuelto a quedarse rezagado. No volvió a insistir en la cuestión del trabajo, al menos de momento, ya que con el pago adelantado Jorad le había dado a entender que se lo explicaría cuando fuese necesario, y lo cierto era que Manyou, tras la visión de su antiguo cuarto, no se sentía con ánimos de contradecirle.
Capítulo 02
EL VIAJERO DE LA
PIERNA ROTA
El segundo día de marcha comenzó sin dificultades. Las carretas estaban todas en perfecto estado, no había bandidos a la vista y la maga, para ser mujer y además maga, no estaba dando problemas. La única queja que tenía Jorad es que iban muy despacio, demasiado a decir verdad. A ese ritmo tardarían más de una semana en alcanzar Eren Joo, y otros tres días más para llegar a la capital.
Debían acelerar el paso. Necesitaban ayuda y él había ido a buscarla, pero cuanto antes se zanjara ese desagradable asunto de trabajar con hechiceros y confiar en profecías tanto mejor.
De vez en cuando volvía la vista atrás y comprobaba que Manyou lo estuviese siguiendo. Aún no confiaba en ella, jamás lo haría tratándose de una maga, pero ya le había pagado y para desgracia del orgulloso guerrero la necesitaba.
Su deber era obedecer órdenes y había sido entrenado para ello. Pero lo que estaba haciendo no era para cumplir con un mandato, y si era descubierto no solo le costaría su rango y estatus sino también su vida. Conocía sus límites: ya se había enfrentado a la muerte en otras ocasiones y sabía que sería capaz de recibirla sin miedo, pero lo cierto era que la situación actual no le
gustaba nada. Para empezar su compañía la había elegido una piedra encantada y no él. No siendo bastante esto, la primera persona era una mujer, y maga. ¡Cómo se había podido dejar enredar en semejante locura! Al menos esperaba que el segundo de los personajes escogidos por su destino fuese una mejor.
—¡Oiga! —Se volvió a ver quién le estaba hablando—. He oído podaí que usted está haciendo pdeguntas dadas a mi gente.
Era el cabecilla de las caravanas. Le costó entenderle pues el hombre tenía un acento extraño y no pronunciaba bien la “r”. En cuestión de segundos decidió que la mejor manera de confrontar aquella situación sería por medio de la cordialidad. Tal vez así el hombre se cansaría pronto y lo dejaría en seguir su viaje en paz.
—Así es, buen hombre.
Bajó del caballo y caminó al lado del desconocido como muestra de cortesía.
—No sé qué asunto se tdae Eren Joo pod estos lades. Aquí somos gente muy sencilla y no quedemos pdoblemas.
Jorad asintió, comprendiendo perfectamente por qué se le había acercado a hablar.
—Estoy seguro de ello.
—Si me dice qué es lo que quiede, le ayudadé con mucho gusto.
Tal vez debió acudir a él desde el principio. Pero al igual que era más que probable que aquel personaje pudiese ayudarle, también era el candidato idóneo para ocultarle información pues, como líder de las caravanas, su principal cometido era proteger a su gente.
—Eso sería de gran ayuda, ¿conoce usted, entre los miembros de su respetable comercio ambulante, a alguien que lo sepa todo?
—¿Un sabio? Aquí no hay nadie así, señod. Tal vez en las gdandes ciudades, no aquí. —Eso ya lo suponía Jorad—. Aunque ahoda que lo dice, desde hace poco viaja con nosotdos una chica nueva, una mocita no me malintedpdete. Es muy lista, y sabe muchas cosas, más que yo. —Rió—. Puede que ella sepa de algún sabio como el que está buscando.
Acudieron a su mente las palabras de la maga sobre una muchacha más joven que ellos y que según Manyou no podía ser la persona que estaban buscando. Pero Jorad tenía ganas de zanjar aquel asunto de una vez por todas, así que decidió que sería él y no la mujer quien juzgaría a la desconocida.
—¿Y dónde dice usted que puedo encontrarla?
—Justo ahí delante, señod. Está hablando con su amiga la bduja. No se asuste, que la niña tiene una pata dota y no podrá huid de sus encantos, señod. —Se burló, porque allí eran así y una vez pasada la preocupación consecuente al aspecto del guerrero nada había que temer.
Montó de nuevo, tratando de no pensar demasiado en la burla final del cabecilla de las caravanas.
Así que una muchacha, y más joven que ellos por lo que había dicho su popular compañera. ¿Cómo era posible que aquellas gentes no la temieran ni repudiaran? En cualquier caso era evidente que los conocimientos de una jovencita no podían ser lo que se dicen absolutos. Él necesitaba a un viejo sabio, no a una niña: otra fémina. Ya no estaba seguro de qué era más ridículo, si la idea de que aquella chica pudiese ser la otra persona que necesitaban o que realmente estuviese siguiendo las instrucciones de una piedra mágica.
Espoleó al caballo y alcanzó a la maga en cuestión de segundos.
—¡Maldición, Jorad, qué susto me has dado! —exclamó ella, que había atado las riendas de su montura a la caravana y caminaba alegremente, al menos hasta que él apareció—. ¿Qué ocurre? ¿Lo has encontrado? —Se refería al supuesto sabio.
No esperaba que ella se preocupara realmente por la causa y quedó sorprendido. Sin lugar a dudas entregarle aquella roca antes de decir lo que necesitaba de ella fue todo un acierto.
—No.
Le miró algo contrariada, aunque era normal. Después de todo no conocía las verdaderas intenciones que le habían llevado a acercarse a ella.
—¿Dónde está la chica? —preguntó sin rodeos.
La mujer arqueó una ceja y luego sonrió como la que se ríe de su propio chiste.
—No conmigo, como puedes ver.
No la entendía, y jamás lo haría. Era una maga al fin y al cabo.
—Acaban de decirme que estaba hablando contigo.
De repente Manyou dejó escapar un suspiro.
—¿Es que no puedes verla? Está ahí, justo delante de ti.
Fue señalarla la mujer y entonces la vio: una muchacha recostada en la parte trasera de la carreta. Lo primero que le deslumbró fueron sus ojos, grandes y de un tono azul similar al de un zafiro, pero fríos e inexpresivos. El cabello era negro y lo llevaba cortado a la altura de los hombros, algo inusual en una joven como aquella: a juzgar por su clara piel debía de ser de buena cuna. ¿Qué hacía allí entre mercaderes? En Eren Joo se la consideraría toda una belleza, y es que era realmente bonita. Tanto que Jorad tardó en fijarse en su vendada pierna y el libro que estaba leyendo.
Se sintió observado y volvió de esa especie de trance en el que había entrado mientras contemplaba a la muchacha. Era la maga quien lo miraba con una indescifrable expresión que lo irritó.
—Señorita. —Por supuesto el trato que se merecía una joven así no era el mismo que le daba a su inusual compañera—. Me dicen que se ha unido al grupo de caravanas hace poco y que tiene un alto nivel de conocimiento.
Su intención era que abandonara la lectura y le prestara algo de atención, pero lo único que logró fue que respondiera sin apartar la mirada del libro.
—Solo estoy con ellos por mi herida. Me iré tan pronto como pueda caminar. Y en cuanto a los conocimientos que me atribuís son los mismos que tendría cualquier persona de mi edad que haya tenido acceso a los libros que yo he leído.
No podía ser ella, era demasiado joven.
—Una respuesta de lo más elocuente —habló la maga.
Aunque en realidad no buscaban a alguien que lo supiese todo, sino que creyese saberlo todo.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —habló la desconocida.
—Claro —asintió antes de darse cuenta.
—¿Por qué un guerrero de las Hojas Doradas necesita a una maga? —Dicho lo cual retiró la vista del libro, y sus ojos parecieron aún más azules.
—¿Qué sabe de esa organización, señorita?
—Casi todo —contestó inmediatamente.
—Eso lo dudo. —No pretendía ser descortés, pero su boca no pudo contener sus palabras.
Aquello debió de herir el amor propio de la muchacha porque cerró el libro con fuerza y empezó a demostrar todo lo que sabía.
—Sé que al menos la mitad de sus miembros son magos consagrados, aunque esta sea una información secreta para el pueblo. —Por su tono debía estar realmente ofendida—. Así que dígame: ¿por qué quiere la ayuda de un mago externo a su organización?
Nadie debía saber eso. Nadie. ¿Cómo era posible que…? Aquella conversación no debía continuar.
—Lamento haberla ofendido, señorita. Adiós.
Dio un tirón de las riendas y se alejó de allí. Esta vez no se sorprendió al ver a la maga materializarse justo a su vera; era casi previsible que quisiese preguntar algo después de haber escuchado las pocas frases que pronunció la joven de ojos azules.
—¿Es cierto lo que ha dicho? —Jorad se negó a afirmar o negar aquello—. Yo sé poco de tu ciudad, pero ese parecía ser un dato bastante restringido al público. —Cierto, era un secreto para la mayor parte de Eren Joo—. Podría ser ella de la que hablaba la visión de la gema —observó.
—Esa mujer me pone de los nervios.
Manyou dejó escapar una carcajada.
—Oh, sí, he notado cuanto te disgustaba. —Volvió a reírse—. Si no vas a renunciar a llevarla contigo, date prisa y ve a convencerla antes de que se le cure la pierna.
Manyou tenía un buen carácter y Jorad tuvo que admitir que hasta era graciosa. Habría sido un muy buen partido para muchos, si no fuese maga claro.
—Tendré que ir —gruñó.
Ella dejó escapar un suspiro y luego volvió a sonreír.
—Ya te llevo yo.
Mujer, y además maga, no había peor unión. Mucho antes de tener la oportunidad de negarse a que lo transportaran se vio de nuevo tras la caravana donde descansaba la joven de la que habían estado hablando. Esta había retomado su lectura y ni se inmutó cuando llegaron, lo que le dio tiempo suficiente a Jorad para reponerse de aquella magia.
—¿Vendría con nosotros a Eren Joo, señorita?
Lo preguntó directamente y sin rodeos, pues no había tiempo que perder. Aunque tardó en recibir respuesta, al parecer el libro de la joven era más importante que la aparición mágica de ellos dos.
—¿Con qué propósito?
Era muy agradable a la vista, preciosa a decir verdad, pero su tono le irritaba.
—Tuve una visión —habló Manyou—. En ella se me advirtió de que la única oportunidad de escapar de un futuro mal sería con la ayuda de una persona que viaja en este grupo de caravanas y que además cree saberlo todo. Pensamos que mi visión se refería a ti.
Dio gracias en silencio porque la maga hiciese suya aquella visión, ya que él jamás habría sido capaz de confesarlo así, abiertamente y sin temor de quien pudiese escucharles.
—¿Un futuro mal? Una singular elección de palabras.
¿Es que no los creía? ¿Cómo era posible que sospechara de ellos, que se hubiese dado cuenta?
—Mi visión es real —aseguró la maga—. Esto me lo mostró —Extrajo de uno de sus bolsillos la joya que Jorad le había entregado como adelanto por sus servicios—, se llama Ojo de Dragón.
La joven abrió los ojos de manera exagerada durante una milésima de segundo, el tiempo que tardó en disimular su sorpresa.
—Siento haber dudado de tu palabra —Parecía que conociese la gema y, en consecuencia, lo que podía hacer—, pero no puedo acompañaros.
—Si es por la pierna… —empezó a decir Jorad, dispuesto a ofrecer su montura para llevarla.
—No es por mi herida —lo interrumpió.
—Me da igual cual sea el motivo. —Saltó el guerrero, ya cansado de tantas tonterías y deseoso de cumplir de una vez por todas con aquella misión—. Creemos que eres tú de quien hablaba la visión y vendrás con nosotros a Eren Joo; por las buenas o por las malas si es preciso.
No era propio de él comportarse así, pero es que aquella muchacha lo enervaba.
—No puedes hacer eso, Jorad —susurró la maga.
Manyou se había inquietado por la amenaza del guerrero, pero no la joven. Por un momento aquellos inexpresivos ojos zafiro parecieron retarle, como si no le creyera capaz de llevarla por la fuerza hasta Eren Joo. Definitivamente le gustaba mucho más así, expresiva.
—¿Quieres ver que sí? —Estaba respondiendo a la maga, pero aquel mensaje iba dirigido a la muchacha.
Sin esperar un minuto más se bajó del caballo e hizo ademán de cogerla en brazos, y aquella vez hubo más que una sutil expresión en los ojos de la joven: toda ella reaccionó.
—¡Espera! —Se encogió y puso los brazos a modo de escudo—. Solo tengo que ir con vosotros hasta Eren Joo, ¿no es así?
Jorad reprimió una sonrisa.
—Y nos ayudarás a salir de allí.
Sintió las miradas de las dos féminas fijas en él, pero la única que le interesaba era la muchacha de ojos azules y su respuesta.
—Está bien, tienes mi palabra —asintió en voz baja.
—Me basta. Mañana mismo abandonaremos las caravanas —anunció.
Se alejó de allí con ánimo triunfal. Si apretaban el paso llegarían a su destino antes de lo que había previsto aquella misma mañana y eso eran muy buenas noticias.
—¡Jorad! —La maga lo estaba siguiendo—. No pensabas cumplir esa amenaza cuando la hiciste, ¿verdad?
La miró de soslayo.
—Si hubiese sido necesario sí —Esperó a que ella replicara algo, pero la mujer no dijo nada—. ¿Por qué lo preguntas?
—Para saber a qué atenerme —respondió sin cambiar el tono.
—Tu caso es diferente —aseguró.
—Porque soy una maga —recitó—. ¿No crees que te has precipitado al decir que nos marcharíamos mañana? No
sabemos con certeza si tu visión se refería a ella o no. ¿Y si estamos equivocados?
—No hay tiempo que perder —confesó, y luego añadió con tono cortante—. Procura ponerte una túnica que no tenga esos símbolos —Se refería a los de Taj Mahal— cuando estemos cerca de la ciudad. En Eren Joo no se permite la entrada a los magos.
Ella volvió a suspirar. Una acción que hacía casi más a menudo que respirar.
—Me mentiste con lo de la visión al no decirme que ella nos ayudaría a salir de la ciudad.
Le había cambiado de tema a propósito, tal vez porque no tenía ropa sin esos malditos símbolos. O puede que quisiera sonsacarle información de alguna clase. En cualquier caso, si el problema era la vestimenta, estaban rodeados de comerciantes, así que si era necesario él mismo se encargaría de comprarle un traje como era debido.
—Te dije lo que vi. El resto fue deducción mía.
Se hizo el silencio entre ellos, aunque duró poco.
—¿Cómo lograste controlar la joya?
Ese nuevo giro en la conversación lo cogió por sorpresa.
—¿Cómo?
—Ya te dije antes que el Ojo de Dragón solo muestra aquello que más deseas. Para ver lo que tú me has descrito se necesita mucho autocontrol, y tú acabas de demostrarme que pierdes los nervios en seguida.
—Te aseguro que el autocontrol es algo que no me falta —aseguró, muy seguro de sí mismo.
—Puede que esa sea tu opinión, pero con aquella chica lo perdiste al igual que cuando yo utilizo mi magia. ¿De verdad la visión que me has descrito es tuya?
—¿Qué insinúas?
Ella abrió y cerró la boca un par de veces, como a punto de decir algo pero sin llegar a hacerlo. Al final suspiró, negó sus propios pensamientos y respondió con tono calmado.
—Que si fueras mago, serías un perfecto Controlador.
Había cambiado su respuesta, pero él no le preguntó por la original, prefería no saberlo.
Continuaron su marcha en silencio hasta el anochecer, cuando los mercaderes los invitaron a cenar con ellos. La mayoría de los carromatos eran puestos independientes que tras muchos años de viaje juntos habían acabado formando una comunidad. Había un ambiente casi festivo en todo lo que hacían y era casi imposible no sentirse contagiado por la alegría de aquella gente. Tal vez por eso se sorprendió de que la maga estuviese tan seria, sin embargo no podía preguntarle pues habría sido un fallo garrafal. Era mujer, y además maga, ella tendría sus motivos y si le preguntaba seguramente se vería arrastrado a todo un bucle de confusas explicaciones que nada le interesaban.
—Oiga, señod. —Se acercó a él el jefe de las caravanas—. ¿Se ha peleado con su mujercita? —preguntó, pues la maga se había retirado temprano.
Se había formado un coro alrededor de él, sobre todo de niños que les gustaba tocar su armadura y curioseaban todo lo que podían cuando creían que nadie les miraba.
—¡No es mi mujer! —Fue una respuesta reflejo, pero asustó a su coro personal y al buen hombre, que no tenía culpa de que Manyou fuese maga—. Es mi hermana —mintió—, la llevo de vuelta a casa a ver si así se olvida de esa locura de estudiar magia.
Aquella no era la respuesta que su coro de cotillas esperaba y poco a poco empezaron a perder el interés en él.
—Es una buena mujer, señod, muy cariñosa con los niños. Búsquele un buen marido y verá cómo la felicidad la aleja de esas ideas —aseguró, aunque no parecía muy convencido.
—Sí, seguro —dijo tras consumir la bebida que restaba en su vaso de un solo trago.
La conversación derivó entonces al tema de cómo escoger un buen partido para su supuesta hermana, y Jorad dio gracias por ser hijo único y no tener que preocuparse de esos asuntos. Trató de escaparse en varias ocasiones, pero una vez las mujeres veteranas se unieron a ellos aquella tortura se prolongó hasta lo inimaginable. Por fortuna él no era el único que necesitaba dormir y cuando el jefe de las caravanas decidió que era hora de acostarse todos hicieron lo mismo.
Sus últimos pensamientos del día antes de que el sueño lo abatiera fueron para la muchacha de grandes ojos azules. Aún no sabía su nombre, algo imperdonable dado que viajarían juntos a la mañana si guiente y se prometió que lo primero que haría al despertar sería preguntarle cómo se llamaba.
No bebió mucho la pasada noche, sin embargo sufría de una tremenda resaca como pocas veces antes había sentido. Su tercer día de viaje iba a ser una verdadera tortura si aquel dolor no menguaba.
—Buenos días, Jorad. —Lo saludó Manyou en cuanto lo vio.
—Calla por favor. No sabes cuánto me duele la cabeza.
—¿La cabeza dices? —Puso sus manos en la frente de él, para lo cual tuvo que ponerse de puntillas.
Sus dedos estaban fríos pero no fue por eso por lo que él permaneció estoico, tampoco porque temiese la clase de sortilegio que ella podría usar, simplemente lo cogió por sorpresa. Por fortuna el dolor comenzó a desaparecer poco a poco.
—Gracias —murmuró muy a su pesar cuando ella terminó.
—A veces es bueno tener un mago cerca, ¿no crees? —Él prefirió no responder a aquella provocación—. ¿Vamos a por la muchacha?
—¿Qué muchacha? —No tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando la maga.
Ella a su vez lo miró confusa, como si tampoco entendiese muy bien lo que él acababa de preguntarle.
—La de ayer. La que vendrá con nosotros a Eren Joo y nos ayudará a salir de allí.
¿Cuándo le había contado eso a Manyou? No estaba seguro.
—No sé de qué estás hablando —confesó—. Aún no hemos encontrado a la persona a la que se refería mi visión.
—Pero Jorad… Ayer… La chica de la pierna rota… la amenazaste con… ¿De verdad no te acuerdas?
No parecía estar mintiendo; la maga estaba segura de que aquello de verdad había ocurrido. Tal vez bebió más de la cuenta y por eso él no lo recordaba.
—¿Cómo dices que era? —preguntó, confiando en que una descripción le ayudase a recordar.
—Morena, ojos azules, piel blanca, nariz pequeña… Tenía la pierna rota y un libro en la mano: esa chica se pasa el día leyendo —añadió.
Jorad seguía sin recordarla.
—Estoy seguro de que no me habría olvidado de alguien así.
—Pero… —Ella seguía empeñada en que habían conocido a esa joven.
Se fijó entonces en las prendas de la maga: marrones y lisas, sin ningún símbolo que recordase a su oficio. Aquel tono marrón mataba el sutil rojo de su cabello y ocultaba el brillo de sus ojos negros, así que no podía decirse que luciese bonita, pero no era una chica bonita lo que él necesitaba… De repente vinieron a su mente retazos de una conversación sin sentido, ¿por qué había decidido de repente que se marcharían aquella misma mañana si todavía no habían dado con la segunda persona?
—Es posible que la recuerde si la veo. —Cedió finalmente.
Sin embargo por mucho que la buscaron no consiguieron dar con ella, es más, nadie salvo Manyou la recordaba.
—Bduja, le asegudo que no hay nadie en esta compañía que desponda a esa descdipción.
—¿A usted también le duele la cabeza? —preguntó de pronto la mujer.
—Vaya que sí, bduja. Judo que no sabía de la potencia de ese vino, estamos todos molidos.
—¿Todos? —enfatizó ella.
—Ni uno solo se ha libdado —aseguró el hombre.
Jorad creyó entender lo que pensaba Manyou, que alguien ajeno a esa cultura se emborrachara con su vino podía ser normal, ¿pero ellos también, y todos? Aun así esperó a que el jefe de las caravanas los dejara antes de preguntarle a la mujer.
—¿Qué crees que ha pasado?
Ella empezó a reflexionar en voz alta.
—Si no fuera porque tenía la pierna rota diría que fue la joven de la que te estaba hablando: no parecía estar dispuesta a acompañarnos —añadió—. No quiero acusar a nadie sin pruebas pero creo que os drogó a todos para ocultar su huida. Yo no bebí anoche, por eso no la he olvidado.
Era lógico.
—¿Existe una droga así, capaz de hacerte olvidar un detalle específico?
Ella dudó por un momento.
—Soy maga, y he visto cosas mucho más extrañas que esto. No quiero con ello asegurar que sea lo que ha pasado pero no consigo imaginar otra explicación.
La creyó. Por algún motivo ni siquiera se le ocurrió la posibilidad de que Manyou pudiese estar tratando de engañarle, incluso siendo maga.
—Debe estar por aquí cerca.
Ella dejó escapar una carcajada seca.
—Si ha encontrado el modo de drogaros a todos estando inmovilizada, a estas alturas podría estar en cualquier lugar del mundo. Y no, no era maga —añadió antes de que él le preguntara.
Jorad solo pudo pensar en lo útil que les habría sido una persona capaz de hacer todo aquello, ¡y sin magia! Por desgracia, si ya no se encontraba allí estaban perdiendo el tiempo buscándola.
—Vámonos —dijo, refiriéndose a Eren Joo.
—¿No vas a seguir buscando a la persona de tu visión?
—Según tú esa persona era la muchacha que ha desaparecido, y podría estar en cualquier parte del mundo. No permaneceremos aquí buscando a alguien que ya no está cuando podríamos estar de camino a nuestro destino. —Ella puso cara de sorpresa—. ¿Qué pasa?
—Pues la verdad, pensaba que iba a tener que salvarte la vida para que confiaras en mí —aseguró.
No le había dado motivos para dudar de ella. Si cubría con un tupido velo el hecho de que era maga, hasta resultaba ser una buena mujer. Podía permitirse ser amable con ella.
—Me has salvado de un dolor de cabeza terrible, una distracción que podría ser fatal durante el combate. Te he pagado por adelantado pensando que te irías a la menor oportunidad pero sigues aquí. ¿Por qué no iba a confiar en ti?
—Porque soy maga —respondió—, y detestas la magia.
Y era cierto.
Capítulo 03
LA MISIÓN DEL CABALLERO
Habían pasado cinco días desde que se separaron del grupo de caravanas. Junto con los comerciantes, dejaron atrás las cordilleras de la Rohana, y solo las del Cacio les seguían acompañando. A medida que avanzaban el paisaje se fue volviendo más verde y el clima más húmedo, hasta que llegó un momento en el que el segundo sistema montañoso ya no fue visible debido a los árboles que se encontraban por su camino.
Manyou seguía inquieta por los sucesos recientemente acontecidos, aunque estos hubiesen ocurrido cinco días atrás. Era imposible que una persona sin don alguno para la magia hubiese desaparecido sin dejar rastro, y menos que hubiese dejado de existir en el recuerdo de las gentes con las que había convivido. ¿Pero por qué ella sí que la recordaba? El uso de algún tipo de droga era la única explicación que se le ocurría, y aun así dudaba de que ningún brebaje pudiese hacer olvidar a una persona sola. Normalmente se olvidaban días enteros o acontecimientos concretos, no únicamente lo relacionado con un individuo. ¿Y si no era una droga, entonces qué? Manyou sabía de buena tinta que ni la muchacha poseía el don, ni había nadie cerca que lo tuviera. ¿Acaso existía algún modo de hacer magia sin poseer el don?
El estúpido de su caballo tropezó y ella casi se come el suelo a causa de ello. Jorad se acercó, seguramente preocupado, sin embargo no llegó a decir o hacer nada. ¿Por qué tenía la gente tanto miedo a la magia? Para Manyou era una extensión más de sí misma y usarla casi tan sencillo como respirar. Más peligrosa podía ser la bestia que montaba ella misma.
Entre los árboles de la lejanía empezó a distinguirse uno claramente singular. Era inmenso, con unas dimensiones descomunales, más ancho que alto, y cuanto más se acercaban a él más grande parecía ser. Pero no era un árbol, no uno solo al menos. Pues cuando ya estuvieron a un día de distancia del mismo el tronco ya no lucía marrón sino gris y la copa no era de un único color, sino de muchos.
—Bienvenida a Eren Joo.
El tronco no era tal, sino una inmensa muralla y lo que parecía la copa no era una sino muchas, pues la ciudad estaba construida sobre un bosque.
—Gracias —respondió, no muy segura de si eran las palabras adecuadas.
—Te recuerdo que no está permitida la entrada a los magos, así que debes prometerme que no usarás la magia dentro de esos muros ni revelarás tu… «profesión» a menos que yo te lo diga.
No estaba bien vista la magia ni permitida la entrada a los magos y sin embargo una buena parte de la élite militar de Eren Joo lo era. ¡Cuánta hipocresía!
—¿Qué pasaría si me descubriesen? —preguntó con curiosidad.
—Te colgarían de la rama más alta de la ciudad, y a mí contigo por haberte traído —admitió.
Dejó escapar un suspiro ante tanta exageración.
—Te prometo, Jorad, que no emplearé magia alguna ni revelaré mi posición dentro de la orden de magia, a menos que tú me lo pidas o que mi vida dependa de ello —prometió, no muy dispuesta a dejarse colgar, pues aunque no acababa de creer en las palabras de su compañero, tampoco estaba dispuesta a comprobar en primera persona su veracidad.
El guerrero meditó aquellas palabras un rato antes de asentir.
—Es razonable —dijo cuando ya estaban al pie de la muralla.
—¿Cómo entraremos? No veo puertas ni ningún modo de acceso.
Como respuesta, Jorad se introdujo los dedos índice y pulgar de la mano derecha en la boca y silbó. Un método sencillo y primitivo que no tardó en recibir respuesta: otro silbido, pero procedente de lo alto de la muralla.
—Desmonta, ya no vamos a necesitar los caballos.
Le hizo caso, aunque algo confusa por el modo en que él dejaba libre con tanta facilidad a un animal tan caro como su corcel.
—¿Los dejamos sin más? —preguntó al ver que era lo que él estaba haciendo.
—Ahora vendrá alguien a por ellos —contestó su compañero.
Se acercó al muro justo detrás del guerrero y, para su sorpresa, de las alturas cayó una escalera de cuerda por la que descendió un muchacho de cabello castaño y ojos verdes, exactamente iguales a los de Jorad. El joven saltó cuando ya estaba a unos pasos del suelo y fue hasta donde los animales, ignorando por completo a los dos recién llegados.
—Debes de estar bromeando —comentó cuando vio que su compañero empezaba a ascender por aquella peligrosa escalera.
—Cuanto antes empieces a subir, antes llegaremos —respondió él sin volver la vista atrás.
Trepó el primer peldaño y lo bajó de un salto al notar cómo un escalofrío le recorría la espalda. Se sentía observada, pero no por el muchacho que había bajado antes, pues ya no estaba por los alrededores, sino por alguien desde las alturas. Jorad seguía subiendo y ella no tuvo más remedio que maldecir en silencio su promesa mientras comenzaba de nuevo su ascenso. De poder usar magia sabría ya quién los estaba espiando, donde estaba esa persona e incluso subiría la condenada escalera de cuerda sin peligro. Pero no, había prometido no usar la magia.
Suspiró, y comenzó a trepar de nuevo.
Ya estando cerca de la meta alguien le tendió una mano para ayudarla, y creyendo que se trataba del guerrero ni se lo pensó antes de aceptarla.
—Gracias —dijo pues, incluso cuando no se trataba de Jorad, aquel hombre había sido el único en ayudarla a subir esa tortura de escalera.
Ciertamente el misterioso personaje era idéntico a Jorad. Mismo tono de piel, de cabello, incluso el verde de los ojos y el peinado parecían ser los mismos. Y no solo él, todos los que allí estaban eran iguales a su compañero, a excepción de la armadura claro.
—Siempre es un placer ayudar a los viajeros —Se mostró caballeroso el desconocido—, y más tratándose de la prima del Capitán Jorad. —Le sonrió.
¿Prima? ¿De quién, de Jorad?
Mientras pensaba en qué decir a continuación empezó a sacudirse la falda y a buscar con la mirada la distintiva armadura plateada de su fugitivo compañero. La del desconocido era de un color casi pardo y no había ningún símbolo en su hombro. Y en cuanto a su voz y modales, nada tenían que ver con los del guerrero.
—¿Sabe dónde se encuentra mi querido primo? —Hacía tiempo que no utilizaba un lenguaje formal y se sentía torpe.
—Tal vez podría decirme su nombre —pidió el desconocido.
Se sintió rara cuando se encontró con la mirada de aquel hombre. ¿Por qué la miraba así? ¿Es que no había suficientes mujeres en Eren Joo? En fin, decir su verdadero nombre, el que usaba ahora, no sería prudente pues podría revelar que sabía usar magia.
—Imi Co.
Ese fue su primer nombre, el que le pusieron sus padres al nacer.
—¿Se alojará con su primo, señorita? —preguntó otra de las copias de Jorad, que se había acercado a ver lo que se cocía allí.
Debían de estar muy desesperados. Ni siquiera en la academia de magia, donde escaseaban las mujeres, la habían tratado así. ¿Dónde estaba su compañero cuando se le necesitaba? Si iba a hacerla pasar por pariente suyo, al menos debería protegerla de ese tipo de escenas.
—Eso solo si logro encontrarle. —Hizo acopio de su mejor sonrisa—. Por cierto, ¿dónde está?
Las miradas de sorpresa no faltaron.
—¿Es su primera vez en Eren Joo, señorita Ymico?
No era Ymico, sino Imi Co.
Hubo más de una oferta para enseñarle la ciudad una vez se hubiera alojado, cada una más galante que la anterior. ¡Menuda gente!
—Me temo que ya se lo he prometido a… mi primo. Tal vez en la próxima ocasión.
Debía ser cierto que Jorad pertenecía a la élite militar, porque solo con nombrarlo el resto se pusieron firmes. Pero aun así, nadie parecía querer decirle dónde estaba su primito.
Empezó a darle vueltas a todo lo que había visto y oído desde que subió la escalera de cuerda. Antes, cuando preguntó por el paradero de su supuesto primo, su coro de aduladores se había sorprendido y en seguida se habían percatado de que era su primera vez en aquella ciudad. Así que debía haber algún tipo de ritual o costumbre que aquellas gentes cumplían a raja tabla al llegar a Eren Joo.
—Señorita Imiko —¿Es que era tan difícil pronunciar bien su nombre?—, ¿no pasará a asearse?
¿Lavarse? ¿Podía ser que se tratara de eso?
—Eh, sí, por supuesto. ¿Dónde…?
Le indicaron donde estaban los aseos, porque como ella había deducido había una costumbre en aquel pueblo que era bañarse nada más llegar para quitarse el polvo del camino, pero por más que lo intentaba no conseguía encontrar la supuesta entrada a esos baños. Caminó siguiendo las instrucciones, aun cuando allí ella solo viese árboles. Tal vez fue por ello que cayó sin remedio al pisar donde no debía.
La caída no fue para nada dura. Había prometido no ejercer su don a no ser que Jorad se lo pidiese o su vida corriese peligro, y puesto que era el caso no dudó en protegerse con un inocente hechizo. Todo su cuerpo quedó recubierto por una fina capa de magia que la protegió de todos los golpes y arañazos, y al final fue como estar dentro de una burbuja. En situaciones normales, simplemente se habría transportado de nuevo a lo alto de la muralla o habría hecho que su compañero se apareciera delante de ella para cantarle las cuarenta, pero por desgracia había hecho aquella maldita promesa.
Suspiró al darse cuenta de que tendría que encontrar el modo de regresar a las copas de los árboles sin emplear magia.
La muralla debía de medir un mínimo de cincuenta metros de altura, y su grosor era de al menos tres. Era pura piedra, así que subirlo sin ayuda estaba más que descartado. Aquella muralla se subía pero no se bajaba, pues una serie de puentes y construcciones perfectamente confundidas con el entorno formaban el pueblo de Eren Joo. Construcciones que estaba viendo ahora que había tocado el suelo.
Una ciudad en los árboles, familias cercanas al cielo, con un mundo entero bajo sus pies. ¡Increíble! Aquella era una tierra pantanosa y no solo era difícil caminar sobre ella sino que además se hundía si no lo hacía. Pero lo más sorprendente de todo fue descubrir que había casas allí abajo, cerca de los troncos.
Vistas de cerca, aquellas viviendas parecían chabolas, y Manyou supuso que aquel debía ser el barrio bajo de Eren Joo. Literalmente hablando.
Le agradó descubrir que la gente de allí abajo no eran copias idénticas a Jorad. Ciertamente había algún que otro parecido, como siempre sucede entre la gente de un mismo pueblo, sin embargo había personas altas y bajas, pelirrojos, rubios y morenos y hasta le pareció ver a alguien de ojos negros. Arriba en las copas de los árboles todo el mundo le había parecido igual, allí abajo no. Era como si la gente de Eren Joo hubiesen decidido una norma de belleza y todo aquel que no la cumpliera hubiese sido expulsado de la civilización.
—Muchacha, ¿te has perdido?
Se giró bruscamente para descubrir a la propietaria de aquella inquietante voz. La escena parecía sacada de una escena de esos libros de terror que solía leer durante los veranos en Taj Mahal, y es que aquella bajita anciana de pronunciadas arrugas lucía como las brujas descritas en esos cuentos.
—Podría decirse que sí, señora. —Por alguna razón la mirada de aquella mujer le era vagamente familiar, algo imposible dado que nunca había estado allí—. Tal vez usted pueda indicarme cómo subir. —Sonrió al tiempo que señalaba las copas de los gigantescos árboles sobre sus cabezas.
La anciana sonrió a su vez y arqueó una ceja.
—¿Acaso no sabes cómo? —Comenzó a caminar.
Comprendiendo que aquello era una señal para que la siguiera, Manyou se remangó el vestido y trató de seguir el ritmo de la experimentada señora. No tardaron en llegar a la puerta de una de las chabolas que antes había visto y cuyo interior, pues entró después de que su guía lo hiciera, no se diferenciaba demasiado de su aspecto exterior. Sin embargo, una vez dentro no le cupo ninguna duda de que aquel era el hogar de un mago, o maga en ese caso.
—Creía que los magos tenían prohibida la entrada a este país —comentó, tratando así de que la mujer le contara su historia y por qué había terminado en los suburbios de Eren Joo.
Tomó asiento en una rústica silla de madera y esperó a que su anfitriona hablase.
—Nunca estudié magia —dijo la anciana mientras calentaba el contenido de un viejo caldero—, así que no puedo ser maga.
Tal vez, pero Manyou podía sentir el flujo constante de magia recorrer el interior de aquella mujer y de su hogar. Puede que no hubiese recibido estudios en ese arte, pero sabía emplearlo.
—¿Entonces qué es usted?
Aceptó la taza que la mujer le ofreció con el brebaje que había estado calentando en el viejo caldero.
—Una simple lectora de manos, hija. Leo el sino de las personas escrito en sus manos al nacer y moldeado a lo largo de sus días por sus elecciones, nada más.
A Manyou todo aquello le pareció de lo más interesante.
—¿Fue así como supo que yo llegaría?
Si su encuentro no había sido puro azar, entonces debía haber algún motivo por el que la maga había acabado cayendo a ese lugar.
—Sí, aunque no como crees, pues no puedo leer mi propia mano. —Le mostró ambas palmas—. ¿Te gustaría que te leyera tu sino, hija?
Tenía curiosidad, así que consintió.
—Por supuesto.
—Dame tu mano izquierda. —Manyou así lo hizo y observó con interés cómo la mujer recorría una a una todas las líneas de su palma—. Te espera una larga vida llena de emociones. Veo que tendrás una gran fortuna pero que el dinero siempre parecerá faltarte —hizo una pausa y luego la miró con tristeza—. Van a traicionarte, alguien en quien quieres confiar te defraudará. —Y su visión no mejoró a medida que avanzaba—. Veo que te enamorarás, aunque no será correspondido… Mi podre niña, vas a tener que elegir entre tu felicidad o ser fiel a ti misma…
—¡Vaya!
Siempre había creído que el arte de la adivinatoria, como lo llamaban algunos, era ridículo. Pero presenciar aquella lectura de mano fue una experiencia aparte. Nada de lo que decía la mujer tenía sentido.
—Veo en tu futuro a un príncipe sin sangre noble; ambos sois rescatados de una prisión bajo el agua. Barrotes mentales mantienen presa la mente del muchacho mientras su mentor aguarda la muerte de este. Debes acompañar al chico allá donde los dos zafiros puedan custodiarlo, o el mundo se habrá acabado. ¡Qué no se haga con la llave! ¡No dejes que se haga con la llave!
Escuchó a la anciana hasta el final con respeto y silencio, daba igual que pensara que sus palabras eran ridículas, porque lo que quería descifrar era el modo en que aquella mujer empleaba su don sin que este acabara por volverla loca. Algo que solía pasar cuando no se estudiaba magia y, como consecuencia, no se controlaba bien el don.
—¿Por qué viven ustedes aquí abajo, señora?
Era evidente que aquel «pueblo» era el suburbio de Eren Joo, y sus habitantes unos repudiados. Pero si su propio país no cuidaba de ellos, ¿por qué no irse a otro lugar?
—Porque aquí abajo no hay puntos. Todos somos iguales.
No tenía la menor idea de lo que eran esos «puntos». Claro que hasta que conoció a Jorad tampoco había sabido de la ciudad de Eren Joo, y menos que esta estaba sobre los árboles.
—¿Se refiere al sistema económico? —Era lo único que se ocurría que pudiese tener algo de sentido.
La anciana se sirvió otra taza de aquel líquido viscoso y por educación, la maga vació un poco el contenido de la suya dando un pequeño sorbo. Por desgracia estaba tan asqueroso como parecía.
—No sé qué es un «sistema económico». Desde siempre en esta ciudad le han asignado puntos a cada familia, siendo los más cuantiosos los del rey, y luego los nobles.
Aquellos puntos debían ser la moneda de Eren Joo, tal y como la maga había supuesto.
—Entonces viven aquí abajo porque no tienen suficientes puntos para comprar una casa allí arriba, ¿no es así?
La anciana la miró extrañada.
—¿«Comprar»? He oído hablar de eso. Es cuando se intercambian metales por bienes creo. —Ahora era Manyou la q ue la miraba extrañada y confundida—. Te aseguro, hija, que aquí no tenemos esas cosas. Por supuesto que tenemos metales, pero no los usamos para eso.
La maga tomó otro sorbo de la bebida de forma inconsciente, y para su sorpresa en aquella ocasión no le pareció tan asquerosa.
—Imagino que adquirirán sus hogares y posesiones de alguna forma.
La anfitriona negó con la cabeza.
—Los bienes son otorgados y repartidos en base al número de puntos de cada familia. Por eso nosotros vivimos aquí abajo —explicó.
Era una sociedad extraña e hipócrita la de Eren Joo.
—¿Y si…? Pongamos un ejemplo —empezó de nuevo—: un herrero hace una espada. ¿Gana puntos por ella?
—Eso no tiene sentido, hija. Si ese hombre es herero es porque no tiene puntos suficientes para hacer otro trabajo, ¿por qué habría de ganar puntos por ello? Si todos obtuviésemos puntos por hacer lo que debemos, ¿qué sentido tendría el sistema? Si el herrero ganase puntos por cada espada que fabrica terminaría siendo rey sin nadie que hiciese las espadas de su ejército.
La maga seguía sin comprenderlo.
—Alguno de ustedes podría convertirse en el siguiente herrero.
—Nosotros no tenemos puntos.
La anciana hablaba como si el sistema que trataba de describir fuese el más lógico y natural del mundo, pues para ella debía de ser así, pero Manyou era incapaz de comprenderlo.
—¿Y por qué arriba son todos tan… —iba a decir iguales pero en el último momento cambió sus palabras— de características físicas tan parecidas? —Para ella todos se veían iguales.
—Nadie en su sano juicio se casaría con alguien que tuviese menos puntos que su familia. —Luego los puntos sí que eran algún tipo de sistema económico—. Así que lo normal es que todos aquellos con un número parecido de puntos estén más o menos emparentados.
Aquellas palabras implicaban mucho más de lo que parecía; entre otras cosas enfermedades por el parentesco, pero eso era algo que la maga nunca diría en voz alta. Como que la gente de Eren Joo vivían encima de los verdaderos habitantes de la ciudad: aquel suburbio y sus caras eran la realidad de aquel pueblo.
—Debes salir ya —dijo la anciana de pronto—. Han venido a buscarte.
Por un momento la voz de la mujer cambió tanto que Manyou se preguntó si de verdad aquel sonido había salido de sus labios. Dejó la taza, aún con contenido, sobre una mesita cercana y salió sin decir nada más. No creía que sus caminos fueran a volver a cruzarse, pues de la misma forma que vio el don en ella, también pudo ver que el uso de la magia sin conocimiento la había consumido hasta el punto de no poder vivir sin estar siendo poseída por sus poderes. Seguramente no le leyó la mano por simpatía, sino por necesidad.
En la lejanía distinguió la figura de Jorad con su armadura plateada y no se lo pensó dos veces antes de acercarse a él. A decir verdad casi se alegró de que hubiese ido hasta allí para buscarla. Sin embargo, y aunque la armadura era casi idéntica a la de su compañero, cuando estuvo a unos pocos pasos del hombre descubrió que no se trataba de su conocido, sino de uno de sus muchos iguales.
—Usted debe de ser la señorita Imico. —Se inclinó levemente—. Bueno, debo confesar que Jorad me dijo que se llamaba Manyou aunque cuando investigué su desaparición en la muralla me dijeron ese otro nombre. Dígame, ¿cómo debo llamarla?
No pudo evitar ponerse en guardia ante el desconocido, que había pronunciado su nombre casi bien.
—¿Quién es usted?
—Le ruego que me perdone, no pretendía ser grosero. Es solo que no estoy acostumbrado a tratar con damas. —Sonrió con timidez—. Permítame empezar de nuevo. Mi nombre es Nere, décimo Capitán de las Hojas Doradas —lo dijo con no disimulado orgullo—, aunque no creo que haya oído hablar de nosotros. —Se puso nervioso y empezó a hablar rápido—. Debemos ponernos en marcha ya, o Jorad me matará —dijo.
No estaba segura de que pudiese confiar en él pero aun así lo siguió. En el peor de los casos podría aturdirle o incluso sonsacarle el modo de salir de allí por medio de la magia.
—¿Sabes a qué me dedico, Nere? —Era necesario dejar las cosas claras, por si debía enfrentarse a aquel hombre.
Él la miró un poco sorprendido.
—Bueno, la verdad es que me sorprendí cuando Jorad me dijo que era usted una señorita. —Si era eso lo que le había sorprendido, entonces debía saber que era maga—. No estoy acostumbrado a trabajar con damas, así que si he hecho algo que haya podido ofenderla le ruego que me perdone.
—No has hecho nada para ofenderme, Nere —respondió ella, sin poder evitar una sonrisa.
—¿Se molestaría si volviera a preguntarle su nombre?
Lejos de molestarse, la mujer se sentía casi halagada por el trato tan gentil que estaba recibiendo.
—Es Manyou.
—Significa magia, ¿verdad? Entiendo por qué dio usted el otro nombre en la muralla, pero en mi opinión le sienta mucho mejor el que acaba de decirme.
¡Menudo era! Si la maga no tenía cuidado, aquel hombre acabaría sacándole los colores.
—Dime, Nere —decidió cambiar de tema—, ¿sabes para qué me ha contratado nuestro amigo en común? —No necesitó acelerar el paso para ponerse a su altura, pues era él el que se adaptaba al ritmo de ella.
—¿No se lo ha dicho? —Parecía realmente sorprendido—. Quisiera decir que es un comportamiento impropio de él pero… ¿Ha oído hablar del honor de caballero, señorita…? —dudó sobre cómo debía llamarla.
—Llámame Imi, y no, no sé lo que es.
Él le preguntó por qué Imi y no Imico, a lo que ella le respondió dos cosas: la primera que el nombre correcto era Imi Co, y la segunda que «Co» era el nombre propio de su familia, lo que en otras culturas llamaban apellido.
—Nosotros, los Hojas Doradas, nos regimos por un código de comportamiento, llamado honor de caballero, según el cual juramos lealtad a un rey y solo uno —enfatizó—. El problema es que hace diez años nuestro monarca fue asesinado y sustituido mientras cumplíamos una misión en el extranjero, pero ahora algunos de nosotros creemos poder reinstaurar la antigua y original monarquía, y así enmendar el error que cometimos diez años atrás.
Manyou quedó perpleja. La habían contratado para dar un golpe de estado.
Capítulo 04
EL SEGUNDO MURO
Ahora entendía por qué Jorad no había querido decirle nada sobre el trabajo. ¡Un golpe de estado! Manyou quería que la tierra se la tragara. ¿Cómo había permitido que la metieran en semejante embrollo? Daba igual que los ancianos de Taj Mahal la hubiesen recomendado; que fuese una maga de tipo Bélico no era motivo suficiente para justificar el poner su vida en peligro de aquel modo.
—Puede que usted no entienda nuestros motivos, pero le aseguro que… —empezó a decir Nere al ver la expresión de la maga.
—No es necesario —lo interrumpió.
Por supuesto que quería y necesitaba conocer todos los pormenores de aquel asunto, pero no allí donde no sabían quién podía oírles.
—Siento haberla disgustado —se disculpó el soldado.
No era culpa de él que estuviese de mal humor. En todo caso de Jorad, que debió informarla mejor, o de ella misma, que dejó de preguntar cuando el guerrero le entregó como pago adelantado el Ojo de Dragón.
—No lo has hecho, Nere, y ya te he dicho que puedes llamarme Imi.
—Oh, no. No sería correcto.
Llevaban bastante tiempo caminando, pero sin ascender.
—¿No subimos? —preguntó, pues la ciudad de Eren Joo se encontraba sobre las copas de los árboles.
—Me temo que no es posible. Una vez aquí abajo no hay modo de ascender a menos que se alcance alguno de los dos muros, o que se sea un pájaro, claro —dijo aquello por el pequeño ave azul zafiro que los sobrevoló en aquel momento—. Puesto que nuestro destino es la capital, caminamos en dirección a la segunda muralla, desde allí subiremos —explicó.
Se sintió algo culpable de que aquel hombre tan dulce se estuviese llenando de barro por culpa de su caída, y de lo descuidado que había sido Jorad, que debió explicarle cuáles eran las costumbres de Eren Joo antes de acceder a ella.
—No tendremos que caminar mucho más, ¿verdad? —Estaba ya cansada.
Él se volvió para sonreírle.
—Mírelo por el lado bueno: así evitaremos tener que cruzar toda la ciudad. Aquí abajo nadie hará preguntas ni comentarios porque esté siendo acompañada por un hombre que no es de su familia.
Cierto. Allí no había apenas nadie.
—¿Cómo supiste dónde encontrarme?
—Jorad y yo acordamos buscarla durante dos días y luego ir hasta el segundo muro o con usted o para pedir ayuda y continuar con la búsqueda. Yo simplemente tuve la suerte de hallarla cuando revisaba una de las zonas donde podía haber caído.
No pudo evitar sentirse importante.
—¿Con cuántos adeptos contáis? — se refería al golpe de estado, claro.
El silencio momentáneo de él la asustó. Sabía de tres personas al menos, contándose a ella misma, pero necesitarían un ejército si querían lograr algo.
—Con usted: un ma… mago —dijo con tono vacilante y bajito—, tres Hojas Doradas y no sé si alguien más, la verdad.
Aquello debía de ser una broma, ¿no? ¿Solo cuatro personas para dar un golpe de estado? ¿Es que estaban locos? Empezó a dolerle la cabeza y su malestar se unió a su cansancio general.
—¿Podríamos descansar un momento, Nere?
—Si siente que las fuerzas le fallan, puedo cargarla —se ofreció—. Sin embargo no debemos detenernos aquí, podría ser peligroso, además de un retraso considerable en nuestro viaje.
Manyou lo iba a tener muy difícil si todos los Hojas Doradas resultaban ser así de cabezotas. ¿Qué mal podría hacerles un pequeño descanso? Bueno, si no iban a detenerse, entonces… No, lo había prometido: nada de magia. ¡Maldito Jorad!
Estaba agotada. Necesitaba distraerse para no quedarse dormida; buscar algún tema de conversación.
—¿Por qué sois todos tan galantes, aquí en Eren Joo? —No se le ocurrió otra cosa que preguntar.
Notó el tono cohibido de Nere cuando este habló, aunque no consiguió ver la expresión de su rostro.
—Me avergüenza decirlo, pero es por los puntos. El Rey otorga veinte puntos a la familia de aquel que se case con un extranjero.
De repente Manyou se había convertido en una joven con dote. ¿Cuánto eran veinte puntos? ¿Mucho? ¿Poco? Bueno, al menos ahora todo tenía sentido, ya que ella nunca había sido lo que se consideraba una belleza.
—¿Acaso os habéis quedado sin mujeres en Eren Joo?
Aquello divirtió a su guía de brillante armadura.
—Por supuesto que no. Sin embargo, según nuestras leyes las mujeres no pueden heredar los puntos familiares; eso es algo que les corresponde a los varones. Como mucho les es cedido uno o dos a la familia del novio una vez celebrado el enlace.
Entonces sí, veinte puntos era una grandísima dote, lo que suavizaba cualquier defecto que Manyou pudiese tener. Puede que hasta lo de ser maga. ¡Malditos hipócritas! Manyou estaba deseando acabar con todo aquel asunto y salir de esa condenada ciudad cuanto antes.
—¿Por qué no es correcto que me llames por mi nombre, Nere? —En fin, ya que estaba allí más le valía aprenderse todas las reglas y normas de etiqueta si no quería ser colgada de la rama más alta junto a Jorad.
Lo escuchó detenerse.
—¿Va a estar haciendo preguntas todo el camino, señorita?
Manyou se preguntó si su curiosidad se consideraba molesta y si acaso su dote no era suficiente para que no se le tuviera en cuenta.
—Solo trato de conocer mejor tu pueblo y sus costumbres, Nere. —Además de no pensar en lo agotada que estaba.
Él sonrió y retomó la marcha.
—Es comprensible. Yo en su lugar también querría saber más acerca del lugar donde me encuentro. —La maga ya apenas le veía y lo seguía más por el sonido de su voz que por ninguna otra cosa—. Pues no es correcto que la llame por su nombre porque tanto usted como yo estamos sin desposar y no pertenecemos a la misma familia —explicó.
—¿Sería distinto si estuviésemos casados?
—¡Por supuesto! —Notó en su voz un timbre nervioso—. Si estuviésemos casados la trataría con otro nombre…
Lo había malinterpretado todo y ella misma no pudo evitar el sonrojarse.
—Quería decir si alguno de los dos estuviese casado —aclaró.
Muy a su pesar tuvo que reconocer que Nere le gustaba mucho más que Jorad. Era un encanto, y además gracioso.
—Si usted estuviese casada debería dirigirme a su marido primero para que él decidiera si podemos o no hablar. Sin embargo si el casado fuera yo, la llamaría por su nombre como si fuese mi hija o hermana pequeña.
Los modales de aquellas gentes y sus normas eran casi tan extraños como su sistema económico.
—¿Y está bien que yo te llame por tu nombre? —preguntó, temiendo haber sido irrespetuosa todo el tiempo que habían estado juntos.
—Claro, ¿por qué no habría de estarlo?
Manyou ya no entendía nada.
De repente un escalofrío recorrió la espalda de la maga. Había alguien con la mirada fija en ella, ¿pero quién? Nere continuaba caminando por delante de ella y a juzgar por el sonido de sus pisadas debía ir muy pendiente de por dónde pisaba, ya que caminaba con desdén y paulatinamente. ¿Podría ser alguno de los anónimos habitantes de allí abajo? Hacía tiempo que habían dejado las chabolas atrás, aunque todo podía ser. A todo eso, la sensación se le antojó familiar. Algo realmente absurdo.
Todo aquello debía ser producto de su cansancio.
—¿Qué? —Nere había dicho algo, pero no le había oído bien.
—Me preguntaba de dónde era usted, señorita, antes de convertirse en… bueno, ya me entiende.
He ahí un hombre que también detestaba la magia y que no por ello era irrespetuoso con su profesión. Hacía falta más gente como él en el mundo.
—Vivía en la Meseta del Este. En uno de los pueblos Kilalik —explicó.
—Pues pronuncia usted perfectamente nuestro idioma—observó él.
Sin quererlo, Nere hizo que fuese consciente de cuánto extrañaba hablar en su propio idioma, y es que hacía años que no pronunciaba una sola palabra en kilalik.
—Gracias —dijo por el cumplido.
—¿Es bonito aquello?
Se sorprendió de que fuese él el que intentara entablar conversación en aquel momento. Eso era algo que con Jorad jamás habría ocurrido.
—Sí. Cuando me fui aún era primavera: los campos estaban verdes y los jardines en flor. —Recordó la vista desde la ventana de su habitación.
Se descubrió a sí misma preguntándose si todo seguiría igual que cuando se marchó.
—Debió de costarle mucho dejar todo aquello.
Aquella inesperada comprensión le llegó a lo más hondo, y eso era un peligro.
—Era necesario, la falta de control es muy peligrosa.
Cuando era niña solía jugar con su vecino, un chico de más o menos su misma edad. Juntos recreaban fantásticas aventuras y épicas batallas que a menudo se volvían reales cuando empezaban a discutir. Un día su pelea se les fue de las manos y ella experimentó por primera vez el poder de la magia recorriendo su cuerpo, y el peligro que suponía no saber controlarla. Su amigo quedó herido, no de gravedad por fortuna, pero a ella no le quedó más remedio que huir de allí.
—¿Entonces usted no quería convertirse en…?
—No lo esperaba, aunque no me arrepiento de haberlo escogido —confesó.
Aunque lo cierto era que el rechazo social que sufría debido a su condición era de todo menos deseable. Claro que eso era lo último que confesaría a alguien a quien acababa de conocer.
—Pues yo celebro que lo sea, de otro modo no la hubiese conocido.
Se sintió cohibida. Había llegado la hora de cambiar de tema.
—¿Falta mucho para el segundo muro?
Ya no los observaban, pero se había distraído y no había logrado descubrir quién había estado pendiente de ellos o cuando había dejado de estarlo.
—Por la mañana habremos llegado.
—¿¡Vamos a caminar toda la noche!? —preguntó escandalizada.
—Puedo cargarla si se siente cansada —repitió su oferta.
—No, gracias.
El terreno era cada vez más fangoso y ella no podía dar un paso más, pero tenía su orgullo y no iba a permitir que nadie la cogiera en brazos pudiendo ella usar magia. Recordaba su promesa, y aquella no era una cuestión de vida o muerte, sin embargo prefería someterse a la ira del dios Hoprürpoh, encargado de castigar a los mentirosos y desleales, que seguir en aquel lamentable estado.
—Imagino que tendría muchos pretendientes en su pueblo —siguió hablando su escolta.
Mientras se aliviaba el dolor de las piernas con un hechizo le vino a la mente una imagen de sí misma: ojos pequeños y oscuros, cabello lánguido y de un color rojo oxido, piel excesivamente pálida, nariz puntiaguda, inexistencia de curvas… La lista era larga y el resultado poco agraciado, por no decir nada. Así que no, no había tenido problemas rechazando pretendientes porque no los había habido.
—Dejé mi hogar con diez años, aún no tenía edad para pensar en esas cosas. —Prefirió evitar hablar de su aspecto en voz alta, pues tras su involuntaria demostración de poder jamás habría podido disfrutar de una verdadera vida en aquel pueblo.
—¿¡Con diez años!? —exclamó—. ¡Es usted sorprendente, señorita!
No se lo negó. Se pasó medio año vagando sola por el mundo antes de dar con la entrada a Taj Mahal, y el mundo no era nada cándido para con aquellos que no tenían nada que dar.
—Si sigues alagándome tanto pensaré que tratas de cortejarme —bromeó para no seguir pensando en su pasado.
Nere, que hasta entonces se había mostrado bastante hablador guardó silencio, y solo después de unos minutos murmuró lo siguiente.
—No pretendía que se notase tanto.
Aquella situación se salía de los esquemas de Manyou y decir que se quedó perpleja sería quedarse cortos. El problema era que desde que la anciana le había leído la mano, la maga se había vuelto especialmente sensible con aquel tema.
Espantó aquellos pensamientos con un suspiro. Definitivamente, cuanto antes terminara con lo que había ido a hacer allí tanto mejor. De todas formas a ese hombre solo le interesaba la dote que se ganaría si se casaba con una extranjera, no ella. Y Manyou se aseguró de convencerse de que esa era la única verdad detrás te todos esos galanteos.
—¿Falta mucho para que amanezca? —Nere le había dicho que alcanzarían el segundo muro cuando saliera el Sol.
—Muy poco —aseguró él—, ya debemos de estar cerca —se aclaró la garganta—. Creí que no volvería a hablar, señorita.
—¿Por qué dices eso?
—He sido muy atrevido antes —se disculpó.
Ya estaban otra vez con el mismo tema.
—Es cierto. —No iba a desmentir una verdad, pero tampoco a culparlo por querer esos veinte puntos que ella representaba—. No me has ofendido, Nere, tan solo sorprendido. No estoy hecha a vuestros modales, y mucho menos a este trato que me estás dando.
Seguramente aquel hombre no acababa de creerse que era maga, de otro modo la trataría de forma similar a Jorad. En el momento en que la viese emplear su don todas aquellas tonterías serían cortadas de raíz.
—Temo que en Eren Joo solo reciba esta clase de trato, señorita.
En realidad era buena publicidad para los viajeros. Eren Joo: donde hasta la más fea de las solteronas puede triunfar con solo respirar. ¡Menuda estupidez! ¿Es que aquel soldado no tenía ojos en la cara?
—Deja de decir tonterías o conseguirás que me enfade de verdad, y te aseguro que en una pelea contra mí llevas las de perder.
Entre las ramas de los árboles se filtraron las primeras luces del amanecer, justo a tiempo para que Manyou viera volverse a Nere cuando este le respondía su reprimenda.
—Pero yo hablaba en serio, señorita.
No pudo evitar sentirse algo confusa. Nunca antes había tenido que enfrentarse a ese tipo de situación y los cumplidos y galanteos eran ataques de los que no sabía defenderse. Aunque lamentaba reconocerlo casi extrañaba la silenciosa figura de
Jorad. Contra el desprecio a la magia sabía luchar pero Nere era un caso aparte.
Por fin empezaron a divisar lo que parecía su destino y Manyou no pudo evitar dejar escapar un suspiro de alivio.
—¿Por qué se llama segundo muro? ¿Es que hay más murallas en Eren Joo?
—En esta ciudad solo existen tres construcciones hechas con piedra, señorita, por eso tienen su propio nombre —explicó Nere—. Supongo que para alguien que viene de fuera será toda una novedad y puede que hasta extraño, pero en Eren Joo lo inusual es utilizar la piedra para nuestros edificios.
Era un dato curioso, sí, pero Manyou no estaba de humor para sorprenderse por esos asuntos. Porque si había tres lo más probable era que se tratase de un último muro, o eso pensaba. Aún le quedaba bastante para descubrir qué era esa tercera construcción de la que hablaba Nere.
De nuevo, al llevar al pie de la muralla, se repitió el protocolo de los silbidos y una escalera de cuerda calló desde las alturas. Manyou estaba tan cansada que ni se lo pensó dos veces antes de usar un poco de su magia y así ascender de forma rápida, segura e indolora.
Estaba agotada y le daba igual lo que pensaran de ella. Nada más llegó arriba se sentó en el suelo y se permitió descansar unos minutos. El bajo de su vestido estaba hecho un asco y tenía barro hasta en el cuello, ahora sí que se le antojaban falsos los halagos que antes le había dedicado Nere.
Cuando lo creyó conveniente, y siguiendo la costumbre de aquellas gentes, preguntó por la localización del baño y en esta ocasión se aseguró de que la guiaran hasta la mismísima puerta, pues no estaba dispuesta a caerse de nuevo. No le costó encontrar voluntarios dispuestos a escoltarla y, todo sea dicho, la verdad es que Manyou no dudó en aprovecharse de la posición que le otorgaba su cuantiosa dote de veinte puntos.
Todo el baño estaba hecho de madera, tallado en el interior de un solo tronco pero sin matar al inmenso árbol al que pertenecía. ¿Cómo lo habrían conseguido? Las paredes eran lisas y con una textura parecida a la porcelana, como si una película de algún material desconocido para la maga lo cubriese todo. Tal vez por eso el agua y los vapores de las bañeras no habían podrido aquella construcción, que era en lo más básico un pasillo que daba a varias habitaciones. En cada una de estas había una especie de fuente que daba a una bañera siempre llena y varias mudas de ropa femeninas y masculinas. La privacidad de cada baño estaba asegurada por una cortina en la entrada y la seguridad de que cualquier exceso por parte de sus usuarios sería duramente castigado por los guardianes de aquel lugar.
Manyou dedicó un buen rato a quitarse todo el barro y la suciedad que había acumulado el día anterior. Aquel baño era la primera cosa que le agradaba desde que había llegado a esa maldita ciudad y se permitió retrasar su salida del agua hasta que se le arrugaron las yemas de los dedos. Ya fuera de la bañera contempló los vestidos allí dispuestos, porque no iba a ponerse el suyo después de haberse lavado cuando este seguía lleno de barro. Al principio pensó que habría distintos ropajes, uno para cada clase social de Eren Joo, pero un segundo vistazo le demostró que el diseño y tejido de los trajes eran más o menos el mismo en todos, y que lo único que cambiaba era el color.
En aquel momento la maga se percató de que nunca había vestido de azul y decidió que aquella sería una buena ocasión para probárselo. Se dejó el cabello suelto, pues ni podía usar la magia ni tenía nada con que recogérselo y salió de allí sintiéndose muy relajada. El agua tibia había conseguido llevarse todo su estrés, nerviosismo y enfado, además del barro, y ahora solo le apetecía comer algo y echarse a dormir. No se había dado cuenta hasta que se relajó de lo hambrienta que estaba, y es que no había tenido una comida decente desde mucho antes de llegar a la primera muralla.
—Nere, ¿sabemos algo de Jorad?
Se dirigió a él directamente esperando que así el resto de admiradores, que muy a su pesar se había ganado, la dejasen tranquila. Con la luz del día pudo apreciar las pequeñas diferencias que había entre Jorad y su igual. Ambos tenían el cabello castaño y largo pero el de Nere no estaba recogido con trenzas sino con una simple cola de caballo baja. Sus ojos también eran verdes pero de un tono más vivo y su nariz más pequeña y redonda. Pero la diferencia más significativa era sin lugar a dudas la cicatriz de la mejilla derecha que tenía Nere.
—No es probable que sepamos nada de él hasta… Oh, veo que se ha cambiado, señorita.
Él seguía llevando puesta la armadura, aunque el trozo de camisa que sobresalía por el cuello daba a entender que él también había renovado sus prendas.
—¿He hecho mal? —Tal vez los colores de las ropas sí que fueran distintivos al fin y al cabo.
—En absoluto, está encantadora. Aunque creo que un tono rojo le quedaría mucho mejor, si me permite el atrevimiento.
¿Era esa la forma en la que las gentes de Eren Joo se llamaban feas unas a otras? Manyou se ofendió. Había elegido aquel traje porque le gustó el color y no había más de qué hablar.
—Tengo hambre y estoy cansada. Si Jorad no va a aparecer pronto, te pediría que me llevaras a donde quiera que os reunáis para que pueda descansar un poco mientras le esperamos.
—Os pido perdón, señorita. Debí darme cuenta. —Parecía incómodo—. Os llevaré a la casa del Capitán Jorad, allí podréis descansar.
—Te lo agradezco.
Guiada por Nere caminó a través de los casi infinitos puentes de madera construidos sobre los árboles que conectaban unas copas con otras. Poco a poco la vista de la maga se fue acostumbrando a su nuevo entorno, en el que la gente iba y venía por aquellos puentes, y no tardó mucho en poder distinguir los árboles que hacían de hogar de los que no.
—¿Siempre es así? —se refería al bullicio de la ciudad.
—¿El qué?
— La gente yendo de un lado para otro sin parar. Me siento como si estuviese en una colmena de abejas. —Se rió de su propia broma para quitarle peso, pues realmente pensaba lo que había dicho.
—Sí, desde hace algún tiempo es así todos los días.
Aquella frase iba con segundas, seguramente porque el estado actual de la ciudad estaba relacionado con el trabajo para el que la habían contratado, pero como eso era algo de lo que no se debía hablar en público no siguió preguntando.
—Es una ciudad preciosa —dijo aquello por cumplir, no porque lo pensara realmente.
—Para mí sería todo un honor enseñársela cuando haya descansado, a menos que el Capitán Jorad ya se lo haya prometido, claro.
—No existe tal promesa —aseguró, aceptando con ello y sin querer la oferta de Nere.
Estaba algo mareada y se sentía a punto de desfallecer. Puede que por eso no se diese cuenta de que su guía se había detenido, y ella misma, ante cierto personaje también muy parecido a Jorad, aunque por otras razones que descubriría más tarde.
—¡Señor Astor! —Nere se puso firme—. Buenos días, señor.
El desconocido era sin duda la viva imagen de Jorad, pero en una versión vieja y algo más baja.
—Nere —dijo a modo de saludo el hombre—, ¿puedo preguntarte por la encantadora joven que te acompaña?
—Oh, por supuesto… —Necesitó unos segundos para aclarar sus propias ideas—. Señorita, permítame presentarle al señor Astor, padre del Capitán Jorad —de ahí su parecido— y antiguo Hoja Dorada de Segundo Rango. Ella es la señorita Imy, señor.
Manyou ya había renunciado a que pronunciaran bien su nombre.
—Es un placer conocerle, señor. —Sonrió, tratando por todos los medido de los que fue capaz el parecer agradable.
—La señorita Imy ha hecho un largo viaje desde el oeste, señor Astor. —Aquello último alteró los sentidos del padre de Jorad que incluso cambió de postura antes de hablar.
—Será mejor que paséis…
Manyou no llegó a escuchar lo que dijo, porque perdió el conocimiento allí mismo.
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