Kitabı oku: «La danza del amor de las hadas»
© Rosetta Forner Veral, 2004.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO318
ISBN: 978-84-9006-791-8
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Dignidad y agradecimientos
Prólogo por Jesús Callejo
Km 0, preludio a la primera edición
Preludio a la segunda edición
La danza de amor de las hadas
Capítulo 1: El faro de luz mágica
Capítulo 2: De mujer maravillosa a faro de luz
Capítulo 3: El último sapo al que besé
Capítulo 4: La danza del corazón
Capítulo 5: La princesa triste que no se amaba a sí misma
Capítulo 6: De oruga a mariposa
Capítulo 7: El rey que recuperó su carisma
Capítulo 8: ¿Qué fue de la Reina que había olvidado su lado femenino?
Capítulo 9: ¿Y quién se comió el pastel?
Capítulo 10: El efecto colibrí
Capítulo 11: El faro de Alejandría
Capítulo 12: ¿Alguien quiere a alguien?
Capítulo 13: El proceso de autoamor
Capítulo 14: El amante que recuperó sus emociones
Capítulo 15: El bufón de la corte que olvidó quién era
Capítulo 16: Y si me quedo soltera, ¿qué?
Capítulo 17: Esclava o libre, tú decides
Capítulo 18: Hechizos varios
Capítulo 19: «Yo, la mujer, estoy al mando de lo emocional»
Capítulo 20: Y de los hombres, ¿qué?
Capítulo 21: La danza «tradicional» de amor de las hadas
Capítulo 21/21: La danza de amor de un hada libre, o el final más apropiado para alguien que ha aprendido a no esperar otro premio que ella misma o él mismo
Coaching: La recuperación de la dignidad
1. El cuestionario
2. Despertar
3. Dignidad
4. Sentido común
5. Magia
6. Reconciliación
7. Discernimiento
8. Responsabilidad
9. Singularidad
10. Reconocimiento
11. Liderazgo del alma
La receta para amasar sueños
Los sueños se convierten en realidad cuando te los crees
El aroma de la receta
Notas
DIGNIDAD Y AGRADECIMIENTOS
Mis libros suelen estar dedicados a alguien, y éste lo está a la gente más significativa de mi vida: a mis padres Eliseo y Rosita; a mi abuelo Vicent, maravilloso y ángel como ninguno; a mi hermano, amigo y compañero de viaje del alma Sergio; a mi dicharachera —y natural born NLP person— abuela María Rosetta; a mi hermana Mariola y a su mágica Yaiza (mi sobrina especial y «copia mía», y el alma que para cuando este libro se publique, ya habrá aterrizado); a mi tío y padrino, Vicentet; a mi abuela Lola, cuya esencia me quedé al venir, y a mi amiga y «hermanita» Ingrid Weiner. Todos ellos forman mi familia de almas gemelas aquí en la Tierra. ¡Es de agradecer tener gente en la vida que me quiera tanto!
A Jesús Callejo, porque hace posible la amistad entre colegas, y por el mágico prólogo digno del «rey de los gnomos» que él es.
A mi amiga y maestra Judy DeLozier, por la magia que me ayudó a descubrir en mí y que animó a dejar salir y a esponsorizar —she is my favorite awakener and also my favorite NLP trainer—, cuyo prólogo para mi libro Cuentos de hadas para aprender a vivir (RBA, julio 2003), es divino. A Robert Dilts, amigo, mentor y profesor de PNL, junto con Judy en la NLP University (California, Estados Unidos). To my soulsister Pat Ryle. A José Carlos Gutiérrez, amigo del alma.
Y, en general, a todos mis amigos del alma.
A los ángeles en forma humana y sin traje físico que pueblan mi vida y que me ayudan a llevar a cabo mi misión.
Especialmente, en esta segunda edición, a Marta Sevilla (my magic & special MF) que, a modo de premonición, escribió unas mágicas palabras para la primera edición de este libro allá por el año 2000, y que me ha ayudado —y sigue en ello— a expandir mi misión hadada por el mundo.
También a Angela Reynolds, otra hada que el destino ha traído de nuevo a mi vida (nos conocimos hace veinte años: yo creaba, en la agencia de publicidad Y&R, las estrategias de medios para la campaña publicitaria del producto del cual ella era la directora de marketing), y ahora es mi hada madrina o agente literario.
A todos, gracias desde mis alas de luz.
Madrid, mayo de 2004
PRÓLOGO
POR JESÚS CALLEJO
Hace ya unos cuantos años, conocí a Rosetta Forner durante la Feria del Libro de Zaragoza y la vi como una aparición: de aspecto radiante, con una sonrisa electrizante y unos ojos profundos, cuya mirada te hipnotizaba. Vi a una mujer vitalista, soñadora y feérica que contagiaba su entusiasmo a todo y a todos. La vi, además, disfrazada como una auténtica reina de las hadas, con su gorro de cucurucho y su varita mágica incluida. Una varita que impartía bendiciones y otorgaba deseos a aquellos que se acercaban por la caseta donde estábamos. Acababa de publicar una novela —La reina de las hadas— y esta mujer respondía al nombre de Rosetta, derivado de las aromáticas rosas tan apreciadas por las propias hadas. Yo le dediqué uno de mis libros y ella me dedicó el suyo. «Que la luz bendiga nuestra senda vital», escribió, y me atribuyó el nombramiento de rey de los gnomos.
Desde entonces, ambos sabemos que los duendes propiciaron aquel encuentro y que los hilos dorados del destino se entrecruzan caprichosamente en nuestros caminos de vez en cuando para compartir vivencias o para contarnos nuestras confidencias y nuestras inquietudes personales y profesionales.
Como dice Rosetta en este nuevo libro que estoy prologando: «Cada uno de nosotros conforma su propia realidad y es dueño de su destino». Y no le falta razón, porque esa realidad que creamos nosotros mismos, cada día, es la que condiciona todos nuestros actos. Por eso, «encuentros casuales» en una Feria del Libro, en un restaurante o en una conferencia están determinando giros y guiños futuros e insospechados en los que esos hilos dorados se entrecruzan una y mil veces para formar lazos eternos.
Las reinas de las hadas
Cuando estaba leyendo el libro, capítulo tras capítulo, disfrutando de las historias que le cuenta esa maravillosa hada madrina a la protagonista de la novela, recordaba a algunas hadas famosas de la mitología mundial que han tenido un papel destacado. Pensé en Maeve, una reina élfica y guerrera de Irlanda; en Titania, la reina de las hadas de Sueño de una noche de verano que inmortalizó Shakespeare; en Mab, la otra reina de las hadas diminutas de Gales; e incluso en Mari, la figura principal y auténtica de toda la mitología vasca, la genuina reina de las hadas y de todos los genios de formas y especialidades diversas que se ocupan de las cosas de la Tierra y de la Naturaleza en general.
Y me recordaba a ellas porque Maeve, Titania, Mab o Mari son unos pocos de los muchos nombres que reciben las reinas de sus respectivos territorios fantásticos, las más sabias, las más poderosas, las más encantadoras y las más inmutables. Aquellas que dan consejos útiles y prácticos a todos los que quieran recibirlos y que forman parte de la consciencia planetaria, de cada uno de los elementos de la Naturaleza y de cada uno de los seres vivos que habitan en ella. Su vida y su presencia en nuestras vidas son palpables, aunque no siempre nos demos cuenta de ello. Son prácticamente eternas y conocen la sabiduría que alberga la Tierra y los secretos del corazón de cada hombre, conocen su vulnerabilidad, sus proezas, sus miserias y el rayo de luz que cada uno proyecta en el cosmos.
Recordé que, una vez, un duende malhumorado le preguntó a la reina de las hadas por qué en el País de la Gente Menuda todo el mudo era feliz menos él. «Porque han aprendido a ver la bondad y la belleza en todas las cosas», respondió la reina. «¿Y por qué no veo yo la bondad y la belleza en todas las cosas?», siguió preguntando el duende insatisfecho. «Porque no puedes ver fuera de ti lo que no ves en tu interior.»
La moraleja de este cuentecillo sería también aplicable al género humano. No hay que ir muy lejos para darse cuenta de que nuestra mente entierra a veces nuestras emociones y sentimientos. Habría que acuñar la expresión de «ponga un hada en su vida» o «haga que su vida sea la continua maravilla de existir». Pero en el fondo eso ya lo sabemos. Rosetta Forner nos lo recuerda en cada uno de sus libros y especialmente en este.
Los diálogos del alma
Al ir leyendo el libro de Rosetta, al ir saboreando estos continuos diálogos que mantienen el hada y la mujer, me he ido dando cuenta de algunos aspectos que se me escaparon en sus obras anteriores. Me ha servido para reencontrar unas verdades y una sabiduría interior dormidas que se han despertado ante los susurros de un hada arquetípica y ante los movimientos de una danza sagrada. Sus diálogos llegan directamente al corazón.
No sé si es una novela, un cuento, un libro filosófico, un viaje iniciático o un poema sinfónico, pero sé que está dedicado a la mujer, a sus dudas, a sus insatisfacciones, a sus anhelos, a sus miedos y al importante papel que desempeña en su entorno. Está escrito por una mujer que habla de mujeres, pero también es un brindis al amor, a la amistad y a la luz. En definitiva, es una «danza de amor de las hadas» que nos hace bailar a su son, con un ritmo armonioso, dirigido con una batuta mágica.
Es un libro de encuentros y desencuentros, de esperanzas y decepciones, de luces y de sombras, de metáforas y de anécdotas, de vivencias y de leyendas, de hombres y de mujeres que buscan su identidad. Es un libro de ida, no de vuelta. Un libro que nos habla de dos bandos, de dos comportamientos y de dos trajes físicos diferentes: el femenino y el masculino. Del mundo ilusorio de las formas y de las creencias y de cómo nos complicamos la vida intentando encontrar diferencias en aquello que realmente nos une.
Disfruté leyéndolo porque es una obra que nos muestra, utilizando el arte de la metáfora, el desarrollo personal que debe realizar cada ser humano, que nos señala los muros que hay que derribar para que dejen de ser fronteras, que nos habla de la recuperación de la dignidad perdida y de cómo desterrar nuestros miedos mundanos para que aflore la luz que se esconde en el fondo de nuestra alma infinita.
Así que, una vez dicho esto, no nos debe extrañar que un hada madrina haga el papel de terapeuta y consejera. ¿Qué mejor personaje para hacerlo? Rosetta Forner es un hada con vocación de princesa que ya está cansada de besar a sapos que sólo son eso, sapos miopes y sin aspiraciones. «¡Se acabaron los falsos príncipes y los mendigos emocionales!», nos dice Rosetta en una de sus páginas.
El amor es real
Cada frase de este libro tiene su miga y cada capítulo nos descubre algo nuevo, pero siempre encaminado a un mismo fin: encontrar o recuperar el amor, esa sustancia etérea inalcanzable para unos o esa fuerza que nos une y que da sentido a nuestras vidas para otros. El amor es el que mueve el sol y las estrellas, es el aliento del Universo, es el motor que permite que esa hermosa danza de las Hadas se ejecute a la perfección, que nos hace vibrar al unísono con sus acordes, que nos hace «volar la vida» sin límites, que ilumina el faro de la luz mágica, que otorga unas alas angélicas a nuestro entumecido espíritu, que provoca el milagro de la metamorfosis de orugas a mariposas, que da libertad a nuestros actos y que nos hechiza con su eterna melodía mágica.
El amor es la Luz... En cierta ocasión preguntaron a un gurú cuándo terminaba la noche y empezaba el día, y él respondió: «Cuando miras a un hombre al rostro y reconoces en él a tu hermano; cuando miras a la cara de una mujer y reconoces en ella a tu hermana. Si no eres capaz de esto, entonces, sea la hora que sea, aún es de noche».
Este libro de Rosetta es un buen ejemplo que nos muestra que la noche es tan sólo una circunstancia pasajera —y hasta necesaria en nuestras vidas— si sabemos encender a tiempo la luz de nuestro corazón.
JESÚS CALLEJO[1]
KM 0
PRELUDIO A LA PRIMERA EDICIÓN
A lo largo de los años he conocido a muchas mujeres que tenían, a mi modo de entender, dones y cualidades maravillosas que, por alguna extraña razón que escapa a mi entendimiento, parecían ignorarse a sí mismas, viviendo por esa causa al margen de ellas. Dicha exclusión ignorante daba lugar a las más variadas estrategias para tratar de recuperar, o de restituirse a sí mismas, lo que ellas consideraban que les había sido arrebatado, robado, negado o ultrajado por los hombres y/o la sociedad. Víctimas de sí mismas —sin reconocer que nadie les hubiese hecho nada si ellas no lo hubiesen permitido—, suelen exclamar: «¡Las circunstancias no me fueron favorables!». Al parecer, siempre hay alguien a quien culpar o hacer responsable de nuestras desdichas como mujeres, ya que nosotras, las que llevamos traje físico del modelo femenino, al parecer poseemos y carecemos de ciertos dones que, mire usted por dónde, suelen poseer los hombres. Y viceversa, los que nosotras ofrecemos ellos suelen haberlos perdido. Así las cosas, mal podríamos llegar a un acuerdo si nuestros dones son mutuamente excluyentes y sólo sirven, al parecer, para echarnos un pulso sin fin los unos a los otros, donde nadie es vencedor y todos somos vencidos. Y en el amor, qué les voy a decir, ocurre tres cuartos de lo mismo.
Muchas de las mujeres que conozco se empeñan, una y otra vez, en escribir libros, poemas, artículos, o en arengar e idear la manera de demostrar que ellas, las mujeres, son mejores que los hombres, que han de ser tenidas en cuenta porque hacen esto y lo otro que, por supuesto, no hacen los hombres... Y ellos se defienden, claro. ¿Qué haría usted en su lugar? Ellos opinan que las mujeres son menos, seres de inferior intelecto y hundido espíritu, sin más adorno que el cabello y las joyas que disfrazan su maquillaje de seres bellos sin alma alguna. Pero ¿quiénes los criaron? Mujeres, por supuesto. Mujeres que se creyeron el cuento chino de ser inferiores. Mujeres que se apropiaron del reducto del hogar que, cual migajas de compasión, les arrojaron los hombres para tenerlas entretenidas. Y es que a ellos no les interesa tener mujeres compitiendo en su terreno de guerra, el cual actualmente no es otro que el reino de la empresa o del territorio de lo profesional. Al parecer, ha existido una perenne lucha entre hombres y mujeres, esfuerzo baldío por tratar de alejarlas de territorios de clara apropiación masculina. Recordemos como ejemplo que hace unos cuatro siglos en España a la mujer le estaba prohibido escribir, ¡válgame Dios! No obstante, a pesar de semejante prohibición, algunas se atrevieron a hacerlo. Pero lo que más me asombra es que actualmente muchas mujeres no se atreven a transgredir la prohibición tácita de carecer de pareja, negándose a sí mismas la elección de vivir independientes por temor al rechazo social, por miedo a exponerse a la «seudoletra escarlata» que más o menos significa «nadie la quiere; no debe merecer la pena cuando ningún hombre la ha escogido».
Prohibiciones, amenazas silenciosas que siguen tolerando para ser aceptadas y amadas, y es que cualquiera tiene más ascendencia sobre ellas que ellas mismas. Mientras se nieguen a sí mismas ciertos recursos, habilidades y capacidades, no les quedará otra opción que mendigarlas a un hombre, tratando de unirse a él para así crear una ilusión virtual de ser completo, de dotarse de sentido a través de otro que parece poseer lo que a ellas les ha sido negado. Madurar, crecer como ser humano, es una tarea que muchas mujeres no quieren asumir. Quizá por ello siguen empecinadas en hacerse trizas el corazón a base de sumirse, y hasta humillarse, en relaciones disfuncionales, degradantes de la autoestima y silenciadoras de los dones. Todo antes que erguir la cabeza orgullosas y proclamar la nueva raza emergente: ¡personas! Una raza libre de la dicotomización esquizoide de «bueno versus malo», «mujer versus hombre», «mejor versus peor». Una raza libre de esa creencia que dice —el título de un famoso libro— «los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus».
En esta vida llevo traje de mujer, pero exhibo cualidades de ambos lados. Me refiero a que, como traje femenino, igual tengo la capacidad de determinación, arrojo, seguridad, acción, coraje, valor, proyección, análisis, lógica, etcétera, que posee un traje masculino. Y conozco hombres, ¡que no son homosexuales!, que poseen la capacidad de ternura, comprensión, diálogo, empatía, compasión, intuición, etcétera, catalogadas habitualmente como femeninas, es decir, patrimonio exclusivo de las féminas o portadoras del traje estilo hembra. Muchas mujeres se sienten inferiores y buscan desesperadamente vincularse a un hombre creyendo que así —vana ilusión— su vida cobrará sentido. De este modo se enredan en relaciones que no las ayudan a crecer ni les aportan nada constructivo. Muy al contrario, se someten a sí mismas en relaciones que les denigran el alma, y todo con tal de tener a un hombre en su vida, no importa quién, tan sólo un hombre. Pero no todos esos hombres son malos, no. A algunas mujeres —afortunadamente no a todas— les gusta pasarse la vida quejándose de sus parejas, ya sean novios, amantes o maridos. Todo menos tomar una determinación y hacer algo diferente para cambiar la situación. A veces, el hombre «malvado» lo es porque no ha accedido a someterse a los caprichos o deseos de su amada, por ejemplo, casarse con ella porque se ha quedado embarazada (a veces lo hace para ver si así le «pesca, o le hace comprometerse ya de una vez»), o porque ella ya lleva mucho tiempo invertido en la relación, es decir, haciéndole ver que ella es la mujer ideal para él, y claro está, ella espera un premio a su esfuerzo. Ella no se implica en la relación de verdad, puesto que lo único que quiere es un compromiso legal que le dé valor frente a la sociedad. Al no lograrlo, le es más fácil culpabilizar, manipular, coaccionar, insultar al otro que plantearse a sí misma la temible pregunta: «¿Cómo estaré yo contribuyendo a ésta situación?». Una mujer medianamente madura no se esfuerza en demostrarle al hombre que ella es maravillosa, sino todo lo contrario: emplea el tiempo y el esfuerzo en averiguar si ese hombre es digno de ella. Por lo tanto, no se dedica a ser elegida sino a elegir, que no es lo mismo que quedarse con lo que se le ofrece, cosa bien diferente. Hombres y mujeres harían bien en «entrevistar» a esas personas que les atraen, y puesto que hacemos muchas preguntas cuando vamos a comprarnos un electrodoméstico, una casa, o un coche, ¿cómo no hacerlo con esos seres que nos atraen? Pero, ¿por qué no preguntamos nada cuando queremos involucrarnos en una relación romántico-amorosa con alguien? ¿Cómo puedo saber si alguien es digno, apropiado y compatible conmigo y con mi idea de la pareja, si para empezar carezco de un perfil definido? Y, por lo tanto, no hago una entrevista de selección. ¿Cómo puedo despejar interrogantes? ¿Cómo? Parece obvio, pero la verdad es que no seleccionamos. Simplemente, nos quedamos con lo primero que aparece y parece —galimatías psicológico— ser el príncipe de nuestros sueños, aunque todo ello se trueque en pesadilla de la que es difícil despertar. Por esto y otras varias razones, muchas mujeres aspiran a hombres de elevada posición social, famosos, ricos, con carrera, ya que «creen firmemente» que de esta forma ellas «merecerán la pena, serán importantes» (silogismo categórico: si él merece la pena, y el que merece la pena me escoge, yo merezco la pena), puesto que un hombre importante sólo escoge mujeres acordes. Asimismo, la mujer se frustra sobremanera si el hombre que escogió desciende en la escala social con los años, o tiene que enfrentarse a una dura época laboral y/o social. Su identidad se viene abajo, se hace añicos, y la identidad es algo muy serio para un ser humano, razón de más para no darle sentido mediante el vínculo con otra persona.
En este libro he querido, a través de una historia en clave de metáfora, narrar las ventajas de ser un ser auténtico, comprometido con el crecimiento personal (el auténtico) de uno mismo, en la construcción de una identidad sólida, firme y a prueba de terremotos existenciales, que vive su vida en libertad escuchando tanto a su corazón como a su mente, y escribiendo su propio guión vital a cada momento: vivir la vida en función de uno mismo y no de lo que nos indican otros. La historia es a veces un diálogo chispeante, otras se convierte en un pleno de tristeza o de alegría, entre una mujer y un hada madrina —que fue terapeuta en otra vida—, si bien ambas son «personas». Y con ello quiero decir que no son dos típicas mujeres despellejando a los hombres, no. Todo lo contrario. Son dos seres sensatos, maduros y comprometidos en ayudar a la gente a entender que no somos tan diferentes, que podemos entendernos si cada uno asume la responsabilidad de crecer y madurar por sí mismo, y al mismo tiempo respetamos al otro su espacio y su libertad de ser como le dé la gana; y que escogemos desde la libertad y el amor, y no desde el vacío existencial o la desesperación (hambruna emocional de que «alguien dé sentido a nuestra vida»).
Existen hombres maravillosos, tiernos, amables, humildes, sensatos, coherentes, afables, buenos padres, buenos maridos: no son una raza extinguida o que sólo ha podido existir en la imaginación de escritoras de novelas románticas. Yo, personalmente, conozco a unos cuantos, de alguno he tenido el privilegio de ser nieta, hija, hermana, discípula, amiga. Por lo tanto, doy fe de su existencia, lo mismo que la doy acerca de la existencia de mujeres valientes, auténticas, que llevan el timón de su vida, no le echan las culpas a nadie de sus dificultades o de lo mucho que hay que luchar para conseguir algo, ni le imponen a nadie la imposible tarea de hacerlas felices. Les parecerán hadas, pero son reales, y además guapas y guapos. Son seres espirituales comprometidos en su experiencia humana.
Por lo tanto, éste no es un libro de «autoayuda en el sentido de sustituir a una terapia, pero sí lo es en el de abrirse a la conciencia para mejorar nuestra vida y atrevernos a ser lo mejor de nosotros mismos». Tampoco se trata de una «historia de ficción», porque, a pesar de usar la fórmula de narrativa metafórica, es real como la vida misma, acontece cada día. La única diferencia puede estribar en que aquí la protagonista dialoga con su hada madrina, mientras que en el «mundo real» solemos hacerlo con el/la coach, el/la terapeuta, el mentor/a, el amigo/a, el/la guía espiritual... Por consiguiente, estamos ante una historia real contada en clave de metáfora, lo cual abre un campo de posibilidades de alcance inmenso por serle ésta accesible y propia del Alma, hablar el lenguaje de los sueños, el del inconsciente y el espiritual. De este modo, llega ampliamente a un mayor número de personas, no importando su sexo, ni su edad, ni su condición social. La metáfora es un lenguaje universal del alma que permite adaptarse al «nivel» de cada persona con suma facilidad, llegando a lo más profundo de su ser, a la vez que entretiene. Se trata de «la sabiduría de los cuentos de hadas», parafraseando a Rudolf Steiner (uno de sus libros lleva por título dicha frase), que «nos gustan tanto por hablar el lenguaje del alma y el de la infancia».
Me siento comprometida en la misión de «enseñarle a la gente a descubrir la magia que habita en su corazón, a descubrirles quiénes son, a derribar muros de diferencia e incomprensión». Estoy comprometida con la igualdad, aunque sea más difícil ser igual que sentirse inferior o superior; nos diferencia el traje físico, si bien disponemos del mismo software, y es tarea de cada uno el decidir dónde, cuándo, cómo, con quién y por qué ponemos en marcha determinados programas o no. Nuestras creencias determinan la utilización de ciertos «programas». En Programación Neuro Lingüística (PNL) se le concede mucha importancia a la creencia que sobre algo tenemos, puesto que el «mapa de esa realidad» determina cómo experimentamos un hecho, recurso, capacidad o habilidad. El psicólogo-escritor americano Wayne Dyer comenta en uno de sus libros: «Así pensamos, así somos (what you think about, is what you expand)». Personalmente, estoy de acuerdo con él, por experiencia propia. Por lo tanto, ya es hora de que despertemos, nos sintamos personas plenas y vivamos nuestras vidas desde esa plenitud, aspirando tan sólo a ser lo mejor de nosotros mismos. Hemos de cesar en nuestro empeño por «encontrar a alguien que nos quiera y dé sentido a nuestra vida, que nos proporcione la identidad perdida, que nos otorgue sentido y nos llene el alma de dicha, que nos haga feliz...». A lo que de verdad deberíamos comprometernos es a amarnos a nosotros mismos, a hacernos felices, y a valorar y apreciar el maravilloso ser espiritual que somos.
Dado que profesionalmente ejerzo de coach personal y, asimismo, soy entrenadora de Programación Neuro Lingüística, en el libro utilizo esta técnica como hilo conductor de la historia, de manera que cualquier lector no conocedor de la PNL pueda impregnarse igualmente del sentido del mensaje. No obstante, un profesional PNL podrá reconocer a lo largo del libro algunos modelos entretejidos entre esta historia de despertar a la leyenda mágica que todos llevamos en nuestro corazón.
Podría ser un libro de PNL, puesto que utiliza la metáfora y ésta es muy usada en esta técnica, al menos por Robert Dilts y Judy DeLozier. Como lo es, asimismo, por David Gordon, Stephen Gilligan (discípulo de Milton Erickson), Robert McDonald, de los que he tenido el privilegio de ser alumna también. Sobre todo la utilizaba Milton Erickson, de quien se dice que era un verdadero maestro y mago usando la metáfora, creando historias mediante las cuales ayudaba a sus pacientes a pasar de un estado no deseado (problema) a uno de solución.
Podría ser tan sólo un libro. Pero es algo más, es una sesión mágica de entrenamiento, muy efectiva y provechosa para despertar capacidades, talentos y magias humanas en todo aquel y aquella que decida hacerse un regalo.
ROSETTA FORNER
PRELUDIO A LA SEGUNDA EDICIÓN
Desde que escribí este libro han pasado muchas cosas, alguna que otra tormenta existencial, tres o cuatro libros más y, lo más imporante, el vislumbramiento de que había luz al final del túnel.
Me explico.
Siempre he escrito mis libros desde la ilusión de compartir la luz, la magia, la originalidad, la convicción, la necesidad, la misión, la certeza de que es posible alcanzar las metas, lograr lo que nos proponemos, liderar nuestra vida y ser nosotros mismos sin por ello tener que morir en el intento. La convicción de que tenemos el deber de ser nosotros mismos, brillar nuestra luz y compartir con el mundo el alma tan fantástica que somos, me ha mantenido en el camino aun cuando llovían «chuzos de punta».
Y esto viene a colación con el contenido del libro, pues la dignidad y la convicción de que el destino de uno ha de ser forzosamente mágico, alegre, coherente con el alma que uno es, dichoso, pleno y responsable, me ha servido de «brújula vital» y de alimento luminoso en noches oscuras, cuando todo parecía perdido o extraviado. La dignidad de ser yo, la que le debía a mi alma por ser la que es, es la que me ha permitido no perderme y seguir aferrada a mi identidad, a mi singularidad única. Por eso lo he seguido intentando una y otra vez, siempre sin menoscabo de mi dignidad, siempre cuidando de que mi unique among unique talento quedase a salvo de toda intromisión ajena.
«Nadie cree en ti como tú misma/o», suelo repetirle a la gente.
«No le permitas a nadie que te diga que eres o no eres esto o lo otro...», suelo añadir.
Como canta Eilaine Silver:
How could anyone ever tell you
that you were anything less than beautiful.
How could anyone ever tell you
You were less than whole.
How could anyone fail to notice
that your loving is a miracle.
How deeply you are connected to my soul.[2]
La alegría, la ilusión, el positivismo, la autenticidad son poderosos imanes. Por consiguiente, si quieres atraer la LUZ, tendrás que abrirte a ella.
Suelo recordar a la gente que los ángeles vuelan porque se toman a sí mismos a la ligera. Y pueden tomarse a la ligera porque son simplemente ellos mismos.
No nos han enseñado a ser nosotros, no. En vez de ello, se nos ha forzado a tratar de ser quienes nunca seremos, aborreciendo, además de otros desaguisados vitales, al ser tan maravilloso que somos.
Hemos de empeñarnos en ser el ser tan magnífico que somos.
Hemos de hacer brillar la luz de nuestra alma.
Tanto buscar fuera el amor y está tan cerca que ni nos percatamos de su calidez y hechizo eterno.
Con mi libro La reina que dio calabazas al caballero de la armadura oxidada (RBA, abril de 2004), abrí las majestuosas alas de mi alma y mostré la veracidad de mi rostro, esa convicción que tengo de que ha llegado el momento de reevolucionar como seres humanos o como almas viviendo nuestra experiencia humana.
Le toca el turno a la autenticidad.
Hemos de recuperar la dignidad de ser nosotros mismos, ponernos la corona y mostrarle al mundo la majestuosidad de nuestra alma.
Sinceramente creo que le toca a las mujeres liderar esta reevolución que el ser humano tiene pendiente.
¿Por qué?
Se me ocurren varias razones, a saber:
1. Nos lo debemos.
2. Hemos de asumir la responsabilidad de mostrar al mundo el liderazgo verdadero del alma.
3. Será una buena terapia o catarsis, o ambas, tanto para hombres como para mujeres, aunque en diferentes sentidos.
4. Hemos de aprender a creer en la igualdad de alma.
5. Hemos de aprender a creer en la dignidad verdadera.
6. Hemos de aprender a reconocer el poder del alma, un poder que va más allá de la identidad de género.
7. Hemos de mostrar el verdadero rostro de la diosa, de Gaia.
8. El planeta entero está deseando ser sanado, por consiguiente, hemos de restituir el flujo energético del femenino auténtico.
9. El mundo entero adolece de creatividad, y ésta no es posible si lo femenino está enfermo, ausente, desnutrido, abandonado, vilipendiado, errado, acosado, mentido, encerrado, huido, denostado...
10. Lo masculino en la Tierra está claramente enfermo: guerras sin sentido, hambruna, depresión, desesperación, vacío, soledad afectiva, desconexión del alma.
11. Gaia ya no puede más: el alma femenina de la Tierra necesita recuperar su dignidad. Hemos de restituirle su corona.
12. Gaia ya no aguanta más: el alma masculina de la Tierra está moribunda y necesita el aliento divino de la diosa.
13. Sin amor moriremos todos: hemos de volver a danzar la danza del AMOR.
En este año cuatro del siglo XXI, el Amor sigue siendo objeto de canciones, películas, libros y otros menesteres. La humanidad está enfermando de desolación, de indignidad, de hambre del alma, de desconcierto vital... Un mundo donde hay gente que se muere de hambre, donde cada día muere más y más gente de modo infame por las guerras de todo tipo, un planeta que se está empezando a rebelar contra tanta desconexión espiritual...
¿Existe solución?
Sí.
Hay solución.
Todavía estamos a tiempo.
Aún podemos recuperar la dignidad.
Aún podemos aplacar el hambre del planeta.
Aún podemos darnos amor y alimentar el alma de Gaia.
Aún estamos a tiempo de coger las riendas y recuperar la conexión con la identidad verdadera.
En mi opinión, Gaia refleja lo que está aconteciendo en el interior de cada ser humano de los que poblamos actualmente el planeta: estamos en guerra con nosotros mismos, esto es, competimos contra nosotros.
¿Competimos contra nosotros?
Sí. Toda vez que no nos amamos, no nos aceptamos tal y como somos, estamos compitiendo contra nosotros mismos.
Si uno se siente digno de amor, de respeto, de cariño, de sinceridad, de prestigio, de aceptación incondicional, de buenas palabras, de esponsorización positiva, de apoyo incondicional, de alegría, de serenidad, de coherencia, de salud, de oportunidades, de derechos y de responsabilidades... entonces uno NO compite contra sí mismo.
Lo opuesto es cierto, es decir: si yo compito contra mí misma, todo lo descrito anteriormente (amor, respeto, serenidad, etcétera) no es posible, se ausenta, es mutuamente excluyente.
Dese dignidad, y déjese de tanta competición. Nadie es mejor ni peor que nadie, sólo somos diferentes, y punto.
De ahora en adelante, deseche de su vida toda persona, situación, idea, creencia o comportamiento que le impulse a competir en contra del ser más importante de su vida.
Atrévase a vestirse de dignidad todas y cada una de las mañanas de su vida.
Respétese y la Vida le respetará.
Mi amiga y mentora Judy DeLozier suele decir: «Si sales al mundo pensando que es un lugar hostil, hallarás muchas razones que confirmarán tu teoría».
Asimismo, ella me enseñó que sus amigos de la isla de Bali le dicen que «el cómo la vida nos trata es un reflejo de cómo nos tratamos a nosotros mismos».
Yo prefiero sentirme digna, respetarme y ofrecerme «piropos dignos de mi corona».
Usted tiene el derecho de ocuparse de su vida, de desarrollar las creencias que desee para usted y de llevar con dignidad su corona.
Usted tiene la obligación de cuidar de sí mismo/a, de cuidar del ser más importante de su vida, de establecer límites sanos, de escoger qué estado civil quiere y, lo más importante, decidir qué estado del alma desea para sí.
Ya es hora de recuperar la dignidad y comenzar a danzar la danza de amor de las hadas. Una danza repleta de notas armónicas, dignas, elevadas, sensatas, sanadoras, firmes, eternas, ancestrales, creativas, liberadoras, amorosas, valientes, decididas y alegres.
Hemos de lograr que el Amor sea asunto de todos. Hemos de conseguir, especialmente, que muchas de las almas enfundadas en traje masculino no sigan diciendo —o pensando— que los libros que versan sobre el amor, las emociones, las relaciones, así como eso de la «introspección y análisis del inconsciente» son cosas más propias de mujeres o que interesan más a las mujeres.
La dignidad y su recuperación es cuestión de todos.
ROSETTA FORNER
Madrid, mayo de 2004
LA DANZA DE AMOR DE LAS HADAS
CAPÍTULO 1
EL FARO DE LUZ MÁGICA
«Érase una vez una sirena que había recuperado la fe en sí misma, razón por la cual estaba muy contenta. Érase una vez la historia feliz de un corazón que, dichoso, bailaba la danza de la autenticidad, el coraje, el amor y la magia.»
Así deberían comenzar todas las historias. Así debería sentirse toda mujer y todo hombre en el planeta Tierra.
Ésta es la historia de cómo una sirena se encontró a sí misma —aunque, en un principio, a quien quería encontrar era a su amado—, a través de hacer brillar con toda intensidad su propia luz, lo cual propició la paradoja de que acabase por convertirse en faro y, de este modo, se guiase hasta ella misma.
Érase una vez una bella mujer de ojos color miel al atardecer del verano, piel de azahar, que sueña abrazada a la nostalgia de la luna llena, y risas con aroma de canela y rumor de alas, que soñaba con hallar a su alma gemela. Esta hermosa mujer, sirena en su alma, se sentía sola y estaba harta de viajar por el Universo mundial sin su amado. Ella, la sirena, mujer en su corazón, era muy independiente, aunque añoraba la compañía de otro ser que hiciese eco con su risa, que cantase y bailase con ella la danza de amor de las hadas.
Nuestra bella mujer, sirena en su alma, estaba hasta las narices de besar a sapos que nunca se convertirían en príncipes. Y también estaba harta de ver puestas de sol abrazada al viento, con la única compañía del silencio. Su independencia la tenía un poco mareada. Ansiaba poder abrazarse a alguien para así sentir el cálido susurro del latir de un corazón enamorado. Tan harta estaba que ideó un plan para poder hallarle: «Dado que se me da muy bien escribir e imaginar historias —pensó para sí misma—, voy a comenzar un relato mágico que me irá acercando a él a medida que lo escriba. Pondré por escrito cómo me lo imagino, cómo he llegado hasta aquí, hasta evolucionar y convertirme en un faro de luz exquisita... ¡Vaya metáfora más apropiada que se me acaba de ocurrir para describir lo que he hecho en los últimos años! Eso es lo que soy ahora: un faro de luz que lo puede guiar hasta mí. ¡Sí, le enviaré señales, le iluminaré la noche oscura para que pueda llegar hasta mi alma sin extraviar el rumbo en los mares de incierta niebla y así acercarse hasta mis costas!».
Nuestra mujer era una de las muchas mujeres magníficas que pueblan el planeta, pero, durante cierto tiempo, había escondido su luz, pues quería que la amasen.
¡Craso error!
Tan sólo consiguió hacerse trizas el corazón, emponzoñar su alma y llenar sus arcas de relaciones vacías de sentido y plenas de ruido. Nuestra protagonista, al igual que otras muchas mujeres maravillosas, creía que no mostrar su auténtico poder era igual a ser femenina. Asimismo, creía que nunca había que dar a entender que una mujer puede ser más que un hombre, es decir: más inteligente, más elocuente, más sagaz, más decidida, más divertida, más valiente, más brillante, más libre, más audaz, más genial, más capaz, más contestataria... Porque, si no, el castigo por hacerlo era... ¡estar sola!
Cierto era: ella estaba sola. Y no porque fuese fea, lerda, tonta o maltrecha...
No, ¡qué va!
Era realmente hermosa, elegante, inteligente, librepensadora, talentosa, además de divertida y muy, muy creativa. En honor a la verdad, incluso tenía unos ojos que quitaban el sentido... Y no por el color sino por la luz que brillaba en ellos. Aunque bien es verdad que todo esto estaba dentro de ella, y que fue asomando poco a poco a lo largo del camino que decidió un buen día recorrer en busca de su luz olvidada. Asumió que negarse a sí misma sólo le había destrozado el alma y congelado el corazón. Por consiguiente, un buen día se hizo la firme promesa de «no pasar hambre de sí misma nunca más. Y no volver a besar a ningún otro sapo».
«Tengo que idear una manera de averiguar si el chico es príncipe o rana antes de besarle», se dijo para sí misma.
Entonces, un hada que volaba por allí, se detuvo a charlar con ella y le dijo: «Es muy fácil, tan sólo tienes que entrevistarle antes de besarle».
—¿Entrevistarle? —preguntó con asombro nuestra protagonista maravillosa—. ¿Qué es eso de entrevistarle?
—Muy sencillo —respondió el hada—. Haz como si fueses una empresa y quisieses contratar a alguien para un puesto determinado, por ejemplo el de director, que es uno muy importante. Para ello tienes que saber antes que nada qué requisitos pides, cómo ha de ser el candidato, qué excelencias ha de reunir y qué características no ha de exhibir. Y luego, tendrás que entrevistarle para saber si lo que pides es lo que te ofrece. Se trata de que tú le elijas a él, no de que él se te cuele en el castillo. No has de contratar al primero que llegue ofreciéndose para el puesto, ni a ese que te da lástima, ni tampoco a ese que va de súper-súper... Vosotras, las mujeres, hacéis sólo una parte del trabajo, es decir, contáis quiénes sois, sobre todo lo guapas, fantásticas, tiernas y encantadoras que sois. ¡Pero no entrevistáis al otro! Por lo tanto, ¿cómo podéis saber si os conviene o no, si no le hacéis ningún tipo de pregunta? Luego os lamentáis de lo mucho que ha cambiado. ¡No ha cambiado! Tan sólo lo habéis descubierto, o lo empezáis a descubrir, y lo que halláis no os gusta nada de nada. No obstante, habéis invertido tiempo, esfuerzo, cariño y dedicación en la relación, y a veces algo más...
—¿Quién eres? —preguntó nuestra maravillosa protagonista.
—Un hada. Sencillamente un hada que en otra vida fue mujer. Por lo tanto, si quieres, puedo ser tu Hada Madrina de ahora en adelante.
—¡Estupendo! Me encanta la idea de tener un hada madrina.
—Pues hecho, ya soy tu HM por siempre jamás. Luego, cuéntame acerca de tus pesares mujeriles... —dijo con voz picarona el Hada Madrina.
—¡Oh!, querida HM, estoy harta de oír que soy maravillosa, y que por ello no se explica por qué estoy sola. Unos me dicen que es debido a que soy demasiado fuerte para el gusto de los hombres, esto es, que les asusto desde el principio. Por consiguiente, debería desarrollar alguna estrategia para conquistarlos, pues si sigo con este carácter y obrando del mismo modo nunca tendré a nadie...
—¿Y eso te importa? —preguntó con sorpresa y cierto aroma de ironía el Hada Madrina.
—Sí y no. No me quiero traicionar de nuevo, pues ya lo hice en otra ocasión... Pero tampoco quiero estar siempre sola, así, sin nadie a quien abrazar en noches de luna llena, cuando arrecie la calma de la brisa que le susurra al alma palabras de azúcar y versos de rosas. Quiero compartir la dicha de mi corazón con otro tan gozoso como el mío —confesó nuestra maravillosa protagonista.
—Nunca dejes de mostrar quién eres en verdad, nunca traiciones tu integridad. Es más, seguro que hay un hombre fantástico por ahí, en el mundo, buscando a alguien tan especial y tan excepcional como tú. Si escondes tu luz, si no muestras quién eres de verdad, pasará de largo, ya que creerá que eres una más —le dijo el Hada Madrina con plena convicción.
—Eso mismo me dijo mi mentor y maestro hace ya algunos años... Y, todavía no lo he hallado... —agregó con tristeza en la voz nuestra protagonista.
—¿Te has dado permiso para hallarle? —le preguntó el Hada Madrina.
—Creo que sí... Tal vez me dé un poco de miedo aún... Después de tantas desilusiones, de tantos sapos besados... Me da un poco de miedo abrirme al amor.
—Creo que puedo explicarte cómo acabaste besando tantos sapos —respondió el Hada Madrina con convicción y certeza en la voz.
—¿Cómo? ¿De verdad, tienes la explicación? —preguntó incrédula nuestra protagonista.
—¡No los entrevistaste! No te paraste a analizar nada en ellos, ni les preguntaste nada de nada, ni observaste el lenguaje de su cuerpo, manos, rostro y ojos, esto es, «la información no verbal» que te pudo ofrecer su inconsciente. Por consiguiente, carecías de la más mínima información sobre ellos, no sabías quiénes eran en absoluto. Y en vez de preguntar, te dedicaste a pensar que cada uno de ellos era tu última oportunidad, o al menos te comportaste como si lo pensases. Por lo tanto, te dedicaste a alucinar en vez de preguntar. Y, lo que es peor, te metiste en tu propia fantasía y te la creíste. Si alguien te iba detrás o mostraba signos de que le gustases, allá ibas tú a echarte en sus brazos. ¡Y no! Eso no trae sino dolor y muchas lágrimas. Ahora bien, sé que muchas mujeres se comportan como tú, no eres la única...
—Me consuela...
—¡Pues no! Porque sólo es consuelo de tontos, y eso no está bien para ti.
—De acuerdo...
—Déjame que te siga contando. Como te decía, a muchas mujeres les han dicho que estar solas es síntoma de fracaso, por lo que han de buscar a un hombre que las ame para que así puedan sentirse completas y útiles. Pero como siguen ocultando su luz, sólo hallan, a su vez, ocultación. Porque tal y como nos trata el mundo no es sino un reflejo de cómo nos estamos tratando a nosotros mismos. Así que ya lo sabes, si lo que hallas fuera de ti no te gusta, o no te complace cómo te trata el mundo, harás bien en preguntarte cómo te estás tratando tú a ti misma. Una vez tengas la respuesta, prepárate para modificar lo que hayas de modificar con tal de cambiar el resultado fuera de ti misma.
—Ya sabía yo que había algo que se me escapaba. Nunca me pareció que estar sola, eso de no tener pareja, fuese tan grave. Pero, ¿a quién no le gusta que la amen y amar a su vez? Sin embargo, hay muchas formas de canalizar esa energía y de compartir ese sentimiento. Siempre hay almas maravillosas a las que ofrecer el fruto de la autenticidad y el coraje de ser uno mismo. Me he pasado años tratando de convencer de ello al mundo, y ahora me doy perfecta cuenta de que era yo quien no lo tenía claro del todo. Lo sabía a nivel intelectual, pero mi mente aún no estaba alineada con mi corazón como lo está ahora.
—¡Menuda diferencia! —exclamó el Hada Madrina—. Ahora se nota que tienes el poder que toda mujer tendría que tener, el que resulta de combinar la fuerza, el coraje y la determinación con la ternura, la dulzura y la expresividad. Ahora pueden verse claramente el hada y la sirena que hay en ti. Ahora te percibo muy cómoda en tu piel, por eso desde fuera te llegan las confirmaciones, es decir, se acercan a ti mujeres dándote las gracias por ser un ejemplo para ellas: te das permiso para mostrar tanto quién eres como tus sentimientos. Por lo tanto, ellas, al tomarte como modelo de referencia e inspiración, a su vez se dan permiso para ser lo que son y asumen el poder, con lo que los hombres que buscan mujeres auténticas tienen, ¡por fin!, con quién relacionarse.
—Es cierto que lo que ocurre en el mundo exterior es un fiel reflejo de lo que hay dentro de uno mismo. Hasta hace unos meses a mí no se me había acercado ninguna mujer a darme las gracias por ser como soy y mostrar mi poder con tanta elegancia y honestidad. Ciertamente, he de decirte que esto de ser quien soy, de respetarme y valorarme a mí misma... ¡Sí! Esto de quererse está bien... ¡Muy requetebién!
—Ya sabía yo que te iba a fascinar en cuanto te dieses la oportunidad de comparar después —dijo el Hada Madrina—; porque la tranquilidad del alma es algo que no tiene precio, y nadie hay más valioso para ti misma en este mundo que tú. Recuerda que has de buscar y dar la bienvenida a tu vida tan sólo a gente que se considere la más afortunada del Universo por tener a alguien tan especial como tú en su vida. Sólo ese tipo de personas respetarán tu alma y honrarán al ser único y especial que eres, sólo ese tipo de personas te ayudarán a crecer y a ser más auténticamente tú cada día. El resto sólo te traerá dolores de cabeza y pesadez de estómago, como suele traer la resaca de garrafón o de vino peleón. Y creo que ya está bien de cogorzas innecesarias. ¡Si bebes, no te enamores! ¡Vaya! ¡Estoy de lo más ocurrente! Estarás conmigo en que soy el hada más pizpireta que hayas soñado jamás.
—Ciertamente, mi querida HM, así es. Adoro tu energía, tu buen humor y tu sabiduría. Me siento muy afortunada por tenerte en mi vida.
—Bueno... En honor a la verdad, he de decirte que una mujer tan magnífica como tú, que es un hada en su corazón y una sirena en sus alas, se merece lo mejor de lo mejor... Y también es cierto que todo hombre y toda mujer se merecen lo mejor y lo más fantástico del mundo por derecho propio de nacimiento... No obstante, luego cada uno de nosotros se crea su propia realidad.
—¿Y a qué te refieres con lo mejor?
—La Luz, naturalmente, la Luz.
—Luz, claro.
—El amor es luz, y la luz es la verdad. El amor es el aliento del Universo. Y, sin luz no hay amor.
Y entre las dos reinó un profundo y cálido silencio, que las abrazó sigilosa y dulcemente para llevarlas hasta las profundidades y repliegues de sus almas, dejándolas allí al abrigo certero de la melodía incansable del corazón que todo lo sueña y todo lo sabe. Los ángeles cantaron su risa y la Luz emergió para elevarlas hasta la eternidad. Habían llegado a tocar el arco iris de las estrellas de luna.
Largo rato después, nuestra protagonista emergió de su estado de trance con un prolongado y dulce suspiro, estiró los brazos y se acurrucó de nuevo en el regazo del Hada Madrina, para desde ahí echarla al suelo y hacerle cosquillas devolviéndola así al mundo real, el de los sueños y de los ruidos, al tiempo que lo hacía ella.
—Me ha costado mucho llegar a darme cuenta y aceptar mi propia grandeza —dijo después de un largo rato de risas y juegos—. Asumir la genialidad en mí ha sido algo que he tardado en hacer. En mi familia siempre me alabaron, me amaron y me dieron apoyo y soporte. Yo era un regalo del cielo para ellos, un ser muy especial de esbeltas alas y transparente sonrisa, en cuyos ojos brillaba la luz del Universo... Hasta que un día comencé a saborear las hieles de la envidia. Mujeres y hombres odiaban mi luz porque creían que yo era una privilegiada del Universo y que ellos, en cambio, eran unos perdedores. ¡Cuán equivocados estaban! Cada uno de nosotros conforma su propia realidad y es dueño de su destino. Dentro de nosotros existe un ser muy especial al que hay que dar nacimiento si queremos tener vidas plenas de sentido, mañanas de claro despertar, y noches de sueño tranquilo y reparador. Pero aquí estoy después de muchas tormentas vitales, más fuerte y más luminosa de que lo que lo estuve nunca jamás. Me siento dichosa y orgullosa de ser quien soy, así como de atreverme a mostrárselo al mundo, siendo así una inspiración para otras mujeres y para otros hombres.
—¿Y qué crees que fue lo que te sucedió? —le preguntó el Hada Madrina con la intención oculta de que fuese ella la que se respondiese a sí misma.
—Bueno... Yo diría que toqué fondo, me harté de malvivir mi vida y de seguir sola. Pensé que siempre era más de lo mismo. ¡Estaba harta! Así que decidí retirarme a reconstruir mi interior. Me dediqué a descubrir en mi cueva del tesoro qué tesoros había allí, y cómo usarlos para que me permitiesen edificar mi nueva casa, mi nueva vida, mi nueva felicidad.
—¿Qué fue lo que hallaste?
—¡Un alma dispuesta a volar libre en cuanto le abriesen la puerta! Hallé alegría y valentía. Hallé risas y gozo, coraje y responsabilidad. Hallé un ángel que me susurró al oído palabras de amor y me contó el secreto de cómo tenía que obrar para recuperar la magia en mi corazón.
—Vaya, esto sí que es interesante. Eres una auténtica afortunada, ángel y Hada Madrina... ¡Vaya, vaya! Me alegro muchísimo de saber que tienes el coraje de confesar estas realidades en ti. Pocas mujeres se atreven a mostrar sus sentimientos y emociones en público.
—Ya lo sé, pero esto no es sino el producto resultante, la consecuencia de sentirme a gusto en mi piel y de ponerme a mí misma en primer lugar. Yo ya no apuesto por posibles príncipes, no. Apuesto por mí. Y, créeme, ¡me siento muy bien! Desde hace algún tiempo me he ahorrado muchos besos y no he tenido que limpiarme la boca con detergente para quitarme el mal sabor que me dejó el haber besado a ranas y sapos que nunca fueron o nunca iban a convertirse en príncipes.
—Tú lo has dicho, no se convirtieron en príncipes por la sencilla razón de que no lo eran. Todavía tenían que descubrir su grandeza y su luz —añadió el Hada Madrina.
—Cierto. Hubiese hecho bien en recordarlo.
—Hasta las mujeres más brillantes olvidan estos «toques de atención» del sentido común.
—Bueno...
—Confía en ti, eres muy lista y aprendes con rapidez.
—Gracias por esponsorizarme de esta manera...
—Is my fairy pleasure obsequiarte con vitaminas para el alma.
—Hasta sabe inglés y todo... —dijo en tono jocoso nuestra protagonista.
—¿Olvidas que soy un hada? —replicó a su vez el Hada Madrina en tono divertido.
—Déjame que me ponga seria... ¡Hazme ese favor! —dijo nuestra protagonista, jugando con su voz e imitando los registros de la de un niño.
—Va, te dejo... —replicó complaciente el Hada Madrina.
—Gracias, mi querida Hada Madrina. Querría añadir que hoy, hablando contigo, cuando me has preguntado si me había dado permiso para recibir en mi vida a mi alma gemela, a mi amado, me ha venido a la mente la imagen de un faro que guía a los navegantes, que los conduce a buen puerto... Y yo, hasta ahora, estaba apagada. Pero de hoy en adelante voy a dejar de esperar sentada y pasivamente a que él me encuentre. Yo voy a hacer de faro, a ser el faro: le voy a traer a puerto.
—¿Te has parado a pensar en cómo quieres que sea y las características que ha de acunar en su alma? ¿Has reflexionado acerca de lo que consideras imprescindible, innegociable, e incluso aquellos «aspectos» que podrías llegar a negociar? ¿Lo sabes ya? Te aconsejo que lo escribas y te sumas en un proceso de clarificación. Creo que, a estas alturas, ya deberías saber que se atrae aquello que se desea o se pide. Y, si anhelas y deseas a alguien muy especial, tendrás que pedírselo a la cocina del Universo con pelos y señales. Por cierto, ¿lo quieres con pelo, de medio pelo, o te da igual si está calvo? —preguntó entre risas el Hada Madrina.
—¡Hada...! Prefiero que no sea una bola de billar...
—Pero si dicen que los calvos son muy atractivos y tienen mucho swing...
—Con pelo o sin pelo... ¡Si tiene el alma bella, te juro que me dará exactamente igual! Me importa mucho más que sea honesto, íntegro, equilibrado, congruente y sabio...
—En fin, yo sólo quería saber si pelo sí o pelo no... Porque un hado sin pelo es un genio, y un hado de medio pelo es... ¡Un gnomo! —bromeó el Hada Madrina.
—Por cierto, ¿qué es un hado de pelo entero?
—Eso ya te lo contaré...
—Vamos, por favor, dímelo...
—Ya lo sabrás a su debido tiempo —dijo, con picardía en la voz, el Hada Madrina.
CAPÍTULO 2
DE MUJER MARAVILLOSA A FARO DE LUZ
Érase una vez un reino mágico donde un rey sabio y bondadoso reinaba junto a una divertida, traviesa, amorosa y también muy sabia reina. Trebor e Ydüj —así se llamaban el rey y la reina— habían organizado una escuela en la que enseñaban a la gente a descubrir sus talentos inherentes, sus recursos y su magia. A esta escuela de magia y sabiduría fue nuestra mujer maravillosa cuando se hartó de que le dijesen que tenía que disimular su luz porque «así no conseguiría conquistar nunca a ningún hombre...» —frase lapidaria y suicidadora de la autoestima donde las haya.
—«Esconder la luz», siempre me hablan de lo mismo. ¡Ja!, cuando no incluyen aquello de «eres demasiado exigente» —murmuraba para sí nuestra maravillosa protagonista—. ¿Habrá alguien, algún día, que me diga que debo ser todo lo que soy, y así hacer que brille tan sólo mi auténtica luz? ¿Habrá alguien...?
Y lo hubo, vaya que si lo hubo, porque todo llega para el que todo lo espera. Fue el rey de este reino mágico quien le ofreció las primeras palabras mágicas: «Haz que tu Luz brille siempre. Nunca la escondas, y cada día que pase, sé más tú, cada vez más auténticamente tú misma. Ahí fuera hay un hombre maravilloso buscándote; su alma añora a alguien tan especial como tú, alguien con tu luz tan única y excepcional. Ese “rey” está buscando a una mujer tan magnífica como tú. Si escondes quien eres, él pasará de largo, ya que pensará que eres una más... Y, créeme, no puedes perderte esa oportunidad ni puedes hacérsela perder a él; ambos seréis los seres más afortunados de la Tierra por tener el amor de alguien tan excepcional, y sería una lástima que ambos dejaseis pasar esa oportunidad celestial».
Estas palabras quedaron grabadas en el alma de nuestra protagonista que, como un tesoro, las guardó para repetirlas en noches de amarga y sola luna. Ella sabía quién era, pero la sociedad en la que vivía le recordaba que era diferente y que por ello estaba equivocada. Sin embargo, le resultaba más fácil, a pesar de la soledad, seguir sola que mal acompañada. Ya había tenido bastante con el marido que escogió en suerte, un hombre muy inteligente a nivel académico pero un fracasado a nivel emocional, que no osaba sentir sus emociones ni expresarlas, y mucho menos sentirse a gusto en su propia piel. Y fue por ello que sentía celos y envidia de la luz de su esposa —nuestra maravillosa protagonista—: lo que por ella sentía era una mezcla de amor y odio, pues la adoraba pero no podía poseer su luz y eso generaba sentimientos enfrentados en él. No obstante, a él le hubiese ido mucho mejor si se hubiese decidido a consultar al chamán sabio de la corte. ¡Pero no! En su lugar insistió en hacerle creer a su esposa que ella era una mala pécora que le había hecho la vida imposible, y que podía sentirse muy agradecida de tener a alguien como él en su vida que la amase —¡si es que a eso se le podía llamar amor!—, porque, de no ser por él, ella estaría sola, más sola que la una en una noche de niebla y de eclipse. Este esposo era alguien que debía cruzarse en la vida de nuestra protagonista para ayudarla a reconocerse, amarse y hacer brillar toda su luz. Sólo desde ese lugar de experiencia y evolución podría ella ser un ejemplo para otras mujeres en cuanto a cómo hay que proceder, cómo hay que mostrar la fuerza y la sensibilidad que mora dentro de todo ser, ya que cuando una mujer esconde su poder y su fortaleza dedicándose solamente a contemporizar usando «estrategias femeninas» —esas que se refieren a ser dulce y tierna como un bizcocho, y asentir negando pensamientos y sentimientos propios con tal de complacer a un hombre para que éste no se sienta mal—, no se está haciendo un favor a sí misma ni se lo está haciendo a nadie.
El rey de este reino mágico había diseñado, para todas las personas en apuros, un plan de recuperación de la memoria, el cual enseñaba, junto con la reina, en su escuela. Según él, existían una serie de niveles en el Ser que, de estar alineados y claros, daban como resultado una persona sana, congruente y auténtica, sin «agendas ocultas». Las «agendas ocultas» (en inglés hidden agendas) son un símil aplicable a la gente que aparenta una cosa y luego acaba por destaparse —o ser— otra. Asimismo, se trata de personas que no son sinceras y llevan puesta una «máscara» (el término griego «persona» se refiere a la máscara o personalidad social de supervivencia), a diferencia de nuestra protagonista, en la que «lo que ves, es lo que hay» (what you see is what you get, se dice en inglés). Es fácil comprender por qué las relaciones entre hombres y mujeres se complican tanto y son harto difíciles, y es que en una relación basada en «máscaras» no hay quien se pueda fiar, relajar o acercar. La intimidad es ciertamente imposible entre dos seres que se aferran a sus respectivas máscaras para no sucumbir al terremoto existencial que supone sentir la fuerza de la emoción más grande del Universo, a saber: el amor.
Si alguien nos presenta su máscara, ¿cómo vamos a poder saber quién es? La máscara es falsa, disociada del corazón y de la verdadera identidad del ser. Es imposible relacionarse, en un sentido sano, maduro y equilibrado, con el otro si quien está allí es su máscara (personalidad social de supervivencia) y no él o ella. La intimidad con alguien sólo es posible cuando, desde atrevernos a ser nosotros auténticamente, nos abrimos al otro y le ofrecemos la luz de nuestra alma, la verdad de nuestra identidad. Sólo los seres maduros, evolucionados y valientes, que saben que ser vulnerable no significa necesariamente «correr el riesgo de ser herido», se atreven a mostrarle al mundo quiénes son. Ellos son las «naranjas enteras» del mundo y, por consiguiente, no buscan una media naranja, sino a su naranja entera.
Otra de las cosas que aprendió nuestra maravillosa protagonista, fue a apartarse para así distinguir cuándo lo que veía en el otro era un reflejo de la proyección de su propia luz y cuándo no lo era. A menudo solía ver mucha luz en otros y creía que eran igual de maravillosos que ella. El rey la ayudó a descubrir conscientemente quién era en el nivel espiritual, esto es, quién era más allá de su identidad en relación con algo más grande. Así fue como nuestra protagonista accedió a una verdad universal válida y al alcance de todos, pero que sólo unos pocos están dispuestos a afrontar: «Todos somos ángeles, esto es, seres espirituales viviendo una experiencia humana».
Desde esta verdad, nuestra protagonista acertó a diseñar la metáfora de sí misma: un hada con alas en la espalda y en los pies. Cuando compartió la metáfora con el rey, éste le comentó que para él las metáforas se referían a la identidad: quién es uno. Y, por lo tanto, ella tenía alas en el nivel de identidad, unas magníficas y soberbias alas de luz que la habían acompañado y definido desde que era pequeña. ¡Vaya! ¡Y ella pensando que todo aquello que decía cuando era pequeña —eso de querer ser un hada— no era «cosa de niños», sino una verdad como un templo sobre lo que ella era y había venido a representar en la Tierra! ¡Un hada en misión de rescate de otras hadas y hados!
En cierta ocasión, cuando ya se había convertido en escritora famosa, un locutor de radio le preguntó: «¿Qué es un hada?». Ella respondió, con chispas en los ojos: «Alguien que ha descubierto que tiene magia en el corazón. Esa magia la tienen tanto hombres como mujeres, porque existen hadas y hados...».
El rey le enseñó a descubrir sus capacidades, dones y talentos. También le enseñó cosas muy sabias, tales como que uno puede tener una relación muy buena con alguien, lo cual no significa necesariamente que ambos posean las mismas capacidades. Podrán compartir aficiones, ciertas ideas o comportamientos, pero no necesariamente poseer, pongamos por caso, intuición, sabiduría, percepción o sensibilidades parecidas o compatibles.
A nuestra protagonista le llevó unos cuantos años descubrir quién era, aceptarlo y disfrutarlo. Y, desde ahí, pudo convivir con las diferencias existentes entre los seres humanos, centrándose en encontrar la compatibilidad a través de los temas que para ella eran sumamente importantes. En su escala de valores, por ejemplo, el tema de la espiritualidad, en cuanto a creer y/o saber que existe algo más grande más allá de nosotros que nos trasciende, era crucial. Como lo era el creer en un mundo sin pasaportes ni fronteras basado en la igualdad y en el respeto mutuo. La creencia en la igualdad la llevaba grabada en el corazón. Ella creía firmemente que, más allá de sus alas, había un Amor Universal, un dios —por llamarlo de alguna manera— cuya incondicionalidad y grandeza había hecho a todos los seres iguales en su corazón pero diversos en su superficie (diferentes colores de piel, razas, ojos,...). «Sólo nos diferencia el pasaporte», solía decir a sus colegas, y añadía: «Cuando la gente de este planeta entienda que el Amor es lo único real y que todos estamos hechos de la misma energía y la misma Luz, este planeta será el paraíso que era al principio de todos los tiempos y que todos seguimos llevando en nuestro interior».
Con unas ideas así era fácil adivinar que le fuese difícil hallar a un hombre que combinase inteligencia racional y sabiduría, que tuviese armonizados mente y corazón, además de estar soltero, ser más o menos de su edad, hablar un idioma común, cruzarse en algún punto del planeta, reconocerse, que no fuese gay, y que tuviese el coraje de enfrentarse a alguien tan excepcional y fuerte como ella... ¡Vamos, que tenía que ser otro extraplanetario!
Para ella, alguien que creyese en sus alas y en su magia, además de respetarla, era fundamental. Ya había tenido bastante con un marido que no había sido capaz de ver y sentir su magia. ¡No podemos dar aquello de lo cual carecemos! Y su marido, cuando estaban casados, estaba muy lejos de haber despertado sus propias capacidades a nivel emocional y espiritual. Para él todo aquello que no era científicamente demostrable, era «cosa de brujas» cuando no de lerdos, puesto que alguien ilustrado no creía en semejantes memeces del alma, los ángeles, la luz o las alas. Eso era cosa de tontos. Incluso llegó a decirle un día: «¡Qué lástima, con el dinero que gastaron tus padres llevándote a la universidad, y tú te dedicas a hablar de magia, del alma y boberías similares! ¡Vaya pérdida de tiempo y de dinero!». Nuestra protagonista, en aquel tiempo, agachaba la cabeza después de haber tratado de esgrimir una muda e invisible réplica, y se iba a un rincón a llorar su pena. Entonces era cuando no se atrevía a mostrar su luz. Pero, ahora que creía en ella, ahora que se amaba y respetaba, no quería nunca más en su vida a un ser al que sólo le importase el intelecto y que no quisiese saber nada del corazón. Hay muchos seres a medias, y es por ello que andan en busca de su media naranja, y cuando se topan con nuestra protagonista quieren su luz y someterla. Pero, al no conseguirlo, se rebelan contra ella y le echan maldiciones del tipo: «Eres demasiado exigente», «Tendrías que aprender a controlar tus emociones y no llorar en público», «No debes competir con un hombre y demostrarle que eres tan capaz como lo es él de lograr esto o aquello», «Eres una especialista en asustar a los hombres», «Ese nivel de seguridad en ti misma, más bien parece prepotencia que buen nivel de autoestima», «Si sigues mostrando quién eres desde el principio, seguirás asustando a todos los hombres y nunca ligarás», «Existe un protocolo y tú debes respetarlo, esto es, nunca debes dar el primer paso. Una mujer, nunca hace eso. Ha de esperar a que el hombre dé el primer paso».
Nuestra protagonista estaba harta de gente que no compartía su escala de valores y creencias. Ella creía en la igualdad de hombre y mujer, lo mismo que en la existencia del alma y en que este cuerpo físico no es sino el vehículo que posibilita al alma estar aquí en la Tierra y vivir una existencia humana. Había aprendido, a través de trabajar consigo misma, que nuestras emociones, vivencias e ideas tienen su reflejo en el cuerpo, de ahí que se hablase de las enfermedades sicosomáticas. Si alguien no compartía estas creencias ella lo respetaba, pero se sentía desconectada de esa persona y le daba igual lo importante o exitoso que fuese a nivel social o los títulos académicos que poseyese o el dinero que tuviese... A ella lo que de verdad le importaba era la grandeza de corazón que ese ser poseía, y si dicha grandeza incluía la apertura de miras y estar conectado con el Universo. A ella le resultaba ya imposible, a estas alturas de la jugada, aguantar o estar con alguien que no compartiese su nivel de creencias y escala de valores. Respetaba que otros tuviesen sus propias creencias y valores («mapa o vivencia de la realidad»), pero eso no significaba que ella fuese a tener una relación estrecha con ellos. ¡Ni mucho menos! Se puede, incluso, querer a alguien, pero no por ello se es compatible a ciertos niveles. Respeto sí, relación no. Tenemos derecho a buscar a los de nuestra especie, a esos que operan en nuestra misma frecuencia, porque lo contrario es como calzar un par de zapatos dos números menos que el nuestro: podrán ser preciosos, pero si no se ajustan a nuestro pie como un guante, caminar con ellos se convertirá en una tortura. No obstante, muchas veces tenemos relaciones del tipo «dos números menos». Si quiere puede hacer la prueba: cómprese un par de zapatos de dos números menos y trate de caminar un par de kilómetros con ellos. ¿Qué tal? ¿Cómo están sus pies después de semejante hazaña? Si su sentido común le previene de comprarse un par de zapatos dos números menos del suyo, ¿cómo se mete en relaciones que le oprimen el alma y le asfixian el corazón? Quizás hacemos esto por el miedo tan grande que tenemos a la soledad. Y, tal vez, porque estar solo, sin pareja, les sucede a los que no merecen la pena, razón por la cual están solos, esto es, nadie los ha escogido. ¡Tremendo error! No se trata de que nadie nos escoja, sino de decidir nosotros mismos si queremos o no calzarnos un par de zapatos que en nada se ajustan a nuestro pie. Es como el cuento de la Cenicienta: el zapato de cristal —símbolo o metáfora— se refiere a que ese príncipe es en verdad el alma gemela de Cenicienta. Por consiguiente, se ajusta perfectamente a su pie como un guante de seda. Y, aunque aparentemente perdido, su alma gemela la busca hasta dar con ella, encuentra a la mujer cuyo pie encaja en el zapato, nada más y nada menos que nuestra «horma cósmica».
Para nuestra protagonista había llegado el momento de calzar sólo zapatos que fuesen bonitos, cuya talla se ajustase maravillosamente a su lindo pie, y eso se traducía en alguien que estuviese dispuesto a amar y a mostrar las emociones, a sentirlas y a vivirlas, sin olvidar que tenía que haber aprendido a no caer en las trampas de mujeres víctimas de sí mismas. Es decir, se trataba de un hombre maduro y evolucionado a nivel emocional, digno de sí mismo. «¿Para qué un corazón si luego le acallamos el sentido?», solía a menudo cuestionarse nuestra protagonista.
Es sumamente importante haber conectado Corazón y Mente, Intelecto y Sentimiento, dado que sin su sinergia uno deviene incompleto y desequilibrado. Es fundamental tener los pies en la tierra y la cabeza en el cielo: espíritu y materia unidos en matrimonio sagrado. Existen seres cuyo nivel de evolución les permite estar conectados con el Universo y «traer» a este mundo ideas geniales; poseen eso conocido como «inspiración».
Uno puede ser un genio y comportarse como un auténtico idiota. ¿Es posible? ¡Claro que sí! Y lo es porque a veces nuestros comportamientos esconden nuestra grandeza interior y todo porque no nos atrevemos a mostrar nuestra Luz: quiénes somos en nuestro corazón. Llevar la luz a nuestros comportamientos es honrar la belleza del Universo, ser fieles a nuestra alma y ofrecerle al mundo la posibilidad de sanar a través de contribuir a que este planeta sea un lugar mejor, donde poder vivir en paz y armonía.
Así pues, nuestra maravillosa protagonista decidió un buen día dar rienda suelta a su luz y mostrársela al mundo. Ya no le importaba lo que pensasen de ella: para ella era mucho más importante sentirse bien que lo que pudiesen opinar los otros. ¡Al fin y al cabo, iban a hacerlo de todas formas...! ¡Los demás siempre piensan lo que les viene en gana! Incluso el Ser que moraba en su interior se dejó traslucir en su forma de vestir. La naturalidad y la elegancia interior afloraban en toda su intensidad, ya no tenía necesidad de decorar su exterior para poder atraer a la gente hacia sí misma. Sus ropas fueron cada vez más elegantes, sencillas y creativas, un vivo reflejo de lo que había en su interior. Lo que la hacía atractiva era su luz, no su vestuario. Aunque llevase unos vaqueros rotos, seguía siendo elegante. Nuestra protagonista modificó su comportamiento en relación con los posibles candidatos a pareja y, en vez de acercarse a ellos, comenzó a mantenerse a distancia y a observarles. A continuación, desde ese estado «disociado», se dedicaba a procesar la información obtenida sobre ellos. Pasó de «dejarse seducir» a alargar las distancias, ejercitando su derecho a decir «no». Asimismo, se dedicó a expresar su identidad —quién era ella en realidad—, lo cual, traducido, significa no fingir quien no se es bajo ninguna circunstancia, pues no hay guión psicológicamente maduro y sensato que pueda exigir tal cosa.
—En vez de acercarme, o sentirme atraída por alguien a quien le gusto, me voy a plantear de ahora en adelante si esa persona me gusta a mí o no, independientemente de lo que me muestre él/ella, es decir, independientemente de si le gusto o no. Hasta ahora, cada vez que un hombre mostraba interés por mí, yo le prestaba atención —¡y mucha!— sin detenerme a considerar las sensaciones, o la ausencia de ellas, que yo podía experimentar. He de confesar que soy muy cinestésica y, por lo tanto, intuitiva. Recuerdo una vez en la que, cuando le estreché la mano a un hombre ciertamente atractivo e inteligente, pensé para mis adentros: «Vaya dureza, aspereza y ausencia que transmiten estas manos, es como si su corazón estuviese rodeado de un montón de piedras rasposas». Pues bien, decidí hacer caso a mis «intuiciones perceptivas cinestésicas de tacto» y me dediqué a observarle y a procesar la información que iba reuniendo. Resultó ser un hombre con una gran problemática interior, con un miedo atroz a amar y un comportamiento de no fiar; es decir, mariposeaba con todas las mujeres a su alcance y fuera del mismo, no importando que éstas fuesen guapas, feas, gordas, esbeltas, viejas o jóvenes —dijo nuestra protagonista.
—¡Cuánto me alegra saber que no te involucraste! Una relación con ese tipo de hombre podría haber sido nefasta para tus alas. Asimismo, hiciste muy bien en no hacerte ilusiones. Así debería ser siempre, esto es, dar crédito a nuestras percepciones interiores, respetarnos más y esperar a saber si esa persona merece la pena o no antes de tirarnos en picado, y sin paracaídas, en sus brazos para crear una relación con él —añadió el Hada Madrina a las palabras de nuestra protagonista.
—Yo creía que mis colegas estarían en un nivel de evolución cercano, cuando no parecido al mío, por lo que sería posible hallarle en mi entorno profesional. Pero, hasta la fecha, me he equivocado y he aprendido que profesión y madurez psicológico-emocional no suelen ir emparejadas. Así que he decidido seguir siendo yo dondequiera que esté, y ampliar mi abanico de posibilidades en cuanto al entorno se refiere. Antes dejaba brillar mi luz tan sólo cuando estaba con mis colegas, o cuando daba conferencias sobre mi trabajo. Ahora bien, desde hace ya algún tiempo, esté donde esté, brillo con toda mi luz, disfruto de quien soy, me respeto y respeto a los demás. ¿Y sabes una cosa? Haciendo esto, mucha gente me da las gracias por ser un ejemplo para ellos, porque al darme permiso para mostrar mis emociones, esté dondequiera que esté, y para ser genuinamente yo, me comentan que soy una inspiración para ellos, lo cual les ayuda a darse permiso para hacer lo mismo. Esa permisividad que tengo para conmigo misma, esa libertad de movimientos que le permito a mi alma, es toda una muestra de referencia, un ejemplo para otros seres que están deseando abrir sus alas y volar. Y, aunque no lo fuese, haría lo mismo, porque lo hago por mí. ¡Yo merezco mi autenticidad y mi Luz!
—Ciertamente, mi querida niña, ciertamente. Es por ello que insistí tanto en que hicieses brillar tu luz. Es por esto que alabé tanto el hecho de que seas genuina hasta la médula. Nunca jamás dejes de brillar tu auténtica luz dondequiera que estés, porque ésa es la única forma de juntarnos con nuestra familia de almas gemelas, con nuestros compañeros de destino. No te importe dónde estés ni con quién, has de llevar siempre tu luz a dondequiera que vayas, has de hacerla brillar en toda su intensidad, porque si eres la magia personificada ayudarás a otros a hacer lo mismo —concluyó el Hada Madrina—. Ya ves lo que dio de sí mi paso por la escuela de ese rey y reina maravillosos.
—No dejo de maravillarme ante la magia que en ti despertaron. Realmente son una gente especial, mágica y poco común.
—Me enseñaron que no hay nada como ser uno mismo. Asimismo, me dieron la fuerza necesaria para despertar a mi realidad. Ellos creyeron en mí desde el principio, fueron capaces de ver mi luz. Me dieron el empuje que necesitaba para despertar y echar a volar...
—Son parte de tu familia del alma, por si no lo sabías...
—Lo he sabido siempre, pues la conexión que tenía con ellos era muy profunda y especial. Pero lo más bello de todo es lo que en su escuela enseñan, y yo me traje sus enseñanzas para poderlas compartir con otra gente y esparcirlas por el mundo que habla mi lengua.
—Nunca estamos solos, ni física ni espiritualmente. Tu grupo de guías siempre está contigo bien en forma humana como mentores o amigos o familia, bien en esencia espiritual...
—¡Qué bello es vivir nuestra vida!
—Pero con tu propio guión, no lo olvides.
Abre tus alas a la luz y vuela alto, fuerte y eterno.
CAPÍTULO 3
EL ÚLTIMO SAPO AL QUE BESÉ
Érase una vez un verano de linda luz y amable calor en una ciudad abrazada por el mar y elevada por el aire de las montañas, donde era fácil, muy fácil, soñar entre bosques mágicos y acordes de melodía que invitaba a la apertura del corazón. Érase una vez un sapo muy bello en su exterior, un falso príncipe en su oropel. Sus ojos habían aprendido diligente y astutamente a reflejar en su brillo la luz de otros ojos auténticos. Su abrazo era cálido en su mortalidad pero hábilmente disfrazado de ternura y de sinceridad...
La verdad es que este sapo era un príncipe en potencia. Porque, si bien era cierto que tenía tesoros guardados en el fondo de su corazón —estaban allí bien guardaditos, sin moverse ni decir «esta boca es mía»—, no dejaba de ser una pena que los tuviese tan escondidos y tan guardados.
Y es que los había guardado tan bien ¡que ni él mismo recordaba que existieran, ni mucho menos cómo llegar hasta ellos!
Ahora bien, su realidad, su momento presente era el de alguien herido, con un corazón repleto de amargura y deseos de venganza, importándole un pimiento el expandir el veneno que cierta damisela le había inoculado en su corazón. Este, digamos, aspirante a futuro príncipe, trataba de recuperarse de su historia de amor maltrecha, ya que la damisela con la que había compartido amor y fortuna le había plantado por otro después de columpiarse entre Pinto y Valdemoro, o sea, entre dos relaciones. Dicha damisela debió pensar que él no se merecía ni un mísero «ahí te pudras» a modo de explicación, y por todo adiós se limitó a enviarle una nota por correo electrónico. Así las cosas, nuestro aspirante a príncipe cogió las maletas y se fue ¡a otra cosa mariposa!, dedicándose a hacer el ídem, es decir, a mariposear con todas y cada una de las mujeres que se cruzaron en su camino. Y, mira tú por donde, se fue a cruzar con un hada amiga mía. Sí, mi querida protagonista, se fue a cruzar con un hada que había olvidado su varita mágica en casa, por lo que se empeñó en leer del revés los mensajes del destino. Mi amiga era tan sincera y tan inocente como lo es un niño, tanto que le costaba ver la maldad o el interés —ese de «por interés te quiero Andrés»—, pensando que todo el mundo es auténtico y sincero. Bueno, al menos lo pensaba hasta que se encontró con este sapito, y desde entonces te juro que no sale de casa sin su varita mágica y su escáner mágico para detectar si la luz que ve en el otro es reflejo de la suya propia o es auténticamente del otro... Mas esto es otra historia que te contaré luego. Ahora prosigamos con lo que te estaba relatando. Cuando mi amiga hada lo conoció, hacía unas cinco semanas que la damisela, la que se columpió entre Pinto y Valdemoro, le había dado largas eternas mediante el correo electrónico-cibernético. Él, cuando se percató de que mi amiga era un hada, pensó que era su gran oportunidad, una solución a su medida, esto es, alguien que pudiese darle bálsamo a su dolorido corazón. Como puedes ver, al principio tenía buenas intenciones, aunque fuesen egoístas por referirse tan sólo a él —ella no estaba, obviamente, incluida en el reparto de dulzuras y magias—. Cuando observó que ella era la única hada en su entorno, además de la más bella y la que más luz tenía, se dedicó a cortejarla con ahínco hasta hacerle creer que la consideraba especial entre las especiales. Mi amiga estaba tan fascinada —por creer que, por fin, había hallado a su príncipe—, que desoyó los avisos de su corazón, acalló su sabiduría interior, le pegó una patada al teléfono cósmico, desconectó y, asimismo, cerró los ojos e hizo oídos sordos a lo que otra amiga —también hada— le revelaba sobre el supuesto aspirante a rey de su corazón. Ella, mi amiga hada, había resuelto que él era su «última oportunidad», que es como decir que no pasará por tu parada ningún tranvía más y te vas a quedar en la luna de Valencia, es decir, sola. Y ella no quería quedarse sola, porque había decidido que ya estaba hasta las mismísimas narices de ello. Así las cosas, se construyó una fantasía y se la metió en la cabeza, no importándole cuán escandalosos eran los avisos de peligro que el Cielo entero le estaba enviando. Prefería enamorase de su historia, encajar su lindo pie en un tímido, estrecho y apestoso zapato envuelto en celofán de aparente genuinidad y esmeralda fina, que abrir los ojos y las alas y contemplar la realidad que tenía ante ella: un sapito que quería jugar con el corazón de un hada, porque a él le traía al fresco cómo se pudiese sentir ella. Al fin y al cabo, a él le habían roto y pisoteado el alma. Así pues, si el veneno que le había sido inoculado por su ex damisela pasaba al corazón del hada, ¿qué culpa tenía él? ¡Ninguna! Él tan sólo quería divertirse y mariposear con la que se pusiese a tiro. ¡Y mi amiga se colocó en el centro de la diana! El cañonazo le dio en plena línea de flotación rasgándole las alas. Ella se dejó abrazar por su aparente luz porque creyó que lo que veían sus ojos era la luz de un ángel, y así era, pues lo que vio no era sino el reflejo de sus propios ojos de hada. Él era muy hábil en la tarea de poner reflectores, como lo era, asimismo, en menesteres tales como observar cómo le gustaba a mi amiga hada que la tratasen, y lo que le gustaba que le dijesen. Ella no consideró si él era su mejor opción, o al menos una apropiada. Y, con la mínima información sobre él, decidió invitarle a pasar al interior del castillo. Ni que decir tiene que él no hizo otra cosa que propinar patadas a todos los tesoros de mi amiga hada. Lo dejó todo hecho un asco. Si quieres que te diga lo que pienso sobre todo esto te diré que le comprendo. Al fin y al cabo, entiendo su comportamiento: un hada reina llega a su vida, sale de su castillo y se junta con él, que forma parte de la plebe. Por un lado, él se siente dichoso, pues un hada se ha fijado en él; pero, al mismo tiempo, se siente inferior y ese sentimiento de inferioridad hace que la deteste. Y, dado que él no ha aprendido a cuidar de su corazón —caso contrario no hubiese malgastado varios años de su vida al lado de una damisela que le engañaba con otro—, no le será posible tampoco cuidar del corazón del hada. Uno debe aprender a observar qué relación tiene la persona que nos interesa consigo misma: sólo así tendremos una ligera idea acerca de cómo nos tratará a nosotros, ya que uno tiene con los demás la relación que tiene consigo mismo. Además, hay que preguntar, y mi amiga hada no preguntó nada de nada. Decidió que él se sentiría orgulloso y feliz simplemente porque un hada se hubiese fijado en él. Y como mi amiga hada se había enamorado de su propia fantasía, ¡ni te cuento lo que alucinó en colorines con él! ¡Vamos, que llegó a pensar que él era un ángel en la Tierra! Algo así como un catedrático, cuando ni tan siquiera había pasado de párvulos. Mi amiga hada se pegó un trastazo de padre y señor mío, del que salió con las alas maltrechas y el corazón hecho cisco. Pero, como es un hada, se recuperó muy bien y aprendió que no debe abrirle la puerta del castillo a nadie sin antes someterle a una buena batería de preguntas y tomarse una buena pócima antialucinaciones.
Le diría a toda mujer y a todo hombre que, para saber si alguien es digno de nuestro corazón, antes de cerrar los ojos y besar a un posible sapito o sapita y que se le hinchen los morros por el veneno que acaban de chupar, debería hacer lo siguiente:
a) Preguntarse: ¿qué características ha de tener la persona que quiero en mi vida a todos los niveles: espiritual, mental, emocional, identidad, físico, laboral, comportamental, actitudinal, familiar, de pareja, económico, de estilo de vida, de creencias, intelectual, de valores, religioso, de hijos, de estilo de hogar, de forma de pensar, etcétera?
b) Fabricar un antídoto que prevenga la alucinación, algo así como una fórmula hecha a base de honestidad, coraje, discernimiento, sinceridad, amor, atreverse a ver, intuición, darse crédito a uno mismo, confianza en uno mismo, inteligencia...
c) Hacer brillar la luz que uno es en su totalidad, sin tapujos ni disimulos; es decir, mostrar el yo más profundo.
d) Tener claro que uno está muy bien como está y que sólo desea estar mejor, no peor, y que no hay nada malo ni se es un fracasado emocional por no tener pareja.
e) Pensar que esa persona no es ni la única ni la última oportunidad, ni tal vez la mejor ni la más apropiada.
f) Tener una «técnica» o estrategia para manejarse con la frustración que produce el comprobar que «esos zapatos que vemos en el escaparate y que creemos que son magníficos, no lo son, o no tienen nuestra talla, o no se ajustan a nuestra horma o estilo, o bien no los tienen en nuestro color preferido o el material no es tan lindo como parecía.
g) Tener paciencia para permitir que todo se vaya revelando con el tiempo.
h) Dejar espacio al Universo para que nos envíe señales y «guíe» nuestros pasos hacia esa posible relación o la aleje.
i) Escuchar la voz interior, darnos crédito, es decir, creer que lo que sentimos o percibimos es cierto, que eso de las primeras impresiones es verdad. Ver lo que estamos viendo y no lo que queremos ver (o lo que es lo mismo: no contarse historias).
j) Obviamente, desde el principio hasta el final, pasando por el durante, preguntar, preguntar, preguntar y preguntar. Y escuchar, escuchar, escuchar y escuchar.
k) Confiar en que siempre sucede lo mejor para nosotros, aunque no sepamos apreciarlo en ese momento. Cuando se ha aprendido a fluir con el río de la Vida, es fácil dejarse conducir hacia nuestro destino sin oponer resistencia y con los ojos bien abiertos para captar las oportunidades.
Hay quien cree que cuando te encuentras por primera vez frente a frente con la persona que te depara el destino, lo sabes, es decir, sientes algo especial, tal vez mariposas en el estómago... ¡Pues no! Por el contrario, suele suceder que cuando hallas tu destino, a veces es tan sigiloso que no te enteras de nada. La introducción suele ser muy discreta. La forma del encuentro y las pautas del reconocimiento varían, estando en función de lo que cada uno haya de aprender. Pongamos un caso: alguien ha de trabajar la paciencia y la constancia. Sin embargo, esta persona, ¿cómo va a saber que, para que la relación funcione, la velocidad inicial a la que debe desarrollarse esa relación ha de ser lenta? De ir a más velocidad no podrían sortearse los escollos que irán surgiendo... ¿Crees que ambos, desde el primer momento, van a tener claro que son el uno para el otro? ¿Crees que la relación va a ponerse en marcha el primer día? A veces ha sucedido eso, pero en otras ocasiones ¡no! Y créeme si te digo que cuando la vida de esos dos seres es muy diferente y su momento emocional o tempo es diverso, el Universo aplica la velocidad «a fuego lento», pues quiere —es su intención positiva— que esas dos almas hagan realidad su destino, ya que mezclar sus vidas requiere paciencia, constancia, delicadeza y mimos. No creo que nadie que esté vistiendo a un bebé de dos meses, que es una cosita muy delicada, proceda igual que si vistiese a un niño de diez años. Hay relaciones que requieren del «fuego lento» para poder hacerse realidad. Y el Universo sabe muy bien cómo ha de mezclar las dos energías para que funcionen a la perfección, sincronizadas como un reloj cósmico. Créeme, es mejor fluir con la voluntad divina que empeñarnos en cocinar las cosas a nuestra velocidad. Recuerda que si vas a comprar con el estómago vacío, comprarás cualquier cosa, y si te pones a cocinar con el hambre comiéndote los talones pondrás el fuego a tope y le meterás prisa a la comida, atosigándola. Por consiguiente, quiérete siempre a ti misma/o. Procura que tu corazón esté lleno y saciado de amor, y así no te llevarás a la boca cualquier cosa ni llenarás tu despensa emocional de «comida» que no sea saludable para ti. De esa manera, con las arcas emocionales bien provistas, podrás cocinar a fuego lento, lo cual permite que los sabores se mezclen suavemente, en armonía y con la cadencia apropiada, hasta generar una sinfonía suave y apasionada que hará las delicias del paladar más exigente y exquisito.
Pasito a pasito se hace el camino del corazón.
Firmado: el Hada Madrina.
CAPÍTULO 4
LA DANZA DEL CORAZÓN
La reina pizpireta, bromista y amorosa tenía a su cargo las clases de danza de la escuela, y pasito a pasito enseñaba a crear equilibrio en el cuerpo y a armonizar la somatización, o reflejo de las enseñanzas, en el cuerpo físico. Un día, la reina le regaló a nuestra protagonista la danza del corazón, y otro buen día le regaló un bello anillo con un hermoso topacio azul, en prueba de agradecimiento por haberla ayudado a irradiar su mensaje de igualdad y alegría. La reina era una mujer sabia y abierta a todo tipo de culturas, a la vez que conocedora de verdades ancestrales y poseedora de secretos magistrales. Su alegría y sentido del humor eran alas que extendía para llegar a lugares recónditos de gente a la cual no hubiese sido posible llegar de otra manera, pues estaban cerrados a la danza del corazón. Ydüj —así se llamaba la reina—, tenía por ojos dos soles columpiándose a la ribera del río de la vida, extendidos al viento y volando en las mañanas de la ternura. Ella le enseñó a nuestra protagonista que nunca es tarde para comenzar algo, y que lo mejor que se puede hacer es ser uno mismo. «Si estás a gusto contigo misma, si has aprendido a amarte, si has llegado a conocerte y a tolerarte, entonces podrás ponerte en el lugar del otro, serás capaz de entenderle y podrás guiarle», le dijo la reina Ydüj cierto día a nuestra protagonista.
La gente cree, en general, que sus cuerpos no reflejan la información interior que anida tras la fachada. Asimismo, desconocen que su cuerpo físico ha almacenado un montón de información esencial y que es al mismo tiempo un vehículo, un instrumento en sí mismo para alcanzar la plenitud a través del conocimiento, del aprecio y de la honra. Cuando le damos la mano a alguien podemos sentir mucho del corazón de esa persona. Cuando bailamos, expresamos la armonía existente en nuestra alma o su ausencia. No se trata de bailar mejor o peor, sino del lenguaje que escribimos con nuestro cuerpo. Existen personas, seres humanos, cuya recogida de información demanda un ritmo lento porque viven las situaciones en su propio cuerpo. Acercarse a ellas requiere tacto y bondad, además de aceptación incondicional de ese ser. Uno ha de aprender a bailar con ellos la danza del corazón porque ésta es la única que une dos seres en la plenitud de quienes son.
—Es fácil, dirían algunos, decir lo que te voy a decir —comentó la reina Ydüj a nuestra maravillosa protagonista—. Cuando se es reina (aunque lo cierto es que no importa la condición social o intelectual de una persona sino su rango de corazón), una se dedica a buscar gente que la fascine con su corazón, que tenga mente y corazón unidos, es decir, el amor y la razón en sinérgica y linda armonía. Si alguien se siente atrapado en el nivel intelectual tratará de ser mejor que nadie, centrará toda su atención en el trabajo y desatenderá sus emociones y, por consiguiente, las tuyas. Si posees dinero, títulos académicos o nivel social, le fascinarás. Ahora bien, si por el contrario no tienes nada de eso pero eres un ser auténtico, no lo sabrá apreciar. Si tú te muestras tal y cómo eres, con todo tu corazón y todo tu intelecto, alguien que no necesite de las apariencias pero que busque la calidez del corazón, hará todo lo posible por estar contigo, por hallar a un igual. No persigas deslumbrar a alguien por la fachada exterior o social. Si has de cautivar a alguien que sea con tu corazón. Alguien que no ha armonizado su corazón y deja de lado las emociones, carece de carisma, porque los auténticos carismáticos de la tierra han poseído corazón y lo han mostrado, y sobre todo lo han ofrecido a los demás.
Nuestra protagonista la interrumpió para comentar una experiencia propia que ilustraba lo que la reina estaba exponiendo.
—Cierta vez conocí a un hombre de gran fuerza y poderío. Parecía muy sólido en su fuerte cuerpo físico, pero algo en mi interior me decía que una pieza faltaba, si no varias. Hasta que un día tuve confirmación a mis intuiciones. Verás, estaba charlando con unos amigos sobre el tema de las relaciones entre hombre y mujer, y específicamente acerca de mi teoría (probada, por cierto) basada en que, para tener una relación sana de pareja, primero es necesario haberse reconciliado con uno mismo, es decir, haber saneado la relación con el Self (el Yo primordial). Además le comenté que, para dicho trabajo, muchas veces es necesario tener una suerte de consejero, mentor o terapeuta que le ayude a uno a manejarse mejor con ciertas emociones o situaciones... ¿Sabes qué alegó dicho hombre? ¡Que eso eran memeces, que uno no necesitaba de nadie para resolver sus asuntos emocionales! Sinceramente, lo que percibí fueron sus defensas, su miedo a entrar en contacto con sus emociones, como me demostró días más tarde. Y, créeme, alguien que se niega a estar en contacto con sus emociones podrá querer, pero su demostración, o su tipo de relación con una mujer será áspera y estará plagada de escondites y silencios en la huida. Con escondites me estoy refiriendo a que se callará mucha emotividad y silenciará mucho sentimiento. Es más, reprenderá a su pareja en más de una ocasión cuando considere que ésta está siendo excesivamente emocional o que no es el lugar o contexto apropiado para mostrar sus sentimientos o emociones. Ciertamente, una relación con un tipo de hombre así es tan áspera que te acaba por arañar el corazón hasta dejártelo en carne viva —concluyó nuestra protagonista.
—No hay que confundir —prosiguió la reina Ydüj— fortaleza física con poder interior. Uno puede tener cierta fuerza a nivel físico y carecer de la armonía que proporciona la calidez y la danza de un corazón que, gozoso, baila sus emociones. Este hombre del que hablas es fuerte, tiene mucha energía, pero sólo en ciertos niveles. Me explico: además de la ausencia a nivel emocional, existe alguna otra pieza del puzle perdida en el nivel espiritual, porque sólo si has dominado tus emociones y aprendido a honrarlas, a sentirlas y a mostrarlas, es posible acceder a la sabiduría y a la luz del alma. Sólo hace brillar su luz aquel que le ha abierto la puerta al sentimiento, aquel que ha dado rienda suelta a la danza del corazón.
—La danza del corazón es algo muy hermoso. Es la conexión, elemento o puente que permite a dos almas bailar juntas una danza de armonía. En caso contrario no hay sincronía entre esas dos personas... ¡Ajá! Cuando bailas con alguien, y la armonía está ausente, no existe ritmo al unísono. Esto significa que los corazones tal vez no estén sincronizados. No importa con quien bailes, pero cuando eres capaz de sincronizarte con alguien es señal de que hay una cierta conexión, ya sea a nivel de alma o de corazón. Muchas veces he tratado de bailar con alguien y me sentía como forzada, mandada en los pasos, porque esa persona no tenía en cuenta mi ritmo o cadencia o estilo, simplemente iba a su aire y basta. Y, la verdad sea dicha, es que era toda una metáfora de cómo quería que fuese la relación; es decir, quería llevarla o manejarla él, excluyéndome del equipo de liderazgo y ejerciendo el mandato sobre mí. ¡Ja! A partir de ahora me fijaré en cómo baila un hombre conmigo: quizás pueda saber mucho en poco tiempo —dijo nuestra protagonista a modo de reflexión en voz alta.
—Ciertamente, pero recuerda también que él puede ser bailarín experto y tener sentido del ritmo, y a pesar de ello carecer de armonía y de fluidez. Por lo tanto, no te dejes llevar por las apariencias y asume que «el hábito no hace al monje», porque muchas veces es así. Habla con la gente, siente lo que dice, digiere sus palabras, que te cuenten cómo han sido sus relaciones anteriores, qué piensan de sus otras parejas, cómo expresan todas y cada una de sus emociones. ¿Son congruentes, hacen lo que dicen, cumplen lo que prometen, son coherentes con lo que piensan y dicen? ¿O, por el contrario, el tema emocional no lo mencionan ni de lejos y se dedican, tan sólo, a hablar de «cosas científicas, intelectuales o de hombres»? Un hombre que divide en dos apartados y clasifica las cosas «mujer versus hombre», es alguien que no baila la danza del corazón, con lo cual, si pretendes bailar con él, sólo te traerá disgustos y sinsabores. Seguramente se negará a hablar de sus emociones, no te dirá lo que siente por ti y, además, quizás hasta te mirará con desdén cuando expongas tu corazón en público, o se sentirá superior por el hecho de ser hombre y poseer ciertos conocimientos científicos o intelectuales. Sé que existen muchos hombres así, pero en parte es porque existen muchas mujeres que, a su vez, esconden su auténtico poder para competir, eso creen ellas, con un hombre. Así las cosas, nadie baila, y cuando lo hacen se pisotean el corazón —reflexionó la reina Ydüj en voz alta, compartiendo así sus pensamientos con nuestra protagonista.
—Nunca, hasta ahora, que lo he comentado contigo, se me había ocurrido conscientemente que fuese tan importante revelar las emociones de uno en el sentido de la danza del corazón, así como su resonancia o incidencia en las relaciones interpersonales. Pero, cuanto más me aprecio, estimo y respeto, más valoro un corazón cálido y abierto a sentir. Creo que ya he tenido bastantes experiencias con corazones congelados que no se atreven a amar. De ahora en adelante buscaré hombres que tengan danza en el corazón —concluyó nuestra maravillosa protagonista con melodía exultante en la voz.
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