Kitabı oku: «Parisiana»

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Rubén Darío

Parisiana


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664118950

Índice

LIBRO I

FIGURAS REALES

PASCUA

PARIS Y EL REY EDUARDO

PARÍS Y EL REY VÍCTOR MANUEL

LA “BRIMADE”

IDILIO EN FALSO

EL CETRO DEL “CHIFFON”

COSAS DE SHAKESPEARE

REYES Y CARTAS POSTALES

JOLI PARIS

DIVAGACIONES SOBRE EL CRIMEN

LIBRO II

BAMBINI DE SUFRIMIENTO

FRINÉ

CHEZ HUGO

PSICOLOGÍA DE LA POSTAL

LA GLORIA DE TARTARÍN

EL CASO DE M. SYVETON

JARDINES DE FRANCIA

PEQUEÑA AVENTURA DE UNA PRINCESA DE FRANCIA

VIAJES PRESIDENCIALES

EN CASA DE MINERVA

LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

PARÍS Y EL ZAR

LIBRO III

EN EL “PAÍS LATINO”

EL HIPOGRIFO

IMPRESIONES DE “SALÓN”

DUELOS CÍNICOS

LA RAZA DE CHAM


LIBRO I

Índice


FIGURAS REALES

Índice


He visto pasar á una anciana vestida de negro, cuya existencia representa una de las terribles lecciones de Dios. Es la «re renante» del poema de Robert de Montesquieu ...; es el espectro doloroso de una soberana; es Eugenia de Guzmán, Fernández, la Cerda, Leira, Teba, Baños y Mora, condesa de Montijo, un tiempo emperatriz de los franceses. Clavel de Granada, rosa de Madrid, lis de París, después de una horrenda tempestad de sangre y duelos, he ahí en lo que ha venido á parar: en una triste vieja enlutada, llena de amargura y desdeñada de la muerte. Un día se presenta á visitar en su obscuro incógnito, este ó aquel palacio, ó museo ó biblioteca, y el canoso guardián comienza á explicar: «Una vez el emperador ...» Y la dama, levantando su velo: «Jean, ¿me conoces?...» «¡Ah! ¡Majestad!...» Sí; es la española garbosa y linda, la rosa-reina pintada por el pincel adulador de Winterhalter, entre vivas rosas; la orgullosa diadema de las Tullerías, que vivió un tiempo en cuentos de hadas y en decamerones imperiales, que se creyó dueña del mundo, que pasó en placer y soberbia como en un sueño, y despertó á los cañonazos alemanes, en la hora lívida de la derrota, y que mientras su marido entregaba la espada al primo de Berlín, ella huía al otro lado de la Mancha, amparada por un dentista yanqui ... ¡La pobre María Antonieta, más trágica, no pudo salvar su cándido pescuezo de cisne austriaco!

La suerte fué dura, áspera y dura, con Eugenia de Montijo. Todos sabéis que su única esperanza, su consuelo único, era el príncipe imperial. Y Napoleón IV encontró la muerte entre los zulúes, muerte de escasa gloria, al servicio de la Inglaterra, que enjauló al Águila en Santa Elena. «¡Viva el emperador!» gritaron un día unos cuantos bonapartistas delante del joven príncipe. «No, amigos míos, contestó éste; el emperador ha muerto.» También la emperatriz ha muerto; pero es una muerta que está en pie, quizás penando hasta los cien años que ella se profetizó un día luctuoso delante de su confesor, el abate Goddard.

Así va, de un punto á otro, en busca de distracción y de tranquilidad; de su retiro de Inglaterra, á Londres, ó á Balmoral, á visitar á los monarcas que la acogen; á la Costa de Azur ó á este su París de antaño, que no la conoce cuando pasa.

Si Eugenia es sombría, Isabel es pintoresca. En el palacio de Castilla, Avenue Kléber, continúa siendo reina de España desde su destierro. Es decir: goza de su buena parte de lista civil, tutea á los españoles que se le acercan, da su mano á besar como en los buenos tiempos, y se divierte. Es una reina cuya historia es demasiado sabida; simpática, sans gêne, soberana de país de Cucaña, abierta, generosa, alegre. Se le debe, entre otras cosas, una frase deliciosa. No hace muchos años, la Prensa toda se ocupó de un incidente ruidoso. La infanta Eulalia, en acto de protesta, se fué del palacio de Castilla á la Embajada. El nombre de un caballerizo húngaro anduvo por los periódicos. El embajador se permitió llamar á la cordura á su majestad. Su majestad septuagenaria exclamó, desolada: «¡Que siempre haya de ser yo desgraciada en mis amores!» La memorable abuela que habla así no es una alma vulgar. Merece una corona de mirto, bajo la advocación de la señora doña Venus, mujer de don Amor, como decía aquel admirable arcipreste de Hita.

Doña Isabel se mantiene en su regio retiro, visitada por sus fieles amistades, y cuando llega la villegiature se va á un castillo no lejos de París. Cuando vivía su marido, el pobre Don Francisco de Asís, solía hacerle compañía de vez en cuando en Epinay. Pero ya á Don Francisco se lo llevó la muerte, vestido de franciscano, como cumplía á un rey católico. Doña Isabel ha visto á su nieto coronado, y cuando la reina María Cristina ha estado en París, la entrevista entre las dos soberanas ha sido muy cordial, al parecer; pero en el fondo no hay seguramente una gran simpatía. La historia del reinado de Isabel II está llena de anécdotas dramáticas y curiosas en su parte íntima, y hace algún tiempo, un cronista bien informado publicó en Inglaterra, en la New Review, muy sugestivos capítulos.

Doña Isabel, aunque personalidad parisiense desde hace tantos años, es españolísima. Dicen que su lenguaje es franco y algo libre, y que le place mucho el gazpacho.

Yendo una vez de Venecia al Lido, en uno de esos antiestéticos vaporcitos, útiles como la prosa, que ofenden la presencia de las góndolas, llegó á sentarse cerca de donde yo estaba, una pareja que inmediatamente llamó mi atención. Él era un hombre un tanto obeso, de noble cara; fumaba un habano en boquilla de espuma y oro. Ella, una dama ya no joven, de cierta gracia, severa y pensativa y de una absoluta distinción. Un enorme perro se echó á sus pies. En el collar de la bestia, este nombre: «César.» ¿Dónde he visto yo á este hombre?, me preguntaba. En Santiago de Chile le había visto hacía unos catorce ó quince años. Era Don Carlos de Borbón, y su mujer doña María Berta de Rohan, duquesa de Madrid. Mientras caminaba el vaporcito dejando la ciudad triste y divina, me puse á contemplar á esos reyes en el destierro. Don Carlos está aún fuerte y lozano, aunque ya ha nevado en su cabeza y en su barba. Parece que en sus ojos se leyese la desesperanza, la convicción de que todo triunfo será ya imposible, al menos para él. Y, sin embargo, ¡qué rey decorativo, qué rey tan rey haría Carlos María de los Dolores, Juan Isidoro, José, Francisco, Quirino, Antonio, Miguel, Gabriel, Rafael! A pesar del vientre, como su primo el de la Gran Bretaña. Pero España ya sigue otros rumbos, y el carlismo parece muerto, á pesar de una que otra convulsión que suele ser desaprobada por la prudencia, desde Venecia. Doña Berta, en todo caso, jamás habría sido aceptada en España como reina. La aristocracia española, la monarquía española, no la habrían reconocido, á despecho de su real consorte. Ella se queda fiel á la divisa de su apellido: reina no puede; princesa no se digna; Rohan se queda. Don Jaime está allí, no obstante, y con su sangre joven y belicosa quizás intente dar más de un susto al joven Alfonso. Tiene la suficiente fiereza y cuenta con la suficiente simpatía para hacer moverse de repente unas cuantas boínas. Don Carlos piensa ... Don Carlos medita ...

La unidad de Italia descalabró á varios pequeños reyes italianos, los cuales podrán contentarse con los honores in partibus que se les hacen en el Vaticano cuando visitan al Papa. El gran duque de Toscana es un archiduque de Austria, y tiene una numerosísima familia. Vive quietamente en su espléndida mansión de Schönbrunn. No da que hablar y acepta la Historia. El rey de las Dos Sicilias, Francisco II, murió en 1894, y el conde de Caserta es hoy el jefe de la casa Borbón-Sicilia. Vive en Cannes, en un chalet envidiable, y uno de sus hijos es el actual príncipe de Asturias, cuya boda con la princesa hermana de Alfonso XIII produjo tanto escándalo. Él hace bien su oficio. Acaba de estar en las maniobras francesas y ha causado buen efecto. Haya ó no haya revolución en España, hará carrera. Que le aproveche. Su padre—y esta fué una de las causas que motivaron la oposición á su matrimonio entre los españoles—fué íntimo de Don Carlos, y peleó á su lado en la última guerra carlista.

El duque de Parma es un soberano que no suena. Excelente sujeto, aseguran que es un modelo como varón de hogar y de sociedad. Se casó con una de las más lindas princesas de Europa. Es fama que en la familia de Braganza la belleza es parte de la fortuna. Parece que al duque le importasen muy poco los vaivenes de la política, y hace la vida de un excelente señor burgués, por otra parte, como todos los monarcas actuales. Tiene su casa en Schloss Schwarzau, pero viaja con frecuencia. Ha renunciado por completo á la mano de doña Leonor, puesto que la Casa de Saboya no está dispuesta á desandar lo andado.

Los realistas de Francia esperan en un posible advenimiento. Tienen su partido organizado, sus periódicos, sus electores, y á M. Bourget, que es una especie de consejero del duque de Orleans, y á M. Maurras, que es una especie de secretario. M. Maurras es un escritor de mucho talento que, siendo muy joven y poseedor de una larga melena, escribía en un periódico franco-platense que fundó hace bastantes años en París el uruguayo Rafael Fragueiro. El duque de Orleans hace dignamente su papel de rey destronado; y sus profetas proclaman á cada instante la quiebra de la República, las desventajas del sistema actual y el paraíso que será Francia si vuelven los días triunfantes de la Monarquía. Si el duque de Orleans no es un Salomón, la duquesa María Dorotea de Austria es muy bonita. Tiene un rostro propio para la diadema y—diría Alberto Ghiraldo—un cuello peligroso para la guillotina. Como es bien conocido, el duque ha vivido algún tiempo en Inglaterra y tuvo siempre una excelente acogida en la corte y en la sociedad inglesa. Pero el duque no es un diplomático. Creyendo adular al pueblo francés, perdió las amistades inglesas, leales y seguras. Cuando la guerra anglo-boer, la Prensa risueña de París publicó un sinnúmero de caricaturas, en que no se trataba á la reina Victoria con el respeto debido, si no á su corona, á su calidad de dama anciana y honorable. Había caricaturas en los kioskos de periódicos que daban verdaderamente asco y enojo. Algunas de ellas, para desdoro de sus autores, estaban firmadas por caricaturistas de talento y de celebridad. Tanto peor para la gaité gauloise, en ese caso. Pues bien: el duque de Orleans escribió una carta á uno de ellos haciéndose solidario de los ataques dirigidos á la majestad británica, y, naturalmente, desde ese día no sólo su prestigio político, sino su condición de caballero y su buen gusto decayeron ante los ingleses. El pueblo francés se ha olvidado ya de los boers; pero los ingleses no olvidarán jamás la ofensa hecha á su reina y emperatriz. El duque no cesa en sus trabajos por lograr el trono perdido. El porvenir no es de fácil visión; pero por ahora todo hace augurar que su alteza real no se coronará, á pesar de los suscriptores de la Gazette de France.

El gran duque de Luxemburgo lleva el peso de muchos años, y la inconformidad ante la pérdida de su trono. Su Casa es de las germánicas más antiguas, y su pueblo lo recuerda con cariño; pero la política es la política. Y aquí ya entramos entre los muchos soberanos destronados ó con trono que pertenecen á esos Estados cuyos nombres se confunden en su multitud, principados más ó menos hanseáticos ó danubianos. Existe una geografía romántica que han explotado los Daudet y los Elemir Bourges. Vagas Ilirias, improbables Croacias, que se nos presentan apenas como en un mundo de ópera cómica. Entre tales príncipes está ese orgulloso duque de Cumberland, jefe del ducado de Brunswick, cuya posición es singular. Su Estado está á su disposición; puede sentarse en su trono cuando le plazca, pues el reino de Prusia no se ha anexionado al ducado. Pero el viejo calvo de Cumberland no quiere ir á rendir homenaje como vasallo del emperador de Alemania. «Yo no soy duque de Brunswick—dice—sino siendo rey de Hanover.» Y el ducado de Brunswick sigue sin cabeza.

Si el rey de España tiene como pretendiente al trono á Don Carlos y á Don Jaime, el rey de Portugal tiene al duque de Braganza, quien alega ser el soberano legítimo. Se funda en que desciende del rey Juan I, y en que su padre tuvo la corona seis años, á comienzos del siglo pasado. Pero este pretendiente es inofensivo, y el rosado y frondoso sportsman que tiene por mujer á la hermosa Aurelia de Orleans puede estar tranquilo en su buena ciudad de Lisboa.

En Bruselas vive el que puede considerarse como heredero del imperio francés, entre la embrollada familia de los Bonapartes, el príncipe Víctor Napoleón, hijo de Clotilde de Saboya. Su hermano da que decir de cuando en cuando, porque es más militar, más combatido, y, según se asegura, no es extraño á algún sueño de restauración. Cuando viene á París de su cuartel de Rusia, en donde tiene el grado de coronel, se reunen sus amigos en casa de su tía la princesa Matilde, y se brinda por un futuro vuelo del Águila ... «¡Helas!», las águilas vienen de los Estados Unidos, ¡y valen veinte pesos oro!

Y los reyes negros Behanzin, Ranavalona, son los más felices. No piensan en que volverán á sus tórridos países á bailar las reales bámbulas y á beber aguardiente. En sus respectivos destierros gozan, como pueden, como animales.

A reyes blancos y negros el tiempo dice: «¡Fuera!»

Y la muerte: «¡Aquí!»



PASCUA

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Es este el mes pascual, el mes del buen hombre Noel, del gran Santa Claus de las barbas blancas de nieve. El frío ha comenzado agudo y violento. Las pieles reaparecen en los cuellos y espaldas, y las manos finas de las mujeres se anidan en los manguitos. Los grandes y pequeños almacenes comienzan sus exposiciones de juguetes, y ante los cristales de los escaparates se abren, cuan grandes son, los ojos de los niños. Niños rubios, niños morenos, niños ricos y niños pobres ... Las librerías, por su parte, exhiben étrennes; las galerías del Odeón brillan llenas del oro de las encuadernaciones. He querido ver los libros y los juguetes del año, haciéndome todo lo niño posible, según el consejo evangélico, y de mi observación no he quedado muy satisfecho. ¿Es que ya, en realidad, no hay niños? ¿Acaso el alma infantil de otras veces ha desaparecido, y se nace hoy suscriptor de periódico, miembro de club ó pretendiente á un sillón del Congreso ó del Instituto?

Paso por las nociones científicas que vayan contenidas en un juguete; pero, ¿qué tienen que ver la imaginación del niño y su necesidad de distracción con las miserias de la actualidad, con la anécdota vil de la vida política ó de la vida social? Digo esto porque entre la innumerable cantidad de juguetes del nuevo año se encuentran algunos de muy discutible interés para la infancia, como el Coffre-fort Humbert Crawford y la Fuite de Boule-de-laine, alusiones directísimas á dos procesos de estafa, de que tanto se ha ocupado la Prensa parisiense. Una señora muy sensata hacía observar á este propósito: «Esos juguetes de circunstancias tienen siempre mucho éxito, porque al mismo tiempo que á los niños, divierten á los grandes; por eso se ve, al acercarse el Año Nuevo, tanto grupo de parisienses detenerse en los bulevares alrededor de los camelots que venden el «juguete del año». Habría, sin embargo, que entenderse. ¿Para quién son hechos los juguetes?; ¿para los niños, ó para sus padres? Es posible creer que para los primeros. Y entonces lo que más sería de desear es que los bambinos á quienes regalen esas invenciones no comprendan nada de ellas. Una madre se creería culpable si dejara en la mesa á un niño tomar parte en un plato demasiado picante. Hay que pensar que el alma del hijo merece tantos cuidados como su estómago.»

No es raro ver chicuelos que se dan de bofetadas por un asunto que nada tiene que ver con sus pocas primaveras. No fueron escasos los disgustos que hubo en los colegios y escuelas cuando el período álgido del asunto Dreyfus. La culpa no es sino de los padres.

Á las niñas se les enseña antes que otras cosas los hábitos del salón y hasta los refinamientos del flirt. Á los niños se les arma de sables y se les presenta como preciso y hermoso el espectáculo de la guerra, el oficio de matar alemanes, chinos ó negros. Fusiles y muñecas, diría un famoso poeta doméstico mejicano. Si uno pudiese oir las confesiones de una muñeca de niña rica, con el oído con que Samaín escuchó á su figurita tanagreana, he aquí lo que se entendería más ó menos: «Soy una cocotita de seda, encajes y oro, que se muere de pena bajo el poder de una niña que sabe tanto como una mujer. Tengo un pequeño automóvil que es un prodigio de mecánica, un rebaño blanco en un Trianón minúsculo como para mí, y me parezco á la reina María Antonieta. Mis trajes cuestan mucho dinero, y mi guardarropa solamente puede competir con el de mi ama y con el del perro de mi ama. No recibo caricias; pero me enseñan á bailar el minué, la pavana, y, sobre todo, el cake-walk. Sé hacer reverencias y tengo en mi interior un pequeño fonógrafo con canciones á la moda. Con lo que yo valgo puede comer un año una familia de trabajadores. Mis relaciones son escasas, pues no puedo codearme con simples bebés-jumeau de á 12,50 francos, pequeña burguesía. He conocido, en cambio, á un viejo boer que fuma en pipa, á Drumont, al Emperador de la China, y á la Bella Otero acompañada de nuestro animal municipal, quiero decir, con perdón, el cochon. Pero me aburro y me vuelvo tísica. Necesito caricias verdaderas, palabras cordiales, una buena mamá afectuosa, que me duerma en sus brazos y me bese con ternura. «¡Helas!» ¡Quién fuera el pedacito de palo que arregla y mima una simple Coseta!» Y la muñeca está con la justicia. Ella no ha venido por el buen camino, no ha venido en la mochila del viejo Noel, no ha sabido nada del grito jubiloso: Christus natus est ...

Los hombrecitos de mañana, ó de pasado mañana, cuando dejan sus fuertes de cartón, sus espadas, sus soldados de plomo, sus bois de Boulogne, con mujercitas y biciclistas, sus pistolas eureka, es para tomar el «ataque al fuerte chino por el ejército de aliados», «la artillería nueva», las «grandes maniobras». Todo el mundo conquistador, todo el mundo militar. Ó bien el pequeño «laboratorio de física», ó las «matemáticas aplicadas», ó los «cartones de problemas». Todo el mundo sabio. Luego, á la luz de la lámpara, ¿qué libros le interesan? ¿Sobre qué cuadernos lujosos se deleita su curiosa cabecita? Sobre doradas nociones científicas, cuando no con aventuras tontas ó cuentos ridículos, en su mayor parte. Convengamos con René Brochot: los libros para niños no son en Francia como debían de ser, y no por falta de inteligencias y voluntades. Es quizás á las asombrosas imágenes pintadas en la Biblia (dice ese atinado escritor) que deslumbró la infancia de Pierre Nozier, á las que debemos en parte al delicioso mago Anatole France, y, sin duda, la diversidad y la gracia de los espíritus de los hombres son lo que las hicieron las lecturas y las visiones de los primeros años. Importa, pues, mucho, no ofrecer á los niños libros ridículos y cromos de una vulgaridad grosera. Los padres se imaginan fácilmente no merecer ningún reproche cuando dan á los recreos de sus hijos las estúpidas aventuras de la familia Fenouillard ó del Sapeur Camembert. Es lo que ha formado en parte en las nuevas generaciones el gusto por des expeditions coloniales et des niaises gandrioles. Sin embargo, existen en Francia libros excelentes para la infancia, álbums con buenas ilustraciones que acompañan cantos tradicionales, de esos cantos que en todas partes saben los niños, y que se cantan á coro en alegres rondas ... En la América Latina contamos con una colección de cuadernos de primer orden, ilustrados á propósito, y cuyos versos, si no estoy mal informado, se deben á un notable poeta colombiano, Rafael Pombo. Me refiero á esas fábulas ó cuentecitos rimados que todavía hacen la delicia de muchos niños grandes:

Simón? el bobito llamó al pastelero: —A ver tus pasteles, los quiero probar. —Sí—le dijo el otro—; pero antes yo quiero Mirar el cuartillo con que has de pagar.

Son figuritas como de un mundo de «nacimiento»; hay en esas poesías una gracia abuelesca que encanta á los caballeritos implumes, y que refresca la mente antes de que lleguen el binomio de Newton y los afluentes de los grandes ríos chinos. Aquí se suele cantar el Savez-vous planter les chous?, ó el Malbrough s’en va t’en guerre, y eso está muy bien. Brochot ha lamentado, con razón, que la boga de esas canciones populares desgraciadamente disminuya de día en día. «Lo que hay de anticuado, de imaginario en ellas, y aun su drolática absurdidad, despiertan en las almas delicadas de cinco ó de siete años las primeras impresiones de una poesía en que la risa y el ensueño se mezclan.» He ahí los dos principales elementos que hay que saber despertar en el espíritu infantil: la risa y el sueño, el rosal de las rosas rosadas y el plantío de los lirios azules. El observador agrega: «So pretexto de que la realidad debe ser la gran institutriz de los niños, se pone entre las manos de éstos álbums de historia natural y de historia militar. Se encuentran chicuelos de dos pies de alto que hablan de Napoleón con énfasis, ó que están muy al corriente de las costumbres sangrientas de la pantera negra: más valdría aún llenar su memoria de berquinadas, que endurecer y secar su corazón mal tocado por tan estériles maldades.» Aquí nos encontramos en el terreno de la libertad del niño y del pequeño prodigio ... Bebé que asombra á las visitas con su saber y su precocidad. No olvidaré nunca á un muchachito demasiado despierto, de una familia hispano-americana, que, delante del papá y la mamá, me salió con esta embajada: «¿Qué piensa usted de los versos de Verlaine?» ... Me dieron ganas de tirarle de las orejas ...

Bien venidas seáis siempre imágenes de Epinal, estampas coloreadas que representáis héroes de los que se cantan en las canciones, y hadas y genios, y lo cómico de la vida y lo deleitoso del soñar. Bien venidas las figuras de Stahl, los bebecitos de Gugu, ó sea la exquisita italiana contesina Ruspoli; bien venido Froelich con sus interpretaciones del alma pueril, y Boutet de Monrel, y Henriot, y hasta la sabiduría, si viene representada por Robida y por Tom Tit. Y sobre todo, sea glorificado el recuerdo de Kate Greenaway, la hada moderna del color y del dibujo en sus álbums encantadores. Hace como un año moría en Inglaterra la exquisita Institutriz de la Belleza. Ella brilló como nadie en su arte especial en el país del keepsake, al lado de Walter Crane y otros merlines de la ilustración infantil. Sus tipos y sus escenas, de una gracia antigua, son de excepcional valor; y se diría que toda la frescura, el rosado color y el oro primaveral de los niños ingleses, se transparentan en sus páginas inolvidables, en sus preciosas imaginaciones ...

El autor que he citado se pregunta: ¿Es útil que haya álbums para los niños? ¿La representación de su propia vida por el libro y la imagen interesa al niño y lo instruye? ¿No se podría decir, invocando aquí el instinto de imitación que le anima, ese deseo constante que tiene de hacer como hacen los grandes, que el niño se complace más con las escenas de humanidad que con su frágil comedia propia, y que, en fin, cuando creamos ó compramos álbums historiados para nuestros descendientes soñamos mucho más en volver á ver nuestro pasado ingenuo y vago que en encantar á nuestros amiguitos de cuarenta y ochenta meses? Esta opinión, completamente subversiva, y que la librería Hetzel no juzgará sin serenidad, no es quizás solamente especiosa: podría ser verdadera. Como á Brochot le ha sucedido, y les sucede, casi á todos: más que los cuentos en que se trata exclusivamente de niños interesan las aventuras de los grandes. Todos los pequeños Robinsones se desvanecen ante el gran Caballero de la Mancha, cuya filosofía no se entenderá, pero cuyas andanzas se siguen más interesantemente si van acompañadas de las ilustraciones de Doré. Doré fué un gran dibujante para niños, y nada comprende mejor la imaginación de pocos años que esos grabados expresivos y enfáticos de los cuentos de Perrault, por ejemplo, libro este de los más prodigiosos que haya creado el talento humano para los niños de todas las edades ... Hay que preparar para más tarde las energías que comienzan á despertarse, lo que llama un autor las metamorfosis del hombre en la educación. La Naturaleza, escribe Virey, entrega, de ordinario, en estado bien equilibrado el organismo nativo del niño en perfecta salud. Sin negar las influencias hereditarias, el objeto de los primeros ejercicios educadores consiste en hacer predominar tal facultad sobre tal otra. Las precocidades no son sino la revelación anticipada de las vocaciones. Al lado de Pascal, su hermana Jacquiline es admirable. En la biografía escrita por Mme. Perrier se lee que desde su infancia la hermana de Blas asombraba por su cultura. Á los seis años ella era souhaitée partout. A los ocho, antes de saber leer, hacía versos. A los once, por la influencia de los libros que cayeron en sus manos, componía con dos amiguitas una pieza en cinco actos, «en que todo estaba observado». Es casi un bel esprit de su tiempo. Tan despierta era que compuso un epigrama sur le mouvement que la reyne a senti de son enfant. Por todas partes se la disputaban en la Corte, admirada, acariciada, «sin dejar de ser niña», y agrega Gilbert: «no dejaba nunca sus muñecas». Los primeros libros son los primeros directores.

Otro niño, en Córcega, comienza á aprender á leer bajo la dirección del abate Fesch, su tío, y de un viejo cura llamado Antonio Duracci. Un domingo, cuenta uno de sus biógrafos, en el jardín de M. De Marboeuf la madre del niño había dado permiso á sus hijos para ir á distraerse. Él hace que sigue á sus hermanos, pero luego se va bajo un árbol, toma uno de los volúmenes dejados en una silla por el dueño de casa y se pone á leer. Sin embargo, el tiempo pasa y la señora se dispone á partir. Se llama á los niños. Todos llegan menos el pequeño lector.

—¿Qué habéis hecho de vuestro hermano?—pregunta al llamado Luciano, la madre, ya inquieta.

—No vino á jugar con nosotros. Pero no debe haber salido del jardín.

Se le busca. Se le encuentra bajo el árbol, leyendo con una atención que no le permite oir el ruido de los que llegan.

—¡Hijo!—exclama la señora, con tono severo.—Nos has inquietado. Hace una hora que te buscamos. ¿Por qué no has ido á jugar con tus hermanitos?

—Mamá, perdóname—respondió.—He hallado un libro que me interesa ...

M. De Marboeuf tomó el libro. El niño leía un tomo de las obras de Corneille. Se encantaba con «Nicomède». Estaba en la escena en que Prusias, indeciso entre su hijo y su mujer, dice:

Te veux metre d’accord l’amour et la nature, Etre père et mari dans cette conjoncture. Nicomède. Seigneur, vouley-vous bien vous en fier á moi? Ne soyez l’un ni l’autre. Prusias. Eh! que dois-je être? Nicomède. Roi! Refrenez hautement ce noble caractère; Un veritable roi n’est ni mari ni père; Il regarde son trône et rien de plus. Régnez!

La señora de Bonaparte quiso regañar á su hijo. M. De Marboeuf intervino. No le digáis nada, señora. Un niño que se distrae leyendo á Corneille no puede ser un niño común.

En efecto: el niño, ya hombre, fué el que tuvo á Corneille por libro de cabecera, así como Alejandro la Iliada y César la Historia general de Polibio. Los primeros libros son los primeros directores.

Brochot aconseja á los padres de París y de la provincia francesa no tanto el amontonar propiamente álbums para niños, sino poner en la paternal biblioteca obras como Perrault, la Biblia, Dante, ilustradas por Doré, ó las provincias francesas decoradas por Robida, ó ya otros libros, cuyos grabados decentes y magníficos puedan ser contemplados por ojos pueriles. Niños y niñas tendrían así un tesoro de visiones cautivadoras ó majestuosas, diferente al pequeño bagaje que se les fabrica hoy. Esas visiones se proporcionarían por sí mismas á la fuerza de los ojos y de los espíritus infantiles é irían desarrollándose y realizando toda una belleza progresivamente con la marcha de la vida. Yo desearía que un escritor artista argentino, ó un escritor y un artista, realizasen allá algo semejante á la obra de Robida sobre las provincias francesas. La leyenda y la historia ayudarían, y las ilustraciones apropiadas encantarían é instruirían en las cosas nacionales á los pequeños hijos de la patria. So pretexto de hacer pequeños prodigios, no quitarles nunca, jamás, los tesoros de la risa y del ensueño. Hay que hacerles admirar los héroes de la historia nacional, á la par que apartarlos del moreirismo y de los espectáculos de inútil sangre derramada. Desarrollarles la imaginación, destruyendo la superstición. Sembrar en el buen terreno virgen ideas útiles para la vida que viene, granos prácticos, pero regarlos con una lluvia clara y fresca de poesía, de la necesaria poesía, hermana del sol y complemento del pan.



PARIS Y EL REY EDUARDO

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Ya ha vuelto Eduardo VII á su país. Ya han pasado los momentáneos entusiasmos; y, concluidas las fiestas, los reflexivos se preguntan: ¿Cuál es el alcance de esta real visita? ¿Por qué París ha saludado tan afectuosamente al soberano de la «eterna enemiga», de la «pérfida Albión»? A la primera cuestión yo contestaría que el alcance es el afianzamiento de una paz útil para los negocios de ambos Estados. Provecho, ese es el ideal de nuestro tiempo. A la segunda contestaría cantando esa inevitable canción de fiesta que todo britano ha entonado alguna vez: For he is a jolly good fellow. Porque es un alegre camarada. Ó en versión más libre: porque es un excelente buen muchacho.

El pueblo de París ha saludado á su antiguo príncipe de Gales, que, aunque ha tomado á lo serio, como conviene, su oficio de monarca, no ha adoptado la agresiva gravedad del Enrique IV de Shakespeare. Cuando ha vuelto, á más de un Falstaff compañero de sus pasadas canas al aire, le ha tendido la mano en el Jockey ó en la Embajada. Y en la Ópera y en la Comedia Francesa, en donde el buen tacto protocolar había sabido poner á la vista de su majestad una buena selección de ilustres veteranos de Citeres, el rey sonrió á Granier y á Réjane. Y detalle conmovedor: el presidente Loubet, cuando supo que un funcionario de poco tacto había hecho salir del teatro á la Otero, preguntó al oir el nombre:—Qui est-ce, cette demoiselle? En tanto que Eduardo VII, entre sonriente y apenado, exclamó:—Cette pauvre Caroline! ¡Digna frase suya! De él decía ha tiempo el sagaz Max Beerbohm: By no means has he shocked the Puritans. Though it is no secret that he prefers the society of ladies, no one breath of scandal has ever touched his name. Y la divisa famosa clama: Honny soit qui mal y pense. Y como todo acaba en canciones por aquí, el pueblo de París ponía en ellas á papá Loubet y al rey Eduardo en familiares modos: «Mi pobre Emilio, desde que has partido, no andamos bien. Por todas partes en Francia se decía: ¿Vas á volver, Loubet? Combes murmura plegarias á Jesús, á Buda. Tú, montado en un dromedario, suspiras: ¡Alah! El camello es muy bello, pero me gusta más el Metropolitano». Eso en el verso tiene su sabor, como el coro:

Viens, Mimille, viens, Mimille, viens! Viens preser dans te bras— Edouard sept gros et gras Ah! Viens, Mimille, viens, Mimille, viens Viens r’cevoir les Anglais Sur notre sol français!

Y otro couplet: Desde que quemaron á Jeanne D’Arc todos los ingleses de rango adoran á nuestro maravilloso país, y más á sus muchachas. Cuando él era príncipe de Gales en nuestra capital

Edouard se payait des bèguins A coup de livr’s sterling’s. Il revient Cré Coquin Pour fair la nece un brin!

¿Por qué esa confianza afectuosa en la canción francesa? Ya lo dice la usada canción inglesa: For he is a jolly good fellow.

Cierto, el más optimista no puede dejar de reconocer que el inglés no ama al francés, ni el francés al inglés. Fuera de las muchas batallas de que aún guarda memoria el suelo de Francia, dos grandes figuras encarnan en la memoria popular la antipatía: la Buena Lorena, la Pucela, cuya hoguera se convirtió en fuego de rencor histórico, y Napoleón, Rouen, Waterloo, Santa Elena, impedirán siempre un definitivo acercamiento.

Mas Eduardo pasa en París, haciendo olvidar por momentos, á pesar de la antipatía secular, las épicas ofensas. Él sonríe á la muchedumbre que lo aclama, que lo aclama como aclama al zar, al cha, al rey de cualquier parte, porque es rey, porque el pueblo de París gusta de los reyes, porque eso es decorativo, y porque es además el actual rey de la Gran Bretaña y emperador de la India, un célebre homme á femmes, amigo del champaña y de la alegría de Lutecia. A su llegada, los manes del Leonide Leblanc y de Cora Pearl han estado contentos. Los antiguos camaradas que aún viven se han sentido rejuvenecer. Y Granier ha sonreído en su puerta, mientras en la Ópera, las ágiles piernas de Zambelli dirigían cumplimientos, ¡Ay!, toda la elocuencia de Terpsicore es inútil. La vejez está entronizada junio con la cordura. El rey saluda á su viejo París con un placer no exento de melancolía. Lejano está ya el tiempo de la primavera. Son historias pasadas, casi ya legendarias, las historias del príncipe que dejaba, al pasar, un reguero de libras esterlinas. Ahora ha dejado para los pobres de París doscientas. Mas hay que advertir que ahora no tiene mamá rica, como diría el difunto viejo Rothschild. Lo aclaman, lo saludan las mujeres con el pañuelo—á él, que arrojó tantos—, le gritan: ¡Viva el rey! tout de même.

Los mismos caricaturistas que lo atacaron tanto cuando hechos políticos de ayer le hacían poco grato á la opinión francesa, han amainado. Cuando más, las flechas han ido despuntadas y con suavidad. Los patrioteros, que aprovechan toda ocasión de escándalo, no dejaron de gritar incitando á los parisienses á recibir mal al rey; pero esos pocos farsantones no tuvieron seguidores. Ante todo, ha prevalecido la economía política. «El mejor cliente de la Francia es la Inglaterra.» Los negocios son los negocios. «Así marchará bien el comercio», decía una de las canciones que los acordeonistas y guitarreros repetían por las calles en los días de las fiestas. Y la personalidad del obeso y amable monarca se destacaba en un fondo de cielo tranquilo, sin amagos de tempestad. Calma, Buena Lorena; calma, Petit Caporal: For he is a jolly good fellow.

Hace algún tiempo os escribía desde Londres: «Interesante monarca, el rey Eduardo». Se creía, antes de morir la reina Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el reinado del célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono—When thou doest appear I am as I have been ...—se ha visto que todo ha continuado de la misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso calavera de antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es un digno soberano de su nación. Cada rey tiene el reino que merece. Guillermo II es estudiante y vive casi siempre en ópera wagneriana; Alfonsito XIII acaba de presentarse por primera vez en el coso madrileño, y ha sido aclamado por la tauromaquia nacional; Inglaterra, «país tradicionalista y práctico, en que la decoración de la vida social yuxtapone armoniosamente vestigios de arte gótico á construcciones de usina», está muy satisfecha con un rey que viste de púrpura, armiño y oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su Parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano en la boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres á Windsor; visita el yate que ha de disputar la copa á los yanquis, ó se interesa por sus caballos Diamond Jubilee, Ambusch ó Persimon. Ese rey sportsman es grato á su país de sportsmen, es amable para los ciudadanos que gustan del tiro al blanco en Bisley, del remo en Henley, de las carreras en Ascot ó en Epsom. El corpore sano de los universitarios es una de las causas de la robustez, de la salud de la nación. Como alguno de nuestros repúblicos americanos, como algunos de nuestros directores de pueblos, el rey se interesa por las razas caballares, gusta de los ejercicios físicos; pero sabe su Shakespeare admirablemente, entiende de Arte á maravilla y puede consultar su Homero en griego y su Horacio en latín, como lo certificarán sus compañeros de Oxford y de Cambridge. No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde al trono y mal sentarían aires marciales al arbiter elegantiarum de los reyes y al rey de los gentlemen.

El gran país de presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se presenta en esta misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con sus hindús y su burrito.

Y así pasó. Derouléde dió una cortés nota desde su destierro. Los diarios anglófobos no tuvieron atmósfera propicia, y Eduardo fué llevado y traído por la gentil Mariana, dándole una ilusión de amor al que es un jolly good fellow.

Un libro reciente de M. Jean Finot, de muy noble altura y de muy generosas tendencias, tiende á demostrar la necesidad de un acercamiento, de una unión en favor de mutuos intereses entre Francia é Inglaterra. Es verdad que en la Historia mantienen la tradicional enemiga nombres como Crecy, Poitiers, Calais, Azincourt, Isla Mauricio, Aboukir, Canadá, Waterloo; pero también es cierto que intelectualmente ha habido simpatías, cambios y relaciones desde siglos. Los embajadores espirituales han compensado en parte los males de las sangrientas campañas. Desde Montaigne hasta Verlaine y Mallarmé, la literatura francesa ha tenido entre los ingleses buenos apreciadores y seguidores. Jean Carrére tiene razón cuando dice que la élite de ambas naciones se busca. «He aquí lo que es indudable: en Inglaterra los hombres de letras gustan del espíritu francés; en Francia, los hombres de letras aprecian la cultura inglesa. Nuestras literaturas, nuestras artes, nuestras costumbres mundanas, se hacen cada día más y más perpetuos cambios. No hay país en donde los libros franceses sean mejor comprendidos que en Inglaterra. Por otra parte, basta haber viajado algo en país británico para haber observado con qué interés sincero los verdaderos gentlemen buscan y gustan de las relaciones con franceses. Ellos también saben con qué cordialidad son recibidos en la alta sociedad francesa.» Verdad. Y en las manifestaciones del pensamiento ha habido sorprendentes regalos de una á otra parte. ¡Qué donadores, por ejemplo: Carlyle, Taine! ¡Y entre los Orfeos: Hugo, Swinburne! La aristocracia intelectual londinense llamaba al pobre Lelian, para oir sus conferencias, pagándole con largueza. El autor de la Siesta del Fauno era «profesor inglés» ... Dorian Gray gustaba del ambiente parisiense como Des Esseints de las brumas de Londres. Y el rey ha sido amigo de ambos, el príncipe bon enfant, el ordenador de las masculinas elegancias, el autócrata de la fashion. El populo parisiense manifiesta, cantando con la música de los Plouplous d’Auvergne:

Si nous v’aimons guère Tes mufles d’sujets, Edouard, mon vieux frère, Toy, tu nous allais ... Combien il nous tarde De t’voir revenir, Car Paris te garde Un bon souvenir.

Es poco respetuoso el tono; pero en la confianza va algo de efecto. El rey lo comprendía al saludar sonriente al singular pueblo de París. Su imagen andaba por todas partes, haciendo «marchar el comercio» en alfileres de corbata, en banderitas, en hojas, en muñecos, en abanicos, en cocardas, en insignias, en medallas, en dijes, en toda suerte de fotografías y grabados, en carteles y en las caricaturas de los periódicos, fuera de las cartas postales, en donde se le puede ver desde la pompa del trono hasta bailando el cake-walk con el presidente Loubet. La gloria instantánea en todas sus manifestaciones, el beguin de París.

Ese beguin, ¿no fué ayer no más que lo tuvo con el tío Pablo?... ¿Que quién es el tío Pablo? Un viejo presidente de una república africana llamada el Transvaal ...

Eduardo VII busca la paz, y la comunicación y la amistad en el mundo. No es un rey de aislamiento ni de odio, y tanto mejor para él. Siga en ese buen camino. Afiance hasta donde le sea posible esa paz con que sueña, y que con él desean tantos hombres de buena voluntad. Siga amando el arte, el sport, y, aunque hoy plácida y románticamente, las bellas damas. Eso le hará bien en la Historia, en donde aparecerá, no manchado de sangre, ni revestido de crueldad y de egoísmo, sino amable, gentil, caballeroso, un coronado gentleman, un Plantagenent jolly good fellow.



PARÍS Y EL REY VÍCTOR MANUEL

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Porque viene con un hermoso penacho á la tierra de Francisco I; porque viene con una bella reina á la tierra de las elegancias, porque sabe saludar con largo y magnífico ademán, como en los buenos tiempos viejos sabían hacerlo los grandes caballeros; porque, en fin, viene en nombre de la augusta Hermana que fué madre de la cultura del mundo, París saluda con su vibrante y vivo entusiasmo al hijo del regalantuomo, á Vittorio Emanuele III, soberano de Italia.

A través de las edades sonríen los abuelos al ver que las dos gloriosas naciones latinas desarrugan por fin las frentes. Una vasta ilusión de paz pasa sobre los hombres de esta Europa que tanto tiempo hace parecía presta á revolverse en sangre. Gozosos estarán en la eternidad aquel Conde Verde, Amadeo VI, que con Juan el Bueno concluyó el primer tratado que uniera en amistosos lazos á la dulce Francia y la dinastía de Saboya, Fert, y aquel Conde Rojo, su hijo, que llevó la gracia francesa de Bonne de Bory á su cama nupcial.

Y todos los grandes, que después fueron fraternos en los campos de batalla con sus compañeros franceses en una igualdad de caballerosidad y de valor que revelaba los orígenes de una misma sangre espiritual, derivada de la antigua fuente de la nobleza y de la civilización humana; hasta los últimos, hasta los de Magenta y Solferino, hasta los Mazzini, hasta el prodigioso Mosquetero de la Libertad y aventurero de la gloria que se llamó Giusseppe Garibaldi. Y el enorme Poeta de Francia se siente feliz en su inmortalidad en este momento, en que sus anhelos de unión y de concordia parece que quieren cumplirse, en que una de sus generosas profecías semeja una realidad ...

El Capitolio saluda al Pantheon, el Pincio á Montmartre; el Tíber dice cosas al Sena y Dante hace una seña á Hugo; los parisienses están de fiesta; las parisienses han preparado cestos y ramos de sus más lindas flores, pero sobre todo violetas y miosotis; filas de carretones cargados de redomas de chianti vestidas de mimbre se estacionan frente á los restaurants en que se saborean platos de allende el Alpe; los bulevares lucen collares de bombas eléctricas y erigen astas rojas; profusas banderas están libres al aire ó formando escudos y trofeos; en el Luxemburgo la fuente de Médicis parece que no se manifestase tan soñadora y clásicamente melancólica como de costumbre; su coloso parece sonreir á la ninfa y la ninfa marmórea al coloso.

Todo eso es porque llega Vittorio Emanuele, y principalmente porque viene trayendo á su lado á la que fué princesa de Montenegro, y hoy es reina de los italianos. Pues si el monarca es grato y por ello le recibe bien Lutecia grandiosa, la reina es de soberbia beldad, y Lutecia gusta de las reinas y de las hermosas y se vuelve loca por las hermosas reinas. Y ésta tiene, además de su belleza, su bondad, un nombre armonioso y homérico, una romántica tierra de origen y una leyenda de amor. Una leyenda de amor muy rara en las cortes, muy escasa en la vida de esos esclavos de su propia púrpura que son los porfirogénitos.

Todo eso place aquí mucho, y debe agradar en todas partes. Gracias á la visita de esa pareja de reyes que se aman, y gracias á la gracia buena de esta coronada señora, casi nadie se acuerda de la obra funesta de Bismarck y Crispi; casi nadie piensa en las antiguas inquinas y en las miradas recelosas que más de una vez estuvieron á punto de ser odios, odios fraternos. Se diría que una tregua existe en las antipatías y rencores que han movido las malas artes de la política en ciertos puntos de la tierra. No se ven sino signos de simpatía. Ayer no más se saludaba en la patria de Juana de Arco y de Napoleón al rey Eduardo de Inglaterra; hoy, con mayores manifestaciones de afecto, al aliado de Guillermo y de Francisco José. Todo eso es consolador y es amable. El momento es propicio; que se aproveche el momento. Si padecen las sombras del viejo canciller y del memorable Abastecedor de la Muerte que fué Herr Krupp, tanto mejor. Se aleja un mañana de choque y de duelo; ¿los soldados sirven sólo para las revistas lujosas y paradas pintorescas? ¡Excelente! ¿La Guerra descansa ó se aburre? ¡Bravísimo! Y en este caso ello es muy justo y discreto ante las futilidades peligrosas de las Cancillerías. ¿Por qué las dos grandes Hermanas latinas habrían de ser las hermanas enemigas? Así, si en Viena ó Berlín la militarizada gente no ve con buen mirar este paso de efusión armoniosa, esta buena tendencia á no destrozarse por antipatías irrazonadas, París y Roma, el Gallo y la Loba, están contentos ...

Los usos monárquicos se saben guardar bien en esta Francia, que tanto de su esplendor y de su arte debe á los reyes ... El Protocolo es una institución que aún se perpetúa y renueva los días de fausto de épocas imperiales y reales ... La alta sociedad guarda sus títulos y pergaminos, con rarísimas excepciones, y los nobles militantes en la política republicana conservan sus denominaciones heráldicas. Hay aún nobles socialistas que reciben á sus invitados y correligionarios con pompa ultraconservadora y lacayos de libreas blasonadas.

El picador del Elíseo es un personaje, llámese Monjarret ó Troude; las viejas maneras cortesanas se conservan en el palacio republicano que habita el sonriente y honesto abogado de Montelimar; la señora Loubet ha hecho por primera vez en los fastos presidenciales casi de reina en la recepción de los reyes italianos, y esto con gran complacencia del pueblo de París, que por más que se diga gusta de todos esos fastuosos modos que recuerdan los gobiernos «bellos» del pasado. Los ceremoniales, las ordenadas filas de carrozas de gala, los pintiparados picadores, las pelucas, los lacayos de casacones y piernas enmalladas, las escoltas vistosas, los coraceros radiantes de acero con el casco empenachado de crin, las espadas desnudas de los oficiales gallardos, los tambores, las trompas, los clarines que anuncian, y sobre todo los reyes, las reinas, los emperadores, no importa qué reyes, no importa qué reinas, no importa qué emperadores, son para los parisienses, antes que todo, «espectáculo»; y lo que en un poeta hace despertar ideas de antiguos esplendores y cabalgatas, y en un señor de cierta instrucción evocaría desfiles de ópera cómica—cada cual habla desde su punto de vista, Olimpo á bulevar—, al público da la sensación de fiesta, y despierta en él la necesidad de las aclamaciones y de los vivas, la alegría general. En las visitas que las testas coronadas hacen hay mayor ó menor entusiasmo; pero siempre lo hay. En el azar, por ejemplo, se veía al aliado en una futura probable guerra, al poderoso amo de los rusos que ayudaría con sus inmensos ejércitos á su amiga la Francia, y por eso el delirio de las ovaciones fué más que en ocasión alguna extraordinario; en el rey Eduardo, á pesar de los recientes resentimientos de Fashoda y de la antigua enemiga entre las dos naciones, se saludó con afecto, más que á todo, al antiguo príncipe de Gales, al conocido parisiense de París, loco de su cuerpo y trasnochador insigne, bien amado de la ciudad de la galantería. En el cha de Persia se saludaron su exotismo y sus fabulosos diamantes; y si á Leopoldo no se le hacen sonoras manifestaciones, es porque es un rey de casa, demasiado burgués y demasiado comerciante, y porque sin ton ni son llega todos los días. Para el rey Vittorio Emanuele, repito, ha habido el saludo que preludia la deseada unión de las naciones latinas, y al mismo tiempo la simpatía cordial debida al jefe de un país con quien se ha tenido en pasadas épocas la hermandad de las armas, el nieto del fuerte y mostachudo Vittorio Emanuele II; y no hay duda, ha habido también en el pueblo el deseo de mortificar á los reconocidos contrarios, á los que siempre se han creído enemigos de mañana, que lo fueron de ayer, á los dos emperadores de la Triple Alianza, el de la Austria odiada de Italia y el de Alemania aborrecida de Francia.

Luego Vittorio Emanuele III es rey que se hace querer y estimar. En él se ve al regenerador de su patria, hace poco abatida, y hoy triunfante en el mundo, tanto en el progreso cívico como en el industrial y comercial, pues la Italia trabajadora es hoy ciertamente una fuerza innegable; en él se admira á quien tiende á resucitar el antiguo poder de la influyente Roma en los asuntos de la tierra, al príncipe exacto, rígido, hábil, que sabe manejar los hilos de su política interna y exterior, y que, á pesar de sus ligas con el césar germánico, ha tenido siempre en mira la grandeza da su raza sobre el orbe, la vieja hegemonía mundial por tanto tiempo en poder de los bárbaros, y que quién sabe si, á pesar de todo, no volverá á los hijos de la civilización grecorromana antes del fin del siglo xx.

Pequeño de cuerpo, como tantos grandes guerreros y monarcas, es vivaz y marcial, amacizado de método y de educación, forjado á duros hábitos aún en medio de las sedas palatinas, bajo la severidad del noble Humberto y la bondad graciosa y sabia de la reina Margarita, verdadera perla entre las perlas de las actuales monarquías. Su carácter es firme y reflexivo; su voz afable. Como todos los Saboyas, domina con los ojos. Estudioso y atento al progreso, se ha nutrido de libros y ha observado los hechos. Se cuentan de sus años primeros, entre preceptores y militares, interesantes anécdotas. Sus dos principales profesores, Luigi Morandi y el coronel Osio son para él, por un lado, el carácter de la cultura, y, por otro, la cultura del carácter. Por eso pecan de poco informados los biógrafos y escritores que le juzgan tan solamente dado á secos cálculos y á especulaciones prácticas tan solamente.

No importa que la socialista Paula Lombroso lo pinte como un varón para quien la poesía es «como los bombones para los niños»; París sabe que si no es un rey de ensueño—poco precisos á estas horas los reyes de ensueño—ni un rey de fantasías y estéticas nada avenibles con el asunto de manejar en el siglo xx la suerte de un gran pueblo, es monarca de «humanidades», como sienta á quien nació en la cuna del humanismo; que sabe sus clásicos, que conoce á fondo de Nepote á Horacio, y que tuvo una «profesora de poesía» en su madre encantadora, que más de una vez desde los años de su infancia le leyó la honda y armoniosa lección del vasto Poeta, del sumo Dante. Y luego dejadle sus automóviles de cuando en cuando, pues para versos su suegro los compone, como su esposa, que es poesía morena y viviente. Dejadle sus automóviles, y sobre todo dejadle con sus monedas y medallas, que ser profundo numismata como él es ser ya mitad sabio y mitad artista. Su gentileza en su visita á este país ha sido completa, y jamás jefe de Estado ha sabido cumplir mejor la delicada empresa. Cuando en lo alto de las decorativas columnas alzadas en la Avenida de la Ópera el león de oro de San Marcos y la loba de oro de Roma se perfilan sobre el triste cielo parisiense, representan más que una cortesía: son un símbolo. El rey de Italia es el bienvenido, porque sabe encarnar el alma y las aspiraciones de su estirpe, y Francia le reconoce digno.

Desde su entrada á la ciudad que le hospeda, entre los gritos de entusiasmo, en las avenidas adornadas, la compañía del excelente presidente burgués, que hace muy bien lo que puede, y al lado de su esposa, toda gracia y sencillez noble, junto al Arco del Triunfo, junto á la tumba de Napoleón, en todas partes adonde la cortesía oficial le ha llevado, ha tenido, discreto y correcto, un buen gesto ó una buena palabra. Cuéntase—y se non è vero è bene trovato—que en los Inválidos, cuando el séquito oficial llegó al lugar en que, según su deseo, reposa el dueño del Águila, se quedó un buen rato en silencio, y luego: «Yo también soy sucesor de Napoleón Bonaparte ...» «¿Cómo?», insinuó M. Loubet. «¿No fué el emperador también rey de Italia?...» Y así siempre es aplaudida su cordura. Esa cordura que se demostró recientemente, cuando en momentos en que el Papa agonizaba, suspendió su viaje, respetuoso, pensando quizás en que uno de sus antepasados ciñó á su frente la pontificia tiara, y en que el ser cortés no quita la valentía de los que llevan por lema: «¡Siempre adelante, Saboya!»

No he visto de cerca más que á dos reinas—por culpa ó gracia de ocasional misión:—la de España y la de Portugal. A otras he visto de lejos, y á las demás en fotografías, pinturas ó grabados. Pues bien: confieso que nunca he admirado belleza coronada más seductora que la de la princesa greco-oriental que de la corte cuasi primitiva y legendaria del principado de Montenegro salió á ser reina de la maravillosa Italia. Aquí parece exótica; á mi me ha parecido antigua conocida. «De esos ojos no tenemos aquí», me decía una espiritual francesa. «Pues allá, del otro lado del mar, los tenemos como esos—le contesté—, en rostros de ese fino y trigueño de bronce, dulce y sonrosado. ¡Esos son ojos criollos!»

En efecto: la reina Elena es semejante á una de esas soberbias, estupendas criollas, que coronadas de opulentas cabelleras negras, son reinas de hermosura en Montevideo y Buenos Aires, Lima ó la Habana. Es una de esas mujeres llenas del sol y sangre que llevan la primavera ardiendo por donde van. Y en su gallarda beldad guarda una cultura y un talento que son celebrados por todas partes. Su país es país de balada. Su madre hila en el huso la lana como una reina de Homero. Su padre es poeta. Ella es artista de corazón, pinta, canta, toca el violín y el piano. Y un alma dulce y caritativa, sentimientos de alta virtud. Dicen que las aristócratas farnienteras de su corte sonríen de sus hábitos de «mujer de su casa», de sus conocimientos de cocina ... La Pastora de Cettigne debe á su vez sonreir benévolamente. Morena del país de la nieve, ella vive su leyenda de amor verdadero, y en su rey mira á su marido. Y no se ha extrañado de ir de un vuelo amoroso, de su tierra escondida, de sus montes de águilas y lobos, á ser la soberana de un reino que también fué de Lobos y de Aguilas ...

La pequeña Zita escribe, al dictado de su abuela, una institutriz que fué de la casa de Montenegro: «...en la capilla del Instituto vi por la primera vez, de cerca, á la princesa Elena, bella, esbelta, inmóvil, como es lo usual durante los oficios griegos, en que sólo el sacerdote va y viene continuamente con sus diáconos, por las tres puertas que se encuentran delante del misterio del altar». La princesse avait vraiment l’air d’une belle image. La volví á ver á menudo así, y la admiró siempre; era mi sola compensación para el suplicio de permanecer de pie. Por otra parte, intenté hacer la intención de no ir á la iglesia sino cuando esperaba la presencia de las princesas; á primera vista me he sentido atraído por la actitud de firme voluntad de la princesa Elena. Un día de verano vino con una falda de simple crêpe oriental; el corpiño ligeramente escotado. Con su lindo talle, redondo y firme, su aire recto y elegante, tenía el aspecto de una joven diosa, cuyas espaldas esperaban que se les prendiese un manto ... de emperatriz. Mi impresión había sido tan fuerte, que un diplomático bien informado, al cual se la manifesté, me dijo sonriendo: «¡Cuidado, señora!, ¡está usted haciendo política!»

«En ese entonces el zarevitch no se había casado todavía con una alemana. Otra vez la encontré encantadora también en traje nacional, camiseta de muselina sedosa y bordada, veste de terciopelo rojo galoneada de oro, y capitea en la cabeza; pero la hallaba mejor con el traje europeo, y nunca olvidaré la visión que tuve el día en que la idea de un «manto de corte», se había impuesto á mi imaginación á consecuencia de cierto aire de reina que había advertido en esa joven fisonomía en que el destino ponía un signo que yo leí, deseando se realizase por sentimiento romanesco de estética, pues yo amaba ya espontáneamente á la princesa. Pero, ¿es, en verdad, la suerte de una reina lo que el corazón debe desear?»

Esas sencillas impresiones de una profesora completan un retrospectivo retrato de la magnífica y joven soberana. En cuanto á la pregunta final ... ¡quién sabe! Antaño el mundo era distinto, y la posición real no tenía los peligros de ahora. Antaño ... pero, ¿y María Antonieta, y María Estuardo, y más allá?... Mas el instante es de cantar á la reina bella y artística, no de consideraciones filosóficas. El pueblo de París la canta por boca y guitarra de sus camelots:

Viens, Hélène (bis), Viens! À la table de France, On nous offre bombance Ah! Viens Hélène (bis), Viens! Et le soir, en cadence Nos pincerons un’danse.

Eso se canta con el aire de Viens, Poupoule, y valga la intención. La Prensa forma sus más floridos ramilletes de frases; los poetas escriben sus ritmas de ocasión. Pero entre éstos ninguno ha escrito más lindo saludo que un gracioso, un conocido versificador incoherente, que deja por un momento sus ya fatigantes monorrimos y dice un precioso decir. Entre sutilezas dice cosas como éstas. Dicen los enamorados:

Que vers nos paroles Ta Grâce s’incline Reine des gondoles Et des mandolines; Reine de Venise, Soyez-nous propice; Aux amants soi bonnte

Reine de Verone; Vois le doux cortege Qui viens t’implorer; Acueille et protege, Reçois á tes pieds, Le voile des vierges Et le blanc bouquet, Reine du Correge Et du Tintoret!

Nous sommes les fiancés, O reine jolie, Qui venons vous saluer Avec courtoisie;

Nous, les artistes pas riches, Qui ne devions de sitôt Voir les rives de l’Adige Ni le Lungarno; Voici qu’avec toi s’avance, Près de moi pauvre homme La grave Beauté de Rome, Trout l’art exquis de Florence.

Reçois en échange Notre foi ardente, O reine du Dante, Et de Michel-Ange!

À chaque fenêtre, Et dans tous les yeux, Reine des poètes Et des amoureux, Paris radieux Paris tout en fête, Paris tout fleuri, Paris te sourit.

Et le voile tombe Enfin du secret Que gardait Joconde: Elle t’attendait.

Un ramo de rosas de Francia tenía en la mano el día primero en que la aclamó la muchedumbre de París, hirviente y contenta. Un ramo de rosas de Francia, que significa la juventud, la vida, el hechizo de amor, y al propio tiempo la salutación de esta tierra dulce y gloriosa. El gran penacho de plumas blancas se agitaba á los antiguos vientos de Galia ... Y yo miraba á su lado la figura de la princesa montenegrina, de la reina que habita el Quirinal ... la mano fina con el ramo de rosas, la cabellera negra, el talle soberbio, los ojos, los grandes ojazos criollos. Y me uní á la voz de la multitud: «¡Viva Italia!»



LA “BRIMADE”

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El origen de estos usos bárbaros arranca de muy hondo principio humano, fuera de la opinión hobbesiana. En todo hombre hay un lobo: entendido; pero en muchos hombres juntos, pugna por revelarse la manada feroz que devora al compañero. Ese es el peor peligro de la inquisición y del jurado, del convento como del taller, del colegio como de la guarnición.

¿Quién no ha sentido en la niñez la hostilidad de los primeros días de la escuela y del internado? ¿Y ya en el estudio de algún arte ó industria, ó disciplina cualquiera, la burla, el odio casi, la enemiga infaltable del compañero? Parece que el recién llegado fuese á quitarles algo, á hacerles algún daño, y el encarnizamiento no cesa sino con la revelación de una fuerza superior; casi siempre unas buenas bofetadas al más insolente y burlón de la clase. Entonces el nuevo entra á formar parte de la comunidad. Y quizás será el martirizador más terrible del próximo novato.

Si esto pasa en las aglomeraciones humanas, en que el espíritu tiene otras miras y ejercicios que los de la fuerza, ¿qué no será en los colegios de la muerte, en los lugares donde se aprende á matar, en donde lo que se estudia es el manejo de las armas, la ciencia de la destrucción, el arte sangriento «de ser más fuerte que otro en un punto dado»? ¿Quién me dirá que los martirios que sufren los recién llegados equivalen al espaldarazo de los caballeros, que son la amarga sal del bautismo, la dolorosa cuchillada de la circuncisión? Palabras. Hay que combatir á todo trance la fiera que llevamos en nosotros. Si no, proclamemos como superior la filosofía de Sade, ese precursor de Nietzsche, y establézcase en cada capital culta del orbe un Jardín de los Suplicios.

Las brimades eran—felizmente, repito, ya no son—bromas pesadas, groseros tratamientos que se hacían padecer á los recién entrados, fuese cual fuese su condición; pero, naturalmente, más duros, y hasta sangrientos, con los de débil carácter ó de escasa fuerza. Ponerlos desnudos en un cuarto y embetunarlos, ó pincharlos con agujas; echarles cubos de agua fría en medio del invierno; deshacerles los pies á pisotones; darles patadas y puñetazos; azotes, etc. Por la menor falta, castigos, vara. Todo esto bajo la mirada complaciente de los superiores. La cosa había entrado en el uso desde antaño. A veces la brimade tenía fatales consecuencias; una reprimenda, algunos días de arresto al culpable, y todo quedaba lo mismo. De cuando en cuando alguna protesta aparecía en la Prensa, pero no tenía el menor eco. Así, hasta la plausible circular del general André.

En Alemania, país en que el militarismo ha entrado en la sangre, en la vida nacional, no se han suprimido, ni creo que se supriman, esas asperezas del cuartel. Cierto es que allí, en el mismo cuerpo estudiantil, existen hábitos y costumbres de la más exquisita barbarie medioeval. Las caras rajadas y el gambrinismo universitario no merman un solo punto en los comienzos del vigésimo siglo. Las brimades, pues, se complican allá de schlague y suavidad tudesca. Dramas ha habido muy resonantes en que toda la Prensa se ha ocupado, y últimamente un consejo de guerra ha juzgado en Metz con la más inaudita deferencia, á los culpables de uno de esos verdaderos crímenes, merecedores de las penas más severas. He aquí cómo se narra lo sucedido: «Un soldado de apellido Polke, perteneciente al 12 regimiento de artillería de Sajonia, fué dado de baja el año pasado porque los médicos militares lo encontraron débil para el servicio. Incorporado de nuevo este año, hizo ejercicios solo, bajo el mando de un cabo llamado Trautmann. Este, un verdadero troglodita, hizo con el pobre lo que le dió la gana. Era una lluvia de patadas y puñetazos, fuera de la privación del alimento. Llegó á tanto la atrocidad, que un día el cabo le dió tal golpe en la cabeza con la culata del fusil, que el mozo quedó sin sentido. No solamente él le pegaba, sino que ordenaba á otros reclutas que hicieran lo mismo, entre las risas de los compañeros. Demás decir que todo el mundo martirizaba al infeliz. Un subteniente le dió un bofetón porque le vió fumar un cigarrillo y un teniente se burló, en vez de reprender. Por último, el maldito cabo le obligó una vez á saltar por una ventana y á correr, á paso de carga, durante diez minutos. Polke, dice quien narra el hecho, concluyó por caer fatigadísimo. Cuando se levantó, desesperado, loco, se pegó un tiro».

Ahora, ¿qué pena os figuráis que les han aplicado á los culpables en el consejo de guerra? Los camaradas que le hostigaban, «tres días de prisión». El subteniente Wiehr, «tres semanas de arresto». El cabo famoso, «cinco meses de prisión». Comparando lo que aquí pasa, dice Charles Laurent con cierta justicia: Il fait bon, tout de même, vivre en France.

Sin embargo, es en la dulce Francia donde se han revelado los innominables suplicios de los disciplinarios de Olorón, esa isla de la Charente Infériéure donde están las triples fortificaciones que hizo levantar Richelieu. Allí se encuentran los dépots de los cuerpos disciplinarios; el de la compañía de fusileros de disciplina de la marina y el del cuerpo disciplinario de las colonias. A los primeros se les llama en jerga militar Peaux de lapin y á los segundos Cocos. Dubois-Desaulle hizo el gran bien de contar al público las terriblezas que allí pasaban y que, dichosamente, se han aminorado, si no desaparecido del todo. Juzgad por algunas noticias. Allí se empleaban entre otras cosas, las poucettes, el baillon, la crapaudine y el passage á tabac. De este último apenas hablaré, porque lo usa la Policía de París y no sé si la de Buenos Aires. Es una galantería habitual con el que tiene la desgracia de caer en esas manos temerosas: el passage á tabac es simplemente una estupenda «pateadura».

Ningún reglamento, ninguna ley, ningún auto legislativo ó administrativo prescribe el empleo de las poucettes en el ejército francés, y, sin embargo, decía Dubois-Desaulle, se aplica á los disciplinarios ese instrumento de tortura. Como no había reglamento ni ley que autorizara el empleo de esa tortura, todos los que tenían un grado, desde cabo á oficial, podían aplicarla. Los motivos más variados y fútiles daban lugar á la aplicación de la pena. Las tales poucettes son una pequeña prensa de acero que deshace, que rompe los pulgares. «Según el grosor de los pulgares ó el calibre de las poucettes, después de un número mayor ó menor de vueltas de la aleta que hay sobre la placa de cierre, el hombre pierde el conocimiento y la sangre trasuda por los poros de la extremidad del pulgar. Algunos minutos después de puestas las poucettes, la parte extrema del pulgar se infla, la detención de la circulación da á la carne tonos violáceos; el pulgar se insensibiliza entonces por el exceso mismo del dolor, á condición, sin embargo, de que no se despierte el dolor con los movimientos; á fin de agravar la tortura, los castigadores vienen á sacudir ó tirar de los pulgares.» La descripción es demasiado chocante y larga para ser transcripta toda.

La crapaudine es una combinación en que entran las poucettes. Los pulgares están aprisionados por la espalda; el hombre está en tierra y se le atan los tobillos junto con las poucettes. El baillon es una mordaza. «Se improvisa con un pañuelo, una piedra, un objeto cualquiera, que se introduce en la boca. Se mete en seguida entre los dientes del paciente un trozo de madera del grueso de un palo de escoba y provisto de cuerdas que se atan detrás de la nuca.»

En cuanto á los azotes, se oye, cuando los cabos y sargentos no pegan duro y firme, la voz de un oficial:

—Mais cassez-leur donc les membres, nom de Dieu!

En Austria, como en Alemania, el schlague existía desde largo tiempo. A mediados del pasado siglo tuvo gran éxito y causó impresión profunda la publicación de un libro de E. Sturm, oficial de Artillería del Ejército austriaco. Las revelaciones que hacía no podían sino tener ese resultado. Sin embargo, él mismo confesaba que en cuanto al schlague, ó sea la flagelación militar, los oficiales superiores la aborrecían; pero no podían nada contra la costumbre, ó sea la disciplina en ese caso. Se azotaba por los motivos más fútiles, como fumar en la calle, ponerse el tricornio de través, ó llegar tarde á la lista. Muchos entre ellos fueron inutilizados, ó se volvieron locos. Diez días después de haber entrado al cuerpo, cuenta Sturm que la orden del día llamaba á «todos los nuevos» á que asistieran á una gran ejecución. Luego el cabo le explicó: «Los nuevos militares es preciso que se habitúen á ese espectáculo antes de ser actores en él, pues hay siempre algunos que son bastante bestias para desmayarse, nada más que al ver á un hombre flagelado. Si mañana, en la ejecución, vuestro rostro traiciona el menor signo de piedad ó conmiseración, os volverán á mandar como espectador hasta que os acostumbréis; pero eso no es honroso. Se os señalará como cobarde y flojo.» El autor asistió, naturalmente. Ved sus mismas impresiones: «Tomé mi partido»; fué una larga y terrible ejecución; seis desertores pasaron seis veces bajo la hilera de varas (gassenlaufen), y uno, ladrón, ocho veces. Figuraos una doble fila de soldados armados de varas, con un cabo de diez en diez hombres. En medio pasan los desventurados soldados, la espalda desnuda, despacio ó corriendo, como le plazca al que dirige la ejecución. Mientras la sangre brota bajo la vara fuertemente aplicada, los cabos corren de aquí á allá para ver si los golpes son bien dados. Si por desgracia se sorprende al ejecutor en flagrante delito de piedad, sea que amortigüe el golpe, sea que pegue muy rápidamente para que su golpe se confunda con el de su camarada, se le condena á su vez al schlague.

«Después de la ejecución de los desertores, tres artilleros de los más famosos recibieron cada uno treinta golpes de schlague. Yo soporté á maravilla esa dolorosa prueba; así, el cabo encargado de observar nuestra conducta estaba muy satisfecho de mí, y gracias á una fingida impasibilidad se me pasó en un momento del papel de los espectadores al de los actores. Como bien se calculará, tuve que mostrarme reconocido por tanto honor: ¡ser llamado á pegarle á mis camaradas al lado de aquellos orgullosos grognards que habían ayudado á derrocar el trono de Napoleón! No pude, sin embargo, no pude siempre dominar por completo mis sentimientos; ¡que el emperador me perdone!, le he robado más de un azote, en las mismas barbas del cabo. Recuerdo á este propósito que uno de mis camaradas, en un falso golpe hirió en la cara al cabo, y fué condenado por esa imprudencia á cincuenta golpes de schlague; pero el cabo perdió la nariz.» Muchos más detalles contiene esa obra curiosa. Según tengo entendido, á raíz de su publicación el emperador de Austria ordenó la supresión de esa odiosa costumbre; pero se conserva, no obstante, admirada. Es inútil cuanto se disponga en contra de hábitos tan hondamente inveterados, y que se compadecen con la rudeza de la disciplina y de los usos y ejercicios militares.

No conozco las costumbres interiores de la milicia española, pero en el país de las fáciles carreras de baqueta y del castillo de Montjuich, la ternura no debe ser mucha á ese respecto. Además, ¿quién no ha visto en los sainetes la figura del tourlourou español, el cerril asistente ó avispado ordenanza cuyas posaderas están siempre sacudidas por los puntapiés del oficial?

En Italia se me asegura que hay en esto mayor seriedad que en otras partes, y que oficial noble ha habido que ha pagado sevicias con mucho tiempo de prisión. Si esto es así, merece aplauso la milicia italiana.

Mientras exista la idea de patria, el ejército será una necesidad, y mientras la carrera de las armas exista, debe, á mi entender, mirarse como la miraba el sublime Don Quijote. Todo lo que menoscaba la dignidad humana y el propio decoro, no puede tener cabida en quienes se tienen como defensores del honor nacional, del pabellón. Y es vergonzoso que conozca el mundo hechos que menguan el decoro de los caballeros marciales. Marciales caballeros que aparecen simplemente como los más groseros y cobardes verdugos.


IDILIO EN FALSO

Índice


Un diario de París publicó hace algún tiempo la historia, ó el principio de la historia, de los amores del príncipe heredero de Alemania con una joven norteamericana. El redactor anónimo de los artículos en que se narraba esta novelesca y curiosa aventura tuvo que suspender la publicación, á pedido de un miembro de la familia de la señorita, cuyo nombre es Gladys Deacon. Pero los hechos son ya muy sabidos, y en los Estados Unidos, como en Inglaterra, se conocen todos sus detalles.

El joven Federico Guillermo de Hohenzollern, hijo mayor de Guillermo II, es un alma sentimental y un corazón impresionable. No hay en él el blindaje de hierro que tienen los de su familia paterna. A pesar de la educación que el emperador da á sus hijos, éste no ha podido dominar los impulsos de su naturaleza, y manifiesta ser, más que un príncipe, un hombre. Sabidas son sus malas impresiones de universidad. No pudo su carácter delicado acostumbrarse á las borussidades de sus compañeros, hechos á tragar cerveza, reglamentaria y bestialmente; y aunque el emperador le dijo que pasase por esos lances en que él también se había encontrado, no le fueron por eso menos repugnantes sus horas estudiantiles de Bonn. Algún incidente hubo que obligó al padre imperial á llamar á su hijo; y luego, para distraerle un tanto, se le envió á Inglaterra. En la corte inglesa el kronprinz se encontró más á su gusto; la sangre maternal, la herencia atávica de la emperatriz Federica, se reveló en él al contacto de sus relaciones londinenses. Fuera de la familia real, toda la aristocracia se lo disputó, y su juventud, deseosa de nuevas impresiones, encontró allí encantadores momentos.

Entre las familias que más le solicitaron está la del duque de Marlborough. Como es sabido, la duquesa es una joven norteamericana: Consuelo Vanderbilt, hija del celebérrimo millonario. Fiestas campestres, bailes íntimos, comidas, tennis, y ping-pong, todo lo que más pudiera agradar al príncipe germánico se le ofreció durante su permanencia. Entre tantas distracciones, y en tantas ocasiones propicias, el flirt no podía faltar. No faltó. Pero no fué ninguna linda miss británica, de rubios cabellos y cuello de cisne la que despertó el entusiasmo amoroso de su alteza. Su alteza se dejó prender por los ojos yanquis de una guapísima neoyorquina; moza tan fermosa non vió en la frontera, y entre un ping y un pong, la llama ardió, como en las leyendas, como en las novelas.

He aquí cómo narra el hecho el autor de Amitié Amoureuse, autoridad en la materia: «Rápidamente, entre el príncipe encantador y la orgullosa joven, herida por dolores inmerecidos (la historia de la madre de la niña es bastante escabrosa, y el padre está en una casa de locos), una simpática camaradería se estableció». Primero fué una dulce atracción, que les impulsó á aislarse del mundo. La vida de los duques y lores, tan lujosa, tan abierta, tan libre, sirvió á sus amores nacientes.

Estuvieron unidos en corazón y pensamiento entre los bailes de la Country, las partidas de tennis, de foot-ball. Fueron dos cuerpos con un alma. Todo era alegría para ellos, el mundo y la Naturaleza. Se embriagaban con los olores de los musgos, del tomillo salvaje, de todas las hierbas que hollaban los pies de la bienamada. De los labios del príncipe salieron palabras raras; de los de la joven murmullos acariciantes. Deslumbrados de amor, en vano quisieron apartar el encanto ...

Cuando el príncipe balbuceó:

—Nada revela tanto el alma de una mujer como el perfume que lleva: me place el olor de vuestros cabellos ...

Con esa linda reserva anglo-sajona que creó el arte de flirt, y para que dure más tiempo ese hechizo que le aureola como con un halo, la preciosa Gladys no quiere comprender hacia dónde van las palabras del príncipe, y, coquetamente, replica:

—Monseñor, me vaporizo con rose musquée. Es la antigua rosa cantada por Shakespeare ... pero se está acabando en el reino, y pronto ya no habrá. ¿Queréis ver el único rosal que queda?

¿Adónde no hubiera ido el príncipe guiado por la joven? Y he aquí el rosal, y las rosas. Ellos se inclinan, sus cabezas se tocan, se rozan. Cómo respiran, cómo vibran ... Y el príncipe, menos aturdido por el aroma de las flores que por el que emana de su amiga, dice:

—Las rosas huelen bien, pero vos, vos embalsamáis hasta embriagar.

—¡Oh, monseñor!

Ella tiembla, enrojece. Tímido y resuelto, él osa tomar su mano y la besa con fervor.

Ya véis que eso está narrado como folletín romántico. Podría ponerse: «Continuará.»

En efecto, la cosa continuó. El príncipe, activo, emprendedor, quiso pasar más adelante. La joven yanqui le dijo:

—Veo que nos amamos en lo imposible. Yo no podré nunca ser la amante, ni siquiera la esposa morganática de vuestra alteza. Para que este amor sea digno de mí y digno de vos, no hay otra cosa más que el matrimonio legítimo, sonoro, público, á la faz de las Cortes y ante el mundo todo.

Federico Guillermo debe estar en su primer amor, debe tener dentro de su pecho una tempestad de amor, y la norteamericana tiene que ser una maravilla—greatest in the world!—cuando él le contestó, pasando sobre su futuro imperio, sobre la cólera de su padre, sobre el porvenir, sobre todo: «He aquí la prueba de mi amor. He aquí nuestro anillo de boda. Ella es para ti, Gladys. Es un fetiche. Mi bisabuela la reina Victoria se lo quitó de su dedo para ponerlo en el mío y me dijo que no me separase de él sino para dárselo á la que fuese mi mujer. Lo he jurado. Os lo doy.»

Cuando el príncipe volvió á Berlín, el emperador, la emperatriz, la familia toda, se fijaron en que el anillo había desaparecido. Guillermo II no es muy suave que digamos. En seguida hizo que su hijo le confesase el paradero de la joya; y el enamorado mancebo imperial tuvo que decir la verdad. ¡Truenos! «Ese anillo no es tuyo, sino de la dinastía. Estás loco, has perdido la cabeza antes que el anillo.»

Poco más ó menos, fueron las palabras del padre. El mozo, que tiene también fibra, contestó: «Lo hecho, hecho está, y bien hecho está, ante mi conciencia. Por lo demás renuncio á todo rango, á toda púrpura, á Berlín, á Alemania, al Imperio, como nuestro pariente Juan Orth.» Desolación de las desolaciones en la familia. Un enviado fué inmediatamente á Londres á reclamar á la bella Gladys el anillo.

«¡No lo doy!», contestó la yanqui. «¡No lo des!», le aconsejó Consuelo Vanderbilt, en cuya casa nació la pasión y comenzó la novela. Ella creerá que una norteamericana puede ser emperatriz de Alemania, desde que hay una duquesa de Marlborough norteamericana.

Y Gladys no suelta el anillo.

Es de creerse que vencerán las razones de Estado y los discursos paternales. Aunque si el príncipe renunciase, en efecto, á su corona y cetro, todo quedaría arreglado, habiendo como hay tantos hermanos suyos que no tendrán más tarde inconvenientes de amor para sentarse en el trono.

El príncipe imperial de Francia, el hijo de Napoleón III, pudo ver realizados sus sueños amorosos; bien es cierto que no tenía ya trono, ni corona, ni cetro, cuando amó á la inglesa miss Mary Watkins, con quien tuvo un hijo, que vive, y á quien se ha visto en París, en compañía de la emperatriz Eugenia. La novela fué más bonita, porque la joven no sabía qué clase de persona era su amante, hasta una vez que le sorprendió conversando con lord Beaconsfield, á la entrada del oratorio de Brompton, en el matrimonio de los duques de Norfolk.

Los amores luctuosos del príncipe heredero de Austria han tocado quizás, singularmente, la imaginación de Federico Guillermo, y ojalá no vaya á entrarle el demonio de la desesperación y del ensueño trágico; preferible es que tome por modelo á su deudo Juan Orth, el desaparecido misterioso, que unos creen muerto en el Océano y otros vivo en un rincón australiano, y padre de numerosa familia.

El príncipe, como sabéis, se casó con una princesa.

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