Kitabı oku: «Innecesarios e imprescindibles»

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RUBÉN METTINI

Innecesarios e imprescindibles

Relatos basados en óleos de Edward Hopper


Innecesarios e Imprescindibles. Relatos basados en óleos de Edward Hopper

© autor Rubén Mettini

© edición 2021 Ediciones Garoé

Imagen de cubierta: Ground swell © Edward Hopper

Imágenes autor: Nieves Delgado

Portada: Graziana Masneri

Composición: María Ybaya Yste González

Maquetación Ebook: CaryCar Servicios Editoriales

Corrector: Víctor J. Sanz

España

ISBN: 978-84-124013-3-2

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Índice

  Prólogo

  Prefacio

  Reencuentro conmigo

  Añoranzas del río

  Barcas en el lago Lemán

  Crepúsculo

  Encuentro fortuito

  Nocturno en la oficina

  Un hotel en Bérgamo

  Mar de fondo

  Noches de Varsovia

  Punto de inflexión

Prólogo

por Yoly Hornes

Recordaré siempre esta habitación de hotel porque aquí comencé a olvidar...

Quienes tengan ahora mismo este libro entre sus manos son, sin duda, unos seres afortunados. Que se preparen para el viaje, con la mente abierta a lo secreto, inesperado e inhabitual. Tienen por delante unas cuantas horas o unos días pródigos en sorpresas literarias y vitales y un excelso placer lector.

Rubén Mettini es un autor que ha viajado mucho por esos mundos iridiscentes de la vida y la literatura y lleva en su mochila una vasta experiencia de escritura y de lectura que resulta patente en todos y cada uno de estos relatos. Conoce los trayectos, los atajos, los entresijos, las piedras del camino. Sabe cuándo detenerse y en qué momento cambiar de dirección. Lleva en sus alforjas todo lo necesario para el viaje. Que se entreguen a su embrujo los lectores y, confiados, se dejen guiar por él: los llevará de la mano con lucidez, con buen ritmo, a veces con dureza y a veces con ternura, casi siempre con humor. Lo hace desde la más absoluta empatía con sus personajes, hagan lo que hagan, amen a quien amen, olviden a quien olviden...Aunque odien, aunque traicionen, aunque se flagelen a sí mismos hasta hacerse sangre en el alma, aunque no se arrepientan por haber actuado mal... Todos y todas son profundamente humanos y los motivos que los impulsan justifican sus acciones y explican sus errores, el punto de convertir en verosímil incluso lo más inaudito.

Este libro es como un viaje, digo. Un viaje en el que lo exterior se entreteje --destreza narrativa mediante- con el interior de unos personajes de ficción que, seguro, conectarán con el alma de las personas reales que los leen u otras con las que todos nos hemos cruzado alguna vez. Con el exterior de países, continentes, islas, playas o carreteras y con el interior de casas urbanas y rurales, hoteles, bar cos, despachos o bares. Con los mundos oníricos infinitos y con las más prosaicas realidades. Afuera y adentro. Antes y ahora. Aquí y allí. Idas y vueltas. En suma, realidades y ficciones entrelazadas con pericia en una urdimbre poderosa que hace pensar y que estremece.

Cada uno de los cuentos que componen este libro conforma un universo en sí mismo.

Uno lee el título, el dónde y el cuándo..., ingresa allí y se olvida de todo lo demás, de modo instantáneo, porque bastan las primeras líneas de cada relato para quedar atrapados en las diversas redes del lenguaje que lo vertebran, en el tiempo que lo sitúa, en el rincón del mundo que lo enmarca y se despliega como telón de fondo, en los personajes que cobran vida inmediata y en la historia que estalla ante nuestros ojos con una fuerza arrolladora e irresistible que vuelve casi imposible abandonar la lectura antes de llegar al final. Simplemente, el buen pulso narrativo del autor hace que queramos saber, asistir a esas confesiones, comprender lo esencial, hundirnos hasta el centro del volcán que es, en última instancia, toda existencia humana.

Al mismo tiempo, si lo miramos como un todo, la suma de los relatos conforma un tapiz hecho de distintas texturas, geografías y épocas, de cultura, de arte, psicología y filosofía, pero también de esas sabidurías inefables de personas sencillas, aparentemente grises o anónimas que, intuitivamente o con la ayuda de un extraño, descubren la pluralidad del mundo, ya sea desde dentro de las murallas de prejuicios de una familia invisible, entre las paredes de una oscura oficina notarial o entre los locuaces silencios de un matrimonio aburrido donde el amor se ha ido esfumando o acartonando sin remedio.

Mettini da voz a quienes se olvidan de sí mismos para consagrar su vida a otro, a quienes de pronto descubren un brillo interior que desconocían de sí mismos, su reflejo inesperado en la mirada del otro, al verse, por vez primera, bajo la influencia del haz de luz de una perspectiva diferente.

Como en la vida real, estos personajes de ficción -en su mayoría, mujeres-se debaten entre sentimientos encontrados, disyuntivas, contradicciones.

Hay dolores enterrados que de pronto salen a la luz en un encuentro inesperado.

Hay recuerdos que, de tanto morder, van pudriéndose por dentro y minando, gota a gota, la autoestima.

Hay objetos tan pequeños como una canica de cristal, una vieja fotografía, la frase de una carta o de un antiguo diario personal, capaces tanto de obrar el milagro de la sanación como de provocar un cataclismo que hace saltar todo por los aires.

Hay amores equivocados o mal interpretados que, de todos modos, propiciaron felicidades ciertas.

Hay humillaciones y torturas físicas o psicológicas que, en algún momento, paralizaron el fluir natural de las emociones dejándolas enquistadas, hasta que afloran de modo violento o creativo cuando menos se lo espera.

Hay infidelidades intrascendentes capaces de enaltecer la lealtad y el respeto al otro o a la otra.

Hay habitaciones de hotel que, en un momento dado, devienen un hogar que nos protege y nos contiene y nos permite descubrir, en un instante que es casi una epifanía, quiénes somos de verdad.

Hay la tentación de acabar con la propia vida cuando uno la ama con locura y por esa misma razón.

Hay sentimientos de culpa que uno arrastra durante años, por mucho que haya querido taparlos o disfrazarlos de otra cosa, y, en un momento dado, pugnan por liberarse y liberarnos.

Hay sueños, hay deseos, hay miedos, hay dudas y también certezas.

Y hay el azar que algunos llaman destino que, caprichosamente, nos pone por la fuerza ante un espejo que no permite las trampas.

Al tratarse, en gran parte, de relatos narrados en primera persona, las palabras, los giros y el lenguaje mismo se convierten en fuente de información y de conocimiento que fluye directamente desde el texto al corazón de quien lee. El autor desaparece o se esconde hábilmente detrás del personaje que narra su historia o la de otros. Los recursos narrativos más variados y las técnicas literarias elegidas con acierto consiguen el efecto buscado casi sin que nos demos cuenta. No vemos «las costuras» en el reverso de los relatos. Creo que esta es una de las virtudes a destacar de estos cuentos.

Un breve apunte sobre los amores de este libro:

Diría que todos los tipos de amor, habidos y por haber, aparecen en estas historias. El amor heterosexual, bisexual, homosexual (ya sean hombres o mujeres), el amor a dos, el amor a tres, el poliamor, el amor de una noche, el de toda la vida, el amor apasionado, el amor blanco, el amor imaginado, deseado o soñado, el amor recordado con nostalgia o desapego, el amor loco, el amor tradicional y cualquier otra variante, incluso las del amor sin amor, con o sin ternura, con o sin convivencia, en la pobreza, en la riqueza, en la juventud, en la madurez, después de la muerte, el amor/ amistad, el amor por mutua conveniencia, el amor furioso, el incondicional, el egoísta, el amor romántico...

LOS CUADROS DE HOPPER

Esos óleos fascinantes, esas enigmáticas mujeres de Edward Hopper, han puesto en marcha el motor creativo de Rubén Mettini. Son como un trampolín desde donde él salta haciendo piruetas literarias que leemos conteniendo el aliento. Una vez imaginada la historia, se aleja del cuadro, lo abandona para internarse por territorios inexplorados y nos lleva con él en esos arriesgados viajes de descubrimiento hasta el fondo del abismo humano.

Prefacio

A comienzos del 2016, comencé con los primeros cuentos de este libro, pero mucho tiempo atrás vagaba por mi mente la idea de innecesarios e imprescindibles. Pensaba en gente anónima, sin ninguna importancia para nosotros, que se cruza en nuestro camino, que se roza con nuestros cuerpos, tal vez oímos sus palabras en un metro, en un avión o en una tienda donde hemos entrado a comprar. El espacio, el momento o las circunstancias nos llevan por azar a ese contacto. La vibración del desconocido, sus palabras, nuestra escucha… En definitiva, el encuentro provoca un conocimiento profundo de nosotros mismos, nos da las claves que no supimos descubrir hasta ese momento. A partir de esta iluminación, nos damos cuenta de que el ser innecesario se ha vuelto imprescindible. Jamás lo olvidaremos. Diría que en el fondo resuena aquella frase de Blanche Dubois: «Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos».

A esta idea se sumó la observación detenida de los cuadros de Edward Hopper. En muchos casos, son mujeres aisladas en una habitación de hotel o en un bar. Así los relatos dan vida a esas mujeres solitarias que, por casualidad, se cruzan con desconocidos o descubren amigos que estuvieron a su lado, hasta que en un momento se dieron cuenta de su presencia.

Aunque los óleos de Hopper están situados en Estados Unidos en unos años determinados, dejé que mi fantasía llevara los cuentos a otras geografías y a otras épocas. La pintura es solo el soporte que hace nacer la idea del personaje y la trama. El cuento se distancia del óleo y sigue sus propios senderos. Al comienzo de cada cuento, debajo del título, indico la ciudad o el país y los años en que transcurre la historia. Al final del relato indico el nombre del óleo de Hopper.

En casi todos los cuentos he utilizado una primera persona con la voz de una mujer. Hay alguna excepción, pero la idea original era dar voz a las mujeres de los óleos. Mujeres que pasan por situaciones difíciles, conflictivas, beligerantes, pero poseen una profunda confianza en el devenir de la vida. Sufren, sin duda sufren o han sufrido, aunque siempre tuvieron fe en que el futuro sería mejor. Necesitaba que ellas se lo dijeran para decírmelo a mí mismo.


Reencuentro conmigo

París, 2010

Me he caído de la cama. Durante la noche sentí calor, este calor húmedo tan habitual en agosto. Arrastrando la sábana con mi cuerpo, he llegado al suelo. El golpe me ha despertado. Aunque sigo medio entredormida, algo atontada, aquí, al pie de la cama, voy tomando conciencia. Entra una vaga luminosidad del amanecer por las persianas.

El vuelo sale dentro de unas horas. Cuando deje esta habitación, me despediré de París. Es preciso comenzar de nuevo. Fedora, mi cocker spaniel tan querida, me echará de menos, pero se acostumbrará a vivir con Julie. Le dejé, apresurada, una lista con las cosas que le gustan a Fedora. A veces, trocitos de pechuga de pavo, las manzanas verdes y, de vez en cuando, un brownie. Julie se quedó algo sorprendida con mi viaje precipitado. No quise dar demasiadas explicaciones. Un mes en San Petersburgo. Un encuentro de traductores. Largas caminatas por los lugares que recorría Anna Ajmátova cuando la ciudad se llamaba Leningrado.

Una carta para Gerard con pocas frases. Sé que no se sentirá dolido por mi partida, aunque estoy segura de que no se la espera. Con casi cincuenta años, tomar estas decisiones parece bastante raro. En un film de Bergman, una mujer de sesenta dejaba a su marido. Había llegado a la conclusión de que no se amaban. Recordé esa escena y pensé que era posible. Sé que el amor a esta edad tiene que ser más calmo, sereno, pero para mí debe tener ternura y afecto. Y eso desapareció hace tiempo con Gerard, hace diez años o quizás más. Nuestra relación se basaba en los arreglos en la casa, el cambio de muebles o cortinas, los recibos por pagar, si teníamos que llevar a Fedora al veterinario por unas diarreas, cosas así. También compartíamos los almuerzos de domingo. Durante la semana, no. Gerard tenía mucho trabajo. Su estudio de arquitectura y sus clientes. Y almorzaba cerca de allí. Siempre ocupado. Siempre volviendo tarde a casa. La convivencia se fue reduciendo a dormir juntos en la misma cama. Y yo en casa, con mis traducciones, los autores rusos, especialmente los poetas. Siempre me apasionó hacerlo. Ir desentrañando el sentido y trasladar el verso a otra lengua y luego leer el poema terminado, casi como un misterio, una epifanía de la lengua. Por ese amor a mi trabajo, no presté atención a que todo se había secado, que mi interior era una llanura árida, con poca vegetación. Contaba con la compañía de Fedora, de mis libros y mi portátil. También esos pocos amigos con quienes quedaba para ir al cine una vez cada quince días. Otras mujeres toman estas decisiones ante un engaño, una infidelidad. Yo no. Tal vez soy egoísta. Lo cierto es que ya no siento nada por él.

Si una pudiera determinar el día y la hora en que todo cambia, su una pudiera decir a partir de tal instante me volví una mujer seca, casi vacía, sin relieve. Pero no es así. La cotidianeidad lo devora todo, hasta la conciencia de mi propio yo. Gerard dejó de interesarse por mí hace diez, doce años. Las fechas no son exactas. Somos gentiles, no discutimos, los días transcurren sin sentirlo, incluso a veces me da el beso de las buenas noches, aunque yo ya esté dormida y sienta que llega desde otro mundo. Mi cuerpo… Mi cuerpo me era ajeno. Lo duchaba, le ponía leche corporal, lo vestía, peinaba mi pelo, pero casi ignoraba las sensaciones de este cuerpo fuera del frío o el calor. Ahora toco mis axilas y mi pecho y siento el sudor que despertó la noche, reconozco el tacto de la sábana húmeda, siento la aspereza de la alfombrilla en los dedos del pie.

Los detalles que nos hacen tomar conciencia de una anomalía son a veces nimios e inesperados. Todo comenzó con el pinzamiento de mis vértebras dorsales. Demasiadas horas sentada en una mala posición ante la pantalla del portátil. El traumatólogo me recomendó diez sesiones de fisioterapia y así llegué a las manos de Bruno y él no solo abrió mis ojos, sino también mis poros. Me quedaba como dormida y me dejaba llevar por sus manos sin pensar en nada. Simplemente sentir. Bruno pasaba las manos por mis hombros, presionaba las vértebras, acariciaba mi cintura con un aceite con aroma de almendras. Y trabajaba allí despertando, no deseo, sino sensibilidad. Sin quererlo, simplemente haciendo su trabajo, Bruno me devolvió el cuerpo y sus sensaciones. Había algo hacia el final de la primera sesión que me encantó. Tiró mi cabello hacia atrás y puso sus manos en mi cuello, simplemente sosteniéndolo. Como si lo sopesara, como si mi cabeza fuera una joya preciosa. Luego colocó las palmas en mi frente y dejó que el calor de sus manos penetrara allí donde estaba mi conciencia dormida. En esa primera sesión empezó el redescubrimiento: tenía una cabeza, un cuello y un cuerpo lleno de sensibilidad. ¿Dónde habían dormido esas sensaciones durante tantos años? ¿En qué lugar de mi interior se hallaban ocultas?

Después de esa primera sesión, volví a casa. No quise demorarme en la calle. Estaba sola. Una traducción esperaba en mi mesa de trabajo, pero Bruno también me había devuelto mi libertad. Todo eso podía esperar. Yo estaba primero. Me di una ducha caliente y luego me estiré en la cama. Fui reconociéndome con una crema de aloe vera que despertaba calideces y escalofríos. Me tomé toda la tarde para conocerme. Gerard no iba a volver hasta tarde. Fue la comunión con los poros, la celebración del reencuentro, el acercamiento a mi yo dormido, la reunión con mis sentidos. Me miraba como quien mira el cuerpo de una desconocida. Me lamía los brazos para identificar esa transpiración que era mía. Escuchaba las palpitaciones en mis puños, por momentos acelerados por el gozo. Olía la crema de aloe vera como Fedora olfatea un trozo de pastel dulce que nunca antes ha probado. Y sobre todo me acariciaba, cohabitaba conmigo misma, me ponía de acuerdo con mi yo después de tantos años ignorándolo. Y al final, cansada con tan poco, me fui quedando dormida con un gesto de felicidad en los labios.

Deseé cada una de esas sesiones con Bruno. Él me iba acercando a mí misma. La molestia en las vértebras desapareció, aunque esencialmente por primera vez en mucho tiempo experimenté una rara sensación de felicidad. Hasta Bruno me lo dijo. Se la ve muy recuperada. Tiene otra cara. Cuando llegamos a la décima sesión, no sabía cómo agradecerle su tratamiento. Le llevé de regalo un juego de pequeñas tazas para beber sake. Busqué algo sencillo y que pudiera gustarle. Lo agradeció sin entender quizás que yo estaba mucho más agradecida que él.

Y tal vez en la quinta o sexta sesión de fisioterapia surgió como un estallido en mi mente el recuerdo de la escena del film de Bergman y esta decisión que me tiene hoy en este hotel, esperando la hora de partir. Puedo seguir traduciendo desde allá. Dejar lo habitual —los libros, los objetos que me rodean, el paisaje conocido de la ciudad, los amigos—. Parece muy difícil, pero ahora siento que no echaré de menos todo lo que queda atrás.

Vuelvo a la tierra de mi madre y de mi abuela. Ellas huyeron de San Petersburgo durante la Segunda Guerra. Mamá despertó en mí una intensa pasión por esos grandes narradores y poetas: Dostoyevski, Tolstoi, Gogol, pero también Anna Ajmátova y Marina Tsvetáyeva, mujeres que tanto sufrieron y que me regalaron una literatura que vive dentro de mí. Repito de memoria una estrofa de Anna que siempre me acompaña:

Hay en la intimidad un límite sagrado

Que trasponer no puede aún la pasión más loca

Ni siquiera si el amor el corazón desgarra

Y en medio del silencio se funden nuestras bocas.

Después de la decisión me sentí tranquila, como esos que deciden suicidarse o recomenzar su vida. Escribí la carta a Gerard. No pude dejar de decirle que le agradecía tantos años de compañía, de justificarme por no haber podido darle un hijo y de pedirle perdón por mi abandono, pero dentro de mí la decisión estaba tomada.

Ahora me ducharé, recogeré la maleta y el portátil, dejaré el hotel y saldré a desayunar. Esta noche caminaré por la Perspectiva Nevski y seguiré el curso del río Nevá esperando la noche blanca donde siempre se ve la luminosidad del sol desde algún ángulo, porque ahora es así de luminosa mi existencia. Y sobre todo intentaré no perder este cuerpo tan mío. Desde hace unos días lo quiero con todas mis fuerzas.

Summer interior


Añoranzas del río

Valencia (España) - Colonia del Sacramento (Uruguay).

A comienzos de la década del noventa

Eduardo me quiere. Estoy segura. Pero ama mucho más su oficio. Vive por él. Todo lo otro, incluso los amigos y yo misma, pasamos a un segundo plano. Necesita estar sus ocho horas diarias encerrado en su estudio, sumergido en sus novelas. Si no estamos de viaje, desayuna a las ocho y se pone a trabajar desde las nueve hasta la una. Entonces lo veo aparecer. Tomamos un vermut. Yo, a veces, tomo dos vermuts para entonarme. Si está demasiado preocupado por su trabajo, me habla de sus personajes. Con frecuencia, pierdo la línea divisoria entre la realidad y la ficción porque sus protagonistas viven entre nosotros como seres reales. Ya he preparado el almuerzo y, a las dos, comemos juntos. Intento aprovechar esa hora para tenerlo cerca, porque realmente lo necesito. Necesito su compañía, estoy demasiado sola. La hora se hace corta pues, a las tres, vuelve al estudio hasta las ocho de la noche.

Algunos días damos un paseo por la ciudad. Valencia me gusta. Ya llevamos muchos años viviendo aquí, pero sigo echando de menos la ciudad donde nací. Es difícil que volvamos en los próximos años. La editorial y su agente literaria están en Madrid y Eduardo quiere estar cerca para controlar sus ediciones. Hace seis años que no viajo a Uruguay… De noche sueño con Colonia. Veo desde una ventana el Río de la Plata muy ancho, bajando rápido, con sus aguas de color marrón, aunque a mí me parecen bellas. Y me demoro contemplando la vegetación exuberante. Las raíces de los árboles son tan gruesas que rompen las aceras. No podré volver. No quiero viajar sola. Pareciera que mi ciudad solo tomaría sentido si Eduardo está conmigo. Cuando estamos juntos, tengo la impresión de que la realidad se configura. Usted pensará que soy una mujer dependiente de mi marido. Tal vez hay algo de patología en un comportamiento así, pero desde que me casé, apoyé mi vida en él. Es como si Eduardo tuviera la fuerza suficiente para hacernos existir a los dos. Es un poco frío, sí. Es su forma de quererme. Algo distante. Necesitaría que a veces me abrazara, se acercara a darme un beso. Es imposible. Los gestos de afecto le parecen cursis. Tiene pavor a ser un intelectual cursi. Y yo no le pido nada para no conflictuarlo. Lo admiro y sé que sus libros están por encima de mí y de todos. Cuando leo una crítica de una novela suya en un diario o un estudio de un doctorando de una universidad americana, no puedo creer que el autor de quien hablan sea el hombre que tengo a mi lado cada día. Sé que admira mi belleza, aunque ya paso de los cincuenta y no soy una adolescente.

Me acuerdo de que, en los primeros años de matrimonio, cuando aún vivíamos en Uruguay, quería que me vistiera muy elegante para las fiestas que celebrábamos en casa de los amigos. Incluso echaba un vistazo a mis vestidos, mis blusas, mis abrigos y elegía lo que debía ponerme. A veces, llegaba con un regalo para mí. Una camisa de verano o un par de medias cristal, como se usaban en aquella época. Yo salía de casa sabiendo que él se sentía orgulloso de mi atractivo. Tal vez usted piense que, en esas reuniones de escritores, yo era un objeto meramente decorativo, pero me sentía feliz así. En algunos momentos, quería intervenir, pero Eduardo prefería que permaneciera callada, que respondiera con monosílabos, que no tuviera el atrevimiento de iniciar una charla o desarrollar un pensamiento. Hoy diría que su comportamiento era machista. En los años sesenta, en Uruguay, era natural que una mujer fuera la compañera ideal de un hombre. Ideal por su discreción y su silencio. Y mucho más tratándose de reuniones de gente de letras. Lo amo profundamente y ese amor se ha mantenido inalterable a través de todos estos años de casados. Me siento una mujer afortunada de tenerlo a mi lado. Sí, ya es la hora. La llamaré para fijar el día de la próxima sesión.


Tengo que volver a pensar en mi infancia. A partir de los cincuenta, haya sido buena o mala, una la deja sepultada. La vida de hoy presenta demasiadas preocupaciones para pensar en mis padres… Él era un escocés emigrado a Uruguay. John Miller, de allí viene mi apellido inglés, aunque en Uruguay pasamos a usar el apellido del marido al casarnos. Desde la boda, pasé a ser Virginia Miller de Serrano. Papá tenía dinero, se dedicó a la importación de whisky. En un viaje de negocios a Colonia conoció a mi madre. Olga era ambiciosa y vio la oportunidad de escapar de su vida de penurias económicas. Tal vez nunca lo amó. No me interesa ahora preguntármelo… ¡Unas palabras suyas no podré olvidarlas, aunque quisiera! Un día, durante una agria discusión, cuando yo quería salir con mis amigas y ella me lo impedía, me confesó que nunca había deseado tener hijos, que había intentado abortarme. Entendí, entonces, que me había tratado con desprecio desde antes de que naciera… Mi padre era cariñoso, aunque tenía una mentalidad muy rígida, muy marcada por la religión. Yo lo veía poco, siempre estaba viajando. Mi madre lo ignoró. Su marido simplemente le sirvió para vivir bien. Ambos murieron hace años. No volví a Uruguay por sus funerales. Ya siendo pequeña, mi madre me decía casi siempre: «Pero ¡qué fea eres». Y yo realmente me veía fea ante el espejo. Me comparaba con mis amigas y notaba que ellas se arreglaban bien, eran mucho más hermosas. Además, los chicos iban, siempre, detrás de ellas. A mí me ignoraban. Nunca tuve pretendientes. Era la amiga fiel de los muchachos y de las chicas, la gran confidente. Todos venían a contarme sus penas de amores. Creí que me iba a quedar para vestir santos. Cuando a veces veo alguna de esas fotos de la escuela secundaria, a los catorce o quince años, me doy cuenta de que fui una chica desagradable a la vista, como si mis facciones estuvieran mal colocadas en la cara… Ahora que intento recordar esa época, me acuerdo de que, por las noches, lloraba en silencio en la cama. En carnavales iba a bailar a un club con mis compañeras y me quedaba todo el rato sentada en una silla. Ningún chico me sacaba a bailar y yo no podía soñar con los besos robados que les daban los novios a mis amigas. Ni siquiera me atrevía a nutrir ilusiones por algún compañero. Sabía de antemano que era inútil. Jamás ninguno me miraría. Siempre las otras despertarían su atracción antes que yo. A mis dieciocho años empecé a cambiar. Ni yo era consciente de mis cambios. Lo noté de una forma indirecta. Cuando ya había terminado la escuela secundaria, al cabo de un año, las compañeras volvimos a encontrarnos. Fue una sorpresa porque una a una, todas iban diciendo: «Virginia, ¡qué linda estás!». Preguntaban, haciendo broma, si me había hecho la cirugía estética y se reían. Yo me sentía igual que antes, pero evidentemente había cambiado. Llevaba muchos años encerrada en mí misma, insegura, callada, incapaz de afrontar a la gente y al mundo. De todos modos, el encuentro con ellas fue esencial. Empecé a verme con otros ojos. Me compré soleras y sandalias para el verano, polleras más cortas, camisas ceñidas y abrigos elegantes para el invierno. En casa no faltaba el dinero. Y así, de la noche a la mañana, como se acostumbra a decir, me volví atractiva. El cambio reforzó mi seguridad y mi carácter también empezó a cambiar. La chica callada, algo sosa, se volvió conversadora y desinhibida. En todos los años de estudio, me había refugiado en los libros. Leía todo lo que caía entre mis manos; sobre todo novelas. Los personajes femeninos me hacían soñar con otra vida y la vida soñada estaba a punto de comenzar…

Un día, el recuerdo permanece muy claro, fui a un centro cultural. El escritor Eduardo Serrano venía a Colonia a presentar una de sus primeras novelas. Empezaba a hacerse famoso. Me fascinó oírlo hablar. Me pareció tan inteligente y tan brillante. El libro se llamaba Rosas de otoño marchitas. El título parafraseaba el nombre de un vals que había sido famoso en los años treinta. Compré el libro y lo acerqué a mi nariz, como hacía siempre. Me encantaba el perfume inefable de las hojas nuevas. Me acerqué con el libro para que me lo firmara. Recordaré siempre que la dedicatoria decía: «En Rosas de otoño marchitas hallarás sentimientos que son tuyos y míos. Afectuosamente, Eduardo Serrano». La recordaré siempre porque leí una y mil veces esa dedicatoria. Enseguida le manifesté mi admiración y le di un beso en la mejilla. Nunca me había sentido tan atrevida. Eduardo se quedó sorprendido con mi descaro. Me acarició las manos al devolverme el libro después de firmarlo. Me puse a leerlo y lo terminé esa misma noche. No podía dejarlo. Entre sus personajes había una mujer que amaba profundamente a un hombre que no la correspondía, pero ella se sacrificaba por él. Sentí que mis sentimientos eran los que expresaba el libro, como decía la dedicatoria, aunque nunca había sentido ningún tipo de amor.

Al día siguiente, la Asociación Cultural preparó una especie de refrigerio para que los lectores charlaran con el autor. La editorial argentina que lo publicó estaba interesada en difundir su obra. Asistí al acto. Debíamos de ser unas quince personas bebiendo un refresco con uno de los pocos autores que despuntaban en el panorama literario uruguayo. Me acerqué a él con cierta desvergüenza. Intercambiamos unas palabras y me preguntó si podíamos encontrarnos alguna tarde, en Montevideo, para tomar un café y charlar de literatura. Los hechos se sucedieron con toda naturalidad. Empezamos a vernos. Yo viajaba ilusionada de Colonia a Montevideo para encontrarlo. Me sentí un ser pequeñito junto a un gigante que sabía infinidad de cosas. Él tenía veinticinco años y a mí me parecía una especie de deidad. Usted imagine a una chica que nunca había tenido ni pretendiente ni novio…

Cuando cumplí veinte años, me propuso matrimonio. Mi madre se alegró mucho. Ella también pensaba que me iba a quedar soltera… Fue la etapa más feliz de mi vida. Junto a él, me sentí mujer. Sí, era virgen. En esa época no era raro que una llegara virgen al matrimonio. Pasaron cinco años en que Eduardo lo era todo para mí. Aunque surgieron problemas cuando… ¡Ay, sí, ya se terminó el tiempo! Puedo hablar con tanta soltura con usted que me olvido de la hora.


Mi madre había sido cruel conmigo. Me subestimó, me hizo sentir insegura. Ya sé que todos los hijos se quejan de sus padres cuando tienen veinte años. Pero a mi edad ya tengo una visión clara de Olga. Y el insulto que me lanzó a la cara… que había querido perderme. No lo olvidaré nunca. El recuerdo de sus palabras despertó mis deseos de tener un hijo. En realidad, yo deseaba una hija. Con una niña podría corregir los errores que había cometido Olga conmigo. ¡Me sentía tan feliz en mi matrimonio! Se lo comenté a Eduardo. Él no lo deseaba. Estaba consolidando su carrera literaria y planeaba que dejáramos Uruguay. Soñaba con vivir en Madrid o Barcelona, donde el movimiento intelectual era intenso, donde podía publicar en editoriales importantes y dar a su obra la difusión que se merecía. No se veía viajando por Europa con un bebé o una niña pequeña, tal como yo soñaba. En un tema así, no quise dejarme convencer. Tenía veinte años y una llamada en mi interior me decía que necesitaba ser madre para sentirme realizada. Moví su voluntad y empezamos a intentarlo… Fue en vano. Nuestras relaciones sexuales quedaron sometidas a esta aspiración. Era infértil. Al cabo de dos años, viajamos a Europa. Era su sueño. También se había convertido en el mío porque estaba segura de que aquí encontraríamos médicos que pudieran tratar mi esterilidad. Nos instalamos en Madrid. Yo intuía que un hijo, además de mi alegría, sería una forma de asegurarme la compañía de Eduardo. Si era madre, nunca podría abandonarme.

Yo no podía gozar de los cortos viajes a París y a Londres, donde Eduardo se relacionaba con intelectuales europeos y con latinoamericanos exiliados. Mi cabeza estaba centrada en mi cuerpo yermo. Durante un par de años, hice tratamientos. No sirvieron de nada. No lo conseguí. Siendo tan joven, no me di cuenta de que esa obsesión mía iba a provocar, indirectamente, la indiferencia suya hacia mi cuerpo. Después de tantos intentos frustrados, perdió su deseo. Nuestros encuentros en la cama no tenían espontaneidad. Al cabo de cinco años de casados, renuncié a tener hijos. Acepté que era así, estéril. Y creo que él sintió el dolor reflejo por verme a mí tan apenada. Tal vez, secretamente, se alegró de que ningún otro ser se introdujera en nuestra pareja…

Recuerdo que trabajaba en su novela Las turbias aguas del río. Llevaba largo tiempo escribiendo, descartando hojas, rehaciendo capítulos. El sonido de la máquina de escribir era mi compañía en todas las horas en que él estaba encerrado en su estudio. Su ambición era resucitar la vida uruguaya, la lengua que hablaba allá. Las turbias aguas se referían al Río de la Plata. En los años pasados en Madrid, empezó a echar mucho de menos su vida anterior. La mayoría de los escritores exiliados en Europa pretendían recrear el mundo que habían dejado atrás… Yo, en cambio, entonces no añoraba a mi país. Estaba junto a Eduardo. A su lado no echaba de menos ni a otra gente ni otros lugares. Al cabo de tres o cuatro años de trabajo, consiguió publicar Las turbias aguas. Nosotros la llamábamos así, abreviando el título. Recuerdo perfectamente cuando llegó el correo con un paquete que nos enviaba la editorial. Lo abrimos y nos encontramos con los primeros ejemplares de la novela. El libro representaba, de alguna manera, la consagración del escritor Eduardo Serrano, como comentaron los suplementos literarios de los periódicos. Su sueño de tantos años comenzaba a cumplirse. Nos sentíamos muy felices. Aquella noche salimos a cenar. Me acuerdo perfectamente de que fuimos a un restaurante cerca de la plaza de Oriente. Quiso que brindáramos con champagne. Nos tomamos dos botellas y nos parecía que el mundo, durante unas horas, se había detenido… La novela tuvo gran difusión y se multiplicaron las críticas elogiosas. Eduardo viajó para presentarla en varias ciudades. Acudía a dar charlas en una u otra universidad. Mientras tanto, yo me sentía sola en Madrid. La noche de felicidad había pasado. Llegué a detestar la ciudad. No estaba habituada a una capital tan grande. ¡Tenía tan poca gente amiga! Mis amistades eran las de Eduardo. Si él se iba, me quedaba abandonada. Intenté resolver la situación. La editorial que publicó Las turbias aguas del río me envió unos libros de divulgación para corregir. Me entusiasmaba el trabajo de corrección. Por fin me sentía útil. Por fin ganaba un dinero mío. Cuando terminó la promoción de la novela y él volvió a casa, le pedí que eligiéramos una ciudad más pequeña para vivir. Alguna que estuviera cerca de Madrid. Así fue como llegué aquí. Valencia me encantó desde el principio. Tenía justamente la medida que soñaba. Podía hacer casi todos los recados a pie y, además, ¡estaba el mar tan cerca! Él se concentró, enseguida, en una nueva novela. Inicialmente se llamó Amargura de la lejanía, así la llamamos durante dos años entre nosotros, mientras la escribía. Luego se publicó con el título de Amargas remembranzas. Ocupado en sus ocho o nueve horas de trabajo diario, yo volvía a estar sola. Por suerte, conocí a unas amigas en un cine-club. Nos reuníamos dos veces por semana para ir al cine para luego terminar la velada con una horchata. A veces jugábamos a las cartas en casa de alguna de ellas. En casa no, para no molestar a Eduardo. Fueron una gran compañía para mí. Y sobre todo tuve a Oliverio. Fue el regalo que más agradecí de Eduardo. Acababa de nacer cuando lo trajo a casa. Era un fox terrier de color blanco, con el pelaje de color marrón claro en el lomo. Fue el hijo que había estado esperando. Mi vida comenzó a tener sentido con la compañía de la mascota. Tal vez usted no lo entienda, pero para mí fue así… En las horas en que Eduardo se encerraba en el estudio, yo leía una novela o corregía algún texto y tenía siempre en mi regazo a Oliverio. Lo acariciaba y él me lamía la mano, dándome un cariño que la lejanía de Eduardo me negaba. Vivió catorce años junto a mí. ¡Cómo lloré su muerte! Aunque debía aceptarla, ya era un perro muy viejo. Como ocurre siempre, me pasé de la hora. Quería decirle que tendré que viajar. Esta vez acompaño a Eduardo. Vamos a Estados Unidos. Tiene que dar unas conferencias en varias universidades de allá. Por un tiempo no vendré. Me hacen muy bien las charlas con usted. Cuando vuelva, la llamo por teléfono y fijamos una cita.


Demasiado tiempo sin alguien con quien hablar íntimamente. Han pasado un par de años desde nuestra última sesión. Consideré que estas charlas habían dejado aflorar ciertos traumas que, a lo largo de los años, se habían enquistado. El desprecio de mi madre, la inferioridad ante Eduardo, la imposibilidad de tener un hijo… De todos modos, sé que, aunque hable de ciertos conflictos, no quedan resueltos. Ahora vuelvo porque mi relación con él se ha ido deteriorando. Sé que me quiere, pero yo me siento cada día más sola. Cuando murió Oliverio, sentí su muerte como la de un hijo. Eduardo me propuso viajar a Turquía y pasar un mes allá. Me animó el viaje. Creí que, al volver, me encontraría mejor. Una vez aquí, la casa se me cayó encima. Al volver del viaje a Estados Unidos, ocurrió lo mismo. Esta vez la depresión fue más profunda. Hallé un consuelo, un pobre consuelo, en el alcohol. Algunos días estoy triste desde la mañana. Sé que unas copas de coñac me darán las fuerzas para moverme. Espero que venga la mucama a hacer la limpieza porque no tengo la más mínima voluntad de hacer nada. Leo, aunque ni la lectura me alivia este peso que siento aquí, en la boca del estómago… He abandonado las colaboraciones con la editorial. No sería capaz de corregir un libro. Me cuesta concentrarme. Eduardo ya no quiere ocuparse de mí. Ahora trabaja en una obra de teatro y en la adaptación de Las turbias aguas del río para llevarla al cine. Cada día está negociando con el director de la película que pretende hacer muchos cambios en los personajes. Para Eduardo, las modificaciones significarían desvirtuar la novela. Me cuenta sus discusiones con ese joven, me lo relata con lujo de detalles, generalmente, al anochecer, aunque a esa hora yo ya he bebido varios gin-tonics y su voz me parece que viene desde otra dimensión. A la noche, me siento torpe, me muevo con lentitud. Él me dice que le repito una y otra vez la misma pregunta, por ejemplo: «¿Qué quieres para cenar?». Ni llego a ser consciente de haberme vuelto una pesadumbre de mujer. Agradezco que se encierre en el estudio o esté fuera de casa porque así no tengo testigos. Puedo quedarme estirada en la cama, con una botella de whisky y un vaso con hielo. El alcohol no me hace sentir bien, pero resulta convincente… La realidad se vuelve lejana, no hace daño… Vivo en un limbo gris. Y así no echo de menos la falta de abrazos o caricias…

Hace tiempo que Eduardo solo me besa en la mejilla, como si le repugnara un aliento tan fuerte… Hay mañanas en que me propongo dejar de beber, que será solo un trago. Al final, nunca cumplo mis promesas y agoto el contenido de cualquier botella. Si salgo a la calle, me gusta entrar en una iglesia cerca de casa, cuando no hay misa. Me siento en un banco y rezo. Suplico a Jesús que me ayude a abandonar la bebida. Antes de venir aquí, me bebí un par de cubatas… Creí que, con un estímulo así, me podría presentar ante usted y hablar como lo hacía antes, sin reservas… No, no estoy de acuerdo. No pienso visitar las reuniones de Alcohólicos Anónimos… Usted me dice que los conozca, que vaya a una sesión con ellos. Yo no soy una alcohólica. Bebo, bebo bastante, pero no quiero estar con un grupo de borrachos… Le agradezco la recomendación. Sí, lo sé, se acabó mi tiempo. Debe de tener a otro paciente esperando tras la puerta. Adiós.


Fue una buena decisión. Eduardo me internó en una clínica de desintoxicación. Por este motivo, estuve casi seis meses sin venir a verla… Sí, me comentó que la llamó para contárselo. Estoy mejor. Intento no beber ahora. Tomo Valium para mantenerme tranquila y algunos somníferos para dormir. En este último mes, sin embargo, cambió la situación. Es él quien muestra signos de vejez, manías persecutorias. Echó a la mucama convencido de que nos robaba dinero. Es una mujer que hace más de diez años que está con nosotros. Una persona de absoluta confianza. Su cabeza va desarrollando paranoias inexplicables. Cada vez le cuesta más trabajar en una novela. Hace un año que prometió publicar La absurda existencia, una especie de biografía novelada. El otro día pretendía litigarse con un crítico porque escribió en una revista un artículo que titulaba Veremos pronto la nueva obra de Eduardo Serrano. Se enojó de una manera exagerada. Le parece que la crítica, la editorial, su agente literaria y los lectores, todos lo obligan a escribir cuando a él le cuesta tanto. La indignación, que le duró días, le provocó unos dolores terribles en los riñones. Los análisis mostraron que había un tumor. Me da miedo de que pueda pasarle algo. No entendería la vida sin él. No concibo la existencia después de la pérdida de esa persona que ha sido el apoyo de mi vida. ¿Como lograría comer, dormir o respirar sin su presencia? Me lo pregunto una y otra vez y no encuentro respuestas… Sí, la vida continúa, tiene razón, siempre la vida continúa… No, no he vuelto a beber. Toda mi preocupación está centrada en su tratamiento, en la próxima operación para extirpar el tumor. Sus manías persecutorias lo hacen estar agresivo conmigo sin motivos. Le confieso una cosa que no me atrevo a confesarme a mí misma. Me da una especie de secreta felicidad saber que, en esta época, necesita de mí como nunca lo ha hecho. Lo acompaño en las visitas a los médicos, le comento el resultado de los análisis. He sido yo la interlocutora con el cirujano que lo va a operar… Desde que apareció el tumor, ha dejado detenida la escritura de La absurda existencia. Seguramente tomó conciencia de que lo que escribía sobre el pasado era falso. Vivía atormentado por angustias inexistentes. Le parecía que ser un gran escritor le exigía rozar permanentemente un estado depresivo, angustioso. Ahora que ha surgido una enfermedad que podría acabar con su vida… Dios me perdone por lo que digo… Pero ahora es cuando comprende que la absurda existencia es esta. Un tumor que lo deja postrado, que no le permite escribir, que lo vuelve irascible sin motivos. Y ante esta absurda existencia es donde su mujer, la detestada Virginia, como dice cuando está fastidiado, es la única que lo quiere, que lo mima y le hace compañía… Sí, me dijo por teléfono que tenía que irse antes. Leí en el periódico que se hacen unas jornadas sobre Psicoanálisis y sociedad. Seguimos la semana que viene, si la operación de Eduardo me lo permite. Buenas tardes.


Pasaron tres meses sin venir a verla. Sé que se enteró. Le pido disculpas porque tuve tanto que hacer que no dispuse ni de un momento libre para llamarla. Apareció en todos los diarios. La inesperada muerte del escritor Eduardo Serrano, decía el titular de El País… Ya estoy mejor. Necesito poner en orden sus últimos días y esta temporada en que intenté reconstruirme… Cuando lo abrieron para la operación, los médicos vieron que el tumor se había extendido. No valía la pena prolongar su sufrimiento. Me quedé muda cuando me lo comentó el cirujano. Saqué fuerzas de flaqueza, no derramé ni una lágrima… Luego, busqué las palabras más adecuadas para decírselo. Lo estimulé por su flanco más débil, la literatura. Le recomendé que se centrara en la escritura detenida de La absurda existencia, que quizás le quedaba poco tiempo y los lectores agradecerían tener en sus manos una biografía suya. Además, sería bueno para la agente literaria, que se pasaba los días llamando por teléfono para ver si le podíamos enviar, al menos, algunos capítulos de la obra. Él me miró con compasión. Una compasión que se dirigía a sí mismo. Tomó consciencia de que le quedaba poco tiempo. Yo lloraba en secreto, sin lograr hacerme a la idea de que él, pronto, ya no estaría a mi lado. Eduardo trabajó en esa novela casi sin quejarse… Unos meses antes, eligió un discípulo aventajado, Mauricio, como albacea literario. Es una persona que estudió en profundidad sus novelas. Hizo su tesis sobre Amargas remembranzas. En la época de mi dependencia alcohólica, lo visitaba a menudo para hablar de la construcción de los personajes y del punto de vista que había usado en esa novela. El joven estaba muy feliz por la confianza que su autor preferido depositaba en él. A mí, su presencia me produjo alivio. Sabía que Mauricio se encargaría de temas que desbordaban mis capacidades… Mientras duró la escritura, yo le daba morfina para que no sintiera dolores. Sabía que la droga era para él tal como había sido el alcohol para mí. Se mantuvo estable, como si ningún mal lo afectara, hasta poner el punto final a La absurda existencia. Es extraña la fuerza inexplicable que surge en un ser enfermo. Pareciera que los males se suspenden. Esa persona espera terminar una obra, aguarda a que lo lleven a su casa natal o hace tiempo para despedirse de los hijos. Cuando ese fin se cumple, el cuerpo se derrumba… Eduardo le pidió a Mauricio que enviara los capítulos finales a la agente literaria y esa misma noche perdió el sentido. Se mantuvo en un estado de calma dos días más. Murió en un estado de extrema serenidad… No tuve tiempo ni de pensar en mi soledad ni en la vida que se abriría ante mí. Llevaba días sin poder dormir. Estaba en un estado casi alucinatorio, entre el cansancio y las exigencias del entorno. Llovieron las llamadas telefónicas, recibí misivas de diarios. Afortunadamente, me acompañaba Mauricio. Derivé hacia él los asuntos que tenían que ver con la editorial, con los medios de comunicación y las universidades. Asumió con entusiasmo todas las tareas. Yo debí ocuparme de las pompas fúnebres, de la elección del ataúd, de celebrar una misa… Sí, sé que a Eduardo le daría igual, pero para mí era importante. Le pedí a Mauricio que comunicara que la familia quería despedirlo en la intimidad para evitar un funeral público, como pretendía la editorial. Se acercaron escritores amigos a darme el pésame. Al final, todo fue más calmo de lo que imaginaba… Fue una gran ayuda contar con ese joven. Ayer me enseñó los diarios que había ido escribiendo Eduardo. Está interesado en editarlos. Me sugirió que los leyera. Tengo curiosidad por saber qué cuenta de nuestra vida. Nunca toqué sus cuadernos. Le pertenecían y jamás escudriñé la intimidad de Eduardo. ¡Ni se me hubiera ocurrido! Me siento en paz. Lo acompañé hasta el final y sé que me quiso. Lo entendí por cómo estrechó mi mano en las últimas horas. No dijo una sola palabra, pero sus manos me comunicaron su amor… Cuando terminó el funeral, en ese estado de vigilia permanente en que mi mente vagaba desde hacía días, intenté dormir. Tomé dos somníferos. Mi cuerpo requería reposo después de una época sin descanso… Esa noche tuve un sueño raro. Me parece importante que se lo cuente. Estaba arrodillada en una iglesia. Creo que le comenté que, durante la época en que bebí tanto, me acostumbré a visitar los templos, sentarme en silencio y pedir ayuda a Jesús para que consiguiera dejar de beber. En el altar, sobre un pedestal, estaban mi padre y mi madre como deidades que me miraban con dureza. Intentaba, en una plegaria, agradecerles haberme dado la vida y la educación. En otro pedestal se hallaba Eduardo. Vestía una túnica, como un santo. Me parecía que surgían unos rayos de sol de su cabeza. Le agradecía por haberme hecho su mujer y su compañera durante toda su vida. Me hallaba muy cerca de ellos. En ese rezo tan paradójico, me inclinaba y besaba el suelo. Me desperté inquieta, con la garganta seca. Entendí el sentido del sueño. Era como si me hubiera pasado la vida de rodillas, agradeciendo a ellos los dones que me otorgaron. Era hora de que me pusiera de pie y pensara en mí. Eran las once de la mañana. Había dormido muchas horas. Salí de la cama y me senté en un sofá para mirar por la ventana. Entraba el sol y, por primera vez, después de largos meses, sonreí. Me sentía ligera, como si el mundo no pesara. Y en medio de la sensación de alivio recordé, una vez, siendo una adolescente, un día de sol en la playa de Colonia. Mi cuerpo ardía, pero no me acercaba al agua. Los árboles frondosos que crecen junto a la playa agitaban las ramas por la brisa, detrás de mí. La mezcla de calor y frescura me otorgaron un momento pleno de felicidad. ¡Tantos años habían pasado desde ese día! Enseguida sentí nostalgia del lugar donde nací. Me gustaría tal vez hacer un viaje a Uruguay. No sé… Gracias por haberme concedido esta sesión tan larga. Necesitaba contarle todos los sentimientos que rodearon la muerte de Eduardo. Ahora me siento más aliviada. Gracias.


Me quité la venda de los ojos. Es impensable lo poco que se puede llegar a saber de una persona, aunque se hayan pasado muchos años a su lado. Creo que fue Ernesto Sábato quien escribió que lo que hay detrás de una máscara nunca es un rostro, siempre es otra máscara. Eduardo utilizó permanentemente esas máscaras. A veces, yo veía cómo simulaba simpatía ante alguien a quien detestaba. Otras veces, se mostraba apesadumbrado por el dolor de una persona, aunque esa persona no le importara en absoluto. Para mí, eran naturales sus máscaras. Su vida de escritor lo obligaba a mostrar sentimientos falsos para ganarse el afecto de todos. Me parecía natural porque tenía en mi interior el convencimiento de que era sincero conmigo, que no utilizaba ninguna de sus máscaras… Estaba muy equivocada. Fue providencial el gesto de Mauricio de dejarme los diarios de Eduardo, tantos cuadernos que guardaba celosamente. Los hojeé con la curiosidad de saber qué decía de mí. Sus incertezas literarias que allí aparecían las había compartido conmigo en las charlas que manteníamos. Las rivalidades con otros escritores las conocía. Pasé las páginas buscando los sentimientos hacia mí. Hallé muchos apuntes sobre nuestra vida en común. En estas hojas he anotado unas pocas de sus consideraciones. Quiero leérselas para, de alguna manera, exhumar este resentimiento que me invade cuando paso los ojos por ellas. Tal vez, mostrarlas sirva para ahuyentar su fantasma… Durante la época en que vivíamos en Madrid, Eduardo escribe:

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