Kitabı oku: «Animal de medianoche»

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Índice

Prefacio

Animal de medianoche

Sobre las decisiones precipitadas y la naturaleza caótica del universo

Coitus interruptus

María y Juana, diosas del mal hábito de la fugaz sabiduría

Interludio

Animales sin correa

Poema del justiciero

El vals de los deseos

Sobre el duro proceso de germinar

Acerca del autor

Créditos

Prefacio

(o palabras de introducción por un nómada inmóvil)

Hola, ¿qué tal? Prometo que seré breve.

Sé que este es el primer contacto con el libro, una suerte de carta de presentación del mismo. ¿Cuál es la primera impresión que quiero causar? ¿Le hará justicia al venidero material que pretendo ofrecerles? O más bien debería preguntarme, ¿por qué ustedes, queridísimos lectores, deberían invertir su valioso tiempo leyéndome y más este prefacio en concreto? Porque tenía la ferviente, no, imperiosa necesidad de hacerlo. Si ustedes quieren o no leerlo, es un derecho suyo más que válido en una sociedad democrática como esta.

Para los que me tengan la suficiente paciencia, les contaré cómo nació este libro. Como estudiante de cine, este proyecto era una especie de libreta de ideas para cortometrajes que me gustaría rodar, los cuales no pudieron emerger en el arte audiovisual debido a limitaciones financieras.

Sin embargo, con el tiempo, y como suele ocurrir conmigo, empecé a tomar estas historias como algo más que simples bosquejos de guiones; empecé a usar estas páginas como una especie de diario, donde anotaba ideas personales y experiencias propias, claramente distorsionadas para favorecer la progresión dramática de la historia.

Las ideas fueron adquiriendo una forma propia, alejada de las imágenes, cargada con los méritos propios del arte literario. Finalmente, después de un año de progresivo trabajo, le puse final al último cuento de este recopilatorio de narraciones cortas.

Todas ellas nacieron como una historia simple acerca de un suceso “violento”, creyendo en mi inocencia de novato que escribir algo “adulto” es crear algo meramente sangriento; pero al final evolucionaron hasta convertirse en algo más. En estas páginas están plasmadas mi visión de las cosas, la relación con el mundo que me tocó vivir, cómo siento la existencia y cómo concibo el arte; ya que el papel es el único verdadero oyente en un mundo de oídos indiferentes.

Además, aprovecho para dejar explícita la relación de este prefacio con la temática general del libro. ¿Cómo? Sincerándome con mi obra una vez más, hablando de mis profundos temores. Veo este libro como un ticket de entrada y sin retorno al violento mundo real, donde las feroces críticas, los fracasos y el hundimiento a las profundidades del abismo son el pan de cada día. Temo mostrar esto a alguien más, pero no puedo guardármelo para mí solo tampoco. Siento que debo ser fuerte y abalanzarme con los brazos abiertos al mundo, el cual me recibirá con escupitajos, golpes y patadas; pero prefiero estar golpeado y embarrado en el piso que verme a mí mismo encerrado en mi propio mundo, abatido y deprimido viendo cómo la humanidad me deja atrás en una infinita carrera contra el vacío.

Y es que hay un pequeño detalle que parece ser omitido por casi todo el mundo: detrás de todas las historias que consumimos diariamente, existen personas, gente como tú o como yo, la cual padece los mismos problemas internos que el resto y que siente emociones como todos los demás.

Pero como verás si te adentras más en este libro, sé que las personas no somos más que animales, animales con consciencia, animales que se sienten superiores a sus semejantes por cubrir su desnudez con ropa y no con pelo. Y como animales que somos, vivimos en un mundo regido por la ley del más fuerte, donde puedes ser devorado al más mínimo descuido. Quizá tengamos coches y los árboles fueron remplazados por el concreto, pero en el fondo seguimos siendo las mismas bestias.

Así que ahora me queda a mí afrontar ese cruel mundo, el mundo de todas las profesiones serias, esa invisible y abstracta máquina moledora de carne. Si este libro logra a ser algo más que un simple archivo en el infinito río de la información contemporánea, sabré que hice algo bien en mi vida. Si no, ya saben, nada más soy otra cebra víctima de las garras de un león hambriento.

Disfrute los cuentos, besitos.

Animal de medianoche

Gente, gente por doquier. Es impresionante lo que esta asquerosa especie logró en tan poco tiempo. Y pensar que hace tan solo veinte mil años vivíamos en cuevas y cazábamos con arco y flecha. Ahora tenemos estos enormes edificios que parecen colmenas, calles que fluyen como ríos de corrupción, infestados de vehículos ruidosos y contaminación; nuestros arcos y flechas fueron remplazados con balas de plomo: la misma mierda con diferente color.

Yo veo todo esto, veo a las personas yendo día tras día a sus destinos. ¿Cuáles destinos? Ni la más remota idea; simplemente soy una ínfima parte de su recorrido. Soy como el jodido llanero solitario, un viajero acompañado únicamente por su caballo de metal, diariamente invadido por oficinistas y doñas cristianas y bebés babosos. Detrás del volante, todos los días. Mi vida se restringe a estas paredes de duro y frío acero, con sus puertas y sus ventanas y caras anónimas que se mueven sin pararse a pensar en quién tienen al frente, simples e insignificantes hormigas de esta gran estructura cuadrada e impersonal: la vida de un taxista.

Tomé este trabajo porque los motores siempre fueron mi pasión, un amor que fui cultivando desde mi pubertad cuando mi queridísimo padre me enseñó el oficio. Hacía de camionero bajo su tutela, llevando cargas de aquí hasta allá siempre bajo la vigilia del yugo paterno; él cuidando siempre que la desgracia no se ciñera sobre su pupilo a causa de un descuido de principiante. Con el tiempo mejoré y, a la dulce edad de dieciocho años, empecé a viajar sin mi maestro, acompañado de mis propios pupilos. Acabé casándome con esta vida cuando terminé mis estudios en mecánica a mis veinticuatro años. La boda fue coronada con un regalo de mi padre, un hermoso Porsche Cayenne al que llevé a la luna de miel.

Después de eso, tuve varios años en completa tranquilidad... abrí mi propio taller mecánico… ganaba bien… conseguí una esposa (esta vez de verdad, no una simple metáfora mamona). Con ella tuve dos preciosas hijas. Mi padre finalmente falleció, un pronóstico que teníamos latente desde hace unos años, cuando le diagnosticaron cáncer de estómago. El funeral, nada del otro mundo. Una persona más que deja esta vida, la única diferencia era que a esa persona que estaba siendo enterrada varios metros bajo tierra alguna vez la llamé papá. Sé que debía estar triste, hacía muecas de dolor fingidas para que nadie pensara que mi corazón era más vacío que la sustancia de un reality show. Pero en realidad mi sufrimiento era nimio en ese momento… siempre supe que las personas mueren, sabía que tarde o temprano me llegaría el turno de afrontar ese proceso. Me preparé mentalmente muchos años antes de que siquiera me imaginara cómo morirían mis seres queridos. Pensar como un desalmado hijo de puta… ayuda, aunque quizás esa fortaleza era más fingida que mis lágrimas de cocodrilo; al final ese sentimiento de ausencia es algo contra lo que no se está preparado nunca. No importa cuántas veces me repita que es simplemente mi egoísmo no querer dejar ir a esa persona, desear que siempre esté a mi lado… esos pensamientos son veneno del ego… son pruebas irrefutables del alma humana cegada por los sentimientos.

En fin… a pesar de la mierda presente en mi vida (como en la vida de todos) era feliz en cierta medida… pero no me sentía lleno. Era una sensación de vacío, un hoyo en mi pecho. Un día mientras exploraba la carne de mi esposa, durante ese momento de conexión no sólo física sino espiritual, mi mente recibió la visita de epifanías y visiones de tiempos pasados. Lenta y cariñosamente me despegué de mi mujer y me senté al borde de la cama mientras me rascaba la barbilla.

–¿Qué pasa Jaime? –preguntó mi esposa, con cierta inquietud en su voz. Me volteé para encararla, mi mirada lánguida penetró su alma.

–Creo que… necesito cambiar mi vida –respondí yo melancólicamente.

–¿Por qué lo dices, cariño? ¿No eres feliz? –replicó ella, buscando mentalmente maneras de elevar los ánimos.

–No lo sé, Marta. Simplemente siento que me falta algo.

–Tienes una familia que te quiere, amigos leales, un buen trabajo y una casa más que decente. ¿Qué te falta?

Mis labios no alcanzaron a pronunciar palabra, pero mi mente albergaba elucubraciones epifánicas que servían de respuesta para las dudas de mi amada. Me faltaba el olor de la carretera, la adrenalina que me inyectaba el misterio del camino en el corazón, ese sentimiento de libertad que me enamoró originalmente de los motores, sentimiento que no podía alcanzar trabajando dentro de un taller. Necesitaba cambiar de vida urgentemente, antes de que las cuchillas de la nostalgia terminaran por drenarme la sangre.

–Necesito… volver a la carretera –musité antes de sumergirme debajo de las sábanas.

Al día siguiente no abrí el taller. Dediqué mi día entero a conseguir trabajo en las serpenteantes calles de esta ciudad. Originalmente tenía en mente volver a conducir grandes camiones, llevando cargas igual de grandes a través de las grandes carreteras transnacionales, idea rápidamente descartada por el peso de la nueva familia presente en mi vida. Resolví por aplacar mis ansias de conducción volviéndome taxista. Con el objetivo ya trazado era hora de sumergirme en… ya saben, la burocracia, la siempre omnipresente y aburrida burocracia. Enfrentar unas cuantas colas, sacar permisos, registrar mi coche, bla, bla, bla, a la mierda. Después de afrontarme satisfactoriamente a las porquerías del mundo civilizado, por fin lo tenía todo: tarjeta de identificación del conductor, carnet del registro de taxis, todo cabrón, todo correcto.

Unos días después empecé a ejercer mi nuevo laburo. Primer día de trabajo, nada recalcable, unas cuantas carreras realizadas con el debido respeto y eficacia, monedas y billetes ganados para el ahorro. La primera semana sentía que lo había logrado, aplaqué ese vacío voraz que amenazaba mi cordura. Lastimosamente, ese sentimiento de realización empezó a ser mermado rápidamente una vez más por la monotonía. La misma rutina, la visión de las mismas calles día tras día, el mismo y familiar vacío que abrazaba mis percepciones. Una vez más intenté enfrentar ese sentimiento desolador cambiando mi rutina y tomé el horario nocturno. De nuevo resultó: la visión de la ciudad nocturna, un ambiente que difiere tanto de las calles bañadas por la luz del sol, llenó el agujero profundo que florecía en mi alma. Pero… ya lo adivinarán, el hoyo no se extinguió, sólo fue temporalmente burlado. Me di cuenta de que quizá ese vacío era inevitable; no importaba qué hiciera, siempre terminaría volviendo. Era un… algo, un algo que nunca imaginé que existía, un algo que no fue contemplado por mi yo más joven; un algo propio del mundo de los adultos, ese desencanto por todo, una forma de concebir el mundo que nace cuando la fascinación del infante, su salvaje imaginación, muere. Finalmente, esa revelación se paró clara ante mí para darme un par de buenas bofetadas: ese vacío sólo se iría si volviera a ver el mundo a través de los ojos de un niño, fascinado por los misterios del mundo circundante que clamaba ser descubierto. Esa es una opción que debía eliminar rápidamente, ya tenía casi cuarenta años, adulto hecho y derecho, era simplemente imposible. Mis ojos se llenaron de lágrimas, nublando mi visión detrás del volante. Recordé el verso de una canción gaucha… “Y la panza de mi vieja es el único lugar al que quiero volver”. Sí, por supuesto, sería fantástico, todos tienen un lugar feliz al que quieren volver. Redoble de tambores.

Unos días, o unas semanas después, no lo sé. Bueno, la cosa es que me encontraba dentro de mi coche, aportando mi granillo de arena para hacer girar este gran sistema de relojería al que llamamos civilización, llevando gente a sus destinos, la misma mierda de todos los días. Ya muy entrada la noche, a eso de las once, recorría no sé qué avenida cuando a lo lejos vi una silueta rodeada por las penumbras de la bóveda, un hombre que me hace señas para que detenga el vehículo. Bajé la velocidad y me detuve justo frente a él. Abrió la puerta del coche y se subió en los asientos traseros. Ya dentro e iluminado por la luz del techo, pude verlo con claridad: un hombre alto y delgado, de larga cabellera y vistiendo un elegante traje negro, sujetando firmemente una de esas enormes maletas de viaje con una de sus manos.

–Buenas noches –me dijo amablemente con una melodiosa voz–. Necesitaré de sus servicios por buena parte de la noche, sólo lléveme adonde le indico y al final de la jornada recibirá una buena paga.

Me limité a asentir con la cabeza mientras mi rostro mostraba una gentil sonrisa de performance. Este hombre no se viene con rodeos pensé, directo al grano, sí señor. Sin más dilación arranqué.

–La primera parada será en el Cementerio Jardín –dijo mientras se recostaba en la espaldera del asiento forrado con cuero.

Mientras conducía no dejaba de ver a ese misterioso sujeto por medio del espejo retrovisor. Tenía un aire extraño que describiría más bien como sospechoso. Escudriñaba las oscuras calles con su penetrante mirada a través de la ventana. Una de las cosas que más llamó mi atención era un tic nervioso que su busto evidenciaba… contorsionaba su cuello mientras levantaba ambos hombros simultáneamente. Era simplemente inquietante. Lo único que me calmaba era su amabilidad, pero no podía dejar de pensar que era más bien fingida y que tarde o temprano sacaría un cuchillo y me degollaría. Después de estar conduciendo casi quince minutos, finalmente llegué al Cementerio Jardín.

–Espéreme aquí –dijo el sujeto con su suave voz. Bajó del auto llevando esa gran maleta consigo.

En cuanto se fue, lo primero que cruzó mi mente fue pisar el acelerador a fondo, directo hacia la noche para ser engullido por las protectoras sombras del cielo sin sol. Sin embargo, no lo hice, una fuerza mayor que yo me impedía huir despavorido de ese hombre con voz de flauta.

Pasados unos diez a quince minutos más o menos, el sujeto volvió. Se subió en el mismo asiento de antes, justo detrás de mí. Al lado de él depositó la gran maleta. Sin embargo, esa carga tenía algo diferente ahora… quizá fue simplemente mi impresión engañada por la oscuridad de las calles, pero sentía como si el equipaje que llevaba adentro se hubiera aligerado. ¿Eran acaso sus ahora más gráciles movimientos? ¿O eran más bien mis ansias por encontrarle un sentido a la actitud de ese hombre? Tenía un nudo en la garganta que me dificultaba tragar mi saliva.

–Ahora lléveme a Alto Llojeta. Le iré indicando el camino mientras conduce –dijo el hombre, rompiendo el silencio imperante.

Me limité a seguir las órdenes del sujeto. Una vez más tenía el motor en marcha rumbo al nuevo destino que me había marcado. Mientras conducía exploraba las calles con ojos curiosos a través del parabrisas; las pocas almas que recorrían esos lares nocturnos olían a trago barato y tabaco, de vez en cuando mis faroles desvelaban jóvenes inhalando humo de mota a través de pipas hechas con tarjetas de crédito o con envoltorios de chocolate. El hombre al que transportaba seguía irrumpiendo en la quietud gregoriana con sus incómodos tics.

–Gire a la izquierda, ahora a la derecha, siga directo –indicaba el hombre en tono imperante–. A la izquierda, siga directo… es acá.

Nos detuvimos frente un terreno descampado que se encontraba un poco más allá del límite de la gran hoyada andina. El hombre repitió el mismo procedimiento de antes, bajando con maleta y todo. Me dirigió una última mirada antes de pedirme que esperara en ese lugar; justo después, se sumergió en las negras tinieblas resguardadas por Plutón. Me quedé solo en ese paisaje desolado y baldío. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras pensaba ¿Cómo me metí en esta mierda? ¿Cómo carajos me metí en esta grandísima mierda putísima? Le suplicaba a los primigenios que ningún alma en pena se cruzara en mi camino, buscando horrorizar a algún despistado. Mi única compañía era ese ojo plateado que coronaba el cielo de petróleo. El hombre tardó más o menos el mismo tiempo que invirtió en su primera bajada, antes de reaparecer de entre las penumbras. Se subió al coche y de nuevo depositó la maleta a su lado.

–Ahora necesito que vaya a El Alto –pronunció.

–Disculpe, creo que deberé negarme. El Alto está muy lejos y…

–Escuche, le pagaré quinientos bolivianos ahora y quinientos al terminar. Mil en total, ¿será suficiente?

Me quedé helado. Si tal cantidad de plata estaba en juego quizá podría…

–No lo sé, ¿cuántas paradas más haremos? –dije con voz temblorosa.

–Sólo un par más. Y si aún no está convencido –el hombre sacó su billetera del bolsillo, de la cual extrajo un fajo de billetes de cien– le daré setecientos ahora y setecientos al terminar –me dijo alcanzándome el dinero.

Miré fijamente su mano huesuda por unos segundos antes de extender mi brazo hacia su generosa ofrenda… no había marcha atrás, ya tenía los billetes entre mis dedos. A la mierda, ¿qué podría salir mal? Me dije para reconfortarme.

Nuevamente en la carretera, siendo arrastrado por las cadenas invisibles del destino. A pesar de que el dinero que se me había prometido era un incentivo más que eficiente, no podía librar a mi mente de esa inquietud inminente, el sentimiento de que me estaba metiendo en una situación más allá del control divino. Quizá impulsado por una morbosa curiosidad, empecé a entablar una conversación con mi extraño pasajero.

–Me dejaría preguntarle… ¿Qué es lo que lleva en esa maleta? –dije mientras me limpiaba un hilillo de sudor que recorría mi frente helada.

–Mire, amigo, con todo respeto, no le estoy pagando por responder a sus preguntas –dijo secamente.

Ya había dado por muerta la conversación; cuando el hombre volvió a abrir la boca, despidiendo armónicas palabras.

–Pero… ya que está pasando por toda esta desventura a causa de mí, creo que lo menos que puedo hacer yo es brindarle algunas explicaciones… esta maleta contiene documentos, recuerdos de una vida pasada que quiero dejar atrás.

–¿Y eso por qué? –pregunté yo.

–¿Es que acaso un hombre no tiene el derecho de hacer borrón y cuenta nueva? Cuando acabe aquí, me iré lejos, quizá compre una granja en la Argentina y me dedique a criar vacas el resto de mi vida… en paz.

–Comprendo. Ojalá yo tuviera el corazón para deshacerme de los recuerdos de toda una vida. A veces pienso que sería genial irme a algún otro lado y empezar de cero, siempre quise ir a México o a los United States, ¿sabe? Pero luego pienso en mi familia, realmente les haría falta… y esas fantasías me abandonan. Y usted. ¿No tiene una familia que lo echará de menos?

El hombre se mantuvo en un silencio de ultratumba, viendo por la ventana.

–Mi familia no me extrañará, eso se lo aseguro. Para ellos estoy muerto. Cometí demasiados errores en mi vida, mi familia pagó por la mayoría de ellos… sé que esto es lo mejor para todos –concluyó con voz nostálgica.

Yo enmudecí, volviendo a centrar mi atención en el camino, y empecé a subir hacia la ciudad más allá de las nubes.

Finalmente llegamos a El Alto, recibidos por una gélida bienvenida de parte de planas calles y carreteras que se extienden a través del paisaje altiplánico, acompañado por el beso seco del concreto. Continué conduciendo hasta el mirador Virgen Blanca, en ciudad Satélite. El hombre me pidió que me estacionara un par de calles más abajo. Así lo hice, y el sujeto repitió la rutina de bajar con la maleta y desaparecer en la oscura noche sin estrellas. El final satisfactorio de la recóndita labor había sido marcado una vez más con el regreso del enigmático sujeto, llevando la maleta aún, que cada vez aparentaba ser más y más ligera, librada de su misteriosa y melancólica carga; mientras mi fascinación y curiosidad se hacía más y más pesada. Mi alma estaba sedienta, y lo único que podía aplacar esa sed desértica eran las respuestas que sólo el pasajero misterioso me podía brindar. Ya con él en el coche, me puse en marcha a la última parada del largo recorrido.

–Ya casi estamos. El último lugar al que necesito que te dirijas es a Kenko –me dijo desde su inmutable posición.

Conduje en silencio, sin protesta alguna, emocionado ante la jugosa recompensa que me aguardaba al final.

Mientras manejaba, y en un giro inesperado de ironía poética, pude distinguir la silueta tambaleante de un hombre. El sujeto supeditado al cruel viento de la intemperie se volteó hacia el auto, revelando su rostro… era Gabriel, un viejo amigo que conocí en mis años escolares. Bajé la velocidad y me detuve a su lado mientras bajaba la ventanilla de la puerta.

–¿Gabriel? ¿De verdad eres tú, pinche cabrón? –dije amistosamente.

–No puedo creer lo que mis ojos están viendo. ¿Jaime? Creí que estabas bien muerto, hombre –dijo él mientras se acercaba al coche.

–Es lo que hubieras querido, ¿no es así? –pronuncié entre risotadas.

Gabriel sumergió su cabeza en el interior de mi vehículo y con sus perlas exploró el recinto móvil. Dirigió su vista hacia mi pasajero, que le devolvía una hostil mirada.

–¿Estás laburando? –preguntó, manteniendo la compostura.

–De hecho, sí. ¿Necesitas de un aventón? –repliqué yo, buscando un poco de reconfortante compañía más allá de mi inquilino con voz de flauta.

–Me vendría bastante bien uno, la verdad. Pero tampoco quiero molestar. ¿Adónde se dirigen?

–A Kenko –respondí.

–Perfecto, entonces. De ahí puedes dejarme en Villa Mercedes, queda más debajo de Kenko –propuso mi viejo amigo, complacido.

Yo me volteé para constatar la comodidad de mi primer pasajero, obligado por un sentido de la moralidad que se ciñó sobre mí.

–¿No le molesta que nos acompañe? No puedo dejarlo tirado aquí, considerando lo peligrosa que se vuelve la ciudad de noche –intenté explicarme.

El hombre abrió la boca, pero ninguna sílaba fue pronunciada. Se tragó sus reclamos, pasaron a través de su tráquea y se rascó la punta de la nariz con un dedo.

–Yo creo que no hay problema alguno, siempre y cuando no interfiera con mi ruta –terminó articulando el hombre de la maleta, con cierta irritación maquillada de samaritanismo.

Gabriel se subió en el asiento del acompañante, cerrando la puerta detrás de él. Arranqué los motores y proseguí mi ruta. La cabina frontal del coche se llenó con nostalgia enarbolada mientras vagos recuerdos de tiempos pasados fluían como ríos de oro fundido.

–Te perdí el rastro en cuanto te mudaste a El Alto, bro’ –comenté yo.

–Quería irme, man. Ya sabes, ser independiente. Quiero a mi familia, pero necesitaba vivir mi vida. Empecé a trabajar y conseguí un pequeño cuarto acá arriba. Era más barato y lo mejor es que estaba lejos de toda la mierda de casa –me contó él.

Mientras tanto, el hombre de la maleta miraba a través de la ventana, intentando ocultar el disgusto que destilaba.

–¿Y qué hay de ti? ¿Te casaste con la Marta al final? –preguntó Gabriel.

–Maldita sea que sí. Era el destino, hombre –respondí yo con una gran sonrisa.

–Carajo, toda la promoción sabía que pasaría; era obvio –exclamó él.

–Bueno, era bastante obvio después de toda la parafernalia melosa que mostrábamos en clases –comenté yo en tono burlesco.

–¿Parafer… qué? Mierda, ese vocabulario tuyo siempre hizo que la profe de literatura se mojara. ¿Por qué terminaste conduciendo taxis? –añadió Gabriel a la conversación.

–Creo que es para lo que nací, hermano, para sentir la brisa de la carretera acariciándome. Es lo que me llena.

–A mí me llena estar con una preciosura en la cama –comentó él mientras gesticulaba obscenas imágenes con sus manos.

Conduje por casi media hora, sorteando obstáculos ocultos en la negrura de la carretera, intentando mantenerme despierto en esas vacías calles llenas de grava. Finalmente llegué a Kenko. El pasajero de la maleta volvió a abrir la boca después de mantenerse en profundo silencio durante todo el final del recorrido. Me señaló un callejón resguardado por centinélicos edificios. Me estacioné en la calle contigua, permitiendo que el misterioso hombre sin nombre bajara para que hiciera lo que sea que hacía. Me quedé dentro del vehículo. Mi ánima estaba menos inquieta gracias a la tranquilizadora presencia de mi viejo amigo.

–¿Qué carajos se supone que está haciendo allá? –preguntó él con voz seca.

–Para serte sincero, no tengo ni la más mínima idea, hermano. Estuve llevando a este sujeto de aquí a allá toda la maldita noche. Me dijo que esta era la última parada de la jornada.

–¿Y todas las paradas a las que te hizo conducir eran igual que esta? –añadió Gabriel viendo por la ventana hacia la negra noche.

–Sí, más o menos. Hicimos paradas incluso peores que esta.

–¿No te parece un tanto… sospechoso? ¿No crees que estás metido en algo denso?

–No soy estúpido, Gabriel. Por supuesto que estoy metido en algo denso, pero no puedo rechazar los billetes de este sujeto.

–¿Cuánto te está pagando? –preguntó Gabriel mientras me miraba a los ojos.

–Mil cuatrocientos bolivianos –respondí yo con naturalidad.

–A la mierda, esa es una gran cantidad de dinero. ¿Qué harás con él?

–Ya veré cuando tenga el resto.

–Nunca me imaginé a ti hablando de que prefieres plata a no ayudar a un criminal a hacer sus pendejadas. Estoy feliz de que hayas olvidado tus huevadas progre-comunistas, Jaime; no iban a llevarte a ningún lado –dijo Gabriel, reflexivo.

–Debe ser por mi familia. Antes de tener una podía hacer con mi vida cualquier cosa, hasta hacerme hippie. Ahora esas fantasías están muy atrás en el pasado.

–Me alegra que entiendas por fin, Jaime; me alegra que entiendas.

Gabriel empezó a mirar en todas direcciones, como si buscara los indescriptibles horrores lovecraftianos dentro de la oscuridad.

–¿Cuánto suele tardar este sujeto cuando baja del coche? –rompió Gabriel el silencio.

–Depende. Entre diez a quince minutos, más o menos –aplaqué yo sus dudas.

–Más que suficiente –dijo él mientras sacaba una navaja del bolsillo–. Afloja tu plata, cabrón.

–¡¿Qué carajos, Gabriel?! ¿Qué demonios estás haciendo? –pregunté con el corazón a punto de chorrearse por mi boca.

–¿Qué crees, idiota? Te estoy asaltando –dijo Gabriel indiferente.

–Pero, ¿por qué? Creí que éramos amigos…

–Y yo creí que ya habías entendido, Jaime. Tú tienes una familia que mantener y yo también. ¿Qué quieres que haga? –se escudó Gabriel.

–¡Quiero que no me putas amenaces con una maldita navaja, la puta madre! Se supone que somos mejores amigos de la secundaria, ¿es que no tienes un ápice de decencia?

–¿Quién eres tú para hablarme de decencia? ¡Estás ayudando a un maldito criminal a hacer no sé qué mierdas! ¿Y aun así me hablas de decencia? Me enfermas. Además, no nos vemos desde hace más de diez años, no tenemos un vínculo especial en este momento. Carajo, prácticamente somos personas completamente diferentes. ¿Y aun así me llamas amigo? No seas descarado –explicó Gabriel, sin pizca alguna de empatía para bañar sus frías palabras.

–Gabriel, hijo de tu grandísima puta madre, ni en un millón de años hubiera imaginado que ibas a caer tan bajo –exclamé yo con afilado resentimiento.

–Ya somos dos, ¿verdad? Si no vas a hacer esto por las buenas, me obligas a usar la fuerza bruta, Jaime. Dame el dinero y esto termina aquí –añadió Gabriel a su patético y cínico discurso.

–Jó-de-te –dije yo después de aclararme la voz.

Gabriel frunció el ceño y se abalanzó sobre mí con asesinas intenciones. El filo de la cuchilla apuntaba directamente a mi estómago. Gabriel intentaba usar el peso de su cuerpo para empujar la navaja hacia mí. Me arrinconó contra la puerta; poco a poco cedía más ante su ciega ira. Ya podía sentir el frío metal sobre mi ropa, cada vez más cerca de penetrar la blanda carne. Me limitaba a ver a Gabriel directamente a los ojos, no hallé ni la más remota señal de remordimiento ante tan atroces acciones.

De repente Gabriel levantó la mirada, atraída por extraños movimientos provenientes del exterior del vehículo. En ese momento el cañón de un arma rugió desde el otro lado de la puerta del auto, una ardiente bala de plomo atravesó la ventana e impactó en la frente de Gabriel, llevándose pedazos de cráneo y sesos consigo. La bala terminó su trayecto dejando una firma de sangre en el vidrio detrás de él, una gran mancha que camuflaba los horrores visibles a través del cristal. El cuerpo inerte del que alguna vez fue mi compañero cayó sobre mí. Usando lo que me restaba de fuerzas me quité el bulto sin vida de encima, dejándolo caer a mi lado. Me asomé por la agujereada ventana para ver quién era el perpetrador de tan dantesca escena… vi al hombre de la maleta sujetando un revólver de humeante cañón entre las manos. Él me devolvió la mirada.

–Mierda, fallé –fue lo que alcancé a distinguir proviniendo de los labios del hombre.

El sujeto volvió a levantar su arma y disparó una segunda vez. La bala abrió un nuevo agujero en mi ventana. Esquivé el proyectil agachándome velozmente y cubriéndome detrás de la sólida puerta.

–¡Mierda! –exclamó frustrado el hombre.

Escuché sus pasos acercándose al vehículo. Rápidamente miré en torno mío, buscando desesperadamente algo que me ayudara a salir con vida de esa jodida situación. Vi el cadáver de mi compañero que aún sujetaba la navaja. Le arrebaté el arma blanca a Gabriel y esperé. Cuando escuché que los pasos de mi atacante estaban a pocos centímetros del vehículo, quité el seguro de la puerta y la abrí con fuerza sobrehumana, golpeando al hombre de la maleta y tumbándolo violentamente en el suelo. Oí un tercer disparo del arma, el hombre había jalado el gatillo en un sorprendido reflejo y la bala se dirigió al negro vacío que nos rodeaba, siendo tragada por la oscuridad. Aproveché que estaba tirado en el suelo para salir del auto y abalanzarme sobre él. El sujeto jaló el gatillo por cuarta vez. El disparo me rozó la mejilla a la vez que su ensordecedor sonido me dejaba un molesto pitido en el oído. Con la navaja corté la muñeca de la mano que sujetaba el revólver. Mi atacante lanzó un adolorido grito antes de dejar caer el caliente cañón a su lado. En un último intento por borrar cualquier testigo de la escena el hombre trató de agarrar nuevamente el arma. Antes de que lo hiciera le clavé la filosa punta en el cuello. Mi enemigo se quedó inmóvil en el piso, viéndome fijamente. Yo me levanté adolorido y pateé el arma, permitiendo que las penumbras engulleran su siniestro hierro ardiente.

–Si te quitas ese cuchillo del cuello te desangrarás y morirás, así que mejor quédate ahí hasta que llame a la policía. Ellos sabrán qué hacer –dije yo, intentando mantener la calma.

Saqué mi teléfono del bolsillo. Mi pasajero convertido en vil asesino impotente me veía desde el suelo, humillado y condenado por un punzante dolor. No sé qué fue lo que cruzó su mente en ese momento, si quería mantener intacto su honor ante la terrible derrota o si quería ahorrarse los incluso mayores dolores del posterior castigo que le imputarían las autoridades, no lo sé. Lo único que sé es cómo ese hombre rodeó el mango de la navaja con sus dedos y sé cómo se extrajo el filo de la carne en un último despliegue de sus habilidades humanas; también sé cómo se sintió cuando un chorro de sangre caliente proveniente de las arterias abiertas del moribundo salpicó mi ropa… dos cadáveres que debía explicar a la policía; grandísima, putísima, carajísima e interestelar mierda de caballo mutante. Mejor irse de aquí, ta-tá. No, muy tarde, escuché las patrullas policiales que se acercaban a la escena, era imposible que no hayan oído cuatro malditos disparos. Decidí que lo mejor era esperarlos e intentar razonar con ellos, contarles lo que pasó; huir me hubiera hecho parecer culpable de dos homicidios en primer grado. Me metí en el coche y abrí la guantera, saqué una cajetilla de cigarrillos junto al infaltable encendedor. Volví a salir del auto y me senté en el suelo, coloqué la colilla entre mis labios y encendí el tabaco… y a esperar, me dije… cerré los ojos… volví a abrirlos, una idea había surcado mi cabeza. Tomé la navaja ensangrentada que yacía en el suelo, la lavé con un poco del alcohol guardado en el botiquín y después apunté el filo hacia mí. Tomé una larga bocanada de aire, las sirenas cada vez estaban más cerca, era ahora o nunca… puta mierda, puta mierda de caballo, puta mierda de caballo mutante. Cerré los ojos… en un hábil movimiento de samurái realizándose el seppuku hundí el cuchillo hasta las profundidades de mi abdomen. Me quedé sin aire. Volví a extraer el cuchillo de mi piel y lo arrojé a un lado del cadáver de mi querido pasajero de la maleta. Ahora sí, era hora de sentarse a esperar, otro cigarrillo.

Días después me encontraba recostado en la camilla del hospital, aún adolorido por esa puñalada autoinflingida. Hasta donde sabía, los policías se estaban tragando bastante bien mi historia, exitosamente sazonada con la profunda herida de mi abdomen. Me enteré que el hombre que interpretó el papel de mi pasajero en esta historia se llamaba Vladimir Mendoza, un sujeto que durante la mañana de ese fatídico día había asesinado a su familia para después descuartizarlos en pedacitos, los cuales empezó a desperdigar por toda la ciudad en un astuto intento de despistar a la policía. Con mi ayuda encontraron todas las piezas putrefactas de las víctimas. Al final esos “documentos” de los que se estuvo deshaciendo toda la noche eran las cabezas, brazos y piernas de su esposa e hijas. Todavía no entiendo qué es lo que lleva a un hombre a matar a toda tu familia tan sádicamente. Si quería empezar una nueva vida tal y como él me contó, ¿no era más fácil simplemente divorciarse y ya? No sé, quizá sea la persona menos indicada para opinar, considerando que no soy ningún jodido iluminado.

Y ahora se preguntarán, ¿qué fue de mí después de tan traumática experiencia? Ese vacío que empezaba a consumir cada rincón de mi vida fue mermado definitivamente. Aún no sé exactamente por qué, quizá una experiencia tan cercana a la muerte como la que viví yo ese día hizo que me replanteara la existencia. Me gusta esa teoría, sin embargo hay otra que la verdad me convence más, y que incluso podría explicar las motivaciones de mi pasajero de medianoche y también las de mi corrompido examigo, pero que a la vez me aterra aceptar. Pienso que lo que necesitaba en esa etapa de mi vida era ver directamente a la cara de mis más bajos y salvajes instintos… instintos aplacados esa violenta noche cuando oí los sanguinarios rugidos de los leones de la jungla de asfalto.

Sobre las decisiones precipitadas y la naturaleza caótica del universo

El ser humano, esa máquina de interesante funcionar, movido por invisibles motores sagrados, alimentado por la magia de las dulces emociones que nublan la fría lógica del universo, que siempre nos recuerda que no importa cuánto lloremos, riamos o amemos, somos simple abono tan valioso como una lombriz, tan frágil como el cristal y tan desechable como todo lo que fabrican los sistemas modernos de producción. El ser humano, ese ente que se considera tan especial postrado en su trono erigido sobre las artes y las ciencias, tan frágiles estas últimas como él mismo, ya que sin seres humanos pululando por los ríos confluyentes del aquí y el ahora no existiría forma alguna de apreciar la magnificencia de su casi ilimitada creatividad.

Bueno, la historia que ahora nos compete se centra en uno de esos seres humanos, movidos por el misterioso funcionar de los invisibles motores sagrados. Como cada uno de esos extraños seres lampiños que andan en dos patas, tiene un nombre, un primer establecimiento de identidad, una carta de presentación asignada sin posibilidad de elección alguna, ya que el extraño e invisible motor sagrado de alguien más decide eso por nosotros. Sin embargo, en este caso nos dirigiremos al protagonista como… “nombre genérico número 1908”, porque cuando nos encontramos con alguien por la calle, el primer contacto, la verdadera carta de presentación es… sí, el rostro, la administradora de nuestros gestos, la que regenta nuestro sentir y lo evidencia al resto de la humanidad; no el nombre, simple estigmatización de la faz, una mera manera de formalizar una nueva relación humana. En este caso el rostro que nos compete le pertenecía a un hombre joven, en un rango de edad de entre veinte a veintidós años, de facciones delicadas, casi femeninas (si se deja crecer un poco más la cabellera tranquilamente lo pueden confundir con una hembra humana), sobre todo en las dionisias fiestas, donde todos pierden el hilo del mundo tangible para empezar a introducirse en su propio mundo corrupto. “¿Cómo estás, preciosa?” Dice un alcoholizado hombre-oso de poderosos brazos, que decide huir en cuanto se percata que 1908 es un varón con un rostro lleno de vellos mal afeitados. Esa mañana, 1908 tenía el rostro bien afeitado, cosa que en ese momento vio como una mala decisión, ya que el frío rasguñaba su fina tez con sus garras gélidas; una barba habría sido una barrera defensiva más que eficaz, sí, señor.

El joven 1908 se dirigió a una de esas paradas de buses, ya saben, esos puntos geográficos estratégicamente posicionados en zonas centrales muy concurridas, donde buses de variopintas formas recogen a los pasajeros que se enfilan en largas columnas para ingresar ordenadamente a los vehículos que van llegando. 1908 estaba en una de estas filas, él a la cabeza. No se percató cuando llegaron los demás transeúntes a posicionarse detrás de él, simplemente llegó y se paró en esa esquina donde los buses acostumbraban a detenerse para llenar sus asientos con fofas posaderas de oficinistas. Mientras los minutos iban pasando la fila se hacía más y más larga, pero ningún mentado bus llegaba nunca. Mierda, ¿acaso se habrán dormido en sus laureles?, pensó 1908, ¿por qué no hay buses? ¿Habrán movido su parada a otro sitio? 1908 era así, siempre lo fue, bastante paranoico; cuando las cosas no salían como él esperaba empezaba a elucubrar teorías de conspiración que únicamente lograban ponerlo más nervioso de lo que ya estaba. ¿Habrá muerto alguien? ¿Un accidente? ¿La tercera guerra mundial? Obviamente nunca pasaba nada, pero ese inherente sentido de la calamidad, que antaño ayudó a nuestros ancestros a sobrevivir en un entorno tan hostil como la naturaleza virgen y que ahora sólo sirve para inquietar ciegamente a nuestros sentidos acostumbrados a la comodidad de las ciudades, no lo dejaría tan fácilmente.

1908 observó su reloj pulsera; el tiempo avanzaba, se hacía más y más tarde. En teoría ya debía estar acurrucado en el cuero del asiento de un bus, encaminándose a su destino, el mundo de la educación universitaria; para empeorar las cosas, ese mismo día tenía un importante examen al que no debía faltar bajo ningún pretexto. Decidió esperar un poco más, mientras tanto, observaba a las demás personas que construían la fila detrás de él. Todos estaban tensos, viendo cada uno la hora en su propio reloj, preguntándose cuándo llegarían los malditos buses. Por depender del transporte público, supongo, pensó 1908. Pasaron otros diez minutos y no había señal alguna de la proximidad de los vehículos. Algunos, pensando que la espera era inútil, se salieron de la fila en busca de rutas alternativas para llegar a sus destinos. 1908 no se movió, prefirió pensar en los pros y contras de salirse de la fila en ese punto. La universidad a la que asistía se encontraba bastante lejos, a una hora aproximadamente. Si se sale de la fila en busca de otros medios de transporte perdería mucho tiempo, daría varias vueltas antes de llegar finalmente a su destino. El bus que esperaba y que nunca llegaba tenía la ventaja de que lo dejaba a unas cuantas cuadras de su centro educativo, por lo que era la apuesta más conveniente de lejos.

Sin embargo, el tiempo pasaba, otros diez minutos y ninguna señal del pinche bus. 1908 empezó a lanzar injurias dentro de su cabeza. Mierda, ¿cómo esos cabrones se atreven a hacernos algo así? Deberían pensar que tienen pasajeros que cuentan con ellos, malditos cabrones, hijos de puta. Ante la ausencia cada vez más inquietante de los buses, 1908 decidió finalmente salirse de la fila para encontrar otras rutas, las cuales a pesar de que eran más lentas, eran más seguras.

Pobre de él cuando decidió voltearse para ver a los infelices que habían decidido permanecer en la fila hasta el último minuto: vio cómo un bus por fin se dignaba a aparecer para recoger a la iracunda masa de gente desesperada por llegar a sus respectivos destinos. 1908 corrió y corrió para intentar colarse en el bus, pero ya era demasiado tarde, estaba lleno. El vehículo arrancó, dejándolo a él y a un grupo de pasajeros. El joven de afeminado rostro contempló la fila, estaba tan grande como antes y ahora debía ir hasta el final de la misma para esperar la llegada de otro bus, que solamente la omnisciencia de seres divinos puede determinar cuándo llegará. 1908 intentó aguantarse la infinita frustración mientras se encaminaba al final de la fila, resignado. Podría perder mi examen, sólo este, ya veré cómo recuperarlo, pensaba el joven para reconsiderarlo justo después, recordando las contundentes palabras de la docente: “no hay forma de recuperar este examen, lo pierden, lo cagan”. Quizá no lo dijo exactamente así, pero sirve para poner de manifiesto la gravedad del asunto.

Sin embargo, la buena fortuna, o más bien la disposición caótica de los elementos del universo, le sonrió en ese momento de duelo. Un taxi de ruta fija (mejor conocido simplemente como trufi) apareció por la calle adyacente. El vehículo tenía un cartel en su parabrisas que enunciaba la ruta que seguía, exactamente la misma recorrida por los buses que estos primates lampiños enfilados esperaban impacientemente. Era obvio que era un ladrón de pasajeros que aprovechaba la ausencia de los buses para lucrar un dinerillo tan rápido como el tiempo invertido en llegar de este punto A al B. En cuanto la fila se percató de la presencia de este domador de sudorosas fieras de oficina, se abalanzaron sobre él, incluido 1908, que obviamente no podía perderse esta oportunidad. Parecía un tsunami de cuerpos nerviosos y tensos, todos intentando colarse en el interior del carrito, más compacto que un bus convencional, capaz de albergar hasta quince personas; el pequeño trufi no podía aguantar más de siete homo sapiens; no se necesita ser muy avispado para ver que no iba a aguantar la presión de esa marea humana desquiciada por la falta de medios de transporte a su disposición. Dos señoras gordas que luchaban por ingresar al auto bloqueaban la entrada con sus grasosas carnes. Los más vivos rodearon el vehículo y entraron por la puerta del lado contrario, entre ellos 1908, que para algo iba a la maldita universidad. El vehículo se llenó vertiginosamente rápido, dejando a las dos ballenas fuera, ya que no fueron lo suficientemente avispados como para seguir los pasos de sus contrincantes hasta la puerta del otro lado.

Cuando 1908 se halló a sí mismo dentro del coche sintió un alivio tal que sus músculos temblaron, liberándose de la terrible tensión que acarreaban desde los primeros rayos del alba. Quizá llegaría unos minutos tarde a sus clases, pero no llegaría tan tarde como si hubiera decidido tomar un camino alternativo; además, el hecho de que el vehículo en el que se encontraba ahora era un trufi y no un bus hacía las cosas incluso más favorables, ya que su tamaño más compactos le permite desplazarse con mayor velocidad y puede sortear con mucha más facilidad los molestos embotellamientos, que a esta hora son infaltables.

Y, como había previsto, el trufi recorrió vertiginosamente las serpenteantes calles, dejando por el camino a los pasajeros en sus propias paradas, recogiendo a otros que ocupaban sus lugares, hasta finalmente llegar al destino.

–¡Me quedo! –dijo 1908 con voz amable pero firme, haciendo que el caballo de acero derrapara sobre el asfalto y se detuviera por el orden natural de los sucesos.

1908 se bajó del vehículo y le pagó al conductor el monto que siempre había pagado por ese recorrido: cinco pesos, pesetas, rupias, da igual, una moneda con un cinco grabado en el medio. El joven empezó a alejarse del coche cuando la voz del conductor lo detuvo.

–¡Amigo! –emergió del asiento del conductor, turbando las partículas del aire hasta los oídos de 1908–. ¡Faltan dos pesos más!

Y he aquí cuando los invisibles motores sagrados vuelven a ponerse en marcha. Sin saber muy bien el porqué, quizá por el intenso estrés causado por la tardanza de los buses, sumado a su paranoia natural; quizá porque necesitaba una forma de liberarse de toda esa ira que cargaba en su pecho desde que se sintió traicionado por sus conductores predilectos, quizá por inercia o quizá simplemente porque dentro de cada uno de nosotros existe esa sombra que encarna nuestro ser más profundo y reprimido, capaz de cometer las mayores atrocidades si se le deja pulular a sus anchas por ahí. Nadie sabe con certeza la razón por la que hace la mayoría de las cosas o los motivos que le llevan a tomar X decisión; es como una delgada línea que separa la acción de la inacción, cruzas esa línea y puedes ganar o perder todo. Cuando 1908 bailó en una discoteca por primera vez también tuvo que cruzar esa delgada línea, bailar, no bailar, respirar el aroma de la vergüenza, dejarse llevar por el calor alcohólico del momento, quedarse en el lado de la inacción o cruzar al otro lado y sentir el soplo del movimiento retumbando dentro de mí, nena. Y ahora helo ahí, de nuevo ante la línea que resume casi todas las decisiones del ser humano.

1908 empezó a susurrar para sus propios oídos de forma compulsiva: “dos pesos más, dos pesos más, pagarle dos pesos más”. 1908 se volteó y se acercó al vehículo del que acababa de liberarse. Sacó su billetera del bolsillo de su pantalón, abrió el cierre y sumergió su mano en busca de los pedazos circulares de valioso metal. Sin embargo, lo que sacó no fueron monedas, sino un glorioso dedo del medio levantado majestuosamente, sobresaliendo de entre todos los demás dedos doblados sobre sí mismos, sumergidos en un letargo inducido por el gesto obsceno de 1908. El joven acercó el insulto hacia el conductor, el cual había estirado su mano para recibir las invisibles monedas. Quería que el chofer viera cuidadosamente su símbolo insultante. Durante todo el tiempo que 1908 tuvo su mano malcriada ante los ojos ofendidos del taxista de ruta fija, observó su rostro, era un rostro rechoncho y bigotón, de piel bronceada por el sol y un poco calvo.

Cuando 1908 sintió que la humillación propiciada era más que suficiente, se alejó del auto y cerró la puerta detrás de sí con tosquedad. No voy a pagar dos putos pesos más, pensaba mientras se alejaba, no, señor, claro que no. Aunque pensándolo bien, la demanda de ese pobre chofer de trufi no era algo fuera de lugar en absoluto; debemos recordar que estaba conduciendo un taxi de ruta fija, recalco la palabra taxi, un vehículo considerablemente más pequeño que un bus, incapaz de albergar en su haber a una ingente cantidad de fofas y sudorosas pompas nerviosas. Es bastante razonable que exija un poco más de dinero por su servicio de transporte para poder compensar su falta de espacio interno que no le permite recoger una sustanciosa cantidad de pasajeros.

En ese momento el juvenil corazón de 1908 latía sin control, la adrenalina recorría cada milímetro cúbico de su sangre; nunca había hecho algo así, ni siquiera cuando la situación lo ameritaba. Siempre fue en extremo sumiso, ¿por qué en ese preciso momento había resuelto actuar de esa vulgar manera? Ni él mismo se lo explicaba, sólo sabía que se había ahorrado dos pesos más para su jugo de media mañana, y en el proceso había demostrado ser una persona que no se dejaba amedrentar fácilmente… o al menos lo aparentó en ese momento. No hay que olvidar la verdadera naturaleza de 1908, oculta en la profundidad del abismo de su alma: es un maldito paranoide. Quizá los primeros quince segundos se sintió imparable, hasta esbozó una sonrisa de satisfacción por haberse mostrado fuerte y cabrón, pero obviamente eso no duró hasta el final del día, damn, ni siquiera duró unos cuantos minutos.

Cuando 1908 subía por la calle que lo llevaba a su universidad escuchó un coche acercándose ominosamente hacia él. Temiendo que se tratara del conductor que lo perseguía en busca de venganza, se volteó para encararlo, pero no era el conductor al que había ofendido, era un coche cualquiera que recorría esa calle a esa precisa hora, no podía ser el mismo coche porque el trufi al que 1908 se había subido era de un azul metálico, y este era más bien carmesí. El joven prosiguió su camino sin darle más vueltas al asunto, pero en cuanto escuchó el motor de otro caballo metálico acercándose, volvió a girarse vertiginosamente para descubrir quién era el acosador motorizado que lo seguía. Obviamente ninguno, otro simple auto genérico, éste de un verde amarillento que 1908 consideró bastante bonito. 1908 no pudo calmar sus nervios alimentados por la leña de su propia mente hasta que recordó algo que debió considerar desde el principio, es un taxi de ruta fija, aun si quisiera cobrar su venganza, no podría despegarse de su ruta previamente asignada para ponerse a perseguirme, tiene su trabajo establecido y sus propios problemas, ya llegarán otros dos pesos extra de alguien más. Sólo entonces 1908 pudo llegar a su destino sin dilación para el examen, para su suerte, unos simples y nada relevantes cinco minutos tarde, o más bien para su infortunio, ya que recordó que no había estudiado debidamente, carajo.

Un mortal cualquiera creería así que la historia llegó a su fin, suposición bastante equivocada, ya que si algo nos ha enseñado la naturaleza caótica del universo es que tiene un extraño sentido del humor. Algunos le llaman karma, yo prefiero llamarlo (citando a Saramago) “el orden sin descifrar dentro del caos”. Sólo hay que considerar con cautela lo que ocurrió esa precisa mañana, cuando 1908 se levantó de su cama con el albor del día. Desayunó, se acicaló los dientes y el rostro, salió más o menos a las ocho y media de su casa, su destino, la casa de su mejor amigo, que le había invitado a alcoholizarse junto con otros compañeros de parranda; claro que 1908 no podía rechazar las tentaciones de la borrachera en una mañana de fin de semana. Así salió, cargando su morral que llevaba en su interior un parlante para escuchar las notas del bajo de Peter Hook a todo volumen, al lado del dispositivo de audio había una botella de Fernet que extrajo de la bodega de su tío. Se sentía preparado para afrontar la farra, pero esa preparación conllevó a una serie de nuevos sucesos interconectados tempo-espacialmente, muy alejados de la imaginación de las mentes mortales de los primates lampiños, pero muy presentes en la visión de este narrador en calidad de contador omnisciente.

Si 1908 no hubiera bajado hasta la bodega de su tío para recoger la botella de precioso líquido ámbar oscuro, hubiera alcanzado a tomar el último asiento de un bus que pasaba, que ante la ausencia de 1908 recogió a otro pasajero que esperaba más adelante. Como 1908 no pudo tomar ese bus en específico, tuvo que esperar a otro, otro que nunca llegaba. 1908 tuvo que emigrar en busca de otra parada, que sabía se encontraba unas cuatro cuadras más arriba. 1908 recorrió la calle hasta el siguiente punto estratégico para tomar transporte público, sin dudar en ningún momento de sus firmes y continuos pasos. Llegó finalmente a la parada, casualmente al mismo tiempo que un bus se aproximaba. 1908 levantó levemente el brazo para hacerle señas de stop al vehículo, pero detuvo su acción casi inmediatamente en cuanto se percató de que en el interior del coche se encontraba su ex, con la que tuvo una ruptura particularmente vergonzosa y dolorosa. Decidió esperar al siguiente bus, que pudo distinguir viniendo a unas cuadras abajo. Finalmente se embarcó en el bus y pudo continuar su recorrido hasta la casa de su amigo, que vivía relativamente lejos. Después de este coche debía montarse en otro más, esta vez un trufi, que lo dejaba justo en la puerta de su amigo. Si se hubiera subido al bus que albergaba a su ex, hubiera llegado mucho más pronto a la siguiente parada de coches, y se hubiera sentado en el último asiento disponible del taxi de ruta fija próximo a salir. Pero como tardó unos segundos más en llegar a la parada, el último asiento disponible del coche fue ocupado por alguien más, ese coche partió y 1908 tuvo que subirse al siguiente trufi de la fila.

Y he aquí los motores sagrados que mueven los engranajes invisibles del caótico universo, esos motores de dulces y crueles voces que nos gritan en el rostro sordas palabras de reprimenda, lo suficientemente implícitas para que nadie se entere de la evidente riña. 1908 se sentó en el asiento del acompañante del conductor; 1908 miró a su lado y vio a quien iba a ser su anfitrión por el resto de ese viaje. Inmediatamente reconoció ese rostro rechoncho y bigotón, bronceado por el sol y un poco calvo. Oh, dulce ironía, ahora era más que obvio que ese conductor tenía como ruta normal ésta, y no la otra, a la que se metió como lobo ladrón de ganado. El conductor también se percató de a quién tenía al lado, al pequeño hijo de puta que lo humilló frente a sus pasajeros.

Por supuesto que 1908 se dio cuenta de que el chofer se había dado cuenta de que él se dio cuenta de quién era. Una gota de sudor frío recorrió su frente, su sentido de la calamidad próxima se había vuelto a activar. Me voy a morir, pensó el joven y ,para sorpresa de todos, en esta ocasión tenía razón, pero no por nada sino por su propia estupidez, que nadie es consciente de la capacidad destructiva que tiene la estupidez. Primero 1908 quiso bajar del coche, pero ya era muy tarde, el vehículo ya estaba lleno y listo para partir; el trufi arrancó y se despegó de la esquina que servía de parada. Ya en la carretera y ante el evidente encierro de 1908, el chofer habló.

–No esperaba volver a verte, maldición. Ahora me pagarás el doble por esta carrera.

Pero 1908 hacía oídos sordos debido a su profundo nerviosismo. Sólo alcanzó a musitar:

–Me quiero bajar. Me quiero bajar –repitió mientras intentaba abrir la puerta.

El chofer intentó detenerlo, apartando su vista de la carretera repleta de vehículos. Sin embargo, no alcanzó a detener la mano inquieta de 1908, la cual logró quitarle el seguro a la puerta y abrirla. Lo siguiente que ocurrió era el predecible efecto dominó, tan común cuando tantos elementos se encuentran en un ecosistema en equilibrio fácilmente perturbable. En cuanto la puerta se abrió, un coche que venía por detrás a toda velocidad se estrelló contra la misma, arrancándola con brutal violencia y dejando pedazos de vidrio y plástico esparcidos por el suelo. Ante la impactante escena, el chofer estalló en cólera.

–¡Ahora este viaje te costará mucho más caro, pelotudo hijo de mil putas! –exclamaba iracundo.

1908 sólo pudo responder con un intento de huida, el cual no era muy sensato en ese preciso momento, considerando que se encontraba en medio de una carretera fuertemente transitada. 1908 se bajó del coche a toda velocidad. Sólo había recorrido unos cuantos metros cuando un poderoso camión lo interceptó, golpeando brutalmente su blandengue cuerpecito con su parachoques y pulverizando sus huesos con las pesadas llantas de caucho. Murió al instante; el viaje sí que le salió caro.

Ahora pregunto, ¿de quién es la culpa? ¿De las ansias alcohólicas de 1908? ¿De su estupidez? ¿Del Fernet que fue a recoger en la bodega? ¿De la ex? ¿De la cuidadosa disposición de los elementos en el espacio tiempo? ¿De la naturaleza caótica del universo? Quizá sea culpa de sus padres, que por satisfacer sus deseos carnales trajeron al mundo a un desdichado primate lampiño y le otorgaron la gracia de la consciencia o quizá sería mejor culpar a sus abuelos por haber parido a sus padres. Quién sabe, al final no intento inculcar mensaje alguno, más bien cuestionar los motores sagrados, invisibles e indescifrables. Arte, arte es lo único que puede hacerles frente. Y así colorín colorado, esta historia ha terminado.

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