Kitabı oku: «¿Por qué le importa a Dios con quién me acuesto?»

¿Por qué
le importa
a Dios
con quién
me acuesto?
Sam Allberry

| Editorial CLIE C/ Ferrocarril, 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: clie@clie.es http://www.clie.es Publicado originalmente en inglés por The Good Book Company, bajo el título Why does God care who I sleep with? © Sam Allberry, 2020. Traducido y publicado con permiso de The Good Book Company. «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». El texto Bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Utilizado con permiso. © 2021 por Editorial CLIE |
¿POR QUÉ LE IMPORTA A DIOS CON QUIÉN ME ACUESTO?
ISBN: 978-84-18204-42-5
eISBN: 978-84-18204-43-2
Estudios de sexualidad y género
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Acerca del autor
Sam Allberry da conferencias por todo el mundo sobre cuestiones relativas a la sexualidad y a la identidad y, además, trabaja como líder de iglesia y pastor. Estudió teología en Wycliffe Hall, Universidad de Oxford, antes de dedicarse a trabajar en varias iglesias de Oxford y Maidenhead, en el Reino Unido.
Ahora Sam es conferenciante y autor de numerosos libros, incluyendo 7 Myths About Singleness, Why Bother with Church? y el éxito de ventas Is God Anti-gay? Ha sido ordenado en la Iglesia de Inglaterra y ha formado parte de su organismo rector, el General Synod.
En su tiempo libre a Sam le gusta hacer senderismo, leer historia de Estados Unidos y perfeccionar poco a poco su receta de curry verde tailandés.
Cuando toca hablar de sexo, la gente cree saber a qué se oponen los cristianos; pero ¿qué es lo que defienden? Dentro de una cultura que considera que el cristianismo es fuente de vergüenza y de opresión, hace falta tener una mente abierta para tomar este libro y leerlo. Pero a quienes estén dispuestos a nadar contra corriente, la nueva mirada que aplica Sam Allberry a lo que nos dice la Biblia sobre el sexo les inducirá a poner en tela de juicio sus conceptos erróneos. Puede que incluso te cambie la vida.
Glynn Harrison, MD
Ex profesor de psiquiatría y psiquiatra consultor, autor de A Better Story: God, Sex and Human Flourishing
Mi generación ha crecido dentro de una cultura que nos dice que el concepto cristiano de la expresión sexual no solo es aburrido y extravagante, sino también ofensivo y represivo. El libro de Sam es un recordatorio refrescante y esclarecedor de que esa crítica ha sido exagerada. Con cariño y claridad, y usando muchísimas ilustraciones interesantes, Sam analiza algunas de las tensiones sin resolver que hemos heredado de la revolución sexual, y demuestra que la vida, la muerte y la enseñanza de Jesús no solo dotan de sentido a nuestros anhelos, sino que satisfacen nuestras necesidades más profundas.
Rachel Jones
Autora de Is This It?
¿Por qué le importa a Dios con quién me acuesto? es una obra clara, sabia, pastoral y en ocasiones muy divertida que ofrece una excelente respuesta a una de las preguntas más acuciantes de nuestra generación. Si es una pregunta que te has hecho, en la que has pensado o incluso que has oído formular a otros, este breve y reflexivo libro de Sam Allberry te será de gran ayuda.
Andrew Wilson
Pastor, escritor y comunicador
Sam Allberry escribe con claridad y empatía sobre uno de los temas más importantes de nuestros tiempos. Su honestidad y su sentido del humor derriban los estereotipos y los tópicos sobre las relaciones sexuales que ya nos hemos acostumbrado a escuchar. Aquí tenemos una voz contracultural que nos desafía a plantearnos de nuevo la fe cristiana y, en última instancia, una relación con Dios en medio del cambiante paisaje cultural en el que nos encontramos.
Dra. Amy Orr-Ewing
Directora de The Oxford Centre for Christian Apologetics
Dadas todas las controversias y retos en torno al sexo, me encanta dar la bienvenida a este tratamiento valiente, sabio y sensible de los temas en juego. Este es un libro capaz de alterar opiniones, cosmovisiones y, en última instancia, de rescatar vidas. ¡Gracias, Sam Allberry!
J. John
Pastor, escritor y comunicador
En este libro enriquecedor y provocativo, Sam Allberry analiza cómo los anhelos de nuestros corazones, los instintos de nuestros cuerpos y los complejos deseos de nuestras mentes nos dicen que queremos algo más que sexo. Lo puedes leer en una tarde, pero sus efectos pueden durar toda una vida.
Dra. Rebecca McLaughlin
Autora de Confronting Christianity: 12 Hard Questions for the World’s Largest Religion
En este libro claro, meticuloso, compasivo y ameno, Sam hace un análisis de la cultura sexual y de por qué le importa a Dios que es un mensaje para todos los seres humanos. Compra por lo menos dos ejemplares. Los necesitarás, porque te aseguro que no querrás prestarle a nadie el tuyo.
Adrian Reynolds
Escritor y pastor
¿Por qué le importa a Dios con quién me acuesto?
Sam Allberry
Índice
Introducción: El problema ineludible del cristianismo
1.¿Por qué nos importa con quién nos acostamos?
2.¿Qué valor tiene una niña pequeña?
3.¿Para qué sirve el sexo?
4.¿De verdad el sexo solo es para casados?
5.¿Por qué era un tema problemático en el pasado?
6.¿Por qué es un tema tan problemático hoy?
7.¿Y si realmente me he equivocado?
8.¿Es que no necesitamos realizarnos sexualmente para ser quienes somos?
9.¿No basta con el amor?
10.En serio, ¿por qué le importa esto a Dios? La historia de fondo
11.En serio, ¿por qué le importa esto a Dios? Una historia mejor
Agradecimientos
Para Logan Gates y Ben Dyson, con gratitud por
vuestra fiel amistad.
Introducción: Elproblema ineludibledel cristianismo
A quel fue probablemente el momento más incómodo de mi vida.
Me encontraba impartiendo clases de inglés en el centro de Tailandia y me habían invitado a contribuir a una jornada de formación regional para profesores de inglés de secundaria. Como yo era hablante “nativo” de inglés, acudí para ayudarles con aspectos como la pronunciación y el inglés conversacional. O eso pensaba yo.
La primera señal de que la cosa no iba a ir como yo esperaba fue cuando me invitaron a subir al escenario nada más empezar la jornada. Después de presentarme a los asistentes, dijeron que empezaríamos el día cantando la canción que se había elegido como tema para esa jornada. Bueno, en realidad quien lo haría iba a ser su invitado, el hablante nativo de inglés.
La mala noticia es que soy un cantante pésimo, sobre todo delante de otras personas. La buena noticia era que la canción estaba en inglés. La otra mala noticia era el equipo de karaoke del que disponía aquella gente. Ya de por sí era extraño que fuera primera hora de la mañana de un sábado, que yo estuviera en un país que desconocía, que hubiera aceptado acudir para hacerles ese favor de última hora a mis anfitriones tailandeses, y que ahora fuese a cantar un solo delante de varios centenares de profesores.
La canción era I Just Called to Say I Love You, de Stevie Wonder, que sin duda es una gran canción pero no lo que uno relacionaría inmediatamente con la enseñanza del idioma de Shakespeare. Yo ya estaba bastante alejado de mi zona de confort, pero eso no fue lo peor. El vídeo de fondo en la pantalla del karaoke era bastante cutre: una procesión de cuerpos que se contoneaban en diversas fases de desnudez. Me las tuve que arreglar para seguir la letra sin fijarme en las incongruentes imágenes que la acompañaban, mientras además intentaba no ponerme del color de un tomate maduro.
Todo esto sirve para decir que es imposible esquivar el tema del sexo. Si aparece dentro de un entorno tan inocente como el de aquella mañana en Tailandia, hay muy pocas esperanzas de poder eludirlo en cualquiera de las áreas de esta vida.
Y si soy sincero, con la excepción de repetir mi experiencia en el karaoke de aquella mañana, escribir un libro sobre el sexo es lo más incómodo que me puedo imaginar haciendo justo en este momento. Pero, como digo, es algo imposible de evitar, por lo mucho que significa el sexo para todos nosotros.
Durante los últimos años he trabajado para una organización benéfica cuya misión principal consiste en responder a las preguntas más urgentes que tiene la gente acerca de la fe cristiana. Otros libros de esta serie te darán una idea de cuáles son esas preguntas, pero en lo alto de la lista, para la mayoría de personas, invariablemente siempre figura alguna pregunta sobre qué piensan y creen los cristianos sobre el sexo.
No es difícil entender por qué. Sabemos que nuestra sexualidad, el sexo y las relaciones que forjamos son una parte realmente importante de la vida. No es nada intrascendente. Soy muy consciente de que todos y cada uno de nosotros poseemos una amplia gama de intensas emociones que entran en juego cuando hablamos del sexo y de la sexualidad, pensamos en ellos y reaccionamos a ellos en nuestras vidas y en nuestras culturas. Todos tenemos recuerdos (tanto buenos como malos) que dan forma a nuestra manera de pensar y a nuestra conducta. Algunos de nosotros tendrán recuerdos y experiencias dolorosos que siguen acosándoles. Otros estarán inquietos, buscando algún tipo de satisfacción más profunda que la que están experimentando ahora mismo. Algunos otros estarán confusos debido a diversas experiencias que hayan tenido. Y otros estarán totalmente satisfechos con su vida sexual tal como está, y quizá se pregunten el porqué de tanto revuelo.
Esto significa que a lo mejor te resultará difícil leer este libro. Tanto si eres cristiano como si no, es posible que en ocasiones descubras que te gustaría quejarte entre dientes o incluso lanzar el libro lo más lejos posible, porque lo que te sugiera entrará en un profundo conflicto con tu propio punto de vista y tu experiencia.
Pero en lugar de ceder al impulso de hacer lanzamiento de libro, te invito encarecidamente a que reflexiones cuidadosamente, y con la mayor objetividad posible, mientras intento explicar por qué el sexo es tan importante para todos nosotros. Escribo esto como alguien soltero que tiene la expectativa de seguir siéndolo en el futuro. Como cristiano, eso significa que me he comprometido a mantenerme célibe, a no tener relaciones sexuales a menos que sea con alguien con quien me haya casado. Este asunto tiene tanta importancia para mí como la tiene para todos nosotros.
GENTE PELIGROSA
Cuando los cristianos hablan de sexo, se enfrentan a peligros importantes. Cada vez más, el mundo considera que la libertad sexual es uno de los mayores beneficios de la sociedad occidental. Han cambiado muchas cosas durante los últimos diez años, aproximadamente. Hace tan solo quince años, a los cristianos como yo, que seguimos las enseñanzas de la Biblia, los habrían considerado retrógrados por atenerse al concepto cristiano tradicional del sexo como algo exclusivo del entorno matrimonial.
Pero ahora, cada vez más, se piensa que somos peligrosos para la sociedad. Así de importantes se han vuelto nuestras opiniones sobre el sexo. La decisión de con quién acostarse se entiende como un derecho humano supremo. Todo lo que parezca limitar nuestra capacidad de decisión en esta área se considera, de alguna manera, una amenaza existencial.
Por lo tanto, la afirmación cristiana de que el sexo pertenece a un contexto muy concreto es más una ofensa que una curiosidad. ¿Por qué tiene que importarle a Dios con quién me acuesto? es quizá menos una pregunta y más una objeción permanente que, en realidad, no exige respuesta.
Sin embargo, existe una respuesta. Los cristianos seguimos creyendo lo que creemos sobre el sexo, y es una creencia que no piensa desaparecer por mucho que se nos critique hoy en día. Además, es una creencia para la que existen motivos de peso. Me encantaría que entendieras esos motivos y los sopesaras adecuadamente antes de decidir qué hacer con ellos.
A Dios le importa con quién nos acostamos porque le interesan profundamente las personas involucradas en la actividad. Le importa porque el sexo fue idea suya, no nuestra. Le importa porque el mal uso del sexo puede provocar heridas profundas y graves perjuicios. Le importa porque nos considera merecedores de su cuidado. Y, de hecho, ese cuidado no solo se aprecia en su enseñanza de cómo deberíamos usar el sexo, sino también en el modo en que pone el perdón y la sanación a nuestra disposición cuando nos equivocamos.
1
¿Por qué nos importa
con quién nos
acostamos?
No es habitual que un solo tuit se propague tanto que se convierta en un movimiento.
A finales de 2017, Hollywood era noticia candente por una serie de acusaciones contra uno de sus productores más celebrados, Harvey Weinstein. Una serie de mujeres le acusaban de conducta depredadora, y el asunto se estaba siguiendo en todo el mundo. El 15 de octubre, una actriz, Alyssa Milano, tuiteó el siguiente mensaje:
Si te han acosado o agredido sexualmente escribe “yo también” como respuesta a este tuit.
El hashtag #MeToo (“yo también”) pronto se hizo viral. El tuit original se colgó en torno al mediodía, y cuando acabó el día la frase “yo también” se había usado en Twitter más de 200.000 veces. Al cabo de un año se había usado 19 millones de veces, más de 55.000 veces por día.1
También hubo muchas celebridades que contaron sus historias, lo cual elevó aún más el perfil del hashtag. Hollywood se hundió. Le siguieron otros sectores de la industria del entretenimiento. Las historias de acoso y de agresión sexual se extendieron rápidamente a los ámbitos de la política, los medios de comunicación, el entorno académico y el religioso. Cuando los y las supervivientes de agresiones sexuales en iglesias o por parte de líderes eclesiales compartieron sus experiencias, empezó a aparecer un hashtag paralelo, #ChurchToo (“la iglesia también”).
Aunque el tuit de Milano pareció dar el pistoletazo de salida, ella no fue la primera persona en usar la frase “yo también” en este contexto (algo que luego admitió ella misma). El verdadero origen del hashtag hay que situarlo diez años antes. La activista Tarana Burke “andaba buscando una manera sucinta de mostrar empatía”, según dijo en una entrevista publicada en el Huffington Post. “«Yo también» es potente porque alguien me lo había dicho, y el hecho de haberlo oído alteró la trayectoria de mi proceso de curación”. Poco después de que el tuit de Milano se hiciera viral, la propia Burke escribió: “El objetivo del trabajo que hemos estado haciendo durante la última década con el movimiento «yo también» es hacer que las mujeres, sobre todo las jóvenes de color, sepan que no están solas”.2
La adopción tan extendida del hashtag ha tenido sin duda ese efecto. Es posible que Burke se interesara sobre todo por las jóvenes afroamericanas, pero el hashtag también permitió que muchas otras personas compartieran sus experiencias: mujeres con distintos trasfondos y edades, e incluso algunos hombres.
Hay una de esas historias sobre la que merece especialmente la pena reflexionar. En un artículo que escribió en The Atlantic, Caitlin Flanagan habló de un momento, cuando asistía al instituto, en el que un joven intentó violarla en su coche, en un aparcamiento desierto junto a una playa. Después de un forcejeo, él desistió y la llevó a su casa. Ella nunca lo comentó con nadie, y en el artículo explica por qué no lo hizo:
No se lo conté a nadie. Según pensaba yo, no era un ejemplo de agresión masculina contra una chica para tener sexo con ella. Era un ejemplo de lo poco deseable que era yo. Fue la prueba de que yo no era el tipo de chica que llevas a las fiestas, o el tipo de chica que quieres conocer mejor. Yo era el tipo de chica que te llevas a un aparcamiento desierto para intentar obligarla a que tenga sexo contigo. Decírselo a alguien no revelaría lo que había hecho él; sería una revelación de lo mucho que yo merecía que me tratasen así. 3
El movimiento #MeToo ha arrojado luz sobre la prevalencia de las agresiones sexuales. Actualmente se calcula que entre el 20 y el 30 por ciento de mujeres estadounidenses han sido agredidas sexualmente en algún momento de sus vidas. Es difícil obtener cifras exactas; a la gente le cuesta muchísimo compartir estas historias por muchos motivos, tal como subraya la historia de Flanagan. Pero ha habido muchos que han logrado sincerarse por primera vez, y cada vez obtenemos una apreciación más exacta de la prevalencia de estas brutalidades. Los hombres también se muestran más abiertos a hablar de sus experiencias de agresión y acoso sexual. Además, algunos hombres están admitiendo errores en su propia conducta pasada con las mujeres. A todos los niveles, desde el individual hasta el institucional, el mundo occidental parece estar reevaluando a fondo sus valores sexuales colectivos.
Si el #MeToo nos ha enseñado algo es que nuestra sexualidad tiene una gran importancia. Su violación provoca un perjuicio emocional y psicológico muy profundo, sin hablar de las cicatrices físicas que deja. La propia experiencia de Flanagan es un ejemplo claro. Lo que aquel joven intentó hacerle le dijo algo sobre sí misma y sobre su valor como persona, un concepto que quedó enquistado en su pensamiento durante muchos años.
JESÚS HABLA SOBRE EL MALTRATO
A estas alturas podríamos preguntarnos qué relación tiene todo esto con el cristianismo. En todo caso, parece ser que el cristianismo es una parte del problema tanto como lo es cualquier otro movimiento, y puede que incluso más. A medida que se van demostrando cada vez más acusaciones históricas y contemporáneas, queda muy claro que ha habido muchas instituciones cristianas en las que se han producido espantosos maltratos. Dentro de cualquier contexto, estos hechos serían escandalosos, pero el contexto cristiano los vuelve aún más reprensibles. Todos sabemos que la agresión sexual está mal; no hay ningún grupo ni religión que tenga el monopolio de esta convicción. Pero los cristianos tienen más motivos que quizá cualquier otra persona para saber esto.
Jesús de Nazaret, el fundador del cristianismo, fue famoso por cuidar a los marginados, a los ignorados y a los vulnerables. De él se dijo que “no quebrará la caña cascada” (Mt. 12:10); fue alguien que por naturaleza mostraba ternura hacia los heridos y los sufrientes. Por consiguiente, resulta una incongruencia destacable que aquellos que afirman seguir a Jesús contradigan su enseñanza y su ejemplo en este ámbito.
Pero también cabe destacar que el propio Jesús fue víctima de un maltrato inimaginable. No hace falta que seamos cristianos que creen en la Biblia para conocer los hechos básicos sobre cómo acabó la vida de este hombre. El registro histórico nos demuestra que fue ejecutado públicamente por las autoridades romanas siguiendo las órdenes de Poncio Pilato.4 Sabemos que fue ejecutado mediante crucifixión. También sabemos que este fue el desenlace de un proceso horripilante de humillación y de tortura. Los relatos del Nuevo Testamento inciden sorprendentemente poco sobre los detalles más sangrientos, pero nos dicen que a Jesús lo desnudaron, lo azotaron, lo golpearon y se burlaron de él. Lo pusieron desnudo frente al público, maltrataron su cuerpo y lo ridiculizaron en diversas ocasiones. Sus propios compañeros de traicionaron, le negaron o le abandonaron. No podemos cuantificar fácilmente ese sufrimiento emocional, psicológico y físico. Y todo esto sucedió antes siquiera de llegar al momento de la crucifixión.
Ese es el hombre al que los cristianos siguen y adoran. Y lo que esto nos dice es que los cristianos deberían tener una sensibilidad innata hacia las víctimas del sufrimiento. Dado que el propio Jesús encarnó y experimentó algunas de las formas más intensas de victimización y rechazo, una parte integral del cristianismo es la sensibilidad ante el sufrimiento y la brutalidad. Los cristianos deberían ser los últimos habitantes de este mundo que se mostrasen indiferentes ante el maltrato, y no hablemos ya de facilitarlo o perpetrarlo en el sentido que sea. Esto queda reforzado por la propia enseñanza de Jesús sobre la sexualidad humana.
JESÚS HABLA SOBRE EL SEXO
Una de las secciones más conocidas de la enseñanza de Jesús es el llamado sermón del Monte. Muchas de sus frases se han incorporado a la cultura occidental. Es posible que te resulte más familiar de lo que imaginas. En el sermón Jesús aborda muy pronto el tema de la ética sexual:
Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
MATEO 5:27-28
Jesús sabe que a sus oyentes les habían inculcado los Diez Mandamientos que figuran en el Antiguo Testamento, incluyendo el séptimo mandamiento contra el adulterio (que él cita aquí). El adulterio consiste en cualquier relación sexual entre una persona casada y alguien que no sea su cónyuge. Jesús reitera este mandamiento y le añade su propio corolario. Sus palabras no suponen un contraste con el contenido del mandamiento, sino que nos proporcionan una visión renovada de cómo se supone que hay que aplicarlo.
No nos equivoquemos: lo que Jesús enseña aquí es revolucionario tanto para la época en la que hablaba Jesús como para nosotros hoy.
Pensemos en cómo debieron escuchar estas palabras sus oyentes originarios. Jesús era un judío del siglo primero que hablaba a un público de compatriotas judíos, y los Diez Mandamientos eran fundamentales para el pensamiento ético de esta etnia. Los consideraban un resumen ejecutivo de toda la ley de Dios en el Antiguo Testamento. En nuestros tiempos siguen teniendo una tremenda influencia cultural como fundamento de la moral.
Jesús cita el séptimo mandamiento contra el adulterio. Este constituía la base de la ética sexual compartida de aquella época. Podemos imaginarnos a un varón judío que escuchase a Jesús. Quizá llevaba muchos años fielmente casado y se sentía orgulloso de la manera en que se había comportado. A lo mejor era uno de los primeros que desaprobaban el adulterio cada vez que se enteraba de que alguien había caído en él. Es posible que nunca se le hubiera pasado por la cabeza meterse en una situación en la que podría acabar teniendo relaciones íntimas con otra mujer. Sus manos jamás habían tocado a otra mujer que no fuera su esposa. Ese hombre sería un ejemplo típico de otros muchos, comprometidos a ese mandamiento y confiados en que lo habían obedecido plenamente.
De modo que cuando Jesús dice en la primera parte de su enseñanza “habéis oído que fue dicho «No cometerás adulterio»”, los hombres como ese habrían asentido con entusiasmo. Sí, eso es lo que siempre nos han enseñado. Eso es lo que siempre hemos defendido. Es posible que otros aspectos de la enseñanza de Jesús les plantearan un reto o los indujeran al autoexamen (resulta difícil leer el sermón del Monte sin experimentar algo así), pero sobre este punto podían estar tranquilos: seguro que contaban con la aprobación plena del maestro.
Pero entonces viene la segunda parte de lo que dice Jesús:
Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
Piensa en esto. Jesús no contradice la manera en que habían interpretado el mandamiento los judíos; lo que hace es ampliar su significado y su aplicación. Ellos habían dado por hecho que hablaba solo del adulterio físico. Pero el adulterio físico no es el único tipo de adulterio; Jesús dice que el adulterio puede producirse en el corazón aunque nunca tenga lugar en una cama. Puede producirse solo con mirar, sin tocar: cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella. No se trata sencillamente de lo que haces con tus genitales, sino con tus ojos y con tu mente; cómo miras a otra persona y piensas en ella.
A Jesús le preocupa la intención. No está en contra de que las personas se fijen unas en otras, sino que las personas miren a otras “para codiciarlas”. Esta es la diferencia que hay entre fijarse en que alguien es atractivo y querer poseer a esa persona de alguna manera. De eso, dice Jesús, es de lo que advierte el mandamiento contra el adulterio. Retomaremos la importancia de este aspecto a su debido tiempo.
LA VÍCTIMA
Aunque Jesús pone su énfasis primordial en la persona que mira, vale la pena detenerse para reflexionar sobre qué implica esto para la persona que es observada.
Jesús nos plantea un escenario en el que un hombre mira con lascivia a una mujer. Lo que Jesús enseña aquí es aplicable a todos nosotros, por supuesto, pero podría ser que los hombres en concreto sean quienes más necesitan escucharlo. Después de todo, la inmensa mayoría de violaciones sexuales tienen como víctimas a mujeres, no a hombres.
Jesús dice que el hecho de que un hombre mire con lujuria a una mujer incumple el mandamiento contra el adulterio tanto como si se hubiera acostado físicamente con ella.
Pero pensemos también en lo que está diciendo Jesús sobre la mujer. No hay que mirarla con lascivia. Lo que hice Jesús es que la sexualidad de la mujer es preciosa y valiosa: posee una integridad sexual que es importante y que todos los demás deben respetar. Está diciendo que esta integridad sexual es tan preciosa que no hay que violarla ni siquiera en la privacidad que ofrece la mente de otra persona. Aunque ella no lo descubriera jamás, que alguien piense en ella con lascivia supone una tremenda ofensa.
Tendemos a pensar que la vida intelectual de una persona solo es asunto suyo, y que lo que sucede en su mente no tiene nada que ver con ninguna otra persona; por lo tanto, quizá nos gustaría criticar a Jesús en este punto por atreverse a regular lo que sucede en nuestra mente. Pero antes de que lo hagamos, debemos entender por qué dice esto Jesús. Tal como dijo alguien en cierta ocasión, no debemos derribar una valla hasta conocer el motivo por el que la pusieron allí.5 Jesús nos está diciendo que nuestra sexualidad es un bien mucho más precioso de lo que quizá seamos conscientes, y que su enseñanza es en realidad un sistema destinado a protegerla.
NO SOLO JESÚS
La enseñanza de Jesús es un reflejo de algo que vemos en la totalidad de la Biblia: a Dios le preocupa mucho la manera en que nos tratamos sexualmente unos a otros.
Uno de los mayores héroes de Israel en el Antiguo Testamento fue el rey David. Unificó el reino, derrotó a muchos enemigos (el más famoso de los cuales fue seguramente el gigante Goliat) y fue un poeta y compositor musical destacado. Pero la Biblia nunca adorna a sus héroes; los pinta con todos sus errores y sus defectos. Y en el caso de David, sus errores le llevaron a un infame incidente con una mujer llamada Betsabé.
Retomaremos este episodio un par de veces a lo largo de este libro, dado que David es un ejemplo fundamental de hasta qué punto se pueden complicar las cosas, y también de cómo podemos encontrar la sanación y el perdón de Dios incluso dentro del contexto de errores terribles.
David hizo que una de sus súbditas, Betsabé, que era una mujer casada, se acostase con él. Ella quedó embarazada, de modo que el rey dispuso las cosas para que su marido, que era soldado y se llamaba Urías, disfrutase de unos días de permiso en su casa junto a su esposa, abandonando el campo de batalla. Así la gente daría por hecho que el bebé pertenecía a Urías. La estratagema no funcionó, de modo que David organizó las cosas para que Urías muriese durante la batalla, e inmediatamente se casó con Betsabé.
Algún tiempo después de que sucediera esto, un hombre valiente llamado Natán echa en cara a David la maldad que había cometido. David recupera el buen juicio; le conmociona la profundidad de su propia perversidad. Se siente profunda y pertinentemente arrepentido. Debemos tener en cuenta que sigue siendo rey. No estamos hablando del remordimiento de alguien que había sido descubierto y depuesto; sigue ocupando el trono. Podría mandar que matasen a Natán. Lo que le lleva a arrepentirse no es la opinión pública ni una amenaza contra su posición, sino su propia conciencia delante de Dios.
David escribe una intensa oración poética a Dios en la que admite lo que ha hecho. En determinado momento escribe lo siguiente:
Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos.
SALMOS 51:4
A primera vista, esto parece muy inapropiado. Da la sensación de que David está pasando convenientemente por alto el precio humano de sus actos y lo considera simplemente “un asunto espiritual” entre él y Dios. Suena a evasiva, como si David no estuviera admitiendo el pleno alcance de lo que ha hecho.
Pero en realidad, lo que sucede es justo lo contrario. David se da cuenta de que lo que le ha hecho a Betsabé es un pecado contra Dios precisamente porque la integridad sexual de esa mujer es algo que Dios le ha dado. La violación de Betsabé a manos de David es nada menos que una traición contra Dios. Lejos de minimizar la gravedad de su pecado contra Betsabé y Urías, la oración de David acepta la responsabilidad de ese pecado.
Veamos otra manera de decir lo mismo: toda agresión sexual es una violación de un espacio sagrado. Maltratar a alguien es maltratar a un ser que Dios ha creado. Las otras personas no son una tercera parte irrelevante: son individuos a los que Dios decidió crear y por los cuales se interesa profundamente. Abusar de ellos es una afrenta contra Dios.
Esta creencia nos proporciona un fundamento necesario para decir que la agresión sexual está objetiva y universalmente mal, porque sitúa el motivo en quiénes son las víctimas para Dios. Él las creó. Si las perjudicas acabarás enfrentándote al propio Dios. Esto es lo que nos advierte el propio Jesús en su enseñanza contra el adulterio.
Con quién nos acostamos es importante. También lo es con quién imaginamos que nos acostamos. Si Dios nos ama, le interesará nuestra sexualidad. Es algo precioso. Violarla, como veremos a continuación, es grave.

1. USA Today: consulta www.bit.ly/occasleep (consultada el 21 de agosto de 2019).
2. Huffington Post. www.bit.ly/occasleep2 (consultada el 21 de agosto de 2019).
3. The Atlantic. www.bit.ly/occasleep3 (consultada el 21 de agosto de 2019).
4. Ver, por ejemplo, John Dickson, Jesús, ¿realidad o ficción? (Editorial CLIE, 2020).
5. G. K. Chesterton, “The Thing”, The Collected Works of G. K. Chesterton, Vol. 3 (San Francisco, Ignatius Press, 1986), p. 157.
2
¿Qué valor tiene una
niña pequeña?
Rachael Denhollander se hizo famosa durante el juicio de Larry Nassar. Nassar fue osteópata en la Michigan State University y después fue el médico del equipo nacional de gimnasia de Estados Unidos, y fue juzgado por agredir sexualmente a docenas de mujeres jóvenes y de niñas.
Denhollander hizo una declaración impactante en el juicio, y algunos extractos de esta se hicieron virales online. La parte más importante de su declaración ante el juez era una dura pregunta: ¿qué valor tiene una niña pequeña?
Le pido que dicte una sentencia que nos diga que lo que nos hicieron es importante, que somos visibles, que valemos mucho, que merecemos la máxima protección que pueda ofrecer la ley, el máximo grado de justicia disponible.
Y a todos los que nos están viendo les formulo la misma pregunta: ¿Qué valor tiene una niña pequeña?
Concluía con estas palabras:
Juez Aquilina, le ruego que mientras delibera sobre la sentencia que dictará contra Larry transmita el mensaje de que estas víctimas tienen un inmenso valor. Con esto satisfará los dos objetivos de este tribunal. Le ruego que imponga la sentencia máxima según el acuerdo negociado de aceptación de culpabilidad, porque eso es justo lo que merecen estas supervivientes. 6
¿Qué valor tiene una niña pequeña? Esta es una pregunta a la que Jesús da una respuesta clarísima. Es tan valiosa que es incluso invaluable. Por lo tanto, su integridad sexual es enormemente importante para él. Jesús dice lo que dice sobre el sexo en el sermón del Monte no porque tenga un concepto ínfimo del sexo, sino porque tiene un concepto muy elevado de la sexualidad humana.
A menudo ha pasado que algunas personas han rechazado el cristianismo debido a su concepto supuestamente mojigato de estos asuntos. Pero ¿qué pasaría si, en realidad, fuera al contrario? ¿Y si en el fondo nuestra integridad sexual fuera mucho más preciosa de lo que habíamos podido imaginar?
Un escritor ha comparado nuestro concepto de la sexualidad con nuestra actitud frente a tener distintos tipos de coche: cuanto más caro es el coche, mejor intentamos cuidar de él.7
Yo me identifico con esto. Hace cosa de un año ejercí como miembro invitado del profesorado de una universidad estadounidense durante un semestre, y necesitaba un coche para desplazarme. Un amigo me ofreció amablemente el uso de su vieja camioneta siempre que la necesitase, lo cual fue un acto de generosidad no exento de cierta imprudencia. Yo soy británico y en mi vida había conducido en Estados Unidos, de modo que siempre existía el riesgo constante de que me metiera por el carril equivocado de la carretera.
Pero luego resultó que eso no era un riesgo tan grande; no porque mi habilidad como conductor fuera mejor de lo que me esperaba, sino debido al estado de la camioneta. Era vieja, pero vieja de verdad, y había superado con creces su esperanza de vida. Daba igual lo que pudiera pasarle. No tenía mucho valor para mi amigo, de modo que, por lo que a él respectaba, podía circular por donde quisiera y pasármelo en grande. A esas alturas otra abolladura, raspón o junta reventada no iban a suponer una gran diferencia.
De todos modos, era una oferta generosa, y se lo agradecí. La habría aceptado de no ser por un factor de peso: otro miembro del personal me había ofrecido el uso de un vehículo alternativo, y este era un precioso descapotable. No me lo podía creer. Digamos simplemente que en el caso de ese coche, sí que sería importante cómo lo condujese. Valía muchísimo más que la camioneta. No tenía ni un raspón en ninguna parte, y yo tenía que mantenerlo como estaba. Merecía que lo cuidase con esmero.
En otras palabras, tener un cuidado exhaustivo de algo suele ser indicio de su valor especial, una señal de cuánto lo valoramos. Si yo, como cristiano, tengo mucho cuidado con el uso que le doy a mi cuerpo, quizá pienses que lo hago porque tengo un concepto bajo de la intimidad física, porque creo que, en cierto sentido, es desagradable o degradante. En realidad, lo hago porque considero que los cuerpos (el mío, el tuyo y el de todo el mundo) son como descapotables, no como camionetas hechas polvo.
Soy muy cuidadoso con la intimidad física no porque la valore muy poco, sino porque la valoro muchísimo.
EN QUÉ NOS HEMOS EQUIVOCADO
La realidad es que los creyentes cristianos no siempre han comprendido o reflejado con precisión este paradigma de la sexualidad humana. El estereotipo de que los cristianos son mojigatos y negativos respecto al sexo tiene cierta base en la experiencia, porque con el transcurso de los años algunos cristianos lo han perpetuado.
Un ejemplo lo hallamos en la Edad Media. Las autoridades de la Iglesia prohibieron el sexo los jueves (el día en que Cristo fue arrestado), los viernes (el día de la muerte de Cristo), los sábados (en honor a la virgen María) y los domingos (en honor a los santos difuntos).8 Es difícil eludir la sensación de que en esa época a los líderes cristianos no les gustaba nada que la gente tuviera relaciones sexuales. Imagino a algunos de ellos rompiéndose la cabeza para inventarse algún motivo para abstenerse del sexo los lunes, los martes y los miércoles.
Hoy en día prácticamente nadie llegaría a ese extremo, pero sigue dándose el caso de que dentro de la Iglesia hay muchos que siguen creyendo que el sexo es algo malo. Pero esto no es más que una idea errónea.
Hace algún tiempo di una conferencia en una iglesia sobre un pasaje bíblico que hablaba del sexo, y cuando acabó la reunión se me acercó un miembro de la congregación, inquieto, para decirme que el sexo no es un tema idóneo para tocarlo un domingo por la mañana. Intenté hacerle ver que la propia Biblia habla mucho del sexo y de la sexualidad, y que originariamente este pasaje (junto con el resto de la epístola a la que pertenecía) se habría leído en voz alta a la iglesia al que iba destinado. Con frecuencia la Biblia es menos mojigata que algunos de sus afanosos lectores.
Pero aunque algunos cristianos aún sigan esta línea, la Biblia demuestra enfáticamente que no está en contra del sexo, sino todo lo contrario.
Podemos apreciar una pincelada de la perspectiva bíblica, más equilibrado, en la enseñanza del apóstol Pablo, autor de buena parte del Nuevo Testamento. En una de sus cartas a la iglesia de una ciudad llamada Tesalónica, en lo que hoy día es Grecia, Pablo empieza a esbozar algunas de las implicaciones de la fe cristiana para la vida cotidiana, y empieza hablando del área de la sexualidad humana:
Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación.
1 TESALONICENSES 4:3
Este versículo resume el concepto bíblico del sexo. Pablo no dice “evitad toda conducta sexual”, como si el sexo fuera un problema en sí mismo y los cristianos debieran evitarlo.
Esto es importante. Los cristianos sí creen que hay una categoría de conducta sexual que está mal. (En realidad, todos nosotros lo creemos, como veremos más adelante.) Pero también existen tipos de conducta sexual que en la Biblia se consideran plenamente positivos y correctos. De hecho, la Biblia celebra estas formas de intimidad sexual; no es en absoluto mojigata en el sentido que muchas personas imaginan. Dentro de estos contextos, el sexo es algo de lo que hay que disfrutar a fondo. Contrariamente a la opinión pública, Pablo no está en contra del sexo.
Lo que sí hace el apóstol es prohibir algunos tipos de sexo. Hay que evitar algunas formas de comportamiento sexual. Pablo dice que existe algo llamado “inmoralidad sexual”, y urge a sus lectores a que la eviten a toda costa.
RESTRICCIONES Y LIBERTADES
Es posible que muchas personas pongan los ojos en blanco al leer esto. A lo mejor se confirman sus sospechas: que en realidad el cristianismo consiste más en la restricción sexual que en la libertad sexual. ¿Qué derecho tienen los cristianos a regular lo que hace una persona en la privacidad de su dormitorio?
Pero un momento de reflexión nos indica que todos nosotros creemos en cierto tipo de restricción sexual. Incluso los defensores más ardientes de la libertad sexual admiten que son necesarios algunos límites; lo único que pasa es que esos límites se dan por hecho muy a menudo y no admitimos necesariamente que están ahí y que son límites.
Tomemos por ejemplo el tema del consentimiento. Resulta fácil pensar que la necesidad de consentimiento es tan evidente que apenas hace falta afirmarla. Cuando he sugerido que la necesidad de consentimiento es un motivo por el que no podemos decir simplemente “habría que permitir a cada uno hacer lo que quisiera”, la respuesta siempre ha seguido la línea de “bueno, por supuesto que el consentimiento es necesario, eso es evidente”.
Pero el movimiento #MeToo es una evidencia de que esto no es así. La necesidad de consentimiento es un límite que hemos dado por hecho, y ahora vemos la necesidad de definirlo y aplicarlo adecuadamente.
Parece que solo ahora nos hemos dado cuenta de las maneras en las que, abierta o sutilmente, muchas personas se han visto obligadas a mantener relaciones sexuales en las que no querían participar. Los campus universitarios tienen que estipular con exactitud qué constituye el consentimiento legal: que cada paso en el que se aumente la intimidad física debe ir precedido por un asentimiento verbal inequívoco.
E incluso cuando existe un consentimiento verbal, somos conscientes de cómo pueden actuar las dinámicas de poder. Si un magnate de Hollywood sugiere a una joven actriz en apuros que mantengan cierto tipo de contacto sexual, queda claro que el campo de juego no está equilibrado. Uno tiene control sobre la fortuna y el éxito de la otra. Aun cuando ella dé su consentimiento verbal, existe una elevada probabilidad de que no sea sincera si siente que esa relación es algo de lo que dependerá el éxito futuro de su carrera.
Una de las acusadoras del productor Harvey Weinstein lo expresó de la siguiente manera:
Soy una mujer de 28 años que intenta ganarse la vida y labrarse una carrera. Harvey Weinstein es un hombre de 64 años, conocido en el mundo, y esta es su compañía. El equilibrio de poder es: yo, 0; Harvey Weinstein, 10. 9
Es decir, no basta con decir simplemente que las restricciones de los deseos sexuales de una persona son retrógradas e innecesarias. Es posible que los deseos sexuales de una persona sean coaccionar y forzar a otro individuo. Puede que esta sea su expresión predominante de la sexualidad; pero no es una licencia para expresarla. Hay algo más importante que la libertad que tiene una persona para satisfacer sus deseos sexuales. Siempre existe la necesidad de que haya cierto tipo de limitación externa a la conducta sexual.
El otro límite que solemos dar por sentado que es necesario es que las partes que consienten sean dos adultos. Admitimos que los menores son tan vulnerables que, incluso si prestan su consentimiento, no podemos pensar que se haya obtenido sin que medie cierto tipo de coacción o de manipulación. De modo que, de forma correcta, establecemos límites legales al contacto sexual, incluso en el caso de adolescentes mayores que todavía no son adultos del todo. Una vez más, las revelaciones recientes sobre el abuso sexual de niños nos han demostrado que ese límite no puede darse por hecho.
¿DÓNDE ESTÁN LOS LÍMITES?
Por lo tanto, en general no creemos en una libertad sexual ilimitada tanto como en ocasiones afirmamos creer. La cuestión no es si debería haber restricciones sobre lo que un individuo puede hacer sexualmente, sino cuáles son esas restricciones. Todos creemos en la necesidad de que existan; la cuestión es cuáles deben ser. Todos estamos de acuerdo en que existen conductas sexuales inmorales. No todos los deseos sexuales son igual de saludables, nobles o correctos. Hay tipos de conducta sexual que son perjudiciales. Todo el mundo necesita tener cierto grado de autocontrol sobre sus deseos sexuales.
Por consiguiente, lo que es distintivo del concepto cristiano de la ética sexual no es la presencia de límites, sino dónde están esos límites y por qué. La cuestión no es que los cristianos estén a favor de la represión sexual y otros sean adalides de la libertad sexual. Nadie aboga por la libertad sexual plena, y todo el mundo cree que hay que resistirse a determinados deseos sexuales. Lo que tenemos que hacer es examinar cada conjunto de límites y evaluar hasta qué punto son sólidos sus razonamientos. Los límites más amplios no son necesariamente mejores, igual que los más estrechos no son necesariamente peores. Descartar el concepto cristiano de la ética sexual como algo meramente “restrictivo” es pura hipocresía.
Nuestra reciente conciencia creciente de la prevalencia y de las consecuencias de la agresión sexual no hace más que subrayar la importancia que tienen los límites. Nos interesan los límites precisamente porque estamos convencidos de que la sexualidad es importante, y que abusar de ella es grave. Esto no es mojigatería, sino protección.
NO SOLO FÍSICO
El hecho de que determinados límites son necesarios nos indica algo más: cuando decimos que el sexo es algo solamente físico, en realidad no lo creemos.
En 1999, Bloodhound Gang publicó el tema The Bad Touch (“El mal contacto”). Su estribillo decía:
Tú y yo, cariño, no somos más que mamíferos, así que hagámoslo como lo hacen en Discovery Channel. 10
A veces tenemos tendencia a pensar así: que en lo tocante al sexo no somos más que animales. Simplemente obedecemos los mismos instintos físicos que compartimos con el resto del mundo natural, así que, ¿por qué hay que ser tan quisquillosos? Pero en el fondo sabemos que no es cierto. En cualquier otra área de la vida nos decimos unos a otros precisamente lo contrario: “¡No seas animal!”. Es evidente que lo que creemos sobre lo que nos diferencia de los animales debe aplicarse al sexo tanto como a todo lo demás.
En la película que hizo Ron Howard en 2001, Una mente maravillosa, Russell Crowe interpreta el papel de un matemático brillante pero con cierta torpeza social, John Nash. En un momento de la película conoce a una mujer atractiva en un bar, y es evidente que no tiene ni idea de qué decirle.
“Podrías invitarme a una copa”, le sugiere ella.
Nash contesta:
No sé qué es lo que se espera que diga para que tengas relaciones sexuales conmigo, pero ¿podríamos fingir que ya lo he dicho todo? Solo se trata de un intercambio de fluidos, ¿no?
Por lo que a él respecta, esto no es más que una transacción física, de modo que pueden permitirse saltarse los preámbulos y acordar, simplemente, tener sexo. No es más que un “intercambio de fluidos”, como si no tuviera más importancia que un apretón de manos.
Pero esta manera de pensar es manifiestamente errónea. No somos solo animales. El sexo no es solo físico. Por mucho que tengamos en común con el reino animal, está claro que tenemos expectativas distintas sobre lo que debe incluir el sexo. Por el mero hecho de que en la naturaleza sucedan determinadas cosas, y porque también nosotros somos criaturas, no quiere decir que podamos imitar los comportamientos que vemos en la naturaleza y esperar que funcione. Puede que hasta cierto punto seamos animales, pero también somos mucho más que eso. A menudo, lo que para los animales es solamente físico es mucho más significativo para nosotros.
Nash descubre esto por las malas. Después de sugerir que el sexo es esencialmente “un intercambio de fluidos”, la mujer le da un bofetón y se marcha del local. Como público, la entendemos perfectamente. Nash era incapaz de entender algo profundo y vital.
El hecho es que nos interesa enormemente con quién nos acostamos. Nuestros instintos nos dicen que es importante. La experiencia (la nuestra o la de otros) nos demuestra que el acoso y la agresión sexual nos afectan muy profundamente, como nos lo han demostrado las desgarradoras declaraciones de Caitlin Flanagan y de muchas otras personas. Es innegable que el sexo involucra mucho más que nuestros cuerpos. La actividad sexual no es trivial. Según parece, en nuestra manera de concebir la sexualidad humana hay tanto en juego que es justo decir que en realidad el sexo casual no existe. El escritor y orador Glen Scrivener me comentó en cierta ocasión que el sufrimiento de una agresión sexual no es el dolor propio de una raspadura en la rodilla, sino el trauma de un espacio sagrado que se ha profanado. Es posible que nuestros cuerpos no sean juguetes, sino más bien templos.
Y estas son cosas que podemos percibir. A veces la experiencia nos obliga a admitirlas. Por sorprendente que parezca, la Biblia dispone de los recursos que nos ayudan a explicar realmente estos sentimientos y experiencias. Es indiscutible que es importante con quién nos acostamos. La fe cristiana, más que cualquier otra, nos demuestra por qué es así: porque a nuestro Creador le interesa profundamente.

6. Puedes leer la totalidad de la declaración de Denhollander, que tuvo un impacto extraordinario, en la CNN, en la siguiente dirección: www.bit.ly/occasleep4 (consultada el 21 de agosto de 2019).
7. John Dikcson, A Doubter’s Guide to the Ten Commandments (Zondervan, 2016), p. 135.
8. Véase Philip Yancey, Designer Sex (InterVarsity Press, 2003), p. 7.
9. New York Times: www.bit.ly/occasleep5 (consultada el 21 de agosto de 2019).
10. Letra de James M. Franks. Agradezco a Glen Scrivener que me llamara la atención sobre esta canción.
3
¿Para qué sirve el
sexo?
En un día cualquiera, en este mundo parece haber material más que suficiente para que nos preocupemos.
Tan solo un rápido vistazo a una aplicación de noticias me recuerda que existe una tremenda inestabilidad política a ambos lados del Atlántico Norte, una creciente beligerancia por parte de uno o dos pesos pesados geopolíticos al otro lado del mundo, inquietud por el estado del medio ambiente y el potencial coste humano, los retos económicos habituales en nuestro país y en el extranjero, y la presencia constante y trágica de conflictos, injusticias y explotación. No es que falten temas de peso para ocupar nuestro pensamiento.
Por esto puede parecer extraño que durante los últimos meses haya surgido un nuevo interés que ha ido adquiriendo publicidad: resulta que actualmente los jóvenes están teniendo menos relaciones sexuales. Esto se ha bautizado como “la recesión sexual”. The Atlantic informó recientemente que “en el lapso de una generación, el sexo ha pasado de ser algo que la mayoría de alumnos de secundaria había experimentado a ser algo que la mayoría no ha practicado”. Y sigue diciendo: “La probabilidad de que las personas de veintipocos de esta generación se abstengan del sexo es dos veces y media más alta de la que tuvieron los miembros de la generación X hace quince años; el 15% de ellos declara no haber tenido contacto sexual alguno desde que entró en la edad adulta”. The Economist, en esta misma línea, destaca que:
El sector de estadounidenses de entre 18 y 29 años que afirman no haber tenido sexo durante un año ha aumentado más del doble en una década, llegando al 23% el año pasado. 11
Esta aparente tendencia a la baja en la actividad sexual ha preocupado a los investigadores, que temen que se trate de un indicador de un problema más profundo de esta generación emergente.
También ha sido una sorpresa. Después de todo, se piensa que la sociedad occidental es más relajada sexualmente y más tolerante que nunca. La tecnología de los smartphones ha garantizado también que el sexo (real y virtual) sea más accesible de lo que nadie habría podido imaginar hace solo unos pocos años. Y aun así, según la mayor parte de los datos, los adolescentes son mucho menos activos sexualmente que hace veinticinco años. Parece que vivimos en una época en la que el sexo nos interesa más, pero lo practicamos mucho menos.12
No hace falta decir que los investigadores están trabajando para identificar factores que puedan explicar esta tendencia. Se han buscado diversos culpables: desde las aplastantes presiones económicas hasta el creciente índice de ansiedad, pasando por la distracción cada vez mayor que ofrecen los servicios de streaming como Netflix, llegando a la ubicuidad de la pornografía digital, la “cultura del polvo”, los patrones sanitarios actuales, las dudas sobre cómo mantener relaciones románticas en la cultura del #MeToo y la “paternidad helicóptero”.
Sean cuales fueren las causas, nadie parece negar la realidad. Las actitudes frente al sexo están cambiando, y no siempre sabemos en qué dirección lo harán. Las cosas podrían tener un aspecto muy distinto dentro de unos pocos años. Parece que cada vez disminuye más entre los jóvenes la motivación para tener relaciones sexuales, aunque no podamos identificar los motivos por los que ocurre.
Y sin embargo, en un contexto donde el único sexo que interesa cada vez a más personas es el virtual, o el sexo actuado de la pornografía y la televisión explícita, la Biblia nos ofrece motivos positivos y sin remordimientos para valorar el sexo real. Ya hemos visto que la caricatura que dice que el cristianismo se opone al sexo es imprecisa, al menos en lo que respecta a la Escritura. Para nosotros es importante con quién nos acostamos, y resulta que a Dios también le importa. Tenemos que entender por qué es así, y es posible que la respuesta te sorprenda.
POR QUÉ ES IMPORTANTE EL SEXO REAL
El punto de partida es darse cuenta de que el sexo es importante para Dios porque las personas le importan. El primer capítulo de la Biblia deja esto claro, porque allí vemos el relato de cómo Dios creo el mundo.13 Las palabras no son un árido informe, sino más bien una celebración gozosa de un Dios que obra en la Creación; en el pasaje detectamos ritmo y poesía. Vemos cómo Dios forma y llena este mundo, y todo alcanza su punto culminante con la llegada de la humanidad:
Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creo Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
GÉNESIS 1:26-27
Puede que estas palabras te resulten familiares, y a muchos la idea de que las personas están hechas a imagen de Dios les parecerá algo evidente por sí mismo. Pero hemos de fijarnos en un par de cosas implícitas en este concepto.
Hasta ahora, en el relato de cómo Dios creo el mundo, los actos de creación han tenido lugar mediante una orden verbal de Dios, como por ejemplo “hágase la luz”. Dios lo anuncia y sucede. Hace que las cosas existan tan solo con sus palabras. Esto es lo que pasa con cosas como la noche y el día, la tierra y el mar, el sol y la luna, las plantas, los animales, los peces y las aves.
Pero con las personas no es así.
A la hora de crearnos, parece que Dios delibera unos instantes. No se limita a decir “hágase el ser humano”, como si este fuera un complemento estético para la Creación. Dice “hagamos”. Esto sugiere de inmediato que está a punto de hacer algo especial, como si participase más directamente en este acto concreto de creación.
POR QUÉ ERES ESPECIAL
No tenemos que esperar mucho para averiguar por qué. Lo que justifica la introducción especial a este acto es que Dios está a punto de hacer algo a su “imagen” o “semejanza”. Génesis 1 expone que los seres humanos somos como todas las demás criaturas del mundo en el sentido de que fuimos creados por Dios y dependemos de él para vivir, pero también (y esto es importante) somos distintos a cualquier otro ser en este mundo, dado que somos los únicos que reflejan una parte de cómo es Dios. Los dálmatas, los delfines, las dalias y los Dolomitas son cosas maravillosas, pero nosotros somos los únicos hechos a imagen de Dios.
Esta idea es fundamental para nuestra manera de pensar en todos los aspectos de nuestras vidas como personas, y las implicaciones son inacabables. De entrada, significa que la persona que acaba de cruzarse con el coche delante de mí en la carretera, que me ha obligado a pisar el freno y hacer que el contenido de mi vehículo acabe aterrizando en el salpicadero, es alguien que (a pesar de este acto concreto) se parece más a Dios que cualquier otro tipo de criatura sobre la faz de la Tierra. Es posible que para mí tenga un aspecto de lo más ordinario, pero no lo es. Nadie es ordinario. Todos tenemos un valor incalculable a los ojos de Dios. Él nos hizo para que reflejásemos una parte de lo que él es. Toda vida es un don de Dios, pero la vida humana tiene un valor distintivo y único.
En la vida humana hay algo sagrado. La mayoría de nosotros lo percibimos. No somos indiferentes al bienestar de otras criaturas, y es correcto que así sea. Pero sabemos que la vida humana es importante en un sentido único. Cuando alguien trata a una mascota como a una persona, nos parece un poco extraño; pero cuando alguien trata a un ser humano como a un animal, sabemos en lo más hondo que es un acto terriblemente grave. Sean cuales sean nuestros errores (y la Biblia nos dice que cada uno de nosotros comete muchos), aún somos parte de la imagen de Dios, por incompleta e imperfecta que esta sea.
Esto ya empieza a señalarnos la importancia del sexo. Mi amigo y colega Abdu Murray lo expresa de esta manera:
El carácter sagrado del ser humano nos lleva a entender por qué la sexualidad humana es sagrada y por qué hay que protegerla. Cuando le hacemos carantoñas a un bebé no estamos observando fríamente un mero organismo. Contemplamos… a alguien que lleva la huella dactilar de Dios. El sexo entre un hombre y una mujer es el único medio por el cual llega al mundo un ser tan precioso como ese. Y dado que un ser humano es el producto sagrado del sexo, el proceso sexual mediante el cual se forma esa persona también es sagrado. 14
Teniendo en cuenta el valor único de la vida humana, la creación de una nueva vida humana debe ser profundamente importante. Si las personas son algo tan valioso, no nos sorprende que el medio por el que somos formados resulte serlo también.
En Estados Unidos se está acuñando una moneda nueva. La Oficina de Grabado e Impresión, que forma parte del Departamento del Tesoro, es la encargada del proceso. Acuñar una moneda no es poca cosa; se trata de un proceso intrincado y caro. Además de las partes más evidentes del proceso, como son el diseño y el grabado, hay detalles específicos menos conocidos como la siderografía, un proceso en el que se combinan diversos elementos para crear lo que vemos en el anverso y en el reverso de los billetes de banco. La herramienta más grande que se usa en todo el proceso es una máquina que se llama “Gran Sistema de Examen de Impresión”. Es un aparato que mide 44 metros (casi la mitad de la longitud de un campo de fútbol) y que contiene veinte cámaras que realizan diversas verificaciones e inspecciones. No hace falta decir que tanto esta tecnología como el proceso del que forma parte no son baratos. El presupuesto de 2019 para emitir billetes y monedas en Estados Unidos fue de 955,8 millones de dólares.
Esto no debe sorprendernos. El dinero es, obviamente, valioso. Por lo tanto, el proceso por el que se fabrica nunca podría ser barato.
Si la vida humana es sagrada para Dios, el proceso mediante el cual se forma una vida humana nueva también será sagrado. Así de importantes somos los seres humanos. Dios se preocupa tanto por el sexo porque se preocupa por nosotros. Es importante porque nosotros lo somos. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Sería difícil imaginar a un Dios que considera que cada vida humana es preciosa y que se mostrase indiferente al proceso mediante el cual se forma esa vida humana.
Y ese proceso es necesario para la misión que Dios confiere a los humanos en el relato de la Creación.
LLENAR LA TIERRA
El primer propósito que describe la Biblia para el sexo es la procreación:
Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.
GÉNESIS 1:28
Este mandamiento no es arbitrario. Si las personas son hechas a imagen de Dios, él quiere que su imagen llene la Tierra, que todo el mundo refleje perfectamente quién es él. Por consiguiente, a los portadores de su imagen se les ordena que reproduzcan su imagen de modo que pueda extenderse por todo el globo terráqueo, y que la presencia y el gobierno amoroso de Dios queden representados a la perfección por medio de su pueblo.
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