Kitabı oku: «Camino de perfección»

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Biblioteca Cláscos Cristianos

Camino de perfección

Introducción

José Vicente Rodríguez

Teresa de Jesús


Versión electrónica

SAN PABLO 2013

(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

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ISBN: 9788428563635

Realizado por

Editorial San Pablo España

Departamento Multimedia-Web

Introducción

1. Introducción

Una vez más sale a luz pública el Camino de perfección de santa Teresa, la primera de sus obras publicada en Évora en 1583. La edición que presentamos ahora ha sido cuidada al máximo con el respeto que se merece la autora y su libro.

Lo escribió la Santa dos veces. La primera redacción está representada por el autógrafo teresiano conservado en el monasterio de El Escorial; la segunda por el manuscrito conservado en las Carmelitas descalzas de Valladolid; de aquí que la primera redacción se llame a veces «Camino de El Escorial» y la segunda «Camino de Valladolid», con estas siglas CE y CV, respectivamente.

Publicamos la segunda redacción, recuperando los textos más significativos y complementarios de la primera en nota, de modo que el lector pueda disfrutar, prácticamente, de ambas redacciones. El libro se titula o se conoce vulgarmente por Camino de perfección, pero ni una sola vez se encuentra esta expresión en la obra, ni en CV ni en CE (salvo error u omisión), porque no es letra de la Santa lo que se escribe en el fol. 2, después del verdadero título: «Libro llamado camino de perfección...». Aunque esto sea así, honradamente hay que decir que en las tres copias de Salamanca, Madrid y Toledo, revisadas por la autora se le llama Camino de perfección. Aunque ni una sola vez escribe «camino de perfección» en esta obra, en Vida sí aparece la expresión (21,7) y en Camino sí escribe más de una vez «camino de oración» (CV 4, 3; 20, en el título; 1, 6; CE 33, en el título). Y además otras muchas veces, aunque no escriba la frase entera, es claro por el contexto que cuando dice «camino» está diciendo, de hecho, camino de oración, camino de contemplación. Realmente el libro se podía titular con toda justicia Camino de oración.

Con esta nuestra edición tratamos de contribuir a multiplicar el número de aficionados a santa Teresa, la engolosinadora de los bienes del cielo y la gran maestra de espíritu.

2. Ocasión, tiempo y lugar de escritura

El primer monasterio de la Reforma teresiana se inau-gura el 24 de agosto de 1562 en San José de Ávila. En diciembre de ese mismo año se establece en San José la Madre Teresa y vive allí hasta el 13 de agosto de 1567. Enjuiciando estos años dirá: «A lo que ahora entiendo, me parece serán los más descansados de mi vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos muchas veces mi alma» (F 1, 1).

En junio de 1562 había terminado la primera redacción de Vida; y en 1565 concluye la segunda redacción de ese mismo libro. Refiriéndose a Vida y a Camino escribe en una de sus relaciones (o Cuentas de Conciencia) en 1576: «Fue de suerte esta relación (de su Vida), que todos los letrados que la han visto –que eran sus confesores– decían que era de gran provecho para avisos de cosas espirituales, y mandáronle que la trasladase e hiciese otro librillo para sus hijas –que era su priora– adonde les diese algunos avisos» (Sevilla, febrero-marzo de 1576).

El «librillo» era el Camino. Las monjas de San José sabían que la Madre había escrito la relación de su Vida, y que tenía licencia (y orden) de escribir cosas de oración (CV, prólogo 1) y la importunan para que escriba para ellas «algo de ella» (de oración). Se determina a seguir el consejo de sus confesores y también a obedecer a sus propias monjas (CV, prólogo 1). De aquí va naciendo el Camino.

Discuten los autores, antiguos y modernos, acerca de las fechas de composición del libro. Las más seguras, según parece, son para ambas redacciones: el año de 1566 en que las termina, y 1567-1569, en que hace algunos retoques al texto de la segunda redacción. El lugar de escritura ha sido el monasterio de San José de Ávila, del que era priora.

3. Destinatarias

No hay problema ninguno en identificar a las destinatarias del libro; no hay más que fijarse en el título: «Este libro... le escribió». En concreto le escribió para todas las religiosas de sus monasterios; y detalla que «en especial le dirige a las hermanas del monasterio de San José de Ávila que fue el primero de donde ella era priora cuando le escribió».

Además de este dato inequívoco del título en el que aparece quién es la autora, de qué trata y para quiénes escribe, nos encontramos ya desde el prólogo y a lo largo del libro con las mismas destinatarias con las que charla: llamándolas «hermanas mías en Cristo», «hermanas mías», «mis hermanas» o simplemente «hermanas»; «mis hijas», «hijas mías», «hijas», «amigas y hermanas mías» (CV 4, 4; CE 6, 1); «amigas» (CE 15, 5).

4. Labor de los censores sobre el CE (primera redacción)

La propia santa deseaba que el libro fuese visto por el padre Báñez antes de que lo leyesen las destinatarias. Así lo dice del modo más explícito en el prólogo 1 y en las últimas líneas del libro (CV 42, 7). Pero el padre Bañez no lo leyó.

No por eso quedó la primera redacción sin censura. El censor fue otro dominico: García de Toledo. «Ejecutó sobre el manuscrito medio centenar de correcciones, unas veces menudas, de amoroso detalle, otras veces extensas e importantes hasta borrar páginas enteras»[1]. Las que revisten mayor importancia son las siguientes, que ya han sido catalogadas:

– La apología de las mujeres y judicatura de los varones

Así podemos llamar la primera tachadura de veinte líneas en el fol. 11v y 12r, en el capítulo 4, al principio. Está tan bien tachado el texto que no había sido posible leerlo por entero hasta hace no muchos años.

– El sentido del Salmo 8,7

En el fol. 62v: c. 31, 2, tacha el censor toda la página, menos la primera línea y las tres y media últimas. Hace la santa una aplicación de ese versículo del Salmo. El censor, además de tachar, pone en el margen izquierdo y en el superior la anotación: «No es éste el sentido de la autoridad, sino de Cristo y también de Adán en el estado de inocencia».

– ¿Reprende a los Inquisidores?

En el fol. 72v: c. 36, 4, tacha sólo tres líneas, es decir, la mitad de una, otra entera y la mitad de otra, que dicen así: «Haced bien, hijas, que no os quitarán el Paternóster y el Avemaría». Y el censor, García de Toledo, anota en el margen izquierdo: «Pareçe que reprehende a los Inquisidores que prohiben libros de oración».

– Interpretación eucarística exclusiva del «panem nostrum...»

Esta vez no se salva de la tachadura nada más que media línea, lo primero del fol. 113v, tachadura que sigue en el fol. 114r aunque sólo alcance media línea. Al margen izquierdo ha escrito el censor: «Todo lo que era sustentación del cuerpo y alma pidió Cristo nuestro Señor, como es el pan material y la Eucaristía, y perseverancia para el alma, y así la Iglesia lo pide en la letanía».

– «Dimitte nobis debita nostra»

Tachado entero el fol. 121v menos una línea y tachada línea y media del siguiente 122r: c. 63, 2. La Santa opina que a veces nos agraviamos por nada no encontrando en su caso que nadie le haya hecho injuria o agravios que tenga que perdonar, escribe: «Así, Padre mío, que de balde me habéis de perdonar. Aquí cabe vuestra misericordia». El censor escribió, fijándose en el aspecto moral, no tanto en la generosidad espiritual del agraviado/a: «No son sino verdaderos agravios y injurias las que nos hazen aunque mayores pecadores seamos. Mas hanse de perdonar porque él nos perdone a nosotros».

Más adelante, c. 65, 4, fol. 126r, se vuelve a encontrar el censor con un párrafo parecido, tacha y anota al margen: «Injurias son y agravios los que uno haze contra otro, aunque merezca mil infiernos».

5. Otras anotaciones

Las cinco anotaciones o tachaduras anteriores son las más principales. Hay otras más ligeras, tales como: «realidad de nuestros méritos» (fol. 12v: c. 4, 1); puede haber demasía en las virtudes internas (fol. 47v: c. 22, 3); el demonio no puede merecer nuevos infiernos (fol. 52r: c. 25, 3); Dios no comunica su amor «de cuantas maneras puede» (fol. 53r: c. 26, 3); no extrañarse de que el Padre permita a Cristo tener tanta humildad (fol. 88v: c. 44, 3); el Padre no trae a la memoria de Cristo «las cosas que debe recordar» (fol. 113r: c. 60, 2).

Hay algunas anotaciones elogiosas, como en el fol. 101v: c. 53, 2, donde, frente a lo que la santa está diciendo acerca del mundo interior, escribe: «Divinamente declara esta oración de quietud...» y sigue algo ilegible; en el fol. 125r: c. 65, 1, deja escrito el censor: «¡Oh gran señal!», en referencia al tema tratado por Teresa de «los efectos que hace la oración cuando es perfecta».

6. A vueltas con la segunda redacción (CV)

Con su manuscrito censurado en la mano, comienza la Santa a rehacerlo con arreglo a los siguientes criterios:

«1. Enmendar todos los pasajes censurados, ajus-

tándolos al dictamen del teólogo censor;

2. copiar el texto con grafía de fácil lectura, en cuadernos de formato manejable, fraccionado orgánicamente, como un auténtico libro;

3. elaborarlo doctrinalmente, moderando las efusiones personales y poniendo freno no sólo a las confidencias íntimas, a los monólogos y a las comparaciones, sino también a la vena de fina ironía que fluía por los puntos de su pluma»[2].

7. Censura de la segunda redacción

Una vez hecha la transformación del libro, lo sometió de nuevo a revisión; el principal censor de esta segunda redacción fue el mismo padre García de Toledo.

Las apostillas del censor, centradas en las siguientes comparaciones y que la Santa revisa son las siguientes: «El jinete que va a rienda suelta en un caballo desbocado...»; «la lidia de toros...»; «el mendigo que pide al Emperador sólo un maravedí...»; conserva, pero suavizándola la comparación militar: la Iglesia, campo de batalla, los capitanes del campo...; conservará casi intacta la delicada imagen del «niño que aún mama...»; «por fin, retocará toda una serie de comparaciones incidentales...».

«Con la segunda redacción, la Autora impuso a su escrito una reelaboración meticulosa, llevada a cabo con tesón y escrupulosidad; sacrificó un elevado número de matices y valores literarios, en beneficio de la sobriedad y linearidad doctrinal; atenuó las efusiones líricas, a favor de la doctrina; cercenó expresiones y afirmaciones audaces y las compensó desarrollando temas de mayor importancia»[3].

8. Autocrítica

Aparte los reajustes exigidos por las anotaciones del censor, se dio lo que se llama Autocrítica, en un tema muy concreto en el que la Santa cambió de parecer y se esforzó por dejar claro su pensamiento definitivo: contemplación y estado de pecado[4].

9. El último censor del libro (CV)

Debajo del título del libro hay una nota que dice: «io e visto este libro y lo que dél me pareçe está escrito al cabo dél y firmado de mi nonbre». Al final del libro aparecía la censura mencionada, pero se le olvidó firmarla y así no se ha podido saber de fijo quién era este censor.

Posiblemente era el dr. Gutierre Ortiz, de la Universidad de Toledo. «Su intervención fue tardía, sin reales consecuencias para el texto teresiano, a pesar de haberlo censurado con evidentes preocupaciones de ortodoxia tridentina. Repara con insistencia en tres líneas doctrinales, que pudiéremos definir: mística, cristológica y soteriológica»[5].

10. Texto del Camino

Del autógrafo de ambas redacciones existe edición facsímil:

– CE: Reproducción foto-litográfica y fieles traslados impresos del Camino de perfección y el Modo de visitar los conventos escritos por santa Teresa de Jesús, que se veneran en El Escorial, y algunos autógrafos inéditos. Publicados por el Dr. D. Francisco Herrero Bayona... (Valladolid), Tito-foto-litografía de Luis N. De Gaviria, 1883.

– CV: Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, Tipografia Poliglotta Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1964-1965. T. I: Reproducción en facsímil del autógrafo de Valladolid; t. II: Introducción. Transcripción del texto. Léxico. Dirección de la edición: Tomás Álvarez, que preparó el texto con varios colaboradores.

11. Copias revisadas por la autora

Además de los autógrafos dichos de El Escorial y Valladolid, se conservan varias copias, revisadas por la propia Santa, que hay que tener en cuenta:

1. En las Carmelitas descalzas de Santa Teresa de Madrid (C/ Ponzano 79).

2. En las Carmelitas Descalzas de Salamanca.

3. En las Carmelitas Descalzas de Toledo.

Al final de cada una de estas copias da fe la propia santa de que ha repasado el códice y que le parece está conforme con el original suyo.

La tercera tiene una importancia particular, porque fue hecha para enviarla a D. Teutonio de Braganza, Obispo de Évora, para que éste lo hiciera imprimir, cosa que deseaba la Santa para que no se anduviesen sacando tantas copias en las que se alteraba en más o en menos el texto.

12. Las primeras ediciones de Camino

Antes de aparecer junto con los demás libros de la Santa, Camino, que fue lo primero que se publicó de ella, tuvo tres ediciones:

– La primera en Évora, en 1583; la mandó imprimir don Teutonio de Braganza, Obispo de Évora. La Santa ya había tratado con él de la impresión del libro en carta del 22 de julio de 1579, en la que le dice: «La semana pasada escribí a vuestra señoría largo y le envié el librillo». La carta anterior aludida se ha perdido.

– La segunda fue cuidada-preparada por el P. Jerónimo Gracián, Salamanca 1585.

– La tercera se hizo por orden y con licencia del arzobispo de Valencia, san Juan de Ribera.

San Juan de la Cruz expresa en su Cántico espiritual (CB 13, 4; CA 12, 6) el deseo y la esperanza de que «saldrán presto impresas a luz» las obras de santa Teresa. Así se hizo, finalmente en 1588, en la edición preparada por Fray Luis de León.

Apareció, pues, ya Camino junto con las demás obras de la Santa (faltan las Fundaciones) en esas fechas: 1588-1589 en vida de Juan de la Cruz, que formaba parte del Definitorio de la Descalcez que el 1 de septiembre de 1586 en Madrid emanó un «decreto en orden a la impresión de los libros de la Santa».

13. Sinopsis del Camino

No es difícil tener una visión conjunta de este libro. Efrén de la MD dice con razón que «entre todos los libros de santa Teresa, es éste el más ordenado y en el que domina una idea constante, que absorbe todas sus partes. Sin dificultad puede ser reducido a un esquema sinóptico, donde puede echarse de ver limpiamente todo su contenido». Y da a continuación un esquema con la división de capítulos de la segunda redacción[6].

14. Informe del abogado Pro Doctorado de la Santa

En la Positio para el doctorado de la Santa (Roma 1969) hay un Informe del abogado de la Causa en el que al hablar de la eminencia de la doctrina de santa Teresa se van presentando una por una las obras de la doctoranda. Del Camino de perfección se dice desglosando los 42 capítulos de la segunda redacción:

– «Los cuatro primeros capítulos son de introducción; habla del fin de su Reforma, eminentemente eclesial, por lo que toda la vida de sus religiosas se debe dedicar a la oración y penitencia por la Iglesia.

– La primera parte se extiende del capítulo 4 al 16, y habla de las virtudes necesarias para la vida espiritual, como son la caridad fraterna, la humildad y desasimiento de todas las cosas.

– La segunda parte, del capítulo 16 al 42, trata de la vida de oración, cuyo itinerario completo explica haciendo un comentario doctrinal y contemplativo del Padrenuestro (cc. 27-42), habiendo antes dicho cosas de suma importancia acerca de la oración en general (cc. 16-26)»[7].

Así, y añadiendo algunas cosas más acerca de esta obra, se la presentó a la consideración de quienes tendrían que pronunciarse sobre la conveniencia del doctorado teresiano que se pedía.

Esta presentación esquemática lo mismo que otras que pudiéramos ofrecer nosotros serán siempre imperfectas y por lo mismo hay que ir luego recorriendo cuidadosamente la obra, verificando la verdad y exactitud del esquema o sus fallos, y tratando de integrar debidamente toda la riqueza de lo escrito por la autora que no puede siempre reflejarse en los esquemas.

15. ¿Cómo ve la Santa su libro?

Ya en el título se desvelan la intención y el contenido de la obra: avisos y consejos; lo mismo puede verse en el prólogo: algunas cosas de oración, algunos remedios para diversas situaciones, etc.

Y ya muy adelantada la obra, la propia autora declara: «Todo lo que os he avisado en este libro va dirigido a este punto de darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de las criaturas...» (CV 32, 9; CE 55, 3).

Quedan claras estas preocupaciones de la autora, preocupaciones no de tipo mental o abstracto, sino práctico y vivencial: darse del todo al Criador; poner nuestra voluntad en la voluntad de Dios; desasirse de las criaturas. En todas las páginas del libro podemos captar esos deseos de persuadir y empujar a esas realizaciones propuestas.

La autora identifica su «librillo» del Camino con «el del Paternóster» (carta a su hermano Lorenzo, 2 de enero de 1577, n. 8), como indicando la preponderancia que tienen esos capítulos finales dedicados a la consideración del Paternóster. Al enjuiciar la excelencia del padrenuestro, cuyo comentario lleva ya muy adelantado, asegura encontrar en él «toda la contemplación y perfección encerrada», «todo el modo de oración y de alta contemplación, desde los principiantes a la oración mental y de quietud y unión» (CV 37, 1; CE 65, 3).

Con esto está diciendo equivalentemente de qué ha querido hablar y de qué habla en todos esos capítulos de comentario a la que llama «oración evangelical», es decir, desde el capítulo 27 al 42 de CV, ambos inclusive, y desde el 44 al 73 del CE, ambos también incluidos. Y ya en el último capítulo (CV 42, 5; CE 73, 3) vuelve sobre el contenido del padrenuestro «que ya habéis visto encierra en sí todo el camino espiritual, desde el principio hasta engolfar Dios el alma y darla abundosamente a beber de la fuente de agua viva», haciendo ver al mismo tiempo el contenido intencional y real de sus comentarios.

16. Algunas claves de lectura

Estudiosos y expertos en simbología encuentran que el camino es uno de los símbolos con más vigencia en nuestro lenguaje y en la literatura universal. Así puede verse en:

Lurker M., El mensaje de los símbolos, mitos, culturas y religiones, Herder, Barcelona 19922, 233-248.

Chevalier J.- Gheerbrant A., Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona 20006: habla de algo de esto en la voz «viaje» (1065-1067) y en otras partes, pero, inexplicablemente pone la voz «camino» (sin decir nada) y remite a «vía», pero «vía» no aparece; sólo se dice algo bajo la voz «vía regia» (1065).

Cocagnac M. de, Los símbolos bíblicos, léxico teológico, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994, 105-110: se examina el tema a base de textos y de personajes bíblicos.

Gros A., Yo soy el camino. El tema del camino en la Biblia, Cristiandad, Madrid 1964, es un estudio muy rico y muy sencillo al mismo tiempo de la espiritualidad bíblica del camino. En la introducción dedica unas páginas muy claras al camino, su realidad natural y su simbolismo (17-21).

En los diccionarios de las diversas disciplinas se habla también de esta realidad del camino y de su significado. Basta citar S. de Fiores-T. Goffi-A. Guerra (dirs.), Nuevo diccionario de espiritualidad, San Pablo, Madrid 20005: en la voz Itinerario espiritual (S. de Fiores, 999-1021) se habla no poco del camino: de la vida espiritual como camino a recorrer; de los diversos itinerarios espirituales en la historia de la Iglesia, etc., y se recuerda a san Juan de la Cruz con La Subida al Monte Carmelo y a santa Teresa con el Camino de perfección (1010); y en la voz Símbolos espirituales (C. A. Bernard, 1780-1797) se analiza bajo las grandes constelaciones simbólicas: la dominante del camino (p. 1789-1790).

En este trasfondo universal en el que el camino es un símbolo dinámico está encuadrada esta obra teresiana y desde aquí hay que leerla para entender lo que dice y lo que insinúa sobradamente, pues es sabido que los autores dicen más tantas veces con lo que insinúan que con lo que dicen abiertamente.

No es difícil recomponer los varios elementos que desde la letra teresiana concurren a darnos esa imagen dinámica que nos ayuda a entender y degustar mejor las riquezas de la obra y nos impulsa a recorrer un camino «tan real» =regio (CV 21, 1, 9; CE 35, 1)[8], es un camino a recorrer cada uno de por sí, no simplemente a contemplar cómo lo recorren otros por nosotros: se camina en busca de un tesoro (CV 21, 1; CE 35, 1) y salen al paso mil enemigos (CV 19, 2; CE 30, 2); el tesoro es una fuente de agua viva, que es al mismo tiempo la meta del camino (CV 19, 2ss.; 20, 1-2; CE 30, 2; 31, 1ss.); «y puesto es así –dice Teresa–, tomad mi consejo, y no os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda» (CV 20, 2; CE 33, 1): lo que significa y comporta «ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar a esta fuente» (ib). «¡Con qué sed se desea tener esta sed!» de la fuente (CV 19, 2): es la sed puesta por el Señor y cultivada por el hombre lo que le guía a la fuente y le da ánimo para pelear y pasar todos los trabajos.

17. Pasión eclesial

Toda la estructura de Camino está sustentada por algunas preocupaciones básicas que lo han puesto en pie, y que sirven a cualquier lector para empatizar con la autora. Desarrollamos a continuación dos de las que nos parecen más importantes: pasión eclesial y pasión oracional.

Pasión en el sentido doble de la palabra: sufrimiento y apasionamiento. Ambos sentidos se reflejan en el modo de dar o comunicar las noticias que le llegan sobre los problemas de la Iglesia. El tema es muy tempranero en el libro:

«En este tiempo vinieron a mi noticia

a) los daños de Francia y

b) el estrago que habían hecho estos luteranos,

c) y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta» (CV 1, 2; CE 1, 2).

«Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo..., quieren poner su Iglesia por el suelo» (ib, 5). Y más adelante: «deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos» (CV 35, 3; CE 62, 3).

«¡Qué de desacatos de estos herejes!» (CV 33, 3; CE 59, 2).

Pequeño comentario: Además de las noticias que le pudieron llegar de teólogos y sacerdotes conocidos, algunos de los cuales han estado en el concilio de Trento, a través de «soldados abulenses del ejército del emperador, que volvían de Alemania y los Países Bajos [que] contarían a la Santa los estragos de la herejía», como fuentes de información acerca de estas desventuras producidas en la Iglesia por la escisión de la cristiandad por la presencia y acción del protestantismo, hay que contar, sin falta, las comunicaciones de Felipe II a los conventos de religiosos y religiosas, pidiendo oraciones: por ejemplo la carta del 2 de mayo de 1563.

Se ha hecho notar el parecido tremendo que tienen las frases de la Santa con la descripción lastimera que hizo en el Concilio el 23 de noviembre de 1561 el cardenal de Lorena, Carlos de Guisa, informando a los Padres conciliares acerca de la situación religiosa desastrosa en Francia[9].

Igualmente se capta su pasión eclesial por las reacciones viscerales que causa en ella ese mundo de tales noticias: «Dióme gran fatiga... lloraba con el Señor» (CV 1, 2; CE 1, 2). Dispuesta a dar la vida por las almas y a poner «mil vidas» para remedio de una sola de las que en esos pueblos se perdían, no se queda en puras fatigas ni en puras lágrimas sino que pasa a la oración»: y le suplicaba remediase tanto mal» (CV 1, 2; CE 1, 2).

Fatigas, lágrimas, oraciones, y también quiere pasar a la acción: «Determiné a hacer eso poquito que era en mí» (ib): «seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese». Sus ansias de siempre, cada vez más acrecentadas, van a que, pues Dios «tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos». Como forma parte de una comunidad religiosa, en ella encuentra sus más cercanas colaboradoras y así las quiere enrolar en su oración y en su acción: «y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo». Han de ser tales cuales ella las quiere, y se las pinta en sus deseos: «almas desasidas de todo y que todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío, que tan apretado le traen a los que ha hecho tanto bien, que parece le querrían tornar ahora a la cruz estos traidores y que no tuviese adonde reclinar la cabeza» (CV 1, 2; CE 1, 2). De nuevo alude a «los luteranos» y deja planteada la ocupación de sus hijas y la suya propia.

A continuación habla con Cristo (CV 1, 3-4; CE 1, 3-4) e inmediatamente con sus hermanas ahondando en la realidad de su llamamiento (CV 1, 5; CE 1, 5: léase esa arenga vocacional tan vigorosa). «Se divierte», es decir, hace una digresión acerca de la pobreza y sus bienes (CV c. 2; CE c. 2) y vuelve al tema del llamamiento de las Hermanas descalzas. Adviértase que quiere hablar de «lo principal para lo que el Señor nos juntó en esta casa» (CV 3, 1; CE 3, 1): suplicar siempre a Dios favorezca a los que trabajan por la Iglesia. Identifica particularmente a estas personas «defendedoras» de la Iglesia con «los predicadores y teólogos», y amplía: «...y pues los más están en las Religiones», sus hijas han de pedir a Dios «que vayan muy adelante en su perfección y llamamiento, que es muy necesario». Es importante ver el paralelismo de lo que a ella le producía la situación de la Iglesia: llevarla ante todo a «seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese» (CV 1, 2; CE 1, 2) y lo que pide aquí para estos religiosos defendedores de la Iglesia: esa misma perfección en la respuesta a su llamamiento, es decir, a su vocación. Lo que quiere de sí misma y de sus hijas es que procuren «ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios» (ib). Dentro de las vibraciones de esta pasión por la Iglesia explica a sus hijas el por- qué de estas oraciones por los ministros de la Iglesia, sujetos a tantas contingencias y dificultades (CV 3, 3-4; CE 3, 3-4). Lo que, en definitiva, tienen que hacer es «ser tales» que merezcan alcanzar de Dios: a) que haya muchos letrados y religiosos que sean esos buenos defendedores que se necesitan, y b) que los que todavía no están muy dispuestos que el Señor los disponga, «que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén». Viviendo las exigencias de la propia vocación «estando encerradas peleamos por Él». Es claro que no sólo se han de emplear en rogar por «los capitanes de este castillo o ciudad»[10] (CV 3, 2; CE 3, 2), sino también por los buenos cristianos para que ninguno se vaya con los contrarios (CV 3, 2) y «no se levante ningún traidor, sino que los tenga Dios de sus manos» (CE 3, 2).

Así se ven más claros los horizontes de la vocación-llamamiento de las descalzas carmelitas. Procurar «el provecho de muchas almas y la honra del Señor» es el deseo más grande y «en esto han de emplearse y pedírselo a su Majestad, pues es para gloria suya y bien de su Iglesia, que aquí van mis deseos» (CV 3, 6; CE 3, 6).

Teresa está convencida del valor de la oración eclesial de sus hijas, ya que ve cómo no quieren sino contentar al Señor y han dejado «lo poco que tenían y quisieran tener más para serviros con ello» (CV 3, 7; CE 4, 1).

En este punto viene lo que hemos llamado «la apología de las mujeres y judicatura de los varones»: tachado por el censor en la primera redacción (véase más adelante el texto cap. 3, nota 15). Importa en ese párrafo subrayar cómo la Santa apoya la eficacia de sus oraciones en el valor de la oración en sí misma y en los méritos de la Virgen María, «en cuyos méritos merecemos» (CE 4, 1). Lo que queda de este tema en CV 3, 7, y todo lo que le borraron en CE 4, 1, no es una prueba indiferente de su misma pasión eclesial, al rebelarse contra quienes en tiempo de tanta necesidad de ayudas a la Iglesia no sabían estimar la que podían prestar las mujeres orando y sacrificándose y participando en aquellas batallas espirituales, «de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres» (CE 4, 1).

Su pasión eclesial se desborda incontenible en lo que llama exclamación al Padre Eterno (CV 3, 7, última parte del número, 8-9; CE 4,1, última parte del número, 2-3). En una de las últimas cláusulas de esta oración arrebatada dice al Señor: «Y habed lástima de tantas almas como se pierden, y favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en la Cristiandad, Señor; dad ya luz a estas tinieblas»(CV 3, 9; CE 4, 9).

Esta pasión eclesial significa y conlleva una existencia totalmente vocacionada al servicio de la Iglesia. Toda la persona ha de estar centrada en el propio llamamiento o vocación, y éstos han de ser sus negocios, ocupaciones y preocupaciones, aquí sus lágrimas, sus peticiones, a esto han de apuntar sus deseos (CV 1, 5; CE 1, 5). Desde esta concentración de toda la persona hay que saber relativizar otras preocupaciones (ib) y saber emplear los días y las horas, pues «no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia»(ib) y, como redondeando su exhortación dirá: «Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor» (CV 3, 10; CE 4, 4), «y no permita el Señor esto se quite de vuestra memoria jamás, por quien Su Majestad es» (CE 4, 4).

Dentro de su pasión eclesial y en su retorno vigoroso a seguir «los consejos evangélicos con toda la perfección» que le fuese posible (CV 1, 2; CE 1, 2), se encuentra necesariamente con la pobreza evangélica que ha prometido y quiere vivir, dentro del mejor y más auténtico espíritu de las bienaventuranzas. Se ríe y se acongoja de lo que a veces viene la gente a decirles que pidan para ella al Señor: «rentas y dineros». Por su inclinación pediría lo contrario para esas personas: «que querría yo suplicasen a Dios los repisasen todos» (los dineros). Condesciende de alguna manera en sus peticiones por las cosas materiales a favor de la gente –a quienes ciertamente querría ayudar– pero está segura de que «en estas cosas nunca me oye» (CV 1, 5; CE 1, 5).

Influida por este contexto mental y espiritual que aquí manifiesta y queriendo enseñar a sus monjas que no se preocupen si «por no andar a contentar a los del mundo» en lo que ellos pretenden de ellas se interna en este tema de la pobreza y de la confianza más plena en el Esposo.

La pasión eclesial es no sólo una clave para leer el libro Camino de perfección sino clave para leer la vida del alma que lo emprende, y, naturalmente, una clave de la que no se puede prescindir para leer el alma de la Madre Teresa.

18. La pasión oracional

La pasión eclesial teresiana camina unida estrechamente a su pasión oracional, es decir, el anhelo que tenía por enseñar la oración, y, naturalmente, la pasión que ella ponía en su propia oración, en su vida de trato con Dios. De aquí que podemos elevar a la categoría de clave de intelección del libro esta nueva pasión.

Desde la pasión eclesial, que dejamos diseñada, y desde las circunstancias existenciales de las contemplativas que harán de su oración el arma principal para la defensa de la Iglesia, el discurso de la autora y la marcha del libro se orientan, casi se vuelcan sobre el tema o la realidad oracional. Irá dando pasos ordenados y luminosos en sus explicaciones.

La batalla por la honra de Dios, la salvación de las almas, el servicio de la Iglesia, la oración calificada y cualificada por los «defendedores de la Iglesia», todo este conjunto lo llama «la gran empresa que pretendemos ganar» (CV 4, 1; CE 5, 1). Ante estos planteamientos surge la pregunta: «¿Qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo no nos tengan por muy atrevidas?» (CV 4, 1; CE 5, 1). Consecuencia inmediata y clara: «hemos de trabajar mucho» (ib). Para todo esto «ayuda mucho tener altos pensamientos para que nos esforcemos a que lo sean las obras» (ib). Aquí apunta la fuerza del ideal, de un ideal alto capaz de canalizar todas las fuerzas del espíritu y sacar energías increíbles de los dones y ayudas de Dios. Cualquiera podría creer que la autora va ahora a proponer cosas espectaculares y grandiosas; pero es de lo más sencillo lo que recomienda y en lo que cree como lleno de eficacia:

a) procurar guardar cumplidamente la Regla y las Constituciones con gran cuidado;

b) no pide cosa nueva, «sino que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho» (CV 4, 1; CE 5, 1);

c) si se hace esto «espero en el Señor admitirá nuestros ruegos» (ib), es decir, los ruegos a que ha estado exhortando en capítulos anteriores como la gran ayuda a la Iglesia serán atendidos y despachados favorablemente. El quehacer oracional se manda ya en la Regla de la Orden: «que oremos sin cesar». Si se cumple bien esto, que es lo más importante, se cumplirán también las demás cosas: disciplinas, ayunos, silencio, «que para ser la oración verdadera se ha de ayudar con esto; que regalo y oración no se compadece» (CV 4, 2; CE 5, 2).

Quiere hablar de lo que le han pedido sus hijas: de la oración, «de lo interior, que es la oración». Lo hará, pero antes quiere hablar de algunas cosas que cataloga de necesarias para quien pretenda llevar camino de oración. Son tan necesarias esas cosas que quienes las tengan «sin ser muy contemplativas, podrán estar muy adelante en el servicio del Señor; y es imposible, si no las tienen, ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están muy engañadas» (CV 4, 3; CE 5, 3).

No van a ser muchas las cosas que va a encargarles. Solamente tres «que son de la misma Constitución»:

a) «La una es amor unas con otras;

b) otra, desasimiento de todo lo criado;

c) la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas» (CV 4, 4; CE 6, 1).

Esta es la famosa trilogía teresiana. Lo que hay que captar aquí debidamente es que ambas pasiones: la eclesial y la oracional son de tal naturaleza que se apoderarán del mundo de las virtudes, especialmente de las que integran esta trilogía con todas sus ramificaciones, haciéndolas servir a su propio desarrollo y afianzamiento. Por otra parte, las virtudes se alimentan de esas pasiones fundamentales, encontrando en ellas siempre nuevos horizontes, estímulos sin cuento y las mejores expresiones que se puedan desear.

En resumen: estamos ante la verdadera noción teresiana de oración: trato de amistad y encuentro de condiciones de Dios y del hombre (Vida 8, 5).

19. Otras ayudas para la lectura

Aquí se puede abundar sin fin, desde varios puntos de vista. Ayuda para una lectura enriquecedora del libro tener en cuenta las citas/alusiones bíblicas de que se sirve la autora. Igualmente los personajes bíblicos y extrabíblicos que aparecen en las paginas del libro y a través de los cuales se esfuerza por hacer más cercana su doctrina[11]. Los ejemplos de oraciones poderosas con que se dirige a Dios Padre[12], los títulos llenos de contenido con que designa a Cristo Jesús nos hacen ver una Teresa de Jesús enamorada del Maestro[13]. Desde todos estos puntos y desde el mundo de las comparaciones a que recurre, las autocitas de su libro de la Vida, y otros elementos que maneja con gran habilidad vamos entendiendo más claramente la categoría superior de esta mujer y su pedagogía tan personal.

20. ¿Cómo hay que comenzar el camino de la oración?

Queriendo ya comenzar, de una vez, a hablar de la oración, cuyo final ha presentado ya para animar al viandante (cf CV 19, 14; CE 32, 6), quiere enseñar cómo hay que iniciar esta jornada, sin equivocarse desde el principio. Anuncia que va a hablar más adelante de determinación y aquí ya antes de hacerlo se entretiene en dar explicaciones y consejos: comience todo el mundo el camino, aunque no sea con la determinación que dirá, porque el Señor le irá perfeccionando; Dios paga muy bien un solo paso que se dé; lo que hubiere andado, aunque luego no siga, le será muy provechoso y no le hará ningún daño; pide a sus hijas que a personas con que tengan trato y amistad procuren «quitarlas el miedo de comenzar tan gran bien»; si en su corazón anda la verdad «como ha de andar por la meditación», verán «claro el amor que somos obligados a tener a los prójimos». Así orientadas podrán buscar «maestro que las enseñe» este camino y sus secretos. Después de estas explicaciones, nos deleita con esta exclamación que nos reconfirma en la realidad de la pasión oracional, de que venimos hablando: «Mas ¡qué de cosas se ofrecen en comenzando a tratar de este camino! ¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos para que unas por otras no se olvidaran!» (CE 34, 4).

Se comienza con un elogio precioso de «este viaje divino», de «este camino real para el cielo», cual es el camino de la oración. El fin o el final es «llegar a beber de esta agua viva».

Y hay que arrancar o comenzar con «una grande y muy determinada determinación» (CV 21, 2; CE, 35, 2). Esta es su palabra de orden, que va ampliando de un modo genial y que hay que leer despacio. Lo que sigue inmediatamente se dice en referencia directa y con afirmación positiva a la última frase: «basta el Paternoster y Avemaría». Sus afirmaciones son bien atendibles: «...y ¡cómo si basta!»: «Siempre es gran bien fundar vuestra oración sobre oraciones dichas de tal boca como la del Señor». «Si no estuviese ya nuestra flaqueza tan flaca y nuestra devoción tan tibia, no eran menester otros conciertos de oraciones, ni eran menester otros libros» (ib, n. 3).

Como se ha propuesto hablar con gente de entendimiento desbaratado, piensa servirse de estas oraciones fundando en ellas: «Unos principios y medios y fines de oración» (ib). Y confiesa deliciosamente: «Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios que libros muy concertados». Pensando que a los demás les puede pasar lo mismo, es decir, que las palabras del Evangelio les sirvan para recogerse, se va a acercar «a este Maestro de la Sabiduría» y espera que le «enseñará alguna consideración que os contente». No quiere hacer una declaración o comentario verdadero y propio (se siente incapacitada para ello y ya existen muchos), sino lo suyo va a ser «consideración sobre las palabras del Paternóster».

Cristo Maestro celestial hará con nosotros lo que hace el buen maestro con sus discípulos: toma amor con ellos y quiere que les guste lo que les enseña y les ayuda a que lo aprendan. Pero, después de haber manifestado este propósito de «considerar», escribirá todavía muchas páginas antes de comenzar a hacerlo directamente sobre el texto del Paternóster.

Trata de hacer saltar por el aire los miedos un tanto irracionales que tiene la gente a comenzar camino de oración (CV 21, 2; CE 35, 2).

21. ¿De qué oración se trata?

Para sus hijas, oración mental y vocal son necesarias; «este es el oficio de los religiosos».

No está la cuestión «para ser o no ser oración mental en tener cerrada la boca». Si diciendo una oración vocal (en CV 22, 1 nombra el Paternóster; en CE 37, 1 nombra el Avemaría), está entendiendo y viendo que habla con Dios «con más advertencia que en las palabras», que dice, en ese caso «junto esta oración mental y vocal». Al hablar con Dios, como se debe, «es bien estéis mirando con quién habláis, y quién sois vos». Esto pide la buena educación en el trato con los hombres, con el Rey, y ¿con Dios, no? No hay que hablar con Dios «sólo con la boca».

Fuerte en sus planteamientos, dirige el siguiente apóstrofe a los que niegan la necesidad de la oración mental, y deja bien clarificada su postura: «¿Qué es esto, cristianos, los que decís no es menester oración mental? ¿Entendéis os? Cierto, que pienso que no os entendéis, y así queréis desatinemos todos; ni sabéis cuál es oración mental, ni cómo se ha de rezar la vocal, ni qué es contemplación; porque si lo supieseis, no condenaríais por un cabo lo que alabáis por otro» (CV 22, 2; CE 37, 2). Inmediatamente como quien desea que se la entienda bien, remacha: «Yo he de poner siempre junta oración mental con la vocal» (ib, n. 3).

De nuevo exhorta a no olvidar en la oración «con quién vais a hablar o con quién estáis hablando». Como está hablando con personas consagradas, cuales son sus hijas, de esta actitud oracional avanza, matizándola, exhortándolas a que en ese saber con quién van a tratar se empeñen en deleitarse en «las grandezas que tiene nuestro Esposo, y que entendamos con quién estamos casadas, qué vida hemos de tener. ¡Oh, válgame Dios!»... (Véase el texto en CV 22, 7-8; CE 38, 1). Frente a quienes no captan esta especie de reivindicación y de defensa de ese comportamiento frente a Cristo, que «si a ellos no les parece bien esto, dejen os vuestras esposas que han de hacer vida con Vos»(CV 22, 7; CE 38, 1).

No olvida su consigna «determinada determinación»: y vuelve ahora (CV c. 23; CE c. 39) a este tema ya anunciado en CV 20, 2-3; CE 33, 2 y 34 1, y reiniciado en CV 21, 2; CE 35, 2.

22. Paternóster y Avemaría

Opina, por otra parte, que gente que no puede pensar en Dios se cansará también con oraciones largas; por eso se referirá al Paternóster y Avemaría que ha de rezar todo buen cristiano. No pueden contentarse «con sólo pronunciar las palabras»; «cuando digo Credo, razón me parece será que entienda y sepa lo que creo»; «y cuando Padrenuestro, amor será entender quién es este Padre nuestro y quién es el maestro que nos enseñó esta oración» (CV 24, 2-3; CE 40, 1-2).

A continuación ofrece una serie de ayudas: una estampa, una imagen de Cristo, un libro, etc., para traer a Cristo presente y hablar con él. En conclusión: «Pues juntaos cabe este buen maestro muy determinadas a deprender lo que os enseña, y Su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis. Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene, que no es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama» (CV 26, 10; CE 43, 4). Como en «palabras principales» del Señor se va a fijar en las de la oración del Padrenuestro, «esta oración evangelical» (CV 42, 5).

El comentario al Padrenuestro lo hace desde el c. 27 al 42 de CV y desde el 44 al 72 de CE. El hilo conductor para la lectura del comentario teresiano se encuentra en las mismas palabras y peticiones del Padrenuestro. Concluido el comentario, añade todavía unas páginas en las que redondea una vez más algunas de sus ideas y preocupaciones. Descubre a continuación el propósito que había tenido de «deciros algo de cómo habéis de rezar el Avemaría; mas heme alargado tanto, que se quedará, y basta haber entendido cómo se rezará bien el Paternóster para todas las oraciones vocales que hubiereis de rezar» (CE 73, 2).

Vuelve una vez más a aludir a la prohibición de tantos libros espirituales como se incluyeron en el Index de Valdés en 1559 y dice: «Cuando nos quitaren libros no nos pueden quitar este libro, que es dicho por la boca de la misma Verdad, que no puede errar. Y pues tantas veces... decimos al día el Paternóster, regalémonos con él y procuremos deprender de tan excelente Maestro la humildad con que ora y todas las demás partes que quedan dichas» (CE 73, 4; en CV está más atenuada y no tan clara la alusión al Index). En CV 42, 5 dice cómo este poder orar sirviéndose del Paternóster encierra «gran consolación» y, además, «es gran provecho para las personas que no saben leer». Qué encontró ella en el Paternóster lo dice en CV 42, 5; CE 73, 3, y lo hemos recordado anteriormente.

23. Pasión de profeta

Está claro que Teresa escribe con pasión sobre este tema y que se erige, aun sin pretenderlo, en verdadera profeta de la oración (véase cómo no duda en calificar de «falso profeta» a quien sea enemigo de lo que para ella es la verdadera oración CE 73, 1). Ese comenzar una y otra vez, como quien acaricia el tema, a hablar de oración, hacer sus digresiones (=diversiones), volver de nuevo hasta dejarlo tan bien encarrilado, es una prueba no de su desorden sino de su apasionamiento por esa realidad. Su pasión oracional no es menos pasión que la eclesial y tiene tanto empeño en la oración porque está santamente obsesionada con la vocación eclesial de sus descalzas. Ambas pasiones se postulan mutuamente y son como las dos alas del libro, porque son las dos alas del espíritu eclesial y oracional que la poseía.

Planta cara a quienes discuten o niegan a las mujeres el derecho a orar mentalmente y les conceden sólo ese ejercicio vocalmente. Aquí sus razonamientos son verdaderos mazazos contra quienes no entienden que para que la oración que llamamos vocal sea auténtica ha de ser al propio tiempo mental. Al ir llevando el tema discutido y candente al campo del rezo del Padrenuestro es casi desafiante y concluyente. Poner la entera trilogía teresiana: amor mutuo, desasimiento, humildad bajo esta pasión oracional me parece lo más lógico. Es estupendo fijarse en cómo en las Moradas Séptimas, c. 4 y último habla de estas mismas virtudes claramente como fruto de la vida espiritual altísima (aunque las recuerda también allí como cimiento) que ha descrito en su Castillo: en Camino a la trilogía da más que nada el tratamiento de requisitos o elementos indispensables, pero no de tipo cronológico, sino como algo necesario en el itinerario espiritual, de modo que así se convierte en camino de oración lo que llamará Camino de perfección.

24. ¿El Camino de perfección es para todos?

Hemos identificado como primeras destinatarias del libro, sus destinatarias natas, a las hijas de la Madre Teresa. Pero, fuera de lo más propio de la vida monástica, el libro en cuanto «camino de oración» y «perfección» es válido para cualquier cristiano, y ella misma hace esta derivación claramente cuando escribe acerca de cómo el Señor convida a todos a la fuente (CV 19, 15; 32, 7); cuando insiste ante sus monjas para que en su trato con las personas sepan llevarlas a este mundo de la oración (CV 20, 3-6; CE 34, 1-4); a lo mismo va a dar su exhortación a ser afables con todas las personas que las traten (CV 41, 7). Cuando recuerda como algo evidente para ella que «forzado (=necesariamente) hemos de rezar, pues somos cristianos... el Paternóster y Avemaría» (CV 24, 2; CE 40, 1) y fundar todas sus enseñanzas sobre la oración y la vida cristiana sobre el Paternóster, está ya haciendo una extensión, una oferta y «dedicatoria» de su libro a todo cristiano. Es interesante comparar las dos redacciones en este punto que acabo de citar. En la segunda es más decidida; en la primera viene, de hecho, a decir lo mismo de la universalidad de la oración, pero lo dice así: «Ellos (los letrados) lo dirán a las personas que les diera Dios luz para que se lo quieran preguntar, y en los que no tienen nuestro estado no me entremeto».

No hay, pues, ninguna duda en que el libro es para todos: lo mismo se puede argumentar desde un tema tan central en la vida cristiana como es el del amor fraterno, del que la Santa habla con tanto entendimiento y abundancia.

25. ¿Estamos ante un libro polémico?

Se pueden quitar tranquilamente las interrogaciones de este título y dar por hecho que esta obra teresiana lleva una gran carga de polémica. Ya por lo que llevamos dicho y por las lecturas personales más espontáneas o inocentes se capta este tono de sobra. Y no hace falta extenderse mucho más en ello. Quiero sí recomendar algunas aportaciones bibliográficas sobre este particular y sobre el contenido de todo el libro:

D. de Pablo Maroto, Resonancias históricas del «Camino de perfección», en Actas del Congreso Internacional Teresiano (Salamanca, 4-7 de octubre de 1982), vol. I, Salamanca 1983, 41-64; se centra bien en temas como las reformas (en la vorágine de las reformas, dice él), en la honra, en cartografía oracional del siglo XVI, en antifeminismo eclesial.

Id, Dinámica de la oración, EDE, Madrid 1973; trata también el tema de «La polémica oracionista del siglo XVI y la reacción de santa Teresa» (83-134), con bibliografía al final; el c. 7 lo dedica a «Los grados de oración según santa Teresa» (199-245).

Id, en la edición del Camino de perfección (EDE Madrid 1983), vuelve a tocar varios de estos temas en la Introducción (7-41) y a lo largo del texto va señalando y comentando oportunamente estos mismos puntos.

Id, Teresa en oración. Historia-experiencia-doctrina. Editorial de Espiritualidad, Madrid 2004, 458pp. Véanse especialmente los capítulos 3 y 8.

Id, Camino de perfección, en AA.VV., Introducción a la lectura de santa Teresa, EDE Madrid 2002, 411-463, retoma estos temas y sitúa bien las polémicas.

T. Álvarez, Camino de perfección, Vaticano 1965, t. II; en la gran Introducción habla de algunos de estos puntos polémicos del Camino: véase IV. El peligroso tema de la oración mental (66*-73*).

Id, Santa Teresa y la polémica de la oración mental: sentido polémico del «Camino de perfección», en Santa Teresa en el IV centenario de la Reforma carmelitana, Barcelona 1963, 39-61.

Id, Santa Teresa y las mujeres en la Iglesia: glosa al texto teresiano de «Camino 3», Monte Carmelo 89 (1981) 121-132. Se trata del famoso texto censurado: La apología de las mujeres y judicatura de los varones.

Id, Paso a paso. Leyendo con Teresa su «Camino de perfección», Monte Carmelo, Burgos 1995. Libro hecho y pensado para los «grupos de lectura teresiana».

O. Rodríguez, El Evangelio de Teresa, Introducción a la lectura del «Camino de perfección», Roma 1983: antepone al texto de CV una larga presentación (5-164).

26. Reflexiones finales

Experta en caminos, santa Teresa recorrió muchos, andariega y viajera. Cuando escribió su Camino de perfección (1566) había viajado todavía poco en comparación de lo que viajaría a partir de 1567. Aun con esa menor experiencia caminera cuando escribe su libro ya sabe muy bien, y creo que por experiencia, «que en diciendo a algún caminante que va errado y que ha perdido el camino, le hacen andar de un cabo a otro, y todo lo que anda buscando por dónde ha de ir se cansa y gasta el tiempo y llega más tarde» (CV 22, 3; CE 37, 3). Cansarse, gastar el tiempo, llegar más tarde son las consecuencias de errar el camino. Con su libro quiere ayudar al caminante a evitar todos estos inconvenientes en lo espiritual, en el camino de Dios: camino de oración y perfección. Enseña cómo hay que centrarse en el verdadero camino, poniendo los ojos en Cristo; de esa manera se evitan tropiezos y extravíos y se llega presto al final del recorrido (CV 16, 7; CE 26, 4). Además de señalar el verdadero camino, se esforzará por ahuyentar de la mente del viandante los miedos que le han metido en el cuerpo (CV 21, 2; 35, 2); el peligro está en no hacer oración, no en ella; todo este gritar «peligro», «peligro» son mañas del demonio y ceguedad del mundo (CV 21, 7-8; CE 36, 3-4). Y gritará: «Así que, hermanas, dejaos de estos miedos; nunca hagáis caso en cosas semejantes de la opinión del vulgo». La polémica acerca de la oración sirvió providencialmente para que Teresa terciara en las disputas y optara por la que podemos llamar oración integral (vocal y mental juntas) y la fuera configurando como filial, confiada, eclesial, comprometida y comprometedora de toda la vida. Los ojos en Cristo-camino es lo fundamental y para que la oración discurra como es debido hay que procurar «tener el pensamiento en quien enderezo las palabras». Hay que acostumbrarse a «cosa tan necesaria» (CV 25, 6; CE 40, 5). Teresa da su testimonio de que hasta que no aprendió a orar recogiéndose en sí misma en compañía del Señor que habita en su interior «os confieso –dice– que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción» (CV 9, 7; CE 50, 3: a «satisfacción» añade en esta primera redacción: «...y consolación»).

Para emprender, pues, un camino fácil, sencillo y seguro de oración no hay más que aficionarse al Maestro de oración que es Cristo y vivir con «un tal amigo al lado» (CV 26, 1; CE 42, 1), y «trabajar, andar cabe este verdadero Maestro» (ib, n. 2), viendo=mirando=creyendo «con qué amor y humildad» está enseñando al alma (ib, n. 1). Su consejo materno es: «Pues juntaos cabe este buen maestro y muy determinadas a deprender lo que os enseña, y Su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas» (CV 26, 10; CE 43, 4). La asignatura que nos va a enseñar se encierra en muy pocas palabras: las del Padrenuestro. Así nadie podrá poner como pretexto para no hacer oración que le cansan los libros, que «oraciones largas también le cansan», etc. (CV 24, 2). Y cada orante considere que es a ella en persona «a quien enseñó esta oración el Señor y que nos la está mostrando» ahora mismo (CV 24, 6; CE 40, 4).

El Maestro le irá descubriendo los secretos del reino de los cielos, le enseñará cómo hay que santificar el nombre de Dios, hacer su voluntad, relacionarse con los demás, amando y perdonando, cómo hay que alimentarse de su Pan para estar robustos y poder así cumplir perfectamente esa voluntad del Señor. Y todo esto se lo irá enseñando e instilando en el alma el Maestro «sin ruido de palabras» (CV 25, 2; CE 41, 2).

En ese tipo de oración el principal descubrimiento será la revelación del Padre, que «en siendo Padre nos ha de sufrir por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a él, como al hijo pródigo hanos de perdonar, hanos de consolar en nuestros trabajos, hanos de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en él no puede haber sino todo bien cumplido» (CV 27, 2; CE 44, 2).

La pedagogía oracional en este trato con el Padre es deliciosa y la Santa explica que es de suma importancia para la persona orante: «Ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, no ha menester hablar a voces. Por paso (=por bajo, por bajito) que hable está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad: hablarle como a Padre, pedirle como a Padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos entendiendo que no es digna de ser su hija» (CV 28, 2; CE 46, 2).

Además de enseñar cómo hay que orar también identificándose con Cristo y haciéndose su contemporáneo (CV 26, 3-8; CE 42, 3-8), persuadirá a que se dejen de encogimientos y humildades tontas y «tratad con él como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que él os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle» (CV 28, 3; CE 46, 3).

¿Y el Espíritu Santo? En toda esta vida de oración y de trato con Dios no hay que creer que sólo enseña a comunicarse con el Padre y con Cristo Jesús, su Hijo; el Espíritu Santo no está ausente ni mucho menos, aunque no se detenga la Santa a explicar esa presencia conjunta de los tres. Dice que no se quiere alargar y que deja al entendimiento de sus hijas, a su consideración, cómo «entre tal Hijo y tal Padre forzado (=necesariamente, a la fuerza) ha de estar el Espíritu Santo que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor» (CV 27, 7; CE 45, 3). Bajo el impulso del Espíritu se desborda todo el ímpetu de la que hemos llamado pasión eclesial y aquí entra en el cauce de esta pasión el dinamismo de la propia vocación o llamamiento en pro de la Iglesia, no encerrándose nunca en un solipsismo espiritual u oracional desangelado y estéril. De la pasión eclesial se nutre la pasión oracional y de la pasión oracional se alimenta, a su vez, la pasión eclesial. Así Teresa armoniza oración y vida, vida y oración: Marta y María. Y con su famosa trilogía: amor fraterno, desasimiento, humildad, prepara la gente para una oración perfecta y para una santidad bien maciza.

Dado el carácter del Camino y el querer de la autora de no detenerse expresamente a explicar los más altos grados de oración (de los que habla en Vida y Moradas) sino emplearse en adoctrinar más sencillamente, en Camino habla de meditación, de un «estadio inicial, recogimiento activo, oración de quietud y unión actual con Dios, a los que adapta su bellísima interpretación del Paternóster»[14].

Mensajera y apóstol de oración es santa Teresa no sólo por lo que enseña en Camino sino en todos sus libros y con toda su vida y por eso ha sido considerada siempre como maestra de oración. Así lo reconocía Pablo VI cuando la declaraba doctora de la Iglesia, el 27 de septiembre de 1970. Todo ese magisterio, dice, «ahora lo hemos confirmado nosotros, a fin de que, nimbada por este título magistral, tenga en adelante una misión más autorizada que llevar a cabo dentro de su familia religiosa, en la Iglesia orante y en el mundo, por medio de su mensaje perenne y actual: el mensaje de la oración».

El Concilio en su Mensaje a las mujeres las elogia diciendo: «Mujeres, vosotras, que sabéis hacer la verdad dulce, tierna, accesible, dedicaos a hacer penetrar el espíritu de este Concilio en las instituciones, las escuelas, los hogares, en la vida de cada día».

Santa Teresa con todo su magisterio oracional ayuda a descubrir y encauzar esa vocación de diálogo, que eso es la oración, y lo lleva a cabo haciendo esas verdades dulces, tiernas, accesibles. Y además trata de engolosinar, como ella misma confiesa, descubriendo los móviles que actuaban sobre su mente para escribir: «sabe Su Majestad que después de (=además de) obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto» (Vida 18, 8), es decir, de los bienes y provechos de la oración.

José Vicente Rodríguez, OCD

Segovia, diciembre de 2007

Camino de perfección

Jhs

Este libro trata de avisos y consejos que da Teresa de Jesús a las hermanas religiosas e hijas suyas de los monasterios que con el favor de nuestro Señor y de la gloriosa Virgen Madre de Dios, Señora nuestra, ha fundado de la Regla primera de nuestra Señora del Carmen. En especial le dirige a las hermanas del monasterio de San José de Ávila, que fue el primero, de donde ella era priora cuando le escribió[15].

Jhs

Prólogo

[1] Sabiendo las hermanas de este monasterio de San José cómo tenía licencia del Padre Presentado[16] Fray Domingo Bañes, de la Orden del glorioso Santo Domingo, que al presente es mi confesor, para escribir algunas cosas de oración en que parece podré atinar por haber tratado con muchas personas espirituales y santas, me han tanto importunado les diga algo de ella, que me he determinado a las obedecer, viendo que el amor grande que me tienen puede hacer más acepto lo imperfecto y por mal estilo que yo les dijere, que algunos libros que están muy bien escritos de quien sabía lo que escribe. Y confío en sus oraciones que podrá ser por ellas el Señor se sirva acierte a decir algo de lo que al modo y manera de vivir que se lleva en esta casa conviene. Y si fuere mal acertado, el Padre Presentado que lo ha de ver primero, lo remediará o lo quemará, y yo no habré perdido nada en obedecer a estas siervas de Dios, y verán lo que tengo de mí cuando Su Majestad no me ayuda.

[2] Pienso poner algunos remedios para algunas tentaciones menudas que pone el demonio, que –por serlo tanto– por ventura no hacen caso de ellas, y otras cosas, como el Señor me diere a entender y se me fueren acordando, que como no sé lo que he de decir, no puedo decirlo con concierto; y creo es lo mejor no le llevar, pues es cosa tan desconcertada hacer yo esto. El Señor ponga en todo lo que hiciere sus manos para que vaya conforme a su santa voluntad, pues son éstos mis deseos siempre, aunque las obras tan faltas[17] como yo soy.

[3] Sé que no falta el amor y deseo en mí para ayudar en lo que yo pudiere para que las almas de mis hermanas vayan muy adelante en el servicio del Señor. Y este amor, junto con los años y experiencia que tengo de algunos monasterios, podrá ser aproveche para atinar en cosas menudas más que los letrados, que por tener otras ocupaciones más importantes y ser varones fuertes no hacen tanto caso de cosas que en sí no parecen nada, y a cosa tan flaca como somos las mujeres todo nos puede dañar, porque las sutilezas del demonio son muchas para las muy encerradas, que ven son menester armas nuevas para dañar. Yo, como ruin, heme sabido mal defender, y así querría escarmentasen mis hermanas en mí. No diré cosa que en mí, o por verla en otras, no la tenga por experiencia.

[4] Pocos días ha me mandaron escribiese cierta relación de mi vida, adonde también traté algunas cosas de oración. Podrá ser no quiera mi confesor le veáis, y por esto pondré aquí alguna cosa de lo que allí va dicho y otras que también me parecerán necesarias. El Señor lo ponga por su mano, como le he suplicado, y lo ordene para su mayor gloria, amén.

Capítulo 1

De la causa que me movió a hacer con tanta estrechura este monasterio.

[1] Al principio que se comenzó este monasterio a fundar (por las causas que en el libro que digo tengo escrito están dichas, con algunas grandezas del Señor en que dio a entender se había mucho de servir en esta casa)[18] no era mi intención hubiese tanta aspereza en lo exterior ni que fuese sin renta, antes quisiera hubiera posibilidad para que no faltara nada. En fin, como flaca y ruin, aunque algunos buenos intentos llevaba más que mi regalo.

[2] En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos, y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Dióme gran fatiga, y como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo; y que siendo tales cuales yo las pintaba en mis deseos, entre sus virtudes no tendrían fuerza mis faltas, y podría yo contentar en algo al Señor; y que todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío, que tan apretado le traen a los que[19] ha hecho tanto bien, que parece le querrían tornar ahora a la cruz estos traidores y que no tuviese adonde reclinar la cabeza (Lc 9,58).

[3] ¡Oh, Redentor mío, que no puede mi corazón llegar aquí sin fatigarse mucho! ¿Qué es esto ahora de los cristianos? ¿Siempre han de ser los que más os deben los que os fatiguen? ¿A los que mejores obras hacéis, a los que escogéis para vuestros amigos, entre los que andáis y os comunicáis por los sacramentos? ¿No están hartos de los tormentos que por ellos habéis pasado?

[4] Por cierto, Señor mío, no hace nada quien ahora se aparta del mundo. Pues a Vos os tienen tan poca ley[20], ¿qué esperamos nosotros? ¿Por ventura merecemos nosotros mejor nos la tengan? ¿Por ventura hémosles hecho mejores obras para que nos guarden amistad? ¿Qué es esto? ¿Qué esperamos ya los que por la bondad del Señor estamos sin aquella roña pestilencial, que ya aquéllos son del demonio? Buen castigo han ganado por sus manos y bien han granjeado con sus deleites fuego eterno. ¡Allá se lo hayan!, aunque no me deja de quebrar el corazón ver tantas almas como se pierden. Mas del mal no tanto[21]; querría no ver perder más cada día.

[5] ¡Oh, hermanas mías en Cristo! Ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento, éstos han de ser vuestros negocios, éstos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, éstas vuestras peticiones; no, hermanas mías, por negocios del mundo; que yo me río y aun me congojo de las cosas que aquí nos vienen a encargar supliquemos a Dios, de pedir a su Majestad rentas y dineros, y algunas personas que querría yo suplicasen a Dios los repisasen todos. Ellos buena intención tienen y, en fin, se hace por ver su devoción, aunque tengo para mí que en estas cosas nunca me oye. Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No es, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia.

[6] Por cierto que, si no mirase a la flaqueza humana, que se consuela que las ayuden en todo (y es bien si fuésemos algo), que holgaría se entendiese no son éstas las cosas que se han de suplicar a Dios con tanto cuidado.

Capítulo 2

Que trata cómo se han de descuidar de las necesidades corporales, y del bien que hay en la pobreza.

[1] No penséis, hermanas mías, que por no andar a contentar a los del mundo os ha de faltar de comer, yo os aseguro. Jamás por artificios humanos pretendáis sustentaros, que moriréis de hambre, y con razón. Los ojos en vuestro Esposo; Él os ha de sustentar. Contento Él, aunque no quieran, os darán de comer los menos vuestros devotos, como lo habéis visto por experiencia. Si haciendo vosotras esto muriereis de hambre, ¡bienaventuradas las monjas de San José! Esto no se os olvide, por amor del Señor. Pues dejáis la renta, dejad el cuidado de la comida; si no, todo va perdido. Los que quiere el Señor que la tengan, tengan enhorabuena esos cuidados, que es mucha razón, pues es su llamamiento; mas nosotras, hermanas, es disparate.

[2] Cuidado de rentas ajenas, me parece a mí sería estar pensando en lo que los otros gozan. Sí, que por vuestro cuidado no muda el otro su pensamiento ni se le pone deseo de dar limosna. Dejad ese cuidado a quien los puede mover a todos, que es el Señor de las rentas y de los renteros. Por su mandamiento venimos aquí; verdaderas son sus palabras, no pueden faltar, antes faltarán los cielos y la tierra (Lc 21,33). No le faltemos nosotras, que no hayáis miedo que falte. Y si alguna vez os faltare, será para mayor bien, como faltaban las vidas a los santos cuando los mataban por el Señor, y era para aumentarles la gloria por el martirio. Buen trueco sería acabar presto con todo y gozar de la hartura perdurable.

[3] Mirad, hermanas, que va mucho en esto muerta yo, que para esto os lo dejo escrito; que mientras yo viviere os lo acordaré, que por experiencia veo la gran ganancia: cuando menos hay, más descuidada estoy; y sabe el Señor que, a mi parecer, me da más pena cuando mucho sobra que cuando nos falta. No sé si lo hace como ya tengo visto nos lo da luego el Señor. Sería engañar el mundo otra cosa, hacernos pobres no lo siendo de espíritu, sino en lo exterior. Conciencia se me haría, a manera de decir, y parecerme hía era pedir limosna las ricas, y plega a Dios no sea así, que adonde hay estos cuidados demasiados de que den, una vez u otra se irán por la costumbre, o podrían ir y pedir lo que no han menester, por ventura a quien tiene más necesidad. Y aunque ellos no pueden perder nada sino ganar, nosotras perderíamos. No plega a Dios, mis hijas. Cuando esto hubiera de ser, más quisiera tuvierais renta.

[4] En ninguna manera se ocupe en esto el pensamiento, os pido por amor de Dios en limosna. Y la más chiquita, cuando esto entendiese alguna vez en esta casa, clame a Su Majestad y acuérdelo a la mayor. Con humildad le diga que va errada; y valo tanto, que poco a poco se va perdiendo la verdadera pobreza. Yo espero en el Señor no será así ni dejará a sus siervas. Y para esto, aunque no sea para más, aproveche esto que me habéis mandado escribir por despertador.

[5] Y crean, mis hijas, que para vuestro bien me ha dado el Señor un poquito a entender los bienes que hay en la santa pobreza, y las que lo probaren lo entenderán, quizá no tanto como yo; porque no sólo no había sido pobre de espíritu, aunque lo tenía profesado, sino loca de espíritu. Ello es un bien que todos los bienes del mundo encierra en sí. Es un señorío grande. Digo que es señorear todos los bienes de él otra vez a quien no se le da nada de ellos. ¿Qué se me da a mí de los reyes y señores, si no quiero sus rentas, ni de tenerlos contentos, si un tantito se atraviesa haber de descontentar en algo por ellos a Dios? ¿Ni qué se me da de sus honras, si tengo entendido en lo que está ser muy honrado un pobre, que es en ser verdaderamente pobre?

[6] Tengo para mí que honras y dineros casi siempre andan juntos, y que quien quiere honra no aborrece dineros, y que quien los aborrece que se le da poco de honra. Entiéndase bien esto, que me parece que esto de honras siempre trae consigo algún interés de rentas o dineros; porque por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre; antes, aunque lo sea en sí, le tienen en poco. La verdadera pobreza trae una honraza consigo que no hay quien la sufra; la pobreza que es tomada por sólo Dios, digo, no ha menester contentar a nadie sino a Él. Y es cosa muy cierta, en no habiendo menester a nadie, tener muchos amigos. Yo lo tengo bien visto por experiencia.

[7] Porque hay tanto escrito de esta virtud que no lo sabré yo entender, cuánto más decir, y por no la agraviar en loarla yo, no digo más en ella. Sólo he dicho lo que he visto por experiencia, y yo confieso que he ido tan embebida, que no me he entendido hasta ahora. Mas, pues está dicho, por amor del Señor, pues son nuestras armas la santa pobreza y lo que al principio de la fundación de nuestra Orden tanto se estimaba y guardaba en nuestros santos padres (que me ha dicho quien lo sabe, que de un día para otro no guardaban nada), ya que en tanta perfección en lo exterior no se guarde, en lo interior procuremos tenerla. Dos horas son de vida, grandísimo el premio; y cuando no hubiera ninguno sino cumplir lo que nos aconsejó el Señor, era grande la paga imitar en algo a Su Majestad.

[8] Estas armas han de tener nuestras banderas, que de todas maneras lo queramos guardar: en casa, en vestidos, en palabras, y mucho más en el pensamiento. Y mientras esto hicieren, no hayan miedo caiga la religión de esta casa, con el favor de Dios; que, como decía santa Clara, grandes muros son los de la pobreza[22]. De éstos, decía ella, y de humildad quería cercar sus monasterios. Y a buen seguro, si se guarda de verdad, que esté la honestidad y todo lo demás fortalecido mucho mejor que con muy suntuosos edificios. De esto se guarden; por amor de Dios y por su sangre se lo pido yo; y si con conciencia puedo decir, que el día que tal hicieren se torne a caer.

[9] Muy mal parece, hijas mías, de la hacienda de los pobrecitos se hagan grandes casas. No lo permita Dios, sino pobre en todo y chica. Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa, sino en el portal de Belén adonde nació, y la cruz adonde murió. Casas eran éstas adonde se podía tener poca recreación. Los que las hacen grandes, ellos se entenderán; llevan otros intentos santos. Mas trece pobrecitas, cualquier rincón les basta. Si porque es menester por el mucho encerramiento tuvieren campo (y aun ayuda a la oración y devoción) con algunas ermitas para apartarse a orar, enhorabuena; mas edificios y casa grande ni curioso, nada. ¡Dios nos libre! Siempre os acordad se ha de caer todo el día del juicio; ¿qué sabemos si será presto?

[10] Pues hacer mucho ruido al caerse casa de trece pobrecillas no es bien, que los pobres verdaderos no han de hacer ruido; gente sin ruido ha de ser para que los hayan lástima. Y cómo se holgarán si ven alguno, por la limosna que les ha hecho, librarse del infierno; que todo es posible, porque están muy obligadas a rogar por sus almas[23] muy continuamente, pues os dan de comer; que también quiere el Señor que, aunque viene de su parte, lo agradezcamos a las personas por cuyo medio nos lo da; y de esto no haya descuido.

[11] No sé lo que había comenzado a decir, que me he divertido[24]. Creo lo ha querido el Señor, porque nunca pensé escribir lo que aquí he dicho. Su Majestad nos tenga siempre de su mano para que no se caiga de ello, amén.

Capítulo 3

Prosigue lo que en el primero comencé a tratar, y persuade a las hermanas a que se ocupen siempre en suplicar a Dios favorezca a los que trabajan por la Iglesia. Acaba con una exclamación.

[1] Tornando a lo principal para lo que el Señor nos juntó en esta casa y por lo que yo mucho deseo seamos algo para que contentemos a Su Majestad, digo que viendo tan grandes males que fuerzas humanas no bastan a atajar este fuego de estos herejes, con que[25] se ha pretendido hacer gente para si pudieran a fuerza de armas remediar tan gran mal[26] y que va tan adelante, hame parecido es menester como cuando los enemigos en tiempo de guerra han corrido toda la tierra, y viéndose el Señor de ella apretado se recoge a una ciudad, que hace muy bien fortalecer, y desde allí acaece algunas veces dar en los contrarios, y ser tales los que están en la ciudad, como es gente escogida, que pueden más ellos a solas que con muchos soldados, si eran cobardes, pudieron, y muchas veces se gana de esta manera victoria; al menos, aunque no se gane, no los vencen; porque, como no haya traidor, si no es por hambre, no los pueden ganar. Acá esta hambre no la puede haber que baste a que se rindan; a morir sí, mas no a quedar vencidos.

[2] Mas, ¿para qué he dicho esto? Para que entendáis, hermanas mías, que lo que hemos de pedir a Dios es que en este castillito que hay ya de buenos cristianos no se nos vaya ya ninguno con los contrarios, y a los capitanes de este castillo o ciudad los haga muy aventajados en el camino del Señor, que son los predicadores y teólogos; y pues los más están en las religiones, que vayan muy adelante en su perfección y llamamiento, que es muy necesario; que ya ya, como tengo dicho, nos ha de valer el brazo eclesiástico y no el seglar. Y pues para lo uno ni lo otro no valemos nada para ayudar a nuestro Rey, procuremos ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios, que con tanto trabajo se han fortalecido con letras y buena vida y trabajado para ayudar ahora al Señor.

[3] Podrá ser digáis que para qué encarezco tanto esto y digo hemos de ayudar a los que son mejores que nosotras. Yo os lo diré, porque aún no creo entendéis bien lo mucho que debéis al Señor en traeros adonde tan quitadas estáis de negocios y ocasiones y tratos: es grandísima merced ésta; lo que no están los que digo[27], ni es bien que estén, en estos tiempos menos que en otros, porque han de ser los que esfuercen la gente flaca y pongan ánimos a los pequeños. ¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes! Han de vivir entre los hombres y tratar con los hombres y estar en los palacios y aun hacerse algunas veces con ellos en lo exterior. ¿Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el mundo y vivir en el mundo y tratar negocios del mundo y hacerse, como he dicho, a la conversación del mundo, y ser en lo interior extraños del mundo y enemigos del mundo y estar como quien está en destierro, y, en fin, no ser hombres sino ángeles? Porque a no ser esto así, ni merecen nombre de capitanes ni permita el Señor salgan de sus celdas, que más daño harán que provecho. Porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los que han de enseñar.

[4] Y si en lo interior no están fortalecidos en entender lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies y estar desasidos de las cosas que se acaban y asidos a las eternas, por mucho que lo quieran encubrir, han de dar señal. Pues ¿con quién lo han sino con el mundo? No hayan miedo se lo perdone, ni que ninguna imperfección dejen de entender. Cosas buenas, muchas se les pasarán por alto, y aun por ventura no las tendrán por tales; mas mala o imperfecta, no hayan miedo. Ahora yo me espanto quién los muestra la perfección, no para guardarla (que de esto ninguna obligación les parece tienen, harto les parece hacen si guardan razonablemente los mandamientos), sino para condenar, y a las veces lo que es virtud les parece regalo. Así que no penséis es menester poco favor de Dios para esta gran batalla adonde se meten, sino grandísimo.

[5] Para estas dos cosas os pido yo procuréis ser tales que merezcamos alcanzarlas de Dios: la una, que haya muchos, de los muy muchos letrados y religiosos que hay, que tengan las partes que son menester para esto, como he dicho, y a los que no están muy dispuestos, los disponga el Señor, que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén. La otra, que después de puestos en esta pelea, que –como digo– no es pequeña, los tenga el Señor de su mano para que puedan librarse de tantos peligros como hay en el mundo y tapar los oídos, en este peligroso mar, del canto de las sirenas. Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por Él, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón[28], adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó.

[6] No os parezca inútil ser continua esta petición, porque hay algunas personas que les parece recia cosa no rezar mucho por su alma. ¿Y qué mejor oración que ésta? Si tenéis pena porque no se os descontará la pena del purgatorio, también se os quitará por esta oración, y lo que más faltare, falte. ¿Qué va en que esté yo hasta el día del juicio en el purgatorio, si por mi oración se salvase sola un alma? ¡Cuánto más el provecho de muchas y la honra del Señor! De penas que se acaban no hagáis caso de ellas cuando interviniere algún servicio mayor al que tantas pasó por nosotros. Siempre os informad lo que es más perfecto. Así que os pido, por amor del Señor, pidáis a Su Majestad nos oiga en esto. Yo, aunque miserable, lo pido a Su Majestad, pues es para gloria suya y bien de su Iglesia, que aquí van mis deseos.

[7] Parece atrevimiento pensar yo he de ser alguna parte para alcanzar esto. Confío yo, Señor mío, en estas siervas vuestras que aquí están, que veo y sé no quieren otra cosa ni la pretenden sino contentaros. Por Vos han dejado lo poco que tenían, y quisieran tener más para serviros con ello. Pues no sois Vos, Criador mío, desagradecido para que piense yo dejaréis de hacer lo que os suplican. Ni aborrecisteis, Señor, cuando andabais en el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad[29]. Cuando os pidiéremos honras, no nos oigáis, o rentas, o dineros, o cosa que sepa a mundo; mas para honra de vuestro Hijo, ¿por qué no nos habéis de oír, Padre eterno, a quien perdería mil honras y mil vidas por Vos? No por nosotras, Señor, que no lo merecemos, sino por la sangre de vuestro Hijo y sus merecimientos.

[8] ¡Oh, Padre eterno!, mirad que no son de olvidar tantos azotes e injurias y tan gravísimos tormentos. Pues, Criador mío, ¿cómo pueden sufrir unas entrañas tan amorosas como las vuestras, que lo que se hizo con tan ardiente amor de vuestro Hijo y por más contentaros a Vos (que mandasteis nos amase) sea tenido en tan poco como hoy día tienen esos herejes el Santísimo Sacramento, que le quitan sus posadas deshaciendo las iglesias? ¡Si le faltara algo por hacer para contentaros! Mas todo lo hizo cumplido (Mc 7,37). ¿No bastaba, Padre eterno, que no tuvo adonde reclinar la cabeza mientras vivió (Lc 9,58), y siempre en tantos trabajos, sino que ahora las que tiene para convidar sus amigos (por vernos flacos y saber que es menester que los que han de trabajar se sustenten de tal manjar) se las quiten? ¿Ya no había pagado bastantísimamente por el pecado de Adán? ¿Siempre que tornamos a pecar lo ha de pagar este amantísimo Cordero? ¡No lo permitáis, Emperador mío! ¡Apláquese ya Vuestra Majestad! ¡No miréis a los pecados nuestros, sino a que nos redimió vuestro sacratísimo Hijo, y a los merecimientos suyos y de su Madre gloriosa y de tantos santos y mártires como han muerto por Vos!

[9] ¡Ay dolor, Señor, y quién se ha atrevido a hacer esta petición en nombre de todas! ¡Qué mala tercera[30], hijas mías, para ser oídas, y que echase por vosotras la petición! ¡Si ha de indignar más a este soberano Juez verme tan atrevida, y con razón y justicia! Mas mirad, Señor, que ya sois Dios de misericordia; habedla de esta pecadorcilla, gusanillo que así se os atreve. Mirad, Dios mío, mis deseos y las lágrimas con que esto os suplico, y olvidad mis obras, por quien Vos sois, y habed lástima de tantas almas como se pierden, y favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en la cristiandad, Señor. Dad ya luz a estas tinieblas.

[10] Pídoos yo, hermanas mías, por amor del Señor, encomendéis a Su Majestad esta pobrecilla y le supliquéis la dé humildad, como cosa a que tenéis obligación. No os encargo particularmente los reyes y prelados de la Iglesia, en especial nuestro obispo; veo a las de ahora tan cuidadosas de ello, que así me parece no es menester más. Vean las que vinieren que teniendo santo prelado lo serán[31] las súbditas, y como cosa tan importante la poned siempre delante del Señor. Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor.

Capítulo 4

En que persuade la guarda de la Regla y de tres cosas importantes para la vida espiritual. Declara la primera de estas tres cosas, que es amor del prójimo, y lo que dañan amistades particulares[32].

[1] Ya, hijas, habéis visto la gran empresa que pretendemos ganar. ¿Qué tales habremos de ser para que en los ojos de Dios y del mundo no nos tengan por muy atrevidas? Está claro que hemos menester trabajar mucho, y ayuda mucho tener altos pensamientos para que nos esforcemos a que lo sean las obras. Pues con que procuremos guardar cumplidamente nuestra Regla y Constituciones con gran cuidado, espero en el Señor admitirá nuestros ruegos; que no os pido cosa nueva, hijas mías, sino que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho.

[2] Dice en la primera Regla nuestra que oremos sin cesar[33]. Con que se haga esto con todo el cuidado que pudiéremos, que es lo más importante, no se dejarán de cumplir los ayunos y disciplinas y silencio que manda la Orden. Porque ya sabéis que para ser la oración verdadera se ha de ayudar con esto; que regalo y oración no se compadece.

[3] En esto de oración es lo que me habéis pedido diga alguna cosa, y lo dicho hasta ahora, para en pago de lo que dijere, os pido yo cumpláis y leáis muchas veces de buena gana. Antes que diga de lo interior, que es la oración, diré algunas cosas que son necesarias tener las que pretenden llevar camino de oración, y tan necesarias que, sin ser muy contemplativas, podrán estar muy adelante en el servicio del Señor; y es imposible, si no las tienen, ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están muy engañadas. El Señor me dé el favor para ello y me enseñe lo que tengo de decir, porque sea para su gloria, amén.

[4] No penséis, amigas y hermanas mías, que serán muchas las cosas que os encargaré, porque plega el Señor hagamos las que nuestros santos Padres ordenaron y guardaron, que por este camino merecieron este nombre. Yerro sería buscar otro ni deprenderle de nadie. Solas tres me extenderé en declarar, que son de la misma Constitución, porque importa mucho entendamos lo muy mucho que nos va en guardarlas para tener la paz que tanto nos encomendó el Señor, interior y exteriormente: la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas.

[5] Cuanto a la primera, que es amaros mucho unas a otras, va muy mucho; porque no hay cosa enojosa que no se pase con facilidad en los que se aman y recia ha de ser cuando dé enojo. Y si este mandamiento se guardase en el mundo como se ha de guardar, creo aprovecharía mucho para guardar los demás; mas, más o menos, nunca acabamos de guardarle con perfección. Parece que lo demasiado entre nosotras no puede ser malo, y trae tanto mal y tantas imperfecciones consigo, que no creo lo creerá sino quien ha sido testigo de vista. Aquí hace el demonio muchos enredos, que en conciencias que tratan groseramente de contentar a Dios se sienten poco y les parece virtud, y las que tratan de perfección lo entienden mucho, porque poco a poco quita la fuerza a la voluntad para que del todo se emplee en amar a Dios.

[6] Y en mujeres creo debe ser esto aún más que en hombres, y hace daños para la comunidad muy notorios; porque de aquí viene el no se amar tanto todas, el sentir el agravio que se hace a la amiga, el desear tener para regalarla, el buscar tiempo para hablarla, y muchas veces más para decirle lo que la quiere y otras cosas impertinentes que lo que ama a Dios. Porque estas amistades grandes pocas veces van ordenadas a ayudarse a amar más a Dios, antes creo las hace comenzar el demonio para comenzar bandos en las religiones; que cuando es para servir a Su Majestad, luego se parece, que no va la voluntad con pasión, sino procurando ayuda para vencer otras pasiones.

[7] Y de estas amistades querría yo muchas donde hay gran convento, que en esta casa –que no son más de trece ni lo han de ser– aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar; y guárdense de estas particularidades, por amor del Señor, por santas que sean, que aun entre hermanos suele ser ponzoña y ningún provecho en ello veo; y si son deudos, muy peor: es pestilencia. Y créanme, hermanas, que aunque os parezca es éste extremo, en él está gran perfección y gran paz, y se quitan muchas ocasiones a las que no están muy fuertes; sino que, si la voluntad se inclinare más a una que a otra (que no podrá ser menos, que es natural, y muchas veces nos lleva a amar lo más ruin si tiene más gracias de naturaleza) que nos vayamos mucho a la mano a no nos dejar enseñorear de aquella afección. Amemos las virtudes y lo bueno interior, y siempre con estudio traigamos cuidado de apartarnos de hacer caso de esto exterior.

[8] No consintamos, oh hermanas, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre (1Pe 1,18-19; Ap 5,9). Miren que, sin entender cómo, se hallarán asidas que no se puedan valer. ¡Oh, válgame Dios!, las niñerías que vienen de aquí no tienen cuento. Y porque son tan menudas que sólo las que lo ven lo entenderán y creerán, no hay para qué las decir aquí más de que en cualquiera será malo y en la prelada pestilencia.

[9] En atajar estas parcialidades es menester gran cuidado desde el principio que se comience la amistad; esto más con industria y amor que con rigor. Para remedio de esto es gran cosa no estar juntas sino las horas señaladas, ni hablarse, conforme a la costumbre que ahora llevamos, que es no estar juntas, como manda la Regla, sino cada una apartada en su celda. Líbrense en San José de tener casa de labor[34], porque, aunque es loable costumbre, con más facilidad se guarda el silencio cada una por sí, y acostumbrarse a soledad es gran cosa para la oración; y pues éste ha de ser el cimiento de esta casa, es menester traer estudio en aficionarnos a lo que a esto más nos ayuda.

[10] Tornando al amarnos unas a otras, parece cosa impertinente encomendarlo, porque, ¿qué gente hay tan bruta que tratándose siempre y estando en compañía, y no habiendo de tener otras conversaciones ni otros tratos ni recreaciones con personas de fuera de casa, y creyendo nos ama Dios y ellas a Él –pues por Su Majestad lo dejan todo– que no cobre amor? En especial, que la virtud siempre convida a ser amada; y ésta, con el favor de Dios, espero en Su Majestad siempre la habrá en las de esta casa. Así que en esto no hay que encomendar mucho, a mi parecer.

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