Kitabı oku: «Historia de un alma»

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Historia

de un alma

Introducción de

José Francisco Ibarmia


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Teresa de Lisieux

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Introducción

Santa Teresa de Lisieux es una gran santa. Un papa, en conversación familiar, afirmó que, a su parecer, era la «santa más grande de los tiempos modernos». Era san Pío X. No podemos medir el grado de su santidad, pero lo que comprobamos es que se ha hecho popular y es estudiada e incluso admirada por grandes teólogos. A muchos nos ha caído en gracia. Con frecuencia se oye exclamar: «¡Qué santa más simpática!».

¿A qué se debe esto? No es fácil dar una respuesta satisfactoria a este interrogante. Yo creo que cada uno debe buscar la respuesta meditando su vida y estudiando sus escritos. Ahí está encerrado el misterioso motivo.

Tal vez no sea una sola sino varias las causas que han despertado esa simpatía y admiración en unos y en otros. Pero todos encontramos en ella unos rasgos salientes que nos atraen hacia su figura y su pensamiento. Vamos a intentar exponer algunos de ellos.

En primer lugar, creo que es ella la santa que mejor conocemos por fuera y, sobre todo, por dentro. Podemos decir que tenemos información de todos los pasos que dio casi día a día y de todas las ideas y sentimientos que pasaron por su mente y corazón. Esto se lo debemos a los testigos que la conocieron y acompañaron desde que nació hasta que exhaló el último suspiro. Recibieron también sus confidencias acerca de lo que ocurría en su vida íntima. Y luego disponemos de sus escritos, en los que ella expone todo lo que le sucede, lo que piensa y siente en cada situación de algún relieve, de toda su vida. Sus biografías no son numerosas y casi todas relativamente breves. Es que la materia no da para más. Su vida fue breve y sencilla. Poco antes de su muerte exclamó: «Ay, qué poco he vivido. Siempre me ha parecido corta la vida» (UC 11.7.5). Pero conocemos muy bien el proceso de su vida interior. Es lo más importante de la existencia de un santo. ¿Qué pasa en el interior de esas personas excepcionales? En muchos casos no podemos vislumbrarlo. Pero también nos gustaría saber. Pues en la vida de Teresita aparece con un realismo y una claridad tal que se puede afirmar que toda ella fue transparente, perceptible, que está completamente ante nuestros ojos. Cuántas veces nos preguntamos: ¿qué pensaría tal santo cuando le ocurrió esto, o cuando tomó aquella determinación, o cuando adoptó esta postura ante tal problema? Tenemos noticias del resultado exterior, pero ignoramos el proceso interior, que es lo más interesante. El misterio de la vida se desarrolla en el interior, sobre todo cuando se trata de la vida religiosa.

De muchos santos conocemos algunos hechos externos y lo que cuentan de ellos o la interpretación que otros hacen de su conducta o proceder, las obras que realizaron, las ideas y sentimientos que se les atribuyen. Pero el santo en sí, en su auténtica intimidad, queda en la oscuridad, en el misterio. Santa Teresita, estando enferma, refiriéndose a la vida de san Luis Gonzaga, que se estaba leyendo en comunidad, y los escritos de un misionero mártir, dijo a su hermana que le gustaban más los escritos de este último, porque expresaban lo que él pensaba, mientras la biografía del santo reflejaba lo que el autor del libro opinaba de él (UC 21/26.5.1). Ella quería conocer su pensamiento íntimo y no tanto sus actuaciones externas, las interpretaciones y elogios que otros hacen de ellos. Tanto es así que llegó a decir, poco antes de su muerte, que, al llegar al cielo, se acercaría a cada uno de los santos y les pediría un breve relato de su vida, porque no se fiaba de lo que de ellos se decía en la tierra (UC 21.7.3).

Como se ve, la santa de Lisieux estima que lo importante es conocer la vida real del santo, principalmente mirada desde el interior, tal como la veía el interesado. Yo creo que en su caso se logra esto en un grado elevadísimo. Tal vez sea ella la santa cuyo proceso mejor conocemos. Desde la cuna hasta su última enfermedad. Difícilmente tendremos otro caso para comprobar cómo lleva una gran santa una enfermedad larga y penosa, con qué naturalidad y normalidad. Poseemos información detallada de los sentimientos y luchas que sostuvo el último día de su vida, pues conservó la lucidez y el habla en todo momento. ¿Cómo mueren los santos? Tal vez nos hemos hecho una imagen falsa de este tema. Qué interesante resulta leer una y otra vez las Últimas conversaciones, donde su hermana va tomando nota de todos los sucesos y palabras de la enferma. Esta obra fue mucho tiempo el libro de cabecera del famoso escritor francés Georges Bernanos. Le impresionó profundamente.

Conocer con todo detalle y precisión el interior de un santo a lo largo de todo el proceso de maduración en la vida de fe, es descubrir un mundo maravilloso, el panorama más admirable que se puede presentar ante los ojos de una persona de fe profunda. Y creo que esto ha influido decisivamente en atraer a muchas personas hacia la personalidad de la monjita.

Hay también otro hecho que ha podido intervenir en ese reclamo hacia esta santa encantadora.

Su vida externa fue completamente ordinaria. No llevó a cabo grandes empresas al servicio de la Iglesia o de la sociedad. No aparecen fenómenos místicos como en otros santos, por ejemplo, en sus antecesores en la Orden del Carmen: santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. No realizó en vida ningún milagro. Todo transcurre de la manera más sencilla que se puede imaginar, primero en la familia y luego en el convento.

Al dar los primeros pasos para iniciar el proceso para su canonización, uno de los encargados oficiales de la Iglesia advirtió a las monjas que no se hicieran ilusiones pues no veía que pudiera prosperar la causa de una religiosa de clausura que no había hecho nada notable y llamativo. «En Roma no están dispuestos –les dijo– a canonizar a cocineras». Pero felizmente el reverendo de turno se equivocó de plano. Primero fue el pueblo sencillo, esa pléyade de sus admiradores y seguidores, y luego las mismas autoridades eclesiásticas, quienes entendieron que la obra de la santificación se realiza en el interior de la persona y que de allí se proyecta al exterior. Lo que Dios observa y aprecia es precisamente lo que se produce en la intimidad, de cara a Dios.

Los testigos y, sobre todo, los escritos de la monjita de Lisieux iban a desvelar las maravillas que se habían operado en ella. En carta a un misionero la interesada había confesado ya: «No creáis que se trata de una falsa humildad que me impida reconocer los dones de Dios; sé que Él ha hecho cosas grandes en mí» (C 201). Es que no hay necesidad de grandes marcos, de llamativos campos de acción, para llevar a cabo sorprendentes hazañas. La vida ordinaria de cada día con su monotonía y problemas ofrece suficiente espacio para levantar el grandioso monumento de la santidad. La santidad al alcance de todos. Obra que se puede realizar en cualquiera de las circunstancias en que debe desarrollarse la vida de un creyente. Enseñanza que brota del examen de la vida de Teresita.

Hay también otro factor estrechamente vinculado con el precedente. Me refiero a las enseñanzas de la santa acerca de las condiciones personales e íntimas que debe reunir quien aspira a escalar la cumbre de la santidad. No se requieren cualidades especiales ni en el terreno natural ni en el sobrenatural. Así lo expresa en multitud de ocasiones, principalmente cuando explica cómo se logra escalar las cotas más altas del camino, que ella cree haber alcanzado. Por ejemplo, para ofrecerse como víctima de holocausto al Amor misericordioso de Dios. Lo único que se exige es reconocerse pequeño y débil. Jesús se abajará, le cogerá en sus brazos y lo elevará. Son precisamente los «pequeños» quienes se encuentran en las mejores condiciones para dejar a Dios realizar en ellos su obra de misericordia y amor. Para llegar a estas convicciones, Teresa ha tenido que descubrir, primero, a un Dios misericordioso, compasivo, humilde, que se abaja hasta mendigar nuestro pobre amor. Tenemos que vernos con ese Dios. De ahí se deduce cómo hemos de proceder y qué actitud hemos de tomar frente a Él y su proyecto. Son muchos los que han ingresado en ese gran número de almas pequeñas, que, junto con su guía y maestra, esperan comprender los secretos de Dios y escalar las cimas más altas de la montaña del Amor. Será esta la «legión de pequeñas víctimas de tu Amor», que la santa pedía a Jesús que escogiera (MsB 5vº).

Todo esto vivido con extrema sencillez, serenidad, paz y alegría inalterables. Nos gusta figurarnos a Teresita con la sonrisa en los labios. Es cierto que en muchos momentos de su vida no le resultaba fácil dibujar semejante gesto, pero aún entonces sentía, en el fondo de su alma, una alegría que ella califica de no gustada. Es una paz, que brota de la convicción de estar comportándose como Jesús quiere (cf C 63).

Estos son algunos de los rasgos de sor Teresa, que la hacen simpática, atractiva. Como se ve, no son cualidades puramente naturales. No nos llama la atención porque es una monjita joven, sonriente y alegre. No es superficial. Pronto constataremos que en ella no hay nada de infantil. La religiosa es, como ella mismo lo dijo, «un bebé que piensa como un anciano» (Proceso apostólico, 231). Pues esos pensamientos de creyente muy madura, esa interpretación desde la fe de lo que podía y creía tener que hacer en cada circunstancia, con paz y alegría, por lo menos íntima, es lo que nos llama la atención tan poderosamente.

Para llegar a este estado ha ido descubriendo al Dios del Evangelio, a ese Dios que para ella se refleja a través de Jesús: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre», dijo Él (Jn 14,9). Teresa no entiende la santidad como una serie de obras que tenemos que ejecutar o vicios que extirpar. Su planteamiento es más sencillo. Se trata de «ser lo que Dios quiere que seamos» (MsA 2vº) en cada momento y situación. Durante el retiro para la toma de hábito está en una sequedad tal que no se le ocurre ni un buen pensamiento. Se encuentra «sumergida en tinieblas». Pero a pesar de ello goza de una paz grande porque «cree que está como Jesús quiere que esté» (C 54). Para ella no existe una manera ideal de hacer el retiro con sus fervores, ideas luminosas, buenos propósitos. Piensa simplemente en aceptar la realidad y comportarse en esta situación tal como entiende que Jesús espera de ella. Tan santas y provechosas pueden ser la sequedad y las tinieblas como la luz y el gozo. «Amo el día y la noche por igual», cantará hacia el final de su vida (P 37).

La monjita nos propone una alta santidad, pues no hay santidad grande y santidad pequeña como se ha dicho a veces. Pues la que se vive en la sencillez es la «que me parece la más verdadera, la más santa, la que yo deseo para mí» (MsA 78vº), escribirá refiriéndose a otra religiosa, que había llevado este camino. Este es el ideal, que llama la atención de las personas ignorantes y sencillas como las que entendieron y siguieron a Jesús. Teresa las atrae y las estimula a tratar de escalar las cotas más altas de vida cristiana.

Nuestra santa no parte de teorías o exposiciones abstractas. Arranca de su propia experiencia. Naturalmente que siempre supone el plan de Dios, la llamada a la santidad. Pero no se pone a analizar el proyecto divino. Su modo de proceder es el siguiente: constata y reconoce su propia pobreza e impotencia. Pero esto no la desanima. Está segura de que Dios la ama y que las aspiraciones de llegar a ser una gran santa son realizables. Si no, Dios no se las hubiera inspirado. Él no sugiere ideas irrealizables. Por lo tanto, tiene que ser santa tal como es. ¿Cómo se realiza esto? Aquí está su gran descubrimiento. Comprende que Dios está tan empeñado en amarla y santificarla que se abaja hasta su pequeñez, se pone a su nivel y se establece allí. Ella no tiene la sensación de ser elevada, sublimada, junto a Dios, y es que ha sido Él quien se ha acercado a su pequeñez. No podía ser de otra manera. Escuchemos su canto: «Yo necesito un Dios que, como yo, se vista de mí misma y mi pobre naturaleza humana, y que se haga hermano mío y que pueda sufrir» (P 23). Es el hecho que ella comprueba. Y no la sorprende. Pues Dios, que es Amor, ha de proceder de este modo porque «lo propio del amor es abajarse» (MsA 2vº; MsB 3vº). Ahí se ve la calidad del amor. El verdadero amor no es un paternalismo, que ayuda desde lejos, desde otra esfera, sino el gesto que lleva a solidarizarse, a compartir la vida, los problemas y los sufrimientos del ser amado. Es el amor que sabe humillarse, perdonar, pues si no se humilla ni sabe perdonar no es verdadero amor.

Este es el Dios que ha experimentado Teresa, y lejos de parecerle esto extraño cree que el Dios trascendente se complace y encuentra su satisfacción en ello (cf CRG 2,21). Nos ha hecho así de pobres e imperfectos porque en abajarse y amarnos, según le parece a Teresa, desahoga su amor (cf MsB 3vº; O 1).

Es una experiencia semejante a la de Martín Lutero. Este monje alemán se dio cuenta de que el hombre es débil y pecador y de que Dios le salva sin sacarle totalmente de esa condición. Ahí estaba el problema. ¿Cómo se explica eso? Quizás no vio el proyecto y el modo de ser y de actuar de Dios con la misma claridad y seguridad de la monja carmelita. Lo cierto es que se expresó en términos equívocos, que no fueron entendidos por los teólogos del Concilio de Trento en el sentido que él les quería dar. Ahora se trata de recuperar sus expresiones e interpretarlas en su sentido conforme con el evangelio y el pensamiento católico. Tal vez Teresa se adelantó a este nuevo movimiento teológico y, sin darse cuenta, encontró la solución del problema. La experiencia que tenía de sí misma y de Dios la llevó a ese resultado. Se siente imperfecta y está convencida de que nunca logrará verse totalmente libre de ciertas imperfecciones. Pero eso no le quita la esperanza de llegar a ser una gran santa. ¿Cómo se compaginan estos dos términos: santa e imperfecta? Ella entiende la santidad como la obra que Dios, abajándose, ejercitando su amor como misericordia, o sea, como amor que perdona constantemente y purifica el alma, realiza en la pobre, débil y frágil criatura humana. Lo importante es comprender esto y ofrecerse humildemente a ser objeto de las operaciones divinas. Exige renuncia y humildad. Sobre todo, humildad. Un día en que su hermana lloraba de despecho porque veía que nunca llegaría a ser perfecta, a dominar todos sus impulsos, le escribe lo siguiente: «A veces comprobamos que estamos deseando lo que brilla. Coloquémonos entonces entre los imperfectos, estimémonos como almas pequeñas a las que Dios ha de sostener a cada instante. Cuando él nos ve bien convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano... Sí, basta humillarse, soportar con dulzura las propias imperfecciones: he ahí la verdadera santidad» (C 215).

Cuando piensa, o mejor, cuando Dios le inspira la idea de ofrecerse a él como víctima, se ofrece como víctima al Amor Misericordioso. Es una idea genial. Supone una percepción lúcida de la obra que el Señor tiene determinado realizar en nosotros, débiles e imperfectas criaturas.

Creo que estas convicciones de las que ella trata de vivir son las que hacen tan atractiva esta gran figura del santoral católico. La santa se ha ganado muchas simpatías incluso entre los no católicos. Los ortodoxos rusos aseguran que ellos miran con simpatía y admiración a dos figuras de la Iglesia católica posteriores a la separación. Estos dos personajes son Francisco de Asís y Teresa del Niño Jesús.

De todo esto deducimos que la publicación de los escritos principales de la santa puede resultar de gran utilidad a muchos creyentes de todas las categorías, a quienes buscan un Dios comprensivo con nuestra debilidad y miseria, a quienes desean una orientación para llevar en la práctica una vida de entrega generosa según las exigencias del evangelio. El mensaje de Teresa les propone un modo sencillo y exigente a la vez para caminar junto a Jesús en todas las situaciones de la vida. Ya predijo que en su vida y en sus escritos habría luz y orientación para «todos los gustos, menos para los que van por caminos extraordinarios» (UC 9.8.2).

La vida

La vida de la santa fue muy breve, de veinticuatro años, y muy sencilla, pues se desarrolla en el seno de su familia sin apenas relacionarse con gente extraña y, desde los quince años, en el interior de un convento de clausura del que nunca salió ni ocasionalmente en los últimos nueve años de su existencia terrena. Pero dentro de este marco tan simple, y socialmente pobre, se desarrolla una vida interior, una experiencia y un pensamiento religioso tan admirables y originales, que la constituyen en un genio del cristianismo, en una de sus más destacadas y conocidas figuras.

Los medios para conocerla tanto en su vida externa como en su interior están ahí. Son sus escritos y los testimonios de quienes la conocieron y acompañaron a lo largo de casi toda su vida y recibieron sus comunicaciones más íntimas. Desde que se publicó, en 1898, la primera edición de la Historia de un alma, los estudiosos y devotos admiran e investigan sus escritos y su vida. Pero no podemos decir que la labor está ya acabada. Siempre van apareciendo pequeños secretos, tesoros inapreciables, que aportan algo nuevo o desconocido y que contribuyen a que podamos sondear más profundamente su espíritu. Recientemente se han publicado sus Obras completas, donde viene todo lo que se ha conservado de sus escritos y los testimonios más íntimos y fidedignos de quienes la conocieron. En esa fuente encontramos el mensaje extraordinario que Dios ofrece a los hombres y mujeres de nuestro tiempo por medio de esta mensajera suya que es Teresa de Lisieux. Ella no se preocupó más que de conocer cada vez mejor a Dios, a Jesús, por la lectura del evangelio. En cierta ocasión dijo a las novicias que ella leía los evangelios para conocer el «carácter de Dios». Y a ese Dios, a quien va conociendo cada vez mejor, procurará corresponderle con la mayor generosidad. Asistida por el Espíritu Santo a quien le gusta comunicarse a los pequeños, hizo grandes descubrimientos para iluminar su propia vida, tomar la postura adecuada de cara a los problemas que tenía que afrontar. Muchos de sus hallazgos tienen validez para nosotros. Por ello recurrimos a sus experiencias, a sus luces, para que nos iluminen el camino que nos toca recorrer.

Su vida y doctrina posee la característica de ser pura experiencia. No escribió ningún tratado sistemático. Expone el camino que le tocó recorrer, los problemas con que tuvo que enfrentarse, las luces que recibió para conocer y entender su propia situación y «por qué lado he de correr» (MsC 36vº). Esto posee el encanto de ser todo historia, todo vivido, experimentado. Nada de supuesto ni conjeturado, nada de soñado, nada de utopía no realizada. En todos sus escritos y vida resalta el realismo. Nos descubre su propia vida como en una película, las soluciones que ha encontrado a los problemas, cómo ha salido del trance en momentos de dificultad y oscuridad. Situaciones iguales o muy semejantes a las de la vida de cada uno de nosotros.

Teresa despierta a la vida (1873-1877)

A nuestra santa le ha ocurrido algo semejante a san Antonio. Este franciscano nació en Lisboa, pero se le llama de Padua porque fue en esta ciudad donde se desarrolló la parte más importante y eficiente de su vida y apostolado. A Teresa la denominamos de Lisieux, pero no nació en este lugar, sino en Alençon, pequeña ciudad provinciana de Normandía. Cuando la niña vino al mundo, la localidad contaba con unos 16.000 habitantes.

Sus padres se llamaban Luis Martin y Celia Guerin. Ambos procedían de familias de militares. Luis nació en 1823 en Burdeos mientras su padre recorría las tierras de España con el cargo de capitán en el ejército de los Cien mil hijos de San Luis, que vinieron a poner fin al trienio constitucional de 1820 a 1823 y restaurar la monarquía absolutista de Fernando VII. Era hombre recto y profundo creyente. Celia también era de ascendencia militar. Su padre, siendo aún muy joven, tuvo que incorporarse al ejército imperial. Tomó parte, bajo las órdenes de Napoleón I, en muy importantes batallas. Estuvo en la península Ibérica y participó, con el ejército francés, en las batallas de Vitoria y Tolosa en 1813. Al ser derrotadas las fuerzas francesas, tuvieron que retirarse a su territorio nacional. Fue condecorado por el valor y entereza que había demostrado en las situaciones más angustiosas. Tantos años de servicio despertaron en él la afición a la disciplina castrense, por eso quiso continuar prestando sus servicios a la patria como guardia nacional hasta conseguir la jubilación. Cuantos le conocieron destacan en él la honradez y rectitud.

Los padres de Teresa eran cristianos convencidos y no simples practicantes. Ambos habían sentido la llamada a la vida religiosa. Luis pretendió ingresar entre los monjes del Gran San Bernardo, en los Alpes, pero no fue aceptado porque no poseía suficiente conocimiento de la lengua latina. Aunque intentó, durante algún tiempo, estudiar en serio la lengua oficial de la Iglesia, hubo de renunciar a sus aspiraciones. Aprendió el oficio de relojero en Estrasburgo, en el taller de un amigo de su padre. Allí permaneció durante dos años. Establecido en Alençon abre una relojería-joyería donde trabaja y logra hacerse con una pequeña fortuna para asegurar el porvenir. Poseía un carácter tranquilo. Amigo del silencio y de la paz. Le encantaba la soledad. El oficio de relojero le venía muy bien. Era paciente y detallista como requiere el ejercicio de esta actividad. Tenía ya treinta y cinco años cuando optó por el matrimonio.

Su esposa Celia Guerin era una mujer muy activa. El trabajo constituía para ella una verdadera obsesión. De joven, en su familia, le tocó sufrir mucho. Se queja de la conducta de su madre, que nunca la comprendió. En cierta ocasión hace a su hermano esta confidencia: «Mi infancia y juventud fueron tristes como un sudario». Pretendió ingresar en las Hijas de la Caridad pero no fue aceptada. No se sabe por qué. Designios de Dios que la reservaba para otra misión. Aprendió el oficio de encajera. Era una industria muy floreciente en la ciudad. «Los puntos de Alençon» como se les llamaba, adquirieron mucha fama. La joven empezó de aprendiz, mas dada su habilidad y empeño, llegó a montar, por su cuenta, un pequeño taller donde daba trabajo a varias mujeres. De este modo preparó una considerable dote para el matrimonio. No era ya joven cuando se decidió a dar este paso: tenía veintinueve años.

La boda se celebró el 13 de julio de 1858, a medianoche, como era costumbre. Luis y Celia estaban llamados a formar un hogar. Al principio, dejándose llevar por aquella idea de consagrarse al Señor en la vida religiosa, que todavía bullía en sus mentes, como un alto ideal, acordaron vivir como hermanos. Pero se les disuadió de este propósito y entonces se decidieron a crear una familia numerosa. Como fruto de esta determinación vieron nacer en su hogar nueve hijos: siete niñas y dos niños. Cuatro fallecieron en la infancia. Cinco niñas alcanzaron la edad adulta. Cuatro llegaron a una edad avanzada, y Teresita, la más joven, que iba a ser un pequeño efémero, dejó este mundo a los veinticuatro años. Su carrera de gigante fue breve, rápida, pero muy densa. Sería precoz. Todo lo haría deprisa, como a presión, aunque luego se quejaría de que al acercarse los acontecimientos más importantes de su vida, como la entrada en el convento, la profesión religiosa y la misma muerte, tuvo que esperar más de lo calculado y deseado (UC 6.7.2).

La niña nació el 2 de enero de 1873. Sería la última, pues su madre, como decía a su cuñada, ha alcanzado ya la edad en que una empieza a ser abuela. Celia temía que la niñita se extinguiera como había ocurrido ya con cuatro anteriores. La confió a una nodriza, pues ella se sentía ya enferma e incapaz de amamantarla. La pequeña superó los peligros y sobrevivió. La madre cuenta en las cartas que escribe a sus hijas mayores, internas en un colegio de religiosas, las graciosas peripecias de su hermanita. La santa, en su autobiografía, resume sus recuerdos de este período de su vida en esta afirmación: «¡Qué feliz era yo en aquella edad!» (MsA 11rº). No se necesita gran cosa para sentirse feliz en la infancia. Teresa tenía todo. Era muy querida en la familia. La llegada de las hermanas mayores durante las vacaciones constituía uno de los acontecimientos que la colmaban de dicha. Pero en este mundo no hay felicidad durable. Pronto se le echará encima un suceso ensombrecedor, que le ocultará el sol luminoso de la alegría y de la dicha: la muerte de su madre. El cáncer de seno acabó con la vida de aquella mujer valerosa. No se entregó a la enfermedad hasta el último instante. Siguió trabajando incluso cuando ya estaba extenuada. Realizó, con sus hijas mayores, una peregrinación a Lourdes a pedir la ayuda del cielo. A pesar de todo, fallecía en la madrugada del 28 de agosto de 1877. No había cumplido aún cuarenta y seis años. La hija pequeña tenía solamente cuatro. Este acontecimiento influyó mucho en la niña. Nos dice que «a partir de la muerte de mamá mi excelente carácter sufrió un cambio total. Yo, tan viva, tan expansiva antes, me hice tímida y dulce, en extremo sensible» (MsA 13rº).

En Lisieux (1877-1881)

El señor Luis Martin se queda solo con sus cinco hijas. La madre, poco antes de morir, había insinuado a su hermano Isidoro que acogiera a sus jóvenes sobrinas y procurara tenerlas cerca de sí y de su señora. Necesitarían de su protección, de sus orientaciones para situarse en la vida. Isidoro, hombre dinámico y decidido, era muy indicado para llevar a término esta misión.

El farmacéutico de Lisieux no defraudó las esperanzas de su hermana. Inmediatamente se puso en acción. Alquiló una bonita casa, separada de los demás edificios, a la que dieron el nombre de «Les Buissonnets». Está cerca del centro de la ciudad y a poca distancia de la casa del tío, que vivía allí al frente de su farmacia. Una vez preparado el nuevo nido para la familia Martin, se desplazó a Alençon. Hicieron los últimos preparativos, se despidieron de las familias y personas más allegadas, y se dispusieron a emprender el viaje, un viaje que iba a ser trascendental para aquel quinteto de jóvenes. Era el 15 de noviembre, cuando la pequeña comitiva, compuesta por seis personas: las cinco hermanas Martin y su tío Isidoro montaron en el tren. A la tarde llegaban a la estación de Lisieux. Allí les esperaba la Sra. Guerin con sus dos hijas. En adelante estos dos grupos iban a formar casi una sola familia. Teresita se dirige a sus tíos, en las cartas, y mucho más en las conversaciones, dándoles el título de papá y, sobre todo, de mamá. La primera noche la pasaron en la casa de los tíos. Al día siguiente se instalaron en su nueva residencia.

Lisieux, con sus 18.000 habitantes, era una ciudad industrial en declive. La fabricación del tejido, que era su principal actividad, estaba pasando por una situación difícil. El cielo no muy azul y el ambiente oscuro y brumoso del mes de noviembre no causaron muy buena impresión a sus moradoras recién llegadas. Pero allí pasarían todas, menos una, el resto de sus vidas. Serán las que harán famosa esta ciudad de Normandía. Y la que ahora es una niña de cuatro años será universalmente conocida como santa Teresa de Lisieux. Pronto se organiza la vida en la casa. Las dos mayores, terminados ya sus estudios, se ponen al frente de las actividades. Las otras dos: Leonia y Celina ingresan en el colegio de las Benedictinas. La más pequeña se queda en casa, cuidada y dirigida por sus dos hermanas mayores, sobre todo por Paulina. Para algo, al quedarse huérfana de madre, la había escogido por su segunda mamá (cf MsA 13rº). No echaba en falta su antigua casa y ambiente de su ciudad natal. Al recordar, dieciocho años más tarde, este traslado, escribe: «No me apenó en modo alguno la salida de Alençon; a los niños les gustan los cambios. Vine contenta a Lisieux» (MsA 13vº).

Ciertamente, el cambio no le impresionó. Es que, en realidad, no era tan grande. Los miembros de la familia eran los mismos, el ambiente íntimo no había sufrido modificación alguna. La única novedad era la cercanía y familiaridad con los tíos y las primas. Este entorno, muy femenino, prácticamente sin ningún contacto con niños o muchachos, sería el campo donde se desarrollaría la vida de la niña y adolescente Teresa.

La jornada estaba muy bien organizada bajo la dirección de las dos mayores. El padre permanecía casi al margen. Pero todas abrigaban un gran respeto hacia él. Era realmente venerado. Pero le trataban con gran confianza y familiaridad. Tomaron la determinación de tutearle. La pequeña experimentó grandes alegrías en este período. Ella, que fue muy sensible y tenía muy buena memoria, nos recuerda algunos de los acontecimientos que le dejaron una marca indeleble en su vida. Cuenta la impresión que le causó el mar al contemplarlo por primera vez. También afloran a su memoria los paseos que hacía al campo con su padre, las visitas a las iglesias. Poco a poco iba entrando en la vida real y seria. Recibió una buena formación humana y religiosa de acuerdo con su edad y los tiempos.

Algunos de los acontecimientos que ha recordado en su libro son su primera confesión (cf MsA 16vº), la primera comunión de su hermana Celina (cf MsA 25rº) y unas pequeñas aventuras suyas (cf Ms 15vº-16vº). Todo ello llenaba de encanto la vida de la niña. Más tarde, refiriéndose a la vida que llevaba durante estos años, la califica de «tranquila y feliz» (Ms 22rº). La salida ordinaria es a la casa de los tíos donde tiene dos primitas que la acompañan.

En el colegio (1881-1886)

La niña tiene ya ocho años y medio. Es tiempo de empezar en serio su formación intelectual y humana. Ha de abrirse un poco a la sociedad que la rodea, por lo menos con el contacto con las niñas de su edad. El 3 de octubre de 1881 entra en la abadía benedictina de Lisieux como semipensionista.

Este cambio sí que lo va a sentir. Es mayor que el de Alençon a Lisieux. Dice que aquello fue como arrancarla de una tierra selecta y plantarla en una común. No logró arraigar en este nuevo terreno. La vida del colegio le resultó un verdadero calvario. Así lo confiesa: «Con frecuencia he oído decir que el tiempo pasado en el colegio es el mejor y el más feliz de la vida; pero para mí no lo fue. Los cinco años que pasé en él fueron los más tristes de mi vida» (MsA 22rº).

Estaba bien preparada para los estudios. Había tenido una buena profesora en casa; su hermana Paulina. En la clase ocupaba siempre uno de los primeros puestos, si no el primero. Era muy inteligente. Pero no sabía relacionarse con las compañeras, jugar con ellas, o hacerse amiga de una de las monjas.

La dificultad que encontraba para comunicarse con las demás, la tristeza y melancolía que siempre mostraba, su poca destreza para las labores manuales, su pobre caligrafía, etc., causaban una pobre impresión incluso entre sus familiares. Su tío aseguraba sin titubeos que era «una pequeña ignorante, buena y dulce de carácter, discreta, pero incapaz e inhábil». Y ella no se extraña de esta opinión que se formaban de su persona en casa del tío, porque «no hablaba casi nada por ser muy tímida; cuando escribía, mi letra de gato, etc., no eran para entusiasmar a nadie» (MsA 37vº). «Llegué a la conclusión de que no era inteligente, y me resigné a no serlo» (MsA 38rº).

Así fue desarrollándose su tiempo de colegio, que suele ser tan trascendental para muchos. Aguantó los primeros años gracias a la compañía de Celina, que sabía desenvolverse perfectamente entre sus compañeras y ganarse la simpatía de las monjas entre las que tenía una muy buena amiga. Pero la futura santa estaba perdida, totalmente desambientada. Lo único que hacía a gusto era contar historias a sus amigas. Eso le iba admirablemente. Pero las profesoras se lo prohibieron porque querían que las niñas, durante el recreo, corrieran y jugaran. Mas la pobre Teresita «no sabía jugar» (MsA 37rº).

La vida en el colegio le resultaba penosa, pero tenía sus compensaciones en la familia. Allí encontraba el calor y la confianza que necesitaba. Mas no tardaría en llegar un acontecimiento doloroso para la niña. Su hermana Paulina, su confidente, maestra y segunda mamá, decidió ingresar en el Carmelo. Durante algún tiempo la pequeña no se enteró de nada. Un día sorprendió la conversación que mantenían las dos hermanas mayores. Trataban de la próxima entrada de Paulina en el convento. La pequeña comprendió que su segunda mamá la abandonaba y sintió una angustia inexplicable. Empezaban para la pobre las desgarradoras separaciones de la vida. Derramó lágrimas amargas, pues aún no comprendía el valor del sacrificio. Paulina trató de consolarla. Le explicó lo que era el Carmelo, y esta explicación despertó en la pequeña el deseo de seguirla. Al exponer su deseo a la Priora del convento, con ocasión de una visita, esta le contestó que no recibían postulantes de nueve años. La niña se resignó a esperar.

Paulina cruzó el umbral del convento el 2 de octubre de 1882. Teresa, al recordar los momentos de la separación, dice: «Todavía veo el lugar donde recibí el último beso de Paulina» (MsA 26vº).

Siguió sus clases en el colegio aunque se quejaba de dolores de cabeza. A finales de marzo aparecieron los síntomas de una nueva enfermedad. Debió influir en ello la ausencia de su hermana. Era una enfermedad de nervios. Sufría fuertes crisis: temblores nerviosos, miedos, alucinaciones. El médico la juzgó muy grave pero no sabía diagnosticarla. Sorprendentemente se sintió bien para asistir a la celebración de la toma de hábito de Paulina. Parecía curada. Al día siguiente recayó. Ella piensa más tarde que esta enfermedad fue cosa del demonio. Y tuvo, al parecer, un desenlace feliz por la intervención de la santísima Virgen. El 13 de mayo se encontró totalmente curada. Se le había aparecido la Virgen y le había sonreído. Era Nuestra Señora de las Victorias. Habían desaparecido los males del cuerpo y empiezan las penas del alma. Comunicaron a las monjas el suceso y, al ir a visitarlas, estas le hicieron varias preguntas. La niña creyó que podía haber simulado su enfermedad y mentido a las religiosas. Esta idea le amargó la vida durante varios años. No se vería libre de estas inquietudes hasta que la Virgen le aseguró que se le había aparecido. Esto ocurría cuatro años y medio más tarde, al visitar su santuario en París. No recobró la tranquilidad total hasta lograrla en el convento por la intervención de un confesor. Las visitas que, en familia, hacían a Paulina le resultaban decepcionantes. No le permitían estar a solas con ella todo el tiempo que necesitaba para sus confidencias.

Durante el verano de 1883, la niña de diez años hizo, con su padre y hermanas, la primera visita a su ciudad natal, Alençon. Era ya una jovencita despierta y como a tal la trataron. Se encontraron con diversas familias, celebraron fiestas, se divirtieron mucho un poco a lo mundano. No dejaron de impresionarle las atenciones y halagos de que fue objeto. Más tarde confiesa que esta experiencia le sirvió para conocer un poco el mundo y saber a qué renunciaba al encerrarse en un convento de clausura. Se hizo una idea de la caducidad de las alegrías y de la felicidad de este mundo.

Teresita no sabía jugar pero tenía una gran afición a la lectura. No se cansaba de leer. Le encantaba recordar las hazañas de las heroínas francesas, principalmente las de Juana de Arco. Se sentía llamada a realizar proezas semejantes, se creía destinada a la gloria. ¿Con qué posibilidades contaba para llevar a cabo estos ideales? ¿No veía entre sus aspiraciones y la realidad en que se movía, un abismo imposible de cruzar?

Como en tantas otras ocasiones, Dios le hizo comprender su destino real. ¿Cuál es la meta de gloria a la que desea encaminarse? ¿Qué camino ha de tomar? Le dio a «entender que la verdadera gloria es la que ha de durar eternamente, y que para alcanzarla no hacía falta realizar obras deslumbrantes, sino esconderse y practicar la virtud de modo que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha». «Me hizo comprender también que mi gloria quedaría oculta a los ojos de los mortales, que consistiría ¡en llegar a ser una gran santa!» (MsA 32rº). Aún no tiene un conocimiento claro de en qué consistirá la santidad, pero el convencimiento de estar destinada a alcanzarla la pone en camino. Marchará con decisión y confianza. No es que ya no vaya a tener problemas. Mas la orientación fundamental está ya tomada. Al afrontar nuevas situaciones según se vayan presentando, recibirá nuevas luces y el necesario impulso. Es la santa de la confianza. Ella se lanza y Dios la asiste cuando necesite (cf MsA 83vº).

Uno de los acontecimientos principales de este período va a ser su Primera Comunión, que recibirá el 8 de mayo de 1894. Ella nos cuenta en el Manuscrito «A» todos los detalles de la preparación. Paulina le escribía una carta cada semana, le enviaba estampas muy significativas, que le hicieron reflexionar. Como preparación inmediata hizo un retiro de cuatro días en la Abadía.

El día de la Comunión fue espléndido, sin ninguna nube. Todo salió muy bien. Respecto a su encuentro con Jesús dice: «¡Oh!, qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma» (MsA 35rº).

El mismo día, por la mañana, en la intimidad de la comunidad de monjas, Paulina hizo la profesión religiosa. Por la tarde, toda la familia fue a visitarla. Allí se juntaron todos los supervivientes. Teresita no echó en falta a su madre. Le parecía que en aquel día de cielo estaba allí presente.

Las fiestas pasan y la niña tiene que volver a la vida ordinaria. No poseemos mucha información sobre los acontecimientos de los años siguientes. La interesada, que escribe su biografía once años más tarde, no nos ha conservado muchos recuerdos. Por lo visto, no le parecieron de interés para lo que ella quería. Sabemos por otros informadores que iba creciendo en todos los aspectos. Se abrió a la vida, estudió con plena dedicación, e iba también entendiendo algo de lo que es la verdadera vida cristiana aunque aún le quedaba mucho camino que recorrer y lo más importante por descubrir.

Asistía al colegio. Durante las vacaciones pasó temporadas en una casa de campo con sus tíos y primas. También residió algunos días en la orilla del mar en Trouville, a lo largo de los tres veranos siguientes. Disfrutó mucho. Le gustaba el campo, pero, sobre todo, le encantaba el mar. No se cansaba de contemplarlo. Su salud no era muy buena. Sufría mucho de catarros. Todos los inviernos caía enferma. Según testimonio de su hermana Celina, no podía correr porque se sofocaba. Como se ve, su aparato respiratorio era terreno abonado para la tuberculosis.

Uno de los acontecimientos que le impresionaron, fue el retiro de preparación para la segunda comunión solemne. Escuchó pláticas terribles sobre el pecado mortal y la facilidad con que se cae en él, y sobre otros temas semejantes. Estas consideraciones provocaron en su pobre alma una tormenta de escrúpulos. Este estado duró, con esa intensidad, durante año y medio. Su única persona de confianza era la hermana mayor, María. Esta la consolaba y trataba de tranquilizarla. Nunca dijo nada de esto al confesor. Se acusaba de sus faltas según las indicaciones de su hermana. Por fin, recurrió a la intervención de sus hermanitos del cielo, y ellos le consiguieron de Dios la paz que tanto necesitaba (cf MsA 44rº).

Estudiando en su casa
(1886-1887)

El colegio seguía siendo para la joven un verdadero suplicio. Mientras la acompañaba su hermana Celina, pudo soportarlo. Pero una vez que se quedó sola, ya no tuvo fuerzas para aguantar más. Se ponía enferma. En vista de ello su padre optó por retirarla. Hubo que buscar otro medio para completar su formación todavía tan incompleta. Como solución contrataron a una señora que le daría clases particulares.

Con esta ayuda y su gran afición a la lectura iría adquiriendo la instrucción intelectual que en aquella época y en aquel ambiente se daba a las jóvenes.

En las vacaciones disfrutaba mucho. Era indudablemente feliz. La tía, que era la que acompañaba a las jóvenes, les preparaba toda clase de entretenimientos. Las muchachas se paseaban por la playa, metían los pies en la agua. En otras ocasiones se internaban en el bosque. Algunas veces intentaban montar en un borrico con la algazara que es de suponer. Lo pasaban en grande.

Llega la segunda dolorosa separación. Durante el mes de agosto de 1886 Teresa se entera de que María va a seguir la estela de Paulina. Está decidida y ha empezado a hacer los últimos preparativos para ingresar junto a su hermana. La pequeña va a quedar sin apoyo humano. La familia quedaba reducida a las dos pequeñas con su padre, pues Leonia también estaba ya en un convento. Aquella alegre y bulliciosa colmena, ahora muy mermada, se sumerge en el silencio (cf MsA 43vº).

Dios nunca deja de echar una mano en los momentos críticos. Teresa pierde a su confidente para exponer sus problemas de conciencia, sus inquietudes. Pues bien, hacia fines de octubre, la intercesión de sus hermanitos del cielo la libera de sus escrúpulos y le trae la paz. Poco antes, aunque no conocemos la fecha exacta, compuso una oración cuyo autógrafo se conserva. Dice así: «Santísima Virgen, haced que vuestra pequeña Teresa no se atormente nunca más».

Aunque ha recuperado la paz, aún no se puede cantar victoria. Quedan por superar grandes obstáculos, que impiden su pleno desarrollo humano y cristiano. Uno de ellos es la excesiva sensibilidad. Siempre las lágrimas están a punto de asomarse a los ojos y de correr por las mejillas de la joven. Con frecuencia llora como una Magdalena (cf MsA 44vº).

La adolescencia
(Navidad de 1886-abril de 1888)

En este breve período de menos de año y medio suceden muchas cosas importantes y se produce un profundo cambio en la adolescente.

El primer gran acontecimiento espiritual de su vida es el que ella llama la «gracia de Navidad». Marca un hito decisivo en su existencia y da principio al tercer período de su vida, el más importante y al que ella califica de «el más bello, el más lleno de gracias del cielo» (MsA 45 vº). Este suceso ella lo califica de «milagro» (MsA 44vº), de «conversión» (C 178). Originó en la muchacha una transformación tan profunda que en poco tiempo la niña llorona e hipersensible se convirtió en la mujer fuerte como quería santa Teresa que fuesen sus monjas.

«No me conocía a mí misma», afirma más tarde la joven monjita (C 178). Esto ocurría la noche de Navidad de 1886. Ella describe el acontecimiento con todo detalle en el Manuscrito «A», 44vº-45vº.

Tiene catorce años y crece en estatura hasta poder llamarla «Teresa la grande». Era la más esbelta de la familia. Se desarrolló su inteligencia. Siempre había sido despierta y precoz, pero ahora ha dado un gran salto. Se dedica a estudiar historia y ciencias. Le atraen también las artes, principalmente la pintura.

Su espíritu se abre, sobre todo, a las bellezas sobrenaturales. Si en la formación intelectual era, en gran parte, autodidacta, en la espiritual lo era casi en absoluto. Su gran Maestro ahora y en adelante será Jesús. Era él quien la guiaba. «Porque yo era pequeña y débil, él (Jesús) se abajaba hasta mí, me instruía secretamente en las cosas de su amor» (MsA 49rº). Algunas lecturas y las conversaciones con Celina la ayudaron bastante.

El cambio producido abrió su vida a una nueva dimensión fundamental. Dice que al superar su excesiva sensibilidad salió de su egocentrismo. Hasta este momento vivía encerrada en sí misma, en sus problemas. Desde ahora empieza a abrirse, a preocuparse de los demás. Lo dice con esta frase rotunda: «Sentí que entraba en mi corazón la caridad, la necesidad de olvidarme para complacer a los demás y desde entonces fui feliz» (MsA 45vº).

Empieza por practicar la caridad espiritual, por procurar la conversión de los pecadores. Su primer objetivo concreto fue la conversión de un famoso asesino llamado Henri Pranzini condenado a muerte. Luego iría extendiendo su campo de acción. La operación estaba iniciada. Una estampa de Jesús crucificado le impresiona, le hace entender que Jesús tiene sed de almas y espera su colaboración (cf MsA 45vº). La actividad iniciada no se interrumpirá hasta el fin de los tiempos, pues continúa también en el cielo (cf UC 17 de julio). Comprende los secretos de la perfección con una profundidad que nadie hubiera sospechado. Se los revela Jesús en su intimidad. Y esa luz la guía, como dice san Juan de la Cruz:

«Más cierto que la luz del mediodía

a donde me esperaba

quien bien yo me sabía».

El lugar donde la esperaba era el Carmelo. Esta es la nueva pretensión, que la obsesiona. Tiene que entrar en el Carmelo cuanto antes, apenas cumpla los quince años, la edad mínima exigida. No va a escatimar coraje y esfuerzos hasta lograr la realización de su anhelo. Se siente inspirada e impulsada por Dios y tiene que llegar a la meta, al Carmelo. Tendrá que superar grandes obstáculos, pero ella se siente decidida a pasar por el fuego, si es preciso, para responder a la llamada divina.

No es que se sienta incómoda en su casa. Ella y Celina llevan «la vida más dulce que unas jóvenes pueden soñar» (MsA 49vº). Gozan del ideal de felicidad concebible en esta tierra. Pero renuncia a todo ello e inmediatamente se pone a dar los primeros pasos para convertir su sueño en realidad. La primera confidente de sus aspiraciones tiene que ser Celina. Para ella no tiene secretos. Esta la comprende y cede sin mayor resistencia. Hasta la anima a seguir el camino que Jesús le indica. Más delicado resultaba abordar a su padre, que ya había hecho el sacrificio de las tres hijas mayores. Además ya había sentido los primeros ramalazos de parálisis. Pero Teresa tiene ya decidido irrevocablemente entrar en el Carmelo por Navidad, al cumplirse el año de la extraordinaria «gracia» de su «conversión». Hay que escoger un momento adecuado para hacer el planteamiento al padre. El día elegido fue el de Pentecostés, 29 de mayo. Después de asistir a la función de la tarde estaban padre e hija sentados en el banco del jardín de la casa. La joven suelta, entre lágrimas, su secreto. Su bendito padre le responde con un gesto de generosidad que no se podía imaginar. Está dispuesto a entregar a Dios todo, hasta a su hija más querida, a su «reinecita». Este escollo está superado. Aun quedaba otra dificultad que salvar. Necesitaba la autorización de su tío Isidoro, que era protutor de sus sobrinas. La joven aguarda varios meses. Por fin, durante el mes de octubre, se decide a proponerle el asunto. La primera reacción del tío fue totalmente negativa. Le dice que espere, por lo menos, tres o cuatro años. Todavía es casi una niña. No está en condiciones de abrazar una vida como la que se lleva en el Carmelo. Sería contrario a la prudencia humana permitir entrar en el convento a una jovencita de quince años.

«Para decidirle a concederme el permiso se necesitaría un milagro» (MsA 51vº). Pasó unos días de sufrimiento indecible. Oraba, pero se sentía desasistida hasta por el cielo, que no obraba ningún milagro. Al cabo de dos semanas, por influencia de la Hna. Inés, el tío cambia de parecer y le concede la autorización.

La mayor dificultad se encontraría donde menos se esperaba: en la autoridad eclesiástica. Debió influir en esta oposición el caso de una jovencita de la ciudad, cuyo proyecto de ingresar en el convento dio lugar a críticas muy duras. No se quería que se repitiera la escena. Por esa razón, el Superior religioso se opuso y se mantuvo firme en su actitud aún después del ingreso de Teresa en el convento.

La interesada no se arredra ante tal dificultad. Recurre a instancias superiores. Primero al obispo. Este no toma ninguna decisión. Le parece lo prudente en el caso. La joven, decepcionada, sale de la audiencia hecha un mar de lágrimas. Pero no pierde la paz interior porque ha hecho lo que Jesús le pedía. Buscaba sinceramente el cumplimiento de la voluntad de Dios (cf MsA 55vº).

La gran peregrinación
(4 de noviembre-2 de diciembre de 1887)

Viene narrada por la santa en MsA 55vº-67vº. Será el viaje y el acontecimiento puramente humano más influyente y destacable de la sencilla vida de la santa. Ella piensa, sobre todo, en los resultados obtenidos. «Me ha enseñado más que largos años de estudio» (MsA 55vº). Su preocupación fundamental y su gran aspiración es la de recabar del papa León XIII la autorización para entrar en el Carmelo por Navidad. De hecho fracasa en este intento, aunque logra otros frutos que no entraban en su proyecto pero iban a ser muy útiles para el resto de su vida, ciertamente más que el ingresar en el Carmelo unos meses antes. Hay quienes interpretan maliciosamente este viaje de la joven a Roma. Piensan que su padre intenta distraerla, quitarle de la cabeza la idea de abrazar la vida religiosa. Pero no hay duda respecto a esta intención. Nunca pasó por la mente del dulce y resignado patriarca semejante pensamiento.

La peregrinación tenía como objetivo principal dar una muestra de apoyo y solidaridad al Papa, que celebraba su jubileo sacerdotal y se encontraba en una situación difícil. La integraron ciento noventa y cinco personas, entre las que figuraban setenta y tres eclesiásticos. Las dos hermanitas son las benjaminas del grupo y no dejan de llamar la atención. Mantienen los ojos abiertos y los oídos atentos para enterarse de todo. Han tenido ocasión de observar muchas cosas.

El día 4 de noviembre salen de Lisieux para conocer París. Recorren la ciudad, que no llama la atención de la joven. La visita más interesante para ella es la de la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias. Allí se convence íntimamente de que había sido la Virgen la que la había curado milagrosamente (MsA 56vº). «¡Con cuánto fervor le rogué que me guardase siempre!... Supliqué también a nuestra Señora de las Victorias que alejase de mí todo lo que pudiera empañar mi pureza» (MsA 57rº).

El 7 de noviembre salen de la basílica de Montmartre. La joven peregrina en su relato menciona primero las obras maravillosas de Dios, las montañas de Suiza, que tan poderosamente le llaman la atención. Luego describe las realizaciones prodigiosas de los hombres: las obras de arte de las ciudades italianas.

Pero estos espectáculos, que la impresionan profundamente, no la absorben. Su pensamiento está en la visita al Papa y en la petición que le va a hacer. Por fin, llegó el día. Fue el 20 de noviembre. El tan esperado acontecimiento no dio el resultado que anhelaba. Nuevas lágrimas, pero también resignación, abandono, aceptación de los designios de Dios. El Niño Jesús duerme. Parece que se olvida de Teresa. Pero esta, a pesar de su pena, no pierde la paz interior. Se está acostumbrando a asumir contradicciones y decepciones. Es cierto que el objetivo que se había propuesto ha fallado, pero ha adquirido conocimientos que contribuirán a configurar su vida de carmelita. Lo más destacable es lo que ha aprendido al ver y tratar de cerca a los sacerdotes. Hasta entonces los había visto en el ejercicio de su ministerio sagrado o en sus paseos por las calles. Los consideraba como seres del otro mundo, unos ángeles visibles. Durante este viaje ha tenido la oportunidad de observarlos en su vida real con todo lo que tienen de humanos, de imperfectos. Hasta entonces oraba mucho por los pecadores. No se le ocurría que los sacerdotes tuvieran necesidad de oraciones, de inmolaciones por ellos para ayudarles a cumplir dignamente con la misión que Dios y la Iglesia les ha encomendado. Se da cuenta de que la vocación del Carmelo es la de conservar la sal de la tierra. Desde este momento descubre el último fin de su consagración. Empieza a pensar en ser apóstol de los apóstoles ofreciendo su vida por ellos. Así declaró cuando le preguntaron a qué había venido al Carmelo: «He venido para salvar almas y, sobre todo, para orar por los sacerdotes» (MsA 69vº). Este hallazgo justificaba el viaje a Italia. «No era ir demasiado lejos tratándose de un conocimiento tan útil» (MsA 56vº). Las dificultades que le ponen los hombres y el silencio de Jesús, que no sale a echarle una mano, le enseñan la doctrina del «abandono» (MsA 68rº), la virtud que caracteriza a los creyentes que se ponen incondicionalmente en las manos de Dios.

Pasa el mes de diciembre entre esperanzas y decepciones. El único consuelo, y este nada místico, que tiene, lo confiesa ella misma, es el de estrenar un sombrero nuevo. Así de humana seguirá siendo en medio de su desasosegada premura por llegar pronto a su ansiado puerto (CRG 2,13).

Se cumple el año de su «conversión» y asiste a la misa del gallo con el corazón afligido. El Niño Jesús continúa dormido pero se comunica por medio de algunas personas. Una sorpresa, que le prepara Celina, le ayuda a asumir los sucesos adversos con espíritu de fe. El 1 de enero: aviso del Carmelo. Ha llegado la autorización para ingresar en clausura. La M. Priora, instigada en este caso por la Hermana Inés de Jesús, ha creído conveniente retrasar la entrada de la joven hasta después de la Cuaresma. Era algo que la pretendiente nunca se había imaginado, pero no quedaba más remedio que aceptar la decisión de las monjas. Tres meses de espera. Una gran prueba para su fe. El primer pensamiento que le vino fue el de llevar una vida tranquila y relajada. Mas pronto cambió de parecer. Comprendió que considerando la cosa delante de Dios era mejor empezar desde este momento una vida seria y mortificada como la que deseaba llevar en el convento. Así lo hizo, y los frutos fueron excelentes. «Me es imposible decir qué cantidad de dulces recuerdos me dejó esta espera» (MsA 68vº). Hay que empezar a ser santo desde ahora mismo. El tiempo es precioso. No hay que perderlo. La vida, sobre todo la de algunos, es muy breve, y es preciso aprovecharla minuto a minuto. Poco antes de su muerte, refiriéndose al último mes de marzo, que pasó esperando, dijo a su prima sor María de la Eucaristía: «Quise prepararme siendo muy fiel, y fue aquel uno de los meses más hermosos de mi vida».

Ingresa en el Carmelo
(9 de abril de 1888)

La cena de despedida fue desgarradora. Todos los comensales no dejaban de fijarse en ella y de dirigirle la palabra. Esto le hacía sentir más el sacrificio de la separación.

Llegó «el gran día», la hora de dar el paso decisivo y acercarse a la meta tan ansiada. Muy de mañana echa la última mirada, acompañada por su perro, a la casita, «nido de mi infancia», donde había pasado los últimos diez años y medio de su vida. A continuación se encamina hacia el Carmelo, del brazo de su «rey querido». Entre sollozos de toda la comitiva, cruza, con el corazón palpitando violentamente, el umbral del monasterio. Allí encuentra una nueva familia y una nueva morada en la que pasará los restantes nueve años y medio de su efímero paso por este mundo (cf MsA 69rº). Entre los miembros de la familia religiosa están sus dos hermanas mayores.

Realiza el cambio de vida con la satisfacción íntima de haber conseguido lo que buscó con tanto afán e impaciencia. Pero sin hacerse ilusiones utópicas. Es realista. Siente una alegría «tranquila». En el convento todo lo halló como se lo había imaginado. Al entrar en la celda que iba a ocupar murmuró con gozo: «Estoy aquí para siempre, para siempre» (MsA 69vº).

Aunque todo lo encontró como se lo había imaginado, y no se llevó decepciones, y se encontraba en el colmo de su felicidad, la acomodación al nuevo género de vida le supuso muchos sacrificios, le acarreó no pocos sufrimientos: «Mis primeros pasos encontraron más espinas que rosas. Sí, el sufrimiento me tendió los brazos y yo me arrojé en ellos con amor» (MsA 69vº).

Nuevo horario, distinto régimen alimenticio, otro ambiente familiar, trabajos a los que no estaba acostumbrada, aprendizaje del manejo de los libros de rezo, etc. Eran muchos cambios, muchas novedades. De una manera especial, la actitud de la Priora y de las Hermanas para con ella se distanciaba mucho de lo que experimentaba en su casa. No resultaba fácil asumir y asimilar todo esto por mucho interés y voluntad que pusiera la animosa joven. El pobre rendimiento en algunos trabajos por su impericia y desmaña natural le acarrearon no pocas reprimendas y disgustos.

A todo esto se añadía la sequedad en la oración, la falta de director espiritual que la consolara, la incomprensión de la Maestra de novicias, que no se daba cuenta de lo que sufría. La pobre Teresa acepta todo. Le queda aún cierta intranquilidad interior, residuo de los escrúpulos no del todo superados. El P. Pichon trató de liberarla de estas inquietudes asegurándole que no había cometido ningún pecado mortal. Además, al encontrarla sin dirección espiritual, le deseó que fuera Jesús su Maestro de noviciado y director espiritual (cf MsA 70rº-vº). No volvería a verse con este sacerdote al que escribió bastantes cartas, que se han perdido. Recupera la paz interior, se puede decir que definitivamente.

La severidad que la Priora usó con ella fue providencial. Le ayudó a madurar rápidamente. En estos primeros meses hubo días radiantes. En el mes de mayo su hermana María hizo la profesión religiosa y tomó el velo negro. La benjamina de la familia y de la comunidad tuvo la satisfacción de colocarle la corona (cf MsA 71).

Le sobreviene una gran desgracia familiar. El padre enferma mentalmente. Huye de su casa sin dejar huella. Búsqueda angustiosa. Todos sufren, pero Teresa más que nadie, porque corren rumores de que el padre ha caído enfermo porque le ha abandonado la hija a la que tanto quería. La enfermedad remite y todo vuelve a su cauce normal.

La toma de hábito
(10 de enero de 1889)

La postulante no tiene consuelos en la vida espiritual. No hay compensación por los sufrimientos y sacrificios de cada día. Pero no se desalienta. Sigue respondiendo con generosidad a la llamada de Jesús. La comunidad la admite para la toma de hábito. Una recaída de su padre aconseja retrasar la ceremonia. El retiro de preparación para la toma de hábito (5-10 enero 1889) transcurre en la mayor sequedad. Privada de todo consuelo espiritual. A pesar de ello no pierde la paz interior, pues «cree estar como Jesús quiere que esté» (C 54). Está totalmente a disposición de Jesús para que él disponga de su «pelotita» como le plazca (cf C 55). En los billetes que escribe estos días manifiesta un profundo espíritu de fe, una madurez admirable para afrontar la situación que se podía considerar como desoladora. Por fin, tiene el consuelo de recibir muchos regalos (cf C 49) y de que su padre asista a la ceremonia. Se celebra el 10 de enero. Este día hubo alegría completa. Todo resultó muy bien. No faltó ni la nieve, que encanta a la nueva novicia (cf MsA 72vº).

La alegría no dura mucho. Antes de dos semanas, grave recaída del patriarca. Al cabode unos días de observación, tienen que hospitalizarle en la Casa de Salud de Caen. Allí permanecerá tres años. Es el período de gran sufrimiento, que Teresa califica de «la gran tribulación» (MsA 73vº). Este acontecimiento dolorosísimo, que nunca se había imaginado, colma plenamente sus deseos de sufrir. Es para ella «la más amarga, la más humillante de las copas. Ya no he dicho que puedo sufrir más» (MsA 73rº). La fe le sugiere cómo sacar provecho de los males. Podrá decir: «Sí, estos tres años de martirio de papá me parecen los más amables, lo más fructuosos de toda nuestra vida; no los cambiaría yo por todos los éxtasis de los santos» (MsA 73rº). Llegaría a llamarlos «nuestra gran riqueza» (MsA 86rº).

Durante este tiempo son interesantes las cartas que la santa escribe sobre el sufrimiento a su hermana Celina, que cuida al padre. Todo esto acelera la maduración de su vida cristiana y religiosa. Ahora sí que corre a pasos agigantados. En la obra de destrucción que se opera en su padre descubrirá algo de lo que significa la figura del Siervo Sufriente y la Santa Faz de Jesús (cf MsA 71rº). Respecto a su noviciado se puede asegurar que le resultó bastante penoso. Siempre bajo la sombra dolorosa de la enfermedad de su padre, al hilo de las noticias siempre tristes y desconsoladoras, que le envían sus hermanas, que le asisten.

A pesar de ello, la novicia se mantiene firme y afronta con resolución las situaciones que le presenta el aprendizaje teórico y práctico de la vida religiosa. Sus aspiraciones son inmensas. Piensa en amar a Dios «como nunca ha sido amado» (C 51). Humillado, «el grano de arena» pone manos a la obra. «Sin alegría, sin ánimo y sin fuerzas, y todos estos títulos le facilitarán la empresa; quiere trabajar por amor» (C 59). Va comprendiendo el nuevo horizonte que se abre delante de ella. Hay que seguir el camino sin desanimarse. «La florecita trasplantada en la montaña del Carmelo debía desarrollarse a la sombra de la Cruz. Las lágrimas, la sangre, se convirtieron en su rocío, y su sol fue la Faz adorable velada de lágrimas» (MsA 71). Descubre las «bellezas escondidas de Jesús» (C 88).

En la monótona vida del noviciado se dedica a «practicar las pequeñas virtudes» (MsA 74vº).

Tal vez lo más duro es que «no encuentra ningún consuelo en su vida de oración» (MsA 73vº).

Cumplido el tiempo para hacer la profesión, se le retrasa la fecha. Ella siente este percance. Anhelaba, quería consagrarse a Dios cuanto antes. La candidata a santa reflexiona y reacciona con espíritu de fe. Acepta la decisión (cf MsA 73vº). Más tarde cae en la cuenta de que en aquella prisa por consagrarse a Dios no todo era amor puro. Había una buena dosis de amor propio (cf C 152).

Este año descubre los valores de las enseñanzas de san Juan de la Cruz. Lee asiduamente sus obras (cf MsA 83rº; C 88).

La santa exclama: «Así pasó el tiempo de mis esponsables..., resultó bien largo para la pobre Teresa» (MsA 73vº).

La profesión religiosa
(8 de septiembre de 1890)

Empieza la preparación para este solemne acto con un retiro de diez días. Todo este tiempo lo transcurre en la más absoluta aridez, casi en el abandono. Pero Dios no se desentiende de ella. Le va inspirando insensiblemente lo que debe hacer para agradarle en todo (cf MsA 75vº). Es la manera suave de comunicarse de Dios.

Se nos ha conservado el testimonio de las notas que escribió a sus hermanas durante este retiro para informarlas sobre su estado espiritual. En ellas se refleja perfectamente lo que pasa en su interior. Nos ponen ante los ojos cómo se puede encontrar una gran santa en vísperas de dar el paso más decisivo de su vida. Fácilmente nos imaginamos a los santos con transportes de amor, con comunicaciones gozosas de Dios, casi en la gloria. Yo creo que la lectura y meditación de estos textos nos puede enseñar mucho sobre lo que es vivir en pura fe. Para el día de la ceremonia escribe un billete en el que expone sus anhelos y esperanzas. Luego lo llevará siempre sobre su pecho como testimonio de constante afirmación de su consagración a Dios (O 2). Una grafóloga que examina el autógrafo dice: «El texto está escrito con unos trazos que revelan el miedo de una niña y una decisión de guerrero».

Durante la noche, que precede a la profesión, sintió una fuerte angustia, pero llegada la mañana, nos dice: «Me sentí inundada de un río de paz, y con esta paz, que supera todo sentimiento, pronuncié mis Santos Votos» (MsA 76vº). Era la mañana del 8 de septiembre de 1890.

En esta época la profesión se celebraba en la intimidad, sin más testigos ni participantes que las religiosas de la comunidad. La ceremonia externa era la imposición del velo negro. En el caso de sor Teresa se dejó para el día 24.

Fue un día muy triste para la pobre Teresa. Todo le salió mal. Su padre no pudo asistir ni siquiera para darle la bendición al final de la ceremonia como lo habían proyectado, en secreto, la novicia y su hermana Celina. Esta ausencia oscureció el día. Bajo el velo negro, recién estrenado, de la joven consagrada, corrieron las lágrimas en abundancia. «Me hallé –dice más tarde– verdaderamente huérfana de padre en la tierra pero pudiendo mirar con confianza al cielo y decir: “Padre nuestro, que estás en el cielo”» (MsA 75vº).

Los años oscuros (1890-1893)

Después de la profesión empieza un período de dos años y medio al que algunos denominan los «años oscuros» de sor Teresa. Es cierto que durante este tiempo la joven religiosa llevó una vida monótona, sin sucesos de relieve en ningún aspecto. Pero no fueron años perdidos. Hace un gran descubrimiento: encuentra el verdadero sentido religioso de la «monotonía del sacrificio» (C 85). Ha dado con el meollo de la vida monástica.

En el exterior, la vida no cambia apenas. El padre continúa su humillante destierro en el sanatorio. Su hermana Celina, una joven inteligente y bella llama la atención de más de un joven. Pero sor Teresa está empeñada en que Dios la llama y debe consagrarse a Él en la vida religiosa. De ahí esas cartas en las que le expone las excelencias de la virginidad y de la vida consagrada (cf C 102; 104; 109). Más tarde nos recuerda cuánto le preocupó este asunto hasta que la tuvo a su lado en la clausura (cf MsA 82rº).

En su vida conventual no le faltan problemas. Por parte de las religiosas no recibe atenciones especiales. No tiene ocasión de desahogarse con sus hermanas mayores. Se siente como un «granito de arena». Todos lo pueden pisar, y no sólo pisarlo, sino olvidarlo, que es lo más duro, lo que más se siente (cf C 81; 84). Aunque sea olvidada por las criaturas, «desea ser vista por Jesús. Si las miradas de las criaturas no pueden abajarse hasta él, que por lo menos la Faz ensangrentada de Jesús se vuelva hacia él... No desea más que una mirada, una sola mirada» (C 84). Pero tampoco Jesús le atiende. Hay que amarle sin compensación. Pero la joven, ansiosa de amor, lo siente. A pesar de todo, reacciona así: «Amémosle (a Jesús) lo bastante para sufrir por él todo lo que quiera, incluso las penas del alma, las arideces, las angustias, las frialdades aparentes... ¡Ah! es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor... Es un martirio. ¡Pues bien, muramos mártires!» (C 73). Aunque se muestra valiente, esa falta de respuesta sensible de Jesús llega a turbarla en algunos momentos. Le hace dudar de si verdaderamente es amada por Dios (cf MsA 78rº). Las palabras de la M. Genoveva la consuelan. Al año siguiente la noche se hace más oscura aún. «Sufría yo entonces toda clase de pruebas interiores (hasta preguntarme a veces si había un cielo)». Y es precisamente al encontrarse tan angustiada cuando aparece un mensajero providencial del cielo, un religioso franciscano, que la comprende, la anima y la «lanza a velas desplegadas sobre las olas de la confianza y del amor», y le asegura que «sus faltas no causaban pena a Dios» (MsA 80vº).

Hace también otro descubrimiento muy importante. Hasta entonces se había alimentado espiritualmente con libros de devoción, y en esta época empieza a apreciar la doctrina del Doctor del Carmelo: «Cuántas luces he sacado de las obras de san Juan de la Cruz... A la edad de diecisiete y dieciocho años no tenía otro alimento espiritual» (MsA 83rº). Algo más tarde, a partir de 1892, da con la llave del evangelio. En adelante «allí encuentra todo lo que necesita mi pobre alma» (MsA 83vº). En medio de las arideces, gracias a las luces que le llegan por estos cauces, va esbozando los rasgos fundamentales de su «caminito», de su mensaje.

Se produce un acontecimiento muy consolador. El 10 de mayo de 1892 el padre regresa a la familia. No es que se haya curado. Está agotado, sin fuerzas. Pero no deja de ser motivo de alegría para sus hijas poder tenerlo entre los suyos aunque les haga llorar, con frecuencia, su estado deplorable.

A los dos días de llegar a su hogar, le llevan al locutorio del Carmelo para que salude a sus hijas. Momento emocionante. Es la última vez que las ve y ellas lo ven en la tierra. Se despide «hasta el cielo» (C 117). Probablemente no pasó por la mente de ninguno de los presentes el pensamiento de que la primera en acudir a la cita sería la más joven, su «reinecita».

Priorato de la M. Inés
de Jesús (1893-1896)

El 20 de febrero sor Inés de Jesús (Paulina) es elegida Priora de la comunidad. Sor Teresa acoge el suceso con gran alegría. Lo considera verdaderamente providencial. La misma noche de la elección, sin esperar más, le escribe una carta donde expone los sentimientos y esperanzas que esta designación despierta en ella. Espera mucho de la actuación como Madre de su «madrecita» (C 119).

Hay novedades en su situación y oficios dentro de la comunidad. La joven sor Teresa va a asumir dos oficios. En primer lugar, la Priora la encarga ayudar a la M. María de Gonzaga en la formación de las novicias. Seguirá ejerciendo este oficio hasta el final de su vida.

En segundo lugar, va a reemplazar a la recién elegida Priora en la labor de preparar las veladas recreativas. Habrá de componer poesías y piezas de teatro para recitarlas y representarlas en los días de fiesta. La joven nunca se había puesto hasta entonces a escribir versos, pero demostró poseer cualidades nada comunes para este quehacer. Ahí quedan las cincuenta y cuatro poesías y las ocho piezas de teatro que compuso y se han conservado. Cierto que no poseen un valor literario excepcional, pero le han servido para exponer, ante la comunidad, lo que piensa, y eso sí que es importante. Desgraciadamente, en la mayoría de los casos, no entendieron las oyentes lo que les quería decir.

Al enviar algunas de sus poesías a un misionero le advierte que «al componerlas he atendido más al fondo que a la forma» (C 188).

Con estas actuaciones va adquiriendo prestigio en la comunidad. Es muy interesante la correspondencia que, durante este tiempo, mantiene con su hermana. En ella aparece cómo se va desarrollando la vida interior de la santa. Se produce un cambio trascendental en su modo de entender la realización de la obra de Dios. Comprende mejor que hasta ahora cómo actúa Dios. Lo principal que descubre es que a Dios no se le conquista. A Dios, se le acepta. Él se da. «Él se quiere reservar para sí la dulzura de dar» (C 121). A nosotros nos toca respetarle, aceptarle desde nuestra pequeñez y debilidad. Nuestra misión es la de ser sencillos e insignificantes como «una gotita de rocío». Para llenar esta misión es «necesario permanecer sencilla» (C 120). Desarrolla el pensamiento en las cartas 122 y 123. Va descubriendo lo que debe ser el abandono confiado y perfila las líneas maestras de su espiritualidad definitiva. Ella disfruta de una paz serena y gozosa.

El año 1894 compone su primera pieza teatral sobre Juana de Arco y algunas poesías de profundo contenido, como la 12.

El gran acontecimiento de este año será el fallecimiento de su venerado padre el 29 de julio. No le causa pena alguna: «La muerte de papá no me produce la impresión de una muerte, sino de una verdadera vida» (C 149). Pide al Señor una señal que le dé la seguridad de que ha ido derecho al cielo, y se la concede (cf MsA 82vº). Ya no le queda más que una preocupación, casi obsesión: el porvenir de Celina. Como ha quedado libre de su compromiso junto al padre, sor Teresa la quiere junto a sí en el Carmelo (cf MsA 81vº). Esta les descubre un secreto. El P. Pichon tenía un proyecto para el cual contaba con ella. Tenía intención de fundar un instituto apostólico en Canadá. Como conocía las cualidades y la situación de Celina le propuso ir allí para ser uno de los pilares de la empresa. Le exige la más absoluta reserva para que sus hermanas no sospechen nada. Llegado el momento no le queda más remedio que exponer el proyecto a las interesadas. Estas reaccionan inmediatamente contra tal propósito. Es sor Teresa la que actúa con más decisión. La idea de encerrar a una joven activa y emprendedora parecía a no pocos una locura. Entre ellos estaban algunos de sus familiares e, incluso, sacerdotes. La monjita escribe una carta en la que justifica y explica el valor y el sentido de una vida oculta entre los muros de un convento (cf C 148). El P. Pichon cede generosamente. Aparecieron en la comunidad del Carmelo algunos obstáculos porque parecía inconveniente la presencia de cuatro hermanas. Vencidas todas las dificultades, Celina ingresa en el monasterio el 14 de septiembre. Ya no le quedan a sor Teresa más aspiraciones. «Cuántos motivos tengo para dar gracias a Jesús que supo colmar todos mis deseos» (MsA 82vº). Puede cantar como el anciano Simeón el Nunc dimittis.

En su vida conventual cumple con sus obligaciones generales, atiende a las jóvenes novicias y, como labor propia, continúa su producción literaria. Se prepara para empezar su obra más importante, que redactará en el curso del año siguiente.

En su vida espiritual no hay cambio. Sigue hundida en la sequedad, pero a veces hasta las tinieblas resultan luminosas. Así constata la monjita. Esa pobreza que experimenta, la ausencia de Jesús, que permanece siempre dormido, tiene una extraordinaria fuerza purificadora. Su pensamiento religioso va madurando enormemente (cf C 144).

Año 1895: el Manuscrito «A»

El 1895 será para Teresa «un año de paz, de amor y de luz» y de valiosa producción literaria. Superadas las inquietudes interiores, que la retraían, descubierto plenamente el Dios-Amor, y Amor misericordioso, inundada de luces, que la han conducido en esta exploración y la orientan definitivamente, se puede decir que ha tocado el techo de la madurez. Se halla ya en condiciones de echar una mirada hacia atrás e interpretar, a la luz de estos últimos descubrimientos, lo que ha sido su vida, o mejor, la presencia y la obra de Dios en su carrera. En la introducción a la Historia de un alma expone en estos términos lo que va a hacer: «No es mi vida propiamente dicha la que voy a escribir sino mis “pensamientos” acerca de las gracias que Dios se ha dignado concederme» (MsA 3rº). Su obra no va a ser una simple biografía sino un mensaje. Descubre la presencia y la acción de Dios en la vida de una persona. Y esa vida es un paradigma, un modelo. Es como decir: así es Dios y actúa de esta manera.

El origen de este escrito tan interesante no se debe a un plan premeditado. Fue completamente casual. Sucedió de esta manera. Durante una conversación con sus hermanas, la menor de ellas contó algunos episodios graciosos de su infancia. Entonces, la mayor pidió a la M. Inés que le mandara poner por escrito esas historias para recuerdo familiar, pues presentían que la joven narradora no iba a vivir mucho. La M. Priora, después de pensar si semejante labor estaría justificada, le mandó ponerse a trabajar. Como obediencia a esta orden de la Priora nace la primera parte de la Historia de un alma, a la que ahora denominamos Manuscrito «A». La autora le puso un título un poco romántico: Historia primaveral de una Florecilla blanca... Trabajó en los ratos libres durante todo este año, de modo que pudo entregar su obra a la M. Priora el 20 de enero del año 1896, víspera de santa Inés.

Durante este año, además de esta obra principal, compuso varias poesías entre las que cabe destacar la 17, «Vivir de amor», fechada el 26 de febrero.

Desde las primeras páginas de la autobiografía se plantea un problema muy interesante. Ella dice que lo había pensado muchas veces, pero no sabemos desde cuándo le preocupó. Se trata de la manera de conducirse de Dios con las distintas personas. A algunas las inunda de gracias como a ella, a otras, aparentemente, no les concede ni lo más elemental, ni siquiera la fe.

A pesar de ello, Dios tiene que ser necesariamente bueno, justo y hasta generoso con todos. ¿Cómo se explica esto? Como en la naturaleza hay flores de distintas dimensiones y colores y todas, cada cual desde su condición, contribuyen a la belleza general, lo mismo ocurre en el reino de las almas. Hace falta que cada una acepte su propia condición y puesto. La obra de Dios se desarrolla en todos con la misma perfección tanto en los grandes santos como en las almas pequeñas y en los mismos salvajes que no tienen otra brújula que la ley natural. Hay que reconocer y aceptar así el plan de Dios. «La perfección consiste en ser lo que Dios quiere que seamos» (MsA 2vº). La santa se encuentra entre las almas pequeñas y quiere explicar cómo ha realizado Dios en ella su obra maravillosa. Ese va a ser el núcleo de su mensaje. Lo más admirable que encuentra en Dios es ver cómo se abaja, cómo se humilla, para amarnos en nuestra pequeñez e imperfección.

Son verdaderamente maravillosas, optimistas, las primeras páginas de este libro (cf MsA 2vº-3rº).

Así llegamos al segundo gran acontecimiento espiritual para Teresa. El primero fue la «gracia de Navidad».

Este año de 1895 recibe una gracia especialísima. El hecho ocurrió el 9 de junio, fiesta de la Santísima Trinidad. Comprendió que Dios desea amar a las criaturas y necesita personas que se le ofrezcan como víctimas para aceptar ese amor y tratar de corresponderle. Hay almas que se ofrecen como víctimas a la justicia divina, pero Teresa ha comprendido que Dios tiene más deseo de descargar su amor que la justicia. Ese amor es desconocido o despreciado. Está obligado a permanecer represado en su corazón. Si hubiese quienes se ofrecieran como víctimas para recibirlo, ese amor las consumiría rápidamente (cf MsA 84rº). Esta idea la impresionó tanto que en adelante no pensará más que en ser víctima de ese amor. Esa es una concepción genial de cuál es la actitud y el proyecto de Dios para con nosotros.

Pidió permiso a la M. Priora para hacer este ofrecimiento de sí misma al Amor Misericordioso. Y esta, sin darse cuenta de lo que esto podía significar, le concedió la autorización.

Teresa no se contenta con ofrecerse ella misma; quiere comunicar a otras personas su descubrimiento y hacerlas partícipes de esta gracia. Convence inmediatamente a su hermana Celina para que se ofrezca con ella, y así, a los dos días, arrodilladas ambas ante la estatua de la Virgen, se ofrecen como víctimas al Amor Misericordioso. Para este acto, Teresa compuso una fórmula. Este texto, con algunas correcciones hechas por la misma autora, es el que actualmente viene entre sus Obras.

Durante este período le preocupa otro tema: «He oído decir que no se ha encontrado todavía un alma pura que haya amado más que un alma arrepentida. ¡Ah! Cuánto me gustaría desmentir estas palabras» (MsA 39vº). Ella, alma inocente, desea amar a Dios más que nadie. No quiere pensar que ella ama poco porque se le ha perdonado poco. Ve, en la conducta de Dios para con ella, motivos más que suficientes para amarle como nadie. Dios le ha perdonado previamente, no dejándola caer como ha dejado a otras almas. Pero esa manera de actuar de Dios no es menos generosa. A ella le ha perdonado no mucho sino todo. Más que a la mujer pecadora. Le ha perdonado prevenientemente, que es la manera más admirable de perdonar y la que debe despertar mayor agradecimiento (cf MsA 39rº). Insiste sobre el tema en la poesía 19, compuesta en julio de este mismo año.

El 17 de octubre la M. Inés encomienda a sor Teresa un hermano misionero todavía seminarista, el abate Mauricio Bellière, a quien escribirá once cartas muy interesantes. Ante una fotografía suya, en la que aparece vestido de militar, Teresita, ya enferma de gravedad, exclama: «A este soldado de aire marcial le doy consejos como a una niña. Le enseño el camino del amor y de la confianza» (UC 12.8.2).

El 30 de mayo del año siguiente, por mediación de la M. María de Gonzaga, se le encomienda otro misionero llamado Adolfo Roulland (cf MsC 33rº). Le dirigió siete cartas.

La fraternidad espiritual con estos dos misioneros resultó providencial para estimular el espíritu misionero de la ardiente carmelita. La M. María de Gonzaga le permitió sostener con ellos una correspondencia, que no era habitual en el convento.

Este mismo año compuso para Navidad una especie de paraliturgia titulada «El divino pequeño mendigo de Navidad pidiendo limosna a las carmelitas». Desarrolla en ella la idea que tanto le impresionaba de que Dios se muestra como un menesteroso que mendiga nuestro amor, el amor de sus pobres criaturas. Con estos descubrimientos, que aparecen en estas exposiciones de su mensaje, se puede decir que ha encontrado su «camino completamente nuevo», un verdadero atajo para llegar pronto y con seguridad a la cumbre de la montaña de la santidad. Es como un ascensor que eleva a uno. Está hecho para los niños, para los que son demasiado pequeños «para subir la ruda escalera de la perfección» (MsC 3rº).

Año 1896

Es un año decisivo, de grandes acontecimientos.

En enero entrega a su hermana el Manuscrito «A». Esta lo recibe sin darle importancia. Lo guarda, sin leerlo, en el tirador de su mesa. El 24 de febrero, su hermana sor Genoveva hace la profesión religiosa. Fue una gran satisfacción para Teresa. «El más íntimo de mis deseos, el más grande de todos, el que nunca pensé ver realizado, era la entrada de mi Celina querida en el mismo Carmelo que nosotras» (MsA 82rº). Ahora la tiene ya comprometida para siempre por sus votos religiosos. Se acabaron sus sufrimientos respecto al destino de la que amaba tanto. «Puedo decir que mi cariño por Celina desde mi entrada en el Carmelo era un amor de madre tanto como de hermana» (MsA 82rº). El mes de abril marca el inicio de lo que podíamos llamar la última etapa de su vida.

La noche del Jueves al Viernes Santo, 2-3 de abril, siente la primera hemoptisis «como dulce y lejano murmullo, anunciando la llegada del Esposo» (MsC 5rº). Es la declaración manifiesta de la enfermedad que la llevará al sepulcro. Ella contempla la muerte y su destino eterno con una gran fe diáfana: «Gozaba entonces de una fe tan viva, tan clara, que el pensamiento del cielo constituía toda mi felicidad» (MsC 5rº).

Ahora es cuando llega el tercer gran acontecimiento de su vida espiritual: la prueba de la fe. Pocos días después, a raíz de la gran fiesta de la Pascua, se oscurece su horizonte espiritual. Se siente «invadida por unas espesas tinieblas». Jesús «permitió..., que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, no fuese ya más que un motivo de combate y de tormento» (MsC 5vº). Así empiezan las grandes y persistentes tentaciones contra la fe, que la privaron, si no de la paz, sí de todo el gozo de la fe durante el año y medio que le resta de vida. No dejará de tener algunos consuelos externos como la profesión y toma de velo negro de su querida novicia sor María de la Trinidad a primeros de mayo. Pocos días después, un sueño consolador: la visita de la venerable Madre Ana de Jesús, fundadora de los Carmelos de Francia, que le produce el sentimiento y la seguridad de que hay «un cielo y de que ese cielo está poblado de seres que me quieren» (MsB 2vº).

Redacción del Manuscrito «B»

El origen de este escrito es el siguiente: su hermana mayor está enterada de que la joven sor Teresa expone a las novicias, sobre todo a algunas de ellas en particular, unas ideas originales. Las denomina una «pequeña doctrina» novedosa. Le pide que, durante el retiro espiritual que va a hacer en la primera quincena del mes de septiembre, le prepare, por escrito, un resumen de estas enseñanzas. Sor Teresa se dispone a complacerla. Y de aquí nacen estas páginas, unas de las más profundas y bellas de la espiritualidad cristiana. La parte principal de este escrito está dirigida a Jesús, en forma de plegaria. Va precedida de una carta de introducción para explicar a su hermana cómo ve a Dios y cómo se siente ella ante él y qué cree que él quiere y espera de ella. Dios no le pide grandes cosas. Nada más que abandono y gratitud. Solamente eso. No todos comprenden el amor que Dios les profesa, la obra maravillosa que proyecta realizar en ellos. No se fían y huyen de él.

La nueva doctrina, que ella enseña, no es una quimera. Está avalada por la Biblia. Por tanto, está asegurada, goza de toda garantía. Esa es la verdadera revelación de Dios (MsB 1rº).

En la plegaria dirigida a Jesús afirma que ella ha comprendido a Dios tal como es en realidad. Quisiera que esta comprensión fuera contagiosa. ¡Cuántas gracias ha recibido ella durante este año a partir del mes de abril! «Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas..., ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cumbre de la montaña del amor» (MsB 1vº).

Ha descubierto con toda claridad su vocación personal en la Iglesia. Cree tener todas las vocaciones, quisiera realizar todas las obras de los santos, pero eso es imposible. Por fin da con la vocación que puede satisfacer todas sus aspiraciones: «En el Corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor». «Mi vocación es el Amor». «Así lo seré todo..., así mi sueño se verá realizado» (MsB 3vº). No le arredra su pequeñez. Muy al contrario, le parece que es muy normal que Dios escoja a sus víctimas de amor entre los insignificantes y los débiles pues «lo propio del amor es abajarse» (MsB 3vº).

Continúa exponiendo cómo se desarrolla el proceso de intercambio de amor entre Dios y ella, entre el Dios-Amor Misericordioso y la pequeña e imperfecta, pero confiada, criatura. Termina su oración implorando a Dios que «escoja una legión de pequeñas víctimas dignas de su amor» (MsB 5vº).

La vida sigue su curso. Escribe a los misioneros. La enfermedad avanza. Llega el duro invierno. Las tinieblas espirituales se hacen más espesas. Son, se puede decir, continuas. A medida que la fe se oscurece, Dios la ilumina por otro lado. Gracias a esta luz, descubre el sentido profundo de la caridad fraterna (cf MsC 11vº-18vº).

Todavía por el mes de noviembre se hace una novena por su restablecimiento con vistas a su traslado a una comunidad de Indochina. La aparente mejoría resulta una pura ilusión. Pronto sufre una recaída fuerte, la definitiva.

La enferma continúa su labor de composición de poesías y redacción de cartas muy interesantes, llenas de admirable doctrina. Para Navidad prepara una sencilla poesía titulada «La pajarera del Niño Jesús», en la que canta la vocación de la carmelita encerrada en su convento por amor a Jesús.

Año 1897

El horizonte se va reduciendo y la enferma divisa cercana la meta de su carrera en este mundo. Se convence de que no puede vivir mucho. Ya en enero, en una carta dirigida a la M. Inés, menciona a la muerte como algo que está a la vista (cf C 186). Poco después, con otra misiva, manifiesta: «Creo que mi carrera aquí abajo no será larga» (C 187). Vuelve a repetirlo en otras cartas. Lo tiene ya asumido. La única pena que tiene para morir en plena juventud es la de tener que renunciar a la realización de sus proyectos apostólicos. ¿Podré seguir salvando almas desde el cielo?, se pregunta. En una pieza de teatro que compone y cuyo protagonista es san Estanislao de Kostka, un santo que murió muy joven, plantea este a la Virgen el mismo problema. María le asegura que podrá continuar su labor de salvar almas desde el cielo. Con esta garantía el joven acepta en paz la muerte prematura. La preocupación no fue de san Estanislao. Por lo menos, no nos consta. Es de sor Teresa. Ella se siente asegurada por el cielo. Allí proseguirá su misión de ayudar a los misioneros, de salvar almas hasta el fin de los tiempos. Lo promete con toda solemnidad unos meses más tarde, el 17 de julio (cf UC 17.7).

El mes de abril su hermana, la M. Inés, empieza a tomar nota de las conversaciones que sostiene con la enferma. Nos ha conservado, en cuanto pudo, hasta las últimas palabras que pronunció poco antes de expirar. Un tesoro inapreciable. La enferma languidece. Poco a poco va perdiendo fuerzas, se va retirando de los oficios y de los actos de comunidad. Durante el mes de mayo escribe la preciosa poesía «Por qué te amo, ¡oh María!» (P 44). En ella expone lo que piensa acerca de la Madre del cielo y cómo se figura que fue su vida en la tierra.

Manuscrito «C»

Al principio del mes de junio, la M. María de Gonzaga, por insinuación de la M. Inés, le manda continuar la redacción de su autobiografía y le indica que exponga con más detalles sus experiencias en la vida religiosa y en el trato con las novicias. Durante un mes, aproximadamente, se dedica a redactar la última parte de la Historia de un alma, que ahora denominamos Manuscrito «C». El trabajo queda inacabado. Lo interrumpe cuando sus manos no tienen fuerzas para sostener la pluma ni el lápiz.

La comunidad hace una novena a nuestra Señora de las Victorias pidiendo su curación milagrosa. Pero Dios y la Virgen tienen otros proyectos para ella. ¿Qué pasa en su interior durante estos meses? La santa describe con realismo las oscuridades por las que está pasando, las fuertes y constantes tentaciones contra la fe, que la atormentan. Estas tentaciones la privan del gozo de la fe, pero ella trata de responder «realizando sus obras» (MsC 7rº). Se siente humillada, impotente. Constata que hasta su fe depende de un hilito, de la misericordia y bondad de Dios. Ahora comprende a los ateos. Ya no los desprecia. Se acerca a ellos, se sienta a «su mesa para comer junto con ellos el pan de la amargura y rezar a una con ellos la oración del publicano: “Señor, ten misericordia de nosotros porque somos pecadores”» (MsC 5rº-vº). Esta tentación la libera de todo residuo de autosuficiencia espiritual, de toda confianza en sí misa y en sus obras. Compone una poesía en la que describe su situación y su estado de ánimo. La titula «Mi paz y mi alegría» (P 37). A la M. Inés, a quien la dedica, le advierte: «Toda mi alma está ahí».

Escribe bellísimas páginas sobre la caridad fraterna. Ahora ha comprendido mejor que antes lo que esta virtud es y significa en la vida cristiana y en la comunidad religiosa. Confiesa con gran sinceridad las dificultades y tentaciones que ha tenido en este campo y cómo ha tratado de combatirlas. Insiste en el desprendimiento con que hay que practicar esta virtud y las sutilezas del amor propio. Hace unos análisis psicológicos admirables (cf MsC 11vº-18rº).

También es interesante lo que expone sobre el modo de tratar a las novicias y sus problemas.

Por último, toca el problema de la oración. Ella prácticamente ha pasado toda su vida religiosa en la mayor aridez. Lo recordaba en la primera parte de su autobiografía (cf MsA 75vº-76rº). En esa tónica se mantuvo hasta el final de su vida. Llama la atención su modo de orar, la dificultad que experimenta para recitar las oraciones vocales, qué entiende por oración (cf MsC 25rº-vº). Ve con gran lucidez cómo debe orar el contemplativo o en qué consiste fundamentalmente su oración. Son ideas preciosas que reflejan su manera de actuar (cf MsC 33vº-35rº).

En medio de esas oscuridades y arideces en su vida de oración, mantiene unas relaciones íntimas y confiadas con Dios. No se cree ni se siente desechada por Él. Muy al contrario. Le dirige una petición audaz, que parece llena de engreimiento espiritual. Se apropia las palabras con las que Jesús aborda a su Padre después de la Última Cena. Ella quisiera exclamar como Él: «He consumado la obra que me encomendasteis. He dado a conocer vuestro nombre a los que me disteis... Padre, deseo que donde yo esté, estén también los que me disteis» (MsC 34). Esta petición puede parecer pretenciosa. Ella se explica añadiendo que no piensa que no pueda estar nadie más cerca de Dios que ella. Pero tiene una íntima convicción: «¡Oh, Jesús mío! Tal vez sea una ilusión, pero creo que no podéis colmar a un alma de más amor del que habéis colmado a la mía. Por eso, me atrevo a pediros que améis a los que me disteis como me habéis amado a mí» (MsC 35rº). Esta frase manifiesta cómo, en este estado de oscuridad, de sufrimiento del cuerpo y del alma, se siente, se cree, en pura fe, amada, muy amada por Dios.

La mayor parte de las dos últimas páginas del Manuscrito las escribe a lápiz. Sus fuerzas físicas ceden, pero no la energía de su fe y de su confianza en Jesús. Piensa que apoyándose en Dios puede mover la tierra. Posee para ello la palanca de la oración y del amor. Así es como procedieron los santos que ya están en el cielo y siguen actuando los que aún viven en la tierra (cf MsC 36vº).

Toma el evangelio y descubre en él las huellas de Jesús. Ya sabe «por qué lado ha de correr... Repito, llena de confianza, la humilde oración del publicano. Pero, sobre todo, imito la conducta de Magdalena. Su asombrosa, o mejor, su amorosa audacia, que encanta al corazón de Jesús, seduce al mío» (MsC 36vº). Lo más admirable, lo más seductor, que encuentra en ella, es su «amorosa audacia» a pesar de haber sido una gran pecadora. Ella, preservada del pecado mortal por la «misericordia preveniente» de Dios, no se apoya en esta inocencia para acercarse confiadamente a Dios. «Aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse» se llegaría al Dios-Amor Misericordioso con la misma confianza, pues sabe qué recibimiento hace «al hijo pródigo que vuelve a él» (MsC 36vº).

La enfermedad sigue haciendo estragos en su joven organismo. El 8 de julio la bajan a la enfermería. El 30 del mismo mes le administran la unción de los enfermos. La pobre enferma continúa haciendo lo que puede. Escribe sus cartas de despedida a los parientes y a los dos misioneros. La última, al abate Bellière, el 10 de agosto. En ella le comunica: «Estoy ya a punto de partir. He recibido el pasaporte para el cielo». Refiriéndose a la comprensión con que juzgaría sus faltas en el cielo le advierte: «¿Olvidáis, pues, que participaré también de la misericordia infinita de Dios?... Creo que los bienaventurados tienen una gran compasión de nuestras miserias» (C 235).

Los días siguientes son de grandes sufrimientos. Hasta le viene la tentación de suicidarse (cf UC 22.9.6).

El 19 de agosto recibe la eucaristía por última vez. Su estado de salud no le permitirá recibirla más. Pero no se desanima. Piensa que Dios no está condicionado por ningún medio ni siquiera por los sacramentos. Ya había dicho: «Sin duda, es una gracia grande recibir los sacramentos; pero cuando Dios no lo permite, también está bien, todo es gracia» (UC 5.6.4).

El 8 de septiembre, séptimo aniversario de su profesión, traza sus últimas palabras autógrafas en el dorso de la estampa de la Virgen. Dicen así: «¡Oh, María!, si yo fuera la Reina del cielo y vos fueseis Teresa, quisiera ser Teresa a fin de que vos fueseis la Reina del cielo».

La muerte de amor

Teresa, inteligente y fiel discípula de san Juan de la Cruz, piensa que la muerte de amor debe ser el término normal de un alma consagrada como víctima al Amor misericordioso de Dios. Ha de ser el amor el que consuma su existencia en la tierra. Manifiesta esta aspiración desde el año 1895 (cf P 17; 18 y 22), y unos meses más tarde en el «Acto de ofrenda al Amor misericordioso» muestra la misma aspiración. En adelante va a constituir en ella una verdadera obsesión. Así lo evidencian estos textos: «No tengo ya grandes deseos si no es el de amar hasta morir de amor» (MsC 7vº). Y un poco más adelante: «La única gracia que espero es la de que un día mi vida sea rota por el amor» (MsC 8rº).

Al constatar que en ella, sumergida como está en la oscuridad y asediada por tentaciones contra la fe, no aparecen los transportes de amor que san Juan de la Cruz afirma que acompañan a la muerte de amor, comprende que existe otro género de muerte de amor. Este modo es menos brillante pero, tal vez, más frecuente, y no tiene por qué ser de inferior calidad. Su excelencia está garantizada, pues es la que el Padre preparó para Jesús en la cruz. La muerte del Hijo amado no se produjo entre transportes gozosos de amor sino en la oscuridad y el abandono. Sor Teresa entiende que algo semejante está sucediendo en ella. «No os apenéis, hermanitas mías, si sufro mucho y no veis en mí..., ninguna señal de bienaventuranza en el momento de mi muerte. Nuestro Señor Jesucristo murió ciertamente víctima de amor, y ya veis cuál fue su agonía. Todo eso no significa nada» (UC 4.6.1). «Nuestro Señor murió en la cruz, entre angustias, y sin embargo, fue la suya la más bella muerte de amor... Os confieso francamente: eso es lo que me parece que experimento yo misma» (UC 4.7.2).

Su muerte

En los últimos meses, a pesar de su debilidad, no deja de preocuparse de los misioneros y de las novicias encomendadas a ella. Son interesantes los recuerdos o consejos que les deja. Más que consejos son pensamientos suyos, que desea que sus dirigidos asimilen.

Al abate Bellière le envía una estampa con esta frase: «Yo no puedo temer a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí..., porque no es más que amor y misericordia». Y a una de sus novicias le deja este pensamiento: «Que vuestra vida sea toda de humildad y de amor a fin de que pronto vengáis a donde yo voy: a los brazos de Jesús» (C 237).

Por fin, llega la hora decisiva. Al cabo de una enfermedad bastante larga y muy penosa con sufrimientos de todo género, que afectan al cuerpo y al alma. Sobre todo, le afligen las tentaciones contra la fe. Sor Teresa soporta todo entre sonrisas, actos de caridad y, en algunos momentos, angustiosos gemidos. Llega a la meta el día 30 de septiembre, hacia las 7,20 de la tarde. Tenía veinticuatro años y nueve meses. Sus últimas palabras inteligibles fueron: «¡Dios mío, os amo!». Se le pueden aplicar muy bien las palabras del libro de la Sabiduría: «Maduró en pocos años, cumplió mucho tiempo» (Sab 4,13).

La muerte de la gran santa fue un acontecimiento casi exclusivamente conventual. No tuvo repercusión alguna fuera de la comunidad religiosa y el estrecho círculo de familiares. A su entierro, el 4 de octubre, asistieron unas treinta personas, un «cortejo muy reducido». Lo formaban algunos clérigos, Leonia, que presidía el duelo, y unos pocos familiares más.

Así terminó sin ruido, sin brillantez, la vida de esta monjita, a la que Dios había hecho comprender que su «gloria quedaría oculta a los ojos de los mortales» (MsA 32rº). Siempre había pretendido ser y parecer pequeña, una rosa que debía ser deshojada a los pies de Jesús. El 19 de mayo cantaba:

«Hay muchas rosas frescas

que gustan de brillar en los altares

y se entregan a ti.

Mas yo anhelo otra cosa: deshojarme...» (P 43).

Así desaparece de este mundo, como una rosa que se deshoja y cuyos pétalos se lleva el viento o son pisoteados en el suelo.

Su fama después de la muerte

Teresa creyó que la «verdadera gloria es la que ha de durar eternamente». Pero su gloria del cielo va a tener un reflejo en la tierra.

Algunas religiosas de su entorno habían adivinado, más que percibido, algo extraordinario en la joven carmelita. Sus escritos acabaron de descubrir lo que aquella vida, extraordinariamente sencilla y vulgar, encerraba de admirable. En su interior había un mundo, se había desarrollado una vida, que nadie había sospechado. Ni sus más íntimas confidentes como la Priora, sus hermanas, las novicias, el confesor, habían vislumbrado su calidad.

Al año del fallecimiento se publica, con muchas correcciones y mutilaciones, la Historia de un alma, un libro que había de desencadenar «el huracán de gloria». Los cuatro mil ejemplares de la primera edición desaparecen rápidamente. Un año después sale de la imprenta la segunda edición. Pronto empiezan a llegar al Carmelo las noticias de favores y milagros. Aparecen por Lisieux los primeros peregrinos que desean visitar su tumba. A los tres años de la publicación del escrito se hace la primera traducción: al inglés. Hoy la autobiografía de la pequeña carmelita se puede leer en más de cuarenta lenguas.

Empiezan las sugerencias para introducir su causa de canonización. En los primeros momentos casi nadie toma en serio el asunto. El entusiasmo de los fieles y las noticias de la prensa religiosa presionan incesantemente y, por fin, se toma la decisión de dar los primeros pasos. Pero sin confianza, con el único objetivo de dar una satisfacción a los sencillos devotos.

El romano pontífice, san Pío X, toma cartas en el asunto. Alienta y apremia a los responsables declarando que la doctrina de la carmelita le parece muy oportuna. Hasta este extremo entusiasmaron a aquel santo papa la vida y los escritos de sor Teresa.

El 15 de octubre de 1907, el obispo de Bayeux, Mons. Lemonnier, da órdenes para que se proceda a preparar la causa de canonización de la carmelita.

Sobre el Carmelo de Lisieux cae una lluvia de cartas. Son muchos miles. Sólo en 1910 llegan 9.740 de Francia y del extranjero. Entre el fervor de los devotos y el trabajo abnegado de los encargados de la empresa, todo se realiza con una rapidez inusitada. El 14 de agosto de 1921, el papa Benedicto XV expide el «Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de la Venerable Sierva de Dios». El papa siguiente, Pío XI se sentirá dichoso de poder beatificarla el 29 de abril de 1923, y la tomará como la «estrella de su pontificado».

Dos años más tarde la canoniza en un acto de solemnidad excepcional. El Santo Padre hace, por la mañana, en la Basílica de San Pedro la presentación y el elogio de la nueva santa ante cincuenta mil fieles. A la tarde, en una ceremonia más popular, se congregan nada menos que quinientas mil personas para aclamar a santa Teresa del Niño Jesús en la plaza de la Basílica. Era el 17 de mayo de 1925.

No todo termina ahí. Estos actos constituyen la confirmación oficial y popular de la vida y de la doctrina de sor Teresa. La Iglesia propone su experiencia religiosa y su interpretación y aplicación del evangelio como orientadoras a los seguidores de Jesús y su presencia en el cielo como mediadora a la que podemos recurrir. Es el comienzo de una nueva etapa en la existencia de la monjita.

En 1927 su fiesta litúrgica se extiende a toda la Iglesia, y además es proclamada Patrona principal de las misiones, igual que san Francisco Javier.

En este año que estamos celebrando el centenario de su muerte, dirijamos nuestra mirada hacia esta gran figura de la Iglesia y volvamos a leer y meditar sus escritos y analizar su vida para descubrir, con sus sugerencias, sentidos nuevos del evangelio y el modo de aplicarlo a los problemas de nuestro tiempo. Tal vez, con su ayuda, encontremos en él nuevos tesoros, que hasta ahora se nos habían escapado.

P. Francisco Ibarmia

Siglas

MsA Manuscrito «A»

MsB Manuscrito «B»

MsC Manuscrito «C»

C Cartas

P Poesías

O Oraciones

UC Últimas conversaciones

CRG Consejos y recuerdos recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz (Ed. El Monte Carmelo, Burgos).

NOTA: Las cartas, poesías y oraciones citadas en la introducción están numeradas según la edición española de las Obras Completas de Teresa de Lisieux, El Monte Carmelo, Burgos 19948.

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
341 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788428563529
Telif hakkı:
Bookwire
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