Kitabı oku: «Vida plena, vida buena»
Vida plena, vida buena
Pensamiento y creatividad desde la libertad,
la ética de la duda y la compasión
Santi Vila
Vida plena, vida buena
Pensamiento y creatividad desde la libertad,
la ética de la duda y la compasión

A Joan Margarit,
como yo, animal de bosque.
A Lluís Coromina, amigo y
protector de animales singulares.
Índice
Presentación
Pensamiento y creatividad Vida plena, vida buena
Capítulo 1 El yo y el nosotros
Ciudadanos libres o prisioneros de la democracia
Universalistas o multiculturales: el nacionalismo es pecado
Capítulo 2 Reverenciar la vida
¿Dueños de la propia vida?
¿Amos del propio cuerpo?
Capítulo 3 ¿Condicionados o determinados?
El problema de las discriminaciones positivas
Somos responsables
Capítulo 4 La ética de lo que es debido
Jugando con la ‘libertad’
Ante el desafío de la pandemia
Capítulo 5 La ética de la duda
Dignos de memoria
Vacunas contra el populismo
Humildad
Compasión
Capítulo 6 Ciudadanos
¡A las armas, ciudadanos!
¿Democracia sin demócratas?
Cómodos solo con los (aparentemente) iguales
Para terminar Pensamiento y creatividad
Sobre el autor
Sobre el libro
Créditos
Presentación
¡Yo no soy periodista, yo vengo de Homero!
Peter Handke
Desde mi traumática salida de la actividad política, en octubre del 2017 –de la mano de las Universitat Ramon Llull y del centro universitario NEXT que la Universitat de Lleida tiene en Madrid–, he podido reanudar mi añorada actividad académica. A pesar de las circunstancias penosas que nos tocó vivir durante aquel desdichado bienio negro (2016–2017), buenos amigos del Campus Universitario de La Salle me propusieron integrarme en un proyecto ambicioso e interdisciplinar, que sigue el camino abierto hace unos años en las mejores universidades anglosajonas y que consiste en incorporar asignaturas de humanidades, y en especial de filosofía moral, de antropología y de filosofía política y sociología, entre estudiantes de carreras técnicas.
Así, futuros empresarios, arquitectos, ingenieros y animadores digitales han visto añadir en sus diseños curriculares créditos humanísticos, con el propósito que les ayuden a ser buenos profesionales pero también mejores personas. Porque, a diferencia de las generaciones que nos precedieron, crecidos y educados en el entorno de las seguridades propias del Estado de bienestar surgido al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial, los nacidos a partir de los noventa saben que muy posiblemente a lo largo de la vida tendrán más de una profesión, iniciarán y cerrarán más de una relación sentimental aparentemente sólida y cambiarán de domicilio postal un montón de veces. La vida es muy corta y al mismo tiempo muy larga, han aprendido a trompicones los hombres y mujeres de nuestros tiempos posmodernos. Es el precio de la libertad, remacharán algunos. Así las cosas, es bueno prepararse para intentar salir mínimamente airoso de un presente y de un futuro tan apasionante como inquietante y quizá disruptivo.
Aparte de esta razón sociológica y generacional, sin embargo, también se abre camino una razón moral, que a los occidentales nos interpela a diario, de una forma insoslayable al menos desde la recesión del 2007 y que nos invita a revisar si hacemos todo lo que hace falta para llevar una vida buena, dotada de sentido, es decir, feliz e, igual de importante, si nos empleamos a fondo intentando formar parte de una sociedad buena, es decir, fraterna, justa. Porque “nulla aesthetica sine ethica. Ergo apaga y vámonos”, suspiró José María Valverde, en 1965, en unos tiempos seguramente más difíciles que los nuestros. Y porque, como ha escrito con sabiduría Jordi Llovet, “es la política y la sociedad, tomada en toda su complejidad, aquello que da sentido pleno a la formación de un hombre o de una mujer de ciencias o de letras del futuro, al servicio de la sociedad a que pertenece”. Y al de su propia autorrealización personal, añado yo.1
En esta línea, Michael Sandel, catedrático de Filosofía en Harvard, nos ha advertido que la universidad no debe tener la exclusiva de la formación para el éxito y que, en todo caso, si lo pretende, es imprescindible que no se conforme con dotar a sus estudiantes de una buena pericia técnica.2 Hace falta que, de las facultades, salga adelante con valores útiles para la carrera personal y también para el conjunto de la sociedad. Porque como ha hecho evidente la pandemia, no es seguro que cualquier titulado universitario sea necesariamente más importante –y feliz– que una persona sin formación superior. En palabras de Sandel, “hoy sabemos que un camionero es más necesario que un economista”.3
Teniendo en cuenta que, como señalan todas las encuestas desde hace años, un 70% de los británicos están convencidos de que el mundo va a peor y que entre gran parte de la población occidental ha cuajado el convencimiento que durante este siglo nuestro modelo social, nuestra idea moderna de progreso, implosionarán definitivamente, el tema merece ser tenido en cuenta.4 La lectura de las meditaciones sobre el estado del mundo propuestas a mis alumnos durante el otoño del 2019 –justo antes de la crisis sanitaria realmente aterradora impuesta por la covid– acreditaron cualitativamente este malestar undergrown: empatía con personajes como el oscarizado Joaquin Phoenix en su papel en Joker, con sus crímenes y cambios en el estado de ánimo (Oscar al mejor actor y a la mejor banda sonora, 2020); desconfianza absoluta en los políticos y en los ricos, en las instituciones democráticas y en la economía social de mercado. Y peor todavía, absoluto convencimiento de que el futuro que nos espera será infinitamente peor que el pasado que vivieron sus padres.
No en balde, en Years and years –la serie distópica de HBO, de moda durante el 2020– todos empiezan acomodadamente y todos acaban viviendo refugiados en casa de la abuela. Es en esta sensibilidad generacional donde hay que inscribir los gritos llenos de angustia de grupos de éxito como Carolina Durante cuando nos habla de una “generación vacía” que hace suyos los versos “Mi respuesta a todo es: joder, no sé”, o que se lamenta sobre “¿Cómo cojones hemos llegado aquí?”. Markus Gabriel, el catedrático de filosofía más mediático de Alemania, nacido el año 1980 y por lo tanto un tipo más de la estresada generación milenial, ha hablado de nuestros tiempos modernos como “tiempos oscuros”.5 Por su parte, Emilio Santiago Muiño, nacido en Ferrol también en los ochenta y experto en procesos de transición hacia la sostenibilidad, ha augurado que:
Tras el pinchazo de la burbuja fósil, la humanidad descubrirá que el relato del progreso ya no puede apuntar hacia la terraformación de Marte o las utopías transhumanistas, sino, en el mejor de los casos, en democratizar las posibilidades de felicidad que conocimos en algunos lugares del mundo en el último tercio del siglo XX.6
Por si todo eso fuera poco, la irrupción de la pandemia ha reabierto la veda contra los defensores de la idea clásica de progreso, hasta ahora tan convencidos de que seguramente no vivíamos en el mejor de los mundos posibles –como sí que creía ingenuamente el Pangloss del Cándido–, como implacables a la hora de defender que gracias al avance de la ciencia y la tecnología formábamos parte del mejor de los mundos que ha conocido nunca la humanidad. Desde mediados de siglo XVIII, esa había sido la convicción íntima, casi religiosa, de los hombres y las mujeres modernos, incluso a pesar del sanguinario siglo XX. Lo ha sido hasta constatar, primero con la recesión del 2007 y después con la pandemia, que no es seguro que progreso material y progreso moral conjuguen siempre en sintonía. Los avances propios de la revolución digital, la acumulación de datos personales en manos de poderosos empresarios y gobernantes, la laminación de las clases medias, así como una insensibilidad aterradora con el impacto del estilo de vida occidental sobre el medio ambiente, dibujan un panorama dantesco, que anuncia involuciones sociales y democráticas.7
A los ojos de hoy, qué chocantes nos resultan las tesis de aquellos nuevos abanderados del libertarismo, con Johan Norberg y Rutger Bregman a la cabeza, que no hace ni tres años nos sorprendieron con defensas encendidas del progreso de la humanidad y con unos decálogos tonificantes de razones y reformas para mirar al futuro con optimismo.8
Justo cuando incluso la RAE ha incorporado la palabra distopía a su actualización anual del diccionario virtual de la lengua, una pregunta desgarradora asoma: ¿la tragedia humanitaria de la covid, los cambios sociales, tecnológicos e incluso políticos que ha precipitado, acelerado y consolidado, son un tropiezo en el camino o, al contrario, marcan un punto de inflexión, un cambio disruptivo en nuestra evolución antropológica y social? ¿Las renuncias que habremos hecho a libertades civiles fundamentales, a nuestra intimidad violentada cuando entramos en la facultad, en el teatro o en el gimnasio y nos miden la temperatura corporal; las restricciones a nuestros derechos de libre circulación, reunión, manifestación y participación política cuando nos decretan toques de queda o confinamientos perimetrales, habrán sido solo temporales? ¿O, como pasó con muchas de las medidas adoptadas al día siguiente de los atentados del 11-S en Nueva York, han venido para quedarse? Económicamente, especialmente en términos de consumo energético, a pesar de las advertencias catastrofistas cada vez más irrefutables que inundan la literatura académica y de divulgación, pasada la tormenta ¿reanudaremos el camino allí donde lo dejamos? Las colas kilométricas en la AP-7 los domingos de verano por la tarde o el colapso de la calle València de Barcelona los viernes al mediodía dan que pensar. La encendida e ideologizada discusión sobre la ampliación del aeropuerto de El Prat, con todo lo que comporta sobre el modelo de sociedad que queremos, tampoco parece acreditar demasiada predisposición a los cambios.
Para dirimir estas cuestiones, es seguro que la evolución de la demografía, lejos de serenarnos, nos generará más inquietud. Porque la nuestra es una sociedad avanzada y madura, casi gerontocrática, y es sabido que para la mayoría de los ancianos, en especial si viven confortablemente, el sacrificio de la libertad en la pira de las ofrendas a la seguridad es siempre un mal menor, cuya factura no acaban pagando ellos sino sus nietos. Que en Catalunya cronifiquemos un 40% de paro juvenil, un 17% de abandono escolar, una tasa de emancipación entre las personas de 16 a 29 años de un 19%, y que no pase nada, lo certifica con crudeza.9
En honor a la verdad, hay que reconocer que los viejos valores de la libertad, la igualdad (cuando menos de oportunidades y ante la ley) y la fraternidad, que hasta ahora habían actuado como motores de progreso, también parecen haberse vaciado de su sentido primigenio. Lo confirma que todos los partidos del arco parlamentario, e incluso los extraparlamentarios, desde los de extrema derecha hasta los radicales de izquierdas, se reivindican por doquier como sus máximos avaladores. Es sabido que cuando Vox y Podemos se reconocen a un tiempo como garantes del mismo valor, cuando lo hacen al unísono Salvini y Draghi o Le Pen y Macron... no es que compartan un mismo tipo de exigencia moral, reconocida universalmente, sino simplemente que las palabras se han banalizado, han perdido su significado radical.
Pienso que la apuesta académica por las humanidades en todas las disciplinas forma parte de las contribuciones cualitativamente significativas para la superación de este momento agónico del mundo que nos ha tocado vivir. A males nuevos, recetas clásicas. Y el mejor remedio contra el derrumbe, o cuando menos la degradación de la calidad de nuestras democracias, solo puede ser el compromiso con una ciudadanía educada y culta, capaz de hacer uso autónomo de su capacidad de razonar, de mantener bien vivo el espíritu crítico, es decir, la propia libertad. Y eso nos lleva al tema central de este libro: la pregunta sobre cómo podemos aspirar a llevar una vida buena.
¡En este punto ya avanzo que este es un libro militante! Militante, porque no podremos aspirar a llevar una vida buena, a ser realmente felices, si este propósito no se desarrolla en un entorno responsable y fraternal, que consecuentemente promueva una sociedad justa, o sea, moralmente aceptable. Que la vida buena deba ser un asunto estrictamente vinculado a la esfera privada de la vida es falso, por simplificador. Y lo escribe un liberal. ¿O es que quizá podremos aspirar a nuestra propia autorrealización personal si no hemos reflexionado antes sobre quiénes somos, sobre qué hacemos en el mundo o sobre por qué hemos nacido? Siéntete bien contigo mismo, y podrás sentirte bien con los demás, ciertamente. Afianzado el yo, sin embargo, ¿podemos plantearnos una vida insensible a la suerte de los demás? ¿O con respecto al planeta que dejaremos a las próximas generaciones?
En estos nuestros tiempos posmodernos, de grandes y acelerados avances científicos, si creyéndonos semidioses osamos cruzar todas las barreras del sonido, ¿no ha llegado también la hora de preguntarnos, como nos espolean a hacer los teóricos del posthumanismo, por qué tenemos que envejecer y hacernos mayores hasta morir? ¿Dónde está escrito que las cosas tengan que ser así? Porque ¿de verdad somos solo depositarios de una vida que en el fondo no nos pertenece? Y mirado al revés, mientras lo tengamos que hacer, ¿hasta qué punto no debe resultar tan legítimo defender el derecho a la vida, como el derecho a la muerte? ¿La vida y la muerte no tendrían que resultar indisociables de la dignidad con que son ejercidas? En nuestros días, ¿cuántas personas mayores no miran a los ojos de sus nietos para preguntarles, honestamente y con desconsuelo, por qué los obligan a seguir viviendo en un mundo que ya no es el suyo?
Sin el esposo, sin los amigos, casi totalmente analfabetos tecnológicos y cada vez más dependientes físicamente de los que tienen su custodia, muchos ancianos contemplan con impotencia cómo los hijos malgastan todo el patrimonio material y moral que ellos habían forjado a lo largo de su vida, y soportan, humillados, tener que seguir arrastrando los pies por una vida dependiente e indigna, con mil y una disfunciones físicas y cognitivas, entre gasas, sondas y curas paliativas, que encima solo pueden agradecer –o quizá tendríamos que decir reprochar– a anónimas cuidadoras latinoamericanas, en las que en el fondo encuentran las únicas pírricas y rutilantes muestras de afecto. Hoy, cerca de medio millón de personas mayores viven solas en Catalunya sin desearlo. Su vida longeva es tanto la historia de un éxito de la humanidad como la renovación de la exigencia urgente de encontrarle un sentido. Su presencia nos recuerda, con un silencio tan discreto como ensordecedor, que no es posible disociar individuo y comunidad, progreso material y progreso moral.
Porque, salvada la dignidad del yo, sigue interpelándonos la urgencia de dar respuesta a cómo podemos construir un proyecto de vida propio, dedicarnos a aquello que nos interesa, nuestra familia, nuestros amigos, nuestro ocio y (neg)ocio si permanecemos indiferentes o simplemente al margen de la sociedad, que es nuestra propia geografía, la propia historia, la comunión con el resto de hombres y mujeres, con el resto de seres vivos, que coexisten con nosotros. ¿Nos será realmente posible, como pregonan algunos, aspirar a la felicidad personal, ser buenos profesionales, buenos maridos, buenas madres, padres o amigos, si no somos capaces de compartir cívicamente ningún tipo de aspiración colectiva de progreso? ¿Podremos aspirar a la vida plena, refugiados solo en el cultivo de nuestro propio huertecillo? ¿En el consuelo y confort de las pequeñas cosas, en el amable cuidado de los otros? ¿La gesta protagonizada por el multimillonario fundador de Amazon Jeff Bezos, el 20 de julio del 2021, acompañado de la octogenaria Wally Funk y dos astronautas más a bordo de la New Shepard, más allá de lo que supone de impresionante hito personal, puede ser vivida como una consecución colectiva?
Max Weber creyó siempre que ciencia y política eran incompatibles. Tan cierto como que siempre mostró un gran interés por reflexionar sobre la acción política. Como advirtió Raymond Aron, en Max Weber, aunque académico brillante, como antes en Jeremy Bentham, en John Stuart Mill y en tantos otros, siempre encontraremos un punto de nostalgia de la política, como si la finalidad última de su pensamiento hubiera radicado en las ganas de salir del aula y pasar a la acción transformadora. No acabo de estar seguro, sin quererme comparar con ellos, que personalmente no ande cojo de la misma dolencia, añorado como sigo de la cosa pública y atormentado ante la posibilidad de que mis preocupaciones, miedos y esperanzas puedan no ser realmente transformadores, más allá de la semilla que ahora siembran en la conciencia cívica de mis alumnos o de mis lectores habituales de La Vanguardia.
En todo caso, estoy absolutamente seguro que serán las humanidades y no la ciencia ni la técnica las que nos sacarán de la barra del desengaño en que nos hemos apoyado, confusos y desorientados como el que se queda solo, entre desconocidos, en un bar de memoria infausta, una noche absurda. Será nuestra propia humanidad y no los avances científicos y tecnológicos, ni todavía menos la inteligencia artificial, la que nos brindará nuevas y mejores oportunidades. Porque las máquinas pensarán más y mejor que nosotros, pero solo los hombres y las mujeres sabremos apreciar el valor de la libertad que nos permite la vida plena y sentiremos la curiosidad infinita que desde Prometeo nos espolea a progresar, la belleza que nos reconforta y el amor que nos define, que nos hace tolerantes, compasivos y con sentido y necesidades de trascendencia. Personalmente, yo que ahora soy como aquellos oficiales de guante blanco que enseñan el arte de la guerra a los jóvenes cachorros de la academia, pero desde la autoridad que da haber estado en el frente y haber perdido en él una pierna, solo querría que el último día de curso para los alumnos o la última página de este libro para el lector, transformen el desengaño, la desconfianza y la apatía que corroe el corazón de muchos de nosotros en una variación alegre y renovada del inconformismo que en su día encarnó para mi generación Winona Ryder en Reality bites. Para el icono de la generación X, por mucho asco que le generara el mundo de sus padres, la pregunta correcta no era la que buscaba culpables sino la que se preguntaba “¿Cómo podemos enderezar el desastre que hemos heredado?”.
En su día, de la mano de los profesores de filosofía Josep Maria Esquirol y David Redon, las materias de humanidades impartidas en el Campus Universitario de La Salle se estructuraron en tres asignaturas anuales, bajo el título de Pensamiento y creatividad. En la primera, de corte estrictamente ético, el reto es preguntarnos ¿cómo podemos llevar una vida buena, es decir, feliz y amistosa? En segundo, los alumnos tienen que enfrentarse al tema desde una mirada antropológica. ¿Podemos aspirar a nuestra propia autorrealización personal si no hemos reflexionado antes sobre quiénes somos, sobre qué hacemos aquí? Finalmente, en tercero, la asignatura plantea el problema de cómo podemos construir un proyecto de vida propio, dedicarnos a aquello que nos interesa, a nuestra familia, a nuestros amigos, a divertirnos y ganar dinero o simplemente a contemplar las estrellas y los rosales, si permanecemos indiferentes o simplemente al margen de la comunidad en donde vivimos. ¿Es posible vivir entretenidos y echados en el sofá de casa, ir a esquiar a la Masella en invierno y a navegar por Es Vedrà los atardeceres de agosto si en el rellano de casa tropezamos con nuestro vecino que no tiene trabajo o si sabemos que aunque lo tiene no llega a fin de mes? Y al revés, ¿cómo podemos reforzar el sentido de comunidad sin lesionar nuestro propio yo, la libertad y la obligación moral de ser nosotros mismos, únicos e irrepetibles hombres y mujeres libres? Si concedemos a este animal que es el hombre el carácter de social, de político, ¿hasta dónde estaremos dispuestos a tolerar que el Estado se inmiscuya en su vida? Para quien escribe, el verso de Vicenç Villatoro recordando que la primera persona del plural es mentira siempre ha iluminado sus preocupaciones. Como la incitación de Wilde a crearte a ti mismo, a ser tu propio poema. Tan cierto como que pocas especies como la humana necesitamos, ya desde nuestra más primigenia brizna de vida, tanto y tanto de los otros, de sus acciones y de su reconocimiento, para poder llegar a ser, algún día, nosotros mismos, un hombre, una mujer, con pleno significado de todas y cada una de sus letras.
Ese es el perfume de las clases que imparto. Unos días con aromas sabrosos y florales, otros con regusto amargo, siempre, sin embargo, procurando que respiren humanidad, o sea, duda, contradicción, compasión, predisposición al cambio. Porque nos importan los hombres y las mujeres, no lo que hacen. Odia el delito, compadece al delincuente, escribió Concepción Arenal. Porque sea virtud o defecto, el caso es que cuando las circunstancias cambian, también lo hacen las opiniones. Es la sangre y es el espíritu. La acción y la reflexión. La fuerza indómita de la juventud, la mirada matizada de la madurez. La alegría franciscana de vivir reverenciando al hermano Sol y la hermana Luna, y la angustia de saber que hemos de morir, como lo hemos aprendido desde Kierkegaard y con Sartre, que en el fondo es la peor y más despiadada de las noticias que nos atormentan.
Acabo. Las páginas que vienen a continuación pretenden ser rigurosas e inspiracionales; balsámicas y provocadoras; académicas y útiles para el gran público. ¡Todo un manual de ética para la supervivencia en una vida que tiene que valer la pena ser vivida! No rehúyen las nubes negras que nos amenazan pero saben que siempre, después de una fuerte tramontana, regresa la calma. Y que aunque el vendaval haya sido demoledor, en las actuales circunstancias nuestra capacidad restauradora puede ser más potente y sólida que nunca. Lo escribió Josep Pallach, como yo nacido en Figueres y finalmente residente en Barcelona, también como yo político y académico. Para este socialista liberal, lo único realmente importante era que “no te desanimes nunca y que nada te desanime. La vida es un eterno recomenzar. Es el mito de Sísifo, si quieres. Pero es su dignidad”. Sísifo es el viaje a Ítaca de Kavafis, el camino que se hace caminando de Machado. Encontrándome como me encuentro ya en el ecuador de mi vida, es decir, llevando ya a mis espaldas tantas experiencias amargas como felices, cada uno de los capítulos que se presentan en este librito incorporan también alguna vivencia personal que creo ilustrativa de lo que pretendo explicar, confío que con un ánimo más aleccionador que impúdico o indiscreto. Lo escribo para mí, pero todavía más para tantos y tantos jóvenes amigos, alumnos y conciudadanos a los que quiero y a los que debo la alegría de vivir. ¡Ya veis, que mi propósito no es moco de pavo!
1. Jordi Llovet, “Universitat i política”, Marginàlia, 21 de noviembre del 2019.
2. Michael Sandel, La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común?, Debate, Madrid, 2020.
3. Michael Sandel, entrevista en La Contra, La Vanguardia, 8 de febrero del 2021.
4. Además de las aportaciones ya clásicas de autores como Robert Kurz, con su archicitado El colapso de la modernización, publicado por primera vez el 1991, en Brasil, o de los trabajos de divulgación de Naomi Klein, traducidos a todas las lenguas, destaquemos tan solo a modo de ejemplo de la reciente literatura catastrofista los libros de Santiago Niño Becerra, Capitalismo (1679-2065), Ariel, Barcelona, 2020; Samuel Alexander y Rupert Read, Esta civilización está acabada, Nola Editores, Madrid, 2021 o, por no aburrir, Daniel Closa, Antropocè: la fi d’un món, Angle Editorial, Barcelona, 2021.
5. Markus Gabriel, Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI, Pasado & Presente, Barcelona, 2020.
6. Emilio Santiago Muiño, “Vida buena y crisis ecológica”, La Maleta de Portbou, n.º 47, pág. 43.
7. Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner, Madrid, 2002.
8. Johan Norberg, Progreso. 10 razones para mirar el futuro con optimismo, Deusto-Planeta, Barcelona, 2017; R. Bregman, Utopía para realistas, Salamandra, Barcelona, 2016.
9. Observatorio Catalán de la Juventud.
Pensamiento y creatividad
Vida plena, vida buena
Capítulo 1
El yo y el nosotros
Siempre, la multitud bordea la violencia.
Y sin embargo es la soledad
lo que se considera un castigo:
da miedo a tanta gente.
El monstruo, en cambio está en la multitud [...]
Joan Margarit, Animal de bosque, 2021
La idea de este capítulo es sencilla: la cosa más importante a que podemos dedicar la propia existencia, aquello por lo cual la vida habrá valido la pena ser vivida, es la de procurar ser nosotros mismos: sí, hombres y mujeres racionales, libres y responsables moralmente, lo suficientemente valientes como para liberarnos de los miedos, los prejuicios y las supersticiones de nuestra época y para afirmar nuestra singularidad. Dedicarnos a afirmar todo aquello que nos distingue, todo lo que nos hace únicos e insustituibles.
“Fue un hombre”, hará decir Shakespeare a Marco Antonio sobre Bruto, como el mejor de los elogios imaginables. “Fue un hombre” quiere decir que fue él mismo, con sus grandezas y miserias, fortalezas y debilidades, dudas y contradicciones, pero siempre dotado de conciencia moral.
¡Pero ojo! Porque aspirar filosóficamente a ser uno mismo no tiene nada que ver con dedicarse a inflamar el ego en la cuenta de Instagram, ni tampoco con convertirse en un eremita solitario, egoísta, cabezón e intransigente, escritor o devorador de libros de autoayuda que prometen llegar al conócete a ti mismo.
El hombre dotado de conciencia moral es un ser racional y razonable, vivo, y por lo tanto dinámico y cambiante, que no se deja atrapar ni en la imitación del éxito impostado, ni tampoco en el confort que da recrearse ad eternum en el personaje que un día fuiste y que hoy ya no eres.
De mi agenda política personal, por ejemplo, destacan un montón de amigos preparados, honestos y solventes, que han llegado a posiciones importantes en edades bien tempranas. Sergi Miquel, por ejemplo, fue diputado por primera vez con 26 años. Jordi Xuclà, senador con 27. Joan Matabosch, director artístico del Liceu con 26, una edad que, en esta posición, nadie tenía en Europa. Yo mismo gané las elecciones que me hicieron alcalde en Figueres con 32 años y con 39 era conseller del Gobierno de Catalunya. Sin caer en el extremo de Carmen Laforet, que con 23 años consideró que ya lo tenía todo dicho, todos coincidimos en que, hoy por hoy, nada nos resulta tan irritante como que en algún acto social despierte más interés lo que hemos hecho en el pasado que lo que estamos haciendo ahora o pensamos hacer en el futuro.
Porque como nos advirtió con lucidez Woody Allen, en la vida hay pocas cosas más patéticas que cuando has tocado el éxito siendo un cachorro, intentar seguir viviendo el resto de tus días como una réplica continua del yo que fuiste, que quizá crees que todavía eres, olvidando que todo pasa, también el sujeto que un día fuiste y que ya es otro. Heráclito nos enseñó que ningún hombre puede cruzar dos veces el mismo río. Porque cuando vuelva, ni el hombre ni el río son ya los mismos. Estaría bien no olvidarlo.
Afirmado el yo como hombre y mujer libres, sin embargo, rápidamente surge la necesidad de pensar también en el nosotros. O es que alguien podría llegar a desarrollarse como persona si no formara parte de una comunidad desde donde poder recibir los conocimientos imprescindibles precisamente para poder llegar a la edad adulta, aquella en que nos convertimos en responsables éticamente y, por lo tanto, por primera vez en seres realmente libres.
Jorge Riechmann documentó hace unos años lo que describió como el primer acto de solidaridad humana. En el 2005 se descubrieron los restos de un homínido de hace 1.800.000 años que, por lo visto, murió mucho tiempo después de haber perdido todos los dientes. Que pudiera sobrevivir en aquellas circunstancias quiere decir que los congéneres lo ayudaban.10 La familia, la tribu, el barrio, el pueblo, la ciudad, la nación o quizá simplemente el trabajo o la vocación, son algunas de las instituciones sociales que seguro que condicionarán nuestro yo, aunque tendríamos que procurar que no lo acaben determinando.
De la familia, habremos recibido sin pedirlo la herencia biológica, el temperamento, que siempre más nos hará guapos o feos, listos y audaces o asnos y miedosos; fuertes como un roble o escuálidos y enfermizos, como el cachorro sagaz de uno de los cuentos de Dickens, o los chiquillos desangelados de las historias de los tiempos de pan negro y pulgas de Emili Teixidor. De la familia recibiremos, para bien y para mal, por acción o por omisión, los primeros estímulos intelectuales, emocionales y morales, los que forjarán nuestro carácter. También la protección necesaria para poder desarrollarnos físicamente, sin el peligro que comportaría tener que hacerlo todo solos.
De la tribu, a la que hoy llamamos nación –y que puede coincidir o no con el Estado–, recibiremos la adscripción a la tierra de los padres, la lengua y las costumbres, el adiestramiento cívico y sociocultural necesarios para definir nuestra condición ciudadana.
Los genes, la familia, el barrio, la escuela o los amigos de la Universidad, este o aquel grupo de afinidad de la ciudad donde habremos crecido y vivido, la nación de la que formamos parte al nacer, la vocación, la orientación sexual, tantas y tantas circunstancias, así como la suerte o la desdicha que solo los dioses disponen, y que nos resultarán siempre imponderables, conformarán nuestra identidad. La conformarán y la condicionarán, sin duda, pero no tendríamos que permitir que la determinen.
Ciudadanos libres o prisioneros de la democracia
Llevar una vida buena, o sea, feliz y amistosa, tendría que suponer poder vivir conjugando de forma soportable el yo y el nosotros. El respeto a nuestra libertad individual, definitivamente acotada por Edward Coke, Montesquieu o John Stuart Mill, y el no menos insoslayable compromiso con la comunidad, que, desde John Locke, toda una larga tradición liberal hace derivar de un pacto constitucional primigenio, que puede ser real o imaginario. O aún más importante y esencial, que puede brotar de la estricta amistad cívica señalada ya por Aristóteles y sobre la que se fundamenta la concordia y por lo tanto la verdadera y buena democracia.
Uno no debería poder imponerse nunca sobre otro. Porque el hombre aislado se muere, de hambre o de pena, como lo hace la planta sedienta de nutrientes si las raíces le son arrancadas del suelo. “Busca anclajes que den sentido a tu vida”, le recomienda el psiquiatra a William, uno de los jóvenes monstruos de Exit, la aclamada serie noruega que paradójicamente entierra a sus talentosos y flamantes corredores de bolsa entre fiordos de cocaína, orgías y millones de euros, que los entretienen tanto como los aburren.
Tampoco la comunidad que, haciendo uso de leyes injustas o con mecanismos sutiles de coacción sobre la opinión pública, no respeta la unicidad de los individuos que la componen puede ser reconocida propiamente como tal. Porque si su existencia pasa necesariamente por la anulación tan solo de uno de los miembros, como pasó en la infausta ciudad de Omelas de Úrsula K. Le Guin, el resultado se vuelve aberrante, una burda tiranía que hace de la razón pragmática o meramente instrumental, que es la que la justificaba, un fin en sí mismo. Por si alguien no sabe de qué hablo, y para mencionar solo un caso conocido en todos los hogares occidentales que resistimos las primeras semanas de pandemia del 2020 en pijama y enjaulados, léase Unorthodox: The scandalous rejection of my Hasidic roots, la autobiografía de Deborah Feldman, la joven neoyorquina de origen judío, que un día decidió sobreponerse a la presión de su tribu para afirmar el propio yo.11
Ahora que en tiempos de la covid hemos visto y sufrido por todo el planeta los reiterados tics populistas o autoritarios de nuestros gobernantes y de sus agentes, supuestamente demócratas, tendríamos que alertarnos especialmente sobre esta cuestión. Porque aunque desde que Yevgueni Zamiatin inauguró la literatura distópica, en 1924, y a pesar de que de la mano de Huxley, Orwell y tantos otros parecíamos definitivamente vacunados de la tentación estatista, lo cierto es que ni en la peor de las pesadillas de la Europa oriental de los años cincuenta habríamos imaginado plausible ver como hemos visto agentes de policía violando domicilios particulares sin rastro de delito flagrante ni sin orden judicial alguna, o autoridades imponiéndonos restricciones de aforo en nuestras propias casas, sermoneando sobre cómo y con quién podíamos divertirnos, restringiéndonos la movilidad o decretando casi, sin ni un mínimo control parlamentario sistemático, confinamientos domiciliarios, toques de queda discrecionales e indefinidos, o mascarillas obligatorias ayer en todas partes, hoy solo en espacios cerrados, todo sin ningún aval científico concluyente.12 O peor todavía, en nombre “de las recomendaciones de la ciencia”.13
¿Porque, mirándolo bien, quién es la ciencia?, hizo notar socarronamente, y seguramente en defensa propia, el entonces ministro de sanidad Salvador Illa en las jornadas económicas de s’Agaró, celebradas excepcionalmente en el Palau de Mar, en Barcelona, a finales de noviembre del 2020: “Todo el mundo me pide que escuche a los expertos. De acuerdo. Expertos no me faltan. ¡El problema es decidir a cuáles escucho!”. Y es que, como admitían en privado muchos epidemiólogos tan solventes como arrogantes, aunque muchas de las medidas que se proponían se sabían innecesarias, o como mínimo no inequívocamente probadas como eficaces, durante muchos meses ha predominado el convencimiento de que no se podía dejar en manos de la responsabilidad individual, por ejemplo, la decisión sobre cuándo había que ponerse la mascarilla y cuándo no. Mucha gente no sabría discernirlo. En resumen que, para ellos, la mayoría de mortales éramos unos imbéciles y unos insolidarios, incapaces de ejercer responsablemente la propia condición ciudadana.
Desde esta perspectiva, suerte tuvimos del papa-gobierno, que de nuevo estaba dispuesto a pensar por nosotros.14 A todos ellos, políticos y burócratas, nacionalistas o jacobinos, quizá se les debería haber recordado que ni los estados, ni las naciones, ni los gobiernos tienen un valor en sí mismos. Los estados son solo instituciones para gestionar recursos. Las naciones son invenciones culturales. Lo único real que encuentra justificación en sí mismo somos cada uno de nosotros, que de forma más o menos coaccionada, por doma o por crianza, que habría dicho Nietzsche, cedemos parte de nuestra libertad en beneficio del bien común, que se articula en un Estado de derecho. Visto lo visto, pienso que en una democracia madura, ningún servidor público tendría que poder ganarse el puesto o acceder a un cargo institucional sin haber estudiado antes derecho constitucional –y acreditar haber entendido la filosofía de fondo que lo sustenta–. Eso o como mínimo sin haberse leído On Liberty, el tratado definitivo de John Stuart Mill sobre este tipo de cuestiones y, en especial, sobre los que se arrogan la potestad de decidir en nombre del interés general.
En Catalunya, sin ir más lejos y solo a modo de ejemplo, más allá del marco fijado por el decreto regulador del estado de alarma (finalmente declarado inconstitucional), carentes como estábamos de autoridades reconocidas como realmente competentes, durante la pandemia la restricción de nuestras libertades la decidió un órgano, el PROCICAT, no solo no sometido a ningún tipo de control democrático sino incapaz ni de justificar, en una simple acta, ni un solo día, el contenido de las deliberaciones ni la fundamentación científica de los acuerdos. El pobre presidente Torra incluso explicó en sus memorias como vicario del presidente Puigdemont que él mismo tenía que entrar a escondidas en las reuniones en línea de esta cédula de nuestro Leviatán autonómico para enterarse de las decisiones que se iban tomando (sic). El dato es tan vergonzante, que, aunque solo hubiera sido para preservar la dignidad de las instituciones, el activista de Santa Coloma de Farners quizá se lo podíahaber ahorrado.
En todo caso, lo realmente trascendente para la reconciliación entre ciudadanos e instituciones es que, aunque con la excepción de la Comunidad de Madrid, las intenciones de los gobernantes regionales más o menos fueron similares en toda España, muchos de los despropósitos persecutorios de los diversos ejecutivos regionales tropezaron con los jueces que, por primera vez en muchos años, volvieron a ser vistos como autoridades públicas empáticas y sensibles a la vida real de sus conciudadanos. La derogación judicial de algunas de las normas abusivas dictadas en Catalunya, pero también en Euskadi, Castilla-La Mancha, La Rioja o Mallorca, son algunos ejemplos significativos. En efecto, y con todos los peros que se quieran, la división de poderes en Occidente, el sistema de checks and balances, sigue jugando un rol esencial a favor de las libertades civiles. La estocada confirmativa de este argumento tranquilizador la dio la resolución del Tribunal Constitucional del 14 de julio del 2021, por la cual se declaró inconstitucional la suspensión de derechos decretada por el Gobierno de Pedro Sánchez a través del estado de alarma.
¡Pero ojo! Porque pandemias aparte, vivimos unos tiempos tan disruptivos respecto a todo lo que habíamos reconocido como fuentes de seguridad para hombres y mujeres, que la tentación totalitaria se va abriendo camino, a penas sin que nos demos cuenta. Contémplese sino el discurso errático y nacionalista del primer ministro Boris Johnson, o el del propio presidente Macron, encabritando media Francia con la exigencia de carnets de vacunación para acceder primero a servicios públicos, ahora incluso a espacios privados; decidido a ganarse la reelección prometiendo mayor seguridad en la lucha contra el terrorismo, a golpe de más y más leyes dispuestas a violentar derechos civiles hasta ahora tan incuestionables como los de la protección de datos personales o la inviolabilidad del domicilio particular.
En estas circunstancias, lo más peligroso es cuando el padre de familia, acomodado y de buena fe, suspira: a mí no me importa que me vigilen, que alguien –público o privado– tenga todos mis datos, porque yo no tengo nada que esconder. Lo que quizá tendrá que aprender pronto este bonachón es que, sin darse cuenta de ello, el día que empiece a perder el control sobre sus propios datos será el principio del final de su autonomía moral, rendida a la manipulación comercial y política de sus deseos e inclinaciones.
Como las personas, también las democracias ponen a prueba su calidad moral en circunstancias extremas. Para mal y para bien. Lo hemos visto para mal durante la pandemia, cuando algunos gobiernos han exhibido sin escrúpulos tics autoritarios, creyendo simplemente que las medidas podían justificarse con el apoyo de una simple mayoría parlamentaria. Pero también para bien, cuando hemos comprobado cómo ciudadanos y gobiernos han sabido pensar globalmente y plantar cara a la expansión del virus favoreciendo la solidaridad local y planetaria, gestionando con criterios morales recursos que eran escasos, autolimitándose en el ejercicio de libertades fundamentales o, como si en tiempos de guerra nos encontráramos, aceptando estrategias más o menos explícitas de selección y discriminación de enfermos en nuestros hospitales. Los viejos eran los más vulnerables y les hicimos pasar delante. Y nos honra a todos haberlo aceptado.
Y es que ya nos lo advirtió hace años Ulrich Beck: el tiempo de creer que podíamos llegar a levantar una pared tan alta que dejara todo el sufrimiento, toda la miseria o toda la violencia en los otros ha pasado. Si hay una catástrofe ecológica en Chernóbil, los pájaros de los pantanales del Empordà se resienten. Si millones de personas mueren de hambre, y viven sin esperanza en la otra orilla del Mediterráneo o, como se pudo ver durante el mes de junio en Ceuta, simplemente al otro lado de la alambrada, nuestras conciencias ya no pueden permanecer tranquilas. Porque en el siglo XXI, muchas de nuestras antiguas creencias ya nos hacen reír. Nuestros tiempos modernos reclaman una nueva Ilustración universalista, en donde los otros deja paso al nosotros.15 Donde individualismo y principio de universalidad puedan conjugarse armónicamente.
También el envite soberanista catalán, especialmente en su momento culminante, el del bienio 2016–2017, nos ha dejado algunas lecciones que van más allá del anecdotario local. De entrada, el peligro del virus del sectarismo y de la falta de sentido de Estado, en la medida que no solo los soberanistas desafiamos el ordenamiento constitucional, sino que también los grandes partidos españoles hicieron de la Carta Magna, como hicieron de los indultos a los políticos y activistas presos, un arma arrojadiza, puesta únicamente al servicio de sus intereses sectarios. Aunque el conflicto ha sido doméstico, pienso que la solución tiene que resultar de interés para unas democracias liberales que por todas partes muestran signos de fatiga y acoso populista. Y que se sienten tan orgullosas de todo lo que han conseguido como confusas a la hora de saber cómo preservarlo.
De entrada porque, para cualquier demócrata del mundo, la constatación del uso partidista de la Constitución que se ha hecho en España no puede pasar desapercibida. Con tantas argucias y golpes de volante de unos y otros, no ha de extrañar que la ciudadanía perciba desconcertada, e incluso con un punto de distanciamiento, la trascendencia política y ética de la Constitución, una Carta, que, especialmente en Catalunya, para muchos ciudadanos ha dejado de ser un texto garante de libertades para convertirse en un pretexto para justificar restricciones. O que, simplemente, en vez de ser la arquitectura institucional de referencia, se haya constatado que admite tantas lecturas e interpretaciones como circunstancias e intereses cambiantes genera cada coyuntura.
Ciertamente, la experiencia del proceso soberanista ha acreditado que resulta tan infantil identificar democracia solo con el ejercicio del derecho de voto, como convertir cualquier mecanismo de reforma constitucional en un viaje fatal y previsible hacia ninguna parte, del todo impermeable a las nuevas aspiraciones que, incluso en clave generacional, cada nueva época y sensibilidad plantean.
Pero ninguna sociedad del mundo puede pretender aspirar a una vida justa y en concordia sin un denominador común, consensuado y compartido, que admita una continua evolución y sobre todo adaptación, esta última, seguramente la característica que mejor explica nuestro éxito como especie.
Se refirió a ello Manuel Marchena en la sentencia sobre el procés, cuando antes de imponer las condenas se sintió en la necesidad de recordar y de advertir que, por el innegable trasfondo político, lo que se estaba juzgando seguramente no tendría que haber llegado nunca a los tribunales de justicia:
La causa que se sigue en esta sala, por tanto, no tiene por objeto criminalizar ideas. No busca la persecución del disidente, tampoco encerrar en los límites de una aproximación jurídica un problema de indudable relieve político. Esta sala no está usurpando el papel que deberían haber asumido otros, ni pretende interferir en el debate político con fórmulas legalistas.16
En resumen, que para la propia sala segunda del Tribunal Supremo, el ejecutivo y el legislativo tendrían que haber sabido encontrar la manera de canalizar un enfrentamiento que, más o menos razonable, resquebrajaba los mínimos consensos necesarios para la convivencia en concordia.
Porque efectivamente, como repitieron hasta la saciedad durante todo el 2017 el presidente Mariano Rajoy y su ministro de Justicia Rafael Català, no es posible una democracia sin ley. Tan cierto como que, tal y como le replicó Jordi Sánchez durante el juicio, tampoco puede ser que la ley acabe ahogando la democracia. La discrepancia no era sino la encarnación posmoderna de la distinta concepción sobre el derecho propia de la tradición jurídica romana e inglesa, por un lado, y francesa y continental del otro, tan bien descritas por Ortega y Gasset en su Interpretación de la historia universal. Es decir, por una parte la histórica concepción del derecho, en sí irreformable en la medida en que contiene como principal virtud la de ser fuente de seguridad, y en contraposición, por otra parte, la incorporada por los revolucionarios franceses, a partir de 1750, para los que el derecho solo es tal si es justo y donde “justo significa cierta desiderata de orden moral y ético, utópico y místico, de por sí ajenos totalmente en el derecho como tal”.17
Para que una democracia sea vista como tal, para que sus representantes no sean percibidos como simples guardianes del templo sino como verdaderos demócratas, siempre que resulte necesario se tienen que poder arbitrar los mecanismos de reforma pertinentes, que satisfagan las nuevas aspiraciones de cada época, de cada generación. Han de ser sensibles a ellas, que quiere decir que las tienen que poder vehicular satisfactoriamente, en épocas de recesión económica, de crisis territorial o de pandemias.
Universalistas o multiculturales: el nacionalismo es pecado
La primera persona del plural es mentira, rezó al poeta. Quizá no es mentira, pero seguro que es una convención, una construcción histórica surgida de la necesidad de no estar solos, de convivir amistosamente. Y es sabido que aquello que se asume como real, acaba siendo real con sus consecuencias. Quizá sí que, como escribió Oswald Spengler hace más de un siglo, las naciones, como las personas, nacen, crecen y se expanden. Hasta que un día decaen y mueren. Pero si unas naciones mueren llegan otras. Y la vida sigue.
En cambio, sabemos que la primera persona del singular sí que es bien real, el verdadero principio y final de todas las cosas. Si morimos todo se acaba. Cuando menos en el mundo que nos resulta inteligible razonadamente. Pensando como pienso, podéis imaginar hasta qué punto me ha resultado siempre difícil justificar los perjuicios y sacrificios que muchas religiones exigen a sus fieles, si no quieren ser tildados de herejes. Los mismos que muchos independentistas catalanes han reclamado a los hombres y las mujeres de hoy si no querían ser acusados de traidores, o que incluso se han infligido a ellos mismos o han impuesto a sus cónyuges y otros familiares, en nombre de una fe ciega en una pretendida arcadia feliz que teníamos que alcanzar algún día como pueblo escogido, y que en el fondo solo ellos han llegado a vislumbrar, en el momento en que soñaban enfebrecidos. Cuántas lágrimas y dolor innecesarios no habrán generado esas borracheras idealistas, que siempre confunden sueños y realidad, el todo por una parte, las propias verdades con la verdad.
Pensando como pienso, podéis imaginar también qué grotesco me ha parecido el recordatorio –normalmente imperativo y amenazador– que, por las buenas o por las malas, los catalanes somos españoles, al menos desde hace quinientos años. Como si entonces los hombres y mujeres de hoy ya existiéramos, habitando en algún rincón mugriento, de un tiempo rudo y miserable, que con toda certeza no es el mío. Y al revés, que si como de una tabla sagrada nos hubiera venido escrito desde el Sinaí, el augurio de que más tarde o más temprano Catalunya está llamada a convertirse en un Estado independiente. Aparte de los que como sacerdotes, políticos, tertulianos o editores militantes viven de defender estas preocupaciones, podéis imaginar el dolor que siento ante los fanáticos teleológicos que han estropeado buena parte de su vida intentando pescar la luna en un cesto. Y que con su fanatismo nos han arrastrado al resto.
Porque tan cierto como que todo ser humano forma parte de varios grupos distintos, lo es que la vida es compleja y que, por lo tanto, siendo como somos miembros de una determinada familia, ningún hermano se parece del todo al otro. Trabajando todos en la misma compañía, ningún trabajador tiene las mismas aspiraciones. Viviendo todos en un mismo barrio, pueblo o ciudad, adscritos a este o aquel Estado nación, ningún ciudadano comparte necesariamente los mismos valores ni principios. Y es bueno que sea así. Admitiendo la complejidad de esta realidad, la construcción del otro como adversario o enemigo a batir decae por inmoral, y todavía más, simplemente porque no se ajusta a la realidad. Para aceptar que soy y pienso como el resto de catalanes, los tendría que conocer a todos y cada uno de ellos. Visto así, nada resulta tan inmoral como el estímulo de políticas identitarias, que se autoatribuyen el derecho a hablar en nuestro nombre, como cristianos, como mujeres, como homosexuales, como catalanes, como pueblo, desdibujando torpemente nuestra vocación universal, que es la propia de un ser humano.
Se refirió a ello con claridad meridiana la diputada Meritxell Batet, en su discurso como nueva presidenta del Congreso de los Diputados, el 11 de mayo del 2019:
[Los diputados] somos la expresión plural y diversa de una sociedad plural y diversa [...] nadie de nosotros individualmente ni ninguno de nuestros partidos por sí solo representa en exclusiva España ni a ninguno de sus territorios ni a la voluntad de toda la ciudadanía [...] cada uno de nosotros somos del pueblo, pero nadie es el pueblo. Siempre y en todo lugar hay otro, legítimo y distinto, a quien solo podemos pedir que respete la ley.
Cansada de tanta confrontación nacionalista entre españolistas e independentistas, la que también es profesora de Derecho Constitucional remachó: “Solo cuando el Congreso habla con voz unánime tendríamos que poder decir, y todavía con cautela, que expresa la voz del pueblo”. Porque, como enseña la ética, en una discusión nunca habrá la solución más religiosa, ni la más patriótica. Hace falta que, además de conforme a la religión o a la patria, lo que decidimos sea acertado, sea lo correcto o que como mínimo procure el bien. Y la aproximación a lo que es correcto siempre necesitará de la concurrencia y contraste de las múltiples perspectivas desde las que se juzga la realidad, tan cierto como que al final tendrán que rendir genuflexión a la razón que nos es común por naturaleza.
En estas páginas no nos interesa especular sobre si el hombre es bueno por naturaleza, como pensaba Rousseau, y si por lo tanto son las instituciones y convenciones sociales las que nos corrompen, o si, al revés, el hombre es un lobo para el hombre, como creía Hobbes, y si son las instituciones sociales, el Estado Leviatán, las que preservan la seguridad y hacen posible una mínima convivencia. Aquí constatamos únicamente que para poder aspirar a llevar una vida buena, feliz y justa, fundamentada en el radical respeto a la libertad individual, hace falta un contrato cívico mínimo imprescindible, que actúe como garantía de un marco de seguridad física y jurídica pero también como aglutinador del ímpetu necesario para afrontar aquellos retos que, de tan ambiciosos, requieren el concurso de muchos.
En esta relación dialéctica, la experiencia vital de algunos de los que nos han precedido resulta estimulante. Lo resulta especialmente la de los que en su día hicieron del reto de ser ellos mismos su última y más importante razón de vivir. Aunque eso les comportara incomprensión, estigma o incluso persecución y exilio respecto de su propia tribu. Al leerlos, incluso sin saber nada de ellos antes, seguro que muchos nos descubriremos sus seguidores, desde hace mucho tiempo. Porque al procurar forjar radicalmente su yo más íntimo es cuando consiguen, justamente, ser más universales. Lo resumió el genio de los genios, Salvador Dalí, cuando confesó que solo había sabido “llegar a lo universal desde lo ultralocal”. Con palabras diferentes, pero que en el fondo remitían a ese mismo denominador común, lo expresó Santiago Rusiñol, referente del modernismo en Catalunya, que también tuvo que aprender a dibujar y pintar a escondidas de su abuelo. En plena efervescencia nacionalista en Catalunya, el autor del Auca del señor Esteve escribió: “Amo más un fragmento de Dante, una melodía de Chopin, un cuadro de Velázquez o el Greco, que una ciudad o un pueblo: por encima de fronteras, miserables inclinaciones del egoísmo, está la patria universal de la verdad, la virtud y la belleza”. Amén.
El compendio de las biografías de algunos de estos personajes de entrada confirma que la vida puede ser muy corta, pero también muy larga. Y que lo que pensamos, o la manera como creemos que tenemos que vivir en un momento dado, puede cambiar con el paso del tiempo. Hay tanta distancia entre yo y los demás como la hay entre yo y yo mismo con el paso de los años, escribió Montaigne, el más sabio conocedor del alma humana. Es el caso de Ramon Llull, de san Agustín o, para dejar tranquilo el santoral, de hombres inmensos como Tolstói, que solo llegó a llevar una vida ascética y religiosa después de haber vivido muchos años de forma disoluta y libertina, entre Kazán y San Petersburgo. Como es sabido, el hombre que se casó con una mujer catorce años más joven que él y con quien tuvo trece hijos, el joven que como jugador, bebedor y mujeriego había vivido todos los excesos de la carne, al final de sus días escribió que “una de las señales que indica con más acierto que el hombre quiere vivir de verdad una vida de bien, es el rigor que tiene en relación con la vida sexual”.18 Y seguramente cuando lo escribió se lo creía. O de mujeres fuertes como Emilia Pardo Bazán, al mismo tiempo conservadora e innovadora, tradicional y libertina.
En mi caso, como todos los que nos hemos dedicado a la política en tiempos convulsos, también habré sido uno de tantos hombres que en poco tiempo habrá saboreado la gloria y el deshonor, los elogios exagerados y las críticas encarnizadas.19 Es lo que hay, debió pensar Oriol Junqueras desde las rejas de Lledoners, cuando en mayo del 2021, delante la sede de ERC en Barcelona, un pobre demonio independentista –seguramente con miedo a perder el trabajo si ERC no formaba un gobierno de coalición con Junts per Catalunya– ladró aquello del “Junqueras, traidor, púdrete en la prisión”.20 Era la misma medicina que Rufián le había prescrito a Puigdemont, el 26 de octubre del 2017, refiriéndose a las famosas 155 monedas.21
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.