Kitabı oku: «La otra hija»

La pregunta que recorre La otra hija es la pregunta por el origen y la búsqueda –incansable, inasible– de la verdad en ese origen. En el leve matiz que separa el escape de la salvación, Santiago La Rosa ha escrito una novela precisa, implacable y genial. Una escritura tan seductoramente quirúrgica que transforma el dolor y la ausencia en belleza descarnada.
Federico Falco
La Rosa construye una trama atrapante y compleja con una de las situaciones más corrientes del mundo: un hijo se convierte en padre y en ese momento su padre empieza a desintegrarse. ¿Quién fue ese hombre antes de que alguien le dijera papá? Una novela buenísima de uno de los autores más interesantes de su generación.
Selva Almada

¿Fue un golpe, un chillido? Busqué nuestra cabaña entre los árboles pero no alcancé a verla. Había llevado una lona al arroyo, tenía mi cuaderno de notas y algunos libros. Volví siguiendo el sendero entre los espinillos y los molles. Sentía las piedras a través de las ojotas, algunas ramas me raspaban los talones y los insectos zumbaban alrededor. Iba atento, a paso rápido. Habíamos elegido esa parte de las sierras para estar solos, sin señal de teléfono, sin televisor ni computadora. Un lugar común del verano y de las vacaciones que me gustaba: un poco de naturaleza, leer libros que había acumulado en Buenos Aires y retomar la escritura. Rutinas mínimas como ir a una feria de productores varias veces por semana, cocinar los tres juntos, tener tiempo para explorar el río o tirarse en una hamaca vieja que alguien había colgado entre dos árboles, mirar bichos con la lupa y atrapar luciérnagas. Luna, mi hija, acababa de dejar los pañales, nadaba con alitas y juntaba moras con su oso.
Entonces escuché otro grito, más fuerte: era Julia, me llamaba. Pensé en la pileta, en los alambres de púas, los alacranes y las serpientes. Luna. Corrí hacia la cabaña, hacia el grito, calculando a qué distancia estaríamos de cualquier salita u hospital. Lo que habíamos celebrado tanto, el aire limpio, los animales, el camino que nos aislaba con kilómetros de pozos y piedras, el pueblo chico que cerraba a la hora de la siesta y que apenas tenía un almacén, de pronto se había vuelto una trampa. Llegué. Busqué las llaves del auto. Tenía que apurarme. Miré el fondo de la pileta y después a Julia, que señaló a un lado, junto a las plantas, cerca de la parrilla.
Golpeó el vidrio y cayó, me parece que está muerto, dijo.
Tirado sobre las baldosas había un pájaro que miraba fijo, sin parpadear. Las plumas del pecho se agitaban.
¿Está muerto?, insistió ella.
No sé mucho de pájaros. Este era marrón, algo rojizo, chico como un canario. Iba a morirse ahí, al lado de la pileta. Todavía asustado, fui al cuarto: mi hija dormía la siesta con la cara vuelta hacia la pared, el vestido por encima de la cintura y las sábanas enredadas en los pies. Respiraba profundo.
Afuera, Julia se había acercado al pájaro aunque no se animaba a tocarlo. Sonreía, pero me dejó en claro que los animales y los insectos eran mi responsabilidad. Habíamos visto cuises, zorros, sachacabras y una araña inmensa que vivía entre los tablones del deck y salía a la tarde.
Fui a buscar el sacahojas de la pileta. Pensaba usarlo como pala y tirar el pájaro entre los yuyos. Lo rocé con el borde de plástico azul. Esperaba un aleteo, alguna reacción. El animal se dejó arrastrar un poco sin parar de mirarme. Debajo de las plumas había una mancha. No parecía sangre ni se veían heridas. Era una película húmeda, rosada, algo que había salido de su cuerpo. Solté el sacahojas y disimulé la arcada.
Quizás esté aturdido, dije, esperemos un poco.
Preparamos café y nos sentamos en la galería. Quería que el pájaro se recuperara. En la ruta de camino a Córdoba ya había golpeado un tero con el parabrisas. Vi su aleteo desde los pastizales junto a un alambrado y supe que iba a pegarle. Julia y Luna dormían. Girar el volante a esa velocidad hubiera sido una locura. El tero se revolvió soltando plumas y pasó por arriba del auto. En el espejo retrovisor lo vi dar varias vueltas con las alas desordenadas girando hacia el asfalto.
Desde que habíamos llegado a las sierras las cosas iban bien. Miré a Julia, que abrazaba la taza con las dos manos e inspiraba por la nariz el vapor del café. Pensé en todas las peleas de los últimos meses, la tensión. Le sonreí. Tenía que sacar a ese pájaro de ahí antes de que mi hija lo viera, antes de que quisiera agarrarlo, curarlo y darle un abrazo. Antes de todas las enfermedades que ese bicho podía traer entre las plumas.
Cuando Luna tenía siete meses se cayó de la cama. Dormía con nosotros y rodó sobre el borde. Me despertó el golpe y el grito de Julia, tan parecido al que acababa de dar. Luna estaba tirada entre la cama y la mesa de luz, torcida en una posición extraña. No lloraba. La levanté sosteniéndole el cuello, le pasé los dedos por la cabeza, por los brazos y la espalda, buscando algo roto. La abracé rogando que moviera las piernas y la paseé por el cuarto en penumbras. Luna se retorció y me pateó antes del primer sollozo y los gritos. Insistí con que la lleváramos a la guardia, temía contusiones y coágulos, y mientras pasaba los cambios en la madrugada le grité a Julia que no la dejara dormirse. Para cuando entramos por la puerta de urgencia Luna balbuceaba y les sonreía a los médicos y enfermeros que pasaban a nuestro lado.
El pájaro se levantó atontado, avanzó dando un par de saltitos, emprendió un vuelo bajo, rasante, y se refugió entre las piedras del arroyo. ¿Adónde iría? Había escuchado que después de un golpe así se les quiebra el pico, pierden la orientación y ya no saben volver al nido. Si no caen fulminados, al poco tiempo los atrapa algún depredador.
PRIMERA PARTE Nuestro destino
Mi hija había sido un atraso que se alargó varias semanas hasta la tarde en que hicimos el test. Julia lloró. El mes anterior la habían ascendido en la fundación donde trabajaba, un puesto en el que tenía que viajar por Latinoamérica, dirigir proyectos. Yo empezaba a armar mi consultorio y en la facultad daba todas las clases que podía. Miré el departamento: la escalera que temblaba a cada paso, las barandas flojas y una tuca aplastada en un plato en la barra de la cocina. Dije varias veces que iba a estar todo bien, que haríamos lo que ella quisiera y la abracé con fuerza, como si fuera a soltarse.
A la mañana siguiente empezamos a entrar de a poco en un tema del que no sabíamos nada. Googleamos. Encontramos un simulador que comparaba el tamaño del bebé con carozos, frutas y pelotas de tenis, fútbol y básquet y que nos dijo también cuándo nacería. Nos reímos y Julia volvió a llorar. El test había quedado sobre la mesa de luz. Ella lo envolvió en papel higiénico, agarró el teléfono y salió del departamento. Dijo que se iba a llamar a una amiga, que necesitaba hablarlo con alguien.
¿Yo quería hablar? Había estado pensando en mi padre desde que crucé Cabildo para comprar el test. Lo llamaba para hacerle preguntas sobre bancos, contadores, problemas con el auto. Cuando me engripaba, él me indicaba qué remedios tomar, cuánto reposo hacer, hablaba con seguridad, me daba soluciones.
Le pregunté si podía ir a cenar y fui a verlo esa misma noche. Caminé las cinco cuadras de mi casa a su departamento con calor, con miedo. No sabía cómo empezar: ¿«vas a ser abuelo»?, ¿«voy a tener un hijo»? Toqué timbre y escuché las corridas y los ladridos de los dos perros que se acercaban y después a Mariana, la novia de mi padre, tironeando de los collares y dando órdenes mientras los perros se resistían. Entré. Mi padre me esperaba en la cocina. Llevaba un delantal a rayas por encima de la camisa y tenía una botella de vino lista para abrir.
¿Julia?, me preguntó mientras yo dejaba mis cosas sobre la silla y Mariana las agarraba para acomodarlas en una mesita del living.
Julia vomitaba en casa. A la tarde, había sufrido unos mareos salvajes y no había podido cambiarse. Como si la sola idea hubiera desatado los síntomas, se había quedado en la cama, tapada hasta el cuello con el celular y una botella de agua al lado.
Bien, dije, estaba cansada, mañana tiene una reunión temprano, les manda un beso.
Mi padre no contestó, destapó una de las ollas y revolvió un par de veces.
Antes de que el salmón estuviera listo comimos una burrata y un milhojas de papa.
Mi padre habló de un viaje a Italia que debía hacer el mes siguiente, del itinerario, de las clases que le pedían que diera y de sus ganas de descansar. Tenía varios seminarios por dictar y pacientes que lo esperaban en Venecia. A las diez insistió en pasar al living porque empezaba una serie que le gustaba. Después del capítulo sirvió unos vasos de whisky. El suyo lleno de hielo y con el líquido hasta arriba. El mío, solo. Esperé a que Mariana terminara de ordenar los platos en el lavavajilla. Estábamos sentados en los sillones de cuero. Casi no llegaba ruido de la calle porque era domingo.
Le pregunté si el ocho de agosto iba a estar en Buenos Aires. Mi padre dijo que creía que sí, terminó su vaso y suspiró. Después preguntó por qué.
Julia está embarazada, dije. Esa es la fecha probable de parto, en invierno. Hubo silencio. Sentí la cara caliente y las manos heladas. Si todo sale bien, agregué, nace ese día.
Vi el esfuerzo que hizo por sonreír. Me apoyó la palma en la rodilla. Dame un abrazo, dijo. Estuvimos unos segundos así. Mariana empezó a llorar y vino a darme un beso. Mil besos a Julia, dijo, quiero verla, felicitarla.
Sí, dijo mi padre, abramos un espumante. Hay que brindar.
Vaciamos las copas y él se apuró en volver a llenarlas en tres movimientos rápidos, la espuma a punto de rebalsar pero sin hacerlo.
¿Sabés lo que hay que trabajar para tener un hijo?, dijo entonces mi padre, y volvió a vaciar su copa en dos tragos.
Trabajo. Iba a pensar mucho en esa palabra en los años siguientes. Le iba a dar vueltas tratando de entender lo que había querido decirme, como si ahí se escondiera la clave de todo lo que iba a pasar, de cómo cambiaron las cosas en mi relación con él y, quizás, de cómo habían sido para él en su vida antes de que yo naciera.
A los pocos días una ecografía en el primer control mostró una mancha oscura junto al embrión. El médico arrugó la cara: un hematoma, dijo sin soltar el instrumento, con la mirada fija en la pantalla. Nos explicó que un coágulo de sangre podía reabsorberse de a poco o, aclaró, caer. El riesgo era que arrastrara consigo al embrión. Julia me agarró la mano con fuerza y el médico dijo que era normal, que hiciera reposo, que a no asustarse, que estas cosas podían pasar en las primeras doce semanas.
Entonces pensé que el trabajo del que había hablado mi padre era cuidar de ese hijo, protegerlo, mantenerlo con vida.
Siguieron nuevos controles y una translucencia nucal para descartar malformaciones y síndromes terribles. Miren la nariz, nos dijo el técnico esa vez, y yo busqué en la imagen el puntito en la cara. Que tenga nariz es bueno, dijo.
Sin conocerlo, ese bebé tenía algunos nombres que cambiábamos semana a semana, una lista pegada con imán en la heladera donde con Julia sumábamos y tachábamos opciones. Mirábamos el cuerpo formarse en las ecografías: manos, piernas, dedos, labios y una cabeza enorme. Le adivinamos una personalidad. Yo veía la panza de Julia y esperaba los movimientos a través de la piel. Sentía alivio con las patadas y los codazos. Entonces ponía mi oreja en el ombligo de Julia y le contaba cosas del día, le describía el mundo que le esperaba, lo que aún no podía ver.
Mi padre también seguía el embarazo. Durante las cenas en su casa apartaba a Julia para conversar como en una trama secreta. Le daba aspirinas para licuar la sangre y evitar la pérdida. Nos preparaba tuppers llenos de comida para que tuviéramos en la semana. Julia tiene que estar bien alimentada, decía sin chiste. Al volver de su viaje a Europa, trajo montones de regalos: remeras diminutas, medias que entraban en dos de mis dedos. Estuvo atento en esos primeros meses, escribía, llamaba, proyectaba planes y viajes familiares. Il nonno, decía.
Decidió preparar una habitación de su casa para recibir al bebé. La iba a pintar de celeste claro. Señaló los espacios para la cuna y el cambiador, para los juegos que pondría. Vería todos los dibujitos que quisiera, él le prepararía dulces y helados. Tenía que conocer Italia.
En mi casa paterna se conjugaba en masculino, éramos una familia de hombres. Mi hermano Martín, él y yo.
Es imposible, respondió muy convencido cuando le contamos que Luna era una nena. Después vio la foto de la ecografía. Qué lindo, sonrió al final, mia nipote.
Al poco tiempo organizó otro viaje de trabajo justo para la fecha del parto y convirtió el cuarto celeste de Luna en un vestidor inmenso. Pero guardó, alineados sobre una cómoda, tres peluches tejidos: una oveja, un oso y una jirafa.
Al séptimo mes de embarazo supimos de la presencia de una afección rara por la que el hígado colapsa. Pasa desapercibido en la mayoría de la gente, casi no hay síntomas, pero es peligroso en el cuerpo de una madre: la toxina inunda el líquido amniótico y puede matar al bebé. A Julia le picaban las manos y, entre risas, se quejó en la consulta porque todo venía bien. Le hicieron la prueba de rutina, para descartar. A partir de ahí fueron varios tests por semana, medicamentos, interconsultas. Más allá de cierto índice de toxina hay que intervenir, el riesgo es grande. El obstetra indicó una inyección para adelantar el desarrollo de los pulmones. Hace que el bebé prematuro pueda respirar, dijo, quiero tratar de evitar complicaciones, semanas en la neo.
Luna nació de urgencia cuando, pese a los cuidados, la toxina se disparó. Una urgencia medida: teníamos tres horas para ir a la clínica, el médico había reservado un quirófano.
Interrumpí una sesión en mi consultorio y cancelé el resto. Manejé hasta la clínica con la ventanilla baja, sintiendo el viento frío, me temblaban las manos. Julia fue en taxi y nos encontramos en el hall. Chequeamos el bolso con la ropa que habíamos preparado, busqué el carnet de la obra social y le dije: qué momento hermoso. Julia me dio un beso en la mejilla y llamó al obstetra.
Cuando se llevó a Julia en camilla, el anestesista nos dijo «papi» y «mami». A mí me mandaron a un vestuario. Tenía que prepararme para la cesárea: ponerme un ambo, guantes, cofia y barbijo. Entró un hombre con un ambo igual al mío pero manchado, la barba y las mejillas con costras de sangre. Abrió su locker y estuvo tipeando un rato en el celular con volumen alto. Las letras sonaban como una máquina de escribir y los mensajes enviados hacían un bip fuerte. Después sacó un reloj de pulsera, se limpió los anteojos con la tela de su camisa y me miró. Osvaldo, dijo dándome la mano, ¿es tu primero? Es lo más maravilloso que te va a pasar en la vida, me dijo justo cuando entró la enfermera para avisarme que iban a empezar y pidió que me lavara las manos hasta los codos con un jabón azul y un cepillo duro.
Luna nació a la tarde, algo antes de las seis. Pasó la noche acostada sobre el pecho de Julia. Cuando se despertaba yo la paseaba a upa por el cuarto murmurando canciones. No la soltamos en ningún momento ni la dejamos en la cuna, un cubito de plástico transparente con su nombre al lado de la cama.
Las enfermeras desaprobaban tanto toqueteo. Se nos podía caer si nos dormíamos, repetían, un bebé es algo muy frágil. Justamente por eso yo no podía dormir, y casi no dormí en todo el primer año. Me sobresaltaba a mitad de la noche y corría a revisarle la respiración, acercaba mi mano a su pecho buscando el movimiento, sentía en los dedos el aire tibio que soltaba por la nariz. Le cuidaba el sueño.
Un colega me había hablado del tema en una reunión de claustro de la facultad. Nunca antes había escuchado sobre la muerte súbita. Una muerte sin explicación, sin causa. Es una lotería, dijo, le pasa a cualquiera. Dio una proporción que tal vez fuera de uno a cien. Algunas noches yo ajustaba el recuerdo y lo multiplicaba: uno cada cincuenta bebés, uno cada veinte. Entonces me quedaba al lado de mi hija.
Después del primer mes, cuando el riesgo ya era más bajo, todavía no podía concentrarme en la lectura de ningún libro, así que empecé a mirar videos en YouTube: partidos de tenis clásicos, finales entre Borg y McEnroe, Pat Cash, el primer Michael Chang, imágenes de mucho antes de que yo naciera; las filmaciones viejas, de canales europeos, mostraban canchas de un verde flúor y un naranja amarronado. Los jugadores se movían en mute y agitaban las raquetas ante pelotas que la saturación de los colores y las cámaras de la época no dejaban ver más que como una estela fantasma. Fueron cientos de horas de videos hasta que por fin se hacía de día. La respiración de los bebés, aprendí, no es igual que la de los adultos, tienen una forma de apnea que los hace mantener un ritmo irregular y pueden pasar varios segundos entre una inhalación y otra. Yo le sentía el corazón y esperaba.
Mi padre y Mariana habían intentado tener hijos. Se adivinaba en la tristeza de Mariana algunas noches y en el silencio de mi padre, que una vez dejó a la vista los sobres de los laboratorios con estudios y recetas llenas de firmas y sellos. Mariana no va a cenar con nosotros, decía en esas oportunidades y le llevaba un plato con comida a la habitación. Tiempo después aparecieron los perros. Primero Lupo, un Jack Russell intenso y neurótico, y enseguida Roxy, una cachorrita de la misma raza.
Durante los viajes de mi padre y Mariana había que organizar dónde dejarlos, aguantar las quejas de los vecinos por los ruidos y las peleas y negociar con los paseadores que se negaban a seguir llevándolos. Pasaban el día encerrados en el departamento, atados. Para cuando mi hija nació, los perros eran el tema central en la vida de mi padre.
La primera noche que la llevamos a cenar a su casa, Luna tenía tres meses. Eran pocas cuadras pero hacía frío. Vestimos a nuestra hija con varias capas de ropa, preparamos las mantas, los pañales y chupetes. Mientras subíamos las escaleras escuché los ladridos de los perros y, cuando llegamos a la puerta, las uñas rasgando la madera. Uno saltó, resbaló en el parquet y de fondo nos llegó la voz de Mariana pidiendo que se calmaran.
Nos sentamos en el comedor. Luna dormía. Acomodé el moisés sobre una silla, cuidando que estuviera en equilibrio. Julia abrió las mantas y le bajó el cierre del enterito polar. Le pedí que la desabrigara de a poco, el pediatra nos había recomendado que tuviéramos cuidado con los cambios bruscos de temperatura. Mi padre eligió un vino y sirvió las entradas. Gli antipasti, dijo. Mariana llevó a los perros al lavadero y les cambió el agua de los platos. Ladraban. Ella los acarició, les dijo «tranquilos, mis chiquitos», pero los perros siguieron igual de nerviosos.
En la mesa conté que Luna ya agarraba sus juguetes y sacudía los sonajeros, que la había visto varias veces sosteniendo su brazo extendido, mirándolo fascinada, un poco bizca, con el puño bien apretado. Nos reímos.
Mi padre abrió el horno, sacó el vacío que cocinaba desde hacía varias horas y los perros redoblaron el escándalo: gruñidos agudos del macho y el lamento de la perra. Mi padre se levantó para ir hasta el lavadero. Zitti, gritó. Se escucharon tironeos y golpes en los lomos, tres o cuatro veces. Los perros sollozaron. Mariana bajó la vista.
Luna se despertó después del postre. Mi padre quiso sostenerla, le besó la frente y trató de hacerla eructar apoyándosela en el pecho y dándole golpecitos en la espalda. Luna no eructaba nunca. Los perros volvieron a ladrar. Quieren saber quién es el nuevo integrante de la familia, dijo mi padre. Julia y yo sonreímos. Él se levantó y volvió al lavadero, trajo a los perros que tironeaban de la correa y se resbalaban en las cerámicas del piso. Olisquearon el horno y las fuentes vacías. Mi padre le dio las correas a Mariana. Tenelos, dijo. Entonces acarició el cuello de Luna y le explicó al oído: Son Lupino y Roxy, van a ser tus amigos, te van a cuidar y van a jugar con vos cuando crezcas. Luna se retorció e hizo un quejido corto. Sono amici, dijo, non avere paura. Solo quieren conocerte. Después, con cuidado, mi padre se agachó junto a los perros y extendió a mi hija hacia ellos. Yo me levanté de un salto. No, le dije. Quizás fuera un juego o un chiste. Julia y Mariana miraban sin moverse. Mi padre abrió la mantita hipoalergénica. Los perros tironeaban, cada vez más cerca.
No, por favor, dijo Julia y mi padre le sonrió.
La tienen que oler, reconocerla, dijo. De pronto, Roxy tiró un tarascón y arrancó la manta, mi padre perdió el equilibrio, cayó y Luna rodó al suelo sacudiendo las piernas, asustada. La levanté justo cuando Lupo se acercaba a ella. Roxy arrastró la manta por el piso. Mariana estaba colorada. No pasó nada, dijo y lo repitió un momento después. Mi padre parecía sorprendido. Non è successo nulla, dijo, vogliono giocare ma non sono cattivi. Acercó la manta al hocico de Lupo para que también la oliera. Yo sentía el corazón desbocado. Mi padre bajó la vista y se fue a poner agua para un té. Julia agarró a Luna a upa, la llevó a uno de los cuartos para que se calmara y no volvió a soltarla en toda la noche.
Mi padre tuvo una hija que murió a los ocho meses. Me lo había contado a los doce años, poco antes de que se separara de mi madre, un sábado a la mañana en que me llevó a desayunar afuera. Fue la única vez que lo escuché hablar de ella.
Hacía tiempo yo había encontrado un gorro tejido, rosa y minúsculo, en el cajón de sus medias. Había un chupete viejo, con el plástico oscuro, áspero, en su neceser. Él no era de guardar cosas ni de esconderlas y ese gorro y ese chupete fueron durante semanas las pistas de un misterio. No podían ser mías y tampoco de mi hermano Martín. Los dos teníamos una caja con recuerdos y nuestra ropa de bebé en la baulera. Yo volvía al cajón cada vez que mis padres no estaban, tocaba la lana del gorro, buscaba pelos entre las fibras, olía lo que ya no tenía ningún olor; el chupete con una cadenita de plástico gris me daba asco y frío en la espalda. Me preguntaba de dónde habían salido esas cosas y por qué estaban junto a su kit de cuidado de uñas, las cremas para la cara que usaba y la brocha de afeitar, entre todo lo demás tan ordenado y limpio.
Fue Martín, que recién estaba aprendiendo a leer, el que agarró el documento de mi padre mientras mi madre terminaba de preparar las valijas para un viaje. Por esos días, él deletreaba despacio cualquier cosa, se trababa con las sílabas. Mi padre tomaba café ocupado con su agenda electrónica nueva. Martín leyó en voz alta el nombre y después: Ar-gen-ti-no. Do-ce de mar-zo de mil-no-ve-cien-to-s-se-sen-ta. Esta-do ci-vil viu-do. ¿Qué es estado civil?, preguntó, pero mi madre le sacó el documento y lo mandó a ordenar sus cosas y que eligiera los juguetes para meter en la valija. Mi padre se rio y dijo que eso que habían anotado ahí era un error del hombre del registro civil. Que debería decir que él era casado. Casado con Marcela, la mamá de ustedes, dijo, y deberíamos agregar que papá de dos varones hermosos. Martín se propuso para corregirlo. Lo puedo escribir arriba, dijo. Yo sí sabía lo que significaba «viudo».
Esa noche mis padres discutieron fuerte. Gritos, insultos, silencio, cosas que se estrellaban contra el piso, portazos. A la mañana, temprano, mi padre me despertó. Estaba sentado en el borde de mi cama. Vamos a desayunar, me dijo, vestite sin despertar a tu hermano que salimos ahora.
Nos subimos al auto. En esa época él tenía una camioneta Toyota verde con tres filas de asientos de cuero y un teléfono integrado junto al freno de mano.
Tu mamá insistió con que te contara, empezó. Ella cree que tenés que saberlo.
Yo lo miré desde el asiento del acompañante. Mi padre maniobraba concentrado para sacar la camioneta del garaje, atento a la distancia de los espejos para evitar que las llantas rozaran bordes y columnas.
Yo estuve casado, dijo.
Una vez en la calle, mi padre apagó el estéreo y ajustó la posición de su asiento.
Y tuve una hija, agregó. Fue hace tiempo, tres años antes de conocer a tu madre, cuatro antes de que vos nacieras.
No dije nada, no supe qué decir.
Mi padre pasaba los cambios con fuerza, la camioneta saltaba, aceleraba y se detenía en cada bocacalle.
¿Y?, dije, cuando junté el coraje para animarme a preguntar.
No me gusta hablar de eso, dijo mi padre. Pensé que nunca iba a recuperarme hasta que naciste vos, hasta que pudimos volver a empezar con tu mamá.
Me acarició el pelo con una mano mientras maniobraba.
¿Qué querés desayunar?, preguntó.
Fuimos a un bar de Recoleta que era su favorito, justo enfrente de plaza Francia. Los mozos lo conocían. Ahí me preguntó por el colegio, por las historietas que leía.
¿Qué les pasó?, quise saber al final, cuando él ya había pedido la cuenta.
Mi esposa tuvo una crisis cuando nació la nena, dijo mi padre e inspiró antes de seguir. Ella tenía celos, se ponía mal con la bebé, no quería ni verla.
Apreté la mandíbula. Me acuerdo de que los dientes dolían y de que me concentré en las muelas y en las manchas claras que habían quedado en el mantel. La historia se armaba en mi cabeza antes de que la contara: el gorro, el chupete, viudo.
Mi esposa pasó meses encerrada, yo trabajaba como loco para pagar las cuentas de la clínica y los gastos de la nena. Pasó el invierno y la primavera, dijo mi padre, organicé unas vacaciones para fin de ese año, descansar un poco. Y por esos días mi esposa tuvo una salida de la clínica, pidió estar con la nena antes del viaje y la vi bien: la peinaba con un cepillo suave y le cantaba canciones de María Elena Walsh. La vi bien, repitió mi padre, con una conexión que nunca había tenido. Me confié, dijo, y me miró mientras me agarraba la mano sobre la mesa.
Tu mamá me insistió con que te cuente, yo dudaba, pero estás grande, es verdad.
Bajé la vista.
Ese día, siguió, fui hasta la farmacia, dos cuadras, para comprar unas cosas que faltaban para el viaje. Cuando volví, mi esposa había ahogado a la nena en la bañadera y se había colgado.
Me acuerdo de todas las palabras o creo recordarlas. No hubo nombres propios: él habló de su hija y su esposa. Yo no dije nada más. Mi padre pagó la cuenta, me abrazó mientras salíamos del bar y manejó hasta casa en silencio.
Pensé miles de veces en esa mañana, recordé sus palabras, sus gestos e imaginé otras reacciones, todas las preguntas que no hice. Mi padre nunca volvió a hablar del tema. Él tenía veintiséis años cuando murió su hija, la misma edad que yo tenía cuando supe que iba a nacer Luna.
Mi padre había trabajado en el bazar de su madre diez o doce horas por día mientras rendía quinto año libre; mostraba los estuches de dos medallas que le habían otorgado cuando hacía la colimba. Se había dedicado a la macrobiótica después de trabajar en Boston con el pionero japonés que trajo la disciplina a Occidente. Había sufrido una tragedia atroz y después conocido a mi madre en un negocio de alimentos que tenía en Palermo. A los seis meses ella estaba embarazada de mí. Cuando yo era chico, mi padre era psicoanalista. Diez años después, trabajaba como terapeuta gestáltico y empezaba a dar clases en Europa.
Nunca lo vi dudar, no tenía miedo.
Había practicado judo desde la primaria y recibió su cinturón negro antes de los dieciocho años. En su consultorio tenía un equipo de kendo que usó en un acto de mi jardín de infantes y un pequeño altar exhibía dos katanas y estrellas ninja debajo de una mesa ratona de vidrio. Cuando veíamos una película de artes marciales señalaba lo que se hacía mal: son actores, decía, les enseña un coreógrafo. El único que sabe de verdad es Steven Seagal, me explicaba. Mirábamos Nico, Buscando justicia, Decisión crítica y Alerta máxima, que era mi preferida. Nos reíamos de Chuck Norris y Van Damme.
Cuando tenía seis años mi padre organizó clases para mí y mis compañeros de escuela en un dojo desierto que quedaba en el subsuelo de una galería de la avenida Alvear. Él siempre insistió con que tenía que aprender a defenderme. El sensei se llamaba Fukuma y había sido maestro de mi padre. Los viernes un remís nos pasaba a buscar por el colegio y viajábamos disfrazados de karatecas hasta la galería repleta de casas de alta costura y anticuarios. Había una confitería cerrada y, en el centro, una escalera caracol que descendía a un gimnasio oscuro, inmenso y sin ventanas. Había un viejo, Angelito, que encendía las luces cuando llegábamos y nos prohibía golpear las bolsas de boxeo o correr por los vestuarios. También vendía las Gatorades para después de entrenar. A las cinco en punto aparecía Fukuma.
De algún modo, no recuerdo bien cómo, todos sabíamos que había que esperarlo en el dojo del fondo con piso de lona verde donde siempre hacía mucho frío. Jugábamos, amagábamos golpes y los más responsables proponían empezar un trote en círculos para entrar en calor. Cuando llegaba, el sensei gritaba algo que parecía una orden marcial japonesa deformada por los años y nos arrodillábamos en fila para repetir sus palabras y saludarlo con una reverencia antes de empezar la clase. Hacíamos una señal de respeto al retrato de un anciano japonés que colgaba en la pared con un marco de caña de bambú y, después de un aplauso seco de Fukuma, empezábamos la elongación.
Las parejas para las tomas se armaban según la altura. Uno de los chicos nos llevaba dos cabezas a los demás y todos lo evitábamos porque, aunque era un gigante bueno, podía revolearnos por el aire y aplastarnos contra el tatami. A mí siempre me hacían practicar con Pablo, mi mejor amigo. Su hermano entrenaba en las inferiores de Nueva Chicago pero sus padres se quejaban porque no estudiaba y le recomendaban dejar las inferiores del club, jugar intercountries y anotarse en administración de empresas. La madre de Pablo venía a veces a ver la clase y al final improvisaba poses como si fueran tomas y balbuceaba unas frases rápidas, inventadas, en las que reemplazaba la erre por la ele. Terminaba con lo que llamaba un grito ninja.
Mi padre, en cambio, solo vino una vez y miró en silencio. Apareció vestido con un saco azul, corbata y zapatos marrones. Apenas le hizo una inclinación de cabeza a Fukuma, que el maestro no contestó, y se fue antes de que terminara la clase. Hubiera querido verlo entrar con su judogi, usar el cinturón negro gastado en los bordes, mostrar de lo que era capaz. Algunos de nosotros recibimos puntas en nuestros cinturones blancos: amarillas en la mayoría de los casos, naranja para el gigante. Con el paso de los años y la práctica se avanzaba en los colores hasta llegar al negro, la maestría. Un cinturón que acompañaba al judoka hasta la muerte. Perder el cinturón negro podía ser una tragedia, había dicho mi padre, y también contó de gente que mentía y gastaba el cinturón raspándolo con una llave, haciendo fricción contra una columna, formas innobles de falsificar la experiencia. Yo miraba la tira blanca del mío: no perdía ni una fibra, apenas estaba ennegrecido por la mugre y el polvo del tatami, quizás algo de sudor, y no dejaba que mi madre lo lavara. Esa noche, en casa, mi padre me explicó que los verdaderos tatamis se rellenan con sogas, que tenía suerte de practicar sobre esas lonas suaves. Él había entrenado durante meses en Hawái, un curso intensivo para estudiantes avanzados en el dojo de la comunidad japonesa, dijo. Se había despellejado la piel de la espalda y los brazos, entrenaba con las plantas de los pies en carne viva.
Después de eso me esforcé en memorizar los nombres de las patadas y las tomas principales: Ō-soto-gari, Kosoto gari, Harai goshi, Uki goshi, Seoi nage, Morote gari. Fukuma nos había enseñado a acomodarnos el judogi, a estar siempre serenos en el dojo. Todas las clases eran ruidos de cuerpos cayendo, suspiros, esfuerzo y algunas risas ahogadas. Una vez un chico tímido se lastimó y tuvo que ir al baño a enjuagarse la cara. Muy cada tanto, Fukuma proponía algún juego. No eran divertidos pero había reglas y un ganador. A veces, el sensei sonreía al anunciar el resultado. El gigante ganaba siempre hasta que Fukuma planteó un ejercicio de resistencia, implicaba las abdominales especiales por las que todos nos quejábamos (piernas firmes y en alto, cabeza levantada y los brazos perpendiculares al torso golpeando el piso a su orden) y la consigna era aguantar. Nos acostamos esparcidos por el dojo y cuando uno se cansaba y bajaba los brazos debía pararse e ir a sentarse al fondo. Después de unos minutos, hasta el gigante se había rendido y se agarraba la panza. Para cuando la cuenta iba por el ciento sesenta quedábamos solo Pablo y yo, uno al lado del otro. Los demás chicos se habían acercado de a poco y formaron un círculo alrededor de nosotros. La mayoría alentaba por mí. Yo me giré y vi la cara roja de mi amigo inflando los cachetes llenos de pecas, los rulitos transpirados agitándose y me reí. El conteo llegó a ciento ochenta y ya nadie hablaba. Me quemaban las piernas y sentía el cuello duro tensionando la nuca. No quería seguir, pensé, me daba igual. Bajé los brazos y me acosté exagerando el cansancio.
Unos años después fuimos con mi padre a un shopping de zona norte. Era fin de semana y todos los niveles del estacionamiento estaban colapsados. Avanzábamos en una fila lenta, no había lugar. El último piso era descubierto. Si no encontramos acá nos vamos, dijo él, desabrochándose el cinturón para mirar a cada lado, girando todo el cuerpo. Tocaba bocina, se pegaba al auto de adelante.
Dobló de golpe y nos metimos en una de las filas repletas de camionetas, con gente cargando las bolsas de supermercado en los baúles y autos esperando con las balizas prendidas. A mitad de camino había un lugar libre, ocupado por una madre y una nena. Estaban paradas en medio de las líneas blancas, sobre el pavimento. Mi padre les hizo luces, la mujer no se movió. Él siguió avanzando con el auto lentamente pero sin pausa y la mujer empezó a retroceder. Dijo algo que no escuchamos porque teníamos las ventanillas levantadas. La mujer llevaba puesta una pollera muy corta, usaba brackets. Al final se corrió y quedó al lado de mi ventanilla. Enfermo, gritó golpeando el vidrio con la palma. Mi padre subió el freno de mano y bajamos.
Enfermo de mierda, repitió ella, no ves que estoy con una nena.
Él no dijo nada y empezamos a caminar hacia la entrada.
Ahora le voy a avisar a mi marido, dijo la mujer, peleate con él.
Vi al guardia de seguridad, que observaba la escena desde una torre.
El estacionamiento es para autos, no se pueden reservar los lugares, dijo mi padre sin mirarla, y que tu marido venga y le explico.
Caminamos unos metros más hasta que frenó un Peugeot rojo con los vidrios polarizados. Bajó un tipo con pantalón de gimnasia, anteojos negros y el pelo rapado a cero. Nunca había visto a alguien tan musculoso. La mujer empezó a llorar. Nos quiso atropellar, dijo señalándonos, me tiró el auto encima.
El hombre nos miró y frunció los labios; el cuello, mucho más ancho que la cabeza, se hinchó de venas gruesas.
¿Le tiraste encima el auto a mi mujer?, preguntó dando pasos chiquitos con el cuerpo enorme hacia nosotros, ¿a mi hija?
El guardia de seguridad agarró el walkie-talkie y se acomodó la gorra.
Le pedí que se corriera, estamos apurados, dijo mi padre, no le pasamos ni cerca.
El tipo miró a su mujer que sollozaba y a la nena que le abrazaba las piernas.
Me importa un huevo, pelotudo, dijo. ¿Querés que los mate a golpes a vos y a tu hijo?
No, dijo mi padre.
Yo me congelé. El tipo se acercaba cada vez más.
Alguien tocó bocina porque el Peugeot cubría el paso. El hombre quedó a menos de un metro de nosotros, me miró con los anteojos negros y yo bajé la vista.
Rajen de acá, dijo.
Caminamos entre los autos hacia la entrada, me temblaban las piernas. Mi padre había competido en torneos de judo, se había peleado miles de veces. ¿Por qué no había querido defenderme? El miedo, el enojo, me acuerdo, me hacían vibrar.
Nos sentamos en un café, yo me tapé la cara sin tocar el licuado que él pidió para mí.
Nos amenazó, dije.
Mi padre tomó su café e insistió con que me calmara, que lo mejor era no tener problemas, que podía terminar preso por pelearse ahí. A un tipo tan grande, dijo, hay que patearle las rodillas, quebrarle las piernas. Iban a llamar a emergencias, a la policía.
Me agarró del hombro y no pude sostenerle la mirada: asentí un par de veces y empecé a llorar. No pude parar por un rato largo. Él esperó, suspiró fuerte, me acarició el pelo y pidió un segundo café, más corto, un ristretto.
Yo tenía dieciocho años, había empezado a estudiar psicología en la facultad y salía con una compañera que me había invitado a pasar un fin de semana en el campo de su familia, cerca de Tandil. Por eso le había pedido el auto a mi padre y por eso estábamos hacía una hora y media camino a General Rodríguez: la condición del préstamo había sido que aprendiera con él las reglas de la ruta. Manejar distancias largas es otra cosa, dijo, hay que conocer los tiempos y los códigos del camino. No te puedo mandar a que de la nada hagas mil kilómetros, este auto necesita algunos cuidados especiales.
La idea era salir temprano, comer algo en una parrilla y volver. Mi padre me había recomendado qué calzado llevar y pasamos por una estación de servicio para que revisaran agua y aceite y la presión de los neumáticos. El auto era un Mercedes chiquito. Se parecía a un auto cualquiera, los cambios eran manuales, se hacían los mismos movimientos con la palanca –de primera a segunda, de segunda a tercera–, pero no tenía embrague: solo dos pedales. Semiautomático, decía mi padre, una caja especial, basta aflojar el acelerador y pasar las marchas con suavidad. La próxima vez, dijo, me enseñaría a hacer rebajes, frenar con el motor, por ahora era suficiente que usara los pedales con cuidado y criterio. Me habló del ABS y del bloqueo del volante. Me dijo que no tocara los discos de la compactera y que solo lo llenara con nafta premium.
Hay días, momentos como aquel que recuerdo completos, cada palabra y cada ruido. La incomodidad de la posición de manejo, el miedo a equivocarme. Pasé un auto rural con patente vieja que iba lento y zigzagueaba por el carril sin llegar a morder la banquina. Puse el giro para anunciar la maniobra y me aseguré de que no viniera nadie en el sentido contrario. Mientras lo adelantábamos, los dos miramos al Renault azul con la pintura gastada y comida por la herrumbre. Adentro iba una familia: tenían las ventanillas bajas y los chicos saltaban en el asiento de atrás mientras comían galletitas de un paquete enorme. En el techo flameaba una lona que dejaba al descubierto bolsos, cajas de cartón y fierros que parecían la estructura de una carpa, todo atado con una soga. El hombre manejaba impasible. La mujer, supuse, dormía: se veía la cabeza apoyada contra el respaldo y el pelo era un remolino que daba vueltas tapándole la cara. Después puse el guiño para volver a mi carril y aceleré. La rural quedó atrás y se perdió en el espejo retrovisor.
Lo importante, dijo mi padre, que mientras manejaba se había limitado a dar un par de indicaciones y alcanzarme un billete para pagar el peaje, es que uno de los dos esté tranquilo.
Sonrió cuando le pregunté de qué hablaba.
De Majo, dijo, de vos.
Entonces se acomodó en el asiento y ajustó la dirección de la salida de la ventilación: Este es el desempañador, señaló una perilla, y si querés evitarte los olores o los escapes de los camiones, usás este botón para que no tome aire de afuera. Además va a refrescar más rápido.
Te decía lo de la tranquilidad por el sexo, siguió de repente. Uno de los dos en la pareja tiene que estar tranquilo para que las cosas salgan bien en la cama. Yo tendría trece o catorce años, me contó, y una mujer del barrio, una vecina casada con un técnico de la planta de Techint, me daba clases de inglés. Yo hacía los ejercicios, progresaba. Una tarde me esperó desnuda y fue ella la que me enseñó. Pasamos un verano así, juntos. Alguien le terminó contando al marido, porque vino a buscarme a casa. Mi viejo había muerto en un accidente de avión unos años antes y no estaba ahí para defenderme. El vecino era enorme, italiano también y fue mi hermano el que salió conmigo al jardín para enfrentarlo. Nos agarramos fuerte. Al final el hombre lloraba. Pietà, ragazzi, decía. Daba pena. Lo ayudé a levantarse y él me agradeció en piamontés. Pero con esa mujer aprendí mucho, me tuvo paciencia y creo que decía la verdad. Es importante que lo sepas: mantener la calma es lo principal para disfrutar.
Lo miré y él asintió.
Ahí viví hasta que tuve casi tu edad, dijo mi padre, señalando un cartel que indicaba un desvío a Campana. El pueblo entero hablaba italiano, siguió. Todo el mundo lo quería a mi viejo. Guido era un ingeniero que había trabajado con los Rocca desde Italia. Había ayudado al gobierno de Mussolini durante el fascismo. Construía armas. Después entendió las consecuencias de lo que hacía, se arrepintió, ahí lo encarcelaron por sabotaje y se fugó de una prisión yugoslava que era aliada del Eje. Cuando falleció le hicieron un homenaje en la planta de Techint, y eso que tardaron meses en encontrar el cuerpo y los restos del avión en la selva de Venezuela. Había viajado por trabajo a ver unas tierras y montar una fábrica allá. Vi que mi padre apretaba las mandíbulas, emocionado. Después de eso mi vieja conoció a su segundo marido, Andrés, que era policía, un buen tipo pero bruto, y nos vinimos a capital con él. Cuando tenía tu edad me compré mi primer auto, un Torino.
Sí, le dije, me contaste, era verde, ¿no?
Andaba perfecto, dijo él. Lo tuve varios años. Una madrugada, camino a la costa, hubo un accidente grande en una rotonda pocos metros delante mío, lo esquivé pero el auto perdió el control. El amigo con el que viajaba contó ocho vueltas, girábamos como un trompo, yo me rompí la mano y se me abrió la ceja, que pegó contra el volante. El auto parecía intacto por afuera pero ya no arrancó. Todavía me acuerdo de cada maniobra de las ruedas del… ¡Pará!, gritó de golpe interrumpiendo el relato.
Yo apreté el freno y el auto patinó un poco. Se encendieron unas luces en el tablero, sentí el peso del cuerpo lanzado hacia delante y el cinturón apretándome el pecho.
¿Estás bien?, me preguntó mi padre, que agarró el volante como si yo no pudiera. Estábamos detenidos en la ruta, en medio de la nada, y yo miraba para todos lados, tratando de respirar y atento al peligro.
Siempre tenés que anunciar una maniobra brusca como esa, me retó y apretó el botón de las balizas. Por suerte no venían autos ni camiones atrás nuestro. Suspiró y se acomodó el pelo: tenés que ir más atento, dijo.
¿Qué pasó?, le pregunté y la voz me salió torpe, aflautada. Sentía el corazón desbocado y me temblaba el pie en el acelerador.
Puede haber cámaras, dijo, en los puentes que cruzan la ruta a veces ponen fotomultas, siempre conviene ir por debajo de la máxima, diez o doce kilómetros por lo menos. Sentí que ibas muy rápido.
Cuando éramos chicos, en los viajes de vacaciones a Punta del Este, mi padre usaba un aparato de plástico finito como un cassette que sonaba y prendía unas luces de colores cuando se entraba en la frecuencia de los radares de la policía. Lo dejaba junto al freno de mano y lo escondía en la guantera cuando veía a los patrulleros. Al final se lo encontraron en un control camino de vuelta al Buquebus y para que nos dejaran seguir tuvo que entregar el aparato y todos los dólares que habían sobrado de las vacaciones.
Le pedí perdón y sacudí los pies antes de volver a poner tercera, cuarta y quinta. Él abrió el estuche de cds y buscó un rato pero al final no eligió ninguno.
¿Adónde es que viajan con Majo?, me preguntó.
A Tandil, le respondí.
Estábamos yendo a comer a un lugar cerca de Luján, un pueblito ferroviario donde ya no pasaba el tren pero que habían remodelado y que se había convertido en una especie de polo gastronómico: la plaza central estaba rodeada de locales y parrillas. Un paciente le había recomendado un restaurante que era de un cocinero famoso: se conseguía la mejor carne de la zona. Carlos Keen, repetía mi padre. Dábamos vueltas por caminos rurales sin indicaciones. Pasamos cosechas largas sin hablar, tramos de ripio y tierra aplanada, vimos vacas que asomaban el cuello entre los alambres de púa y masticaban al sol mientras levantábamos polvo. Nunca encontramos el pueblo. Al final salimos a un camino asfaltado y frenamos en un parador de ruta.
¿Tu papá te enseñó a manejar?, le pregunté mientras maniobraba entre el pasto de la banquina sobre una huella que terminaba en un montecito cerca de la parrilla.
Dejalo en esa sombra, me indicó, pero no debajo de las ramas, que se llena todo de resina y arruina la pintura.
Elegimos una mesa afuera, sobre el pasto. Era un local chico, parecía que lo atendía la familia que vivía en la casita pegada. Una nena nos puso manteles de papel y dos vasos distintos. Después trajo los cubiertos y avisó que ya venían a tomarnos la orden.
Sí, dijo mi padre mirando su vaso a contraluz, Guido me enseñó algo pero cuando murió yo apenas alcanzaba los pedales. Dábamos vueltas por el fondo de la casa. Una vez me dejó sacar el auto a la calle y mi madre salió escandalizada gritando que era un delito, un peligro, aunque no había nadie en la vereda y no pasé de los diez kilómetros por hora antes de que el auto se frenara en seco. Lo trataba muy mal a mi viejo y él, por alguna razón, se dejaba.
Mi padre abrió la tapa del celular y miró un momento antes de volver a cerrarlo con un clac.
¿Tenés fotos de Guido?, le pregunté. Los álbumes en casa empezaban con imágenes del primer departamento donde vivieron mis padres y una serie larga donde yo aparecía de bebé mientras me bañaban en una cacerola.
Él miró el auto y después me miró a mí.
Mi madre quemó todo, dijo. Alguna vez le pedí fotos a mi hermano Claudio, porque sabía que él había guardado algunas, pero no quiso dármelas. Era complicada ella y mi hermano la seguía en todo. Son complicados. Vos la conociste de chico a Virginia, tendrías dos años la última vez que te vio. Te enloquecías cuando te agarraba. No se cómo explicarlo, dijo levantando los ojos mientras veía acercarse a la moza, quizás te molestaba algo de la energía de ella. Vos te revolcabas enrojecido y recién cuando se iba te dormías agotado del llanto.
La mujer se paró con una libretita a nuestro lado y preguntó si queríamos parrilla con fritas para los dos.
¿Qué hay bueno?, quiso saber mi padre.
Todo, contestó ella.
Sonreímos los tres.
¿Vino tienen?, preguntó él.
La mujer dijo que claro y empezó a recitar la lista. Talacasto, Vasco Viejo, Caballo de Troya, y creía que quedaba una botella de Valmont pero tenía que ir a revisar. Mi padre me hacía caras mientras escuchaba los nombres: alzaba las cejas, se reía. Al final le dijo que no se molestara y pidió una Seven Up.
Mientras comíamos me contó que su madre odiaba el italiano y había prohibido que se lo hablara en la casa. Entonces Guido lo llevaba a escondidas al jardín o salían a andar en auto y juntos cantaban canciones de cuando era joven en Roma y Génova. Mi padre sonreía mientras cortaba con fuerza un pedazo de carne.
A la vuelta me mostró la caja de herramientas en el baúl y describió algunas piezas sin abrirla: me dijo que cualquier problema llamara al auxilio mecánico del seguro. Después retomamos la ruta 7 y puso un disco doble de George Michael. Me prestó sus anteojos y dijo que yo tenía que volver sin ninguna indicación, que era lo más parecido a la experiencia que iba a tener camino a Tandil. Se quedó dormido y se despertó recién cuando entrábamos a capital. Yo volví con las manos transpiradas, apagué la música y revisé los espejos varias veces, iba tenso, atento a todos los carteles, adivinaba cámaras y multas. Mientras estacionaba dijo que había estado muy bien, que tendríamos que haberlo hecho antes. Dijo que quizás la próxima vez podíamos invitar a mi hermano e ir, los tres hombres de la familia juntos, a visitar el monumento a Guido dentro de la planta de Techint en Campana: había una placa en el acceso principal y, creía, un busto en la sala de reuniones del directorio.
Mi padre nunca había hecho una terapia ni un análisis, no iba al médico ni tomaba remedios. Durante los años en que se dedicó a la macrobiótica, cuando se sentía mal se encerraba en el baño. Yo lo escuchaba hacer gárgaras, respirar, tirar la cadena mil veces hasta que salía y le daba una indicación a mi madre: raíces de bardana peladas y hervidas durante veinte minutos; una semana de trigo burgol sin sal ni aceite; el jugo de ocho limones recién exprimidos sin colar.
Cuando se hizo psicoanalista compró algunos cuadros, alfombró el consultorio donde antes recibía a sus pacientes macrobióticos, borró el nombre «Centro George Oshawa» de la placa de su puerta aunque dejó la flor de loto que tenía como símbolo. También ubicó los tres tomos de la obra completa de Freud en una mesita junto a la silla donde atendía. Una traducción vieja, hecha en España a comienzos del siglo XX por López-Ballesteros, un germanista que, más tarde supe, no se leía en la facultad de psicología. Igual eran unos libros hermosos. Tenían el filo de las páginas dorado y el texto a dos columnas en letra microscópica. En esos años, mi padre empezó a comprar las novelas de Irvin D. Yalom y a hablar de las resistencias y los síntomas que tomaban el cuerpo. Durante las cenas nos contaba historias de sus pacientes: mujeres que se enamoraban de él, hombres que le agradecían la ayuda con admiración.
Fue la época en que pasábamos los veranos en Uruguay. Mi padre viajaba algunos días de la semana a atender a Buenos Aires. Siempre volvía con regalos del free shop. Lo veíamos llegar a la playa, muchas veces con el traje puesto y las bolsas llenas de legos y lápices de colores. Otras veces llegaba en malla, nos sonreía a mi hermano y a mí y se tiraba de cabeza entre la espuma de las olas antes de venir a abrazarnos.
Me acuerdo de que la primera vez que lo escuché hablar de la Gestalt fue en una de las cenas que organizaba mi madre cada vez que él volvía. Invitaba a los conocidos, los padres de los amigos que nos habíamos hecho con mi hermano después de pasar cada año un mes y medio de verano en el mismo lugar. Nos dijo a Martín y a mí que, aunque no era una reunión para chicos, podíamos comer con los grandes. La acompañamos a buscar cosas al negocio italiano de la Punta: aceitunas, pasta de almendras, jamones de Parma y muchos quesos. En el puerto compramos fuentes de mejillones y pulpo. A la noche volvimos temprano de la pileta, nos bañamos y nos pusimos ropa nueva para esperar que se hiciera la hora. Los invitados se presentaron bien vestidos, con botellas y chocolates importados. Mi padre había puesto un disco de Chet Baker y la mucama sirvió la entrada en la terraza. Vinieron los tíos de mi amigo Fede, Nora y su marido Osvaldo, que habían dejado a sus hijos con la niñera, también una pareja de conocidos de mi madre que tenían casa por la Punta y una vecina con su esposo. Nora era paciente de mi padre hacía tiempo, le regalaba cuadros enormes que pintaba con trazos gruesos y colores flúor, era chilena e hija de un senador. No es Pinochet, bromeaba mi padre cuando hablaba sobre ella. También contaba que su esposo era homosexual y tenía un amante, un hombre joven con quien vivía durante la semana. Me saludaron con un beso en cada mejilla. Cuando se dieron vuelta mi hermano hizo un gesto de arcada. Después llegó mi primo Gastón con su novia y otras dos parejas del edificio.
Hubo un brindis y yo choqué mi vaso de agua tónica contra las copas de todos. Escuchaba las charlas de los grandes, mi padre contaba anécdotas, los invitados se reían. Él era el más elegante, tenía una camisa arremangada, pantalones claros y unos mocasines sin medias.
En un momento, la novia de Gastón interrumpió su relato. Se le veía el bikini bajo el vestido y tenía el pelo aclarado por el sol.
Yo quiero ser psicóloga, dijo, y lo que contás suena súper, ¿vos estudiaste en la UBA?
Mi padre descruzó las piernas y apoyó la copa en la mesa.
Yo soy biólogo, respondió, y mi madre levantó la vista y lo miró. Estudié en Alemania, antes de la caída del muro, vos debías ser muy chica. Trabajábamos en la resistencia de los tejidos y después en el correlato entre la alimentación de los mamíferos y el desarrollo del cáncer.
Hasta ese momento yo no sabía que mi padre había estudiado biología y creía que en Alemania había estado solo unos meses.
La Gestalt, que es lo que hago, no es solo psicología, explicó mi padre, como haría muchas veces en los años siguientes. Igual que en el psicoanálisis, a veces los mejores son filósofos o escritores, a veces médicos, como el propio Freud. O biólogos.
Entiendo, dijo la chica, ¿entonces me recomendás que haga medicina y psiquiatría?
Mi madre avisó que iba a buscar más botellas a la heladera, se fue a la cocina y no volvió a aparecer hasta que los invitados empezaron a despedirse.
Años después, mientras yo todavía estudiaba en la facultad, me invitó a que lo acompañara a uno de sus viajes a Italia. Él por ese entonces ya daba clases en un posgrado de Gestalt y había armado un consultorio en Venecia. Falté dos semanas a la universidad en septiembre. Pasamos los primeros días en Roma, después fuimos al sur: Palermo, Siracusa y, al final, unos días en la casa de una amiga en una playa de Sicilia donde daría una conferencia. Se terminaba el verano europeo, el mar seguía tibio y calmo. Nos metimos al mar, tomamos granitas y cafés en la plaza del pueblo. Mientras él se reunía con gente yo iba a la playa. En esa casa compartíamos el cuarto de invitados que había al fondo, cruzando un patio de baldosas celestes. No tenía aire acondicionado, solo un ventilador de pie. De noche dejábamos las ventanas abiertas para que corriera algo de aire fresco. Él roncaba en el calor de la habitación, su cama tan cerca de la mía que no me dejaba dormir. Yo me removía entre las sábanas transpiradas, leía hasta muy tarde y me despertaba cerca del mediodía.
La última mañana que pasamos ahí me sobresaltó un ruido de la calle, una moto que rugió a toda velocidad. Llegaba algo de luz de afuera. Tenía mucho sueño, me giré sin despertarme del todo y vi a mi padre acostado con unos shorts de pijama que había comprado en el aeropuerto de Milán, una mano inmóvil dentro del elástico y el torso desnudo. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo. Estaba bien peinado, hacia atrás, notaba la piel brillante en su nariz. Me asusté, el pecho no se movía, él no parpadeaba. Busqué por un instante la tensión en su cara, alguna señal de vida. Me imaginé la piel fría, un cuerpo que ya no era él. De repente giró la cabeza y me miró. Yo cerré los ojos, fingí dormir.
Ese día él tenía que dar una clase para docentes del posgrado en el que trabajaba y para los alumnos avanzados. Habían reservado una sala de reuniones en el hotel más grande del balneario y el lugar se llenó para escucharlo. Viajó a verlo gente de otras ciudades, un equipo filmaría todo.
Me senté en el fondo, cerca de la puerta. Mi padre tenía puesta una camisa nueva y un traje gris, muy liviano, que absorbía la luz del proyector donde pasaba la presentación de Power Point que había armado en el avión de ida. Igual, nadie miraba la pantalla. En un italiano perfecto él contaba sesiones con sus pacientes, hablaba de Freud, de los límites del psicoanálisis, sonreía y señalaba, daba lugar a las preguntas y pensaba mucho cada intervención. Antes de terminar, hizo una pausa, abrió una botellita de San Pellegrino que le habían dejado a un lado, puso dos hielos con los dedos, tomó un trago largo y redondeó una idea que parecía necesitar el máximo esfuerzo para ser formulada con precisión. Brillaba. Después agradeció juntando las manos en un rezo a la altura del pecho. Todos aplaudieron.
En esos años, antes de que naciera Luna, lo visitaba seguido en su casa. Él preparaba la comida mientras Mariana ordenaba la cocina o sacaba a pasear a los perros. Después de cenar me ofrecía un vaso de whisky. Traía botellas de todos sus viajes, los pacientes le regalaban cajas, le presentaban marcas nuevas, pequeñas producciones escocesas, irlandesas, algún single malt de Japón. Él tomaba todas las noches, llenaba un vaso largo de hielo y servía hasta el borde. Yo tomaba con él aunque fuera entre semana. Ahora sé que esperaba una conversación. Él me contaba de los países que visitaba, de las clases, anécdotas de pacientes nuevos. A veces se levantaba y volvía con una bolsa llena de camisas sin estrenar, zapatos que no quería. Conservé durante años toda esa ropa, las marcas caras que me incomodaban, las corbatas y cinturones que no pensaba ponerme. En cada prenda notaba la diferencia entre nuestros cuerpos. Las mangas me quedaban anchas, los hombros cortos, el cuello demasiado flojo y los pantalones se embolsaban alrededor de mis piernas. Yo tomaba un segundo vaso y a veces llegaba al tercero. Él podía seguir. No se le empastaba la voz ni decía incoherencias, miraba como siempre y hablaba de las mismas cosas. Lo acompañaba para quebrarlo, esperaba que perdiera el control y, al final, era yo el que se iba mareado.
Mi padre habló alguna vez de una úlcera que había sufrido de joven pero en todos los años que lo conocí no se enfermó jamás. No tuvo ni un resfrío cuando mi hermano y yo volvíamos del jardín tosiendo con gripes terribles, no se agarraba piojos durante los años de vinagre en el pelo y peine fino ni se intoxicó la vez que comimos mariscos en el cumpleaños del tío Daniel y todo el resto de la familia pasó una semana temblando de fiebre. Nunca faltó al consultorio ni canceló un paciente, nunca dejó de salir temprano a la mañana y volver tarde a la noche. Me acuerdo de su cuerpo, de la firmeza de su piel que siempre parecía suave. Tenía la espalda llena de pecas, el sol no lo quemaba. En la playa usaba un par de anteojos Ray Ban que se plegaban en un sobrecito y nos mandaba a llenarnos de protector. Mi hermano Martín y yo éramos blancos, pálidos. Nuestra piel nueva estaba lista para curtirse, abierta a la arena, el viento. Nunca lo vi ni supe que hiciera algún deporte o ejercicio pero jamás engordó. Después de algunos años de tomar tanto todas las noches, le creció una panza ordenada, dura y cuando le salieron las primeras manchas en la cara no fue al dermatólogo que le recomendó un amigo: descubrió que el ácido glicólico quemaba las capas de piel superficiales. Se encerraba horas en el baño con sus cremas, el ácido y el aceite. Pasaba los días siguientes vendado con cintas y gasas. Hubo veces en que se excedió con la exposición al ácido y aparecía con lastimaduras, quemado casi hasta la carne. Entonces tardaba más en curar. Lo cierto es que después de un tiempo las manchas desaparecían.
¿Cómo hacía él? Quizás el efecto se redujera a nivel celular, el hígado hinchado y endurecido que lo sorprendería un día amarilleándole la piel, una falla masiva que terminara antes de que la ambulancia llegara al hospital. Lo miraba tomar, los dos solos sentados a la mesa del comedor, mientras sonaba una radio de jazz que había descubierto hacía poco, y yo imaginaba que atrás de su cara, de los ojos claros, del pelo que no le faltaba y se retiraba muy lentamente en unas entradas elegantes, había tejidos rebelándose, tramando una venganza como un géiser, listos para hacerse oír y terminar con todo para siempre.
Al día siguiente él se iba a levantar y darse una ducha muy caliente, tomar café de la prensa francesa y caminar la misma cantidad de cuadras que lo llevarían a mi casa, pero en dirección inversa, hasta llegar a su consultorio. Ahí tenía su sillón y los dos estantes con libros, la mayoría de diseño y decoración, varios sobre templos y casas japonesas, jardines zen y catálogos de muestras del MoMA y la Tate Gallery de Londres. Tenía una pecera con peces sencillos y un motor que no dejaba de hacer circular oxígeno, cuadros pintados por pacientes famosos, una foto en blanco y negro del japonés que había creado la macrobiótica, certificados de asistencias y ponencias en congresos de Gestalt en distintos países y, enmarcado sobre el sillón donde se sentaba, mi título de la universidad.
Los meses que siguieron a la noche de los perros nos vimos poco. Mi padre viajó a Europa por trabajo. A la vuelta, me escribió una serie de mensajes por whatsapp:
¿Cómo estás, hijito?
Quería decirte que estoy orgulloso de la familia que armaste.
Pero tengo algo importante para vos.
Urgente.
Dejé un sobre en tu casa.
Mandé hacer la carta astral de Luna. Se la encargué a un maestro, un hombre que me hace las revoluciones solares todos los años. Grabó el comentario de la carta. Está en el sobre también.
Ya lo escuché.
Me gustaría que lo escucharas pronto, lo antes posible.
Ma non dire niente a Julia. No todavía.
Te abrazo.
«Srta. Luna», decía el sobre en letra imprenta con marcador grueso. Adentro había un cd y un diagrama circular con los planetas y las líneas trazadas en lápices de colores.
Al día siguiente conseguí un reproductor de dvd externo para la computadora, esperé a que Julia y Luna durmieran y me puse los auriculares.
No sos una persona con un alma sino un alma con una persona y hoy vas a descubrir la diferencia. Haremos un pacto de amor entre tu ego y tu alma, advertía la voz del astrólogo. Sonaba ronco, viejo, fuerte. Una voz segura que vibraba en mis oídos. Prometía que en la siguiente hora mágica iba a revelar todo.
Se escuchaba el canto lejano de una ballena o un delfín. La voz del astrólogo decía una fecha y una hora, la del nacimiento de mi hija. Entonces comenzó a hablarle a Luna. Hola, alma leonina, le decía. Leo, repitió. Con apenas unos meses de edad ya se puede establecer un contacto, que en este caso se da gracias a intermediarios, porque a veces hay en la familia (pausa, ronquido) alguien despierto que recuerda que en razas muy sabias lo primero que se hacía a horas de nacer un bebé era estudiar su carta kármica. Agradezcámosle entonces, decía.
Los padres son el destino elegido por los hijos, continuó. Y lo aclaro, porque vas a ir demostrando un carácter cada vez más impulsivo, desbordado: hay algunas circunstancias que, crecida, de adolescente, irán creando fricciones con ellos. No va a ser fácil.
Le habló de un hombrecito nervioso que llevaba adentro y que podía hacer mucho daño. Le decía que juntos iban a intentar desactivarlo. Después inspiró largamente y el aire salió por una nariz congestionada, de fumador.
Esa energía le traería insomnio y tensiones a lo largo de la vida, decía la voz y yo la veía chillando, sin poder calmarse con paseos ni con la teta o las mamaderas, detestando su cuna.
Pero te advierto especialmente sobre esto, seguía el astrólogo, porque esta energía de muchas vidas es la misma que podría generar tendencia a atraer hombres complicados para marchar a tu lado. Parejas y relaciones difíciles.
Traté de imaginar a esos hombres y mujeres con los que mi hija iba a cruzarse. Las complicaciones que tendría.
La voz le habló a Luna de su tendencia en vidas pasadas a ser su propio enemigo. Incluso a lastimarte, dijo.
Me asusté. Una hija difícil. Una fuerza irrefrenable, la ira, la determinación. ¿Cómo podía darme ese mal presagio cuando Luna no tenía más de siete meses? Mientras escuchaba el maleficio pensaba en una Luna adolescente, de rasgos inventados, inaccesible. ¿Cómo podía encauzar a mi hija, cómo tratar a una nena en un mundo de hijos varones, de golpes, de castigos, cómo cuidarla y protegerla de todo lo que vendría? Pensaba en la hija de mi padre, sin nombre. ¿Cuál había sido el destino de su carta? ¿Hablaría del final que había tenido? Lo imaginé a él corriendo, el esfuerzo imposible, el llegar tarde a salvarla. Seguramente había sido él quien la sacó del agua y la abrazó sintiendo el frío del cuerpo.
Vimos cómo escuchar la carta, siguió la grabación. Aun dormiditos, provoca en los niños una movilización del subconsciente, incluso se va modificando el carácter cuando esta música permite ver en la fraternidad y la amistad una forma de celebrar la vida. Familia, indicó la voz: que Luna escuche este mensaje cada noche.
La voz dijo que piscis estaba bien colocado, que mi hija tenía un desarrollo de la glándula pineal poco común. ¿Qué era la glándula pineal? Según el astrólogo, eso hablaba de una capacidad creativa superior, videncia, clarividencia.
¿Ese hombre fumaba? ¿Estaba fumando mientras grababa? Traté de escuchar en sus pausas el pitido, la inhalación, la ceniza.
Fundamental para tu propio destino, y algo que no quisiera que sugestionara negativamente, es que Buenos Aires aparece muy inarmónico para vos. Mucho cuidado con las amistades porque podés atraer malas compañías que provoquen antagonismo con papá y mamá, sobre todo en la adolescencia.
Anoté la frase.
Tampoco el hemisferio norte aparece muy prometedor. Beneficioso, en cambio, sería el hemisferio sur, alejado de tu lugar natal. Un lugar donde transmutar el karma y conseguir más provecho de las virtudes.
El astrólogo habló después de las capacidades maternas de mi hija, regida por el ascendente en capricornio, dijo que en encarnaciones y vidas pasadas había cuidado y velado por niños que sufrían en el Lejano Oriente.
Tus abuelos desde el punto de vista masculino aparecen con una certeza, un eje, una disciplina, con una capacidad de servicio poco común. Con concentración y método de trabajo, de ahí seguramente has rescatado algunos átomos que podés emplear para tu propio crecimiento. Por lo tanto, fijate cómo elegís abuelos con cierta evolución, de los que hay mucho que aprender. Eso también es el destino.
Y es en las dificultades con lo masculino donde vas a poder usar la herencia paterna y de los abuelos como una base para apoyarte y también buscar una posible armonía con todas las cosas.
La grabación terminaba con la voz fundiéndose en el ruido de las olas que rompen en la costa, algunas gaviotas sonando tenues, a lo lejos. Mientras lo escuchaba, había tomado páginas enteras de notas. La que escuchaba en la voz del astrólogo era otra hija pero que colgaba sobre la mía. La tendencia a lastimarte, había quedado dando vueltas en mi cabeza. La impulsividad, los hombres y las parejas autoritarias, la importancia de los abuelos.
¿Quién era el astrólogo? ¿Mi padre le habría pedido, dictado, un lugar en el destino de mi hija?
Tiré el cd a la basura, lo metí en el fondo del tacho, debajo de las verduras pasadas y las tapas de yogures para que no se viera. Lo enterré y llamé a mi padre. Insistí: dos, tres, cuatro llamados. Con el buzón de voz, cortaba y volvía a intentar hasta que atendió.
Hijito, dijo, con voz preocupada.
Sos un pelotudo, grité. Un pelotudo, insistí.
Va a ser una chica muy difícil, hijito, va a necesitar mucho cuidado, dijo, nunca había escuchado algo así.
Me quedé callado.
Disculpame, dijo.
Miré la carta sobre la mesa, las líneas de colores que cruzaban los planetas y marcaban un destino.
No sé qué hacer, dije. No quería llorar: había planeado muchas más puteadas y ahora no sabía cómo seguir. Me cuesta con Luna, dije, me da miedo, es mucho.
Hijito, respondió, tranquilo, no estás solo, te voy a ayudar, la vamos a cuidar juntos.
Necesito hablar con vos, dije. Tengo muchas preguntas, muchas dudas. Quiero que me cuentes de tu hija, de su historia, de la mía, de cómo fue la muerte de tu hija para vos.
Se hizo un silencio. Miré la pantalla del teléfono para ver si se había interrumpido el llamado pero los segundos seguían corriendo, él estaba ahí.
Claro, dijo mi padre, tranquilo, insistió, va a estar bien.
Antes de cortar, quedamos en encontrarnos.
Al otro día fui al café en donde nos habíamos citado y él no apareció. Caminé hasta su consultorio, toqué timbre. Nada.
Los días siguientes pasé por su casa, llamé muchas veces, mandé mensajes que él leía pero no contestaba. Intenté con el teléfono de Mariana pero ella tampoco respondía. Llamé a mi hermano Martín para preguntarle si tenía noticias de él, aunque sabía que con Martín no se hablaba desde hacía tiempo. Julia preguntó por mi padre unos días después, al pasar, mientras calentaba la mamadera de Luna. Le dije que habíamos discutido. Respondí rápido y pensé que, aunque era cierto, dicho así me hacía cargo de parte de la culpa de la distancia, como si fuera algo que hubiéramos decidido. Quizás sea mejor dejar pasar unas semanas, dije, que se enfríen las cosas. Ella no preguntó por qué discutimos, asintió un par de veces, probó la temperatura de la leche en el brazo y se fue para el cuarto.
Con los meses, dejé de insistir. Aunque vivíamos a pocas cuadras, nunca nos cruzamos. Para cuando viajamos a las sierras y Julia gritó asustada por el pájaro, yo llevaba dos años sin saber de él.
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